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El Nombre Propio y La Letra

Este documento resume la teoría de Lacan sobre la distinción entre la letra y el nombre propio. Explica que la letra no deriva del fonema ni representa un objeto, sino que es una marca distintiva que designa la unicidad de un sujeto. El nombre propio está ligado a la letra más que otros nombres, ya que resiste a la traducción y transcribe la marca tal cual. El documento analiza cómo un niño ilustra esta teoría al escribir su nombre en un dibujo pero negar ser la persona representada.

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El Nombre Propio y La Letra

Este documento resume la teoría de Lacan sobre la distinción entre la letra y el nombre propio. Explica que la letra no deriva del fonema ni representa un objeto, sino que es una marca distintiva que designa la unicidad de un sujeto. El nombre propio está ligado a la letra más que otros nombres, ya que resiste a la traducción y transcribe la marca tal cual. El documento analiza cómo un niño ilustra esta teoría al escribir su nombre en un dibujo pero negar ser la persona representada.

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EL NOMBRE PROPIO Y LA LETRA

Philippe Julien

“Hay un mundo entre la palabra y la letra”

La enseñanza de Lacan sobre la letra se ordena en este modo:

1953-1957: Lacan pone en evidencia como el significante determina al sujeto: actúa independientemente
de un nexo preestablecido con un significado pero en razón de su lugar en la serie de los significantes: ¿qué
es lo que localiza un lugar sino lo que hay de letra en el significante?

1961-1965: Lacan extrae de allí las consecuencias en cuanto a la distinción entre la letra y el fonema, y por
ello, entre el lenguaje y la palabra. Lo muestra a propósito del nombre propio, propio al sujeto.

1971 (a partir de Lituraterre) fundado en la distinción sobre la establecida entre saber y verdad, deduce de
ella que si hay un saber en lo real, sólo puede ser del orden de la letra y por consiguiente de lo escrito.

Triple avance que no tiene nada de progreso lineal, sino más bien de un retorno incesante sobre la relación
del inconsciente con lo real del sujeto.

Julien en este texto se aboca al segundo tiempo: el nombre propio y la letra.

Primer paso: A partir de la dualidad sonido y sentido, el paso saussuriano consistió en dar la primacía al
significante en el efecto de significar, primacía de artificio al estar el significante constituido solamente por
el fonema: unidad que sólo lo es en tanto diferencia con otra. Tal es la lengua hablada. Este primer paso
deja en suspenso dos preguntas: ¿qué ocurre con el sujeto? Y la letra ¿es sólo la transcripción literal del
fonema sobre el papel?

Segundo paso: el significante es lo que representa al sujeto. Es distinto del signo sasussuriano definido
como representando una cosa para alguien. El significante no representa a un sujeto, no lo expresa; la
representación tiene efecto de sujeto y esto sólo lo es en tanto que representado para otro significante.
Este sujeto está representado en el campo del Otro, lo que Freud designa como la segunda identificación,
aquella al trazo unario: “La identificación, dice Freud, es parcial, extremadamente limitada y no toma más
que un solo trazo del Otro” (“La identificación es parcial, limitada en grado sumo, pues toma prestado un
único rasgo de la persona objeto”. Psicología de las masas y análisis del yo. Capítulo 7. Identificación).

Ein einziger Zug (trazo unario): nombre propio al sujeto. ¿Qué ocurre con este trazo? Responder es
plantear la pregunta sobre lo que distingue el nombre propio como tal. Por este sesgo, aparecerá lo que
hay de letra en el significante.

1) Hipótesis de Lacan: ¿Qué es un nombre propio? Descarta que se trate de una palabra en particular
(Word for particular). Esto sería reducir el nombre propio al demostrativo: “esto”, “este”, “esta”
que designa un objeto particular. Dar un nombre propio es diferente a designar simplemente un
objeto en su particularidad. Cuando llamamos a esta gata Pitchounete o esta casa Pas-du-Loup, no
reemplaza “esta” por un nombre propio o a la inversa. En efecto, hay algo que en esto último del
orden de lo irremplazable.

Ayelén Nazareth Molina


El psicólogo Gardiner dice que cuando pronunciamos un nombre propio, no somos sensibles solamente al
significante como para el nombre común, sino también a los sonidos en tanto que distintivos. Se podría
decir que el material sonoro no es olvidado, reducido al rango de puro medio instrumental en vista de
sentido sino que queda presente en la atención de los interlocutores en su consistencia de modulación
diferenciada.

