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¡Escucha, marxista!

Murray Bookchin

1971
Índice general
Los límites históricos del marxismo . . . . . . . . . . . . . . 7
El mito del proletariado . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 10
El mito del partido . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18
Las dos tradiciones . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 30
Sobre los grupos de afinidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40

2
Toda la vieja morralla de los años treinta está de regreso: la «línea de cla-
se», el «papel de la clase», los «cuadros adiestrados», el «partido de van-
guardia» y la «dictadura proletaria». Todo aquello ha vuelto, y en forma
más vulgarizada que nunca. El Progressive Labor Party no es el único ejem-
plo; es sólo el peor. Se huele el mismo tufillo en varios desprendimientos de
la SDS y en los círculos marxistas y socialistas de los campus, no digamos ya
en los grupos trotskistas, los Clubs Socialistas Internacionales y la Juventud
Contra la Guerra y el Fascismo.1
En los años treinta, al menos, esto era comprensible. Los Estados Unidos
estaban paralizados por una crisis económica crónica, la más profunda y pro-
longada de su historia. Las únicas fuerzas vivas que parecían conmover los
muros del capitalismo eran los poderosos impulsos organizativos de la CIO,2
con sus espectaculares huelgas y sentadas callejeras, su militancia radical,
sus encuentros sangrientos con la policía. La atmósfera política del mundo
entero estaba cargada con la electricidad de la guerra civil española, última
expresión de las clásicas revoluciones obreras, donde cada secta radical de la
izquierda americana podía identificarse con su propia columna miliciana en
Madrid o Barcelona. Esto era hace treinta años. En aquel tiempo, cualquiera
que tuviera la ocurrencia de gritar «Haz el amor, no la guerra» hubiera si-
do tomado por loco; el grito de entonces era «Haced empleos, no guerras»:
llanto de una era castigada por la escasez, cuando la implantación del socia-
lismo acarreaba «sacrificios» y suponía una «período de transición» de cara
a una economía de abundancia material. Para cualquier chico de dieciocho
años, en 1937, el concepto de cibernética hubiera sonado a ciencia ficción de-
senfrenada, una fantasía sólo comparable a las visiones del viaje interestelar.
Aquel muchacho de dieciocho años acaba de cumplir la cincuentena, y tiene
las raíces plantadas en una era tan remota que difiere cuantitativamente de
las realidades del período actual en los Estados Unidos. El propio capitalismo
ha cambiado desde entonces, adoptando formas cada vez más estratificadas
que sólo podían avizorarse pálidamente hace treinta años. Y ahora se nos
propone que volvamos a la «línea de clase», la «estrategia», los «cuadros» y

1
El autor se refiere a organizaciones de la nueva izquierda de USA. La sigla SDS corres-
ponde a la radical «Students for Democratic Society». (N. del T.)
2
Importante central obrera norteamericana. (N. del T.)

3
todas las formas organizativas de aquel período distante, con desprecio casi
vociferante por los nuevos temas y posibilidades que han surgido.
¿Cuándo diablos acabaremos de crear un movimiento capaz de mirar ha-
cia el futuro en lugar del pasado? ¿Cuándo comenzaremos a aprender de lo
que está naciendo en lugar de lo que está muriendo? Marx intentó hacerlo
en su propio tiempo, y a esto debe su perdurable prestigio; trató de inspirar
un espíritu futurista en el movimiento revolucionario de las décadas entre
1840 y 1850. «La tradición de todas las generaciones muertas cae como una
pesadilla sobre la mente de los vivos», escribió en El Dieciocho de Brumario
de Luis Bonaparte. Y precisamente cuando parecen embarcarse en la trans-
formación de sí mismos y de las cosas que los rodean, precisamente en las
épocas de crisis revolucionaria convocan ansiosamente los espíritus del pa-
sado en su ayuda, y de ellos toman prestados nombres, slogans de barricada
y vestidos, para presentar el nuevo escenario de la historia del mundo con
este disfraz santificado por el paso del tiempo, con este lenguaje prestado.
Por esto Lutero se cubrió con la máscara de Pablo el apóstol, la revolución
de 1789 y 1814 vistió alternativamente los trajes de la República Romana y
el Imperio Romano, y la de 1848 no halló nada mejor que parodiar, a su vez,
a 1789 y las tradiciones de 1793 y 1795… La revolución social del siglo dieci-
nueve no puede extraer su poesía del pasado, sino sólo del futuro. No puede
comenzar a vivir si no se desnuda de todas las supersticiones relativas al pa-
sado… Para arribar a su propio contenido, la revolución del siglo diecinueve
debe dejar que los muertos entierren a sus muertos. Allí la frase iba más allá
que el contenido; aquí el contenido supera a la frase».3
¿Difiere en algo el problema de hoy, cuando nos acercamos al siglo vein-
tiuno? Nuevamente están los muertos andando entre nosotros, y se han ves-
tido irónicamente con el nombre de Marx, el hombre que trató de enterrar
a los muertos del siglo diecinueve. De modo que la revolución de nuestro
tiempo no es capaz de nada mejor que parodiar, a su vez, a las revoluciones
de octubre de 1917, a la guerra civil de 1918-1920, con su «línea de clase»,
su Partido Bolchevique, su «dictadura del proletariado», su moralidad puri-
tana y hasta su slogan: «El poder a los soviets». La revolución completa y
multilateral de nuestro tiempo, que está por fin en condiciones de resolver
la histórica «cuestión social» nacida de la escasez, la dominación y las jerar-

3
Karl Marx, El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Ariel, Barcelona.

4
quías, toma ejemplo de las revoluciones parciales, incompletas y unilaterales
del pasado, que se limitaron a cambiar la forma de la «cuestión social» re-
emplazando un sistema de explotación jerárquica por otro. En un tiempo en
que la mismísima sociedad burguesa se encuentra embebida en el proceso de
desintegrar todas las clases sociales que alguna vez le dieron su estabilidad,
se escuchan estas huecas proclamas de una «línea de clase». En esta época
en que todas las instituciones políticas de la sociedad jerarquizada entran en
un período de profunda decadencia, suenan huecas proclamas del «partido
político» y el «estado obrero». Mientras la jerarquía como tal es cuestionada,
escuchamos huecas proclamas sobre «cuadros», «vanguardias» y «líderes».
En el momento preciso en que la centralización y el Estado alcanzan el punto
más explosivo de negatividad histórica, se oyen estas huecas proclamas de
un «movimiento centralizado» y una «dictadura del proletariado».
Esta búsqueda de seguridad en el pasado, este intento de hallar abrigo en
un dogma fijo y una jerarquía organizativa que sustituyan al pensamiento
creativo y la praxis es la amarga evidencia de que muchos revolucionarios
son tremendamente incapaces de revolucionar «a las cosas y a sí mismos», y
mucho menos a la sociedad total. El conservadurismo hondamente arraigado
de los «revolucionarios» del PLP4 es de una evidencia casi dolorosa; el líder
y la jerarquía autoritaria reemplazan al patriarca y a la burocracia escolar;
la disciplina del movimiento sustituye a la de la sociedad burguesa; el códi-
go autoritario de la obediencia política reemplaza al Estado; el credo de la
«moralidad proletaria» toma el lugar de los pruritos puritanos y la ética del
trabajo. La vieja sustancia de la sociedad explotadora reaparece bajo nuevas
formas, envuelta en los pliegues de una bandera roja, decorada con retratos
de Mao (o Castro, o el Che) y adornada por el diminuto «Libro Rojo» y otras
letanías sagradas.
La mayoría de la gente que sigue perteneciendo al PLP lo tiene bien me-
recido. Si pueden vivir con un movimiento que, cínicamente, imprime sus
slogans al pie de fotografías de piquetes del DRUM;5 si pueden leer una re-

4
Cuando escribí estas líneas, el Progressive Labor Party ejercía gran influencia sobre
la SDS. Aunque el PLP ha perdido casi toda aquella influencia en el movimiento estudiantil,
su organización sigue constituyendo un buen ejemplo de la mentalidad y valores de la Vieja
Izquierda. No he modificado estas referencias porque son válidas para casi todos los grupos
marxistas-leninistas.
5
Dodge Revolutionary Union Movement, DRUM, parte integrante de la Liga de Traba-

5
vista que se pregunta si Marcuse es un «copout» o un «cop»;6 si pueden
aceptar una «disciplina» que los reduce a la condición de autómatas o naipes
de póker; si pueden utilizar las técnicas más desagradables (que han tomado
prestadas de las operaciones comerciales y el parlamentarismo burgueses)
para manipular a otras organizaciones; si pueden parasitar virtualmente ca-
da acción o situación con el exclusivo propósito de promover el crecimiento
de su partido —aunque esto implique la derrota de la propia acción— no mere-
cen más que desprecio. Cuando esta gente se autodenomina «roja» y califica
a los ataques que se le dirigen de caza de «rojos», practica una forma de
macartismo revertido. Para reformular la sabrosa descripción del stalinismo
que debemos a Trotsky, esta gente es la sífilis del movimiento juvenil radical
de nuestro tiempo. Y hay sólo un tratamiento para la sífilis: antibióticos, no
argumentos.
Lo que nos preocupa en este sentido son aquellos revolucionarios hones-
tos que se han inclinado hacia el marxismo, el leninismo o el trotskismo,
porque buscan fervorosamente una perspectiva social coherente y una es-
trategia efectiva para la revolución. También estamos preocupados por quie-
nes se dejan deslumbrar por el repertorio teórico de la ideología marxista y
flirtean con ella, a falta de otras alternativas sistemáticas. A esta gente nos
dirigimos como hermanos y hermanas, convocándolos a una discusión se-
ria y a una reevaluación comprensiva. Creemos que el marxismo ya no es
aplicable a nuestro tiempo, no porque resulte demasiado visionario o excesi-
vamente revolucionario, sino porque no lo es en grado suficiente. Creemos
que nació de una era de escasez y presentó una crítica brillante de aquella era,
concretamente del capitalismo industrial, y que está naciendo una nueva era
que el marxismo no abarca adecuadamente y cuyos lineamientos sólo pudo
anticipar en forma unilateral y parcial. Sostenemos que el problema no es
«abandonar» el marxismo o «anularlo», sino trascenderlo dialécticamente,
del mismo modo que Marx trascendió la dialéctica hegeliana, la economía
de Ricardo y las tácticas y modalidades organizativas blanquistas. Conside-
ramos que, en un estadio del capitalismo más avanzado que el que conoció
Marx hace ya un siglo, y en una etapa más avanzada del desarrollo tecno-

jadores Negros Revolucionarios, con epicentro en Detroit.


6
Juego de palabras basado en dos lunfardismos. Podría traducirse por (si Marcuse es)…
una política o un poli… (N. del T.)

6
lógico que Marx pudo anticipar claramente, es necesaria una nueva crítica,
que a su vez inspire nuevas formas de lucha, de organización, de propaganda
y de estilo de vida. Llamen a estas formas como les plazca, incluso «marxis-
mo» si lo desean. Hemos preferido dar a este nuevo enfoque el nombre de
anarquismo postescasez, por una cantidad de contundentes razones que en
las páginas que siguen resultarán evidentes.

Los límites históricos del marxismo


La idea de que un hombre cuyas más grandes contribuciones teóricas fue-
ron hechas entre 1840 y 1880 pudiera «prever» toda la dialéctica del capi-
talismo resulta claramente absurda. Si aún podemos aprender mucho de las
concepciones de Marx, es más aún lo que aprenderemos de los inevitables
errores de un hombre que estaba limitado por una era de escasez material
y una tecnología que apenas incluía el uso de la energía eléctrica. Podemos
aprender hasta qué punto es diferente nuestra época con relación a toda la
historia pasada, hasta qué punto son cualitativamente distintas las potencia-
lidades que se nos presentan y únicos los planteamientos, análisis y praxis
que debemos acometer para hacer una revolución y no un nuevo aborto his-
tórico.
No se trata de que el marxismo, como «método», deba aplicarse a «nuevas
situaciones», o que deba desarrollarse un «neo-marxismo» para superar las
limitaciones del «marxismo clásico». El intento de rescatar el pedigree mar-
xista, enfatizando el método sobre el sistema o agregando el prefijo «neo» a
la palabra sagrada no es más que una lisa y llana mixtificación, dado que las
conclusiones prácticas del sistema contradicen abiertamente estos propósi-
tos.7 Sin embargo, éste es precisamente el estado de cosas en la exégesis mar-
xista de hoy. Los marxistas se basan en el hecho de que su sistema despliega
7
El marxismo es, ante todo, una teoría de la praxis, o para ubicar esta relación en su
perspectiva correcta, una praxis de la teoría. Este es el verdadero significado de la transfor-
mación marxiana de la dialéctica, a la que desplazó de la dimensión subjetiva (donde los Jó-
venes Hegelianos aún trataban de confinar la concepción de Hegel) a la objetividad, de la crí-
tica filosófica a la acción social. Cuando la teoría se divorcia de la práctica, no es que se mate
al marxismo, sino que este se suicida. Aquí reside su aspecto más noble y admirable. Los es-
fuerzos de los cretinos que se sirven de Marx para mantener vivo el sistema con remiendos y
reformas son insultos que degradaban el nombre de Marx con un «academicismo» a la Mau-
rice Dobh y George Novack, deformando y contaminando todo lo que Marx sostenía.

