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CUADERNOS DE

HISTORIADE [AS IDEAS


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Raquel García Bouzas
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EL PRINCIPIO DE LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

Susana Vázquez Gersósimo


EL CONCEPTO DE GÉNERO: UNA MIRADA ENRIQUECEDORA PARA
HISTORIA DE LAS IDEAS. LOS APORTES DE SIMONE WEIL

Héctor R. Olazábal
EN BUSCA DEL MÉTODO CIENTíFICO (11)
AVENTURA Y DESVENTU'RAS DE GALILEO GALlLEI

Sylvia de Salterain
RECORDANDO EL CENTENARIO: SOBRE LAS IDEAS DE BATLLE Y ORDÓÑEZ

Yamandú Acosta
ARTURO ARDAO: FILOSOFíA AMERICANA E HISTORIA DE LAS IDEAS
EN AMÉRICA EN "FILOSOFíA DE LENGUA ESPAÑOLA"

Eduardo Piazza
BARBARIE AUTÓCTONA E IMPORTADA EN EL POEMA TABARÉ
DE JUAN ZORRILLA DE SAN MARTíN

Luis Ma Delio Machado


ALGUNOS ASPECTOS DE LAS POlÍTICAS EDUCATIVAS DURANTE EL CICLO BATLLlSTA

Eduardo B. Gómez
ESTADO, CULTURA Y LUCHA DE CLASES EN LA ÉPOCA DE LA GLOBALlZACIÓN

FUNDACION DE CULTURA UNIVERSITARIA


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UNIVERSIDAD
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AL LECTOR DE ESTE LIBRO

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un autor, que ha dedicado valioso tiempo para su realización, cubriendo una necesidad, en la for-
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]U edición, julio de 2004

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FACULTAD DE DERECHO
Decano
Alejandro Abal Oliú

INSTITUTO DE HISTORIA DE LAS IDEAS


Directora
Raquel García Bouzas

Comisión de Publicaciones
Raquel García Bouzas
Yamandú Acosta
Susana Vázquez
Luis Delio
Eduardo Piazza
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INDICE

El principio de la igualdad de [Link] estudio comparativo


en perspectiva histórica.
Raquel García Bauzas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9

El concepto de Género: una mirada enriquecedora


para Historia de las ideas. Los aportes de Simone Weil
Susana Vázquez GersÓsimo :................ 21

En busca del método científico (H) Aventura y desventuras


de Galileo Galilei
Héctor R. Olazábal. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 45

Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez


Sylvia de Salterain 75

Arturo Ardao: filosofía americana e historia de las ideas en América


en "Filosofía de lengua española"
Yamandú Acosta . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87

Barbarie autóctona e importada en el poema Tabaré


de Juan Zorrilla de San Martín .
Lic. Eduardo Piazza Foja 95

Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista


Lic. Luis M. Delia Machado 107

Estado, cultura y lucha de clases en la época de la globalización


Lic. Eduardo B. Gómez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125
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El principio de la igualdad de oportunidades

EL PRINCIPIO DE LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES.


Un estudio comparativo en perspectiva histórica.

Raquel Gorcía Bauzas (*)

"todavía una generación más tarde resuena en las palabras del retrospectivo Hegel
el asombro de los mismos filósofos sobre lo inaudito: que los hombres se habían
ajustado a los pensamientos filosóficos y habían construido la realidad política
según ellos." (1)
Teniendo en cuenta que los filósofos nos sirven para aclarar o expresar las
complejidades de la teoría, pero que las comunidades humanas son las que cons-
truyen y reconstruyen en la vida cotidiana cada una de las ideas, transformando
los principios, que son siempre abstractos, en afirmaciones que van perdiendo su
carácter unívoco, podemos llegar a la conclusión de que las grandes teorías dejan
mucho por decir desde el punto de vista de la construcción de criterios públicos.
Los criterios públicos se legitiman socialmente y se consolidan institucio-
nalmente en el proceso histórico, como toda construcción humana, pero tienen
también otra particularidad, además de su historicidad, ya que son capaces de
desarmar las teorías, de enunciar desde fuera de los sistemas, de fundamentar
cruzando las argumentaciones provenientes de fuentes ideológicas opuestas, de
reformular principios desde puntos de vista que poco tienen que ver con un pen-
samiento analítico, y de llevar a la discusión, sin que ella deje de ser calificable
como intelectual, principios concretos de justicia.
Para quien se propone estudiar la construcción histórica de criterios o valo-
res públicos, se hace por otra parte interesante la reconstrucción, mediante un
método con el cual se arriesgue cierto grado, el mínimo imprescindible, de desar-
ticulación de las grandes teorías, descubrir en ellas otras teorías implícitas, ar-
mándolas en torno a algún principio específico, en este caso, el de la justicia. En
realidad, la teoría de lajusticia no es una teoría, sino un debate contenido dentro
de las grandes teorías de la filosofía política. En ese debate se enfrentan ideas

(") Profesora Titular de Historia de las Ideas. Facultad de Derecho.


(1) J. Habermas, "Derecho natural y revolución". En "Teoría y praxis", Tecnos, 1971, p. 87.
Raquel Gorcía Bauzas

provenientes de diversas concepciones del hombre, de la sociedad y del Estado y


de ellas se pueden inferir diversas concepciones de la justicia, y, en especial, de
la justicia distributiva de derechos y de bienes.
Como resultado de esta reconstrucción, algunos autores de la teoría política
aparecen más lejanos o más cercanos a nuestras concepciones de la justicia en
una sociedad democrática, e, incluso, pueden aparecer como más liberales o me-
nos liberales de lo que se consideraba desde el punto de vista de los principios
propiamente políticos de sus respectivas teorías del gobierno. El caso más extre-
mo es sin duda, entre los clásicos, el de T. Hobbes. Tal como la clasificación de
contractualista deja abierta la más variada incertidumbre en cuanto a la teoría
del gobierno en cualquiera de los contractualistas, la definición de absolutista
proveniente de las ideas de Hobbes sobre el poder, si bien se vincula con las
relaciones de subordinación entre los individuos, permite una lectura mucho más
igualitaria si se tienen en cuenta principios de justicia formal y distributiva,
como por ejemplo, la igualdad de los súbditos ante la ley o la propuesta de recau-
dación fiscal en relación con el consumo personal. Su teoría de la justicia no
puede explicarse sin acudir a las ideas que algunos radicales próximos a Thomas
Cromwell difundieron a favor de la igualdad de los hombres y a la necesidad de
que las carreras estuvieran abiertas a los talentos, claramente discrepantes con
la situación social del período de los primeros Estuardos, a la que consideraban
injusta, por efecto de la corrupción y la inseguridad (2).
Christopher Hill ha presentado los orígenes intelectuales de la revolución
inglesa, destacando como antecedentes algunas ideas populares, como la de que
"el mérito es mucho más que el nacimiento"; la perturbadora doctrina de la supe-
rioridad de la virtud sobre el nacimiento había sido expresada con frecuencia por
los radicales antes de que apareciera implícita en los principios de justicia de
Hobbes. Las ideas contractualistas, provenientes tanto de las prácticas de algu-
nas congregaciones, como del derecho de propiedad, minaron los principios feu-
dales y prepararon el campo para que se pudiera definir a la justicia nada más
que con el pacto. Si damos esta mirada a la teoría de Hobbes desde el punto de
vista de los criterios de justicia, podemos encontrar nuevas explicaciones sobre
la razón de que su filosafia fuera inaceptable para los respetables propietarios
que dominaron la Inglaterra de la posrevolución (3).

(2) Para Agnes Heller Hobbes había creado ya un modelo político que realizaba si-
multáneamente dos tareas: 1-las normas morales y legales debían coincidir, y las leyes debían
promover la rectitud. 2- la máxima libertad del individuo debía asegurarse sobre la base de la
obediencia absoluta a las leyes y normas."Aquí, el primer gran edificio del concepto ético político de
justicia fue al mismo tiempo el último"- dice Heller, en "Mas allá de la justicia, pago 106.
(3) Dice C. Hill, en "Hobbes y Winstanley, razón y política": "Hobbes despojó a la sociedad y al
Estado de toda la patarata que el compromiso de 1660 hizo esencial establecer: monarquía y aris-
tocracia hereditarias, obispos."
En "El mundo trastornado" "El ideario extremista en la Revolución inglesa del siglo XVII,
[Link] XXI, 1983, p.380.

10
El principio de la igualdad de oportunidades

Podría afirmarse que con Hobbes comienza a desarrollarse la teoría de las


ideas modernas sobre lajusticia, no sólo por su insistencia en la igualdad natural
de todos los hombres, sino sobre todo por el enunciado de derechos formales que
aseguren una emancipación indirecta, proveniente de la autorización para per-
seguir objetivos de vida personal que maximicen la utilidad. Es también en Hobbes
en quien podemos encontrar los orígenes del positivismo jurídico moderno, sos-
tenido en los principios del derecho a la autonomía privada y a la vez, en la
obligación a la obediencia a la ley, en lo que Habermas llama creación autónomo-
contractual de la coerción jurídica.
El ejemplo que hemos presentado con Hobbes señala un camino posible para
repensar una historia de las ideas sobre la justicia que nos permita descubrir la
enunciación propia de cada autor, y, a su vez, nos remita al estudio de la cons-
trucción de criterios históricos públicos. Este segundo aspecto requiere el punto
de vista desde la formación de una opinión pública, proviniendo ésta de un proce-
so de common sense de las convicciones comunes y de la negociación política.

LA TEORíA DE LA JUSTICIA ENTENDIDA COMO


HISTORIA DE LOS CRITERIOS PÚBLICOS
La historia de los criterios públicos requiere el tener en cuenta las tradicio-
nes y las particularidades de las diversas coyunturas temporales por las que
pasan las comunidades humanas. Así, por ejemplo, es posible descubrir la dife-
rencia entre las concepciones de la justicia enunciadas en las declaraciones de
derechos de las diversas revoluciones liberales, discriminando qué derechos eran
prioritarios y cómo se relacionaban con la tradiciónjusnaturalista, expresándose
en el caso inglés en la necesidad de sancionar en forma positiva la protección de
la propiedad, o, en el caso de los colonos americanos, en una situación más favo-
rable al acceso real a la propiedad y a la igualdad ciudadana, en la protección de
la esfera privada con respecto a la intervención del Estado. Habermas sostiene
que La fórmula dicotómica sociedad natural- sociedad civil se transforma en la
de sociedad civil-estado. Los principios de justicia se orientan en un caso hacia la
tradición histórica del common law y en el otro hacia la autorregulación social de
un pueblo próspero que debe defenderse de todo despotismo.
Si continuamos con nuestro método de relacionar los principios de justicia
con la construcción histórica de criterios públicos, encontramos que con Locke la
justicia deja de tener un sentido vinculado al contexto ético-político, es decir,
social, dando lugar a la legitimidad por consenso y que para Rousseau, en el caso
francés, continúa siendo válida la interrelación entre rectitud y sociedad justa.
Ambos puntos de vista fueron reconocidos como criterios teóricos que los redac-
tores de la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 tuvieron
en cuenta. Habermas ha explicado como esta declaración introdujo la positivación
del derecho natural y cómo "La única base sobre la que puede fundamentarse la
constitución correcta es una evidencia del orden natural llegada al poder por
Raquel Gorcía Bauzas

medio de la publicidad." "Una opinión pública ilustrada hasta la evidencia ga-


rantizará, con un dominio de las leyes absoluto y despóticamente impuesto, la
legitimidad del estado social." (4).
Las reflexiones de Habermas nos conducen directamente al reconocimiento
del proceso de construcción de los criterios públicos de justicia revolucionarios,
proceso sustentado en una opinión pública ilustrada y, a la vez, en una práctica
de negociación política, que en el caso de la declaración francesa resultó en pun-
tos de vista mayoritariamente sustentados en el modelo inglés y minoritariamente
compensados por ideas jusnaturalistas impulsadas por los fisiócratas y los
rousseaunianos.
Una vez explicado el método a seguir en una historia de los criterios públicos
de justicia. presentados como una construcción histórica de las sociedades, en la
que son protagonistas las instituciones: el Estado, la educación, la academia in-
telectual, la religión, los partidos o las facciones políticas, trataremos de acotar
las ideas contenidas en este proceso histórico que debemos rastrear.
La historia de cada comunidad va marcando las etapas de un debate en tor-
no a valores relacionados con lo que esjusto o injusto. A partir de esos criterios se
legitiman normas o reglas de conducta a las que llamamos principios de justicia,
que se refieren también a las prioridades que unos hombres tienen con respecto
a otros en razón de sus méritos o deméritos. Estas prioridades pueden conside-
rarse actos de distribución, dando a la justicia social el nombre de justicia
distributiva, y fundamentando entonces criterios de desigualdad, junto con la
admisión de un mayor o menor rigor en la aplicación de las propias normas.
Por otra parte, esa construcción pública debe mucho a los enfrentamientos
políticos promovidos por la denuncia de la injusticia, que afloran a la opinión
cuando las sociedades pasan por situaciones históricas que presentan una consi-
derable escasez de bienes materiales o una notoria inconsistencia de la regla de
oro de la justicia, la aplicación consistente y continuada de las mismas normas a
todos los miembros de la comunidad.
Cuando no se trata de ese tipo de coyunturas históricas, los conflictos socia-
les y políticos se centran en la consideración de la justicia o injusticia de las
propias normas y leyes. Son injustas no desde el punto de vista moral, sino desde
una convicción social y política.
En toda situación histórica, los conflictos sociales y políticos aparecen como
custionamiento de las normas que se consideran injustas, y esto es porque ellas
no resuelven el problema de la insatisfacción de las necesidades sociales. Ellos

(4) Señala Habermas que la instrucción del pueblo era la pieza central de la teoría fisiocrática
"Los fisiócratas prepararon bien el terreno: no parecía poder haber duda alguna sobre el sentido
publicitario de una declaración de derechos humanos cuando, finalmente, se había llegado al punto
de que la opinión pública podía dictar las leyes a los legisladores. Los mismos filósofos se habían
convertido en legisladores." Ob. Cit. pág. 94.

12
El principio de la igualdad de oportunidades

también se refieren a la regulación de las dos pretensiones humanas de libertad


y de vida. Hasta dónde llega la libertad individual y si deberían aumentar o
disminuir las oportunidades de vida de unos y otros individuos es un asunto
político conflictual y la justicia distributiva expresa los contenidos de este con-
flicto.

EL PRINCIPIO DE LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES


Desde el punto de vista político, entonces, el objetivo de la justicia sería
realizar la norma universal de libertad igual para todos y, a la vez, la norma
también universal de igualdad de oportunidades de vida para todos.
Uno de los principios de justicia más referido en la actualidad es el de la
"igualdad de oportunidades", en que se correlacionan las pretensiones de igual-
dad con las de libertad. Previamente se ha dirimido en el debate interno del
liberalismo la relación entre ambos conceptos, libertad e igualdad, con los más
amplios argumentos, a favor de la prioridad de la libertad (5). Por lo tanto, si
quisiéramos rastrear el origen de este principio de igualdad de oportunidades,
deberíamos profundizar en la opinión de los autores sobre el contenido de la
igualdad, en su relación con la libertad. Recién entonces podríamos pensar en
cómo regular la injusticia producida por la desigualdad proveniente de la defini-
ción prioritaria de la libertad. El principio de igualdad de oportunidades queda-
ría entonces planteado como una compensación de la desigualdad proveniente
del libre juego de la personalidad individual.
Como el texto alrededor del cual se desarrolla actualmente, y ya desde hace
décadas, el debate sobre el contenido de esta igualdad de oportunidades es el de
la Teoría de la justicia de J. Rawls, se puede partir de sus afirmaciones: " Esto
significa que, además de ofrecer iguales oportunidades de enseñanza y cultura, a
personas similarmente capacitadas, bien subvencionando escuelas privadas o
estableciendo un sistema de escuelas públicas, también refuerza y subraya la
igualdad de oportunidades en las actividades económicas y en la libre elección de
ocupación. Esto se logra programando la conducta de las empresas y las asocia-
ciones privadas y previniendo el establecimiento de restricciones monopolísticas
y barreras a las posiciones más deseadas. Finalmente, el gobierno garantiza un
mínimo social, bien en asignaciones familiares y subsidios especiales, por enfer-
medad y desempleo o más sistemáticamente, por medios tales como un impuesto
negativo sobre la renta." (6).
Como podemos ver, la propuesta de Rawls intenta llevar a la práctica sus
dos principios de justicia por medio de un recurso a la actividad del Estado, apli-

(5) Sin dejar de tener en cuenta la relevante posición de Dworkin a favor de la prioridad del
principio de igualdad, ni los intentos de Dahrendorf para demostrar que entre las ideas de libertad
e igualdad no reside ningún antagonismo.
(6) Teoría de la justicia, pág. 313.

13
Raquel García Bauzas

cando políticas compensatorias a costa de los sectores privilegiados que no cum-


plan o cumplan en forma parcial con el principio de la diferencia.
No sólo se admite, sino que se considera necesaria una función de redistri-
bución, haciendo jugar su rol a cada componente de la tríada recursos-estado-
individuo. La imagen del estado de bienestar queda muy explícita ya que su
tarea es preservar la justicia de las porciones distributivas mediante la tributación
y los reajustes necesarios sobre los derechos de propiedad. Impone ciertos im-
puestos sobre la donación y sucesión y establece restricciones sobre los derechos
de transmisión.
Es importante destacar que el propósito de estos impuestos y reglamenta-
ciones no es incrementar la renta (ceder recursos al gobierno), sino corregir, gra-
dual y continuamente, la distribución de riqueza y prevenir concentraciones de
poder pe:rjudiciales para la equidad de la libertad política y de la justa igualdad
de oportunidades.
Por ejemplo, el principio del impuesto progresivo debe aplicarse a la muerte
del beneficiario (como impuesto a la herencia). Haciendo esto, se alentará una
amplia dispersión de la propiedad, que parece ser una condición necesaria si ha
de mantenerse el justo valor de estas libertades (7).
Rawls plantea la posibilidad de un impuesto proporcional sobre el consumo,
basándose en el criterio de igualdad, tal como lo había propuesto Hobbes. Las
tasas progresivas sólo serán necesarias para preservar la justicia de la estructu-
ra básica, ya que no se trata de maximizar el balance neto de satisfacción, sino de
establecer instituciones básicas justas.
El aporte de Rawls a la concepción clásica de la igualdad de oportunidades
reside en que no se refiere puntualmente a ésta en el comienzo de la vida, o en el
arranque de la "carrera Inicial", sino que de su teoría se infiere una acción de
control sobre la justicia de la estructura básica, siendo ésta la garantía de la real
igualdad de oportunidades.
Cuando la estructura básica es injusta, pueden reducirse las expectativas de
algunos mejor situados, y entonces la concepción democrática no será compati-
ble con el principio de la eficacia, si éste significa que sólo se permiten cambios
que mejoren las perspectivas de todos. La justicia tiene primacía sobre la efica-
cia.
Por otra parte, lo que busca es maximizar las perspectivas de los más
desfavorecidos. Si esto produce beneficios para todos, incluso para los más favo-
recidos, habría consistencia entre eficacia y justicia, pero sólo entonces.
El principio de la igualdad de oportunidades se conecta con el de la diferen-
cia, teniendo un sentido prioritario. "Las desigualdades sociales y económicas
habrán de disponerse de tal modo que sean tanto para proporcionar la mayor

(7) T J. pág. 315.

14
El principio de la igualdad de oportunidades

expectativa de beneficio a los menos aventajados, como para estar ligadas a car-
gos y posiciones asequibles a todos bajo las condiciones de una justa igualdad de
oportunidades" (8).
Puede considerarse que la posición de Rawls en el tema de la igualdad de
oportunidades han hecho avanzar la teoría hacia una ampliación del concepto,
no sólo en el sentido que acabamos de explicar, aplicándolo en toda circunstan-
cia, sino también en el sentido de la vinculación entre igualdad de oportunidades
y democracia social. Ninguna sociedad podría ser "bien ordenada" si no está regi-
da por la igualdad de oportunidades, que es prioritaria en relación con cualquier
tipo de desigualdad y por lo tanto, determinante de la legitimidad de las diferen-
cias.
Puede pensarse que semejante avance a favor de la igualdad entraría en
contradicción con las opiniones de buena parte de los autores liberales, y tam-
bién, que no es muy clara la forma en que se podrá llevar a los hechos la priori-
dad de la igualdad de oportunidades sobre el principio de la diferencia. E,awls
llega a la conclusión de que se trata de un proceso de autocomprensión de cada
comunidad jurídica, que tiene que ver con los principios compartidos que están
en el sentido común, así como en las más esenciales tradiciones. Se trata enton-
ces de un proceso histórico, que culminaría en un ordenamiento justo de la socie-
dad.
Este planteo teórico tiene por otra parte, una particularidad: no se refiere a
la prioridad de ninguna necesidad. Si rige el principio de la igualdad de oportu-
nidades en cada instancia de decisión personal en relación a su plan de vida, y si
cada uno recibe el conjunto de bienes primarios a que tiene derecho, podrá satis-
facer buena parte de sus necesidades, que, por otra parte, variarán de acuerdo a
su concepción del bien.
Sin embargo, las necesidades de los individuos son datos imprescindibles
cuando existe debate político sobre cuáles son las necesidades que deben satis-
facerse, en una situación histórica en que los bienes son limitados y, sobre todo,
en aquellas cOYunturas en que se han reducido.

UBIQUÉMONOS EN EL URUGUAY DE HOY


Si intentamos aplicar alguno de los sentidos del principio de igualdad de
oportunidades a nuestras tradiciones sobre la justicia o simplemente nos regi-
mos por lo que podríamos considerar el sentido común, encontramos obstáculos
que provocan contradicciones no sólo en la aplicación práctica del principio, sino
en su enunciado mismo. Cuando en el Uruguay se difunde este principio de jus-
ticia, aparece impulsado por la denuncia de la injusticia. Se dice que no hay
igualdad de oportunidades.

(81 T.J. pág. 105.


----------------- ~----~~

Raquel Gorcío Bauzas

¿Por qué no hay igualdad de oportunidades? Porque no están satisfechas las


necesidades que aseguran la vida. No se trata de asegurar las opciones libres de
los individuos en la carrera por la vida, se trata de asegurar la sobrevivencia. El
primer enunciado es la igualdad de oportunidades para mantener la vida, que
incluye alimento, salud, abrigo y vivienda. El segundo enunciado es el que se
refiere a la posibilidad de lograr algo más que la sobrevivencia, algo que pueda
vincularse con una proyección personal más allá de ese umbral mínimo de man-
tener la vida. En la concepción liberal entra entonces el contenido competitivo de
los méritos que hacen que algunos lleguen más lejos que otros. Una vez asegura-
da la vida, se compite por los puestos de trabajo. La mayor parte de las preocupa-
ciones de la gente se orienta a resolver o mejorar sus posibilidades de lograr
empleo .La igualdad de oportunidades es, en esta segunda instancia, la de com-
petir con otros por el premio de las mejores condiciones laborales.
Veamos ahora cuáles son nuestras tradiciones intelectuales al respecto. Co-
mencemos ubicándonos a comienzos del siglo pasado, cuando se hace visible en
la opinión pública el debate sobre la justicia. Tendremos en cuenta, inicialmente,
la idea que reconoce la superioridad del trabajo intelectual. Abundan los testi-
monios que demuestran que "quemarse las pestañas" es un mérito incuestiona-
ble para lograr ventajas en la lucha por la vida. El principio de igualdad de opor-
tunidades se centra entonces en el campo de la educación. Tiene el fin estratégi-
co de disciplinar y de formar ciudadanos con iguales derechos pero conjuntamen-
te da la pauta para establecer algún principio de la diferencia.
De tal modo es así, que C. Vaz Ferreira llega a hablar de educación corporal
y de educación espiritual, abarcando en el campo de la educación la salud del
cuerpo, lo que iniciaría el camino histórico de la idea de que la educación com-
prende la asistencia en alimentación y salud física, además de la instrucción
(que es educación espiritual porque agrega educación de valores). La educación
tiene a partir del discurso reformista y por tradición institucional que ya venía
del siglo X1X, el rol de disminuir las desigualdades en el "comienzo de la vida". La
institución educativa asume el rol de corrector de la injusticia, por la vía de la
extensión de la escuela pública, tanto en lo que se refiere a asistencia como a
educación.
Una vez establecidas estas reglas compensatorias, luego del arranque en la
carrera por la vida, asegurado por la educación y la propiedad de la tierra habi-
tación, todo queda, para Vaz, librado a la libertad, salvo en el caso de aquellos
que fueran "demasiado vencidos", con los que quedaría siempre la obligación de
la asistencia.
Vaz afirmaba que estarían satisfechas "las necesidades gruesas", y no tenía
en cuenta ninguna posibilidad de corrección de la desigualdad más allá de dicha
satisfacción.
El reformismo liberal no presentaba ninguna prioridad de la igualdad de
oportunidades sobre el principio de la diferencia de recursos, por lo que nuestro

16
el principio de lo igualdad de oportunidades

estado de bienestar residía esencialmente en la posibilidad del acceso a la educa-


ción en los distintos niveles, según las posibilidades de cada uno, yen los dere-
chos de la igualdad jurídica, además de una legislación laboral y social de protec-
ción y asistencia al débil (9).
Otros criterios históricos que aparecen como principios de la diferencia están
difusamente vinculados a la idea de mérito y talento, en relación con el éxito eco-
nómico y la prosperidad de los empresarios. Se trata de los hombres que pasaron
de una generación a otra, de empleados a empresarios, de medianeros a propieta-
rios, siendo ejemplo de las dos virtudes justificadoras de la desigualdad: la discipli-
na y el allorro. Aún los socialistas aceptan el criterio del mérito, asociado al trabajo
ya la previsión, reivindicando la fórmula de la justicia de Spencer (10).
En algunos testimonios de comienzos del siglo pasado, comienzan a tenerse
en cuenta criterios utilitaristas que justifican, por ejemplo, que como en época de
escasez de casas, el que las alquile presta un servicio a la sociedad, debería ser
eximido de impuestos, incluso en el caso de que las reciba por donación o heren-
cia (11).
En contraste con la escasa contundencia de estas concepciones intelectuales
sobre la justicia social, hay una denuncia de injusticia que se presenta particu-
larmente fuerte en esa época de nuestro primer debate histórico sobre los crite-
rios públicos de justicja. Es la que considera que la injusticia más importante es
la herencia y en particular, la herencia de la tierra. Está expresada claramente
en las Conferencias de Vaz Ferreira y en la prédica de Batlle y Ordóñez contra el
latifundio (12).
La posición contraria, impulsada por las asociaciones de hacendados, apa-
rece en el texto de Irureta Goyena "Tierra y latifundio, un diálogo de buena fe",
en que el autor afirma que "La justicia estriba en que cada uno reciba el fruto de
su capacidad, de su laboriosidad, de su temperancia y de su economía o las conse-
cuencias de su incapacidad, de su holgazanería, de su sibaritismo o de la prodi-

(9) Como vemos, la posición de Rawls es mucho más radical, exigiendo la corrección continua-
da de toda injusticia en la estructura básica de la sociedad.
(10) Decía Frugoni: "Según el principio de justicia sentado por Spencer, los hombres deben
recibir los beneficios y las consecuencias de su naturaleza y de la conducta consiguiente... ese
principio de justicia sólo podrá cumplirse estrictamente el día en que desaparezcan las diferencias
económicas que caracterizan al régimen actual; porque para que todos los hombres perciban exac-
tamente, de un modo estricto ya conciencia, los beneficios o los perjuicios de su naturaleza o de su
conducta consiguiente, es necesario empezar por colocar a todos los hombres en el mismo
punto de partida." Selección de discursos, 12-11- 1913.
(11) Era lo que sostenía Domingo Arena en la Convención del Partido Colorado de 1925.
(12) Batlle y Ordóñez consideraba que ".. .la herencia es el origen de males enomles en la vida
social, que permite que la riqueza se acumule en manos de unos, mientras que otros viven en la
miseria, que, por lo tanto, la Sociedad, tiene que establecer qué es lo que puede corresponder al que
trabaja, y qué es lo que corresponde a ella.....propongo que cuando el trabajador deje de existir, la
Sociedad se apropie de una parte considerable de lo que deje." Actas de la Convención de 1925.

17
Raquel Gorcía Bauzas

galidad" (13). La fórmula de la justicia expresada desde el sector conservador


con argumentos tradicionalistas se complementaba con la reinterpretación que
Irureta hizo de la fórmula de la justicia de Spencer: "La justicia es el principio
inalienable en virtud del cual uno recibe las ventajas de su conducta y naturale-
za, más los beneficios que le provinieran de sus padres o favorecedores o le tocaren
fortuitamente por concepto de la organización social y respetando el hecho histó-
rico de la apropiación primitiva de la tierra" (14).
En la propuesta reformista, partiendo de la fórmula spenceriana, se atacaba
la herencia señalando la contradicción que ella presentaba con los principios
derivados del mérito en relación con la capacidad y el trabajo. Se señalaba sin
embargo una variante, expresada por Batlle y Ordóñez, quien consideraba que el
éxito no era siempre mérito del individuo, sino que éste había recibido un apoyo
de la sociedad que de algún modo debía reconocer, compensando lo que había
recibido (por medio del impuesto, por ejemplo).
La igualdad de oportunidades se interpretaba a su vez, desde dos posiciones
diferentes: una, la expresada por Vaz Ferreira entendía este principio como una
disminución de la desigualdad en el comienzo de la vida, hasta llegar al mínimo
en que todos podrían emprender la carrera; la otra, en la vertiente socialista,
exigía la igualdad en el punto de partida, negando toda posibilidad de ventaja
derivada del régimen de colaboración social.
Es evidente que ha predominado, en una línea de larga duración en nuestro
breve proceso histórico de un siglo, la concepción de la justicia que alude a la
consideración de los actos desiguales que merecen desiguales recompensas, en
virtud del mérito.
Es en relación con esta idea, firme en nuestros criterios históricos de justi-
cia, que la lectura de Rawls merece algunas reflexiones.
En la segunda etapa del debate sobre la justicia, en que nos encontraríamos
hoy, el concepto de mérito exige una revisión. Si se trata del éxito material, el
talento que debería desarrollarse es el de hacer dinero, o el de maniobrar estra-
tégicamente aprovechando las ventajas sociales, y los méritos morales, por ejem-
plo, no tendrían mayor valor. Si se trata del éxito material, parece poco defendi-
ble en todos los casos, un mérito que exija reconocimiento social en base a la
legitimidad de la diferencia de todos los actos exitosos; si se tratara de mérito
moral, tampoco tendría sentido ningún tipo de premio, ya que acabaría con el
sentido moral del mérito. La lectura de Rawls nos remite a la idea de que es tan
injusto determinar como mérito la superioridad derivada de la herencia genética,
como la que proviene de las ventajas que el sistema da a algunos. Todo ello es

(13) lrureta plantea que, con el aumento de la población, de la producción y las comunicacio-
nes, la propiedad se irá fraccionando.
(14) En "Examen y crítica de las doctrinas de la libertad en el derecho". Pág. 67. Anales dela
Universidad, 1904.

18
El principio de la igualdad de oportunidades

fruto de las contingencias de la vida, en las que no se puede demostrar responsa-


bilidad del individuo.
Por el contrario, quedaría cuestionado en un grado menor el principio de la
diferencia en base a acciones individuales que redundaran en mejora de la condi-
ción de los demás miembros de la sociedad. Aquí se aplica en realidad un princi-
pio utilitarista, que busca la mayor felicidad para el mayor número. Esta
fundamentación utilitarista está presente en el discurso político, justificando las
más variadas posiciones en el tema de la justicia. Es frecuente la denuncia de
injusticia con relación a los ingresos por ciertas actividades que se consideran de
mayor utilidad pública, como las relacionadas con la salud y la educación, así
como, en posiciones de defensa, la legitimidad de la diferencia en las que benefi-
cian indirectamente a los menos favorecidos, como es el caso de los dueños de los
medios de producción que amplían las posibilidades de empleo.
Si, por lo visto, ni el mérito legitima hoy la diferencia de bienes o recursos,
ni la herencia genética o de propiedad parece ya justificar la desigualdad, nos
encontramos en condiciones de recuperar, sin ataduras del pasado, el verdadero
sentido de la igualdad de oportunidades, haciéndola depender de la diferente
necesidad de cada persona y del contexto cultural e histórico, determinando qué
desigualdad se debe reducir o abolir para lograr una real igualdad de oportuni-
dades. Sobre todo, debería demandarse mayor justicia en la estructura de la
sociedad, y no debería recurrirse al principio de igualdad de oportunidades sólo
para lograr el objetivo de hacer menos explosiva una situación social en coyuntu-
ras de gran tensión política, transformando la justicia social en políticas de asis-
tencia.
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weíl

El concepto de Género:
una mirada enriquecedora para Historia de las ideas
Los aportes de Simone Weil

Susana Vázquez Gersósimo (*)

1. INTRODUCCiÓN
Uno de los objetivos fundamentales de la teoría feminista en las tres últimas
décadas, es recuperar la memoria histórica de sus orígenes. La postura meto-
dológica de la historia intelectual nos permitirá desarrollar la mirada histórica
de género; coincidimos con Stromberg respecto a que la tarea del historiador de
las ideas, consiste en «rastrear la historia de la mente humana (Hume) ... descu-
briendo la interacción entre las ideas históricamente relevantes y el entorno so-
cial" (1). Entorno social en el que conviven hombres y mujeres, pero en el que las
últimas, por siglos, han quedado invisibilizadas, porque ha sido una historia es-
crita por los hombres y, durante muchos siglos también, para los hombres.
En los programas de Historia de las ideas no figuran mujeres; más allá de
que en los cursos de historia yen la bibliografía especializada de la disciplina de
las últimas décadas, fundamentalmente por la obra investigativa de los historia-
dores de las mentalidades se haya introducido dicha temática, la historia de las
ideas aún no registra su presencia. ¿Es que en el plano de las ideas los aportes de
las mujeres a través de la historia no han sido significativos?
A poco que nos interesemos por alguna o algunas de ellas, -como haremos en
el presente trabajo, especialmente a propósito de Simone Weil- veremos que ello
no es así. Adelantemos que, casi como regla, transcurre un largo período de tiem-
po luego de escritas, para que sus ideas sean consideradas y los estudiosos descu-
bran el valor de sus propuestas. Podríamos citar numerosos ejemplos: Rosa
Luxemburgo, Flora Tristán, Mme. de Stael, Mary Wollstonecraft y, entre noso-

n Prof. Agregada de Historia de las Ideas, Facultad de Derecho. Prof. Agregada de Historia
Contemporánea en el Instituto de Profesores "Artigas".
(1) Stromberg, Roland N. Historia intelectual europea desde 1789. Debate. Madrid, 1995 (3 a •
ed.).

21
Susano Vázquez Gersósimo

tros, Paulina Luisi, Enriqueta Compte y Riquet, María Eugenia Vaz Ferreira,
etc. También ello es visible en el terreno de la historia de las artes plásticas de la
música, de las ciencias...
Es en el marco de la historia de las mentalidades -aunque sin confundirla
con la historia de las ideas contra la cual también, en parte, nació- que introdu-
ciremos el concepto de Género, como también pueden introducirse la de otros
actores invisibilizados de la historia: razas, etnias, minorías marginadas, etc.
procurando develar las «nebulosas mentales» ligadas a los sistemas de creencias,
valores, equipamiento intelectual: todo ello sin separarla de las estructuras y de
la dinámica social en que juegan, se entrelazan las mentalidades o psiquismos
colectivos e individuales de los actores de la historia: de ellos y de ellas. «Salida
en buena parte de una reacción contra el imperialismo de la historia económica,
la historia de las mentalidades no tiene que ser ni el renacimiento de un
espiritualismo superado -que se ocultaría bajo las vagas apariencias de una in-
definible psiché colectiva- ni el esfuerzo de supervivencia de un marxismo vul-
gar que buscaría en ella la definición barata de superestructuras nacidas mecá-
nicamente de las infraestructuras socioeconómicas. La mentalidad no es un re-
flejo." (2)
Los estudios de género surgidos en la década de los '80, en el seno de las
corrientes feministas y las Ciencias Sociales, constituyen hoy un campo inter y
transdisciplinario que alumbra con nuevas significaciones los procesos históri-
cos (3).
El concepto de género constituye hoy una dimensión fundamental para la
comprensión de las desigualdades sociales: "El concepto de género, se utiliza para
aludir a las formas históricas y socioculturales en que hombres y mujeres
interactúan y dividen sus funciones. Estas formas varían de una cultura a otra y
se transforman a través del tiempo. Bajo esta acepción el género es una categoría
que permite analizar papeles, responsabilidades, limitaciones y oportunidades
diferentes de hombres y mujeres en diversos ámbitos tales como una unidad fa-
miliar, una institución, una comunidad, un país, una cultura» (4).
Es decir, que la mirada histórica de género es abarcativa de las relaciones
entre mujeres y hombres actores y pensadores de la historia, partiendo de la
multidimensionalidad del ser humano en tanto unidad biológica, cultural y psi-
cológica y de las distintas atribuciones de sentido que cada cultura y cada época
histórica asignan a la diferencia sexual. Para Rosario Allegue y Elina Carril «se
entiende por género la construcción sociocultural e histórica que cada sociedad

(2) Le Goff, Jacques. Las mentalidades una historia ambigua. Pág. 95 en "Hacer la Historia",
Vol. lII. Laia. Barcelona, 1980.
(3) Zemon Davis, Natalie. Judía, Católica, Protestante. Tres mujeres al margen en el siglo
XVII. Versión francesa Ed. Du Seuil. La librairie du XX2 Siecle.
(4) Aguirre, Rosario. Las relaciones entre hombres y mujeres bajo sospecha. Cap. 1, pág. 19.
Doble cHc. Montevideo, 1988.

22
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weíl

realiza sobre uno y otro sexo" (5). Por ello, el género como categoría de análisis es
siempre relacional: al intelior de cada disciplina, implica una labor deconstructiva
y reconstructiva de los datos históricos, que nos lleva a la noción de complejidad
(Mm-in) para repensar las formulaciones interdisplinarias.
Hoy, desde el 2003, podemos afirmar que los estudios de género ya tie·
nen su propia historia en nuestro país: fragmentada, heterogénea en rela-
ción a su valor, desarticulada, muchas veces difícil de aprehender en su real
significado por la multiplicidad de sus aportes y de sus trincheras, que van desde
enjundiosos y pioneros estudios de académicas uruguayas destacadas, hasta agi-
taciones periodísticas coyunturales y acciones parlamentarias, que también con-
tribuyen a la causa de la reivindicación de los derechos de las mujeres.
Sintetizando mucho, podríamos decir que la década del 60 vio manifestarse
el interés emancipatorio de las mujeres, que identificaron su subordinación como
producto del patriarcado en el ambiente espiritual del '68. En los años siguientes
del 70 buscaron la visibilidad y comenzó la elaboración de un importante mate-
rial de investigación y crítica. El impulso de los organismos internacionales esta-
bleciendo el Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1975-1985) y la de-
claración del Año Internacional de la Mujer en 1976, mundializaron la concien-
cia de las desigualdades y comprometieron a las Naciones Unidas, especialmen-
te en el campo laboral, en ambiciosos proyectos de rehabilitación de la mujer.
Expresa Rosario Aguirre: "Ellas mismas fueron el motor de la información y
la producción de conocimientos a través de diferentes espacios: esto contribuyó a
que se reconocieran como grupo social fortaleciendo su identidad"....
"En los últimos años se ha producido un desplazamiento del objeto de análisis,
desde las mujeres a las relaciones sociales entre mujeres y hombres. Los estudios
académicos han producido teoría e investigaciones que muestran la complejidad y
la diversidad de concepciones. Sus planteos han sido fuertemente cuestionadores
en relación a la tradición teórica occidental, en términos de poner en cuestión las
relaciones entre Biología y Cultura, pasando a constituir un dilema clave para la
teoría social y un corte transversal a la mayoría de las temáticas. El trabajo acu-
mulado muestra la existencia de un cuerpo teórico en construcción. Una de las
limitaciones para la misma estriba en que la investigación y reflexión han privile-
giado más el estudio de las mujeres que el aspecto relacional" (6).

11. LA ENTRADA DE LAS MUJERES EN EL ESCENARIO DE LA HISTORIA


¿Cómo llegaron las mujeres a tomar conciencia de la marginalidad sufrida a
lo largo de la historia?

(5) Seminario sobre Subjetividad y Género en la Asociación Uruguaya de Psicoterapia


Psicoanalítica. Montevideo, 200l.
(6) Aguirre, Rosario. ob. cit. pág. 43.

