LA RELACION
DEPREDADOR-PRESA
Todos hemos visto a un gato acechando una rata o a un
ratoncillo por entre los hierbajos de un patio abandonado. Todos
hemos podido observar la absoluta dedicación presentada por el gato
a su carecía. Pero, ¿nos hemos acaso dado cuenta de que estamos
contemplando la eterna repetición de papeles que deben ser
interpretados por todas las criaturas vivientes?
En el mundo natural la relación depredador-presa es, a menudo,
compleja. Grandes carnívoros tales como leones, tigres, leopardos,
osos y panteras depredan, sobre herbívoros y carnívoros menores,
como ciervos, cebras, gacelas, conejos, peces, etc. Incluso animales
excrementófagos y necrófagos, como las hienas, que individualmente
son muy inferiores al león en fuerza, son capaces de depredar contra
el león, ya atacándole abiertamente en manada lo que es muy raro ya
arrebatándole sus presas naturales. También minúsculas criaturas,
como garrapatas y piojos, pueden depredar o vivir a expensas de
animales peludos, inmensamente superiores a ellos en vigor e
instinto. Y pueden incluso decirse que los herbívoros depredan de un
modo pastoral sobre plantas y matorrales a los que la madre
naturaleza decidió no dotar de pinchos, espinas o simplemente de un
sabor repulsivo. Algunos miembros de ciertas especies depredan
entre sí, los unos a los otros, tal como sucede con los tiburones en
muy raras ocasiones y con los hombres bastante más a menudo.
La relación depredador-presa es una ley vital, tan fundamental
y universal que existe incluso en el reino vegetal. La Dionaea
Muscipula, por ejemplo, posee las hojas opuestas unidas por una
especie de bisagra enmarcada con espinas camufladas que pueden
entrelazarse formando una verdadera prisión, cuando un insecto se
posa en el interior de la misma. Basta con dos estímulos, separados
entre sí por espacios oscilantes entre un segundo y medio y veinte
segundos, para que el mecanismo actúe, automáticamente, con una
velocidad que no puede captar el ojo humano. El rosoli (Genus-
Drosera) casa insectos con gotitas de mucílago dulce que el mismo
segrega en los extremos de unos invisibles tentáculos colocados
entre sus flores.
Cuando el insecto enganchado entre los tentáculos, éstos se
doblan, lo trituran y lo incorporan el sistema digestivo de la planta.
Tal vez la más desconocida de las plantas carnívoras es acuática, y se
llama utricularia. Sus raíces submarinas poseen unas trampas, en
forma acampanada, dotadas de una especie de puertas con doble
bisagra. Cuando una criatura marina, casi microscópica, se acerca,
nadando a la utricularia y llega a tocar el pelo protector que actúa
como un verdadero gatillo, la puerta se abre mientras las campanas
simultáneamente se expanden y se traga la presa, consumándose la
operación en menos de una centésima de segundo. Al cabo de
1/33avo de segundo, la trampa vuelve a estar instalada. Tengamos
muy presente que la utricularia no es más que una planta. Su acción
sólo fue descubierta muy recientemente, dada su tremenda velocidad
y probablemente a esta causa se debe que las presas de este
depredador nunca pudieron comprender lo que les sucedía y pasar
esa información a sus descendientes. He aquí, pues, la lección
número uno: los depredadores generalmente actúan con gran
rapidez.
La relación depredador-presa es un aspecto esencial e
ineluctable en todas las formas de vida de este planeta. Empezó,
según nos cuenta la arqueología, en la vida marina de la era
paleozoica, hace cientos de millones de años, y aún más. Sería
infantil, estúpido y extremadamente peligroso para una forma “vital”
de presa el crecer que la relación depredador-presa había cesado de
ser válida, y que había sido, en cierto modo, cancelada por el proceso
de la evolución o por el advenimiento de la civilización. Por otra parte
sería maravilloso para el grupo depredador el que sus presas
pensaran de ese modo.
Un hombre de ciencia alemán, Haeckel, enunció en principio del
“ unwelt”, referido al mundo según se presenta ante la percepción de
una particular especie vital a causa de las peculiaridades y
limitaciones de los órganos sensoriales de esta especie, y a su
manera de usarlos, o, si nos atrevemos a decirlo, a pensar con ellos.
El “unwelt” de una abeja, por ejemplo, es muy diferente del nuestro.
Es sensible a los rayos ultravioleta emitidos por las flores y, así,
percibe los capullos de una manera muy diferente como lo hacemos
los hombres. Como las ovejas y las flores desarrollan una especie de
comercio mutuamente beneficioso para ambas, creemos que puede
decirse que las abejas perciben a las flores de una manera mucho
más real de lo que las percibimos nosotros. Podemos, también,
observar cuán agudo es el órgano del olfato en los perros. Son
capaces de leer apasionantes allí donde nosotros no percibimos nada,
aparte un repugnante mal olor. Para cada especie, pues, el universo
presenta una imagen diferente.
