La nariz que vivió sola
La nariz que vivió sola
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Nikolái Gógol
La nariz
ePub r1.0
Titivillus 02.09.17
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Título original: Nos
Nikolái Gógol, 1836
Ilustraciones: Igor Oleynikov
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I
El 25 de marzo se produjo en San Petersburgo un hecho muy curioso. En la
Perspectiva Vosnesenskí vivía el barbero Iván Yakovlevich, cuyo apellido había
desaparecido del letrero del frente de su casa, en el que ya no se podía ver más que la
cabeza de un hombre con la barba y las mejillas enjabonadas, así como la inscripción:
«¡Aquí se hacen también sangrías!»
El barbero Iván despertó muy de madrugada y respiró el olor de pan fresco. Se
incorporó un poco en la cama y vio a su esposa —dama muy respetable y apasionada
por el café— que sacaba unos panes del horno.
—Querida Prascovia Ossipovna —dijo Ivan Yakovlevich—, hoy no voy a tomar
café. Prefiero pan caliente con cebollas.
A decir verdad, el barbero tenía ganas de probar uno y otro; pero estaba
firmemente convencido de antemano de la imposibilidad de pedir ambas cosas a la
vez, puesto que Prascovia Ossipovna no le permitía semejantes antojos.
«Por mí, come pan, estúpido —pensó la mujer—; tanto más café quedará para
mí», y echó un pan sobre la mesa.
Impulsado por la decencia. Iván Yakovlevich se puso el uniforme sobre la camisa,
y despues de haberse sentado a la mesa, tomó un poco de sal, mondó dos cebollas,
cogió un cuchillo y se dispuso a partir el pan con aire grave. Lo partió por la mitad,
miró la parte interior y se quedó asombrado al notar una cosa blanquecina. La fue
raspando cuidadosamente con el cuchillo y la palpó con el pulgar. «¡Es una cosa muy
dura! —dijo para sí—; pues ¿qué será?»
La sacó con los dedos y encontró una… ¡nariz!
Yakovlevich dejó caer los brazos; luego comenzó a restregarse los ojos y volvió a
tocar con el dedo la cosa. Era una nariz, una verdadera nariz, y él creía conocerla…
El horror se pintó en su semblante; pero este horror era insignificante en
comparación con la indignación que se apodero de su mujer.
—¿Dónde cortaste esa nariz, pedazo de animal? —se puso a gritar, inflamada de
ira—. ¡Ladrón! ¡Borracho! ¡Yo misma te denunciaré a la policía! ¡Qué vergüenza! Ya
me dijeron tres caballeros que cuando los afeitas, tiras tanto de las narices que por
poco no las arrancas.
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Mas Ivan Yakovlevich estaba aturdido, puesto que acababa de comprobar que la
nariz era la del asesor de colegio, Kovalev, a quien él solía afeitar los miércoles y los
domingos.
—¡Cállate, Prascovia Ossipovna! —dijo—; la envolveré en un pedazo de tela y la
pondré en un rincón, donde puede quedar durante unos días. Luego la llevaré a
alguna parte.
—¡Nada de eso! ¿He de permitir que una nariz cortada ande por mi habitación?
¡Eres un infeliz! No sabes hacer más que asentar la navaja y no tardarás mucho en
volverte incapaz de ejercer tu oficio con rapidez y seriedad. ¡Vagabundo! ¡Bandido!
¿Crees que por ti me voy a meter con la policía? Eres un chapucero. ¡Fuera con ella!
¡Fuera con ella! ¡Llévala a donde quieras! ¡No me hables más de eso!
Iván quedó anonadado. Pensó y repensó…; y no sabía qué decidir.
—¡El diablo lo entienda! ¿Cómo pudo suceder? —dijo por fin, rascándose la
cabeza con la mano—. ¿Volví anoche borracho o no? No sabría decirlo a ciencia
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cierta. Mas parece que se trata de un suceso extraordinario, puesto que el pan…, el
pan se cuece, mientras que una nariz es algo muy diferente… ¡Dios sabe que no lo
comprenderé jamás!
El barbero enmudeció. La idea de que un agente de policía podría descubrir la
nariz y pedirle cuenta, le hundió en un estado de absoluto aturdimiento. Era como si
viera ante él un cuello rojo con rico recamado de plata y un sable…, e Iván se
estremeció. Acabó por ir a buscar sus pantalones y sus botas, se puso toda la ropa,
envolvió la nariz en un pedazo de tela —mientras Prascovia Ossipovna le hacía
advertencias muy desagradables— y salió de casa.
Tenía la intención de introducir la nariz en alguna alcantarilla, debajo de la puerta
de una casa, o de dejarla caer cuando nadie lo viera, para luego doblar a una calle
lateral. Mas, desgraciadamente, topó una y otra vez con conocidos, que no tardaron
en preguntarle:
—¿Adónde vas?
—¿A quién vas a afeitar tan temprano?
Así pues, Iván Yakovlevich no acertó con el momento oportuno para realizar su
propósito. Más tarde tuvo la suerte de poder dejar caer la nariz; pero un guardia le
hizo desde lejos una seña con la alabarda y gritó:
—¡Recógelo! ¡Se te cayó algo!
Iván se vio obligado a recoger la nariz y a metérsela en el bolsillo. Una sorda
desesperación se fue apoderando de él, tanto más cuanto que la calle se poblaba y se
abrían los comercios y los restaurantes.
Se decidió a ir al puente de Isaac. ¡Acaso hallaría allí un medio de tirar la nariz al
Neva, sin que nadie lo viera…!
Pero he cometido el error de no haber dicho todavía al lector nada sobre Iván
Yakovlevich, personaje respetabilísimo en muchos aspectos.
Al igual que todos los artesanos rusos que tienen un alto concepto de ellos
mismos, Yakovlevich era un terrible bebedor, y aunque todos los días afeitaba las
barbas de los demás, nunca lo hacía con la suya propia. Su frac —puesto que Iván
nunca usaba abrigo— era de varios colores, mejor dicho: negro y cubierto de
manchas amarillas, pardas y grises; el cuello mostraba ya algún lustre, y en lugar de
tres botones no se veían más que unos hilos cortados.
El barbero era un cínico desde todo punto de vista. El asesor de colegio Kovalev
le decía, como de costumbre, mientras lo afeitaba:
—Tus manos siempre huelen mal, Iván Yakovlevich.
Iván respondía a eso con impasibilidad:
—¿Por qué han de oler mal?
—No sé, hermanito; pero huelen mal —replicaba el asesor escolar Kovalev.
Entonces, Iván Yakovlevich solía tomar una pulgarada de rapé y luego
enjabonaba a Kovalev las mejillas, el labio superior, detrás de las orejas y detrás del
mentón; en una palabra: le enjabonaba donde se le antojaba.
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Tan honorable ciudadano había llegado, por fin, al puente de Isaac. Primero echó
una mirada escrutadora a su alrededor; luego se dobló sobre la baranda como si
quisiese convencerse de que había muchos peces en el río, y por último tiró
cuidadosamente la nariz envuelta en el trapo.
Tuvo la sensación de quitarse un gran peso de encima. Hasta sonrió. En lugar de
apresurarse para ir a afeitar a sus clientes, se dispuso a entrar en un restaurante que
ostentaba un letrero con la inscripción: «Té y comida», para pedir una copa de
ponche. Pero de repente vio en el extremo del puente, a poca distancia, al comisario
de distrito, hombre de porte distinguido, con grandes patillas, y que llevaba tricornio
y sable.
Iván Yakovlevich quedó pasmado. El comisario dijo, haciéndole una seña:
— ¡Acércate, querido!
Iván, conocedor de las reglas de cortesía que se estilaban, se descubrió desde
lejos, se acercó al momento y dijo:
—¡Tenga, su señoría, muy buenos días!