23
Susana Vázquez Gersósimo

Se trata de un largo y penoso viaje, con avances y retrocesos. Antes de em-


prenderlo, permítaseme una mirada fugaz a una forma de vida social que dentro
de la civilización occidental significó un hito para la elevación social de la mujer.
Nos referimos a la romántica caballeresca que a partir del siglo XIII conllevó
una nueva mística y una nueva forma de relacionamiento de los sexos: el amor
cortés que convirtiendo a la dama en la suzerana feudal del caballero, implicó
una nueva manera de ser y vivir, expresada en la poesía provenzal cantada por
los trovadores de las cortes seño:'iales del sur de Francia, en los juegos y los
tribunales de amor. Un amor espiritual, aristocrático, reflexivo, imposible, ftiera
del matrimonio, furtivo, en el que la superioridad de la mujer se subraya. La
influencia de este nuevo concepto de la mujer y del amor se proyecta en las nue-
vas formas religiosas, aunque según la postura historiográfica, la afirmación in-
versa -María proyectada en la Dama- es la correcta. El culto de la Virgen se
vuelve protagónico y Europa se cubre de un blanco y maravilloso manto de cate-
drales dedicadas a Notre Dame.
Fue indudablemente la Revolución Francesa el acontecimiento histórico
que significó un corte, un salto cualitativo, en la vida de los hombres y las muje-
res de todas las clases sociales. De los hombres, convertidos ahora, después de la
Declaración de 1789 en ciudadanos libres, iguales y fraternos.
Por supuesto y partiendo de la premisa de que la memoria no es neutra,
digamos que el rol jugado -o reconocido como tal- por las mujeres durante la
revolución, dependerá de la concepción historiográfica que sustentemos sobre la
misma. Compartiendo con Vovelle (7) la afirmación que la revolución no fue un
mito, sino «un giro considerable yen lo esencial irreversible no sólo en la historia
de Francia, sino en la historia del mundo, en parte por lo que destruye, pero
principalmente por lo que anuncia», digamos que la primera República dejó la
semilla del movimiento feminista que las sufragistas del siglo XIX retomarían.
Las mujeres tUvieron un protagonismo, a veces decisivo, en el proceso revolucio-
nario, especialmente en el período 1792-1793 del «resbalón» revolucionario. (Furet,
Richet)
Las mujeres del pueblo estuvieron presentes en las jornadas decisivas del
movimiento popular, inclusive cuando se desató « la violencia de la pica y el
farol». El 14 de julio asaltaron y bailaron después La Carmagnole en la plaza de
la Bastilla, trajeron al Rey desde Versalles a París; en esas jornadas memorables
surgieron las «heroínas», tal la valiente amazona Théroigne de Méricourt o la
conspiradora Charlotte Corday que al asesinar a Marat contribuyó a la caída de
los girondinos.
A partir de 1791 se vio el fracaso de la «solución a la inglesa» -que aspiró no
ir más allá de la monarquía constitucional-; en la República establecida a partir
del 10 de agosto de 1792, las mujeres no estuvieron ausentes de las luchas entre

(7) Vovelle, tllichel. Introducción a la historia de la Revolución francesa. Crítica. Grijalbo.


Barcelona, 1984 (2").

24
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

las distintas facciones políticas: brillantes mujeres de letras (Mme. de Stáel),


periodistas (Camille Desmoulins), militantes de los clubes seccionales aliadas a
las posturas extremas de los «rabiosos». Otras manifestando su adhesión a la
revolución por su casamiento con los curas «rojos», al mismo tiempo que su re-
chazo a las posturas conservadoras de la Iglesia.
La revolución francesa al borrar totalmente la frontera entre lo público y lo
privado, exigió a los y las ciudadanas «vivir revolucionariamente» y mostrarse
como tales: desde el tuteo fraterno (y obligatorio) hasta el «ménage» del hogar,
etc. La «guerra de las cocardas» está plagada de episodios, muchos de ellos suma-
mente graciosos, que nos muestran la nueva mentalidad revolucionaria.
Pero estaban también las otras mujeres, madres y esposas de los sans-culottes
que acompañaron a sus maridos en todo momento: fueron las miles y miles de
mujeres anónimas que hacían las colas desde la madrugada, para conseguir el
pan, el jabón, las legumbres que escaseaban o estaban acaparadas. Constituye-
ron otro tipo de asambleas, donde se comunicaban noticias y formaban la opinión
pública día a día, presionando a los asambleístas.
El enfoque de género ha provocado un cambio radical en la concepción que
se tenía del militante revolucionario. No vemos más la revolución tan sólo como
la orgía de sangre que planteó Burke; las investigaciones han revelado un
sansculotte que también -y más allá de sus pasiones políticas- fue buen padre
de familia, celoso de la libertad y del derecho de propiedad, un poco menos de la
igualdad, cuya esposa -al decir de «La Mere Duchesne» en sus Cartas Patrióti-
cas- «debe poner orden en el presupuesto de la familia, establecer una proporción
exacta entre entradas y gastos, sobretodo cuando tiene un marido que bebe por seis
y come por cuatro, alimentar a los niltOS que siempre tienen el pico abierto» (8).
También esto se consideraba una tarea revolucionaria.
Las «obreras de la República» -su número varió entre 800 y 1100- reivindi-
caron «a trabajo igual, salario igual». También las mujeres de provincia hicieron
oír similares reivindicaciones: valga como testimonio los argumentos presenta-
dos por una institutriz del Périgord al Comité de Instrucción de la Convención:
"Yo pienso que para propagar la emulación sería necesario pagar a cada uno
según su talento; porque... un hombre por el hecho de ser hombre cobra 1200
libras por enseñar a leer, a escribir y la aritmética, y yo no percibo más que 1000,
enseñando además ortografía, esto me molesta... " (9).
En la vida privada, igualmente, las mujeres se preguntaron «si habría que
continuar trabajando, obedeciendo y callándose»? Condorcet «<Sobre la admi-
sión de la mujer en la ciudadanía,,) en nomhre de la justicia y de la razón, recha-
za las desigualdades entre los sexos y las leyes opresivas que los hombres han

(8) Bertaud, J. La vie quotidienne en Frunce aux temps de la Révolution. 1789-1795. Pág. 195.
Hachett.e
(9) Bertaud, ob. cit pág. 204.
Susana Vázquez Gersósimo

levantado contra las mujeres. "O bien ningún individuo de la especie humana
tiene verdaderos derechos, o bien todos tienen los mismos derechos; y quien vota
contra los derechos de otro, sea cual fuese su religión, su color o su sexo, reniega
en ese momento de los suyos... Si hombres ilustrados pudieron atentar contra sus
propios principios, privando tranquilamente a la mitad del género humano de
los derechos, que al mismo tiempo reconocían a todo ser racional, ello se debe a
un defecto de vigilancia, excusable después de todo, pues en todos los pueblos
conocidos ha habido desigualdad legal entre los hombres y las mujeres» (lO).
Una de las voces más preclaras en la defensa de los derechos femeninos,
durante la revolución, fue la de la inglesa Mary Wol1stonecraft, quien en "Rei-
vindicación de los derechos de la mujer» (1792) centró radicalmente y de manera
programática su defensa, en la dimensión cultural de la opresión de las mujeres.
Lo más importante de esta autora, lo más vigente, fue expresar claramente, que
la emancipación del sexo oprimido no pasaba por la negación de su identidad. Su
objetivo principal no fue que las mujeres asumieran un papel activo en política
sino que reconocieran su responsabilidad en la ciudad, contribuyendo a los es-
fuerzos de la comunidad. Es una postura ética de claros ecos rousseaunianos y de
absoluta actualidad: conciliar los deberes de madre, con los del ama de casa y
ciudadana republicana. Reivindicó para la mujer el derecho de comprender dón-
de está su lugar. Con ella aparece tempranamente, cuán ligado está el funciona-
miento de la democracia a una vida digna y útil de las mujeres, tanto en la esfera
privada como en la pública.
El arto 1° de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
había expresado tempranamente (agosto de 1789): "Los hombres nacen y perma-
necen libres e iguales en derechos». Las distinciones sociales no pueden fundarse
más que sobre la utilidad común»
¿Las mujeres también, se preguntaron las francesas? OIympia de Gouges
publicará, casi de inmediato, la Declaración de los Derechos de la Mujer y
de la Ciudadana:
«Oh, hombre», ¿eres capaz de justicia? .. ¿Cuál es el derecho soberano que
tienes para oprimir a mi sexo ? .. El sexo superior por su belleza y por su coraje en
el curso del sufrimiento maternal, reconoce y declara en presencia del Ser Supre-
mo los siguientes derechos de la Mujer y de la Ciudadana» Y a continuación se
hacía eco de los demás derechos que aparecían en la Declaración de los Derechos
del Hombre: igualdad ante la ley, en las cuestiones cívicas, en la esfera impositiva,
en la posesión de la propiedad, etc.
y en relación al arto 6°, realizaba la siguiente corrección: "La ley debe ser la
expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos de sexo femenino y mas-

(10) Sledziewski, Elizabeth. Revolución francesa. El giro. En "Historia de las Mujeres", T. 4


(págs. 49 y 50 passim).

26
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

culino, deben contribuir, personalmente o a través de sus representantes, a su


formación; debe ser igual para todos; todos los ciudadanos masculinos y femeni-
nos deben ser admitidos igualmente a todos los honores, los cargos y los empleos
públicos, de acuerdo con su capacidad y sin más distinción que la de sus talentos
y sus virtudes».
A partir de ese momento las militantes se lanzaron a participar, hablar,
publicar, fundar Sociedades, etc.
Preguntas antiguas relativas a la mujer, aparecieron bajo un enfoque inte-
lectual nuevo, el de la identidad humana y la igualdad social. Su igualdad frente
a la especie, suponía caracterizar su especificidad respectiva en el espacio social.
Aparecían entonces nuevas preguntas: ¿es la naturaleza la que crea la diferencia
o es la función?, ¿cuáles son las consecuencias de esta diferencia? La diferencia
corporal entre el hombre y la mujer era un dato biológico: ¿pero implicaba otras
distinciones? Se tornó necesario -en las reuniones acaloradas de los clubs
seccionales o en los salones de la alta burguesía- reflexionar a la vez sobre la
igualdad y la desigualdad entre los sexos.
Pero el destino de los derechos de las mujeres estaba ligado a los avatares
políticos de la revolución: la enconada lucha que durante el Terror se desatara
entre Robespierre y los jacobinos por un lado, primero contra los moderados y
después contra los «enragés» -que tenían sus bastiones en los clubes seccionales
donde concurrían asiduamente las ciudadanas militantes- y que llevara a la re-
volución a «devorar a sus propios hijos», la derrota final de Robespierre y su
política de democracia radical en la Convención, significó también la persecución
y disolución del movimiento reivindicativo de las mujeres.
De los grandes debates de la Convención, destacamos un testimonio del di-
putado Amar, que en discurso pronunciado e130 de octubre de 1793 argumenta-
ba respecto a la incapacidad de las mujeres de participar en los trabajos públicos:
«¿.... La honestidad de una mujer permite que se muestre en público, que luche con
los hombres (11) que discuta frente al pueblo, sobre cuestiones de las que depende
la seguridad de la República? En general, las mujeres son poco capaces de con-
cepciones elevadas y de meditaciones serias; y si, entre los antiguos pueblos, su
timidez natural y su pudor no les permitían aparecer fuera de su familia, queréis
vosotros que en la República francesa, se las vea venir a las barras, subir a la
tribuna, a las asambleas políticas como a los hombres, abandonando todas las
virtudes de su sexo y la responsabilidad de su familia?» (12).
Nos dice Sobou1 (13) que en la primavera del año III (1795) después de cinco
años y más de revolución, la acción valiente de una minoría no había conseguido

(11) El 6 de marzo de 1792, la Asamblea Legislativa había recibido una petición con 304
firmas de mujeres que pedían combatir si el gobierno revolucionario declaraba la guerra a la Europa
de la reacción.
(12) Bertaud, J. ob- cit.
(13) Soboul, Albert. Comprender la Revolución francesa. Crítica. Barcelona, 1983.

27
Susana Vózquez Gersósimo

hacer saltar la barrera cultural de la desigualdad social y política de los sexos.


Después de las jornadas de prarial (mayo del 95), la Convención prohibió a las
mujeres «asistir a las asambleas políticas» y les prescribió retirarse a sus domici-
lios bajo orden de «arresto de aquellas que se encuentren reunidas en grupos de
más de cinco». La mujer era remitida a su papel "natural y legítimo", el de esposa
y madre, en el seno del grupo familiar. Para la burguesía revolucionaria, ya fue-
ra termidoriana, ya jacobina, la condición subalterna de la mujer era absoluta-
mente evidente. La reivindicación femenina, y con mayor razón la feminista,
pertenecía aún al plano de la utopía. Pero no se puede ocultar que a través de la
acción reivindicadora se había afirmado el despertar de la conciencia femenina.
Por su audacia, las militantes parisinas del año II, entreabriendo las puertas del
futuro, se anticiparon a la historia.

111. LAS MUJERES ENTRE LA REACCiÓN Y LA REVOLUCiÓN


Los revolucionarios franceses habían ensayado las más diversas formas po-
líticas: monarquía constitucional, república moderada, república radical, de nuevo
la república conservadora, hasta terminar en el poder personal de Napoleón y su
Código Civil de 1804, absolutamente patriarcal, que borró las conquistas revolu-
cionarias, entre otras la Ley de divorcio.
Al ocuparnos del movimiento femenino durante la revolución, pudo parecer
que el apoyo a las reivindicaciones feministas vino siempre de los sectores que
hoy llamamos progresistas y viceversa; la oposición, provino de los elementos
conservadores. Esta afirmación no puede generalizarse; históricamente puede
demostrarse que la pervivencia de mentalidades conservadoras, fruto de la tra-
dición cultural y de la educación, obnubilan a menudo la influencia de la razón.
Un interesante y peculiar ejemplo de esta postura lo vemos en Sylvain Maréchal
(14): su pequeña y curiosa obra a «Proyecto de una ley que prohiba leer a las
mujeres», fue publicada anónimamente en París en 1801 con las iniciales S.M..
Lo que desde el punto de vista de género debe llamar la atención, es que, fue
reeditada en Lille en 1841, en Bélgica en 1847 y nuevamente en París en 1851.
El hecho es demostrativo de la vitalidad de las fuerzas conservadoras, por lo
menos hasta 1870. La obra está dirigida a «Padres de familia, Jefes de la casa y
Maridos
Entre 1830 y 1848 Europa se convirtió en un laboratorio de ensayos políti-
cos sociales y científicos. La idea de cambio, de revolución llegaba a su clímax en
prácticamente toda Europa: 1848 fue "la primavera de los pueblos" para el nacio-
nalismo romántico "el año loco" para la reacción.

(14) Revolucionario, abogado, periodista de profesión, redactor de El Manifiesto de los Iguales


programa ideológico del violento movimiento revolucionario encabezado por Graco Babeuf (1796)
que incluía la abolición de la propiedad privada.

28
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

En el París convertido en patria de los emigrados, una mujer Flora Tristán


(1803-1844), lúcida escritora, autodidacta, laica y republicana, impulsada a la
acción feminista al principio por sus peripecias de vida, va adquiriendo concien-
cia - por sus experiencias y sus viajes que la llevan a comparar distintas socieda-
des- del drama de las mujeres, especialmente las de los sectores trabajadores ;.
escribe y difunde por la prensa sus principios hasta tomar una dimensión inter-
nacional. Sus obras escritas entre 1835 y 1843 no fueron conocidas hasta 1973!
Se acerca primeramente al saint-simonismo, en 1833 se embarca al Perú
buscando una patria que Francia le niega y a partir de ese momento, Flora rei-
vindica la calidad de paria que la ley le asigna doblemente: en Francia como
mujer separada de su marido, en Perú como hija bastarda. En los diez meses que
permanece en éste país, le impresiona la esclavitud en las plantaciones azucare-
ras de la costa del Pacífico. Al regreso publica «Peregrinaciones de una paria»
(l837) toma contacto con los círculos literarios y socialistas de la capital en su
calidad de «mujer sola». Escribe «Necesidad de recibir bien a las mujeres extran-
jeras» y propone los estatutos de una asociación destinada a darles alojamiento a
las mismas cuando viajen al extranjero.
Toma contacto con Charles Fourier a quien ofrece sus servicios: Participa de
la «Gaceta de las mujeres» y ahora, con su propio nombre, interviene en los deba-
tes socialistas en los que se muestra deseosa de realizaciones concretas más que
de cuestiones teóricas (esto le reprocha a Víctor Considerant). Se declara parti-
daria de Owen y del cooperativismo. Los diarios socialistas y republicanos repro-
ducen sus peticiones: «El buen sentido» de Louis Blanc publica e130 de diciembre
de 1837 su petición en favor del restablecimiento del divorcio; El Diario del Pue-
blo» su petición para la abolición de la pena de muerte el 16 de diciembre de
1838. Publica Mefis que será su única novela.
En la misma fecha 1838, consigue, después de trece años de lucha en los
Tribunales, el juicio de separación de cuerpos y su ex marido es condenado a
veinte años de trabajos forzados luego del intento de asesinato a Flora.
Recién entonces recobra su libertad y el uso de su nombre, volviendo por
cuarta vez a Inglaterra -a la que considera el laboratorio de la civilización que se
expandirá por Europa- para continuar sus encuestas sobre las características y
los resultados de la industrialización. 1840 publica «Paseos en Londres», que de
inmediato es seguida de una edición popular prologada de una «Dedicatoria a las
clases obreras».
En 1843 aparece «La Unión obrera» en formato de bolsillo, editada por sus-
cripción, verdadero catecismo revolucionario en el que exhorta a los obreros a
organizarse. Se dirige directamente al pueblo de los talleres para que se consti-
tuyan en fuerza de presión autónoma y representativa para lograr: el derecho
al trabajo, el derecho a la instrucción y el derecho a un mínimo de co-
bertura social. «El honor de los proletarios será de promover la igualdad de
derechos entre los hombres y las mujeres, de poner término a la explotación que se
Susana Vázquez Gersósimo

hace de la mujer, «el proletario de l proletariado". ... Obreros y obreras escúchen-


me: ... el día llegará en que sea necesario actuar y es a vosotros, sólo a vosotros,
que pertenece dirigir vuestra propia causa. Os va la vida en ello... o la muerte!
esta horrible muerte que mata a cada instante, la miseria y el hambre.... Vuestra
acción no es la revuelta a mano armada, el paro en la plaza pública, el incendio
ni el pillaje. No: la destrucción, en lugar de remediar vuestros males, no hará
más que empeorarlos. Las huelgas de Lyon y de Paris lo atestiguan. Vosotros no
tenéis más que la acción legal, legítima, defendible delante de Dios y los hombres:
es la unión universal de los obreros y de las obreras» (15).
La idea de unión obrera llevó a Flora al «tour» de Francia, apoyándose en
sociedades de «compagnonnage», la red de asociaciones fourieristas, las logias
masónicas. No olvidó ni rechazó ningún apoyo. Estando en Burdeos para prepa-
rar la gira, le sorprende la muerte en noviembre de 1844 a los 34 años, dejando
una red de solidaridades a través de los círculos de la Unión Obrera, donde con-
fluyeron discípulos de todas las escuelas de pensamiento. Dio una dimensión
internacional a su combate por los derechos de las mujeres primero y de los y las
obreras después.

IV. NUEVOS ROLES PARA LAS MUJERES: DE LA BELLE EPOQUE AL SIGLO XX


La óptica de género ha permitido a los investigadores de la vida privada
(16) reescribir la historia de la época. La revolución francesa había pretendido
destruir la frontera entre lo público y lo privado; la pervivencia de seculares
estructuras mentales restablecen, hacia fines del siglo XIX, a la familia como
totalitaria, en el sentido de asignar finalidades a sus miembros y a las clases
sus roles dentro de la sociedad. Pero ahora, la misma puede verse amenazada en
su autonomía por la intervención creciente del Estado. Al amparo de éste,
las nuevas clases medias de las ciudades irán accediendo a la educación, al sufra-
gio, se insertarán en los grandes partidos de masas, o se convertirán en los fun-
cionarios de los servicios públicos del Estado
Los derechos sociales y políticos que lenta y gradualmente fueron conquis-
tando los trabajadores y trabajadoras con sus luchas, demostraban el abismo
existente entre las clases, testimoniado en la literatura de la época (Balzac,
Baudelaire, Víctor Rugo,.) y en los escritos de los socialistas: desde los primeros
planteos de mediados de siglo del llamado por Alexandrián «socialismo románti-
co» (17) (Saint-Simon, Fourier, Owen, el «primer» Proudhon, etc.) a las denun-
cias provenientes del naciente catolicismo social (Lamennais), informes parla-
mentarios (Villermé en Francia), hasta el pormenorizado Informe sobre la situa-

(15) Traducción libre de la autora de este artículo.


(16) Aries, Philippe y Duby, Georges - Historia de la vida privada. T. 4. Tauros. Madrid,
1990.
(17) Alexandrian, Sarane. El socialismo romántico. Ed. Laia. Barcelona, 198.3

30
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

ción de la clase obrera en Inglaterra de Federico Engels y el programa revolucio-


nario del Manifiesto Comunista de Carlos Marx en 1848.
Importa destacar, contribuyendo a la destrucción de uno de los mitos defor-
mantes de la historiografía tradicional, que la vida de placeres y refinamientos
que gozaban los sectores del denominado «gran mundo» se compatibilizaba con
una intensa actividad en el campo de sus respectivas empresas y establecimien-
tos. Actividad que también comprendía a las mujeres, esposas de estos burgue-
ses «conquistadores" (18).
Subrayaremos algunos rasgos de la sociedad finisecular, que nos permitirán
ubicarnos correctamente desde el concepto de género, al analizar la obra de Simone
Weil:
1) En el último cuarto del siglo, el positivismo dominaba como sistema de
saber absoluto: no se reconocía más saber que el científico y éste era sinónimo de
certeza, convirtiéndose en un mito unificador, tanto en Europa como en Améri-
ca, en el momento de la organización de las nacientes nacionalidades. 2) El domi-
nio de la ciencia y la técnica, se convirtió en una nueva teología, legitimó el orden
burgués, señaló el progreso como una finalidad ineluctable de la historia. Esta
idea de progreso permeó la mentalidad de las clases dominantes, estableciendo
una escala de valores que se mantuvo prácticamente hasta los setenta del siglo
XX. 3) El principio de la evolución de las especies justificó moralmente a una
sociedad en la que sólo sobrevivían los más aptos. En manos de sus iniciadores se
convirtió en una filosofía yen una nueva fe. 4) Rigurosamente estratificada y
ordenada, era una sociedad que aún presentaba una gran permeabilidad social,
que hacía posible el ascenso social en una sola generación. 5) El proceso de refor-
mas que se cumplía -con distintos ritmos según los países- llevaba hacia la de-
mocratización de los estados y ello conllevaba la necesidad de extender la educa-
ción, hacerla gratuita y consecuentemente laica y arrancándola de la órbita de
las Iglesias (19).
Las relaciones entre lo público y lo privado estaban en el corazón de toda la
política postrevolucionaria. El problema estaba en definir las relaciones entre
Estado y sociedad civil, entre lo colectivo y lo individual, nos dice Michelle Perrot.
Lo fundamental, como expresáramos anteriormente, era la importancia atribui-
da a la familia como célula base: se la consideraba un «ser morah, un grupo
«holista», además de una unidad productora en la edificación de muchas fortu-
nas.
Es notoria, en el caso inglés, la influencia del ideal evangélico adoptado por
la burguesía, combinado con el utilitarismo primero (Bentham, James MilI) y el
positivismo después, que deslindó claramente las dos esferas: la pública para el

(18) de Morazé, Charles. El apogeo de la burguesía. Labor. Barcelona, 1964.


(19) En el Uruguay las obras de José Pedro Varela: La Educación del pueblo, La legislación
escolar y De los Derechos de la Mujer, respondían a las mismas inquietudes.

31
Susana Vázquez Gersósimo

hombre, la privada para la mujer. Según las clases, la figura de la madre pudo
adquirir perfiles variables, pero esencialmente «la esposa y madre amantísima»,
la eficiente administradora que reproduce, por otra parte, las virtudes de su
reina El «querido Alberto» (parafraseando a Victoria) devendrá, a su vez, símbo-
lo del esposo fiel y «pater familias» responsable, que la sociedad industrial co-
mienza a exigir: eficacia, orden y seguridad conforman su perfil. La femineidad
de sus mujeres -las de los sectores altos- radicará en su capacidad de depender.
Estas posturas se reflejaban ante todo en la educación y permearon, además, la
mentalidad de los sectores medios y bajos.
Por otra parte, sintonizaban en algunos aspectos, con la prédica que muchos
sindicalistas realizaban luchando por combatir el alcoholismo de los obreros y la
prostitución femenina en los sectores humildes.
En la última etapa de su vida, J ohn Stuart Mill fue un entusiasta defensor
del divorcio y del voto femenino, escribiendo en 1869 «La sujeción de la Mujer» y
reivindicando como diputado liberal, entre 1865-68 cuando se discutía la Ley de
Reforma que se aprobaría en 1867, la extensión del sufragio a la mujer, en su
obra «El gobierno representativo» (José P. Varela estaba en Londres durante el
desarrollo de estos debates parlamentarios, siendo visible la influencia de las
ideas de Mill en la concepción de su programa reformista)
Para GeneviEwe Fraisse y Michelle Perrot, la modernidad fue una oportuni-
dad para las mujeres. «El siglo XIX parece construir un nexo, a modo de bisagra,
en la larga historia de las mujeres, como si se redistribuyeran las cartas tradicio-
nales, las que se juegan entre el trabajo -en el taller o en la casa- y la familia .
Volvemos a dar las cartas, y entonces se ven nuevos juegos: si la vida de las mu-
jeres se transforma, ¿cómo saber qué es lo que piensan? ¿Se adhieren a las nuevas
reglas propuestas, consienten en el orden que se les impone? (20).
El feminismo de las dos primeras décadas del siglo XX, calificado hoy día
como «maternalista» se debilita tras la primera guerra mundial; el conflicto béli-
co al apelar a la mano de obra femenina en forma masiva, cambió radicalmente
las formas de vida, las aspiraciones y los valores de las nuevas obreras de las
grandes fábricas y usinas, sometidas ahora a la disciplina del trabajo racionali-
zado por la generalización del taylorismo.
Junto a la transformación radical de su figura -cabellos y faldas cortas, cuer-
po que se exhibe con desenfado, especialmente entre las mujeres acomodadas- se
produce un cambio radical en el discurso de las feministas: reclaman la igualdad
de los derechos económicos y políticos, así como el reconocimiento social de la
maternidad, cuyo valor se consideraba igual, cuando no superior, al de los traba-
jos masculinos. Pero los Estados del bienestar europeos, de los que el feminismo

(20) Fraisse, Genevieve y Perrot, l\'1ichelle (dirección). El siglo XIX, pág. 12, 13 (passim) en
Historia de las Mujeres T. 4 bajo la dirección general de G. Duby y M. Perrot Taurus. Santillana.
Madrid, 1993.

32
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

fue uno de los promotores, se orientaron hacia un modelo asistencial a las fami-
lias y de valorización de la paternidad.
Aún cuando en las dos décadas anteriores a la primera guerra mundial, eran
muy pocas las mujeres con derecho a votar y ser elegidas (el sufragio femenino
sólo se había concedido en Australia, Finlandia, Nueva Zelanda, Noruega, Dina-
marca, Holanda y la Unión Soviética, en 1918 se otorgó en Suecia, Gran Breta-
ña, Alemania y Austria; en 1920 en Estados Unidos y Canadá), esos veinte años
se caracterizaron - dentro de las clases acomodadas- por las luchas orientadas a
lograr una legislación laboral que, fundamentalmente, protegiera la materni-
dad.
En las clases elevadas, gradualmente fueron obteniendo el ingreso a la Uni-
versidad, a la docencia y una minoría, al ejercicio de las profesiones liberales.
En el Uruguay de la época fue paradigmática al respecto la figura y la obra
de la Dra. Paulina Luisi (21), dentro del llamado primer feminismo, especial-
mente en relación al tema de la educación sexual y al problema de la prostitu-
ción.
Por otra parte, la igualación legal de la mujer decretada por la revolución
rusa, que la proyectó como mano de obra durante la economía de guerra, con la
consiguiente creación de servicios sociales destinados al cuidado de los niños, fue
un importante estímulo para el feminismo internacional.
Los regímenes fascistas, en cambio, partiendo de la desigualdad natural entre
los hombres, significaron una profunda involución, un retroceso profundo res-
pecto a la concepción y a las políticas que habían desarrollado los estados libera-
les de Occidente en relación a la mujer. Especialmente en el nazismo, se suma
además el concepto racista, reduciendo a la mujer a su función reproductora.
Visto desde el concepto de género, los derechos del estado totalitario -sea el
franquismo, el fascismo o el nacionalsocialismo- desconociendo totalmente los
derechos y libertades individuales, fomentaron una política pronatalista (en el
caso de Italia y España, con el sostén del catolicismo) de corte machista, que
comenzaron muy tempranamente en Italia, con un despliegue descomunal de
propaganda en la prensa diaria: «Quien no es padre, no es hombre» (Mussolini).
La política del Tercer Reich fue aún más agresiva al respecto: en 1939 con
motivo de festejarse el Día de la Maternidad 2.500.000 mujeres alemanas reci-
bieron cruces honoríficas por haber entregado sus hijos al estado alemán. El
nacionalsocialismo también rindió tributo a la paternidad y a la masculinidad,
acompañando sus argumentaciones racistas con préstamos por matrimonio, de-
ducciones fiscales y asignaciones por hijo pagaderas a los padres y a las madres
solteras que tuvieran el «honor» de tener hijos con soldados alemanes.

(21) Luisi, Paulina. Plan y métodos de enseiianza sexual. Montevideo, 26 de octubre de 1919
(Trabajo leído en la 2a . Conferencia Interna!. Del Comité Abolicionista Argentino-Uruguayo).
Susano Vázquez Gersósimo

En los estados liberales, en los años previos a la primera guerra, las reivin-
dicaciones del primer feminismo habían estado teñidas de maternalismo: la ma-
ternidad no fue considerada sólo un problema especial, o una cuestión aislada,
sino la condición unificadora del sexo femenino. En el período de interguerras, el
movimiento de las mujeres luchó por un tipo de Estado de bienestar y por un tipo
de ciudadanía que no sólo reconociera derechos y necesidades en relación con los
riesgos a los que se exponían las trabajadoras, sino también con lo que comían
las madres, percibieran o no salario. Reclaman igualdad de pago por igualdad de
trabajo y retribución por el trabajo doméstico, que muchas veces era
compatibilizado con el trabajo a destajo. Compartían el supuesto de que el traba-
jo doméstico y la atención de los hijos, ya dignificado, ya explotado, era siempre
una tarea de mujeres, aún cuando no fuera la tarea de todas las mujeres.
Las feministas de la segunda siega, que insistían en que la «maternidad es
una función social» y no meramente fisiológica privada o individual, desafiaban
la dicotomía cultural tradicional entre la esfera de lo privado/personal y la de lo
público/político. No subestimaban la diferencia sexual, sino que insistían en el
derecho a ser diferentes. Las feministas francesas resumieron esta concepcíón
como «la igualdad en la diferencia».
Las mujeres no obtuvieron en todos los países las mismas prestaciones des-
de el surgimiento de los Estados del bienestar. Pocas feministas de esta «segun-
da ola» recogieron el legado del primer feminismo y pareció más fácíllograr la
liberación, lajustícia y la igualdad en relación con el trabajo fuera de la casa, y la
presión privada sobre los hombres para que compartieran las responsabilidades
paternales, que insistiendo en relacíón a una visión maternal del sexo femenino,
y el reconocimiento público de la maternidad como función social, al amparo del
Estado.
La feminista británica Vera Brittain en su autobiografía (1953), sostuvo que
«la cuestión de la mujer» se había transformado en la esencia misma del Estado
del bienestar. <<En él (el Estado de bienestar) las mujeres se han convertido en
fines en sí mismas y no meramente en ntedios para los fines de los hombres. El
Estado del bienestar ha sido al mismo tiempo causa y consecuencia del segundo
gran cambio gracias al cual las mujeres han pasado (...) de la rivalidad con los
hombres a un nuevo reconocimiento de su valor único en tanto mujeres» (22).

V. LOS APORTES DE SIMONE WEIL


Hemos elegido la figura de Simone Weil (1909-1943) como paradigmática
de las inquietudes de algunas de las pensadoras de la primera mitad del siglo.

(22) Citada por Gisela Bock. Pobreza femenina, derechos de las madres y estados del bienestar
Fran~oise Thébaud.
(1890-1950), pág. 19 en Historia de las Mujeres, El siglo XX, T. 10, dirección de
Santillana, Madrid, 1993.

34
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

Filósofa y escritora de talla, fue Agregada en Filosofía en la Escuela Normal


Superior. Alumna de Alain, enseñó en diferentes liceos y se volcó tempranamen-
te a la política; sus ideales de justicia social y sus convicciones revolucionarias
pronto le trajeron problemas en el ejercicio de sus cargos, frente a lo que demos-
tró un desdén trascendente. (Perteneció a una familia judía acomodada y culta:
padre médico y su hermano fue uno de los más próximos colaboradores de Einstein
a quien acompañó a Estados Unidos).
Profunda conocedora del marxismo, atraída por la revolución rusa, se alejó
tempranamente del stalinismo, frecuentando otros grupos: anarquistas, sindica-
listas-revolucionarios, trotskystas, pero sin que se pueda identificar con ninguno
de ellos. Ferozmente independiente en sus juicios, tuvo desde muy joven una
pasión por lo absoluto, que la condujo, primero a abandonar la docencia, luego a
trabajar en la fábrica Renault como obrera, para experimentar personalmente el
régimen de producción capitalista (inclusive viviendo con el salario mínimo, por
autodisciplina). Años después se enrola en la guerra de España y tras una crisis
espiritual, provocada por su apasionada búsqueda de la justicia, halla en el amor
de Dios y en el mensaje místico de San Francisco -refugiándose en Asís- una
respuesta a su angustia existencial. Su pasión por la libertad la lleva a unirse al
movimiento de la Francia libre que De Gaulle comienza a organizar en Inglate-
rra, donde finalmente muere enferma, en total soledad y pobreza, apenas con
treinta y cuatro años.
De sus numerosas obras destacamos en especial Opresión y Libertad (1934)
y La condición obrera (1934-1935). En ellas, partiendo de sus experiencias
vitales en la usina Reanult reflexiona, sobre la alienación obrera y el sentido de
la fraternidad humana que sólo ha encontrado en el trabajo y no en los libros ni
en las teorías filosóficas. La autora consideró a la primera como la más impor-
tante de sus obras, opinión compartida por Gustave Thibon a quien confió el
manuscrito antes de partir a Inglaterra y también por Albert Camus, que publi-
có posteriormente la mayor parte de su cuantiosa producción (23).
Las apostillas que acompañan la presentación de «Opresión y Libertad"
adelantan una postura profundamente racional, al tiempo que una sensibilidad
exquisita, de esta joven mujer que pretende entender la irracionalidad de los
hechos que se están produciendo en el escenario europeo como consecuencia del
ascenso de los fascismos.: «En lo que concierne a las cosas humanas, no reír, no
llorar, no indignarse, sino comprender" Spinoza. «El ser dotado de razón puede
hacer de todo obstáculo motivo de su trabajo, y sacar partido del mismo" Marco
Aurelio.
La obra se subtitula «Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opre-
sión» (24) y desde el planteo inicial impresiona por su vigencia: «El período pre-

(23) Oeuvres completes. Ed. Gallimard. (17 vol.)


(24) Publicada recién en 1958, en el presente trabajo hemos manejado la versión francesa de
Gallimard, Col. Espoir.-

35
p -

Susana Vázquez Gersósimo

sente es de aquéllos en que todo lo que parece normalmente constituir una razón
de vida se desvanece, y se debe, para no caer en el desarraigo o en la inconscien-
cia, replantearse todo. Que el triunfo de los movimientos autoritarios y naciona-
listas arruine un poco por todas partes la esperanza que valiente gente puso en la
democracia y en el pacifismo, no es más que una parte del mal del que sufrimos:
éste es más profundo y más extendido. Se puede preguntar si existe un dominio de
la vida pública o privada en que las fuentes mismas de la actividad y de la espe-
ranza no estén envenenadas por las condiciones en que vivimos».
Reflexiona respecto a las formas en que se exterioriza ese malestar: el traba-
jo no se cumple más con la conciencia orgullosa de su utilidad, sino con el senti-
miento humillante y angustiante de poseer un privilegio, otorgado por un pasa-
jero golpe de suerte; el progreso técnico parece haber fallado, ya que en lugar de
bienestar ha aportado a las masas miseria fisica y moral. Se siente engañada por
el intelecto (en postura coincidente con Ortega y Gasset y Unamuno): «....nues-
tros abuelos se equivocaron creyendo en la difusión de las luces, ya que lo que se
puede divulgar en las masas, no es más que una miserable caricatura de la cultu-
ra científica moderna, caricatura que, lejos de formar su juicio, los habitúa a la
credulidad» e..)
«la sociedad se ha cerrado a los jóvenes» e..)
Vivimos una época
privada de porvenir. La espera de lo que vendrá no es esperanza, sino angus-
tia» (25).
En relación «a la revolución: después de 1789 una palabra mágica que con-
tiene todas las realizaciones imaginables, pero «hoy, esta esperanza ha perdido
todo lo que podría servirle de soporte» e..)
Es por eso que el primer deber que nos
impone el período presente es tener el suficiente coraje intelectual para pregun-
tarnos si el término revolución es otra cosa que una palabra» (26).
La obra tiene cuatro partes: 1) una Crítica del marxismo. 2) Análisis de la
opresión. 3) Esquema de la vida social contemporánea. 4) Conclusión.

l. Crítica del marxismo


La incertidumbre y los miedos de Simone Weil fueron comunes a los de toda
la intelectualidad europea, frente a la magnitud que iban tomando las agresio-
nes en Europa central, Italia y España y el contenido de la prédica fascista que
desconocía toda la tradición espiritual de Occidente; al tiempo que las grandes
esperanzas de justicia social puestas por las izquierdas en el régimen socialista
soviético, disminuían ante el endurecimiento del régimen stalinista y las actitu-
des de los partidos comunistas en diversos países. «El socialismo científico ha
pasado al estado de dogma e..)
y cada uno piensa que existe el deber de creer, sin
jamás soiíar en inquirir respecto al método» (oo.) «De ordinario, no se retiene de
esta opresión (capitalista) más que el aspecto económico, a saber la extorsión de

(25) Opresión y Libertad- pág. 58.


(26) ibidem págs. 58, 59, passim.

36
El concepto de Género: Los aportes de Simane Weil

la plus valía; y si nos atenemos a este punto de vista, es ciertamente fácil explicar
a las masas que esta extorsión está ligada a la competencia, ella misma a la
propiedad privada y que el día en que la propiedad se torne colectiva todo irá
bien" (27).
Pero reflexiona, a la luz de lo que está pasando en la URSS, cualquiera sea el
régimen de propiedad desde el punto de vista jurídico, la necesidad de agrandar
las empresas, es intrínseca al sistema de producción fabril, al natural desarrollo
de las fuerzas productivas, y está vinculada a la lucha por el poder. « •...• mientras
el factor decisivo de la victoria (de las naciones) sea la producción industrial, los
obreros serán explotados. A decir verdad, Marx supuso precisamente, sin probar-
lo por otra parte, que toda especie de lucha por el poder desaparecerá el día en
que el socialismo se haya establecido en todos los países industriales; la desgra-
cia es que, como Marx lo reconoció, la revolución no puede hacerse por todos lados
a la vez; y a lo que ella se hace en un solo país, no suprime para este país, sino que
acentúa al contrario la necesidad de explotar y oprimir a las masas trabajado-
ras, por temor a ser más débil que las otras naciones. La historia de la revolución
rusa constituye una ilustración dolorosa» (28).
Reivindica el materialismo histórico como método de conocimiento, aunque
lamentándose que en la realidad sea «un instrumento virgen, del cual ningún
marxista se ha verdaderamente servido, comenzando por el propio Marx. La sola
idea verdaderamente preciosa que se encuentra en la obra de Marx es asimismo
la única que ha sido completamente olvidada. No es por tanto sorprendente que
los movimientos sociales surgidos del marxismo hayan fracasado" (29).
Procede entonces -y consideramos que es la parte sustancial de la obra- a
analizar, el modo de producción capitalista -que ha experimentado personal-
mente y diezmado su salud-, que separa las fuerzas espirituales que intervienen
en la producción (dirección de la empresa, mandos medios, supervisores, etc.) de
las fuerzas materiales (obreros manuales) que quedan despojados de su humani-
dad, de su carácter de seres libres y pensantes, al someterse a la monotonía
derivada de la división del trabajo. Y esta situación, insiste, se da cualquiera sea
el régimen jurídico de la propiedad. «La primera dificultad a vencer es la igno-
rancia" (. .. ) los obreros de usina están de alguna manera desarraigados, exiliados
sobre la tierra de su propio país" (. .. ) «y el primer efecto de esta desgracia es que el
pensamiento se evade y cuando hablan de su propia suerte, repiten a menudo las
palabras de propaganda dichas por gente que no son obreros,,(...) «La coopera-
ción, la comprensión, la apreciación mutua en el trabajo son el monopolio de las
esferas superiores. A nivel del obrero, las relaciones establecidas entre los dife-
rentes puestos, diferentes funciones, son relaciones entre las cosas y no entre los
hombres» c...) «Este disgusto en el trabajo altera toda la concepción de vida de los

(27) ibidem pág. 60.


(28) ibidem págs. 60, 6l.
(29) ibidem págs. 67, 68.

37
Susano Vózquez Gersósimo

obreros» (. .. ) «Se habla mucho del mal de las usinas... sería necesario que los
especialistas, ingenieros y otros, tuvieran presente el hecho de que se trata no
solamente de construir objetos, sino de no destruir hombres,> (30).
Hasta ahora nada que Marx no hubiera abordado en su análisis de la aliena-
ción. Pero aparece una preocupación nueva, vinculada sin duda a su vida ante-
rior de docente universitaria: «....la escuela debería ser concebida de una manera
totalmente nueva, a fin de formar hombres capaces de comprender el conjunto del
trabajo del que ellos formarán parte. No es que el nivel de estudios teóricos deba
bajarse; todo lo contrario; deberíamos trabajar mejor para provocar el despertar
de la inteligencia, pero al mismo tiempo, la enseñanza debería ser más concre-
ta» (31).
Reafirmando que la causa de la opresión radica en la estructura de la usina
y no en el régimen de propiedad, analiza: 1) el modo de producción imperante. 2)
las formas de organización social y de cultura que son compatibles con él. 3)
cómo puede ser transformado. Y señala que la concepción marxista de las fuer-
zas productivas es admitida como un postulado, no demostrado, en relación a su
desarrollo ilimitado: «(Marx) ha sustituido el espíritu por la materia como motor
de la historia; pero por una paradoja extraordinaria, ha concebido la historia, a
partir de esta rectificación, como si él atribuyera a la materia lo que es esencia
misma del espíritu, una perpetua aspiración a lo mejor.. Por esto, acuerda pro-
fundamente con la corriente general del pensamiento capitalista; transferir el
principio del progreso del espíritu a las cosas...»
Insiste en la idea de que el adelanto tecnológico no es suficiente para liberar
a los trabajadores, porque cualquiera sea la fuente de energía, siempre será ne-
cesario arrancarla y transformarla por la fuerza de los hombres. Y tiene páginas
interesantes -ahora que se abre la perspectiva del hidrógeno como futura fuerza
energética- en las que reflexiona respecto a que su descubrimiento será el resul-
tado del buen uso del pensamiento científico, pero también del azar. «Ydesde que
el azar entra en juego, la noción de progreso continuo no es más aplicable» (. .. )
«No tenemos ningún medio de darnos claramente cuenta si estamos cerca o lejos
del límite a partir del cual el progreso técnico debe transformarse en factor de
regresión económica. Podemos solamente ensayar adivinarlo empíricamente, de
acuerdo a la manera en que evoluciona la economía actual»(....) y «...se puede
concluir, con todas las reservas convenientes concernientes a un problema tan
confuso, que este límite ya ha sido sobrepasado» (32).

