100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas24 páginas

Wickham - OCR Una Historia Nueva de La Alta Edad Media PDF

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (1 voto)
1K vistas24 páginas

Wickham - OCR Una Historia Nueva de La Alta Edad Media PDF

Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CHRIS WICKHAM

UNA HISTORIA NUEVA


DELA
ALTA EDAD MEDIA
Europa y el mundo
mediterráneo, 400-800

Traducción castellana de
Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar

CRÍTICA
BARCELONA
Capítulo 1
INTRODUCCIÓN

En las últimas tres décadas, el estudio de la alta Edad Media se ha


visto transformado. Mucha más gente se dedica a escribir acerca de su

MAPA 13. Dinamarca


historia documental. Lo que ahora somos capaces de decir sobre su ar­
queología se ha multiplicado por diez —y en algunos países, incluso
por cien. El tipo de interrogantes que se plantean respecto al material
también ha variado de forma radical, ya que ahora los análisis que se
presentan de los procesos políticos y de los cambios culturales son
mucho más refinados que cualquiera de los anteriores. Desde luego,
esta evolución es común al conjunto de la profesión vinculada al estu­
dio histórico. Del mismo modo, en algunos campos —el del examen de
la construcción de la santidad, por ejemplo—, la época comprendida
entre los años 400 y 800 es la que marca la pauta. La colectividad de
los eruditos también posee ahora un carácter más internacional que an­
tes: asistimos a un proceso aún en marcha que, en el caso de los especia­
listas en la alta Edad Media, se inició principalmente gracias al trabajo
del Centro Italiano de Estudios sobre el Alto Medievo y a las conferen­
cias celebradas por esta institución en Espoleta a partir del año 1953.
En la última década, el mencionado proceso ha encontrado nuevos cau­
ces, de formas sobremanera estimulantes, gracias al proyecto de inves­
tigación que la Fundación Europea de la Ciencia (European Science
Foundation) ha dedicado, entre los años 1993 y 1998, a la «Transfor­
mación del mundo romano».
Todos éstos son progresos plenamente positivos. Sin embargo, lo que
aún queda por desarrollar es un conjunto de paradigmas de interpreta­
ción capaz de reflejar en su plenitud este florecer del conocimiento aca­
36 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 37

démico. Cuando yo mismo era estudiante, en tomo al año 1970, buscá­ marca o en Inglaterra, su ausencia en Italia o en Irlanda, la realidad y
bamos una visión de conjunto de la evolución de la Europa occidental la naturaleza del paréntesis árabe en la historia española o palestina, la
en el mencionado período en los trabajos de Alfons Dopsch y de Henri división de las ramas lingüísticas que diferenciarán a Francia de Ale­
Pirenne, autores que, nacidos ambos en la década de 1860, habían rea­ mania, y la vieja cuestión, en todos los países de la Europa occidental,
lizado sus principales —y enfrentadas— contribuciones en la década del exacto papel que hayan podido desempeñar los inmigrantes «ger­
de 1920. Hoy, pese a que Dopsch se haya visto un tanto postergado (in­ mánicos» que ingresaron en el imperio romano en la creación de aque­
justamente), no contamos con ningún sucesor que pueda sustituirle, y llos elementos de la identidad nacional que en el ámbito local se consi­
Pirenne sigue siendo un punto de referencia clave, al que se cita cons­ deran extremadamente significativos. Esta última cuestión ha conservado
tantemente. Los historiadores de otros períodos históricos discuten acer­ su importancia incluso en una década como la de 1990, en la que el
ca de las teorías de unos cuantos estudiosos que con frecuencia aún péndulo basculó decididamente en la dirección del romanismo y en
viven. La alta Edad Media, a pesar del hecho de que su conocimiento contra de una excesiva ponderación de la influencia que pudieran ha­
académico (e incluso su base probatoria, gracias a la arqueología) haya ber ejercido los germanos en cualquiera de las provincias romanas,
sufrido una transformación superior a la del relacionado con la mayoría impulso que posee algunas implicaciones intemacionalistas, como ve­
de los demás períodos, no ha conocido aún una revisión lograda de sus remos. En todos esos debates, el problema estriba en que, en sus for­
paradigmas fundamentales, y de hecho no ha contado con demasiadas mas nacionales, sólo adquieren pleno sentido para los estudiosos de
revisiones, ni siquiera fallidas. Esto es lo que sucede en particular con un determinado país, mientras que, por el contrario, carecen a veces
la historia social y económica, mi principal interés en este libro. Exis­ de todo significado fuera de sus fronteras —caso de que en efecto ha­
ten algunos buenos estudios económicos, pero por lo general se trata de yan llegado a oídos de otros académicos, confinados como están en la
exposiciones bastante sumarias. Tal es el caso de la estimulante incur­ esfera de las preocupaciones específicas de su propio entorno. Hace
sión en la época que hace Georges Duby en Guerreros y campesinos, una década,2 llamé «solipsismo cultural» a esta lamentable situación,
un texto del año 1975, o de la revisión arqueológica de Pirenne que y a pesar de que haya experimentado una leve mejoría, ya que ahora
efectuaron en 1982 Richard Hodges y David Whitehouse en Moham- son más las personas que asisten a conferencias en el extranjero, no se
med, Charlemagne and the origins ofEurope. Sin embargo, nuestra com­ ha disipado en modo alguno: todos cuantos hayan acudido a ellas ha­
prensión de los intercambios a gran distancia se ha visto recientemente brán vivido la experiencia de encontrarse al menos ante un cierto nú­
transformada por el estudio clave de Michael McCormick titulado Los mero de encuentros internacionales en que las personas de otros países
orígenes de la economía europea, del año 2001. La muy reciente inclu­ hablan en realidad de cosas por completo diferentes, pese a que en apa­
sión de la sociedad altomedieval de Occidente en los temas de estudio riencia estén utilizando el mismo lenguaje científico. Otra tendencia
para la obtención de una cátedra en Francia también ha dado lugar a va­ igualmente dotada de la capacidad potencial de disolver las tradicio­
rios trabajos panorámicos excelentes.1 Pero si se pretende avanzar más, nes culturales nacionales que dominan nuestro campo de estudio —la
en particular en historia social, es preciso retomar a Dopsch. existencia de un contingente de emditos de considerables dimensio­
Una de las razones de esto es que el carácter internacional del trabajo nes y en constante crecimiento dedicados a estudiar otro país— tam­
académico es aún excesivamente superficial, incluso en nuestros días. poco ha logrado este efecto hasta ahora, en líneas generales: dicho a
La alta Edad Media es una época visceral: es el período en el que las so­ grandes rasgos, estos académicos se encuentran ante la disyuntiva de
ciedades y las formas de gobierno configuraron por primera vez las en­ quedar absortos en los debates nacionales del país que estudian, o de man­
tidades que constituyen los antepasados genealógicos de los estados- tenerse a cierta distancia de ellos, pero, en tal caso, únicamente por
nación de hoy. La importancia de estos cimientos sigue preocupando haber permanecido adictos a las controversias de su país de origen.
grandemente a los historiadores, ya sea consciente o inconscientemente. De ser esta última la situación, puede que aporten un elemento críti­
Todos los debates sobre esta época, incluso los más acalorados, se han co, y en ocasiones lo hacen, pero en tales circunstancias lo más fre­
producido siempre en tomo a los elementos que se consideran clave en cuente es que se hayan visto ignorados por los historiadores del país
las genealogías nacionales: la formación de reinos unitarios en Dina­ que estudian.
38 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 39

La otra línea de actuación por la que optan los estudiosos de los últi­ tencia de dos tradiciones culturales diferentes en los estudios del «postrer
mos tiempos a fin de sortear estos escollos es la de la continuidad. Un período tardorromano», refuerza aún más, en mi opinión, este estado de
terreno auténticamente adecuado para una investigación internacional cosas. Una de esas tradiciones es la relacionada con el hoy considera­
de relativa neutralidad es el definido por el imperio romano, dado el ta­ ble volumen de conocimientos británicos sobre temas propios del conti­
maño y la escala transnacional de su sistema político. De hecho, es dema­ nente europeo, ya que en la cultura nacional británica (y particularmente
siado frecuente estudiar el imperio romano como un conjunto unitario, y en la inglesa) existe una sólida corriente que trata de subrayar a toda
demasiado raro verlo como una suma de provincias. Éste es un plantea­ costa los factores de continuidad histórica, así como de minimizar la sig­
miento contra el que he de argumentar de vez en cuando en las páginas nificación de toda ruptura, como puede apreciarse, por ejemplo, en los
que siguen; pero por lo menos no es tan corriente percibir en su estudio más recientes escritos ingleses sobre la guerra civil inglesa, o británica,
el solipsismo de la alta Edad Media, debido a que la gente debate en tor­ o sobre la Revolución Francesa. La segunda es una tradición católica, y
no a cuestiones que abarcan grandes zonas geográficas, y a que a me­ en buena medida francesa —en los últimos años—, que ve la auténtica
nudo utiliza, al hacerlo, una amplia variedad de lenguas extranjeras. La ruptura en la cristianización del imperio romano, y que considera que
historia del imperio bizantino ha mantenido esta tradición internacional la continuidad religiosa entre el imperio tardío y la alta Edad Media re­
por la obvia razón de que puede considerarse que dicho imperio es el he­ viste mayor importancia que cualquier fractura política e institucional
redero más directo de Roma. (Dejo aquí a un lado la cuestión del orien­ (con la particularidad de que ha habido recientemente quien ha negado
talismo, es decir, la construcción europea del este en tanto que un otro incluso esta última fisura). Los dos elementos mencionados son muy
carente de historia, asunto que en nuestros días es una cuestión menos distintos, y se influyen poco el uno al otro. Por otro lado, tampoco en­
seria para los estudios bizantinos que para los islámicos.3 En cualquier globan en modo alguno la totalidad del conocimiento relativo a esta
caso, existe un academicismo griego sobre Bizancio —y, aunque en me­ época. Sin embargo, contribuyen a la perpetuación de lecturas conti-
nor grado, también un academicismo turco sobre el particular—- bien nuistas del mismo tipo, tanto más cuanto que son por lo general in­
integrado en la red internacional.) Por desgracia, no puede decirse que el conscientes. Tal vez ésta sea la razón de que haya tan pocas visiones
estudio de Bizancio haya ejercido un gran impacto en Occidente. Úni­ de conjunto, incluso en el marco de lo que podría llamarse el «paradigma
camente un puñado de eruditos, como Dietrich Claude o Michael McCor- romanista»: es tan inconsciente que ni siquiera ha alcanzado la catego­
mick, han llegado a estudiar ambos imperios, el romano y el bizantino, ría de paradigma. No es así como lograremos superar a Pirenne.
con idéntica atención. Del mismo modo, me parece significativo que Me estoy ciñendo aquí a unas cuantas generalidades porque quiero
uno de los contextos en que también el academicismo de orientación evitar la crítica de los individuos. Prácticamente la totalidad de los es­
internacional dedicado al conocimiento del mundo posromano se haya tudiosos de la alta Edad Media (incluido yo mismo) se hallan implica­
sentido más cómodo sea el del estudio de los elementos de continuidad dos de un modo u otro en esta situación, y más aún si tenemos en cuenta
romanos. En cierto sentido, si el Occidente del siglo vi se reconstruye que los parámetros aquí esbozados pasan en gran medida desapercibi­
como una entidad que sigue siendo aun romana, y ya puestos también dos, y que su importancia en los debates es fundamentalmente instin­
el siglo vn —y de hecho, incluso el imperio carolingio para algunos—, tiva. No obstante, podría argumentarse que los problemas básicos deri­
entonces la composición de las historias nacionales puede ser dejada para van del hecho de no haber abordado las diferencias, tanto temporales
más tarde. Esto es plenamente legítimo en algunos campos —en el de como espaciales, desde una perspectiva comparativa, esto es, mediante
la cultura intelectual, lo es de forma muy notable; quizá lo sea también el contraste entre el antes y el después tras un cambio clave como el de
en el de la historia religiosa; pero resulta mucho más difícil decir que la sustitución del imperio romano de Occidente por una docena de esta­
ocurre lo mismo en el de la práctica política. No obstante, este pro­ dos sucesores; o como el de la pérdida de la mayoría de las provincias del
ceder tiene un precio. Buena parte de los elementos más fructíferos del imperio oriental a manos de los árabes; o aun como el de las diferencias
debate internacional han sido logrados en un marco dominado por la geográficas que existen entre experiencias regionales paralelas, tanto
ilusión de que en el mundo posromano no se ha producido en absoluto en términos de continuidad como de transformación. Las principales
ningún cambio de importancia relevante. El impacto que ejerce la exis­ generalizaciones se han realizado, bien procediendo simplemente a con­
40 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 41

