Víctor Paz: La tradición literaria de tres escritores cruceños: Suárez
Arauz, Carvalho Urey y Saavedra Weise
Culturas
Es evidente que los grandes escritores pasan transitando los siglos,
y el XXI marca el inicio de un gran salto en la literatura cruceña por
la fuerza y pujanza de autores con autenticidad y estilística muy
propia, venciendo aquellos cánones rígidos de la literatura nacional.
“Un país se hace con grandes hombres y libros”, dijo Augusto
Guzmán.
Es esencial salir del ostracismo y mirar de manera global un mundo
de grandes posibilidades comunicacionales a partir de las redes
sociales del Internet. Dejar de soñar en aquella mediterraneidad
absoluta y tangencial en la memoria de nuestros escritores, que no
abarcan la posibilidad de ascender a las alturas ni tampoco bajar a
las llanuras.
“Por extensión del razonamiento, ser conocido en Bolivia no
significa ser un perfecto desconocido en Latinoamérica; o ser
conocido en Latinoamérica no significa ser un perfecto desconocido
en el resto del mundo”, tal como lo manifiesta en una conferencia el
escritor Eduardo Scott Moreno, ya que el mismo autor con una
notoriedad evidente nos afirma que “Santa Cruz es quizás una
excepción en estos últimos 20 años porque ha avanzado
grandemente”.
Santa Cruz de la Sierra es una ciudad en la que converge un gran
conglomerado de habitantes de diferentes ciudades del mundo, la
migración interna le otorga otro cariz social y cultural con miradas
muy particulares a la contemporaneidad. En nuestros espacios y
paralelos se entronca ese codo epistolar geográfico de los Andes, el
Chaco y los Llanos para gravitar desde la periferia a ese otro codo
epistolar* geográfico de lo plurinacional.
La articulación de un “sistema literario”, “corpus literario”, o “canon
literario” es necesario y urgente en las opiniones del crítico de
literatura Mauricio Souza Crespo, que pondera de una manera
práctica un proyecto de educación tradicional desde la perspectiva
de un escritor con derechos a existir con su propia obra literaria y
sus propias experiencias como escritor.
Hago la presentación de tres escritores influyentes y fundacionales
en la literatura Cruceña:
Nicomedes Suárez Arauz es poeta, cuentista, doctorado en
literatura comparada. Ha sido catedrático en Bolivia y Estados
Unidos. Nació el año 1946 en Santa Ana del Yacuma. Por su
ascendencia está vinculado desde siempre a las familias cruceñas.
En 1977 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Franz Tamayo. Es
conocido mundialmente por su teoría estética de la amnesis, cuyo
planteamiento se basa en las grandes lagunas de olvido como
metáfora estructural, la memoria como una razón fragmentaria de
olvido, es así que el ser humano de pronto empieza a improvisar y
va creando fábulas como un proceso universal preparándose dicha
memoria como un motivo de creación.
Nicomedes además es ensayista, teórico de las artes, traductor,
artista visual, nos lleva desde visiones distintas del arte hacia un
mundo onírico fragmentado, con particularidades disímiles en la
razón formal de la realidad apresurada de imágenes… Él nos lleva
al collage de la poesía hecha pintura en un diván de silencio y
palabras, evocando la nostalgia por su inmensa Amazonía y su grito
desde la plasticidad hacia la libertad de sus colores.
Su poesía, al igual que su pintura, es de nuestra América: /Siempre
hay la victoria de la vida/ sobre la muerte/ Siempre crecen brazos
músculos/ arterias/ América se nutre/ de acero y sol/ cosecha de
manos/ la distancia se envuelve se desenvuelve/ autos, luciérnagas/
con almas de viento/ carreteras llenas de niños/ somos ebrios/
obstinados amantes del azul…/.
Sus publicaciones incluyen once libros, seis de ellos de poesía:
Recetario Amazónico de Dios (2002), The America Poem (1976),
Amnesis Art, The Art of the Lost Object (1973), Amazonian Literary
Review, Río amazonas (Antología, 1998), Loén; Un mundo
amazónico olvidado (antología, 2010).
Ruber Carvalho Urey. Poeta, novelista, abogado, artista plástico y
esencialmente anarquista, caminó por la política en un mundo de
principios, perseguido por las dictaduras de Banzer y García Meza,
estuvo exiliado en Santiago de Chile y Venezuela en dos periodos
(años 70 y 80).
Su vasta obra literaria camina, tal como lo afirma él, “hacia la
sublimación del lenguaje, el sueño de la palabra hecha poesía”, tal
es así que para nuestro escritor, tan influyente en el panorama de la
literatura cruceña, la “poesía es universal”, ajena a los perfiles del
escritor localista, de campanario, de las llanuras o de los andes,
confiesa su sentido de pertenencia y proclama su pasaporte como
ciudadano del mundo: “Yo nací en el Beni, vivo en Santa Cruz, amo
a esta tierra, pero yo podría vivir en Estambul, en Praga, podría vivir
en el África, podría vivir donde usted me ponga”. Su poesía es
totalmente bascularia en todos los tiempos; emerge del canon del
escritor con varios registros poéticos, hay un búsqueda continua por
la formas del lenguaje, hay un contacto y cariño con el posible
lector. Ruber escribe para la memoria de los pueblos, desde su
epistolares cartas a Maiakovski: Querido Vladimir Vladimirovich:/ No
conocí tu calle ni tu casa,/ nunca me invitaron,/ pero conozco tus
poemas,/ tu ira de estrellas/ y tus terribles cometas de versos/ con
martillo./ De tu mano segura…/; o, como lo manifiesta en unas
palabras epistolares en su carta No.22 a un tal Evo Morales:
/Parece una metáfora, pero no lo es. Hay personas que se parecen
a su rostro, presidente; Ud. Es/ una de ellas. Impávido, incapaz de
expresar una reacción cabal a su estado de ánimo, inmutable e/
inexpresivo como la piedra cuando dice una mentira e incapaz de
sonrojarse cuando comete una barbaridad/. O cuando convergen en
la nostalgia, desde el exilio: /Te prometí un día, amada,/ te prometí
tantas cosas… Pero llegó una noche el vendaval, convirtiendo en
hojarascas/ los versos y los sueños,/ la patria se estremeció en
llantos y el color de la sangre/ tiñó los muros de las calles y las
cárceles./ ¡Cuántos niños y hombres murieron con el dolor/ del
hambre y el plomo en las entrañas!/.(Exilio. Caracas, 5/02/76).
Ruber ocupó cargos importantes, como ser oficial mayor de Cultura
de Santa Cruz (1990-1995), subsecretario de Patrimonio Cultural de
la Secretaría Nacional de Cultura (1995). Entre las obras más
importantes del autor, se destacan: Septiembre de hojas amarillas
(teatro), Por tu modo de andar y mi forma de soñarte… (prosa
poética), canto, catum, cantorum (poesía), Ahí te dejo el mar…con
otras cosas (poesía), Del tiempo y los exilios (poesía), Las cartas
que escribí mientras dormías (prosa poética), Cuando la luna se
baja para bañarse en el mar (prosa poética), Improperia (novela),
Basculario (ensayo y artículos), Versario (poesía), Manual de
historia de Bolivia (Historia).
Su obra plástica es muy necesaria para una retrospectiva completa
de la historia del arte boliviano, con mucha validez para la
presentación oficial de sus obras pictóricas.
Carlos A. Saavedra Weise es aforista, poeta, cuentista y médico
cirujano maxilofacial. Su literatura gravita a partir de la razón
aforística, como la “máxima síntesis de la razón humana”, como él
mismo señala. Es un escritor de talla internacional, más conocido
en el exterior, donde su obra ha sido traducida a varios idiomas. Su
obra se encuentra registrada en 18 bibliotecas de Estados Unidos.
Sus libros están digitalizados en la red, asimismo es parte de la
antología mundial Geary’s Guide to the World’s Great Aphorists, de
James Geary, figurando como el más consagrado aforista
latinoamericano, cuya trascendencia es global y digital, como él
mismo lo confirma: “yo partí hacia el libro digital con una finalidad
ecológica y económica, como una manera de sacar mis libros al
mundo y también como una finalidad ecológica, cada libro se come
un bosque”.
Su esencia aforística es humana, su sensibilidad lo lleva a la
construcción de la palabra, su lenguaje gravita en lo esencial del
pensamiento, afina el sentido de la vida con un consabido
metalenguaje: /La vida es más cruel que la muerte./ La soledad es
un vicio perfecto./ Una simple línea puede contener muchas vidas./
En el bosque de la imaginación las ilusiones se pierden./ Ser mortal
implica un cruel compromiso./ Todo es infinito, menos la vida/.
Víctor Paz: La tradición literaria de tres escritores cruceños: Suárez
Arauz, Carvalho Urey y Saavedra Weise
Culturas
CAMBASPOETAS01
Es evidente que los grandes escritores pasan transitando los siglos,
y el XXI marca el inicio de un gran salto en la literatura cruceña por
la fuerza y pujanza de autores con autenticidad y estilística muy
propia, venciendo aquellos cánones rígidos de la literatura nacional.
“Un país se hace con grandes hombres y libros”, dijo Augusto
Guzmán.
Es esencial salir del ostracismo y mirar de manera global un mundo
de grandes posibilidades comunicacionales a partir de las redes
sociales del Internet. Dejar de soñar en aquella mediterraneidad
absoluta y tangencial en la memoria de nuestros escritores, que no
abarcan la posibilidad de ascender a las alturas ni tampoco bajar a
las llanuras.
“Por extensión del razonamiento, ser conocido en Bolivia no
significa ser un perfecto desconocido en Latinoamérica; o ser
conocido en Latinoamérica no significa ser un perfecto desconocido
en el resto del mundo”, tal como lo manifiesta en una conferencia el
escritor Eduardo Scott Moreno, ya que el mismo autor con una
notoriedad evidente nos afirma que “Santa Cruz es quizás una
excepción en estos últimos 20 años porque ha avanzado
grandemente”.
Santa Cruz de la Sierra es una ciudad en la que converge un gran
conglomerado de habitantes de diferentes ciudades del mundo, la
migración interna le otorga otro cariz social y cultural con miradas
muy particulares a la contemporaneidad. En nuestros espacios y
paralelos se entronca ese codo epistolar geográfico de los Andes, el
Chaco y los Llanos para gravitar desde la periferia a ese otro codo
epistolar* geográfico de lo plurinacional.
La articulación de un “sistema literario”, “corpus literario”, o “canon
literario” es necesario y urgente en las opiniones del crítico de
literatura Mauricio Souza Crespo, que pondera de una manera
práctica un proyecto de educación tradicional desde la perspectiva
de un escritor con derechos a existir con su propia obra literaria y
sus propias experiencias como escritor.
Hago la presentación de tres escritores influyentes y fundacionales
en la literatura Cruceña:
Nicomedes Suárez Arauz es poeta, cuentista, doctorado en
literatura comparada. Ha sido catedrático en Bolivia y Estados
Unidos. Nació el año 1946 en Santa Ana del Yacuma. Por su
ascendencia está vinculado desde siempre a las familias cruceñas.
En 1977 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Franz Tamayo. Es
conocido mundialmente por su teoría estética de la amnesis, cuyo
planteamiento se basa en las grandes lagunas de olvido como
metáfora estructural, la memoria como una razón fragmentaria de
olvido, es así que el ser humano de pronto empieza a improvisar y
va creando fábulas como un proceso universal preparándose dicha
memoria como un motivo de creación.
Nicomedes además es ensayista, teórico de las artes, traductor,
artista visual, nos lleva desde visiones distintas del arte hacia un
mundo onírico fragmentado, con particularidades disímiles en la
razón formal de la realidad apresurada de imágenes… Él nos lleva
al collage de la poesía hecha pintura en un diván de silencio y
palabras, evocando la nostalgia por su inmensa Amazonía y su grito
desde la plasticidad hacia la libertad de sus colores.
Su poesía, al igual que su pintura, es de nuestra América: /Siempre
hay la victoria de la vida/ sobre la muerte/ Siempre crecen brazos
músculos/ arterias/ América se nutre/ de acero y sol/ cosecha de
manos/ la distancia se envuelve se desenvuelve/ autos, luciérnagas/
con almas de viento/ carreteras llenas de niños/ somos ebrios/
obstinados amantes del azul…/.
Sus publicaciones incluyen once libros, seis de ellos de poesía:
Recetario Amazónico de Dios (2002), The America Poem (1976),
Amnesis Art, The Art of the Lost Object (1973), Amazonian Literary
Review, Río amazonas (Antología, 1998), Loén; Un mundo
amazónico olvidado (antología, 2010).
Ruber Carvalho Urey. Poeta, novelista, abogado, artista plástico y
esencialmente anarquista, caminó por la política en un mundo de
principios, perseguido por las dictaduras de Banzer y García Meza,
estuvo exiliado en Santiago de Chile y Venezuela en dos periodos
(años 70 y 80).
Su vasta obra literaria camina, tal como lo afirma él, “hacia la
sublimación del lenguaje, el sueño de la palabra hecha poesía”, tal
es así que para nuestro escritor, tan influyente en el panorama de la
literatura cruceña, la “poesía es universal”, ajena a los perfiles del
escritor localista, de campanario, de las llanuras o de los andes,
confiesa su sentido de pertenencia y proclama su pasaporte como
ciudadano del mundo: “Yo nací en el Beni, vivo en Santa Cruz, amo
a esta tierra, pero yo podría vivir en Estambul, en Praga, podría vivir
en el África, podría vivir donde usted me ponga”. Su poesía es
totalmente bascularia en todos los tiempos; emerge del canon del
escritor con varios registros poéticos, hay un búsqueda continua por
la formas del lenguaje, hay un contacto y cariño con el posible
lector. Ruber escribe para la memoria de los pueblos, desde su
epistolares cartas a Maiakovski: Querido Vladimir Vladimirovich:/ No
conocí tu calle ni tu casa,/ nunca me invitaron,/ pero conozco tus
poemas,/ tu ira de estrellas/ y tus terribles cometas de versos/ con
martillo./ De tu mano segura…/; o, como lo manifiesta en unas
palabras epistolares en su carta No.22 a un tal Evo Morales:
/Parece una metáfora, pero no lo es. Hay personas que se parecen
a su rostro, presidente; Ud. Es/ una de ellas. Impávido, incapaz de
expresar una reacción cabal a su estado de ánimo, inmutable e/
inexpresivo como la piedra cuando dice una mentira e incapaz de
sonrojarse cuando comete una barbaridad/. O cuando convergen en
la nostalgia, desde el exilio: /Te prometí un día, amada,/ te prometí
tantas cosas… Pero llegó una noche el vendaval, convirtiendo en
hojarascas/ los versos y los sueños,/ la patria se estremeció en
llantos y el color de la sangre/ tiñó los muros de las calles y las
cárceles./ ¡Cuántos niños y hombres murieron con el dolor/ del
hambre y el plomo en las entrañas!/.(Exilio. Caracas, 5/02/76).
Ruber ocupó cargos importantes, como ser oficial mayor de Cultura
de Santa Cruz (1990-1995), subsecretario de Patrimonio Cultural de
la Secretaría Nacional de Cultura (1995). Entre las obras más
importantes del autor, se destacan: Septiembre de hojas amarillas
(teatro), Por tu modo de andar y mi forma de soñarte… (prosa
poética), canto, catum, cantorum (poesía), Ahí te dejo el mar…con
otras cosas (poesía), Del tiempo y los exilios (poesía), Las cartas
que escribí mientras dormías (prosa poética), Cuando la luna se
baja para bañarse en el mar (prosa poética), Improperia (novela),
Basculario (ensayo y artículos), Versario (poesía), Manual de
historia de Bolivia (Historia).
Su obra plástica es muy necesaria para una retrospectiva completa
de la historia del arte boliviano, con mucha validez para la
presentación oficial de sus obras pictóricas.
Carlos A. Saavedra Weise es aforista, poeta, cuentista y médico
cirujano maxilofacial. Su literatura gravita a partir de la razón
aforística, como la “máxima síntesis de la razón humana”, como él
mismo señala. Es un escritor de talla internacional, más conocido
en el exterior, donde su obra ha sido traducida a varios idiomas. Su
obra se encuentra registrada en 18 bibliotecas de Estados Unidos.
