Libro EVOLUCION DE LA INFANCIA. DEMAUSE
Libro EVOLUCION DE LA INFANCIA. DEMAUSE
por
Lloyd deMause
Fuente en español:
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(por cortesía del autor)
Fuente original:
“The evolution of childhood" (Chapter 1)
(The Psychohistory Press, Ney York, 1974)
[Link]
A primera vista esta falta de interés por la vida de los niños resulta extraña. Los
historiadores se han dedicado tradicionalmente a explicar la continuidad y el
cambio en el transcurso del tiempo, y desde Platón se ha sabido que la infancia es
una de las claves para ello. No se puede decir que fuese Freud quien descubrió la
importancia de las relaciones padre-hijo para el cambio social; la frase de san
Agustín, “Dadme otras madres y os daré otro mundo”, ha sido repetida por
grandes pensadores durante quince siglos sin influir en la historiografía. Por
supuesto, a partir de Freud nuestra visión de la infancia ha adquirido una nueva
dimensión, y en los últimos cincuenta años el estudio de la infancia ha sido
habitual para el psicólogo, el sociólogo y el antropólogo. Sólo está empezando a
serlo para el historiador. Esta deliberada evitación exige una explicación.
Esta convicción es tan firme entre los historiadores que no es de extrañar que el
presente libro se iniciara no en la esfera de la historia, sino en la del psicoanálisis
aplicado. Hace cinco años yo estaba escribiendo un libro sobre una teoría
psicoanalítica del cambio histórico y, al examinar los resultados de medio siglo
de psicoanálisis aplicado, me pareció que éste no había llegado a ser una ciencia
sobre todo porque no había adquirido carácter evolutivo. Dado que la repetición
compulsiva, por definición, no puede explicar el cambio histórico, todos los
intentos realizados por Freud, Roheim, Kardiner y otros autores para desarrollar
una teoría del cambio acabaron en una estéril polémica del huevo o la gallina
sobre si la educación de los niños depende de los rasgos culturales o a la inversa.
Se demostró una y otra vez que las prácticas de crianza de los niños son la base
de la personalidad adulta; el origen de las mismas sumió en la perplejidad a todos
los psicoanalistas que se plantearon la cuestión. [3]
Ahora bien, es evidente que una teoría psicológica evolutiva tan ambiciosa como
ésta no puede someterse a prueba realmente en un solo libro, y en éste nos hemos
fijado el objetivo, más modesto, de reconstruir a partir de los datos disponibles la
situación de un hijo y de un padre en otras épocas. Los testimonios que pueda
haber de la existencia de pautas evolutivas reales de la infancia en el pasado sólo
aparecerán cuando expongamos la historia fragmentaria y a menudo confusa que
hemos descubierto de la vida de los niños en Occidente durante los últimos 2,000
años.
“Sin duda, un número infinito de padres habrán escrito a sus hijos cartas que nos
alentarían y conmoverán si pudiéramos encontrarlas. Los padres más felices no dejan
historia, y son los hombres que no se comportan demasiado bien con sus hijos los que
suelen escribir las desconsoladoras cartas que han llegado hasta nosotros”. [16] De
igual modo, Anna Burr, que ha estudiado 250 autobiografías, señala que no hay
recuerdos felices de la infancia, pero evita cuidadosamente extraer conclusiones. [17]
De todos los libros sobre la infancia en otras épocas, el mejor conocido es quizá
el de Philippe Ariès, Centuries of Childbood (Siglos de infancia). Un historiador
ha señalado la frecuencia con que es “citado como las Sagradas
Escrituras”. [18] La tesis central de Ariès es la opuesta a la mía: él sostiene que el
niño tradicional era feliz porque podía mezclarse libremente con personas de
diversas clases y edades y que en los comienzos de la época moderna se
“inventó” un estado especial llamado infancia que dio origen a una concepción
tiránica de la familia que destruyó la amistad y sociabilidad y privó a los niños de
libertad, imponiéndoles por vez primera la férula y la celda carcelaria.
Para demostrar esta tesis Ariès utiliza dos argumentos principales. Dice primero
que en la Alta Edad Media no existía el concepto de infancia. “El arte medieval
anterior al siglo XII desconocía la infancia o no intentaba representarla” porque
los artistas eran “incapaces de pintar un niño salvo como hombre en menor
escala”. [19] Esto supone no sólo dejar en el limbo el arte de la Antigüedad sino
hacer caso omiso de abundantes pruebas de que los artistas medievales sabían
ciertamente pintar niños con realismo. [20] El argumento etimológico que
emplea Ariès para demostrar el desconocimiento del concepto de infancia en
cuanto tal es igualmente insostenible. [21] En todo caso, la idea de la invención
de la infancia es tan confusa que resulta extraño que la hayan recogido
últimamente tantos historiadores. [22]El segundo argumento de Ariès a saber,
que la familia moderna limita la libertad del niño y aumenta la severidad de los
castigos, está en contradicción con todos los datos.
Mucho más fiables que el de Ariès son cuatro libros, de los cuales sólo uno ha
sido escrito por un historiador profesional: The Child in Human Progress (El niño
en el progreso de la humanidad) de George Payne, The Angel Makers (Los
creadores de ángeles) de G. Rattray Taylor, Parents and Children in History
(Padres e hijos en la historia) de David Hunt, y The Emotionally Disturbed Child:
Then and Now (El niño con problemas afectivos, entonces y ahora) de Louise
Despert. Payne, cuyo libro, publicado en 1916, fue el primero que estudió la
frecuencia del infanticidio y de la brutalidad con respecto a los niños en la
historia, en particular en la Antigüedad. El libro de Taylor, muy documentado, es
una interpretación psicoanalítica compleja del tema de la infancia y la
personalidad en la Inglaterra del siglo XVII. Hunt, al igual que Ariès, se centró
fundamentalmente en ese documento del siglo XVII, único en su género, que es
el diario de Héroard sobre la infancia de Luis XIII, pero lo hace con gran
sensibilidad psicológica y con conciencia de las implicaciones psicohistóricas de
sus conclusiones. Y Despert compara, desde el punto de vista psiquiátrico, los
malos tratos infligidos a los niños en el pasado y en el presente, estudiando la
gama de actitudes emocionales hacia los niños desde la Antigüedad, y expresa su
creciente horror a medida que va descubriendo pruebas de una implacable
“crueldad y dureza de corazón”. [23]
“Nicholas... Lo dije para probarte. ¿Crees de verdad que un abuelo, que ha sido tan
bondadoso contigo ayer y anteayer podría tratarte hoy como a un perro? Yo pensaba
que tú eras inteligente...” “No soy un animal como un perro.” “No, pero no eres tan
listo como yo creía; de lo contrario habrías comprendido que estaba bromeando. No
era más que una broma... Ven acá” Me eché en sus brazos. “Eso no es todo”, continuó
él, “quiero que hagas las paces con tu madre; está apenada, profundamente apenada
por tu culpa... Nicholas, tu padre te quiere, ¿le quieres tú a él?” “¡Sí abuelo!” “Suponte
que estuviera en peligro y que para salvarle fuera necesario que pusieras la mano en
el fuego, ¿lo harías? ¡La pondrías... allí, si fuera necesario?” “¡Sí, abuelo!” “¿Y por mí?”
“¿Por ti?... Sí, sí” “¿Y por tu madre?” “¿Por mamá? ¡Las dos manos, las dos!” “¡Ya
veremos si dices la verdad, pues tu madre está muy necesitada de tu ayuda! Si la
quieres, tienes que demostrarlo.” Yo no dije nada, pero pensando en todo lo que se
había dicho, me dirigí a la chimenea y, mientras ellos se hacían señas, puse la mano
derecha en el fuego. El dolor me arrancó un quejido. [27]
Lo que hace que esta escena sea tan típica de la interacción adulto-niño en otras
épocas es la existencia de tantas actitudes contradictorias por parte del adulto sin
la menor resolución. El niño es amado y odiado, recompensado y castigado, malo
y bueno, todo al mismo tiempo. Huelga decir que esto pone al niño en un “doble
enlace” de señales contradictorias (que según Bateson y otros autores son la base
de la esquizofrenia). [28] Pero las propias señales contradictorias provienen de
los adultos que se esfuerzan en demostrar que el niño es a la vez muy malo
(reacción proyectiva) y muy bueno (reacción de inversión). Es función del niño
reducir las ansiedades apremiantes del adulto; el niño actúa como defensa del
adulto.
Son también las reacciones proyectivas y de inversión las que hacen imposible la
culpabilidad en los casos de fuertes palizas tan frecuentes en los testimonios
históricos. No es el niño real el objeto de los golpes. Es más bien la proyección
del adulto (“¡Mírala, qué ojos pone! ¡Así es como se gana a los hombres, es una
perfecta coqueta!, dice una madre de su hija de dos años después de zurrarle). O
un producto de la inversión (“Se crece el amo, todo el tiempo tratando de
imponerse. ¡Pero le he demostrado quién es el que manda aquí!” dice un padre de
su hijo de nueve meses al que le ha roto la cabeza). [29] Muchas veces se puede
captar en las fuentes históricas la fusión de golpeador y golpeado, y por
consiguiente la falta de sentimiento de culpabilidad. Un padre norteamericano
(1830) cuenta como dio azotes a su hijo de cuatro años porque no supo leer algo.
El niño es atado, desnudo, en el sótano:
Es este cuadro que refleja la fusión de padre e hijo, en la que el padre se queja de
que es él el que sufre y merece compasión, el que encontramos cuando nos
preguntamos cómo podían estar tan generalizadas las palizas en otros tiempos.
Cuando un pedagogo del Renacimiento dice que al pegar al niño hay que decirle
que “aplicáis el castigo en contra de vuestro sentir, por imperativos de la
conciencia, y requerirle que no os vuelva a causar tanto dolor y esfuerzo; pues si
lo hace debe compartir el dolor con vosotros y tener así experiencias y prueba de
que es doloroso para ambos”, no es fácil dejar de advertir la fusión y considerar
equivocadamente que se trata de hipocresía. [31]
Este asunto de los “accidentes” de los niños no debe tomarse a la ligera pues
encierra la clave de las deficiencias del comportamiento de los adultos como
padres. Dejando aparte los deseos de muerte, de los que hablaremos más
adelante, si ocurrían muchos accidentes era porque a los niños se les dejaba solos
muy a menudos. Nibby, la hija de Mather, habría muerto abrasada de no ser por
“una persona que pasaba en ese momento por delante de la ventana”, pues no
había allí nadie que pudiera oír sus gritos. [33] También es típico este suceso
acaecido en Boston en la época colonial:
"Después de cenar, la madre acostó a los dos niños en el cuarto donde ellos mismos
dormían y fueron a visitar a un vecino. Cuando regresaron... la madre se acercó a la
cama, viendo que su hija menor, una niña de unos cinco años, no estaba allí; y
después de mucho buscarla la encontró ahogada en un pozo en el sótano". [34]
La utilización del niño como “recipiente” para las proyecciones del adulto
subyace a la idea del pecado original, y durante ochocientos años los adultos
estuvieron generalmente de acuerdo en que, como dice Richard Allestre (1676):
“el recién nacido está mancillado y corrompido por el pecado que hereda de
nuestros primeros padres a través de nuestra carne”. [35] El bautismo solía
incluir el exorcismo del demonio, y la creencia de que el niño que lloraba al ser
bautizado dejaba salir de sí al demonio persistió durante mucho tiempo después
de la supresión formal del exorcismo en la Reforma. [36] Incluso cuando la
religión formal no hacía hincapié en el demonio, estaba allí. He aquí una escena
del siglo XIX en la que un judío polaco imparte su enseñanza:
"Los sufrimientos de la pequeña víctima que temblaba y solía administrar los azotes
fríamente, despacio, pausadamente... ordenaba al muchacho que se desnudara y se
echara en el banco... y empezaba a manejar vigorosamente la correas de cuero... “En
toda persona hay un espíritu bueno y un espíritu malo. El espíritu bueno tiene su
propia morada, que es la cabeza. También la tiene el espíritu malo, y ahí es donde
recibes los azotes”. [37]
El niño estaba tan cargado de proyecciones que muchas veces se exponía a ser
considerado un engendro si lloraba demasiado o tenía otras exigencias. Hay una
abundante literatura sobre el robo de niños y su sustitución por
engendros.[38] Pero no siempre se advierte que no sólo se mataba a los niños
deformes considerados suplantadores de los niños normales robados; sino
también a los que, como dice san Agustín, “están poseídos por un demonio...
sometidos al poder del Diablo... algunos niños mueren en esa
situación”. [39] Algunos Padres de la Iglesia declararon que si un niño pequeño
simplemente lloraba cometía un pecado. [40] Sprenger y Krämer, en su biblia de
la caza de brujas, Malleus Maleficarum (1487), sostienen que esos engendros con
que los espíritus sustituyen a los niños robados se reconocen porque “siempre
gritan en la forma más lastimera, y aunque se pongan a amamantarlos cuatro o
cinco mujeres nunca crecen”. Lutero está de acuerdo: “Es cierto: es frecuente que
tomen a los niños recién nacidos y se pongan en su lugar, y son más aborrecibles
que diez niños con sus excrementos, su avidez y sus gritos”. [41] Guibert de
Nogent, autor del siglo XII, considera santa a su madre porque soporta el llanto
de un niño que ha adoptado:
"El niño molestaba tanto a mi padre y a todos sus sirvientes con la intensidad de su
llanto y sus gemidos durante la noche —aunque de día era muy bueno, jugando unos
ratos y otros durmiendo—, que cualquiera que durmiera en la misma habitación
difícilmente podía conciliar el sueño. He oído decir a la niñeras que tomaba mi madre
que, noche tras noche, no podían dejar de mover el sonajero del niño, tan malo era, y
no por su culpa, sino por el demonio que tenía en su interior y que las artes de una
mujer no lograron sacarle. La santa señora padecía fuertes dolores, en medio de sus
agudos chillidos, no había ningún remedio que aliviara su dolor de cabeza... Sin
embargo, nunca echó de su casa al niño". [42]
Las figuras fantasmales utilizadas para asustar a los niños a lo largo de la historia
son legión y los adultos recurrían a ellas sistemáticamente hasta hace muy poco.
Los antiguos tenían a Lamia y Striga, quienes, al igual que su prototipo hebreo
Lilith, se comían a los niños crudos y que, junto con Mormo, Canida, Poine,
Sybaris, Acco, Empusa, Gorgona y Efialtes, fueron “inventados en beneficio de
un niño, para que fuera menos imprudente e ingobernable” según Dión
Crisóstomo. [45] La mayoría de los antiguos estaban de acuerdo en que era muy
conveniente mantener siempre presentes las imágenes de estas brujas ante los
niños para hacerles sentir el terror de que por la noche acudieran los espíritus
para raptarlos, comérselos, hacerlos pedazos y chuparles la sangre o la médula de
los huesos. En la Edad Media, naturalmente pasaron a primer plano las brujas y
los demonios, y, de cuando en cuando, aparecía algún judío que cortaba el cuello
a los niños, junto con multitud de monstruos y fantasmas “como aquellos con que
las niñeras se complacen en aterrorizarlos”. [46] Después de la Reforma, el
propio Dios “que te sostiene sobre el abismo del infierno, como se sostiene a una
araña o a un insecto repulsivo sobre el fuego”, [47] fue la principal figura
utilizada como fantasma para asustar a los niños, y se escribieron opúsculos en
lenguaje infantil en los que se describían las torturas que Dios les tenía en el
infierno: “El niño está en ese horno al rojo. Escucha cómo grita queriendo salir...
Patalea con sus piececitos en el suelo”. [48]
Esta necesidad de personificar figuras punitivas era tan poderosa que en base al
principio de “concreción” los adultos llegaban a confeccionar máscaras para
asustar a los niños. Un autor inglés, en 1748, explicando cómo el terror tenía su
origen en las niñeras que asustaban a los niños con cuentos de “cabezas pelada y
huesos ensangrentados”, decía así:
"La niñera quiere aquietar al irritante niño y con tal fin compone una figura extraña, la
hace entrar y rugir y chillarle al niño en un tono áspero y desagradable que hiere los
tiernos órganos del oído, dando la impresión al mismo tiempo, por sus gestos y su
proximidad de que fuera a tragárselo." [52]
Estas figuras alarmantes eran también las preferidas de las niñeras que deseaban
mantener a los niños en la cama mientras ellas salían de noche. Susan Sibbald
recordaba a los fantasmas como un elemento real de su infancia, en el siglo
XVIII:
Los niños a los que se aterrorizaba no siempre eran tan mayores como Susan y
Betsey. En 1882, una madre norteamericana cuenta el caso de una niña de dos
años hija de una amiga suya, cuya niñera, queriendo divertirse por la tarde con
las demás sirvientas mientras los padres estaban fuera, tomó medida para no ser
molestada diciéndole a la niña que:
Hay algunas pruebas de que el uso de esas máscaras para asustar a los niños se
remonta a la Antigüedad. [55] El tema del miedo de los niños a las máscaras es
uno de los preferidos de los artistas, desde los frescos romanos hasta los grabados
de Jacques Stella (1657). Pero, dado que estos acontecimientos traumáticos en
épocas remotas eran sometidos a la más profunda represión, no he podido
determinar sus formas antiguas precisas.
