Antología poética
Aurora Luque
Problemas de doblaje
Problemas de doblaje
En la toma perfecta, cuando el guión es bueno
y los actores fingen dignamente ser héroes,
el tiempo marca estrías, va apagando
uno a uno los focos y la banda
sonora se interrumpe.
Sensación de pantalla desgarrada
la insuficiencia siempre de vivir.
Qué frágil la película
que intentamos rodar en esas horas
para sesión privada y clandestina
en la pantalla interna de los párpados.
Un insípido tono pudoroso
de noche americana
en las irisaciones del deseo,
ni siquiera el siena matizado
del pasado incoloro nos acude.
Sueño de gabardinas
por calles satinadas de humedad,
labios muy densos, casi
negros desde la sala. Juventud,
cinta de celuloide erosionado,
un guión mediocre,
problemas de doblaje.
La isla de Kirrin
A Herminia Luque
Los leías después del viaje a la ciudad
sobre la cama, en junio o en julio sobre todo,
echada la persiana que dejaba filtrar
olor de albaricoques y pintura caliente
y una luz laminada verde oscura
sobre las bicicletas y los páramos,
las mochilas, las granjas,
el desayuno inglés, la isla de Jorgina:
historia fabulosa de una infancia
a punto de perderse. Porque una vez leídas
todas las aventuras de los Cinco
supuse que tenía que crecer.
¿De qué sirve ser niña, si luego, en vacaciones
ningún bote te lleva a la isla de Kirrin?
Tal vez ya sospechaba que los libros
podían ser reloj o calendario
exacto y enigmático del cuerpo.
Interior
A menudo converso con mis sueños.
Los invito a salirse de la noche
y se sientan, con trajes neblinosos,
junto a mi mesa sucia de papeles.
Y les pregunto sobre su sintaxis
porque se ofenden si hablo de semántica.
Hoy he recuperado de sus manos
un fragmento de ti tan exquisito
como una noche de junio en Gil de Biedma,
un otoño de Keats o aquel sabor a polo de naranja
de las viejas mañanas de domingo.
Eau de parfum
De la infancia, el olor
del musgo en las acequias, del barro, de las moras
y la extrema violencia de aprenderse.
Del mar, la última nota
de la última ola desplegada
antes de regresar y convencernos
de que no habrá sirenas.
De la noche, las leves veladuras
de un perfume italiano
todavía de moda.
De tu cuerpo, el aroma
de libro de aventuras
vuelto a leer; pero también de adelfas
desoladas y ardiendo.
Huele a vida quemada.
Tópico
Ya no atrapes el día -no se deja,
no es tan fácil ser dueño del presente,
persistir en la dicha o detenerla
para el trámite mínimo
de asignarle palabras.
Y ni al acariciar
las sienes o los pómulos o el pecho
que con furia deseas, cuando la luz parece
palparse con las yemas de los dedos,
estás lejos al fin de los vampiros:
la Utopía, el Vacío, la Memoria.
Amas para escribirlo solamente,
la dicha pide a gritos que un recuerdo
del futuro la abrace y la duplique.
No corras tras el día. Si no lo acosas puede
que se tienda sumiso
de noche en tu regazo.
Hybris
En la cima, la nada.
Pero todo se arriesga por la cima
del amor o del arte.
Del oráculo falso
Había oído hablar de las sorprendentes irisaciones de la aurora
sobre el mar Jónico cuando se la contempla desde la cima del Etna.
Marguerite Yourcenar
No esperé así la vida:
el asombro, la ráfaga instantánea de la dicha,
la humillación,
el tedio.
Pero es que aún la lava del Vesubio
nos podría abrasar, o tal vez los milagros
de la cima del Etna o la belleza
del mar semidivino.
No esperé así la vida:
paraísos perdiéndose
o batallas perdidas de antemano.
Carpe noctem
Carpe noctem, amor. Coge el brusco deseo
ciego como adivino,
los racimos del pubis y las constelaciones,
el romper y romper
de besos con dibujos de olas y espirales.
Miles de arterias fluyen
mecidas como algas. Carpe mare.
Seducción de la luz,
de los sexos abiertos como tersas actinias,
de la espuma en las ingles y las olas
y el vello en las orillas, salpicado de sed.
Desear es llevar
el destino del mar dentro del cuerpo.
La leyenda del cuerpo
Reconstruir un cuerpo
fragante en la memoria:
ingresa en el recuerdo semidiós
y en el olvido, viento.
