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ENSAYO

La muerte es un tema que genera temor e incertidumbre en los seres humanos. A pesar de ser inevitable, se tiende a posponer su llegada y vivir con la esperanza de escapar a ella un día más. La muerte es un fenómeno enigmático ya que nadie puede estar completamente preparado para ella ni conocer cuándo y cómo ocurrirá. Darle sentido a la muerte es reconocer que forma parte de la existencia humana y aceptar que llegará de manera impredecible.
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ENSAYO

La muerte es un tema que genera temor e incertidumbre en los seres humanos. A pesar de ser inevitable, se tiende a posponer su llegada y vivir con la esperanza de escapar a ella un día más. La muerte es un fenómeno enigmático ya que nadie puede estar completamente preparado para ella ni conocer cuándo y cómo ocurrirá. Darle sentido a la muerte es reconocer que forma parte de la existencia humana y aceptar que llegará de manera impredecible.
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EL SENTIDO DE LA MUERTE

LA MUERTE UN TEMA POR EXPLORAR

Ensayo

Tomar como instrumento de lectura el texto “el sentido de la muerte”, le acerca a uno pensar no
solo en una palabra que refleja tristeza, preocupación, desconocimiento, desapego, terminación, es
decir un tema que siempre permanece al lado de la existencia humana y que evoca a un mundo de
oscuridad, de temor de acuerdo como nuestra menta humana la perciba y la vivencia.

La muerte es una palabra que tiene que ver más allá de la vida, que es el dual de la vida
(inicio-fin), y ante esto todo ser humano sin importar credos, religión, pensamiento, cultural ha
tenido y tiene que vivenciar por cuanto se le considera la conclusión de un ciclo en un momento
dado, de ahí que se diga que hace parte de la especie del Homo sapiens en que la muerte le
acompaña durante todo su existir.

Desde el mismo momento de su existir, el ser humano aprende a vivir con la muerte, darle
sentido que es parte de si mismo y por tanto es inevitable dejarla a un lado, es un mundo en que la
existencia de todo ser humano (niño, joven, adulto, anciano) la debe vivenciar, no se sabe cuándo
ni cómo, simplemente existe y por tal motivo debe darle sentido a esta vivencia que para muchos
de acuerdo a su cultura, pensamiento la toman de otra manera , citando a Jankélévitch, quien
escribe: ‘‘se trata de mí, es a mí a quien la muerte llama personalmente por mi nombre, a mí a
quien señala con el dedo y de quien tira de la manga, sin darme la oportunidad de hacer pasar
delante el vecino; no queda escapatoria, se me han agotado los plazos; el aplazamiento para más
tarde, lo mismo que las coartadas y las postergaciones son ahora imposibles por más empeño que
ponga el hombre concernido; la tercera persona ya no puede servirme de pretexto’’ (Jankélévitch,
2002: 35).
Es un tema que para cada individuo solo hablar de la muerte lleva a la reflexión de su existir,
saber que se debe enfrentar en cualquier momento inesperado a esta clase de acontecimiento que
genera tristeza, dolor, desapego, llanto, soledad, sin embargo es una existencia clara y evidente que
no se debe dejar a un lado, dar sentido a la muerte es admitirla como parte de la existencia misma
de todo ser humano, que la muerte es un acontecimiento que para algunos es de espera, de descanso
(personas moribundas por enfermedades fatales ) mientras para otros es inesperado porque no se
está preparado o por que no han logrado solucionar su propio existir que les genere satisfacción
individual y humana, sabe que va morir pero no tiene agendado fecha, día, hora, lugar, manera, es
decir se está ante un fenómeno enigmático y contradictorio, fenómeno que desde el origen de la
vida genera preocupación y se continua en ese mundo esperanzador de saber que es la muerte que
se muestra como el fin para los que existen, viven y cuando le reconocen promueve en el ser
angustia, lo traslada a la valoración de la vida, de que se hace parte de un universo único pero este
tiene un solo fin.

Para muchos pensar en la muerte promueve a cambios, a reflexiones internas, a valorar su


existir, a pensar como la va aceptar y esperar su llega de manera armoniosa y tranquila, teniendo
en cuenta que la vida es una sola y como tal se va muy rápido, muy pronto, muchas veces en un
abrir y cerrar de ojos se van en sonrisas y en lágrimas, sin tener en cuenta que esta ya se ha ido
perdiendo desde el mismo existir del ser humano a través de sus acciones, dar sentido a la muerte
es considerarla como la última línea que se tiene en el plano existencial, que es el tiempo de
desprendimiento , ya no existirá más tiempo, simplemente es el momento de partir y tratar de no
ser olvidado
CONCLUSIÓN

Dar sentido a la muerte se muestra no solo como un texto para leer sino que da a conocer un tema
que ha generado siempre temor, miedo a vivirlo, a enfrentarlo, a conocerla, sin embargo promueve
reflexión sobre el propio existir, teniendo en cuenta que la vivencia de cada ser humano está
adherida a la muerte, la cual se muestra como un fenómeno enigmático e impredecible que no le
importa edad, genero, religión, estatus social, es para todos y llega en el momento inesperado, para
muchos investigadores es un tema que ha llevado a su estudio, comprenderle y considerarle que es
la última línea de todo existir humano.

