Caso Masacre Ituango Vs Colombia
Teoría General de Derecho Administrativo y Contencioso Administrativo
Universidad de la Amazonia
INTRODUCCIÓN
El 1 de julio de 2006 la Corte Interamericana de Derechos Humanos dictó
sentencia en el caso de las masacres ocurridas en las veredas El Aro y de La
Granja en el municipio de Ituango, sentencia que versa centralmente sobre la
responsabilidad internacional del Estado por los actos de omisión, tortura y
asesinato de pobladores en el municipio en mención, así como a la falta de
investigación para esclarecer los hechos y sancionar a los responsables,
aquiescencia y colaboración de la fuerza púbica al paramilitarismo. Después de
más de 20 años hoy en día sigue en auge, pues estos sucesos marcaron un
hito nuevo, de inmensa trascendencia como lo son el fenómeno del
paramilitarismo y la responsabilidad del Estado colombiano en relación con el
mismo. En efecto, la sentencia de Ituango fue proferida muy poco tiempo
después de la resolución de otros dos casos contra Colombia (Mapiripán y
Pueblo Bello), que presentan una gran similitud en el panorama fáctico general,
las formas de ejecución de las atrocidades, los modos de operación de los
victimarios, el tipo de responsabilidad de los agentes estatales y las
consecuencias para las víctimas. Como tal, aunque aporta algunos elementos
de juicio adicionales y presenta algunas particularidades y novedades, en
buena medida, Ituango constituye una reiteración de los argumentos tanto
fácticos como jurídicos respecto de la responsabilidad del Estado colombiano
frente a horrendas masacres perpetradas por los grupos paramilitares, en
razón de la tolerancia, connivencia y participación de agentes estatales en las
mismas.
Sin embargo, no por ello deja Ituango de ser una sentencia de sumo interés a
la luz de la jurisprudencia de la CIDH y del desarrollo del corpus iuris del
derecho internacional de los derechos humanos (DIDH). De hecho, Ituango
debe ser comprendida como una sentencia que se enmarca dentro de un
proceso de consolidación jurisprudencial sobre un mismo tema.
Uno de los valores centrales de la sentencia de Ituango es, por tanto, su
contribución a la consolidación y el incremento de una línea de precedentes en
continua expansión sobre las atrocidades cometidas por los grupos
paramilitares en Colombia.
El caso de las “Masacres de Ituango v. Colombia” reviste un especial interés en
materia de protección de derechos humanos en Colombia, no sólo por cuanto
establece responsabilidad del Estado colombiano por los hechos ocurridos en
las veredas de Ituango en 1996 y 1997, sino por las violaciones de derechos
humanos que considera probadas y las formas de reparación que se ordenan.
Como bien es cierto, al igual que ocurrió en otras oportunidades, el Estado
colombiano reconoció su responsabilidad internacional, derivada de la omisión
de las autoridades en proteger los derechos humanos, así como por la
participación de agentes estatales –-particularmente miembros de la Fuerza
Pública-- en los hechos.
ANTECEDENTES HISTÓRICO
A partir de la década de los sesenta del siglo XX surgieron en Colombia
diversos grupos guerrilleros, por cuya actividad el Estado declaró “turbado el
orden público y en estado de sitio el territorio nacional”. Ante esta situación, el
24 de diciembre de 1965 el Estado emitió el Decreto Legislativo 3398, el cual
tenía una vigencia transitoria, pero fue adoptado como legislación permanente
mediante la Ley 48 de 1968. Los artículos 25 y 33 del referido Decreto
Legislativo dieron fundamento legal para la creación de “grupos
deautodefensa”. Tales grupos tenían como fines principales el auxiliar a la
Fuerza Pública en operaciones antisubversivas y defenderse de los grupos
guerrilleros. El Estado les otorgaba permisos para el porte y tenencia de armas,
así como apoyo logístico. En la década de los ochenta del siglo XX,
principalmente a partir de 1985, se hizo notorio que muchos “grupos de
autodefensa” cambiaron sus objetivos y se convirtieron en grupos de
delincuencia, comúnmente llamados “paramilitares”. Estos se desarrollaron
primeramente en la región del Magdalena Medio y se fueron extendiendo a
otras regiones del país.
El 27 de enero de 1988 Colombia emitió el Decreto Legislativo 0180. En este
decreto se tipificó la pertenencia, promoción y dirección de grupos de sicarios,
así como la fabricación o tráfico de armas y municiones de uso privativo de las
Fuerzas Militares
o de Policía Nacional. Posteriormente, este decreto fue elevado a legislación
permanente mediante el Decreto 2266 de 199139.
El 19 de abril de 1989 se emitió el Decreto 0815, mediante el cual se suspendió
la vigencia del parágrafo 3 del artículo 33 del Decreto legislativo 3398 de 1965,
el cual
Facultaba al Ministerio de Defensa Nacional para autorizar a los particulares el
porte de armas de uso privativo de las Fuerzas Armadas.
