100% encontró este documento útil (2 votos)
2K vistas324 páginas

1 - Mass Effect Revelación

Este documento narra la llegada del contralmirante John Grissom a la base Arturo, donde debe dar un importante anuncio sobre un mensaje recibido desde la colonia Shanxi. El documento describe brevemente el contexto histórico de los descubrimientos que han llevado a la humanidad al espacio y su encuentro con otras civilizaciones alienígenas.

Cargado por

Javier Yañez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
2K vistas324 páginas

1 - Mass Effect Revelación

Este documento narra la llegada del contralmirante John Grissom a la base Arturo, donde debe dar un importante anuncio sobre un mensaje recibido desde la colonia Shanxi. El documento describe brevemente el contexto histórico de los descubrimientos que han llevado a la humanidad al espacio y su encuentro con otras civilizaciones alienígenas.

Cargado por

Javier Yañez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Todas las sociedades avanzadas de la galaxia se basan

en la tecnología de los proteanos, una antigua especie


que se extinguió hace cincuenta mil años. En marzo del
2148, tras descubrir una reserva de tecnología proteán-
ica escondida, la raza humana, la especie interestelar
más reciente, se extiende hacia las estrellas luchando por
conquistar su lugar en la gran comunidad galáctica.

En los márgenes del espacio colonizado, el capitán de


fragata y héroe de guerra de le Alianza, David Anderson,
investiga las ruinas de una base militar secreta: escom-
bros humeantes plagados de cuerpos y preguntas por re-
sponder. ¿Quién atacó el puesto y con qué propósito?
¿Dónde esté Kahlee Sanders, la joven científica que de-
sapareció misteriosamente horas antes de que sus com-
pañeros fueran asesinados?
Sanders es la principal sospechosa, pero encontrarla crea
más problemas de los que ayuda a resolver. En compañía
de un agente alienígena bastante canalla en quien no
puede confiar y perseguido por un asesino del que no
puede escapar, Anderson se enfrenta a situaciones im-
posibles en mundos inexplorados para sacar a la luz una
siniestra inspiración. No sobrevivirá para poder contarla.
O eso cree el enemigo.
Drew Karpyshyn

Mass Effect. Revelación


Mass Effect - 1

ePub r1.4
Perseo 11.04.15
Título original: Mass Effect. Revelation
Drew Karpyshyn, 2007
Traducción: Borja Mitjans Minguell
Retoque de portada: Perseo

Editor digital: Perseo


ePub base r1.2
Para Jennifer, mi mujer.

Mientras estoy en medio de la locura creativa, jamás


me regañas para que lave la ropa, ni te enfadas cuando
me olvido de fregar los platos ni enloqueces cuando dejo
de echar una mano en casa. Siempre estás ahí para leer
y revisar todo cuanto escribo y siempre me escuchas
cuando desvarío sobre mis descabellados miedos y es-
peranzas, incluso cuando te despierto para ello en mit-
ad de la noche.
Son todas estas cosas que haces para ayudarme y apoy-
arme las que te hacen tan especial. Y por eso te quiero.
PRÓLOGO

—Aproximándonos a Arturo. Desconectando el núcleo de


propulsión VSL.
El contralmirante de la Alianza John Grissom, el hombre más
célebre de la Tierra y de las tres jóvenes colonias interestelares,
echó un vistazo hacia arriba al oír la voz del timonel de la SSV
(vehículo espacial de la Alianza de Sistemas) Nueva Delhi que
llegaba a través del intercomunicador de a bordo. Un segundo
después sintió la inconfundible fuerza de desaceleración mientras
los generadores de campo del efecto de masa de la nave aminora-
ban la marcha paulatinamente y la Nueva Delhi pasó de motor
MRL (más rápido que la luz) a velocidades más adecuadas a un
universo einsteiniano.
A medida que deceleraban, la iluminación espectral del cono-
cido universo corrido al rojo se desparramaba por la diminuta
escotilla de la cabina, enfriándose gradualmente hasta alcanzar
tonos más normales. Grissom detestaba las portillas; el control de
navegación de las embarcaciones de la Alianza era meramente in-
strumental, por lo que no necesitaban referencias visuales de
ningún tipo. Todas las naves se habían diseñado con varias
7/324

portillas diminutas y al menos una escotilla principal, general-


mente situada en el puente de mando, como una concesión a los
anticuados ideales románticos de los viajes espaciales.
La Alianza trabajaba duramente para mantener dichos ideales:
eran útiles para el reclutamiento. Para los habitantes de la Tierra,
la inexplorada inmensidad del espacio seguía siendo aún asom-
brosa. La expansión del género humano por las estrellas con-
stituía una maravillosa aventura de descubrimiento; los misterios
de la galaxia a la espera de ser revelados.
Grissom sabía que la verdad era mucho más compleja. Sabía
de primera mano lo fría que podía llegar a ser la galaxia, admir-
able a la vez que terrorífica. Sabía que había ciertas cosas para las
que la Humanidad todavía no estaba preparada. La transmisión
confidencial que había recibido aquella misma mañana desde la
base de Shanxi era buena prueba de ello.
En muchos aspectos la Humanidad era igual que un niño: pro-
tegida e ingenua. No es que eso fuera una sorpresa. En la larga
historia de la Humanidad, apenas hacía dos siglos que esta había
roto los vínculos con la Tierra para aventurarse hacia el frío vacío
del espacio. Y los auténticos viajes interestelares, la capacidad de
viajar a destinos más allá del Sistema Solar, solo empezaron a ser
posibles durante la última década. En realidad, menos de una
década.
Tan solo nueve años antes, en 2148, el equipo de mineros de
Marte descubrió, bajo las profundidades del planeta, los restos de
una base de investigación extraterrestre abandonada hacía mucho
tiempo. El descubrimiento se anunció como el más importante en
la historia de la Humanidad, un extraordinario acontecimiento
que lo cambió todo para siempre.
Por primera vez, la raza humana se enfrentaba a la incontest-
able e incontrovertible prueba de que no estaba sola en el uni-
verso. A lo largo y ancho del planeta, todos los medios de
8/324

comunicación se volcaron en la noticia. ¿Quiénes eran aquellos


misteriosos extraterrestres? ¿Dónde estaban ahora? ¿Se habían
extinguido? ¿Regresarían? ¿Qué efecto habían tenido sobre la
evolución pasada del hombre hasta nuestros días? ¿Y qué con-
secuencias tendrían en el futuro de la Humanidad? Durante los
primeros meses, autoproclamados filósofos, científicos y expertos
discutieron interminablemente acerca de la trascendencia del des-
cubrimiento en los vídeo-diarios y a través de las redes inform-
ativas, vehementemente y en ocasiones incluso con violencia.
Todas las grandes religiones de la Tierra temblaron hasta los
cimientos. De la noche a la mañana, surgieron decenas de nuevos
sistemas de creencias, la mayor parte de ellos basados en los dog-
mas de los Evolucionistas Intervencionistas, que anunciaron fer-
vorosamente el hallazgo como la prueba de que fuerzas extrater-
restres habían dirigido y controlado toda la historia humana.
Muchas de las fes existentes intentaron incorporar la realidad de
una especie extraterrestre dentro de sus propias mitologías, otras
lucharon por reescribir su historia, credos y creencias a la luz del
nuevo descubrimiento. Y unas pocas, obstinadas, se negaron a re-
conocer la verdad y consideraron el búnker marciano un bulo sec-
ular destinado a engañar y a extraviar a los creyentes del verda-
dero camino. Incluso ahora, casi una década después, la mayoría
de las religiones siguen intentando encajar las piezas.
El intercomunicador sonó de nuevo e interrumpió los
pensamientos de Grissom y los alejó de la controvertida escotilla
hacia el altavoz de a bordo, situado en el techo.
—Despejado para acoplamiento en Arturo. Tiempo previsto de
llegada: aproximadamente doce minutos.
Viajar de la Tierra a Arturo, la mayor base de la Alianza fuera
del Sistema Solar, les había llevado prácticamente seis horas.
Grissom se pasó la mayor parte de ese tiempo recostado sobre
9/324

una pantalla de datos, ojeando informes de situación y revisando


fichas de personal.
El viaje se había planeado hacía meses como un acto de rela-
ciones públicas. La Alianza quería que Grissom pronunciara un
discurso frente a la primera promoción de reclutas en graduarse
en la Academia de Arturo, un simbólico pasar el testigo de una
leyenda del pasado a los líderes del futuro; sin embargo un
mensaje recibido desde Shanxi, unas horas antes de partir, alteró
radicalmente el propósito del viaje.
La última década, como en un sueño espléndido, había sido
una época dorada para la Humanidad. Ahora, Grissom estaba a
punto de hacer que se les viniera encima la cruda realidad.
La Nueva Delhi estaba aproximándose a su destino; había
llegado la hora de abandonar la paz y la soledad de su camarote
privado. Transfirió las fichas del personal de la terminal de datos
a un minúsculo disco de almacenamiento óptico que deslizó al in-
terior del bolsillo del pecho del uniforme de la Alianza. Cerró la
sesión y se levantó con dificultad de la silla entumecido.
Su alojamiento era pequeño y estrecho y la estación de datos
en la que había estado trabajando distaba de ser cómoda. El espa-
cio en las naves de la Alianza era limitado; los camarotes privados
solían estar reservados para el oficial al mando de la nave. En la
mayoría de las misiones se contaba con que incluso los vips
usaran el comedor común o los dormitorios comunales. Pero
Grissom era una leyenda viva y con él podían hacerse excep-
ciones. En esta ocasión, el capitán le había ofrecido gener-
osamente su alojamiento para el viaje, relativamente corto, hasta
Arturo.
Grissom se estiró, tratando de aliviar los nudos en el cuello y
los hombros. El contralmirante movió la cabeza de un lado a otro
hasta ser recompensado con un satisfactorio crujido de las vérteb-
ras. Echó un rápido repaso al uniforme frente al espejo
10/324

—mantener las apariencias era una de las imposiciones de la


fama— antes de salir por la puerta y dirigirse al puente de mando
de la astronave, situado en la proa.
Varios miembros de la tripulación hicieron una pausa en sus
obligaciones para cuadrarse y saludar a su paso, mientras él des-
filaba frente a sus puestos. Respondió de igual modo, sin apenas
reparar en ello. A lo largo de los ocho años que habían transcur-
rido desde que se convirtiera en héroe de la especie humana,
había desarrollado una habilidad extraordinaria para saludar los
gestos de respeto y admiración sin que mediara ningún tipo de
percepción consciente.
La mente de Grissom seguía distraída en pensamientos acerca
de cómo todo había cambiado con el descubrimiento del búnker
en Marte…, una línea de pensamiento que, dados los inquietantes
informes que llegaban de Shanxi, no resultaba sorprendente.
La revelación de que la Humanidad no estaba sola en el uni-
verso no conmocionó únicamente a las religiones de la Tierra,
sino que tuvo también efectos de largo alcance en todo el espectro
político. Pero ahí donde la religión había caído en el caos de los
cismas y el radicalismo de los grupos disidentes, políticamente, el
descubrimiento logró estrechar las relaciones entre todos los seres
humanos. Básicamente unió a los habitantes de la tierra. Fue la
rápida y repentina culminación de la identidad cultural planetaria
que, lenta pero ininterrumpidamente, se había desarrollado a lo
largo del siglo anterior.
En el plazo de un año, los dieciocho mayores estados-nación
de la Tierra escribieron y ratificaron la carta de constitución de la
Alianza de Sistemas. Por primera vez en la Historia, los habitantes
de la Tierra comenzaron a verse a sí mismos como un único grupo
colectivo: humanos frente a alienígenas.
El Ejército de la Alianza de Sistemas, un cuerpo dedicado a la
protección y defensa de la Tierra y sus ciudadanos frente a
11/324

amenazas no terranas se constituyó poco después, y obtuvo re-


cursos, soldados y oficiales de prácticamente todas las organiza-
ciones militares del planeta.
Algunos insistían en que la inesperada unificación de los difer-
entes gobiernos de la Tierra en una única entidad política había
ocurrido de manera un tanto precipitada y convenientemente. Las
redes informativas bullían con teorías que afirmaban que, en ver-
dad, el búnker de Marte había sido descubierto mucho antes de
que se anunciara públicamente: el reportaje sobre el equipo de
mineros desenterrándolo no era más que una oportuna noticia de
portada. Afirmaban que la creación de la Alianza era, de hecho, la
fase final de una larga y complicada serie de tratados secretos in-
ternacionales y acuerdos internos clandestinos que había llevado
años e incluso décadas negociar.
Por lo general, la opinión pública descartaba semejantes
rumores como propios de la paranoia conspirativa. La mayoría
prefería la noción idealista de que la revelación había sido el catal-
izador que activó a los gobiernos y ciudadanos del planeta y los
condujo audazmente hacia una feliz era de cooperación y respeto
mutuo.
Grissom estaba demasiado harto como para tragarse tales
fantasías. En privado, no podía evitar preguntarse si los políticos
sabían más de lo que admitían en público. Aún ahora se pre-
guntaba si la nave dron de comunicaciones que traía la señal de
socorro procedente de Shanxi les había pillado por sorpresa o si
estaban esperando ya algo parecido antes incluso de que se creara
la Alianza.
Mientras se acercaba al puente de mando, apartó de su mente
todo pensamiento sobre estaciones de investigación extrater-
restres y sombrías conspiraciones. Era un hombre práctico. En
realidad, los detalles tras el descubrimiento del búnker y la
creación de la Alianza no le importaban. Había prestado
12/324

juramento a la Alianza para proteger y defender a la Humanidad a


lo largo y ancho de las estrellas, y todos, incluido Grissom, tenían
un papel que jugar.

El capitán Eisennhorn, oficial al mando de la Nueva Delhi, miró


por la amplia escotilla construida en la cubierta de proa de la
nave. Lo que allí vio le provocó un estremecimiento de ad-
miración que le recorrió el espinazo.
Detrás de la ventana, la gigantesca estación espacial de Arturo
crecía sin cesar a medida que la Nueva Delhi se aproximaba. La
flota de la Alianza, unas doscientas naves desde los destructores
tripulados por veinte hombres hasta los acorazados con tripula-
ciones de varios centenares, se extendía por ella en todas direc-
ciones, rodeando a la estación como un océano de acero. Toda la
escena estaba iluminada por el resplandor anaranjado que, lejos
en la distancia, emanaba de la gigante roja de tipo K: Arturo, el sol
del sistema del que la base tomaba su nombre. Las naves refle-
jaban el flamígero fulgor de la estrella, reluciendo como si ardier-
an en las llamas de la verdad y la victoria.
A pesar de que Eisennhorn había presenciado este impresion-
ante espectáculo en decenas de ocasiones, nunca dejaba de sor-
prenderle: era un deslumbrante recordatorio de lo lejos que
habían llegado en tan poco tiempo.
El descubrimiento de Marte había elevado a la Humanidad,
uniéndola bajo un nuevo y singular propósito mientras los prin-
cipales expertos de cada disciplina, en un esfuerzo por desen-
trañar los misterios tecnológicos guardados en el interior del
búnker extraterrestre, unieron sus recursos en un magnífico
proyecto.
Casi de inmediato se hizo evidente que los proteanos —el
nombre que se dio a la desconocida especie alienígena— habían
13/324

avanzado tecnológicamente mucho más que el género humano… y


que habían desaparecido hace mucho, mucho tiempo. La mayoría
de las estimaciones situaban la edad del hallazgo en casi cin-
cuenta mil años, precediendo a la evolución del hombre moderno.
Sin embargo, los proteanos habían construido la estación con ma-
teriales distintos a nada que pudiera encontrarse de manera nat-
ural en la Tierra, e incluso el transcurso de cincuenta milenios
había hecho poca mella en los valiosos tesoros de su interior.
Más notables fueron los archivos de datos que los proteanos
dejaron tras de sí: millones de tetrabytes dignos de conocimiento,
aún útiles a pesar de estar recopilados en una lengua extraña y
desconocida. Descifrar el contenido de esos archivos de datos se
convirtió en el Santo Grial de prácticamente todo científico en la
Tierra. Tras meses de continuo estudio, finalmente, el lenguaje de
los proteanos se tradujo y las piezas comenzaron a encajar.
Esto no hizo más que avivar el fuego de los teóricos de la con-
spiración, que sostenían que para que algo útil saliera del búnker
deberían de haber transcurrido años. La mayoría pasó por alto su
pesimismo que, a raíz de los espectaculares avances científicos,
quedó olvidado.
Fue como si hubiera reventado una presa y desencadenado
una cascada de conocimientos y revelaciones que inundaran la
psique humana. Investigaciones que antes tardaban décadas en
obtener resultados parecían requerir ahora escasos meses.
Mediante la adaptación de la tecnología proteánica, el ser hu-
mano fue capaz de desarrollar campos de efecto de masa, que le
permitían viajar más rápido que la luz. Las naves dejaron de estar
atadas a los rigurosos e inclementes límites del continuo espacio-
tiempo. En otros ámbitos se dieron saltos similares: nuevas ener-
gías limpias y eficientes, avances ecológicos y medioambientales,
terraformación.
14/324

En el plazo de un año, los habitantes de la Tierra comenzaron


a extenderse rápidamente por todo el Sistema Solar. El fácil ac-
ceso a los recursos de los demás planetas, lunas y asteroides per-
mitió establecer colonias en estaciones espaciales en órbita.
Gigantescos proyectos de terraformación comenzaron a trans-
formar la superficie inerte de la Luna en un entorno habitable. Y
Eisennhorn, como la mayoría, no se molestó en escuchar a aquel-
los que afirmaban tercamente que la nueva época dorada de la
Humanidad era una farsa cuidadosamente orquestada que había
comenzado en realidad décadas antes.
—¡Oficial en cubierta! —gritó uno de los tripulantes.
El capitán Eisennhorn supo de quién se trataba, incluso antes
de darse la vuelta, por el sonido de todo el personal del puente de
mando puesto en pie para saludar al recién llegado. El contralmir-
ante John Grissom era un hombre que infundía respeto. Grave y
severo, su mera presencia impregnaba el lugar de seriedad y de
una innegable trascendencia.
—Me sorprende que estés aquí —dijo Eisennhorn en voz baja,
volviéndose para observar una vez más la vista por la ventana
mientras Grissom cruzaba el puente de mando y se situaba junto
a él. Se conocían desde hacía casi veinte años, cuando coincidi-
eron como reclutas rasos durante el adiestramiento básico en el
Cuerpo de Marines de los EE.UU., antes incluso de que existiera
la Alianza—. ¿Acaso no andas siempre diciendo que las portillas
son una debilidad táctica de las naves de la Alianza? —añadió
Eisennhorn.
—Debo cumplir con mi rol para mantener la moral de la tripu-
lación —susurró Grissom—. Supuse que, si me acercaba hasta
aquí para amedrentar a la flota, todos tristes y lloricas como tú,
podría contribuir a reforzar el esplendor de la Alianza.
15/324

—«Tener tacto es el arte de hacer una observación sin


ganarse un enemigo» —le amonestó Eisennhorn—. Sir Isaac
Newton.
—Carezco de enemigos —masculló Grissom—. Soy un maldito
héroe, ¿recuerdas?
Eisennhorn consideraba a Grissom un amigo pero eso no quit-
aba el hecho de que fuera un hombre con el que era difícil con-
geniar. Profesionalmente, el contralmirante proyectaba la imagen
perfecta de un oficial de la Alianza: despierto, duro y exigente.
Estando de servicio, se conducía con un aire de feroz determ-
inación, confianza inquebrantable y control absoluto que inspira-
ban lealtad y entrega entre sus tropas. Sin embargo, en el plano
personal, podía ser temperamental y arisco. Las cosas no habían
hecho más que empeorar desde que lo empujaran de manera tan
visible al ojo público como un icono que representaba a toda la
Alianza. Al parecer, tantos años siendo el blanco de las miradas
habían transformado su áspero pragmatismo en un pesimismo
cínico.
Eisennhorn esperaba que fuera a comportarse agriamente
durante el viaje —el contralmirante nunca se había mostrado
partidario de esta clase de representaciones públicas—. Pero el
humor de Grissom estaba siendo especialmente sombrío, incluso
para él, y el capitán comenzó a preguntarse si no estaría ocur-
riendo algo más.
—¿No has venido hasta aquí solo para pronunciar un discurso
ante la clase de graduación, verdad? —preguntó Eisennhorn,
manteniendo la voz baja.
—Solo necesitas conocer lo esencial —respondió Grisson, en
tono brusco, suficientemente alto como para que el capitán pudi-
era oírlo—. No necesitas saber más. —Y unos segundos después
añadió—: No quieras saber más.
16/324

Los dos oficiales compartieron un minuto de silencio, simple-


mente observando la estación que se aproximaba por la portilla.
—Admítelo —dijo Eisennhorn, confiando en disipar así el des-
olado humor del otro—. Ver Arturo rodeado por toda la flota de la
Alianza es un espectáculo impresionante.
—La flota no parecerá tan impresionante una vez esté dispersa
a lo largo de unas cuantas docenas de sistemas solares —replicó
Grissom—. Somos muy pocos y la galaxia es condenadamente
grande.
Eisennhorn tuvo que admitir que probablemente nadie fuera
más consciente de ello que Grissom.
La tecnología de los proteanos hizo que la sociedad humana
avanzara cientos de años, lo que le permitió conquistar el Sistema
Solar. Pero hizo falta un descubrimiento aún más sorprendente
para abrirse a la inmensidad del espacio más allá del Sol.
En el 2149, un equipo de investigación que exploraba los
márgenes más alejados de la expansión humana cayó en la cuenta
de que Caronte, un pequeño satélite en la órbita de Plutón, no era
en realidad una luna. Era, de hecho, una inmensa pieza de tecno-
logía proteana inactiva. Un relé de masa.
Flotando durante decenas de miles de años en las frías pro-
fundidades del espacio, había acabado recubierta de un caparazón
de hielo y restos helados con un grosor de varios cientos de
kilómetros.
Esta revelación en particular no cogió completamente por sor-
presa a los expertos de la Tierra; los archivos de datos recuper-
ados en el búnker de Marte mencionaban la existencia y el
propósito de los repetidores de masa. En otras palabras, los re-
petidores de masa eran una red de puertas interconectadas que
podían transportar una nave de un repetidor al siguiente recor-
riendo en un instante miles de años luz. La teoría científica subya-
cente a la creación de los relés de masa quedaba aún fuera del
17/324

alcance de los principales expertos de la Humanidad. Pero a pesar


de no ser capaces de construir uno ellos mismos, los científicos lo-
graron reactivar el repetidor durmiente que habían encontrado.
El relé de masa era una puerta que podía hacer accesible toda
la galaxia… o conducir directamente al corazón de una estrella ab-
rasadora o de un agujero negro. No sorprendió a nadie que se
perdiera el contacto con las sondas de exploración que se envi-
aron a través de él, teniendo en cuenta la idea de que eran trans-
portadas instantáneamente a miles de años luz de distancia. Al fi-
nal, el único modo de conocer realmente qué había en el otro lado
era enviar a alguien; alguien dispuesto a desafiar a lo desconocido
y enfrentarse a los peligros y retos que aguardaban ahí,
cualesquiera que fueran.
La Alianza escogió cuidadosamente a una tripulación de
hombres y mujeres valientes: soldados dispuestos a arriesgar sus
propias vidas, individuos preparados para afrontar el último sac-
rificio en nombre del descubrimiento y el progreso. Y para dirigir
a este equipo eligió a un hombre de reputación excepcional y
entereza incuestionable, alguien de quien sabían que no vacilaría
frente a la incalculable adversidad: un hombre llamado John
Grissom.
A su afortunado regreso a través del relé de masa, todos los
miembros de la tripulación fueron saludados como héroes, pero
los medios de comunicación eligieron a Grissom —el imponente y
solemne comandante de la misión— para convertirlo en el
abanderado de la Alianza mientras la Humanidad avanzaba con
rapidez hacia una nueva era de descubrimientos y expansión sin
precedentes.
—Independientemente de lo que haya ocurrido —dijo Eisen-
nhorn, esperando todavía poder arrancar a Grissom de su som-
brío estado de ánimo—, debes creer que podemos lidiar con ello.
18/324

¡Ninguno de los dos hubiera podido imaginar jamás que fuéramos


a conseguir todo esto en tan poco tiempo!
Grissom resopló con sorna.
—De no ser por los proteanos no habríamos hecho una
mierda.
Eisennhorn meneó la cabeza. Aunque el descubrimiento y la
adaptación de la tecnología proteana habían hecho accesibles to-
das estas grandes posibilidades, fueron las acciones de gente
como Grissom las que transformaron la posibilidad en realidad.
—Si he logrado ver más lejos, ha sido porque he subido a hom-
bros de gigantes —replicó Eisennhorn—. Sir Isaac Newton tam-
bién dijo eso.
—¿A qué viene esa obsesión con Newton? ¿Acaso es un pari-
ente tuyo, o qué?
—De hecho, mi abuelo rastreó la genealogía de nuestra familia
y…
—En realidad no quería saberlo —refunfuñó Grissom,
cortándole.
Casi habían llegado a su destino. La estación espacial de Ar-
turo dominaba ahora toda la ventana, tapando el resto. La plata-
forma de acoplamiento se oscureció ante ellos, un enorme
boquete en el reluciente casco del exterior de la estación.
—Debería marcharme —dijo Grissom, con un suspiro de
cansancio—. Querrán verme bajar por la pasarela tan pronto
como aterricemos.
—Ten paciencia con esos reclutas —sugirió Eisennhorn medio
en broma—. Recuerda que apenas son unos chavales.
—No he venido hasta aquí para encontrarme con una pandilla
de chavales —respondió Grissom—. He venido a buscar soldados.
19/324

Lo primero que hizo Grissom al llegar fue exigir una habitación


privada. Tenía previsto dirigirse a la clase de graduación a las
14:00. Durante las cuatro horas que restaban hasta entonces,
había planeado realizar entrevistas personales a un puñado de
reclutas.
Los peces gordos de Arturo no se esperaban su petición pero
hicieron lo posible por satisfacerla. Le prepararon una pequeña
habitación amueblada con un escritorio, una estación de trabajo y
una sola silla. Grissom se sentó tras el escritorio y revisó las fichas
del personal por última vez en el monitor. La competencia para
ser admitido en el programa de entrenamiento para especialistas
N7 de Arturo era feroz. Cada recluta de la estación había sido
escogido cuidadosamente de entre los mejores chicos y chicas que
la Alianza podía ofrecer. Pero el puñado de nombres que
aparecían en su lista destacaba del resto de la élite. Incluso aquí,
sobresalían por encima de la multitud.
Llamaron a la puerta. Dos golpes firmes y rápidos.
—Adelante —gritó el contralmirante.
La puerta se abrió deslizándose y el teniente segundo David
Edward Anderson, el primero en la lista de Grissom, entró. Re-
cién salido del adiestramiento, ya había sido ascendido al rango
de oficial subalterno; echando un vistazo a su ficha era fácil en-
tender el porqué. La lista de Grissom estaba ordenada alfabética-
mente, pero de acuerdo con sus calificaciones en la Academia y las
evaluaciones de sus oficiales de adiestramiento, probablemente su
nombre habría figurado al principio de la lista de todos modos.
El teniente era un hombre alto, de metro noventa y dos, según
su ficha. Con veinte años y de complexión fuerte —su amplio
pecho y los hombros anchos y cuadrados aún estaban acabando
de formarse—, tenía la piel de un color marrón oscuro y el pelo
20/324

negro al rape conforme a los reglamentos de la Alianza. Sus fac-


ciones, como las de la mayoría de los ciudadanos de la sociedad
multicultural de finales del siglo XXII, eran una mezcla de diversos
rasgos raciales, predominantemente africanos, aunque Grissom
creyó poder percibir también persistentes indicios de ascendencia
centroeuropea y amerindia.
Anderson atravesó la habitación con paso elegante, se detuvo
justo frente al escritorio y permaneció en posición de firmes
mientras saludaba rápida y formalmente.
—Descanse, teniente —ordenó Grissom, devolviéndole in-
stintivamente el saludo.
El joven hizo lo que se le ordenaba, relajando la postura para
permanecer con las piernas separadas y los brazos cruzados por
detrás de la espalda.
—¿Señor…? —preguntó—. ¿Puedo…? —A pesar de ser un ofi-
cial subalterno haciéndole una petición a un contralmirante, hab-
laba con confianza; no había indecisión en su voz.
Grissom frunció el ceño antes de asentir con la cabeza para in-
dicarle que continuara.
Aunque apenas se podía discernir el acento regional, la ficha
indicaba que Anderson había nacido y crecido en Londres.
Su acento neutro se debía probablemente al resultado de la ex-
posición intercultural a través de la educación electrónica y las
redes de información combinadas con una constante avalancha de
vídeos y música: entretenimiento planetario.
—Contralmirante, solo querría expresarle el gran honor que
supone conocerle en persona —informó el joven. No estaba siendo
ni adulador ni efusivo, cosa que Grissom agradecía; en realidad,
simplemente estaba afirmándolo—. Recuerdo haberle visto
cuando tenía doce años en las noticias tras la expedición a
Caronte. Fue entonces cuando decidí que quería alistarme en la
Alianza.
21/324

—¿Joven, pretende usted hacerme sentir viejo?


Anderson, creyendo que se trataba de una broma, esbozó una
sonrisa, pero la mirada furiosa que Grissom le lanzó hizo que esta
se desvaneciera.
—No, señor —respondió, con la voz aún firme y segura—. Tan
solo quise decir que usted es una inspiración para todos nosotros.
Supuso que el teniente tartamudearía, balbuceando alguna
clase de disculpa, pero Anderson no se ponía nervioso tan fácil-
mente. Grissom tomó un rápido apunte en la ficha.
—Teniente, veo que aquí dice que está usted casado.
—Sí, señor. Con una civil. Vive en la Tierra.
—Yo estuve casado con una —le explicó Grissom—. Tuvimos
una hija. Hace doce años que no la veo.
La inesperada revelación personal hizo que Anderson se
quedara momentáneamente perplejo.
—Yo… Lo siento, señor.
—Mantener unido un matrimonio cuando se está de servicio es
un infierno —le advirtió Grissom—. ¿No le parece que cuando
salga para una misión de seis meses, preocuparse por su mujer,
allá en la Tierra, se lo hará todo más duro?
—Quizá lo haga más fácil, señor —replicó Anderson—. Está bi-
en saber que hay alguien esperándome en casa.
No había rastro de ira en la voz del joven, pero estaba claro
que no pensaba dejarse intimidar, aun cuando estuviera hablando
con un contralmirante. Grissom asintió y tomó otra nota en su
ficha.
—¿Sabe por qué programé esta reunión, teniente?
Tras meditarlo seriamente por unos instantes, Anderson negó
con la cabeza.
—No, señor.
—Hace doce días una escuadra partió de expedición desde
nuestro puesto de avanzada en Shanxi. Se dirigían hacia una
22/324

región inexplorada del espacio desde el repetidor de masa Shanxi-


Theta. Dos buques cargueros y tres fragatas. Allí contactaron con
una especie alienígena. Creemos que se trataba de algún tipo de
escuadra de patrulla. Solo una de nuestras fragatas logró regresar.
Grissom acababa de lanzarle una bomba al joven, pero la ex-
presión de Anderson apenas cambió. Su única reacción fue abrir
más los ojos.
—¿Proteanos, señor? —preguntó, yendo directo al grano.
—No lo creemos —dijo Grissom—. Tecnológicamente, parecen
estar al mismo nivel que nosotros.
—Señor, ¿cómo podemos estar seguros?
—Porque las naves que partieron de Shanxi al día siguiente
para entrar en combate con ellos tuvieron suficiente potencia de
fuego para aniquilar a la patrulla entera.
Anderson se quedó boquiabierto antes de respirar profunda-
mente para recobrar la calma. Grissom no se lo reprochó; hasta el
momento, estaba impresionado por lo bien que el teniente había
manejado la situación.
—¿Alguna represalia por parte de los alienígenas, señor?
El chico era listo. Su mente trabajaba deprisa, analizaba la
situación y avanzaba hasta las cuestiones relevantes en tan solo
unos pocos segundos.
—Enviaron refuerzos —le informó Grissom—. Tomaron
Shanxi. Todavía no tenemos más datos. Los satélites de comunic-
ación no funcionan; tan solo tuvimos noticia de ello porque al-
guien consiguió enviar una nave de comunicación no tripulada
justo antes de que Shanxi cayera.
Anderson asintió para mostrar que comprendía, pero a con-
tinuación permaneció en silencio. Grissom se alegró de com-
probar que el joven tenía la paciencia de darse el tiempo para pro-
cesar la información. Era demasiada como para ser asimilada de
golpe.
23/324

—Nos envía a combatir, ¿verdad, señor?


—El mando de la Alianza debe tomar esa decisión —dijo Gris-
som—. Lo único que puedo hacer es aconsejarles. Por eso estoy
aquí.
—Contralmirante, creo que no lo comprendo.
—Teniente, en toda acción militar no hay más que tres op-
ciones posibles: combatir, retirarse o rendirse.
—¡Pero no podemos dar la espalda a Shanxi! ¡Debemos luchar!
—exclamó Anderson. Y un segundo después, recordando con
quién estaba hablando, añadió—: Con el debido respeto, señor.
—No es tan sencillo —aclaró Grissom—. No existe ningún pre-
cedente; jamás nos hemos enfrentado a un enemigo así. No
sabemos nada sobre ellos.
»Si agravamos este incidente hasta llegar a una guerra contra
una especie alienígena, no hay manera de predecir cómo acabará.
Puede ser que tengan una flota mil veces mayor que la nuestra.
Podríamos estar a punto de iniciar una guerra que culminara con
la aniquilación total de la raza humana —Grissom hizo una pausa
enfática, dejando que asimilara sus palabras—. ¿De verdad cree
que deberíamos asumir ese riesgo, teniente Anderson?
—¿Es una pregunta, señor?
—Teniente, el mando de la Alianza quiere mi consejo antes de
tomar una decisión, pero no seré yo quien esté en primera línea
librando una guerra. Usted fue cabeza de pelotón durante su adi-
estramiento N7. Quiero saber qué opina. ¿Cree que nuestras tro-
pas están preparadas para esto?
Anderson frunció el ceño, pensando largo y tendido antes de
responderle.
—No creo que quede otra elección, señor —dijo escogiendo sus
palabras con cuidado—. La retirada no es una opción. Ahora que
los alienígenas saben de nosotros no van a quedarse de brazos
cruzados. Al final, o bien tendremos que luchar o bien rendirnos.
24/324

—¿Y no cree que rendirse pueda ser una opción?


—No creo que la Humanidad pudiera sobrevivir subyugada a
un dominio alienígena —replicó Anderson—. Vale la pena luchar
por la libertad.
—¿Incluso si perdemos? —insistió Grissom—. Soldado, esto no
se reduce únicamente a lo que usted está dispuesto a sacrificar.
Les provocamos y ahora esta guerra podría dirigirse a la Tierra.
Piense en su mujer. ¿Está dispuesto a arriesgar su vida en nombre
de la libertad?
—No lo sé, señor —fue su solemne contestación—. ¿Está usted
dispuesto a condenar a su hija a llevar una vida de esclava?
—Esa es la respuesta que andaba buscando —señaló Grissom,
asintiendo rápidamente—. Si contamos con suficientes soldados
como usted, Anderson, puede que, después de todo, la Humanid-
ad sí que esté preparada para esto.
UNO

Ocho años más tarde

Nada más empezar a sonar la alarma, el teniente del Estado May-


or David Anderson, comandante segundo de la SSV Hastings, se
levantó de la litera. Su cuerpo, condicionado por años de servicio
activo a bordo de las naves espaciales de la Alianza de Sistemas,
se movía instintivamente. Cuando sus pies tocaron el suelo ya es-
taba alerta y despierto, y evaluaba la situación mentalmente.
La alarma sonó de nuevo desde el casco y rebotó por toda la
nave. Dos toques cortos se repetían una y otra vez. Una llamada
general a los puestos. Al menos, no estaban bajo un ataque
inminente.
Mientras se ponía rápidamente el uniforme, Anderson repasó
los posibles escenarios. La Hastings era una nave patrullera en el
Confín Skylliano, una región aislada en los confines más remotos
del espacio de la Alianza. Su misión principal era proteger a las
decenas de colonias humanas y avanzadas de investigación des-
perdigadas por el sector. Una llamada general a los puestos
26/324

probablemente significaba que habían descubierto una nave no


autorizada en territorio de la Alianza. O eso, o estaban respon-
diendo a una señal de socorro. Anderson confiaba en que fuera lo
último.
Aunque no resultaba fácil vestirse entre los estrechos límites
del camarote que compartía con otros dos tripulantes, tenía
mucha práctica. En apenas un minuto, se puso el uniforme, se ab-
rochó las botas y comenzó a caminar rápidamente por los an-
gostos pasillos hacia el puente de mando, donde el capitán Bel-
liard debía de estar esperándole.
Como comandante segundo, la responsabilidad de transmitir
las órdenes a la tropa y de asegurarse de que estas se cumplieran
como es debido recaía sobre Anderson.
En cualquier nave militar, el espacio era el bien más preciado,
cosa que recordaba a cada instante al tropezar con otros tripu-
lantes que se dirigían apresuradamente en dirección contraria
hacia los puestos asignados. Invariablemente, en un intento por
cederle el paso a Anderson, se apretaban contra la pared del
pasillo, saludando rápida y torpemente a su superior mientras
este se estrujaba al pasar por su lado. Pero, a pesar de las es-
trecheces, el proceso entero se llevaba a cabo con una eficiencia y
precisión que eran el sello de toda tripulación de la flota de la
Alianza.
Anderson estaba llegando a su destino. Pasó por Navegación,
donde reparó en un par de oficiales subalternos que realizaban
cálculos rápidos y los aplicaban sobre una carta estelar tridimen-
sional que se proyectaba sobre sus consolas. Ambos saludaron al
comandante segundo con la cabeza, de un modo brusco aunque
respetuoso, demasiado absortos en sus obligaciones como para
ser estorbados por la formalidad de un auténtico saludo. Ander-
son respondió ladeando secamente la cabeza. Pudo ver cómo
trazaban una ruta a través del repetidor de masa más cercano. Eso
27/324

significaba que la Hastings estaba respondiendo a una señal de


socorro. Y la cruda verdad era que, la mayoría de las veces, la
respuesta llegaba demasiado tarde.
En los años que siguieron a la Primera Guerra de Contacto, la
Humanidad se dispersó demasiado lejos y demasiado rápido;
carecían de naves suficientes para patrullar adecuadamente por
una región del tamaño del Confín Skylliano. Los colonos que
vivían ahí fuera sabían que la amenaza de ataques e incursiones
era muy real; cuántas veces la Hastings aterrizaba en un mundo
solo para encontrarse con una pequeña aunque próspera colonia
reducida a cuerpos, edificios consumidos por las llamas y un
puñado de supervivientes con neurosis de guerra.
Anderson había sido un testigo directo de esa clase de muerte
y destrucción y seguía sin haber encontrado aún la manera de en-
frentarse a ello. Había presenciado combates durante la guerra,
pero esto era diferente. Aquello fueron principalmente batallas
entre naves, matar a combatientes enemigos situados a decenas
de miles de kilómetros de distancia. No era lo mismo que escarbar
entre los escombros carbonizados y los cuerpos ennegrecidos de
civiles.
La Primera Guerra de Contacto, a pesar del nombre que recib-
ió, fue una campaña corta y relativamente incruenta. Comenzó
cuando una patrulla de la Alianza entró involuntariamente y sin
autorización en territorio del Imperio turiano. Lo que para la Hu-
manidad fue el primer contacto con otra especie inteligente, para
los turianos supuso una invasión por parte de una especie agre-
siva y desconocida. El malentendido y una reacción exagerada en
ambos bandos condujeron a diversas e intensas batallas entre es-
cuadras de patrulla y de reconocimiento. Pero el conflicto nunca
estalló en una guerra total a escala planetaria. Afortunadamente
para la Humanidad, la intensificación de las hostilidades y el
28/324

repentino despliegue de la flota turiana atrajeron la atención de la


gran comunidad galáctica.
Resultó que los turianos no eran sino una especie más entre
una docena, cada una de ellas independiente aunque unidas vol-
untariamente bajo el dominio de un organismo gubernamental
conocido como el Consejo de la Ciudadela. El Consejo, deseando
evitar una guerra interestelar con los recién aparecidos humanos,
intervino y se dio a conocer a la Alianza e intermedió una solución
pacífica entre esta y los turianos. Menos de dos meses después de
haber comenzado, la Primera Guerra de Contacto concluyó
oficialmente.
Seiscientos veintitrés humanos perdieron la vida. La mayor
parte de las bajas se sufrieron durante el ataque turiano a Shanxi.
Las de los turianos fueron ligeramente superiores; la flota de la
Alianza enviada para liberar el puesto de avanzada fue cruel, bru-
tal y concienzuda. Aunque, a escala galáctica, las pérdidas en am-
bos bandos carecían de importancia. La Humanidad, que se retiró
al borde de una guerra potencialmente devastadora, se convirtió
en cambio en el miembro más reciente de una extensa sociedad
interestelar e interespacial.
Anderson subió los tres peldaños que separaban la cubierta
delantera del puente de mando de la cubierta principal de la nave.
El capitán Belliard, encorvado sobre una pequeña pantalla, estu-
diaba el flujo de las transmisiones recibidas. Al acercarse Ander-
son, se puso derecho y respondió al saludo de su segundo oficial.
—Teniente, tenemos problemas. Al conectar con los re-
petidores de comunicaciones hemos recibido una señal de socorro
—explicó el capitán a modo de bienvenida.
—Eso me temía, señor.
—Procedía de Sidón.
—¿Sidón? —Anderson reconoció el nombre—. ¿No tenemos
allí una base de investigación?
29/324

Belliard asintió con la cabeza.


—Una base pequeña. Quince hombres de personal de segurid-
ad, doce investigadores y seis de apoyo.
Anderson frunció el ceño. No era un ataque corriente. Los
asaltantes preferían atacar asentamientos indefensos y esfumarse
antes de que los refuerzos de la Alianza llegaran al lugar. Una base
bien defendida no era su objetivo habitual. Parecía más bien una
acción de guerra.
Los turianos eran ahora, al menos oficialmente, aliados de la
Alianza de Sistemas. Y el Confín Skylliano estaba demasiado lejos
del territorio turiano como para que estos se involucraran en
ningún conflicto por esta zona. Pero existían otras especies que
rivalizaban con la Humanidad por el control de la región. La Ali-
anza competía directamente con el gobierno batariano por es-
tablecer su presencia en el Confín, aunque hasta ese momento
habían logrado esquivar cualquier clase de violencia real en sus
enfrentamientos. Anderson dudaba de que comenzaran con algo
así.
No obstante, ahí afuera existían muchos otros grupos con los
medios y los motivos para atacar a un bastión de la Alianza. Al-
gunos de ellos estaban formados incluso por humanos: organiza-
ciones terroristas no afiliadas y facciones guerrilleras multiespe-
ciales que deseaban desestabilizar a los poderes establecidos, tro-
pas paramilitares ilegales que buscaban abastecerse de armas de
calidad superior y bandas de mercenarios independientes a la es-
pera de su gran oportunidad.
—Capitán, podría resultarnos útil saber en qué estaban traba-
jando en Sidón —sugirió Anderson.
—Son unas instalaciones con un control de acceso de máxima
seguridad —replicó el capitán, moviendo la cabeza—. Ni siquiera
puedo conseguir los planos de la base, ni pensar en conseguir que
alguien me explique en qué andan trabajando.
30/324

Anderson frunció el ceño. Sin planos, su equipo andaría a cie-


gas, renunciando a cualquier ventaja táctica que pudieran haber
tenido de conocer la disposición del campo de batalla. La misión
no dejaba de mejorar.
—¿Cuál es el tiempo estimado de llegada, señor?
—Cuarenta y seis minutos.
Al fin buenas noticias. La Hastings seguía rutas de patrulla
aleatorias; fue pura casualidad que estuviera tan cerca del origen
de la señal de socorro. Con suerte, aún podrían llegar allí a
tiempo.
—Capitán, tendré al equipo de tierra preparado.
—Como siempre, teniente.
Anderson respondió a los cumplidos del comandante al
mando con un simple «sí, sí señor» y se dio la vuelta para
marcharse.

En la vacía oscuridad del espacio, la Hastings era, a simple vista,


cualquier cosa menos invisible. Rodeada por un campo de efecto
de masa endógeno y viajando a una velocidad aproximadamente
cincuenta veces superior a la de la luz era poco más que un borrón
que emitía destellos intermitentemente, una ligera oscilación en
la estructura del continuo espaciotiempo.
La nave cambió el itinerario de vuelo mientras el timonel real-
izaba una rápida corrección del rumbo, un ajuste menor en la
trayectoria que envió a la embarcación a toda velocidad hacia el
repetidor de masa más cercano, a unos cinco mil millones de kiló-
metros de distancia. A una velocidad de casi quince millones de
kilómetros por segundo, no pasó demasiado tiempo antes de que
alcanzara su destino.
A diez mil kilómetros del objetivo, el timonel desconectó el
núcleo de propulsión del elemento cero, desactivando así los
31/324

campos del efecto de masa. Las ondas de energía corridas al azul


irradiaban de la nave mientras esta abandonaba el MRL y en-
cendía como una llamarada la oscuridad del espacio. La ilu-
minación de la nave resplandeciente se reflejó sobre el repetidor
de masa que, a medida que se aproximaban, crecía constante-
mente en el horizonte. Aunque de diseño enteramente alienígena,
la construcción se parecía mucho a un enorme giroscopio. En el
centro disponía de una esfera compuesta de dos anillos concéntri-
cos que giraban alrededor de un único eje.
Cada anillo medía aproximadamente unos cinco kilómetros de
lado a lado y de un extremo del centro, constantemente en rota-
ción, sobresalían dos brazos de quince kilómetros cada uno. Toda
la estructura chispeaba y destellaba con estallidos blancos de
energía.
A una señal de la nave de la Alianza, el repetidor de masa
comenzó a moverse. Giró pesadamente sobre su eje y se orientó
hacia un repetidor conectado a cientos de años luz de distancia.
Mientras se dirigía directamente hacia el centro de la enorme con-
strucción alienígena sobre un vector de aproximación previa-
mente calculado, la Hastings ganó velocidad. Los anillos del
centro del repetidor comenzaron a girar con mayor rapidez, y se
aceleraron hasta no ser más que un remolino difuminado. Los es-
porádicos estallidos de energía que emanaban del núcleo se trans-
formaron en una sólida e intensa incandescencia que creció en
fuerza y luminosidad hasta que fue casi imposible de mirar.
La Hastings estaba a menos de quinientos kilómetros de dis-
tancia cuando el repetidor se inflamó. Desde los anillos en rota-
ción, una descarga de energía oscura se extendió como una ola y
engulló a la nave, que resplandeció por unos instantes antes de
desaparecer como barrida de la existencia. En el mismo instante,
a mil años luz del lugar en el que se encontraba, volvió a la realid-
ad, centelleando con un pálido destello azul y emergiendo de la
32/324

aparente nada en las inmediaciones de un repetidor de masa com-


pletamente distinto.
El núcleo de propulsión de la Hastings volvió a conectarse con
estruendo, saltó a motor MRL y desapareció en la oscuridad tras
una explosión de calor y radiación corrida al rojo. El repetidor re-
ceptor, con los anillos centrales ya en desaceleración, comenzó a
apagarse, y quedó rápidamente atrás.
—Repetidor de masa despejado. Conectando núcleo de
propulsión. Tiempo estimado de llegada a Sidón, veintiséis
minutos.
Apiñado en el compartimento de carga junto a otros cuatro
miembros del equipo de tierra, resultaba prácticamente imposible
oír el sonido proveniente del intercomunicador de a bordo por en-
cima del rugido de los motores. Aunque Anderson no necesitaba
oír las novedades para saber qué estaba ocurriendo. Tenía el es-
tómago revuelto.
Sabía que, científicamente, los mareos no tenían por qué pro-
ducirse. El viaje entre dos repetidores —el salto entre un repetidor
de origen o transmisor hasta el de destino o receptor— era un
suceso instantáneo. El tiempo no transcurría, luego no podía ten-
er ningún efecto físico sobre su cuerpo. Pero, aunque admitía este
hecho teórico, Anderson sabía por propia experiencia que en la
práctica no se cumplía.
Puede que en esta ocasión la opresión de su tripa fuera tan
solo un mal presentimiento de lo que iban a encontrar al llegar a
las instalaciones de Sidón. Quienquiera que hubiera atacado la
base de investigación, se había mostrado dispuesto a enfrentarse
a quince marines de la Alianza. Aun empleando el elemento sor-
presa a su favor, debería haberse tratado de un cuerpo imponente.
Como refuerzos, la Alianza debería de haber enviado a un trans-
porte de tropas y no a una fragata de patrulla que no podía reunir
más que a un equipo de tierra de cinco personas.
33/324

Sin embargo, no había nadie más tan cerca como para respon-
der a tiempo a la llamada de socorro y, en cualquier caso, la may-
oría de las naves de la Alianza eran demasiado grandes para poder
acercarse al planeta. La Hastings era lo bastante pequeña para
penetrar en su atmósfera, aterrizar sobre la superficie y ser capaz
aún de volver a despegar. Cualquier nave mayor que una fragata
hubiera tenido que utilizar transbordadores o aerolanchas de
desembarco para transportar tropas, y no había tiempo para eso.
Al menos, entraban bien provistos: cada miembro del equipo
de tierra llevaba un blindaje corporal equipado con generadores
de escudos cinéticos completamente cargados, así como un casco
de tres cuartos con visera. Cada uno de ellos portaba media do-
cena de granadas y fusiles de asalto de serie Hahne-Kedar G-912.
Los cargadores de munición de cada arma tenían una capacidad
superior a los cuatrocientos disparos; diminutos perdigones
menores que un grano de arena. Disparados con la velocidad ne-
cesaria, los proyectiles, casi microscópicos, podían infligir
enormes daños.
Ese era el auténtico problema. No importaba lo avanzada que
estuviera la tecnología defensiva, siempre iba un paso por detrás.
La Alianza no escatimaba gastos cuando se trataba de proteger a
sus soldados: su blindaje corporal era de primera calidad y los es-
cudos cinéticos eran el último prototipo militar. Pero, aún y así,
seguía siendo insuficiente para resistir a un impacto directo con
armamento pesado ejecutado desde una corta distancia.
Si lograban sobrevivir a esta misión, no sería por el equipami-
ento. Al final, siempre se reducía a dos cosas: instrucción y dotes
de mando. Sus vidas estaban ahora en manos de Anderson, que
podía percibir su inquietud. Los marines de la Alianza estaban bi-
en adiestrados para lidiar con la ansiedad física y mental propia
de las reacciones naturales del cuerpo humano frente al estrés
34/324

agudo, aunque esta vez era mayor que la habitual descarga de ad-
renalina frente a un ataque inminente.
Había tenido cuidado de no descubrir sus propias dudas, y de
proyectar una imagen de total confianza y serenidad. Pero los
miembros de su equipo eran lo bastante listos para comprender
las cosas por sí mismos. Podían atar los cabos tal y como él lo
había hecho.
Igual que el teniente, sabían que unos invasores corrientes no
atacarían una base de la Alianza tan bien defendida.
Anderson no creía en los discursos motivadores; aquí todos
eran profesionales. Pero incluso para los soldados de la Alianza,
aquellos nerviosos minutos finales antes de una misión res-
ultaban difíciles de soportar en completo silencio. Además, escon-
derse de la verdad no tenía ningún sentido.
—Que todo el mundo permanezca despierto —dijo, a sabiendas
de que el resto del equipo podía oírle claramente por encima del
estruendo de los motores a través de las radios que había en el in-
terior de los cascos—. Tengo la sensación de que esto no ha sido
un golpe ejecutado apresuradamente por unos negreros.
—¿Batarianos, señor?
La pregunta provenía de la jefa de artillería Jill Dah. Un año
mayor que Anderson, ya era una marine de la Alianza en servicio
activo cuando él seguía el adiestramiento N7 en Arturo. Sirvieron
en la misma unidad durante la Primera Guerra de Contacto.
Pasaba del metro noventa y dos, lo que la hacía más alta que la
mayoría de los hombres con los que servía y, a juzgar por los amp-
lios hombros, los músculos bien definidos de los brazos y una
constitución grande pero no desproporcionada, también era más
fuerte que muchos de ellos. Algunos de los soldados de la unidad
la llamaban «Ama», el diminutivo de Amazona… aunque nunca a
la cara. Y cuando comenzaba la lucha, todos se alegraban de ten-
erla de su lado.
35/324

A Anderson le gustaba Dah, aunque tenía la costumbre de


sacar de quicio a la gente. No confiaba en la diplomacia. Si tenía
una opinión, se la hacía saber a todo el mundo, lo que tal vez ex-
plicara el hecho de que siguiera siendo una suboficial. Aun así, el
teniente sabía que cuando ella hacía una pregunta, eso significaba
que la mayoría de ellos probablemente se estaban preguntando lo
mismo.
—Jefa Dah, intentemos no llegar a conclusiones precipitadas.
—¿Tenemos alguna idea sobre lo que se traían entre manos en
Sidón? —Esta vez era el cabo Ahmed O’Reilly, técnico especialista,
quien hacía la pregunta.
—Confidencial. Es todo lo que sé. Así que preparaos para cu-
alquier cosa.
Los otros dos miembros del equipo, el soldado raso de se-
gunda clase Indigo Lee y el soldado raso de primera clase Dan
Shay, no se molestaron en hacer comentarios y el equipo cayó de
nuevo en un silencio incómodo. Nadie se sentía a gusto con esta
misión, aunque Anderson sabía que seguirían su ejemplo. Les
había traído de vuelta, sanos y salvos, en suficientes ocasiones
como para haberse ganado su confianza.
—Aproximándonos a Sidón —se oyó por el intercomunic-
ador—. Sin respuesta en ninguna frecuencia.
Eran malas noticias. Si aún quedaba personal de la Alianza
con vida en el interior de la base, deberían de haber respondido a
la llamada de la Hastings. Anderson cerró bruscamente su visera
para protegerse la cara y el resto de la tripulación siguió su ejem-
plo. Un minuto después sintieron las turbulencias mientras la
nave penetraba en la atmósfera del minúsculo planeta. A una
señal de la cabeza de Anderson, el equipo realizó un último repaso
a las armas, los escudos y los intercomunicadores.
36/324

—Tenemos contacto visual con la base —crujió el intercomu-


nicador—. No hay naves sobre el terreno ni captamos a ninguna
nave que no sea de la Alianza en las inmediaciones.
—Malditos cobardes, se han largado corriendo —oyó Anderson
que Dah murmuraba por la radio de su casco.
Anderson confiaba en que, con el rápido tiempo de respuesta
de la Hastings, llegarían a tiempo para pillar al enemigo con las
manos en la masa, aunque en realidad no le sorprendía no encon-
trar a otras naves en la zona. Una incursión contra un objetivo tan
bien defendido como Sidón hubiera necesitado de al menos tres
naves trabajando conjuntamente. Las dos naves mayores habrían
aterrizado sobre la superficie para descargar los equipos de asalto
mientras una nave pequeña de reconocimiento permanecía en ór-
bita y controlaría cualquier signo de actividad en el repetidor de
masa más cercano.
La nave de reconocimiento debía de haber visto cómo este se
ponía en marcha mientras la Hastings se aproximaba al repetidor
de enlace que estaba en el otro extremo de la región y llamó por
radio a las naves de tierra. La señal de aviso debió de darles justo
el tiempo necesario para despegar, abandonar la atmósfera y con-
ectar los motores MRL antes de que la Hastings llegara. Hacía
rato que las naves involucradas en el ataque a la base habían de-
saparecido… aunque cabía la posibilidad de que en su huida pre-
cipitada se hubieran visto obligadas a dejar atrás a parte de sus
tropas.
Unos segundos después, cuando la nave tomaba tierra en el
puerto de aterrizaje del Complejo de Investigación de Sidón, se
produjo un fuerte golpe; la interminable espera había acabado. La
puerta a presión del compartimiento de carga de la Hastings silbó
al abrirse y descendió la pasarela.
—Equipo de tierra —la voz del capitán Belliard llegó a través
del intercomunicador—, desembarque autorizado.
DOS

La jefa de artillería Dah y Lee, los dos marines al frente, descendi-


eron corriendo por la pasarela. Con las armas desenfundadas, es-
cudriñaron la zona, atentos a posibles emboscadas, mientras
Anderson, O’Reilly y Shay les cubrían desde la bodega, por en-
cima de ellos.
—Zona de aterrizaje segura —informó Dah por la
radiofrecuencia.
Una vez que todo el equipo estuvo sobre el terreno, Anderson
evaluó la situación. El puerto de aterrizaje era pequeño, con espa-
cio para tres fragatas o puede que para dos naves de carga. Se en-
contraba a unos cien metros de un par de pesadas puertas blinda-
das que conducían hacia la estructura de la base en sí: un edificio
rectangular de una sola planta que apenas parecía lo bastante
grande para poder albergar a las treinta personas asignadas al
proyecto y menos aún algún tipo de laboratorio de investigación.
El exterior parecía extrañamente normal. Aparte de media do-
cena de grandes cajas que estaban cerca de otra de las plata-
formas de aterrizaje, no había ningún indicio de que estuviera
ocurriendo algo fuera de lo corriente.
38/324

Así es como comenzó el ataque, pensó Anderson para sus


adentros.
El equipamiento y los suministros entrantes debieron de ser
transportados hasta las puertas a mano, en trineos de carga,
desde las naves que llegaban. En Sidón debían de estar esperando
una remesa. Cuando los invasores aterrizaron debieron de comen-
zar a descargar las cajas. Alguien de dentro debió de abrir las pu-
ertas blindadas, y dos o tres miembros del destacamento de se-
guridad de Sidón debieron de salir para ayudar con el carga-
mento… y fueron abatidos por tropas enemigas escondidas en el
interior de las bodegas de las naves.
—Es extraño que no haya cuerpos en el exterior —advirtió
Dah, haciéndose eco de los propios pensamientos de Anderson.
—Debieron de llevárselos a rastras después de asegurar el pu-
erto de aterrizaje —respondió Anderson, sin saber a ciencia cierta
por qué alguien querría hacer algo así.
Haciendo señas con la mano, condujo a su equipo a través del
puerto de aterrizaje, y subieron hacia la entrada de la base. Las
puertas blindadas corredizas eran lisas, sin rasgos distintivos, y
estaban controladas por un sencillo panel de seguridad situado en
la pared. Aunque al teniente no le gustó encontrarse con las puer-
tas cerradas.
Anderson iba a la cabeza del equipo. Al ponerse en cuclillas y
levantar el puño en alto, todos pararon en seco. Levantó dos de-
dos haciéndole una señal a O’Reilly. Caminando con la espalda
encorvada, el cabo se situó a la cabeza de la fila y se alineó junto al
líder, descansando sobre una rodilla.
—¿Existe algún motivo por el que esas puertas debieran estar
cerradas? —le preguntó el teniente, con un nítido susurro.
—Parece un poco extraño —admitió—. Si alguien pretendía ar-
rasar la base, ¿por qué molestarse en sellar las puertas al partir?
39/324

—Compruébalas —le pidió Anderson al técnico especialista—.


Hazlo despacio y con cuidado.
O’Reilly pulsó un botón de su fusil de asalto, haciendo que la
empuñadura, la culata y el cañón se plegaran sobre sí mismos
hasta que este quedó como un rectángulo compacto con la mitad
de su longitud normal. Dejó caer el arma plegada en la pistolera
con cierre que llevaba en la cadera. De un bolsillo de la otra pierna
extrajo una herramienta y avanzó sigilosamente, empleándola
para barrer la zona en busca del más mínimo indicio que indicara
la presencia de cualquier dispositivo electrónico fuera de lo
corriente.
—Bien visto, teniente —murmuró tras comprobar los resulta-
dos—. Mina de proximidad conectada a la puerta.
El cabo hizo unos cuantos ajustes en la herramienta multifun-
ción, que emitió una breve pulsación de energía para bloquear los
sensores de la mina y así poder deslizarse con sigilo suficiente-
mente cerca para poder desactivarla. Todo el proceso llevó menos
de un minuto. Anderson contuvo la respiración hasta que O’Reilly
se volvió y le mostró el pulgar extendido hacia arriba para indicar
que la trampa estaba desactivada.
A una señal de Anderson, el resto del equipo avanzó apresura-
damente y tomó las posiciones preasignadas para abrir una bre-
cha en la puerta. Anderson y Shay se situaron cada uno a un lado
de la entrada, con la espalda apretada contra el muro exterior del
edificio. Unos metros más allá, la jefe Dah se agachó alineándose
con la puerta. Tras ella y ligeramente a un lado, Lee levantaba su
fusil de asalto, apuntando a la entrada para cubrir a Dah.
O’Reilly se acuclilló junto a Anderson y extendió la mano para
introducir el código de acceso en el panel. Mientras las puertas se
abrían, deslizándose, Dah cogió una granada lumínica de su cin-
turón, la arrojó al vestíbulo que se abría tras estas y entonces se
lanzó rodando a un lado para cubrirse. Lee hizo lo mismo
40/324

mientras la granada estallaba con un destello de luz cegador y una


niebla de humo fino y tenue.
Justo después de la explosión, Anderson y Shay se dieron la
vuelta y atravesaron la puerta con los rifles alzados y listos para
abatir a cualquier enemigo que pudiera haber en el interior. Era
una clásica maniobra de fogonazo y despeje, ejecutada con una
precisión impecable. Pero en la sala que había tras la puerta, a ex-
cepción de unas cuantas salpicaduras de sangre en las paredes y el
suelo, no había nadie.
—Despejado —dijo Anderson, mientras el resto del equipo en-
traba para reunirse con él. La entrada era una habitación desnuda
con un único corredor que conducía a la pared trasera, al fondo de
la base. Había unas cuantas mesas boca abajo en un rincón y vari-
as sillas volteadas. Un monitor en la pared mostraba una imagen
del puerto de aterrizaje de afuera.
—El puesto de guardia —señaló Dah; los indicios le con-
firmaban la sospecha anterior de Anderson—. Probablemente
cuatro de ellos se apostaron aquí para vigilar el puerto espacial. Al
aterrizar las naves, debieron de abrir las puertas blindadas y sali-
eron para ayudarles a descargar los bultos.
—Hay manchas de sangre en dirección al corredor, teniente
—gritó el soldado raso Indigo—. Parece que arrastraron los cuer-
pos desde esta sala al interior del complejo.
Anderson seguía sin explicarse por qué alguien querría arras-
trar los cuerpos de este modo, aunque, por lo menos, les propor-
cionaba una pista clara. El equipo de tierra avanzó lentamente
hacia las profundidades de la base siguiendo las manchas de san-
gre. El rastro les llevó hacia la cafetería, donde encontraron más
sillas y mesas volteadas además de agujeros en las paredes y el
techo, un claro indicio de que la habitación había sido testigo de
un breve pero intenso enfrentamiento armado.
41/324

Más adelante pasaron junto a dos alas de dormitorios separa-


das. La puerta de cada habitación había sido abierta a patadas y
los interiores, igual que la cafetería, estaban forrados de agujeros
de bala. Anderson se hizo una composición mental: una vez den-
tro, los atacantes fueron sistemáticamente de habitación en hab-
itación, masacrando a todo el mundo bajo una lluvia de
proyectiles… para después llevarse consigo los cuerpos a rastras.
Cuando llegaron a la parte trasera del edificio seguían sin
haber visto aún ningún signo que indicara que las tropas enemig-
as seguían allí. Sin embargo, hicieron otro descubrimiento con el
que ninguno de ellos contaba: al final del complejo encontraron
un único y gran montacargas que bajaba directamente bajo tierra.
—No me extraña que la base parezca tan pequeña —exclamó
O’Reilly—. ¡Todo lo bueno está enterrado ahí abajo! Mierda, ojalá
supiera en qué andaban trabajando —murmuro en un tono más
sombrío unos instantes después—. Sabe Dios dónde vamos a
meternos.
Anderson asintió, aunque le preocupaba un detalle más ur-
gente. De acuerdo con el panel que había a un lado de la pared, el
montacargas seguía abajo, en la última planta. Si alguien hubiera
accedido a los pisos inferiores de la base, al enterarse de que
llegaba la Hastings y salir huyendo, el montacargas debería de es-
tar en la planta superior.
—¿Algo no va bien, teniente? —preguntó Dah.
—Alguien bajó con el montacargas —dijo, ladeando la cabeza
en dirección al panel—. Pero no volvió a subir.
—¿Cree que siguen ahí abajo? —preguntó la jefa de artillería,
dejando claro por el tono que esperaba que así fuera.
El teniente asintió, insinuándose en sus labios la sombra de
una lúgubre sonrisa.
42/324

—¿Qué fue lo que ocurrió entonces con sus naves? —pregunto


el soldado raso Shay, sin saber todavía cómo reconstruir la
escena.
—Quienquiera que atacara la base, venía en busca de algo
—explicó Anderson—. Fuera lo que fuese que buscaba, no estaba
aquí arriba. Debieron de enviar a un equipo abajo, a los niveles in-
feriores, para acabar el trabajo. Es probable que solo dejaran aquí
a unos cuantos hombres para vigilar esto. Pero no contaban con
que una nave de patrulla de la Alianza estuviera lo bastante cerca
para responder a la señal de socorro con tanta rapidez. Cuando la
nave de reconocimiento alertó de que llegaba alguien a través del
repetidor de masa, sabían que disponían de veinte minutos para
recoger y largarse. Estoy convencido de que ni siquiera se mole-
staron en avisar a sus colegas de ahí abajo.
—¿Qué? ¿Por qué no? ¿Por qué harían algo así?
—Puede que este montacargas baje hasta una profundidad de
dos kilómetros —interrumpió el cabo O’Reilly, ayudando a ex-
plicárselo con detalle al soldado novato—. Parece que el panel de
comunicación del nivel inferior quedó destrozado durante el tiro-
teo. Con tanta roca y tanto mineral, no tuvieron ninguna posibil-
idad de enviar un mensaje a ninguno de los que estaban abajo. Y
el montacargas podría tardar hasta diez minutos en hacer el viaje
en un solo sentido. Si hubieran querido alertar a sus amigos del
sótano, les hubiera llevado media hora: diez minutos para hacer
venir al montacargas desde abajo, diez para enviar a alguien de
arriba a avisarles y diez más para volver a subir —continuó—.
Para entonces ya hubiera sido demasiado tarde. Era más fácil lar-
garse y dejar al resto atrás.
Shay abría los ojos con incredulidad.
—¿Abandonaron a sus amigos sin más?
—Esa es la diferencia que hay entre los mercenarios y los
soldados —le aclaró Anderson, antes de volver a centrar la
43/324

atención en la misión—. Esto cambia las cosas. Ahí abajo hay una
unidad enemiga y no tienen ni idea de que aquí arriba hay un
pelotón de la Alianza esperándoles.
—Podemos tenderles una emboscada —dijo Dah—. ¡Tan
pronto como se abran las puertas del montacargas abrimos fuego
y hacemos picadillo a esos hijos de puta! —Hablaba deprisa y un
pícaro destello brillaba en sus ojos—. ¡No tendrán la menor
oportunidad!
Anderson se lo pensó por un segundo y negó con la cabeza.
—Está claro que vienen en una misión de búsqueda y destruc-
ción: no piensan dejar supervivientes. Podría haber personal de la
Alianza con vida en los niveles inferiores. Si existe alguna posibil-
idad de salvarles, debemos intentarlo.
—Podría ser peligroso, señor —advirtió O’Reilly—. Estamos
dando por sentado que ellos no saben que estamos aquí. Si de al-
gún modo estuvieran al tanto, entonces seríamos nosotros los que
caeríamos en una emboscada.
—Es un riesgo que debemos asumir —respondió Anderson,
golpeando con el puño el panel para llamar al montacargas de
vuelta a la superficie—. Vamos a por ellos.
El resto del grupo, O’Reilly incluido, respondió con un seco
«¡señor, sí, señor!».
El largo y lento descenso en el montacargas fue aún más an-
gustioso que la espera en las bodegas de la nave al comienzo de la
misión. Mientras se hundían cada vez más bajo la superficie del
planeta la tensión crecía minuto a minuto.
El teniente podía oír el débil zumbido del cabrestante del
montacargas, un ruido sordo que le taladraba el cráneo y se hacía
cada vez más tenue, aunque sin llegar a desaparecer nunca del to-
do, mientras descendían cada vez más hueco abajo. El aire se
tornó cargado, caliente y húmedo. Sintió chasquidos en los oídos
y percibió un extraño olor en el aire, un hedor desconocido que
44/324

imaginó que era una mezcla de gases sulfurosos combinados con


moho alienígena y hongos subterráneos.
Anderson sudaba con profusión bajo el blindaje corporal y
continuamente se llevaba la mano que tenía libre a la visera para
desempañar la humedad que se condensaba en ella. Hizo lo que
pudo para no pensar en lo que ocurriría si se abrían las puertas y
el enemigo estaba esperando al otro lado, preparado.
Cuando al fin llegaron al fondo del hueco, el enemigo estaba
esperándoles pero a buen seguro que no estaba preparado. El
montacargas daba a una enorme antecámara: una cueva natural
llena de estalagmitas, estalactitas y gruesas columnas de piedra
caliza.
Unas lámparas artificiales, engarzadas a lo largo del techo, ilu-
minaban toda la estancia y la luz rebotaba sobre las gruesas vetas
de relucientes minerales metálicos de las innumerables forma-
ciones de roca natural. Al otro extremo había un pasadizo que era
la otra salida de la cueva, un largo túnel que daba la vuelta a la es-
quina y se perdía de vista.
Las fuerzas enemigas, cerca de una docena de mercenarios ar-
mados y blindados, iban hacia ellos desde el otro extremo de la
cámara. Con las armas a un lado, reían y bromeaban mientras se
dirigían al montacargas que habría de llevarles de vuelta a la su-
perficie del planeta.
Anderson no tardó más de una fracción de segundo en decidir
que, más que personal de la Alianza, parecían asaltantes asesinos
y ordenó abrir fuego. El equipo estaba preparado y a punto
cuando las puertas se abrieron y reaccionaron a su orden casi al
instante, cargando desde el ascensor con una barrera de fuego…
La primera descarga del ataque desgarró al pelotón de despreven-
idos mercenarios. De no ser por el blindaje corporal y los escudos
cinéticos la lucha hubiera acabado ahí mismo.
45/324

Tres de los combatientes enemigos se tiraron al suelo, aunque


muchos de los proyectiles certeros que impactaron sobre el resto
rebotaron o fueron absorbidos de tal manera que pudieron retro-
ceder y ponerse a cubierto tras los cantos rodados y las estalag-
mitas que cubrían el suelo de la caverna.
Los siguientes segundos de la batalla fueron un completo caos.
El equipo de Anderson avanzó, desplegándose hacia las forma-
ciones rocosas de la cueva en busca de cobertura. Tuvieron que
dispersarse deprisa, antes de que el fuego cruzado enemigo pudi-
era inmovilizar al grupo entero en un solo punto. La cueva retum-
baba con el staccato del retroceso de los rifles de asalto, el agudo
clic-clic-clic de las balas que rebotaba en las formaciones rocosas
y las paredes, y, a cada quinto disparo, la incandescencia de las
balas trazadoras encendía la habitación con una luminiscencia
espectral.
Tras realizar un esprint hasta una gran estalagmita cercana,
Anderson sintió un estremecimiento demasiado familiar mientras
sus escudos cinéticos rechazaban varios disparos que de otro
modo hubieran dado en el blanco. Al lanzarse a tierra rodando,
una hilera de balas dio contra el suelo justo frente a él pulveriz-
ando la piedra y lanzándole a la cara, bajo la visera, salpicaduras
de agua y polvo.
Se puso en pie, escupió la asquerosa gravilla y comprobó in-
stintivamente la energía que quedaba en sus escudos. Habían ba-
jado al 20%; ni siquiera era suficiente para tener la posibilidad de
luchar en el caso de que tuviera que correr de nuevo bajo el fuego
directo del enemigo.
—Nivel de escudos —gritó Anderson por la radio. Las cifras le
llegaron a ráfagas—: ¡Veinte! ¡Veinticinco! ¡Veinte! ¡Diez!
El equipo seguía intacto pero los escudos habían recibido un
buen golpe. Habían perdido la ventaja inicial del factor sorpresa y
ahora se enfrentaban a un pelotón enemigo que prácticamente les
46/324

doblaba en número. Pero los soldados de la Alianza habían sido


entrenados para actuar en equipo, cubrirse entre ellos y cuidar
unos de otros. Confiaban en sus compañeros y confiaban en su
líder. Anderson supuso que eso les daría la ventaja que pudieran
necesitar sobre cualquier banda de mercenarios.
—Dah, Lee, ¡moveos a la derecha! —gritó—. ¡Intentad
flanquearlos!
El teniente rodó hacia la derecha, emergió por detrás de una
estalagmita que lo ocultaba de la vista y disparó una rápida ráfaga
de cobertura en dirección al enemigo. No intentaba darle a nadie;
incluso con la tecnología inteligente para fijar blancos que todas
las armas de fuego personales llevaban incorporada, resultaba
prácticamente imposible acertar a un blanco del tamaño de una
persona sin tomarse al menos medio segundo para recuperar el
equilibrio y apuntar. Aunque su objetivo no era infligir daño; tan
solo pretendía aturdir al enemigo para que no tuviera tiempo de
enfilar a Lee o a Dah mientras estos avanzaban, de forma altern-
ativa, entrando y saliendo precipitadamente de cobertura.
Después de una ráfaga de dos segundos, retrocedió tras su
propia protección; no era bueno permanecer a la vista en un
mismo punto durante demasiado tiempo. Justo cuando estaba
haciendo precisamente eso, Shay apareció de repente por detrás
de un canto rodado y soltó otra ráfaga para cubrir a los compañer-
os de pelotón que estaban en marcha; al ponerse a cubierto,
O’Reilly le reemplazó.
Tan pronto como el cabo se retiró, Anderson asomó la cabeza
y abrió fuego de nuevo. Esta vez apareció por el costado izquierdo
de la estalagmita; ponerse a tiro dos veces seguidas por el mismo
sitio era la mejor manera de recibir una salva enemiga en plena
cara.
Se puso a resguardo y oyó cómo Dah decía por la radio:
—¡En posición! ¡Deponiendo fuego de cobertura!
47/324

Ahora le tocaba moverse a él.


