EL NACIMIENTO DE LA SOCIOLOGIA
Especulaciones sobre la sociedad han existido en todas las sociedades de las que tenemos
testimonios escritos. De manera muy particular podemos encontrarlas en la tradición filosófica
que arranca en la Antigüedad griega y que, a través de Roma primero y del Medievo después,
llega hasta la Modernidad. Pero en todos los casos se trata de reflexiones filosóficas o
teológicas, que no explican la sociedad a partir de factores y elementos propiamente sociales,
y para las que la sociedad como una entidad con realidad propia no existe. Por esta razón la
Sociología en sentido estricto solo surge cuando la sociedad aparece como una realidad con
vida propia, surcada de problemas que es preciso explicar a partir de los elementos
constitutivos de la misma sociedad. Esto sucede al final del Antiguo Régimen y en los
comienzos de la Edad Contemporánea. Es en ese preciso período en el que se constituye el
primer pensamiento que podemos considerar estrictamente sociológico. Si bien a lo largo de
todo el siglo XVIII encontramos reflexiones (la pre-sociología) que anticipan lo que después
será la Sociología.
¿Qué ha sucedido en este período de tiempo para que aparezca un nuevo modelo de
reflexión teórica? Básicamente, la quiebra del viejo orden social del Antiguo Régimen, que
hace aflorar en las sociedades europeas de la época problemas y ámbito de realidad hasta
entonces desconocidos y para los que no existía un esquema intelectual capaz de explicarlos.
Estas nuevas realidades son el resultado convergente de varias revoluciones que suprimieron o
erosionaron de manera irrecuperable modos de vida y de pensamiento hasta ese momento
válidos. En concreto, podemos señalar tres revoluciones: la económica – industrial, la política
(que son las que señala Nisbet, 1969: 37 ss) y la cognoscitiva. Las tres liquidan una época y
alumbran otra nueva, que es la que vivimos, y para cuya interpretación se hará necesario un
nuevo modelo de conocimiento que es el que representa la Sociología.
La revolución económico –industrial supuso la desaparición de modos de producción como
el feudal y el artesanal, dando lugar a la industria y al orden económico capitalista. Todo ello
originó la emergencia de nuevos problemas sociales a los que era necesario dar respuestas. De
estos problemas, los principales son los siguientes (Nisbet, 1969: 40)
1) La situación de la clase trabajadora, que aparece ahora desprovista de toda
protección (como la que tuvieron en épocas anteriores el gremio, la familia o la comunidad)
y sumida en un profundo estado de degradación.
2) La transformación de la propiedad, que ahora comenzaba a concentrarse en
grandes grupos organizados, desplazando de este modo a las formas familiares de
propiedad privada de antaño.
3) La concentración de la población en grandes ciudades, que implicaba la disolución
de las comunidades rurales y la aparición del aislamiento y de conductas desviadas.
4) La tecnología y el sistema de producción fabril, que cambiaba la naturaleza del
trabajo, así como las relaciones sociales, originando la división del trabajo, la dependencia
del hombre de los ritmos de las máquinas y, en definitiva, la pérdida de toda iniciativa por
parte del trabajador.
La segunda revolución, pero no menos importante, fue la política, en virtud de la cual se
destruyó el sistema de autoridad del Antiguo Régimen. La Revolución Francesa de 1789 fue el
comienzo de un nuevo sistema político, la democracia, que tendría importantes repercusiones
sobre la organización de la vida individual y colectiva, así como sobre las fórmulas ideológicas
que servían para legitimar la autoridad. De entrada, la Revolución Francesa de 1789 acabó con
el poder absoluto del monarca y con la hegemonía que había desempeñado la aristocracia. La
Declaración de los Derechos del Hombre desplazó el protagonismo de los estratos nobles a
todos los individuos y a la sociedad en su conjunto. Aparecen así la idea del igualitarismo, la de
la soberanía popular y el individualismo. De otra parte, la Revolución Francesa supuso también
la entrada en el escenario político de ideologías, creencias y valores morales seculares,
desplazando a la Iglesia del papel monopolizador que había tenido en el ámbito cultural. Con
lo que se produjeron dos consecuencias de relieve: la legitimidad política de la democracia iba
a depender de un nuevo orden de creencias como son las ideologías, y éstas eran un claro
exponente de la secularización creciente de la vida social. Además de estos efectos, la
Revolución tuvo otros que afectaron directamente a la configuración de la vida privada y de la
vida pública: se estableció el matrimonio como contrato civil y se permitió el divorcio, se
estableció la mayoría de edad legal y se limitó la autoridad paterna, la educación se convirtió
en una competencia del gobierno y no de la familia, y en fin se limitó extraordinariamente el
poder de la Iglesia.