Todos los depredadores, no obstante, comparten un parecido
“umwelt” o concepto del mundo que presenta características
distintivas con el “unwelt” de la presa común. Cuando pensamos en
el halcón, el águila, el lobo, el tiburón y la serpiente, podemos notar
que estas criaturas tienen muy desarrollados los sentidos de la vista,
el oído o el olfato, o, a veces, los tres a la vez, y también que tienen
la capacidad de concentrar la atención durante largos periodos de
tiempo hasta detectar a su presa. Son excepcionalmente hábiles al
valorar los conceptos de movimientos y acción proyectándolos hacia
el futuro, de manera que logren capturar a su presa una vez han
logrado detectarla.
El mundo del depredador, pues, es un mundo de paciencia
furtiva y clandestina, un mundo de valoración de probabilidades,
maniobras, rapidez y fuerza, todo ello combinado de manera que la
presa específica se encuentre en situación de desventaja y sea
finalmente capturada. Y la habilidad, la maña y si se nos tolera el uso
de esta palabra de talante ético la traición son, con mucho, las
cualidades tácticas más utilizadas por el depredador en su repertorio.
Algunos como Nietzsche, Lamarck y sus discípulos, han pretendido
que el depredador es más inteligente que su presa, más apto en la
resolución de los problemas existenciales. La sugerencia
nietzscheana es clara: el depredador es superior a la presa.
Superficialmente, esta afirmación parece cierta. Pero creemos que,
realmente, en la mayoría de los casos, es la presa quien se haya más
a tono con la música universal. Hablamos, ahora del reino animal. La
concepción del mundo que tiene la presa es inmensamente diferente
de la que tiene el depredador. Puede tener órganos sensoriales tan
perfectos como los del depredador pero ha estructurado su universo
particular de una manera enteramente distinta. Como su existencia
no requiere el instinto de cazar y de matar, está liberado de la
tremenda presión precisa para concentrar su atención continuamente
en otras criaturas vivas, para capturarlas y matarlas. Generalmente la
alimentación de la presa es abundante, consistiendo en hojas, hierba,
plantas, cortezas, etc. Su existencia se la proporcionan las plantas
que transforman la energía solar en verdadero alimento. Así, la presa
se encuentra en una relación más sincera, más natural con su medio
ambiente, sin la agónica urgencia del instinto asesino que impulsa
constantemente al depredador.
La depredación en el mundo natural de las plantas, insectos,
peces, pájaros y animales superiores es algo fascinante y complejo,
pero nos parece sencillamente elemental cuando se compara con la
depredación en los asuntos de los hombres, en que decisiones y
líneas de acción son dirigidas por ideas concebidas por la libre
voluntad. Sin duda tú, lector amigo, podrás recordar alguna ocasión
que podría ser considerada como un ejemplo perfecto de la
depredación de seres humanos por otros seres humanos. Y sin duda
esos ejemplos tomados en conjunto, identificarían tantos grupos
diferentes que parecería que todos eran depredadores y nadie presa.
Pero por el ejemplo de la naturaleza podemos darnos cuenta de que
tal no puede ser el caso. Los verdaderos depredadores son simples
escasos comparados con la multitud de sus presas. Con objeto de
investigar este problema con cierto detenimiento y observando el
universo desde el punto de vista de la presa nos proponemos trazar
los rasgos de un cierto depredador de la humanidad no específico;
preferimos, partiendo de la idea de Platón de crear un “compuesto
teórico”, crear la idea del ULTIMO DEPREDADOR a partir de los
hechos. Este último depredador, el lobo entre los hombres, existe.
Una vez trazados sus rasgos todos seremos más capaces de
defendernos contra su acción.
La moraleja de esa defensa, por cierto, aparece muy clara
admitiendo que la moral tenga cabida en el mundo natural del
comedor y el comido. El grupo depredador de la forma humana,
espoleado por una ansia eterna de poder y control, un ansia tan
elemental en sus procesos psicológicos como lo es el ansia por los
alimentos en el león o el tigre, o mejor el ansia de la hiena por la
carroña, debe haber desarrollado una perspicacia perfeccionada para
cazar a los seres humanos y utilizar sus vidas, manipulándolas a su
antojo. El último depredador, por definición, no dudará en usar todos
los medios necesarios para confundir, degradar, debilitar y finalmente
someter a su presa humana. En este estudio teórico, la presa
humana, en su conjunto, hallándose bajo el total ataque del último
depredador poseería, no sólo el más absoluto derecho moral de
utilizar los medios necesarios para su defensa propia y la de sus hijos
e instituciones, sino también el más urgente imperativo de
supervivencia física y espiritual para hacerlo. Cualquier otro tipo de
actitud, incluyendo una defensa insuficiente, sería traicionera para su
propia especie. De manera que la especie de presa humana, al verse
atacada por el último depredador, se hallaría en su perfectísimo
derecho de optar por la evasión (tanto física como financiera) o para
volverse contra su atacante y causarle todo el daño posible, e incluso
expulsarle del territorio que éste invadió, abusando de su hospitalidad
de presa. Es más, todo depredador reconoce privadamente ese
derecho de la presa, aún cuando públicamente lo niegue con toda la
vehemencia de que sea capaz.
