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Doctrina de la Gracia Común en Teología

Este documento discute la doctrina de la gracia común en la teología reformada. Explica que la gracia común no es parte de la soteriología como en la teología arminiana, sino que reconoce una relación entre la obra del Espíritu Santo en la creación y la redención. También explora las posiciones de Agustín, Lutero, Calvino y otros sobre esta doctrina y cómo explica los rasgos de bondad que existen en el mundo a pesar del pecado.

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Doctrina de la Gracia Común en Teología

Este documento discute la doctrina de la gracia común en la teología reformada. Explica que la gracia común no es parte de la soteriología como en la teología arminiana, sino que reconoce una relación entre la obra del Espíritu Santo en la creación y la redención. También explora las posiciones de Agustín, Lutero, Calvino y otros sobre esta doctrina y cómo explica los rasgos de bondad que existen en el mundo a pesar del pecado.

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CAPITULO 44: LA GRACIA COMÚ N

Por: Luis Berckof


En relació n con las operaciones generales del Espíritu Santo el tema de la gracia
comú n también pide que lo consideremos. No obstante, deberá en-tenderse que la
teología Reformada no considera a la doctrina de la gracia comú n como una parte
de la Soteriología segú n lo hace la teología arminiana. Al mismo tiempo reconoce
una estrecha relació n entre las operaciones del Espíritu Santo en la esfera de la
creació n y en la de la redenció n, y por tanto siente, que no se deben disociar por
completo.

EL ORIGEN DE LA DOCTRINA DE LA GRACIA COMÚ N.

EL PROBLEMA QUE TIENE QUE RESOLVER

El origen de la doctrina de la gracia comú n tuvo principio en el hecho de que hay


en el mundo al lado del curso que sigue la vida cristiana con todas sus bendiciones,
un modo natural de vivir que no tiene que ver con la redenció n pero que exhibe
muchos rasgos de la vida verdadera, la vida buena y hermosa. Surgió pues la
pregunta : ¿Có mo se puede explicar la vida comparativamente ordenada que hay
en el mundo, viendo que todo él está bajo la maldició n del pecado ? ¿Có mo es que
la tierra produce deliciosos frutos en rica abundancia y no nada má s espinas y
abrojos ? ¿Có mo podemos explicar que el hombre pecador todavía "retenga algú n
conocimiento de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre el bien y el
mal, y que muestre algú n respeto por la virtud y por la buena conducta externa" ?
¿Qué explicació n puede darse de los dones y talentos especiales con que el hombre
natural está capacitado, y del desarrollo de la ciencia y del arte por medio de
aquellos que está n despojados por completo de la vida nueva que hay en Cristo
Jesú s?

¿Có mo podemos explicar las aspiraciones religiosas de los hombres en todas


partes, aun de aquellos que de ninguna manera han entrado en contacto con la
religió n cristiana? ¿Có mo pueden los que no está n regenerados hablar todavía de
la verdad, hacer bien a otros y llevar vidas virtuosas en pú blico? Estas son algunas
de las preguntas a las que la doctrina de la gracia comú n procura dar respuesta.

LA ACTITUD DE AGUSTÍN PARA CON ESTE PROBLEMA

Agustín no enseñ ó la doctrina de la gracia comú n, aunque tampoco usó la palabra


"gracia" en forma exclusiva como designació n de la gracia salvadora. Habló de una
gracia que Adá n disfrutaba antes de la caída, y hasta admitió que la existencia del
hombre como un ser viviente, sensitivo y racional debe llamarse gracia. Pero en
contra de Pelagio que acentuaba la capacidad natural del hombre y ninguna otra
gracia reconocía sino aquella que consiste en los dones naturales del hombre, la ley
y el evangelio, el ejemplo de Cristo, y la iluminació n de la inteligencia mediante la
bondadosa influencia de Dios, Agustín expresó con énfasis la incapacidad total del
hombre y su absoluta dependencia de la gracia de Dios como un poder renovador e
interno, que no só lo ilumina el intelecto, sino que también actú a en forma directa
sobre la voluntad del hombre, bien como gracia operadora o como gracia
cooperante. Agustín emplea el término "gracia" casi en forma exclusiva en este
sentido, y la considera como la condició n necesaria para el cumplimiento de cada
buena acció n. Cuando los pelagianos señ alan las virtudes de los paganos que "só lo
mediante el poder de una libertad innata" eran con frecuencia misericordiosos,
discretos, castos y temperantes, contestaba Agustín que estas virtudes, así
llamadas, eran pecados, porque no brotaban de la fe. Admite que los gentiles
pueden cumplir ciertos actos que son buenos en sí y desde un punto de vista má s
bajo hasta se les puede considerar loables, pero no obstante, considera que tales
actos como producidos por personas irregeneradas son pecado porque brotan sin
que los motiven el amor de Dios o la fe, y no responden al ú nico propó sito justo, la
gloria de Dios. 223 Agustín niega que semejantes acciones sean el fruto de alguna
bondad natural del hombre.

EL CONCEPTO QUE SE DESARROLLO DURANTE LA EDAD MEDIA

Durante la Edad Media la antítesis agustiniana del pecado y la gracia dio lugar a la'
otra de la naturaleza y la gracia. Esta se fundó sobre otra antítesis que jugó una
parte importante en la teología cató lico romana, es decir, la de lo natural y lo
sobrenatural. En el estado de integridad el hombre estaba dotado con el don
sobrenatural de la' justicia original, que servía como freno para tener dominada la
naturaleza má s baja. Como resultado de la caída el hombre perdió este don
sobrenatural, pero su verdadera naturaleza quedó apenas ligeramente afectada. Se
desarrolló en el hombre una tendencia pecaminosa, pero ésta no le impidió
producir mucho de lo que es verdadero, bueno y hermoso. No obstante, sin la
infusió n de la gracia de Dios todo esto era insuficiente para que el hombre tuviera
derecho a la vida eterna. En relació n con la antítesis de lo natural y lo sobrenatural
la iglesia cató lico romana desarrolló la diferencia entre las virtudes morales de
humildad, obediencia, mansedumbre, liberalidad, temperancia, castidad y
diligencia en lo que es bueno por naturaleza, y que los hombres pueden ganar por
sí mismos, mediante su propio esfuerzo y con la ayuda oportuna de la gracia
divina; y las virtudes teoló gicas de la fe, esperanza y caridad que le son infundidas
al hombre mediante la gracia santificante. Los anabaptistas y los socinianos
padecen de la misma antítesis, pero con la diferencia de que los primeros exaltan la
gracia a expensas de la naturaleza, en tanto que los ú ltimos exaltan a la naturaleza
a expensas de la gracia.