—¡No, no, hermanito! ¡Deja eso de señoría! Dime lo que tenías que hacer en el
puente.
—Dios es testigo, señor, de que yo iba a visitar a mis clientes que debo afeitar y
eche un vistazo para ver si la corriente era fuerte.
—¡Mientes! ¡Dices mentira! ¡No te escapas! ¿Me vas a contestar?
—Estoy dispuesto a afeitar a vuestra merced dos y aun tres veces por semana, sin
retribución alguna —replicó Iván Yakovlevich.
—¡No, amigo! ¡Son tonterías! Me afeitan ya tres barberos que lo consideran un
gran honor. Pero te ruego que me digas qué hiciste allí.
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Iván se puso pálido…
Pero aquí una niebla impenetrable envuelve de repente nuestra historia, y no
podemos relatar absolutamente nada sobre lo que sucedió después.
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II
Una mañana, el asesor de colegio Kovalev despertó muy temprano y movió los
labios para proferir en voz alta un rrr…, rrr…, lo cual solía hacer al despabilarse, sin
poder indicar ningún motivo para ello. Se desperezó largamente y luego se hizo
alcanzar un pequeño espejo que había en la mesa.
Iba a mirar un granillo que la noche anterior se le había abierto en la nariz. Quedó
estupefacto al notar que en su cara había, en lugar de la nariz, una superficie plana y
lisa. Aterrado, Kovalev se hizo traer agua y se lavó los ojos con la toalla.
¡Era verdad, no tenía nariz! Tocó aquella parte con la mano y se pellizcó la carne
para ver si estaba todavía durmiendo. ¡No!; no parecía estar durmiendo. El asesor
escolar Kovalev se levantó de un salto, se movió y se sacudió…, ¡pero la nariz había
desaparecido! Mandó traer su traje y salió corriendo a presentarse ante el inspector
superior de policía.
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Pero, mientras tanto, ya es hora de decir dos palabras respecto a Kovalev, para
que el lector pueda apreciar de qué clase de asesor de colegio se trataba.
No hay que confundir a los asesores de colegio que deben este grado a sus
diplomas científicos, con los que lo han recibido durante el tiempo de servicio en el
Cáucaso. Son dos categorías completamente diferentes. Los asesores de colegio que
tienen formación científica…, pero Rusia es un país tan extraño que todos sus
asesores de colegio, desde Riga hasta Kamchatka, se dan por aludidos cuando se
habla de alguno de ellos. Y otro tanto puede decirse de todos los cargos y grados.
Kovalev era asesor de colegio caucasiano. Desde hacía dos años tenía este grado,
y apenas si había momento en que no se acordara de su posición. Para darse todavía
más tono e importancia, nunca se presentaba como asesor escolar y nada más, sino
siempre como mayor.
—Escucha, palomita —solía decir siempre que topaba en la calle con una vieja
que vendía camisolines—, ve a mi casa; vivo en la Sadovoia, y no tienes más que
preguntar por el mayor Kovalev. Cualquiera se complacerá en decírtelo.
O cuando se encontraba con una joven encantadora, le decía al oído:
—Querida, no tienes más que preguntar por el departamento del mayor Kovalev.
Por tal motivo, nosotros también llamaremos mayor Kovalev a este asesor de
colegio.
El mayor Kovalev solía dar todos los días un paseo por la Perspectiva Nevski. El
cuello de su camisa estaba siempre limpio y bien almidonado. Usaba patillas, de las
que llevan todavía los agrimensores de Estado y de distrito, los arquitectos y médicos
militares, así como las personas de las más diferentes profesiones; en suma: todos los
que tienen las mejillas llenas, sonrosadas, y que saben jugar al boston. Las patillas se
extendían desde el centro de los carrillos basta directamente debajo de la nariz.
Kovalev llevaba pendiente de la cadena del reloj toda una colección de dijes de
cornalina en los que estaban grabadas unas armas, o una de las palabras miércoles,
jueves, lunes, etc. Las circunstancias le habían obligado a ir a vivir a San
Petersburgo, especialmente porque deseaba desempeñar un cargo correspondiente a
su rango, como, si tuviera suerte, el de vicegobernador, o, por lo menos, el de
humilde ejecutor de un departamento renombrado.
El mayor Kovalev no tenía inconveniente en casarse, ni mucho menos: pero su
futura debía disponer de una dote de, por lo menos, doscientos mil rublos. Y ahora
imagínese el lector los sentimientos que surgieron en el mayor cuando éste vio, en
lugar de su linda y bien proporcionada nariz, sólo una superficie estúpida, lisa y
plana.
Desgraciadamente, no había ni un solo cochero en la calle; se vio, pues, obligado
a ir a pie…, envuelto en su capa y con la cara tapada con un pañuelo, como si le
sangraran las narices. «Quizás no sea más que una ilusión mía; puesto que es
imposible que mi nariz haya desaparecido de la cara, sin más ni más», pensó Iván.
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Entró en una confitería a echar una mirada al espejo. Por fortuna suya, no había
nadie más en el salón, fuera de unos mozos que barrían el piso y ordenaban las sillas.
Algunos de ellos, medio dormidos todavía, llevaron afuera canastos con pastelillos
calientes. Los diarios del día anterior, manchados de café, abundaban en las mesas y
las sillas. «¡Ánimo! No hay nadie más, ¡gracias a Dios! —dijo para sus adentros—;
ahora puedo hacer el examen».
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Se acercó tímidamente al espejo y se miró en él.
—¡Que el diablo lo entienda! ¡Qué porquería! —exclamó, escupiendo indignado
—. ¡Si por lo menos tuviera otra cosa en lugar de la nariz! ¡Pero nada!
Después de haber apretado los dientes en un acceso de rabia, salió del salón y
resolvió, contrariamente a su hábito, no mirar a nadie en el camino ni obsequiar a
nadie con la más leve sonrisa.
De repente se quedó petrificado delante de la puerta de una casa. Un fenómeno
inexplicable atrajo su mirada: un coche estaba parado al pie de la escalinata. Se abrió
la portezuela y bajó, inclinándose, un hombre vestido con uniforme, que subió de
prisa la escalera. Kovalev quedó pasmado, asombrado al reconocer en él su propia
nariz. Ante este espectáculo extraordinario tuvo la sensación de que todo giraba
alrededor de él, y necesitó hacer un supremo esfuerzo para tenerse en pie. Aunque un
estremecimiento le corrió por el cuerpo, como si fuera atacado por la fiebre, resolvió
—sucediera lo que sucediese— esperar hasta que aquel hombre volviera a subir al
coche.
A los dos minutos apareció la nariz. Llevaba uniforme recamado de oro, con
cuello alto, pantalones de gamuza y espada al cinto. Por su sombrero adornado con
plumas se notaba que se trataba de un consejero de Estado. Todo indicaba que iba de
visita. Aquel personaje miró a ambos lados, dijo al cochero que partiera, y se alejó.
El desgraciado Kovalev creyó que iba a enloquecer. No sabía qué pensar de
suceso tan sorprendente. ¿Cómo era posible que una nariz, que ayer mismo estaba en
su cara, y que no podía caminar ni ir en coche, llevara ahora uniforme? Se lanzó tras
el coche, que, afortunadamente, no fue muy lejos: paró delante del Gostinni-Dvor.
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Corrió como un energúmeno y pasó por una fila de viejas mendigas con las caras
vendadas en las que se veían dos grandes aberturas en lugar de los ojos, de quienes
antes se había burlado con frecuencia. Fuera de ellas, había poca gente por allí. El
trastorno mental le impidió tomar una decisión. Sólo paseó la mirada por todos los
rincones en busca del caballero y acabó por verlo delante de un comercio. El portador
de la nariz tenía la cara cubierta por completo con su cuello alto y examinaba con
mucha atención las mercaderías expuestas a la venta.
