Número 18 - Enero 2010 Versión PDF Biblioteca de Bioética Una recensión tardía del libro de
Susan Sontag “La enfermedad y sus metáforas”
Aída Kemelmajer de Carlucci Magistrada de la Corte Suprema de Mendoza, Catedrática de
Derecho Civil de la Universidad de Cuyo. Sobre el libro: La enfermedad y sus metáforas, de Susan
Sontag. Buenos Aires, Ed. Taurus, 2003.
1. Palabras preliminares de justificación
El 29/12/2004, día posterior al de la muerte de la escritora norteamericana Susan Sontag, el diario
San Francisco publicó una nota necrológica preparada por su crítico de arte, Kenneth Baker, tituló
“Indomitable critic silenced by cáncer”. Creo que el título resultó erróneo, porque Susan Sontag no
fue silenciada ni siquiera por su muerte; si Internet muestra los temas que interesan a las distintas
generaciones de todos los países, qué es lo que leen y qué escuchan, basta ingresar a cualquiera
de las innumerables páginas dedicadas a la divulgación de sus ideas para comprobar la fuerza
actual de la voz de quien, aunque nació en New York en 1933 fue, en realidad, ciudadana del
mundo.
Otros artículos estuvieron más cerca de la realidad actual. Diario La Nación on line, Luisa
Valenzuela reflexionó: “Cuesta aceptar que se ha apagado una de las mentes más brillantes de las
últimas generaciones. Sólo cabe aferrarse a un consuelo que viene de 1986, cuando murió Borges.
Entonces llamé a María Kodama a Ginebra y del alma me salió una pregunta: ¿cómo podrá ser el
mundo sin Borges? María supo responder a tamaño desatino y afirmó que el mundo nunca estaría
sin Borges. Lo mismo pienso ahora de Susan Sontag”. Más tarde, el 6/5/2007, Daniel Link escribió
en Perfil.com: “Los restos de Sontag descansan (¿podía ser de otro modo?) en el cementerio
parisino de Montparnasse, pero su pensamiento vivo habita nuestras bibliotecas, va y viene en
nuestra imaginación y en nuestra conciencia”.
Amó y honró la vida luchando contra la discriminación1– redacte hoy una recensión, seguramente
tardía, de su libro “La enfermedad y sus metáforas”2, que ella misma pensó como su “legado
póstumo a la humanidad”, que la Asociación Literaria Nacional de Mujeres de los EEUU consideró
“uno de los libros escritos por mujeres cuyas palabras han cambiado el mundo”3, que Eloy
Martínez calificó de “uno de sus grandes ensayos”4 y que, más allá de sus detractores, es un
verdadero alegato a favor de la dignidad del ser humano, estructurado sobre dos pilares: la crítica
al paternalismo médico y la resistencia a la ignorancia.
2. Breves palabras para situar el libro en la vida de la autora
Este pequeño libro proviene de una conferencia y fue escrito en 1977; originariamente se divulgó
en la revista The New York Review of Books, a través de varias entregas; luego se editó en un
volumen con nueve capítulos. Diez años más tarde, escribió El sida y sus metáforas, una especie de
complemento del primero, que está fuera de mi reseña, salvo en aquellos datos que sirven para
comprenderlo mejor.
Cuando “Illness as metaphor” se publicó, Sontag ya había superado un avanzado cáncer de mama
declarado en 1975, tenía 42 años; aún le esperaba un sarcoma uterino declarado en los años
noventa, para finalmente sucumbir a los 71 años, ante la leucemia originada en los tratamientos
de rigor a los que fue sometida, después de haber recibido un trasplante de médula espinal. Entre
el primero y el último cáncer pasaron casi cuarenta años. Nunca quiso morir: “No quiero calidad
de vida”, fue la respuesta indignada a la oferta que le hizo su médico de aminorar los síntomas a
cambio de resignarse a la muerte.
