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Unidad 2 Adultos

En 3 oraciones: El documento presenta las reglas técnicas para el tratamiento psicoanalítico según Freud, incluyendo escuchar al paciente con atención flotante sin tomar notas, no influir la memoria del médico, y analizar al médico a sí mismo antes de tratar a otros para evitar proyecciones personales que interfieran con el tratamiento. Freud también advierte contra usar la propia vida personal para ganar la confianza del paciente o imponer demasiada sublimación, en favor de dejar que el tratamiento siga su curso libre de prejuic

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En 3 oraciones: El documento presenta las reglas técnicas para el tratamiento psicoanalítico según Freud, incluyendo escuchar al paciente con atención flotante sin tomar notas, no influir la memoria del médico, y analizar al médico a sí mismo antes de tratar a otros para evitar proyecciones personales que interfieran con el tratamiento. Freud también advierte contra usar la propia vida personal para ganar la confianza del paciente o imponer demasiada sublimación, en favor de dejar que el tratamiento siga su curso libre de prejuic

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CONSEJOS AL MÉDICO EN EL TRATAMIENTO PSICOANALÍTICO

1912
Sigmund Freud
Las reglas técnicas a continuación propuestas son el resultado de una larga
experiencia.
A-La primera tarea que encuentra ante sí el analista que ha de tratar más de un
enfermo al día es quizá la que parecerá más difícil. Consiste en retener en la
memoria los innumerables nombres, fechas, detalles del recuerdo, asociaciones y
manifestaciones patológicas que el enfermo va produciendo en el curso de un
tratamiento prolongado meses enteros y hasta años, sin confundir este material
con el suministrado por otros pacientes en el mismo período de tiempo o en otros
anteriores. Para esto no se sirve de técnicas auxiliares como anotaciones, sino
que consiste simplemente en no intentar retener especialmente nada y acogerlo
todo con una igual atención flotante. Nos ahorramos de este modo un esfuerzo de
atención imposible de sostener muchas horas al día y evitamos un peligro
inseparable de la retención voluntaria, pues en cuanto esforzamos
voluntariamente la atención con una cierta intensidad comenzamos también, sin
quererlo, a seleccionar el material que se nos ofrece. Y esto es precisamente lo
que más debemos evitar, No debemos olvidar que en la mayoría de los análisis
oímos del enfermo cosas cuya significación sólo a posteriori descubrimos. Como
puede verse, el principio de acogerlo todo con igual atención equilibrada es la
contrapartida necesaria de la regla que imponemos al analizado, exigiéndole que
nos comunique, sin crítica ni selección alguna, todo lo que se le vaya ocurriendo.
La norma de la conducta del médico podría formularse como sigue: Debe evitar
toda influencia consciente sobre su facultad retentiva y abandonarse por completo
a su memoria inconsciente. O en términos puramente técnicos: Debe escuchar al
sujeto sin preocuparse de si retiene o no sus palabras. Lo que así conseguimos
basta para satisfacer todas las exigencias del tratamiento.  Lo restante,
incoherente aún y caóticamente desordenado, parece al principio haber
sucumbido al olvido, pero emerge prontamente en la memoria en cuanto el
analizado produce algo nuevo. En estos recuerdos sólo muy pocas veces se
comete algún error, y casi siempre en detalles en los que el médico se ha dejado
perturbar por la referencia a su propia persona. Tampoco suele ser frecuente la
confusión del material de un caso con el suministrado por otros enfermos.
B- No podemos recomendar la práctica de tomar apuntes de alguna extensión,
formar protocolos, etc., durante las sesiones con el analizado. Aparte de la misma
impresión que produce en algunos pacientes, se oponen a ello las mismas
razones que antes consignamos al tratar de la retención en la memoria. Al anotar
o taquigrafiar las comunicaciones del sujeto realizamos forzosamente una
selección perjudicial y consagramos a ello una parte de nuestra actividad mental,
que encontraría mejor empleo aplicada a la interpretación del material
producido. Freud planteaba que por su parte cuando se trata de algún sueño que
le interesaba pedía que el mismo enfermo ponga por escrito su relato después de
habérselo oído de palabra, y en relación al discurso, si algo le resonaba útil
recordar, lo anotaba al final del día.
C-  La anotación de datos durante las sesiones del tratamiento podía justificarse
con el propósito de utilizar el caso para una publicación científica. En principio no
es posible negar al médico tal derecho. Pero tampoco debe olvidarse que en
cuanto se refiere a los historiales clínicos psicoanalíticos, los protocolos detallados
presentan una utilidad mucho menor de lo que pudiera esperarse. 
D- La coincidencia de la investigación con el tratamiento es, desde luego, uno de
los títulos más preciados de la labor analítica; pero la técnica que sirve a la
primera se opone, sin embargo, al segundo a partir de cierto punto. El éxito
terapéutico padece en estos casos utilizados desde un principio para un fin
científico y tratados en consecuencia. En cambio, obtenemos los mejores
resultados terapéuticos en aquellos otros en los que actuamos como si no
persiguiéramos fin ninguno determinado, dejándonos sorprender por cada nueva
orientación y actuando libremente, sin prejuicio alguno. La conducta más acertada
para el psicoanálisis consistirá en pasar sin esfuerzo de una actitud psíquica a
otra, no especular ni cavilar mientras analiza y esperar a terminar el análisis para
someter el material reunido a una labor mental de síntesis.
E- He de recomendar calurosamente a mis colegas que procuren tomar como
modelo durante el tratamiento psicoanalítico la conducta del cirujano, que impone
silencio a todos sus afectos e incluso a su compasión humana y concentra todas
sus energías psíquicas en su único fin: practicar la operación conforme a todas las
reglas del arte. La justificación de esta frialdad de sentimientos que ha de exigirse
al médico está en que crea para ambas partes interesadas las condiciones más
favorables, asegurando al médico la deseable protección de su propia vida
afectiva y al enfermo eI máximo auxilio que hoy nos es dado prestarle
F- Del mismo modo que el analizado ha de comunicar todo aquello que la
introspección le revela, absteniéndose de toda objeción lógica o afectiva que
intente moverle a realizar una selección, el médico habrá de colocarse en
situación de utilizar, para la interpretación y el descubrimiento de lo inconsciente
oculto, todo lo que el paciente le suministra, sin sustituir con su propia censura la
selección a la que el enfermo ha renunciado. Para ello no basta que sea un
individuo aproximadamente normal, debiendo más bien exigírsele que se haya
sometido a una purificación psicoanalítica y haya adquirido conocimiento de
aquellos complejos propios que pudieran perturbar su aprehensión del material
suministrado por los analizados. Es indiscutible que la resistencia de estos
defectos no vencidos por un análisis previo descalifica para ejercer el
psicoanálisis, pues, a cada una de las represiones no vencidas en el médico
corresponde un punto ciego en su percepción analítica. Hace ya años respondí a
la interrogación de cómo podía llegarse a ser analista en los siguientes términos:
por el análisis de los propios sueños. Esta preparación resulta desde luego
suficiente para muchas personas, mas no para todas las que quisieran aprender a
analizar. Hay también muchas a las cuales se hace imposible analizar sus sueños
sin ayuda ajena. Uno de los muchos merecimientos contraídos por la escuela
analítica de Zurich consiste en haber establecido que para poder practicar el
psicoanálisis era condición indispensable haberse hecho analizar previamente por
una persona perita ya en nuestra técnica. Todo aquel que piense seriamente en
ejercer el análisis debe elegir este camino. Obrando así, no sólo se conseguirá
antes y con menor esfuerzo el conocimiento deseado de los elementos ocultos de
la propia personalidad, sino que se obtendrán directamente y por propia
experiencia aquellas pruebas que no puede aportar el estudio de los libros ni la
asistencia a cursos y conferencias. Quienes intenten dedicarse al análisis
despreciando someterse antes a él, no sólo se verán castigados con la
incapacidad de penetrar en los pacientes más allá de una cierta profundidad, sino
que se expondrán a un grave peligro, que puede serlo también para otros. Se
inclinarán a proyectar sobre la ciencia como teoría general, lo que una oscura
autopercepción les descubre sobre las peculiaridades de su propia persona.
G- Podía parecer lícito, para vencer las resistencias dadas en el enfermo, el que
el médico le permitiera la visión de sus propios defectos y conflictos anímicos y le
hiciera posible equipararse a él, comunicándole las intimidades de su vida.
Pero en la relación psicoanalítica suceden muchas cosas de un modo muy distinto
a como sería de esperar según las premisas de la psicología de la conciencia. La
experiencia no es nada favorable a semejante técnica afectiva. Con ella
abandonamos el terreno psicoanalítico y nos aproximamos al tratamiento por
sugestión. Alcanzamos así que el paciente comunique antes y con mayor facilidad
lo que ya le es conocido y hubiera silenciado aún durante algún tiempo por
resistencias convencionales. Mas por lo que respecta al descubrimiento de lo que
permanece inconsciente para el enfermo, esta técnica no nos es de utilidad
ninguna, incapacita al sujeto para vencer las resistencias más profundas. Esta
actitud abierta del médico dificulta asimismo una de las tareas capitales de la cura:
la solución de la transferencia, resultando así que las ventajas que al principio
pudo proporcionar quedan luego totalmente anuladas. Desde el punto de vista
práctico no puede condenarse que un psicoterapeuta mezcle una parte de análisis
con algo de influjo sugestivo para conseguir en poco tiempo resultados visibles,
pero debe exigírsele que al obrar así sepa perfectamente lo que hace y reconozca
que su método no es el psicoanálisis auténtico.