Sus libros están digitalizados en la red, asimismo es parte de la
antología mundial Geary’s Guide to the World’s Great Aphorists, de
James Geary, figurando como el más consagrado aforista
latinoamericano, cuya trascendencia es global y digital, como él
mismo lo confirma: “yo partí hacia el libro digital con una finalidad
ecológica y económica, como una manera de sacar mis libros al
mundo y también como una finalidad ecológica, cada libro se come
un bosque”.
Su esencia aforística es humana, su sensibilidad lo lleva a la
construcción de la palabra, su lenguaje gravita en lo esencial del
pensamiento, afina el sentido de la vida con un consabido
metalenguaje: /La vida es más cruel que la muerte./ La soledad es
un vicio perfecto./ Una simple línea puede contener muchas vidas./
En el bosque de la imaginación las ilusiones se pierden./ Ser mortal
implica un cruel compromiso./ Todo es infinito, menos la vida/.
Su experiencia con la poesía y el haiku lo lleva a captar grados de
definición en la naturaleza, ya no en la razón sino en la gravitación
mental que puede alcanzar el poeta en la contemplación y en el
espíritu de Zen, con la conjugación entre la brisa, la luz, el paisaje y
lo trascendental. Para Weise significa: “retratar un instante de la
vida de una forma mágica y poética”, /No dormí nada/la arbolada es
testigo/ vivo por ella/. Podemos percibirlo en su poética, /Viento y
bambú/ hoy musitan tu nombre/ sale la luna/, /Se fue la lluvia/ en las
ramas del pino/ las gotas duermen/.
Obras publicadas por el autor: Aforismos: Alfa (1991), Así son las
cosas (1992), Si el viento (1992), Cronos (1992), Preguntas
insonoras (1997), Metaforismos y líneas (1998), That’s the way it is
(Así son las cosas, 2000), Epitafio nocturno (2000), caminante
(2006), Breve manual de aforismo (en coautoría con Luis Andrade,
2008), Gota a gota (2008), Narrativa: El ojo del general (1993),
Subterfugios (1995), Ejes y engranajes (1997), Ángel con alas de
paraba comiendo guayabas (1998). Poesía: Jaikus para Florcilla
(2007), Jaikus del Samurai (2007), También se puede ver en
Internet: www.librosenred.com, donde se pueden encontrar las
obras de Carlos Saavedra Weise.
Corresponde articular la tradición de autores cruceños influyentes,
hecho que nos permitiría descubrir la vastedad de su trabajo, con el
consabido derecho que tienes nuestros autores de existir. Hay que
volver a leerlos y releerlos y lograr concebir en los lenguajes de la
identidad cultural cuáles son las grandes obras clásicas de la
literatura nacional.
*Santa Cruz de la Sierra, donde converge todo el correo postal de
las de zonas geográficas de influencia (Macizo Andino, tierras baja
del Oriente, Chaco y Amazonia).
Fotos: José Cabanillas.
Su experiencia con la poesía y el haiku lo lleva a captar grados de
definición en la naturaleza, ya no en la razón sino en la gravitación
mental que puede alcanzar el poeta en la contemplación y en el
espíritu de Zen, con la conjugación entre la brisa, la luz, el paisaje y
lo trascendental. Para Weise significa: “retratar un instante de la
vida de una forma mágica y poética”, /No dormí nada/la arbolada es
testigo/ vivo por ella/. Podemos percibirlo en su poética, /Viento y
bambú/ hoy musitan tu nombre/ sale la luna/, /Se fue la lluvia/ en las
ramas del pino/ las gotas duermen/.
Obras publicadas por el autor: Aforismos: Alfa (1991), Así son las
cosas (1992), Si el viento (1992), Cronos (1992), Preguntas
insonoras (1997), Metaforismos y líneas (1998), That’s the way it is
(Así son las cosas, 2000), Epitafio nocturno (2000), caminante
(2006), Breve manual de aforismo (en coautoría con Luis Andrade,
2008), Gota a gota (2008), Narrativa: El ojo del general (1993),
Subterfugios (1995), Ejes y engranajes (1997), Ángel con alas de
paraba comiendo guayabas (1998). Poesía: Jaikus para Florcilla
(2007), Jaikus del Samurai (2007), También se puede ver en
Internet: www.librosenred.com, donde se pueden encontrar las
obras de Carlos Saavedra Weise.
Corresponde articular la tradición de autores cruceños influyentes,
hecho que nos permitiría descubrir la vastedad de su trabajo, con el
consabido derecho que tienes nuestros autores de existir. Hay que
volver a leerlos y releerlos y lograr concebir en los lenguajes de la
identidad cultural cuáles son las grandes obras clásicas de la
literatura nacional.
*Santa Cruz de la Sierra, donde converge todo el correo postal de
las de zonas geográficas de influencia (Macizo Andino, tierras baja
del Oriente, Chaco y Amazonia).
Fotos: José Cabanillas.
NOVEDADES
Vida & Fotos
Bibliografía
Cuerpo Crítico
Docencia
Doctorado Honoris Causa
Premios y Distinciones
Textos para leer
Entrevistas
Periodismo
Cine
La Fundación
Contacto
Entrevistas Literarias
Sobre Literatura y el oficio de escritor
Diálogo con Reina Roffé, para su libro Conversaciones
americanas(Ediciones Páginas de Espuma, Madrid, 2003. ISBN:
8495642077).
—¿Cuál es, a su entender, el proceso que ha seguido su escritura
desde el primer libro publicado (La revolución en bicicleta, 1980) a
Santo Oficio de la Memoria (1991)?
—Todo escritor avanza lentamente en su producción salvo que
tenga un talento descomunal, que no es mi caso. Va evolucionando
como persona y como lector. Es cierto que uno se enorgullece de
las páginas leídas más que de las escritas, para decirlo
borgeanamente. Por lo tanto, a medida que avanza como persona y
como lector, uno también avanza como escritor. Para un narrador,
la acumulación de experiencia vital e intelectual es muy importante.
Decía Marguerite Yourcenar que hay novelas que no se pueden
escribir antes de los 40 años. A la acumulación de vida y de
preocupaciones estéticas se suman las encrucijadas de tipo ético a
las que un escritor debe enfrentarse y dar respuesta en un
determinado momento. Sentí, hace ya varios años, que estaba
desarrollando un tipo de trabajo que, aunque tenía cierta eficacia,
era producto de una emergencia personal y colectiva. Pertenezco a
una generación de escritores argentinos que nos formamos al influjo
de las luchas políticas y sociales, a la sombra del boom, con la
explosión de la literatura latinoamericana abriéndose paso como
estética universal. Todo esto pesó mucho en mí, aunque siempre
tuve presente que mi proceso iba a ser lento, que yo era un escritor
más dentro de una generación muy rica como fue la del ‘70 en la
Argentina. Por esos años yo era muy joven y me limité a acompañar
todo lo que iba surgiendo en la narrativa de mi país.
—No obstante, sus tres primeras novelas, La revolución en bicicleta
(1980), El cielo con las manos (1981) y Luna caliente (1983),
alcanzaron una considerable repercusión internacional y se hicieron
de ellas muchas ediciones en varios países latinoamericanos y
europeos.
—Sí, tuvieron un éxito para mí inesperado. Sin embargo, cuando yo
vivía en el exilio, en México, se desató la Guerra de las Malvinas. A
mí ese hecho me produjo una tremenda conmoción, tal vez por la
distancia física, geográfica y también histórica: hacía ya siete años
que estaba fuera de mi país. En ese momento, y dada la impresión
que me produjo, pensé que iba a escribir una de las muchas
novelas que —yo creía— iban a escribirse después sobre la Guerra.
Curiosamente, no se escribieron tantas sobre este tema y la mía
tampoco lo aborda de manera específica. Pero la Guerra funcionó
para mí como el disparador de una voz narrativa que yo desconocía
y que emergió en abril de 1982, cuando comencé a escribir lo que
años después fue Santo Oficio de la Memoria. Tenía una fuerte
compulsión por responder, no tanto a la pregunta “adónde vamos a
ir a parar”, sino “de dónde venimos”. Desde luego, necesitaba ir
hacia atrás y revisar la historia de ese pueblo a veces incalificable.
Creo que ésta es una característica bastante notable de la literatura
latinoamericana actual y un sello de la postmodernidad o de lo que
algunos llaman postboom: abordar la realidad porque es impulso,
pero para modificarla ficcionalmente.
—¿Usted se sitúa entre los narradores del postboom?
—El postboom es una corriente que hace unos años empezó a ser
considerada en los Estados Unidos. Algunos todavía discuten si la
denominación postboom es correcta. A Juan Martini, por ejemplo,
no le gustaba, pero sí a Antonio Skármeta. Más allá de la
denominación es indudable que se produjo una escritura diferente
de la del boom. Hija del boom, sin duda, y nieta del preboom, que
para mí fue más grandioso. Pienso en Borges, Carpentier y Rulfo.
Los verdaderos tres grandes junto con Guimarâes—Rosa. Entre las
características del postboom está el abandono de la orfebrería
verbal, de la retórica narcisista que llama más la atención sobre el
virtuosismo y los artificios del autor que sobre la materia narrada.
Otra característica —entre muchas más que requerirían todo un
desarrollo teórico— es que en el postboom el exilio, interior o
exterior, no fue por vocación cultural sino por desgarro de nuestras
naciones, lo cual arroja una escritura sin pretensión de hacer
decálogos políticos revolucionarios para Latinoamérica como
hicieron los autores del boom, que se sintieron y en cierto modo
fueron —y todavía son— verdaderos estadistas. Nosotros somos,
creo, mucho más humildes y desvalidos, y quizá por eso no
tenemos figuras consulares ni un staff de críticos a nuestro servicio.
A nosotros no nos define la Revolución Cubana. Mi generación no
necesitó caer en el cubanismo acrítico, eludió los baches del
realismo socialista y tampoco sucumbió al frenesí anticubano
reaccionario y macartista. De manera que yo no me sitúo entre los
narradores del postboom, pero sí me siento parte de este
movimiento y es obvio que muchos críticos me incluyen en él, al
menos en los Estados Unidos y México.
—¿Usted diría que esas tres primeras novelas son representativas
de la estética del postboom?
—Posiblemente, aunque jamás tuve la intención de representar a
nadie ni a nada. Apenas me doy abasto con mis propias
desesperaciones. Yo tengo una novelita como Luna caliente que es
muy popular y mi obra que más se conoce en el mundo. Pero la
verdad es que no sé si representa alguna estética, aunque algo
debe tener porque las nuevas generaciones la siguen leyendo y
gustando. En cuanto a La revolución en bicicleta, hoy me parece un
poco fuera de época aunque en su momento fue bien recibida. Y El
cielo... bueno, quizá su mérito sea el de haber sido uno de los
primeros textos del exilio argentino de los ‘70. Pero fíjese que, en
todo caso, si yo tuviera que mencionar una novela que represente
algo, quizá pensaría en Santo Oficio de la Memoria. No sólo porque
creo que es mi novela mayor, mi mejor trabajo hasta ahora, sino
porque allí hay puestos muchos años, mucha lectura y meditación y
acaso más sabiduría, si es que alcancé alguna.
—Desde su misma generación y por la época en que usted
comenzó a publicar se dieron obras que bien pueden considerarse
adscriptas a la tradición literaria a la que se ha referido.
—Sí, pero como casos aislados. Pertenezco a una generación que
pensó que la revolución social estaba a la vuelta de la esquina.
Desde luego el papel que jugaba la Historia, las luchas por la
liberación, la pasión nacional y latinoamericana de entonces
aparecen en las obras que escribíamos en los ‘70 y ‘80, pero uno de
los problemas de la época y de algunos escritores fue creer que la
literatura era un vehículo revolucionario, lo cual es un error y un
disparate generacional que cometimos muchos de nosotros. A mí
me costó su tiempo desprenderme de aquel influjo político, social y
colectivo. Creo que la soledad del exilio, las lecturas y también el
crecimiento individual redundaron en que mis preocupaciones
estéticas se convirtieran en lo primordial a la hora de escribir. Por
eso estimo más a mis dos worst—sellers, mis dos novelas peor
vendidas: Qué solos se quedan los muertos (1985) y Santo Oficio...
—Usted suele decir que Santo Oficio de la memoria es una novela
polifónica. ¿Por qué?
—Porque carece de narrador omnisciente. La concebí como un coro
griego. Cada personaje da un paso al frente, dice su monólogo,
canta su canción y vuelve atrás; es el coro quien interactúa. Esta
novela requiere un lector con cierta cultura y bastante paciencia.
Puede decepcionar al público de nuestro tiempo, incluso a mis
propios lectores, los que devoraron mis libros anteriores. Yo sé que
esta novela dejó tendidos en el camino a la mitad de sus lectores.
—¿Cree que el corte con respecto a su narrativa anterior es
también un salto que lo acerca a la complejidad histórica y lo aleja
del episodio anecdótico?
—Sí, creo que sí. Debo reconocer que había una linealidad o
clasicismo en mi modo de contar que rompí con Santo Oficio... A
partir de esta novela hay un cambio en mi escritura que yo asumo y
del que estoy satisfecho, porque me permití acceder a una mayor
sofisticación de mis propios recursos y acaso apelé a otros lectores.
En el ‘82 advertí que no quería continuar en la misma línea narrativa
y con el típico manejo de una situación novelada en la que hay dos
o tres personajes que actúan a través de tal o cual peripecia y
ninguna geografía determinada. Sentí que tenía otra necesidad y
me dejé llevar. Las voces que fueron apareciendo tenían
reminiscencias históricas muy fuertes, surgieron mis ancestros: los
inmigrantes. Además, los núcleos narrativos que emergían tenían
que ver con momentos históricos del país. Mi mirada no era la del
típico historiador, sino otra que prestaba más atención a la vivencia
de la Historia mediante el comentario de los abuelos y los padres.
Por ejemplo, no me interesó narrar la historia de Gardel, sino cómo
vivían las quinceañeras de los años ‘30 el auge del tango y de
Gardel; las luchas por la prostitución y las drogas entre
organizaciones mafiosas de los años ‘30 y ‘40. El radicalismo y el
peronismo, el surgimiento del socialismo como fenómeno
inmigratorio a finales del XIX. Todo esto lo empecé a revisar en los
libros de Historia y en la literatura. En la narrativa argentina del
Siglo XIX ya están todas estas marcas y yo me fui entroncando,
diría que sin darme cuenta, en la tradición de nuestra literatura.
—En esta novela se nota el aliento del Faulkner de Mientras yo
agonizo. ¿No piensa que esa multiplicidad de voces, ese contar un
mismo acontecimiento desde perspectivas diferentes le puede
hacer perder la línea narrativa central?
—Yo creo que no. Al contrario, me parece que perspectivas
diferentes reafirman toda línea narrativa. Que se enriquece en la
variación. No digo reiteración, sino variación. Hay muchos trabajos
críticos que establecieron paralelos e influencias en Santo Oficio...
pero para mí en esa novela hay un solo tema que es la Literatura,
abordada desde una multiplicidad de voces porque es, justamente,
una novela polifónica. Y es también una novela de viajes porque yo
creo que la Literatura es el viaje por antonomasia. Y también es una
novela sobre la inmigración precisamente por eso, porque la
travesía del transterrado (exiliado o inmigrante) tiene esas
obsesiones: buscar un destino, asentarse en la nueva patria, volver
en cuanto se pueda y hablar, hablar todo el tiempo como si las
palabras fueran capaces de modificar la lejanía y el extrañamiento
en que viven. Desde luego, para nuestros padres y abuelos debió
ser una aventura mayor porque ellos venían en barcos y desde
enormes distancias. Ni siquiera eran viajes directos y ellos debían
hacer escalas que muchas veces les modificaban el destino
previsto. Por otra parte, para ellos emigrar significaba una ruptura:
se iban para nunca más volver y podía suceder que la memoria les
resultara tan dolorosa que necesitaban olvidar su origen para
sobrevivir. Ese era su quiebre. No obstante, como la memoria es
más persistente que la voluntad, y no depende de ella, a la larga
reaparecían los orígenes y los fantasmas, y el viaje, entonces,
resultaba interminable. Es cierto que hoy un viaje en avión dura
cuando mucho veinte horas y así ningún país de origen está hoy
demasiado lejos, con lo que la travesía ha perdido aquella
significación. Pero eso no quiere decir que el desgarramiento sea
menor, sino que la memoria funcionará de otra manera. En Santo
Oficio creo que estas cosas están presentes. Toda ella es un viaje
—viaje interior, viaje literario— y la propuesta es que el placer
radica en andar y no en llegar. En parte es por esa razón que Pedro
regresa al país en barco, que es un viaje que garantiza ansiedad,
incertidumbre, meditación constante, todo lo cual me era necesario
para que la novela tuviera, precisamente, diversidad de
perspectivas. Semejante viaje no podía escribirse, creí yo, sino a
través de una multiplicidad de voces, y además superpuestas, como
suele pasar en esos coros desorganizados y caóticos que llamamos
familias o países.
