José Luis Díaz-Granados
Nació en Santa Marta, Colombia, en 1946. Es escritor, poeta, novelista,
periodista cultural y profesor universitario. Ha trabajado como funcionario y
Jefe de Divulgación del DANE del Departamento Administrativo Nacional de
Estadística hasta 1981.
Ha sido comentarista bibliográfico de “Lecturas Dominicales”, suplemento
literario de “El Tiempo”, asesor del Contralor de Bogotá, asesor cultural para
la Feria Internacional del Libro.
Asimismo ha colaborado como redactor del Diccionario Enciclopédico de las
Letras de América Latina (DELAL), Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas,
Venezuela (1991) y como redactor de ensayos para la Colección “Guías de
Lecturas”, de la Editorial Oveja Negra. Asimismo fue miembro del Consejo
Asesor para la Profesionalización del Artista, Ministerio de Educación
Nacional desde 1991 hasta el año 2000.
Fue profesor de Literatura Colombiana en el Instituto Universitario de
Historia de Colombia durante seis años.
Ha sido Presidente de la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, de
la Unión Nacional de Escritores (UNE) y del Instituto Cultural “León Tolstoi”
y del Consejo Consultivo Mundial de la Unión Hispanoamericana de
Escritores (2009).
Alba
Para mi loca vida, al mediodía
un día más día que todos el sol regó la lluvia
y el alba al mediodía aún era alba,
más sutil que un minuto transparente
y más minuto que un océano eterno.
Cisterna pura donde cabe mi ser entero,
mar de rocío que me acaricia incesante,
patria perenne de mi corazón,
jaula donde descansa para siempre mi alma.
Alba-luz, Alba-sol, Alba-marina,
Alba-día, Alba-siempre, Alba-del-alma,
Alba hoy, Alba-azul, Alba-de-julio,
Alba-amor, Alba-esposa, Alba-dormida,
Alba-verso, Alba-única, Alba-mía.
Navío, vasija, cueva, balandra de mis sueños,
gaveta donde guardo todos mis pensamientos,
cofre donde se esconde mi sonrisa,
donde moran mis ansias y mis recuerdos.
Alba, norte presente, norte eterno,
carne mía, mi sombra, mi gemela,
mi compañera loca, mi pulsera,
mi mágico aposento, mi pequeño castillo,
donde habita el amor definitivo.
Autorretrato
Soy un eterno enamorado,
miren que mi inconstancia en los afectos
tiene un no sé qué de gusto por lo bello.
Me contento con sólo las imágenes:
una dulce sonrisa, cabelleras, ojos de fuego, manos femeninas,
todo hacia mi figura desvalida.
Pero quiero lo efímero y lo ardiente,
que sólo quede un solo gran recuerdo
de amor y risa
y mimos y caricias,
arrullos desde lejos,
cartas, versos
aunque de vez en cuando
yo me hunda en un navío de frutas y de huesos.
Por eso es que muy lenta es mi alegría
y siempre estoy de ida o de regreso.
En un bar frente a La Mar Océano
A Javier Bozalongo
Una vez, hace cuarenta y cinco años,
me refugié en un café mientras llovía.
Dos hombres jóvenes hablaban de literatura,
Disertaban de temas y de autores
Sobre los que sólo yo pensaba que tenía dominio.
Me acerqué sin pudor y discutí con ellos.
Me recibieron con simpatía, me invitaron
A un café; al rato, todo había concluido.
Me ocurrió muchas veces, en Bogotá,
En La Habana, en Gera, en Leningrado
---donde veía a una muchacha rubia leer en el Metro
O a un joven escribiendo en un café
O a un anciano tranquilo leyendo Moby Dick---.
Algo anotaba yo, me sumergía en sus mundos,
Imprudente, sin pedirles permiso,
Manifestaba algo haciéndome notar,
Como queriendo decirles a todos:
Yo conozco los temas de su interés preciso,
Yo leo, también escribo, por favor,
Denme paso para seguir avanti,
Yo también he afinado mi flecha
Y he apuntado hacia un blanco
Al que siempre he acertado a equivocarme.
Pero aquí estoy ahora, frente al mar de Almuñécar,
Contemplando su bahía
---tan parecida a la de Santa Marta---,
En un bar donde un hombre joven de barba incipiente
Le lee a su bella novia un párrafo de MacBeth,
Y les digo en silencio: acepten un minuto
De interrupción, pero es que necesito
Que sepan que yo existo, que hago parte del orbe,
Que también he inscrito las huellas de mi alma
En palabras que a lo mejor leerían
Y algo les podría encantar o hechizar o cautivar.
Sí, por favor, no me espanten tan pronto,
No soy Melville, ni Shakespeare, ni Neruda,
Pero algo he soñado para que ustedes sueñen
Y sé que alguna línea mía derrotará la muerte.
Almuñécar (Andalucía) España, 17 de mayo de 2014.
La fiesta perpetua
Mi historia está llena de silbidos y dédalos,
de voces y de veces, de jodidas preguntas,
de estaciones narradas para un inventario
de cicatrices y de resonancias.
Mi historia es una casa que envejece
con sus recintos intactos. Mi historia
es un cuerpo que habita entre estupores
y una boca que incendia las palabras
cuando bebe el amor. Mi historia debe ser
un banquete,
una fiesta perpetua
donde conviven el duende y el disturbio.
La nueva casa
El exilio es una nueva empresa,
un nuevo oficio.
Los flamantes compañeros
parecen viejos
que acabaran de nacer.