H- El médico debe saber dominar y subordinar su actuación a las capacidades del
analizado más que a sus propios deseos. No todos los neuróticos poseen una
elevada facultad de sublimación. De muchos de ellos hemos de suponer que no
hubieran contraído la enfermedad si hubieran poseído el arte de sublimar sus
instintos. Si les imponemos una sublimación excesiva y los privamos de las
satisfacciones más fáciles y próximas de sus instintos, les haremos la vida más
difícil aún de lo que ya la sienten. Como médicos debemos ser tolerantes con las
flaquezas del enfermo y satisfacernos con haber devuelto a un individuo. La
ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica. Pero, además, debe
tenerse en cuenta que muchas personas han enfermado precisamente al intentar
sublimar sus instintos más de lo que su organización podía permitírselo, mientras
que aquellas otras capacitadas para la sublimación la llevan a cabo
espontáneamente en cuanto el análisis deshace sus inhibiciones. Creemos, que la
tendencia a utilizar regularmente el tratamiento analítico para la sublimación de
instintos podrá ser siempre meritoria, pero nunca recomendable en todos los
casos, para llegar a la solución de los enigmas de la neurosis no sirve de nada la
reflexión ni el esfuerzo de la atención o la voluntad.
I-¿En qué medida debemos requerir la colaboración intelectual del analizado en el
tratamiento? Es difícil fijar aquí normas generales. Habremos de atenernos ante
todo a la personalidad del paciente. Resulta equivocado plantear al analizado una
labor mental determinada, tal como reunir sus recuerdos, reflexionar sobre un
período determinado de su vida, etc. Por el contrario, tiene que aceptar algo que
ha de parecerle muy extraño en un principio. La obediencia a esta regla debe
exigirse más a aquellos enfermos que toman la costumbre de escapar a las
regiones intelectuales durante el tratamiento y reflexionan luego mucho, y a veces
muy sabiamente, sobre su estado. Por esta razón prefiero también que los
pacientes no lean durante el tratamiento ninguna obra psicoanalítica, les pido que
aprendan en su propia persona y les aseguro que aprenderán así mucho más de
lo que pudiera enseñarles toda la bibliografía psicoanalítica, pero reconozco que
en las condiciones en que se desarrolla la cura en sanatorio puede ser
conveniente servirse de la lectura para la preparación del analizado y la creación
de una atmósfera propicia.
Terminaremos manifestando nuestra esperanza de que la progresiva experiencia
de los psicoanalistas conduzca pronto a un acuerdo unánime sobre la técnica más
adecuada para el tratamiento de los neuróticos.

La iniciación del tratamiento. “Sigmund Freud”


En el presente trabajo me propongo reunir algunas reglas para uso del analista
práctico en la iniciación del tratamiento. Además, las presento tan sólo como
simples “consejos”, sin exigir estrictamente su observancia. La extraordinaria
diversidad de las constelaciones psíquicas dadas, la plasticidad de todos los
procesos psíquicos y la riqueza de los factores que hemos de determinar se
oponen también a una mecanización técnica y permiten que un procedimiento
generalmente justificado no produzca en ocasiones resultado alguno o
inversamente, que un método defectuoso logre el fin deseado.
Ya en otro lugar hemos consignado toda una serie de indicaciones relativas a la
selección de los enfermos para el tratamiento analítico. Ulteriormente he tomado la
costumbre de advertir a aquellos enfermos sobre los cuales poseo pocos datos
que, en principio, sólo provisionalmente, puedo encargarme de ellos, y de este
modo cuando me veo obligado a interrumpir el análisis, por estar contraindicado,
ahorro al enfermo la penosa impresión de una tentativa de curación fracasada,
pues considera el hecho como un mero sondeo realizado para llegar a conocer el
caso y decidir si le es o no aplicable el psicoanálisis. Es este el único medio de
prueba de que disponemos, y no conseguiríamos nada intentando sustituirlo por
una serie de interrogatorios que, además, nos Ilevarían el mismo tiempo o quizá
más. Pero a la par que un ensayo previo, constituye la iniciación del análisis y ha
de seguir, por tanto, sus mismas normas. Sólo podremos diferenciarlo algo del
análisis propiamente dicho dejando hablar preferentemente al enfermo y no
suministrándole más explicaciones que las estrictamente indispensables para la
continuación de su relato.
Esta iniciación del tratamiento con un período de prueba de algunas semanas
tiene, además, una motivación diagnóstica. Muchas veces, al encontrarnos ante
una neurosis con síntomas histéricos u obsesivos, no muy acentuada y
relativamente reciente, esto es, ante una de aquellas formas de neurosis que
consideramos más apropiadas para el tratamiento analítico, tenemos que
preguntarnos, sin embargo, si no se tratará de un caso inicial de una demencia
precoz. A mi juicio, la decisión no es en estos casos nada fácil. Sé que hay
psiquiatras que rara vez vacilan en este diagnóstico diferencial, pero también
estoy convencido de que se equivocan tan a menudo como los demás. Pero los
errores de este género son mucho más fatales para el psicoanalista que para el
psiquiatra clínico, pues en ninguno de los dos casos posibles emprende éste nada
decisivo; se expone solamente al peligro de cometer un error teórico, y su
diagnóstico no tiene más que un interés académico. En cambio, si el psicoanalista
yerra en su diagnóstico, incurrirá en una falta de carácter práctico, impondrá al
enfermo un esfuerzo inútil y desacreditará su terapia. El enfermo deberá poner de
su parte todo lo posible para evitar un error de diagnóstico.
Las conferencias prolongadas con el enfermo antes de dar principio al tratamiento
analítico, la sumisión anterior de aquél a otro método terapéutico y la existencia de
una relación de amistad entre el médico y el enfermo determinan ciertas
consecuencias desfavorables, a las que debemos estar preparados. Motivan, en
efecto, que el enfermo se presente ante el médico en una actitud de transferencia
ya definida, que el médico habrá de ir descubriendo poco a poco en lugar de
encontrar ocasión de observar el crecimiento y la constitución de la transferencia
desde su principio. El paciente nos lleva así durante cierto tiempo una ventaja que
sólo a disgusto le concedemos en la cura. Debe desconfiarse siempre de aquellos
enfermos que nos piden un plazo antes de comenzar la cura.
El hecho de que entre el médico y el paciente que va a ser sometido al análisis, o
entre sus familias respectivas, existan relaciones de amistad o conocimiento,
suscita también especiales dificultades. El psicoanalista del que se solicita que se
encargue del tratamiento de la mujer o el hijo de un amigo, puede prepararse a
perder aquella amistad, cualquiera que sea el resultado del análisis. No obstante,
deberá sacrificarse si no encuentra un sustituto en el que pueda confiar.
La actitud del paciente significa muy poco; su confianza o desconfianza provisional
no supone apenas nada, comparada con las resistencias internas que mantienen
las neurosis. La confianza del paciente hace muy agradable nuestro primer
contacto con él, y le damos, por ella, las gracias, pero al mismo tiempo le
advertimos también que tan favorable disposición se estrellará seguramente
contra las primeras dificultades emergentes en el tratamiento.
Otra de las cuestiones importantes que surgen al iniciar un análisis es la de
concertar con el paciente las condiciones de tiempo y de dinero.
Por lo que se refiere al tiempo, sigo estrictamente y sin excepción alguna el
principio de adscribir a cada paciente una hora determinada. Esta hora le
pertenece por completo, es de su exclusiva propiedad y responde
económicamente de ella, aunque no la utilice. En cuanto intentásemos seguir una
conducta más benigna, las faltas de asistencia puramente «casuales» se
multiplicarían de tal modo, que perderíamos sin fruto alguno la mayor parte de
nuestro tiempo. Por el contrario, manteniendo estrictamente el severo criterio
indicado, desaparecen por completo los obstáculos «casuales» que pudieran
impedir al enfermo acudir algún día a la consulta. Eludimos la contrariedad de ver
interrumpido el análisis en el momento en que prometía llegar a ser más
interesante y provechoso. La disminución de las sesiones de tratamiento resulta
tan poco ventajosa para el médico como para el enfermo, debiendo rechazarse
desde luego al principio del análisis. Una labor más espaciada nos impediría
seguir paso a paso la vida actual del paciente, y la cura correría el peligro de
perder su contacto con la realidad y desviarse por caminos laterales.
Al principio del tratamiento suelen también dirigir los enfermos al médico una
pregunta poco grata: ¿Cuánto habrá de durar el tratamiento? ¿Qué tiempo
necesita usted para curarme de mi enfermedad? Cuando previamente le hemos
propuesto comenzar con un período de ensayo, podemos eludir una respuesta
directa a estas interrogaciones prometiendo al sujeto que, una vez cumplido tal
período, nos ha de ser más fácil indicarle la duración aproximada de la cura. Pues,
al enfermo, le explicamos alegando que antes de poder determinar el tiempo que
habrá de emplear en llegar a la meta, necesitamos conocer su paso.
La ignorancia de los enfermos y la insinceridad de los médicos se confabulan para
exigir del psicoanálisis los más desmedidos rendimientos en un mínimo de tiempo.
Declararemos que el psicoanálisis precisa siempre períodos prolongados, desde
un semestre hasta un año cuando menos, y desde luego mucho más prolongados
de lo que por lo general espera el enfermo. Estamos, pues, obligados a hacérselo
saber así, antes que se decida definitivamente a someterse al tratamiento. Por mi
parte, me parece lo más digno y también los más conveniente advertir desde un
principio al enfermo las dificultades de la terapia analítica y los sacrificios que
exige, evitando así que el día de mañana pueda reprocharnos haberle inducido a
aceptar un tratamiento cuya amplitud e importancia ignoraba.
Por otra parte, rehusamos comprometer a los pacientes a seguir el tratamiento
durante un período determinado y les permitimos abandonarlo cuando quieren,
aunque sin ocultarles que la interrupción de la cura iniciada excluye todo posible
resultado positivo y puede provocar un estado insatisfactorio, como una operación
no llevada a término.
Cuando situamos a los enfermos ante la dificultad que supone el largo tiempo
necesario para el análisis, suele encontrar y proponernos una determinada
solución. Dividen sus padecimientos en dos grupos, principal y secundario,
incluyendo en el primero aquellos que les parecen más intolerables, y nos dicen:
«Si logra usted librarme de tal o cual síntoma, ya veré yo de arreglármelas con los
demás.» Pero al pensar así estiman muy por alto el poder electivo del análisis. El
medico analista, puede alcanzar resultados positivos muy importantes, pero lo que
no puede es determinar precisamente cuáles. Inicia un proceso, la resolución de
las represiones existentes, y puede vigilarlo, propulsarlo, desembarazar de
obstáculos su trayectoria, o también, en el peor caso, perturbarlo. Pero en general
el proceso sigue, una vez iniciado, su propio camino, sin dejarse marcar una
dirección, ni mucho menos la sucesión de los puntos que ha de ir atacando. Todo
aquel que quiera hacer lo más independiente posible de sus condiciones
sugestivas (esto es, de sus condiciones de transferencia) el éxito terapéutico,
obrará cuerdamente renunciando también a los indicios de influencia electiva de
que el médico dispone. Para el psicoanalista, los pacientes más gratos habrán de
ser aquellos que acuden a él en busca de la más completa salud posible y ponen
a su disposición todo el tiempo que le sea preciso para conseguir su
restablecimiento.

