Colosenses 3:13 para Colorear
Colosenses 3:13 para Colorear
Presentación
1. Vive intensamente
2. Cree con todo tu corazón
3. Ama sin medida
4. Espera siempre
5. Agradece lo que eres y lo que tienes
6. Mantente alegre
7. Ora todos los días sin falta
8. ¡Conviértete!...
9. Perdona y pide perdón
10. Busca sin cansarte
11. Sonríe sin temor
12. Escucha con interés
13. Aprende a callar
14. Sé auténtico
15. Sé humilde y sencillo de corazón
16. Sé honesto en las obras y veraz en las palabras
17. Sé coherente
18. Sé valiente, ten ánimo
19. Persevera hasta el final
20. Solidarízate con quienes sufren
21. Hazte compasivo
22. Libera tu corazón y tu vida de toda esclavitud
23. Esfuérzate en todo lo que haces
24. Arriésgate, no tengas miedo
25. Comprométete en las buenas causas
26. Purifica tu cuerpo y alma
27. Cuídate con esmero
28. Renuévate cada día
29. Supérate a ti mismo
30. Fortalécete interiormente
31. Atrévete a ser distinto
32. Evita todo lo que te aleja de Dios
33. Mira a Jesús y déjate mirar por él
34. Sueña y realiza tus sueños
35. Sirve con generosidad
PRESENTACIÓN
Ser cristiano es ir de camino. El Papa Francisco nos dice: “Dios nos quiere de pie… y
caminando”.
Vamos de camino, siguiendo las huellas de Jesús, para encontrarlo a él y hacernos sus
discípulos, y de esta manera realizar en nuestra vida lo mejor posible, el sueño que Dios
Padre tuvo al crearnos como sus hijos. El sueño que Jesús nos reveló en su persona y en su
vida, en su ser y en su quehacer en el mundo, con sus obras y con sus palabras, en perfecta
coherencia y fidelidad al Padre, amando y sirviendo a todas las personas con quienes se
encontraba, hasta la entrega de su vida en la cruz.
Este constante caminar no es fácil. Todo lo contrario: es una tarea exigente desde todo punto
de vista. Y muchas veces, más de las que quisiéramos, sentimos que las fuerzas nos
abandonan, que nos falta el aliento, y que en cualquier momento vamos a desfallecer.
Entonces tenemos que detenernos para beber agua fresca, tomar algún alimento, descansar
un poco y volver a ponernos en forma para reemprender la marcha, fortalecidos y renovados,
hacia la meta que buscamos con decisión y valentía.
El libro que tienes en tus manos, querido lector, quiere ser precisamente esto: agua fresca
para calmar tu sed, alimento nutritivo para fortalecer tu espíritu, lugar de reflexión tranquila y
sosegada, fuente de inspiración y de motivación, para ayudarte a seguir el camino que ya
has emprendido, con anhelo renovado. Un punto de apoyo, una luz que ilumina la ruta en los
momentos de oscuridad, una guía que señala los peligros que hay que evitar.
Igual que tú, en mi propio caminar por la vida al encuentro de Jesús, he vivido momentos de
luz y momentos de oscuridad, días claros y noches tempestuosas, situaciones en las que ha
sido fácil tomar decisiones y encarar sus consecuencias, y circunstancias verdaderamente
difíciles de enfrentar, alegrías y tristezas, victorias y fracasos. Esta experiencia me ha
mostrado que nunca sobra una palabra de aliento, dicha con cariño y bondad. Todo lo
contrario. Las necesitamos continuamente, porque el camino es largo y muchos los
obstáculos que tenemos que superar, para conseguir lo que deseamos, para llegar a la meta
que anhelamos: hacernos verdaderos discípulos de Jesús, fieles y coherentes como él,
abiertos al amor misericordioso que el Padre derrama a manos llenas en nuestro corazón y
en nuestra vida, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo que es su gran don.
La vida es, sin duda, el más grande regalo que Dios nos ha dado, por eso hay que vivirla
conscientemente, sabiendo que se vive, y con intensidad. Porque vivir no es simplemente
dejar pasar las horas, los días, y los años, los acontecimientos y las circunstancias, sino ser
parte integrante y activa de ellos y en ellos.
Vivir es ser protagonista de una historia de amor y de dolor, y no un mero espectador que se
limita a ver desfilar frente a sus ojos, los personajes que en ella intervienen y los sucesos que
en ella tienen lugar.
Vivir es ser actor en un drama de esfuerzo y de lucha, de triunfos y fracasos, con todo lo que
esto implica. Porque también los momentos difíciles, los acontecimientos negativos, y las
tragedias, son hechos y circunstancias de vida, y encierran en su interior una gran riqueza,
un sinfín de posibilidades.
Cada mañana al despertar, abre tu corazón a la vida. Respira profundo, mira al cielo, y
da gracias a Dios por el nuevo día que te da para disfrutar de su mundo, y emprende
tu camino con la mejor disposición de ánimo. No dejes que nada ni nadie te haga
perder el entusiasmo de vivir, ni la esperanza en un mañana siempre mejor.
Vive todos los días de tu vida en conexión directa con Dios, de quien procedes y a
quien has de volver.
Vive tu vida con corazón sencillo y alegre, dando a cada persona, a cada
acontecimiento, a cada circunstancia, a cada alegría y a cada dolor, el lugar que le
corresponde, la importancia que tiene, el valor que representa.
Vive tu vida con libertad y también con responsabilidad, seguro de lo que buscas y de
lo que haces. No te dejes atar ni manipular por los miedos, los prejuicios, las
conveniencias, los desos oscuros, el qué dirán... porque todas estas cosas limitan
inmensamente tus realizaciones.
Vive y actúa siempre y en todo con recta intención; Es la mejor manera de evitar
tener que cargar con sentimientos de culpa que hacen pesado el camino.
Vive con amor y en el amor, como Jesús. Haz que el amor sea el motor de todas tus
acciones y palabras. Llegarás lejos; mucho más lejos de lo que te parece a primera
vista.
No te quedes encerrado en ti mismo. Vive con los otros y para los otros. La vida,
cuando se comparte, cuando se entrelaza con la vida de quienes nos rodean, se hace
más vida, se revitaliza.
Vive con autenticidad, con naturalidad, sin artificios, sin tratar de aparentar lo que no
eres, lo que no sientes, lo que no crees; dándole el primer lugar a lo que es esencial, y
dejando en un segundo plano lo que no lo es.
Vive con ganas, como quien participa en una fiesta gozosa. No importa los años que
tengas; para vivir a plenitud hay que tratar de ser siempre niños, sorprenderse como
se sorprenden los niños, gozar como gozan los niños, que sienten la vida en todo su
ser y la viven sin temores ni dudas.
¿Cómo es nuestra forma de vivir? ¿Vivimos como hijos o vivimos como esclavos?
¿Vivimos como personas bautizadas en Cristo, ungidas por el Espíritu, rescatadas,
libres? ¿O vivimos según la lógica mundana corrupa, haciendo lo que el diablo nos
hace creer que es nuestro beneficio?
2. CREE CON TODO TU CORAZÓN
La fe es una fuerza que mueve montañas y logra lo aparentemente inalcanzable. “Si tuvieran
fe, como un granito de mostaza – nos dice Jesús – dirían a este monte: “desplázate de aquí
allá”, y se desplazaría, y nada les sería imposible” “(Mateo 17, 20-21) .
Cree, pero fundamenta tu fe siempre en Dios, de quien procede lo que somos, lo que
podemos y lo que tenemos. La fe es, primero que todo, un don suyo, y como tal nos refiere
directamente a Él.
Una fe que sólo tiene raíces humanas, o que sólo apunta a lo humano, es un
fiasco, y no puede llamarse con precisión fe.
Creer con corazón ardiente y decidido, capaz de hacer cualquier cosa por defender aquello
que crees; capaz de ir hasta el confín del mundo, movido por la fuerza y la valentía de tu fe,
para alcanzar lo que buscas.
La fe que no nace y crece en el corazón, no es verdadera fe, y por lo tanto no tiene la
fuerza que debería tener; la fuerza que necesita para vencer los obstáculos que
constantemente se le presentan.
Cree con alegría, con entusiasmo, con emoción. Aprecia en lo que vale este don de la fe que
Dios mismo puso en tu corazón, para que puedas dar sentido pleno a tu vida y a tus obras.
Tampoco la fe pasiva es verdadera fe, y mucho menos la fe triste, la fe fría, la fe
apocada, la fe cobarde.
Cree con una fe profunda; una fe que vaya más allá de lo que se puede apreciar a simple
vista, más allá de lo que se pueda sentir y tocar. Cree con una fe que nazca en lo más hondo
de tu corazón e ilumine todo tu ser y todo tu obrar; una fe que dé sentido y valor a todo lo que
eres, a todo lo que haces, a todo lo que dices, a todo lo que piensas, a todo lo que sientes.
Una fe superficial, una fe que no empapa la vida, es absolutamente inconcebible. ¡Un
contrasentido total!
Cree con un corazón limpio y recto, sin dobles intenciones, sin darle a la fe un sentido
utilitarista o mercantilista, para conseguir esto o aquello, para realizar este deseo, para lograr
aquel milagro, para no ser rechazado sino premiado.
Dios no es un simple negociante que concede sus dones a cambio de algo. También
la fe interesada está fuera de lugar.
Cree con generosidad, con corazón abierto y disponible, capaz de dar razón de tu fe a todos
los que te la pidan.
Cree con humildad de criatura, que por su misma esencia es frágil y limitada.
Cree en Dios que te ama con un amor infinito, como el mejor de los padres. Cree que en Él
encontrarás siempre el apoyo, la fuerza, y la ayuda que necesitas en tus proyectos y en tus
anhelos. Cree que Él es refugio y consuelo para todos tus dolores y sufrimientos, sean del
orden que sean.
Cree en Jesús, su Hijo encarnado, verdadero Dios, como su Padre, y verdadero hombre,
como nosotros; que se encarnó, vivió, padeció, murió y resucitó por amor; para liberarnos del
pecado y de la muerte eterna; para darnos su Vida.
Cree en ti mismo, en tu dignidad personal y en todo lo que ella significa. Cree en tus
aptitudes y en tus talentos. Cree en tu capacidad de amar y de recibir amor, el don más
grande con el que los seres humanos podemos contar, después del don de la vida. Cree que
tu ser y tu vida están llenos de posibilidades, que darán muchos frutos si tú sabes
desarrollarlos.
No tengas miedo de creer. La fe religiosa da sentido pleno a nuestro ser, a lo que somos y a
lo que hacemos, a nuestra vida entera, y la proyecta a la eternidad sin fin.
Aunque bien distintas en su objetivo y en su modo de realizarse, las dos “fes” – la fe en Dios
y la fe en nosotros mismos -, se necesitan mutuamente para desarrollarnos adecuadamente.
Lo importante es no confundirlas, o darle a una el lugar de la otra. Lo primero es siempre lo
primero.
Nuestra fe no es una idea abstracta, o una filosofía, sino una relación vital y plena con
una persona: Jesucristo, el Hijo Único de Dios, que se hizo hombre, murió y resucitó
para salvarnos, y vive entre nosotros.
Si llega a faltar la sed del Dios vivo, la fe corre el riesgo de convertirse en rutina, corre
el riesgo de apagarse, como un fuego que no se reaviva.
3. AMA SIN MEDIDA
“Dios es amor
y quien permanece en el amor,
permanece en Dios y Dios en él”
(1 Juan 4, 16b)
“Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. Porque el amor es el principio de la vida, el
centro de la vida, la razón de la vida.
“Ama y haz lo que quieras”, porque cuando el amor es el motor de nuestros pensamientos,
de nuestras palabras y de nuestras acciones, todo lo que pensemos, digamos, y hagamos,
será bueno para nosotros y también para los demás.
Ama con fuerza, con profundidad, con generosidad, a la manera de Dios que es Amor,
y que, como afirma san Juan, “nos amó primero” (1 Juan 4, 9) .
Ama con corazón limpio, sin dobles intenciones, radicalmente, a la manera de Jesús,
que “nos amó hasta el extremo”, y entregó su vida por nosotros (Juan 13, 1), en
generosa donación, sin pedir nada a cambio.
Ama con diligencia y efectividad, haciendo que ese amor no sea sólo cuestión de
palabras, de frases bonitas, que empalagan el alma y se las lleva el viento, sino que
se convierta en obras que beneficien a cuantos te rodean.
Ama sin miedo, porque “el amor echa fuera el temor” (1 Juan 4, 18).
Ama a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las personas. Colócalo en el centro de tus
pensamientos y de tu vida; en el centro de tu corazón, porque ese es el lugar en el que Él
quiere vivir y desde donde quiere actuar en favor de todos sus hijos.
Ama a Dios y déjate amar por Él, para que su amor produzca en ti frutos de vida eterna.
Siéntete amado por Dios y date a ti mismo el valor que tienes, el valor que Dios te da
amándote como su hijo muy querido.
Siéntete amado por Dios y comunica ese amor que Dios derrama sobre ti a manos llenas, a
todas las personas que encuentres en tu camino. El amor que uno recibe, crece cuando se
comparte, cuando se hace amor generador de más amor.
Ama a todas las personas sin excepción, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de Jesús,
que en nombre de Dios, su Padre, dijo: “Amen a sus enemigos y hagan el bien a los que los
odian” (Lucas 6, 27).
“Ama y haz lo que quieras”, porque en el amor y por el amor, todo lo que hagas, aunque sea
sencillo y pequeño en apariencia, tendrá sentido y valor.
Ama siempre con un amor verdadero, con un amor maduro, con un amor libre de segundas
intenciones, con un amor puro y limpio, con un amor compasivo y misericordioso, con un
amor que sirve, con un amor que sabe perdonar. Ama con un amor que busque ser
semejante al amor de Jesús, que es fiel reflejo del amor infinito que Dios siente por ti y por
todos y cada uno de los hombres y mujeres de la tierra.