El tacto: narraciones
de una teogonía suficiente:
ninfas en la saliva, los mensajes
de iris en la sangre, el asediar
de amazonas, cuantas alegorías
quisiéramos del fuego, la conciencia
suprema de la piel.
El cuerpo amado nunca
es solamente un cuerpo.
Después del The end
El lazo desteñido, las bellas traducciones
inacabadas, la tinta gris muy leve de las cartas,
Navidades que vuelven sordamente,
el olvido de Lotte, la humedad infinita de la tumba
del siempre joven Werther; pero Lotte una anciana
resignada y canosa entre rosales.
Nunca habrá una respuesta
tan clara y tan inhóspita:
la vida inútilmente
cortándole las venas al destino.
Pentesilea
Las crines empapadas como algas
blanquecinas se alejan: el hermoso caballo,
desnuda ya la muerte por los campos,
huye despavorido entre despojos.
En el alba, la curva delicada
de un pecho frente a un turbio destino de guerrero.
-Qué dulcemente amargo el sabor insensible
de la noche contigo, oh Amazona.
La fruta de tu aliento, tibia y dulce,
no pude ya morder: un dios cambió los dados, y la muerte
anticipó su turno en la escalera
de la vida perfecta de los héroes.
El prólogo, los himnos, los presagios,
la gloria de la red, la humedad de los ojos,
la carnación, el iris, el fulgor, el asombro
con que la diosa engaña sin piedad a los seres
me fueron evitados; sólo al darte la muerte
me devolvió tu cuerpo su perfume de sombra
y sólo he alcanzado, del amor, la belleza
altiva de su cumbre en brazos de la nada.
Carpe noctem
Fecha de caducidad
Con el traje de junio
la vida se mostraba casi dócil
entre toallas verdes y amarillas
y lycra luminosa compartiendo
fronteras con la piel. Olor a mar templado
y la pereza cómplice
de olas y bañistas: era propicio hundirse
en esas lentejuelas soleadas del agua
o en las selvas pintadas sobre los bañadores,
desmenuzar el velo finísimo de sal
de unos hombros cercanos
y posponer la noche y su aventura.
Parecía la vida un puro litoral
pero avanzó una sombra:
al borrar con saliva la sal de la mañana
pude ver la inscripción junto al omóplato:
FRUTA PERECEDERA. Consumir
de preferencia ahora. El producto se altera fácilmente,
antes que los deseos. No se admiten
reclamaciones.
Gel
Preparo la toalla. Me descalzo. Esa esponja
porosa y amarilla que compré en un mercado
obsceno de turistas en la isla de Hydra
qué dócil bajo el agua cotidiana
tantos meses después, en el exilio.
De pronto el gel recuerda -su claridad lechosa,
su consistencia exacta- el esperma del mito,
el cuerpo primitivo y trastornado de Urano,
un susurro de olas mar adentro
y una diosa que aparta
los restos de otra espuma de sus hombros.
Me punza una emoción tan anacrónica,
un penoso latir, hondo y absurdo,
por ese mar. Por ese sólo mar. Busco una dosis
de mares sucedáneos.
Cómo podría desintoxicarme.
Dependo de por vida
de una droga. De Grecia.
El amor en los tiempos del SIDA
Clases de natación en luminosas
mortíferas piscinas, en donde la limpieza
gentil y geométrica
no impide que las náyades arrastren.
Cuando desalojemos las metáforas,
los bañadores viejos, la excesiva
pantalla contra el sol, el excremento
que deja la rutina y la humedad
de palabras a medias,
con vértigo de dioses atravesando el mar
irás poema adentro, cuerpo adentro
y habrá metamorfosis.
Una noche
de amor hace universo.
Canción
Se pierden los sentidos.
Es cierta la canción.
La noción de lo dulce
y amargo se confunde
y el latido de un cuerpo
se convierte en clamor;
el olor de una piel
abruma el universo
y en el fondo, en lo oscuro,
se ve con precisión.
El tacto de unos hombros
descubres por destino:
se ganan los sentidos.
Es falsa la canción.
Abdera
He nacido en provincia con desierto
y con un mar estéril.
No he surcado su agua ni su arena.
No merezco tener tierra natal.
Pero de tarde en tarde -cuando el amor despoja-
rememoro esas garras de roca soleada,
la embestida de luz y su secreto
de silencio y de ardor. Y me pido a mí misma
desvivir con urgencia.