Otra de las cuestiones que deben ser resueltas al iniciar un tratamiento es la


referente al dinero; esto es, al montante de los honorarios del médico. El analista
no niega que el dinero debe ser considerado en primera línea como medio para la
conservación individual y la adquisición de poderío, pero afirma, además, que en
valoración participan poderosos factores sexuales. El hombre civilizado actual
observa en las cuestiones de dinero la misma conducta que en las cuestiones
sexuales, procediendo con la misma doblez, el mismo falso pudor y la misma
hipocresía. Por su parte, el analista va a tratar ante el paciente las cuestiones de
dinero con la misma sinceridad natural que quiere inculcarle en cuanto a los
hechos de la vida sexual, y de este modo le demostrará ya desde un principio
haber renunciado él mismo a un falso pudor, comunicándole espontáneamente en
cuánto estima su tiempo y su trabajo. Por otro lado, es bien sabido que la baratura
de un tratamiento no contribuye en modo alguno a hacerlo más estimable a los
enfermos.
Un tratamiento gratuito significa mucho más para el psicoanalista que para
cualquier otro médico, pues supone sustraerle por muchos meses una parte muy
considerable de su tiempo retribuido. Habremos de preguntarnos, además, si la
ventaja que procura al enfermo el tratamiento gratuito puede compensar en cierto
modo el sacrificio del médico. El tratamiento gratuito intensifica enormemente
algunas de las resistencias del neurótico; por ejemplo, en las mujeres jóvenes, la
tentación integrada en la relación de transferencia, y en los hombres jóvenes, la
rebeldía contra el deber de gratitud, rebeldía procedente del complejo del padre y
que constituye uno de los más graves obstáculos a la influencia terapéutica.
Antes de cerrar estas observaciones relativas a la iniciación de la cura analítica,
diré aún algunas palabras sobre un cierto ceremonial que observamos en las
sesiones del tratamiento. A este respecto, mantengo mi consejo de hacer echarse
al paciente en un diván, colocándose el médico detrás de él y fuera del alcance de
su vista. Esta disposición tiene un sentido histórico, partiendo del cual se
desarrolló el psicoanálisis. En tanto que escucho al sujeto, me abandono también
por mi parte, al curso de mis ideas inconscientes, no quiero que mi gesto procure
al paciente materia de interpretaciones o influya sobre sus manifestaciones.
Una vez reguladas en esta forma las condiciones de la cura, habremos de
preguntarnos en qué punto y con qué materiales se ha de comenzar el
tratamiento.
En general, no importa cuál sea la materia con la que iniciemos el análisis: la
historia del paciente, sus recuerdos infantiles o el historial de su enfermedad. Lo
único de que debemos cuidarnos es de empezar dejando hablar al enfermo sobre
sí mismo, sin entrar a determinar su elección del punto de partida. Así, pues, nos
limitaremos a decirle: “Antes que yo pueda indicarle nada, tengo que saber mucho
sobre usted. Le ruego, por tanto, que me cuente lo que usted sepa de sí mismo”.
De esta conducta pasiva inicial sólo hacemos una excepción en cuanto a la regla
psicoanalítica fundamental a la que el paciente ha de atenerse y que
comunicamos desde un principio: Una advertencia aún, antes de empezar: su
relato ha de diferenciarse de una conversación corriente en una cierta condición.
Normalmente procura usted, como es natural, no perder el hilo de su relato y
rechazar todas las ocurrencias e ideas secundarias que pudieran hacerle incurrir
en divagaciones impertinentes. Condúzcase como un viajero que va junto a la
ventanilla del vagón y describe a sus compañeros cómo el paisaje va cambiando
ante sus ojos. Por último, no olvide usted nunca que ha prometido ser
absolutamente sincero y no calle nunca algo porque le resulte desagradable
comunicarlo.
Aquellos pacientes que creen conocer el punto de partida de su enfermedad,
comienzan, por lo general, su relato con la exposición de los hechos en los que
ven el motivo de sus dolencias; otros, que se dan cuenta de la relación de sus
neurosis con sus experiencias infantiles, suelen empezar con una descripción de
su vida, desde sus primeros recuerdos. En ningún caso debe, sin embargo,
esperarse un relato sistemático, ni tampoco hacer nada por conseguirlo. Cada uno
de los detalles de la historia habrá luego de ser relatado nuevamente, y sólo en
estas repeticiones surgirán ya los elementos que permiten al paciente establecer
relaciones importantes, cuya existencia ignora, sin embargo.
Lacan, J. – La dirección de la cura y los principios de su poder (1958)
I. ¿Quién analiza hoy?
1.Que un análisis lleve los rasgos de la persona del analizado es cosa de la que
se habla como si cayese por su propio peso.  Tal es por lo menos lo que justifica
el estremecimiento que nos recorre ante las expresiones de moda referentes a la
contratransferencia, contribuyendo sin duda a enmascarar su impropiedad
conceptual: piensen qué testimonio damos de elevación de alma al mostrarnos en
nuestra arcilla como hechos de la misma que aquellos a quienes amasamos.
Sin embargo, bajo el nombre de psicoanálisis muchos se dedican a una
“reeducación emocional del paciente”. Pretendemos mostrar en q la impotencia
para sostener auténticamente una praxis se reduce, al ejercicio de un poder.  Y
esto es algo que Lacan critica de muchos analistas.
2. El analista sin duda dirige la cura y no al paciente. - Este es el primer principio
de esta cura.
La dirección de la cura consiste en primer lugar en hacer aplicar por el sujeto la
regla analítica, o sea, las directivas cuya presencia no podría desconocerse en el
principio de lo que se llama “la situación analítica”.  Estas directivas están en
una comunicación inicial planteadas bajo forma de consignas de las cuales, por
poco que el analista las comente, puede sostenerse que hasta en las inflexiones
de su enunciado servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el
analista en el punto de consecuencia al que ésta ha llegado para él.
Ya sólo esto basta para mostrarnos que el problema de la dirección se muestra,
desde las directivas del punto de partida, como no pudiendo formularse sobre una
línea de comunicación unívoca. Establezcamos únicamente que, de reducirlo a su
verdad, ese tiempo consiste en hacer olvidar al paciente que se trata únicamente
de palabras, pero que esto no justifica que el analista lo olvide a su vez.
3. El paciente no está solo con sus dificultades para pagar su parte de la cuota. El
analista también debe pagar:  pagar con palabras sin duda, si la transmutación
que sufren por la operación analítica las eleva a su efecto de interpretación; pero
también pagar con su persona, en cuanto que, diga lo que diga, la presta como
soporte a los fenómenos singulares que el análisis ha descubierto en la
transferencia.
4. Volveré a poner al analista en el banquillo, en la medida en que lo estoy yo
mismo, para observar que está tanto menos seguro de su acción cuanto que en
ella está más interesado en su ser.  Cuánto más ensimismado en el ser está,
menos seguro de su acción analítica.
5. En cuanto al manejo de la transferencia mi libertad en ella se encuentra por el
contrario alienada por el desdoblamiento que sufre allí mi persona, y nadie ignora
que es allí donde hay que buscar el secreto del análisis.  El psicoanálisis debe
ser estudiado como una situación entre dos.
De hecho todo analista experimenta siempre en la transferencia en el asombro del
efecto menos esperado de una relación entre 2 que fuese como las otras. Se
dice que tiene que componérselas allí ante un fenómeno del que no es
responsable, y es conocida la insistencia que puso Freud en subrayar su
espontaneidad en el paciente.
No se podría razonar a partir de lo qe el analizado hace soportar de sus fantasías
a la persona del analista, como a partir de lo que un jugador ideal calcula de las
intenciones de su adversario. Sin duda hay también estrategia, pero que nadie se
engañe con la metáfora del espejo en virtud de que conviene a la superficie lisa
que presenta al paciente el analista.  Más bien con esto el analista se adjudica
la ayuda de lo que en ese juego se llama el muerto, pero es para hacer surgir al
cuarto que va a ser aquí la pareja del analizado, y de cuyo juego el analista va a
esforzarse, por medio de sus bazas, en hacerle adivinar la mano: tal es el vínculo
de abnegación que impone al analista la postura de la partida en el análisis.
Pero lo que es seguro es que los sentimientos el analista sólo tienen un lugar
posible en este juego, el del muerto; y que si se lo reanima, el juego se prosigue
sin que se sepa quién lo conduce.  Por eso el analista es menos libre en su
estrategia que en su táctica.
6. El analista es aún menos libre en aquello que domina estrategia y táctica: a
saber, su política, en la cual haría mejor en situarse por su carencia de ser que por
su ser.  Para decir las cosas de otra manera, su acción sobre el paciente se le
escapa junto con la idea que se hace de ella, si no retiene la paradoja en lo que
tiene de desmembrado.
Para los psicoanalistas de hoy, esta relación con la realidad cae por su propio
peso. Miden sus defecciones en el paciente sobre el principio autoritario de los
educadores de siempre. Sólo que se encomiendan al análisis didáctico para
garantizar su mantenimiento en una tasa suficiente entre los analistas, respecto de
los cuales no deja de sentirse que, para enfrentarse a los problemas de la
humanidad que se dirige a ellos, sus puntos de vista serán a veces un poco
locales. Lo cual no hace sino colocar el problema un escalón individual más atrás.
 El educador está bien lejos de estar educado si puede juzgar tan ligeramente
una experiencia que sin embargo ha debido atravesar él mismo.