Lacan dice que esto es insuficiente porque el sujeto psicológico nos hace perder de vista lo que ocurre con
el sujeto inconsciente propiamente dicho. Lacan, retomando los enunciados sobre la instancia de la letra
en el inconsciente, da un nuevo paso y expresa lo siguiente: “hay un nombre propio allí donde un lazo se
ha establecido entre una emisión vocal y algo del orden de la letra, cuando una afinidad se ha instaurado
entre tal denominación y una marca inscripta tomada como objeto”. Esa afinidad se reconoce en que el
nombre propio no puede traducirse de lengua en lengua; en razón de su amarra literal resiste a la
traducción de manera que se transfiere y viaja tal cual: “Lo que hace nombre propio es el nexo con la
escritura, no con el sonido”.

2) Se plantea entonces la siguiente pregunta: ¿Qué es una letra? ¿A partir de qué criterio puede
decirse que determinada grafía1 es una letra?

La conjetura de Lacan es una toma de posición distante de unos y de otros para poner en evidencia lo que
es el nombre propio. Consiste en desprenderse de la idea evolutiva según la cual la grafía sería primero
figura imitativa del objeto, luego, por abstracción, llegaría a ser puro signo de objeto (ideograma) para
finalmente acceder un día al estatuto de letra como soporte fonético en la escritura alfabética.
Desprenderse de ello consiste en asir la letra en su origen radical y del modo a lo que en ella escapa al
cambio.

A propósito de esto, se imponen dos negaciones:

a) Primero, en el punto de llegada: la letra no es pura notación del fonema. No nace completamente
nueva sirviendo sólo a la transcripción de la lengua sino que se encontraba ya allí, en su
materialidad. Solamente en un segundo tiempo sirve para transcribir la lengua mediante un vuelco
funcional.

Primera negación: la letra no viene del fonema: su existencia material no depende de su función de
notación fonemática.

b) Segundo corte: si miramos hacia el punto de partida: ¿De dónde viene este material literal en
espera? No es la estilización de un dibujo, abstracción de una figura concreta en su origen. Es una
negación por la inscripción del trazo. Este no es el recuerdo en la memoria de la figura de objeto,
sino su borramiento por el Uno que marca la unicidad del objeto. El trazo unario destruye y niega
todo lo que el objeto tiene de viviente para nuestros sentidos, para retener solo su unicidad.

Hipótesis de Lacan: la escritura nace con la negación, ella alcanza y precisa la definición de Freud:
“identificación parcial que se limita a un solo trazo”. Así por ejemplo, Magritte queriendo nombrar lo que
es del trazo de una pipa sobre una superficie escribía: “Esto no es una pipa”.

c) La letra no nace de su función de soporte fonético; no es tampoco la figuración del objeto, sino su
marca distintiva. Así aislada del trazo, la letra no se define por su pronunciación, su articulación

1
Signo o conjunto de sonidos con que se representa por escrito un sonido o la palabra hablada.
Ayelén Nazareth Molina
fónica ni su nexo con el sonido. Pero es nombrada en cambio en tanto tal, como cualquier otro
objeto. La lectura de los signos es radicalmente esto: el trazo nombrado por su nombre. Así la letra
trazada de esa manara ( ) es leída alfa, independientemente de su uso de escritura, según el cual
se pronuncia con el sonido “a” o el niño francés que aprende que la letra “g” se pronuncia de
manera diferente de acuerdo a las palabras, también aprende que la denominación de la letra no es
su pronunciación: c, q, k, se vocalizan igual y se denominan de otra forma en función de su trazado
(ejemplo ge-irafe, se denomina ge pero no se pronuncia ge-irafe).

Todas las veces el trazo designa la relación del lenguaje con lo real. El sujeto lee ya un trazado dándole
un nombre, antes de que sirva para transcribir la lengua hablada. No lee el trazo del ejemplar unario
sino el uno contable, el uno distinto de otro uno.

3) El nombre propio nos muestra esto claramente en tanto que más que cualquier otro nombre, está
ligado a lo que antes de toda fonematización, el lenguaje entraña de letra como trazo distintivo. Lo
muestra por su vínculo con la marca, de manera que lejos de traducirse se transcribe tal cual.