siderar normal una región y a analizar después las pautas divergentes Ya he abogado antes en favor de que los estudios sobre la alta Edad
de su evolución (caso de examinar alguna) como si se tratara de ex­ Media hagan mayor hincapié en la comparación, y he intentado ponerlo
cepciones (Dopsch y Pirenne ya lo hicieron así), bien concentrándose en práctica al analizar el período central de la Edad Media.4 Por consi­
sencillamente en un país, o en una serie de cuestiones de relevancia guiente, me parece apropiado seguir mis propios preceptos y tratar de
nacional, y tratar de limitarse únicamente a la resolución de tales asun­ hacer lo mismo en el período primitivo. Este libro se centra en la época
tos. Las principales síntesis nacionales de las décadas de 1940 y 1950, comprendida entre los años 400 y 800, un lapso temporal lo suficiente­
que siguen siendo puntos de referencia para los debates existentes en mente largo como para incluir al imperio romano anterior al período
los respectivos países, ilustran esta última afirmación: sería absurdo de crisis e indagar en los cambios que se fueron desplegando a lo lar­
imaginar siquiera que pudieran hilvanarse las teorías de, por ejemplo, go del tiempo como consecuencia de dicha crisis. La fecha de interrup­
Frank Stentón, Robert Latouche, Eugen Ewig, Gianpiero Bognetti y ción del estudio, el año 800, es arbitraria, pero significa que no he de
Claudio Sánchez-Albornoz a fin de producir una historia de la alta considerar aquí los efectos del ascenso al poder de Carlomagno y los ca­
Edad Media de la Europa occidental. Ninguna de estas personas, pese lifas Abasíes, que introducen varios problemas nuevos. El período carolin-
a ser todas ellas excelentes académicos en el contexto que les es pro­ gio en Francia e Italia coincide también con un sustancial incremento
pio, se interesaron en la comparación. Sus distintas preocupaciones de las pruebas documentales, pruebas que, en su mayor parte, he tra­
han creado prácticamente una Europa de islas, separadas por traicio­ tado de no utilizar —ya que, en Francia, este libro se detiene en parte
neros brazos de mar. En ocasiones, sus sucesores (la mayoría de ellos en el año 751. El área geográfica que abarca el libro comprende la
vivos) han trabajado mejor sus síntesis, pero a menudo se han centrado Europa occidental y el Mediterráneo, o, en otros términos, el antiguo
en los aspectos nacionales tanto como sus predecesores, hasta el punto imperio romano y parte de sus estribaciones septentrionales. De Norte
de excluir todo punto de referencia exterior —además, en algunos paí­ a Sur y de Oeste a Este, las regiones en las que me he centrado, con fines
ses, los autores mencionados no tuvieron sucesor alguno—. De ahí que comparativos, son: Dinamarca, Irlanda, Inglaterra y Gales, Galia/Fran-
a veces se tenga la sensación de que el conocimiento de la alta Edad cia, España, Italia, el norte de África, el núcleo del imperio bizantino
Media carece de raigambre, incluso en el caso de que sortee las más del Egeo y la Anatolia occidental, Siria y Palestina, y Egipto.5 De todas
ásperas aristas de una frecuente práctica en el estudio de esta época —la estas regiones, únicamente Dinamarca e Irlanda no fueron nunca roma­
confección de teorías sin base o ilusas— (cosa que en realidad es ine­ nas. He elegido Dinamarca como principal elemento no romano de con­
vitable: toda época que disponga de muy escasas pruebas y sea a un traste porque, a diferencia de los demás países escandinavos, se en­
tiempo de importancia capital para la identidad nacional está abocada contraba lo suficientemente cerca de las redes políticas y económicas
a generar este tipo de comportamientos). En particular, los debates so­ del continente europeo como para acumular una gran cantidad de mate­
bre la continuidad y la discontinuidad siguen, carentes de anclaje, su rial para la diagnosis arqueológica; y también porque la irrupción franca
deriva por el océano de la investigación actual, de modo que la apuesta no interrumpió su proceso de construcción estatal, en contraste con lo
por el continuismo de algunos estudiosos (en gran parte pertenecientes sucedido con los de las regiones de Frisia y Sajorna, por lo demás simi­
al campo de la historia) —apuesta a la que ya nos hemos referido— se lares desde el punto de vista ecológico. Por su parte, Irlanda posee tan­
contrapone por completo a las teorías catastrofistas de otros eruditos, ta documentación sobre la alta Edad Media que habría sido un error ex­
en su mayoría arqueólogos, que adolecen de la misma falta de clari­ cluirla, aunque su desarrollo sea lo suficientemente su/ generis como
dad en lo tocante a la articulación de sus teorías con los fenómenos para que su incorporación no haya resultado tan sencilla como yo espe­
históricos reales, es decir, con los que efectivamente tuvieron lugar so­ raba (véanse más adelante las páginas 480 a 494). He excluido las tierras
bre el terreno. En el inmediato futuro, resultaría útil que tratásemos de eslavas, tanto en el imperio romano (en los Balcanes) como fuera de él,
lograr este arraigo, o anclaje, y que lo consiguiéramos antes de que nos debido a mis propias flaquezas lingüísticas. Armenia se ha visto ex­
aproximemos a un cambio de nuestros paradigmas. Y sólo se alcanza­ cluida por la misma razón, y también por el hecho de que su desarrollo
rá a hacerlo, en mi opinión, mediante una comparación regional más haya seguido un rumbo tan completamente diferente. De haber sido in­
sistemática. cluida, habría resultado difícil excluir a Irán, y entonces el libro se me
42 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 43