Ilustración 1
Niños jugando con máscaras de terror
(Jacques Stella, 1657}
Sólo cuando se ve la lucha en que se debaten los padres para abandonar esta
costumbre de concretar imágenes terroríficas se pone de manifiesto la fuerza de
la necesidad de hacerlo así. Uno de los primeros defensores de la infancia en la
Alemania del siglo XIX fue Jean Paul Richter. En su libro titulado levanna, que
gozó de gran popularidad, censuró a los padres que dominaban a sus hijos
mediante “imágenes de terror”, sosteniendo que la medicina aportaba pruebas de
que “con frecuencia eran víctimas de la locura”. Sin embargo, el impulso de
repetir los traumas de su propia infancia era tan fuerte que se vio obligado a
inventar versiones más moderadas para su propio hijo:
"Como a una persona sólo se la puede atemorizar una vez con la misma cosa, yo creo
que es posible dispensar a los niños de la realidad mediante representaciones fingidas
de circunstancias alarmantes. Por ejemplo: voy a pasear con mi pequeño Paul, de
nueve años de edad, por el corazón del bosque. De repente aparecen y caen sobre
nosotros tres bandidos teñidos de negro y armados, a los que yo he contratado el día
antes para la aventura mediante una recompensa. Nosotros dos sólo llevamos
bastones, pero la banda de ladrones lleva espadas y una pistola descargada... Yo
desvío la pistola para que no pueda alcanzarme y le quito el puñal de la mano a uno de
los bandidos con mi bastón... Pero (añado en esta segunda edición) todos estos juegos
son de dudosa utilidad... aunque puñales y disfraces similares... podrían emplearse
provechosamente por la noche con el fin de sacar a la luz de la vida cotidiana las
fantasías inspiradas por la creencia en los espíritus."[58]
Hay otro sector de concreción de esta necesidad de aterrorizar a los niños que
implica el uso de cadáveres. Son conocidas de muchos las escenas de la novela
de la Sra. Sherwood, History of the fairchild Family, [59] en las que se lleva a los
niños a visitar el lugar donde se exponía a los ajusticiados para inspeccionar los
cadáveres de los ahorcados que se pudrían allí mientras se les contaban relatos
moralizantes. Lo que no siempre se tiene en cuenta es que esas escenas estaban
tomadas de la vida real y constituían una importante parte de la infancia en la
época. Era costumbre sacar a los niños de la escuela para llevarlos a presenciar
ejecuciones y los padres solían llevarlos a tales espectáculos azotándolos después
al regresar a casa para que recordaran lo que habían visto. [60] Incluso un
educador humanista como Mafio Vegio, que escribió libros para protestar contra
la práctica de apalear a los niños, hubo de admitir que “dejarles que presencien
una ejecución pública, en ocasiones no es ni mucho menos una mala cosa”. [61]
El efecto que esta continua contemplación de cadáveres tenía sobre los niños era,
naturalmente, muy grave. Una niña, a la que su madre le había mostrado como
ejemplo el cadáver de un amiguito suyo de nueve años que acababa de morir, iba
de un sitio a otro diciendo: “Pondrán a la hija en el agujero, y ¿qué hará
mamá?” [62] Otro niño se despertaba por la noche gritando después de haber
visto ejecuciones en la horca y “practicó ahorcando a su gato”. [63] Harriet
Spencer, de once años, escribió en su diario que veía cadáveres por todas partes,
en la picota y descoyuntados en el potro. Su padre le había llevado a ver
centenares de cadáveres que habían sido desenterrados para hacer sitio para otros.
"Papá dice que es estúpido y supersticioso tener miedo de ver cadáveres, así que bajé
detrás de él por una escalera oscura, estrecha y empinada que daba vueltas y más
vueltas, hasta que abrieron una puerta que daba a una gran caverna. Estaba iluminada
por una lámpara que colgaba del centro, y el fraile llevaba una antorcha en la mano. Al
principio no veía nada y cuando pude ver apenas me atrevía a mirar, pues por todos
lados había espantosas figuras negras, unas haciendo muecas, otras señalándonos a
nosotros, o con gesto de dolor, en todas las posturas y tan horribles que o estaba a
punto de gritar y creía que todas se movían. Cuando papá vio lo incómoda que me
sentía no se enfadó, sino que estuvo muy cariñoso y dijo que debía dominarme y
acercarme a tocar a uno de ellos, lo cual fue muy desagradable. Tenía la piel de color
marrón oscuro y muy seca sobre los huesos, y dura al tacto, como de mármol". [64]
Esta escena del cariñoso padre ayudando a su hija a vencer el miedo a los
cadáveres es un ejemplo de lo que llamo “atención proyectiva”, para distinguirla
de la verdadera atención empática que es el resultado de la reacción empática. La
atención proyectiva requiere siempre como primer paso la proyección del
inconsciente del adulto en el niño, y puede distinguirse de la atención empática
porque es inadecuada o insuficiente en relación con las necesidades reales del
niño. La madre que responde a toda manifestación de incomodidad del niño
amamantándolo; la que se ocupa mucho de las ropas de su hijo cuando se lo
confía a una amas de cría fuera del hogar; así como la que dedica una hora
completa a envolver a su hijo en fajas, son todas ejemplos de atención
proyectiva.
"La actitud de las madres apaches respecto de sus hijos es hoy asombrosamente
inconsecuente. Suelen ser muy cariñosas y atentas en las relaciones físicas con sus
hijos pequeños. Hay mucho contacto corporal. La hora de la alimentación viene
determinada generalmente por el llanto del niño, y a toda señal de malestar se
responde ante todo con el pecho o el biberón. Al mismo tiempo, la madres tienen muy
poco sentido de la responsabilidad en lo que concierne al cuidado de los niños, y se
tiene la impresión de que la ternura de la madre para con su hijo se basa en que le
dispensa el trato que ella desea para sí como adulto. Hay muchas madres que
abandonan o ceden a sus hijos, a niños pequeños a los que una semana antes
amamantaban amorosamente. A esta práctica los apaches le dan acertadamente el
nombre de “echar al niño”. No sólo se sienten muy poco culpables conscientemente de
este comportamiento, sino que a veces están francamente encantadas de haber podido
liberarse de la carga. En algunos casos, madres que han cedido a sus hijos “olvidan”
que los han tenido. La madre apache típica cree que lo único que un niño requiere es el
cuidado físico. No tiene escrúpulos, o si los tiene son muy leves en dejar a su hijo con
cualquiera mientras ella impulsivamente sale para charlar, hacer compras, jugar o
beber y tontear. Idealmente, la madre confía su hijo a una hermana o alguna parienta
de más edad. Antiguamente casi siempre se disponía de este recurso." [66]
Incluso un acto tan simple como sentir empatía hacia los niños que sufrían golpes
era difícil para los adultos en otras épocas. Los pocos educadores que antes de la
época moderna aconsejaban que no se pegara a los niños, generalmente se valían
del argumento de que ello tendría malas consecuencias, no que haría daño al
niño. Sin embargo, sin este elemento de empatía, el consejo no surtía efecto
alguno y los niños continuaban recibiendo golpes como antes. Las madres que
confiaban sus hijos a amas de cría durante tres años se sentían verdaderamente
afligidas cuando los niños no querían regresar a casa, y sin embargo no podían
comprender por qué. Cien generaciones impasibles envolvieron a sus hijos en
apretadas fajas y les vieron impasibles protestar a gritos porque carecían del
mecanismo psíquico necesario para sentir empatía por ellos. Sólo cuando en el
lento proceso histórico de la evolución padres-hijos se adquirió por fin esta
facultad, a través de la interacción de sucesivas generaciones de padres e hijos, se
advirtió que la envoltura en fajas era totalmente innecesaria. Richar Steele, en
The Tatler, describe, en 1706, lo que a su modo de ver sentía un niño después de
nacer:
"Estoy echado muy quieto; pero la bruja, sin la menor razón ni provocación me coge y
me envuelve la cabeza apretando cuanto puede; después me ata las dos piernas y me
hace tragar una horrible pócima. Considero que es una desagradable manera de llegar
a la vida comenzando por tomar una purga. Una vez vestido así me llevaron junto a un
lecho donde se hallaba una hermosa joven (mi madre) que hubiera querido
estrecharme hasta sofocarme... y me echó en brazos de una niña que habían traído
para que me cuidara. La niña estaba muy orgullosa de ocupar el puesto de nodriza
propio de una mujer, y se empeñó en desnudarme y vestirme de nuevo, al hacer yo un
ruido, para ver qué era lo que me molestaba; lo hizo clavando alfileres en todas y cada
una de las articulaciones. Yo seguía llorando y entonces me puso en su regazo boca
abajo y, para calmarme, empezó a fijar todos los alfileres, dándome golpecitos en la
espalda y cantando a gritos una canción de cuna..." [67]
No he encontrado una descripción con tal grado de empatía en ninguna época
anterior al siglo XVIII. Poco después se puso fin a dos mil años de envoltura en
fajas.
Es de suponer que habrá multitud de fuentes de todo tipo donde se pueda hallar
esta facultad empática infrecuente en otros tiempos. Por supuesto, la primera que
se puede consultar es la Biblia: en ella se ha de hallar ciertamente empatía
respecto de las necesidades de los niños, pues ¿no se representa siempre a Jesús
rodeado de niños? Sin embargo, cuando se leen las más de dos mil referencias a
los niños enumeradas en Complete Concordance to the Bible, esas apacibles
imágenes no aparecen. Hay muchas sobre el sacrificio de niños, sobre la
lapidación de niños, sobre la administración de azotes a los niños, sobre su
obediencia estricta, sobre su amor a sus padres y sobre su papel como portadores
del nombre de la familia, pero ni una sola que revele empatía alguna respecto de
sus necesidades. Incluso la conocida frase: “Dejad que los niños se acerquen a
mí” resulta ser la práctica habitual en el Oriente Medio de exorcizar por
imposición de las manos, práctica que aplicaban muchos santones con el fin de
erradicar el mal inherente a los niños: “Entonces le fueron presentados unos
niños para que les impusiera las manos y orase... Y habiéndoles impuesto las
manos, se fue de allí” (Mt. 19: 13).
Todo esto no quiere decir que los padres de otras épocas no amaran a sus hijos,
pues sí que los amaban. Tampoco los padres de hoy que pegan a sus hijos son
sádicos. Los quieren, en ocasiones y a su manera; y a veces son capaces de
manifestar ternura, sobre todo cuando los niños no exigen demasiado de ellos. Lo
mismo puede decirse de los padres de otras épocas; las manifestaciones de
ternura con los hijos se dan con mayor frecuencia cuando el niño no pide nada,
en especial cuando está dormido o muerto. La frase de Homero: “como una
madre espanta una mosca para que no moleste a su hijo sumido en un dulce
sueño”, corre parejas con el epitafio de Marcial:
Otro ejemplo de la imagen del “niño como madre” era la creencia generalizada
de que los niños llevaban en sus pechos leche que había que extraerles. A la balia
(nodriza) italiana del siglo XIV se le ordenaba que “cuide de apretar los pechos
del niño con frecuencia para sacar la leche que haya en ellos porque le
molesta”. [76] En realidad esta creencia tiene una leve justificación en el hecho
de que en ocasiones, rara, de los pechos de un recién nacido puede salir una gota
de líquido lechoso, sobrante de hormonas femeninas de la madre. Pero hay una
diferencia entre esto y “la práctica antinatural, pero común, de apretar con fuerza
los delicados pechos de un niño recién nacido, con la áspera mano de la nodriza,
que es la causa más general de inflamación de esas partes”, como hubo de señalar
todavía en 1793 el pediatra norteamericano Alexander Hamilton. [77]
Besar o chupar y apretar los pechos no son más que algunos de los usos que se
hacen del “niño como pecho”. Hay constancia de diversas prácticas, como
aquella contra la cual puso en guardia este pediatra de comienzos del siglo XIX.
"Un día, bromeando con ella acerca de un galanteador que ella decía que tenía, al final
empezó a regañarla por estar encinta... Le estiraban las ropas de cuando en cuando y
le hacían creer que estaba engordando. Esto continuó todo el tiempo que se juzgó
necesario para convencerla de que estaba encinta... Llegado el momento del parto, ella
se encontró una mañana al despertar con un niño recién nacido entre las sabanas. No
puedes imaginar el asombro y el pesar que sintió al verlo. “Tal cosa”, dijo, “nunca le
ocurrió a nadie más que a la Virgen María y a mí, pues no he sentido ningún dolor”. La
reina acudió a consolarla y se ofreció a ser la madrina. Vinieron muchos a conversar
con ella como recién parida." [82]
Los niños siempre han cuidado de los adultos en formas muy concretas. Desde la
época romana, niños y niñas servían a sus padres a la mesa, y en la Edad Media
todos los niños excepto los de sangre real, actuaban de sirvientes, en sus hogares
o en casas ajenas, y muchas veces tenían que volver corriendo de la escuela a
mediodía para atender a sus padres. [83] No voy a tratar aquí del tema del
trabajo de los niños. Pero debe recordarse que los niños, por lo general desde
cuatro a cinco años, trabajaron bastante; mucho antes de que el trabajo infantil se
convirtiera en tema de discusión en el siglo XIX.
Ilustración 2.
Familia isabelina en una cena.
Nótese cómo los hijos más pequeños se encuentran de pie para comer; el hijo mayor sirve a la
familia
Recuerdo haber visto a una niña de dieciocho meses calmar a su madre que
estaba sumamente angustiada y llorando. Primero dejó el biberón que estaba
chupando. Después fue dando vueltas para acercarse a su madre, tocarla y,
finalmente, hacerla serenarse (cosa que yo no había podido ni empezar a hacer).
Cuando vio que su madre se había tranquilizado, volvió a su sitio, se echó, cogió
el biberón y siguió chupando. [84]
Este papel era asumido con frecuencia por los niños en otras épocas. Una niña
“nunca lloraba ni estaba inquieta... muchas veces, siendo un bebé, en brazos de
su madre alzaba su manita y enjugaba la lágrimas de las mejillas de su
madre”. [85] Los médicos solían tratar de inducir a las madres a que
amamantaran a sus hijos en lugar de entregarlos a una ama de cría fuera del
hogar, prometiéndoles que “en recompensa por ello, el niño se esfuerza por
regalarla con mil deleites... la besa, le acaricia el cabello, la nariz y la orejas, la
halaga...” [86]
Ilustración 2.
El niño como el amante de la madre.
Los retratos medievales de Madonas, comúnmente mostrando rostros tiesos, se alternan con
algunos como éstos, que muestran que el niño es un amante que apasionadamente abraza a la
madre
La buena disposición del niño para cuidar de los adultos fue muchas veces su
salvación. Madame de Sévigné decidió en 1670 no llevar con ella a su nieta de
dieciocho meses en un viaje que pudo haber resultado fatal para la niña:
"Mme, du Py-du Fou no quiere que me lleve a mi nieta. Dice que la expondría a un
peligro, y al final he cedido. No quisiera que la niña corriera ningún riesgo, le tengo
gran afecto... Hace mil cosas: habla, hace fiestas a la gente, da golpes, se santigua,
pide perdón, hace reverencias, besa la mano, encoge los hombros, baila, engatusa,
hace la mamola; en suma, es un encanto, y paso horas divirtiéndome con ella. No
quiero que muera." [87]
La necesidad de cariño maternal que sentían los padres suponía una enorme carga
para el niño en pleno crecimiento. A veces incluso le ocasionaba la muerte. Una
de las causas más frecuentes de la muerte de niños pequeños era la asfixia en la
cama al echarse el adulto sobre el niño, y aunque a menudo esta causa era una
excusa para ocultar el infanticidio, los pediatras admitían que cuando se trataba
de un accidente, éste se producía porque la madre se negaba a acostar al niño en
otra cama cuando ella iba a dormir. “No queriendo separarse del niño, le aprieta
aún más fuerte cuando duerme. Su pecho oprime la nariz del niño”. [88] Esta
imagen inversa del niño como cobijo era la realidad subyacente a la advertencia
común en la Edad Media de que los padre debían cuidar de no mimar demasiado
a sus hijos “como la hiedra que ciertamente mata al árbol en el que se enreda, y el
mono que estrecha en sus brazos a sus crías hasta matarlas por mero cariño”. [89]
La imagen del delfín, una semana después de nacer, como un Hércules niño que
estrangulaba serpientes, y como un Gargantúa que necesitaba 17,913 vacas para
alimentarse, está totalmente reñida con el niño de verdad: débil, enfermizo y
enfajado que surge del diario de Héroard. Pese a que había decenas de personas
encargadas de cuidarlo, nadie podía satisfacer sus necesidades más simples de
alimentación y descanso. Había constantes cambios innecesarios de amas de
leche, continuas salidas y largos viajes. [92] Cuando tenía dos meses de edad
estuvo al borde de la muerte. La ansiedad de Héroard aumentó, y como defensa
contra esta ansiedad su reacción de inversión fue más pronunciada.
Cuando el delfín tenía casi diez meses le ataban al vestido unos tirantes. La
finalidad de estos tirantes o andadores era enseñar a andar al niño, pero se
utilizaban más bien para manejarlo y controlarlo como a una marioneta. Esto,
unido a las reacciones proyectivas de Héroard, hace difícil comprender qué es lo
que realmente sucedía y qué es lo que manipulaban los que rodeaban al pequeño
Luis. Por ejemplo, se dice que cuando tenía once meses le gustaba hacer esgrima
con Héroard y le gustaba tanto que “me persigue riendo por toda la cámara”.
Pero un mes después Héroard señala que “empieza a avanzar con firmeza,
sostenido por debajo de los brazos”. [94] Es evidente que antes, cuando
“perseguía” a Héroard, le llevaban o le hacían andar sujeto con andadores. De
hecho, dado que no supo formar frases hasta mucho después, Héroard sufría
alucinaciones cuando cuenta que alguien fue a ver al delfín de catorce meses y
que éste “se vuelve y mira a todos los que están alineados en la balaustrada; se
dirige a él y le tiende la mano, que el príncipe besa. Entra M. d’Haucourt y dice
que ha venido a besar el manto del delfín; él se vuelve y le dice que no es
necesario hacer eso”. [95]
"El delfín va detrás de Mlle. Mercier, que grita porque M. De Montglat le ha dado una
palmada en el trasero. El delfín grita también. Ella corre junto al lecho. M. De Montglat
la sigue y quiere darle un azote; ella da agudos chillidos. El delfín la oye y empieza a
dar chillidos también. Esto le divierte y agita los pies y todo el cuerpo gozosamente...