(30) Weil, Simone. Experiencia de la vida de usina. págs 243 a 259 passim (traducción libre)
en La condition ouvriere.
(31) ibidem pág 258.
(32) Weil, Simone. Opression et liberté. Págs 65 a SO passim.

38
El concepto de Género: Los oportes de Simane Weil

2. Análisis de la opresión
Para lograr la libertad, el hombre debe comprender el me canismo de la
opresión, comprender en virtud de qué surge, subsiste, se transforma yen virtud
de qué podría teóricamente desaparecer.
Marx analizó brillantemente el nacimiento del mecanismo de la opresión al
estudiar el nacimiento de la división del trabajo, pero no explicó por qué ésta se
transforma necesariamente en opresión. "Sobretodo Marx omitió explicar por
qué la opresión es invencible mientras ella es útil, por qué los oprimidos subleva-
dos no tuvieron jamás éxito al intentar fundar una sociedad no opresora...» (... )
"Les ha parecido (a los marxistas) suficiente rendir cuenta de la opresión social
expresando que la misma corresponde a una función en la lucha contra la natu-
raleza» La autora cree que han aplicado inconscientemente el principio de
Lamarck de que ,<la función crea el órgano», cuando correspondería sustituirlo
por el principio de Darwin -que ha provocado el progreso de la biología-
enfatizando sobre las condiciones de existencia: el progreso consiste en que la
función no es más considerada como la causa, sino como efecto del órgano, en un
orden inteligible». "Las causas de la evolución social no deben más buscarse fue-
ra del hombre, sino en los esfuerzos cotidianos de los hombres considerados como
individuos que son diversos, que tienen el poder de innovar, de crear. "La buena
voluntad esclarecida de los hombres actuando en tanto individuos es el único
principio posible de progreso social» (33).
La opresión aparece sólo a partir de las formas elevadas de la economía; la
autora realiza un planteo similar al rousseauniano al referirse a las etapas pri-
mitivas de la humanidad. Cuando la economía exige división de funciones, la
coordinación de tareas se vuelve el monopolio de algunos dirigentes (sacerdotes,
guerreros o empresarios) y entonces, el principio fundamental para el funciona-
miento del sistema es la obediencia. Sobreviene la desigualdad y la lucha por el
poder. "Conservar el poder es, para los poderosos, una necesidad vital, porque es
su poder el que les alimenta; y deben conservarlo a la vez contra sus rivales y
contra sus inferiores» c...)"Estas son las dos luchas que debe librar cada hombre
poderoso» (.. ,) "No se puede quebrar el círculo más que de dos maneras, o supri-
miendo la desigualdad o estableciendo un poder estable, un poder tal que esta-
blezca el equilibrio entre aquéllos que mandan y los que obedecen» (... ) "Pero> esta
estabilidad del poder, objetivo de aquéllos que se dicen realistas, aparece como
una quimera, si se la mira de cerca, al mismo título que la utopía anarquista».
Su conclusión es que no existe el poder, sino la carrera al poder. El poder no
constituye más que un medio. "Es esta inversión de la relación entre el medio y el
fin, es esta locura fundamental la que explica todo lo que hay de insensato y
sangriento a lo largo de la historia.» c. ..)Y, en segundo lugar, "...el poder colectivo
es una ficción, por lo menos en último análisis». La cantidad de asuntos que

(33) ibidem págs. 80 a 84 passim.

39
Susana Vázquez Gersósimo

puede controlar un solo hombre es variable, «depende en gran medida de factores


individuales, como la extensión y rapidez de su inteligencia, la capacidad de
trabajo, la firmeza de carácter; pero depende igualmente de las condiciones obje-
tivas de control, rapidez de los transportes y de las comunicaciones», etc. «Toda
sociedad opresiva está cimentada por esta religión del poder (34).
La contradicción interna que todo régimen opresivo lleva en sí mismo como
un germen de muerte, está constituida por la oposición entre el carácter necesa-
riamente limitado de las bases materiales del poder y el carácter necesariamen-
te ilimitado de la carrera al poder en tanto que relación entre los hombres. «Des-
de que un poder traspasa los límites que le son impuestos por la naturaleza de las
cosas, amenaza las bases sobre las cuales se apoya, y torna sus límites cada vez
más estrechos. Extendiéndose más allá de lo que puede controlar, engendra un
parasitismo, un derroche, un desorden que, una vez aparecido se acrecienta
automáticamente... provocando reacciones que no puede prever ni reglar» C..) « •••
y el capitalismo parece atravesar una fase de este género... en que los regímenes se
hacen más duramente opresivos»
En relación al cambio social, sostiene una opinión muy similar a la de A. de
Tocqueville: un cambio de régimen se prepara lentamente y como subterránea-
mente. «Para que las nuevas formas sociales triunfen sobre las antiguas, es nece-
sario que previamente hayan tenido un desarrollo continuo que las haya llevado
a jugar efectivamente un rol más importante dentro del funcionamiento del orga-
nismo social» (.. .) «Así no hay jamás verdaderamente ruptura de continuidad,
inclusive cuando la transformación del régimen parece el efecto de una lucha
sangrienta; la victoria no hace más que consagrar las fuerzas, que antes de la
lucha, ya constituían el factor decisivo de la vida colectiva» (35).
«De una manera general esa conmoción súbita de relaciones de fuerzas que
se entiende de ordinario por revolución, no es solamente un fenómeno desconoci-
do en la historia, es todavía, mirado de cerca, una cosa propiamente inconcebi-
ble». Partiendo de este convencimiento, el planteo de la cuestión social cambia
totalmente. Para la autora se trata entonces de «examinar el mecanismo de esta
transferencia, averiguar por qué el hombre ha debido pagar a este precio su poder
sobre la naturaleza; imaginar cuál puede ser la situación menos infeliz para el
mismo, es decir en cuál estaría menos sometido a la doble dominación de la natu-
raleza y de la sociedad; en fin, ver qué caminos pueden acercarlo a tal situación,
y qué instrumentos podría brindar a los hombres de hoy la civilización actual, si
los mismos aspiraran a transformar su vida en este sentido» (36).

(34) ibidem págs. 95 a 100.


(35) ibidem pág 104, 105.
(36) ibidem pág. 109.

40
El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

Finaliza el análisis de la opresión vigente en la sociedad capitalista, en la


que la realidad es la esclavitud de las masas bajo la nueva forma que ha procura-
do el progreso técnico, reivindicando la voluntad y la acción individuales.

3. Cuadro teórico de una Sociedad libre


Al respecto, su pensamiento ya ha sido adelantado, en parte: replantea la
situación paradojal del obrero, sometido a un régimen riguroso y racional de
trabajo pero desprovisto de la capacidad de pensar claramente su situación. El
hombre ha nacido para ser libre porque piensa: «Es tiempo de renunciar a soñar
la libertad, y decidirse a concebirla». El hombre no puede dirigirse más que a un
ideal»... «La libertad verdadera no se define por la relación entre el deseo y la
satisfacción, sino por la relación entre el pensamiento y la acción»... La verdade-
ra libertad es la posibilidad de elegir de acuerdo a nuestro pensamiento»... «La
vida es una perpetua creación de uno mismo por sí mismo» (37).
¿Qué debería hacerse para lograr una sociedad donde la vida colectiva no
implique el desconocimiento de la libertad de los individuos? Una vez más el
tema de la libertad replanteado en términos que recuerdan a Stuart Mill, con
respuesta que desemboca en el llamado a la razón y a la voluntad general: «Así,
si se quiere formar, de una manera puramente teórica, la concepción de una so-
ciedad en que la vida colectiva sea sometida a hombres considerados en tanto
individuos en lugar de sometidos, es necesario representarse una forma de vida
material en la cual intervendrían los esfuerzos exclusivamente dirigidos por el
pensamiento inteligente, lo que implicaría que cada trabajador pudiera contro-
lar, sin referirse a ninguna regla exterior, no solamente la adaptación de sus
esfuerzos con la obra a producir, sino todavía su coordinación con los esfuerzos
de todos los otros miembros de la colectividad. La técnica debería ser de tal natu-
raleza que permitiera permanentemente someter la obra a la reflexión metódica»
(. .. ) La comunidad de intereses, la cooperación de los trabajadores, el control de 1
conjunto de la vida colectiva estaría siempre conforme a la voluntad general...
apelando solamente a la razón de cada uno.
«Una tal sociedad sería sólo una sociedad de hombres libres, iguales y
fraternos» (38).
Albert Camus que publicó varias de sus obras en la colección Espoir Cedo
Gallimard) resumió su opinión respecto a la obra de la autora: «Me parece impo-
sible imaginar para Europa un renacimiento que no tenga en cuenta las exigen-
cias que Simone Weil ha definido».
A la distancia, en el tiempo y en la geografía, digamos que nos impresiona la
coherencia entre pensamiento y acción de esta pensadora y militante que- sin

(37) ibidem págs 113 a 125.


(38) ibidem pág 132.
Susana Vózquez Gersósimo

poder ubicar legítimamente en las filas del feminismo "clásico» ni en la de ningu-


na postura política detenninada- aportó al análisis de la mayor problemática
social del siglo XX - los ataques a la libertad y la supervivencia de las distintas
formas de opresión- su inteligencia y sensibilidad de mujer.
El mundo actual está construyendo, más allá de las fuertes resistencias, una
cultura en que las mujeres trabajan más activamente que los hombres en procu-
ra de aunar esfuerzos que, para bien de la sociedad y de la especie, conjunte y
articule los aportes de las dos mitades separadas de la experiencia humana. No
es por azar, sin embargo, que los nuevos movimientos sociales están animados
fundamentalmente por mujeres. Los problemas y las conductas sociales y cultu-
rales que los movimientos de las mujeres traen a diario, inclusive desde la
cotidianeidad de sus vidas, hace que no se entiendan a cabalidad muchas reali-
dades contemporáneas, sin poner en el centro de la reflexión sus aportes y los
frutos de su acción.
Por las razones expuestas, reiteramos que toda disciplina de estudio se ve
enriquecida incorporando la perspectiva de Género.
Para Alain Touraine (193, 2002), <<así como el debate central de la sociedad
industrial se refirió a la representación y el estatus social de los trabajadores
asalariados, el debate cultural central de la sociedad posindustrial concierne al
lugar de las mujeres en la sociedad. Como siempre se les negó la posibilidad de
ser un Sujeto, la clave para ellas es conquistar el derecho de ser un actor social y
no las iguales de los hombres."

BIBLIOGRAFíA GENERAL
Fraisse, GeneviEwe y Perrot, Michele. El siglo XiX. En "Historia de las muje-
res". T. 4. Dir. Gral. Georges Duby y Michelle Perrot. Ed. Santillana, Ma-
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Perrot, Michelle. De la Revolución Francesa a la primera Guerra Mundial. En
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Prost, Antoine y Vincent, Gérard. De la Primera guerra mundial a nuestros
días. En Historia de la vida privada. T. 5. Dir. Gra. Ph. Ariés y G. Duby.
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42
_......
-------------- - - - - - - - - - - - _ _---------------
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El concepto de Género: Los aportes de Simone Weil

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Biblioteca Artigas.
Vaz Ferreira, Carlos. Sobre feminismo. Ed. de la Sociedad Amigos del Libro
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En busco del métc

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EN BUSCA DEL MÉTODO CIENTíFICO (11)


AVENTURA Y DESVENTURAS DE GALILEO GALlLEI

Hédor R. Olazábal

Tal vez al lector le parezca poco apropiada la utilización del término «aven-
tura» en referencia a Galileo. ¿No sería acaso mejor reservarlo para hombres
como Marco Polo, Cristoforo Colombo o el enigmático Amerigo Vespucci, por nom-
brar algunos compatriotas suyos? Pero si aventura es, como dice el diccionario,
«empresa arriesgada o de final imprevisible», «hecho insólito», «lance o peripecia
de una obra de acción», ¿qué otra cosa que una vida de aventuras fue la de este
notable filósofo, matemático y fisico? Galileo Galilei (1564-1642), llamado por la
posteridad simplemente Galileo, no se movió nunca mucho más allá de la región
que se extiende entre Pisa, su ciudad natal, Padua, de cuya universidad fue <<lec-
tor», Florencia, donde desplegó su actividad de investigación más importante, y
Roma, en la que fue incorporado a la Academia dei Lincei «<de los Linces»), No
obstante, valido de sus instrumentos «viajó» por el Cosmos en un rango que se
extiende desde la inmensidad del espacio hasta la pequeñez microscópica. Aún
antes de sus descubrimientos astronómicos comunicados en 1610 en el Sidereus
nuncius, había ganado prestigio (y también envidias) en los medios académicos
merced a sus investigaciones, expuestas en obras como De motu antiquiora, Tra-
tado de fortificaciones, Le Mecaniche, Las operaciones del compás geométrico y
militar y otras, relativas a peso específico, centros de gravedad, hidrostática,
mareas, imanes, trayectoria parabólica de los proyectiles, isocronismo del pén-
dulo, caída de los graves, proporcionalidad velocidad-tiempo, etc. Todo lo escu-
driñó en procura de develar los secretos de la naturaleza, y en esto consistió la
peripecia de su vida. En esto y en los avatares que le acarrearon su tenaz defensa
de la razón, apoyada en la observación y la experiencia, como la vía más idónea
para alcanzar el conocimiento del mundo físico.
Precisamente, el problema del método ocupaba en la Europa renacentista
un lugar central en la procupación de los pensadores, muchos de ellos unidos en
su crítica a los «peripatéticos» (seguidores de Aristóteles). Hay que precisar aquí
que las objeciones de los autores renacentistas iban dirigidas más a la imagen
que de Aristóteles habían forjado los escolásticos medievales que al verdadero

45

Héctor R. Olazábal

Aristóteles. El filósofo alemán Ernst Cassirer (1874-1945) recuerda en su libro


Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento de qué modo había ya con-
ciencia de la deformación padecida por la figura del Estagirita en ocasión de
verterse las obras de éste al latín:
«El mismo Aristóteles -y así opina Leonardo Bruni, el primero que tradujo la
Política de Aristóteles y su Ética a Nicómaco- no reconocería sus propias obras a
través de las transformaciones que sufrieron en manos de los escolásticos, así
como no fue reconocido Acteón por sus propios perros cuando Venus lo
metamorfoseó en ciervo. En este juicio de Leonardo Bruni puede verse cómo el
nuevo movimiento espiritual del Humanismo ajusta ya la paz con Aristóteles."
(Cassirer, 1926: 14).
En las primeras décadas del siglo XVII alguna de las mentes más robustas
se ocupaban de cuestiones metodológicas. En Inglaterra, Francis Bacon (autor
que traté en el número 5 de estos Cuadernos) se rebelaba contra la escolástica y
en 1620 sentaba, en su Novum organum scientiarum, las bases del método
inductivo. En Holanda, el francés René Descartes describía, en 1637, en su Dis-
curso del método, las reglas a las que él mismo venía ajustándose en la búsqueda
de la evidencia racional. En Italia, cuna del Renacimiento, Galileo se adelantaba
a éstos, pues venía forjando en la práctica su método ya desde finales del siglo
anterior y creando instrumentos de observación y medición. Su balanza hidros-
tática y su compás de proporción, «de usos geométricos y militares» son anterio-
res a 1600, su termoscopio data de 1606, la construcción de su telescopio refrac-
tor, de 1609, y la del microscopio, de 1610. No se conformó con elaborar y defen-
der un método para llegar al conocimiento de la naturaleza y sus leyes, sino que
lo aplicó prácticamente. Sus concepciones teóricas acerca del método están dis-
persas en su muy extensa y variada obra escrita, pero se plasmaron especial-
mente en Il Saggiatore (El ensayador), en 1622.
Aunque estos tres pensadores dieron a la cuestión respuestas bien diversas,
se sabe que estuvieron al tanto de sus respectivos trabajos (en 1616, por citar
sólo un ejemplo, recibió Bacon una crítica de Galileo al De Fluxu, su estudio
sobre las mareas; crítica en la que el físico pisano atribuía erróneamente la cau-
sa de este fenómeno al movimiento de rotación de la Tierra). Más allá de discre-
pancias y de la forma en que el respectivo entorno socio-político permitió actuar
a cada uno, todos estuvieron unidos por su actitud crítica hacia el escolasticismo
y por su común propósito de abrir nuevos cauces a la filosofía y la ciencia.
Galileo fue, con mucho, el más ardiente polemista de los tres, lo que le valió,
en vida y aún después de la muerte, fuertes adhesiones y repulsiones. Carlos
Solís, prologuista de una de sus obras, ha llegado hasta atribuirle una «persona-
lidad marrullera, orgullosa y deshonesta» -según los cánones del moralismo cien-
tífico-." (Cf. Galileo, 1638, ed. 1976: 9). No parece lo mejor, sin embargo,juzgar a
alguien anacrónicamente, vale decir, de acuerdo a pautas que no eran las de su
tiempo. Es obvio que la moral renacentista difirió grandemente de la actual, y no
sólo en materia científica.

46
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

COSAS GRANDES POR SU EXCELENCIA Y POR SU "INAUDITA NOVEDAD,.


El ya mencionado libro Sidereus nuncius apareció en Venecia en 1610 y fue
conocido desde su origen como El mensajero de los astros pese a que el propio
Galileo aclaró más tarde que él no se había llamado nunca embajador sidéreo y
que el sentido de tal expresión era el de «Embajada o Aviso sidéreo y no Embaja-
dor» (Galileo, 1991: 94). La obra, (correctamente traducida en su título recién a
mediados del siglo XX como El mensaje de los astros), habría de causar conmo-
ción. El autor no se equivocaba al iniciarla con las siguientes palabras:
«Grandes en verdad son las cosas que propongo en este breve tratado al
examen y a la contemplación de los estudiosos de la naturaleza. Grandes, digo,
tanto por la excelencia de la materia misma, como por su inaudita novedad, como,
en fin, por el instrumento en virtud del cual esas cosas se han desvelado a nues-
tros sentidos.» (Galileo, 1991: 45).
El Sidereus nuncius daba cuenta, por cierto, de sorprendentes observacio-
nes jamás oídas en todos los tiempos: se multiplicaba por diez o más el número
de «estrellas fijas» conocidas, se develaba la sustancia de la Vía Láctea y las
nebulosas, que no son sino agrupaciones estelares, se revelaba que la superficie
lunar no es lisa, se descubrían (y esto, como veremos, era de la mayor importan-
cia) los satélites de Júpiter... En el libro se describía, además, el perspicillum
(telescopio), asombroso instrumento que había hecho posible aumentar de tal
manera la visión natural del ojo humano y cuyo aporte es difícil de exagerar,
como lo destaca un historiador de las ideas científicas, el francés Alexandre Koyré,
en su excelente libro Del mundo cerrado al universo infinito:
«Se podría decir que no sólo la astronomía, sino también la ciencia como tal
inició con el invento de Galileo una nueva fase de su desarrollo, fase que pode-
mos denominar instrumental.» (Koyré, 1957: 89).
En puridad, el telescopio no lo inventó Galileo, como él mismo lo reconoció
más tarde, sino un óptico de Flandes llamado Juan Lippershey. Pero el sabio
italiano, que tuvo noticia del instrumento pero no llegó a verlo, lo mejoró rápida-
mente, «sin ahorrar gastos y fatigas», estudiando la teoría de la refracción,
adecuándolo a las observaciones astronómicas y hasta puliendo él mismo los cris-
tales. De todas partes de Europa le llegaron a Galileo pedidos de su anteojo, pues
los existentes en Francia y Holanda no eran aptos para tales observaciones. An-
tonio Banfi, en su notable Vida de Galileo Galilei, señala con razón que el mérito
galileano no estriba en la originalidad, sino en la genialidad técnica que le per-
mitió construir un tipo de telescopio que siguió siendo el mejor durante muchos
años. Y sobre todo, en «la postura científica general del espíritu y la actividad de
Galileo, para quien el telescopio, de simple curiosidad óptica, pasó a ser eficacísimo
instrumento del saber». (Banfi, 1949: 65).
Pues bien. Los «mensajes de los astros», captados mediante elperspicillum,
desafiaron de tal modo las concepciones existentes acerca del mundo (con sus
implicaciones religiosas, filosóficas, antropológicas, etc.), que no pudieron ser

47
Héctor R. Olazábal

acogidos en los medios cultos sino con recelo, incredulidad y hasta rechazo. Algu-
nos de los que asistieron en Bolonia a una tumultuosa sesión de observación de
los cuatro satélites de Júpiter que Galileo denominara «astros mediceos» (en ho-
menaje a la Serenísima Casa de los Médicis, Grandes duques de Toscana) llega-
ron a hostigar al sabio atribuyendo lo que veían a una ilusión óptica del instru-
mento. Otros, en Pisa yen Bolonia, anunciaban que harían la refutación filosófi-
ca de los nuevos descubrimientos, o demostraban la imposibilidad lógico-metafí-
sica de la existencia de los planetas mediceos. Tal vez el caso más notable fue el
de Césare Cremonini, lector de matemáticas en Padua, «el más elevado de todos
los lectores, aristotélico y dogmático y ortodoxo por excelencia», según Banfi. En
1611 este profesor aseguraba en una carta no haber hecho mención alguna, en
su Disputatio de coelo, de los descubrimientos galileanos, «no queriendo admitir
cosas sobre las que no tengo opinión alguna, ni las he visto». Y agregaba: «Creo
que ningún otro que no sea él [Galileo] las haya visto; y además, tanto mirar por
las lentes me atonta la cabeza; y no quiero saber nada más del asunto». (ef
Banfi, 1949: 74).
Hoy nos resultan incomprensibles actitudes como éstas si no tenemos en
cuenta la mentalidad de la época, dominada por la imagen ptolemaica del Cos-
mos. El propio Nicolás Copérnico, cuando escribió De revolutionibus orbium
coelestium, datada en 1543, no se había liberado totalmente de las ideas tradicio-
nales, y aun así su teoría heliocéntrica distaba muchísimo, en tiempos de Galileo,
de ser aceptada.
La concepción dominante acerca de la materia, el movimiento y el universo
había sido enunciada en el siglo II por el griego Claudia Ptolomeo, quien había
reunido en el Almagesto los conocimientos aristotélicos y alejandrinos. Según
este matemático, astrónomo y geógrafo, la Tierra, inmóvil, ocupa el centro de un
mundo finito, cerrado por la esfera en movimiento de las estrellas que llamó
«fijas». Ptolomeo aceptó la idea de la esfericidad de la Tierra e inclusive calculó
su circunferencia, pero se burló de quienes sostenían el movimiento terrestre
diurno (vale decir, el movimiento sobre su propio eje, de Occidente a Oriente),
escribiendo en su obra: «oo. ni los pájaros podrían ir hacia el Oriente, porque la
Tierra les precedería siempre en esta dirección, y se adelantarían siempre por su
movimiento hacia el Oriente, de modo que todos los cuerpos, excepto la Tierra,
parecería que retrocedieran a Occidente.» (Enciclopedia Espasa-Calpe: t.42-522).
Por cierto, este razonamiento no tomaba suficientemente en cuenta la fuer-
za de gravedad y desconocía la inercia como propiedad de los cuerpos... Ptolomeo
sostuvo además que dentro de la gran esfera de las estrellas fijas giran, en orden
de menor a mayor distancia de la Tierra, varias esferas concéntricas, también
móviles. A saber: las de la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno.
La idea de la existencia de esferas materiales, transparentes o traslúcidas, re-
sultaba imprescindible para explicar el movimiento de los astros. Más allá de
todas estas esferas celestiales o «cielos», estaba el dominio de Dios y de los elegi-
dos. Este mundo pequeño (no minúsculo, pues su extensión, calculada en unos
20.000 radios terrestres, equivale a unos 200 millones de quilómetros), era finito

48
método científico (11) Aventuro y desventuras de Galileo Galilei

y cerrado y estaba jerárquicamente ordenado de acuerdo a valores. Según


Aristóteles, la Tierra era radicalmente heterogénea respecto a los demás cuer-
pos celestes, incluida la Luna. Para la tradición escolástica cristiana, que se ba-
saba en Aristóteles y Ptolomeo, la Tierra era el reino del cambio y la corrupción,
y los astros, a medida que se alejaban de ella se acercaban al reino de lo inmuta-
ble y perfecto. El universo era, pues, para decirlo con palabras de Koyré, «un
todo en el que la jerarquía axiológica determinaba la jerarquía y estructura del
ser, elevándose desde la tierra oscura, pesada e imperfecta hasta la mayor y
mayor perfección de los astros y esferas celestes.» (1957: 6).
Semejante imagen de un Cosmos ordenado de acuerdo a valores dominó
durante toda la Edad Media. La Tierra, en el centro e inmóvil, ocupaba la posi-
ción más baja; sólo el Infierno estaba por debajo de nuestra morada terrenal.
Todavía en la edición de 1539 de la Cosmographia de Pedro Apiano se incluía un
diagrama basado en esta concepción. Y sin embargo, mucho antes de Galileo y
aun de Copérnico, hubo, en materia astronómica, cambios muy sensibles.

HACIA EL DERRUMBE DEL UNIVERSO PTOLEMAICO


En 1440 el obispo alemán Nicolás de Cusa (1401-64), considerado el último
gran filósofo medieval, había expresado en su De docta ignorancia la idea de que
el mundo no es infinito pero sí está «interminado» (interminatum); vale decir, no
tiene límites. Creer en un mundo finito, pensaba este autor, es poner límites a la
acción creadora de Dios. El Cusano (así llamado por haber nacido en Cues, o
Cusa), se inspiró en algunos autores griegos de la antigüedad, en la edición de
cuyos manuscritos participó a poco de haber sido inventada la imprenta. Si bien
no negó la existencia de las esferas celestes e inclusive reconoció que la esfera de
las estrellas fijas al ser la más distante es por necesidad la que se mueve más
rápido, afirmó que si el mundo estuviera limitado, fuera de él habría «algo más y
espacio», lo cual es opuesto a nuestra razón. El mundo carece, pues, de límites, y
por ende no tiene un centro ni una circunferencia. Entonces la Tierra no puede
concebirse como centro ni está fija: tiene movimiento circular (puesto que sólo el
centro puede ser inmóvil). Adelantándose a la posible crítica, Nicolás de Cusa
explicó por qué no percibimos el movimiento de la Tierra:
«Así, si un hombre que estuviese en un bote en medio de una corriente no
supiese que el agua estaba fluyendo y no viese la orilla, ¿cómo habría de apre-
hender que el bote estaba moviéndose?» (Cf. Koyré, 1957: 20).
Concluye entonces, en su libro, que: «es el Dios bendito quien está en el
centro del mundo; Él es el centro de la Tierra y de todas las esferas y de todas [las
cosas] que están en el mundo, ya que Él es a la vez la circunferencia infinita de
todo.» (Cf. Koyré, 1957: 16).
Entre las afirmaciones de Nicolás de Cusa se cuenta aquella de que no hay
diferencia entre la Tierra oscura y el Sol luminoso, puesto que todos los astros
poseen luz. Por supuesto, atribuir luz propia a la Tierra y la Luna no era sosteni-
Héctor R. Olazábal

ble. Pero el aporte mayor de este pensador, quien posteriormente a la publica-


ción de su libro llegó a ser cardenal, no radicó tanto en el terreno de la fisica
cuanto en el de la metafisica, pues negó que la vileza y la corrupción estuvieran
centradas en la Tierra. La estructura ontológica del mundo es la misma en todas
partes, aseveró. El Universo expresa por doquier, «del mismo modo temporal, es
decir, mutable y cambiante, la perfección inmutable y eterna del Creador». (Cf.
Koyré, 1957: 26).
También mucho antes de Galileo, Marcelo Palingenius (c1500-43) había re-
chazado la noción aristotélica de un Cosmos finito.
Había publicado en Venecia, en 1534, su Zodiacus vitae, un poema didáctico
que tuvo gran difusión en varios idiomas y especialmente entre los protestantes.
Palingenius no creyó que la Tierra fuera un astro ni que hubiera astros apaga-
dos. Mantuvo la distinción entre la Tierra imperfecta y las regiones celestes, y
habló de una región sin cuerpos, supracelestial e infinita. Pero esta región, ilu-
minada por la luz sobrenatural de Dios, estaba más allá del mundo fisico. Había,
pues, un mundo de Dios, finito, y un cielo de Dios, infinito. Para la Iglesia, por el
contrario, sólo Dios podía ser infinito; nunca el cielo, una parte de su creación.
Palingenius se apartó un tanto de la autoridad absoluta de Aristóteles y acogió el
neoplatonismo. Muerto ya, fue acusado de herejía en 1558; su Zodiacus vitae fue
incluido en el Index librorum prohibitorum y posteriormente sus huesos fueron
desenterrados y quemados.
Con todo, cabe destacar que el cambio sustancial en las nociones sobre el
Cosmos había llegado por esos mismos años de la mano del matemático y astró-
nomo Nicolás Copérnico (1473-1543), autor de Commentariolus (1530) y De
revolutionibus omnium coelestium (1543). Este sacerdote polaco se basó en las
técnicas matemáticas de Ptolomeo «<uno de los mayores logros de la inteligencia
humana», según afirma Koyré). Pero sus fuentes de inspiración no estuvieron en
Aristóteles sino más allá: en la «edad dorada» de Pitágoras y Platón y en pensa-
dores como Heráclito, Ecfanto, Hicetas, Filolao y, en especial, Aristarco de Samos
(310-230 a.C.). Este último fue un pitagórico que vivió en Alejandría e intentó
medir las distancias entre la Tierra, la Luna y el Sol. Los historiadores alemanes
Emil Nack y Wilhelm Wagner recuerdan su gesta en estos términos:
«El astrónomo griego Aristarco de Samos acabó con la hipótesis geocéntrica,
enseñando además que la Tierra gira alrededor de su eje y se mueve en torno al
Sol, según una órbita circular que forma ángulo con el ecuador. Como su atrevi-
da teoría repugnaba al testimonio de los sentidos, el grandioso descubrimiento
cayó en olvido y hubieron de transcurrir 1800 años antes de que Copérnico lo
rehabilitase.» (Nack- Wagner, s.f.: 198).
Es importante destacar estas fuentes en las que bebió Copernico, pues en los
griegos está el origen de toda, o casi toda concepción posterior acerca del hombre
y el cosmos. Fueron también los pitagóricos quienes admitieron que la Tierra es
una esfera. Eratóstenes (c275-c175 a.C.), geógrafo y Director de la Biblioteca de

50
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

Alejandría, llegó a medir casi con exactitud la circunferencia terrestre. Aún an-
tes de Pitágoras, ya Anaximandro de Mileto (c611-547 a.C.) había concebido la
infinitud del mundo: el apeiron (de peras = límite).
Copérnico retoma, pues, algunas de estas ideas de la antigüedad. En su
mundo, que sigue siendo finito, el Sol, inmóvil, pasa a ocupar el centro; los plane-
tas giran alrededor del Sol y la Tierra se convierte en un planeta más (Copérnico
distingue sus tres movimientos principales). Por cierto, desde el punto de vista
físico era más racional creer que es la Tierra, un cuerpo relativamente pequeño,
la que se mueve, y no los cielos, enormemente grandes. Lajerarquía aristotélica,
en la que lo más puro se acercaba a la esfera de las estrellas fijas y lo más impuro
a la Tierra, se subvierte; en la concepción copernicana hay dos polos de perfec-
ción: el Sol y la esfera de las estrellas, ambos en reposo. Los planetas giran en el
medio. En Las revoluciones de las esferas celestes dice el astrónomo polaco:
«La condición de estar en reposo se considera más noble y más divina que la
de cambio e inestabilidad; esta última es, por tanto, más adecuada para la Tie-
rra que para el Universo.» (Cf. Koyré, 1957: 33).
Aunque Copérnico no necesitaba ya, como motor, de la esfera de las estrellas
fijas, puesto que las concibió inmóviles, mantuvo igualmente su existencia como
elemento ordenador: es la esfera «que se contiene a sí misma y a todas las demás
cosas». De todos modos, considerando que las estrellas están tan lejos de noso-
tros y por ende deben ser tremendamente grandes, la esfera en que se hallan
debe ser muy gruesa. En cuanto al diámetro del universo copernicano, cabe ano-
tar que es al menos 2.000 veces mayor que el del mundo ptolemaico-aristotélico,
pero esto no significa una aproximación a la noción de infinitud. En comparación
con el infinito, señala Koyré, «ambos son una nadería, ya que inter finitum et
infinitum non est proportio. No nos aproximamos al universo infinito por el he-
cho de aumentar las dimensiones de nuestro mundo. Podemos hacerlo tan gran-
de como queramos, sin que ello nos aproxime un ápice a él.» (1957: 37).
La teoría copernicana se erigió desde su aparición en una alternativa al co-
nocimiento tradicional y al cerrado sistema de valores admitido. Era una concep-
ción menos antropocéntrica y más racional del universo y abría las puertas, aun-
que su autor no haya sido consciente de ello, a un nuevo orden cultural acorde
con el mayor dinamismo y las nuevas exigencias de los tiempos modernos. Más
allá de su aceptación o rechazo, la nueva teoría introdujo la duda y extendió el
escepticismo.
Contemporáneo de Galileo, aunque de mayor edad, el monje dominico
Giordano Bruno (1548-1600), nacido en Nápoles, había publicado algunas obras
filosóficas tales como De la causa, principio et uno, De l'infinito universo e mondi
(ambas de 1584) y De inmenso et innumerabilibus (1591), en las que se percibía
la influencia de Nicolás de Cusa y de Copérnico. Bruno se formó primeramente
en la lectura del neoplatonismo y los pitagóricos y más tarde en la de Empédocles,
Anaxágoras, Epicuro y Lucrecio. Expulsado de su orden religiosa en 1576 a raíz

51
Héctor R. Olozábal

de algunas opiniones heréticas sobre la transubstanciación y la Inmaculada Con-


cepción, enseñó desde 1583 en la anglicana InglatelTa y en varias ciudades de la
Europa continental, combatiendo el escolasticismo y desalTollando una concep-
ción panteista del mundo.
El hecho de que la Tierra dejara de ocupar el centro del Cosmos no era visto
por Bruno como un menoscabo; al contrario, nuestro planeta era elevado a la
categoría de las estrellas nobles. El movimiento, decía, no es señal de vileza sino
de perfección. En el Universo todo se mueve y todo cambia, porque un Universo
inmutable estaría muerto. Pero además no hay límites: el Universo es infinito.
En Del universo, infinito y mundos escribió que la ciencia no permite «que ese
arco del horizonte [la esfera de las estrellas fijas] que nuestra falsa visión ha
ideado en el espacioso éter emprisione nuestro espíritu... » (Koyré, 1957: 45).
La infinitud del Universo asegura su permanente renovación y restaura-
ción. Es éste el «principio de plenitud» que forma parte esencial del pensamiento
de Bruno. Dice:
«No hay confines, términos, límites o muros que nos roben o priven de la
infinita multitud de cosas. Por consiguiente, la Tierra y el océano que hay en ella
son fecundos; por consiguiente, la hoguera del sol es perpetua, suministrando
eternamente combustible a los voraces fuegos y humedad que rellene los exhaus-
tos mares. De la infinitud nace una abundancia siempre renovada de materia.
Así, Demócrito y Epicuro, quienes mantenían que todo sufría restauración y re-
novación por el infinito, comprendían estas cuestiones mejor que quienes man-
tienen a toda costa la creencia en la inmutabilidad del universo, alegando un
número constante e inmutable de partículas de idéntica materia que sufren per-
petuamente transformaciones de unas en otras.» (Cf. Koyré, 1957: 46).
Asoma aquí la vieja idea griega del átomo, ligada a la de un mundo infini-
tamente rico e infinitamente extenso; un mundo que, según Bruno, «magnifica la
excelencia de Dios». Pero este mundo se mantiene por sus propias leyes: no nece-
sita ya de un Dios-persona que lo vigile e intervenga en él para corregirlo o en-
cauzarlo. Y esta visión, innecesario parece decirlo, contrariaba la ortodoxia cató-
lica. De modo que en 1593 Giordano Bruno fue detenido en Venecia por la Inqui-
sición y conducido a Roma. Tras siete años de cárcel y habiéndose negado a abju-
rar de sus doctrinas, fue quemado vivo en la hoguera.

LA NUEVA CIENCIA ANTE EL PODER: EL PROGRAMA DE GALILEO


¿Tuvieron las ideas de Giordano Bruno alguna influencia sobre el pensa-
miento de Galileo? Probablemente sí, pero éste eludió siempre mencionar a aquél
en su obra, y la explicación del llamativo silencio no parece radicar en la elusión
de una comprometedora solidaridad sino en muy graves diferencias ideológicas.
Así lo indica Ludovico Geymonat en el siguiente pálTafo de su substancial libro
sobre Galileo:

52
-~---- - - - - - - ----- -- ------- --- ------------------------------

En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

«Bruno tiende a ampliar la teOlia copernicana en una dirección puramente


filosófica o más exactamente metafísica, sin consecuencias científicas determi-
nadas. Convierte el sistema heliocéntrico en punto de partida para llegar a una
filosofía de la naturaleza, riquísima en concepciones nuevas pero terriblemente
escasa de rigor. Su modo de razonar está lleno de alegorías, de alusiones mági-
cas, de afirmaciones generalísimas e inverificables: se trata de un razonamiento
que hace pedazos los esquemas de la vieja física aristotélica, pero para sustituir-
la por esquemas nuevos menos rígidos y no para dar comienzo a un tipo de inves-
tigación metodológicamente diferente del criticado.» (Geymonat, 1986: 69).
Según el autor citado, las relaciones entre Galileo y Bruno se inscriben en el
problema más amplio de cómo se interpreta el Renacimiento. La culminación de
este «grandioso movimiento de ideas» se halla, para quienes sostienen un punto
de vista idealista, en la filosofía de Giordano Bruno, mientras que para la con-
cepción antiidealista, se halla en la ciencia de Galileo.
De todos modos, hay que ver el silencio de Galileo en su contexto. Como
hiciera Francis Bacon en Londres, Galileo también procuró mantenerse cerca
del poder: no otro que éste fue su programa. Convencido de que el desarrollo de
la ciencia requería el apoyo de los príncipes, se acercó tempranamente al Gran
duque de Toscana mediante aquel gesto de denominar en su honor «planetas
mediceos» a los satélites de Júpiter que descubriera en 1609. Los Médicis fueron
sus protectores incluso en los años más difíciles para Galileo, si bien el poder
superior de la Iglesia impuso límites a aquella protección (el juicio de 1636 seña-
ló de algún modo la desaceleración del impulso de la burguesía italiana y la
decadencia del Renacimiento peninsular). Pero el sabio pisano, educado en el
catolicismo, sabía que debía ganar también a las jerarquías de la Iglesia para la
causa de la ciencia, representada entonces, según su convicción, por la doctrina
de Copérnico.
«No había, por tanto, elección posible: o hallar un acuerdo entre teoría
copernicana y dogma católico o renunciar al apoyo de la Iglesia a la nueva cien-
cia, con enornle perjuicio para el progreso científico.» (Geymonat, 1986: 72).
En los años inmediatamente posteriores al uso del telecopio quedó demos-
trada para Galileo, sus discípulos y sus numerosos corresponsales y prosélitos
dentro de los medios científicos, la veracidad de la teoría heliocéntrica y la false-
dad de la concepción aristotélico-ptolemaica. Uno de los primeros en reconocer
los descubrimientos de Galileo fue el astrónomo copernicano alemán Johannes
Kepler (1571-1630), quien en 1610, desde Praga (vale decir, desde territorios
ganados por el protestantismo), publicó su Disertatio cum Nuncio Sidereo.
Razones de mucho peso conducían a estos exitosos resultados. A saber: a) El
descubrimiento de las fases de Venus confirmaba la idea de que este planeta y
Mercurio giran alrededor del Sol. b) La Tierra ya no era el único centro de los
movimientos celestes, pues no sólo el Sol disponía de astros que giraban alrede-
dor de él, sino también Júpiter, que contaba con cuatro satélites (en 1613 Galileo

53
Héctor R. Olazábal

dio a conocer los radios orbitales de estos satélites y los diagramas con la previ-
sión de sus posiciones para varios meses). c) Todos los planetas carecían de luz
propia. d) La Tierra, además, no era el único cuerpo imperfecto y corruptible,
pues la Luna, lejos de presentar una superficie lisa, tenía profundos valles y
elevadas montañas. El Sol también presentaba accidentes: sus manchas. e) Los
cambios de posición de estas manchas probaban, además, que el Sol no es un
astro completamente inmóvil sino que rota en torno a su eje, como ya lo habían
supuesto Bruno y Kepler. Y por último, f) las observaciones de Saturno ofrecían
un nuevo caso de astro que gira en torno al Sol como centro y es acompañado en
su desplazamiento por otros astros. Galileo descubrió no sólo el anillo de este
hermoso planeta sino también dos posibles satélites. Convencido de los movi-
mientos orbitales de estos cuerpos recién avistados, que habían dejado de verse
(así como de los movimientos de Saturno y la propia Tierra), anunció acertada-
mente su reaparición para el solsticio de verano de 1613.
Otras visiones galileanas apuntaban a confirmar la intuición metafísica de
Giordano Bruno acerca de la infinitud del universo: a) la división de la Vía Lác-
tea, nuestra galaxia, en múltiples estrellas fijas (hoy en día se calculan éstas en
unos cien billones), y b) la aparición de estrellas cada vez más lejanas. Antonio
Banfi narra que «las observaciones del Sol le indujeron a enfocar su telescopio
sobre las estrellas fijas, que se le mostraron como puntos luminosos no aumenta-
dos, pero sí más brillantes, lo cual le indujo a pensar que estuvieran dotadas de
luz propia como el Sol, idea que, naturalmente abocaba a la concepción de la
infinitud de los mundos.» (1949: 102).
No obstante, la cautela de Galileo, que le hacía rehuir toda afirmación no
comprobada empíricamente, lo mantuvo en silencio durante toda su vida con
respecto a este problema de la finitud o infinitud del universo.
En 1611 Galileo viajó a Roma, donde fue recibido «casi triunfalmente» no
sólo por el príncipe Federico Cesi, que lo incorporó a la Academia de los Linces,
sino también por los matemáticos jesuitas del Colegio Romano, por el papa Pablo
V y por varios cardenales. Dice Víctor Navarro en la Introducción a su Antología
de Galileo:
«Todo ello parecía anunciar una victoria definitiva sobre la obstinación y la
desconfianza de los ambientes vinculados a la cultura académica y al aristotelismo.
Pero la controversia sobre la verdad copernicana tenía un alcance cultural y
político que escapó al confiado optimismo de Galileo.» (Cf. Galileo, 1991: 21).

