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Mitt Breneder Sorge

Este documento resume el impacto de la encíclica Mit Brennender Sorge emitida por el Papa Pío XI en 1937, la cual condenó al nazismo. La encíclica fue escrita principalmente por el Cardenal Faulhaber y criticó las violaciones del concordato entre el Vaticano y Alemania, así como doctrinas nazis como el racismo y estatismo que contradecían la enseñanza católica. La encíclica tuvo una amplia recepción internacional aunque fue ignorada por simpatizantes del nazismo. En Argentina, la

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Mitt Breneder Sorge

Este documento resume el impacto de la encíclica Mit Brennender Sorge emitida por el Papa Pío XI en 1937, la cual condenó al nazismo. La encíclica fue escrita principalmente por el Cardenal Faulhaber y criticó las violaciones del concordato entre el Vaticano y Alemania, así como doctrinas nazis como el racismo y estatismo que contradecían la enseñanza católica. La encíclica tuvo una amplia recepción internacional aunque fue ignorada por simpatizantes del nazismo. En Argentina, la

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El impacto local de la encíclica que condenó al nazismo

MIT BRENNENDER SORGE


Roberto Bosca

Hace setenta años el papa Pío XI expresaba en el concierto de las naciones,


Mit Brennender Sorge (con viva preocupación) la actitud de la Iglesia
Católica ante el creciente despotismo de un nuevo monstruo ideológico. Fue
un grito de advertencia que se descargó como un rayo en un tormentoso
escenario cuajado de acechanzas para la paz, obteniendo una comprensible
resonancia mundial. Pero ¿cómo sería recibida esa llamada preñada de
oscuros presagios en la República Argentina?

Génesis del documento

El origen mediato de la encíclica reside en una carta que los obispos alemanes
reunidos el 18 de agosto de 1936 en Fulda, dirigieron en latín a Pío XI, en un intento de que se
pronunciase sobre la situación religiosa en la Alemania nazi. El angustioso pedido tuvo éxito.
Poco tiempo después, el 16 de enero de 1937, el cardenal Eugenio Pacelli, entonces Secretario
de Estado, se reunía en Roma con cinco figuras prominentes del episcopado alemán. La idea
era trabajar en firme para elaborar un documento que significara un claro pronunciamiento de la
Santa Sede sobre el nacionalsocialismo.
Los cardenales Bertram, Faulhaber y Schulte, así como los obispos Von Galen y
Von Preysing, mantuvieron una entrevista con el Papa, aun cuando éste se hallaba postrado en
cama debido a su resentida salud y moriría dos años más tarde. Después de reunirse con
Faulhaber, Pacelli daría forma definitiva a un texto directamente redactado por éste en pocos
días. Un poco simplificadamente podría decirse que la encíclica fue escrita por Faulhaber,
corregida por Pacelli, y aprobada (en su tercera redacción) por Pío XI.
Este detalle no resulta llamativo si se tiene en cuenta la confianza que el Papa
dispensaba al cardenal segretario di stato, a quien presentaría a los pocos meses en un congreso
internacional en Lisieux como su “calificado intérprete”i. Era notoria la identidad de
intenciones entre Pío XI y Pacelli, de la misma manera como lo había sido en el pasado la de
Merry del Val y la de Pío X, y lo sería en el futuro la de Ratzinger y Juan Pablo II. No parece
dudoso que Pacelli fuera verdaderamente la mano derecha de Pío XI, también en este delicado
asunto. Dos años más tarde, ya convertido en Pío XII, caracterizaría en Summi Pontificatus (su
primera encíclica) a ese momento histórico como la hora de las tinieblas (Lc, 22, 53).
La Santa Sede había firmado un concordato en el año 1933, mediante el cual el
gobierno del Reich buscaba prestigiarse internacionalmente -la misma actitud repetiría con éxito
exactamente veinte años más tarde el franquismo- y la Iglesia procuraba establecer resortes
jurídicos de protección ante las pretensiones hegemónicas del régimen.
Pío XI ya había juzgado negativamente las leyes racistas y también había expresado
su protesta en las navidades previas, y en los escritorios vaticanos se acumulaban las copias de
más de cincuenta y cinco cartas enviadas en los tres años anteriores a las autoridades alemanas
puntualizando diversas violaciones del concordato. El Santo Oficio había condenado también
las doctrinas expuestas por Alfred Rosenberg. Los obispos alemanes suscribieron en similar
dirección una pastoral colectiva en el mismo enero de 1937.
Como el cardenal había sido nuncio en Berlín, conocía perfectamente la situación, e
incluso la nueva encíclica -lo cual constituía un hecho novedoso en la praxis vaticana- fue