Hacen que entren sus damas. Él las hace danzar, juega con la pequeña Margarita, la
besa, la abraza; la echa al suelo, se arroja sobre ella estremeciéndose y rechinando los
dientes... las nueve... Trata de pegarle en el trasero con una varilla. Mlle. Bélier le
pregunta: “Señor, ¿qué le hizo M. De Montglat a Mlle. Mercier?” De repente empezó a
dar palmadas con una dulce sonrisa y a animarse de tal manera que estaba loco de
contento, y permaneció un buen cuarto de hora riendo y dando palmadas y echándose
de cabeza sobre ella, como una persona que había comprendido la broma." [97]
Sólo raras veces revela Héroard que el delfín era un sujeto pasivo de todas estas
manipulaciones sexuales: “La marquesa le mete con frecuencia la mano por
debajo del jubón; lo acuesta la nodriza, que juega con él en la cama metiéndole la
mano por debajo de la ropa”. [98] La mayoría de las veces se describe
simplemente cómo lo desnudaban y lo llevaban a la cama con el rey, la reina,
ambos, o con diversos servidores; siendo objeto de manipulaciones sexuales
desde que era un lactante hasta que tuvo por lo menos siete años.
"Tener dos hijos no era raro, tres se daban de cuando en cuando, pero prácticamente
nunca se criaba a más de una hija. Peseidipos decía: “Hasta un hombre rico abandona
siempre a una hija”... De 600 familias a que se hace referencia en inscripciones del
siglo II en Delfos, un uno por ciento criaban a dos hijas." [114]
El infanticidio de los hijos legítimos, incluso siendo los padres ricos, era tan
común que Polibio le atribuyó la despoblación de Grecia:
"En nuestro tiempo se ha dado en toda Grecia una tasa de natalidad baja y un
descenso general de la población, debido al cual las ciudades se han quedado desiertas
y la tierra ha cesado de dar frutos, aunque no ha habido ni guerras continuas ni
epidemias... pues los hombres han caído en tal estado de presunción, avaricia e
indolencia que no quieren casarse, o si se casan no quieren criar a los hijos que les
nacen, o a lo sumo, por regla general, sólo uno o dos..." [115]
"A los perros locos les damos un golpe en la cabeza; al buey fiero y salvaje lo
sacrificamos; a la oveja enferma la degollamos para que no contagie al rebaño;
matamos a los engendros; ahogamos incluso a los niños que nacen débiles y
anormales. Pero no es la ira, sino la razón la que separa lo malo de lo bueno." [118]
"Con pleno conocimiento e intención, ofrecían a sus propios hijos y los que no los
tenían se los compraban a los pobres y los degollaban como si fueran otras tantas
ovejas o aves; entretanto, la madre asistía a la escena sin una lágrima ni un gemido.
Pero si dejaba escapar un solo gemido o derramaba una sola lágrima, perdía la suma
de dinero convenida y su hijo era sacrificado de todos modos. Y todo el espacio situado
delante de la estatua se llenaba del sonido estentóreo de flautas y tambores a fin de
que las gentes no pudieran oír los gritos y lamentaciones." [121]
Filón fue el primero, según los resultados de mis investigaciones, que se expresó
claramente en contra de los horrores del infanticidio.
"Algunos de ellos lo hacen con sus propias manos; con monstruosa crueldad y barbarie
ahogan y apagan el primer aliento de los recién nacidos o los arrojan a un río o a las
profundidades del mar, después de atarlos a un cuerpo pesado para que se hundan
más rápidamente bajo su peso. Otros los llevan a un lugar desierto para abandonarlos
allí, esperando, según dicen, que se salven, pero en verdad dejándoles para que sufran
el más triste destino. Pues todos los animales que se alimentan de carne humana
acuden al lugar y se regalan a placer con los niños, magnífico banquete que con ellos
ofrecen sus únicos guardianes, quienes más que nadie deberían protegerlos: sus
padres y sus madres. También las aves carnívoras descienden al suelo y devoran los
fragmentos." [128]
Ilustración 4
Se cocinan los niños
Los actos de infanticidio parental se proyectan generalmente sobre judíos o brujas,
como en este Guazzo's Compendium Malificarum.
"A su manera, una manera extraña, inútil, ella les tenía cariño a todos... pero cuando
los padres de los infortunados niños o sus parientes no podían pagar o no pagaban la
pequeña suma acostumbrada para su mantenimiento... ella se deshacía de ellos. Un
día regresó de la ciudad con un pequeño envoltorio alargado... Me asaltó una horrible
sospecha. ¡El niño que estaba en la cuna iba a morir!... cuando el niño lloraba yo la oía
levantarse y darle de mamar en la oscuridad, murmurando: “¡Pobre, pobrecito!” He
tratado muchas veces desde entonces de imaginar lo que debía sentir al darle el pecho
a un niño que sabía condenado a morir a sus manos. “¡Pobre, pobrecito!”
Intencionalmente hablaba con claridad para que yo la oyera “fruto del pecado, sin
culpa tuya alguna, inocente sin pecado... pronto te irás, pronto, pronto, pobrecito
mío... y yéndote ahora no irás al infierno como irías si vivieras y te hicieras mayor y
fueras un pecador”. A la mañana siguiente, el niño había muerto." [142]
El recién nacido duerme bien fajado en una cuna de madera envuelta de extremo
a extremo en una manta de modo que el niño yace en una especie de tienda a
oscuras y sin ventilación. Las madres temen los efectos del aire frío y de los
espíritus malignos... Cuando anochece, la cabaña o la casa es como una ciudad
sitiada: los postigos de las ventanas cerrados, la puerta atrancada y sal e incienso
en puntos estratégicos como el umbral, para rechazar cualquier invasión del
Diablo. [144]
Se creía que las ancianas —símbolos según Rheingold de la abuela cuyos deseos
de muerte se quería desviar— echaban “mal de ojo” a los niños causándoles la
muerte. Al recién nacido se le regalan amuletos, generalmente en forma de pene
o de coral y también con forma fálicas, para protegerle de esos deseos de
muerte. [145] Cuando el niño crece, los deseos de muerte hacia él continúan
abriéndose paso. Decía Epicteto: “¿Qué mal hay en que murmuréis, en el
momento en que besáis a vuestro hijo ‘mañana morirás’?” [146] Un italiano del
Renacimiento, cuando un niño hace algo que demuestra inteligencia, diría: “Ese
niño no ha nacido para vivir”. [147] Los padres de todas las épocas dicen a sus
hijos, con Lutero, “Preferiría tener un hijo muerto antes que un hijo
desobediente”. [148] Fenelón recomienda que se formulen a los niños preguntas
como ésta: “¿Te dejarías cortar la cabeza para ir al cielo?” [149] Walter Scott
dice que su madre le confesaba que “se sentía fuertemente tentada por el
demonio a degollarme con sus tijeras y enterrarme bajo el
musgo”. [150] Leopardi dice de su madre: “Cuando veía que se acercaba la
muerte de uno de sus hijos pequeños experimentaba una honda felicidad, que
sólo trataba de ocultar a quienes podían reprobarla”. [151] Otras fuentes ofrecen
gran abundancia de ejemplos parecidos.
"Mirad a los ciegos que deambulan por las calles apoyándose en sus cayados, y a los
de pies lisiados, y mirad también a los que tienen las piernas o los brazos rotos. Ese es
manco, a aquél le han hundido los hombros deformándoselos para que sus posturas
grotescas muevan a risa... Vayamos al origen de todos estos males: un taller de
manufactura de desechos humanos; una cueva llena de los miembros cortados a niños
vivos... ¿Qué daño se ha hecho a la República? Por el contrario, ¿no se ha beneficiado
a esos niños en cuanto que sus padres los habían abandonado?" [155]
Había también una serie de costumbres en virtud de las cuales se sometía al niño
a la casi congelación: desde el bautismo por inmersión prolongada en agua
helada y el rodamiento por la nieve, hasta la práctica del baño consistente en
sumergir al niño una y otra vez en agua helada, cabeza y todo, “con la boca
abierta y sin aliento”. [162] Elizabeth Grant recuerda, a principios del siglo XIX,
que “en el patio de la cocina había una tina grande, larga, sobre la cual se
formaba a veces una capa helada que era preciso romper antes de nuestra
espantosa zambullida en ella... Cómo gritaba, suplicaba, rezaba, imploraba para
librarme... Casi desvanecida me llevaron al cuarto del ama de
llaves”. [163]Volviendo a la antigua costumbre de los germanos, los escitas, los
celtas y los espartanos (no los atenienses, que utilizaban otros métodos de
fortalecimiento), [164] la inmersión en los ríos solía ser común, y la inmersión en
agua fría se ha considerado terapéutica para los niños desde la época
romana. [165] Incluso el acostarlos envueltos en toallas húmedas frías se
practicaba en ocasiones como medio de fortalecerlos y como terapia. [166] No es
de extrañar que el gran pediatra del siglo XVIII, William Bucham, dijera que
“casi la mitad de la especie humana perece en la infancia por trato inadecuado o
por descuido”. [167]
Aunque hubo muchas excepciones a la regla, más o menos hasta el siglo XVIII el
niño promedio de padres acomodados pasaba sus primeros años en casa de un
ama de cría; volvía a su hogar para permanecer al cuidado de otros sirvientes, y
salía de él a la edad de siete años para servir, aprender un oficio o ir a la escuela:
de modo que el tiempo que los padres con medios económicos dedicaban a criar
a sus hijos era mínimo. Muy pocas veces se han estudiado los efectos de esta y
otras formas de abandono institucionalizado por parte de los padres sobre el niño.
Otra forma de abandono era utilizar a los niños como rehenes políticos y como
prenda por deudas, práctica que se remonta también a la época
babilónica. [173] Sydney Painter describe su versión medieval diciendo: “Era
bastante usual entregar como rehenes a niños pequeños en garantía de un acuerdo
y asimismo hacerles pagar la mala fe de sus padres. Cuando Eustace de Breteuil,
esposo de una hija natural de Henry I, le sacó los ojos al hijo de uno de sus
vasallos, el rey autorizó al enfurecido padre a mutilar de la misma manera a la
hija de Eustace, retenida como rehén por Henry”. [174] De modo semejante,
John Marshall entregó a su hijo William al rey Stephen diciendo que “no le
preocupaba que William fuera ahorcado, pues poseía el yunque y el martillo con
los cuales forjar hijos aún mejores”, y Francisco I, cuando fue cogido prisionero
por Carlos V, canjeó a sus hijos por su libertad, rompiendo inmediatamente
después el trato par que fueran encarcelados. [175] En realidad, muchas veces era
difícil distinguir la costumbre de enviar a los hijos a servir como pajes o criados
en las casas de otros nobles de la utilización de los hijos como rehenes.
Ilustración 5
Padres malos dándole sus hijos al diablo.
El grabado de Dürer y el boj de Agnes Sampson ilustran el difundido tema de los padres que le
dan al diablo los niños
que le habían prometido
Al igual que sucede con la práctica equivalente de las clases bajas —el
aprendizaje—, [178] el tema del niño como trabajador en casas ajenas es tan
amplio y está tan mal estudiado que, por desgracia, no podemos tratarlo
detenidamente aquí, pese a su evidente importancia en relación con la vida de los
niños en otros tiempos.
En cuanto a los ricos, que abandonaban de verdad a sus hijos durante un periodo
de varios años, incluso aquellos expertos que consideran reprobable esta
costumbre no utilizan términos empáticos en sus tratados, sino que más bien la
consideraban reprobable porque “la dignidad de un ser humano recién nacido se
ve corrompida por el alimento ajeno y degenerado de la leche de otro”. [183] Es
decir, la sangre del ama de cría de clase inferior penetraba en el cuerpo del niño
de la clase superior, puesto que se pensaba que la leche era sangre batida hasta
hacerse blanca. [184] En ocasiones, los moralistas, todos varones desde luego,
dejaban traslucir su propio resentimiento reprimido contra sus madres por
haberles dejado con el ama de leche. Aulo Gelio se quejaba así: “Cuando un niño
es entregado a otro y separado de su madre, la fuerza del sentimiento maternal se
va extinguiendo gradualmente poco a poco... y queda casi tan totalmente
olvidado como si se lo hubiera llevado la muerte”. [185] Pero por lo general,
prevalecía la represión; y el progenitor era elogiado. Y, lo que es más importante:
quedaba asegurada la repetición. Aunque era bien sabido que la tasa de
mortalidad infantil era mucho más alta entre los niños confiados a amas de cría
que entre los criados en el hogar, los padres seguían llorando la muerte de sus
hijos y después, impotentes, entregaban al siguiente como si el ama de leche
fuera una diosa vengadora contemporánea que exigiera un nuevo sacrificio. [186]
Ilustración 6
Cuidados en la Infancia: Fantasía y Realidad
Dos encenas típicas de los cuidados renancentistas muestran la fantasía de las madres que
amamantan a sus hijos. La tercera imagen muestra la realidad: el bebé mama de la nodriza,
mientras que los senos de la madre están reservados al espectador (el padre). Véase que en las
dos primeras imágenes el artista sitúa en lugar incierto los senos de la madre, ya que en realidad
nunca se cuidó de ellos.
Sir Simonds D’Ewes había perdido ya varios hijos de este modo, y sin embargo
confió el siguiente bebé durante dos años a “una pobre mujer que había sufrido
muchos malos tratos y a la que su marido casi mataba de hambre, siendo ella
también de talante orgulloso, impaciente y caprichoso; todo lo cual condujo,
finalmente, a la ruina y desaparición de nuestro más querido y tierno
infante...”. [187]
Excepto en aquellos casos en que el ama de cría vivía en el hogar, los niños
criados por amas de cría permanecían en casa de éstas de dos a cinco años. Las
condiciones eran similares en todos los países. Jacques Guillemeau describió
cómo el niño confiado a un ama de cría estaba expuesto a ser “ahogado,
aplastado, dejado caer, sufriendo así una muerte prematura; o puede ser
devorado, mutilado o desfigurado por un animal salvaje, un lobo o un perro; y la
nodriza, temiendo ser castigada por su negligencia, puede poner a otro niño en su
lugar”. [188] Robert Pemell cuenta que su párroco le dijo que, cuando llegó a la
parroquia, había en ésta “multitud de niños de pecho de Londres, pero en el
espacio de un año los enterró a todos salvo a dos”. [189] Con todo, la costumbre
persistió inexorablemente hasta el siglo XVIII en Inglaterra y en Norteamérica,
hasta el siglo XIX en Francia y hasta el siglo XX en Alemania. [190] De hecho,
Inglaterra iba tan por delante del continente en cuestiones de lactancia que ya en
el siglo XVII había muchas madres bastante acomodadas que daban el pecho a
sus hijos. [191] Tampoco se trata simplemente de amoralidad por parte de los
ricos. Robert Pemell se quejaba en 1653 de que “mujeres de alta y baja condición
acostumbraban a enviar a sus hijos al campo confiándolos a mujeres
irresponsables”, y todavía en 1780 el jefe de policía de París estimaba que de los
21,000 niños nacidos cada año en esa ciudad, 17,000 eran enviados al campo con
nodriza; 2,000 o 3,000 eran llevados a hospicios; 700 eran criados en el hogar por
amas de leche, y sólo 700 eran criados por sus madres. [192]
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CUADRO 1 .— Edad de destete (en meses)
Fuente [199] Edad de destete Fecha aprox. Nación
Contacto ama de cría 24 367 B.C. Grecia
Sorano 12-24 100 A.D. Roma
Marobio 35 400 Roma
Barerino 24 1314 Italia
Metlinger 10-24 1497 Alemania
Jane Grey 18 1540 Inglaterra
John Greene 9 1540 Inglaterra
E. Roesslin 12 1540 Alemania
Sabine Johnson 34 1540 Inglaterra
John Dee 8-14 1550 Inglaterra
H. Mercurialis 15-30 1552 Italia
John Jones 7-36 1579 Inglaterra
Louis XIII 25 1603 Francia
John Evelyn 14 1620 Inglaterra
Ralph Joesslin 12-19 1643-79 Inglaterra
John Fechey 10-12 1697 Inglaterra
James Nelson 34 1753 Inglaterra
Nicholas Culpepper 12-48 1762 Inglaterra
William Cadogan 4 1770 Inglaterra
H. W. Tytler 6 1797 Inglaterra
S. T. Coleridge 15 1807 Inglaterra
Eliza Warren 12 1810 Inglaterra
Caleb Tickner 10-42 1839 Inglaterra
Mary Mallard 15 1859 Norteamérica
Estudio estadístico
1-6 1878-82 Alemania
alemán
En las fuentes hay muchos indicios de que a los niños, por regla general, no se les
daba alimento suficiente. Los hijos de los pobres, por supuesto pasaban hambre a
menudo, pero incluso los de los ricos, sobre todo las niñas, se suponía que debían
tomar pequeñas cantidades de comida y poca carne o ninguna. Es bien conocida
la descripción de la “dieta de hambre” de los jóvenes espartanos que hizo
Plutarco, pero dada las numerosas referencias a la parvedad de la comida, a las
tomas de los lactantes, sólo dos o tres al día, al ayuno de los niños y a la
privación del alimento como castigo, cabe sospechar que, al igual que a los
padres que hoy maltratan a sus hijos, a los padres de otras épocas les resultaba
difícil cuidar de que sus hijos estuvieran bien alimentados. [200] En las
autobiografías, desde san Agustín hasta Baxter, los autores se confiesan del
pecado de glotonería por robar frutas siendo niños; nadie ha pensado jamás en
preguntarse si lo hacían porque tenían hambre. [201]
Sujetar al niño con diversos tipos de trabas era una práctica casi universal. La
empañadura era el hecho fundamental de los primeros años de la vida del niño.