7
una brillante interpretación del pasado, mientras ignoran deliberadamente
las atroces desviaciones en que ha incurrido de cara al presente y al futuro.
Hablan de la coherencia que el materialismo histórico y el análisis de clase
han impreso a la interpretación de la historia, de la luz que la concepción
económica de El Capital ha echado sobre el desarrollo del capitalismo indus-
trial, de la brillantez con que Marx ha analizado las revoluciones anteriores y
deducido conclusiones tácticas, sin reconocer ni por asomo que han surgido
problemas cualitativamente nuevos, que en tiempos de Marx no existían, ni
muchísimo menos. ¿Puede concebirse que los problemas históricos y los mé-
todos de análisis clasista, íntegramente basados en una inevitable escasez, se
transplanten a una nueva era potencialmente abundante? ¿Es concebible que
un análisis económico centrado originariamente en un sistema capitalista de
«libre concurrencia» industrial se transfiera a un sistema de capitalismo ge-
rencial, en que el Estado y los monopolios se combinan para manipular la
vida económica? ¿Puede creerse que el repertorio táctico y estratégico for-
mulado durante un período en que la base de la tecnología industrial residía
en el carbón y el acero resulte aplicable para una era basada en fuentes ener-
géticas radicalmente nuevas, en la electrónica y la cibernética?
Como resultado de este trasplante, un cuerpo teórico que hace un siglo
era liberador se ha convertido, hoy, en una camisa de fuerza. Se nos pide que
veamos en la clase obrera al «agente» del cambio revolucionario, cuando ve-
mos que el capitalismo produce contradicciones, y agentes revolucionarios,
virtualmente en todos los estratos de la sociedad, particularmente dentro de
la juventud. Se nos dice que debe guiar nuestras tácticas el concepto de una
«crisis económica crónica», a pesar de que no ha habido tal crisis durante los
últimos treinta años.8 Se espera de nosotros que aceptemos la «dictadura del
proletariado» —un largo «período de transición» destinado no sólo a supri-
mir a los contrarrevolucionarios sino también a desarrollar una tecnología
de abundancia— en momentos en que dicha tecnología está, ya, al alcance
de la mano. Se nos propone orientar nuestra «estrategia» y nuestra «táctica»
en función de la pobreza y la miseria material en una época en que el senti-
miento revolucionario se origina en la banalidad de la vida bajo condiciones

8
En realidad, los marxistas hablan muy poco, hoy día, de la «crisis crónica (económica)
del capitalismo», a pesar de que este concepto constituye el punto focal de la teoría económica
de Marx.

8
de abundancia material. Se nos pide que formemos partidos políticos, orga-
nizaciones centralizadas, jerarquías y élites «revolucionarias» y un nuevo
Estado, en plena decadencia de las instituciones políticas como tales, cuando
la centralización, el elitismo y el estado son puestos en tela de juicio a una
escala desconocida en la historia de la sociedad jerarquizada.
Se nos propone, en pocas palabras, que volvamos al pasado, que nos en-
cojamos en lugar de crecer, que forcemos la impetuosa realidad de nuestro
tiempo, con sus promesas y esperanzas, y para avenirla a los prejuicios exan-
gües de un tiempo que ya pasó. Se pretende que operemos con principios
que están superados, no sólo en el plano teórico sino en términos del pro-
pio desarrollo social. La Historia no se ha paralizado con la muerte de Marx,
Engels, Lenin y Trotsky; tampoco ha evolucionado en la dirección simplista
que pronosticaron estos pensadores, brillantes, sí, pero cuyas mentes tenían
las raíces en el siglo diecinueve o en los albores del veinte. Hemos visto al
propio capitalismo realizar muchas de las tareas (incluyendo el desarrollo
de una tecnología de abundancia) que se consideraban socialistas; lo hemos
visto «nacionalizar» la propiedad, armonizando la propiedad con el estado
allí donde fuera necesario. Hemos visto a la clase obrera neutralizada en tan-
to que «agente del cambio revolucionario», embebida todavía en una lucha
dentro del marco «burgués» por mejoras salariales, menos horas de traba-
jo y participación en los beneficios. La lucha de clases en el sentido clásico
no ha desaparecido; peor aún, ha sido asimilada por el capitalismo. La lucha
revolucionaria en los países capitalistas avanzados ha pasado a un plano his-
tóricamente nuevo: se ha convertido en la batalla de una generación juvenil
que no ha conocido crisis crónicas de la economía, contra la cultura, los va-
lores e instituciones de la generación mayor, conservadora, cuya visión de
la vida fue tallada por la escasez, el sentimiento de culpa, la privación, la
ética del trabajo y la búsqueda de la seguridad material. Nuestros enemigos
no son solamente la burguesía, visiblemente atrincherada, y el aparato es-
tatal, sino también la concepción que sustentan liberales, socialdemócratas,
instrumentadores de los corruptos medios de masas, partidos «revoluciona-
rios» del pasado y, aunque resulte doloroso para los acólitos del marxismo,
obreros dominados por la jerarquía fabril, la rutina industrial y la ética del
trabajo. El caso es que, ahora, las divisiones cortan al través todas las líneas
clasistas tradicionales, trazando un espectro de problemas que ninguno de
los marxistas pudo imaginar, basándose en las sociedades de la escasez.

9
El mito del proletariado
Hagamos a un lado todos los residuos ideológicos del pasado para entrar
de lleno en las raíces teóricas del problema. La máxima contribución de Marx
al pensamiento revolucionario es su dialéctica del desarrollo social. Marx es-
clareció el gran movimiento desde el comunismo primitivo, a través de la
propiedad privada, hacia la forma superior del comunismo: una sociedad co-
munal basada en una tecnología liberadora. Según Marx, durante este movi-
miento el hombre pasa por la dominación de la naturaleza9 y por la domi-
nación social. Dentro de esta dialéctica mayor, Marx examina la dialéctica
específica del capitalismo, sistema social que constituye el último «estadio»
histórico de la dominación del hombre por el hombre. En este punto, Marx no
sólo hace una profunda aportación al pensamiento revolucionario contem-
poráneo (especialmente por su brillante análisis de la mercancía) sino que
también exhibe las limitaciones de tiempo y lugar que tan decisivas resultan
desde nuestra perspectiva.
La más seria de estas limitaciones se presenta cuando Marx intenta expli-
car la transición del capitalismo al socialismo, de la sociedad de clases a la
sociedad sin clases. Es de vital importancia que tengamos presente que toda
esta explicación fue elaborada por analogía con la transición del feudalis-
mo al capitalismo, esto es, de una sociedad de clases a otra sociedad de clases,
de un sistema de apropiación a otro. En consecuencia, señala Marx que, así
como la burguesía se desarrolló dentro del feudalismo como producto de
la contradicción entre ciudad y campo (más precisamente, entre artesanado
y agricultura) el moderno proletariado se desarrollaría dentro del capitalis-
mo al compás del avance de la tecnología industrial. Ambas clases, según se
afirma, desarrollan sus propios intereses sociales: estos intereses son, cierta-
mente, revolucionarios, y los proyectan contra la vieja sociedad en la cual
se originaron. Si la burguesía obtuvo el control de la vicia económica mucho
antes de derrocar a la sociedad feudal, el proletariado conquista su propio
poder revolucionario gracias a un sistema fabril que lo «disciplina, unifica y
organiza».10 En ambos casos, el desarrollo de las fuerzas productivas se ha-

9
Por razones de carácter ecológico, podemos aceptar no el concepto de «dominación
de la naturaleza por el hombre» en el sentido simplista que tenía para Marx hace un siglo.
Este problema se analiza en «Ecología y pensamiento revolucionario».
10
Los marxistas que hablan del «poder económico» del proletariado no hacen más que

10
ce incompatible con el sistema tradicional de relaciones sociales. Una nueva
sociedad reemplaza a la vieja.
He aquí la pregunta crítica: ¿Podemos explicar la transición de una socie-
dad clasista a una sociedad sin clases por medio de la misma dialéctica que
aplicamos a la etapa de transición entre dos sociedades de clases? No se trata
de un problema académico ni de una especulación en torno a abstracciones
lógicas, sino de un interrogante concreto y real de nuestro tiempo. Hay pro-
fundas diferencias entre el desarrollo de la burguesía bajo el feudalismo y el
del proletariado bajo el capitalismo, que Marx no supo anticipar o no pudo
ver con claridad. La burguesía había logrado controlar la actividad económica
mucho antes de tomar el poder; antes de asumir el dominio político se instaló
como clase dominante, material, cultural e ideológicamente. El proletariado,
en cambio, no controla la vida económica. A pesar de su papel indispensa-
ble dentro del proceso industrial, la clase obrera ni siquiera es mayoría en la
población, y su estratégica posición dentro de la economía sufre, hoy día, la
erosión de la cibernética y otros progresos tecnológicos.11 De aquí que, para
el proletariado, suponga un acto de elevada conciencia social, utilizar su po-
der para producir una revolución. Hasta ahora, esta toma de conciencia se

repetir la posición de los anarco-sindicalistas, a quienes Marx censuraba amargamente. A


Marx no le interesaba el «poder económico» del proletariado sino su poder político, notoria-
mente a causa de su predicción de que se convertiría en parte mayoritaria de la población.
Estaba convencido de que los trabajadores industriales serían empujados a la revolución, en
principio, por la desposesión material a que los reduciría la tendencia acumulativa del capita-
lismo; organizados por las fábricas y disciplinados por la rutina industrial, podrían constituir
sindicatos y sobre todo, partidos políticos, que en algunos países se verían precisados a usar
métodos insurreccionales y en otros (Inglaterra, Estados Unidos; luego Engels agregó Fran-
cia), podrían llegar al poder por la vía electoral, decretando y legislando la instauración del
socialismo. Gracias a la deshonestidad de muchos marxistas para con su Marx y su Engels,
algunas importantes observaciones han quedado sin traducir; otras fueron burdamente dis-
torsionadas.
11
Este lugar es tan bueno como cualquier otro para desechar la noción de que «prole-
tario» es todo aquel que no puede vender otra cosa que su fuerza de trabajo. Es cierto que
Marx definió al proletariado en estos términos, pero también elaboró una dialéctica histórica
del desarrollo de la clase. El proletariado surgió de una clase desposeída y explotada, alcan-
zando su expresión más avanzada en el obrero industrial, que correspondía a la forma más
avanzada del capital. En los últimos años de su vida, Marx exteriorizó cierto desprecio por
los trabajadores de París, ocupados fundamentalmente en la producción de bienes de lujo, re-
firiéndose a «nuestros obreros alemanes» —los más robotizados de Europa— como proleta-
riado «moderno» del mundo.

11
ha visto bloqueada por el hecho de que el medio fabril es uno de los reduc-
tos mejor atrincherados de la ética del trabajo, los sistemas jerarquizados de
administración y la obediencia a los líderes; en tiempos recientes se ha vol-
cado a la producción de mercancías superfinas y armamentos. La fábrica no
sólo se cuida de «disciplinar», «unificar» y «organizar» a los trabajadores,
sino que además lo hace en una forma acabadamente burguesa. En el medio
fabril la producción capitalista no sólo renueva, diariamente, las relaciones
sociales del capitalismo, como observaba Marx, sino que también renueva la
psique, los valores y la ideología del capitalismo.
Marx percibía este hecho en grado suficiente como para buscar razones
más consistentes que la mera explotación, o los conflictos sobre horarios y
jornales, como impelentes del proletariado hacia la acción revolucionaria. En
su teoría general de la acumulación del capital trató de delinear las leyes ob-
jetivas e insalvables que lanzarían al proletariado a la acción revolucionaria.
Así fue como elaboró su famosa teoría de la pauperización: la competencia
entre capitalistas los obliga a reducir progresivamente los precios, y esto a su
vez supone una merma continua en los salarios con el consiguiente y absolu-
to empobrecimiento de los trabajadores. El proletariado se ve empujado a la
revuelta porque, con el proceso de competencia y centralización del capital,
«crece la masa de miseria, opresión, esclavitud y degradación».12
Pero el capitalismo no se ha aquietado desde los días de Marx. Este escri-
bió sus obras a mediados del siglo diecinueve: no podía esperarse que captara
todas las implicaciones de sus propias observaciones sobre la centralización
del capital y el desarrollo de la tecnología. No podía exigírsele que previe-
ra las proyecciones del capitalismo, no sólo desde el mercantilismo hasta la

12
Trasladar la teoría marxiana de la pauperización a términos internacionales, y no ya
nacionales (como lo planteaba Marx) es un subterfugio. En primer lugar, esta triquiñuela teó-
rica intenta esquivar la pregunta de por qué la pauperización no ha ocurrido dentro de las
plazas fuertes industriales del capitalismo, las únicas áreas en que se da un punto de partida
tecnológicamente adecuado para una sociedad sin clases. Si depositamos nuestras esperan-
zas en el mundo colonial como «proletariado», estaremos tentando al genocidio. América y
su nuevo aliado, Rusia, poseen todos los medios técnicos para bombardear al mundo subde-
sarrollado hasta someterlo. Acecha en el horizonte una amenaza real: la transformación de
los Estados Unidos en un imperio nazi. Es disparatado afirmar que este país es «un tigre de
papel». Es un tigre termonuclear, y la clase dirigente norteamericana, desprovista como está
de frenos culturales, es capaz de actos aún más salvajes que los de Alemania, si se convierte
en una potencia auténticamente fascista.