LA POSICIÓ N DE LOS REFORMADORES Y DE LA TEOLOGÍA REFORMADA

Sobre esto, como sobre otros puntos de doctrina, Lutero no se libró por completo
de la levadura del catolicismo romano. Aunque volvió a la antítesis agustiniana del
pecado y la gracia, trazó una distinció n tajante entre la má s baja esfera terrenal y la
má s alta esfera espiritual, y sostuvo que el hombre caído es capaz por naturaleza
de hacer mucho que es bueno y digno de alabanza en la má s baja esfera, o sea la
terrenal, aunque a la vez sea notoriamente incapaz de hacer ningú n bien espiritual.
Enseñ a la Confesió n de Augsburgo, apelando a Agustín, "que la voluntad del
hombre tiene alguna libertad para producir la justicia civil, y para elegir cosas
como las que puede alcanzar la razó n; pero que no tiene poder para producir la
justicia de Dios".224 El artículo contiene una cita de Agustín en la que se
mencionan muchas de las buenas obras que pertenecen a la vida presente, las
cuales puede hacer el hombre natural. Zwinglio concibió que el pecado sea má s
bien corrupció n que culpa, y en consecuencia consideró que la gracia de Dios es
santificante, má s bien que gracia perdonante. Esta influencia santificante que
penetra en cierta medida hasta dentro del mundo pagano, explica lo verdadero, lo
bueno y lo hermoso que hay en el mundo. Calvino no estuvo de acuerdo con la
posició n de Lutero ni con la de Zwinglio. Sostuvo con firmeza que el hombre
natural no puede de sí mismo hacer cosa alguna buena, cualquiera que sea, e
insistió con mucha firmeza sobre la naturaleza particular de la gracia salvadora. Al
lado de la doctrina de la gracia particular desarrolló la doctrina de la gracia comú n.
Esta gracia que se manifiesta en la comunidad no perdona ni purifica a la
naturaleza humana, y tampoco efectú a la salvació n de los pecadores. Trastorna el
poder destructivo del pecado; mantiene en cierta medida el orden moral del
universo, haciendo posible de esta manera una vida ordenada; distribuye dones y
talentos, en diversos grados, entre los hombres; promueve el desarrollo de la
ciencia y del arte, y derrama indecibles bendiciones sobre los hijos de los hombres.
Desde los días de Calvino la doctrina de la gracia comú n fue reconocida, por lo
general, como parte de la teología Reformada, aunque también hubo ocasiones en
que se encontró con la oposició n. Sin embargo, durante mucho tiempo, poco se
hizo para desarrollar esta doctrina. Con toda probabilidad, esto se debió a que el
surgimiento y dominio del racionalismo hizo que fuera necesario colocar todo el
énfasis sobre la gracia especial. Hasta el presente, nadie ha hecho tanto como lo
que hicieron Kuyper y Bavinck para el desarrollo de la doctrina de la gracia comú n.

NOMBRE Y CONCEPTO DE LA GRACIA COMÚ N

NOMBRE

El nombre "gracia comú n" como designació n de la gracia que estamos discutiendo,
no puede decirse que deba su origen a Calvino. El Dr. H. Kuiper en su obra Calvin
on Common Grace dice que encontró nada má s cuatro pasajes en las obras de
Calvino, en las que el adjetivo "comú n" se usa con el nombre "gracia", y en dos de
ellos el Reformador está hablando de la gracia salvadora 225 No obstante, en la
teología Reformada posterior, el nombre gratia communis se hizo de uso general
para expresar la idea de que esta gracia se extienda a todos los hombres, en
contraste con la gratia particularis que se limita a una parte de la humanidad, es
decir, a los elegidos. En el transcurso del tiempo se hizo evidente que el término
"communis" admitía varias interpretaciones. En la teología holandesa con
frecuencia se considera como equivalente de "general", y como resultado, se ha
hecho costumbre en los Países Bajos hablar de "gracia general" (algemeene
genade). No obstante, hablando con precisió n, el término communis, segú n se
aplica a gracia, aunque implica que es general, en algú n sentido de la palabra,
acentú a el hecho de que esta gracia es para la comunidad, es decir, que la poseen
en comú n todas las criaturas, o todos los hombres, o todos los que viven bajo la
administració n del Evangelio. Es por eso, que el Dr. Kuiper clasifica la gracia comú n
de la que habla Calvino, bajo tres títulos, es decir:

1. Gracia Comú n Universal, gracia que se extiende a todas las criaturas

2. Gracia Comú n General, es decir, la gracia que se aplica a la humanidad en general


y a cada miembro de la raza humana

3. Gracia Comú n del Pacto, una gracia que es comú n a todos aquellos que viven en
la esfera del pacto, sea que pertenezcan o no, al nú mero de los elegidos. Es muy
evidente que los teó logos Reformados también clasifican bajo el término "gracia
comú n" a cierta gracia que no es general, es decir, los privilegios externos de
aquellos que está n viviendo bajo la administració n del evangelio, incluyendo al
llamamiento universal externo. Al mismo tiempo hacen notar que esta gracia, a
diferencia de la gracia comú n general, pertenece a la economía de la redenció n.
226 Por ú ltimo, debe notarse que el término gratia communis es susceptible de
recibir, y ya recibe, no nada má s una interpretació n cuantitativa, sino también
cualitativa. Puede denotar una gracia que es comú n en el sentido de ordinaria. A
diferencia de las operaciones especiales del Espíritu Santo, llamamos ordinarias a
las comunes. Sus operaciones naturales o usuales se contrastan con aquellas que
son desusadas y sobrenaturales. Este es el significado del término "comú n" en la
Confesió n de Westminster, Capítulo X, inciso 4, y en el Catecismo Mayor de
Westminster, Preg. 60. W. L. Alexander declara de la gracia comú n que disfrutan
los que viven bajo el evangelio: "La gracia que de esta manera se proporciona es
comú n, no en el sentido de que se dé a todos los hombres en comú n, sino en el
sentido de producir efectos que son ordinarios, y que no alcanzan el grado de
eficacia realmente salvadora". Entendida de este modo, la gracia de Dios puede ser
comú n sin ser general o universal.

CONCEPTO

La diferencia entre gracia comú n y gracia especial no se aplica a la gracia como