habría ido realmente de las manos. Hay otras lagunas, pero ya es bas­ eos, a diferencia de otras ciencias sociales o de otras disciplinas lite­
tante difícil manejar diez regiones importantes como para añadir otra rarias. Esto quiere decir que recurre a palabras que han desarrollado
—descubrí que hacerlo es muy similar al salto cualitativo que se produce sus significados y matices en el uso cotidiano, los cuales no son siem­
en el grado de dificultad cuando se añade una nueva bola a un ejercicio pre coherentes —ni siquiera en el interior de un mismo país— y difie­
de malabarismo.6 ren, con frecuencia, de un idioma a otro. Ocurre también que la histo­
En el marco definido por este conjunto de regiones me he concentra­ ria, al no ser una disciplina demasiado dada al examen de sí misma,
do en ciertas cuestiones concretas, dedicando a cada una de ellas un capí­ ha desarrollado en ocasiones algunos significados técnicos para estas
tulo fundamental, o un grupo de capítulos: la forma del estado (en par­ palabras, unos significados que varían grandemente de un extremo de
ticular su financiación), la aristocracia (en particular su riqueza), el la disciplina a otro, o que en otros casos son motivo de controversia
campesinado y las estructuras de la sociedad rural local, la sociedad y para los estudiosos, ocupados como están, con frecuencia excesiva, en
la economía urbana, y las redes de intercambio. En cada caso, he trata­ atribuirse el significado «correcto» de las palabras del lenguaje técnico
do las regiones como si constituyeran el estudio de un caso aparte, he histórico. (Entre esas palabras contestadas, las voces «feudal» y «feuda­
procedido a compararlas con todas las demás en el curso de la presen­ lismo» son los términos más célebres, pero existen muchísimos más.)
tación, y lo he sintetizado todo mediante un análisis comparativo al No creo que haya ejemplos «correctos» y «erróneos» de tales usos —aun­
final de cada capítulo. Este método de exposición es imperfecto, y si he que algunos sí me parecen carentes de utilidad—, y en cualquier caso
optado por seguirlo no ha sido sin cierto recelo. Me pareció que simple­ no es posible ejercer tipo alguno de control. Todo cuanto puede hacer­
mente corría el riesgo de convertirse en un aburrido conjunto compues­ se, al utilizar palabras, es tener una idea clara y coherente de lo que sig­
to por demasiados ejemplos y que éstos aparecerían unidos unos a otros nifican, y explicárselas al lector en caso necesario. Eso es lo que yo
por lazos relativamente débiles. El lector deberá decidir en qué medida voy a hacer, en distintos capítulos, con las voces «estado», «aristocra­
están justificados estos temores. Cabría aducir, sin embargo, que las cia», «campesino», «feudal», «tribal», «finca», «aldea» y «pueblo/ciu-
otras opciones habrían sido peores. El libro podría haber consistido sim­ dad», entre otras.* No todo el mundo estará de acuerdo con los signifi­
plemente en un conjunto de análisis regionales gigantes, primero todos cados aquí utilizados (y el grado de acuerdo variará de un país a otro:
los de Inglaterra, después todos los de Francia, y así sucesivamente. De la utilización que hago del término «feudal» está más próxima a la que
hecho, así es como hice la investigación, y habría sido más fácil pasarla es común en español, por ejemplo, mientras que el empleo de «pueblo»
de este modo al papel. Sin embargo, la tarea de extraer los elementos se acerca más a los usos habituales del inglés). Sin embargo, espero
comparativos y componer con ellos lo que habría sido un simple con­ que no se considere que los usos aquí empleados carecen de coherencia
junto de historias independientes, en realidad un conjunto de historias interna. La mayor parte de estas palabras evocan un patrón de signifi­
nacionales de tipo parcialmente tradicional, me pareció difícil de abor­ cados que sería correcto asimilar al de los tipos ideales weberianos, y
dar: en particular porque una de las cosas que más me interesa es averi­
guar lo que le sucedió al conjunto de las aristocracias (a través de sus * Como se verá más adelante, y dadas las diferencias entre las distintas formas de
diferentes experiencias regionales), al conjunto de las ciudades (también nombrar las poblaciones —no sólo entre el inglés y el castellano (a los efectos de una
traducción), sino igualmente las que afronta el propio idioma de partida por la difícil
por medio de sus distintas vivencias regionales), y no simplemente a equivalencia con las principales lenguas europeas—, se adopta en lo sucesivo la si­
estos elementos en cada una de las regiones. Un procedimiento alter­ guiente pauta de correspondencia: la palabra inglesa village (y su homónimo francés)
nativo, el de haberme fijado, por ejemplo, en «la ciudad» y en su desa­ se traducirá por «aldea» o «pueblecito»; town aparece aquí como «pueblo» o «ciudad
rrollo como unidad singular, habría implicado por el contrario un desva­ pequeña»; y city será «ciudad». Aunque a ojos modernos sean pequeñas, las poblacio­
necimiento del elemento comparativo, el cual constituye, precisamente, nes antiguas, griegas o romanas, reciben siempre, salvo excepción, el nombre de «ciu­
uno de los principales objetivos de este proyecto. dades». Obsérvese asimismo que algunas palabras aparecerán en cursiva al venir indi­
cadas en latín por el autor: el hecho de que su ortografía coincida exactamente con la
El análisis comparativo requiere igualmente un vocabulario están­ española (por ejemplo en el caso de villa —por finca rústica— o de sirvientes —por
dar. La historia, como es bien sabido, utiliza un vocabulario basado en el tenentes no libres—) no debe confundirse con un énfasis especial, ya que únicamente
«lenguaje ordinario», y emplea relativamente pocos neologismos técni- señala su carácter extranjero. (N. de los t.)
44 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
INTRODUCCIÓN 45
así se presentarán cuando se plantee un debate sobre ellos, en los capítu­
los textos que de hecho se escribieron durante la época (o que informan
los pertinentes.7
acerca de hallazgos arqueológicos que no sólo pertenecen a ese período
Los temas que he escogido para el libro son los característicos de una
sino que pueden ser fechados), o al menos todos los que parecían rele­
historia social y económica de corte bastante clásico. Este libro no ofre­
vantes. Hay demasiados, y estoy seguro de que debe de haber graves
ce una narrativa política, excepto en el capítulo 2, donde a cada una de
omisiones. Si las hay, son consecuencia de un error mío, no de ninguna
las regiones le acompaña un mínimo esquema. Ciertamente, la cultura
estrategia de investigación predeterminada. Esa estrategia se ha limita­
intelectual no entra dentro de sus objetivos. Resulta en cambio más di­
do a excluir las fuentes tardías, incluso en aquellos casos en que relata­
fícil excluir el concepto de cultura, más amplio del que tiene en mente ban acontecimientos de la época, obviando aquí algunas excepciones
el antropólogo o el historiador de la cultura al utilizar la palabra—va­
claras, sin las que no habría sido fácil hacer avanzar la investigación,
lores, actitudes, representaciones, estrategias discursivas, cultura mate­ como las de la Vita Eligii o los escritos de al-Boladhuni. No he exami­
rial, imágenes—, ya que éstas nociones sustentan todo tipo de acción nado todos los informes de los cementerios, ni todos los sermones, pero
política y social, y de hecho dan sentido a la totalidad del material que hubiera debido hacerlo, y si la información contenida en ellos debilita
integra nuestras fuentes. Por consiguiente, serán varios los capítulos en
alguno de mis argumentos, entonces debe imputárseme el fallo. Mis co­
que aparezca este tipo de análisis cultural. No obstante, es justo adver­ nocimientos de griego y de anglosajón son muy imperfectos, y los que
tir al lector que simplemente se ha eludido la presentación de una histo­ poseo de árabe, copto e irlandés son prácticamente inexistentes (en es­
ria cultural plenamente articulada de la época, debido a la percepción, tos casos he confiado en traducciones), pero en todos los casos me he
como ya he dicho, de que el libro era ya lo suficientemente largo y de asesorado acerca de los puntos interpretativos esenciales, y me aten­
que era necesario circunscribirlo a sus temas centrales. Abordaré la cues­
dré a ellos.
tión más detalladamente en un futuro trabajo, el volumen 2 de la Pen- El modo en que procedo a la lectura de las fuentes precisa algún co­
guin History ofEurope.
mentario. Antes solía considerarse que las fuentes no presentaban pro­
El método general de investigación que he seguido, conforme he ido
blemas. Las afirmaciones que hacían eran ciertas o falsas, era posible
pasando de una región a otra, ha consistido en tratarlas a todas del mis­
desarrollar criterios para distinguir las unas de las otras, y después se
mo modo, en la medida en que ha sido posible, y en plantearles a todas
daba crédito a la información veraz y se la reproducía. En época más
ellas las mismas interrogantes. Esto significa que he tenido que basar
reciente se ha pasado a considerar que esta estrategia resulta ingenua.
mi investigación en las fuentes clásicas, ya se tratase de textos escritos
De hecho, todo texto narrativo de los períodos tardorromano y altome-
o de informes arqueológicos, antes de iniciar el examen de las interpre­
dieval se analiza en los últimos tiempos (o será así considerado en bre­
taciones de los historiadores y de los arqueólogos modernos, cuyas pre­
ve) como un ejemplo de retórica independiente, frecuentemente por
misas suelen causarme en cualquier caso frecuentes dificultades por las entero al margen de todo excepto del ámbito de las tradiciones textua­
razones ya esbozadas. Al final, por supuesto, se aprende a confiar en al­ les en las que se movía su autor, y se lo presenta como algo carente de
gunos de los eruditos modernos, y espero haber reconocido adecuada­ utilidad para cualquier tipo de comprensión que vaya más allá de la
mente la gran deuda que he contraído con ellos, bien en las notas al pie, observación de la mentalidad y de la educación del autor. Esto resulta
bien en los agradecimientos —las explicaciones que da A, H. M. Jones ciertamente más satisfactorio que el positivismo vigente hace una ge­
respecto al motivo de que él mismo citara a tan pocos académicos, ex­
neración (excepto en los casos en que los estudiosos se dediquen a ha­
plicaciones incluidas en el prefacio a su no obstante maravillosa sínte­
cer las dos cosas al mismo tiempo, cosa que sucede a menudo), pero
sis del mundo tardorromano, no me atraen, como tampoco lo hace su
descuida el hecho de que los autores también escribían en el entorno
desconcertante desatención a la arqueología.8 En realidad, en esta épo­
que les era contemporáneo, y para un público integrado por sus coetá­
ca es frecuente que el volumen de los estudios de los autores recientes
neos. El modo en que transitemos por este campo de minas epistemo­
supere de forma abrumadora al del escaso material clásico que se dedi­
lógico y práctico es de crucial importancia, pero no carece de comple­
can a comentar, incluso después de haber sido sustancialmente poda­
jidad, ya que podría haber dedicado diez páginas a cruzar argumentos
dos, como aquí ocurre. Sin embargo, he tratado de leer yo mismo todos relacionados con cada una de las referencias a una fuente. Desde luego,
46 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 47

en la práctica no ha sido posible hacerlo, así que he tenido que rodear el acontecimientos cotidianos en sectores significativos de la población,
escollo. Por lo general he tomado el significado de los documentos le­ una idea que se puede considerar (desafortunadamente) fiable. Lo mis­
gales más o menos en sentido literal, pese a reconocer, claro está, los mo ocurre con Salviano, a pesar de que la totalidad de los datos que pre­
problemas característicos que presentan, ya que, en caso de ser autén­ senta sean falsos.
ticos, tenían cuando menos, en la práctica totalidad de las sociedades Una última advertencia: no me ha sido fácil mantener un equilibrio
aquí estudiadas, algún tipo de vigencia legal, como muestran los casos entre la visión de conjunto y la detallada explication des textes que tan­
judiciales. Me he valido de las fuentes normativas más como guía para to gusta a los estudiosos de la alta Edad Media. Este libro es bastante
penetrar en la mente de los legisladores que como reportajes (véase largo, pero también examina una gran cantidad de material, y con fre­
más adelante la página 546). Y en cuanto a las fuentes narrativas, he ten­ cuencia dedica a ese examen una extensión mucho más limitada de la
dido, en líneas generales, a no darles crédito, pero he supuesto que re­ que acostumbran a revisar los expertos de cualquier país. A menudo, di­
flejan un campo retórico de aceptación de lo que resultaba verosímil chos expertos —usted, lector— saben bastante más que yo sobre un de­
decirle a alguien en un momento determinado. Así tiene importancia, terminado conjunto de materiales, y es muy posible que encuentren que
por ejemplo, el hecho de que, en la década de 440, Salviano pensara mi estudio peca de superficial. Desde luego, he suprimido buena par­
(junto con su supuesto público y lectores) que la existencia de un sis­ te de los detalles, aunque también he tratado de respetar las diferencias.
tema fiscal corrupto fuese algo que debía destacarse en una denuncia En consecuencia, puede que la imagen que presento de Italia omita el
de la época; e importa asimismo que entre las décadas de 570 y 590 caso especial de la Toscana, que el perfil que ofrezco de la Toscana pase
Gregorio de Tours (y su supuesto público y lectores) prestara atención por alto la circunstancia particular de Pisa, y que así ocurra sucesiva­
a la violencia de la aristocracia y los reyes; o la particularidad de que mente con todas y cada una de las regiones que estudio. No obstante, he
el autor de la biografía de Teodoro de Siqueón (así como su supuesto hecho en este sentido todo cuanto me ha sido posible. Michael Mann,
público y lectores) creyera en las décadas de 620 y 630 que la codicia en su obra maestra sobre la sociología histórica, dice lo siguiente: «Tras
de algunos campesinos pudiese ser causa de que los demonios se apode­ haber recorrido una amplia porción de la historia registrada, he caído
raran de las aldeas. Esto no significa en modo alguno que los detalles sin duda en errores de información, y probablemente haya incurrido en
exactos de la corrupción fiscal, de la violencia, o de la posesión demo­ unas cuantas faltas garrafales. Me pregunto si el hecho de corregirlas
níaca que se nos refieren se hayan producido de facto, pero sí quiere invalidaría la totalidad de los argumentos».9 Este libro abarca un ám­
decir que la gente pensaba que todo ello era posible: ésas eran las cosas bito menor que el de Mann, pero la pregunta sigue siendo pertinente.
que podían decirse. Este es un procedimiento que difiere del basado en Ahora bien, si en efecto los errores invalidan los argumentos, la cosa
la idea de que «no hay humo sin fuego», o aún de la creencia, compar­ cambia. Espero que no; pero tendré que descubrirlo.
tida por un número sorprendentemente elevado de historiadores, de que
una fuente histórica deba ser necesariamente «fiable» en caso de que al
menos uno de los integrantes del público supuesto haya visto con sus Estas advertencias al lector, escritas en tono que en parte pide dis­
propios ojos los acontecimientos, ya que, en tal caso, al cronista no le culpas, no son insinceras. Sin embargo, de no haber tenido confianza
habría sido posible presentar impunemente la inexactitud. Como ya se en el proyecto, no me habría embarcado en él. El actual me parece un
ha dicho con frecuencia en ocasiones anteriores, debería bastar la lec­ buen momento para escribir este libro. Los avances arqueológicos de la
tura de un periódico actual para abandonar cualquiera de estas ilusio­ última generación ofrecen un buen marco para la comparación de lo
nes. Sin embargo, la imagen del periódico es también una imagen posi­ semejante con lo semejante, ya que la tecnología para cortar piedra o tor­
tiva: si se leen las crónicas principales, e incluso los editoriales —hasta near vasijas se halla limitada por menos barreras culturales que las es­
de los diarios más irresponsables— de toda una década, incluso en di­ trategias textuales (no es que no tenga ninguna, pero tiene menos). De
ferentes países (digamos, los de Belfast, Dublín y Londres, sobre te­ hecho, en mi caso, la tecnología de la elaboración de vasijas de barro
mas relacionados con Irlanda del Norte, sin ir más lejos), se tendrá una y la distribución de objetos de cerámica serán dos de los principales
idea de la actitud y de las reacciones que suscitaron en su momento los elementos de comparación. Defenderé este procedimiento en el capí­
48 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 49