Como hemos señalado, la sujeción se consideraba necesaria porque el niño estaba
tan lleno de peligrosas proyecciones de los adultos que si se le dejaba suelto se
sacaría los ojos, se arrancaría las orejas, se rompería las piernas, se deformaría
los huesos, se sentiría aterrorizado al ver sus propios miembros e incluso se
arrastraría a cuatro patas como un animal. [202] La envoltura tradicional es muy
parecida en todas las épocas y en todos los países. “Consiste en privar totalmente
al niño del uso de sus miembros envolviéndole con una venda interminable hasta
hacerle parecer un leño; con lo cual a veces se producen excoriaciones en la piel;
la carne está oprimida casi hasta la gangrena; la circulación queda casi
interrumpida, y el niño sin la menor posibilidad de moverse. Su pechito está
rodeado por una faja... Se le aprieta la cabeza para darle la forma que se le ocurra
a la comadrona; y se le mantiene en ese estado mediante la presión debidamente
ajustada”. [203]
La envoltura del niño en fajas y pañales era tan complicada que se tardaba hasta
dos horas. [204]
Ilustración 7
Envolviendo al niño - English (1633).
La comodidad que suponía para los adultos era enorme, pues raras veces tenían
que prestar atención a las criaturas una vez atadas. Como ha demostrado un
estudio médico reciente sobre la empañadura, los niños enfajados son sumamente
pasivos, el corazón les late más despacio, lloran menos, duermen mucho más y,
en general, son tan introvertidos e inactivos que los médicos que hicieron el
estudio se preguntaron si no debía ensayarse de nuevo el fajamiento. [205]Las
fuentes históricas confirman estos hechos: desde la Antigüedad, los médicos
estuvieron de acuerdo en que “el insomnio no es natural en los niños ni resultado
del hábito, es decir, de la costumbre, pues duermen siempre”. Y hay constancia
de que se les tenía durante horas acostados detrás del horno caliente, colgados de
ganchos clavados en las paredes, metidos en cubas y, en general, se les dejaba
“como un paquete, en cualquier rincón donde no estorbaran”.[206] Casi todos los
pueblos envolvían en fajas a los niños. Incluso en el antiguo Egipto, donde se
afirma que no existía esta costumbre puesto que los niños aparecen desnudos en
las pinturas, es muy posible que si existiera, pues Hipócrates así lo dice y en
algunas figurillas se observan envolturas y fajas. [207] Las pocas regiones en que
no se empleaban fajas, como la antigua Esparta y las tierras altas de Escocia, eran
también regiones en que las prácticas de fortalecimiento eran más rigurosas,
como si no hubiera otra alternativa que enfajar a los niños o llevarles de un lado a
otro desnudos y hacerles correr sobre la nieve sin ropas. [208] Tan por supuesta
se daba la práctica del fajamiento que los datos relativos a su duración son muy
irregulares antes de los comienzos de la época moderna. Sorano dice que los
romanos suprimían las fajas entre los 40 y 60 días; supongamos con optimismo
que estas cifras fueran más verídicas que los “dos años” de que habla
Platón. [209] El fajar a los niños bien apretados, e incluso a veces el atarles con
cuerdas a tableros para transportarlos, continúo a lo largo de la Edad Media, pero
todavía no he podido averiguar hasta qué edad. [210] Los escasos datos que
ofrecen las fuentes de los siglos XVI y XVII, más un estudio del arte de la época,
indican que en esos siglos a los niños se les fajaba por entero durante un periodo
de uno a cuatro meses; después se dejaban los brazos libres permaneciendo
fajados el cuerpo y las piernas de seis a nueve meses más. [211]Los ingleses
fueron los primeros en suprimir el fajamiento, como también en poner fin a la
crianza fuera del hogar. En Inglaterra y Norteamérica la costumbre de envolver
en fajas estaba desapareciendo a fines del siglo XVIII, y en Francia y Alemania
en el XIX. [212]
Ilustración 8
Estos niños envueltos en fajas ilustran el lento proceso en remover la empañadura
(griego, siglo V a.C; italiano, siglo XV; inglés, siglo XVI)
Ilustración 9
Niño Envuelto Medieval
El niño se ve envuelto con más de 1 año de edad
(Reuner Musterbuch, 1210 A.D.)
Una vez liberado el niño de sus vendas continuaba imponiéndosele trabas físicas
de todo tipo que variaban según los países y épocas. A veces se le ataba a sillas
para impedir que gatera. Todavía en el siglo XIX se le unían a la ropa unos
tirantes para sujetarlo y llevarlo de un lado a otro. Era frecuente poner a niños y
niñas corsés y fajas de hueso, madera o hierro. A veces se les ataba a espalderas y
se les metían los pies en el cepo mientras estaban estudiando, y se utilizaban
collares de hierro y otros artilugios para “corregir la postura”, como el que
describe Francis Kemble: “Un horrible instrumento de tortura de tipo espaldar, de
acero cubierto de tafilete rojo, que consistía en una pieza plana que me ponían en
la espalda y me sujetaban al pecho con un cinturón y aseguraban arriba con dos
hombreras atadas a los hombros. Del centro salía una varilla o espina de hierro
con un collar de acero que me rodeaba la garganta y se abrochaba por
detrás”. [213]
Ilustración 10
Child's Sleeping-Belt
Se usa para mantener el cuerpo derecho mientras duerme,
una de las docenas de dispositivos de retención inventados por el el pedagogo del [Link], D.G.M.
Schreber.
Parece que estos instrumentos se usaban más en los siglos XVI a XIX que en la
Edad Media, pero ello puede deberse a la escasez de fuentes de esta última época.
No obstante, hay dos prácticas que probablemente eran comunes a todos los
países desde la Antigüedad. La primera es llevar a los niños ligeros de ropa con
el fin de “fortalecerlos”; la segunda es el empleo de andadores cuya finalidad
expresa era ayudar a andar, pero que de hecho se usaban para impedir que el niño
anduviera a gatas, lo cual se consideraba propio de los animales. Felix Würtz
(1563) describe el empleo de uno de estos artificios:
Ilustración 11
Soporte de pie y soporte de cama con correas
(Jacques Stella, 1657.)
Hay polleras para que los niños se tengan de pie, en las que pueden girar en todos
sentidos; cuando las madres o niñeras los ponen en ella ya no se cuidan más de
los niños, los dejan solos, se van a hacer sus cosas, suponiendo que el niño tiene
lo que necesita; pero no reparan en la fatiga y el sufrimiento del pobre niño... el
pobre niño... tiene que estar de pie quizá durante muchas horas, siendo así que
media hora de pie es demasiado... Quisiera que todas esas polleras fueran
quemadas. [214]
Aunque sillas con orinales debajo han existido desde la Antigüedad, antes del
siglo XVIII no hay dato alguno sobre el control de la evacuación en los primeros
meses de la vida del niño. Pese a que los padres se quejaban con frecuencia,
como Lutero, de que sus hijos “ensuciaban los rincones”, y pese a que los
médicos prescribían remedios, incluidos los azotes, para los niños que “mojaban
la cama” (los niños generalmente dormían con los adultos), la lucha entre padres
e hijos respecto del control de la orina y las heces en la infancia es un invento del
siglo XVIII, producto de una etapa psicogénica tardía. [215]
Los niños han sido identificados siempre con sus excrementos. A los recién
nacidos se les llama ecême, y la palabra latina merda dio origen a la francesa
merdeux, niño pequeño. [216] Pero con anterioridad al siglo XVIII eran el enema
y la purga, no el orinal, los medios principales utilizados para relacionarse con el
interior del cuerpo del niño. A los niños se les administraban supositorios,
enemas y purgas por la boca estando enfermos y estando sanos. Una autoridad
del siglo XVII decía que era conveniente purgar a los niños antes de darles de
mamar, a fin de que la leche no se mezclara en las heces. [217] El diario de
Héroard sobre Luis XIII está lleno de descripciones minuciosas de lo que entra y
sale del cuerpo de Luis, y se le administraron literalmente miles de purgas,
supositorios y enemas a lo largo de su infancia.
Ilustración 12
Enema
Retrato típico alemán del siglo XVIII aplicando un enema regular al bebé.
La orina y las heces de los niños eran examinadas con frecuencia para determinar
su estado interior. La descripción de este proceso por David Hunt revela
claramente el origen proyectivo de lo que he llamado “niño-recipiente”:
"Se suponía que los intestinos del niño encerraban una materia que se dirigía al mundo
del adulto con insolencia, en tono amenazador, con malicia e insubordinación. El hecho
de que el excremento del niño tuviera un aspecto y un olor desagradable significaba
que el propio niño tenía allá, en lo más profundo de su cuerpo, una mala inclinación.
Por plácido y bien dispuesto que pareciera, el excremento que periódicamente salía de
él era considerado como el mensaje insultante de un demonio interior que indicaba los
“malos humores” que ocultaba en su interior". [218]
Los datos que he reunido sobre los métodos de castigar a los niños me llevan a
pensar que un porcentaje muy alto de los niños nacidos antes del siglo XVIII eran
lo que hoy llamaríamos “battered children” (niños apaleados). He examinado
más de doscientos escritos anteriores al siglo XVIII en los que se formulan
consejos sobre la crianza de los niños. En la mayoría de ellos se aprueba el
castigo corporal, y en todos se admite en determinadas circunstancias salvo en
tres de ellos, cuyos autores Plutarco, Palmieri y Sadoleto, se dirigen a padres y
maestros sin referencia alguna a las madres. [222] He hallado biografías de
setenta niños anteriores al siglo XVIII, y todos ellos recibían golpes excepto uno,
la hija de Montaigne. Por desgracia, en los ensayos de Montaigne sobre los niños
hay tantas contradicciones que cabe preguntarse si esta afirmación es digna de
crédito. De Montaigne es más conocido aquel pasaje en el que cuenta que su
padre era tan afectuoso con él que contrataba a un músico que tocaba todas las
mañanas un instrumento para despertarle, con el fin de que su delicado cerebro
no se sobresaltara. No obstante, de ser cierto este pasaje, esta vida de familia tan
poco usual sólo pudo durar dos o tres años, pues en realidad cuando nació lo
llevaron a otra localidad donde permaneció varios años al cuidado de un ama de
cría, y de los seis a los trece años estuvo en la escuela, en otra ciudad, porque su
padre consideraba que era “perezoso, lento y de mala memoria”. Cuando declaró
que su hija tenía “más de seis años ya, y nunca ha sido aconsejada ni castigada
por sus faltas infantiles... con otra cosa que palabras”, la niña tenía en realidad
once años. En otros escritos admite, con respecto a sus hijos: “No he aceptado de
buen grado que se criaran junto a mí”. [223] Por eso quizá debamos hacer una
reserva acerca de esta niña, la única que no sufrió golpes (Peiper, en su amplio
estudio de la literatura sobre castigos corporales llega a conclusiones parecidas a
las mías).[224]
Entre los instrumentos de castigo figuraban látigos de todas clases, incluidos los
de nueve ramales, palas, bastones, varas de hierro y de madera, haces de varillas,
disciplinas e instrumentos escolares especiales, como una palmeta que terminaba
en forma de pera y tenía un agujero redondo para levantar ampollas. De la
frecuencia comparativa de su uso dan una idea las categorías del maestro de
escuela alemán que calculaba que había dado 911,527 golpes con el garrote,
124,000 latigazos, 136,715 bofetadas y 1,115,800 cachetes. [225] Las palizas que
se describen en las fuentes eran en general muy duras, producían magulladuras y
heridas, comenzaban en edad temprana y eran un elemento normal de la vida del
niño.
Siglo tras siglo, los niños zurrados crecían y a su vez zurraban a sus hijos. La
protesta pública era rara. Incluso humanistas y maestros que tenían fama de ser
muy bondadosos, como Petrarca, Ascham, Comenio y Pestalozzi, aprobaban el
castigo corporal de los niños. [226] La esposa de Milton se quejaba de que le
disgustaba oír gritar a sus sobrinos cuando él les pegaba, y Beethoven pegaba a
sus alumnos con una aguja de calcetar y a veces les pinchaba.[227] Ni siquiera la
realeza se libraba de los golpes, como confirma la infancia de Luis XIII. Su padre
tenía junto a sí, en la mesa, un látigo, y ya a los diecisiete meses el delfín sabía
que no debía llorar cuando le amenazaba con el látigo. A los quince meses
empezaron a azotarle sistemáticamente, muchas veces desnudándole. Tenía
frecuentes pesadillas relacionadas con los azotes, que le administraban por la
mañana al despertarse. Siendo ya rey seguía despertándose de noche aterrorizado
por la idea de la paliza matutina. El día de su coronación, con ocho años, fue
azotado y dijo: “Preferiría prescindir de tanta pleitesía y tantos honores y que no
me azotaran”. [228]
Dado que los niños a los que no se envolvía en fajas eran sometidos a prácticas
de fortalecimiento, quizá el fajamiento cumplía la función de reducir la
propensión del padre a maltratar al niño. Todavía no he encontrado ningún caso
de un adulto que golpeara a un niño fajado. En cambio, era muy frecuente que se
pegara a niños muy pequeños no vestidos de esa manera, signo cierto del
síndrome de la “paliza”. Susana Wesley decía de sus bebés: “Cuando cumplían
un año —y a algunos antes— se les enseñaba a temer la vara y a llorar quedo”.
Giovanni Dominici decía que se dieran a los niños pequeños “azotes frecuentes
pero no fuertes”. Rousseau decía que a los niños de pecho se les pegaba con
frecuencia desde sus primeros días para mantenerlos callados. He aquí lo que
cuenta una madre de su primera batalla con su niño de cuatro meses: “Lo vapuleé
hasta que se puso morado y hasta que no pude pegarle más, y no cedió ni una
sola pulgada.” Los ejemplos pueden multiplicarse. [229]
Ilustración 13
"Cabalgata" a un estudiante.
Estas escenas, romana (Herculano) y medieval (1140 A.D.), ilustran una postura popular para
someter a los escolares, llamada "cabalgata" en las escuelas inglesas del siglo XIX.
Aunque los datos que ofrecen las fuentes más antiguas sobre la severidad de los
castigos son muy deficientes, parece haber pruebas de una mejora visible en cada
una de las épocas de la historia de Occidente. En la Antigüedad había multitud de
artificios y prácticas desconocidos en períodos posteriores, entre ellos trabas para
los pies, esposas, mordazas, tres meses en “el cepo” y los sangrientos torneos de
flagelación de los espartanos, en los que muchas veces se azotaba a los
muchachos hasta que morían. [231] Hay una costumbre anglosajona que revela el
nivel de la consideración que merecían los niños en otros tiempos. Dice Thrupp:
“Era costumbre, cuando se deseaba conservar un testimonio legal de una
ceremonia, que asistieran a ella los niños, que allí mismo eran azotados con
especial rudeza, lo cual se suponía que daría mayor peso a cualquier prueba de
los hechos”. [232]
La observación de Plutarco es una entre las muchas que indican que los abusos
sexuales no se limitaban a los muchachos de más de once o doce años, como
suponen la mayoría de los estudiosos. Es muy posible que pedagogos y maestros
abusaran sexualmente de niños más pequeños en todos los períodos de la
Antigüedad. Aunque se promulgaron toda clase de leyes para tratar de reducir los
ataques sexuales a escolares por parte de los adultos, la largas y pesadas palmetas
que llevaban pedagogos y maestros servían a menudo para amenazar a los niños.
Quintillano, después de muchos años de enseñanza en Roma, ponía en guardia a
los padres contra la frecuencia de los abusos sexuales por parte de los maestros,
basando en ello su desaprobación del castigo corporal en las escuelas:
El acto de azotar trae consigo muchas veces, a causa del dolor y miedo, cosas
feas de decirse, que después causan rubor: vergüenza que quebranta y abate el
alma, inspirándola hastío y tedio de la misma luz. Además de lo dicho, si se cuida
poco de escoger ayos y maestros de buenas costumbres, no se puede decir sin
vergüenza para qué infamias abusan del derecho y facultad de castigar en esta
forma los hombres mal inclinados, y qué ocasión ofrece a otros este miedo de los
miserables discípulos. No me detendré mucho en esto: demasiado es lo que se
deja entender. [243]
Esquines cita algunas de las leyes de Atenas con las que se intentaba limitar los
ataques sexuales de que eran objeto los escolares:
"Considérese el caso de los maestros... está claro que el legislador desconfía de ellos...
Prohíbe al maestro que abra la escuela, o al profesor de gimnasia el gimnasio, antes de
la salida del sol, y les obliga a cerrar ambos antes de la puesta del sol; pues mucho
recela de que se queden a solas con un muchacho o en la oscuridad con él". [244]
Los datos que ofrecen la literatura y el arte confirman este hecho de la utilización
sexual de los niños más pequeños. Petronio gusta de describir a los adultos
palpando el “pequeño instrumento inmaduro” de los muchachos, y su relato sobre
la violación de una niña de siete años, con una larga fila de mujeres batiendo
palmas alrededor del lecho, hace pensar que las mujeres no dejaban de
desempeñar un papel en tales actos. [246]
Ilustración 15
Niños esperan a los adultos durante la orgía
(Greek drawing of symposium feast)
Incluso los judíos, que trataron de acabar con la homosexualidad de los adultos
mediante severos castigos, eran más indulgentes en el caso de los muchachos.