—¿Fue un ejercicio consciente de novela histórica? ¿Usted sabía, o
quería, incursionar en ese género?
—No, simplemente fue un ejercicio de novela, como lo es toda
novela. Al menos las que yo intento y escribo. El calificativo de
“histórica” no me gusta nada últimamente. Remite a una moda, y lo
que es peor a una moda de mercado. Si se trata de historiar
acontecimientos o episodios, yo podría decir que antes de Santo
Oficio... ya había “historiado” porque para algunos críticos La
revolución en bicicleta era una novela histórica en tanto parte de un
episodio real de la vida política del Paraguay. Lo que quiero decir es
que jamás me propuse incursionar en este ni en ningún otro género.
Yo escribo novelas y cuentos: es decir, escribo ficciones, mentiras.
Los narradores que se meten a historiadores, como los
historiadores que se meten a novelistas, lamento decirlo pero me
aburren muchísimo.
—Desde el título, su novela privilegia el ejercicio de la memoria. Sin
embargo, trabajar con la memoria, y sobre todo con períodos
históricos extensos como los que abarca Santo oficio..., suele
presentar problemas narrativos de difícil resolución. ¿Cómo ha
salvado estos problemas?
—Le dediqué nueve años de trabajo. Al final, cuando la releía,
advertí que la novela tenía momentos morosos, que los personajes
presentaban contradicciones, que necesitaba pulir y corregir
muchas partes, pero a la vez me di cuenta de que es la memoria la
que siempre es caótica. Por lo tanto, no podía yo ordenar
demasiado el texto porque la memoria es así: a veces
piadosamente selectiva y otras despiadadamente elusiva. Entonces,
pensé que ahí había un aspecto original. Uno procura festejar con
su obra, como dice Foucault, el acontecimiento del retorno a las
distintas originalidades.
—Su novela no sólo incursiona en la Historia, sino también en la
literatura de nuestro tiempo. En este sentido, ¿piensa que el lector
puede encontrar la punta del ovillo de una teoría sobre la cultura
actual latinoamericana?
—El personaje sobre el cual más se habla en la novela, Pedro, a
quien todos esperan, es un exiliado itinerante. Por su profesión de
ingeniero, debe desplazarse, y lleva un cuaderno de viaje en el que
apunta impresiones acerca de obras y autores. Traté de ver la
literatura desde el punto de vista del lector y dar ideas que, desde
luego, contienen una especie de teoría: para mí el boom fue un
fenómeno absolutamente original y lo considero el Siglo de Oro de
nuestra literatura. Así como creo que la narrativa norteamericana
fue la gran revolución durante la primera mitad del siglo XX, en las
últimas décadas esa puntuación la dio la narrativa de América
Latina y específicamente la del boom. Aunque yo jamás intenté el
realismo—mágico, reconozco que esa corriente literaria fue el
parteaguas de la literatura de los últimos 50 años. Esos autores
fueron nuestros maestros, abrieron camino, impusieron un nuevo
modo de contar. Don Gabo es uno de los maestros más grandes de
nuestra lengua porque ha revolucionado tanto a la literatura
universal que hoy en día los escritores de casi todas las lenguas e
idiosincracias todavía escriben realismo—mágico. Buena parte de la
literatura universal que se lee en la actualidad es una literatura
latinoamericana 30 años después, ¿no? Con todo el respeto que
me merecen los autores que mencionaré, creo que Rushdie,
Kundera, Allende, Naipaul, Irving, Morrison y aún Muñoz Molina,
entre otros, son escritores tardíos del boom latinoamericano. Y yo
tengo para mí que quien hoy en día quiera constituirse en
vanguardia tendrá —primero que nada— que despegarse de ese
camino.
—¿Evidentemente usted cree que ciertas figuras del boom
funcionaron también como destino inevitable de su generación?
—Claro, a nosotros nos pasó que escribir a lo García Márquez, a lo
Cortázar o a lo Borges era una tumba segura. Si uno era más o
menos consciente, lo primero que tenía que hacer era huir de esas
influencias. ¿Dónde encontrábamos la voz para el tratamiento de la
realidad? Algunos consideran —Skármeta lo ha dicho alguna vez—
que nosotros empezamos a hacer algo así como realismo poético.
También se habló de hiperrealismo o de neo—realismo. No sé cuál
es la categoría correcta. Yo prefiero hablar, en lugar de esas
categorías y de postboom, de Literatura de las Democracias
Recuperadas. Allí me siento cómodo: en la búsqueda a través de la
cual aparecen un montón de elementos que nos caracterizan.
—¿Sus nuevas preocupaciones estéticas ponen en cuestión el
tratamiento de la realidad en su escritura?
—Yo no diría eso. El realismo en la literatura latinoamericana ha
sido una especie de destino necesario e inevitable, y quizás en
cierta medida lo sigue siendo. Lo importante es ver de qué modo el
hecho estético trabaja la realidad, de manera que el realismo pueda
superar la mera transposición de lo que pasa en la vida cotidiana.
Creo que la literatura latinoamericana buscó y dio alternativas.
Pienso en el realismo social de los años ‘30, en lo primero que
escribieron Jorge Amado y Alejo Carpentier, y en lo que después se
llamó realismo—mágico. Siempre se han dado variaciones de trato
con la realidad. La literatura fantástica —cuya mayor tradición está
en la Argentina y cuyo epígono yo creo que no es Borges, sino
Lugones— en verdad es una literatura que también —si se piensa
en el Lugones de Las fuerzas extrañas y de los Cuentos fatales—
resulta una inflexión deformada del realismo. Esto está presente en
Bioy Casares, en Silvina Ocampo, en el mismo Borges. “Emma
Zunz” y “El muerto” son cuentos realistas.
—¿Podría especificar cuáles son los elementos característicos y
aglutinadores de este otro tratamiento de la realidad?
—Escribimos contra la política, como bien ha sugerido Ricardo
Piglia. Pero la política se infiltra en nuestros textos, como se infiltra
la realidad. Aunque no lo queramos, realidad y política se meten por
los resquicios, inficionan nuestros textos. Hoy creo que tenemos
una actitud conciente de huir de lo fotográfico social—político para
concebir toda la literatura como un hecho fantástico en sí mismo.
Para mí la literatura fantástica no existe como categoría, porque
toda la literatura es fantástica. Otro elemento es la presencia
distinta de la mujer en la escritura: como sujeto de nuestras obras y
también como sujeto escritor que hoy tiene un lugar que antes no
tenía. Esto también es un fenómeno de la democracia recuperada.
Hay, además, un abandono del exotismo que es lo que más me
agrada. No escribo pensando en lo que Europa o Estados Unidos
quieren leer. No estoy pensando en darles una imagen de mi país o
de América Latina donde el exotismo llame la atención. No quiero
ser injusto y decir con esto que los autores del boom o anteriores al
boom lo hicieron con esta intención .Pero el resultado fue ése. Y
otra característica fuerte es el retorno a la Historia. En toda la
narrativa latinoamericana del XIX y del XX estuvo presente (en
Facundo, en Los de abajo, en Doña Bárbara) pero la sensación que
tengo hoy es que hay una recuperación bastante notable y más
conciente de episodios que son alusiones al presente. Esta mirada
hacia la Historia se entronca con la tragedia reciente que hemos
vivido. Esto se ve en autores como el uruguayo Tomás de Mattos
con su ¡Bernabé, Bernabé!, en el mexicano Fernando del Paso y su
magnífica Noticias del Imperio, en el paraguayo Guido Rodríguez-
Alcalá que escribe una saga de dictadores de su país en una
versión diferente de la de Yo, el Supremo de Roa Bastos. También
lo veo en sus novelas, Reina, y en las novelas de María Esther de
Miguel y de Elsa Osorio, en las de Bryce Echenique e incluso en la
última de Skármeta. No nos pusimos de acuerdo, pero en las
Democracias Recuperadas esto es lo que está pasando.
—¿Qué implicaciones tiene escribir desde las Democracias
Recuperadas?
—Implicaciones que abarcan lo literario y lo social, sin dudas. Yo
me siento cómodo porque no delimitan, y en el caso de que haya
algún tipo de frontera sé que puedo cruzarla con alegría y
tranquilidad, porque mi preocupación central pasa por contar algo
que no ha sido contado antes. Esto es lo constitutivo de Santo
oficio... Fui muy amigo de Juan Rulfo y de alguna manera puedo
considerarme su discípulo: una vez él me contó que escribió Pedro
Páramo porque se había dado cuenta de que quería intentar una
novela que en la literatura mexicana no existía y que a él le hubiese
gustado leer. Eso mismo quise hacer yo con Santo oficio... No sé si
es una buena o mala novela, ya se dirá. Tampoco sé si es un antes
o un después. Pero sé que esta novela no estaba en la literatura de
mi país, y sé que no responde a ninguna moda o corriente, moderna
o postmoderna. Es la novela que yo quería hacer porque era la
novela que quería leer.
—El exilio, que implica alejarse de las raíces, de una identidad
nacional, y, muchas veces idiomática, genera perturbaciones
perceptibles en el corpus creativo. Según Angel Rama, estas
perturbaciones, contrariamente a lo esperado, han sido
capitalizadas en beneficio del discurso literario que se enriqueció y
se amplió en la medida que los escritores se fueron contactando
con otras culturas. En este sentido, ¿se podría decir que su novela
Qué solos se quedan los muertos (1985) es, en cierta manera, el
resultado de su exilio en México entre los años 1976 y 1984?
—Sin duda. Literariamente, todo exilio es capitalizable, dado que es
una situación traumática, es un corte, algo nuevo. Habría que tener
los sentimientos de una ameba para que eso no provocara una
serie de conmociones personales y estéticas. El nuevo país de
residencia permite incorporar lenguaje, costumbres, musicalidad,
geografía e historia. En México, por otra parte, hay una cultura dos
veces milenaria y de una riqueza asombrosa. La colonización
española fue diferente en México que en la Argentina y eso está en
el aire. En la ciudad de Zacatecas, donde yo ambiento esa novela,
esto es particularmente perceptible. La novela fue un homenaje a
México, una rendición de cuentas y también una manera de
despedirme de ese país en el que viví diez años fundamentales de
mi vida.
—¿De ahí también el hecho de ambientar la novela en dos épocas
y en dos países, México y Argentina?
—Sí, fue mi modo de expresar que en esos años anduve con un pie
en cada lado. Porque nunca dejé de soñar con volver a la
Argentina, pero al mismo tiempo vivía procurando entender y amar
a México. El exilio sentido como la exclusiva nostalgia del país
perdido no es bueno; es mejor disponerse a echar de menos pero
sintiendo que se está ganando otro país, otra experiencia. Por eso
he vivido el exilio deseando volver y sabiendo que la marca del
transterrado es como la de la vacuna contra la viruela: la lleva uno
en la piel para siempre, no se quita jamás.
—¿Se podría decir que esta novela es la historia de una derrota y
de una traición?
—No me gustan las etiquetas, aunque sé que en toda visión crítica
se pueden adoptar (y se adoptan) categorías de este tipo,
paralelismos y opuestos. Pero yo no veo ahí una historia de derrota
y traición. Lo que quizás hay allí es una reflexión sobre las causas y
el significado de una derrota, pero no me siento historiando ninguna
traición. Todos los textos admiten diversas lecturas y a mí me gusta
que con los míos suceda, por supuesto. Si en Qué solos... alguien
quiere ver una novelita policial, puede hacerlo. Quien prefiera
detenerse en la historia de amor, también tiene su parada. Quien
escoja leer una historia política o social o prefiera compartir o
discutir una reflexión sobre los argentinos (reflexión nada
complaciente, por cierto), también tiene su abrevadero. De cualquier
forma, esa novela me sirvió para acabar con cierta temática que yo
venía practicando.
—¿Qué significa acabar con una temática?
—Tomarse un respiro de una serie de obsesiones que me
persiguieron durante los primeros 20 años de trabajo: el Chaco, las
mujeres en mi vida, ciertos recortes autobiográficos evidentes; el
tema de la muerte como signo de todo lo que llevo escrito; la
violencia como indagación y desesperación; la ausencia de los
padres que yo mismo sufrí. Todos estos motivos conformaron una
especie de saga involuntaria desde La revolución en bicicleta hasta
Luna caliente e incluso en una mala novelita que publiqué por esos
días y que hoy prefiero olvidar: Por qué prohibieron el circo (1983).
Tengo para mí que con Qué solos... inicié un proceso de cambio
decisivo: desde allí probé otros tonos y otras fueron las búsquedas.
Me gustaría pensar que fue a partir de esa novela que comencé a
madurar.
—Su novela Luna caliente fue llevada al cine en 1984, dirigida por
Roberto Denis y con guión de José Pablo Feinmann. ¿Cómo resultó
para usted esa experiencia?
—Pésima, desastrosa. Se introdujeron cambios en la historia que
no me convencieron y el filme resultante fue más que mediocre. La
película no sólo no me gustó a mí sino que la crítica la destrozó, y
con razón. Así que mejor olvidar todo aquello. Fue, sin embargo,
una experiencia interesante en otros sentidos y en cuanto a
aprendizaje.
—De alguna manera, en su obra siempre está presente su país.
¿Cuál es —o debería ser— la relación escritor-política, escritor-
realidad contingente?
—Ante todo, yo respeto cómo cada escritor resuelve esa cuestión y
no quisiera aparecer dictando reglas generales. Pero sí puedo decir
que en mi caso, en efecto, esa liaison es tan evidente como
inevitable, y ello se debe a que siempre viví metido de lleno en la
realidad contrastante y paradojal de la Argentina. No puedo, no sé
vivir al margen de los compromisos que me impone la tierra donde
nací, a la que amo irracionalmente y en la que adoro vivir
protestando. Quizá toda la explicación se encuentre en el desafío
permanente y fascinante que es ser un ciudadano probo y ético en
un país que tiene la ética tan golpeada. Quizá eso me sirvió para
escribir con los ojos puestos en la imaginación pero sin desatender
la realidad que me rodea. Esto es: todo lo que he procurado y
procuro es escribir como se sueña, soñar como se siente, sentir
como se vive y vivir como se piensa.
—¿Por qué el narrador de Qué solos se empeña en aclarar que no
se trata de una novela policial?
—El narrador que se empeña en esta aclaración creo que soy yo
mismo tratando de decirle al lector que no caiga en la simpleza de
leer la novela como un simple policial. Y es que muchos piensan,
aún hoy, que el policial es un género menor. Algo así como la
zarzuela frente a la ópera. No me parece mal que quien quiera
leerla como una policial, lo haga. Y ojalá lo pase bien. Pero tengo
para mí que policial fue sólo la forma que elegí para narrar esa
historia.
—Mientras Carmen, la argentina, es linda y esnob, Hilda, la
mexicana, el otro personaje femenino de esta novela, es fea pero
”entera, derecha y honesta”. También algo feminista. ¿Le fue
necesario trabajar con estos estereotipos?