¿Cómo puedo acercarme a él? —pensó Kovalev—; por toda su personalidad, por
su uniforme y su tricornio se ve con claridad que es un consejero de Estado. ¡Diablos!
¡Si yo supiera cómo hacerlo!…
Al fin, comenzó a toser muy cerca del consejero de Estado; pero la nariz no se
movió de su sitio ni por un minuto.
— ¡Señor! —dijo Kovalev, tratando de cobrar ánimo—. ¡Señor!…
—¿En qué puedo servir a usted? —preguntó la nariz, volviéndose hacia él.
—Me extraña, señor…; me parece que… Pues usted debería saber de dónde es. Y
de repente le encuentro a usted, y eso que le encuentro…, ¿aquí?… Debe usted
admitir…
—Perdone usted; no comprendo ni una palabra de lo que me dice. Explíquese.
«¿Cómo? ¿He de explicarme todavía?», pensó Kovalev. Y sólo se atrevió a decir.
—Cierto… A propósito; soy mayor. Usted convendrá en que no es decente andar
sin nariz. A una frutera que vende naranjas peladas en el puente de Voskresenski no le
importaría, después de todo, estar sentada allí sin nariz. Pero en cuanto a mí, que
tengo perspectivas…, y que además mantengo relaciones con muchas casas, con
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damas de la alta sociedad, por ejemplo con la señora Chechtareva, que es esposa de
un consejero de Estado, y con muchas otras… Juzgue usted mismo… No sé, señor…
—el mayor Kovalev se encogió de hombros—, le pido mil perdones…, pero si se
considera el asunto desde el punto de vista del honor y del deber… Usted mismo
comprenderá…
—No comprendo absolutamente nada —replicó la nariz—. Explíquese usted.
—Señor —dijo Kovalev con dignidad—, no sé cómo he de interpretar sus
palabras. Me parece que se trata de algo muy claro. ¿O quiere usted…? Pues, en fin,
¡usted tiene mi propia nariz!
La nariz miró al mayor y frunció las cejas.
—Señor, usted está equivocado. Soy independiente desde todo punto de vista.
Además, no puede haber ninguna clase de estrechas relaciones entre los dos. A juzgar
por los botones de su uniforme, usted debe trabajar en otra sección.
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Dicho esto, la nariz le volvió la espalda.
Kovalev quedó perplejo; no sabía qué hacer, ni siquiera qué pensar.
En aquel momento se oyó el crujido agradable de un vestido de señora. Junto a él
pasó una dama entrada en años, recargada de encajes, a la que acompañaba una
joven, cuyo vestido blanco realzaba ventajosamente su figura esbelta, y que llevaba
un sombrero amarillo, liviano cual torta de merengue. Las dos damas iban
acompañadas por un lacayo alto como un árbol, con la barba muy poblada y una
docena de solapas, que se detuvo detrás de ellas y abrió su tabaquera.
Kovalev se acercó a ellas, se arregló el cuello de batista del camisolín, puso en
orden los dijes que colgaban de la cadena de oro de su reloj y, volviéndose sonriente
hacia derecha e izquierda, fijó la atención sobre la dama que se movía cual flor
primaveral, quien, inclinándose hacia adelante de un modo apenas perceptible, se
llevó a la frente la pequeña mano blanca con los dedos casi diáfanos. La sonrisa se
extendió por la cara de Kovalev cuando vio debajo del sombrero una barbilla
redonda, de blancura radiante, y una parte de la mejilla, del color de delicada rosa
primaveral.
Mas de repente retrocedió, como si se hubiera quemado. Acababa de recordar que
donde los demás tenían su nariz, él no tenía nada; y se echó a llorar a lágrima viva.
Se volvió para decir al caballero del uniforme, en voz alta y con toda claridad,
que llevaba sólo disfraz de consejero de Estado, que era un bribón, un ladrón y que le
había robado su nariz… Pero la nariz había desaparecido, aprovechando el momento
oportuno para escaparse, probablemente para hacer otra visita.
Esta circunstancia hizo desesperar a Kovalev. Permaneció todavía un minuto bajo
la galería, mirando hacia todos lados para descubrir algo. Recordó bien que su
interlocutor llevaba un sombrero adornado con plumas y uniforme recamado en oro,
pero no se había fijado en la capa, en el color del coche, ni en los caballos, ni siquiera
sabía si había lacayo en la parte trasera, ni qué librea llevaba. Además, tantos
carruajes habían cruzado las calles en todas direcciones y a tal velocidad, que era casi
imposible notarlos. Y, aun cuando él hubiera identificado uno solo, ¿cómo habría
podido hacerlo parar?
Era un día hermoso y de sol. En la Perspectiva Nevski bullía la gente. Una corona
de mujeres hermosas inundaba toda la vereda, desde el puente de la Policía hasta el
de Anichkin. Aquí pasaba un consejero áulico, conocido de Kovalev, que le daba casi
siempre, especialmente en presencia de personas desconocidas, el tratamiento de
teniente coronel. Allí veía a su amigo íntimo Yarichkin, que era jefe de oficina en el
Senado y que se dejaba engañar a menudo en el boston cuando jugaba al ocho sin
descarte; y por allá, otro mayor, quien, al igual que él, había obtenido el grado de
asesor en el Cáucaso, y que en aquel momento le hizo una seña para que se reuniera
con él.
—¡Que se lo lleve el demonio! —dijo Kovalev—. ¡Cochero, llévame a la
Prefectura por el camino más corto! —Subió al coche y dijo al cochero una vez más
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—: ¡Adelante! ¡Volando! ¡Volando!
Al entrar en la antecámara, preguntó:
—¿Está el prefecto?
—No —replicó el portero—; acaba de salir.
—¡Valiente sorpresa!
—¡Ah, sí! —añadió el portero—; hace un ratito que salió. Si usted hubiera venido
un minuto antes, acaso habría podido encontrarlo todavía.
Sin quitarse el pañuelo de la cara, Kovalev volvió a subir al coche y dijo al
cochero con acento desesperado:
—¡Derecho!
—¿Adónde? —preguntó el cochero.
—¡Sigue!
—¿Cómo derecho? ¡Si estamos en una esquina! ¿A la derecha o a la izquierda?
Esta pregunta confundió a Kovalev y le obligo a reflexionar de nuevo. En su
situación, lo más indicado habría sido ir directamente al Departamento de Policía, no
porque su asunto competiese a la policía, sino porque allí podía contar con que le
atendieran más rápidamente que en otra parte.
Dirigirse a la sección donde la nariz afirmaba desempeñar un cargo, habría sido
imprudente, ya que las manifestaciones de su portador evidenciaban que para aquel
hombre no había cosa sagrada. ¿Por qué no había de mentir aun en este caso, si había
mentido con descaro al decir que nunca había tenido nada que ver con Kovalev?
Iba a decir al cochero que le llevara al Departamento de Policía, cuando le surgió
la idea de que aquel mentiroso y embustero, que en su primer encuentro se había
mostrado tan pérfido, podría aprovechar la ocasión para huir de la ciudad…; y
entonces todas las pesquisas podrían ser inútiles, o, ¡no lo permitiese Dios!,
prolongarse durante un mes entero.
Finalmente, creyó tener una inspiración del mismo cielo. Se decidió a ir a la
administración de la Gaceta Oficial, para poner un aviso en el que indicaría
exactamente sus señas personales, para que quienes encontraran la nariz se la
entregaran sin demora o, por lo menos, le hicieran saber el paradero del ladrón,
Tomada esta decisión, dijo al cochero que fuese a la administración de la Gaceta,
y no dejando de dar puñetazos sobre las espaldas del conductor, durante todo el viaje,
gritó:
—¡Volando, bribón! ¡Volando, infame!