Pese al precepto mosaico en contra de la corrupción de los niños, la pena con que
se castigaba la sodomía con niños de más de nueve años era la lapidación, pero la
cópula con niños de menor edad no era considerada como acto sexual, y sólo se
castigaba con azotes “por razones de disciplina pública”. [248]
Conviene recordar que no es posible que se cometan abusos sexuales con los
niños en forma generalizada sin la complicidad, por lo menos inconsciente, de los
padres. En otras épocas los padres ejercían el control más absoluto sobre sus
hijos y eran ellos quienes tenían que acceder a entregarlos a quienes los
ultrajaban. Plutarco reflexiona sobre la importancia que revestía esta decisión
para los padres:
"Soy reacio a tocar el tema, reacio también a pasarlo por alto... Si debemos permitir
que los pretendientes de nuestros muchachos se reúnan con ellos y pasen el tiempo
con ellos, o si por el contrario, se les debe excluir e impedir que tengan intimidad con
nuestros hijos. Siempre que pienso en ese tipo de padres austeros, intransigentes y
severos que consideran que la intimidad con los amantes supone para sus hijos un
ultraje intolerable, la prudencia me mueve a no manifestarme a favor y en defensa de
tal práctica. [Sin embargo, Platón] declara que a los hombres que han demostrado su
valía debe permitírseles acariciar a cualquier muchacho hermoso que les plazca. Así
pues, a los amantes que sólo anhelan gozar de la belleza del cuerpo es justo alejarles;
pero debe darse libre acceso a los amantes del espíritu." [249]
Al igual que los adultos que hemos visto antes alrededor de Luis XIII niño, los
griegos y los romanos no podían evitar meter mano a los niños. Sólo he
descubierto un testimonio de que esa práctica se extendía, como en el caso de
Luis XIII, a la primera infancia. Suetonio censuraba a Tiberio porque “enseñaba
a niños de tierna edad, a los que llamaba sus ‘pescaditos’, a jugar entre sus
piernas mientras se bañaba. A los que todavía no habían sido destetados, pero
eran fuertes y sanos, les metía el pene en la boca”. Es posible que Suetonio se
inventara la anécdota, pero evidentemente tenía motivos para pensar que sus
lectores le creerían. Así lo hizo, al parecer, Tácito, que la relata también. [250]
"Como a veces nos vemos obligados en contra de nuestra voluntad por personas de
alto rango a llevar a cabo la operación, [ésta] se efectúa por compresión. El niño, aún
de tierna edad, es metido en una vasija con agua caliente, y después, cuando las
partes se ablandan en el baño, hay que apretar los testículos con los dedos hasta que
desaparecen".
"Debe dormir vestido con un camisón que le llegue por debajo de la rodilla, teniendo
cuidado en lo posible de que no quede descubierto. Que no le toque la madre ni el
padre, mucho menos otras personas. Para no causar tedio escribiendo tan
detalladamente sobre esto, me remitiré a la historia de los antiguos, que aplicaban
plenamente esta doctrina para criar bien a los niños y no hacer de ellos esclavos de la
carne." [261]
Illustración 16
La Abuela de Cristo juega con su pene.
As Hans Baldung Grien's 1511 picture
of Anna selbdritt shows, grandmothers were expected
to masturbate their grandchildren.
Aunque la masturbación por parte de los adultos era pecado venial, los libros
penitenciales de la Edad Media raras veces hacen extensiva la prohibición a la
infancia; la homosexualidad de los adultos, y no la masturbación, era el tema
obsesivo de la reglamentación sexual premoderna. Todavía en el siglo XV
Gerson afirma que los adultos le dicen que nunca han oído decir que la
masturbación fuera pecaminosa, y da instrucciones a los confesores de que
pregunten directamente a los adultos: “Hermano, ¿te tocas o te frotas la verga
como acostumbran a hacer los niños?” [265]
Pero fue a comienzos del siglo XVIII, y como culminación del empeño de
controlar los abusos cometidos con los niños, cuando los padres empezaron a
castigar severamente a sus hijos por masturbarse; y los médicos empezaron a
difundir el mito de que la masturbación daba origen a la locura, la epilepsia, la
ceguera y causaba la muere. En el siglo XIX esta campaña llegó a extremos
increíbles. Médicos y padres aparecían a veces ante el niño armados de cuchillos
y tijeras, amenazándole con cortarle los genitales. La circuncisión, la
clitoridectomía y la infibulación se utilizaban en ocasiones como castigo, y se
prescribían toda clase de dispositivos restrictivos: incluso moldes de yeso y
artefactos con púas. La circuncisión estaba especialmente extendida.
Ilustración 17
Artefactos metálicos anti-masturbación.
Francés (G. Jalade-Lafond, 1818) y alemán (W Scheinlein, 1831.)
Ilustración 18
Aros para el pene
Póngalos a los niños por la noche para evitar erecciones durante el sueño
Los gráficos de Spitz sobre diferentes consejos dados en relación con la
masturbación muestran que la intervención quirúrgica llega al máximo entre
1850 y 1879, y los artilugios para impedirla en de 1880 a 1904. Hacia 1925 estos
métodos habían desaparecido casi por completo —después de dos siglos de
agresiones brutales y totalmente innecesarias a los genitales de los niños. [266]
Entretanto, la utilización sexual de los niños después del siglo XVIII estuvo
mucho más generalizada entre los criados y otros adultos y adolescentes que
entre los padres, aunque, teniendo en cuenta que eran muchos los padres que
seguían dejando que sus hijos durmieran con los criados después de haber
sorprendido a otros criados anteriores abusando de ellos. Es evidente que las
condiciones para que se dieran esos abusos permanecían bajo el control de los
padres. El cardenal Bernis, recordando que había sido objeto de manipulación
sexual siendo niño, advertía a los padres que “no hay nada tan peligroso para la
moral y quizá para la salud como dejar a los niños demasiado tiempo al cuidado
de sirvientas o incluso de jóvenes criadas en los castillos. Añadiré que las
mejores de ellas no siempre son las menos peligrosas. Se atreven a hacer con un
niño lo que se avergonzarían de hacer con un joven”. [267] Un médico alemán
decía que las nodrizas y doncellas realizaban “toda clase de actos sexuales” con
los niños “para divertirse”. El propio Freud cuenta que fue seducido por su niñera
cuando tenía dos años, y Ferenczi y otros analistas posteriores han considerado
imprudente la decisión tomada por Freud en 1897 de considerar como meras
fantasías muchas de las declaraciones de los pacientes sobre experiencias de
seducción en la infancia. Como señala el psicoanalista Robert Fleiss: “Nadie se
pone enfermo a consecuencia de sus fantasías”. Y gran número de pacientes
analizados, incluso actualmente, declaran haber tenido trato sexual con niños,
aunque Fleiss es el único que introduce este hecho en su teoría psicoanalítica.
Cuando se comprueba que todavía en 1900 había personas que creían que las
enfermedades venéreas se podían curar “por medio de la relación sexual con
niños” se empieza a tener una idea más clara de las dimensiones del
problema. [268]
Huelga decir que los efectos que producían en el niño los graves abusos físicos y
sexuales que he descrito eran enormes. Quisiera indicar aquí sólo dos de esos
efectos: uno psicológico y otro físico. El primero es la enorme cantidad de
pesadillas y alucinaciones sufridas por niños que he hallado en las fuentes.
Aunque los escritos de adultos que ofrecen alguna indicación sobre la vida
emocional del niño son, en el mejor de los casos, raros, los que he descubierto
suelen revelar la existencia de pesadillas repetidas e incluso de verdaderas
alucinaciones. Desde la Antigüedad, los escritos pediátricos contienen partes
dedicadas a los métodos de combatir los “terribles sueños” de los niños, y a éstos
se les pegaba a veces por tener pesadillas. Por la noche permanecían despiertos,
aterrorizados por fantasmas imaginarios, demonios, “un dedo corvo que se
arrastraba por el cuarto”. [269]
Ilustración 19
Chica exorcizada
Los frecuentes ataques de histeria en los niños a menudo pueden ser curados expulsando al
Diablo fuera de ellos,
como en esta pintura de 1520, de Grunewald.
Un último punto que quiero simplemente tocar es la posibilidad de que los niños
de otras épocas sufrieran realmente un retraso físico a consecuencia de la falta de
cuidados. Aunque el enfajamiento por sí solo no suele afectar al desarrollo físico
de los niños primitivos, unido a la negligencia y a los malos tratos de que eran
objeto en otras épocas parece haber dado lugar, en ocasiones, a lo que hoy
consideraríamos retraso. Un índice de este retraso es que mientras en la
actualidad la mayoría de los niños empiezan a andar a los 10 o 12 meses, en otras
épocas generalmente aprendían a andar más tarde. Las edades que figuran en el
Cuadro 2 son las que he hallado en las fuentes hasta la fecha.
Dado que todavía hay personas que matan, pegan y utilizan sexualmente a los
niños, todo intento de periodizar las formas de crianza de los niños ha de
empezar por admitir que la evolución psicogénica sigue distintos ritmos en
distintas familias, y que muchos padres parecen haberse quedado “detenidos” en
modelos históricos anteriores. Hay también diferencias regionales y de clase que
son importantes, especialmente desde la época moderna, en que las madres de las
clases altas dejaron de confiar sus hijos a amas de cría y empezaron a criarlos
ellas mismas. La periodización que se hace a continuación debe considerarse
como una indicación de los tipos de relaciones paternofiliales que se daban en el
sector psicogénicamente más avanzado de la población en los países más
adelantados, y las fechas dadas son las primeras que encontré en las fuentes
ejemplos del tipo correspondiente. La serie de seis tipos representa una secuencia
continua de aproximación entre padres e hijos a medida que, generación tras
generación, los padres superaban lentamente sus ansiedades y comenzaban a
desarrollar la capacidad de conocer y satisfacer las necesidades de sus hijos. Creo
también que dicha serie ofrece una taxología útil de las formas contemporáneas
de crianza de los niños.
2. Abandono (Siglos IV-XIII). Una vez que los padres empezaron a aceptar
al hijo como poseedor de un alma, la única manera de hurtarse a los
peligros de sus propias proyecciones era el abandono, entregándolo al ama
de cría, internándolo en el monasterio o en el convento, cediéndolo a otras
familias de adopción, enviándolo a casa de otros nobles como criado o
rehén; o manteniéndolo en el hogar en una situación de grave abandono
afectivo. El símbolo de este tipo de relación podría ser Griselda, que tan de
buen grado abandonó a sus hijos para demostrar su amor a su esposo. O
quizá sería cualquiera de esas estampas tan populares hasta el siglo XXIII
en que se representa la Virgen María en una postura rígida sosteniendo al
Niño Jesús. La proyección continuaba siendo preeminente, puesto que el
niño seguía estando lleno de maldad y era necesario siempre azotarle, pero
como demuestra la reducción de la sodomía practicada con niños, la
inversión disminuyó considerablemente.
Referencias bibliográficas
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[2] James H.S. Bossard, The Sociology of Child Development (Nueva York, 1948), pág. 598.
[3] Geza Roheim, "The Study of Character Development and The Ontogenetic Theory of Culture",
en Essays Presented to C. G. Seligman, F. E. Evans-Pritchard, y otros autores (Londres, 1934),
pág. 292; Abram Kardiner, dir. de ed., The Individual and His Society (Nueva York, 1939), pág. 471;
en Totem y Taboo Freud soslayó el problema postulando una "herencia de las disposiciones
psíquicas", Sigmund Freud, The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund
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[4] Enid Nemy, "Child Abuse: Does It Stem From the Nation's Ills and Its Culture?", New York
Times, 16 de agosto de 1971, pág. 16; según algunos cálculos, el número de niños maltratados
llega a 2.5 millones, véase Vincent J. Fontana, Somewhere a Child is Crying (Nueva York, 1973),
pág. 38.
[5] John C. Sommerville, en "Towards a History of Childhood and Youth," Journal of
Interdisciplinary History, 3 (1972), págs. 438-447, hace una evaluación de algunas de las obras
más recientes; véase también Edward Saveth, "The Problem of American Family History",
American Quarterly, 21 (1969), págs. 311-29.
[6] Véase especialmente Neil J. Smelser, Social Change in the Industrial Revolution: An Application
of Theory of the British Cotton Industry (Chicago, 1959); Fred Weinstein y Gerald Platt, The Wish to
Be Free: Society, Psyche, and Value Change (Berkeley and Los Angeles, 1969); y Talcott Parsons
and Robert F. Bales, Family, Socialization, and Interaction Process (Nueva York, 1955).
[7] Véase Peter Coveney, The Image of Childhood: The Individual and Society: A Study of the
Theme in English Literature (Baltimore, 1967); Gillian Avery, Nineteenth Century Children: Heroes
and Heroines in English Children's Stories 1780-1900 (Londres, 1965); F. J. Harvey Darton,
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[8] Las mejores historias de la infancia son las siguientes: Grace Abbott, The Child and the State, 2
vols. (Chicago, 1938); Abt Garrison, History of Pediatrics (Philadelphia, 1965; Philippe Aries,
Centuries of Childhood: A Social History of Family Life (Nueva York, 1962); Sven Armens,
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1922); Rosamond Bayne-Powell, The English Child in the Eighteenth Century (Londres, 1939);
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Bossard, Sociology; Robert H. Bremner y otros editores, Children and Youth in America: A
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[10] Daniel R. Miller y Guy E. Swanson, The Changing American Parent: A Study in the Detroit
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[12] Laslett, World, pag. 12. E.S. Morgan conviene en que los padres puritanos enviaban a sus
hijos fuera de casa muy jóvenes únicamente porque "temían malcriarlos por quererlos demasiado",
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[13] William Sloane, Children’s Books in England and America in the Seventeenth Century (Nueva
York, 1955), pág. 19.
[16] Alan Valentine, ed., Fathers to Sons: Advice Without Consent (Norman, Oklahoma, 1963), pág.
xxx.
[17] Anna Robeson Burr, The Autobiography: A Critical and Comparative Study (Boston, 1909);
véase también Emma N. Plank, "Memories of Early Childhood in Autobiographies", The
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[18] Frank E. Manuel, "The Use and Abuse of Psychology in History", Daedalus, 100 (1971), pág.
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[20] Victor Lasareff, en "Studies in the Iconography of the Virgin," Art Bulletin, 20 (1938), págs. 26-
65, presenta una enorme bibliografía y muchos ejemplos de cuadros del niño en el arte de
principios de la Edad Media.
[21] Natalie Z. Davis, "The Reasons of Misrule," Past and Present, 50 (1971), págs. 61-62. Frank
Boll, Die Lebensalter: Ein Beitrag zur Antiken Ethologie und zur Geschichte der Zablen (Leipzig and
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en inglés antiguo de la palabra "child" véase Hilding Back, The Synonyms for "Child", "Boy", "Girl"
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[22] Richard Sennett, Families Against the City (Cambridge, Massachusetts, 1970); Joseph F. Kett,
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[24] Donald Meltzer, The Psycho-Analytical Process (Londres, 1967); Herbert A. Rosenfield,
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[25] Brandt F. Steele, "Parental Abuse of Infants and Small Children", Parenthood: Its Psychology
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[26] Theodor Reik, Listening With the Third Ear (Nueva York, 1950); véase también Stanley L.
Olinick, "On Empathy, and Regression in Service of the Other", British Journal of Medical
Psychology, 42 (1969), págs. 40-47.
[27] Nicholas Restif de la Bretonne, Monsieur Nicolas; o, The Ilunian Heart Unveiled, vol.1, R., trad.
de de Crowder Mathers (Londres, 1930), pág. 95.
[29] Barry Cunningham, "Beaten Kids, Sick Parents", Nueva York Post, 23 de febrero de 1972,
pág. 14.
[32] Cotton Mather, Diary of Cotton Mather, vol.1 (Nueva York, sin fecha), pág. 283.
[34] Carl Holliday, Woman's Life in Colonial Boston (Boston, 1922), pág. 25.
[35] Richard Allestree, The Whole Duty ofMan (Londres, 1766), pág. 20.
[36] Keith Thomas, Religion and the Decline of Magic (Nueva York, 1971), pág. 479; Beatrice
Saunders, The Age of Candlelight: The English Social Scene by the 17th Century (Londres, 1959),
pág. 88; Traugott K. Oesterreich, Possession: Demoniacal and Other Among Primitive Races, in
Antiquity, the Middle Ages, and Modern Times (Nueva York, 1930); en "San Ciriaco" de
Grühenwald figura una muchacha a la que se está exorcizando y se le hace abrir la boca a la
fuerza para dejar salir al demonio.
[37] Shmarya Levin, Childhood in Exile (Nueva York, 1929), págs. 58-59.
[38] Carl Haffter, "The Changeling: History and Psychodynamics of Attitudes to Handicapped
Children in European Folklore", Journal of the History of the Behavioral Sciences, 4 (1968), 55-61;
este artículo contiene la mejor bibliografía; véase también Bayne-Powell, English Child, pág. 247; y
Pearson, Elizabethans, pág. 80.
[39]St. Augustine [San Agustín], Against Julian (Nueva York, 1957), pág. 117.
[40] William E. H. Lecky, History of the Rke and Influence of the Spirit of Rationalism in Europe
(Nueva York, 1867), pág. 362.
[42] Abbot Guibert of Nogent, Self and Society in Medieval France: The Memoirs of Abbot Guibert
of Nogent, ed. preparada por John F. Benton. (Nueva York, 1970), pág. 96.
[43] G. G. Coulton, Social Life in Britain: From the Conquest to the Reformation (Cambridge, 1918),
pág. 46.
[44] Ruth Benedict, "Child Rearing in Certain European Countries", American Journal of
Orthopsychiatry, 19 (1949), págs. 345-46.
[45]Dio Chrysostom [Dión Crisóstomo], Discourses, trad. de I.W. Cohoon (Londres, 1932), pág. 36.
[46] Maffio Vegio, "De Educatione Liberorum", en Maphel Vegli Laudensis De Educatione
Liberorum Et Eorum Claris Moribus Libri Sex, ed. a cargo de Maria W. Fanning (Washington, D.C.,
1933), pág. 642.