LAS SAGRADAS ESCRITURAS Y EL JUICIO AL HELIOCENTRISMO


En 1613 el ahora «académico linceo» editó en Roma su Istoria e dimostrazioni
intorno alle macchie solari e loro accidenti, más conocida como las Cartas sobre
las manchas solares. Los cambios de posición de las manchas estudiadas demos-
traban no sólo la esfericidad del Sol sino también el movimiento de rotación de

54
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

éste alrededor de sí mismo en aproximadamente un mes. Galileo pensó que el


Sol, «alma y corazón del mundo», infunde a los cuerpos que lo rodean (1os plane-
tas y sus satélites) no sólo la luz sino el movimiento, provocado, según creyó
erróneamente, por este giro sobre sí mismo.
Afirma José Babini en el Estudio preliminar de otra antología galileana, que
es éste, sobre las manchas solares, el «primer trabajo de Galileo totalmente
copernicano». (Babini, 1967: 15). La afirmación es válida en referencia a sus
trabajos importantes y dirigidos al público, pero lo cierto es que Galileo era un
copernicano convencido desde mucho tiempo antes; aun desde antes de su utili-
zación del telescopio, como surge de su Carta a Kepler fechada en Padua el
4.8.1597. En esta epístola le agradecía al notable astrónomo una obra que había
recibido de él y le prometía leerla «con el ánimo bien dispuesto»:
«Lo haré con tanta mayor satisfacción por cuanto desde hace muchos años
me he convertido a la doctrina de Copérnico, gracias a la cual he descubierto las
causas de un gran número de efectos naturales que sin duda no pueden explicar-
se por la hipótesis común. He escrito sobre esta materia muchas consideracio-
nes, razonamientos y refutaciones que hasta el presente no he osado publicar,
atemorizado por la suerte del mismo Copérnico, nuestro maestro, que, si bien se
ha asegurado una fama inmortal entre algunos, entre otros infinitos, sin embar-
go (tan grande es el número de los necios) ha sido objeto de risa y de desprecio."
(Galileo, 1991: 308).
Tras la aparición del estudio sobre las manchas solares arreciaron las críti-
cas que pretendían ver contradicciones entre las afirmaciones de las Sagradas
Escrituras, inspiradas por el Espíritu Santo, y los hallazgos galileanos, obteni-
dos mediante cálculos matemáticos, observaciones y experiencias. La respuesta
de Galileo (buen católico como intentó serlo siempre y muy probablemente lo fue
de corazón) a tales críticas, fueron cuatro cartas conocidas como Copernicanas y
más propiamente llamadas Cartas teológicas de Galileo. La primera, fechada en
1613, dirigida a su amigo Benedetto Castelli, profesor de matemática en Pisa;
las restantes, de 1615, dirigidas dos de ellas a monseñor Piero Dini y una, la
última y más extensa, a Cristina de Lorena, Gran duquesa de Toscana (de la
Serenísima Casa de los Médicis). Galileo defendió en estos escritos, como vere-
mos, la autonomía de la investigación científica. Pero en la carta a Castelli, como
lo anota Víctor Navarro en la citada Introducción, «no se detuvo aquí y se aven-
turó por el peligrosísimo territorio de la exégesis bíblica, proponiendo una inter-
pretación del milagro de Josué acorde con la teoría copernicana". (Cf. Galileo,
1991: 21).
Curiosamente, no fue Galileo tampoco en este caso el primero: ya en 1579,
en España, fray Diego de Zúñiga había explicado, valiéndose de la teoría coper-
nicana y sin ser amonestado por el Santo Oficio, el pasaje de Josué mandando
detener el Sol. E incluso Zúñiga había ido más allá, mencionando en favor de
esta teoría algunos pasajes de los libros de Job.

55
Héctor R. Olazábal

En 1614 el fraile dominico Tommaso Caccini, predicando en Santa María


N ovella (Florencia), «arremetió contra aquellos que, como Copérnico y Galileo,
pretendían corregir la Biblia con falsas interpretaciones y enturbiar el milagro
de Josué...» (Banfi, 1949: 129). Ya comienzos del año siguiente Lorini, otro fraile
dominico, presentaba ante el Secretario de la Inquisición una denuncia acerca
de varias proposiciones peligrosas contenidas en la carta a Castelli. A saber:
«que ciertas formas de decir de las Sagradas Escrituras no son válidas; que las
Escrituras ocupan, en las cosas naturales, el último lugar; que los intérpretes a
menudo yerran; que las Escrituras conciernen sólo a la fe; que en las cosas natu-
rales la argumentación matemático-filosófica es superior.» (Banfi, 1949: 133).
En la Carta a la señora Cristina de Lorena, Gran Duquesa de Toscana, Galileo
se duele de los ataques que viene sufriendo por parte de quienes, según afirma,
«tratan como pueden de presentar esta opinión, al menos entre la gente común,
como nueva y exclusivamente mía. Aparentan ignorar que Nicolás Copérnico fue
su autor, o mejor renovador y confirmador, hombre no sólo católico, sino sacerdo-
te y canónigo [...] Habiendo reducido tal doctrina en seis libros, la dio a conocer al
mundo ante los ruegos del cardenal de Capua y del obispo de Culm. y como se
había entregado a esta empresa tan laboriosa por orden del Sumo Pontífice, de-
dicó a su sucesor, es decir, a Pablo III, su libro de las Revoluciones celestes. Edi-
tado en aquel tiempo, ha sido acogido por la Santa Iglesia y leído y estudiado por
todo el mundo...» (Galileo, 1991: 297).
¿Qué había sucedido entonces, en el lapso de más de setenta años transcu-
rridos desde la publicación de la obra de Copérnico? Pues, que en tiempos de
Galileo estamos en plena Contrarreforma y no es de extrañar, por consiguiente,
que hasta la doctrina del astrónomo polaco fuera mirada con desconfianza por
las autoridades eclesiásticas. Sorprendido y amargado por este tardío enjuicia-
miento, se queja Galileo a continuación:
«Ahora, mientras se va descubriendo lo bien fundado de ella [de la teoría
copernicana], con experiencias manifiestas y demostraciones necesarias, no fal-
tan personas que, no habiendo visto nunca el libro, procuran al autor el premio
de tantas fatigas con la distinción de hacerlo declarar herético. Y esto solamente
para satisfacer a su particular resentimiento, concebido sin razón contra alguien
[alude a sí mismo] que no tiene otro interés en Copérnico que aprobar su doctri-
na.»
Viendo en el ataque al astrónomo polaco una desviación de la agresión que él
mismo sufre, Galileo encara en defensa de ambos, en esta Carta a la Gran Du-
quesa, la solución que debería darse a posibles contradicciones entre los datos
sensibles que nos proporciona la naturaleza y el sentido literal de los textos sa-
grados:
«Ateniéndonos, pues, a esto, me parece que en las disputas de los problemas
naturales no se debería comenzar recurriendo a la autoridad de los lugares de
las Escrituras, sino por las experiencias sensibles y las demostraciones necesa-

56
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

rias; porque las Sagradas Escrituras y la naturaleza proceden igualmente del


Verbo divino, aquéllas como dictadas por el Espíritu Santo y ésta como ejecutora
obedientísima de las órdenes de Dios. Está, además, convenido en la Escritura,
para acomodarse al entendimiento de la gente común, decir muchas cosas dife-
rentes de la verdad absoluta, tanto en apariencia como en lo que atañe al nudo
significado de las palabras. La naturaleza, por el contrario, es inexorable e inmu-
table, no transgrede nunca las leyes a ella impuestas, y no se preocupa jamás de
que sus recónditas razones y modo de actuar sean accesibles a la capacidad de
los hombres. Parece que aquellos de entre los efectos naturales que, o las expe-
riencias de los sentidos ponen ante los ojos, o las demostraciones necesarias con-
cluyen, no deben de ningún modo ser puestos en duda, y mucho menos condena-
dos, por el testimonio de los lugares de la Escritura que presenten un aspecto
diverso en cuanto a las palabras. En efecto, no todo lo dicho en la Escritura está
sometido a condiciones tan severas como todo efecto de la naturaleza, y a Dios se
le descubre igualmente bien en los efectos de la naturaleza y en las sagradas
expresiones de la Escritura.» (Galileo, 1991: 299).
Galileo acepta que los textos sagrados deben ser preferidos en aquellas pro-
posiciones de fide, cuya credibilidad, por sobrepasar toda capacidad de compren-
sión humana, sólo puede ser obtenida por boca del Espíritu Santo. Antepone
también la autoridad de las Sagradas Escrituras a todos los escritos humanos
producidos "no con método demostrativo, sino como pura narración o con razo-
nes probables». Pero agrega: «...no creo que sea necesario creer que el mismo
Dios que nos ha dotado de sentidos, de entendimiento y de intelecto, haya queri-
do, posponiendo el uso de éstos darnos con otros medios las noticias que podía-
mos conseguir con aquéllos, de modo que, incluso en las conclusiones naturales
que se hacen manifiestas a los ojos o al intelecto por experiencias sensibles o por
demostraciones naturales, debamos negar el sentido y la razón.» Galileo supone
que el Espíritu Santo no ha querido enseñarnos si el cielo se mueve o está quieto
y si la Tierra está en el centro o en un lado, sino aquello que concierne a nuestra
salvación:
«Por mi parte diré aquí lo que oí a una persona eclesiástica de elevado rango,
a saber, que la intención del Espíritu Santo era enseñarnos cómo se va al cielo y
no cómo va el cielo.» (Galileo, 1991: 300).
Puesto que dos verdades no pueden contradecirse, si ocurriera que la autori-
dad de las Sagradas Escrituras se mostrara en oposición con una razón manifies-
ta y segura, ello significaría que quien interpreta la Escritura no la comprende
de manera conveniente. Apela en este punto a un pasaje de San Agustín, quien
en la Epistola Septima ad Marcellinum dice:
"Si [el intérprete] opone a las razones manifiestas y ciertas la autoridad de
las Sagradas Escrituras, no comprende lo que hace; ya la verdad no opone el
sentido de la Escritura, que no puede penetrar, sino el suyo; y no opone lo que
encuentra en ella, sino lo que encuentra en sí mismo, en lugar de ella.»
..

Héctor R. Olazóbal

De este modo para Galileo, y en esto consiste básicamente su teología, no


existe oposición posible entre la razón cuando es «manifiesta y cierta», y la Escri-
tura, sino entre aquélla y el sentido que a ésta quiera atribuírsele. La Escritura
no erra; erran quienes la interpretan. Insiste, por otra parte, en que aun cuando
los sabios tuvieran por cierto la estabilidad del Sol y el movimiento de la Tierra,
los libros sagrados debieron ser escritos de modo comprensible para el vulgo:
«Es bastante manifiesto, pues, que era necesario atribuir el movimiento al
Sol y la quietud a la Tierra, para no confundir la poca capacidad del vulgo y
hacerlo reacio y contumaz a prestar fe a los artículos principales, que son absolu-
tamente de Fide ... » (Galileo, 1991: 304).
Partiendo Galileo de estas premisas, su natural vehemencia de carácter lo
induce a replantear el tema del milagro narrado en el Libro de Josué (Capítulo
X, versículos 12 y 13). Josué, personaje de este libro bíblico, para prolongar el día
de una batalla pidió a Jehová que detuviera el Sol.
«La cual cosa, si se realizan los movimientos celestes conforme a la constitu-
ción ptolemaica, no puede acaecer de ningún modo, porque, dado que el movi-
miento del Sol se efectúa por la eclíptica según el orden de los signos, que es de
occidente hacia oriente, es decir, contrario al movimiento del primer móvil de
oriente a occidente, que es el que hace los días y las noches, resulta claro que si
cesara el Sol su movimiento verdadero y propio el día se haría más corto y no
más largo y que, por el contrario, el modo de alargarlo sería acelerar su movi-
miento. [. ..] Esto equivaldría a aumentar su velocidad usual cerca de trescientas
sesenta veces más.» (Galileo, 1991: 305).
Según Galileo, Josué habló de acuerdo con el entendimiento de la gente que
lo escuchaba, puesto que "no tenía intención de enseñarle la constitución de las
esferas, sino sólo de que comprendieran la grandeza del milagro hecho con el
alargamiento del día».
La Carta a la Gran Duquesa circuló profusamente en copias manuscritas,
no siempre fieles al texto original. La intervención del Santo Oficio se precipita
enseguida a raíz de una carta del carmelita Antonio Foscarini, quien tenía para
la imprenta un libro en el que defendía el sistema de Copérnico desde el punto de
vista teológico. Foscarini sostenía la inconveniencia, para la Iglesia, de hacer
responsables a los textos sagrados de los errores científicos contenidos en ellos.
La pretensión de Galileo, y también la del padre Foscarini, era ilustrar a las
autoridades eclesiásticas acerca de las nuevas verdades aportadas por la razón y
la experiencia a fin de que pudieran ser conciliadas con las verdades de la fe.
Pero, como afirma Banfi, «...esta misma pretensión de ilustrar a la Iglesia en
materia de verdad religiosa desde un punto de vista independiente de ella era
fundamentalmente anticatólica». (1949: 135).
Motivos sobrados tenía ahora Galileo para preocuparse: habían transcurri-
do sólo escasos años desde que Giordano Bruno fuera condenado por la Inquisi-
ción a morir en la hoguera. A principios de 1616 (casualmente el mismo año,

58
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

aciago para las letras, en que morían Cervantes en España y Shakespeare en


Inglaterra), se efectuó en Roma el juicio del Santo Oficio. La sentencia del temi-
do tribunal declaró la falsedad de la doctrina heliocéntrica por contraria a las
Sagradas Escrituras, suspendió el libro de Copérnico y el de fray Diego de Zúñiga
«hasta que sean corregidos» y prohibió la publicación del libro de Foscarini. Tal
teoría «no puede «defenderse ni tenerse», dijeron los jueces. Galileo no fue san-
cionado pero, según se afirmó más tarde, se le advirtió verbalmente ante testigos
que debía incluso abstenerse de enseñarla.

LA FILOSOFíA GALlLEANA DE LA NATURALEZA


El decreto de 1616 produjo en Galileo un período en el cual se abstuvo de
publicar. Tres años después, habiéndose avistado unos cometas, su discípulo y
amigo Mario Guiducci publicó un Discurso de los cometas que fue inmediata-
mente impugnado por el matemático jesuita Orazio Grassi de Savona. Éste, bajo
el seudónimo de Lotario Sarsi, sostuvo, en un libro que tituló Libra astronomica
ac philosophica ('libra' = nombre de la antigua balanza romana, de una constela-
ción y de un signo del zodíaco), que tras la obra de Guiducci se escondía Galileo,
forzándolo así a la polémica. El sabio pisano respondió recién en 1623, en un
escrito editado en Roma bajo el título de Il saggiatore (tomado de la denomina-
ción que entonces se daba a quien se especializaba en pesar metales preciosos
con gran exactitud) y traducido al español como El ensayador. Si bien la doctrina
sostenida tanto por Guiducci como por Galileo acerca de la naturaleza de los
cometas resultó ser errónea, Il saggiatore presenta otros méritos entre los cuales
no es menor el de su forma literaria, rica en agudezas e ironía. Entre otras con-
sideraciones de interés afirma Galileo en este texto que la filosofia no puede ser
una fantasía de un hombre, «como la llíada yel Orlando furioso, libros en los que
lo menos importante es que lo que en ellos hay escrito sea verdad». Y continúa:
«Señor Sarsi, las cosas no son así. La filosofia está escrita en ese grandísimo
libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos (es decir, en el univer-
so), pero no se puede entender si primero no se aprende a comprender su lengua-
je y a conocer los caracteres en los que está escrito. Está escrito en lengua mate-
mática y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin
cuya ayuda es humanamente imposible entender nada; sin éstas es como girar
vanamente por un oscuro laberinto.» (Galileo, 1991: 87).
Puesto que Sarsi ha incluido en La balanza, en apoyo de las tesis que defien-
de, la opinión de unos cuantos autores antiguos, Galileo considera necesario im-
pugnar el principio de autoridad. Sin duda el recurso a la experiencia que Galileo
defiende es incompatible con el principio de autoridad, y al efecto introduce la
alegoría de las águilas y los estorninos:
«Bien es cierto que aquéllas, como son escasas, se ven poco y se oyen menos,
y éstos, que vuelan en bandadas, allá donde se posan llenan el cielo de chillidos y
rumores y ponen zozobra en el mundo. Pero ojalá los verdaderos filósofos fueran

59
Héctor R. Olazábal

como las águilas y no más bien como el ave fénix [que según la leyenda mOlia
quemada y renacía de sus cenizas]. Señor Sarsi, infinita es la turba de los tontos,
es decir, de los que no saben nada; bastantes son los que saben poquísimo de
filosofía; pocos los que saben alguna cosilla; poquísimos los que saben alguna
pequeña parte y un solo Dios el que la sabe toda. [...] Juzgar, pues, las opiniones
de alguien en materia de filosofía por el número de sus seguidores, lo considero
poco seguro.» (Galileo, 1991: 88).
En otro pasaje traza Galileo su conocida distinción entre a) los «accidentes
verdaderos» de las cosas, o «primeros y reales accidentes», y b) aquellos acciden-
tes que no están en las cosas sino en nosotros y que fuera de nosotros son «meros
nombres». Explica ambos tipos de este modo: « ... tan pronto como concibo una
materia o sustancia corpórea, experimento la necesidad de imaginar, al mismo
tiempo, que está delimitada y que tiene ésta o aquella forma, que en relación a
otras es grande o pequeña, que está en este o aquel lugar, en este o aquel tiempo,
que se mueve o está quieta, que toca o no toca otro cuerpo, que es una, o pocas, o
muchas [...] Pero que tenga que ser blanca o roja, amarga o dulce, sonora o muda,
de olor agradable o desagradable, no siento que tenga que obligar a mi mente a
representármela acompañada necesariamente de tales condiciones; más bien, si
los sentidos no las hubieran advertido, tal vez la razón o la imaginación por sí
mismas no lo hubieran logrado nunca. Por ello, pienso que estos sabores, olores,
colores, etc., por parte del sujeto en el que parece que residen no son otra cosa
que puros nombres y tienen únicamente su residencia en el cuerpo sensitivo, de
manera que eliminado el animal sensitivo, se eliminan y aniquilan todas estas
cualidades.» (Galileo, 1991: 113).
Pone como ejemplo de esta distinción la facultad de hacer cosquillas, que no
está en la mano que produce el roce sino en el cuerpo animado de un hombre o un
animal. La acción de esa mano, si pasa sobre la superficie de una estatua de
mármol, será la misma en cuanto a los accidentes primarios (movimiento y tac-
to), pero no producirá las cosquillas. Inclusive, éstas serán distintas según la
parte del cuerpo sensitivo que haya sido rozada, o si en vez de utilizar la mano
utilizo una pluma.
Pues bien: el calor, dice Galileo, es de este género de cualidades que sólo
tienen existencia en nosotros y no en los objetos externos. No está en el fuego,
que no es más que «una multitud de cuerpecillos muy pequeños, con tal y tal
figura y moviéndose con tanta y tanta velocidad» que al encontrarse con nuestro
cuerpo lo penetran gracias a su gran pequeñez y forman la sensación que llama-
mos calor, «agradable o molesta según la cantidad y velocidad, mayor o menor,
de esas partículas...»
A esta teoría del calor como cualidad del cuerpo sensitivo o «puro nombre»,
añade todavía, a continuación, una hipótesis sobre la luz:
«y tal vez mientras dura esta sutilización y frotamiento y se mantiene den-
tro de unas cantidades mínimas divisibles, su movimiento es temporal y su ope-
ración solamente calorífica; pero al alcanzar la última y elevadísima resolución

60
En busco del método científico (11) Aventuro y desventuras de Galileo Galilei

en átomos realmente indivisibles se crea la luz con un movimiento o, mejor di-


cho, expansión y difusión instantánea y capaz por su, no sé si debo decir, sutili-
dad, rareza, inmaterialidad, o bien por otra condición diversa de todas éstas e
innominada, capaz, digo, de llenar espacios inmensos.» (Galileo, 1991: 116).
Queda así esbozada toda una visión de la naturaleza que, en tanto pensa-
miento filosófico, admite y ha generado múltiples coincidencias y discrepancias.
La actitud de Galileo desechando como secundario todo aquello que no es
cuantificable, vale decir, su criterio de «matematización del conocimiento natu-
ra!», constituye uno de los rasgos medulares de lo que ha sido llamado la «ciencia
galileana» moderna. El notable desarrollo científico de los últimos siglos va uni-
do al descubrimiento galileano de una ley de causalidad universal que rige los
hechos de la naturaleza, aspecto sobre el que volveré, pero va también muy uni-
do a esta visión geométrica y matemática de la realidad.
Este «galileismo» científico ha sufrido objeciones que tienen su origen en el
campo filosófico, entre las que cabe mencionar las de Edmund Husserl (1859-
1938). En efecto, en La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascen-
dental, obra publicada en 1936, este filósofo idealista alemán se presenta, en
nombre de lo que llama «el mundo de la vida'" como uno de sus críticos más
radicales. Sin perjuicio de reconocer, «con toda seriedad, que Galileo se halla en
la cúspide de los más grandes descubridores de la época moderna», Husserl hace
hincapié en que no todo acontecimiento natural obedece, como pretende el físico
pisano, a leyes exactas. Galileo ha «idealizado» la naturaleza, ha encubierto la
verdadera naturaleza, pues, tal como incluso parece demostrarlo la fisica atómi-
ca del siglo XX, no todo en el mundo está sometido a la ley de causalidad:
«Galileo, el descubridor de la fisica, esto es, de la naturaleza fisica -o para
hacer justicia a los que le prepararon el terreno: el descubridor que dio cima a la
tarea-, es un genio descubridor y encubridor al mismo tiempo.» (Husserl, 1936:
63).
El español Manuel Cruz, autor de una reciente Filosofía contemporánea,
dice, estudiando a Husserl, que la distinción galileana entre cualidades prima-
rias y secundarias «reconduce» (vale decir, guía, dirige, o más bien, limita) lo que
la observación sensible nos muestra en toda su riqueza, a los aspectos cuantita-
tivos de figura, magnitud y movimiento de los componentes últimos de la mate-
ria:
«Sólo se debe atender, propone Galileo, a lo expresable matemáticamente.
No es poco lo desechado en un solo gesto. De nuestro universo han de desapare-
cer olores, sabores o sonidos, que no son más que 'impedimentos de la materia' a
la tarea del filósofo geómetra. El resultado, desde luego, está garantizado: con
un mundo a la medida de las matemáticas, las cuentas siempre salen. Todo irá
bien mientras tengamos espíritu contable y nos apliquemos a considerar lo
matematizable. Dicho de otra manera, esta ciencia funciona: alcanza los objeti-
vos propuestos. Pues bien, lo que Husserl se empeña en debatir es justamente

61
Héctor R. Olazábal

ese ideal de exactitud o, lo que viene a ser lo mismo, si resulta convincente un


modelo de conocimiento que valora las magnitudes individuales no cuantificables
como obstáculos. [. ..] «Con Galileo la dimensión categorial de la matemática sus-
tituye al mundo verdaderamente experimentado y experimentable, nuestro mun-
do real y cotidiano de la Lebenswelt [mundo de la vida], en el que un cucurucho
de helado no es la suma de un cono y una semiesfera, sino un sabroso manjar,
frío y con sabor a limón.» (Cruz, 2002: 172).
Conviene aclarar, no obstante, que Husserl no se opone propiamente al mo-
delo galileano en tanto yen cuanto modelo científico, sino más bien a la preten-
sión de la ciencia de considerar realidad a sus propios esquemas. Se opone a «la
naturaleza dada en fórmulas, que solamente puede ser interpretada mediante
las fórmulas». (Husserl, 1936: 63). La crítica del fundador de la escuela fenome-
nológica se dirige, en verdad, menos a Galileo que a los «positivistas lógicos» del
siglo XX, integrantes del Círculo de Viena (Schlick, Carnap, Neurath, etc.), quie-
nes negaban todo conocimiento que no fuera el conocimiento científico-positivo.
¿Idealizó Galileo la naturaleza? ¿Mediante la matematización o geometri-
zación de la realidad se escapó del campo de la física para introducirse en el de la
metafísica? Prefiero cerrar de momento esta cuestión con el siguiente fragmento
que tomo del excelente trabajo de Ludovico Geymonat:
«Me parece que puede excluirse que la importancia instrumental atribuida
por Galileo a la matemática pueda interpretarse como adhesión a un matema-
ticismo metafisico: en primer lugar porque [...] inserta la matemática en la lógica
o, para ser más exactos, la inserta en el gran proceso de rectificación del lenguaje
que considera indispensable para el desarrollo de la investigación científica (y
que según él no solamente debe consistir en el uso de razonamientos verdadera-
mente correctos, sino también en la eliminación del lenguaje científico de frau-
des y referencias equívocas a conceptos 'metafísicos', en el sentido de 'no opera-
tivos'); en segundo lugar, porque casi siempre considera a la matemática como
una disciplina vinculada a la técnica y no como 'matemática pura' en el sentido
moderno del término (precisamente porque le atribuye una función de aproxi-
mación al mundo natural, no de aproximación a un mundo de entidades ideales
trascendentes.» (Geymonat, 1986: 227).

EL JUICIO INQUISITORIAL A GALILEO Y SU ABJURACiÓN


En 1620, luego de algunas correcciones a la obra de Copérnico, la Iglesia
permitió tener en cuenta la teoría del astrónomo polaco, siempre que se la consi-
derara como mera hipótesis matemática y no como realidad fisica. El cardenal
Maffeo Barberini, amigo de Galileo, era ahora Papa con el nombre de Urbano
VIII. Galileo se puso entonces a trabajar en una obra que pretendía presentar,
en forma de coloquio entre tres personajes ficticios (Salviati, Sagredo y Simpli-
cio, nombres de personas reales, uno de ellos fallecido), los «dos máximos siste-
mas»: el ptolemaico y el copernicano. Tras diversas gestiones, el Dialogo di Galileo

62
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

Galilei Linceo sopra i due massimi sistemi del mondo vio la luz finalmente en
1632, en Florencia; el mismo año en que empezó a sufrir la afección en la vista
que terminaría dejándolo ciego.
Galileo impugna en este libro la teoría aristotélica que ve al movimiento
como una especie de proceso de cambio inherente a los diversos cuerpos y por
ende diferente según sea la naturaleza de éstos (la creencia, por ejemplo, de que
los cuerpos terrestres se mueven en línea recta y los celestes en círculo, los pesa-
dos descienden y los ligeros se elevan, etc.). Un movimiento distinto al de su
naturaleza, sostienen Aristóteles y los fisicos peripatéticos, sólo puede serle im-
puesto a un cuerpo mediante violencia. El movimiento requiere una causa que
está en los propios cuerpos; en cambio el reposo es un estado neutro, fin y meta
del movimiento. Al contrario, Galileo elimina el vínculo entre movimiento y na-
turaleza de los cuerpos y sostiene que reposo y movimiento no son cosas distintas
sino que ambos son estados neutros: el reposo no es más que un «infinito grado
de lentitud». El movimiento puede ser tan imperceptible como el reposo; en rela-
ción con cosas que también están en movimiento, aquél «nada opera y es como si
no existiese». Como bien observa Navarro, «el movimiento así entendido no re-
quiere más causa que la que exige el reposo.» (Cf. Galileo, 1991: 23).
Si el movimiento no está ligado a la naturaleza del cuerpo es posible la com-
posición (o combinación) de movimientos, vale decir, que un cuerpo participe a la
vez en más de un movimiento. ¡Caían así, una a una, las objeciones de los fisicos
peripatéticos en contra del movimiento de la Tierra! La construcción galileana,
por supuesto, no estaba exenta de errores e insuficiencias, sin que ello le quite
mérito alguno: Isaac Newton (1642-1727) aclarará más tarde la diferencia, que
Galileo no alcanzó a establecer, entre movimiento inercial rectilíneo y movimiento
circular (no alcanza con la inercia para explicar el movimiento circular de la
Tierra).
El Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, editado en italiano,
como casi toda la obra del autor, con el fin de alcanzar no sólo a lectores eruditos,
produjo conmoción. Llegó a sostenerse calumniosamente que Galileo ridiculiza-
ba al Papa en la figura de Simplicio, el personaje que defendía la teoría de
Ptolomeo. En 1633 Galileo, viejo y enfermo, es sometido a proceso en Roma ante
el Tribunal del Santo Oficio. El dictamen lo acusa de haber violado claramente el
mandato que se le había impuesto en 1616: «...pues en ese libro defendiste la
mencionada opinión, previamente condenada y declarada de esa manera ante tí,
aunque en el libro eches mano a ciertas estratagemas para producir la impresión
de que la cuestión queda sin resolver y que es meramente probable, lo cual a
pesar de todo es un gravísimo error, pues una opinión, en manera alguna, puede
ser probable si ha sido declarada y definida como opuesta a las Sagradas Escritu-
ras. (...] y con el objeto de que tu grave y pernicioso error y transgresión no quede
sin castigo, y con el fin de que seas más cauteloso en el futuro y sea para todos los
demás una advertencia de que deben abstenerse de similares delitos, ordenamos

63
Héctor R. Olozábol

que el libro Diálogo de Galileo Galilei se prohiba por edicto público.» (Cf. G6hre
y García Orza, 1992: 20).
Agrega la sentencia:
«Nos alegramos de que seas absuelto, siempre que, previamente, con cora-
zón sincero y fe infinita, ante nosotros abjures, maldigas y detestes los mencio-
nados errores y herejías, contrarios a la Católica y Apostólica Iglesia, de la forma
y manera que nosotros te impondremos.» (Cf. Banfi, 1949: 243).
En el silencio de la asamblea, a la que había comparecido «como reo y en
hábito de penitencia», el inventor del telescopio refractor, la balanza hidrostática,
el microscopio y el termómetro, el descubridor de la ley de aceleración de la caída
de los cuerpos, de que la luz es «velocísima» pero no instantánea, del isocronismo
de los movimientos del péndulo, de las agrupaciones de estrellas de la vía láctea,
de las bandas de Júpiter y sus cuatro mayores satélites, de las fases de Venus y
Marte, de que la Luna y los planetas carecen de luz propia... se arrodilla ante los
«eminentísimos y reverendísimos cardenales de la Iglesia Universal Cristiana»,
reconoce haber creído y defendido que «el Sol era el centro del universo [en
puridad, Galileo jamás sostuvo esto] y que la Tierra no era el centro y que ade-
más se movía» y dice: «queriendo quitar de la mente de Vuestras Eminencias y
de todo fiel cristiano esa fuerte sospecha, justamente concebida a mi propósito,
con corazón sincero y no fingida fe abjuro, maldigo y aborrezco los susodichos
errores y herejías, y en general, cualquier otro error, herejía y secta contraria a
la Santa Iglesia...»
y aun agrega que «si conozco a algún herético o a alguno que sea sospechoso
de herejía lo denunciaré a este Santo Oficio... » (Cf. Geymonat, 1986: 174).
Tras esa rendición (<<abismo de envilecimiento», la llama Banfi), Galileo es
condenado a recitar durante tres años «salmos penitenciales» y a cumplir cárcel
perpetua al arbitrio del propio Santo Oficio, que se reserva «la facultad de mode-
rar, cambiar o levantar en todo o en parte las susodichas penas y penitencias».
Concluye así, como dice Raúl García Orza, «una de las mayores humillaciones
intelectuales que registra la historia del pensamiento científico». (G6hre y García
Orza, 1992: 20). La condena y la abjuración son dadas a conocer en todos los
templos del mundo católico. La derrota personal del filósofo-matemático coinci-
de con la de una de aquellas dos facciones internas que se manifestaban (de
modo casi subterráneo) en el catolicismo: «la facción de los reaccionarios más
intransigentes y la de los más ardientes defensores de una apertura completa de
la Iglesia hacia la cultura moderna». (Geymonat, 1986: 93).
El temor cundió. Así, enterado del resultado del juicio René Descartes, que
residía por entonces en Holanda, suspendió la publicación de su obra El mundo o
Tratado de la luz, en la que defendía el heliocentrismo copernicano. Empero, la
prohibición del Dialogo di Galileo Galilei Linceo produjo un resultado opuesto al
querido, pues despertó mayor curiosidad: traducido a varios idiomas el libro al-
canzó amplísima divulgación.

64
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

Diversos comentaristas han hablado del rol decisivo cumplido en estos he-
chos por losjesuitas, algunas de cuyas principales cabezas sentían gran animosi-
dad personal hacia Galileo a partir de las duras polémicas que éste había soste-
nido con Orazio Grassi, el padre Christopher Scheiner y otros. Tal adversión no
es de descartar, más allá de que, como hemos visto, no sólo la Compañía de Jesús
sino muchas jerarquías de la Iglesia, inclusive el Papa, esgrimían fuertes razo-
nes dogmáticas contra la doctrina galileana. La Iglesia no pudo tolerar lo que
interpretó como una intrusión en asuntos teológicos por parte de un lego.
Se ha hablado mucho, también, de la famosa frase que habría pronunciado
el condenado inmediatamente de leída su abjuración, al levantarse de la posición
de arrodillado: «¡E pur si muove!» (¡Y sin embargo se mueve!). No hay pruebas de
tal actitud, ni en verdad, consideradas las circunstancias, resulta creíble.
La prohibición del Diálogo y demás obras de Galileo, Copérnico y Kepler
sobre la movilidad de la Tierra se mantuvo durante casi dos siglos: hasta 1822.
En cuanto al error judicial cometido, fue gradualmente asumido por el Vaticano
en un proceso que pasa por la enmienda de León XIII, en 1893, y culmina recién
en la década de 1980.

EL TRIUNFO DEL AFÁN: LOS DISCURSOS SOBRE DOS NUEVAS CIENCIAS


En los primeros meses que siguen a la condena y abjuración, Galileo hace
esfuerzos tenaces para «levantarse de la abyección em que había sido sumido»
(Geymonat, 1986: 177). Contó para ello con la cercanía afectiva de su hija Virgi-
nia (sor María Celeste, que mucho lo amaba pese a los errores cometidos por el
sabio en su vida familiar), la que desde su convento siempre lo apoyó. Y con la
presencia de algunos amigos, entre los cuales el arzobispo de Siena Ascanio
Piccolomini, quien, con autorización del Vaticano, le brindó como cárcel el pala-
cio arzobispal. Galileo recibe en esta residencia, y luego en Arcetri, lugar de su
confinamiento definitivo, «visitas continuas» de personalidades que lo estimulan
a seguir con sus trabajos en el campo de la ciencia pura. Mas sólo un año después
del juicio su ánimo recibe un nuevo golpe: la muerte de sor María Celeste.
En 1638, ya ciego y enfermo, logra publicar sus Discursos y demostraciones
matemáticas acerca de dos nuevas ciencias referentes a la mecánica y a los movi-
mientos locales (conocidos también como Diálogos de las nuevas ciencias). Estos
Discursos, cuya edición sólo fue posible en Holanda, son considerados su obra
más original. Así como el Diálogo de 1632, los Discursos tienen forma coloquial y
se dividen en cuatro «Jornadas»: las dos primeras destinadas a la mecánica y las
otras dos, a la dinámica. Aunque escrito en italiano, el libro contiene algunas
partes en latín para subrayar el valor teorético de éstas.
En la primera Jornada, los interlocutores tratan de asuntos tales como la
coherencia de las partes en los cuerpos sólidos, la resistencia de materiales y la
velocidad de la luz. En la segunda dialogan acerca de la resistencia a la fractura

65
Héctor R. Olazábal

de sólidos tales como los cilindros macizos y los cilindros huecos, las ramas de los
árboles y los huesos de los animales. En la tercera, dedicada al estudio de los
movimientos locales (tema en el que la palabra de Aristóteles era artículo de fe,
aun más indiscutible que en el campo astronómico), se formula la ley de acelera-
ción de la caída de los cuerpos. Galileo se aparta aquí también de Arquímedes
(287-212 a.C.), a quien llamaba su «divino maestro». Este sabio griego creyó que
la velocidad de caída era proporcional al tiempo; Galileo, pasando del campo de
la lógica al de la naturaleza, demuestra mediante la experiencia del plano incli-
nado y otras, que los espacios recorridos (y no la velocidad), son proporcionales a
los cuadrados de los tiempos, según la fórmula s oc t2 • Si los tiempos son 1, 2, 3... ,
los espacios recorridos en la caída deben ser 1,4,9... veces mayores. Comprueba
que los cuerpos «<graves»), no caen con velocidades proporcionales a su peso,
como sostenían los escolásticos. Además de insistir en su acertada distinción
formulada años antes entre peso y peso específico (éste varía con la temperatu-
ra), Galileo distingue el peso cuando el cuerpo está en reposo y cuando está en
movimiento y demuestra que los graves, cualquiera sea su peso y su forma, caen
al vacío a la misma velocidad. El aire, al contrario de lo que pensaba Aristóteles,
no acelera la caída sino que su resistencia convierte el movimiento acelerado en
uniforme. Si no fuera así, sostiene lógicamente Galileo, las gotas de nieve o de
lluvia se convertirían en mortíferos proyectiles. Finalmente, en la cuarta Jorna-
da, dedicada a la composición de movimientos, se demuestra que la curva que
describe un arma arrojadiza o proyectil es una parábola.
En una edición póstuma de los Discursos se agregaron todavía dos nuevas
Jornadas: la quinta, que Galileo dictó a su discípulo Evangelista Torriccelli, so-
bre la teoría euclidiana de la proporción, y la sexta, referente a la fuerza de
percusión (choque de cuerpos) y a la demostración del postulado de la ciencia del
movimiento uniformemente acelerado.
Galileo plantea inicialmente en la obra su concepción del espacio, que Banfi
ha presentado según esta fórmula: «un espacio continuo y finito constituido por
una infinidad de átomos y pequeños espacios vacíos.» (1967: 262).
El «académico linceo» contraría aquí, una vez más, a Aristóteles, para quien
el vacío es imposible y el espacio cósmico está ocupado por el éter. ¿Qué es el éter?
Según el Estagirita, es un fluido sin masa, un quinto elemento (de carácter hipo-
tético) que se agrega a la tierra, el agua, el aire y el fuego. Galileo, en cambio,
retomando la idea de la estructura discreta (discontinua) de la materia, que ha-
bían formulado Leucipo, Demócrito, Epicuro, Lucrecio, piensa en átomos que se
mueven en el vacío, da una explicación atómico-mecánica de los fenómenos natu-
rales como producidos por el movimiento a velocidades extremas y concibe la ley
de un infinito desarrollo, concepto éste que es el principio del cálculo infinitesimal.
Vale la pena insistir aquí en el cambio radical que provoca Galileo en el
concepto tradicional de espacio. En su Física, Aristóteles piensa en un espacio
único que es algo así como un agregado de cosas, de elementos; un espacio que
todo lo encierra y contiene en sí, como elementos, los lugares particulares que

66
En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

ocupan los cuerpos. Un mismo lugar puede admitir este cuerpo o aquél, del mis-
mo modo que un recipiente puede contener agua, vino o aceite. Un lugar particu-
lar envuelve como una cáscara los cuerpos que abarca y contiene. El espacio,
pues, es concebido como el límite entre el continente y el contenido. Un límite no
material sino geométrico, pero ligado a los lugares particulares de los cuerpos,
del mismo modo que éstos están ligados a los cuerpos materiales mismos. Más
allá de la cáscara última (la última esfera celeste), no puede haber ni espacio ni
cuerpos. Según lo explica Cassirer,
«En el sistema de la física peripatética, la noción de un espacio vacío carece
de todo sentido determinado; si el espacio se concibe sólo como determinación y
límite del cuerpo y como algo necesariamene pegado a éste, allí donde no haya
cuerpos ni siquiera existe la posibilidad del espacio. Un espacio vacío sería como
un continente que nada contuviera, lo que por cierto constituye una contradictio
in adjecto.» (Cassirer, 1926: 226).
Por el contrario, en Galileo el espacio pasa a ser universalmente homogéneo;
no una suma de elementos diversos sino una totalidad sistemática obediente a
una ley única y rigurosa. Ya no hay cuerpos sustancialmente móviles y cuerpos
sustancialmente inmóviles, cuerpos que tiendan hacia arriba y otros que tiendan
hacia abajo, pues todos están sometidos a la misma ley. Es una característica de
la naturaleza la regularidad universal del movimiento. Para Galileo, dice Cassirer,
<<la homogeneidad del mundo se sigue de la necesaria homogeneidad del espacio
geométrico». (1926: 228).
El cosmos, entonces, queda conformado en su unidad no sólo por la desapa-
rición de la distinción entre astros viles y astros puros y por la sujeción del movi-
miento a una ley única válida para todos los cuerpos, sino también por esta idea
del espacio como un todo homogéneo. Liberado así de los tradicionales conceptos
metafísico-dogmáticos de la filosofía de la naturaleza y valido de la razón y la
experiencia, Galileo se enfrenta en los Discursos, preocupado, a los arduos e in-
numerables problemas a los que es menester hallar solución científica:
«¿Pero en qué piélagos inconscientemente nos vamos poco a poco adentrando?,
¿entre los vacíos, los infinitos, los indivisibles, entre los movimientos instantá-
neos, para no poder nunca, después de mil razonamientos, alcanzar la orilla?»
(Cf. Banfi, 1967: 262).
La forma de «alcanzar la orilla» que se propone será determinar, de entre tal
vastedad, algunas de las dificultades más concretas. En esta línea, todavía me-
ses antes de su muerte, acaecida el 9 de enero de 1642, el genial pisano, poseído
hasta el final de su fiebre de trabajo, inventó el reloj de péndulo.
Pues bien: ¿qué nos dejó en definitiva Galileo? En un Elogium fúnebre dijo
de él su contemporáneo Mersenne:
«Tuvo esta gloria, hasta entonces negada a los mortales, de aumentar las
provincias de los cielos y de agrandar el universo.» (Cf. Babini, 1967: 112s).