Esa moralidad natural no la ha inventado el hombre;
ningún policía puede ordenar al conejo que no huya del zorro;
ningún alcalde puede prohibir a una manada de carneros que
se alineen en un circulo protector ante una banda de lobos,
ningún juez, puede sentenciar que una familia de chimpancés
no debe defenderse cuando es atacada por un tigre intruso.
Es una ley moral natural; una ley universal. Esa ley no puede
hallarse sujeta a revisión, a casación, por ningún tribunal, por
ningún gobierno que, incidentalmente; pueden estar
dominados por el depredador que entonces tendría el cinismo
de pretender juzgar la situación objetivamente.
¿Cómo vamos a trazar los rasgos del último depredador
de la humanidad??Que factores vamos a considerar
importantes, decisivos y admisibles sin dudas? En primer lugar,
debemos tener presente que un depredador se presenta en formas
muy diversas, tales como tiburones, tigres, serpientes, comadrejas,
escorpiones, etc. Un depredador se identifica por la forma en que se
comporta, cómo vive, dónde vive y en el caso del hombre, entre
todas las formas vitales, ha conservado documentos escritos
relatando sus actividades.
Uno de los más obvios factores de la relación depredador-presa
es el hábitat del depredador. Para depredar contra un grupo
determinado, el depredador debe vivir entre sus presas. Cuanto
mayor es la concentración de presas, mayores son las oportunidades
para los depredadores. Los lobos viven junto a los caribúes: los leones
junto a las cebras, los peces depredadores viven junto a los peces
presa. Así que aplicando esta observación, nuestro teórico
último depredador tendrá una sólida tradición urbana , siendo
rarísimo que se le halle en zonas rurales o en ocupaciones agrícolas o
ganaderas, Si llevamos a las últimas consecuencias esta necesidad
del depredador de encontrarse entre sus presas, llegaremos al caso
en que el depredador ha conseguido arrebatarle el control del
territorio a aquellas. ¿Cómo se presentaría ese panorama? En primer
lugar debemos tener en cuenta que bastaría con un pequeño
porcentaje, tal vez un tres o cuatro por ciento, de depredadores listos,
activos, y altamente motivados, para controlar a un país. El requisito
esencial sería que trabajaran juntos de una manera conspiratoria y
que mantuvieran a toda costa su identidad. En un país capturado por
los depredadores puede esperarse como el gobierno dispensa un gran
favoritismo en pro de las aglomeraciones urbanas y las poblaciones
de las mismas, mientras se hace todo lo posible para despoblar el
agro y hacer antipática la vida en el mismo. Pero como, de todas
maneras, un país capturado por los depredadores debe de comer,
podemos inducir teóricamente que, en vez de unidades familiares
enraizadas en la tierra y practicando la agricultura para alimentar al
país, se verían proliferar mastodónticos complejos agroindustriales,
ciertamente mecanizados y altamente eficientes, pero que en ningún
caso podrían ya ser una reserva de decadencia, moralidad y fortaleza
para la nación, cualidades todas ellas históricamente suministradas
por familias campesinas y sumamente indeseables desde el punto de
vista de la clase dominante de depredadores. Así pues la gran
mayoría de la población de un país cautivo de los depredadores se
hallaría aparcada en ciudades- colmena, integradas por masas
contestatarias, insatisfechas y desarraigadas. En tales condiciones de
malestar y confusión, el último depredador encontraría ciertamente
sus mejores oportunidades para la depredación, tanto financiera
como espiritual.
Podemos también, lógicamente, teorizar que el grupo del último
depredador habría debido reconocer que la fuerza del hombre, es
decir, su mente, era igualmente su punto principal de vulnerabilidad.