—¡Allá voy! —gritó, justo antes de salir corriendo al descu-
bierto; se agachó y corrió rápido hasta llegar a otra pieza cercana
de la arquitectura natural de la cueva que fuera suficientemente
grande para poder protegerle de las balas enemigas. Se deslizó
hasta detenerse tras una gruesa columna, justo con el tiempo para
recobrar el aliento y soltar fuego de cobertura a la vez que orde-
naba a Shay y a O’Reilly que salieran a la carrera.
Repitieron el proceso una y otra vez; Anderson mandaba pon-
erse en marcha a una persona mientras el resto disparaba para
mantener al enemigo a la defensiva. El teniente variaba a quién le
tocaba cada vez; la clave estaba en tener al equipo en movimiento
y mantener al enemigo desequilibrado. Permanecer en el mismo
sitio permitiría que sus enemigos se centraran en ellos mediante
varios tiradores o, lo que era peor, que estos comenzaran a lanzar
granadas en su dirección. Pero tenía que haber alguna intención y
sentido en el movimiento; debían seguir un plan.
A pesar de todo el jaleo y la confusión fortuita del combate, el
teniente había sido entrenado para enfocar los enfrentamientos
armados como si estos fueran una partida de ajedrez. Todo tenía
que ver con la táctica y la estrategia: había que proteger las fichas
mientras se manejaban una a una para fortalecer la posición glob-
al. Al trabajar como una unidad, el pelotón de la Alianza estaba
aprovechando esta ventaja de soldado en soldado, maniobrando
lentamente hacia donde pudieran flanquear al enemigo, sacarles
fuera de cobertura y sorprenderles con el fuego cruzado.
Los mercenarios también se daban cuenta de lo que estaba
ocurriendo. Los esfuerzos coordinados de Anderson y su equipo
les habían inmovilizado, atrapado y dejado prácticamente in-
defensos. Solo era cuestión de tiempo que estos lanzaran un con-
traataque suicida o rompieran filas batiéndose en una retirada
desesperada. En esta ocasión, eligieron lo segundo.
48/324

Todo pareció ocurrir de repente; los mercenarios se pusieron


súbitamente a descubierto y caminaron marcha atrás hacia el pas-
adizo que había detrás de ellos mientras disparaban furiosas e im-
precisas ráfagas en dirección a los soldados de la Alianza. Justo lo
que Anderson y su equipo habían estado esperando.
Mientras los mercenarios se replegaban, Anderson permane-
ció de pie tras el canto rodado que estaba utilizando para cubrirse.
Dejó la cabeza y los hombros al descubierto, sabiendo que alguien
que corre hacia atrás y al mismo tiempo dispara un rifle de asalto
tendría mucha suerte de poder acertar en el costado de un
acorazado, por no hablar de un blanco de la mitad del tamaño que
un torso humano. Sujetó con fuerza el arma encima del canto
rodado para estabilizarla y apuntó cuidadosamente a uno de los
mercenarios, dejando que el sistema de fijación de blancos del
arma localizara un blanco seguro; entonces apretó lentamente el
gatillo. El mercenario desplegó una corta y espasmódica danza
mientras una constante andanada de balas agotaba sus escudos,
le destrozaba la armadura y atravesaba su carne.
Toda la secuencia debió de llevar unos cuatro segundos de
principio a fin, lo que, después de haber sido acosados por los que
estaban al otro lado apuntándoles tranquilamente desde sus mir-
as, pareció una eternidad. Pero con esa amenaza eliminada
Anderson tuvo tiempo más que suficiente para garantizar que el
objetivo fuera letalmente certero. Y hasta tuvo la ocasión de alin-
ear y derribar también a una segunda mercenaria.
Y no era el único beneficiado por esta situación. Durante la
desesperada retirada, su equipo abatió a siete mercenarios en
total. Tan solo dos de ellos consiguieron escapar con vida, al al-
canzar la seguridad del pasadizo y desaparecer tras la vuelta de la
esquina.
TRES

Anderson no envió inmediatamente a su equipo a perseguir a los


mercenarios huidos. Tan pronto como perdieron contacto visual
con el enemigo, ir tras él se convirtió en cosa de locos. Cada es-
quina, recodo o pasillo bifurcado que hubieran atravesado repres-
entaba el riesgo de una emboscada en potencia.
En lugar de eso, Dah, O’Reilly y Lee tomaron posiciones defen-
sivas para proteger el pasillo en caso de que regresaran los mer-
cenarios, quizá con refuerzos. Con el único punto de insurgencia
cubierto, Anderson y Shay tuvieron plena libertad para examinar
los cuerpos.
Durante el combate habían matado a diez mercenarios. Ahora
hurgaban entre los cadáveres: el macabro aunque necesario
desenlace de cada combate. El primer paso era identificar a los
posibles supervivientes heridos que pudieran representar una
amenaza en potencia. Anderson se sintió aliviado al descubrir que
todas las figuras abatidas ya estaban muertas. Ejecutar a enemi-
gos indefensos no formaba parte de la política de la Alianza, pero
tomar prisioneros hubiera planteado toda una nueva serie de
50/324

problemas logísticos en una misión que ya era suficientemente


complicada.
El siguiente paso era intentar identificar para quién traba-
jaban. Eran ocho hombres y dos mujeres: cinco batarianos, tres
humanos y dos turianos. Su material era un batiburrillo de armas
comerciales y militares de una amplia variedad de empresas. Las
unidades militares oficialmente reconocidas solían estar constitu-
idas por una única especie y solo llevaban armas y blindaje de una
marca; el inevitable resultado de la firma de contratos de suminis-
tro en exclusiva de las empresas con los gobiernos que los
supervisaban.
Estos eran, muy probablemente, soldados de fortuna, miem-
bros de una de las muchas bandas de mercenarios autónomas del
Confín Skylliano que contrataban sus servicios al postor más alto.
La mayoría de los mercenarios llevaban tatuajes o marcas graba-
das a fuego en la carne que proclamaban su lealtad a un grupo u
otro y que, por lo general, solían estar expuestos de manera muy
visible en los brazos, la cara y el cuello. Pero las únicas marcas
que Anderson encontró en los caídos fueron manchas borrosas de
piel costrosa y en carne viva.
Se sintió decepcionado, aunque no sorprendido. Para los tra-
bajos en los que la discreción era importante, los escuadrones
eliminaban sus distintivos con un lavado de ácido exfoliante para
luego volver a tatuárselos tras la misión: un procedimiento sen-
cillo y doloroso que cargaban a quienquiera que hubiera con-
tratado sus servicios.
Evidentemente, el grupo contratado para atacar Sidón, temer-
oso de las represalias de la Alianza hizo lo posible por eliminar cu-
alquier pista que pudiera implicarles si algo iba mal.
Cuando Anderson y Shay terminaron de despojar los cuerpos
de granadas, medigel y cualquier cosa útil y lo bastante pequeña
51/324

para ser cargada con facilidad, seguía sin haberse producido un


contraataque.
—Parece que no van a salir de nuevo —refunfuñó Dah, mien-
tras Anderson se reunía junto a ella.
—Entonces deberemos entrar a por ellos —replicó Anderson,
mientras introducía de una palmada una batería nueva en el gen-
erador de su escudo cinético—. No podemos esperarles aquí para
siempre, y todavía existe la posibilidad de encontrar a alguno de
los nuestros con vida allí abajo.
—O más mercenarios —masculló O’Reilly mientras reem-
plazaba su batería.
El cabo no hizo sino decir lo que todos estaban pensando. Por
lo que ellos sabían, quedaba otro escuadrón enemigo entero en las
profundidades de la base y los dos hombres que habían escapado
del combate ya habían conseguido avisar a los refuerzos. Pero, a
pesar de que era posible que estuvieran cayendo en una trampa,
ahora no podían retroceder.
El teniente dio al resto del equipo unos instantes para
equiparse antes de gritar:
—Dah, Shay, pónganse al frente. ¡Marchémonos de aquí!
Avanzaron hacia el pasadizo toscamente labrado,
manteniendo la formación de patrulla estándar de la Alianza: los
dos marines en cabeza, Anderson y O’Reilly en medio, tres metros
por detrás de ellos, y Lee a tres metros de estos cubriéndoles las
espaldas. Todos llevaban las armas alzadas y preparadas mientras
avanzaban lenta pero constantemente por el irregular y acci-
dentado túnel que había sido escarbado en la roca. Ahora estaban
oficialmente en un punto caliente en el que la precaución era más
importante que la velocidad. La menor distracción les podía cost-
ar la vida a todos.
A los diez metros, el corredor giraba bruscamente a la
izquierda. A una señal de la mano de Dah, que avanzaba
52/324

sigilosamente y asomó la cabeza por la esquina, exponiéndose por


un instante al posible fuego enemigo antes de volverse a agazapar,
el equipo se detuvo en seco. Al confirmar que estaba despejado,
prosiguieron la marcha.
Tras la esquina, el pasadizo seguía unos veinte metros antes de
llegar a una puerta de seguridad sellada. La barrera de metal
pesado estaba cerrada y asegurada. Anderson le hizo una señal a
O’Reilly, y el cabo avanzó para emplear su magia tecnológica y an-
ular los códigos de acceso. El resto del equipo tomó posiciones es-
tándar para otro procedimiento de fogonazo y despeje.
—Si esos mercenarios están cerrando las puertas de segundad
—susurró Dah al oficial al mando mientras esperaban a que la pu-
erta se abriera—, eso significa que tienen los códigos de la base.
Alguien de dentro ha debido de colaborar con ellos.
Anderson asintió con un sombrío movimiento de cabeza por
respuesta. La idea de que alguien de Sidón hubiera traicionado a
la Alianza no le gustó, pero era la única explicación que tenía sen-
tido. Los mercenarios sabían que en las instalaciones se esperaba
un cargamento extraplanetario y debían de tener los códigos de
aterrizaje adecuados para hacer aterrizar sus naves sobre la su-
perficie del planeta sin levantar sospechas. Estaban lo bastante fa-
miliarizados con el trazado para despejar el área superior y diri-
girse hacia los ascensores del fondo sin dejar escapar a nadie. Y
debieron de tener acceso a los códigos restringidos de cierre para
sellar la puerta de seguridad. Todas las evidencias apuntaban a la
inevitable conclusión de que había un traidor en Sidón.
La puerta se abrió deslizándose y el equipo se puso en acción,
empleando una granada para cegar a quien hubiera al otro lado y
entrando a cargar solo para descubrir que la zona que se abría
tras la puerta estaba vacía. Ahora estaban en una gran sala cuad-
rada de unos veinte metros de lado. El metal reluciente de las
paredes, el techo y el suelo reforzado dejaban claro que estaban
53/324

entrando en el corazón de las instalaciones de investigación. Todo


transmitía una sensación moderna y elegante; un marcado con-
traste con los toscos túneles naturales por los que acababan de
pasar.
—Aquí hay un rastro de sangre —gritó O’Reilly desde la
izquierda—. Parece fresco.
—Sigámoslo —decidió Anderson—. Lee y Shay, mantengan la
posición aquí. —No le gustaba dividir al grupo pero desconocían
el trazado de la base. No quería que los mercenarios les doblaran,
pasando detrás de ellos, y escaparan de vuelta hacia el montacar-
gas—. ¡Dah, O’Reilly, en línea!
Dejaron a los dos soldados rasos custodiando la única salida y
Anderson y los demás se pusieron en camino por el corredor de la
derecha, adentrándose cada vez más en el complejo de investiga-
ción. Atravesaron varias intersecciones más, pero Anderson no
quería dividir otra vez su pelotón. En lugar de eso, los tres se lim-
itaron a seguir el rastro de sangre. A lo largo del camino pasaron
por unas cuantas habitaciones: a juzgar por los escritorios y las
estaciones de trabajo personales, la mayoría de ellas eran
pequeños despachos. Al igual que los dormitorios, todos habían
sido completamente arrasados por el tiroteo. La matanza indis-
criminada que había comenzado en la superficie continuó sin
tregua bajo tierra. Y una vez más, los mercenarios no se con-
tentaron con dejar a sus víctimas allá donde caían sino que, por
alguna inexplicable razón, se los habían llevado a rastras.
Cinco minutos después, dieron al fin con el origen del rastro
de sangre que habían estado siguiendo. Un turiano tendido boca
abajo en el suelo de una habitación de tamaño mediano, sangraba
profusamente de una herida en la pierna. Anderson le identificó
como uno de los mercenarios que había escapado del reciente
combate. Se aproximó con cuidado, arrodillándose junto a la
54/324

figura inmóvil para comprobar su pulso aunque sin poder


encontrarlo.
En la habitación, solo quedaba una salida: una puerta de se-
guridad sellada situada a un lado.
—¿Cree que su colega estará ahí adentro? —preguntó Dah
apuntando con su fusil de asalto al portal cerrado.
—Lo dudo —respondió Anderson—. Probablemente sabía que
seguiríamos el rastro de sangre. Seguro que abandonó al tipo más
atrás, en alguna de las bifurcaciones. Debió de esperar a que
pasáramos y luego corrió como un loco hacia la salida.
—Espero que Shay y Lee estén alerta —murmuró Dah.
—Podrán con él —le aseguro Anderson—. Me interesa.
—Es probable que conduzca al laboratorio de investigación
principal —conjeturó O’Reilly—. Puede que dentro al fin en-
contremos algunas respuestas.
Apartaron al muerto fuera del camino, haciéndolo rodar; si
tras esa puerta les esperaba otro tiroteo, no tenía ningún sentido
arriesgarse a que alguien tropezara con el cuerpo. Entonces, a una
orden de Anderson, el cabo se puso a trabajar y, mientras el teni-
ente y la jefe de artillería Dah tomaban posiciones para otra op-
eración de fogonazo y despeje, anuló el cierre de seguridad.

Esta vez, Dah fue la primera en entrar; igual que en la ocasión an-
terior, tampoco había nadie al otro lado. Nadie con vida, el cu-
alquier caso.
—Madre de Dios —dijo, quedándose boquiabierta.
Anderson entró en la habitación y sintió cómo su estómago se
revolvía ante el espantoso espectáculo que encontró frente a él.
O’Reilly tenía razón: estaban en un laboratorio enorme dominado
por un gigantesco servidor central. El único modo de entrar o salir
era por la puerta que acababan de atravesar y como en el resto de
55/324

la base, todas las piezas del equipo de la sala habían sido destrui-
das más allá de toda reparación posible.
Pero no fue eso lo que provocó sus reacciones. Al menos tre-
inta cadáveres yacían desparramados por la habitación, la may-
oría apilados junto a las paredes a ambos lados de la entrada. Los
uniformes indicaban que era personal de la Alianza; los guardas e
investigadores asesinados a lo largo de las otras secciones de la in-
stalación. El misterio de a dónde habían ido a parar los cuerpos
estaba resuelto, a pesar de que Anderson seguía sin comprender
por qué todos habían sido arrastrados hasta esta única ubicación.
—¿Compruebo si quedan supervivientes, señor? —preguntó
Dah, sin dejar traslucir demasiadas esperanzas en su voz.
—Espere —dijo Anderson, levantando la mano para que el
equipo se mantuviera en su lugar—. Que nadie mueva un solo
músculo.
—Dios mío —susurró O’Reilly, que acababa de reconocer qué
era lo que Anderson ya había visto.
La habitación entera estaba cableada con explosivos. No eran
simples minas de proximidad sino innumerables cargas deton-
adoras de diez kilos situadas estratégicamente alrededor del
laboratorio. Súbitamente, todo cobró sentido para el teniente
Anderson.
Había suficientes explosivos como para hacer saltar por los
aires todo lo que había dentro de la habitación, incluidos los cuer-
pos. Ese era el motivo por el que todos habían sido reunidos allí
con tanto cuidado. No habría manera de identificar positivamente
los restos, lo que significaría que a quienesquiera que fueran los
traidores a Sidón se les supondría muertos junto con los demás.
Podrían adoptar una nueva identidad y vivir a costa de los benefi-
cios de su crimen sin ningún riesgo de repercusiones.
Un débil pitido electrónico hizo que Anderson se diera cuenta
de que encontrar al traidor era el menor de sus problemas.
56/324

—¡Un temporizador! —advirtió O’Reilly con un tono crudo de


temor y ansiedad.
Un segundo después volvió a pitar, y el teniente comprendió
que el mercenario moribundo les había atraído hacia una trampa.
La secuencia de detonación seguía su cuenta atrás y el destino de
todos ellos —supervivencia o muerte— vendría determinado con
toda probabilidad por la próxima orden que diera.
En el segundo que hubo entre ambos pitidos, su mente analizó
y evaluó la situación. El alcance de la onda expansiva sería
enorme, más que suficiente para desestabilizar todo el complejo
subterráneo. Probablemente provocaría un derrumbamiento que
colapsaría la inmensa cámara natural hasta el montacargas.
Aunque estuvieran suficientemente alejados para sobrevivir a la
explosión, se quedarían sin aire mucho antes de que el personal
de rescate les encontrara.
O’Reilly era un técnico experto; existía una posibilidad de que
pudiera desactivar el detonador antes de que estallara. Eso si
tenían el tiempo necesario para encontrarlo. Si no había otro de
reserva. Si se trataba de un fabricante con el que estuviera famili-
arizado. Y si no disponía de ningún dispositivo a prueba de fallos
para evitar anulaciones manuales.
Demasiadas incertidumbres. Desactivar los explosivos no era
una opción, lo que significaba que lo único que les quedaba por
hacer era…
—¡A correr!
En respuesta a su orden, los tres giraron sobre sus talones y se
lanzaron a la carrera de vuelta por los corredores por donde
habían venido.
—Shay, Lee —gritó Anderson por la radio—. Al montacargas.
¡Ya!
—Sí, sí señor —respondió a gritos uno de ellos.
57/324

—Espérennos tanto tiempo como sea posible pero si les doy la


orden, márchense sin nosotros. ¿Lo han comprendido?
Se hizo un silencio al otro extremo de la radio; tan solo se oía
el pesado sonido de sus pasos y la respiración fuerte de los tres
soldados de la Alianza al esprintar por el corredor.
—¡Soldado! ¿Me oye? ¡Si digo que se marchen, más vale que se
marchen, hayamos o no hayamos llegado!
Fue recompensado por un reacio «Entendido, señor».
Iban a la carrera por los pasillos, corriendo tan rápido como
podían, deslizándose y derrapando al doblar las esquinas en un
desesperado intento de batir al temporizador, que podía detonar
en cualquier momento. No había tiempo para controlar las em-
boscadas del enemigo. Simplemente, debían confiar en no caer en
una.
A la vuelta de la esquina, en la habitación en la que Anderson
había ordenado previamente a Shay y a Lee que les esperaran, se
agotó al fin su racha de buena suerte. La jefe de artillería Dah iba
en cabeza; sus largas piernas le permitían ganar terreno a cada
zancada y les había sacado unos metros de ventaja a sus dos com-
pañeros. Llegó a la sala corriendo a toda velocidad… justo en me-
dio de una ráfaga de disparos.
El único mercenario superviviente —un batariano— les estaba
esperando. Debía de haber entrado a trompicones en la sala des-
pués de que Shay y Lee se retiraran al montacargas obedeciendo
la orden de Anderson. Había estado aguardándoles paciente-
mente desde entonces, esperando la ocasión para obtener alguna
clase de mezquina venganza.
La fuerza de las balas hizo que Dah saliera disparada y se
desplomara a tierra. Con el impulso, su cuerpo rodó por el suelo
hasta detenerse, encogido e inmóvil, en un rincón.
Anderson fue el segundo en pasar a la habitación; entró a la
carga disparando su arma. Normalmente, correr directamente
58/324

hacia un enemigo estacionario con un rifle de asalto cargado era


un completo suicidio, pero el mercenario había centrado estúpi-
damente la atención en Dah mientras esta se tambaleaba y caía, y
ni siquiera estaba mirando en dirección a Anderson. Cuando in-
tentó girarse para abrir fuego sobre el enemigo que cargaba con-
tra él, el teniente estaba prácticamente encima de él; tan cerca
que incluso corriendo fue capaz de apuntar con la suficiente preci-
sión para hacerle un agujero en el pecho.
O’Reilly llegó una fracción de segundo después, deteniéndose
al ver a Dah tumbada sobre un charco de sangre que se extendía
con rapidez.
—¡Márchese! —le gritó Anderson—. Vaya al ascensor.
O’Reilly asintió secamente y se marchó, dejando que Anderson
examinara a su compañera caída.
El teniente se apoyó sobre una rodilla, le dio la vuelta a Dah y
entonces, cuando los ojos de esta comenzaron a parpadear, casi
dio un salto hacia atrás por la sorpresa.
—El muy capullo apuntó demasiado bajo —dijo entre di-
entes—. Me dio en la pierna.
Anderson le echó un vistazo y comprobó que era cierto. Unas
cuantas balas perdidas habían penetrado en la barrera cinética
que le protegía el torso y habían rebotado en las densas placas del
blindaje corporal, sin causarle más daños que algunas abolladuras
y decoloraciones. Pero la pierna derecha, allí donde la armadura
era más fina y donde los escudos se habían desgastado por la
mayor densidad del fuego, había acabado hecha papilla, puro
picadillo.
—¿Jefa Dah, alguna vez la ha llevado alguien a cuestas? —le
preguntó Anderson, arrojando las armas al suelo y quitándose con
rapidez el blindaje corporal.
59/324

—Nunca fui la típica chica a la que se lleva a cuestas, señor


—respondió, desabrochándose el cinturón y deshaciéndose de
cada pieza del equipo que no estuviera atada con correa.
—Es sencillo —explicó, agachándose para ayudarla a sentarse.
Seguía llevando el blindaje corporal, pero ya habían perdido de-
masiado tiempo—. Lo único que tiene que hacer es agarrarse
fuerte.
Hizo lo posible para ayudarla a sujetarse alrededor de su
cuello y de sus hombros. Se levantó, tambaleándose por el gran
peso de la mujer, y echó los brazos hacia atrás para poder
aguantar su peso, estrechándole los muslos y las nalgas mientras
ella se aferraba ferozmente con los brazos a su cuello.
—Vamos —gruñó, haciendo lo posible por ocultar el dolor que
el movimiento le estaba causando en el miembro mutilado.
Anderson dio unos cuantos pasos vacilantes, luchando por en-
contrar el modo de moverse tan rápido como fuera posible a la vez
que procuraba equilibrar la incómoda carga. Cuando pasaron del
pasadizo a la caverna cubierta de grandes estalactitas ya había en-
contrado una cadencia, poco elegante aunque efectiva, a medio
camino entre el galope y el trote. Y entonces, el temporizador
detonó.
En el laboratorio principal, en el corazón de la base de invest-
igación, se desató una enorme bola de calor, fuego y energía que
arrastró los desechos a medida que se extendía por el complejo,
alabeando las puertas, arrancando las bisagras, combando los
suelos y fundiendo las paredes.
Lejos, en la caverna natural, los efectos de la explosión se de-
jaron sentir en tres etapas diferentes. Primero, la tierra pareció le-
vantarse por debajo de los pies de Anderson, haciéndole caer al
suelo. Al golpearse la pierna contra el suelo, Dah gritó, aunque su
voz quedó ahogada por la segunda fase de la explosión, un es-
tampido ensordecedor que retumbó por toda la caverna,
60/324

aplacando cualquier otro sonido. La fase final fue un muro de aire


caliente que, propulsado por la onda expansiva, se desbordó por
el pasadizo y pasó por encima de ellos, inmovilizándoles contra el
suelo, quemándoles los pulmones y dificultándoles la respiración.
Anderson se esforzó por respirar y durante un segundo casi se
desmaya. Luchó por mantener la conciencia mientras la fuerza in-
visible que le aplastaba el pecho y le mantenía clavado en el suelo
remitía lentamente su presión y el aire recalentado expelido por la
onda expansiva se dispersaba por toda la caverna.
Todavía no estaban fuera de peligro. La fuerza de la onda ex-
pansiva había sacudido la caverna. Las hileras de luces artificiales
se desgarraron, quedando sueltas, balanceándose con violencia y
proyectando sombras extrañas y disparatadas por toda la sala. Y a
pesar de que aún le zumbaban los oídos, podía oír claramente los
fuertes y nítidos crujidos de las fracturas de estrés que apareci-
eron en las paredes y el techo mientras la caverna comenzaba a
colapsarse.
—O’Reilly —gritó por la radio, esperando que los tres hombres
del montacargas aún pudieran oírle—. ¡Este sitio se derrumba!
¡Suban a la superficie! ¡Ya!
—¿Y usted y Dah? —La respuesta apenas fue audible dentro
del casco de Anderson, aunque por el tono estaba claro que el
cabo estaba gritando.
—Envíen el montacargas de vuelta abajo cuando hayan llegado
hasta arriba —dijo bruscamente—. ¡Muévanse! ¡Es una orden!
Sin esperar una respuesta, Anderson se arrastró para examin-
ar a la jefa de artillería Dah. Había perdido el conocimiento; el
dolor en la pierna, sumado al trauma físico causado por las
réplicas de la explosión, era demasiado para poder soportarlo.
Reuniendo las fuerzas que le quedaban, el teniente logró ponerse
en pie, colgándola sobre sus hombros a la manera de los
bomberos.
61/324

Comenzó una carrera desesperada y renqueante hacia la liber-


tad mientras la cámara se desintegraba a su alrededor. Las es-
talactitas se desplomaban como enormes lanzas dentadas de
piedra caliza; el frágil asimiento que las había mantenido unidas
al techo durante millares de años finalmente fallaba. Grietas
enormes se extendían por el suelo, las paredes y la bóveda,
haciendo que grandes pedazos de roca se rompieran y cayeran al
suelo, donde reventaban con el impacto hasta quedar reducidos a
polvo y escombros.
Anderson hizo lo que pudo por apartar todo aquello de su
mente. No había nada que pudiera hacer, aparte de seguir cor-
riendo y rezar para no ser aplastados desde arriba, de modo que
obligó a su mente a concentrarse únicamente en poner un pie
delante del otro. No estaba seguro de poder conseguirlo. Las
hileras de luces que se balanceaban producían un efecto similar al
estroboscópico, haciéndole difícil mantener el equilibrio sobre el
accidentado suelo. Estaba magullado y rendido por la conmoción
de la onda expansiva. El agotamiento y la fatiga se apoderaron de
él. Los músculos de los muslos y las pantorrillas le ardían. El flujo
de adrenalina que sintió al principio de la misión había desapare-
cido: sencillamente, su cuerpo no daba más de sí. Se movía cada
vez con mayor lentitud y la mujer inconsciente que descansaba
sobre sus hombros parecía tan pesada como las gigantescas losas
de roca que llovían a su alrededor.
Cuando al fin se hizo visible el montacargas, no le sorprendió
ver que O’Reilly, Shay y Lee seguían esperándole. Al ver a su
comandante tambaleándose de un lado a otro como un muerto
viviente, los tres salieron corriendo en su ayuda. Anderson estaba
demasiado agotado como para poner reparos. Simplemente dejó
resbalar a Dah de sus hombros hasta las manos de los dos solda-
dos rasos, cogiéndola uno por debajo de los hombros y el otro por
debajo de la cadera.
62/324

Al desprenderse de la carga perdió el equilibrio y casi se cayó,


aunque O’Reilly estaba ahí para cogerle. Apoyándose en el cabo,
logró dar los últimos veinte pasos que le separaban del montacar-
gas antes de desplomarse en un rincón.
Las puertas se cerraron de golpe y el cajón comenzó el largo
trayecto hacia la superficie. El trayecto distó mucho de ser tran-
quilo: el montacargas se movía a trompicones y los engranajes
chirriaban y rechinaban. Nadie dijo nada, como si tuvieran miedo
de que al hacer alusión a su precaria situación esta pudiera empe-
orar. Anderson yacía donde había caído, jadeando y resoplando al
intentar recobrar el aliento.
Cuando llegaron arriba y salieron en tropel hacia la seguridad
de la superficie se había recuperado lo suficiente para poder
hablar.
—Les dije que no me esperaran —reprendió a su equipo mien-
tras regresaban a la Hastings; los soldados rasos seguían car-
gando el cuerpo inconsciente de Dah entre ambos—. Debería de-
gradarles a todos un rango por haber desobedecido mis órdenes.
—Hizo una pausa para dejar que la declaración hiciera efecto—.
Eso, o recomendarles a todos para una medalla.
CUATRO

La teniente Kahlee Sanders era lista: una de las mejores espe-


cialistas en ordenadores y sistemas de la Alianza. Era atractiva:
los soldados de la base siempre intentaban ligar con ella cuando
no estaba de servicio. Era joven: a los veintiséis años, sabía que
podía contar con al menos medio siglo de salud y otros tantos
años productivos por delante. Y sabía que estaba al borde de
cometer el mayor error de su vida.
Echó una mirada cautelosa por el bar, sorbiendo nervi-
osamente la bebida mientras se hundía cada vez más en su
pequeño rincón procurando no llamar la atención. De estatura y
constitución medianas, el único rasgo verdaderamente distintivo
de Kahlee era una rubia melena que le llegaba hasta los hombros:
un rasgo genéticamente recesivo, teniendo en cuenta que las rubi-
as naturales casi se habían extinguido. Aunque su cabello era de
un rubio oscuro con mechones tirando a castaño… y, en cualquier
caso, seguía habiendo muchos humanos que se teñían de rubio.
Normalmente, no destacaba entre la multitud. Eso facilitaba que
aquí pasara inadvertida: el Agujero Negro estaba abarrotado.
64/324

La mayor parte de la clientela era humana, cosa que no res-


ultaba sorprendente, teniendo en cuenta que el bar era un es-
tablecimiento selecto a corta distancia de los puertos espaciales de
Elysium, la colonia mayor y más antigua del Confín Skylliano. Sin
embargo, al menos una tercera parte de los clientes habituales es-
taba constituida por otras especies. Los batarianos eran los más
numerosos; podía ver cómo sus estrechas cabezas se balanceaban
sobre sus nervudos cuellos entre la multitud. Tenían unas fosas
nasales de gran tamaño, narices grandes y triangulares que
prácticamente estaban chafadas contra la cara, con la punta
señalando directamente a sus finos labios, y la barbilla
puntiaguda. Sus caras estaban recubiertas de un vello tan corto y
fino que se parecía al suave terciopelo del morro de un caballo, a
pesar de que les crecía con mayor grosor y longitud alrededor de
la boca. Una tira plana y cartilaginosa a modo de cresta les recor-
ría la superficie del cráneo y les bajaba por detrás del cuello.
Pero la característica más singular de la especie era, sin duda,
el hecho de que poseía dos pares de ojos distintos. Un par estaba
situado en unas cuencas amplias y huesudas que sobresalían de
las esquinas de la cara, confiriendo a los cráneos una perceptible
forma de diamante. El segundo par, situados a mayor altura, justo
por debajo de la mitad de la frente, dos ojos de menor tamaño y
más próximos entre sí. Los batarianos tenían la costumbre de
mirar con los cuatro ojos simultáneamente, dificultando que una
especie binocular supiera en qué par debían centrarse durante
una conversación. La incapacidad de mantener el contacto visual
resultaba desconcertante para la mayor parte de las especies y los
batarianos siempre procuraban sacar provecho de esta ventaja en
situaciones que tuvieran que ver con el regateo y las
negociaciones.
Igual que la Alianza, el gobierno batariano estaba establecién-
dose activamente en el Confín Skylliano, con la intención de
65/324

afianzarse en una región madura para la expansión. Aunque, en la


actualidad, el Agujero Negro también era la sede de otras especies
alienígenas. Vio a varios turianos entre el público, con sus rasgos
oscurecidos en gran medida por los duros caparazones tatuados
que les cubrían el rostro y la cabeza como si fueran feroces más-
caras paganas. Notó los rápidos y despiertos ojos de un grupo de
salarianos que estaban en el otro extremo de la habitación. Un par
de enormes krogan se asomaban entre las sombras, cerca de la
puerta, custodiando la entrada como dinosaurios prehistóricos de
pie sobre sus patas traseras. Unos cuantos volus rechonchos se
contoneaban por la sala. Y la única asari, una camarera hermosa y
etérea, se deslizaba sin esfuerzo entre la multitud, yendo de mesa
en mesa mientras mantenía en equilibrio una bandeja repleta de
bebidas.
Kahlee había llegado sola pero parecía como si todos los de-
más hubieran llegado en grupos. Se apoyaban sobre la barra, se
apiñaban alrededor de las mesas altas, se arremolinaban sobre la
pista de baile o se apretujaban contra las paredes. Todo el mundo
parecía estar pasándoselo bien, riendo y charlando con los ami-
gos, los colegas o los socios. A Kahlee le asombraba que pudieran
oírse entre sí. El constante barullo de cincuenta conversaciones
simultáneas se elevaba hasta el techo y caía estrellándose sobre
ella como una ola. Procuró eludirlo hundiéndose aún más en su
pequeño rincón.
Nada más llegar, pensó que la presencia de la multitud sería
reconfortante. O que quizá pudiera perderse entre la anónima
muchedumbre. Pero las bebidas del Agujero Negro eran tan
fuertes como cabía esperar por su renombre y, a pesar de que es-
taba tan solo a mitad de la segunda copa, sus sentidos comenza-
ban ya a embotarse ligeramente. Ahora había demasiado ruido y
movimiento. Era incapaz de centrar la atención en lo que estaba
ocurriendo a su alrededor. Ninguno de los presentes tenía ningún
66/324

motivo para sospechar de la joven que estaba sola en el rincón,


aunque se encontró escudriñando la sala sin cesar para com-
probar si había alguien observándola.
De momento, nadie había echado siquiera un vistazo en su
dirección. No es que esa observación le reconfortara. Estaba en un
aprieto y una paranoia alimentada por el alcohol no iba a hacer
las cosas más fáciles. Kahlee dejó la bebida sobre una pequeña
barra empotrada en una pared del bar e intentó poner sus ideas
en orden y evaluar su situación.
Hacía dieciséis horas que había escapado sin permiso del com-
plejo de investigaciones de Sidón. Marcharse de la base era una
infracción menor; las cosas se agravaron cuando, ocho horas más
tarde, dejó de presentarse al turno asignado. El incumplimiento
del deber era lo bastante grave como para constar en su expedi-
ente. Y en cuatro horas más, su condición sería oficialmente de
ANA —Ausencia No Autorizada—, un delito por el que podía ser
sometida a un consejo de guerra, expulsada con deshonor e in-
cluso encarcelada.
Kahlee cogió la copa medio llena y le dio un trago largo confi-
ando en que el alcohol pudiera ayudarla a calmar sus acelerados
pensamientos. Ayer, al partir, todo le había parecido tan sencillo.
Tenía pruebas de que sus superiores en Sidón habían llevado a
cabo investigaciones ilegales y estaba decidida a informar de ello.
Había cogido un transbordador que partía de la base; enseñó
fugazmente un pase que había falsificado pirateando los archivos
de seguridad confidenciales y llegó a Elysium unas cuantas horas
después. En algún punto de ese trayecto, comenzó a tener dudas.
Con tiempo de sobra para reflexionar sobre las plenas con-
secuencias de sus actos, empezó a comprender que las cosas no
estaban tan claras como había supuesto en un principio. No tenía
la menor idea sobre cuánta gente de la base podría acabar im-
plicada en una investigación formal. ¿Y si algunas de las personas
67/324

con las que trabajaba, personas a las que consideraba amigos suy-
os, estaban de alguna manera involucrada? ¿De veras quería
hacerles caer? Una parte de ella creía que lo que estaba a punto de
hacer era un acto de traición.
Pero sus dudas iban más allá de la lealtad hacia sus compañer-
os del ejército: estaba corriendo un enorme riesgo respecto a su
propia carrera. Tenía pruebas de que Sidón llevaba a cabo invest-
igaciones muy alejadas del ámbito de los parámetros oficiales;
pruebas que obtuvo comprometiendo ilegalmente archivos con
acceso de alta seguridad, actuando nada más que sobre la base de
sus sospechas iniciales y una disparatada intuición. Una intuición
que resultó ser cierta aunque, técnicamente, toda su investigación
hubiera sido un acto de traición contra la Alianza.
Cuanto más pensaba en ello, más se daba cuenta de que no
tenía ni idea de dónde se había metido. No sabría decir si sus su-
periores actuaban en solitario o si no hacían más que obedecer
órdenes de alguien situado más alto en la cadena de mando. ¿Qué
ocurriría si les denunciaba a la misma persona que había orde-
nado inicialmente que se llevara a cabo la investigación ilegal?
¿Cambiaría las cosas o simplemente lo encubrirían sin más?
Puede que estuviera echando a perder su carrera y arriesgándose
a pasar una buena temporada en la cárcel para nada.
En realidad, si de verdad querían encontrarla, no sería de-
masiado complicado. En los registros figuraba que se había em-
barcado en un transbordador que se dirigía a Elysium con un pase
falsificado. Aunque dudaba que la Alianza fuera a enviar a alguien
tras ella. Al menos no hasta que llevara más de veinticuatro horas
desaparecida y pasara a ser un delito penal. Aún le quedaba algo
de tiempo para decidir qué hacer.
No es que unas cuantas horas más fueran a cambiar algo. Kah-
lee había estado dándole vueltas al problema desde que aterrizó.
Estaba demasiado nerviosa para poder dormir, demasiado
68/324

atemorizada para regresar a Sidón y enfrentarse a los cargos y de-


masiado asustada para seguir adelante. Iba de bar en bar, se
tomaba unas cuantas copas y salía para despejarse. Temerosa de
llamar la atención sin querer, nunca se quedaba demasiado
tiempo en el mismo lugar. Su recorrido la llevó de un bar a un
salón y de ahí a un club mientras confiaba en encontrar una in-
spiración repentina que resolviera el problema milagrosamente.
Echó un vistazo al vídeo-diario que pasaban por una pantalla
situada en una pared al otro extremo del bar, la vista atrapada por
una imagen familiar. Aunque no podía escuchar lo que se decía en
la emisión, reconoció una foto de archivo del complejo de invest-
igaciones de Sidón. Desconcertada, Kahlee arrugó la frente y en-
trecerró los ojos para intentar leer los caracteres que pasaban
rápidamente rozando la parte inferior de la pantalla.
… ATACADA BASE DE INVESTIGACIÓN DE LA ALIANZA…
Alarmada, abrió los ojos de par en par y dejó la copa sobre la
barra de golpe, derramando lo que quedaba de la bebida. Ha-
ciendo caso omiso de ello, salió de su pequeño rincón, se abrió
paso a empellones entre la multitud, apartó despreocupadamente
a codazos y empujones a los clientes habituales y se acercó lo
bastante para poder oír las palabras del presentador.
—Al parecer, el complejo de investigación de Sidón ha sido víc-
tima de un ataque terrorista. Los detalles son todavía imprecisos
pero hemos recibido una confirmación oficial de fuentes de la
Alianza.
Ansiosa por oír más, Kahlee siguió adelante y empujó a otro de
los parroquianos, haciendo que se le derramara la bebida.
El hombre se volvió hacia ella, exclamando con gran enfado un
«eh, mire por dónde…» que fue apagándose al reparar en que
había sido una joven atractiva la que le había propinado el golpe.
Kahlee, con los ojos clavados en la pantalla que estaba sobre
su cabeza, ni siquiera le pidió disculpas.
69/324

—El lugar de los hechos, a la espera de una investigación de la


Alianza, sigue siendo de acceso restringido, motivo por el que no
podemos ofrecerles ninguna imagen en directo…
El hombre miró a la pantalla, fingiendo interés con la esper-
anza de establecer una conexión con ella.
—Tienen que haber sido los batarianos —opinó
prosaicamente.
El amigo con el que había estado hablando, deseoso de impre-
sionar a la atractiva recién llegada se unió también a la
conversación.
—La Alianza llevaba meses pronosticando algo así —dijo, ad-
optando sobre el asunto un tono de autoridad incuestionable—.
Me lo explicó mi primo, que está en el ejército.
Kahlee le lanzó una mirada fulminante para que se callara.
Una vez asegurado su silencio, se volvió hacia el vídeo justo a
tiempo de pillar el final del reportaje.
—… no hay supervivientes. Pasando a otras noticias, el emba-
jador humano de Camala convocó recientemente una conferencia
de prensa para anunciar la firma de un nuevo convenio
comercial…
No hay supervivientes. Las palabras dejaron a Kahlee conster-
nada, aturdiéndola como si hubiera recibido un golpe fuerte en la
parte posterior de la cabeza. Ayer mismo estaba en la base. ¡Ayer!
Si no se hubiera escapado, ahora estaría muerta. La sala comenzó
a escorarse hacia un lado y se dio cuenta de que estaba a punto de
desmayarse.
El hombre al que había empujado la recogió mientras se tam-
baleaba, sosteniéndola cuando esta intentaba resistirse al vértigo.
—Eh, ¿qué le ocurre? —Su voz traslucía una auténtica preocu-
pación—. ¿Está bien?
—¿Mmm? —masculló Kahlee, sin enterarse siquiera de que un
completo desconocido estaba aguantando la mayor parte de su
70/324

peso. El hombre la ayudó a mantenerse en pie y después la soltó,


aunque estaba preparado para saltar de nuevo por si se caía. Puso
una mano sobre su brazo para reconfortarla o puede que para ay-
udarla a mantener el equilibrio.
—¿Conocía a alguien en la base? ¿Tenía amigos allí?
—Sí… esto… no —el exceso de bebida, la falta de sueño y la
conmoción por lo que había ocurrido en Sidón la habían incapa-
citado momentáneamente, aunque de nuevo empezaba a sentirse
firme sobre sus pies. Su ágil mente estaba activándose: al fin se
dio cuenta de todas las consecuencias de lo que acababa de ocur-
rir. Había desaparecido de una base de alta seguridad escasas
horas antes de que esta fuera atacada. No era únicamente una su-
perviviente… ¡Ahora era también una sospechosa!
Los dos hombres la observaban con una mezcla de extrañeza y
preocupación. Se deshizo suavemente de la mano que descansaba
sobre su brazo y les devolvió una sonrisa a modo de disculpa.
—Lo siento. La noticia me cogió desprevenida. Yo… conozco a
gente en la Alianza.
—¿Hay algo que podamos hacer? —preguntó el segundo
hombre. Tuvo la sensación de que el ofrecimiento era sincero; no
era más que un buen tipo cuidando de un compañero de especie.
Pero ahora mismo, lo único que quería era marcharse sin hacer
nada que pudiera hacer que alguien se acordara de ella.
—No, no, estoy bien. Gracias, de todos modos. —Dio un paso
atrás mientras hablaba—. Tengo que irme. Llegaré tarde al tra-
bajo. Lo siento por la copa. —Se dio la vuelta y desapareció entre
la multitud en dirección a la entrada. Miró por encima del hom-
bro, aliviada al ver que ninguno de los dos hombres intentaba
seguirla. Simplemente se encogieron de hombros, restándole im-
portancia al extraño encuentro, y reanudaron la conversación
previa.
71/324

Cuando salió del bar, hacía frío y estaba oscuro. Las noticias
sobre la destrucción de Sidón habían hecho que se le pasara la
borrachera, aunque aún se veía capaz de dar un paseo bajo el frío
y seco aire de la noche para despejar del todo su mente.
El Agujero Negro estaba situado en una de las principales vías
públicas de Elysium. Era de noche pero todavía era pronto y las
aceras estaban llenas de gente. Bajó rápidamente por la concur-
rida calle sin dirigirse a ningún sitio en particular, simplemente
porque necesitaba seguir moviéndose. La cabeza seguía dándole
vueltas mientras luchaba por abrirse paso entre el tráfico intenso
de peatones. Poco a poco, la paranoia volvió a deslizarse
sigilosamente entre sus pensamientos, hasta el punto de rehuir a
cada transeúnte y sobresaltarse por cada sonido inesperado. Allí
fuera, rodeada de todos aquellos desconocidos, se sentía vulner-
able e innecesariamente expuesta.
Una calle lateral desierta le ofreció un refugio temporal. Se
metió corriendo en el estrecho callejón y no paró hasta haber lleg-
ado al final de la manzana. El ruido de la gente y de los monor-
raíles proveniente de la calle principal no era ya sino un tenue
murmullo.
Las noticias de Sidón lo cambiaban todo. Debía reevaluar su
situación. ¿Cabía la posibilidad de que su desaparición hubiera
desencadenado, de alguna manera, el ataque? Resultaba difícil de
imaginar que fuera una simple coincidencia, aunque no veía el
modo en que ambos hechos podían estar relacionados. Una cosa
era segura: ahora sí que la estarían buscando. Tenía que borrar
sus huellas y encontrar la manera de reservar un vuelo fuera de
Elysium que no pudieran rastrear hasta ella. Debía encontrar una
identificación falsa. Si permanecía más tiempo aquí seguro que
alguien…
Kahlee gritó al notar una pesada mano cerrándose de golpe
sobre su hombro que le hizo dar media vuelta hasta encontrarse
72/324

frente al pecho de un hombre espantosamente grande que la agar-


raba con firmeza. Miró hacia arriba y se encontró con sus ojos,
fríos y severos.
—¿Kahlee Sanders? —Parecía más una acusación que una
pregunta.
Asustada, intentó dar un paso atrás, forcejeando y retorcién-
dose en un intento de liberarse. Su captor la sacudió bruscamente
una vez, haciéndola estremecer de dolor mientras le hundía las
uñas en la carne de la clavícula.
—Teniente Kahlee Sanders, queda detenida como sospechosa
de conspirar para traicionar a la Alianza.
Con la sorpresa, Kahlee tardó unos segundos en darse cuenta
de qué llevaba puesto el hombre. Ahora reconoció claramente el
uniforme: PM (Policía militar) de la Alianza. Ya la habían encon-
trado. Debió de verla en la calle principal y la siguió hasta el calle-
jón desierto.
Abandonó toda resistencia y dejó caer la cabeza hacia abajo
mientras se resignaba a su destino.
—Yo no lo hice —susurró—. No es lo que usted piensa.
Gruñó como si no la creyera, aunque retiró la mano de su
hombro. Kahlee podía sentir ya cómo la piel bajo su camisa
comenzaba a amoratarse.
Sacó un par de esposas del cinturón y las levantó para que
pudiera verlas mientras le ordenaba, en un tono seco, que se diera
la vuelta y pusiera las manos detrás de la espalda.
Dudó y después asintió con la cabeza. Resistirse no haría sino
empeorar las cosas. Era inocente, ahora debería probarlo frente a
un tribunal militar.
—No intente correr —le advirtió—. Estoy autorizado a emplear
la fuerza si es necesario. —Aquellas palabras llamaron su atención
hacia el arma que llevaba en la cadera, mientras obedecía sus
órdenes y giraba lentamente su espalda hacia él. Por el rabillo del
73/324

ojo pudo distinguir la pistola Striker fabricada por el sindicato


Ahial que llevaba enfundada en la cadera.
Justo cuando sentía cómo una esposa se cerraba sobre su
muñeca derecha, una señal de alarma sonó en su mente. ¡La pis-
tola reglamentaria del personal de la Alianza no era la Striker sino
la Hahne-Kedar PT!
Un milisegundo después de notar cómo la segunda manilla se
cerraba alrededor de la muñeca izquierda lo comprendió todo. Ac-
tuando por instinto y bajo los efectos de la adrenalina, echó la
cabeza hacia atrás con violencia. Al estrellarse contra la cara del
falso PM, Kahlee fue recompensada por un húmedo crujido.
Se dio la vuelta mientras el hombre caía de rodillas, mo-
mentáneamente aturdido por el inesperado ataque. Los brazos le
pendían a los lados sin rigidez y un reguero de sangre le manaba
de la boca y la nariz, formando una mancha fresca y oscura sobre
su cara: el blanco perfecto. Le dio un rodillazo infligiéndole aún
más daño en la zona herida.
El golpe empujó al falso PM hacia atrás y cayó sobre un cost-
ado, borboteando y asfixiándose con la sangre que le obstruía la
garganta. Su cuerpo se contrajo espasmódicamente mientras agit-
aba las piernas con violencia intentando rechazar a su atacante.
Kahlee era implacable. No sabía quién era el impostor —mercen-
ario o asesino— pero sabía que si no se alejaba de él, estaba
muerta.
Recurriendo a las clases de lucha cuerpo a cuerpo que todo el
personal de la Alianza recibía durante la instrucción, pudo es-
quivar sus débiles patadas con facilidad. Con las manos todavía
esposadas tras la espalda, sus únicas armas eran los pies. Bailaba
alrededor del bulto, que yacía tumbado boca abajo, y se acercaba
para poder darle con las punteras de acero y los pesados talones
en las partes vulnerables de la cabeza y el pecho.
74/324

Al intentar protegerse, su contrincante se enroscó sobre el es-


tómago. Kahlee vaciló por unos instantes y vio como la mano del
hombre se dirigía a tientas hacia la funda de la pistola. Saltó sobre
él y le pisó los dedos una y otra vez hasta que estos no fueron más
que un revoltijo de huesos rotos y carne mutilada.
Ignoró los gimoteos y el llanto a borbotones del hombre mien-
tras este intentaba pedir clemencia por entre la sangre y los di-
entes destrozados. Seguía estando consciente, por lo que aún
suponía una amenaza. Le dio una fuerte patada en la sien que
posiblemente le fracturó el cráneo. Su cuerpo se contrajo con un
espasmo y luego quedó inerte. Le propinó otra fuerte patada en
las costillas, que no provocó ninguna reacción, para asegurarse de
que realmente había perdido el conocimiento.
Se dejó caer en el suelo junto al cuerpo, moviéndose deprisa
por si acaso alguien se metía en el callejón a investigar el alboroto.
El falso PM le había esposado las manos tras la espalda pero no
había hecho un gran trabajo. Las esposas estaban lo bastante
sueltas sobre sus muñecas para permitir que Kahlee las hiciera
correr varios centímetros arriba y abajo por los antebrazos; daban
el suficiente juego para poder liberarse de ellas. Retorciéndose y
forcejeando, logró contorsionarse lo bastante como para poder
deslizar las muñecas encadenadas espalda abajo y pasarlas por
debajo del hueso de la cadera y a lo largo de la parte trasera de los
muslos hasta llegar a las rodillas. Rodó sobre la espalda y se puso
de lado, contrayéndose para poder pasar los pies por el hueco de
los brazos. Las muñecas seguían esposadas pero al menos ahora
las tenía por delante.
Contuvo el reflejo nauseoso y gateó sobre las manos y las ro-
dillas por encima de la sangre del asaltante hasta situarse justo
encima de su cuerpo inmóvil. Seguía respirando entre jadeos en-
trecortados y medio ahogados. Kahlee soltó el aliento sin haber
sido consciente de haber estado conteniéndolo. Aunque no sentía
75/324

ningún remordimiento por la salvaje paliza que le acababa de


propinar mientras luchaba por salvar su propia vida, estaba con-
tenta de no tener que cargar con la muerte de aquel hombre sobre
su conciencia.
El adiestramiento y la adrenalina la habían salvado. Eso y la
negligencia de su contrincante. Pero mientras la adrenalina des-
cendía y asimilaba la espantosa escena, sintió los primeros indi-
cios de pánico. Era una soldado pero nunca había estado de servi-
cio en el frente. Jamás se había encontrado con algo parecido.
¡Vamos, Sanders! La voz de su antiguo profesor de instrucción
resonaba en su interior, aunque las palabras eran suyas. Aún no te
has librado de este follón.
Apretó los dientes, decidida a acabar el trabajo. Aun así, Kah-
lee se estremeció al buscar a tientas en el cinturón empapado de
sangre del hombre hasta encontrar la llave que abría los grilletes.
Liberarse de las esposas resultó aún más difícil que pasárselas por
delante, ya que tenía que sujetar la llave entre los dientes para in-
tentar meterla en la cerradura. Aunque tras varios minutos frus-
trantes oyó un chasquido y la atadura se desprendió de su muñeca
izquierda. Abrir la otra esposa solo le llevó un segundo. Era libre.
Kahlee echó un rápido vistazo a su alrededor, aliviada al ver
que nadie había entrado aún por casualidad en el callejón. Extrajo
la pistola de la funda del hombre, comprobó que llevara puesto el
seguro y se la metió en el cinturón, bajo la chaqueta. Se puso de
pie y se quedó inmóvil.
Aunque desconocía para quién trabajaba el hombre que per-
manecía inconsciente a sus pies, resultaba evidente que había es-
tado buscándola a ella en concreto. Eso significaba que probable-
mente también otros la estarían buscando. Tendrían los puertos
vigilados esperando a que intentara salir del planeta. Estaba at-
rapada. Ni siquiera podía regresar a la calle principal. Al menos,
no con la ropa cubierta de sangre.
76/324

Solo tenía una opción. Respirando otra vez para calmar sus
nervios crispados, Kahlee dejó el cuerpo del asaltante donde es-
taba y se marchó rápidamente en dirección contraria a la
ajetreada calle comercial. Pasó el resto de la noche escondiéndose
por los callejones de Elysium y cuidándose de no ser descubierta
mientras se dirigía lentamente hacia la casa de la única persona a
la que podía recurrir en busca de ayuda. Un hombre con el que,
según una promesa hecha a su madre, no debía volver a hablar.
CINCO

A menos de una década de su descubrimiento a manos de topó-


grafos batarianos, Camala se había convertido en uno de los plan-
etas más importantes del Confín Skylliano. A diferencia de la
mayoría de los mundos coloniales, donde las poblaciones iniciales
eran pequeñas y los colonos tendían a congregarse alrededor de
una única ciudad importante, Camala presumía de tener dos re-
giones metropolitanas con casi un millón de habitantes cada una:
Ujon, la capital, y Hatre, ligeramente mayor y el lugar donde se
encontraban los principales puertos espaciales.
Casi quinientos kilómetros separaban a las dos ciudades, erigi-
das en los extremos opuestos de un extenso desierto que era el
origen del rápido crecimiento de Camala ya que, por debajo de la
estrecha capa de arena naranja y de la roca roja y dura que había
bajo esta se ocultaban algunos de los mayores depósitos de ele-
mento cero del Confín.
Los ricos depósitos de eezo —la fuente de combustible más
valiosa de la galaxia— movían la economía de Camala y atraían a
colonos deseosos de probar fortuna y trabajar en los cientos de
empresas de minería y refinería diseminadas a lo largo del
78/324

desierto vacío. La mayoría de la población del planeta era batari-


ana y, según la ley local, solo ellos podían disfrutar de todos los
privilegios de la verdadera ciudadanía, pero, como en cualquier
mundo colonial con una economía próspera, a lo largo del espacio
de la Ciudadela siempre había una afluencia constante de turistas
e inmigrantes de cada especie reconocida.
Camala era, con mucho, el mundo batariano más rico y Edan
Had’dah uno de los hombres más adinerados de Camala. Prob-
ablemente figuraba entre las diez personas más ricas de todo el
Confín Skylliano y no le asustaba demostrarlo. Normalmente
vestía a la última moda: conjuntos de diseño asari confeccionados
con los mejores tejidos importados de la misma Thessia. Sus pref-
erencias tendían a lo opulento y lo extravagante: ondulantes togas
negras realzadas con salpicaduras de rojo que resaltaban los
matices de su piel. Aunque, para la reunión de esa noche se había
puesto, bajo un abrigo gris apagado, un sencillo traje marrón.
Para alguien tan infamemente ostentoso como Edan Had’dah, su
atuendo sencillo casi parecía un impenetrable disfraz.
Por lo general, a esta hora Edan estaría disfrutando de una re-
confortante última copa, sorbiendo un licor hanar de primera cal-
idad en el estudio de su mansión en Ujon. Pero esta noche era
definitivamente atípica. En lugar de estar relajándose, rodeado de
lujos y comodidades, estaba sentado en una silla dura, atrapado
en un sórdido almacén en el desierto a las afueras de Hatre mien-
tras esperaba a que llegara el más infame cazador de recompen-
sas. No le gustaba esperar.
No estaba solo. Al menos una docena de hombres, todos
miembros de la banda de mercenarios Soles Azules, se apiñaban
en el almacén. Seis de ellos eran batarianos, dos eran turianos y,
el resto, humanos.
A Edan tampoco le gustaban los humanos. Estos, al igual que
los de su propia especie, eran bípedos. De una altura similar,
79/324

tenían el torso, los brazos y las piernas más gruesos. Sus cuellos
eran cortos y rechonchos y las cabezas, cuadradas y robustas. Y
como en todas las especies binoculares, sus rostros parecían care-
cer de carácter e inteligencia. En vez de orificios nasales, tenían
una extraña y sobresaliente protuberancia por nariz. Incluso sus
bocas eran extrañas, con unos labios tan gruesos e hinchados que
resultaba asombroso que pudieran pronunciar bien al hablar. De
hecho, pensaba que tenían un estrecho parecido con las asari, otra
especie que detestaba.
Sin embargo, no era de los que permitían que los prejuicios
personales se mezclaran con los negocios. En el Confín Skylliano,
existían unas cuantas de las llamadas organizaciones de seguridad
privada a las que poder contratar y la mayoría de ellas cobraban
mucho menos que la Soles Azules. Pero los Soles habían ad-
quirido reputación por ser a la vez discretos y despiadadamente
eficaces. En el pasado, Edan había contratado sus servicios en
varias ocasiones, cuando se presentaron oportunidades para
hacer negocios «poco convencionales», así que sabía por propia
experiencia que su reputación era bien merecida. No le iba a con-
fiar a otros una misión tan importante como esta solo porque los
Soles hubieran comenzado a contratar a humanos recientemente.
Aun cuando hubiera sido un miembro humano del grupo quien la
había cagado en Elysium.
Normalmente, Edan no solía reunirse directamente con los
mercenarios a los que contrataba. Prefería trabajar a través de
representantes e intermediarios para mantener oculta su iden-
tidad (y también para evitar relacionarse con aquellos que es-
taban socialmente por debajo de él). Pero el hombre al que iba a
contratar esta noche insistía en reunirse con él en persona. Edan
no tenía la intención de traer a un cazarrecompensas a su casa…
ni de reunirse a solas con él. Así que se puso esa ropa anodina,
salió de su mansión y recorrió cientos de kilómetros en su avión
80/324

privado hasta las afueras de la ciudad hermana de Ujon, al otro


extremo del desierto. Pasaría la noche en un frío y polvoriento al-
macén lleno de soldados de alquiler sentado en una silla que le es-
taba dando dolor de espalda y le entumecía las piernas. ¡Y el caz-
arrecompensas llegaba con más de una hora de retraso!
Aunque ya no podía cambiar de idea. Estaba metido en el
asunto hasta el fondo. Los Soles Azules del almacén conocían su
identidad; tendría que mantenerlos a su lado como guardaespal-
das personales hasta que este trabajo acabara. Era el único modo
de asegurarse de que no revelaran su identidad al resto del
equipo. Lo que había ocurrido en Sidón iba a llamar la atención y
Edan no podía arriesgarse a que alguien descubriera que estaba
implicado. También necesitaba asegurarse de que no quedaran
cabos sueltos que pudieran relacionarle con el ataque, motivo por
el que había accedido a este encuentro.
—Ya está aquí. —Edan se sobresaltó ligeramente al oír la voz.
Uno de los Soles Azules, un conciudadano batariano, se había
situado silenciosamente tras él, lo bastante cerca para poder su-
surrarle al oído.
—Hacedle pasar —replicó, recobrando rápidamente la com-
postura. El mercenario asintió y salió de la habitación mientras su
patrón se ponía en pie, agradecido por abandonar la incómoda
silla. Un instante después, apareció al fin el invitado de honor.
Sin duda, era el krogan más imponente que Edan hubiera visto
jamás. De dos metros y medio de altura y casi doscientos kilos, sin
ser enorme, era grande incluso comparado con el estándar de su
especie. Como todos los krogan, tenía la parte superior de su es-
pina dorsal ligeramente curvada, lo que le hacía parecer jorobado.
Los grandes volantes de hueso y carne escamada que, como un
grueso caparazón del que sobresalía su cabeza roma, le crecían en
el dorso de la espalda, el cuello y los hombros realzaban aún más
este efecto. Unas láminas ásperas y curtidas le cubrían la nuca y la
81/324

coronilla del cráneo. Sus rasgos eran rotundos y bestiales, casi


prehistóricos. Carecía de oídos o nariz visibles y los ojos, aunque
brillaban con cruel astucia, eran pequeños y estaban bastante sep-
arados entre sí a ambos lados de la cabeza.
Un krogan podía vivir varios siglos; con la edad, su tez se tor-
naba oscura y sin brillo; la piel de este estaba moteada en tonos
broncíneos, sin apenas rastro de las manchas verdes y de amarillo
pálido comunes entre los miembros más jóvenes de la especie.
Una maraña de cardenales y cicatrices descoloridos se entrecruza-
ban a lo largo del rostro y la garganta, antiguas heridas de batalla
que desfiguraban sus rasgos, como si todas sus venas estuvieran a
punto de reventar bajo la superficie de la piel. Llevaba un blindaje
corporal ligero, pero no llevaba armas; de acuerdo con las órdenes
previas de Edan, se las habían retirado en la entrada. A pesar de ir
desarmado, seguía irradiando un aura de amenaza y destrucción.
Caminaba con una extraña y pesada elegancia, como si fuera
una fuerza de la naturaleza, retumbando por el suelo del almacén,
despiadado e imparable. Cuatro Soles Azules lo escoltaban, dos a
cada lado. Estaban ahí para intimidar al cazarrecompensas y
disuadirle de responder agresivamente si las negociaciones iban
mal. Aunque estaba claro que eran ellos los que se sentían intim-
idados. Su tensión podía palparse a cada paso; se comportaban
como si estuvieran al borde de un volcán a punto de entrar en
erupción. Uno de ellos, un joven humano, que llevaba tatuado un
sol azul sobre el ojo izquierdo, no dejaba de llevarse la mano a la
pistola que portaba a un lado, como si, con el simple hecho de to-
carla, intentara reunir coraje.
Edan habría encontrado divertido este desasosiego si su pro-
tección no hubiera dependido de ellos. El batariano decidió que
haría todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que la
reunión fuese como la seda.
82/324

A medida que el krogan se aproximaba, sus labios se retiraron


hacia atrás, dejando ver sus dientes serrados… o puede que fuera
una sonrisa. Se detuvo a unos pasos de distancia, todavía flan-
queado a cada lado por los cuatro mercenarios.
—Me llamo Skarr —gruñó, con una voz tan profunda que
emitió vibraciones que rebotaron por todo el suelo.
—Soy Edan Had’dah —respondió el batariano, ladeando li-
geramente la cabeza a la izquierda, una muestra de respeto y ad-
miración entre su especie. Skarr respondió ladeando la suya,
aunque la inclinó a la derecha: una manera de saludar que solía ir
dirigida a los subordinados.
Edan no pudo evitar sentirse irritado. O bien Skarr estaba in-
sultándole o bien no comprendía el sentido del gesto. Eligió pro-
ceder como si se tratara de esto último, a pesar de que, por lo que
sabía de él, muy posiblemente fuera lo primero.
—No suelo acceder a reunirme con la gente a la que contrato
—explicó—. Pero en su caso he decidido hacer una excepción.
Según su reputación, sus habilidades bien merecen transgredir las
reglas.
Skarr rechazó el cumplido con un desdeñoso gruñido.
—Según la suya, creí que iría mejor vestido. ¿Está seguro de
poder costear mis servicios?
Por la habitación sonaron unos murmullos de indignación
provenientes del resto de batarianos. En su cultura, cuestionar la
capacidad financiera de alguien superior en la escala social era un
gran insulto. Una vez más, Edan se preguntó si no estaría hacién-
dolo a propósito. Afortunadamente, estaba acostumbrado a tratar
con las especies menos cultivadas de la galaxia y no iba a con-
tratar a Skarr por sus conocidos «buenos modales».
—Puede estar seguro. Dispongo de suficientes fondos para
pagarle —respondió con voz tranquila e imperturbable—. Es un
trabajo fácil.
83/324

—¿Tiene algo que ver con la base de Sidón?


