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La Virtud de La Estudiosidad (Según El Padre Alfredo Sáenz)

Este documento describe la virtud de la estudiosidad como la regulación del apetito de conocer la verdad. Explica que requiere el recogimiento, la soledad, el carácter y ciertas virtudes morales como la humildad para orientar el estudio hacia la verdad y evitar el error. También señala algunas condiciones para adquirir esta virtud como establecer un espacio de silencio y evitar la disipación.

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La Virtud de La Estudiosidad (Según El Padre Alfredo Sáenz)

Este documento describe la virtud de la estudiosidad como la regulación del apetito de conocer la verdad. Explica que requiere el recogimiento, la soledad, el carácter y ciertas virtudes morales como la humildad para orientar el estudio hacia la verdad y evitar el error. También señala algunas condiciones para adquirir esta virtud como establecer un espacio de silencio y evitar la disipación.

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Del libro “Las 7 virtudes olvidadas” - Padre Sáenz

LA VIRTUD DE LA ESTUDIOSIDAD
La estudiosidad es una virtud íntimamente relacionada con el conocimiento de la verdad. En una
época de tantas tinieblas como la nuestra, se vuelve una cuestión urgente recordar nuestra misión de
ser luz. Nunca se debería borrar de nuestros ojos la imagen de este mundo, redimido por la sangre de
Cristo, donde tantos hombres viven en el error. Mientras más nos interesemos por el estudio, mejor
preparados nos encontraremos para hablar a este mundo jadeante, que espera más que nunca la
proclamación valiente de la verdad, y si es posible, de la verdad integral.

1) La estudiosidad como virtud


La palabra “estudiosidad” viene del vocablo latino “studiositas”. Santo Tomás emplea el término en su
sentido preciso. La palabra “studium”, dice, “importa la aplicación intensa de la mente a algo”. Esto es
lo que significa dicha palabra, dedicarse a algo, ocuparte concienzudamente en alguna cosa, trabajar
con empeño. Continúa Santo Tomás diciendo que “Lo primero a que se aplica la mente es al
conocimiento, y luego a aquellas cosas a las que el hombre se dirige mediante el conocimiento, por eso
el estudio se ordena primero al conocimiento, y sólo secundariamente a las obras que debemos realizar
mediante la dirección del conocimiento. Como las virtudes tienen por materia propia aquella sobre la
cual versan ante todo y principalmente… de esto se desprende que la materia propia de la estudiosidad
es el conocimiento”.
El conocimiento puede ser considerado desde dos puntos de vista: en el acto mismo de conocer o en el
acto del apetito de conocer. Al respecto dice Santo Tomás: “El acto de la facultad cognoscitiva está
sometido al imperio de la fuerza apetitiva, cuando se trata del conocimiento se puede distinguir un
doble bien. El primer se refiere al acto mismo del conocimiento; tal bien pertenece a las virtudes
intelectuales y consiste en la verdad de los juicios acerca de las cosas singulares. El segundo bien
pertenece al acto del apetito, u consiste en la voluntad recta de aplicar la fuerza cognoscitiva de un
modo o de otro. Esto, pertenece a la virtud de la estudiosidad, por lo que debe ser ubicada entre las
virtudes morales”. En este punto es necesario hacer la siguiente aclaración: El acto mismo de conocer se
muestra , así, como un acto propio de la inteligencia. El acto del apetito de conocer se presenta como
un acto dependiente de la voluntad.

Cabe destacar que el estudio es algo que debe ser regulado en su justo medio por una virtud moral,
esa virtud es la templanza, cuyo objeto es regir la tendencia instintiva a los deseos y placeres. Según
Santo Tomás: “Pertenece a la templanza moderar el movimiento del apetito, a fin de que no tienda con
excesiva vehemencia hacia aquello que naturalmente apetece. Así como el hombre, en conformidad con
su naturaleza corporal, naturalmente apetece el placer de los alimentos, así, en conformidad con su
alma, desea naturalmente conocer algo…”. Es acá cuando podemos darnos cuenta que la moderación de
ese apetito pertenece a la virtud de la estudiosidad. Teniendo en cuenta todo lo que ya hemos dicho
entonces podemos definir a la estudiosidad como la virtud que regula el apetito de conocer. De todo
esto se sigue que la estudiosidad es parte potencial de la templanza, como virtud secundaria y agregada
a la virtud principal, y que además está comprendida bajo la modestia.
El impulso racional del hombre que busca la verdad debe ser medido y regulado. Dicha regulación se
aplica a dos ámbitos: el del fin del estudio y el del modo como se tiende a un fin.
En lo que toca al fin, sabemos que nuestro conocimiento tiende a la verdad, y a una verdad “verdadera”,
es decir, no meramente subjetiva, sino real, en contraposición al error, que defrauda el impulso de la
inteligencia. Para alcanzar dicha meta la virtud de la estudiosidad nos ayuda a evitar las falacias y los
engaños, nos incita a esquivar todos los atajos que nos apartan del fin que no puede ser otro que la
verdad.
Además de impulsarnos hacia la verdad, la estudiosidad nos indica el modo como debemos aspirar a
ella. Si la prosecución de la verdad responde a una tendencia natural, también es cierto que podemos
lanzarnos hacia ella de manera desmedida, con una codicia e insaciabilidad fuera de control. Dice el
Padre Sáenz que no debemos ceder ante la pereza o la negligencia ni tampoco desbocarnos
alocadamente en su prosecución. La regulación del apetito de la verdad es lo propio de la virtud de la
estudiosidad.