Ménades en La Medina
Una banda de falsa piel felina
sobre la frente, los ojos subrayados
con fervor y con negro. Los sonidos
cuelgan de mí o estallan en los vasos.
¿Acaso perderán sus condición errática
definitivamente las bacantes?
Hay espacios que invitan
a ser fuera de sí, pero miles de años
separan los lugares favoritos de danza.
Sé rasgarme en sonidos
y brindarme a mí misma los despojos.
Los gestos son primicias
para dioses ausentes, y la música
copula con la música.
En la barra,
ese otro personaje con mi nombre
observa los esquemas
cómplices entre el cuerpo y los tirsos de la noche.
A modo de geórgica
Qué veladuras húmedas se abrazan a la luz.
Cambian de voz el río y el silencio,
los barrancos desnudos, los grillos indecisos:
una promesa tenue de letargos
en ánimas y ecos. Y los frutos intentan
abrigarse a sí mismos con máscaras solares:
pistilos de azafrán, maíz, membrillos.
Fermenta, se acrisola
la savia de la tierra en los frutos tendidos
en oscuras despensas. Ese fuego precario
de almendras y de pan se ramifica
por las calles más grises.
Huelen a anís los pocos transeúntes.
Un rumor de cucharas y de niños
apenas ilumina una ventana. Se espera que las rosas
duren hasta Difuntos. El frío va inyectando
gris intenso a la tierra. Hay estrellas gris claro
y cielos contagiados de launa que se arrastra.
El tiempo es sólo un ciclo
de manzanas haciéndose de antiguas humedades.
Es más sabio dejarse rodar como la savia:
más acierta el dibujo que del tiempo la tierra
traza con sus vaivenes. No hay destino, tan sólo
un reposo de aromas maduros en octubre.
Intuición de desierto
Que rocen entre sí la vida y las palabras
como el viento y los dátiles se acarician muy altos.
En raíces o en alas, ¿dónde está la sintaxis
del pronombre y la piel? Me despierta la arena.
¿Y qué fue de Bagdad?
-Paloma de parábola,
¿cómo podré dormir si las dunas avanzan?
Mudanza I
Manio me hizo para Numerio
(Inscripción de la fíbula de Preneste)
-Me hizo un artesano minucioso
gozando en la clavícula rosada
donde se posaría, ingrávido,
un destino, el peso de su nombre.
-Me han hecho ¿para qué? Soy un objeto,
aglomerada masa de palabras.
Fuera, los ojos que me leen
del salón en el ángulo claro.
-Me hizo una mujer. Soy un poema
desencarnado ya de una memoria:
el temblor que heredan las sílabas
no impregnará una curva de labio.
-Siempre me hizo el tiempo contra el tiempo,
vértigo detenido por más vértigo.
He naufragado tanto, tanto.
Soy un amargo objeto sin muerte.
Insomnio
La noche desemboca su latido
en un río de noches caudalosas.
Turbio y efervescente,
un minuto es afluente de un minuto.
Aceptas el insomnio como un libro
de páginas sin fondo cuyas letras
resbalan hacia fosas submarinas.
Qué atrocidad vivir, qué enloquecido
temblar en los rincones de las horas.
Si la muerte tuviera guardarropa,
dejaría los guantes del lenguaje
para frotar la nada con los dedos.
Transitoria
Taller de sedería
Es un espléndido manantial de magnífica seda [...]
Salvo la seda, no hay otro comercio en esta ciudad,
por lo cual los forasteros no permanecen en ella y
sólo la habitan sus propios vecinos.
Ibn al-Jatib
Seda del párpado, seda de la ingle,
seda roja del cielo de la boca,
seda blanca, escondida, de la nuca,
la pieza con pequeños lunares de la espalda,
crisálida de seda del ombligo,
el ovillo del pubis, la seda que se adentra,
el encaje de seda de la axila,
la organza de los labios,
la piel como sedante,
las palabras sedosas,
el sedal sin anzuelo de los brazos,
piel de fibra tensada tarea de hilandera
del gusano inquilino, el tejedor del gremio
de los sastres futuros que destejen
la vieja seda rota y desvaída,
del trapero que rasga y que descose
los últimos recortes, los retales,
la mortaja de seda apolillada.
No reciclable
El tiempo descuartiza el recuerdo
J. A. Garriga Vela
Deberían barrer estos despojos.