Los ojos interiores de Edan parpadearon una vez, mostrando
su sorpresa. Negociar era una danza sutil de falsedades y equívo-
cos; cada una de las partes ocultaba secretos a la otra en un in-
tento de llevarse el gato al agua. Y Edan acababa de meter la pata.
Su reacción involuntaria había revelado un hecho que pretendía
mantener oculto… si es que el krogan era suficientemente listo
para pillarlo.
—¿Sidón? ¿Qué le hace pensar eso? —preguntó manteniendo
una voz cuidadosamente neutra.
Skarr encogió los enormes hombros.
—Una intuición. Y mi precio acaba de subir.
—Su implicación solo requiere que encuentre y elimine al ob-
jetivo —contraatacó Edan. Su voz no dejó traslucir nada, aunque
por dentro se maldecía en silencio por haber perdido la primera
ronda de la negociación.
—¿Objetivo? ¿Solo uno?
—Sí. Una humana.
El krogan giró la cabeza de un lado a otro, escudriñando a la
docena aproximada de mercenarios de la Soles Azules esparcidos
por el almacén.
—Aquí tiene a un montón de hombres. ¿Por qué no les obliga a
ellos a hacer el trabajo sucio?
Edan vaciló. Prefería ser él quien hiciese las preguntas; no le
gustaba tener que responderlas. Se mostraba cauteloso para no
cometer otro error. Pero hasta sus reticencias le delataban más de
lo que pensaba.
Skarr soltó una carcajada.
—Esos hrakhors la jodieron, ¿no?
Todos los mercenarios en el almacén se pusieron tensos al oír
sus palabras, confirmándolas como un hecho. No importaba. De
algún modo, Edan sabía que Skarr no se creería su falsos
84/324

desmentidos, así que se limitó a asentir, concediéndole otro punto


a su adversario.
—¿Qué ocurrió? —quiso saber el krogan.
—Contraté a los Soles Azules para que la encontraran y la tra-
jeran aquí para interrogarla —admitió Edan—. Uno de ellos la loc-
alizó en Elysium. Lo encontraron unas horas después arrastrán-
dose por un callejón en busca de sus dientes.
—Eso es lo que ocurre cuando uno es demasiado tacaño para
contratar a un auténtico profesional.
Un insulto más de la cuenta.
El hombre del tatuaje desenfundó rápidamente la pistola,
propinándole un fuerte golpe con la culata. La fuerza del golpe
sacudió la cabeza de Skarr hacia un lado, aunque no llegó a der-
ribarle. Dio vueltas en círculo, rugiendo ensordecedoramente,
hasta que alcanzó a su agresor con un despiadado revés y le
rompió el cuello.
Los otros tres mercenarios se abalanzaron sobre Skarr antes
de que el cuerpo de su colega cayera al suelo y el peso conjunto de
todos ellos derribó al gran alienígena al suelo. Antes de la re-
unión, Edan les había dado órdenes estrictas de no matar a Skarr
a menos de que fuera absolutamente necesario… le necesitaba
para localizar a la mujer desaparecida. Así que, en lugar de dis-
parar sobre el cazarrecompensas, los tres se amontonaron encima
de él, inmovilizándole y sujetándole contra el suelo mientras in-
tentaban dejarle inconsciente a culatazos.
Por desgracia, nadie le había dicho a Skarr que él no pudiera
matarles. Una larga cuchilla dentada apareció en su mano, mater-
ializándose desde algún escondrijo secreto situado en una bota,
un guante o el cinturón. Edan se alejó de la pelea, dando un salto
hacia atrás, mientras la cuchilla rajaba la garganta de un mercen-
ario. El arco de vuelta rebanó la débil juntura del blindaje corpor-
al de un segundo mercenario entre la rodilla y el muslo,
85/324

cercenándole la arteria femoral. Al apretarse instintivamente con


ambas manos la herida que brotaba a borbotones, Skarr le clavó
la cuchilla en el pecho, traspasándole el chaleco protector y per-
forándole el corazón.
Cuando el krogan intentó retirarla, la cuchilla quedó mo-
mentáneamente atrapada en la caja torácica, lo que le propor-
cionó al último mercenario superviviente la ocasión de alejarse
del montón y ponerse rápidamente en pie y a salvo del alcance del
cuchillo. El humano desenfundó la pistola y la apuntó hacia el
cazarrecompensas, que seguía en el suelo cubierto de sangre.
—¡No te muevas! —gritó el hombre, con la voz quebrada por el
miedo.
Ignorando al enemigo que tenía frente a él, la cabeza de Skarr
se movió de un lado a otro para pasar revista a los otros ocho mer-
cenarios del almacén. Todos ellos le apuntaban con rifles de
asalto, preparados para disparar. Dejó caer el cuchillo al suelo, le-
vantó las manos vacías sobre su cabeza y se puso lentamente en
pie. Al volverse para dar la cara a Edan, el mercenario de la pis-
tola reculó unos pasos más, lo justo para estar fuera de peligro.
—¿Y ahora qué, batariano?
Al fin Edan jugaba con ventaja en las negociaciones y estaba
impaciente por exprimirla.
—Quizá debiera ordenarles que le mataran ahora mismo.
Mantenía los ojos interiores centrados en Skarr mientras que
con el otro par echaba un vistazo alrededor de la habitación para
hacerle notar al cazarrecompensas que estaba rodeado.
Ante la vana amenaza, el krogan se limitó a reír.
—Si me quisieras muerto ya me habrían disparado antes de
tener ocasión de sacar el cuchillo. Pero no lo hicieron. Debiste de
darles órdenes para que no me eliminaran, así que imagino que
me consideras más valioso que un puñado de mercenarios muer-
tos. Mi precio ha vuelto a subir.
86/324

Incluso en un almacén lleno de mercenarios armados apunt-


ando sus armas hacia él, el krogan era lo bastante perspicaz como
para darle la vuelta a la situación en beneficio propio. Subestimar
la inteligencia de Skarr había sido un error que Edan juró no
volver a cometer. Se preguntó cuántos otros subestimaron a Skarr
en el pasado… y lo que les habría costado.
—Skarr, podría haber hecho mucho dinero en mi línea de tra-
bajo —dijo sin intentar ocultar su respeto.
—Ya gano mucho dinero en esta línea de trabajo. Y asesinar a
la gente es uno de mis privilegios adicionales. Así que dejemos ya
de perder el tiempo y hagamos un trato.
Edan asintió ligeramente con la cabeza y parpadeó con los
cuatro ojos al unísono, indicándoles a los mercenarios que ba-
jaran las armas. No se alegraban de que Skarr hubiera matado a
tres de sus colegas pero para ellos la lealtad significaba menos que
el dinero. Y con los tres muertos, su pellizco acababa de crecer.
Solo el joven que estaba más cerca del krogan, el de la pistola,
desobedeció la orden. Miró con incredulidad al resto, con el arma
todavía apuntando directamente a Skarr.
—¿Pero qué hacéis? —les increpó—. Después de lo ocurrido,
no podemos dejar que se marche así, sin más.
—No seas estúpido, chico —dijo Skarr con mal humor—.
Matarme no hará que vuelvan tus amigos muertos. Es un mal
negocio.
—¡Cállate! —contestó bruscamente, centrando toda su aten-
ción sobre Skarr.
El tono de voz del krogan bajó hasta convertirse en un susurro
amenazador.
—Piensa bien cuál será tu próximo movimiento, humano.
Nadie más va a tomar parte. Estamos tú y yo solos.
Aunque el mercenario estaba temblando, logró mantener la
pistola apuntando hacia su objetivo. Skarr no parecía preocupado.
87/324

—Tienes hasta que cuente tres para soltar el arma.


—¿O qué? —gritó el mercenario—. Si haces un solo movimi-
ento, estás muerto.
—Uno.
Edan percibió una tenue aura que envolvía de repente al
krogan y que, incluso con la ventaja de dos pares de ojos, apenas
era visible. Alrededor del cazarrecompensas había una sutil os-
cilación, como si la luz de la habitación estuviera ligeramente dis-
torsionada al atravesar el aire que le circundaba.
¡Skarr era un biótico! El krogan era una de esas pocas perso-
nas capaces de manipular la energía oscura, la imperceptible
fuerza cuántica que se extendía por el llamado espacio vacío del
universo. Normalmente, la energía oscura era demasiado débil
para tener efectos perceptibles en el universo físico, pero los bióti-
cos eran capaces de concentrarla en campos extremadamente
densos mediante el condicionamiento mental. Con unas dotes
naturales acrecentadas por miles de amplificadores microscópicos
implantados quirúrgicamente por todo su sistema nervioso, los
individuos bióticos podían usar la biorretroacción para disparar la
energía acumulada en una única ráfaga controlada. Que era justa-
mente lo que Skarr estaba haciendo: ganar tiempo hasta reunir la
suficiente energía para liberarla sobre el joven, que seguía apunt-
ando estúpidamente el arma hacia él.
Pero el mercenario no era consciente de lo que estaba ocur-
riendo. La Humanidad carecía de individuos con capacidades
bióticas latentes; Edan sospechaba que ni siquiera era consciente
de que existiera semejante energía. Aunque aquel hombre estaba
a punto de descubrirlo.
—Dos.
El mercenario abrió la boca para decir algo más, pero no pudo
hacerlo. Skarr movió con violencia el puño cerrado en dirección
hacia él y el aire se onduló, levantando bruscamente una ola de
88/324

energía oscura sobre su contrincante, que alzó al desprevenido


humano y le arrojó varios metros hacia atrás. Aterrizó pesada-
mente sobre el suelo, quedándose sin aliento mientras la pistola
salía disparada de su mano.
Perdió el sentido durante unos instantes, tiempo de sobra para
que Skarr atravesara la distancia que les separaba y rodeara el
cuello del mercenario con su mano de tres dedos. Alzó al humano
hasta el techo, asiéndole fácilmente con un brazo al tiempo que le
estrujaba lentamente la tráquea. El mercenario coceaba con los
talones e intentaba arañar en vano el escamoso antebrazo que le
estaba estrangulando.
—La muerte te sobreviene a manos de un verdadero maestro
de batalla krogan —le hizo saber Skarr con indiferencia mientras
el rostro de la víctima pasaba del rojo pálido al azul—. Espero que
sepas apreciar el honor.
El resto de los Soles Azules se cruzaron de brazos sin hacer
nada, observando todo el asunto con frío desdén. Edan podía
adivinar por sus caras que no estaban disfrutando del espectáculo,
aunque ninguno de ellos estaba dispuesto a intervenir para pon-
erle fin. No si eso suponía ofender a su patrón… o provocar la ira
del krogan.
Los forcejeos del mercenario se hicieron más débiles; los ojos
se le pusieron en blanco; al fin quedó inmóvil. Skarr lo sacudió
una vez más y entonces le dio un último estrujón que le aplastó la
tráquea antes de dejarlo caer desdeñosamente a suelo.
—Creía que había dicho que iba a contar hasta tres —observó
Edan.
—Mentí.
—Una exhibición impresionante —admitió Edan, inclinando la
cabeza en dirección a los cuerpos—. Tan solo espero que obtenga
resultados similares con Kahlee Sanders. Claro que primero
tendrá que encontrarla.
89/324

—La encontraré —respondió el krogan con absoluta con-


vicción—. A eso me dedico.

John Grissom se despertó con el sonido de alguien que llamaba a


la puerta a media noche. Salió de la cama a regañadientes y se
puso una bata harapienta sin molestarse en atársela. Cualquier
visitante lo bastante maleducado para sacarle de la cama a esa
hora bien podía soportar verle en calzoncillos.
En realidad, se esperaba algo así desde que supo que habían
atacado Sidón. Ya fuera alguien de la administración de la Ali-
anza, que se presentara para intentar convencerle de que hiciera
alguna clase de aparición pública o comunicado oficial, o bien al-
gún periodista que buscara captar la reacción de uno de los iconos
más reconocidos de la Humanidad. Fuera lo que fuese, estaban de
malas. Ahora estaba retirado. Se había acabado lo de ser un héroe.
Ahora no era más que un viejo gruñón que vivía de su pensión de
oficial.
Encendió la luz del vestíbulo, y contrajo la vista por la clarid-
ad, mientras intentaba deshacerse de los últimos vestigios del
atontamiento del sueño. Andando con paso lento, se dirigió desde
el dormitorio hacia la puerta principal. Los golpes continuaban,
haciéndose cada vez más insistentes y desesperados.
—Maldita sea… ¡Ya voy! —gritó, aunque sin molestarse en
acelerar el paso. Al menos, el ruido no molestaría a los vecinos: no
tenía. No lo bastante cerca para que pudieran oírlo. Por lo que a él
respectaba, ese era el principal atractivo de la casa.
Elysium le había parecido un buen lugar para retirarse. La co-
lonia estaba a suficiente distancia de la tierra y de otros asentami-
entos importantes para disuadir a la gente de hacer el viaje por
simple curiosidad, y con una población de varios millones, era lo
bastante grande para poder desaparecer entre la multitud; por no
90/324

mencionar que era segura, sólida y estable. Podría haber encon-


trado algún sitio aún más lejano, pero en una colonia menos con-
solidada corría el riesgo de ser visto como una especie de salvador
o como un líder de facto siempre que algo no fuera bien.
A pesar de todo, no era perfecta. Nada más llegar a Elysium,
hacía cinco años, los políticos locales le habían molestado con-
stantemente, bien pretendiendo que se presentara en nombre de
su partido, o bien buscando que les respaldara en sus propias can-
didaturas. Grissom eligió permanecer completamente equitativo e
imparcial: los mandó a todos al infierno.
Después del primer año, la gente dejó de molestarle. Cada seis
meses o así, recibía un escueto mensaje de vídeo de la Alianza en
el que le animaban a regresar para ayudar a la Humanidad. Tan
solo estaba en la cincuentena: decían que era demasiado joven
para quedarse sentado sin hacer nada. Jamás se tomó la molestia
de responder. Grissom creía que ya había hecho mucho para ser-
vir a la Humanidad. Su carrera militar siempre había estado en
primer lugar. Le había costado la familia. Aunque eso no fue más
que el comienzo. Luego estuvo el circo mediático de cinco años
que siguió a su pionero viaje a través del relé de Caronte; miles y
miles de entrevistas. Las cosas no hicieron sino empeorar tras su
labor durante la Primera Guerra de Contacto: más entrevistas,
apariciones en publico, reuniones privadas con contralmirantes,
generales y políticos, y ceremonias diplomáticas oficiales para re-
unirse con los representantes de cada monstruosa especie
mutante alienígena con que la Alianza topaba. Se había acabado.
Que fuera otro el que tomara el estandarte y corriera con él; tan
solo quería que le dejaran en paz.
Y entonces unos memos tuvieron que ir y atacar una base de la
Alianza que, hablando en términos galácticos, estaba justo a la
vuelta de la esquina. Resultaba inevitable que alguien creyera que
91/324

esto era motivo suficiente para volver a molestarle otra vez. ¿Pero
tenían que hacerlo en medio de la maldita noche?
Estaba en la puerta y los golpes no habían cesado lo más mín-
imo. Más bien al contrario, cuanto más tardaba, más intensos y
apremiantes se volvían. Mientras abría la puerta, Grissom decidió
que si el visitante era de la Alianza, le enviaría a la mierda y si él
—o ella— era un periodista, le daría un puñetazo justo en la boca.
Una joven aterrorizada estaba de pie en la puerta, tiritando en
la fría oscuridad. Estaba tan cubierta de sangre que le llevó unos
segundos reconocerla.
—¿Kahlee?
—Tengo problemas —dijo con voz trémula—. Necesito tu ay-
uda, papá.
SEIS

—El Control de la Ciudadela confirma que está despejado para


aterrizar. —La voz del timonel llegó por el intercomunicador de a
bordo—. Tiempo previsto para el acoplamiento: diecisiete
minutos.
A través de la portilla principal de la Hastings, Anderson
podía ver la Ciudadela a lo lejos, la magnífica estación espacial
que era el centro cultural, económico y político de la galaxia.
Desde aquí, a varios miles de kilómetros de distancia, parecía una
estrella de cinco puntas: un quinteto de brazos largos y gruesos
desplegándose desde un anillo central hueco.
A pesar de haberla visto muchas veces con anterioridad,
Anderson seguía maravillándose por su magnitud. El anillo de en
medio tenía un diámetro de diez kilómetros y cada brazo medía
veinticinco kilómetros de largo por diez de ancho. En los veintisi-
ete siglos que habían transcurrido desde que el Consejo se es-
tableciera allí se habían construido, a lo largo de cada brazo,
grandes metrópolis cosmopolitas llamadas distritos, ciudades en-
teras edificadas en su interior a varios niveles de la estación.
93/324

Cuarenta millones de personas procedentes de todas las espe-


cies y sectores a lo largo y ancho de la galaxia se habían instalado
allí.
Sencillamente, no existía otra estación con la que poder com-
pararla; incluso Arturo quedaría eclipsada ante su presencia.
Aunque no era únicamente su tamaño lo que la hacía tan asom-
brosa: como los relés de masa, la Ciudadela fue creada en origen
por los proteanos. Su casco estaba hecho del mismo material,
prácticamente indestructible; una proeza tecnológica que, desde
la misteriosa extinción de los proteanos cincuenta mil años antes,
ninguna otra especie había podido igualar. Incluso con el arma-
mento más avanzado, dañar significativamente el casco llevaría
días de bombardeos constantes y concentrados.
No es que nadie se planteara atacar la Ciudadela. La estación
estaba situada en el centro de una de las mayores confluencias de
relés de masa, en lo más profundo de una densa nebulosa. Esto le
proporcionaba diversas defensas naturales: resultaba difícil nave-
gar por la nebulosa ya que ralentizaría a cualquier flota enemiga,
lo que complicaría cualquier clase de ataque organizado. Y con
varias docenas de relés de masa en las inmediaciones, los re-
fuerzos de casi todas las regiones de la galaxia estaban a tan solo
unos minutos de distancia.
Si alguien lograba penetrar estas defensas exteriores, los lar-
gos brazos de la estación podían plegarse alrededor del anillo
central, agrupándose para transformar la Ciudadela en un largo
tubo cilíndrico. Una vez que los brazos se cerraban, la estación era
casi inexpugnable.
La flota del Consejo proveía la última capa de protección: una
fuerza conjunta de naves turianas, salarianas y asari que siempre
estaba de patrulla por las inmediaciones. A Anderson solo le llevó
unos segundos distinguir el buque insignia. El Ascensión, un
acorazado asari, era más que un simple signo majestuoso del
94/324

poder del Consejo. Cuatro veces mayor que cualquier nave de la


flota humana y con una tripulación de aproximadamente cinco
mil personas, era el más formidable buque de guerra jamás con-
struido. Como la Ciudadela, no tenía igual.
Naturalmente, las naves de la flota del Consejo no eran las ún-
icas de la zona. La Nebulosa Serpentina era el nexo de la red de
repetidores de masa de la galaxia —a la larga, todos los caminos
conducían a la Ciudadela—. Allí, el tráfico era continuo y concur-
rido: era uno de los pocos lugares en toda la galaxia donde existía
un peligro real de chocar contra otras naves.
La congestión era especialmente densa en las estaciones de
descarga de libre flotación. Crear los campos de efecto de masa
necesarios para correr a motor MRL generaba una potente carga
que se acumulaba en el interior del núcleo de propulsión de una
nave. De no controlarse, el núcleo podría sobresaturarse, pro-
vocando una explosión de energía masiva con la suficiente poten-
cia para freír a cualquiera de a bordo que no estuviera correcta-
mente conectado a tierra, quemar todos los sistemas electrónicos
e incluso fundir las compuertas de metal.
Para prevenir semejantes catástrofes, la mayoría de las naves
debían descargar sus núcleos de propulsión cada veinte o treinta
horas. Por lo general, esto se hacía aterrizando en un planeta o
dispersando la acumulación mediante la contigüidad con el
campo magnético de un gran cuerpo estelar, tal como un sol o un
gigante gaseoso. Sin embargo, en las inmediaciones de la Ci-
udadela, no había cuerpos astronómicos con el tamaño necesario.
En su lugar, un anillo de estaciones de acoplamiento diseñado con
esa finalidad permitía a las naves conectarse y liberar la energía
de sus núcleos de propulsión antes de continuar empleando los
propulsores convencionales sub-MRL.
Por suerte, la Hastings había descargado su núcleo nada más
llegar a la región, hacía aproximadamente una hora. Desde
95/324

entonces, había estado dando vueltas en círculo, esperando pa-


cientemente a obtener la autorización que acababa de recibir en
ese mismo instante.
Anderson no tenía por qué preocuparse por la actuación de la
tripulación en una aproximación rutinaria como esta; la habían
hecho cientos de veces con anterioridad. En vez de eso, descon-
ectó su mente y disfrutó de la vista mientras la Ciudadela se
aproximaba lentamente, vislumbrándose cada vez más imponente
desde la escotilla. Las luces de los distritos brillaban y cen-
telleaban; su penetrante iluminación era el contrapunto de la
brumosa y serpenteante claridad de la nebulosa que servía como
telón de fondo de la escena.
—Es precioso.
Anderson pegó un bote, sobresaltado por la voz que le llegaba
justo desde atrás.
La jefa de artillería Dah rio.
—Lo siento, teniente, no pretendía asustarle.
Anderson echó un vistazo a los vendajes y al aparato or-
topédico para caminar que le revestía la pierna desde la parte su-
perior del muslo hasta el final del tobillo.
—Jefa Dah, cada vez se le da mejor ese trasto. Ni siquiera oí
cómo se acercaba sigilosamente.
Dah se encogió de hombros.
—El médico dice que me voy a recuperar del todo. Le debo
una.
—No es así como funciona —respondió Anderson con una son-
risa—. Sé que habría hecho lo mismo por mí.
—Señor, me gustaría creer que sí. Pero no es lo mismo
pensarlo que hacerlo. Así que… gracias.
—No me diga que ha venido desde la enfermería hasta aquí
solo para darme las gracias. —Sonrió burlonamente.
96/324

—En realidad vine para ver si me llevaba otra vez de paseo a


cuestas.
—Olvídelo —contestó Anderson, riendo—. Casi me parto la es-
palda sacando su culo fuera de allí. Realmente necesita perder un-
os cuantos kilos.
—Tenga cuidado, señor —le advirtió, levantando la pierna re-
forzada con el aparato ortopédico a unos centímetros del suelo—.
Le puedo propinar una buena patada con este trasto.
Anderson se volvió hacia la portilla, sonriendo.
—Cállese de una vez y disfrute de la vista, Dah. Es una orden.
—Sí, señor.

Tras aterrizar, a Anderson solo le llevó unos minutos pasar por la


aduana. Habían tocado tierra en un puerto de la Alianza y el per-
sonal militar disponía de prioridad absoluta siempre que llegara
de una misión. Los agentes de seguridad de la Ciudadela com-
probaron su identificación de la Alianza; la verificaron es-
caneando su huella digital, y luego examinaron superficialmente
la mochila que contenía sus pertenencias personales antes de in-
dicarle que pasara. Anderson se sintió satisfecho de que ambos
fueran humanos; el mes anterior aún seguía habiendo unos cuan-
tos oficiales salarianos asignados en los puertos de la Alianza
debido a la escasez de empleados humanos. El Seg-C (Servicio de
seguridad de la Ciudadela) había prometido reclutar más hu-
manos entre sus filas y parecía que no habían faltado a su palabra.
Dejó atrás los puertos y entró en el ascensor que le llevaría de
subida hacia el nivel principal. Bostezó; ahora que estaba fuera de
servicio, la fatiga que había mantenido a raya durante toda la mis-
ión comenzó a invadirle. No podía esperar a regresar a su residen-
cia particular en los distritos. Se podría argumentar que pagar el
alquiler de un apartamento en la Ciudadela, teniendo en cuenta el
97/324

tiempo que se pasaba de patrulla, era un gasto exagerado. Pero


sentía que era importante tener un lugar al que poder llamar hog-
ar, aunque no estuviera en casa más que una semana de cada
cuatro.
El ascensor se detuvo, se abrieron las puertas, y Anderson
salió hacia el pandemónium de luz y ruido propio de los distritos.
Una multitud de personas ocupaba los pasajes peatonales eleva-
dos, individuos de todas las especies que iban y venían en todas
las direcciones. Los coches del metro exprés pasaban volando el-
evados sobre un monorraíl, cada uno lleno de trabajadores, estu-
diantes y curiosos en general, que se apuntaban a dar una vuelta
en la alta velocidad. Las calles inferiores estaban repletas de
vehículos de transporte terrestre que zigzagueaban entre las vías
públicas señaladas, cada conductor con más prisa que el anterior.
En la Ciudadela, siempre era hora punta.
Afortunadamente, no necesitaba hacer señales a un taxista
para que se detuviera ni dirigirse hacia una estación de enlace. Su
apartamento estaba solo a veinte minutos de distancia a pie, así
que se llevó sus pertenencias al hombro y se mezcló con la
muchedumbre, a empujarse y empellerse con el resto de la enlo-
quecida multitud.
Mientras caminaba, sus sentidos estaban bajo el constante
asedio de un flujo continuo de anuncios electrónicos. Allá donde
mirara había imágenes holográficas destellando, vallas publicit-
arias futuristas promocionando un millar de marcas en un cen-
tenar de mundos distintos. Comida, bebidas, vehículos, ropa, en-
tretenimiento: en la Ciudadela, todo estaba a la venta. Sin em-
bargo, tan solo un puñado de los anuncios iba dirigido específica-
mente a los humanos. Estos seguían siendo una minoría y las
empresas preferían gastarse el dinero de los anuncios en especies
con una mayor cuota de mercado. Aunque a cada mes que pasaba,
98/324

Anderson veía a más y más de los suyos entre la ajetreada


multitud.
Anderson sabía que era importante que los humanos se integ-
raran junto al resto de la comunidad interestelar. Y qué mejor si-
tio para hacerlo que la Ciudadela, donde todas las diferentes cul-
turas del espacio del Consejo estaban a la vista. Ese era el verda-
dero motivo por el que Anderson mantenía su apartamento en los
distritos. Quería comprender a las otras especies y el modo más
rápido de lograrlo era vivir entre ellas.
Llegó a su edificio, se detuvo frente a la puerta principal y pro-
nunció su nombre para que el sistema de reconocimiento de voz le
dejara entrar. Su apartamento estaba en la segunda planta así que
se abstuvo de coger el ascensor y acarreó su equipaje escaleras ar-
riba. En la puerta de su vivienda particular volvió a pronunciar
otra vez su nombre y entonces entró en la habitación, tambaleán-
dose, y dejó caer sus pertrechos en medio del suelo. Estaba de-
masiado cansado para encender las luces mientras se dirigía, pas-
ando por la pequeña cocina, hacia el dormitorio individual que
había al fondo; apenas reparó en el tenue silbido de las puertas
del apartamento al cerrarse automáticamente tras él. Al llegar al
dormitorio, ni siquiera se tomó la molestia de desvestirse; simple-
mente se desplomó sobre la cama, exhausto aunque contento de
estar en casa.

Anderson se despertó varias horas después. El día y la noche


apenas tenían sentido en medio de la actividad perpetua de la Ci-
udadela pero, cuando se dio la vuelta para echar un vistazo al des-
pertador que había a un costado de la cama, el visor digital mar-
caba las 17:00. En las colonias humanas y al estar de patrulla, la
Alianza seguía usando el conocido reloj de veinticuatro horas bas-
ado en el Tiempo Universal Coordinado Terrano, el protocolo que
99/324

se estableció a finales del siglo XX para sustituir al arcaico sistema


horario de Greenwich. Sin embargo, en la Ciudadela, todo fun-
cionaba según el estándar galáctico del día de veinte horas. Para
complicar aún más las cosas, cada hora se dividía en cien minutos
de cien segundos… aunque cada segundo medía aproximada-
mente la mitad de lo que duraban los segundos humanos.
El resultado final era que el día estándar galáctico de veinte
horas era aproximadamente un quince por ciento más largo que el
día de veinticuatro horas calculado sobre la base del Tiempo
Universal Coordinado Terrano. A Anderson le daba dolor de
cabeza solo de pensar en ello; arruinaba sus patrones de sueño,
cosa que, teniendo en cuenta que estaba condicionado por varios
millones de años de evolución terrana, era de esperar.
En tan solo tres horas, la noche daría paso al día en que debía
presentarse ante la embajadora para informarle sobre Sidón. Sin
embargo, no tenía que estar allí hasta las 10:00, lo que significaba
que le quedaba mucho tiempo por matar. Probablemente necesit-
aría dormir unas cuantas horas para recuperar el sueño perdido
antes de la reunión, pero ahora mismo no se sentía cansado. Así
que se levantó de la cama, se quitó la ropa y la arrojó dentro de la
pequeña lavadora-secadora. Después de darse una ducha rápida y
ponerse ropa limpia —de paisano— se conectó a la terminal de da-
tos para consultar los mensajes y las últimas noticias.
La comunicación a lo largo de toda una galaxia, no era sen-
cilla. Las naves podían emplear los propulsores de efecto de masa
para sobrepasar la velocidad de la luz, pero las señales transmiti-
das por medios convencionales a través del frío vacío del espacio
tardarían años en viajar de un sistema solar a otro.
Transferir adecuadamente información, mensajes personales
o incluso datos sin procesar a lo largo de miles de años luz, solo
100/324

podía hacerse de dos maneras. Los archivos podían transportarse


en naves de correo no tripuladas; vehículos programados para
viajar por la red de relés de masa a través de las rutas más dir-
ectas. Aunque producir o manejar naves de correo no tripuladas
no era barato: el combustible era caro. Y si tenían que atravesar
varios repetidores, podían tardar horas en llegar a su destino. En
las comunicaciones de ida y vuelta la solución no resultaba
práctica.
La otra opción era transmitir los datos vía extranet, una serie
de balizas emplazadas a lo largo de la galaxia y expresamente dis-
eñadas para facilitar la comunicación entre sistemas a tiempo
real. La extranet permitía enviar información a la serie de balizas
de comunicación más cercana mediante señales de radio conven-
cionales. Se alineaban telemétricamente con una serie similar
ubicada a cientos o incluso miles de años luz de distancia y
quedaban conectadas por un campo de efecto de masa a través de
la proyección de un haz de luz concentrado (que era el equivalente
a los cables de fibra óptica empleados en la Tierra a finales del
siglo XX de la era espacial). Dentro de este estrecho corredor, las
señales podían proyectarse a una velocidad varios miles de veces
más rápida que la de la luz. Los datos en forma de señales de ra-
dio se podían transmitir de una serie a la siguiente casi de manera
instantánea. Una vez que las series estaban correctamente alinea-
das, era posible incluso hablar con alguien en el otro extremo de
la galaxia con tan solo un desfase de unas centésimas de segundo.
No obstante, aunque las series de balizas de la extranet facilit-
aban la comunicación, esta seguía sin ser exactamente accesible
para la inmensa mayoría. Billones de personas de millares de
mundos accedían a la extranet a cada segundo del día y sobrecar-
gaban las capacidades finitas del ancho de banda de las series de
comunicación. Para satisfacer la demanda, la información se en-
viaba en paquetes de datos cuidadosamente ajustados y, en cada
101/324

paquete, el espacio se repartía según un sistema de preferencias


estrictamente regulado. Las organizaciones directamente re-
sponsables de la protección de la seguridad galáctica recibían la
máxima prioridad en cada paquete. Después venían los diversos
gobiernos oficiales y las fuerzas armadas de todas y cada una de
las especies del espacio del Consejo. Y luego, los diferentes con-
glomerados de los medios de comunicación. Si sobraba algo, se
dividía para ser vendido al mejor postor.
Las empresas proveedoras de extranet adquirían práctica-
mente la totalidad del espacio que quedaba sin utilizar en cada
paquete, para luego dividir su espacio asignado en miles de
pequeños paquetes que se revendían a los abonados particulares.
Dependiendo del proveedor y de cuánto estaba dispuesto a pagar
un particular, era posible obtener actualizaciones personales en
paquetes por horas, por días o incluso por semanas. No es que
Anderson tuviera que preocuparse por eso. Como oficial de la Ali-
anza, su cuenta privada de extranet disponía de paquetes oficiales
cada quince minutos. Aprovechar los paquetes oficiales para in-
cluir mensajes personales era una de las ventajas de su rango.
En la bandeja de entrada solo le esperaba un mensaje. Frunció
el ceño al reconocer la dirección del remitente. A pesar de que no
le agradó encontrarse con el archivo, este no era precisamente
una sorpresa. Aunque sabía que era infantil, por un instante
pensó en hacer como si no existiese. Pero sabía que lo mejor era
acabar con ello cuanto antes.
Abrió el archivo y descargó una serie de documentos electróni-
cos y un breve mensaje pregrabado de vídeo de su abogado
matrimonialista.
La imagen de Ib Haman, su abogado, apareció en la pantalla
del terminal al iniciarse el vídeo. Ib era un hombre corpulento y,
ya en la cincuentena, comenzaba a quedarse calvo. Llevaba puesto
un traje de apariencia cara y estaba sentado tras su escritorio, en
102/324

un despacho que durante el último año se había vuelto demasiado


familiar para Anderson.
—Teniente, no pienso agobiarle con la formalidad de pregun-
tarle cómo le va… Sé que esto no ha sido fácil ni para usted ni para
Cynthia.
—Es cierto —murmuró Anderson entre dientes mientras el
mensaje continuaba.
—Le he enviado una copia de todos los documentos que le hice
firmar la última vez que nos vimos. Cynthia también los ha firm-
ado ya.
El hombre de la pantalla echó un vistazo hacia abajo, movió
algunos papeles sobre el escritorio frente a él y entonces volvió a
mirar a la cámara.
—Verá también una copia de mis honorarios. Ya sé que ahora
mismo eso no supone demasiado consuelo, pero debería alegrarse
de no tener hijos. Podía haber sido mucho peor… y mucho más
caro. Cuando la custodia se convierte en un problema, el proceso
judicial rara vez suele desarrollarse sin contratiempos.
Anderson resopló. No había nada en todo este lío que le hubi-
era parecido «tranquilo».
—El matrimonio se disolverá oficialmente en la fecha indicada
en los documentos. Sospecho que cuando reciba este mensaje, su
divorcio será definitivo. Teniente, si tiene alguna pregunta, puede
hacérmela con total libertad. Y si alguna vez me necesita para…
Al borrarlo y arrastrarlo a la papelera de reciclaje, el mensaje
finalizó de manera abrupta. No pensaba volver a hablar con Ib
Haman nunca más. El tipo era un buen abogado; sus tarifas eran
razonables y había sido justo e imparcial durante el transcurso del
divorcio. De hecho, había sido nada menos que un modelo de efi-
ciencia y profesionalidad. Y, si ahora mismo estuviera en su
apartamento, Anderson le habría dado un puñetazo en plena cara.
103/324

Mientras desconectaba la terminal, Anderson pensó que era


gracioso. Acababa de tomar parte en dos de las más antiguas y
perdurables costumbres humanas: el matrimonio y el divorcio.
Ahora había llegado el momento de una tradición aún más anti-
gua: se iba al bar a emborracharse.
SIETE

El antro de Chora era el único bar que quedaba a poca distancia


del apartamento de Anderson. No era exactamente un antro,
aunque sí tenía cierto aire cutre. Ese, junto con las flexibles bail-
arinas y las copas cargadas, era parte de su encanto. Aunque a
Anderson lo que le gustaba más era la clientela.
A cualquier hora, El antro de Chora podía estar concurrido,
pero nunca abarrotado. En los distritos había un montón de clubs
mucho más populares donde la gente podía ir para dejarse ver… o
para formar parte de la movida. La gente iba a comer, a beber y a
relajarse; gente normal y corriente que vivía y trabajaba en los
distritos. Gente común, si podía llamarse común a semejante
colección de interesantes especímenes alienígenas.
Aquí, naturalmente, incluso los humanos eran alienígenas.
Anderson se percató de ello al instante, nada más cruzar por la
puerta. Decenas de ojos se volvieron hacia él, muchos de ellos ob-
servándole con franca curiosidad mientras se detenía en la
entrada.
No es que los humanos tuvieran una apariencia particular-
mente extraña. Especies como los hanar, seres translúcidos que se
105/324

asemejaban a medusas de tres metros de altura, eran la excepción


más que la regla. La mayor parte de las especies de la galaxia que
viajaban por el espacio eran bípedas y medían entre uno y tres
metros de altura. Existían unas cuantas teorías para explicar di-
cha semejanza: algunas eran banales; otras sumamente extravag-
antes e hipotéticas.
Dado que la mayoría de las especies de la Ciudadela habían ac-
cedido al vuelo interestelar mediante el descubrimiento y la ad-
aptación de las reservas ocultas de tecnología proteana halladas
en planetas pertenecientes al mismo sistema solar que sus re-
spectivos mundos de origen, muchos antropólogos creían que, a lo
largo y ancho de la galaxia, los proteanos habían desempeñado al-
gún papel en la evolución.
No obstante, Anderson coincidía con la teoría más común-
mente aceptada: que existía una ventaja evolutiva en la forma bí-
peda que causó su proliferación por la galaxia. Las reservas de
tecnología podían explicarse con facilidad; los proteanos solo en-
contraron lógico estudiar a las razas inteligentes —aunque primit-
ivas— que guardaban algunas similitudes con ellos mismos. Las
diferentes especies, tales como la humana, evolucionaron primero
y luego llegaron los proteanos para estudiarlas y no al revés. El
hecho de que la mayoría de las formas de vida de la Ciudadela se
basaran en el carbono, dependieran mucho del agua y respiraran
una mezcla de gases similar a la que se encontraba en la Tierra no
hacía sino corroborar aún más la teoría de la evolución en
paralelo.
De hecho, casi todos los planetas habitables de la galaxia eran,
en varias de sus características fundamentales, esencialmente
similares a la Tierra. Solían existir en sistemas solares que, de
acuerdo con el tradicional sistema de Morgan-Keenan que la Ali-
anza seguía utilizando, encajaban dentro de la clasificación tipo G.
Todas sus órbitas caían dentro del estrecho límite conocido como
106/324

la zona de vida: demasiado cerca del sol y el agua existiría solo


como un gas, demasiado lejos y estaría permanentemente solidi-
ficada en forma de hielo. Por eso, en los mundos de origen de casi
todas las especies principales, el tiempo que estos tardaban en
completar una órbita alrededor de su sol variaba en unas pocas
semanas. Un año estándar galáctico —el promedio de un año as-
ari, salariano y turiano— era tan solo 1,09 veces más largo que el
de la Tierra.
No, pensó Anderson mientras cruzaba el bar en busca de un
asiento libre, no era su apariencia ni sus inusuales característic-
as físicas las que hacían destacar a los humanos. Simplemente,
eran los recién llegados y habían causado una terrible primera
impresión.
Un par de turianos clavaron sus ojos de ave en él y siguieron
todos sus movimientos como si fueran halcones listos para
abatirse sobre un ratón desprevenido. Los turianos medían más o
menos lo mismo que los humanos, aunque eran mucho más del-
gados. Sus huesos eran finos y su constitución, marcada y angu-
losa. Sus manos de tres dedos parecían casi garras y tenían la
cabeza y el rostro recubierto por un rígido caparazón de hueso y
cartílago gris-marrón, que solían acentuar con tatuajes tribales y a
rayas.
Recubierto de púas cortas y romas, comenzaba en la nuca y la
coronilla y se extendía hacia abajo hasta cubrirles la frente, la nar-
iz, el labio superior y las mejillas, y hacía difícil distinguir entre sí
a los miembros de su especie. Al mirar a los turianos, Anderson
siempre recordaba el vínculo evolutivo entre los dinosaurios y los
pájaros.
Sus miradas se encontraron durante un segundo, luego apartó
la suya rápidamente, haciendo lo posible por ignorarles. Aquella
noche estaba de un humor de perros pero no pensaba intentar
107/324

revivir la Primera Guerra de Contacto. Dirigió su atención a la


bailarina asari que estaba sobre el escenario, en medio del bar.
De todas las especies en el espacio del Consejo, la asari era la
más extensa y la que guardaba un parecido más estrecho con los
humanos. En todo caso, con las mujeres humanas: las asari eran
una especie asexual y el concepto de género no era pertinente.
Pero, a ojos de Anderson, eran claramente hembras. Incluso sus
rasgos faciales eran humanos… aunque hubiera en ellos una cual-
idad angelical y casi etérea. Su tez estaba teñida de un tono azul o
verdoso pero el cambio de pigmentación era un procedimiento
bastante simple y también era posible ver a humanos con un color
de piel similar. Solo las nucas delataban su origen alienígena. En
vez de pelo, tenían unos pliegues ondulados esculpidos en la piel…
que no resultaban completamente carentes de atractivo, aunque sí
un desconcertante rasgo alienígena en una especie que, por lo de-
más, era tan humana en apariencia.
Para Anderson las asari eran, hasta cierto punto, una
paradoja. Por una parte eran una especie estéticamente
cautivadora. Parecían aceptar este rasgo de sí mismos y, a me-
nudo, se dedicaban a profesiones abiertamente seductoras o sen-
sualmente provocadoras. Con frecuencia, las asari hacían de bail-
arinas o alquilaban sus servicios como acompañantes. Por otra
parte, eran la especie más respetada, admirada y poderosa de la
galaxia.
Conocidas por su sabiduría y su visión de futuro, las asari fuer-
on, según era comúnmente aceptado, la primera especie en alcan-
zar el vuelo interestelar tras la extinción de los proteanos. Tam-
bién fueron las primeras en descubrir la Ciudadela y eran miem-
bros fundadores del Consejo. Las asari controlaban más territori-
os y ejercían más influencia que cualquier otra raza.
Anderson estaba al tanto de todo ello aunque, a menudo, le
costaba reconciliar el papel dominante de las asari en la política
108/324

de la galaxia con la fascinante actuación de una de ellas sobre el


escenario. Sabía que el fallo era suyo: la suma de sus prejuicios
humanos y de sus expectativas equivocadas. Resultaba estúpido
juzgar a toda una especie a partir de un individuo. Pero esto iba
más allá de una impresión formada por mirar a unas cuantas bail-
arinas. Las asari parecían hembras y eran víctimas, por tanto, de
la estereotipada predisposición humana antimatriarcal.
Al menos era consciente de sus prejuicios y hacía lo posible
por luchar contra ellos. Por desgracia, sabía que había muchos
otros humanos que se sentían igual y que estaban más que dis-
puestos a ceder ante estos. Una prueba más de que aún tenían
mucho que aprender del resto de la galaxia.
Mientras observaba a la bailarina actuar sobre el escenario, a
Anderson le pareció que era fácil pasar por alto las sutiles diferen-
cias de su fisiología. Había oído numerosas historias muy gráficas
sobre relaciones sexuales interespeciales (entre especies), había
visto incluso algunos vídeos. Se enorgullecía de tener una mente
abierta, pero, por lo general, esa clase de historias le repugnaban.
Sin embargo, en el caso de las asari, podía comprender esta atrac-
ción. Y, por todo lo que había oído, eran además amantes alta-
mente cualificadas.
Aunque tampoco era esa la razón por la que se encontraba allí.
Volvió la espalda al escenario justo cuando el barman, un vol-
us, llegó contoneándose para atenderle. El mundo de origen de los
volus tenía una gravedad casi una vez y media superior a la de la
Tierra y, debido a ello, eran más bajos que los humanos, con unos
cuerpos tan gruesos y pesados que prácticamente parecían esféri-
cos. Mientras que los turianos evocaban a águilas o halcones, a
Anderson los volus le recordaban a los manatíes que había visto
en una reserva marina durante su última visita a la Tierra: lentos,
pesados y algo cómicos.
109/324

En la Ciudadela, la atmósfera era menos densa de lo que es-


taban acostumbrados por lo que solían llevar unas máscaras res-
piradoras que ocultaban sus rostros. Pero Anderson había ido a El
antro de Chora suficientes veces como para reconocer a este volus
en concreto.
—Maawda, necesito una copa.
—Por supuesto, teniente —respondió el barman, con la voz
resollándole a través del respirador y los pliegues de piel de la gar-
ganta—. ¿Qué clase de bebida desea?
—Sorpréndeme con algo nuevo. Y que esté bien cargado.
Maawda cogió una botella azul de los estantes que había tras
la barra y una copa de debajo del mostrador.
—Esto es elasa —le explicó a la vez que llenaba la copa con un
líquido verde pálido—. De Thessia.
El mundo de origen de las asari. Anderson asintió y luego dio
un sorbo de prueba. Aunque la bebida era ácida y estaba fría, no
era precisamente desagradable. El persistente regusto era muy
fuerte y marcadamente distinto al del primer trago. Tenía un
sabor amargo con un matiz de dulzor ácido. Si tuviéramos que de-
scribirlo en una palabra, hubiéramos dicho que era
«conmovedor».
—No está mal —dijo con aprobación mientras le daba otro
sorbo.
—Hay quien lo llama «compañero de penas» —observó
Maawda, poniéndose cómodo y apoyándose sobre la barra frente
a su cliente—. Una bebida melancólica para un tipo taciturno.
El teniente no pudo evitar sonreír ante la situación: un bar-
man volus que vislumbra la depresión de su cliente humano y si-
ente la suficiente compasión para preguntar qué es lo que va mal.
Una prueba más de aquello en lo que Anderson creía sincera-
mente: a pesar de las obvias diferencias físicas y culturales, en el
110/324

fondo, casi todas las especies compartían las mismas necesidades


básicas, aspiraciones y valores.
—Hoy he recibido malas noticias —respondió, pasando el dedo
por el borde de la copa. No sabía demasiado sobre la cultura volus
así que no estaba muy seguro sobre cómo explicar su situación—.
¿Sabes lo que es el matrimonio?
El barman asintió.
—¿Es la unión formalizada entre parejas, no? Un reconocimi-
ento institucionalizado del proceso de apareamiento. Mi pueblo
tiene una tradición similar.
—Bueno, pues hoy acabo de divorciarme. Mi mujer y yo ya no
estamos juntos. Desde hoy, mi matrimonio ha terminado
oficialmente.
—Lo siento por su pérdida —resolló Maawda—. Aunque tam-
bién estoy sorprendido. En todas las veces que ha venido antes,
jamás ha mencionado tener alguna clase de pareja.
Allí estaba el problema. Cynthia estaba en la Tierra. Anderson,
no. O estaba aquí, en la Ciudadela, o estaba de patrulla por el
Confín. En primer lugar era un soldado y después un marido… y
Cynthia merecía algo mejor.
Se bebió el resto de la bebida de un trago y dejó la copa de
golpe sobre la barra.
—Golpéame de nuevo, Maawda.
El barman hizo como se le ordenaba.
—¿Puede que la situación sea solo temporal, no? —preguntó,
mientras volvía a llenar la copa de Anderson—. ¿Puede que con el
tiempo reanude esta relación, no?
Anderson negó con la cabeza.
—Eso no va a ocurrir. Se acabó. Es hora de cambiar.
—Eso es fácil de decir aunque no tan fácil de cumplir —re-
spondió el volus, con complicidad.
111/324

Anderson se tomó otra copa, aunque esta vez lo hizo a sorbos.


No era prudente excederse con una bebida nueva, cada com-
binado tenía sus propios y únicos efectos. Notaba ya una extraña
sensación extendiéndose por su interior. Un calor entumecedor le
subió lentamente desde el estómago hacia los brazos y las piernas,
haciendo que le hormiguearan las puntas de los pies y le picaran
los dedos. No era desagradable, tan solo desconocido.
—¿Exactamente, cómo de fuerte es esta cosa? —le preguntó al
barman.
Maawda se encogió de hombros.
—Depende de cuánto beba. Si le apetece salir de aquí a gatas,
puedo dejarle la botella.
La oferta del volus parecía una idea terrible. Anderson solo
quería beber hasta que todo desapareciera: el dolor sordo e in-
tenso del divorcio, las espantosas imágenes de los cuerpos sin
vida de Sidón y la persistente e indefinible tensión que siempre le
perseguía los días inmediatamente posteriores a dejar de patrul-
lar. Pero tenía una reunión por la mañana con la embajadora hu-
mana en la Ciudadela y no sería profesional presentarse con una
resaca.
—Perdona, Maawda. Será mejor que me vaya. Mañana tem-
prano tengo una reunión. —Se terminó la copa y se puso en pie,
aliviado al ver que la habitación no daba vueltas a su alrededor—.
Cárgalo en mi cuenta.
Tras lanzar una última y persistente mirada a la bailarina as-
ari, se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada. Los dos turianos
le miraron con hostilidad al pasar junto a su mesa, y uno de ellos
murmuró algo entre dientes. Anderson no necesitaba comprender
sus palabras para saber que le estaban insultando.
Vaciló durante unos instantes, apretó los puños al sentir cómo
le invadía la furia. Presentarse a la reunión del día siguiente con
resaca ya era grave, aunque peor era tener que explicar por qué el
112/324

Seg-C había tenido que detenerle por dar una paliza a dos
turianos a quienes no conocía lo suficiente para hacerles callar.
Esa era una de las cargas de ser un oficial de la Alianza. Era un
representante de su especie; sus actos eran un reflejo de la Hu-
manidad en su totalidad. Aun con la mente llena de pensamientos
oscuros y la barriga repleta de alcohol, no podía permitirse el lujo
de darles una patada en el culo. Respiró profundamente y se alejó
sin más, tragándose el orgullo e ignorando las crueles y burlonas
risas que le llegaban de atrás solo porque era su deber.
Ante todo, un soldado.
OCHO

Anderson se levantó a las 7:00. Tenía un ligero dolor de cabeza, la


leve secuela de su visita a medianoche a El antro de Chora.
Aunque una carrera de cinco kilómetros en la cinta de correr que
guardaba escondida en un rincón del apartamento y una ducha
bien caliente eliminaron de su cuerpo los últimos residuos de
elasa.
Cuando se puso el uniforme —limpio y planchado desde la
noche anterior— volvió a sentirse él mismo. Apartó cualquier
pensamiento sobre Cynthia y el divorcio en un pequeño comparti-
mento al fondo de su mente; había llegado el momento de pon-
erse en marcha. Tan solo había una cosa que importase esa
mañana: obtener algunas respuestas sobre Sidón.
Deambuló por las calles hasta la estación de transportes públi-
cos. Enseñó su identificación militar y se montó en el ascensor de
alta velocidad que se empleaba para transportar gente desde los
niveles inferiores de los distritos hasta lo alto del Presidium.
Anderson siempre disfrutaba de estas visitas. A diferencia de
los distritos, que estaban construidos a lo largo de los brazos que
se extendían hacia las afueras de la Ciudadela, el Presidium
114/324

ocupaba el anillo central de la estación. Y aunque albergaba todas


las oficinas del gobierno y las embajadas de las distintas especies,
contrastaba vivamente con la metrópolis descontrolada que es-
taba dejando tras de sí.
El Presidium había sido diseñado para evocar el inmenso ecos-
istema de un parque natural. Un gran lago de agua dulce domin-
aba el centro de la planta y unos ondulantes campos de hierba
verde se extendían a lo largo de su orilla. Una brisa artificial,
suave como los céfiros primaverales, dibujaba ondas en el lago y
diseminaba el aroma de los millares de árboles y flores plantados
hasta el último rincón del Presidium. La luz solar artificial se
derramaba desde un cielo sintético azul lleno de nubes blancas y
esponjosas.
La ilusión era tan perfecta que la mayoría de la gente, Ander-
son incluido, eran incapaces de distinguirla de la realidad.
Los edificios desde los que se dirigían los asuntos de gobierno
habían sido construidos de manera similar, sin perder de vista la
estética de la naturaleza. Dispuestos junto a la bóveda suave-
mente curvada que marcaba el borde del anillo central de la esta-
ción, combinaban discretamente con el fondo. Amplios y abiertos
pasajes peatonales serpenteaban entre edificio y edificio, repi-
tiendo el paisaje de la escena pastoral tan cuidadosamente fab-
ricada en el corazón del Presidium: la combinación perfecta de
forma y función.
No obstante, en el instante en que Anderson pasaba del as-
censor a la planta, recordó que lo que más apreciaba del Presidi-
um no era su belleza orgánica. El acceso al anillo central de la Ci-
udadela estaba restringido al gobierno y a los oficiales del ejército
o a aquellos con asuntos legítimos de embajada. En consecuencia,
el Presidium era el único lugar de la Ciudadela en el que Anderson
no se sentía como si estuviera bajo el constante asedio de las
aplastantes y ajetreadas multitudes.
115/324

No es que estuviera vacío, claro. La burocracia galáctica em-


pleaba a millares de ciudadanos de cada especie que mantenía
una embajada en el Presidium, incluida la Humanidad. Pero aquí,
las cifras estaban a años luz de los millones que poblaban los
distritos.
Mientras paseaba junto a la orilla del lago, disfrutó de la sose-
gada tranquilidad, se dirigió lentamente hacia la reunión en la
embajada humana. A lo lejos podía ver la Torre de la Ciudadela,
donde el Consejo se reunía con los embajadores que les
presentaban peticiones sobre cuestiones de derecho y de política
interestelar. La aguja de la Torre se alzaba con majestuosa
soledad sobre el resto de los edificios, apenas visibles desde el
punto en que la curva del anillo central creaba un falso horizonte.
Anderson jamás había estado allí. Si alguna vez quería presentar
una solicitud al Consejo, debía hacerlo por los canales adecuados;
lo más probable era que el embajador acabase haciéndolo en su
nombre. A él no le importaba: no era un diplomático, era un
soldado.
Pasó al lado de uno de los guardianes, perteneciente a la silen-
ciosa y enigmática especie que mantenía y controlaba el fun-
cionamiento interno de la Ciudadela. Le recordaban a pulgones de
gran tamaño: cuerpos verdes y gruesos con demasiados brazos y
piernas largos y delgados como palos que correteaban siempre de
un sitio para otro ocupados en alguna tarea o algún recado.
Poco se sabía sobre los guardianes. No existían en ningún otro
lugar más que en la Ciudadela; parecía como si sencillamente hu-
bieran estado esperando ahí cuando las asari descubrieron la es-
tación hace casi tres mil años. Reaccionaron a la llegada de la
nueva especie igual que unos sirvientes podrían reaccionar a la
llegada del amo a casa: apresurándose y correteando para hacer lo
posible por facilitar que las asari se familiarizaran con la Ci-
udadela y su funcionamiento.
116/324

Toda tentativa de comunicarse directamente con los guardi-


anes tropezaba con una resistencia pasiva y silenciosa. Parecía
que, más allá de reparar y prestar servicio en aquel lugar, no hubi-
era otro propósito en su existencia, y había un continuo debate
con respecto a si eran o no verdaderamente inteligentes. Algunas
teorías sostenían que, de hecho, los guardianes eran máquinas or-
gánicas programadas genéticamente por los proteanos para cuid-
ar de la Ciudadela con celo inquebrantable. Según afirmaba la
teoría, funcionaban puramente por instinto, tan inconscientes que
ni siquiera se habían dado cuenta de que sus creadores originales
habían desaparecido hacía miles de años.
Anderson hizo caso omiso del guardián al pasar por su lado
—una reacción típica—. Su presencia en la estación era tan
ubicua, discreta y modesta que la mayoría de la gente sencilla-
mente solía darla por sentada.
Cinco minutos después llegó al edificio que servía de embajada
humana. Entró y se le levantaron las comisuras de la boca cuando
sonrió ligeramente al ver a una atractiva joven sentada tras el
mostrador de recepción. Mientras se acercaba ella levantó la vista
y respondió a su tímido gesto con una sonrisa radiante.
—Buenos días, Aurora.
—Ya hace tiempo desde la última vez que le vi por aquí, teni-
ente. —Su voz era tan placentera al oído como su presencia lo era
para la vista: cálida, seductora y segura de sí misma; la perfecta
bienvenida para todas y cada una de las visitas a la embajada—.
Estaba empezando a pensar que intentaba esquivarme —se burló
de él.
—No, únicamente intento no meterme en líos.
Con la mano que le quedaba libre, pulsó unas teclas de su ter-
minal y echó un vistazo a la pantalla.
—Oh, oh —dijo, fingiendo una turbadora y profunda preocu-
pación—, tiene una reunión con la embajadora Goyle en persona.
117/324

Arqueó una ceja, reprendiéndole en broma.