Un último proceso a tener en cuenta a la hora de analizar el nacimiento de la Sociología es
el que se refiere a los profundos cambios habidos en el orden del conocimiento. Frente a la
verdad revelada de la religión y frente al pensamiento discursivo de la filosofía, en Europa se
habían producido dos importantes novedades: primero el racionalismo y después el
empirismo, que venían a proclamar que el conocimiento era el resultado de aplicar la razón
individual a la realidad que nos rodea. Se acaba de este modo con los dogmas de fe y con la
creencia en la tradición como fuente privilegiada de conocimiento y se proclama la confianza
absoluta en la nueva modalidad de conocimiento científico – positivo. La Ilustración fue el gran
exponente de este nuevo sistema cognoscitivo. Para los ilustrados era necesaria la crítica de la
religión y de la tradición como formas de oscurantismo, así como también lo era dotar al ser
humano de confianza en su razón para hacer posible el progreso, que habría de ser indefinido
y racional. Una razón capaz de conocer las leyes que rigen la realidad, de cuya comprensión se
derivaría un mejor dominio del mundo.
Estos cambios produjeron la destrucción del viejo orden social y sumieron a las sociedades
europeas en una situación de desorganización que era necesario comprender y transformar en
un nuevo orden. Estas necesidades no podían cubrirse ya con los modos de conocimiento
tradicionales, los teológicos y filosóficos, y se hacía necesaria la construcción de una nueva
ciencia positiva, racionalista y empirista, capaz de dar cuenta de la nueva realidad europea.
Esta es la necesidad que la Sociología vino a satisfacer.
Ahora bien, la Sociología nace en un contexto plagado de contradicciones, que no son otras
que las derivadas del enfrentamiento entre el Antiguo Régimen y el nuevo orden industrial:
entre la tradición y la modernidad. Un contexto en el que se enfrentan grupos, movimiento e
ideas que siguen prestando su adhesión a los valores del viejo orden (conservadores y
contrarrevolucionarios), y otros que lo hacen al nuevo orden social, pero no desde los mismos
intereses y perspectivas (liberalismo, socialismo). Tales conflictos van a marcar una parte
importante de la historia europea del siglo XIX. Pero también dejarán su huella en la
Sociología. Esta no se construye exclusivamente como una ciencia ligada a los planteamientos
ilustrados y revolucionarios, hay también en ella muchos conceptos y valoraciones que
proceden del pensamiento conservador.
A ello ha de añadirse que el nuevo orden social salido de la Revolución se convirtió en una
realidad que las mismas personas que la alumbraron pudieron comprobar que dejaron de
controlar. Es quizá el concepto mismo de “sociedad” el que mejor refleja este clima paradójico
que ve aparecer la Sociología. Como ha escrito Gouldner (1973:53).
“Los conceptos modernos de sociedad y de cultura surgieron en un mundo social que, después
de la Revolución Francesa, los hombres pudieron creer que ellos mismos habían hecho. Veían que
mediante sus luchas habían sido derrocados los reyes y desplazada la antigua religión. Pero al
mismo tiempo, podían ver que ese mundo escapaba a su control, que no se sometía a los designios
de los hombres (…). Los conceptos de cultura y sociedad declaran tácitamente que los hombres han
creado un mundo social del cual han sido alienados (…). Las nacientes ciencias sociales académicas
llegaron a concebir la sociedad y la cultura como cosas autónomas: cosas que son independientes y
existen por sí mismas. De este modo, fue posible considerar la sociedad y la cultura como cualquier
otro fenómeno “natural”, como gobernadas por leyes propias que operaban al margen de las
intenciones y planes de los hombres (…)”.
Es en este contexto de cambios y de fuerzas encontradas cuando podemos considerar que
se formula el primer sistema de pensamiento sociológico. (…)
ORTEGA, Felix (Comp.). “Fundamentos de Sociología”, Cap. 1 La Teoría Sociológica. Editorial
Síntesis, Madrid, 1996. (pp. 16-18)