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Titulo original: La mystique sauvage. Aux antipodes de lesprit
En cubierta: Mirada al océano (c. 1910) de Nikolai I. Kublin
Disefio grafico: Gloria Gauger
© Presses Universitaires de France
© De la traduccién, Maria Tabuyo y Agustin Lépez
© Ediciones Siruela, S. A., 2007
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
28010 Madrid Tel.: + 34 91.355 5720
Pax: + 3491355 2201
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Printed and made in Spainindice
La mistica salvaje
Primera parte. El océano interior 19
1, Freud, Romain Rolland y el sentimiento oceanico 21
2. La experiencia mistica espontanea 31
3. gUna embriologia del alma? 45
4. Extasis y mecanismos de defensa 59
Segunda parte. Del éxtasis a la angustia 78
1. La experiencia mistica provocada 77
2. Paraisos e infiernos artificiales 87
3. Extasis y psicopatologia 117
Tercera parte. Afectividad y absoluto 131
1. El enigma de la beatitud 133
2. Sentir y comprender 141
3. Sufrimiento y temporalidad 151
4. Mas aca del bien y del mal 161
5. Ascesis y vida mistica 181
Conclusién 195
Notas 209Introduccién
EI ser humano comprende lo que podriamos llamar un Viejo Mundo, el de
la conciencia personal, y mas alli, separado del anterior por el océano, una serie
de Nuevos Mundos: las no demasiado lejanas Virginia y Carolina del subcons-
ciente individual y del alma vegetativa. Mas lejos, se extiende el Far West del in-
consciente colectivo, con su flora de simbolos y sus tribus aborigenes de arqueti-
pos... Por tiltimo, mis alla de otro océano distinto y mis vasto, se encuentran las
antipodas de nuestra conciencia cotidiana, el mundo de la experiencia visionaria.
Si se visita la Nueva Gales del Sur, se encontraran alli marsupiales brincando por
el campo. Y si se visitan las antipodas del espiritu se encontrara todo tipo de cria-
turas, al menos tan extrafias como los canguros. Estas criaturas no son mas ficti-
cias que los marsupiales. Llevan su existencia en completa independencia y el ser
humano no puede controlarlas. Todo lo que puede hacer es viajar hacia el equi-
valente mental de Australia y observar a su alrededor’.
A partir de William James y sus célebres conferencias de 1901-1902 sobre
las «variedades de la experiencia religiosa»', se han multiplicado los estudios
consagrados a los diversos aspectos del misticismo, y nuestro conocimiento
del fenémeno mistico ha aumentado de manera considerable, al menos en
extensién. Pero se ha afinado en la misma proporcién nuestra comprensién
intima del fendmeno? Es dudoso, pues, a lo largo del siglo XX, una gran
tara, casi una maldicién, no ha dejado de abrumar el desarrollo armonioso
de esos estudios. Esa tara no es otra que la escisién de las investigaciones en
dos corrientes que, en lo esencial, se ignoran y desprecian mutuamente.
Toda una familia de trabajos esta en relaci6n con lo que se podria de-
nominar «a aproximacién desde arriba». Realizados por historiadores de
las religiones, filésofos, y a veces hombres de iglesia, esos estudios, sean
monograficos 0 comparativos, se interesan ante todo por las grandes figu-
ras del misticismo cristiano 0 islimico, y de manera secundaria por los re-
* Aldous Huxley, «Heaven and Hell», en The Doors of Perception, Harper Colophon
Books, Nueva York 1956 [Las puertas de la percepcién, Edhasa, Barcelona 1995], pigs. 84-85presentantes mas célebres de las espiritualidades asiaticas. Su caracteristica
comin es explorar desde dentro el discurso de los misticos, fijar los mati-
ces de su vocabulario, aclarar los conceptos que utilizan, sefalar con la
mayor precisién posible los diversos «estados», «estaciones» 0 «moradas»
que jalonan el recorrido espiritual descrito por unos y otros. A ellos se
afiaden eventualmente consideraciones relativas al grado de ortodoxia de
sus opiniones en relacién con la dogmitica de las iglesias en las que sur-
gen, o también investigaciones histéricas sobre la evolucién de las sectas,
las érdenes monisticas, la influencia ejercida por una determinada figura
sobre otra, etc. Ahora bien, esas investigaciones, sean cuales fueren sus
méritos, llevan siempre consigo algo asi como un punto ciego: se instalan
de entrada en la perspectiva de la bisqueda mistica, encerrandose en ella,
por decirlo asi, y no ponen en duda ni por un momento la autenticidad
del fenédmeno del que tratan. Resulta de ello una doble debilidad: por una
parte, el critico, 0, mas bien, el historiador, esta como prisionero de las
codificaciones psicologicas, teolégicas, etc., que los grandes misticos utili-
zan inocentemente para dar forma a su experiencia y comunicarla a los
otros. Se ve asi obligado a seguirles décilmente por los meandros de su iti-
nerario espiritual; a plantear, por ejemplo, con santa Teresa de Avila, que
en la «quinta morada» el alma conoce de manera precisa esto, y que en la
«morada sexta» experimenta de forma precisa aquello, como si todas esas
cosas fueran evidentes. Por otra parte, se encuentra desarmado frente a
quienes, desde una perspectiva totalmente diferente, ponen en duda el
propio fenémeno mistico y le discuten cualquier poder de revelacién.
Pues existe otra aproximacién, desde fuera y desde abajo, en la que el
discurso del mistico no se considera ya valido por si mismo, sino que es
descifrado segiin cédigos que le son profundamente ajenos. Una tradicién
ya larga —que se remonta quiz a mediados del siglo XIX— trata de inter-
pretar la experiencia mistica siguiendo el hilo conductor de la patologia
mental. Enfrentados en su practica diaria a todo tipo de delirios de con-
tenido religioso y con un trato frecuente y continuado de enfermos que
pasan por fases de exaltacién extrema o conocen estados notables de bea-
titud, sin relacién aparente con sus condiciones concretas de vida, los psi-
quiatras se inclinan de manera natural a plantear la existencia de una con-
tinuidad entre los dos érdenes de fendmenos. Pueden hacerlo con tanto
mis fundamento cuanto que los documentos biograficos de que dispone-
mos sobre numerosos misticos de Occidente y de Oriente estan llenos de
indicaciones que invitan a tales diagndsticos retrospectivos. Ya se trate de las
10«aberraciones» (para una mentalidad moderna) de sus practicas ascéticas,
de sus visiones, sus estigmas, sus catalepsias y paralisis sin causa organica
detectable, de sus crisis de angustia también, y de sus «noches oscuras»,
para cada uno de esos «sintomas» son posibles numerosos y sorprendentes
acercamientos con los datos de la experiencia clinica. Se invocaran asi,
sucesivamente y segtin los casos, los efectos de la hipersugestibilidad his-
térica, la anorexia mental, los trastornos de autoscopia ligados a tumores
encefalicos, el aura anunciadora de la crisis epiléptica, la desintegracién
del mundo percibida en los inicios de la esquizofrenia, etc. A todo esto se
viene a afiadir, especialmente en el curso de los iltimos treinta aos’, una
especie de confirmacién experimental, la aportada por las drogas llamadas
«psicodélicas» (LSD y mescalina, especialmente), que, por una parte, son
susceptibles de inducir verdaderas psicosis temporales y, por otra, pro-
vocan aqui y all ciertos éxtasis que, parece, s6lo el prejuicio nos impedi-
ria colocar en el mismo plano que los de los grandes misticos. Para quien
adopta ese punto de vista, la idea de conocimiento mistico no tiene, eviden-
temente, ningtin sentido: el mistico, lejos de tener acceso a una realidad
oculta al comin de los mortales, es presa del mismo tipo de alucinaciones
que los enfermos mentales, victima de las mismas representaciones iluso-
rias (por ejemplo, de inmortalidad o de omnipotencia). No difiere de
ellos mas que por ciertos rasgos que, o bien pertenecen a su personalidad
propia —por ejemplo, un don excepcional para la escritura~, o bien a las
particularidades del medio social (eclesiastico, monacal, aristocratico, etc.)
en el que le es dado vivir.
Se mide asi la amplitud de la ruptura metodolégica y del caracter rui-
noso de sus consecuencias para la inteligibilidad misma del fendmeno
mistico. En efecto, entre los partidarios de uno y otro enfoque apenas hay
posibilidad de didlogo. Unos concederan tal vez, a regaiiadientes, que el
misticismo presenta aspectos «confusos» y que la personalidad de algunos
de sus representantes mis ilustres puede estar «en el limite de lo patolégi-
co», pero sostendran que el contenido de su mensaje no se «reduce» pre-
cisamente a sus condicionamientos externos. Los otros admitiran que
esos personajes carismaticos lograron, efectivamente —favorecidos por las
condiciones de su medio y de su época-, definir para si mismos una for-
mula de vida que les permitié esquivar la neuros
pero mantendran que su ensefanza no testimonia ninguna penetracién
en lo universal y que no poseen ninguna solucién aplicable mis alla del
circulo estrecho de su propia familia espiritual.
. incluso la psicosis,
ooSe pierde asi de vista la unidad viva del misticismo, y el interés filosé-
fico de su estudio se reduce a nada o casi nada. En efecto, desde el mo-
mento en que uno se coloca en uno u otro de los dos grandes ejes de
mira asi definidos, nunca encontrara nada mas que lo que ya conocia, 0
creia conocer. Por un lado, se producira el fortalecimiento subjetivo (mas
que la confirmacién) de las opiniones metafisicas y teolégicas, sobre Dios,
el alma, su uni6n, etc.; por el otro, la cristalizacién de esquemas de inspi-
raciOn positivista, incluso cientificista, que propician la «reduccién siste-
miatica de lo superior a lo inferior».
La situaci6n real no es, sin embargo, tan simple, ni esta tan desprovis-
ta de salida. Existe, en efecto, toda una gama de estados de conciencia
—conocidos y catalogados, pero en Ultima instancia poco estudiados— que,
por sus condiciones de aparicién, se diferencian tanto de los éxtasis reli-
giosos propiamente dichos como de los estados confusos o delirantes de
los que se ocupa el psiquiatra. Esta parte central del espectro de las expe-
riencias extaticas, eminentemente apta, por su posicién, para encarnar su
unidad esencial, constituye el campo apropiado de lo que aqui se designa
con el nombre de «mistica salvaje». Es salvaje lo que surge espontanea-
mente, por oposicién a lo que debe ser cultivado. Esto significa que tene-
mos que reflexionar en primer lugar sobre las experiencias sobrevenidas
naturalmente, de improviso, y no provocadas artificialmente. Pero tam-
bién las plantas silvestres pueden ser consideradas una especie de material,
algunas de cuyas cualidades naturales pueden ser reforzadas por el agro-
nomo —en detrimento, quiza, de otras con vistas a la creacién de espe-
cies nuevas. Es desde esta perspectiva desde la que aqui consideraremos, a
titulo de hipdtesis, las relaciones entre /a mistica salvaje y las misticas reli-
giosas; por una parte, una forma fundamental, en bruto, siempre igual a si
misma puesto que expresa ciertas posibilidades esenciales del espiritu hu-
mano; antihistrica, pues; y, por otra, una serie de variaciones sobre un
mismo tema, definidas por la valoracién de ciertos aspectos del tema ba-
sico en funcién de condiciones histéricas determinadas, siempre nuevas.
Pero, antes de avanzar mas por este camino, tal vez no sea superfluo
ilustrar esta nocién de mistica salvaje con ayuda de un ejemplo que elegi-
mos voluntariamente por su extrema simplicidad:
Sucedié en 1842, en el mes de junio o julio, en la época en que las llu-
vias del monzén Ilegan a Bengala. Un crio de seis afos avanzaba sobre
uno de esos estrechos lomos de tierra que separan los arrozales, En un
pliegue de sus ropas llevaba un pufiado de arroz inflado ¢ iba mordis-
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book.zonte, el paisaje terrestre se despliega entonces con un relieve muy parti-
cular, acompafiado de una limpieza cristalina de las formas, incluso las
mis graciles -como las de los pajaros en vuelo—, y una exaltacién de los
colores, desde los ocres de la tierra hasta los mil matices del amarillo ver-
doso de los arrozales irrigados. Esos momentos se sienten como instantes
privilegiados, pues todo el mundo sabe que una Iluvia torrencial no tar-
dara en ahogar todo ese esplendor*. Tal vez fuera esto lo que el futuro
Ramakrishna experimenté de manera tan intensa como confusa: el des-
velamiento magico, bajo la banalidad de las apariencias familiares, de un
mundo mis limpio, mas denso, de colores mas saturados, mis brillantes;
en resumen, un mundo mis real’.
Tal vez ahora estemos mejor preparados para delimitar el objeto de es-
tudio aqui emprendido. En un primer momento, sin embargo, las carac~
teristicas propias de la mistica salvaje deberan ser planteadas de forma ne-
gativa, por contraste con lo que no es, pero con lo que siempre se corre
el riesgo de confundirla. En primer lugar, no se puede dudar de que ese
tipo de experiencia entra en la categoria mas amplia habitualmente desig-
nada ahora con el nombre de «estados modificados de conciencia», 0
EMC (traduccion del inglés: altered states of consciousness). Los psicdlogos,
primero en Estados Unidos, después en Europa, se han acostumbrado a
colocar bajo esta denominacién colectiva una multitud de estados menta-
les, a primera vista muy heter6clitos: figuran en ella tanto el trance me-
ditmnico como el estado intermedio entre la vigilia y el suefio, la pose-
sin ritual, el orgasmo, el «suefio lacido», la impresién de abandonar el
cuerpo, las visiones de la agonia, los efectos de los alucinégenos, etc. Sin
embargo, en todos esos estados —y ése es su denominador comin- «el su-
jeto tiene la impresién de que el funcionamiento habitual de su concien-
cia se descompone y de que vive otra relacién con el mundo, consigo
mismo, con su cuerpo, con su identidad»’.
2Cémo definir entonces lo que constituye el caracter especifico de los
estados misticos propiamente dichos? La dificultad estriba aqui en el he-
cho de que se pueden presentar tanto de forma independiente, como una
subcategoria bien delimitada de los EMC, como llegar a injertarse en
cualquiera, 0 casi cualquiera’, de los otros estados. Por tanto, mas que por
las circunstancias de su produccion, los definiremos por su contenido o su
alcance particular. Sélo revestiran, a nuestros ojos, un significado mistico
aquellos EMC en los cuales el sujeto experimenta la impresién de des-
pertarse a una realidad mas elevada, de atravesar el velo de las apariencias,
14a
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book.proto-religiosas, tengan ocasién de expresarse con un lenguaje indepen-
diente de todo dogma y de toda teologia particular, deben concurrir di-
versas condiciones histéricas, y precisamente, y en primer lugar, un cier-
to debilitamiento de la influencia ejercida sobre el conjunto de la
sociedad por la religién instituida. Y ése es el caso de Occidente, donde,
mis claramente que en ninguna otra parte, esas condiciones se han mani-
festado desde hace al menos dos siglos.
El enfoque que seguimos aqui implica dos aspectos. Por un lado, tra-
taremos de mostrar que el valor propio del fenémeno mistico, a saber, su
poder de revelacién, es indisociable de ese lado «patolégico» que invoca
el reduccionismo para desmitificarlo: si el mistico accede, en ciertas con-
diciones, a una realidad de orden superior, no es «a pesar» de ese aspecto
de su experiencia que comparte con los neuréticos o los delirantes, sino a
través de él, y, por decirlo asi, gracias a él. Esto implica que algunas es-
tructuras del estar-en-el-mundo «normal», «mentalmente sano» 0 «no al-
terado» conllevan de hecho un significado negativo y que la destruccién
de esas estructuras, a través del desarreglo mental que prepara al éxtasis,
recibe el estatuto de una «negacién de la negacién», restituyendo una po-
sitividad latente. Ese positivo oculto, que se revela aprovechando la crisis
extatica, toma la forma de una beatitud que constituye el verdadero con-
tenido del éxtasis, su micleo inmutable del que nada, en el contexto de la
experiencia, permite dar cuenta. Al intento de determinar el estatuto fe-
nomenolégico y ontolégico de esa beatitud, con las consecuencias pric
ticas que de ella se derivan, corresponde la tercera parte de esta exposi-
cién. Antes, las dos primeras partes se habrin dedicado a una especie de
«defensa e ilustracién» del fendmeno mistico en su autenticidad, frente a
un cierto reduccionismo freudiano (primera parte), e igualmente frente a
los esquemas explicativos que tienden a asemejarlo con la psicosis (segun-
da parte).
