Erisitón
Ericsitón despreciaba el poder de los dioses y nunca llevaba las aras incienso perfumado. Se dice también que profanó
con el hacha un bosque consagrado a Ceres, ultrajando con el hierro los antiguos árboles sagrados. Había allí una
enorme encina, robusta y antiquísima, que era ella sola un bosque […]. “¡Aunque fuera no ya querido para la diosa, sino
la diosa misma, pronto tocará el suelo con su frondosa copa!”. Así habló, y mientras blandía el hacha lista para asentarle
un golpe de costado, la encina de Deo tembló y emitió un gemido, sus hojas empezaron a palidecer a la vez que las
bellotas, y también las largas ramas perdieron su color. Cuando la sacrílega mano hirió el tronco de la corteza hendida
manó sangre, de la misma manera que suele sangrar profusamente la garganta de un poderoso toro cuando cae
sacrificado ante el altar. […] Y había vuelto a dirigir sus golpes contra la encina cuando del árbol salieron estas palabras:
“Yo, ninfa predilecta de Ceres, estoy bajo este tronco, y en mi agonía te vaticino que el castigo por tus actos es
inminente, cosa que me consuela en mi muerte”. Él sigue adelante con su maldad; por fin, quebrantado por numerosos
golpes y arrastrados por cuerdas, el árbol se derrumba, aplastando bajo su peso una gran parte del bosque. […] [Ceres]
meditó una clase de castigo que habría podido despertar compasión, si no fuese porque él, con sus actos, se había
hecho indigno de compasión alguna: atormentarlo con la funesta Hambre. Pero puesto que ella no puede ir en persona,
pues los hados prohíben que Ceres y el Hambre se encuentren, se dirige a una divinidad de los montes, una agreste
oreada, con estas palabras: “Hay en los extremos confines de Escitia un lugar helado, una tierra triste, estéril, sin mieses
y sin árboles. Allí habitan el Frío perezoso, la Palidez, el Temblor y el Hambre descarnada: ordénale a ésta que se oculte
en las despiadadas entrañas del sacrílego Ericsitón, y que no se deje vencer por la abundancia de los alimentos, que sea
ella la vencedora cuando se enfrente a mis fuerzas.
[…] El Hambre, aunque siempre es contraria a las obras de Ceres, cumple su mandato: un viento la transporta por el aire
hasta la casa indicada, se dirige inmediatamente a la habitación del sacrílego, y mientras aquel estaba sumido en un
profundo sueño, pues era de noche, le rodea con sus brazos y se insufla dentro de él, sopla en su boca, en su garganta y
en su pecho, y difunde el apetito por los conductos de sus venas.
[…] Cuando el sueño se desvanece, entonces se despierta una furiosa ansia de comer que invade su ávida garganta y sus
entrañas que arden. No pierde un instante: pide todo aquello que ofrecen el mar, la tierra y el aire, y ante las mesas
repletas se queja de que está en ayunas, y reclama más comida en medio de la comida; lo que sería suficiente para
enteras ciudades, para todo un pueblo, no es suficiente para uno solo, y cuando más almacena en su vientre más desea,
Así como el mar acoge a los ríos de toda la tierra y nunca se sacia de agua, y se debe a las corrientes que vienen de lejos,
o como el fuego voraz, que nunca rechaza el alimento y consume un tronco tras otro, y cuantos más recibe más quiere,
y la misma cantidad lo hace más voraz, la boca del profano Erisictón a la vez pide y consume todos los manjares: toda la
comida es en él causa de más comida, y a medida que come se vuelve a formar espacio vacío.
Y con su voracidad y con el profundo abismo de su vientre ya había consumido la fortuna de su padre, pero aún
entonces su hambre implacable seguía intacta, y la gula reinaba en su garganta insaciable. Por fin, tras haberse tragado
todo su patrimonio, no le quedaba otra cosa que su hija, indigna de semejante padre. Completamente arruinado,
también la vendió. Ella, de sangre noble, se niega a tener un dueño, y tendiendo sus manos hacia el mar desde la orilla,
dice: “¡Libérame de mi amo!”; se la había robado Neptuno. Este, aunque su dueño, que la seguía, acababa de verla,
le dio una nueva forma, revistiéndola del aspecto de un hombre y del atuendo propio de un pescador. Su dueño
mirándola, le dijo: “Aquella que con humildes ropas y el pelo despeinado estaba en esta playa, pues yo vi que estaba en
la playa, ¡dime dónde está! En efecto, las huellas no siguen más allá”. Ella se da cuenta de que el regalo del dios da buen
resultado, y divertida de que le pregunten por sí misma, inmediatamente así a sus preguntas: “hace rato que ninguna
persona excepto yo, que ninguna mujer ha estado en esta playa”. El dueño le creyó y volviendo sobre sus pasos se
marchó andando por la arena, engañado. Ella volvió a recuperar su forma. Pero cuando su padre supo que su hija tenía
un cuerpo transformable, la vendió repetidas veces a varios dueños, y ella escapaba, ora yegua, ora pájaro, ora vaca, ora
ciervo, y proporcionaba a su voraz padre inmerecido alimento. No obstante, cuando la fuerza de aquel mal hubo
consumido toda la sustancia y hubo dado nuevo sustento a la grave enfermedad, Erisictón empezó a arrancarse su
propia carne con mordiscos desgarradores, y así el infeliz se alimentaba disminuyendo su propio cuerpo.
Publio Ovidio Naso. Metamorfosis