67
Héctor R. Olazábal

Pero parece claro que más allá de todos sus descubrimientos e invenciones,
el mayor legado de este hombre ha sido el método por él utilizado, que ha servido
y sirve de base a la ciencia moderna. Detengámonos, pues, un poco más en este
punto.

EL MÉTODO GALlLEANO y LA FILOSOFíA PERIPATÉTICA


No hay en la obra de Galileo ni particularmente en los Discursos, como lo
señala José Babini en el siguiente párrafo, una formulación explícita del nuevo
método científico:
«Aunque en los Discursos Galileo no califica expresamente su procedimiento
como un método especial, el camino que siguió para deducir la ley de caída seña-
la la senda que en lo sucesivo seguirá la ciencia natural: hipótesis, formulación
matemática de la misma, deducción de consecuencias de esa formulación y com-
probación experimental de esas consecuencias a fm de que la teoría quede conso-
lidada, cementada...» (Babini, 1967:25).
Se advierten en este «camino» dos momentos en tensión: el momento racio-
nal y el experimental. Ninguno es por sí suficiente. Así, por ejemplo, Galileo
necesitó y se auxilió siempre de la razón para interpretar sus observaciones.
Víctor Navarro hace notar que, según el Sidereus nuncius, cuando el astrónomo
pisano observó la Luna por el telescopio no vio realmente más que manchas más
numerosas que las que esperaba ver. Distinguió aquellas más profundas y oscu-
ras, que coincidían con las «grandes» o «antiguas», visibles a ojo desnudo y reco-
nocidas desde siglos, de las más pequeñas y numerosas, nunca observadas. Trans-
currió algún tiempo antes de que pudiera inferir que la superficie lunar presenta
profundos valles y altas montañas, y sólo pudo alcanzar tal conclusión valido de
conocimientos anteriores. Esos conocimientos fueron: a) la antigua opinión de
los pitagóricos según la cual la Luna sería algo así como la Tierra, y b) la afirma-
ción de Copérnico de que la Tierra no era, como pensaba Aristóteles, algo radi-
calmente diferente a los demás astros. Tampoco vio Galileo desde el principio los
satélites de Júpiter sino sólo tres estrellas pequeñas junto a éste (más tarde
cuatro) muy luminosas. Sólo su convicción de la verdad del sistema copernicano
le permitió vislumbrar que si la Tierra es un planeta y tiene un satélite, otros
planetas también podrían tener satélites. (Galileo, 1991: 16s). En suma: no al-
canza con ver algo; es necesario interpretar lo que se ve. Galileo desconfía de las
apariencias, como se desprende de la siguiente critica a «Sarsi» en Il Saggiatore:
«Sarsi confía tanto en el sentido de la vista que estima como algo imposible
engañarse, toda vez que se puede establecer un paralelismo entre un objeto fin-
gido y otro real. Yo confieso no tener la facultad distintiva tan perfecta, sino que
soy como aquella mona que cree firmemente ver en el espejo a otra mona y que
no conoce su error hasta que ha corrido cuatro o seis veces tras el espejo para
cogerla: hasta tal punto se le representa como vivo y verdadero el simulacro.»
(Galileo, 1991: 101).

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En busca del método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

Pues bien: ¿cuál es en verdad la función cumplida por la experimentación en


los descubrimientos galileanos? Se ha atribuido a ésta, tradicionalmente, una
gran importancia, poniéndose por ejemplo el experimento de dejar caer una bola
por un plano inclinado, que narra a propósito de la formulación de la ley de
caída. En cambio, Alexandre Koyré sostuvo en sus Estudios galileanos (1940),
que en su mayoría los experimentos del fisico italiano fueron mentales. Más re-
cientemente, otros autores han comprobado que Galileo utilizó los experimentos
como «una herramienta de investigación» y han podido reproducirlos. Con todo,
según dice Navarro, «no hay acuerdo aún entre los diversos autores que se ocu-
pan del tema sobre la naturaleza exacta de dichos experimentos y sobre su papel
epistemológico y metodológico en la obra galileana.» (Cf. Galileo, 1991: 14).
Una posición tal vez extrema en esta polémica es la del matemático español
Julio Rey Pastor (1888-1962) quien llegó a negar que Galileo haya sido empiris-
ta: «Es erróneo presentar a Galileo -según tantos hacen- como iniciador del
empirismo científico, contra el apriorismo aristotélico; la realidad, por mucho
que sorprenda, es casi opuesta; partiendo del ingenuo empirismo del estagirita
supo el florentino separar lo esencial y las causas accesorias, abstraer, y fruto de
máxima abstracción son sus principios dinámicos, que no son empíricos (aunque
su remoto punto de partida lo fuera), sino apriorísticos e infinitamente discon-
formes con la realidad observada, tanto como los postulados geométricos.» (Cf.
Pla, 1942: 11).
En puridad, Galileo extingue la antinomia razón-experiencia. La experien-
cia sensible no es algo opuesto al intelecto, al conocimiento teorético. Razón y
experiencia difieren sólo en cuanto a la dirección: el intelecto es estimulado a
volverse hacia la esfera sensible pero no para hundirse y perecer en ella sino
para elevarla hacia sí. Se provoca el experimento para demostrar, mediante la
razón, el motivo por el cual el fenómeno se produjo de este modo y no de otro. El
método resolutivo (analítico) y el método compositivo (sintético) de Galileo, son
dos etapas distintas de un mismo proceso cíclico del conocimiento:
"Se parte del fenómeno para remontarse hasta sus razones, y se parte de
ellas para llegar nuevamente al fenómeno.» (Cassirer, 1926: 215).
No hay, como se ve, un desprecio de Galileo hacia la razón, así como no
había, en Aristóteles, un desprecio a la experiencia. ¿Hasta dónde alcanza, en-
tonces, el «antiaristotelismo» de Galileo? ¿A qué queda reducida la lucha de toda
la vida del «académico linceo» contra los físicos «peripatéticos»? Intentaré arro-
jar luz sobre estas interrogantes a partir de un pasaje escrito tempranamente
por él mismo, en la carta a Marc Welser fechada el 14.8.1612:
«Ahora, para recoger algunos frutos de las inesperadas maravillas que han
permanecido ocultas hasta nuestra época, será bueno que en el futuro se vuelva
a escuchar a aquellos sabios filósofos que de la sustancia celeste opinaron
diversamente que Aristóteles y de los cuales el mismo Aristóteles no se habría
alejado si hubiera tenido conocimiento de las presentes observaciones sensibles.

69
Héctor R. Olazábal

En efecto, él no sólo admitió las experiencias manifiestas entre los medios ade-
cuados para sacar conclusiones sobre los problemas naturales, sino que les asig-
nó el primer lugar. De donde, si él dedujo la inmutabilidad de los cielos del no
haber visto en ellos en el curso de los tiempos ninguna alteración, es creíble que
si los sentidos le hubieran mostrado lo que para nosotros es evidente, habría
seguido la opinión contraria, a la cual con tan admirables descubrimientos so-
mos nosotros llamados. Así diré además que considero que contradigo mucho
menos la doctrina de Aristóteles al afirmar (siendo verdaderas las presentes ob-
servaciones) que la materia celeste es alterable, que aquellos que la quisieran
mantener inalterable. Porque estoy seguro de que él nunca tuvo la inalterabilidad
por tan cierta como que todo discurso humano se debe subordinar a la experien-
cia evidente. Por tanto, mejor se filosofará prestando asentimiento a las conclu-
siones dependientes de observaciones manifiestas, que persistiendo en opinio-
nes repugnantes a los mismos sentidos y sólo confirmadas con razones probables
o aparentes.» (Galileo, 1991: 74).
Muchos años después, Galileo vuelve sobre el tema en sus cartas a Liceti, un
físico aristotélico con el que polemizó. En una de éstas, datada el 15.9.1640 en-
cuentra la ocasión de liberarse del «tilde» de ser adversario de la filosofía peri-
patética, y de mostrar que es «enteramente admirador de un hombre de tal cali-
dad como es Aristóteles». Dice ser peripatético en cuanto toma del Estagirita los
métodos y «las verdaderas suposiciones y principios en que se fundamenta el
razonamiento científico»:
«Entre estas suposiciones está todo lo que Aristóteles nos enseña en su Dia-
léctica, relativo a hacernos cautos para evitar las falacias del razonamiento, orien-
tándolo y acostumbrándolo a formar buenos silogismos y a deducir de las premisas
concedidas la conclusión necesaria; y esta doctrina corresponde a la doctrina del
recto argumentar.» (Cf. Geymonat, 1986: 223).
Su convicción de la importancia de la lógica es, precisamente, la que lleva a
Galileo a recurrir a la matemática como auxiliar de aquélla. La geometría, disci-
plina matemática, aventaja en cierto sentido a la lógica misma. Así, le hace decir
a sus personajes:
«Sagredo. -¿No conviene confesar que la geometría es el más poderoso de
los instrumentos, para aguzar el ingenio y disponerlo para discurrir y especular
correctamente? [...]
Simplicio. -Verdaderamente comienzo a comprender que la lógica, aunque
instrumento prestantísimo para regular nuestro modo de discurrir, no alcanza a
la agudeza de la geometría, en cuanto a incitar nuestra mente a la investiga-
ción.» (Galileo, 1638, ed. 1976: 174).
El aristotelismo de Galileo va aun más allá, pues sostiene que cuando un
razonamiento contradice un «hecho» debe hallarse en él alguna falacia. Ésta,
afirma, puede estar encubierta en el discurso, mas no en la experiencia:

70
método científico (11) Aventura y desventuras de Galileo Galilei

«Entre los modos seguros de conseguir la verdad se halla el de anteponer la


experiencia a cualquier discurso, estando nosotros seguros de que en éste a lo
menos ocultamente, estará contenida la falacia, pues no es posible que una expe-
riencia prudente sea contraria a lo verdadero. Y éste es un precepto valiosísimo
de Aristóteles, y con mucho superior al valor y a la fuerza de la autoridad de
todos los hombres del mundo.» (ef. Geymonat, 1986: 224).
A pesar del acierto de sus métodos, Aristóteles pudo equivocarse en algunas
cosas (tales como las causas de los movimientos, la negación de la existencia del
vacío, el geocentrismo o el carácter perfecto e incorruptible de los cuerpos celes-
tes), del mismo modo en que un gran músico, «poseyendo los verdaderos precep-
tos de su arte», puede incurrir en alguna disonancia. El reproche galileano se
dirige, por consiguiente, a los peripatéticos que se someten a la autoridad abso-
luta de Aristóteles y se ven llevados a negar experiencias prudentes o a dar ex-
trañas interpretaciones a los textos del maestro. Por su parte, estos peripatéticos
temían que, de seguirse el camino galileano, las investigaciones científicas, libe-
radas de la metafísica aristotélica, quedaran reducidas a meras investigaciones
técnicas, sin valor teorético:
«Dicho esto, resulta perfectamente claro el peligro que los aristotélicos ad-
vertían en el proceder de Galileo; importaba poco que se atuviera o no a los cáno-
nes de Aristóteles: lo grave era, a su modo de ver, la pretensión de la nueva
ciencia de romper toda relación de subordinación respecto a una metafísica anti-
gua y sólida. Y que se trataba de una ruptura extremadamente profunda lo com-
prendían mejor que los jesuitas; éstos, en realidad, esperaban poder hallar con
artificios oportunos una especie de compromiso entre la nueva ciencia y la vieja
metafísica; los aristotélicos, en cambio, no se hacían ilusión alguna al respecto.
Si queremos ser sinceros, no podemos pretender que su diagnóstico fuera equivo-
cado: el nacimiento de la nueva ciencia representaba realmente un golpe gravísimo
a la metafísica, un salto revolucionario que no admitía compromisos.» (Geymonat,
1986: 229).
Llegado a este punto, no resisto la tentación de valerme del siguiente párra-
fo en el que Ludovico Geymonat compendia su opinión sobre este autor: <<Si Galileo
no fue un filósofo, en el verdadero sentido de la palabra, ocupa a pesar de ello un
lugar de primerísimo plano en la historia del pensamiento filosófico por su va-
liente acción de ruptura, por su lucha victoriosa en favor de la autonomía de la
investigación científica y por la confianza en la razón que supo infundir amplia-
mente entre sus contemporáneos. [...] En el mismo momento en que reconozco
que no puede convertirse en símbolo de tal o cual sistema filosófico particular,
me parece que es obligado reconocer que es el hombre más idóneo para simboli-
zar la edad moderna y algo más: es su iniciador; es su tenaz e invencible anima-
dor.» (1986: 231).

71
Héctor R. Olazábal

BIBLIOGRAFíA UTILIZADA
Se incluye bajo el nombre del autor la fecha de la la edición de cada obra, y a
continuación los datos de la edición consultada.
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1967 Galileo. Bs. As., Centro Editor de A. Latina, 1967. 118 p.
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1949 Vida de Galileo Galilei. Madrid, Alianza Edit., 1967. 299 p.
Cassirer, Ernst
1926 Individuo y cosmos en la filosofía del Renacimiento. Bs. As., Emecé, 1951.
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2002 Filosofía contemporánea. Madrid, Tauros, 2002. 429 p.
Espasa-Calpe
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Más un apéndice de 10 volúmenes (1930-33) y suplementos anuales posterio-
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1936 La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental. Una
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s.f. Grecia. El país y el pueblo de los antiguos helenos. Barcelona, Labor, 1960.
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Austral). 1942. 161 pp.

73
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Recordcmclo el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

RECORDANDO EL CENTENARIO:
SOBRE LAS IDEAS DE BATLLE Y ORDÓÑEZ

Sylvia de Salterain

Se están cumpliendo 100 años del inicio del primer batllismo, ocasión propi-
cia, para recordar las ideas de José Batlle y Ordóñez.
Nos llama la atención, lo poco o nada que se ha destacado este aniversario a
nivel político o de los medios de comunicación. Más llamativo, si se tiene en cuen-
ta que el siglo XX y el siglo XXI uruguayos comenzaron gobernados por un Batlle.
Es un dato fuerte de nuestra historia, que el gobierno no ha aprovechado a nivel
de propaganda. Quizás es por las evidentes diferencias de orientación entre uno
y otro, pero aún así, se lo podría haber planteado.
Volviéndo a nuestro tema: las ideas de Batlle, nos interesa destacarlas como
integrando el liberalismo democrático de la época.
Son muchísimos los escritos publicados sobre Batlle, pero pocos los que lo
insertan en este marco. Por lo general, cuando nos referimos a Batlle, menciona-
mos su humanitarismo y hablamos de reformismo; estas dos caracterizaciones
son especialmente acertadas pero no está de más precisar que estas reformas se
enmarcan en el contexto del liberalismo democrático, y que comparten sus carac-
terísticas esenciales.
En la obra de Arturo Ardao, sí lo encontramos definido por él mismo como
liberal. Ardao en "Etapas de la inteligencia uruguaya" (Departamento de publi-
caciones de la Universidad, Mont. 1968) discute que Batlle sea positivista, y cita
una conversación en el Parlamento, en el que alguien le dice que es ultraliberal,
a lo que Batlle responde: "no soy ultraliberal; soy modestamente liberal" (ob. cit.
pág. 22).
En este capítulo Ardao explica la influencia de Krause (pensador alemán
1781-1837) en el ideario batllista. Krause pertenece a la escuela idealista alema-
na y elabora filosofía del derecho con un profundo contenido ético.

75
Sylvia de Salterain

Sabine, en la "Historia de la teoría política", también señala la influencia del


idealismo alemán, en el liberalismo ético, que es como él define a los liberales
democráticos de fines del siglo XIX.
En el ambiente del 900, tanto en América como en Europa, hay una ráfaga
fuerte de humanitarismo. A Batlle la influencia de Krause le llega a través de la
obra Ahrens, "Curso de Derecho Natural".
La obra de Raquel García Bauzas, que analiza "La Justicia de los Doctores"
(Fundación de Cultura Universitaria, Mont. 2001) los ubica como liberales de-
mocráticos o progresistas: " El enfrentamiento entre conservadores y reformistas,
es en el Río de la Plata, una controversia que involucra, en la mayoría de los
casos a los liberales enfrentados por sus diversas opiniones sobre la formulación
e interpretación de la teoría liberal."
El enfrentamiento que se da en el Uruguay entre conservadores y reformistas
lo es entre dos grupos dentro del liberalismo, pero con grandes diferencias entre
ellos. Lo mismo esta ocurriendo en Europa, especialmente en Gran Bretaña y
Francia, y este es un proceso que desemboca en la democratización de los Esta-
dos liberales. No sólo por la evolución del pensamiento, claro está, pero ésta es la
que nos ocupa acá.
Las instituciones de los Estados liberales se van transformando en el senti-
do de ampliar la esfera de intervención del Estado. Muchos creen que es bueno
abandonar el Estado "Juez y Gendarme" y sustituirlo por otro que intervenga en
la vida social, corrigiendo las injusticias. En el origen del liberalismo está la idea
de que cuánto menos intervenga el Estado, mejor para las libertades; los libera-
les democráticos discrepan con este concepto y lo corrigen.
A mediados del siglo XIX Stuart Mill decía en "El Utilitarismo" en 1863 (Ed.
Aguilar, Bs. As. 1963) que: " Todos los males sociales se pueden corregir, utili-
zando las buenas artes de la sociedad." (pág. 47). Thomas Hobhouse, en el 900,
profundizando la línea de Mill, dice en "El liberalismo": "... podemos decir ahora
que una de las funciones del Estado, es asegurar las condiciones sobre las cuales
puedan los ciudadanos, ganar por su propio esfuerzo, todo lo preciso para una
razonable existencia"... El derecho a trabajar y el derecho a un salario suficiente,
son tan respetables como el derecho de propiedad y otros derechos del hombre"
(tomado de la selección de G. Brunetto para la guía del Inst.).
Se está modificando la idea de cómo deben ser las relaciones entre el Estado,
el individuo y la sociedad.
En más de una oportunidad Batlle y Ordóñez dijo algo así: "Me gustaría en
nuestro pequeño país, construir un "país modelo"... ¿Cómo hacerlo?; a través de
una gran reforma, llevada a cabo por medio de la ley. Modificar la sociedad por
medio de la ley en un sentido de mayor justicia social.
Inmediatamente después de terminada la guerra de 1904, el equipo de go-
bierno emprende esta tarea y desde este momento se suscita en el país una gran
discusión en torno a la reforma; se agita profundamente el ambiente político.
76
Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

Para analizar el espíritu de la reforma, tomaremos dos propuestas, que son


punto de partida y a la vez especialmente significativas:
-una de reforma fiscal contenida en dos proyectos de ley que se envían al
Parlamento en 1905,
-otra, el Mensaje presidencial en ocasión de la apertura de la legislatura de
1906, que tiene que ver con el papel del Estado en el conflicto social.
Desde entonces se genera un intensa discusión. Es el gobierno el que pone el
tema social en el centro de la cuestión política; desde EL DIA se habla de latifun-
dio improductivo y peones pobres, de obreros explotados y de anarquistas, de
ricos y pobres.
La prensa montevideana está bastante difundida, gracias a la escuela
vareliana entre otras cosas, la prensa conservadora contesta y se escandaliza; se
debate, con lo cual, la discusión es amplia y agitada.
Hay diferentes niveles de discusión; la ya mencionada en la prensa, los ca-
fés, la Convención del Partido Colorado, otra más reducida en el Ateneo, y otra
de mayor nivel teórica protagonizada por intelectuales, en la que la Facultad de
Derecho tiene un papel relevante, especialmente Vaz Ferreira, quien con su cá-
tedra libre y permanente ejerce una enorme influencia. Son numerosos los do-
centes que van a escucharlo hablar de la reforma. En el bando opuesto, que se
define a sí mismo como conservador, destaca la figura de Irureta Goyena que es
también Catedrático en la Facultad.
Vamos ahora a ver la reforma fiscal que proponíamos analizar: consta de 2
partes, una ley que modifica la contribución inmobiliaria rural y otra que elimi-
na para los funcionarios peor pagos, un impuesto que recaía sobre sus sueldos.
El contenido de la ley y el Mensaje del Ministro Serrato que la acompaña,
son de clara inspiración georgista. Henry George, economista norteamericano
(1839-1897), publica en 1879 una obra llamada "Progreso y Pobreza", dedicada a
estudiar el contraste que dice el título. Se entiende que su obra es a la vez, ética
y económica. Para George, el aumento de ambas cosas se debe a la propiedad
privada de la tierra. Es injusta la propiedad privada de la tierra y propone con-
trarrestarla a través del impuesto Progresivo. Distingue el impuesto a la propie-
dad y el impuesto al trabajo a los efectos de no gravar el segundo. El impuesto
progresivo de George, tiene una intención final confiscatoria, que no parece ser
la misma en Batlle y Ordóñez, pero que sí comparte con entusiasmo la idea de un
impuesto en sentido distributivo. También es injusto para George el hecho de
que los propietarios individuales se beneficien del aumento del valor de la tierra
que se produce por el esfuerzo social.
Explica además, que en muchos casos el origen de la propiedad de la tierra,
se debe a la ocupación de hecho y a la violencia, por tanto el origen de esta pro-
piedad es discutible. Importa decir aquí que hay otros pensadores liberales como
Stuart Mill que dicen lo mismo. La diferencia entre ellos dos, es que éste último
Sylvía de Salterain

no pretende confiscar. Lo que es de destacar de este planteo es que no hablan del


derecho de propiedad como intocable. Lo que Stuart Mill sí propone, es una dis-
tribución más justa del impuesto y que sea especialmente oneroso para aquellos
propietarios que tienen tierras y no las trabajan( por ejemplo los terratenientes
ingleses que dedican amplias extensiones para la caza). Si se posee la tierra en
forma individual, lo menos que la sociedad puede esperar del propietario, es que
la trabaje. Stuart Mill también cuestiona el derecho de herencia.
Es bien evidente la influencia de este último en Vaz Ferreira. Alguna biblio-
grafía ubica aH. George como socialista, otros como liberal. No importa tanto
clarificar rótulos, como pensar en qué se basan. Por otro lado, tanto aquí como en
Europa en el 900 ya son muchos los puntos de contacto entre los liberales demo-
cráticos y los socialistas democráticos. Para F. Vito, "Curso de Economía Políti-
ca" (ed. Tesoro, Madrid, 1965), es un socialista por: "... la crítica del desorden y el
daño para algunas clases sociales, de la economía de concurrencia... acentuó los
inconvenientes derivados de la propiedad privada de la tierra" (ob. cit. pág. 85).
También relaciona Vico la distinción propiedad- producción, con la herencia
fisiocrática. En cambio, para Hillel Steiner (Enciclopedia del Pensamiento Polí-
tico, dirigida por D. Miller, Alianza Ed., Madrid 1987) es un liberal que entronca
con la línea clásica de Locke y Ricardo. Toma de Locke: "... que somete los recur-
sos naturales no explotados a cierto tipo de limitación distributiva igualitaria".
y de Ricardo la idea de que: "... en una economía no competitiva (se refiere a
la concentración de la tierra en pocas manos, a que esas tierras no vuelven al
mercado con facilidad), todo crecimiento beneficia especialmente a los terrate-
nientes... y que el verdadero conflicto no se produzca entre trabajadores y capita-
listas, sino entre ambos y los terratenientes" (ob. cit. pág. 219).
Volvamos a las propuestas de 1905, que decíamos son de clara inspiración
georgista, como trasunta el mensaje de Serrato al parlamento. Yen esta parte
del trabajo nos vamos a remitir a la obra de Barrán y Nahum; de allí son las citas
que transcribimos, y de ellos es la valoración de la importancia de la temática en
el Uruguay ganadero.
Nos estamos refiriendo a "Batlle, los estancieros y el imperio Británico", edi-
tada por Banda Oriental, Montevideo, el1er. tomo en 1979 y el 8 (y último) en
0

1987. Esta obra merece que nos detengamos brevemente en ella para comentar
su valor, que es sencillamente imponente. Es amplísima, minuciosa, erudita e
inteligente. El que quiera profundizar el período que estamos estudiando, debe
remitir a ella.
En el tomo II analizan el georgismo y los impuestos batllistas (se detienen
largamente en analizar cómo se extendió el georgismo y hasta dónde llegó su
influencia).
Como antecedente de la propuesta de la reforma fiscal, citan un fragmento
del Mensaje de M. C. Martínez al Parlamento, ya en 1903: "En campaña ... sólo

78
Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

paga la tierra que Dios creó y que está como Dios la creó, y que ha subido no
solamente por el esfuerzo del propietario, sino especialmente por el esfuerzo de
toda la sociedad, que le ha dado garantías, le ha hecho ferrocarriles y telégrafos
y le ofrece una densidad creciente de población". (ob. cit. pág. 100).
Es pertinente decir que M. C. Martínez, del Partido Nacional y antes
Constitucionalista, va a pasar a la oposición más clara al programa batllista y
Batlle lo va a sustituir por el ya mencionado Serrato. Por lo mismo, también vale
la cita, para resaltar el grado de difusión del georgismo o por lo menos de algunos
de sus principios, y esto es lo que Barrán y Nahum quieren resaltar.
Algún historiador llegó a decir que todos los reformadores americanos tuvie-
ron a George presente. Y en el equipo de gobierno uruguayo era clarísimo que
estaba firmemente instalado. Citamos nuevamente a Barrán y Nahum; " ¿En
qué hechos concretos encarnaron estos principios georgistas o semigeorgistas? el
primer resultado fue el envío a las Cámaras en 1905 de un proyecto de Contribu-
ción Inmobiliaria para el ejercicio 1905-06 sobre los departamentos del litoral e
interior, por el cual se aumentaban los aforos de la tierra que se basarían desde
ese ejercicio, en el precio promedio de las propiedades... menos un 10%. Ante la
indignada protesta de los estancieros, las Cámaras dedujeron del precio de ven-
ta, un 20%."
y continúan con la fundamentación de Serrato: "Mantener los aforos vigen-
tes para los campos es mantener a sabiendas un fuerte favor para el contribu-
yente rural cuando debe propenderse a la mayor proporcionalidad del impuesto
dentro del concepto económico y social" (ob. cit. pág. 100).
De estas tres citas se desprenden criterios sobre lo que es más o menos justo;
"la sociedad le ha dado garantías..." esto se refiere al derecho de propiedad prote-
gido por el Estado, y seguramente que a la protección de la campaña también..
Stuart Mill, dice en los "Principios de Economía Política", que todos los que po-
seen algo, lo poseen porque hay acuerdo de la sociedad para que así sea. Justa-
mente ahora, en 1904 Batlle va a avanzar más en materia de seguridad, sofocan-
do la revolución de Aparicio Saravia. También desde 1905 se emprende una vas-
ta tarea de obras públicas contempladas en la ley de vialidad. Se construyen
carreteras y puentes, se profundizan puertos y ríos, por tanto, es justo que los
que se benefician con esto y son ricos, paguen más.
También es de resaltar el que "debe propenderse a una mayor proporciona-
lidad del impuesto" Barrán y Nahum destacan la trascendencia de los planteos
georgistas en el Uruguay: país ganadero, de estancieros ricos -yen estas déca-
das, riqueza en aumento-, peones o minifundistas agrícolas pobrísimos y Estado
también pobre. El Estado era más pobre aún en el silo XIX, pero nunca se pre-
ocupó demasiado por controlar el valor de los aforos ni por reclamar el valor de
las tierras fiscales a las que siempre reivindica como propias, no renuncia nunca
a ese derecho. (En ese sentido se plantea una discusión durante el civilismo, en
1895, que transcriben y resulta muy interesante.) Los estancieros están acos-

79
Sylvia de Salteroin

tumbrados a una situación bastante cómoda, y estos planteos les resultan suma-
mente chocantes. Por esto es que la discusión es tan viva y que los intelectuales
conservadores van afinando su teoría sobre el derecho de propiedad.
Entienden que es ilegítimo e injusto que el Estado pretenda intervenir en
cómo se utiliza la propiedad, como hace cuando proponen impuestos según se
practique o no agricultura.
No es la intención en este trabajo referirnos al enfrentamiento político, pero
una sola mención que arroja luz sobre esta situación: la propuesta de reforma del
medio rural en este país ganadero, es pensada desde la ciudad y se va a enfren-
tar a todo el peso que la campaña tiene. El medio rural conservador, y en tensión
con Montevideo ve en Batlle a un enemigo; los minifundistas a pesar de lo preca-
rio de su situación son conservadores, muchos de los peones y gauchos tienen
fresca en su memoria, la reciente derrota de Aparicio Saravia... todo esto sin
duda pesa para explicar julio de 1916 en que se miden ambas fuerzas en tensión.
Batlle explicó en muchas oportunidades sus principios georgistas y su pos-
tura ante el impuesto. Es de particular importancia un discurso que pronuncia
en 1925 en la Convención del Partido Colorado, ( este discurso lo tomé de la
selección realizada por la profesora García Bouzas para la ficha del Instituto de
Historia de las Ideas, N° 75, editada por la F.C.U.): "Generalmente cuando se
trata de un territorio que no tiene propietarios, los primeros que llegan son los
que se hacen sus dueños; después se establece un gobierno más o menos organi-
zado; y si este gobierno no es muy justo reparte las tierras con arreglo a las
simpatías o conveniencias personales...
Henry George para dar una idea clara de esta situación que se crea entre los
que tienen tierras y los que no las tienen supone que un barco naufraga en una
isla... los que son más fuertes que los otros dicen a los demás... nos adueñamos de
la tierra y los que no acepten esto, tienen que luchar contra nosotros" (pág. 20).
Como se ve esto implica una crítica fuerte del derecho de propiedad, pero
veremos que también como casi todos los liberales que la comparten, también
amortiguan sus efectos porque no plantean abolirlo; la propiedad ya está esta-
blecida y modificarla significaría demasiados trastornos. Lo que sí queda claro,
es que justifica su criterio de utilizar el impuesto como corrector de la injusticia.
"El impuesto progresivo sobre la tierra... hace que el interés de tener gran-
des propiedades disminuya sino se las emplea en forma que produzcan utilida-
des extraordinarias" (pág. 22).
El discurso continúa esta idea de cómo se aproveche la tierra, y recuerda
otra ley aprobada durante su segunda presidencia ( y derogada luego del 30 de
julio) que separa el impuesto al aforo del impuesto a la producción.
y más adelante continúa: "La sociedad no podría privar a nuestros propie-
tarios de aquello que ella misma les dijo que obtuvieran y que les prometió que

80
Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

les sería garantizado e hizo que obtuviesen en cambio del producto de su trabajo"
(pág. 24).
No es culpa de los propietarios, pero: "La tierra gravada así, paulatinamente
y debiendo contribuir cada vez en mayor escala al sostenimiento de los gastos
sociales." (pág. 25).
Afirma nuevamente el valor del impuesto para corregir la injusticia y esta
cuestión es el eslabón conceptual que relaciona las dos propuestas que estamos
analizando.
Retomamos el estudio de las medidas fiscales y volvemos a Barrán y Nahum:
"Porque el proyecto de ley ya reseñado estaba ligado a otro por el cual se supri-
mían los descuentos del 10% y del 5% a los empleados estatales y pasivos que
ganaran menos de $ 360 al año" (ob. cit. pág. 101).
Este es un ejemplo bien concreto de la aplicación del impuesto como justicia
distributiva. Pagan más los que tienen más, pero además para favorecer a los
que tienen menos en la escala social, y se los favorece con el impuesto a los más
pudientes, que es más oneroso que para los demás de la sociedad. Esto hace
pensar en el criterio de justicia de Rawls, que dice que las desigualdades ante la
ley se admiten sólo cuando sean para favorecer a los menos pudientes. Este es
uno de sus principios de justicia.
Vayamos ahora al otro documento que nos proponemos analizar; como ya
habíamos dicho, el mensaje al Parlamento en ocasión a la apertura de la Legisla-
tura de 1906: (lo tomamos de una selección de documentos que hace El Día en
1979, conmemorando los 50 años del fallecimiento de Batlle): "... debemos apre-
surarnos a reglamentar el trabajo, ajustándonos a elevados principios de justi-
cia".
Es clarísima esta definición y sin antecedentes en el pasado uruguayo. En
otros aspectos característicos de la reforma sí había antecedentes; intervención
del estado en la economía, extensión de la enseñanza, avances de la laicidad,
pero no existían leyes que reglamentaran el trabajo.
Tampoco desde sectores dirigentes se había elevado la voz para defender
huelguistas o criticar el trabajo de los niños, exceptuando el propio Batlle desde
"El Día" en 1895-96. Sí lo venían haciendo los anarquistas y más recientemente
los socialistas (el movimiento sindical uruguayo comienza con los anarquistas).
En el período que nos ocupa es relevante la presencia del socialista E. Frugoni,
catedrático de Derecho Laboral y lógicamente defensor de la reforma aunque no
la considerara suficiente.
Esto es novedoso, y más por la forma en que Batlle lo explicita; que un pre-
sidente salga al balcón a arengar a los huelguistas que pasan por el diario es
muy impactante...

81
Sylvia de Salterain

o su artículo sobre los agitadores en 1905; se dispara la discusión ideológica


y política promovida por el gobierno mismo. Y va a surgir la reacción desde el
bando conservador.
En el asunto de los obreros Batlle está influido y comparte las posturas de
uno de sus colaboradores más radicales, que es Domingo Arena.
Relacionaremos este fenómeno, con el análisis que hacen Barrán y Nahum
de la relación entre poder político y clases altas en el Uruguay, que es una línea
de interpretación que atraviesa toda su obra y que nos parece sumamente valio-
so.
En el T. I de "Batlle, los estancieros y el imperio británico", la parte In se
llama así:" La autonomía del sistema político y la elección de Batlle y Ordóñez" y
dice al empezarla: "Las elecciones de Batlle y Ordóñez en 1903 y 1911 para la
presidencia de la República, sólo son comprensibles dentro de un marco
interpretativo que tome en cuenta la autonomía del personal político uruguayo
frente a los ricos y fuertes sectores sociales que controlaban la economía." (ob.
cit. pág. 239).
Demás está decir que los conservadores reaccionaron inmediatamente y así
se generó la amplia discusión a la que hacíamos referencia al comienzo del traba-
jo, Batlle está convencido de que es posible transformar la sociedad a través de la
ley. Esta es un idea bien característica del liberalismo democrático. Se debe aca-
tar la ley, pero es posible reformarla y si se puede mejorar a través de ella la
realidad social es un deber la reforma.
Para los liberales conservadores en cambio, con Irureta Goyena al frente,
seguidor de Spencer, es ilegítima la intromisión del Estado en los contratos de
trabajo, en cambio Batlle dice así: "Las teorías individualistas... se oponen en
nombre de la libertad de los contratos a toda intervención oficial de las relacio-
nes entre los trabajadores y los capitalistas y miran con indiferencia el someti-
miento de una enorme masa de población a condiciones hóinicidas de trabajo".
La fundamentación de la intervención oficial, es ética y humanitaria. La
idea intervenir "en favor de los mas débiles" es recurrente en el discurso batllista;
el Estado no debe quedar al margen de esta cuestión". "Resulta dolorosamente
irrisoria la suposición de que pueda existir alguna libertad en las relaciones del
trabajador y el capitalista, cuando aquel, urgido por el hambre se ve forzado a
aceptar cualquier situación".
Esta idea de que el trabajador no es libre la plantearon los socialistas desde
los comienzos de la industrialización y ahora la recogen los liberales democráti-
cos.
No solo tiene confianza Batlle en que la ley corrija la injusticia, sino que
también espera gracias a ella, adelantarse y evitar el conflicto; una'legislación
justa y previsora, puede evitar el conflicto de clases: "Nuestra República debe

82
Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

aprovechar estos tiempos de formación que corren para ella, en que es fácil co-
rregir vicios y defectos incipientes, así como implantar instituciones nuevas...".
Otra diferencia entre Batlle y los socialistas es que éste, a pesar de las limi-
taciones y las críticas que hace a la propiedad privada de los medios de produc-
ción, en términos generales podemos decir que la acepta; los socialistas no. Ade-
más Batlle no admite el criterio de la lucha de clases. Para él, el conflicto es entre
hombres de buena voluntad o no. Y es el Estado, el que puede evitar los conflictos
y no impulsarlos. "...En esta lucha, entre obreros y patrones no debe verse una
verdadera lucha de clases... De manera que en el fondo no hay razón alguna para
que los patrones y obreros se traten como adversarios." (de la selección de García
Bouzas, pág. 48).
Este párrafo, sin duda en contradicción con otros, en los que alienta la lucha
contra el capital, aparece la idea de rechazo a la lucha de clases; para él, el tema
es político jurídico; la sociedad va a mejorar "implantando instituciones nuevas".
Volvemos al Mensaje a la legislatura de 1906: ".....que se distinga (nuestra
república), no por la prepotencia de la fuerza, ... sino por lo racional y avanzado
de sus leyes, por su amplio espíritu, de justicia y por el vigor físico, moral, e
intelectual de sus hijos."
Aquí esta resumida su idea de "país modelo". En él, el objetivo es el mayor
bienestar de todos; trabajadores, obreros y clases medias tienen derecho al bien-
estar. Batlle dice que el día hay que dividirlo en tres; ocho horas para dormir,
ocho para trabajar y ocho para hacer lo que uno desee. Para que esto sea posible,
el gobierno debe reglamentar el trabajo.
A partir de su segunda presidencia, logra la aprobación de un conjunto de
leyes sociales que son muy importantes. Proteger a los débiles tiene que ver con
las leyes sobre accidentes de trabajo y de despido; logra indemnizaciones para
ambos. Desde 1905 propone reglamentar la duración de la jornada laboral para
adultos y menores; es la conocida como ley de 8 horas de 1915. Pensiones a la
vejez, descanso, salario mínimo, son inseparables del "vigor físico, moral e inte-
lectual de nuestros hijos". "....tienen derecho (los obreros) a emplear en su prove-
cho las energías, que le sobren, después de trabajar, a fin de desenvolver las
aptitudes nobles y superiores del espíritu".
Esta referencia al desarrollo personal es también característica del libera-
lismo reformista; que cada persona pueda desarrollar sus capacidades porque
las condiciones económicas y sociales se lo permitan. Esto está vinculado tam-
bién a la extensión de la educación, cuyos logros en el período son apabullantes.
Citamos ahora a Eduardo Acevedo "Análisis Históricos del Uruguay", tomo V,
Barreiro y Ramos, Mont. 1934, que transcribe el programa de gobierno de Batlle
en febrero de 1903: "Entre los bienes más grandes... una gran difusión de la
instrucción pública, que forme ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus
deberes, elementos sociales de una moralidad elevada y hombres abiertos a to-
das las iniciativas del progreso" (ob. cit. pág. 259).

83
Sylvia de Salterain

El papel de Vaz Ferreira en la discusión pública, fue de vital importancia.


Desde su cátedra de filosofía, plantea la defensa de la reforma. Reflexiona sobre
la desigualdad desde el comienzo de la vida, hay unos que la inician con todos los
privilegios y las seguridades, y otros con nada. Entonces analiza qué es lo que la
sociedad a través de las instituciones del estado, debe asegurar a todos: lo que en
sus círculos concéntricos es el núcleo central.
Vaz Ferreira dice que unos de los elementos imprescindibles del bienestar es
la casa dónde vivir; todos tienen que tener asegurada la "tierra habitación". Es
criterio del gobierno, también facilitar el acceso a la vivienda (Banco Hipotecario
y Ley Serrato).
Las ideas y actitudes de Batlle que hemos visto, le han merecido diversos
calificativos que es interesante analizar, ya que responden a cosas que hizo o a
cómo fue visto y esto también sirve para explorar sus ideas.
Se le ha dicho con frecuencia, "obrerista", término más o menos adecuado; si
se dice en relación a que defendió los intereses obreros es correcto, pero si es en
sentido de que quiso que los obreros se movilizaran como clase o que formaran
un partido obrero, no es correcto.
Sí defendió, los intereses obreros y populares, por eso a veces se lo enmarca
dentro del "Populismo" latinoamericano, clasificación que no nos parece feliz.
Justamente porque fue mucho más liberal que el populismo. Si bien es cierto que
su modalidad es autoritaria o intolerante y que existieron actitudes de presión
desde el gobierno, Batlle y Ordóñez, respetó el libre juego de las instituciones
liberales y a los demás partidos políticos. No gobernó al margen de la ley. Tam-
poco quiso un movimiento sindical que respondiera al gobierno.
También se le dijo "anarquista", desde tiendas conservadoras e incluso al-
gún analista habla de las influencias anarquistas en Batl1e, que le vendrían de
Domingo Arena. Pero es bueno tener presente que Batlle reforzó el poder del
Estado, reforzó el partido colorado y también el ejército. Cualquiera de estas tres
cosas por separado sería suficiente para no tomarlo como anarquista. Les tiene
sin duda, mucha simpatía, pero no es un anarquista.
Sus propuestas de plebiscito y ejecutivo colegiado, son vistas por algunos
como veta anarquista, pero nos parecen muestras de democracia directa dentro
del sistema liberal.