16La mistica salvajePrimera parte
El océano interior
Estoy tendido en la playa, las olas centelleantes proyectan un resplandor
azulado en mis ojos que suefian, La brisa, mar adentro, agita su abanico... El
asalto regular de las olas, exaltador, arrullador, llega hasta la orilla lavada por la
espuma... 20 hasta el oido? No sé. Lo cercano y lo lejano se confunden, dentro
y fuera se deslizan uno en otro. El latido de las olas se hai
proximo, cada vez mis intimo. Su pulsacién resuena en mi cabeza, mis alla de
mi alma, a la que abraza y engulle, mientras
de olas azules. Si, fuera y dentro no son mis que uno, el universo aflora en el
cada vez mas
derrama en el exterior en forma
alma y el alma se disuelve en el universo. Nuestra pequeiia existencia se sumerge
en un gran sueiio, el de la cuna, el de la tumba, el de la casa que dejamos por la
maiiana y recuperamos por la noche. Nuestra vida es esta breve odisea, esta arca
lanzada sobre las olas de la unidad originaria de donde surge y adonde regresa...
Azul, ondula el mar infinito en el que la medusa suefia esa vida primitiva hacia
la que nuestra intuicién desciende de nuevo de edad en edad, a través de las
aguas oscuras de la memoria...”
*Karl Jodl, Seele und Welt,
Werke, v, Walter Verlag, Friburgo 1973 [Simbolos de transformacién, Paid
1998), pag. 416.
ado por C. G. Jung, Symbole der Wandlung. Gesammelte
, Barcelona1
Freud, Romain Rolland
y el sentimiento oceanico
El tema que aqui tratamos con el nombre de «mistica salvaje» se habria
podido designar también, y sin duda mas poéticamente, «sentimiento
ocednico» o «sensacién ocednica». Esta audaz transposicion del calificativo
«oceanico» al registro psicolégico se remonta, como se sabe, a Romain
Rolland y a su correspondencia con Freud. En esas cartas intercambiadas
a finales de los afios veinte y principios de los treinta, se inicia la larga y
tortuosa historia, tejida de equivocos y malentendidos tenaces, pero en
resumidas cuentas rica en ensefianzas, de las relaciones entre la mistica y
el psicoanilisis'"'. Es por tanto indispensable que proyectemos, en primer
lugar, toda la luz posible sobre esos comienzos.
Fue Freud, segtin parece, quien, a comienzos de los aiios veinte, traté
de entrar en relacién con el escritor francés, entonces en la cima de su
gloria (habia recibido el premio Nobel de literatura en 1916). El 9 de fe-
brero de 1923, en efecto, en una breve nota dirigida a E. Monod-Herzen,
Freud escribia: «Puesto que usted es amigo de Romain Rolland, zpuedo
pedirle que le transmita la admiracién respetuosa de un desconocido?»"*.
E. Monod-Herzen debié de cumplir muy rapidamente este servicio y el
propio Romain Rolland debié de reaccionar con igual prontitud, puesto
que ya el 4 de marzo la correspondencia de Freud da cuenta de una res-
puesta de éste al escritor francés. Sin embargo, este intercambio parece si-
tuado de entrada bajo el signo de una ambigiiedad singular. En efecto, la
carta comienza asi: «Conservaré hasta el final de mis dias el recuerdo alen-
tador de haber podido intercambiar un saludo con usted. Pues su nombre
esta asociado para nosotros con la mis valiosa de todas las ilusiones her-
mosas, la de la expansién del amor a toda la humanidad»"*.
«La mis valiosa de todas las ilusiones hermosas...», lo que se podria to-
mar por una muestra de ligereza por parte de un «desconocido» hacia el
gran hombre, sorprendera menos si se sabe que el interés de Freud se di-
rige aqui menos al novelista o al dramaturgo que al intelectual. Entre estos
dos hombres, a los que todo separa —la lengua, la ascendencia familiar, la
religion natal, la formacidn, el oficio ¢ incluso las convicciones~, se enta~
21bla una extraiia complicidad, lena de segundas intenciones y que sélo el
contexto histérico de su encuentro permite, en cierta medida, explicar.
Estamos en el periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra
Mundial. Freud y R. Rolland se han librado, debido a su edad, de parti-
cipar activamente en ella. Pero no han permanecido indiferentes. Uno y
otro trataron, cada uno en su campo y segtin su temperamento, de opo-
nerse al desencadenamiento del furor nacionalista. Si algo de la obra de R.
Rolland sobrevive en los siglos futuros, sera tal vez esa coleccién de ar~
ticulos que publicé en el Journal de Genéve con el titulo Au-dessus de la mé-
lée (1915), escrito de inspiraci6n humanista, pacifista, universalista, admi-
rado por algunos en ambas orillas del Rin, pero demasiado adelantado a
su tiempo para estar en condiciones de influir en el curso de los aconteci-
mientos. En los afios de la inmediata posguerra, R. Rolland debia ampliar
considerablemente su audiencia internacional y, al mismo tiempo, volver-
se hacia otros mundos, singularmente hacia la civilizaci6n india, de la que
esperaba algo asi como la posibilidad de un rebrotamiento para Europa
después del fracaso espiritual simbolizado por la Gran Guerra. En cuanto
a Freud, redacta ese mismo aio de 1915 sus «Consideraciones de actuali-
dad sobre la guerra y la muerte»", texto singular en el que el abatimiento
inicial ante la recaida en la barbarie de pueblos reputados como altamente
civilizados poco a poco va cediendo lugar a una explicacién de esa recai-
da por las exigencias permanentes de la economia pulsional del hombre.
A fin de cuentas, la Gran Guerra no representa para él sino el hundimien-
to, que era inevitable antes o después, de ciertas ilusiones sobre la supues-
ta perfectibilidad indefinida de los individuos y los pueblos: «En realidad,
no han caido tan bajo como temiamos, porque no se habian elevado tan-
to como habiamos pensado»". Y es en la estela inmediata de las experien-
cias ligadas a la guerra donde elabora el dualismo entre pulsiones de vida
y pulsiones de muerte, al que permanecerd fiel hasta el final’.
En cierto sentido, pues, R. Rolland, con su evangelio del amor uni-
versal, podia pasar a sus ojos por el modelo del utopista, generoso sin
duda, pero ciego. Y, de hecho, la carta de marzo de 1923 insiste mucho en
el tema de la des-ilusién necesaria'’. ;De dénde viene, entonces, «da ad-
miraci6n respetuosa»? De ciertas insuficiencias —pensamos— de la teoria
psicoanalitica, insuficiencias sordamente percibidas por el propio Freud y
que le llevan a buscar en otros unos valores de los que sentia necesidad
pero que no podia fundamentar en su propia construccién tedrica. Se ve
aqui, especialmente, una cierta ambigiiedad que esta en el nticleo de la
22metapsicologia freudiana: a un esquema esencialmente simétrico —el
grandioso equilibrio césmico de Eros, la fuerza que une, retine y edifica,
y TAnatos, la fuerza que separa, dispersa y destruye— se opone un esque-
ma asimétrico, a saber, el principio segiin el cual lo inorginico 0 lo iner-
te es mas «antiguo», en todo caso mis estable, mas probable estadistica~
mente que lo orginico, lo complejo, lo vivo. Ahora bien, este segundo
esquema se apoya en una intuicién fundamentalmente materialista y re-
ductora, presente de un extremo al otro de la obra freudiana, y que llega,
de manera tan logica como paraddjica, a plantear que el principio del pla-
cer est al servicio de la pulsién de muerte".
Sin tratar, de momento, de juzgar esta construccién, se puede sefalar
que se traduce, al menos a nuestra escala, en un privilegio evidente de la
destruccién sobre la construccién. Si las conductas humanas mis inspira-
das por Eros estan al mismo tiempo secretamente animadas por la nostal-
gia del reposo, del no suftimiento, de la aniquilacién, esto implica que sa~
dismo y autodestruccién gangrenan el deseo, todo deseo, y que la
verdadera paz a la que aspiramos es la paz de los cementerios. Se com-
prende entonces que Freud, como si debiera retroceder inevitablemente
ante las consecuencias de sus propios descubrimientos, se lanzara en bus-
ca de antidotos, de medios artificiales para restablecer, en la existencia so-
cial, un cierto equilibrio entre Eros y Tanatos. Ese seri uno de los temas
dominantes de El malestar en la cultura, pero su aparicion se observa ya en
esta carta de 1923". Y es que R. Rolland, con su entusiasmo militante, su
universalismo y su cosmopolitismo ingenuos, le parecia sin duda la anti-
tesis misma de su escepticismo desilusionado, un portador, pues, y un
transmisor de ilusiones, pero de ilusiones benéficas en tanto que reconci-
liadoras. Es posible que R. Rolland percibiera, por su parte, la sobria Iu-
cidez freudiana como un util pretil contra los peligros de su propensién
personal a la utopia religiosa y politica. Sea como fuere, no se podria du-
dar de que la relacién de los dos hombres se aliment6 mas del sentimien-
to de sus diferencias ~y de su posible complementariedad— que de una
problemitica afinidad”.
Sin embargo, las cosas cambian a partir de 1927, cuando Freud envia a
R. Rolland un ejemplar de su ultimo libro publicado, El porvenir de una
ilusiin. Conocemos el tema general de este texto: toda religién hunde sus
raices afectivas en una cierta impotencia (Hilflosigkeit) inicial del nifio, im-
potencia que los inevitables conflictos de la existencia reactivan sin cesar
en la edad adulta y contra la que la mayoria de los hombres no tiene otro
23recurso que remitirse a una Figura Paterna mitica, que, mediante sacrifi-
cios y una sumision respetuosa, se supone asegura su proteccién en esta
vida y en la otra. R. Rolland, que pronto tom6 sus distancias respecto del
catolicismo de su medio de origen -y al que no volver nunca~ no tiene
una objecién mayor contra esa tesis. El es también, a su manera, un
Aufklarer, un racionalista receloso de clericalismos y ortodoxias". Cede,
pues, de buena gana a Freud lo que se podria denominar el lado dogmati-
co e institucional del fenémeno religioso. Pero, segtin él, subsiste un resi-
duo precioso que el filtro racionalista no deja pasar: «Su anilisis de las reli-
giones es justo. Pero me habria gustado que usted analizara el sentimiento
religioso espontineo, 0, mas exactamente, la sensacidn religiosa, que es
completamente diferente de las religiones propiamente dichas... el hecho
simple y directo de la sensacién de lo Eterno, que puede perfectamente no
ser eterno, sino simplemente sin limites perceptibles y como oceanico... yo
estoy familiarizado con esa sensaci6n. A lo largo de toda mi vida nunca ha
estado ausente de mi». Y un poco mis adelante precisa que ese senti-
miento no esta ligado para él a ninguna esperanza de supervivencia y que
no espera otra cosa tras la muerte que un «descanso eterno».
Dos afios mis tarde, estas lineas serian objeto de un comentario nota~
ble en las primeras paginas de El malestar en la cultura e iniciarian en Freud
la cristalizacion de cierta concepcién del fendmeno mistico, presente en
él, desde hacia tiempo, en estado latente. Revelan, en efecto, otra faceta
mis de la personalidad de R. Rolland: una religiosidad vaga en su conte-
nido representativo, pues esti liberado de todo tipo de dogma, la asocia~
cin, a veces confusa, de una especie de panteismo con el «amor a la hu-
manidad», pero también la aspiracién ardiente a volver a unirse, por
contacto directo, con una realidad interior presentida desde la infancia™,
Si no hay ninguna raz6n particular para dudar de la afirmacién de R.
Rolland segan la cual la sensacién ocednica le era conocida desde la in-
fancia -y la gran suma novelesca (jen diez voltimenes!) titulada Jean-
Christophe la deja aflorar en numerosos pasajes*—, en cambio la eleccién
del término «oceanico» requiere tal vez una justificacién.
Sin duda se puede tratar de un hallazgo literario del propio R. Ro-
land, hallazgo fundado en la aptitud natural de este adjetivo para expresar
una cierta dilatacién o expansién de las fronteras del Yo". Sin embargo,
no se debe olvidar que, en aquella época, R. Rolland se dedica sobre
todo a la preparaci6n de su gran trilogia sobre la India mistica que apare-
cera en 1929, Ahora bien, nada es mas frecuente, en la literatura religiosa
24a
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book.Ahora bien, sucede que la expresién «sentimiento ocednico» produ-
cira en Freud un efecto detonante. Hasta ese momento no se habia esta-
blecido ningan didlogo verdadero entre ambos hombres. Se trataba mas
bien de homenajes reciprocos hechos a distancia. Todo cambia con la
carta del 14 de julio de 1929, en la que Freud confiesa esto a su corres
ponsal: «[Sus observaciones] con respecto a un sentimiento que usted ha
calificado de “oceanico” no me han dejado descansar. Sucede que en
una nueva obra, todavia inacabada [...], tomo su sugerencia como punto
de partida, hablo del sentimiento “ocednico” y trato de interpretarlo en
el sentido de nuestra psicologia»”. Al mismo tiempo —y esto merece una
reflexién-, Freud se muestra consciente del hecho de que el tema propio
del libro no tiene, aparentemente, ninguna relacién con la sensacién
oceanica: «El ensayo trata de otros temas, de la felicidad, de la civiliza-
cion y del sentimiento de culpa». Y, sin embargo, Freud parece atenerse
a ese punto de partida, puesto que pide a R. Rolland permiso expreso
para referirse —sin citar sin embargo su nombre—a su carta de diciembre
de 1927.
R. Rolland debio de responder practicamente a vuelta de correo,
pues ya el 20 de julio Freud esta en condiciones de escribirle de nuevo
para agradecerle su autorizacién. Esta carta del 20 de julio es en si misma
bastante singular. En primer lugar porque Freud -como si no pudiera
contentarse con esa simple autorizacién— adjunta a su propio envio la car-
ta de R. Rolland de diciembre de 1927, para que éste la relea, confirme
que expresa exactamente su pensamiento y, por ultimo, se la devuelva de
nuevo a Freud, jque la conservara como una reliquia!” Sorprendente lujo
de precauciones, cuando el texto de R. Rolland sobre lo oceanico es, si
no perfectamente claro, al menos perfectamente univoco. Por otra parte,
nada le impedia citar simplemente los pasajes de la carta que le parecieran
mis importantes, © los que le plantearan problemas, para obtener aclara~
ciones a sus palabras. En lugar de eso, jconfia al correo el precioso origi-
nal para una nueva ida y vuelta entre Francia y Alemania!” Es como si
tratara, por todos los medios, de demostrar a R. Rolland a la vez su exce-
lente disposicién con respecto a él y la extremada atencién que habia de-
dicado a su texto. Nos podemos preguntar los motivos profundos de toda
esa gesticulacién. Por otra parte, esas manifestaciones de amistad contras-
tan un poco con el tono dominante del resto de la carta. Volviendo al li
bro cuya proxima aparicién anunciaba, advierte a su corresponsal que no
encontrara en él «ninguna observacién» sobre el sentimiento «ocednico»;
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book.Parece que R, Rolland percibié algo del caricter esencialmente de-
fensivo de esa estrategia. El 24 de julio de 1929, s6lo cuatro dias después,
por tanto, de que Freud le hubiera remitido para una tltima confirma-
cin su propia carta de 1927", R. Rolland le responde mediante una nota
bastante breve en la que se encuentra especialmente esto: «Me cuesta creer
que la mistica y la misica le sean extrafas [...], creo mas bien que usted
desconfia de ellas, en favor de la integridad de la raz6n critica, instru-
mento que usted maneja»“, Unos meses més tarde, R. Rolland recibiria
un ejemplar dedicado® del Malestar. Ignoramos cual fue su reaccién in-
mediata, pues la parte actualmente accesible de su Correspondance no lo
menciona. En cambio, su gran trilogia sobre la India mistica, cuyas fechas
de publicacién enmarcan la del Malestar, lleva las huellas, sobre todo en el
segundo volumen, de su lectura de Freud. Y esta lectura es mis critica
que admirativa. En sustancia, R. Rolland reprocha a Freud (sin nombrar-
le) no ver que la sensacién oceanica, si bien puede ser asimilada en cier-
tos aspectos «a una vuelta al estadio primigenio, al estado intrauterino», es
también una expansi6n ilimitada, positiva, consciente de si misma, y que
se acompaifia de «un bienestar soberano» irreductible a la quietud infantil.
