0% encontró este documento útil (0 votos)
165 vistas134 páginas

Ben Johnson - Volpone

El resumen describe la primera escena de la obra Volpone de Ben Johnson. Volpone, un hombre rico, admira su colección de oro y riquezas con su sirviente Mosca. Luego, Mosca, un enano, un eunuco y un bufón entretienen a Volpone con una actuación sobre las transmigraciones del alma de Pitágoras a través de diferentes cuerpos. Volpone disfruta del espectáculo hasta que llaman a la puerta.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
165 vistas134 páginas

Ben Johnson - Volpone

El resumen describe la primera escena de la obra Volpone de Ben Johnson. Volpone, un hombre rico, admira su colección de oro y riquezas con su sirviente Mosca. Luego, Mosca, un enano, un eunuco y un bufón entretienen a Volpone con una actuación sobre las transmigraciones del alma de Pitágoras a través de diferentes cuerpos. Volpone disfruta del espectáculo hasta que llaman a la puerta.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Volpone

Ben Johnson

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Volpone. (Entran Volpone y Mosca.)

VOLPONE.– ¡Buenos días al día; y después a mi oro!... Abre


el relicario para que pueda ver a mi santo. (Mosca descorre
una cortina, y descubre montones de oro, vajilla de plata,
joyas, etc.) ¡Salve, alma del mundo y mía! Más gozoso que la
fecunda tierra al ver el tanto tiempo deseado sol asomar entre
los cuernos del celestial Carnero, estoy yo al contemplar tu
esplendor que al suyo oscurece; y que, yaciendo aquí, entre
mis otros tesoros, se muestra como llama en la noche o como
el día arrancado del caos, cuando toda la oscuridad huyó a
hundirse en el centro. ¡Oh, tú, hijo del Sol, pero más brillante
que tu padre, déjame besar con adoración a ti y a cada una
de las reliquias del sagrado tesoro en esta bienaventurada
estancia. Bien hicieron los sabios poetas en titular con tu
glorioso nombre aquella edad que tuvieron por la mejor de
todas; porque tú eres la mejor de las cosas, y sobrepasas
muy mucho todo estilo de gozo, en hijos, padres, amigos o
cualquier otro soñar despierto sobre la tierra: tu apariencia si
se atribuye a Venus debiera haberle dado veinte mil Cupidos;
¡tales son tus bellezas y nuestros amores! Santa querida,
Riqueza, diosa muda que das a todos los humanos lenguas;
no puedes hacer nada, y sin embargo fuerzas a los hombres
a hacerlo todo; precio de las almas; hasta el infierno con ti de

1
añadidura vale por un cielo. Tú eres virtud, fama, honor y
todas las cosas. El que puede alcanzarte será noble, valiente,
honrado, sabio...
MOSCA.– Cierto que sí, señor. Riquezas son en fortuna más
alto bien que la sabiduría lo es en naturaleza.
VOLPONE.– Verdad, mi amado Mosca. No obstante, más me
glorio en la astuta consecución de mi riqueza que en el gozo
de su posesión, ya que no la gano por manera corriente; no
empleo comercio, no arriesgo nada; no hiero la tierra con
desgarrante arado, no engordo animales para alimentar los
mataderos; no tengo molinos para hacer polvo el hierro, el
aceite, el grano o a los hombres; no soplo el sutil cristal; no
expongo navios a las amenazas del mar con su rostro
surcado de arrugas; no cambio monedas en el Banco público
ni practico en privado la usura.
MOSCA.– No, señor, ni devoráis pródigos blandos. Hay quien
es capaz de tragarse a un heredero derretido lo mismo que
se traga un holandés pildoras de mantequilla, y nunca
necesita purgarse por ello; hay quien arranca de sus lechos a
los padres de familias pobres y los entierra vivos en alguna
bondadosa y atrapadora prisión donde enseñarán los huesos
cuando se íes haya podrido la carne; mas vuestro amable
natural aborrece tales procederes; no podéis sufrir que las
lágrimas de la viuda o del huérfano laven vuestros suelos, o
que sus gritos lamentables resuenen en vuestros techos
batiendo el aire en demanda de venganza.
VOLPONE.– Dices bien, Mosca; lo aborrezco.
MOSCA.– Y además, señor, no somos como el trillador que
está en pie con un largo flagelo, vigilando un montón de trigo,
y, hambriento, no se atreve a probar el grano más pequeño,

2
sino se alimenta de malvas y otras amargas hierbas; ni como
él mercader que habiendo llenado sus bodegas con ricos
vinos de Romana y Candía, bebe las heces del vinagre
lombardo; no yacéis sobre paja, mientras polillas y gusanos
se alimentan con vuestras suntuosas colgaduras y blandos
colchones; sabéis el uso de las riquezas y os atrevéis a dar
de vuestro brillante montón ora a mí, vuestro pobre
contemplador, ora a vuestro enano o a vuestro hermafrodita o
a vuestro eunuco, o a cualquier otra nonada doméstica a
quien tenéis placer en mantener...
VOLPONE (dándole dinero).– Sírvete, Mosca, toma de mi
mano; das con la verdad en todo, y los que te envidian te
llaman parásito. Llama a mi enano, a mi eunuco y a mi bufón,
y que vengan a divertirme. (Sale Mosca.) ¿Qué he de hacer
sino lisonjear mi genio, y vivir libre para todos los deleites a
que mi fortuna me llama? No tengo esposa, ni padres, hijo ni
aliado a quien dar mi substancia; de lo que logro, debo ser mi
heredero; y ello hace que los hombres me observen; trae
cada día nuevos clientes a mi casa, mujeres y hombres de
todo sexo y edad que me ofrecen presentes, que me envían
vajilla de plata, monedas, joyas, con la esperanza de que
cuando muera (lo cual esperan cada codicioso minuto) se lo
devolveré decuplicado; mientras algunos, más ambiciosos
que los demás, procuran monopolizarme del todo y para
contrarrestarse unos a otros, compiten en regalos como si
pareciesen competir en amor: todo lo cual, sufro, jugando con
sus esperanzas, y contento de acuñarlas en provecho propio,
y considero sus bondades, y recibo más, y lo torno a
considerar; y así los tengo en la mano, dejando a la cereza
tocar sus labios y retirándola de la boca, y vuelta a empezar...

3
¿Quién llega?

(Vuelve a entrar Mosca con Nano, Andrógino y Castrone.)

NANO.– ¡Paso a los nuevos juglares! Habéis de saber que no


os traemos una comedia ni un espectáculo universitario, por
lo cual os pedimos nos perdonéis si algún paso en falso se
desliza en esta nuestra representación. Si ello os asombra,
más asombro tendréis antes de que pasemos, porque habéis
de saber también que en uno de nosotros se esconde, como
después iréis viendo, el alma de Pitágoras, ese juglar divino.
Alma que rauda y libre, salió primeramente de Apolo y fue a
parar a Mercurio, su hijo donde tuvo el don de recordar
cuanto sucediera desde que se echó a volar; y, saliendo de
él, hizo rápida transmigración al cuerpo de Euforbo el de los
rizos de oro, que fue muerto con todas las reglas del arte en
el sitio de Troya por el cornudo de Esparta... Hermótimo fue el
primero (aquí tengo la lista) que después la albergara, y
apenas hubo abandonado su cuerpo, pasó al de un tal Pirro
de Délos con el cual aprendió a ir de pesca. Desde allí entró
en el sofista de Grecia... Desde Pitágoras, pasó a una buena
pieza, la alta Aspasia, la meretriz; y el salto siguiente llevóla
también a una mala persona, ya que se convirtió en filósofo,
Grates el Cínico, como él mismo lo cuenta. Desde entonces,
reyes, caballeros, mendigos, lacayos, lores y locos le han
dado albergue, asi como también un buey, un asno, un
camello, un mulo, una cabra y un tejón, en todos los cuales
habló lo mismo que en el gallo del zapatero. Mas, no he
venido aquí a discurrir sobre esta materia, ni acerca de su
uno, dos y tres, ni de su juramento, de su música, de su

4
trigonometría, de su regla de oro, de cómo dijo que los
elementos hacen juegos de manos y se truecan unos en
otros. Quiero saber (se dirige al Andrógino) tan sólo cuántas
transmigraciones has sufrido últimamente y cómo has
cambiado de casaca en estos tiempos de reforma.
ANDRÓGINO.– Como cualquiera de los reformados, me he
convertido en loco, ya lo ves, y tengo por herejía cualquier
doctrina antigua.
NANO.— Mas, ¿no te habrás aventurado a comer los
manjares que tu antigua creencia prohibiera?
ANDRÓGINO.– Comí pescado cuando, primero, entré en el
cuerpo de un cartujo.
NANO.– ¿Y cuándo renunciaste a tu dogmático silencio?
ANDRÓGINO.– De ése me despojó un abogado charlatán.
NANO.– ¡Oh, cambio maravilloso! Y cuando te abandonó el
letrado, díme, por Pitágoras ¿qué cuerpo te acogió?
ANDRÓGINO.– Un excelente mulo testarudo.
NANO.– ¿Y, por ese medio, lograste el privilegio de comer
habas?
ANDRÓGINO.– Si.
NANO.– Y del mulo ¿a qué cuerpo pasaste?
ANDRÓGINO.– Al de un animal muy extraño al que unos
escritores llaman asno y otros puro, observante, iluminado
hermano, de los que devoran carne y a veces se devoran
unos a otros, y dejan caer un libelo o un santificado embuste
entre cada cucharada de un pastel de Navidad.
NANO.– ¡Apártate, por el Cielo de esa hueste profana, y
haznos la gracia de contarnos tu subsiguiente transmigración!
ANDRÓGINO.– Vine a ser lo que soy.
NANO.– ¡Una criatura de deleite y lo que es más, un loco, un

5
hermafrodita! Ahora, di, por favor, alma gentil, de entre todas
tus variaciones, ¿qué cuerpo elegirías para habitar en él
indefinidamente?
ANDRÓGINO.– A decir verdad, éste en que estoy; quisiera
vivir en él para siempre.
NANO.– ¿Por qué puedes alternar el deleite de cada sexo?
ANDRÓGINO.– ¡Ay, esos placeres están rancios, y los he
abandonado! No, lo que con tal extremo me place es el ser
loco, única criatura a quien oso llamar bienaventurada, ya que
en todas las demás formas he sufrido hartos sinsabores.
NANO.– Has hablado verdad, como si aún estuvieras dentro
de Pitágoras. Hemos de celebrar esta erudita opinión,
compañero Eunuco, como corresponde, con todo nuestro
ingenio y nuestra arte para exaltar aquello de que nosotros
somos parte tan grande y especial.
VOLPONE.– ¡Muy, muy, muy lindo! Mosca, ¿esto es
invención tuya?
MOSCA.– Si os agradó, señor, de nadie más.
VOLPONE.– Agradóme, buen Mosca.
MOSCA.– Entonces, es mía, señor.

Nano y Castrone cantan:

Son los locos la sola nación


Digna de envidia o admiración;
Libres de cuidado y preocupación.

A sí y a los otros
Causan regocijo;
Cuanto hablan en broma

6
Es cierto y es fijo.
El loco es del grande
Muy amado hijo.

A las bellas damas dan juego y placer;


En sus juglerías, se esconde el saber
Y dice verdades cuando es menester.

Es de toda fiesta
La gracia y la sal.
Y no pocas veces,
Huésped principal.

A fe no le faltan taburete y plato.


Paga con su ingenio escote barato,
¡Oh, quién no quisiera ser él.
¡Él, Él, Él!

(Llaman fuera.)

VOLPONE.– ¿Quién es? ¡Fuera! (Salen Nano y Castrone.)


Vé a ver, Mosca. ¡Bufón, márchate! (Sale Andrógino.)
MOSCA.– Señor, es el señor Voltore, el abogado. Le conozco
por el aldabonazo.
VOLPONE.– Tráeme mi bata, mis pieles, mis gorros de
dormir. Dile que me están cambiando de cama, y que se
entretenga mientras tanto en la galería. (Sale Mosca.) ¡Ahora,
ahora empiezan las visitas de mis clientes! ¡Buitre, grajo,
cuervo, devoradores de carroña, todos mis pájaros de presa

7
que acuden porque piensan que en carroña me estoy
convirtiendo! Ya llegan... Mas, no estoy para ellos... todavía.

(Vuelve a entrar Mosca con la bata, etc.)

VOLPONE.– ¿Qué hay? ¿Noticias?


MOSCA.– Una fuente de plata, señor.
VOLPONE.– ¿De qué tamaño?
MOSCA.– Grandísima, maciza y antigua, con vuestro nombre
y vuestras armas, grabadas en ella.
VOLPONE.– Bien. ¿Y no ha grabado también un zorro
rampante burlándose con finos artificios de un buitre con la
boca abierta? ¿Eh, Mosca?
MOSCA.– Agudo, señor.
VOLPONE.– Dame las pieles. (Se pone sus, vestiduras de
enfermo.) ¿Por qué te ríes de ese modo, hombre?
MOSCA.– No puedo remediarlo, señor, cuando me doy
cuenta de qué pensamientos tiene ahora ahí fuera mientras
pasea impaciente. Piensa que éste bien pudiera ser el último
obsequio que ha de presentar; que con él os ha de vencer; en
que morís hoy, y se lo legáis todo, lo que él podrá ser
mañana; qué gran recompensa han logrado todos sus
adelantos; cómo será adorado y reverenciado; a caballo con
sus pieles y sus gualdrapas; esperado por manadas de
necios y clientes; cómo todos abrirán paso a su muía tan
letrada como él; cómo le llamarán grande y docto abogado; y
luego, concluye: ¡Nada es imposible!
VOLPONE.– Sí, ser docto, Mosca.
MOSCA.– ¡Oh, no! Riqueza implica sabiduría. Encaperuzad a
un asno con reverenda púrpura para tapar sus ambiciosas

8
orejas, y pasará por doctor en cátedra.
VOLPONE.– Mis gorros, mis gorros, buen Mosca. Hazle
entrar.
MOSCA.– Esperad, señor. El ungüento para los ojos.
VOLPONE.– Es verdad. Despacha, despacha; ansio entrar
en posesión del nuevo presente.
MOSCA.– Espero, señor, que habéis de veros dueño de éste
y de muchos más.
VOLPONE.– Gracias, buen Mosca.
MOSCA.– Y que cuando yo esté convertido en polvo, y ciento
como yo uno tras otro...
VOLPONE.– No, eso sería demasiado, Mosca.
MOSCA.– Viviréis, viviréis para embaucar a esas arpías.
VOLPONE.– ¡Amante Mosca! Está bien; ahora mi almohada,
y que entre. (Sale Mosca.) Ahora, mi tos fingida, mi tisis, mi
gota, mi apoplejía, parálisis y catarros, ayudad con vuestras
forzadas funciones esta mi actitud, con la cual llevo ya tres
años ordeñando sus esperanzas. Viene. Lo oigo... (Tose.)
¡Uh, uh, uh, uh! ¡Ay!...

(Vuelve a entrar Mosca introduciendo a Voltore que trae una


fuente de plata.)

MOSCA.– Seguís, señor, siendo lo que erais. Sólo a vos de


entre todos los demás, concede su amor y obráis
cuerdamente conservándolo con tempranas visitas, y
amables muestras de lo bien que le queréis, las cuales, lo sé,
no pueden por menos de serle gratísimas. iPatrón! ¡Señor!
Aquí ha venido el señor Voltore...
VOLPONE (con voz débil).– ¿Qué decís?

9
MOSCA.– Señor, el señor Voltore viene de mañana a
visitaros.
VOLPONE.– Le doy las gracias.
MOSCA.– Y os ha traído una pieza de vajilla antigua de plata,
comprada en San Marcos, con la cual os obsequia.
VOLPONE.– Es muy bienvenido. Ruégale que venga más a
menudo.
MOSCA.– Sí.
VOLTORE.– ¿Qué dice?
MOSCA.– Os da las gracias, y desea que vengáis a verle a
menudo.
VOLPONE.– Mosca.
MOSCA.– ¡Patrón mío!
VOLPONE.– Haz que se acerque, ¿dónde está? Ansío tocar
su mano.
MOSCA.– La fuente de plata está aquí, señor.
VOLTORE.– ¿Cómo estáis, señor?
VOLPONE.– Os doy gracias, señor Voltore. ¿Dónde está la
fuente? Veo tan mal.
VOLTORE (poniéndola en sus manos).— Lamento, señor,
que aún estéis tan débil.
MOSCA (aparte).– Que aún no estéis más débil.
VOLPONE.– Sois demasiado generoso.
VOLTORE.– No, señor. Pluguiese al cielo que pudiera daros
salud como os doy esta plata.
VOLPONE.– Dais, señor, aquello que podéis. ¡Os doy las
gracias! En esto hay un regusto de vuestro amor, y no
quedará sin respuesta: os ruego que vengáis a verme más a
menudo.
VOLTORE.– Así lo haré, señor.

10
VOLPONE.– No estéis lejos de mí.
MOSCA.– ¿Reparáis en esto, señor?
VOLPONE.– Escuchadme aún; lo que he de decir, os
concierne.
MOSCA.– Sois hombre afortunado, señor. Enteraos de
vuestra buena ventura.
VOLPONE.– Yo ya no puedo durar mucho...
MOSCA.– Señor, sois su heredero.
VOLTORE.– ¿De veras?
VOLPONE.– Me siento acabar. ¡Uh, uh, uh, uh! Ya van mis
velas rumbo al puerto. ¡Uh, uh, uh, uh, uhl Y estoy contento
de encontrarme ya tan cerca de él.
MOSCA.– ¡Ay, buen caballero! En fin, todos debemos partir...
VOLTORE.– ¡Pero, Mosca!
MOSCA.– La edad vence.
VOLTORE.— Te ruego que me oigas: ¿Estoy ciertamente
designado por heredero suyo?
MOSCA.– ¡Y cómo si lo estáis! Os suplico, señor, que me
inscribáis entre vuestros familiares. Todas mis esperanzas
dependen de vos. Estoy perdido, a no ser que el sol saliente
se digne brillar sobre mí.
VOLTORE.– Brillará y te calentará, Mosca.
MOSCA.– Señor, soy hombre que no ha hecho a vuestro
amor los peores oficios: aquí llevo vuestras llaves, ved todos
vuestros cofres y vuestras cajas cerrados. Llevo el pobre
inventario de vuestras joyas, de vuestra plata y vuestros
dineros; soy vuestro mayordomo, señor, administro aquí
vuestros bienes.
VOLTORE.– Pero ¿soy heredero único?
MOSCA.– Sin copartícipe, señor; confirmado esta mañana: la

11
cera de los sellos está todavía caliente, y apenas se ha
secado la tinta sobre el pergamino.
VOLTORE.– ¡Feliz, feliz de mí! ¿Por qué buena suerte,
amable Mosca?
MOSCA.– Por vuestro mérito, señor; no conozco causa
segunda.
VOLTORE.– Modestia tuya es no conocerla; está bien; lo
pagaré.
MOSCA.– Siempre le agradó vuestra carrera, señor; eso es lo
primero que le inclinó hacia vos. A menudo, le he oído decir
cuánto admiraba a los hombres de vuestra gran profesión que
pueden hablar en favor de cualquier causa, y sobre cosas
meramente contrarias hasta ponerse roncos, y todas dentro
de la ley; que con la más rápida agilidad, saben volver y
revolver, hacer nudos y deshacerlos; dar consejos
ahorquillados o sea de dos puntas; tomar oro enemigo en una
y otra mano y reunirlo; tales hombres, bien lo sabe, se irán
lejos con su humildad. Y por su parte, se consideraría
bienaventurado teniendo un heredero de tan sufrido espíritu,
tan prudente, tan grave, de lengua tan perpleja y al mismo
tiempo tan fuerte, que ni se movería ni se quedaría quieta sin
cobrar por ello; ya que cada palabra que vuestra dignidad
deja caer es un cequí.i (Llaman fuera.) ¿Quién es? Alguien
llama; no quisiera, señor, que os vieran aquí. Y sin embargo...
fingid que habéis venido y os vais a toda prisa... yo inventaré
una excusa... y, gentil señor, cuando nadéis en grasa de oro,
cuando estéis hundido en miel hasta por encima de los
brazos, de modo que vuestra barbilla se alce sostenida por la
grosura de las olas, pensad en vuestro vasallo; no hagáis
sino recordarme: no he sido el peor de vuestros clientes.

12
VOLTORE.– ¡Mosca!
MOSCA.– ¿Cuándo queréis, señor, que os lleve el
inventario? ¿O deseáis ver una copia del testamento?...
¡Pronto!... Yo os la llevaré, señor. Salid, marchaos. Poned
cara de negocios. (Sale Voltore.)
VOLPONE (poniéndose en pie de un salto).– ¡Excelente,
Mosca! Ven aquí. Deja que te dé un beso.
MOSCA.– ¡Quieto, señor! Aquí está Corbaccio.
VOLPONE.– Quita de en medio la fuente; ¡el buitre se fue, y
viene el viejo cuervo!
MOSCA.– Volved a vuestro silencio y a vuestro sueño. (Pone
la fuente de plata con el resto de los tesoros.) ¡Quédate aquí
y multiplícate! Ahora, vamos a ver un desdichado que está
más impotente de lo que se puede fingir estarlo, y que, sin
embargo, espera dar saltitos por encima de su sepultura...
(Entra Corbaccio.) ¡Señor Corbaccio! Sois muy bien venido,
señor.
CORBACCIO.– ¿Cómo se encuentra vuestro patrón?
MOSCA.– A decir verdad, lo mismo que estaba. No hay
mejoría.
CORBACCIO.– ¿Que hay mejoría?
MOSCA.—No, señor. Más bien está peor.
CORBACCIO.– Está bien. ¿Dónde se encuentra?
MOSCA.– En su lecho, señor; ha vuelto a quedarse dormido.
CORBACCIO.– ¿Duerme bien?
MOSCA.– No pegó los ojos, señor, en toda la noche, ni ayer;
pero está como adormilado.
CORBACCIO.– ¡Está bien! Debiera consultar con algunos
médicos. Aquí le traigo una poción de opio, preparada por mi
propio doctor.

13
MOSCA.– No quiere oír hablar de drogas.
CORBACCIO.– ¿Por qué? Yo mismo estuve presente
mientras la preparaba, y vi todos los ingredientes; sé que no
puede causar más que una acción suavísima; pondría mi
vida; es sólo para hacerle dormir.
VOLPONE (aparte).– Sí, mi último sueño, si la tomase.
MOSCA.– Señor, no tiene fe en la medicina.
CORBACCIO.– ¿Cómo decís? ¿Cómo decís?
MOSCA.– Que no tiene fe en la medicina; piensa que la
mayor parte de los doctores son el mayor peligro y la
enfermedad más difícil de curar. A menudo, le he oído afirmar
que vuestro médico no será nunca su heredero.
CORBACCIO.– ¿Que yo no seré nunca su heredero?
MOSCA.– No, señor, vuestro médico.
CORBACCIO.– ¡Oh, no, no, no; no lo entiendo así!
MOSCA.– No, señor, ni el dinero que cobran; no lo puede
sufrir. Dice que azotan a un hombre antes de matarle.
CORBACCIO.– En verdad, os comprendo.
MOSCA.– Y lo hacen como experimento; por lo cual, la ley no
sólo les absuelve, sino les da gran recompensa. Dice que no
le gusta alquilar su propia muerte.
CORBACCIO.– Es verdad. Matan, con tanta licencia como un
juez.
MOSCA.– No, más. Porque el juez mata a aquellos a quienes
la ley condena, y los médicos lo pueden matar a él también.
CORBACCIO.– Sí o a mí, o a cualquiera. ¿Qué tal va su
apoplejía? ¿Aún le da muy fuerte?
MOSCA.– Violentísima. Apenas puede hablar, tiene los ojos
cuajados, la cara más larga de lo debido...
CORBACCIO.– ¡Cómo! ¡Cómo! ¿Más fuerte de lo debido?

14
MOSCA.– No, señor. La cara se le ha puesto más larga de lo
debido.
CORBACCIO.– ¡Ah, está bien!
MOSCA.– Tiene siempre la boca abierta, y los párpados
caídos.
CORBACCIO.– Está bien.
MOSCA.– Helado entumecimiento endurece todas sus
articulaciones. Y el color de su carne es como de plomo.
CORBACCIO.– Está bien.
MOSCA.– El pulso marcha lento y débil.
CORBACCIO.– Buenos sintonías todos.
MOSCA.– Y de su cerebro...
CORBACCIO.– Ya entiendo... está bien.
MOSCA.– Fluye un sudor frío con humor continuo por los
deshechos rincones de sus ojos.
CORBACCIO.– ¿Es posible? Sí, me siento mejor. ¡Ah! ¿Qué
tal va con los vértigos de cabeza?
MOSCA.– ¡Ay, señor! Ya es más que vértigo; ahora, pierde el
sentido, y hasta ha dejado de roncar. Apenas se puede
percibir que respira.
CORBACCIO.– ¡Excelente, excelente! De seguro lo
sobreviviré; eso me hace veinte años más joven.
MOSCA.– Estaba a punto de ir a buscaros.
CORBACCIO.– ¿Ha hecho testamento? ¿Qué me deja?
MOSCA.– No, señor.
CORBACCIO.– ¿Nada? ¡Ah!
MOSCA.– No ha hecho testamento, señor.
CORBACCIO.– ¡Oh, oh, oh! Entonces ¿qué estaba haciendo
aquí Voltore el abogado?
MOSCA.– Olfateó un cadáver, señor, en cuanto oyó que mi

15
amo pensaba en hacer testamento, como yo le había
aconsejado para bien vuestro...
CORBACCIO.– Y vino a verlo. Me lo figuraba.
MOSCA.– Sí; y le obsequió con esta fuente de plata.
CORBACCIO.– ¿Para ser su heredero?
MOSCA.– No lo sé, señor.
CORBACCIO.– Cierto: yo también lo sé.
MOSCA (aparte).– Juzgando por vuestra propia medida,
señor.
CORBACCIO.– Bien; todavía puedo adelantarlo. Mira, Mosca,
mira. Aquí, he traído un saquito de relucientes cequíes, que
pesarán un poco más que la fuente de plata, y harán bajar su
platillo en la balanza.
MOSCA (tomando el saquito).– Seguro, señor. Esta es
medicina sagrada, médico verdadero. No habléis de pócimas
de opio, ¡éste es el verdadero elixirl
CORBACCIO.– Es "aurum palpabile, si no potabile".
MOSCA.– Se le administrará en este cuenco.
CORBACCIO.– Sí, hazlo, hazlo, hazlo.
MOSCA.– ¡Benditísimo cordial! Con esto sanará.
CORBACCIO.– ¡Sí, hazlo, hazlo, hazlo!
MOSCA.– Pienso que no sería lo mejor, señor.
CORBACCIO.– ¿Qué?
MOSCA.– Sanarlo, señor.
CORBACCIO.— ¡Oh, no, no, no! ¡De ninguna manera!
MOSCA.– Porque, señor, esto, con sólo que lo huela,
producirá algún efecto extraño.
CORBACCIO.– Es verdad; por lo tanto, evitémoslo. Correré el
riesgo. Devuélvemelo.
MOSCA.– De ninguna manera. Perdonadme. No os hagáis a

16
vos mismo tal agravio, señor. Yo os aconsejaré de modo que
lleguéis a ser dueño de todo.
CORBACCIO.– ¿Cómo?
MOSCA.– De todo, señor; es vuestro derecho, vuestra
propiedad; no hay hombre que pueda pretender parte en ello;
es vuestro, sin rival; decretado por el destino.
CORBACCIO.– ¿Cómo, cómo, buen Mosca?
MOSCA.– Os lo diré, señor. De este ataque, saldrá.
CORBACCIO.– Comprendo.
MOSCA.– Y aprovechando la primera ventaja de haber
recobrado el sentido, volveré a importunarle para que haga
testamento (señalando el dinero) y le mostraré esto.
CORBACCIO.– Está bien, está bien.
MOSCA.– Mejor estará si seguís mis consejos, señor.
CORBACCIO.– Sí, de todo corazón.
MOSCA.– Ahora, os lo aconsejo, volved a vuestra casa a
toda prisa; allí, redactad un testamento en el cual nombraréis
a mi amo único heredero.
CORBACCIO.– ¡Y he de desheredar a mi hijo!
MOSCA.– ¡Oh, señor, es lo mejor; porque eso le hará heredar
mucho más!
CORBACCIO.– ¿Sí, mas con qué pretexto?
MOSCA.– Ese testamento, señor, me lo enviáis a mí. Así,
cuando tenga que encarecer, como he de hacerlo, vuestros
cuidados, vuestras vigilias y vuestras muchas oraciones,
vuestros más que abundantes dones, vuestro obsequio de
hoy, como final, le presentaré vuestro testamento; en el cual,
sin vacilar, sin la menor consideración a vuestro propio
vastago, un hijo tan bizarro y de tan altos merecimientos, la
corriente de vuestro desviado amor os ha llevado hacia mi

17
amo, y le habéis hecho vuestro heredero: no puede ser tan
estúpido, aunque fuera una piedra, si por escrúpulo de
conciencia y mera gratitud no...
CORBACCIO.– ... ¿me proclama heredero suyo?
MOSCA.– Ésa es la verdad.
CORBACCIO.– En esta astucia había ya pensado.
MOSCA.– ¡Lo creo!
CORBACCIO.– ¿Que no lo crees?
MOSCA.– Sí, señor.
CORBACCIO.– El proyecto es totalmente mío.
MOSCA.– Así, señor, cuando lo haya hecho...
CORBACCIO.– ¿Cuando me haya instituido heredero suyo?
MOSCA.– Estando vos tan cierto de sobrevivirle...
CORBACCIO.– Sí.
MOSCA.– Puesto que sois hombre tan sano...
CORBACCIO.– ¡Es verdad!
MOSCA.– Sí, señor...
CORBACCIO.– Eso lo había pensado también. ¡Miren cómo
es este hombre el propio órgano para expresar mis
pensamientos!
MOSCA.– No sólo os habéis hecho un bien a vos mismo...
CORBACCIO.– Sino he multiplicado la herencia de mi hijo.
MOSCA.– Así es, señor.
CORBACCIO.– También invención mía.
MOSCA.– ¡Ay de mí, señor! El cielo sabe que había
empleado todo mi estudio, todo mi cuidado (hasta se me ha
puesto el cabello gris), buscando el medio de arreglar las
cosas.
CORBACCIO.– ¡Te comprendo, amable Mosca!
MOSCA.– Vos sois aquel por quien aquí trabajo.