Debía pensar que si podía atacar con éxito las ideas del hombre-
presa, ideas que precisamente le daban solidaridad, podría capturarlo
con mucha mayor facilidad, por separado o en grupos limitados. El
último depredador, en fin, debió darse cuenta que si podía ocupar un
lugar preeminente en las estructuras legales y financieras de su
presa, mediante su organización perfecta y secreta, entonces podría
alternar las cosas en su beneficio. Así, los campos de la legislatura y
la finanzas debería contar con un número desproporcionadamente
elevado de individuos del grupo del último depredador , introduciendo
en tales campos sutiles complicaciones para confundir, agotar,
engañar, manipular y finalmente subyugar a su presa Así podemos
concluir que el último depredador ese teórico ente colectivo que,
platónicamente, suponemos existe debiera ser extremadamente
activo en los terrenos de la política, las finanzas, el comercio y las
comunicaciones del hombre –presa en un país capturado como aquél.
Según enseña la biología, la tendencia hacia la depredación es
puramente intuitiva. Un gatito separado de su madre y de sus
hermanos de raza manifestará, no obstante, desde muy joven sin que
nadie se lo haya enseñado, una tendencia cazar lagartijas e insectos.
Esa misma productividad hacia la caza se observa incluso en los más
jóvenes miembros de otras especies depredadoras, sin previo
entrenamiento. Es lo que se llama memoria genética. Las
primitivas serpientes aparecieron en el periodo cretáceo de la era
mesozoica, hace 130 millones de años. La forma del moderno tiburón
se concretó también en esa época. En el principio de la era terciaria,
hace setenta millones de años la organización de las aves había ya
alcanzado el nivel que hoy conocemos, con los halcones, las águilas,
los buitres…
El hombre empieza a dejar trazas de su existencia hace muchos
miles de años tal vez cincuenta mil, lo que coma como vemos, es solo
una pequeña fracción con respecto a los depredadores recién
nombrados. Así, el grupo humano llamado último depredador debiera
hallarse activo de los comienzos de la historia registrada como
mínimo. Parece lógico inducir que, con un tiempo de depredación
relativamente corto si se le compara con el de los depredadores
clásicos, nuestro grupo del último depredador debiera depender más
de una cultura depredadora transmitida por sus elites rectoras
que de un verdadero instinto para cazar y matar. Esto nos revela algo
importante: nuestro teórico último depredador debiera disponer de un
juego de reglas y pruebas elaboradas y casi –perfectas para impedir
la proliferación de traidores a su grupo, susceptibles de revelar sus
secretos al hombre-presa; el último depredador debiera mantener sus
escuelas y lugares de reunión en los países huéspedes, así como su
propio lenguaje privado, compuesto de símbolos extraños a todos los
demás hombres; también sus propios medios de comunicación, etc., y
sabiendo porque él mismo hacía esas cosas, el último depredador
procuraría impedir que los demás grupos humanos se agruparan de
forma similar. Así podemos deducir que el grupo humanoide del
último depredador debiera caracterizarse por ser distante,
manteniéndose apartado de los hombres- presa, auque junto a ellos
físicamente, tribal y endógamo, es decir, tendiente a casarse solo
dentro de su propio grupo con objeto de preservar su peculiar cultura.
Como las características predatorias del último depredador
deberían ser portadas por su cultura, es lógico suponer que las
mismas no podrían haberse mantenido secretas totalmente,
desconocidas para el hombre presa. R elatos sobre la astucia, doblez
y crueldad del depredador han debido quedar en la literatura y en la
historia de las presas humanas. También han debido quedar
reseñados en documentos las variadas reacciones contra las acciones
del último depredador restricciones, persecuciones y expulsiones.
Este último punto merece una cierta atención porque el
depredador el reconocido sobre todo por sus actos depredadores. Y
quién esta mejor calificado para definir una acción depredadora que
la misma presa. Evidentemente, si se permitiera al depredador definir
sus propios actos, entonces nada de lo que él hace sería predatorio.
Y, por raro que pudiera parecer, una tercera parte imparcial no existe.
Y, en caso de existir, y por el obvio motivo de salvar su propia piel, en
caso de deber definirse, lo haría favoreciendo a la parte que a su
juicio tendría posibilidades de salir vencedora. Así parece razonable
asumir que, a lo largo de la historia, nuestro teórico y platónico último
depredador de hombres habrá llegado a ser, en uno u otro momento,
y bastante a menudo, objeto de abusos, odios y persecuciones de las
poblaciones nativas de numerosos países.
Cualquier otra conclusión no encajaría en el cuadro que
estamos pintando, pero ésta se encaja con la naturaleza, cuando un
depredador es finalmente reconocido como tal como el grupo presa y
sometido a contramedidas debiendo huir a guarecerse bajo cielos
más dementes.
Hasta este punto, nuestro diseño de un teórico último depredador de
otros seres humanos ha sido directo, lógico y basado sobre todo en la
historia natural. Pero el tema llega a ser mucho más complejo cuando
alguien pregunta: /Ya que tenemos historia y documentos
antiguas, y como las conclusiones que podemos extraer tras
varios miles de años, ciertamente deben apuntar hacia el
último depredador, / cómo es posible que éste continúe
teniendo éxito en sus funciones parasitarias? ¡Debiera ser tan
conocido que ningún pueblo del mundo le diera albergue?