Ama y haz que el amor sea siempre tu prioridad, aunque sientas que no eres correspondido.
Porque el amor es valioso en sí mismo, y quien ama tiene en el mismo amor que da, su
recompensa.
El secreto de la vida cristiana es el amor. Sólo el amor llena los vacíos, las
profundidades negativas que el mal crea en los corazones.
Dios no sólo es el origen del amor, sino que en Jesucristo nos llama a imitar su misma
forma de amar: “Así como yo los he amado, ámense los unos a los otros” (cf. Juan
13,34). En la medida en que los cristianos viven este amor, se convierten para el
mundo en discípulos creíbles de Cristo.
Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos
capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos
para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios. (EG N. 272)
4. ESPERA SIEMPRE
Se habla poco de la esperanza. Esa virtud cristiana que nos permite mirar el futuro sin
temores ni prejuicios de ninguna clase, sino con una alegre confianza de que pase lo que
pase, todo sucede para bien.
En estos tiempos de dificultades y problemas en todos los sentidos, nos hace falta tener una
buena dosis de esperanza, que no sólo nos permita seguir adelante con nuestra vida, sino
que también nos motive a soñar, y nos impulse, nos mueva, a trabajar para realizar esos
sueños.
Como virtud cristiana, la esperanza es hermana de la fe y del amor, y va con ellas a todas
partes. Donde está la una, están siempre las otras dos, y donde falta una, faltan también las
demás. No hay esperanza sin fe, no hay verdadera fe sin amor, y no hay verdadero amor sin
esperanza; y viceversa.
La esperanza es un don, una gracia que Dios nos da como una pequeña semilla que
nosotros tenemos que cuidar para que crezca y se desarrolle como debe ser. Un don, una
gracia que puede perderse si no se alimenta y se protege adecuadamente de todo aquello
que pueda dañarla, y también, si no se ejercita. Y esto mismo sucede con la fe y con el amor.
De la misma manera que es imposible vivir sin amor, es imposible vivir sin esperanza.
Porque la esperanza es la promesa de los tiempos que vendrán, y una promesa es siempre
un buen augurio.
Espera en actitud humilde y confiada, sabiendo que si amas a Dios, todo lo que
suceda, sea lo que sea, te ayudará a unirte más a Él, que es, en definitiva, lo más
grande a lo que podemos aspirar.
Espera sin miedo y sin prisa... Dios se toma su tiempo pero todo lo que hace es bueno
para nosotros, aunque muchas veces – en un primer momento -, no podamos verlo
así.
Espera y cree. Espera y ama. Como María que creyó y amó toda su vida, y su
esperanza no fue defraudada. Vio morir a su hijo colgado de una cruz, lo llevó
exánime al sepulcro; pero al “tercer día” lo recuperó resucitado y glorioso, para nunca
más volver a morir.
El cristiano está siempre lleno de esperanza; nunca puede dejarse llevar por el
desánimo.
Todos los seres humanos, cualquiera sea nuestra situación particular, y hasta en los
momentos más difíciles de nuestra vida, tenemos mucho por lo que dar gracias, una y otra
vez. En primer lugar a Dios, de quien procede todo lo que somos y tenemos, pero también a
quienes viven a nuestro alrededor, y a la humanidad entera.
Lo primero es, sin duda, dar gracias por el regalo maravilloso de la vida, que tantas veces
vivimos como lo más natural del mundo, pero que en realidad se constituye en un verdadero
milagro. ¡Tuvieron que confluir tantas cosas, tantas personas, tantas situaciones, para que
existiéramos, y tantas otras para que sigamos aquí en el mundo!
Cada día que amanece es una oportunidad para agradecer a Dios por habernos creado, por
mantenernos en la vida, y por proyectar nuestra existencia a la eternidad sin fin, en la
plenitud de su amor y de su compañía.
Pero también tenemos que agradecer a nuestros padres. Ellos fueron los instrumentos que
Dios empleó para situarnos en este aquí y ahora de la historia. De sus cuidados dependió
nuestra vida desde su comienzo y durante largo tiempo. ¡Aunque se hayan equivocado en
algunas cosas, es imposible olvidarnos de ellos!
Nadie se hizo a sí mismo. Nadie puede vivir por sí mismo. Nadie se basta a sí mismo. Nadie
puede prescindir totalmente de la participación de los otros en su vida, ni siquiera en las
actividades más sencillas.
Por eso, precisamente, tenemos que aprender a reconocer lo que los demás significan para
cada uno de nosotros, comenzando por Dios que está en el origen de todo, y siguiendo en
una cadena interminable, con todas las personas del mundo, de aquí y de allá.
Ser agradecidos es una virtud humana de primer orden. Una virtud que tenemos que
practicar constantemente.
Hay muchas maneras de agradecer lo que recibimos; unas más sencillas y otras más
complicadas, más elaboradas, más exigentes; pero lo que importa realmente, tanto en unas
como en otras, es que nazcan en el corazón, que sean sinceras, que no se queden en las
simples palabras, sino que impregnen la vida, que se hagan vida.
Mírate. Hazte consciente de tu ser: quién eres, hasta dónde has llegado. Y piensa en todas
las personas que, a lo largo de tu vida, han contribuido de una manera o de otra, a que hayas
podido lograr ser como eres, a tener lo que tienes, a vivir como vives.
La humanidad, y nosotros con ella, somos como un inmenso tejido en el que nos
entreveramos unos con otros, de tal manera que cada uno tiene su misión, y ninguno puede
hacer su camino solo, ni triunfar al margen de los demás.
Haz de tu vida una gran acción de gracias a Dios, de quien todo procede en absoluta
gratuidad.
Hazte cada día más sensible para descubrir lo que recibes de quienes te rodean, con el fin
de ayudarte a cumplir cabalmente el objetivo de tu vida, y agradécelo con sinceridad,
absolutamente convencido de que solo, sin la gracia de Dios y sin el apoyo de las personas
que comparten su vida contigo, puedes muy poco, casi nada;
Cultiva en ti la conciencia de que solo nada puedes; sin Dios y sin las personas que te
rodean, te sirven, te ayudan y acompañan, estarías condenado al silencio y a la soledad, que
paralizan y matan.
Algunas veces he dicho que una cosa que ayuda mucho en la vida matrimonial son
tres palabras... Tres palabras que hay que decir siempre... PERMISO, GRACIAS,
PERDÓN. ¡Tres palabras mágicas!
La alegría es, para quienes somos cristianos, un don de Dios, una gracia que Él nos
comunica generosamente, como fruto precioso de la presencia viva y palpitante de su
Espíritu Santo, en nuestro corazón.
Nuestra fe nos llena de esperanza y de paz, y la esperanza y la paz juntas, son la tierra fértil
donde brota la flor de la alegría verdadera, que no se marchita jamás.
¡Alégrate!... ¡Mantente alegre!… porque para quienes creemos, no hay nada más
valioso en el mundo, que el amor fiel y misericordioso de Dios, de quien podemos
esperarlo todo.
La alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida,
a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como
un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá
de todo. (EG N.6)
Cuando uno descubre a Jesús como el camino, la alegría entra en su vida, entra para
siempre, y es una alegría enraizada en nosotros, y que nadie nos puede quitar, como
prometió el Señor.
La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera, de los que se encuentran
con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del
vacío interior, del aislamiento. (EG N.1)
La evangelización en nuestro tiempo, sólo será posible por medio del contagio de la
alegría.
Qué alegría siente el que ama auténticamente, con hechos diarios, y no es de los que
abunda en palabras vacías que se lleva el viento.
7. ORA TODOS LOS DÍAS SIN FALTA
Ora todos los días, sin falta; en la mañana, al anochecer, y/o en cualquier otro momento en el
que las circunstancias particulares de tu vida te impulsen o te permitan hacerlo.
La oración diaria te dará la luz y la fuerza que necesitas para vivir como lo que eres:
hijo de Dios, llamado desde siempre a ser discípulo y misionero de Jesús.
Ora cuando tengas ganas de hacerlo y también cuando no las tengas; cuando estés alegre y
cuando te sientas triste; cuando todo te salga bien y cuando suceda lo contrario; cuando
estés sano y cuando estés enfermo.
La oración es tan importante para nuestra vida cristiana, que no puede estar sometida
al vaivén de nuestros gustos y deseos, y tampoco al ir y venir de las circunstancias de
cada día.
Ora con la mente, con el pensamiento, con las ideas; ora con el corazón, con los afectos; y
ora también con el cuerpo, con los gestos, con las posiciones, con las actitudes.
Somos una unidad indivisible. Nuestro ser entero tiene que estar implicado
directamente en todo lo que hacemos, y de un modo especial en la oración.
Ora pidiendo lo que sea mejor para ti y para las personas por quienes intercedes, y también,
por supuesto, dando gracias a Dios por lo que has recibido.
Ten siempre presente en tu corazón y en tu mente, que Dios sólo puede darnos cosas
buenas, porque es infinitamente bueno y porque nos ama.
Ora pidiendo al Padre y a Jesús, el don del Espíritu Santo, que es luz en nuestro camino,
fuerza y valor en medio de las dificultades, amor que da vida.
Ora intensamente.
Con oraciones largas, prolongadas, y también con oraciones cortas, que tú mismo
puedes “inventar”, de acuerdo con tu estado de ánimo y tus necesidades, y repetir una
y otra vez a lo largo del día, para mantenerte unido a Dios:
“Padre bueno, gracias por el amor que me tienes”.
“Señor, ten misericordia de mí”.
“Jesús, en ti confío”.
“Espíritu Santo, ilumíname con tu luz, para que siempre obre el bien”.
“Virgen María, acompáñame en mi caminar hacia Dios”.
Recuerda que la oración es el oxígeno de la vida cristiana. Sin ella no podemos mantenernos
como corresponde en nuestro seguimiento de Jesús, y mucho menos, avanzar
espiritualmente.
Ante tantas heridas que nos hacen mal y que nos podrían endurecer el corazón,
estamos llamados a "zambullirnos en el mar de la oración", que es el mar del amor
ilimitado de Dios, para gustar su ternura.
El verbo “convertir” significa, según el diccionario, cambiar una cosa en otra, transformar. La
palabra “conversión”, sustantivo derivado de tal verbo, referida a los seres humanos, y más
específicamente a los cristianos, quiere decir, “cambio de vida desde el corazón y con el
corazón”; “cambio de mentalidad, de modo de pensar, de actitud”; dejar de ser lo que somos,
y empezar a ser de otra manera; hacernos criaturas nuevas, seres humanos renovados, al
estilo de Jesús de Nazaret, modelo para todos nosotros.
No se trata simplemente, de mejorar el carácter, o de dejar de lado una que otra costumbre
que consideramos dañina para nuestra vida, sino de penetrar en nuestra interioridad, llegar a
nuestra conciencia, y examinar la raíz de nuestras acciones y motivaciones, para cortar
totalmente con lo que de una u otra forma, nos impide ser de Dios y para Dios; y luego,
actuar en consecuencia, corrigiendo lo que sea necesario corregir, desechando lo que
tenemos que desechar, y reforzando lo bueno que somos y que hacemos.
La verdadera conversión ilumina nuestra actitud frente a Dios, frente a la vida, frente a las
personas que nos rodean, y frente al mundo en el que vivimos.
Por esta razón la conversión no se da de una vez y para siempre, sino que es un proceso
que se desarrolla lentamente, y que, a medida que avanza se va haciendo más exigente y
radical, pero también más profundo, productivo y gratificante.
La conversión no termina nunca porque siempre hay en nuestra vida algo que no se
corresponde con nuestro ser de cristianos, algo que podemos y debemos rechazar; siempre
hay un bien más grande que podemos realizar; siempre podemos ir más allá en nuestra
interiorización, y encontrar cosas nuevas que no habíamos descubierto; siempre podemos
ser mejores.
Jesús inició su vida pública, anunciando a quienes le escuchaban, la necesidad que todos
tenían de convertirse. En el Evangelio de Marcos leemos:
“Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena
Noticia de Dios, diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca.
Conviértanse y crean en la Buena Noticia" “ (Marcos 1, 14-15).
Y hoy, 2.000 años después, nos sigue haciendo la misma invitación, que nosotros podemos
aceptar o rechazar.
Conviértete de tu apego a los bienes materiales que te hace trabajar sin descanso,
sacrificando muchas cosas importantes, simplemente para tener una mejor situación
económica, que a su vez te permita una mejor posición dentro de la sociedad.
Conviértete de las habladurías, los chismes, los juicios de valor sobre las personas.
No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti.
Conviértete de tus injusticias. Es muy fácil ser injustos con los demás, en una u otra
cosa, y por esta misma razón, tenemos que estar pendientes del asunto, y procurar
que todas nuestras acciones sean honestas, y no causen daño a nadie.
La misericordia es el corazón del Evangelio. Es la buena nueva de que Dios nos ama.
De que ama siempre al pecador, y con este amor lo atrae hacia sí y lo invita a la
conversión.
La fuerza de la vida cristiana y la fuerza de la Palabra de Dios está en aquel momento
donde yo, pecador, encuentro a Jesucristo y aquel encuentro da un vuelco a mi vida, cambia
mi vida… Y entonces tengo la fuerza para anunciar la salvación a los demás.
“- Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?
¿Hasta siete veces?
- No te digo hasta siete veces; sino hasta setenta veces siete.”
(Mateo 18, 21-22)
El perdón es, sin lugar a dudas, un elemento fundamental de nuestra vida cristiana y de
nuestra vida humana en general.