A partir de 1997, se ha documentado en Colombia la existencia de numerosos
casos de vinculación entre paramilitares y miembros de la fuerza pública en
relación con hechos similares a los ocurridos en el presente caso, así como
actitudes omisivas de parte de integrantes de la fuerza pública respecto de las
acciones de dichos grupos. Según el informe de 1997 de la Oficina de la Alta
Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, los actos
cometidos por paramilitares constituyeron el mayor número de violaciones de
derechos humanos reportados en el país en 1997, incluidas masacres,
desapariciones forzadas y toma de rehenes.
La impunidad de las violaciones de derechos humanos y derecho internacional
Humanitario cometidas por los paramilitares y la connivencia entre estos
grupos y la fuerza pública, es consecuencia de procesos penales y de
investigaciones disciplinarias abiertos en su contra que no desembocan en el
establecimiento de responsabilidades ni en las correspondientes sanciones.
¿QUÉ PASÓ EN LA GRANJA?
El 11 de junio de 1996, cerca de 30 integrantes de la Autodefensas
Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu), comandadas por los hermanos
Castaño, incursionaron en el corregimiento La Granja, en Ituango, Antioquia,
histórico bastión de las Farc. Ese día recorrieron el casco urbano, ordenaron
cerrar todo el comercio, amenazaron con una limpieza social y asesinaron a
cinco personas por tener supuestos nexos con la guerrilla. Los torturaron y los
mataron en frente de sus vecinos y familiares.
La Fiscalía determinó más adelante que las víctimas no eran colaboradores de
la guerrilla sino campesinos. En 2015, la magistrada María Consuelo Rincón
ya había solicitado investigar al senador Álvaro Uribe por su “acción u omisión”
en el caso de esta masacre. Así lo dijo cuando leyó la sentencia en contra
Ramiro Vanoy Murillo, alias ‘Cuco Vanoy’, excabecilla paramilitar extraditado a
Estados Unidos en 2008.
Hay un relato muy interesante de la masacre que lo expone una vistima en su
testimonio en la sentencia del 1 de julio de 2006 de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos y reúne las voces de seis víctimas de la masacre.
“El Aro era un pueblo donde la gente se dedicaba al campo, al criado de
ganado y donde habitaban entre trescientas (300) a quinientas (500) personas.
En mula una persona puede durar seis horas para llegar a El Aro desde Puerto
Escondido u ocho horas desde Puerto Valdivia. El Aro se consideraba una zona
de influencia guerrillera, debido a que el ‘Nudo de Paramillo’ queda ahí, que es
la unión de tres cordilleras desde donde se puede desplazar a diferentes
lugares. La zona es un punto estratégico de tránsito de cuatro grupos: el
Ejército, la policía, los paramilitares y la guerrilla.
Los paramilitares comenzaron a llegar “años antes” de que ocurrieran los
hechos en El Aro en 1997. En 1996 hubo una incursión que llegó hasta Santa
Rita. Aproximadamente dos meses antes de la masacre, llegaron al sector ‘La
Esmeralda’ pero no llegaron hasta la cabecera urbana de El Aro. Los
paramilitares entraban a El Aro por Puerto Valdivia. Antes del año 1994 no
había en Puerto Valdivia ni Ejército ni autoridad de ley. Los paramilitares
llevaban mapas de todos los corregimientos y municipios y marcaban con una
equis roja aquellos que pensaban destruir.
El Aro estaba marcado con una equis roja en uno de eso mapas, lo cual fue
debidamente notificado al Alcalde de Ituango y otros Concejales. Ante esta
situación, ‘como dos meses antes de la toma’, la Junta de Acción Comunal de
El Aro pidió protección a la Gobernación del Estado, la cual no fue otorgada.
Las autoridades locales comenzaron a llamar ‘a toda parte, a la cuarta brigada,
al batallón Girardot, hasta la fiscalía en Yarumal’.
Les respondieron que ‘no había tropa disponible’ porque todas habían sido
repartidas con propósito de las elecciones que se estaban llevando a cabo en
esos días. En octubre de 1997, antes de la masacre, los paramilitares se
reunían diariamente con miembros del Ejército en la zona de Cachirimé y
Tarazá. Muchas familias “decían que fueron los paramilitares con el Ejército
que se metieron a El Aro”. Entre los soldados identificados se encontraban los
conocidos como ‘piña’, ‘el burro’ y el cabo Alzate, a quien le decían ‘Rambo’ o
‘Kamiski’.
Incluso se comentaba que el encargado del Ejército en Puerto Valdivia, se
había convertido en paramilitar. Los paramilitares entraron a El Aro el 25 de
octubre de 1997. Las elecciones estaban programadas para llevarse a cabo el
domingo 26 de octubre de 1997. El sábado 25 de octubre se escucharon
‘ráfagas de fusil [y] muchas explosiones’. En la mañana de ese sábado ‘llegó
un helicóptero blanco’ que ‘hizo unas ráfagas de tiros’ y ‘cogió rumbo al Cauca
arriba…”.