Este trazo distintivo que es el nombre propio en su letra: ¿qué nexo tiene con lo que Freud designa como
einziger Zug como trazo del Ideal del Yo? ¿Es aquello en lo que el sujeto se identifica en el punto donde se
ve como siendo visto en el Otro, lugar de los significantes visto amable, amado y así…narcisísticamente
amando en tanto que amado? Para responder a ello es necesario interrogarse sobre lo que ocurre con el
sujeto en su relación al nombre.

Elisión del sujeto

Julien toma el fragmento de “El inconciente y su escriba”, respecto a lo que dice una niña respecto a su
dibujo: “…una niña de seis años que había dibujado una reina cuyo vestido dividió en compartimientos
poniendo en cada compartimiento el nombre de un objeto que ella apreciaba: bombones, azúcar, anillos,
etcétera, y no se había olvidado de escribir encima “Yo” (Moi). Como se le preguntó si ella era la reina,
manifiestamente irritada por esta pregunta respondió: -“Pero no, eres tonto, las reinas son así, tienen
nombres raros.”

Se puede reconocer en estos casilleros el trazo distintivo de la letra como “estructura localizada del
significante”. Estos casilleros en sí vacíos de sentido son luego denominados por nombres: caramelo,
azúcar, sortija) que no remiten a su significante oficial, sino a lo que es “apreciado”; nombres propios,
trazos del Ideal del yo representado por la reina. Para que no se dude de ello, la niña escribió encima “Yo”.
Pero lo decisivo es la posición de la niña en el Otro. Siendo tontamente interrogada respecto de si es ella la
reina, responde: “Pero no, eres tonto”.

La verdad habla en la boca de los niños, sin que lo sepan. El sujeto de la enunciación no es el Yo (moi) y su
Ideal. El sujeto de la enunciación no es el Yo (moi) y su ideal. En efecto, a medida que el sujeto habla hay
elisión del nombre del sujeto del inconsciente significante original, para siempre urverdrangt2. Por el
contrario, el sujeto está representado en el lenguaje que está ya allí en el preconsciente, afuera, visible en
lo real. Allí y ya allí está el nombre propio y nosotros tenemos que leerlo al nivel del Yo, escribe la niñita,
como lo que en el lenguaje es del orden de ese signo que es la letra. Y esto, es el lugar del nombre para
siempre ausente y elidido del sujeto del inconsciente; sujeto sin cesar excluido y rechazado de la cadena
significante. De allí la negación: Pero no, eres tonto.

2
Lo reprimido primordial.
Ayelén Nazareth Molina
En los nombres propios del Ideal del yo allí donde se ve siendo visto por el Otro como amable el sujeto es
deseable pero no deseante. ¿Cómo puede entonces nacer el deseo sino de ese lugar vacío (por ejemplo, de
un casillero vacío sobre el vestido de la reina), de esa falta que el sujeto, en tanto que es el nombre propio
del Ideal puede faltar? ¿No es acaso lo que operan en las formaciones del inconsciente? Hacer fracasar el
nombre propio. La apuesta del análisis no está en la línea del Ideal (consolidar el nombre) sino en otro
lado, del lado del deseo y de su lugar vacío, allí donde se aloja su causa.

El olvido de nombres

La relación entre el inconsciente y el nombre propio se establece según el siguiente proceso:

1) El unbewusst (inconsciente) freudiano, la equivocación3 lejos de confortar al Ideal del Yo introduce


en él una falla.
2) En la medida en que el nombre propio tiene función de rasgo Ideal, se trata de subsanarla
suturando esa falla.
3) Pero las formaciones del inconsciente hacen fracasar la sutura 4, no pura y simplemente sino
fragmentando las letras del nombre propio para instituir un agujero específico.

El olvido de nombres propios: equivocación

Freud de viaje con Freyhau, jurista berlinés, le habla de los frescos de Orvieto sobre el Juicio Final y he aquí
que el nombre del pintor Signorelli se le escapa, pero no es un olvido puro y simple. El inconsciente
engendra una formación de sustitución, totalmente a la manera de un síntoma. Son los Ersatznamen:
Boticelli, Boltrafio que vienen a rodear el lugar vacío y lo especifican. Estos nombres sustitutivos no lo
cubren. Freud sabe sin ninguna duda y sin tener que preguntárselo a su compañero, que no es el nombre
que busca, sabe que no lo es. Erzatzanamen son sucesivamente descartados. Dicho de otro modo: si la
fórmula de la metáfora es una palabra por otra, aquí hay sustitución no metafórica, metáfora fallida. Lo
que hace límite a la metáfora en este caso es el nombre propio, en tanto que ligado aquí al Ideal del Yo.
Por esta razón no se metaforiza, es de piedra. Nombre irreductible, irremplazable por otro. Y sin embargo,
según lo dijimos antes, el nombre propio no se traduce; se transfiere de lugar en lugar por su vínculo no
seccionable5 con la letra: viaja como Freud con Freyhau: un trans-porte, una transferencia.