Si queremos vivir con paz y tranquilidad, y disfrutar de todos los bienes que la vida nos trae,
es preciso que aprendamos a perdonar y a pedir perdón. Y también, que aprendamos a
perdonarnos a nosotros mismos, cuando experimentamos nuestra fragilidad humana y
fallamos en nuestros propósitos, y cuando nos equivocamos de una u otra manera.
Perdona con generosidad las ofensas pequeñas y también las grandes; las que te
causan un gran sufrimiento, y las que apenas te tocan; las que traen consigo
consecuencias graves, y las que simplemente son cuestión de circunstancias y pasan
sin dejar rastro. Cuando perdonas con generosidad te pareces un poco a Dios que
perdona nuestras culpas y pecados, sean los que sean, y al hacerlo, los borra
totalmente de su “memoria”; ya no existen más para Él.
Perdona con un perdón sincero, amplio, y absolutamente gratuito, porque sabes que
el perdón tiene en sí mismo su premio.
Perdona con la cabeza, con la inteligencia, y también con el corazón. Es muy difícil a
veces, pero siempre que quieras es posible. Las palabras y las actitudes de Jesús en
la cruz, dolorido y sangrante, nos lo demuestran; quién más que Él podía sentir la
injusticia de las afrentas que le hacían, y sin embargo oró diciendo: “Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).
Perdona siempre y a todos, con un perdón activo y efectivo, un perdón que se vea,
que se manifieste, que se “materialice” en actos concretos, en actitudes claras y
contundentes que el otro pueda experimentar, aunque te cueste hacerlo; de esta
manera tu perdón no sólo producirá en ti un efecto positivo, sino también en aquella
persona que recibe tu perdón. Recuerda la mirada de Jesús a Pedro, después de que
negara conocerlo, en el momento crucial de su vida en el mundo; fue una mirada de
amor y de misericordia que hizo que Pedro recapacitara inmediatamente, se diera
cuenta del mal que había hecho, y pudiera arrepentirse y llorar su culpa (cf. Lucas 22,
61).
Perdona las ofensas graves y también las leves. Perdona de palabra y de obra.
Perdona aunque quien te ofendió no te pida perdón.
Perdona y perdónate; porque muchas veces somos más duros con nosotros mismos
que con los demás, y nos hacemos daño; un daño que luego proyectamos en nuestras
acciones, y perjudica nuestras relaciones humanas. El perdón es fruto inigualable del
amor, y a la vez hace crecer el amor hasta límites insospechados. Sólo el amor que
perdona es verdadero amor. Sólo el perdón que ama es verdadero perdón.
Perdona, perdónate, y pide perdón con humildad, a quien hayas ofendido. El amor y el
perdón nos hacen verdaderamente libres, como Dios nos creó, como todos nosotros
queremos ser. El amor y el perdón desatan los nudos de los resentimientos, los odios
y los rencores, que nos esclavizan y no nos dejan vivir en paz.
Perdona, perdónate y pide perdón. Sin miedos ni temores. Siempre que sea
necesario. Sólo quien sabe perdonar a los otros, pedir perdón con humildad cuando
siente que ha fallado, y perdonarse a sí mismo por su fragilidad, puede vivir a plenitud
y alcanzar la felicidad y la paz del corazón.
Jesús nos pide que creamos que el perdón es la puerta que conduce a la
reconciliación. Diciéndonos que perdonemos a nuestros hermanos sin reservas, nos
pide algo totalmente radical, pero también nos da la gracia para hacerlo.
Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios“... Sí, tú puedes decir a
Dios: “Perdóname“, y decirle tus pecados. Pero nuestros pecados son también contra
nuestros hermanos, contra la Iglesia, y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y
a los hermanos, en la persona del sacerdote.
10. BUSCA SIN CANSARTE
La vida es un proyecto por construir, una tarea por realizar, una larga búsqueda.
"El que busca, encuentra", dice el refrán popular, y también la Palabra de Dios. Pero el que
busca con ánimo, con insistencia, sin desfallecer, tratando de superar todos los obstáculos
que se le van presentando. El que busca con perseverancia, con constancia. El que busca
con corazón abierto y bien dispuesto. El que busca con entusiasmo y alegría. El que busca
con interés. El que busca con esperanza. El que busca con fe y con amor.
Busca siempre y en todo momento, ser una persona buena, pero no sólo en las
apariencias, sino de verdad, en el corazón. Una persona veraz en sus palabras,
honesta en sus acciones, justa en sus juicios. Una persona de amores y no de odios.
Una persona en la que todos puedan confiar y apoyarse. Una persona limpia de
corazón, transparente, leal.
Busca la felicidad. Es tu derecho. Dios nos creó para que seamos felices, aquí en el
mundo y también en la eternidad. Felices con la felicidad que nace dentro, la que brota
del corazón, que es la única y verdadera felicidad, la felicidad que procede de Dios y a
Él nos conduce; la felicidad que tiene su fundamento en Él y en su amor; la felicidad
que no se acaba nunca.
Busca la paz, o mejor, constrúyela con todas y cada una de tus palabras, con todas y
cada una de tus acciones; con tu manera de ser, con tus actitudes. Hoy, mañana y
siempre. Tu paz interior y la paz de tu familia; la paz de tu barrio, de la ciudad donde
vives, y la paz del mundo entero, que es tarea de todos y bien para todos.
Búscate a ti mismo y trata de conocerte cada día mejor. Conocer tus cualidades para
aprovecharlas al máximo; conocer tus defectos para corregirlos; conocer tus
limitaciones y tus fragilidades para superarlas; conocer tus posibilidades para
realizarlas.
Busca a los demás para amarlos con un amor sincero y profundo. Búscalos para
apoyarlos en todo lo que sea bueno para ellos. Búscalos para compartir con ellos tus
dones. Búscalos para ayudarlos a crecer como personas. Búscalos para servirles en
sus necesidades materiales y espirituales. Búscalos para construir con ellos una
comunidad de hermanos, como Jesús nos enseñó.
Busca a Dios todos los días, todas las horas, todos los minutos, toda la vida. Él es tu
Señor, el dueño de tu vida, tu mayor don, tu más grande alegría. En Él están tu paz, tu
esperanza, tu consuelo; tu pasado, tu presente y tu porvenir. De Él viniste y hacia Él
vas. Él es tu refugio y tu fuerza. Él es tu maestro y tu guía. Él es tu luz y tu verdad.
El joven siempre es una persona en búsqueda de algo por lo cual valga la pena vivir.
Sonríe cada mañana, cuando nace un nuevo día, y también al atardecer, cuando el sol se
oculta tras las montañas y cae la lluvia.
La sonrisa ilumina la mirada y hace ver el rostro de quien sonríe, más joven, más
bello, más agradable.
Sonríe aunque el día esté oscuro, los pájaros no nos alegren con sus trinos, y las flores no
desplieguen sus bellos colores.
La sonrisa es luz del alma y fuerza del corazón.
Sonríe a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a los miserables que en las calles te piden
una moneda para calmar sus infinitas necesidades.
La sonrisa comunica a quien la recibe, el amor sencillo y sincero de quien la da.
Sonríe cuando la emoción ahogue las palabras en tu garganta. Quien te vea sonreír
comprenderá lo que le quieres decir.
La sonrisa tiene una fuerza expresiva mayor que los más grandes y bellos
discursos.
Sonríe aunque las circunstancias de tu vida sean difíciles y te inviten más a llorar y a
lamentarte que a sonreír y agradecer.
La sonrisa tiene la virtud de descargar las tensiones, y de disminuir los dolores
físicos y espirituales.
Sonríe siempre aunque tu sonrisa sea tibia y aparentemente débil; vendrán momentos
mejores en que puedas hacerlo a plenitud.
La sonrisa es siempre una esperanza.
Sonríe cada día, todos los días, a todas horas, a todas las personas que se crucen en tu
camino, en todas las situaciones de tu vida, aunque parezca inútil, innecesario, o absurdo
hacerlo.
La sonrisa derriba muros, abre espacios, lleva paz a los corazones, invita a
compartir, da lugar a la amistad.
La sonrisa es fruto maduro de un corazón limpio y siempre joven, como el corazón de Dios.
Escucha con simpatía y generosidad, a todas las personas, que en medio de tus
actividades diarias, se acerquen a ti para decirte algo. Acógelos con amor, porque en
cada una de ellas estás acogiendo a Jesús, que tiene para ti, en cada momento y en
cada circunstancia, una palabra de luz y de salvación.
Escucha con benevolencia y prontitud los lamentos de todas las personas que sufren
por cualquier causa. Es Jesús mismo quien, a través de ellas, implora tu compasión,
tu compromiso con la justicia, tu ayuda eficaz para atender sus necesidades de orden
material o espiritual. Puedes comenzar a actuar en su favor con una simple sonrisa.
Escucha también con mucha atención la voz de tu corazón. Hay muchas cosas que
los ojos no pueden ver, pero el corazón puede sentir; muchas cosas que la razón no
alcanza a discernir y el corazón las percibe claramente. Lo que llamamos
“corazonadas” es generalmente cierto y seguro, porque el corazón ve con los ojos del
amor, y el amor, cuando es verdadero, no se equivoca.
En las noches, antes de irte a dormir, cierra los ojos y disfruta del silencio de la ciudad
y de tu casa. Aleja de tu mente y de tu corazón el bullicio del día. Haz silencio en tu
interior. Escucha tu respiración acompasada, piensa en el amor que Dios siente por ti,
y déjate invadir por su bondad y su paz. Ora... la oración es escucha de Dios.
Quien sabe escuchar no irá nunca a tientas por la vida.
Quien sabe escuchar hará lo que corresponde en cada momento y en cada circunstancia, y
cuando se equivoque – y es seguro que muchas veces lo hará, porque somos frágiles y
limitados -, su equivocación no será “cuestión de muerte”.
Cada vez que nosotros abrimos el Evangelio, leemos un pasaje y nos preguntamos:
"Con esto Dios me habla, ¿me dice algo a mí?... ¿qué cosa me dice?"... Esto es
escuchar la Palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón.
Abrir el corazón a la Palabra de Dios.
El Señor siempre siembra su Palabra, sólo pide un corazón abierto para escucharla y
buena voluntad para ponerla en práctica.
Estamos llamados a descubrir a Cristo en los pobres, a prestarles nuestra voz en sus
causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la
misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos. (EG N. 199)
La paz se puede alcanzar mediante la escucha atenta y el diálogo, más que con
recriminaciones recíprocas, críticas inútiles y demostraciones de fuerza.
Invoquemos a la Virgen María, Madre de la esperanza y reina del cielo, para que
siempre nos mantenga en una actitud de escucha y de espera, para poder ser ya
traspasados por el amor de Cristo y un día ser parte de la alegría sin fin, en la plena
comunión de Dios.
13. APRENDE A CALLAR
La palabra es un don de Dios, de incalculable valor. Nos permite comunicarnos con los
demás, dándoles a conocer nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, y también
conocer los de ellos; de esta manera crecemos intelectual y espiritualmente juntos.
Pero esto no excluye que en la vida haya situaciones y circunstancias en las que es preciso
callar. También el silencio forma parte de nuestro ser y de nuestra vida, y en algunos
momentos puede llegar a ser más significativo y valioso que el hablar.
Todos hemos pasado y pasaremos, por circunstancias en las que es más acertado, más
conveniente para nosotros y para los demás, permanecer en silencio, aunque tengamos
muchas cosas que decir, muchas explicaciones que dar, muchas preguntas que hacer.
En el libro de los Proverbios, que recoge la sabiduría del pueblo de Israel, leemos:
“El que retiene sus palabras es hombre entendido; el de ánimo reservado es hombre
prudente” (Proverbios 17, 27).
“Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo”
(Santiago 3, 2).
“De una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe
ser así” (Santiago 5, 10).
Todos tenemos que aprender a hablar y también, aprender a callar, a hacer silencio en el
momento justo.
Saber callar a tiempo nos evita problemas y discusiones con las personas que comparten su
vida con nosotros.
Saber callar a tiempo nos impide decir lo que no queremos decir, lo que es injusto decir, lo
que ofende y daña al otro.
Saber callar a tiempo protege nuestras relaciones con las personas cercanas a nuestro
corazón.
Saber callar a tiempo nos presenta ante los demás como personas cultas, equilibradas,
maduras.
Las palabras sí importan. Por eso es preciso cuidarlas. No hacerlo puede convertirlas en
puñales afilados, que llevan en sí mismos la muerte. La muerte espiritual, la muerte de los
afectos, que en ciertos momentos es más grave que la muerte física.
Las palabras pueden ser arma de guerra o de paz. Tenemos que tenerlo muy claro y muy
presente en nuestro trato cotidiano con los demás.
¡También las palabras matan! Cuando hablo mal. Cuando hago una crítica injusta,
cuando con mi lengua “saco el cuero” a un hermano, esto es matar la reputación del
otro. También las palabras matan. Estemos atentos a esto.
Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión... ¡Nada de
insultos! Insultar no es cristiano. ¿Entendido?...
Las habladurías hieren; las habladurías son bofetadas contra la fama de una persona,
son bofetadas contra el corazón de una persona.
La autenticidad es la virtud humana que nos lleva a mostrarnos tal como somos, con
nuestras cualidades y nuestros defectos, nuestras potencialidades y nuestras limitaciones,
los aspectos positivos y los aspectos negativos de nuestra personalidad, nuestros triunfos y
nuestras derrotas, sin preocuparnos por aparecer ante los demás con una imagen
prefabricada, falsificada, buscando que sea más llamativa o más agradable para ellos.
Una persona auténtica es una persona sincera, una persona honesta consigo misma y con
los demás. Una persona que se siente bien con lo que es y con lo que tiene. Una persona
que actúa movida siempre por sus principios y nunca por el qué dirán.
Una persona auténtica es una persona transparente, que está segura de lo que es, de lo que
piensa y de lo que siente.