El envase del tiempo, su envoltorio,
su estuche acartonado, su vidrio desechable,
la cueva primordial, las alcobas del tiempo,
las mansiones perdidas, las arcas perfumadas,
su traje de madera, sus maletas azules,
la cáscara amarilla y las bolsas anónimas,
la jeringa, la cápsula, el gotero invertido,
el deseo y sus larvas, sus crisálidas huecas,
sus vuelos cancelados, las gardenias marchitas,
el nocturno almacén, la nave congelada,
el sucísimo altar del carnicero.
Deberían limpiar estos residuos.
La mirada de Ulises
Hay viajes que se suman al antiguo color de las pupilas.
Después de ver la isla de Calipso ¿es que acaso Odiseo
volvió a mirar igual? ¿No se fijó un color
como un extraño cúmulo de algas
en sus pupilas viejas? Lo mismo que en los pliegues
mínimos de la piel
se fosilizan besos y desdenes, así los ojos filtran
esa franja turquesa del mar que acuna islas,
medusas de amatista, blancura de navíos.
La piel es vertedero de memoria
lo mismo que el poema. Pero acaso unos ojos
extrañamente verdes de repente dibujen
empapados de luz
un boscoso archipiélago perdido.
En una iglesia ortodoxa de Viena
Inquieta el esplendor de las iglesias,
la penumbra que envuelve el oro antiguo,
el silencio que brota de un murmullo
de salmos estancados y plegarias,
los santos poderosos y sus rostros
que un éxtasis tortura,
el incienso y las velas palpitantes
con sus luces de miel
junto al iconostasio.
Recuerdo aquellos versos
de Cavafis, sus cirios luminosos o recién
apagados al soplo del presente.
Mis velas no son días en fila: son deseos
extinguidos sin cálculo, sin orden
o prendiendo en los días venideros
supuestamente hermosos y gentiles
-los deseos, el otro calendario.
Y repito una vieja costumbre irremediable.
En templos y capillas, con una fe muy turbia
San Terapio de Lesbos, San Saturio de Soria,
la capilla minúscula de Rézimno,
Santa María de San Sebastián,
la perfumada ermita de Narila,
Viena o San Francisco de Liubliana-
en todas las iglesias y bajo fe dudosa
dejo algunas monedas, tomo una vela humilde
y al dios de los deseos, si lo hubiere,
impostora y ritual,
le invento una oración hereje y terapéutica.
Aviso de Correos
A Concha García
Llamarán a tu puerta una tarde cualquiera.
Y no se sabe quién habrá dejado
en el suelo un paquete para ti.
MUY FRÁGIL, dice al dorso. Lo remite Pandora.
Albergue de montaña en el Olimpo.
Grecia la Vieja.
Sí, parece su otra caja,
la caja fascinante, la olvidada,
la que nunca abrió nadie,
la que escondía el Tiempo en algún zulo,
la que cruzara intacta por los mitos,
la que nunca extrajeron los viejos arqueólogos
ni indagaron los más serios poetas
y que -mira por dónde-
aparece en tu puerta, inesperada.
Contiene la mordaza, ya suelta, de Pandora,
venenos para dar a las palabras
que usurparon el trono tantos siglos,
ese brillo del no,
el cinismo de Hermes,
hondas para romper los espejismos
de las formas dañinas del amor
y palabras vibrantes y fresquísimas
dispuestas a pisar, como gacelas,
las lenguas gangrenadas e inservibles.
(Algo queda en el fondo. No lo mires.
Cuídate de Pandora: es el olvido).
Si llaman a tu puerta cualquier día,
si traen un mensaje de muy lejos,
mira la dirección del remitente
porque a veces los dioses, caprichosos,
rectifican el mundo en cajas nuevas.
Definición de abrazo
-No temerás los odres destapados de Eolo.
Los vientos se entrecruzan tras los mares,
viajan en las borrascas, pulsan olas turgentes,
despeinan deportistas y palmeras.
Los abrazos son vientos concentrados y sabios
-mi noto tú mi céfiro mi bóreas.
No temerás las calles arrasadas,
los bosques descuajados, los altos oleajes.
No temerás los odres destapados de Eolo.
Cosecha
Recoge la cosecha de los días,
su cereal, su polen,
sus bayas inservibles, sus cortezas amargas,
su reseca raíz, sus vainas huecas,
su escasísima pulpa azucarada.