18
CORBACCIO.– Sí, hazlo, hazlo, hazlo; te haré justicia. (Se
dirige a la puerta.)
MOSCA.— ¡Que el diablo vaya contigo, cuervo!
CORBACCIO.– Sé que eres honrado.
MOSCA (aparte).– ¡Mentís, señor!
CORBACCIO.– Y...
MOSCA.– Vuestro saber no es mayor que vuestras orejas,
señor.
CORBACCIO.– No dudaré en ser un padre para ti.
MOSCA.– Ni yo en tragarme la hacienda de mi hermano.
CORBACCIO.– Puede que me vuelva mi juventud. ¿Por qué
no?
MOSCA.– ¡Vuestra reverencia es un precioso asno!
CORBACCIO.– ¿Qué dices?
MOSCA.– Deseo que os apresuréis, señor.
CORBACCIO.– Está hecho, está hecho; me voy. (Sale.)
VOLPONE (saltando de su lecho).– ¡Oh, estallo! Sujétame las
costillas, sujétame las costillas...
MOSCA.– Contened vuestro flujo de risa, señor; sabéis que
esta esperanza es tal cebo que cubre cualquier anzuelo.
VOLPONE.– ¡Oh, pero tu trabajo, tu modo de llevarlo! No
puedo contenerme. ¡Excelso picaro, deja que te bese: nunca
te había visto con humor tan exquisito!
MOSCA.– ¡Ay, señor, hago lo que me enseñan! Sigo vuestras
graves instrucciones; les doy palabras; echo aceite en sus
oídos, y les mando a su casa.
VOLPONE.— Es verdad, es verdad. ¡Qué tremendo castigo
es la avaricia!
MOSCA.– Sí, con nuestra ayuda, señor.
VOLPONE.– Tantos cuidados, tantas dolencias, tantos

19
temores acompañan a la vejez, sí, y la muerte llama a su
puerta tan a menudo, que ningún deseo puede ya
frecuentarlos; sus miembros flaquean, sus sentidos se
embotan, vista y oído huyen muriendo todos antes que ellos;
sí, hasta sus mismos dientes, instrumentos de su comer les
fallan; ¡y a pesar de ello a esto le llaman vida! ¡Ya ves, aquí
hemos tenido a uno que ahora se ha ido a su casa, y que
desea seguir viviendo! No siente su gota, ni su parálisis; se
finge más joven por veintenas de años, adula a su edad
negándola confiadamente; espera que puede, como Eson,
con hechizos recobrar su juventud; y con tales pensamientos
sacia su deseo como si al destino pudiera embaucársele tan
fácilmente como a él. ¡Y todo se va en aire! (Llaman dentro.)
¿Quién viene ahora? ¡El tercero!
MOSCA.– ¡Aprisa! ¡Volved a vuestro lecho! Oigo su voz. Es
Corvino, nuestro apuesto mercader.
VOLPONE (volviendo a tenderse).– ¡Muerto!
MOSCA.– Otro poco de ungüento, señor, en los ojos. (Le
unge.) ¿Quién está ahí? (Entra Corvino.) ¡Señor Corvino!
¡Entre el muy deseado! ¡Oh, cuan feliz hubierais sido si lo
hubieseis sabido hace poco!
CORVINO.– ¿Cómo? ¿Qué? ¿Dónde?
MOSCA.– La última hora ha llegado, señor.
CORVINO.– ¿No ha muerto?
MOSCA.– Muerto, no señor, pero casi; ya no conoce.
CORVINO.– ¿Y cómo voy a hacer?
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
CORVINO.– Le traía una perla.
MOSCA.– Tal vez le quede sentido bastante para
reconoceros, señor; aún os llama; ningún nombre sino el

20
vuestro está en su boca. ¿Es vuestra perla de Oriente, señor?
CORVINO.– Venecia nunca vio otra igual.
VOLPONE (con voz débil).– ¡Señor Corvino!
MOSCA.– ¡Escuchad!
VOLPONE.– ¡Señor Corvino!
MOSCA.– Os llama; acercaos y dádsela... Aquí está, señor, y
os ha traído una rica perla.
CORVINO.– ¿Cómo estáis, señor? Decidle que dobla los
doce quilates.
MOSCA.– Señor, no puede comprender; ya no oye, y sin
embargo le consuela veros.
CORVINO.– Decidle que le traigo también un diamante.
MOSCA.– Mejor será mostrársela, señor. Ponédsela en la
mano; únicamente ahí se da cuenta; aún tiene en ella
sentimiento. ¡Mirad cómo la aprieta!
CORVINO.— ¡Ay, pobre caballero! ¡Qué aspecto tan
lamentable!
MOSCA.– ¡Bah! Olvidadlo, señor. El llanto de un heredero
bien puede ser risa bajo una careta.
CORVINO.– ¿Cómo? ¿Soy su heredero?
MOSCA.– Señor, he jurado que no mostraré el testamento
hasta que haya muerto; mas aquí ha estado Corbaccio, ha
estado Voltore, han estado otros, no puedo numerarlos, eran
tantos, todos abriendo la boca para atrapar legados; mas yo,
aprovechando lo mucho que os nombraba: ¡Señor Corvino,
señor Corvino!, tomé papel, pluma y tinta; y le pregunté quién
quería fuese su heredero: Corvino. ¿Quién había de ser el
ejecutor? Corvino. Y a toda otra pregunta, guardó silencio; a
pesar de lo cual, yo interpreté los movimientos de cabeza que
hacía de pura debilidad, como consentimiento; y mandé a los

21
demás a sus casas, con nada que heredar sino llantos y
maldiciones.
CORVINO.– ¡Oh, mi amado Mosca! (Se abrazan.) ¿No nos
ve?
MOSCA.– No más que un arpista ciego. No conoce a nadie,
ni rostro de amigo ni nombre de criado ninguno. No sabe
quién le dio el alimento la última vez ni la bebida; ni a
aquellos a quienes engendró o crió puede recordarlos.
CORVINO.– ¿Tiene hijos?
MOSCA.– Bastardos, una docena o más que engendró en
mendigas, gitanas, judías y negras moras cuando estaba
ebrio. ¿No lo sabíais, señor? Es fábula común. El enano, el
bufón, el eunuco, todos son suyos; es el padre verdadero de
su familia en todos, excepto yo. Mas, no les ha dejado nada.
CORVINO.– ¡Eso está bien, eso está bien! ¿Estás seguro de
que no nos oye?
MOSCA.— ¡Seguro, señor! Mirad, dad crédito a vuestros
propios sentidos. (Grita en la oreja de Volpone.) La viruela se
acerca y añade a vuestras dolencias. Si os manda fuera de
aquí cuanto antes por vuestra incontinencia, bien merecido lo
tenéis, y por completo, ¡y la peste por añadidura!... Podéis
acercaros más, señor... ¿Queréis cerrar de una vez esos ojos
legañosos, que manan lodo como dos criaderos de ranas? Y
esas mejillas colgantes cubiertas de pellejo y no de piel...
¡Ayudadme, señor!... que parecen trapos de cocina colgados
en fila y helados por la escarcha.
CORVINO (en voz alta).– ¡O pared cubierta de humo en la
cual la lluvia baja en sucios surcos!
MOSCA.– ¡Excelente, señor! Hablad con franqueza. Podéis
gritar aún más; una culebrina descargada en su oído apenas

22
le molestaría.
CORVINO.– Su nariz es como un albañal público que no cesa
de correr.
MOSCA.– Eso está bien. ¿Y qué es su boca?
CORVINO.– Un verdadero pozo negro.
MOSCA.– ¡Oh, callad!...
CORVINO.– De ningún modo.
MOSCA.– Dejadme a mí os lo ruego; a fe mía, podría
ahogarle primorosamente con una almohada lo mismo que
cualquier mujer de las que le sirven.
CORVINO.– Haz lo que quieras. Pero yo tengo que
marcharme.
MOSCA.– Hacedlo. Vuestra presencia es la que le hace durar
tanto.
CORVINO.– Te lo ruego; no emplees violencia.
MOSCA.– ¿No, señor? ¿Por qué? ¿Por qué habíais de ser
tan escrupuloso, decídmelo, señor, os lo ruego?
CORVINO.– A tu discreción queda.
MOSCA.– Muy bien, señor, marchaos.
CORVINO.– No quiero molestarle ahora para quitarle mi
perla.
MOSCA.– ¡Bah! Ni vuestro diamante. ¿Qué innecesario
cuidado os aflige? ¿No es vuestro todo lo que hay aquí? ¿Y
no estoy aquí yo, a quien habéis hecho vuestra criatura? ¿Yo
que os debo mi ser?
CORVINO.– ¡Agradecido, Mosca! Eres mi amigo, mi
compañero, mi socio, y tendrás parte en todas mis fortunas.
MOSCA.– Excepto en una.
CORVINO.– ¿Cuál es?
MOSCA.–Vuestra galana esposa, señor... (Sale Corvino.) Ya

23
se fue. No teníamos otro medio que éste de echarlo de aquí.
VOLPONE.– ¡Mi divino Mosca! Hoy te has sobrepasado a ti
mismo. (Llaman dentro.) ¿Quién es? No quiero que me
molesten más. Prepárame música, danzas, banquetes, todos
los deleites. El Turco no es más sensual en sus placeres que
lo ha de ser Volpone. (Sale Mosca.) Veamos ¡una perla! ¡Un
diamante! ¡Vajilla de plata! ¡Cequíes! ¡Buen mercado esta
mañana! Y vale más que robar iglesias; o que engordar,
comiéndose a un hombre una vez al mes... (Vuelve a entrar
Mosca.) ¿Quién es?
MOSCA.– La hermosa señora Quiero y no puedo, Lady
Would-be, señor, esposa del caballero inglés Sir Politick
Would-be (este es su estilo, señor, y se me ha contagiado),
ha enviado a saber cómo habéis dormido esta noche, y si
desearíais ser visitado.
VOLPONE.– Ahora no. Dentro de unas tres horas.
MOSCA.– Eso mismo le he dicho al escudero.
VOLPONE.– Cuando esté animado con alegría y vino;
entonces, entonces. ¡Por el cielo que admiro el desesperado
valor de los osados ingleses que se atreven a dejar a sus
mujeres libres para todos los encuentros!
MOSCA.– Señor, este caballero no lleva en vano su nombre;
es político, y sabe que aunque su mujer afecte modales
extraños, no tiene el arresto de ser deshonesta. ¡Si hubiera
sido la esposa del señor Corvino!...
VOLPONE.– ¿Tiene de veras tan prodigioso rostro?
MOSCA.— ¡Oh, señor! ¡Es la maravilla, la centelleante
estrella de Italia! ¡Una buena hembra de la primera hornada!
¡Una beldad madura para la cosecha! ¡Cuya piel es toda ella
más blanca que el cisne, que la plata, la nieve o las

24
azucenas! Dulces labios, que os tentarían a una eternidad del
beso. ¡Carne que se derrite en sangre al tacto! ¡Brillante
como vuestro oro, y digna de amor como vuestro oro!
VOLPONE.– ¿Cómo no he sabido antes esto?
MOSCA.– ¡Ay, señor, yo mismo no lo descubrí hasta ayerl
VOLPONE.– ¿Cómo podría verla?
MOSCA.– ¡Oh, no es posible! Está tan cuidadosamente
guardada como vuestro oro; nunca sale, jamás toma el aire
más que en una ventana. Todas sus facciones son nuevas
como las primeras uvas o las primeras cerezas, y están tan
estrechamente vigiladas como ellas.
VOLPONE.– ¡Tengo que verla!
MOSCA.– Señor, la cerca una guardia de espías; todos los
de su casa; cada uno está vigilado por uno de sus
compañeros, y todos tienen encargo, cuando uno sale o entra
de registrarlo.
VOLPONE.– La veré aunque no sea más que en su ventana.
MOSCA.– Entonces, tendréis que disfrazaros de algún modo.
VOLPONE.– Es verdad; debo mantener mi forma siempre la
misma; pensaremos. (Salen.)

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA
Plaza de San Marcos; un rincón retirado delante de la casa
de Corvino. (Entran Sir Politick Would-be y Peregrino.)

SIR POLITICK.– Señor, para el hombre cuerdo, todo el


mundo es su tierra; no es Italia ni Francia ni siquiera Europa
las que pueden atarme si mi destino me llama a otra parte.
25
Sin embargo, protesto que no es liviano deseo de ver países,
de dejar de lado una religión, ni desafecto alguno hacia el
Estado donde me crié y al cual debo mis mejores planes lo
que me sacó de él; mucho menos ese vano, antiguo, rancio
anhelo que ya tiene la cabeza gris de conocer las mentes y
costumbres de los hombres como le sucediera a Ulises. Sino
un peculiar humor de mi mujer inclinada a esta altura de
Venecia, para observar, anotar, aprender el lenguaje, etcétera
... Espero, señor, que viajáis con licencia.
PEREGRINO.– Sí.
SIR POLITICK.– Me gusta el trato con la mayor seguridad...
¿Cuánto tiempo, señor, hace que salisteis de Inglaterra?
PEREGRINO.– Siete semanas.
SIR POLITICK.– ¡Tanto! ¿Habéis estado ya con el señor
embajador?
PEREGRINO.– Aún no, señor.
SIR POLITICK.– Os lo ruego, señor, ¿qué nuevas corren por
nuestro clima? Oí decir anoche la cosa más extraña a uno del
séquito de nuestro embajador, y ansio saber si puede dársele
crédito.
PEREGRINO.– ¿Qué es, señor?
SIR POLITICK.– ¡Virgen María! Hablan de un cuervo que va a
construir un navio para los reyes.
PEREGRINO (aparte).– ¿Este individuo se mofa de mí o se
han mofado de él? ¿Vuestro nombre, señor?
SIR POLITICK.– Mi nombre es Politick Would-be.
PEREGRINO (aparte).– Eso le pinta. ¿Caballero, señor?
SIR POLITICK..– Caballero pobre, señor.
PEREGRINO.– ¿Vuestra esposa está aquí en Venecia para
informarse de los tocados, modas y comportamientos, entre

26
las cortesanas? ¿La pura Lady Would-be?
SIR POLITICK.– Sí, señor; la araña y la abeja a menudo liban
en la misma flor.
PEREGRINO.– Buen Sir Politick, os pido perdón; he oído
hablar mucho de vos; lo que decís del cuervo, es cierto.
SIR POLITICK.– ¿Lo sabéis, de buena tinta?
PEREGRINO.– Sí, y también que un león ha parido en la
Torre de Londres.
SIR POLITICK.– ¿Otro cachorro?
PEREGRINO.— Otro, señor.
SIR POLITICK.– ¡Santo Cielol ¿Qué prodigios son éstos?
¡Los fuegos en Berwick! ¡La estrella nueva! ¡Todas estas
cosas coincidiendo, extrañas y llenas de presagios! ¿Habéis
visto esos meteoros?
PEREGRINO.– Los he visto, señor.
SIR POLITICK.– ¡Tremendo! Os ruego, señor, que me
confirméis si es verdad que se vieron tres cachalotes sobre el
puente, como dicen.
PEREGRINO.– Seis y un esturión, señor.
SIR POLITICK.– ¡Estoy atónito!
PEREGRINO.– Señor, no hay por qué. He de contaros un
prodigio más grande que todos ésos.
SIR POLITICK.– ¿Qué presagian todas estas cosas?
PEREGRINO.– El mismo día (creo estar seguro) en que salí
de Londres, se descubrió en el río, una ballena, tan alta como
Woolwich, que ha estado esperando allí quién sabe cuántos
meses, para destrozar la flota.
SIR POLITICK.– ¿Es posible? Creedlo, la han enviado
España o los Archiduques. ¡La ballena de Spinola, por mi
vida, por mi crédito! ¿No cesarán nunca en tales proyectos?

27
Digno, señor; ¿qué más noticias?
PEREGRINO.– A fe mía, Stone el loco ha muerto, y les hace
extraordinaria falta un bufón de taberna.
SIR POLITICK.– ¿Mass Stone ha muerto?
PEREGRINO.– Ha muerto, señor. Espero que no le tendríais
por inmortal... (Aparte.) ¡Oh, este caballero si fuese bien
conocido, sería preciosa figura en nuestra escena inglesa! A
quien pudiese escribir semejante individuo, le tacharían de
fingir demasiado y aun con malicia.
SIR POLITICK.– ¡Muerto, Stone!
PEREGRINO.— ¡Muerto! ¡Señor! ¡Cuan profundamente lo
lamentáis! ¿No sería pariente vuestro?
SIR POLITICK.– No, que yo sepa. ¡Bien! El pobre era un
bufón desconocido.
PEREGRINO.– ¿Mas vos, al parecer, le conocíais?
SIR POLITICK.– Sí tal. Señor, sabía que era una de las
cabezas más peligrosas que vivían en el Estado, y por tal lo
tuve siempre.
PEREGRINO.– ¿En verdad, señor?
SIR POLITICK.– Mientras vivió, estuvo en acción. Recibía
sema-nalmente informes, por lo que yo alcancé a saber, de
los Países Bajos para todas las partes del mundo, escondidos
en coles; y repartía los tales informes a los embajadores
dentro de naranjas, melones, moscateles, albaricoques,
toronjas, y cosas semejantes; a veces dentro de ostras de
Colchester y en caracoles marinos de Selsey.
PEREGRINO.– Me llenáis de asombro.
SIR POLITICK.– Señor, tuve ocasión de observarle muy bien,
en las mesas de los figones, mientras recibía los informes de
algún viajero, un estadista oculto, en una tabla de trinchar

28
carnes; e instantáneamente, antes de que hubiese terminado
la comida, daba la respuesta en un mondadientes.
PEREGRINO.— ¡Extraño! ¿Cómo podía ser esto, señor?
SIR POLITICK.– La carne estaba trinchada en tal forma, y
colocada de tal manera que él podía leer fácilmente el
mensaje en cifra.
PEREGRINO.– He oído decir, señor, que no sabía leer.
SIR POLITICK.– Eso hacían correr, por política, los que le
empleaban; pero sabía leer, y conocía varias lenguas,
aunque pareciese un pelele...
PEREGRINO.– He oído decir, señor, que hay monos que son
espías, una especie de astuta nación cerca de China...
SIR POLITICK.– Sí, sí, los Mamalichi. A fe mía, intervinieron
en una o dos conspiraciones francesas; pero eran tan
extremamente aficionados a las mujeres que todo lo
descubrían; sin embargo, yo tuve aviso aquí, el miércoles
pasado, por uno de su casta de que habían vuelto, entablado
relaciones como de costumbre, y que ahora andan buscando
nuevo empleo.
PEREGRINO.– ¡Corazón mío! (Aparte.) Este sir Pol no ignora
nada. Parece señor, que lo sabéis todo.
SIR POLITICK.– Todo, no, señor, mas tengo algunas
nociones generales. Pláceme notar y observar; aunque vivo
fuera y libre del activo torrente, sin embargo marco las
corrientes y el pasar de las cosas para mi uso particular; y
conozco las mareas altas y bajas del Estado.
PEREGRINO.– Creedlo, señor, no cuento por escasa ventaja
en mi fortuna el haber tropezado así con vos, cuyo saber, si la
generosidad le iguala, ha de serme de gran ayuda para
instruirme en mi comportamiento y en mi porte que aún es tan

29
rudo y crudo.
SIR POLITICK.– ¿Tan vacío de reglas para el viaje, os habéis
lanzado a él?
PEREGRINO.– A fe, tenía algunas de las corrientes tomadas
de la vulgar gramática que el que me adiestra a declamar en
italiano me enseñó.
SIR POLITICK.– Eso es lo que echa a perder toda nuestra
valiosa sangre, el confiar nuestra prometedora juventud a
individuos pedantes de fuera de casa que no son más que
corteza. Parecéis ser un caballero de ingeniosa raza. No me
jacto de ello, mas mi destino ha querido que dondequiera que
he estado, me consultaran, sobre estas cosas altas, tocantes
a hijos de los grandes hombres, a personas de sangre y
honor...

(Entran Mosca y Nano, disfrazados, seguidos por otros que


traen materiales para armar un tablado.)

PEREGRINO.– ¿Quiénes son éstos, señor?


MOSCA.– Bajo esta ventana debe ser. La misma.
SIR POLITICK.– Gentes que van a armar un tablado. Vuestro
instructor en las preciadas lenguas ¿nunca os habló de los
saltimbanquis italianos?
PEREGRINO.– Sí, señor.
SIR POLITICK.– Pues aquí podéis verlos.
PEREGRINO.– Estos son curanderos, individuos que viven
de vender óleos y drogas.
SIR POLITICK.– ¿Es así cómo os los describió?
PEREGRINO.– Si no recuerdo mal.
SIR POLITICK.– Compadeceos de su ignorancia. ¡Estos son

30
los hombres que más saben en Europa! ¡Grandes eruditos,
excelentes médicos, admiradísimos estadistas, favoritos
reconocidos y consejeros de gabinete de los grandes
príncipes! ¡los únicos poliglotas del mundo entero!
PEREGRINO.— Y por lo que he oído los más descarados
impostores, compuesto de componendas y retazos; no menos
traficantes con los favores de los grandes que con sus
propias viles medicinas que vocean con monstruosos
juramentos; y que cuando van a marcharse venden por dos
peniques la droga que al principio valoraban en doce coronas.
SIR POLITICK.– Señor, la mejor respuesta a la calumnia es
el silencio. Vos mismo juzgaréis. ¿Quién sube al tablado,
amigos?
MOSCA.– Scoto de Mantua, señor.
SIR POLITICK.– ¿Es él? Entonces orgullosamente os
prometo, señor, que vais a ver a un hombre a quien os han
pintado con colores falsos. Me asombra, con todo, que arme
su tablado aquí, en este rincón, él que ha sido digno de
aparecer en el centro de la plaza. Aquí llega.

(Entra Volpone, disfrazado de doctor saltimbanqui, y seguido


por multitud de gente.)

VOLPONE (a Nano).– ¡Sube, tonto!


LA GENTE.– ¡Seguidle, seguidle, seguidle!
SIR POLITICK.– Ved cómo le sigue la gente. Es hombre que
puede girar diez mil coronas en cualquier Banco de la ciudad.
Observad. (Volpone sube al tablado.) Reparad en sus
ademanes... Acostumbro a observar la majestad que guarda
al subir.

31
PEREGRINO.– Vale la pena, señor.
VOLPONE.– ¡Nobilísimos señores, y dignos patrones míos!
Puede parecer extraño que yo, vuestro Scoto Mantuano, que
he acostumbrado siempre a montar mi tablado en el centro de
la plaza pública, cerca del soportal del Pórtico de la Procu-
rantia, venga ahora después de ocho meses de ausencia de
esta ilustre ciudad de Venecia, a retirarme humildemente en
un rincón oscuro de la Plaza.
SIR POLITICK.– ¿No había hecho yo la misma objeción?
PEREGRINO.– Silencio, señor.
VOLPONE.– Permitidme que os diga: No tengo, como reza
vuestro proverbio lombardo, frío en los pies; ni me place
separarme de mis productos a precio más bajo del que
acostumbrara: eso, no lo esperéis. Ni penséis que los
calumniosos informes de ese insolente detractor, vergüenza
de nuestra profesión (quiero decir Alejandro Buttone), que dijo
en público que yo había sido condenado como forzado a
galeras por haber envenenado al cardenal Bembo... quiero
decir a su cocinero... me hayan alcanzado y mucho menos
abatido. No, no, dignos caballeros; a decir verdad, no puedo
soportar la vista de esa chusma de charlatanes de piso bajo,
que tienden sus capas en el santo suelo como si fueran a
hacer volatines, y luego proceden cojeando con sus cuentos
mohosos de Bocaccio, como el rancio Tabarin el fabulista;
unos de ellos hablan de sus viajes y de su tedioso cautiverio
en las galeras turcas, cuando en realidad, si fuera a
descubrirse la verdad donde estuvieron fue en las galeras
cristianas, comiendo pan muy escaso y bebiendo agua como
saludable penitencia impuesta por sus confesores por bajas
raterías.