En una sociedad como la nuestra, que exalta y condena sin muchos análisis, no es fácil ser
auténticos, pero sí es posible, y sobre todo, muy deseable.
Necesitamos urgentemente, personas que se sientan felices con lo que tienen, mucho
o poco, y se amen como son, aunque ello no concuerde con lo que el mundo
considere exitoso. Personas a quienes no los desvele parecerse a este o aquel artista,
a esta o a aquella reina de belleza; hacer lo que hace este personaje de la televisión,
o aquel afamado empresario; vivir como vive este renombrado deportista, o aquella
modelo que sale todos los días en las revistas de farándula.
Si quieres ser una persona admirada y recordada por tus familiares y amigos, y en general
por todos los que se relacionen contigo de una u otra manera, actúa siempre y en todo con
humildad y sencillez.
La sencillez te lleva a manifestarte como una persona simple, natural, sin ostentaciones ni
adornos inútiles; alguien sin malicia, sin dobles intenciones, como tenemos que ser todos los
seres humanos.
“La humildad es la verdad”, decía santa Teresa, y como tal, implica reconocimiento de las
cualidades que poseemos, la conciencia de los dones que nos han sido dados, sin negar ni
olvidar que como seres humanos somos a la vez frágiles y limitados.
Se puede ser humilde y sencillo aún siendo dueño de una gran riqueza material, y de
un importante prestigio intelectual. Sólo hace falta tener la capacidad de darle a cada
cosa su lugar y su momento.
Se puede ser humilde y sencillo desempeñando un alto cargo en la sociedad, con los
privilegios que ello implica. Sólo se necesita tener sentido común y no confundir lo que
se es con lo que se tiene.
Se puede ser humilde y sencillo, y distinguirse también como un gran líder deportivo o
un artista que arrastra multitudes. Sólo se requiere saber mantener los pies en la tierra
y no perder de vista todo lo que se ha tenido que vencer para llegar al lugar en el que
ahora se está.
Se puede ser humilde y sencillo, siendo un rey o un mendigo, una dama de la alta
sociedad o una campesina, un científico de renombre o un analfabeta, una reina de
belleza o una secretaria, el presidente de un país rico o un ciudadano común de un
país pobre. La humildad y la sencillez nacen en el corazón, y el corazón de todos los
seres humanos es esencialmente igual; está hecho de la misma carne. Lo importante
es no dejarlo contaminar ni endurecer.
Sé humilde y sencillo. Actúa siempre y en todo con naturalidad, sintiéndote igual a todos los
hombres y mujeres del mundo. Los bienes que tienes, las cualidades que posees, los títulos
que ostentas, no te hacen superior a nadie; sólo te dan una mayor responsabilidad frente a
quienes por diversas circunstancias están por debajo en la escala social, y necesitan que tú
con tus dones y posesiones, les ayudes a satisfacer sus necesidades básicas y a situarse en
el lugar que les corresponde, como hijos de Dios que son.
¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde
se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros
mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres!
La honestidad y la verdad son dos hermanas siamesas, que no pueden separarse y deben ir
juntas a todas partes, porque son interdependientes. Cada una soporta y sostiene a la otra.
Tanto la honestidad como la veracidad deben ser totales. Es decir, que no se puede ser
medio honesto o medio sincero, porque la más pequeña separación de la honestidad es ya
deshonestidad, y la más pequeña separación de la verdad es ya mentira o falsedad.
Puede ocurrir que en una sociedad en la que impera la ley del más fuerte o del más astuto,
algunas veces parezca que no se consigue mucho con ser honesto y veraz, pero en el fuero
interno todos sabemos perfectamente, que ser honestos y veraces nos da tranquilidad de
conciencia, y la conciencia tranquila es muchísimo más valiosa que todo lo que se pueda
conseguir diciendo mentiras o actuando de manera injusta o tramposa.
Sé honesto y veraz, hoy y siempre, y no temas por las consecuencias de tus palabras
ni de tus acciones, aunque en algún momento parezca que las circunstancias te son
adversas; la verdad y la honestidad se justifican a sí mismas y siempre terminan
ganando.
No te dejes engañar por quienes utilizan la mentira para sacar provecho personal, y quieren
que todos hagamos lo mismo. Detrás de una mentira viene siempre otra, y otra, y otra más...
en una cadena interminable, que nos complica tremendamente la vida, y no nos deja disfrutar
a plenitud y sin remordimientos, lo que somos y tenemos.
No permitas que quienes son deshonestos y actúan buscando el beneficio propio por encima
de los derechos de los demás, te seduzcan con sus argumentos vanos; tú sabes bien por
dónde hay qué caminar y qué no se puede aceptar de ninguna manera. Ten la valentía de
decir “no”, y sigue adelante. Conseguirás mucho más de lo que ellos te prometen, si no en
bienes materiales, en poder, o en prestigio, sí en bienes espirituales, que tienen mayor valor
y son imperecederos.
De ser honesto en tus acciones, de obrar con justicia y rectitud, sin dobles intenciones, de
decir la verdad por encima de cualquier circunstancia, nunca tendrás que arrepentirte. En
cambio, de obrar con deshonestidad, de ser injusto, de ser falso y mentiroso, sí lo harás
muchas veces.
Sé honesto y veraz, hoy y siempre, y colabora con tus palabras y tus acciones a la
construcción de una sociedad también honesta y veraz; una sociedad justa en la que
se atiendan adecuadamente las necesidades de los más débiles, y todas las personas
tengan las mismas oportunidades de crecimiento y desarrollo.
Tenemos que trabajar con ahínco para que esta situación se acabe de una vez y para
siempre. Y la mejor forma de hacerlo es vigilar atentamente nuestras propias palabras y
nuestras acciones, con la certeza de que todo cambio, para que sea real y efectivo, debe
empezar por nosotros mismos.
La verdad es el alimento, la linfa vital de toda sociedad que quiera ser auténticamente
libre, humana y solidaria.
Del corazón del hombre renovado según Dios, provienen los comportamientos
buenos: hablar siempre con la verdad y evitar toda mentira; no robar sino más bien
compartir cuanto se posee con los demás, especialmente con quien tiene necesidad;
no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser mansos, magnánimos y
dispuestos al perdón; no caer en la maledicencia que arruina la buena fama de las
personas, sino mirar mayormente el lado positivo de cada uno.
17. SÉ COHERENTE
Coherencia es, según definición del diccionario, “la conexión o la relación que se da entre
cosas diferentes, de tal manera que no hay entre ellas ninguna contradicción”.
Si referimos este término a nuestra vida, la coherencia es la capacidad que tenemos los
seres humanos de hacer que nuestros pensamientos y nuestras acciones no se contradigan
entre sí, sino que se coordinen perfectamente, es decir, que coincidan en un objetivo común.
La coherencia implica, sin duda, un esfuerzo de nuestra voluntad. Es preciso trabajar con
dedicación para que nuestra conducta esté perfectamente coordinada, y el ser y el hacer, el
pensamiento y la acción, coincidan en todas y cada una de nuestras actividades diarias.
Pero tenemos que saber que muchas veces, cuando lo conseguimos, esto puede traer, por
diversas circunstancias, dificultades a nuestra vida.
Jesús es, sin duda, para todos nosotros, el mayor ejemplo de coherencia. Vivió siempre de
acuerdo con su modo de pensar y de sentir, sin transigir con nada en lo que no estaba de
acuerdo, por pequeño que fuera; siempre en perfecta sintonía con Dios, su Padre, a quien se
había entregado completamente; y aún previendo todo lo que podía sucederle. Jesús fue
condenado a muerte – entre otras cosas - por su coherencia de vida.
Ser coherentes con nuestra fe cristiana y católica, implica un gran desafío; un desafío que
debemos asumir, hoy más que nunca, con decisión y valentía. Hay valores supremos que no
se pueden sacrificar, sólo por no discutir, o por pasar frente a los demás como alguien
“tolerante”, de mentalidad abierta y avanzada. La verdadera tolerancia nunca irá en contravía
de la coherencia. Todo lo contrario. Coherencia y tolerancia son dos valores humanos y
cristianos que se complementan perfectamente, si sabemos entenderlos.
Sé coherente...
Si dices que eres cristiano, tienes que vivir como cristiano siempre. No unas veces sí y
otras no, según te convenga. El criterio es Jesús de Nazaret: sus enseñanzas y su
ejemplo; no la moda, ni la opinión de la mayoría, ni siquiera las leyes de los países,
cuando van en contravía de los principios del Evangelio.
No te dejes llevar por lo que piensan y lo que hacen los demás, sólo por el temor de
disentir y ser rechazado por ellos. O para conseguir algo que deseas y buscas desde
hace ya mucho tiempo, y a lo que crees que tienes derecho.
No tengas miedo al qué dirán; no vale la pena. Siempre habrá quien esté de acuerdo
contigo y quien no, quien te acoja y quien te rechace por lo que dices o haces. Lo
realmente importante es estar bien con uno mismo y con Dios; lo demás es pasajero.
Sé coherente...
La vida humana es un valor fundamental, y está por encima de cualquier
consideración. La fe cristiana nos pide defenderla siempre y en toda circunstancia. No
hay límites ni excusas.
La honestidad no pasa de moda nunca. Tenemos que ser sinceros en todas nuestras
palabras, y justos en todas nuestras acciones. No podemos negociar la verdad. No
podemos decir una cosa y hacer otra. No podemos mentir en ningún momento y por
ninguna razón. Tenemos que dar a cada uno aquello a lo que tiene derecho. Actuar
con rectitud siempre y en todo, es fundamental para mantener la paz de la conciencia,
y también de la sociedad.
La paz es lo único que construye de verdad, y a ella deben estar dirigidos todos
nuestros esfuerzos como personas de bien; la violencia sólo engendra más violencia,
y con ella vienen innumerables males que cada vez son más difíciles de superar. La
verdadera paz está cimentada en la justicia y no en las armas. La experiencia lo
demuestra.
Sé coherente en todo y siempre. Es la única manera de vivir la vida como merece ser vivida.
La única manera de realizar a plenitud nuestra esencia humana; la única manera de
corresponder al regalo que Dios nos hizo, al crearnos a su imagen y semejanza, inteligentes
y libres, con capacidad para amar y para decidir. La única manera de ser discípulos de
Jesús.
Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su
generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente, su entrega total, todo es precioso y le
habla a la propia vida. (EG N. 265)
¿Rezamos de verdad?... Sin una relación constante con Dios, es difícil llevar una vida
cristiana auténtica y coherente.
A cada cristiano se le pide que sea coherente, en cada circunstancia, con la fe que
profesa… Y no decir “soy cristiano” y vivir como pagano. La coherencia es una gracia
que hay que pedir.
18. SÉ VALIENTE, TEN ÁNIMO
“No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor mira el castigo;
quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor”
(1 Juan 4,18)
Dicen los sicólogos, que en los seres humanos hay dos principios básicos, o dos fuerzas,
que nos mueven a obrar; una en sentido positivo, y otra en sentido negativo. La fuerza
positiva es el deseo, y la fuerza negativa es el miedo.
El deseo – fuerza positiva - nos tira hacia adelante, nos hala, nos motiva, nos impulsa a
hacer esto o aquello. El miedo, por el contrario – fuerza negativa - nos coarta, nos cohíbe,
nos presenta obstáculos, nos ata, nos paraliza.
El diccionario define el miedo como “una perturbación angustiosa del ánimo, por un riesgo o
daño real o imaginario”, y también como “el recelo o la aprensión que tenemos de que
suceda algo contrario a lo que deseamos”.
La contrapartida del miedo es el valor, la valentía, que no es otra cosa que “la cualidad del
ánimo que mueve a una persona a acometer, resueltamente, grandes empresas, y a
enfrentar peligros”. Una persona valiente es aquella que tiene cualidades suficientes para
desarrollar determinada actividad con competencia, y se empeña en ello.
El miedo puede entenderse en cierto sentido como cobardía; y el valor, la valentía, como
entereza de ánimo, aún en medio de las dificultades y los problemas.
"Lo que yo les digo en la oscuridad, díganlo ustedes a la luz; y lo que oyen al oído,
proclámenlo desde las azoteas de las casas. Y no les teman a los que matan el cuerpo, pero
no pueden matar el alma" (Mateo 10, 27-28).
Pero debes estar preparado, porque te pueden suceder cosas inesperadas... dolorosas.
Pase lo que pase, mantén la confianza, porque... "a los que aman a Dios, todo les sirve para
el bien" (Romanos 8,28).
Los milagros que hacía Jesús con tantos enfermos, eran un signo grande del milagro
que cada día hace el Señor con nosotros, cuando tenemos la valentía de levantarnos
e ir hacia Él.
Iluminados por la luz del Evangelio y sostenidos por la gracia de los Sacramentos,
especialmente la Eucaristía, nosotros podemos orientar nuestras elecciones al bien y
atravesar con valentía y esperanza los momentos de oscuridad y los senderos más
tortuosos, que hay en la vida.
El Señor nos ayude y nos dé la gracia de la valentía para salir de todo aquello que es
destrucción, devastación, relativismo de vida, exclusión de los otros, exclusión de los
valores... exclusión de la paz... Y la gracia de caminar con la esperanza de
encontrarnos un día cara a cara con Él.
19. PERSEVERA HASTA EL FINAL
“El que persevera alcanza”, dice el refrán popular. La perseverancia es una virtud humana de
gran valor. Necesitamos ser perseverantes para conseguir cualquier cosa en la vida;
constantes, tenaces, firmes, persistentes en lo que queremos, y en el esfuerzo que
realizamos para alcanzarlo.
Y lo mismo sucede en la vida cristiana; en nuestra relación íntima con Dios, en nuestro
trabajo en el mundo, y en nuestras relaciones con los hermanos. La Sagrada Escritura nos
dice:
“¡Busquen a Dios y su fuerza; vayan tras su rostro sin descanso!” (1 Crónicas 16, 11).