—Creí que había dicho que intentaba no meterse en líos.
—Dije que lo estaba intentando —replicó—, no que lo
consiguiera.
Fue recompensado con una leve risa que probablemente había
sido ensayada y perfeccionada pero que de todas maneras sonaba
cálida y sincera.
—El capitán ya está aquí. Les haré saber que sube.
Anderson asintió y se dirigió escaleras arriba, a un paso algo
más ligero que unos momentos antes, hacia el despacho de la em-
bajadora. No era tan tonto como para dar importancia al anterior
intercambio de palabras. Aurora solo estaba haciendo su trabajo:
la recepcionista había sido contratada por su habilidad para hacer
sentir a la gente cómoda y a gusto. Aunque no iba a negar que dis-
frutaba con estos flirteos.
La puerta del despacho de la embajadora estaba cerrada. Aur-
ora había dicho que le esperaban pero aún y así se detuvo y llamó
a la puerta.
—Pase —del otro lado llegó la voz de una mujer.
Nada más entrar supo que la reunión era seria. En el despacho
había varias sillas cómodas y una pequeña mesa de café, además
del escritorio de la embajadora. Tanto el capitán como la emba-
jadora le esperaban de pie.
—Por favor, teniente, cierre la puerta al pasar. —Anderson
hizo lo que le ordenaba la embajadora, entró en la habitación y se
cuadró.
Anita Goyle era la persona más importante e influyente en la
política humana y proyectaba, sin duda, una imagen de poder.
Atrevida y segura de sí misma, era una impresionante mujer de
unos sesenta y pocos. Era de constitución mediana, con el pelo
largo y plateado —recogido en un refinado moño— y pómulos al-
tos y elegantes. Sus rasgos eran del oriente medio, aunque tenía
118/324

unos profundos ojos de color esmeralda que destacaban en mar-


cado contraste con su piel tostada. En ese mismo instante, esos
ojos estaban directamente clavados en Anderson que, bajo su
penetrante mirada, tuvo que resistir el impulso de moverse
nerviosamente.
—Descanse —ordenó el capitán. Anderson obedeció, relajando
la postura y sujetándose las manos tras la espalda.
—No voy a andarme con juegos con usted, Anderson —comen-
zó la embajadora. Tenía fama de prescindir de la habitual
cháchara de los políticos; esa era una de las cosas que Anderson
admiraba de ella—. Estamos aquí para intentar averiguar qué fue
lo que falló en Sidón y cómo vamos a arreglarlo.
—Sí, señora —contestó.
—Quiero que hable con total libertad. ¿Entendido, teniente?
No se guarde nada.
—Entendido, señora.
—Como sabe, Sidón era una de nuestras instalaciones de máx-
ima seguridad. Lo que afortunadamente no sabía usted es que
también era el principal complejo de la Alianza para la investiga-
ción de la IA (Inteligencia Artificial).
A Anderson le resultó difícil ocultar su sorpresa. Desarrollar
inteligencia artificial era una de las pocas cosas expresamente
prohibidas por las Convenciones de la Ciudadela. Desarrollar vida
completamente sintética, ya fuera clonada o creada, se considera-
ba un delito contra toda la galaxia.
Expertos de casi todas las especies pronosticaron que la
auténtica inteligencia artificial —como, por ejemplo, una red
neuronal sintética con capacidad para absorber y analizar conoci-
mientos críticamente— crecería exponencialmente en el instante
en el que esta aprendiera a aprender. Se enseñaría a sí misma;
sobrepasaría rápidamente las aptitudes de sus artífices orgánicos
y crecería más allá de su control. Cada especie de la galaxia
119/324

dependía de ordenadores que estaban conectados a la inmensa


red de datos de la extranet para el transporte, el comercio, la de-
fensa y la supervivencia básica. Si un programa de IA malinten-
cionado fuera, de alguna manera, capaz de acceder e influenciar a
esas redes de datos, los resultados serían catastróficos.
La teoría tradicional no solo sostenía que el escenario del jui-
cio final era posible, sino que era inevitable. Según el Consejo, la
aparición de una inteligencia artificial era la única gran amenaza
para la vida orgánica en la galaxia. Y existían pruebas que con-
firmaban su punto de vista.
Hace trescientos años, mucho antes de que la Humanidad ir-
rumpiera en el panorama galáctico, la especie quariana creó una
raza de sirvientes para ser utilizados como mano de obra expans-
ible y fungible. Los geth, como fueron llamados, no eran auténti-
cos IA: sus redes neuronales fueron desarrolladas de un modo
muy restrictivo y autolimitado. A pesar de esta precaución, con el
tiempo, arremetieron contra sus amos quarianos y confirmaron
las terribles advertencias y predicciones.
Los quarianos no tenían ni los efectivos ni la capacidad para
resistir frente a sus antiguos sirvientes. En una corta aunque sal-
vaje guerra, toda su sociedad fue exterminada. Apenas un millón
de supervivientes —menos del 1% de su población total— pudi-
eron huir de su mundo de origen en una flota masiva y escapar al
genocidio, viéndose forzados a vivir en el exilio como refugiados.
Después de la guerra, los geth se convirtieron en una sociedad
completamente aislacionista. Cortaron todo contacto con las espe-
cies orgánicas de la galaxia y expandieron su territorio hacia las
regiones inexploradas tras una vasta nebulosa conocida como el
Velo de Perseo. Cualquier intento de abrir canales diplomáticos
con ellos fracasó: las naves emisarias enviadas para entablar ne-
gociaciones fueron atacadas y destruidas nada más entrar en el
espacio geth.
120/324

Escuadras de todas las especies del espacio de la Ciudadela se


concentraron en los márgenes del Velo mientras el Consejo se
preparaba para una invasión masiva de los geth. Pero el ataque
esperado jamás llegó. Poco a poco, la flota fue reduciéndose, hasta
hoy, varios siglos después de que los quarianos fueran expulsados,
cuando solo quedaban unas pocas patrullas para controlar la re-
gión en busca de indicios de una posible agresión geth.
No obstante, la lección de los quarianos no había caído en el
olvido. Ellos lo habían perdido todo a manos de las criaturas
sintéticas que habían creado… y encima, los geth eran menos
avanzados aún que una auténtica IA.
—Teniente, parece como si tuviera algo que decir.
Anderson había hecho lo posible por evitar que su rostro trai-
cionara sus sentimientos pero la embajadora supo ver más allá de
las apariencias. Por algo era la política más poderosa de la
Alianza.
—Lo siento, señora. Es que me sorprende que estemos realiz-
ando investigaciones en IA. Parece bastante arriesgado.
—Todos somos bien conscientes de los riesgos —le tranquilizó
la embajadora—. No tenemos la menor intención de soltar por la
galaxia a una IA plenamente formada. Los objetivos del proyecto
eran muy concretos: crear simulaciones de IA para su observación
y estudio. Ahora mismo, la Humanidad está desvalida
—continuó—. Nos expandimos pero seguimos careciendo de los
efectivos o las escuadras para igualar a las principales especies
que compiten por el poder en el espacio del Consejo. Necesitamos
algún tipo de ventaja. Comprender la tecnología IA ayudaría a
darnos el margen que necesitamos para poder competir y
sobrevivir.
—De entre toda la gente, precisamente usted debiera com-
prenderlo —añadió el capitán—. De no ser por la rudimentaria
121/324

tecnología IA, todos estaríamos viviendo ahora bajo el dominio


turiano.
Era cierto. La estrategia militar de la Alianza dependía en gran
medida de los muy avanzados programas de simulación de com-
bate. Las simulaciones analizaban un enorme banco de datos de
escenarios, cotejaban millones de variables por segundo y ay-
udaban a proveer de actualizaciones constantes a los comand-
antes de cada nave de la Alianza. Durante la Primera Guerra de
Contacto, sin los simuladores de combate, la Humanidad no hubi-
era tenido posibilidades frente a las más numerosas y experi-
mentadas escuadras turianas.
—Entiendo su preocupación —le explicó la embajadora Goyle,
como si notara que Anderson aún no estaba plenamente conven-
cido—. Pero la base de Sidón funcionaba bajo los más estrictos
protocolos de seguridad. El director del proyecto, el Dr. Shu Qian,
es uno de los principales expertos en la investigación de inteligen-
cia artificial. Supervisó cada aspecto del proyecto en persona. In-
cluso insistió en que la red neuronal que usamos para crear las
simulaciones de IA fuera completamente independiente. Los da-
tos debían ser registrados y anotados a mano y luego introdu-
cidos, también a mano, en un sistema separado para asegurar que
no se produjera una contaminación cruzada con la red neuronal.
Ocurriera lo que ocurriera, no había manera posible de que las
simulaciones de IA pudieran afectar a nada que estuviera fuera
del sistema de datos restringido del interior de la base. Se toma-
ron todas las precauciones posibles para asegurar que nada pudi-
era salir mal.
—Y sin embargo, algo fue mal.
—¡Teniente! ¡Está usted siendo inapropiado! —gritó el capitán.
La embajadora levantó la mano mientras saltaba en su
defensa.
—Capitán, le pedí al teniente que hablara con total libertad.
122/324

—Señora, no pretendía faltarle al respeto —respondió Ander-


son, a modo de disculpa—. No tiene por qué darme explicaciones
sobre la existencia de Sidón. No soy más que un mandado al que
enviaron a arreglar el desaguisado.
Siguió un silencio incómodo, roto finalmente por la
embajadora.
—He leído su informe —dijo, cambiando discretamente el
rumbo de la conversación—. No parece creer que fuera un ataque
fortuito.
—No, señora. Diría que Sidón fue seleccionado expresamente
como blanco. Y hasta ahora no sabía por qué.
—Si eso es verdad, es muy probable que quienquiera que ata-
cara Sidón estuviera también tras el Dr. Qian en concreto. Su tra-
bajo en este campo no tiene precedentes; nadie comprende la in-
teligencia sintética mejor que él.
—¿Cree que el Dr. Qian sigue con vida?
—El instinto me dice que sí —respondió la embajadora—. Creo
que quien atacó Sidón destruyó la base para encubrir sus huellas.
Querían que pensáramos que todos habían muerto en su interior
para que no nos molestáramos en buscar a Qian.
El teniente había dado por sentado que la explosión tenía la
intención de ocultar la identidad del traidor, aunque también
podía haber sido usada para ocultar el hecho de que Qian no se
contaba entre los muertos. Por supuesto, no había ningún modo
de demostrar la teoría pero, igual que la embajadora, Anderson
había aprendido a confiar en su instinto. Y este le decía que ella
tenía razón.
—¿Cree que es posible que convencieran al Dr. Qian de usar su
investigación para ayudar a alguien externo a la Alianza a desar-
rollar una IA? —preguntó Anderson.
—El Dr. Qian no es un soldado —contestó, con una expresión
de sombría preocupación en el rostro—. Su mente es brillante
123/324

pero se aloja en el cuerpo de un frágil anciano. Podría ser sufi-


cientemente valiente para negarse a ayudar a una especie no hu-
mana aunque amenazaran con asesinarle. Pero unas semanas de
tortura acabarían con su resistencia.
—O sea que trabajamos a contrarreloj.
—Así parece —admitió la embajadora—. Advertí otra cosa en
su informe —continuó, cambiando otra vez de enfoque con
suavidad—. ¿Dijo que creía que los asaltantes contaron con la ay-
uda de alguien que trabajaba en el proyecto?
—Sí, señora.
—Es posible que sepamos quién es esa persona —intervino el
capitán.
—¿Señor?
Fue la embajadora quien respondió.
—Justo unas horas antes del ataque, uno de nuestros princip-
ales técnicos abandonó la base: Kahlee Sanders. Tenemos in-
formes que indican que fue vista por última vez en Elysium,
aunque desde entonces le hemos perdido el rastro.
—¿Y supone que, si la encontramos, encontraremos también al
Dr. Qian?
—Teniente, no lo sabremos hasta que la encuentre.
Anderson estaba sorprendido.
—¿Piensan enviar a la Hastings para localizarla?
—No —contestó el capitán—. Solo a usted.
Se volvió instintivamente hacia el capitán.
—Señor, me temo que no le he entendido bien.
—Anderson, usted es el mejor oficial ejecutivo con el que
jamás he servido —dijo el capitán—, pero la embajadora me ha
pedido que sea reasignado.
—Comprendido, señor. —Intentó mantener un tono de voz
profesional, aunque Goyle debió de darse cuenta de su decepción.
124/324

—Teniente, esto no es un castigo. He repasado su hoja de ser-


vicios. Cabeza de promoción en Arturo. Tres medallas al mérito
diferentes durante la Primera Guerra de Contacto. Numerosas
distinciones a lo largo de su carrera. Usted es de lo mejor que la
Alianza puede ofrecer. Y esta es la misión más importante que
jamás hayamos tenido.
Anderson asintió enfáticamente.
—Puede contar conmigo, embajadora. —Era un soldado. Juró
defender a la Humanidad. Ese era su deber y era un honor aceptar
la carga que iban a depositar sobre él.
—Va a tener que encargarse de esto a solas —le dijo el cap-
itán—. Cuanta más gente enviemos tras Sanders, mayor será la
posibilidad de que alguien de fuera de esta habitación averigüe lo
que estábamos haciendo en Sidón.
—Oficialmente, esta misión ni siquiera existe —añadió la em-
bajadora—. La especie humana sigue siendo nueva en el barrio.
Somos audaces, somos descarados y todas las demás razas están
esperando a que la fastidiemos. Teniente, no tengo que explicarle
cómo son las cosas ahí afuera, en el Confín. Ya ha visto lo difícil
que es establecer una colonia y prosperar. Estamos intentando
aferramos a cada pequeño avance y luchar por cada pequeña vic-
toria que logramos, únicamente procurando sobrevivir. Pero si la
Ciudadela se huele algo, las cosas se pondrán mucho más difíciles.
Si tenemos suerte, solo recibiremos una reprimenda oficial e im-
portantes sanciones comerciales que paralizarán nuestra eco-
nomía. Si no, podrían retirar nuestra embajada en la Ciudadela.
Podrían declarar ilegal comerciar con nosotros a cualquier nivel.
La Humanidad aún no es lo bastante fuerte para arreglárselas
completamente sola. Aún no.
—Sé cómo ser discreto —le aseguró Anderson.
—No se trata únicamente de usted. Kahlee Sanders sabe algo
sobre esto. Al igual que cualquiera que estuviera involucrado en
125/324

este mismo ataque. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que una de


esas personas tropiece con un espectro?
Anderson frunció el ceño. Lo último que necesitaban era que
un espectro acabara implicándose. Los espectros eran agentes de
élite encubiertos de la Oficina de Tácticas Especiales y Reconoci-
miento de la Ciudadela y respondían directamente ante el Con-
sejo; individuos muy bien adiestrados con autorización para actu-
ar por encima y fuera de la ley, cuyo único mandato era proteger a
toda costa la estabilidad galáctica. El Confín Skylliano —una ex-
tensa e inestable región fronteriza del espacio del Consejo que era
un conocido refugio de rebeldes, sediciosos y grupos terroristas—
era justamente la clase de lugar en el que los espectros estaban
más activos. Y una facción renegada en posesión del experto en IA
más destacado de la galaxia era exactamente la clase de amenaza
en la que los espectros sobresalían a la hora de dar caza y
eliminar.
—Si de algún modo los espectros se enteran de esto, deberán
notificarlo al Consejo —dijo Anderson, eligiendo sus palabras con
cuidado—. ¿Hasta dónde se supone que debo llegar para manten-
erlo en secreto?
—¿Está preguntando si estamos ordenándole que mate a algún
agente oficial del Consejo? —preguntó el capitán.
Anderson asintió.
—No puedo tomar esa decisión por usted, teniente —le re-
spondió la embajadora—. Confiamos en su juicio. Si se presenta la
situación, será decisión suya. No es que crea que no importe
—añadió siniestramente—. Para cuando descubra que un espectro
está al corriente, es probable que ya esté muerto.
NUEVE

Se aproximaba la noche en el planeta Juxhi. El débil sol naranja


se ponía por el horizonte, y Yando, la menor de las dos lunas del
mundo, ya estaba alcanzando su cenit.
Durante los veinte minutos siguientes, reinaría la oscuridad.
Entonces, Budmi, la gemela mayor de Yando, comenzaría a elev-
arse y la oscuridad daría paso a un misterioso crepúsculo.
Saren Arterius, un espectro turiano, esperaba pacientemente a
que el sol desapareciera. Durante varias horas se había encara-
mado encima de un afloramiento rocoso y vigilaba a escondidas
un pequeño e aislado almacén situado en el desierto, en las afuer-
as de Phend, la capital de Juxhi. Construido al abrigo de las
piedras de un pequeño desfiladero, el edificio venido a menos era,
excepto por el hecho de que un acuerdo ilegal de venta de armas
estaba a punto de cerrarse en su interior, completamente
anodino.
Los compradores ya estaban dentro: un grupo de matones ar-
mados y con un entrenamiento militar elemental conocidos como
los Calaveras Siniestras, una de las muchas organizaciones de se-
guridad privada activas en el Margen. Los Calaveras eran pocos,
127/324

apenas una docena de criminales mercenarios que nunca habían


merecido la atención de Saren antes de esa noche, cuando cometi-
eron el error de creer que podrían adquirir un cargamento robado
de armas militares que había desaparecido de una carguero de
transporte turiano.
Sus oídos captaron el sonido de un motor en la distancia y, un-
os minutos después, un VTT (Vehículo Todo terreno) de seis rue-
das llegó y se detuvo al lado de la nave. Media docena de hombres
salieron de él; dos de ellos eran turianos y el resto, humanos. In-
cluso bajo la tenue luz, Saren reconoció de inmediato a uno de los
turianos, un estibador de los puertos de Camala.
Llevaba días siguiéndole, desde que revisara los registros de
guardia para ver quién estaba de turno cuando el cargamento de-
sapareció. Al día siguiente, únicamente un operario dejó de
presentarse al trabajo; averiguar quién había sido el ladrón fue
bochornosamente sencillo.
Localizarle no fue mucho más difícil. Toda la operación
apestaba a aficionados metidos en algo que les sobrepasaba,
desde el robo hasta los compradores. Por lo general, Saren hubi-
era transferido el asunto a las autoridades locales para ocuparse
de algo más importante, pero la venta de armas de turianos a hu-
manos era algo de lo que se encargaba personalmente.
Se abrió la puerta de la nave y cuatro de las figuras, incluidos
los dos turianos, descargaron una caja de la parte trasera del VTT
y la llevaron adentro. Los otros dos ocuparon posiciones de
guardia junto a la entrada.
Saren negó con la cabeza con incredulidad mientras se enca-
jaba las gafas de visión nocturna. ¿Qué posible utilidad podía ten-
er dejar a dos hombres haciendo guardia fuera de un almacén en
medio de ninguna parte? No tenían cobertura; estaban completa-
mente expuestos.
128/324

Se llevó al ojo un rifle de francotirador Izaali fabricado por


Combine, disparó dos veces y ambos centinelas cayeron a tierra.
Moviéndose con una eficacia aparentemente fortuita, plegó el rifle
de francotirador y lo volvió a guardar en el compartimiento indic-
ado de su mochila. En una operación más profesional, alguien de
dentro hubiera controlado periódicamente a los centinelas… o, en
primer lugar, no les habrían dejado ahí afuera.
Tardó diez minutos en bajar a gatas de su elevada posición
sobre la superficie de la roca. Para entonces, las lunas gemelas
—ambas visibles— le proporcionaban la suficiente iluminación
para poder guardar las gafas en la mochila.
Extrajo con rapidez un rifle de asalto semiautomático Haliat
Arms de la funda que llevaba en el muslo y se aproximó a la en-
trada de la construcción. Había llevado a cabo un reconocimiento
del almacén; sabía que no había ventanas ni ninguna otra puerta.
Todos estaban atrapados en el interior: una prueba más de que
trataba con idiotas. Se apretó contra la puerta y escuchó con det-
enimiento. En el interior se podía oír una discusión airada. Por lo
visto, nadie había tenido la previsión de explicar con detalle las
condiciones de la transacción antes de la reunión; o eso o alguien
estaba intentando renegociar el trato. Los profesionales no
cometían errores como este: iban a la reunión, hacían el intercam-
bio y salían. Cuanto más rato estás, mayor es la probabilidad de
que algo salga mal.
Saren cogió tres granadas incendiarias de su cinturón, las cebó
y comenzó a contar en silencio para sí. Cuando llegó a cinco, tiró
con fuerza de la puerta, arrojó dentro las tres granadas, la cerró
de golpe y corrió para cubrirse detrás del VTT.
La explosión reventó la puerta, haciéndola saltar de las
bisagras, despidiendo humo, llamas y escombros por fuera de la
abertura. Pudo oír gritos y el ruido de los disparos provenientes
del interior mientras los aterrorizados hombres que allí estaban
129/324

eran presa del pánico. Quemados y cegados, comenzaron a dis-


parar frenéticamente, cada bando convencido de que había sido
traicionado por el otro. Durante veinte segundos enteros, el eco
del tiroteo, que reverberaba entre las paredes de metal del al-
macén, ahogó cualquier otro sonido.
Después, todo quedó en silencio. Saren apuntó el arma hacia
la puerta y fue recompensado, unos segundos más tarde, cuando
dos hombres salieron a la carga disparando sus armas. Abatió al
primero dándole de lleno en el pecho con una ráfaga corta de su
rifle de asalto y entonces se escondió detrás de la parte trasera del
VTT para cubrirse mientras el mercenario superviviente re-
spondía al fuego. Un rápido giro sobre sí mismo devolvió a Saren
a la parte delantera del vehículo; cuando emergió, el enemigo
seguía apuntando el arma hacia la parte trasera, por donde esper-
aba que este reapareciera. A distancia de quemarropa, los dis-
paros del rifle de asalto de Saren le rebanaron media cabeza al
tipo.
Para no quedarse corto, lanzó dos granadas más por la puerta
abierta. Al detonar, en lugar de provocar una abrasadora ex-
plosión, estas liberaron una nube tóxica. Oyó más gritos y chil-
lidos seguidos de toses causadas por la asfixia. Uno a uno, sali-
eron tambaleándose de la nave tres mercenarios más, todos ellos
ciegos y con náuseas producidas por el gas venenoso. Saren los
acribilló sin que ninguno de ellos respondiera siquiera a los
disparos.
Esperó unos minutos más para dejar que la bruma mortífera
se disipara y entonces esprintó desde su posición tras el vehículo
hasta el borde de la puerta. Asomó la cabeza dentro por un in-
stante y luego se agazapó, quitándose de en medio.
Una docena de cadáveres cubrían el almacén. Algunos habían
sido abatidos a tiros, varios estaban quemados y el resto se retor-
cía en horribles contorsiones a causa del gas, que hizo que se les
130/324

agarrotaran y contrajeran los músculos mientras morían.


Alrededor de ellos había unas cuantas armas desparramadas, tira-
das por los propietarios en su agonía. El cajón que habían llevado
adentro al llegar descansaba sin abrir en medio del suelo. Por lo
demás, el almacén estaba vacío.
Con el rifle de asalto entre las manos, Saren avanzó de cuerpo
en cuerpo, abriéndose paso lentamente desde la puerta hacia la
parte trasera del almacén mientras lo inspeccionaba en busca de
indicios de vida. Con la puntera de la bota, puso boca arriba a un
turiano que había caído cerca del cajón. Tenía la mitad del rostro
quemado y el caparazón estaba crujiente y quebradizo. La carne
que había bajo este se había derretido, fundiendo los párpados del
ojo izquierdo. Un ligero quejido salió de sus labios y el ojo aún
sano comenzó a parpadear.
—¿Quién…? ¿Quién eres? —dijo, con voz ronca.
—Un espectro —replicó Saren, de pie junto a él.
Tosió y arrojó una flema oscura que era principalmente una
mezcla de sangre y veneno.
—Por favor… ayúdame.
—Has infringido la ley interestelar —recitó con voz fría e im-
pasible—. Eres un ladrón, un contrabandista y un traidor a
nuestra especie.
El hombre moribundo intentó decir algo, pero solo volvió a
toser. Respiraba con dificultad: el humo acre de las granadas in-
cendiarias había cauterizado sus pulmones, dañándolos con tanta
gravedad que no había podido aspirar el suficiente gas venenoso
para que este le matara. De recibir atención médica inmediata,
seguía existiendo una pequeña posibilidad de que sobreviviera…
aunque Saren no tenía la menor intención de llevarle a un
hospital.
131/324

Devolvió el rifle de asalto a la funda del muslo y se dejó caer


sobre una rodilla, inclinándose para acercarse a las facciones
destrozadas por las llamas del otro turiano.
—¿Robas armas a tu propia gente para luego vendérselas a los
humanos? —inquirió, con un feroz susurro—. ¿Sabes a cuántos
turianos he visto morir a manos de humanos?
Le costó un tremendo esfuerzo pero, de algún modo, el
hombre quemado consiguió farfullar cuatro débiles palabras por
entre sus labios abrasados en señal de protesta:
—Esa… guerra… ya… terminó.
Saren se puso en pie y, con un movimiento suave, tiró de su
pistola.
—Eso cuéntaselo a nuestros hermanos muertos —y disparó
dos veces a la cabeza del turiano, dando por concluida la
conversación.
Con la pistola aún en mano, prosiguió la inspección de los
cuerpos. Se fijó en dos cadáveres humanos cercanos a la pared
trasera del almacén, perceptiblemente menos repugnantes que los
demás. Las granadas habían estallado cerca de la parte delantera
del edificio y estos mercenarios habían sufrido menos daños. In-
cluso el veneno debió de disiparse antes de recorrer todo el cam-
ino hasta aquí, lo que explicaba que sus cuerpos no estuvieran re-
torcidos y contorsionados como el resto. Debieron de morir por
fuego amigo.
Se aproximó cuidadosamente al primero y cuando tuvo claros
indicios de que el hombre estaba realmente muerto, se relajó: seis
agujeros del tamaño de un dedo muy próximos entre sí perfilaban
un dibujo que indicaba el lugar en el que un tiro de escopeta a
corta distancia le había desgarrado la parte frontal del chaleco
protector, produciéndole, al salir las balas por la espalda, un
único agujero del tamaño de un puño.
132/324

El último cadáver había caído boca abajo sobre un charco de


su propia sangre. La escopeta que debió de matar accidental-
mente al hombre que estaba a su lado se encontraba en el suelo…
a un palmo de distancia de la mano fláccida y sin vida del cuerpo.
Saren se quedó inmóvil, súbitamente receloso. Algo no iba bi-
en. Sus ojos escrutaron la figura inmóvil en busca de una herida
letal. Tenía un boquete en un costado de la parte superior del
muslo, probablemente el origen de toda aquella sangre pero, por
el modo en que había caído al suelo, no había otras heridas
visibles.
Sus ojos se volvieron bruscamente hacia el muslo: la sangre
debería de haber seguido brotando de la herida, pero el flujo se
había restañado. Como si alguien lo hubiera contenido con una
rápida aplicación de medigel.
—Aparta la mano del arma y date la vuelta —gritó Saren,
mientras alzaba la pistola con las dos manos y la apuntaba hacia
el cuerpo— o te mato ahora mismo de un tiro.
Un segundo después, la mano se retiró lentamente de la esco-
peta. El hombre rodó sobre su espalda mientras jadeaba ruid-
osamente en busca de aire: al acercarse Saren, había estado con-
teniendo la respiración para intentar hacerse pasar por muerto.
—Por favor, no me mates —suplicó. Saren dio un paso en su
dirección y apuntó con la pistola al punto exacto entre sus dos
ojos—. ¡Yo ni siquiera luché en la Primera Guerra de Contacto!
—Algunos espectros detienen a la gente —apuntó Saren, en un
tono despreocupado—. Yo no.
—¡Espera! —gritó el hombre, mientras se arrastraba hacia at-
rás hasta quedar encajonado contra la pared—. ¡Espera! ¡Tengo
información!
Saren no dijo nada. En su lugar, bajó el arma y asintió
brevemente.
—Es sobre otro grupo de mercenarios, los Soles Azules.
133/324

Cualquier espectro que trabajara en el Confín sabía que los


Soles eran un cuerpo a tener en cuenta: un grupo pequeño aunque
bien conocido con miembros a la vez experimentados y profe-
sionales. La antítesis exacta de esta banda.
—Continúa.
—Preparan algo. Algo grande.
—¿Qué?
—No… no lo sé —el tipo tartamudeó e hizo una mueca, como si
esperara que le disparase por haber admitido su ignorancia. Tras
el segundo que tardó en darse cuenta de que seguía con vida, con-
tinuó, hablando atropelladamente—. Así es como nos metimos en
esta compra. Se suponía que los Soles Azules iban a hacerse con el
cargamento, pero se retiraron. Oí decir que tenían un trabajo de
gran envergadura en marcha y que no querían ponerlo en peligro
por llamar la atención de algún espectro con una compra de
armas.
Saren se sintió intrigado. Cualquier cosa que estuvieran
tramando tenía que ser importante: los Soles Azules casi nunca
daban la espalda a un trato que ya hubieran negociado. Si estaban
esforzándose tanto por mantener a los espectros alejados del
tema, significaba que más le valía averiguar qué estaba
ocurriendo.
—¿Y qué más?
—Eso es todo lo que sé —dijo el tipo—. ¡Te lo juro! Si quieres
saber más deberías investigar a los Soles Azules. Entonces…
¿hacemos un trato o no?
Saren resopló con sarcasmo.
—¿Un trato?
—Ya sabes… yo te paso la información sobre los Soles Azules y
tú me dejas seguir con vida.
El espectro alzó de nuevo la pistola.
134/324

—Deberías haber negociado antes de ponerte a cantar. Ya no


te queda nada con lo que hacer un trato.
—¿Cómo? ¡No, por favor! No…
La pistola puso fin a sus quejas y Saren se dio la vuelta y cam-
inó tranquilamente hacia fuera dejando atrás la carnicería del al-
macén. Una vez llegara a Phend, alertaría a las autoridades locales
para que pudieran recuperar las armas robadas… y limpiar la
porquería.
La mente de Saren estaba ya en su siguiente trabajo. Al princi-
pio no le había hecho demasiado caso a las noticias sobre la de-
strucción de Sidón. Imaginó que con el tiempo aquello conduciría
hasta algún grupo radical escindido de batarianos rebeldes, una
represalia contra los intentos humanos para expulsar a sus prin-
cipales rivales fuera del Confín. Pero si el ataque no era un trabajo
de terroristas políticos, entonces los Soles Azules eran una de las
pocas organizaciones de seguridad privadas capaces de llevarlo a
cabo.
Saren tenía toda la intención de averiguar quién les había con-
tratado y por qué. Y sabía por dónde empezar la investigación.

Anderson se había pasado la mayor parte de dos días revisando el


expediente personal de Kahlee Sanders, intentando darle un
sentido.
Los datos físicos estaban claros: edad, 26; altura, 1,68; peso 55
kilogramos. La foto de su identificación dejaba ver que tenía ras-
gos predominantemente caucásicos: tez blanca, ojos marrón claro
y pelo rubio oscuro. Era atractiva, aunque Anderson dudaba que
alguien la hubiera llamado guapa jamás. Tenía una expresión
dura, como si estuviera buscando pelea.
Cosa que, dado su historial personal, no resultaba sorpren-
dente. De acuerdo con el expediente se había criado en la
135/324

megalópolis tejana formada por la unión de Houston, Dallas y San


Antonio; una de las regiones más pobres de la Tierra. Fue edu-
cada por una madre soltera, una obrera que cobraba el salario
mínimo. Alistarse en el ejército fue probablemente la única posib-
ilidad de alcanzar una vida mejor, aunque no lo hiciera hasta los
veintidós, poco después de la muerte de su madre.
La mayoría de los reclutas se alistaban antes de los veinte.
Anderson lo hizo el día en que cumplió dieciocho. Pero a pesar de
su tardío comienzo, o quizá por ello, Kahlee Sanders sobresalió en
el adiestramiento básico. Era competente en el combate cuerpo a
cuerpo y en el entrenamiento con armas aunque su auténtica
aptitud había sido en el campo de la tecnología.
Según su ficha había cursado asignaturas de informática de
nivel básico durante los años anteriores a su alistamiento y, des-
pués de incorporarse, se lanzó al estudio de la programación
avanzada, de las redes de comunicación de datos y de las arquitec-
turas de prototipos de sistemas. Acabó la primera de su clase, tras
completar un programa de tres años en tan solo dos.
Los exámenes de personalidad y las evaluaciones psicológicas
mostraban que era inteligente y que tenía un marcado sentido de
la identidad personal y la autoestima. Las evaluaciones de sus
pares y de sus oficiales superiores indicaban que era cooperativa,
popular y un elemento positivo en cualquier equipo con el que
trabajase. No era de extrañar que la hubieran asignado al
proyecto de Sidón.
Y por eso nada de aquello parecía encajar. Anderson conocía la
diferencia entre un buen soldado y uno malo. Kahlee Sanders era
sin duda un buen soldado. Puede que al principio se alistara en la
Alianza como un modo de escapar, buscando una vida mejor que
la que había tenido en la Tierra. Pero había encontrado exacta-
mente aquello que buscaba. Desde que se incorporó al ejército, no
había cosechado nada más que éxitos, distinciones y
136/324

recompensas. Además, con su madre muerta, no tenía otra familia


ni amigos de verdad más allá de sus compañeros soldados.
A Anderson no se le ocurría un solo motivo por el que ella
pudiera ponerse en contra de la Alianza. Ni siquiera la codicia era
razonable: en Sidón todo el mundo estaba ganando un dineral.
Además, Anderson sabía lo bastante sobre la naturaleza humana
para comprender que hacía falta algo más que simple avaricia
para convencer a alguien de que colaborase en la matanza de
gente con la que convivía y trabajaba a diario.
Había otra cosa que le molestaba en este asunto. Si Sanders
era una traidora, ¿por qué había desaparecido el día anterior al
ataque, llamando la atención sobre sí? No tenía más que present-
arse en su turno habitual y todos hubieran dado por sentado que
ella era uno de los cuerpos que se habían volatilizado durante la
explosión. Parecía como si alguien estuviera tendiéndole una
trampa.
Aunque tampoco podía negar que su súbita desaparición era
demasiado sospechosa para descartarla como una mera coincid-
encia. Necesitaba averiguar qué era lo que estaba ocurriendo y,
hasta ahora, la única pista que tenía era lo que no figuraba en su
ficha. El padre de Kahlee Sanders figuraba oficialmente registrado
como «desconocido». En estos tiempos de control global de la
natalidad para hacer frente a poblaciones en crecimiento en los
que, además, existían gigantescos bancos de datos de ADN, res-
ultaba prácticamente imposible desconocer la identidad de los
progenitores de un niño… a menos que esta hubiera sido expres-
amente ocultada.
Analizar en profundidad los archivos oficiales demostró que
todas las referencias al padre de Kahlee Sanders habían sido elim-
inadas: registros de hospital, informes de inmunización… todo.
Era como si alguien hubiera intentado activamente suprimirle de
su vida. Alguien lo bastante importante para poder falsificar
137/324

documentos del gobierno. Kahlee y su madre debían de formar


parte del encubrimiento. Si la madre hubiera querido que la iden-
tidad del padre quedara al descubierto no habría habido manera
de pararla. Y Kahlee podría haber conseguido fácilmente una
prueba de ADN siempre que la hubiera deseado. Ellas tenían que
estar al corriente, aunque por algún motivo no querían que nadie
más lo supiera.
Sin embargo, ninguna de las dos tenía la clase de recursos fin-
ancieros o influencias políticas necesarias para conseguir algo así.
Lo que significaba que otra persona —probablemente el padre—
también había estado implicada. Si Anderson lograba averiguar
quién era el padre y por qué había sido borrado de todos los regis-
tros oficiales, quizá podría ayudarle a comprender qué relación
tenía Kahlee Sanders con el ataque a Sidón.
Desgraciadamente, había agotado todos los conductos ofi-
ciales, aunque, por fortuna, existían otros medios para sacar a la
luz secretos enterrados, motivo por el que ahora se encontraba en
un oscuro callejón de los distritos esperando a reunirse con un in-
termediario de información.
Se había presentado con unos minutos de antelación, impa-
ciente por ver qué revelaba la búsqueda del intermediario. Como
era de suponer, su contacto aún no había llegado. Se pasó los
cinco minutos siguientes esperando y, de vez en cuando, camin-
ando de un lado a otro mientras los segundos se alargaban
pesadamente.
Justo cuando su reloj daba la hora, una figura apareció a la
vista, materializándose de entre las sombras. A medida que se
aproximaba, rápidamente se hizo patente que era una salariana.
Más bajos y delgados que los humanos, los salarianos parecían un
cruce entre algún tipo de lagarto o camaleón y los grays, descritos
por presuntas víctimas durante el brote de abducciones alienígen-
as ficticias denunciadas en la Tierra a finales del siglo XX.
138/324

Anderson se preguntó si había estado ahí todo el rato, observán-


dole mientras esperaba pacientemente a que llegara el momento
de su cita señalada.
—¿Averiguó algo? —le preguntó a la mujer que había con-
tratado para peinar la extranet en busca de cualquier pista con-
cerniente a la identidad del padre de Kahlee Sanders.
Cada día se transmitían por la extranet paquetes con trillones
de tetragigas de datos; tenía que haber algo de provecho enter-
rado ahí. Pero rastrear una cantidad de datos funcionalmente in-
finita en busca de un fragmento de información en concreto podía
ser un ejercicio de frustración sin sentido. Reunir, procesar y an-
alizar cada paquete podría llevar días… e incluso entonces, el res-
ultado podía ser de millones y millones de páginas impresas. Ahí
era donde entraban los intermediarios de información: especialis-
tas que utilizaban algoritmos complejos y buscadores de diseño
propio para restringir y clasificar los datos. Dominar la extranet
tenía tanto de arte como de ciencia y los salarianos destacaban en
el oficio de reunir información confidencial.
Los grandes ojos de la salariana parpadearon.
—Ya le advertí que podría no haber mucho que encontrar
—dijo, hablando rápidamente. Los salarianos siempre hablaban
deprisa—. Los registros anteriores a la conexión de su especie a la
extranet son esporádicos.
Anderson ya lo suponía. Las diferentes agencias guberna-
mentales estaban agregando lentamente los archivos de la época
anterior a la Primera Guerra de Contacto, aunque la entrada de
registros antiguos era una prioridad menor dentro de cada
administración.
Dada la edad de Sanders, era probable que su padre desapare-
ciera de su vida mucho antes de que la Humanidad entrara en
contacto con la gran comunidad galáctica.
—¿O sea que… no tiene nada?
139/324

La salariana sonrió.
—Yo no he dicho eso. Fue difícil de localizar, pero encontré
algo. Parece como si la mano derecha de la Alianza no supiera lo
que hace la izquierda.
Le entregó un pequeño disco de almacenamiento óptico.
—Hágame la vida más fácil —le dijo Anderson cogiendo el
disco y metiéndoselo en el bolsillo—. Dígame qué es lo que voy a
encontrarme cuando analice el disco.
—El día en que Kahlee Sanders se graduó en la Academia de
Adiestramiento de Arturo se remitió un mensaje encriptado a
través de los conductos confidenciales de la Alianza a un indi-
viduo de una de vuestras colonias en el Confín Skylliano. Unos se-
gundos después de ser recibido fue eliminado.
—¿Cómo tiene acceso a los conductos confidenciales de la Ali-
anza? —exigió Anderson.
La salariana rio.
—Hace menos de una década que su especie ha comenzado a
transmitir datos por la extranet. Mi especie ha dirigido las prin-
cipales operaciones de espionaje e inteligencia para la Ciudadela
desde hace dos mil años.
—De acuerdo. ¿Dijo que el mensaje había sido eliminado?
—Exactamente. Borrado y eliminado de los registros. Aunque
nada desaparece nunca del todo después de alcanzar la extranet.
Siempre quedan ecos y restos que la gente como yo puede encon-
trar. La extranet funciona sobre una…
—No me interesan los detalles —le interrumpió Anderson, le-
vantando una mano para interrumpirla—. ¿Qué decía el mensaje?
—Era breve. Un único archivo de texto que comprendía el
nombre de Kahlee Sanders, sus notas finales y su situación
académica. Realmente impresionante. Podría tener un brillante
futuro en mi campo si quisiera trabajar para…
Anderson la interrumpió de nuevo, cada vez más impaciente.
140/324

—Todo esto figuraba en su archivo personal. No le pagué para


que me consiguiera sus calificaciones.
—Todavía no me ha pagado —le hizo notar—. Esto se facturará
a sus superiores de la Alianza, ¿recuerda? Dudo que usted pudiera
permitirse contratar mis servicios. Es por eso por lo que acudió a
mí desde el principio.
Anderson se llevo involuntariamente las manos a las sienes.
—Vale. No era eso lo que quería decir. —Los salarianos solían
hablar en círculos, cambiando de tema a cada instante. Le daba
dolor de cabeza. Obtener de ellos lo que uno necesitaba siempre
parecía llevar el doble de tiempo—. Por el amor de Dios, espero
que tenga algo más que esto.
—El remitente del mensaje era uno de los instructores de la
Academia. Un hombre que se retiró hace ya tiempo. El seguimi-
ento preliminar indica que no está relacionado con la investiga-
ción; probablemente solo actuaba bajo órdenes del destinatario y
desconocía el motivo por el que estaba enviando la información.
Aunque carezco de pruebas, sospecho que el destinatario es el
padre de Kahlee Sanders. Como oficial de alta graduación de la
Alianza, debía de tener los medios para encubrir sistemática-
mente su relación y hacerlo de un modo que fuera difícil de
rastrear. No obstante, no fui capaz de determinar por qué padre e
hija eligieron apartarse el uno del…
—Por favor —suplicó, cortándole una vez más—. Solo quiero
un nombre. No diga nada más. Tan solo dígame quién recibió el
mensaje y dónde puedo encontrarle.
Parpadeó otra vez, por el cambio de su expresión Anderson
pensó que quizá hubiera herido sus sentimientos. Afortunada-
mente, sin embargo, hizo lo que se le pidió.
—El mensaje fue enviado al contralmirante John Grissom.
Vive en Elysium.
DIEZ

—Batariano, esto es un club privado —gruñó el guardia de segur-


idad krogan que se cruzó en el camino de Groto Ib-ba mientras
este intentaba traspasar la entrada del Santuario.
—Esta noche soy un socio —replicó el mercenario batariano,
pasando la tarjeta de acceso financiera por el escáner y dejando
que se redujeran los cuatrocientos créditos del precio de la en-
trada directamente de su cuenta bancaria. El krogan permaneció
inmóvil, obstruyéndole el paso hasta que se confirmara la transac-
ción. Solo apartó la mirada de Groto por unos instantes para
echar un vistazo al nombre y a la foto de identidad que destellaba
en la pantalla. Estaba comprobando que la tarjeta de acceso no
hubiera sido robada. Pero la imagen de la identificación coincidía
claramente con la del batariano que tenía enfrente; no había error
posible, un tatuaje de un sol azul adornaba su frente, justo por en-
cima del ojo izquierdo interior.
Por la expresión del krogan, estaba claro que este seguía sin
querer hacerse a un lado para dejar entrar a Groto.
142/324

—La entrada solo garantiza el acceso al club —le hizo notar—.


Cualquier otro servicio supondrá una cuota adicional. Una con-
siderable cuota adicional.
—Ya sé cómo va —le espetó Groto—. Tengo dinero.
El krogan reflexionó por unos instantes, confiando en encon-
trar otra manera de mantenerle fuera.
—No se permite llevar armas dentro del club.
—Te he dicho que ya sé cómo funciona —gruñó Groto. Aun así,
el guardia titubeó.
El batariano extendió los brazos en alto.
—Regístrame y acabemos con esto.
El krogan, derrotado, dio un paso atrás.
—No será necesario. —Ladeó la cabeza a la izquierda, una
señal de respeto batariana—. Le pido disculpas, Sr. Ib-ba.
Helanda atenderá sus necesidades en la barra del fondo.
Un tanto sorprendido, Groto bajó los brazos. Resultaba asom-
broso la clase de respeto que el dinero podía comprar. De haber
pensado que, de hecho, era posible entrar sin ser registrado, hubi-
era pasado una pistola a escondidas bajo el cinturón. O al menos
hubiera escondido un cuchillo en una bota.
En lugar de eso, ladeó la cabeza hacia la derecha con parsimo-
nia en respuesta a las disculpas, haciendo el papel del hombre
cuyo honor ha sido insultado. Caminó con descaro, dejando atrás
al portero, y entró en el burdel más exclusivo de Camala, intent-
ando aparentar calma a pesar de que el corazón le iba a mil.
Una parte de él había temido que sencillamente no le dejaran
entrar incluso si pagaba la entrada. Estaba claro que él no form-
aba parte de aquello; el Santuario estaba reservado a los ricos y la
élite —a aquellos que disponían de fortunas y no a los soldados de
fortuna—. Por lo general, el precio de la entrada mantenía a
hombres como Groto fuera del lugar. En Camala existían muchos
143/324

otros sitios en los que comprar compañía para la noche y ninguno


de ellos era ni la mitad de caro que el Santuario.
Pero el nuevo cliente de los Soles Azules les había pagado unos
sustanciosos honorarios por contratar sus servicios en exclusiva
durante los siguientes meses, incluida una importante prima tras
el asalto a la base militar de Sidón. Groto no había participado
directamente en el ataque ni tampoco había estado en el almacén
en el que su patrón se reunió con Skarr. De haberlo hecho, sabría
quién les estaba pagando, aunque también habría podido ser uno
de los desafortunados mercenarios que acabaron muertos a
manos de Skarr.
En cualquier caso, los Soles Azules pagaban a cada socio a
partes iguales, así que Groto no había dejado pasar nada más que
la posibilidad de acabar asesinado. Y los mercenarios que sí
habían estado en el almacén seguían en el asunto: habían sido
contratados como guardaespaldas privados del financiero anón-
imo. Por otra parte, Groto era libre de salir y disfrutar de su parte
de las ganancias. Y, por una vez en la vida, iba a experimentar un
placer reservado a aquellos que eran mucho más ricos y poder-
osos que él.
Se había gastado parte de la prima en comprar ropa nueva
aunque, incluso así, al cruzar la sala, empezó a sentirse cohibido.
No encajaba allí y la clientela —la mayoría eran batarianos— le
observaban con recelo y curiosidad manifiestos. La sociedad de
castas era una parte importante de la cultura batariana y Groto
estaba desafiando abiertamente las normas convencionales.
Aunque al darse cuenta de que incluso los empleados le miraban
con desdén, la turbación se transformó en una rabia arrogante.
¿Quiénes se creían que eran para despreciarle? ¡Nada más que
putas y sirvientes!
Mientras se dirigía hacia la barra del fondo y pasaba junto a
varios krogan del personal de seguridad, juró hacérselo pagar a
144/324

alguien. Una vez que estuviera junto a su puta en una habitación


privada, convertiría el desprecio de esta en miedo y terror.
—Bienvenido al Santuario, Sr. Ib-ba —susurró la joven batari-
ana que estaba tras la barra—. Me llamo Helanda. Lamento el in-
cidente de la entrada —continuó—, a veces Odak se toma su tra-
bajo demasiado en serio. Tiene mi garantía personal de que la
próxima vez será totalmente respetuoso.
—Bien. Espero un trato mejor en un sitio como este. —No iba a
haber próxima vez, aunque Groto no pensaba decírselo.
—Tenemos una amplia variedad de servicios a su disposición
—le explicó Helanda, pasando delicadamente por alto la falta de
tacto del portero y continuando con el asunto que se traían entre
manos—. El Santuario aspira a satisfacer los deseos de todos
nuestros clientes, no importa lo… esotéricos que sean. Si me ex-
plica qué es lo que le interesa, le ayudaré personalmente a selec-
cionar a una acompañante apropiada, o acompañantes, para esta
noche.
—Me interesas tú —dijo, apoyándose sobre la barra en
respuesta a la tácita invitación.
—Ese no es mi papel aquí —replicó, con brusquedad mientras
retrocedía medio paso y movía rápidamente los párpados de los
ojos interiores en señal de desagrado. Groto comprendió que su
encanto no era más que puro teatro; un juego con el que se entre-
tenía con él. Su reacción involuntaria dejó la verdad al descu-
bierto: ella sentía la misma repulsión que él había percibido en los
demás empleados.
Groto notó por el rabillo del ojo que uno de los guardias
krogan se acercaba a ellos casualmente y decidió que no era el
momento de darle un merecido castigo.
Forzó una risa, como si el hiriente rechazo le pareciera
divertido.
—En realidad estaría interesado en una hembra humana.
145/324

—¿Una hembra humana? —preguntó Helanda, como si no es-


tuviera segura de haberle oído bien.
—Tengo curiosidad —respondió fríamente.
—De acuerdo, Sr. Ib-ba —dijo, pulsando un botón tras la barra
que hizo aparecer una pequeña pantalla frente a ella—. Debo de-
cirle que hay una recarga adicional en todas las peticiones in-
terespeciales. Las tarifas indicadas están anotadas junto a cada
acompañante.
Giró la pantalla hacia él. La visualización mostraba diversas
posibilidades junto al precio asignado a cada una de ellas. Groto
tuvo que controlarse para no atragantarse por la conmoción que
le causó ver los importes. A diferencia de los prostíbulos que solía
frecuentar, aquí las tarifas por hora no eran una opción. Una
noche entera en el Santuario iba a costarle varios cientos de crédi-
tos más que todo su sobresueldo. Durante unos breves instantes
consideró la posibilidad de dar media vuelta y marcharse, aunque,
de hacerlo, los cuatrocientos créditos que había pagado en la en-
trada se perderían para siempre.
—Ella —dijo, señalando una de las fotos. Había otras opciones
menos caras pero ¡maldita sea!, lo llevaban claro si pensaban que
iban a intimidarle con esos precios. No iba a volver allí nunca
más, por lo que estaba decidido a conseguir exactamente lo que
quería. En verdad, no sabía demasiado sobre los humanos. Pero
había algo en esta que le atraía. Parecía frágil. Vulnerable.
—Excelente elección, Sr. Ib-ba. Haré que alguien le acompañe
a su habitación para esta noche. Su acompañante subirá en breve.
Unos minutos después, Groto estaba solo en una de las hab-
itaciones privadas insonorizadas, caminando de un lado a otro
mientras se golpeaba la mano con un puño. Estaba recordando to-
das las humillaciones que había sufrido desde que llegó a aquel
lugar, calentándose con esos pensamientos, decidido a
146/324

desquitarse con la desafortunada joven humana que estaba a


punto de convertirse en su víctima de esta noche.
No se sentía físicamente atraído por los humanos, fueran hem-
bras o no. Pero esta noche no iba a tener nada que ver con el sexo.
Sencillamente, a Groto no le gustaban los humanos. Se repro-
ducían y se propagaban como alimañas; pululaban por el Confín,
engullendo mundos coloniales y expulsando fuera a otras especies
—como los batarianos—. Los humanos con los que trabajaba en
los Soles Azules sabían cómo conducirse en una pelea pero, igual
que todos los de su calaña, eran arrogantes y engreídos. Esta
noche cogería a una de esa especie orgullosa y la haría sufrir. La
humillaría, la degradaría y la castigaría.
Llamaron a la puerta; un golpe delicado y tímido. La abrió y
alargó la mano para agarrar de la muñeca a la mujer y tirar de ella
hacia la habitación. Pero al ver a un macho turiano allí de pie, se
quedó helado.
—¿Quién… argh?
El turiano le dio un fuerte golpe en la garganta, cortando sus
palabras. Asfixiado y con náuseas, Groto se tambaleó hacia atrás y
cayó sobre la cama, en el centro de la habitación. El turiano entró
tranquilamente y cerró la puerta tras de sí. Groto oyó cómo enca-
jaba el cerrojo, encerrándoles dentro a los dos, juntos.
De algún modo, Groto se puso rápidamente en pie mientras se
esforzaba por recobrar el aliento y alzaba los puños a la espera de
que el turiano se acercara para intentar rematarle. Sin embargo,
después de cerrar la puerta, el turiano se quedó quieto.
—¿Quién eres? —jadeó, al fin, Groto.
—Saren —fue la lacónica respuesta.
Groto sacudió la cabeza; no reconoció el nombre.
—¿Cómo lo has hecho para que los guardas te dejaran pasar?
—inquirió.
147/324

—No me han impedido entrar —respondió Saren, con voz rela-


jada—. De hecho, creo que querían que viniera aquí para cuidar
de ti.
—¿Qué… qué quieres decir? —La voz de Groto temblaba; la
anormal calma del turiano resultaba inquietante. Mantuvo las
manos en alto, preparadas por si el intruso hacía un movimiento.
—¿Cómo es posible que seas tan estúpido? ¿No te das cuenta
de que ellos sabían exactamente lo que habías planeado para esta
noche? Sabían lo que andabas buscando desde el momento en que
pediste una acompañante humana.
—¿Pero… pero de qué me estás hablando?
El turiano dio un paso al frente. Groto correteó un par de
pasos hacia atrás, con los puños alzados y a punto. Hubiera retro-
cedido más pero había alcanzado la pared del otro extremo de la
habitación y no quedaba a dónde ir.
—El Santuario no acepta que se dañe o se lastime a las acom-
pañantes —le explicó Saren, con tranquilidad. Mientras hablaba,
comenzó a avanzar despacio, con pasos lentos—. Tenían la hab-
itación controlada. [Paso]. En el momento en que hubieras puesto
una mano sobre esa mujer, un krogan enojado hubiera irrumpido
y te habría arrancado la cabeza. [Paso].
—No estaba… ¡Ni siquiera he hecho nada! —protestó el batari-
ano, dejando al fin caer los puños. Se sentía como un imbécil,
agitándolos arriba y abajo, mientras el otro tipo parecía estar tan
tranquilo.
[Paso].
—Les convencí para que me dejaran encargarme de esto en su
lugar —continuó Saren, ignorándole—. Estaban preocupados por
si molestábamos a otros clientes. [Paso]. Entonces les recordé que
las paredes estaban completamente insonorizadas. [Paso]. Y tú ya
has pagado por la habitación. [Paso].
148/324

Ahora tenía al turiano justo enfrente de él, aunque este seguía


pareciendo completamente relajado. Groto volvió a alzar los
puños.
—Retrocede o te…
No tuvo ocasión de acabar la frase; Saren le propinó una fuerte
patada en las partes bajas. Unas atroces punzadas de dolor
furioso le ascendieron repentinamente por el estómago y las en-
trañas. Se desplomó en el suelo con un sufrimiento tan grande
que solo pudo gimotear.
Saren le agarró por la tela del traje recién comprado y tiró de
él hasta ponerle en pie; entonces hundió el pulgar en uno de los
ojos interiores de Groto, reventándole el globo ocular y dejándole
ciego de un solo golpe. El batariano desfalleció, quedando incon-
sciente por la súbita conmoción y el dolor.
Se despertó unos segundos después mientras Saren le rompía
el codo derecho. Aullando en agonía se hizo un ovillo y rodó de un
lado a otro mientras su cuerpo experimentaba un sufrimiento
físico mayor de lo que jamás hubiera podido imaginar.
—Me repugnas —susurró Saren, arrodillándose para coger la
muñeca izquierda de Groto. Extendió el brazo sano del batariano,
trabó las articulaciones y empezó a presionarlo—. Querías tortur-
ar a una víctima inocente por propio placer. Maldito hijo de puta.
La tortura solo es útil si tiene un propósito —añadió, aunque sus
palabras quedaron ahogadas por la fractura del codo izquierdo de
Groto y los posteriores alaridos.
Saren se apartó del hombre, que se retorcía en convulsiones, y
dejó que las oleadas de dolor sacudieran su cuerpo. Para cuando
la conmoción se asentó, había pasado casi un minuto y sus miem-
bros descoyuntados se entumecieron hasta el punto en que, al fin,
Groto pudo hablar.
—Pagarás por esto —gimoteó desde el suelo, sollozando sin
moderación. Las lágrimas y los mocos se mezclaban con el fluido
149/324

ocular del ojo reventado y chorreaban hasta su boca, haciéndole


pronunciar mal sus palabras en lo que parecía la lloriqueante par-
odia de una amenaza—. ¿Tienes idea de quién soy? ¡Soy de los
Soles Azules!
—¿Por qué crees que te he seguido hasta aquí?
Una expresión de terror se extendió por el rostro de Groto
hasta que al fin logró comprender.
—Eres un espectro —masculló—. Por favor —suplicaba—, dime
qué es lo que quieres. Lo que sea. Te lo daré.
—Información —respondió Saren—. Dime qué es lo que sabes
de Sidón.
—Nos contrataron para eliminar la base —admitió el hombre
tullido.
—¿Quién fue?
—No lo sé. Yo solo traté con un intermediario. Nunca le vi, ni
siquiera oí su nombre.
Saren suspiró y se arrodilló en el suelo junto a él. Existían
muchos métodos exóticos de interrogación, un millón de maneras
de infligir dolor y castigo a una víctima. Aunque los turianos eran
gente práctica y él, personalmente, prefería la brutal efectividad
de las técnicas sencillas y básicas. Le agarró por la muñeca del
brazo que le pendía, asió firmemente uno de los dedos y comenzó
a doblarlo hacia atrás.
—¡No! —gritó el batariano—. ¡No! ¡Por favor… es la verdad!
¡Eso es todo lo que sé! ¡Tienes que creerme!
Se mantuvo fiel a la historia incluso después de que le rompi-
era tres de los dedos de la mano, lo que convenció a Saren de que
estaba contando la verdad.
—¿Cómo entrasteis en la base? —preguntó Saren, cambiando
de línea de interrogación.
150/324

—El hombre que nos contrató —masculló Groto, con voz cruda
y áspera por la reciente ronda de gritos que acababa de desgarrar
su garganta— tenía a alguien en el interior.
—Dame un nombre.
—Por favor —suplicó con un estridente gimoteo—. No lo sé. Ni
siquiera estuve allí.
Saren le agarró de otro dedo y las palabras comenzaron a
brotar.
—¡Espera! ¡No sé quién era el hombre que estaba dentro!
Pero… pero puedo contarte otras cosas. Después del ataque traji-
mos a un forastero. Un cazarrecompensas independiente. Un gran
krogan llamado Skarr.
—Bien —dijo Saren, dejando de sujetarle el dedo ileso—.
Continúa.
—Hubo algo que no fue bien en Sidón. Alguien sobrevivió al
ataque. Un cabo suelto. Contrataron a Skarr para darle caza. Una
humana. Está en Elysium, aunque desconozco su nombre.
—¿Qué más? ¿Por qué os contrataron para atacar la base?
—No lo sé —susurró Groto, atemorizado—. No nos dieron nin-
guna información. El financiero temía que alguien se fuera de la
lengua. No quería… no quería que los espectros lo descubrieran.
Saren le rompió dos dedos más solo para asegurarse.
—Por favor —sollozó el batariano, una vez que dejó de gritar—.
No es a mí a quien buscas. Hubo un encuentro en un almacén con
Skarr y el hombre que nos contrató. Habla con alguien que estuvi-
era allí.
Al turiano no le sorprendió la sugerencia de su víctima. Era
una reacción habitual en la mayoría de los sujetos. Una típica
señal de que el interrogatorio estaba llegando a su fin; una vez
que estos comprendían que la información útil que podían facilit-
ar estaba agotándose, traicionar a sus aliados se convertía en la
única posibilidad de eludir posteriores torturas.
151/324

—¿Dónde puedo encontrar a alguien que estuviese en el al-


macén? —exigió el espectro.
—No… no lo sé —admitió Groto, con voz trémula—. Acom-
pañan al financiero. Les contrató como guardaespaldas privados.
—Entonces, supongo que hemos llegado a un punto muerto
—replicó Saren.
—Es todo lo que sé —protestó débilmente el batariano, con la
voz desprovista de toda astucia, subterfugio o esperanza—.
Aunque me rompieras todos los huesos del cuerpo, no podría con-
tarte nada más.
—Ya veremos —prometió Saren.
Fue una larga noche para Saren. El batariano entró en estado
de shock y se desmayó tres veces más durante el interrogatorio.
Cada vez que esto ocurría, Saren tenía que sentarse y esperar a
que este recuperara la consciencia —torturar a un sujeto insens-
ible no tenía ningún sentido—.
Al final, resultó que Groto había dicho la verdad. Saren no
pudo sonsacarle nada más. Aunque ya lo sospechaba, necesitaba
estar completamente seguro. Había demasiado en juego.
Alguien había contratado a los Soles Azules. Alguien con la su-
ficiente riqueza y poder para garantizar su lealtad exclusiva. Al-
guien que había tomado precauciones extra para asegurarse de
que no descubrieran lo que estaba ocurriendo. Saren necesitaba
saber quién había ordenado el ataque a Sidón y por qué. Billones
de vidas podrían estar en peligro, y estaba más que dispuesto a
torturar durante horas y horas a un único mercenario si existía la
más remota posibilidad de enterarse de algo que pudiera ayudarle
a resolver el caso.
No es que sus acciones no tuvieran consecuencias. La hab-
itación insonorizada había amplificado los desgarradores chillidos
y los agudos gemidos de su víctima. Los gritos habían dañado
152/324

físicamente los oídos de Saren y este tenía ahora un fuerte dolor


de cabeza.
La próxima vez —pensó, mientras se frotaba las sienes—, me
traeré tapones.
A mitad del interrogatorio había levantado al batariano pon-
iéndolo sobre la cama; era más fácil ocuparse de él allí que tener
que agacharse constantemente para darle en el suelo. Ahora Groto
yacía inmóvil sobre su espalda, respirando con suavidad en un
sueño profundo ocasionado por el absoluto agotamiento físico y
mental.
Aunque no estaba seguro de por dónde continuar, Saren al
menos tenía una pista sólida. Conocía a Skarr por su reputación y
sabía además que el cazarrecompensas se dirigía a Elysium. No
debería ser difícil retomar su pista desde allí.
Pero primero tenía que poner en orden aquel follón. Detener a
Groto no era una opción; llamaría la atención y alertaría a quien-
quiera que hubiera contratado a los Soles Azules de que un espec-
tro estaba encargándose del asunto. Era más fácil —y más se-
guro— deshacerse del cuerpo.
Saren situó una mano a cada lado de la cabeza del batariano y
entonces la retorció con violencia en un ángulo imposible,
partiéndole el alargado cuello.
Después de todo, él no era ningún monstruo.
ONCE

Anderson desembarcó en Elysium junto a los otros trescientos


pasajeros que habían reservado un asiento en la lanzadera de
transporte público que partía de la Ciudadela. El puerto de ater-
rizaje estaba repleto de gente. La muchedumbre, densamente
apiñada, era una mezcla de todas las especies conocidas de la
galaxia; algunos llegaban, otros partían; la mayoría esperaba en
las largas y sinuosas colas a pasar por la aduana y los puestos
fronterizos. En Elysium, la seguridad siempre había sido estricta
pero, tras el ataque a la cercana base de Sidón, había alcanzado un
nivel que Anderson no había visto jamás.
No es que lo desaprobara. Idealmente situada cerca de un
nexo con varios repetidores principales y secundarios, Elysium
era un importante eje de transporte y comercio; la Alianza no
podía permitir que quedase expuesta a posibles ataques terroris-
tas. Aunque la colonia tenía tan solo cinco años de antigüedad, ya
era uno de los puertos comerciales más activos del Confín. La po-
blación se había disparado recientemente: había sobrepasado el
millón, si se incluían a los diversos y variados residentes aliení-
genas que suponían casi la mitad del total de habitantes.
154/324

Desgraciadamente, eso significaba también que un despropor-


cionado número de visitantes de Elysium no era humano y estaba
sujeto a intensos procedimientos de registro.
La seguridad adicional hacía que las llegadas y salidas fueran,
para la mayoría de los viajeros, una interminable y engorrosa ex-
periencia. Los humanos también estaban expuestos a importantes
retrasos; el personal desviado para ayudar a ocuparse de los visit-
antes alienígenas suponía que quedara menos gente para ocu-
parse de los ciudadanos de la Alianza.
Por suerte para Anderson, su identificación militar le propor-
cionaba el lujo de evitar las largas colas. El guardia de la estación
escaneó sus huellas digitales y examinó su identificación durante
unos segundos antes de saludarle e indicarle que pasara.
Oficialmente, Anderson estaba allí a título personal. No era
más que un marine de la Alianza con permiso para bajar a tierra,
una tapadera lo suficiente creíble para evitar llamar la atención
indeseada y ocultar el auténtico propósito de su visita.
John Grissom era el padre de Kahlee Sanders. Resultaba
bastante evidente que estaban distanciados, aunque era bastante
probable que Grissom supiera algo que pudiera ayudar a la invest-
igación. Sidón estaba a tan solo unas pocas horas de distancia de
Elysium. Había registros de Sanders que indicaban que había
contratado un billete hasta allí cuando entró en situación de ANA.
Y a pesar de que parecía que Grissom no se había comunicado con
su hija desde hacía al menos diez años, era de conocimiento
público que el soldado más reconocible de la Alianza se había re-
tirado tempranamente a la colonia más extensa de la raza humana
en el Confín Skylliano.
Anderson seguía sin poder hacerse a la idea de que Sanders
fuera una traidora. Las piezas, sencillamente, no encajaban.
Aunque sabía que, de algún modo, estaba involucrada; su desa-
parición pública tenía que ser algo más que una mera
155/324

coincidencia. Puede que la situación la hubiera desbordado, y que


se hubiera dejado llevar por el pánico cuando las cosas comen-
zaron a escapar a su control. Podía imaginársela llegando a Elysi-
um: asustada, sola y sin saber en quién confiar. Distanciados o no,
su padre era la persona a la que con mayor probabilidad recurriría
en busca de ayuda.
Después de facturar su equipo en el hotel, Anderson alquiló un
coche y condujo hacia las fincas aisladas de las afueras de la
ciudad. Encontrar la casa de Grissom le llevó un rato; las direc-
ciones de la zona eran tan discretas que prácticamente parecían
estar escondidas. Era obvio que la gente que vivía allí valoraba su
intimidad.
Salió del vehículo y emprendió una larga caminata por los ter-
renos de la finca hacia una casa sorprendentemente pequeña que
parecía estar tan retirada de la carretera como era posible. Ander-
son no comprendía el deseo de Grissom de retirarse del ojo
público. Respetaba al hombre y su reputación, pero no podía en-
contrar ningún modo de justificar que hubiese abandonado como
lo hizo. Un soldado no daba la espalda a la Alianza de esa manera.
No has venido aquí a juzgarle —se recordó a sí mismo mien-
tras llegaba a la puerta. Llamó al timbre y esperó, involuntaria-
mente, en posición de firmes—. Solo estás aquí para encontrar a
Kahlee Sanders.
Pasaron varios minutos antes de que oyera a alguien venir
desde el otro lado, rezongando a medida que se aproximaba. Un
instante después se abrió la puerta y pudo ver al contralmirante
John Grissom en todo su esplendor.

El gesto que Anderson había estado a punto de hacer a modo de


saludo murió en su cadera. El hombre que tenía frente a él no ll-
evaba puesto nada más que una bata raída y unos calzoncillos
156/324

sucios. Tenía el pelo largo y despeinado y su rostro estaba parcial-


mente cubierto por una barba de tres días de pelo blanco y negro.
Tenía la mirada dura y agria y su expresión parecía haberse con-
gelado en una mueca de disgusto.
—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.
—Señor —respondió Anderson—, soy el teniente David
Ander…
Grissom le cortó.
—Ya sé quién es, nos conocimos en Arturo.
—Así es, señor —reconoció Anderson, sintiendo una débil
oleada de orgullo por ser reconocido—. Antes de la Primera
Guerra de Contacto. Me sorprende que se acuerde de mí.
—Solo estoy retirado, no senil. —A pesar de la broma, no había
nada cómico en el tono de Grissom.
Hubo una pausa incómoda en la que Anderson trató de recon-
ciliar el recuerdo de la figura icónica del pasado de Grissom con el
cascarrabias despeinado que tenía ahora frente a él. Grissom se
encargó de llenar el silencio.
—Mira, chico, estoy retirado, así que vuelve y dile a los man-
damases que no pienso conceder ninguna entrevista ni dar
ningún discurso ni hacer una aparición en público solo porque
una de nuestras bases militares haya sido atacada. Esa mierda se
acabó.
Anderson saltó, convencido de que Grissom había metido la
pata.
—¿Cómo sabe que Sidón ha sido atacada?
Grissom le miró con hostilidad como si fuera un imbécil.
—Ha salido en todos los malditos vídeo-diarios.
—Ese no es el motivo de mi visita —dijo Anderson, intentando
ocultar su bochorno—. ¿Podemos hablar dentro?
157/324

—No.
—Por favor, señor, es una cuestión de la que preferiría no hab-
lar aquí fuera, en público.
Grissom se mantuvo firme, bloqueando la entrada para evitar
que Anderson entrara.
El teniente comprendió que ni el tacto ni la diplomacia iban a
servirle de nada en esta situación. Había llegado el momento de
ser directo.
—Señor, hábleme de Kahlee Sanders.
—¿Quién?
El viejo era bueno. Anderson había confiado en ver alguna
reacción ante la mención de su hija, perdida hacía tanto tiempo.
Pero Grissom ni siquiera se estremeció.
—Kahlee Sanders —repitió Anderson, elevando perceptible-
mente el tono. Era improbable que alguien le oyera; los vecinos
estaban demasiado alejados. Pero debía hacer algo para traspasar
esa puerta—. Su hija. La soldado que desapareció sin autorización
de Sidón horas antes de que la base fuera atacada. La mujer a la
que estamos buscando por traición a la Alianza.
El ceño fruncido de Anderson se transformó en una mueca de
puro odio.
—Cállese y meta el culo dentro —masculló, haciéndose a un
lado.
Una vez en el interior, Anderson siguió al reticente anfitrión
hacia una pequeña sala de estar. Grissom se puso cómodo en una
de las tres sillas acolchadas, pero el teniente permaneció de pie,
esperando a que le invitara a hacer lo propio. Después de varios
segundos se dio cuenta de que la invitación no iba a llegar y tomó
asiento por su cuenta.
—¿Cómo se enteró de lo de Kahlee? —preguntó Grissom al fin,
de manera tan despreocupada como si estuviera hablando del
tiempo.
158/324

—Hoy en día ya no hay secretos —respondió Anderson—.


Sabemos que fue vista por última vez en Elysium. Necesito saber
si vino a hablar con usted.
—No he vuelto a hablar con mi hija desde antes de que fuera
una adolescente —replicó Grissom—. Su madre no tenía muy
buena opinión de mí ni como padre ni como marido y, realmente,
eso no podría discutírselo. Supuse que lo mejor que podía hacer
era desaparecer de sus vidas. ¡Eh! —recordó súbitamente Gris-
som—. La última vez que nos vimos usted me dijo que estaba
comprometido. Que tenía a una chica esperándole en la Tierra,
¿no? Ya debe de estar casado. Felicidades.
Estaba intentando desestabilizar a Anderson. Grissom sabía lo
difícil que resultaba para un soldado de la Alianza hacer que un
matrimonio funcionara; su inocente pregunta iba destinada a
hacerle perder los nervios a su huésped. Podía parecer un viejo
exhausto e indefenso pero aún tenía mucha guerra que dar.
Anderson no iba a caer en la trampa.
—Señor, necesito su ayuda. Su hija es sospechosa de haber tra-
icionado a la Alianza. ¿Eso no significa nada para usted?
—¿Por qué debería? —contestó secamente—. Apenas la
conozco.
—Descubrí que ambos estaban emparentados. Al final alguien
más acabará haciendo esa conexión.
—¿Cómo? ¿Cree que me preocupa mi reputación? —se mofó—.
¿Cree que voy a ayudarle porque no quiero que la gente se entere
de que el gran contralmirante Grissom tuvo una hija ilegítima que
ha sido acusada de traición? ¡Ja! Son ustedes los que se preocu-
pan por chorradas como esa. La verdad, no podría importarme
menos.
—Señor, no era eso lo que he querido decir —respondió Ander-
son, negándose a caer en la provocación—. He seguido el rastro de
Kahlee hasta aquí. Hasta usted. Eso significa que otros también
159/324

podrán seguirlo. He acudido a usted porque quiero ayudar a su


hija. Pero la siguiente persona que vaya en su busca —y ambos
sabemos que habrán otras— bien podría querer hacerle daño.
Grissom se inclinó lentamente hacia delante, descansando la
cabeza sobre las manos mientras consideraba las palabras de
Anderson. Pasó un rato largo antes de que volviera a sentarse er-
guido. Sus ojos estaban empañados de lágrimas.
—No es una traidora —susurró—. Ella no tuvo nada que ver
con ello.
—Le creo, señor —afirmó Anderson con voz sincera y com-
prensiva—. Pero no habrá muchos más que lo hagan. Por eso ne-
cesito encontrarla. Antes de que le ocurra algo.
Grissom no dijo nada; simplemente se quedó allí sentado,
mordiéndose el labio inferior.
—No dejaré que nada malo le ocurra —le tranquilizó Ander-
son—. Le doy mi palabra.
—Vino aquí —admitió al fin Grissom tras respirar profunda-
mente—. Me contó que estaba en apuros. Algo relacionado con
Sidón. No le pregunté por los detalles. Supongo… Supongo que
me asustaba lo que pudiera contarme.
Se inclinó hacia delante y apoyó de nuevo la cabeza entre las
manos.
—Nunca estuve con ella cuando estaba creciendo —farfulló
entre dientes, con el tono de quien estuviera a punto de llorar—.
Ahora no podría dejarla de lado. Se lo debo.
—Lo comprendo, contralmirante —dijo Anderson, adelantán-
dose para apoyar una mano consoladora sobre el hombro de Gris-
som—. Pero tiene que decirme a dónde fue.
Grissom levantó la mirada hacia él, con una expresión des-
nuda y vulnerable.
160/324

—Le di el nombre de un capitán de carguero que trabajaba


abajo, en los puertos. Errhing. Capitán del Gossamer. Ayuda a
gente que quiere desaparecer. Ella partió anoche.
—¿Adónde iba?
—No pregunté. Errhing se encarga de todos los detalles. Tiene
que hablar con él.
—¿Dónde está?
—Él ha partido esta mañana de viaje comercial cerca de los
Sistemas de Terminus. Errhing no volverá hasta dentro de dos
semanas.
—Señor, no disponemos de semanas.
Grissom se puso en pie, con una postura algo más erguida de
la que tenía al llegar Anderson, como si sus músculos intentaran
recordar cómo era cuadrarse con orgullo.
—Entonces, soldado, supongo que deberá usted sacar a sus
patrullas ahí afuera para encontrarle. Él es el único que puede
conducirle hasta mi hija.
Anderson saltó resueltamente sobre sus pies.
—No se preocupe, contralmirante. No dejaré que le ocurra
nada.
Inició un saludo pero Grissom apartó la cabeza.
—No lo haga —murmuró, avergonzado—. No me lo merezco.
Ya no.
Anderson extendió la mano en su lugar. El hombre mayor
dudó durante unos instantes antes de alargar la suya y estrecharla
con sorprendente firmeza.
—Es usted mejor persona de lo que yo lo fui nunca, Anderson.
La Alianza tiene suerte de poder contar con usted.
El teniente no sabía qué decir, así que se limitó a asentir. Gris-
som le cogió por el hombro con firmeza y le condujo fuera de la
sala de estar hasta la puerta delantera.
161/324

—Recuerde su promesa —le dijo a modo de despedida—. No


permita que le ocurra nada a mi hija.