BIBLIOGRAFíA CONSULTADA
Barrán, José Pedro y Nahum, Benjamín: "Batlle, los Estancieros y el Imperio
Británico". 8 t. Banda Oriental, Mont. 1979-1987.
García Bouzas, Raquel: "La Justicia de los Doctores". Fundación de Cultura
Universitaria, Mont. 2001.

84
----------- ----------~----.

Recordando el centenario: sobre las ideas de Batlle y Ordóñez

Ardao, Arturo: "Etapas de la Inteligencia Uruguaya". Departamento de Publi-


caciones de la Universidad, Mont. 1968.
Castellanos, Alfredo y Pérez, Romeo: "El Pluralismo. La experiencia Urugua-
ya". C.L.A.E.H. Mont. 1981
Acevedo, Eduardo: "Anales Históricos del Uruguay". Barreiro y Ramos, Mont.
1934.
Lindhal, Goran: "Batlle fundador de la democracia en el Uruguay". Arca, Mon-
tevideo 1971
Vanger, Milton: "José Batlle y Ordóñez". EUDEBA, Bs. As. 1968.

85
'4
Arturo Ardao: Filosofía americana e historia de las ideas en América

ARTURO ARDAO:
FILOSOFíA AMERICANA E HISTORIA DE LAS IDEAS
EN AMÉRICA EN «FILOSOFíA DE LENGUA ESPAÑOLA» (*)

Yamandú Acosta (**)

«FILOSOFíA DE LENGUA ESPAÑOLA»:


LITERATURA DE LOS '60 EN EL Río DE LA PLATA
La publicación de Filosofía de lengua española (1) de Arturo Ardao, consti-
tuye en la década de los sesenta un singular acontecimiento filosófico y literario.
El volumen en consideración recoge artículos, muchos de los cuales su autor
publicara en forma independiente entre 1946 (2) Y1963 (3). La mayoría de ellos,
dieciséis en veinticuatro, fueron publicados entre 1960 y 1963, por lo que a la
indiscutible condición de literatura de los años 60 en el Río de la Plata del libro
que nos ocupa, se suma, -si disimulamos el hecho de que diez de los dieciséis
léxicamente sesentistas constituyeron otros tantos hechos literarios ya en 1960-, la
extensión de la misma a una buena parte de los artículos que lo integran.
De pleno derecho y sin mengua de la especificidad filosófica de sus conteni-
dos, se trata igualmente de un hecho literario. La indiscutible condición de lite-
ratura filosófica en un medio en el que la producción y difusión de la misma suele
ser más bien excepcional, es parte constituyente de la señalada singularidad.
Esta singularidad se ve acrecentada por el acento puesto en la lengua espa-
iiola como el lugar de articulación de la filosofía acerca de la que el volumen
trata y en la que el mismo pretende consistir. El libro de Ardao, promueve a su

(*) Ponencia presentada en el VIII Congreso Internacional de Estudios de Literaturas y


Civilizaciones del Río de la Plata (CELCIRP) «Los años '60 en el Río de la Plata», 11-13 de julio de
2002, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República, Ministerio
de Educación y Cultura y Academia Nacional de Letras, Montevideo, Uruguay.
(**) Instituto de Historia de las Ideas de la Facultad de Derecho, Centro de Estudios
Interdisciplinarios Latinoamericanos de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,
Universidad de la República, Montevideo, Uruguay.
(1) Arturo Ardao, Filosofía de lengua española, Alfa, Montevideo, 1963.
(2) El historicismo y la filosofía americana, pp. 63-72.
(3) Filosofía americana y filosofía de lo americano, pp. 73-78.

87
..
Yamandú Acosta

modo y con independencia de toda moda, un giro lingüístico, pero sin quedar
recluido intramuros de ningún universalismo abstracto que suponga la obturación
de toda referencia a la realidad extralingüística: en lugar de una filosofía que
pretenda ejercerse desde un supuesto lagos estrictamente filosófico y tener por
objeto un universo exclusivamente lingüístico; una filosofia que asume ejercerse
en una lengua en cuanto especificidad histórico-cultural del lenguaje y que des-
de ella, apunta a abrirse con conciencia problematizadora de esa especificidad de
la comunidad de lengua, tanto a la consideración de la misma en sus relaciones
con otros aspectos de la sociedad, la historia y la cultura, como a la de los tradi-
cionalmente considerados problemas filosóficos universales.
Ardao organiza los materiales del libro por afinidad temática, en cuatro par-
tes. A saber: 1. Filosofía de lengua española (4), n. Problema e historia de la
filosofía americana (5), nI. Latinoamérica en Francia (6), N. De España y Amé-
rica (7).
La segunda parte, proporciona la base documental para reflexionar sobre el
sentido de la filosofía americana y de la historia de las ideas en América en
Filosofía de lengua española. Esta reflexión sobre el sentido, que supone la pon-
deración de las rigurosas consideraciones de Ardao sobre el significado de las
expresiones «filosofia americana» e «historia de las ideas en América», constitu-
ye el hilo conductor de la presente ponencia.
La exposición se articulará: 1°) en especial referencia al corpus arriba seña-
lado, 2°) considerando las mediaciones determinadas por el anuncio de un «se-
gundo tiempo» para la historia de las ideas por parte de Manuel Arturo Claps en
1977 (8) y las evaluaciones epistemológicas presentadas por Javier Sasso en tex-
tos publicados en 1989 (9), 1992 (10) y 1998 (11), se reflexionará finalmente acer-
ca de la vigencia y validez de la paradigmática construcción de sentido de Ardao,
en perspectiva nuevamente instituyente al interior del campo intelectual pre-
sente, así como en sus eventuales proyecciones sobre el campo cultural que lo
comprende.

(4) Pp. 15-60.


(5) Pp. 63-103.
(6) Pp. 107-189.
(7) Pp. 129-176.
(8) Manuel Arturo Claps, La historia de las ideas como historia de las ideologías, en «La
filosofía en América», Trabajos presentados en el IX Congreso Interamericano de Filosofía, Caracas,
1977; SVF, Caracas, 1979, Tomo 1, pp. 81-83.
(9) Javier Sasso, La escena histórica del pensamiento latinoamericano. Una consideración
epistemológica, Caracas, UCAB, 1989.
(10) Javier Sasso, Arturo Ardao historiador de las ideas, en Cuadernos Americanos N° 36,
UNAlYI, México, 1992, pp. 140-15l.
(11) Javier Sasso, La filosofía latinoamericana)' las construcciones de su historia, Monte
Ávila Editores Latinoamericana, Cátedra UNESCO de Filosofía, IDEA, Embajada de España,
Caracas, 1998.

88
Arturo Ardao: Filosofía americana e historia de las ideas en América

FILOSOFíA AMERICANA E HISTORIA DE LAS IDEAS EN AMÉRICA


EN «FILOSOFíA DE LENGUA ESPAÑOLA»
No obstante Ardao no traza ninguna separación entre las Américas, ni utili-
za en los artículos que constituyen nuestro corpus documental central de refe-
rencia, la adjetivación «latinoamericana» sino invariablemente «americana» para
referirse a la producción filosófica que considera explícitamente, así como tam-
poco la expresión «América Latina» sino sencillamente «América»; surge de sus
referencias también explícitas, así como del corpus mayor del libro Filosofía en
lengua española en que el corpus menor se incluye, que se trata de la filosofia de
la América de habla hispana que se articula con un perfil histórico-cultural pro-
pio en relación a la filosofía de la América de habla inglesa, muy en particular
(12). A la conciencia explícita en Filosofía de lengua espwlola acerca de las rela-
ciones históricas entre la filosofia de lengua inglesa y la filosofía de lengua espa-
ñola, en Europa y especialmente en América, se suma implícitamente la tensión
entre la América Latina y la América sajona que recorre el pensamiento de Arturo
Ardao, en coherente articulación con sus compromisos políticos tempranamente
asumidos. Miembro de la generación fundacional de «Marcha» en 1939, de explí-
cita militancia antiimperialista y nacionalista, la filosofia americana en cuanto
filosofía latinoamericana y la historia de las ideas en América en tanto historia
de las ideas en Latinoamérica (13) , constituyen ejes articuladores de una acti-
tud y un proyecto de autonomía intelectual, en cuanto motor de autonomía cul-
tural en relación al horizonte regulador de la (,nación latinoamericana» (14).
Al considerar una razón explicativa del desarrollo de la filosofia en América,
en términos de extensión e intensidad, al «grado de densidad alcanzado por la
cultura en el continente, liberando cada vez más el espíritu de quehaceres prag-
máticos» (Ardao, 1963: 63), Ardao hace pensar razonablemente, sea en una rea-
lización significativa del arielismo, sea en su registro arielista de la evolución
cultural latinoamericana, sea finalmente en la correspondencia entre el proceso
objetivo de la cultura y la mirada del sujeto que la considera, en el contexto en
que tal evaluación es efectuada. No obstante el arielismo pueda haber perdido
vigencia en términos de lo instituyente a nivel del ethos colectivo en la década de
los '60 en que Filosofía de lengua espal10la es publicada, probablemente pueda
haberla consolidado a nivel de lo instituido, además de mantener sin mengua
vigencia instituyente en cuanto condición de posibilidad de la filosofia latinoa-

(12) Cfr. Arturo Ardao, Pensamiento americano de lenguas inglesa y española en Filosofía de
lengua espaTlola, pp. 51-55.
(13) En escritos de los '70 y los '80, Ardao, para referirse a nuestra América en elaboraciones
que continúan las presentadas en Filosofía de lengua espaTlola, utilizará más explícitamente
"América Latina» o "Latinoamérica» en lugar de «América» y «filosofia latinoamericana» en lugar
de "filosofía americana». Cfr. Arturo Ardao, La inteligencia latinoamericana, dp, Universidad de la
República, Montevideo, 1987.
(14) Arturo Ardao, Panamericanismo y latinoamericanismo, en «América Latina en sus ideas»
(Leopoldo Zea, coordinador), Siglo XXI-UNESCO, México, 1986, pp. 157-171.

89
Yamandú Acosta

mericana y por lo tanto de su especificidad filosófica, hasta exactamente el fin de


siglo, en la producción filosófica de Arturo Ardao (15). En efecto, la centralidad
que la inteligencia tiene como lugar de la filosofía latinoamericana, tanto en la
práctica como en la evaluación de la misma a lo largo de toda la trayectoria
intelectual de Arturo Ardao, y, por lo tanto la identidad a nuestro juicio arielista
de la misma, es manifiesta en Filosofía de lengua espwiola a través de frecuen-
tes referencias: «La crisis de la cultura occidental excita vivamente la inteligen-
cia de América y la mueve a la reflexión en los planos de la universalidad filosó-
fica» (Ardao, 1963: 63), «La inteligencia americana ha sido esencialmente recep-
tiva de los contenidos de la inteligencia europea» (Ardao, 1963: 71), «averiguar a
través de qué mecanismos la inteligencia americana, como entidad social, se ha
constituido, y de este modo tomar conciencia de su comportamiento presente así
como de las condiciones y posibilidades de su autonomía futura» (Ardao, 1963:
71), «es inherente a la inteligencia históricamente constituida, la visión filosófica
del mundo y de la existencia humana» (Ardao, 1963: 80), «Sin desconocer, ni
menos subestimar, las fuentes extraintelectuales de la cultura, en cuanto ha
sido ésta determinada en el continente por la inteligencia, aparece regida por el
pensamiento filosófico» (Ardao, 1963: 81), «La inteligencia americana se ha cons-
tituido históricamente a través de la recepción, asimilación y adaptación de las
doctrinas europeas» (Ardao, 1963: 93), «El giro ha consistido, más allá de eso, en
la aparición de una actitud nueva en la inteligencia americana, en cuanto ameri-
cana. Se ha vuelto esta sobre sí misma para reconocerse como tal en su marcha
histórica y para erigirse en el órgano de revelación y expresión de un espíritu
que le sea propio» (Ardao, 1963:93) (16).
El acento puesto en la inteligencia como lugar de la filosofía americana en
Filosofía de lengua espwiola de 1963, tiene su mejor fundamentación filosófica
en el pensamiento de Ardao, en Espacio e inteligencia de 1983, en términos que
el autor sigue considerando pertinentes en el 2000: «...Consideradas razón e in-
teligencia en el sólo ámbito subjetivo de las facultades -empleando aquí con todo
el convencionalismo del caso el historiado término facultad- muy lejos están de
resultar intercambiables. Una cosa es la razón, facultad del sujeto en tanto que
sujeto racional, mediata aprehensora lógica de la legalidad de los fenómenos; y
otra, la inteligencia, facultad del sujeto en tanto que sujeto inteligente, in-
mediata aprehensora supralógica de toda la compleja relación viviente - intelec-

(15) Arturo Ardao, Lógica de la razón, lógica de la inteligencia, Biblioteca de Marcha, Facultad
de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, 2000. Ardao comienza este libro con el
título Razón e inteligencia (pp. 9-13), iniciándolo con la caracterización que de Ariel ofrece José
Enrique Rodó en el libro del mismo nombre publicado en el anterior fm de siglo: «Ariel es el imperio
de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso,
el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de
la inteligencia» (p. 9). Destaca Ardao el simbólico balance entre razón e inteligencia.
(16) En todas estas últimas citas, la cursiva es nuestra.

90
Arturo Ardao: Filosofía americana e historia de las ideos en América

tual, pero además activa y afectiva- entre el objeto conocido y el sujeto que lo
conoce» (17).
«La americanidad de la filosofía americana resulta de lo americano, no de su
objeto, o sea sobre lo que se filosofa, sino de su sujeto o sea de quien filosofa»
(Ardao, 1963: 75), de allí «el error teórico, aunque no pragmático, en sus circuns-
tancias, de Alberdi, primer postulador en el Montevideo de 1840, de la filosofía
americana» (Ardao, 1963: 76), escribe Ardao en Filosofía de lengua española.
La recurrente expresión «inteligencia americana» en cuanto «inteligencia de
América», expresión ésta última en la que la palabra «de», sin reducir a América
a la condición de objeto, tampoco pretende elevarla a la condición de sujeto; im-
plica la mediación empírica del «sujeto» «americano» en cuanto sujeto del filoso-
far en el registro de «sujeto inteligente», cuya «americanidad» supone ejercer la
inteligencia filosófica «desde las circunstancias americanas» (Ardao, 1963: 77),
como condición de sentido de la idea, el nombre y la práctica de una filosofía
americana.
La doble condición elucidada por Ardao, parece fundamentar suficientemente
el sentido de la idea, nombre y la práctica de esa filosofía americana, de la cuál él
es uno de sus más notorios exponentes y Filosofía de lengua española uno de sus
puntuales productos de valor filosófico y metafilosófico: el pensar desde las cir-
cunstancias americanas en términos de «arraigo» (Ardao, 1963: 77) en las mis-
mas y por lo tanto en la modalidad de un «sujeto inteligente» que sin negar a la
razón, al arraigarla en la «compleja relación viviente» especialmente en lo que
ella supone de «afectiva» y de «activa», al evitar su totalización, promueve las
condiciones para tornarla razonable.
En Filosofía de lengua española, esa idea ya se abría camino con otras
implicaciones a través de la tesis «Logos foráneo, pero pathos y ethos persona-
lísimos» (Ardao, 1963: 80). A través de la misma se expresa cómo, desde una
«experiencia radical u original», para ciertas «conciencias humanas puestas frente
a demandas filosóficas perentorias», «a la invocación universal se sumaba el re-
querimiento propio» (Ardao, 1963: 80) y, por lo tanto la elaboración filosófica se
tornaba consistente con las demandas culturalmente situadas, introduciendo con
la novedad del tratamiento de lo «propio», cuya pertinencia es parte de la discu-
sión estrictamente filosófica, las condiciones de posibilidad de otra perspectiva
sobre lo «universal», que constituye el otro extremo dialéctico en la discusión que
incluye aquél modo de designar lo «particular».
El razonabilismo implícito en el arielista balance entre razón e inteligencia,
por el que la segunda aporta las condiciones de posibilidad para que el ejercicio
de la primera no derive en eventuales efectos negativos no intencionales produc-

(17) Arturo Ardao, Espacio e inteligencia, Equinoccio, Caracas, 1983, 2a ed. ampliada, Biblioteca
de Marcha, Montevideo, 1993, Lógica de la razón, lógica de la inteligencia, Biblioteca de Marcha-
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Montevideo, 2000, p. 11.

91
Yamandú Acosta

to de su totalización, ni en la profundización de una orientación alienante por la


eventual ajenidad del pathos y del ethos con los que ellogos presuntamente «fo-
ráneo» pudiera articularse; coloca al pensamiento de Ardao en fuerte interlocución
constructiva también con la línea de la «razón razonable» propia del «buen senti-
do hiperlógico» de Carlos Vaz Ferreira. En definitiva, la filosofía de la inteligen-
cia de Ardao, en la que la inteligencia no es objeto sino sujeto del filosofar, es la
matriz universal-particular de la filosofía americana, que supone para aquella
la peripecia de su articulación particular-universal, y en la que correspon-
dientemente no se trata de la americanidad como objeto, sino de la correspon-
diente al sujeto del filosofar. La filosofía de la inteligencia de Ardao como filoso-
fía americana y la filosofía americana como filosofía de la inteligencia, se consti-
tuye autónomamente a través de múltiples interlocuciones, entre las cuales la
correspondiente a la que él mismo ha caracterizado como «Filosofía de la expe-
riencia» en sus dos expresiones más destacables, José Enrique Rodó y Carlos Vaz
Ferreira, puede ser señalada como especialmente relevante (18).
Puede interpretarse, que quedará fuera de este paradigma, toda expresión
de pensamiento filosófico que aunque procesado desde estas latitudes, no impli-
que en cambio un «arraigo» en las circunstancias culturales que nos constituyen
yen la que el sujeto en su desarraigo, al eventualmente pretenderse sujeto racio-
nal no mediado por su condición de sujeto inteligente, pierda la vinculación
«afectiva» y «activa» con la «compleja relación viviente», motivando no inten-
cionalmente una totalización de la razón con la consecuente pérdida de la pers-
pectiva crítica de la razonabilidad. Así también habrá de acontecer con todo pre-
tendido sujeto del filosofar que al articular el «Logos foráneo» con un pathos y un
ethos de idéntica condición, responderá «a la invocación universal» sin «requeri-
miento propio», inhabilitando la perspectiva de la particularidad y con ella la
perspectiva alternativa sobre lo universal, privando especialmente de eventual
novedad a la discusión filosófica de lo universal, además de ser sospechable de
cierta forma de enajenación.
La consideración de Ardao ya consignada respecto de un <<giro» consistente
«en la aparición de una actitud nueva en la inteligencia americana, en cuanto
americana» por la que «Se ha vuelto ésta sobre sí misma para reconocerse como
tal en su marcha histórica y para erigirse en el órgano de revelación y expresión
de un espíritu que le sea propio» (Ardao, 1963: 93), da cuenta de la historia de las
ideas en América como la actividad intelectual que articulada desde la filosofía
americana se orienta a potenciarla, logrando seguramente en la década de los
'50 un alto nivel de producción que se mantiene o profundiza en el inicio de la de
los '60, en la que el señalado «giro» de la «inteligencia americana» alcanza tal vez
su apogeo y su crisis en términos de su capacidad de proyección en el campo
intelectual y, por su mediación, en los diversos niveles del campo cultural.

(18) Cfr. Arturo Ardao, La filosofía en el Uruguay en el siglo XX, FCE, México, 1956, pp. 21-
79.

92
Arturo Ardao: Filosofía americana e historia de las ideas en América

No obstante la expresión «historia de las ideas» remite a «distintos dominios


particulares de ideas» en razón de la imposibilidad de «indagaciones globales de
las mismas», en cuanto «El sector de las ideas filosóficas tiene un carácter de
generalidad o universalidad que lo remonta por encima de los otros y lo convierte
en condicionante o rector de los mismos» (Ardao, 1963: 90) y dado el «carácter
rector que, aun en América, asume el curso de las ideas filosóficas», en la que
«Sin desconocer, ni menos subestimar, las fuentes extraintelectuales de la cultu-
ra, en cuanto ha sido ésta determinada en el continente por la inteligencia, apa-
rece regida por el pensamiento filosófico» (Ardao, 1963: 81); la atención al «proce-
so de las ideas filosóficas» en el «proceso americano» se presenta como especial-
mente relevante, más en la línea de la «historia de las ideas filosóficas» «que
indaga a éstas en su imbricación con las demás circunstancias concretas de la
cultura» que en la «de las ideas filosóficas puras o abstractas» (Ardao, 1963: 91).

VIGENCIA Y VALIDEZ INSTITUYENTE DE LA ARTICULACiÓN


FILOSOFíA AMERICANA-HISTORIA DE LAS IDEAS EN AMÉRICA
La tesis de Manuel Arturo Claps respecto a que «ha llegado el momento de
abordar el segundo tiempo» (Claps, 1979: 81) para la historia de las ideas, no
pone fuera de lugar al proyecto intelectual de Ardao, con el que dice compartir la
misma perspectiva de indagación de la historia de las ideas filosóficas. La puesta
en marcha del señalado «segundo tiempo» en el registro de la «historia de las
ideologías», que supone fundamentos, objetivos y estrategias diferentes, lejos de
invalidar el paradigma investigativo-reflexivo desarrollado por Ardao, además
de encontrar de alguna manera en el mismo su condición de posibilidad, puede
también constituir en relación con él una línea perfectamente complementaria.
Así, Javier Sasso, al orientar su batería crítica a las construcciones más
globalizantes o totalizadoras de «La escena histórica del pensamiento latinoame-
ricano» (Sasso, 1989), no deja de señalar, el a su juicio «prudente» (Sasso, 1998:
16) perfil de la historiografía de Ardao, que además de su inocultable productivi-
dad, plantea «requisitos» en sus «estrategias de análisis» que no deben ser aban-
donados en nombre de nuevas estrategias: en particular intentar «pasar al
«subtexto» ideológico sin una cabal discriminación previa de lo que el texto ofre-
ce» (Sasso, 1992: 150).
Para nuestro campo intelectual de los '60, hipotetizamos que la matriz
arielista del paradigma en cuestión, no obstante su creciente debilitamiento en
términos de vigencia instituyente, había tal vez permeado el campo cultural,
consolidando cierta vigencia en términos de lo instituido.
Ese arielismo autónomamente resignificado por Ardao en Filosofía de len-
gua espaiiola de 1963 como filosofía de la inteligencia o filosofía americana en
cuanto filosofía latinoamericana potenciada por su intrínseca relación con la
historia de las ideas en América en tanto Latinoamérica, continuó teniendo vi-
gencia instituyente en su inclaudicable empresa intelectual, reformulándose ex-

93
Yamandú Acosta

plícitamente con visible actualidad, aunque sin seguir ninguna moda, al cum-
plirse exactamente un siglo de la primera publicación de Ariel, en Lógica de la
razón y lógica de la inteligencia de 2000. La actualidad del planteo, en cuanto
quiebra con los cánones de lo instituido en la práctica filosófica vernácula, recu-
pera para la misma carta de ciudadanía en el campo intelectual en términos de
vigencia y validez instituyentes en el campo cultural.

94
Barbarie autóctona e importada en el poema Tabaré de J. Zorrillo de San Martín

BARBARIE AUTÓCTONA E IMPORTADA EN EL POEMA TABARÉ


DE JUAN ZORRILLA DE SAN MARTíN

Lic. Eduardo Piazza Foja (1)

ABSTRAeT
El tema central para este trabajo lo constituye la representación literario-
imaginaria, construida alrededor de fines del siglo XIX, de la cultura desplazada
y conquistada -si no finalmente eliminada- por la colonización del Río de la Pla-
ta, en el poema Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín. La importancia del
objeto seleccionado reside en que este poeta es además uno de los principales
constructores de la comunidad imaginaria nacional, por lo que su representación
puede, al menos hipotéticamente, ser asumida como la naturalizada por tal co-
munidad. Cierto decurso histórico en el que no podemos entrar aquí conduce a
que los grupos dirigentes y sus intelectuales orgánicos se planteen, en el tercio
final del siglo XIX, la necesidad de viabilizar un proyecto de nación independien-
te. Esta viabilidad suponía la construcción de un imaginario relativamente nue-
vo, al que Zorrilla dotó de mitos y leyendas de fundación de gran éxito, al punto
que buena parte de ellos se han vuelto «históricos». En Tabaré se define una
identidad étnica y cultural, civilizatoria de territorios salvajes, por oposición a
otra identidad autóctona, por supuesto tan salvaje como los territorios que habi-
ta. Nuestro objeto se centra en los rasgos de lo salvaje o bárbaro, definidos en el
choque de fronteras culturales, tanto en los aportes eventualmente originales de
Zorrilla -la particularidad-, como en otros que provienen de una tradición tan
antigua como el propio término «bárbaro».

1. Zorrilla de San Martín resume la sustancia del poema en ensayo autocrítico


que lo prologa (2). Se trata de una épica que canta «la sustitución de una raza por

(1) Profesor Adjunto del Instituto de Historia de las Ideas, Facultad Derecho, Universidad de
la República.
(2) Zorrilla de San Martín, Juan: Tabaré (Edición conmemorativa del centenario de
nacimiento); Mosca Hnos. Editores, Montevideo, 1967.

95
Eduardo Piazza Foja

otra en un continente predestinado, y la oblación compasiva de la raza vencedora


para aplacar los manes de la vencida y muerta» (op. cit.; pág. XXXIV).
Estamos entonces ante un caso especial de contactos de frontera, pues el
contacto tiene más bien la forma de choque violento; y la frontera es móvil aun-
que casi invariablemente en un solo sentido: una raza avanza, mientras la otra
es inicialmente empujada a ceder los territorios que habita, y luego (aunque este
es su destino desde el inicio) a desaparecer. No se relata en el poema una sorpre-
sa, la que dos culturas mutuamente ignorantes hasta ese momento pudieran
experimentar ante la vista de la otra, y aún menos su eventual reconocimiento
mutuo, sino un misterio: el que representa para el conquistador una raza a mi-
tad de camino entre lo humano y lo no humano. Se trata entonces de una mirada
desde uno de los lados de la frontera, que no puede pasar al otro porque entre
ambos mediaría un abismo insalvable e insondable (metáfora ésta repetidamen-
te utilizada). La mirada sufre una traba que diríase esencial, casi metafisica.
¿Podríamos descalificar esta mirada poética en nombre de un presumible
carácter pre-teórico? Más allá de que implicaría exigirle a la poesía criterios en
principio ajenos a su forma expresiva, el caso nos parece ser contrario. Esa mira-
da está impregnada de viejas discusiones filosóficas poéticamente expresadas
(3), en las que el etnocentrismo toma casi sin complejos su lugar propio, es decir,
el dominante. Sin embargo, si se logra resistir la inmediata tentación de suspen-
der una lectura aparentemente anacrónica -aunque tal vez no tanto-, es posible
encontrar intersticios del texto por los que se filtran algunos cuestionamientos a
la etnocentria.
La mirada del conquistador no es monolítica, y el poema exhibe la multipli-
cidad de enfoques: el de Doña Luz (mujer de Gonzalo, el capitán español) parece
representar un cierto iluminismo de no muchas luces que rechaza -y se defiende
de-la mera idea del cruce de fronteras; el pragmático y también iluminista del
mismo Gonzalo, quien cree en la posibilidad de acuerdos más o menos políticos
de convivencia (4); el del simple soldado que ve en el indio tan sólo el enemigo a
eliminar.

(3) Zorrilla repone aquí la disputa filosófica sostenida por Bartolomé De Las Casas en contra
de Ginés de Sepúlveda y otros doctores más o menos aristotélicos de la Iglesia en torno a la verdadera
naturaleza de los indios.
(4) Como se ve en el Libro II, Canto V, V; aunque estrictamente se trataría, según creo, del
único apoyo que puede encontrarse en el texto para esta interpretación. Aquí Gonzalo increpa a
Tabaré, quien lo escucha como niño turbado, sus andanzas nocturnas por el pueblo. Para Gonzalo
ellas podrían indicar el rompimiento de una alianza de la que esperaba la convivencia en la nueva
polis.
"Cuando el cacique I rompió ante mí su lanza, I en seiial de amistad, le di la mía. I ¿No he sido
fiel a la amistadjurada? I Diga el indio charrúa si el cristiano I a sus promesas falta ... l ... Ya que el
indio charrúa I nuestra amistad rechaza, I Vuelva a sus bosques, a enconar sus flechas. I Vuelva a
buscar las fieras, sus hermanas ...!."

96
Barbarie autóctono e importado en el poema Tabaré de J. Zorrillo de Son Martín

y aún dos más a destacar especialmente: la de la adolescente virginal Blan-


ca (hermana de Gonzalo), en la que se presiente el despertar de la sensualidad y
el deseo. Su mirada es precisamente virgen, la única no contaminada por el pre-
juicio ni por la construcción racional justificativa. Su sensualidad se confunde
con la de la nueva tierra incógnita y salvaje, por la que sentirá (a través de
Tabaré) un amor ingenuo, adolescente y típicamente romántico (5). El corazón le
franquea el salto de aquel abismo imposible para la razón, que para ella supon-
dría tan sólo un paso... , y que sin embargo está también destinada a no dar.
Luego la del padre Esteban, quien por su estatuto privilegiado de interme-
diario parecería ser el indicado para cruzar la frontera que separa los mundos
inconmensurables del español y el indio. Es intermediario entre el mundo de los
humanos y el inefable de la divinidad, pero también entre el mundo de la razón
y el del corazón. Aunque en esto Blanca le lleva una enorme e ignorada ventaja,
Esteban pone enjuego su amor -en su caso fatalmente mediado por la razón- por
toda criatura, y busca incansablemente en la mirada del indio, mientras intenta
trasmitir su buena nueva, la mínima chispa de luz que el mensaje pudiera hacer
surgir del fondo oscuro; la chispa que pruebe que también allí Dios ha puesto un
alma capaz de ser redimida. Sólo Esteban mantiene esta fe en contra de la indi-
ferencia, la incredulidad y el escepticismo. Doña Luz, por ejemplo, tacha su espe-
ranza de inocente ilusión. En vano intentaría cristianizar la masa de indios, sólo
nacidos para esclavos (Libro II, Canto V, IV).
El verdadero intermediario entre mundos no es sin embargo el sacerdote,
sino el poeta. Y no solo por el obvio motivo que es su razón -o su imaginación- el

(5) Hay aquí contenidas varias asunciones de las que tal vez convendría dar cuenta. La ausencia
de prejuicios en Blanca está indudablemente asentada en el texto. Zorrilla la hace aparecer niña,
hermosa e inocente en Libro U, Canto U, UL En su primer encuentro con Tabaré lo mira "con
inocente empeño" (íd., íd., VIl. En Canto IU, UI, le sale al cruce espontáneamente: "¡Vaya el indio
con Dios! ¿Por qué así corre? / Dijo por fin, ¿me tiene acaso miedo?...", siendo la primera en hablar
directamente con él.
En el mismo pasaje del Libro n en que Zorrilla la presenta niña e inocente, insinúa ya a la
mujer en la mirada de Blanca ("¿Para quién brillan esos ojos negros,..." etc.), y tampoco quedan
dudas de que ella puede despertar el deseo en la tierra (ver nI y IV) y en los hombres (o en lo que
sea que Yamandú fma1mente simbolice).
Sus sentimientos por Tabaré (y viceversa) representan tal vez el punto de mayor complejidad.
La compasión de Blanca está claramente indicada, pero Zorrilla es por lo menos deliberadamente
ambiguo en varios pasajes. El "abismo" entre ambos no me parece tener la misma referencia más
o menos racional antes señalada. Así en Libro n, Canto IU, V, al terminar el segundo encuentro:
"Ella siguió con pena / Con los ojos, al indio fugitivo./ Aquel extraiio ser en sí tenía / la atracción de
lo obscuro. Era el abismo... ". Es continuo el juego ilusorio por el que Blanca y Magdalena se
confunden, al menos para Tabaré. Pero cuando la visión deja de perturbarlo no por esto desaparece
la atracción. Más ambiguo y sugerente aún que el pasaje recién citado resulta el XIV del Libro nI,
Canto IV: "La nÍ1ia vio la luz en el abismo; / Y alguien, que habló en su alma: / Esa es, le dijo, tu
sOliada lumbre; / Pero ese abismo, sólo Dios lo salva. / Todo lo comprendió. Yamó a aquel hombre /
Como las tumbas aman;/ Como se aman dos fuegos de un sepulcro, / Al confundirse en una sola
llama; / Como, de dos deseos imposibles, / Se unen las esperanzas; / Cual se ama, desde el borde del
abismo,! El vértigo que vive en sus entrañas..."

97
A::;Z¡

Eduardo Piazza Foja

lugar en y desde el cual se despliegan todas las voces y todas las miradas. Desde
siempre el poeta es también el medium del que se sirven las musas para dar
nueva vida a los espíritus del pasado. Estos actuarían sus historias en el escena-
rio interior del medium, cuya visión extática unas veces y ensoñadora otras, los
percibe como ajenos y externos a sí mismo. Al menos así interpreta Nietzsche la
creación poética épica (6).
Pero aquí el poeta hace intervenir otra mirada, trascendente a la de todos
los actores de su drama épico. Y por ello se convierte en intermediario de una
especie aún más rara, pues ya no lo es simplemente de las diosas de la creación
estética. Zorrilla pretende levantar losas de tumbas, invocar los espíritus de ra-
zas ya muertas que han pasado sin dejar testimonio, y aún los de proyectos étnicos
que nunca fueron y nadie vio. Diríase que su inspiración ha penetrado el lugar
de los mundos posibles; es decir, el intelecto creador del mismo Dios. Cuando
menos, conoce -cree- que tierras y razas forman parte de un plan general de la
creación; y que si bien pueden haber variaciones en los destinos individuales, la
suerte de tales tierras y razas está predeterminada.
Una posible superación, si bien apenas de sus aspectos más obvios y crudos,
del etnocentrismo de raíz judeo-cristiano podría venir así de la mano de una
particular concepción de la divinidad (aunque en el plan de ésta algunas razas
parecen cumplir papeles más funcionales que otras, y por tanto más gratos a
ella). Que no es la única concepción posible todos lo sabemos, y también el poeta.
Doña Luz es tan cristiana como el que más, pero su juicio es inapelablemente
diferente. El indio no es hijo de Adán (no pertenece a la «raza humana" por
tanto), carece de alma, y por ello no puede alcanzar la redención (Libro II, Canto
II, X). Creer otra cosa es ilusión vana y seguramente peligrosa. Por el contrario
en la concepción de Zorrilla toda criatura tendría su lugar en el plan de la divini-
dad, aunque el que le cabe al indígena es parte de -o más precisamente todo- su
misterio. Y este misterio conduce al pensador que convive en él a sugerir -según
creo- entre líneas poéticas una sorprendente posibilidad. Si las tierras que el
conquistador ha hallado en su viaje permanecían salvajes y vírgenes, casi se
diría paradisíacas, tal como habrían surgido en el momento mismo de la crea-
ción; ¿por que no podría ocurrir otro tanto con sus habitantes? Tal vez estamos
frente a las inocentes criaturas del paraíso; y su indescifrable misterio sería en-
tonces el propio de la creación y el de las intenciones divinas. Pero sólo tal vez; y
así el poeta es incapaz de decidir finalmente si se trata de seres de naturaleza
bestial, demonios, o bien de una raza caída. Pero de esta incapacidad ya no pue-
de culpársele; pues la misma contradicción que la genera -y que procede de la
culpa original- parece recorrer la cultura del occidente cristiano, constituyendo
parte de su estructura interna. ¿Como podría esta cultura encarnar la sagrada
misión de llevar a todo el orbe el verbo divino, si al mismo tiempo no hubiera sido
expulsado del paraíso su antecesor mítico, y con ello perdido -tal vez para siem-

(6) Ver Nietzsche, F.: El nacimiento de la tragedia; Alianza Editorial, Madrid, 1973.

98
Barbarie autóctona e importada en el poema Tabaré de J. Zorrillo de San Martín

pre- el secreto de ese mismo verbo? En todo caso el hijo de Dios habría sido
enviado al mundo para salvar esta cultura -y sólo a ella- con su sacrificio y su
mensaje redentor. El indio, tal vez creado para el amor, si es que alguna vez fue
humano habría degenerado por su maldad, y recaído hacia el nivel bestial.

2. Ahora bien, sabemos -o creemos saber- que las cosas no ocurrieron del
modo en que el poeta las relata. Responder, si es que puede pretenderse, al por
qué de la elección de este relato y no cualquier otro, exige indagar en la función
que Zorrilla otorga a la poesía.
«El poeta no puede decir mentiras, ... (luego) el arte es la verdad,>, afirma en
la dedicatoria a su esposa (Zorrilla, op. cit., pág. 5). Si esto suena extraño, la cita
de Novalis (ibid., pág. XXVIII) se vuelve casi oracular: « ••• siendo la poesía lo real
absoluto, algo será tanto más real cuanto más pOético».
La realidad absoluta está colocada en un dominio trascendente, y cierta-
mente diferente al de los fenómenos empíricos. En las pocas líneas que siguen
hasta el final de la dedicatoria Zorrilla resume su postura estética y filosófica,
con obvias referencias a la Poética de Aristóteles y próximo, según me parece,
al estilo trágico de Esquilo (aunque también ha mencionado al Dante, Shakespeare
y Cervantes). Mediante la mimesis el arte (la poesía) contribuye a la elevación
social. Pero esta mimesis no es de la realidad sensible, sino de aquel dominio
trascendente a lo empírico. El arte sería reproducción sensible de la vida ideal
(ibid., pág. 6), forma de vida en la que existen -y sólo en ella-la verdad y el bien.
Resulta imposible no hacer presente aquí a Platón, con quien ambiguamen-
te coincide y difiere. Lo sigue en la ontologización de verdad y bien, colocados en
el dominio de lo suprasensible. El poeta permite su inteligibilidad al represen-
tarlos bellamente en figuras sensibles. La inevitable conclusión es que tales en-
tes serían más o menos inmediatamente inteligibles para el poeta (en vez de
serlo para el filósofo), cuya inteligencia y voluntad habitan en ese mismo domi-
nio. Tal vez Zorrilla creía que Platón no habría entendido cabalmente el sentido
ni la función intermediaria y psicopómpica de la poesía. O tal vez la única dife-
rencia entre el filósofo poeta por excelencia y uno de tantos poetas aspirantes a
filósofos sea apenas gradual, y dependa de acentuar diferentes modos de expre-
sión de una misma concepción esencial.
Pero finalmente, ¿qué clase de verdad es la que reproduce y representa el
poeta en sus figuras sensibles? No se trata de la verdad histórica, si es que algo
así existe en absoluto. Lo meramente empírico está por definición fuera de su
interés. La verdad -y obviamente la falsedad- con la que trata el poeta es del
orden simbólico. Sus figuras representan símbolos inteligibles para ser contempla-
dos, y su eterna existencia -que comienza en este momento- conocida en esa con-
templación. La relación de estos símbolos con la materia histórica está mediada
y sesgada por la interpretación del poeta, quien muestra y esconde al mismo
tiempo. Pero a veces -y particularmente ocurre así en este caso-la creación artís-

99
Eduardo Piazza Foja

tica es tan exitosa que termina por ocupar el lugar de aquella materia histórica.
Mnemosine se vuelve colectiva, y su medium se convierte en el demiurgo del
imaginario y sus figuras.

3. Veamos ahora algo más al detalle la construcción poética -e ideológica- de


la frontera entre identidad y alteridad, uno más de los incontables modos en que
se ha escrito -y por supuesto, se sigue escribiendo-, la oposición cultural civiliza-
ción y barbarie. Esta oposición es una de esas afortunadas construcciones cuya
simpleza estructural se ha mostrado como inagotable productora de sentido y
contenidos.
El Dictionnaire des antiquités (7): remonta la voz bárbaro al sánscrito
var, varas; cuyo significado sería simplemente (aunque suponemos que también
peligrosamente) extranjero. Heródoto noticia que los egipcios llamaban de tal
modo a quienes no hablaban su lengua. Ambos sentidos son recogidos en la cul-
tura griega clásica (el uso no se registraría en los poemas homéricos), que desig-
na así a todo aquel cuyo lenguaje no se entiende (el barbarófono), implicando
hombres, poleis, pueblos y culturas que no pertenecen a la familia helénica.
Pero se le agregan en este contexto nuevas connotaciones políticas y cultu-
rales. La supremacía militar y política mediterránea conquistada fundamental-
mente luego de las guerras contra Persia, da lugar a una auto-percepción de
superioridad que coloca a los barbaroi en posición subordinada inferior, identifi-
cada por la falta de cultura y de libertad. Desde una connotación inicial que
aparenta una relativa neutralidad (aunque ella corre seguramente por cuenta
de los diccionarios enciclopédicos), que demarca fronteras lingüísticas -por más
que contiene también una obvia demarcación étnica-, se derivaría hacia una de-
marcación de fronteras política y cultural que tiende al esencialismo. Ahora los
barbaroi se han convertido en hombres y pueblos incultos y brutos, «natural-
mente» destinados a la servidumbre; y a los helenos corresponde el natural dere-
cho de someterlos y gobernarlos.
Debe ser fácilmente comprobable la perdurabilidad de esta connotación cul-
tural valorativa en el período helenístico y en el greco-latino posterior, aún cuan-
do la conquista macedónica primero y la romana luego, hayan modificado
sustancialmente algunas de las condiciones posibilitantes de la cultura de la
antigüedad clásica, sometiendo a las antes orgullosas ciudades-estado a la servi-
dumbre política.
En el contexto del imperio el término parece haber perdido parte de aquella
fuerte carga valorativa, y relacionarse fundamentalmente con un estatuto jurí-
dico-político. La barbarie es la condición de los pueblos exo-fronterizos que care-

(7) Daremberg, Ch. y E. Saglio: Dictionnaires des antiquités grecques et romaines;


Akademische Druck u. Verlagsanstalt, Graz, 1969.

100
....