Hoy, tal vez más que nunca, los cristianos católicos tenemos que ser perseverantes; fieles a
nuestra fe en Dios y a lo que Él quiere de nosotros.
El mundo en que vivimos es profundamente inestable; cada día nos presenta cosas nuevas,
ideas nuevas, principios nuevos, a los que trata de darles validez universal, pero que “en
menos de lo que canta un gallo”, son reemplazadas por otras y otros, con la misma
pretensión. Hay tantas propuestas que definitivamente no sabemos cuál escoger, por cuál
guiarnos, en cuál de ellas confiar. Es la “cultura de lo provisorio” de la que nos habla con
frecuencia el Papa Francisco, que va muy unida a la “cultura del descarte”, que él también
denuncia.
Pero en medio de este maremágnun, en medio de esta gran confusión, se presenta Dios, el
único que permanece, con su plan de salvación y su amor inigualable por nosotros. Dios que
nos llama, Dios que nos invita a mirarlo, a escucharlo, a colocarlo en el centro de nuestro
corazón y de nuestra vida.
Persevera, mantente fiel en la búsqueda del bien y la verdad, ponle el corazón a todo lo que
haces, no permitas que el desaliento invada tus pensamientos con malos augurios. Dios está
contigo y te ama, y Él es garantía segura de que pase lo que pase, podrás salir adelante en
tus planes y proyectos de bien.
El discípulo del Señor persevera con alegría cuando está con Él, cuando hace su
voluntad, cuando comparte la fe, la esperanza y la caridad evangélica.
La solidaridad es la virtud que nos hace capaces de asumir como nuestras las necesidades
de los demás, y trabajar con entusiasmo y decisión para solucionarlas, en la medida de
nuestras propias posibilidades.
En un mundo lleno de personas que sufren por múltiples motivos, la solidaridad tiene un
terreno abonado para florecer.
Si miramos con atención a nuestro alrededor, hay infinidad de causas que motivan y exigen
nuestra solidaridad, sólo hay que tener ojos para ver, oídos para escuchar, y corazón para
sentir.
Juan Pablo II afirmaba: “Hay que globalizar la solidaridad”, queriendo decir que hay que
hacer que todas las personas del mundo sintamos el deseo interno de hacernos solidarios
con quienes más sufren, con quienes – por una u otra razón - padecen toda clase de
necesidades y carencias, porque cuando ponemos nuestro empeño, todos los males tienen
solución, y como bien dice el refrán, “la unión hace la fuerza”.
Abre tus ojos, tus oídos, tu mente y tu corazón, a las necesidades más urgentes de quienes
viven a tu alrededor, solidarízate con su sufrimiento, y trabaja con tesón para atender sus
necesidades en todo cuanto esté a tu alcance, tanto a nivel material como espiritual.
Sea cual sea nuestra situación, siempre hay algo que podemos hacer por los otros. No
importa que sea poco y que parezca simple. Lo importante es la actitud, el deseo que nace
en el corazón.
Incluso, puede ser una actitud solidaria en el campo de los pensamientos y de los afectos,
cuando no puede concretarse en obras específicas, a causa de nuestros propios límites o
carencias, o de la distancia física que nos separa de quienes sufren. No podemos perder
ninguna oportunidad, ni ninguna manera de ayudar y hacer el bien a los demás.
Solidarízate con todas las personas que sufren injusticia, a lo largo y ancho del
mundo. Son millones. Y cuando estés frente a frente con alguna de ellas, muéstrale tu
respeto, tu cariño, y apóyala en todo lo que te sea posible.
Solidarízate con las personas que en todo el mundo son víctimas de la violencia de
otros, cualquiera sea su causa. Sé un activista de la paz y del respeto, allí donde estés
y haciendo lo que haces.
Solidarízate con los niños abandonados, con los niños abusados, con los niños que no
reciben una educación adecuada, con los niños que padecen hambre, con los que son
inducidos por los mayores al mal. Trata a todos los niños que encuentres en tu
camino, con un amor especial, y siempre que puedas, colabora con las instituciones y
las personas que ayudan a los que están en situación de vulnerabilidad.
Solidarízate con los ancianos que son relegados por su edad y sus achaques, incluso
por sus mismos familiares. Manifiesta esta solidaridad tratando con especial cariño a
los ancianos de tu familia, y socorriendo en sus necesidades a los ancianos enfermos
y pobres que conozcas.
Solidarízate con todas las personas que no tienen trabajo, y apoya de alguna manera
su causa.
Solidarízate con los miles de jóvenes en los barrios de nuestras grandes ciudades,
que no tienen oportunidades de crecer y ser mejores, y de conseguir un empleo digno,
que les permita hacer realidad sus derechos y sus sueños.
Solidarízate con los refugiados de todos los países que abandonan su familia, sus
costumbres, su patria, en busca de una vida mejor, ya sea porque sufren las
consecuencias de las guerras que destrozan el mundo, o las dificultades económicas
que las condiciones del mercado mundial imponen a sus países, y que dan lugar a la
injusticia y la miseria.
Solidarízate con las generaciones futuras y cuida el mundo en el que vives, con
buenas prácticas en el uso del agua, de los recursos energéticos, y en el manejo de
las basuras.
Que nada humano te sea ajeno, como no le fue ajeno a Jesús, que siempre estuvo atento a
las necesidades de quienes encontraba en su camino, y les ayudaba a solucionarlas en todo
lo que estaba a su alcance.
Una simple sonrisa, una mirada cariñosa, pueden llenar un corazón de esperanza, y la
esperanza, como la fe, mueve montañas, y hace posible lo imposible.
Si cada uno de nosotros no acumula riquezas solamente para sí, sino que las pone al
servicio de los demás, en este caso la providencia de Dios se hace visible como un
gesto de solidaridad.
La compasión es una virtud humana y cristiana, que llena nuestro corazón de nobles
sentimientos, y da a nuestra vida un nuevo valor.
"Compadecerse" significa "padecer-con", es decir, sentir con el otro, sufrir en carne propia
sus dolores materiales y espirituales, compartir sus carencias y necesidades, sus fracasos y
sus frustraciones, sus anhelos y deseos; acompañar con el corazón estremecido, las
lágrimas de quien llora, hacer propios sus lamentos, sus angustias y sus quejas. La
compasión es la solidaridad del alma.
Jesús nos pide con insistencia que seamos compasivos, “como nuestro Padre celestial”
(Lucas 6,36), que nos ama a cada uno con un amor que no juzga ni castiga, sino que
acompaña y ayuda; un "amor compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en
fidelidad" (Éxodo 34,6). Un amor que como dice el libro de la Sabiduría, "disimula los
pecados de los hombres, para que se arrepientan" (Sabiduría 11,23).
La compasión es un amor activo que no sólo mira el sufrimiento y las necesidades de los
otros, sino que los comparte, los “siente”, los “vive” como un verdadero dolor, y busca la
manera de hacerse presente más allá de la simple ayuda material, con el cariño, el apoyo, y
la compañía incondicionales.
Compadécete de quienes no tienen fe, creen que el ser humano se reduce a esto que
vemos y tocamos, y por esta razón su vida es pobre, aunque ellos mismos no se
hayan dado cuenta.
Compadécete y agradece a Dios tu propia fe. Aunque creer en Dios y conocer a
Jesús te parezca lo más natural del mundo, es una gracia inigualable y muchos
no han podido o no han sabido recibirla o conservarla.
Compadécete de los que no tienen esperanza y sienten la vida como una carga
pesada sobre sus espaldas. Son más de los que imaginas y sufren intensamente.
Compadécete y cuando encuentres a uno de ellos en tu camino, dale todo tu
cariño y trata de ayudarlo; tal vez tú seas la persona que necesita para empezar
a mirar las cosas de otra manera.
Compadécete de los que no saben qué quieren ni a dónde van, y caminan sin rumbo
fijo, viviendo la vida tal y como les llega, sin un propósito concreto.
El mundo está lleno de personas así; tal vez tengas a tu lado algunas de ellas.
Necesitan comprensión y orientación y tú puedes dárselas. Sólo hace falta que
sientas en tu corazón la importancia de hacerlo.
Compadécete de los que no saben perdonar de verdad, se dejan llevar por el rencor y
los resentimientos, y al hacerlo convierten su vida en un infierno.
Ora mucho por ellos y dales tu testimonio constante de caridad. Las palabras
llegan al cerebro, pero el ejemplo llega al corazón, y es en el corazón donde se
realiza la verdadera conversión, el verdadero cambio de vida.
Recuerda que todos somos esencialmente iguales, y por lo tanto merecemos igual
consideración. Nadie es más que nadie, para marginarlo, para excluirlo, para rechazarlo y
condenarlo. Dios es el único que puede hacerlo, y no lo hace; entonces, ¿por qué lo
hacemos nosotros?
EL PAPA FRANCISCO NOS INVITA A PENSAR:
Tenemos que ser como Cristo, que responde siempre a quien le pide ayuda, con
amor, misericordia y compasión.
Me gusta soñar con una Iglesia que viva la compasión de Jesús... Una Iglesia que
tiene un corazón sin fronteras, pero no sólo el corazón, también la mirada, la dulzura
de la mirada de Jesús, que muy a menudo es mucho más elocuente que las palabras.
Cuando Dios visita a su pueblo, está cerca de él, se acerca a él y siente compasión,
se conmueve... Cercanía y compasión... Cuando nosotros queremos anunciar el
Evangelio, llevar adelante la Palabra de Jesús, éste es el camino.
El relato bíblico del Génesis, nos enseña, entre otras cosas, que Dios nos creó inteligentes y
libres. Capaces de decidir quién queremos ser, cómo queremos vivir, a quién queremos amar
y servir.
Pero el mundo en el que vivimos, la sociedad a la que pertenecemos, con sus múltiples
engranajes, nos hace esclavos de muchas cosas.
Por eso tenemos que sacudirnos y liberarnos. Sólo así recuperaremos nuestra esencia,
podremos realizarnos como personas, y llegar a la plenitud a la que hemos sido llamados
desde el primer instante de nuestra vida.
Por eso tenemos que detenernos un momento a pensar a qué estamos atados. Qué es lo
que condiciona negativamente nuestro obrar. Qué o quién nos cohíbe; por qué y para qué lo
hace. Y con estas premisas, tomar la determinación de no seguirle el juego, de no dejarnos
manipular ni esclavizar de nada ni de nadie. Después todo será claro y fácil.
Libérate de la esclavitud que significa estar siempre pendiente de lo que puedan decir
o no decir los otros de ti. Sé tú mismo y deja a los demás que digan lo que quieran.
Libérate de la esclavitud que implica pensar a toda hora en cómo te ves y cómo te
verán los demás. Cuida de tu apariencia física sin exagerar.
Libérate de la esclavitud que es hacerlo todo sólo para conseguir dinero. Es un bien
necesario, pero no vale la pena sacrificar por él otros bienes superiores como la
familia, la amistad, la salud, la paz interior, la justicia, la honestidad.
Libérate de la necesidad que puedes sentir en tu interior, de ponerte por encima de los
demás y tener poder sobre ellos. Trae consigo demasiados problemas e inquietudes.
Elige amar y servir que es infinitamente más constructivo y provechoso.
Libérate del orgullo que empequeñece tu espíritu. Hazte humilde y sencillo y serás
verdaderamente grande.
Libérate de la pereza que ahoga tu capacidad de crecer como persona y ser mejor
cada día. Hazte diligente y notarás en seguida el cambio que ello produce en tu vida.
Libérate del ansia desbordada de placer, que busca dominarte. Generalmente trae
consigo más problemas que gozo verdadero.
Libérate del consumismo que reduce tu valor a lo que tienes en los bolsillos o en tu
cuenta bancaria, y a lo que puedes comprar con el dinero.
Mira siempre hacia adelante, como hacen las aves cuando vuelan; por eso, porque miran
adelante y nunca vuelven la cabeza atrás, pueden remontar el horizonte.
El amor, la paciencia, el servicio a los demás, la adoración a Dios. ¡Éstas son las
verdaderas riquezas que no son robadas! ¡Las otras riquezas gravan el corazón.
Pesan sobre el corazón: lo encadenan, no le dan libertad!
La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de
poseer, del miedo de perder lo que se tiente, de la tristeza de quien no quiere
compartir con los demás su propio bienestar.
Nuestro verdadero refugio es la confianza en Dios: ella disipa todo temor y nos hace
libres de toda esclavitud y de toda tentación mundana.
“¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio?
Corran, entonces, de manera que lo ganen.
Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita;
nosotros, en cambio, por una corona incorruptible”
(1 Corintios 9, 24-25)
Nada en la vida es regalado. Todo lo que deseamos, cualquiera sea su naturaleza, debemos
conseguirlo con esfuerzo y trabajo.
Pero no se trata sólo de las cuestiones que implican las grandes decisiones de la vida.
Nuestra cotidianidad está llena de pequeños esfuerzos, de pequeñas luchas, de pequeños
sacrificios, que son absolutamente necesarios: levantarnos temprano en la mañana, cumplir
con responsabilidad un horario de trabajo o de estudio, aprender a conocer y a tratar a las
personas con quienes compartimos nuestras actividades, para no tener con ellas
desavenencias graves, vencer los rasgos negativos de nuestro temperamento, soportar el
mal tiempo, realizar una tarea que no nos agrada en beneficio de alguien que necesita
nuestra ayuda, y mil cosas por el estilo; son esfuerzos continuados que muchas veces
realizamos casi sin darnos cuenta, y que poco a poco van surtiendo su efecto.
La medida de nuestros esfuerzos será, sin duda, la medida de nuestros logros, aunque
muchas veces no nos demos cuenta de ello, porque hay circunstancias en las que los
resultados no son tan claros como quisiéramos, o porque no conseguimos exactamente lo
que buscábamos. Sin embargo, siempre habrá, para quien se esfuerza, un premio, y tarde o
temprano éste saldrá a la luz.