¿QUÉ PASÓ EN EL ARO?
Sucedió el 22 de octubre de 1997, cuando las Autodefensas comenzaban a
consolidarse en Antioquia. Cerca de 150 paramilitares, quienes se hacían
llamar los ‘Mochacabezas’, llegaron al corregimiento El Aro, de Ituango y
asesinaron a 17 personas. Tomaron el control del territorio durante 17 días,
torturando públicamente a las víctimas. A una de ellas la ataron todo el día a
un árbol, le sacaron los ojos y el corazón, como lo reportó el Centro Nacional
de Memoria Histórica.
En medio de la masacre, los paramilitares quemaron 42 de las 60 casas que
había en la zona, se robaron más de 1.000 vacas y desplazaron forzosamente a
700 habitantes de la región. Durante la masacre, la Fuerza Pública nunca
apareció para combatir a las Autodefensas, tampoco algún representante de la
Gobernación de Antioquia, en ese entonces liderada por Álvaro Uribe Vélez.
El excomandante paramilitar Salvatore Mancuso aseguró que un helicóptero de
la Gobernación de Antioquia sobrevoló Ituango durante la masacre. Dijo,
además, que el secretario de gobierno de Uribe, Pedro Juan Moreno, sabía de
antemano que los paramilitares se iban a tomar El Aro. Este testimonio guarda
semejanza con el del exjefe paramilitar Francisco Enrique Villalba, asesinado
en 2009. Según él, el helicóptero sobrevoló la zona mientras eran asesinados
15 campesinos. Tanto Santiago (hermano del expresidente) y Álvaro Uribe
Vélez —según esa versión, sabían de esta masacre—.
En julio de 2006, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó a la
Nación por fracasar en la protección de los pobladores de El Aro. Dentro de las
exigencias que le hizo la Corte al gobierno está la obligación de investigar a los
responsables de la masacre y la reparación y garantía de seguridad para las
víctimas.
El helicóptero de la Gobernación en todo esta investigación ha sido clave, pues
las condiciones topográficas de la zona dificultaban que los paramilitares
viajaran a otras zonas por municiones. De hecho, el mismo Mancuso aceptó
que él viajó en un helicóptero para apoyar a los paramilitares, tal como se lo
ordenó Castaño. En ese helicóptero, según otros testimonios recogidos por la
Corte Interamericana, habría viajado Carlos Castaño.
Justamente la presencia paramilitar en Ituango y su supuesto acuerdo con la
Fuerza Pública fue denunciada por el abogado Jesús María Valle Jaramillo,
oriundo de ese municipio. Estas denuncias, según Don Berna, fueron
suficientes para ordenar el asesinato del jurista. El incitador del crimen, de
acuerdo con esta versión, fue Pedro Juan Moreno, fallecido en un accidente
aéreo en 2006.
RESPECTO DEL CONTEXTO HISTÓRICO DE ITUANGO
El Municipio de Ituango se ubica en la zona norte del departamento de
Antioquia en Colombia y se divide en los corregimientos de La Granja, Santa
Rita y El Aro.
La economía en Ituango es eminentemente agrícola y ganadera. La creciente
incursión de grupos armados disidentes en la zona trajo aparejado un
incremento de la actividad de las estructuras denominadas paramilitares o de
“autodefensa”, así como una mayor presencia del Ejército Nacional. Hacia el
año 1996 se encontraban acantonadas en el Municipio de Ituango las tropas
del Batallón de Infantería N° 10 “Coronel Atanasio Girardot”. Además del
Ejército Nacional, el Municipio de Ituango contaba con una Estación de Policía
con aproximadamente
Veinte agentes.
PROCEDIMIENTO ANTE LA COMISIÓN INTERAMERICANA DE DERECHOS
HUMANOS
En vista de la identidad entre los peticionarios de los casos 12.050 y 12.266,
así como el contexto que precedió los hechos denunciados en ambos casos, la
relación secuencial de las violaciones denunciadas y su impacto en dos
corregimientos del municipio de Ituango en el departamento de Antioquia, la
Comisión procedió a acumular ambos casos para efectos de la decisión sobre el
fondo.
El 11 de marzo de 2004, al no llegar a soluciones amistosas en dichos casos, la
Comisión, de conformidad con el artículo 50 de la Convención Americana,
aprobó el Informe acumulado No. 23/04, mediante el cual señaló que el Estado
colombiano era responsable por la violación de los derechos, En dicho informe,
la Comisión formuló determinadas recomendaciones.
El 30 de abril de 2004 la Comisión transmitió el informe de fondo al Estado y le
otorgó un plazo de dos meses para que informara sobre las medidas adoptadas
para cumplir con las recomendaciones formuladas en el mismo.
El 30 de julio de 2004 la Comisión, ante el incumplimiento del Estado
colombiano con las recomendaciones del informe aprobado de acuerdo con el
artículo 50 de la Convención, decidió someter el caso a la Corte.