”.
REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Málishev Krasnova, Mijaíl (2003). El sentido de la muerte Ciencia Ergo. Universidad Autónoma
del Estado de México Toluca, México. Recuperado de:
[Link]
Toda muerte, incluso la muerte natural, a su manera es un acontecimiento inesperado, una
anomalía imprevisible. La muerte siempre, de uno u otro modo, es una ruptura con la fluidez
habitual de la vida, es un accidente, si no automovilístico o sísmico, al menos por ‘catástrofe
interna’: ruptura de arteria, coágulo de sangre, pulmonía, etcétera. El morir siempre, en uno u
otro grado, es un acontecimiento extraordinario y no sólo en el sentido causal, sino como
experiencia que nadie es capaz de transmitir a otro; nadie puede enseñar cómo morir a su
próximo. Tampoco nadie puede asumir el morir de otro; aunque cualquiera pueda morir por otro,
esto es, sacrificarse por él, no con esto logrará liberarlo de su propia muerte. En vano el
moribundo rey de la pieza de Eugene Ionesco implora: Vosotros, innumerables, vosotros que
habéis muerto antes

La muerte, a pesar de su inminencia, no es para esta vez, sino casi siempre para la próxima. El
hombre conserva la esperanza de escapar a la muerte un día más, quiere aplazarla, llevando su
esperanza hasta el límite, hacia el lejano horizonte. La esperanza siempre espera un futuro y por
eso es un sentimiento relativamente fundado: toma partido en lo que se refiere a la probabilidad
de un acontecimiento y la posibilidad de éxito. En la medida en que el tiempo es incierto, escapar
un día más a la muerte puede ser objeto de esperanza. No hay esperanza sin temor ni temor sin
esperanza. Si uno está enfermo y espera aliviarse, entonces teme que la enfermedad pueda
prevalecer sobre su salud y, por consiguiente, morirá. La esperanza y el temor van juntos y a la
vez separados –cuando se espera una gran ventaja, en el caso de ganar y se teme una desgracia
pequeña, en el caso de perder–, y a veces, los dos sentimientos se abrazan –cuando se teme lo
peor, por ejemplo, la muerte de la que uno espera escapar a cualquier precio. La esperanza es
imposible sin el deseo del que se ignora si será o no será realizado. Al contrario, si la realización
del deseo depende sólo de nosotros, está en nuestro poder cumplirlo o no; entonces este deseo no
es sólo una esperanza, sino una intención o una voluntad. Nadie espera aquello de lo que se sabe
capaz, por consiguiente, esperar es desear sin poder cumplirlo en toda su dimensión. Los más
desdichados son aquellos que no desean casi nada, porque piensan que de su empeño y voluntad
no depende nada. El moribundo se ve en una situación trágica cuando la fecha de la muerte es tan
cierta como la necesidad de morir un día cualquiera, y esta situación se puede caracterizar como
el infierno de la desesperación. Cuando el morir se precisa –meses, días, horas–, nuestra
perspectiva del perecer definitivo modifica, hasta en sus últimos estratos, las categorías
habituales de nuestro comportamiento. Ante ese ‘muro’ ya no podemos ‘devenir’, anticiparnos;
actuamos ya como muertos vivos. Desde el instante en que nuestra muerte está fijada, somos ya
‘muertos’. Precisamente por eso el hombre pospone la fecha de la llegada de su muerte, se rebela
contra su fin inminente. Cuando la hora es incierta, el hombre dice: ‘sin duda voy a morir, pero
no por ahora, más tarde, un día, pero un día sin fecha, un día en que no es necesario pensar’. Pero
aquél que se ve obligado a abandonar toda esperanza no puede vivir tranquilamente: no le queda
otra opción que vivir una esperanza desesperada. En su esencia, la muerte es un fenómeno
enigmático y contradictorio. En efecto, mucha gente quisiera saber cuándo y cómo va a morir
para de antemano prepararse. Pero esta idea siempre está preñada de incertidumbre, ya que el
sujeto mortal no conoce bien a la muerte en su encarnación real; esta circunstancia le engendra
una preocupación y un deseo de superar tal incertidumbre para prepararse lo mejor posible al
encuentro con ella. Pero el pensamiento sobre la muerte (inspirado por el deseo de disminuir su
presencia incierta) siempre es diferente de su encarnación real en razón de la perfidia de la
muerte con el hombre que piensa en ella. En efecto, el ser de la muerte es un no ser, por lo tanto,
¿cómo se pudiera pensar en algo que sólo es cuando no se es? La muerte es un fin para los que
viven, pero no para los que mueren; para éstos, sólo existe lo que no existe: la muerte, y sólo es
terrible y amenazador cuando no ha llegado. Además, la vida del ser humano está en un proceso
incesante de devenir, por lo que la idea sobre la muerte se modifica permanentemente, y aunque
algunos supuestamente se preparan para su encuentro con ella, no se puede evitar la sorpresa
pérfida. La vivencia de la muerte del otro se experimenta como algo irreparable sobre todo
cuando quien muere es un ser partícipe de nuestra vida. Su partida al ‘otro mundo’ la percibimos
como un empobrecimiento de nuestra vida, como una pérdida de una parte de nosotros mismos.
Reconocimiento de la muerte del otro La angustia ante la muerte-propia es un signo de
afirmación de la individualidad, pero en tiempo de peligro –catástrofes naturales, guerras,
revoluciones, etcétera– la vida y la muerte de los individuos se somete a las demandas de la
sociedad que, para sobrevivir y vencer, obliga a sus miembros a sacrificarlo todo, incluso lo más
valioso que tiene –su vida– en favor de su patria. Como advierte Edgar Morin, ...el ‘general’
encarna la generalidad de la ciudad con respecto a la particularidad individual; esta última pasa a
segundo plano, cuando se trata de una lucha a vida o muerte por el ‘phylum’ social. Entonces,
fundido a su grupo en peligro o en marcha, el mártir, el combatiente, el sitiado, el cruzado, ya no
teme a la muerte (Morin, 1999: 41). El orgullo por la patria, el deseo de mostrar el máximo
heroísmo y la aguda excitación de la batalla, con frecuencia, pueden llevar a los combatientes al
autosacrificio, al olvido gustoso de su muerte en el combate público contra los enemigos de su
país. La exaltación de la existencia individual sacrificada en aras del ser colectivo que la
trasciende se manifiesta en la gloria alcanzada. El portavoz de la gloria se guía por la idea de que
su muerte le asegura una es