En las cuadradas cajas pon la fruta
selecta que le agrada a la memoria.
Literatura aplicada
Siempre me consoló viajar a cualquier parte
con un vago pretexto literario:
la tumba de Leonor o la de Hölderlin,
la Fontana Aretusa, la noble Mitilene,
un vino delicado, las sirenas vecinas
de algún poeta vivo tan lejano
-esas rutas que nunca se repiten
porque también se gastan los poemas.
Casi gasté la vida en aplicarla
a la literatura, a sus fetiches
ilusorios e inútiles,
al extraño amuleto
que con denuedo arropan las palabras.
Epitafio
Si de algún modo muero,
en las crudas heladas del olvido
o de muerte oficial,
reléeme esta nota, por favor,
y quémala conmigo.
La vida no iba en serio ni siquiera más tarde.
Y no se tarda mucho en comprender
que se trataba sólo de unos juegos
para aparcar la muerte.
Ni siquiera fue un río
pues me tocaron tiempos muy duros de sequía
aunque el mar esperaba, siempre radiante, al fondo.
He creído en los mitos y he creído en el mar.
Me gustaron la Garbo y los rosales de Pestum,
amé a Gregory Peck todo un verano
y preferí Estrabón a Marco Aurelio.
Camaradas de Ícaro
Camaradas de Ícaro I
El frescor de aluminio de los mares,
el humo denso y verde de los prados,
la ciudad reducida a cuentas de ámbar
sobre un fondo oscurísimo,
las nieves nebulosas, los silencios,
la ebriedad del vacío perforado.
-No fabriqué con cera mis alas clandestinas.
Fueron otras sustancias. Puse los embriones
del tiempo detenido,
la minúscula arena de oro que mojaba
las horas placenteras,
la avaricia que supo custodiar
el olor de los cuerpos entregados
y el jugo de las noches,
briznas de los asombros de la infancia,
palabras sacudidas por latidos
o palabras huyendo de sí mismas
con su erosión a solas
esas cosas que archivan los poetas.
Pregunté a mis deseos sus rutas favoritas,
dejé que prepararan su equipaje.
Gastar en otra luz
aunque pase la vida, vigilante,
su factura de abismo. Conocer la región
en que los laberintos se destejen,
donde pueda el Deseo
firmar un alto el fuego con la Muerte.
Al encontrar en internet un mapa
del mundo subterráneo
Morir tiene su guía particular de viaje.
Caminar a la orilla de un río murmurante
y olvidar el sonido de la palabra río.
Pisar hierba muy fresca y muy oscura.
Estrenar traje negro: ser sólo un traje negro.
Vivir la vida fue tantalizar,
poseer tanta fruta que no saciaba nunca.
No intentes consolarme de la muerte,
consuélame tal vez de los andamios
quebrados de la vida.
Tenuidad de la sombra,
deudas con el barquero.
-No pagaré a Caronte de mi propio bolsillo.
Los puentes inflamables
A punto de cruzar
ese puente del medio del camino
cuando vas eligiendo malgré toi
los llamados placeres sencillos de la vida
-sabiendo que, en el fondo, te eligen a ti ellos,
te suman a su séquito caduco-
simplificas el cálculo del mundo: hasta de la belleza
que presumías tan incalculable.
Y descubres que todo se reduce
a viajar de lo mucho a lo muy menos,
de lo poblado al viento del desierto,
del exceso a lo escaso,
a declinar palabras consabidas
o a declinar sin más, intransitivamente,
a cambiar los magníficos plurales
por un acorralado singular
enarbolando alguna resistencia...
Los puentes inflamables
del medio del camino de la vida.
La poesía no ha caído en desgracia
Rumbo a Lesbos se va poniendo el sol
dice Mestre, el poeta. Penoso es que el presente reconozca
en sí mismo futuros motivos de elegía,
que se sepa exaltado de otra temperatura
por breves horas sólo. Pero basta un periplo,
basta un itinerario. Si acude la memoria -su garfio de palabras-
no importará la muerte, la no prolongación.
No importará la muerte. Rumbo a Lesbos
se iba poniendo el sol; en la cubierta,
un abrazo, su libro contra el viento, algo de hybris,
la silueta de Sunion, los flashes desde el mar,
la isla de Patroclo. Que se apaguen, espléndidos,
rumbo a Lesbos los soles.
Al presente voraz basta con arañarle
una noche, esa noche, antídoto de orgullo
contra toda la muerte.