tulo 11 (páginas 996 a 1005), pero en él se sustentan igualmente muchos tenido la mala suerte de ser interpretado una y otra vez a través de to­
de los primeros capítulos del libro —en realidad, la comprensión de das las idées fixes de cada década y de cada grupo nacional durante al
las numerosas afirmaciones que pueden hacerse hoy sobre la distribu­ menos dos siglos o más, se ha vuelto recientemente más fácil hacer
ción de cerámica (y prácticamente ninguna de ellas podría haberse rea­ este tipo de análisis al poder tener en mente el derrumbamiento de la
lizado en 1970) ha sido uno de los impulsos clave que han estado tras la Unión Soviética. Los poco atractivos estados sucesores, cuyas econo­
concepción del libro desde el principio. Del mismo modo, es en el te­ mías regionales se encontraban, en mayor o menor grado, en situación
rreno arqueológico donde las conclusiones del libro corren el riesgo de de caos, conocen un destino mejor o peor en función de su lejanía o
quedar desfasadas con mayor rapidez. Es preciso afirmar explícitamen­ proximidad respecto del anterior centro neurálgico de la economía. No
te que los años en que se recogieron pruebas para este libro fueron los es posible llevar demasiado lejos la analogía, ya que en la época actual
comprendidos entre 1997 y 2000, y que después han sido puestas al día de tenemos de hecho una idea más clara del funcionamiento interno de
forma menos sistemática. (La última actualización de la bibliografía es las formas de gobierno posromanas que de muchas de las postsoviéti­
de abril de 2004.) En este sentido, creo que los materiales con los que cas, pero he tenido presente esta semejanza, así que es justo hacer ex­
ya cuenta este trabajo constituyen, al menos para algunas de mis genera­ plícito el hecho.
lizaciones, un fundamento suficiente sólido. Desde una perspectiva más general, lo que sucedió cuando el impe­
Quiero proponer aquí dos argumentos básicos sobre la alta Edad rio se desmembró en sus distintos componentes fue que cada fragmen­
Media. El primero guarda relación con el desplome del imperio roma­ to tomó los elementos de las estructuras sociales, económicas y políti­
no. Éste constituyó un compacto sistema político y económico, y ope­ cas de Roma que lograron perdurar y los desarrolló a su propia manera.
ró a una escala rara vez igualada desde entonces, ya fuera en Europa Las evoluciones paralelas de los estados sucesores constituyen de este
o en el Mediterráneo, y nunca ha habido equivalente que durara tanto modo un laboratorio notablemente tosco para la investigación de las alter­
tiempo. (El primer califato igualó sus dimensiones, pero su época de nativas: ¿qué sucede con la forma en que tiene lugar el cambio social
plena centralización económica duró un siglo como máximo, del año si en una región dada cualquiera —y teniendo en cuenta que todas ellas
770 al 870 aproximadamente; el imperio romano cuadruplicó, e in­ iniciaron su andadura desde un punto de partida cuando menos simi­
cluso superó, ese lapso de tiempo.) Por mucho que los estados suce­ lar— encuentra uno más desarrollo urbano (como en Egipto, en Pales­
sores se las arreglaran para imitar las pautas políticas y económicas de tina, y, hasta cierto punto, en Italia), más cambios internos (como en
Roma, cosa que hicieron en grados muy diversos, no alcanzaron sus Egipto), unos aristócratas más ricos (como en la Galia), o un sistema
dimensiones. En la infraestructura local romana, todos los elementos fiscal más centralizado (como en Bizancio)? Desde luego, muchas de
que dependían de un marco geográfico más amplio, como el suministro estas mismas diferencias, junto con otras, nos retrotraen al imperio ro­
de grano de Africa a Roma, o como la enorme riqueza de algunos se­ mano y también pueden arrojar, retrospectivamente, luz sobre las iden­
nadores tardorromanos, fueron incapaces de sobrevivir a la localiza­ tidades regionales existentes en estas zonas. Más importante para los
ción política. Zonas como las del Egeo, que se hallaban estrechamente argumentos presentados en este libro es el reconocimiento de que algu­
vinculadas a una red de intercambios de mayores dimensiones, hubie­ nas de esas diferencias derivan también del traumático acontecimiento
ron de enfrentarse a problemas similares cuando esa red se vino abajo. que supuso la descomposición del propio imperio, a la cual acompañó
En general, había partes del imperio que estaban más unidas al siste­ en la mayoría de los casos la conquista de una determinada región por
ma del mundo mediterráneo, como el sur de Italia, el Egeo y África, y un ejército externo y el predominio de una clase gobernante (parcial­
también otras zonas que se hallaban relativamente alejadas de él, como mente) nueva. No obstante, argumentaré que en todos los casos las nue­
el interior de España y el norte de la Galia. De no haber intervenido vas élites tuvieron que sacar en esencia el mejor partido posible de las
otros factores, cabría haber esperado más casos de continuismo en estas circunstancias que hallaron. Las diferencias preexistentes revistieron
últimas regiones que en las primeras, y, de hecho, hasta cierto punto, en cada caso una importancia mayor que la de la cultura y la, economía
puede mostrarse que así fue. Puede añadirse que, pese a que la «caída de los grupos recién llegados, incluso en aquellas regiones en que nos
del imperio romano» sea un símbolo que, por su tremendo vigor, ha enfrentamos a situaciones de cambio de carácter marcadamente extre­
50 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 51

mo, como sucede en Gran Bretaña. Ésta es en cierta medida una lectura blación de una región dada hubiera resultado muerta o expulsada y hu­
«romanista» de los hechos, al menos en el sentido de que reduce la im­ biera sido completamente sustituida por otra, una interpretación de los
portancia del efecto ejercido por las poblaciones inmigrantes, que eran cambios de las épocas tardorromana y altomedieval que en su día gozó
siempre pequeñas minorías. Sin embargo, no se trata de una lectura es­ de credibilidad y que se consideró aplicable a algunas zonas, pero que
trictamente continuista, ya que no hay duda de que se produjeron cam­ ya no es aceptada, excepto en reductos marginales de la academia. (Es­
bios sociales clave, prácticamente en todas partes, a lo largo de toda la tas radicales sustituciones de las poblaciones eran de hecho muy difí­
época que estudiamos. ciles de lograr en términos logísticos antes de los avances tecnológicos
El segundo argumento parte de aquí, pues concierne a la «continui­ del siglo pasado, y son en la mayoría de los casos tan inútiles que sólo
dad» misma. Es éste un concepto del que con frecuencia se hace un uso unos invasores desusadamente organizados y motivados ideológica­
incorrecto, ya que se lo aplica habitualmente a cosas muy concretas y mente las habrían concebido —los atenienses en Melos, los mongoles
totalmente aisladas de los más amplios problemas que implica el cam­ en Herat, o los europeos en las Américas. La tribu germánica co­
bio social. Las personas que lo invocan escriben a menudo como si el rriente, dedicada a la búsqueda de un lugar bajo el sol, difícilmente en­
empleo de una técnica romano-británica en la erección de los muros de caja en esta descripción.) Allí donde pueda asumirse la existencia de
una casa anglosajona, el hecho de que los manuscritos de Ovidio resul­ continuidades en la población, también podrá suponerse la existencia
tasen fácilmente accesibles en un monasterio franco, la longevidad ge­ de continuidades en las prácticas cotidianas: en la agricultura, en bue­
nealógica de una familia local dominante asentada en la linde cristia­ na parte de los rituales y en la mayoría de los elementos del intercambio
no-musulmana de España, el cuadriculado plano de las calles de una social. En sí mismos, estos aspectos no constituyen una prueba con­
ciudad de la Italia carolingia, la disponibilidad de papiros egipcios en traria a la existencia de crisis en otros elementos de un sistema social,
Occidente, la existencia de un título senatorial romano en la Bizancio de una estructura estatal o de unas redes de intercambio. Si se quiere
del año 800, la correspondencia entre los límites provinciales vigen­ tener una idea de la forma en que se verifica el cambio social conce­
tes en Palestina durante los períodos romano y árabe, fueran todos bido como un todo es preciso reunir todas las piezas y valorarlas en
ellos elementos que representaran simplemente, cada uno, y por sí mis­ conjunto.
mo, dicha «continuidad». Bien, en cierto plano no hay duda de que así Debe añadirse que éste es, por supuesto, el tipo de debate que los
es; pero la continuidad que representan es en cada caso de un orden historiadores mantienen constantemente. ¿Hasta qué punto supuso una
distinto al de los demás. (Si observáramos todos esos elementos en cual­ ruptura la Guerra Civil inglesa? ¿O la Revolución Francesa? ¿O la Re­
quier región dada, digamos, en el año 800, podríamos ciertamente in­ volución Rusa? Con frecuencia, estos debates no son más refinados que
vocar el concepto de un cambio social muy lento, pero la verdad es que los que rodean la caída del imperio romano, ya que también en estos ca­
no se dan todos juntos en un solo espacio.) Es demasiado frecuente sos abundan las personas que toman elementos aislados de continuidad
que los historiadores o los arqueólogos que toman estos aspectos indi­ o de cambio y los presentan como factores ampliamente representati­
viduales por signos de un desarrollo más amplio parezcan no tener idea vos, tal y como sucede en nuestros debates. Quizás la única ventaja que
de cómo podrían encajar de hecho dichos elementos en esas evolucio­ tienen estos estudiosos respecto de los dedicados a la alta Edad Me­
nes de mayor calado. Y es igualmente frecuente que tampoco la tengan, dia estribe en el hecho de que los teóricos que predominan en sus con­
a la inversa, los partidarios de la teoría de la catástrofe, a quienes se troversias siguen vivos, o han fallecido en fecha reciente. Estas homo­
sorprende dispuestos a negar en cada caso la existencia de esas conti­ logías son producto de la falta de interés que muestran los historiadores
nuidades, u otras. Es preciso contar con un modelo que explique cómo por la teoría social y por la comprensión del modo en que las socieda­
se produce la evolución social, lo que permitirá decir qué elementos des operan como sistemas. En este caso, resulta ilusorio albergar la es­
resultaban significativos y a qué fin se aplicaba dicha significación. Y peranza de que el problema vaya a desvanecerse pronto. Sin embargo,
también ha de reconocerse que incluso las situaciones más extremas de sería útil extender el reconocimiento de que, por su estructura, nuestras
cambio social se encuentran igualmente repletas* de elementos de con­ polémicas se hallan próximas a las que se dirimen en tomo a otros pe­
tinuidad, lo que únicamente quedaría falsado en caso de que toda la po­ ríodos históricos.
52 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
INTRODUCCIÓN 53