—¡Pero, señor! —decía el cochero, meneando la cabeza y dando con las riendas
en el lomo del caballo, peludo como un perro pequinés.
El coche paró al fin, y Kovalev entró sin aliento en una pequeña sala de espera,
donde un viejo empleado, que llevaba un frac raído y anteojos, estaba sentado detrás
de una mesa; tenía una pluma entre los dientes y hacía el recuento de cierta cantidad
de monedas de cobre.
—¿Quién recibe los avisos? —gritó Kovalev—. ¡Buenos días, ante todo!
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—¡Buenos días! —dijo el viejo empleado y levantó los ojos por un momento,
para enseguida volver a fijar la atención sobre el montón de monedas.
—Quisiera poner un aviso…
—Ruego a usted que espere un momento —dijo el empleado, escribió un número
en el papel y corrió con un dedo de la mano izquierda dos bolitas del ábaco.
Un lacayo galoneado, de correcta presencia, de quien se notaba que servía en una
casa aristocrática, y que estaba con un papel delante de la mesa, juzgó conveniente
llamar la atención sobre su cultura social.
—Señor, créame que ese pequeño perro no vale ocho rublos. Yo, personalmente,
no daría ocho centavos por él. Pero la señora condesa lo adora. De veras, lo adora…;
por eso promete cien rublos al que lo devuelva. Guardando todos los respetos, sea
dicho entre nosotros: los gustos de la gente son de lo más caprichoso. Por mí, que el
aficionado a los perros tenga un podenco o un perro de lanas. Por semejante animal
se pueden pagar quinientos, hasta mil rublos; pero entonces tiene uno en realidad un
perro que vale.
El honorable empleado escuchaba con aire grave mientras contaba las letras del
papel que el criado había traído. Rodeábanlo gran número de ancianas, dependientes
de comercio y porteros que tenían también papeles.
En uno de estos papeles se leía que un cochero que vivía sobriamente era cedido
por su amo para otro empleo; en otro, que se vendía una carroza poco usada,
importada de París en 1814. Aquí se ofrecía una sirvienta de diecinueve años, que
sabía lavar y hacer otros trabajos. Allí vendía uno un coche al cual faltaba un muelle,
o un caballo tordo, fogoso, que no tenía más que diecisiete años, o semillas de nabo y
de rábano que acababan de recibirse de Londres, o una casa de campo con amplias
dependencias (dos caballerizas, terreno para plantar abetos, etc.). Otros anunciaban
que tenían suelas gastadas para vender, e invitaban a verlas todos los días, de ocho de
la mañana a tres de la tarde.
La sala en que ese enjambre se había reunido era pequeña, y por eso el aire estaba
viciado; pero el asesor de colegio Kovalev no lo percibió, porque tenía la cara tapada
con un pañuelo y su nariz estaba quién sabe dónde…
—Señor, le ruego a usted…, tengo mucha prisa… —dijo, acabando por
impacientarse.
—¡Enseguida, enseguida!… ¡Dos rublos y cuarenta y tres kopeks!… ¡En seguida!
… ¡Un rublo y sesenta y cuatro kopeks! —ordenaba el anciano canoso, arrojando los
papeles a las caras de las viejas mujeres y porteros—. ¿Qué deseaba usted? —
preguntó por fin a Kovalev.
—Por favor… —dijo Kovalev—, se trata de una bellaquería casi increíble; hasta
este momento no sé cómo ha sido posible cometerla. Ahora, sólo le ruego a usted que
avise que daré una buena gratificación al que me trajere a ese pillo.
—¿Tiene usted la bondad de decirme su nombre?
—¡No! Mi nombre, ¿por qué? Me es imposible indicarlo. Pero mantengo buenas
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relaciones, por ejemplo, con la señora Chechtareva, esposa de un consejero de
Estado, o con doña Pelagia Grigorievna Podtochina, que está casada con un alto
oficial. ¡Si ellas lo supieran!… ¡Dios me libre! Ponga usted un asesor de colegio,
mejor aún: un mayor, y nada más.
—¿Y es su siervo el que se escapó?
—¿Qué siervo? ¡Eso no habría sido tan ruin! ¡No! Se me escapó… la nariz…
—¡Ejem! ¡Qué apellido más raro! ¿Y qué le robó el señor Nariz?
—¡Nariz! ¡Es que usted no me comprende! Mi nariz, mi propia nariz es la que
desapareció, y no sé dónde. ¡El diablo ha querido jugarme un mala pasada!
—Pero ¿de qué manera desapareció? No comprendo.
—No sabría decirle de qué manera. Y lo más importante del asunto es que ella se
pasea ahora por la ciudad y se hace tratar de consejero de Estado. Por tal motivo le
ruego a usted que avise que quien la cogiere, me la devuelva sin demora. Diga usted:
¿cómo he de existir sin esta parte de mi cuerpo, que salta a la vista y que, sin duda
alguna, forma parte integrante de mi persona? No se trata aquí de un dedo del pie…;
al que va calzado, no se le nota que le falta un dedo del pie. Pero yo visito todos los
jueves a la esposa del consejero de Estado Chechtarev. Doña Pelagia Grigorievna
Podtochina, esposa de un alto oficial y madre de una hija encantadora, es íntima
amiga mía. Y entonces, diga usted mismo, cómo puedo yo ahora… Por el momento
me es imposible visitar a aquella gente.
El empleado se quedó pensativo, lo cual se notaba por sus labios apretados.
—¡No! —dijo tras un largo silencio—; ¡no puedo aceptar semejante aviso!
—¿Cómo?… ¿Por qué no?
—¡Porque no! Porque eso podría desprestigiar al diario. Si cualquiera avisara que
se le escapó la nariz… Aun sin eso, mucha gente dice que en el diario se publican
muchas cosas banales y rumores infundados.
—¿Por qué es banal eso? Me parece que no…
—A usted le parece que no. Pero escuche lo que nos pasó la semana pasada. Un
caso análogo. Viene un empleado, lo mismo que usted lo hace hoy, a traernos un
aviso que le cuesta dos rublos y setenta y tres kopeks. En el aviso se dice que se
escapó un perro de aguas de pelo negro. Usted objetará: «¡No veo ninguna analogía
con mi caso!». Mas al poco tiempo resultó que no había sido más que una
mistificación: eso del perro de aguas se refería al cajero del negocio.
—Pero yo no busco un perro de aguas, sino mi propia nariz; mire, es casi como si
yo me buscara a mí mismo.
—¡No puedo aceptar semejante aviso!
—¡Pero si en realidad mi nariz desapareció!
—La desaparición de la nariz interesa sólo al médico; he oído decir que hay quien
puede pegarle a usted una nariz de cualquier forma. Por lo demás, me parece que es
usted un bromista, que gusta de chancear en buena compañía.
—¡Por todo lo que tengo de sagrado! ¡Le suplico que, si no hay otra manera, me
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permita demostrárselo!
— ¡Oh, no se moleste usted! —dijo el empleado, tomando una pulgarada de rapé
—. Pero, en fin…, si no le incomoda —añadió curioso—, tendré mucho gusto en
verla.
El asesor de colegio se quitó el pañuelo de la cara.
—¡Realmente eso es muy extraño! —dijo el empleado—. La parte de la nariz está
plana como una tortilla fresca. Sí, lisa…, ¡eso es increíble!
—Pues, ¿quiere usted discutir todavía? Ya ve que no puede dejar de aceptar mi
aviso. Yo le quedaría muy agradecido, y estoy encantado de haber tenido en esta
ocasión el placer de conocerle.
Como se ve, el mayor hasta se dignó gastar una lisonja.