Barbarie autóctono e importado en el poema Tabaré de J. Zorrillo de San Martín

cen de toda alianza política y/o comercial con Roma, y no reconocen su soberanía.
Hacia el final de este período y desde mediados del siglo IV D.C. la oposición
adquiere un nuevo nombre, ahora Romania-Gothia, y se reviste de caracteres
cuasi apocalípticos. Romania designa la unidad espiritual de la civilización y el
mundo romanos, que sobrevive y resiste la decadencia político-militar del impe-
rio; mientras Gothia se aplica al mundo bárbaro en expansión, sus costumbres,
creencias y valores. La caída del imperio no implicaría tan sólo la del orden polí-
tico romano, sino también y especialmente el hundimiento del mundo civilizado,
que se representa con temor, desconcierto y pesimismo (8).
La demonización y/o bestialización de la alteridad fue un rasgo característi-
co de la forma de colonización española en Indias. La indiferencia frente al re-
querimiento conocido como de Palacios Rubios podía ser interpretada ya sea como
signo de estupidez, bien de no reconocimiento de la legítima soberanía española
concedida por Dios (Iglesia mediante) en las nuevas tierras, o bien de la conve-
niente ausencia de alma. En todos los casos, el desconocimiento de la lengua del
conquistador es el signo de la barbarie, de la inferioridad, y a la vez el disparador
justificativo de la legítima esclavización de los inferiores.
Prácticamente todos estos tópicos están recogidos en el Tabaré, componÍen-
do el cuadro de la barbarie autóctona en el que entraremos a continuación. La
nota de originalidad que, según nuestra propuesta, aportaría a la milenaria
categorización cultural civilización y barbarie, proviene de una doble fuente. En
primer lugar, precisamente de la particular selección que Zorrilla hace de tales
tópicos en su composición; en segundo, de su posicionamiento en el juego de opues-
tos categoriales. Si bien el tratamiento de este punto sobrepasa el objetivo de la
presente comunicación, es necesario notar que hay en Zorrilla una apuesta cons-
ciente a convertirse en el demiurgo de la nacionalidad. En su propio plan creador
toda criatura ocupará igualmente un lugar, que en el caso del indio deberá, con-
venientemente, ser sólo imaginario. Ello implicará alguna forma de redención
poética de la raza destinada a morir. Si la oposición cumple siempre una función
cultural descalificadora, el poeta intentará la difícil misión de calmar los manes
indígenas, rescatando al menos su libertad. El bárbaro de nuestra propiedad
está totalmente identificado con su medio natural, por lo que es bestial y salvaje-
mente libre. En tanto tal forma de libertad ha sido superada y cancelada, ella es
innecesaria e inviable, pero civilizada y románticamente envidiable. El resulta-
do no será sólo un ejemplar local de la barbarie sino un nuevo paradigma que
aspirará a integrarse a la cultura universal.

4.1. Comenzaremos esta sección con el examen del nombre elegido para el
poema y su protagonista. Con él comienza también la antropología simbólica del
poeta.

(8) Para esta referencia ver Vallespín, Fernando (compilador): Historia de la teoría política
(volumen O; Alianza Editorial, Madrid, 1990 (págs. 222 y sigs.).

101
Eduardo Piozzo Foja

En un estudio final sobre algunas voces indígenas que acompaña al poema,


Zorrilla noticia que este habría sido el nombre de un cacique que aparece ya
mencionado en la crónica de Ulderico Schmidel a la expedición de Álvar Núñez.
P{:)ro más sugerente es la traducción que ofrece del nombre, y que descompone en
las voces Taba (pueblo o caserío), y ré (después); y cuyo sentido interpreta como
«el que vive solo, lejos o retirado del pueblo» (Zorrilla, op. cit., pág. 228) (9).
Sin forzar excesivamente el sentido podríamos deducir que el cacique fuese
rey o hijo de uno, si tal status existiese en la organización tribal. Para el caso la
condición de jefe político-militar, o cacique, resulta perfectamente equivalente;
pero entonces habría que pensar en una jefatura trasmisible, o bien en un nuevo
nombre ganado a posteriori o juntamente con el cacicazgo. En cualquiera de es-
tas alternativas el sentido del nombre correspondería a la posición de quien está
por sobre el pueblo, o que lo trasciende en alguna o todas sus funciones. Pero tal
interpretación resultaría de todos modos inconveniente a las intenciones de
Zorrilla. El sentido que éste elige indica desde el principio que el héroe épico es
un imposible por principio. Tal como la suerte de la raza estaría predeterminada
en el plan del dios creador, la suerte de Tabaré está igualmente anunciada y
predeterminada en su nombre. Es posible que Zorrilla tenga presente la taxono-
mía aristotélica, según la cual sólo dioses o bestias pueden habitar fuera de la
polis, siendo ésta el medio y el modo de vida propiamente humano. Dado que
estrictamente es el indígena el que vive fuera de la civilización, esto convierte a
Tabaré en el animal doblemente imposible.
Su imposibilidad no es del orden antropológico, dado que efectivamente existe
-al menos en la imaginación del poeta; y a través de él también en el imaginario
de la comunidad-; sino racional y aún metafísica. Más allá de un pequeño azar
imponderable (el rapto de la española Magdalena por el cacique Caracé, con el
que da comienzo la historia, o bien la prehistoria, de Tabaré), el ser de su especie
-la que él mismo fundaría- no está contemplado en el plan general de la creación.
y se diría que por tanto -o casi- resulta racionalmente inclasificable; el animal
filosóficamente imposible. Ejemplar único de su especie, no pertenece -no puede
habitar- a ningún pueblo.

4.2. Como ya puede haberse intuido, los ojos y lo que se expresa en ellos
cumplen función importante en el poema. Los del español irradian luz, que pro-
cede tanto de la razón iluminadora como de la fe en una religión de salvación.
Los de los indios por el contrario son oscuros y misteriosos; y no permiten inducir
ninguna interioridad. Los humanos traen consigo una comunión cultural; los
indios habitarían un desierto (Libro 1, Canto II, V) que sólo puede serlo de razón
y cultura. En contraparte, están totalmente confundidos con los espíritus natu-
rales, tanto animales como vegetales.

(9) Aunque en el Libro II, Canto II, VIII, parece dar otra traducción posible para este nombre:
"el hijo de los ceibos".

102
Barbarie autóctona e importada en el poema Tabaré de J. Zorrillo de San Martín

Razón y religión (más precisamente, la fe en un dios único y de salvación)


serán entonces dos de los rasgos fundamentales -casi propiedades- demarcatorios
de la frontera entre lo humano y lo que no lo es. Asistimos a la confrontación
entre un mundo ctónico que desaparece, aunque no sin resistencia, dejando paso
a otro civilizado. El indio es un ser prehumano, una suerte de titán. El mundo
ctónico y salvaje que habita es también prehumano. La bestialidad del indígena
constituye una de las ideas centrales del poema y es constantemente reforzada.
Se lo describe agazapado como tigre en las sombras de la selva, rugiendo al olfa-
tear sangre humana (esto es, española). Acecha el poblado de San Salvador, en-
clave pequeño y débil en apariencia, pero defendido por los valores espirituales
de la civilización y sus cruzados españoles. En las refriegas el indio se abalanza
sobre el soldado, lo muerde y desgarra, etc.; las formas de las mujeres indias
semejan las del venado hembra (Libro nI, Canto n, VI!); el mismo Tabaré posee
líneas charrúas y líneas humanas (Libro n, Canto n, V); y mil otras imágenes
cuya enumeración y descripción ahorraremos, dando por bien asentada la hipó-
tesis de lectura.
Hasta aquí hemos intentado mostrar sumariamente la frontera que traza el
relato, y establecido casi todos los rasgos fundamentales que en nuestra opinión
la definen, faltando aún uno de ellos. La frontera señala los límites de un ordena-
miento mítico, que es el propio de la creación. Examinaremos ahora la peripecia
del héroe épico, a quien toca aquí quebrar involuntariamente ese orden. En esta
peripecia veremos la representación sensible de la oposición de categorías y ras-
gos culturales.

4.3. El héroe es engendrado por la ruptura del orden, es decir, por una culpa
monstruosa que arrastrará como la mancha mítica encarnada. Raptada y viola-
da, Magdalena da a luz un ser imposible, mitad humano y mitad bestial. Un
indio de ojos azules, al que bautizará y acunará entre cánticos de su fe. La mira-
da de Tabaré posee luz, pero parece diabólica a los ojos españoles. Su porción de
razón lo convierte en loco. Esta condición de aparente enfermedad y locura con-
vence a los españoles de devolverlo a la libertad salvaje. Pero para Tabaré la
libertad se ha vuelto ... Blanca! (lO); es decir, su confuso amor por la hermana del

(10) Libro Il, Canto VI, Il: "¿No son la libertad, el cielo, el aura, I Y la selva nativa, y los
combates, I La pasión del charrúa y la esperanza? I ¡Ay del indio imposible! I Ya una mujer, de la
enemiga raza, I Es libertad para él, y cielo, y nubes, I Y hogar nativo, y selvas, y batallas!,.."
Tal como demostramos en el caso de Tabaré, tampoco son inocentes los nombres elegidos
para otros personajes del poema épico. Este me parece ser especialmente el caso de los femeninos;
pero este tema queda a la espera de un futuro desarrollo. El aparente equívoco que aquí presento
presta al texto mayor explicitación bajo la forma de la condensación. ¿Que si no blanca es la enemiga
raza? Como otros héroes de la aculturación colonialista, Tabaré deseará más o menos oscuramente
poseer los ornamentos del amo, y ser así aceptado como igual por éste. El amor de Blanca -o de la
raza blanca- es lo que para él representará en adelante la libertad, en vez de sus ahora devaluadas
aspiraciones bárbaras. Sólo que al igual que el deseo incestuoso, tanto Blanca como esta pretendida
libertad civilizada (la libertad de poseer a Blanca) son para él inalcanzables. La gran sublimación

103

Eduardo Piazza Foja

capitán español. Ningún humano -salvo el poeta- podría imaginar tal monstruo-
sidad (que repetiría la ruptura original). El deseo que hacia el final del poema se
insinúa entre ambos (Libro IlI, Canto IV) no puede ser comprendido en el mundo
de la cultura (que es también, por supuesto, el de la cultura en que se escribe el
poema). En Tabaré el deseo es incestuoso, dado que Blanca trae a su presente los
antes vagos y lejanos recuerdos de su propia madre; mientras que en Blanca
representaría algo similar a la zoofilia. Por suerte para la creación, Blanca es
aún demasiado niña, y Tabaré resultará incapaz de poseerla -tal vez por el efecto
de la pequeña chispa, tan iluminadora como inhibidora, de la cultura.
La razón de Tabaré aparece como locura para los españoles que la creen
enfermedad o diabolismo (excepto para la inocente Blanca, como ya vimos; y
también para el cura Esteban, que pone en esa luz la esperanza de redención de
la raza india). Pero también lo es para su tierra-madre, que lo rechaza y maldice
por no ser ya parte de ella. «No eres indio... » le increpa el espíritu de la tierra
(Libro IlI, Canto 1, IV). No se trata aquí tan sólo del mestizaje físico. Tabaré no
es indio porque es .... él mismo! (11) Es decir, posee una conciencia que le impe-
dirá por siempre la identificación simple con su ser natural y/o bestial. Final-
mente, también es locura para el poeta. Tabaré, el animal imposible, no está en
los planes de la creación. El azar y la violencia son sus padres; la violación del
orden sólo produce monstruos.
Incluso la propia barbarie iguala autoconciencia, locura y muerte; lo que es
confirmado en el ritual funerario que la tribu celebra alrededor del cacique muerto
(Libro lII, Canto lI, IV Y sigs.). Mientras algunos intentan revivir el cadáver,
todos cuidan maniáticamente de mantener sus ojos abiertos y de espantar los
espíritus de las sombras. Éstos esperan impacientes que la mirada del cacique se
apague y vuelva hacia dentro, para entonces acosarlo con rostros horribles en la
eterna noche sin lunas. El fuego vital que se expresa en la mirada está -en vida-
totalmente dirigido al exterior, y sólo reflexiona en la muerte; momento de pasa-
je a un mundo interior de oscuridad y persecuciones.

4.4. Finalmente, el último rasgo demarcador fundamental de frontera lo


constituye el lenguaje. Los indígenas emiten sonidos sólo en situaciones particu-

es el único camino, a la vez de salvación y de salida, aceptable para el poeta, y para la cultura
civilizada. Para Tabaré el camino de salida de la barbarie coincide con el de salida de la vida, como
precio a pagar por la barbarie a la cultura. Pero ya no resulta fácil distinguir aquello que lo salva
de aquello que lo pierde.
En otro pasaje Zorrilla se vale expresamente de la condensación para reforzar la "confusión"
de Tabaré -que ahora se nos aparece como su secreto deseo-o Para él todas las mujeres que importan
son Blanca, y así se lo declara en Libro lI, Canto lII, IV: "Era así como tú... blanca y hermosa; 1... 1
i'>tiraba con tus ojos, y en tu vida 1 Puso su luz; 1.... 1 Hoy vive en tu mirada transparente, 1 Yen el
espacio azull Era así como tú, la madre mía, 1 Blanca y hermosa... ¡pero 110 eres tú!... "
(1] ¡ "¡No te detengas! ¡Huye! 1 Aquí en mi seno no encontrarás abrigo 1 Ya para ti, la patria es
un recuerdo. 1 ¿No te sientes llamar? Eres tú mismo... " (Libro lII, Canto I, IV).

104

Barbarie autóctona e importada en el poema labaré de J. Zorrillo de San Martín

lares: el ritual funerario, el ataque al pueblo, etc. Y en esos casos se trata de


gemidos, lamentos, gritos y aullidos. Es cierto que Zorrilla los hace hablar en un
par de ocasiones: al cacique Caracé cuando reclama para sí la cautiva blanca
como botín de guerra; y a Yamandú cuando entre movimientos y gestos animales
desafia a los demás pretendientes por la jefatura vacante de la tribu. Pero creo
que esta molesta licencia poética -de la que podría haber prescindido- no anula
nuestra hipótesis interpretativa general.
Ella es confirmada nuevamente a través del mismo Tabaré, atrapado en una
insuperable contradicción que no es meramente afectiva ni psicológica, sino
ontológica. Su mitad humana se muestra en su capacidad de recordar vagamen-
te imágenes maternas acompañadas de misteriosos cánticos. También en su in-
tento de atender al mensaje cristianizante del padre Esteban. Pero su mitad
bestial o bárbara le impide entender lo que se le trasmite. Los cánticos maternos
se entonan en una lengua para él incomprensible; su razón, incapaz de abstraer,
confunde a la madre del dios con la suya propia. El conflicto interno de Tabaré,
que los españoles han tomado por enfermedad y locura, es en realidad la repre-
sentación sensible de la barbarie, capturada en la falta de lenguaje para expre-
sar las disturbantes emociones que le asaltan desde su humanidad materna.
Aún su final encuentro con Blanca está atravesado por el sinsentido y la confu-
sión. Sólo la intuición afectiva de ésta alcanza a entender lo que no puede ser
expresado.
Como buen héroe trágico, Tabaré -ese inviable ensayo por borrar la frontera
entre mundos cultural y ontológicamente irreductibles- sucumbirá ante fuerzas
superiores que se le imponen, y de las que ha resultado víctima inocente. En el
final la lluvia y el llanto intentarán lavar la mancha, mientras la oración cristia-
na del padre Esteban y los espíritus de la naturaleza reclaman cada uno su parte
del ser. Con la muerte de Tabaré el orden -que es a la vez divino y natural- ha
sido nuevamente restituido.
Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista

ALGUNOS ASPECTOS DE LAS pOLíTICAS EDUCATIVAS


DURANTE EL CICLO BATLLlSTA

Lic. Luis M. Delia Machado (*)

Las líneas que siguen pretenden tratar un aspecto de las ideas de la educa-
ción nacional, que no ha sido destacado sistemáticamente por la magra biblio-
grafí8 nacional existente en materia de historia de ]a educación nacional. Nos
referimos a las políticas educacionales dirigidas a la enseñanza media, particu-
larme:[Link] la relativa a los fines explícitas, que los actores instituciones educacio-
nales manifestaron, durante las tres primeras décadas del siglo XX. Dicho perío-
do abarca importantes acontecimientos (políticos) que refractan los aspectos edu-
cacionales otorgándoles sentido a los mismos.
Que la educación y la política, y que el conjunto adjetivado en "política edu-
cativa", constituye de por sí un aspecto importante de la reflexión del hombre en
sociedad, nos puede retrotraernos a tiempos muy remotos, tan remotos como
aquellos en que Platón escribiera los libros III y V de su República. Pero sin
perdernos en el tiempo, en nuestro medio, la reflexión política vinculada a lo
educacional, se presenta tempranamente, con mucha fuerza en el último cuarto
del siglo XIX. Los tiempos de la Reforma Vareliana, el apogeo del positivismo en
lo filosófico y del liberalismo en lo político, la propia fundamentación del movi-
miento reformista de educación, consideraron a la actividad educacional como
Ull aspecto del desarrollo o mejor dicho como el mismo desarrollo de la nación.
Aún aquellos exponentes del catolicismo que combatieron el laicismo vareliano,
adjudicaron igual valor a la actividad educacional como refuerzo del trabajo pro-
ductivo (1) y como posibilidad del mismo.

(*) Prof. Adj. Historia de las Ideas. Prof. Adj. Ciencia Política. Coordinador de Ciencia Política
(Facultad de Derecho).
(1) En estos términos se expresaba Francisco Bauzá: "Si queremos entrar resueltamente en el
cambio de la reorganización hagamos cuestión de gobierno el progreso material del país, que es el
más sólido fundamento de su progreso político y de su libertad. Estimulemos la producción de la
riqueza, dignifiquemos el trabajo, e intentemos seriamente la reunión de tantos elementos dispersos
para formar una clase media que modifique la exaltación de los partidos y demarque el recto
sendero por donde se encamine la marcha de la Nación. La primera de todas las libertades es la

107
Luis M. Delia Machado

Respecto a la situación de la educación secundaria y superior, en los prime-


ros años del siglo XX, no manifestaba grandes progresos. Si tomamos en cuenta
que en 1886, solamente en la Facultad de Derecho, concurren 101 estudiantes
(2), cifra que seguramente se habría visto mermada por la revolución del Que-
bracho, y la contrastamos con datos de 1904, también año de revolución, encon-
tramos un incremento que llega a los 300 estudiantes (3), que concurren efecti-
vamente a las aulas universitarias, esto nos confirma dicho estancamiento.
El ascenso a la primera magistratura de José Batlle y Ordóñez fue visto con
esperanza y optimismo por las autoridades de la Universidad de entonces. El Dr.
Eduardo Acevedo, Rector de la Universidad, en ocasión del acto de apertura de
cursos de 1905, señalaba los progresos que inmediatamente se realizan en la
máxima Casa de Estudio, durante los primeros tiempos de batllismo. En esta
ocasión decía Acevedo: ''Y llega ahora la oportunidad de que exprese al distingui-
do ciudadano que preside los destinos de la República, y que nos hace el honor de
asistir a este acto, mi más vivo agradecimiento por su cooperación constante a
esas reformas universitarias y a todas las otras que corren impresas en la memo-
ria anual que circula en nuestras manos. Gracias a su valiosa ayuda y a la de sus
ilustrados Ministros de Fomento, de Hacienda y de Gobierno, secundada vigoro-
samente por la anterior legislatura, la Universidad acaba de recibir un impulso
considerable, que ha de complementarse, sin duda, en este nuevo año, en benefi-
cio de la juventud estudiosa cuyos horizontes se dilatan, y en beneficio del país
(. .. ). Ni una sola de las iniciativas del Consejo Universitario ha encontrado resis-
tencia en el seno del Poder Ejecutivo, y si en algún caso la ha encontrado, ha sido
para recibir más desarrollo. (. ..) Por primera vez, desde hace largos años, la edu-

independencia personal: cuando un pueblo la ha conseguido para la mayoría de sus individuos, las
instituciones que rigen el orden político tienen que ser tan libres como los hombres independientes
a quienes ellas intentarán subordinar a su acción. En todas partes donde el trabajo y el ahon'o
fonnan la base de las costumbres públicas, se encuentra siempre un pueblo libre, mientras que los
pueblos esclavos son aquellos donde el parasitismo, la holgazanería, la ociosidad, va engendrando
todos los vicios y preparando todas las tiranias; desde la tiranía de la mendicidad corrompida que
solicita un pan sin darse la pena de intentar ganarlo hasta la tiranía de los gobiernos que a cambio
de ese pan se imponen por el hambre. ¡Temblemos por nuestra democracia, si las costumbres de
ociosidad a que desgraciadamente se siente inclinada una parte del pueblo, llegan a cundir entre
las clases que trabajan dificultosamente, y que a veces desesperan de un porvenir tranquilo!
¡Temblemos por nuestra organización republicana y hasta por los vínculos nacionales que nos
unen, si la educación tradicional de las profesiones liberales, haciendo cada día mayor camino llega
al fin a decretar el menosprecio del trabajo humilde que saca sus productos de la tierra o ennegrece
las manos de los hombre en el manejo de una máquina!n. Bauzá, F. Ensayo sobre la formación de
una clase media. En: Oddone, J. A. Economía y Sociedad en el Uruguay Liberal 1852-1904.
Montevideo. Ediciones de la Banda Oriental. 1967. pág. 175.
(2) Universidad. Informe del Consejo de Enseiianza Secundaria y Superior Correspondiente al
año 1886. Montevideo. El Siglo Ilustrado. 1887. pág. 20.
(3) Acevedo, E. La Enseiianza Universitaria en 1905. Informe del Sr. Rector de la Universidad
Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. Anales de la Universidad. Año XIII, Tomo XVII, N° 80. pág.
127.

108
Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista

cación secundaria y superior encuentra alta y simpática resonancia en el Palacio


de Gobierno. Es un síntoma que anoto con verdadero placer" (4).
No hay duda que se procesaron cambios importantes en materia de infraes-
tructura por los emprendimientos edilicios de distintos locales universitarios que
las autoridades venían reclamando de tiempo atrás (5). El Rector se encontraba
satisfecho cuando decía: "Hemos asegurado la construcción de todos los edificios
universitarios, para que la obra de la enseñanza se realice en locales amplios, en
que pueda estudiarse cómodamente y en que los alumnos puedan combinar el
estudio con ejercicios físicos variados que repongan y multipliquen sus fuerzas.
Son reformas que pueden ampliarse y que se ampliarán, sin duda alguna, con
otras bases igualmente fecundas, como, por ejemplo, las pensiones y becas en
Europa y Norte América, a favor de los estudiantes más distinguidos, que se
incluirán en el nuevo presupuesto, según la promesa del señor Presidente de la
República" (6). También en lo substancial, en el incremento del volumen estu-
diantil, en el informe mencionado podemos éonstatar que en 1905 el crecimiento
es notorio en el alumnado inscripto así como el que asiste efectivamente, supe-
rando en más del doble la matrícula del año anterior (7). .

Pero veamos como conciben la enseñanza secundaria, las autoridades uni-


versitarias, para poder contrastar las metas y fines que persigue, con los pro-
puestos posteriormente, durante el tercer decenio del siglo XX.
El Rector Acevedo entendía que la "enseñanza secundaria no puede ser la
continuación de la enseñanza primaria, como lógica y racionalmente debería
suceder" (8). Esta afirmación del Rector parece recostar la enseñanza secunda-
ria a la instrucción primaria para que fuera una complementación de la misma.
Sin embargo, su razonamiento estaba lejos de considerar a la enseñanza secun-
daria con valor propio y con fines particulares. Su propósito no era otro que el de
reforzar el carácter propedéutico que la enseñanza secundaria debía tener, - a su
juicio -, a los efectos de mejorar el desempeño que los estudiantes universitarios
tuviesen a lo largo de su vida académica. Esta consideración se puede confirmar
por la responsabilidad que atribuye el Dr. Acevedo a la instrucción primaria
cuando nos dice: "Puede asegurarse que el vicio fundamental de la enseñanza

(4) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 103.


(ó) Los reclamos de un nuevo edificio para la Universidad son reiterados.
El Rector A. Magariños
Cervantes lo solicitaba en su "Informe presentado a la Sala de Doctores" del 18 de Julio de 1879.
Montevideo. Imprenta de El Siglo. 1879. pág. 3. También el Rector A. Vásquez Acevedo lo solicitaba
en su "Informe presentado a la Sala de Doctores" del 18 de Julio de 1882. Montevideo. Imprenta y
Encuadernación de Rius Y Becchi. 1882. pág. VI.
(6) Acevedo, E. La Enseiianza Universitaria en 190ó. Informe del Sr. Rector de la Universidad
Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. Anales de la Universidad. Año XIII, Tomo XVII, N° SO. 1906.
pág. 102.
(7) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 127.
(8) Acevedo, E. La ense/lanza universitaria en 1904. Informe presentado por el Rector de la
Universidad Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. El Siglo Ilustrado. Anales de la Universidad. Vol.
16. 190ó. pág. 118.

109
Luis M. Delia Machado

universitaria, emana de esa absoluta falta de preparación en la población infan-


til que ingresü. año por año en la Universidad. Con la adopción del programa de
las escuelas públicas de segundo grado, se daría un gran paso en el sentido de la
reforma, haciéndose forzoso el estudio amplio y gradual de todas las asignaturas
de ese programa, y promoviéndose el desarrollo de aptitudes o facultades de
absoluta necesidad en la enseñanza secundaria y superior" (9).
Pero la finalidad principal que tiene la enseñanza secundaria y superior no
es otra que la preparación en el país de las "clases dirigentes ilustradas y capaces
de conducirlo a altos y gloriosos destinos" (10). Perteneciendo a la generación de
militancia positivista, Acevedo tenía la convicción de que la accesibilidad de la
formación de la "clase dirigente", no podía quedar abierta totalmente. Se impo-
nía un dispositivo de selección que no era otro que aquél que provenía de la
"selección" sociodarwiniana. Por ello entendía que la enseñanza se~undaria de-
bía tener, selectivamente, fines diferenciados de acuerdo a los sujetos. De esta
forma considcl'sbú "eoDve:úiente que todo el que salga de la escuela primaria
pueda cursar cinco años de enseñanza secundaria, a fin de levantar el nivel men-
tal y de que cadajoven resulte un factor útil en el comercio y en la industria. Yes
conveniente dificultar el acceso a las facultades superiores, como medio de que
sólo vayan a ellas los que tengan positiva vocación y cualidades descollantes
para las carreras liberales" (11).
Con Acevedo aparece nítidamente el debate sobre los fines que debe cumplir
la enseñanza secundaria, el cual persistirá durante la primera mitad del siglo
XX. Este debate se dirige a la resolución de dos aspectos fundamentales, que
algunos los visualizan como complementarios y otros como excluyentes: por un
lado, la formación de aptitudes "para la vida", entendida ésta en dos ámbitos
sobreestimados: el campo productivo o laboral, y por otro, la construcción del
sujeto político .- ciudadano.
Estos dos aspectos son abordados por el Dr. Acevedo, cuando trata de distin-
guir a la educación secundaria de la exclusiva formación de "abogados" o "docto-
res". Para el Rector, la enseñanza secundaria "tiene fundamentalmente que crear
aptitudes, dándole al hombre la preparación necesaria para triunfar en las lu-
chas de la vida. Una educación que no tenga ese objetivo o que no lo alcance en la
práctica, es sencillamente «una educación homicida», una educación que retiene
al alumno durante un plazo más o menos largo en las bancas universitarias,
para torturar su espíritu y su cuerpo, sin compensaciones de ninguna especie.
En esta materia, como en tantas otras, la naturaleza es la suprema maestra"
(12). Como vemos, la "naturaleza" se encarga de seleccionar a los que llegan a

(9) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 119.


(10) Acevedo, E. La Ensellanza Universitaria en 1905. Informe del Sr. Rector de la Universidad
Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. Anales de la Universidad. Año XIII, Tomo XVII, N° SO. 1906.
pág.103.
(11) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 126. La cursiva es nuestra.
(12) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 127.

110
Algunos aspectos de los políticos educativos durante el ciclo batllista

concluir los estudios universitarios, de lo que se trata es de atender a los que "sin
condiciones" deberán "ganarse la vida". Las "aptitudes" que los estudiantes de-
ben formarse en el ciclo secundario de estudios, tendrán efectos duraderos a lo
largo de toda sus vidas. La formación de "aptitudes" y no la transmisión de cono-
cimientos configura el centro de los fines educativos secundarios. Importa más
conformar a los sujetos por "aptitudes" que devienen en el transcurso del tiempo
en "actitudes", que la asimilación de los conocimientos específicos. Como dice
Acevedo: "la educación secundaria racional trata de formar hombres aptos, que
tengan base e impulsos para seguir aprendiendo después de abandonadas las
bancas, que tengan conciencia de sus fuerzas propias en todas las circunstancias
de la vida y voluntad desarrollada para asumir la iniciativa o la actitud que esas
circunstancias indiquen. Lo esencial en ella, es el desarrollo de la personalidad
del alumno, la formación de hábitos de trabajo y de investigación personal. Lo
"ecunJ~.rio, es la transmisión de conocimiento, aun cuando debe reconocerse que
el [Link] subalterno no significa desconocer la suprema importancia de una ins-
trucción práctica y de aplicación en las diversas situaciones de la vida. Pero,
para que se vea que es la formación de hábitos y de aptitudes 10 fundamental de
l?- enseñanza, bastará recordar que los mismos conocimientos sólo sirven y sólo
se perpetúan en el espíritu, a condición de que el alumno, en vez de recibirlos
pasivamente en depósito, del profesor o del texto de clase, los adquiera por es-
fuerzo propio, realizando trabajos mentales y experimentos. Saber es hacer, ha
dicho Aristóteles, formulando la base única y fundamental de la enseñanza" (13).
A juzgar por las opiniones de Acevedo, un modelo empieza a gravitar en la
Universidad, se trata del distanciamiento del modelo francés y de un viraje hacia
el modelo germano-sajón. La persistente preocupación por métodos pedagógicos
experimentales o prácticos es notoria en el pensanlÍento del Dr. Acevedo. En 1904,
Aceverlo confrontaba y comparaba valorativamente ambos modelos educaciona-
les, cuando decía que "Durante muchos años se ha considerado que la base princi-
pal de los progresos de la enseñanza secundaria, consistía en la reforma de los
programas y en la adopción de buenos textos. Para que se vea la escasa importan-
cia dejos progran1as, bastará tener present0 que ello!" son más o menos iguales en
Francia y en Alemania, y que, sin embargo, en opinión de todos los pedagogistas,
la enseñanza que sobre ellos se desalTolla es bien diferente en uno y otro país. El
alumno francés, recibe una educación teórica, mediante lecciones orales y textos;
el alumno alemán queda colocado, desde el primer día, en la categoría de experi-
méntador en contacto con las realidades del mundo, y sólo después que ha experi-
mentado y que conoce esas realidades, aprende la teoría. El estudiante latino, dice
uno de esos pedagogistas, aprende las lenguas con ayuda de gramáticas y diccio-
narios y jamás llega a hablarlas; aprende la física y las demás ciencias con ayuda
de libros y jamás llega a conocer el manejo de un instrumento; mientras que el
joven anglosajón, aprende las lenguas hablándolas incesantemente; la física, ma-
nejando instrumentos; la ingenielia, incorporándose a un taller, sin perjuicio de la

(13) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 128.

111
Luis M. Delia Machado

parte teórica que tiene su aplicación después. La enseñanza reposa, en un caso,


sobre el estudio de los libros, en el otro sobre la experiencia. Los libros son siempre
auxiliares. Sin la experiencia de la vida, dice un escritor, el libro es como la lluvia
y el rayo del sol sobre un suelo no abierto todavía por el arado" (14). No cabe duda
que la filosofía que propugna el Dr. Acevedo no hace más que proyectar la impron-
ta positivista que su maestro, - el Dr. Alfredo Vázquez Acevedo-, había dado a la
Universidad veinte años atrás (15).
Como decíamos, el problema por desarrollar y extender una "verdadera en-
señanza secundaria" constituía una verdadera preocupación para las autorida-
des universitarias. En 1906, el Rector de la Universidad manifestaba que "El
problema de la enseñanza media no está resuelto, no se ha planteado siquiera en
el país. c...) Tenemos ensenanza primaria y enseñanza preparatoria (aunque se
la llame secundaria, es preparatoria); no tenemos verdadera enseñanza 1~1edia,
faltándonos los liceos que en Europa y en Norte América responden a ese fin. En
Montevideo esa deficiencia es en cierto modo atenuada por la existencia de cier~
tos institutos particulares y por el concurso de profesores que dictan cursos a
personas que no quieren ni pueden concurrir a la Universidad. En campaña el
mal impera en toda su extensión y se hace notar con todas sus consecuencias.
Fuera de la enseñanza primaria no hay elementos de cultura. En unos cuantos
centros urbanos hay institutos de enseñanza preparatoria; concurren a ellos los
que aspiran a obtener un título profesional. Los demás, después de abandonar la
escuela primaria no reciben otra educación, y aún cuando quisieran, no encon-
trarán dónde recibirla" (16).
Como señalamos más anteriormente, Acevedo en su informe de 1904 señala-
ba expresamente los fines que a sujuicio debería cumplir la enseñanza secunda-
ria, la conveniencia de "que todo el que salga de la escuela primaria pueda cursar
cinco mios de enseñanza secundaria", "levantar el nivel mental" de los jóvenes y
"que cada joven resulte un factor útil en el comercio y en la industria", pero
también "dificultar el acceso a las facultades superiores" para "que sólo vayan a
ellas los que tengan positiva vocación y cualidades descollantes para las carreras
liberales" (17).

(14) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 130.


(15) Vásquez Acevedo, A. En 1886 alinnaba que el "método de observación y de inducción
aplicado a las ciencias naturales y físicas, lo mismo que a las ciencias morales y sociales, es el-único
capaz de evitamos las falsedades y los errores del dogmatismo, y de conducimos por vías seguras
al descubrimiento de la verdad". Informe del Consejo de Ensellanza Secundaria y Superior
Correspondiente al a110 1886. Montevideo. El Siglo Ilustrado. 1887. pág. 47.
(16) Castellanos, A. R. Contribución de los Liceos Departamentales al desarrollo de la vida
nacional. (1912-1962. Montevideo. Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria. 1967. pág. 68.
(17) Acevedo, E. La ensellanza universitaria en 1904. Informe presentado por el Rector de la
Universidad Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. El Siglo Ilustrado. Anales de la Universidad. Vol.
16. 1905. pág. 126. La cursiva es nuestra.

112
Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista

El presidente Batlle, en el decreto del 22 de noviembre de 1906, en su arto 10,


retomará esta visión cuando, señalando que las finalidades de la enseñanza se-
cundaria serían "formativas" y "económicas" al mismo tiempo. El objeto de los
liceos no sería otro que, "provocar la observación y disciplinar el criterio, por
medio de una enseñanza general que prepare para el cumplimiento de los debe-
res de la vida y favorezca el desarrollo y la aplicación de las aptitudes individua-
les en las diversas manifestaciones de la actividad económica".
La primera acción emprendida por el gobierno de Batlle que tiene la mani-
fiesta finalidad de extender la enseñanza secundaria se expresa el 23 de enero de
1906 con la sanción de la ley N° 3015 por la que se autorizaba al Poder Ejecutivo
para convertir varias deudas públicas, -circulantes unas, y otras no emitidas
aún-, del G% al 5% de interés. La Universidad había solicitado que el sobrante
del empréstito de conversión se destinara a las Escuelas de Veterinaria y Agro-
nomía. Sin embargo, el Presidente de la República consideró que también sería
una finalidad adecuada utilizarlo para extender la enseñanza secundaria en todo
el país (18). En su artículo 17, de la ley mencionada, determinaba que "El so-
brante de títulos de 5 %, creados por esta Ley, que resulte después de verificada
la conversión y reembolso, se destina a la construcción y organización de una
escuela de veterinaria, a la de una de agricultura, y el fomento de la educación
secundaria en los departamentos de la campaña". De manera que esta iniciativa
de 1906 constituye la primera manifestación de voluntad política de extender la
enseñanza secundaria a todo el territorio nacional. El Poder Ejecutivo, mediante
un decreto del 22 de noviembre del mismo año (19), determinaba "debían esta-
blecerse diez, (liceos) uno en Rivera y los nueve restantes en las ciudades más
pobladas de la República". Nuevamente, a través del Ministerio de Fomento, se
dictaba el 5 de enero de 1907, un nuevo decreto que modificaba, ampliando los
objetivos del decreto anterior, determinando que «Se establecerá un Liceo de
Enseñanza Secundaria, con excepción de Montevideo, en la Capital de cada uno
de los Departamentos de la República». Sin embargo, como todos sabemos, estas
iniciativas en las postrimerías de la primera presidencia de José Batlle y Ordóñez
no se materializarán sino durante su segtmda presidencia.
Pero, ¿cuáles fueron las razones por las cU81es no se materializaron en reali-
zaciones, las iniciativas del Presidente Batlle de 1906?
El primero de marzo de 1907 asumía la presidencia Claudia Williman y este
hechú constituye una de las posibles explicaciones, para que el propósito de ex-

(18) Ley N° 3015, en su arto 17 establecía que "El sobrante de títulos de 5 %, creados por esta
Ley, que resulte después de verificada la conversión y reembolso, se destina a la construcción y
organización de una escuela de veterinaria, una de agricultura, y el fomento de la educación
secundaria en los departamentos de la campaña".
(19) Decreto del Ministro de Fomento, Dr. Alfonso Pacheco, creaba Liceos en campaña donde
ingresarían niños de 12 años con tercer año de primaria aprobada en escuelas rurales y con quinto
año aprobado en escuelas urbanas.

113
Luis M. Delia Machado

tender la enseñanza secundaria no se concretara, todo ello motivado por una


divergencia en la concepción de la consideración de los fines educacionales que
tendrían Claudia Williman y José Batlle y Ordóñez. De los fines propuestos en
1906, sólo se concretan los estímulos destinados a desarrollar las Escuelas de
Veterinaria y Agronomía, pero en materia de enseñanza secundaria, no se desti-
nan los presupuestos previstos para este fin. El origen de la divergencia en ma-
teria de política educacional entre Batlle y Williman, estribaría a nuestro juicio,
fundamentalmente, en el valor atribuido a cada una de las ramas de la enseñan-
za. El Presidente Williman tendría la convicciÓ:::t de que solamente el nivel pri-
mario y superior de enseñanza, debería ser desárrollado y estimulado por el Es-
tado, no así con la enseñanza secundaria que hasta - sorprendentemente -, el
Estado debería dejarla librada a la iniciativa privada. Esta consideración de
Williman respecto a la enseñanza secundaria, se encontraba en las antípodas de
la concepción de José Batlle y Ordóñez, que entendía a la enseñanza secundaria,
como una responsabilidad estatal, al tiempo que debía tender a una extensión
análoga a la conquistada por la enseñanza primaria.
Es sorprendente, que entre los considerandos que expone el Presidente
Williman, en el mensaje que presenta el proyecto de Ley Orgánica de la Univer-
sidad en 1907, señale que "El Poder Ejecutivo hubiera deseado desde ya supri-
mir la enseñanza secundaria oficial, porque tiene el convencimiento de que el
Estado no debe suplir ni hacer competencia injusta a la iniciativa privada, cuan-
do ella se revela con suficientes energías para cumplir satisfactoriamente con un
servicio de interés social; y hoy ya se puede afírmar que no está lejano el día que
se lleve adelante, por uniformidad de opiniones, la reforma que consiste en limi-
tar la acción del Poder público, en la enseñanza secundaria, a una actitud de
simple vigilancia en las escuelas particulares, y cuando más a intervenir en el
plan de estudios para darle unidad, juzgar en las pruebas de suficiencia y exigir
la enseñanza práctica de ciertos conocimientos. El Poder Ejecutivo por el mo-
mento no cree oportuno prestigiar la realización de esa reforma radical, que se
basa en el principio de libertad; no obstante, la facilidad para dentro de algún
tiempo, asegurando el triunfo de ese ideal al dividir los estudios en Preparato-
rios y Secundarios propiamente dichos. Con esta subdivisión se obtendrían tam-
bién grandes ventajas, que consisten en no hacer trabajar a las nuevas genera-
ciones más que el indispensable para ejercer con plena conciencia las profesiones
superiores, evitando el cansancio intelectual antes que el hombre se inicie en la
verdadera lucha por la vida" (20).
Como vemos, Williman entendía que la enseñanza secundaria no debía ser
pública y si no se lleva adelante absolutamente la privatización de este servicio,
es sólo porque aún no están dadas las condiciones para ello. El presidente William
consideraba que el esfuerzo del Estado en materia educacional debería dirigirse

(20) Cámara de Representantes. Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes. Tomo


CXCII. 1908. Montevideo. «El Siglo Ilustrado·>. 1909. pág. 865.

114
Algunos aspectos de los políticos educativos durante el ciclo batllista

fundamentalmente a la extensión y fortalecimiento de la educación primaria. En


este ámbito, su obra fue destacable ya que durante su administración fueron
creadas en una primera etapa 150 escuelas y ulteriormente 210 más, elevando el
número de locales escolares al millar (21).
Una vez concluida la presidencia de Williman, ello de marzo de 1911 inicia-
ba su segundo mandato José Batlle y Ordóñez. Desde los comienzos de su admi-
nistración, manifiesta su interés por llevar adelante lo proyectado en los decre-
tos del 22 de enero de 1906 y 5 de enero de ] 907, que no se habían concretado
durante el período Williman. E14 de mayo de 1911, Batlle enviaba a la Asamblea
General conjuntamente un mensaje donde señalaba las causas que impidieron el
cumplimiento de dichos decretos (agotamiento de fondos y la estructura de los
estudios universitarios de entonces) (22) y su conocido Proyecto de Ley de Crea-
ción de Liceos Departamentales. Entendía Batlle que la situación del año 11 era
más apropiada para la extensión de la enseñanza secundaria, ya que se había
aprobado la reforma universitaria de 1908.
Pero veamos los fines que a juicio de Batlle debe perseguir la enseñanza
secundaria. En el mensaje presidencial mencionado, Batlle señalaba que la en-
señanza secundaria buscaría satisfacer una finalidad general que sería la de
"perfeccionar el criterio y elevar el nivel intelectual de la población entera", pero
para que ello se realizara, dicha enseñanza "completa y racional estará gratuita-
mente al alcance de todos". A esta finalidad se agregaba la de estimular a los
jóvenes del interior a mantener sus vínculos con la localidad de pertenencia, cosa
que no era posible mientras existieran oportunidades de estudio radicadas ex-
clusivamente en Montevideo. De manera que sus finalidades pueden resumirse
en: estímulo, extensión y equidad socioeducativa por la acción de la enseñanza
secundaria gratuita y oficial, al tiempo de buscar el afianzamiento de los jóvenes
en el interior.
Pero, para que la enseñanza secundaria presentara el carácter de estatal y
gratuita, era necesario completar el proceso de laicización que había iniciado
Varela con anterioridad, en el marco de la educación primaria, y extenderlo al
nivel secundario.
A lo largo de la primera década del siglo XX, se sucedieron acontecimientos
que afectaron directa o indirectamente a la enseñanza secundaria y a su filosofía
educativa. Durante esta década se radicaliza y completa el proceso de laicización
de la educación primaria. La escuela laica, gratuita y obligatoria propuesta por
el Decreto Ley de 1877, no fue más que una aspiración que no se encontraba
realizada a la muerte del reformador, ni tampoco en los años subsiguientes a su
gestión. De los principios tan caros al varelianismo, solamente el de gratuidad se
efectivizó en forma inmediata desde los tiempos de la reforma, pero el laicismo

(21) Pérez, A. J. Mi Defensa. Montevideo. Imp. El Siglo Ilustrado. 1918. pág. 30.
(22) Cámara de Representantes. Diario de Sesiones de la Cámara de Representantes. Tomo
CCXIll. Montevideo. "El Siglo Ilustrado». 1912. pág. 171.