—La caracterización de Carmen como linda y esnob me parece
insuficiente. Porque también es digna y apasionada, débil y fuerte,
violenta y tierna. Sentimental pero dura, granítica. Es, en suma, una
mujer argentina, una típica porteña. No me parece justo leerla sólo
como “linda y esnob”. En cuanto a Hilda, la mexicana, también se la
describe como entera y honesta porque ésa es la idea que yo
quería dar de la mujer mexicana. Pero hay que agregar que es
inteligente, sensible, camarada. Yo no creo en los estereotipos,
aunque en la literatura universal son muy eficaces. ¿O no son
estereotipos las mujeres de Stendhal, Flaubert, Leopoldo Alas,
Dostoievsky o Hemingway? ¿Y las matronas sureñas de Faulkner y
aun las mujeres de Flannery O’Connor? ¿Y las de García Márquez,
Cortázar o Kundera, como las de Isabel Allende o las de Laura
Esquivel? Todos los caracteres de la literatura universal son
estereotipos, o acaban siéndolo. Lo lamento, no es mi culpa. Mis
personajes femeninos son sólo una explicación personal que me
vengo dando desde hace años. Perdóneme la digresión, pero yo he
sido acusado de machista porque tuve la honestidad de inquirirme
en voz alta (y en letra impresa) acerca de la mujer, esa mitad del
mundo tan maravillosa e inexplicable que ni el psicoanálisis ha
podido definir. Yo he sufrido mucho ese tipo de crítica. La mujer de
Bartolo, en La revolución en bicicleta, la Lolita que es Araceli en
Luna caliente, la mujer estatua de sal que es Aurora en El cielo con
las manos, vaya, todas son estereotipos. ¿Y qué hay con eso?
Precisamente en Qué solos... intenté salirme de aquellos moldes
pero usted me dice que caigo en estereotipos... ¡Vaya...!
—Si provoco es justamente porque sé que usted ha hecho una
revisión a fondo del tema y muchos de sus libros dan prueba de
ello. Por ejemplo, en El país de las maravillas y en Final de novela
en Patagonia dedica muchas páginas a hablar sobre su relación con
las mujeres, sobre la escritura de las mujeres y sobre su propio
aprendizaje para desprenderse de los rasgos machistas.
—Ah, sí, claro, y celebro que reconozca esto. Y es que yo soy lo
que podría llamarse un machista “curado”, ¿comprende? Y es que
todos, todos los hombres de mi generación, y también de las
generaciones contemporáneas, hemos sido machistas y nos hemos
visto forzados a dejar de serlo. No sé si todos lo logran, pero yo di
mi lucha y fue cuerpo a cuerpo, o mejor dicho, texto a texto. Por
eso, en cierto modo yo diría que el varón de los últimos veinte,
treinta años, cualquiera sea su edad, es un machista curado. Creo
sin ninguna duda que el feminismo, el proceso de reconversión del
rol de la mujer en la sociedad moderna, ha forzado a que los
varones cambiemos. Y todos hemos cambiado. Algunos con mayor
resistencia y muchos hay todavía que no quieren cambiar, es
evidente. Estamos hablando de la mitad del mundo, que somos
varones, y esa mitad nos hemos tenido que adaptar, con gusto o a
disgusto, con mayor o menor conciencia, nos hemos tenido que
adaptar a esta revolución que ha sido la reconversión del rol de la
mujer. Yo lo he dicho muchas veces y lo he escrito: la gran
revolución del siglo veinte ha sido el cambio en el rol de la mujer. Y
sobre todo en los últimos treinta años. Y en una revolución de ese
tamaño, de esa envergadura, nosotros los varones también hemos
tenido que cambiar. De mi generación yo creo haber sido uno de los
que entendió esto muy pronto y por eso no me resistí. Estoy muy
orgulloso de ello, muy feliz por el enorme cambio que se produjo en
mí. Hasta mi primera juventud yo era un típico macho argentino o
americano, educado por una escuela machista, por una familia
machista, una mamá machista y una educación social de
concepción completamente machista. Soy de la generación que
nace después de la Segunda Guerra Mundial. Y cuando en los’60 y
los ‘70 se produjo este gran cambio, yo lo viví, lo acompañé. Quizá
con asombro y dolor al comienzo, pero hoy con enorme felicidad.
No sé si un hombre puede ser feminista; yo creo que sí, y por eso
me siento feminista y me alegro de serlo. Celebro este cambio en
mí y lo agradezco como una oportunidad porque he conocido
mujeres en mi vida que me ayudaron a cambiar, que me enseñaron
mucho, que hicieron pedagogía conmigo, me señalaron mis
costados machistas y me ayudaron a amar a las mujeres como
personas y no desde perspectivas sexistas. Y además creo que
cambié, fundamentalmente, porque soy padre de dos hijas y desde
que ellas eran niñas me fui dando cuenta de que no pertenecían a
una mitad del mundo que fuera pequeña ni débil ni insegura. Para
mí siempre fueron dos personas que tenían, y tienen, las mismas
posibilidades y capacidades de cualquier otra persona, del sexo que
sea. Así aprendí a luchar contra mi propio paternalismo. Y todos
estos cambios, desde luego, me parece que han sido muy ricos. A
esto es lo que llamo machismo “curado”. Porque el machismo es
una enfermedad social que se puede curar como se curan el
alcoholismo, la drogadicción o el tabaquismo. Creo que en mí lo he
curado y hoy estoy mucho más alerta y me siento más hombre, me
siento mejor como hombre y además, lo que más celebro, es que
todo este proceso se puede ver en mi literatura. Si se recorren mis
personajes femeninos y el tratamiento de la figura de la mujer desde
mis primeros cuentos hasta mi última novela, los textos muestran
palmariamente este cambio. Yo estoy muy orgulloso de haber
abandonado el sexismo. Que es para mí uno de los problemas más
graves de la civilización contemporánea.
—¿Pero cuál fue la base, digamos, el origen de su “conversión” al
feminismo?
—Mi relación con las mujeres ha sido el destino mismo de mi vida:
en mi casa el ritmo lo marcaba mi mamá y yo me crié en un
ambiente de mujeres: mamá, mi hermana, las amigas de ambas,
luego mis novias, mis amigas, no sé, siempre he comprobado
sentirme cómodo y feliz entre mujeres. Aprendí además que la
narración misma es femenina. Contar, narrar la vida, describir lo
que pasa, descubrir los sentimientos, ponerle nombre a las cosas
suele ser más bien oficio de mujeres que de varones. Los varones,
digamos, tradicionalmente siempre se ocuparon de “las cosas
importantes”, ¿no? Los trabajos rudos, gobernar, hacer la guerra,
las conquistas, hechos pero no palabras... Y a mí me gustaron
siempre mucho más las palabras, y en la vida he visto que casi
siempre las palabras estaban en boca de las mujeres. Por
supuesto, yo cometí todas las tonterías y misoginias de cualquier
varón latinoamericano, pero por suerte me fui dando cuenta de que
eso me empobrecía. Y además, es obvio que ser papá de dos
mujeres, me ayudó muchísimo. Pero no creo que haya demasiado
mérito en mi proceso. En todo caso, lo que me da pena es pensar lo
que se pierden muchos varones aferrándose al machismo, de igual
modo que lamento el feminismo primitivamente agresivo que
todavía subsiste.
—¿Cómo percibe lo que algunos llaman “boom de las mujeres” en
la literatura latinoamericana? ¿Existe tal cosa?
—Es evidente que existe como fenómeno comercial. De hecho está
comprobado que en todo el mundo son muchas más las lectoras
que los lectores, y es obvio que la mayoría de los grandes éxitos de
los últimos diez o quince años —no sé si en todas las lenguas pero
sin dudas en castellano— han sido escritos por mujeres. De modo
que sería necio negar esa realidad. Ahora, si la pregunta apunta a
saber qué opino yo, pues diré que me parece una característica
irrelevante para la literatura. Los fenómenos de venta masiva, las
modas temáticas y las tendencias escriturales basadas en
estrategias comerciales sexistas, no son literatura. Y a mí me
interesa la literatura.
—¿Pero considera justo el juicio de algunos críticos que sostienen
que, en general, los libros de las escritoras latinoamericanas son
“light”, como los llaman?
—Participo de todos los juicios críticos que reprochan cualquier
literatura “light”, entendida por tal toda escritura superficial, liviana,
intrascendente y “a la moda”. Sea escrita por varones o por
mujeres, es una seudo—literatura: se trata de una escritura menor,
estupidizante y solamente comercial. Es cierto que últimamente hay
algunas mujeres escritoras que parecen prestarse a ese juego, y
hay muchas más con deseos de jugarlo. Bueno, lo lamento por ellas
pero en tanto pobres personas, pobres escritoras. No por su
condición de mujeres. Yo no soy sexista y no abordo la literatura en
términos genitales.
—¿Y después de Santo Oficio..., diría que siguió habiendo cambios
en su escritura? ¿Cómo ha sido su evolución, o la de sus intereses?
—Cuando terminé esa novela, y a pesar de que gané el Rómulo
Gallegos en 1993, me quedé como atontado. Estuve mucho tiempo
en silencio, no podía escribir nada. Sólo en el ‘94 empecé a romper
la inercia y me divertí escribiendo Imposible equilibrio (1995), una
novelita que me sirvió para, precisamente, cambiar de tema y
cambiar todo. Nada que ver con nada anterior. Una de aventuras,
una road—novel o road—book. Puro cachondeo, persecuciones y
tiros en plan absurdo. Yo adoro ese texto, sobre todo porque
descubrí que había allí personajes que estaban y siguen estando
vivos. Algunos todavía tienen mucho que actuar, en textos que
vendrán. Estoy seguro de eso. Y luego fue El décimo Infierno (1999)
que es una novelita feroz. Inconveniente, desesperada,
políticamente incorrecta, casi pornográfica y despojada de
esperanzas. Una novela, digo yo, del menemismo. Entendido el
vocablo como una forma moderna y argentina de corromper y vivir
en la carroña ética. También del ‘99 es la edición de mis Cuentos
Completos. Tema que para mí es pura nostalgia, si me deja decirlo.
—¿Por qué, nostalgia de qué?
—La nostalgia de que nunca, nadie, me entrevista para hablar del
cuento, que sin embargo es el género que más amo. Ya ve el daño
que hace el marketing, cómo nos encasilla. Yo tengo predilección
por algunos de mis cuentos por sobre las novelas, ¿sabe? Hay dos
o tres cuentos por los que tengo una estima muy particular, aunque
esto es difícil de decir porque tener estima o predilección por un
texto no quiere decir que uno malquiera a los otros.
—¿Por dónde pasa para usted la modernidad?
—Yo diría que por el lado de la parodia y de la Historia. Son
caminos que se están transitando y en ellos, a lo mejor, está la
potencialidad para encontrar una voz propia, al menos para mi
generación. Pero esto forma parte de una crisis mundial. Ser
original es un poco exótico hoy en día, ¿no?, además de difícil. Hay
demasiado plagio, demasiada tontería y frivolidad. Eso que llaman
“ligth” parece el signo de nuestros tiempos. Si eso es ser modernos,
caramba, yo prefiero a los clásicos.
—¿Podría adjudicarse parte de esta crisis a las campañas de
marketing, donde el sujeto de la literatura parece ya no ser el lector,
sino el propio editor, a quien sólo se complace con la búsqueda de
la técnica que mejor se adapte a su montaje de ofertas, premios y
propaganda?
—Es cierto que el marketing vino a complicar el mundo de la
literatura y que ahora condiciona y determina los gustos del público
y hasta decide lo que va a funcionar o no. Sin embargo, un escritor
cabal no debe preocuparse por las imposiciones del mercado. A mí
el marketing me tiene sin cuidado. Me sigue interesando mucho
más la literatura que el éxito, el dinero o la fama. Mi escritura no
depende de la opinión de un editor ni mucho menos se adecua a las
reglas del mercado. No quiero sonar soberbio, pero yo escribo sólo
y exclusivamente gobernado por mi pasión y mis sueños. Es lo
único que me importa y lo único que va a determinar el tamaño
estético, ético y de volumen de mi obra. De todos modos, es cierto
que el marketing es cada vez más determinante, eso no se puede
negar. Pero bueno, ya pasará. Si todo es moda y fugacidad,
también esto va a pasar. Y la literatura va a sobrevivir, de eso sí
que no tengo dudas. No es que yo piense, como George Steiner,
que sólo de situaciones y sociedades del Tercer Mundo es dable
esperar una revitalización literaria, pero algo de eso parece haber,
¿no? Porque en Europa y los Estados Unidos ahora casi todo es
puro marketing. Saramago, Tabucchi o Morrison son las
excepciones, quizá, pero la norma del Primer Mundo es la
repetición; no el agotamiento porque los talentos no se agotan ni
tienen nacionalidad, pero sí la repetición, la moda, el producir en
serie. Eso es lo que todavía no se comete —tanto— en la literatura
del Tercer Mundo y a mí me parece que eso explica que siga siendo
tan vital y capaz de nuevas originalidades. Me refiero a los autores
tercermundistas no colonizados, desde luego.
Se puede escribir en un mundo que ha decretado la muerte de casi
todas las utopías?
-Tengo mis dudas con respecto a la muerte de las utopías. Porque
cuando matan una, la obligación que uno tiene, como intelectual y
hombre sensible, es inventar la próxima. Creo que no hay una
utopía de vida, sino que la vida misma es utopía. Cada aspiración
de mejorar lleva implícito un sueño utópico. La utopía es
consustancial al ser humano, es ontológica; existimos en tanto
somos utópicos. Sí, en cambio, han muerto algunos dogmas y me
parece muy bien que así sea. Yo pasé por un mundo dogmático y
me adscribí a algunos dogmas que ahora me alegro que se hayan
estrellado. El fin de los dogmatismos perfecciona la libertad de
pensamiento y, sobre todo, de democratización del pensamiento.
Creo que a pesar de las contradicciones feroces del mundo actual,
en la entrada al Tercer Milenio estamos teniendo un sentido de
libertad que no hubo antes. Casi todas las generaciones de
intelectuales latinoamericanos estuvieron signadas por los dogmas.
Nosotros somos la primera generación que está acabando con
ellos. Esta es una de las buenas cosas que nos ha tocado vivir. Hoy
en día todos los dogmas son cuestionados automáticamente. Nadie
le vende a nadie carne podrida y nadie quiere comprarla, y esto es
un ejercicio de libertad, una democratización de pensamiento muy
grande.
—Usted coordina en su ciudad, Resistencia, una Fundación que
lleva su nombre. ¿Podría decirme cuáles fueron los motivos que lo
llevaron a crearla y las actividades que esta Fundación ofrece?
—Bueno, jurídicamente nació en marzo de 1999, pero con un grupo
de amigos ya veníamos trabajando en este sentido desde mucho
antes. A fines de los ‘80 yo fundé la revista “Puro Cuento” y desde
entonces empezamos a promover actividades culturales desde un
plano no político. Aquel sueño se frustró en 1992, pero a mí me
quedaron muchos amigos, una dura experiencia y la seguridad de
que habría una segunda oportunidad. A la vez creció el acervo de
mi biblioteca personal, que hoy me parece apreciable y decidí
legarla en vida al Chaco. Paralelamente, desde 1996 vengo
organizando, con el auspicio de la Universidad Nacional del
Nordeste, un acontecimiento fabuloso: el Foro Internacional por el
Fomento del Libro y la Lectura, que congrega anualmente a unos
tres mil estudiantes, maestros, bibliotecarios, escritores y lectores.
Es un acontecimiento extraordinario, inimaginable para los
porteños. El éxito de los sucesivos Foros (en cinco años hemos
invitado a más de 150 escritores y críticos de unos 30 países) y su
formidable repercusión internacional, nos hicieron ver que era
urgente lanzar una institución con proyección hacia el futuro. Al
crear la Fundación, creamos el Centro de Altos Estudios Literarios y
Sociales, que llamamos CAELYS—CHACO. De hecho, viene
siendo nuestro marco institucional más importante y le estamos
dando una orientación claramente educativa y humanística. Ya
llevamos dos años realizando intercambios con universidades
norteamericanas, e iniciamos en julio pasado un Seminario de
Posgrado en coordinación con la Universidad de Virginia, destinado
a profesores de Literatura Argentina norteamericanos y con la
participación de escritores de primerísimo orden. En el 2001 lo
repetiremos y también estamos poniendo en marcha intercambios
con universidades del Brasil. Asimismo, organizamos permanentes
ciclos de conferencias y diálogos abiertos e incluso ya sacamos
algunas primeras publicaciones institucionales. En general, se trata
de contribuir a la preservación de la memoria histórico—cultural del
Chaco y del Nordeste argentino y estamos fundando las bases de
una Casa de la Cultura de la Fundación, que funcionará como
Centro Cultural y será sede de la Biblioteca Literaria que el Chaco
actualmente no tiene. Y otro de los planes inmediatos es el
relanzamiento de la revista Puro Cuento, que tenemos planeado
para mediados del 2001, si los vientos nos resultan favorables.