—Lo del aviso en sí no sería una dificultad invencible —dijo el empleado—; sólo
que no veo en ello ninguna ventaja para usted. Si usted insiste, creo que le conviene
apelar a un periodista hábil que pueda tratar su caso como fenómeno de la naturaleza
y publicar un artículo sobre él en La Abeja del Norte —tomó una pulgarada de rapé
—, para ilustración de la juventud —se sonó—, o tan sólo para solaz de todos.
El asesor de colegio estaba a punto de desesperarse. Echó una mirada al pie de la
página donde se publicaban las noticias de teatro; una sonrisa iba a asomar en su cara
cuando leyó el nombre de una bella actriz, e introdujo ya la mano en el bolsillo para
cerciorarse de si le quedaba una tarjeta azul, puesto que, en su opinión, los altos
oficiales debían ocupar por lo menos una butaca de platea…; pero el pensar en su
nariz le quitó las ganas.
El empleado pareció sentir profunda pena por la difícil situación de Kovalev.
Animado por el deseo de consolarle, creyó conveniente expresarle su compasión;
—A fe mía, me aflige mucho que a usted le haya sucedido algo tan curioso.
¿Quiere tomar una pulgarada de rapé? ¡Quita el dolor de cabeza y la propensión a la
melancolía! Además, es un remedio eficaz contra las hemorroides.
Diciendo esto, el empleado le alcanzó su tabaquera, pasándole con mucha
habilidad la tapa adornada con el retrato de una mujer que llevaba sombrero.
—¡No comprendo que encuentre usted motivo para bromas! —dijo enfurecido—.
¿No ve que por el momento me falta la parte indispensable para tomar rapé? ¡Que el
diablo se lleve su tabaco! No quiero verlo más, ni aun cuando no fuese apestoso
Beresinskj, sino rapé legítimo.
Dicho esto, salió muy ofendido de la administración del diario y se fue a la
comisaria.
Al entrar en la oficina, Kovalev encontró allí a un funcionario que bostezando y
desperezándose, se decía en voz alta:
—¡Ah, me gustaría dormir unas horas más!
Por ello se deduce que la llegada del asesor de colegio no le era agradable, ni
mucho menos.
El comisario era muy aficionado a toda clase de artes y manufacturas, pero
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prefería un billete del Banco del Estado a todas las cosas del mundo.
—Es algo irreemplazable —decía a menudo—; no hay nada mejor que eso; no
necesita alimento, ocupa poco lugar, se puede meter cómodamente en el bolsillo y no
se rompe al caer al suelo.
Recibió a Kovalev con frialdad y señaló que la hora después del almuerzo no es
oportuna para despachar trámites, y que la naturaleza misma nos indica la
conveniencia de descansar un rato después de la comida —por lo cual el asesor de
colegio pudo notar que el comisario no ignoraba del todo las máximas de los sabios
de la antigüedad—, y que nadie arrancaría la nariz a un hombre de bien.
Estas palabras hirieron profundamente a nuestro protagonista.
Cabe señalar aquí que Kovalev era muy susceptible. Era capaz de perdonar
cuanto se decía respecto a él; pero nunca perdonaba ninguna falta al respeto que se
debía a su dignidad de funcionario. Hasta opinaba que en las obras escénicas se
podían tolerar todos los juicios desfavorables sobre los oficiales subalternos; pero
nunca debían permitirse invectivas contra los altos oficiales. La acogida que le hizo el
comisario le desconcertó tanto, que meneando la cabeza y alzando las manos,
consciente de su dignidad, declaró:
—Debo confesar que no replicaré a palabras tan injuriosas.
Volvió a casa; tuvo la sensación de que se le habían quedado entumecidas las
piernas. Anochecía y después de todas esas inútiles averiguaciones, su morada le
parecía muy lúgubre y repugnante. Al entrar en el vestíbulo, vio a su criado Iván
tendido sobre el viejo y sucio sofá de cuero. Estaba echado de espaldas y se divertía
escupiendo contra el cielo raso, con tal destreza que hacía blanco siempre en un
mismo punto.
Esa indecencia acabó por enfurecer a Kovalev, quien le golpeó con su sombrero
en la frente y gritó:
—¡Puerco! ¡Todavía no piensas más que en estupideces!
Iván saltó de su lecho y se acercó corriendo a quitarle la capa.
El mayor entró en su habitación, se dejó caer cansado y triste en una butaca, dio
unos suspiros profundos y exclamó:
—¡Dios mío! ¿Qué hice yo para merecer esto? Si hubiera perdido una mano o un
pie…, no sería para tanto; pero un hombre sin nariz es…, ¡qué sé yo! Un pájaro que
no es ave; un ciudadano que no tiene el derecho de ciudadanía, es algo que se puede
olvidar.
¡Si por lo menos me hubiera sido cortada en la guerra o en un duelo! ¡Si al menos
fuese culpa mía! Pero así, sin más ni más, ¡largarse sin motivo alguno!
No, no…; ¡eso es imposible! —añadió tras alguna reflexión—. Parece mentira
que una nariz desaparezca sin más ni más. Es inverosímil. Seguramente estoy
soñando o todo esto no existe más que en mi imaginación. Puede ser que yo haya
bebido, en lugar de un vaso de agua, el aguardiente con el que suelo friccionarme la
barba después de afeitarme. Es seguro que el bruto de Iván no lo habrá volcado y me
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lo habré bebido sin sospechar nada.
Y para convencerse de que no estaba borracho, el mayor se pellizcó la carne con
tal violencia que lanzó un grito. Este dolor acabó por demostrarle que vivía
efectivamente y que estaba en pleno uso de razón. Se acercó con cuidado al espejo y
primero parpadeó, ya que abrigaba la esperanza de que, a pesar de todo, la nariz
pudiera tal vez estar todavía en su lugar; mas luego retrocediendo un paso, murmuró:
—¡Qué caricatura!
El episodio le era completamente incomprensible. Si hubiera desaparecido un
botón, una cuchara de plata, un reloj o cosa por el estilo…; pero ¡desaparecer así la
nariz! Pues ¿cómo? ¿Acaso de su propio departamento?
El mayor Kovalev hizo desfilar por su memoria los distintos detalles del episodio
y acabó por llegar a la conclusión de que la señora Podtochina, esposa de un alto
oficial, podía tener la culpa de su desgracia, porque deseaba que él se casara con la
hija de ella. Kovalev se complacía en cortejar a la hija, pero siempre había evitado el
desenlace final. Cuando la dama le dijo francamente que estaba dispuesta a darle en
matrimonio a su hija, él declinó este honor, gastando muchos cumplidos y fundando
su actitud en la circunstancia de ser muy joven y de tener que servir todavía unos
cinco años para llegar a cumplir el número redondo de cuarenta y dos años. No cabía
duda de que por este motivo la esposa del alto oficial se había resuelto a vengarse, a
perderle, y con tal fin le había hecho atacar por unas viejas brujas; puesto que era
absurda la suposición de que la nariz le pudiera haber sido cortada de cualquier otra
manera. No había estado nadie en la habitación. El barbero Iván Yakovlevich le había
afeitado el miércoles, y durante todo aquel día, lo mismo que el jueves, la nariz de
Kovalev estuvo sana y salva. Lo recordó muy bien. Además, debió haber
experimentado algún dolor, y la herida no habría podido cicatrizarse tan rápidamente
ni volverse tan plana como un flan.
Forjó toda clase de proyectos en su cerebro: ¿habría de llevar a la señora
Podtochina ante el tribunal, o, por lo menos, ir hasta su casa para convencerla de su
culpa?
De repente le estorbó en sus reflexiones un resplandor débil que pasó a través de
las rendijas de la puerta y que le anunció que Iván había encendido ya una vela en el
vestíbulo. Momentos después apareció el servidor, que tenía una vela en la mano, y
pronto quedó alumbrada la estancia.