3. Límites de la reseña. Las enfermedades y las metáforas
Esta reseña no juzga el rigor de la obra desde una perspectiva médica; no ignoro que según
algunos profesionales de la salud “para cualquier salubrista la obra carece de rigor científico y
para un historiador resulta evidente la falta de documentación no literaria”5; tampoco se me
escapa que, para otros, aún en la época de su aparición, el libro resultaba algo anacrónico, desde
que “tanto la omnipresencia del cáncer, con la familiaridad que acarreaba, como las mejoras en su
tratamiento habían privado a la enfermedad de la mayor parte de la aureola mitológica denostada
por Sontag”6.
Hecha esta aclaración inicial, señalo que, en lo esencial, el libro aborda la manera en la que, a lo
largo de la historia, distintas enfermedades han marcado al mundo, de modo tan profundo, que la
interpretación de esas enfermedades ha sido usada para interpretar la sociedad misma. De ahí las
metáforas.
La metáfora ha sido objeto de numerosos estudios7. El sociólogo Karl E. Weick ha dicho que las
metáforas "no sólo son frases pegadizas diseñadas para encandilar un auditorio" sino
herramientas que ayudan a los escritores a crear descripciones compactas de fenómenos
complejos”; las metáforas son "mensajeros de significación" y "unidades de traducción" por lo que
deben ser usadas con gran cautela, en tanto "el discurso cambiado por la metáfora reorganiza la
realidad", toma vida propia, y "la realidad reorganizada" puede ser peligrosa.
Las metáforas son numerosas en literatura médica, práctica médica, y en el concepto popular las
enfermedades, ej., hay metáforas que incorporan vocablos de la mecánica “faltarle un tornillo” o “
una tuerca”, o “le faltan pilas” usados informalmente para describir la enfermedad mental.
Judy Segal, profesora de la universidad de British Columbia, afirma que el idioma metafórico
influye hasta en la política sanitaria y señala tres metáforas principales: el cuerpo como una
máquina, la medicina como guerra, y la peor de todas, la medicina como negocio.
Sontag señaló que la enfermedad adquiere significado mediante el uso de la metáfora, entendida
no sólo como una figura retórica, sino también, y sobre todo, como un mecanismo mediante el
cual comprendemos el mundo. La primera frase de su obra “El sida y sus metáforas” explica el uso
de ese vocablo en su primera obra y dice: “Con metáfora quería decir entonces nada más ni nada
menos que la más antigua y sucinta definición que conozco, la de Aristóteles, en Poética 1457 b:
La metáfora consiste en dar a una cosa el nombre de otra. Decir que una cosa es, o que es como
algo que no es, constituye una operación mental tan vieja como la filosofía y la poesía, el caldo de
cultivo de la mayor parte del entendimiento, inclusive, el entendimiento científico y la
expresividad……” “Desde luego, no es posible pensar sin metáforas. Pero eso no significa que no
existan metáforas de las que mejor es abstenerse o tratar de apartarse. Como también, claro está,
todo pensamiento es interpretación. Lo que no quiere decir que a veces no sea correcto estar en
contra de la interpretación”8.
Por mi parte, no me he propuesto hacer un ensayo, ni tan siquiera una breve nota, sobre las
enfermedades y las metáforas literarias. Obviamente, no tengo formación suficiente para esa
tarea que ya ha sido cumplida por personas que pertenecen a otras áreas del saber.
Se lee en una erudita página de Internet originada en México: “La enfermedad ha sido una de las
metáforas más recurrentes a lo largo de la historia de la literatura occidental. Aparece como una
señal de poder divino o providencia, como un castigo sobrenatural o una posesión demoníaca
(tanto en los textos bíblicos como en la Ilíada y la Odisea); como la prueba de la fibra moral del
individuo y la sociedad (La peste de Camus, 1947); como una metáfora común para la decadencia
moral o social (Fantasmas de Ibsen, 1881); como una señal de imposibilidad del individuo para
escapar de un destino; un catalizador para genios artísticos o intelectuales y una señal de
curiosidad o superioridad emocional, intelectual o moral (La cabaña del tío Tom de Beecher Stowe,
1852 y Largo viaje hacia la noche de O’Neill, 1956); como medio de redención para los caídos o los
marginados (La dama de las Camelias de Dumas, 1848); como un medio de realzar la conciencia de
la muerte, evocando cuestiones de moralidad y complejidad de la vida (Los muertos de Joyce,
1914); y como un extraño, una fuerza incomprensible que penetra la vida humana y la destruye
(Pabellón de cáncer de Solzhenitsyn,1968)9.”
