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Una Escuela Sabática en El Cielo

Justo tuvo un sueño en el que asistió a una Escuela Sabática en el cielo. En el sueño, vio a Jesús, ángeles y personas redimidas. Escuchó cantos, oraciones y testimonios de cómo personas encontraron a Dios. Una mujer compartió sobre las bendiciones de servir a Dios en la tierra. Al despertar, Justo se dio cuenta de la importancia de redoblar sus esfuerzos misioneros para ayudar a otros a encontrar a Dios y apresurar el regreso de Cristo.
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Una Escuela Sabática en El Cielo

Justo tuvo un sueño en el que asistió a una Escuela Sabática en el cielo. En el sueño, vio a Jesús, ángeles y personas redimidas. Escuchó cantos, oraciones y testimonios de cómo personas encontraron a Dios. Una mujer compartió sobre las bendiciones de servir a Dios en la tierra. Al despertar, Justo se dio cuenta de la importancia de redoblar sus esfuerzos misioneros para ayudar a otros a encontrar a Dios y apresurar el regreso de Cristo.
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Una Escuela Sabática en el cielo

(La plataforma debe estar arreglada con dos sillas solamente, después del servicio de cantos
justo entra se pone a leer la Biblia. Luego se queda meditando y comienza a cantar) (luego
entra Anita)

Servicio de Cantos:

Parte Especial: (Justo) “Anoche tuvo un sueño”


(Anita se acerca y se sienta a su lado)

Justo: Hija, ven siéntate a mi lado, quiero narrarte algo maravilloso que me sucedió anoche.
Tan pronto como me acosté, quedé dormido. Era un sueño apacible y tranquilo, y comencé
a soñar. El sueño era tan claro que todo me parecía real, en el sueño me encontraba en el
cielo, caminaba por las calles de oro en una ciudad sin igual. Alrededor de la ciudad había
como una muralla grande que la protegía y en dicha muralla habían doce puertas y en cada
puerta se encontraba un ángel. Era sábado de mañana y al despertar el alba, pude observar
como Jesús conducía a los redimidos al árbol de la vida y escuchaba su hermosa voz
cuando decía:

Voz. “las hojas de este árbol sean para sanidad de las naciones, como todos de ellas”.

Justo: De pronto un ángel que llevaba por nombre Gabriel se puso en pie en medio de
aquella gran multitud, donde yo me encontraba y comenzó a dar la bienvenida.

Daniel: “Saludos hoy te decimos”

Justo: Mi corazón comenzó a palpitar muy fuertemente, a lo lejos podía reconocer a


muchos seres queridos que desde hacía muchos años no podía observar y compartir con
ellos. De pronto dí un salto y me coloqué al frente de aquella inmensa congregación e
invitó a todos los presentes a cantar juntos el himno 10: “Engrandecido sea Dios”. Invito a
la congregación a cantar juntos este precioso himno. (Dirige el himno 10). Luego un joven
de mediana estatura, a quien pude conocer como el dulce cantor de Israel, comenzó a leer
uno de sus hermosos cánticos.

Mayo: (Lee Sal. 95:1-7) (tiene la oración de rodillas por la Escuela Sabática).

Justo: La programación era cada vez más conmovedora, de pronto se presentó una joven de
hermoso parecer con distinción de reina, y comenzó a recitar unos hermosos versos que nos
reconfortaron a todos.

Poesía: “Con esa fe bendita”

Justo: Allí se encontraban los redimidos de todas las edades: Abraham, José, Caleb,
Marcos, Mateo y Juan, pero quedé muy impresionado cuando detrás de aquel púlpito de
cristal se colocó una señora de mediana edad, y tomó la palabra, era la Sra. Elena G. de
White.
Gladis: Me gozo en esta mañana al poder compartir con esta gran muchedumbre de
redimidos de todas las naciones, y distintos pueblos, y estoy segura que el regocijo reina en
cada corazón presente. Todos hemos encontrado y saludado en este lugar a los hombres y
mujeres que hemos ayudado a encontrar el reino de Dios. A aquellos que hemos invitado a
nuestros hogares, a nuestras iglesias, a los que hemos ayudado a apartar de la tentación.
Estoy segura que nadie ha logrado llegar solo a este lugar. Todo esfuerzo hecho por Cristo
en la tierra, ha repercutido sobre nosotros mismos en bendiciones. Cada deber cumplido,
cada sacrificio hecho en el nombre de Jesús ha producido la recompensa que gozamos.
DIGNO, DIGNO ES EL CORDERO QUE FUE INMOLADO Y NOS RESCATÓ PARA
DIOS.