El primer movimiento de Kovalev fue el de coger su pañuelo y cubrirse la parte
de la cara donde el día anterior había estado todavía la nariz, para que el tonto lacayo
no se quedase con la boca abierta cuando viese a su señor tan extrañamente
desfigurado.
Iván no había tenido aún tiempo para ir a su cuarto, cuando en el vestíbulo se
percibió una voz desconocida que preguntó:
—¿Vive aquí el asesor de colegio Kovalev?
—Pase usted; aquí está el mayor Kovalev —dijo éste, levantándose de golpe y
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apresurándose a abrir la puerta.
Entró entonces en el cuarto un comisario de esbelta figura, con las mejillas llenas
y patillas de color castaño; el mismo que al principio de nuestro relato encontramos
en el extremo del puente de Isaac.
—¿Usted tuvo el honor de perder su nariz?
—Efectivamente.
—Hace pocos momentos que fue hallada.
—¿Qué dice usted? —gritó el mayor Kovalev. La alegría le hizo enmudecer.
Miraba fijamente al oficial de policía que estaba delante de él, mientras, trémula, la
luz de la vela le iluminaba los labios y las mejillas—. ¿Cómo la encontraron?
—Por una asombrosa casualidad: fue arrestada en el momento de su partida.
Había ocupado ya una plaza en la diligencia para ausentarse a Riga. Desde hacía
algún tiempo tenía un pasaporte extendido a nombre de un funcionario. Y lo más
curioso es que al principio yo mismo la tomara por un caballero; mas,
afortunadamente, llevaba mis lentes conmigo y no tardé en ver que era una nariz.
Debo decirle que soy corto de vista, y tal como le veo a usted, veo sí que tiene cara,
pero no distingo ni la nariz, ni la barba, ni ninguna otra facción. Mi suegra, que es la
madre de mi esposa, tampoco ve nada.
Kovalev estaba fuera de sí.
—¿Dónde está ella? ¿Dónde? ¡Voy corriendo para allá!
—¡No se incomode usted! Sé que ella le hace falta, y por eso la he traído
conmigo. Lo más extraño es que el principal culpable de este asunto sea ese bribón de
barbero de la Perspectiva Vosnosenski, el cual ha sido detenido ya por la policía.
Desde hace mucho sospechaba que fuese bebedor y ladrón; anteayer mismo robó una
caja de botones en una tienda. Su nariz está incólume.
Diciendo esto, el comisario metió la mano en el bolsillo y extrajo la nariz, que
estaba envuelta en un pedazo de papel.
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—¡Sí, es ella! —exclamó Kovalev—. ¡Es mía, en efecto! ¿No quiere usted tomar
una taza de té conmigo?
—Sería un honor para mí; pero, desgraciadamente, me es imposible. Debo irme
enseguida al presidio… Desde hace pocos días los precios de los comestibles están
por las nubes… Tengo en casa a mi suegra, que es la madre de mi esposa, y a mis
hijos, que me esperan… Especialmente el mayor, es un joven que promete mucho; de
veras, es un muchacho muy inteligente, pero yo carezco de recursos para darle una
educación adecuada…
Después de haberse retirado el comisario, el asesor de colegio estuvo durante
algunos minutos en un estado de ánimo indescriptible, y sólo al cabo de unos
momentos recobró el sentido y las facultades anímicas perdidos a causa de la
repentina alegría. Al fin, tomó la nariz cuidadosamente en el hueco formado con
ambas manos y volvió a mirarla con mucha atención.
—¡Sí, es la misma! ¡Es ésta, sin ninguna duda! —dijo el mayor Kovalev—. Aquí,
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del lado izquierdo, está el granillo de ayer… —El mayor tenía ganas de gritar de
alegría.
Pero no hay en este mundo cosa que dure mucho tiempo; de ahí que la alegría ya
no sea tan viva después de pasado el primer momento; un rato después, ella es
todavía más débil, para volver imperceptiblemente a la uniformidad habitual, como el
círculo producido en el agua por la caída de una piedra y que luego se va deshaciendo
en la tersa superficie. Kovalev comenzó a reflexionar sobre lo sucedido y comprendió
que con ello el asunto no había llegado aún a su término. La nariz había sido hallada;
pero ahora tenía que volver a ponerla y fijarla en su lugar.
«Pero ¿qué haré si no queda pegada?»
Esta pregunta que se dirigió el mayor, le hizo palidecer.
Presa de miedo inexplicable, fue corriendo hacia la mesa y acercó el espejo para
no colocarse la nariz oblicuamente. Le temblaban las manos. Con mucha atención y
cuidado volvió a ponerla en su lugar. Pero ¡que espanto! La nariz no quedó
adherida… Se la acercó a la boca, la calentó un poco con el aliento y la apretó de
nuevo contra la superficie plana que había entre una y otra mejilla. ¡La nariz no
quedaba pegada!
—¡Quédate fija, pedazo de animal! —le dijo. Pero la nariz parecía de madera:
cayó en la mesa como un pedazo de corcho, produciendo un sonido extraño. La cara
de Kovalev se contrajo convulsivamente.
«¿Será posible que no se adhiera?», se preguntó aterrado.
Pero por muchas veces que la pegara al lugar que le correspondía…, todos sus
esfuerzos fueron y siguieron siendo estériles.
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Kovalev llamó a Iván y le mandó en busca del médico que ocupaba uno de los
departamentos de lujo del primer piso de la misma casa. El médico era un hombre
apuesto, de magníficas patillas negras, y cuya mujer era hermosa y rebosaba salud.
Solía comer muy temprano unas manzanas frescas y dispensaba cuidados
extraordinarios a su boca, puesto que la enjuagaba todas las mañanas durante casi tres
cuartos de hora y se limpiaba siempre los dientes con cinco cepillos diferentes.
El profesional llegó sin demora. Después de haber preguntado cuánto tiempo
había transcurrido desde el accidente, tomó al mayor Kovalev por el mentón y le dio
con el pulgar un papirotazo tan fuerte en la parte donde antes estaba la nariz, que el
mayor echó la cabeza hacia atrás y dio con violencia contra la pared. El médico dijo
que eso no tenía mayor importancia; le aconsejó separar la cabeza un poco de la
pared y ladearla un tanto hacia la derecha; palpó la parte donde antes estaba la nariz y
dijo arrastrando las sílabas:
—E…jem.
Luego le hizo ladear la cabeza hacia la izquierda y volvió a decir:
—E…jem.
Por último le dio otro papirotazo con el dedo pulgar, de modo que Kovalev retiró
la cabeza como un caballo al cual le examinan los dientes. Terminado este examen, el
médico meneó la cabeza y dijo:
—No; no es posible. Más vale dejar las cosas como están, pues de lo contrario
sería fácil empeorarlas. Es cierto que se puede volver a sujetar la nariz; yo podría
hacerlo ahora mismo. Pero le aseguro que sería todavía peor para usted.
—¡Qué barbaridad! Pero ¿cómo he de andar sin nariz? —preguntó Kovalev—.
¿Peor que ahora? ¡Imposible! ¡Si me encuentro en una situación desairada! ¿Dónde
puedo dejarme ver con esta cabeza grotesca? Frecuento el trato de familias
distinguidas; esta noche debo hacer visitas a dos familias. Conozco bien a muchas
personas influyentes; por ejemplo, a la esposa del consejero de Estado Chechtarev,
así como a la señora Podtochina, esposa de un alto oficial, aunque, en vista de su
actual proceder, ya no trataré a esta dama más que por conducto de la policía.