Abogaré, en general, tanto a favor de los elementos de continuidad ner estas diferencias una junto a otra y de compararlas, y las utilizaré
como de los de transformación radical. Grosso modo, los campesinos co­ como guías para exponer las semejanzas y las divergencias de los pro­
nocieron cambios mínimos en la época comprendida entre los años 400 cesos que tuvieron lugar en todas las regiones que aquí estudiamos, ya
y 800, y constituían en tomo al noventa por ciento de la población en la que esta comparación es, como se ha dicho más arriba, uno de los prin­
mayoría de las regiones (con la excepción de Egipto, y quizá también cipales objetivos del libro. No obstante, vale la pena señalar que recha­
de Siria y Palestina, donde las ciudades eran mayores). No se trata de zaré sistemáticamente en este libro las teorías catastróficas que expli­
que no experimentaran cambio alguno. A veces cambiaban los terrate­ can mediante un deus ex machina cualquier cambio de importancia. En
nientes, y de hecho, en ocasiones, desaparecían del mapa; en una gran el transcurso de la historia, las ciudades han sido incendiadas a manos
cantidad de lugares empezaron a pagar menos impuestos; en general, de sus enemigos, o han quedado derruidas por un terremoto, pero si des­
la intensidad de su explotación disminuyó temporalmente (aunque, con pués no se han visto reconstruidas la razón estriba en causas que ya ve­
frecuencia, esta situación ya había comenzado a revertir hacia el año 800); nían arrastrándose desde hacía tiempo y que enmascara la existencia
es probable que su número decreciera por espacio de unos cuantos si­ misma del desastre. Esto es así incluso en los casos en que, a la inversa,
glos; y en muchos casos vieron menguar su acceso a los productos ar­ lo que puede haber pasado desapercibido es el lento declive experimen­
tesanales de calidad aceptable. Consideradas globalmente, estas modi­ tado en los siglos anteriores por una de esas ciudades, un declive al que,
ficaciones resultan sustantivas. Sin embargo, no son todo lo radicales quizá, se habría dado la vuelta de no haberse producido la crisis. Con
que sería preciso para poder postular la existencia de cambios funda­ frecuencia pueden aplicarse el mismo tipo de consideraciones en el
mentales en las sociedades campesinas o en las economías domésticas. caso de una organización política que se disuelve como consecuencia
Ya he planteado este argumento antes (y he sido tachado de continuista de haber sido derrotada en una guerra, o en el de una familia aristo­
por ello), y me atendré a él: trataré de demostrarlo aquí con mayor de­ crática que desaparece (o es aniquilada o expulsada) y cuyo poder no es
talle en los capítulos 7 a 9. A la inversa, el espacio en el que se produ­ reproducido por otra. El mejor modo de comprender estas crisis es asi­
jeron la mayoría de los cambios es el que adopta la forma de estado. En milarlas a los aleteos de la «teoría de catástrofes» de los matemáticos,
los reinos romano-germánicos, el estado romano se derrumbó —no que presentan un modelo de aquellos casos en que una serie de cam­
de forma inmediata, esto es, en el siglo v (excepto en Gran Bretaña), bios graduales desembocan finalmente en una situación en la que las
sino poco a poco, entre los años 400 y 700—, debido a que su funda­ pautas anteriormente vigentes no consiguen mantenerse por más tiem­
mento fiscal se disolvió y a que todos los parámetros del poder político po y entonces las circunstancias experimentan un vuelco y desembo­
tuvieron que ser reconstruidos desde cero, pese a que muchos de sus can en una abrupta crisis. Tales pautas tampoco necesitan de ningún
elementos tuvieran un origen más antiguo. Aunque también he defen­ desastre externo para actuar como catalizadores: el súbito final de las
dido esto con anterioridad (y se me ha colocado por ello la etiqueta de redes de distribución de cerámica, por ejemplo, ocurrido en diferen­
catastrofista), quisiera modificar de forma muy ligera mi posición, como tes momentos entre los años 500 y 700, no tuvo nada que ver en mu­
podrá verse en el capítulo 3, donde se comparan los principales reinos chos casos con la existencia de crisis externas inmediatas —los aleteos
romano-germánicos con los estados supervivientes del Mediterráneo catastróficos se produjeron por sí solos, ya que el ocaso de los merca­
oriental —que también cambiaron, pero en una medida notablemente dos fue la causa de que, un buen día, los costes de transporte y de pro­
inferior.10 ducción hiciesen que los productos resultasen simplemente demasiado
En los demás temas de este libro, y fundamentalmente en los rela­ caros o de una disponibilidad en exceso intermitente, provocándose así
tivos a las aristocracias, al desarrollo urbano y al intercambio (todos el derrumbe de la producción. El fin de las redes mediterráneas de
ellos estrechamente relacionados, como veremos), la respuesta a las distribución de cerámica de térra sigillata, por ejemplo, parece haberse
interrogantes sobre la continuidad y la transformación reside mucho producido frecuentemente tal como se explica en las páginas 1012 y 1013.
más en las diferencias regionales. Las distintas provincias del imperio Los cambios de asentamiento también pueden tener lugar de esta for­
romano experimentaron de diferente forma cada uno de estos aspec­ ma.11 Utilizaré la imagen del vuelco catastrófico más adelante, pero es
tos, y esas experiencias cambiaron a lo largo del tiempo. Trataré de po­ preciso distinguirla del catastrofismo de aquellos autores que encuen­
54 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA INTRODUCCIÓN 55

tran que todo cambio importante se debe a una causa externa como las glosajones, o la notable abundancia de las recientes excavaciones efec­
pestes, las erupciones volcánicas o las viejas cantinelas de la guerra y tuadas en Dinamarca. Todas estas cuestiones encajan igualmente en
la destrucción. Lo cierto es que a veces sí que ocurren cambios rápi­ pautas más amplias de paralelismo y diferencia, pero resultan intere­
dos: puede uno llamarlos catastróficos si así lo desea (cosa que yo mis­ santes en sí mismas. El hecho de saber que quedan más cosas de este
mo haré en este sentido matemático), pero no sólo sus raíces revelan tipo por descubrir, provoca en parte el vértigo que suele sentirse al pensar
ser cada vez más largas, sino que el examen de dichas raíces resulta que se ha querido abarcar demasiado y que se ha explicado a un tiempo
más interesante e importante que el estudio de la crisis, a menudo cir­ demasiado poco.
cunstancial.
Con este énfasis en las diferencias regionales no se pretende disol­
ver todas las pautas generales de evolución y convertirlas en una masa
de experiencias locales aisladas, ni mucho menos. Es posible estable­
cer paralelismos entre las experiencias de todas las regiones posroma­
nas —e incluso entre las de sus vecinos septentrionales no romani­
zados, como Dinamarca. Mi objetivo consiste en aislar las distintas
tendencias de cada región en cada uno de los principales temas que
abordo, pero después me propongo también volverlas a reunir median­
te generalizaciones basadas más en el reconocimiento de la diferencia
que en la pretensión de uniformidad, y en modelos del modo en que ope­
ran las sociedades que al menos poseen, ya sean correctos o no, un carác­
ter más consciente que el de los que con frecuencia utilizan los historia­
dores y los arqueólogos.12 Esto dará pie a una serie de generalizaciones
que presentan demasiados matices para tener siquiera la posibilidad de
sustituir los paradigmas más señalados de hace tres generaciones, y en
este sentido, el libro no se propone, en absoluto, un verdadero cambio
de paradigma. Sin embargo, espero que genere la materia prima que
permita que alguien con mejor capacidad de síntesis logre hacerlo en
el futuro.

La investigación realizada para este libro ha constituido un auténtico


placer. Nunca, en toda mi vida, había recibido dinero (gracias a la ge­
nerosidad de la British Academy) por penetrar en el ámbito propio de
tantas personas. Prácticamente todos los días he descubierto algo emo­
cionantemente nuevo (para mí). Espero que todas esas cosas no se trans­
formen en descripciones rutinarias e insípidas cuando las exponga aquí.
Tengo muchas ganas de presentar en este libro algunos de los aspectos
que más me han sorprendido: la asombrosa documentación relativa a
algunas aldeas egipcias, los emplazamientos rurales llamativamente
bien conservados de Siria y Palestina, el genuino vigor del estado visi­
gótico tardío, el extraño carácter de la tenencia de tierras entre los an-
V'


I
NOTAS

Capítulo 1. Introducción

1. Dopsch, Economic and social foundations', idem, Die Wirtschaftsent-


wicklung’, Pirenne, Mohammed and Charlemagne’, Duby, Early growth (tra­
ducción inglesa de Guerriers et paysans)’, Hodges y Whitehouse, Mohammed,
Charlemagne’, McCormick, Origins’, Depreux, Les sociétés occidentales’, Le
Jan, La société; Devroey, Economie rurale. Véanse también los estudios com­
parativos de historia social de la guerra en Halsall, Warfare. Pirenne —no así
en cambio Dopsch— ha suscitado recientemente cierta atención historiográ-
fica, casi siempre en italiano —lo que quizá constituye una paradoja, dado el
interés relativamente escaso que despierta en Italia—: véase Petralia, «A pro­
posito deU’immortalitá»; Delogu, «Reading Pirenne again»; Violante, Uno
storico europeo. Nótese que a lo largo de este libro las citas se indicarán me­
diante la abreviatura del título, para ahorrar espacio.
2. Wickham, Land and Power, p. 203. No obstante, Marc Bloch ya había
señalado antes este extremo, como es habitual, en 1928: Mélanges histori-
ques, I, pp. 37-40. Para saber más, véase Geary, Myth of Nations.
3. Said, Orientalism, aunque la obra no trata de Bizancio.
4. Wickham, Mountains’, idem, Community and clientele’, idem, «La sig-
noria rurale».
5. Estas denominaciones regionales merecen algún comentario. Son por lo
5 uofed general la traducción más sencilla de los términos romanos, de modo que por
España ha de entenderse la totalidad de la península ibérica, la Hispania ro­
mana, con las debidas excusas a los portugueses, catalanes y vascos. Palestina
9 representa la región hoy constituida por los estados de Israel y Jordania, junto
con la Autoridad Nacional Palestina; el norte de Africa (y de manera más co­
mún, Africa) denota la zona comprendida entre Tripolitania, en la actual Libia
occidental, y el Atlántico, al norte del Sahara. De manera similar, utilizaré el
término Gran Bretaña como sinónimo de las tierras que engloban lo que hoy
1186 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA NOTAS. CAPÍTULO 2 1187

es Inglaterra y Gales, deteniéndose en el Muro de Adriano. Emplearé Galia y tualización de lo allí expuesto es la que hace Cameron en «Vandal and Byzan-
Francia de forma más o menos equivalente para indicar la zona que va desde tine Africa».
los Pirineos hasta el Rin; a partir de, aproximadamente, el año 550, es más fre­ 9. Véase, en general, Cameron, «Vandal and Byzantine Africa», junto con
cuente que la denomine Francia que la Galia. dos monografías fundamentales: Diehl, L Afrique byzantine, y Pringle, The
6. Hay tres omisiones menores que lamento. Son Escocia, Baviera y Cire- ¿ defence of Byzantine Africa', véanse también más adelante las pp. 888 a 889 y
naica. Las he dejado fuera porque en todos los casos he considerado que la in- 3 1007 a 1011.
formación disponible en relación con cada una de esas regiones encontraba al- | 10. Brett, «Arab conquest», es la mejor introducción a los siglos vn y vni.
gún paralelismo en otro lugar. j 11. Véase principalmente Djaít, «La wilaya d’Ifriqiya»; ídem, «L’Afrique
7. Para un examen de los tipos ideales y de la diversidad de usos de la pa- 1 arabe», que estudia un área relativamente similar.
labra «feudalismo», véase Wickham, «Le forme del feudalesimo». 12. Para la economía, véase en particular Vanacker, «Géographie écono-
8. Jones, LRE, pp. vi-vii. J mique».
9. Mann, Sources, I, p. 31. | 13. Mattingly, Tripolitania, pp. 173-176; y más recientemente Modéran,
10. Para las anteriores exposiciones de las cuestiones a las que hago refe- f Les maures, que es la investigación histórica básica sobre los bereberes del pe­
rencia en este párrafo y el siguiente, véase Wickham, Land and power. ríodo romano tardío y el Africa posromana.
11. Para la imagen matemática de la teoría de catástrofes aplicada al can9 -3 14. Brett, «Arab conquest», pp. 525-526.
bio de asentamiento, véase Renfrew y Poston, «Discontinuities»; para su apli- I 15. Bagnall y Frier, Demography, pp. 53-57.
cación a la descomposición de los estados, véase Tainter, The collapse ofcom- S 16. Véanse, como textos introductorios, los debidos a Bagnall, Egypt, y
plex societies, pp. 118-126, donde se ofrece una versión más sociológica. Keenan, «Egypt».
12. Dos libros que presentan el nivel de calidad al que hay que proponer^ 1 17. McCoull, «Strange death».
se llegar cuando se construyen modelos coherentes de las sociedades antiguas ||g| 18. Respecto a las estructuras políticas del Egipto árabe, la mejor guía es
y medievales son los de Runciman, Treatise, II, y Haldon, The state and the. -p la que ofrece Kennedy en «Egypt as a province»; para la descentralización fis­
tributary mode. -’óvfiq il cal en general, véase idem, Armies, pp. 59-79.
19. Morimoto, Fiscal administration, pp. 145-172.
'il 20. Véase más arriba la nota 16; respecto a Liebeschuetz, véase por ejem­
Capítulo 2. Geografía y política .i ni plo, The decline', en relación con Jean-Michel Carné, véase igualmente, por
oq ejemplo, «Observations sur la fiscalité».
1. Barker, Farming the desert', véase en general, Mattingly, Tripolitanicu,. 21. Véanse las páginas 213 a 222 y 595 a 606. Una importante excepción
pp. 194-217. -1-.;-» ib a estas observaciones es la de Wilfong, Women ofJeme.
2. Véase, por ejemplo, Rebuffat, «Recherches sur le bassin du Sebou». Vi- 22. Compárese el trabajo de King, «Settlement pattems» con el de Hirsch-
llaverde, en Tingitana, estudia (y exagera) la importancia de unos hallazgos feld, «Farms and villages», pp. 50-60.
arqueológicos romanos posteriores al año 300 descubiertos en el centroide í 23. Sobre la noción de «decaimiento», véase la nota 4 más arriba.
Marruecos. <. 24. Véase, por ejemplo, Walmsley, «Production, exchange»; véase más
3. Ibn Jaldún, Muqaddimah, por ejemplo, I, pp. 249-310; II, pp. 286-30kr| adelante, el capítulo 11.
4. LaBianca, Hesban Z, pp. 12-19 (véase más adelante, capítulo 8, n. 47)$ ¿ 25. Véase, más adelante, el capítulo 8.
para un examen de las características del desierto en comparación coñ:lasj| 26. Para los documentos, véase P. Ness; el primer volumen de los papiros
zonas de cultivo, véase el trabajo clásico de Braudel, The Mediterránea^^ de Petra, P. Petra, lleva el título de The Petra papyri, I. Para la arqueología ur­
pp. 171-188. : jv;q2a|
bana, véase, más adelante, el capítulo 10.
5. La mejor introducción a la historiografía africana es el trabajo de Mats-| 27. Dauphin, La Palestine byzantine, pp. 285-295.
tingly y Hitchner, «Román Africa»; para la crispación colonial, véanserlgájj 28. Véanse más adelante los capítulos 8, 10 y 11. Una buena introducción
.'Z '
pp. 169-170. sfoO a esta época es la de Canivet y Rey-Cocquais, La Syrie.
6. Así lo indica, sobre todo, Lepelley en Les cités, I, pp. 29-36, 293-3'3fw !■; 29. Entre las obras críticas destacaré las de Noth, The early Arabic histo­
7. Augustine, pp. 288-295. ‘ .-íHííbflMjB rie al tradition', Crone y Cook, Hagarisnv, y el magistral microestudio de Con-
8. Sigue siendo básica la obra de Courtois, Les vandales', una- buenavacgj rad, «The conquest of Arwad». Para Yazira, véase Segal, Edessa, y sobre todo,
-)IT(
-