2) Las condiciones de la estudiosidad


Lo primero que se ha de hacer si se desea adquirir la virtud de la estudiosidad es comenzar por
establecer en nosotros una zona de silencio. Dice el Padre Sáenz que en la sociedad en la que vivimos se
vuelve imprescindible, el hábito del silencio porque, solo del silencio rotará la palabra.

Se requiere, asimismo, el recogimiento. En cierta ocasión un estudiante dominico le pidió a Santo Tomás
que le diera algunas recomendaciones para ordenarse en el estudio. El Santo le dió 16 consejos, pero
cabe destacar que 7 de ellos se refieren solo al recogimiento.
- “Deseo que seas tardo para hablar y tardo para acudir allí donde se habla”. Es decir, debemos
rehuir la disipación y el charlatanismo, donde la mente divaga y se distrae.
- “No quieras andar averiguando hechos ajenos”. El chismorreo es letal para la estudiosidad.
- “Muéstrate amable con todos” pero “no seas demasiado familiar con nadie, pues el exceso de
familiaridad engendra el menosprecio y da ocasión de sustraer tiempo al estudio”. La afabilidad
desmesurada pone en peligro la intimidad, hace que se pierda el tiempo y aproxima a la
chabacanería.
- “No te entrometas de manera alguna en palabras y obras de los hombres del mundo”. Porque el
querer estar al tanto de la última noticia, el perder horas hablando de las anécdotas cotidianas
resulta altamente nocivo para la cntrentración.
- “Huye sobre todo del vano activismo”. El activismo impide la investigación y la contemplación
serena de la verdad.
- Finalmente “Gusta de frecuentar tu celda, si quieres ser introducido en la celda del vino”. La
bodega del vino a la que se refiere el Santo es el rincón secreto de la verdad, cuyo perfume
atrae de lejos a la esposa, el alma enamorada; es el lugar de la inspiración, la fuente del
entusiasmo, del genio. Pero para permanecer en esta celda, es imprescindible el espíritu de
recogimiento del que la celda es el símbolo.
El recogimiento hace posible el gozo intelectual. Dicho gozo, explica el Santo, permite que el alma se
adhiera más estrechamente a la verdad, reforzando su atención y desplegando sus posibilidades, que la
tristeza o el tedio refrenarían.

Unida estrechamente al recogimiento se encuentra la soledad. No se trata de mera soledad física, de


puro alejamiento o de retraimiento. Permanecer en la propia casa y darse a la charla interior, al vaivén
de los deseos, al correr de los pensamientos que suscita en nosotros el flujo de los acontecimientos
exteriores no es propiamente soledad. Existe la falsa soledad, como existe una falsa paz. Por el contrario
salir de la casa por un merecido descanso o para cumplir con los deberes de estado, no se riñe con esa
soledad superior que alimenta y tonifica el alma en lugar de empobrecerla.

Requiérase, para el logro de la virtud de la estudiosidad, una buena dosis de carácter. El intelecto no es
más que un instrumento; su efectividad depende del uso que de él se haga. A la inteligencia la mueve la
voluntad ardiente y decidida. Dice que Padre que el estudiante se parece a un atleta que debe
someterse a un severo y disciplinado entrenamiento, por esto mismo es que la voluntad es en este
punto algo irreemplazable.

La virtud de la estudiosidad exige también ciertas virtudes morales. Dice Santo Tomás que “El ejercicio
de las virtudes morales importa sobremanera para la adquisición de las ciencias”.
Las pasiones y los vicios debilitan la atención, la disipan, la desvían y, mediante rodeos acaban por
deformar el juicio.