32
SIR POLITICK.– Observad su actitud y el desdén con que
habla de los tales.
VOLPONE.– Esos repugnantes, asquerosos malolientes,
sarnosos, piojosos, legañosos picaros, con un pobre penique
de mal preparado antimonio, finamente envuelto en varios
cartuchos, son harto capaces de matar a veinte en una
semana, y seguir haciendo su juego; mas los flacos, espíritus
muertos de hambre que casi han detenido los órganos de sus
mentes con terrosas opilaciones, no necesitan hallar sus
favorecedores entre los artesanos estreñidos que no comen
más que ensalada y que se llenan de alegría si pueden
conseguir su medicina por medio penique; aunque la purga
les lleve al otro mundo no les importa.
SIR POLITICK.– ¡Excelente! ¿Habéis oído nunca mejor
lenguaje?
VOLPONE.– Está bien. Con su pan se lo coman. Y,
caballeros y honradísimos señores, sabed que, por esta vez,
nuestro tablado alejado como veis de los clamores de la
canalla, ha, de ser escenario de placer y deleite; porque no
tengo nada que vender, poco o nada que vender.
SIR POLITICK.– Os dije, señor, cuáles eran sus fines.
PEREGRINO.– Así lo hicisteis, señor.
VOLPONE.– Afirmo que yo y mis seis servidores no damos
abasto a preparar este precioso licor con suficiente prisa para
los caballeros de esta ciudad que van a buscarlo a mi
alojamiento, extranjeros de Tierra Firme, dignísimos
mercaderes; sí, y también senadores que, desde que llegué,
me han detenido a su servicio por medio de espléndidas
liberalidades. Y con razón; porque ¿de qué sirve al rico tener
sus almacenes llenos de moscateles o de la uva más pura,

33
cuando sus médicos le prescriben, bajo pena de muerte, no
beber sino agua cocida con granos de anís? ¡Oh, salud,
salud! ¡Bendición de los ricos! ¡Riqueza de los pobres!
¿Quién puede comprarte demasiado cara, puesto que sin ti
no hay goce en el mundo? No seáis, pues, demasiado avaros
de vuestras bolsas, honorables señores, a costa de abreviar
el curso natural de vuestras vidas...
PEREGRINO.– Ved qué final.
SIR POLITICK.– Sí. ¿No os parece bueno?
VOLPONE.– Porque si un flujo húmedo o catarro, por la
mutabilidad del aire, cae de vuestra cabeza sobre un brazo o
un hombro o cualquier otra parte... aplicad un penique o un
cequí de oro sobre la parte afectada, y ved si puede producir
algún buen efecto. No, no; lo que habéis de aplicar es este
bendito ungüento, este raro elixir, que es el único que tiene el
poder de dispersar todo humor maligno, ya proceda de frío,
calor, humedad, viento...
PEREGRINO.– Se le olvidó incluir la sequía.
SIR POLITICK.– Atended, os lo ruego.
VOLPONE.– Para fortalecer el estómago más indigesto y
crudo, si, aunque fuera uno de esos que, por causa de
extrema debilidad, vomitan sangre, sólo con aplicar sobre el
lugar afectado, después de la unción y la fricción una
servilleta caliente; para el vértigo de la cabeza, con sólo
poner una gota en las narices y otra en cada oreja, soberano
y bien probado remedio; para el mal caduco, calambres,
convulsiones, parálisis, epilepsias, tremor cordia, nervios
contraídos, malos vapores del bazo, obstrucción del hígado,
piedra, estranguria, hernia ventosa, dolor ilíaco; detiene
inmediatamente una disentería; calma la contracción de los

34
pequeños intestinos; y cura la melancolía hipocondríaca si se
toma y aplica de acuerdo con mi receta impresa. (Mostrando
el papel que tiene en una mano y el frasco en la otra.) Porque
éste es el médico y ésta la medicina; éste aconseja y esto
cura; éste da la dirección; esto hace el efecto; y, en suma,
ambos juntos bien pueden ser llamados el extracto de la
teoría y la práctica en el arte de Esculapio. Os costará ocho
coronas. Y, Zan, Fritada canta, te lo ruego, en su honor un
verso extemporáneo.
SIR POLITICK.– ¿Qué os parece, señor?
PEREGRINO.– ¡Extraño lenguaje a fe mía!
SIR POLITICK.—Es alquimia pura. ¡Nunca oí nada
semejante! Los libros de Broughton.

Nano, canta:
Si Hipócrates o Galeno
Que tantos libros llenaron
Escribiendo medicinas,
Ésta hubieran encontrado.
(¡Culpa suya fue si no la encontraronl)
Tanto papel inocente
No hubieran sacrificado,
¡Y cuantísima candela
se hubieran ahorrado!
Ni la droga india se hubiera ensalzado,
Ni tabaco ni azafrán se habrían nombrado,
Ni una barrita de guaco se hubiera empleado.
Ni el Gran Elixir sería afamado
de Raimundo Lulio, doctor celebrado,
Ni de Paracelso nadie hubiera hablado.

35
¡Si esta medicina se hubiera encontrado!
PEREGRINO.– Todo eso, sin embargo, no dará resultado;
ocho coronas son mucho dinero.
VOLPONE.– No más... Señores, si tuviera tiempo de
explicaros los maravillosos efectos de este mi aceite, que
lleva por nombre "aceite del Scoto"; con el incontable
catálogo de aquellos a quienes con él he curado de las
dolencias ya nombradas y de muchas más; las patentes y
privilegios de todos los príncipes y Estados de la Cristiandad,
o siquiera de las declaraciones de los que comparecieron en
mi favor ante la señoría de la "Sanitá" y del muy docto
Colegio de médicos; por los cuales fui autorizado, teniendo en
cuenta las admirables virtudes de mi medicamento y de mi
propia excelencia en materia de raros y desconocidos
secretos no sólo a dispersarlos públicamente en esta famosa
ciudad, sino en todos los territorios que felizmente gozan bajo
el gobierno de los más piadosos y magníficos Estados de
Italia. Mas puede que algún valiente diga: "¡Oh, hay muchos
que proclaman tener recetas tan buenas y probadas como las
vuestras!" En verdad muchos han intentado como monos, la
imitación de lo que real y esencialmente está en mí para
hacer este óleo; han gastado mucho en construir hornos,
retortas, alambiques, fuegos continuos, en preparar los
ingredientes (porque en verdad entran en él seiscientos
simples diversos, más cierta cantidad de grasa humana para
la conglutinación, que compramos a los anatómicos), pero
cuando los que tal intentan llegan a la última cocción, ¡sopla,
sopla, resopla, resopla!, todo se va en humo; ¡ja, ja, ja, ja!.
¡Pobres infelices! Casi me dan lástima su necedad y su
indiscreción aun más que su pérdida de tiempo y de trabajo;

36
porque esa puede recobrarse con industria: mas nacer necio
es enfermedad incurable. En cuanto a mí, siempre, desde mi
juventud, he procurado conseguir los más raros secretos y
hacerlos míos ya a cambio de otros, ya por dinero. No he
escatimado costo ni trabajo donde había algo digno de ser
aprendido. Y, caballeros, honorables caballeros, me
comprometo por la virtud del arte químico, a extraer del
honorable sombrero que cubre vuestras cabezas, los cuatro
elementos: a saber, el fuego, el aire, el agua y la tierra y a
devolveros el sombrero sin daño ni mancha. Porque mientras
otros han estado en el juego, yo he estado en mi libro; y
ahora he salido de las sendas pedregosas del estudio y he
llegado a las florecidas llanuras del honor y la fama.
SIR POLITICK.– Os aseguro, señor, que ésa es su meta.
VOLPONE.– Mas, nuestro precio...
PEREGRINO.– Además, esto, Sir Politick.
VOLPONE.– Todos sabéis, honorables señores, que nunca
valoré esta ampolla o frasquito en menos de ocho coronas;
pero esta vez, me complace privarme de ella por seis; seis
coronas es su precio, y sé que, en cortesía, no podéis
ofrecerme menos. Tomadlo o dejadlo; de un modo o de otro,
quedo a vuestro servicio. No os pido el valor de la cosa,
porque entonces, tendría que pediros mil coronas, así los
cardenales Montalto, Fernese, el gran duque de Toscana, mi
padrino, y otros diversos príncipes me lo han pagado. Mas
desprecio el dinero. Sólo para mostrar el afecto que os tengo,
honorables señores, a vosotros y a vuestro ilustre Senado he
descuidado los mensajes de todos esos príncipes, mis
propios trabajos, proyecté mi viaje hasta aquí, únicamente
para mostraros el fruto de mis peregrinaciones... Afina una

37
vez más tu voz a tono con tus instrumentos y da a esta
respetable asamblea algo de deleitosa recreación.
PEREGRINO.– ¡Qué trabajo penoso y monstruoso, para
conseguir tres peniques! Porque en eso vendrá a parar todo.

Nano, canta:
Los que queráis larga vida gozar
¡No andéis dudando, comprad, comprad!
¿Queréis ser siempre joven y hermosa,
Con dientes sanos, lengua armoniosa?
Aquí está el aceite que os lo ha de lograr.
¡Basta de dudas, comprad, comprad!
¡Oído brujo, sutil olfato,
Mano flexible, tacto de gato,
Y, por decirlo en pura verdad,
poner en fuga toda enfermedad!
El óleo de Scoto os lo ha de alcanzar.
¡No más recelos, comprad, comprad!
¿A la dulce amiga queréis complacer
Sin dolor de huesos ni llaga temer?
Aquí está el remedio santo y saludable
que usan los canónigos con fe inquebrantable.
VOLPONE.– Bien, en este momento estoy en vena de regalar
la pequeña cantidad que contiene mi cofre; a los ricos, como
cortesía, y a los pobres, por amor de Dios. Por lo tanto,
atended: Os había pedido seis coronas; y en otras ocasiones,
seis coronas me hubieseis pagado; ahora, no me daréis seis
coronas, ni cinco, ni cuatro, ni tres, ni dos, ni una; ni medio
ducado, ni un moccinigo. Seis peniques os va a costar, o
seiscientas libras... no esperéis rebaja, porque por la bandera

38
de mi frente, no he de rebajar ni una bagatina... lo que quiero
recibir de vosotros únicamente es una prenda de vuestro
afecto para llevar conmigo algo vuestro, que me demuestre
que no me despreciáis. Por consiguiente, ahora, haced
ondear vuestros pañuelos, alegremente, alegremente; y os
advierto que al primer espíritu heroico que se digne regalarme
un pañuelo, le daré un pequeño recuerdo de algo que le ha
de agradar más que si le hubiese regalado una pistola doble.
PEREGRINO.– ¿Queréis ser esa centella heroica, sir Pol?
(Celia desde una alta ventana, arroja su pañuelo.) ¡Oh, mirad!
La ventana se os ha adelantado.
VOLPONE.– Señora, beso vuestra prenda; y por esta
oportuna merced que habéis hecho a vuestro pobre Scoto de
Mantua, os retornaré además y por encima de mi aceite, un
secreto de tan alta e inestimable naturaleza, que os ha de
dejar enamorada para siempre de este minuto, en que
vuestra mirada descendió por primera vez sobre tan
menguado, aunque no por completo despreciable objeto.
Oculto en este papel, va un polvo, de cuyo valor si yo quisiera
hablar, nueve mil volúmenes serían como una sola página,
esa página como una línea, esa línea como una palabra; tan
corta es esta peregrinación del hombre (que algunos llaman
vida) para expresarla. ¿He de reflexionar sobre su precio?
Entonces, el mundo entero no es sino un imperio, ese
imperio, una sola provincia, esa provincia, un Banco, ese
Banco, una bolsa particular para comprarle. Sólo una cosa os
diré: es el polvo que hizo a Venus diosa (fue regalo de Apolo),
el que la conservó perpetuamente joven, borró sus arrugas,
afirmó sus encías, llenó su piel, coloreó su cabello: De Venus,
pasó a Elena, y en el saqueo de Troya se perdió

39
desdichadamente; hasta que ahora, en nuestro siglo, fue
felizmente recobrado por un estudioso anticuario, en unas
ruinas de Asia; el tal envió la mitad a la corte de Francia (pero
muy adulterado), y con él allí las damas tiñen sus cabellos. El
resto, al presente, está en mi poder; extractado hasta su
quintaesencia; así que donde quiera que toca, conserva la
juventud perpetua, en la ancianidad restaura el cutis; afirma
los dientes, aunque ya se movieran como teclas de espineta y
los deja firmes como una pared, los hace blancos como el
marfil aunque estuvieran negros...

(Entra Corvino.)

CORVINO.– ¡Ira del diablo y vergüenza mía! ¡Baja aquí; baja!


¿No había otra casa que la mía para hacer vuestra escena?
Señor Flaminio, ¿queréis bajar? ¡Abajo! ¿De modo que mi
mujer es vuestra Francisquina, señor mío? ¿No había otras
ventanas en la plaza sino que las mías para plantar vuestro
escenario? ¡Sólo las mías! (La emprende a golpes con
Volpone, Nano, etc.) ¡Corazón! De aquí a mañana, me
habrán cristianado de nuevo y me llamarán el Pantalone de
los Necesitados, por toda la ciudad.
PEREGRINO.– ¿Qué significa esto, sir Pol?
SIR POLITICK.– Algún secreto de Estado, creédmelo. Me voy
a mi casa.
PEREGRINO.– Tal vez es una conspiración contra vos.
SIR POLITICK.– No lo sé; estaré en guardia.
PEREGRINO.– Es lo mejor que podéis hacer, señor.
SIR POLITICK.– Estas tres últimas semanas, todas mis
cartas, todos mis informes han sido interceptados.

40
PEREGRINO.– ¿En verdad, señor? Más valdrá que tengáis
cuidado.
SIR POLITICK.– Desde luego, así lo haré.
PEREGRINO (aparte).– No me aparto de este caballero hasta
la noche. Es demasiado divertido. (Salen.)

ESCENA SEGUNDA
Sala en casa de Volpone. (Entran Volpone y Mosca.)

VOLPONE.– ¡Oh! Estoy herido.


MOSCA.– ¿Dónde, señor?
VOLPONE.– No por fuera. Los golpes no fueron nada;
siempre los he sabido soportar. Mas, Cupido enojado,
disparando desde los ojos de ella, se ha clavado dentro de mí
como una llama, y ahora me envuelve en quemante ardor,
como ambicioso fuego en un horno que tiene el respiradero
atascado. Toda la lucha está dentro de mí. No puedo vivir si
no me ayudas, Mosca. Se me derrite el hígado, y yo todo, sin
esperanza de un poco de aire suave de su refrigerante
aliento, no soy sino un montón de cenizas.
MOSCA.– ¡Ay de mí, señorl Ojalá no la hubieseis visto nunca.
VOLPONE.– ¡Ojalá nunca me hubieses tú hablado de ella!
MOSCA.– Señor, es verdad. Confieso que yo fui
malaventurado y vos infeliz; mas estoy obligado en
conciencia, no menos que por mi deber, a hacer lo más que
pueda para aliviar vuestro tormento. ¡Y así lo haré, señor!
VOLPONE.– Amado Mosca, ¿podré esperar?
MOSCA.– Más que amado, señor, no os aconsejo desesperar
de nada que esté dentro de las fuerzas humanas.

41
VOLPONE.– ¡Oh! Aquí habla mi mejor ángel. Mosca, toma
mis llaves, oro, plata y joyas, todo está a tu devoción;
empléalo como quieras; acúñame también a mí, para poder,
en esto, coronar mis anhelos, Mosca.
MOSCA.– Emplead, señor, vuestra paciencia.
VOLPONE.– Así lo estoy haciendo.
MOSCA.– No dudo de lograr buen éxito para vuestros
deseos.
VOLPONE.– Siendo así, no me arrepiento de mi último
disfraz.
MOSCA.– Si podéis regalarle unos cuernos, señor, no
tendréis por qué arrepentiros.
VOLPONE.– Verdad. Además, nunca tuve intención de hacer
de él mi heredero... ¿Es que el color de mi barba y de mis
cejas no habrán hecho que me reconozca?
MOSCA.– En modo alguno.
VOLPONE.– Resultó bien la farsa.
MOSCA (aparte).– Tan bien, que ojalá la que yo estoy
tramando lograse siquiera la mitad de fortuna que la vuestra...
Y, sin embargo, quisiera librarme de vuestro epílogo.
VOLPONE.– Pero ¿se tragaron de veras que yo era Scoto?
MOSCA.– ¡Señor, Scoto mismo apenas pudiera haber notado
la diferencia! No tengo tiempo ahora de adularos; hemos de
separarnos. Y si salgo con bien, aplaudid mi arte.

(Salen.)

ESCENA TERCERA
Habitación en casa de Corvino. (Entra Corvino con la espada

42
en la mano, arrastrando a Celia.)

CORVINO.– ¡Muerte de mi honor, con el bufón de la ciudad!


¡Un juglar, un sacamuelas, un charlatán saltimbanqui! ¡Y en
una ventana pública! ¡Donde, mientras él con sus ademanes
forzados y su reparto de muecas atraía vuestros oídos
ansiosos a su sermón sobre las drogas, una multitud de
viejos solteros conocidos por su lascivia estaban mirando
hacia arriba como sátiros; y tú sonreías graciosamente, y
lanzabas al aire tus favores para satisfacer a tus ardientes
espectadores! ¿Acaso el saltimbanqui fue su modo de
llamarte? ¿Su silbato? ¿O es que te enamoraste de sus
anillos de cobre, sus joyas de azafrán con su pedrusco falso,
o su túnica bordada y el manto hecho con una manta de
caballo? ¿O de la pluma vieja de su tocado? ¿O de su barba
almidonada? Está bien. ¡Lo tendrás, lo tendrás! Vendrá a
casa y te administrará la fricción para la pasión histérica. O,
veamos, creo que también tú debes subir al tablado. Si
quieres, puedes; sí, de veras, puedes, y así te verán de abajo
arriba empezando por los pies. Búscate una cítara, lady
Vanidad y hazte mercadera con el hombre virtuoso; haceos
dos en uno. Yo me proclamaré cornudo y me quedaré con tu
dote. ¿Soy, por ventura, un holandés? ¡Porque si creyeras
que soy italiano, te hubieras condenado antes de hacer esto,
ramera! ¡Hubieras temblado al imaginar que el asesinato de
tu padre, tu madre, tu hermano y toda tu raza habían de
satisfacer mi justicia!
CELIA.– Buen señor mío, tened paciencia.
CORVINO.– ¿Qué menos podías suponer que a ti misma
había de acaecerte sino que yo, en el calor de mi ira, y bajo el

43
aguijón de mi deshonra, había de hundir en ti este acero con
tantos golpes como miradas recibiste de los que te miraron
con ojos de cabra?
CELIA.– ¡Ay, señor, tranquilizaos! Nunca pude suponer
que el asomarme a la ventana pudiera provocar vuestra
impaciencia más que otras veces.
CORVINO.– ¿No? ¿Ni el buscar y sostener palique con un
conocido truhán, delante de una multitud? Fuiste una cómica
con tu pañuelo que él besó dulcemente al recibirlo y que pudo
sin duda devolverte y sin duda te devolvió con una carta
indicando el lugar en que podríais encontraros; la casa de tu
hermana, la de tu madre, la de tus tías bien podrán servir
para el caso.
CELIA.– ¿Cuándo, amado señor, he tomado yo tales
pretextos, o cuándo salgo de casa como no sea para ir a la
iglesia, y eso tan raras veces...?
CORVINO.– Pues, de aquí en adelante, serán menos; y tu
sujeción de antes era libertad comparada con la que ahora
decretaré; por consiguiente, óyeme bien. Primero, mandaré
condenar esa ventana alcahueta; y hasta que esté tapiada,
trazaré una línea de cal a dos o tres varas de distancia; si
sobre la cual, aunque sólo sea por casualidad, pones tu pie
desesperado, caerán sobre ti más infierno, más horror, más
salvaje ira sin remordimientos que pudieran caer sobre un
conjurador que por descuido hubiera salido del círculo de
seguridad antes de llamar al demonio. Además, te pienso
sujetar con un candado y ahora, que lo pienso, te tendré
siempre de espaldas; tu alojamiento estará en la parte trasera
de la casa; andarás hacia atrás; tu caminar será siempre
hacia atrás. Sí, puesto que haces fuerza a mi honrado

44
natural, has de saber que la ligereza del tuyo es la que me
obliga a tratarte de este modo; ya que no pueden contentarse
tus sutiles narices en una habitación agradable sino que
necesitan sorber el aire de los que pasan rancios y
sudorosos. (Llaman dentro.) Alguien llama. Quítate de
delante, que no te vean; te va en ello la vida. Ni mires hacia la
ventana; si lo haces... No, espera, óyeme... que me arruine,
ramera, si no hago contigo una anatomía, diseco lo que me
pertenece, y sobre tu cuerpo, doy una conferencia en la
ciudad y en público. ¡Fuera! (Sale Celia. Entra un criado.)
¿Quién está ahí?
CRIADO.– Es el señor Mosca, señor.
CORVINO.– Hazle entrar. (Sale el criado.) Su amo ha muerto;
siempre viene algún bien a remediar el mal. (Entra Mosca.)
¡Bienvenido, mi Mosca! Adivino qué noticias traes.
MOSCA.– Temo que no podéis, señor.
CORVINO.– ¿No son las de su muerte?
MOSCA.– Más bien lo contrario.
CORVINO.– ¿No su mejoría?
MOSCA.– Sí, señor.
CORVINO.– Estoy maldito, estoy embrujado, mis cruces se
amontonan para fastidiarme. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?
¿Cómo?
MOSCA.– Pues, señor, con el aceite de Scoto. Corbaccio y
Voltore lo trajeron, mientras yo estaba ocupado en el interior
de la casa.
CORVINO.– ¡Muerte de mi vida! Ese condenado
saltimbanqui; ahora mismo lo quisiera matar; no es posible
que su aceite posea tal virtud. ¿No lo he conocido cuando era
un picaro vulgar que iba tocando el violín por las hosterías

45
con una ramera volatinera, y que cuando había hecho todos
sus trucos se contentaba con una pobre cucharada de vino
lleno de moscas? No puede ser. Todos sus ingredientes son
una hiél de carnero, orugas machacadas, un tuétano de
cierva asado y gargajos del hospital; los conozco hasta la
última dracma.
MOSCA.– Ño lo sé, señor; pero le echaron un poco en las
narices, un poco en las orejas y mejoró. Sólo con darle la
fricción...
CORVINO.– ¡Peste de fricción!
MOSCA.– Y luego para mostrarse más serviciales y
cuidadosos de su salud, han llevado, pagándolo carísimo a
todo el colegio de médicos para consultar los medios de
curarlo por completo. Mientras uno recomienda una
cataplasma de especias, otro un mono desollado aplicado
sobre el pecho, el tercero prescribe un perro, el cuarto un
ungüento con pieles de gato salvaje; por fin, todos decidieron
que para sanarlo no existía otro medio que buscar a una
mujer joven, lozana, jugosa para dormir con él; y de este
servicio, por desdicha, estoy ahora encargado, y he pensado
en ponerme de acuerdo con vos y pediros consejo, puesto
que más que a nadie os concierne; porque no quisiera hacer
cosa que contrariase vuestros fines, de los cuales, señor,
dependo absolutamente. Sin embargo, si no cumplo el
encargo, delatarán mi desidia a mi amo y le harán formar mal
concepto de mí, en cuyo caso todas vuestras esperanzas,
fortunas o como queramos llamarlas, se frustran. No hago
sino decíroslo, señor. Además, todos están ahora
compitiendo por ver quién se la ofrece primero; así es que os
lo suplico, decidid algo pronto; prevenidles si podéis.

46
CORVINO.– ¡Muerte de mis esperanzas! ¡Villana fortuna! Lo
mejor es alquilar una cortesana vulgar.
MOSCA.– Sí, eso pensé yo; pero son tan sutiles, están tan
llenas de arte... Y el anciano, chocheando y blando, de modo
que... no puedo decir... pudiéramos por casualidad dar con
una mala yegua que nos estafase a todos.
CORVINO.– Eso es verdad.
MOSCA.– No, no; ha de ser una que no nos haga trampas,
señor. Una mujer sencilla, una criatura especial para el caso,
una moza sobre la que se pueda mandar. ¿No tenéis ninguna
parienta? O cosa así... Pensad, pensad, pensad, pensad,
pensad, pensad, señor. Uno de los doctores ofreció su hija.
CORVINO.– ¿Cómo?
MOSCA.– Sí, el señor Lupo, el físico.
CORVINO.– ¡Su hija!
MOSCA.– ¡Y virgen, señor! Porque ¡ay! conoce el estado de
su cuerpo, sabe lo que es; que nada más que una fiebre le
puede calentar la sangre; no hay conjuro capaz de levantar
su espíritu; un largo olvido se ha adueñado de aquella parte.
No obstante, señor, ¿quién sabe? Una o dos...
CORVINO.– ¡Déjame pensar, te lo ruego! (Pasea de un lado
para otro.) Si cualquier otro hombre tuviera la suerte que yo...
La cosa en sí, ya lo sé, no es nada... Por lo cual, ¿no puedo
mandar en mi sangre y sobreponerme a mis afectos como
ese doctor estúpido? En lo tocante al punto de honor los
casos de una mujer y de una hija son iguales.
MOSCA (aparte).– Ya va acercándose.
CORVINO.—Lo hará: está hecho. ¡Pardiez! Si ese doctor,
que no tiene interés personal en el asunto, ofrece su hija
¿que debo hacer yo que estoy tan hondamente interesado?

47
Me adelantaré a él. ¡Canalla! ¡Canalla codicioso!... Mosca, he
decidido.
MOSCA.– ¿Cómo, señor?
CORVINO.– Lo aseguraremos todo. La persona que andas
buscando será mi propia mujer, Mosca.
MOSCA.– Señor, cosa como ésa, no podía yo aconsejárosla.
Tenía que salir de vos primeramente. Echad vuestra cuenta,
les habéis cortado a todos el cuello. ¡Eso es lo que se llama
tomar posesión directamente! Y en el primer ataque,
podemos acabar con él. No hay sino emplear la almohada en
que apoya la cabeza, y queda ahogado; antes se hubiera
hecho a no ser por vuestras dudas escrupulosas.
CORVINO.– ¡Sí, la peste cargue con ellas! ¡Mi conciencia
oscurece mi ingenio! Está bien. Seré rápido; tú has de serlo
también no sea que alguien se nos adelante. ¡Vete a casa,
prepárale, díle con qué celo y solicitud lo hago; jura que lo
decidí a la primera palabra que me dijiste, como puedes
hacerlo, en verdad, por mi libre voluntad.
MOSCA.– Señor, os garantizo que de tal modo lo he de
convencer que arrojará de casa a todos sus demás clientes
hambrientos. Sólo vos seréis recibido. Mas no vengáis, señor,
hasta que os mande a buscar. Tengo que madurar alguna
otra cosa en beneficio vuestro, que por ahora no debéis
saber.
CORVINO.– Pero no se te vaya a olvidar.
MOSCA.– No temáis. (Sale.)
CORVINO.– ¿Dónde estás, mujer? ¡Celia mía! ¡Mujer!
(Vuelve a entrar Celia.) ¿Qué es eso? ¿Haciendo pucheritos?
Ven, seca esas lágrimas. Te figuraste que hablaba en serio.
¡Bah! Por la luz que nos alumbra, sólo hablé por probarte;

48
creo que la levedad de la ocasión hubiera debido hacértelo
comprender. Acércate. No soy celoso.
CELIA.– ¡No!
CORVINO.– Nunca lo fui, a fe mía; es un humor mezquino y
del que no se saca provecho. ¿Acaso no sé que si las
mujeres quieren hacer una cosa, la hacen a pesar de todas
las guardas del mundo, y que los más fieros espías se
domestican con oro? Ea, confío en ti, ya lo has de ver; y has
de ver también cómo te doy motivo para creerlo. Ven, dame
un beso. Anda, y arréglate a toda prisa, ponte la mejor ropa,
las mejores joyas, sí todas, y con ellas tu mejor cara.
Estamos invitados a una solemne fiesta en casa del viejo
Volpone, en la cual se hará evidente cuan lejos estoy de
celos o de temor. (Salen.)