Grissom observó en la pantalla de vídeo de la cámara de segurid-


ad que había sobre su puerta cómo el teniente abandonaba su
casa y solo volvió la cabeza cuando el joven se metió en su
vehículo y se alejó. Entonces se dirigió lentamente hacia la parte
trasera de la casa y llamó una vez a la puerta cerrada de su
dormitorio.
Kahlee la abrió un segundo después y preguntó:
—¿Quién era?
—Un fisgón de la Alianza que ha descubierto que estamos em-
parentados. Le envié a perder el tiempo. Se pasará las próximas
dos semanas cerca de los Sistemas de Terminus persiguiendo a un
antiguo amigo mío.
—¿Estás seguro de que se lo ha tragado? —preguntó Kahlee.
—Le he dado exactamente lo que andaba buscando —dijo Gris-
som con una sonrisa cínica—, la oportunidad de ayudar a un anti-
guo y acabado héroe a recordar quién fue en su día. Pero no es de
él de quien debemos preocuparnos —prosiguió Grissom—. Las co-
sas no se pondrán feas hasta que nos topemos con alguien invol-
ucrado en el ataque a Sidón.
Kahlee alargó una mano para coger la de su padre y es-
trecharla firmemente entre sus palmas.
—Gracias —dijo, mirando fijamente a los ojos de su padre—.
De verdad.
Su padre asintió y se revolvió con incomodidad hasta que ella
se la soltó.
—Esperaremos unos días —sugirió, dándose la vuelta y deján-
dola en la intimidad de su habitación—, y luego encontraremos al-
guna manera de sacarte de este planeta.
162/324

Una sombra grande y oscura se deslizaba rápida y silen-


ciosamente a través de los terrenos de la finca de Grissom ilu-
minados por la luna, abriéndose camino hacia la casa. Incluso con
el blindaje corporal al completo, Skarr era capaz de moverse con
sigilo cuando tenía que hacerlo. Le hacía ir más lento aunque, de
todos modos, confiaba más en la fuerza que en la velocidad.
En el interior de la pequeña casa del hombre de quien ahora
Skarr sabía que era el padre de su objetivo no había luces. Le sor-
prendió que su agente de información batariano sacara a relucir el
nombre de un héroe de la Alianza, pero en realidad eso no cam-
biaba su trabajo.
El krogan desconocía si Kahlee Sanders estaba ahí dentro
pero, incluso de no ser así, su padre probablemente sabría dónde
encontrarla. Skarr estaba seguro de poder hacer hablar al hu-
mano… siempre y cuando no lo matara antes por accidente. Ese
era el motivo por el que viajaba ligero de equipaje, armado tan
solo con una pistola y su cuchillo favorito.
Se detuvo fuera de la única entrada y escuchó en busca de
señales de vida. Extrajo una omniherramienta del cinturón y la
utilizó para piratear y desactivar el sistema de seguridad y anular
el cierre electrónico. Deslizó la omniherramienta en el cinturón, la
sustituyó por la pistola, y abrió la puerta de un empujón.
Con los ojos acabándose de acostumbrar a la oscuridad, cruzó
el umbral con un pie. Un disparo de escopeta le dio directamente
en el pecho.
Se produjo un destello azul cuando el sistema reflector de los
campos de barrera cinéticos reaccionó al impacto, desviando la
mayoría de los proyectiles lejos y sin causar daño. Unos cuantos
desgarraron las barreras cinéticas solo para rebotar en las placas
de blindaje ablativo de su armadura o acabar alojados en el
163/324

grueso relleno subyacente. Un puñado de estos penetraron a


través de todas las capas de protección y se hundieron en la carne
que había bajo estas.
La fuerza del impacto levantó al krogan de los pies, haciendo
que se le cayera la pistola de la mano y lanzándole hacia atrás
hasta el exterior, donde acabó aterrizando pesadamente sobre el
césped.
Grissom saltó desde detrás de la silla donde había guardado
vela cada noche desde la llegada de Kahlee y alzó el arma para dis-
parar de nuevo. Reconoció el destello azulado de las barreras
cinéticas del intruso al absorber la mayor parte del impacto ini-
cial. En cualquier caso, el disparo a bocajarro debería de haber
consumido los escudos y otro disparo certero sería suficiente para
rematar el trabajo.
Tumbado sobre la espalda, Skarr tiró del cuchillo que tenía en
el cinturón y lo arrojó sobre su atacante. La hoja se hundió pro-
fundamente en el bíceps derecho de Grissom, empujándole hacia
atrás mientras este apretaba una vez más del gatillo de la esco-
peta, y erraba el disparo. En lugar de destrozarle la cabeza, dejó
un agujero humeante en la tierra, justo por detrás del krogan.
El cañón de la escopeta resbaló de la mano de Grissom, súbita-
mente sin fuerzas. Antes de que el viejo pudiera usar el brazo sano
para apuntarle otra vez con el arma, Skarr ya estaba de pie y de
nuevo dentro de la casa. Bramando de rabia el krogan arrojó la
escopeta lejos con un impresionante manotazo y la envió dando
tumbos hasta la sala de estar. Agarró al humano y lo lanzó contra
la pared con tanta fuerza que se agrietó la escayola.
El cuchillo cayó del brazo de Grissom mientras este se der-
rumbaba en el suelo sin aire en los pulmones. El krogan apareció
por encima de él y ladeó ligeramente la cabeza para poder fijar
uno de sus ojos fríos y reptiles sobre él. Grissom no era un
164/324

cobarde pero pudo sentir cómo el miedo le atenazaba el corazón


mientras miraba fijamente a sus pupilas negras y muertas.
Entonces oyó un fuerte «crac, crac, crac» —la conocida réplica
de un Hahne-Kedar P15-25 de la Alianza— y el krogan se alejó de
él tambaleándose. A pesar de que le habían disparado tres veces
en la robusta joroba de músculo y hueso de la espalda, seguía en
pie.
El teniente Anderson estaba en la entrada con la pistola desen-
fundada. Entró en la habitación, disparando la pistola media do-
cena de veces más, mientras el krogan se volvía para darle la cara.
Apuntaba bajo para intentar destrozarle las piernas. Uno de sus
disparos encontró la juntura de la rodilla, donde las placas duras
del blindaje ablativo estaban conectadas por una flexible aunque
vulnerable malla acolchada, al descubierto.
Bramando de rabia y dolor, el krogan se estrelló contra el
suelo apretándose la articulación herida.
—Un solo movimiento y el siguiente disparo irá directo entre
tus cejas —le advirtió, apuntándole a la huesuda cresta que le re-
corría la parte superior del cráneo.
Grissom estaba impresionado. No era fácil abatir con una pis-
tola a un humano con el blindaje corporal a tope, ni que decir a un
krogan.
—Me alegro de verle por aquí —logró decir, entre jadeos, una
vez que el aire le volvió a llegar a los pulmones.
—Supongo que no esperaba de veras engañarme con esa
pequeña actuación que dio el otro día —respondió Anderson, sin
apartar ni la vista ni el arma del krogan que estaba en el rincón—.
He estado vigilando este sitio desde que salí por su puerta.
Grissom se esforzó por ponerse en pie, con el brazo izquierdo
aún pendiéndole inútilmente y el derecho apretado contra su
herida, que sangraba profusamente. Un gemido de dolor se es-
capó por sus labios.
165/324

—Tu amigo está herido —gruñó el krogan.


Anderson no se distrajo siquiera un instante.
—Es duro. Vivirá.
El krogan sangraba por el disparo en la rodilla. El blindaje del
pecho estaba acribillado con pequeños agujeros y el acolchado
que había debajo de este, abrasado y quemado.
Una sangre oscura rezumaba por tres de ellos. Anderson
supuso que al menos uno de los disparos en la espalda habría
penetrado con la suficiente profundidad para hacerle también al-
gún daño. Pero había visto a algún krogan recibir un castigo
mucho mayor y seguir luchando.
El alienígena que estaba en el suelo era una bestia herida: en-
fadado, desesperado e impredecible. Jadeaba, aunque resultaba
difícil decir si era por el dolor, el esfuerzo o por pura rabia. Su
rostro marcado y brutal era como una máscara concentrándose
intensamente; los músculos estaban en tensión, como si estuviera
reuniendo fuerzas para hacer un movimiento.
Aunque, si intentaba hacer cualquier cosa, Anderson le dis-
pararía en la cabeza desde una distancia de tres metros. Hasta un
krogan sería incapaz de sobrevivir a algo así.
El teniente oyó una puerta que se abría y los pasos de alguien
corriendo por el pasillo.
—¡Dios mío! ¡Estás herido! —gritó una mujer.
Anderson no era tan estúpido como para volver la cabeza. Pero
durante una fracción de segundo, sus ojos miraron en dirección a
la voz. Ese era todo el tiempo que el krogan necesitaba.
Arremetió con un puño y lanzó, rodando, una onda expansiva
de energía por toda la habitación. Anderson jamás había sido
golpeado por un ataque biótico con anterioridad y no se esperaba
que el krogan le lanzara uno. En la milésima de segundo que
tardó en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, fue barrido por
un torbellino y arrojado hacia el fondo de la habitación, donde se
166/324

estrelló contra el suelo. Era como estar en una cámara de


gravedad artificial cuando alguien conectaba la polaridad: una
fuerza instantánea, ineludible e irresistible.
No pudo recuperarse a tiempo de coger la pistola de donde
había caído, ni tampoco pudo alcanzar la escopeta que tenía a tan
solo unos centímetros de distancia. De algún modo el krogan, a
pesar de sus heridas, estaba otra vez en pie y casi encima de él, co-
giendo impulso con el brazo con la suficiente fuerza para hundirle
el cráneo de un puñetazo. Anderson se agachó y se deslizó a un
lado, esquivándolo. Su puño aterrizó directamente sobre la mesa
de la sala de estar, que se desintegró en astillas con el impacto.
Todo se sumió en el caos. Grissom le gritaba a Kahlee que es-
capara y ella le chillaba a Anderson que cogiera una de las armas.
El krogan bramaba de ira y se agitaba por la habitación, lanzando
y arrojando el mobiliario como si estuviera hecho con palillos
mientras Anderson se apartaba y luchaba por seguir con vida,
siendo capaz de esquivar los golpes asesinos únicamente porque
su adversario seguía cojeando por la rodilla herida.
Por el rabillo del ojo, Anderson vio cómo Kahlee se precipitaba
hacia la refriega, abalanzándose en un intento desesperado por
agarrar la escopeta. El krogan también reparó en la joven y se giró
hacia ella. La hubiera matado en ese mismo instante de no ser
porque otra bala le rasgó una juntura del blindaje a la altura de la
cadera, haciendo que se tambaleara, perdiera el equilibrio y fal-
lara el golpe.
Anderson movió la cabeza rápidamente a su alrededor y, en la
puerta en la que hacía tan solo unos minutos él había estado dis-
parando una pistola al krogan, se encontró a un turiano de pie. El
teniente no tenía idea de quién era o por qué estaba allí… simple-
mente se alegraba de que tuvieran a alguien más de su parte.
La mayoría de los disparos rebotaron sobre el blindaje del
krogan, mientras la bestia se agachaba e intentaba cubrirse la
167/324

cabeza, la única parte expuesta de su cuerpo. Se giró para echar


un vistazo al turiano y entonces saltó por la ventana de la sala de
estar, haciendo añicos la lámina de vidrio. El krogan aterrizó
sobre un hombro en el césped de afuera y rodó para ponerse en
pie con un suave movimiento. Se marchó corriendo pesadamente,
con paso torpe, a causa de la pierna herida aunque se movió más
deprisa de lo que Anderson hubiera creído posible en una criatura
de su tamaño.
El turiano salió afuera y disparó unos cuantos tiros hacia la os-
curidad, se dio la vuelta y entró de nuevo en la casa.
—¿No piensas ir tras él? —preguntó Grissom a su desconocido
aliado. Seguía sentado en el suelo, pero acababa de usar el cin-
turón de la bata para atarse un torniquete alrededor del brazo,
conteniendo así el flujo de sangre que manaba de su bíceps
herido.
—No armado solo con esto —respondió el turiano, sosteniendo
en alto una pistola—. Además, solo un imbécil se enfrentaría a un
krogan biótico en solitario.
—De hecho, creo que lo que el contralmirante Grissom pre-
tendía hacer —apuntó Anderson, yendo hasta el turiano y
tendiéndole la mano— era darte las gracias por habernos salvado
la vida.
El turiano clavó la mirada en la mano que le ofrecía, aunque
no hizo ningún esfuerzo por tender la propia. Abochornado, el
teniente retiró la suya.
—Ya sé por qué está aquí —dijo Grissom entre dientes,
apretándolos por el dolor e inclinando la cabeza en dirección a
Anderson—. ¿Cuál es tu historia?
—Llevo dos días siguiendo de cerca a Skarr —respondió el
turiano—. Esperando a que diera un paso.
168/324

—¿Siguiéndole de cerca? —preguntó Kahlee mientras se acer-


caba para examinar la herida de su padre—. ¿Para qué? ¿Quién
eres?
—Me llamo Saren. Soy un espectro. Y quiero algunas
respuestas.
DOCE

Anderson y el espectro se sentaron en la cocina, mirándose


fijamente en silencio a través de la mesa. La sala de estar hubiera
sido más cómoda, pero ninguna de las sillas de allí había sobre-
vivido al destrozo del krogan.
Como en todos los turianos, el rostro de Saren estaba cubierto
por un caparazón de cartílago duro. Pero el caparazón de Saren
era de un pálido color hueso: parecía una calavera. A Anderson le
recordó a las antiguas pinturas de la Tierra que representaban a la
Parca, la mismísima encarnación de la muerte.
Kahlee estaba en la parte trasera, cuidando las heridas de
Grissom. El contralmirante había intentado protestar, pero estaba
débil por la pérdida de sangre y ella consiguió hacer que se acost-
ara. Había encontrado un botiquín militar en el cajón de las medi-
cinas con el suficiente medigel para estabilizar su estado y ahora
estaba vendando su herida.
Quería llevarle a un hospital o, al menos, llamar a una ambu-
lancia, pero el espectro se negó obstinadamente. Sus únicas pa-
labras fueron «después de responder a mis preguntas».
170/324

Anderson supo en ese mismo instante que no le gustaba Saren.


Cualquiera que usara el dolor y el sufrimiento prolongado de un
pariente para ejercer presión era un sádico y un matón.
—Ahora está descansando —dijo Kahlee, apareciendo desde la
parte de atrás—. Le he dado un calmante.
Entró en la cocina y tomó asiento al lado de Anderson,
alineándose instintivamente con uno de su propia especie.
—Date prisa y haz tus preguntas —exigió con brusquedad—,
para que pueda llevar a mi padre a un hospital.
—Cooperad y esto acabará pronto —le aseguró Saren; después
añadió—: Háblame sobre la base militar de Sidón.
—Fue destruida por un ataque terrorista —respondió Ander-
son, interviniendo antes de que Kahlee pudiera decir nada que la
incriminara.
El turiano le lanzó una mirada hostil.
—No me tomes por imbécil, humano. Ese krogan que casi
acaba contigo es un cazarrecompensas llamado Skarr. Le he es-
tado siguiendo durante los dos últimos días.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros? —preguntó Kahlee,
con una voz tan inocente que Anderson casi creyó que realmente
no sabía lo que estaba ocurriendo.
—Fue contratado por el hombre que ordenó el ataque a Sidón
—contestó Saren con el ceño fruncido—. Le enviaron para elimin-
ar al único superviviente de la base. Tú.
—Parece que sabes más sobre el tema que nosotros mismos
—replicó Anderson.
El turiano golpeó su puño en la mesa.
—¿Por qué atacaron la base? ¿En qué estabais trabajando allí?
—Tecnología de prototipos —sugirió Kahlee, antes de que
Anderson pudiera hablar—. Armas experimentales para el ejército
de la Alianza.
Saren, perplejo, inclinó la cabeza a un lado.
171/324

—¿Tecnología para armas experimentales? ¿Eso es todo?


—¿Cómo que si eso es todo? —resopló Anderson, con incredul-
idad, continuando con la mentira que Kahlee le había pasado con
tanta habilidad.
—Me parece que eso no es justificación suficiente para atacar
una base de la Alianza fuertemente armada —replicó el turiano.
—Nos encontramos al borde de una guerra en el Margen —in-
sistió Anderson—. Todo el mundo sabe que tenemos que ser noso-
tros o los batarianos. ¿Por qué no querrían atacar nuestra princip-
al base de investigación de armas?
—No —negó Saren categóricamente—. Hay algo más. Me estáis
ocultando algo.
Hubo una larga pausa y entonces el turiano sacó casualmente
su pistola y la dejó encima de la mesa.
—Quizá no hayáis comprendido la autoridad de los espectros
en toda su extensión —continuó amenazadoramente—. Tengo el
derecho legal de tomar las medidas que considere necesarias dur-
ante el transcurso de mis investigaciones.
—¿Acaso vas a matarnos? —exclamó Kahlee, levantando la
voz, anonadada e incrédula.
—Suelo seguir dos reglas —explicó Saren—. La primera es no
matar nunca a nadie sin tener un motivo.
—¿Y la segunda? —preguntó Anderson con recelo.
—Siempre puedes encontrar un motivo para matar a alguien.
—Bióticos —dijo Kahlee de repente—. Estábamos intentando
encontrar una manera de transformar a los humanos en bióticos.
El turiano consideró su explicación por un momento y
entonces preguntó:
—¿Y con qué resultados?
—Estábamos cerca —admitió la joven, con la voz cada vez más
suave—. Encontramos a un puñado de sujetos humanos con
aptitudes bióticas latentes. Principalmente niños. Bastante más
172/324

débiles que las que habíamos medido en otras especies aunque,


con los nodos de amplificación y un adiestramiento adecuado,
aún confiábamos en observar resultados. Justo hace unas seman-
as concluimos la cirugía de implantación en varios de nuestros
candidatos más prometedores. Ninguno de ellos sobrevivió al
ataque.
—¿Sabéis quién ordenó el ataque? —preguntó, cambiando de
estrategia.
Kahlee negó con la cabeza.
—Probablemente fueran batarianos. Estaba de permiso
cuando ocurrió.
—¿Por qué te buscan? —presionó Saren.
—¡No lo sé! —gritó exasperada, golpeando la mesa con el
puño—. Quizá crean que puedo conseguir poner el programa de
nuevo en funcionamiento. Pero destruyeron los archivos. Asesin-
aron a los sujetos del experimento. ¡Toda nuestra investigación se
ha perdido!
Dejó caer la cabeza entre los brazos, que estaban apoyados
sobre la mesa, y rompió a llorar.
—Y ahora todos han muerto —musitó entre sollozos—. Mis
amigos. El Dr. Qian. Todos ellos… están muertos.
Anderson puso una mano reconfortante sobre el hombro de
Kahlee mientras el turiano permanecía sentado, observándoles
impasiblemente. Tras varios segundos, se apoyó en la mesa y se
puso en pie.
—Descubriré quién ordenó el ataque —les dijo, mientras
guardaba el arma en el cinturón y se daba la vuelta para
marcharse—. Y por qué.
Se detuvo en la puerta y se volvió hacia ellos.
—Y si me estáis mintiendo, también lo descubriré.
Un momento después se fue y desapareció en la noche.
173/324

Kahlee seguía sollozando. Anderson la atrajo hacia sí, intent-


ando ofrecerle consuelo. Había hecho un buen trabajo con Saren,
hilando mentiras con las suficientes hebras de verdad para
mantenerlas unidas. Aunque no había nada falso en la reacción
que acababa de tener. Las personas de Sidón eran sus amigos y
ahora estaban todos muertos.
Apretó la cabeza contra él, buscando consuelo en la cercanía
de un compañero humano. Unos minutos después, cesaron las lá-
grimas y se apartó de él con suavidad.
—Lo siento por esto —se disculpó, riendo nerviosa y compun-
gidamente mientras se enjugaba los ojos.
—Está bien —respondió Anderson—. Has pasado por mucho.
—¿Qué va a suceder ahora? —preguntó—. ¿Vas a detenerme?
—Aún no —confesó—. Lo que le dije el otro día a tu padre iba
en serio. No creo que seas una traidora. Pero necesito que me ex-
pliques qué está pasando. Y no la historia que le vendiste al
turiano. Quiero la verdad.
Asintió y se sorbió la nariz.
—Supongo que es lo menos que puedo hacer después de que
arriesgaras tu vida por nosotros. ¿Pero podemos llevar primero a
mi padre al hospital?
—Por supuesto.
Al final, llevar a Grissom al hospital no iba a resultar tan fácil.
Era un hombre corpulento, y el calmante que Kahlee le había ad-
ministrado le había dejado grogui. No era más que un peso
muerto. Un peso muerto poco dispuesto a colaborar.
—Dejadme en paz —refunfuñó, mientras luchaban en vano
para sacarle fuera de la cama a cuestas y ponerle de pie.
Kahlee estaba en un extremo de la cama, sosteniéndole el
brazo lesionado. Anderson estaba en el otro, agarrándole tor-
pemente por la cintura y la espalda para evitar tocar su bíceps
174/324

herido. Cada vez que intentaban tirar de Grissom para ponerle


sentado, sencillamente se dejaba caer otra vez.
Su hija intentó razonar con él, resoplando cada vez que lo
levantaban.
—Tenemos que… uff… llevarte… uff… a un hospital. ¡Uuffff!
—La hemorragia ha parado —protestó, pronunciando las pa-
labras con dificultad y poca claridad por efecto del calmante—.
Dejadme dormir.
—Probemos otra cosa —le sugirió Anderson a Kahlee, ponién-
dose de pie y dando la vuelta hasta su lado. Se sentó en el borde
de la cama, dándole la espalda al contralmirante mientras tiraba
del brazo bueno del viejo por detrás de la espalda y se lo pasaba
por encima del hombro. Con la ayuda de Kahlee logró ponerse en
pie, cargando su nada despreciable peso con una variante de la
técnica del bombero.
—¡Bájame, cabrón! —protestó Grissom.
—Un krogan cabreado le ha apuñalado en el brazo y le ha lan-
zado contra una pared —explicó Anderson, dando unos pasos va-
cilantes hacia el vestíbulo—. Necesita que alguien le eche un
vistazo.
—Estúpido hijo de puta —masculló Grissom—. Se imaginarán
que Kahlee está escondida aquí.
Anderson titubeó y entonces se tambaleó dando un paso hacia
atrás, medio cayéndose sobre la cama y dejando que Grissom se
desplomara de nuevo encima de esta.
—¿Pesa demasiado? —preguntó Kahlee, preocupada por
ambos.
—No —dijo Anderson, resollando ligeramente por el es-
fuerzo—. Pero tiene razón. Si le ingresamos, estás acabada.
—¿Pero de qué me estás hablando?
—Los puertos están ya en alerta creciente por el ataque a
Sidón. Si traemos a una leyenda de la Alianza como el
175/324

contralmirante Grissom a un hospital con este tipo de heridas, la


seguridad se disparará. No habrá manera posible de poder sacarte
del planeta sin que seas reconocida. Yo creo en tu inocencia, Kah-
lee, pero nadie más lo hace. Te detendrán nada más verte.
—Pues entonces me quedaré en casa —resolvió—. Nadie sabe
que estoy aquí. Nadie sabe siquiera que somos parientes.
—Sí, claro. Nadie más que yo, un espectro, ese krogan… Todos
lo averiguamos, Kahlee. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que al-
guien establezca la conexión y venga a fisgonear por aquí? Antes
de esto, nadie sabía quién eras; no le importabas a nadie. Ahora
eres sospechosa de traición; tu nombre y tu foto aparecen en to-
dos los vídeo-diarios. Los periodistas escarbarán en tu pasado e
intentarán averiguarlo todo sobre ti. Tarde o temprano alguien
comprenderá la verdad.
—¿Y qué podemos hacer?
Fue Grissom quien dio con la respuesta.
—Largaos de este planeta —farfulló—. Conozco a gente que
puede pasaros a escondidas por la seguridad de los puertos. Tan
solo tengo que llamarles por la mañana.
Después de eso, Grissom se dio la vuelta y comenzó a roncar,
cediendo finalmente a los sedantes. Anderson y Kahlee salieron
del dormitorio y se dirigieron a la cocina.
—Tu padre es un hombre muy inteligente —afirmó Anderson.
Kahlee asintió, aunque todo lo que dijo fue:
—¿Tienes hambre? Si vamos a quedarnos aquí hasta la
mañana, mejor será que tomemos algo para comer.
En la nevera encontraron un poco de pan, fiambres y mostaza,
además de treinta y seis latas de cerveza. Kahlee le lanzó una a
Anderson y le dijo:
—Probablemente tenga algo más fuerte escondido por aquí, si
te interesa.
176/324

—Me conformo con una cerveza —contestó Anderson, abrién-


dola y tomándose un trago. Era una cerveza local que no había
probado nunca antes. Tenía un sabor fuerte; amargo aunque sin
regusto—. Debería de ir bien con el sándwich.
—No es una gran comida —se disculpó ella, una vez que se hu-
bieron sentado a la mesa.
—Está bien —respondió—. Aunque sabe un poco extraño con
el pan frío. ¿Quién guarda el pan en la nevera?
—Mi madre siempre lo hacía —contestó ella—. Supongo que
esa era una de las cosas en las que mis padres lograban ponerse
de acuerdo. Lástima que se necesite mucho más que eso para
hacer funcionar un matrimonio.
Tras estas palabras, comieron en silencio, dejando que sus
mentes se relajaran. Al acabar, Anderson recogió ambos platos y
los dejó sobre el mostrador. Cogió una cerveza de la nevera para
cada uno y regresó a la mesa.
—Vale, Kahlee —dijo mientras le pasaba una lata—. Ya sé que
ha sido una noche larga. Pero ahora tenemos que hablar. ¿Estás
preparada para hacerlo?
Ella asintió.
—Tómate tu tiempo —le sugirió—. Empieza por el principio y
llega hasta el final. Necesito saberlo todo.
—No estábamos trabajando en investigación biótica en la base
—comenzó, suavemente, y luego sonrió—. Aunque imagino que
eso ya lo sabías.
Tiene una sonrisa preciosa —pensó Anderson—. A pesar de
todo, ha sido una buena manera de encubrirlo frente a ese espec-
tro —dijo en voz alta—. Si descubriera lo que estaba ocurriendo en
realidad… —se calló al recordar las advertencias de la embajadora
Goyle sobre los espectros.
Saren les había salvado la vida. Se preguntaba si realmente
podría haber asumido la responsabilidad de asesinar al turiano,
177/324

de haber sido necesario, para mantener el secreto de la Humanid-


ad. E incluso si lo hubiera intentado, ¿habría tenido éxito?
—Digamos que esa ha sido una reacción rápida por tu parte
—le dijo al fin.
Kahlee se tomó el cumplido con calma y continuó con la his-
toria mientras su voz iba creciendo en fuerza y confianza a medida
que hablaba.
—Sidón se dedicaba a una tarea muy concreta: al estudio y de-
sarrollo de la inteligencia artificial. Sabíamos que era arriesgado
pero teníamos estrictos protocolos de seguridad para asegurar
que nada fallara. Hace dos años comencé en la base como analista
de sistemas de bajo nivel, trabajando directamente bajo la super-
visión del Dr. Qian, el hombre a cargo del proyecto. La gente em-
plea la palabra «genio» constantemente —afirmó, sin intentar
ocultar su admiración— pero él era uno de verdad. Su mente, su
investigación, la manera que tiene de pensar… está a un nivel tan
por encima del resto de nosotros que apenas podemos siquiera
captarlo. Como la mayoría de la gente, yo hacía cualquier cosa que
el Dr. Qian me pidiera. La mitad del tiempo ni siquiera compren-
día del todo por qué estaba haciéndolo.
—¿Por qué no estabas en Sidón cuando fue atacada? —pregun-
tó Anderson, empujándola con delicadeza hacia la parte relevante
de su relato.
—Hace unos meses noté algunos cambios en el comportami-
ento del Dr. Qian. Cada vez pasaba más y más tiempo en el labor-
atorio. Empezó a trabajar en turnos dobles; apenas dormía,
aunque parecía disponer de una reserva interminable de energía
frenética y desesperada.
—¿Era un maníaco?
—No lo creo. Jamás había percibido un indicio de ello antes.
Pero de repente estaba integrando todo tipo de discos duros nue-
vos en los sistemas. Nuestra investigación comenzó a ir en
178/324

direcciones totalmente diferentes; abandonamos por completo las


prácticas convencionales y nos adentramos en nuevas teorías rad-
icales. Empleábamos tecnología de prototipos y diseños distintos
a nada que hubiéramos visto con anterioridad. Al principio pensé
que el Dr. Qian había hecho algún avance decisivo. Algo que le
había infundido entusiasmo. Cuando comenzó fue estimulante.
Su excitación era contagiosa. Pero después de un tiempo empecé a
sospechar.
—¿A sospechar?
—Resulta difícil de explicar. Había algo diferente en el Dr. Qi-
an. Parecía muy alterado. Llevaba trabajando con él dos años.
Aquel hombre no era él. Definitivamente había algo que no iba bi-
en. No era tan solo que trabajara más duro. Estaba obsesionado.
Como si… alguien le dirigiera. Y parecía como si estuviera
ocultando algo. Algún secreto que no quería que nadie más del
proyecto conociera. Antes, si necesitaba algo de ti, entraba en in-
soportables detalles sobre por qué tu trabajo era importante. Te
explicaba cuál era la interconexión con cada departamento del
proyecto, aunque creo que en realidad sabía que nadie más podía
captar la complejidad del trabajo que hacíamos. Los últimos
meses fueron diferentes. Dejó de comunicarse con el equipo; daba
órdenes sin dar explicaciones. Sencillamente, no se comportaba
como él. Así que comencé a indagar en los bancos de datos. In-
cluso llegué a piratear los archivos del Dr. Qian para ver qué podía
averiguar.
—¿Qué? —Anderson estaba horrorizado—. No puedo creerlo…
¿Cómo pudiste hacerlo?
—La encriptación y los algoritmos de seguridad son mi espe-
cialidad —respondió, con tan solo un leve atisbo de orgullo. En-
tonces su voz se puso a la defensiva—. Mira, ya sé que era ilegal.
Sé que rompí la cadena de mando. Pero tú no estabas ahí. No
179/324

puedes entender lo extraño que era el modo de actuar del Dr.


Qian.
—¿Qué averiguaste?
—No solo había llevado el proyecto hacia una nueva y radical
dirección; nuestra investigación se había alejado completamente
de los cauces establecidos. Todas las nuevas teorías, el nuevo
hardware… ¡Todo estaba encaminado a adaptar nuestras redes
neurales para poder conectarlas a una especie de artefacto
alienígena!
—¿Y qué? —dijo Anderson encogiéndose de hombros—. Casi
todos los principales avances que hemos hecho en las últimas dos
décadas se basan en artefactos proteanos. Y no somos solo noso-
tros; la sociedad galáctica no existiría de no ser compatible con la
tecnología alienígena. Cada especie del Espacio de la Ciudadela
estaría ahora atrapada en su propio sistema solar.
—Esto es diferente —insistió—. Toma por ejemplo los relés de
masa. Solo tenemos una comprensión parcial sobre cómo fun-
cionan. Sabemos cómo utilizarlos, pero no comprendemos lo sufi-
ciente para intentar, de hecho, construir uno. En Sidón estábamos
intentando crear una inteligencia artificial, posiblemente el arma
más devastadora que podríamos liberar en la galaxia. Y el Dr. Qi-
an quería introducir un elemento en la investigación que escapaba
incluso a su comprensión.
Anderson asintió, recordando el infame Proyecto Manhattan,
a principios del siglo XX, de sus cursos de historia en la Academia.
Desesperados por crear un arma atómica, los científicos del
proyecto se expusieron inconscientemente a niveles peligrosos de
radiación como algo natural en sus experimentos. En realidad,
dos investigadores murieron durante el proyecto y muchos otros
acabaron afectados por el cáncer u otras consecuencias a largo
plazo debido al prolongado envenenamiento por la radiación.
180/324

—Se suponía que no debíamos repetir los errores del pasado


—dijo Kahlee, sin esforzarse por ocultar la decepción en su voz—.
Creí que el Dr. Qian era más listo que eso.
—¿Ibas a denunciarle, no es así?
La joven asintió lentamente.
—Estabas haciendo lo correcto, Kahlee —afirmó, percibiendo
la incertidumbre de su expresión.
—Eso resulta difícil de creer ahora que todos mis amigos están
muertos.
Anderson podía ver que estaba padeciendo el típico síndrome
de culpabilidad del superviviente. Pero, a pesar de que sentía lás-
tima por ella, seguía necesitando más información.
—Kahlee… aún tenemos que averiguar quién hizo esto. Y por
qué.
—Puede que alguien quisiera detener al Dr. Qian —sugirió, con
un susurro—. Puede que mi investigación alertara a alguien más.
Alguien de más arriba. Y que decidieran suspender el proyecto
para siempre.
—¿Crees que alguien de la Alianza pudo hacer esto? —Ander-
son estaba horrorizado.
—¡No sé qué creer! —gritó ella—. ¡Solo sé que estoy cansada y
asustada y que solo quiero que todo esto se acabe! —Por un se-
gundo, pensó que Kahlee iba a romper a llorar otra vez, aunque
no lo hizo. En cambio, se quedó mirándole fijamente—. ¿Así que
vas a ayudarme a resolver quién está detrás de esto? ¿Incluso si
resulta que la Alianza está de algún modo involucrada?
—Estoy de tu parte —le prometió Anderson—. No creo que
nadie de la Alianza esté detrás de esto. Pero si al final resulta que
sí, haré lo posible por eliminarles.
—Te creo —dijo tras un momento—. ¿Y ahora qué?
Le había confesado la verdad. Ahora él tenía que hacer lo
mismo.
181/324

—El mando de la Alianza me explicó que quienquiera que ata-


cara la base iba detrás del Dr. Qian. Creen que podría seguir con
vida.
—¡Pero los vídeo-diarios dicen que no hubo supervivientes!
—No hay modo de estar seguros. La mayoría de los cuerpos se
volatilizaron en el escenario.
—¿Y por qué ahora? —preguntó Kahlee—. El proyecto llevaba
años en marcha.
—Puede que acabaran de descubrirlo. Quizá la nueva invest-
igación de Qian les pusiera sobre aviso. Quizá tenga alguna rela-
ción con ese artefacto alienígena que descubrió.
—O puede que yo les obligara a mover ficha.
Anderson no iba a dejarla tirar por ese camino.
—Esto no es culpa tuya —le dijo, inclinándose y agarrándole la
mano con fuerza—. Tú no ordenaste el ataque a Sidón. No ayu-
daste a nadie a esquivar la seguridad de la base. —Tomó aire y
entonces pronunció sus siguientes palabras despacio y enfática-
mente—. Kahlee, tú no eres responsable de esto.
Soltó su mano y se recostó.
—Y necesito que me ayudes a averiguar quién fue. Necesit-
amos descubrir si alguien más conocía la existencia de ese arte-
facto proteano.
—No era proteano —le corrigió—. Al menos, no según las notas
del Dr. Qian.
—¿Y qué era entonces? ¿Asari? ¿Turiano? ¿Batariano?
—No, nada de eso. Qian no sabía qué era exactamente. Pero
era antiguo. Creía que podía ser incluso anterior a los proteanos.
—¿Anterior a los proteanos? —repitió Anderson, intentando
asegurarse de haberla oído bien.
—Eso creía Qian —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Dónde lo encontró? ¿Dónde está ahora?
182/324

—No creo que jamás estuviera en la base. El Dr. Qian no lo hu-


biera traído hasta estar preparado para integrarlo en nuestro
proyecto. Y podría haberlo encontrado en cualquier parte —ad-
mitió—. Cada tantos meses salía de la base durante una o dos se-
manas. Siempre di por sentado que era para dar alguna clase de
informe de situación a sus superiores en el mando de la Alianza,
pero quién sabe a dónde iba o qué hacía.
—Alguien de fuera de la base tenía que estar enterado de esto
—presionó Anderson—. Dijiste que el Dr. Qian cambió, que llevó
la investigación hacia otra dirección enteramente nueva. ¿Había
alguien externo al proyecto que pudiera haber notado algo fuera
de lo ordinario?
—No se me ocurre… ¡Espera! ¡El hardware para nuestra nueva
investigación! ¡Vino todo del mismo proveedor de Camala!
—¿Camala? ¿Vuestro proveedor era batariano?
—Nunca tratamos con ellos directamente —explicó, hablando
deprisa—. En el espacio de la Ciudadela, las adquisiciones de
hardware sospechosas se marcan y se denuncian al Consejo. A lo
largo de la existencia del proyecto, utilizamos centenares de
empresas fantasma para hacer los pedidos de cada componente
por separado; pedidos demasiado pequeños para llamar la aten-
ción por sí mismos. Entonces los configurábamos en la base y los
integrábamos en nuestra infraestructura de hardware existente.
El Dr. Qian quería evitar problemas de compatibilidad en las
redes neurales, por lo que se aseguró de que casi todo pudiera re-
montarse a un único proveedor: Manufacturas Dah’tan.
Anderson se dio cuenta de que, de un modo enrevesado,
aquello tenía sentido. Dada la actual tensión política entre hu-
manos y batarianos, nadie sospecharía que el proveedor principal
de un proyecto de investigación secreto de la Alianza estuviera en
Camala.
183/324

—Si alguien en la empresa proveedora se dio cuenta de que ex-


istía un patrón en las adquisiciones —continuó Kahlee—, pudo
haber descubierto lo que estábamos haciendo.
—Tan pronto como Grissom nos saque de este mundo —de-
claró Anderson—, iremos a hacer una pequeña visita a las instala-
ciones de Dah’tan.
TRECE

A través de la oscuridad de la noche sin luna de Elysium, Saren se


dirigió hacia el vehículo que le esperaba. Sabía que los humanos
que estaban en la casa le estaban ocultando algo. En Sidón había
ocurrido algo más de lo que habían reconocido. Como espectro,
tenía el derecho legal de obtener información por la fuerza de cu-
alquiera, incluso de soldados de la Alianza. Pero tener ese derecho
y poder usarlo eran en realidad dos cosas distintas.
Elysium era un mundo de la Alianza. No sabía si, tras el tiroteo
con Skarr, alguno de los vecinos de Grissom había llamado a las
autoridades. No era probable: la casa estaba muy aislada de los
vecinos. Pero Saren no podía arriesgarse. Si las autoridades loc-
ales de la Alianza llegaban para encontrarse a un turiano interrog-
ando brutalmente a sus compañeros soldados, su estatus de es-
pectro no iba a serle de ayuda.
Además, no era a ellos a quienes perseguía. En la investigación
que le ocupaba, los humanos eran insignificantes. Probablemente
sabían algo acerca de los motivos por los que habían enviado a
Skarr tras ellos, pero dudaba que tuvieran idea de quién lo
enviaba.
185/324

El krogan era la clave. Saren no tuvo problemas para seguirle


hasta Elysium; no tenía más que seguir su rastro de nuevo. El
Confín Skylliano era la indómita frontera del espacio de la Ci-
udadela pero, incluso allí fuera, resultaba prácticamente impos-
ible viajar entre mundos sin llamar la atención. Las naves de men-
or tamaño eran materialmente capaces de aterrizar en casi cu-
alquier parte de un planeta habitable, aunque todo mundo de des-
tino ocupado por una colonia consolidada captaría instantánea-
mente a cualquier nave entrante que no aterrizara en el puerto es-
pacial. Tendrían al personal militar en la escena, listo y esperando
para detener a todo el mundo a bordo… si es que no se limitaban a
disparar contra la nave infractora desde el cielo.
Eso significaba que Skarr tendría que usar los puertos espa-
ciales. E incluso si encontraba algún modo de pasar por la segur-
idad fronteriza sin ser visto, no resultaba difícil distinguirle entre
la multitud. Como espectro, Saren tenía ojos y oídos en práctica-
mente todos los mundos dispersos a lo largo y ancho del Confín.
Dondequiera que el cazarrecompensas se presentara después, al-
guno de sus contactos le informaría de ello.
Podía dictar una orden para que arrestaran a Skarr, pero
dudaba que el krogan permitiese que le capturaran con vida.
Hacer que le mataran en un tiroteo con las autoridades locales no
conseguiría aproximar más a Saren a quienquiera que estuviera
tras el ataque a Sidón. No, lo mejor que podía hacer era encon-
trarle y seguirle, tal y como había hecho en Elysium. Al final, el
krogan le conduciría directamente hasta su jefe.

Una vez más, Edan Had’dah estaba pasando la noche dentro del
repugnante almacén en las afueras de Hatre. Una vez más, estaba
sentado en la incómoda silla esperando a que llegara Skarr. Y una
vez más, le acompañaba su guardia personal: los mismos
186/324

mercenarios de los Soles Azules que estuvieron con él durante la


primera reunión con el krogan. Al menos, los que habían
sobrevivido.
Pero esta vez, Edan sabía que jugaba con ventaja. Kahlee
Sanders no estaba muerta. Le había pagado una buena cantidad al
cazarrecompensas para hacer un trabajo y Skarr había fallado.
Esta vez, Edan juró que sería él quien dictara las condiciones de la
reunión.
El almacén estaba repleto de grandes cajones de transporte y
contenedores de carga. En la parte trasera, una pequeña zona
había sido limpiada a fondo para que Edan pudiera dirigir sus ne-
gocios; desde esa parte normalmente era difícil oír cuándo alguien
llegaba a la puerta principal. Pero los fuertes golpes del krogan al
presentarse no dejaban lugar a dudas.
—Asegúrate de quitarle las armas —exclamó Edan, mientras
un par de mercenarios batarianos iban a buscar al recién lleg-
ado—. Todas —añadió su jefe, recordando vívidamente el cuchillo
que Skarr había pasado a escondidas la última vez.
De la parte delantera llegaban los sonidos de una fuerte dis-
cusión; aunque no podía oír bien del todo las palabras, sí que
podía distinguir los tonos graves de la profunda voz cavernosa del
krogan. Un minuto después, uno de los batarianos regresó solo.
—El krogan no piensa entregar las armas.
—¿Cómo? —preguntó Edan sorprendido.
—Que no piensa entregar las armas. Y lleva un blindaje de
cuerpo entero.
—No pienso reunirme con él si va armado —prometió Edan.
—Eso fue lo que le dije —respondió el mercenario, ladeando la
cabeza a la izquierda en señal de súplica—. Tan solo rio. Dijo que
187/324

estaba contento por poder desentenderse y considerar finalizado


vuestro acuerdo de negocios.
Edan maldijo entre dientes. Le había pagado al krogan todo el
trabajo por adelantado. Normalmente, un batariano jamás hubi-
era aceptado semejantes condiciones pero, con un hombre con la
reputación de Skarr, se tenían que hacer excepciones.
—Dejadle quedarse con las armas —cedió al fin—. Escoltadle
hasta aquí.
—¿Es eso prudente?
—Dile a tus hombres que, en caso de que intente algo, esta vez
son libres de matarle. Y asegúrate de que el cazarrecompensas te
oiga.
El mercenario, previendo la ocasión de vengarse, sonrió y se
dirigió de vuelta a la parte delantera. Al regresar, le acompañaba
el cazarrecompensas, que parecía enfadado. De hecho, no había
visto jamás a un maestro de batalla krogan con un blindaje de
cuerpo entero. Era una visión terrorífica: parecía un tanque vivi-
ente rodando hacia él. Lo único que pudo hacer fue evitar dar un
paso atrás.
Aunque Skarr no llevaba las armas desenfundadas tenía un ar-
senal completo encajado en el blindaje: una pistola en cada cadera
y, colgados de la espalda, un rifle de asalto plegable de fuego
pesado y una escopeta de gran potencia. El blindaje tenía varios
agujeros pequeños en el pecho, cada uno de ellos perfilado con
sangre descolorida. De las heridas le corrían manchas oscuras que
teñían el blindaje; eran el mudo testigo de la lucha que había lib-
rado en Elysium.
Los Soles Azules le observaban de cerca; nueve rifles de asalto
que seguían su trayectoria a cada paso del camino. Al krogan no
parecía importarle: solo tenía ojos para el hombre que le había
contratado. Avanzó hacia él con largos y pesados pasos, siendo el
implacable clong, clong, clong de sus botas el único sonido en el
188/324

almacén. Edan pensó, por un breve instante, que no se detendría;


que seguiría caminando y arrollaría la pequeña figura del batari-
ano bajo sus pies, aplastándola hasta hacerla papilla. En lugar de
eso, se detuvo a menos de un metro, respirando con ásperos e ir-
ritados gruñidos.
—Fallaste —dijo Edan. Pretendía pronunciarlo como una acus-
ación mordaz, pero estar a la sombra del enorme asesino que se
extendía frente a él eliminó todo rastro de valentía en su voz.
—¡No me dijiste que tendría que enfrentarme a un espectro!
—respondió Skarr, gruñendo.
—¿Un espectro? —preguntó Edan con sorpresa—. ¿Estás
seguro?
—¡Sé reconocer a un espectro cuando lo veo! —rugió Skarr—.
Especialmente a este. ¡Un turiano cabrón!
Aunque no dijo nada, las comisuras de la boca de Edan cayer-
on, dibujando una expresión de disgusto. Eran malas noticias.
Sabía que Skarr se refería a Saren; el turiano era, con mucho, el
espectro más infame del Confín Skylliano. Era conocido por tres
motivos: su crueldad, su lealtad al Consejo y su talento para ob-
tener resultados.
—Tengo por costumbre no mezclarme jamás en los asuntos de
un espectro —señaló Skarr, bajando la voz hasta que esta fue un
débil gruñido—. Ya lo sabías cuando me contrataste. Me en-
gañaste, batariano.
—Mis guardas dispararán sobre ti si intentas cualquier cosa
—respondió Edan rápidamente, al percibir la tácita amenaza—.
Puede que consigas matarme pero jamás saldrás de aquí con vida.
La gran cabeza del krogan se movió de un lado a otro, echando
un vistazo a los mercenarios armados y evaluando sus posibilid-
ades. Al darse cuenta de que aquella era una batalla que ni
siquiera él podía ganar se alejó de Edan, dando lentamente un
paso hacia atrás.
189/324

—Supongo entonces que estamos juntos en esto —gruñó—.


Pero vas a tener que doblar mis honorarios.
Edan parpadeó sorprendido. No era así como esperaba que
fueran las negociaciones.
—No estás negociando desde una posición de poder. No aca-
baste el trabajo. En todo caso, tendría que pedirte un reembolso.
O podría hacer que mis hombres te eliminaran ahora.
Skarr soltó con una sonora carcajada.
—Tienes razón. Sanders sigue con vida. Es probable que ahora
mismo esté hablando con Saren y le esté explicando todo lo que
sabe. ¿Cuánto tiempo crees que va a pasar hasta que este averigüe
que tú estabas tras todo esto? ¿Cuánto tiempo hasta que aparezca
por Camala?
El batariano no respondió.
—Tarde o temprano el espectro te localizará —le advirtió el
cazarrecompensas, insistiendo en su argumento—. Y cuando lo
haga, tu única esperanza de seguir con vida será tenerme de tu
lado.
Edan juntó las manos, formando una suerte de campanario de
cinco dedos mientras consideraba la situación. El krogan tenía
razón; ahora necesitaba su ayuda más que nunca. Aunque no es-
taba dispuesto a admitir una derrota total.
—Muy bien —cedió—, te doblaré la paga. Pero a cambio
tendrás que hacer algo por mí.
Skarr no dijo nada, sino que se limitó a esperar a que el batari-
ano continuara.
—Nunca he estado en Sidón —explicó Edan—. Sanders
desconoce mi identidad. Los archivos de la base fueron destruidos
y solo queda una conexión que me relacione con este delito: el
proveedor del Dr. Qian, aquí en Camala.
—Manufacturas Dah’tan —dijo Skarr tras dudar solo por un
momento, atando rápidamente los cabos. Una vez más Edan se
190/324

quedó sorprendido por la rapidez con que su mente trabajaba—.


¿Sanders sabe algo sobre el proveedor?
—No estoy seguro —reconoció Edan—. Pero si lo menciona,
ese será el primer sitio al que vaya el espectro. No deseo correr ese
riesgo.
—¿Qué es lo que necesitas de mí entonces?
—Te ordené que volvieras a este mundo para que pudieras
destruir la Manufacturas Dah’tan. Elimina todos los registros y a
todo el personal. Arrásala hasta los cimientos. No dejes nada a tu
paso. Nada.
—¿Para eso me has hecho volver? —le espetó Skarr—. ¿Eres
estúpido o qué? Saren va a tener a su gente vigilándome. Es prob-
able que ya esté de camino hacia aquí para intentar localizarme.
Si atacamos Dah’tan, dentro de una hora él ya estará allí. ¡Casi le
conducirías directamente a tu proveedor!
—De todos modos, Sanders podría haberle informado sobre
Dah’tan —replicó Edan. Esta vez, rehusó echarse atrás. Estaba
harto de quedar en ridículo con esa bestia—. Puedes entrar,
acabar el trabajo y desaparecer antes de que Saren llegue —in-
sistió—. Para cuando llegue a Dah’tan, todas las pruebas estarán
destruidas y hará mucho tiempo que habrás desaparecido. No
quedará nada que pueda encontrar. Tendrás que trabajar rápido.
—Así es como se cometen los errores —argumentó el cazarre-
compensas—. No me gustan las misiones chapuceras. Diles a tus
hombres que entren sin mí.
—¡Esto es innegociable! —gritó Edan, perdiendo finalmente
los estribos—. ¡Te contraté para asesinar a alguien! ¡Fallaste! ¡Ex-
ijo algo a cambio del dinero que te estoy pagando!
Skarr negó con la cabeza con incredulidad.
—Sabes que ha sido un error hacerme venir hasta aquí para es-
to. Pensé que eras suficientemente inteligente para no anteponer
el orgullo a los negocios.
191/324

—Pues pensaste mal —respondió Edan, dejando de gritar,


aunque con una voz fría como el hielo. Era algo más que simple
orgullo; la cultura batariana daba un enorme valor a las castas so-
ciales. Él era un hombre con una posición elevada; perdonar sin
más al krogan por fracasar sería igual que admitir que eran
iguales… algo que no tenía la intención de consentir.
El krogan echó otro largo vistazo a los Soles Azules que,
apostados alrededor del almacén, seguían con las armas alzadas y
listas, apuntándole directamente.
—Dah’tan tiene una fuerte seguridad —dijo al fin—. ¿Cómo se
supone que vamos a entrar?
—Tengo en nómina a algunas personas que trabajan allí —re-
spondió Edan con un leve asomo de suficiencia. Finalmente,
había logrado arrinconar a Skarr. Ahora estaban negociando
según sus condiciones.
—¿Realmente crees que estos hrakhors son lo bastante buenos
para encargarse de un trabajo como este? —preguntó el cazarre-
compensas en un último intento por salirse del asunto.
—Fueron lo bastante buenos para eliminar a los soldados de la
Alianza en Sidón.
—Fallaron en esa misión —objetó Skarr.
—Ese es el motivo por el que te envío junto a ellos esta vez
—fue la condescendiente respuesta de Edan.

Anderson mostró su identificación militar con rapidez y pasó el


pulgar por el escáner portátil que sostenía el guardia de la Alianza
que trabajaba en la entrada para autoridades del puerto. El joven,
que dio un salto para cuadrarse mientras se acercaban, echó un
vistazo a la pantalla del ordenador para confirmar la lectura.
—Señor —respondió el guardia, con un seco saludo con la
cabeza, devolviéndosela un momento después.
192/324

El teniente hizo lo posible por contener la respiración mien-


tras Kahlee colocaba el pulgar en el escáner y le entregaba la falsa
identificación y el disco de almacenamiento óptico con las
órdenes de autorización falsificadas que habían adquirido aquel
día a primera hora.
El hombre que las había falsificado se había pasado por la casa
temprano por la mañana, llegando, tras la llamada de teléfono de
Grissom, en menos de diez minutos. Era joven; según el cálculo
de Anderson no pasaba de los veinte. Iba vestido con ropa de
paisano raída y arrugada y tenía el pelo negro largo y grasiento.
Su rostro estaba cubierto por un vello oscuro que intentaba hacer
pasar por barba y parecía como si no se hubiera duchado en una
semana. El contralmirante no explicó quién era el hombre ni de
qué le conocía.
—Es un profesional —le aclaró a Anderson—. Trabaja rápido y
no os delatará.
Nada más llegar, el chaval miró con sorpresa las ventanas
rotas, el mobiliario destrozado y el agujero quemado del césped
donde el disparo de escopeta por poco decapita al krogan. Pero no
hizo ninguna pregunta. En cualquier caso, no sobre eso.
—¿Qué necesitáis? —fue todo lo que dijo, una vez estuvo den-
tro, mientras colocaba sobre la mesa de la cocina un inclasificable
maletín que llevaba consigo.
—Algo que les permita acceder a las zonas de embarque re-
stringidas del puerto espacial —respondió Grissom—. Además de
un disfraz y una nueva identificación para Kahlee. Tienen que
partir hoy.
—Tengo que cargaros un suplemento por trabajo urgente
—advirtió.
Grissom asintió.
—Te lo daré por adelantado, como siempre.
193/324

El joven abrió el maletín para mostrar un surtido de extrañas


herramientas, artilugios y material inclasificable del que Ander-
son ni siquiera era capaz de imaginar para qué servía. Empleando
una variedad de los mismos, le llevó media hora producir un DOA
(Disco Óptico de Almacenamiento) con las autorizaciones indica-
das. Y tardó otros veinte minutos en codificar un nuevo nombre y
rango en la identificación de la Alianza de Kahlee: cabo Suzanne
Weathers.
—Eso no va a funcionar —le advirtió Anderson—. En sus sis-
temas no figurará ningún registro sobre la cabo Weathers.
—Los tendrán veinte minutos después de que me marche de
aquí —aseguró el chaval con una sonrisa desafiante—. Agregaré a
la cabo Weathers al sistema. Entonces duplicaré todos los datos
de Kahlee y bloquearé el acceso del sistema a su ficha. Cuando es-
caneen sus huellas digitales será Weathers y no Sanders la que
aparezca en sus pantallas.
—¿Tienes acceso a los archivos de datos de la Alianza? —pre-
guntó Anderson con incredulidad.
—Solo a los de los puertos. No intentéis usar esta identifica-
ción una vez que estéis fuera de Elysium.
—No creía que fuera posible infiltrarse en los sistemas de la
Alianza —dijo Anderson, en busca de información.
—¿Seguro que puedo confiar en este tío? —le preguntó el chav-
al a Grissom.
Es gracioso, pensó Anderson. Yo me estaba preguntando lo
mismo de ti.
—Solo por hoy —respondió Grissom—. Aunque puede que la
próxima vez que le veas quieras dar media vuelta y caminar en
dirección contraria.
—La Alianza tiene una seguridad consistente —reconoció el
joven, hablando con despreocupada indiferencia mientras traba-
jaba—. Cuesta entrar, pero no es imposible.
194/324

—¿Y qué hay de las depuraciones? —preguntó Kahlee. Ander-


son la miró con perplejidad mientras esta se explicaba para
provecho suyo—. Cada diez horas, la Alianza ejecuta un barrido
completo de seguridad por sus sistemas para localizar y poner en
cuarentena todos los datos nuevos que entran en ellos. Esto les
permite identificar los datos fraudulentos y rastrearlos hasta su
origen.
—Antes de subirlos al sistema, introduzco pequeños algorit-
mos autoregresivos en los datos —explicó el chaval, jactándose
más de la cuenta—. Algo que se me ocurrió a mí mismo. En el mo-
mento en que ejecuten el barrido de seguridad, tus datos volverán
a estar en línea y todo rastro de la cabo Weathers o de esas autor-
izaciones falsas hará mucho tiempo que habrá desaparecido. No
pueden rastrear algo que ya no está ahí.
Kahlee asintió en señal de agradecimiento, y el tipo le devolvió
un guiño y una sonrisa lasciva que hicieron que Anderson ap-
retara el puño sin querer. No eran celos. No exactamente. Ahora,
Kahlee era responsabilidad suya. Era natural que, instintiva-
mente, quisiera protegerla. Pero debía tener cuidado de no reac-
cionar exageradamente.
Por fortuna, nadie se había dado cuenta; todos estaban centra-
dos en el joven y en su trabajo.
—Podrían tener también tu descripción física —le advirtió a
Kahlee—. Será mejor que cambiemos tu apariencia por si acaso.
Alteró digitalmente la foto que aparecía en la identificación de
Kahlee; oscureció y recortó el pelo, cambió el color de los ojos e
intensificó los pigmentos de la piel. Entonces le hizo tragar un
puñado de pastillas de pigmentación. Después usó lentes de con-
tacto sombreadas, tinte para el pelo y un par de tijeras para con-
seguir que la apariencia física de Kahlee encajara con la de su im-
agen digital. Para incomodidad de Anderson parecía disfrutar de-
masiado de ello, aplicando el tinte a su cabello durante varios
195/324

minutos y demorándose demasiado también con los mechones


antes de cortárselos.
Para cuando terminó con su cabello, la piel de Kahlee era ya
casi tan oscura como la de Anderson. El chaval se puso justo
frente a ella, sostuvo la identificación junto a su rostro y comparó
la imagen con el original.
—No está mal —dijo a modo de elogio, aunque no estaba claro
si se refería a su trabajo o a la propia Kahlee—. Tu piel empezará a
aclararse de nuevo a partir de mañana —le explicó, poniéndose de
pie y tendiéndole la tarjeta de identificación de la Alianza—. Así
que ten cuidado. Dejarás de coincidir con la foto.
—No debería importar —dijo, encogiéndose de hombros—. De
todos modos, para entonces, la cabo Weathers ni siquiera existirá
en el sistema, ¿no?
No respondió, pero le devolvió otro pícaro guiño y dejó que
sus dedos se rozaran de manera insinuante con los de ella mien-
tras esta le cogía la identificación. Anderson tuvo que contenerse
para no golpearle en la cara al despreciable individuo. No es tu
mujer, pensó para sí. Ayudarla no te compensará por los ocho
años que ignoraste a Cynthia.
No obstante, al fin y al cabo, el teniente tuvo que admitir que
la falsificación del chaval era buena. Había sido adiestrado espe-
cialmente para identificar documentos fraudulentos y, a pesar de
que sabía que estos eran falsos, no podía distinguirlos de los
auténticos.
Sin embargo, esta era la prueba de la verdad: pasar sus huellas
dactilares por los escáneres en la autoridad portuaria.
—Aquí tiene, cabo Weathers —dijo el guardia, devolviéndole a
Kahlee la documentación modificada tras echar un breve vistazo a
la pantalla para confirmar su identidad—. Deben dirigirse a la
plataforma 32. Allí, en el otro extremo.
196/324

—Gracias —respondió Kahlee con una sonrisa. El guardia as-


intió, saludó secamente a Anderson, y entonces se sentó y volvió
al papeleo que tenía sobre el escritorio mientras ellos se giraban y
se alejaban.
—Echa un vistazo para ver si sigue mirándonos —susurró
Anderson, una vez estuvieron lo suficientemente lejos para no ser
oídos. Seguían yendo en dirección a la plataforma 32 pero, por
supuesto, ese no era su auténtico destino.
Kahlee miró hacia atrás, asomándose con timidez por encima
del hombro. Si el guardia seguía observándoles, era de esperar
que solo pensara que la joven cabo le había encontrado lo
bastante atractivo como para mirar con disimulo una segunda
vez. Pero estaba completamente concentrado en la pantalla que
tenía sobre el escritorio mientras escribía rápidamente con el te-
clado; un modelo de eficiencia.
—Despejado —dijo Kahlee, girando bruscamente hacia la en-
trada de la plataforma 17 y tirando de él.
En la plataforma había un viejo buque carguero, un trineo de
carga y varios pesados cajones de transporte. A primera vista, no
parecía haber nadie en la plataforma pero, en ese momento, del
otro lado de la nave, apareció un tipo bajo y corpulento.
—¿Algún problema con el guardia? —preguntó.
Kahlee negó con la cabeza.
—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó Anderson, sin mo-
lestarse siquiera por preguntar el nombre del tipo; sabía que
jamás se lo diría.
—Grissom me puso al corriente.
—¿De qué conoces a mi padre? —preguntó Kahlee, con
curiosidad.
La contempló fríamente durante unos segundos y entonces
dijo:
197/324

—Si hubiera querido que lo supieras, probablemente te lo ab-


ría dicho él. —Se dio la vuelta y añadió—: Está previsto que des-
peguemos en un par de horas. Seguidme.
Dentro de la bodega de la nave, la carga ocupaba la mayoría
del espacio; apenas había espacio suficiente para que ellos dos se
sentaran, aunque se acomodaron como mejor pudieron. Tan
pronto como se pusieron cómodos, el hombre selló la puerta y se
quedaron completamente a oscuras.
Kahlee estaba sentada justo frente a él aunque, sin luz, Ander-
son era incapaz incluso de distinguir su silueta. Podía sin em-
bargo, sentir la parte exterior de la pierna de ella presionada con-
tra la suya: sencillamente, no había espacio para que ambos pudi-
eran separarse. La proximidad era perturbadora: no había estado
con ninguna mujer desde que él y Cynthia se separaron.
—No me hace ninguna gracia pensar en las próximas seis hor-
as —dijo, buscando distraer los pensamientos inapropiados con la
conversación. A pesar de hablar con suavidad sus palabras
parecían sonar extrañamente fuertes en la oscuridad.
—Estoy más preocupada por lo que haremos una vez llegue-
mos a Camala —respondió Kahlee; una voz incorpórea en la pen-
umbra—. En Dah’tan no van a entregarnos sus archivos así como
así.
—Sigo trabajando en eso —reconoció Anderson—. Confío en
que se me ocurra algún plan durante el viaje.
—Tendremos mucho tiempo para pensar —respondió Kah-
lee—. Ni siquiera hay suficiente espacio para estirarse y dormir un
rato.
Volvió a hablar tras unos minutos, cambiando de tema sin pre-
vio aviso.
—Antes de que mi madre muriera, le prometí que jamás
volvería a hablar con mi padre.
198/324

La confesión personal pilló a Anderson desprevenido, pero se


recuperó rápidamente.
—Creo que ella lo comprendería.
—Debe de haber sido una sorpresa para ti —continuó ella—.
Ver al soldado más celebre de la Alianza en semejante estado.
—Estoy algo sorprendido —admitió—. Cuando estaba en la
Academia, siempre me describieron a tu padre como la personific-
ación de todo aquello que la Alianza representaba: coraje, determ-
inación, sacrificio, honor… Parece un tanto extraño que conozca
al tipo de personas que pueden sacarnos a escondidas de un
mundo como este.
—¿Decepcionado? —preguntó—. ¿Por saber que el gran John
Grissom se relaciona con falsificadores y contrabandistas?
—Teniendo en cuenta nuestra situación, sería un hipócrita si
te dijera que sí —dijo en broma. Kahlee no se rio—. Cuando oyes
hablar de alguien durante tanto tiempo, acabas suponiendo que
sabes algo de ellos —opinó en un tono más sombrío—. Resulta fá-
cil confundir la reputación con la persona en sí. Es solo cuando les
conoces que comprendes que en realidad nunca supiste nada de
ellos.
—Sí —respondió Kahlee, pensativa. Y entonces se quedaron
callados durante mucho, mucho tiempo.
CATORCE

Jella había trabajado en el departamento de contabilidad y per-


sonal de la Manufacturas Dah’tan durante cuatro años. Era una
buena empleada: organizada, meticulosa y concienzuda —todas
ellas cualidades valiosas para alguien con esta ocupación—. En
sus evaluaciones de rendimiento puntuaba rutinariamente entre
el notable y el excelente. Pero según la descripción oficial de su
trabajo, ella era «personal de apoyo». No era irremplazable. Los
diseñadores de hardware estaban en la cima de la jerarquía de la
empresa; sus novedades atraían a los clientes. Y la gente que tra-
bajaba en la planta era la que en realidad creaba el producto.
Todo lo que ella hacía era cuadrar las cifras de ventas con el in-
ventario de suministros.
Para los encargados ella no era imprescindible… y eso se refle-
jaba en su paga. En la empresa, Jella trabajaba tan duro como cu-
alquiera, pero le pagaban una mínima parte de lo que ganaban
diseñadores y fabricantes. No era justo; motivo por el cual no se
sentía culpable por robar a la empresa.
No es que estuviese vendiendo secretos corporativos cruciales.
Nunca hizo nada lo bastante grande como para llamar la atención;
200/324

solo desviaba pequeñas gotas del rebosante cubo de la compañía.


En ocasiones, alteraba órdenes de compra o manipulaba los regis-
tros de suministro. De vez en cuando, se aseguraba de que, dur-
ante la noche, el inventario quedara desprotegido y sin registrar.
A la mañana siguiente, habría desaparecido misteriosamente,
movido por alguien del personal del almacén que estaba metido
en el asunto.
Jella no tenía ni idea de quién se llevaba el inventario, igual
que tampoco la tenía sobre quién estaba tras los robos. Así le
gustaba a ella. Una o dos veces al mes recibía una llamada anón-
ima en el despacho, cumplía con su parte y en unos días el pago
era ingresado en alguna de sus cuentas bancarias particulares.
Hoy no era distinto. O eso intentaba decirse a sí misma mien-
tras caminaba por el pasillo e intentaba parecer despreocupada,
confiando en que nadie se fijara en ella. Pero había algo extraño
en este pedido. Le habían pedido que desconectara una de las cá-
maras de seguridad y que desactivara los códigos de alarma de
una de las entradas. Alguien quería colarse en el edificio sin ser
detectado… y pensaba hacerlo a pleno día.
Era un riesgo estúpido. Incluso si de algún modo conseguían
entrar, seguro que alguien repararía en ellos; en Dah’tan había
equipos de seguridad que patrullaban con regularidad por toda la
planta. Y, si les pillaban, podría ser que delataran a Jella como la
persona que les había dejado entrar. Aunque la oferta había sido
demasiado buena para poder rechazarla: triplicaba lo que jamás le
habían pagado antes por un trabajo. Al final, la avaricia se había
impuesto al sentido común.
Se detuvo cerca de una de las salidas de emergencia, justo de-
bajo de la cámara de seguridad que enfocaba a la puerta. Echó un
rápido vistazo alrededor para asegurarse de que nadie la observ-
aba, extendió el brazo con el destornillador que había cogido de
un cinturón con herramientas que estaba colgado en un cuarto
201/324

trastero, lo introdujo en la parte de atrás de la cámara y retiró la


batería.
Se produjo un destello que la sorprendió. Dejó escapar un
pequeño chillido y el destornillador resbaló entre sus dedos, que
hormigueaban levemente por el susto. Se agachó para recogerlo
de la moqueta a toda prisa, mirando alrededor para ver si alguien
se había dado cuenta del sabotaje. El vestíbulo seguía vacío.
Miró hacia la cámara y vio un delgado hilo de humo blanco
que salía por detrás de esta. La luz de encendido esta apagada. Si
alguien de la seguridad central inspeccionaba el monitor corres-
pondiente a esta cámara se daría cuenta de que no funcionaba.
Pero los guardas apenas miraban a los monitores durante el día.
Al menos, no con las patrullas dando vueltas por los pasillos y con
el edificio lleno de personal. Solo un imbécil intentaría entrar dur-
ante las horas de trabajo. E incluso si notaban la interrupción, en
las instalaciones había unas cien cámaras. Cada semana, alguna
de ellas parecía fallar. Lo máximo que alguien haría sería present-
ar una petición de mantenimiento para que la reparasen antes de
que acabara el turno. Satisfecha, Jella continuó caminando por el
pasillo hasta llegar a la puerta de seguridad.