Claire Latxague, profesora de la Universidad de Lyon 10 muestra el lenguaje metafórico de
Mafalda y otros personajes del mundo creado por Quino; ej., Mafalda, deprimida en un sofá tras
haber leído las noticias en el periódico, llama al centro de ortopedia para pedir « muletas para el
ánimo », y cuando su padre le pregunta cuáles son los síntomas de la enfermedad del planeta, la
niña identifica el comunismo con la fiebre; la avaricia de Susanita se diagnostica como «
insuficiencia en las glándulas del sistema convidatorio” por lo que Umberto Eco califica ese
personaje como “beatíficamente enferma de espíritu materno, narcotizada por sus sueños
pequeñoburgueses”.
Juan José Sebrelli enseña 11: “La búsqueda de la salud y el rechazo a la enfermedad parecerían
estar fuera de discusión en casi todos los tiempos. Sin embargo, a lo largo de la historia de la
humanidad y aún en la era de apogeo de la ciencia, existen interpretaciones distintas y opuestas
desde perspectivas mitológicas, religiosas, filosóficas, paracientíficas y estéticas”. “Thomas Mann,
fluctuando entre el romanticismo y el clasicismo, es el autor que más se ha dedicado a reflexionar
sobre la enfermedad y la salud hasta elaborar una verdadera “filosofía de la enfermedad”. Citando
a Nietzsche cuando decía que “el hombre es un animal enfermo” deducía que en la enfermedad
yacía la dignidad del hombre y el genio de la enfermedad era más humano que el de la salud. Con
el ejemplo de dos escritores enfermos
–Schiller, tísico, y Dostoievski, epiléptico– Mann encontraba en la enfermedad de ambos “una
nobleza, una distinción que significa profundización, elevación y refuerzo de una humanidad,
atributo de un humanismo más elevado”. En La montaña mágica (1924) Thomas Mann transforma
un lujoso sanatorio de tuberculosos en el símbolo del mundo. Y entre dos de sus pacientes se
desarrollaba una polémica acerca de la enfermedad: el jesuita Naphta, encarnación del
romanticismo irracionalista, decía: “La enfermedad es perfectamente humana, pues ser hombre es
estar enfermo. El hombre es esencialmente enfermo, el hecho de que esté enfermo es lo que hace
de él un hombre, quien desea curarle no busca otra cosa que deshumanizarle y aproximarle al
animal”.
Por el contrario, sigue diciendo Sebrelli, “la obsesión del hombre occidental desde el último tramo
del siglo pasado ya no es la enfermedad sino la salud. Gimnasia, dietas y cientos de terapias
alternativas junto con pilas de medicamentos en la mesa de luz forman parte del combate del
hombre moderno contra la enfermedad y la muerte, que han perdido su glamour de los años
románticos para transformarse más bien en algo vergonzoso, que debe ocultarse en el interior de
clínicas ascéticas. No sabemos todavía qué literatura y arte podrán surgir del nuevo mito del
hombre sano. Las familias felices no tienen historia, decía León Tolstoi. Podríamos decir asimismo
que los hombres sanos no tienen novelas. Pero la plenitud de una vida sin enfermedad es un deseo
aun lejos de cumplir, tal vez una utopía inalcanzable; la literatura y el arte no se quedarán sin
tema”
En la misma línea de pensamiento dice Patricio Lennard12: “Es bueno tener salud, pero en la
literatura resulta mucho más interesante la enfermedad”.
Con gran vinculación a lo que pasa en la Argentina en estos días de “pandemia gripal”, una
médica, Amalia Pati, comenta para un diario santafecino una obra suya que publicó la
Municipalidad de Rosario (Una enfermedad romántica. La tuberculosis y sus metáforas en el siglo
XIX y principios del siglo XX: un debate abierto) y dice: “El siglo XIX distinguió a los tuberculosos
como seres sensibles, creativos y con talento para la enfermedad, tal como dicen los médicos que
atienden a Hans Castorp en la novela de Thomas Mann; no obstante, junto al destino final
irrevocable, también debieron soportar la marginación, el rechazo y el ocultamiento de la
enfermedad. Es que detrás de ella estaba la sexualidad y las conductas "réprobas", contra las
cuales algunos grupos sociales levantaron el dedo acusador. “Las epidemias hacen que aflore lo
mejor y lo peor de una sociedad”.