Anuncios
Vendo roca de Sísifo,
añeja, bien lustrada,
llevadera, limada por los siglos,
pura roca de infierno.
Para tediosos y desesperados,
amantes del absurdo
o para culturistas metafísicos.
Almohadilla de pluma para el hombro
sin coste adicional.
Vendo una isla de segunda mano.
No la puedo atender.
Perfecto estado: arenas y ensenadas,
olas, acantilados,
arboledas, delfines.
Instalación de sueños casi intacta.
Vendo toro de Dédalo.
Discreción. Quince días
de frenético ensayo.
Se entrega a domicilio.
Se adapta a todo tipo de orificios.
Revendo laberintos
usados, muy confusos.
Se garantiza pérdida total
por siete u ocho años.
Si no queda contento,
reembolsamos el hilo de Ariadna.
La vida es una empresa laboriosa:
veinte segundos de ficción en pie
y una tenue canción desesperada.
Somos microrrelatos que caminan:
Soy No-fui, No-seré, No-soy cansado.
Vivir es patinar breve jornada.
Sólo soy los anuncios que he tragado.
Alquilo alas de Ícaro
adaptables, elásticas.
Imprescindible curso de suicida,
máster de soñador
o currículum roto de antemano.
Tocarse la calavera
Ven a jugar al juego de encontrar
tu propia calavera.
Si miras tercamente en un espejo
el centro de tus ojos
-sin parpadeos: hablo de minutos-
los músculos, la piel, los rasgos cotidianos
acaban por volverse translúcidos y tenues.
Te juro que tus huesos se asoman descarnados
a esa imagen que tiembla, siniestra, frente a ti.
Ya sabes el aspecto que tendrás.
Juguemos a otra cosa.
Al asomarse por primera vez al
Keats de Oliván
Estrujaba las bayas, los residuos de sol de un valle inglés,
los otoños jugosos que se aferran al brazo del verano.
Manzanas y lagares rezumantes
traspasaban la página.
Yo pasaba las yemas para romper las gotas.
Lo imaginé sentado en los umbrales
de las melancolías, apurando el dolor de la belleza,
la urna rebosante de elegías,
las secretas italias.
Ahora paso la página
y encuentro las palabras conectadas
a un arroyo de música:
piano que acompaña un pase mudo,
el crujir de las hojas que pisa un caminante,
antiguos instrumentos quejumbrosos,
lira recién limpiada,
flautas airosas, fúnebres.
Y cuando recupero el privilegio
de escucharle,
creo entender, por fin,
cómo amó a sus quimeras,
cómo lo torturó la Plenitud.
Nota a Emily Dickinson
Tú también habitaste en el Planeta
de aquellas Lentitudes,
hospes comesque, alma
nómada mía,
cuando eran las palabras
frescas como cerezas y duraznos
en la penumbra
y la Hora del Mundo
una fragante pulpa penetrada.
Las palabras llegaron a tu lado
densas, plenas de sí,
con sus cuerpos atléticos,
con sus zapatos púrpura,
no palpadas, intactas,
en fervorosas cápsulas de luz.
A los demás nos queda, únicamente,
una nostalgia huérfana
del discurso de Orfeo.
Leche de pantera
Figura femenina. Ios, Cícladas.
Cicládico antiguo (2200-2000 a.
C.). Mármol.
-Cicladia, mi amuleto,
el deseo nos hace,
nos deshace el silencio.
Desear nos eleva,
enmudecer nos mata.
El silencio machaca
nuestros huesos rendidos,
nuestra arcilla disuelven
las voces que se apagan.
Pero el semen, la sangre,
las lluvias de la noche
riegan tus piernas blancas.
-Habla, Cicladia, crece.
Goza, Cicladia, habla.
Homenaje al Marqués de Tartesos
La maleta vacía se parece a mi alma.
Haikus de Narila
Microbucólicas
(Nota inicial)
Estas páginas no contienen haikus ortodoxos. Todo lo que sé del haiku lo he
aprendido de sus traductores y pretendo como ellos a veces compensar la deslealtad a la
forma con una mínima fidelidad al espíritu antiguo: la mirada sobre la paradójica
concreción del mundo de rocío, sobre la refrescante y renovada fluctuación del tiempo1
y su pausado enroscarse en las estaciones; el epicúreo elogio del instante. Tal vez sólo
en una acuñación minimalista podrí a sobrevivir en nuestros días la bucólica clásica. Un
lugar para el canto, una arcadia trasmutada en impermanente sendero a la intemperie.