Tecleó un código de empleado para desactivar la alarma y abrir el


cierre. Evidentemente, no usó su propio código. Una de las venta-
jas de trabajar en su departamento era que tenía acceso a las
fichas del personal. Conocía los códigos de acceso al edificio de la
mitad de la gente que trabajaba en las instalaciones.
Cuando la luz del panel de la puerta pasó del rojo al verde, el
trabajo de Jella concluyó. Todo lo que tenía que hacer era volver
al despacho y continuar trabajando como si no pasara nada.
Pero una vez regresó a su escritorio, el mal presentimiento que
tenía sobre este trabajo en concreto continuó creciendo, haciendo
202/324

que se sintiera mareada. Después de unos veinte minutos,


She’n’ya, la mujer con la que compartía el pequeño despacho,
debió de notar que algo no iba bien.
—¿Te encuentras bien, Jella? Pareces algo colorada.
Al oír el sonido de la voz de la otra mujer, a Jella casi se le sale
el estómago por la boca.
—No… No me encuentro bien —respondió, confiando en no
parecer tan culpable como se sentía—. Creo que me estoy
poniendo enferma —añadió, poniéndose en pie de un salto y cor-
riendo hacia el baño para vomitar.
Diez minutos después de que comenzara a vomitar, Jella
seguía allí.

La misión era bien sencilla, pero a Skarr seguía sin gustarle.


Reunir todo lo que dijo que necesitaría para el ataque les había ll-
evado un día: explosivos, un equipo de asalto de treinta mercen-
arios, él mismo incluido, y tres todoterrenos para el transporte.
Por motivos de seguridad de la empresa y de confidencialidad
de los clientes, Manufacturas Dah’tan estaba ubicada en una
propiedad privada de poco más de una hectárea situada mucho
más allá de las afueras de Hatre. Cada kilómetro del trayecto
hacía mella en Skarr y reducía además el limitado tiempo del que
disponían para hacer el trabajo. Seguro que alguien le había visto
en el puerto espacial, alguien que daría parte a Saren. Era prob-
able que el espectro estuviera ya de camino a Camala… acercán-
dose más y más a cada segundo que pasaba.
Las instalaciones consistían en una única estructura que alber-
gaba el almacén, la fábrica y las oficinas. Los terrenos estaban
rodeados por una alambrada con varias señales en las que se leía
«propiedad privada» y «prohibido el paso» en los distintos dia-
lectos batarianos comunes en Camala.
203/324

No es que eso disuadiera a Skarr y sus mercenarios. Los todo-


terrenos se limitaron a pasar por encima del cerco, aplastándolo
mientras avanzaban hacia la solitaria construcción que había en el
horizonte. A medio kilómetro de distancia aparcaron y continu-
aron a pie a través del estéril terreno desértico. Se aproximaron a
la fábrica desde el lado opuesto a las zonas de carga para evitar
ser detectados y llegaron al edificio sin incidentes.
Skarr se sintió aliviado al encontrar que la entrada de segurid-
ad de la parte trasera no estaba bloqueada: la fuente que Edan
tenía en el interior había cumplido con su parte. Pero seguían
teniendo que trabajar deprisa si querían entrar y salir antes de
que Saren apareciera.
La paranoia corporativa formaba parte de la cultura batariana
tanto como su rígido sistema de castas, y Dah’tan no era diferente.
Poco dispuesta a confiar a alguien más la información confiden-
cial, todos los registros y los archivos se guardaban in situ: al
destruir las instalaciones, quedaría eliminada toda evidencia que
pudiera conducir hasta Edan.
Cada todoterreno transportaba a diez mercenarios. Skarr dejó
afuera a ocho hombres con fusiles de francotirador para cubrir las
salidas, apostando a un par a cada lado del edificio. Los otros se
dividieron en varios equipos de infiltración de tres miembros cada
uno.
—Las bombas estallarán en quince minutos —les recordó
Skarr.
Los equipos de infiltración se dispersaron, dirigiéndose hacia
los diversos pasillos bifurcados que conducían a las diferentes
áreas de las instalaciones. Su objetivo era colocar varios explos-
ivos estratégicamente situados; los suficientes para reducir el edi-
ficio entero a cenizas y escombros. A lo largo del camino elimin-
arían a las patrullas de seguridad y acribillarían a todo empleado
con el que se cruzaran. Cualquiera que huyera del edificio sería
204/324

abatido por los mercenarios que esperaban afuera. Y cualquier su-


perviviente que lograra esconderse en el interior del edificio sería
exterminado por las explosiones o quemado vivo cuando deton-
aran las cargas incendiarias.
Con los francotiradores apostados afuera y los equipos de in-
filtración encaminándose hacia el corazón del complejo, Skarr se
quedó a solas para acabar una tarea muy específica. Edan le había
facilitado el nombre, la descripción y la ubicación de su contacto
dentro de Dah’tan. Era poco probable que la joven supiera para
quién estaba trabajando, pero el batariano no quería dejar cabos
sueltos.
El krogan se dirigió rápidamente por los pasillos hacia las ofi-
cinas de la administración, cerca de la parte delantera del edificio.
Lejos, en alguna parte, oyó un sonido de disparos y voces de
batarianos gritando: la masacre había comenzado.
Un momento después, las sirenas empezaron a sonar. Skarr
dobló una esquina y casi tropieza con un par de guardas de segur-
idad de Dah’tan que corrían en respuesta a la señal de alarma.
Durante un breve instante, los dos batarianos titubearon, cogidos
por sorpresa frente a la visión de un krogan fuertemente pro-
tegido que se acercaba con estrépito por el pasillo. Skarr
aprovechó la oportunidad y golpeó la cara de uno de los guardas
con la culata del rifle de asalto, haciendo que se tambaleara hacia
atrás. Al mismo tiempo, se abalanzó con su cuerpo sobre el se-
gundo guarda, de menor tamaño, derribándole con su peso. Mien-
tras rodaban por el suelo, Skarr levantó la barbilla de su ad-
versario con el cañón del arma y tiró del gatillo, volándole casi to-
do lo que le sobresalía por encima del cuello.
El primer guarda, que estaba justo poniéndose en pie, aún
aturdido y sangrando por la boca, disparó su arma, pero falló el
tiro y solo consiguió dibujar una línea de agujeros en la pared, por
encima de donde Skarr y el cuerpo de su amigo estaban tumbados
205/324

en el suelo. Skarr respondió disparando hacia el corredor,


haciendo trizas los tobillos y las pantorrillas de su enemigo.
El batariano gritó y cayó hacia delante, soltando el arma mien-
tras abría los brazos para parar la caída. Otra ráfaga de Skarr lo
remató un instante después de que cayera al suelo. Tras ponerse
en pie de un salto, el cazarrecompensas se movió pesadamente
por el pasillo hacia el despacho del contacto de Edan. La puerta
estaba cerrada pero la echó abajo de una patada. Una joven mujer
batariana estaba acurrucada en el suelo, medio escondida detrás
de un escritorio. Al ver al krogan cubierto de sangre de pie en el
umbral gritó.
—Adiós, Jella —dijo Skarr.
—¡No! ¡Por favor! Yo no…
Apretó el gatillo e interrumpió sus palabras que quedaron
ahogadas por la ráfaga de balas que acribillaron su cuerpo, lan-
zándolo por el suelo hasta la pared trasera de la habitación.
Skarr echó un rápido vistazo a su reloj. Quedaban siete
minutos hasta que los explosivos estallaran. Una parte de él quer-
ía pasar ese tiempo buscando más víctimas por los pasillos, pero
sabía que no era una opción. Hubiera sido demasiado fácil dejarse
llevar por la sed de sangre de sus antiguos ancestros. En una car-
nicería como aquella podía perder fácilmente el sentido del
tiempo al dejarse llevar por el furor de la batalla, y no tenía la
menor intención de estar dentro del edificio cuando explotara.
Se dirigió rápidamente de vuelta a la salida, haciendo caso om-
iso de los dulces gritos de dolor y terror que le atraían desde cada
corredor por el que pasaba.
Jella hizo lo que pudo por apartar de su mente el staccato de
las ráfagas de disparos y los horrorosos gritos de sus colegas.
Estaba escondida dentro del respiradero del cuarto de baño:
aunque era un espacio muy estrecho, había logrado encajar en él.
206/324

Podía imaginarse la escena de afuera y no tenía la menor inten-


ción de dejar su escondite.
El tiempo pasaba con una lentitud agónica; los sonidos del
ataque parecían durar horas, aunque en realidad tan solo fueron
minutos. Oyó voces tras la puerta del cuarto de baño e intentó
meterse un poco más adentro del conducto de ventilación.
La puerta voló por los aires y un par de batarianos saltaron
dentro disparando sus armas automáticas. Rociaron con balas
toda la habitación, reduciendo las finas hojas metálicas de las pu-
ertas de los cubículos a jirones, haciendo añicos los retretes y los
lavabos de cerámica y reventando varias tuberías de las paredes.
Por suerte, el escondite de Jella se encontraba bien alto en la
pared, por encima de uno de los cubículos; se había subido a uno
de los retretes, encaramándose por los separadores que había
entre los cubículos para quitar la tapa del respiradero. Luego se
había deslizado por el hueco, pasando primero los pies y, una vez
que estuvo a salvo escondida dentro, había tirado con cuidado de
la tapa, encajándola en su sitio.
Desde su posición privilegiada tenía una visión perfecta de la
carnicería, aunque cerró los ojos y se cubrió las orejas con las
manos para intentar apartar de su mente las ensordecedoras
réplicas de las armas. Solo cuando al fin cesó el tiroteo se atrevió a
abrir de nuevo los ojos.
Los hombres estaban echando una última mirada por el cuarto
de baño, chapoteando ruidosamente sobre el agua que salía a
chorros de las cañerías reventadas y se extendía por el suelo como
un lago en miniatura.
—Aquí no hay nadie —dijo uno de ellos, encogiéndose de
hombros.
—Lástima —respondió el otro—. Esperaba que pudiéramos pil-
lar a una de las mujeres y llevárnosla a rastras con nosotros para
divertirnos un rato.
207/324

—Olvídalo —sugirió el primero negando con la cabeza—. Ese


krogan jamás lo aprobaría.
—No es él quien nos paga, sino Edan —le soltó su socio. Jella
supo al instante de quién estaba hablando: Edan Had’dah era uno
de los individuos más ricos, poderosos e infames de Camala.
—Te reto a que le digas eso a la cara —dijo el primer hombre,
entre risas, incluso mientras se acuclillaba y fijaba algo en la
pared. Un momento después, volvió a ponerse en pie—. Vamos.
Tenemos que estar fuera de aquí en dos minutos.
Los hombres se marcharon corriendo por el corredor; sus
pasos retumbaban en la distancia. Jella se arrastró lentamente
hacia delante por el escondite para intentar ver qué habían puesto
en la pared. Era aproximadamente del tamaño de una fiambrera y
tenía un montón de cables por todos lados. Aunque no tenía ni
entrenamiento ni experiencia militar, era obvio que el dispositivo
era alguna clase de bomba.
Se detuvo un momento y escuchó más disparos. A excepción
del débil pitido del temporizador del explosivo contando marcha
atrás, todo estaba en silencio. Jella tiró la tapa del conducto de
ventilación y se dejó caer al suelo. Salió corriendo del cuarto de
baño y esprintó por el corredor hacia la misma salida de segurid-
ad que había desbloqueado anteriormente, y que había hecho pos-
ible que, sin querer, la carnicería tuviera lugar.
Aunque ahora no podía pensar en eso. Negándose a mirar
siquiera los cuerpos de sus colegas que yacían en el vestíbulo,
llegó a la puerta y la abrió de un tirón. Dos hombres del almacén
estaban tendidos justo afuera, cada uno con un disparo entre ceja
y ceja.
Jella vaciló, esperando correr la misma suerte. Pero quien-
quiera que hubiera matado a los hombres había desaparecido,
despejando la zona circundante antes de que el edificio estallara.
Tan pronto como su mente —en estado de shock— comprendió
208/324

que seguía con vida, la joven agachó la cabeza y empezó a correr.


Logró recorrer una docena de pasos antes de que la explosión
convirtiera su mundo en fuego, agonía y, finalmente, lo sumiera
en la oscuridad.

Cuando Saren llegó a las instalaciones de la Manufacturas


Dah’tan, el sitio estaba en ruinas. Aunque los equipos de emer-
gencias habían apagado las llamas, el edificio era poco más que un
armazón quemado. Las dos plantas superiores se habían
colapsado y una de las paredes se había desplomado hacia dentro
reduciendo el interior a un montón de escombros chamuscados.
Los operarios de rescate estaban ocupados escarbando entre los
restos. Viendo la escena, resultaba obvio que no estaban buscando
supervivientes.
Varias unidades móviles de informativos filmaban las ruinas
desde una distancia respetuosa, con cuidado de no interferir con
los equipos de rescate aunque ansiosas por conseguir un poco de
metraje dramático para los vídeo-diarios.
Saren aparcó su vehículo junto a ellos, salió y caminó hacia las
ruinas.
—¡Eh! —le gritó uno de los operarios de emergencias batari-
anos al ver que se acercaba, corriendo para interceptarle—. No
puede estar aquí. Esto es una zona de acceso restringido.
Saren le miró con hostilidad y enseñó su identificación.
—Lo siento, señor —dijo el batariano, parándose en seco y
ladeando la cabeza en deferencia—. No sabía que era un espectro.
—¿Algún superviviente? —preguntó Saren.
—Solo uno —respondió—. Una joven. Estaba fuera del edificio
cuando estalló. La explosión la ha dejado sin piernas y tiene
quemaduras de primer grado en el noventa por ciento del cuerpo.
209/324

Ahora está de camino al hospital. Es un milagro que haya sobre-


vivido, aunque no creo que vaya a salir de…
—Reúna a su equipo y lárguese —le advirtió Saren,
interrumpiéndole.
—¿Cómo? ¡No podemos! Aún estamos buscando
supervivientes.
—No quedan supervivientes. Aquí ya han terminado.
—¿Y qué hay de los cuerpos? No podemos dejarlos aquí sin
más.
—Los cuerpos seguirán estando aquí por la mañana.
Lárguense. Es una orden. Y llévense las malditas unidades de
vídeo con ustedes.
El batariano dudó, después asintió, ladeando de nuevo la
cabeza, y se fue a reunir a su equipo. Cinco minutos después, los
vehículos de rescate y las furgonetas de los medios de comunica-
ción arrancaban y dejaban a Saren a solas para examinar los
escombros en busca de pistas.

—Dios mío. —Kahlee dio un grito ahogado mientras el todoter-


reno ascendía por una cuesta y alcanzaban a ver por primera vez
lo que una vez había sido la planta de Manufacturas Dah’tan—.
¡Ha desaparecido del todo!
Aunque casi había anochecido, el gran sol naranja de Camala
aún proporcionaba suficiente luz para que pudieran apreciar la
destrucción con claridad.
—Parece que alguien se nos ha adelantado —observó Ander-
son, frunciendo el ceño sombríamente.
—¿Dónde están los equipos de rescate? —preguntó Kahlee—.
¡A estas alturas ya deberían estar enterados de esto!
—No lo sé —confesó Anderson, deteniendo el todoterreno con
un chirrido—. Algo no va bien. Espérame aquí.
210/324

Saltó fuera del vehículo y se aproximó a pie hacia los restos del
edificio con la pistola desenfundada, corriendo agachado. Estaba
a menos de veinte metros de distancia cuando un único disparo
rebotó en el suelo justo frente a él.
Anderson se quedó inmóvil. Estaba al aire libre, completa-
mente expuesto; el tirador podía haberle matado con facilidad si
esa hubiera sido su intención. Era un disparo de advertencia.
—¡Suelta el arma y camina hacia adelante! —gritó una voz
desde algún lugar en las ruinas.
Anderson hizo lo que se le ordenaba; dejó la pistola en el suelo
y continuó caminando desarmado.
Un segundo después, una familiar figura turiana emergió por
detrás de los escombros que había usado para cubrirse con un
rifle que apuntaba directamente al pecho de Anderson.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el espectro.
—Lo mismo que tú —dijo Anderson, procurando sonar más
confiado de lo que se sentía—. Intento descubrir quién estaba de-
trás del ataque a Sidón.
Saren resopló con indignación, pero no bajó el arma.
—Me mentiste, humano. —La manera en que pronunció «hu-
mano» hizo que pareciera un insulto.
Anderson permaneció en silencio. El espectro había encon-
trado el camino hasta la planta de Dah’tan; era lo bastante listo
como para atar los cabos.
—La inteligencia artificial es una violación de las convenciones
de la Ciudadela. —Al ver que no respondía, Saren continuó—: Pi-
enso informar de ello al Consejo.
De nuevo, Anderson permaneció en silencio. Tuvo la im-
presión de que Saren seguía investigando en busca de informa-
ción. Fuera lo que fuera lo que estuviese buscando, no sería
Anderson quien se lo diera por accidente.
211/324

—¿Quién estaba tras el ataque a Sidón? —preguntó Saren, con


una voz grave por la tácita amenaza mientras se llevaba la mira
del rifle al ojo y apuntaba mortalmente al pecho del teniente.
—No lo sé —reconoció Anderson, quedándose completamente
quieto.
Saren disparó a tierra, a sus pies.
Se estremeció, pero no dio ningún paso atrás.
—¡Ya te he dicho que no lo sabía! —gritó, perdiendo el control
sobre su ira. Estaba casi seguro de que Saren no pretendía
matarle, pero no iba a arrodillarse para suplicar por su vida. ¡No
pensaba permitir que un matón turiano le intimidara!
—¿Dónde está Sanders? —gritó Saren, cambiando de táctica.
—En un lugar seguro —respondió Anderson, bruscamente. De
ninguna manera iba a permitir que este monstruo se acercara a
Kahlee.
—Te está mintiendo —le dijo Saren—. Sabe mucho más sobre
el tema de lo que te ha contado. Deberías interrogarla de nuevo.
—Yo llevo a cabo mi investigación, encárgate tú de la tuya.
—Entonces, quizá debiera centrarme en encontrarla a ella
—sugirió, en tono amenazante—. Si lo hago, mi interrogatorio rev-
elará sus secretos más profundos.
Anderson sintió cómo sus músculos se tensaban, pero se negó
a seguir hablando sobre Kahlee.
Al darse cuenta de que el humano no iba a morder el anzuelo,
el turiano cambió de tema una vez más.
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
—No pienso responder a más preguntas —dijo Anderson ro-
tundamente—. Si vas a matarme, hazlo ya.
El turiano echó una larga mirada a la zona circundante
oteando el horizonte bajo la luz menguante. Pareció llegar a algún
tipo de decisión; después, bajó el arma.
212/324

—Soy un espectro, un agente del Consejo —declaró, con un


timbre de nobleza que reforzaba su voz—. Soy un sirviente de la
justicia que juró proteger y defender la galaxia. Matarte no ser-
viría de nada, humano.
Una vez más, la palabra sonó como un insulto apenas velado.
Saren se dio la vuelta y se marchó, dirigiéndose hacia la silueta
apenas visible de un pequeño todoterreno que había en la
distancia.
—Adelante, escarba entre los escombros si eso te hace sentir
mejor —le gritó por encima del hombro—. Aquí no queda nada
que encontrar.
Anderson permaneció inmóvil hasta que Saren se montó en el
todoterreno y arrancó. Una vez que el vehículo desapareció de la
vista, se volvió y recogió la pistola del suelo. Casi había oscure-
cido; ahora no tenía ningún sentido buscar entre los escombros.
Y, de hecho, era de la misma opinión que el turiano: no quedaba
nada que encontrar en Dah’tan.
Moviéndose con cuidado por la creciente penumbra de la
noche, tardó varios minutos en llegar hasta su propio todoterreno.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Kahlee mientras él se subía—.
Me ha parecido verte hablar con alguien.
—Saren —le dijo—. Aquel espectro turiano.
—¿Qué hace aquí? —preguntó, alarmada por el recuerdo de su
último encuentro y la simple mención de su nombre.
—Está buscando pruebas —reconoció Anderson.
—¿Y qué te ha dicho? ¿Qué quería?
Por un instante, pensó en contarle una mentira; algo que pudi-
era relajar su mente. Pero ella también formaba parte de esto. Se
merecía la verdad. O, al menos, la mayor parte de ella.
—Creo que ha estado considerando seriamente la posibilidad
de matarme.
Kahlee dio un grito ahogado de terror.
213/324

—No estoy seguro —añadió de inmediato—. Quizá me equi-


voque. Los turianos son difíciles de entender.
—No me cuentes historias —replicó—. No dirías algo así si no
estuvieras seguro. Cuéntame qué ha ocurrido.
—Andaba en busca de información —dijo Anderson—. Ya
había averiguado que le estábamos mintiendo acerca de tu trabajo
en la base.
—Sí, Dah’tan no es conocido por fabricar implantes bióticos
—admitió Kahlee.
—No le he contado nada. Cuando se ha dado cuenta de que no
iba a ayudarle con la investigación ha aparecido esa mirada dura
en sus ojos. Ahí ha sido cuando he pensado que iba a matarme.
—Pero no lo ha hecho. —Sus palabras fueron mitad afirma-
ción, mitad pregunta.
—Se ha limitado a mirar detenidamente a su alrededor, como
si estuviera intentando ver si había alguien más allí cerca y
entonces se ha marchado.
—¡Quería saber si estabas solo! —exclamó, llegando a la
misma conclusión a la que él ya había llegado—. ¡No podía
matarte si había testigos!
Anderson asintió.
—Legalmente, un espectro tiene el derecho de hacer lo que
quiera. Pero el Consejo no aprueba los homicidios gratuitos. De
haberme asesinado, si alguien le hubiera denunciado, el Consejo
habría intervenido.
—¿Realmente crees que el Consejo tomaría medidas si él ases-
inara a un humano?
—La Humanidad tiene más relevancia política de lo que cu-
alquiera de esos alienígenas quiere admitir —explicó Anderson—.
Tenemos suficientes naves y hombres para hacer que todas las de-
más especies se lo piensen dos veces antes de molestarnos. El
Consejo necesita seguir contando con nuestra simpatía. Si
214/324

corriera la noticia de que los espectros están asesinando a ofi-


ciales de la Alianza sin justificación, tendrían que hacer algo.
—¿Y ahora qué?
—Volvemos a la ciudad. Tengo que enviarle un mensaje a la
embajadora Goyle con el siguiente paquete.
—¿Por qué? —preguntó Kahlee, bruscamente—. ¿Para qué?
—Una sombra de alarma en su voz le recordó que ella seguía
siendo una fugitiva de la Alianza.
—Saren sabe que la Humanidad ha llevado a cabo investiga-
ciones ilegales de IA. Va a denunciarlo al Consejo. Debo avisarla
para que esté preparada para las repercusiones políticas.
—Claro —respondió Kahlee, con una mezcla de alivio y ver-
güenza en su voz—. Lo siento. Pensé que…
—Estoy haciendo todo lo que puedo por ayudarte —le dijo,
procurando ocultar cuánto le habían dolido sus sospechas—. Pero
necesito que confíes en mí.
Ella extendió la mano, poniéndola sobre la de él.
—No estoy acostumbrada a que la gente cuide de mí —dijo a
modo de disculpa—. Mi madre estaba siempre trabajando y mi
padre… bueno, ya lo sabes. Cuidar de mí misma se convirtió en
una costumbre. Pero soy consciente de lo que estás arriesgando
por ayudarme. Tu carrera. Puede que tu vida. Te estoy agradecida.
Y sí que confío en ti… David.
Nadie le llamaba nunca David. Nadie más aparte de su madre
y su mujer. Exmujer, rectificó. Por un breve instante estuvo a
punto de contarle a Kahlee lo que Saren le había dicho acerca de
centrar su investigación en ella, pero, en el último momento, se
mordió la lengua.
Ya había aceptado que se sentía atraído hacia Kahlee. Pero no
debía olvidarse de lo mucho que había pasado ya. Era vulnerable;
estaba sola y asustada. Contarle lo de las amenazas de Saren no
haría sino exacerbar esos sentimientos. Y, aunque probablemente
215/324

eso haría que estuviera más dispuesta a adoptarle como protector


y les uniría aún más, Anderson no pensaba sacar provecho de una
situación así.
—Vamos —dijo, retirando con suavidad la mano que tenía bajo
la de ella y dando media vuelta con el todoterreno hacia el tenue
resplandor de la ciudad en la distancia.
QUINCE

Saren estaba al lado de una cama de hospital, mirando a la joven


batariana que luchaba por su vida… a pesar de que, en su actual
estado, resultaba difícil decir a qué especie pertenecía. Solo la de-
lataban los cuatro globos oculares, la única parte de su anatomía
que no estaba cubierta por los vendajes que la envolvían desde la
cabeza hasta donde sus piernas habían sido amputadas, justo por
encima de la rodilla. Decenas de tubos y cables iban de su cuerpo
hasta la cercana maquinaria que la mantenía con vida: controlaba
sus señales vitales, hacía circular fluidos esenciales, bombeaba un
flujo constante de drogas, antibióticos y medigel e incluso respira-
ba por ella.
Los batarianos estaban a la vanguardia de la ciencia médica, y
la calidad de los cuidados en sus instalaciones figuraba entre las
mejores del Espacio de la Ciudadela. En circunstancias normales,
ella estaría recibiendo atenciones del personal veinticuatro horas
al día, pero, aparte de ellos mismos, no había nadie más en la
habitación. Una vez le hubieron informado sobre su estado, Saren
echó fuera a los médicos y a las enfermeras, cerró la puerta tras
ellos.
217/324

—¡No puede hacerlo! —había protestado el médico respons-


able—. Está demasiado débil. ¡No saldrá de esta! —Pero al final, ni
él ni nadie del resto del personal tuvieron el valor o la voluntad de
desafiar una orden directa de un espectro.
Por lo general, los batarianos eran una especie resistente,
aunque incluso un krogan lo habría tenido difícil para sobrevivir
al trauma por el que esta paciente había pasado. Aunque la ausen-
cia de piernas era la lesión más evidente, Saren sabía que sus
quemaduras eran la peor parte. Bajo los vendajes, la piel casi
habría desaparecido, dejando al descubierto la carne quemada y
el tejido carbonizado que había debajo de esta. El biolaboratorio
del sótano estaba cultivando injertos de piel a partir de muestras
de su propio material genético, aunque pasaría al menos una sem-
ana antes de que estuvieran listos para comenzar la
reconstrucción.
La explosión también debió de hacer mella en los órganos in-
ternos; la presión de la onda expansiva hizo que tragara por la
garganta aire recalentado y humos tóxicos que los tuvieron que
dañar irremediablemente, la multitud de máquinas que pitaban
incesantemente, era lo único que la mantenía con vida, luchaban
por compensar los sistemas fallidos de su cuerpo mientras los ór-
ganos clonados crecían. Sin embargo, igual que con los injertos de
piel, pasarían muchos días antes de que estuvieran listos.
La infección endémica y el fallo cardíaco masivo provocados
por el choque traumático eran una constante amenaza mientras
siguiera conectada a las máquinas. E incluso si sobrevivía una se-
mana más, el estrés causado por las numerosas cirugías necesari-
as para reparar todo el daño podría ser más de lo que su cuerpo
destrozado podría soportar.
En ese momento descansaba plácidamente; los doctores le
habían provocado un coma ligero inducido por drogas para per-
mitir que toda su energía se concentrara en la curación. Si
218/324

respondía al tratamiento, en dos o tres días, mientras mejoraba su


estado, saldría espontáneamente del coma.
No obstante, el hecho de que estuvieran esperando para ver si
recobraba la conciencia antes de empezar a trabajar en los miem-
bros ortopédicos que debían reemplazar sus piernas le indicaba a
Saren todo lo que quería saber sobre el estado de la paciente. A
pesar de los milagros de la ciencia médica, la vida orgánica seguía
siendo frágil y delicada, y no era probable que esta mujer fuera a
sobrevivir.
Aunque Saren no necesitaba que sobreviviera. Era una testigo
de lo que había sucedido en Dah’tan; la única superviviente. La
habían identificado contrastando su material genético con un
banco de datos de los empleados: ella era una administrativa de
bajo nivel del departamento de contabilidad. Y Saren únicamente
quería hacerle una pregunta.
Cogió una jeringuilla que, muy a su pesar, el doctor había pre-
parado por orden suya y la clavó en una de las líneas intraveno-
sas. Era muy poco probable que esta mujer supiera algo sobre el
ataque a Dah’tan y aún menos que supiera algo de Sidón. Pero to-
dos los que estaban de servicio en la planta habían muerto y Saren
tenía la intuición de que su supervivencia había sido algo más que
pura suerte. Puede que la avisaran, o que supiera algo que nin-
guno de los demás sabía y que casi le permitió escapar indemne.
Aunque era una posibilidad muy remota, era una por la que es-
taba más que dispuesto a arriesgarse.
Una de las máquinas empezó a pitar ruidosamente en
respuesta al ritmo cardíaco que, mientras el espectro introducía
anfetaminas en su sistema, estaba acelerándose rápidamente. Su
cuerpo comenzó a temblar y entonces se estremeció para luego
quedar rígido y tieso al tiempo que la mujer acababa sentada,
completamente erguida. Los párpados se le abrieron de golpe, a
pesar de que los ojos habían quedado ciegos, cocidos por el fuego.
219/324

Intentó chillar pero el único sonido que su garganta y sus pul-


mones quemados pudieron emitir fue un áspero resuello.
Estando todavía derecha, su cuerpo comenzó a convulsion-
arse, haciendo que los tubos y la estructura metálica de la cama de
hospital traquetearan mientras ella daba sacudidas de un modo
descontrolado. Tras varios segundos, cayó de espaldas, exhausta y
consumida, intentando recobrar el aliento y sus ojos ciegos se cer-
raron de nuevo.
Saren se inclinó, acercándose a sus orejas quemadas y habló
en voz alta para que pudiera oírle.
—¿Jella? ¿Jella? ¡Mueve la cabeza si puedes oírme!
Al principio no pasó nada, entonces su cabeza se movió débil-
mente de un lado a otro.
—¡Necesito saber quién hizo esto! —gritó Saren, intentando
traspasar el velo del dolor y las drogas—. Solo quiero un nombre.
¿Me entiendes? ¡Solo dime el nombre!
Se estiró y le levantó el respirador para que pudiera hablar.
Sus labios se movieron, pero ningún sonido salió de ellos.
—¡Jella! —gritó de nuevo—. ¡Más alto, Jella! ¡No permitas que
ese cabrón se salga con la suya! ¿Quién te hizo esto?
Sus palabras fueron apenas más que un susurro, pero Saren
las oyó con claridad.
—Edan. Edan Had’dah.
Satisfecho, volvió a colocar el respirador en su sitio y extrajo
una segunda inyección del bolsillo. Esta la devolvería al coma,
dándole al menos una remota oportunidad de sobrevivir.
Antes de administrársela, dudó. Como espectro, estaba famili-
arizado con la reputación del hombre al que ella había identific-
ado. Edan era un despiadado hombre de negocios que actuaba a
ambos lados de la ley batariana y que siempre había tenido cuid-
ado de no involucrarse en algo que pudiera atraer la atención del
220/324

Consejo o de sus agentes. Nunca antes había mostrado el menor


interés por la investigación en inteligencia artificial.
El sonido de la tos y las arcadas de Jella interrumpieron por
un momento el hilo de pensamiento de Saren. Unas manchas os-
curas salpicaron el interior del respirador; sangre y pus expulsa-
das por los pulmones cada vez que se atragantaba al respirar.
Comprendió que el asalto a Sidón iba más allá del terrorismo
batariano o del terrorismo antihumano. Edan no mezclaba la
política con los negocios. Y no tenía que ver solo con el dinero:
tenía muchas otras maneras de obtener beneficios sin correr el
riesgo de que intervinieran los espectros. Era algo que quería in-
vestigar con mayor profundidad.
El cuerpo de Jella comenzó a convulsionarse; el pitido de las
máquinas se transformó en un único zumbido agudo cuando sus
estadísticas comenzaron a caer por debajo del nivel crítico. Saren
se quedó inmóvil, observando cómo sus números caían en picado
mientras pensaba en su próxima estrategia.
Cerca de la ciudad de Ujon, la capital de Camala, Edan había
construido una magnífica mansión. Saren dudaba que pudiera en-
contrarle allí ahora. Era un hombre cauto y cuidadoso. Aunque
estuviera seguro de que nadie conocía su conexión con Sidón, en
el momento de enterarse de que alguien había sobrevivido, se hu-
biera escondido, solo para estar a salvo. A estas alturas, podía es-
tar en cualquier parte.
No, rectificó Saren, ignorando el frenético pitido de las máqui-
nas y los violentos espasmos que continuaban sacudiendo el
cuerpo de Jella. Edan no se hubiera arriesgado a pasar por el
control de seguridad del puerto. No si existía la más remota pos-
ibilidad de que alguien ya estuviera al tanto de su participación.
Lo que significaba que, probablemente, seguía escondido en algún
lugar de Camala.
221/324

Sin embargo, existían muchos lugares en los que Edan podía


esconderse en este mundo. Controlaba varias empresas mineras y
de refinería; enormes plantas dispersas a lo largo y ancho de la
superficie del planeta. Con toda probabilidad estaría escondido en
una de ellas. El problema era averiguar en cuál. Había, literal-
mente, cientos de instalaciones así en Camala. Llevaría meses re-
gistrarlas todas como es debido. Y Saren sospechaba que no
disponía de tanto tiempo.
Jella seguía convulsionándose incontroladamente, atrapada en
el trance de la desesperada lucha por sobrevivir de su cuerpo
destrozado. Pero ahora estaba cada vez más débil; su fuerza iba
menguando. Saren jugueteaba distraídamente con la hipodérmica
que podría salvarle la vida entre sus dedos, reflexionando aún
sobre el problema de Edan mientras esperaba a que ella expirase.
Era obvio que los humanos no sabían quién estaba tras los
ataques, así que Saren no veía ninguna razón para compartir esta
última información con el Consejo. Al menos no todavía. Les hab-
laría acerca de la investigación ilegal en IA de Sidón, claro.
Causaría graves problemas a la Alianza y distraería la atención le-
jos de su propia investigación, aún sin resolver, sobre la participa-
ción de Edan. Pero hasta que no supiera exactamente por qué el
batariano consideraba la recompensa de esta misión merecedora
del extraordinario riesgo, mantendría su nombre fuera de los in-
formes. Ahora, todo lo que debía hacer era averiguar cómo
encontrarle.
Dos minutos después, Jella se quedó al fin quieta. El turiano
examinó su cuerpo en busca de señales de vida, y confirmó lo que
los monitores ya le habían indicado: estaba muerta. Solo ahora
cogió la jeringa y la inyectó en el catéter, sabiendo que era de-
masiado tarde para que tuviera algún efecto. Entonces colocó a
plena vista la inyección vacía sobre una pequeña mesa junto a la
cama.
222/324

Caminó lentamente hacia la puerta, la desbloqueó y giró el


pomo. Afuera le esperaba el doctor a cargo de Jella, que caminaba
ansioso por el corredor. Se volvió para mirar hacia el turiano
mientras este salía de la habitación.
—Oímos las máquinas… —la voz del doctor fue apagándose.
—Tenía razón —dijo Saren, sin que su voz mostrara un atisbo
de emoción—. Jella estaba demasiado débil. No lo logró.

La embajadora Goyle caminaba con determinación a través de los


ondulantes campos verdes del Presidium hacia la torre de la Ci-
udadela que se alzaba en la distancia; sus zancadas, concisas y en-
érgicas, parecían contradecir la afable serenidad de su entorno. La
belleza tranquila de la luz del sol sintético que se reflejaba en el
lago central no consiguió calmar su estado de ánimo. Recibió el
aviso de Anderson menos de una hora antes de que la convocaran
para comparecer ante el Consejo. El momento escogido no podía
ser una coincidencia; sabían de la investigación en IA. Y eso signi-
ficaba que habría graves consecuencias.
Mientras caminaba, repasó mentalmente los distintos escen-
arios posibles, planeando lo que diría cuando estuviera frente al
Consejo. Alegar falta de conocimiento no era una opción: Sidón
era una base de la Alianza oficialmente reconocida. Incluso si se
creían sus falsas afirmaciones de que no sabía nada sobre la in-
vestigación, no había manera de separar los actos ilegales de la
base de la Humanidad en su conjunto. Solo haría que ella pare-
ciese un títere sin ningún poder real.
Mostrarse arrepentida y compungida era otra táctica posible,
pero dudaba de que tuviera ninguna influencia en la severidad de
los castigos que el Consejo impondría a la Humanidad y a la Ali-
anza. E, igual que si aparentaba ignorancia, sería interpretado
como un signo de debilidad.
223/324

Cuando llegó a la base de la torre, sabía que solo quedaba una


opción: tenía que entrar atacando.

A izquierda, a cierta distancia, había una estatua a escala de un


relé de masa; una réplica de seis metros de altura del más import-
ante logro tecnológico de los proteanos que daba la bienvenida a
los visitantes que se acercaban al corazón de la estación espacial
más suntuosa de la galaxia.
Caminó hasta los guardas que estaban junto a la única entrada
de la torre y entonces esperó impaciente a que confirmaran su
identidad. Le agradó observar que uno de ellos era humano. El
número de humanos empleados en puestos clave a lo largo de la
Ciudadela parecía crecer cada día; una prueba más de lo valiosa
que su especie se había vuelto para la comunidad galáctica en tan
solo unos pocos años. Esto fortaleció su determinación, mientras
entraba en el ascensor que la proyectaría por el exterior de la
torre hasta la Cámara del Consejo.
El ascensor era transparente; al salir disparada hacia las altur-
as pudo ver cómo la totalidad del Presidium se extendía bajo sus
pies. A medida que ascendía, pudo ver más allá de los límites del
anillo central de la Ciudadela. En la distancia, las titilantes luces
de los distritos se extendían hasta perderse de vista a lo largo de
los cinco brazos de la Ciudadela.
Aunque el panorama era espectacular, la embajadora hizo lo
posible por ignorarlo. No era casual que la grandeza de la Ci-
udadela se exhibiera allí en todo su esplendor. Aunque no tuvier-
an ningún poder oficial, los tres individuos que componían el
Consejo eran, a todos los efectos, los dirigentes de la galaxia. La
perspectiva de encontrarse con ellos cara a cara era una experien-
cia de humildad, incluso para alguien con tanta habilidad política
como la principal embajadora de la Alianza. Y sabía lo suficiente
224/324

para comprender que el largo trayecto en el ascensor hacia la


cima de la torre había sido cuidadosamente urdido para hacer que
las visitas se sintieran abrumadas y sobrecogidas mucho antes de
que llegaran a encontrarse con los miembros del Consejo.
En menos de un minuto estaba en la cima, con el estómago
algo revuelto por la desaceleración del ascensor mientras reducía
la marcha y se paraba. O puede que fueran los nervios. Se abri-
eron las puertas y salió a un gran vestíbulo que hacía de antesala a
la Cámara del Consejo.
Al final del vestíbulo había una amplia escalera que conducía
hacia arriba, con anchos pasillos que se bifurcaban a ambos lados
de su pie. Seis guardias de honor —dos turianos dos salarianos y
dos asari, un par de cada especie representada en el Consejo— se
cuadraban a lo largo de cada pared. Pasó a su lado sin reparar en
su presencia; más allá de la pompa y la solemnidad, no servían
para nada.
Subió las escaleras de peldaño en peldaño. A medida que as-
cendía, las paredes comenzaron a desaparecer, dejando ver el
esplendor de la Cámara del Consejo. Se parecía a los anfiteatros
romanos de la antigua Tierra, un extenso óvalo con asientos para
un millar de espectadores alineados a cada lado. Esculpidas en el
suelo a ambos extremos, había unas tribunas alzadas labradas del
mismo material casi impenetrable del que estaba construida el
resto de la estación. Las escaleras que estaba subiendo en ese pre-
ciso instante la llevarían hacia la cima de una de esas tribunas: el
estrado del demandante. Desde aquí, miraría a través de la vasta
cámara hacia la tribuna opuesta donde el Consejo estaría sentado
para oír el caso.
Mientras la embajadora salía al estrado del demandante y se
aproximaba al podio, se sintió aliviada al ver que ninguno de los
asientos de los espectadores estaba ocupado. Aunque la decisión
se haría pública, era obvio que el Consejo quería mantener la
225/324

naturaleza exacta de esta reunión con la Alianza en secreto. Eso


fortaleció su determinación aún más: una parte de ella había
temido que esto no fuera sino un espectáculo abierto al público.
Al otro extremo, los miembros del Consejo ya estaban senta-
dos. La consejera asari estaba en el centro, justo en frente de la
embajadora Goyle. A su izquierda, la derecha de Goyle, estaba el
consejero turiano. A la derecha de la asari estaba el representante
salariano. Sobre cada uno de ellos había una proyección holo-
gráfica de cinco metros de altura que permitía a los demandantes
ver las reacciones de cada miembro del Consejo a pesar de la dis-
tancia entre los dos estrados.
—Aquí no hay ninguna necesidad de fingir —dijo el turiano,
comenzando sorprendentemente el proceso con muy poca formal-
idad—. Hemos sido informados por uno de nuestros agentes, un
espectro, que la Humanidad estaba llevando a cabo investiga-
ciones ilegales en IA en uno de sus complejos del Confín
Skylliano.
—Ese complejo ha sido destruido —les recordó la embajadora,
intentando aprovecharse de su compasión—. Se han perdido de-
cenas de vidas humanas en un ataque gratuito.
—Ese no es el propósito de esta audiencia —advirtió la asari,
con voz fría a pesar de las subyacentes cualidades líricas comunes
al habla de sus gentes—. Solo estamos aquí para hablar de Sidón.
—Embajadora —intervino el salariano—. Sin duda debe de
comprender los peligros que la inteligencia artificial representa
para la galaxia en conjunto.
—La Alianza tomó toda precaución imaginable con la invest-
igación de Sidón —contestó Goyle, rehusando disculparse por lo
que había ocurrido.
—No tenemos otro modo de saberlo más que su palabra —con-
testó bruscamente el turiano—. Y ya han dado pruebas de lo poco
fiable que puede ser su especie.
226/324

—Esto no tiene por qué ser un ataque a su especie —dijo rápi-


damente la asari, procurando suavizar las observaciones del
turiano—. La Humanidad es una recién llegada a la comunidad
galáctica y hemos hecho todo lo que hemos podido para acoger a
su especie.
—¿Igual que cuando los turianos conquistaron Shanxi, dur-
ante la Primera Guerra de Contacto?
—En aquel conflicto, el Consejo intervino en favor de la Hu-
manidad —le recordó el salariano—. Los turianos estaban intensi-
ficando su respuesta; reuniendo a su flota. De no ser por nuestra
intercesión se hubieran perdido millones de vidas humanas.
—Entonces apoyé sin fisuras las acciones de la Alianza —el
turiano hizo una importante observación—. A diferencia de algun-
os de mi especie, no guardo rencor hacia la Humanidad ni hacia la
Alianza. Aunque tampoco creo que debiera dárseles un trato
preferente.
—Cuando invitamos a la Humanidad a formar parte del espa-
cio de la Ciudadela —dijo la asari, retomando el hilo de pensami-
ento del turiano sin perder el ritmo—, esta se comprometió a
acatar las leyes y convenciones de este Consejo.
—Solo quieren dar ejemplo con nosotros porque estamos ex-
pulsando del Confín a los batarianos —acusó Goyle—. Sé que su
embajada ha amenazado con separarse de la Ciudadela si esta no
hace algo.
—Hemos escuchado su caso —reconoció el salariano—. Pero
no hemos tomado ninguna medida. El Confín es un territorio no
reclamado y es política del Consejo no intervenir en disputas re-
gionales a menos que estas tengan un impacto generalizado en to-
do el espacio de la Ciudadela. Buscamos preservar la autonomía
de cada especie en todos los aspectos excepto en aquellos que
amenazan a la galaxia en su conjunto.
227/324

—Como su investigación en inteligencia artificial —añadió el


turiano.
Exasperada, la embajadora agitó la cabeza.
—No pueden ser tan ingenuos como para creer que la especie
humana es la única que está realizando investigaciones en IA.
—No es ingenuidad, sino más bien sabiduría lo que nos lleva a
creerlo —replicó la asari.
—Vuestra gente no estuvo aquí para ver la caída de los quari-
anos a manos de los geth —le recordó el salariano—. Nunca
quedaron mejor ilustrados los peligros de crear vida sintética in-
teligente. Sencillamente, la Humanidad no comprende la di-
mensión de los riesgos.
—¿Riesgos? —Goyle se esforzó para evitar gritar mientras con-
tinuaba su ataque—. ¡El único riesgo es no afrontar la realidad y
desear que todo esto desaparezca! Los geth siguen ahí afuera. La
vida sintética es una realidad. La creación de una auténtica IA
—puede que una raza entera de ellas— es inevitable. Puede que
incluso ya estén ahí afuera, en algún lugar, esperando a ser descu-
biertos. Si no estudiamos la vida sintética en un entorno contro-
lado, ¿cómo podremos nunca esperar hacerle frente?
—Comprendemos que hay riesgos inherentes a la creación de
vida sintética —observó la asari—. Pero no asumimos de manera
automática que no vayamos a tener otra opción que entrar en
conflicto con ellos. Eso es una concepción de la Humanidad.
—Otras especies abrazan la filosofía subyacente de la mutua
coexistencia —explicó el salariano, como si estuviera sermoneán-
dola—. Vemos fortaleza en la unidad y la cooperación. No ob-
stante, los humanos parecen seguir creyendo que la competencia
es la llave de la prosperidad. Como especie, ustedes son hostiles y
agresivos.
—Todas las especies compiten por el poder —respondió de
golpe la embajadora—. ¡La única razón por la que ustedes tres
228/324

pueden estar sentados aquí y dictar sentencia sobre el resto de la


galaxia es porque el Consejo controla la flota del Consejo!
—Las especies del Consejo asignan recursos ilimitados a
nuestros esfuerzos para garantizar la extensión de la paz galáctica
—declaró, con enfado, el turiano—. ¡Ponen a nuestra disposición
dinero, naves e incluso millones de nuestros propios ciudadanos
de forma voluntaria al servicio del máximo bienestar!
—A menudo, las decisiones del Consejo van en contra de
nuestras propias especies —le recordó el salariano—. Y lo sabe por
propia experiencia: los turianos fueron obligados a indemnizar
cuantiosamente a la Alianza tras su Primera Guerra de Contacto,
a pesar de que se podía haber argüido que el conflicto era culpa
tanto de los humanos como de ellos.
—La conexión entre la filosofía teórica y la práctica es delicada
—admitió la asari—. No negamos que los individuos en sí mismos
y las culturas o especies en su conjunto busquen expandir su ter-
ritorio e influencia. Pero creemos que esto se cumple mejor com-
prendiendo que debe haber reciprocidad: lo que ustedes los hu-
manos llaman «toma y daca». Esto hace que deseemos sacrifi-
carnos por el bien de los otros —concluyó—. ¿Podría de verdad
decir lo mismo acerca de la especie humana?
La embajadora no respondió. Como representante principal de
la Alianza en la Ciudadela, había estudiado la política interestelar
en gran profundidad. Estaba estrechamente familiarizada con
cada regla que el Consejo había decretado durante los últimos dos
siglos. Y, a pesar de que existía una parcialidad muy sutil hacia
sus propias gentes en la pauta general de sus decisiones, todo lo
que acababan de decir era esencialmente cierto. Las asari, los
salarianos e incluso los turianos poseían una bien merecida
reputación por su entrega y altruismo a escala galáctica.
Este delicado equilibrio que el resto de las razas mantenía
entre el propio interés y el bienestar colectivo de cada especie que
229/324

juraba lealtad a la Alianza era una de las cosas que todavía le cost-
aba aceptar. La integración y la fusión de nuevas culturas aliení-
genas en la comunidad interestelar se producían con demasiada
facilidad; parecía antinatural. Ella tenía la teoría de que todo ello
estaba de algún modo relacionado con la tecnología proteana sub-
yacente que era común a cada especie que viajaba por el espacio.
Les daba un punto de semejanza, algo en qué basarse. Pero
entonces, ¿por qué la Humanidad no se había adaptado tan fácil-
mente como el resto?
—No hemos venido aquí para discutir sobre política —dijo al
fin la embajadora, sorteando la pregunta de la consejera asari. De
repente se sintió cansada—. ¿Qué han pensado hacer respecto a
Sidón? —No tenía ningún sentido prolongar aquella situación; de
todos modos, no había nada que ella pudiera hacer para hacerles
cambiar de opinión.
—Deberá haber sanciones contra la Humanidad y la Alianza
—le informó el turiano—. Esto es un crimen grave; la pena debe
reflejarlo.
Puede que esto sea parte del proceso de asimilación de la Hu-
manidad a la comunidad interestelar —pensó Goyle con cansan-
cio—. Una evolución gradual e inevitable que llevará a la Ali-
anza a alinearse con el resto de las especies que responden ante
el Consejo.
—Como parte de estas sanciones, el Consejo nombrará a varios
representantes que controlarán los actos de la Alianza a lo largo
del Confín —prosiguió el salariano, entrando en detalles sobre el
castigo a la Humanidad.
Quizá seamos esencialmente distintos al resto de las especies,
pensó Goyle, escuchando solo a medias al juicio que se estaba
transmitiendo. Quizá no encajemos porque hay algo en nosotros
que no funciona. Había otras especies, pocas, como los krogan,
que eran esencialmente hostiles y belicosas. Al final, los krogan
230/324

habían sufrido por ello, provocando la ira del resto de la galaxia,


que diezmó sus efectivos e hizo de ellos un pueblo disperso y en
vías de extinción. ¿Iba a ser este también el destino de la
Humanidad?
—Dichos representantes señalados por el Consejo realizarán
inspecciones regulares en todas las colonias e instalaciones de la
Alianza, incluida la Tierra, para asegurarse de que la Humanidad
cumple con las leyes y reglamentos de la Ciudadela.
Quizá seamos antagonistas.
La raza humana era, sin lugar a dudas, agresiva, además de
enérgica, resuelta e implacable. ¿Pero eran estos en realidad de-
fectos? La Alianza se había extendido más lejos y con mayor rap-
idez que ninguna otra especie antes que ellos. Según sus es-
timaciones, la Alianza tendría el poder para competir contra las
razas del Consejo en veinte o treinta años. De repente, todo tenía
sentido.
¡Tienen miedo de nosotros! La fatiga y el cansancio que unos
instantes antes habían abrumado a la embajadora Goyle desa-
parecieron, barridos por esa única y asombrosa revelación. ¡Real-
mente tienen miedo de nosotros!
—¡No! —dijo Goyle bruscamente, interrumpiendo al salariano
mientras pronunciaba con monotonía su lista de exigencias.
—¿No? —respondió con perplejidad—. ¿No qué?
—No acepto estas condiciones. —Había estado a punto de
cometer un terrible error. Había dejado que los alienígenas la ma-
nipularan y distorsionaran sus pensamientos hasta dudar de sí
misma y de su gente. Pero no iba postrarse ante ellos. No iba a
pedir disculpas porque la Humanidad actuara de forma humana.
—Esto no es una negociación —le advirtió el turiano.
—Ahí es donde se equivoca —dijo, con una feroz sonrisa. La
Humanidad la había elegido como su representante, su campe-
ona. Era su deber defender los derechos de cada hombre, mujer y
231/324

niño de la Tierra y a lo largo del espacio de la Alianza. ¡Ahora la


necesitaban y pensaba luchar por ellos!
—Embajadora, quizá no alcanza a comprender la gravedad de
la situación —insinuó la asari.
—Son ustedes los que no entienden —fue la severa contesta-
ción de Goyle—. Estas sanciones que sugieren paralizarán la Hu-
manidad. La Alianza no permitirá que esto suceda. Yo no per-
mitiré que esto suceda.
—¿Realmente cree que pueden desafiar al Consejo? —pregun-
tó el turiano con incredulidad—. ¿De verdad cree que su gente
podría vencer en una guerra contra nuestras fuerzas combinadas?
—No —reconoció Goyle abiertamente—. Pero no nos
vendríamos abajo fácilmente. Y no creo que quieran ir a la guerra
por algo como esto. Se perderían demasiadas vidas y naves en un
conflicto que todos queremos evitar, por no mencionar el impacto
que tendría sobre el resto de las especies. Somos la fuerza domin-
ante en el Confín Skylliano y en la travesía de Attica. La expansión
de la Alianza mueve la economía de estas regiones; las naves y los
soldados de la Alianza ayudan a mantener el orden ahí afuera.
Por las expresiones de sus respectivas proyecciones holo-
gráficas, la embajadora pudo comprobar que había tocado un
punto débil. Ansiosa por insistir en su argumento, continuó hab-
lando antes de que ningún miembro del Consejo pudiera
responder.
—La Humanidad es el principal socio comercial de media do-
cena de otras especies del espacio de la Ciudadela, incluida cada
una de las suyas. Representamos el quince por ciento de la pobla-
ción de la Ciudadela y hay miles de humanos trabajando en el
Seg-C y en el Control de la Ciudadela. ¡Hace menos de una década
que formamos parte de la comunidad galáctica y ya somos una
parte muy importante de ella —demasiado esencial— como para
que nos expulsen de ella sin más!
232/324

Siguió con su diatriba, sin dejar de hablar incluso cuando, con


bastante necesidad, cogía aire; una técnica que había aprendido
temprano en su carrera política.
—Reconoceré que hemos cometido un error y que debería
haber algún tipo de sanción. Pero los humanos tomamos riesgos.
Ampliamos las fronteras. Así es como somos. ¡A veces nos pasam-
os de la raya, pero eso no les da el derecho de hacernos callar
como si fueran unos padres demasiado estrictos! La especie hu-
mana tiene mucho que aprender sobre el trato con otras especies.
Pero ustedes tienen otro tanto que aprender sobre el modo de
tratar con nosotros. ¡Y será mejor que aprendan pronto, porque
los humanos estamos aquí para quedarnos!
Cuando la embajadora se detuvo al fin, un silencio atónito
cayó sobre la Cámara del Consejo. Los tres representantes del
gobierno más poderoso de la galaxia se miraron entre sí y descon-
ectaron los micrófonos y los proyectores holográficos para
mantener una pequeña conferencia privada. Desde el otro ex-
tremo de la habitación era imposible que Goyle pudiera leer sus
expresiones ni oír lo que estaban diciendo, aunque resultaba evid-
ente que estaban teniendo una discusión muy acalorada.
La reunión duró varios minutos antes de que llegaran a algún
tipo de acuerdo y conectaran de nuevo los micrófonos y los
proyectores holográficos.
—¿Embajadora, qué clase de castigos sugiere? —preguntó la
consejera asari.
Goyle no estaba segura de si la pregunta era sincera o de si es-
taban intentando atraerla hacia alguna clase de trampa. Si sugería
un castigo demasiado leve, podrían ignorarla y forzar a la Human-
idad a aceptar las condiciones iniciales. Al diablo con las
consecuencias.
—Sanciones monetarias, por supuesto —comenzó, intentando
determinar lo mínimo que considerarían aceptable. Aunque no
233/324

pensaba admitirlo, Goyle sabía que también era importante


disuadir a otras especies de investigar ilegalmente en IA—. Acept-
aremos sanciones, pero estas deben ser específicas: limitadas en
alcance, región y duración. Nos opondremos a cualquier decisión
unilateral solo por principios. Nuestro avance como sociedad no
puede permitir verse obstaculizado por restricciones autoritarias.
Mañana mismo puedo tener preparado a un equipo de nego-
ciadores para trabajar en los detalles de una decisión que todos
podamos sobrellevar.
—¿Y qué hay del nombramiento de inspectores para supervis-
ar las operaciones de la Alianza? —preguntó el salariano.
Había sonado como una pregunta o una petición en lugar de
una orden. Ahí fue cuando Goyle supo que estaban en sus manos.
No estaban preparados para ponerse tercos sobre este punto y
quedó claro que ella sí que lo estaba.
—Eso no va a suceder. Como muchas especies, los humanos
somos un pueblo soberano. No toleraremos a investigadores ex-
tranjeros vigilando a hurtadillas todo lo que hacemos.
La embajadora sabía, en cambio, que probablemente aument-
aría el número de operativos de inteligencia supervisando las act-
ividades humanas, aunque no había nada que pudiera hacer al re-
specto. Todas las especies espiaban a todas las demás; formaba
parte de la naturaleza del gobierno y era una pieza esencial de la
maquinaria política. Y todo el mundo sabía que el Consejo jugaba
al juego del espionaje y a la recogida de información igual que el
resto. Pero tener que incrementar las actividades de contrainteli-
gencia de la Alianza era mucho mejor que conceder acceso sin re-
stricciones a un equipo de observadores oficialmente designados
por la Ciudadela.
Hubo otra larga pausa, aunque esta vez el Consejo no se mo-
lestó en dialogar. Al final, fue la asari quien rompió el silencio.
234/324

—Entonces, por ahora, así procederemos. Mañana se reunirán


negociadores de ambas partes. Se suspende la reunión del
Consejo.
Goyle asintió tímidamente con la cabeza, cuidándose de
mantener la expresión de su rostro neutra. Había obtenido una
importante victoria. No había ningún beneficio en regocijarse en
ello, pero mientras bajaba por las escaleras de la tribuna de los
demandantes y se dirigía al ascensor que la llevaría de vuelta al
Presidium, una sonrisa maliciosa y de autosuficiencia se dibujó en
sus labios.
DIECISÉIS

Mientras informaba sobre los detalles de la última noticia princip-


al, la voz de la mujer del vídeo-noticiario no vaciló ni cambió de
tono.
—Además de la multa, la Alianza ha consentido en aceptar vol-
untariamente numerosas sanciones comerciales como castigo por
haber violado las convenciones de la Ciudadela. La mayor parte
de estas sanciones afectarán a los ámbitos de las manufacturas de
núcleos de propulsión y de producción del elemento cero. Un eco-
nomista ha advertido de que los precios en la Tierra podrían subir
hasta un veinte por ciento durante los próximos…
Anderson apagó el vídeo con el mando a distancia.
—Creí que sería peor —dijo Kahlee.
—Goyle es una negociadora dura —explicó Anderson—.
Aunque sigo pensando que hemos tenido suerte.
Ambos estaban sentados al borde de una cama en una hab-
itación de hotel en Hatre. De hecho, era Anderson quien había re-
servado la habitación a cuenta de la Alianza como parte de la in-
vestigación. No obstante, compartir una habitación individual no
era más que una necesidad derivada de su situación: seguía sin
236/324

haber mencionado a Kahlee a nadie del cuartel general de la Ali-


anza y, de haber pedido otra suite o incluso una habitación doble,
hubiera levantado sospechas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Kahlee—. ¿Cuál será nuestro
siguiente paso?
Anderson se encogió de hombros.
—La verdad es que no lo sé. Oficialmente esto se ha convertido
en un asunto de espectros, aunque siguen quedando demasiados
cabos sueltos para que la Alianza abandone.
—¿Cabos sueltos?
—Tú, por ejemplo. Seguimos sin tener una verdadera prueba
que demuestre que no eres una traidora. Necesitamos algo que
limpie tu nombre. Y seguimos sin saber quién es el verdadero
traidor o dónde se han llevado al Dr. Qian.
—¿Llevarse al Dr. Qian? ¿Qué quieres decir?
—La embajadora está convencida de que Qian sigue con vida y
de que le mantienen preso en algún lugar —explicó Anderson—.
Cree que él es el auténtico motivo por el que atacaron la base.
Según ella, alguien necesitaba de sus conocimientos y habilidades,
y estaban dispuestos a matar para hacerse con ellos.
—Eso es una locura —insistió Kahlee—. ¿Y qué pasa con la
tecnología alienígena que encontró? ¡Ese es el verdadero motivo
del ataque!
—Nadie está al tanto de eso todavía —le recordó el teniente—.
Solo nosotros dos.
—Imaginé que se lo harías saber —dijo, dejando caer la
mirada.
—Yo no haría algo así sin contártelo antes —le aseguro Ander-
son—. Si les proporcionara esa clase de información, querrían
saber de dónde la obtuve. Tendría que hablarles de ti. No creo que
queramos hacer eso todavía.
—Estás cuidándome de verdad —susurró ella.
237/324

Hubo algo extraño en su reacción subyugada, como si se sinti-


era avergonzada o abochornada.
—¿Kahlee? ¿Qué sucede?
La joven se levantó de la cama y caminó hacia el otro extremo
de la habitación. Se detuvo, respiró profundamente y entonces se
volvió para darle la cara.
—Tengo que explicarte una cosa —dijo en un tono sombrío—.
He estado pensando mucho en ello. Desde que me hablaste de tu
encuentro con Saren, allá en Dah’tan.
Anderson permaneció en silencio pero movió la cabeza para
indicarle que continuara.
—Cuando te vi por primera vez en casa de mi padre, no me in-
spiraste confianza. Incluso después de que te pelearas con aquel
krogan no pude estar segura de si lo hacías para conseguir que te
explicara lo que sabía sobre Sidón.
Anderson estuvo a punto de abrir la boca para decirle que
podía confiar en él, pero cambió de opinión. Mejor dejar que fuera
ella quien terminara la historia.
—Y entonces fuimos a Dah’tan y te encontraste con Saren y…
Sé lo que ocurrió allí, David. Incluso lo que no me contaste.
—¿De qué estás hablando? —protestó—. Te conté todo lo
ocurrido.
Ella agitó la cabeza.
—No todo. Dijiste que Saren pensó en matarte y que entonces
cambió de idea solo porque tuvo miedo de que hubiera testigos.
¿Pero nunca te molestaste en contarle que habías venido con al-
guien más, no?
—No tuve por qué hacerlo. Él mismo se lo imaginó.
—¡Pero si no se lo hubiera imaginado, te habría matado! Pus-
iste tu propia vida en peligro en lugar de contarle al espectro que
yo estaba por allí.
238/324

—Estás viendo más de lo que hay en esto —respondió Ander-


son, poniéndose incómodo—. No pensé en decir nada hasta que se
marchó.
—Teniente, es usted un pésimo mentiroso —dijo con una débil
sonrisa—. Probablemente porque es buena persona.
—Y tú también —le aseguró.
—No —respondió negando con la cabeza—. En realidad no. No
soy una buena persona, razón por la que debo de ser tan buena
mentirosa.
—¿Has estado mintiéndome? —podía oír en su mente la ad-
vertencia que Saren le hizo durante su enfrentamiento fuera de
las ruinas de Dah’tan. Te está mintiendo. Sabe mucho más sobre
el tema de lo que te ha contado.
—Sé quién es el traidor de Sidón. Tengo pruebas. Y sé cómo
podemos averiguar con quién trabaja.
Anderson se sintió como si alguien le abofeteara. No sabía qué
le dolía más: si el hecho de que Kahlee le hubiera engañado o el
hecho de que Saren se hubiera percatado de ello mucho antes de
que él lo sospechara siquiera.
—Por favor —dijo, leyendo su expresión de dolor—. Tienes que
comprenderlo.
—Sí, ya lo comprendo —respondió con suavidad—. Solo es-
tabas siendo inteligente.
Cuidadosa. Y yo fui demasiado ciego y estúpido para ver lo
que estaba sucediendo.
El divorcio debió de perjudicarle más de lo que creía. Había
estado tan solo y tan desesperado que se había imaginado que
había una relación especial entre él y Sanders, cuando lo único
que en verdad tenían en común era una conexión con un ataque a
una base de la Alianza. Sacrificarlo todo por ser mejor soldado le
había costado el matrimonio. Ahora que su divorcio había
239/324

concluido, había dejado que sus sentimientos personales interfiri-


eran en una misión militar. Cynthia se hubiera reído por la ironía.
—Iba a decírtelo —insistió Kahlee—. La primera noche, des-
pués de que nos salvaras del krogan. Grissom me advirtió que no
lo hiciera.
—Pero a él sí que se lo dijiste.
—¡Es mi padre!
Un hombre a quien apenas conoces, pensó Anderson, aunque
no dijo nada en voz alta. Lógicamente, comprendía por qué lo
había hecho, aunque eso no hizo que se sintiera menos herido. Le
había utilizado. Había estado jugando con él durante toda la in-
vestigación, dándole fragmentos de información para mantenerle
distraído y que no se diera cuenta de la verdad: desde el principio,
ella había tenido las respuestas que él estaba buscando.
Anderson respiró larga y pausadamente y dominó sus emo-
ciones. No tenía ningún sentido pensar demasiado en ello. Se
había acabado. Punto y final. Pensar en cómo Kahlee le había ma-
nipulado no les acercaría más al final de la misión; ni contribuiría
a vengar a los que perdieron la vida en Sidón.
—¿Entonces qué, quién es el traidor? —preguntó, con una voz
cuidadosamente neutra.
—El Dr. Qian. ¿Acaso no es obvio?
Anderson no se lo podía creer.
—¿Estás diciéndome que uno de los científicos más respetados
e influyentes de la Alianza traicionó y ayudó a asesinar a su propio
equipo, que él había escogido con tanto cuidado? ¿Por qué?
—¡Ya te lo dije! Temía que suspendieran el proyecto. Debía de
saber que iba a denunciarle. ¡El único modo en que podía seguir
estudiando la tecnología alienígena que descubrió era destruir
Sidón y hacerme cargar con la culpa!
240/324

—¿Realmente crees que estaría dispuesto a matar por eso?


—preguntó Anderson, aún escéptico—. ¿Por encima de la
investigación?
—Ya te dije que estaba obsesionado, ¿recuerdas? Aquello tenía
alguna influencia sobre él, le cambió. No… No está en sus cabales.
Se acercó hasta él y se dejó caer sobre una rodilla, alargando
las manos para agarrar las suyas.
—Sé que te resulta difícil creerme después de todo lo que te he
ocultado. Pero Qian era inestable. Ese es el motivo por el que de-
cidí denunciarle —explicó—. Sabía que estaba asumiendo un
riesgo —continuó—, pero no me di cuenta de lo grave que era la
situación hasta que oí que la base había sido destruida. Fue en ese
momento cuando vi lo peligroso que se había vuelto el Dr. Qian y
lo lejos que había llegado. ¡Estaba aterrorizada!
Sus acciones eran completamente justificables, pero Anderson
no quería oírlas. Ahora no. Se puso en pie, soltó su mano de entre
las de ella y se alejó hacia el otro lado de la habitación. Quería
creerla pero la situación parecía muy poco convincente. ¿Podía un
respetado hombre de ciencia y cultura convertirse de repente en
la clase de monstruo que asesinaría a sus amigos y colaboradores
por un pedazo de tecnología alienígena?
—¿Dijiste que tenías una prueba? —preguntó, volviéndose
para darle la cara.
Ella sacó un pequeño DOA y lo sostuvo en alto.
—Hice copias de seguridad de sus archivos personales. Por si
necesitaba algo con lo que negociar. —Le lanzó el disco; él,
temiendo dañarlo, lo cogió con cuidado—. Entrégaselo a la Ali-
anza. Probará que digo la verdad.
—¿Por qué no me lo diste antes?
—No sabía si Qian estaba actuando en solitario. Tiene tanto
poder e influencia en la Alianza: contralmirantes, generales, em-
bajadores, políticos; los conoce a todos. Si te diera este disco y se
241/324

lo entregaras a alguien que trabaja con él —no concluyó la reflex-


ión—. Por eso no te lo dije, David. Tenía que estar segura.
—¿Y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado?
—Tienes a gente en quien confiar en la Alianza. Y, al final, he
decido que puedo confiar en ti.
Introdujo el disco en el bolsillo de la pechera de su camisa y
volvió para sentarse junto a ella en la cama.
—También dijiste que conocías el modo de averiguar con
quién trabajaba Qian.
—Todos sus archivos personales de Sidón están en ese disco
—contestó—. Gran parte del mismo son notas de investigación.
Material que se guardaba para sí. No tuve ocasión de piratearlo
todo antes de huir. Pero me aseguré de coger todos los registros
financieros. Descifrarlo y rastrear todas las transacciones hasta el
origen debería conducir eventualmente hacia quien fuera que fin-
anciara toda la operación.
Anderson asintió, agradecido.
—Sigue el dinero.
—Exactamente.
Permanecieron sentados un rato el uno al lado del otro, en si-
lencio, al borde de la cama, ambos callados, ambos sin apartarse
entre sí. Anderson fue el primero en moverse… se levantó y fue a
coger su chaqueta.
—Tenemos que llevarle estos datos a la embajadora Goyle —le
dijo—. Limpiará tu nombre y nos dirá con quién trabaja Qian.
—¿Y entonces qué? —preguntó, saltando con impaciencia para
coger también su chaqueta—. ¿Qué haremos después?
—Entonces iré detrás de quienquiera que atacara Sidón. Pero
tú no vendrás conmigo.
Kahlee se detuvo, con un brazo dentro de la manga de su
chaqueta.
—¿Qué quieres decir?
242/324

Aunque seguía dolido porque ella no hubiera confiado en él


ese no era el motivo por el que estaba actuando así. Sus sentimi-
entos heridos eran su problema, no el de ella. Tan solo había
hecho lo necesario para sobrevivir a todo ese embrollo y, a decir
verdad, no podía culparla por nada de ello. No era culpa suya que
él se hubiera permitido involucrarse emocionalmente. Aunque
ahora era responsabilidad suya asegurarse de que no volviera a
ocurrir.
—Ese krogan sigue buscándote. Tenemos que hacer planes
para sacarte de este planeta. Llevarte a algún lugar donde estés a
salvo.
—¡Espera un momento! —protestó enfadada—. No puedes de-
jarme atrás. Fueron mis amigos quienes murieron en el ataque.
¡Tengo derecho a llegar hasta el final!
—Las cosas se van a poner feas —le dijo—. Eres parte de la Ali-
anza, pero ambos sabemos que no eres un soldado. Si me sigues,
no harás otra cosa que ralentizarme o estorbar.
Ella le miró con furia, aunque, evidentemente, no pudo pensar
en qué decir para refutar su argumento.
—Hiciste tu parte —añadió, dando unos golpecitos al bolsillo
que contenía el DOA—. Tu trabajo ha terminado. Pero el mío
acaba de empezar.