Mas atin, contraataca preguntindose a su vez sobre los posibles resortes
afectivos de la «resistencia» manifestada por Freud: «Vosotros, doctores del
Inconsciente, en lugar de haceros ciudadanos de este imperio ilimitado,
para poseerlo mejor, no entrais nunca en él sino como extranjeros, im-
buidos de la idea preconcebida de la superioridad de la parte que repre-
sentais [...]. La desconfianza que manifiestan algunos maestros del psicoa-
nalisis por el libre juego natural del espiritu, que goza de su propia
posesi6n [...], revela, sin que ellos se den cuenta, una especie de ascetismo
y renuncia religiosa a contrapelo»™.
A su vez, Freud reacciona al envio del Essai, y lo hace en una carta
bastante larga con fecha del 19 de enero de 1930”. Una vez mis, el cuida-
do por marcar las distancias esta contrarrestado, en su respuesta, por el mas
vivo todavia de no cortar los puentes. Se ha sentido aludido por la polé-
mica contra los «racionalistas extremistas», pero no quiere ofenderse por
ello. En lo que se refiere a su desconfianza por la gungla hindt» (enten-
damos: jdel pensamiento hindt!), quiere retractarse, pero reconoce que
«no es facil franquear sus propios limites». Reprende a R. Rolland por el
uso demasiado amplio, de alguna manera «especulativo», que hace de
conceptos psicoanaliticos como «introversién», «narcisismo», «principio
de placer», y le recuerda que «son de naturaleza puramente descriptiva y
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You have either reached 2 page thts unevalale fer vowing or reached your ievina tit for his
book.En realidad, todas las cosas se presentaban provistas de un «interior», parecian
existir en el mismo modo que yo mismo, con una interioridad propia, una espe-
cie de vida individual. Y, vistas bajo ese aspecto, todas ellas parecian extraordi-
nariamente hermosas. Alli, en el patio, habia un gato que, con la cabeza levanta-
da, seguia indolentemente el vuelo de una avispa que se movia, sin desplazarse
realmente, justo encima de él. Una misma tensién vital animaba al gato, la avis-
pa, las botellas rotas [...], todas las cosas enrojecian con un brillo que emanaba del
interior de si misma:
Otra experiencia, muy similar por el tipo de circunstancias en la que
sobrevino y por el efecto de transfiguracién del marco exterior, es la de
Miss Montague. Difiere sin embargo de la vivida por N. M. en que el
arrobamiento, asociado de forma bastante natural a esa transfiguraci6n, se
produce aqui con una claridad muy superior. La autora de este testimonio
habia estado hospitalizada para una operacién quirirgica. Después de va-
rias semanas de larga convalecencia (el episodio sucedié en marzo de 1915),
su cama de ruedas fue llevada, por vez primera, a una especie de mirador
desde el que podia contemplar el jardin del hospital «con sus ramas desnu-
das y sus montones de nieve medio derretida, de un gris sucio mas que
blanco». Su relato se desarrolla asi:
De manera completamente inesperada (pues jamas habia sofiado algo asf) mis
ojos se abrieron y, por primera vez en mi vida, tuve una vision fugitiva de la be-
lleza extitica de lo real... No vi nada nuevo, pero vi todas las cosas habituales a
una luz nueva y milagrosa, ala que, creo, es su verdadera luz. Percibi el extraiio
esplendor, la alegria, que hace imposible todo intento de descripcién por mi par-
te, de la vida en su totalidad, Cada uno de los seres humanos que pasaban por el
mirador, cada gorrién en su vuelo, cada rama que oscilaba al viento, eran parte
integrante del todo, como absorbidos en ese loco éxtasis de alegria, de significa~
do, de vida embriagada. Vi esta belleza presente en todas partes. Mi corazén se
fundié y me abandoné, por decirlo asi, en un arrobo de amor y de delicias [...}.
Una vez al menos, en medio de la monotonia de los dias de mi vida, habia visto
el coraz6n de la realidad, habia sido testigo de la verdad
En un registro ligeramente diferente, nos gustaria citar también el tes-
timonio del gran escritor inglés John Cooper Powys. Su Autobiografia, es~
pecialmente, esta constelada de pasajes de aire «proustiano» en los que es-
talla su capacidad visionaria para captar el multum in parvo, para extraer de
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You have either reached 2 page thts unevalale fer vowing or reached your ievina tit for his
book.extrema, caminaba sobre gruesas piedras que habitualmente me doblaban los
pies, como si yo fuera sélo una sombra ligera. En aquel momento no buscaba
nada, pero el cielo se abrio. Y vi [...]. La agitacion perdida de un dia sofocante
por fin se habia roto, se habia volatilizado la cascara [...]. De una tormenta lejana
brotaban relimpagos sin cesar [...]. Pero la fiesta del cielo era pilida junto ala au-
rora que despuntaba. No exactamente en mi: no puedo, en efecto, asignar lugar
a lo que no es mas comprensible ni menos brusco que el viento. Estaba sobre mi,
por todas partes, la aurora...*
Es posible también que la experiencia no implique este aspecto de
algo trastocadoramente repentino. Igual que la frontera del Yo y el no-Yo
puede volverse indecisa y fluctuante, igualmente esas modificaciones
pueden, a su vez, presentar ese caracter de fluidez inasible y, especialmen-
te, hurtar a la mirada introspectiva su comienzo y su fin. Hay experiencias
que desarticulan la temporalidad ordinaria de manera tan sutil y tan ava-
salladora que no se dejan siquiera localizar y designar como tales en el
momento en que se producen, sino que se conocen mis tarde, por una
especie de anamnesis que debe reconstruirlas antes de poderlas nombrar y
describir. Pareceria que la cautividad, la travesia de extensiones desérticas
© incluso la interminable inmovilidad de los accidentados en la convale-
cencia —en resumen, todo periodo prolongado de inactividad o de activi-
dad monétona y mecinica~ constituyen un conjunto de condiciones fa-
vorables a la eclosién de tales ensofaciones misticas en que el interior y el
exterior se interpenetran de manera tan desconcertante como fascinante.
Una de las descripciones mas notables de esos estados es el «fragmen-
to autobiogrifico» en el que Marius Fabre relata el periodo de su adoles-
cencia en el que la consolidacién de una fractura le mantiene inmévil du-
rante largos meses, y pasa todas las tardes tumbado al sol, leyendo o
sonando. En aquel momento, ignoraba que vivia estados misticos, pues su
experiencia era entonces para él «sin nombre y sin regla». Fue a posterio-
ri, después de haberse acercado a «una persona para quien los estados de
ese género poseian una definicién, un desarrollo histérico y una t
cuando comenz6 a medir la importancia de lo que habia conocido sin
conocerlo, Traté entonces de delimitarlo con palabras
No podria precisar su duracién. Me parece que su amplitud era variable; a
veces daba a un dia entero un ambiente cuyos efectos sentia [...], a veces se aho-
gaba en un deslumbramiento en el que perdia el control de la duracion, de modo
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book.realidad de su contenido, se ha mantenido a través del cuarto de siglo que ha
pasado desde entonces®.
Mas interesante todavia, tal vez, es el relato de Dorothea Spinney (ha-
cia 1950) que conocemos gracias a Robert C. Zaehner. Esta inglesa de
nuestro tiempo se expresa en algunas partes -observa Zaehner— en los
mismos términos de las Upanishads, de las que, sin embargo, al parecer,
ella no tenia el menor conocimiento:
Me senté en la cama para mirar a través de la gran ventana, justo frente a mi,
y contemplé desde alli las luces que se reflejaban en las estrechas calles fangosas
de aquella pequefia ciudad. Pensaba en el agrado que producia a Charles Lamb la
claridad de las farolas sobre los adoquines mojados, cuando de repente una bru-
ma de un color blanco azulado, transhicido, brillante, sustrajo de mis ojos este
mundo y toda experiencia de estar alli que yo tenia. Con la bruma me llegé una
paz y una alegria inefables [...]. Apenas se puede describir una experiencia en la
que se es arrebatada en... en zqué? Algo sobre lo que nunca habia leido, sobre lo
que jamas habia meditado, cuya existencia nunca habia conocido, del mismo
modo que un nifio, antes de nacer, no puede comprender una descripcién de
este mundo.
La bruma se hizo mas densa, y a medida que se volvia mis profunda, el co-
nocimiento, el consuelo, el resplandor, la paz, en una palabra, el éxtasis, se ahon-
daron igualmente, hasta que «Yo» pareci ser «Eso» y «Eso» parecié ser «Yor.
Estibamos confundidos, mezclados, fusionados... Toda yo era conciencia, des-
pertar, y sin embargo, cuando volvi en mi, no habia nada que contar. Cuando
estaba sumergida, estaba en todo lo que ha sido, fue y sera; ahora me doy cuen-
ta de que el ser humano mide el espacio y el tiempo, nada es antes o después,
sino simultaneo, todo esta ahi.
De repente, la bruma, la luz, desaparecieron igual que habian surgido. Seguia
sentada en mi cama, agarrando la sibana, con los ojos muy abiertos, mirando las
luces de la calle.
Mi primer pensamiento fue:
alegria, esta seguridad...». Luego me sucedié algo curioso. Miré el mundo exte-
rior por la ventana, palpé los muebles de mi habitacién y me dije: «Qué extraiio,
este mundo es una sombra. He tocado lo Real y lo que siempre esta “ahi”; todo
iBien! Debajo de todo existe esta calma, esta
este mundo que conoci seri en adelante irreal. :Por qué esta ahi? ;Para experi-
mentar qué?»™.
39Casi todas las experiencias a las que aqui recurrimos implican, de una
forma u otra, una superacién del tiempo, al menos del tiempo tal como
ordinariamente se vive. En muchos casos, sin embargo, esa superacién no
se indica mas que de pasada, en medio de otros temas misticos que Ilaman
mis la atencién. O no se expresa por si misma, sino que debe ser deduci-
da por el lector de ese efecto de «ruptura», experimentado siempre por el
sujeto tanto al principio como al final de la experiencia. En cambio, Ri-
chard Jefferies, poeta y ensayista inglés del siglo XIX, sitda la superacion del
tiempo en el centro mismo de su visién extatica. Sin duda, es también lo
que se denomina un amistico de la naturaleza»", pero el especticulo de la
naturaleza representa para él, ante todo, la ocasién de volver a sumirse en
lo recurrente, en lo ciclico y, finalmente, en lo intemporal. Como prueba,
este ensueiio meditativo en medio de un cementerio, mas exactamente de
un rural cemetery a la inglesa, donde las tumbas se difuminan en el paisaje:
El gran reloj del firmamento, el sol y las estrellas, la luna creciente, la tierra
que gira dos mil veces no son para mi nada mis que la corriente del arroyo cuan-
do he sacado la mano; mi alma no ha estado jamis, y jamas puede estar sumergi-
da en el tiempo [...]. Al comprender tan claramente la presencia de mi propia
conciencia interna, la psique, no puedo comprender el tiempo. La eternidad esta
ahi, ahora. Yo estoy dentro de ella. Esta a mi alrededor en el brillo del sol. Yo es-
toy en ella como la mariposa que baila en el aire saturado de luz. Nada hay por
venir. Todo esta ya ahi. Ahora la eternidad, ahora la vida inmortal. Aqui, en este
instante, cerca de estos timulos, ahora, vivo en ella. Cuando todas las estrellas
han Hevado a cabo su revolucién, no producen mas que un nuevo Ahora. La con-
tinuidad del Ahora dura para siempre. De manera que me parece absolutamente
natural, y no sobrenatural, que el alma, cuya envoltura temporal ha sido enterra-
da bajo este timulo, exista ahora, mientras yo estoy sentado en el césped. jEl pen-
samiento es mucho mas profundo que los millones de kilémetros del firmamen-
to! La maravilla esté aqui, no alli; ahora, no luego, siempre ahora. Las cosas que se
han llamado equivocadamente sobrenaturales me parecen simples, mis naturales
que la naturaleza, que la tierra, que el mar o el sol. Es infinitamente mis natural
tener un alma que no tenerla; y que la inmortalidad exista. Es la materia la que es
lo sobrenatural, y la que es dificil de comprender. ;Por qué este terron de tierra
que tengo en mi mano? ;Por qué esta agua, cuyas gotas brillantes caen de mis de-
dos, que he mojado en el arroyo? ;Por qué existen? Cuando? ;Cémo? ;Con
qué objetivo?”
40En ciertos casos, por tiltimo, es la estructura misma de la experiencia
consciente la que, unificandose, simplificandose cada vez mas, termina
por disolver en si misma todos los pensamientos, todos los recuerdos, to-
das las percepciones, hasta el punto de aprehenderse a si misma no ya
como Ia impotencia © desvalimiento de una mirada vida de imagenes
procedentes del exterior, sino como una plenitud indiferenciada que,
gratuitamente, soberanamente, deja que las formas emanen de sus pro-
fundidades para cogerlas de nuevo libremente. Una pagina del Diario de
Amiel describe asi esa concentracién de la psique sobre si que la India Ila-
ma samadhi:
La calle esta silenciosa, un rayo de sol cae en mi habitacion, un recogimiento
profundo se hace en mi; oigo latir mi corazén y pasar mi vida [...], la inmensidad
tranquila, la calma infinita del reposo me invade, me penetra, me subyuga. Me
parece que me he vuelto una estatua en las orillas del rio del tiempo [...], en estos
momentos, parece que mi conciencia se retira a su eternidad, Ve circular en su in-
terior sus astros y su naturaleza, con sus estaciones y sus miriadas de cosas indivi
duales, se apercibe de su misma sustancia, superior a toda forma, que contiene su
pasado, su presente y su futuro, vacio que todo lo encierra, medio invisible y fe-
cundo, virtualidad de un mundo que se libera de su propia existencia para recu-
perarse en su intimidad pura. En esos instantes sublimes, el cuerpo ha desapareci-
do, el espiritu se ha simplificado y unificado; pasiones, suftimientos, voluntades,
ideas, se han reabsorbido en el ser, como las gotas de Iluvia en el océano que las
engendra. Este estado es contemplacién y no estupor. No es doloroso, ni alegre,
ni triste; esta fuera de todo sentimiento especial, como de todo pensamiento fi
to. Es la conciencia del ser y la conciencia de la omniposibilidad latente en el fon-
do de ese ser. Es la sensacién del infinito espiritual, Es el fondo de la libertad”.
Esta primera muestra de testimonios es todavia demasiado restringida
para pretender cubrir todos los aspectos del fenémeno de Ia «mistica sal-
vaje». A pesar de todo, nos parece constituir un bagaje de referencias su-
ficiente para abordar ahora, con mayor conocimiento de causa, el examen
de la interpretacién freudiana del fenémeno. En el umbral de esta inves-
tigacin, vale la pena subrayar algunas caracteristicas esenciales” de la ex-
periencia mistica espontinea.