3Í1

Capítulo 12
CONCLUSIONES GENERALES

Este libro subraya a tal punto la variabilidad que toda conclusión ge­
neral está abocada a no resultar más que un examen parcial: son dema­
Y siados los enfoques que pueden adoptarse. Y éste es precisamente el
quid de la cuestión. La alta Edad Media siempre se ha mostrado reacia
a aceptar una u otra síntesis. Todas las generalizaciones concretas que

T5
han tratado de aislar el motor de su evolución (ya se basaran en la cris­
tianización, en la fusión cultural de romanos y germanos, en la desor­
ganización del Mediterráneo...) se han ido invariablemente a pique. Por
'P consiguiente, no he tratado de ofrecer «la respuesta», sino el marco en
.. r el que poder insertar los diferentes argumentos y generalizaciones que
•i han sido sistemáticamente respaldados y matizados por la diversidad
regional. Con todo, la imagen sigue siendo incompleta. Las variables que
■t i
aquí hemos elegido, esto es, las estructuras fiscales, la riqueza aristocrá­
'• ..•
’F tica, la gestión de las propiedades rústicas, la pauta de los asentamien­
:•
tos, la autonomía colectiva de los campesinos, la actividad urbanística
o los intercambios, no agotan la gama de factores que podían haberse
presentado. De modo particular, los sistemas de creencias, los valores,
el papel del género y sus representaciones, así como las prácticas ritua­
:i
les y culturales, podrían en principio haberse analizado del mismo modo,
esto es, en función de su ámbito regional y aplicando el método com­
! parativo.1 Si aquí he excluido estos factores no es porque se trate de
cuestiones irrelevantes: es de la mayor importancia que este libro no
se considere un contraataque opuesto a la tendencia por la que viene
concediéndose a la historia cultural una posición céntrica en la erudi­
ción histórica contemporánea, tendencia que aplaudo. En este texto he
1174 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA CONCLUSIONES GENERALES 1175

preferido concentrar mi atención en aquellos temas con los que estoy per­ otros con la región del norte. Estos agrupamientos han revelado ser úti­
sonalmente más familiarizado, sabiendo no obstante que cualquier mar­ les en tanto que elementos básicos con los que proceder a una compa­
co que pudiera sugerirse ha de constituir necesariamente el contorno ración, pero, como también se ha visto, no son los únicos posibles. Los
externo de la imagen —el contenido, que es el elemento crucial, será mu­ distintos lectores pueden muy bien descubrir otros, y de hecho espero
cho más abigarrado—. No obstante, debo decir al menos que si se pro­ que así suceda.
pone un conjunto de variables como el que aquí hemos examinado es Muchos puntos de comparación han quedado ya establecidos en los
con la intención de que sirva como guía a otros, que habrán de ser los que capítulos anteriores. En el capítulo 3, sobre el estado, argumenté que una
asuman la tarea de dotar de contenido al marco. de las distinciones fundamentales es la que separa a los estados que ba­
Si analizamos una sociedad dada (o una organización política, una san sus recursos en la recaudación de impuestos de aquellos que obtie­
cultura o una economía) en cualquiera de sus aspectos prácticos, debere­ nen sus ingresos de la posesión de tierras. También expuse que la capa­
mos ser conscientes de los factores que la hacen semejante o diferente cidad de los primeros para intervenir en una amplia gama de procesos
de otras sociedades y averiguar qué alternativas revelan ser la mejor sociales y económicos era muy superior a la de los segundos. Una vez
piedra de toque para una comparación. Los historiadores que ciñen to­ que el imperio romano se vino abajo, esta diferenciación quedó conver­
dos sus estudios a una única sociedad, sin examinar jamás ninguna otra, tida en esencia en una desemejanza entre el Mediterráneo oriental y el
carecen de un esencial mecanismo de control, y no sólo corren el riesgo resto de la zona. De todas maneras, la desorganización del sistema tri­
de engañarse y no alcanzar a distinguir bien qué elementos tienen una butario en Occidente y las formas que buscaron los gobernantes para
función verdaderamente causal o de punto de inflexión y cuáles no, sino compensar esa pérdida de ingresos varían considerablemente, del mis­
que se exponen asimismo al peligro de caer en las metanarrativas de la mo modo que también son muy distintos los procedimientos con los
identidad nacional, las teleologías que ponderan todo aquello que nos que logra perdurar en Oriente el sistema fiscal. En los capítulos 4 y 6,
hace especiales, circunstancia que embarulla el empeño histórico. Este en los que se habla del poder de la aristocracia, la principal división es
libro se propone ofrecer un marco válido para el período comprendido la que media entre aquellas regiones en las que la posesión aristocrática
entre los años 400 y 800 con el que poder comprender qué sociedades de tierras era una característica destacada de las sociedades locales —en
tuvieron efectivamente una evolución lo suficientemente similar como las que en esos casos se conservaron las pautas básicas del mundo ro­
para admitir la comparación recíproca y cuáles no, así que la búsqueda mano— y aquellas otras en las que dichas pautas quedaron desbarata­
de paralelismos no carece totalmente de fundamento. Por este motivo, das, o jamás llegaron a existir, y entonces lo que hemos de analizar es
podría no resultar excesivamente útil comparar a Egipto con Gran Bre­ en cambio el conjunto de las relaciones tribales. Aquí el norte difiere de
taña, al menos en relación con los elementos debatidos en estas pági­ la mayor parte del Mediterráneo, mientras que Francia, la región en la
nas, pero esa región africana presenta más analogías estructurales con que mayor riqueza lograron preservar los aristócratas posromanos, se
Francia de lo que pudiera esperarse, y se trata de analogías en las que es mantuvo firmemente unida al Mediterráneo. Únicamente unas cuantas
posible indagar con provecho, como también sucede con las que exis­ subregiones situadas más al sur dieron muestras de poseer unas estruc­
ten entre Gran Bretaña y Mauritania, y así sucesivamente. Creo al me­ turas sociales similares a las observables al norte del Rin y del Canal de
nos que los elementos que aquí hemos escogido poseen la suficiente im­ la Mancha: me refiero a Mauritania, algunas zonas del sureste y el norte
portancia como para constituirse en guías que permitan establecer un de España, el interior de Grecia (junto con la parte más sustancial del
marco del tipo aquí propuesto. Se habrá observado que, a menudo, las resto de los Balcanes, zona que no hemos abordado aquí), y, al margen
regiones en las que nos hemos centrado pueden dividirse en tres gru­ de estas regiones, algunas manchas de leopardo más aisladas en las que
pos: el Mediterráneo oriental, el occidental y el norte. En esta clasifica­ predominaban los campesinos autónomos, como sucede en algunos va­
ción, a veces es mejor analizar la región de la Galia/Francia junto con lles de los Apeninos, según vimos en el capítulo 9. En el capítulo 8, que
la del Mediterráneo occidental, otras resulta más interesante relacionarla trata de los asentamientos rurales, la región que manifiesta diferencias
con la región septentrional, y finalmente hay ocasiones en que es prefe- es la del Mediterráneo occidental, ya que se aprecia la presencia de una
rible asociar algunos de sus elementos con el Mediterráneo occidental y pauta de asentamientos mucho más abigarrada y, a menudo, identida­
1176 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA CONCLUSIONES GENERALES 1177