12
forma industrial que predominaba en su época —desde los monopolios co-
merciales apoyados por el estado hasta las unidades industriales altamente
competitivas— sino también hacia un retorno a los orígenes mercantilistas,
asociado a la centralización del capital y reasumiendo la forma monopólica
semi-estatal en un nivel superior. La economía tiende a combinarse con el
estado y el capitalismo comienza a «planificar» su desarrollo, en lugar de
dejarlo exclusivamente librado al interjuego de la concurrencia y las fuerzas
del mercado. No cabe duda de que el sistema no ha abolido la lucha de clases
tradicional, pero se cuida bien de contenerla, sirviéndose de sus inmensos re-
cursos tecnológicos para atraerse a los sectores más estratégicos de la clase
obrera.
Así se despoja a la teoría de la pauperización de todo su peso y, en los
Estados Unidos, la lucha de clases tradicional no deviene guerra clasista. Se
mantiene íntegramente dentro de los límites burgueses. El marxismo se con-
vierte, de hecho, en una ideología. Es asimilado por las formas más avanzadas
del capitalismo de Estado: notoriamente, por Rusia. En una increíble ironía
de la historia, el «socialismo» marxista acaba por convertirse, en gran me-
dida, en el propio capitalismo de Estado que Marx no supo anticipar con su
dialéctica del capitalismo.13 El proletariado, en lugar de transformarse en cla-
se revolucionaria en el seno del capitalismo, actúa como un órgano más en
el cuerpo de la sociedad burguesa.
A esta altura de la historia, debemos preguntarnos si una revolución social
que pretende instaurar una sociedad sin clases puede surgir de un conflicto
entre las clases tradicionales de una sociedad clasista, o si ese tipo de revolu-
ción social sólo ha de sobrevenir a la descomposición de las clases tradicio-
nales, a través de la emergencia de una «clase» completamente nueva, cuya
propia esencia reside en que no es una clase, sino un estrato revolucionario
en crecimiento. Para responder a este interrogante, será provechoso volver a
la dialéctica general que Marx concibió para la sociedad humana en su con-
junto, sin referirnos al modelo que extrajo del pasaje de la sociedad feudal
al capitalismo. Así como los clanes y linajes primitivos comenzaron a dife-
13
Consciente de esto, Lenin describía al «socialismo» como «un monopolio capitalista
estatal que opera en beneficio de todo el pueblo» [V. I. Lenin, The Threatening Catastrophe and
How todo Fight It, The Little Lenin Library, vol. II (International Publishers, Nueva York, 1932),
pág. 37]. Si uno atiende a sus implicaciones, esta afirmación resulta por demás extraordinaria
y contradictoria.

13
renciarse en clases, existe actualmente una tendencia a que las clases se des-
compongan en subculturas totalmente nuevas, que recuerdan a las formas
precapitalistas de relación social. Pero ya no se trata de grupos económicos;
de hecho, expresan la tendencia del desarrollo social, que comienza a trascen-
der las categorías económicas propias de la civilización de la escasez. Estos
grupos constituyen, en la práctica, una prefiguración ambigua e incipiente
del desplazamiento de la sociedad, desde la escasez hacia la abundancia.
Es necesario que se comprenda el proceso de descomposición de clases en
todas sus dimensiones. Destaquemos el término «proceso»: las clases tradi-
cionales no desaparecen, ni tampoco —por otra parte— la propia lucha de
clases. Sólo una revolución social podría suprimir la estructura de dominio
clasista y los conflictos que genera. El problema radica en que la lucha tra-
dicional de clases pierde sus connotaciones revolucionarias; se revela como
fisiología de la sociedad establecida, y no como los dolores de un trabajo
de parto. En realidad, la lucha de clases en su forma tradicional estabiliza a
la sociedad capitalista, «corrigiendo» sus abusos: salarios, horas de trabajo,
inflación, nivel de empleo, etc. En la sociedad capitalista, los sindicatos se
convierten en «contra-monopolios» de los monopolios industriales, incor-
porándose a la economía neomercantil estatificada. Existen conflictos más o
menos agudos dentro de esta estructura, pero, en su conjunto, los sindicatos
sirven al sistema y favorecen su perpetuación.
Reforzar esta estructura de clases parloteando sobre el «papel de la clase
obrera», reforzar la lucha tradicional de clases adjudicándole un supuesto
contenido «revolucionario», infectar con «obreritis» al nuevo movimiento
revolucionario de nuestro tiempo es reaccionario hasta la médula. ¿Hasta
cuándo habrá que recordar a los doctrinarios marxistas que la historia de
la lucha de clases es la historia de una enfermedad, de las heridas abiertas
por la famosa «cuestión social», por el desarrollo unilateral del hombre, en
su intento de dominar a la naturaleza por medio del dominio del prójimo?
Si el subproducto de esta enfermedad ha sido el desarrollo tecnológico, sus
productos principales han sido la represión, un terrible derramamiento de
sangre y una distorsión feroz de la psique humana.
Próximo el fin de la enfermedad, cicatrizadas ya algunas de las heridas, el
proceso comienza a desplegarse hacia la totalidad; el contenido revoluciona-
rio de la lucha tradicional de clases ya no existe ni como elaboración teórica
ni como realidad social. El proceso de descomposición no sólo abarca la es-

14
tructura tradicional de clases, sino también la familia patriarcal, los regíme-
nes autoritarios de educación y crianza, las instituciones y las costumbres
basadas en el esfuerzo, el renunciamiento, la culpa y la represión sexual. El
proceso de desintegración, en pocas palabras, se ha generalizado, atravesando
virtualmente todas las clases tradicionales, sus valores e instituciones. Ha crea-
do formas de lucha, pautas organizativas y reivindicaciones totalmente nuevas:
reclama un concepto absolutamente nuevo en la teoría y la praxis.
¿Qué significa esto, concretamente? Comparemos dos concepciones, la
marxista y la revolucionaria. El teórico marxista nos propondrá un acerca-
miento al obrero —o, mejor aún, «entrar» en la fábrica— para hacer «pro-
selitismo» entre los obreros con preferencia a cualquier otro grupo social.
¿El propósito? Dotar al trabajador de una «conciencia de clase». En la vieja
izquierda más neanderthaliana, esto implica cortarse el pelo, ataviarse con
ropas convencionales, dejar la grifa por los cigarrillos y la cerveza, bailar a
la vieja usanza, adoptar maneras «rudas» y desarrollar un estilo pomposo,
pesado y desprovisto de sentido del humor.
En otras palabras, uno se convierte en la peor caricatura del obrero: no ya
un «pequeño burgués degenerado» sino un degenerado burgués. Uno imita al
obrero, que, a su vez, imita a sus patrones. Esta metamorfosis del estudiante
en «obrero» encierra un pervertido cinismo. Se intenta utilizar la disciplina
inculcada al trabajador por el medio fabril para someterlo a la del partido.
Se utiliza el respeto del obrero por la jerarquía industrial para acoplarlo a
la jerarquía de partido. Esta desagradable faena, que en caso de tener éxito
sólo conduciría al reemplazo de una jerarquía por otra, la realiza uno a costa
de simular que le preocupan los problemas económicos que cada día sufre
el trabajador. Hasta la teoría marxista se degrada conforme a esta imagen
empobrecida del obrero. (Véase cualquier ejemplo de Challenge, el National
Enquirer de la izquierda. Nada fastidia más a los obreros que este tipo de lite-
ratura). Finalmente, el trabajador descubre que, en su cotidiana lucha de cla-
ses, la burocracia sindical le ofrece mejores resultados que la burocracia del
partido marxista. Esto se evidenció tan espectacularmente durante los años
cuarenta que, sin mayor oposición por parte de las bases, los sindicatos se
permitieron expulsar en uno o dos años a millares de «marxistas» que habían
batallado por el movimiento obrero durante más de una década, llegando en
algunos casos a la conducción máxima de las antiguas internacionales CIO.

15
El obrero no se convierte en revolucionario acentuando su condición de
obrero, sino despojándose de ella. Y no es el único; lo mismo vale para el
granjero, el estudiante, el soldado, el burócrata, el empleado dependiente, el
profesional… y el marxista. El obrero no es menos «burgués» que el gran-
jero, estudiante, dependiente, soldado, burócrata, profesional o marxista. Su
condición obrera es la enfermedad que lo aqueja, el mal social proyectado
a dimensiones individuales. Lenin tenía esto claro en ¿Qué hacer?, pero lo
camufló para la vieja jerarquía con una bandera roja y alguna verborrea re-
volucionaria. El obrero comienza a transformarse en revolucionario cuando
reniega de su «condición obrera», cuando comienza a detestar su situación
de clase aquí y ahora, cuando se despoja de las características que más le
alaban los marxistas: su ética de trabajo, su estructura mental derivada de la
disciplina industrial, su respeto por la jerarquía, su obediencia a los líderes, su
consumismo, sus vestigios puritanos. En este sentido, el obrero se convierte
en revolucionario en la medida en que abandona su status de clase y desa-
rrolla una conciencia desclasada. Degenera, y lo hace maravillosamente. Está
rompiendo, precisamente, con las cadenas clasistas que lo ligan a todos los
sistemas de dominación. Se aparta de los intereses de clase que lo esclavizan
en función del consumo, de las barriadas suburbanas y de una concepción
contable de la vida.14
El fenómeno más prometedor en las fábricas de la actualidad es la apari-
ción de jóvenes trabajadores que llevan el pelo largo, exigen más tiempo libre
en lugar de más paga, se insubordinan contra todas las figuras autoritarias,
pierden y recobran constantemente sus empleos, que por otra parte les im-

14
En este aspecto, el obrero comienza a aproximarse a los tipos humanos de transición
social, que siempre han sido más revolucionarios de la historia. En general, el «proletariado»
ha sido más revolucionario en los períodos de transición cuando menos «proletarizado» esta-
ba, psíquicamente, por el sistema industrial. Los grandes focos de las revoluciones obreras clá-
sicas fueron Petrogrado y Barcelona, donde los trabajadores habían sido virtualmente arran-
cados del medio campesino, y París, donde aún desempeñaban oficios artesanales o provenían
directamente del medio artesanal. Al hallar grandes dificultades para adaptarse a la domina-
ción industrial, estos trabajadores se convirtieron en una continua fuente de conflictos socia-
les y revolucionarios. La clase obrera estable y hereditaria, en cambio, resultó sorprendente-
mente no-revolucionaria. Aún en el caso del proletariado alemán —que Marx y Engels califi-
caron de «clase obrera modelo» europea— la mayoría no apoyó a los espartaquistas en 1919.
Enviaron una gran mayoría de socialdemócratas oficiales al Congreso de Comités Obreros, y
al Reichstag en años posteriores, alineándose tras el Partido Social Demócrata hasta 1933.

