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Cuentos

El documento presenta una serie de relatos y cuentos de hadas que incluyen personajes como reyes, princesas, animales y criaturas mágicas, cada uno enfrentando desafíos y aventuras. A través de estos relatos, se exploran temas de amistad, valentía, amor y la lucha entre el bien y el mal. Los finales de las historias suelen ser felices, con enseñanzas sobre la importancia de la bondad y la superación de obstáculos.
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Cuentos

El documento presenta una serie de relatos y cuentos de hadas que incluyen personajes como reyes, princesas, animales y criaturas mágicas, cada uno enfrentando desafíos y aventuras. A través de estos relatos, se exploran temas de amistad, valentía, amor y la lucha entre el bien y el mal. Los finales de las historias suelen ser felices, con enseñanzas sobre la importancia de la bondad y la superación de obstáculos.
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Inicios

En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía
un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan
hermosa que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez
que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real
extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un
manantial.

Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de


cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida
en común. "Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo
pasaremos hambre," dijo el gato. "Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas
partes, al fin caerías en alguna ratonera.

A la entrada de un extenso bosque vivía un leñador con su mujer y un solo hijo,


que era una niña de tres años de edad; pero eran tan pobres que no podían
mantenerla, pues carecían del pan de cada día. Una mañana fue el leñador muy
triste a trabajar y cuando estaba partiendo la leña, se le presentó de repente una
señora muy alta y hermosa que llevaba en la cabeza una corona de brillantes
estrellas, y dirigiéndole la palabra le dijo: "Soy la señora de este país; tú eres
pobre miserable; tráeme a tu hija, la llevaré conmigo, seré su madre y tendré
cuidado de ella."

Un labrador tenía dos hijos, el mayor de los cuales era muy listo y entendido, y
sabía muy bien a qué atenerse en todo, pero el menor era tonto y no entendía ni
aprendía nada, y cuando le veían las gentes decían: "Trabajo tiene su padre con
él." Cuando había algo que hacer, tenía siempre que mandárselo al mayor, pero si
su padre le mandaba algo siendo de noche, o le enviaba al oscurecer cerca del
cementerio, o siendo ya oscuro al camino o cualquier otro lugar sombrío, le
contestaba siempre: "¡Oh!, no, padre, yo no voy allí: ¡tengo miedo! Pues era muy
miedoso."

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan
tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al
bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo, "me voy
al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin
dejar ni un pelo.
Érase una vez un anciano Rey, se sintió enfermo y pensó: Sin duda es mi lecho de
muerte éste en el que yazgo. Y ordenó: "Que venga mi fiel Juan." Era éste su
criado favorito, y le llamaban así porque durante toda su vida había sido fiel a su
señor. Cuando estuvo al pie de la cama, díjole el Rey: "Mi fidelísimo Juan,
presiento que se acerca mi fin, y sólo hay una cosa que me atormenta: mi hijo.

Hace mucho, mucho tiempo, mucho antes incluso de que los hombres llenaran la
tierra y construyeran sus grandes ciudades, existía un lugar misterioso, un gran y
precioso lago, rodeado de grandes árboles y custodiado por un hada, al que todos
llamaban la hada del lago. Era justa y muy generosa, y todos sus vasallos
estaban siempre dispuestos a servirla. Pero de pronto llegaron unos malvados
seres que amenazaron el lago, sus bosques y a sus habitantes.

Había una vez un molinero cuya única herencia para sus tres hijos eran su molino,
su asno y su gato. Pronto se hizo la repartición sin necesitar de un clérigo ni de un
abogado, pues ya habían consumido todo el pobre patrimonio. Al mayor le tocó el
molino, al segundo el asno, y al menor el gato que quedaba.

Había una vez una pareja que desde hacía mucho tiempo deseaba tener hijos.
Aunque la espera fue larga, por fin, sus sueños se hicieron realidad. La futura
madre miraba por la ventana las lechugas del huerto vecino. Se le hacía agua la
boca nada más de pensar lo maravilloso que sería poder comerse una de esas
lechugas. Sin embargo, el huerto le pertenecía a una bruja y por eso nadie se
atrevía a entrar en él.

Personajes:

El primer cerdito, el perezoso de la familia, decidió hacer una casa de paja. En un


minuto la choza estaba ya hecha. Y entonces se fue a dormir.

El hada advirtió que el viaje estaría plagado de peligros y dificultades, y de lo


difícil que sería aguantar todo el viaje, pero ninguno se echó hacia atrás. Todos
prometieron acompañarla hasta donde hiciera falta, y aquel mismo día, partió
hacia lo desconocido con sus 80 vasallos más leales y fuertes.