Al ocuparnos de esta pregunta muy fácilmente podríamos perder el
hilo de nuestra demostración. Hemos basado la misma, hasta ahora,
en el hecho de que la historia natural de este planeta ha demostrado
la existencia de dos grupos: principales el comedor y el comido, el
depredador y la presa. Hemos tomado como axiomático que esa
relación es primordial y no puede cambiarse toda vez que aparece
como un elemento básico de la misma vida... Así, pues, debemos
evitar creer, cuidadosamente, en una idea que será ampliamente
diseminada por el mismo depredador, por boca de sus sociólogos,
psicólogos, psiquiatras, políticos y clérigos: la idea de que, gracias a
la verdad y claridad de nuestros actuales documentos históricos, el
último depredador ya no existe caso de haber existido alguna vez y
que, en todo caso, se ha fragmentado en otros grupos, se ha disuelto,
ha dejado de operar o se ha reformada.
Esto, biológicamente hablando, es una fantasía...Pero es, una fantasía
muy atrayente...! Ahora, el león come heno, y los lobos se han hecho
amigos de los ciervos nutriéndose de bayas silvestres...! Y como una
típica aberración mental- confinada a la única especie
humana- consiste en tomar los propios deseos por la realidad,
grandes masas de presas humanas dan por buena la falsa
tesis de la / reforma/ del último depredador.
Pero volvamos a la pregunta una vez más: Cómo es posible que el
último depredador pueda operar eficientemente tras una
impresionante masa de documentos acusatorios acumulada en varios
milenios de la historia escrita/ Tal vez, pensando serenamente,
veremos que esa pregunta está formulada, por contener una falacia
denominada por los anglosajones una / leading question/. En esa
pregunta se asumen cosas que, realmente, no sabemos. Hemos dado
por supuesto que los documentos y los relatos de los actos del último
depredador han debido ser diseminados a lo largo y ancho de todo el
mundo y que todo el mundo ha debido leer, discutir y comprender su
mensaje. Pero eso no ha sucedido así. Y como el /umwelt/
intelectual- el concepto del mundo- de la presa humana sólo puede
consistir en lo que ha creado a través de lo que ha leído, oído y
comprendido, debiera haber sido urgente para el platónico último
depredador, que se dio perfecta cuenta de ese hecho hace mucho
tiempo, apoderarse de los medios de comunicación de masas y de
enriquecimiento intelectual, allí donde le fuera posible hacerlo.
Se ha dicho que la verdad es más extraña que la ficción. En nuestro
caso, repetimos, teórico y platónico del último depredador, intensa y
repetidamente mencionando en los documentos y las tradiciones
históricas, forzosamente debía dedicar todos sus esfuerzos a
reemplazar la verdad por la ficción. Y como la verdad, referida a
diversos sujetos se ensambla hasta formar áreas de conocimiento
cada vez más extensas, las ficciones promocionadas por el último
depredador deberían crecer constantemente hasta cubrir las nuevas
discrepancias surgidas entre la ficción presentada como verdad por el
depredador y la verdad auténtica y única.
Si el lector amigo se coloca, por un momento, en el lugar del último
depredador, se dará cuenta de que ésta era la UNICA SOLUCION
para el / hombre lobo/. Así /hombre lobo/ le llamaron a cierto pueblo
los egipcios de la era faraónica. Y ese / hombre lobo/, le llamaron a
cierto pueblo los egipcios de la era faraónica. Y ese / hombre lobo/,
antes que permitirse caer en la trampa de los documentos históricos,
simplemente cambió su redacción. Al menos, a nivel masivo. Y ello
con objeto de perpetuarse en su papel de último depredador, a
impulsos de su imperativo interno, oiría Francis Parker Yockery.
Si todo esto parece demasiado asombroso, recuérdese que estamos
pensando como nuestros simples, cándidos y confiados cerebros de
hombres presas, mientras estamos intentando trazar los rasgos del
rey absoluto de los depredadores de la naturaleza , el super-lobo y
rey de los parásitos, todo en una pieza. Una gran parte de su éxito
deriva de una altísima y taimada listeza- no inteligencia es otra cosa y
el resto, en primer lugar, de un descaro que nos resulta
completamente increíble, y en segundo lugar de una especie de
moral que es totalmente egocéntrica que nunca podremos llegar a
comprender.
En un país capturado podemos, pues, creer, que nuestro platónico
último depredador se daría cuenta de que su habitad era camuflar, no
sólo los documentos pretéritos de sus depredaciones sino también
sus actos presentes podría ser positivamente amplificado en el
sentido de volver a escribir la historia, alterando, suprimiendo o
añadiendo lo que fuere necesario para adornar su imagen. Así, el
hombre lobo se daría cuenta de que, lejos de tener menos éxito que
antaño debido a tener que dedicar gran parte de su tiempo a crear
constantemente-contra-verdades, tenía mucho más éxito que antes.