Se adivina por semejante apreciación que esos analistas habrían dado a esa
experiencia otros sesgos, si hubiesen tenido que confiar en su sentido de la
realidad para inventarla ellos mismos. Se lo sospechan un poco, y por eso son tan
quisquillosos en preservar sus formas.
7. Si el analista sólo tuviera que vérselas con resistencias lo pensaría dos veces
antes de hacer una interpretación, como en efecto es su caso, pero estaría a
mano después de esa prudencia. Sólo que esa interpretación, si él la da, va a ser
recibida como proveniente de la persona que la transferencia supone que es.  Si
el analista se aprovecha de ello, el análisis no se quedaría más que en una
sugestión grosera.
Posición indiscutible, excepto que es como proveniente del Otro de la
transferencia como la palabra del analista será escuchada.  Es pues, gracias a
lo que el sujeto atribuye de ser al analista, como es posible que una interpretación
regrese al lugar desde donde puede tener alcance sobre la distribución de las
respuestas.

II. ¿Cuál es el lugar de la interpretación?


Un lugar mínimo que ocupa la interpretación en la actualidad psicoanalítica, no es
que se haya perdido su sentido, sino que el abordaje de ese sentido da siempre
testimonio de un azoramiento. No hay autor que lo enfrente sin proceder por
desprendimiento de todos los modos de intervenciones verbales, que no son la
interpretación: explicaciones, gratificaciones, respuestas a la demanda, etc. El
procedimiento se hace revelador cuando se acerca al foco de interés. Impone que
incluso una expresión articulada para empujar al sujeto a tomar una visión (insight)
sobre una de sus conductas, y especialmente en su significación de resistencia,
puede recibir un nombre completamente diferente, confrontación, por ejemplo.
Se siente que es la naturaleza de una trasmutación en el sujeto lo que aquí
escabulle y tanto más dolorosamente para el pensamiento cuanto que le escapa el
momento mismo en que pasa a los hechos. Ningún índice basta en efecto para
mostrar dónde actúa la interpretación, si no se admite radicalmente un concepto
de la función del significante, que capte dónde el sujeto se subordina a él hasta el
punto de ser sobornado por él.
La interpretación, para descifrar la diacronía de las repeticiones inconscientes,
debe introducir en la sincronía de los significantes que allí se componen algo que
bruscamente haga posible su traducción –precisamente lo que permite la función
del Otro en la ocultación del código, ya que es a propósito de él como aparece su
elemento faltante.
La formación del síntoma es una interpretación inexacta del sujeto. La
interpretación así concebida se convierte en una especie de flogisto: manifiesta en
todo lo que se comprende con razón o sin ella, por poco que alimente la llama de
lo imaginario, de esa pura exhibición que, bajo el nombre de agresividad, hace su
agosto de la técnica de aquel tiempo.
Nuestra doctrina del significante es en primer lugar disciplina en la que se avezan
aquellos a quienes formamos en los modos de efecto del significante en el
advenimiento del significado, única vía para concebir que inscribiéndose en ella la
interpretación pueda producir algo nuevo.
La metáfora del flogisto que nos inspiraba Glover recibe su adecuación del error
que evoca: la significación no emana de la vida en mayor medida que el flogisto se
escapa de los cuerpos en la combustión. Antes bien habría que hablar de ella
como de la combinación de la vida con el átomo O del signo (O que más que ser
vocalizada como la letra simbólica del oxígeno, puede leerse: cero, en cuanto que
simboliza la función esencial del lugar en la estructura del significante) del signo
en cuanto que en primer lugar connota la presencia o la ausencia.
Debe recordarse que, con la seguridad de su avance en su dominio, Freud,
buscando el modelo del automatismo de repetición, se detiene en la encrucijada
de un juego de ocultación.
Es que efectivamente aparece allí al mismo tiempo el valor del objeto en cuanto
insignificante (lo que el niño hace aparecer y desaparecer), y el carácter accesorio
de la perfección fonética junto a la distinción fonemática, con respecto a la cual
nadie negaría a Freud el derecho de traducirla inmediatamente por los Fort Da.
Punto de inseminación de un orden simbólico que preexiste al sujeto infantil y
según el cual le va a ser preciso estructurarse.
La interpretación se convierte en una exigencia de la debilidad a la cual tenemos
que venir en ayuda. Es un medio bien incómodo, pero éste es solamente el efecto
de las pasiones del analista: su temor que no es del error, sino de la ignorancia, su
gusto que no es de satisfacer, sino de no decepcionar, su necesidad que no es de
gobernar, sino de estar por encima. No se trata en modo alguno de la
contratransferencia en tal o cual; se trata de las consecuencias de la relación dual,
si el terapeuta no la supera.
Hay que evitar la ruptura. Que se clasifique bajo el nombre de técnica la civilidad
pueril y honesta para enseñar con este fin. Pero que se confunda esa necesidad
física, de la presencia del paciente en la cita, con la relación analítica es
engañarse.
La transferencia en esa perspectiva se convierte en la seguridad del analista, y la
relación con lo real, en el terreno donde se decide el combate. La interpretación
que ha sido pospuesta hasta la consolidación de la transferencia se vuelve desde
ese momento subordinada a la reducción de ésta. Resulta de ello que se
reabsorbe en un working through, que se puede muy bien traducir simplemente
por trabajo de la transferencia, que sirve de coartada a una especie de desquite
sobre la timidez inicial, es decir, a una insistencia que abre la puerta a todos los
forcejeos, puestos bajo el pabellón del reforzamiento del Yo.
Volveremos a tomar un ejemplo que ha contribuido ya a nuestra enseñanza; ha
sido escogido en un autor de calidad y especialmente sensible, por su prosapia, a
la dimensión de la interpretación. Se trata de Ernst Kris y de un caso que él mismo
no nos oculta haber tomado de Melitta Schmideberg.
Se trata de un sujeto inhibido en su vida intelectual y especialmente inepto para
llegar a alguna publicación de sus investigaciones, esto en razón de un impulso a
plagiar que no parece poder dominar. Tal es el drama subjetivo.
Melitta Schmideberg lo había comprendido como la recurrencia de una
delincuencia infantil; el sujeto robaba golosinas y libros, y fue por ese sesgo por
donde ella emprendió el análisis del conflicto inconsciente.
Ernst Kris cambia la perspectiva del caso y pretende dar al sujeto el insight de un
nuevo punto de partida desde un hecho que no es sino una repetición de su
compulsión. En suma, habiéndose asegurado de que su paciente no es plagiario
cuando cree serlo, pretende demostrarle que quiere serlo para impedirse a sí
mismo serlo de veras —lo que llaman analizar la defensa antes de la pulsión, que
aquí se manifiesta en la atracción hacia las ideas de los otros.
Esta intervención puede presumirse errónea por el solo hecho de que supone que
defensa y pulsión son concéntricas y están, por decirlo así, moldeadas la una
sobre la otra.
Lo que comprueba que lo es efectivamente es aquello en lo que Kris la encuentra
confirmada, a saber: que en el momento en que cree poder preguntar al enfermo
lo que piensa de ese cambio de signo, éste, soñando un instante, le replica que,
desde hace algún tiempo, al salir de la sesión, ronda por una calle que abunda en
restaurancitos atractivos, para atisbar en los menús el anuncio de su plato favorito:
sesos frescos.
Confesión que, más bien que digna de considerarse como sanción de la felicidad
de la intervención por el material que aporta, nos parece que tiene el valor
correctivo del acting out.
No es que su paciente no robe lo que importa aquí. Es que no... Quitemos el “no”:
es que roba nada. Y eso es lo que habría que haberle hecho entender. Muy a la
inversa de lo que usted cree, no es su defensa contra la idea de robar lo que le
hace creer que roba. Es de que pueda tener una idea propia de lo que no tiene ni
la menor idea, o apenas.
Trata usted al paciente como a un obsesivo, pero él le tiende la pértiga con su
fantasía de comestible: para darle la ocasión de adelantarse en un cuarto de hora
a la nosología de su época diagnosticando: anorexia mental. Refrescará usted de
pasada, devolviéndolo a su sentido propio, ese par de términos reducidos por su
empleo corriente a la dudosa calidad de una indicación etiológica. Anorexia, en
cuanto a lo mental, en cuanto al deseo del que vive la idea.
Es también que esta rectificación en Freud es dialéctica, y parte de los decires del
sujeto para regresar a ellos, lo cual quiere decir que una interpretación no podría
ser exacta sino a condición de ser... una interpretación.
Tomar partido aquí en cuanto a lo objetivo es un abuso, aunque sólo fuese porque
el plagiarismo es relativo a las costumbres en uso.
Otra topología es necesaria para no equivocarse en cuanto al lugar del deseo.
Borrar al deseo del mapa, cuando ya está recubierto en el paisaje del paciente, no
es la mejor continuación que se puede dar a la lección de Freud. Ni el medio de
terminar con la profundidad, pues es en la superficie donde se ve como un herpes
en los días de fiesta floreciendo el rostro.
III. ¿Cuál es la situación actual de la transferencia?
El empleo ordinario del término transferencia, en el análisis mismo, sigue siendo
adherente a la manera más discutible, aunque la más vulgar, de abordarlo: hacer
de él la sucesión o la suma de los sentimientos positivos o negativos que el
paciente abriga con respecto a su analista.
Es una noción tan central para la acción analítica que queremos alcanzar aquí,
que puede servir de medida para la parcialidad de las teorías que consagran algún
tiempo a pensarla. Es decir que no se engañarán quien las juzgue según el
manejo de la transferencia que ellas acarrean (…) Pues este manejo de la
transferencia es inseparable de su noción, y por poco elaborada que sea ésta en
la práctica, no puede dejar de acomodarse a las parcialidades de la teoría. Por
otra parte, la existencia simultánea de estas parcialidades no por ello las hace
completarse. En lo cual se confirma que sufren de un defecto central. (…)
Reduciremos a tres esas particularidades de la teoría.
a. Conectaremos al genetismo, en la medida en que tiende a fundar los
fenómenos analíticos en los momentos del desarrollo interesados en ellos y a
alimentarse de la observación llamada directa del niño, con una técnica
particular: la que dirige lo esencial de ese procedimiento hacia el análisis de
las defensas. Puede mostrarse el punto de partida de esta conexión en el
crédito legitimo dado a la noción de un Yo inconsciente en el que Freud
reorientó su doctrina. Pasar de ahí a la hipótesis de que los mecanismos de
defensa que se agrupaban bajo su función debían poder delatar ellos mismos
una ley de aparición comparable, o incluso correspondiente, a la sucesión de
las fases por la cual Freud había intentado unir la emergencia pulsional a la
fisiología, es el paso que A. Freud, en su libro sobre Los mecanismos de
defensa, propone dar para someterlo a la prueba de la experiencia.