PROCEDIMIENTO ANTE LA CORTE INTERAMERICANA DE DERECHOS
HUMANOS
El 15 de septiembre de 2004 la Secretaría de la Corte (en adelante “la
Secretaría”), previo examen preliminar de la demanda realizado por el
Presidente de la Corte (en adelante “el Presidente”), la notificó junto con sus
anexos a los representantes de las presuntas víctimas y sus familiares y al
Estado. A este último también le informó sobre los plazos para contestarla y
designar su representación en el proceso. Ese mismo día la Secretaría,
siguiendo instrucciones del Presidente, informó al Estado de su derecho a
designar un Juez ad hoc en el presente caso.
El 14 de enero de 2005 el Estado presentó su escrito de interposición de
excepciones
Preliminares, contestación de la demanda y observaciones al escrito de
solicitudes y argumentos de los representantes (en adelante “contestación de
la demanda”), al cual adjuntó prueba documental y ofreció prueba testimonial
y pericial. En dicho escrito el Estado “acepto su responsabilidad internacional
por la infracción de la obligación de respeto, en cuanto toca con la violación de
los derechos a la vida [artículo 4 de la Convención Americana], a la integridad
personal [artículo 5 de la Convención Americana], a la libertad personal
[artículo 7 de la Convención Americana] y a la propiedad privada [artículo 21
de la Convención Americana]” de aquellas personas señaladas en la demanda,
El Estado señaló que, “en consecuencia con los hechos y violaciones
reconocidos en la contestación de la demanda se encontraba dispuesto a
presentar una propuesta reparatoria concertada con los peticionarios que
acreditaban debidamente su posición”. Asimismo el Estado “afirmo no haber
incumplido deber convencional alguno derivado” de los artículos 6 (Prohibición
de la Esclavitud y Servidumbre), 19 (Derechos del Niño), 22 (Derecho de
Circulación y de Residencia), 8 (Garantías Judiciales) y 25 (Protección Judicial)
de la Convención Americana. Además, el Estado interpuso una excepción
preliminar basada en la supuesta falta de agotamiento de los recursos
internos. Fecha de la audiencia ante la Corte IDH: 22 de septiembre de 2005.
ANÁLISIS DE FONDO
Las masacres fueron perpetradas en el contexto del conflicto armado interno
que sufre Colombia; comprendieron un gran número de víctimas – que
perdieron sus bienes, fueron ejecutadas, y en el caso de El Aro, obligadas a
realizar trabajos forzosos o desplazadas y tuvo lugar en una región remota y
de difícil acceso del país, entre otros factores como hemos mencionado
anteriormente. Sin embargo, aun tomando en cuenta la complejidad del
asunto, la efectividad de los procesos se ha visto afectada por varías fallas en
la investigación, No es sostenible, entonces, tal como pretende el Estado,
argumentar que las investigaciones en el presente caso fueron realizadas en
plazos razonables. (Corte IDH 2006d, párr., 294). No obstante, Colombia
argumentó que las investigaciones internas, fueron desarrolladas en un plazo
razonable tomando en consideración la complejidad que significa abordar la
“macrocriminalidad” implícita en estos hechos, y que la actividad procesal de
los peticionarios en los procesos internos ha sido escasa, en especial en los
procesos penales en donde no ejercieron la acción civil. La Corte reconoció que
los asuntos que se investigan por los órganos judiciales internos en relación
con las masacres de La Granja y El Aro son complejos, y que a pesar de ello a
la fecha hay resultados concretos en las investigaciones y en los diferentes
procesos penales, los cuales han derivado en la condena de tanto agentes
estatales como paramilitares. Sin embargo, fue enfática e indicó que los
resultados no son suficientes y que las condiciones del país no lo liberan de sus
obligaciones convencionales en casos de gran relevancia como este. (Corte
IDH, 2006d, párr., 293). En relación con los hechos del caso (La Granja y El
Aro), la Corte sostuvo que Colombia incumplió con la garantía del plazo
razonable por no asegurar los derechos de acceso a la justicia, la verdad de los
hechos y la reparación de las presuntas víctimas y sus familiares. En el caso de
La Granja los procedimientos no fueron desarrollados bajo los parámetros del
debido proceso legal ni constituyeron un recurso efectivo, debido a que no se
esclareció, ni sanciono con efectividad a todos los responsables de los hechos.
Por otro lado, en el caso de El Aro, se evidencio demora y falta de diligencia de
los funcionarios judiciales. Finalmente, la Corte manifestó que en el presente
caso, dominó la impunidad parcial y la falta de efectividad en el proceso penal.
Por una parte, debido a que la gran mayoría de los responsables no han sido
vinculados a las investigaciones o no han sido identificados ni procesados y,
por otra, la mayoría de las personas que han sido condenadas a penas
privativas de la libertad no han sido detenidas. Por tal razón, la Corte IDH
declaró la responsabilidad estatal por violar los derechos a las garantías
judiciales y protección judicial. (Corte IDH, 2006d, párr., 309,321).