1
redactada en idioma alemán y no en lengua latina, el idioma oficial de la Santa [Link]
gigantesco operativo en medio del mayor sigilo fue puesto en funcionamiento para que la carta,
fechada el 14 de marzo, fuera leída en las iglesias alemanas una semana más tarde.
Pío XI había preparado también otra encíclica, Divini Redemptoris, en la que
condenaba al comunismo como “intrínsecamente perverso” con fecha 19 de marzo, es decir,
cinco días posterior a la data de nacimiento de Mit Brennender Sorge (MBS) pero anterior a su
vez a su publicación, evitando de este modo que cualquiera de los bloques beligerantes que
entrarían en sangrienta colisión solamente dos años más tarde, pudieran manipular ambos
pronunciamientos.
Pero eso no es todo. Una tercer encíclica, Firmissimam Constantiam, sobre la
persecución religiosa en México, aparecida el 28 del mismo mes, integra un triduo pascual con
el que Pío XI quiso mostrar que la Iglesia no iba a dejarse conducir mansamente a un nuevo
circo de los leones en actitud sumisa y callada. El gobierno alemán acusó el impacto en un
primer momento, pero eligió el silencio buscando evitar consecuencias más desfavorables.

Una ideología anticristiana

La encíclica tenía, como es habitual en los documentos de esta especie, un


contenido doctrinal que se ocupaba de exponer los principales “puntos de dolor” en los
que el nacionalsocialismo contrariaba la enseñanza católica sobre la verdad del hombre
y de la sociedad. El texto evitaba cualquier especulación política y se situaba en el
ámbito propio del magisterio, que es el de la teología moral. Hitler, como muchas veces
ha sucedido en la historia, decía que sólo se oponía a un “catolicismo político”, pero en
realidad su planteo no constituía sino una reedición de la corriente iluminista de entraña
totalitaria que negaba cualquier presencia social de la religión, como no fuera la
subordinada a su proyecto absolutista de poderiii.
El Papa señala tres clases de errores en la ideología nacionalsocialista:
dogmáticos (la concepción panteísta, el origen de la Iglesia), sociales (el intento de
desvincular la moral y religión) y jurídicos (la identificación del derecho con la utilidad
nacional). Después de denunciar las arbitrarias violaciones del concordato, el cuerpo del
documento adquiría una singular dinamicidad al señalar con gran firmeza diversos
contenidos programáticos del nazismo en los que se distinguen fundamentos
inconciliables con el mensaje evangélico que significaban un desconocimiento de la
dignidad de la persona como el estatismo y el racismoiv, e incluso advirtió sobre la
pretensión de una “religión nacional”.
También reivindicó el patrimonio del Antiguo Testamento como propio de la
fe cristiana, negado no solamente en los ambientes políticos sino también entre los
Deustsche Christen (cristianos alemanes), una iglesia prohijada por el régimen. El tono
conciliador de algunas expresiones de la carta no disimulaba sin embargo una actitud de
fortaleza que era muy característica de la fuerte personalidad del Papa: “Pero si, sin
culpa de parte Nuestra, la paz no llega, la Iglesia de Dios defenderá sus derechos y sus
libertades, en nombre del Omnipotente cuyo brazo tampoco hoy se ha acortado”
concluía el texto con un vigor que no era fácil encontrar ni siquiera en un momento
histórico caracterizado por fuertes personalidades políticas de uno u otro signo.

Los claroscuros del impacto

El documento fue recibido como un baldazo de agua fría, suscitando las iras
del régimen, pero como estrategia para minimizar sus efectos se usó el silencio. En
general tuvo una amplia recepción en toda la comunidad internacional, aunque las
corrientes que simpatizaban con el nazismo también tendieron a ignorarla.
Sugestivamente, en España recién pudo ser difundida a comienzos del año siguientev.

2
Inmediatamente de conocida en Alemania, la encíclica fue publicada en la
Ciudad del Vaticano y progresivamente en el resto del mundo. La Nación dedicó un
espacio importante a la noticia, explicando que el pronunciamiento expresaba una
protesta por la violación del concordato, y enunciaba escuetamente las doctrinas
censuradas. Al día siguiente el diario hizo un amplio resumen del texto a dos columnas
en el espacio privilegiado de su primera página, en contraste con la fría indiferencia que
le prodigó la prensa alemana, ya que los diarios berlineses no hicieron la menor alusión
a ella. Pero el guante había sido arrojado a la cara y la energía del tono empleado de Pío
XI causó una gran conmoción a nivel mundial.
Pío XI, como se ve, no era un pusilánimevi: poco después de cumplirse el
primer aniversario publicó un resumen de ocho puntos en los cuales volvió, en una
suerte de remache, sobre las condenas del documento. En los siguientes casi dos años
hasta su muerte, el Papa insistió sobre el tema en veinte ocasiones, afirmando: no es
posible a los cristianos participar en el antisemitismo porque nosotros somos
espiritualmente semitas. Esta misma sensibilidad, aunque con un estilo diferente, sería
continuada por su sucesor.