Era tentador tratar de insertar en las etapas observables del desarrollo sensorio-
motor y de las capacidades progresivas de un comportamiento inteligente esos
mecanismos que se suponía se desprendían de su progreso. Puede decirse que
las esperanzas que A. Freud colocaba en semejante exploración fueron
frustradas: nada se reveló en esa vía que fuese esclarecedor para la técnica.
b. Menos degradada en su relieve analítico nos parece la segunda faceta en la
que aparece lo que se hurta de la transferencia: a saber, el eje tomado de la
relación de objeto.
Fue Abraham quien abrió el registro de esta teoría. Estamos interesados en
indicar su nexo con la parcialidad del aspecto que Abraham desprende de la
transferencia para promoverlo en su opacidad como la capacidad de amar: o sea,
como si fuese éste un dato constitucional en el enfermo donde puede leerse el
grado de su curabilidad, y especialmente el único donde fracasaría el tratamiento
de la psicosis.
La transferencia calificada de sexual está en el principio del amor que ha sido
llamado objetal. La capacidad de transferencia mide el ascenso a lo real.
La perspectiva abrahamiana se explica en una finalidad que se autoriza, por ser
instintual, en que toma sus imágenes de la maduración de un objeto inefable, el
Objeto con una O mayúscula que gobierna la fase de la objetalidad
(significativamente distinguida de la objetividad por su sustancia de afecto).
c. Si la transferencia recibe su virtud del hecho de ser reducida a la realidad de
la que el analista es el representante, y si se trata de hacer madurar el Objeto
en el invernadero de una situación confinada, no le queda ya al analizado
sino un objeto (…) que llevarse a la boca, y es el analista.
De allí la noción de introyección subjetiva, que es nuestro tercer error, por
instalarse desgraciadamente en una relación dual.
Así es como la importancia concedida en la cura a la fantasía de devoración fálica
a expensas de la imagen del analista nos parece digna de ser señalada, en su
coherencia con una dirección de la cura que la hace caber entera en la disposición
de la distancia entre el paciente y el analista como objeto de la relación dual.
Es la función privilegiada del significante falo en el modo de presencia del sujeto
en el deseo la que es ilustrada aquí, pero en una experiencia que puede llamarse
ciega: esto a falta de toda orientación sobre las relaciones verdaderas de la
situación analítica, la cual, del mismo modo que cualquier otra situación en la que
se habla, no puede, si se la quiere inscribir en una relación dual, sino quedar
aplastada.
Siendo desconocida, y por buenos motivos, la naturaleza de la incorporación
simbólica, y estando excluido que se consume cualquier cosa real en el análisis,
aparecerá (…) que no podrá reconocerse ya nada que no sea imaginario en lo que
se produce. (…) de atenerse a una relación imaginaria entre los objetos, no queda
sino la dimensión de la distancia para poder ordenarla.
Hacer de la distancia la dimensión única donde tienen lugar las relaciones del
neurótico con el objeto engendra contradicciones insuperables. Demasiada o
demasiada poca distancia al objeto parecerán a veces confundirse hasta el punto
de embrollarse.
No cabe duda de que esta distancia es tomada como parámetro universal,
regulando las variaciones de la técnica para el desmantelamiento de la neurosis.
No tenemos otro designio que el de advertir a los analistas sobre el deslizamiento
que sufre su técnica, si se desconoce el verdadero lugar donde se producen sus
efectos.
Queremos dar a entender que es en la medida de los callejones sin salida
encontrados al captar su acción en su autenticidad como los investigadores, tanto
como los grupos, llegan a forzarla en el sentido del ejercicio de un poder.
Este poder, lo sustituyen a la relación con el ser donde esa acción tiene lugar,
haciendo decaer sus medios, a saber, los de la palabra, de su eminencia verídica.
Por eso es ciertamente una especie de retorno de lo reprimido, por extraña que
sea, la que, desde las pretensiones menos dispuestas a embarazarse con la
dignidad de estos medios, hace elevarse ese galimatías de un recurso al ser como
a un dato de lo real, cuando el discurso que allí reina rechaza toda interrogación
que no hubiese sido ya reconocida por una soberbia banalidad.
IV. Cómo actuar con el propio ser
Han sido una vez más los ingleses, autóctonos o no, los que han definido más
categóricamente el final del análisis por la identificación del sujeto con el analista.
La dialéctica de los objetos fantasmáticos promovida en la práctica por M. Klein
tiende a traducirse en la teoría en términos de identificación.
Pues esos objetos, parciales o no, pero sin duda alguna significantes –el seno, el
excremento, el falo-, el sujeto los gana o los pierde sin duda, es destruido por ellos
o los preserva, pero sobre todo es esos objetos, según el lugar donde funcionan
en su fantasma fundamental, y ese modo de identificación no hace sino mostrar la
patología de la pendiente a la que se ve empujado el sujeto en un mundo donde
sus necesidades están reducidas a valores de intercambio, pendiente que a su
vez no encuentra su posibilidad radical sino por la mortificación que el significante
impone a su vida, numerándola.
Parecería que el psicoanalista, tan solo para ayudar al sujeto, debería estar a
salvo de esa patología, la cual se inserta, como se ve, nada menos que en una ley
de hierro.
Es por eso justamente por lo que suele imaginarse que el psicoanalista debería
ser un hombre feliz. ¿No es además la felicidad lo que vienen a pedirle, y cómo
podría darla si no la tuviese un poco?, dice el sentido común.
Es sin duda en la relación con el ser donde el analista debe tomar su nivel
operatorio, y las oportunidades que le ofrece para este fin el análisis didáctico no
deben calcularse únicamente en función del problema que se supone ya resuelto
para el analista que lo guía en él.
“El pensamiento de los analistas es una acción que deshace.”
“El analista es el hombre a quien se habla libremente”
“Es más allá del discurso donde se acomoda nuestra acción de escuchar”
Si lo frustro (al hablante), es que me pide algo. Que le responda, justamente. Pero
él sabe bien que no serían más que palabras. Como las que puede obtener de
quien quiera. Ni siquiera es seguro que me agradecería que fuesen buenas
palabras (…) Esas palabras, no me las pide. Me pide… por el hecho de que habla:
su demanda es intransitiva, no supone ningún objeto.
Su petición la despliega en el campo de una demanda implícita, aquella por la cual
está ahí: la de curarlo, revelarlo a sí mismo, hacerle conocer el psicoanálisis. (…)
Su demanda presente no tiene nada que ver con eso, incluso no es la suya,
porque después de todo soy yo quien le ha ofrecido hablar”. He creado demanda.
Pero es una demanda, si puede decirse, radical.
Por el intermedio de la demanda, todo el pasado se entreabre hasta el fondo del
fondo de la primera infancia. Demandar: el sujeto no ha hecho nunca otra cosa, no
ha podido vivir sino por eso, y nosotros tomamos el relevo.
Esta situación explica la transferencia primaria, y el amor en que a veces se
declara. Pues si el amor es dar lo que no se tiene, es bien cierto que el sujeto
puede esperar que se le dé, puesto que el psicoanalista no tiene otra cosa que
darle. Pero incluso, no se la da, y más vale así.
Sin embargo, el analista da su presencia, pero creo que esta no es sino es la
implicación de su acción de escuchar, y que no es sino la condición de la palabra
El analista es aquel que resiste la demanda, no como suele decirse para frustrar al
sujeto, sino para que reaparezcan los significantes en que su frustración está
retenida
Es en la más antigua demanda donde se produce la identificación primaria (…)
aquella que no sólo suspende del aparato significante la satisfacción de las
necesidades, sino que las fragmenta, las filtra, las modela en desfiladeros de la
estructura del significante.
La identificación con el analista puede ser muy diversa, pero siempre será
una identificación con significantes
A medida que se desarrolla un análisis, el analista tiene que vérselas
sucesivamente con todas las articulaciones de la demanda del sujeto. Pero
además (…) no debe responder ante ella sino de la posición de la
transferencia.
V. Hay que tomar el deseo a la letra
En el deseo se articula un discurso bien astuto.
Existe un deseo de deseo, dicho de otra manera, un deseo significado por un
deseo, (…) que se inscribe en el registro diferente de un deseo que sustituye a un
deseo.
La relación del deseo con la marca del lenguaje especifica al inconciente freudiano
y descentra nuestra concepción del sujeto.
El deseo, si está significado como insatisfecho, lo está por el significante. (…) El
deseo es la metonimia de la carencia del ser.
Hacer que se vuelva a encontrar en él como deseante es lo inverso de hacerlo
reconocerse allí como sujeto, porque es a la deriva de la cadena significante como
corre el arroyo del deseo y el sujeto debe aprovechar una vía de empalme para
asir en ella su propio feedback.
El deseo no hace más que sujetar lo que el análisis objetiviza.
Uno no se cura porque rememora. Uno rememora porque se cura.
Los psicoanalistas ya no contestan, habiendo renunciado ellos mismos a
interrogarse sobre los deseos de sus pacientes: los reducen a sus demandas, lo
cual simplifica la tarea para convertirlos en los suyos propios.
Articulamos sin embargo lo que estructura al deseo. El deseo es lo que se
manifiesta en el intervalo que cava la demanda más acá de ella misma, en la
medida en que el sujeto, al articular la cadena significante, trae a la luz la carencia
de ser con el llamado a recibir el complemento del Otro, si el Otro, lugar de la
palabra, es también el lugar de esa carencia.
Lo que de este modo al Otro le es dado colmar, y que es propiamente lo que no
tiene, puesto que a él también le falta el ser, es lo que se llama el amor, pero es
también el odio y la ignorancia. 