Por la pereza quedan sepultadas las mejores cualidades; la sensualidad debilita el cuerpo, oscurece la
imaginación, entorpece la inteligencia, disipa la memoria; el orgullo aparta de la verdad evidente, la
irritación desdeña toda crítica y se obstina en el error. Como se ve, la pureza del pensamiento parece
exigir también la puridad del alma. “Bienaventurados los corazones puros porque ellos verán a Dios”.

Entre las virtudes morales destaquemos, la importancia de la humildad. Solo gracias a ella nos sujetamos
gozosamente a la verdad. Desconfiemos de esos teóricos del estudio cuyo esfuerzo concluye en el error.
Necesitamos someternos a la verdad, a la realidad. Por el estudio hallamos algo, no lo inventamos.
Será preciso estar siempre abierto a la verdad, venga de donde viniere, sobre todo la que nos llega a
través de los grandes. No es perder la dignidad saberse como enanos sentados en las espaldas de un
gigante. El Cardenal Luciani, escribe que “ser confidentes de grandes ideas vale más que ser inventores
mediocres”. Lo mismo se diga cuando la verdad nos llega por boca de una persona simple. “No mires de
quién oyes las cosas, más lo que diga de bueno, confíalo a tu memoria”. “Nadie por sabio que sea, debe
rechazar de plano la doctrina de otro, por pequeño que sea”. (Santo Tomás). Lo importante no es la
persona, sino la verdad. Cuanto más preciosa es una idea, tanto menos interesa saber de dónde viene.
Pero al mismo tiempo será preciso odiar el error, venga de donde viniere: “Quien quiera que ama la
verdad aborrece el error y este aborrecimiento del error es la piedra de toque mediante la cual se
reconoce el amor a la verdad…” - Ernest Hello
La humildad nos llevará a no aferrarnos a nuestras propias ideas sobre todo cuando se apartan de la
verdad. Nos hará entender que no es posible edificar sobre la nada, y que los retoques del artesano no
han de afectar la solidez de los fundamentos. Somos herederos de una tradición de verdad, de una
verdad que no hemos inventado sino que hemos recibido para profundizarla cada vez más. De ninguna
manera deben ser conmovidas las firmes certezas sobre las cuales descansa todo el trabajo de la
inteligencia.

En este listado de condiciones de la estudiosidad, hay que mencionar la relación que dicha virtud tiene
con la plegaria. El Padre se refiere puntualmente aquí al espíritu mismo de oración que debe impregnar
el estudio. “No dejes de entregarte a la oración” le recomendaba Santo Tomás al alumno que pedía
consejo.

3) Los ingredientes de la estudiosidad


El primero de ellos es la concentración. Nada resulta más perjudicial para el estudio que la dispersión. Al
ponerse a estudiar es menester abocarse a dicha tarea con total dedicación. Ello no significa que no se
puedan tener entre manos varias investigaciones a la vez. De lo que se trata es que cuando uno se
resuelve por un tema, es preciso excluir cualquier otro, estableciendo una especie de sistema de
mamparas.

Otro ingrediente fundamental de la estudiosidad es la lectura, medio universal de aprender. Gracias a


los libros entramos en contacto con el pensamiento de hombres de otros tiempos y otros lugares, con
las grandes figuras del pensamiento universal. Es necesario decir que no conviene leer demasiado, sin
digestión intelectual. Existe la pasión por leer, que muchas veces no es sino una pereza camuflada. Hay
que leer inteligentemente. La lectura superficial entorpece el espíritu, inhabilitándolo para la reflexión.
Sin dicho hábito es imposible adquirir la virtud de la estudiosidad.
Una de las cosas más importantes es que es indispensable saber “elegir” las lecturas. Ya que se nos
ofrecen diversas clases de ellas. Unas para la formación, otras en vista de una tarea concreta, otras para
distraerse. Todas ellas son legítimas, y hasta necesarias. De los autores de fondo conviene tener tres o
cuatro predilectos, lo que más “coincidan” con el modo de ser de cada cual. Para la propia formación
resulta inobviable “la frecuentación de los genios”. Será preciso dar también su parte a los libros de
actualidad, aunque sin consentir en la superstición de la novedad. La preferencia deberá dirigirse a los
libros permanentes, lo que trascienden la moda.