[47] Carl Holliday, Woman's Life in Colonial Boston (Nueva York, 1960), pág.18.
[48] Brigid Brophy, Black Ship to Hell (Nueva York, 1962), pág. 361.
[49] Marc Soriano, "From Tales of Warning to Formulettes: the Oral Tradition in French Children's
Literature", Yale French Studies, vol.43 (1969), pág. 31; Melesina French, Thoughts on Education
by a Parent (Southampton, inédito), pág. 42; Roe, Georgian Child, pág.11; Jacob Abbott, Gentle
Measures in the Management and Training of the Young (Nueva York, 1871), pág. 18; James Mott,
Observations on the Education of Children (Nueva York, 1816), pág. 5; W. Preyer, The Mind of the
Child (Nueva York, 1896), pág.164; William Byrd, Another Secret Diary (Richmond, 1942), pág.
449; Francis Joachim de Pierre de Bernis, Memoirs and Letters (Boston, 1901), pág. 90.
[50] French, Thoughts, pág. 43; véase también Enos Hitchcock, Memoirs of the Bloomsgrove
Family, vol.1 (Boston, 1790), pág. 109; Iris Origo, Leopardi: A Study in Solitude (Londres, 1953),
pág. 24; Hippolyte Adolphe Tame, The Ancient Regime (Gloucester, Massachusetts, 1962), pág.
130; Vincent J. Horkan, Educational Theories and Principles of Maffeo Veggio (Washington, D.C.,
1953), pág. 152; Ellen Weeton, Miss Weeton: Journal of a Governess, Edward Hall, ed. de Edward
Hall (Londres, 1936), pág. 58.
[51] Laurence Wylie, Village in the Vaucluse (Nueva York, 1957), pág. 52.
[52] Dialogues on the Passions, Habits and Affections Peculiar to Children (Londres, 1748), pág.
31; Georg Friedrich Most, Der Mensch in den ersten sieben Lebensjahren (Leipzig, 1839), pág.
116.
[53] Francis P. Hett, ed., The Memoirs of Susan Sibbald 1783-1812, pág. 176.
[54] Rhoda E. White, From Infancy to Womanhood: A Book of Instruction for Young Mothers
(Londres, 1882), pág. 31.
[55] Strabo [Estrabón], The Geography, vol.1, trad. de Horace L. Jones (Cambridge,
Massachusetts, 1960), pág. 69; Epictetus [Epiceto], The Discourses as Reported by Arrian, vol. 1,
trad. de W.A. Oldfather (Cambridge, Massachusetts, 1967), págs. 217, 243 y vol.2, pág. 169.
[56] Dio Chrysostom [Dión Crisóstomo], Discourses, vol. 1, pág. 243; y vol. 5, pág. 107.
[57] Anna C. Johnson, Peasant Life in Germany (Nueva York, 1858), pág. 353. Varios informantes
me han dicho que esto continúa en el siglo XX.
[58] John Paul Friedrich Richter, Levana; or the Doctrine of Education (Boston, 1863), pág. 288.
[59] Mary Sherwood, The History of the FairChild Family (Londres, sin fecha).
[60] Taylor, Angel-Makers, pág. 312; Most, Mensch, pág. 118; Frances Ann Kemble, Records of a
Girlhood (Nueva York, 1879), pág. 27; Horkan, Educational Theories, pág. 117; Dr. Courtenay
Dunn, The Natural History of the Child (Nueva York, 1920), pág. 300; E. Mastone Graham, Children
of France (Nueva York, sin fecha), pág. 40; Hett, Memoirs, pág. 10; Ivan Bloch, Sexual Life in
England (Londres, 1958), pág. 361; Harriet Bessborough, Lady Bessborough and Her Famdy Circle
(Londres, 1940), págs. 22-24; Sangster, Pity, págs. 33-34.
[63] C. S. Peel, The Stream of Time: Social and Domestic Life in England 1805-1861 (Londres,
1931), pág . 40.
[65] John W.M. Whiting e Irvin L. Child, Child Training and Personality: A Cross-Cultural Study
(New Haven, 1953), pág . 343.
[66] L. Bryce Boyer, "Psychological Problems of a Group of Apaches: Alcoholic Hallucinosis and
Latent Homosexuality Among Typical Men", en The Psychoanalytic Study of Society, vol.3 (1964),
pág. 225.
[67] Asa Briggs, dir. de ed., How They Lived, vol. 3 (Nueva York, 1969), pág . 27.
[68] Horace E. Scudder, Childhood in Literature and Art (Boston, 1894), pág . 34.
[69] Giovanni di Pagalo Morelli, Ricordi, ed. preparada por V. Branca (Florence, 1956), pág . 501.
[70] Euripides, The Medea, 1029-36; Jason se compadece también únicamente de sí mismo 1325-
7.
[71] Ariès, Centuries of Childhood, pág. 57; Christian Augustus Struve, A Familiar Treatise on the
Physical Education of Children (Londres, 1801), pág. 299.
[72] Agnes C. Vaughan, The Genesis of Human Offspring: A Study in Early Greek Culture
(Menasha, Wisconsin, 1945), pág. 107; James Hastings, dir. de ed., A Dictionary of Christ and the
Gospels (Nueva York, 1911), pág. 533.
[74] E. Souliè y E. de Barthelemy, dir. de ed. Journal de Jean Heroard sur l'Enfance et la Jeunesse
de Louis XIII, vol.1 (Paris, 1868), pág. 35.
[76] Francesco da Barberino, Reggimento e costume di donne (Torino, 1957), pág. 189.
[77] Alexander Hamilton, The Family Female Physician: Or, A Treatise on the Management of
Female Complaints, and of Children in Early Infancy (Worcester, 1793), pág. 287.
[79] Albecht Peiper, Chronik, pág. 120; Daphne Du Maurier, The Young George du Maurier: A
Selection of His Letters 1860-67 (Londres, 1951), pág. 223.
[80] Pliny [Plinio], Natural History, trad. de H. Rockham (Cambridge, Massachusetts, 1942), pág.
587.
[81] Sieur Peter Charron, Of Wisdom, 3a ed., trad. de George Stanhope (Londres, 1729), pág.
1384.
[82] St. Evremond, The Works of Monsieur de St Evremond, vol.3 (Londres, 1714), pág. 6.
[83] W. Warde Fowler, Social Life at Rome in the Age of Cicero (Nueva York, 1926), pág. 177; Edith
Rickert, dir. de ed., The Babee's Book: Medieval Manners for the Young (Londres, 1908) pág. xviii;
Mrs. E.M. Field, The Child and His Book (Londres, 1892), reimpresión (Detroit, 1968), pág. 91;
Frederick 3. Furnivall, dir. de ed., Early English Meals and Manners (1868), reimpresión (Detroit,
1969), pág. 229; Pearson, Elizabethans, pág. 172.
[84] Elizabeth L. Davoren, "The Role of the Social Worker", en The Battered Child, ed. a cargo de
Ray E. Helfer y C. Henry Kempe, (Chicago, 1968), pág. 155.
[85] Ruby Ann Ingersoll, Memoir of Elizabeth Charlotte Ingersoll Who Died September 18, l857,
Aged 12 Years (Rochester, Nueva York, 1858), pág. 6.
[87] H.T. Barnwell, Selected Letters of Madame de Sivigni (Londres, 1959), pág. 73.
[89] Charron, Wisdom, pág. 1338; Robert Cleaver, A Godlie Forme of Household Government
(Londres, 1598), pág. 296.
[98] Ibid., pág. 45. Esta utilización sexual del delfín no podía tener por objeto únicamente asimilar
su carisma real, puesto que el rey y la reina también participaban.
[99] Felix Bryk, Circumcision in Man and Woman: Its History, Psychology and Ethnology (Nueva
York, 1934), pág. 94.
[102] Incluso hoy, personas que se automutilan ven en la sangre que fluye leche. Véase John S.
Kafka, "The Body as Transitional Object: A Psychoanalytic Study of a Self-Mutilating Patient",
British Journal of Medical Psychology, 42 (1969), pág. 209.
[103] Eric J. Dingwall, Male Infibulatiori (Londres, 1925), pág. 60; and Thorkil Vanggaard, Phallos: A
Symbol and its History in the Male World (Nueva York, 1969), pág. 89.
[104] Dingwall, Infibulation, pág. 61; Celsus [Celso], De Medicina, vol. 3, trad. de W. B. Spencer
(Cambridge, 1938), pág. 25; Augustin Cabanes, The Erotikon (Nueva York, 1966), pág. 171; Bryk,
Circumcision, págs. 225-27; Soranus [Sorano], Gynecology (Baltimore, 1956), págs.107; Peter
Ucko, "Penis Sheaths: A Comparative Study," Proceedings of the Royal Anthropological Institute of
Great Britain and Ireland for 1969 (Londres, 1970), pág. 43.
[105] Ibid., págs. 27, 56-58; Count de Buffon, A Natural History, vol.1, trad. de William Smellie
(Londres, 1781), pág. 217.
[106] Paulus Aegineta [Paulo de Egina], The Seven Books of Paulus Aegbieta, 3 vols, trad. de
Francis Adams (Londres, 1844-47), vol.1, pág. 346; Celsus [Celso], Medicina, pág. 421.
[107] Otto J. Brendel, "The Scope and Temperament of Erotic Art in the Greco-Roman World"
Studies in Erotic Art, ed. preparada por Theodore Bowie y Cornelia V. Christenson (Nueva York,
1970), láminas 1, 17, 18, 20.
[108] Joseph C. Rheingold, The Fear of Being a Woman: A Theory of Maternal Destructiveness
(Nueva York, 1964); y The Mother, Anxiety, and Death: The Catastrophic Death Complex (Boston,
1967).
[109] Dorothy Bloch, "Feelings That Kill: The Effect of the Wish for Infanticide in Neurotic
Depression", The Psychoanalytic Review, 52 (1965); Bakan, Slaughter; Stuart S. Asch,
"Depression: Three Clinical Variations" en Psychoanalytic Study of the Child, vol.21 (1966) págs.
150-71; Morris Brozovsky y Harvey Falit, "Neonaticide: Clinical and Psychodynamic
Considerations", Journal of Child Psychiatry, 10 (1971); Wolfgang Lederer, The Fear of Women
(Nueva York, 1968); Galdston, "Dysfunctions", y la bibliografía en Rheingold.
[110] Contienen bibliografías las siguientes obras: Abt-Garrison, History of Pediatrics; Bakan,
Slaughter; William Barclay, Educational Ideas in the Ancient World (Londres, 1959), apéndice A; H.
Bennett, "Exposure of Infants in Ancient Rome", Classical Journal, 18 (1923), págs. 341-45; A.
Cameron, "The Exposure of Children and Greek Ethics", Classical Review, 46 (1932), 105-14;
Jehanne Charpentier, Le Droit de l'enfance Abandonée (Paris, 1967); A. R. W. Harrison, The Law
of Athens: The Family and Property (Oxford, 1968); William L. Langer, "Checks on Population
Growth: 1750-1850", Scientific American (1972), 93-99; Francois Lebrun, "Naissances illegitimes et
abandons d'enfants en Anjou au XVIIIe siecle", Annales: Economies, Societies, Civilisations, 27
(1972); A. J. Levin, "Oedipus and Sampson, the Rejected Hero-Child", International Journal of
Psycho-Analysis, 38 (1957), págs. 103-110; John T. Noonan, Jr., Contraception: A History of Its
Treatment by the Catholic Theologians and Canonists (Cambridge, Massachusetts, 1965); Payne,
Child; Juha Pentikainen, The Nordic Dead-Child Traditions (Ilelsinki, 1968); Max Raden, "Exposure
of Infants in Roman Law and Practice", Classical Journal, 20 (1925), 342-43; Edward Shorter,
"Illegitimacy, Sexual Revolution, and Social Change in Modern Europe", The Journal of
Interdisciplinary History 2 (1971), págs. 237-72; Edward Shorter, "Infanticide in the Past", History of
Childhood Quarterly: The Journal of Psychohistory 1 (1973), págs. 178-80; Edward Shorter,
"Sexual Change and Illegitimacy: The European Experience", en Modern European Social History,
ed. a cargo de Robert Bezucha (Lexington, Massachusetts, 1972), págs. 231-69; John Thrupp, Tire
Anglo-Saxon Hornc: A History of the Domestic Institutions and Customs of England. From tire Fifth
to the Eleventh Century (Londres, 1862); Richard Trexler, "Infanticide in Florence", History of
Child/rood Quarterly: Tire Journal of Psychohistory, 1 (1973), págs. 98-117; La Rue Van Hook, "The
Exposure of Infants at Athens", American Philogical Association Transactions and Proceedings, 51,
(1920), págs. 36-44; Oscar H. Werner, The Unmarried Mother in German Literature (Nueva York,
1966); G. Glotz, L'Exposition des enfants, Etudes Sociales et Juridiques sur l'Antiquité grecque
(Paris, 1906); Y.B. Brissaud, "L'infanticide à la fin du moyen age, ses motivations psychologiques et
sa répression", Revue historique de droit français et étranger, 50 (1972), págs. 229-56; M. de
Gouroff (Antoine J. Duguer), Essai sur l'histoire des enfants trouvés (Paris, 1885); William L.
Langer, "Infanticide: A Historical Survey", History of Childhood Quarterly: The Journal of
Psychohistory 1(1973), págs. 353-67.
[113] John Garrett Winter, Life and Letters in the Papyri (Ann Arbor, Michigan, 1933); pág. 56;
Naphtali Lewis y Meyer Reinhold, Roman Civilization: Source Book 2 (Nueva York, 1955), pág. 403;
Gunnlaugs saga ormstungu en Three Icelandic Sagas, trad. de M. H. Scargill (Princeton, 1950),
págs. 11-12.
[114] Jack Lindsay, The Ancient World (Londres, 1968), pág. 168.
[115] Polybius [Polibio], The Histories, vol.6, trad. de W. R. Paton. (Londres, 1927), pág. 30.
[116] Cora E. Lutz, "Musonius Rufus 'The Roman Socrates'" en Yale Classical Studies, ed.
preparada por Alfred R. Bellinger, vol. 10 (New Haven, 1947), pág. 101; aunque su discípulo
Epiceto en Discourses, capítulo 23, parece más contrario al infanticidio. Véase también la
aprobación legal del infanticidio en The Gortyna Law Tables, IV:21, 23, ed., de R. Dareste, Récucil
des Inscriptions Juridiques Grecques (Paris, 1894), pág. 365.
[117] Bartholomew Batty, The Christian Mans Closet, trad. de William Lowth (1581), pág. 28.
[118] Seneca, Moral Essays, trad. de John W. Basore (Cambridge, Massachusetts, 1963), pág.
145.
[119] Menander, The Principal Fragments, trad. de Frances G. Allinson (Londres, 1921), pág. 33;
Phillip E. Slater, The Glory of Hera: Greek Mythology and the Greek Family (Boston, 1968).
[120] Henri V. Vallois, "The Social Life of Early Man: The Evidence of Skeletons", en Social Life of
Early Man, ed. preparada por Sherwood L. Washburn (Chicago, 1961), pág. 225.
[121] Plutarch [Plutarco], Moralia, trad. de Frank C. Babbitt (Londres, 1928), pág. 493.
[122] F. Weflisch, Isaac and Oedipus (Londres, 1954), págs. 11-14; Payne, Child, págs. 8, 160;
Robert Seidenberg, "Sacrificing the First You See", The Psychoanalytic Review, 53 (1966), págs.
52-60; Samuel J. Beck, "Abraham's Ordeal: Creation of a New Reality", The Psychoanalytic
Review, 50 (1963), págs. 175-85; Theodore Thass-Thienemann, The Subconscious Language
(Nueva York, 1967), págs. 302-6; Thomas Platter, Journal of a Younger Brother, trad. de Jean
Jennett (Londres, 1963), pág. 85; Tertullian [Tertuliano], "Apology", The Anti-Nicene Fathers, Vol.3
(Nueva York, 1918), pág. 25; P. W. Joyce, A Social History of Ancient Ireland, Vol. 1, 3a ed.
(Londres, 1920), pág. 285; William Burke Ryan, Infanticide: Its Law, Prevalence, Prevention, and
History (Londres, 1862), págs. 200-20; Eusebius Pamphili, Ecclesiastical History (Nueva York,
1955), pág. 103; J. M. Robertson, Pagan Christs (Nueva York, 1967), pág. 31; Charles Picard, Daily
Life in Carthage, trad. de A. E. Foster (Nueva York, 1961), pág. 671; Howard H. Schlossman, "God
the Father and His Sons", American Imago, 29 (1972), págs. 35-50.
[123] William Ellwood Craig, "Vincent of Beauvais, On the Education of Noble Children",
Universidad de California en Los Angeles, thesis doctoral, 1949, pág. 21; Payne, Child, pág. 150;
Arthur Stanley Riggs, The Romance of Human Progress (Nueva York, 1938), pág. 284; E. O.
James, Prehistoric Religion (Nueva York, 1957), pág. 59; Nathaniel Weyl, "Some Possible Genetic
Implications of Carthaginian Child Sacrifice", Perspectives in Biology and Medicine, 12 (1968),
págs. 69-78; James Hastings, dir. de ed., Encyclopedia of Religion and Ethics, Vol. 3 (Nueva York,
1951), pág. 187; Picard, Carthage, pág. 100.
[124] H. S. Darlington, "Ceremonial Behaviorism: Sacrifices For the Foundation of Houses", The
Psychoanalytic Review, 18 (1931); Henry Bett, The Games of Children: Their Origin and History
(Londres, 1929), págs. 104-5; Joyce, Social History, pág. 285; Payne, Child, pág. 154; anónimo,
"Foundations Laid in Human Sacrifice", The Open Court, t. 23 (1909), págs. 494-501.