Sus mentiras, tan bien planeadas y acompañadas de las necesarias
dosis de verdad imprescindibles para hacer comestibles a aquella,
representarían para él una posibilidad suplementaria para dañar a su
presa. Después de todo, el concepto del mundo de la presa nunca
podrá comprender completamente al del depredador. Siempre habrá
caribúes capturados por lobos y cebras devoradas por leones.
Paralelamente, nuestro último depredador habría muchas presas, tal
vez la mayoría de ellas, que siempre creerían cualquier cosa que se
les presentara a través de los medios de comunicación, y
particularmente de la letra impresa, el cine y la televisión, a condición
que fuera hecho en un modo profesional y técnicamente competente.
La verdad se convertiría en un sinónimo de lo propuesto por los
medios masivos de diseminación de la información, de acuerdo con
los dictados de la moda. El hombre lobo podría entonces, apoyándose
en el prestigio de su presentación, mirar fríamente a los ojos de su
presa y pronunciar la más inicua falsedad del modo más convincente
y honesto sin parpadear. Tal artimaña es corriente entre ciertos
depredadores del mundo animal, particularmente entre las serpientes
y ciertos peces e insectos. La presa, interpretando un papel pasivo,
aceparía esas falsedades y trataría de estructurarlas en su propio /
umwelt/, creando así un universo personal hecho de acuerdo con las
especificaciones proporcionadas por el último emperador.
No obstante, por muchos y brillantes que fueran los éxitos obtenidos
por el hombre lobo al convertirse en el mayor tramposo y embustero
del mundo, se encontraría sometido a una constate presión para
evitar ser reconocido. Parece lógico hiciera circular la idea de que la
depredación era cosa del abyecto pasado, de que la sociedad ha
llegado a civilizarse”, etc...
Pero no impediría a muchos miembros del grupo humano presa
hacerse la pregunta: / Quién es, AHORA, el depredador/
El hombre lobo, naturalmente, y a través de su control de los medios
de comunicación de masas, proveería un flujo constante de cabezas
de turco y de chivos expiatorios, con acusaciones contra otros grupos
e individuos. Pero, siendo el ULTIMO depredador podemos asumir,
lógicamente, que siempre habría estado alerta en la espera de
cualquier situación que le permitiera adoptar el disfraz perfecto...
¡presentarse él mismo como presa! Si consiguiera consumar ese
fraude supremo... ¡su situación de parásito quedaría asegurada por
milenios!
Debemos darnos cuenta de que este timo inmenso, este lobo con piel
de cordero no sería una elección entre diversas posibilidades que se
le presentaran al último depredador: sería única posibilidad para
disfrazarse de un modo eficaz. Aquí llegamos a un punto
importante. Para crear una falsa historia y convertirse en el sujeto de
la simpatía general o, por lo menos, lograr la aceptación del grupo-
presa como / uno más entre ellos, nuestro platónico último
depredador debería /pagar un precio/. Todo tiene un precio en la vida.
Debemos haber, al menos, algo de verdad en el gran fraude que
intentaría inculcar en sus víctimas.
Debería, en verdad, en cierta pequeña medida, convertirse en la
presa de otro grupo al que hubiera irritado suficientemente hasta
provocar una reacción violenta. Los líderes de ese grupo depredador,
al crear ese nuevo fraude, se verían obligados a exponer a algunos de
los suyos a una muerte violenta, en una situación de supervivencia de
los más fuertes. Esta acción perpetrada por los miembros más
depredadores del grupo del último depredador condenaría a una
parte- la parte más débil del mismo, a una muerte miserable a manos
de las presas exasperadas. Esto, incidentalmente, sería una
ignominia, y, convenientemente exagerada y aireada, serviría para
inflamar las pasiones de la gran mayoría de los miembros del grupo
del hombre lobo, que no estarían al corriente de los planes de sus
lideres, aumentando así la cohesión del grupo depredador.