115
aa::a¡

Luis M. Delia Machado

debió esperar a los tiempos del batllismo, para que fuera realidad y mucho más
el principio de obligatoriedad.
La reforma, si no conformaba en extensión, tampoco lo hacía en su espíritu,
como lo podemos confirmar por las denuncias reiteradas, que la DGIP recibe de
violaciones a la laicidad (23), las que motivaron resoluciones que reclamaban el
cumplimiento de la normativa prescripta por el Decreto Ley de 1877. Pero lo que
es más importante aún, tampoco desde el punto de vista administrativo, en los
albores del siglo XX, el sistema educativo se encontraba consolidado. Durante el
primer año de gobierno de Batlle y Ordóñez, en el mes de setiembre, su Ministro
de Fomento, Ing. José Serrato, se ve obligado a intervenir en un conflicto de
atribuciones entre la Dirección General de Instrucción Pública y la Comisión
Departamental de Instrucción Pública de Montevideo, donde ésta última se
arrogaba competencias correspondientes a la Dirección General (24). El conflicto
se reitera al mes siguiente, debiendo nuevamente, intervenir el Poder Ejecutivo,
el motivo fue la auto denominación de "Dirección" por parte de la Comisión De-
partamental de Instrucción Pública (25). Como podemos ver por estos aconteci-
mientos, la centralización del sistema educativo nacional primario no se encon-
traba totalmente consolidada. Respecto al proceso de laicización, enmarcado en
un fenómeno más amplio de secularización que el batllismo completa y profundi-
za, el principio vareliano de una escuela laica se consolida no sin encontrar resis-
tencias. El camino de este principio estuvo pautado en tiempos prebatllistas, por
la acción de hombres que culminarán conformando en staff de gobierno de José
Batlle y Ordóñez. Mencionemos solamente algunas consideraciones que ya en
1893 señalaba el Dr. Carlos María De Pena, apoyándose en las opiniones de
Adolfo Posadas, respecto a la condición de los tiempos como "secularización de la
vida" y la necesidad de "ser cumplidos por el Estado fines sociales que antes
fueron del resorte de la Iglesia, cuando ésta tenía el imperio sobre las almas a la
vez que el dominio sobre los hombres y sobre las cosas» (26).
De todas maneras, durante la XXIII Legislatura, en 1908, se decretaba la
supresión absoluta de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas de la nación.

(23) Pérez, A. J. Memoria correspondiente al mIo 1900 presentada a la Dirección General de


Instrucción Pública por el Dr. Inspector Nacional de Instrucción Primaria Dr. Abel J. Pérez.
Montevideo. El Siglo Ilustrado. 1901. pág. 20. También la circular de DGIP del 23 de marzo de
1901 reitera las prescripciones que figuraban en el arto 18 de la Ley de Educación Común. Véase:
Dirección General de Instrucción Pública. Legislación Escolar Vigente. 1898 - 1903. Publicación
Oficial ordenada por la Dirección General de Instrucción Pública. Montevideo. Talleres A. BalTeiro
y Ramos. 1904. pág. 86.
(24) Dirección General de Instrucción Pública. Ll'gislación Escolar Vigente. 1904 - 1905.
Publicación Oficial ordenada por la Dirección General de Instrucción Pública. Montevideo. Talleres
Tipográficos de "La Prensa». 1906. pág. 100.
(25) Dirección General de Instrucción Pública. Legislación Escolar Vigente. 1898 - 1903.
Publicación Oficial ordenada por la Dirección General de Instrucción Pública. Montevideo. Talleres
A. BalTeiro y Ramos. 1904. pág. 258.
(26) De Pena. C. M. Principios de Organización de la Beneficencia Pública. Montevideo. Imp.
Artística y Librería de Domaleche y Reyes. 1893. pág. 7.

116
Algunos aspectos de los políticos educativos durante el ciclo batllista

Nacido el decreto por iniciativa del Diputado por Tacuarembó, Genaro Gilbert, es
aprobado (27) por la Comisión de Instrucción Pública de la Cámara de Represen-
tantes y en junio de 1908 con la única disconformidad del Diputado Alfredo F.
Vidal, la Asamblea General sancionaba la iniciativa. Es significativo que entre los
ardientes defensores del proyecto de Gilbert, figuraran las personalidades más
emblemáticas de la secularización: el Diputado Carlos Oneto y Viana y el joven
diputado Eugenio J. Lagarmilla. El primero había presentado su revolucionario
proyecto de divorcio en 1905 y el segundo propuso y obtiene la supresión de los
crucifijos en los hospitales, lo que motivó la reacción de José E. Rodó en su "Libera-
lismo y Jacobinismo". El decreto mencionado se aplica radicalmente en 1909 e
inmediatamente, el Dr. Abel J. Pérez, en la Sección XXXVI del 31 de marzo de
1909, de la DGIP, "manifiesta al Ministerio del ramo, con motivo de la Ley de 6 de
Abril de 1909, que suprimió toda enseñanza y prácticas religiosas en las Escuelas
del Estado, que, a juicio de la Dirección, procede legalmente la supresión de lá
Religión como asignatura de enseñanza en los Institutos Normales, y como asig-
natura de examen para los Maestros de toda categoría" (28). .
Pero volvamos a la enseñanza secundaria. La división en dos ciclos de la
enseñanza secundaria prevista en la ley de 1908, un ciclo liceal y otro "prepara-
torio" de los estudios superiores universitarios generó un profundo debate inter-
no, en las autoridades educativas y en los ámbitos políticos.
Desde la constitución de la comisión integrada por el Dr. Carlos M. de Pena,
Ing. Carlos M. Maggiolo y Dr. Carlos Vaz Ferreira a los efectos de reorganizar la
enseñanza secundaria, se manifiestan dos claras tendencias que serán difíciles
de conciliar, "una inspirada en el propósito de dotar a los departamentos de li-
ceos de bachillerato completo; y otra según la cual esos liceos debían prescindir
del plan de bachillerato y resolver el problema de la enseñanza media, des-
vinculada de todo carácter profesional" (29).
La necesidad de contar con una infraestructura que brindara una enseñan-
za secundaria con finalidad propia se transforma en una preocupación constante

(27) "El Senado y Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, reunidos
en Asamblea General, etc., etc., Decretan: Artículo 1° Desde la promulgación de la presente ley
queda suprimida toda enseñanza y práctica religiosas en las escuelas del Estado. Art. 2° La Dirección
General de Instrucción Pública determinará los casos en que hayan de aplicarse penas a los maestros
transgresores de esta ley. Estas ppnas serán de suspensión, pudiendo llegarse hasta la destitución
en caso c.e reincidencias graves y comprobadas. Art. So Comuníquese, etc.
Despacho de la Comisión, junio 2 de 1908. Cachón - Salterain - Femández Saldaña - Percovich
- Sosa - Vidal (discorde) - Ramón Guerra". Cámara de Representantes. Diario de Sesiones. Tomo
CXCV. Montevideo. "El Siglo Ilustrado'" 1909. pág. 129.
(28) Pérez, A. J. Memoria correspondiente a los aiios 1900-1910 presentada a la Dirección
General de Instrucción Primaria y al Ministerio de Industrias, Trabajo e Instrucción Pública por el
Dr. Inspector Nacional de Instrucción Primaria Dr. Abel J. Pérez. Montevideo. Talleres Gráficos
A. Barreiro y Ramos. 1911. Pág. 267.
(29) Castellanos, A. R. Contribución de los Liceos Departamentales al desarrollo de la vida
nacional. (1912-1962. Montevideo. Consejo Nacional de Enseñanza Secundaria. 1967. pág. 68.

117
Luis M. Delia Mochado

del gobierno universitario. También el Decano de la Facultad de medicina seña-


laba que la situación de la enseñanza secundaria "es grave, que las naciones no
son moralmente grandes, no son intelectualmente fuertes, por lo que vale un
círculo reducido al que se llama elite intelectual. Que esta elite necesita encon-
trar una esfera inmediata más, mucho más numerosa, capaz de interpretar sus
ideas, capaz de realizar muchos de los propósitos que aquélla tiene que limitarse
a señalar. Esa clase intermedia, ilustrada y [Link], en aptitud de comprender
las verdaderas necesidades de la vida, dotada de espíritu científico a la vez que
de espíritu práctico, dónde puede formarse? Únicamente en liceos de enseñanza
media, como los ha concebido y planeado el Consejo Universitario. Verdad es que
se dirá que los institutos de bachillerato completo suplirían la obra de esos liceos,
que darían a los departamentos la cultura cuya falta se hace sentir en todos los
órdenes de la actividad. Pero hay en ello un error, ¡un profundo error! Esos ins-
titutos de bachillerato darían lo que nadie pide, lo que el país no necesita, lo que
el país rechaza ya, porque está pletórico de tales elementos: daría más bachille-
res que serían mañana más médicos y más abogados" (30).
Las palabras del Dr. Navarro merece que nos detengamos un momento para
su análisis. Es interesante resaltar que en sus expresiones se manifiesta una
finalidad política específica que la enseñanza secundaria cumpliría en la reali-
dad nacional. Su finalidad no sería otra más que la creación de una clase "inter-
media" que fuera capaz de comprender o interpretar las aspiraciones y los propó-
sitos de la clase política.
Esta idea de que la enseñanza secundaria debe conformar las mentalidades
de un sector intermedio que sirva de nexo entre la clase política dirigente o élite
nacional y la masa de trabajadores es persistente en el ámbito universitario como
veremos más adelante.
Ya mencionamos la temprana preocupación que tuvieron las autoridades
universitarias por la necesaria renovación de la educación secundaria. Dicha
renovación, enmarcada en clave positivista, entendía que la educación secunda-
ria estaba destinada primordialmente a la formación "práctica" para la vida. Es
con este espíritu que se fundamentaba en 1904 ]a necesidad de una Facultad de
Veterinaria y Agronomía (31). La renovación implica la "diversificación de carre-
ras, que abra rumbos más prácticos a la intelectualidad nacional" (32).
La valoración de la función económica de la educación, es compartida por las
autoridades de otras instituciones educativas. En la misma sintonía se encuen-
tran las expresiones del Dr. A. J. Pérez en lo referente a la función de la educa-
ción primaria. Al respecto señalaba Pérez en 1903, que "El día que esa transfor-

(30) Castellanos, A. R. Op. Cit. pág. 68.


(31) Acevedo, E. La ensellanza universitaria en 1904. Informe presentado por el Rector de la
Universidad Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. El Siglo Ilustrado. Anales de la Universidad. Vol.
16. 1905. pág. 155.
(32) Acevedo, E. Op. Cit. pág. 158.

118
..
Algunos aspectos de los políticos educativos durante el ciclo batllista

mación se opere, se habrá realizado una sólida y positiva conquista económica,


pues, el hogar del analfabeto es un elemento estéril o poco menos para el progre-
so general, desde que sus componentes pueden tener actividad para el trabajo
que reclaman las sociedades modernas, pero esa actividad está lejos de confun-
dirse con la acción eficaz y consciente de quienes han disciplinado sus facultades
y sus aptitudes para luchar con eficacia en las batallas de nuestras febriles socie-
dades. Así, en los países donde la instrucción primaria está más discretamente
difundida, donde la propia materia de la instrucción está mejor estudiada con
arreglo al medio y a las especiales acti"idades que se van a emplear, la produc-
ción aumenta y se mejora, la riqueza pública acrece, los habitantes son más labo-
riosos, y el bienestar común menos excepcional y extraordinario, asegurando así
el triunfo salvador de un optimismo vivificante. c...) El obrero inteligente y estu-
dioso, no sólo realiza mayores beneficios para su propio hogar al aumentar su
peculio, que resuelve el grave problema del bienestar futuro de la familia, sino
'lne realiza también un fin social, más elevado, porque aumenta con su labor
inteligente la riqueza pública" (33).
El Dr. Pérez, en la "Defensa" de su gestión declara que: "Una de mis más
profundas preocupaciones, c...)fue la de la enseñanza rural, c...) que reclamaba,
c...) ur..a reforma realmente revolucionaria. En efecto, nuestra campaña guarda
las fuentes inagotables de nuestra vida, que fecundizan nuestros ríos en llanu-
ras maravillosamente fértiles que alimentan nuestra riqueza ganadera, ofrece
[Link] risueños a la agricultura, que comparte con aquella las actividades de
nuestros distritos rurales, y abren un campo de acción a las legítimas expectati-
vas de los que buscan en ellas los elementos de su prosperidad, que ya personal o
colecti'v'a, es siempre la prosperidad del país. Esas causas yesos propósitos de-
ben determinar, en mi sentir, el carácter de la escuelas que funcionen en esos
distritos, y que debe ser acentuadamente profesional, desde que su objeto prime-
ro y fundamental será preparar elementos aptos para las evoluciones progresi-
vas de nuestra vida rural, orientada lógicamente hacia un aprovechamiento in-
dustrial de sus riquezas o productos, ..." (34).
y resumiendo en el mismo escrito su preocupación por la relación de educa-
ción-economía como una constante, el Dr. Pérez, en ocasión de abandonar su
cargo en la Dirección General de Instrucción Pública, decía en 1918: "He tratado
por todos los medios a mi alcance, de difundir en nuestros distritos rurales una
enseñanza de lineamientos industriales y de finalidades prácticas, que transfor-
mara los habitantes de nuestras zonas campesinas, haciéndolos elementos de
labor metódica y constante y factores económicos de una riqueza nacional que
está latente, esperando la señal para desbordarse en una vena inagotable de
prosperidad fecunda y regeneradora" (35).

(33) Pérez, A. J. La Escuela Pública Primaria. Sus proyeciones domésticas y económicas. En:
Anales de Instrucción Primaria. Montevideo. A. Barreiro y Ramos. Noviembre y Diciembre. 1903.
Año 1. Tomo 1. N" 5. 1904. pág. 511.
(34) Pérez, A. J. Mi Defensa. Montevideo. Imp. El Siglo Ilustrado. 1918. pág. 29.
(35) Pérez, A. J. Op. Cit. pág. 37.

119
Luis M. Delia Machado

El carácter práctico que debe conformar la enseñanza secundaria no es otro


que el posibilitar al joven a que se "gane la vida" y esta idea perduró, - con mati-
ces -, durante las tres primeras décadas del siglo XX. El Dr. Eduardo Blanco
Acevedo, miembro del Consejo de Enseñanza Secundaria y Preparatoria de la
Universidad, en 1922 señalaba que el fin de la enseñanza secundaria "responde
a una necesidad. (.oo) el país necesita hombres instruidos, capaces de mejorar su
desenvolvimiento económico al aportar, sea en las faenas del campo, en el taller
o en el mostrador de la casa de comercio, un caudal de conocimientos generales y
técnicos que les permita trabajar de una manera más inteligente y más eficaz"
(36). y esta preparación se lograría amplificando y extendiendo como continua-
ción de los estudios primarios, a la enseñanza secundaria. Esto serviría como
dispositivo de selección y no representaría "ningún peligro puesto que su objeto
no consistiría en facilitar el acceso a las aulas de las Facultades" (37).
El propósito fundamental de esta concepción es el de discriminar espe-
cíficamente las finalidades de la enseñanza secundaria de las universitari'as, ya
que la secundaria no tiene por misión "formar la inteligencia de futuros sabios,
llamados a destacarse en el laboratorio o en la cátedra, sino de dotar al país de
hombres instruidos y capaces de integrar los cuadros del ejército del trabajo adap-
tándose rápidamente a cualquier clase de actividad (oo.) Al egresar de estos cur-
sos un joven debe poseer aptitudes para prestar servicios inmediatos en cual-
quier empresa y sobresalir sobre sus compañeros menos instruidos. Debe escri-
bir sin faltas, hablar y redactar correctamente, tener rapidez y seguridad en sus
cálculos, conocer el mecanismo de un motor, de un automóvil, de un tractor, etc.;
poseer conocimientos prácticos de ganadería y agricUltura, etc., y hablar más o
menos bien un idioma extranjero" (38).
De lo que se trata es de reorganizar las funciones y roles sociales a partir de
la acción educativa y para ello hay que organizar las "fuerzas productoras, en el
orden material e intelectual". Racionalizar la oferta educacional por el Estado es
un quehacer ineludible porque "La colectividad para vivir y prosperar necesita
profesores, médicos, químicos, ingenieros, técnicos, juristas, pero también y so-
bre todo, artesanos, comerciantes, agricultores, industriales. Unos y otros des-
empeñan una misión igualmente útil y de su estrecha colaboración depende el
bienestar de una nación. Unos son los dirigentes de la vida económica e intelec-
tual del país, los otros constituyen el inmenso ejército del trabajo. Los primeros
no pueden prescindir de los segundos y si estos últimos, valiéndose de su número
pretendieran excluir a los primeros, la sociedad marcharía inevitablemente ha-
cia la bancarrota, hacia el caos. (oo.) La riqueza, el progreso material e intelec-
tual de una sociedad están, pues, íntimamente ligados a la colaboración armo-
niosa de los elementos dirigentes y técnicos con la masa trabajadora y producto-

(36) Blanco Acevedo, E. La Enseñanza Secundaria, problema nacional. Montevideo.


Monteverde. 1922. pág. 8.
(37) Blanco Acevedo, E. Op. Cit. pág. 9.

120
f1

Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista

ra. Pero para obtener de esta colaboración el máximum de beneficios para la


comunidad, es indispensable que la transformación intelectual y profesional de
todos haya sido cuidadosamente preparada, es decir, que todos hayan recibido
una instrucción que los adapte a la función social que todos tienen que cumplir.
Una democracia no está realizada mientras que a una élite intelectual sólo pue-
de oponer una masa amorfa e inculta. Para que lo esté es preciso que por su
instrucción y su preparación intelectual la masa se acerque a la élite" (39).
La enseñanza secundaria deberá entonces conformar sujetos capaces de ar-
ticular "armoniosamente" las acciones de la clase política, con la masa constitui-
da por el "inmenso ejército del trabajo", siendo esta armonización una condición
para el fortalecimiento del régimen democrático.
Años después, en 1927, todavía resuenan los mismos ecos en otro miembro
del Consejo Directivo de la Sección Enseñanza Secundaria y Preparatoria, Ar-
mando Bocage. Para él, a "la enseñanza media están sujetos los más variados
factores del progreso de la Nación. La educación social y política del pueblo; la
elevación moral; la importancia económica del País, por el aumento en la capaci-
dad y en la aptitud de la juventud para el trabajo. (. .. ). Con el desarrollo de la
inteligencia y con el desenvolvimiento de la aptitud, llegará no sólo la pondera-
ción intelectual de las masas sino el progreso mismo de nuestro comercio y de
nuestra industria, desde que el espíritu de iniciativa, el gusto y la perfección en
la producción se verán acrecidos; y la facultad de percepción - desde el puesto de
labor - de los más variados problemas de orden económico, permitiría una mejor
orientación y un mejor aprovechamiento de las energías y de la producción. Si
cada uno de nuestros ganaderos conociera - en lo porvenir - la clásica evolución
de las crisis económicas que enseña la Economía Política, no serían presa tan
fácil; (. .. ) si nuestros comerciantes y nuestros ganaderos y nuestros industriales
supieran el inglés, el francés o el alemán, podrían orientar, extender y perfeccio-
nar sus actividades económicas; si todos ellos supieran las nociones generales de
Comercio, aprovecharían mejor sus esfuerzos" (40).
De manera que la enseñanza secundaria, tan ambiciosa en el juicio de Bocage,
al igual que lo afirmado por Blanco Acevedo, debería ser la constructora de suje-
tos de un trabajo con sustento racional y ropaje de cientificidad, porque de lo que
se trata es de hacer "que cada uno de nuestros hombres de trabajo sea un hombre
culto e instruido y habremos conseguido que sepa manejarse mejor y más
eficientemente dentro de la órbita de sus actividades; porque lo habremos habi-
litado para pensar, investigar y deducir. Y cuando un hombre de labor haya
llegado a observar y prever, no se estancará en sus actividades ni se dejará sor-
prender por los acontecimientos; y es entonces cuando sobrevendrá el éxito eco-

(38) Blanco Acevedo, E. Op. Cit. pág. 10.


(39) Blanco Acevedo, E. Op. Cit. pág. 6.
(40) Bocage, A. Ensellanza Secundaria. Tres aspectos de "nuestro" problema. Montevideo.
Morales & Ribero - Impresores. Biblioteca Galien Vol. VI.1927. pág. 21.

121
Luis M. Delia Machado

nómico en sus empresas. Es tiempo que declaremos en bancarrota nuestra de-


cantada «viveza criolla». No basta ella - en los tiempos que corren - para hacer-
nos prosperar, ni siquiera para contrarrestar las formalidades, científicas y
metodizadas influencias de la política económica, de carácter mundial, de la que
resulta víctima propiciatoria todo país que no sepa defenderse, por más riquezas
naturales o manufactureras que encierren sus fronteras. (... ) Y nadie que se haya
preocupado de los conflictos económicos entre la producción nacional y el merca-
do exterior habrá dejado de observar que no ha bastado que el economista, el
abogado, el funcionario o el político, hayan visto claro en determinadas cuestio-
nes; habría sido necesario que hubiese ocurrido 10 mismo con cada agricultor y
con cada ganadero o industrial" (41).
En síntesis, eljoven egresado del ciclo secundario debe "desarrollar su inte-
ligencia y sus aptitudes para que pueda trabajar con mayor éxito y con mayor
placer. Hacer un trabajador 10 suficientemente inteligente como para darse a si
mismo el verdadero valor que es como elemento de trabajo; que su instrucción le
permita desarrollar más eficientemente sus aptitudes y que su cultura le permi-
ta aquilatar y justipreciar que el guante que más honra y que más necesita el
país es el de las manchas del trabajo. Que sepa acabadamente que en la produc-
ción radica el más fundamental de los factores de la salud económica de un pue-
blo, que es en suma una de las poderosas razones de su existencia misma" (42).
La conformación de cuadros dirigentes en el mundo del trabajo oficiaría de
bisagra entre el universo de la fuerza muscular y la intelectual: "La cultura y la
instrucción que puede suministrar un plan de enseñanza media, completa en
forma feliz la obra social de la enseñanza profesional. Si esta superioriza al obre-
ro (... ) aquella superioriza al hombre que ha de pensar y dirigir la producción a
más de trabajar. Si la una prepara los soldados «rasos» del ejército del progreso
nacional, la otra prepara la oficialidad. En tanto aquella preparará la mano, ésta
preparará el espíritu y el cerebro, para poder ver más allá del torno, más allá del
taller, más allá todavía de las fronteras del país; y esto es posible conseguirlo con
la acción fermental de enseñanza secundaria sin caer en la «intelectualización»
exagerada del individuo, que podría llevarnos al peligroso extremo de un univer-
sitarismo frustro" (43).
Sin embargo, para concluir, debemos reconocer que hasta las postrimerías
de la tercera década del siglo XX, cuando concluye el ciclo del batllismo, la ense-
ñanza secundaria no había alcanzado los fines propuestos. El citado Bocage reco-
nocía que todavía en 1927 "carecemos de un ciclo de enseñanza media o secunda-
ria, de carácter popular, destinado simplemente a completar la obra de Instruc-
ción Primaria. Quien necesite los beneficios de la enseñanza primaria, encontra-
rá a su disposición nuestras bien organizadas escuelas. Pero quien necesite de

(41) Bocage, A. Op. Cit. pág. 22.


(42) Bocage, A. Op. Cit. pág. 24.
(43) Bocage, A. Op. Cit. pág. 26.

122
..
Algunos aspectos de las políticas educativas durante el ciclo batllista

los beneficios de la enseñanza secundaria, como fin, los beneficios de la cultura


por la cultura misma, no encontrará ningún organismo oficial que lo acoja y
provea a sus necesidades intelectuales" (44).

BIBLIOGRAFíA
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tor de la Universidad Dr. Eduardo Acevedo. Montevideo. El Siglo Ilustrado.
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bajo e Instrucción Pública por el Dr. Inspector Nacional de Instrucción Pri-
maria Dr. Abel J. Pérez. Montevideo. Talleres Gráficos A. Barreiro y Ramos.
1911.

(44) Bocage, A. Op. Cit. pág. 12.

123
Luis M. Delio Machado

Pérez, A. J. Mi Defensa. Montevideo. Imp. El Siglo Ilustrado. 1918.


Universidad. Informe del Consejo de Enseñanza Secundaria y Superior Corres-
pondiente al año 1886. Montevideo. El Siglo Ilustrado. 1887.
Vásquez Acevedo, A. Informe presentado a la Sala de Doctores del 18 de Julio
de 1882. Montevideo. Imprenta y Encuadernación de Rius Y Becchi. 1882.
Vásquez Acevedo, A. Informe del Consejo de Enseñanza Secundaria y Supe-
rior Correspondiente al año 1886. Montevideo. El Siglo Ilustrado. 1887.

124
-
Estado, cultura y lucha de clases en la época de la globalización

ESTADO, CULTURA Y LUCHA DE CLASES


EN LA EPOCA DE LA GLOBAlIZACIÓN (*)

Lic. Eduardo B. Gómez

RESUMEN
La reproducción ampliada del capital ya no se realiza adecuadamente en el
marco de los Estados-naciones, los que al constituirse en obstáculos para la mis-
ma entran en declive y reformulación. Por tanto se modifican las formas a través
de las cuales las sociedades se organizan, lo cual implica una recomposición de
los espacios socioeconómicos, políticos, etc.. Estos cambios son de carácter es-
tructural e implican a la propia organización de las estructuras de dominación.
Los diferentes procesos de integración son propuestas que articulan los refe-
rentes locales y nacionales que cada vez con mayor intensidad configuran y rees-
tructuran el significado de las" marcas regionales", establecidas como consecuencia
de historias distintivas. Si bien se rompe con la lógica de conformación de lo
social a partir de grandes colectivos, esto no implica que se anulen las grandes
determinaciones sociales.
La relación desigual y contradictoria de dominación/subordinación que sur-
ge de la existencia de las clases sociales hace que exista una división en el inte-
rior de la cultura. Por lo cual existen en su interior dos dimensiones antagónicas
que luchan entre sí, así como existen luchas al interior de ellas. Por lo tanto no
existe ''la cultura", sí existe la cultura dominante que es una dimensión junto a
otras de la "estructura global de dominación".
La ponencia concluye planteando que para la construcción de una propuesta
de liberación se debe elaborar una propuesta ideológico-práctica que haga" sal-
tar en mil pedazos" las relaciones de dominación.

el Versión modificada de la Ponencia presentada en el "1 Congreso Regional de Estudiantes


del Área Social". Organizado por el Centro de Estudiantes del Área Social. FEUD. Montevideo. Del
5 al 8 de octubre del 2000.

125
1
Eduardo B. Gómez

FIN DEL ESTADO-NACIÓN Y RESIGNIFICACIÓN


DE LAS ESTRUCTURAS DE DOMINACiÓN
El Estado-nación elabora una unidad artificial, el pueblo, que está más allá
de todas las contradicciones de clase. De esta manera encubre las contradiccio-
nes de clase, y construye -a nivel ideológico- la sensación de participar en una
colectividad neutra, por lo cual, la caracterización nacional está por encima de la
pertenencia de clase, introduciendo la falsa representación de una realidad na-
cional en la cual aquélla desaparece. Con lo cual esconde, que sus estructuras
representan la forma de institucionalización de la dominación capitalista, "las
instituciones benefactoras tienen el efecto fetichizador de hacer materialmente
aceptable la dominación del capital, y a partir de ahí, construir el andamiaje
ideológico que amalgama a la sociedad capitalista y la legitima".
El Estado-nación se convirtió en principio ordenador, y en "unidad reguladora"
en el capitalismo clásico. Así, el sistema internacional definido como sistema
político, estaba constituido por unidades representadas por los diferentes Esta-
dos-naciones. Estos se convirtieron en el único eje, en torno al cual se movían las
diferentes sociedades en lo económico, lo político, etc.
Estamos asistiendo a un proceso de mundialización de los mercados, se trata
de un cambio estructural que convierte al planeta en un "único mercado", yen
terreno en que los capitales y los procesos de producción se desplazan más libre-
mente que nunca. Esto conduce a una redefinición de las funciones del Estado-
nación. Como consecuencia de las transformaciones cualitativas a nivel econó-
mico, político, se modifican las formas a través de las cuales las sociedades se
organizan, lo cual implica una recomposición de los espacios económicos y políti-
cos.
Estos cambios son de carácter estructural, e implican a la propia organiza-
ción de las estructuras de dominación de clase. Pero esto no significa que se
hayan eliminado las relaciones fundamentales, ni las contradicciones del capita-
lismo. "Bajo el capitalismo global, las contradicciones sociales se generalizan más
que nunca. Se despliegan sus componentes sociales, económicos, políticos y cul-
turales, por los cuatro puntos del mundo... las contradicciones sociales se agra-
van en los países dependientes... La misma reproducción ampliada del capital,
incluyendo su concentración y centralización, acelera y generaliza los procesos
de proletarización, de pauperización" (Ianni, 1998: 97 y 98)
Lo que ha sucedido es que han cambiado "sus condiciones y circunstancias
de operación". Es el caso del espacio necesario para la reproducción eficaz de los
procesos productivos y de las relaciones económicas. Lo que antes ocurría y se
resolvía (en gran medida), dentro de los límites de la economía nacional, hoy se
desborda cada vez con más frecuencia, y se estructura es términos regionales, de
bloque.
Si bien es cierto que bajo el capitalismo es necesario tener en cuenta la lógi-
ca del capital y sus tendencias de acumulación, éstas no son autónomas, es decir

126
FU .....

Estado, culturo y lucho de clases en lo época de lo globalización

que lo económico no tiene una dinámica propia. Se encuentra imbricado en el


proceso de lucha por la extracción del plusvalor. Como afirmaba Poulantzas, "esta
internacionalización, influye profundamente en la política y en las formas
institucionales de esos Estados por su inclusión en un sistema de interconexiones,
que no se limita en modo alguna, a un juego de presiones "externas" y "mutuas"
entre Estados y capitales yuxtapuestos" (Poulantzas, 1986 : 69)

EL PROBLEMA DE LA IDENTIDAD
No se puede afirmar una identidad diferente, sin diferenciarla de un contex-
to, en el mismo tiempo empírico de calendario en que aquello ocurre se está
afirmando el contexto. Lo diferente actúa únicamente en el movimiento contra-
dictorio, de afirmar una identidad diferente, y al mismo tiempo de anularla, esto
sucede como consecuencia de su inserción en un medio no desigual. Es cierto que
toda identidad particular implica, como una de sus dimensiones, la confirmación
del derecho a una existencia distinguida. Pero como sabemos, el derecho a la
distinción, es afirmado dentro de un espacio, en el cual el grupo en cuestión tiene
que convivir con otros grupos. La identidad separada y diferencial pura se cons-
truye a través de la diversidad y la diferencia. La relación con el otro se encuen-
tra directamente presente conformando la propia identidad. Esto es así, ya que
un conjunto que habita en el seno de una comunidad que lo rebasa, no vive una
existencia aislada. Ya que parte de la definición de su propia identidad, es conse-
cuencia de la construcción de un sistema complejo de relaciones con otros gru-
pos. Estas relaciones son legalizadas por normas y principios que trascienden el
particularismo de todo grupo. Por lo tanto la conformación de la propia distin-
ción, requiere de algo que no se agote en ella.
Como afirma Laclau (1) esta dimensión de universalidad es solamente "un
lugar vacío", que unifoTIna a la totalidad de las demandas equivalenciales. Tene-
mos que especificar la naturaleza de este lugar en términos de su contenido como
de su función. El contenido, le es dado por una articulación momentánea de de-
mandas equivalentes. En lo que se refiere a la función, ella se agota en introdu-
cir cadenas de equivalencias, en lo que hubiera sido de otro modo un mundo
puramente diferencial Este es el momento de la sumatoria hegemónica y de la
articulación. La fOTIna en que opera, es dando a una demanda particular una
función de representación universal. O sea, asignarle el valor de un horizonte
que el dé reciprocidad al encadenamiento de equivalencias y que, al mismo tiem-
po, lo mantenga interminablemente abierto.
Los diferentes procesos de integración, son propuestas que articulan los re-
ferente locales y los referentes nacionales, que cada vez con mayor intensidad
configuran las identidades, y reestructuran el significado de las "marcas regio-

(1) Ver de Ernesto Laclau, "Emancipación y diferencia". Editorial Ariel. Buenos Aires 1996.

127
Eduardo B. Gómez

nales", establecidas como consecuencia de historia distintivas. El proceso de con-


formación de las identidades sociales, se manifiesta a través de las diferentes
modalidades de conformación de los "agregados sociales". Si bien se rompe con la
lógica de conformación de lo social a partir de grandes colectivos, grandes de-
mandas, y grandes principios de legitimación de la acción social", no implica que
se anulen las grandes determinaciones sociales. Esto es así ya que no se puede
ignorar el rol de organizador de la sociedad que tiene el poder, así como tampoco
se puede desconocer su carácter de productor de sentido que estructura y repro-
duce las relaciones de dominio que existen en la vida cotidiana y que atraviesan
las clases sociales. "En la medida en que el globalismo se constituye en una nue-
va y poderosa totalidad social se revela como el nuevo e intrincado escenario de
fuerzas sociales y de luchas sociales, conocidas y desconocidas, todas implicando
desafíos prácticos y teóricos" (lanni, 1998 : 98)

CULTURA Y LUCHA DE CLASES


La cultura se presenta como un conjunto de diversos "elementos" materiales
y sentimentales, históricamente dados, que, al mismo tiempo que expresa el do-
minio sobre la naturaleza alcanzado por la sociedad. Proporciona el marco obje-
tivo necesario para la representación subjetiva que tiene los sujetos de su lugar
y papel en la sociedad.
Ahora bien, la relación desigual y contradictoria de dominación/subordina-
ción, que surge de la existencia de las clases sociales, hace que exista una divi-
sión en el interior de la cultura. Sus elementos constituyen núcleos estructurados
que compiten entre sí, que se subordinan unos a otros, o que convergen. Por
tanto si se toma en cuenta la naturaleza de los elementos que la componen, así
como su "origen social" y su distribución no es homogénea. Por tanto la cultura
dominante, es una dimensión junto a otras de la estructura global de domina-
ción.
El sistema económico capitalista se centra, en la función del mercado, como
determinante del valor de todo bien de consumo, y como regulador de la partici-
pación de cada uno en el "producto social". La organización de la sociedad a tra-
vés del proceso capitalista de trabajo, ha hecho que los hombres dependan del
mercado para satisfacer sus necesidades. Se tiene libertad para comprar y ven-
der. El trabajo humano a llegado a ser un bien de consumo, que se vende y com-
pra en el mercado como cualquier otra mercancía. Por lo tanto, se ha construido
un hombre enajenado, en el sentido de que sus acciones, así como sus propias
fuerzas, se han convertido en algo ajeno "se levantan por encima de él y en su
contra". Y lo dominan en vez de ser dominadas por él. En esta forma de existen-
cia, la felicidad de la existencia es únicamente posible como felicidad de la apa-
riencia. Pero ésta tiene un efecto real: produce satisfacción. La apariencia se
pone al servicio de la existencia. Afirma que existe "un mundo mejor", al cual se
accede por medio de algo que ocurre en el alma del hombre. Así pues, la libertad,

128
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2iLEi4

Estado, cultura y lucha de clases en la época de la globalización

la igualdad, se convierten en cualidades del alma. Desde esta perspectiva el ''hom-


bre que tiene cultura", es aquél que interpreta los valores de la "humanidad"
como actitud. Se engrandece lo dado. Así pues "eleva" al hombre sin romper sus
cadenas. A través de esta característica se superan en forma ilusoria las contra-
dicciones sociales. Por lo cual si bien la cultura dominante ha incorporado en su
discurso la lucha por "un mundo mejor", lo ha hecho de tal forma, que la lucha
nunca se lleva a cabo.
Por tanto democratizar la cultura es, reproducir los valores de la cultura
dominante. En este sentido, las clases y fracciones de clases dominadas/explota-
das, participan de la cultura dominante como consumidores. Ocurre esto hasta
cuando algunos "elementos", originados entre los dominados/explotados, son apro-
piados por los dominadores/explotadores, ya que esos elementos pasa a formar
núcleos culturales, con lógicas de estructuración diferentes a su núcleo original.
O sea la cultura dominante, cuando se presenta como cultura Ca secas) no
expresa la "lucha de clases en la teoría", ya que no admite la existencia de otras
culturas diferentes y antagónicas que se enfrentan a ella, ni que se enfrentan
entre ellas.
Las culturas intervienen en el devenir social, trabajando la sensibilidad co-
lectiva. Conservando/reacomodando la memoria. Ensanchando el campo de con-
ceptos disponibles, para aprehender la silueta esquiva del conjunto. Los compo-
nentes se combinan según formulas diferentes. La diferencia se encuentra defi-
nida "en última instancia", por la manera de sintetizarlos de acuerdo a una ma-
triz ideológica propia. "En realidad toda ideología -o más bien toda práctica
discursiva- opera en el interior de un conjunto de signos históricos y socialmente
dados, por disociación de los elementos constitutivos del "signo", esto es, de parte
de los "significados" de los que viene indefectiblemente cargado el "significante",
para rearticularlos dentro de lo que viene a constituir un nuevo signo o sistema
de signos, con la consiguiente transformación de "significante" y "significado".
Ahora bien, aún cuando las distintas ideologías tienen en común, por una parte
el conjunto más o menos heterogéneo de elementos culturales, con base en los
cuales se definen, se diferencian entre sí por su carácter de clase ...y por su
carácter "regional" que se configura históricamente y que puede ser definido por
los distintos ámbitos de la práctica social" CPerus, 1991: 630).
Por eso mismo, en la medida en que se reduce la cultura, a la cultura elabo-
rada porta través de la ideología dominante, vamos a seguir estando sujetados
por las estructuras ideológico-sociales dominantes. Por lo cual se construye un
actuar que no se materializa en una organización que lleve a cabo una "ruptura
epistemológica" de aquéllas.

CONCLUSiÓN
Para la construcción de una propuesta de liberación se debe elaborar una
propuesta ideológico-práctica, que haga "saltar en mil pedazos" las relaciones de

129
.......

Eduardo B. Gómez

dominación. Para esto se debe elaborar políticas que comiencen con proyectos
puntuales, y vayan tejiendo -a partir de condiciones y posibilidades concretas-
diversas formas de confrontación con la realidad dominante. Consideramos que
esta es la manera en que se puede estar en condiciones de elaborar proyectos
globales, de coordinar acciones y articular prácticas subversivas, sin arriesgar la
diferencia (2) (pero no se debe realizar una adulación de ésta). Para lo cual, se
necesita construir estructuras político-sociales de coordinación que sean interna-
cionalistas. Estas deben ser autónomas en relación con otras similares. El respe-
to de la autonomía implica el reconocimiento de su identidad, y está como el tipo
de organización se construye en la lucha, o sea a través de la relación con los
otros dentro del mismo campo popular al que se pertenece, en relación con las
organizaciones del campo de la dominación. Se debe reconocer y respetar la dife-
rencia ya que esto, es lo que va a permitir que las clases y los sectores de clases
dominadas/explotadas se articulen para llegar a estructurar el sujeto popular.

BIBLIOGRAFíA CITADA
Ianni, O. "La sociedad global". Editorial S. XXI. Ciudad de México 1998 (1995).
Ianni, O. "La era del globalismo". Artículo publicado en la revista "Nueva Socie-
dad", n. 163, setiembre/octubre de 1999. Caracas.
Peras, F. "Cultura, ideología, aparatos ideológicos y prácticas discursivas". Ar-
tículo publicado en la "Revista de Ciencias Sociales", n. 3-4, junio/diciembre
de 1991. Universidad e Puerto Rico.
Poulantzas, N. "Las clases sociales en el capitalismo actual". Editorial S XXI.
Ciudad de México. 1986 (1978).

(2) Ver de Octavio Ianni, "El socialismo en la era de la globalización". Ponencia presentada en
el XXI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología. Realizado en al Universidad de
San Pablo entre los meses de agosto y setiembre de 1997. Publicada en "Democracia sin exclusiones
ni excluidos". E. Sader (editor). Editorial Nueva Sociedad. Caracas 1998.

130
Cenlral de
Impresiones L/da.
Democracia 2226 - Telefax: 203 19 72 *
e-mail: consultas@[Link]

Decreto 218/96 - D. L. 33325712004


Julio de 2004
En busco del métc

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INSTITUTO DE CULTURA
ti DE HISTORIA UNIVERSITARIA
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DE LAS IDEAS
DE DERECHO
25 de Mayo 568 - 91611 52
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