El nazismo criollo

¿Cuál era en esos años la situación argentina en relación a las modas


autoritarias? Aunque no consiguieran ocupar un lugar sino muy marginal en la vida
política, hasta nuestros días se han sucedido versiones autóctonas del
Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, pero no pasaron de ser un mero remedo
de esa organización política. Sin embargo, en 1937 mil quinientos alemanes residentes
en el país pertenecían a la sección local del partido, que había sido constituida ocho
años antes y organizó en ese mismo año un congreso de alemanes en el exterior.
Enrique Dickman, un diputado estrella del socialismo, denunció al año siguiente
alrededor de una docena de organizaciones nazis. Bajo otras denominaciones ellas
reclutaron varias decenas de miles de afiliados y en sus institutos educativos se llegó a
prestar juramento de fidelidad al fuhrer.
En los últimos años treinta se fueron perfilando posiciones en la Argentina y
en el mundo que decantarían con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Se
produjo, al calor de los acontecimientos, una politización y una polarización en la que
la llamada “neutralidad”, en bastantes de los casos encubría proximidades ideológicas
al Eje. En forma mayoritaria los partidos políticos y otras organizaciones sociales se
pronunciaron a favor de la causa de los aliados. En conversación con el embajador
inglés en Buenos Aires, sir David Kelly, su par argentino en Londres, Miguel Angel
Cárcano, sintetiza el cuadro: “Existen, sin duda, grupos de compatriotas exaltados que
prefieren a nuestro sistema democrático un gobierno autoritario, pero la gran mayoría
del país es inconmovible a la prédica nazi-fascista”vii.
Entre las estructuras partidarias aliadófilas, se incluía el Partido Socialista, la
Unión Cívica Radical, el Partido Demócrata Progresista y la UCR anti-personalista.
Entre las instituciones sociales, la Confederación General del Trabajo, el Círculo de la
Prensa, el PEN Club, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y el Colegio Libre
de Estudios Superiores. Conocidas personalidades del ámbito cultural y político
también adhirieron, por ejemplo Ramón J. Cárcano (padre del embajador), Emilio
Ravignani, Carlos Saavedra Lamas, Manuel Ordóñez, Boleslao Lewin, Jorge Luis
Borges, Marcelo T. de Alvear, Juan B. Justo, Eduardo Mallea, Victoria Ocampo, Adolfo
Bioy y José Luis Romero. Los principales diarios como La Prensa, La Nación, El

3
Mundo y Crítica se alinearon en este bandoviii, junto a numerosas publicaciones
menores como Argentina Libre, La Hora, El Patriota y Acción Argentina.
Las potencias del Eje, en cambio, cosecharon simpatizantes casi
exclusivamente en el nacionalismo: la Legión Cívica Argentina, La Liga Republicana,
Acción Nacionalista Argentina y la Alianza de la Juventud Nacionalistaix, entre otras
tantas, fueron algunas de sus estructuras políticas. Sin embargo, conviene diferenciar en
este movimiento, como bien se ha distinguidox, a quienes privilegiaron sus convicciones
religiosas, inclinándose preferentemente hacia el naciente franquismo español e incluso
hacia el fascismo italiano, más pragmático en sus relaciones con la Iglesia. Entre los
dirigentes políticos pueden mencionarse a Manuel Fresco, Matías Sánchez Sorondo,
Carlos Ibarguren, César Pico, Adolfo Silenzi de Stagni y Nimio de Anquín. Ciertas
publicaciones nacionalistas -como Clarinadaxi, El Pampero, La Fronda y Bandera
Argentina-, en algunos casos recibieron subsidios del gobierno alemán, pero también
recibieron ayuda los otros de los aliados. El nacionalismo generó publicaciones de alto
tono intelectual y cuidadosa estética como Sol y Luna y otras de estilo panfletario
como El Fortín y Nuevo Ordenxii.

Las actitudes de los católicos

En la Argentina los fieles cristianos evidenciaron distintas sensibilidades en


relación al nazismo, aunque a veces se corre el riesgo de omitir importantes elementos
de juicio. Puede ocurrir, en efecto, que interpretaciones unilaterales y desprovistas de la
necesaria perspectiva histórica ofrezcan de este modo visiones no enteramente ajustadas
a la realidad.
Así ha sido advertido que cuando se pretende juzgar posibles
responsabilidades sobre hechos del pasado, hay que tener presente los diversos
tiempos históricos, sociológicos y culturales de la realidad eclesial, en cierto modo
única debido a su peculiar naturaleza. Es posible entonces que paradigmas propios de
una sociedad y de una época puedan ser aplicados de manera errónea, dando origen a
equívocosxiii.
Un ejemplo que permite ilustrar esta refracción metodológica lo proporciona
el hecho de que en el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, el representante de
las fuerzas armadas hizo un ditirambo de Mussolini. La interpretación ahistórica de este
dato puede inducir a ver en él un indicio de la fascistización del estrato militar, cuando
el mismo Churchill prodigaba similares elogios al Duce.
En una visión panorámica surge que los fieles cristianos sufrieron en
relación a este tema la misma polarización que se observaba en el resto de la sociedad
civil. Puede decirse que en general los católicos argentinos rechazaron las ásperas
teorías raciales y el espíritu totalitario propio del nacionalsocialismo. Sin embargo,
algunas de sus premisas ideológicas o al menos sus movimientos estratégicos eran
mirados en ciertos ambientes de la Iglesia, aunque con reticencia, también con una
contenida simpatía. Este dato confiere a dicha temática una cierta ambigüedad que se
mantuvo incluso luego del importante pronunciamiento papal y que ha abierto un punto
controversialxiv.
Debe tenerse en cuenta que la jerarquía eclesiástica veía como el mayor
enemigo del siglo el amenazante avance comunistaxv, considerado desde una perspectiva
filosófica y teológica como un fruto venenoso de la misma matriz cultural que había
engendrado las ideas liberales. Ellas habían prohijado las democracias occidentales
ahora unidas al todopoderoso régimen soviético. Cabe concluir que esta alianza no
debía suscitar por lo tanto en la sensibilidad católica un especial fervor. Muchos