des aldeanas notablemente más débiles que las que encontramos más al sustentando las economías regionales es, por un lado, la estabilidad que
norte y el este, lo cual concuerda con la distinta capacidad que tenían muestra de forma ininterrumpida el sistema de recaudación de impues­
las sociedades campesinas para actuar de forma colectiva y oponerse tos en Egipto, y, por otro, la constante exigencia que pesaba sobre la
a las presiones de las clases sociales ajenas a la suya. En el capítulo 11, subregión del Egeo, encargada no sólo de suministrar víveres a Cons-
en el que hemos estudiado los intercambios, lo que se constata es que, tantinopla, sino de financiar a sus élites. En la España árabe, e incluso,
a pesar de que, en general, las economías del Mediterráneo oriental se lo que es un dato interesante, en el centro neurálgico del califato ome­
mostraron más activas y mejor organizadas que las de otros lugares, el ya, esto es, en Siria y Palestina, la recaudación de impuestos hizo ricos a
despliegue del resto de las variables deja claro que el corazón septentrio­ los gobernantes (y lo mismo les había ocurrido a los merovingios, al me­
nal del territorio franco poseía una estructura económica cuya comple­ nos en el siglo vi), pero su efecto en el conjunto de la complejidad econó­
jidad sólo cedía ante la de Egipto. mica fue notablemente menor. En las tierras dominadas por los Abasíes,
¿Resulta posible discernir alguna tendencia general en esta intermi­ este proceso de regionalización se invertiría una vez superado el último
nable malla de variables? La respuesta ha de ser necesariamente afirma­ tramo del siglo vui, al menos temporalmente, pero en el período inme­
tiva. El objetivo de este libro no consiste en perder de vista las peculia­ diatamente posterior nos veremos obligados a esperar hasta el siglo xvi
ridades de la época, caracterizada por el hecho de que la interrelación para observar algún síntoma de reunificación de las estructuras fiscales
de las diferencias regionales actúa como una especie de camuflaje, pues­ en amplias zonas del Mediterráneo, ya en tiempos de los otomanos. No
to que nos oculta la presencia de la gente de carne y hueso y las pautas volverá a ponerse en marcha un conjunto de sistemas fiscales eficaces
generales de la vida cotidiana. Nunca ha habido prístinos pobladores en Occidente, ni siquiera en el plano local, hasta el siglo xi en Inglate­
únicos, y toda propensión tiene sus excepciones, pero podemos aislar un rra y finales del xn en otras partes, y además dichas estructuras no ejer­
conjunto de tendencias que, en conjunto, determinan la peculiaridad del cerán por regla general una fuerte presión tributaria ni abarcarán un
período comprendido entre los años 400 y 800, esto es, de la época mar­ vasto espacio geográfico hasta los siglos xm o xrv. En este caso, por
cada por el fin de la unidad romana y los primeros balbuceos de la alta tanto, los cambios ocurridos en la época posromana constituyeron du­
Edad Media. Para finalizar, vamos a examinar siete de estos conjuntos rante largo tiempo el sello característico de Europa y del Mediterráneo.
de disposiciones, lo que también nos permitirá incluir algunos comenta­ En segundo lugar, la alta Edad Media representa un período de rela­
rios sobre aquellas tendencias que, a mi juicio, no se dan en esta época. tiva debilidad aristocrática: las aristocracias de todas las regiones pos­
En primer lugar, la alta Edad Media fue un período en el que las es­ romanas, salvo las de Francia y el Oriente Próximo, quedaron no sólo
tructuras fiscales adquieren casi universalmente un carácter de simpleza recluidas en una esfera más local sino que fueron comparativamente más
superior al que antes tuvieran. En los reinos romano-germánicos el sis­ pobres que en tiempos del imperio. No debe considerarse que esta si­
tema tributario termina desapareciendo por completo, al asentarse los tuación fuera una simple consecuencia de las guerras. Sólo Italia en el
ejércitos en las distintas comarcas. En Bizancio y en el califato omeya siglo vi, y la Anatolia en el vn, conocieron contiendas que realmente de­
dichas estructuras perduraron, pero se ciñeron en todos los casos a un vastaron la economía y la sociedad en el ámbito regional durante algo
ámbito mucho más regional, ya que, por ejemplo, los impuestos egip­ más que un corto período de tiempo. Sin embargo, la incertidumbre po­
cios no salían de Egipto, y la recaudación fiscal del tema de Anatolikón lítica y el cambio de régimen condujo al desplazamiento de las élites en
se empleaba fundamentalmente para pagar al ejército de esa misma zona. algunas ocasiones, y a una situación caracterizada, prácticamente en to­
La estructura fiscal subyacente a los intercambios de ámbito medite­ dos los casos, por un menor ascendiente de los aristócratas en el ámbi­
rráneo realizados en tiempos del imperio romano tardío desapareció tan to local (véanse más arriba las páginas 371 a 374). Esta menor influen­
pronto como el control romano comenzó a fragmentarse, pero una de cia se concretó en una reducción global de la posesión aristocrática de
las consecuencias que genera esta nueva simplificación para nosotros tierras, y también, probablemente, en el ejercicio de un menor dominio
consiste en que no podemos seguir teniendo la seguridad de que las re­ sobre el campesinado por parte de las élites. En varios puntos de este li­
laciones económicas locales contaran con un respaldo fiscal, ni siquiera bro hemos indagado ya las consecuencias de este estado de cosas. Y de
en el interior de las regiones. En torno al siglo vm, lo único que sigue esas consecuencias, una particularmente importante fue que la dismi­
1178 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA CONCLUSIONES GENERALES 1179

nución general de la riqueza aristocrática trajo consigo una disminu­ La segunda y la tercera tendencias que aún hemos de examinar son
ción del poder adquisitivo, y por tanto de la capacidad de intercambio, sendas consecuencias de este deterioro aristocrático. La autonomía de
como ya hemos examinado por extenso en el capítulo 11. El estado sólo los campesinos había aumentado prácticamente en todas partes. A ve­
pudo compensar este descenso de la demanda en algunas regiones de ces lograron liberarse casi por entero del dominio de los aristócratas,
Oriente, fundamentalmente en Egipto. Si esta tendencia al debilitamien­ llegando a zafarse incluso de su lógica económica. De hecho, puede de­
to de la aristocracia adquirió un carácter generalizado se debió princi-i cirse que su economía obedecía a un modo de producción independiente
pálmente al hecho de que la inestabilidad política estuviese tan extendida al que aquí hemos llamado modo de producción campesino (véanse más
como consecuencia del fin de la unidad imperial (y por consiguiente arriba las páginas 755 a 776), en particular en las zonas tribales del norte
hemos tenido que analizar de forma particularmente cuidadosa la más y en algunas de las manchas de leopardo de autonomía campesina exis­
importante salvedad que cabe contraponer a esta afirmación: la de Fran­ tentes en los reinos romano-germánicos. El número de los campesinos
cia —páginas 259 a 304 y 475 a 476—). No obstante, esta situación que­ propietarios aumentó, incluso en aquellos lugares en que las aristocra­
dó en buena medida invertida después del año 800, poco más o menos, cias conservaron su potencia económica, y el protagonismo político del
al establecerse los grandes bloques geopolíticos de la segunda mitad campesinado resulta en tales casos más visible en muchas de las regio­
de la alta Edad Media, es decir, la Francia carolingia, la España omeya, nes que aquí estudiamos, tanto en el plano local como en el de los sis­
el califato abasí y el imperio bizantino. Todas estas entidades políticas temas políticos, aunque en este último nivel dicho protagonismo sea
hubieron de pasar sus propias vicisitudes, pero las élites locales de prin­ algo más ambiguo. Las dimensiones de la economía campesina y de la
cipios del siglo ix tuvieron tiempo para estabilizar e instaurar, en la organización política son ambas excepcionalmente difíciles de estudiar,
mayoría de las regiones que aquí estudiamos, una nueva y más extensa ya que han dejado muy poco rastro en la documentación escrita. En
hegemonía local —así como unos sistemas de intercambio más com- cualquier caso hemos tratado de abordarlas de distintas formas en los ca­
piejos—. El vuelco político y estructural más espectacular que se pro­ pítulos 7 a 9. No obstante, hemos podido observar al menos su perfil, y
duce a finales del siglo ix y principios del x en las regiones que nos ocu­ desde luego las mencionadas dimensiones distinguen la zona y la épo­
pan, el vinculado a la disolución del imperio carolingio, no representó ca que nos ocupa, en particular el Occidente de los siglos VI a vin, dife­
una desventaja para el conjunto de los aristócratas, sino al contrario, ya renciándolas tanto de las economías y las organizaciones políticas ante­
que de este modo consiguieron consolidar su dominio local en una me­ riores como de las posteriores.
dida que, en la época que nos ocupa, muy pocos de sus predecesores Las aristocracias de nuestra época, debilitadas y desplazadas por la
y antepasados habían logrado (lo que no significa que no lo hubiera crisis política, también asistieron a una sustancial modificación de su
conseguido ninguno, pero sí que fueron realmente muy escasos los que cultura y su identidad. A medida que iban surgiendo regímenes políticos
podían comparárseles). Los aristócratas que sobrevivieron al sistema que le rendían menos culto, el linaje fue reduciendo temporalmente su
carolingio fueron por lo general, incluso en esta zona, distintos a sus importancia casi en todas partes (este proceso se dio incluso en el im­
antepasados del siglo ix, y poseyeron menos riquezas: la crisis carolin­ perio bizantino, el único régimen que perduró sin solución de continui­
gia, al igual que la romana, desembocó en un notable incremento de su dad política más allá del período que aquí estudiamos). Además, la ideo­
reclusión en el ámbito local. Sin embargo, conservaron un poder de con­ logía laica y civil de las clases altas tardorromanas (o de la mayor parte
trol sobre los campesinos superior al que habían tenido los nobles de la de esos estratos sociales) se desvaneció prácticamente en todas las re­
época que aquí estudiamos, y en este sentido la recuperación de la rique­ giones. En lo sucesivo, los aristócratas adoptaron una identidad militar,
za de los aristócratas, que se produce después del año 800, no se ciñó identidad que conservaron hasta bien entrada la época moderna. Una
exclusivamente ni a las tierras francas ni a ese período. Al contrario, pro­ de las víctimas de este cambio fue la cultura literaria de la tradición
siguió hasta bien entrada la Edad Media central y épocas posteriores, aristocrática romana. Este hecho es la causa principal de las bruscas
contribuyendo de este modo tanto al dinamismo de los intercambios del modificaciones de los materiales que integran nuestras fuentes, unas mo­
período como al desencadenamiento de una llamativa serie de agresio­ dificaciones que caracterizan a la alta Edad Media y que en épocas pa­
nes militares en todas direcciones.2 sadas dieron pie a que la gente la tuviera por una era de «oscuridad».
1180 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
CONCLUSIONES GENERALES 1181
En realidad, cabe argumentar que, del conjunto de los siglos que com­ que ocurrió. El reconocimiento de estas diferencias, así como el deseo
ponen la alta Edad Media, la documentación escrita que ha llegado base de ahondar en sus múltiples parámetros, ha sido uno de los principales
ta nosotros, particularmente en Occidente, es más extensa que la que estímulos que me han animado a estudiar esta época. El problema de
nos ha dejado el imperio romano. La debilidad de las pruebas altomes cuál pueda ser exactamente la razón de que cada una de estas regiones
dievales (en especial fuera de la esfera eclesiástica), pese a constituir uíf evolucionara de forma diferente y se apartara de la relativa homogenei­
problema para nosotros, no representa en este sentido una reducciómmas dad que presidía el imperio romano es el elemento que subyace a la ima­
terial respecto a lo que nos ha legado el mundo antiguo. Sin embargó gen de un mundo posromano entendido como un ciclópeo experimento
los cambios subyacentes que se registran en la identidad y las prácticas de laboratorio gracias al cual es posible comparar entre sí distintos ele­
aristocráticas son palpables, y es preciso reconocer su existencia. (Por mentos, como, por ejemplo, la presencia de una tradición urbana más
el contrario, la enorme simplificación de la cultura material que se apireé compleja, o de un sistema fiscal más desarrollado, a fin de observar qué
cia en la época que nos incumbe no puede ni debe ser pasada por alto; set pautas de evolución social sustentaban las diferentes regiones. La for­
trata de una consecuencia directa del desfallecimiento de los recursos1) ma en que hemos expuesto la época abordada en estas páginas debe mu­
tanto fiscales como aristocráticos, y es además resultado de la autonob cho a dicha imagen, ya que son esas desemejanzas de desarrollo las que
mía económica de los campesinos. Sin embargo, por regla general, los constituyen la materia prima para las comparaciones que hemos tratado
teóricos que sostienen la idea de una era de «oscuridad» no han solido1 de realizar en cada caso.
tener en cuenta este extremo.) Por supuesto, hubo casos en que varió -éi En sexto lugar, la regionalización del desarrollo social, unida a la de­
origen étnico de estos aristócratas, cuya ascendencia tiende a ser fundan bilidad de la mayor parte de los estados y potencias externas, permitió
mentalmente germánica o árabe. No obstante, en este libro hemos^ miv que en la mayoría de las regiones que aquí hemos considerado hubiese
nimizado en todos los casos las diferencias étnicas: a mi juicio se trata una notable movilidad social. Desde luego, ni siquiera la rigidez propia
de un dato de importancia insignificante cuando lo que estamos considéa¡ del imperio tardío consiguió evitar que en la práctica se siguieran a ve­
rando son las grandes líneas de las estructuras sociales y económicas,¿y ces pautas más flexibles, como ha sucedido con todas las sociedades de
es un factor que resulta prácticamente invisible, incluso en términos la historia, con independencia de cómo se regularan. No obstante, el
culturales, en muchas de las regiones posromanas —las minorías inmi-: estado tardorromano legisló de hecho con idea de lograr cuando menos
grantes sólo tuvieron un efecto notable en Inglaterra y en el califato—; que la gente permaneciese radicada en un mismo lugar, y las jerarquías
Sin embargo, si atendemos a su tipo, el cambio cultural que se produjo, sociales, sustentadas en distintas tasas salariales, se apoyaban en una
incluso en estas dos últimas zonas, muestra elementos claramente aná- miríada de ínfimos detalles. Durante la alta Edad Media, la estructura­
logos a los de regiones como las de Gales o el imperio bizantino, ámbitos ción de la mayor parte de las regiones fue notablemente inferior. Por lo
en los que no hubo clase alguna de inmigración, lo que significa que, en general, los tratamientos personales y las etiquetas sociales, que eran
sí misma, ésta no constituye un factor causal excesivamente significativo; más vagos, se reducían frecuentemente poco menos que a simples indi­
En quinto lugar, los siglos posromanos muestran unas divergencias cadores ad hoc de la posición social, categorías que era posible reivin­
regionales muy superiores a las que se observan en los siglos inmedia­ dicar y negociar en lugar de ser una mera asignación sujeta a un con­
tamente anteriores. Esta diferencia no es sólo un indicador característico junto de reglas preestablecidas. (Un ejemplo nos lo ofrece la palabra
de los inicios de la alta Edad Media, sino de todos los siglos posteriores, nobilis'. véanse más arriba las páginas 241, 276 y 314.) En cambio, lo
pero se inicia en esta época. Desde luego, las provincias del imperio que parece haber señalado de manera más profunda las diferencias re­
tampoco habían mostrado una homogeneidad total. Sin embargo, las lativas de posición social fueron las distintas cantidades de riqueza, que
regiones en las que nos interesamos sí que tenían al menos más cosas en no sólo estaban muy matizadas en todos los casos, sino que podían ex­
común en el año 400 que en el 800. La causa aquí subyacente es el fin presarse de diversas maneras. Esta movilidad social constituyó el sello
de la unidad romana, así como la cesación de la necesidad de mantener característico tanto de la sociedad aristocrática como de la campesi­
una koiné cultural desde Carlisle hasta Asuán. Existía la posibilidad dé na. Y también en el plano de la aldea los campesinos contaban con una
que cada región se encaminara en una dirección distinta, y eso fue lo considerable variedad de redes de patronazgo a las que poder afiliarse
1182 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA CONCLUSIONES GENERALES 1183