Si la muerte nos aflige es porque nos priva de algo, de los goces que perdemos con ella, de la
fama que soñamos obtener en el porvenir o porque nos aparta de nuestros seres queridos. Pero
frecuentemente ante su futuro no ser, el hombre de repente se da cuenta de su insignificancia
ontológica y de la poca importancia de sus preocupaciones cotidianas. Precisamente este
‘sentimiento oceánico’, de considerarse partícula en el enorme universo, y la ausencia de razones
profundas para sus pretensiones anteriores es lo que experimenta el príncipe Andrei, protagonista
de la novela de Tolstoi Guerra y paz. Gravemente herido en la batalla de Austerlitz y caído de
espaldas al suelo, no ve más que el cielo encima de sí que le parece inmensamente alto; ante este
cielo tan alto e infinito, toda la vida anterior con sus planes y aspiraciones le parece ahora
insignificante y carente de sentido. En los cortos momentos en que recobra la conciencia ve este
cielo alto y cuando, por casualidad, se le acerca Napoleón (que antes era para Andrei la
encarnación de la fama) y le habla, él no se digna contestarle. Ahora, frente a la muerte, su
reverencia anterior por el emperador francés le parece pequeña y vana en comparación con este
inmenso cielo azul. Colocándose al margen de la vida, Andrei revalora el sentido de su existencia
pasada. Si antes se tomaba a sí mismo como punto de referencia de todo lo que le parecía
importante, como si fuera el centro de su mundo (donde Napoleón resumía los atributos de sus
sueños más elevados), ahora, ante la amenaza de su muerte, esa importancia quedaba atrás; ahora
se abría al mundo y podía verse a sí mismo como una partícula dentro del universo, como un ser
entre otros seres. En la vida cotidiana, cuando relegamos nuestra muerte a un futuro
indeterminado, tendemos a vernos como el centro de un universo, aunque en realidad ello esté
muy lejos de ser así. Existir es estar en el universo en el cual somos sólo una partícula. La
cercanía de la muerte puede hacernos reconocer ese error –vernos como centro del mundo–, pero
es un error sin el cual nadie sería capaz de poder vivir. Cuando el sentido de realidad se despierta
y aumenta viene la escisión: aprendemos que el universo está frente a nosotros y que tenemos que
poner nuestros deseos en consonancia con él. Pero nuestros deseos siguen siendo lo decisivo para
nosotros, seguimos aferrados a ese microcosmos y perderíamos nuestra capacidad de vivir si no
nos resistiéramos a aceptar los límites que nos pone la realidad [...] Pero porque este error es la
condición de la vida individual no se puede entender esto sino como una posibilidad límite
(Tugendhat, 2001: 179-180). Es muy difícil sustituir el dolor y la angustia, causados por la
muerte de un ser querido, por la idea de su ‘inmortalidad’ dada a través de las generaciones
venideras. Parece que nunca podremos reconciliarnos con la inminencia de nuestra aniquilación
personal, como tampoco podremos rescatarnos de la angustia vinculada con la muerte de nuestros
prójimos ni de aquellos que tienen alguna importancia en nuestra vida. Tampoco nos dará
consuelo la idea de Spinoza de que la muerte, aunque pueda borrar lo que somos, nunca eliminará
el hecho de que hemos sido o que aún estamos siendo. Y sin embargo, el hombre no puede ni
debe absolutizar su muerte ni caer en la desesperación o el pánico, sino que debería sentir su
participación en las obras y pensamientos de los demás. La muerte separa los fallecidos de los
vivos y a la vez, une a éstos por los lazos emocionales de la igualdad y hermandad dramáticas de
su suerte común.