4
católicos pensaban errónea pero honradamente que el nazismo podía ser una valla de
contención contra el comunismo. Esta convicción fue especialmente importante en el
nacionalismo, pero era compartida en otros ambientes, también fuera de la Iglesia.
Ha sido ya suficientemente estudiada la influencia que tuvieron las creencias
católicas en el nacionalismo argentino, que conoció sus años de esplendor precisamente
en los años treinta, como un eco de los autoritarismos y totalitarismos europeos. No ha
sido debidamente aclarada, sin embargo, la presencia de una diversidad de matices cuya
visibilidad resulta necesaria para una exacta comprensión del asunto.
Debe distinguirse así la legítima proyección social de la fe que es intrínseca
a la propia dinámica de la religión católica, del clericalismo, que es una instrumentación
política de lo religioso y que configura una verdadera ideología de la fe. Dicho de otro
modo, los nacionalistas tendían a tener una visión política de la Iglesia católica e
incluso de los mismos contenidos de dogma, mentalidad que volvería a florecer
bastantes décadas más tarde -aunque en un sentido inverso-, en el tercermundismo.
En el nacionalismo convivieron así una diversidad de actitudes ante la
relación entre lo religioso y lo político, que iban desde un integrismo imbuido del
antiguo monismo teocrático, hasta sensibilidades estatolátricas de raíces ajenas al
patrimonio espiritual del cristianismo. Puede decirse que los nacionalistas evidenciaron
distintos grados de cercanía con el nazismo, desde una prudente reticencia hasta la
franca simpatía, reservada mas bien hacia otros regímenes que sentían más próximos.
Más allá de algunas consideraciones benévolas hacia el régimen alemán (del
cual se admiraba, por ejemplo, el orden), o hacia otras formas autoritarias entonces
consideradas por distintos motivos como legítimas por la propia jerarquía eclesiástica,
lo cierto es que el rechazo del totalitarismo fue en líneas generales una constante entre
los fieles cristianosxvi, e incluso en algunos miembros del clero caracterizados por su
ideología integrista, de las cuales quizás Julio Meinvielle haya sido la figura más
paradigmática y representativaxvii.

Meinvielle, genio y figura

Posiblemente motivado por la aparición de la encíclica, en el mismo año


1937 Meinvielle escribió dos libros directamente referidos al nacionalsocialismo: “Un
juicio católico sobre los problemas nuevos de la política” y “Entre la Iglesia y el
Reich”xviii, donde desarrolla un pensamiento fuertemente crítico sobre los nazis. Puede
decirse que en líneas generales, su obra, aunque de buena factura técnica y rigor
teológico, no siempre resulta coincidente con la sensibilidad del magisterio romano y
en ocasiones es completamente ajeno a él. Pero este detalle no suscitó demasiada
preocupación. Como suele suceder con los que son “más papistas que el Papa”
(mientras no causen notorio escándalo), el dato sería considerado con indulgencia por
las autoridades eclesiásticas.
La peculiaridad de Meinvielle radica en su sorda resistencia a criterios
pastorales (especialmente los conciliares de los años sesenta), que se refleja incluso en
las muy escasas referencias explícitas a la propia encíclicaxix. Esta actitud -ciertamente
no exclusiva del integrismo- puede encontrarse en la praxis de los cristianos cuando
realizan interpretaciones amañadas del magisterio.
Meinvielle consideraba que el fascismo constituía la traducción política del
panteísmo hegelianoxx y también -siguiendo las enseñanzas del documento-
caracterizaba al nacionalsocialismo como un movimiento cultural formalmente
precristiano y esencialmente pagano, en su pretensión de recrear los mitos nórdicos de
las antiguas divinidades germánicasxxi.