[125] Henry Bett, Nursery Rhymes and Tales; Their Origin and History (Nueva York, 1924), pág. 35.
[126] Dio's Roman History, Vol.9, trad. de Earnest Cary (Londres, 1937), pág. 157; Suetonius
[Suetonio], The Lives of the Twelve Caesars, ed. preparada por Joseph Gavorse (Nueva York,
1931), pág. 108; Pliny [Plinio], Natural History, vol. 8, trad. de H. Rockham. (Cambridge,
Massachusetts, 1942), pág. 5.
[127] Suetonius [Suetonio], Caesars, pág. 265; Livy, Works, vol.12, trad. de Evan T. Sage
(Cambridge, Massachusetts, 1938), pág. 9; Tacitus [Tácito], The Annals of Tacitus, trad. de Donald
R. Dudley (Nueva York, 1966), págs. 186, 259.
[128] Philo [Filón], Works, Vol.7, trad. de F. H. Colson (Cambridge, Massachusetts, 1929), pág.
549; véase también Favorinus [Florobino] en J. Foote, "An Infant Hygiene Campaign of the Second
Century", Archives of Pediatrics, 37 (1920), pág. 181.
[129] Lewis and Reinhold, Roman Civilization, págs. 344, 483.
[131] St. Justin Martyr [San Justino Mártir], Writings (Nueva York, 1949), pág. 63; asimismo Dio
Chrysostom [Dión Crisóstomo], Discourses, pág. 151; Tertullian [Tertuliano], Apology, pág. 205;
Lactantius, The Divine Institutes, Books 1-8 (Washington, D.C. 1964), pág. 452.
[132] Tertullian [Tertuliano], Apologetical Works (Nueva York, 1950), pág. 31.
[133] Hefele-Leclercq, Histoire des conciles, [Link], pt. I (Paris, 1908), págs. 459-60. Según Leclercq,
es posible que san Magnebodo (606-654) fundara un hospicio anterior.
[134] Dictionnaire d'archeologie et de liturgie (Paris, 1907-1951), tomo I, artículo sobre "Alumni" de
H. Leclercq, págs. 1288-1306; Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 81.
[135] Emily R. Coleman, "Medieval Marriage Characteristics: A Neglected Factor in the History of
Medieval Serfdom", The Journal of Interdisciplinary History, 2 (1971); págs. 205-20; Josiah Cox
Russell, British Medieval Population (Albuquerque, New Mexico, 1948), pág. 168.
[137] 137. Ibid., pág. 100; F. G. Emmison, Elizabethan Life and Disorder Chelmsford, England
(1970), págs. 7-8, 155-7; Pentikainen, Dead-Child; Werner, Mother, págs. 26-29; Ryan, Infanticide,
págs. 1-6; Barbara Kellum, "Infanticide in England in the Later Middle Ages", History of Childhood
Quarterly: The Journal of Psychohistory, 1 (1974) págs. 367-88; Brissaud, "L'infanticide," págs.
243-56.
[138] Craig, “Vincent of Beauvais” pág. 368; Thomas Phayer, The Regiment of Life, including the
Boke of Children (1545); Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 85; William Douglass, A Summary
Historical and Political, of the First Planting, Progressive Improvements, and Present State of the
British Settlements in North America, vol.2 (Londres, 1760), pág. 202.
[139] John Brownlow, Memoranda: Or Chronicles of the Foundling Hospital (Londres, 1847), pág.
217.
[140] Shorter, "Sexual Change"; Bakan, Slaughter; Shorter, "Illegitimacy"; Shorter. "Infanticide";
Charpentier, Droit; Robert J. Parr, The Baby Farmer (Londres, 1909); Lebrun, Naissances; Werner,
Mother; Brownlow, Memoranda; Ryan, Infanticide; Langer, "Checks", y una inmensa bibliografía
que Langer posee en apoyo de este artículo, pero que sólo existe en forma mimeografiada, aunque
se reproduce parcialmente en su artículo "Infanticide: A Historical Survey", History of Childhood
Quarterly: The Journal of Psychohistory, 1 (1974), págs. 353-65.
[142] Louis Adamic, Cradle of Life: The Story of One Man's Beginnings (Nueva York, 1936), págs.
11, 45, 48.
[143] Royden Keith Yerkes, Sacrifice in Greek and Roman Religions and Early Judaism (Nueva
York, 1952), pág. 34; Ernest Jones, Essays in Applied Psycho-Analysis, vol.2 (Nueva York, 1964),
págs. 22-109; Gorman, Nurse, pág. 17.
[144] J. K. Campbell, Honour, Famdy and Patronage (Oxford, 1964), pág. 154.
[145] Walton B. McDaniel, Conception, Birth and Infancy in Ancient Rome and Modern Italy
(Coconut Grove, Florida, 1948), pág. 32; J. Stuart Hay, The Amazing Emperor Heliogabalus
(Londres, 1911), pág. 230; Peiper, Chronik, pág. 95; Juvenal and Persius, trad. de G. G. Ramsay
(Cambridge, Massachusetts, 1965), págs. 249, 337; Barberino, Reggimento, pág. 188; Raphael
Patai, The Hebrew Goddess (Nueva York, 1967), pág. 210; Alan Macfartane, Witchcraft in Tudor
and Stuart England (Nueva York, 1970), pág. 163; Hole, English Home-Life, pág. 41; los niños han
estado relacionados con la iconografía de la muerte desde la Antigüedad.
[147] Iris Origo, The Merchant of Prato (Londres, 1957), pág. 163.
[148] Ewald M. Plass, compilador, What Luther Says: An Anthology, 2 vols. (St. Louis, 1959), pág.
145.
[149] H.C. Barnard, dir. de ed., Fenelon on Education (Cambridge, 1966), pág. 63.
[150] Edward Wagenknecht, When I Was a Child (Nueva York, 1946), pág. 5.
[152] Margaret Deanesly, A History of Early Medieval Europe (Londres, 1956), pág. 23; Robert
Pemell, De Morbis Puerorum, or, A Treatise of the Diseases of Children (Londres, 1653), pág. 8,
práctica que recuerda la costumbre japonesa de quemar con moxa la piel de los niños, que todavía
sigue en vigor por razones terapéuticas o con fines educativos; véase Edward Norbeck y Margaret
Norbeck, "Child Training in a Japanese Fishing Community", en Douglas C. Haring, dir. de ed.,
Personal Character and Cultural Milieu (Syracuse, 1956), págs. 651-73.
[153] Hunt, Parents and Children, pág. 114; Robert Cleaver, A godlie Form of householde
government (Nueva York, 1698), pág. 253; Hamilton, Female Physician, pág. 280.
[154] Véase la bibliografía que contiene la obra de Abt-Garrison, History of Pediatrics, pág. 69.
[157] Nancy Lyman Roelker, Queen of Navarre: Jeanne d’Albret (Cambridge, Massachusetts,
1969), pág. 101.
[158] Ruhrah, Pediatrics, pág. 216; Bayne-Powell, English Child, pág. 165; William Buchan, Advice
to Mothers (Philadelphia, 1804), pág. 186; The Mother's Magazine, 1(1833), 41; Paxton Hibben,
Henry Ward Beecher: An American Portrait (Nueva York, 1927), pág. 28.
[159] James Nelson, An Essay on the Government of Children (Dublin, 1763), pág. 100; Still,
History of Paediatrics, pág. 391. James Nelson, An Essay on the Government of Children (Dublin,
1763), pág. 391.
[160] W. Preyer, Mental Development in the Child (Nueva York, 1907), pág. 41; Thomas Phaire,
The Boke of Children (Edinburgh, 1965), pág. 28; PemeIl, De Morbis, pág. 23; Most, Mensch, pág.
76; Dr. Heinrich Rauschcr, "Volkskunde des Waldviertels", Das Waidviertel, 3 Band (Volkskunde),
Verlag Zeitschrift "Deutsches Vaterland" (Viena, sin fecha), págs. 1-116.
[161] Buchan, Advice, pág. 192; Hamilton, Female Physician, pág. 271.
[162] Scevole de St. Marthe, Paedotrophia; or The Art of Nursing and Rearing Children, trad. de H.
W. Tytler (Londres, 1797), pág. 63; John Floyer, The History of Cold-Bathing, sexta ed. (Londres,
1732); William Buchan, Domestic Medicine, revisión de Samuel Griffitts (Philadelphia, 1809), pág.
31; Ruhrah, Pediatrics, pág. 97; John Jones, The arts and science of preserving bodie and soule in
healthe (1579), Univ. Microfilms, 14724, pág. 32; Alice Morse Earle, Customs and Fashions in Old
New England (Detroit, 1968), 1a ed., 1893, pág. 2; The Common Errors in the Education of
Children and Their Consequences (Londres, 1744), pág. 10; William Thomson, Memoirs of the Life
and Gallant Exploits of the Old Highlander Serleant Donald Macleod (Londres, 1933), pág. 9;
Morton Schatzman, Soul Murder: Persecution in the Family (Nueva York, 1973), pág. 41; Hitchcock,
Memoirs, pág. 271
[163] Fhzabeth Grant Smith, Memoirs of a Highland Lady (Londres, 1898), pág. 49.
[164] Aristotle, Polities, trad. de H. Raekham. (Cambridge, Massachusetts, 1967), pág. 627; Robert
M. Green, trad., A Translation of Galen's Hygiene (De Sanitate Tuenda) (Springfield, Illinois, 1951),
pág. 33; Peiper, Chronik, pág. 81.
[165] Horace [Horacio], Satires, Epistles, Ars Poetica, trad. de H. Rushton Fairdlough (Cambridge,
Massachusetts, 1961), pág. 177; Floyer, Cold-Bathing; Jean Jacques Rousseau, Emile, trad. de
Barbara Foxley (Londres, 1911), pág. 27; Earle, Child Life, pág. 25; Richter, Levana, pág. 140;
Dorothy Canfield Fisher, Mothers and Children (Nueva York, 1914), pág. 113; Marian Harland,
Common Sense in the Nursery (Nueva York, 1885), pág. 13; Earle, Customs, pág. 24; Mary W.
Montagu, The Letters and Works of Lady Mary Wortley Montagu, vol. 1 (Londres, 1861), pág. 209;
Nelson, Essay, pág. 93.
[166] Isaac Deutscher, Lenin's Childhood (Londres, 1970), pág. 10; Yvonne Kapp, Eleanor Marx,
vol 1-Family Life (Londres, 1972), pág. 41; John Ashton, Social Life in the Reign of Queen Anne
(Detroit, 1968), pág. 3.
[168] Robert Frances Harper, trad., The Code of Hammurabi King of Babylon about 2250 B.C.
(Chicago, 1904), pág. 41; Payne, Child, págs. 217, 279-91; Bossard, Sociology, págs. 607-8;
Aubrey Gwynn, Roman Education: From Cicero to Quintillian (Oxford, 1926), pág. 13; Fostel de
Coulanges, The Ancient Chy (Garden City, Nueva York, sin fecha), págs. 92, 315.
[170] Herodas, The Mimes and Fragments (Cambridge, 1966), pág. 117.
[171] Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 11; Joyce, History, págs. 164-5; William Andrews, Bygone
England: Social Studies in Its Historic Byways and High-ways (Londres, 1892), pág. 70.
[172] John T. McNeill y Helena M. Gamer, Medieval Handbooks of Penance (Nueva York, 1938),
pág. 211; Grace Abbott, en The Child and the State, vol.2 (Chicago, 1938), pág. 4, describe una
subasta de niños en América.
[173] Georges Contenau, Everyday Life ill Babylon and Assyria (Nueva York, 1966), pág. 18.
[174] Sidney Painter, William Marshall: Knight-Errant, Baron, and Regent of England (Baltimore,
1933), pág. 16.
[177] Marjorie Rowling, Everyday Life in Medieval Times (Nueva York, 1968). pág. 138; Furnivall,
Meals and Manners, pág. xiv; Kenneth Chariton, Education in Renaissance England (Londres,
1965), pág. 17; Macfarlane, Family Life, pág. 207; John Gage, Life in Italy at the Time of the Medici
(Londres, 1968), pág. 70.
[178] G. Jocelyn Dunlop, English Apprenticeship and Child Labour (Londres, 1912); M. Dorothy
George, Londres Life in the Eighteenth Century (Nueva York, 1964).
[179] Augustus J. C. Hare, The Story of My Life, vol.1 (Londres, 1896), pág. 51.
[181] Harper, Code of Hammurabi; Winter, Life and Letters; I. G. Wickes, "A History of Infant
Feeding", Archives of Disease in Childhood, 28 (1953), pág. 340; Gorman, Nurse; A Hymanson, "A
Short Review of the History of Infant Feeding", Archives of Pediatrics, 51 (1934), pág. 2.
[182] Green, Galen's Hygiene, pág. 24; Foote, "Infant Hygiene", pág. 180; Soranus, Gynecology,
pág. 89; Jacopo Sadoleto, Sadoleto On Education (Londres,1916), pág. 23; Hoikan, Educational
Theories, pág. 31; John Jones, The art and science of preserving bodie and soule in healthe
(Londres, 1579), pág. 8; Juan de Mariana, The King and the Education of the King (Washington,
D.C., 1948), pág. 189; Craig R. Thompson, traductor, The Colloquies of Erasmus (Chicago, 1965),
pág. 282; St. Marthe, Paedotrophia, pág. 10; Most, Mensch, pág. 89; John Knodel and Etienne Van
de Walle, "Breast Feeding, Fertility and Infant Mortality: An Analysis of Some Early German Data",
Population Studies 21 (1967), págs. 116-20.
[187] James O. Halliwell, dir. de ed., The Autobiography and Correspondence of Sir Simonds
D'Ewes (Londres, 1845), pág. 108; véase también William Bray, dir. de ed., The Diary of John
Evelyn, vol.1 (Londres, 1952), págs. 330,386; Henry Morley, Jerome Cardan: The Life of Girolamo
Cardano of Milan, Physician, 2 vols. (Londres, 1854), pág. 203.
[191] Lucy Hutchinson, Memoirs of Colonel Hutchinson (Londres, 1968), págs. 13-15; Macfarlane,
Family Life, pág. 87; Lawrence Stone, The Crisis of the Aristocracy: 1558-1641 (Oxford, 1965), pág.
593; Kenneth B. Murdock, The Sun at Noon (Nueva York, 1939), pág. 14; Marjorie H. Nicoson, dir.
de ed., Conway Letters (New Haven, 1930), pág. 10; Countess Elizabeth Clinton, The Countesse of
Lincolness Nurserie (Oxford, 1622).
[192] Wickes, "Infant Feeding", pág. 235; Drake, "Wet Nurse", pág. 940.
[193]Hymanson, "Review", pág. 4; Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 118; William H. Stahl, trad.,
Macrobius: Commentary on the Dream of Scipio (Nueva York, 1952), pág. 114; Barberino,
Reggimento, pág. 192; Ruhrah, Pediatrics, pág. 84.
[196] Wickes, "Infant Feeding," págs. 155-8; Hymanson, "Review", págs. 4-6; Still, History of
Paediatrics, págs. 335-6, 459; Mary Hopkirk, Queen Over the Water (Londres, 1953), pág. 1305;
Thompson, Colloquies, pág. 282.
[197] The Female Instructor: or Young Woman's Companion (Liverpool, 1811), pág. 220.
[198] W. O. Hassal, How They Lived: An Anthology of OriginalAccounts Written Before 1485
(Oxford, 1962), pág. 20.
[199] Cyril P. Bryan, The Papyrus Ebers (Nueva York, 1931), pág. 162; Still, History of Paediatrics
(Londres, 1931), pág. 466; Douglass, Summary, pág. 346; Rauseher, "Volkskunde," pág. 44; John
W. Dodds, The Age of Paradox: A Biography of England 1841-1851 (Nueva York, 1952), pág. 157;
Abt-Garrison, History of Pediatrics, pág. 11; John B. Beck, "The effects of opium on the infant
subject", Journal of Medicine, (Nueva York, 1844); Tickner, Guide, pág. 115; Friendly Letter to
Parents and Heads of Families Particularly Those Residing in the Country Towns and Villages in
America (Boston, 1828), pág. 10; Buchan, Domestic, pág. 17; Pinchbeck, Children, pág. 301.
[200] John Spargo, The Bitter Cry of the Children (Chicago, 1968), Xenophon [Jenofonte], Minor
Writings, trad. de F. C. Marchant (Londres, 1925), pág. 37; Hopkirk, Queen, págs. 130-5; Plutarch
[Plutarco], Moralia, pág. 433; St. Basil, Ascetical Works (Nueva York, 1950), pág. 266; Gage, Life in
Italy, pág. 109; St. Jerome [San Jerónimo], The Select Letters of St. Jerome, trad. de F. A. Wright
(Cambridge, Massachusetts, 1933), págs. 357-61; Thomas Platter, The Autobiography of Thomas
Platter: A Schoolmaster of the Sixteenth Century, trad. de Elizabeth A. McCoul Finn (Londres,
1847), pág. 8; Craig, "Vincent of Beauvais", pág. 379; Roesslin, Byrth, pág. 17; Jones, Arte, pág.
40; Tame, Ancient Regime, pág. 130; B. Horn y Mary Ranson, dir. de ed., English Historical
Documents, vol.10, 1714-1783 (Nueva York, 1957), pág. 561; Lochhead, First Ten Years, pág. 34;
Eli Forbes, A Famdy Book (Salem, 1801), págs. 240-1; Leontine Young, Wednesday's Children: A
Study of Child Neglect and Abuse (Nueva York, 1964), pág. 9.
[201]St. Augustine [San Agustín], Confessions (Nueva York, 1963), pág. 18; Richard Baxter, The
Auto-biography of Richard Baxter (Londres, 1931), pág. 5; san Agustín dice unas páginas antes
que había tenido que hurtar alimentos de la mesa.