Será también preciso ejercitar la memoria. Leer mucho no serviría si la memoria no retuviese lo
esencial, manteniéndolo como en un depósito, para que en el momento oportuno podamos servirnos
de ello. Será preciso retener lo más importante, sin pretender convertirse en una biblioteca ambulante.
Durante la niñez y la adolescencia es muy conveniente ejercitar la memoria, aprendiendo por ejemplo
poesías de grandes autores, o textos del Evangelio, u oraciones de la liturgia. Lo que se une al espíritu
por el vínculo de la memoria, actúa sigilosamente desde el interior, e influye luego de manera decisiva,
aunque uno no se dé cuenta de ello. Hay por cierto, distintos tipos de memoria, la de un repetidor casi
mecánico, pero también la de alguien que ha asimilado con inteligencia y espíritu creador.

Otro de los ingredientes de la estudiosidad es la tendencia a la profundización. La ciencia es un


conocimiento por las causas, y las causas se hunden como raíces. Siempre habrá que sacrificar la
extensión en aras de la penetración, ya que ésta, conduciendonos a la esencia de las cosas, nos
proporciona la sustancia de lo que buscamos. Cuesta profundizar, es más fácil y menos sacrificado
quedarse en la superficie de las cosas que nos interesan.

La capacidad de profundizar en lo que se estudia ayudará a una auténtica especialización. No sería sabio
cultivar con igual intensidad aquello para lo cual se está predispuesto que aquello que se encuentra más
o menos alejado de los propios intereses y posibilidades. La estudiosidad exige la decisión de vencer las
dificultades, pero la vida intelectual no puede consistir en un sacrificio ininterrumpido. Es muy
importante que el trabajo sea hecho dentro del gozo, dentro de una facilidad relativa.
Sin embargo, la excesiva especialización puede ser perjudicial para la formación de la inteligencia.
Constituye una verdadera desmesura desdeñar lo universal en aras de una investigación cada vez más
circunscripta. Al respecto de esto Bernard Shaw decía: “El especialista es un hombre que conoce cada
vez más cosas en un sector cada vez más restringido, tanto que al fin conoce todo de nada”.
Lo que se llama especialidad bien puede ser un método, pero no más. Esta bien que se separe una pieza
de un mecanismo para estudiarla mejor; pero mientras se la tiene en las manos y se la observa, el
pensamiento debe mantenerla en su lugar, viéndola funcionar dentro del conjunto. Que las
especializaciones no desmenucen lo verdadero y lo bello en fracciones esparcidas.
La cultura parcial es siempre indigente y precaria. Por eso una ciencia bien profundizada necesariamente
tendría que abrirse a los demás conocimientos, a la moral, a la política, a la poesía y también a la
religión.

Un peligro para el que se dedica a los libros es el de la excesiva abstracción. Por eso ayuda a la
estudiosidad cierta dosis de acción. La vida intelectual parece requerir el alimento de los hechos. Una
ciencia puramente libresca es endeble perdiendo contacto con con la realidad.

Si se tiene condiciones para ello, habrá que animarse también a escribir. Al obligarse a poner por escrito
lo que aprende y lo que piensa, el hombre estudioso precisa dejar de su pensamiento, lo expresa de
manera más sistemática y con mayor belleza.
Lo mismo se puede decir del orador. La educación clásica abarcaba tres aspectos: una doctrina que
aprender, capacidad para defenderla de sus oponentes y aptitud para exponerla.
Luego si es posible y merece la pena, publicar lo que se ha escrito. Nuestros escritos son el instrumento
del que nos servimos para decir a los demás lo que entendemos de la verdad, lo que hemos investigado.
Ahora bien, vale destacar que si queremos llegar a una cierta plenitud desde el punto de vista
intelectual, será preciso saber pensar en voz alta, pensar explícitamente, esto es, formar nuestro verbo
interior y luego proferirlo de la manera que sea.

La tarea intelectual deberá permanecer siempre abierta al sentido del misterio. De la verdad plena en
una materia podemos decir lo que San Agustín decía del conocimiento de Dios: “Si comprendes, no es
eso”. Pascal lo afirmó de manera categórica: “No sabemos el todo de nada”. La moderación del apetito
de aprender que es la estudiosidad consiste principalmente en ese acto de humildad que implica el
convencimiento de que nuestra ciencia no es sino una remota y pálida participación de la infinita ciencia
divina a la que se reconoce como tal en cada acto particularizado del estudio.
La apertura al misterio permitirá que el estudioso pase de la verdad conocida a la verdad saboreada.
Según San Buenaventura la palabra sabiduría proviene de sabor, gusto. No es lo mismo conocer algo
que saborear algo. La sabiduría es el paladeo de la verdad.