atributo de Dios. No hay en Dios dos clases de gracia, sino una sola. La gracia divina
es aquella perfecció n de Dios en virtud de la cual El demuestra su favor hacia los
hombres, favor inmerecido y hasta malogrado por ellos. No obstante, esta gracia
ú nica de Dios, se manifiesta en dones y operaciones diferentes. La má s rica
manifestació n de ella se ve en aquellas operaciones bondadosas de Dios que
tienden a, y resultan en, la remoció n de la culpa, de la corrupció n, del castigo del
pecado y en la salvació n final de los pecadores. Pero aunque esta sea la obra
cumbre de la gracia de Dios, no es su ú nica manifestació n. Aparece también en las
bendiciones naturales que Dios derrama sobre los hombres en la vida presente, a
pesar de que el hombre las ha desperdiciado y se encuentra bajo sentencia de
muerte. La gracia ú nica de Dios se ve en todo lo que El hace para refrenar la
devastadora influencia y el desarrollo del pecado en el mundo, y para sostener,
enriquecer y desarrollar la vida natural de la humanidad en general, y la de
aquellos individuos que constituyen la raza humana. Debe acentuarse que estas
bendiciones naturales son manifestaciones de la gracia de Dios para el hombre en
general. Algunos prefieren decir que las bendiciones naturales son expresiones de
su bondad, cariñ o, benevolencia, misericordia o longanimidad, pero parece que
olvidan que no podría ser bueno, cariñ oso o benévolo con los pecadores a menos
que, ante todo, fuera generosísimo en gracia. No obstante, debe recordarse que el
término gratia communis aunque por lo general designa una gracia que es comú n a
toda la humanidad, también se usa para denotar la gracia que es comú n a los
elegidos y a los no elegidos que está n viviendo bajo el evangelio, por ejemplo, el
llamamiento externo evangélico para ambos por igual, y aquella iluminació n
interna y aquellos dones del Espíritu de que leemos en Heb. 6: 4-6. No obstante, se
entiende que estos privilegios pueden llamarse gracia comú n nada má s en el
sentido de que los gozan sin discriminació n tanto los elegidos como los
reprobados, y de que no constituyen gracia especial en el sentido de la gracia
salvadora. A diferencia de las manifestaciones má s generales de la gracia comú n,
estos privilegios aunque no constituyen una parte de la gracia de Dios que
conduzca necesariamente a la salvació n, está n, a pesar de todo, relacionados con el
proceso soterioló gico. Tales manifestaciones de la gracia comú n, se llaman a veces
gracia "especial", pero en este caso, "especial" no es equivalente de "lo que salva".
Se puede decir, en general, que cuando hablamos de "gracia comú n", tenemos en
mente una de dos cosas, (a) aquellas operaciones generales del Espíritu Santo por
medio de las cuales sin renovar el corazó n, ejercita tal influencia moral sobre el
hombre, por medio de su revelació n general o especial, que el pecado queda
refrenado, el orden en la vida social queda sostenido, y se promueve la justicia
civil; o (b) aquellas bendiciones generales, como la lluvia y el fulgor del sol, el
alimento y la bebida, el vestido y el techo, las cuales Dios imparte a todos los
hombres, en donde quiera, sin discriminació n y en la medida que a É l le parece
buena. Deben notarse los puntos de diferencia, siguientes, entre la gracia especial
(en el sentido de que salva) y la gracia comú n:

1. La extensió n de la gracia especial está determinada mediante el decreto de


elecció n. La gracia está limitada a los elegidos, en tanto que la gracia comú n no se
limita a ese nú mero, sino que se concede a todos los hombres sin discriminació n. El
decreto de elecció n y reprobació n no tiene ninguna influencia determinante sobre
la gracia comú n. No puede decirse que los elegidos reciban mayor medida de la
gracia comú n que los no elegidos. Es asunto que todos conocen y que ha sido
observado con frecuencia, es a saber, que los malvados, a menudo, poseen mayor
medida de gracia comú n y tienen mayor participació n en las bendiciones naturales
de la vida que los piadosos.

2. La gracia especial remueve la culpa y la pena del pecado, cambia la vida íntima
del hombre y lo limpia, por grados, de la corrupció n del pecado, mediante la
operació n sobrenatural del Espíritu Santo. La gracia especial actú a sin variació n en
la salvació n del pecador. Por otra parte, la gracia comú n nunca remueve la culpa
del pecado, no renueva la naturaleza humana, sino que nada má s tiene un efecto
frenante sobre la influencia corruptora del pecado, y en cierta medida mitiga sus
resultados. No efectú a la salvació n del pecador, aunque en algunas de sus formas
(llamamiento externo e iluminació n moral) puede relacionarse estrechamente con
la economía de la redenció n y tomar un aspecto soterioló gico.

3. La gracia especial es irresistible. Esto no da' a entender que sea una fuerza
determinante que obligue al hombre a creer en contra de su voluntad, sino que
mediante el cambio del corazó n, hace que el hombre de una manera por completo
voluntaria acepte a Jesucristo para salvació n y se someta a la obediencia de la
voluntad de Dios. La gracia comú n es resistible, y de hecho, siempre se le resiste en
mayor o menor grado. Pablo demuestra en Rom. 1 y 2 que ni los gentiles, ni los
judíos estaban viviendo a la altura del nivel de la luz de que gozaban. Shedd dice:
"En la gracia comú n el llamamiento para creer y arrepentirse es invariablemente
estéril, porque el hombre es enemigo de la fe y del arrepentimiento, y está
esclavizado por el pecado".228 No tiene eficacia salvadora porque deja al corazó n
sin cambio alguno.

4. La gracia especial opera de una manera espiritual y re-creativa, renovando toda


la naturaleza del hombre, y haciendo de esta manera que el hombre pueda y quiera
aceptar la oferta de salvació n en Cristo Jesú s y producir frutos espirituales. Al
contrario, la gracia comú n opera nada má s de una manera racional y moral,
convirtiendo al hombre de modo general en receptor de la verdad, presentá ndole
para ello motivos que influyan en su voluntad, y apelando para lograrlo a los
deseos naturales del hombre. Esto equivale a decir que la gracia especial
(salvadora) es inmediata y sobrenatural puesto que obra en el alma en forma
directa mediante la potencia instantá nea del Espíritu Santo, en tanto, que la gracia
comú n es el producto de la operació n mediata del Espíritu Santo, por medio de la
verdad de la revelació n general o especial y mediante la persuasió n moral.

Este concepto de la gracia comú n debería cuidadosamente distinguirse del


concepto de los arminianos que consideran que la gracia comú n es uno de los
eslabones del ordo salutis y le atribuyen importancia salvadora. Sostienen que en
virtud de la gracia comú n de Dios el hombre irregenerado es perfectamente capaz
de ejecutar en cierta medida el bien espiritual, volverse a Dios con fe y
arrepentimiento y de esta manera aceptar a Jesú s para salvació n.
Van todavía má s allá de eso y sostienen que la gracia comú n por medio de la
iluminació n de la mente y la influencia persuasiva de la verdad incita al pecador a
aceptar a Jesucristo y volverse a Dios con fe y arrepentimiento, y que el hombre
con seguridad alcanzará esta finalidad, si no es que como pecador, con toda
obstinació n, resista a la operació n del Espíritu Santo. Los Cá nones de Dort tuvieron
presente esto cuando rechazaron el error de aquellos que enserian "que el hombre
natural y corrupto puede usar de manera tan buena la gracia comú n (por la cual
entienden la luz de la naturaleza), o los dones que todavía le quedan después de la
caída, que podrá , mediante el buen uso de ellos ganar, poco a poco, grados má s
altos, es decir, la gracia evangélica o salvadora, y la misma salvació n".