Y en primer lugar esta apertura, este desgarro en Ja trama ordinaria de
los dias y las horas: algo acontece que no ha sido buscado, ni previsto, ni
siquiera presentido. En la mayoria de los casos, el efecto de ruptura esta li-
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book.3
gUna embriologia del alma?
Conminado de algtin modo por R. Rolland a tomar postura frente al
«sentimiento ocednico», Freud hace preceder su respuesta de dos observa-
ciones de apariencia anodina pero que pesaran mucho sobre el conjunto
de su interpretacién. Comienza por reconocerse refractario a este tipo de
experiencia: «Imposible descubrir en mi mismo semejante sentimiento
“oceadnico”»*, lo que remite a una cierta idiosincrasia de la sensibilidad
mistica que la haria, por adelantado, no apta a toda universalizacién. Y,
sobre todo, intelectualiza de entrada esta experiencia de la que trata de
dar cuenta. En vez de «un sentimiento de unién indisociable con el gran
Todo», descubre ahi «una vision intelectual», aun concediendo que ésta se
presenta siempre «asociada a un elemento afectivo cierto»™. La coloca,
pues, mas del lado de las representaciones del mundo que del de la pura
vivencia afectiva. En cuanto a la dimensién individual de tal sensibilidad,
se ve impelido de manera completamente natural a dar cuenta de ella en
términos de supervivencia de elementos antiguos, esto en una perspecti-
va genética que es la esencia misma del método analitico.
En el origen, pues ~y por «origen» Freud entiende el modo de expe-
riencia del recién nacido, a veces las condiciones de la vida intrauterina
misma~ no distinguiriamos claramente nuestro Yo del mundo exterior, 0,
mis exactamente, ignorariamos todo de cualquier mundo exterior. En esta
etapa, la nocién misma de un Otro en general nos seria todavia desconoci-
da. De este modo, el recién nacido que, por vez primera, abre los ojos y
parece seguir con la mirada algunos objetos permanece en realidad per-
dido en su suefio interior. Esta también muy lejos de «abrir los ojos al
mundo» —como piensan gustosos los adultos que traducen la experiencia
del recién nacido a sus propias categorias~, pues, para ello, tendria que ha~
berse formado ya la nocién misma de un objeto, de algo que se situaria
frente a él oponiéndosele. Freud trata asi de reconstruir hipotéticamente la
lenta y dificil génesis de la diferenciacién del Yo de lo que no es él. A este
respecto, en El malestar en la cultura atribuye un papel importante a dos fac~
tores: por una parte, el contraste entre la regularidad sin fallo de las excita-
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book.primeras semanas de vida. Se trata en realidad de una idea mucho mas
rica, pues a la nocién de desinterés hacia la realidad exterior, o incluso de
ignorancia de lo exterior en cuanto tal, viene a afiadirse la de una libido
«autoerotica», es decir, exclusivamente vuelta hacia el Yo. Se recordar a
este respecto que Freud reserva el término libido a las pulsiones propia-
mente sexuales, es decir, que buscan «un placer irreductible en la satisfac-
cion de una necesidad fisiologica fundamental (respiraci6n, hambre, fun-
cion de excrecion, etc.)»"'. El recién nacido, o tal vez ya el feto, no se ama
mas que a si mismo y se basta a si mismo en el sentido de que su cuerpo,
antes incluso de toda «manipulacién» coordinada del tipo «chupetear», es
para él, de entrada, la fuente de las sensaciones agradables. En un princi-
pio, lo desagradable no puede formar parte de la experiencia del Yo, no
puede de ninguna manera ser integrado por él o siquiera coexistir con él.
Y Freud, como ya se ha indicado, describe precisamente la legada de lo
desagradable, con su caracter inevitable, como lo que contribuye precoz-
mente a expulsar al Yo fuera de su fortaleza autarquica y le obliga a rede-
finir sus limites. No se podria insistir bastante sobre este punto, por des-
concertante que parezca al principio la idea de un Yo primitivo, a la vez
realidad ilimitada y goce puro.
Asi, el Yo no seria arrancado a su autosuficiencia inicial mas que a tra-
vés de cierta violencia que el exterior le inflige. En esas condiciones, no
es sino obligado y forzado como abandona su posicién libidinal primaria,
la del autoerotismo. Se debe, pues, esperar que el desplazamiento de la li-
bido del Yo hacia objetos exteriores no se efecttie mas que de manera
parcial y condicional. Y, segtin Freud, eso es lo que la experiencia clinica
viene a confirmar: alli donde, por razones en cada caso particulares, la in-
vestidura libidinal de los «objetos» (bienes materiales, objetivos sociales,
relaciones humanas, etc.) no puede efectuarse ya en buenas condiciones,
se asiste a un reflujo de los intereses libidinales sobre el sujeto mismo. Asi
sucede no sélo en la dementia praecox, ya mencionada,
«delirio del fin del mundo» de ciertos paranoicos, como el famoso presi-
dente Schreber.
En «Introduccion al narcisismo», Freud condensa todo este trayecto en
una imagen sorprendente y que da que pensar: «Nos formamos asi la re-
presentacion de una investidura libidinal originaria del Yo; mas tarde, se
cede una parte a los objetos, pero, fundamentalmente, la investidura del
Yo persiste y se comporta hacia las investiduras de los objetos como el
cuerpo de un animal protoplismico hacia los pseudopodos que ha emiti-
ino también en el
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book.mano todo aquello hacia lo que se dirigen sus empresas mundanas, las co-
sas sensibles, liberadas de su degradacién como «utensilios», recuperen al
instante una especie de dignidad y frescura edénica.
Probablemente Freud habria rechazado, o no habria aceptado sino con
la mas extrema reticencia, este esbozo de interpretacién del fendmeno
mistico que estamos tentados de situar bajo su patronazgo. ;Por qué?
Esencialmente, me parece, debido a un cierto realismo del sentido co-
miin, a un positivismo lindante a veces con el cientificismo, que él debe a
su formaci6n, a su medio y a su época, y que limita el alcance de sus
planteamientos mas innovadores 0 renovadores. Sobre el punto que aho-
ra nos ocupa, las cosas estan bastante claras. Freud, habiendo planteado, 0,
mis bien, supuesto, segtin un enfoque epistemolégico regresivo, que rea~
lidad y goce coincidian perfectamente en el Yo del recién nacido, no pa~
rece imaginar ni por un instante que ese «punto de vista del nifio de pe-
cho» pueda implicar un nucleo de verdad definitiva. Hegeliano sin
saberlo, se coloca de entrada en el punto de vista del adulto, a partir del
cual escribe el Bildungsroman de la conciencia infantil. Inevitablemente, el
nino sera desalojado de su ciudadela monadica y deberd ajustar su con-
ciencia con su verdadera situacién en el mundo, la de un infimo frag-
mento de realidad, enfrentado a fuerzas fisicas y sociales sin medida co-
man con las suyas. No s6lo tendra que renunciar a englobarlo todo, sino
también, a través del Edipo y la interiorizacion de la Ley del Padre, debe-
ri aprender a limitar severamente la parte de goce que podria pretender
en este mundo. ;Significa esto que el principio de inviolabilidad del Yo-
placer ha sido olvidado? De ninguna forma, pero se ha producido una di-
sociacién casi total de la realidad y el goce 0, si se quiere, del hecho y el
derecho,
En una especie de fuga tangencial en relacién con el circulo magico
trazado en «Pulsiones y destinos de pulsiones», un Yo-real ha terminado
de hecho por constituirse bajo la presion de la realidad, o de lo que se ha
convenido en denominar asi. Este nuevo Yo se revela capaz, al menos
dentro de ciertos limites, de soportar la espera, la frustracién, el sufri-
miento. En términos freudianos, se adapta al «principio de realidad», gra~
cias al cual asegura su supervivencia biolégica y adquiere un estatuto so-
cial. Esta noci6n de la renuncia multiforme necesaria para la constitucién
del Yo social es evidente. Ninguna antropologia la podria eludir. Pero zen
qué se ha convertido el Yo-placer de los origenes? Es aqui donde el es-
quema freudiano toma sus distancias con respecto a una perspectiva pro-
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book.habla de experiencia mistica espontinea, del tipo del «sentimiento ocea-
nico», sino de «ciertas practicas misticas». :De qué puede tratarse?
Estamos tentados de cotejar este pasaje de Nuevas conferencias con el ul-
timo parrafo del primer capitulo de El malestar en la cultura (no olvidemos
que s6lo dos afios separan ambos escritos), En este tltimo texto, Freud,
después de haber tratado bastante ampliamente del sentimiento oceanico,
evoca in extremis, a modo de conclusidn, el caso de «otro amigo» —no se
trata ya, pues, de R. Rolland— que le habria dicho «que practicando el
yoga, es decir, separandose del mundo exterior, fijando su atencién en
ciertas funciones corporales, y respirando de una forma particular, se lle-
gan a despertar sensaciones nuevas y un sentimiento de universalidad.
Consideraba esos fendmenos como la expresién de un retorno a estados
originales y desde hacia tiempo superados de la vida del alma; veia ahi la
prueba, por decirlo asi, psicolgica de muchos articulos de la sabiduria
mistica»”. En esas condiciones, no parece una suposicién arriesgada iden-
tificar el yoga y sus técnicas con las «pricticas misticas» a las que alude el
texto de las Nuevas conferencias.
Dicho esto, dificilmente podriamos imaginar la manera en que Freud
pudo concebir el modo de accién del yoga sobre el aparato psiquico. Una
hipotesis plausible, pero sélo eso, seria que pudo estar tentado de ver en
ello un conjunto de técnicas de regresién, progresiva y controlada, que
permitieran desenrollar al revés, imagen por imagen, por decirlo asi, la
pelicula de la evolucién filogenética que ha conducido a la personalidad
adulta de hoy. ;Sospeché que tal regresibn controlada podia tener —mas
alla de su alistamiento al servicio del conocimiento del inconsciente— una
virtud liberadora y soteriolégica? La pregunta deber permanecer abierta.
Y esto nos lleva a evocar brevemente el tiltimo «escrito» de Freud re-
lativo a estas cuestiones, a saber, el misterioso apotegma de 1938: «Misti
cismo, la oscura autopercepcién, mas alla del Yo, del reinado del Ello».
Nimbado con el aura particular que siempre flota alrededor de los ultima
verba de un gran pensador, este texto ha suscitado una miriada de comen-
tarios. Renunciamos a discutirlos aqui”. Contentémonos con una obser-
vacion. En cierto sentido, el apotegma dice lo mismo que el pasaje citado
anteriormente de las Nuevas conferencias. Pero alli donde el texto de 1932
invoca la mistica como un método posible, entre muchos otros, para
hacer que consciente ¢ inconsciente se comuniquen, el de 1938 habla de
auto-percepcion (Selbstwahmehmung, donde esta Selbst, «Si mismo»). :Ha-
bria ahi, en Freud, el indicio del descubrimiento tardio de una dimensién
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book.fectas que unen ciertos temas mitolégicos importantes del hinduismo
con los mecanismos de defensa mencionados anteriormente. Por ejem-
plo, la fantasia de la destruccién del universo —en la que sélo el sujeto so-
brevive— evoca inmediatamente para el inddlogo los grandes mitos del
pralaya 0 «disolucion césmica», en los que, efectivamente, aparece con
frecuencia un tinico y misterioso superviviente del diluvio universal”.
No es tampoco absurdo poner en relaci6n la extrafia experiencia del déja
vu con el tema de las vidas anteriores, que, como sabemos, desempefia
un gran papel en las religiones de la India”. Se podrian multiplicar las re-
laciones.
Cuarto y ultimo motivo: la interpretacién de lo que se ha convenido
en llamar la «alegria mistica». Es el mas paraddjico de los cuatro y, al mis-
mo tiempo, tal vez el talon de Aquiles de toda esta construccién. J. M.
Masson esta todavia menos predispuesto que el padre del psicoanilisis a
atribuir a esta alegria cualquier significado espiritual. La solucion, en este
caso, se busca del lado de lo que en la jerga freudiana se denomina las «for-
maciones reactivas». ;Qué quiere decirse con ello? Que el discurso del
mistico, en el que da libre curso a la expresi6n de su alegria, incluso de su
exultacion, deberia descifrarse como la denegacién compulsiva de la an-
gustia que, a cada instante, él siente dispuesta a abatirse sobre él". Esta ale-
gria no seria, en resumen, mas que una mascara bajo la que él hurtaria a
los otros -y, en primer lugar, a si mismo- la realidad de su melancolia in-
superable.
J. M. Masson tuvo el gran mérito de subrayar con énfasis la proximidad
esencial de esas dos esferas de experiencia, la de la patologia mental y la
del «sentimiento oceanico», Ciertamente, no ha sido el Gnico ni el pri-
mero en hacerlo”, pero por lo tajante de sus afirmaciones y la riqueza del
material, clinico y literario, en que se apoya se separa muy claramente de
la cohorte de seguidores de Freud. Dicho esto, proximidad no significa
identidad o reductibilidad de un término al otro. De forma manifiesta,
neurosis y sentimiento ocednico pueden perfectamente tener una fronte-
ra comiin, no distinguirse siempre con claridad, y, sin embargo, corres-
ponder a intenciones muy diferentes. Ahora bien, mientras estas tiltimas
no hayan sido delimitadas y definidas en si mismas, la asimilacién o la re-
ducci6n unilateral de una forma de experiencia a la otra responder a una
pura arbitrariedad.
Ahora bien, J. M. Masson, conformandose en esto al conocido mode-
lo de la «reduccién sistematica de lo superior a lo inferior», pretende des-
61mitificar el sentimiento oceanico y reducir sus grandes elevaciones a las
vicisitudes del trabajo de formacién de sintomas en los sujetos victimas de
Pero, a priori, seria también legitimo esmerarse en sefialar en el
discurso de esos tltimos —tanto en la palabra propiamente dicha como en
el lenguaje corporal— un intento basto, torpe, escasamente clarificado so-
bre si y, por ello, sin duda condenado al fracaso, pero respetable en su es-
téril tenacidad, por salir hacia la luz, por reencontrar 0, mas bien, encon-
trar finalmente una verdadera salud espiritual.
Pongamos un ejemplo: J. M. Masson se vuelve por un momento ha-
cia el caso del Buda y se considera en condiciones de lanzar retrospectiva-
mente sobre él un diagnéstico de depresién crénica. ;La prueba? Senci-
llamente, la primera de las «cuatro verdades santas» proclamadas por él:
sabbam duhkham, «todo es sufrimiento». Comentario del autor: «Para
mantener a distancia (ward off) su depresién, el Buda pensé en proclamar-
la universal»; los aspectos defensivos de esta actitud saltan a la vista: «No
soy yo quien esta deprimido, es la realidad entera la que es deprimente»™.
i¥ asi es como se funda una religién que, veinticinco siglos después,
cuenta todavia con cientos de millones de adeptos!
Evidentemente, el problema es que la idea de sufrimiento universal
dificilmente puede comprenderse sin referencia al polo opuesto, a saber,
esa realidad beatifica del nirvana que él ni siquiera menciona.
Nada prohibe, en ultima instancia, considerar al Buda como un caso
limite (borderline) de personalidad depresiva, pero a condicién de admitir,
al menos a titulo de posibilidad, la reciproca: a saber, que la persona de-
presiva es capaz, en cuanto tal, de desarrollar una cierta lucidez «pesimis-
ta» que la eleva muy por encima de las ilusiones compartidas por la masa
de los conformistas con buena salud y la lleva a los parajes —solamente a
los parajes— de una auténtica comprensién de la primera «verdad santa».
Lo que, a este nivel, parece necesario es una determinacién mas sutil de
los factores que, por regla general, impiden a esas personas establecerse de
manera duradera en la vida mistica, al no haber aprehendido del senti-
miento oceanico otra cosa que esa dimension de «extrafieza inquietante»
(Unheimlichkeit) de la que ya hablaba Freud.
