LOS TRES COLADORES
En cierta ocasión, un hombre se acercó a Sócrates y le dijo:
-Tengo que contarte algo muy serio de un amigo tuyo.
Sócrates le miró profundamente con sus ojos de sabio y le preguntó:
-¿Ya pasaste lo que me quieres contar por la prueba de los tres coladores?
-¿Qué prueba es esa? -le dijo desconcertado el hombre.
-Si no lo sabes, escúchame bien. El primero de los tres es el colador de la verdad.
¿Estás completamente seguro de que es cierto lo que me quieres contar?
-En realidad, seguro, seguro, no. Creo que es cierto porque lo escuché de un
hombre muy serio, que no acostumbra decir mentiras.
-Si eso es así, con toda seguridad que no lo pasaste por el segundo colador. Se
trata del colador de la bondad.
El hombre se sonrojó y respondió con timidez:
-Ciertamente que no.
Sócrates lo miró compasivamente y siguió diciéndole:
-Aunque hubieras pasado lo que quieres decirme por estos dos primeros
coladores, todavía te faltaría el tercero, el de la utilidad. ¿Estás seguro que me va
a ser realmente útil lo que quieres contarme?
-¿Útil? En verdad, no.
-¿Ves? –le dijo el sabio-, si lo que me quieres contar no sabes si es verdadero, y
ciertamente no es ni bueno ni provechoso, prefiero que no me lo digas y lo
guardes sólo para ti.
Habla sólo lo positivo de los demás para que se sientan aceptados, valorados,
respetados. Palabras que animan, que siembran confianza, que tumban prejuicios
y barreras, que calientan corazones. La palabra puede herir o animar, desanimar o
entusiasmar, ser látigo o caricia. Combate las ideas preconcebidas, borra los
prejuicios, limpia las mentes. No juzgues a los demás si no quieres ser juzgado.
Urge una educación que recupere la palabra como comunicación del respeto, la
amistad, la verdad. Hoy se miente mucho y sin el menor pudor. La publicidad y la
retórica de los politiqueros han hecho de éxito.
Evita toda palabra que hiera, combate con tenacidad la cultura del grito, la ofensa
y el chisme. Es muy difícil sanar un alma herida por el maltrato o reparar el buen
nombre y la fama pisoteadas por mentiras y chismes:
Había una vez un joven que tenía muy mal carácter y se la pasaba siempre bravo.
Un día, su padre le regaló una bolsa de clavos y le dijo que, cada vez que perdiera
la paciencia, clavara uno de ellos detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos y un número parecido los días
siguientes. Poco a poco, a medida que pasaban las semanas, el joven fue
aprendiendo a controlar su carácter, pues se convenció que era más fácil dominar
su mal genio que seguir clavando clavos detrás de la puerta.
Llegó por fin el día en que no se puso bravo ni una sola vez con lo que ese día no
tuvo que clavar ningún clavo detrás de la puerta. Cuando se lo contó feliz a su
padre, este le sugirió que, en adelante, cada día que lograra controlarse por
completo, arrancara uno de los clavos que había colocado en los días anteriores
detrás de la puerta.
Fueron pasando los días y el joven pudo finalmente anunciarle a su padre que ya
no quedaban clavos por retirar de la puerta.
Su padre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:
-Te has esforzado muy duro, hijo mío, por controlar tu carácter. Te felicito. Pero
mira todos esos huecos en la puerta. Ya nunca más será la misma. Cada vez que
pierdes la paciencia y tratas a alguien con enojo, dejas cicatrices en su alma,
exactamente como las que ves en la puerta. Es verdad que puedes ofender a
alguien y luego retirar lo dicho y hasta pedirle disculpas, pero la cicatriz queda en
el alma.
LA MIRADA DEL EDUCADOR
En cierta ocasión, un príncipe quiso saber cómo miraban y veían la realidad sus
tres amigos sabios: el escultor, el biólogo y el maestro. Para ello, los fue citando
por separado junto al estanque de su jardín y les hizo esta pregunta:
-Dime, ¿qué es lo que más te llama la atención del estanque?
El escultor estuvo observando con atención todos los detalles y por un buen rato,
detuvo sus ojos en el pretil de mármol bellamente esculpido.
-Lo que más me gusta –dijo convencido- es el pretil que está muy bien tallado. El
realza en especial la belleza del estanque dándole un toque sublime.
El biólogo observó el pretil, pero su mirada se detuvo en el interior del estanque.
Por un buen rato estuvo observando con verdadera admiración el agua, las flores
de loto que se abrían sobre ella, los pececitos de colores que nadaban entre las
algas, los insectos que revoloteaban en la superficie... Su respuesta fue
contundente:
-Lo mejor del estanque es la vida que bulle en sus aguas.
Cuando le tocó el turno al maestro, comenzó como los dos anteriores: también
observó el bello pretil de mármol y, sobre todo, las aguas. Al cabo de un rato, dijo:
-El pretil es muy bello y resulta misteriosa la vida que bulle en las aguas del
estanque. Pero lo que más me impresiona es la luz.
-¿La luz? –preguntó extrañado el príncipe.
-Sí, sin duda alguna, la luz. Observa los juegos de luces y de sombras que hacen
resaltar los relieves del pretil. Fíjate bien cómo los rayos de luz se filtran hasta el
fondo del estanque y nos posibilitan que disfrutemos de su vista. La luz hace que
todo sea diferente a la mañana, al mediodía, al atardecer... Y aún queda lo más
importante: la luz posibilita la vida que crece y se transforma en el estanque.
Mañana todo será distinto: es imprevisible lo que cada día podrás encontrar en
este estanque. Porque la luz añade a la vida el misterio.
Ayudar a descubrir la luz, guiar al asombro y al misterio, esa es la misión del
genuino educador. El misterio está en todas partes, brota del corazón de las cosas
y los seres. Aprende a vivir en estado de asombro, maravillándote ante la
naturaleza, las personas, la vida, la existencia, el propio cuerpo. El misterio de la
vida nos debe llevar a reconocer lo sagrado en todas las personas. En la mujer y
en el hombre, en el anciano y en el niño, en el sano y en el enfermo, el poderoso y
el desvalido. El sentirse reconocido y amado es la experiencia fuente para que la
vida crezca y se desarrolle. Fuente para poder amar, para ser. Fuente para
establecer nuevas relaciones sociales, relaciones respetuosas y cuidadosas,
amorosas y tiernas, para poder combatir y superar las manifestaciones de
dominación y destrucción, para curarnos las heridas de la violencia, el egoísmo y
el desamor.
Educar es enseñar a ver y a mirar, a admirar, a dejarse atrapar por el asombro y el
misterio.