Tarde tenue.
Se pierden en invierno
colores de la caja de acuarelas.
Las moreras.
Crió gusanos de seda
que criaron metáforas.
Miedo
La lluvia inunda la calle.
El trueno y el relámpago,
el cuarto de la niña.
Un abanico azul.
Pinto en él
versos de Safo.
Invierno. No sé si mendigar
a la luna de arriba
o a la niña de ayer.
Leña apilada. Borrasca.
La mente
no encuentra leñador.
Álamo húmedo.
Madriguera de hojas.
Huele a setas de cuento.
No apresó bien el mirlo
a la salamanquesa.
Rebotó contra el toldo.
Tierra paciente,
viento libre, amarillo,
cielo azul burqa.
Noche sola.
Arrugas blancas.
Qué vieja sale la luna.
Berenjenas y moras,
campanillas,
cuaresma de los huertos.
Se va el excursionista.
Alivio en los pulmones
de los castaños.
Homenaje a Shiki
¿Mi biografía?
Amó el almendro en flor
y algunos versos.
En el verano ya ido
colgué luces del puerto
y deseos sin pulso.
Se despidió el verano.
Le pedí que volviera
con ciruelas de entonces.
Oráculo en verano
noche tersa
tradúcete a ti misma.
El sol color de mango
la siesta rebobina
los inicios del día.
Entre las moras verdes
la libélula negra
reclama un haiku.
De aquel verano
conservo las sandalias
de cuero azul.
Octubre, últimos pájaros
en Gibraltar
una ballena inglesa venenosa.
Ganas en los caminos
el camino. Los pasos
son alma de los pies.
Aguacero.
Algo fluye.
Tradúcete a ti mismo.
El poeta
Como la hormiga
perforando los límites
de su hoja.
Noviembre.
Pistilos de azafrán.
Hilos de lluvia.
El camino sube
la acequia baja
el álamo susurra un comentario.
Poemas traducidos
De Safo
La pasión
Un igual a los dioses me parece
el hombre aquel que frente a ti se sienta
de cerca y cuando dulcemente hablas
te escucha, y cuando ríes
seductora. Esto -no hay duda- hace
mi corazón volcar dentro del pecho.
Miro hacia ti un instante y de mi voz
ni un hilo ya me acude,
la lengua queda inerte y un sutil
fuego bajo la piel fluye ligero
y con mis ojos nada alcanzo a ver
y zumban mis oídos;
me desborda el sudor, toda me invade
un temblor, y más pálida me vuelvo
que la hierba. No falta -me parece-
mucho para estar muerta.
(31 C)
De Arquíloco
Niebla en los ojos
Un ansia tal de amor al corazón metió en un torbellino
y derramó en los ojos niebla espesa
robándome del pecho las más tiernas entrañas.
Ni yambos ni placeres
Pero a mí, compañero, me domina el Deseo
que deja el cuerpo lánguido
y no me importan ya ni yambos ni placeres.
Hasta los huesos
El Deseo me tiene rodeado y exánime,
miserable de mí, con agudos dolores -los dioses lo han querido-
hasta los mismos huesos perforado.
De Píndaro
Encomio a Teóxeno de Ténedos
Debe ser cosechada en su estación la fruta del amor,
alma: en la juventud.
Pero aquel que fijándose en los rayos fulgentes como gemas
del mirar de Teóxeno
no sucumbe a las olas del deseo, con acero o con hierro
el negro corazón tiene forjado
en una llama gélida, en desgracia caído ante Afrodita
la de vívidos párpados,
o bien por la riqueza ferozmente se afana
o audacia de mujer
le va arrastrando el alma, sumisa en toda ruta. En cambio yo
por el calor mordido, como cera
de sagradas abejas me derrito por causa de Afrodita
cuando pongo mis ojos en los cuerpos
frescos y adolescentes de los jóvenes: en Ténedos al hijo
de Agesilao han dado residencia
Persuasión y la Gracia.
De Meleagro
Despojos de Cordura
Me dieron caza ¡a mí, que antaño tantas veces me he reído
de los tristes asuntos de amor de algunos jóvenes!
Pero el alado Eros ante tu umbral, Miísco, me plantó como ofrenda
con la inscripción siguiente: Despojos de Cordura.