De todas maneras, y aun cuando se hubiera determinado que el senti-
miento ocednico se despliega siempre sobre un fondo de melancolia nos~
talgica, habria que evitar confundirlo con la atmésfera de que se rodea.
Eso es, por desgracia, lo que hace J. M. Masson cuando se niega a tomar
en serio lo que, para cualquier lector u oyente «ingenuo» de los relatos de
neurosi
62esas experiencias, se impone de entrada como su dominante propia: la
evocacion por parte del narrador o el escritor de una afluencia inopinada
de alegria «gratuita», «inmerecida», que le deja como sumergido en ella.
Sin duda, J. M. Masson no niega la presencia de esa alegria —:cémo po-
dria hacerlo?~, pero pretende asignarle un estatuto totalmente incompati-
ble con las condiciones mismas de su manifestacién. Entre el stibito ma-
ravillamiento, que hace desfallecer el entendimiento y torna balbuceantes
las palabras..., y esa especie de reafirmacién compulsiva, crispada, de una
alegria vacia y falsa, simple conjura de la angustia creciente, se abre verda~
deramente un abismo. Abismo por encima del cual el autor salta alegre~
mente cuando, por ejemplo, escribe: «Toda la filosofia vedantica —que tie-
ne su punto de partida en las Upanisad y culmina en el monismo extremo
de Gaudapada [...] que Sankaracarya, discipulo de su discipulo, ha hecho
célebre— puede ser considerada un himno de alabanza dirigido a las deli-
cias de la despersonalizacion y la desrealizacién. Debemos considerar con
mirada escéptica esas pretensiones de beatitud (bliss)»“. Se alcanza aqui el
punto extremo de la paradoja. En efecto, en tanto se trate solamente de
esta © aquella figura mistica individual, se puede siempre, con mayor ©
menor verosimilitud, proponer la hipétesis de una especie de autointoxi-
cacién psiquica. Pero es el legado espiritual de toda una cultura lo que
aqui se pone en cuestién. Esta vez, son cientos o miles de testimonios
concordantes, diseminados a lo largo de los siglos, de los que se nos pide
que creamos ;que todos ellos participan de la misma ilusién! Sin duda Ja
idea, popularizada por Nietzsche, de que una cultura, en cierta fase de su
historia, puede ser afectada por una especie de melancolia paralizante no
tiene en si misma nada de inadmisible. Pero, en tal caso, sus signos son la
decadencia y la posterior extincién de su fecundidad creadora. En el
ejemplo invocado, son veinte 0 veinticinco siglos de produccién literaria,
filos6fica, artistica, etc., lo que habria que asentar en una neurosis colec~
tiva... Se conoce el arbol por sus frutos.
J. M. Masson ha tenido al menos el mérito —sea cual sea la exagera~
cién de sus interpretaciones~ de subrayar la presencia de un elemento os-
curo en las inmediaciones de la experiencia mistica. Pero de ese elemen-
to se puede dar cuenta a partir de la estructura misma de la experiencia, y
sin recurrir a la culpabilidad latente y otros fantasmas que se supone fre-
cuentan el inconsciente del mistico. Parece necesario aqui distinguir dos
tonalidades, que a veces se presentan en sucesion inmediata y otras veces
independientemente una de otra. Son la angustia y el desapego melancé-
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book.dad estructural de dos climas afectivos (en el sentido de la Stimmung en
Ser y tiempo). La angustia representa, de entrada, un despertar, un arranca-
miento a la somnolencia mullida de una pequeiia existencia fatil y prote-
gida, insignificante zumbido de insecto en el bosque estival. De ahi el es-
tupor y el espanto ante la revelacién que el destino de un Yo —que se
habia creido alguien, intercambiable, en todo caso puro asunto privado—
se encuentra de hecho complicado en el despliegue mismo de la physis.
Una cierta forma de realizaci6n mistica esta entonces muy proxima:
aquella en la que el sujeto tomara conciencia de que en su ipseidad esen-
cial esta, por derecho, establecido en el mismo nivel de realidad que esas
aguas, esas montaiias, ese sol; de que esas cosas no pueden existir separa-
das de él, como tampoco él separado de ellas, y de que, de este modo, un
pacto eterno le liga a la physis. Recuperaria asi, en suma, el «no podemos
desengancharnos del mundo» de Christian Grabbe en el que Freud se
complacia en ver una de las interpretaciones posibles del sentimiento
oceanico.
Pero el mecanismo de desenganche no tiene posibilidades de produ-
cirse mas que alli donde el sujeto consiente a ese extrahamiento radical en
el que le ha sumido la angustia. Si, por el contrario, trata instintivamente
de volver atras, hacia el universo familiar de los caminos y los utensilios
que forman algo asi como el correlato natural de su propia identidad fini-
ta, la experiencia no puede sino finalizar antes de tiempo. La idea de un
Yo repentinamente provisto de una gravedad o densidad extraordinaria,
pero con la tentacién de deshacerse de ella porque la siente insoportable,
refleja bien ese «estar en suspenso» entre la angustia y el éxtasis. Nada tie-
ne, pues, de sorprendente que se puedan encontrar casos en los que la ex-
periencia extatica aborta, por decirlo asi, en beneficio de una expansién
incontrolable de la angustia. Un buen ejemplo de ello es el relato de J. A.
Symonds, poeta y critico inglés del siglo XIX:
Siabitamente, en la iglesia, en sociedad o entregado a la lectura ~y siempre,
me parece, cuando mis miisculos estaban en reposo-, sentia el acercamiento de
esa atmésfera (mood). Con una fuerza irresistible, se apoderaba de mi inteligen-
cia y mi voluntad, duraba lo que me parecfa una eternidad, y se desvanecia en
una serie de sensaciones rapidas, semejantes a las que acompaiian al despertar de
una anestesia, Una de las razones por las que detestaba esa especie de trance era
mi incapacidad para darme a mi mismo una descripcidn de él, Todavia ahora no
logro encontrar las palabras que lo pudieran hacer inteligible. Consistfa en una
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You have either reached 2 page thts unevalale fer vowing or reached your ievina tit for his
book.El desapego sera entonces —al ser espontaneo y progresivo— menos ra-
dical, por regla general, que en el caso de la angustia atravesada y supera-
da. Se traducira, pues, en una forma diferente de arrebato mistico, mas
secreta y mas intima. Intentemos de nuevo, mediante algunos ejemplos,
delimitar mejor sus particularidades:
18 de diciembre de 1932. A continuacién, bajo uno de los soportales del Tro-
cadero, me habia detenido para contemplar la perspectiva del Champ-de-Mars.
Hacia un tiempo de primavera, con una bruma luminosa flotando sobre los jar-
dines. Los sonidos tenian esa cualidad ligera que s6lo tienen en los primeros dias
de la primavera. Durante dos 0 tres segundos revivi toda una parte de mi juven-
tud, mis dieciséis, mis diecisiete afios. Eso me produjo una impresion extrafia,
mids penosa que agradable. Sin embargo, existia un acuerdo tan profundo entre
mi mismo y aquel paisaje que me pregunté como en otro tiempo si no seria de-
licioso desvanecerse en todo eso, como una gota de agua en el mar, no tener ya
cuerpo, sino sélo la conciencia suficiente para poder pensar: «Soy una pequefia
parte del universo. El universo es feliz en mi. Yo soy el cielo, el sol, e] Sena y las
casas que lo bordean...». Este pensamiento extrafio nunca me ha abandonado del
todo. A fin de cuentas, es tal vez algo de ese tipo lo que nos espera al otro lado
de la muerte. Y, bruscamente, me senti tan feliz que volvi a casa con el senti-
miento de que tenia que guardar como algo raro y sumamente valioso el recuer-
do de aquel gran espejismo”.
Este pasaje del Diario de Julien Green nos ofrece un ejemplo de tran-
sicién entre la forma «sombria» del sentimiento oceanico —en el trasfondo
del cual se agazapa la angustia— y su forma «clara», con un fondo de sere-
na melancolia, que ahora tratamos de describir. La inquietante extrafieza
del sentimiento de lo «ya visto» esta ahi, favorecido tal vez por lo insdlito
de las condiciones meteorologicas: una atmésfera de primavera cerca de
la Navidad. La angustia parece todavia muy proxima, dispuesta a aflorar,
pero finalmente queda contenida. Si no estalla abiertamente es porque un
sutil trabajo de desapego (en el sentido en el que se habla de «elaborar el
duelo») la ha precedido y prevenido: renuni
ambiciones mundanas, aceptaciOn de la vida de escritor como entrada en
el sacerdocio”. De ahi esa mirada que se desliza por las cosas exteriores
sin detenerse en ellas, sin tratar de «apresarlas» en beneficio de cualquier
proyecto de control y dominacién. Al contrario, lo que destaca con evi-
dencia en este texto es verdaderamente la nostalgia de la Madre, con la
a.una carrera, a las grandes
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book.Segunda parte
Del éxtasis a la angustia
Asi como el cuerpo (sus Srganos y sus funciones) ha sido bésicamente cono-
cido y desvelado no por las proezas de los fuertes, sino por los trastornos de los
débiles, los enfermos, los impedidos, los heridos (pues la salud es silenciosa y ori-
gen de esa impresién inmensamente errénea de que todo es evidente), asi tam-
bién son las perturbaciones de la mente, sus disfunciones, las que seran mis maes-
tros, Mas que el tantas veces ensalzado «saber pensar» de los metafisicos, son las
demencias, los retrasos mentales, los delirios, los éxtasis y las agonias, el «no saber
ya pensar», los que verdaderamente estin lamados a descubrimos’.
* Henri Michaux, Les grandes épreuves de Vesprit, Gallimard, Paris 1966 [Las grandes pnie~
bas del espiritu, Tusquets, Barcelona 1985], pag. 14.1
La experiencia mistica provocada
Hablar de «experiencia mistica provocada» parecera a algunos ilegiti-
mo, incluso escandaloso, sobre todo si se incluyen en esta categoria las al-
teraciones de la conciencia inducidas por el uso de estupefacientes y alu-
cinégenos. Se considera generalmente —mis alla incluso de los medios
religiosos propiamente dichos— que la ascensién mistica conduce a una
cierta intuicién o revelacion directa, aunque sea al mismo tiempo enig-
miatica y confusa, de los valores mis elevados. Y todas las filosofias, 0 casi
todas ellas, coinciden en afirmar que esa recepcién de los valores Gltimos
implica la libertad humana como poder discrecional de abrirse a tales va~
lores, de aceptar eventualmente la inmensidad de sacrificios que pueden
exigir o, al contrario, de sustraerse a su llamada.
Pero zno se pone en duda ese poder inalienable de la libertad, ¢ inclu-
so se hace mofa de él, desde el momento en que aparece la posibilidad de
producir y reproducir a voluntad tales experiencias gracias a una simple
manipulacién del cerebro humano? Si la absorcién de una determinada
pildora o de una cierta seta basta para hacer surgir la luz espiritual, zen
qué se convierten los sabios y santos de épocas pasadas, con sus ayunos,
sus oraciones y sus austeridades de todo tipo? ;Qué pueden significar la
«noche oscura», la «travesia del desierto», la gracia, «las bodas espiritua-
les»? Si podemos obtener a voluntad, por via quimica o recurriendo a al-
gun artefacto electronico, esa vision beatifica que toda una vida de re-
nuncia, enmarcada en una perspectiva religiosa clasica, no es totalmente
seguro que nos procure, :cémo no sentir la tentacién de declarar obsole-
to y caduco el conjunto de esas vias religiosas tradicionales? En esta aso-
ci
cién de la mistica y la técnica es dificil ver otra cosa que una corrup-
cién de la primera por la segunda. Lo que hasta ahora se suponia que
dependia de un esfuerzo extremo del hombre sobre si mismo, de un des-
pojamiento radical y, mas alla incluso de todo eso, de una gracia imprevi-
sible por principio, cae ahora en el dominio de lo organizado, de lo cal-
culable, casi de lo garantizable. El éxtasis se rebaja al rango de mercancia.
Se vende y se compra en cualquier esquina,
77Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. En el capitulo anterior da-
bamos cuenta de cierto nimero de experiencias presentadas como es-
pontaneas. Esto significa solamente que han sobrevenido de improviso y
no han sido buscadas de forma sistematica. Se sittian, pues, al margen
tanto de un recorrido ascético de tipo religioso como de una manipula-
cién, quimica o de otra indole, del cerebro. Pero esto no excluye en ab-
soluto que también hayan podido ser, a su manera, inducidas 0 provoca-
das. Mas adelante aludiremos a las investigaciones en curso en materia de
neurofisiologia del éxtasis. Por mas que esas investigaciones sean todavia
muy limitadas y las interpretaciones basadas en ellas resulten de lo mas
aleatorio, no es menos cierto que la idea de un sustrato neurolégico, ce-
rebral, de este tipo de vivencia se impone con la fuerza de la evidencia.
Reivindicar para la experiencia mistica en general, o incluso solamente
para algunas de sus formas, un estatuto de extraterritorialidad en rela-
cién con el cuerpo corresponderia a una actitud anticientifica e irracio-
nal. Insertada en la vida del organismo, ni mds ni menos que todas las
demas formas de experiencia, se inscribe obligatoriamente en una serie
causal en cuyo interior es legitimo buscar los factores inmediatos de su
desencadenamiento. Por otra parte, en muchos casos, algunos de esos
factores se dejan, si no determinar con exactitud, al menos conjeturar.
Por ejemplo, a través de la diversidad de los testimonios referidos ante-
riormente no nos resulta dificil detectar la presencia de ciertas «causas
pr6ximas» verosimiles, como la soledad prolongada, la privacién senso-
rial, la extrema fatiga fisica y nerviosa, la convalecencia al salir de una
larga enfermedad, etc.
Sin embargo, a partir del momento en que los hombres comenzaron a
sospechar que esos instantes privilegiados no les eran, tal vez, simplemen-
te otorgados por los dioses segiin su voluntad, sino que procedian tam-
bién de cierto condicionamiento mental y fisiolégico, era inevitable que
tratasen de desarrollar verdaderas técnicas de éxtasis con el fin de repro-
ducir a voluntad esos estados tan excepcionales como ardientemente de-
seados. Ahora bien, lo que con razén choca a los detractores de las vias
quimicas hacia el éxtasis es el nivelamiento radical que parecen implicar:
el éxtasis, al igual, por ejemplo, que el suefio artificial de la anestesia, pasa
a ser el resultado de la manipulacién apropiada del cerebro humano.
Subrayan, pues, el contraste entre la facilidad degradante de esos medios
y la inmensidad de los sacrificios exigidos por las vias religiosas tradicio-
nales, inmensidad que seria lo Gnico que estaria a la altura del caracter
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book.Un tercer aspecto, hemos dicho, caracteriza la accién de los estupefa-
cientes y acaba de conferirle un estatuto particular entre la multitud de
EMC. Se lo podria definir en términos de una mayor permeabilidad de la
frontera entre sujeto y objeto, o como una disminucién de la resistencia
de Ia objetividad exterior frente a los pensamientos dirigidos sobre ella.