Esfuérzate... Trabaja con entusiasmo y constancia por conseguir lo que quieres. Tarde
o temprano tendrás tu recompensa.
Esfuérzate... Pero ten siempre en cuenta a Dios, que está dispuesto a ayudarte a
obtener lo que quieres, si es para tu bien, y el bien de las personas que te rodean.
Esfuérzate, sobre todo, por ser cada día una mejor persona, un mejor hijo de Dios, un
ser humano – hombre o mujer – en todo el sentido de la palabra.
Nunca te sentirás apesadumbrado ni defraudado por haberte esforzado, incluso si no logras
la plenitud de aquello que buscas. En cambio, si lo harás, de haberte dejado vencer sin
siquiera dar la batalla.
Asistir a los pobres es bueno y necesario, pero no basta. Los animo a multiplicar sus
esfuerzos en el ámbito de la promoción humana, de modo que todo hombre y mujer
llegue a conocer la alegría que viene de la dignidad de ganar el pan de cada día y de
sostener a su propia familia.
Es necesario un gran esfuerzo común que haga posible una paz duradera y consienta
destinar los recursos no a las armas sino a las verdaderas luchas dignas del hombre:
la lucha contra el hambre y la enfermedad, la lucha en favor del desarrollo sostenible y
la salvaguardia de la creación...
24. ARRIÉSGATE, NO TENGAS MIEDO
Ser cristiano católico es un riesgo, en cualquier parte del mundo donde se viva y aunque no
se tenga que enfrentar una abierta persecución religiosa.
Implica poner en juego la existencia misma con todo lo que ella comprende y significa, y,
como Jesús, estar dispuesto a entregarlo todo por el Evangelio, y su mensaje de amor y de
salvación.
Así fue desde el comienzo de la Historia de la Iglesia y lo sigue siendo para quienes
queremos vivir nuestra fe a plenitud y con todas sus implicaciones.
Por eso, ninguno de quienes nos confesamos cristianos y católicos de corazón, podemos
excluir el esfuerzo constante y cotidiano en la búsqueda y la práctica del bien, ni la
posibilidad real y concreta, de sufrir toda clase de contradicciones a causa de Jesús, en
cualquier momento de nuestra historia personal.
Sea como sea ese riesgo tiene sentido, es importante, vale la pena. Nos lo dice la historia de
miles de hombres y de mujeres en todo el mundo, y en todas las épocas, que supieron
enfrentarlo y asumirlo con amor y dignidad, y su vida es hoy para nosotros, un ejemplo para
seguir.
Arriésgate a ser un cristiano que va más allá de las meras verdades, de los simples
rezos, y quiere superar el hecho de ser sólo una buena persona.
Haz de tu fe un modo concreto de ser y de actuar, como santa Teresita del Niño
Jesús, que sólo vivió 24 años en este mundo, pero 24 años llenos de amor a
Dios y de entrega a Él, porque desde muy pequeña supo que quería ser “toda
de Dios”.
Arriésgate a ver el rostro de Jesús sufriente, en los rostros tristes y llorosos de todas
las personas que sufren por su pobreza material o espiritual.
Ama con todo el corazón, aún a aquellas personas que parece que no merecen
ser amadas; ámalas aunque hacerlo signifique para ti una fe profunda y
humilde, un esfuerzo constante, e importantes sacrificios físicos, como lo hizo la
Madre Teresa de Calcuta, la más grande mujer de nuestro tiempo, a quien ya
veneramos como santa.
Arriésgate a hacer a un lado todas las ideas incompatibles con el Evangelio de Jesús.
Entrégate con entusiasmo y decisión al trabajo exigente y delicado de construir
la paz en la justicia social, como lo hizo Monseñor Oscar Arnulfo Romero,
Arzobispo de San Salvador, asesinado en 1980 mientras celebraba la
Eucaristía, por su compromiso con los más pobres de su país, hoy Beato de la
Iglesia, camino a ser declarado santo
Arriésgate a vivir toda tu vida en Dios, con Dios, por Dios y para Dios.
Arriésgate a hacer lo que hizo Jesús en la cruz: perdona de corazón y para siempre a todas
las personas que te han ofendido, y ora por ellas.
Arriésgate a decir siempre la verdad y a actuar en todo con honestidad, aunque los demás no
lo hagan y a ti te pueda causar problemas graves.
Arriésgate a no hacerte eco de la sociedad del éxito y la efectividad, que promete una
felicidad que no puede dar.
También Dios se arriesgó por ti cuando te creó, te hizo su hijo muy querido, y te confió, con
magnanimidad, los dones de su amor y de su gracia. ¡No lo defraudes!
Ya que Cristo es nuestra vida, hablemos de él y a partir de él, con decisión y sin
miedo.
El cristiano no duda que aquello que se hace con amor, engendra una serena alegría,
hermana de esa esperanza que rompe la barrera del miedo y abre las puertas a un
futuro prometedor.
No tengan miedo de mantenerse en el camino del Señor. Él está siempre a su lado y
los asiste con su gracia para que se apoyen unos a otros, para que sean
comprensivos y misericordiosos y acepten a cada uno como es, para que cultiven la
comunión fraterna.
25. COMPROMÉTETE EN LAS BUENAS CAUSAS
Un “compromiso” es, como lo explica el diccionario, una obligación contraída, una promesa
hecha, un convenio que hay que cumplir. Y también, la capacidad de entrega que tiene una
persona ante cualquier decisión libremente aceptada. Son sinónimos de “compromiso”:
pacto, deber, empeño, responsabilidad, entrega de sí mismo.
Aunque la vida nos fue dada sin que la pidiéramos, desde el mismo momento en que somos
conscientes de ella se convierte para nosotros en un grande y maravilloso compromiso.
La vida es un don, un regalo que hemos recibido gratuitamente, y com o tal debemos
acogerla; pero también es una responsabilidad que debemos asumir, una promesa que
debemos realizar en la entrega generosa de lo que somos y de lo que tenemos, a quienes
están cerca y comparten la suya con nosotros, empezando por nuestra familia más próxima y
los amigos más cercanos a nuestro corazón.
Es más. La vida adquiere un valor mayor y un sentido más profundo, precisamente cuando
no pensamos sólo en nosotros mismos y en nuestros deseos, necesidades, problemas y
dificultades, triunfos y derrotas, sino también en los deseos, necesidades, problemas y
dificultades, triunfos y fracasos de los demás, y contribuimos de alguna manera a su
bienestar.
Vive tu vida no de un modo egoísta, cerrado, intimista, sino de una manera generosa,
abierta, comprometida, particularmente con aquellas personas que tienes más cerca,
que son muchas veces, aunque parezca extraño, las más desconocidas y también las
más necesitadas de nuestro cariño y de nuestro apoyo.
Vive tu vida con alegría, trata de mantener siempre el entusiasmo, míralo todo con
optimismo, pero no olvides que a tu lado viven muchas personas tristes, apagadas,
desanimadas. Comprométete con ellas y ayúdalas a superar sus sentimientos
negativos, dándoles una parte de tu tiempo para distraerlas de su situación.
Vive tu vida en actitud de agradecimiento constante por todo lo que has recibido de
Dios y de las personas que están cerca de ti, y te han ayudado a ser lo que eres.
Concreta este agradecimiento, comprometiéndote a ser apoyo para alguien que quiere
superarse y no encuentra la forma de hacerlo.
No olvides nunca, por ningún motivo, a los pobres del mundo entero, a los que
padecen soledad, a los que viven tristes y deprimidos, a los que están enfermos, a los
que son víctimas de las injusticias que todos cometemos, a los que sufren violencia, a
los que tienen miedo, en fin. Comprométete con ellos; busca constantemente la
manera de ayudarlos, aunque a primera vista parezca un imposible. Cualquier día,
cuando menos lo esperes, tendrás en tus manos la oportunidad de hacerlo, y esa
oportunidad no la puedes dejar escapar simplemente porque no estás atento o porque
no te sientes preparado.
Comprométete con la paz, con la justicia social, con el bien y la bondad, con el respeto
y la honestidad, con el amor y la esperanza. Lucha por ellos. Trabaja por ellos. Vive
por ellos. Al hacerlo estarás realizando tu compromiso con Jesús, que no tuvo miedo
de comprometerse con nosotros, y en cumplimiento de ese compromiso entregó su
vida en la cruz. Dios Padre valoró su generosidad y coherencia y lo resucitó de entre
los muertos. Desde entonces es para todos garantía de vida eterna.
Ser puro significa ser limpio de cuerpo y de alma. Ser transparente, claro, nítido, sencillo,
natural; en los pensamientos, en los deseos, en los proyectos, en las palabras, y en las
acciones.
Ser puro es no tener dobles intenciones, obrar siempre y en todo con honestidad y rectitud,
buscando el bien de los demás, por encima del bien propio.
Ser puro es poder mirar a todos a los ojos, porque el corazón no tiene nada que ocultar.
Ser puro es tener la mente clara, libre de pensamientos oscuros y escondidos, de deseos
malsanos, de proyectos que no se compaginan con el hecho de ser cristianos, de ideas que
envenenan el alma y conducen por caminos tortuosos, que tarde o temprano llevan a la
desilusión y al fracaso.
Ser puro es poder hacer todo lo que se hace, a la vista de los demás, porque no hay nada
que ellos no puedan ver, nada que no puedan saber; porque no se tiene nada que se deba
esconder, en ningún sentido.
La pureza es algo que se puede conseguir, y que, evidentemente, va mucho más allá de lo
sexual, a lo que solemos reducirla; y también, por supuesto, algo que debemos revisar y
renovar continuamente.
Purifica tu cuerpo, que es, por el Bautismo, templo del Espíritu Santo. No permitas que
lo contaminen el pecado de la lujuria, el pecado de la gula, el pecado de la pereza; lo
destruyen lentamente, casi sin darnos cuenta.
Purifica tu mente de todo pensamiento negativo, que resta fuerzas a tus palabras y a
tus acciones, y limita notablemente el horizonte de tu vida.
Purifica tu corazón del orgullo, del egoísmo, de la avaricia, que te hacen pensar sólo
en ti, y ponerte a ti mismo y tus deseos y caprichos, como medida de todas las cosas.
Purifica tus palabras para que no hieras con ellas a quienes te diriges.
Purifica tus actitudes y tus gestos, para que no des lugar a malas interpretaciones.
Purifica tus deseos, anhelos y proyectos, para que nada de lo que busques, ni de lo
que hagas, vaya en contra de tu ser de cristiano.
Purifica todo tu ser, para que tu vida sea plenamente coherente, como la vida de
Jesús, nuestro maestro y modelo, que dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios” (Mateo 5, 8)
Les haré una confesión personal. En la noche, antes de ir a la cama, yo rezo esta
breve oración: "Señor, si quieres, puedes purificarme". Y rezo cinco Padrenuestros,
uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con sus llagas.
27. CUÍDATE CON ESMERO
Cuando hablamos del verbo “cuidar”, lo referimos generalmente a los niños, a los ancianos y
a los enfermos, y nunca o casi nunca, a nosotros mismos, que deberíamos ser, por otra
parte, el objetivo central de nuestros cuidados.
Todas las personas, seamos quienes seamos y estemos donde estemos, tenemos que
cuidarnos, tenemos que protegernos de una cosa o de otra, si queremos llevar una vida
digna y segura. Una vida que pueda desarrollarse a plenitud y logre su cometido.
Cuida tu cuerpo de cualquier exceso que pueda hacerle daño. Hay que buscar el
equilibrio en todo lo referente a él, para mantener su salud y su bienestar, porque es él
el que nos permite estar en este mundo maravilloso y gozar su belleza.
Cuida tu vida. No te arriesgues a perderla por cualquier cosa que, en todo caso, vale
menos que ella. No te dejes llevar por el afán de competencia, ni por el deseo de
emociones fuertes, que te impulsan a ponerla en “jaque”, en los llamados deportes
extremos, que en realidad son acciones temerarias y sin sentido, y pueden ser causa
de grandes males, imposibles de reparar.
Cuida tu mente del daño que le hacen la droga y el alcohol. Al comienzo te pueden
parecer inofensivos, pero en poco tiempo causarán un mal importante a tu cerebro, y
como consecuencia de ello, a tus relaciones familiares, a tus relaciones de amistad, a
tu estudio, a tu trabajo...
Cuida tu corazón de todo sentimiento negativo. Más tarde o más temprano se volverá
en contra tuya, y te hará una persona susceptible y conflictiva, a quien todos mirarán
con recelo, porque no saben a qué atenerse contigo.
Cuida tu intimidad. No dejes entrar en ella a nadie que no lo merezca, y que luego la
divulgue sin ningún pudor. Tu intimidad es tuya y nadie tiene derecho a ponerla a la
vista de los demás; por eso tienes que protegerla al máximo de todas las miradas y de
todos los abusos que puedan dañarla.
Cuida tus pensamientos y tus deseos. Pueden llevarte muy alto y elevarte por encima
de ti mismo, pero también pueden hundirte en los más grandes abismos.
Cuida tus palabras. Son un arma de doble filo. Puedes acariciar con ellas, pero
también puedes matar con ellas. Puedes construir y puedes destruir. Puedes salvar y
puedes condenar. Quien es dueño de sus palabras es dueño de sí mismo.
Cuida todas y cada una de tus acciones. Piensa bien lo que vas a hacer; te ayudará a
evitar equivocaciones inútiles y costosas.
Cuida tus ojos y lo que miras. Cuida tus pasos y a donde vas. Cuida tu lengua y lo que
dices. Cuida tus oídos y lo que oyes. Hay muchas cosas que no vale la pena mirar.