Artículo 4 de la Convención Americana (derecho a la vida) en relación
con el artículo 1.1 de la misma
El derecho a la vida es un derecho humano fundamental, cuyo goce pleno es
un prerrequisito para el disfrute de todos los demás derechos humanos.
Esta protección activa del derecho a la vida por parte del Estado no sólo
involucra a sus legisladores, sino a toda institución estatal y a quienes deben
resguardar la seguridad, sean éstas sus fuerzas de policía o sus fuerzas
armadas. En razón de lo anterior, los Estados deben adoptar las medidas
necesarias, no sólo a nivel legislativo, administrativo y judicial, mediante la
emisión de normas penales y el establecimiento de un sistema de justicia para
prevenir, suprimir y castigar la privación de la vida como consecuencia de
actos criminales, sino también para prevenir y proteger a los individuos de
actos criminales de otros individuos e investigar efectivamente estas
situaciones.
En el presente caso ha sido probado, y el Estado ha reconocido, que en junio
de 1996 y a partir de octubre de 1997, en los corregimientos de La Granja y El
Aro, respectivamente, ambos ubicados en el Municipio de Ituango,
Departamento de Antioquia, Colombia, grupos paramilitares perpetraron
sucesivas incursiones armadas, asesinando a su paso a civiles en estado de
indefensión. La responsabilidad del Estado por dichos actos, los cuales se
enmarcan dentro de un patrón de masacres semejantes, se deriva de los actos
de omisión, aquiescencia y colaboración por parte de miembros de la Fuerza
Pública apostados en dicho municipio.
En este tipo de situaciones, de violencia sistemática y de graves violaciones de
los derechos en cuestión, en una zona de conflicto, los deberes de adoptar
medidas positivas de prevención y protección a cargo del Estado se ven
acentuados y revestidos de importancia cardinal en el marco de las
obligaciones establecidas en el artículo 1.1 de la Convención.
Artículos 6 y 7 de la Convención Americana (Prohibición De La
Esclavitud Y Servidumbre Y Derecho A La Libertad Personal) en
relación con el Artículo 1.1 de la misma
El Estado reconoció, que el grupo paramilitar que incursionó en El Aro, después
de llevar a cabo la masacre y los actos de intimidación, robó el ganado de sus
habitantes e impuso a algunas personas de este corregimiento el trabajo de
recoger y trasladar el ganado durante aproximadamente diecisiete días.
En el presente caso ha sido demostrado que 17 campesinos de El Aro fueron
privados de su libertad durante 17 días al ser retenidos por el grupo
paramilitar que controlaba el corregimiento durante los días de la incursión.
Dicha incursión ocurrió con la aquiescencia o tolerancia de agentes del Ejército
colombiano. A las personas retenidas se les privó su derecho a la libertad con
el propósito de obligarlas a recoger y arrear ganado sustraído de toda la
región.
En el presente caso, al analizar los alcances del citado artículo 6.2 de la
Convención, el Tribunal considera útil y apropiado utilizar otros tratados
internacionales distintitos a la Convención Americana, tales como el Convenio
No. 29 de la Organización Internacional del Trabajo (en adelante “OIT”) sobre
Trabajo Forzoso, para interpretar sus disposiciones de acuerdo a la evolución
del sistema interamericano, habida consideración del desarrollo
experimentado en esta materia en el Derecho Internacional de los Derechos
Humanos. (…)
El Tribunal observa que la definición de trabajo forzoso u obligatorio, conforme
a dicho Convenio, consta de dos elementos básicos. En primer lugar, el trabajo
o el servicio se exigen “bajo amenaza de una pena”. En segundo lugar, estos
se llevan a cabo de forma involuntaria. Además, este Tribunal considera que,
para constituir una violación del artículo 6.2 de la Convención Americana, es
necesario que la presunta violación sea atribuible a agentes del Estado, ya sea
por medio de la participación directa de éstos o por su aquiescencia en los
hechos.
Artículo 21 de la Convención Americana (Derecho a la Propiedad
Privada) Artículo 11.2, en relación con el Artículo 21 de la misma
(Derecho a la honra y dignidad) Todos ellos en relación con el Artículo
1.1 de la misma
La incursión paramilitar en El Aro, así como la sustracción de ganado, sucedió
con la aquiescencia o tolerancia de miembros del Ejército colombiano, dentro
de un contexto de conflicto armado interno. En este sentido, este Tribunal
observa que los artículos 13 (Protección de la población civil) y 14 (Protección
de los bienes indispensables para la supervivencia de la población civil) del
Protocolo II de los Convenios de Ginebra prohíben, respectivamente, “los actos
o amenazas de violencia cuya finalidad principal sea aterrorizar a la población
civil”, así como “atacar, destruir, sustraer o inutilizar con ese fin los bienes
indispensables para la supervivencia de la población civil”. La Corte quiere
asimismo evidenciar que el derecho a la propiedad privada es un derecho
humano cuya vulneración en el presente caso es de especial gravedad. Este
Tribunal también considera que la quema de las viviendas de El Aro constituye
una grave vulneración de un bien indispensable para la población. El propósito
de la quema y destrucción de los hogares de los pobladores de El Aro era
instituir terror y causar el desplazamiento de éstos, para así obtener una
victoria territorial en la lucha en contra de la guerrilla en Colombia. Por tales
motivos. La destrucción de sus hogares, además de constituir una gran pérdida
de carácter económico, causó en los pobladores una pérdida de sus más
básicas condiciones de existencia, lo cual hace que la violación al derecho a la
propiedad en este caso sea de especial gravedad.