Hágame el favor —añadió Kovalev en tono suplicante—; ¿no hay, por ventura,
un remedio?; ¡péguemela! Aunque no quede bien, lo que importa es que quede
adherida; en situaciones peligrosas yo podría sostenerla un poco con la mano. Por
otra parte, como no bailo, no podría hacerla peligrar con un movimiento hecho sin
cuidado. Y en cuanto a los honorarios de su visita, esté usted seguro de que, en
cuanto me lo permitan mis recursos…
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—Créame —aclaró el médico en voz ni muy alta ni muy baja, pero en tono
persuasivo y sugestivo— que nunca ejerzo mi arte por el vil oro. Eso sería contrario a
mis principios y a mi profesión. Aceptaré con mucho gusto una remuneración por mi
visita, para no ofenderle negándome a cobrarle honorarios. Por cierto que yo podría
volver a pegarle la nariz. Pero, si usted no da crédito a lo que le digo, le doy mi
palabra de honor: la cosa resultaría mucho peor. ¡Deje usted que obre la naturaleza!
Lávese muy a menudo esa parte con agua fría, y le aseguro que se sentirá tan bien sin
la nariz como con ella. Y, además, le aconsejo conservar la nariz en un vaso lleno de
alcohol; mejor aún: eche allí dos cucharadas de aguardiente y vinagre caliente…, y
podrá obtener mucho dinero por ella. Yo mismo se la compraría, si no pide
demasiado.
—¡No, no! ¡No la vendo por nada del mundo! —exclamó el mayor Kovalev en
tono desesperado—. ¡Prefiero que se la lleve el demonio!
—Perdone usted —dijo el médico, despidiendose—; yo no quería sino serle
útil… ¿Qué le vamos a hacer? En todo caso, usted se ha convencido de mi buena
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voluntad.
Después de despedirse, se retiró, mostrando una actitud llena de dignidad.
Kovalev ni siquiera le había visto bien la cara, y en su profundo aturdimiento había
notado sólo los puños de la camisa, blanca como la nieve, que salían relucientes de
las mangas del frac negro.
Al día siguiente resolvió, antes de poner pleito a la señora Podtochina, escribirle y
preguntarle si no accedería a su demanda sin lucha. La carta decía:
PLATÓN KOVALEV.
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usted tuviera la intención de pedir oficialmente la mano de mi hija, yo estaría
dispuesta a darle la más cumplida satisfacción, puesto que éste ha sido
siempre el objeto de mis íntimos deseos. En esta esperanza, soy, como
siempre, de Ud. atenta y S. S.
ALEJANDRA PODTOCHINA.
«No —pensó Kovalev, después de leer la carta—; no cabe duda de que ella es
inocente. ¡Es de todo punto imposible! Semejante carta no la puede escribir una
persona que ha cometido un delito».
El asesor de colegio era entendido en estas cosas, ya que se le habían
encomendado varias pesquisas en las provincias del Cáucaso.
«¿Cómo y de qué manera habrá sucedido? —volvió a preguntarse muchas veces
—. ¡Qué el diablo lo entienda!». Y resignado, dejó caer las manos.
Mientras tanto, se había propagado por la corte el rumor de este extraordinario
suceso…, pero, como de costumbre, se difundió con adiciones y exageraciones
especiales. Todos los ánimos se inclinaron precisamente, por ese entonces, a creer en
fenómenos sobrenaturales. Poco antes habían interesado al público toda clase de
experimentos relativos al magnetismo; y a ello venía a añadirse que seguía aún vivo
el recuerdo de la historia de las sillas andantes en la Calle de los Ranchos.
No es, pues, de extrañar que al poco tiempo se propagara el rumor de que la nariz
del asesor de colegio Kovalev se paseaba todos los días a las tres de la tarde por la
Perspectiva Nevski. Se comprende por eso que una muchedumbre de curiosos
afluyera allá todos los días. Alguien había contado que la nariz estaba en el Almacén
del Señorito, y la gente no tardó en apiñarse, de tal modo que la policía se vio
obligada a mantener el orden.
Un especulador de aspecto muy digno y con patillas, que solía vender toda clase
de pasteles y tortas secas a la salida de los teatros, hizo colocar hermosos y sólidos
bancos de madera delante de la tienda; invitó a los curiosos a tomar asiento y cobró
sesenta kopeks por espectador. Un coronel retirado acudió muy temprano a
contemplar el espectáculo y a duras penas se abrió paso por entre la multitud; mas se
indignó al ver en el escaparate de la tienda, en lugar de la nariz, una camisa ordinaria
de algodón y una litografía que representaba a una joven que se subía una media y a
un elegante que llevaba chaleco escotado y barba en punta y que la observaba detrás
de un árbol…, cuadro que desde hacía más de diez años estaba colgado siempre en
aquel mismo sitio.
El coronel se alejó y dijo con enfado:
—¿Cómo se puede engañar a la gente con esos rumores estúpidos e
inverosímiles?
Más tarde, todo el mundo dijo que la nariz del mayor Kovalev no se paseaba por
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la Perspectiva Nevski, sino por el Parque Táuride; decían que se encontraba allí desde
hacía mucho tiempo; Chosrev-Mirza habría mirado con asombro ese raro capricho de
la naturaleza cuando vivía por allí. Unos estudiantes de la Facultad de Medicina
también fueron al parque, hubo damas muy distinguidas y muy honestas que en cartas
privadas rogaron al guarda de aquel jardín que enseñara el raro fenómeno a sus hijos
y que agregara —si fuera posible— una explicación detallada e instructiva para los
jóvenes.
Todos estos sucesos encantaron a los distinguidos caballeros que no deben dejar
de asistir a ninguna reunión social, cuya pasión es hacer reír a las damas y que
carecían de tema a la sazón. Sin embargo, una minoría de gente decente y
bienintencionada se escandalizó por todos estos episodios. Un señor hasta declaró
indignado que no comprendía que en nuestro siglo pudieran propagarse rumores tan
absurdos; más aún: le extrañó que el gobierno no prestara atención a estos sucesos.
Este señor era, evidentemente, de la clase de gente que cree conveniente que el
gobierno intervenga en todos los asuntos, hasta en las desavenencias diarias entre los
esposos… Mas aquí, una red impenetrable envuelve nuevamente todo el episodio, y
no se sabe tampoco nada de lo que sucedió después.
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III
En este mundo ocurren las cosas más absurdas, a menudo opuestas a toda
verosimilitud. Así, la misma nariz que había dado un paseo bajo la figura de
consejero de Estado y causado revuelo en toda la ciudad, se encontró de repente,
como si nada hubiera sucedido, en su lugar, es decir, entre una y otra mejilla del
mayor Kovalev. Esto sucedió el 7 de abril.
Cuando el mayor despertó y miró por casualidad al espejo, vio reflejada la
imagen de su nariz. La palpo… ¡realmente era su nariz! «¡Caramba!», exclamó
Kovalev, lleno de alegría. Iba a bailar descalzo, pero la llegada de Iván se lo impidió.
Le mandó traer en seguida agua para lavarse, y mientras se lavaba volvió a mirarse al
espejo… ¡La nariz había vuelto! Se enjugó con la toalla y volvió a contemplarse en el
espejo…; ¡la nariz estaba todavía allí!
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—Mira, Iván, creo que tengo un grano en la nariz —dijo, pensando para sí—:
«Sería una desgracia que Iván me dijera de improviso: No, señor; no sólo no tiene
ningún grano en la nariz, sino que no tiene nariz».
Mas Iván respondió:
—No; no veo ningún grano; su nariz no tiene la menor mancha.
«¡Muy bien! ¡Excelente! ¡Diablos!», dijo el mayor para sus adentros y chasqueó
con los dedos. En aquel momento apareció en la puerta el barbero Iván
Yakovlevich…, tímido como un gato al que hubieran pegado por haber robado un
pedazo de sebo.
—Ante todo, dime si tus manos están limpias —gritó Kovalev desde lejos.
—¡Por cierto que están limpias!
—¡Mientes!
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—¡Sí, por Dios, están limpias, señor!
—¡Cuidado, amigo!