[202] Hassall, How They Lived, pág. 184; Benedict, "Child Rearing", pág. 345; Geoffrey Gorer and
John Rickman, The People of Great Russia: A Psychological Study, pág. 98; Peckey, Treatise, pág.
6; Ruhrah, Pediatrics, pág. 219; Green, Galen's Hygiene, pág. 22; Fransois Mauriceau, The
Diseases of Women with Child, and in Child-Bed, trad. de Hugh Chamberlin (Londres, 1736). pág.
309.
[203] William P. Dewees, A Treatise on the Physical and Medical Treatment of Children
(Philadelphia, 1826), pág. 4; también contienen bibliografía sobre los fajados y las envolturas las
siguoentes obras: Wayne Dennis, "Infant Reactions to Restraint: an Evaluation of Watson's
Theory", Transactions Nueva York Academy of Science, ser. 2, vol. 2 (1940); Erik H. Erikson,
Childhood and Society (Nueva York, 1950); Lotte Danziger y Liselotte Frankl, "Zum Problem der
Functions-reifung", A. fur Kinderforschung, 43 (1943); Boyer, "Problems", pág. 225; Margaret Mead,
"The Swaddling Hypothesis: Its Reception", American Anthropologist, 56 (1954); Phyllis Greenacre,
"Infant Reactions to Restraint" en Clyde Kluckholm y Henry A. Murray, dir. de ed., Personality in
Nature, Society and Culture, 2a ed. (Nueva York, 1953), págs. 513-14; Charles Hudson, "Isometric
Advantages of the Cradle Board: A Hypothesis", American Anthropologist, 68 (1966), págs. 470-74.
[204] Hester Chapone, Chapone on the Improvement of the Mind (Philadelphia, 1830), pág. 200.
[205] Earle L. Lipton, Alfred Steinschneider, y Julius B. Richmond, "Swaddling, A Child Care
Practice: Historical Cultural and Experimental Observations", Pediatrics, suplemento, 35, parte 2
(marzo de 1965), págs. 521-567.
[206] Turner Wilcox, Five Centuries of the American Costume (Nueva York, 1963), pág. 17;
Rousseau, Emile, pág. 11; Christian A. Struve, A Familiar View of the Domestic Education of
Children (Londres, 1802), pág. 296.
[207] Hippocrates [Hipócrates], trad. de W. H. S. Jones (Londres, 1923), pág. 125; Steffen Wenig,
The Woman in Egyptian Art (Nueva York, 1969), pág. 47; Erich Neumann, The Great Mother: An
Analysis of the Archetype (Nueva York, 1963), pág. 32.
[208] James Logan, The Scotish Gael; or, Celtic Manners, As Preserved Among the Highlanders
(Hartford, 1851), pág. 81; Thompson, Memoirs, pág. 8; Marjorie Plant, The Domestic Life of
Scotland in the Eighteenth Century (Londres, 1952), pág. 6.
[209] Soranus [Sorano], Gynecology, pág. 114; Plato [Platón], The Laws (Cambridge,
Massachusetts,
1926), pág. 7.
[210] Dorothy Hartley, Mediaeval Costume and Life (Londres, 1931), págs. 117-19.
[211] Cunnington, Children's Costume, págs. 35, 53-69; Macfarlane, Family Life, pág. 90;
Guillimeau, Nursing, pág. 23; Lipton, "Swaddling" pág. 527; Hunt, Parents and Children, pág. 127;
Peckey, Treatise, pág. 6; M. St. Clare Byrne, dir. de ed., The Elizabethan Home Discovered in Two
Dialogues by Claudius Hollyband and Peter Erondell (Londres, 1925), pág. 77. Es interesante
observar que más de un siglo antes de la campaña de Candogan contra las envolturas, las madres
empezaron a reducir la edad de quitarles a los niños las fajas y que los doctores como Glisson se
opusieron a este cambio, tendiendo a confirmar su origen psicogénico en la propia familia.
[212] Cunnington, Children's Costume, pág. 68-69; Magdelen King-Hall, The Story of the Nursery
(Londres, 1958), págs. 83, 129; Chapone, Improvement, pág. 199; St. Marthe, Paedotrophia, pág.
67; Robert Sunley, "Larly Nineteenth-Century Literature on Child Rearing", en Childhood in
Contemporary Cultures, ed. a cargo de Margaret Mead y Martha Wolfenstein (Chicago, 1955), pág.
155; Kuhn, Mother's Role, pág. 141; Wilcox, Five Centuries; Alice M. Earle, Two Centuries of
Costume in America, vol.1 (Nueva York, 903), pág. 311; Nelson, Essay, pág. 99; Lipton,
"Swaddling", págs. 529-32; Culpepper, Directory, pág. 305; Hamilton, Female Physician, pág. 262;
Morwenna Rendle-Short y John Rendle-Short, The Father of Child Care. Life of William Cadogan
(1711- 1797) (Bristol, 1966), pág. 20; Caulfield, Infant Wdfare, pág. 108; Ryerson, "Medical Advice",
pág. 107; Bentzon, "French Children", pág. 805; Most, Mensch, pág. 76; Struve, View, pág. 293;
Sidgwick, Home Life, pág. 8; Peiper, Chronik, pág. 666.
[213] Cunnington, Children's Costume, págs. 70-128; Tom Hastie, Home Life, pág. 33; Preyer,
Mind, pág. 273; Lane, Costume, págs. 316-17; Mary Somerville, Personal Recollections, From
Early Life to Old Age, of Mary Somerville (Londres, 1873), pág. 21; Aristotle, Politics, pág. 627;
Schatzman, Soul Murder; Earle, Child Life, pág. 58; Burton, Early Victorians, pág. 192; Joanna
Richardson, Princess Mathilde (Nueva York, 1969), pág. 10; lteotzon, "French Children", pág. 805;
Stephanie de Genlis, Memoirs of the Countess de Genus, 2 vols. (Nueva York, 1825), pág. 10;
Kemble, Records, pág. 85.
[214] Xenophon [Jenofonte], Writings, pág. 7; Horkan, Educational Theories, pág. 36; Earle, Child
Life, pág. 26; Nelson, Essay, pág. 83; Ruhrah, Pediatrics, pág. 220; Soranus [Sorano], Gynecology,
pág. 116. En el mismo orden de ideas, véase también Gregory Bateson y Margaret Mead, Balinese
Character: A Photographic Airalysis, vol.2, Special Publications of the Nueva York Academy of
Sciences (1942).
[215] T. B. L. Webster, Everyday Life in Classkal Athens (Londres, 1969), pág. 46; The Story of
Abelard's Adversities: Historia Calamitatum, trad. de J. T. Muckle (Toronto, 1954), pág. 30; Roland
H. Bainston, Women of the Reformation in Germany and Italy (Minneapolis, 1971), pág. 36; Pierre
Belon, Les Observations, de prusieurs singularitéz et choses memorables trouvées en Grèce,
Judée, Egypte, Arabie et autres pays estranges (Ambers, 1555), págs. 317-18; Phaire, Boke, pág.
53; Pemell, De Morbis, pág. 55; Peckey, Treatise, pág. 146; Elizabeth Wirth Marvick, "Héroard and
Louis XIII", Journal of Interdisciplinary History, en prensa; Guillimeau, Nursing, pág. 80; Ruhrah,
Pediatrics, pág. 61; James Benignus Bossuet, An Account of the Education of the Dauphine, In a
Letter to Pope Innocent XI (Glasgow, 1743), pág. 34.
[217] Hunt, Parents and Children, pág. 144. La sección relativa a las purgas es la que revela mejor
perspicacia.
[219] Nelson, Essay, pág. 107; Chapone, Improvement, pág. 200; Ryerson, "Medical Advice", pág.
99.
[220] Stephen Kern, "Did Freud Discover Childhood Sexuality?", History of Childhood Quarterly:
The Journal of Psychohistory, I (Summer, 1973), pág. 130; Preyer, Mental Development, pág. 64;
Sunley, "Literature", pág. 157.
[221] Josephine Klein, Samples From English Cultures, vol. 2, Childrearing Practices (Londres,
1965), págs. 449-52; David Rodnick, Post War Germany: An Anthropologist's Account (New Haven,
1948), pág. 18; Robert R. Sears y otros, Patterns of Child Rearing (Nueva York, 1957), pág. 109;
Miller, Chairging American Parent, págs. 219-20.
[222] Plutarch [Plutarco], "The Education of Children", Plutarch: Selected Essays on Love, the
Family, and the Good Life, trad. de Moses Hadas (Nueva York, 1957), pág. 113; Queen Flizabethes
Achademy, ed. preparada por F.J. Furnivall. Early English Text Society, Extra Series no. 8
(Londres, 1 869), pág. 1; William Harrison Woodward, Studies in Education During the Age of tire
Renaissance 1400-1600 (Cambridge, Massachusetts, 1924), pág. 171.
[223] Michel de Montaigne, The Essays of Michel de Moirtaigne, trad. de George B. Ives (Nueva
York, 1946), págs. 234, 516; Donald M. Frame, Montaigne: A Biography (Nueva York, 1965), págs.
38-40, 95.
[225] Preserved Smith, A History of Modern Culture, vol.2 (Nueva York, 1934). pág. 423.
[226] Letters From Petrarch, trad. de Morris Bishop (Bloomington, Ind., 1966), pág. 149; Charles
Norris Cochrane, Christianity arid Classical Culture (Londres, 1940), pág. 35; James Turner, "The
Visual Realism of Comenius", History of Education (1 junio 1972), pág. 132; John Amos Comenius
[Juan Amós Comenio], The School of Infancy (Chapel Hill, NC., 1956). pág. 102; Roger DeGuimps,
Pestalozzi: His Life and Work (Nueva York, 1897), pág. 161; Christian Bec, Les marchands
écrivains: affaires et humanisme à Florence 1375-1434 (Paris, 1967), pága. 288-97; Renée Neu
Watkins, trad., The Faindy in Renaissance Florence (Columbia, S.C., 1969), pág. 66.
[227] Christina Hole, The English Housewife in the Seventeenth Century (Londres, 1953), pág. 149;
Editha y Richard Sterba, Beethoven and His Nephew (Nueva York, 1971), pág. 89.
[228] Soulié, Héroard, págs. 44, 203, 284, 436; Hunt, Parents and Children, págs. 133 ss.
[230] Thrupp, Anglo-Saxon Home, pág. 98; Furnivall, Meals and Manners, pág. vi; Roger Ascham,
The Scolemaster (Nueva York, 1967), pág. 34; H.D. Trail y J.S. Mann, Social England (Nueva York,
1909), pág. 239; Sophocles [Sófocles], Oedipus The King, pág. 808.
[231] Herodas, Mimes, pág. 117; Adolf Erman, The Literature of the Ancient Egyptians (Londres,
1927), págs. 189-91; Peiper, Chronik, pág. 17; Plutarch, Moralia, pág. 145; Plutarch [Plutarco], The
Lives of the Noble Grecians and Romans, trad. de John Dryden (Nueva York, sin fecha), pág. 64;
Galen [Galeno], On the Passions and Errors of the Soul, trad. de Paul W. Harkins, Ohio State
University Press, pág. 56.
[234] Eadmer, The Life of St. Anselm - Archbishop of Canterbury, trad. de R.W. Southern (Oxford,
1962), pág. 38.
[235] Batty, Christian, págs. 14-26; Charron, Wisdom, págs. 1334-9; Powell, Domestic Relations,
passim, John F. Benton, dir. de ed., Self and Society in Medieval France: The Memoirs of Abbot
Guibert of Nogent (Nueva York, 1970), págs. 21241; Lueila Cole, A History of Education: Socrates
to Montessori (Nueva York, 1950), pág. 209; Comenius [Comenio], School, pág. 102; Watkins,
Family, pág. 66.
[236] Bossuet, Account, págs. 56-7; Henry H. Meyer, Child Nature and Nurture According to
Nicolaus Ludwig von Zinzindorf (Nueva York, 1928), pág. 105; Bedford, English Children, pág. 238;
King-Hall, The Story of the Nursery, págs. 83-11; John Witherspoon, The Works of John
Witherspoon, D.D. Vol.8 (Edinburgh, 1805), pág. 178; Rev. Bishop Fleetwood, Six Useful
Discourses on the Relative Duties of Parents and Children (Londres, 1749).
[237]Véase en el último capítulo de este libro la bibliografía relativa a Francia e Inglaterra; véase
también Lyman Cobb, The Evil Tendencies of Corporal Punishment as a Means of Moral Discipline
in Families and Schools (Nueva York, 1847), y Miller, Changing American Parent, págs. 13-14
sobre las condiciones en Norteamérica; véase Walter Havernick, Schläge als Strafe (Hamburg,
1964), sobre la Alemania de hoy.
[238]Smith, Memoirs, pág. 49; Richard Heath, Edgar Quinet: His Early Life and Writings (Londres,
1881), pág. 3; Lord Lindsay, Lives of the Lindsays: or, a Memoir of the Houses of Crawford and
Barcarros, vol.2 (Londres, 1849), pág. 307; Letters of Benjamin Rush, vol I: 1761-1792, ed.
preparada por L.H. Butterfield (Princeton, 1951), pág. 511; Bentzon, "French Children", pág. 811;
Margaret Blundell, Cavalier: Letters of William Blundell to his Friends, 1620-1698 (Londres, 1933),
pág. 46.
[239]Contienen bibliografía las siguientes obras: see Hans Licht, Sexual Life in Ancient Greece
(Nueva York, 1963); Robert Flaceliere, Love in Ancient Greece, trad. de James Cleugh (Londres,
1960); Pierre Grimal, Love in Ancient Rome, trad. de Arthur Train (Nueva York, 1967); J. Z.
Eglinton, Greek Love (Nueva York, 1964); Otto Kiefer, Sexual Life in Ancient Rome (Nueva York,
1962); Arno Karlen, Sexuality and Homosexuality: A New View (Nueva York, 1971); Vanggaard,
Phallos; Wainwright Churchill, Homosexual Behavior Among Males: A Cross-Cultural and Cross-
Species Investigation (Nueva York, 1967).
[242] Grimal, Love, pág. 106; Karlen, Sexuality, pág. 33; Xenophon [Jenofonte], Writings, pág. 149.
[243] Quintilian [Quintiliano], Instituto Oratoria, trad. de H. F. Butler (Londres, 1921), pág. 61;
Karlen, Sexuality, págs. 34-5; Lacey, Family, pág. 157.
[244] Aesehines [Esquines], The Speeches of Aesehines, trad. de Charles Darwin Adams (Londres,
1919), págs. 9-10.
[246] Petronius [Petronio], The Satyricon and The Fragments (Baltimore, 1965), pág. 43.
[247] Aristotle [Aristóteles], The Nicomachean Ethics (Cambridge, 1947), pág. 403; Quintilian
[Quintiliano], Institutio, pág. 43; Ove Brusendorf y Paul Henningsen, A History of Eroticism (Nueva
York, 1963), lámina 4.
[248] Louis M. Epstein, Sex Laws and Customs in Judaism (Nueva York, 1948), pág. 136.
[250] Suetonius [Suetonio], Caesars, pág. 148; Tacitus [Tácito], The Annals of Tacitus (Nueva York,
1966), pág. 188.
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[254] Hans Licht, Sexual Life in Ancient Greece (Nueva York, 1963), pág. 497; Peter Tomkins, The
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[256] Martial [Marcial], Epigrams, pág. 367; St. Jerome [San Jerónimo], Letters, pág. 363; Tomkins,
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[261] Ibíd.
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A Study of Twenty-Five'Babies (Minneapolis, 1931), pág. 40. Véase también Sylvia Brody, Patterns
of Mothering: Maternal Influence During Infancy (Nueva York, 1956), pág. 105; y Sidney Axelrad,
"Infant Care and Personality Reconsidered", The Psychoanalytic Study of Society, 2 (1962), págs.
99-102, que dan cuenta de un retraso parecido en los niños albaneses envueltos en fajas.
[272] A.S. Neill, The Free Child (Londres, 1952); Paul Ritter y John Ritter, The Free Family: A
Creative Experiment in Self-Regulation for Children (Londres, 1959); Michael Deakin, The Children
on the Hill (Londres, 1972).
[273] Pese a que hayamos descrito una línea de evolución, la teoría psicogénica de la historia no
es unilateral, sino plurilineal: pues las circunstancias ajenas a la familia influyen también en alguna
medida en el curso de la evolución de las relaciones paternofiliales en toda sociedad. No se
pretende aquí reducir todas las demás causas del cambio histórico a las psicogénicas. En lugar de
ser un ejemplo de reduccionismo psicológico, la teoría psicogénica es en realidad una aplicación
intencional del "individualismo metodológico" según la descripción de F.A. Hayek, The Counter-
Revolution of Science (Glencoe, Illinois, 1952); Karl R. Popper, The Open Society and Its Enemies
(Princeton, 1950); J.W.N. Watkins, "Methodological Individualism and Non-Hempelian Ideal Types",
en The Nature and Scope of Social Science, ed. a cargo de Leonard I. Krimerman (Nueva York,
1969), pág. 457-72. Véase también J.0. Wisdom, "Situational lndividualism and the Emergent
Group Properties", Explanation in the Behavioral Sciences,ed. a cargo de Robert Borger y Frank
Cioffi (Cambridge, Massachusetts, 1970), págs. 271-96.
[274] Las citas proceden de Calvin S. Hall, "Out of a Dream Came the Faucet", Psychoanalysis and
the Psychoanalytic Review, 49 (1962).
[275] Véase Maurice Mandelbaum, History, Man and Reason: A Study in Nineteenth Century
Thought (Baltimore, 1971), capítulo 11, respecto del intento frustrado de Mill de inventar una
ciencia histórica de la naturaleza humana.