Primer lugar

Escribiendo apres-coup, Freud reconstruye el proceso temporal de la “serie de ideas”. Está en Herzegovina.
Este nombre le recuerda el relato de un colega sobre las costumbres de sus habitantes; tienen confianza en
el médico, por lo que el pariente de un enfermo incurable puede decirle: “Herr (señor) no hay nada que
decir. Yo sé que si se lo pudiera salvar, lo habrías salvado. Freud habla, se deja llevar; pero la serie de sus
ideas lo acerca a otra historia del mismo colega referente a los mismos habitantes, a propósito de
problemas sexuales: “Sabes tú, Herr, cuando eso ya no ande, la vida perderá todo valor”. Aquí Freud se
detiene, se calla. En efecto, esta historia se enlaza y se encadena estrechamente a una “serie” que le
concierne en forma directa: había recibido la noticia, en Trafoi de que “Un paciente que me importaba
mucho había puesto fin a su vida a causa de una incurable perturbación sexual”. Así, Freud interrumpe su
comunicación; pone su atención en otro lado, desviándola sobre otra “serie”: los frescos de Orvieto.

3
Hay homofonía entre el término alemán unbewusst (inconsciente) y los términos franceses equivocación, lo que no ocurre en
español.
4
Línea de unión.
5
También significa culpable. El autor juega con este doble sentido que no puede traducirse al español.
Ayelén Nazareth Molina
¿Qué ocurrió entonces? Freud fue alcanzado en su estatua y en su estatura de médico que sabe y puede:
surgió una falta concerniente a su Yo ideal, a su imagen de médico ante la enfermedad, el sexo, la muerte.
En esos momentos precisos, “normalmente”, tal rasgo del Ideal del Yo viene a suturar esa falta. Pero esta
vez hubo un trastorno de la identificación y Freud perdiendo su firma, por así decir, no puede hablar, feliz
falla que indica el lugar de su deseo en ese punto mismo donde no puede verse a partir del Otro como
amable y estimable en su dignidad médica porque allí no hay nombre.

Segundo lugar

Pero lo que no había podido salir a la luz de lo simbólico, lo que pasó por debajo (unterdruckt) reaparece
en otra parte, no en lo real, sino en otro lugar de la cadena significante y de la serie de los pensamientos:
desplazamiento de su propio nombre de Sigmund que viaja y va a enlazarse a otro nombre: el nombre de
aquel que por un arte distinto al arte médico intenta dominar la muerte en los frascos sobre los fines
últimos, donde exalta la belleza del cuerpo humano: ¿No triunfa el artista por la función de lo bello allí
donde el médico fracasa?

¡Signorelli! El nombre que hace un instante fracasó en la sutura se desplaza y se enlaza a Signorelli para
aporyarse en él e intentarla nuevamente. Pero sobreviene el olvido, apoyándose en él lo arrastra consigo
en la Unterdrcukung y deja emerger un agujero, agujero específico, cercado, dibujado por las palabras que
ganan su lugar. Boticelli, Boltrafio. Este acto fallido es un acto logrado pues en ese punto de pérdida de su
identificación, de no-referencia, de escotoma del ojo de donde Freud se ve en el Otro como Herr y amo de
la vida, donde se encuentra el lugar de su deseo. Allí está lo verdadero de su identificación, en ese punto
donde afuera, en el Otro, no hay nada: el nombre está perdido. De este modo, el olvido de Signorelli lleva a
Freud a su deseo, por el tropiezo en el límite del narcisismo del amor, en tanto que amar y ser amado son
equivalentes.

Ese desplazamiento, esa transferencia se hace, escribe Freud, gracias a una asociación externa que se
entiende como una identidad literal. Este postulado exige que, contrariamente a la conclusión de Freud, no
se trate de la serie: Herr Signor Signorelli que supondría una traducción del alemán al italiano sino de otra:
Sig/mundSig/nirelli.