Es también, pasiones del ser. Lo que evoca toda demanda más allá de la
necesidad que se articula en ella, y es sin duda aquello de que el sujeto queda
privado, tanto más propiamente cuanto más satisfecha queda la necesidad
articulada en la demanda. 
Más aún, la satisfacción de la necesidad no aparece allí sino como el engaño
contra el que se estrella la demanda de amor, enviando al sujeto al sueño donde
habita el limbo del ser, dejándole en él hablar. Pues el ser del lenguaje es el no ser
de los objetos, y que el deseo haya sido descubierto por Freud en su lugar en el
sueño basta para instruirnos. 
Ser o no ser, dormir, soñar acaso, los sueños aparentemente más simples del niño
muestran simplemente objetos milagrosos o prohibidos. 
Pero el niño no se duerme siempre así en el seno del ser, sobre todo si el Otro,
que a su vez tiene sus ideas sobre sus necesidades, se entromete, y en lugar de
lo que no tiene, le atiborra con la papilla asfixiante de lo que tiene, es decir
confunde sus cuidados con el don de su amor.
A fin de cuentas, el niño, al negarse a satisfacer la demanda de la madre, ¿no
exige acaso que la madre tenga un deseo fuera de él, porque es éste el camino
que le falta hacia el deseo? 
Uno de los principios, en efecto, que se desprenden de estas premisas es que:
 si el deseo está efectivamente en el sujeto por esa condición que le es
impuesta por la existencia del discurso de hacer pasar su necesidad por los
desfiladeros del significante; 
 sí, por otra parte, al abrir la dialéctica de la transferencia, hay que fundar la
noción del Otro [Autre] con una A mayúscula, como lugar del despliegue de
la palabra
 hay que concluir que, hecho de un animal presa del lenguaje, el deseo del
hombre es el deseo del Otro. 
Se trata de esa condición que tiene el sujeto de encontrar la estructura
constituyente de su deseo en la misma hiancia abierta por el efecto de los
significantes en aquellos que para él viene a representar al Otro, en cuanto que su
demanda está sujeta a ellos. 
El deseo se produce en el más allá de la demanda por el hecho de que al articular
la vida del sujeto a sus condiciones, poda en ellas la necesidad, pero también
ahueca en su más acá, por el hecho de que, demanda incondicional de la
presencia y la ausencia, evoca la carencia de ser bajo las tres figuras del nada
que constituye el fondo de la demanda de amor, del odio que viene a negar el ser
del otro, y de lo indecible de lo que se ignora en su petición.
La función de este significante como tal en la búsqueda del deseo es ciertamente,
la clave de lo que hay que saber para terminar su análisis: y ningún artificio lo
sustituirá para obtener este fin.
El deseo inconsciente es el deseo del Otro, puesto que el sueño está hecho para
satisfacer el deseo del paciente más allá de su demanda, como lo sugiere el
hecho de que lo logre. No por ser un sueño del paciente, puede tener menos valor
para nosotros, si por no dirigirse a nosotros como sucede con el analizado, se
dirige a él tan bien como pueda hacerlo el analista.
La importancia de preservar el lugar del deseo en la dirección de la cura necesita
que se oriente ese lugar con la relación a los efectos de la demanda, únicos que
se conciben actualmente en el principio del poder de la cura.
¿Por qué se piensa de manera diferente al creer más esencial para el progreso de
la cura operar en la medida que sea sobre otras demandas, bajo el pretexto de
que éstas serían regresivas?
Es en primer lugar para el sujeto para quien su palabra es un mensaje, porque se
produce en el lugar del Otro. Que por ello su demanda misma provenga de allá y
esté etiquetada como tal, no significa únicamente que esté sometida al código del
Otro. Sino que es desde ese lugar del Otro desde donde está fechada.
El deseo por más que se transparente siempre como se aquí en la demanda, no
por ello deja de estar más allá. Está también más acá de otra demanda en que el
sujeto, repercutiéndose en el lugar del otro, no borraría tanto su dependencia por
un acuerdo de rebote, como fijaría el ser mismo que viene a proponer allí.
Esto quiere decir que sólo de una palabra que levantase la marca que el sujeto
recibe de su expresión podría recibirse la absolución que lo devolvería a su deseo.
Pero el deseo no es otra cosa que la imposibilidad de esa palabra, que al
responder a la primera no puede sino redoblar su marca consumando esa escisión
que el sujeto sufre por no ser sujeto sino en cuanto que habla.
La regresión que se pone en primer plano en el análisis no se refiere sino a los
significantes de la demanda y no interesa a la pulsión correspondiente sino a
través de ellos.
Reducir esta demanda a su lugar puede operar sobre el deseo una apariencia de
reducción por el aligeramiento de la necesidad. Pues si los significantes de la
demanda han sostenido las frustraciones donde el deseo se ha fijado, es sólo en
su lugar donde el deseo es sujetador.
Ya se pretenda frustrante o gratificante, toda respuesta a la demanda en el
análisis reduce en él la transferencia a la sugestión.
La transferencia es también una sugestión, pero una que no ejerce sino a partir
de la demanda de amor, que no es demanda de ninguna necesidad. Que esta
demanda no se constituya como tal sino en cuanto que el sujeto es sujeto del
significante, es lo que permite hacer de ella mal uso reduciéndola a las
necesidades de donde se han tomado esos significantes cosa que los
psicoanalistas, no dejan de hacer.
Aquí se encuentra la salida que permite salir de la sugestión: la identificación con
el objeto como regresión, porque parte de la demanda de amor, abre la secuencia
de la transferencia, el camino donde podrán denunciarse las identificaciones que,
deteniendo esta regresión, la escanden.
Estas consideraciones nos confirman que es natural analizar la transferencia. Ésta
en sí misma es ya análisis de la sugestión, en la medida en que coloca al sujeto
respecto de su demanda en una posición que no recibe sino de su deseo.
La resistencia del sujeto, cuando se opone a la sugestión, no es sino deseo de
mantener su deseo. Como tal, abría que ponerla en la columna de la transferencia
positiva, puesto que es el deseo el que mantiene la dirección del análisis, fuera de
los efectos de la demanda.
Significa que en los efectos que responden en un sujeto a una demanda
determinada van a interferir aquellos de una posición con relación al otro, su
semejante, al que él sostiene en cuanto sujeto.
Digamos que el fantasma es aquello por lo cual el sujeto se sostiene al nivel de su
deseo evanescente, en la medida en que la satisfacción misma de la demanda le
hurta su objeto.
La posición del neurótico con respecto al deseo, digamos para abreviar el
fantasma, la que viene a marcar con su presencia la respuesta del sujeto a la
demanda, la significación de su necesidad.
Pero este fantasma no tiene nada que ver con la significación en la cual interfiere.
Esta significación en efecto proviene del Otro en la medida en que de él depende
que la demanda sea colmada. Pero el fantasma sólo llega allí por encontrarse en
el camino de retorno de un circuito más amplio, el llevando la demanda hasta los
límites del ser hace interrogarse al sujeto sobre la falta en la que se aparece a sí
mismo como deseo.
En el mejor de los casos el analista de hoy deja a su paciente en el punto de
identificación puramente imaginaria del que permanece cautivo el paciente.
Si el deseo es la metonimia de la carencia del ser, el Yo es la metonimia del
deseo.
¿a dónde va pues la dirección de la cura? Observemos.
- Que la palabra tiene en ella todos los poderes especiales de la cura.
- Que estamos bien lejos por la regla fundamental de dirigir al sujeto hacia la
palabra plena, ni hacia el discurso coherente, pero que lo dejamos libre de
intentarlo.
- Que esa libertad es que más le cuesta tolerar.
- Que la demanda es propiamente lo que pone entre paréntesis en el análisis,
puesto que está excluido que el analista satisfaga ninguna de ellas.
-Que puesto que no se pone ningún obstáculo a la confesión del deseo, es hacia
eso hacia donde el sujeto es dirigido e incluso canalizado.
- Que la resistencia a esa confesión, en último análisis, no puede consistir aquí en
nada sino en la incompatibilidad del deseo con la palabra.
Puesto que se trata de captar el deseo, y puesto que sólo puede captárselo en la
letra, puesto que son las redes de la letra las que determinan, sobredeterminan su
lugar.
Hombre de deseo, de un deseo al que siguió contra su voluntad por los caminos
donde se refleja en el sentir, dominar y el saber, pero del cual supo develar, él
solo, el significante impar: ese falo cuya recepción y cuyo don son para el
neurótico igualmente imposibles, ya sea que sepa que el Otro no lo tiene o si,
porque en los 2 casos su deseo está en otra parte: es el de serlo, y es preciso que
el hombre, masculino o femenino, acepte tenerlo y no, a partir del descubrimiento
de que no lo es.
CONFERENCIA EN GINEBRA SOBRE EL SÍNTOMA
No comenzaré sin agradecer a Olivier Flournoy el que me haya invitado aquí, lo
que me da el privilegio de hablarles.
Si el hombre no tuviera lo que se llama un cuerpo, no voy a decir que no pensaría,
pues eso va de suyo, pero no estaría profundamente captado por la imagen de
ese cuerpo. Es por la vía de la mirada, a la que recién Olivier Flournoy ha hecho
referencia, que este cuerpo toma su peso. La mayor parte de lo que el hombre
piensa tiene en eso su raíz. Es muy difícil para un analista, no ser aspirado, de esa
cosa que lo capta, al fin de cuentas, narcisísticamente, en el discurso de aquél que
Olivier Flournoy llamó recién el analizado. El término el analizante, dejó una suerte
de marca de rayo en la semana misma en que lo articulé, a este analizante.
Analysand evoca más bien el debiendo-seranalizado, y esto no es de ningún modo
lo que yo quería decir. Lo que yo quería decir, era que en el análisis, es la persona
que viene verdaderamente a formar una demanda de análisis, la que trabaja. Es
indispensable que esta demanda haya verdaderamente tomado forma antes de
que ustedes la hagan acostar. Cuando ustedes le dicen que comience la persona,
pues, que ha hecho esta demanda de análisis, cuando ella comienza el trabajo, es
ella la que trabaja. De ningún modo tienen que considerarla como alguien que
ustedes deben modelar. Es todo lo contrario. ¿Qué es lo que hacen ustedes ahí?