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA
Una calle. (Entra Mosca.)

MOSCA.– Temo que estoy empezando a enamorarme de mi


Apropia persona, y mis cualidades más prósperas brotan y
echan vastagos; siento en la sangre una a modo de fantasía;
no sé si el éxito no me ha hecho jactancioso. Podría en este
instante, tan flexible me siento, salirme de mi piel como sutil
serpiente. ¡Oh! El parásito es cosa preciosísima, caída de lo
alto, no criada entre terrones y gaznápiros aquí en la tierra.
Me admira que el misterio no se haya convertido en ciencia
puesto que se profesa con tal abundancia. Todo ser cuerdo
en la naturaleza es poco más o menos un parásito o un
49
subparásito... Y no hablo de los que practican mi arte
menguado vagando por la ciudad en busca de quien les dé
de comer; los que no tienen casa, ni familia, ni cuidado, y, a
guisa de anzuelo, forjan cuentos como cebo para los oídos de
los que pasan; o amañan invenciones de cocina y unas
cuantas recetas rancias para halagar al paladar y al bajo
vientre; ni a los otros con sus trucos de perros amaestrados
que saben acariciar y hacer burlas, sacando su renta de
saltos y muecas, haciéndose eco de los señores, lamiéndoles
las motas. Hablo del granuja fino y elegante que sabe
erguirse e inclinarse casi a un tiempo, como una flecha;
cruzar el aire, ágil como una estrella; cambiar de dirección tan
de prisa como una golondrina; y estar aquí y allí y acá y allá,
todo a la vez; presente a todo humor, en toda ocasión,
cambiando de careta más rápidamente que un pensamiento.
Esta es la criatura que ha nacido con el arte dentro; que no
pena para aprenderlo, sino lo practica merced a su
excelentísima naturaleza; y tales centellas son los verdaderos
parásitos, los otros no son sino sus payasos. (Entra Bonario.)
¿Quién es ése? Bonario, el hijo del viejo Corbaccio. La
persona a quien iba buscando precisamente... Señor mío,
felizmente os encuentro.
BONARIO.– ¿Tú a mí? ¡Imposible!
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
BONARIO.– Sigue tu camino, te lo ruego y déjame en paz.
Me desagradaría cambiar palabras con uno como tú.
MOSCA.– Cortés, señor, no desdeñéis mi pobreza.
BONARIO.– No, por el cielo; mas, me has de permitir que
odie tu bajeza.
MOSCA.– ¿Bajeza?

50
BONARIO.– Sí. Respóndeme: ¿No es tu holgazanería motivo
suficiente? ¿Tu adulación? ¿Tus medios de ganarte la vida?
MOSCA.– ¡El cielo me ampare! Esas acusaciones son
demasiado vulgares, señor, y es fácil achacárselas a la virtud
cuando es pobre. No sois mi igual, y, por consiguiente,
vuestra sentencia puede ser justa, mas vos no lo seréis si
antes de conocerme dais en censurarme; San Marcos me es
testigo contra vos; esto es inhumano. (Llora.)
BONARIO (aparte).– ¿Cómo? ¡Llora! Suave y buena señal.
Arrepiéntome de haber sido demasiado duro.
MOSCA.– Es verdad que, sacudido por fuerte necesidad, me
veo forzado a ganar mi pan inseguro harto servilmente; cierto
también que debo hilar mi pobre ropa a fuerza de obediencia,
ya que no he nacido para una libre fortuna, ejerciendo bajos
oficios, separando amigos, dividiendo familias, traicionando
consejos, murmurando falsas mentiras o minando a los
hombres con lisonjas, aumentando su credulidad con
perjurios, corrompiendo la castidad, mas ¡perezca yo y
conmigo toda esperanza de bondad si amo tanto mi propio
fácil bienestar que no prefiera seguir el más áspero y
laborioso camino con tal de redimirme de mi presente mala
fama!
BONARIO (aparte).– Esto no puede ser arrebato fingido. (A
Mosca.) Merezco censura por haberte juzgado mal.
Perdóname, te lo ruego; y di lo que tengas que decir.
MOSCA.– Señor; es cosa que os concierne; y aunque, al
principio parezca que hago ofensa al buen proceder y a la
gratitud que debo a mi amo, por el puro amor que tengo a la
justicia y el odio que me inspira el mal obrar, me veo obligado
a revelarlo. Vuestro padre, a esta hora, está tratando de

51
desheredaros...
BONARIO.– ¿Qué?
MOSCA.– Y arrojaros de sí como ajeno a su sangre; es
cierto, señor; ello no tiene nada que ver conmigo, mas, como
pretendo interesarme por el estado general de la bondad y dé
la verdadera virtud, que según he oído tanto abundan en vos,
y que me fuerzan a respetaros de tal modo, sin segunda
intención, os lo he dicho...
BONARIO.– Este cuento me hace perder mucho de la fe que
habías ganado conmigo; es imposible; no puedo ni pensar
que mi padre pudiera obrar tan contra naturaleza.
MOSCA.– La confianza que tenéis en él honra vuestra piedad
filial; y está sin duda basada en vuestra propia inocencia; lo
cual hace más monstruoso y aborrecible el agravio que
piensan infligiros. Mas, señor, por ahora, os diré más. En este
mismo minuto, ya está hecho o se está haciendo; y si os
place siquiera venir conmigo, os llevaré, no me atrevo a decir
donde veáis, sino donde vuestros oídos puedan ser testigos
de la escritura, donde vos mismo oigáis cómo os proclaman
bastardo y afirman que habéis nacido de la madre tierra.
BONARIO.– ¡Estoy atónito!
MOSCA.– Señor, si no lo hago, desenvainad vuestra justa
espada, y señalad vuestra venganza en mi frente y mi rostro;
mareadme por villano; sufrís demasiado agravio, y yo
padezco por vos, señor. Mi corazón llora sangre de
angustia...
BONARIO.– Guía. Te sigo. (Salen.)

ESCENA SEGUNDA

52
Habitación en casa de Volpone. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– Paréceme que Mosca tarda demasiado... Traed


vuestros juegos, y ayudadme a endulzar el tiempo sin
ventura.

(Entran Nano, Andrógino y Castrone.)

NANO.– Enano, loco y eunuco nos encontraremos aquí, para


resolver la duda de cuál de los tres, ya que somos la
conocida golosina de un hombre rico, puede jactarse de
haber logrado su preferencia en el oficio de agradarle.
CASTRONE.– Yo la reclamo para mí.
ANDRÓGINO.– Y lo mismo hace este loco.
NANO.– Lo cual, en verdad, es locura; dejad que os dé una
reprimenda a ambos. En primer lugar, vuestro enano es
pequeño e ingenioso. Y todo lo que es pequeño es lindo. Si
no es así ¿por qué las gentes dicen en cuanto ven a una
criatura de mi forma: "Eres un lindo monito"? Y ¿por qué un
lindo mónita sino por la agradable imitación de las acciones
de los más grandes hombres por modo ridículo? Además,
este elegante cuerpo mío no pide ni la mitad de alimento,
bebida y tela que uno de vuestros bultos necesita. Admito que
vuestro loco pueda engendrar la risa, pero en cuanto a
ingenio, siempre se quedará atrás. Y aunque ello sea lo que
le da de comer, es lamentable caso que su cuerpo sustente
tan mala cara.

(Llaman dentro.)

53
VOLPONE.– ¿Quién está ahí?... Mi cama... ¡Fuera! ¡Mirad!
Nano, mira. (Salen Andrógino y Castrone.) Dame mis gorros,
antes. Vé a enterarte. (Sale Nano.) ¡Y ahora, Cupido, envía a
Mosca con buena respuesta!
NANO (dentro).– Es la hermosa señora...
VOLPONE.– ...¿Quiero-y-no-puedo?
NANO.– La misma.
VOLPONE.– ¡Ya me cayó encima el tormento! Sírvele de
escudero; porque entrará, o se quedará a vivir aquí para
siempre. Ea, de prisa. (Se retira a su cama.) ¡Ojalá se me
hubiese pasado el ataque! Temo también un segundo
infierno, y es que mi aborrecimiento por ésta me quite el
apetito para la otra. ¡Ojalá estuviera ya despidiéndome!
¡Señor, cómo me atormenta la amenaza de lo que tengo que
sufrir!

(Vuelve a entrar Nano con Lady Politick Would-be.)

LADY POLITICK.– Os doy gracias, buen señor. Os ruego


hagáis saber a vuestro patrón que estoy aquí... Esta cinta no
hace resaltar mi cuello lo bastante... ¿Puedo molestaros,
señor, pidiéndoos que digáis a una de mis doncellas que
entre...? ¡A fe que estoy hoy favorabilísimamente vestida! ¡No
importa! Estoy bastante bien... (Entra la Doncella primera.)
¡Mira, ve cómo esas aturdidas han arreglado esto!
VOLPONE (aparte).– Siento que la calentura me entra por los
oídos. ¡Oh, si hubiera un hechizo para espantarla!
LADY POLITICK.– Acércate más. ¿Está este rizo en su sitio?
¿Y éste? ¿Por qué éste está más alto que todos los demás?
¡Todavía no te has lavado los ojos! ¿O es que ni siquiera los

54
tienes en la cara? ¿Dónde está tu compañera? ¡Llámala!
(Sale la primera Doncella.)
NANO.– ¡Ahora, San Marcos, libertadnos! Ahora va a pegar a
sus doncellas, porque tiene la nariz colorada.

(Entran las Doncellas primera y segunda.)

LADY POLITICK.– Hacedme el favor de mirar este tocado...


¿Está todo en punto o no?
DONCELLA PRIMERA.– Un cabello aquí, sobresale tal vez.
LADY POLITICK.– ¡Tal vez! Y ¿dónde estaba tu preciosa
vista cuando le arreglaste? ¡Tal vez! Y ahora ¿qué, ojos de
pájaro? ¿Y tú también? Acercaos, os lo ruego, y arregladlo.
¡Por la luz que nos alumbra, pienso que no os da vergüenza!
Yo que tantas veces os he predicado lo mismo, os he leído
los principios, he argüido sobre todos los fundamentos,
discutido toda proporción, toda gracia, que os he llamado a
consejo en tan frecuentes pruebas...
NANO (aparte).– Más cuidadosa de ello que de vuestra fama
o vuestra honra.
LADY POLITICK.– Os he explicado qué amplio dote habría
de ser para vosotras el conocimiento de todas esas cosas,
cómo ello sólo os conseguiría maridos nobles al volver a
Inglaterra ¡y así lo descuidáis! Sabiendo además qué gente
tan curiosa son los italianos. ¿Qué van a decir de mí? La
dama inglesa no sabe vestirse. ¡Amable acusación para
vuestro paísl Bueno, seguid vuestro camino, y quedaos en la
habitación inmediata. Este perfume también es demasiado
fuerte; no importa... Buen señor, ¿queréis entretenerlas?

55
(Salen Nano y las Doncellas.)

VOLPONE.– La tormenta se dirige hacia mí.


LADY POLITICK (acercándose al lecho).– ¿Cómo va mi
Volpone?
VOLPONE.– Perturbado por el ruido, no puedo dormir. Soñé
que entraba una extraña Furia, ahora, en mi casa, y que con
la tremenda tempestad de su aliento, arrancaba mi techo.
LADY POLITICK.– Creedme, yo también he tenido el sueño
más temeroso. ¡Si pudiera recordarlo...!
VOLPONE (aparte).– ¡Maldigo mi destino! Le he dado
ocasión de atormentarme; me va a contar los suyos.
LADY POLITICK.– Me parece que la dorada medianía, cortés
y delicada....
VOLPONE.– ¡Oh, si me amáis, no más! Sudo, sufro a la sola
mención de cualquier sueño; sentid como aún tiemblo.
LADY POLITICK.– ¡Ay, alma mía! Eso es mal del corazón. Os
sentaría bien tomar aljófar hervido con jarabe de manzana,
tintura de oro y coral, pildoras de limón, raíz de heliantemo,
ciruelas índicas...
VOLPONE (aparte).– ¡Ay de mí! ¡He atrapado una langosta
por las alas!
LADY POLITICK.– ...seda quemada y ámbar. ¿Tendréis en
casa buen moscatel...?
VOLPONE.– ¿No queréis beber un poco y marcharos?
LADY POLITICK.– No temáis. Dudo si no podremos
conseguir un poco de azafrán inglés; con medio dracma,
habría bastante: unos dieciséis clavos de especia, un poco de
almizcle, menta seca, buglosa y harina de cebada...
VOLPONE (aparte).– ¡Buenos estamos! Antes, fingía

56
dolencias y ahora tengo una.
LADY POLITICK.– Todo ello aplicado con un trozo de tela
escarlata.
VOLPONE (aparte).– ¡Otra inundación de palabras! ¡Un
verdadero torrente!
LADY POLITICK.– Señor, ¿queréis que os prepare una
cataplasma?
VOLPONE.– ¡No, no, no! Estoy muy bien, no necesitáis
recetar más.
LADY POLITICK.– Estudié un poco de medicina, mas ahora
estoy completamente dedicada a la música, excepto en las
mañanas, una hora o dos a la pintura. Quisiera, en verdad,
que una dama entendiera de todo, letras y artes, que fuese
capaz de conversar, de escribir, de pintar, pero lo principal,
como Platón sostiene es la música y lo mismo dice el sabio
Pi-tágoras; ella es nuestro verdadero éxtasis: cuando hay
armonía en el rostro, en la voz, en el vestido; y, en verdad, es
el mejor adorno de nuestro sexo.
VOLPONE.– Un poeta tan antiguo en el tiempo como Platón y
tan sabio como él, dice que la más alta gracia femenina es el
silencio.
LADY POLITICK.– ¿Qué poeta? ¿Petrarca o Tasso o Dante?
¿Guarini, Ariosto, Aretino? ¿Cieco di Hadria? Los he leído a
todos.
VOLPONE (aparte).– ¿Todo ha de ser causa de mi
destrucción?
LADY POLITICK.– Creo que he traído dos o tres conmigo.
VOLPONE (aparte).– ¡El sol, el mar, se quedarán quietos
antes que su lengua eterna! ¡Nada puede escapar de ella!
LADY POLITICK.– Aquí está Pastor Fido...

57
VOLPONE (aparte).– Guardaré obstinado silencio: ésa es mi
más segura salvación.
LADY POLITICK.– Todos nuestros escritores ingleses, quiero
decir los que tienen la felicidad de entender el italiano, se
dignan robar a este autor, principalmente; casi tanto como a
Montaigne; tiene una vena tan moderna y tan fácil, que va
con el tiempo y encanta los oídos de la Corte. Petrarca es
más apasionado, pero en los días del soneto, le empleó
demasiado; Dante es áspero, y pocos pueden comprenderlo,
mas para ingenio desesperado, ahí está Aretino, aunque sus
pinturas son un tanto obscenas... No me hacéis caso.
VOLPONE.– ¡Ay de mí! Tengo la mente perturbada.
LADY POLITICK.– En tales casos, debemos curarnos por
nuestros propios medios, emplear nuestra filosofía...
VOLPONE.– ¡Ay de mi!
LADY POLITICK.– Y si nuestras pasiones se rebelan, salirles
al encuentro con nuestra razón o distraerlas, dando paso a
cualquier otro humor menos peligroso. Lo mismo que en los
cuerpos políticos, nada hay que sobrecoja el juicio y nuble el
entendimiento como fijaros y empeñarse demasiado, como si
dijéramos dejarse esclavizar por un objeto. Porque la
incorporación de esas mismas cosas exteriores, en esa. parte
que llamamos mental, deja ciertas heces que obstruyen los
órganos y, como dice Platón, asesinan al conocimiento.
VOLPONE (aparte).– ¡Espíritu de la paciencia, ampárame!
LADY POLITICK.— Os he de visitar muchos días; y os
pondré bien; os haré reír y estar alegre.
VOLPONE (aparte).– ¡Mi buen ángel me guarde!
LADY POLITICK.– No hubo más que un solo hombre en el
mundo con el que pude simpatizar; y se pasaba, a menudo,

58
tres o cuatro horas seguidas oyéndome hablar; y a veces
estaba tan extasiado que me respondía completamente fuera
de propósito, como vos, y vos sois exactamente como él.
Hablaré, señor, aunque sólo sea para haceros dormir. ¡Cómo
pasamos juntos nuestro tiempo y nuestros amores durante
unos seis años!
VOLPONE.– ¡Oh, oh, oh, oh, oh, oh!
LADY POLITICK.– Porque éramos coetáneos y nos criamos...
VOLPONE (aparte).– ¡No hay poder, no hay destino, no hay
fortuna que venga a rescatarme!

(Entra Mosca.)

MOSCA.– ¡Dios os guarde, señora!


LADY POLITICK.– ¡Buen señor!
VOLPONE.– ¡Mosca! Bien venido, bien llegado para mi
redención.
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
VOLPONE.– ¡Oh! Sácame de esta tortura, rápidamente, aquí.
Esta señora con su voz infinita. ¡Las campanas en tiempo de
pestilencia nunca hicieron semejante ruido ni estuvieron en
movimiento perpetuo! La riña de gallos no tiene comparación
con esto. Toda mi casa ahora está llena de vapor como un
baño gracias a su espeso aliento. Ni un abogado hubiera
logrado hacerse oír; ni hay mujer que haya podido dejar caer
jamás tal granizada de palabras. ¡Por el infierno, llévatela de
aquí!
MOSCA.– ¿Ha regalado algo?
VOLPONE.– ¡Oh, no me importa! ¡Lo que quiero es su
ausencia, a cualquier precio, con cualquier pérdida!

59
MOSCA.– Señora...
LADY POLITICK.– He traído a vuestro patrón un juguete, una
gorra hecha por mis manos.
MOSCA.– Está bien. Había olvidado decíroslo; he visto a
vuestro caballero, donde menos podéis figuraros...
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
MOSCA.– ¡Pardiez! Donde si os dais prisa, lo podréis
alcanzar, remando sobre el agua en una góndola con la más
astuta cortesana de Venecia.
LADY POLITICK.– ¿Es verdad?
MOSCA.– Perseguidle y creed lo que vean vuestros ojos.
Dejadme, yo presentaré vuestro obsequio. (Sale Lady
Politick, apresuradamente.) Estaba seguro de que resultaría;
porque fácilmente las que a sí mismas se permiten mayor
licencia, suelen ser las más celosas.
VOLPONE.– Mosca, gracias de todo corazón, por tu rápida
ficción y mi propia libertad. Y ahora, a mis esperanzas. ¿Qué
me dices?

(Vuelve a entrar Lady Politick.)

LADY POLITICK.– Pero ¿habéis oído, señor?


VOLPONE.– ¡Otra vez! Temo una convulsión.
LADY POLITICK.– ¿En qué dirección navegaban?
MOSCA.– Hacia Rialto.
LADY POLITICK.– Os ruego me prestéis vuestro enano.
MOSCA.– Os ruego que os lo llevéis. (Sale Lady Politick.)
Señor, vuestras esperanzas, como felices y hermosas flores,
prometen oportuno fruto, si esperáis a que maduren; quedaos
en el lecho. Corbaccio va a llegar de un momento a otro con

60
el testamento, cuando se vaya, os diré más.
VOLPONE.– Mi sangre, mi espíritu hanse recobrado; estoy
vivo, y como el jugador cuyo pensamiento le ha dicho al oído:
"No vayas más lejos", pienso que miento y me preparo... para
un encuentro.

(La escena se cierra sobre Volpone.)

ESCENA TERCERA
El pasillo que conduce a la habitación de Volpone. (Entran
Mosca y Bonario.)

MOSCA.– Señor, aquí, escondido (le muestra una alacena),


podréis oírlo todo. Mas, os ruego, señor, tengáis paciencia.
(Llaman.) Precisamente, vuestro padre es quien llama; tengo
que dejaros. (Sale.)
BONARIO.– Vé... Sin embargo no puede imaginar mi
pensamiento que esto sea verdad. (Entra en la alacena.)

ESCENA CUARTA
Otra parte del mismo pasillo. (Entran Mosca y Corvino,, Celia
les sigue.)
MOSCA.– ¡Muerte de mi vidal Habéis venido demasiado
pronto. ¿Qué pretendéis? ¿No os dije que os mandaría
recado?
CORVINO.– Sí, pero temí que se te olvidase, y se nos
adelantaran.
MOSCA (aparte).– ¡Adelantarse! ¡Hubo jamás hombre a

61
quien tanta prisa le corriesen los cuernos! No tendría tanta un
cortesano por un empleo... Bien; ya no tiene remedio.
Quedaos aquí. Ahora vuelvo. (Sale.)
CORVINO.– ¿Dónde estás, Celia? ¿De modo que no sabes
para qué te he traído aquí?
CELIA.– No muy bien, excepto lo que me dijisteis.
CORVINO.– Ahora te lo diré. Escucha. (Salen.)

ESCENA QUINTA
Alacena que da a una galería. (Entran Mosca y Bonario.)

MOSCA.– Señor, vuestro padre ha enviado recado de que


aún tardará media hora en venir; por lo cual si, entretanto, os
place salir a esta galería... allí, en el extremo... hay unos
cuantos libros para pasar el tiempo; y cuidaré, señor, de que
nadie venga a molestaros.
BONARIO.– Sí, aquí me estaré. (Aparte.) Dudo de este
hombre. (Sale de la alacena.)
MOSCA (mirándolo alejarse).– Ahí; queda bastante lejos; no
puede oír nada; y en cuanto a su padre, puedo impedir que
entre. (Sale.)

ESCENA SEXTA
La habitación de Volpone. (Volpone en su lecho. Mosca
sentado junto a él. Entra Corvino que obliga a Celia a entrar
por fuerza.)

CORVINO.— Ahora ya no es posible volverse atrás, y, por lo


tanto, decídete; así lo he decretado, y hay que hacerlo. No

62
me marcharé antes porque quiero evitar todos los ardides y
evasivas que pudieran hacerme faltar a mi palabra.
CELIA.– Señor, permitidme que os ruegue: no empleéis estas
extrañas pruebas; si dudáis de mi castidad, encerradme para
siempre; hacedme heredera de la oscuridad. Dejadme vivir
donde pueda acallar vuestros temores, ya que no merecer
vuestra confianza.
CORVINO.– Créeme; esto no es fingimiento. Digo lo que
quiero decir; todavía no estoy loco. Ea; demuestra que eres
una esposa obediente.
CELIA.– ¡Oh, cielos!
CORVINO.– Te lo digo, hazlo.
CELIA.– ¿Ésta era la añagaza?
CORVINO.– Ya te he explicado las razones; lo que los
médicos han ordenado; de cuánta importancia puede ser para
mí; cuáles son mis compromisos; cuáles mis medios; y la
necesidad de esos medios para salir a flote; por consiguiente,
si eres leal y mía, déjate vencer, respeta mi buena suerte.
CELIA.– ¿Antes que vuestro honor?
CORVINO.– ¿Honor? ¡Batí! Es un suspiro; no existe tal cosa
en la naturaleza; es una mera palabra inventada para asustar
a los necios. ¿Es peor mi oro porque alguien lo toque, mis
ropas porque alguien las mire? Pues esto no es más. Un
desdichado viejo decrépito, que no tiene sentidos ni fuerzas;
que toma su alimento con dedos ajenos; que no sabe más
sino quedarse con la boca abierta si se le queman las encías;
una voz, una sombra. ¿Cómo puede tal hombre dañarte?
CELIA (aparte).– Señor, ¿qué demonio es éste que ha
entrado en él?
CORVINO.– Y en cuanto a tu buena fama, es una canción.

63
¿Acaso he de ir yo a contarlo en la Plaza? ¿Quién lo ha de
saber si él no puede hablar, y en cuanto a su criado tengo sus
labios en el bolsillo? A no ser que tú quieras ir proclamándolo,
no conozco a nadie que lo sepa.
CELIA — ¿Es que el cielo y los santos no son nada? ¿Se han
tornado ciegos y estúpidos?
CORVINO.– ¿Qué dices?
CELIA.– Buen señor mío; seguid siendo celoso; imitadlos;
pensad qué odio arde en ellos hacia todo pecado.
CORVINO.– Te lo garantizo; si pensara que fuese pecado, no
insistiría, si ofreciese esto a cualquier joven francés o a algún
alemán de sangre caliente que hubiese leído al Aretino,
anotado todos sus escritos, conociese las vueltas y revueltas
del laberinto del placer y fuese crítico profesor de lascivia y
estuviese mirándole y le aplaudiese, eso sí sería pecado;
pero aquí, al contrario, es una obra mía, mera caridad
empleada como medicina, discreta política para asegurar mi
propio bien.
CELIA.– ¡Oh cielo, puedes sufrir semejante mudanza!
VOLPONE.– ¡Tú eres mi honor, Mosca, y mi orgullo, mi gozo,
mi excitante, mi deleite! Anda, traélos.
MOSCA (adelantándose).– Dignaos acercaros, señor.
CORVINO.– Ven. ¿No serás rebelde? Con esta luz...
MOSCA.– Señor, el señor Corvino ha venido a veros.
VOLPONE.– ¡Oh!
MOSCA.– Y habiendo tenido noticia de la consulta que
últimamente se ha celebrado acerca de vuestra salud, ha
venido a ofreceros, o mejor dicho, señor, a prostituir...
CORVINO.– Gracias, amable Mosca.
MOSCA.– Libremente, sin que se le pida, sin que se le

64
ruegue...
CORVINO.– Bien.
MOSCA.– Como verdadera, ferviente prueba de su amor, a
su bellísima y propia esposa; la beldad más preciada de
Venecia...
CORVINO.– Bien argumentado.
MOSCA.– Para que sea vuestra confortadora, y os conserve.
VOLPONE.– ¡Ay, ya pasó! Os lo ruego, dadle las gracias por
su buen cuidado y prontitud; pero, en cuanto a eso... es vana
labor luchar contra el cielo; arrimar fuego a una piedra.
(Tose.) ¡Uh, uh, uh, uh! Hacer que una hoja seca vuelva a
crecer. Acepto sus deseos con gratitud... podéis decírselo, y
decidle lo que he hecho en su favor; mas, en mi estado ya no
cabe esperanza. ¡Que rece por mí! Y que use su fortuna con
reverencia, cuando le llegue.
MOSCA.– ¿Lo oís, señor? Acercaos con vuestra esposa.
CORVINO.– ¡Corazón de mi padre! ¿Aún te niegas? Ven,
acércate, te lo suplico, ven. Ya ves como es nada, Celia. ¡Por
esta mano, juro que me harás emplear violencia! ¡Ven, te
digo!
CELIA.– Señor, matadme antes. Tomaré veneno, comeré
carbones ardiendo, haré cualquier cosa...
CORVINO.– ¡Condénate! Corazón, te llevaré arrastrando por
el cabello, desde aquí a casa; diré a gritos por las calles que
eres una prostituta; te rasgaré la boca hasta las orejas; te
despellejaré la nariz como si fuera un lenguado crudo... ¡No
me tientes! Ven. Cede. ¡Te aborrezco!... ¡Muerte de mi vida!
Compraré un esclavo, y lo mataré y te ataré a él, viva, y os
colgaré en la ventana imaginando algún monstruoso crimen
que grabaré en tu piel en letras mayúsculas con agua fuerte y

65
quemantes corrosivos, sobre tu pecho terco. ¡Por la sangre
que has convertido en fuego, lo haré!
CELIA.– Señor, como gustéis; soy vuestra mártir.
CORVINO.– No te obstines así; no lo he merecido; piensa
quién es el que así te ruega... Por favor, dulcísima... Te lo
prometo; tendrás joyas, vestidos, galas, lo que quieras y
pidas. Dale siquiera un beso, o acaricíale al menos... ¡Por
mí!... Porque yo te lo ruego... Sólo una vez... ¡No! ¡No! Lo
recordaré. ¿Así me arruinas? ¿Tienes sed de perderme?
MOSCA.– Gentil señora, dejaos aconsejar...
CORVINO.– No, no. Ha medido el tiempo. Esto es ruindad,
vileza; eres una...
MOSCA.– Calmaos, señor.
CORVINO.– ...una vil langosta, por el cielo, una langosta.
¡Ramera! ¡Cocodrilo que has preparado tus lágrimas
esperando el momento en que te convenga dejarlas correr...!
MOSCA.– Os ruego, señor... Ella considerará...
CELIA.– Si mi vida sirviera para satisfacer...
CORVINO.– ¡Muerte! Si consintiera siquiera en hablarle y
poner a salvo mi reputación, algo sería; ¡mas, consumar
rencorosamente mi propia ruina!
MOSCA.– Sí; ahora habéis puesto vuestra suerte en sus
manos, mas, a fe, se trata de su pudor; hay que absolverla. Si
estuvierais ausente, se mostraría más tratable, lo sé; me
atrevo a dar mi palabra por ella. ¿Qué mujer puede, en
presencia de su marido? Os lo ruego, alejémonos y
dejémosla aquí.
CORVINO.– Dulce Celia mía; aún puedes remediarlo todo; no
te digo más. De lo contrario, date por perdida. Ea, quédate
aquí. (Sale con Mosca, cerrando la puerta.)