/Podrían, esos líderes, cometer, moralmente, un acto de tal magnitud/
La repuesta es un sonoro sí. La moralidad del último depredador es
totalmente diferente de la moralidad de la presa. Aquél vive en un
universo en el que la muerte súbita no puede descartarse nunca, ni
siquiera en las situaciones aparentemente más seguras para él, un
mundo en el que la debilidad y la estupidez deben ser castigados
¡..ipso facto y sin piedad.! Aunque los depredadores, grandes
practicantes de la endogamia, como ya hemos visto, mantienen sus
fuertes, por lo general, los lazos familiares, raramente sienten gran
afección hacia los extraños de su propia especia. Es más, las más
salvajes batallas suelen ocurrir- una vez puesta la presa fuera del
combate – entre depredadores de la misma especie. En el caso de
nuestro teórico último depredador, probablemente debería
convertirse en una costumbre, casi en un folklore, el que en una parte
del grupo fuera puesto, de vez en cuando, en mortal peligro de
extinción física, de manera que los débiles, es decir, los que se fueran
pareciendo, aún cuando fuera superficialmente a las presas,
sucumbieran. /De qué otro modo podrían los líderes mantener
su posición en la cumbre del grupo depredador/ Así, un líder
del grupo del último depredador que creara, deliberadamente
o a causa de una concatenación de hechos, una situación en
la cual un grupo de presas enfurecidas dieran muerte a algunos
seguidores menos aptos, y que luego sacara provecho de tal situación
y de la matanza, colocando en una posición superior al resto de los
miembros de su grupo, no sería considerado, por su propio clan, como
un monstruo, sino como un genio y un líder histórico. Las presas
humanas piensan de un modo exactamente inverso, y esa es la
razón- la principal razón- no puedan creer que tales cosas puedan
suceder realmente, ni de que un líder sea capaz de sacrificar
fríamente a sus seguidores en pro de una filosofía vital. Esa
incapacidad de creer es el principal punto débil en la armadura de la
presa.
Podemos hallar pruebas de esa inversión moral ( inversión, insistimos
desde el puno de vista de la presa), en el folklore y en los libros
sagrados del último depredador en los cuales siempre según la lógica
de la presa- podría esperarse que se disimularan los actos de
crueldad, traición, infanticidio, fratricidio, estafa, corrupción, etc.
Debemos tener presente que similares filosofías fueron empleadas en
Esparta y en numerosas sociedades en el pasado, pero nunca, nunca
por el DOBLE propósito de purificar los rasgos y de crear un fraude
masivo para engañar el enemigo durante un prolongado periodo.
Pero esto no sería más que una astuta maniobra para el último
depredador y no lo plantearía ningún problema moral el ejecutarlo.
Como ocurre en el caso de unos tiburones despedazando un atún, los
depredadores crean un código moral, siempre flexible y siempre al
servicio de sus depredaciones. Un tiburón herido pasa a desempeñar
el papel del atún para el resto de la manada; se convierte él mismo
en una presa de sus hermanos. Para un depredador, la definición de
una beuna acción es un ataque que tiene éxito. No hay otra
definición. Para una manada de depredadores el perder una minoría
de sus miembros nunca es una tragedia siempre y cuando la manada
de depredadores el perder una minoría de sus miembros nunca es
una tragedia siempre y cuando la manada permanezca operativa y el
resultado haya sido una cacería coronada por el éxito. Esa actitud /
cruel/ se reflejaría, por ejemplo, en el platónico último depredador,
en sus costumbres funerarias, que abreviarán al máximo los periodos
de duelo y que, en tiempos de guerra aislarían como apestados a los
próximos parientes del difunto, para preservar el impulso depredador
del resto de la manada.
Todo lo que, hasta aquí, hemos construido, platónicamente,
teóricamente, referente al último depredador, ha sido, creemos, no
sólo lógico, sino inevitable. No hubiera tenido más alternativa que
apoderarse de los medios de comunicación de masas, allí donde
pudiera hacerlo; lo hubiera podido hacer otra cosa más que volver a
escribir la historia con objeto de camuflar sus actividades pasadas, y
el único disfraz realmente efectivo que hubiera podido adoptar
hubiera sido el de presa, pudiendo así acusar a cualquier otro grupo
de las mayores salvajadas depredadoras.
Pero, entonces, ¿ qué haría el último depredador una vez
llegado a ese punto? Naturalmente, sería absurdo suponer que
adoptaría las costumbres y la ética de la presa. Trabajaría
arduamente para continuar siendo el número uno. Fortalecería
constantemente sus posiciones, en el país o países que hubiera
llegado a controlar totalmente y se esforzaría en extender su control
a una porción aún mayor del planeta, y, teniendo en cuenta la
particular moral del depredador máximo, del hombre lobo, parecería
lógico que si con anterioridad logró grandes ventajas sacrificando una
parte de su clan, estaría tentado de usar la misma estrategia
nuevamente.
Sin embargo, parece evidente que un cierto número de problemas
podrían presentársele al último depredador y, concretamente, a sus
líderes naturales en el momento en que, por su imperativo interno,
irresistible por definición, deberían coronar su obra de conquista total.