La muerte de nuestros próximos nos arroja a la aflicción, porque nuestra imaginación asocia el
cambio que les ha sobrevenido a los muertos con nuestra conciencia de este cambio.
Imaginariamente nos colocamos en su lugar y pensamos que ningún amor ni simpatía podrán
confortar al difunto a excepción, quizá, de su reconocimiento en la memoria colectiva de la
generación viviente o de las venideras. Tendemos a ver en el reconocimiento póstumo el único
remedio para ‘salvarlos’ del olvido absoluto. Queremos salvarlos en nuestra memoria... por lo
menos en nuestra memoria. Conclusiones El temor ante la insignificancia social, ante el no tener
ningún valor existencial, es el reverso de la voluntad del sentido de la vida. Escribe Viktor
Frankl, ... en esta perspectiva se trataría ya de una actitud que estaría de acuerdo con Albert
Einstein, que afirmó que un hombre que ha encontrado una respuesta al problema del sentido de
la vida es un hombre religioso (Frankl, 1997: 112-113). Bibliografía Según esta idea, se puede
hablar de la religiosidad no religiosa, de una religiosidad cuyo único ‘Dios’ es la vida que vale
para ser vivida y que asegura el rechazo simbólico de la muerte. Pero tal actitud no excluye la
idea de que somos mortales, y que la muerte es siempre el desenlace inevitable, por lo que
estamos conscientes de que el destino nos está, de alguna manera, ya dado. Y es por eso que es
utópico pretender cambiar radicalmente lo que nos espera a todos, aunque está en nuestras manos
conceder a nuestra vida todo el desarrollo posible. A todos nos espera el último final, pero el
camino a éste atraviesa diferentes etapas, que incluye la vejez. Si queremos vivir lo máximo
posible, hay que aceptarla como algo inevitable, hay que reconciliar nuestro destino con nosotros
mismos. Pero esa identificación con un destino, advierte Javier Sádaba, no nos está predestinada,
y esto nos produce un contento especial. “El contento de una apropiación que da a la vida el
carácter no sólo de ser vivida sino de ser vivida con y contra el destino. El destino está cerrado.
El destino, por otra parte, está abierto” (Sádaba, 1992: 68). Sólo ante el destino de la muerte
entendemos una verdad: el ser es tiempo, y el tiempo es el sentido del ser. El hombre dice: ‘‘no
puede ser que esté en este mundo sólo para que en algún momento de mi vida desaparezca sin
dejar huella alguna’’. Quizá por eso, durante milenios, la humanidad ha elaborado múltiples
formas de consagración del ser de sus miembros después de la consumación de sus vidas. A estas
formas pertenecen el culto a los muertos, la identificación con sus descendientes, el consuelo por
la memoria histórica, por las virtudes militares, los logros artísticos, el orgullo por la gloria, la
conciencia de su santidad y la compasión por las desdichas de los próxi
Referencias Bibliográficas

De Haro, Juan José. Las redes sociales aplicadas a la práctica docente. Recuperado de:
[Link]

Marquès Graells, Pere.(2001(.Algunas notas sobre el impacto de las TIC en la universidad

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