Finalmente, aclaro que tampoco he tenido en mente vincular las metáforas de las enfermedades a
las instituciones políticas. Recuerda Sontag: “La preocupación más antigua de la filosofía política
es el orden, y si es plausible comparar la polis con un organismo, también lo es comparar el
desorden civil con una enfermedad. Las analogías clásicas entre desorden político y enfermedad
presuponen la clásica idea médica (y política) de equilibrio. La enfermedad nace del desequilibrio,
La finalidad del tratamiento es restaurar el equilibrio, lo que en términos políticos será la justa
jerarquía. El pronóstico, en principio, siempre es optimista. Por definición, la sociedad no contrae
enfermedades mortales”.
4. Tuberculosis y cáncer
Susan Sontag mostró a la tuberculosis y el cáncer como las dos enfermedades más mitificadas de
la modernidad (como dije, la tercera, el sida, la trató en un ensayo posterior). Muestra cómo estas
dos enfermedades, confundidas inicialmente, en su momento igualmente devastadoras, con
posterioridad aparecen provistas de características propias que convocan metáforas opuestas.
En el siglo XIX, dice, la visión que se tiene del tísico es romántica. La imagen de quien padecía
tuberculosis era la de un ser melancólico, sensible, romántico, generalmente, la de un poeta a
quien la silueta magra y doliente confiere respetabilidad y prestigio; la literatura de esa época está
plagada de tuberculosos, especialmente gente joven, que muere casi sin síntomas, sin miedo. “La
tristeza lo hacía a uno interesante. Estar triste era señal de refinamiento, de sensibilidad. En
“Armance” de Stendhal, el médico tranquiliza a la madre ansiosa diciéndole que, en definitiva,
Octave no sufre de tuberculosis sino sólo de esa característica melancolía crítica e insatisfecha
propia de los jóvenes de su generación y posición. Tristeza y tuberculosis se hicieron sinónimos”.
En cambio, originariamente, el cáncer se relacionó con un vicio del temperamento opuesto al de la
tuberculosis: las emociones se reprimen, los rencores se acumulan; el impulso de controlar
aumenta; supone, pues, un individuo que sucumbe por una suerte de inhibición sistemática de sus
impulsos; un ser nervioso en extremo, apocado, devorado por el estrés y la hiperactividad,
consumidor de comida chatarra, inhalador de contaminantes, fumador empedernido, en una
palabra, un reprimido; para la creencia popular, un ser así es el candidato ideal para desarrollar un
cáncer13. La enfermedad es la consecuencia de romper el equilibrio entre psique y corporeidad; el
canceroso es visto como alguien a quien su propia represión emocional conduce a ese desorden
máximo que es la proliferación de células malignas en el organismo.
A quien padece una enfermedad pulmonar, una disfunción de la parte superior del cuerpo, se le
atribuye cierta nobleza que se contrapone a la desgracia y vergüenza de quien ve afectadas, a
menudo, las partes bajas e indignas de su organismo, como en el cáncer de estómago, de colón,
de recto, o de los testículos. El que muere de cáncer ha perdido toda capacidad de superación,
humillado por el miedo y el dolor, como el personaje de la hermana en el film Gritos y susurros de
Ingmar Bergman.
Estereotipos, mitos, señala Sontag, se diluyen con el conocimiento. “De la misma forma que con la
llegada de los antibióticos la tuberculosis perdió todo el romanticismo que la había rodeado, así
desaparecerán los mitos que definieron nuestro miedo al cáncer, una vez que su etiología sea
mejor comprendida y su tratamiento sea tan eficaz como ha llegado a serlo el tratamiento de la
tuberculosis. Mientras tanto, la metáfora solamente servirá para aterrorizar y estigmatizar a la
víctima, sobre quien el público proyecta fantasías sustentadas sobre su ansiedad”.