En primer lugar, cada vez sería mayor el problema de mantener
intactos, con su apariencia de veracidad, una serie de fraudes. Es
difícil creer que algunos miembros del grupo-presa, y tal vez algunos
renegados del grupo del último depredador, no empezaran a exponer
las falsedades en que se basó la conquista. En segundo lugar, la
intensificada depredación era una sociedad conquistada por el
hombre lobo irritaría, finalmente, y/o haría concebir sospechas al
grupo-presa, haciéndole conceder crédito, total o parcialmente, a
ciertas denuncias formuladas contra el grupo del último depredador
Un tercer problema podría ser aún más grave. Casi todos los
miembros del grupo se enterarían de que una gran parte de sus
pesadas pérdidas que les procuraron su actual situación de privilegio,
no ocurrieron porque sí, ni a causa de la malignidad y los prejuicios
religiosos o raciales del grupo-presa, sino que fueron planeadas
fríamente por sus propios líderes. Intuirían, con la suprema listeza
que proporciona la falta de inteligencia y de ética, que una tal
maniobra podría repetirse otra vez.
Ninguno de ellos querría ser el sacrificado en el siguiente acto de la
gran tragedia cósmica. Todos querrían sobrevivir. Así,
inevitablemente, aumentarían las disensiones y las divisiones entre
los hombres lobos, temerosos de que ellos fueran los sacrificados esta
vez, en beneficio de sus semejantes en cualquier otro país. ¿Por qué
los parásitos instalados en Occidente se iban a sacrificar en
pro de los medraban en Oriente, o viceversa? El resultado de
todo ello seria una serie de maniobras y estratagemas entre los
países en que la influencia del último depredador hubiera llegado a
ser determinante. Se desencadenaría una furiosa competencia entre
líderes del grupo a lo ancho de todo el mundo para asumir el
liderazgo total.
Esta clase de lucha, además, es común en la naturaleza, entre los
machos, incluyendo los herbívoros. Es la lucha por el mando. En todo
caso, en la presente situación del último depredador de presas
humanas, la lucha se centraría tanto en la oposición de teorías
políticas y económicas, creadas o usurpadas por los líderes de aquél
como en la “ultima ratio regis” es decir, en la guerra puramente
militar. Y es difícil imaginar una tal situación que no degenerara en un
conflicto militar que complicaría a la mayoría de las grandes naciones,
cuando los líderes del grupo de hombres lobo se dieran cuanta de que
ninguno de sus subgrupos podía obtener el completo control de la
situación simplemente con sus clásicas maniobras y su no menos
clásica habilidad falseadora. Por desgracia, en tal conflicto
planetario. Los líderes del último depredador evitarían como siempre
han hecho-su implicación física, mientras los hombres-presa,
incluyendo sus líderes naturales, sufrirían tremendas pérdidas,
perdiendo a lo más y mejor de sus efectivos. Una humanidad
idiotizada y embrutecida, con una coloración pigmentaria que iría del
café con leche al negro acharolado sería el resultante de la actividad
multisecular del gran parásito. En la cima de la termitera de
desgraciados y estúpidos “ untermenschen ” , los líderes del último
depredador.
La respuesta clásica a la depredación consiste en fingir que
no existe, o en afirmar que es algo muy malo. La depredación
escapa a la dualidad bien-mal. La depredación es un parte básica
de la naturaleza. Existe. Esta ahí. Lo que es vitalmente necesario para
los grupos de hombre-presa es reconocer que ellos son la presa
debido a sus creencias religiosas y morales y que es su propia
responsabilidad descubrir por si mismos la identidad del último
depredador para protegerse a sí mismos y a su estirpe contra sus
depredaciones con el mayor cuidado atención posible, tomando para
ello los medios suficientes y necesarios.
¿Cuál es el grupo del último depredador de la humanidad ?
Esa es una cuestión que cualquier persona pensante, dotada de un
criterio independiente, y amante de la paz auténtica, debe determinar
por si misma. Hemos dado claves más que suficientes para su
identificación. Porque ese teórico, platónico, último depredador,
existe. Podríamos, claro es, dar aún más pistas para identificarle. Por
ejemplo que, igual que los depredadores aéreos, águilas y buitres,
provistos de garras para hincarlas en las carnes de sus presas,
también el último depredador tiene unos dedos retorcidos, en forma
de garras. O que, igual que el oso hormiguero, o el lobo, posee un
apéndice nasal poderosamente desarrollado. La responsabilidad,
ahora recae en ti, lector amigo, y en todos nosotros, porque sólo en la
identificación y denuncia de las actividades del último depredador
podremos evitar una tercera, y tal vez. Definitiva, guerra mundial.
Te hemos dado, lector, todas las claves para la identificación
del último depredador. Ahora, basándonos, siguiendo nuestra
costumbre, en sus propias palabras y, más aún, en sus
propios hechos, vamos a formular la denuncia, siguiendo la
insólita prosa, frase por rase, del más profético libro de
cuantos se han escrito.