—Usted dirigió durante muchos años la revista Puro cuento.
¿Podría contarme la trayectoria de esta publicación, sus objetivos y
alcances?
—Fue una experiencia extraordinaria, pero dolorosa. Durante más
de seis años publicamos 36 ediciones, más de dos mil páginas, casi
novecientos cuentos de todo el mundo. Después de “El Cuento”, la
revista fundada en México en 1939 por Edmundo Valadés y Juan
Rulfo, fuimos la primera íntegramente dedicada al género. Se
componía de puros cuentos, una entrevista con un gran autor del
género, un artículo de preceptiva cuentística y talleres, concursos,
todo lo que rodeaba al cuento literario universal.
—¿Piensa volver a publicar Puro cuento?
—Claro, es un sueño interminable. La tuve que cerrar en 1992 a
causa del desastre económico que inició el menemismo y que ha
venido destruyendo a mi país. Pero ahora hay nuevas tecnologías y
estamos pensando en un relanzamiento digital para mediados del
2001. Ojalá podamos.
—Su libro El país de las maravillas surgió, en cierto modo, de un
programa que usted hizo para televisión. ¿Podría contarme cómo
fue su experiencia en este medio?
—En los últimos tiempos de la revista, conduje un programa de
televisión en el que entrevistaba a cuentistas notables. Fue una
riquísima experiencia, que discontinué cuando cerré Puro Cuento.
Años más tarde, en 1996, me propusieron conducir otro programa.
Lo llamé “El País de las Maravillas” porque era una visión un tanto
irónica de la Argentina, sus mitos, sus creencias, sus taras. La
paremiología argentina es riquísima y mi programa se ocupó de
ella. Y de allí, de los guiones que yo mismo escribía cada semana,
surgió este libro.
—El país de las maravillas está dedicado a Beby, que es su
hermana. ¿Podría hablarme del entorno familiar, de su infancia, de
la ausencia de sus padres? ¿Qué personaje de este entorno fue
para usted importante en cuanto a su vocación de escritor?
—Yo vengo de un típico hogar de clase media más bien baja: mi
padre fue marinero, viajante de comercio, panadero; apenas había
cursado hasta tercer grado de primaria. Mi mamá provenía de una
familia conservadora y con mayores pretensiones, y aunque no
había completado su secundaria tocaba muy bien el piano.
Vivíamos en una casa modesta, alquilada, y la familia se
completaba con mi hermana, quien me lleva doce años y siempre
ha sido mi mejor amiga. De niño me portaba muy mal, mi conducta
era horrible. Me pasaba horas dibujando y pintando, leía mucho,
jugaba muy mal al fútbol, era un equlibrista virtuoso con mi bicicleta
y adoraba treparme a los árboles para contemplar el mundo desde
allí. De adolescente fui hábil en la escultura en madera y tallaba
miniaturas en tizas y escarbadientes. Y tocaba (mal) la guitarra. En
mi casa había un razonable acuerdo: mi madre, devota católica, se
hizo cargo de la educación religiosa y así mi hermana estudió en un
colegio de monjas. Mi padre, socialista, se hizo cargo de la
educación social y así yo estudié en una escuela pública a la que
asistían los chicos más pobres de Resistencia. Eso sí: me crié en
un ambiente en el que había amor: mis padres siempre se miraron
embobados y eran muy apasionados y cachondos. Yo tomé la
primera comunión luego de una pulseada que ganó mi mamá. Mis
padres murieron jóvenes, cuando yo apenas entraba en la
adolescencia. Fue algo durísimo para mí, aunque sólo me di cuenta
de la gravedad de aquellas pérdidas muchos años después. Mis
tutores fueron entonces mi hermana y su marido, Buby, que fue
como mi segundo padre y mi mejor amigo en la adolescencia.
Ahora pienso que aquella etapa fue un poco triste y quizá por eso
me refugié tanto en la lectura: porque encontraba sosiego y placer y
el mundo de la fantasía era mejor. Tuve que empezar a trabajar a
los 13 años y terminé la secundaria y entré a la universidad con
mucho esfuerzo. Debía trabajar y estudiar a la vez y fue una etapa
muy difícil. Creo que sobreviví a fuerza de autodisciplina, pero lo
que me parece más importante es que yo escribí siempre lo que
quise escribir en cada momento y lo que necesité decir en cada
etapa lo dije mediante un libro.
—En El país de las maravillas usted habla fundamentalmente del
carácter de los argentinos. De este carácter o modo de ser, ¿qué
señalaría usted como lo más molesto y qué como lo más
rescatable?
—Me obliga usted a resumir en pocas palabras un libro de 400
páginas... Pero bueno, digamos que lo que más me irrita de
nosotros los argentinos es la ignorancia generalizada, disfrazada de
supuesto saber. También el resentimiento social que han prohijado
el peronismo, la dictadura, el radicalismo y el menemismo, en ese
orden. Y lo rescatable... la esperanza que todavía vive en muchos
de nosotros de que nos merecemos un país mejor y de que es
posible.
—En El País de las Maravillas éste fue uno de los temas de ensayo
más descarnado sobre la realidad argentina de hoy. ¿Cómo fue la
reacción a ese libro en su país?
—Hubo de todo, como era de esperar para un libro que no es
complaciente hacia nosotros mismos. Cuando nuestro país y
nuestra realidad nos duele, seamos autores o lectores, estemos de
un lado o del otro de la barda, todo intento de explicación y toda
reflexión sobre por qué somos como somos y nos comportamos
como nos comportamos, necesariamente sacude y provoca
polémicas. Es la naturaleza misma de los que se han dado en
llamar “ensayos nacionales”. Es inevitable que a uno lo ataquen,
ninguneen o alaben. Lo importante es que nada de eso afecta
demasiado y uno puede seguir adelante.
—Final de novela en Patagonia, que acaba de recibir el Premio
Grandes Viajeros 2000, no es sólo un relato de viaje, como podría
parecer, sino un libro en el que usted incluye reflexiones literarias,
retratos de personajes diversos, comentarios sobre situaciones
sociales y políticas de la Argentina, relata sueños suyos y sueños
ficcionales de grandes figuras de la literatura universal, inserta
cuentos, poemas, fragmentos de una novela inacabada y también
fragmentos de vida, de su propia vida. ¿Es, en realidad, una suerte
de autobiografía que se esconde detrás de un motivo, el viaje a la
Patagonia?
—No, claramente no, jamás he querido autobiografiar nada. Más
aún: la autobiografía es un género que a mí no me interesa porque
que ha producido algunos textos despreciables. Hay que tener un
ego monumental y estar autoconvencido de que la propia vida es
fascinante para ponerse a escribir una autobiografía. Lo que me
parece mucho mejor, y más digno y modesto, es que uno vaya
mezclando e intercalando experiencias y datos de la propia vida en
la ficción que escribe. Y esto no es otra cosa que hacer literatura.
¿O acaso no lo hizo Cervantes en Don Quijote, donde nos dio la
cátedra mayor a este respecto? De modo que en Final de novela...
lo que hago es aprovechar un viaje maravilloso para combinarlo con
aspectos de mi vida y de lo que fui viendo, y a su vez todo
mezclado con la reflexión literaria permanente sobre los problemas
que como autores enfrentamos cuando escribimos. Nada de
autobiografía, Reina. Ni en este libro ni en ningún otro.
—La incorporación de microcuentos dentro del relato principal,
recurso que usted también emplea en algunas de sus novelas,
particularmente en Imposible equilibrio, lo vincula a usted a cierta
tradición literaria latinoamericana. En este sentido, ¿se siente más
cerca de Borges o de Rulfo?
—Más cerca de Cervantes, en realidad.
—En su última novela publicada hasta ahora (diciembre 2000), El
décimo Infierno, acaso más que una aventura criminal o con tintes
policiacos puede leerse una novela del cinismo, incluso quizá un
alegre cinismo. ¿Está de acuerdo?
—Esta novela tiene que ver con una indagación que vengo
haciendo desde hace tiempo sobre la Maldad contemporánea.
Pienso que el siglo y el milenio se cierran con la Maldad en el centro
del escenario: ahí podemos incluir al cinismo, la corrupción, la
hipocresía, la mentira, la insolidaridad, el cretinismo. Creo que hoy
hay una perversión generalizada —y para mí asombrosamente
admitida— en las relaciones humanas, que se establecen en
muchas ocasiones en base al cinismo, sin duda. Pero déjeme
decirle que, cuando escribo, yo no pienso en el género que trabajo
sino que estoy preocupado por resolver el texto en sí, la anécdota,
la trama, los personajes. No pensé en ningún momento —con esta
novela— en hacer un texto policiaco o de misterio. Aunque ahora sí
creo que admite esa lectura. De hecho gran parte de los libros de
hoy son narrativa negra, ¿no? Las formas literarias de lo que
podríamos llamar el realismo capitalista, son indudablemente
negras.
—Usted ha recibido varios premios muy importantes, entre otros, el
Rómulo Gallegos. ¿Pero hay otro que le gustaría especialmente
recibir?
—No pienso en premios. Pienso en lo que quiero escribir. Si luego
viene un premio, qué bueno, pero me parece que ha de ser una
triste vida la del que espera ganar tal o cual premio, ¿no? Por cierto,
el verbo “ganar” o las palabras “triunfo” o “éxito”, que son tan caras
a los norteamericanos y los globalizados, a mí no me interesan ni
me estimulan. No escribo para ganar nada. No hago nada para
triunfar. Quizá por eso los premios que he recibido me han
producido una sobria alegría: porque no los esperaba. En cada caso
lo celebré con amigos y buen vino, pero consciente de tres cosas: al
cabo de un par de semanas todo habrá terminado; un premio no
hace que uno escriba mejor o peor; y en mi vida nada cambia
porque siempre estoy trabajando el próximo libro.
—¿Qué es lo mejor que le ha dado escribir?
—Bueno, me ha dado la vida. La literatura es mi respiración y no es
una simple frase: cuando las actividades de la vida cotidiana me
alejan de la literatura, cuando no tengo un buen libro que leer,
cuando no escribo y paso períodos de sequía escritural,
verdaderamente me siento morir. Uno se pasa la vida intentando
responder esa pregunta fundamental: ¿Qué diablos es la literatura?
Y para ello no queda otra que leer y escribir todo el tiempo. Porque
si algo es la literatura es un bosque en el que uno no sabe con qué
se va a encontrar. El bosque siempre plantea imprevistos, es un
laberinto del que no se sabe salir y del que si se encuentra una
salida no necesariamente será a la luz. Caminar acosado por
infinitos riesgos, éso es la literatura para mí. Y es lo mejor que me
ha dado escribir, porque la vida sin riesgos ha de ser muy aburrida,
me parece, y yo no me he aburrido jamás.
ENTREVISTA CON EL ESCRITOR CHAQUEÑO JESÚS
URZAGASTI: "MI LITERATURA ES UNA APUESTA POR LOS
VASOS COMUNICANTES QUE CRUZAN EL PAÍS"
Sáb, 2013-06-01 01:45 | salcazar
Versión para impresora
El año 2002, entre marzo y abril, gracias a su generosa amistad,
Jesús Urzagasti, accedió a esta entrevista. Entre palabras y
silencios, respondió por su literatura, habló de “nacionalismos”, de
lo guaraní, cuyo ritmo ha tratado de materializar en sus textos, y por
nuestra proximidad geográfica, sobre el chaco y el gas, en una
coyuntura próxima a la insurrección del pueblo boliviano en octubre
de 2003. Nuestro homenaje a uno de los más grandes escritores
que ha dado nuestra patria y nuestra gratitud por su amistad y
compromiso al constructor de los vasos comunicantes obstruidos
por sordos regionalismos en Bolivia. (MOG)
Patricia Ferrufino/Mirko Orgáz García
Jesús Urzagasti, escritor y periodista, nació en 1941 en Campo
Pajoso, provincia del Gran Chaco. Es autor de dos libros de poesía
-Yerubia y La colina que da al mar azul-, una narración para niños
-Cuaderno de Lilino- y cinco novelas: Tirinea, En el país del silencio,
De la ventana al parque, Los tejedores de la noche y Un verano con
Marina Sangabriel. Su libro En el país del silencio fue traducido al
inglés por Kay Pritchett y publicado en 1994 por la editorial de la
Universidad de Arkansas/Estados Unidos.
En febrero de este año, la editorial Crocetti de Milán publicó la
versión italiana de su novela Tirinea. El libro de Urzagasti -con una
cubierta del artista español Javier Seco- fue traducido por Claudio
Cinti.
En la siguiente entrevista el escritor chaqueño habla de lo que
entiende por literatura, reflexiona sobre la democracia y la política,
se sumerge en el mundo guaraní y rememora su provincia que tiene
en su escritura el aire de la nostalgia y la respiración de los sueños.
Anclado en el Chaco boliviano, Jesús Urzagazti es un devoto de la
comunicación en un país que se expresa en más de cincuenta
idiomas.
Pregunta (P): ¿Cuál es la temática que se aborda en su obra
Tirinea, recién traducida al Italiano?
Jesús Urzagasti (JU): Tirinea tiene un argumento tenue y, de algún
modo, se sustrae de la tesitura convencional de la novela; en su
momento no faltaron críticos que la consideraron una narración
experimental. En sus páginas ya están presentes, si se quiere de
una manera incipiente, algunas de las preocupaciones que me
atañen como escritor: el lenguaje, la memoria y la exploración de un
país a menudo menoscabado por la incomprensión. En Tirinea
emergen dos personajes: un joven escritor llamado Fielkho, que
pugna por asumir su vocación sin desligarse de la vida; y el Viejo,
que aparece como regulador de la trama. El contrapunto se
resuelve en un final imprevisto.
P: ¿Cuándo fue escrita Tirinea y qué circunstancias determinaron
su publicación en la Argentina?
JU: Escribí el libro del 23 de febrero al 12 de junio de 1967. En
septiembre de ese año visitó La Paz el ensayista y novelista
argentino H. A. Murena. Y se llevó Tirinea a Buenos Aires y logró
que la editorial Sudamericana la publicara en junio de 1969. Debo a
ese importante sello editorial la distribución de mi primer libro en
América Latina.
El aislamiento que aún nos agobia impide la circulación de muchas
obras que, con merecimientos propios, podrían entrar en contacto
con una vasta masa de lectores. Aunque cabe reconocer que en los
últimos tiempos algunos editores bolivianos, menos timoratos y más
sagaces que los de antes, intentan ganar espacios en el escenario
internacional.
P: ¿Qué nos puede decir de la versión Italiana de Tirinea?
JU: La traducción estuvo a cargo de Claudio Cinti, estudioso italiano
que ya trasladó a su idioma natal otra novela boliviana, me refiero a
Felipe Delgado de Jaime Saenz. Tirinea apareció bajo el sello de
Crocetti Editore, de Milán. Lleva un Prólogo de Mempo Giardinelli,
escritor argentino nacido en Resistencia. Mempo, ligado
afectivamente al Chaco, es autor de importantes novelas; entre
ellas Luna caliente y El décimo infierno.
El nacionalismo como necesidad de reconocerse
P: Paseamos de la literatura a la política. ¿Cómo ve toda la
problemática política y social del país?
JU: Vituperar al nacionalismo está de moda; cosa que se aviene
con la globaIización y sus presuntas bondades. Hasta el más
oprimido descree de la tierra donde nació y se va acostumbrando a
echar la culpa de sus males a supuestas taras que lo confinan a
una fatal inferioridad.
Cómo sorprenderse entonces de la necesidad de asumir el territorio
como cifra del destino individual y colectivo sea mal vista.
Como gran cosa se habla de la geografía pero no de sus
habitantes, y a estas alturas resulta natural, algo absolutamente
antinatural, saquear los recursos y despilfarrar el capital humano,
pues la economía -convertida en peligrosa abstracción- vale como
promedio en los índices de crecimiento, y no como auscultación de
la totalidad del cuerpo social del país.
Hemos pasado por alto ese trámite vital llamado nacionalismo, que
consiste en una sana afirmación de nuestros resortes secretos
(donde anida la energía colectiva), sin la cual, cualquier intento de
evaluar lo que sucede más allá de nuestra fronteras resultará
superfluo.