En El sida y sus metáforas autora aclara: "En la década que pasó desde que escribí La enfermedad y
sus metáforas - y que me curé el cáncer, poniendo en ridículo el pesimismo de mis médicos - las
actitudes ante el cáncer han cambiado. ..Mi mensaje era: Haz que los médicos te digan la verdad;
sé un paciente informado, activo….. Si bien el remedio no existe, más de la mitad de todos los
casos de cáncer se curan con los tratamientos que ya existen". Y concluye: “Aún la enfermedad
más preñada de significado puede convertirse en nada más que una enfermedad. Sucedió con la
lepra (...) y sucederá con el sida, cuando la enfermedad esté mucho mejor comprendida y sea,
sobre todo, tratable”.
5. El lenguaje militar del cáncer
Sontag: “Las imágines que describen el cáncer resumen el comportamiento negativo del homo
economicus del siglo XX: la imagen del crecimiento anómalo; la de la contención de la energía, es
decir, la del negarse a todo consumo o gastos”.
No obstante, la comparación que le interesa mostrar no es la de la economía, sino la que deriva
del lenguaje militar “No bien se habla de cáncer, las metáforas maestras no provienen de la
economía sino del vocabulario de la guerra: no hay médico ni paciente atento que no sea versado
en esta terminología militar, o que, por lo menos, no la conozca. Las células cancerosas invaden…
colonizan zonas remotas del cuerpo… Por muy radical que sea la intervención quirúrgica, por muy
vastos los reconocimientos del terreno, las remisiones son, en su mayor parte, temporarias, y el
pronóstico es que la invasión tumoral continuará, o que las células dañinas se reagruparán para
lanzar un nuevo ataque contra el organismo”.
El cuerpo un campo de batalla en el que se libra un combate encarnizado del que con harta
frecuencia se sale vencido. La metáfora se utiliza para tres aspectos de la enfermedad: la
patología, el tratamiento, y la experiencia del paciente. Se habla de las "células invasoras",
"arsenal terapéutico", "valerosa batalla que libra el paciente”.
A diferencia de la tuberculosis, una afección muy localizada, el cáncer representa el horror de una
invasión generalizada, con escaramuzas imprevisibles, y terapias brutales que representan una
suerte de contraofensiva militar:
“A grandes males grandes remedios, dice la sabiduría popular, y el remedio –aquí la
quimioterapia, las radiaciones– suelen ocasionar estragos mayores en un cuerpo de sí ya
vulnerado. La noción de batalla, esta militarización del cuidado médico, se acompaña de una
imagen de degradación corporal inevitable. El cáncer deja entonces de ser una enfermedad más,
para convertirse en la metáfora ideal de la degradación física: una enfermedad que corroe,
carcome y transforma el aspecto del individuo. La metáfora que militarmente describe la
descomposición orgánica tiene como primer efecto hacer del enfermo un paria, señalarlo como
presa de un caos interno que ineluctablemente acabará con sus días. Ante este panorama, el
enfermo alberga sentimientos de culpa, consciente de que en una sociedad entregada de lleno al
culto del bienestar y mejoramiento físicos su papel es muy marginal y su presencia incómoda en
tanto recordatorio aún viviente de la falibilidad del género humano”.
El tratamiento sabe a ejército. Radioterapia metáforas de la guerra aérea: se bombardea al
paciente con rayos tóxicos. Quimioterapia, guerra química, en la que se emplean venenos. El
tratamiento matar células cancerosas. Las células cancerosas no se multiplican y basta: ‘invaden’.
A partir del tumor original, ‘colonizan’ zonas remotas del cuerpo, empezando por implantar
diminutivas avanzadas (‘micro-metástasis’) cuya existencia es puramente teórica, pues no se
pueden detectar. La enfermedad ahora no se concibe como un mal que expresa la ira de Dios, sino
como un invasor microscópico, que pretende entrar al cuerpo y causar problemas.
La metáfora militar sirve, pues, para describir una enfermedad particularmente temida, como se
teme al extranjero, al otro, al enemigo en la guerra. De allí al carácter punitivo y a la
estigmatización social hay solo un paso.