El quisiera que nosotros escuchemos, si puedo decir, con total independencia de
los conocimientos que hemos adquirido, que sintamos de qué tenemos que
ocuparnos, a saber, de la particularidad del caso. Esto es muy difícil, porque lo
propio de la experiencia es evidentemente preparar un casillero. Nos es muy
difícil, a nosotros, analistas, hombres, o mujeres, de experiencia, no juzgar ese
caso funcionando y elaborando su análisis, no acordarnos a propósito de él de los
otros casos. El inconsciente no es simplemente por ser no sabido. En la lengua
alemana, lo conciente de la conciencia se formula como lo que es
verdaderamente, a saber, el goce de un saber. Lo que Freud aportó, es esto, que
no hay necesidad de saber que se sabe para gozar de un saber.
Si aquello de lo que hablamos es verdadero, si es precisamente en una etapa
precoz que se cristaliza para el niño lo que hay que llamar por su nombre, a saber
los síntomas, si la época de la infancia es tan decisiva para eso, ¿cómo no ligar
este hecho con la manera en que analizamos los sueños y los actos fallidos? A
pesar de todo que ahí Freud, sin embargo, ha debido percatarse de que el
enunciado de un acto fallido no adquiere su valor más que de las explicaciones de
un sujeto. Es en el proceso de su relato que se lee lo que Freud llama su sentido.
¿Cómo sostener incluso una hipótesis tal como la del inconsciente? Si no se ve
que es la manera que ha tenido el sujeto, si es que hay otro sujeto que dividido, de
ser impregnado, si se puede decir, por el lenguaje. Bien sabemos en el análisis la
importancia que ha tenido para un sujeto, quiero decir para lo que en ese
momento no era todavía sino nada de nada, la manera en que ha sido deseado.
Hay personas que viven bajo el golpe, y eso les durará mucho tiempo en sus
vidas, bajo el golpe del hecho de que uno de los dos padres no los ha deseado.
Los padres modelan al sujeto en esta función que intitulo como simbolismo. Lo
que estrictamente quiere decir, no que el niño sea de alguna manera el principio
de un símbolo, sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar
no puede más que llevar la marca del modo bajo el cual los padres lo han
aceptado.
Es siempre con la ayuda de palabras que el hombre piensa. Y es en el encuentro
de esas palabras con su cuerpo que algo se perfila. Además, me atrevería a decir
a propósito de esto el término innato — si no hubiera palabras, ¿de qué podría
testimoniar el hombre? Es ahí que él pone el sentido. Es completamente cierto
que es en la manera con la cual lalengua ha sido hablada y también oída por tal y
cual en su particularidad, que algo a continuación volverá a salir en sueños, en
todo tipo de tropiezos, en todo tipo de maneras de decir. Es, si ustedes me
permiten emplear por primera vez este término, que reside la captura del
inconsciente — quiero decir lo que hace que cada uno no haya encontrado otras
maneras de sustentar lo que recién llamé el síntoma. Si Freud ha aportado algo,
es eso. Es que los síntomas tienen un sentido, y un sentido que no se interpreta
correctamente — correctamente queriendo decir que el sujeto suelta de eso un
pedazo — sino en función de sus primeras experiencias, a saber en tanto que
vuelva a encontrar lo que hoy voy a llamar, a falta de poder decir sobre eso más o
mejor, la realidad sexual. Freud ha insistido mucho al respecto. Y creyó poder
acentuar especialmente el término de autoerotismo, en cuanto que a esta realidad
sexual, el niño la descubre primero en su propio cuerpo. Yo me permito no estar
de acuerdo y esto en nombre del propio Freud. El inconsciente es una invención
en el sentido en que es un descubrimiento, que está ligado al encuentro que
ciertos seres tienen con su propia erección. El encuentro con su propia erección
no es para nada autoerótico. Es todo lo que hay de más hétero.
Freud se dio cuenta de que había cosas de las que nadie no pudiese decir que el
sujeto hablante las sabía sin saberlas. Ahí está el relieve de las cosas. Es por eso
que yo he hablado del significante, y de su efecto significado. Naturalmente, con el
significante, no he agotado en absoluto la cuestión. El significante es algo que está
encarnado en el lenguaje.
¿Qué es lo que hace que un niño pueda escuchar? ¿Qué es lo que hace que el
niño sea receptivo a un orden simbólico que le enseña la madre, o que le aporta la
madre? ¿Es que hay ahí algo inmanente en el hombrecito?
En lo que he dicho, me parece que lo implicaba. El ser que he llamado humano es
esencialmente un ser hablante. Y un ser que también debe poder escuchar.
Prueba que la resonancia de la palabra es algo constitucional. A partir del
momento en que alguien está en análisis, prueba siempre que ha escuchado. Yo
pensaba en los autistas, por ejemplo. Sería un caso en que lo que se puede recibir
no está en su lugar, y donde el escuchar no puede producirse. Como el nombre lo
indica, los autistas se escuchan a sí mismos. Escuchan muchas cosas. Eso
desemboca incluso normalmente en la alucinación, y la alucinación tiene siempre
un carácter más o menos vocal. Todos los autistas no escuchan voces, pero
articulan muchas cosas, y lo que articulan, se trata justamente de ver de dónde lo
han escuchado, no llegan a escucharnos, que quedan atrancados. Pero también
que nos cuesta escucharlos. Su lenguaje queda como algo cerrado. ¿Es que lo
simbólico se aprende? ¿Es que hay en nosotros algo desde el nacimiento que
hace que uno esté preparado para lo simbólico, para recibir precisamente el
mensaje simbólico, para integrarlo? Se trata de saber por qué hay algo en el
autista, o en aquel que llamamos esquizofrénico, que se congela, si se puede
decir así. Pero usted no puede decir que él no habla. Que a usted le cueste trabajo
escucharlo, darle su alcance a lo que dicen, no impide que sean personajes
finalmente más bien verbosos. ¿Es que usted concibe que el lenguaje no es
solamente verbal, sino que hay un lenguaje que no es verbal? El lenguaje de los
gestos, por ejemplo. La estructura verbal es completamente específica, y tenemos
un testimonio de ello en el hecho de que aquellos a los que llamamos sordomudos
son capaces de un tipo de gestos que no es de ningún modo el gesto expresivo
como tal. El caso de los sordomudos es demostrativo de que hay una
predisposición al lenguaje, incluso en aquellos que están afectados por esta
invalidez — la palabra invalidez me parece ahí completamente específica. Hay el
discernimiento de que puede haber algo significante como tal. El lenguaje con los
dedos no se concibe sin una predisposición a adquirir el significante, cualquiera
que sea la invalidez corporal. No he hablado para nada, recién, de la diferencia
entre el significante y el signo. Esto nos lleva a la especificidad del significante. El
tipo del signo hay que encontrarlo en el ciclo de la manifestación que podemos,
más o menos justificadamente, calificar de exterior. El signo vierte siempre,
inmediatamente, hacia el sujeto y hacia el significante. El signo es inmediatamente
captado como intencional. Esto no es el significante. El significante es de entrada
percibido como el significante.
¿Cómo analista, tuvo usted ocasión de ver de cerca grandes pacientes
psicosomáticos? ¿Cuál es la posición del significante en relación a ellos? ¿Cuál es
su posición en relación a su acceso a lo simbólico? Se tiene la impresión de que
ellos no alcanzaron el registro simbólico, o no se sabe cómo engancharlo. Me
gustaría saber si, en su manera de plantear el problema, tiene usted una fórmula
que pueda aplicarse a este tipo de pacientes.
Todo sucede como si algo estuviera escrito en el cuerpo, algo que es dado como
un enigma.
¿Pero cómo hacerles hablar lo que está escrito? Ahí, me parece que hay un corte.
Es totalmente cierto. Está lo que los místicos llaman la firma de la cosas, lo que
hay en las cosas que puede leerse. Signatura no quiere decir signum, ¿no es
cierto? Hay algo a leer ante lo cual, a menudo, nosotros flotamos.
¿Se puede decir que el psicosomático se expresa con un lenguaje jeroglífico,
mientras que el neurótico lo hace con un lenguaje alfabético?
Quería decir que cuando usted habló, evocando a los psicosomáticos, de algo
escrito, yo comprendí unos gritos, el grito. Y me pregunté si la inscripción en el
cuerpo de los psicosomáticos no se parece más a un grito que a una palabra, y es
por eso que nos cuesta tanto comprenderlo. Es un grito repetitivo, pero poco
elaborado. De ningún modo pensaría en el jeroglífico, que me parece ya mucho
más complicado.
Siempre acordamos un significante a un grito. Mientras que en el psicosomático,
nos gustaría mucho poder acordarle un significante.
El cuerpo en el significante hace trazo, y trazo que es un Uno. Yo traduje el
einziger Zug que Freud enuncia en su escrito sobre la identificación, por
trazounario. Es alrededor del trazo unario que pivotea toda la cuestión del escrito.
Si evoqué una metáfora como la de lo congelado, es porque hay, ciertamente, esa
especie de fijación. No es por nada, tampoco, que Freud emplea el término de
Fixierung — es porque el cuerpo se deja llevar a escribir algo del orden del
número.
Hay algo paradójico. Cuando tenemos la impresión de que la palabra goce vuelve
a tomar un sentido con un psicosomático, ya no es psicosomático. Es por ese
sesgo, es por la revelación del goce específico que tiene en su fijación que
siempre hay que apuntar al abordar al psicosomático. Es en eso que podemos
esperar que el inconsciente, la invención del inconsciente, pueda servir para algo.
Es en la medida en que lo que nosotros esperamos, es darle el sentido de lo que
está en juego. Lo psicosomático es algo que de todos modos, en su fundamento,
está profundamente enraízado en lo imaginario.
En el marco de la transferencia, usted dice que la palabra sólo tiene valor de
palabra, que no hay ni emoción, ni proyección, ni desplazamiento. ¿Debo decir
que no comprendí muy bien lo que es el sentido de la palabra en la transferencia?
Sobre la relación de la palabra antigua con la palabra actual. En la transferencia, si
la interpretación cae justa, es porque hay una coincidencia entre la palabra antigua
y la palabra actual.