—¡Esto es inadmisible! —gritó el Dr. Shu Qian.


—Estas cosas llevan tiempo —respondió Edan Had’dah, confi-
ando en apaciguarle. Había temido ese encuentro toda la mañana.
—¿Tiempo? ¿Tiempo para qué? ¡No estamos haciendo nada!
—¡Hay un espectro en Camala! Debemos esperar hasta que se
dé por vencido y se marche.
—¿Y qué ocurrirá si no se da por vencido? —exigió Qian, elev-
ando el tono de voz.
243/324

—Lo hará. Con Dah’tan y Sidón destruidos, no queda nada que


pueda relacionar mi nombre con esto. Sea paciente y verá cómo se
marcha.
—¡Me prometió la posibilidad de proseguir mi investigación!
—dijo a gritos Qian, comprendiendo que el asunto del espectro no
le iba a dar demasiadas oportunidades de quejarse—. ¡Nunca me
dijo que estaría atrapado, perdiendo el tiempo en las entrañas de
una sombría refinería!
El batariano se frotó con una mano el lunar que tenía justo por
encima de los ojos interiores, intentando mantener a raya un cre-
ciente dolor de cabeza. Por lo general, los humanos eran irrit-
antes: como especie, los encontraba excesivamente vulgares,
groseros y maleducados. Pero tratar con el Dr. Qian se había con-
vertido en su propio tormento particular.
—Construir la clase de instalación que necesita es una tarea
complicada —le recordó al adusto doctor—. Le llevó meses ad-
aptar el material de Sidón. Esta vez estamos empezando de cero.
—¡No sería un problema tan grande si no hubiera destruido mi
laboratorio y eliminado a nuestro proveedor! —le acusó Qian.
De hecho, destruir la base de la Alianza, había sido idea de Qi-
an. Tan pronto como descubrió que Kahlee Sanders se había
marchado, se puso en contacto con Edan y le exigió a su socio
batariano que tomara medidas. Incluso le facilitó los planos y los
códigos de acceso a la base.
—No podíamos permitir que el espectro se hiciera con los re-
gistros de Dah’tan —le explicó Edan, al menos por enésima vez—.
Además, hay otros proveedores. E incluso ahora, mi gente está
trabajando para construirle un nuevo laboratorio. Uno que esté
mucho más allá de los límites del espacio de la Ciudadela, a salvo
de los ojos inquisidores de la Alianza. Pero, sencillamente, no po-
demos adquirir todo lo que necesitamos en una compra
descomunal. No sin llamar la atención de manera indeseada.
244/324

—¡Ya ha llamado su atención! —le espetó el humano, dándole


vueltas una vez más al tema del espectro.
Desde el ataque a Sidón, Qian había estado extremadamente
inquieto y, a cada día que pasaba, parecía volverse más irritable,
polémico y paranoico. Al principio, Edan pensó que quizá fuera el
remordimiento por haber traicionado a sus colegas humanos lo
que había ocasionado el rápido deterioro mental de Qian. No
tardó mucho tiempo en comprender que el verdadero motivo era
algo completamente distinto.
Qian estaba obsesionado con el artefacto alienígena. Era lo
único que le importaba y en lo único en que pensaba día y noche.
Y cuando no estaba trabajando para intentar desvelar sus
secretos, esto parecía provocarle al doctor verdadero dolor físico.
—Ahora mismo, el espectro nos está buscando —le advirtió,
dejando caer la voz hasta ser un áspero susurro—. ¡Está
buscándolo!
No había ninguna necesidad de aclarar qué era. Sin embargo,
prácticamente no existía ninguna posibilidad de que alguien
tropezara con él por casualidad. Seguía allí, donde uno de los
equipos de exploración del espacio profundo de Edan lo había
descubierto, orbitando alrededor de un mundo desconocido en un
sistema remoto cerca del Velo de Perseo. Los únicos que conocían
su localización exacta eran ellos dos y el pequeño equipo de
científicos y topógrafos que dieron con él por primera vez, y Edan
había tenido cuidado de mantenerles sobre la superficie del
mundo inexplorado, completamente aislados de todo contacto.
De haber sabido lo irracional que el doctor se iba a volver, hu-
biera hecho las cosas de otra manera. De hecho, la verdad es que
se podría alegar que Qian no era el único que actuaba irracional-
mente. Antes de todo aquello, Edan tenía por norma no tratar
nunca directamente con humanos. Y en todas las actividades ile-
gales de las que se aprovechó para construir su fortuna y su
245/324

imperio, nunca había hecho nada que cayera bajo jurisdicción de


los espectros.
Aunque, casi desde el momento en que viajó por primera vez
para inspeccionar el increíble hallazgo de su equipo de reconoci-
miento, tomó decisiones que muchos de los que le conocían hubi-
eran considerado absolutamente inusuales en él. Pero eso era solo
porque desconocían la magnitud absoluta de aquello con lo que
había dado.
—No está a salvo ahí afuera —continuó Qian, con una voz que
se transformó en un quejido de súplica—. Deberíamos moverlo. A
algún sitio más cercano.
—¡No sea estúpido! —le espetó Edan—. ¡Algo de ese tamaño
no puede moverse a otro sistema! No a menos que traigamos
naves de remolque y equipos. ¡Tan cerca del Velo que podemos
estar seguros de que atraeríamos la atención de los geth! ¿Puede
imaginarse lo que ocurriría si cayera en sus manos?
Qian no tenía una respuesta para eso, aunque eso no hizo que
se callara.
—Así que se queda ahí afuera —dijo en un tono cínico y sar-
cástico—. ¡Mientras sus supuestos expertos del planeta andan a
tientas intentando comprender lo que han descubierto y yo estoy
aquí atrapado sin hacer nada!
El equipo de exploración que descubrió el artefacto estaba for-
mado por varios científicos; el único propósito del viaje había sido
buscar tecnología proteana no reclamada con la esperanza de que
el imperio empresarial de Edan pudiera de algún modo
aprovecharse de ella. Pero ninguno de ellos era especialista en el
campo de la inteligencia artificial, y Qian tenía razón al decir que
estaba por encima de sus capacidades.
Edan había buscado detenidamente a alguien con los conoci-
mientos y la habilidad para ayudarle a revelar el potencial de lo
que había encontrado. Y, después de millones de créditos
246/324

gastados en minuciosas —y muy discretas— investigaciones, se


había visto obligado a aceptar la conclusión inevitable de que el
único candidato apropiado era un humano.
Tragándose el orgullo, hizo que sus representantes se aproxi-
maran cuidadosamente a Qian. Poco a poco, a base de revelar solo
los detalles menores —aunque los más tentadores— de su
hallazgo, fueron engatusando al doctor cada vez más, apelando a
su orgullo profesional y a la curiosidad científica. Ese grotesco
cortejo, que culminó con la visita de Qian al sistema para ver el
artefacto en persona, duró cerca de un año.
La impresión que le causó fue tal y como Edan había predicho
que sería. Qian comprendió lo que acababan de descubrir. Se dio
cuenta de que aquello iba más allá de los meros intereses hu-
manos o batarianos. Reconoció que tenía el potencial para cambi-
ar de manera radical la galaxia y se dedicó enérgicamente a in-
tentar liberar ese potencial.
Pero en días como aquel, Edan seguía preguntándose si no
habría cometido un error.
—Los suyos son unos idiotas —afirmó Qian impasible—. Usted
sabe que no pueden hacer ningún progreso sin mí. Apenas
pueden siquiera obtener lecturas básicas y sencillos datos de ob-
servación del artefacto sin sesgar los resultados por casualidad.
El batariano suspiró.
—Esto solo será temporal. Solo hasta que el espectro se retire.
Entonces tendrá todo lo que quiera: acceso ilimitado al artefacto,
un laboratorio justo sobre la superficie del mundo y todos los re-
cursos y asistentes que necesite.
Qian resopló.
—¡Uf! Eso nos vendrá muy bien. Necesito expertos en el
campo. Gente lo bastante inteligente para comprender lo que es-
tán haciendo. Como mi equipo de Sidón.
247/324

—¡Su equipo ha muerto! —gritó Edan, perdiendo al fin los es-


tribos—. Ayudó a matarlos, ¿recuerda? ¡Les convertimos en vapor
y cenizas!
—No a todos —dijo Qian sonriendo—. No a Kahlee Sanders.
Edan se quedó aturdido y se sumió en un breve silencio.
—Sé de lo que es capaz —insistió Qian—. La necesito en el
proyecto. Sin ella, nos retrasaremos meses. Puede que años.
—¿Deberíamos enviarle un mensaje ahora mismo? —preguntó
Edan, sarcásticamente—. Estoy seguro de que estará entusi-
asmada de unirse a nosotros si se lo pedimos.
—Yo no he dicho que tuviéramos que preguntárselo —contestó
Qian—. Captúrela. Ya encontraremos el modo de convencerla
para que nos ayude. Estoy seguro de que tiene a gente que puede
llegar a ser muy persuasiva. Asegúrese de que no hagan nada que
pueda dañar sus capacidades cognitivas.
Edan asintió. Puede que el doctor no fuera tan irracional como
él pensaba. Sin embargo, solo había un problema.
—¿Y dónde se supone que vamos a encontrarla?
—No lo sé. —Qian se encogió de hombros—. Estoy seguro de
que usted lo averiguará. Quizá deba enviar otra vez a aquel krogan
tras ella.
DIECISIETE

Por segunda vez en otras tantas semanas, la embajadora Goyle se


dirigía a través de los exuberantes campos del Presidium a re-
unirse con el Consejo de la Ciudadela. La última vez que empren-
dió este trayecto, el Consejo le sermoneó para así poder castigarla
por las violaciones de la Humanidad del Código de la Ciudadela.
Sin embargo, esta vez, era ella quien había solicitado la audiencia.
Como en ocasiones anteriores, bordeó el centellante lago que
era el eje central del decorado pastoral. Una vez más, pasó al lado
de la réplica del relé de masa. Pero, en esta ocasión, mientras se
montaba en el ascensor hacia la cumbre de la torre de la Ci-
udadela, se permitió incluso disfrutar de la vista.
Al desafiar al Consejo durante su última visita había obtenido
una victoria. Aunque, en su larga carrera como diplomática, había
aprendido que las demostraciones de fuerza no eran el único
modo de conseguir lo que uno quería. A lo largo de la galaxia
conocida, la Alianza estaba adquiriendo fama por ser agresiva y
polémica. Su proceder durante la última vez sin duda había
249/324

reforzado ese parecer a ojos de los Consejeros. No obstante, hoy


pretendía mostrarles una cara diferente de la Humanidad.
Al llegar a la cima de la torre, se bajó del ascensor, pasó junto
a los ceremoniosos guardias de honor y ascendió por la escalera
hacia el estrado del demandante. Un momento después los conse-
jeros aparecieron de alguna parte por detrás de la tribuna alzada,
al otro extremo de la cámara, y tomaron asiento moviéndose con
una precisión formal y solemne.
Interpretar el lenguaje corporal de otras especies resultaba di-
fícil, aunque era una habilidad que la embajadora se había esforz-
ado mucho en desarrollar. Por su comportamiento rígido y formal
podía intuir que esperaban que esta reunión fuera tan desagrad-
able como la última. Sonrió para sus adentros. No estarían esper-
ándose aquello. Cogerles desprevenidos le daría ventaja en las
negociaciones.
—Bienvenida, embajadora Goyle —la saludó la consejera asari,
una vez que estuvieron todos sentados y las proyecciones holo-
gráficas y los amplificadores de audio estuvieron conectados.
—Gracias por acceder a verme, consejera —respondió.
—A pesar de algunas de las discrepancias durante nuestra úl-
tima audiencia sigue siendo un miembro de la Ciudadela —dijo de
manera significativa el turiano—. Embajadora, jamás tomaríamos
en consideración la posibilidad de negarle su derecho a una
audiencia.
Goyle comprendió las sutiles implicaciones del tono y las pa-
labras. No le guardaban rencor; estaban por encima de las dis-
putas mezquinas. Eran totalmente justos e imparciales. Que hubi-
eran accedido a verla, solo demostraba que las especies del Con-
sejo eran moralmente superiores a los humanos, más civilizadas.
—¿Cuál es el propósito de esta audiencia? —preguntó la asari,
en un tono mucho más neutro. Aunque era posible que se sintiera
250/324

tan superior como el turiano, a Goyle le pareció que ocultaba


mucho mejor sus verdaderos sentimientos.
—Durante nuestra última reunión, usted dijo que era ne-
cesario que la Humanidad aprendiera a aceptar el concepto de la
mutua coexistencia beneficiosa —señaló—. Hoy he venido aquí
para demostrarles que sus palabras no cayeron en saco roto.
—¿Y cómo se propone hacer eso exactamente? —preguntó el
salariano.
—He venido con un regalo para el Consejo.
—¿Embajadora, acaso cree que puede comprar nuestro favor?
—le espetó el turiano.
Su reacción fue exactamente la que Goyle esperaba. Si lograba
hacer parecer que eran ellos los que estaban siendo difíciles, sería
más probable que cedieran a sus peticiones antes de que todo
acabara.
—No pretendía ofenderles —se disculpó con humildad, mien-
tras sonreía secretamente para sus adentros—. Esto no es un
soborno, sino más bien una oferta desinteresada.
—Por favor, continúe —solicitó la asari. De los tres, era la que
a Goyle le parecía más difícil de interpretar. No por casualidad
también era ella a quien la embajadora confiaba menos en poder
manipular.
—Me doy cuenta de que la Humanidad ha cometido un error
en Sidón, error que lamentamos profundamente. En un intento
por reparar la falta, estoy aquí para ofrecer al Consejo copias de
todos los archivos de investigación secretos de la base.
—Esa es… una oferta muy generosa —contestó el salariano,
tras dudar un instante—. ¿Puedo preguntarle por qué desea com-
partir dicha información con nosotros?
—Puede que nuestra investigación resulte útil para el resto de
la galaxia. O quizá nos aproxime más a tener relaciones pacíficas
con los geth.
251/324

—Creía que todos los archivos de la base fueron destruidos en


el ataque —dijo el turiano, con desconfianza.
Goyle ya se lo esperaba. Probablemente pensaban que los
archivos eran falsos o que, al menos, se habrían eliminado los da-
tos confidenciales o que, de alguna manera, estos habrían sido
censurados. Aunque serían capaces de distinguir si estaban falsi-
ficados, así que, después de revisarlos, la embajadora decidió
hacerlos públicos en su totalidad al Consejo. No había en ellos
nada inculpatorio más allá de lo que ya sabían; en todo caso, los
archivos mostraban con claridad que Qian había estado actuando
fuera de las competencias de su autorización oficial, lo que elim-
inaba parte de las culpas de la Alianza.
—La teniente Kahlee Sanders, una superviviente de la in-
cursión, hizo copias de los archivos antes de que Sidón fuese
destruido.
Ahora que Qian estaba trabajando con los batarianos solo
tenía sentido hacer accesible su investigación a los principales ex-
pertos de las especies aliadas. Probablemente corresponderían ay-
udando a defender a la Alianza si los batarianos intentaban usar
el trabajo de Qian para desarrollar tecnología IA para usarla en
contra de la Humanidad. Además, los expertos de la Alianza que
habían revisado los archivos le aseguraron que prácticamente
toda la investigación seguía siendo teórica. Se tardarían años,
quizá décadas, antes de que nada de ello condujera a alguna aplic-
ación práctica.
Pero había una consideración aún más importante.
—Los archivos hacen mención de un desconocido componente
de tecnología alienígena encontrado más allá de los límites del es-
pacio de la Ciudadela —les informó Goyle.
—¿Qué clase de tecnología? —quiso saber el salariano.
—No lo sabemos —reconoció—. Evidentemente guarda alguna
relación con la inteligencia sintética, aunque más allá de eso, Qian
252/324

fue expresamente vago sobre los detalles. Por sus notas está claro
que cree que es mucho más avanzado que cualquier cosa que haya
sido desarrollada por ninguna especie actual.
—¿Es proteano? —preguntó la asari.
—Según las notas de Qian, no. Una vez más, no tenemos de-
masiados detalles. Pero hay algún indicio de que el doctor
pensaba que podría ser utilizado en relación con los geth.
—¿Los geth? —preguntó rápidamente el salariano—. ¿De qué
manera?
—No está claro. Quizá piense que le permitirá comunicarse
con ellos de algún modo, o puede que incluso controlarlos. Sencil-
lamente, no poseemos suficiente información para saberlo con
certeza. Pero creemos que esta tecnología representa una
amenaza legítima. No solo para la Alianza sino para toda la
galaxia.
—¿Y cree que quienquiera que atacara Sidón posee ahora esta
tecnología? —preguntó el salariano.
—Es posible —dijo con algo de indecisión—. De hecho, no
parece que haya estado nunca en Sidón. Las notas de Qian son un
tanto… erráticas.
—¿Está diciendo que estaba mentalmente perturbado? —pre-
guntó la asari.
—Existe alguna evidencia en ese sentido, sí.
—¿Tenemos siquiera la certeza de que dicha tecnología exista?
—quiso saber el salariano—. ¿O vamos tras las falsas ilusiones de
un loco?
—Si existe —les advirtió la embajadora—, no podemos arries-
garnos a ignorarla.
—Necesitamos encontrar a los responsables del ataque —es-
tuvo de acuerdo el turiano—. ¡Antes de que la liberen en la
galaxia!
253/324

—Deberían comenzar por Edan Had’dah. Un batariano de


Camala. El teniente David Anderson, el hombre al que enviamos a
investigar este asunto, cree que estuvo detrás de los ataques. Sus
agentes podrían confirmarlo cuando les enviemos los archivos.
Hubo una corta pausa y las holografías se desconectaron mo-
mentáneamente mientras los consejeros mantenían una breve
conferencia.
—Remitiremos esta información al espectro que está investig-
ando el asunto —le informó el salariano una vez acabaron.
—El Consejo agradece que nos haya informado sobre esta
cuestión —dijo la asari.
—La Alianza no desea estar en desacuerdo con el Consejo —ex-
plicó Goyle—. Aunque aún somos nuevos en el ámbito galáctico,
estamos deseando mostrar nuestra buena voluntad para cooperar
y convivir con las otras especies de la Ciudadela.
Por sus expresiones pudo ver que había conseguido ganárselos
para su propia causa. Era el momento de atacar.
—Kahlee Sanders, la investigadora que escapó de Sidón, está
ahora mismo escondida en Camala —continuó, moviéndose sin
pausa de una súplica a un llamamiento que sabía que le conceder-
ían—. Tenemos motivos para creer que, mientras permanezca en
ese mundo, su vida está en peligro. La Alianza querría hacer los
preparativos para que una de nuestras naves aterrizara en
Camala, en algún lugar fuera de los puertos espaciales, para re-
cogerla y llevarla a algún lugar seguro.
—Es una petición razonable —dijo el turiano, tras considerarlo
un momento—. El Consejo podrá arreglarlo con las autoridades
batarianas para que lo autoricen.
—Hay una petición más que me gustaría formular al Consejo
—añadió la embajadora Goyle, empleando una de las tácticas de
negociación más básicas aunque también más efectivas: un
pequeño sí, un gran sí. Conseguir que alguien accediera a una
254/324

concesión menor establecía un tono de acuerdo y cooperación.


Hacía más probable que fueran receptivos a cuestiones más
importantes.
—El teniente Anderson, el agente de la Alianza que sacó a la
luz la implicación de Edan, también está en Camala.
—¿También quiere que le evacuemos a él? —conjeturó el
salariano.
—De hecho, nos gustaría que acompañase a su espectro
cuando vaya tras Edan Had’dah.
—¿Por qué? —preguntó la asari. Goyle no supo si estaba
siendo suspicaz o simplemente curiosa.
—Por diversas razones —reconoció la embajadora—. Creemos
que el Dr. Qian puede seguir con vida. Si se le captura, nos gust-
aría que fuera extraditado a la Alianza para ser procesado por su
papel en el asesinato de nuestra gente en Sidón. Y vemos esto
como una oportunidad para que el teniente Anderson aprenda. La
fama de los espectros es bien conocida; son los representantes del
Consejo, los guardianes del espacio de la Ciudadela. Trabajar con
su agente ayudará al teniente a comprender mejor los métodos
que los espectros emplean para defender la paz y la estabilidad
interestelar.
Vaciló brevemente antes de continuar, tomándose un mo-
mento para dar forma precisa a su siguiente argumento. Aquella
petición, aunque era el propósito principal de la audiencia, podía
fracasar. Y era probable que los consejeros ya se la estuvieran
esperando.
—También confiamos en que su agente pueda evaluar el rendi-
miento del teniente Anderson en la misión. Si le va bien, quizá se
le pueda tener en cuenta como aspirante a espectro.
—Admitir a alguien en los espectros es un proceso largo y
complicado —protestó el turiano—. Los individuos deben dar
pruebas de su valor durante años de ejemplar carrera en el
255/324

servicio militar o en el cumplimiento de la ley antes de que


puedan siquiera ser considerados para tal honor.
—El teniente Anderson ha servido en el ejército de la Alianza
durante casi una década —les aseguró la embajadora—. Ha com-
pletado nuestro programa de operaciones especiales de élite N7 y
ha obtenido numerosas menciones, medallas y honores de distin-
ción en el cumplimiento del deber. Puedo poner sus registros a
disposición del Consejo sin ningún problema.
—Los aspirantes deben pasar por un riguroso proceso de in-
vestigación —explicó el salariano, elevando otra objeción—.
Normalmente implica la comprobación de antecedentes, evalua-
ciones psicológicas y un período prolongado de tutoría y adi-
estramiento práctico.
—No le estoy pidiendo que le admitan en los espectros —aclaró
la embajadora—. Solo que le permitan acompañar a Saren en esta
misión y que le juzguen en función de su rendimiento para ver si
tiene potencial.
—Su especie sigue siendo nueva en la galaxia —le explicó la as-
ari, abordando al fin la cuestión a la que todos le estaban dando
vueltas. Oficialmente, los espectros podían provenir de cualquier
especie. Pero, casi de manera invariable, eran únicamente esco-
gidos entre las especies del Consejo.
El prejuicio era fácilmente comprensible: dar a los individuos
de una especie acceso directo al Consejo, junto con la autoridad
para actuar fuera de los límites de las leyes galácticas cuando
fuera necesario, otorgaba una importancia aparente a las especies
de esos individuos. Aceptar a un humano en los espectros enviaría
al resto de la galaxia el mensaje de que el Consejo consideraba
que los humanos estaban al mismo nivel que los turianos, los
salarianos y las asari. Eso no estaba muy lejos de la verdad, que
era exactamente el motivo por el que la embajadora lo estaba re-
clamando ahora.
256/324

—Muchas especies han formado parte de la Ciudadela desde


hace siglos pero nunca se ha extraído a un espectro de entre sus
filas —continuó la asari—. Concederles esta petición a ustedes
podría causar resentimiento entre ellos.
—Igual que debió de haber resentimiento entre ellos cuando
los turianos fueron incluidos en el Consejo —replicó la emba-
jadora Goyle.
—Aquellas fueron circunstancias excepcionales —terció el
salariano, ofreciendo una defensa en favor del consejero
turiano—. Los turianos contribuyeron decisivamente a acabar con
la sublevación de los krogan. Se salvaron billones de vidas.
Y tenían una flota casi tan grande como la de las asari y los
salarianos juntas, añadió Goyle en silencio. Y dijo en voz alta:
—Durante nuestra última reunión me dijeron que la Human-
idad debía estar dispuesta a sacrificarse por el bien del prójimo.
Podría haber regateado por esta concesión con la información de
Sidón, pero elegí dársela voluntariamente en aras del bien común.
Ahora estoy ofreciéndoles la ayuda de uno de los mejores solda-
dos de la Alianza para acabar con una amenaza que puede que
hayamos contribuido a crear involuntariamente. Todo lo que pido
a cambio es que consideren al teniente como un posible aspirante
para los espectros.
No hubo una respuesta inmediata por parte del Consejo. La
embajadora se dio cuenta de que seguían recelando de ella por sus
acciones en la última reunión. Pero había un tiempo para la polít-
ica arriesgada y un tiempo para la conformidad. Debía de-
mostrarles que la Alianza estaba dispuesta a ponerse a ambos la-
dos de la balanza.
—No les estoy exigiendo nada. No les estoy pidiendo que pro-
metan ni que se comprometan a nada. Creo que esta experiencia
beneficiará al teniente Anderson y a la Alianza. Creo que fortale-
cerá el vínculo de la Humanidad con el resto de la Ciudadela. Y
257/324

creo de verdad que nos proporcionará una mejor comprensión de


las obligaciones y las responsabilidades que debemos a la gran
comunidad galáctica. No obstante, si rechazan esta petición,
aceptaré de buen grado la sabiduría de su decisión.
Esperaba que el Consejo dialogara otra vez para discutir su
propuesta. Sin embargo, para su sorpresa, la asari simplemente le
devolvió una cálida sonrisa.
—Embajadora, ya ha expuesto su argumento. Aceptamos su
petición.
—Gracias, consejera —contestó Goyle. La súbita aceptación la
cogió desprevenida, aunque hizo lo que pudo por no mostrar lo
mucho que le había sorprendido.
—Se suspende esta reunión del Consejo —dijo la asari, y el
Consejo se levantó de sus asientos y desapareció por las escaleras
de su tribuna.
Goyle se dio la vuelta y recorrió el largo camino de vuelta
desde la parte superior del estrado del demandante con el ceño
fruncido. Había estudiado en detalle cada decisión tomada por el
Consejo durante los últimos cinco siglos. En cada caso, habían ac-
tuado con unanimidad. Si alguna vez existía una disensión, de-
batían la cuestión hasta poder alcanzar un acuerdo mutuo.
¿Cómo era posible que la consejera asari decidiera por propia
cuenta aceptar aquella petición?
Mientras llegaba al ascensor y se metía dentro, la explicación
le vino al fin a la cabeza. De algún modo habían previsto su peti-
ción incluso antes de que abordara el tema. Debían de haber sa-
bido hacia dónde les estaba conduciendo y hablaron de ello dur-
ante el breve diálogo que mantuvieron después de que ella men-
cionara a Edan Had’dah. Ya habían decidido cómo responderían
mucho antes de que ella planteara la cuestión.
La embajadora Goyle había creído que controlaba la situación,
que estaba conduciendo las negociaciones para manipular al
258/324

Consejo en su propio beneficio como había hecho en la reunión


previa. La última vez les había cogido desprevenidos, pero esta
vez estaban preparados. Eran ellos los que habían controlado la
situación, conduciendo a la embajadora por el guion como si fuer-
an actores en una obra de teatro, conociendo desde el principio el
resultado final. Y solo en el último instante de la escena habían
mostrado sus cartas: ellos debían de haber sabido que ella apre-
ciaría aquella sutil revelación de la verdad.

Bajando en el ascensor, la embajadora Goyle trató de consolarse a


sabiendas de haber conseguido de la reunión exactamente lo que
quería. Sin embargo, no estaba acostumbrada a que fueran más
astutos que ella y no podía evitar preguntarse si había cometido
un error.
¿Por qué el Consejo se había mostrado tan impaciente por
apoyar su petición? ¿Creían de veras que la Humanidad estaba
preparada para esto? ¿O estaban esperando a que Anderson
fracasara y confiaban entonces en poder usar ese fracaso como
una excusa para contener a la Alianza?
Como mínimo, la experiencia le había infundido un respeto
enteramente nuevo hacia el Consejo y su comprensión de las ne-
gociaciones y la diplomacia. Se consideraba a sí misma una estu-
diante de la política y, ahora, era muy consciente de que acababa
de ser instruida a los pies de los maestros.
Le habían transmitido un mensaje inequívoco: sabían cómo
jugar a ese juego tan bien como ella. Cualquiera que fuese la
ventaja que la Alianza pudiera haber tenido al tratar con el Con-
sejo, se había acabado. La próxima vez que tuviera que enfrent-
arse a ellos, estaría cuestionándose constantemente. No import-
aba lo preparada o lo cuidadosa que fuera, tendría presente esa
259/324

persistente incertidumbre: ¿Estaba conduciendo ella la ne-


gociación o estaba siendo conducida?
Y no le cabía la menor duda que eso era precisamente lo que el
Consejo pretendía.
DIECIOCHO

—Casi hemos llegado, teniente Sanders —le dijo el conductor,


gritando para que pudiera oírle por encima del ruido del motor
del TBP (transporte blindado de personal) de seis ruedas mien-
tras iba dando tumbos por la compacta arena del desierto en las
afueras de Hatre—. Solo quedan unos kilómetros más hasta el
lugar de reunión.
Además del conductor, otros cinco marines de la Alianza
viajaban con ella en el TBP; una cuadrilla de seguridad reunida en
el último instante para protegerla hasta que abandonara aquel
mundo. Ella y el conductor se sentaban delante y el resto del
equipo se amontonaba en la parte trasera. Cuatro de los marines
ya estaban en Camala cuando llegaron las órdenes, los otros dos
habían llegado de Elysium la noche anterior en respuesta a las in-
strucciones dadas por el cuartel general de la Alianza.
El vehículo era batariano, las autoridades locales se lo habían
prestado a la Alianza a «petición» del Consejo. Todo formaba
parte del trato que la embajadora había acordado para sacarla a
salvo de Camala y llevarla de vuelta a territorio de la Alianza.
261/324

El motor zumbaba al subir por una de las inmensas dunas de


arena que se extendían a lo largo del paisaje, más allá del hori-
zonte, hacia el sol poniente. En veinte minutos habría oscurecido,
aunque, para entonces, ya estaría a bordo de la fragata de la Ali-
anza que iba a recogerla.
—Me sorprende que los batarianos hayan accedido —volvió a
gritar el conductor, dando conversación—. No suelen autorizar
aterrizajes fuera de los puertos espaciales. Especialmente de
naves de la Alianza.
Comprendía su curiosidad. Sabía que algo importante estaba
sucediendo, aunque sus órdenes eran simplemente conducirla
hasta el punto de recogida. No tenía modo de conocer su conexión
con Sidón y nadie le había contado de los turbios tratos internos
que la embajadora Goyle debió hacer con el Consejo para que esto
ocurriera. Kahlee permaneció en silencio: estaba completamente
segura de no tener ninguna intención de contarle los pormenores.
Se preguntaba a cuánto habría renunciado la Alianza a cambió
de aquella concesión. ¿Qué clase de acuerdo habían cerrado?
Probablemente Anderson tuviera alguna idea, pero apenas había
intercambiado una docena de palabras con ella en los dos días que
estuvo alojada en aquella habitación de hotel.
No se lo reprochaba. Él había confiado en ella y, al menos
desde su punto de vista, ella le había utilizado. Kahlee sabía de-
masiado bien lo profundas que podían ser las heridas fruto de la
traición. Y ahora se la estaban llevando a algún lugar desconocido
para protegerla, mientras Anderson se quedaba atrás, en Camala,
para intentar dar con el Dr. Qian.
Durante un buen rato pensó que intentaría contactar con él
una vez que todo esto hubiera acabado. Al principio se había sen-
tido atraída hacia él por necesidad: estaba sola y asustada y neces-
itaba a alguien a quien aferrarse aparte de un padre rudo y difícil
a quien apenas conocía. Pero a pesar de que solo habían estado
262/324

juntos unos días, tuvo la sensación de que existía la posibilidad de


que hubieran podido ser algo más que simples amigos.
Por desgracia dudaba que ahora quisiera tener algo que ver
con ella. No después del daño que le había hecho. Darse cuenta de
que probablemente no volvería a verle nunca más le afectó más de
lo que hubiera imaginado.
—¡Espere, señora! —gritó de repente el conductor,
sobresaltándola y apartándola de sus sensibleros pensamientos,
mientras volteaba el volante y viraba bruscamente desviándose
del rumbo, a punto de volcar el vehículo con la maniobra—.
¡Tenemos compañía!

Desde su posición elevada sobre una afloración rocosa a varios


kilómetros de distancia, Saren apenas podía distinguir, contra la
deslumbrante luz del sol poniente, la silueta del TBP que llevaba a
la teniente Kahlee Sanders.
El día anterior, al recibir del Consejo de la Ciudadela la puesta
al día de la misión, pasó por todo un abanico de emociones. Co-
menzó sintiendo indignación. ¡Le ordenaban que trabajara con un
humano! Y todo porque el Consejo sentía que era necesario re-
compensar a la Alianza por compartir información sobre la in-
vestigación de Sidón. ¡Información que Saren ya había logrado
averiguar por cuenta propia!
Sabía que Edan Had’dah estaba tras el ataque. Pero, por haber
ocultado esa información al Consejo, ahora tenía que hacer ver
que estaba agradecido con la Alianza por entregársela a él. Ahora
debía permitir que un humano trabajara con él hasta completar la
misión. Y no un humano cualquiera, sino el detestable teniente
Anderson, que no dejaba de inmiscuirse en su investigación.
Pero al continuar leyendo la actualización, su rabia dio paso a
la curiosidad. Estaba al tanto de la participación de los batarianos,
263/324

aunque no de la extraordinaria tecnología alienígena a la que se


hacía referencia en los archivos recuperados en Sidón. Aunque
había pocos detalles, el artefacto parecía ser una reliquia que se
remontaba hasta los días de la extinción proteana.
A Saren siempre le había intrigado la súbita e inexplicada de-
saparición de los proteanos. ¿Qué clase de inimaginable serie de
acontecimientos o qué tipo de suceso catastrófico pudo provocar
que un imperio que se había extendido por toda la galaxia cono-
cida desapareciera en menos de un siglo? Prácticamente todos los
rastros de los proteanos habían sido destruidos; solo los re-
petidores de masa y la Ciudadela habían sobrevivido: el perdur-
able legado de los que una vez fueron grandes.
Se habían propuesto cientos de explicaciones, sin embargo es-
tas no eran más que teorías y especulación. La verdad sobre la ex-
tinción proteana seguía siendo un misterio… y aquella antigua
tecnología alienígena podía ser una de las claves para desen-
marañarla. Por lo que pudo reconstruir gracias a las notas de in-
vestigación de Qian, Saren sospechaba que habían encontrado al-
guna clase de nave o de estación espacial orbital con capacidades
de IA para autocontrolar e incluso reparar sus sistemas vitales sin
la necesidad de vigilantes como los guardianes de la Ciudadela.
Escarbando con mayor profundidad, parecía que el doctor
creía que el descubrimiento sería usado un día para forjar una ali-
anza con los geth… o puede que incluso para dominarlos. Las re-
percusiones eran asombrosas: un gigantesco ejército de sintéticos,
billones de soldados cuya lealtad absoluta podría garantizarse si
de algún modo uno llegaba a comprender e influenciar sus pro-
cesos de pensamiento IA.
Entonces, a medida que avanzaba aún más en la lectura, su
curiosidad se transformó en una satisfacción fría y calculadora.
Una vez se enteró del nombre de su presa, la parte más dura de su
misión sería localizar a Edan. Probablemente debía de estar
264/324

agazapado como un insecto, escondido en algún búnker subter-


ráneo bajo alguna de las innumerables refinerías diseminadas a lo
largo de miles de kilómetros cuadrados de roca y arena. Encon-
trarlo iba a ser un proceso lento, largo y agotador.
O lo hubiera sido de no haber recibido del Consejo la puesta al
día de la misión, incluida en la transmisión donde se explicaban
los detalles para evacuar a la teniente Sanders de aquel mundo.
Saren sabía que Skarr seguía en Camala; no había recibido in-
formes que indicaran que el gran krogan hubiera sido visto en los
puertos espaciales. Probablemente se escondía junto a Edan.
Y este había contratado a Skarr para asesinar a la joven. Saren
conocía la cultura batariana suficientemente bien para compren-
der que Edan no querría quedar mal contratando a alguien que
fallara en la tarea asignada. Si se presentaba la oportunidad, envi-
aría de nuevo a Skarr tras Sanders.
Saren había hecho lo posible para asegurarse de que se
presentara la ocasión. Sabía que Edan tenía espías por todo
Camala a todos los niveles del gobierno, especialmente en los pu-
ertos espaciales. Lo único que hizo fue cerciorase de que la peti-
ción del Consejo para un aterrizaje imprevisto en el desierto de la
Alianza fuera anotada en los registros oficiales del gobierno.
Seguro que la insólita petición atraería la atención de alguien.
Inevitablemente, a través de la cadena de lacayos y secuaces, se
acabaría informando al propio Edan, y Saren estaba seguro de
que el batariano era lo bastante listo para imaginarse a quién iba a
recoger la Alianza.
El único defecto del plan era que resultaba casi demasiado ob-
vio. Si Edan sospechaba que era una trampa, no enviaría a nadie
en respuesta al mensaje.
Saren, que seguía observando al TBP conducido por la Alianza
a través de unos binoculares de largo alcance, vio cómo el
vehículo daba un brusco viraje y casi derrapaba mientras el
265/324

conductor iniciaba una maniobra evasiva. Escudriñando las dunas


cercanas, captó los rastros de arena de cuatro vehículos más que
se acercaban; unos todoterrenos rápidos y pequeños con armas
montadas que convergían de todos los lados sobre el TBP, que era
más lento.
Edan había picado el anzuelo.

—¡Maldita sea! —gritó uno de los marines desde la parte trasera


mientras un proyectil lanzado desde uno de los todoterrenos que
les perseguían explotaba lo bastante cerca para sacudir la sus-
pensión del TBP.
El conductor conducía frenéticamente, haciendo lo posible por
esquivar los proyectiles que el enemigo les estaba lanzando, mien-
tras daba tumbos con el TBP, sin orden ni concierto, sobre las
dunas y las hondonadas para evitar que los otros vehículos pudi-
eran fijar su posición. Haciendo honor a su nombre, el TBP estaba
fuertemente blindado. No obstante, no era más que un vehículo
de transporte; no estaba pensado para el combate. No tenían
armas montadas y el grueso revestimiento de la carrocería y del
chasis estaba destinado a proteger a los ocupantes del fuego de los
francotiradores y de las minas de tierra. Contra las armas anti-
tanque como aquellas, que iban montadas sobre los todoterrenos
perseguidores lo único para lo que servía el blindaje era para re-
tardarlas. En la parte trasera, uno de los marines gritaba por la ra-
dio, intentando alertar a la fragata que llegaba de su situación.
—¡Mayday! ¡Mayday! Nos están disparando. ¡La zona de
aterrizaje es peligrosa!
—¡Tenemos al menos a cuatro de esos cabrones en cola! —el
conductor gritó hacia atrás, mientras el vehículo botaba y daba
bandazos sobre un afloramiento de rocas pequeñas y cantos
rodados.
266/324

—¡Cuatro todoterrenos enemigos sobre el terreno! —gritó el


operador de radio—. ¿Iwo Jima, me reciben?
—Aquí la Iwo Jima —crujió una voz en respuesta—. Les recibi-
mos, equipo de tierra. Seguimos a catorce minutos de distancia.
¡Resistan!
El operador de radio golpeó con frustración el costado del
vehículo blindado con el puño. ¡No aguantarían tanto!
—¡Tienes que dejarles atrás! —chilló otro de ellos hacia la
parte delantera.
—¿Y qué coño crees que estoy haciendo? —le espetó el
conductor.
Volaron sobre la cima de otra duna mientras un proyectil es-
tallaba justo detrás de ellos, impeliendo al vehículo por el aire
diez metros enteros antes de que este se estrellara pesadamente
contra la arena. Los amortiguadores de choque absorbieron la
mayor parte del golpe, y, a pesar de que Kahlee llevaba puesto el
cinturón de seguridad, se golpeó la cabeza contra el techo debido
a la fuerza del aterrizaje. El impacto hizo que se mordiera la len-
gua con los dientes con la suficiente fuerza para notar el sabor de
su sangre.
A los hombres de la parte trasera les fue mucho peor. Apiña-
dos en el vehículo, ninguno de ellos llevaba puesto el cinturón de
seguridad. Fueron despedidos de sus asientos, se estrellaron con-
tra el techo y cayeron de vuelta al suelo, hechos un amasijo de
codos, rodillas y cráneos que chocaban entre sí. A sus gritos de
sorpresa y gruñidos de dolor le siguió una retahíla de insultos di-
rigidos al conductor.
Este les ignoró, murmurando en su lugar:
—Son demasiado rápidos. Nunca les dejaremos atrás —aunque
Kahlee no estaba segura de si estaba hablando con ella o para sí.
Tenía los ojos abiertos y desorbitados, y ella se preguntaba cuánto
tiempo podría aguantar la situación.
267/324

—Lo estás haciendo muy bien —le aseguró Kahlee—. Manten-


nos con vida unos minutos más. ¡Puedes hacerlo!
El conductor no respondió sino que se encorvó hacia delante,
acercándose más al volante. Sin previo aviso, cambió de dirección
con un difícil giro de ciento ochenta grados, esperando sorprender
al enemigo con la desesperada y errática maniobra. El ímpetu del
TBP le hizo perder el control de la tracción y estuvo a punto de
hacer que volcaran. Durante una fracción de segundo, el vehículo
se balanceó peligrosamente hasta quedar suspendido en equilib-
rio sobre las ruedas de un costado antes de precipitarse de nuevo
contra el suelo con otra fuerte sacudida.
Con las seis ruedas de nuevo sobre tierra, el conductor pisó a
fondo el acelerador y volvieron a salir disparados, levantando tras
ellos una nube de polvo, arena y guijarros. Desde su asiento en la
parte delantera, Kahlee podía ver ahora al enemigo con claridad.
Dos de los vehículos se desplegaban a lo ancho e intentaban su-
perarles para cortarles el paso. Los otros dos en un principio se
habían quedado detrás de ellos mientras les disparaban desde los
cañones montados y ganaban constantemente terreno sobre su
presa. Sin embargo, con el súbito cambio de dirección, los solda-
dos de la Alianza se encaminaban ahora directamente hacia sus
antiguos perseguidores.
—¿Habéis jugado alguna vez al juego de la gallina, cabrones?
—gritó el conductor, sin levantar el pie del acelerador mientras
conducía el TBP, lento aunque mucho más pesado, de frente hacia
uno de los todoterrenos de blindaje ligero.
Kahlee, atada con seguridad a su asiento, no tuvo ocasión de
impedir lo que estaba a punto de ocurrir. En un instante desa-
pareció la distancia que había entre ambos vehículos y lo único
que pudo hacer fue prepararse para el impacto. En el último se-
gundo, el pequeño todoterreno intentó desviarse aunque lo hizo
demasiado tarde y la colisión fue inevitable. El morro romo del
268/324

TBP chocó contra el costado derecho de la parte delantera del to-


doterreno que venía en dirección contraria mientras este último
intentaba esquivar la colisión; un golpe oblicuo en lugar de un im-
pacto directo. Pero a una velocidad combinada de casi doscientos
kilómetros por hora, un golpe oblicuo fue más que suficiente.
El todoterreno enemigo prácticamente se desintegró. La fuerza
del impacto reventó el bastidor. Los ejes se partieron y los
neumáticos salieron volando. Las puertas se rompieron. Unos
fragmentos de metal imposibles de reconocer se quebraron en mil
pedazos y salieron volando, dando botes por la arena. El depósito
de combustible reventó, saltaron chispas y explotó, engullendo lo
que quedaba de la carrocería del todoterreno en llamas y redu-
ciéndolo a escoria fundida. El conductor, que había muerto dur-
ante los primeros instantes de la colisión, fue consumido por una
gran bola de fuego que dio vueltas hasta detenerse, al fin, unos
centenares de metros después.
El resto de los ocupantes salieron despedidos por el impacto y
sus cuerpos dieron vueltas y saltos a más de cien kilómetros por
hora. Se rompieron las extremidades, que quedaron hechas añi-
cos; se partieron los cuellos en dos y las espinas dorsales y sus
cráneos cedieron. Enormes pedazos de carne se desgarraron de
los huesos de los cadáveres mientras estos resbalaban sobre los
afilados guijarros y la abrasadora arena.
El TBP —más robusto— se mantuvo entero tras el impacto,
aunque todo el morro se abolló como un acordeón. Al esquivar al
todoterreno enemigo, dio vueltas de campana y rodó media do-
cena de veces antes de quedar parado boca abajo. Kahlee estaba
apenas consciente. Aturdida por el impacto y desorientada por la
sangre que se le agolpaba en la cabeza, notó cómo alguien bus-
caba a tientas su cinturón de seguridad.
Instintivamente, intentó quitárselo de encima y entonces oyó
una voz humana gritándole que se calmara.
269/324

Intentó concentrarse. El vehículo había dejado de moverse,


pero su mundo continuaba dando vueltas. El conductor seguía a
su lado con el cinturón puesto. El volante se había desprendido y
el puntiagudo extremo de la barra de dirección se había quedado
clavado en su pecho, atravesándolo. Sus ojos muertos estaban
completamente abiertos; las vidriosas pupilas se habían conge-
lado en una mirada que parecía dirigida acusadoramente hacia
ella.
Se dio cuenta de que debía de haber perdido el conocimiento
durante unos segundos. Uno de los marines que iban sentados en
la parte trasera estaba ahora fuera del vehículo, alargando la
mano por la ventanilla reventada para intentar desabrochar el
cinturón de seguridad. Dejó de forcejear con él y, en su lugar, ex-
tendió las manos, apretándolas firmemente contra el techo inver-
tido para no caer y darse en la cabeza en el momento en que
quedara desatada.
Un segundo después, se desprendió la hebilla. Aunque evitó
golpearse la cabeza contra el suelo, al caer se dio un fuerte golpe
en una de las rodillas contra el salpicadero aplastado. Unas
manos fuertes la agarraron de los brazos y tiraron de ella, liberán-
dola por el boquete que antes estaba cubierto por vidrio
templado.
Ahora que estaba de pie, el exceso de sangre le bajó de la
cabeza, dejando que su mundo volviera a centrarse poco a poco.
Milagrosamente, todos los marines de la parte trasera del TBP
habían sobrevivido. Kahlee y los cinco estaban ahora apiñados a
la sombra del vehículo volcado, usándolo temporalmente como
cobertura.
Podía oír el ruido de los disparos. No era el pesado bum-bum-
bum de las armas antitanque, sino más bien un agudo pam-pam-
pam que identificó como ráfagas de un rifle de asalto. Podía oír el
270/324

sonido metálico de las balas rebotando en la placa blindada del


todoterreno que les ocultaba a la vista del enemigo.
Kahlee ni siquiera llevaba una pistola con ella, pero los mar-
ines habían recuperado sus armas tras la colisión. Desgraciada-
mente, estos estaban inmovilizados por el flujo constante de ráfa-
gas enemigas y no pudieron usarlas. Dada la constante barrera de
balas enemigas, exponerse incluso durante una fracción de se-
gundo para intentar responder al fuego suponía un riesgo demasi-
ado alto.
—¿Por qué no están usando los cañones? —gritó Kahlee, su
voz casi ahogada por los sonidos de la batalla.
—Deben de querer capturarnos con vida —respondió uno de
los marines, echándole una mirada que daba a entender clara-
mente que todos sabían que al enemigo solo le importaba la su-
pervivencia de una persona en concreto.
—¡Están intentando flanquearnos! —gritó otro marine mien-
tras señalaba al horizonte.
Uno de los todoterrenos se había alejado en la distancia a toda
prisa, tan lejos que apenas era visible. Estaba describiendo vueltas
en círculo tras ellos en un amplio y continuo arco, mucho más allá
del alcance de las armas automáticas de los marines.
Un rugido ensordecedor proveniente de lo alto desvió la aten-
ción de Kahlee del todoterreno; era el inequívoco sonido de los
motores del núcleo de propulsión de una nave espacial abrasando
la atmósfera. Al dirigir la atención hacia arriba, vio una pequeña
nave que descendía en picado por el cielo.
—¡Es la Iwo Jima! —gritó uno de los marines.
Moviéndose con velocidad, la nave se precipitó directamente
sobre el todoterreno solitario que intentaba flanquearles. A menos
de cincuenta metros de tierra subió bruscamente y abrió fuego.
Un solo disparo bien fijado de los láseres de defensa GARDIAN con-
virtió el todoterreno en chatarra metálica.
271/324

La Iwo Jima se inclinó y cambió de rumbo. Su trayectoria le


llevó directamente hacia los dos todoterrenos que quedaban
mientras los marines se dejaban ir con vítores espontáneos y tri-
unfantes. ¡Había llegado la caballería!

Skarr había visto cómo se acercaba la fragata mucho antes de que


esta disparara la descarga que eliminó al primer todoterreno de
los Soles Azules. Su llegada, a pesar de ser un inconveniente, era
un suceso previsto.
Moviéndose con determinación despierta aunque tranquila,
salió de su todoterreno y comenzó a gritar órdenes. Siguiendo sus
instrucciones, los mercenarios descargaron y montaron rápida-
mente un cañón portátil de aceleración de masa que habían
guardado en la parte trasera del vehículo.
Mientras la fragata de la Alianza disparaba sus láseres sobre
los indefensos todoterrenos, Skarr activó el arma y cargó un
paquete de munición lleno de cientos de pequeños cartuchos de
explosivos. Cuando la fragata se encauzó hacia ellos describiendo
un amplio y largo arco, ajustó el objetivo y aseguró el blanco. Y, al
oír los vítores de los marines que se escondían detrás del TBP vol-
cado, disparó.
Los sistemas de láser GARDIAN de la Iwo Jima, programados
para apuntar y destruir misiles enemigos, acabaron superados por
la gran cantidad de proyectiles de hipervelocidad disparados a
bocajarro. Normalmente, los proyectiles mortales hubieran re-
botado en las barreras cinéticas de la nave sin causar daños. Pero,
a fin de que una nave espacial pudiera aterrizar sobre la superficie
de un planeta y recoger a un grupo de evacuados, las barreras
tenían que desconectarse. Tal y como Skarr había sospechado, la
Iwo Jima aún no había tenido tiempo de reactivarlas.
272/324

Centenares de proyectiles diminutos impactaron en la parte


exterior de la nave y, al estallar, atravesaron el casco con agujeros
del tamaño de un puño. La repentina tormenta de metralla ardi-
ente que rebotó por el interior de la nave hizo trizas al personal de
a bordo. La Iwo Jima viró fuera de control y se estrelló contra la
tierra, desintegrándose en una abrasadora explosión. Enormes
pedazos de metralla se precipitaron por todas partes desde el
cielo, haciendo que los mercenarios corrieran a toda prisa y se
lanzaran de cabeza en busca de cobertura. Skarr hizo caso omiso
de los pedazos fundidos de metal, en lugar de eso, se colgó el rifle
de asalto de un hombro y avanzó hacia el TBP volcado.
Se dirigió directamente hacia el vehículo, sabiendo que los
soldados de la Alianza que estaban al otro lado no podrían verle
venir. El vehículo que les proporcionaba cobertura también les
ocultaba la vista de lo que tenían justo enfrente.
Mientras se aproximaba al TBP, los mercenarios que iban tras
él se dividieron a los lados y triangularon sus posiciones para
poder seguir disparando alrededor de Skarr. Mantenían un flujo
constante de ráfagas letales de alta velocidad centradas sobre el
vehículo, haciendo que los marines que estaban tras este, per-
manecieran inmovilizados.
Ignorando el fuego continuo, el krogan se detuvo a menos de
diez metros de distancia del TBP. Empezó a concentrar sus habil-
idades bióticas y se le tensaron todos los músculos del rostro. La
reacción desencadenó una respuesta biorretroactiva en los módu-
los quirúrgicamente implantados por todo su sistema nervioso.
Comenzó a acumular energía oscura, capturándola del mismo
modo en que un agujero negro atrapa la luz. Tardó casi diez se-
gundos enteros para alcanzar la máxima potencia. Entonces im-
pulsó un puño hacia delante y la arrojó sobre el objetivo.
El TBP salió despedido por el aire y sobrevoló las cabezas de
los atónitos marines de la Alianza para acabar aterrizando una
273/324

docena de metros por detrás de ellos. La inesperada maniobra les


cogió desprevenidos, sorprendidos por completo y totalmente ex-
puestos. No había nada en su adiestramiento que les hubiera pre-
parado para esto. Sin saber cómo actuar, simplemente se
quedaron paralizados: un pequeño grupo apiñándose agazapado
en la arena.
Les hubieran abatido a tiros de no haber sido por el hecho de
que el enemigo estaba tan sorprendido como ellos. Los mercen-
arios, que habían dejado de disparar, observaban completamente
estupefactos cómo el krogan biótico apartaba sin más el TBP de
cuatro toneladas de su camino.
—¡Tirad las armas! —gruñó el krogan.
Los marines obedecieron; sabían que la batalla estaba perdida.
Se pusieron en pie lentamente y levantaron las manos sobre las
cabezas, dejando caer sus rifles de asalto a tierra. Kahlee hizo
igual; sabía que no le quedaba otra opción.
El krogan dio un paso adelante y la agarró del brazo, apretán-
dole tan fuerte que dejó escapar un grito de dolor. Uno de los
marines hizo ademán de moverse para ayudarla, entonces se re-
tiró. Kahlee se alegró de que lo hiciera: él no podía ayudarla; no
tenía ningún sentido hacer que le mataran.
Mientras los mercenarios seguían apuntando a los prisioneros
con sus armas, Skarr llevó a Kahlee medio a rastras hacia uno de
los vehículos. La lanzó en la parte trasera y se subió a su lado.
—Matadles —les dijo a sus hombres, apuntando con la cabeza
en dirección a los marines de la Alianza.
Las estridentes réplicas de los disparos ahogaron los gritos de
Kahlee.

A través de sus binoculares, Saren observó cómo toda la escena se


desplegaba sin moverse de la posición que había elegido con tanto
274/324

esmero. Le sorprendió que Skarr no matara a Sanders y que en


cambio se la llevara como prisionera. Evidentemente, su relación
con todo este asunto era mayor de la que había creído en un prin-
cipio. Aunque, en realidad, aquello no cambiaba nada.
Los mercenarios se subieron a sus vehículos y arrancaron
hacia el crepúsculo, conectando las luces para que les guiaran por
la oscuridad.
Saren saltó de su posición elevada y corrió hacia el pequeño
todoterreno de reconocimiento que había aparcado allí cerca. El
vehículo había sido especialmente modificado para las misiones
furtivas de noche: los faros estaban cubiertos por unas pantallas
atenuantes que dispersaban la iluminación y la desviaban hacia el
suelo, produciendo un tenue resplandor que era suficiente para
conducir pero que apenas era visible a más de un kilómetro de
distancia.
En contraste, los haces de alta potencia de los otros vehículos
resplandecían como faros en la oscuridad de la noche del desierto.
Podría reconocerlos fácilmente a una distancia de hasta diez
kilómetros.
Todo lo que debía hacer era seguirlos y le conducirían exacta-
mente a dondequiera que Edan estuviese escondido.
DIECINUEVE

Anderson no podía evitar sentirse nervioso por aquel encuentro.


A pesar de que el Consejo había aprobado oficialmente la petición
de la embajadora, seguía obsesionado por el recuerdo de su úl-
timo encuentro con Saren. Durante un largo instante, había es-
tado completamente convencido de que el turiano iba a darle
muerte fuera de las ruinas de Dah’tan. Cuando la embajadora
Goyle dejó ver que era posible que Saren sintiera un odio general
hacia la Alianza, no le sorprendió lo más mínimo.
—La información personal sobre los espectros es secreta —le
explicó—, pero inteligencia descubrió algo interesante. Parece ser
que perdió a su hermano durante la Primera Guerra de Contacto.
El teniente sabía que existían más que unos cuantos turianos
que seguían sintiéndose resentidos por el conflicto, especialmente
aquellos que habían perdido a miembros de su familia. Y so-
spechaba que Saren no era de los que cargaba con el rencor, sino
que lo alimentaba constantemente. Puede que comenzara como
un deseo de vengar a su hermano, pero después de ocho años de-
bía de haber crecido hasta convertirse en algo mucho más sini-
estro: un odio enconado y retorcido hacia toda la Humanidad.
276/324

Tenía tantas ganas de atrapar a los responsables de lo que


había ocurrido en Sidón como pocas de trabajar con Saren en esta
misión. Todo aquello hizo que le asaltara un mal presentimiento,
igual que el que tuvo anteriormente cuando la Hastings respondió
a la llamada de socorro de Sidón. Pero le habían dado unas
órdenes y tenía la intención de cumplirlas.
El hecho de que el turiano llegara más de una hora tarde no le
hizo sentirse mejor. Con el fin de intentar resolver sus diferencias,
Anderson le había dejado escoger la hora y el lugar del encuentro.
Había elegido el mediodía en un bar sucio y pequeño de un barrio
venido a menos de las afueras de Hatre. La clase de local donde
los clientes tenían por costumbre ignorar las conversaciones veci-
nas. Allí, nadie quería saber lo que los demás se llevaban entre
manos.
De todos modos, no es que existiera el riesgo de que alguien
fuera a oírles por casualidad. Aquella tarde el sitio estaba
prácticamente desierto, motivo por el que probablemente el
turiano había elegido esa hora del día. Tenía sentido, aunque
mientras Anderson estaba sentado solo en una mesa de un rincón
sorbiendo su bebida, no podía evitar sino preguntarse a qué clase
de juego estaba jugando Saren.
¿Por qué no estaba allí? ¿Acaso era aquello alguna especie de
trampa? ¿O quizá una estratagema para deshacerse de él mientras
el espectro proseguía con la investigación?
Veinte minutos más tarde, cuando acababa de decidir
marcharse, se abrió la puerta y el hombre al que había estado es-
perando la traspasó. Al entrar, el camarero y el otro único cliente
del lugar aparte de Anderson le echaron un vistazo y apartaron la
mirada mientras Saren atravesaba la habitación con paso rápido y
furioso.
277/324

—Llegas tarde —dijo Anderson, mientras el turiano se sentaba.


No esperaba una disculpa, pero sentía que, al menos, le debía una
explicación.
—Estaba trabajando —fue su seca respuesta.
El turiano parecía ojeroso, como si no hubiera dormido en
toda la noche. A primera hora de la tarde del día anterior, Ander-
son se había puesto en contacto con él, justo después de entregar
a Kahlee al equipo de seguridad que debía ayudarla a salir de
aquel mundo. Se preguntaba si Saren no habría estado trabajando
sin parar en el caso desde entonces, intentando despachar el
asunto antes de verse obligado a juntarse con un socio humano no
deseado.
—Ahora estamos juntos en esto —le recordó Anderson.
—Recibí el mensaje del Consejo —respondió Saren con un
tono cargado de menosprecio—. Tengo la intención de cumplir
sus deseos.
—Me alegra oírlo —contestó Anderson fríamente—. La última
vez que nos vimos creí que ibas a matarme. —No tenía ningún
sentido guardarse nada; quería saber exactamente a qué atenerse
con el espectro—. ¿Tengo que pasarme el resto de la misión mir-
ando por encima del hombro?
—Nunca mato a nadie sin tener un motivo —le recordó Saren.
—Creí que siempre podías encontrar una razón para matar a
alguien —replicó el teniente.
—Pero ahora tengo una muy buena razón para mantenerte con
vida —le aseguró Saren—. Si mueres, la Alianza pedirá mi cabeza
a gritos. Y puede que el Consejo se sintiera inclinado a concedér-
sela. Como mínimo revocarían mi estatus de espectro. Sincera-
mente, no me podría importar menos si vives o si mueres —con-
tinuó el espectro. Por su tono de voz, bien pudiera haber estado
hablando del tiempo—. Pero no pretendo hacer nada que ponga
en riesgo mi carrera.
278/324

A menos que estés seguro de que puedes salirte con la tuya,


pensó Anderson. Y preguntó en voz alta:
—¿Tienes los archivos que os enviamos?
Saren asintió.
—¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo vamos a encontrar a Edan?
—Ya lo he encontrado —fue su engreída respuesta.
—¿Cómo? —preguntó Anderson sorprendido.
—Soy un espectro. Es mi trabajo.
Dándose cuenta de que no habría ninguna respuesta, Ander-
son dejó estar el asunto.
—¿Dónde está?
—En el búnker de una refinería de eezo —contestó Saren. Ar-
rojó un juego de planos sobre la mesa—. Estos son los esquemas.
Anderson estuvo a punto de preguntar de dónde los había
sacado, pero se mordió la lengua. Por ley, todas las refinerías de
eezo tenían que someterse a una inspección semestral. El diseño
de cada planta debía estar disponible para los inspectores;
echarles mano debía de haber sido una tarea fácil para alguien
con la autoridad de un espectro.
—Reconocí el exterior —continuó Saren—. Está rodeado por
un campamento de trabajo civil; la seguridad es mínima. Si esper-
amos hasta el anochecer, deberíamos poder entrar dentro del per-
ímetro sin alertar a nadie.
—¿Y entonces qué? ¿Entramos furtivamente y matamos a
Edan?
—Yo preferiría cogerle con vida para interrogarle.
Algo en la manera en que dijo interrogarle hizo que Anderson
se estremeciera. Ya sabía que Saren tenía una vena cruel; no res-
ultaba difícil suponer que en realidad disfrutaba torturando a pri-
sioneros como parte de su trabajo.
El turiano debió de percatarse de su reacción.
—¿No te gusto, verdad?
279/324

No tenía sentido mentirle. De todos modos, Saren no le hubi-


era creído.
—No, no me gustas. Está claro que tú tampoco eres mi mayor
admirador. Pero respeto lo que haces. Eres un espectro y creo que
eres muy bueno en tu trabajo. Espero poder aprender algo de ti.
—Y yo espero que no me jodas la misión.
Anderson se negó a morder el anzuelo.
—Dijiste que deberíamos infiltrarnos en la refinería después
del anochecer. ¿Qué hacemos hasta entonces?
—Necesito descansar —afirmó categóricamente el turiano,
confirmando las sospechas de Anderson de que había estado des-
pierto toda la noche—. La refinería está a unas dos horas de la
ciudad. Si partimos dos horas antes de que se ponga el sol,
llegaremos allí a medianoche. Eso debería darnos el tiempo ne-
cesario para entrar y salir antes de que salga el sol.
El turiano se levantó apartando la silla de la mesa; evidente-
mente, tenía la impresión de que la reunión había concluido.
—Reúnete conmigo aquí a las 16:00 —dijo, antes de darse la
vuelta y alejarse.
Anderson esperó a que se marchara, lanzó unos créditos sobre
la mesa para pagar la bebida, se levantó y se fue. En Camala se
empleaba el uso estándar de veinte horas y ni siquiera eran las
12:00 todavía. De ningún modo pensaba pasarse las siguientes
cuatro horas en aquel antro.
Además, no había hablado con la embajadora Goyle desde la
mañana del día anterior. Ahora podría ser un buen momento para
volver a contactar con ella y comprobar cómo estaba Kahlee. Ex-
clusivamente por el bien de la misión, por supuesto.