También aqui De Quincey fue el primero en observar y describir, aun-
que sumariamente, el fenédmeno:
No tenia mas que pensar, en la oscuridad, en cualquier objeto susceptible de
ser representado visualmente, para que se transformara instantineamente en fan
por un proceso que no me parecia menos ineluctable, una vez
que se habia dibujado de ese modo, como con una tinta simpatica, en vision co-
loreada y ligera, se desplegaba y adquiria, bajo la ardiente alquimia de mis sueiios,
un brillo insoportable que atormentaba el corazén"™.
tasma visible,
La droga podria pasar, a este respecto, por la tinica (pero engaiosa) en-
carnacién terrestre de la imaginaci6n creadora absoluta, como un Nova-
lis, por ejemplo, lo sofd: una poesia suprema, casi divina, que haria surgir
la obra de arte directamente, sin la mediacién pesada de materiales e ins-
trumentos. H. Michaux, por ejemplo, no se cansa de describir cémo la
mescalina, especialmente, da forma a las ideas mas banales, mas contin-
gentes, cémo las drogas saben traducir en escenas prodigiosamente ani-
madas y coloristas las menores sugerencias que atraviesen la mente del
hombre sometido a su influencia. Pero antes de él, ya Moreau de Tours
habia formulado una especie de «principio de inercia minima» como ley
de funcionamiento de la mente sometida a la droga: «La mente esta en la
pendiente de la exageracién en todas las cosas; rara vez el impulso mis li-
gero deja de arrastrarla»'”. Ahora bien, el fendmeno, expresando la ambi-
giiedad fundamental de las sustancias psicodélicas, presenta regularmente
dos caras. Su cara «gloriosa» es una productividad mental (no decimos in-
telectual) inaudita: rapidez inverosimil de las asociaciones de ideas, inven-
tiva plastica prodigiosa, capacidad para traducir una misma impresién de
un registro sensorial a otro, para transfigurar el entorno mas banal’. Su
rostro sombrio es una incrementada vulnerabilidad a las solicitaciones
procedentes del exterior: «Nos convertimos en el juguete de las impre-
siones mis diversas. El curso de nuestras ideas puede ser interrumpido por
la causa mis ligera; sufrimos las influencias mds opuestas; nos dejamos
arrastrar, como se dice vulgarmente, por cualquier viento»"*'. Parece que
94acttia aqui una ley de compensacién: en la medida exacta en que mas he-
mos agarrado el mundo —al menos subjetivamente-, también el mundo
nos agarra més. El hombre presa de la droga es un mago capaz de evocar
a voluntad todo tipo de presencias, pero, preso a su vez en la misma red
de causalidad magica, ve que sus encantamientos vuelven sobre él como
bumeranes. H. Michaux cuenta asi cémo, después de haber absorbido
una dosis muy fuerte de mescalina, tomé un calmante y, sintiéndose me-
Jor, se dijo a si mismo: «He estado al borde, e incluso en la boca del abis-
mop. Palabras desgraciadas, pues:
He aqui que -algo inaudito~ al instante (tonto incurable que soy) el candado
de las palabras ha funcionado, la boca del abismo, alli estoy yo, alli me he colo-
cado, encerrado en su interior, en la boca del abismo, hecha realidad por mi pro-
pia comparacién. Me he metido en ella yo mismo. Hay que haber pasado por alli
para conocer la rapidez del desencadenamiento, el destello, el automatismo pas-
moso, es como si un plano arquitectonico se transformara instantaneamente
edificio mismo que representa, completo y terminado. «/Hagase la luz!» y la luz
el
se hizo, Pero esto es «luz» sin nada mis, sin mandamiento, sin deseo, pero esto
basta. Ademis de la luz, aqui esta el «abismo», el abismo se abre de inmediato y
me hundo en él,
Disgregacion o distorsién del esquema corporal, deriva de las referen-
cias en el espacio y el tiempo, aparicién de una verdadera ésmosis entre lo
interior y lo exterior, esos tres elementos que se condicionan mutuamen-
te, hasta el punto de que no ha lugar a privilegiar cualquiera de ellos en
detrimento de los otros’, forman en conjunto una especie de basamento
comin a todas las impresiones experimentadas bajo el imperio de las dro-
gas. A partir de ahi, las cosas se presentan de manera muy diferente segtin
que la experiencia sea intensa —hasta el punto de abolir por un tiempo to-
das las estructuras del estar-en-el-mundo «normal»— 0, por el contrario,
menos intensa y por eso mismo forzada a transigir con las leyes de la e:
periencia ordinaria, Examinaremos sucesivamente uno y otro caso:
Al hacerse mis fuerte el efecto de la droga, la masica parecid tomar el control
de la experiencia, Empezaba a sentirme como desencarnada, con la maravillosa
sensacién de que ya no pesaba nada. Mi conciencia parecia levantar el vuelo a
través de un espacio extraiio, infinito y curvo comto la béveda celeste, con la tie
mma y el océano por debajo. Esto me recordaba a los halcones que tan a menudo
95habia observado, cuando se elevaban sin esfuerzo, impulsados por las corrientes
ascendentes, por encima de los cafiones y las colinas. Los colores del cielo, el mar
y las montafias brillaban de manera magnifica en el aire saturado de luz. No se
veia ninguna construccién, nada mis que la tierra, el océano y la béveda inmen-
sa del cielo. Preferia no hablar, tan s6lo experimentar esto en silencio. Comen-
zaba entonces a comprender lo que me decfa la misica: que nada, en toda la te-
rrible adversidad que conocen los hombres, es verdaderamente necesario. Es
porque no percibimos este otro estado, maravilloso, ilimitado, por lo que nos
e
traviamos y chapoteamos en el cenagal de la existencia. A veces, sin embargo,
sucede que barreras y postigos dejan de obturar nuestra percepcién y accedemos
entonces a otro nivel de la realidad. Me pregunto si esto no es un presentimien-
to de esa realidad que hace hundirse a algunos en la locura..., como si el enaje-
nado hubiera devenido tal a fuerza de conocer la existencia de ese estado sin po-
der, no obstante, vivir en él. Comenzaba a sentir lo que podria ser esa nostalgia.
La impresién de estar desencarnada se mantenia. A veces mi espiritu parecia flo
tar por encima de mi cuerpo. A cada instante se podia encontrar en cualquier lu-
gar del espacio. La impresién dominante era la de un vuelo continuo a través de la
luz inmensa, como si fuera elevada por la musica... Y, cosa notable, nada de todo
esto me daba impresién de extraieza, ni siquiera de novedad. El conjunto me
parecia més real que mi conciencia ordinaria, y, por decirlo asi, ya conocido. Al-
guien lo habia conocido ya una vez. Era como si hubiera una realidad de la que,
ni siquiera con la ayuda de la droga, se podian tener mas que infimas aproxima-
ciones, quiza como el sol visto a través de los arboles de un bosque. Algunos fac-
tores en nosotros mismos, unidos al poder de apertura de la droga, nos permiten
entrever una parte, minima o mas grande, segtin la persona y las circunstancias.
Pero se sabe que eso que se ve no es una ilusion"
En los Estados Unidos, a principios de los aiios sesenta, el estudio ex-
perimental de las reacciones provocadas por la ingestién de drogas aluci-
négenas (LSD, mescalina, etc.) estaba en su apogeo. Este testimonio est
extraido de una serie de «relatos de viaje» psicodélicos presentados por
Sidney Cohen en su obra, convertida ya en un clisico, Drugs of Hallucina-
tion. Hemos querido dar cuenta de é1 en primer lugar porque encierra, en
una forma condensada, todos los rasgos constitutivos de lo que se podria
lamar una experiencia de droga positiva o lograda. Parece posible, me
diante cierta esquematizacién, reagrupar esos elementos en funcion de
cuatro temas dominantes. En primer lugar, la impresién de elevarse en
una especie de estratosfera espiritual, de haber gustado una serenidad in-
96a
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book.complejo, persigue por otros medios los mismos objetivos y se encuentra
por tanto reducido a descifrar el mundo sensible en términos de objetivos
y peligros, de obstaculos y caminos. Ante todo prima, en sentido amplio,
la preocupaci6n utilitaria. Terminamos por percibir el mundo sdlo a tra-
vés de una cuadricula de lectura inconsciente, constituida en el pasado re-
moto de la especie, perfeccionada en el curso de las edades y transmitida
por la educacién. Nos permite codificar el paisaje, esquematizarlo y mo-
delarlo, destacar en él «formas buenas», etc. Pero la droga, al favorecer una
cierta suspension provisional de la voluntad de vivir —en el sentido de
Schopenhauer- libera a la mirada de sus anteojeras pragmiticas, y, por de-
cirlo asi, la revirginiza. Restableciendo a la contemplacién en sus dere-
chos, produce al menos la apariencia de un verdadero reencantamiento
del mundo".
Estamos en adelante algo mejor equipados para medir la extension del
poder seductor de la droga, al mismo tiempo que la parte de impostura
que se relaciona con ella. La seduccién viene del caracter perfectamente
intuitivo de su mensaje. La droga cumple promesas que no ha hecho. A
diferencia de las religiones de salvacién, no se contenta con dejar entrever
algiin lejano paraiso en el horizonte de un futuro de renuncia y peniten-
cia, sino que hunde, a veces, en el corazon del Edén a quien se entrega a
ella. Y no tiene ningtin sentido declarar «falsa» la felicidad a la que indu-
ce, pues la felicidad, como el sufrimiento, no se somete al veredicto de
una instancia ideal exterior a ella misma, puesto que es index sui. Igual-
mente, seria incongruente pretender que la droga «exagera», y que el
mundo sensible no es realmente tan hermoso como hace que lo vean sus
adeptos. Al no ser la belleza, evidentemente, una propiedad objetiva de
las cosas exteriores, sino un valor proyectado sobre ellas a partir de ciertas
emociones, muy particulares, que su percepcidn suscita en el espiritu hu-
mano, es la cualidad misma de esas emociones lo que constituye el crite-
rio Ultimo, y no una mitica correspondencia entre el contenido de un
juicio™ y la estructura del objeto sobre el que recae.
zCémo comprender entonces que la droga pueda también -y con mu-
— hundir el espiritu en la angustia, volverlo miserable y,
para terminar, arrastrarlo a la decadencia? Es que el gusano esta escondido
en el fruto, a saber, en esa certeza irradiante de haber «comprendido
todo», en esa manera de sentirse volar por encima de la condicién huma-
na. En realidad, no se tiene mas que la ilusién de haber comprendido y no
se ha superado Ja condici6n humana mas que en la imaginacién. No es
cha mas frecuen
108que el discurso que la droga suscita en la estela inmediata de su rapto sea
necesariamente engafioso —mis adelante, trataremos, por el contrario, de
establecer su validez fundamental—, pero es un discurso histriénico y sa-
crilego por prematuro. Su Leitmotiv, como se ha visto", es el necesario
despojamiento, el abandono de todo «tener», el des-interesamiento radical
que es lo Gnico que cualificaria al hombre para ser puesto en presencia del
esplendor terrible del Ser. Pero quien dice despojamiento dice ascesis,
dice renuncia, dice lento y doloroso trabajo de transformacién de si. Aho-
ra bien, lo que hay de diabélico en la droga es su capacidad de imitar el re-
sultado de tal ascesis. El hombre engafado por la droga es semejante a un
actor que representara en el escenario el papel de un santo y se identifica-
ra con su papel hasta el punto de olvidar, en el momento de la represen-
tacién, la mediocridad de su verdadera personalidad y se sintiera con el
alma de un santo. La droga deja vislumbrar al hombre lo que «podria» Ie-
gar a ser, pero lo hace siempre en el modo alucinado, escamoteando a sus
ojos la inmensa distancia’ que todavia le separa de esa posible versi6n
gloriosa de si mismo. Abandonarse a la droga es pues, en cierto sentido,
vivir a crédito. Es disfrutar en lo inmediato alegrias a las que no se tiene
derecho, que no se han «merecido». Pero todo se paga.
La experiencia de la droga ha sido examinada hasta aqui especialmen-
te en sus formas «fuertes», alli donde, movilizando la conciencia por com-
pleto y eclipsando las estructuras normales del estar-en-el-mundo, parece
practicamente asimilable a un tipo de experiencia mistica «natural» de
gran intensidad. Pero ésa es mas bien una situaci6n ideal y excepcional.
En la gran mayoria de los casos, la «légica» psicodélica no logra imponer-
se totalmente de entrada, ni impedir que la sorda resistencia de las formas
canénicas de la conciencia de si creen un clima de tension y de angustia.
La razén profunda de ello es la inmadurez relativa del sujeto que, por re-
gla general, desea a la vez descubrir nuevos horizontes y mantenerse en la
estabilidad tranquilizadora de su Yo fisico, psicolégico y social: en resu-
men, quiere «viajar» lo mas lejos posible hacia las profundidades inexplo-
radas del mundo interior y, al mismo tiempo, conservar su identidad per-
sonal, como un término fijo de referencia, en el sentido propio de un
parachoques, en medio del oleaje caético de impresiones nuevas y ex-
traordinarias. Los grandes sufrimientos, a veces propiamente infernales,
de la droga se derivan de esta contradiccién. Sélo podrian instalarse sin
riesgo sobre su alfombra quienes han aceptado en el pensamiento la even-
tualidad de no regresar nunca del viaje.
109La incompatibilidad mutua de las dos grandes formas de percepcion
del mundo: la «normal» y la extatica, se traduce en todo tipo de fenéme-
nos extrafios e inquietantes. Con frecuencia se han escrito las fluctuacio-
nes del esquema corporal: impresi6n de tener un cuerpo gigantesco,
luego sabitamente reducido a un tamaiio liliputiense, o bien esférico y a
continuaci6n estirado hasta el infinito, o también fluido, como si estuvie-
ra licuado, y un instante después macizo y sdlido como el granito, etc.
Pero son tal vez las deformaciones de la percepcién del tiempo las que se
revelan mds sorprendentes y mas generadoras de angustia. Sefialabamos
anteriormente que la célebre «reduccién de la velocidad del tiempo» en la
droga expresaba mis el juicio retrospectivo del sujeto emergiendo justo
de esta experiencia que la forma vivida de la experiencia en el mismo
momento en que era actual. Entonces habiamos simplificado un poco el
fenémeno, al no considerar mas que la «salida» —aunque se manifieste
también a la «entrada»— y a la vez dejando suponer la existencia de un or-
den univoco de sucesién entre las dos temporalidades, aunque las dos se
superpongan la una a la otra de la manera mas desconcertante’™. Estas os-
cilaciones traducen, para el sujeto, el hecho de tener de alguna manera un
pie en cada una de las dos formas de experiencia y medir el desarrollo de
una con la ayuda de un «reloj psiquico» pautado sobre la otra. De ahi la
impresién paradéjica de vivir en un tiempo a la vez muy acelerado y muy
ralentizado con respecto al ritmo de la duracién normal’.
Pero vivir simultaneamente segtin dos temporalidades es vivir en dos
mundos incompatibles, mutuamente excluyentes, lo que implica necesa-
riamente ser Ilevado a poner en duda la realidad de uno y otto. La idea del
viaje psicodélico como descubrimiento de un mundo mis «verdadero»
que aquel en que nos movemos de ordinario cede lugar a la suposicién
—tanto més inquietante— de una multitud indefinida de sistemas de apa-
riencias, todos tan reales, 0, podriamos decir, tan ilusorios unos como los
otros. «Al salir de la mescalina —dice H. Michaux-, se sabe mejor que
ningun budista que todo no es sino apariencia. Lo que habia antes no era
més que ilusién de la salud, Lo que habia durante era ilusién de la droga.
Uno se convierte»'™. Lo que abre entonces de par en par las puertas de la
angustia es la impresién de que lo real se nos ha empezado a escapar, en el
sentido de que no es ya el objeto pasivo y décil de una percepcién sobe-
ranamente libre para tomar distancia con respecto a él y para considerar-
lo desde una diversidad ilimitada de puntos de vista, sino que deviene a su
vez una potencia activa, que no solo se sustrae a la frontalidad de la mira-
110a
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book.La desestructuracién del pensamiento se siente entonces como la
pérdida de todo «punto de apoyo», y esta pérdida, a su vez, es vivida
como un arrancamiento a la tierra o una caida sin fin a través de sus pro-
fundidades. Pareceria que ciertas drogas —:por qué mecanismos?— ponen
en escena preferentemente el «vuelo de Icaro», y otras la caida en el
abismo. El hachis, por ejemplo, tiene una clara predileccién por los
escenarios de ascension. L. Lewin ya lo habia advertido: «Se puede tener
la ilusién de elevarse por el aire de manera que uno se agarra en el pen-
samiento a un Arbol, o bien planea y espera, lleno de angustia, la cai-
da», El tema legendario de la alfombra voladora no ha tenido tal vez
otro origen'*.