6. El carácter punitivo de la enfermedad y la estigmatización social:
«Nada hay más punitivo que darle un significado a una enfermedad, significado que resulta
invariablemente moralista. Cualquier enfermedad importante cuyos orígenes sean oscuros y su
tratamiento ineficaz tiende a hundirse en significados. En un principio se le asignan los horrores
más hondos ( corrupción, putrefacción, polución, anatomía, debilidad). La enfermedad misma se
vuelve metáfora. Luego, en nombre de ella (es decir, usándola como metáfora) se atribuye ese
horror a otras cosas, la enfermedad se adjetiva. Se dice que algo es enfermizo, para decir que es
repugnante o feo.»
«La concepción punitiva de la enfermedad tiene una larga historia. Es una concepción
particularmente activa en lo que atañe al cáncer. Se entabla una ‘lucha’ o ‘cruzada’ contra el
cáncer; el cáncer es la enfermedad ‘que mata’; los cancerosos son ‘víctimas del cáncer’.
Ostensiblemente el culpable es la enfermedad. Pero también el paciente resulta serlo. Las teorías
psicológicas más aceptables atribuyen al pobre enfermo la doble responsabilidad de haber caído
enfermo y de curarse. Y las convenciones que exigen que el cáncer no sea una mera enfermedad
sino un enemigo diabólico, hacen de él no sólo una enfermedad mortal sino una enfermedad
vergonzosa.»
Las metáforas militares contribuyen a estigmatizar ciertas enfermedades y, por ende, a quienes
están enfermos, cuyos sistemas inmunes son ‘inferiores’ se vuelven miembros de una nueva
subclase estigmatizada y victimizada.
Sontag recuerda “durante el Medioevo se establecían vínculos entre el fenómeno de la peste y el
de la corrupción moral e, invariablemente, se buscaba un chivo expiatorio fuera de la comunidad
enferma. Así, durante la peste que asoló Europa en 1347/1348 hubo masacres de judíos por
doquier, de una envergadura sin precedentes”. Más adelante, señala que “en su primer opúsculo
político, una diatriba antisemita que data de setiembre de 1919, Hitler acusaba a los judíos de
producir una tuberculosis racial entre las naciones”. Pronto los nazis modernizaron la retórica; “la
imaginería del cáncer era mucho más idónea para su fines. Como se solía aseverar en los discursos
sobre el problema judío durante los años treinta: para tratar un cáncer hay que cortar mucho
tejido sano que lo rodea. La imaginería nazi prescribe un tratamiento de tipo radical, contrario al
tratamiento suave que supuestamente exigía la tuberculosis. Es lo que va del sanatorio (es decir, el
exilio), a la cirugía, (es decir, el crematorio). Decir que un fenómeno es como un cáncer es incitar a
la violencia. La utilización del cáncer en el lenguaje político promueve el fatalismo y justifica
medidas duras, además de acreditar la difundida idea de que esta enfermedad es forzosamente
mortal. El concepto de enfermedad nunca es inocente, pero cuando se trata de cáncer se podría
sostener que en sus metáforas va implícito todo un genocidio. Ninguna tendencia política tiene el
monopolio de esta metáfora. Para Trotsky, el estalinismo era el cáncer del marxismo………….La
metáfora clásica de los árabes es que “Israel es un cáncer en el corazón del mundo árabe”; Simón
Leys se refiere al “cáncer maoísta que carcome la cara de la China”, D.H. Lawrence dijo que la
masturbación era el cáncer más profundo y peligroso de nuestra civilización….”. Y luego, haciendo
su propio “mea culpa”, Sontag concluye: “yo misma escribí, en la enardecida desesperación por la
guerra americana contra Vietnam que la raza blanca es el cáncer de la historia humana”.
A los pacientes de cáncer –dice– “se les miente no sólo porque la enfermedad es (o se cree que es)
una sentencia de muerte, sino porque es percibida como obscena; en la acepción original de la
palabra: de mal augurio, abominable, repugnante a los sentidos. Los médicos recurren al
eufemismo o al secreto, disminuyendo así la posibilidad de buscar tratamientos efectivos”.
Por eso, ella pretendió desmontar, desmitificar las ideas que vuelven al paciente virtual “culpable”
de su padecimiento. A la concepción punitiva de la enfermedad ella opone un discurso crítico
distinto. “Las metáforas que circunscriben ciertas patologías misteriosas “hay que ponerlas en
evidencia, criticarlas, castigarlas, desgastarlas”.