5
El planteo matiza bastante una visión un tanto tenebrosa del teólogo,
presentado frecuentemente casi como un esbirro de Hitler. Resulta coherente con este
dato el hecho de haber sufrido ataques por parte de nazis argentinos debido a sus
críticas ideológicasxxii. En realidad Meinvielle era respetuoso de la categoría intelectual
aun de quienes eran extraños a sus ideas y llegó a acoger incluso a judíosxxiii. No
obstante, veía con fastidio la prevención hacia el autoritarismo de algunos pensadores
católicos como Maritain, del cual criticaba su Humanismo Integral como un heterodoxo
progresismo secularizante.
Un capítulo insoslayable de su pensamiento lo constituye su visceral
antijudaísmo, que claramente reviste en él rasgos obsesivos. En “Un juicio católico…”
predica la “violencia penitencial” en alusión a la persecución a los judíos, a quienes
abominaba. Sin embargo, decía fundar su animadversión en premisas teológicas y
culturales y no raciales, un latiguillo frecuente en los ambientes católicos de la época.
En una obra emblemática, “El judío en el misterio de la historia”, publicada un año
antes de MBS, Meinvielle sataniza al “Israel carnal” y exhorta a reprimir “las
acechanzas judaicas”xxiv.
De otra parte, la fuerza de su identidad no debe inducir tampoco la falsa
creencia de que todos los curas eran iguales. Podría decirse que Meinvielle le imprime
tonalidades chillonas a lo que era un vivo color en Franceschi y nada más que
opacidades en el clero. Si muchas veces los hombres religiosos (en rigor, clericales) han
plantado semillas de intolerancia, como se advierte en el prejuicio antijudíoxxv, debe
reconocerse que el criterio evangélico de separación entre Dios y el César ha legado a la
civilización humana el más precioso tesoro que es el frondoso árbol de la libertad.

El registro de la sociedad

Un caso en el que se percibe un mayor cuidado ante el preconcepto y un


esfuerzo sostenido por interpretar el espíritu del Evangelio más allá de los inevitables
condicionamientos culturales, incluso de su propio paradigma institucional, es el de
Gustavo Franceschi, una brillante personalidad eclesiástica del catolicismo argentino de
su tiempo.
No puede decirse que Franceschi fuera representativo del clero de la época,
pero debe reconocerse que él supo traducir en un lenguaje inteligible el perfil de un
pensamiento cristiano sobre el hombre y la sociedad que fuera sensible a los vientos de
la Santa Sede. En el pensamiento del director de Criterio se encuentran claras alusiones
explícitas e implícitas a MBS como un punto de referencia doctrinal de primer rango.
En un artículo publicado a pocos meses de la aparición de la encíclica,
Franceschi formula una profunda crítica al totalitarismo, oponiendo la visión cristiana a
la absorción de la persona por el Estado. El autor menciona el texto de Pío XI y critica
la pretensión nacionalsocialista de expurgar toda huella hebrea de la Biblia, previniendo
proféticamente acerca del peligroso camino que comenzaba a transitar el proceso
político-cultural alemán. En un artículo editorial posterior, Franceschi cita a MBS
como una condena a las bases de la civilización racista.
Al declararse la Segunda Guerra Mundial los judíos eran numerosos en la
Argentina, donde había unos 254000 en 1940, un número muy superior si se lo compara
con otros países latinoamericanos como Chile, donde al año siguiente se contabilizan
sólo 40000xxvi. La prensa judía también registró el impacto. El periódico “Mundo
Israelita” veía en Pío XI una garantía contra el antisemitismo en la Iglesiaxxvii. En sus
artículos subrayaba gestos solidarios con el judaísmo por parte de los católicos, tratando
de mostrar la incongruencia del prejuicio antisemita en su seno. “Mundo Israelita”