He subrayado la función de la prisa en lógica, a saber que no se puede
permanecer en suspenso puesto que en un momento es preciso concluir. Hasta
un cierto punto, siempre se concluye demasiado pronto. Pero este demasiado
pronto es simplemente el evitamiento de un demasiado tarde.
¿No piensa usted que entre transferencia y contratransferencia hay realmente una
diferencia que se sitúa en el nivel del poder?
El poder es siempre un poder ligado a la palabra. Se trata de la estructura del
discurso del amo. El discurso del amo está caracterizado por el hecho de que en
un cierto lugar, hay alguien que hace semblante de mandar. Este carácter de
semblante — De un discurso que no sería (del) semblante sirvió de título a uno de
mis seminarios — es completamente esencial. Todo el mundo está al fin de
cuentas encantado por que haya alguien que quiera encargarse de esta función
del semblante. ¿A dónde iríamos a parar, si alguien no hiciera semblante de
mandar? Y por un verdadero consentimiento fundado sobre el saber de qué es
preciso que haya alguien que haga semblante, los que saben marchan igual que
los demás. Lo que usted acaba de captar ahí con cierta manera de tomar sus
distancias, es lo que usted evoca de una sombra de poder.
A propósito de la psicosis, usted introdujo el término de forclusión, que se emplea
sin saber muy bien lo que recubre. Me he preguntado, al escucharlo, si en el
psicótico, lo que es forcluído es el goce. ¿Pero se trata de una verdadera
forclusión, o se trata de un semblante de forclusión? Dicho de otro modo, ¿el
psicoanálisis puede alcanzar a un psicótico, o no? Es una muy linda pregunta.
Forclusión del Nombre-del-Padre. Eso nos lleva a otro piso, el piso donde no
solamente está el Nombre-del-Padre, donde está también el Padre-del-Nombre.
Quiero decir que el padre, es aquel que nombra. Esto está muy bien evocado en el
Génesis, donde está toda esa monería de Dios que dice a Adán que le dé un
nombre a los animales. Todo sucede como si hubiera ahí dos pisos. Dios es
supuesto saber qué nombres tienen, puesto que es él quien los ha creado,
supuestamente, y luego todo sucede como si Dios quisiera poner a prueba al
hombre, y ver si sabe remedarlo.
La transferencia una loca pasión
La transferencia, una loca pasión reúne una serie de artículos que surgieron a
partir de un trabajo de lectura coordinado por Carlos Etchegoyhen y otros autores,
sobre las doce primeras sesiones del seminario de Jacques Lacan “La
transferencia en su disparidad subjetiva, su pretendida situación, sus excursiones
técnicas”.  Precisamente sobre ese seminario, en el año 2005, se propusieron
trabajar las primeras doce sesiones de dicho seminario.  El producto de ese
trabajo es este libro, "LA TRANSFERENCIA (una loca pasión)".
En su seminario, Lacan establece, por primera vez en su enseñanza, un lazo entre
el amor y la transferencia, al tiempo que inaugura, con su comentario sobre “El
banquete de Platón”, un abordaje inédito de ese amor peculiar.
En la primera sesión del seminario, el 16 de noviembre de 1960, Lacan anuncia
que ese año se va a ocupar de la transferencia, precisando a continuación: “de su
disparidad subjetiva”.  ¿Qué lo lleva, de entrada, a ese punto? Disparidad, dice,
es un término que se insurrecciona contra la idea de que la intersubjetividad pueda
proporcionar el cuadro en que se inscribe el fenómeno de la transferencia. Lacan
anuncia entonces, desde el inicio, una insurrección contra la intersubjetividad. 
Una “insurrección de Lacan contra sí mismo”, dice Danielle Arnoux en un artículo
de este libro.
Ahora bien, la intersubjetividad, la relación de sujeto a sujeto con la que Lacan
caracterizó a la experiencia analítica es una noción que él mismo produjo y fue
una pieza fundamental en las distintas batallas que sostuvo desde el inicio de los
años 50, contra la objetivación psicológica y en su ataque al existencialismo.  La
relación intersubjetiva fue, además, el marco que permitió la emergencia del sujeto
mentiroso, sujeto que opuso al yo y al otro (instancias eminentemente imaginarias)
y que sólo se vuelve localizable frente a otro sujeto.
Es contra esa intersubjetividad que Lacan se insurrecciona y de allí que
“disparidad” sea un término que no lo conforma, porque lo que trata de
mostrar, dice, va más allá de la simple noción de disimetría entre dos
sujetos, a lo que apunta es a lo que la transferencia contiene de imparidad
subjetiva, de algo sin par, de algo que no tiene doble.
La relación intersubjetiva es “lo más ajeno al encuentro analítico”. Al
terminar con la idea de dos sujetos, la insurrección ha dejado un sujeto
despojado de sus principales atributos: reflexividad, identidad y saber. 
Podríamos plantear la hipótesis de que esta insurgencia de Lacan, surgiría
como respuesta a la experiencia de haber sido tocado por la opacidad de la
transferencia, en un momento preciso de su enseñanza y de su práctica
analítica.
En los distintos artículos de este libro resuena algo de cómo y por dónde cada
autor fue tocado por la experiencia de lectura del seminario sobre la transferencia,
“ese término opaco, ese núcleo de nuestra experiencia”.
Así, las dificultades planteadas por el pasaje al escrito de la enseñanza oral de
Lacan, como los que surgen en ese otro pasaje, el de una lengua a otra, que es la
traducción, movieron a Paola Behetti a explorar un vasto campo donde incursiona
en la versión Stécriture, una transcripción crítica de Le transfert..., analizando sus
premisas doctrinales y su metodología de trabajo. Uno de los aportes más
interesantes de este artículo, llamado “A lectores de la transferencia” consiste en
la localización y el análisis de ciertas variantes que aparecen en las distintas
versiones del seminario, variantes que le permiten tomar nota de las elecciones
que la transcripción conlleva, así como de sus consecuencias.
Una pregunta dirige la búsqueda de Ana María Fernández; es la pregunta por la
forma en que interviene el amor de transferencia en los mensajes a develar en un
análisis. En “Los mensajeros y el amor: de dáimones y ángeles” explorará una
extensa tradición que recoge distintas formas de las figuras mitológicas de dos
mensajeros, el daimon y el ángel, deteniéndose en “El banquete de Platón”, donde
Diótima le enseña a Sócrates que Eros no es un dios, sino un buen dáimôn. 
Eros como dáimôn sería quien hace oír al sujeto los oscuros mensajes que no
reconoce como propios. La figura del ángel, vinculada por Lacan al significante, la
conducirá hacia el seminario Encore, donde abordará por otros sesgos el amor y
la transferencia.
“Los dominios de Eros” es el título del artículo en el que Mauro Marchese
interroga al amor de transferencia, desde el lugar asignado a Eros por Lacan. De
cómo tratemos con Eros, dice Mauro, depende la posibilidad de efectuación de un
análisis. Y para desplegar ese trato, nos introduce en una escena de amor
privilegiada, la de Alcibíades y Sócrates en “El banquete de Platón”, allí donde
Lacan lee la manifiestación de aspectos fundamentales del amor de transferencia.
El trabajo con la transferencia introdujo a Alba Fernández en la dimensión del
acto. En su artículo “¿Lady Macbeth analista?”, luego de situar el análisis por fuera
de un ejercicio yoico, de los ideales y del Bien, se dirige a Macbeth, la tragedia de
Shakespeare donde el amor conduce a la locura y a la muerte. Aborda cuestiones
que hacen a la posición del analista y a las distintas formas de jugar en la
transferencia. Una escena transferencial se constituye, para Alba, cuando Lady
Macbeth resulta destinataria de la demanda de Macbeth.  De ahí en adelante,
analizará la respuesta de Lady Macbeth al modo de la de un analista que hubiera
puesto en el analizante su agalma, así como sus consecuencias, el pasaje al acto
y la locura de Macbeth.
“¿Cómo no estar de acuerdo con Quignard?, a los personajes les hace falta
menos una palabra que el silencio. Ese silencio efectivo, argumento de fondo de
nuestras vidas.” De esta forma comienza Adrián Villalba el artículo llamado
“Arregui, un sueño robado o la atopía falquiana”. Y agrega más adelante: “Este
silencio me concierne, como a la humanidad toda. Por eso pretendo inscribir este
trabajo como un pequeño grito que me ayude a soportar los silencios que mis
muertos ofrecen”. Continúa: “Aunque podría decir más, se debe al trabajo con
ellos en lo concerniente a nuestras maneras de hacer ruido sobre ese silencio
connatural, ese silencio que a pesar de no revelarse, nos mantiene, al decir de la
poetisa [Idea Vilariño] `hablando, respirando, soportando, tomándose el trabajo’.”
El libro se cierra con una traducción a cargo de Carlos Etchegoyhen del artículo
de Danielle Arnoux, “Disparidad subjetiva. Logro y fracaso de la metáfora”, que
trata de la insurrección de Lacan contra el concepto de intersubjetividad, para dar
cuenta de la pareja dispar del erastès y el erómenos y de la inscripción del amor
en la serie de metáforas producidas a lo largo de su enseñanza: la metáfora
paterna, el síntoma, la metáfora del sujeto. Arnoux sitúa el mito lacaniano de la
metáfora del amor -que materializa la sustitución del erómenos por el erastès-
como un contrapunto al fracaso de la metáfora en el mito de Diótima sobre el
origen de Eros, en este caso por falta de erómenos. En la escena entre Alcibíades
y Sócrates, será como efecto de su saber que Sócrates rechazará el lugar de
erómenos, resultando de ese rehusamiento un impedimento al despliegue de la
metáfora. Socrates es el erastès absoluto, el amante de la sabiduría. Pero
Alcibíades, que ya no está en el lugar de erómenos y que ha entrevisto la belleza
incomparable del agalma que hay en Sócrates, se ha tornado su erastès, “un
amante furioso” que despliega inútilmente sus intentos de seducción. “Alguien, sin
embargo”, dice Arnoux, “saludará un día el pasaje a la performance de Alcibíades
`el hombre del deseo’, alguien llamado Jacques Lacan”.

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