—¿Teniente, esta línea es segura? —le preguntó la embajadora


Goyle.
280/324

—Tan segura como la que podamos tener en un mundo batari-


ano —le dijo Anderson.
Hablaba con ella a través de una videoconferencia a tiempo
real. Aunque la comunicación a tiempo real entre una colonia del
Margen y la Ciudadela era un proceso increíblemente caro y
costoso, Anderson imaginaba que la Alianza podía permitírselo.
—Acabo de reunirme con Saren. Parece que está dispuesto a
permitir que le siga.
Hubo un desfase de unas décimas de segundo mientras la
señal se cifraba, se integraba en un paquete de máxima prioridad,
se transmitía a una baliza de comunicaciones que orbitaba
alrededor de Camala y posteriormente era retransmitida a través
de la extranet al terminal de la embajadora en la Ciudadela antes
de ser al fin descodificada. Apenas se notaba el retraso, aunque sí
provocaba una ligera perturbación de la imagen de la embajadora
en su monitor.
—¿Teniente, qué más le ha contado? —Había algo solemne-
mente serio en la expresión de la embajadora.
—¿Ocurre algo, señora?
No respondió enseguida, eligiendo sus palabras con cuidado.
—Como sabe, ayer enviamos a la Iwo Jima a recoger a
Sanders. Cuando llegaron, el equipo de tierra estaba siendo
atacado.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Anderson, sabiendo ya la
respuesta.
—La Iwo Jima acudió en su ayuda, luego perdimos el con-
tacto. Para cuando convencimos a las autoridades locales de que
enviaran a un equipo de rescate al lugar, ya era demasiado tarde.
Los marines enviados para acompañar a Sanders estaban todos
muertos. La Iwo Jima había sido destruida. No sobrevivió nadie a
bordo.
281/324

—¿Qué hay de la teniente Sanders? —preguntó, dándose


cuenta de que la embajadora la había excluido de forma llamativa
de la lista de bajas.
—Ninguna señal de ella. Creemos que puede haber sido cap-
turada. Obviamente, sospechamos que Edan y el Dr. Qian están
detrás del ataque.
—¿Cómo se enteraron de la recogida? —solicitó Anderson,
enfadado.
—La petición de la autorización para el aterrizaje fuera de pu-
ertos fue introducida en el sistema principal del banco de datos de
transportes de Hatre —le explicó la embajadora—. Alguien debió
de ver la información allí y se la transmitió a Edan.
—¿Quién la filtró? —quiso saber, recordando los temores de
Kahlee de que algún pez gordo de la Alianza pudiera estar traba-
jando con Qian.
—No hay manera de saberlo. Ni siquiera podemos estar segur-
os de que fuera deliberado. Podría haber sido un accidente. Un
error.
—Con el debido respeto, señora, ambos sabemos que eso no es
más que un montón de chorradas.
—Teniente, esto no cambia en nada su misión —le advirtió—.
Aún tiene que encontrar a Qian.
—¿Y qué pasa con la teniente Sanders?
La embajadora suspiró.
—Creemos que sigue con vida. Con algo de suerte, si encuentra
a Qian puede que también la encuentre a ella.
—¿Algo más, señora? —preguntó, algo más bruscamente de lo
que pretendía. Seguía muy afectado por la noticia de que alguien
había vuelto a traicionar a Kahlee. Y, aunque no sospechaba de la
embajadora, había sido ella la que había hecho todos los preparat-
ivos para la recogida. No podía evitar culparla, al menos un poco,
por haber permitido que aquello hubiera ocurrido.
282/324

—Saren va a evaluarle durante esta misión —le recordó la em-


bajadora, reconduciéndole astutamente hacia sus verdaderas pri-
oridades—. Si lo hace bien, habremos recorrido un largo camino
en nuestros esfuerzos por demostrar al Consejo que la Humanid-
ad merece tener a alguien entre las filas de los espectros. No de-
bería decirle lo mucho que esto significaría para la Alianza
—añadió.
—Entendido, embajadora —respondió, sumiso. Sabía que
tenía razón; debía dejar sus sentimientos personales a un lado por
el bien de la misión.
—Teniente, todos confiamos en usted —añadió antes de
desconectarse—. No nos decepcione.
Saren no llegó tarde al segundo encuentro. De hecho, cuando
Anderson llegó ya estaba allí, esperando en la misma mesa. Por la
tarde, el bar estaba más concurrido, aunque seguía lejos de estar
abarrotado.
El teniente caminó hacia el turiano y se sentó enfrente de él.
No perdió el tiempo saludándole, sino que simplemente le soltó:
—Cuando estuviste reconociendo el escondite de Edan, ¿viste
alguna señal de Kahlee Sanders?
—Ella ya no es un asunto mío —le dijo Saren—. Ni tuyo.
Mantente concentrado en Edan y en Qian.
—Esa no es una respuesta —insistió Anderson—. ¿La viste o no
la viste?
—¡No pienso permitir que una vida humana se interponga en
esta misión! —le advirtió Saren. Hubo algo en su tono que súbita-
mente esclareció la mente del teniente; se hizo la luz y de pronto
comprendió.
—¡Fuiste tú quien filtró el punto de recogida! Así es como en-
contraste a Edan. Usaste a Kahlee como cebo, entonces seguiste a
su gente hasta la refinería y la noche pasada fuiste a hacer un re-
conocimiento. ¡Por eso has llegado tarde esta mañana!
283/324

—¡Era la única manera! —le soltó Saren—. Hubiéramos


tardado meses en encontrar a Edan. ¡Meses de los que no
disponemos! No tengo por qué darte explicaciones. ¡Vi una opor-
tunidad y la aproveché!
—¡Hijo de puta! —gritó Anderson, saltando por encima de la
mesa para agarrarle por la garganta. Pero el turiano era demasi-
ado rápido para él. Dio un salto hacia atrás, lejos del alcance de
Anderson, y entonces brincó de nuevo hacia delante, cogiendo los
brazos extendidos de Anderson por las muñecas y tirando de ellos
para desequilibrarle.
Mientras el teniente caía hacia delante, Saren le soltó una
muñeca y retorció con fuerza la otra, doblando el brazo de Ander-
son hacia arriba por detrás de su espalda. El turiano aprovechó el
propio impulso del humano en su dirección para lanzarlo contra
el suelo. Todavía con el brazo de Anderson doblado tras la es-
palda, el turiano dejó caer la rodilla entre los hombros del teni-
ente, clavándolo en el suelo.
Anderson forcejeó durante unos segundos, pero no pudo liber-
arse. Sintió cómo Saren ejercía presión sobre su brazo y se quedó
quieto antes de que el turiano decidiera rompérselo. Al comenzar
la pelea, el resto de la gente del bar saltó de sus asientos pero, una
vez que vieron que el humano estaba realmente indefenso, se sen-
taron otra vez y continuaron bebiendo.
—Esto es lo que significa ser un espectro —susurró Saren, aún
encima de él. Se había inclinado tan cerca de él que Anderson
sintió su cálida respiración en la oreja y la nuca—. Sacrificar una
vida por el bien de millones de ellas. La investigación de Qian es
una amenaza para todas las especies del espacio de la Ciudadela.
Vi la ocasión de detenerle a cambio de unas cuantas decenas de
vidas. La aritmética es simple, humano… aunque poca gente sea
capaz de calcular correctamente.
284/324

—Ya lo entiendo —dijo Anderson, intentando mantener la voz


calmada—. Así que deja que me ponga en pie.
—Vuelve a intentarlo y te mato —le advirtió el espectro antes
de soltarle. Anderson no tuvo ninguna duda de que iba en serio.
Además, luchando contra Saren en este bar no conseguiría nada.
Si realmente quería ayudar a Kahlee, debía ser listo en lugar de
impulsivo.
Se puso en pie y clavó su mirada sobre el turiano durante un
largo instante. A pesar de haber acabado inmovilizado, lo único
que le dolía era el orgullo. Anderson se sacudió y se sentó de
nuevo a la mesa. Al comprender que el humano intentaba conten-
er su rabia, el turiano se sentó junto a él.
—No encontraron el cuerpo de Kahlee en la escena —dijo
Anderson, continuando con la conversación donde la habían de-
jado. Necesitaba que se le ocurriera algún plan para ayudar a Kah-
lee, aunque no supiera siquiera dónde la tenían presa. Por mucha
rabia que le diera, necesitaba que el turiano estuviera otra vez de
su parte—. ¿Estabas allí? ¿Viste lo que ocurrió?
—Vuestro equipo de tierra fue atacado por Skarr y los mercen-
arios de los Soles Azules —le contó Saren—. Cuando perdieron
toda esperanza, vuestros soldados intentaron rendirse, pero los
Soles Azules les abatieron a tiros.
—¿Y qué hay de Kahlee? ¿Sigue con vida?
—Lo estaba —reconoció Saren—. La metieron dentro de la re-
finería. Supongo que deben de necesitarla por algún motivo.
—Sí, pero si saben que estamos yendo hacia allí, puede que la
maten —dijo Anderson.
—Eso no significa nada para mí.
El teniente tuvo que hacer acopio de toda su disciplina militar
para abstenerse de atacarle de nuevo, aunque, de algún modo,
consiguió quedarse en su sitio.
285/324

—Significa algo para mí —replicó, esforzándose por mantener


la voz imperturbable—. Quiero hacer un trato contigo.
El turiano se encogió de hombros, un gesto universal de
indiferencia.
—¿Qué clase de trato?
—Tú no quieres que esté aquí. Solo estás haciendo esto por or-
den del Consejo. Llévame al escondrijo de Edan, dame la opor-
tunidad de rescatar a Kahlee y prometo no estorbarte durante el
resto de la misión.
—¿A qué te refieres con «la oportunidad de rescatar a Kah-
lee»? —preguntó el turiano con recelo.
—Si se enteran de que les hemos encontrado, probablemente
la maten. Así que, cuando lleguemos a la refinería, déjame entrar
a mí primero. Dame treinta minutos para encontrar a Kahlee
antes de entrar a por Edan y Qian.
—¿Qué pasa si alguien te ve? —preguntó el turiano—. En la re-
finería hay seguridad. Por no mencionar a los mercenarios de
Edan. Haz saltar las alarmas y los pondrás a todos en guardia. Eso
hará mi trabajo más difícil.
—No —arguyó Anderson—. Eso hará tu trabajo más fácil. Seré
una distracción; te los quitaré de encima. Estarán tan preocupa-
dos por mí que ni siquiera se darán cuenta de que estás entrando
a hurtadillas por el otro lado.
—Si te metes en problemas, no acudiré en tu ayuda —le ad-
virtió Saren.
—No esperaba que lo hicieras.
Saren consideró la oferta durante un minuto entero antes de
asentir con la cabeza en señal de acuerdo.
—Treinta minutos. Ni un segundo más.
VEINTE

Ninguno de los dos hombres habló durante el largo paseo noc-


turno a través del desierto. Saren estaba tras el volante, mirando
fijamente hacia delante por el parabrisas del todoterreno mientras
Anderson estudiaba los planos de la refinería. Esperaba ver algo
que pudiera darle alguna pista sobre el lugar en el que tenían ret-
enida a Kahlee, aunque había demasiados sitios que pudieran
haber convertido en una prisión provisional para ella. En lugar de
eso, se concentró en intentar memorizar el esquema general para
poder orientarse rápidamente una vez estuviera dentro.
Al cabo de una hora pudieron ver una débil luz en la distancia;
las luces de la refinería resplandecían en la oscuridad. Las instala-
ciones tenían dos turnos de día y dos de noche, cada uno de ellos
con casi doscientos operarios; la producción de eezo era continua
las veinticuatro horas del día. Para acomodar a tan gran necesid-
ad de mano de obra, las refinerías proporcionaban comida y alo-
jamiento gratuitos a los empleados y a sus familias en los campa-
mentos de trabajo adyacentes: construcciones prefabricadas
montadas en un círculo cada vez más amplio alrededor de una
alambrada de tela metálica que protegía a la refinería en sí.
287/324

Estaban a solo unos pocos cientos de metros de los lindes del


campo de trabajo cuando Saren detuvo el todoterreno.
—Caminaremos desde aquí.
Anderson tomó un apunte mental sobre dónde habían apar-
cado el vehículo; una vez que encontrara a Kahlee tendría que hal-
lar el camino de vuelta en medio de la oscuridad. Si se perdía,
dudaba que Saren se molestara en ir a buscarle.
Cogió su pistola, aunque dudó antes de coger su rifle de asalto.
La pistola llevaba puesto un silenciador, pero el rifle de asalto era
ruidoso; una ráfaga con él y todos sabrían que estaba allí.
Además, era mucho más fácil escoger los blancos con una pistola
que con un arma automática.
—Lo necesitarás —le aconsejó Saren, notando su indecisión.
—La mayor parte de la gente de esta planta no son más que
simples trabajadores —contestó Anderson—. Ni siquiera irán
armados.
—Edan está trabajando con los mercenarios de los Soles
Azules. Allí dentro, también te toparás con muchos de ellos.
—No me refería a eso. Estoy algo preocupado por la posibilid-
ad de disparar accidentalmente a civiles inocentes.
Saren se rio cruel y mordazmente.
—Humano, ¿sigues sin comprenderlo, verdad? La mayoría de
los operarios de estos campos poseen armas de fuego. Esta re-
finería representa su medio de vida. No son soldados, pero, una
vez que suenen las alarmas, intentarán protegerla.
—No hemos venido aquí para destruir la planta —objetó
Anderson—. Lo único que tenemos que hacer es coger a Qian, a
Edan y a Kahlee y salir de aquí.
—Ellos no lo saben. Cuando oigan las sirenas y las balas creer-
án que la planta está sufriendo alguna clase de ataque terrorista.
No podrás ser selectivo con tus objetivos cuando la mitad de ellos
estén corriendo a tu alrededor cegados por el pánico y la otra
288/324

mitad te esté disparando con sus pistolas. Si quieres salir de esta


misión con vida —añadió Saren—, es mejor que estés dispuesto a
disparar a civiles si se cruzan en tu camino. Porque ellos van a es-
tar más que dispuestos a dispararte.
—Una cosa es la necesidad, ¿pero cómo puedes ser tan frío en
lo que respecta a asesinar a gente inocente? —preguntó, con
incredulidad.
—Práctica. Mucha práctica.
Anderson agitó la cabeza y cogió el rifle de asalto, aunque se
prometió a sí mismo no usarlo a menos que fuera absolutamente
necesario. Lo plegó y lo encajó en el hueco de su blindaje en la es-
palda, justo por encima del cinturón. Después, se enfundó la pis-
tola en el hueco de la cadera, de donde podría cogerla fácilmente
en caso de necesidad.
—Nos dividiremos —dijo Saren—. Yo me dirigiré hacia el Este.
Tú ve en sentido contrario.
—Me prometiste una ventaja de treinta minutos antes de que
tú entraras —le recordó Anderson, con voz severa.
—Tendrás tus treinta minutos, humano. Pero si no estás aquí
en el todoterreno cuando vuelva, me marcharé sin ti.

Anderson avanzó rápidamente a través de la oscuridad hacia los


lindes del campo de trabajo. Aunque era de madrugada, el lugar
bullía de actividad. Debido a los turnos escalonados de la refiner-
ía, siempre había gente que acababa de salir del trabajo o que es-
taba a punto de empezar. El campo era como una pequeña ciudad.
Alrededor de unas mil familias vivían allí: maridos, mujeres e in-
cluso niños se arremolinaban por las calles, saludándose entre el-
los con la cabeza y prosiguiendo su vida cotidiana.
Con tanta gente alrededor, a Anderson le resultó fácil confun-
dirse entre la multitud. Se puso un abrigo largo y amplio para
289/324

cubrir el blindaje corporal y disimular las armas. Y, aunque la


mayoría de los empleados de la refinería eran batarianos, había
muchas otras especies entre la muchedumbre, incluidos hu-
manos, por lo que no llamó demasiado la atención.
Se apresuró a través del campo, abriéndose paso entre la mul-
titud y saludando ocasionalmente con la cabeza al pasar junto a
alguno de sus congéneres humanos. Caminaba con zancadas lar-
gas y rápidas, manteniendo un paso ligero mientras avanzaba
hacia la cerca que rodeaba los terrenos protegidos de la refinería.
Sabía que el tiempo corría, pero si se lanzaba a la carrera seguro
que atraería la atención.
Atravesó el campo en cinco minutos. Las construcciones que
alojaban a los operarios formaban un anillo distribuido uniform-
emente alrededor de toda la refinería, aunque nadie quería vivir
confinado justo contra la cerca de seguridad metálica. El linde in-
terior del campo terminaba a unos cien metros largos de esta, de-
jando una amplia franja de tierra desierta y sin iluminación ocu-
pada solo por algunos inodoros dispersos.
Anderson mantuvo el paso ligero hasta que estuvo lo bastante
lejos de las luces para evitar ser visto. Cualquiera que le hubiera
descubierto por casualidad desapareciendo en la oscuridad
supondría que se dirigía a los lavabos sin pensárselo dos veces.
Cuando estuvo a salvo, fuera de la vista, se puso un par de ga-
fas de visión nocturna y rompió a correr hasta llegar a la cerca.
Utilizando una cizalla cortó un agujero lo bastante grande para
poder entrar por él. Antes de pasar a rastras, se deshizo del largo
abrigo que solo le hubiera estorbado. Una vez que estuvo al otro
lado, desenfundó la pistola, confiando en no tener que usarla.
De ahí en adelante, la misión iba a ser más complicada. Ahora
estaba en una zona restringida. Había pequeñas cuadrillas de se-
guridad patrullando por los terrenos del interior del perímetro de
la valla; en caso de que le vieran, o bien le dispararían o bien
290/324

darían la alarma. Sin embargo, esquivarles no iba a ser demasiado


difícil. Mucho antes de que estuvieran lo bastante cerca para
poder descubrirle, vería el resplandor de sus linternas en la tierra.
Avanzando con cautela por el terreno, se acercó hasta un
rincón de la refinería. El complejo era enorme: en el centro, un
edificio principal de unos cuatro pisos albergaba la planta de pro-
cesamiento primaria. A cada lado se habían construido unas
cuantas estructuras menores de dos pisos para alojar el almace-
namiento, los envíos, la administración y el mantenimiento, que
era el destino de Anderson.
Al llegar al edificio anexo de mantenimiento se dirigió hacia la
pequeña puerta contra incendios, en la esquina trasera. Estaba
cerrada, aunque únicamente con una simple cerradura mecánica
y no con uno de esos sistemas de seguridad electrónicos, mucho
más caros. Una planta de refinería en medio del desierto estaba
interesada por lo general en limitar los hurtos ocasionales; no es-
taban construidas con el propósito de prevenir operaciones de
infiltración.
Anderson colocó un pequeño pedazo de explosivo adhesivo en
la cerradura, dio un paso atrás y disparó con la pistola a la
masilla. Explotó con un agudo estampido y se produjo un destello
deslumbrante que reventó la cerradura. Esperó a ver si el ruido
provocaba alguna reacción, pero al no escuchar ninguna abrió la
puerta y entró.
Se encontró junto a las taquillas de los empleados. La hab-
itación estaba vacía; era la mitad de un turno y los empleados es-
taban ocupados realizando labores de mantenimiento. En un
rincón había una gran cesta de ropa sucia con ruedas llena de
monos manchados de los mecánicos. Estuvo rebuscando hasta
que encontró uno que le quedaba bien sobre el blindaje corporal y
se lo puso. Tuvo que quitarse la pistola y el rifle de asalto; no
quería tener que buscar a tientas bajo el mono para cogerlas en
291/324

caso de necesitarlas. Se metió la pistola en el bolsillo grande de la


cadera del mono. No desplegó el rifle de asalto, pero lo envolvió
con una toalla grande que encontró en la lavandería.
Aunque el disfraz distaba de ser perfecto, le permitiría explor-
ar la planta sin llamar demasiado la atención. Visto rápido y
desde lejos, la mayor parte de la gente daría por sentado que era
alguien del equipo de mantenimiento que se dirigía hacia alguna
tarea y no le prestarían atención.
Se subió la manga del mono y echó un vistazo al reloj. Había
perdido quince minutos. Debía darse prisa si quería encontrar a
Kahlee y sacarla de allí antes de que Saren comenzara su misión.

Mientras esperaba en los alrededores del campo de trabajo, Saren


echó un vistazo al reloj. Habían pasado quince minutos. A estas
alturas, Anderson debía estar sin duda en alguna parte en las pro-
fundidades de la refinería; demasiado adentro como para
regresar.
El turiano escondió las armas bajo un largo abrigo de manera
bastante parecida a como lo hizo Anderson cuando quiso pasar
desapercibido por el campo, se puso en pie y caminó hacia los
edificios.
Ya había esperado suficiente. Había llegado el momento.

Anderson se desplazó por numerosos pasillos hasta pasar del edi-


ficio de mantenimiento a la refinería principal. Su corazón
comenzó a latir con fuerza cuando vio al primer empleado diri-
giéndose hacia él. Aunque la mujer batariana solo le miró durante
un instante, apartó la mirada y continuó, pasando por delante de
él, sin decir palabra.
292/324

Se cruzó con varios empleados más mientras se dirigía arriba y


abajo por los pasillos, pero tampoco ninguno de ellos le prestó
atención. La frustración comenzó a crecer; no tenía tiempo para
registrar todas las instalaciones. Supuso que estarían reteniendo a
Kahlee en los pisos inferiores, pero iba a necesitar un poco de
suerte si quería localizarla a tiempo.
Y entonces lo vio: una señal que indicaba «prohibida la en-
trada» junto al hueco de una escalera que bajaba hacia lo que,
según recordaba por los planos, era una pequeña sala de almace-
namiento de equipos. La señal estaba tan limpia que práctica-
mente brillaba; evidentemente, la habían colocado allí en los últi-
mos días.
Bajó las escaleras deprisa. Al final de estas había dos corpu-
lentos batarianos, ambos marcados con un tatuaje de los Soles
Azules en las mejillas. Parecían aburrirse. Estaban sentados en
unas sillas con los hombros caídos, cada uno a un lado de una
pesada puerta de acero y tenían los rifles de asalto apoyados con-
tra la pared que había detrás de ellos. Ninguno de los guardias ll-
evaba puesto el blindaje corporal, cosa comprensible, dado la nat-
uraleza de su misión. Probablemente llevaban todo el día allí sen-
tados y el blindaje corporal era pesado y caluroso. Llevarlo dur-
ante unas cuantas horas seguidas resultaba increíblemente
incómodo.
Los guardias ya le habían visto, por lo que Anderson continuó
caminando directo hacia ellos. Con un poco de suerte les habrían
advertido de que estuvieran al acecho de un espectro turiano. Si
era así, un humano con un mono de mantenimiento no les pare-
cería demasiado amenazador.
Cuando alcanzó el pequeño rellano al final de las escaleras,
uno de los mercenarios se puso en pie, dio un paso hacia delante y
cogió el rifle de asalto, apuntándolo al pecho de Anderson. El teni-
ente se quedó inmóvil. Estaba a menos de cinco metros; a una
293/324

distancia tan cercana, era imposible que lograra sobrevivir si el


mercenario apretaba el gatillo.
—¿Qué es eso? —preguntó el guardia, apuntando el cañón del
arma para señalar hacia el rifle de asalto enrollado en la toalla que
Anderson llevaba bajo el brazo.
—Unas herramientas. Tengo que mantenerlas secas.
—Pon el paquete en el suelo.
Anderson hizo lo que se le indicaba, dejando con cuidado el
rifle de asalto en el suelo para asegurarse de que la toalla no se
deslizara y dejara ver lo que se ocultaba debajo de ella.
Ahora que Anderson ya no llevaba nada que pudiera ser un
arma, el guardia pareció relajarse y bajó el rifle.
—¿Qué ocurre, humano? —preguntó—. ¿Acaso no sabes leer
batariano? —Esto provocó una risotada en su compañero, que
seguía sentado en una silla con los hombros caídos.
—Necesito una cosa de la sala de equipamiento —respondió
Anderson.
—No de esta. Date la vuelta.
—Aquí tengo una nota de autorización —dijo Anderson, hur-
gando en sus bolsillos como si estuviera intentando extraerla de
ellos. El batariano le observaba con una expresión de fastidiosa
molestia, completamente ajeno a lo que estaba sucediendo, mien-
tras Anderson empuñaba la mano alrededor del mango de la pis-
tola y ponía un dedo sobre el gatillo.
El espacioso bolsillo del mono le permitió elevar el cañón de la
pistola justo lo suficiente para alinearlo con el torso del guardia.
Disparó dos veces, las balas rasgaron el tejido del mono y se alo-
jaron en el estómago del mercenario.
El batariano, sorprendido, dejó caer el rifle, tambaleándose
hacia atrás y apretando instintivamente los agujeros de su tripa.
Se golpeó contra la pared y cayó al suelo resbalando lentamente
294/324

por esta mientras la sangre brotaba y se colaba por entre los de-
dos que mantenía presionados contra las heridas.
Su compañero, confuso, levantó la mirada; debido al silen-
ciador, los disparos de la pistola sonaron apagados, como un débil
zip-zip que probablemente ni siquiera debió de oír. Tardó unos
segundos en darse cuenta de lo que había ocurrido. Ante la evid-
encia, fue a por su arma con una expresión de horror en el rostro.
Anderson sacó rápidamente la pistola del bolsillo y disparó dos
tiros a bocajarro sobre el pecho del segundo guardia. Quedó re-
pantigado hacia un costado, cayó de la silla y se quedó inmóvil.
Anderson se volvió rápidamente hacia el primer guardia, que
seguía sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared sin
moverse.
—Por favor —suplicó el mercenario, suponiendo al fin en qué
bando estaba Anderson—. Fue Skarr quien dio la orden de
ejecutar a aquellos soldados de la Alianza. Yo ni siquiera quería
matarles.
—Pero lo hiciste —respondió Anderson y entonces efectuó un
único disparo entre los ojos del batariano.
Se quitó el mono, se enfundó la pistola en la cadera, desen-
volvió el rifle de asalto, desplegándolo para ponerlo a punto y
entonces abrió la puerta de una patada.
VEINTIUNO

Al igual que hiciera Anderson antes que él, Saren entró en la re-
finería a través de una puerta de emergencia que había en uno de
los pequeños edificios anexos de dos pisos. Pero mientras que el
teniente había ido por el edificio de mantenimiento, en el extremo
más occidental de la misma, Saren entró por el almacén de envíos,
situado al este. Y, a diferencia de su homólogo humano, no se mo-
lestó en disfrazarse.
Un par de estibadores le vieron entrar, mostrando primero
sorpresa y luego miedo al ver a un turiano armado con un pesado
rifle de asalto. Una veloz ráfaga del arma de Saren acabó con sus
vidas antes de que tuvieran la ocasión de gritar pidiendo ayuda.
El espectro avanzó deprisa por el almacén hacia el edificio
principal. Una vez más, a diferencia de Anderson, él sabía exacta-
mente a dónde iba. Se dirigió a los niveles inferiores de la refiner-
ía, donde los depósitos de roca y mineral ricos en elemento cero
se fundían y las impurezas de bulto se eliminaban de la superficie
hirviente. El líquido fundido era entonces conducido por un oleo-
ducto hasta una enorme centrifugadora para separar el precioso
eezo. Por el camino mató a tres empleados más.
296/324

Cuando pasó junto a unas señales en la pared en las que ponía


«acceso restringido», supo que estaba acercándose a su destino.
Dobló una esquina y tiró de una puerta con la indicación «solo
personal autorizado» pintado sobre ella. Un muro de aire caliente
y brumoso salió de dentro, haciendo que le escocieran los ojos y
los pulmones. En el interior había media docena de ingenieros
dispersos sobre unas pasarelas construidas alrededor y por en-
cima de unos enormes depósitos de fundición y del gigantesco
núcleo del generador empleado para caldearlos. Estaban supervis-
ando el proceso de refinamiento, vigilando el equipo para asegur-
arse de que operaba al máximo rendimiento y de que no se
produjera un mal funcionamiento potencialmente mortal.
Los empleados llevaban auriculares para proteger sus oídos
del constante estruendo de las turbinas que alimentaban el gen-
erador. Uno de ellos vio a Saren e intentó dar un grito de advert-
encia. Sus palabras, al igual que el ruido de los disparos del
turiano al acribillarlos a todos, fueron engullidas por el rugido de
las turbinas.
La carnicería duró menos de un minuto; si algo tenía el espec-
tro, es que era brutalmente eficaz. Tan pronto como el último in-
geniero murió, cayendo de la pasarela al depósito de mineral fun-
dido que había veinte metros más abajo, Saren emprendió la
siguiente fase de su plan.
Dentro de la refinería había demasiados escondites. Demasia-
dos lugares en los que Edan podía protegerse tras un muro de
mercenarios armados. Saren necesitaba algo que le hiciera salir.
Unas cuantas cargas explosivas estratégicamente situadas desen-
cadenarían una serie de catastróficas explosiones en el núcleo de
la refinería, provocando una alarma general de evacuación en to-
do el complejo.
297/324

Saren acabó de montar las últimas municiones y se dirigió


hacia los niveles superiores. Cuando estallaran las cargas, quería
estar bien lejos de su radio de alcance.

Kahlee tenía hambre, sed y estaba cansada. Pero por encima de


todo, estaba asustada. El krogan le había informado de que Qian
vendría a verla dentro de unos días, pero eso fue todo lo que dijo.
Entonces la arrastró hasta una sala de almacenamiento y la encer-
ró dentro de un pequeño y oscuro reservado que había en la parte
trasera. No había visto ni hablado con nadie desde entonces.
Era lo bastante lista para comprender lo que estaban
haciendo. No sabía qué era lo que Qian quería, pero era obvio que
estaban intentando quebrar su voluntad antes del encuentro. La
habían dejado durante casi un día entero en el estrecho reservado,
en completa oscuridad y sin agua ni comida. Ni siquiera había un
cubo para que pudiera hacer sus necesidades; tenía que hacerlas
en un rincón.
Después de dos o tres días así, Qian se presentaría con una
oferta. Si la aceptaba, la alimentarían y le darían algo de beber. Si
la rechazaba, la arrojarían de nuevo a la celda provisional e irían a
por ella dentro de otros tres días.
Si se negaba una segunda vez, las cosas se pondrían, con
bastante probabilidad, muy feas. En lugar de la inanición y el mal-
trato psicológico, pasarían a las torturas físicas propiamente di-
chas. Kahlee no tenía la menor intención de ayudar al Dr. Qian en
ningún sentido, pero se sentía aterrorizada por lo que estaba por
llegar. Lo peor de todo era saber que, al final, ganarían de todos
modos. Podría llevar días, puede que incluso semanas pero, a la
larga, los maltratos y las torturas la doblegarían y conseguirían de
ella todo lo que quisiesen.
298/324

Durante las primeras horas de su confinamiento, buscó algún


modo de liberarse, solo para darse cuenta de que era inútil. Buscó
a tientas en la oscuridad la puerta del reservado, pero estaba cer-
rada por la parte de fuera y habían retirado el pomo interior.
Además, aunque consiguiera salir del reservado, casi con toda se-
guridad habría guardias esperándola al otro lado.
Ni siquiera podía librarse de ello suicidándose. No es que hu-
biera llegado aún a ese extremo, pero aquella habitación estaba
completamente vacía: no había cañerías de las que pudiera col-
garse ni nada que pudiera usar para cortarse o herirse. Consideró
brevemente la posibilidad de darse golpes en la cabeza una y otra
vez contra la pared, aunque así solo conseguiría perder el conoci-
miento e infligirse un montón de dolor innecesario; algo de lo que
sospechaba que ya habría más que suficiente en un futuro.
La situación era desesperada, pero Kahlee no se había aban-
donado aún a la desesperación total. Y entonces escuchó un ruido;
un sonido más dulce que el cantar de los ángeles. El sonido de la
salvación: los disparos de una automática al otro lado de la
puerta.

Anderson abrió la puerta que los dos mercenarios habían estado


custodiando de una patada. Tras ella se extendía una gran sala de
almacenamiento. Habían sacado fuera todo el material del interi-
or y, a excepción de una pequeña mesa y varias sillas, estaba
vacía. Cuatro batarianos más de los Soles Azules estaban sentados
alrededor de la mesa jugando a algún tipo de juego de cartas. Y,
solo en un rincón, manteniéndose a distancia, estaba Skarr. Al
igual que los hombres de fuera, ninguno de ellos llevaba puesto el
blindaje corporal.
El krogan fue su primer blanco; un chorro de balas le alcanzó
directamente en el pecho. Salió despedido hacia atrás con los
299/324

brazos extendidos en cruz, de tal manera que su arma salió volan-


do a través de la habitación. Golpeó el muro que tenía tras de sí,
se deslizó por él y cayó boca abajo en el suelo, sangrando por de-
masiadas heridas como para poder contarlas.
Los mercenarios reaccionaron al repentino ataque volcando la
mesa y dispersándose. Al ver que Kahlee no estaba en la hab-
itación, Anderson se limitó a pulverizar la sala entera con balas.
Los eliminó a todos antes incluso de que tuvieran ocasión de re-
sponder al fuego. No era una lucha justa u honorable: era una
masacre. Teniendo en cuenta quiénes eran las víctimas, Anderson
ni siquiera sintió remordimientos.
Después de que cesaran los disparos se fijó en una pequeña
puerta que había en la pared posterior. Probablemente tan solo
condujera a un reservado, pero estaba reforzada con placas de
metal y cerrada con un pesado candado.
—¿Kahlee? —preguntó mientras atravesaba corriendo la hab-
itación para golpear en la puerta—. ¿Kahlee, estás ahí? ¿Puedes
oírme?
Del otro lado oyó su voz amortiguada que le llamaba.
—¿David? ¡David! ¡Por favor, sácame de aquí!
Probó de abrir el candado, pero no se movía. Consideró breve-
mente la posibilidad de volarlo, como había hecho anteriormente
con la puerta del edificio de mantenimiento, pero le preocupaba
que la explosión pudiera herir a Kahlee.
—Espera —le gritó—. Necesito encontrar la llave.
Echó un rápido vistazo por la habitación y sus ojos fueron a
parar sobre el cuerpo del krogan, que yacía encogido en un
rincón. Un espeso charco de sangre avanzaba por debajo de él, ex-
tendiéndose rápidamente por el suelo. Anderson sabía que, si
había alguien en esta habitación tenía la llave, ese era Skarr.
Corrió hacia el cuerpo, dejó el arma en el suelo y agarró con
ambas manos el hombro del krogan que estaba más alejado de sí,
300/324

gruñendo por el esfuerzo necesario para darle la vuelta sobre la


espalda. El pecho del krogan era un revoltijo de sangre espesa y
espumosa; al menos una docena de balas le habían atravesado el
dorso. Su ropa estaba empapada y pringosa a causa del cálido y
oscuro fluido.
Haciendo una ligera mueca, Anderson alargó las manos para
buscar en sus bolsillos. Los ojos de Skarr se abrieron de golpe y
una mano del krogan salió disparada y le agarró del cuello. Con
un rugido, la bestia se levantó y alzó al teniente del suelo con un
brazo. El otro le pendía a un costado, ensangrentado e inservible.
¡No puede ser! —pensó Anderson, revolviéndose como un niño
indefenso mientras la garra del krogan apagaba lentamente su
vida—. Nadie puede sobrevivir a unas heridas como esas. ¡Ni
siquiera un krogan!
Skarr debió de ver la sorpresa en sus ojos.
—Vosotros los humanos tenéis mucho que aprender de mi
gente —gruñó, mientras unos espumarajos ensangrentados le
brotaban por los labios al hablar—. Es una lástima que no vayas a
vivir para poder contárselo.
Anderson pataleaba y se agitaba, pero el krogan le mantenía a
un brazo de distancia y las extremidades del primero eran de-
masiado cortas para poder alcanzar el cuerpo de su oponente. En
lugar de eso aporreó con los puños el enorme antebrazo de Skarr.
Sus intentos no hicieron sino provocar una risa burbujeante en el
krogan.
—Deberías de estar contento —le dijo el cazarrecompensas—.
Tendrás una muerta tranquila. No como la chica.
De repente, en algún lugar en las profundidades de la refiner-
ía, una enorme explosión sacudió la habitación. En el remate de
las paredes aparecieron unas grietas inmensas, y varias tejas cay-
eron al suelo. El suelo bajo sus pies se combó y se levantó,
haciendo que Skarr perdiera el equilibrio. Anderson golpeó en ese
301/324

instante su cuerpo y logró desprenderse de la garra del krogan,


cayendo al suelo mientras intentaba respirar con dificultad.
Skarr se tambaleaba y daba bandazos, intentando mantenerse
derecho. Pero estaba debilitado por la hemorragia, y el brazo in-
erte e inservible entorpecía su equilibrio. Cayó pesadamente al
suelo a solo unos metros de distancia de donde Anderson había
dejado caer su rifle de asalto.
Ahora que se había librado de la garra del krogan, Anderson
desenfundó la pistola y disparó. Pero no apuntó al krogan. Si una
ráfaga de un fusil de asalto no había detenido a Skarr, un único
disparo de pistola apenas le haría ir más despacio. En lugar de
eso, Anderson apuntó al arma que estaba junto al krogan y le dio
de lleno, haciendo que esta resbalara por el suelo justo hasta
quedar fuera del alcance del cazarrecompensas.
Las alarmas comenzaron a sonar por todo el edificio; sin duda,
era una respuesta a la explosión. Aunque Anderson tenía preocu-
paciones más urgentes. Armado tan solo con la pistola, sabía que
necesitaba un disparo directo en la cabeza de Skarr para acabar
con él. Pero el krogan se levantó de un salto y arremetió contra él
antes de que tuviera la ocasión de apuntar correctamente.
La bala dio al krogan en el hombro que ya tenía paralizado,
aunque este siguió avanzando. Anderson se lanzó a un lado y rodó
para apartarse de su camino mientras el krogan aullaba de rabia,
evitando por poco haber sido mortalmente pisoteado.
Sin embargo, ahora Skarr se interponía entre él y la puerta,
bloqueando así cualquier posibilidad de escapatoria. Anderson
retrocedió hasta el rincón y levantó el arma de nuevo. Pero fue
unas fracciones de segundo demasiado lento, y el krogan le dio
con un rápido impulso biótico que hizo caer la pistola de su mano
y casi le partió la muñeca.
El krogan sabía que el humano, desarmado, no tenía nada que
hacer contra él y avanzó lentamente. Anderson intentó hacer una
302/324

finta y echarse a un lado, confiando en tener la oportunidad de


coger alguna de las armas que estaban en el suelo. Pero el krogan
era astuto y, a pesar de las heridas y de la hemorragia, fue lo
bastante rápido como para cortarle el paso por la habitación y
acorralar al teniente en un rincón del que no había escapatoria.

El impacto de la explosión había lanzado a Kahlee dando tumbos


por la oscuridad. Se golpeó la cara contra una pared que no había
visto, perdió un diente y se partió la nariz. Cayó al suelo y se llevó
las manos al rostro herido, notando el sabor de la sangre que cor-
ría por su barbilla.
Y entonces reparó en un pequeño resquicio de luz que se filtra-
ba por el borde de la puerta. La explosión debió de desencajarla
de las bisagras. Ignorando el dolor provocado por las heridas, se
puso en pie de un salto y retrocedió hasta notar la pared que había
detrás de ella. Dio tres pasos firmes y se lanzó contra la puerta
con el hombro por delante.
Los daños producidos en el marco debieron de ser import-
antes porque la puerta cedió al primer intento y Kahlee acabó des-
patarrada por la habitación que estaba tras esta. Aterrizó sobre el
mismo hombro que había usado para derribar la puerta, dándose
un fuerte golpe contra el suelo. Se dislocó el hombro y una sacu-
dida de dolor le recorrió el brazo. Al incorporarse, después de to-
das las horas que había pasado en la más absoluta oscuridad, tuvo
que protegerse los ojos por la repentina claridad de la habitación.
—¡Kahlee! —Oyó que gritaba Anderson—. ¡Coge el arma!
¡Dispárale!
Medio ciega por culpa de la luz, entornó los ojos y se arrastró a
tientas por el suelo, rodeando el cañón de un rifle de asalto con las
manos. Tiró de él y agarró la empuñadura mientras una enorme
sombra se cernía sobre ella.
303/324

Actuando por instinto, apuntó y apretó el gatillo. Fue recom-


pensada con el inconfundible sonido de un krogan rugiendo de
dolor y la inmensa sombra desapareció.
Parpadeando sin cesar para intentar recuperar la visión, Kah-
lee apenas fue capaz de distinguir el perfil de Skarr, que se tam-
baleaba lejos de ella mientras se apretaba el estómago y la mirada
con rabia e incredulidad.
Entonces Anderson apareció a la vista justo al lado del krogan.
Apretó la pistola contra un costado del cráneo del krogan y dis-
paró. Kahlee tardó unos instantes en apartar la vista; la visión de
los sesos de Skarr saliendo disparados por el otro extremo de la
cabeza y estampándose contra la pared sería una de las imágenes
que probablemente la acompañarían hasta el fin de sus días.
Y allí estaba Anderson acuclillado en el suelo junto a ella.
—¿Estás bien? —preguntó—. ¿Puedes caminar?
Ella asintió.
—Creo que me he dislocado el hombro.
Anderson se quedó pensativo durante un instante y dijo:
—Siento lo que ha pasado, Kahlee. —Ella estaba a punto de
preguntarle por qué cuando, de pronto, él la agarró de la muñeca
y la clavícula y tiró con fuerza del brazo. Ella gritó de dolor y es-
tuvo a punto de desmayarse mientras el hombro volvía a encajar
en su sitio.
David estaba ahí para cogerla y que no cayera.
—Cabrón —farfulló, flexionando los dedos para intentar
desentumecerlos—. Gracias —añadió un segundo después.
La ayudó a ponerse en pie y fue solo entonces cuando reparó
en todos los otros cadáveres que había en la habitación. Anderson
permaneció en silencio; simplemente le pasó el rifle de asalto de
uno de los hombres muertos y agarró el suyo.
304/324

—Mejor que los cojamos —le dijo al recordar la sombría ad-


vertencia de Saren sobre la posibilidad de tener que disparar a
civiles—. Recemos para que no tengamos que usarlas.
VEINTIDÓS

La explosión en el corazón de la refinería tuvo exactamente el


efecto que Saren esperaba. El pánico y el caos se adueñaron de la
planta. Las alarmas hicieron que la gente huyera hacia las salidas,
desesperados por escapar de la destrucción. No obstante, mien-
tras todo el mundo corría hacia fuera, Saren se adentraba cada
vez más, avanzando contra la marea de la multitud. La mayoría de
la gente no reparaba en él, centrándose únicamente en su propia
huida desesperada.
Debía actuar deprisa. La explosión que había desencadenado
solo había sido la primera de una reacción en cadena que provo-
caría que los depósitos de mineral fundido se recalentaran.
Cuando hicieran erupción, toda la maquinaria del núcleo de pro-
cesamiento ardería en llamas. Las turbinas y los generadores se
sobrecargarían, concatenando una serie de explosiones que redu-
cirían la planta entera a escombros candentes.
Escrutando a la multitud, al fin Saren encontró lo que estaba
buscando: un pequeño grupo de mercenarios de los Soles Azules
fuertemente armados moviéndose juntos como un todo. Al igual
306/324

que Saren, ellos también se encaminaban hacia las profundidades


de la planta.
Lo único que tenía que hacer era seguirles.

—¿A qué estamos esperando? —gritó Qian, casi histérico. Sostenía


una pequeña maleta de metal que agitaba frenéticamente frente al
rostro de Edan. Dentro de ella había una memoria flash que con-
tenía todos los datos que habían reunido a lo largo del proyecto.
¡Todo lo que necesitamos está aquí! ¡Vayámonos!
—Aún no —dijo el batariano, intentando permanecer tranquilo
a pesar de que el zumbido de las sirenas era tan alto que apenas
podía oír sus propios pensamientos—. Espera a que lleguen
nuestros escoltas —sabía que la explosión en el núcleo era algo
más que una simple coincidencia y no pensaba salir corriendo
hacia una trampa. No sin sus guardaespaldas.
—¿Y qué pasa con ellos? —gritó Qian, señalando a los dos mer-
cenarios que permanecían nerviosamente de pie fuera de la pu-
erta de la habitación en la que habían estado ocultándose desde el
ataque a Sidón.
—No bastan —respondió Edan—. No pienso correr ningún
riesgo. Esperaremos al resto de…
Sus palabras fueron interrumpidas por un sonido de disparos
proveniente de la otra sala que se confundió con las alarmas y los
gritos de los guardias. A esto siguieron unos segundos de silencio
y entonces una figura desconocida apareció por la puerta.
—Me temo que su escolta no va a llegar —dijo el turiano.
A pesar de que jamás se había cruzado con este hombre, Edan
le reconoció al instante.
—Yo le conozco —afirmó—. Usted es Saren, el espectro.
—¡Fue usted quien hizo esto! —chilló Qian, apuntando un
dedo tembloroso hacia Saren—. ¡Todo esto es culpa suya!
307/324

—¿Va a matarnos ahora? —preguntó Edan. Sorprendente-


mente, no tenía miedo. Fue como si desde el principio hubiera sa-
bido que llegaría este momento. Y ahora que la muerte se cernía
sobre él, sentía una extraña sensación de calma.
Pero el turiano no les mató. En lugar de eso, hizo una
pregunta.
—¿En qué estaban trabajando en Sidón?
—¡En nada! —gritó Qian, apretando la maleta de metal contra
su pecho. ¡Es nuestra!
Edan reconoció la expresión de los ojos de Saren. Él mismo
había construido toda su fortuna sobre los mismos impulsos: la
voracidad, el deseo y el ansia de poseer.
—Ya lo sabe —susurró al comprender la verdad—. Aunque no
todo. Justo lo suficiente para que quiera saber más —una débil
sonrisa se asomó por sus labios. Había una posibilidad de que
pudiera salir de esta con vida.
—¡Cállese! —le gritó Qian—. ¡Nos la quitará!
—No lo creo —contestó Edan, hablando más para Saren que
para el delirante científico—. Nosotros tenemos algo que él quiere.
Necesita mantenernos con vida.
—Pero no a los dos —advirtió Saren.
Algo en su tono de voz traspasó el velo de locura de Qian.
—Me necesita —insistió en un insólito momento de lucidez—.
Usted necesita mi investigación. Mis conocimientos —hablaba de-
prisa, asustado y desesperado. Sin embargo, no estaba claro si le
espantaba más la muerte o perder la ocasión de continuar con su
obsesiva investigación—. Sin mí nunca podrá comprenderlo. No
averiguará el modo de liberar su poder. ¡Soy esencial en el
proyecto!
Saren levantó la pistola, la apuntó directamente hacia el hu-
mano que no dejaba de balbucear y volvió la cabeza hacia Edan.
—¿Es eso cierto? —preguntó al batariano.
308/324

Edan se encogió de hombros.


—Tenemos copias de toda su investigación y yo tengo a mi
propio equipo estudiando el artefacto. Qian es brillante pero se ha
vuelto… imprevisible. Creo que ha llegado la hora de buscarle un
sustituto.
Las palabras no habían acabado de salir de su boca cuando
Saren disparó. Qian se quedó tieso, perdió el equilibrio y se
desplomó de espaldas con un único agujero de bala en la frente.
La maleta metálica cayó de sus manos haciendo ruido al golpear
el suelo, pero el interior acolchado protegió la memoria flash del
impacto.
—¿Y qué hay de usted? —preguntó el espectro, apuntando con
la pistola al batariano.
Cuando creyó que no habría esperanzas de poder sobrevivir,
Edan permaneció tranquilo y se resignó a su destino.
Pero ahora que había visto una posibilidad de salir con vida, el
arma que apuntaba en su dirección le hizo estremecer de miedo.
—Sé dónde está —respondió—. ¿Cómo piensa encontrarlo sin
mi ayuda?
Saren movió su cabeza en dirección a la maleta metálica.
—Probablemente haya algo ahí dentro que me indique lo que
necesito saber.
—Yo… yo tengo recursos —tartamudeó Edan, esforzándose por
encontrar otro argumento capaz de detener la mano del ver-
dugo—. Gente. Poder. Dinero. El coste del proyecto es as-
tronómico. Si me mata, ¿cómo piensa financiarlo?
—No es la única persona con dinero e influencias —le recordó
el turiano—. Puedo encontrar a otro financiero sin salir siquiera
del Margen.
—¡Piense en cuánto tiempo y esfuerzo le he dedicado a esto!
—dijo inesperadamente—. ¡Si me mata, tendrá que empezar desde
cero!
309/324

Saren se quedó en silencio, aunque movió ligeramente la


cabeza a un lado, como si estuviera tomando en consideración lo
que el batariano acababa de decir.
—No tiene ni idea de lo que este artefacto es capaz —continuó
Edan, insistiendo en su argumento—. La galaxia nunca ha visto
nada igual. Incluso con los archivos de Qian, no encontrará a
nadie que pueda embarcarse en el proyecto y reanudar el trabajo
en el proyecto. Yo he estado implicado desde el comienzo. Tengo
una comprensión esencial de lo que nos ocupa. Nadie más en toda
la galaxia puede ofrecerle lo mismo.
Por la expresión que había en el rostro del turiano era obvio
que este aceptaba el argumento de Edan.
—Si me mata, no solo perderá mi apoyo financiero, sino tam-
bién mi experiencia. Puede que encuentre a otro que patrocine el
proyecto, pero eso le llevará tiempo. Si me mata, tendrá que em-
pezar otra vez desde el principio. No va a malgastar tres años de
mi trabajo de campo solo para poder tener la satisfacción de
dispararme.
—No me importa esperar unos cuantos años más —respondió
Saren, mientras apretaba el gatillo—. Soy un hombre muy
paciente.

Kahlee y Anderson seguían en el interior del edificio principal de


la refinería cuando se produjo la segunda explosión. La det-
onación se originó cerca de los depósitos de procesamiento de
mineral fundido del núcleo; un géiser de líquido ardiente entró en
erupción en el corazón de las instalaciones y salió disparado hacia
el cielo hasta alcanzar una altura de trescientos metros. La
columna incandescente subió en forma de hongo, desplegándose
e iluminando la noche antes de caer en picado en forma de una
310/324

lluvia mortífera al rojo vivo por encima de todo lo que había en un


radio de medio kilómetro.
—¡Sigue corriendo! —gritó Anderson, forzando la voz para que
Kahlee le oyera por encima de las agudas alarmas. Las dos
primeras explosiones ya habían debilitado estructuralmente la
planta, y seguro que habría más—. ¡Debemos salir fuera antes de
que este sitio se derrumbe sobre nosotros!
Anderson iba a la cabeza, agarrando el fusil de asalto con una
mano y, con la otra, la muñeca de Kahlee mientras arrastraba a la
debilitada joven junto a él. Salieron de la planta y corrieron hacia
la cerca del perímetro. El teniente escudriñaba frenéticamente la
zona a su alrededor en busca de señales de persecución.
—¡Dios mío! —jadeó Kahlee, deteniéndose en seco y obligando
a Anderson a hacer lo mismo. Echó un vistazo hacia atrás y la vio
con la vista clavada en la distancia. Se volvió para seguir su
mirada y entonces susurró una breve oración para sí.
Todo el campo estaba en llamas. Protegidos por el techo y las
paredes de la refinería, los dos humanos habían estado a res-
guardo de la avalancha de mineral fundido. Los que estaban fuera
de la planta —hombres, mujeres y niños en los campos de tra-
bajo— no tuvieron tanta suerte. Todos los edificios parecían estar
ardiendo; un feroz muro de llamas naranja les rodeaba en círculo.
—Nunca podremos atravesarlo —se quejó Kahlee, desplomán-
dose en el suelo, derrotada por el agotamiento y la fatiga.
Una nueva explosión sacudió las instalaciones. Anderson echó
una mirada hacia atrás y vio que ahora la planta también estaba
ardiendo. A la luz de las llamas podía ver cómo el humo ennegre-
cido salía lentamente por las ventanas: nubes químicas tóxicas
desatadas por la destrucción.
311/324

—¡Aguanta! —gritó Anderson, levantándola por los hom-


bros—. ¡Podemos lograrlo!
Kahlee meneó la cabeza. Pudo verlo en sus ojos: después de
todo por lo que ya había pasado desde la destrucción de Sidón, al
final, esto era demasiado para ella. No le quedaban fuerzas; final-
mente se había abandonado a la desesperación.
—No puedo. Estoy demasiado cansada —dijo, desplomándose
a tierra de nuevo—. Déjame.
No podía acarrearla durante el resto del camino; tenían que ir
demasiado lejos. Y, con ella descansando sobre su espalda, temía
no poder moverse con la suficiente rapidez para atravesar el
campo de trabajo envuelto en llamas sin que ambos murieran
abrasados.
Kahlee no se había alistado para servir en el frente de batalla.
Ella era una científica, una intelectual. Pero todos los soldados de
la Humanidad pasaban por el mismo adiestramiento básico; antes
de ser parte de la Alianza debían soportar meses de extenuantes
sufrimientos físicos. Les enseñaban a entregarse hasta el límite de
sus fuerzas y más allá. Y cuando sus cuerpos amenazaban con
desfallecer por el agotamiento y la fatiga, debían encontrar el
modo de continuar. Tenían que atravesar las barreras mentales
que les inhibían y exigirse más de lo que nunca imaginaron que
fuera posible.
Era un rito iniciático, un vínculo compartido por cada hombre
y mujer del Ejército de Sistemas de la Alianza. Les unía y les daba
fortaleza; les transformaba en símbolos vivientes: una manifesta-
ción en carne y hueso del indómito espíritu humano. Anderson
sabía que ahora tenía que aprovecharse de ello.
—¡Maldita sea, Sanders! —le gritó—. ¡No se atreva a dejarme
tirado! ¡Su unidad se retira, así que levante el culo y póngase en
marcha! ¡Es una orden!
312/324

Como buen soldado, Kahlee respondió a sus órdenes. De algún


modo se puso otra vez en pie, con el arma aún en sus manos, y
rompió a correr lenta y pesadamente: la voluntad forzaba a su
cuerpo a hacer lo que su mente le decía que no era capaz de hacer.
Anderson la miró durante unos segundos para asegurarse de que
no perdiera el equilibrio y llevó el paso por detrás, emparejándolo
con el de ella mientras corrían hacia el humo, los gritos y las lla-
mas que llegaban de los edificios que tenían en frente de ellos.
El campo de trabajo se había convertido en el mismo Infierno.
El rugido de las llamas ascendía de la conflagración para confun-
dirse con los alaridos de dolor y los llantos de lamento ocasion-
ados por el terror y la pérdida. La horrorosa cacofonía se entre-
mezclaba con la ocasional y estruendosa explosión de otra det-
onación proveniente de algún lugar en el interior de la planta.
Nubes negras y grasientas rodaban por encima de los tejados y
hacia el suelo mientras el fuego saltaba de edificio en edificio y de-
voraba al campo entero, que por aquel entonces era una única es-
tructura. El calor, que parecía un ente con vida propia, les agarra-
ba y les cogía de las extremidades, rozándoles la piel con sus ab-
rasadoras zarpas mientras pasaban a su lado. El humo acre les
picaba en los ojos y penetraba en sus pulmones, asfixiándoles a
cada respiración. El empalagoso hedor de la carne quemándose
estaba por todas partes.
Los cuerpos, muchos de ellos de niños, yacían esparcidos por
las calles. Algunos eran víctimas del mineral fundido que había
llovido sobre ellos; cáscaras carbonizadas extendidas sobre los
charcos burbujeantes de su propia carne derretida. Otros su-
cumbieron al humo o a las llamas y sus cadáveres estaban enro-
scados en posición fetal mientras sus músculos y tendones ardían
y se arrugaban. Y otros, pisoteados por la estampida de aquellos
que intentaban escapar, tenían las extremidades rotas y retorcidas
en extraños y grotescos ángulos; los rostros machacados bajo los
313/324

descuidados pies del prójimo hasta ser una papilla


ensangrentada.
Pese a todos los combates que había resistido, pese a todas las
batallas que había librado y pese a todas las atrocidades de guerra
que había presenciado de primera mano, nada había preparado al
teniente para los horrores que vio durante el resto de su huida de
la refinería. Sin embargo, no había nada que pudieran hacer por
las víctimas ni ninguna ayuda que pudieran prestarles. Lo único
que podían hacer era bajar las cabezas, agacharse y seguir
corriendo.
Durante la huida desesperada, Kahlee tropezó y cayó varias
veces, solo para esforzarse valerosamente cada vez que Anderson
tiraba de ella para ponerla en pie. Y por algún milagro, lograron
salir del Infierno con vida… y llegar justo a tiempo para ver cómo
Saren introducía una pequeña maleta de metal en la parte trasera
del todoterreno.
El turiano les miró sorprendido y, bajo el resplandor del fuego
del campo en llamas que había detrás de ellos, Anderson hubiera
jurado haber visto al espectro frunciendo el ceño. Saren permane-
ció en silencio mientras entraba en el vehículo y, por un segundo,
Anderson pensó que Saren iba a marcharse dejándoles allí.
—¡Entrad! —gritó el turiano.
Puede que fuera la visión de los dos rifles de asalto automáti-
cos que seguían llevando. O puede que temiera que alguien des-
cubriese que les había abandonado. A Anderson le traía sin cuid-
ado: estaba contento de que el turiano les hubiera esperado.
Ayudó a Kahlee a entrar en el vehículo y se subió junto a ella.
—¿Dónde está Edan? —preguntó mientras el motor arrancaba.
—Muerto.
—¿Y el Dr. Qian? —quiso saber Kahlee.
—También está muerto.
314/324

Saren puso en marcha el todoterreno y las ruedas levantaron


pequeños trozos de grava y arena al arrancar. Anderson se dejó
caer contra el asiento. Todos los pensamientos sobre la pequeña
maleta de metal desaparecieron de su mente mientras se rendía
frente el agotamiento extremo.
El todoterreno salió volando hacia la noche, dejando la sini-
estra escena de muerte y destrucción tras de sí cada vez más lejos.
EPÍLOGO

Anderson salió de las oficinas de la embajada de la Alianza en la


Ciudadela hacia el sol sintético del Presidium. Bajó las escaleras y
se dirigió hacia los verdes campos de hierba de afuera.
Kahlee estaba esperándole abajo, junto al borde del lago.
Estaba sentada sobre la hierba, con los pies descalzos para poder
mojarse los dedos. Fue hasta ella y se sentó pesadamente a su
lado, quitándose de un tirón los zapatos y hundiendo los pies en el
agua fría y refrescante.
—Ah, qué bien sienta.
—Ha sido una reunión muy larga —dijo Kahlee.
—Me sabía mal que pudieras aburrirte mientras me esperabas.
—No tenía otra cosa que hacer —bromeó Kahlee—. Yo ya me
he reunido con la embajadora. Además, creí que debía quedarme
por aquí —y añadió en un tono de voz más serio—: Al menos te
debo esto.
—No me debes nada —respondió antes de que ambos se sumi-
eran en un cómodo silencio.
Habían transcurrido cuatro días desde que escaparon de la re-
finería de Camala. Pasaron la primera noche en unas
316/324

instalaciones médicas cercanas a los puertos espaciales. Fueron


tratados por la inhalación de humo y por la posible exposición a
las toxinas liberadas al aire durante las explosiones y a Kahlee le
administraron fluidos intravenosos para combatir la deshidrata-
ción que había sufrido durante su confinamiento.
A la mañana siguiente se reunieron con un contingente de rep-
resentantes de la Alianza: soldados para brindarles protección y
oficiales de inteligencia para tomarles declaración. Les llevaron
rápidamente a una fragata que les esperaba y les condujeron a la
Ciudadela para que entregaran sus informes y sus relatos per-
sonales a las autoridades en persona: tres días de reuniones, audi-
encias e interrogatorios para determinar qué ocurrió… y quién era
culpable.
Anderson sospechaba que las repercusiones políticas de alto
nivel continuarían durante meses, puede que años. Aunque al
acabar su última reunión en el despacho de la embajadora, todo
había concluido oficialmente para él. Para ambos.
Aquella era la primera ocasión que habían tenido para estar
solos desde aquella noche infernal. Quería alargar el brazo
alrededor de su hombro y atraerla hacia él pero no estaba seguro
de cómo reaccionaría ella. Quería decirle algo, pero no se le ocur-
ría qué decir. Así que estuvieron sentados allí, el uno al lado del
otro, al borde del agua, sin hablar.
Al final, Kahlee rompió el silencio.
—¿Qué ha dicho la embajadora?
—Más o menos lo que me esperaba —respondió suspirando—.
El Consejo me ha rechazado como aspirante a los espectros.
—Eso es porque Saren fue a por ti —dijo indignada.
—Su informe no ofrece un retrato demasiado halagador de mí.
Dice que pasé por alto el auténtico objetivo de la misión. Afirma
que, al entrar demasiado pronto, di la alarma a los mercenarios
317/324

que había en el interior de la base y eché a perder su tapadera.


Consigue incluso culparme de la explosión.
—¡Pero eso no son más que mentiras! —exclamó Kahlee, le-
vantando las manos con exasperación.
—Mezcladas justo con la suficiente verdad para convencerles
—apuntó—. Además, es un espectro. Uno de sus mejores agentes.
¿A quién van a creer?
—O puede que el Consejo esté buscando una excusa para
mantener a los humanos fuera de los espectros. Conteniendo una
vez más el avance de la Alianza.
—Puede. Pero ahora eso ya no es problema de Goyle. El Con-
sejo tiene a sus propios expertos estudiando los archivos de Sidón
—explicó Anderson—. Todo son teorías y conjeturas. No creen que
existiera nunca alguna tecnología alienígena.
—¿Y qué pasa con todas las investigaciones que estuvimos
haciendo para Qian? —protestó—. ¿Qué pretendía conseguir?
Anderson se encogió de hombros.
—Dicen que Qian era inestable. Creen que embaucó a Edan
con pretensiones descabelladas y falsas promesas fundadas en sus
propios delirios psicóticos. Y piensan que estaba arrastrando todo
el proyecto de Sidón cada vez más hacia su locura particular.
—¿Qué ha dicho la embajadora de ti? —preguntó Kahlee, tras
dudar por un instante, con una voz cada vez más suave.
—Al principio no estaba muy contenta —admitió—. No he en-
trado en los espectros y esta misión ha dejado una terrible con-
fusión política que ella deberá poner en orden.
—¿Qué pasa con los civiles que murieron en la explosión? ¿La
Alianza no estará intentando hacerte cargar con eso, no? —No
había error posible en el tono de preocupación de su voz, y Ander-
son se arrepintió de no haber pasado antes el brazo alrededor de
ella.
318/324

—No. Goyle no está buscando un cabeza de turco. El Consejo


ha precintado todos los archivos relacionados con la participación
de Saren. Oficialmente, lo han considerado un accidente industri-
al. Una vez que la embajadora se ha calmado, creo que se ha dado
cuenta de que la misión no ha sido un completo fracaso. Hemos
descubierto lo que ocurrió realmente en Sidón y los responsables
están muertos. Creo que, en esto, me atribuye cierto mérito.
—¿O sea, que esto no perjudicará tu carrera militar?
—Probablemente no. Pero tampoco me ayudará.
—Me alegro —dijo, alargando el brazo para poner una mano
encima de su hombro. Sé lo mucho que significa par ti ser
soldado.
Anderson alargó suavemente el brazo para pasar una mano
por detrás de su nuca, atrayéndola ligeramente hacia sí mientras
se inclinaba hacia ella. Sus labios se rozaron durante el más leve
de los instantes antes de que ella se echara hacia atrás.
—No, David —susurró—. No podemos hacerlo. Lo siento.
—¿Qué ocurre? —preguntó desconcertado.
—En la reunión de esta mañana me han ofrecido un nuevo
destino. Quieren que me una a un equipo de investigación en otro
proyecto. Incluso me han ascendido.
—¡Kahlee, eso es fantástico! —exclamó, entusiasmándose sin-
ceramente por ella—. ¿Dónde estarás destinada?
Le devolvió una sonrisa apagada.
—Es secreto.
La sonrisa desapareció de su cara.
—Oh.
—No te preocupes —le dijo, intentando quitar hierro a la situa-
ción—. Esta vez no estamos estudiando nada que sea ilegal.
Anderson no respondió, procurando asimilar la situación.
319/324

—Podemos hacer que esto funcione —afirmó súbitamente—.


Hay algo especial entre nosotros dos. Darle una oportunidad a es-
to es algo que nos debemos a nosotros mismos.
—¿Conmigo en un proyecto de alto secreto y tú siempre fuera
de patrulla? —negó con la cabeza—. No haríamos más que en-
gañarnos a nosotros mismos.
A pesar de que le dolía admitirlo, sabía que ella tenía razón.
—Eres un buen hombre, David —dijo, intentando hacer el re-
chazo menos doloroso—. Pero incluso si yo no me fuera, no creo
que nunca pudiéramos ser más que amigos. El ejército siempre va
a ser lo primero en tu vida. Ambos lo sabemos.
Asintió, aunque sin poder mirarle a los ojos.
—¿Cuándo partes?
—Esta noche —respondió—. Debo prepararme. Solo quería
tener la ocasión de verte una vez más. Para darte las gracias… por
todo.
Kahlee se puso en pie y, apartándose el pelo, se inclinó y le dio
un rápido beso en la mejilla.
—Adiós, soldado.
Anderson no miró cómo se alejaba, sino que en lugar de eso
clavó la mirada en el lago durante mucho, mucho tiempo.

En la intimidad de su pequeña embarcación de una plaza, Saren


había estado estudiando durante horas los datos de la memoria
flash que estaba en el interior de la maleta metálica de Qian. Sus
sospechas habían sido correctas: la tecnología alienígena era una
nave de algún tipo. Se llamaba Sovereign, una espléndida reliquia
que se remontaba a tiempos de la extinción de los proteanos; una
enorme nave de guerra con una inmensa potencia.
Pero era mucho más que una simple nave. Sus sistemas, sus
procesos y su tecnología estaban tan avanzados que
320/324

empequeñecían cualquier logro de las especies de la Ciudadela. Su


grandeza y complejidad rivalizaban con las grandes creaciones de
los proteanos; los relés de masa y la Ciudadela. Puede que incluso
las sobrepasara. Y si Saren aprendía y lograba comprender cómo
funcionaba, podría aprovechar todo ese poder en beneficio
propio.
Se había pasado toda la vida preparándose para un momento
como aquel. Todo lo que había hecho —las fuerzas armadas, su
carrera en los espectros— no era más que un preludio a esta rev-
elación. Ahora había encontrado su verdadero propósito; el des-
tino le había conducido hasta allí.
¿Cómo explicar sino lo bien que todo había concluido para él?
Anderson había sido rechazado en los espectros. La Alianza había
sido humillada políticamente. El Consejo estaba convencido de
que el artefacto ni siquiera existía. Y los únicos hombres que
podían descubrirle ahora estaban muertos.
No obstante, sus muertes tuvieron un precio. Puede que Qian
estuviera perdiendo el control, pero solo con mirar sus notas era
evidente que era brillante, un auténtico genio. Saren comprendió
las teorías fundamentales y los principios de la tecnología IA,
aunque estaba claro que la investigación del humano estaba
mucho más allá de lo que jamás podría esperar comprender. Ne-
cesitaría encontrar a alguien igual de brillante para dirigir el estu-
dio de la Sovereign; localizar a un sustituto adecuado podría ll-
evarle años.
Aunque no se arrepentía de haber matado a Qian. El doctor
estaba demasiado involucrado. Las notas de la memoria flash
mostraban una progresión constante hacia la demencia, un estado
mental que empeoraba directamente relacionado con episodios de
exposición a la Sovereign. Debía de haber algún tipo de campo
generado por la nave; alguna clase de emisión o de radiación. Algo
321/324

que había destruido y degradado la mente de Qian cuando fue a


estudiarla en persona.
También había afectado a Edan, aunque la transformación fue
más sutil. El batariano había comenzado a actuar de manera
diferente desde el momento en que visitó el lugar del artefacto por
primera vez: se asoció con humanos, arriesgándose a despertar la
ira de los espectros. Era probable que Edan ni siquiera se hubiera
percatado de los cambios, aunque mirando hacia atrás, a Saren le
resultaba evidente.
Debía ir con cuidado. Debía evitar la exposición innecesaria
hasta saber exactamente qué provocaba aquel deterioro mental.
Trabajaría a través de intermediarios, como el equipo de invest-
igación que tenía Edan cerca del Velo de Perseo.
Saren pensaba contactar con ellos en su momento. Aislados de
toda comunicación con el exterior probablemente no tenían ni
idea de lo que le había sucedido a su antiguo patrón. Si deseaban
trabajar para él una vez se enteraran —y si habían demostrado al-
gún progreso en la investigación—, puede que no tuviera que
eliminarlos. Al menos no hasta que las inevitables alteraciones de
sus mentes y sus personalidades empezaran a afectar su trabajo.
También existía otro problema a tener en cuenta. La nave es-
taba más allá de los límites del Velo de Perseo, justo al borde del
espacio geth. Con el tiempo, acabaría teniendo que tratar con el-
los… aunque, si todo iba como había previsto, quizá fuera capaz
de usar la Sovereign para someter a los geth según sus propósitos.
Los peligros eran grandes, aunque las potenciales recompen-
sas merecían el riesgo. Sería precavido. Paciente. Iría despacio.
Podría llevar años. Quizá décadas. Pero los secretos de la nave ali-
enígena, todo su poder, estarían un día bajo su dominio.
Una vez que liberara aquel poder, todo cambiaría para
siempre. Los turianos no serían forzados a doblegarse ante la vol-
untad del Consejo nunca más, como hicieron cuando se les
322/324

ordenó pagar indemnizaciones por la Primera Guerra de


Contacto. Por fin habría un ajuste de cuentas con la Alianza. La
Humanidad aprendería cuál es su lugar, junto con cada otra es-
pecie que rendía pleitesía a la Ciudadela.
Y la Sovereign era la llave de todo ello.
DREW KARPYSHYN es el autor de Star Wars: Darth Bane: Path
of Destruction, gran éxito de ventas según la lista de best sellers
del New York Times, y de otras cuantas novelas fantásticas y de
ciencia ficción. Ha ganado premios como escritor y diseñador
para la empresa de videojuegos BioWare, en la que fue el princip-
al guionista tanto de Mass Effect como del popular videojuego
Star Wars: Knights of the Old Republic. Vive en el interior de
Canadá con su amada esposa Jen y su gato.
@Created by PDF to ePub

También podría gustarte