Desde esta perspectiva, su libro es también una reflexión sobre el estigma social, sobre la manera
en la que una enfermedad grave deja de ser un padecimiento meramente clínico para convertirse
en una marca infamante. Tal lo que sucedió con el sida:
“La metáfora asociada con el enfermo de VIH sugirió, en sus comienzos, un ser promiscuo, un
seductor castigado, un disoluto que padece por donde más pecó y que, por lo mismo, se vuelve
objeto ideal de condena religiosa o de reprobación moral de quienes ostentan una conducta
ejemplar y sangre limpia en las venas. A diferencia del paciente con cáncer, el enfermo de VIH/sida
no sólo es un enfermo sino también un portador de su propia enfermedad, es decir, alguien
susceptible de transmitirla accidental o deliberadamente. Este solo hecho hace de él una persona
sospechosa, víctima de un mal y a la vez potencialmente victimario. Con la metáfora de la
infección, de la diseminación masiva del virus, se justifica a los ojos de muchos la figura del paria
digno de toda desconfianza, y en algunos países, y en el caso de algunos extremistas, como el
derechista francés Jean-Marie Le Pen, se habla de confinamiento, de sidatorios, de tests
obligatorios masivos, y de reservas donde habrá que recluir a los infectados, a las víctimas
irremediablemente culpables, para evitar que se contamine o se gangrene el cuerpo social
saludable”14.
"Las ideologías políticas autoritarias tienen intereses creados en promover el miedo, la sensación
de una inminente invasión por extranjeros - y para ello las enfermedades auténticas son material
útil. Las enfermedades epidémicas suelen inducir un reclamo de que se prohíba la entrada a los
extranjeros, los inmigrantes. Y la propaganda xenófoba siempre ha pintado a los extranjeros como
portadores de enfermedades (a fines del siglo pasado: cólera, fiebre amarilla, fiebre tifoidea,
tuberculosis)”15.
Las representaciones metafóricas, pues, no son políticamente neutras, ya que de hecho, las
metáforas se usan comúnmente en luchas ideológicas; se trata de una estrategia lingüística usada
para persuadir la aceptación de un significado sobre otro. Es frecuente identificar el desorden
social como una enfermedad. Por ejemplo, el Diccionario de la Real Academia, define el cáncer
como “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”. También
hay evidencias de que la palabra sida se está extendiendo en un uso metafórico, como sucedió con
lepra; así, por ej., en Francia, para reforzar el sentido de la omnipresencia del virus, los
especialistas en informática hablan del problema del “sida informático”.
7. Otros aspectos significativos
Desde otra perspectiva, el libro una crítica a las posiciones excesivamente “psicologicistas”. Dice
con palabras aplicables a nuestra realidad: “Nuestra época tiene predilección por las explicaciones
psicológicas, de las enfermedades o de cualquier otra cosa. Psicologizar es como manejar
experiencias y hechos sobre los que el control posible es escaso o nulo. La explicación psicológica
mina la realidad de una enfermedad. Dicha realidad pide una explicación……Para quien vive ante
la muerte sin consuelo religioso o sin un sentido natural de la misma, la muerte es un misterio
obsceno, el ultraje supremo, lo no gobernable. Gran parte de la popularidad y de la fuerza
persuasiva de la psicología provienen de que sea una forma sublimada de espiritualismo; una
forma laica y ostensiblemente científica de afirmar la primacía del espíritu sobre la materia”.
Finalmente, rescata la memoria como otro elemento altamente relevante, Sontag: “Las
enfermedades simplemente epidémicas son menos útiles como metáforas, como lo demuestra la
amnesia histórica que rodea la pandemia de gripe de 1918/1919, en la que murió más gente que
durante los cuatro años de guerra precedentes”.
8. Palabras de cierre
Cierro esta reseña con las muy conocidas palabras de Susan Sontag al iniciar su libro: “La
enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos
otorgan una doble ciudadanía: la del reino de los sanos, y la del reino de los enfermos. Y aunque
preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a
identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”.
Pocas veces un párrafo tan breve dice tanto sobre la dignidad humana.