Kovalev se sentó e Iván Yakovlevich le puso una servilleta. En un momento
convirtió, por medio de la brocha, toda la barba y una parte de la mejilla en una
crema semejante a la que los comerciantes sirven a sus convidados en sus fiestas
onomásticas.
«¡Caramba! —dijo Yakovlevich entre sí, después de haber mirado la nariz; luego
volvió la cabeza un poco y la miró también de lado—; ¡caramba!; ¡qué cosa!; ¡quién
lo hubiera pensado!» Miró la nariz durante mucho tiempo más. Por último alzó los
dedos, con delicadeza y cuidado apenas imaginables, para coger la punta de la nariz.
Tal era el sistema del barbero Iván.
—¡Basta! ¡Atención! ¡Cuidado! —gritó Kovalev.
Iván Yakovlevich dejó caer las manos, perdió el tino y se desconcertó como
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nunca. Finalmente comenzó a cosquillearle con sumo cuidado con la navaja, en la
parte del cuello situada debajo del mentón; aunque le resultó incómodo y difícil
afeitarle, porque no podía tocar el órgano del olfato, acabó por vencer todas las
dificultades apoyando su áspero dedo pulgar, ora sobre el carrillo, ora sobre la
mandíbula inferior, y así llevó a feliz término la afeitada.
Terminado todo, Kovalev se vistió de prisa, tomó un coche y fue directamente a
una confitería. Desde el umbral dijo en voz alta al mozo:
—¡Eh, eh! ¡Una taza de chocolate! —y al mismo tiempo volvió a mirarse al
espejo. ¡La nariz estaba todavía! Volvió la cabeza con alegría para mirar fijamente,
con expresión maliciosa y con guiños, a dos oficiales, uno de los cuáles tenía la nariz
no mucho mayor que un botón de chaleco.
Luego fue a la cancillería del departamento en que aspiraba al cargo de
vicegobernador o, de lo contrario, por lo menos, al de ejecutor. Al atravesar la sala de
espera, miró al espejo…, ¡la nariz estaba aún en su rostro! Después fue a ver a otro
asesor de colegio o mayor, hombre muy burlón, a cuyas observaciones satíricas no
replicaba a menudo más que con las siguientes palabras:
—¡Ah, te conozco! ¡Eres malicioso y agudo como una aguja!
Caminando, pensaba: «Si el mayor no revienta de risa al verme, puedo tener la
seguridad de que todo está en su lugar y en orden». Mas el asesor de colegio no hizo
ninguna alusión. «¡Bien! ¡Excelente! ¡Diablo!», pensó Kovalev.
En la calle topó con la señora Podtochina, esposa de un alto oficial, y su hija; hizo
una reverencia y fue saludado con exclamaciones de alegría. Por consiguiente, todo
estaba bien; no tenía defecto alguno. Conversó largo rato con ellas, extrajo con toda
confianza la tabaquera y tardó mucho en llenarse ambas ventanas de la nariz,
diciendo para sí «¡Mujeres, va veis que sois tontas! No pienso, ni lejanamente,
casarme con tu hija, así no más…, par amour… ¡Eso sería intolerable!» Y desde
entonces el mayor Kovalev se dejó ver, como si nada hubiera sucedido, en la
Perspectiva Nevski, en los teatros y en todas partes. Y su nariz estaba —como si nada
hubiera sucedido— fija en su cara, sin dejar entrever de ninguna manera que había
hecho semejante escapada.
Se veía siempre al mayor Kovalev de buen humor, que reía y rondaba sin
excepción a todas las mujeres hermosas. En cierta ocasión hasta se le vio en una
tienda de Gostinni-Dvor, donde compró un cordón de una condecoración; pero nadie
sabía con qué objeto lo hizo, puesto que no era caballero de orden alguna.
Tal es el hecho que se produjo en la capital septentrional de nuestro gran imperio.
Sin embargo, ahora que tomamos en consideración todos los detalles, encontramos en
esta historia muchas circunstancias inverosímiles.
Sin hablar de lo extraño de la desaparición sobrenatural de la nariz y de su
aparición en diferentes lugares bajo la figura de consejero de Estado…, ¿cómo no
pudo Kovalev comprender que no se puede buscar una nariz por medio de una Gaceta
Oficial? No lo digo porque el precio que haya que pagar por un aviso me parezca
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muy elevado. Eso es insignificante, puesto que no soy nada avaro. Pero es algo
indecente, inconveniente y que no está bien.
Y además, ¿cómo fue la nariz a parar en un pan fresco?; ¿y cómo pudo Iván
Yakovlevich…? No; ¡en mi vida lo comprenderé! ¡No lo comprendo! Pero lo que es
todavía más asombroso y casi incomprensible es que los autores puedan elegir tales
argumentos. Hay que admitir que esto es inconcebible. Es nada menos que… ¡No,
no! No comprendo absolutamente nada. En primer lugar, no es nada provechoso para
la patria; en segundo…, pero ni aun en segundo lugar nadie saca partido de ello. A
decir verdad, no sé qué significa todo esto…
No obstante, y a pesar de todo, al fin y al cabo, puede comprenderse tal vez algo
de todo el asunto. Puesto que, considerándolo bien, ¿dónde no topamos con lo
inconcebible? Y si reflexionamos sobre todo lo sucedido, parece cierto que, por lo
menos, algo existirá de todo eso. Digan lo que quieran, en el mundo suceden cosas
semejantes…, aunque muy raras veces, pero no obstante suceden…
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NIKOLÁI VASÍLIEVICH GÓGOL. (Rusia: actual Ucrania, 1809-1852) fue un
escritor en lengua rusa. A pesar de que muchas de sus obras muestran la influencia de
su educación y cultura ucraniana, escribió en ruso, por lo que sus obras se consideran
parte de la literatura rusa. Su obra más conocida es probablemente Almas Muertas,
considerada por muchos como la primera novela rusa moderna.
La vida y la obra literarias de Gógol muestran el debate entre las tendencias
prooccidental y eslavófila en la cultura rusa. Los reformistas liberales rusos
interpretaron en un principio las historias de Gógol como sátiras de los aspectos
negativos de la sociedad rusa. Sin embargo, al final de su vida, estos mismos
reformistas lo veían como una figura reaccionaria y patética, perdida en el fanatismo
religioso.
Aunque está fuera de toda duda que en Almas Muertas se refleja un ansia de reformar
Rusia, no queda claro si las reformas sugeridas habrían de ser de tipo político o
moral. La primera parte del libro muestra los errores cometidos por el protagonista,
mientras que en la segunda, más confusa, se muestran las enmiendas a esos errores.
El deseo de Gógol de una reforma moral de Rusia se hizo al final de su vida mucho
más radical y conservador, como se ve en el fanatismo que impregna en algunas de
sus cartas publicadas. Esta radicalización de su pensamiento lo llevó a la decisión de
quemar el borrador de la segunda parte de Almas Muertas, a la vez que su salud
empeoraba rápidamente.
Gógol sigue la tradición literaria de E. T. A. Hoffmann, con un uso frecuente de lo
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fantástico. Además, las obras de Gógol muestran un excelente sentido del humor.
Esta mezcla de humor con realismo social, elementos fantásticos, y formas de prosa
no convencionales son la clave de su popularidad.
Gógol escribió en una época de censura política. Su uso de elementos fantásticos es,
como en las fábulas de Esopo, una manera de burlar al censor. Algunos de los
mejores escritores soviéticos también recurrieron a la fantasía por razones similares.
Gógol tuvo un impacto enorme y permanente en la literatura rusa. La influencia de
Gógol se aprecia en escritores como Yevgeni Zamiatin, Mijaíl Bulgákov o Andréi
Siniavsky (Abram Terts).
La obra El abrigo también traducida al español como El capote hace de base en el
argumento de la película El buen nombre de Mira Nair en 2006.
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