El gigante bajó las escaleras y entró en su jardín, pero cuando los niños lo vieron
se asustaron tanto que volvieron a escaparse.

Fue a ver al cisne, y delante de todos le dijo que no era tan bello, que si ganaba
todos los concursos era porque los jurados estaban influenciados por su fama, y
que todos sabían que él un pequeño puercoespín era más bello.

El anillo te servirá para que el Cóndor de Fuego te reconozca como su nuevo


amo y te guíe hasta la entrada del tesoro.
Ahora ya eres un rosal viejo –dijo el caracol–. Pronto tendrás que ir pensando en
morirte. Ya has dado al mundo cuanto tenías dentro de ti. Si era o no de mucho
valor, es cosa que no he tenido tiempo de pensar con calma.

La madre de Simón gritaba: -¡No os acerquéis al canal! Esta advertencia la hacía


diez veces al día a las hermanas mayores de Simón, Julia y Paula, que debían
cuidar del pequeño y protegerlo.

Érase una vez un estudiante, un estudiante de verdad, que vivía en una buhardilla
y nada poseía; y érase también un tendero, un tendero de verdad, que habitaba en
la trastienda y era dueño de toda la casa; y en su habitación moraba un
duendecillo, al que todos los años, por Nochebuena, obsequiaba aquél con un
tazón de papas y un buen trozo de mantequilla dentro. Bien podía hacerlo; y el
duende continuaba en la tienda, y esto explica muchas cosas.

Tomás y Berta al oír estas palabras volvieron la cabeza y se quedaron pasmados


al ver un enorme tipo peludo, parado a unos cuantos metros. Sus ojos parecían
inyectados de sangre y su nariz era tan roja y redonda como una remolacha. Unas
largas y puntiagudas orejas asomaban entre sus pelos, tiesos como las púas de
un erizo. Le cubrían unas barbas tan enmarañadas como las matas de espino.

Sitios

En el país de los ogros colorados, en un pueblo de barro, vivía un padre ogro,


una madre ogro y un niño ogro. El padre era muy grandote y colorado, con unas
largas garras verdes, unos dientes largos y afilados de color verde y tres cuernos
verdes también.

Juan y María miraban a su padre que cavaba en el jardín. Era un trabajo muy
pesado. Después de una gran palada, se incorporó, enjugándose la frente.

Así pues, se tumbó al sol en la playa, junto al mar y se quedó dormida, soñando
con los premios y medallas que iba a conseguir.

Bueno, pues ya lo saben. Y una cosa puedo decir en toda verdad: cuando veían a
mi padre sentado allá arriba en el carruaje de la muerte, envuelto en su larga
capa blanquinegra, cubierta la cabeza con el tricornio ribeteado de negro, por
debajo del cual asomaba su cara rolliza, redonda y sonriente como aquella con la
que representan al sol, no había manera de pensar en el luto ni en la tumba.

Cerrado que hubo la noche, y con ella la tienda mágica, y cuando todo el mundo
estaba acostado, excepto el estudiante, entró el duende en busca del pico de la
dueña, pues no lo utilizaba mientras dormía; fue aplicándolo a todos los objetos de
la tienda, con lo cual éstos adquirían voz y habla.
El interior del palacio estaba todo adornado con oro y plata. Las habitaciones
aparecían repletas de finos muebles, y en todas las paredes podían contemplarse
escenas de toros y delfines saltarines.

El molino se alzaba a orillas del agua, y la fuerza de la corriente lo hacía


funcionar. Él no tenía miedo con la abuelita a su lado.

Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la


forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no
encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.

Al llegar a casa, ella se va directamente al baño y coge una goma de pelo para
recogérselo, pero antes-Mirándose al espejo con sonrisa de traviesa, se sacude el
pelo, como hacen los perros cuando están mojados y la goma, la pinza, un
pendiente, la muñequita, unos caramelos y una canica.

OBJETO

Llegado a este punto, el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100


monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente.

Sacó un paquete de un viejo baúl y, desenvolviéndolo lentamente, le mostró


la brida más bonita que jamás había visto.

Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto.
«Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta
chaqueta.»

Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las
engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo
escapar a sus pesquisas.

Un padre le dijo a su hijo: `Voy a morir pronto, hijo mío. Llévate mi oro a tu casa.
Es tuyo. Pero recuerda que no has de fiarte de nadie.

Era una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no podía soportar que nadie la
superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él,
mirándose le preguntaba:¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más
hermosa de esta región?