66
CELIA.— ¡Oh Dios y sus ángeles buenos! ¿A dónde, a dónde
ha huido la vergüenza de los corazones humanos, para que
con tal facilidad los hombres osen arrojar así nuestro honor y
el suyo? ¿Acaso lo que siempre fue causa de vida, se
considera ahora la más baja circunstancia, y hace del pudor
un desterrado por el dinero?
VOLPONE.– Así es, en Corvino y en entendimiento como el
suyo, alimentados de tierra (saltando del lecho) que nunca
gustaron el verdadero cielo de amor. Puedes estar segura,
Celia, que el que hubiera sido capaz de venderte sólo por la
esperanza, y ésa incierta, de ganar dinero, hubiera vendido
también su parte de Paraíso si hubiera encontrado
comprador. ¿Por qué te espanta verme revivir? Aplaude más
bien el milagro de tu hermosura: ésta es tu grande obra, que
no sólo ahora sino varias veces me exaltó en varias formas,
la última esta mañana en forma de saltimbaqui para poder
verte en tu ventana. Sí, dejando mi oficio por tu amor, habría
competido con el azul Proteo o el encrespado mar. Ahora,
eres bienvenida.
CELIA.– ¡Señor!
VOLPONE.– No huyas de mí, ni dejes que tu engañosa
imaginación te persuada de que soy un inválido confinado en
un lecho; ya irás viendo que no lo soy. Ahora estoy tan
lozano, tan caliente, tan alto y en tan jovial disposición como
cuando en la tan celebrada escena, recitando nuestra
comedia para divertir al gran Valois personifiqué al joven
Antinoo, y atraje las miradas y los oídos de todas las damas
presentes para que admirasen cada uno de mis graciosos
gestos, de mis notas, de mis pasos. (Canta.)
¡Ven, Celia mía, gustemos

67
Mientras podemos,
Los dulces juegos de amor.
El tiempo no es siempre nuestro,
y en separar es maestro
lo que un buen día juntó.
No desdeñemos sus dones.
Sol que se pone
puede volver a salir,
mas, si luz de amor perdernos,
noche perpetua tendremos.
¿Por qué el gozo diferir?
Buena fama es niñería.
¿Quién nuestra culpa sabría?
Robo de amor no es pecado
y aunque se llegue a saber,
de antemano descontado
está el crimen del placer.
CELIA.– ¿Qué rocío maléfico me marchita, qué horrible rayo
cae sobre mi faz culpable?
VOLPONE.– ¿Por qué desmayas mi Celia? Has hallado en
lugar de un marido vil, un amante digno de ti; aprovecha bien
tu fortuna, con secreto y placer. Mira, contempla el tesoro de
que eres reina; no en esperanza, como aquel con que a los
demás alimento, sino en posesión, para servirte de corona.
Mira, aquí hay una sarta de perlas; y cada una de mejor
oriente que aquellas que la bizarra reina egipcia, preciaba,
disolvía y bebía. Mira, un rubí que haría salir de sus órbitas
los dos ojos de San Marcos, un diamante con el que hubiera
podido comprarse a Lollia Paulina cuando se adelantó como
envuelta en fulgor de estrellas, cubierta de joyas que eran

68
despojos de provincias enteras; toma éstas, llévalas,
piérdelas; siempre quedará este zarcillo para volverlas a
comprar, ellas y todo el Estado. Una piedra preciosa que no
vale más que un patrimonio particular no es nada; nos
comeremos una en cada festín. Cabezas de papagayos,
lenguas de ruiseñores, sesos de pavo real y de avestruz
serán nuestro alimento; y si pudiéramos encontrar al ave
Fénix, aunque la naturaleza haya dejado perder su especie,
manjar nuestro sería.
CELIA.– Buen señor, esas cosas pueden mover a un ánimo
inclinado a tales deleites; pero yo, para quien la inocencia es
la única riqueza y el único placer digno de ser gozado y que
una vez perdida, nada me dejará, no puedo ser vencida por
esos cebos sensuales. Si tenéis conciencia...
VOLPONE.– Ésa es la virtud de los mendigos; y si tú tuvieses
cordura, óyeme, Celia, tus baños serían el jugo de las flores
de julio, esencia de rosas y de violetas, leche de unicornios,
aliento de panteras recogido en sacos y mezclado con vinos
de Creta. Nuestras bebidas estarían preparadas con oro y
ámbar; y beberíamos de ellas hasta que el mismo techo
girase a fuerza de vértigo; y mi enano bailaría, mi eunuco
cantaría, mi bufón haría cabriolas mientras nosotros, en
mudadas formas, representaríamos cuentos de Ovidio, tú,
ahora como Europa y yo como Jove, luego yo como Marte y
tú como Erycine; y así hasta qvie hubiésemos recorrido y
agotado todas las fábulas de los dioses. Luego te gozaría en
formas más modernas, ataviada como desenvuelta dama de
Francia, como briosa señora alemana, o como orgullosa
beldad española; a veces como la esposa del Persa o la
amante del gran señor; y para variar, como una de nuestras

69
más astutas cortesanas, o alguna vivaz negra o fría rusa. Te
saldré al encuentro en otras tantas formas diferentes en las
cuales podremos transfundir nuestras almas errantes en
nuestros labios y amontonar sumas de placeres. (Canta.)
Que los curiosos no entenderán,
ni podrán contar.
Que a los envidiosos, cuando les cuenten,
Harán penar...
CELIA.– Si tenéis oídos a los cuales pueda llegar mi voz..., si
tenéis ojos que puedan abrirse..., si tenéis un toque de los
santos... o del cielo... hacedme la merced de dejarme
marchar... Si no, sed generoso y matadme. Bien sabéis que
soy una criatura a quien trajo aquí una mala traición por un
hombre cuya vergüenza podría olvidar si no me negaseis una
de esas dos gracias. Señor, satisfaced vuestra ira mejor que
vuestra lascivia (la ira es vicio que está más cerca de la
virilidad). Y castigad este infeliz crimen de la naturaleza que
llamáis por error mi hermosura; azotad con un látigo mi rostro
o envenenadle con ungüentos por haber suscitado en vuestra
sangre tal rebelión. Frotad estas manos con algo que
produzca devoradora lepra que llegue hasta mis huesos y mis
tuétanos; todo cuanto pueda dañarme, excepto en mi honor...
me pondré de hinojos ante vos, y rezaré por vos, cumpliré mil
votos por hora, por vuestra salud. Reportaos, y pensad que
sois virtuoso...
VOLPONE.– ¿Pensar que soy frío, helado e impotente, y
reportarme así? Pensarías, si así lo hiciera, que tengo la
hernia de Néstor. Estoy degenerando, y agravio a mi nación,
jugando tanto tiempo con la ocasión; hubiera debido empezar
por hacer, y hablar luego. (La sujeta.) ¡Cede o te forzaré!

70
CELIA.– ¡Oh, justo Dios!
VOLPONE.– Es en vano.
BONARIO (que entra precipitadamente).– ¡Perdona, sucio
forzador, cerdo libidinoso! ¡Suelta a esa dama o mueres,
impostor! Si no fuera que no quiero quitarle tu castigo a la
mano de la justicia, podrías servir de adecuado sacrificio de
venganza ante este altar y esta escoria, tu ídolo... Señora,
salgamos de aquí; ésta es la guarida de la villanía; no temáis;
tenéis quien os guarde; y él, dentro de poco, encontrará su
justa recompensa. (Salen Bonario y Celia.)
VOLPONE.– ¡Cae sobre mí, techo y entiérrame en ruinas!
¡Sé mi sepulcro tú que me protegías! ¡Oh! ¡Estoy
desenmascarado, destrozado, deshecho! Condenado a la
mendicidad, a la infamia...

(Entra Mosca, herido y sangrando.)

MOSCA.– ¿Dónde huiré, desdichadísima vergüenza de los


hombres, para saltarme mis malaventurados sesos?
VOLPONE.– Aquí, aquí. ¡Cómo! ¿Estás herido?
MOSCA.– ¡Ojalá su bien dirigida espada hubiera sido lo
bastante cortés para rajarme hasta el ombligo, antes de haber
vivido para ver mi vida, mis esperanzas, mi brío, a mi patrón
tan desesperadamente comprometido, por mi error!
VOLPONE.– ¡Culpa a tu fortuna!
MOSCA.– Y a mis locuras, señor.
VOLPONE.– ¡Me hundes en la miseria!
MOSCA.– Y a mí también, señor. ¿Quién hubiera pensado
que hubiese podido oír así?
VOLPONE.– ¿Qué haremos?

71
MOSCA.– No lo sé; si mi corazón pudiera expiar la mala
ventura, me lo arrancaría. ¿No os place colgarme o cortarme
el cuello? Todo os lo agradecería, señor. Muramos como
Romanos ya que hemos vivido como Griegos.

(Llaman fuera.)

VOLPONE.– ¡Escucha! ¿Quién está ahí? Oigo pasos. ¡Deben


ser alguaciles, corchetes que vienen a prendernos! Ya siento
cómo silba el hierro candente sobre mi frente; ahora, me
duelen las orejas.
MOSCA.—A vuestro lecho, señor. Aprovechadle al menos.
(Volpone se tiende como antes.) Los que tienen culpa, temen
lo que merecen. (Entra Corbaccio.) ¡Señor Corbaccio!
CORBACCIO.– ¿Qué hay? ¿Cómo vamos, Mosca?
MOSCA.— ¡Oh, deshecho, aturdido, señor! Vuestro hijo, no
sé por qué accidente, se enteró de vuestras intenciones en
favor de mi patrón, respecto al testamento y a que ibais a
nombrarle heredero, y entró en nuestra casa con violencia,
con la espada desenvainada, buscándoos, llamándoos
malvado, contra naturaleza, jurando que os había de matar.
CORBACCIO.– ¡A mi!
MOSCA.– Sí, y a mi amo.
CORBACCIO.– Esta acción suya le deshereda en verdad.
Aquí está el testamento.
MOSCA.– Está bien, señor.
CORBACCIO.– Está bien y es justo. Ahora cuida de mis
intereses.

(Entra Voltore sin que lo vean.)

72
MOSCA.– Mi vida, señor, ya no me pertenece. Soy sólo
vuestro.
CORBACCIO.– ¿Cómo está? ¿Crees que se morirá pronto?
MOSCA.– Temo que pase de mayo.
CORBACCIO.– ¿Hoy mismo?
MOSCA.– No, que saldrá de mayo, señor.
CORBACCIO.– ¿No puedes darle una pócima?
MOSCA.— ¡Oh, de ninguna manera, señor!
CORBACCIO.– No es que yo te lo pida.
VOLTORE (adelantándose).– Éste es un bribón, ya lo veo.
MOSCA (viendo a Voltore).– ¿Cómo? ¡Señor Voltore!
(Aparte.) ¿Me habrá oído?
VOLTORE.– ¡Parásito!
MOSCA.– ¿A quién os referís?... ¡Oh, señor, habéis llegado
muy a tiempo!
VOLTORE.– Tarde, temo, para descubrir vuestras tretas.
¿De modo que eres sólo -suyo? Y mío también, ¿no?
MOSCA.– ¿Quién? ¿Yo, señor?
VOLTORE.– Vos, señor. ¿Qué historia es ésa de un
testamento?
MOSCA.– Un ardid en vuestro favor.
VOLTORE.– Ea, no empleéis vuestras trampas para mí; las
oleré de lejos.
MOSCA.– ¿No habéis oído?
VOLTORE.– Sí, he oído que Corbaccio ha nombrado
heredero suyo a vuestro patrón.
MOSCA.– Es cierto; es obra mía que le he movido a ello con
la esperanza...
VOLTORE.– ¿De que vuestro patrón le pague en la misma

73
moneda? ¿Y le habéis prometido?
MOSCA.– Lo hice por vuestro bien, señor. Es más, se lo dije
a su hijo, lo traje aquí, donde pudiese oír a su padre, leer la
escritura; movióme a hacerlo, señor, el pensamiento de que
primero, la contra naturaleza del hecho y luego el oír que su
padre renegaba de él varias veces (cosa que confiaba
conseguir con mi ayuda) seguramente habían de causarle tal
ira que le llevarían a alguna violencia contra su padre, tras lo
cual tendría que intervenir la ley y así vos quedaríais
asentado en esperanzas dobladas. Es verdad, por mi
bienestar y mi conciencia, mi único fin en todo esto ha sido
sacar para vos una fortuna cavando en estos viejos sepulcros
hediondos.
VOLTORE.– Te pido perdón, Mosca.
MOSCA.– Acción digna de vuestra paciencia y de vuestro
gran mérito, señor. ¡Y ved qué mudanza!
VOLTORE.– ¿Qué ha sucedido?
MOSCA.– Una gran desdicha. Vos podréis ayudarnos, señor.
Mientras estábamos esperando a ese cuervo viejo, vino la
mujer de Corvino, enviada por su marido...
VOLTORE.– ¿Con un regalo?
MOSCA.– No, señor, de visita. Luego os lo contaré. Y como
demoraba largo tiempo, el joven se impacientó, salió de su
escondite, se apoderó de la dama, me hirió a mí, la hizo jurar
a ella (asegurándola que si no lo hacía la mataría) que
afirmaría que mi patrón la había hecho violencia; ¡ya veis que
es imposible, señor! y con tal pretexto, se marchó a acusar a
su padre, difamar a mi amo, deshaceros a vos...
VOLTORE.– ¿Dónde está su marido? Mandad que me le
busquen inmediatamente.

74
MOSCA.– Señor, iré yo mismo.
VOLTORE.– Llevadle al Scrutineo.
MOSCA.– Sí, señor.
VOLTORE.– Esto hay que detenerlo.
MOSCA.– Os portáis noblemente, señor. ¡Ay de mí! Todo el
trabajo fue por vuestro bien. No faltó consejo en el plan; mas,
la fortuna puede a cualquier hora hundir los proyectosde cien
clérigos doctos, señor.
CORBACCIO (escuchando).– ¿Qué es esto?
VOLTORE.– Señor, ¿queréis hacerme la merced de salir
conmigo?

(Sale Corbaccio seguido de Voltore.)

MOSCA.– Patrón, id a rezar por nuestro buen suceso.


VOLPONE (alzándose del lecho).– La necesidad engendra la
devoción. ¡El cielo bendiga vuestro trabajo! (Salen.)

ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA
Una calle. (Entran Sir Politick Would-be y Peregrino.)

SIR POLITICK.– Ya os dije, señor, que era una conspiración.


¡Ved qué gran cosa es el observar! Me rogasteis os diese
algunas instrucciones; os diré, señor (ya que estamos en esta
altura de Venecia), algunos detalles que he escrito sólo para
este meridiano, y que debe conocer todo viajero inexperto
como vos; y son los siguientes: No tocaré, señor, a vuestro
modo de hablar y a vuestras ropas que son anticuadas.
75
PEREGRINO.– Señor, las tengo mejores.
SIR POLITICK.– Perdonad; he querido decir en cuanto a
temas.
PEREGRINO.– ¡Oh, señor, proseguid! No volveré a dudar de
vuestro ingenio.
SIR POLITICK.– En primer lugar, vuestro porte debe ser
grave y serio, muy reservado y cauto; no decir un secreto en
ningún caso, ni a vuestro padre; pocas veces, una fábula,
mas con precaución; elegid con cautela vuestras compañías y
vuestras palabras; cuidad de no decir nunca una verdad...
PEREGRINO.– ¡Cómo!
SIR POLITICK.– A los extraños, porque ésos serán aquellos
con quien más tendréis que hablar. A los demás, yo no los
conocería, ni de lejos, para poder librarme de ellos. A cada
hora os pondrán una trampa. Respecto a religión, no
profeséis ninguna, pero maravillaos de la diversidad de todas,
y, por vuestra parte, afirmad que no hay otra sino las simples
leyes de la tierra que puedan satisfaceros; Nicolás
Maquiavelo y monsieur Bodin fueron ambos de esta misma
opinión. Luego, tendréis que aprender a usar los tenedores
de plata en las comidas, y el metal de vuestras copas (eso es
lo que tiene más importancia para los italianos); y saber la
hora a que debéis comer los melones y los higos.
PEREGRINO.– ¿También eso es asunto de Estado?
SIR POLITICK.– Aquí lo es; porque si el veneciano ve a un
hombre absurdo en lo más mínimo, se lanza contra él
inmediatamente. Y es capaz de desplumarlo. Yo os iré
enseñando, señor; llevo viviendo aquí unos catorce meses, y
a la primera semana de llegar, todos me tomaban por
ciudadano de Venecia; tan bien conocía las buenas formas.

76
PEREGRINO (aparte).– Y nada más.
SIR POLITICK.– Había leído a Contarene, había tomado
casa, había tratado con los judíos para que me proveyesen
de muebles... Mas, si pudiera encontrar un hombre, uno que
me llegase al corazón, de quien poder fiarme, haría...
PEREGRINO.– ¿Qué, señor?
SIR POLITICK.– Le haría rico; le haría conseguir una fortuna.
No tendría que volver a pensar. Yo lo dirigiría todo.
PEREGRINO.– ¿En qué?
SIR POLITICK.– Con ciertos proyectos que tengo; y que no
descubriré.
PEREGRINO (aparte).– Si tuviera alguien con quien apostar,
apostaría a que me los evienía inmediatamente.
SIR POLITICK.– Uno de ellos, y ése no me importa
grandemente que lo sepan, es cómo abastecer al Estado de
Venecia de arenques rojos durante tres años, a cierto precio
desde Rotterdam donde tengo corresponsales. Hay una carta
que me ha sido enviada por uno de los hombres que allí
gobiernan a este propósito; no puede escribir su nombre pero
trae su marca.
PEREGRINO.– ¿Es un abacero?
SIR POLITICK.– No, un fabricante de queso. Hay otros con
quienes estoy en tratos para la misma negociación; y la
emprenderé, porque me será fácil llevarla a cabo, lo he
proyectado todo. La barca, una caraba, no lleva más que tres
hombres y un grumete, y hará tres viajes al año: así, con que
llegue uno de los tres, el negocio está en salvo; si dos, podré
bajar el precio de la mercadería... Pero eso únicamente si me
falla mi principal proyecto.
PEREGRINO.– ¿Tenéis, pues, otros?

77
SIR POLITICK.– Me avergonzaría respirar el aire sutil de un
lugar como éste, si no tuviera mil. No finjo, señor; a donde
quiera que voy me place meditar; y lo cierto es que, en mis
horas libres, he pensado en ciertas mercaderías que pudieran
introducirse en Venecia y a las cuales llamo mis reservas, y
las cuales tengo propósito, mediante una pensión, de
proponer al Gran Consejo, ya al de los Cuarenta ya al de los
Diez... Los pasos están ya dados...
PEREGRINO.– ¿Por quién?
SIR POLITICK.– Por alguien, señor, que aunque su posición
sea oscura, puede influir y obligar a que le oigan. Es un
alguacil.
PEREGRINO.– ¡Cómo! ¿Un vulgar sargento?
SIR POLITICK.– Señor mío, aunque parezcan poca cosa, si
se les ponen en la boca las palabras que deben decir, a
veces, sirven tanto como los más grandes. Creo que tengo
aquí mis notas; os las mostraré. (Rebusca en sus bolsillos.)
PEREGRINO.– ¡Buen señor!
SIR POLITICK.– Mas, habéis de jurarme por vuestra fe de
caballero, no anticipar...
PEREGRINO.– ¡Yo, señor!
SIR POLITICK.– No revelar ni un solo detalle... No tengo aquí
el papel.
PEREGRINO.– Seguramente, podéis recordar, señor.
SIR POLITICK.– Mi primer proyecto se refiere a los
encendedores de yesca. Habéis de saber que aquí no hay
familia sin su encendedor, el cual siendo cosa tan portátil,
pongamos por caso que vos o yo fuésemos enemigos del
Estado; llevándolos, pasaríamos por ciudadanos de Venecia
y podríamos entrar y salir libremente en el arsenal sin que

78
nadie sospechase nuestras intenciones...
PEREGRINO.– ¡Señor!
SIR POLITICK.– Prosigamos. En vista de lo cual, pienso
advertir al Estado de lo muy conveniente que sería que no se
consintiese tener en su casa objeto semejante sino a los
verdaderos amantes de su país, conocidos como verdaderos
patriotas; y hasta éstos, habrían de llevarlos a sellar a una
oficina y ser de tal tamaño que no pudieran esconderse en un
bolsillo.
PEREGRINO.– ¡Admirable!
SIR POLITICK.– Otro de mis proyectos es cómo daros cuenta
y resolver con una demostración perentoria si un barco recién
llegado de Soria o de cualquier otro punto sospechoso de
Levante trae la peste a bordo, evitando así que pierda, como
ahora se acostumbra, cuarenta y a veces cincuenta días en el
lazareto; ahorraré de este modo gasto y pérdida a los
comerciantes y en una hora aclararé la duda.
PEREGRINO.– ¿De veras, señor?
SIR POLITICK.– O... perderé mi trabajo.
PEREGRINO.– Gran cosa a fe mía.
SIR POLITICK.– Comprendedme, señor. Me costará en
cebollas, unas treinta libras venecianas, que son una libra
esterlina. Además de mis obras hidráulicas; para esto, lo
primero que haré es colocar al barco entre dos muros de
ladrillo; ésos, desde luego, tendría que construirlos el Estado.
En uno de los muros hago tender un lienzo alquitranado, y
sobre él clavo las cebollas partidas en dos mitades; el otro
muro estará lleno de agujeros, en los cuales introduciré los
tubos de otros tantos fuelles; y esos fuelles los conservaré en
movimiento perpetuo por medio de la fuerza hidráulica, lo cual

79
es la cosa más sencilla del mundo. Ahora bien, señor, la
cebolla, naturalmente, atrae la infección, y como los fuelles
soplarán sobre ellas demostrarán instantáneamente, por el
cambio de color, si existe el contagio; y si no existe,
permanecerán tan blancas como de costumbre... Ea, ya lo he
dicho... no tiene importancia.
PEREGRINO.– Tenéis razón, señor.
SIR POLITICK.– Quisiera tener aquí mis notas.
PEREGRINO.– Yo también lo quisiera; mas, por una vez,
habéis acertado.
SIR POLITICK.– Si no fuese leal, podría demostraros con
razones cómo me sería posible vender este estado al Turco,
a pesar de sus galeras y de sus... (Rebusca sus papeles.)
PEREGRINO.– Os ruego, señor, que me lo expliquéis.
SIR POLITICK.– No tengo los papeles.
PEREGRINO.– Lo temía. Aquí están, señor.
SIR POLITICK.– No. Esto es mi Diario en el que anoto cuanto
hago en el día.
PEREGRINO.– Os ruego, señor, que me lo dejéis ver. ¿Qué
es esto? (Lee.) Notandum. Una rata ha roído las correas de
mis espuelas; en vista de lo cual las mandé poner nuevas y
seguí adelante; pero antes tiré tres habichuelas por encima
del umbral, ítem, salí a comprar dos mondadientes, uno de
los cuales quebré inmediatamente en una discusión con un
mercader holandés acerca de la "razón de Estado". Desde allí
fui a pagar un moccinigo por remendar los puntos de mis
medias de seda; en el camino, regateé unas cuantas
anchoas; y en San Marcos, oriné. ¡Son notas políticas, a fe
mía!
SIR POLITICK.– Señor mío, no dejo pasar sin anotarla

80
ninguna acción de mi vida.
PEREGRINO.– ¡Cosa muy prudente!
SIR POLITICK.– ¡Seguid leyendo!

(Entran, a distancia, Lady Politick, Nano y las dos Doncellas.)