Justo: Una de las partes más emotivas de aquella programación fue cuando algunos
comenzaron a relatar su experiencia de cómo habían encontrado el reino de Dios.

Merly; Conocí el evangelio de Dios cuando muy pequeña de edad, pues mis padres
visitaban frecuentemente la Iglesia Adventista del 7mo. día de la ciudad donde vivía,
realicé mis estudios primarios y secundarios como todo joven normal. Disfruté de la
amistad de amigos y compañeros de estudio en la secundaria. Su aspecto era tétrico.
Estaba muy desmejorado, flaco, peludo, sin afeitarse, y vestía un pantalón pitusa roto y
desflecado, y en sus brazos se observaban las marcas visibles de la coca.

Nos saludamos y después de un diálogo franco y cordial, me despedí, y prometí hacerle una
visita en su propio domicilio. Al llegar a la casa, comencé a pensar en la triste condición de
mi antiguo compañero de aula, y en la posibilidad de hacer algo por él para ayudarle. Al
pasar unas semanas me dispuse a visitarle, me contó de cómo se había introducido, y estaba
hundiéndose lentamente en el pantano de las drogas. nadie podía ayudarle, pues sus
amistades compartían con él, y también hacían eso de drogas.

Me causó pena ver destruido un joven talentoso. Conversamos de corazón a corazón, le


hablé de un futuro mejor y de una vida más sana. Esa tarde me abrió su corazón y sacó los
trastos viejos que guardaba en las cámaras oscuras de su alma. Nos arrodillamos y elevé al
cielo una oración fervorosa, y al levantarnos, sus ojos estaban húmedos por la influencia del
Espíritu Santo, y se mostró muy agradecido por mi oración. Pude comprender que se
encontraba desesperado y que comprendía que necesitaba ayuda, por eso se la brindé y él la
aceptó.

Pasamos algunas semanas y meses, y no nos volvimos a ver. Cuando podía, le escribía
algunas notas inspiradoras, y se las enviaba por correo. Pasó todo un año desde ese
encuentro, y al regresar al arca, decidí visitar nuevamente al escultor, el joven amigo de mi
experiencia. Mientras me dirigía a su casa observaba con detenimiento los edificios, los
parques de la ciudad, y venían a mi memoria los momentos agradables del último año de
secundaria. Estimaba a Fredy como a un hermano. En el último año compartimos juntos el
mismo pupitre de dos asientos, siempre sobresalíamos juntos en el estudio y en las clases de
educación física. Deseaba ayudar a Fredy, ¿qué podía hacer por él?
Al llegar a la parada, bajé del ómnibus, atravesé la calle y llegué frente a las puertas del
taller donde se encontraba trabajando mi amigo. Las luces estaban encendidas.. Toqué el
timbre y alguien abrió la puerta, era mi amigo Fredy. Cuando me vio, pasó sus brazos por
mis hombros con una expresión de alegría me invitó a pasar y se dirigió a otro joven que se
encontraba dentro del recinto:
“Le estaba acabando de decir a Alberto que desde el día que oraste por mí, todo
cambió en mi vida. Las primeras noches no podía dormir, hasta que una madrugada me
arrodillé en el patio desesperado, levanté mis brazos al cielo y dije: Señor, ayúdame, creo
que Dios me escuchó”.

mientras mi amigo relataba su experiencia de conversión, observé su vestimenta. Estaba


vestido con pantalones jeans azul, pulóver amarillo, zapatillas muy limpias, pelado y
afeitado. Su semblante, antes demacrado, ahora revelaba vida y loozanía. En un año su
vida verdaderamente había cambiado. Estábamos alegres. Había invertido tiempo para
rescatar a un amigo, para ayudar a alguien que estaba destinado a morir joven como
consecuencia del pecado. Doy gracias a Dios por el milagro de la transformación y porque
hoy juntos podemos disfrutar de la eternidad.

Justo: EN ese momento me desperté, me di cuenta que tenía que redoblar mis esfuerzos
misioneros, pues en el cielo tendría que rendir cuenta a Dios por el tiempo malgastado en
mi vida. No quiero recibir la sentencia: “Siervo malo y negligente”, por eso quiero poner
mi grano de arena en el plan misionero de la iglesia, haciendo cuanto pueda para ayudar a
salvar a otros y apresurar la venida de Cristo.

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