6
califica la conducta de Faulhaber como “una valiente actitud de defensa de la religión
cristiana y de los judíos”xxviii y concluye que la descalificación de los hebreos se opone
radicalmente al mensaje evangélicoxxix.
Esta misma realidad ya había sido advertida tempranamente por el obispo
Von Galen, “El león de Munster” (creado cardenal por Pío XII y recientemente
beatificado), al afirmar que el programa nacionalsocialista incluía ideas que “ningún
católico podía aceptar sin renegar de su fe en puntos esenciales”, y diez años antes el
Santo Oficio había recordado que la Iglesia católica condenaba el odio “contra el
pueblo que fue elegido de Dios, ese odio designado con el nombre de antisemitismo”.
Al año siguiente a la aparición de la encíclica, la publicación hebraica elogia
las resoluciones del episcopado polaco contra el “nacionalismo chauvinista” y el
“racismo pagano”, pero puntualiza que las condenas vaticanas no siempre son asumidas
por el clero y acusa veladamente a la Iglesia de practicar una doble moral, al
reprocharle su antisemitismo cuando mantiene posiciones hegemónicas en la sociedad
civil. “Mundo Israelita” atribuye un papel principal al catolicismo polaco en el
antisemitismo y pone el dedo en la llaga al puntualizar que la Iglesia sólo reaccionaría
ante el nazismo cuando sufrió la perversidad en su propia carnexxx.
Otro lugar interesante de referencia es Sur -la prestigiosa revista cultural de
Victoria Ocampo- que ofreció sus páginas a Jacques Maritain, prohijando su
sensibilidad contraria a los autoritarismos de moda. Se publicaría allí una defensa del
filósofo donde se referencia una carta en la cual se queja de la confusión “entre la
política de Franco y la causa de Jesucristo”. La guerra civil española se encontraba en
pleno desarrollo, España se desangraba y los católicos también eligieron bando, aunque
la mayoría se inclinó por el franquismo. Una fracción minoritaria, en cambio, sería del
parecer contrario: “Si de un lado se matan sacerdotes, que son miembros de Cristo, del
otro lado se mata a los pobres, que también son de Cristo”xxxi.
El 23 de enero, mientras se escribía MBS, Maritain explicaba en la “Union
pour la Verité” su humanismo cristiano en consonancia con la encíclica, donde sentaría
posición ante la famosa discusión sobre el presunto papel del nacionalsocialismo como
“barrera del comunismo” exponiendo que “ni el fascismo ni el nacional-socialismo
están calificados para defender al cristianismo y la religión, y que tal remedio parece en
realidad, favorecer el mal”xxxii.
En la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires y diócesis
sufragáneas, sin embargo, MBS pareció ser opacada por su melliza Divini Redemptoris
(DR), la fulminante condena del comunismo como “intrínsecamente perverso”. En
efecto, ésta fue publicada en el número de junio, sin que se dijera una palabra de MBS,
que recién sería dada a conocer en agosto. En Criterio, y también en el diario católico El
Pueblo, DR fue publicada en sucesivas ediciones y los obispos organizaron un
congreso para difundir y profundizar sus contenidosxxxiii con la participación de figuras
como Franceschi, Copello, el nuncio y César Pico, un miembro de los Cursos de Cultura
Católica simpatizante del fascismo. Similar actitud pudo observarse en otras
publicaciones católicas como la revista Estudios de los jesuitas. Este dato responde a la
difundida creencia epocal de que el “verdadero” enemigo era el comunismo y no el
nazismo. Sin embargo, más tarde la Revista reproduciría una denuncia de Pío XI sobre
la persecución religiosa en Alemania y otros documentos similares.
El Pueblo publicó noticias sobre el impacto de la encíclica, informando que
un funcionario alemán negó las persecuciones y acusó al Vaticano de injerencia en los
asuntos interiores del Reich, así como su voluntad de denunciar el concordato. El diario
informó también que el obispo Preysing reiteró en la misa de pascua las acusaciones del
documento papal. El embajador alemán no asistió a la misa pontifical de pascua, actitud

7
que fue interpretada como una protesta. El nuncio fue aconsejado de abstenerse de
cumplimentar a Hitler en su cumpleaños, una práctica del cuerpo diplomático acreditado
en Berlín. Entonces las relaciones se tensaron al máximoxxxiv.
Las posturas afines al nacionalismo de Criterio y las ambigüedades sobre el
trato a los judíos de El Pueblo e incluso los ex abruptos antisemitas de algunos
personajes como Virgilio Filippo fueron enfrentados años más tarde por Orden
Cristiano, una publicación menos importante que se inspiraba claramente en un
cerrado rechazo del totalitarismo y también de los autoritarismos, aunque se
proclamaran católicos como el franquismo. Este punto suscitó dificultades
especialmente con los nacionalistas.
Orden Cristiano se esforzaría acaso algo solitariamente por mostrar el
carácter antievangélico del antisemitismo y del nacionalsocialismo, siguiendo también
en esto a MBS, como un credo neopagano. Pero sobre todo pretendía prevenir las
actitudes de debilidad e incluso connivencia de los propios fieles cristianos ante
cualquier violación de la dignidad de la persona y de sus derechosxxxv.
Mit Brennender Sorge se alzó ante la bestia cuando poderosas naciones se
inclinaban ante ella, y su significado resulta tan ponderable en nuestro tiempo, cuajado
de impulsos tanáticos y sórdidos fundamentalismos, como hace setenta años. El sentido
de su alto magisterio moral acaso sea tanto o más necesario ahora que en aquellos
aciagos momentos de tinieblas, hoy ya algo lejanos. El gesto del pastor que advierte del
acecho del lobo con sus amorosos silbidos, vuelve a cobrar significado una y otra vez,
aun en medio de las ciegas incomprensiones de un mundo extrañamente insensible a
los valores humanistas del mensaje cristiano.