LADY POLITICK.– ¿Dónde creéis que estará ese caballero


perdido? Seguro se ha vuelto a casa.
NANO.– Muy rápido es entonces.
LADY POLITICK.– Sí, compite conmigo. Deteneos, os lo
ruego. Este calor hace más daño a mi cutis de lo que vale su
corazón. (No me interesa impedir que me engañe sino
pescarlo en falta.) (Frotándose las mejillas.) ¡Cómo se me
corre el colorete!
DONCELLA PRIMERA.– ¡Ahí está el señor!
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
DONCELLA SEGUNDA.– Con un joven caballero.
LADY POLITICK.– ¡Es ella, es ella, vestida de hombre! ¡Os lo
ruego, señor, llamad la atención a mi caballero; quiero dejar a
salvo su reputación, aunque no lo merece.
SIR POLITICK (viéndola).– ¡Mi esposa!
PEREGRINO.– ¿Dónde?
SIR POLITICK.– Sí, ella es. Quiero presentárosla. ¡Es,
aunque no fuese mía, dama de tal mérito tanto en la
elegancia como en el comportamiento! Y en cuanto a
hermosura, me atrevo a compararla...
PEREGRINO.– A lo que se ve, no sois celoso cuando tanto
osáis alabarla.
SIR POLITICK.– ¡Y en la conversación!
PEREGRINO.– Siendo esposa vuestra no podría ser de otro

81
modo.
SIR POLITICK (presentando a Peregrino).– Señora, os
presento a este caballero. Tratadlo bien, os lo suplico. Parece
un jovenzuelo, pero...
LADY POLITICK.– Pero no lo es.
SIR POLITICK.– Aunque haya salido tan temprano a afrontar
el mundo...
LADY POLITICK.– ¿Tan temprano? ¿Queréis decir hoy?
SIR POLITICK.– ¿Qué queréis decir vos?
LADY POLITICK.– Quiero decir en ese traje, señor mío. Me
comprendéis de sobra... ¡Ay, señor, esto no es digno de vos!
Hubiera querido creer que el perfume de vuestro buen
nombre era más precioso para vos; que no erais capaz de
plantear así vuestro honor, sin contar vuestra seriedad y
vuestro rango! Mas, ya lo veo; los caballeros dan poca
importancia a los juramentos que hacen a las damas;
especialmente si son sus esposas.
SIR POLITICK.– ¡Juro por mis espuelas que son el símbolo
de mi caballería...!
PEREGRINO (aparte).– ¡Cómo se humilla su cerebro para ir
a buscar un juramento!
SIR POLITICK.– ¡...que no os comprendo!
LADY POLITICK.– Está bien... vuestra diplomacia puede
arreglarlo así... (A Peregrino.) Señor, una palabra. Aborrezco
pelear en público con dama ninguna o parecer mal educada y
violenta, cosas demasiado rústicas para una Lady, y que
procuro evitar por todos los medios; y merezca lo que quiera
de Sir Politick, no puedo menos de considerar como un
solecismo y una falta de buenas maneras para con nuestro
sexo el que así obligue a una dama digna a ser instrumento

82
para agraviar a otra a quien no conoce, si y a persistir en mi
presencia...
PEREGRINO.– Señora, ¿qué es esto?
SIR POLITICK.– Dulce señora mía, si os dignarais aclarar un
poco lo que os proponéis...
LADY POLITICK.– Así lo haré, señor, ya que me provocáis
con vuestra insolencia y con la risa de esta vuestra sirena de
tierra adentro de vuestro Sporo, de vuestro hermafrodita...
PEREGRINO.– ¿Qué es esto? ¿Furia poética, tormenta
histórica?
SIR POLITICK.– Este caballero, creedlo, es hombre de valor.
Y pertenece a nuestra nación.
LADY POLITICK.– Sí, a la vuestra. ¡Me ruborizo por vos,
milord, me avergüenzo de que carezcáis de sentido común
hasta el punto de hacer el papel de patrono o de San Jorge
con una liviana ramera, con una vil mujer, con un demonio
femenino, vestida de hombre!
SIR POLITICK.– Señora, puesto que así tomáis las cosas, me
veo obligado a renunciar al deleite de vuestra presencia. Este
caso parece demasiado líquido. (Sale.)
LADY POLITICK.– ¡Sí, podéis ponerlo en claro con vuestra
cara de diplomático! (A Peregrino.) Si no fuera por vuestra
carnavalesca concupiscencia que no sirve para huir con
libertad de conciencia de la furiosa persecución del alguacil,
yo tomaría venganza por mi propia mano con una disciplina...
PEREGRINO.— ¡Linda cosa a fe mía! ¿Usáis a menudo el
procedimiento? ¿Forma parte de vuestros ejercicios de
ingenio siempre que halláis ocasión? Señora...
LADY POLITICK.– Podéis seguir si os place.
PEREGRINO.– ¿Me oís, milady? Si vuestro caballero os

83
emplea para hacer amigos o quiere invitarme a su casa,
pudiera haberlo hecho con más franqueza.
LADY POLITICK.– Con eso no podréis libraros de mis redes.
PEREGRINO.– ¿Acaso estoy ya en ellas? Ciertamente,
vuestro marido me dijo que erais hermosa, y lo sois, pero
vuestra nariz se alza demasiado para mirar al sol y hace salir
la nuez en vuestro cuello...
LADY POLITICK.– ¡Esto no puede tolerarse con paciencia!

(Entra Mosca.)

MOSCA.– ¿Qué sucede, señora?


LADY POLITICK.– Si el Senado no me hace justicia en este
caso, protestaré ante el mundo entero diciendo que aquí no
hay aristocracia.
MOSCA.– ¿Quién os ha injuriado, señora?
LADY POLITICK.– ¿Quién ha de ser? La ramera de que me
hablasteis y que he atrapado aquí, disfrazada.
MOSCA.– ¿Quién? ¿Éste? ¿Qué quiere decir vuestra
señoría? La persona de quien os hablé ya está presa y
comparece ante el Senado; la veréis...
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
MOSCA.– Yo os guiaré. A este joven caballero le vi
desembarcar esta mañana en el puerto.
LADY POLITICK.– ¡Es posible! ¿Dónde tenía yo el juicio?
Señor, ruborizándome, debo deciros que cometí un error; y os
suplico me perdonéis.
PEREGRINO.– ¿Más mudanzas?
LADY POLITICK.– Espero que no tendréis la malicia de
recordar un arrebato de mujer. Si os quedáis en Venecia,

84
servios de mí, señor, os lo ruego...
MOSCA.– ¿No queréis que vayamos, señora?
LADY POLITICK.– Sí, os lo suplico, servios de mí; cuanto
más me veáis, más segura estaré de que habéis olvidado
nuestra querella.

(Salen Lady Politick, Mosca, Nano y las dos Doncellas.)

PEREGRINO.– ¡Esto es raro! ¿Sir Politick Quiero-y-no-


puedo? No; Sir Politick rufián. ¡Hacerme conocer de este
modo a su mujer! Está bien, prudente sir Pol, puesto que así
habéis abusado de mi inexperencia, intentaré saber si vuestra
cabeza llena de sal está a prueba de un contra ardid. (Sale.)

ESCENA SEGUNDA
El Scrutineo o Casa del Senado. (Entran Voltore, Corbaccio,
Corvino y Mosca.)

VOLTORE.– Bueno, ahora que sabéis cómo hay que llevar el


asunto, todo lo que se requiere para sacarlo adelante es
vuestra constancia.
MOSCA.– ¿Está la mentira seguramente comunicada a todos
nosotros? ¿Estáis seguro de ello? ¿Sabe cada uno su papel?
CORVINO.– Sí.
MOSCA.– Siendo así, no hay que volverse atrás.
CORVINO.– Pero el abogado ¿sabe la verdad?
MOSCA.– ¡Oh, señor, de ninguna manera! Yo he inventado
un cuento formal que pone a salvo vuestra reputación. ¡Sed
valiente, señor!

85
CORVINO.– No temo sino que él pueda pretender que el
defender nuestra causa le convierta en coheredero.
MOSCA.– ¡Co-demonio! ¡Que lo cuelguen! No haremos más
que usar de su lengua, de su ruido.
CORVINO.– ¿Y él qué va a hacer?
MOSCA.– ¿Cuando hayamos terminado?
CORVINO.– Sí.
MOSCA.– Ya lo pensaremos. Lo venderemos como una
momia. Ya está medio convertido en polvo... (A Voltore.) ¿No
os hace sonreír ver a este búfalo empeñado en darle vueltas
a la cabeza? (Para si.) Yo también lo haría si todo hubiese
terminado para bien. (A Corbaccio.) Señor, sólo vos
recogeréis la cosecha completa, y éstos no saben para quién
están trabajando.
CORBACCIO.– Sí, callad.
MOSCA (volviéndose hacia Corvino).– Sólo vos comeréis.
(Aparte.) ¡Y mucho! (A Voltore.) Dignísimo señor, Mercurio se
pose sobre vuestra lengua, o tal vez Hércules y haga vuestro
len
guaje tan irresistible como su maza para que podáis aplastar
como con una tempestad a nuestros adversarios; mucho más
vuestros que de nadie, señor.
VOLTORE.– Ahí vienen. Apartaos.
MOSCA.– Señor, si lo habéis menester, puedo presentar otro
testigo.
VOLTORE.– ¿Quién es?
MOSCA.– Una dama, señor.

(Entran los Jueces y ocupan sus asientos. Entran también


Bonario, Celia, el Notario, Alguaciles, Corchetes y otros

86
Oficiales de justicia.)

JUEZ PRIMERO.– Nunca se ha presentado ante el Senado


caso como éste.
JUEZ SEGUNDO.– Extrañísimo ha de parecer cuando
informemos sobre él.
JUEZ CUARTO.– La señora siempre ha gozado fama de
irreprochable.
JUEZ TERCERO.–Y lo mismo el mancebo.
JUEZ CUARTO.– El proceder más contra naturaleza es el del
padre.
JUEZ SEGUNDO.– Más lo es el del marido.
JUEZ PRIMERO.– No acierto qué nombre dar a acto tan
monstruoso.
JUEZ CUARTO.– Pero el impostor es un ser que no ha tenido
ejemplo.
JUEZ PRIMERO.– No lo tendrá en los tiempos venideros.
JUEZ SEGUNDO.– Nunca había oído hablar de un sibarita
semejante.
JUEZ TERCERO.– ¿Están presentes todos los citados a
comparecer?
NOTARIO.– Todos menos el viejo magnífico Volpone.
JUEZ PRIMERO.– ¿Y por qué no está aquí?
MOSCA.– Con permiso de vuestras paternidades, aquí está
su abogado. Él está tan enfermo, tan débil...
JUEZ CUARTO.– ¿Vos quién sois?
BONARIO.– Su parásito, su lacayo, su alcahuete; pido al
tribunal que se le obligue a venir para que vuestros austeros
ojos, puedan ser fuertes testigos de sus extrañables
imposturas.

87
VOLTORE.– Por mi fe y fiado en vuestras virtudes aseguro
que no es capaz de soportar el aire libre.
JUEZ SEGUNDO.– Traedle, sin embargo.
JUEZ TERCERO.– Queremos verlo.
JUEZ CUARTO.– Mandadlo a buscar.
VOLTORE.– La voluntad de vuestras paternidades será
obedecida. (Salen algunos alguaciles.) Mas, seguramente, su
vista más ha de moveros a lástima que a indignación. Si al
tribunal le place, entre tanto, puede escucharme. Sé que este
lugar está vacío de todo prejuicio, y por consiguiente ansio
hacerme oír, ya que no tengo motivo de temer que nuestra
verdad perjudique a nuestra causa.
JUEZ TERCERO.– Hablad libremente.
VOLTORE.– Siendo así, honorabilísimos padres, debo ahora
denunciar a vuestros oídos extrañamente engañados, el más
prodigioso y descarado ejemplo de sólida insolencia y traición
que jamás produjo la naturaleza viciosa para vergüenza del
Estado de Venecia. Esa mujer liviana (señalando a Celia) que
no ha menester artificios ni lágrimas para ayudar a la
máscara que oculta su verdadero rostro, hace tiempo que se
sabe comete en secreto adulterio con este lascivo mancebo
(señalando a Bonario); no se sospecha, digo, se sabe de
cierto, y ha sido sorprendida en el acto precisamente con él,
por este hombre, su propio marido que la perdonó. Y esa
inoportuna magnanimidad suya le ha traído aquí como
desdichadísima e inocente víctima; porque ellos no han
sabido reconocer don de misericordia tan alta sino añadiendo
a su vergüenza, ya que colocados por encima de toda fuerza
de gratitud, empezaron a aborrecer el beneficio recibido; y, en
lugar de agradecer, decidieron extirpar la memoria de

88
semejante acción. Ruego, por lo tanto, a vuestras
paternidades que reparen en la maldad, diré más en la rabia
que estas criaturas ponen de manifiesto en sus maldades. ¡Y
qué aliento sacan hasta de sus crímenes!... Mas de esto
pronto tendréis más clara evidencia... Este otro caballero,
padre del joven, al enterarse de esta conducta abominable
que referente a éste y a otros actos llegaban a diario a sus
oídos demasiado amantes, dolido tanto más cuanto que no
podía dejar de sentirse padre, por el extraño y cada día
aumentado torrente de la maldad de su hijo, por fin, decidió
desheredarlo.
JUEZ PRIMERO.– ¡Qué lances tan extraños!
JUEZ SEGUNDO.– Este mancebo ha gozado siempre fama
de honrado y honesto.
VOLTORE.– Por eso hay mucho más peligro en su vicio que
así puede engañar bajo la sombra de la virtud. Mas, como
digo, reverendísimos señores, su padre, una vez decidido su
propósito... no sabemos por qué medios alguien lo traicionó y
descubrió el día señalado para hacer la escritura. Y este
parricida, porque no puedo darle mejor nombre, habiendo
tramado con su amante y preparado lo necesario para que
ella estuviera presente, entró en la casa de Volpone (que era,
sépanlo vuestras paternidades el hombre designado para ser
su heredero) buscando allí a su padre... Mas ¿con qué
propósito lo buscaba, señores? Tiemblo al decir que un hijo
para un padre, ¡y qué padre! haya podido abrigar tan
malvado, tan felón intento. ¡Fue para asesinarlo! No dominó
sus malos pensamientos. ¡La maldad una vez empezada no
termina! Imposibilitado de hacerlo por su felicísima ausencia
¿qué hizo? Arrastró al anciano que yacía en la cama

89
impedido desde hacía más de tres años, y, desnudo, lo arrojó
al suelo, y allí lo dejó. ¡Qué acción horrible, padres! Más
hazañas: hirió a su sirviente en el rostro; y con esta ramera
que, endurecida en su maldad común, había consentido en
ayudarlo (aquí deseo que vuestras paternidades reparen en
la sutileza de mis deducciones), pensó inmediatamente en
contrarrestar las intenciones de su padre, desacreditar la libre
elección que había hecho en el anciano caballero y redimirse
ellos infamando a aquel hombre a quien, con vergüenza,
debieran agradecer sus vidas.
JUEZ PRIMERO.– ¿Qué pruebas tenéis de todo eso?
BONARIO.– Honradísimos padres, humildemente os pido no
deis crédito a la lengua mercenaria de este hombre.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Reportaos!
BONARIO.– Su alma se mueve a compás de lo que cobra.
JUEZ TERCERO.– ¡Oh, señor!
BONARIO.– Este individuo, por seis sueldos más es capaz de
pleitear contra su Hacedor.
JUEZ PRIMERO.– Os olvidáis...
VOLTORE.— No, no, graves padres, dejadle que se
desahogue. ¿Cómo nos vamos a figurar que ha de tener
consideración con su acusador, quien estaba dispuesto a
quitar la vida a su padre?
JUEZ PRIMERO.– Está bien. Presentad vuestras pruebas.
CELIA.– ¡Quisiera poder olvidar que soy un ser vivo!
VOLTORE.– ¡Señor Corbaccio!

(Corbaccio se adelanta.)

JUEZ CUARTO.– ¿Quién es éste?

90
VOLTORE.– El padre.
JUEZ SEGUNDO.– ¿Ha prestado juramento?
NOTARIO.– Sí.
CORBACCIO.– Y ahora, ¿qué tengo que hacer?
NOTARIO.– Os piden vuestro testimonio.
CORBACCIO.– ¡Hablar yo con ese truhán! Antes quiero que
me tapen la boca con tierra. Mi corazón aborrece el
conocerlo. Reniego de él.
JUEZ PRIMERO.– Mas ¿por qué causa?
CORBACCIO.– ¡Ese monstruo de la naturaleza! No tiene
nada que ver con mi sangre.
BONARIO.– ¿Os han mandado que digáis eso?
CORBACCIO.– ¡No quiero oírte! ¡Monstruo entre los
hombres, cerdo, cabra, lobo, parricida! ¡No hables, víbora!
BONARIO.– Señor, me sentaré. Prefiero que sufra mi
inocencia a resistir a la autoridad de un padre.
VOLTORE.– ¡Señor Corvino!

(Corvino se adelanta.)

JUEZ SEGUNDO.– Esto es extraño.


JUEZ PRIMERO.– Éste ¿quién es?
NOTARIO.– El marido.
JUEZ CUARTO.– ¿Ha jurado?
NOTARIO.– Ha jurado.
JUEZ TERCERO.– Hablad entonces.
CORVINO.– Esta mujer, con permiso de vuestras
paternidades, es una ramera, más caliente que una perdiz en
celo...
JUEZ PRIMERO.– ¡Basta!

91
CORVINO.– Relincha como una jaca...
NOTARIO.– Respetad el honor del tribunal.
CORVINO.– Así lo haré, y el pudor de vuestros
reverendísimos oídos. A pesar de lo cual, espero poder decir
que estos ojos la han visto pegada a ese pedazo de cedro, a
ese apuesto galán; y que poseo cartas que pueden leerse y
que pondrán en claro el cuento.
MOSCA.– ¡Excelente, señor!
CORVINO (aparte a Mosca).– Creo que no hay vergüenza en
haber dicho esto.
MOSCA.– Ninguna.
CORVINO.– Aunque hubiese dicho que espero que se
condenará si existe infierno más grande que una mala mujer;
un buen católico podría dudarlo.
JUEZ TERCERO.– Su agravio lo ha enloquecido.
JUEZ PRIMERO.– Sáquenle de aquí.
JUEZ SEGUNDO.– Mirad a la mujer.

Celia se desmaya.)

CORVINO.— ¡Exquisito! ¡Qué bien sabe fingir!


JUEZ CUARTO.– Apartaos de ella.
JUEZ PRIMERO.– Hacedle aire.
JUEZ TERCERO (a Mosca).– ¿Qué podéis decir vos?
MOSCA.– Mi herida, con licencia de vuestra sabiduría, habla
por mí. La recibí cuando acudí a amparar a mi amo, cuando
él no encontró a su padre al que venía buscando, cuando esa
dama bien aleccionada empezó a gritar que la violentaban.
BONARIO.– ¡Oh premeditadísima impudencia! Padres...
JUEZ TERCERO.– Guardad silencio. Se os ha dejado hablar

92
libremente y ellos tienen derecho también a hacerse oír.
JUEZ SEGUNDO.– Empiezo a sospechar que en esto hay
impostura.
JUEZ CUARTO.– Esa mujer tiene muchas tretas.
VOLTORE.– Austeros padres, es una ramera de la más
descarada y prostituida liviandad.
CORVINO.– Impetuosísima, insatisfecha, austeros padres.
VOLTORE.– ¡Ojalá sus fingimientos no induzcan en error a
vuestras sabidurías! Hoy, sin ir más lejos, con sus miradas
incitadoras y sus lascivísimos besos, rindió a un grave
caballero, un extranjero. Este hombre los vio juntos en el
canal, en una góndola.
MOSCA.– Además, aquí está la esposa del caballero que
tambien los vio, que los sorprendió y los persiguió por las
calles, sólo para salvar el honor de su caballero.
JUEZ PRIMERO.– Traed a la señora.

(Sale Mosca.)

JUEZ SEGUNDO.– Que entre.


JUEZ CUARTO.– Tales cosas nos llenan de asombro.
JUEZ TERCERO.– Estoy hecho una piedra.

(Vuelve a entrar Mosca con Lady Politick.)

MOSCA.– ¡Sed fuerte, señora! (Le señala a Celia.)


LADY POLITICK.– ¡Sí, es la misma! ¡Oh, ramera, camaleón!
Ahora, tus ojos compiten en lágrimas con los de una hiena.
¿Te atreves a mirar mi agraviado rostro?... (A los jueces.) Os
pido perdón. Temo haber transgredido involuntariamente

93
contra la dignidad del tribunal.
JUEZ SEGUNDO.– No, señora.
LADY POLITICK.– Y haber sido exorbitante.
JUEZ SEGUNDO.– De ninguna manera, señora.
JUEZ CUARTO.– Estas pruebas son fuertes.
LADY POLITICK.– Seguramente, no ha sido mi propósito
escandalizar a vuestros Honores ni a mi propio sexo.
JUEZ SEGUNDO.– Así lo creemos.
LADY POLITICK.– Seguramente, podéis creerlo.
JUEZ SEGUNDO.– Lo hacemos, señora.
LADY POLITICK.– Podéis hacerlo, en verdad; mi educación
no es tan ruda...
JUEZ CUARTO.– Lo sabemos.
LADY POLITICK.– ...que me consienta ofender con pertinacia
...
JUEZ TERCERO.– Señora...
LADY POLITICK.– ...¡a tan altas presencias! No,
seguramente.
JUEZ PRIMERO.– Así lo creemos.
LADY POLITICK.– Debéis creerlo.
JUEZ PRIMERO.– Dejad que vuelva en sí. (A Bonario.) ¿Qué
testigos tenéis para apoyar vuestra denuncia?
BONARIO.– Nuestras conciencias.
CELIA.– Y el Cielo que nunca abandona al inocente.
JUEZ CUARTO.– Ésos no son testigos.
BONARIO.– No en vuestros tribunales donde la multitud y el
escándalo vencen.
JUEZ PRIMERO.– Estáis lindando con la insolencia.

(Vuelven a entrar los Alguaciles trayendo a Volpone en una

94
camilla.)

VOLTORE.– ¡Aquí, aquí viene el testigo que convencerá y


hará enmudecer sus osadas lenguas! ¡Vedle, austeros
padres, éste es el seductor, el raptor de esposas ajenas, el
gran impostor, el gran sibarita! ¿No creéis que esos
miembros conservan afición a la lascivia? ¿O que esos ojos
codician una concubina? Os lo ruego, mirad esas manos; ¿no
son propias para acariciar los pechos de una dama?... Tal vez
finge...
BONARIO.– Así es.
VOLTORE.– ¿Querríais que le diesen tormento?
BONARIO.– Quisiera que le sometiesen a prueba.
VOLTORE.– Mejor será probarle con pinchos, con hierros
candentes. Ponedle en el potro; dicen que el tormento cura la
gota, dádsele, a fe mía, y ayudadle a librarse de una
enfermedad. Mas si me dais licencia, respondo de que le
quedan otras tantas como adúlteros ha tratado ella (por Celia)
o rameras tú... (A Bonario.) ¡Oh, soberanamente ecuánimes
oyentes míos, si hazañas como éstas, si actos de tal osadía y
tan exorbitante horror pueden pasar con tolerancia! ¿qué
ciudadano rio tendrá su vida y su fama en manos del que se
atreva a denunciarlo? ¿Cuál de vosotros, honradísimos
padres me atrevo a preguntar? Preguntaré con licencia de
vuestras austeras paternidades, ¿hay en esta impostura el
menor aspecto ni color de verdad? ¿No huele hasta por la
nariz de los que no tienen olfato, a rancia y abominabilísima
calumnia? Os suplico tengáis consideración a este buen
caballero cuya vida está en gran peligro con su fábula; y en
cuanto a ellos, terminaré diciendo que las personas viciosas

95
cuando son ardientes y carnales, no se hartan de cometer
actos impíos. Y se arrojan con la mayor tranquilidad a las más
condenables acciones.
JUEZ PRIMERO.– Custodiadlos y separadlos.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Lástima que puedan existir tales
monstruos!
JUEZ PRIMERO.– Volved con cuidado a su casa a ese
anciano. (Salen los alguaciles con Volpone.) Lamento que
nuestra credulidad le haya agraviado.
JUEZ CUARTO.– ¡Éstos son dos monstruos!
JUEZ TERCERO.– Tengo dentro de mí un terremoto.
JUEZ SEGUNDO.– La vergüenza los abandonó en la misma
cuna.
JUEZ CUARTO (a Voltore).– Y habéis hecho un gran servicio
al Estado desenmascarándolos.
JUEZ PRIMERO.– Antes de la noche, sabréis qué castigo les
impone el tribunal.

(Salen los Jueces, el Notario y los Oficiales de justicia


llevándose a Bonario y a Celia.)

VOLTORE.– Damos las gracias a vuestras paternidades. (A


Mosca.) ¿Qué tal?
MOSCA.– ¡Exquisito! Habría que forraros la lengua en oro por
esto, señor; quisiera haceros heredero de toda la ciudad. Esta
tierra no tenía hombres hasta que vos nacisteis. Tendrán que
levantaros una estatua en San Marcos. (A Corvino.) Señor
Corvino, quisiera que vinieseis a casa para mostraros lo que
habéis conquistado.
CORVINO.– Sí.

96
MOSCA.– Ha sido mucho mejor que vos mismo os hayáis
proclamado cornudo que haber obligado a los jueces a
someterla a ella a la prueba.
CORVINO.– Eso tuve en cuenta; ahora la culpa es suya.
MOSCA.—Y de otro modo, hubiera sido vuestra.
CORVINO.– Cierto. Pero sigo dudando de ese abogado.
MOSCA.– A fe mía, no tenéis por qué. Yo os quitaré ese
cuidado.
CORVINO.– En ti confío, Mosca. (Sale.)
MOSCA.– Como en vuestra propia alma, señor.
CORBACCIO.– ¡Mosca!
MOSCA.– Ahora a los negocios, señor.
CORBACCIO.– ¡Cómo! ¿Tenéis negocios?
MOSCA.– Sí. Los vuestros, señor.
CORBACCIO.– ¿Nada más?
MOSCA.– Ningún otro, a fe.
CORBACCIO.– Entonces, andad con cuidado.
MOSCA.– Podéis dormir con los ojos cerrados, señor.
CORBACCIO.– Daos prisa.
MOSCA.– Ahora mismo.
CORBACCIO.– Y cuida de que todo, sea lo que sea, esté
junto: joyas, vajilla de plata, monedas, ropa de casa, avíos de
cama, cortinas...
MOSCA.– Anillas de cortinas, señor. No habrá que deducir
más que el pago del abogado.
CORBACCIO.– Ahora le pagaré; porque vos seríais
demasiado pródigo.
MOSCA.– Señor, hay que tenerle consideración.
CORBACCIO.– Con dos cequíes, basta.
MOSCA.– No, seis, señor.

97
CORBACCIO.– Es demasiado.
MOSCA.– Ha estado hablando mucho tiempo; debéis tenerlo
en cuenta, señor.
CORBACCIO.–Bueno; aquí hay tres...
MOSCA.– Se los daré.
CORBACCIO.– Hazlo. Y aquí tienes para ti. (Sale.)
MOSCA (aparte).– ¡Huesos liberales! ¡Qué extraño y hórrido
pecado debió cometer en su juventud para merecer esta
vejez! (A Voltore.) Ya veis, señor, cómo trabajo en vuestro
favor; haced como que no os enteráis.
VOLTORE.– No, en vuestras manos lo dejo. (Sale.)
MOSCA.– Todo es vuestro y el diablo con ello. ¡Buen
abogado! (A Lady Politick.) Señora, os llevaré a vuestra casa.
LADY POLITICK.– No. Voy a ver a vuestro amo.
MOSCA.– De ninguna manera; os diré por qué. Me propongo
intentar que mi amo reforme su testamento; y conseguir que
mientras hasta ahora no erais sino la tercera o la cuarta,
ahora paséis a ser la primera; si estuvierais presente
parecería que lo habíais pedido. Por consiguiente...
LADY POLITICK.– Vos me mandáis. (Salen.)

ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA
Habitación en casa de Volpone. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– Ea, aquí estoy, y el embate pasó. Nunca estuve


a disgusto dentro de mi disfraz hasta el momento que acaba
de pasar; aquí, en privado, todo iba bien, pero, en público...
miedo me daba respirar. ¡Por Dios, mi pierna izquierda
98
empezó a darme calambres, y temí que alguna fuerza me
había dado un golpe de terrible parálisis! ¡Está bien!
Alegrémonos y olvidémoslo. Muchos temores como éste me
causarían cualquier villana - enfermedad, si cayeran sobre
mí; los prevendré. ¡Dadme una taza de vino fuerte para
espantar tales humores de mi corazón! (Bebe) ¡Hum, hum,
hum! Ya casi han pasado. Venceré. Ahora cualquier
espectáculo de rara e ingeniosa truhanería, que me cause
risa violenta, me volverá a mi ser. (Bebe de nuevo.) ...¡Así,
así, así, así! Este calor es vida; ya se ha convertido en
sangre... ¡Mosca!
MOSCA (entrando).– ¿Cómo os sentís ahora, señor?
¿Vuelve el día a parecer claro? ¿Nos hemos recobrado y,
curados de error, en nuestro camino, vemos el buen
sendero? ¿Está nuestro negocio libre una vez más?
VOLPONE.— ¡Exquisito Mosca!
MOSCA.– ¿No se llevó el asunto doctamente?
VOLPONE.—Y fuertemente: los buenos ingenios son grandes
en los casos apurados.
MOSCA.– Sería necedad extremada, confiar ningún acto
grande a un ingenio cobarde; me parece que no mostráis
demasiada admiración.
VOLPONE.– ¡Oh, más que si hubiese gozado de la buena
mesa! El placer que dan todas las mujeres no puede
compararse con éste.
MOSCA.– Ahora, señor, habláis como es debido. Debemos
detenernos. Aquí tenemos que descansar. Ésta ha sido
nuestra obra maestra; no podemos pensar en ir más allá.
VOLPONE.– Es cierto. Has ganado el premio, mi precioso
Mosca.

99
MOSCA.—Y más, señor; embaucar al tribunal...
VOLPONE.– Y desviar el torrente que se nos echaba encima,
sobre los inocentes que nos acusaban.
MOSCA.– Sí, sacar tan exquisita música de tantas
disonancias...
VOLPONE.– Tienes razón. ¡Lo que más me asombra es
como lo has llevado a cabo! Que todos ellos tan divididos
entre sí, no hayan olido algo en mí o en ti, que les haya
inducido a dudar.
MOSCA.– En verdad, no querían verlo. Creo que les cegaba
la demasiada luz. Cada uno de ellos estaba tan poseído y
relleno de sus propias esperanzas que se resistía a admitir lo
contrario por muy cierto, por muy aparente, por muy palpable
que fuese.
VOLPONE.– Como una tentación del demonio.
MOSCA.– Tenéis razón, señor. Los mercaderes hablan del
comercio y los grandes señores de tierras que dan gran
rendimiento; pero mucho me engaño si Italia tiene gleba más
fértil que esos individuos. ¿No hizo vuestro abogado
verdaderos prodigios?
VOLPONE.– ¡Oh!... (Repite en son de burla, las palabras del
abogado.) "Preguntaré, austeros padres, con licencia de
vuestras paternidades: ¿Hay en esta impostura el menor
aspecto o color de verdad? Si hazañas como éstas, si actos
de tal osadía pueden pasar, honradísimos padres..." Trabajo
me costó no echarme a reír.
MOSCA.– Parecióme veros sudar, señor.
VOLPONE.– Es verdad. Sudé un poco.
MOSCA.– Confesadlo, señor. ¿No estabais atemorizado?
VOLPONE.– En buena fe, estaba un tanto confundido, mas

100
no abatido. Nunca dejé de ser yo mismo.
MOSCA.– Lo creo, señor. Ahora, así la verdad me ayude, y
por descargo de conciencia para vuestro abogado, debo decir
esto, señor: Hase tomado trabajo tales que a fe, señor, en mi
pobre juicio —no digo esto para contrariaros sino por amor a
la justicia—, merece ser muy ricamente, digamos...
embaucado.
VOLPONE.– Verdad. Lo mismo pienso, por lo que pude oír al
fin de su discurso.
MOSCA.– ¡Oh, señor, si le hubierais oído antes! Señalar a
ciertas personas, agravar los hechos, emplear conceptos
vehementes... ¡Y pensar que lo hacía por puro amor, sin
esperar ganancia ninguna!...
VOLPONE.– Cierto. No puedo recompensarle como quisiera.
Todavía no. Si no fuera por ti, porque me lo ruegas,
empezaría ahora mismo a emprenderla con todos...
MOSCA.– Y haríais bien, señor.
VOLFONE.– Llama al enano y al eunuco.
MOSCA.– ¡Castrone, Nano!

(Entran Castrone y Nano.)

NANO.– Aquí estamos.


VOLPONE.– ¿Podéis representar ahora un entremés?
MOSCA.– Como gustéis, señor
VOLPONE.– Id inmediatamente por las calles, vosotros dos,
diciendo que he muerto; hacedlo con perseverancia,
tristemente, ¿lo oís? Imputad mi muerte al dolor de esta
última calumnia.

101
(Salen Castrone y Nano.)

MOSCA.– ¿Qué pretendéis, señor?


VOLPONE.– ¡Oh!, instantáneamente veré acudir aquí
volando a mi Buitre, a mi Cuervo, a mi Grajo, en cuanto
hayan oído las noticias para picotear mi cadáver; también
vendrá mi Loba, todos codiciosos, llenos de esperanzas...
MOSCA.– ¡Para ver que les quitan el bocado de la boca!
VOLPONE.– Cierto. Quiero que te pongas una bata, y que te
comportes como si fueras el heredero. Enséñales un
testamento; abre ese cofre, y saca uno de los que tienen los
nombres en blanco; voy ahora mismo a escribir el tuyo.
MOSCA (le da un papel).– Será peregrina cosa, señor.
VOLPONE.– Sí, cuando se queden con la boca abierta y se
encuentren burlados.
MOSCA.– Sí.
VOLPONE.– ¡Y tú les trates con desdén! ¡De prisa, ponte la
bata.
MOSCA (poniéndose una bata).– Pero, ¿y si preguntan por el
cadáver?
VOLPONE.– Di que se ha corrompido.
MOSCA.– Diré que hedía de tal modo que tuve que ponerle
sin tardanza en un ataúd y hacer que se lo llevasen.
VOLPONE.– Cualquier cosa. Lo que quieras. Toma: aquí está
el testamento. Ponte un gorro, busca un libro de cuentas,
pluma y tinta, rodéate de papeles; siéntate como si estuvieras
naciendo un inventario; yo me esconderé detrás de la cortina,
subido en un taburete y escucharé; a veces, asomaré un
poco la cabeza para ver desde lo alto qué aspecto tienen,
cómo gradualmente se les va la sangre del rostro. ¡Oh

102
exquisito banquete de risa!
MOSCA (poniéndose un gorro, sentándose a la mesa, etc.).—
Vuestro abogado se volverá tonto de repente.
VOLPONE.– Se le mellará el filo a su oratoria.
MOSCA.– Y el noble veneciano, el viejo corvado, se
derrumbará de golpe.
VOLPONE.– ¿Y Corvino?
MOSCA.– ¡Oh, señor! Mañana le veréis por las calles con un
cordel y un puñal; se habrá vuelto loco. Mi Lady también, que
acudió al tribunal a prestar falso testimonio en favor vuestro.
VOLPONE.– Sí, y a besarme delante de los jueces aunque
tenía la cara rezumando aceites.
MOSCA.– Y sudores, señor. Ah, el oro es tal medicina que
seca todos esos detestables sabores, transforma a los más
deformados y los torna apuestos, como si fuera el poético
cinturón mágico. El mismo Jove no pudo inventar disfraz más
sutil para pasar ante los guardas de Acrisio. Es lo que da al
mundo toda su gracia, su juventud, su hermosura.
VOLPONE.– Creo que me tiene amor.
MOSCA.– ¿Quién? ¿La Lady, señor? Tiene celos de vos.
VOLPONE.– ¿Eso crees?

(Llaman fuera.)

MOSCA.– Escuchad. Ya viene alguien.


VOLPONE.– Mira.
MOSCA.– Es el Buitre. Es el que tiene mejor olfato.
VOLPONE.– Yo voy a mi escondite; tú a tu ficción.
(Desaparece detrás de la cortina.)
MOSCA.– Ya estoy listo.

103
VOLPONE.– Sé astuto, atorméntales por modo peregrino.

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– ¿Y ahora, qué, mi Mosca?


MOSCA (escribiendo).– Tapices turcos, nueve...
VOLTORE.– ¡Haciendo un inventario! Eso está bien.
MOSCA.– Tres juegos de colchones y ropa de cama, tisú...
VOLTORE.– ¿Dónde está el testamento? Déjamelo leer
entretanto.

(Entran Criados, trayendo a Corbaccio en una silla.)

CORBACCIO.– Bien: dejadme en el suelo, y volved a casa.

(Salen.)

VOLTORE.– ¡Ahora viene éste a estorbarnos!


MOSCA.– De paño de oro, dos más...
CORBACCIO.– ¿Hecho, Mosca?
MOSCA.– De varios terciopelos, ocho...
VOLTORE.– Me place su cuidado.
CORBACCIO.– ¿No me oyes?

(Entra Corvino.)

CORVINO.– ¡Ah! Llegó la hora, Mosca.


VOLPONE (mirando desde lo alto de la cortina).– Ahora se
muestran como son.
CORVINO.– ¿Qué hace aquí el abogado, o este Corbaccio?

104
CORBACCIO.– ¿Qué hacen éstos aquí?

(Entra Lady Politick.)

LADY POLITICK.– Mosca, ¿está hilado el lino?


MOSCA.– Ocho cofres de lienzo...
VOLPONE.– ¡Oh, mi fina dama Quiero-y-no-puedo!
CORVINO.– Mosca, el testamento para que pueda
enseñárselo a ésos, y quitarles de aquí.
MOSCA.– Seis cofres de mantelería, cuatro adamascada...
¡Ahí va! (Les da como al descuido el testamento por encima
del hombro.)
CORBACCIO.– ¿Es esto el testamento?
MOSCA.– Edredones de plumón y almohadas...
VOLPONE.– ¡Cosa peregrina! Apresuraos. Ahora empiezan a
revolotear. Ninguno piensa en mí. ¡Mirad, ved, ved, ved!
Buscad el nombre, los legados. Cómo recorren sus ojos
rápidos la larga escritura, buscando el nombre, los legados, lo
que se les da.
MOSCA.– Diez juegos de colgaduras...
VOLPONE.– Sí, para hacerse ligas. Ahora sus esperanzas se
quedan con la boca abierta.
VOLTORE.– ¡Mosca, el heredero!
CORVINO.– ¿Qué es esto?
VOLPONE.– Mi abogado está mudo. Mirad a mi mercader; ha
oído hablar de una extraña tormenta; su barco se perdió; se
desvanece. Milady se va a desmayar. El viejo de los ojos
turbios aún no se ha dado cuenta de su desdicha.
CORBACCIO.– Todos éstos han perdido la esperanza. De
seguro, soy yo. (Toma el testamento.)

105
CORVINO.– ¡Pero, Mosca!
MOSCA.– Dos bargueños...
CORVINO.– ¿Esto es en serio?
MOSCA.– Uno de ébano...
CORVINO.– ¿O pretendes engañarme?
MOSCA.– El otro de nácar... Estoy muy ocupado. A fe mía,
ha caído una fortuna sobre mí... ítem, otro de ágata... sin que
yo lo haya buscado.
LADY POLITICK.– ¿Oís, señor mío?
MOSCA.— Una caja perfumada... Os suplico perdonéis, ya
veis que estoy trabajando... hecha de ónice...
LADY POLITICK.– ¡Cómo!
MOSCA.– Mañana o pasado mañana, podré hablaros a
todos.
CORVINO.– ¿Es este el resultado de mi gran esperanza?
LADY POLITICK.– Señor, necesito respuesta más cortés.
MOSCA.– ¡Señora! La tendréis; os lo ruego; tened la bondad
de salir de mi casa. No suscitéis tormenta con vuestras
miradas; recordad lo que vuestra señoría me ofreció si os
ponía como heredera; y lo que dijisteis que las nobles damas
hacían para ganar el sustento. ¿Y que por qué vos no? Basta.
Volved a vuestra casa y tratad bien al pobre sir Pol, vuestro
caballero, por temor a que yo descubra unos cuantos
acertijos; andad; sed melancólica. (Sale Lady Polilick.)
VOLPONE.– ¡Oh, mi fino demonio!
CORVINO.– Mosca, os lo ruego, una palabra.
MOSCA.– ¡Señor! ¿Aún no os habéis marchado? Pienso que
hubierais debido darles a todos el ejemplo. ¿Por qué
permanecer aquí? ¿Con qué intención, con qué promesa?
¿Oíros? Vos no lo sabéis, pero yo sé que sois un asno, y que

106
hubierais sido con gusto cualquier otra especie de animal si la
fortuna os lo hubiese consentido. ¿Que os habéis declarado
cornudo por poco precio? ¿Queréis decirme que esta perla
era vuestra? Es verdad. ¿Y este diamante? No lo niego, y os
doy las gracias por ellos. ¿Que aquí hay mucho más, que en
tiempo fue de vuestra pertenencia? Es posible. Mas pensad
que éstas vuestras buenas obras pueden ayudaros a ocultar
las malas. Yo no os haré traición. Aunque seáis un ser
extraordinario, cornudo sólo en título, con ello basta. Idos a
vuestra casa y entregaos también a la melancolía o volveos
loco. (Sale Corvino.)
VOLPONE.– ¡Extraordinario Mosca! ¡Qué bien le sienta la
villanía!
VOLTORE.– De seguro ha embaucado a todos éstos para
favorecerme a mí.
CORBACCIO.– ¡Mosca, el heredero!
VOLPONE.– ¡Oh! Al fin lo han alcanzado a ver sus cuatro
ojos.
CORBACCIO.– ¡Yo, engañado, embaucado por un esclavo
parásito! ¡Rufián, me has hecho comulgar con muelas de
molino!
MOSCA.— Sí, señor. ¡Cerrad la boca o arrancaré el único
diente que queda en ella! ¿No sois el repugnante y codicioso
cuitado con tres patas que, por esperanza de presa, habéis
olfateado aquí durante tres años con vuestra escrutadora
nariz, y que hubierais querido alquilarme para que
envenenase a mi amo? ¿No sois el que hoy, delante del
tribunal os jactabais de desheredar a vuestro hijo? ¿El que ha
jurado en falso? ¡Idos a vuestra casa, y morid, y pudrios! Si
graznáis ni una sola sílaba, lo descubro todo. ¡Fuera! ¡Llamad

107
a vuestros porta-sillas! (Sale Corbaccio.) ¡Andando, a
pudriros!
VOLPONE.– ¡Excelente alguacil!
VOLTORE.– Ahora, mi fiel Mosca, descubro tu lealtad para
conmigo.
MOSCA.– ¡Señor!
VOLTORE.– Sinceramente.
MOSCA (escribiendo).– Una mesa de pórfido... Lamento que
seáis tan molesto.
VOLTORE.– Deja ya de fingir; todos se fueron.
MOSCA.– ¿Y quién sois vos? ¿Quién os mandó a buscar? A
fe, lamento por vos que esta mi buena suerte venga a echar
por tierra vuestros (justo es decirlo) muy meritorios trabajos;
mas, protesto señor, que ha caído sobre mí sin yo buscarla, y
que casi desearía no tenerla, a no ser porque hay que
respetar la voluntad de los muertos. Mi única alegría es que
vos no la habéis menester; tenéis un don, señor (gracias a
vuestra educación), que no consentirá jamás que paséis
necesidades mientras existan hombres y malicia para
engendrar pleitos. ¡Daría toda mi fortuna por tenerla! Si tengo,
como espero, algún pleito, ya que esas cosas son tan fáciles
y directas, nunca osaré prescindir de vuestra vociferante
ayuda, comprendedme, pagándoos lo justo, señor. Hasta
entonces, puesto que sabéis tanto de derecho, sé que no ha
de dejaros la conciencia codiciar lo que es mío. Buen señor,
os doy gracias por mi vajilla de plata; ayudará a emprender su
carrera a un joven. A fe mía, parece que os sentís estreñido;
más valdrá que vayáis a vuestra casa y toméis una purga,
señor.

108
(Sale Voltore.)

VOLPONE (saliendo de detrás de la cortina).– Recomiéndale


que coma lechuga, en abundancia. ¡Mi ingenioso truhán, deja
que te abrace! ¡Oh, si pudiera transformarte en una Venus!
Mosca, ve a toda prisa, ponte mi traje de noble veneciano y
echa a andar por las calles: el verte, les atormentará más.
Debemos seguir adelante y proyectar. ¿Quién hubiera
querido perderse esta fiesta?
MOSCA.– Dudo que hayan quedado en estado de andar
sueltos.
VOLPONE.– ¡Bah! Mi vuelta a la vida les mejorará a todos.
¡Si pudiera pensar en algún disfraz para encontrármelos y
hacerles unas cuántas preguntas! ¡Cómo les vejaría a la
vuelta de cada esquina!
MOSCA.– Señor, puedo proporcionárosle.
VOLPONE.– ¿Puedes?
MOSCA.– Sí. Conozco a uno de los corchetes que se parece
tanto a vos, señor. Iré ahora mismo en busca suya, le
emborracharé y os traeré su ropa.
VOLPONE.– Peregrino disfraz, y digno de tu ingenio. ¡Será
una nueva enfermedad para ellos!
MOSCA.– Señor, vais a buscaros unas cuantas maldiciones...
VOLPONE.– Que maldigan hasta que revienten. El zorro
goza cuando le maldicen.

(Salen.)

ESCENA SEGUNDA

109
Antesala en casa de Sir Politick. (Entran Peregrino disfrazado
y tres Mercaderes.)

PEREGRINO.– ¿Estoy bien disfrazado?


MERCADER PRIMERO.– Os lo garantizo.
PEREGRINO.– Mi única ambición es darle un susto.
MERCADER SEGUNDO.– Si pudierais embarcarlo para
quitarle de en medio, sería cosa excelente.
MERCADER TERCERO.– A Zante o a Alepo.
PEREGRINO.– Sí, y escribir sus aventuras en el Libro de
Viajes, dando por verdadero el cuento que ha de tragarse su
credulidad. Bueno, caballeros, cuando yo lleve un rato ahí
dentro y penséis que estamos en lo mejor de la conversación,
ya sabéis cómo habéis de intervenir.
MERCADER PRIMERO.– Dejadlo a nuestro cuidado. (Salen
los mercaderes.)

(Entra una Doncella de servicio.)

PEREGRINO.– ¡Salve, hermosa señora! ¿Está en casa sir


Pol?
DONCELLA.– Señor, no lo sé.
PEREGRINO.– Os ruego le digáis que hay aquí un mercader
que desea hablar con él para un negocio urgente.
DONCELLA.– Voy a ver, señor. (Sale.)
PEREGRINO.– Os lo ruego... Veo que el personal es aquí
todo femenino.

(Vuelve a entrar la Doncella.)

110
DONCELLA.– Dice, señor, que tiene importantes asuntos de
Estado que en este momento le requieren por completo; que
en otra ocasión podréis hablarle.
PEREGRINO.– Os ruego le digáis que si esos le requieren
por completo, éstos lo obligan, porque le traigo noticias. (Sale
la Doncella.) ¿Qué grave asunto de Estado puede ocuparlo
ahora? ¿Cómo hacer en Venecia salchichón de Bolonia,
ahorrando uno de los ingredientes?

(Vuelve a entrar la Doncella.)

DONCELLA.– Señor, dice que por vuestra palabra noticias,


comprende que no sois un estadista, y que, por lo tanto,
desea que os quedéis.
PEREGRINO.– Dulce señora, os ruego que volváis a decirle
que no he leído tantas proclamas ni las he estudiado para
encontrar palabras como él... pero... ¡ah! Se digna venir.

(Sale la Doncella y entra Sir Politick.)

SIR POLITICK.– Señor, ansio vuestro cortés perdón. Hoy, por


mala ventura, ha ocurrido un desagradable desastre entre mi
esposa y yo; y estaba redactando mi apología para darle
satisfacción, cuando llegasteis.
PEREGRINO.– Señor, me aflige traeros un desastre peor. El
caballero a quien hoy encontrasteis en el puerto, y que os dijo
que acababa de llegar...
SIR POLITICK.– Sí. ¿Era una prostituta fugitiva?
PEREGRINO.– No, señor, un espía que habían encargado de
vigilaros; y ha hecho una relación ante el Senado diciendo

111
que le habéis confesado estar en una conspiración para
vender el Estado de Venecia al Turco.
SIR POLITICK.– ¡Ay de mí!
PEREGRINO.– En vista de lo cual, se han firmado órdenes
para deteneros y registrar vuestro despacho en busca de
papeles...
SIR POLITICK.– ¡Ay, señor, no tengo más que notas en hojas
arrancadas de libros de comedias!
PEREGRINO.– Más vale así, señor.
SIR POLITICK.– Y unos cuantos ensayos. ¿Qué voy a hacer?
PEREGRINO.– Señor, lo mejor será que os escondáis en un
cajón de azúcar; o si pudierais yacer enroscado, sería
magnífica una espuerta, en la cual podría mandaros a. bordo
de un navio.
SIR POLITICK.– Señor, dije eso sólo por tener un motivo de
conversación.

(Llaman dentro.)

PEREGRINO.– Escuchad, ahí están.


SIR POLITICK.– ¡Soy un cuitado, un cuitado!
PEREGRINO.– ¿Qué vais a hacer, señor? ¿No tenéis ni una
sera de pasas de Corinto en qué esconderos? Os pondrán en
el potro. Tenéis que daros prisa.
SIR POLITICK.– Señor, tengo un artefacto...
MERCADER TERCERO (dentro).– ¡Sir Politick Would-be!
MERCADER SEGUNDO.– ¿Dónde está?
SIR POLITICK.– En el cual he pensado antes de ahora.
PEREGRINO.– ¿Qué es?
SIR POLITICK.– El tormento no le soportaría. Es, en realidad,

112
una concha de tortuga que hice preparar por si llegaba uno
de estos casos extremos. Os lo ruego, señor, ayudadme.
Aquí tengo sitio para doblar las piernas. Os ruego que me
cubráis con ella. (Se tiende en el suelo mientras Peregrino lo
cubre con la concha.) Con este gorro y mis guantes negros.
Aquí me estaré quieto como una tortuga hasta que se
marchen.
PEREGRINO.– ¿Y a esto llamáis un artefacto?
SIR POLITICK.– Es de mi invención... Buen señor, pedid a
las doncellas de mi esposa que quemen mis papeles.

(Sale Peregrino. Los tres Mercaderes entran


precipitadamente.)

MERCADER PRIMERO.– ¿Dónde está escondido?


MERCADER TERCERO.– Hemos de encontrarlo y
seguramente le encontraremos.
MERCADER SEGUNDO.– ¿Dónde está su despacho?

(Vuelve a entrar Peregrino.)

MERCADER PRIMERO.– Señor, ¿quién sois?


PEREGRINO.– Soy un mercader que vengo a ver esta
tortuga.
MERCADER TERCERO.– ¡Cómo!
MERCADER PRIMERO.– ¡San Marcos! ¿Qué animal es
éste?
PEREGRINO.– Es un pescado.
MERCADER SEGUNDO.– ¡No os burléis!
PEREGRINO.– Le podéis dar de golpes, andar sobre él. Es

113
capaz de sostener un carro.
MERCADER PRIMERO.– ¿Correr sobre él, decís?
MERCADER SEGUNDO.– ¡Demos saltos sobre él!
MERCADER TERCERO.– ¿No anda?
PEREGRINO.– Se arrastra.
MERCADER PRIMERO.– Veámosle arrastrarse.
PEREGRINO.– No, buen señor, le haríais daño.
MERCADER SEGUNDO.– He de verlo arrastrarse o le saco
las tripas.
MERCADER TERCERO.– ¡Ahora mismo!
PEREGRINO (aparte a Sir Politick).– Os lo ruego, señor,
reptad un poco.
MERCADER PRIMERO.– ¡Adelante!
MERCADER SEGUNDO.– Un poco más.
PEREGRINO (aparte a Sir Politick).– ¡Buen señor, reptad!
MERCADER SEGUNDO.– Queremos verle las patas. (Dan
vuelta a la tortuga y lo descubren.)
MERCADER TERCERO.– ¡Qué raro! Gasta ligas.
MERCADER PRIMERO.– ¡Y guantes!
MERCADER SEGUNDO.– ¿Es ésta vuestra terrible tortuga?
PEREGRINO (descubriéndose).– Ahora, Sir Pol, estamos en
paz; estaré preparado para vuestro próximo proyecto;
lamento la pira funeraria de vuestras notas.
MERCADER PRIMERO.– Rara invención para enseñarla en
Fleet Street.
MERCADER SEGUNDO.– Sí; o para mostrarla en la feria de
Smithfield.
MERCADER PRIMERO.– Paréceme espectáculo
melancólico.
PEREGRINO.– ¡Adiós, politiquísima tortuga!

114
(Salen Peregrino y los Mercaderes. Vuelve a entrar la
Doncella.)

SIR POLITICK.– ¿Dónde está Milady? ¿Se ha enterado de


esto?
DONCELLA.– No lo sé, señor.
SIR POLITICK.– Id a inquirir.

(Sale la Doncella.)

SIR POLITICK.– ¡Oh! Seré la fábula de todas las fiestas, el


alimento de las gacetas y lo que es peor, hablará de ello
hasta el vulgo.
DONCELLA (volviendo a entrar).– Señor, Milady volvió a casa
muy melancólica, y dice, señor, que se va ahora mismo al
mar, en busca de medicina.
SIR POLITICK.– Yo, también, abandono para siempre este
lugar y este clima. Arrastrando con mi casa a cuestas, y
pienso que haré bien en esconder mi pobre cabeza en mi
concha política.

(Salen.)

ESCENA TERCERA
Sala en casa de Volpone. (Entran Mosca en traje de noble
veneciano y Volpone vestido de alguacil.)

VOLPONE.– ¿Me parezco a él?

115
MOSCA.– ¡Oh, señor, sois él mismo! Nadie podría
distinguiros uno de otro.
VOLPONE.– Está bien.
MOSCA.– Y yo ¿qué soy?
VOLPONE.– ¡Por el cielo, un valiente noble veneciano; te
sienta bien la ropa! ¡Lástima que no lo seas de nacimiento!
MOSCA (aparte).– ¡Si conservo lo que aparento ser, todo irá
bien!
VOLPONE.– Voy antes que nada a ver qué noticias hay en el
tribunal. (Sale.)
MOSCA.– Hazlo así. Mi zorro sale de su madriguera, y antes
de que vuelva a entrar en ella, le haré languidecer en su ropa
prestada a no ser que se avenga a un arreglo conmigo...
¡Andrógino, Castrone, Nano!

(Entran Andrógino, Castrone y Nano.)


TODOS.– Henos aquí.
MOSCA.– Salid a recrearos a la calle; divertios. (Salen.) Así,
ahora que tengo las llaves y estoy en posesión de todo,
puesto que ha querido morir antes de tiempo, lo enterraré o
algo saldré ganando: soy su heredero, y así tendrá que
conservarse hasta que reparta conmigo. Quitárselo todo no
sería sino un engaño muy en su lugar; nadie lo llamaría
pecado. El que se ha divertido, que pague. Esto es lo que se
llama atrapar a un zorro en su propia trampa. (Sale.)