16
portan un comino, van en motocicleta y contagian a sus compañeros. Aún
más auspiciosa es la emergencia de este tipo humano en escuelas de comer-
cio y colegios medios, reserva de la clase trabajadora industrial del futuro.
En la medida en que obreros, estudiantes vocacionales y colegiales liguen
sus estilos de vida a los distintos aspectos de la cultura juvenil, el proletaria-
do dejará de ser una fuerza favorable a la conservación de lo establecido para
convertirse en una fuerza creadora.
Una situación cualitativamente nueva emerge cuando el hombre se en-
frenta a la transformación de la sociedad represiva de clases, basada en la
escasez material, en una sociedad sin clases, liberadora, basada en la abun-
dancia material. Un nuevo tipo humano, cada vez más numeroso, surge de
la descomposición de la estructura clasista tradicional: el revolucionario. Este
revolucionario comienza a desafiar no sólo las premisas económicas y polí-
ticas de la sociedad jerarquizada, sino también a la jerarquía como tal. No
sólo proclama la necesidad de una revolución social sino que también tra-
ta de vivir de un modo revolucionario en la medida en que esto es posible
dentro de la sociedad actual.15 No sólo ataca las formas heredadas de la domi-
nación sino que, a la vez, improvisa nuevas formas de liberación que toman
su poesía del futuro.
Esta preparación para el futuro, esta experimentación con las formas li-
beradoras de relación social post-escasez, podrían ser ilusorias si el futuro
no nos deparara más que la substitución de una sociedad clasista por otra;
pero resultan imprescindibles si lo que nos espera es una sociedad sin cla-
ses, edificada sobre las ruinas de la sociedad clasista. ¿Cuál será, entonces, el
«agente» del cambio revolucionario? Será, literalmente, la gran mayoría de la
sociedad, proveniente de todas las clases sociales tradicionales y fundida en
una común fuerza revolucionaria por la descomposición de las instituciones,
formas sociales, valores y estilos de vida de la clase dominante. Típicamen-
te, sus elementos más avanzados son los jóvenes: la generación que no ha
conocido las crisis crónicas de la economía capitalista y cuya orientación
se aleja cada vez más del mito de la seguridad material, tan difundido en la
generación de los años treinta.

15
Este estilo de vida revolucionario puede desarrollarse tanto en las fábricas como en las
calles, en las escuelas y barriadas, en los suburbios, el East-Side o la Bahía de San Francisco.
Su esencia es el desafío, que erosiona las costumbres, instituciones y fetiches.

17
Descartando los manuales tácticos del pasado, la revolución del futuro si-
gue el camino del menor esfuerzo, devorando las distancias que la separan
de las áreas más sensibles de la población, sin reparar en su «posición de cla-
se». Se nutre de todas las contradicciones de la sociedad burguesa, no sólo de
las contradicciones de 1860 y 1917. De aquí que atraiga a todos aquellos que
sienten la carga de la explotación, la pobreza, el racismo, el imperialismo y
también a quienes ven sus vidas frustradas por el consumismo, la rutina sub-
urbana, los medios de comunicación de masas, la escuela, los supermercados
y el sistema de represión sexual. La forma de la revolución resulta, así, tan to-
tal como su contenido: sin clases, sin apropiación, sin jerarquía y totalmente
liberadora.
Obstruir este proceso revolucionario con las manidas recetas del marxis-
mo, parlotear sobre «lucha de clases» o «el papel de la clase obrera» implica
una subversión del presente y el futuro en beneficio del pasado. Anteponer
una ideología esterilizante a base de divagaciones sobre los «cuadros», el
«partido de vanguardia», el «centralismo democrático» y la «dictadura del
proletariado» es pura contrarrevolución. A este problema de la «cuestión
organizativa» —vital contribución del leninismo al marxismo— debemos de-
dicar, ahora, alguna atención.

El mito del partido


No son los partidos, grupos y cuadros quienes realizan las revoluciones
sociales: éstas ocurren como resultado de fuerzas históricas profundamente
asentadas, y contradicciones que movilizan a grandes sectores de la pobla-
ción. No sobrevienen sólo porque las «masas» encuentran intolerable a la
sociedad existente (como decía Trotsky) sino también a causa de la tensión
entre lo real y lo posible, entre lo-que-es y lo-que-podría-ser. La miseria más
abyecta no produce revoluciones, por sí sola; más bien suele engendrar una
profunda desmoralización, o, peor aún, una lucha personal por la supervi-
vencia.
La Revolución Rusa de 1917 pesa sobre la conciencia de sus supervivientes
como una pesadilla porque fue, básicamente, el producto de una «situación
intolerable», de una devastadora guerra imperialista. Todos sus sueños fue-
ron virtualmente destruidos por una guerra civil aún más sangrienta, por el
hambre y la traición. Lo que resultó de la revolución no fueron las ruinas de

18
la vieja sociedad sino las de todas las esperanzas de construir una nueva so-
ciedad. La Revolución Rusa fracasó penosamente; reemplazó el zarismo por
el capitalismo de Estado.16 Los bolcheviques fueron trágicas víctimas de su
propia ideología y pagaron con sus vidas, en gran número, a lo largo de las
purgas de los años treinta. Es ridículo pretender extraer de esta revolución
en la escasez las normas de una sabiduría única. Lo que podemos aprender de
las revoluciones del pasado es lo que todas las revoluciones tienen en común,
y sus profundas limitaciones en comparación con las enormes posibilidades
que actualmente se nos presentan.
La característica más llamativa de las revoluciones conocidas radica en lo
espontáneo de sus comienzos. Si examinamos la fase inicial de la Revolución
Francesa de 1789, las de 1848, la Comuna de París, la Revolución de 1905 en
Rusia, el derrocamiento del zar en 1917, la revolución húngara de 1956 o la
huelga general de 1968 en Francia, observaremos que, en términos generales,
todos estos fenómenos comenzaron del mismo modo: un período de fermen-
tación culminando, espontáneamente, con un alzamiento de las masas. El
éxito o fracaso de este alzamiento depende de su decisión y de que las tropas
carguen —o no— contra el pueblo.
El «glorioso partido», cuando existe, marcha casi invariablemente a la za-
ga de los acontecimientos. En febrero de 1917, la organización bolchevique
de Petrogrado se opuso a las huelgas, precisamente en vísperas de la revo-
lución que acabaría por derrocar a los zares. Afortunadamente, los obreros
ignoraron las «directivas» bolcheviques y fueron a la huelga. Durante los
hechos que siguieron, nadie se vio más sorprendido por la revolución que
los partidos «revolucionarios», bolcheviques incluidos. Recuerda el dirigen-
te bolchevique Kayurov: «No hubo, absolutamente, iniciativas directrices del
partido… el comité de Petrogrado había sido arrestado, y el representante del
16
Este es un hecho que Trotsky jamás comprendió, por no desarrollar hasta sus últimas
consecuencias su propio concepto de «desarrollo combinado». Trotsky estimó correctamen-
te que la Rusia de los zares, rezagada en el desarrollo burgués europeo, elaboraría acelerada-
mente las etapas más avanzadas del capitalismo industrial, sin reconstruir el proceso desde
el principio. Hipnotizado por la ecuación «propiedad nacionalizada = socialismo». Trotsky
no comprendió que el capitalismo monopolista tendía a amalgamarse con el Estado, y que lo
que se instauraba en Rusia era esta nueva forma del capitalismo. Eliminadas las estructuras
burguesas tradicionales, el stalinismo preparó un «puro» capitalismo de Estado, una contra-
rrevolución que reconstruyó las formas mercantiles en un nivel industrial superior. El Estado
se convirtió en clase dominante.

19
Comité Central, camarada Shliapnikov, no estaba en condiciones de emitir
directivas para el día siguiente».17 Tal vez fue un hecho afortunado. Antes
del arresto del comité de Petrogrado, su evaluación de la situación y de su
propio papel había sido tan débil que, si los obreros hubieran seguido sus
indicaciones, es probable que la revolución no hubiera estallado en aquel
momento.
Cosas parecidas pueden decirse de los alzamientos que precedieron al de
1917, y de los que le siguieron, por ejemplo la huelga general, de mayo y junio
de 1968, en Francia, para citar sólo el caso más reciente. Existe una tendencia
a olvidar convenientemente el hecho de que había cerca de una docena de
organizaciones de tipo bolchevique, «estrechamente centralizadas», en Pa-
rís, por aquellos días. Rara vez se menciona que prácticamente todos estos
grupos de «vanguardia» desdeñaron la movilización estudiantil hasta el 7 de
mayo, cuando la lucha callejera adquirió sus contornos más agudos. La trots-
kista Jeunesse Communiste Révolutionnaire fue una notable excepción, y se
limitó a acompañar el proceso, siguiendo básicamente las iniciativas del Mo-
vimiento 22 de Marzo.18 Antes del 7 de mayo, todos los grupos maoístas cri-
ticaban al alzamiento estudiantil, calificándolo de periférico e insignificante;
la también trotskista Fédération des Etudiants Révolutionnaires lo consideraba
«aventurero» y trató de que los estudiantes abandonaran las barricadas, el 10
de mayo; el Partido Comunista jugó, como es natural, un papel totalmente
traidor. Lejos de conducir el movimiento popular, los maoístas y trotskis-
tas fueron sus cautivos. La mayor parte de estos grupos bolcheviques utilizó
desvergonzadas técnicas manipuladoras durante la asamblea estudiantil de
la Sorbona para tratar de «controlarla», creando una atmósfera tensa que
desmoralizó a todo el cuerpo. Finalmente, para completar esta ironía, todos
los grupos bolcheviques rompieron a parlotear sobre la necesidad de una
«vanguardia centralizada» ante el colapso del movimiento popular, que ha-
bía surgido a pesar de sus directivas y, a menudo, contrariándolas.
Las revoluciones y los alzamientos dignos de mención no sólo tienen una
fase inicial magníficamente anárquica, sino que también tienden a crear sus
17
Citado por Leon Trotsky en su Historia de la Revolución Rusa, Zero, 1973.
18
El movimiento 22 de Marzo funcionó como agente catalizador y no como vanguardia.
No ordenó: instigó, permitiendo el libre juego de los acontecimientos, indispensable a la dia-
léctica del alzamiento; por esto los estudiantes actuaron en el momento adecuado. Sin él, no
hubieran existido las barricadas del 10 de mayo, que desencadenaron la huelga general obrera.

20
propias modalidades de autogobierno revolucionario. Las secciones parisinas
de 1793-94 fueron las formas de autogobierno más notables de todas las re-
voluciones sociales de la historia.19 Los consejos o «soviets» instaurados por
los obreros de Petrogrado en 1905 eran formalmente más convencionales.
Aunque menos democráticos que las secciones, estos consejos habrían de
reaparecer en muchas revoluciones posteriores.
A esta altura debiéramos preguntarnos cuál es el rol que juega el partido
«revolucionario» en todos estos movimientos. Al principio, como acabamos
de ver, tiende a servir una función inhibitoria y no a ocupar la «vanguar-
dia». Allí donde ejerce alguna influencia, tiende a desacelerar el rumbo de
los acontecimientos, y no a «coordinar» las fuerzas revolucionarias. Esto no
es accidental. El partido está estructurado conforme a líneas jerárquicas que
reflejan a la misma sociedad, que se pretende combatir.
A pesar de sus pretensiones teóricas, es un organismo burgués, un Estado
en miniatura con un aparato y unos cuadros cuya función es tomar el poder,
y no disolverlo. Arraigado en el período prerrevolucionario, asimila todas
las formas, técnicas y mecanismos mentales de la burocracia. Sus miembros
son adoctrinados en la obediencia y los prejuicios de un dogma rígido, y se
les enseña a reverenciar a la autoridad de los líderes. El dirigente del partido,
a su vez, recibe una formación compuesta de hábitos que están asociados
al comando, la autoridad, la manipulación y la egomanía. Esta situación se
agrava cuando el partido interviene en elecciones parlamentarias. Durante
las campañas electorales, el partido de vanguardia se amolda totalmente a las
formas burguesas convencionales y adquiere, incluso, la parafernalia de los
partidos electorales. La situación cobra dimensiones auténticamente críticas
cuando el partido recurre a la gran prensa, a costosos locales, a cadenas perio-
dísticas controladas y desarrolla un «aparato» profesional; una burocracia,
en una palabra, con velados intereses materiales.
Con la expansión del partido, aumenta invariablemente la distancia entre
los dirigentes y las bases. Sus líderes, convertidos en «personalidades», pier-
den contacto con las condiciones de vida de la masa. Los grupos locales, que
conocen mejor su propia situación que cualquier líder remoto, son obligados
a subordinar sus puntos de vista a las directivas emanadas de lo alto. La di-
rección, a falta de todo conocimiento directo de los problemas locales, actúa

19
Ver «Las formas de la libertad».

21
con prudencia y moderación. Aunque suelen aducirse justificaciones a base
de una «visión más amplia» y de una mayor «competencia teórica», la ido-
neidad de los dirigentes tiende a disminuir a medida que asciende la jerarquía
del comando. Cuanto más nos aproximarnos al nivel donde se formulan las
decisiones concretas, tanto más conservador es el proceso de elaboración de
las decisiones, tanto más burocráticos y exteriores los factores en juego, tanto
más reemplazan el prestigio y la antigüedad a la creatividad, la imaginación
y la entrega desinteresada a los objetivos revolucionarios.
El partido pierde eficacia, desde un punto de vista revolucionario, cuan-
do la busca a través de la jerarquía, los cuadros y la centralización. Aunque
todo y todos están en su lugar, las órdenes suelen resultar erróneas, espe-
cialmente cuando los acontecimientos se desarrollan con rapidez y toman
cursos inesperados, como ocurre en todas las revoluciones. El partido sólo
es eficiente en la tarea de amoldar la sociedad a su propia imagen jerárquica,
cuando triunfa la revolución. Regenera la burocracia, la centralización y el
Estado. Redobla la burocracia, la centralización y el Estado.
Ampara las condiciones sociales creadas por este tipo de sociedad. En lu-
gar de «suprimirlas», el Estado controlado por el «glorioso partido» preser-
va las condiciones que hacen «necesaria» la existencia del Estado, y la de un
partido que lo «guarde».
Por otro lado, este tipo de partido es extremadamente vulnerable duran-
te los períodos de represión. La burguesía no tiene más que echar mano a
sus dirigentes para inmovilizar a todo el movimiento. Con sus líderes pre-
sos u ocultos, el partido se paraliza; los disciplinados militantes no tienen a
quién obedecer y tienden a disgregarse. Cunde la desmoralización. El parti-
do se descompone no sólo debido a la atmósfera represiva sino también a su
indigencia en materia de recursos internos.
La descripción que acabo de reseñar no es una serie de inferencias hipoté-
ticas sino un esbozo compuesto por las características de todos los partidos
marxistas de masas del último siglo: los socialdemócratas, los comunistas y
el partido trotskista de Ceylán, que es el único de masas en su tipo. Pretender
que estos partidos fracasaron porque no tomaron en serio sus principios mar-
xistas equivale a soslayar otra pregunta: ¿A qué se debió, en principio, esta
incapacidad? El hecho es que estos partidos fueron asimilados por la socie-
dad burguesa porque estaban estructurados según lineamientos burgueses.
El germen de la traición estaba en ellos desde su nacimiento.