i
Cfr. M. Pascalina LEHNERT, Ich durfte ihm dienem: Erinnerungen un Papst Pius XII, Wurzburg,
Naumann, 1982, trad. cast.: Al servicio de Pío XII. Cuarenta años de recuerdos, Bac Popular, Madrid,
1984, p. 72. Pacelli también estuvo en Buenos Aires como legado papal en el congreso eucarístico
internacional de 1934, dejando un perdurable recuerdo.
ii
Así como Giovanni Battista Montini, el papa Pablo VI, fue muy aficionado a la cultura francesa, del
mismo modo Eugenio Pacelli, Pío XII, lo fue de la alemana. Sin embargo, de este dato no corresponde
inferir una simpatía del Papa hacia el nazismo, como muchas veces se ha insinuado con cierta ligereza.
iii
Hitler fue bautizado en la Iglesia pero no fue excomulgado, aunque sería considerado un renegado de la
fe católica. Cfr. “¿Por qué el Papa no excomulga a Hitler?”, en Orden Cristiano, 28, 1-XI-42 p. 11 y 15
y Gustavo FRANCESCHI, Las dos cruces, en “Criterio”, 532, 12-V-38, p. 31.
iv
Entre la abundante literatura derivada de los planteamientos de la encíclica, donde se detallan una
rigurosa serie de medidas del régimen contrarias a la Iglesia católica, cfr. TESTIS FIDELIS, El
cristianismo en el Tercer Reich, La Verdad, [Link]., 1941 y Mario ROSSO, Violencia nazi contra la
Iglesia, Futuro, [Link]., 1962.
v
Cfr. Graciela BEN-DROR, La Iglesia Católica ante el Holocausto. España y América Latina 1933-
1945, Alianza, Madrid, 2003, p.294. Para una síntesis referida a nuestro país, ver de la misma autora El

8
catolicismo argentino y los judíos a la luz del Vaticano durante los años del Holocausto, Fundación
IWO, [Link]., 2003.
vi
Según un comentario de época, .Mussolini habría dicho: “este hombre tiene la cabeza más dura que la
mía”
vii
Cfr. Miguel Angel CARCANO, La fortaleza de Europa, Kraft, [Link]., 1951, p. 135.
viii
Hasta el comienzo de la guerra, la prensa mantuvo en general una actitud menos definida respecto del
Tercer Reich. Cfr. María Inés TATO-Luis Alberto ROMERO, “La prensa periódica argentina y el
régimen nazi”, en Ignacio Klich (comp), Sobre nazis y nazismo en la cultura argentina, Hispamérica, (sin
lugar de edición), 2002, pp. 157-176. Cfr. También: Gustavo EFRON y Darío BRENMAN, “La prensa
gráfica argentina y el nazismo”, en Nuestra Memoria, 22-XII-03, pp. 36-42.
ix
La Alianza Libertadora Nacionalista fue fundada también en 1937.
x
Cfr. Fortunato MALLIMACI, “Los diversos catolicismos en los orígenes de la experiencia peronista”,
en Fortunato MALLIMACI y Roberto DI STEFANO (Comp.), Religión e imaginario social, Manantial,
[Link]., 2001, p. 223.
xi
Caracterizada por un antisemitismo grosero y soez, que aparece también en 1937, el mismo año de la
encíclica. Cfr. Daniel LVOVICH, “Un vocero antisemita en Buenos Aires: la revista Clarinada (1937-
1945)”, en Nuestra Memoria, 16, agosto 2000, p. 24-25 y Nacionalismo y antisemitismo en la Argentina,
,Javier Vergara, [Link]., 2003, p. 328.
xii
Cfr. José SANCHIS MUÑOZ, La Argentina y la Segunda Guerra Mundial, Grupo Editor
Latinoamericano, Bs. As., 1992, pp. 401-413.
xiii
Cfr. COMISION TEOLOGICA INTERNACIONAL, Memoria y Reconciliación La Iglesia y las
culpas del pasado, 2.
xiv
Cfr. Daniel LVOVICH-Federico FINCHELSTEIN,"L'Holocauste et l'Eglise d'Argentine. Perceptions
et Réactions (1933-1945)" en: Bulletin trimestriel de la Fondation Auschwitz, Bruselas, 76-77, julio -
diciembre de 2002, .ISSN 0772 -652X, pp. 9 - 30
xv
Un recorrido por la revista Criterio, un exponente de primer orden del catolicismo de los años treinta,
permite verificar la importancia otorgada al problema del comunismo.
xvi
Aunque los católicos nacionalistas invocaban el carácter católico de las dictaduras de Franco, Dolfuss
y Oliveira Salazar, justificando su legitimidad moral, pronto la autoridad pontificia puntualizaría críticas
no solamente contra el totalitarismo -en los que era muy evidente la colisión con los criterios cristianos-
sino también contra el autoritarismo. Cfr. PIO XII, Alocución a la Sacra Rota Romana, 2-X-45. Sin
embargo, los episcopados nacionales latinoamericanos (incluyendo el español) y particularmente el
argentino, mantuvieron el utilitario criterio de que la santidad de un gobierno estribaba en su catolicidad:
la mayor excelencia de la fe sobrenatural purificaría el vicio de naturaleza meramente temporal.
xvii
Si bien se trata de disfunciones de la conducta religiosa, tanto el integrismo como el progresismo son
tolerados en la Iglesia mientras no adquieran una entidad extrema. En Meinvielle deben distinguirse tres
perspectivas: sacerdocio, teología y política. Como sacerdote fue un pastor entregado a su ministerio; su
obra teológica -cuestionable en ciertos puntos- fue vista con alguna incomodidad pero nunca fue
censurada, y en cuanto a sus exóticos planteamientos políticos, ellos encontraron una benévola
indiferencia. Cfr. Néstor Tomás AUZA, “Iglesia y catolicismo: la problemática de la discriminación”, en
Ignacio KLICH Y Mario RAPOPORT (ed), Discriminación y racismo en América Latina, Grupo Editor
Latinoamericano, [Link]., 1997, pp. 66-67.
xviii
Criterio dedicó una reseña al libro. Cfr. Comentario de Entre la Iglesia y el Reich, de Julio
Meinvielle, en Criterio, 506 del 11-XI-37, p.243, y en el número siguiente comenta otra de sus obras, Los
tres pueblos bíblicos en su lucha por la dominación del mundo también publicada el mismo año: Los tres
pueblos bíblicos en su lucha por la dominación del mundo. Cfr. Criterio, 507, 18-XI-37, p.267.
xix
Cfr. Julio MEINVIELLE, Un juicio católico…citada.
xx
Cfr. Mario C. NASCIMBENE y Mauricio Isaac NEUMAN, El nacionalismo católico, el fascismo y la
inmigración en la Argentina (1927-1943: una aproximación teórica en “Estudios Interdisciplinarios de
América Latina y el Caribe”, vol IV, 1, enero-junio, 1993 en [Link]
xxi
En una famosa polémica con Mons. Franceschi, Lisandro de la Torre se refirió también, desde su
propio escepticismo racionalista, a la tentativa nazi de construir una religión nacional utilizando los mitos
nórdicos, prediciendo su seguro fracaso.
xxii
Cfr. Gustavo FRANCESCHI, “Nacionalismo social y dignidad humana”, en Criterio, 501, 7-X-37, p.
125.
xxiii
Entrevista con José Luis de Imaz del 7-III-07.
xxiv
Cfr. Julio MEINVIELLE, El judío en el misterio de la historia, Theoría, 3ª ed., [Link]., 1963, epílogo.
xxv
Cfr. Gordon ALLPORT, The nature of prejudice, Adison Wesley Publishing Company, inc,
Cambridge, Massachusets, 1954, trad. cast.: La naturaleza del prejuicio, Eudeba, [Link]., 1977, p. 481.