LA GRACIA COMÚ N Y LA OBRA EXPIATORIA DE CRISTO

La pregunta surge de manera natural: ¿Está n las manifestaciones de la gracia


comú n relacionadas de alguna manera con la obra expiatoria de Cristo? Hasta
donde sabemos, el Dr. Kuyper no se colocó de parte de tal relació n. Segú n él, Cristo
como el Mediador de la creació n, la luz que alumbra a todo hombre que viene a
este mundo, es la fuente de la gracia comú n. Esto significa que las bendiciones de la
gracia comú n fluyen de la obra de la creació n. Pero esto con dificultad basta para
contestar la pregunta de có mo puede explicarse que un Dios santo y justo extienda
su gracia a los pecadores, y conceda favores a quienes han malgastado todo, sin ser
participantes de la justicia y demostrando hasta el fin su impenitencia. La pregunta
exacta es: ¿Có mo puede Dios continuar concediendo esas bendiciones de la
creació n a hombres que se encuentran bajo sentencia de muerte y de condenació n?
Hasta donde esta pregunta atañ e a los elegidos ya está contestada por la cruz de
Cristo, pero ¿có mo se contestará en lo que concierne a los reprobados? Podría,
quizá , decirse que no es necesario tomar una base judicial específica para conceder
al hombre la gracia comú n en atenció n al hecho (a) de que la gracia comú n no
remueve la culpa del pecado y por tanto no lleva con ella el perdó n; y (b) que no
levanta la sentencia de condenació n, sino nada má s pospone la ejecució n.
Posiblemente la divina y buena voluntad de aplazar la revelació n de su ira y de
soportar "con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucció n"
ofrezca una explicació n suficiente de las bendiciones de la gracia comú n.

Los teó logos Reformados, por lo general, titubean para decir que Cristo mediante
su sangre expiatoria alcanzó con sus méritos estas bendiciones para los
impenitentes y reprobados. Al mismo tiempo, creen que dimanan de la muerte de
Cristo beneficios naturales de importancia para toda la raza humana, y que de ellos
participan también los incrédulos, los impenitentes y los reprobados. En todas las
transacciones de pacto que se recuerdan en la Escritura se ve que el pacto de
gracia lleva consigo no só lo bendiciones espirituales sino también materiales, y
estas ú ltimas, por lo general, son de tal clase que en forma natural participan
también de ellas los incrédulos. Dice Cunningham "De la muerte de Cristo fluyen
muchas bendiciones, colateral e incidentalmente, para toda la humanidad, y esto
como consecuencia de la relació n que guardan el uno para con el otro, vistos en
conjunto".230 Y no es sino natural que así acontezca. Si Cristo tenía que salvar una
raza elegida, llamada poco a poco de entre el mundo de la humanidad, durante el
curso de los siglos, se hacía necesario que Dios ejercitara su paciencia para sujetar
la corriente del mal, para promover el desarrollo de los poderes naturales del
hombre, para conservar vivo dentro de los corazones humanos el deseo de la
justicia civil, la moralidad externa y el buen orden en la sociedad, y para derramar
indecibles bendiciones sobre la humanidad en general. El Dr. Hodge expresa lo
mismo de esta manera: "Resulta muy claro que cualquier plan designado para
asegurar la salvació n de una porció n elegida de entre una raza que se propaga
mediante generació n y cuyos miembros viven en asociació n, como pasa con la
humanidad, no podrá lograr su propó sito sin afectar en gran manera, para bien o
para mal, el cará cter y el destino de todo el resto no elegido de la raza". El mismo
Dr. Hodge cita al Dr. Candlish para decir que "toda la historia de la raza humana,
desde la apostasía (caída) hasta el juicio final, es una dispensació n de paciencia con
referencia a los réprobos, en la cual fluyen muchas bendiciones hasta para los
paganos, bendiciones físicas y morales que afectan para siempre su cará cter y
destino, y todavía mucho má s para los ciudadanos cultos y refinados de las
comunidades cristianas. Todas ellas les llegan por la mediació n de Cristo, y puesto
que les está n llegando, debieron haber estado designadas para ellos desde el
principio". Estas bendiciones generales de la humanidad, que indirectamente
resultan de la obra expiatoria de Cristo, no só lo fueron previstas por Dios, sino que
En las designó como bendiciones para todos los que padecen ansiedad. Por
consiguiente, resulta por completo cierto que el designio de Dios en la obra de
Cristo pertenece fundamental y directamente, no al bienestar temporal de los
hombres en general, sino a la redenció n de los elegidos; pero secundaria e
indirectamente abarca también las bendiciones naturales concedidas a toda la
humanidad sin discriminació n alguna. Todo lo que el hombre natural recibe y que
no es maldició n y muerte, es el resultado indirecto de la obra redentora de Cristo.

RELACIÓ N ENTRE LA GRACIA ESPECIAL Y LA COMÚ N

Varias preguntas pueden presentarse respecto a esta relació n, pero de ellas las
siguientes son las má s importantes.

¿DIFIEREN LA GRACIA ESPECIAL Y LA GRACIA COMÚ N EN ESENCIA, O NADA MÁ S


EN GRADO?

Al lado de la gracia suficiente (comú n) los arminianos reconocen la gracia de la


obediencia evangélica, pero afirman que las dos difieren nada má s en grado, no en
esencia. Las dos son soterioló gicas en el sentido de que ambas forman parte de la
gracia salvadora de Dios. La primera hace posible para el hombre que se arrepienta
y crea, en tanto que la segunda, en cooperació n con la voluntad hace al hombre que
se arrepienta y crea. El hombre puede resistir a las dos, de manera que ni siquiera
la segunda es necesariamente efectiva para la salvació n. No obstante, la teología
Reformada insiste en que hay una diferencia esencial entre la gracia comú n y la
gracia especial. La especial es sobrenatural y espiritual, remueve la culpa y la
corrupció n del pecado y levanta la sentencia de condenació n. Al contrario, la gracia
comú n es natural; y aunque algunas de sus formas pueden estar relacionadas muy
estrechamente con la gracia salvadora, no remueve el pecado ni liberta al hombre,
sino nada má s refrena las manifestaciones pú blicas de pecado y promueve la
moralidad y la decencia en lo pú blico, el buen orden en la sociedad, y la justicia
cívica, el desarrollo de la ciencia y el arte, etc. Opera só lo en lo natural, y no en la
esfera espiritual. Por tanto, debería sostenerse que aunque las dos está n
estrechamente relacionadas en la vida presente, no obstante, son diferentes en lo
esencial, y no difieren nada má s en grado. Ninguna cantidad de gracia comú n
puede jamá s introducir al pecador en la nueva vida que hay en Cristo Jesú s. No
obstante, la gracia comú n se revela a veces en formas que el hombre con dificultad
puede distinguir de las manifestaciones de la gracia especial, como por ejemplo, en
el caso de la fe temporal. Parece que el Dr. Shedd no toma en cuenta la diferencia
esencial entre las dos, y esto en forma especial, cuando dice: "El no elegido recibe
gracia comú n, y la gracia comú n inclinaría a la voluntad humana si ésta no la
derrotara. Si el pecador no presentara oposició n hostil, la gracia comú n sería
equivalente a gracia salvadora". En una nota añ ade: "Decir que, si el pecador no
resistiera a la gracia comú n ésta sería equivalente a la gracia regeneradora, no es lo
mismo que decir que si la gracia comú n estuviera ayudada por el pecador
equivaldría a la gracia regeneradora. En el primer caso Dios sería el autor ú nico de
la regeneració n; en el segundo no lo sería".233 Lo anterior nos recuerda la teología
luterana; pero lo que el Dr. Shedd quiso decir no es claro del todo porque en otra
parte también atribuye la no oposició n del pecador a la operació n del Espíritu
Santo.