Muchos lugares a donde es mejor no ir. Muchas cosas que es mejor no decir. Muchas
palabras que es mejor no escuchar.
Cuídate de los malos amigos; son causa de muchos y muy graves males, para el
cuerpo y para el alma. Un mal amigo puede precipitarte en el abismo de la droga o el
alcohol, casi sin que te des cuenta de ello. Un mal amigo puede inducirte a hacer
cosas que no quieres hacer, invocando el cariño que le tienes, la relación que a él te
une. Un mal amigo puede aprovecharse fácilmente de tu sentido de la amistad para
llevarte a cometer delitos o pecados, o a encubrir los suyos.
Cuídate de las personas aduladoras. Son azúcar por fuera y vinagre por dentro.
Cuida a las personas que están cerca de ti, como quieres que ellas cuiden de ti.
No es difícil imaginar cuánto podrían aprender las mamás de los cuidados de María
por el hijo. Y cuánto podrían ganar los papás, del ejemplo de José, hombre justo, que
dedicó su vida a sostener y a defender al niño y a la esposa – su familia – en los
momentos difíciles...
Los abuelos cuidan en sí los valores de un pueblo, de una familia, y ayudan a los
padres a transmitirlos a los hijos.
28. RENUÉVATE CADA DÍA
Cada día que amanece es una oportunidad que Dios nos da para seguir viviendo.
Un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año... son una oportunidad para crecer como
personas y como cristianos; como padres de familia y como hijos; como esposos o esposas,
como hermanos y hermanas, como amigos, como vecinos, como ciudadanos, como
profesionales.
Un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año... son una oportunidad para emprender tareas y
proyectos que traigan beneficios especiales a nuestra familia, a nuestra empresa, a nuestra
comunidad, a nuestro barrio, a nuestra ciudad, al mundo, y por supuesto, a nuestra propia
persona. Una nueva oportunidad para enfrentar nuevas circunstancias y nuevos desafíos,
que nos lleven a ser mejores seres humanos; más fuertes, más dignos de llamarnos hijos de
Dios.
Un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año... son una nueva oportunidad para renovar
nuestro ser íntimo y personal, y adquirir cualidades y saberes que nos hagan posible
intervenir más directamente en hacer que el mundo en el que vivimos sea un lugar mejor
para todos. Una nueva oportunidad para amar con más fuerza y mayor profundidad, y hacer
que el amor sea el motor de todas nuestras palabras y nuestras acciones.
Un nuevo año, un nuevo mes, un nuevo día… son como el aire fresco de la mañana, que
penetra por las ventanas abiertas de la casa e invade las estancias más recónditas, con su
fuerza vital.
Un nuevo año, un nuevo mes, un nuevo día… son como la luz del sol que cada amanecer
se difunde silenciosamente por el espacio, haciendo retroceder las tinieblas, y dándole a
cada lugar donde llega, una apariencia alegre y acogedora.
Vive cada nuevo año, cada nuevo mes, cada nuevo día de tu vida, con entusiasmo y alegría,
decidido a seguir adelante con esfuerzo y tesón, apoyado en el amor de Dios que es nuestra
mayor riqueza.
Abre las puertas de tu corazón para que penetre en ellos toda la fuerza renovadora del
tiempo que no ha sido, y que viene cargado de promesas y buenos augurios, y para recibir la
bendición de tu Padre del cielo.
Deja atrás el pasado con todas sus cargas y disponte a comenzar de nuevo, sin miedos ni
temores, seguro de que Dios está contigo y que Él es tu fuerza y tu apoyo siempre y en toda
circunstancia.
Renueva tu ser, renueva tus ganas de vivir, renueva tu deseo de llegar lejos, tu propósito de
trabajar para ser una mejor persona y servir a los demás con mayor generosidad.
Renuévate por dentro y por fuera. Renueva lo que eres y lo que haces. Imprímele un nuevo
sentido a cada pensamiento, a cada palabra, a cada acción.
Yo creo en Jesucristo y por eso les digo esto: Él es quien renueva continuamente en
mí la esperanza. Es Él quien renueva continuamente mi mirada. Es Él quien despierta
en mí, o sea en cada uno de nosotros, el encanto de disfrutar, el encanto de soñar, el
encanto de trabajar juntos. Es Él quien continuamente me invita a convertir el corazón.
Es una realidad perfectamente clara: siempre podemos ser mejores de lo que somos ahora;
siempre podemos amar más de lo que amamos ahora; siempre podemos ser más generosos
y serviciales de lo que somos ahora; siempre podemos perdonar más de lo que perdonamos
ahora; siempre podemos ser más justos, más sencillos, más humildes, más comprometidos,
más solidarios de lo que somos ahora. Pero, primero, tenemos que tener conciencia de ello,
y segundo, tenemos que trabajar con entusiasmo para conseguirlo.
No se trata, de ninguna manera, de ser personas descontentas con lo que somos y lo que
tenemos, y tampoco, personas ambiciosas en el mal sentido del término. Se trata de
reconocernos como lo que somos: pequeños y grandes a la vez; reconocer nuestra dignidad
humana, imagen y semejanza de Dios, que nos hizo inteligentes y libres como Él, y nos llamó
a ser sus hijos, y trabajar en serio para desarrollar de la mejor manera y en la mayor medida
posible nuestras capacidades y competencias, sabiendo que al hacerlo damos gloria a
nuestro Creador y Padre; y también, de aceptar nuestras debilidades y nuestras falencias,
propias de nuestro ser de creaturas y como tales, frágiles y limitadas .
Siempre podemos ser mejores. Siempre hay algo en lo que podemos superarnos. Siempre
podemos ir más allá de donde ahora estamos y ser más de lo que ahora somos.
Ser mejores como padres, como esposos, como hijos, como hermanos, como amigos, como
vecinos; mejores ciudadanos, mejores trabajadores, mejores compañeros, mejores patrones,
mejores cristianos, en fin.
Pero para alcanzarlo, para lograr superarnos, necesitamos tener un enorme deseo de
hacerlo, una gran fuerza de voluntad que nos impulse a trabajar en ello, y mucha paciencia y
constancia para seguir adelante aún en medio de las dificultades, porque esto no se
consigue de la noche a la mañana, y menos aún, sin un denodado esfuerzo. Sin embargo, el
querer nos augura la posibilidad del éxito, si trabajamos con seriedad en el proyecto.
No te contentes con ser la persona que ahora eres, con saber lo que ahora sabes, con
amar como ahora amas. Hay mucho espacio para crecer y desarrollarse; muchas
posibilidades de llegar a ser una mejor persona; muchas oportunidades para aprender
cosas nuevas; muchas ocasiones para amar con más fuerza. Sólo se necesita saber
descubrirlas y trabajar en ello con empeño y decisión.
No te contentes con creer como ahora crees, con vivir como ahora vives, con hacer lo
que haces. Puedes ir más allá. Mucho más allá. Supera tu medida. Es posible. Sólo
hace falta que lo desees en tu corazón y te animes a buscarlo. Encontrarás, sin duda,
personas que te guíen y que te apoyen. Personas que te enseñen y sean un modelo y
un estímulo para ti.
Supera la superficialidad del ambiente que te rodea. Supera la comodidad que trata de
imponérsete, porque es agradable y poco exigente. Haz gala de tus cualidades y
dones especiales, que los tienes con absoluta seguridad.
Pero no hagas nada con orgullo o prepotencia, como si fueras superior a los demás, y
tampoco, como si la vida fuera una dura competencia en la que es preciso sobresalir a como
dé lugar, haciendo a un lado a los demás, y hasta parándose sobre ellos.
La superación personal no está reñida con la humildad ni con la sencillez, y mucho menos
con el respeto al otro o a los otros; al contrario, cuando se soporta en ellos: humildad,
sencillez, respeto y tolerancia, es más fuerte y también más auténtica. Lo mismo que si se
enfoca hacia el servicio y se busca ante todo ser más para servir mejor.
No hay que resignarse a la monotonía del vivir cotidiano, sino cultivar proyectos de
amplio respiro, ir más allá de lo ordinario.
El don de entendimiento es una gracia que solo el Espíritu Santo puede infundir, y que
suscita en el cristiano la capacidad de ir más allá del aspecto externo de la realidad, y
escrutar las profundidades del pensamiento de Dios y de su designio de salvación.
Poner bajo la acción del Espíritu Santo nuestra vida de cristianos y la misión que
todos hemos recibido en virtud del Bautismo, significa redescubrir el coraje apostólico,
necesario para superar fáciles comodidades mundanas.
Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a
escuchar y a aprender los unos de los otros.
30. FORTALÉCETE INTERIORMENTE
Sin embargo éste no es nuestro caso hoy. Queremos referirnos aquí y ahora a la fortaleza
espiritual, que entendemos como la capacidad que los seres humanos poseemos, para
enfrentar con “éxito espiritual”, con dominio de nosotros mismos y de la situación, las
circunstancias impredecibles de nuestra cotidianidad; las dificultades, los problemas, las
adversidades en general.
La fortaleza espiritual es un don del Espíritu Santo, una gracia que nos da Dios, y que nos
permite vivir nuestra vida humana con la dignidad que le es propia, y también, para hacer
realidad en ella, con verdadera coherencia, la fe cristiana que profesamos.
En un mundo como el nuestro, en una sociedad como la nuestra, hay muchas circunstancias
que nos exigen ser fuertes espiritualmente; tener la capacidad de enfrentar con valor y
decisión, adversidades y problemas de diversa índole; saber tomar decisiones, muchas
veces complicadas, porque involucran cuestiones que afectan directamente nuestra vida;
hacer todo lo que está a nuestro alcance para mantener nuestros principios por encima de
otras propuestas que los confrontan; en fin.
Y también para caminar por el camino del bien y la verdad, del amor, de la justicia, y de la
libertad, que muchas veces van en contravía de lo que el mundo y la sociedad nos presentan
como lo mejor.
Jesús es para nosotros el mejor ejemplo de esta fortaleza espiritual. Aún en los momentos
más difíciles de su vida en el mundo, supo mantener la serenidad que le daba su profunda
confianza en el Padre, y aunque muy seguramente experimentó en diversas oportunidades,
temores, vacilaciones, inseguridades, fue capaz de mantenerse dueño de sí mismo, y actuar
haciendo realidad la Voluntad de Dios para Él.
Ayudado por la oración, Jesús pudo enfrentar la persecusión de sus enemigos, la traición y el
abandono de sus seguidores, y el horroroso castigo de la cruz, en absoluto silencio y con
total dignidad. Dios Padre lo acompañó en su suplicio, y Jesús salió vencedor en el combate.
Fortalécete... Pide a Dios, con insistencia este don, para que seas siempre capaz de
seguir sus caminos, hacer el bien y rechazar el mal, con valor y alegría, aunque te
cueste la vida como a Jesús.
El mundo necesita del testimonio de muchos hombres y mujeres que sean
capaces de vencer sus miedos, sus debilidades, y sus limitaciones, y mostrar
nuevos caminos a esta sociedad que cada día busca con mayor fruición, la
comodidad de dejarse llevar por lo que es más fácil o más productivo a corto
plazo, sin detenerse a pensar que “no todo lo que brilla es oro”, y que lo que
realmente vale, generalmente no está tan al alcance de la mano, como
quisiéramos.
El Espíritu Santo, mandado por el Padre, ofrece sabiduría y fortaleza a aquellos que
son dóciles a su acción.
Si queremos encontrar firmeza en nuestra vida, debemos ir al Espíritu Santo... Lo
recibimos en el Bautismo... El Espíritu Santo nos da fortaleza, firmeza, para ir hacia
adelante en la vida, entre tantos acontecimientos…
Con el don de la fortaleza, el Espíritu Santo libera nuestro corazón del letargo, de las
incertidumbres y de todos los miedos que pueden detenerlo, de modo que la Palabra
del Señor sea puesta en práctica de manera auténtica y alegre.
A veces podemos estar tentados de dejarnos vencer por la pereza, o peor, por el
desaliento, sobre todo, frente a las fatigas y a las pruebas de la vida. En estos casos,
no perdamos el ánimo, invoquemos al Espíritu Santo, para que con el don de
fortaleza, pueda aliviar nuestro corazón y comunicar nueva fuerza y entusiasmo a
nuestra vida y a nuestro seguimiento de Jesús.
31. ATRÉVETE A SER DISTINTO
Atrévete a elevar tus ojos al cielo todos los días, mirar más allá de las nubes y las estrellas,
descubrir a Dios en el infinito y en lo profundo de tu corazón, y dar a tu vida el sentido
trascendente que le corresponde por su misma esencia.
No importa que muchos digan que estás pasado de moda, que eres tonto y aburrido, o
que estás totalmente alejado de la realidad que te circunda.
Atrévete a mantener los oídos atentos y la mente abierta, para descubrir en los
acontecimientos de cada día, en las personas que viven a tu lado, la presencia viva y
actuante de Dios que te llama por tu nombre, porque te ama profundamente y quiere ser
parte fundamental de tu vida y de la vida de todos.
Encontrar a Dios, sentirlo en nosotros y con nosotros, y dejarnos guiar por Él, hace
que nuestra vida sea mucho más fácil y también más fructífera, aún en medio de los
problemas y de las circunstancias adversas, que nunca faltan ni faltarán.
Atrévete a extender tus manos para estrechar las de tantos otros hombres y mujeres, que
caminan a tu lado por la vida y requieren tu apoyo sincero y generoso para seguir adelante.
Todo lo que eres y todo lo que tienes lo has recibido gratuitamente, sin mérito de tu
parte, y una forma de agradecerlo es compartirlo con otros, especialmente con
quienes se encuentran en situación de necesidad.
Atrévete a no pensar como todos piensan, a no ser como todos son, a no decir lo que todos
dicen, a no buscar lo que todos buscan, a no ir donde todos van, a no hacer lo que todos
hacen...