Por supuesto que abundan los nacionalistas dados a la genuflexión
cuando se trata de reclamar prebendas foráneas; muy dados
también a aporrear a las mayorías mediante la sutil o abierta
negación de sus derechos a una vida plena.
Ese nacionalismo excluyente, de escasa monta, promueve sin
embargo la corrupción y empaña el espejo en donde debemos
mirarnos. No es casual que quienes están afiliados a esta corriente
espuria, de uso falaz, sean en el fondo cualquier cosa menos
bolivianos, salvo en la forma. La memoria popular sabe que muchas
de las audaces políticas de nuestros preclaros estadistas han
favorecido a nuestros vecinos, y sin hilar muy fino llega a la
conclusión de que la pérdida de la mitad de nuestro territorio se
debe a que quienes nos gobernaron tenían el corazón en otro lado y
sus intereses también. Y hoy estamos en las mismas. ¿Cuántos
bolivianos indocumentados están en la Argentina? ¿Cuántos
bolivianos documentados viajan a la Argentina para seguir
explotando a sus hermanos en territorio ajeno? ¿Con qué cara
decirles "vuelvan, amigos", si ellos saben que "si uno se va, es
porque ya se ha ido"?
Un nacionalismo de raíces milenarias
Necesitamos un nacionalismo de raíces milenarias. Donde salgan
sobrando esos individuos que se morirían de susto si se toparan
con la indiada de Achacachi; o les meterían bala. Individuos que no
podrían sobrevivir en el país del que tanto hablan en las campañas
electorales, aunque lo desprecien cuando retornan a la rutina de
sus negocios. Individuos que tronarían en menos de lo que canta un
gallo en Carandaytí o en el Norte de Potosí, salvo que estén con un
milico al lado y una ONG al otro costado.
Arduo trabajo el de recuperar el diáfano sonido de la palabra
nacionalismo. Al menos después de la degradación a que la
sometieron gentes como Wasmosy, Menem, Alan García y tantos
otros que, luego de ser presidentes de sus países, fueron a parar a
la cárcel o se salvaron por un pelo de que la justicia les ajuste las
clavijas.
Aquí podría suceder lo mismo si se nos diera por recordar la
contaminación de los ríos, el narcotráfico, las masacres de
campesinos, la ruina financiera que responde a la relojería de los
tramposos, etc.
Pero no sucede.
Por el contrario, ha surgido la idea de restablecer la pena de
muerte, para tornar atractiva una escuálida plataforma electoral y
también para castigar delitos de suyo delicados y censurables, pero
que emergen de un fondo social enfermo de injusticias y condenado
al silencio. De algún modo se quiere reeditar el experimento
realizado con el aymara Melquíades Suxo, acusado de una
violación en la dictadura de Banzer y ejecutado sin prueba alguna.
Como Suxo no hablaba castellano y le importaba un perejil la
justicia de sus verdugos, sólo atinó a conservar un derecho que
consideraba esencial: el derecho de visitar a sus familiares los días
viernes. Y sigue viniendo del otro mundo a cumplir un rito ancestral
que nadie puede impedir.
Silencio, escritura y dictadura
P: En el país del silencio es su segunda novela. ¿Qué es lo que allí
se nombra?
JU: EI libro citado por usted fue escrito de febrero de 1981 a
diciembre de 1982; vale decir, en un periodo sumamente difícil no
para el autor sino para el pueblo boliviano. Dicho sea de paso, el
intelectual puede quejarse por mil injusticias y hacerse el deliquete
por nimiedades; sin embargo, a la hora de los atropellos y de los
crímenes, los muertos salen de la colectividad para restaurar la
dignidad mellada.
En el país del silencio es una vasta exploración de la tierra que me
tocó habitar. Desde mi perspectiva por supuesto, que es la de un
hombre nacido en el campo. Llevado por la memoria, procuré
descifrar mi propio destino y procuré también desenterrar la
sabiduría de los rurales. Rozando lo testimonial pero sin perder de
vista que la ficción es el sustento de la narrativa, terminé este libro
cuando la dictadura quedó con las alas atrofiadas. Como siempre,
el lector dirá si las buenas intenciones cuajaron en páginas que se
sostienen por sí mismas. El título de la novela me acarreó muchas
dificultades, pero al final me decidí por el que los lectores conocen.
Está claro que hay un silencio impuesto, transitoriamente
avasallador; y hay un silencio necesario, al menos en etapas en que
las palabras son degradadas desde el poder, y ya no dicen nada y,
en consecuencia, fomentan la confusión. Para mí es clave el
contrapunto de la Palabra y el Silencio, en términos literarios. Eso
me lo enseñó la colectividad boliviana, reacia a consolidar el
engaño verbal y proclive a levantar de los escombros el idioma
surgido del abismo. Piense usted en tantas voces que deslucen
nuestras relaciones humanas. Piense en democracia, en
concertación, en participación, en comicios, en justicia, parlamento,
etc. Para mi coleto, digo que la democracia es un sistema que
excluye a la mayoría y favorece a quienes se arrepintieron de sus
fechorías en tiempos de dictadura. Concertación me suena a
arreglos de última hora y de mala leche porque ocurre a espaldas
de los ciudadanos. No sé por qué la palabra participación me
recuerda a la Alianza para el Progreso alentada por J. F. Kennedy:
la alianza para ustedes y el progreso para nosotros, eso decían los
gringos. Ni qué decir de comicios: el ciudadano vota pero no elige,
pero cuando la abstención del pueblo es muy notoria los partidos
políticos se asustan y alegan que sus fondos proceden de buenas
manos y no de oscuros conciliábulos. La justicia nos hace parar los
pelos: los que deberían estar adentro caminan sueltos de cuerpo
por las calles; y los que van a parar al calabozo, arrastran a sus
hijos y mujeres, porque más vale perder la libertad a resquebrajar la
unidad familiar. Y a modo de remate, el parlamento debe ser un
peligro para los de abajo; si no fuese así, ¿qué necesidad habría de
ampararse en la Defensoría del Pueblo?
P: Argentina está fundida. ¿Cómo vislumbra usted el futuro del
país? ¿En el límite de qué estaríamos los bolivianos?
JU: Más abajo no podemos estar, los bolivianos. Aquí no hay caso
de ser ríoplatenses. Estamos bordeando el trueque y nos queda la
solidaridad, porque ese asunto no interesa a los inversionistas. Uno
que otro de los nuestros pretende incursionar en el primer mundo.
Pero ese chiste les costó caro a los argentinos. A Menem no le
costó nada incubar esa ilusión y es probable que después del
descalabro, ese querido país descubra, en medio de desagradables
olores ajenos, su propio aroma latinoamericano.
P: Antes de esta gran crisis, los argentinos decían con su habitual
sorna: "nos estamos bolivianizando"; la progresiva pauperización de
sus condiciones de vida los inducía a pensar así...
JU: Ojalá se bolivianizaran, en serio, y pasaran sin traumas de sus
codazos metafísicos a la ancha tierra de los desposeídos; allí, sin el
ardid de una presunta superioridad, se darían cuenta de que en
algo nos parecemos. La historia nos dice que los gobiernos
argentinos siempre nos miraron con reservas, cuando no con
manifiesta antipatía, como si les estorbáramos. Recuerde usted el
papel que jugaron durante la Guerra del Chaco. El Plan Cóndor
salió de la Casa Rosada y halló mortal eco en el palacio Quemado,
militares de por medio. Sea como fuese, conviene señalar que los
pueblos son otra cosa: generan fraternidad y quitan a la palabra
frontera esas insidiosas aristas que tantos daños ocasionaron a los
latinoamericanos. Y el pueblo argentino es cosa distinta de sus
gobiernos. Si lo duda, reflexione sobre la palabra gaucho, sobre la
frase ese es un tipo gaucho o me hizo una gauchada; todas
expresiones figuradas, si quiere, pero nacidas de la generosidad sin
cálculo.
Lo chaqueño-guaraní
P: ¿Qué es para usted lo chaqueño-guaraní y de qué modo ha
influido en su visión de país?
JU: Víctor Alba era un escritor español de prosa escueta y concisa,
a primera vista un conservador de hacha y raja, a contrapelo
siempre de las ideas convencionales. Su filiación anarquista lo
tornaba sospechoso en una época en que mandaban las utopías
comunistas. Pues bien, Víctor Alba dijo alguna vez que tres
regiones de América Latina lo habían impresionado y mucho.
Yucatán, de México; un lugar de Chile que no recuerdo; y el Chaco
boliviano. No ahorró palabras para decir por qué. Afirmó, en lo que
concierne a mi tierra, que el chaqueño es orgulloso, sanamente
orgulloso, porque ama a su provincia sin caer en la desdicha de
menoscabar a las otras patrias menores. En otras palabras, tiene un
sentido de pertenencia tan claro que, para empezar, desdeña el
regionalismo, y profesa además esa fe que nos hace parte del gran
todo que es Bolivia. Creo no haber sido infiel a Víctor Alba y hago
mías sus expresiones.
Por lo que me toca como escritor, yo aposté por lo local, es decir,
por mi provincia. A mí me parece risible que el boliviano sea el
único tipo que quiere ser universal. A la universalidad se llega por
otros caminos, casi sin saberlo. La fidelidad a la tierra natal es uno
de esos caminos. Sé que este punto de vista puede ser discutible. A
mí no me aflige, porque me atengo a los resultados. Nada que ver
con triunfos o reconocimientos. Hablo más bien de la
correspondencia que debe haber entre la experiencia y el universo
verbal que la asimila primero y la transforma después. Ojalá esta
fácil disquisición estuviera sustentada en mis libros.
La literatura como instrumento de conocimiento
P. Los guaraníes procuran recuperar su identidad para superar los
siglos de explotación. ¿Cómo contribuir a este proceso?
JU: Dejándolos en paz, con todo lo que eso significa. No sucumbir a
la tentación del paternalismo. Devolverles lo que es suyo, en dos
palabras: la tierra. Y la mejor ayuda debería comenzar por el
respeto. ¿No echamos de menos ese respeto cuando nuestros
estadistas doblan las rodillas para obtener ayuda de los organismos
internacionales? El mal ejemplo no tiene por qué repetirse a escala
nacional. Dar por sentado que la pobreza quita inteligencia para
medir las intenciones de los poderosos, es una trivialidad indigna de
mentes ecuánimes.
La inmersión en la mitología del pueblo guaraní fue vital para mí. Y
se ha dado de una manera espontánea. Mis Preocupaciones
literarias lo atestiguan, pues no soy antropólogo ni me interesa
serlo.
Para mí la nostalgia fue el mejor camino para llegar a ese mundo
mágico. La nostalgia moviliza los recuerdos, y los recuerdos son
depuradores: prescinden de los pormenores en aras de Io esencial.
Las verdades esenciales anidan en los mitos para pasar la noche
rumbo a un nuevo amanecer. Dicho de otro modo, la fantasía es la
cara luminosa de la oscuridad.
Hablemos del gas
P: Ahora bien, el Chaco ha pasado a ocupar una situación
geopolítica importante, aunque no todavía en términos culturales.
JU: La cultura es una geopolítica ignorada. Es también una ecología
subestimada. Es comprensible que suceda esto, porque quienes
mandan lucen un penoso subdesarrollo mental: el único petardo
que los hace despertar es la promesa de un rápido enriquecimiento
-mejor si ilícito-; todo lo reducen a la fanfarria del progreso y a la
aceleración del tiempo. La sedimentación cultural rinde otros
beneficios, invisibles para los catalejos que usan los que sabemos.
Tanto preámbulo para decir lo que sigue: el Chaco tiene una música
muy decidora, su ritmo periférico ha llegado ya al centro del país.
Conserva un castellano con tonalidades de otro tiempo; quien tenga
oídos para escucharlo, nos concederá que en su ritmo está
presente el guaraní y otros idiomas nativos. Entiendo que reproducir
este ritmo en la literatura es un desafío para los escritores. Y está
bien que así sea.
P: ¿Cuál puede ser el aporte del mundo chaqueño-guaraní al país?
JU: Es ya un aporte singular el que la periferia se haga cargo de un
centro a menudo invisible o cuando menos insensible. Creo yo que
en el Chaco predominan las fuerzas centrípetas. La guerra y el
olvido -que es otra forma de beligerancia- no nos han convertido en
fuerzas centrífugas.
Si usted está pensando en cuestiones materiales, ahí están las
riquezas, y para todos los bolivianos. Me temo mucho, sin embargo,
que las ganancias no van a ser parejas ni equitativa la distribución.
Como consuelo está la conciencia cada vez más lúcida de que el
patrimonio nacional no se lo puede rifar alegremente.
P: ¿Qué opina usted del proceso histórico que vivió el mundo
guaraní?
JU: La batalla de Kuruyuki, ocurrida en1892, fue fatal para el pueblo
guaraní. Llevará tiempo recomponer el secreto andamiaje de una
cultura acosada desde varios frentes.
Los pueblos benianos protagonizaron una histórica marcha a La
Paz y con su aliento colectivo reavivaron a la alicaída Central
Obrera Boliviana, por ese tiempo sumida en penosas disensiones
internas. La tierra era la exigencia principal.
P: ¿Será posible algo similar desde la periferia chaqueña?
JU: En el Chaco hay litigios por tierras. En el pasado reciente hubo
enfrentamientos en Pananti, con saldo de muertos. La solución
dada por el Gobierno central, precaria a todas luces por estar
supeditada a intereses políticos, acumulará más dificultades. A
despecho de la Reforma Agraria, sancionada a regañadientes por
los revolucionarios del 52, la cuestión de las tierras sigue siendo un
problema nacional. Y si esto es así, cabe preguntarse qué clase de
revolucionarios incubó el MNR en las sangrientas jornadas de abril.
Restituir los vasos comunicantes del país
P: ¿Qué tipo de país imagina o sueña Jesus Urzagazti?
JU: Si por sueño entendemos ese desasimiento de la realidad,
propia del que anda papando moscas, pues debo decir que yo no
sueño nada, porque pretendo tener los pies en la tierra. Si se trata
del mundo onírico, es otra cosa, soy un soñador a tiempo completo,
y vigilo con todos mis sentidos el crecimiento de las metáforas de la
realidad y las cotejo con las metáforas que me dona la imaginación.
La literatura me dejó en calidad de sobreviviente insomne de
mundos diáfanos, armónicos y rutilantes. Es natural, entonces, que
eche de menos los otrora fluidos vasos comunicantes. Sé que están
obstruidos, pero eso no es óbice para recomponerlos de cara a una
vida plena, en la que cada quien se reconozca como lo que es, sin
antojarse de que todos se le parezcan.
Por alguna razón que no logro entender, me resultan antipáticas las
palabras integración, diversidad, identidad, indigenismo y otras
huaraguas del mismo calibre. Sé que están muy en boga, pero a mí
las modas no me mueven un pelo. Y es que el país mismo se
sustrae de las modas. Aquí no cuajan experimentos de individuos
poco o nada comprometidos con nuestra realidad, que exige una
lectura que no está en ningún manual.
En mi condición de mestizo, apuesto por los vasos comunicantes
obstruidos por sordos regionalismos. Primero habrá que restituirlos
en nuestra interioridad para garantizar su resonancia en los demás.
Con sus preguntas, usted me dejó con ganas de seguir hablando,
cuando lo que corresponde es obrar. Por eso me despido con el
estilo de mi amigo Fortunato Gallardo: "Guarda que vamos y le
hacemos".
2. ÑANDE REKO. NUESTRO MODO DE SER
2.1 El pueblo guaraní
El territorio de los guaraníes, dentro de los límites de la Bolivia
actual, se encuentra comprendido entre el Río Grande,
(departamento de Santa Cruz), y el Río Bermejo (departamento de
Tarija), en la frontera con Argentina, precisamente entre los
meridianos 19 y 22 y los paralelos 64,5 y 53,5. Algunos estudiosos
afirman que antes de la llegada de los españoles eran unos 200 000
habitantes. Hoy se cuentan 246 comunidades con 60 000
guaraníes, aproximadamente, entre los departamentos de Santa
Cruz, Chuquisaca y Tarija.