¿CUAL DE LAS DOS DEBE OCUPAR EL PRIMER LUGAR, LA GRACIA COMÚ N O LA


ESPECIAL?

A esta pregunta debe contestarse que en un sentido temporal ninguna de las dos
tiene prioridad sobre la otra. El capítulo tres del Génesis revela con claridad que
ambas entraron en operació n juntas, desde el momento que siguió a la caída. La
prioridad ló gica se atribuiría, no obstante a la gracia especial, porque la gracia
comú n resulta subordinada de aquella en sus operaciones en el mundo.

¿SIRVE LA GRACIA COMÚ N A UN PROPÓ SITO INDEPENDIENTE, O NO?

No puede dudarse que la gracia comú n encuentra su propó sito parcial en la obra
redentora de Jesucristo; está subordinada a la ejecució n del plan de Dios en la vida
de cada uno de los elegidos, y en el desarrollo de la Iglesia. Pero ademá s de eso,
también sirve a un propó sito independiente, es decir, el de traer la luz, enjaezar,
para el servicio del hombre, las fuerzas ocultas de la naturaleza, y desarrollar las
potencias y talentos que está n latentes en la raza humana, para que el hombre
ejerza un dominio siempre en aumento sobre la creació n má s baja, glorificando de
este modo a Dios el Creador.

¿TIENE CADA UNA, LA GRACIA ESPECIAL Y LA COMÚ N, UNA ESFERA PECULIAR,


POR COMPLETO DISTINTA LA UNA DE LA OTRA?

Puede decirse que en cierto sentido la gracia especial tiene su esfera peculiar
propia en la Iglesia organizada, aunque no de necesidad se limita a ésta, y que la
gracia comú n también está en operació n en la Iglesia, puesto que se concede a
todos los hombres. Ambas operan en el mundo; pero en tanto que la gracia comú n
en el sentido má s usual del término pertenece a las cosas del mundo natural y de
esta vida presente, la gracia especial tiene que ver con las cosas de la nueva
creació n. No pueden menos que influenciarse recíprocamente.

La gracia comú n, con sus bendiciones, enriquece a la Iglesia; y ésta eleva los frutos
de aquella a un nivel muy alto cuando los pone bajo la influencia de la vida
regeneradora.

LOS MEDIOS POR LOS QUE OPERA LA GRACIA COMÚ N

Pueden distinguirse varios medios por los cuales la gracia comú n efectú a su obra.
Calvino sugirió algunos de esos cuando al hablar de la influencia restringente de la
gracia, dice: "De aquí que tantas cuantas sean las veces que los hombres disimulen
su impureza, algunos lo hará n estrechados por la vergü enza nada má s, y otros, por
el temor de las leyes se detendrá n de lanzarse a muchas clases de iniquidad.
Algunos porque aspiran a una vida honesta, considerá ndola má s favorable a sus
intereses, en tanto que los de má s allá son exaltados sobre el nivel vulgar para que
debido a la dignidad de aquella posició n se consideren (en humildad) inferiores a
su deber. De este modo, Dios, mediante su providencia reprime la perversidad de
la naturaleza evitá ndole que irrumpa en acció n, mas esto sin convertirla
internamente en pura".236 En seguida mencionamos algunos de los medios má s
importantes por los cuales la gracia comú n realiza su obra.

LA LUZ DE LA REVELACIÓ N DE DIOS

Esta es fundamental porque sin ella todos los otros medios serían imposibles, y si
fueran posibles no funcionarían adecuadamente. Nos estamos refiriendo aquí en
primer lugar a la luz de la revelació n divina que brilla en la naturaleza e ilumina a
cada uno de los hombres que vienen al mundo. En sí misma es fruto de la gracia
comú n, pero a su vez se convierte en medio para la má s amplia manifestació n de
esa gracia' comú n, puesto que sirve como guía a la conciencia del hombre natural.
Pablo habla de los gentiles que por naturaleza hacen las cosas de la ley, "con lo
cual, demuestran que la letra de la ley está escrita en sus corazones, dando
testimonio su conciencia, y acusá ndoles o defendiéndoles sus razonamientos",
Rom. 2: 14 y 15. Comentando Calvino este pasaje, dice que los gentiles de quienes
trata, "prueban que hay impresa en sus corazones una discriminació n y un juicio
que les hace distinguir entre lo justo y lo injusto, y entre lo honesto y lo
deshonesto". No obstante, y ademá s de esto, debe decirse que la gracia comú n en
un sentido má s limitado, opera también a la luz de la revelació n especial de Dios,
siendo ésta en sí misma, fruto no de la gracia comú n sino de la especial.

LOS GOBIERNOS

De estos también debe decirse que son, de inmediato, el resultado y los medios de
la gracia comú n. Segú n Rom. 13 los gobiernos son ordenados por Dios para
mantener el buen orden en la sociedad. Resistirlos es oponerse a lo establecido por
Dios. Dice Pablo que el magistrado "es ministro de Dios para tu bien", Rom. 13: 4.
El magistrado encuentra su apoyo en la conciencia del hombre (versículo 5) y para
los que abandonan la con-ciencia "no en vano trae la espada". Sobre este punto la
Confesió n Belga dice: "Creemos que nuestro Dios bondadoso, a causa de la
depravació n de la humanidad ha designado reyes, príncipes y magistrados, siendo
voluntad divina que el mundo se gobierne por ciertas leyes y reglamentos; y esto
con la finalidad de que se modere la disolució n de los hombres, y que todas las
cosas sean conducidas entre ellos en buen orden y con decencia".

LA OPINIÓ N PÚ BLICA

Cuando de una manera especial, la luz natural que brilla en los corazones se
intensifica mediante la influencia de la revelació n especial de Dios, da por
resultado la formació n de una opinió n pú blica que está en conformidad externa
con la ley de Dios; y esto alcanza una influencia tremenda sobre la conducta de
aquellos hombres que son muy sensibles al juicio de la opinió n pú blica. Es natural
que la opinió n pú blica sea un medio de la gracia comú n só lo cuando se ha formado
bajo la influencia de la revelació n divina. La opinió n pú blica se convierte en una
poderosa influencia para el mal cuando no está dominada por la conciencia,
cuando no actú a en armonía con la luz de la naturaleza, o de acuerdo con la Palabra
de Dios.