22
El Partido Bolchevique eludió esta suerte entre 1904 y 1917 por una sola
razón: durante casi todos los años anteriores a la revolución, fue una orga-
nización ilegal. El partido fue reiteradamente desintegrado y reconstituido,
con el resultado de que, hasta la toma del poder, no llegó a organizarse como
máquina plenamente centralizada, burocrática y jerárquica. Además, estaba
dividido en facciones; una atmósfera intensamente facciosa persistió duran-
te todo 1917 y hasta la guerra civil. A pesar de todo, la dirección bolchevique
era extremadamente conservadora, rasgo que Lenin se vio obligado a comba-
tir en 1917: primero, con sus esfuerzos para orientar al Comité Central contra
el gobierno provisional (el famoso conflicto en torno a las «Tesis de Abril»)
y luego, en octubre, llevando al Comité Central a la insurrección. En ambos
casos, amenazó con renunciar al Comité Central y presentar sus puntos de
vista a los «cuadros de base del partido».
En 1918, las disputas facciosas sobre el problema del tratado de Brest-
Litovsk se tornaron tan serias que los bolcheviques estuvieron a punto de
dividirse en dos partidos comunistas enemigos. Los grupos bolcheviques de
oposición, como los centralistas democráticos y la Oposición Obrera, libra-
ron amargas batallas dentro del partido durante 1919 y 1920, para no mencio-
nar los movimientos opositores que se desarrollaron dentro del Ejército Rojo
a causa de las inclinaciones centralizadoras de Trotsky. La centralización to-
tal del partido bolchevique —luego recibió el nombre de «unidad leninista»—
no se produjo hasta 1921, cuando Lenin logró que el Décimo Congreso del
Partido proscribiera las facciones. Para esas fechas, la mayoría de la Guar-
dia Blanca había sido aplastada, y los intervencionistas extranjeros habían
retirado sus tropas de Rusia.
Jamás insistiremos demasiado en la observación de que los bolcheviques
centralizaron el partido hasta el punto de aislarse de la clase obrera. Este fe-
nómeno ha sido poco investigado en los círculos leninistas de la actualidad,
aunque Lenin, en su momento, tuvo la honestidad de admitirlo. La historia
de la Revolución Rusa no es sólo la historia del Partido Bolchevique y sus
acólitos. Bajo el flujo de los acontecimientos oficiales que describen los histo-
riadores soviéticos, transcurría otro fenómeno, más profundo; la espontánea
movilización de los obreros y campesinos revolucionarios, que luego choca-
ría violentamente, contra la política burocrática de los bolcheviques. Con el
derrocamiento del zar, en febrero de 1917, los trabajadores de casi todas las
fábricas de Rusia establecieron espontáneamente sus comités de fábrica. En

23
junio de 1917, tuvo lugar en Petrogrado una conferencia de comités de fá-
brica de todas las Rusias, que proclamó la necesidad de «un amplio control
de la producción y la distribución por los trabajadores». Rara vez se mencio-
nan estas exigencias en los relatos leninistas de la Revolución Rusa, a pesar
de que la conferencia se asoció a la línea bolchevique. Trotsky, que describe
los comités de fábrica como «la representación más directa e indudable del
proletariado en todo el país», sólo trata ocasionalmente el tema en los tres
volúmenes de su historia de la revolución. Sin embargo, tan importantes eran
estos organismos espontáneos de autogobierno que Lenin, cuando desespe-
raba de obtener el control de los soviets en el verano de 1917, se preparó a
lanzar la consigna de «todo el poder a los comités de fábrica» en lugar de
«todo el poder a los soviets». Esta proclama hubiera catapultado a los bol-
cheviques hacia una posición por completo anarco-sindicalista, aunque es
dudoso que la hubieran conservado por mucho tiempo.
Con la Revolución de Octubre, todos los comités de fábrica tomaron el
control de las plantas productivas, expulsando a la burguesía y dominando
por completo el funcionamiento industrial. Al aceptar el concepto del con-
trol obrero con su famoso decreto del 14 de noviembre de 1917, Lenin no hizo
más que reconocer un hecho consumado. Los bolcheviques no se atrevieron
a oponerse a los trabajadores en aquellos comienzos; prefirieron desgastar el
poder de los comités de fábrica. En enero de 1918, dos meses escasos después
de «decretar» el control obrero de la producción, Lenin comenzó a abogar
por que la administración de las fábricas fuera encargada a los sindicatos.
La historia de que los bolcheviques experimentaron «pacientemente» con el
control obrero, encontrándolo en definitiva «caótico» o «ineficiente», es un
mito. Su «paciencia» no duró más que unas pocas semanas, Lenin no sólo
suprimió el control obrero directo en el término de unas semanas, a partir
del decreto del 14 de noviembre, sino que hasta el control por los sindica-
tos tuvo vida corta. Hacia el verano de 1918, casi toda la industria rusa se
regía por formas de administración burguesa. Como decía Lenin: «la revolu-
ción exige… precisamente en interés del socialismo, que las masas obedezcan
sin objeciones las directivas únicas de los líderes del proceso productivo».20
20
V. I. Lenin, «Las tareas inmediatas del Gobierno Soviético». En este áspero articulo,
Lenin abandona por completo su perspectiva libertaria de Estado y Revolución, subrayando
la necesidad de «disciplina» y propugnando el sistema de Taylor, que antes de la revolución
condenara porque hacía del hombre un esclavo de la máquina.

24
De aquí en adelante, se condena al control obrero de la producción no sólo
por «ineficiente», «caótico» y «poco práctico» sino también por ¡«pequeño
burgués»!
El comunista de izquierdas Osinsky censuró amargamente todos estos con-
ceptos espurios, advirtiendo al partido que «el socialismo y la organización
socialista serán edificados por el proletariado mismo, o no lo serán en abso-
luto; se estará edificando otra cosa; el capitalismo de Estado».21 En «interés
del socialismo», el Partido Bolchevique apartó al proletariado de todos los
terrenos que había conquistado por su propio esfuerzo e iniciativa propia. El
partido no coordinó la revolución, ni siquiera la dirigió; la dominó. Primero
el control obrero, y luego el control sindical, fueron reemplazados por una
elaborada jerarquía, tan monstruosa como cualquier estructura de los tiem-
pos prerrevolucionarios. Como se vería en años posteriores, la profecía de
Osinsky se había vuelto realidad.
El problema de «quién debe prevalecer» —los bolcheviques o las «masas»
de Rusia— no se limitaba, en modo alguno, a las fábricas. Una turbulenta gue-
rra campesina había rebasado al movimiento obrero. A pesar de lo que rezan
los relatos leninistas oficiales, el alzamiento agrario no consistía en una me-
ra redistribución de la tierra en parcelas privadas. En Ucrania, campesinos
inspirados por las milicias anarquistas de Néstor Makhno y guiados por la
máxima comunista de «tomar de cada uno de acuerdo a su capacidad; darle
de acuerdo a sus necesidades» establecieron un sinnúmero de comunas ru-
rales. Por todas partes, en el norte y en el Asia soviética, emergieron varios
miles de estos organismos, en parte por iniciativa de la izquierda socialre-
volucionaria y en gran medida como resultado de los tradicionales impulsos
colectivistas que provenían de la aldea rusa, o mir. Poco importa que estas
comunas fueran numerosas o que agruparan a grandes cantidades de campe-
sinos; el hecho es que se trataba de auténticos organismos populares, núcleos
de un espíritu moral y social que se alzaba muy por encima de los valores
deshumanizados de la sociedad burguesa.
Los bolcheviques temieron a estos organismos desde el principio, y final-
mente los condenaron. Para Lenin, la forma superior y más «socialista» de
empresa agrícola estaba representada por la granja del Estado: una fábrica

21
V. V. Osinsky, «On the Building oficina Socialism», citado por R. V. Daniels, The Cons-
cience of the Revolution (Harvard University Press; Cambridge, 1960), págs. 85-86.

25
agraria en la cual tanto la tierra como el equipo de labranza eran de propiedad
estatal, y el Estado nombraba administradores que contrataban campesinos
según un régimen de jornales. En estas actitudes hacia el control obrero y las
comunas agrícolas se advierte el espíritu y la mentalidad esencialmente bur-
guesas de que estaba impregnado el Partido Bolchevique, que no sólo emana-
ban de sus teorías, sino también de su tipo de organización. En diciembre de
1918, Lenin se lanzó contra las comunas con el pretexto de que se «obligaba»
a los campesinos a incorporarse a ellas. En realidad, poca o ninguna coac-
ción se utilizaba para organizar estas formas comunitarias de autogobierno.
Robert G. Wesson, que estudió en detalle las comunas soviéticas, concluye;
«Quienes entraban a las comunas debían hacerlo, fundamentalmente, por su
propia voluntad».22 Las comunas no fueron suprimidas, pero se desalentó su
crecimiento hasta que Stalin subsumió todo el movimiento en las medidas
de colectivización forzosa de finales de la década del veinte y comienzos de
la del treinta.
Hacia 1920, los bolcheviques se habían aislado de la clase obrera rusa y el
campesinado. La eliminación del control obrero, la supresión de los makhno-
vistas, una atmósfera política restrictiva en el campo, una burocracia agigan-
tada y la demoledora indigencia material heredada de los años de la guerra
civil originaron una profunda hostilidad popular contra el gobierno bolche-
vique. Con el fin de la guerra, surgió de las profundidades de la sociedad
rusa un movimiento por la «tercera revolución»: no para restaurar el pasa-
do, como adujeron los bolcheviques, sino para realizar las mismas aspiracio-
nes de libertad económica y política que habían alineado a las masas tras el
programa bolchevique de 1917. El nuevo movimiento encontró su expresión
más consciente en el proletariado de Petrogrado y entre los marineros de
Kronstadt. También tuvo entusiastas dentro del partido: el crecimiento de
las tendencias anticentralistas y anarco-sindicalistas entre los bolcheviques
llegó a tal punto que un bloque de grupos opositores, de esta orientación,
obtuvo 124 escaños en una conferencia provincial de Moscú, contra 154 para
los partidarios del Comité Central.
El 2 de marzo de 1921, los «marineros rojos» de Kronstadt se alzaron en
abierta rebelión, portaestandartes de una «Tercera Revolución de los Traba-

22
Robert G. Wesson, Soviet Communes (Rutgers University Press; New Brumswich; N.J.,
1963), pág. 145.

26
jadores». El programa de Kronstadt exigía elecciones libres para los soviets,
libertad de prensa y de palabra para los partidos anarquistas y socialistas de
izquierda, sindicatos libres, y la liberación de todos los prisioneros afiliados
a partidos socialistas. Los bolcheviques inventaron las historias más desver-
gonzadas para explicar este alzamiento: en años posteriores se ha reconocido
que no fueron más que mentiras. La revuelta fue descrita como un «complot
de la Guardia Blanca», a pesar de que la gran mayoría de los miembros del
Partido Comunista de Kronstadt se unió a los marineros —precisamente, como
comunistas— denunciando a los jefes del partido como traidores a la Revolu-
ción de Octubre. Observa Vincent Daniels en su estudio de los movimientos
de oposición bolchevique: «Tan poco se podía confiar en los comunistas or-
dinarios… que el gobierno no recurrió a ellos para el asalto de Kronstadt ni
para mantener el orden en Petrogrado, donde los de Kronstadt abrigaban ma-
yores esperanzas de encontrar apoyo. El cuerpo principal de tropas estaba
integrado por Chekistas y cadetes del Ejército Rojo. El asalto final de Krons-
tadt fue dirigido por la alta oficialidad del Partido Comunista: un gran grupo
de delegados del Décimo Congreso del Partido fue enviado precipitadamente
desde Moscú, con este propósito».23 El régimen sufría una debilidad interna
tan acusada que la élite tenía que realizar su propio trabajo sucio.
Aún más significativo que la revuelta de Kronstadt fue el movimiento huel-
guístico de los obreros de Petrogrado. Los historiadores leninistas omiten es-
te hecho de importancia crítica. Las primeras huelgas estallaron en la fábrica
Troutbotchny, el 23 de febrero de 1921. En cuestión de días, el movimiento
pasó de una fábrica a otra, hasta que el 28 de febrero se declaró el paro en
las famosas obras de Putilov. No sólo se formulaban reivindicaciones econó-
micas; los obreros alzaron banderas definidamente políticas, anticipándose
a todas las exigencias que, pocos días después, proclamarían los marineros
de Kronstadt. El 24 de febrero, los bolcheviques decretaron el «estado de si-
tio» en Petrogrado, arrestando a los líderes de la huelga y reprimiendo las
demostraciones obreras con cadetes de la oficialidad. El hecho es que los
bolcheviques no sólo aplastaron un «motín de marineros»; reprimieron a la
propia clase obrera. Fue en este punto cuando Lenin exigió la supresión de
las tendencias internas en el Partido Comunista Ruso. La centralización del
partido era completa: estaba despejado el camino de Stalin.