Artículo 22 de la Convención (Derecho de circulación y residencia) en
relación con el Artículo 1.1 de la misma
La Corte ha señalado que el derecho de circulación y residencia es una
condición indispensable para el libre desarrollo de la persona y consiste, inter
alia, en el derecho de quienes se encuentren legalmente dentro de un Estado a
circular libremente en ese Estado y escoger su lugar de residencia. Ha quedado
comprobado que las masacres ocurridas en La Granja y El Aro, así como los
daños sufridos por la destrucción del ganado y las propiedades de los
pobladores, aunados al miedo a que se repitieran hechos similares, al
amedrentamiento y a las amenazas recibidas por algunos de ellos por parte de
paramilitares, provocaron el desplazamiento interno de muchas familias. Pues
la Corte considera en el caso en concreto que el Estado es responsable por la
violación de los derechos consagrados en el artículo 22 (Derecho de Circulación
y de Residencia) de la Convención, en relación con el artículo 1.1 de la misma,
en perjuicio a las personas desplazadas de El Aro y La Granja.
Artículo 19 de la Convención Americana (Derechos del niño) en
relación con los Artículos 4.1, 5.1 y 1.1 de la misma
El Tribunal considera que el artículo 19 de la Convención Americana debe
entenderse como un derecho complementario que el Tratado establece para
seres humanos que por su desarrollo físico y emocional necesitan medidas de
protección especial. En este sentido, revisten especial gravedad los casos
como el presente en los cuales las víctimas de violaciones a los derechos
humanos son niños y niñas, quienes tienen derechos especiales derivados de
su condición, a los que corresponden deberes específicos de la familia, la
sociedad y el Estado. En esta materia, rige el principio del interés superior de
los mismos, que se funda en la dignidad misma del ser humano, en las
características propias de los niños y en la necesidad de propiciar el desarrollo
de éstos, con pleno aprovechamiento de sus potencialidades.
Artículo 5 de la Convención Americana (Derecho a la integridad
personal) en relación con los artículos 1.1, 6, 7, 11.2, 21 y 22 de la
misma
Sobre la presunta violación del derecho a la integridad personal de las víctimas
ejecutadas en las masacres de La Granja y El Aro: El Tribunal observa que, en
los términos del reconocimiento de responsabilidad estatal, los hechos de las
masacres en La Granja y El Aro fueron llevados a cabo por un gran número de
personas fuertemente armadas, con la utilización de violencia extrema sobre la
población, intimidando a los pobladores mediante amenazas de muerte y
ejecutando a personas públicamente y de manera arbitraria. Las personas
ejecutadas en La Granja y El Aro presenciaron estos actos de amenaza antes
de su muerte, así como las muertes violentas y torturas de sus compañeros.
Dicho contexto de violencia y amenazas causó en las víctimas posteriormente
ejecutadas un miedo intenso de sufrir las mismas consecuencias, por lo
anterior, este Tribunal considera que en el presente caso existen suficientes
elementos de convicción para concluir que Colombia es responsable por la
violación del derecho a la integridad personal en perjuicio de las 19 personas
que fueron ejecutadas en las masacres de La Granja y El Aro.
En relación con la presunta violación del derecho a la integridad personal de
los familiares de las víctimas ejecutadas en La Granja y El Aro: Los familiares
de las víctimas ejecutadas en La Granja y el Aro sufrieron un fuerte impacto
psicológico y han padecido un profundo dolor y angustia como consecuencia
directa de las ejecuciones de sus familiares, así como de las circunstancias
propias de las masacres, más allá de lo anterior, en un caso como el de las
masacres de Ituango, la Corte considera que no se necesita prueba para
demostrar las graves afectaciones a la integridad psíquica de los familiares de
las víctimas ejecutadas.
En relación con las personas detenidas y obligadas a arrear ganado:La Corte
considera que las personas que fueron detenidas y obligadas a arrear ganado
bajo amenaza de muerte sufrieron temor y tratos degradantes. Por lo anterior,
el Estado ha violado el artículo 5 de la Convención en perjuicio de dichas
personas.