CASTIGOS Y GALARDONES DIVINOS

Los arreglos providenciales de Dios por medio de los cuales visitan en esta vida la
maldad de los hombres sobre ellos mismos, y recompensa los actos que está n en
notoria conformidad con la ley divina sirven al importante propó sito de reprimir el
mal que hay en el mundo. Los castigos tienen efecto detergente, y las recompensas
sirven como incentivos. La bondad moral que hay en el mundo, cualquiera que ella
sea, se corrobora en gran manera por estos medios. Muchos liquidan el mal y
procuran lo que es bueno, no porque teman al Señ or, sino porque sienten que el
bien trae su propia recompensa, y sirve mejor a sus intereses.

LOS FRUTOS DE LA GRACIA COMÚ N


En lo que precede ya hemos declarado que lo que nos ha quedado de la luz de la
naturaleza, está operando todavía só lo en virtud de la gracia comú n de Dios. Este
es uno de los má s importante frutos de la gracia comú n sin el cual algunos de los
otros serían inconcebibles. Merecen menció n los siguientes frutos.

EL APLAZAMIENTO DE LA EJECUCIÓ N DE LA SENTENCIA

Dios pronunció la sentencia de muerte sobre el pecador. Hablando del á rbol de la


ciencia del bien y del mal dijo Dios: "El día que dé a comieres, de cierto morirá s". El
hombre comió , y la sentencia, hasta cierto punto, entró en ejecució n, pero es claro
que no se ejecutó toda, al instante. A la gracia comú n se debe que Dios no ejecutara
al momento toda la sentencia de muerte sobre el pecador, y a la misma se debe que
no la ejecute ahora, sino que mantiene y prolonga la vida natural del hombre y le
da tiempo para que se arrepienta. Dios no troncha de golpe la vida del pecador,
sino que le proporciona oportunidad para el arrepentimiento, removiendo toda
excusa y justificando la manifestació n que está por venir de su ira sobre todos
aquellos que persistan en pecar hasta el fin. De los pasajes siguientes resulta
evidencia abundante de que sobre ese principio actú a Dios, Isa. 48: 9, Jer. 7: 23-25;
Luc. 13: 6-9; Rom. 2: 4; 9: 22; II Ped. 3: 9.

EL PECADO SE ENCUENTRA FRENADO

Por la operació n de la gracia comú n el pecado está frenado en las vidas de los
individuos y en la sociedad. Al presente, no se permite al elemento de corrupció n
que entró en la vida de la raza humana llevar a cabo su obra de desintegració n.
Calvino dice: "Pero debemos considerar que, a pesar de la corrupció n de nuestra
naturaleza, hay algú n lugar para la gracia divina, una gracia que, aunque no
purifique al hombre lo puede mantener sujeto con un freno interno. Porque si el
Señ or dejara en libertad a cada intelecto para prostituirse en sus concupiscencias,
sin duda no quedaría un solo hombre que no mostrara que su naturaleza es capaz
de todos aquellos crímenes de los que Pablo los acusa (Rom. 3, compá rese con Sal
14: 3 y sigs.)".239 Este freno puede ser externo, o interno, o ambas cosas a la vez,
pero no cambia el corazó n. Hay pasajes de la Escritura que hablan de una lucha del
Espíritu de Dios con los hombres; una lucha que no conduce al arrepentimiento,
Gen 6: 3; Isa. 63: 10; Hech. 7: 51; de operaciones del Espíritu que son finalmente
retiradas, I Sam 16: 14; Heb. 6: 4-6; y del hecho de que, en algunos casos, Dios
entrega en forma definitiva a los hombres a la concupiscencia de sus propios
corazones, Sal 81: 12; Rom. 1: 24, 26, 28. Ademá s de los pasajes precedentes hay
algunos que indican con claridad el hecho de que Dios restringe el pecado de varias
maneras, por ejemplo: Gen 20: 6; 31: 7; Job 1: 12; 2: 6; II Reyes 19: 27, 28; Rom. 13:
1-4.

LA CONSERVACIÓ N DE ALGÚ N SENTIDO DE VERDAD, MORALIDAD Y RELIGIÓ N


Se debe a la gracia comú n que el hombre todavía retenga algú n sentido de la
verdad, el bien y la belleza, con frecuencia las aprecia en un grado muy
sorprendente, y revela un deseo por la verdad, por la moralidad externa, y hasta
por ciertas formas de religió n. Pablo habla de los gentiles que "muestran la obra de
la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia. y acusá ndoles o
defendiéndoles sus razonamientos", Rom. 2: 15, y aun dice de aquellos que dieron
ilimitado desahogo a sus vidas inicuas, que lo hicieron a pesar de que conocían la
verdad de Dios, y no obstante, detuvieron la verdad con injusticia y cambiaron la
verdad de Dios por la mentira, Rom. 1 : 18-25. A los atenienses que no conocían el
temor de Dios les dijo: "Varones atenienses, en todo observo que sois muy
religiosos", Hech. 17: 22. Los Cá nones de Dort se expresan sobre este punto de la
manera siguiente: "No obstante, permanecen en el hombre desde la caída los
resplandores de la luz natural por medio de la cual el hombre todavía retiene algú n
conocimiento de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre el bien y el mal
y demuestra alguna preocupació n por la virtud y por la buena conducta pú blica.
Pero esta luz de la naturaleza está tan lejos de ser suficiente para traer al hombre
al conocimiento de Dios para salvació n, y a la verdadera conversió n, que es incapaz
de usarla correctamente hasta en cosas naturales y civiles. Y no só lo eso; pues
siendo ademá s esta luz tal como es, el hombre de varias maneras la contamina del
todo y la obstaculiza con la injusticia, haciendo lo cual se vuelve inexcusable
delante de Dios", II-IV, 4.

LA REALIZACIÓ N DEL BIEN PÚ BLICO Y LA JUSTICIA CIVIL

La gracia comú n capacita al hombre para cumplir lo que en general se llama justillo
civilis, lo que es justo en asuntos civiles o naturales, a diferencia de lo que es justo
en materias religiosas, las buenas obras naturales, de modo especial en las
relaciones sociales, obras que manifiesta y objetivamente está n en armonía con la
ley de Dios aunque destituidas del todo de cualquiera cualidad espiritual. Esto
armoniza con nuestra Confesió n Reformada. El Art. XIV de la Confesió n Belga habla
en su título de la incapacidad del hombre para cumplir lo que verdaderamente es
bueno, y dice que el hombre retiene nada má s pequeñ os residuos de sus excelentes
dones, residuos que bastan para hacerle inexcusable, y só lo rechaza ese artículo el
error pelagiano de que el hombre puede por sí mismo ejecutar el bien espiritual, o
el bien que salva. Los Cá nones de Dort II-IV, Art. 3 hablan en un estilo parecido:
"Por tanto, todos los hombres son concebidos en pecado, y son por naturaleza'
hijos de ira incapaces de hacer el bien que salva", etc. Puede objetarse que el
Catecismo de Heidelberg habla en términos absolutos cuando en la pregunta 8,
dice que somos incapaces de hacer el bien, a menos que seamos regenerados. Pero
resulta muy evidente, segú n el Comentario de Ursino mismo, que no intenta negar
que el hombre pueda hacer el bien civil, sino nada má s niega que pueda cumplir las
buenas obras tal como está n definidas en la pregunta 91 del Catecismo. En general
los teó logos Reformados sostienen que los no regenerados pueden hacer el bien
natural, el bien civil y el bien religioso pú blico.240 No obstante, los teó logos
Reformados llaman la atenció n al hecho de que aunque tales obras de los no
regenerados son buenas desde un punto de vista material, consideradas como
obras que Dios manda, no pueden, desde un punto de vista formal llamarse buenas
puesto que no brotan de un motivo recto ni se dirigen a un propó sito recto. La
Biblia menciona repetidas veces las obras de los no regenerados como buenas y
rectas, II Rey. 10: 29, 30; 12: 2 (compá rese II Cró n. 24: 17- 25); 14: 3, 14-16, 20, 27
(compá rese II Cró n. 25: 2); Luc. 6: 33; Rom. 2: 14, 15.