Todo es nuevo.
Hay nuevos modos de reír
y de llorar.
Hay otro estilo
de meter la pata y de cortarse el pelo.
Todo es reciente,
inédito, curioso,
impertinente, extraño, sorpresivo.
El exilio es una casa enjuagada,
con una ventana
y dos puertas.
Habitante del sueño
A Raúl Hernández Novás
in memoriam.
Estás allí, te veo, pero no andas
en tu tarde de nítida escritura.
Habitante del sueño, en tu ventana
miras los restos desde cada signo,
desde cada metáfora llovida.
Hablas a quien te lee, fosforescente
noche que a tus alturas amanece
sin término, sin habla, sin pupilas.
En tu poema vibra el dulce ansia,
un solo de silencios que gravitan,
el tiempo circular, las manos limpias,
“de alba ceniza en la cerrada puerta”.
Eres de sol y sombra, eres de nieve
en el verano en que tu mano asciende
hacia la eternidad de la escritura.
Aullido en mí menor
Yo qué sé de quién soy o si soy tuyo.
Al fin ¿de quién es quien en este mundo?
Romeo es de Julieta y ésta de él.
Julieta es de Romeo y éste de ella.
Pero de Shakespeare es Romeo y Julieta
(y de Prokofiev y de todos nosotros).
El príncipe no es de Maquiavelo.
El príncipe es de Blanca Nieves.
(Y de Camila Parker, ¿quién lo duda?).
La familia de Pascual Duarte no es de Cela.
Es de Pascual, como ser Zebedeo
el padre de sus hijos, y ser blanco
el corcel negro del Emperador.
María es de José y de Efraín,
de Agustín Lara y de Jorge Isaacs.
¿Y de quién es la muerte tan temida?
¿De Gabriela Mistral en sus sonetos?
¿De Artemio Cruz? ¿Del padre de Manrique?
¿Es la muerte, del cisne o de un viajante?
Pirandello pudo haber escrito
Seis personajes en busca de autor,
pero en verdad ellos pudieran ser:
Simón, el que ayudó a cargar la cruz.
El confesor de Isabel de Castilla.
La autora de los días de don José Asunción.
Una novia que tuve en Leningrado.
Manuela, la de todos los impúberes
y Joanán, el cacorro de la esquina.
Ay, pero yo estoy triste y estoy solo
y estoy aquí y no estoy en parte alguna.
Mi aullido va de un polo al otro polo
y del fondo del mar hasta la luna.
Yo qué sé de quién soy (o si soy tuyo).
De noche
Es un gesto. Es un signo. Un ademán
de querer decir algo (y no decirlo).
Un pensamiento inmóvil, una mueca
de ángel,
un estar y no estar
y estar ahí.
La mirada indagante
o ya perdida
o dos luces de miel.
O dos soles de asombro.
Un gesto, un signo, un ademán
y una certeza dulce de estar vivo.
XIV
Que no vuelva la tormenta.
Pero vuelve
entre sombras y campanas.
Ante el día sin presagios
abdica mi palabra.
XXV
Hice dos casas.
Una era un volcán lleno de uvas.
La otra era una barca con relámpagos.
En el día habitaba la casa de volcanes.
En la noche dormía sobre aguas de luz.
Siempre feliz,
soñaba.
Cuando volvía a la fábula
me embriagaba,
bebía mi quemadura.
Silencio y memoria
No tengo miedo, nunca tengo miedo,
Porque está aquí mi padre.
En la sala, leyendo, mi padre.
Entrando por la puerta,
Colocando el sombrero en el perchero,
Saludando a mi madre, mi padre,
Escuchando, escuchándome,
Contemplándome el sueño, mi padre.
Hace cuatro décadas se convirtió en poema.
Entre los naranjales y las palmas
Sus manos blancas y orgullosas
Saludaban o se despedían
Y sus ojos melancólicos, rotundos,
Miraban algo escépticos
El fulgor delirante de la tarde.
Ahora no sé si duerme en algún sótano
Donde el mar aletea tal vez llamándolo,
O si libra un combate en orbes locos
Mientras su rostro invisible es la semilla
De una nueva estación o de una estrella.
Su recuerdo es verano y es océano
Y es arcilla y es nieve y es ciudad,
Y es ese rostro único, esa figura única,
Ese padre que veo entre estas letras
Que me bebo entre lágrimas
Mientras contemplo su sueño
Y me aproximo a él con pasos lentos.
Matrimonios
Me casé dos, tres veces. Fue en el siglo
Pasado. Con cada mujer escribí libros, poemas.
Escribí libros y letrillas. Con cada una de ellas
Bebí y viví rones y estancias. Crucé en navíos
Los insondables lagos, extraviados
De todo el mundo y de nosotros mismos.
Éramos fábricas de sangre y de cansancios.
Éramos a la vez perfumes y batallas,
En danzas de alboradas aún llenas de estrellas.
Me casé dos, tres veces. Y tal vez fui feliz
Porque ahora es de miel y leche puras
La tinta con que escribo estos silencios.
Saudades
(invierno aún golpeando en primavera).
Viendo y oyendo a Charles Aznavour
En La Habana, al filo de la medianoche,
Mientras estallan olas contra el Malecón,
Veo y escucho sordas oquedades
Y siento vuelos y palpo rupturas,
Tantas, que siento que la noche es sol
De cielos rojos y Bogotá es París
De tiempos idos, tiempos aturdidos
Que ahora son sólo sueños, sólo sueños,
Sólo sórdidos sueños o suspiros.