23
R. V. Daniels, op cit., pág. 145.

27
Hemos examinado minuciosamente estos acontecimientos porque nos lle-
van a una conclusión soslayada por la última camada de marxistas-leninistas:
el Partido Bolchevique alcanzó su máximo grado de centralización en tiem-
pos de Lenin, no para realizar la revolución ni para suprimir la contrarrevolu-
ción de la Guardia Blanca, sino para llevar a cabo su propia contrarrevolución,
oponiéndose a las fuerzas sociales que afirmaba estar representando. Se prohi-
bieron las tendencias internas, se creó un partido monolítico, no para evitar
una «restauración capitalista» sino para contener un movimiento de masas
obreras por la democracia soviética y la libertad social. El Lenin de 1921 se
volvía contra el de 1917.
De aquí en adelante, Lenin, que, por encima de todas las cosas había lu-
chado por inscribir los problemas de su partido en el contexto de las contra-
dicciones sociales, se encontró jugando a las maniobras organizativas en un
postrero intento de detener la burocratización que él mismo había desenca-
denado. No hay nada más patético y trágico que los últimos años de Lenin.
Paralizado por un cuerpo simplista de fórmulas marxistas, no logra idear me-
jores contramedidas que las de tipo organizativo. Propone la formación de
la Inspección Obrera y Campesina para corregir deformaciones burocráticas
en el partido y el Estado, pero el nuevo organismo cae en manos de Stalin,
tomando formas altamente burocráticas. Lenin sugiere, entonces, que se re-
duzca el tamaño de la Inspección Obrera y Campesina, integrándosela a la
Comisión de control. Aboga por la ampliación del Comité Central. Y en fin:
este cuerpo debe ampliarse, aquél debe integrarse con otro, un tercero de-
be ser modificado o suprimido. El curioso ballet de las formas organizativas
continúa, hasta su propia muerte, como si el problema pudiera resolverse
por medios organizativos. Como admite Moisés Levin, notorio admirador de
Lenin, el líder bolchevique «encaraba los problemas de gobierno más bien
como un jefe ejecutivo, con un criterio estrictamente elitista. No aplicaba
al gobierno sus métodos, métodos de análisis social; se contentaba con una
consideración en términos de pura metodología organizativa».24
Si es cierto que, en las revoluciones burguesas, las «frases se anteponían al
contenido», en la revolución bolchevique las formas sustituyeron al conteni-
do. Los soviets reemplazaron a los obreros y sus comités de fábrica, el partido
a los soviets, el Comité Central al Partido, y el Buró Político al Comité Cen-

24
Mosche Lewin, Lenin’s Last Struggle (Pantheon, Nueva York, 1968) página 122.

28
tral. En otras palabras, los medios reemplazaron a los fines. Esta increíble
sustitución de forma por contenido es uno de los rasgos más característicos
del marxismo-leninismo, En Francia, durante los acontecimientos de mayo
y junio de 1968, todas las organizaciones bolcheviques estaban preparadas
para destruir la asamblea estudiantil de la Sorbona, con tal de aumentar su
influencia y caudal de afiliados. Su preocupación principal no era la revolu-
ción, sino las auténticas formas sociales creadas por los estudiantes, sino el
crecimiento de sus respectivos partidos.
Sólo una fuerza social pudo haber detenido el crecimiento de la burocracia
en Rusia. Si el proletariado y el campesinado ruso hubieran logrado ampliar
el alcance del autogobierno a través del desarrollo de comités de fábrica via-
bles, comunas rurales y soviets libres eficientes, la historia del país habría
tomado un curso espectacularmente diferente. No puede discutirse que el fra-
caso de las revoluciones socialistas en Europa, después de la Primera Guerra
Mundial, condujo al aislamiento de la revolución rusa. La indigencia material
de Rusia, sumada a la presión del mundo capitalista que la rodeaba, conspiró
claramente contra el desarrollo de una sociedad socialista o coherentemen-
te libertaria. Pero de ningún modo era inevitable que Rusia se desarrollara
según las pautas del capitalismo de Estado; a pesar de las previsiones inicia-
les de Lenin y Trotsky, la revolución fue derrotada por fuerzas internas y
no por ejércitos invasores. Si un movimiento desde abajo hubiera restaura-
do las conquistas originales de la revolución de 1917, se habría desarrollado
una estructura social multifacética, basada en el control obrero de la indus-
tria, en una economía campesina de desarrollo libre para el agro y en un libre
juego de ideas, programas y movimientos políticos. Rusia no habría sido apri-
sionada, en lo más mínimo, por cadenas totalitarias, ni el stalinismo habría
envenenado el movimiento revolucionario mundial, preparando el camino
para el fascismo y la Segunda Guerra Mundial.
La evolución del Partido Bolchevique, sin embargo, impidió todos estos fe-
nómenos, a pesar de las «buenas intenciones» de Lenin y Trotsky. Al destruir
el poder de los comités de fábrica en la industria y aplastar a los makhnovis-
tas, los obreros de Petrogrado y los marineros de Kronstadt, los bolcheviques
garantizaron el triunfo de la burocracia rusa sobre la sociedad rusa. El partido
centralizado —institución burguesa, si las hay— se convirtió en un reducto de
la más siniestra contrarrevolución. Ésta era la contrarrevolución encubierta,
escudada tras la bandera roja y la terminología de Marx. En última instancia,

29
lo que los bolcheviques suprimieron en 1921 no era una «ideología» ni una
«conspiración de guardias blancos» sino una lucha elemental del pueblo ruso
por liberarse de toda sujeción y asumir el control de su propio destino.25 A
Rusia, esto le valió la pesadilla de la dictadura stalinista; para la generación
de los años treinta significó el horror del fascismo y la traición de los partidos
comunistas en Europa y los Estados Unidos.

Las dos tradiciones


Pecaríamos de increíble ingenuidad si supusiéramos que el leninismo fue
el producto de un solo hombre. La enfermedad cala mucho más hondo, no
sólo en las limitaciones de la teoría marxista sino también en las del momen-
to social que produjo al marxismo. Si esto no se comprende con claridad,
seguiremos tan ciegos a la dialéctica de los acontecimientos actuales como
lo estuvieron Marx, Engels, Lenin y Trotsky en su momento. Y esta ceguera
sería en nosotros mucho más reprobable, porque contamos con una riqueza
de experiencia de la que carecían estos hombres cuando desarrollaron sus
teorías.
Karl Marx y Friedrich Engels eran centralistas: no sólo políticamente, sino
también en lo social y económico. Jamás lo negaron, y sus escritos rebosan
de radiantes elogios a la centralización política, económica y organizativa.
Ya en marzo de 1850, en su famoso «Informe del Comité Central de la Liga
Comunista», formularon una llamada a los obreros para que lucharan no
sólo por «una república alemana única e indivisible, sino también, dentro de
ella, por la más decidida centralización del poder en manos de la autoridad
estatal». Para que la recomendación no fuera tomada a la ligera, se la reiteró
continuamente en el mismo párrafo, que concluye así: «Como en Francia en
1793, también hoy en Alemania es tarea del auténtico partido revolucionario
la instauración de una centralización estricta».

25
Describiendo este movimiento elemental de los trabajadores rusos como «complot del
capital internacional», «resitencia kulak» o «conspiración de la Guardia Blanca», los bolche-
viques descendieron a un nivel teórico paupérrimo, sin engañar a nadie salvo a sí mismos. La
erosión espiritual dentro del partido allanó el camino para la política de policía secreta y asesi-
nato de la personalidad, conduciendo finalmente a la aniquilación de los cuadros bolcheviques.
Esta odiosa mentalidad policial campea, por ejemplo, en cualquier edición de la revista Pro-
gressive Labor, para quien Marcuse es un agente de la CIA y todo adversario un «anti-obrero».

30
El mismo tema reaparece continuamente en años posteriores. Al estallar la
guerra franco-prusiana, por ejemplo, Marx escribe a Engels: «Los franceses
necesitan un correctivo. De vencer los prusianos, la centralización del poder
estatal resultará útil a la centralización de la clase obrera alemana».26
Sin embargo, Marx y Engels no fueron centralistas porque los sedujeran
las virtudes del centralismo per se. Muy al contrario: marxismo y anarquis-
mo han coincidido siempre en que una sociedad liberada, comunista, implica
una descentralización profunda, la disolución de la burocracia, la abolición
del Estado y la desintegración de las grandes ciudades. «La abolición de la
antítesis entre ciudad y campo no es sólo posible —apunta Engels en el Anti-
Dühring— sino que se ha convertido en una necesidad directa… sólo la fusión
de ciudad y campo pondrá fin al actual envenenamiento del aire, el agua y
la tierra…» Para Engels, esto supone una «distribución uniforme de la pobla-
ción sobre todo el país»27 en otras palabras, la descentralización física de las
ciudades.
Los orígenes del centralismo marxista radican en los problemas plantea-
dos por la formación del Estado nacional. Hasta bien entrada la segunda mi-
tad del siglo diecinueve, Alemania e Italia estaban divididas en multitud de
ducados, principados y reinos independientes. La consolidación de estas uni-
dades geográficas en naciones unificadas, creían Marx y Engels, era un sine
qua non del desarrollo de la industria moderna y el capitalismo. Su elogio
del centralismo no se inspiraba, pues, en una mística centralista, sino que se
basaba en los acontecimientos del período en que vivían: el desarrollo de la
tecnología y el comercio, de una clase obrera unificada, y del Estado nacional.
En este aspecto les preocupaba la emergencia del capitalismo, las tareas de la
revolución burguesa en una era de inevitable escasez material. El concepto
marxiano de «revolución proletaria», por otra parte, es marcadamente dis-
tinto. Marx saluda con entusiasmo a la Comuna de París como «modelo para
todos los centros industriales de Francia». «Este régimen —escribe— una vez
establecido en París y en los centros secundarios, obligará al viejo gobierno
centralizado de las provincias a dar paso, también, al autogobierno de los pro-
ductores». (La bastardilla es mía.) Indudablemente, la unidad nacional no se

26
Marx-Engels, Selected Correspondence (International Publishers; Nueva York, 1942),
pág. 212.
27
Friedrick Engels, Anti-Düring, Ciencia Nueva, 1968.