(véanse más arriba las páginas 621 a 626), puesto que en la época de la rece un gran error negar que se produjera un gran cambio. Uno de los
que nos hemos ocupado lo que ocurría no era que los labriegos se vie­ principales objetivos de este libro ha consistido en hallar el modo de
sen abocados a aceptar sin remedio el predominio de un único señor trazar con detalle los parámetros de dicha transformación en cada una
local, como sucederá en el caso de la seigneurie banale vigente en gran de las muy distintas regiones que aquí hemos analizado. En el siglo IX,
parte del Occidente de la Edad Media central. De este modo, tanto si algunos de los efectos de esta metamorfosis estaban empezando a re­
comparamos la situación existente en la alta Edad Media con la obser^ vertir, dado que las aristocracias volvían a mostrar un mayor arraigo y
vable a lo largo de los siglos anteriores como si optamos por contrastarla que los intercambios comenzaban a adquirir una mayor complejidad.
con la de tiempos posteriores, lo que observamos es que la flexibilidad Uno de los indicadores que más sistemáticamente se observan en los
social constituye uno de sus rasgos característicos. Esto hace que núes? primeros momentos de la alta Edad Media, sobre todo en el siglo vni, es
tra tarea resulte en muchos aspectos más difícil, aunque también más la existencia de un período de relativa simplicidad material. No obstante,
interesante, ya que nos obliga a examinar en cada caso las prácticas sof esta inversión se articuló de manera distinta en cada una de las regio­
cíales al uso, en vez de permitimos no atender más que a las meras re? nes. Todo aquel que se proponga en algún momento seguir la evolución
glas imperantes —que si en cualquier época nos proporcionan una ih- de este último proceso de reconstrucción de las estructuras locales de
formación más bien escasa, en la que hemos elegido examinar carecen poder, tanto en términos transculturales como comparativos, como he­
prácticamente de todo sentido como guía para conocer las auténticas mos tratado de hacer aquí con el período que media entre los años 400
pautas rectoras de la conducta social. y 800, tendrá que reconocer que la diferenciación regional fue el resul­
Lo que subyace a todas estas tendencias —y éste es el último extre:4 tado más duradero del fin del imperio romano. Sin embargo, quienquiera
mo que debo exponer aquí— es la decisiva importancia del fin de la unrí que aspire a realizar un estudio de este tipo tendrá que reconocer igual­
dad imperial romana. La disolución del imperio —que en Occidente se mente, o eso espero, que sólo un enfoque comparativo puede permitir
verifica en el siglo v y en Oriente no se materializará hasta el vn— es él una razonable exposición del distinto desarrollo seguido por todas esas
elemento que desencadena todas estas tendencias. La involución de los sociedades, del mismo modo que sólo este planteamiento nos faculta
sistemas fiscales comienza con ese desplome. Y sobre todo, el debilita! para determinar lo que dichas diferencias nos indican respecto a cuáles
miento de las aristocracias locales, y por consiguiente, el deterioro de pudieron haber sido realmente las causas motoras en cualquier socie­
los sistemas relacionados con los intercambios y con el conjunto déla dad dada. El reconocimiento de la validez y el interés de cada una de
cultura material, también se inician a raíz de este mismo acontecimiem estas abigarradas pautas de desarrollo social nos recuerda que en todas
to. Todos los elementos de continuidad, cuyo rastro han venido siguiera las sociedades el cambio depende ineluctablemente de factores internos,
do los eruditos de distinta convicción teórica que han estudiado —muy no de influencias exteriores, circunstancia que ha sido uno de los argu­
a menudo de forma correcta (aunque no en todos los casos)— la época mentos al que con mayor frecuencia hemos recurrido en este libro. Este
aquí expuesta, no constituyen un argumento suficiente para rebatir®! reconocimiento es asimismo la mejor salvaguarda frente a las inter­
hecho desnudo de este cambio. Tampoco se trata de que nos apuntemos, pretaciones teleológicas de la historia, invariablemente engañosas. Y si
a un fácil catastrofismo: la vida no se detuvo con el fin del imperioaSit esta obra está llamada a aportar algún tipo de contribución al debate
duda la demografía descendió acusadamente (véanse más arriba lasipa^ histórico general, espero que sea justamente para combatir esa propen­
ginas 777 a 781, pero en la época que nos incumbe no se abandonarán ¡ sión a la teleología.
las tierras en ningún lugar, salvo quizá en algunas zonas ecológicamente-
marginales como las de la región del Campine belga u holandés (don®-
recibe el nombre de Kempen), o el desierto del Neguev (páginas
642). La gente siguió adelante, empleando estrategias sociales a unLtiemj:'
po antiguas y modernas, como suele ocurrir por lo general en époc^^M
cambio. Si uno quiere estudiar esta época, ha de reconocer tant® !^
elementos de continuidad como las innovaciones. Sin embargo, áwípi
1408 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA NOTAS. CAPÍTULO 12 1409
Cadbury Congresbury, p. 155; para información sobre Comualles, véase Tilo­ 215. Pirenne, Mahomet et Charlemagne, pp. 174-175, la traducción inglesa
mas, «Grass-marked pottery» y Hutchinson, «Bar-lug pottery», autores que de la cita es del propio Wickham. [Hay publicación española: Mahoma y Car-
discrepan en cuanto a las fechas. En relación con las importaciones, véase la lomagno, traducción de Esther Benítez, Madrid, Alianza, 2005. (N. de los í.)J
nota 63 del capítulo 6, donde se ofrecen referencias que en parte resume Wo- 216. Para información sobre la China inmediatamente posterior a la época
oding en Communication and commerce, pp. 41-50, 72-84, a lo que hay que en que nos centramos, véase por ejemplo Shiba, Commerce and society. No
añadir el texto de Hill titulado Whithom, pp. 315-326. Para datos relaciona­ obstante, el debate que contrapone Oriente a Occidente en relación con la
dos con la artesanía del cobre, véase Alcock, Dinas Powys, pp. 47-49; compá­ transformación económica se centra actualmente en un período tan tardío
rese también con lo que señala por ejemplo Aneirin en Y Gododdin, LXV, como el del siglo xvm: para ejemplos recientes, véase Pomeranz, The great
XC; y para información sobre los trabajos en plata y oro, véase Culhwch divergence, y el artículo de su crítico, Parthasarathi, de idéntico título.
ac Olwen, II. 60-81, etcétera. Respecto a la ininterrumpida simplicidad de la
cultura material galesa, véase Amold y Davies, Román and early medieval
Wales, pp. 168-171. Capítulo 12. Conclusiones generales
210. Véase, Wooding, Communication and commerce, pp. 64-92; Ed-
wards, The archaeology, pp. 73-75, y Mallory y McNeill, The archaeology of 1. De entre los buenos estudios que abordan el examen transcultural de
Ulster, pp. 217-219, donde se habla de la loza subterránea; véase también este tipo de variables a lo largo de la época que nos ocupa cabe destacar el
Hencken, «Lagore crannog» (la cita procede de la página 12 de este artículo). de Herrín, Formation of Christendom, y el que quizá sea más eminente (pese
Una célebre referencia literaria relacionada con el comercio que mantenía Ir­ a su teleológico título): The rise of western Christendom, de Brown.
landa con la Galia es la que aparece en Vita Filiberti, c. 42, texto en el que se 2. Según la investigación que lleva a cabo Bartlett, en The making of
dice que los irlandeses exportaban zapatos y ropa. Para información sobre las Europe.
denaíge, véase la nota 133 del capítulo 6.
211. Véase Jensen, «Et grubehus fra Darum», junto con Ethelberg, «Die
eisenzeitliche Besiedlung», pp. 142-150; y Madsen, «Vikingetidens kera-
mik». No he conseguido hacerme con la obra de Siemen titulada Bebyggelser
og keramik. Respecto a la situación del siglo IX, el estudio básico es el Dze Ke-
ramik von Haithabu de Hübener.
212. Véase Nissen-Jaubert, Peuplement, pp. 222-223 (para datos sobre
Stavad); Stilborg, «Ceramic contacts» (para información sobre Lundeborg);
Madsen, «Vikingetidens keramik», p. 227 (donde se habla de Sorte Muid);
Násman, «Exchange and politics», pp. 46-47 (para Ribe); y Janssen, Die Im-
portkeramik von Haithabu. Respecto a los emplazamientos rurales del siglo ix
en adelante, véase Muller-Wille, «Hedeby und sein Umland»; y Madsen, «Vi­
kingetidens keramik», pp. 227-228. Entre los siglos vn y x es poco frecuente
hallar importaciones en Vorbasse: véase Hvass, «The Viking age settlement»,
pp. 168-169.
213. Véanse las notas 152, 155 y 158 del capítulo 6, junto con Násman/
«Exchange and politics», un estudio importante con información de carácter
general. Este artículo muestra un mayor optimismo respecto a la relevancia
de Ribe como centro de intercambio generalizado (véase por ejemplo la pági­
na 42).
214. En la página 96 de Land and power ya empleé este argumento para
oponerme al conjunto de los modelos que consideran que el motor de la eco­
nomía es siempre la demanda; en ese texto la perspectiva que tenía respecto al
funcionamiento de ese tipo de modelos era excesivamente simple.

También podría gustarte