En el departamento de Santa Cruz, la provincia de Cordillera
alberga 112 comunidades, con una población total de 35 000
guaraníes. En Chuquisaca, las provincias de Luis Calvo y Hernando
Siles cuentan con una población de 15 227 personas repartidas en
87 comunidades guaraní. En las provincias de O'Connor y Gran
Chaco (departamento de Tarija), son 47 las comunidades, con una
población de 795 familias.
Hace poco más de 100 años el pueblo guaraní era uno de los pocos
de América que había resistido con relativo éxito al despojo de su
territorio, a la presión ejercida sobre su cultura y su libertad durante
el periodo colonial y republicano. Después de cuatro siglos de
resistencia, fue derrotado, el 28 de enero de 1892, en la batalla de
Kuruyuki[1]. Tras la derrota sobrevino la persecución, la dispersión,
la servidumbre forzada y el descenso demográfico, inaugurándose
un sombrío proceso de marginación social y política. El trauma de la
derrota produjo en los guaraníes una especie de «amnesia
colectiva» sobre su historia y una dramática pérdida de su
conciencia social como pueblo.
La Guerra del Chaco[2] en 1935 y la Reforma Agraria de 1953 fueron
acontecimientos que también contribuyeron a empeorar esta
situación. La guerra agravó aún más la disminución de la población.
El despojo del territorio y la expansión de las haciendas ganaderas
obligaron a un gran número de guaraníes a emigrar y escapar hacia
las empresas agrícolas argentinas. Otros grupos decidieron
refugiarse en zonas inhóspitas y de difícil acceso, constituyendo dos
áreas principales de reagrupamiento y resistencia en las que
subsistió su forma de vida comunal, organización tradicional, su
lengua y su cultura. El resto quedó sometido a la servidumbre y el
peonazgo. La reforma agraria se convirtió, contra toda expectativa,
en un instrumento para legalizar y consolidar este despojo territorial.
La mayoría de las comunidades guaraníes son organizadas en base
a criterios tradicionales y se concentran principalmente en la
provincia de Cordillera. Al mismo tiempo, existen agrupaciones de
trabajadores guaraníes dentro de grandes haciendas. Estas
comunidades están constituidas por grupos de familias que viven
dentro de las haciendas bajo un sistema de dependencia
económica basado en la deuda que les obliga a quedarse a trabajar
en las haciendas hasta que se agote su deuda generalmente
contraída a través de prestamos capciosos en dinero o especies
denominados «enganche». Esta realidad sigue existiendo hoy día
en cuanto las haciendas se aíslan del resto de la sociedad, y debido
al desinterés de la opinión pública.
Según un diagnóstico de 1996/1997 de educación del PDCC [3],
elaborado en 21 zonas guaraníes, existe un 26 por ciento de
analfabetas mayores de 19 años. Este índice es aún mayor entre
las mujeres, un 31,38 por ciento, mientras entre los hombres se
registra un 21,97 por ciento. El promedio total de analfabetas es del
24 por ciento de los cuales el 29,48 por ciento son funcionales.
Estas cifras suman el 55,57 por ciento de la población guaraní.
Otro dato preocupante es que la mayor parte de analfabetas se
encuentra entre la población asentada en las de haciendas
ganaderas.
Las comunidades guaraníes que han conseguido mantener un
espacio propio han logrado conservar rasgos importantes de su
cultura. Estas comunidades conservan y manejan un concepto
integral de territorio y el sentido de propiedad comunal. Esto quiere
decir que cada comunario utiliza el espacio que necesita para su
vivienda y su terreno agrícola, el «chaco» sin que pueda ser
apropiado ni heredado. Otra característica es la predisposición al
trabajo grupal, basada en los lazos de parentesco. Esto es lo que
favorece la existencia de valores como la solidaridad (yoparareko) y
la reciprocidad (yopoepi).
Entre los guaraníes rige un sentido de libertad (Iyambae, hombre
sin dueño) inmanente a la persona, por el que cada individuo
procura de modo particular ser él mismo, pese a las presiones y al
sometimiento externo. Esta condición permite mantener aún la
utopía de una sociedad basada en el respeto del otro y de sus
diferencias.
La reunión o asamblea (Ñomboati), origen ancestral de la actual
Asamblea del Pueblo Guaraní, es el principal instrumento
institucionalizado para buscar y fortalecer el consenso entre los
guaraníes. En esta instancia se desarrollan importantes momentos
de comunicación. En ella la función de la autoridad principal, el Tëta
Ruvicha, es de buscar el consenso del conjunto. Las Ñomoboati se
realizan a nivel comunal, regional y/o nacional. Se convocan por
medio de las autoridades principales y en distintas ocasiones,
según la coyuntura.
Una de las costumbres que otorga un importante espacio para la
comunicación y el intercambio de la información, es el convite. Se
trata de un elemento cultural clave para el encuentro a todos los
niveles. Su expresión más alta es el arete guasu o fiesta grande,
donde se expresan muchos elementos de la cosmovisión guaraní.
Este acontecimiento tiene lugar después de un período de trabajo
comunitario denominado motiro [motïro] en lengua guaraní.
Aunque buena parte de la población es bilingüe, los guaraníes
conservan como un tesoro su lengua de origen. Existen tres
variaciones lingüísticas del guaraní: la Ava en las provincias de
Hernando Siles y Luis Calvo en Chuquisaca y al centro de la
provincia de Cordillera en Santa Cruz; la Isoseña, en la terminación
del río Parapeti en la misma provincia; y la Simba en las
estribaciones de la provincia O'Connor, en Tarija. El idioma y su
reconocimiento han sido y continúan siendo un espacio de lucha y
cohesión étnica importante.
La Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) es la instancia
representativa a nivel nacional de las comunidades guaraníes
organizadas. La APG cuenta con un Comité Ejecutivo conformado
por los responsables de distintas áreas: social, económica, salud y
otras. Paralelamente a las reivindicaciones de los guaraníes
bolivianos, las comunidades guaraníes de países vecinos como
Brasil, Paraguay y Argentina, están comenzando su propio proceso
organizativo, manteniéndose en contacto con la APG de Bolivia. En
particular, los guaraníes argentinos mantienen un estrecho contacto
con dirigentes guaraníes bolivianos. De esta relación nació en
febrero de 1992 la Asamblea del Pueblo Guaraní Argentino.
Un gran anhelo guaraní es el de poder constituir una gran
organización continental, que unifique los intereses, la lengua, la
cultura e iniciativas de desarrollo comunes de todos los guaraníes.
Sueñan con recuperar así una unidad capaz de superar las
fronteras administrativas que los dividen.
2.2 La organización como factor de cambio y de unidad: el
PISET
La memoria del pueblo guaraní relata una historia de despojos
desde los tiempos de la colonia que aún persisten en la marginación
territorial y cultural. Sin embargo, el recurso a la organización ha
permitido sostener a los guaraníes como grupo y mantener su
cultura. El 7 de febrero de 1987, fecha de fundación de la APG, es
considerado como el inicio de un nuevo proceso organizativo y el
punto final de un largo período de de-estructuración sociocultural.
El nacimiento de la APG es producto del encuentro de elementos
sociales y culturales propios con elementos externos en una
coyuntura específica. En particular, su origen esta ligada al sentido
de libertad innato al modo de ser guaraní junto a la maduración de
un grupo de líderes formados a través de sus contactos con la
sociedad urbana, la escuela, las iglesias, las instituciones de apoyo
y la experiencia sindical. Estos líderes encontraron en el
Diagnóstico de la Provincia Cordillera y luego en el Programa de
Desarrollo Campesino de Cordillera (PDCC), herramientas para el
análisis y la reinterpretación de la problemática guaraní y una base
para la formulación de propuestas de desarrollo propias. Ello fue
posible gracias a un momento histórico que permitía espacios
democráticos para la expresión política en el país. El diagnóstico
que describía de forma detallada la realidad de las comunidades
guaraníes de la Provincia Cordillera, despertó una conciencia
adormecida en la mayor parte de la población guaraní hasta este
momento.
Los resultados del diagnostico se expusieron públicamente para ser
debatidos junto a la propuesta de adoptar una línea de acción que
cohesione todo el pueblo guaraní alrededor de los principales
problemas identificados: Producción, Infraestructura, Salud,
Educación, Tierra y Territorio (PISET).
Una vez finalizado este debate en todas las comunidades nació la
Asamblea del Pueblo Guaraní que adopto el PISET como la
estrategia de lucha común de los guaraníes. Este fue el comienzo
de una nueva etapa en la vida del pueblo guaraní, un paso hacia el
recuentro con su historia y la recomposición de sus fuerzas
aletargadas. Actualmente la APG es una de las principales
organizaciones intercomunales del país de dimensiones realmente
importantes.
El reconocimiento oficial por parte del Estado boliviano de los
guaraníes como un pueblo con características y cultura propias
significó una importante apertura social, política y económica.
Actualmente los desafíos del pueblo guaraní van definiéndose de
manera dinámica, a través de diálogos, mediaciones y luchas,
puesto que la APG tiene que negociar con la sociedad nacional las
demandas de las comunidades que responden a lógicas, formas de
vivir y de organizarse propias.
Un aspecto crucial en la organización guaraní, es el rescate y
revalorización de la identidad cultural y el fortalecimiento de las
comunidades. El concepto de identidad manejado en la APG se
basa en la toma de conciencia como indígenas, en la valoración de
las especificidades del modo de ser guaraní y la lucha por el
derecho a vivir en su territorio. Representa de esta forma un medio
para enfrentar los procesos de modernización y lograr una unidad
cultural y organizativa de toda la población. La APG representa
actualmente a más de 60 000 guaraníes, organizados por zonas y
presentes en tres departamentos y cinco provincias del país. Cada
zona, a su vez, lleva a cabo su propio plan de desarrollo inspirado
en el PISET a través de sus representantes zonales coordinados
por una autoridad tradicional, el Capitán Grande oTëta Ruvicha.
Éstos delegados se reúnen en asambleas zonales y nacionales de
la APG, donde se definen las estrategias políticas como pueblo
guaraní.
2.3 El papel de las instituciones de apoyo
Entre 1985 y 1986, un grupo de instituciones públicas y privadas
llevaron a cabo el Diagnóstico de la Provincia de Cordillera en el
Departamento de Santa Cruz, que alberga a la mayoría de
comunidades indígenas guaraníes. En base al diagnóstico, se
formularon una serie de proyectos que conformaban el PDCC
coodinados en el marco del PISET.
El PDCC, además de ser una estrategia de desarrollo, marcaba
líneas de trabajo en común para las instituciones y ONGs de apoyo
a la APG e identificaba mecanismos de coordinación entre la
sociedad guaraní y las instancias de gobiernos locales,
departamentales y nacionales. La difusión del diagnóstico favoreció
la unificación de las diferentes corrientes y líderes del pueblo
guaraní en torno al reconocimiento de una misma problemática. Las
propuestas del PDCC fueron apropiadas por la APG y las
comunidades guaraníes quienes decidieron adoptar el PISET como
estructura organizativa propia. Para cada una de las 5 áreas
programáticas del PISET las comunidades nombran responsables a
nivel comunal, zonal y regional. El conjunto de responsables de
producción, infraestructura, salud, educación y tierra-territorio de
todos los niveles, constituyen la Asamblea del Pueblo Guaraní. Se
puede decir que la APG está estructurada de manera funcional a su
propia estrategia de desarrollo.
Desde el principio el PDCC se ejecutó a través de una coordinadora
de instituciones de desarrollo denominada Coordinadora del PDCC.
Las instituciones que constituyeron la Coordinadora son: APG,
Convenio de Salud, Direcciones Districtuales, Municipios, CIPCA,
CARITAS, TEKO GUARANÍ y Arekuarenda. El PISET y el PDCC
tenían una doble vocación: el PISET constituye la estrategia de
desarrollo de la Asamblea del Pueblo Guaraní, mientras el PDCC
ofreció un marco de trabajo interinstitucional bajo el cual se
implementaron de manera coordinada proyectos tratando de
integrar varios aspectos del desarrollo regional en un único proceso.
Cada institución apoyó en uno de los aspectos del PISET con plena
autonomía en su trabajo técnico y manteniendo una coordinación
que permite integrar y reorientar los distintos proyectos de acuerdo
a las prioridades definidas con la APG.
En la actualidad se dan por alcanzados los objetivos propuestos en
el PDCC y su perspectiva inicial. Ahora se cuenta con un nuevo
diagnóstico que permite proyectar un nuevo plan de desarrollo para
el pueblo guaraní. En este marco los municipios juegan un papel
importante.
2.4 Experiencias en el sector educativo
Para la Asamblea del Pueblo Guaraní es de vital importancia el
reencuentro con la historia guaraní. Este reencuentro debe ser
considerado como una herramienta para reflexionar sobre sí
mismos, comprender mejor los factores que forjaron el pasado,
acuñar el presente y labrar, un futuro diferente.
Por esta razón la APG considera el sector educativo crucial para los
guaraníes y se ha organizado para entrar en las escuelas y crear
escuelas del pueblo, bien sea a nivel primario que secundario. En
este marco, se desarrolló una propuesta de educación intercultural y
bilingüe para mejorar la calidad de la educación escolar guaraní y
contar con recursos humanos formados, conscientes de su origen y
comprometidos con su pueblo. Se trabajó intensamente para
transformar la educación en algo útil para la vida comunitaria y para
promover el desarrollo regional, proponiendo, entre otros, el análisis
de la historia regional, la protección del medio ambiente, el enfoque
de género y el conocimiento de la lengua y cultura guaraní. Es
igualmente importante para la APG el conocimiento de otras
culturas y avanzar hacia el mejoramiento de las relaciones con el
Estado, las instituciones de apoyo y otras organizaciones que
compartan sus mismos intereses.
Para la APG el conocimiento de la lengua materna permite reafirmar
la identidad como pueblo, un pueblo que por la castellanización
canalizada a través de las escuelas ha perdido muchos de sus
valores originales. El guaraní se convierte así en un elemento
sumamente importante para estrechar un lazo de unidad entre los
diferentes grupos guaraníes. Educación, lengua y cultura son
considerados los pilares básicos para que el pueblo guaraní crezca
íntegramente, y desarrolle su identidad en base a conocimientos
propios. Este mismo enfoque se aplica a la comunicación. Se trata
de perseguir el uso de los medios para rescatar, conservar y
compartir conocimientos para el desarrollo guaraní.
Fue así como, una vez constatada la necesidad de contar con
instrumentos propios en el área educativa y comunicacional, el 11
de julio de 1988 se constituyó el Taller de Educación y
Comunicación Guaraní - TEKO GUARANI. El TEKO, como ahora lo
llaman los guaraníes, empezó su trabajo coordinando las
actividades con otras instituciones educativas cuales la Supervisión
Regional de Educación Rural, el Proyecto de Educación Intercultural
Bilingüe (PEIB), la UNICEF y el Ministerio de Educación, y apoyó la
Reforma Educativa que se implementó en 1995. Los resultados del
PEIB han sido calificados como excelentes, tanto por el gobierno
como por UNICEF y por la APG.
El TEKO se convirtió en poco tiempo en un instrumento muy eficaz
para la recuperación de la cultura, del idioma guaraní y de apoyo al
proyecto de educación de la APG. Además, la emisión de
programas de radio en guaraní fue un puntal en esta tarea. Para el
éxito del PEIB fue determinante contar con un plan que vinculara el
tema educativo a otros aspectos del PISET. Paralelamente, se
comenzó la formación de maestros guaraníes, capacitando y
actualizando a maestros nativos en la metodología de educación
bilingüe en acuerdo con la Federación de Maestros. Se formó así en
el TEKO el Equipo del PEIB, con amplia participación de
profesionales guaraníes. Desde el principio la APG y el TEKO
compartieron los mismos criterios en materia de educación. El
TEKO, se constituyó así en un instrumento de educación de la APG,
una especie de ministerio de educación guaraní.
En 1991 fue formulado el Proyecto de Apoyo y Asesoramiento
Docente (PAD) para fortalecer el trabajo de los maestros y se
organizó un Equipo Técnico, con el fin de mejorar la calidad
educativa. Se buscaron al mismo tiempo mecanismos de apoyo
para las comunidades que no tenían cobertura del PEIB para evitar
que los niños, tanto de habla guaraní como castellana, sufriesen
cualquier tipo de discriminación. El proyecto PAD fue adoptado por
la APG, se modificó el currículum y se inició la capacitación de
formadores. El proyecto fue creando las condiciones para acercar la
escuela a la comunidad.