Inversamente, el opio es una droga cténica que invita a todo tipo de
«viajes al centro de la tierra». Su lenguaje es tal vez mas «expresivo» toda-
via para el inconsciente que el del hachis, en razon del caracter ancestral
de nuestra experiencia de abismos y cavernas. Ademis, el simbolismo de
la caida, ya virtualmente presente en el esquema de ascensién, es aqui re-
forzado por el del descenso a las tinieblas. La caida se vive entonces como
un perpetuo y vano esfuerzo por volver a subir a las orillas de la luz, un
hundimiento cada vez mas definitivo, por la incapacidad en que se esta de
mantenerse més alla de un instante en los planos escalonados de pseudo-
rrealidad que se hunden uno tras otro, como tablas podridas, en el seno
de un universo estratificado al infinito. Recordemos el testimonio de De
Quincey: «Cada noche tenia la impresién de descender —no metaforica-
mente, sino literalmente— a pozos sin fondo, a abismos sin sol, a profun-
didades sin fin, de donde parecia inconcebible poder salir. Incluso al des-
pertar no me parecia que hubiera salido realmente»'”.
De todo esto se desprende claramente que, en la droga como en otras
partes, est en accién una justicia inmanente. Las sensaciones inauditas
que procura en un primer momento, o bien se embotan por la repeticién
o bien cristalizan antes o después en figuras de horror. Quien se embarca
en la ruta del viaje psicodélico sabe —o deberia saber— que la angustia se
pegara a sus pasos y caminara a su lado, a veces invisible, a veces cruel-
mente presente’. Y este «reverso de la medalla» no se dejara suprimir por
ninguna precaucién técnica concebible", si es cierto que s6lo un estreme-
cimiento profundo del psiquismo —con todos los efectos de desadaptacién
perceptiva y de comportamiento que implica~ puede hacer franquear el
umbral de la conciencia a esas sensaciones prodigiosas, a su manera «natu-
rales», sin duda, pero que la evolucién biolégica se ha ingeniado para
114ocultarnos, por el gran peligro que suponen para la supervivencia del in-
dividuo y de la especie.
El uso sistemitico de las drogas incumbia antaiio a la magia. Hoy in-
cumbe a la técnica. Pero su significado profundo no ha cambiado: se tra-
ta siempre de un pacto con el diablo. «Todo hombre —dice Baudelaire—
que no acepta las condiciones de la vida vende su alma»', Y, en efecto, es
«vender el alma» pretender acceder a las bienaventuranzas por un atajo
florido, sin esfuerzo, sin sacrificios, sin purificacién de si. Pero cualquiera
que penetre manchado en el sanctasanctorum debe contar con que sera
expulsado de alli de manera ignominiosa. Todo esto —zes necesario decir-
lo?— basta para descalificar el mensaje, vagamente orientalizante, de esos
falsos profetas de las pseudorreligiones de la droga que han invadido Oc-
cidente en el curso de los ltimos treinta afios"®.
Se debe pues demonizar la droga y, por via legislativa, prohibir abso-
lutamente su uso? La cuestién, dados sus aspectos médicos, politicos, eco-
nomicos, etc., desborda ampliamente nuestro campo de investigacién y
nos contentaremos con dos observaciones al respecto. La primera se re-
duce a la simple constatacién de que repugna al espiritu humano incli-
narse ante una prohibicién definitiva, sea cual sea. Los motivos invocados
a favor de la prohibicién pueden ser muy excelentes en si mismos, pue-
den incluso colocarse bajo el sello de una supuesta autoridad divina, pero
nunca abolirin la sed de descubrir por uno mismo, de probar los frutos
del Arbol del conocimiento del bien y del mal. Y es que, privado de su
poder de transgresién, el hombre no seria ya mas que un animal astuto,
una especie de supermono.
La segunda observaci6n que se impone aqui es que el caracter supues-
tamente satinico de la droga se debe menos a la realidad de sus efectos
que a una cierta actitud agresiva y posesiva que el conocimiento de los ci-
tados efectos -y su facilidad de obtencién— suscita casi indefectiblemente
en el hombre. Recurrir a la droga es, por regla general, pretender intro-
ducir en el dominio de la vida espiritual las nociones de conquista, con-
trol, dominio, tal vez incluso de «rendimiento». La esencia comin de la
magia y de la técnica es la voluntad de poder. Una y otra se alimentan de
la creencia de que el hombre puede y debe ejercer una violencia sobre lo
sagrado, es decir, arrancar a los dioses en refida lucha lo mejor que po-
seen y que éstos reservan para su uso exclusivo.
Suponiendo que sea asi, n demasiado
abrupta, demasiado maniquea, de la ascesis y la droga. De la ascesis hay
habra que matizar la oposi
115que decir que no es necesariamente buena en si misma, sino que obtiene
su valor del espiritu con que se practica. Pues también la ascesis puede ser
pervertida™ desde dentro por la voluntad de poder. Las penitencias y las
austeridades pueden proceder de un deseo prometeico de igualarse a los
dioses, incluso de obligarlos, y esa ambicién esti en las antipodas del espi-
ritu de humildad y anulacién del Yo. Inversamente, no es inimaginable
que el uso de al menos ciertas drogas pueda ser un dia nuevamente sacra-
lizado, es decir, enmarcado por una prictica espiritual, como parece ha-
ber sucedido especialmente en las civilizaciones precolombinas. Cierta~
mente, la via esté sembrada de obsticulos, infinitamente mis peligrosa en
cualquier caso de lo que parece imaginar un Aldous Huxley con su inge-
nuo proselitismo'.
Es posible, sin embargo, que no tengamos eleccién. El reino de la téc-
nica, en efecto, por el desencantamiento del mundo que opera, cada vez
mis radical, suscita por reaccién una inmensa nostalgia del goce del esta-
do puro. Todo induce a pensar que la humanidad que ya crece bajo nues-
tros ojos tratara, mas que nunca, de lanzar a su vez una mirada por enci-
ma de la valla del Jardin del Edén y que las prohibiciones, politicas,
ideolégicas u otras, no pesarin mucho frente a tal deseo. Si, por desgra-
cia, no se hace nada para canalizar ese previsible desencadenamiento, la
droga tendria todas las posibilidades de ejercer una vez mis, y a una esca~
la jamas alcanzada, sus terribles poderes de justicia inmanente. ;Seré ella la
Némesis del siglo Xx1?
1163
Extasis y psicopatologia
El hecho mismo de que se puedan suscitar experiencias extaticas me-
diante la ingestién de drogas, cuando algunas de ellas, al menos, provocan
desérdenes psiquicos tales que se ha podido hablar de «psicosis experi-
mentales», invita a reconsiderar la relacién de la experiencia mistica con la
Jocura en general. Los efectos inducidos, especialmente, por las drogas
lamadas «psicodélicas» materializan de alguna manera la existencia de un
dominio fronterizo donde misticismo y locura se encuentran. Por una
parte, en efecto —esto ya no hay que demostrarlo—, esas sustancias se reve-
lan capaces de desencadenar experiencias extaticas auténticas. Pero, por
otra, suscitan también, sea en la estela de las primeras, sea de manera in-
dependiente, una multitud de estados en los que la angustia y la confusién
mental son rasgos dominantes. A este respecto, el testimonio de Henri
Michaux es particularmente valioso, ya que, a lo largo de toda una parte
de su obra", se esforz6 por «simpatizar» con el enfermo mental, por en-
contrarse con él en su universo propio, sobre la base de una observacién
atenta ¢ incansable de los trastornos provocados en si mismo por la mes-
calina o el LSD. Las alucinaciones, audiovisuales 0 de otro tipo, la acele-
racién desmesurada del «cine interior», 0, al contrario, su ralentizacién
extrema, la impresi6n de que los pensamientos son robados o impuestos
desde el exterior, las distorsiones de la imagen del cuerpo (impresion de
ser gigantesco 0 mintsculo, o frigil como el cristal, etc.), la parcelacion
ilimitada del espacio cercano (tipica de la esquizofrenia), el sentimiento
de una tensién interna insoportable, la agitacién incontrolable, los deli-
rios de soberania universal o de persecucién, todo eso esti aqui como re-
vivido desde el interior y expuesto con una hicida precision de la que los
enfermos mentales, salvo excepciones'”, son incapaces. El parentesco fe-
nomenolégico de esos dos tipos de universo aparece asi con toda claridad.
En un registro totalmente diferente —el de la personalidad de los gran-
des misticos religiosos tal como se puede observar a través de las autobio-
grafias redactadas por algunos de ellos o mediante el testimonio de sus
contemporaneos-, hace ya tempo que diversos fenédmenos inquietantes
117a
You have either reached 2 page thts unevalale fer vowing or reached your ievina tit for his
book.Janet, en la Salpétriére, desde mayo de 1896 a diciembre de 1901 sin inte-
rrupcién, y después nuevamente de 1903 a 1904. Luego, estabilizada si no
«curada», pudo volver con su familia y proseguir una vida casi normal du-
rante todavia quince afos mas. Habia dejado a esta familia a los dieciocho
afos, movida por un ideal de renuncia y dedicacién ilimitada al servicio
de los humildes y habia pasado de ese modo veinticuatro afios en Paris,
levando una existencia marginal, muy solitaria ¢ ingrata pero animada
también por una devocién intensa y experimentando frecuentes «conso-
laciones» extaticas. Sin embargo, una contractura permanente de los
miembros inferiores la oblig6 poco a poco a mantenerse constantemente
sobre la punta de los pies, lo que provocé que su caminar fuera cada vez
mis dificil. Estuvo por ese motivo en diferentes hospitales parisinos, pero
el carcter misterioso de su afeccién —ya diez afios antes, Charcot habria
barruntado una manifestaci6n histérica~ hizo que furera a parar finalmen-
te al servicio de psiquiatria de la Salpétriére.
Inicialmente atento, de forma especial, al caracter espectacular de al-
gunos de sus sintomas, como sus periodos de anorexia casi completa, sin
adelgazamiento notable, 0 a sus estigmas en los pies que se parecian mu-
cho a marcas de crucifixion’, Janet se interesé cada vez mas por el discur-
so de Madeleine, discurso tanto oral como escrito, pues a través de todos
aquellos afios elaboré una especie de Diario, y a la muy singular vida mis-
tica que en él se reflejaba. Por un lado, en efecto, ese discurso no dejaba
de evocar las efusiones liricas mas sobrecogedoras de algunas, al menos, de
las grandes figuras misticas del catolicismo; por otro, presentaba de mane-
ra evidente aspectos delirantes, a menudo también pueriles, que la acer-
caban al comin de los enfermos. Por eso Janet se vio finalmente impulsa-
do a hacer de él la pieza maestra de una vasta construccién teérica —pero
siempre apoyada en la experiencia clinica mas amplia-, a través de la cual
trata de poner de manifiesto una continuidad esencial entre las manifesta-
ciones misticas, en el sentido religioso tradicional, y los fendmenos psico-
patologicos.
P. Janet profesa un energetismo psiquico en cuya légica los trastornos
de la afectividad, como los del comportamiento, se reducen ya sea a un
déficit global de la energia necesaria para la sintesis mental”, ya a irregula-
ridades en la movilizacién de esa energia, su liberacién al exterior o su dis-
tribucién en los diferentes sectores del comportamiento social. Se ve asi
inducido a poner el acento, por una parte, en la idea de un grado de sten-
sién psicolégica» cuya ausencia haria imposible la realizacién correcta de
119a
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book.Pero si A y B no son percibidos ni como idénticos ni como diferentes, no
pueden serlo como sucesivos.
En resumen, la sucesién de los objetos de la experiencia no se presen-
ta nunca a la conciencia bajo la forma de un simple dato exterior que ella
se limite a registrar. El caracter sucesivo no es sino la proyeccién exterior
de una insatisfaccién esencial que habita esa conciencia. A decir verdad,
el término «insatisfacci6n» tampoco es enteramente satisfactorio, En su
significado ordinario, psicolégico, no tiene sino un alcance éntico, pues-
to que presupone algo como un «ya ahi» del futuro, un ser constituido
con la dimensién del futuro en el que Ja conciencia vendria a albergar sus
suefios y proyectos. En realidad, los deseos de los vivos no se proyectan,
como para alcanzar su lugar natural, hacia un futuro existente en si, aun-
que sea a titulo de simple forma o dimensién de la experiencia. Es, al
contrario, la dimensién fantasmal del futuro la que se aparece eternamen-
te en el presente en tanto que reflejo o expresién de esa insatisfaccién pri-
maria, no psicolégica o transcendental, de la conciencia que constituye la
dicotomia definitivamente irracional de lo bueno y lo malo.
La asimetria constitutiva del tiempo procede de ahi. Asi como tender
hacia lo favorable y evitar lo desagradable son las dos caras de una sola ac-
titud, del mismo modo imaginar gratuitamente un «mejor» en lugar del
presente, es decir, de lo real, es ipso facto despreciar ese presente en tanto
que tal, rechazarlo, constituirlo en pasado, en superado*". El futuro y el
pasado no son marcos totalmente hechos, dispuestos a acoger los aconte-
cimientos del mundo y hacia los que la conciencia dirigiria sus protensio-
nes y retenciones. Es, al contrario, la asimetria irreductible, mas aca de
todo «porque, de la preferencia afectiva lo que nos hace vivir en el tiem-
po. Nos encontramos aqui en presencia de la mis inicial de las roturas de
la simetria. El > es la punta de la flecha del tiempo".
1604
Mas ac4 del bien y del mal
Esta manera que tiene el ser vivo individual de inscribirse en la dura-
cién a través de la reparticién automitica en favorable y desfavorable de
todo lo que encuentra, por mas que estructure el conjunto de su expe-
riencia, no deja de apoyarse en una contradiccién fundamental. La con-
tradiccién es, en primer lugar, la que nace del rechazo de la parte a reco-
nocer, de una manera que no sea verbal y formal, su pertenencia a un
todo. Aunque no sea creacién de si mismo, al menos en su forma indivi-
dual concreta, y aunque toda su organizacién fisiolégica le designe como
simple depositario y transmisor de la vida, el ser vivo, en funcién precisa-
mente de esta apreciacién positiva o negativa (en el sentido de «bueno
para mi»/«malo para mi») que no puede dejar de trasladar a toda cosa o
acontecimiento que penetra en su campo de experiencia, aparece como
la sede de un egocentrismo radical y constitutivo. No se trata de un rasgo
de caricter, de una orientacién psiquica propia de tal o cual persona, sino
de un rasgo estructural unido a la condicién misma del ser vivo indivi-
dual, humano o animal. Ahora bien, esta manera ciega y testaruda que
tiene la criatura finita de preferirse al resto del universo la embarca en un.
combate perdido de antemano contra el orden del mundo, es decir, con-
tra las variaciones aleatorias del medio natural, la rareza relativa de las sub-
sistencias, los rivales, los accidentes, las enfermedades, el envejecimiento
y, finalmente, la muerte. Todas esas situaciones desfavorables encontradas
a lo largo de la existencia pueden parecer contingentes, ligadas a circuns-
tancias particulares y compensables por éxitos futuros; la pendiente fatal
de su encadenamiento revela un dato esencial, a saber, que los valores de
lo «bueno» y lo «malo» son proyectados de manera ilusoria por los seres
vivos sobre un entorno que, en su perfecta neutralidad, los ignora. Obe-
diente a su propia necesidad, el orden del mundo no deja de desplegar
nuevos seres vivos y reabsorberlos, en una soberbia indiferencia a la pre-
tension, que todos elevan, de la existencia absoluta.