Notas 1. En este homenaje, quizás haya también algo de recuerdo nostálgico de mi adolescencia.
“Duelo al sol” de King Vidor fue una de las películas que más me conmovieron durante ese
inolvidable período de mi vida. He sabido, gracias a una nota de Carlos Fuentes, publicada el
29/12/2004, en el Diario El país, con el título “ El lenguaje del valor”, que la niña que interpreta el
papel de Pearl Chávez -ya de grande, Jennifer Jones- es, precisamente, Susan Sontag.
2. He utilizado la edición de Taurus, aparecida en Buenos Aires en 2003, traducida por Mario
Muchnik,
3. Piacenza, Paola, Susan Sontag. La conciencia del imperio, Bs. As., ed. Capital Intelectual, 2008,
pág. 59.
4. Martínez, Tomás, Eloy, Luces y sombras de Susan Sontag, en http://www.ar.terra.com,
31/1/2009, que reproduce un artículo publicado en The New York Times.
5. Xedroc, José, La enfermedad y sus Metáforas”, A propósito del fallecimiento de la combativa
escritora Susan Sontag,
[email protected].
6. Willis, Ellen, Tres elegías por Susan Sontag, Revista Trasversales número 1,
http://www.transversales.net. interesante nota crítica sobre el libro de Sontag, Ellen Willis relata
la siguiente experiencia personal: “Poco después que me pidieran escribir una nota necrológica
sobre Sontag, una mujer cuya escritura y cuyas declaraciones públicas siempre me hacían sentir
como si estuviésemos enzarzadas en una conversación –habitualmente, una discusión– mis
reflexiones sobre ella e “Illness is Metaphor” dieron un giro más personal, pues me diagnosticaron
un cáncer. Aunque fue tomado a tiempo, receptivo a los últimos avances de la medicina alopática,
la enfermedad no me afectó como un mero hecho bruto y mudo. Sentí que una enfermedad que
amenaza la vida era una crisis espiritual por definición, en la que jugaban el menor papel las
preguntas sin respuesta sobre la etiología de la enfermedad, aunque en verdad por un momento
fui inundada –me imagino al fantasma de Susan sofocando una sonrisa– por una ola de terror
supersticioso y culpable, producida por la fantasía de que cada uno de mis pensamientos o actos
ruines habían convergido para provocar una improbable mancha en mi pulmón de no fumadora”.
Según datos tomados de Internet, Ellen Willis murió en 2006, afectada de un cáncer de pulmón.
7. Las reflexiones que siguen sobre la metáfora y la medicina han sido tomadas de Fillmore,
Randolph, Las metáforas para describir la enfermedad mental, http://www.txoriherri.com. explica
por qué el arte no debe ser interpretado sino captado a través de la intuición.
10. La Clé des langues, en http://www.cle.ens.lsh.fr.
11. Ver nota del 6/3/2007 en http://www.perfil.com.
12. http://www.página12.com, 9/7/2006. El autor de la nota comenta el libro Literatura, cultura y
enfermedad, una compilación de ensayos que se presentaron en un coloquio realizado en el
instituto Goethe de Buenos Aires en el año 2005; en uno de los artículos, el alemán Wolfgang
Bongers reconoce que “desde la publicación del ya clásico libro de Sontag, la relación entre la
literatura y la enfermedad se ha convertido en un tema importante para la crítica literaria. de ahí
que hasta el día de hoy sus ideas sigan siendo objeto de revisión y polémica”. “La denuncia de
Sontag sobre la forma en que el mito responsabiliza al paciente al psicologizar la enfermedad que
sufre –y que en el caso de la tuberculosis superponía la causa del mal al carácter del enfermo,
imputándole un apasionamiento desmedido, mientras que con el cáncer es cierta represión
emocional la que caracterizaría a aquel que lo padece– hoy tiene su contraparte en la creciente
inquietud del psicoanálisis ante el modo en que la psiquiatría tiende, cada vez más, a medicalizar
la neurosis”.
15. Braceras, Diana, Epidemia bélica en el kindergarten global. Susan Sontag. El coraje de disentir
con los mitos de la medicina y de la guerra, en http://www.cancerteam.com.ar.
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