En un primer lugar el nombre Sigmund zozobró para enlazarse en un segundo lugar de la cadena
significante a Signorelli y arrastrarlo en su caída. Las tres letras S-i-g de su firma caen pero no sin que el
norelli resurja en la O y la elli de Boticelli, Boltrafio. Las tres letras sustraídas permanecen en espera en su
función flotante: acto logrado.

Escribe Freud que la Verschiebung (enlace de Sigmund con Signorelli) se opera “sin ninguna consideración”
por el sentido y la delimitación acústica de las sílabas. En efecto, ni el sentido de la palabra, ni su vínculo
con la emisión vocal son decisivos. Lo determinante es la materialidad de la letra. Freud insiste en ello: “En
ese proceso los nombres han sido tratados como lo son las imágenes escritas de una frase que debe ser
convertida en un rébus enigma figurativo”.

Esta insistente claridad nos permite concluir que el nombre propio del sujeto tomado como trazo unario
(no reductible al patronímico, por supuesto) y punto privilegiado de la cadena significante, se especifica
por su estrecha relación con la materialidad de la letra.

El sueño
Ayelén Nazareth Molina
Si el olvido de nombres no se produce sin que surjan falsos recuerdos como sustitutos ¿qué ocurre con el
sueño en su relación con el nombre propio?

Este ejemplo de Freud sobre el olvido de nombres indicaba el lugar de su deseo en el Otro: pero no nos
decía nada de aquello en qué consistía: Freud había cortado y censurado su decir. El sueño va más lejos:
dos tiempos, dos lugares de la cadena pero a diferencia del olvido de nombres estos dos lugares no
engendran más que un solo agujero: en un primer tiempo aparece la elisión de una letra en el nombre
propio, una circuncisión literal, se abre en él una falla que hace fracasar su función de sutura, falla que es la
condición del segundo tiempo, cuando en el mismo sitio de letra caída se traza un borde que ordena el
lugar de la causa del deseo. En la construcción del sueño, una demanda se articula en términos pulsionales.

El deseo del analista

- Olvido de nombres: dos tiempos y dos agujeros en la cadena significante.


- Sueño: dos tiempos con un solo agujero: el no sentido de la letra (H, 0) surge la significación fálica
de la falta.

Allí donde el olvido de nombre fracasa, el sueño (o el chiste) tiene éxito. En efecto, la letra es primero
inscripta en tanto que faltante (H, O), luego en ese mismo lugar es leída: H es leída “fractura en H”, O es
leída: eua. Tal es la lectura de los signos: una denominación significante, de lo que se desprenden algunas
consecuencias:

1) Los nombres propios del sujeto no se traduce. Sería hacer un llamado al significado. Si ciertos
nombres no lo excluyen no está allí lo que especifica al nombre propio como tal.
2) Los nombres propios son irremplazables en la medida en que son trazos unarios del ideal. No hay
remedio allí donde faltan en su función de sutura de una falta: no se metaforizan.
3) Por el contrario, se transcriben. Para eso se fragmentan en elementos literales, para que tal letra
mantenga su inscripción transfiriéndose sobre otro nombre, operación que Lacan formula así: las
letras no designan reuniones “las letras hacen reuniones, las letras son y no designan esas
reuniones, son tomadas como funcionando como esas reuniones mismas (…). El inconsciente está
estructurado como las reuniones de las que se trata en la teoría de los conjuntos, son como letras.
4) Pero esta operación de fragmentación del nombre propio no es sin pérdida: establece el borde de
una falta, de donde puede surgir una demanda en términos pulsionales. Así, esta fragmentación del
nombre propio lo desliga de su función de trazo unario del Ideal del Yo, lo reduce a un significante
cualquiera…y por consiguiente metaforizable.

Así lo que opera en el análisis es la letra, por cuanto su materialidad está estrechamente vinculada a los
nombres propios del sujeto. Si ocurre que se identifiquen al síntoma, el trabajo del inconsciente y su
interpretación consiste en disolver ese lazo. Si la transferencia condice a la demanda la demanda a la
identificación con los trazos del Ideal como demanda de amor, el deseo del analista y lo que encarna
mediante su cuerpo consiste en separarla para que advenga la causa del deseo: el objeto pequeño a más
allá del gran I.

Ayelén Nazareth Molina

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