Testamento
Si algo me sucediera, Cleóbulo -no es improbable: yazgo derribado
en la hoguera de un joven- mis últimas cenizas, te suplico,
embriágalas con vino antes de sepultarlas y pon sobre la urna
esta inscripción: Ofrenda de Amor a los Infiernos.
De Filodemo
Hora de filosofar
Amé. ¿Quién no? De ronda fui. ¿Y quién no se estrenó yendo de rondas?
Pero el juicio perdí. ¿Por quién? ¿No fue por algún dios?
Desterrado sea todo. El pelo blanco ocupa a toda prisa
el lugar del oscuro: es el heraldo de una etapa juiciosa.
Disfrutar, disfrutamos cuando fue su momento. Ahora que ya no,
emprenderemos serias reflexiones.
De Renée Vivien
Bacante triste
El día ya no clava sus flechas arrogantes.
Los bosques se embriagan de nocturna belleza.
Es la hora que turban con danzas las Bacantes
en una extenuación que alarga ritmos lánguidos.
Sus cabellos revueltos lloran sangre de viñas,
como alas de los vientos son sus vívidos pies.
La rosa de su carne, sus contornos elásticos,
han poblado la fronda de animadas sonrisas.
La más joven evoca con su canto estertores:
de tanto amor se adensa su garganta en sollozos.
Muy distinta es en todo a las demás: es pálida.
En su frente hay tormenta y amargura de olas.
El vino que retiene el sol de las vendimias
no le concede el don del generoso olvido.
A medias ebria, es triste su ebriedad sin embargo.
guirnaldas de hojas negras ciñen su frente pálida.
Hay en ella un hastío de los júbilos falsos.
Un presentir de frías, durísimas mañanas
corrompe los ardores, la miel de las caricias,
y, en medio de las rosas de los festines, sueña.
Le llega la memoria de besos que se olvidan.
No habrá de conocer sin tormento el deseo
la que mira sin tregua agonizar las flores
melancólica, al fondo de las noches de orgía.
Victoria
Dame los besos tuyos amargos como lágrimas,
de noche, cuando aquietan los pájaros sus vuelos.
Poseen nuestras cópulas, largas y sin amor,
júbilo de rapiña, crueldad de violaciones.
Tus ojos reflejaron esplendor de tormenta...
¡Exhala tu desprecio hasta en tu propio espasmo,
querida mía, y ábreme con cólera tus labios!
Beberé lentamente las hieles y el veneno.
Tiemblo como un ladrón ante un botín insólito
en la noche de fiebre que apaga tu mirada...
¡El alma brusca y bárbara de los conquistadores
canta en mi propio triunfo al salir de tu lecho!
Soneto
Bajo un ambiguo cielo, el olivo, el acanto
sus temblores azules y verdes entrelazan,
y en la sombra florece, como un sueño perverso,
el abrazo armonioso de la amante a la amante.
Los cabellos rojizos de amaranto y otoño
y los cabellos pálidos como rubios inviernos
confunden su fulgor. Los ojos entreabiertos
un agudo placer ven pasar, y un espanto.
El crepúsculo rosa bañó los horizontes.
Los deseos tardíos temen una traición
y un sarcasmo en la risa de una aurora importuna.
Los dedos deshojaron los lotos de los sueños
y la virginidad salvaje de la luna
la muerte ha preferido al sol que la viola.
De María Lainá2
No siempre
Desprecio la poesía
no siempre
cuando la sangre palpita en las paredes
cuando en el suelo se rompen las vasijas
y se deslía la vida
como una bobina
escupo mi tristeza y por completo
desprecio la poesía
cuando los colores me atormentan el alma
los azules naranjas y amarillos
me guardo el odio y tranquilamente
desprecio la poesía
cuando en mi estómago se zambulle
el buzo de tus ojos
Además
no siempre
desprecio la poesía
cuando la siento como una ambición amable
raro hallazgo
en un mullido banco de una sala futura.
Sueño
En la pared un rojo pequeño que ilumina
La forma continuaba hasta que todo el paisaje
cayó en un azul oscuro inexorable.
Los tonos rosa se han agolpado ahora en los márgenes.
Yo por un lado. Mi terror por otro. Mi rostro
asciende iluminado. Lentamente. No comparable
a nada.
Y esto existe
hundido como un sueño de barco
oliendo a ojos y a respiración de ahogado.
Ni un dolor
ni una hoja
perturban
el orden hermoso del silencio.
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