En relación con las personas que perdieron bienes: La Corte considera que los
habitantes de El Aro que perdieron sus domicilios, y por tanto se vieron
forzadas a desplazarse, sufrieron un trato inhumano. Los acontecimientos
ocurridos en El Aro han significado para dichas personas no solo la perdida de
sus viviendas, sino también la pérdida de todo su patrimonio, así como la
posibilidad de regresar a un hogar.
Artículos 8.1 y 25 de la Convención Americana en relación con el
Artículo 1.1 de la misma (Garantías Judiciales y Protección Judicial)
Este es uno de las derechos vulnerados por la cuales la corte tomo con más
peso el presente caso, pues desde la sentencia ya habían transcurrido más de
diez (10) y ocho (8) años desde que sucedieron los hechos de La Granja y El
Aro, respectivamente, algunos de los procesos penales permanecen abiertos.
La Corte reconoce que los asuntos que se investigan por los órganos judiciales
internos en relación con las masacres de La Granja y El Aro son complejos. A
pesar de ello, a la fecha hay resultados concretos en las investigaciones y en
los diferentes procesos penales que, si bien son insuficientes, han derivado en
la condenatoria de miembros del Ejército, así como de miembros de grupos
paramilitares. Sin embargo, el Tribunal observa que algunos de los imputados
han sido juzgados y condenados en ausencia. Además, debido a la magnitud
de los acontecimientos y el número de partícipes involucrados en ellos, los
medios utilizados, así como los resultados alcanzados, no son suficientes para
dar cumplimiento a lo establecido por la Convención Americana. En síntesis ,
la impunidad parcial y la falta de efectividad del proceso penal,
contenciosos adminsitrativos y disciplinarios en este caso se reflejan en
dos aspectos: en primer lugar, la gran mayoría de los responsables no han sido
vinculados a las investigaciones o no han sido identificados ni procesados si se
toma en cuenta que el Estado reconoció su participación en las masacres y que
la Corte ha establecido su responsabilidad porque la misma no pudo haberse
perpetrado sin el conocimiento, tolerancia y aquiescencia del Ejército
colombiano en las zonas donde ocurrieron los hechos. En segundo lugar, la
mayoría de las personas que han sido condenadas a penas privativas de la
libertad no han sido detenidas, por tal razón La Corte concluye que los
procesos y procedimientos internos no han constituido recursos efectivos para
garantizar el acceso a la justicia y de toda la verdad de los hechos, la
investigación y sanción de los responsables y la reparación de las
consecuencias de las violaciones. Por ende, el Estado es responsable por la
violación de los artículos 8.1 y 25 de la Convención, en relación con el artículo
1.1 de la misma, en perjuicio de todas las personas cuyos derechos fueron
vulnerados, y no se les garantizó el pleno acceso a la justicia.
LA CORTE DISPONE QUE:
El Estado debe llevar adelante las diligencias necesarias para proveer
justicia en el Presente caso.
El Estado debe brindar gratuitamente, y por medio de los servicios
nacionales de salud, el tratamiento adecuado que requieran los
familiares de las víctimas ejecutadas en el presente caso.
El Estado deberá realizar las acciones necesarias para garantizar las
condiciones de Seguridad para que los ex habitantes de los
corregimientos de El Aro y La Granja que se hayan visto desplazados
puedan regresar a El Aro o La Granja, según sea el caso y si así lo
desearan.
El Estado debe realizar un acto público de reconocimiento de
responsabilidad internacional por los hechos del presente caso, con
presencia de altas autoridades.
El Estado debe implementar un programa habitacional, mediante el cual
se provea de vivienda adecuada a aquellas víctimas sobrevivientes que
perdieron sus casas y que así lo requieran.
El Estado deberá fijar una placa en un lugar público apropiado en cada
uno de los corregimientos de La Granja y El Aro, con el propósito de que
las nuevas generaciones conozcan acerca de los hechos que dieron lugar
al presente caso.
El Estado debe implementar, en un plazo razonable, programas de
educación en derechos humanos y derecho internacional humanitario
permanentes dentro de las fuerzas armadas colombianas.
El Estado debe publicar, en el plazo de seis meses, en el Diario Oficial y
en otro diario de circulación nacional, por una sola vez, el capítulo
relativo a los hechos probados de este Fallo.
El Estado debe pagar a las personas señaladas en los anexos I y III del
presente Fallo en el plazo de un año, por concepto de la indemnización
por daño material, las cantidades ya fijadas.
El Estado debe pagar a las personas señaladas en los anexos I, II y III de
la presente
El Estado debe pagar, en el plazo de un año, por concepto de las costas
y gastos generados en el ámbito interno y en el proceso internacional
ante el sistema interamericano de protección de los derechos humanos,
ACTUACIONES POSTERIORES DE LA SENTENCIA
La Fecha de revisión ultima fue el 8 de febrero de 2012, en donde la corte
reviso las obligaciones del estado Colombia, declaro: el estado colombiano
hasta la fecha cumplió con la obligación de.
publicar en el Diario Oficial, por una sola vez, el capítulo relativo a los
hechos probados del Fallo, sin las notas al pie de página
correspondientes, y la parte resolutiva de la Sentencia.
pagar a las personas señaladas en los anexos I, II y III de la Sentencia
por concepto de la indemnización por daño material e inmaterial.