9
xxvi
Cfr. Sandra MCGEE DEUTSH, Las derechas. La extrema derecha en la Argentina, el Brasil y Chile
(1890-1939), Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, 2005, pp. 217 y 291.
xxvii
Cfr. “Fascismo y catolicismo”, en Mundo Israelita, 17-IX-38, p.3. En otro suelto elogia la actitud del
Papa hacia la viuda protestante de Hertz, el judío inventor de las ondas que llevan su nombre.
xxviii
Cfr, “Cardenal Faulhaber”, en Mundo Israelita, 19-XI-38, p. 1.
xxix
Cfr. “El nazismo, enemigo del cristianismo”, en Mundo Israelita, 15-X-38 y “No interpretan a la
Iglesia los católicos que hacen propaganda antisemita”, en Ibídem, 24-XII-38. El periódico vuelve a
elogiar el mensaje solidario que Pacelli, en nombre de Pío XI, había enviado a la Fundación Baldwin.
xxx
No obstante, Mundo Israelita reconoció la prédica católica contra el nazismo e incluso llegó a
reproducir editoriales de Criterio. Cfr. “Una voz católica se suma a la protesta contra el terror nazi.
Valiente editorial de la revista ‘Criterio’”, en Mundo Israelita, 26-XI-38, p. 8 y “La Iglesia católica
contra la barbarie antisemita”, en Mundo Israelita, 8-I-38, p.3.
xxxi
Cfr. Rafael PIVIDAL, “Católicos fascistas y católicos personalistas”, en Sur, 31, agosto 1937, p. 87.
xxxii
Cfr. Jacques MARITAIN, “Ante un nuevo humanismo”, en Sur, 31, abril 1937, p. 40.
xxxiii
La nueva metodología adoptada fue la de las “semanas sociales” de matriz francesa.
xxxiv
Cfr.”Contra la encíclica a los obispos alemanes protestará Berlín ante la Santa Sede”, en El Pueblo,
24-III-37, p. 4 y artículos aparecidos en los días siguientes.
xxxv
Por ejemplo:”La Acción Católica contra el nacionalsocialismo holandés”, Orden Cristiano, 1, 15-IX-
41, pp.9-10 y “Una confesada actitud: el panfleto del R.P. Virgilio Filippo”. También: “El ‘credo
neopagano’”, en Orden Cristiano, 9, 15-I-42, pp.14-15.

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