Existe no obstante, a este respecto, una diferencia considerable entre el
hombre y el animal. En este dltimo, la autoafirmacién absoluta del indi-
161viduo esta como enmarcada o canalizada segan modos predefinidos y es-
tereotipados de satisfaccion de las pulsiones. Lo propio del animal es, en
efecto, carecer de distancia con respecto a las situaciones en las que se en-
cuentra inserto 0, mas bien, enviscado. No tiene la capacidad de despe-
garse de lo real inmediato y de transcenderlo hacia lo irreal y lo imagina-
rio. Por eso la «voluntad de vivir» animal, alli donde triunfa como alli
donde es sistematicamente atacada, toma siempre los mismos caminos.
Exactamente como el hombre, el animal es presa, antes o después, del
agotamiento y la muerte, pero su sufrimiento sigue siendo, falto de hori-
zonte, sordo, mondtono, repetitivo. No se exaspera ante la renovacién 0
el agravamiento de los fracasos. Sobre todo, es incapaz de anticipar el fra-
caso por excelencia que representa la muerte.
En el hombre, la reflexién ha hecho saltar todas esas barreras. Por eso
no posee ya, hablando con propiedad, instintos. Sus pulsiones tampoco
estan «encarriladas», sino que tienen plena libertad para desplegarse en un
espacio sin referencias y, por decirlo asi, is6tropo. Por su razén, el hombre
se libera, al menos en potencia, de toda esclavitud a las coacciones ejerci-
das por su entorno. Sus reacciones no le son ya dictadas por la configura-
cién de las situaciones en que se encuentra implicado. Puede tomar sus
distancias con respecto a toda situacién, ponerse en perspectiva, conside-
rar un pasado a este lado de su nacimiento y un futuro mas alla de su
muerte. Pero todo esto tiene un doble filo, pues tal emancipacién de la
mirada no basta en absoluto para liberar al hombre de su estatuto de ser
vivo finito. En él, el «preferirse» ciego de la criatura no se ve todavia afec-
tado por la desaparicion potencial de todo lo que pudiera limitar su hori-
zonte de representacién y de accién. La preferencia por uno mismo fun-
ciona siempre como un imperativo categérico tacito, profundamente
escondido bajo la pseudoevidencia de nuestras reacciones mas elementa-
les a lo agradable y lo desagradable, y cuyo imperio es tanto mas absoluto
puesto que no se deja reconocer como tal. El caracter critico de la condi-
cién humana, su extraordinaria fragilidad, se debe a que esta irracionali-
dad fundamental de la preferencia afectiva tiene vocaci6n de alistar a su
servicio a la racionalidad con todos sus poderes. No contento con obsti-
narse, como todo ser vivo, en mantener su propia existencia finita como
«un imperio dentro de un imperio», el hombre esta habitado en tanto
que tal por la ambicién propiamente imperialista, y propiamente demen-
te, de extender su imperio a la totalidad de lo real. Esto significa que se ve
Ievado naturalmente, fuera de toda eleccién individual particular, a mo-
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book.recen como personalidades extraiias, desconcertantes, mal adaptadas a su
entorno social, en una palabra, desequilibradas. Creemos haber tratado
igualmente como merecen esas acusaciones mostrando especialmente
que una cierta fragilidad psiquica constitucional o una cierta fragilizacion
momentanea, ligada a una crisis, una enfermedad, un choque psicologico
violento, una profunda sorpresa, etc., se encontraban siempre, a titulo de
condicién necesaria, si no suficiente, en el punto de partida de la expe-
riencia. Hasta tal punto es cierto que el hombre esta admirablemente or-
ganizado para resistir a la presién del infinito y que sdlo un fallo inopina-
do de sus mecanismos de defensa puede permitir aqui o alla la irrupcién
de lo Totalmente Otro en el campo de su conciencia.
Ese resultado es ya muy importante en si mismo, pues permite plan-
tear en términos diferentes una pregunta sobre la que un trabajo como
éste tiene necesariamente que desembocar: la pregunta de la relacién, o la
ausencia de relacion, entre las formas llamadas salvajes de la mistica y las
que son reconocidas y cultivadas en el interior de las grandes religiones.
Estas no admiten generalmente —es el caso en particular del cristianismo—
que los «éxtasis laicos», por hablar como Pierre Janet, o incluso las expe-
riencias que se enmarcan en el interior de otras culturas, tengan el mismo
valor que las propias del universo religioso en cuyo nombre se expresa el
tedlogo o el filésofo. R. C. Zaehner, por ejemplo, opone misticas de la
naturaleza y misticas de Dios, y, entre estas tiltimas, misticas monistas y
misticas teistas. Igualmente L. Gardet y O. Lacombe, en su gran obra
Lexpérience du Soi, distinguen igualmente mistica natural y mistica
sobrenatural, siendo la segunda patrimonio del cristianismo, aunque de
manera no exclusiva. La primera forma de «identidad por via de inma-
nencia» seria ante todo la de las profundidades del Si, ejemplificada espe-
cialmente en el yoga y el vedanta indios. Junto a una via de interioriza-
cién radical, es decir, de repatriacién en el Si de todos los contenidos de
su experiencia, abriria asi una via simétrica de exteriorizacion, es decir de
desaparicion de las fronteras del Yo y de disolucién en el todo de la natu-
raleza: «sistole y diastole»** de un mismo proceso. Es ésta la que natural-
mente tendria vocacién de integrar todas las formas de éxtasis «profanos»,
La segunda forma no seria concebible mas que en una teologia del alma
creada. Seria «sobreelevacion por don de la gracia en unién intencional
de amor“. Por supuesto, todos esos autores acusan de confusionismo a
aquellos que, a semejanza de A. Huxley, por ejemplo, creen que la misti-
ca es fundamentalmente una, mis alla de la diversidad de sus expresiones
196individuales, culturales y religiosas. Ahora bien, nos parece que el fe-
némeno mismo de la mistica salvaje, por poco que se aborde sin demasia-
dos prejuicios, hace resaltar el caracter unilateral de las posturas de unos y
de otros.
El punto crucial es éste: para estar autorizado a distinguir, clasificar,
jerarquizar los diferentes tipos posibles de experiencia mistica habria que
poder determinar, en cada caso, lo que figura realmente en el contenido
de la experiencia y lo que se le ha unido después, a titulo de explicacién
© interpretacién. Y es esto lo que plantea problemas, pues la interpreta-
cion, lejos de esperar a la cesaci6n completa de la experiencia, penetra in-
mediatamente en ella bajo la forma de proyecciones e identificaciones di-
versas. El mistico no se encuentra frente a cuadros vivos, 0 textos, 0
palabras que, en un primer momento, deberia visualizar pasivamente, leer
© escuchar, para luego poder describirlos, transcribir y referir a otros 0 a
su propia memoria. Es él, ya, quien traduce en palabras para su uso per-
sonal lo que le es comunicado en silencio, o quien se proyecta a si mismo,
como en sueiios, en forma de escenas animadas, los significados espiritua-
les que se apoderan de su espiritu. La cosa es flagrante en las «visiones» de
los santos y espirituales de las diferentes religiones. Son siempre temas 0
figuras caracteristicas de su universo religioso propio, nunca de otros. Por
ejemplo, un hinda vera a Krishna en majestad, o los veinticuatro siddha, 0
los mantra, los centros sutiles del cuerpo (cakra), etc. Un cristiano veri a la
Virgen coronada, o a determinado santo, determinado mirtir; un musul-
min, a un cierto miembro de la familia del Profeta, o el paraiso tal como
se describe en el Corin, etc. Pero es importante comprender que incluso
alli donde faltan esos temas y categorias de caracter religioso, por no de-
cir confesional, también esta en accién el mecanismo de proyecci6n e in-
terpretacion.
A decir verdad, la experiencia mistica no implica mas que dos dimen-
siones absolutamente universales e independientes de la subjetividad de
los individuos. La primera es negativa: es la certeza de que todo lo que la
experiencia da a ver, oir, sentir, no tiene medida comin con lo conocido,
lo familiar, lo categorizable, con las estructuras de nuestro universo fisico
y social. Se abre aqui un abismo donde desaparecen todas nuestras refe-
rencias, todo aquello en lo que se apoya nuestra conciencia de nosotros
mismos, de los otros y del mundo. Aqui se perfila lo absolutamente otro,
lo irrepresentable, lo indecible. Sobre esto poseemos, literalmente, miles
y miles de testimonios procedentes de todas las épocas y de todos los con-
197tinentes. Ahora bien, cosa notable, aquellos mismos que no vacilan en
ofrecer descripciones muy coloristas y dramatizadas de sus experiencias,
no dejan nunca de advertir que, en cierto sentido, todo lo que cuentan es
ridiculamente insuficiente, inadecuado, pueril, en cierta forma sacrilego.
Entonces, :por qué no callan? Y es que existe otra cara de la experiencia,
que, sin contradecir en nada a la primera, le confiere un sentido y la hace
soportable para nosotros. La primera tritura todo pensamiento y acalla
toda palabra. Alli donde se presenta s6lo reina la angustia. Pero el éxtasis
es la superacién de la angustia en el sentido de que su otra cara se llama
no sufrimiento. En un modo que escapa al entendimiento, se nos anuncia
la Buena Nueva de la reconciliacion universal: todo esta bien para siem-
pre, por los siglos de los siglos, los conflictos que nos desgarran estan apa-
ciguados desde siempre, nuestros deseos mas profindos ya estan misterio-
samente realizados, nuestras desesperaciones sin fundamento, nuestras
vidas deshilachadas ya recogidas en la solicitud ardiente del Ser. Quien re-
cibe este mensaje, gc6mo podria callar?
Sin embargo, no habria que perder de vista que ese resplandor de la
alegria mistica representa al mismo tiempo el grado cero de la reflexién,
pues tiene como condicién de posibilidad una verdadera licuefaccién del
pensamiento conceptual. En el nicleo de la experiencia, el mistico no
puede ya, en ningtin sentido, «orientarse en el pensamiento». No sabe ya
quién es, ni siquiera positivamente qué es, ni lo que significa ser y pensar,
aunque, en cierta manera, sigue estando presente, no apagado, no des-
truido, sino invadido por la felicidad hasta el punto de confundirse con
ella. Si, por tanto, piensa y se expresa, no podra ser mas que en los mar-
genes de la experiencia, un instante antes, tratando de imaginar lo que le
espera en el fondo del maelstrom en que se siente atrapado; un instante
después, cuando vuelve en si al salir de un desvanecimiento.
En esas condiciones, nos parece bastante vano tratar de oponer misti-
ca del Si, mistica «césmica» de la naturaleza y mistica teista de la gracia.
2Cémo podrian esas instancias representar el contenido de la experiencia
cuando las condiciones mismas de su representabilidad han sido abolidas
por la intensidad del rapto? En el pozo negro del «no pensar» mistico
“una suspension del discurso interior que no se confunde, sin embargo,
con una interrupcién empirica de la conciencia~, el Yo, el mundo y
Dios, las tres «Ideas transcendentales» de Kant han sido, por estrechamen-
te interdependientes, conjuntamente tragadas. Por eso es dificilmente ad-
misible que filosofias o teologias de inspiracién mistica y centradas, de
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book.foque del mismo orden en Spinoza a propésito del amor intellectualis Dei: «Este Amor ha-
cia Dios no ha tenido comienzo, y sin embargo tiene todas las perfecciones del amor,
como si hubiera nacido [...], la nica diferencia es que el espiritu posee eternamente esas
mismas perfecciones que hemos supuesto que le advienen, y esto con la idea de Dios
como causa eterna. Si la alegria consiste en el paso a una perfeccién mayor, entonces la
Beatitud debe de ser el hecho de que el espiritu esti dotado de la perfeccién misma»
(Ethique, v. Prop. Xxxiil, Escolio, Gallimard, Bibliotheque de la Pléiade, Paris 1954,
pags. 643-644.)
= Es igualmente en este espiritu como las Upanishads describen la felicidad suprema
(ananda) como la caracteristica propia del absoluto (del brahman), no teniendo los seres fi-
nitos acceso a ella mas que en la medida en que participan de la esencia del brahman: «Los
demis seres viven de una parcela de esta felicidad» (Brhadaraiiyaka-Upanisad, 1v, 3, 32; ed.
y trad. E. Senart, Les Belles Lettres, Paris 1934, pag. 77).
™ Es mérito completamente tinico de Michel Henry haber insistido incansablemente,
a lo largo de toda su obra, en la necesidad de despsicologizar el par alegria-sufrimiento y
haber puesto de manifiesto su dimensién de absoluto. Esperamos volver en otra ocasion
sobre las mismas cuestiones.
® Es muy claro que la experiencia mistica, «salvaje» o no, se compone también de un
conjunto de vivencias enraizadas en el cuerpo y encadenadas unas a otras segin las leyes
de la sintesis temporal. Se vive como la promesa de un encauzamiento posterior hacia la
paz escatol6gica, de una entrada en la fux perpetua, no como e! logro de esa paz. De ma-
nera general, no parece pertinente oponer placeres y dolores «fisicos» a sus supuestos ho-
mélogos espirituales: las alegrias y los sufrimientos mentales o «morales». En realidad, toda
experiencia afectiva es a la vez mental y corporal, pues la misma diferenciacin de lo fa-
vorable y lo desfavorable, aunque tenga la naturaleza de un juicio y por tanto de un pro-
cedimiento mental, seria impensable fuera del cuerpo y de los sentidos. La diferencia en-
tre lo «fisico» y lo «moral» no es aqui de naturaieza, sino de grado. Es funcién del papel
mayor o menor desempeiiado de una y otra parte por la memoria, la imaginacin y lo
simbélico en general. Mucho mis pertinente, en cambio, seria el contraste de ciertas ale
grias, de orden moral o estético, auténticamente espirituales en tanto que suponen una
cierta superacién de la dicotomia favorable/desfavorable..., con todo lo demis, es decir,
las alegrias y los dolores, fisicos 0 mentales, que refiejan solamente las peripecias de nues-
tro combate terrenal por la autoafirmacién.
®* El pasaje del Diario de Julien Green citado anteriormente (n. 94) traduce perfecta-
mente esta tonalidad.
Se encontrarin ejemplos «clinicos» muy bellos en el libro de Claudio Naranjo, The
Healing Journey: New Approach to Consciousness, Ballantine Books, Nueva York 1975 (por
ejemplo, pags. 76-84).
5. Ascesis y vida mistica
* Este caricter de la experiencia esti bien ilustrado en el relato del primer éxtasis de
quien llegaria a ser el beato Henri Suso: «Un dia, se dirigié al coro en la fiesta de Santa
Inés, después de que en el convento se hubiera tomado la comida de mediodia. Estaba
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You have either reached 2 page thts unevalale fer vowing or reached your ievina tit for his
book.ISBN: 978-84-9841-131-7
Depésito legal: M-43.582-2007
Impreso en Anzosa
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book.Cee et ee Cet Centr it Cee cy
Fiemme MCMC COMM Che
ee eCO met Re Tene Ces een tary
Mee Ces emt tc Umer steers ttre rasta
ee ee ee ato
«misticas». Una mistica, pues, de dificil definicién, ajena
a la ortodoxia, y que Michel Hulin califica de «salvaje».
Se trata de experiencias con frecuencia stibitas,
inesperadas, que aparecen incluso en personas ajenas
PEC CRT ether C mrs Torment tsa
CCC Coc eC ec Cm
una realidad atemporal provocada por un recuerdo de
PRC OM shame CSc tcc e ed
to Cae eC ee CCC henry
CO ae CCM CLL
que procura la vivencia de un «sentimiento ocednico»
ACTOR a Cec retire Cer
ECO MC Ce CMCC MCLE Mel
ser también experiencias inducidas por el consumo de
CS OCC Lene C uC m ee U Cree Cis
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e India. Hulin es uno de los pocos estudiosos europeos que
dominan tanto la filosofia occidental como el ambito del
PIO Cm mcs eC COLES Mota tee)
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Prarie Sar otto eat ae eee Ce ee eee eee ee ee
La notion d’Ahamkara, Le visage caché du temps, y también ha
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