Te haré un regalo -dijo, y siguió cantando la melodía que le había silbado Juanito-.
Será un tesoro: una llave de plata y un rizo de oro.

Sacó del bolsillo lo que le quedaba del arco iris y vendó con éste la pierna de
Marita. Pero todavía pudo quedarse con un trocito muy pequeñito que sobró.
Al ver la chaqueta en el escaparate decidió comprarla, pues le gustaban sus
cuadros verdes y marrones. Con que entró en la tienda decidido a comprarla.

Acontecimiento

Es asombroso —atinó a decir la señora Popof tartamudeando—. Pero piensa,


querido, en lo útil que te será. Podrás volar a París en vez de tener que hacer
esos viajes en tren que tanto detestas.

Al amanecer, tomó un hacha más grande y salió a buscar leña. Ya en el bosque,


encontró un árbol tan grande que tenía leña suficiente para todo el invierno. ¡Trac!
¡Trac! ¡Trac! ¡Trac! ¡Trac! -resonaron los golpes del hacha. Pero antes de que
hubiera llegado a la mitad del tronco, apareció el ogro.

Entonces el lobo decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama, y una vez
dormido empezó a roncar fuertemente. Un cazador que por casualidad pasaba en
ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó, ¡Cómo ronca esa
viejita! Voy a ver si necesita alguna ayuda. Entonces ingresó al dormitorio, y
cuando se acercó a la cama vio al lobo tirado allí. “Así que te encuentro aquí, viejo
pecador!” dijo él. “Hacía tiempo que te buscaba!”

No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de


oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera
de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y
beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo
y te traeré la pelota de oro. ¡Oh, sí!” exclamó ella, “te prometo cuanto quieras con
tal que me devuelvas la pelota.

Pronto descubrió el secreto del tesoro escondido del avaro, y aprovechando que
se fue a descansar se puso a cavar con mucha fuerza hacia abajo, hasta que llegó
al tesoro, “que grande, este oro tiene que ser para mi” y se lo robó.

Con un grito terrible, cayó del acantilado al vacío. La madre batió sus alas. A
medida que iba cayendo, la joven gaviota oía a su madre volar sobre su cabeza.
Le entró tal terror que se le paró el corazón y ya no oía nada. Pero duró sólo un
momento.

Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: – Tienes tres días
para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.

El hombre, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo
un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos
melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
El búfalo se revolcaba por la hierba, sin poder dejar de reír, hasta que su hocico
chocó contra un tocón de árbol que le partió en dos el morro y le aplastó la nariz.
Y todavía hoy se ven los resultados de este accidente en sus descendientes.

Finales

El Viento estaba indignado. —Tramposo —le murmuró al Sol, alejándose muy


enfadado— ¡El hombre siempre te ha preferido a ti!

Y así el príncipe se casó con ella, seguro de que la suya era toda una princesa
verdadera. Y el frijol fue enviado a un museo, donde está exhibido todavía, salvo
que alguien se lo haya robado. Y no pueden negar que este fue un verdadero
cuento, ¿Verdad?

Y con estos animales y volviendo las cultivar las tierras, pudieron sobrevivir, y el
príncipe entendió su gran error.

¿Y qué pasó con el tigre? Pues que rugió y pataleó, y poco después las llamas
quemaron la cuerda y por fin pudo escapar. Pero la cuerda ardiendo le había
chamuscado tanto su piel amarilla que, por mucho que se lavó, no pudo borrarse
las rayas negras que le quedaron marcadas. Y esa es la razón de que el tigre
tenga rayas.

De una zancada saltó la cerca y corriendo como un gamo se perdió en la lejanía.


Desde entonces, nunca, nunca jamás el volvió a molestarlos.

Es mi cajón de cocina ordenado, dijo. Ella no pudo evitar reír y le envolvió con sus
brazos dándole un enorme beso. Vamos a ordenar tus cajones juntos ahora. Y así
terminaron felices para siempre.

Y así gracias a la idea del Rey, olvidaron sus antiguas disputas y pusieron fin a la
guerra, y volvieron a ser los grandes amigos que habían sido desde niños, y la paz
entre los dos reinos se hizo eterna.

Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus sueños debajo de la almohada. Y
un ratoncito los recoge y les deja a cambio un bonito regalo. El cuento se ha
acabado.

Todo el mundo aclamó a los príncipes al verlos partir en un resplandeciente


carruaje tirado por ocho briosos corceles. Y la princesa y el príncipe encantado
vivieron felices el resto de su vida.

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