El 28 de enero de 1992 la coincidencia con el homenaje al
Centenario de la Masacre de Kuruyuki inició la campaña de
alfabetización promovida por la APG y el TEKO GUARANI. La
campaña de alfabetización en idioma guaraní, cumplió un papel
importante en cuanto a la educación indígena y a la afirmación de la
APG. Su inicio obtuvo el reconocimiento del gobierno, que promulgó
un decreto supremo que oficializaba la Educación Intercultural y
Bilingüe reconociendo oficialmente a la cultura guaraní como una de
las componentes de la cultura nacional. En este proceso participó
un equipo de alfabetizadotes que recorrieron todo el territorio
guaraní, junto a los promotores del Instituto Radiofónico Fe y
Alegría (IRFA). Esta acción fue fuertemente apoyada por un equipo
de comunicación que registró en video y en audio los momentos
más importantes y los transmitió a través de programas radiales,
convocando y movilizando a todo el pueblo guaraní.
El objetivo de la campaña propuesto por la APG fue iniciar un
proceso educativo intercultural y bilingüe que permitiese valorar y
dinamizar la lengua e identidad guaraní, superar el analfabetismo y
fortalecer la organización indígena. Se empezó a hablar de unidad
guaraní considerando la lengua como signo de resistencia y
cohesión étnica. Se renovó una mística guaraní que hizo sentir a
los alfabetizadores como nuevos kereimba, guerreros guaraníes del
presente, protagonistas de una batalla ideológica y cultural. [4] La
campaña de alfabetización fue el primer proyecto educativo
ejecutado por guaraníes. El apoyo institucional fue fundamental,
para facilitar el proceso. En este marco, el TEKO promovió un
proyecto de becas y formación de recursos humanos, para ofrecer a
los nuevos bachilleres guaraníes la posibilidad de continuar
estudios superiores en distintos institutos, normales y
universidades. Paralelamente, se enfrentó el problema de la
deserción escolar, debido principalmente a las grandes distancias
entre muchas comunidades y las escuelas. Se crearon «Internados
Abiertos», metodología que consiste en huespedar al interior de
familias voluntarias a los niños y jóvenes de comunidades alejadas
para darles un seguimiento en sus estudios. Esto fue posible en
comunidades donde funcionan escuelas que cuentan con todos los
grados. Con este enfoque se intentó aumentar la escolaridad y la
participación de la comunidad en el proceso de enseñanza-
aprendizaje.
Otro de los programas implementados para superar el bajo índice
de bachilleres guaraníes y potenciar a las comunidades, fue el
CEMA Rural (Centro de Educación Media Acelerada). Nació en
1994 para apoyar a jóvenes y adultos guaraníes que abandonaron
la escuela. El CEMA Rural se construyo como fruto de la campaña
de alfabetización, entendido como la continuación lógica de la tarea
de los primeros años.
Un elemento importante en el desarrollo de las acciones de
educación y comunicación en el pueblo guaraní ha sido la creación
de un Equipo de Comunicación, que en la actualidad se llama
Unidad de Comunicación Guaraní (UCG). Esta nació para apoyar
en las actividades de información y de formación de comunicadores
guaraníes. Su misión era fortalecer la organización guaraní así
como el desarrollo de políticas y actividades de comunicación
alternativa en el marco de la interculturalidad y el bilingüismo. En
una primera fase se capacitó a reporteros populares para el trabajo
en radio. Esta tarea se realizó en colaboración con otras
instituciones ligadas al desarrollo guaraní.
Uno de los aspectos sobresalientes de esta acción de comunicación
educativa, ha sido el uso de la radio por guaraníes. Esto ha
permitido establecer contacto por primera vez con a guaraníes de
Argentina y Paraguay.
Las experiencias de educación y comunicación que aquí se
describen marcan un hito en la historia del pueblo guaraní. Tras la
masacre de Kuruyuki el pueblo guaraní abanderó un «nunca más»
al uso de la violencia y el derramamiento de sangre para su gente y
levantó otras banderas de lucha, con "armas" diferentes. Estas
armas las constituyen la formación y la educación de su gente como
medio para madurar respuestas políticas y culturales adecuadas al
contexto histórico, y reafirmar el protagonismo guaraní.
2.5 Los temas del debate del Pueblo Guaraní
En la década de los noventa se puso en marcha en el país el
Programa de Ajuste Estructural del Estado (PAE), y se aprobaron
leyes fundamentales de reforma cuales la Reforma Educativa, la
Participación Popular y la Descentralización. A raíz de estas
reformas se produjeron una serie de cambios y ajustes que
afectaron a todos los pueblos indígenas del país y sus
organizaciones. Los principales factores de cambio que derivaron
fueron la división de partes del territorio guaraní en "municipios
indígenas" y la incorporación al escenario político regional y
nacional de dirigentes guaraníes -Tëta ruvicha reta.
Cabe señalar que algunas reformas del Estado tomaron en cuenta
elementos de las demandas indígenas. Por ejemplo, la ley de
descentralización administrativa del Estado, con la creación oficial
de municipios indígenas y la devolución de parte de los recursos
generados por los impuestos locales; y la Reforma Educativa con el
reconocimiento del bilingüismo y la interculturalidad. Sin embargo,
estas medidas no son suficientes y es fundamental fortalecer los
mecanismos permanentes de participación y diálogo que alimenten
el proceso democrático.
La APG y el movimiento indígena boliviano han luchado durante
muchos años por una participación real en la vida nacional. La Ley
de Participación Popular aprobada en el país brinda aparentemente
esta posibilidad. Sin embargo, no transfiere un poder real de
decisión a las organizaciones indígenas de carácter nacional,
limitando su participación solo a nivel de consulta. De hecho,
muchas comunidades y/o municipios elaboran y presentan
proyectos, pero la decisión de conceder los fondos es tomada, en
última instancia a nivel del gobierno central a través de las
prefecturas y subprefecturas. Esta situación pone en discusión el
papel de las autoridades indígenas, convirtiéndolas en simples
intermediarias de planes gubernamentales, muchas veces
influenciados por la política partidaria. Finalmente, la
descentralización causó una cierta fragmentación de la APG en
cuanto el territorio guaraní se encuentra dividido en distritos y
municipios, que requieren de formas de intermediación y
negociación localizadas, dividiendo así los intereses del conjunto de
las comunidades indígenas. Cada población, se ve en la obligación
de solucionar en modo independiente sus problemas particulares
perdiendo la visión integral y de conjunto como pueblo indígena en
el contexto nacional. Los fondos que se destinan a las alcaldías,
además, son suficientes únicamente para resolver problemas
coyunturales. Las OTB[5] se politizan y se crean estructuras
paralelas a las organizaciones tradicionales. Por ejemplo,
las capitanías guaraníes mantienen sus dirigentes en la APG y
paralelamente, representantes antes las alcaldías como OTB.
Al reducirse la disponibilidad de fondos del TGN [6], las alcaldías
tuvieron que recurrir a la creación de nuevos impuestos que
empobrecen aún más a los indígenas. En muchos casos, los gastos
de competencia del Estado pasan paulatinamente, por un lado a las
instituciones de apoyo (ONGs, iglesia, etc.) que desarrollan
proyectos y consiguen recursos externos, y por el otro, a la
población que debe pagar impuestos cada vez mayores. Al mismo
tiempo, como resultado de las luchas de las organizaciones
indígenas, se han logrado decretos que otorgan territorios a las
comunidades nativas. Sin embargo, dichos decretos son
susceptibles de revisión por parte de futuros gobiernos, por lo cual
todavía no existe una consolidación real de los territorios indígenas.
Además, en el caso de la entrega de tierras en el área guaraní, los
terratenientes karai[7] se niegan a dejar las tierras que ocupan a
pesar de que hayan sido oficialmente reconocidos los derechos de
las comunidades indígenas.
En algunos casos la aplicación de las reformas ha afectado el
funcionamiento de las organizaciones naturales, burocratizando el
proceso de toma de decisiones, y aumentando la influencia de los
partidos que, por ley, continúan siendo los únicos interlocutores
oficiales del Estado. Esto limita el real reconocimiento de las
organizaciones y autoridades naturales y de los territorios
indígenas.
La APG ha sufrido importantes cambios desde su creación.
Originalmente el PISET abarcaba todo el territorio guaraní,
involucrando a todas las capitanías, zonas y comunidades. A partir
de la Ley de Participación Popular algunos comités zonales
perdieron fuerza y no lograron constituirse plenamente, otros
simplemente desaparecieron. En las comunidades ya no se sabía si
los proyectos debían ser canalizados a través del PISET o de la
Participación Popular. Esto también afectó a las relaciones entre
autoridades y municipios. Muchos Tétaruvicha reta, al ser
representantes en las OTB y tener que trabajar con los alcaldes,
redujeron su acción en el marco de la estructura APG - PISET.
Actualmente la APG, como otras organizaciones populares, está
tratando de adaptarse a los cambios que se realizan en el país,
tratando de no perder su identidad y realizar las reivindicaciones
históricas guaraníes. Esta nueva realidad ha generado diversas
corrientes de opinión en la APG e intereses que ponen en riesgo la
unidad de la organización guaraní. Por esto, a veces se produce un
cierto distanciamiento entre la APG y las instituciones de apoyo.
En el ámbito interinstitucional, las nuevas dinámicas políticas,
económicas y educativas, también afectaron profundamente a la
Coordinadora de instituciones. Además perdió su función original
por el cambio del antiguo PDCC y su sustitución por el PDCG (Plan
de Desarrollo de las Comunidades Guaraní) que tiene cobertura en
todo el territorio Guaraní.
En la actualidad los dirigentes guaraníes consideran que las nuevas
políticas no cubren totalmente las necesidades de las comunidades.
Es evidente la necesidad de elaborar nuevas propuestas
organizativas y de reorientar las alianzas institucionales, así como
de valorar y actualizar la visión de sociedad guaraní para su
proyección en el escenario político nacional.
7 de octubre de 2013 - Número 132
La literatura boliviana de la
Guerra del Chaco, desde
2013
Jorge Siles Salinas*
Estos son algunos fragmentos del “apéndice” redactado para la
segunda edición (2013), corregida y aumentada, de La literatura
boliviana de la Guerra del Chaco, clásico estudio del historiador Jorge
Siles Salinas.
Imprimir
En 1969 publiqué, con el auspicio de la Universidad Católica Boliviana,
la primera edición de La literatura boliviana de la Guerra del Chaco.
Aunque han transcurrido más de 40 años desde entonces, creo que el
análisis y las conclusiones contenidas en ese breve libro de crítica
literaria mantienen su vigencia. No tengo noticia de publicaciones
hechas en Bolivia o Paraguay que aborden el mismo tema. Recogí en
ese escrito los principales testimonios que me fue dado encontrar de
escritores bolivianos sobre sus experiencias a lo largo de la tragedia
de los años 1932 a 1935 en la estéril planicie del Chaco durante la
absurda contienda librada entre Bolivia y Paraguay. Al menos un fruto
valedero dejó ese conflicto insensato: una muy importante producción
literaria. Al apreciar su valía, me propuse indagar cuáles fueron los
grandes temas de inspiración y los puntos de convergencia que se
dieron entre los diversos autores que se ocuparon de esa aventura.
En dos notas que sirven de epílogo al libro Sangre de mestizos, de
Augusto Céspedes, publicadas en el diario La Nación, de Santiago de
Chile, en junio de 1935, el autor resalta dos rasgos característicos de
la guerra, vista desde el lado boliviano apenas llegado el momento del
armisticio: 1) la insensatez imperdonable de esa lucha desencadenada
por gobiernos carentes de todo sentido de la realidad histórica,
geográfica y humana de su desenvolvimiento. 2) el heroísmo de los
soldados de ambos países, llevado a extremos difíciles de concebir.
En cuanto a lo primero, valdrá la pena reproducir unas líneas de uno
de los artículos recogidos en el periódico mencionado: “El sol del
Chaco, incendiario y brutal, caldea la arena y hace hervir los sesos.
Producía éste la insolación de los soldados en las áridas jornadas del
infierno incoloro que descubre su malignidad en la apariencia de los
árboles atormentados, estrangulados en actitudes de dolor tetánico,
inexplicablemente adheridos, misteriosamente existentes sobre esa
tierra inflamable como la pólvora”. Esa es la geografía del Chaco, y a
ella fueron llevados los soldados de ambos pueblos hermanos para
destruirse mutuamente, en un territorio carente de toda riqueza,
inhóspito e inhabitable; por ello, ese prolongadísimo esfuerzo de
guerra, entre naciones que no tenían motivos para odiarse, sólo
admite los calificativos de desatinado o disparatado, desde la
perspectiva de la historia, y arroja una condenación implacable sobre
quienes no fueron capaces de detenerla. Particularmente grave fue el
hecho de que nuestros gobernantes del año 1932 no tuvieron en
consideración ni el dato geográfico fundamental de que el Chaco es
un territorio a cuyas condiciones naturales estaba habituado el
soldado paraguayo, en una planicie tórrida donde los soldados del
altiplano boliviano se veían expuestos a los rigores de esa naturaleza
desconocida y distinta, ni tampoco consideraron la condición histórica
del pueblo paraguayo, heredero de la épica tradición de su guerra
contra la alianza de Brasil, Argentina y Uruguay, de 1864 a 1870.
Sin duda, los libros que alcanzan mayor trascendencia en nuestra
copiosa literatura sobre la Guerra son Sangre de mestizos, Aluvión de
fuego, Laguna H.3, y Prisionero de guerra. Pienso que deben
destacarse algunos de los elementos cruciales que fueron tenidos en
cuenta por quienes escribieron las obras claves de nuestra literatura
chaqueña. Esos puntos podrían resumirse del modo siguiente:
1.Los autores bolivianos de los que me ocupé en el libro de 1969
presentan rasgos distintivos que hacen de su obra un ciclo literario
consistente.
2.La mayoría de ellos fueron testigos de los episodios de la guerra. Al
término del conflicto, ya desde el año 35, se apresuraron a publicar
sus manuscritos en países vecinos al nuestro, particularmente en
Chile y Argentina. Como movidos por una necesidad vital de transmitir
sus experiencias personales, se dieron prisa a publicar sus
impresiones en forma de cuentos o novelas en los años inmediatos,
desde el 35 al 39. Algunos de los libros fueron la obra única de sus
autores. Entretanto, los más señalados e ilustres escritores de Bolivia
de las generaciones anteriores guardaron un extraño silencio, sin
querer consagrar obras propias al suceso épico y trascendental que se
desenvolvía en los lejanos territorios de una zona desconocida e
impenetrable que nos separaba del Paraguay.
3.Los criterios que se recogen por lo común en los escritos de los
autores comentados coinciden en hablar con horror del escenario
trágico en que la Guerra se desenvolvió. Ello lleva a tales autores a
reconocer el carácter incuestionablemente absurdo de la empresa
guerrera en que se vieron envueltos. Coinciden también en sostener
que el mayor causante de las aflicciones padecidas por nuestros
soldados fue el ambiente geográfico, hostil a toda forma de vida
humana que allí les rodeaba. Esto hace concebir al paraguayo
adversario no como un verdadero enemigo sino como una víctima
semejante.
Es claro que las novelas de la Guerra del Chaco forman un ciclo
literario, en el sentido que se asigna a este concepto cuando se habla
del conjunto de obras narrativas que giran en torno a un período
histórico preciso o a una serie encadenada de acontecimientos. Así
como la Guerra Civil de España o la Revolución Francesa o la Guerra
de Secesión en los Estados Unidos han originado una variada
producción novelística inspirada en esos grandes sucesos, que han
configurado el rumbo de la historia, así también, en nuestra particular
circunstancia, reducidas las proporciones en que nuestras biografías
nacionales se desenvuelven, la contienda que libraron Bolivia y
Paraguay, desde 1932 a 1935, no ha dejado de suscitar un
movimiento interpretativo, en uno y otro país, tanto en la literatura
puramente histórica como en la de ficción, que ha venido a iluminar
uno de los momentos más dramáticos y memorables de su existencia.