La sabiduría está en relación con el éxtasis, culminación del estudio. El alma, al ver cómo todo se
concatena y se relaciona en una armonía superior, entra en una especie de trance intelectual. La palabra
“éxtasis”, que significa salir de sí es el desenlace de la admiración, un tomar distancia de sí mismo, un
saludable olvido de lo propio a fin de que repercuta en la inteligencia y en el corazón la verdad
descubierta. Dejándose empapar por ella, sumergiéndose en ella. Para Santo Tomás el éxtasis es hijo
del amor. Porque es propio del amor salir de sí. Será preciso ir tendiendo a un amor cada vez más
profundo de la verdad, que suscite dicha salida de sí para entrar en lo universal en el seno de las
verdades permanentes.

El desemboque de la virtud de la estudiosidad no puede ser otro que la alegría, el gozo de conocer.

4) Los vicios contra la estudiosidad


Frente al apetito natural de conocer caben dos vicios opuestos, uno por defecto, la negligencia, y otro
por exceso, la curiosidad.

A) La negligencia: En oposición al impulso de la inteligencia que tiende a la verdad, el cuerpo se


impone, triunfando la molicie y la indolencia. Este vicio, que según la opinión de Santo Tomás,
contraría la virtud cardinal de la prudencia, tiene mayor o menor gravedad según sea mayor o
menor la obligación que pesa sobre cada uno en relación con el conocimiento del que se ve
privado voluntariamente.
La desidia lleva a la ignorancia que puede llegar a estar unida con la soberbia del que cree
saberlo todo sin haberse tomado el trabajo de estudiar.
Es bueno saber que para los que desean estudiar en serio, la pereza, la indolencia, es el peligro
más universal, más común. Dicha negligencia, alérgica al esfuerzo, considera el estudio como un
verdadero martirio. Tal vez tenga algo de ello dada nuestra constitución, pero debemos estar
preparados para arrostrar ese tipo de martirio, o de lo contrario, renunciar al estudio.
Algunos se contentan demasiado pronto con cualquier adquisición. No comprenden que en un
campo de exploración ilimitada, nunca uno puede decir: aquí me detengo. El verdadero
estudioso considera toda adquisición como un nuevo punto de partida.
Será preciso enfrentar decididamente esta tendencia a dejar caer los brazos. “Lo que más vale
es la voluntad; una voluntad ardiente y profunda, una voluntad dispuesta a triunfar, a ser
alguien; a llegar a algo; ser ya por el deseo, ese alguien calificado por su ideal. Todo lo demás
tiene arreglo. Libros existen en todas partes y en definitiva no son necesarios sino unos pocos”.