31
disolvería, y durante la transición hacia el comunismo existiría un gobierno
central, aunque con funciones limitadas.
No intento abrumar al lector con citas de Marx y Engels, sino subrayar
que los conceptos fundamentales del marxismo —que hoy son aceptados sin
el menor sentido crítico— eran en realidad el producto de una etapa que ha
sido largamente superada por el desarrollo capitalista en los Estados Uni-
dos y Europa occidental. Marx no sólo trató los problemas de la «revolución
proletaria» sino también los de la revolución burguesa, particularmente en
Alemania, España, Italia y Europa oriental. Planteó la problemática de la tran-
sición del capitalismo al socialismo en los países capitalistas que apenas ha-
bían superado la tecnología del carbón y el acero, y la problemática del paso
del feudalismo al capitalismo para los países que aún no habían trascendido
el nivel de las artesanías y oficios. En una palabra, los estudios de Marx se
referían específicamente a las precondiciones de la libertad (desarrollo tecno-
lógico, unidad nacional, abundancia material) y no ya a las condiciones de la
libertad: descentralización, formación de comunidades, democracia directa,
redimensionamiento a escala humana. Sus teorías aún pertenecían a la esfera
de la supervivencia, no a la esfera de la vida.
Comprendido esto, el legado teórico marxista se sitúa en una perspectiva
adecuada, separando sus ricos aportes de sus planteamientos históricamen-
te limitados e incluso paralizantes dentro del contexto actual. La dialéctica
de Marx, sus muchas y muy valiosas observaciones englobadas en el ma-
terialismo histórico, su soberbia crítica de la mercancía, gran parte de sus
teorías económicas, la teoría de la alienación, y sobre todo la noción de que
la libertad tiene prerrequisitos materiales, son contribuciones perdurables al
pensamiento revolucionario.
Al mismo tiempo, el énfasis que Marx puso en el proletariado industrial
como «agente» del cambio revolucionario, su «análisis clasista» de la transi-
ción de la sociedad de clases, su concepto de la dictadura del proletariado, su
tendencia centralista, su tesis sobre el desarrollo capitalista (que confunde el
capitalismo de Estado con el socialismo) sus proyectos de acción política a
través de partidos electorales, además de muchos conceptos menores asocia-
dos a todos éstos, son directamente falsos en el contexto de nuestro tiempo,
y, como veremos, ya estaban descaminados en su propia época. Provienen de
una visión limitada, o mejor dicho, de las limitaciones de una etapa histórica.
Sólo tienen sentido si recordamos que Marx consideraba que el capitalismo

32
era una etapa histórica progresiva, paso indispensable para el desarrollo del
socialismo, y su aplicabilidad práctica se reduce estrictamente al momento
en que Alemania afrontaba las tareas democrático-burguesas y la unificación
nacional. (No quiero decir que este enfoque de Marx era correcto, sino que
el enfoque tenía sentido dentro de su tiempo y lugar.)
Así como la Revolución Rusa contenía un movimiento subterráneo de las
«masas» que chocaba con el bolchevismo, existe ahora un movimiento sub-
terráneo histórico que se estrella contra todos los sistemas de autoridad. En
la época actual, este movimiento ha recibido el nombre de «anarquismo»,
aunque nunca se constriñó a una ideología única o cuerpo de textos sagra-
dos. El anarquismo es un movimiento libidinal de la humanidad contra la
opresión en cualquiera de sus formas: sus orígenes se remontan a la misma
emergencia de la apropiación, la dominación clasista y el Estado. De este pe-
ríodo en adelante, los oprimidos han resistido a todas las formas que tienden
a contener el desarrollo espontáneo del orden social. El anarquismo irrum-
pe en el trasfondo social durante todos los períodos de transición histórica.
La declinación del mundo feudal coincidió con diversos movimientos de ma-
sas, en algunos casos de inspiración salvajemente dionisíaca, que exigían la
abolición de todos los sistemas de autoridad, privilegio y opresión.
Los movimientos anárquicos del pasado fracasaron, básicamente, porque
la escasez material, consecuencia del bajo nivel tecnológico, viciaba toda ar-
monización orgánica de los intereses humanos. Toda sociedad que, en el
plano material, no pudiera prometer más que una distribución equitativa
de la miseria, engendraba invariablemente una profunda tendencia hacia la
restauración del privilegio, reformulado según un nuevo sistema. A falla de
una tecnología que pudiera reducir apreciablemente la jornada laboral, la ne-
cesidad de trabajar contaminaba las instituciones sociales basadas en el au-
togobierno. Los girondinos de la Revolución Francesa utilizaron la jornada
laboral contra el París revolucionario. Para excluir a los elementos radicales
de las secciones, trataron de imponer una legislación que establecía el fin de
todas las asambleas para las diez de la noche, hora en que los trabajadores
parisinos volvían de sus empleos. Pero las fases anárquicas de las revolucio-
nes del pasado no abortaron sólo por culpa de las técnicas de manipulación
y las traiciones de las «vanguardias», sino también a causa de sus propias
limitaciones materiales. Las «masas» siempre se han visto obligadas a vol-

33
ver a sus trabajos de toda la vida, y rara vez pudieron establecer órganos de
auto-gobierno que sobrevivieran luego de la revolución.
Sin embargo, los anarquistas como Bakunin y Kropotkin estaban en lo
cierto cuando censuraban a Marx por su énfasis centralista y sus conceptos
organizativos elitistas. ¿El centralismo era absolutamente necesario para el
progreso tecnológico? ¿El Estado nacional era indispensable para la expan-
sión del comercio? ¿La emergencia de grandes empresas económicas cen-
tralizadas fue beneficiosa para el movimiento obrero? Solemos aceptar sin
crítica estas afirmaciones de Marx, en gran parte porque el capitalismo se
desarrolló dentro de un contexto político centralizado. Los anarquistas del
siglo pasado advirtieron que el enfoque centralista de Marx, en caso de afec-
tar el curso de los acontecimientos históricos, reforzaría de tal modo a la
burguesía y el aparato estatal que la abolición del capitalismo se vería seria-
mente dificultada. El partido revolucionario, al duplicar estas características
centralizadas y jerárquicas, reproduciría la jerarquía y el centralismo en la
sociedad revolucionaria.
Bakunin, Kropotkin y Malatesta no cometieron la ingenuidad de creer que
el anarquismo podría establecerse de la noche a la mañana. Al atribuir este
delirio a Bakunin, Marx y Engels distorsionaron deliberadamente los puntos
de vista de los anarquistas rusos. Los anarquistas del siglo pasado tampoco
creían que la abolición del Estado supondría un «cese del fuego» inmediata-
mente posterior a la revolución, para decirlo con los términos oscurantistas
que escogió Marx, y que Lenin repitió con ligereza en Estado y Revolución.
Además, mucho de lo que en Estado y Revolución pasa por «marxismo» es
anarquismo puro: por ejemplo, la sustitución de las fuerzas armadas profesio-
nales por milicias revolucionarias y la sustitución de los cuerpos parlamenta-
rios por órganos de autogobierno. En el panfleto de Lenin, lo auténticamente
marxista es su exigencia de un «centralismo estricto», la aceptación de una
«nueva» burocracia y la identificación de los soviets con el Estado.
Los anarquistas del siglo pasado estaban profundamente preocupados por
el problema de industrializar sin aplastar el espíritu revolucionario de las
«masas» ni interponer nuevos obstáculos a su emancipación. Temían que la
centralización robusteciera la capacidad de la burguesía para resistir a la re-
volución e inyectar un sentimiento de obediencia a los obreros. Intentaron
rescatar todas las formas comunales precapitalistas (el mir ruso, el pueblo es-
pañol, entre otros) que pudieran servir de referencia para una sociedad libre,

34
no sólo en un sentido estructural sino también espiritual. Por esto procla-
maron la necesidad de una descentralización, aún durante el capitalismo. Al
contrario de los partidos marxistas, sus organizaciones prestaban especial
atención a lo que llamaban «educación integral» —el desarrollo del hombre
total— para contrarrestar la influencia banalizante de la sociedad burguesa.
Los anarquistas trataban de vivir según los valores del futuro, en la medida
en que esto era posible dentro del capitalismo. Confiaban en que la acción di-
recta favorecería la iniciativa de las «masas», conservaría el espíritu creativo
y alentaría la espontaneidad. Trataban de desarrollar organizaciones basadas
en la ayuda mutua y la fraternidad, cuyo control se ejercería de abajo hacia
arriba, y no al revés.
Hagamos una pausa, ahora, para examinar las organizaciones anarquistas
con algún detalle. Este tema ha sido oscurecido por una sorprendente canti-
dad de infundios. Los anarquistas, o al menos los anarco-comunistas, acep-
tan que la organización es necesaria.28 Esto es tan indiscutible como Marx
aceptaba la necesidad de una revolución social.
Lo que está en discusión no es «organización o no», sino qué tipo de or-
ganización proponen los anarco-comunistas. La diferencia está en que los
anarco-comunistas proponen el desarrollo orgánico desde abajo, en contra-
posición con la orquestación de cuerpos institucionales desde arriba. Se trata
de movimientos sociales que, combinan un estilo de vida creativo y revolu-
cionario con una teoría igualmente creativa y revolucionaria, y no ya de par-
tidos políticos cuyo modo de vida es indistinguible del medio burgués que
los rodea, y cuya ideología se reduce a «programas probados y aceptados».
En la medida de lo humanamente posible, tratan, de reflejar a la sociedad
liberada que constituye su aspiración, en lugar de esclavizarse en la imita-
ción del sistema dominante de clases, jerarquías y autoridades. Se edifican
en torno a grupos íntimos de hermanos y hermanas —grupos de afinidad—
cuya capacidad de acción común se basa en la iniciativa, las convicciones li-
bremente asumidas y un profundo compromiso personal, y no alrededor de

28
El término «anarquista» es de carácter genérico, como «socialista», y probablemente
existen tantos tipos de anarquismo como de socialismo. En ambos casos, el espectro abarca
desde las formas extras del liberalismo (los «anarquistas individualistas» por un lado, los
social-demócratas por el otro) hasta los comunistas revolucionarios: anarco-comunistas por
un lado y revolucionarios marxistas, leninistas y trotskistas por el otro.

35
un aparato burocrático integrado por afiliados dóciles y manipulado desde
arriba por un puñado de líderes omniscientes.
Los anarco-comunistas no niegan la necesidad de una coordinación entre
los grupos, a los efectos disciplinarios, o para un planteamiento meticuloso
y cierta unidad de acción. Pero consideran que la coordinación, la disciplina,
la planificación y la unidad de acción deben surgir voluntariamente, a través
de una autodisciplina nutrida por la convicción y la comprensión, y no por
la coacción ni por una obediencia ciega a las órdenes superiores. La efica-
cia que se supone privativa del centralismo, ellos se proponen obtenerla sin
recurrir a una estructura jerárquica centralizada, En función de distintas ne-
cesidades o circunstancias, los grupos de afinidad pueden lograr eficacia por
medio de asambleas, comités de acción y conferencias locales, regionales o
nacionales. Pero se oponen enérgicamente al establecimiento de una estruc-
tura organizativa que pudiera convertirse en un fin en sí misma, de comités
que se perpetúan después de que sus objetivos prácticos están agotados, de
una «vanguardia» que haría del «revolucionario» un simple robot.
Estas conclusiones no son el resultado de impulsos «individualistas» y vo-
látiles: muy por el contrario, emergen de un estudio preciso de las revolucio-
nes del pasado, del impacto que los partidos centralizados han tenido sobre
el proceso revolucionario y de la naturaleza del cambio social en una era de
abundancia potencial. Los anarco-comunistas tratan de preservar y extender
la fase anárquica que abre todas las grandes revoluciones sociales. Aún más
que los marxistas, consideran que las revoluciones son el fruto de profundos
procesos históricos. Ningún comité central «hace» una revolución; en el me-
jor de los casos puede orquestar un golpe de estado, cambiando una jerarquía
por otra; en el peor, es capaz de detener un proceso revolucionario, si ejerce
una influencia más o menos extensa. Todo comité central es un órgano para
la toma del poder, para recrear el poder: se apropia de lo que las «masas» han
obtenido con su propio esfuerzo revolucionario. Hay que estar ciego a todo
lo ocurrido durante los dos últimos siglos para no reconocer estos hechos.
En el pasado, los marxistas han podido formular un planteamiento inteligi-
ble (aunque no por eso válido) sobre la necesidad de un partido centralizado,
porque la fase anárquica de la revolución se agotaba al chocar contra la es-
casez material. Económicamente, las «masas» debían volver siempre a su
esforzado trabajo de toda la vida. La revolución cesaba a las diez de la noche,
al margen de las intenciones reaccionarias de la Gironda en 1793; el bajo

36
nivel tecnológico la detenía. Hoy en día, esta excusa ha sido eliminada por
el desarrollo de una tecnología de abundancia, especialmente en los EE.UU.
y Europa occidental. Se ha llegado a un punto en que las «masas» pueden
comenzar a expandir drásticamente el «reino de la libertad» en el sentido
marxista, adquiriendo el tiempo libre que supone un ejercicio superior del
autogobierno.
Lo que demostraron los acontecimientos de mayo-junio en Francia no es
la necesidad de una conciencia mayor entre las «masas». París demostró que
se necesita una organización que difunda sistemáticamente ideas: y no sólo
ideas, sino ideas que promuevan el concepto de autogobierno. A las «masas»
de Francia no les faltó un Lenin que las «organizara» o dirigiera, sino la con-
vicción de que podrían haber gestionado las fábricas, en lugar de limitarse a
ocuparlas. Es notable que ni un solo partido de tipo bolchevique haya alzado,
en Francia, la bandera del autogobierno. Sólo los anarquistas y situacionistas
plantearon esta reivindicación.
Existe la necesidad de una organización revolucionaria, pero su funciones
deben estar siempre claras. Su primer objetivo es la propaganda: «explicar
pacientemente», como decía Lenin. En una situación prerrevolucionaria, la
organización revolucionaria presenta las exigencias más avanzadas: está en
condiciones de formular, ante cada nuevo giro de los acontecimientos y en
forma concreta, el objetivo inmediato en la línea del proceso revoluciona-
rio. Suministra los elementos más eficaces para la acción y la elaboración de
decisiones en los órganos revolucionarios.
¿En qué difieren, entonces, los grupos anarco-comunistas del tipo bolche-
vique de partido? No, por cierto, en cuestiones como la necesidad de una or-
ganización, de cierto planteamiento, para la coordinación del esfuerzo, de la
propaganda en todas sus formas o de un programa social. Fundamentalmen-
te, difieren del partido bolchevique en su creencia de que los revolucionarios
genuinos deben funcionar dentro del marco de las formas creadas por la revo-
lución, y no dentro de las formas creadas por el partido. Esto significa que
están comprometidos con los órganos de autogobierno revolucionario, y no
con la «organización» revolucionaria; con formas sociales, no políticas. Los
anarco-comunistas no intentan instalar una estructura estatal sobre estos
órganos populares revolucionarios sino, por el contrario, disolver todas las
formas organizativas del período prerrevolucionario (incluyendo a las suyas
propias) en el seno de estos organismos genuinamente revolucionarios.