MUCHAS BENDICIONES NATURALES

El hombre debe, ademá s, a la gracia comú n todas las bendiciones naturales que
recibe en la vida presente. Aunque ha malgastado todas las bendiciones de Dios,
recibe abundantes pruebas de su bondad todos los días. Hay varios pasajes de la
Escritura en los que se ve, en cantidad má s que suficiente, que Dios derrama
muchos de sus buenos dones sobre todos los hombres, sin discriminació n, es decir,
sobre justos y malvados, elegidos y réprobos, por ejemplo : Gen 17: 20 Comp. El
ver. 18); 39: 5; Sal 145: 9, 15, 16; Mat. 5: 44, 45; Luc. 6: 35, 36; Hech. 14: 16; 17; I
Tim. 4: 10. Y estos dones vienen como bendiciones, no só lo para los buenos, sino
también para los malos. A la luz de la Biblia es insostenible la afirmació n de que
Dios nunca bendice a los reprobados aunque les dé muchos dones que son buenos
en sí mismos. En Gen 39: 5 leemos que "Jehová bendijo la casa del egipcio por
causa de José, y la bendició n de Jehová estaba sobre todo lo que aquel egipcio tenía
en su casa y en el campo". Y en Mat. 5: 44, 45 Jesú s exhorta a sus discípulos con
estas palabras, "Bendecid a los que os maldicen...para que seais hijos de vuestro
Padre que está en los cielos". Esto só lo puede significar una cosa, es decir, que Dios
también bendice a los que lo maldicen. Compá rese también Luc. 6: 35 y 36; Rom. 2:
4.

OBJECIONES A LA DOCTRINA REFORMADA DE LA GRACIA COMÚ N

Varias objeciones se han presentado y siguen presentá ndose por algunos en contra
de la doctrina de la gracia comú n tal como la hemos presentado arriba. De ellas, las
que siguen son las má s importantes:

1. Los arminanos no está n conformes con ella porque no es lo bastante atrevida.


Consideran que la gracia comú n es parte íntegra del proceso de salvació n. Ella es
esa gracia suficiente que capacita al hombre para arrepentirse y creer en Jesucristo
para salvació n, y Dios en su propó sito divino ha querido que esa gracia conduzca a
los hombres a la fe y al arrepentimiento aunque el propó sito de Dios resulte
frustrado por los hombres. Una gracia sin esa intenció n, y que no sirva en verdad

para la salvació n de los hombres, constituye una contradicció n de términos. Por


eso Pope, un arminiano wesleyano, al hablar de la gracia comú n tal como la
entiende el sistema calvinista, "considera que es universal y no particular; que
resulta por necesidad, o cuando menos en la prá ctica, inoperante para la salvació n
segú n el propó sito de Dios", y la menciona como una "influencia desperdiciada".
Dice ademá s: "La gracia ya no es gracia si no incluye la intenció n salvadora del
dador".

Pero, con seguridad, la Biblia no limita de esa manera el uso del término "gracia".
Pasajes como Gen 6: 8; 19: 19; Ex 33: 12, 15; Nú m. 32: 5; Luc. 2: 40 y muchos otros
no se refieren a lo que llamamos "gracia salvadora", ni a lo que los arminianos
llaman "gracia suficiente".

2. Se arguye a veces que la doctrina Reformada de la gracia comú n en-vuelve la


doctrina de la expiació n universal, y por tanto, conduce al campo arminiano. Pero
no hay buena base para esta afirmació n. La doctrina Reformada de la gracia comú n
no dice ni implica que el propó sito de Dios es salvar a todos los hombres por medio
de la sangre expiatoria de Jesucristo. La expiació n se basa en forma particular
sobre la proclamació n universal del evangelio que se considera posible só lo sobre
la base de una expiació n universal. Ya fue sugerido así por los mismos arminianos
de la época del Sínodo de Dort cuando afirmaron que los Reformados con su
doctrina de la expiació n particular no podrían predicar el evangelio a todos los
hombres sin discriminació n alguna. Pero el Sínodo de Dort no reconoció que
hubiera contradicció n en la posició n tomada por él. Los Cá nones enseñ an la
expiació n particular, y también requieren la proclamació n universal del evangelio.
Y esto queda en perfecta armonía con la Escritura que enseñ a por una parte que
Cristo hizo expiació n nada má s para los elegidos, Juan 10 : 15; Hech. 20: 28; Rom.
8: 32 y 33; compá rese también Juan 17:9; y al contrario, que el llamamiento del
evangelio debe extenderse a todos los hombres, sin ninguna forma de
discriminació n, Mat. 22: 2- 14; 28: 19; Marc. 16: 15, 16. Si se objetara que no
podemos armonizar por completo la oferta indiscriminada y sincera de la salvació n
sobre la base de fe y arrepentimiento con la doctrina, al parecer opuesta, de la
expiació n particular, admitiríamos esta imposibilidad nuestra, pero entendiendo
claramente que la verdad de una doctrina no depende de nuestra habilidad para
armonizarla con cada una de las otras doctrinas de la Escritura.