En aquella feche el estado colombiano con relación a las siguientes
obligaciones se encuentran pendientes de cumplimiento:
a) llevar adelante las diligencias necesarias para proveer justicia en el caso;
b) brindar gratuitamente el tratamiento adecuado que requieran los
familiares de las víctimas ejecutadas en el caso;
c) realizar las acciones necesarias para garantizar las condiciones de
seguridad para que los ex habitantes de los corregimientos de El Aro y La
Granja que se hayan visto desplazados puedan regresar a El Aro o La Granja,
según sea el caso y si así lo desearan.
d) realizar un acto público de reconocimiento de responsabilidad
internacional por los hechos del caso, con presencia de altas autoridades.
e) implementar un programa habitacional, mediante el cual se provea de
vivienda adecuada a aquellas víctimas sobrevivientes que perdieron sus casas
y que así lo requieran.
f) fijar una placa en un lugar público apropiado en cada uno de los
corregimientos de La Granja y El Aro, con el propósito de que las nuevas
generaciones conozcan acerca de los hechos que dieron lugar al caso.
Hoy en día han pasado más de 20 años desde los hechos ocurridos en el
municipio de Ituango corregimiento del aro y la Graja, cuando los paramilitares
violaron, torturaron, asesinaron, incendiaron y robaron, pero allí el tiempo
parece estar estático. Todavía hay tristeza ir a estos corregimientos y ver el
estado de abandono en el que está. De verdad hay que hacer una gestión
bastante grande con la institucionalidad, para algún día ver un pueblo siquiera
en acondiciones dignas y restaurado. Los gobernantes, las autoridades aún
siguen prometiendo hacer mejoras en temas como vivienda y acueducto y
demás, pero en la realidad solo se han quedado en palabras sin cumplir a
cabalidad lo ordenado por la corte.
Actualmente se conoce que el Tribunal Superior de Medellín y la Fiscalía
General de la Nación compulsaron copias para que la Corte Suprema de Justicia
y la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes investiguen la
posible relación del expresidente y ahora senador Álvaro Uribe Vélez, entonces
gobernador de Antioquia, en los hechos ocurridos durante esa semana, pues
las sombras de las masacres de La Granja y El Aro —las dos en Antioquia—
volvieron a oscurecer la carrera política de Álvaro Uribe Vélez se preguntan:
¿Uribe, como exgobernador de Antioquia, conocía las dos masacres cometidas
por grupos paramilitares? Cuando se lo preguntaron a excomandantes como
Salvatore Mancuso y Don Berna, la respuesta fue sí. Sin embargo, Uribe
siempre lo ha negado.
Según el Tribunal Superior de Medellín, Uribe también deberá ser investigado
por el asesinato del abogado y defensor de derechos humanos Jesús María
Valle Jaramillo, víctima de la banda La Terraza, responsable del homicidio,
reportado el 27 de febrero de 1998. Valle Jaramillo fue uno de los abogados
que denunció la arremetida paramilitar en Ituango, Antioquia y quien, antes de
ser asesinado, denunció un “acuerdo tácito” entre el comandante de la IV
Brigada, general Carlos Alberto Ospina; el comandante de la Policía de
Antioquia, Carlos Emilio Gañán; el entonces gobernador Álvaro Uribe Vélez;
Pedro Juan Moreno, exsecretario de Gobierno; y Carlos Castaño, comandante
paramilitar.
Fue justamente por este crimen que el Tribunal Superior condenó a los
hacendados Jaime Alberto y Francisco Antonio Angulo a 30 años de prisión. Los
ganaderos, señaló el tribunal, fueron determinantes en el asesinato cometido
por La Terraza, banda satélite del paramilitar Carlos Castaño”. Para el tribunal,
que las Fuerzas Militares permitieran la operación era un indicador de “su
compromiso con esas organizaciones ilegales” (…) igual ocurre con la
gobernación de Antioquia y sus funcionarios de más alto rango, ellos
patrocinaron las Convivir que fue el apoyo de los particulares a las
Autodefensas”.
Las víctimas siguen reclamando verdad y reparación y el estado colombiano
sigue negligente, así como los procesos judiciales no avanzan, la reparación
ha sido lenta. Es como si el tiempo se hubiera detenido para esos años de las
masacres de ituango, es como si estos corregimientos estuviera condenado a
vivir para siempre en el siglo pasado, con los fantasmas de una masacre que
aún espanta en sus calles tan vacías, y que nos les deja cicatrizar esa herida
que llevan.
JENNIFER KATHERIENE SANCHEZ ROMERO
Puerto Asis-Putumayo
Celular.3104576656