ESCENA CUARTA
Una calle. (Entran Corbaccio y Corvino.)

116
CORBACCIO.– Dicen que está reunido el tribunal.
CORVINO.– Hemos de mantener nuestro cuento, para
conservar nuestra reputación.
CORBACCIO.– Lo mío no es cuento; mi hijo hubiera sido
capaz de matarme.
CORVINO.– Es verdad. Se me había olvidado. (Aparte.) El
mío sí lo es, estoy seguro. Mas ¿y vuestro testamento,
señor?
CORBACCIO.– Sí, tengo que ver a Mosca para hablarle de
esto, ya que su amo ha muerto.

(Entra Volpone.)

VOLPONE.– ¡Señor Corvino! ¡Señor Corbacciol ¡Albricias


infinitas!
CORVINO.– ¿Por qué?
VOLPONE.– La súbita bienandanza que os ha caído
encima...
CORBACCIO.– ¿De dónde?
VOLPONE.– Y sin saber cómo. Del viejo Volpone, señor.
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, picaro redomado!
VOLPONE.– Señor, no consintáis que la demasiada riqueza
os ponga furioso.
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, alguacil!
VOLPONE.– ¿Por qué, señor?
CORBACCIO.– ¿Te burlas de mí?
VOLPONE.– Vos os burláis del mundo, señor. ¿No
cambiasteis testamentos con él?
CORBACCIO.– ¡Fuera, he dicho, truhán!
VOLPONE.– ¿Oh, acaso seréis vos el afortunado, señor

117
Corvino? A fe mía hacéis bien en no engreíros con vuestra
buena suerte. Me place vuestro espíritu. No os hincháis con
vuestra fortuna. Alguno, en vuestro caso, se hubiera subido
como vino que fermenta en semejante otoño... ¿Os lo ha
dejado todo, señor?
CORVINO.– ¡Quítate de mi vista, canalla!
VOLPONE.– En verdad, vuestra esposa se ha portado como
una verdadera mujer, pero a vos os ha traído cuenta. No
tenéis por qué preocuparos, señor; tenéis buena hacienda
para sobrellevarlo mejor con esta suerte. Excepto si
Corbaccio tiene parte...
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, alguacil!
VOLPONE.– ¿No queréis que se sepa, señor? Es prudente.
Así hacen todos los jugadores, en todos los juegos.
Disimulan. Nadie quiere reconocer que ha ganado. (Salen
huyendo Corvino y Corbaccio.) Ahí viene mi buitre,
levantando el pico y olfateando.

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– ¡Despojado así por un parásito! ¡Un esclavo que


va a hacer mandados y hace piruetas por unas migajas!
Bueno... ¿qué puedo hacer?
VOLPONE.– El tribunal está detenido esperando a vuestra
señoría. Me complace, señor, la buena suerte de vuestra
señoría y que haya caído en manos tan eruditas que
entienden el manejo...
VOLTORE.– ¿Qué queréis decir?
VOLPONE.– Quiero ser cliente de vuestra señoría para
conseguir el pequeño edificio medio derruido que está al final

118
de vuestra larga fila de casas cerca de la Pescadería; en
tiempo de Volpone, vuestro predecesor, antes de que cayese
enfermo, era una linda, bien acondicionada casa de liviandad
y con clientela como la que más en Venecia, no despreciando
ninguna; pero cayó con él; su cuerpo y esa casa se
derrumbaron juntos.
VOLTORE.– Señor mío, dejad de hablar sin ton ni son.
VOLPONE.– Es que si vuestra señoría me ampara, y puedo
conseguir que me adjudiquen los materiales de derribo, estoy
salvado. Para vos es un juego, señor... Vuestra letrada
señoría lo sabe de sobra.
VOLTORE.– ¿Yo qué sé de eso?
VOLPONE.– Vuestra riqueza no tiene fin, señor. ¡Dios la
disminuya!
VOLTORE.– ¡Picaro deslenguado! ¡Cómo! ¿Te burlas de mi
desdicha. (Sale.)
VOLPONE.–Dios os la aumente, señor, ¡ojalá fuera más
grande! Ahora vuelvo a los otros, en la primera esquina.
(Sale.)

ESCENA QUINTA
Otra parte de la calle. (Entran Corbaccio y Confino.– Mosca
atraviesa la escena ante ellos.)

CORBACCIO.– ¡Mirad! ¡Vestido como uno de nosotros!


¡Insolente lacayo!
CORVINO.– ¡Si pudiera tirarle mis propios ojos como balas
de cañón!

119
(Entra Volpone.)

VOLPONE.– Pero ¿es verdad, señores, lo que dicen del


parásito?
CORBACCIO.– ¡Otra vez a afligirnos, monstruo!
VOLPONE.– A fe mía, señor, duéleme cordialmente que una
barba de tan austera longitud haya podido ser vencida en
astucia. Nunca pude sufrir al tal parásito; parecióme siempre
capaz de embaucar hasta con la nariz. Había en su mirar algo
que prometía la muerte de un noble veneciano.
CORBACCIO.– ¡Truhán!
VOLPONE.– Y sin embargo, vos, tan avezado al comercio del
mundo, astuto mercader, fino pájaro, Corvino, que tenéis
emblemas tan morales sobre vuestro nombre, no debierais
haber cantado vuestra propia vergüenza, y dejado caer el
queso del pico y consentir que el Zorro se riese de vuestro
ayuno.
CORVINO.– Señor mío, pensáis que el privilegio de vuestro
empleo y vuestra presuntuosa gorra roja, que se me antoja
clavada con dos cequíes a vuestra cabeza loca, puede
autorizar vuestros insultos; venid aquí y podréis daros cuenta
de que me atrevo a daros de palos; acercaos.
VOLPONE.– No os apresuréis, señor; harto conozco vuestro
valor, puesto que os atrevéis a publicar lo que sois.
CORVINO.– Aguarda, quiero hablar contigo.
VOLPONE.– Señor, señor, otra vez será...
CORVINO.– Ha de ser ahora mismo.
VOLPONE.– Oh, señor, siendo hombre prudente ¿cómo he
de afrontar la furia de un cornudo furioso? (Sale corriendo a
tiempo que entra Mosca.)

120
CORBACCIO.– ¡Otra vez aquí éste!
VOLPONE.– ¡A ellos, Mosca! ¡Sálvame!
CORBACCIO.– Está corrompido el aire que respira.
CORVINO.– ¡Huyamos! (Salen Corvino y Corbaccio.)
VOLPONE.– ¡Excelente basilisco, vuélvete hacia el buitre!

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– Bien, mosca carnicera, llegó tu verano; pero


vendrá tu invierno.
MOSCA.– Buen abogado, te ruego que no insultes, ni
amenaces así fuera de lugar. Cometerías un solecismo, como
dice Milady. Ponte un gorro más que se te escapa el seso.

(Sale Mosca.)

VOLTORE.– ¿No hacéis nada, señor?


VOLPONE.– ¿Quisierais que zurrase a ese insolente esclavo,
que echase barro sobre su primera ropa decente?
VOLTORE.– Éste debe ser algún deudo suyo.
VOLPONE.– Señor, el tribunal os está esperando. Me
enloquece ver que un mulo que nunca leyó a Justiniano se
alce así y cabalgue sobre un abogado. ¿No tenéis ningún
ardid para evitar que os embauque semejante criatura?
Supongo que todo esto es broma; no es el heredero y vos lo
sabéis, pero estáis confabulado con él para cegar a los
demás. El heredero sois vos.
VOLTORE.– ¡Extraño, oficioso, molesto truhán! Me
atormentas.
VOLPONE.– Sé lo que digo; no es posible, señor, que os

121
hayan embaucado de tal modo. No hay hombre con genio
bastante para conseguirlo, ¡sois tan cuerdo, tan prudente! y
es justo que la riqueza y la sabiduría vayan juntas.

(Salen.)

ESCENA SEXTA
El Scrutineo o Casa del Senado. (Entran los Jueces, el
Notario, Bonario, Celia, Cor-baccio, Corvino, Alguaciles,
Corchetes, etc.)

JUEZ PRIMERO.– ¿Están presentes todas las partes?


NOTARIO.– Todas, menos el abogado.
JUEZ SEGUNDO.– Y aquí llega.

(Entran Voltore y Volpone.)

JUEZ PRIMERO.– Siendo así, leedles la sentencia.


VOLTORE.– ¡Oh, padres honorabilísimos, dejad que por una
vez vuestra piedad venza a vuestra justicia para perdonar...!
¡Estoy trastornado...!
VOLPONE (aparte).– ¿Qué va a hacer éste ahora?
VOLTORE.– ¡Ay! No sé a quién dirigirme primero; si a
vuestras paternidades o a esos inocentes...
CORVINO (aparte).– ¿Se va a traicionar a sí mismo?
VOLTORE.– ... a quienes también he agraviado, llevado de
codiciosísimos fines...
CORVINO.– ¡Ese hombre está loco!
CORBACCIO.– ¿Qué es eso?

122
CORVINO.– ¡Está poseído por el demonio!
VOLTORE.– Por lo cual, ahora herido por mi conciencia, me
postro a vuestros ofendidos pies, pidiendo perdón.
JUECES PRIMERO Y SEGUNDO.– ¡Levantaos!
CELIA.– ¡Oh Cielo, cuan justo eres!
VOLPONE (aparte).– Me enredé en mi propia red...
CORVINO (a Corbaccio).– Sed constante, señor. Ahora, no
puede ayudarnos sino la impudencia.
JUEZ PRIMERO.– Seguid hablando.
ALGUACIL.– ¡Silencio!
VOLTORE.– No es ofuscación mía, reverendos padres, no es
sino la conciencia, buenos señores míos, la que me fuerza a
decir la verdad. Ese parásito, ese picaro ha sido el
instrumento de todo.
JUEZ PRIMERO.– ¿Dónde está? Buscadle.
VOLPONE.– Voy. (Sale.)
CORVINO.– Graves padres, ese hombre está trastornado; él
mismo lo confiesa, porque esperando ser el heredero del
viejo Volpone que ahora ya ha muerto...
JUEZ TERCERO.– ¿Cómo?
JUEZ SEGUNDO.– ¿Ha muerto Volpone?
CORVINO.– Muerto ya, graves padres.
BONARIO.– ¡Oh, certera venganza!
JUEZ PRIMERO.– Deteneos. Siendo así, no era un
embaucador.
VOLTORE.– ¡Oh, no, de ninguna manera; el parásito,
austeros padres!
CORVINO.– Habla por pura envidia, porque el criado logró lo
mismo que él quería lograr. Con licencia de vuestras
paternidades, ésa es la verdad, aunque no quiero justificar al

123
otro que bien puede tener algo de culpa.
VOLTORE.– Sí, contra vuestras esperanzas, lo mismo que
contra las mías, Corvino; mas no quiero promover escándalo.
Dígnense vuestras corduras aceptar estas notas, y creer lo
que en ellas va escrito. Lo mismo que espero vuestra merced,
aseguro que dicen la pura verdad.
CORVINO.– El demonio le ha entrado en el cuerpo.
BONARIO.– O habita en vos.
JUEZ CUARTO.– Hemos hecho mal en mandar a buscarlo
por un alguacil, siendo el heredero.
JUEZ SEGUNDO.– ¿A quién?
JUEZ CUARTO.– Al que llaman el parásito.
JUEZ TERCERO.– Es cierto. Ahora es hombre de gran
riqueza, ¿no?
JUEZ CUARTO (al notario).– Id vos, enteraos de cómo se
llama, y decid que el tribunal le ruega que se presente, sólo
para declarar unas cuantas dudas.

(Sale el notario.)

JUEZ SEGUNDO.– Estamos en el mismo laberinto.


JUEZ PRIMERO.– ¿Insistís en vuestra primera declaración?
CORVINO.– Mi hacienda, mi vida, mi fama...
BONARIO.– ¿Dónde está vuestra fama?
CORVINO.– Pendiente de esto.
JUEZ PRIMERO (a Corbaccio).– ¿La vuestra también?
CORBACCIO.– El juez es un canalla y tiene la lengua de dos
puntas.
JUEZ SEGUNDO.– Contestad a lo que se os pregunta.
CORBACCIO.– Lo mismo que el parásito.

124
JUEZ PRIMERO.– Esto es una confusión.
VOLTORE.– Ruego a vuestras paternidades que lean estas
notas. (Les da unos papeles.)
CORVINO.– Y no deis crédito a nada de lo que haya escrito
ese falso espíritu. ¡No es posible que no esté poseído por el
demonio!

(Se cierra la escena.)

ESCENA SÉPTIMA
Una calle. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– ¡Hacer un lazo para mi propio cuello! ¡Y meter la


cabeza en él, voluntariamente! ¡Riendo! ¡Cuando había
escapado de nuevo y estaba libre y limpio, por mera
jactáncia! ¡Oh, el demonio estúpido estaba dentro de este
cerebro mío cuando se me ocurrió, y Mosca se avino a
secundarme; ahora es menester que me ayude a cauterizar
esta vena o morimos desangrados...! (Entran Nano,
Andrógino y Castrone.) ¿Qué es eso? ¿Quién os ha soltado?
¿Dónde vais ahora? ¿A comprar cerveza de jengibre o a
hacer juegos de manos?
NANO.– Señor, maese Mosca nos llamó desde fuera, nos dijo
que fuésemos a jugar, y nos tomó las llaves.
ANDRÓGINO.– Eso es.
VOLPONE.– ¿Maese Mosca se apoderó de las llaves? ¿Por
qué? ¡Estoy lucido! Éstas son mis sutiles invenciones.
¡Tendré que alegrarme de mi propio daño! ¡Qué vil cuitado he
sido que no he sabido disfrutar sobriamente mi buena fortuna!
125
¡Tenía que lucir mis extravagancias, mis fantasías! Está bien.
Id a buscarlo; tal vez su intención sea más leal que mis
temores. Decidle que venga inmediatamente a buscarme al
tribunal. (Salen.) Allí estaré y, si es posible, lanzaré a mi
abogado sobre nuevas esperanzas. Cuando lo provoqué, me
perdí.

(Sale.)

ESCENA OCTAVA
El Scrutinea o Casa del Senado. (Jueces, Bonario, Celia,
Corbaccio, Corvino, Alguaciles, Corchetes, etc., lo mismo que
antes.)

JUEZ PRIMERO.– Estas cosas no encajan unas con otras.


(Muestra los papeles.) Él, aquí, asegura que a este caballero
se le hizo agravio y que esta señora fue llevada a la fuerza
por su marido que allí la dejó.
VOLTORE.– Ciertísimo.
CELIA.– ¡Cuan presto acude el Cielo a los que le imploran!
JUEZ PRIMERO.– Mas que Volpone haya forzado a la
señora, lo tiene por completamente falso, dada su impotencia.
CORVINO.– ¡Austeros padres, está poseído por el demonio!
Vuelvo a decirlo: poseído; si posesión y obsesión son cosas
distintas, padece de ambas.
JUEZ TERCERO.– Aquí viene nuestro oficial.

(Entra Volpone.)

126
VOLPONE.– El parásito estará aquí dentro de un instante,
graves padres.
JUEZ CUARTO.– Pudierais inventar otro nombre, señor
alguacil.
JUEZ TERCERO.– ¿No le encontró el notario?
VOLPONE.– No, que yo sepa.
JUEZ CUARTO.– Cuando llegue, se pondrá todo en claro.
JUEZ SEGUNDO.– Sí, está nebuloso.
VOLTORE.– Dígnense vuestras paternidades.
VOLPONE (en voz queda a Voltore).– Señor, el parásito me
rogó os dijera que su amo vive, que vos seguís siendo el
heredero, y vuestras esperanzas las mismas; y que todo ello
no fue sino una broma.
VOLTORE.– ¿Cómo?
VOLPONE.– Señor, para probar si erais leal, y cómo
tomabais las cosas.
VOLTORE.– ¿Estás seguro de que vive?
VOLPONE.– ¿Vivo yo?
VOLTORE (reconociendo a Volpone).– ¡Ay de mi! Fui
demasiado violento.
VOLPONE.– Señor, podéis remediarlo. Dicen que estáis
poseído por el demonio. Dejaos caer al suelo y fingid que lo
estáis; algo se arreglará. (Voltore cae al suelo.) ¡Dios ampare
a este hombre!... Detened el aliento fuertemente e hinchaos...
¡Mirad, ved, ved! Vomita alfileres doblados. Se le cuajan los
ojos como a una liebre muerta colgada en carnicería. Su boca
se retuerce. ¿Veis, señor? ¡Ahora tiene al demonio en el
vientre!
CORVINO.– Sí, el demonio.
VOLPONE.– ¡Ahora en la garganta!

127
CORVINO.– Claro lo veo.
VOLPONE.– ¡Ya sale! ¡Ya sale! ¡Apartaos! Ved como vuela,
en forma de sapo azul con alas de murciélago. ¿No lo veis,
señor?
CORBACCIO.– ¿Qué? Creo que sí.
CORVINO.– Es harto manifiesto.
VOLPONE.– ¡Ved! Vuelve en sí.
VOLTORE.– ¿Dónde estoy?
VOLPONE.– Cobrad ánimo. Lo peor ya ha pasado, señor.
Estáis desposeído.
JUEZ PRIMERO.– ¿Qué accidente es éste?
JUEZ SEGUNDO.– ¡Súbito y asombroso!
JUEZ TERCERO.– Si estaba poseído, como parece, todo
esto no es nada.
CORVINO.– Muy a menudo sufre de esos ataques.
JUEZ PRIMERO.– Mostradle estos papeles... ¿Reconnocéis
la letra por vuestra, señor?
VOLPONE (en voz queda a Voltore).– Negadla, señor,
negadla; no la reconozcáis.
VOLTORE.– Sí, la reconozco muy bien; es mi letra; mas todo
lo que contiene es falso.
BONARIO.– ¡Oh, concreta intriga!
JUEZ SEGUNDO.– ¿Qué enredo es éste?
JUEZ PRIMERO.– Siendo así, ¿el que llamáis el parásito no
es culpable?
VOLTORE.– Graves padres, ni él ni su amo el buen viejo
Volpone.
JUEZ CUARTO.– Ése ya está muerto.
VOLTORE.– ¡Oh, no, reverenciadísimos padres! Vive...
JUEZ PRIMERO.– ¡Cómo! ¿Vive?

128
VOLTORE.– Vive.
JUEZ SEGUNDO.– Esto es aún más sutil.
JUEZ TERCERO.– Vos mismo dijisteis que había muerto.
VOLTORE.– Nunca.
JUEZ TERCERO.– Lo dijisteis.
CORVINO.– Yo lo oí.
JUEZ CUARTO.– Ahí viene el caballero. Abridle paso.

(Entra Mosca.)

JUEZ TERCERO.– Una añagaza.


JUEZ CUARTO (aparte).– Un hombre de veras; y si Volpone
ha muerto, un buen marido para mi hija.
JUEZ TERCERO.– Abridle paso.
VOLPONE.– Mosca, estaba casi perdido. El abogado lo había
contado todo; pero ahora se arregló; todo ha vuelto a entrar
en quicio... (Aparte a Mosca.) Di que estoy vivo.
MOSCA.– ¿Qué impertinente truhán es éste?
Reverenciadísimos padres, más pronto hubiera acudido a
vuestro placentero llamamiento, si el arreglo del funeral para
mi amadísimo señor no me hubiera obligado a...
VOLPONE (aparte).– ¡Mosca!
MOSCA.– Porque es mi intención enterrarlo como a un
caballero.
VOLPONE (aparte).— ¡Sí, y robármelo todo!
JUEZ SEGUNDO.– ¡Cada vez más extraño e intrincado!
JUEZ PRIMERO.– ¡Y vuelta a empezar!
JUEZ CUARTO (aparte).– Es un buen partido; mi hija tiene
suerte.
MOSCA (en voz baja a Volpone).– ¿Me dais la mitad?

129
VOLPONE.– ¡Antes me cuelgan!
MOSCA.– Ya sé que tenéis buena voz, no gritéis tanto.
JUEZ PRIMERO.– Pregunto al abogado: señor, ¿no
afirmasteis que Volpone vivía?
VOLPONE.– Y vive, señor. Este caballero me lo dijo. (Bajo a
Mosca.) Tendrás la mitad.
MOSCA.– ¿Quién es este borracho? Que hable alguno que lo
conozca. Yo, en mi vida le he visto la cara.. . (Aparte a
Volpone.) Ahora, ya no puedo hacerlo tan barato.
VOLPONE.– ¡No!
JUEZ PRIMERO (al A bogado).– ¿Qué decís?
VOLTORE.– Ese alguacil me lo dijo.
VOLPONE.– Lo dije, graves padres, y mantendré que vive
con mi propia vida. Y que este malvado (señalando a Mosca)
me dijo... (Aparte.) Nací con todas las estrellas en contra mía.
MOSCA.– Gravísimos padres. Si insolencia como ésta puede
caer sobre mí, me callo; espero que no fue para esto para lo
que me mandasteis a buscar.
JUEZ SEGUNDO (a los corchetes señalando a Volpone).–
Lleváoslo.
VOLPONE.– ¡Mosca!
JUEZ TERCERO.– Que le azoten.
VOLPONE.– ¿Quieres traicionarme? ¿Robarme?
JUEZ TERCERO.– Y enseñaros a comportaros con personas
de su rango.
JUEZ CUARTO.– Lleváoslo.

(Los Corchetes se apoderan de Volpone.)

MOSCA.– Doy humildemente las gracias a vuestras

130
paternidades.
VOLPONE (aparte).– ¡Calma, calma! ¡Azotado! ¡Y perder
cuánto tengo! Si confieso, no puede ser mucho más.
JUEZ CUARTO (a Mosca) .– Señor, ¿sois casado?
VOLPONE.– Pronto serán parientes. ¡Resolución! (Se quita el
disfraz.) El zorro se quita la piel.
MOSCA.– ¡Patrón!
VOLPONE.– Sí; ahora mi ruina no será sólo mía. Participarás
de ella, eso te lo aseguro. Mi sustancia no te ha de engordar
ni te hará entrar en una familia.
MOSCA.– ¡Pero, patrón!
VOLPONE.– Soy Volpone, y éste (señalando a Mosca) es mi
lacayo. Éste (señalando a Voltore) es lacayo de sí mismo;
éste (señalando a Corbaccio) está loco de codicia; éste
(señalando a Corvino) es un compuesto, una quimera de
asno, necio y rufián. Y reverenciadísimos padres, ya que no
podemos esperar sino una sentencia, que no sea demasiado
desesperada. No tengo más que decir.
CORVINO.– Si vuestras paternidades se dignan...
ALGUACIL.– ¡Silencio!
JUEZ PRIMERO.– El nudo se ha deshecho por milagro.
JUEZ SEGUNDO.– Nada puede estar más claro.
JUEZ TERCERO.– Ni puede probar mejor que éstos son
inocentes.
JUEZ PRIMERO.– Ponedlos en libertad. (Por Bonario y
Celia.)
BONARIO.– El Cielo no podía dejar que quedasen ocultos
mucho tiempo tales crímenes.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Si se considera que éste es el camino
real para ganar riquezas, prefiero ser pobre!

131
JUEZ TERCERO.– Esto no trae ganancia sino tormento.
JUEZ PRIMERO.– Éstos poseen riqueza como los enfermos
poseen calenturas, que más bien podría decirse les poseen a
ellos.
JUEZ SEGUNDO.– Desnudad a ese parásito.
CORVINO Y MOSCA.– Honradísimos padres...
JUEZ PRIMERO.– ¿Aún tenéis algo que alegar para detener
el curso de la justicia? Si es así, hablad.
CORVINO y VOLTORE.– Pedimos clemencia.
CELIA.– Y piedad.
JUEZ PRIMERO.– Agraviáis a vuestra inocencia, rogando por
los malvados. Adelantad. Primero, el parásito; parece que
habéis sido el primer ministro sino el urdidor de todas estas
livianas imposturas; y ahora, al final, habéis agraviado al
tribunal con vuestra insolencia engañándolo en traje de
caballero veneciano, siendo un cualquiera sin nacimiento ni
sangre; por lo cual ésta es nuestra sentencia: en primer lugar
azotado y después viviréis para siempre prisionero en
nuestras galeras.
VOLPONE.– Os doy las gracias en su nombre.
MOSCA.– ¡Malhaya tu alma de lobo!
JUEZ PRIMERO.– Entregadle a los corchetes.

(Se llevan a Mosca.)

JUEZ PRIMERO.– Tú, Volpone, siendo por sangre y rango un


caballero, no puedes caer bajo tal castigo; mas nuestro juicio
sobre ti es que tus bienes sean inmediatamente confiscados
a beneficio del Hospital de los Incurables; y puesto que la
mayor parte de ellos la conseguiste por impostura, fingiéndote

132
cojo, gotoso, paralítico más otras enfermedades, vivirás en
prisión sujeto con hierros hasta que estés de verdad enfermo
e inválido. .. Lleváoslo.

(Lo apartan de la barra.)

VOLPONE.– A esto se llama poner un zorro en adobo.


JUEZ PRIMERO.– Tú, Voltore, para borrar la afrenta que has
infligido a todos los hombres dignos de tu profesión, serás
expulsado de su colegiatura y de nuestro Estado. ¡Corbac-
cio.. .1 Acercadle. .. Mandamos que tu hijo entre en posesión
de toda tu hacienda, y a ti te confinamos al Monasterio del
Espíritu Santo; allí, ya que no has sabido vivir bien aquí, te
enseñarán a bien morir.
CORBACCIO.– ¡Eh! ¿Qué ha dicho?
ALGUACIL.– Señor, pronto lo sabréis.
JUEZ PRIMERO.– Tú, Corvino, serás embarcado desde tu
propia casa y te llevarán a remo por toda Venecia y a lo largo
del Gran Canal, tocado con un gorro, con largas orejas de
asno en lugar de cuernos; y así, con un papel prendido en el
pecho, subirás a La Berlina.
CORVINO.– Sí; y me tirarán a los ojos pescado putrefacto,
fruta averiada, y nuevos podridos. .. Está bien. Pláceme, que
así, al menos, no veré mi vergüenza.
JUEZ PRIMERO.– Y para expiar los agravios que hiciste a tu
mujer, la volverás a casa de su padre, con la dote que te
trajo, triplicada. Y éstas son todas nuestras sentencias.
TODOS.– Honrados padres...
JUEZ PRIMERO.– Y sin revocación posible. Ahora, cuando
los crímenes se han cometido, y han pasado y se han

133
castigado, a pensar lo que fueron los vuestros. Sacadlos de
aquí, que aquellos que ven estos vicios así recompensados
tomen aliento y quieran estudiar lo que son. Las malas
acciones se alimentan como animales hasta que engordan y
entonces sangran. (Salen.)
VOLPONE (se adelanta).– La razón de una comedia es el
aplauso que recibe. Ahora bien, aunque el Zorro haya sido
castigado por la ley, se atreve a esperar que no merece pena
alguna por delito que haya cometido contra vosotros; si
alguno hay, censuradle; aquí está en la duda: si no, alegraos
y batid palmas.

FIN

134

También podría gustarte