3. Otra objeció n a la doctrina de la gracia comú n es que presupone en Dios cierta


disposició n favorable hasta para los pecadores reprobados, aunque no tenemos
derecho de presumir una disposició n tal en Dios. Esta rigidez halla su punto de
partida en el consejo eterno de Dios, en su elecció n y en la reprobació n. A lo largo
de su elecció n Dios revela su amor, gracia, misericordia y paciencia que conducen a
la salvació n, y en la realizació n histó rica de su reprobació n da expresió n nada má s
a su aversió n, disgusto, odio e ira que conduce a la destrucció n. Pero esto se parece
a una supersimplificació n racionalista de la vida íntima de Dios, simplificació n que
no toma en debida cuenta la revelació n misma de Dios. Al hablar de este asunto
debemos tener mucho cuidado, y dejarnos guiar por las declaraciones explícitas de
la Escritura má s bien que por nuestras temerarias inferencias respecto al consejo
secreto de Dios. Hay en Dios mucho má s de lo que pudiera ser reducido a nuestras
categorías ló gicas. ¿Son en esta vida el elegido objeto del amor de Dios, nada má s, y
nunca, en ningú n sentido, objeto de su ira? ¿Pensaba Moisés en los reprobados al
decir: “porque con tu furor somos consumidos y con tu ira somos turbados”?Sal 90
7. ¿No implica la afirmació n de Jesú s de que la ira de Dios permanece sobre
aquellos que no obedecen al Hijo, que esa ira ha sido removida cuando, y só lo hasta
que, se sometieron al benéfico gobierno de Cristo? Juan 3: 16. ¿Y no dice Pablo a los
Efesios que ellos “eran por naturaleza también hijos de ira lo mismo que los
demá s” Ef 2:3 Es evidente que los elegidos no pueden considerarse siempre y
exclusivamente objetos del amor de Dios. Y si aquellos que son objeto del amor
redentor de Dios también pueden, en algú n sentido de la palabra, considerarse
como objeto de su ira, ¿por qué sería imposible que quienes son objeto de su ira
fueran, en algú n sentido, participantes de su favor divino? Alguien que a la vez
fuera padre y juez detestaría al hijo que trajeran delante de él como criminal, y
estaría constreñ ido a descargar su ira judicial sobre él, pero todavía podría
compadecerlo y mostrarle actos de bondad aun cuando ya estuviese condenado. ¿Y
por qué para Dios había de ser imposible una cosa parecida? El General
Washington aborreció al traidor que le presentaron y lo condenó a muerte, pero al
mismo tiempo le dio pruebas de su compasió n sirviéndole de los deliciosos
manjares de su mesa. ¿No podría Dios tener compasió n hasta del pecador
condenado y concederle sus favores? No hay necesidad de contestar con
incertidumbre, puesto que la Biblia enseñ a con claridad que Dios derrama
indecibles bendiciones sobre todos los hombres, y también indica con la misma
claridad que esas bendiciones son la expresió n de la disposició n favorable que hay
en Dios, y que a pesar de todo no alcanza la dimensió n de una volició n positiva
para perdonar sus pecados, levantarles la sentencia y concederles la salvació n. Los
pasajes siguientes señ alan la disposició n favorable de Dios que hemos indicado:
Prov. 1: 24; Isa. 1: 18; Ezeq. 18: 23, 32; 33: 11; Mat. 5: 43-45; 23: 37; Marc. 10:21;
Luc. 6:35; Rom. 2: 4. Si pasajes como estos no dan testimonio de una disposició n
favorable en Dios, parecería que el lenguaje ha perdido su significado, y que sobre
este asunto la revelació n de Dios no es digna de confianza. 4. Los anabaptistas
objetan la doctrina de la gracia comú n porque envuelve el reconocimiento de
buenos elementos en el orden natural de las cosas, y esto resulta contrario a su
posició n fundamental. Ven con desprecio a la creació n natural, insisten en que
Adá n siendo de la tierra' era terreno, y ven impureza, nada má s, en un orden
natural como ese. Cristo estableció un orden de cosas nuevo y sobrenatural, y a ese
orden pertenece también el hombre regenerado, no el que só lo ha sido renovado,
sino un hombre nuevo por completo. El hombre nuevo nada tiene de comú n con el
mundo que lo rodea y por eso no debe tomar parte en la vida mundana: Nunca
jurar, no alistarse en la guerra, desconocer la autoridad civil, evitar los vestidos a la
moda, etc. Sobre tal posició n no se encuentra otra gracia que la salvadora.
Participaron de este concepto los labadistas, los pietistas, los Hermanos Moravos y
otras varias sectas. La negació n de la gracia comú n por Barth parece seguir los
mismos lineamientos. Esto no debe asombrarnos puesto que también para él
resultan idénticos, en la prá ctica, la calidad de criatura y la pecaminosidad.
Brunner da el siguiente sumario del concepto de Barth: "De reconocer a Cristo
como la ú nica gracia salvadora de Dios tenemos que deducir que no existe ninguna
gracia creadora y sustentadora que haya estado operando desde la misma creació n
del mundo, y la cual se nos haya manifestado en el mantenimiento que Dios hace
del mundo, puesto que en este caso tendríamos que reconocer dos o hasta tres
clases de gracia, y eso estaría en contradicció n con la singularidad de la gracia de
Cristo. . . . De manera parecida, la nueva creació n de ninguna manera es un
cumplimiento; sino conclusivamente, una recolocació n mediante una completa
aniquilació n de lo que antes fue, una substitució n del hombre viejo por el nuevo. La
proposició n, gratia non tollit naturam sed perficit, nada tiene de verdadero en
ningú n sentido, antes bien, es por completo una archiherejía". 244 Al rechazar
Brunner este concepto se coloca má s en línea con el pensamiento Reformado
acerca de este asunto.

PREGUNTAS PARA AMPLIAR EL ESTUDIO

1. ¿Denotan siempre gracia salvadora las palabras hebreas y griegas que se usan
para gracia?

2. ¿Se usan siempre como designació n de lo que llamamos 'gracia comú n'?

3. ¿Presupone la doctrina de la gracia comú n la doctrina de la expiació n universal?

4. ¿Implica una negació n del hecho de que el hombre es por naturaleza sujeto de la
ira de Dios?

5. ¿Envuelve una negació n de la depravació n total del hombre y de su capacidad


para hacer el bien espiritual?

6. ¿Es el bien que el hombre natural puede hacer, bueno só lo en la vista del hombre
o también es bueno a la vista de Dios?

244 Natur uncí Gnade, p. 8.

7. ¿Destruye la doctrina de la gracia comú n la antítesis entre el mundo y el reino de

Dios?

8. Si no la destruye ¿có mo la explica usted?

LITERATURA PARA CONSULTA

1. Alexander, Syst. of Bib. Theol. II, pp. 343.361

2. Bavinck, De Algemeene Genade; ibid., Calvin and Common Grace (in, Calvin and

the Reformation);
3. Berkhof, De Drie Punten in Alle Deelen Gereformeerd;

4. Calvin, Institutes II, 2 and 3;

5. Dabney, Syst. and Polem. Theol., pp. 583.588; ibid., Discussions, pp. 282.313

(God's Indiscriminate Proposals of Mercy);

6. H. Kuiper, Calvin on Common Grace

7. Hepp, Art. Gemeene Gratie in the Christeliike Encyclopaedie.

8. Hodge, Syst. Theol. II, pp. 654.675;

9. Kuyper, De Gemeene Gratie;

10. Shedd, Calvinism Pure and Mixed, pp. 96.106; ibid. Dogm. Theol. I, pp. 432, 435;

II, pp. 483 y siguientes;

11. Vos, Geref. Dogm. IV, pp. 11.17:

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