37
Las diferencias son fundamentales. A pesar de su retórica y sus slogans, los
bolcheviques rusos jamás han creído en los soviets; los consideraban meros
instrumentos del Partido Bolchevique, actitud que los trotskistas franceses
imitaron fielmente en sus relaciones con la asamblea estudiantil de la Sor-
bona, así como los maoístas franceses con los sindicatos, y los grupos de
la Vieja Izquierda con el movimiento americano Students for a Democratic
Society (SDS). Hacia 1921, los soviets estaban prácticamente muertos; el Bu-
ró Político y el Comité Central del Partido Bolchevique tomaban todas las
decisiones. Los anarco-comunistas no sólo se proponen evitar que los parti-
dos marxistas vuelvan a hacer esto; también tratan de impedir que su propia
organización llegue a jugar un papel similar. Por lo tanto, evitan cuidadosa-
mente toda emergencia de elementos burocráticos, jerarquías o élites dentro
del movimiento. No menos importante es su intento de rehacerse a sí mismos:
erradican de sus propias personalidades todo rasgo autoritario o inclinación
elitista de los que se asimilan desde la cuna en la sociedad jerárquica. El movi-
miento anarquista no sólo actúa en el plano de los estilos de vida en beneficio
de su propia integridad, sino en función de la misma revolución.29
Ante las desconcertantes encrucijadas ideológicas de nuestro tiempo, hay
una pregunta de fondo que debería estar siempre presente: ¿Para qué dia-
blos estamos tratando de hacer una revolución? ¿Para recrear la jerarquía,
agitando ante los ojos de la humanidad el sueño confuso de un futuro de li-
bertad? ¿Para impulsar el desarrollo tecnológico, creando una abundancia de
bienes aún mayor que la actual? ¿Para «igualar» a la burguesía? ¿Para llevar
al poder al PL? ¿O al Partido Comunista? ¿O al Partido Socialista Obrero?30
¿Se trata de emancipar abstracciones como «El Proletariado», «El Pueblo»,
la «Historia», la «Sociedad»?
¿O se trata de disolver, finalmente, la jerarquía, la dominación de clases y
la opresión: de que cada individuo tome el control de su vida cotidiana?
29
Cabe señalar que este es el sentido del dadaísmo anarquista, la excentricidad anárqui-
ca que tanta consternación produce en la gente del PLP. Esta excentricidad anarquista se pro-
pone despedazar los valores heredados de la sociedad jerárquica, hacen estallar las rigideces
instauradas por el proceso de socialización burguesa. En pocas palabras, se trata de un inten-
to de ruptura del súper yo, que tiene un efecto paralizante sobre la espontaneidad, la imagi-
nación y la sensibilidad, y de restaurar el sentido del deseo, de lo maravilloso, de lo posible,
de la revolución como festival jubiloso y liberador.
30
Progressive Labor Party (PLP, también PL) y Socialist Workers Party (Partido Socialista
Obrero en esta traducción) son grupúsculos de la izquierda norteamericana. (N. del T.)

38
¿Se trata de hacer de cada momento una experiencia maravillosa, y de la
vida de cada individuo una realización integral? Si el verdadero propósito de
la revolución es instalar a los hombres de neanderthal del PL en el poder, no
creo que merezca la pena. Es innecesario discutir el problema absurdo de si
el desarrollo individual puede separarse de la evolución social y comunal; ob-
viamente ambos van juntos. La base de un ser humano total es una sociedad
integral; la base para un hombre libre es una sociedad libre.
Al margen de estas cuestiones, aún debemos responder a la pregunta que
Marx se planteaba ya en 1850: ¿Cuándo comenzaremos a tomar nuestra poe-
sía del futuro en lugar de robarla al pasado? Debemos dejar que los muertos
entierren a sus muertos. El marxismo está muerto porque tiene sus raíces
en una era de escasez, cuyas posibilidades estaban limitadas por la priva-
ción material. El mensaje social, más importante del marxismo consiste en
que la libertad tiene ciertos prerrequisitos materiales: debemos sobrevivir,
para vivir. Con el desarrollo de una tecnología que ni la ciencia-ficción más
audaz pudo imaginar en tiempos de Marx, ha venido a plantearse ante noso-
tros la posibilidad de una sociedad post-escasez. Todas las instituciones de la
sociedad de apropiación —dominación clasista, jerarquía, familia patriarcal,
burocracia, ciudad, Estado— están agotadas. Hoy, la descentralización no es
sólo deseable, como medio para restaurar una escala humana, sino también
necesaria para recrear una ecología viable, salvando a la vida de los con-
taminantes destructivos y la erosión del suelo, preservando una atmósfera
respirable y el equilibrio natural. La promoción de la espontaneidad es ne-
cesaria para que la revolución social ponga a cada individuo al timón de su
propia vida cotidiana.
Las viejas formas de lucha no desaparecen totalmente a causa de la des-
composición de la sociedad de clases, pero la problemática de la sociedad sin
clases las va superando paulatinamente. No hay revolución social sin par-
ticipación obrera, y por lo tanto los trabajadores deben contar con nuestra
solidaridad activa en cada batalla que libren contra la explotación. Luchamos
contra los crímenes sociales dondequiera que aparezcan; y la explotación in-
dustrial es un crimen. Pero también lo son el racismo, la violación del derecho
a la autodeterminación, el imperialismo y la miseria; y lo mismo puede decir-
se, por otra parte, con respecto a la polución, la urbanización galopante, la
perversa socialización de los jóvenes y la represión sexual. En cuanto al pro-
blema de ganar a la clase obrera para la revolución, debemos tener presente

39
que el desarrollo del proletariado es una precondición para la existencia de la
propia burguesía. El capitalismo, como sistema social, presupone la existen-
cia de ambas clases, y se perpetúa gracias al desarrollo de ambas. En la medida
en que alentemos el desclasamiento de las clases no burguesas —al menos en
un sentido institucional, psicológico y cultural— estaremos combatiendo las
premisas de la dominación clasista.
Por primera vez en la historia, la fase anárquica que saludó el principio
de todas las grandes revoluciones del pasado puede ser preservada como
condición permanente, gracias a la avanzada tecnología de nuestro tiempo.
Las instituciones anarquistas de dicha fase —asambleas, comités de fábricas,
comités de acción— pueden estabilizarse como elementos de una sociedad
liberada, como factores de un nuevo sistema de autogobierno. ¿Construire-
mos un movimiento capaz de defenderlas? ¿Crearemos una organización de
grupos de afinidad capaz de disolverse en el seno de estas instituciones revo-
lucionarias? ¿O edificaremos un partido burocrático, centralizado, jerarqui-
zado, que intentará dominarlas, suplantarlas y finalmente destruirlas?
Escucha, marxista: la organización que intentamos construir es el tipo de
sociedad que creará nuestra revolución. Si no sepultamos al pasado —en no-
sotros mismos, así como dentro de nuestros grupos— no tendremos nada que
ganar en el futuro.

Sobre los grupos de afinidad


La expresión inglesa «affinity group» es la traducción de grupo de afini-
dad,31 nombre que designaba en España a la célula básica de la Federación
Anarquista Ibérica, reducto de los militantes más idealistas de la CNT, la in-
mensa central anarco-sindicalista. No creo conveniente ni posible imitar los
métodos y organizaciones de la FAI. Los anarquistas españoles de los años
treinta afrontaban problemas totalmente diferentes a los que actualmente
encaran los anarquistas norteamericanos. El grupo de afinidad, en tanto que
organismo, posee sin embargo algunas características aplicables a cualquier
situación social: las reconocemos en las formas adoptadas intuitivamente
por los radicales americanos, bajo el nombre de «comunas», «familias» y
«colectivos».

31
En español en el original. (N. del T.)

40
El grupo de afinidad podría definirse como un nuevo tipo de familia am-
pliada, en la cual los lazos de parentesco son reemplazados por relaciones hu-
manas profundamente empáticas, que se nutren de unas ideas y una práctica
revolucionaria comunes. Mucho antes de que el término «tribu» conociera su
actual popularidad en la contracultura americana, los anarquistas españoles
se referían a sus congresos como asambleas de las tribus. Deliberadamente,
cada grupo de afinidad conservaba sus reducidas dimensiones, para asegurar
la máxima intimidad posible entre sus miembros. Directamente democráti-
co, comunal y autónomo, el grupo combinaba la teoría revolucionaria con
un estilo revolucionario de vida cotidiana. Creaba un espacio libre donde los
revolucionarios podían reconstruirse a sí mismos, como individuos y como
seres sociales.
Los grupos de afinidad tenían la función de actuar como catalizadores en el
contexto del movimiento popular, pero no se consideraban su «vanguardia»;
proveían iniciativa y conciencia, no un «equipo dirigente» ni una «jefatura».
Por sus características, el grupo de afinidad tiende a actuar en una forma
molecular. La coordinación de esfuerzos o su eventual separación depende
de las situaciones que se van presentando, no de las órdenes burocráticas
de un lejano centro de comando. En casos de represión política, los grupos
de afinidad resultan altamente refractarios a la infiltración policial. Dadas
unas íntimas relaciones entre los participantes, los grupos suelen ser difíciles
de penetrar y, cuando la infiltración se produce, no existe ningún aparato
central que pueda revelar al infiltrado la estructura de todo el movimiento.
En las condiciones más severas, los grupos siguen manteniendo contacto
entre sí, por medio de sus periódicos y publicaciones.
Por otro lado, durante períodos de actividad intensa, nada impide a los gru-
pos de afinidad trabajar en estrecha unión, en la exacta medida en que así
lo requiera la situación específica. Pueden federarse con toda facilidad, a tra-
vés de asambleas locales, regionales o nacionales, para formular una política
común; pueden, también, crear comités de acción temporales (como los es-
tudiantes y obreros franceses de 1968) coordinando tareas específicas. Pero,
ante todo, los grupos de afinidad están arraigados en el movimiento popular.
Deben fidelidad a las formas sociales creadas por el pueblo revolucionario, y
no a una burocracia impersonal. Debido a su autonomía y localismo, los gru-
pos conservan siempre una marcada sensibilidad a toda posibilidad nueva.
Intensamente experimentales y con muy variados estilos de vida, se estimu-

41
lan mutuamente, y estimulan al movimiento popular. Cada grupo trata de
obtener los recursos necesarios para funcionar esencialmente por sus pro-
pios medios. Cada grupo elabora su propio cuerpo global de conocimiento
y experiencia, con el objeto de superar las limitaciones sociales y psicológi-
cas que la sociedad burguesa impone al desarrollo individual. Cada grupo,
como núcleo de conciencia y experiencia, trata de impulsar el movimiento
revolucionario del pueblo hasta el punto en que, finalmente, el grupo mismo
pueda desaparecer, en el seno de las formas sociales orgánicas creadas por
la revolución.

42
Biblioteca anarquista
Anti-Copyright

Murray Bookchin
¡Escucha, marxista!
1971

Recuperado el 22 de octubre de 2015 desde colección de


anarquismoenpdf.tumblr.com
Publicado originalmente como Listen, Marxist!. Extraido de la segunda
edición del libro El anarquismo en la sociedad de consumo (Post-Scarcity
Anarchism), editado por Editorial Kairós. Traducción de Rolando Hanglin.

es.theanarchistlibrary.org

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