B) La curiosidad: La curiosidad tiene que ver con el anhelo de conocer, pero que ha perdido la
mesura, desorbitándose. La palabra curiositas viene de cura, cuidado, y también de quarere,
que significa buscar o afanarse por algo; asimismo se puede entender como solicitud, congosa,
sin mayor preocupación por la verdad en sí.
La curiosidad consiste en un dar rienda suelta al apetito de saber, de modo que se extravíe en el
laberinto de objetos buenos o malos, sin importar la verdad de las cosas o el modo racional de
conocerlas.
El conocimiento de la verdad es un bien, si no se considera más que la inteligencia y el objeto
conocido. Pero accidentalmente puede volverse perverso por las circunstancias que lo rodean.
Santo Tomás lo expresa con claridad: “La estudiosidad no se refiere directamente al
conocimiento mismo, sino al apetito y al anhelo de adquirir el conocimiento. De una manera hay
que juzgar sobre el conocimiento mismo de la verdad, y de otra sobre el apetito y anhelo de la
verdad que ha de ser conocida. El conocimiento de la verdad en sí mismo, es bueno. Puede ser
malo circunstancialmente, en razón de las consecuencias que de él derivan…”
Para que quede claro, hay que decir que la búsqueda de la verdad, en sí misma, no es
pecaminosa, sino buena. Pero si concretamente se le añade alguna circunstancia capaz de
desquiciarla, adquiere la culpabilidad de dicha circunstancia. No es malo buscar la verdad, pero
si lo es estudiar perversamente para pecar; no es malo buscar la verdad, pero sí dedicarse a
verdades secundarias, olvidando las esenciales; no es malo buscar la verdad, pero sí adquirir la
ciencia de la boca de maestros perversos; no es malo buscar la verdad, pero sí hacerlo
prescindiendo de su referencia a Dios o aspirando a alturas desmedidas.
El vicio de la curiosidad puede darse en dos ámbitos: el del conocimiento intelectual, ante todo,
pero también el del orden de lo sensible.
I. En el orden del conocimiento intelectual: si atendemos al campo intelectual,
advertiremos allí diversas posibilidades de ejercitar la curiosidad. Santo Tomás enumera
cinco maneras posibles.
● Ante todo cuando se estudia en orden a un fin malo. “El deseo de conocer la
verdad es desordenado si con el estudio se busca el conocimiento de la verdad
por razón de algún mal”. En este mundo moderno en que vivimos se encuentra
muy extendido el deseo enfermizo de curiosidad. Se ha introducido incluso
dentro de la Iglesia, donde no faltan pseudoteólogos que estudian
intensamente pero para rebatir al magisterio, propagando doctrinas inventadas
por ellos, al margen de la tradición recibida. “Son maestros del error porque no
fueron discípulos de la verdad”.
● Cuando por estudiar temas menos útiles descuidamos los estudios necesarios.
● Cuando alguien procura aprender de maestros inadecuados. En este punto
Santo Tomás se refiere concretamente a los adivinos de la edad media, que
inspirados, ,quizás, por el demonio pronunciaban el futuro; dichos adivinos
pueden ser comparados hoy en día con los futurólogos o los astrólogos. Pero
también, como señala Caturelli, podemos incluir entre estos falsos maestros a
los numerosos charlatanes que llegan a nosotros sobre todo a través de los
medios masivos de comunicación.
● Cuando no se quiere ordenar el conocimiento de las criaturas al conocimiento
de Dios, o sea, cuando el impulso al conocimiento se frena y se confina en los
objetos de abajo, con prescindencia del Ser supremo al que todo lo creado
debería orientarse en la inteligencia, como se hecho se orienta en lo real. “El
bien del hombre -escribe Santo Tomás- consiste en el conocimiento de la
verdad; pero el bien supremo del hombre no consiste en el conocimiento de
cualquier verdad, sino en el perfecto conocimiento de la verdad suprema”.
● Cuando se pretende conocer lo que trasciende la propia capacidad. “No
busques lo que está sobre tus fuerzas, ni investigues lo que no está a tu alcance,
ni seas tampoco curioso en conocer demasiadas cosas”.
II. En el orden del conocimiento sensible: El vicio de la curiosidad no se da sólo en el campo
de la inteligencia sino también del conocimiento sensible. Enseña San Agustín que “hay
una vana y curiosa concupiscencia, paliada con el nombre de conocimiento y de ciencia,
que radica en el alma a través de los mismos sentidos del cuerpo, y que consiste no en
deleitarse en la carne, sino en experimentar cosas por la carne; tal curiosidad, como está
en el apetito de conocer y los ojos ocupan el primer puesto entre los sentidos en orden
a conocer, es llamado en el lenguaje divino concupiscencia de los ojos.
“El conocimiento sensible se ordena a dos cosas. Se ordena ante todo, tanto en el
hombre como en el animal a la sustentación del cuerpo. Pero cuando se trata del
hombre, se ordena, además al conocimiento intelectual, especulativo o práctico. Por
tanto, aplicarse al conocimiento sensible puede ser vicioso por dos capítulos. Primero, si
el conocimiento sensible no se ordena a algo útil, sino que más bien aparta al hombre
de cualquier consideración provechosa… Segundo, si ese mismo conocimiento se ordena
a algo nocivo. En cambio, cuando nos preocupamos ordenadamente por conocer cosas
sensibles, sea para mantener la vida, sea para estudiar la verdad que ha de ser conocida,
dicha estudiosidad es virtuosa aunque verse sobre objetos sensibles”.

En sentido teológico la concupiscencia es la apetencia de los placeres de los sentidos y de los bienes
terrenales. Ello no quiere decir que todos esos apetitos sean malos, tal como analizaremos
posteriormente, ya que todos los placeres de los sentidos y el deseo de bienes terrenos son, de por sí,
buenos y forman parte de nuestra propia constitución desde que Dios nos creó. Pero se convierte en
algo negativo cuando nuestros deseos se oponen radicalmente a la voluntad divina. Cuando los bienes
terrenales y los placeres se convierten en el objeto último de la voluntad humana, la persona se cierra
en sí misma, obstruye su apertura radical a los demás y su comunicación con Dios, quien debe ser el
horizonte propio del ansia de felicidad para cualquier ser humano.

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