Los cristianos, discípulos y seguidores de Jesús, estamos llamados a “vivir en el
mundo sin ser del mundo”, lo cual implica en gran medida, pensar distinto, actuar
distinto, hablar distinto, ser distintos al común de la gente, en esta sociedad que quiere
imponernos a toda consta sus ideas y principios materialistas.
Atrévete a abrir tu corazón al amor infinito que Dios siente por ti y que te regala de mil
maneras distintas; recíbelo con humildad y sencillez, y conviértelo en amor tuyo para las
personas que comparten su vida contigo.
El amor de Dios es principio y fundamento de todo amor; para amar de verdad
tenemos que sentirnos amados por Dios, porque es el amor que de Él recibimos, el
que damos a los demás.
Atrévete a pensar distinto, a actuar distinto, a ser distinto... Sigue a Jesús, que vino a
enseñarnos a ser, a actuar, y a vivir como lo que somos: hijos muy amados de Dios.
No importa que esto signifique en algún momento o circunstancia de tu vida, ser
criticado, ofendido, perseguido... ¡muerto!. Lo único importante es realizar la Voluntad
de Dios en tu vida, que es siempre voluntad de amor y de salvación para todos.
No hay que dejar nunca de hacer el bien, aún cuando resulte arduo y se sufran actos
de intolerancia, por no decir de verdadera y propia persecución.
No hay que resignarse a la monotonía del vivir cotidiano, sino cultivar proyectos de
amplio respiro, ir más allá de lo ordinario.
Es claro y cierto que en la vida hay muchas cosas para hacer, porque la vida es movimiento,
creatividad, búsqueda; pero también lo es que hay muchas otras cosas que debemos evitar,
si no queremos enredarnos en situaciones y circunstancias que muy seguramente nos
traerán severos dolores de cabeza, y nos desviarán de nuestro objetivo central de dar a
nuestro quehacer cotidiano, y a nuestra vida en general, una orientación cristiana, realizando
en ella el mensaje de amor de Jesús.
Si quieres vivir una vida plena, en la que te puedas sentir realizado con lo que eres y con lo
que haces, tanto a nivel humano como a nivel cristiano; una vida tranquila y sosegada, sin
miedos; sin tener la necesidad urgente de estar escondiéndote o aparentando ante los
demás lo que no eres, lo que no tienes, lo que no sientes; una vida armónica, en paz contigo
mismo, con los demás y con Dios; una vida que sea un constante crecimiento espiritual:
Evita mentir sobre cualquier cosa, por simple que parezca. La mentira complica
tremendamente la vida, porque nos exige mantenernos en su juego, y hacerlo
provoca irremediablemente una tensión permanente en la búsqueda de no ser
descubiertos, lo cual es profundamente estresante y dañino.
Evita actuar como una persona orgullosa, egoísta y vanidosa. El orgullo, la vanidad y
el egoísmo nos hacen antipáticos ante los demás, y generan a nuestro alrededor una
resistencia que fácilmente se convierte en rechazo; lo cual, a su vez, nos crea
inseguridad, y la inseguridad genera un cúmulo de sentimientos negativos que
terminan por dañarnos interiormente.
Evita los rencores y los resentimientos. No producen nada en sus destinatarios, pero
sí en quien los lleva en su corazón; fácilmente lo convierten en una persona huraña,
malgeniada, incomprensible e intratable.
Evita el mucho hablar, y también el callar sin una razón clara y justificable. Hay
palabras que hieren en lo más profundo del alma, y hay silencios que hacen daño y
causan graves problemas. Examina lo que dices y también lo que callas, y si es algo
que afecta gravemente a alguien, sea quien sea, busca la mejor manera de superar
estas conductas. Recuerda el refrán que afirma: “Más vale ponerse colorado un
ratico, que pálido toda la vida”.
Evita los prejuicios y también los juicios sobre los otros. Recuerda las palabras de
Jesús: “No juzgues y no serás juzgado, no condenes y no serás condenados. Con la
medida que midas, serás medido” (Mateo 7, 1-2).
Evita contar a tus amigos y conocidos lo que los demás opinan de ellos, si es algo
negativo. Piensa dos, tres, cuatro, cinco veces... lo que vas a decir. No sólo hace
daño quien juzga al otro, o quien habla a la ligera del otro, sino también aquél que
repite lo que ha oído, sin detenerse a pensar que va a causar un gran dolor a la
persona a quien dice querer.
Evita actuar precipitadamente, sin medir bien lo que vas a hacer y las consecuencias
que te traerá. Tómate tu tiempo en la realización de tus proyectos. “De la carrera no
queda sino el cansancio”. La prisa generalmente nos lleva a hacer las cosas mal, con
el consiguiente perjuicio para nosotros y para las personas involucradas en nuestras
acciones, directa o indirectamente.
Lleva una vida mesurada en todos los sentidos. No te arrepentirás nunca de ello. Al contrario.
Verás que mientras más control tengas de ti mismo y de tus acciones y reacciones, más
fácilmente podrás alcanzar lo que deseas y lo que te propones.
Para amar la vida, no necesitamos llenarla con cosas, que después se convierten en
ídolos. Se necesita sólo la mirada de Jesús.
Mantén tus ojos puestos en Jesús. Es el espejo en el que debes mirarte, y la imagen que
debes reflejar.
Jesús es Dios en medio de nosotros. Dios encarnado. Dios metido en nuestra historia, sujeto
a nuestras limitaciones y debilidades, para enseñarnos a vivir como tenemos que vivir, a ser
lo que estamos llamados a ser.
En Jesús, nuestra naturaleza humana queda redimida y divinizada. Seguimos siendo lo que
somos: hombres y mujeres de carne y hueso, con todo lo que esto significa, pero también,
hijos muy amados de Dios, bendecidos por su bondad y por su gracia, que nos capacita para
el bien.
Mira a Jesús. Mientras tengas tu mirada puesta en Él, caminarás con seguridad por la
vida, y cualquier cosa que te suceda, buena o mala, será para tu bien.
Míralo con los ojos del corazón, que son más limpios, que saben mirar más hondo,
que son capaces de ver lo que los ojos físicos no pueden ver.
Míralo detenidamente, insistentemente, cara a cara, en tu oración de cada día. Trata
de descubrir los secretos de su bondad infinita, de su amor sin límites ni condiciones,
de su confianza en el Padre.
Míralo y deja que Él también te mire. Que penetre con su mirada cálida tu intimidad.
Que descubra tus temores y los destruya, que perdone tu pecado, que sane tus
sentimientos, que ilumine todos tus pensamientos, que te haga una persona nueva.
Mira a Jesús... No permitas que nada ni nadie se interponga entre Él y tú; entre su
mirada y la tuya. No permitas que nada ni nadie, por ningún motivo, te separe de Él, ni
siquiera un instante.
Jesús es el espejo en el que debes mirarte siempre; la imagen que debes reflejar.
Es el deseo de Dios para ti y para todos los hombres y mujeres del mundo, pero apenas
unos pocos se han dado cuenta de ello, y tú has sido bendecido porque lo conoces y sabes
dónde y cómo encontrarlo.
Has sido bendecido porque puedes mirarlo y dejarte mirar por Él.
Cada gesto, cada palabra de Jesús, revela el amor misericordioso y fiel del Padre, y
entonces ante Él nos preguntamos: ¿Cómo es mi amor por el prójimo?... ¿Puedo ser
fiel?... ¿O en cambio soy voluble, sigo mis estados de ánimo y mis simpatías?...
En Jesús, cada dolor humano, cada angustia, cada padecimiento, ha sido asumido
por amor, por la pura voluntad de estar con nosotros.
Nos hará bien a todos nosotros, mirar el Crucifijo, besar las llagas de Jesús... Él ha
tomado sobre sí todo el sufrimiento humano, se ha “vestido“ de ese sufrimiento.
Invito a todos a mirar a Jesús crucificado, para entender que el odio y el mal son
derrotados con el perdón y el bien; para comprender que la respuesta de la guerra
sólo aumenta el mal y la muerte.
Madre, enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que Él sea luz en nuestro
camino.
34. SUEÑA Y REALIZA TUS SUEÑOS
Un sueño es un deseo del corazón, un anhelo que nace en lo más profundo del alma.
Un sueño es como una pequeña semilla que guarda en su interior la posibilidad de germinar
y convertirse en un árbol frondoso.
Cuando uno sueña, el horizonte de su vida se amplía. Se ven cosas que antes no se veían,
se sienten cosas que antes no se sentían, se hacen cosas que antes no se hacían.
Cuando uno sueña se convierte en una persona abierta, creativa, entusiasta, dinámica,
osada, atrevida, arriesgada.
Mahatma Gandhi soñó que su patria, la India, se podía constituir en un país libre,
independiente y próspero, para bien de sus ciudadanos, sin necesidad de entablar una
guerra con Inglaterra que ejercía en ella su dominio; creó el movimiento de la no-violencia
activa, que difundió con tesón, enfrentando toda clase de problemas, y alcanzó su propósito.
Martin Luther King soñó que un día los niños negros y los niños blancos de su país, Estados
Unidos, compartirían los mismos parques, las mismas escuelas, y tendrían las mismas
oportunidades; se esforzó por conseguirlo, también en el marco de la no-violencia activa, y
dio su vida por su sueño, que hoy es una realidad.
Teresita del Niño Jesús, religiosa carmelita francesa, soñó desde que tenía uso de razón, con
ser santa; se esforzó por crecer en la virtud, y hoy es Doctora de la Iglesia, aunque sólo
alcanzó a vivir 24 años en este mundo; y además Patrona universal de las Misiones
católicas, aunque no salió un sólo día de su convento.
La Madre Teresa de Calcuta escuchó un día, en su corazón, la voz de Jesús que le pedía
realizar el sueño de ir a iluminar la vida de los más pobres y desamparados de Calcuta,
haciéndose testigo de su amor infinito, y después de sortear un sinnúmero de dificultades,
fundó una comunidad religiosa que creció rápidamente y que hoy está presente en muchos
países del mundo, socorriendo a los más pobres entre los pobres.
Sueña con un mundo mejor para todos y haz lo que esté a tu alcance para lograrlo,
aunque te parezca que lo que puedes hacer es poco, que tus acciones son
pequeñas y simples. El mar es la suma de pequeñas gotas de agua; el desierto está
formado por pequeñísimos granos de arena.
No te canses de soñar ni de esforzarte por conseguir lo que sueñas. Sería como cansarte de
vivir.
Los misioneros nunca renuncian al sueño de la paz, incluso cuando viven en las
dificultades y en las persecuciones, que hoy vuelven a sentirse con fuerza.
Podemos frustrar “el sueño de Dios” si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo.
35. SIRVE CON GENEROSIDAD
“Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas
y los poderosos les hacen sentir su autoridad.
Entre ustedes no debe suceder así.
Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes;
y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo:
como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido,
sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud"
(Mateo 20, 25-28)
Sin duda alguna, el servicio es uno de los elementos fundamentales del seguimiento de
Jesús, y también, del ejercicio integral de nuestra condición humana. “El que no vive para
servir, no sirve para vivir”, dijo alguien alguna vez, con gran conocimiento de lo que significa
nuestra existencia como seres humanos.
Servir es pasar de las palabras, que muchas veces se dicen con facilidad, a las obras; de los
sentimientos que son de naturaleza variable, a las acciones concretas, que manifiestan lo
que somos en realidad. Nos lo mostró Jesús muy claramente, en la Cena de despedida,
cuando hizo presente a sus discípulos todo lo que les había enseñado sobre el amor a Dios y
al prójimo, en un acto profundamente significativo que tomó a todos por sorpresa. Nos lo
cuenta con lujo de detalles el Evangelio según san Juan:
“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este
mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta
el fin. Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de
Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus
manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se quitó el
manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y
empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura...
(...) Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo:
"¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y
tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies,
ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que
hagan lo mismo que yo hice con ustedes.” (Juan 13, 1-5.12-15)
Servir es convertir los sentimientos, que no se pueden ver ni tocar - y que muchas veces se
pueden fingir -, en obras concretas, en acciones claras y definidas, que beneficien a aquellas
personas a quienes decimos amar.
Servir es poner a disposición de los demás todo lo que somos y todo lo que tenemos,
material y espiritualmente, absolutamente convencidos de que el amor verdadero no se
puede quedar en las palabras que se lleva el viento, sino que tiene que ir mucho más allá;
tiene que convertirse en don de sí mismo.
Servir es entender lo que quiere decir "ser persona", porque nuestra esencia humana es y se
realiza plenamente como tal, sólo en la entrega de sí misma; somos verdaderamente
personas humanas, “imagen y semejanza de Dios”, en la medida en que comprendemos y
vivimos nuestra vida no como individuos aislados, sino como individuos que se relacionan
con otros individuos, desde la intimidad de su ser; porque no existimos sólo para nosotros
mismos, para satisfacer nuestros propios deseos y ambiciones, sino también, y de un modo
muy especial, para los demás, ayudándolos a realizar su propio ser, su propio existir.
Servir es ponernos a nivel de los demás, tal y como Dios nos creó, formando con ellos una
verdadera familia, que tiene un Padre común que nos ama profundamente, y quiere que
vivamos en armonía perpetua, ayudándonos y apoyándonos los unos a los otros.
Sirve... el servicio pondrá a funcionar todas tus facultades y capacidades, que crecen
y se desarrollan con el ejercicio constante. Al contrario de lo que sucede en otros
ámbitos, los seres humanos crecemos, compartiendo con nuestros semejantes lo que
somos y tenemos.
Sirve... porque el servicio es ganancia para ti, pues en la medida en que sirvas, tu ser,
tu esencia humana, crecerá, y te harás cada día una mejor persona.
Para ser capaces del servicio se necesita la salud del corazón; un corazón restaurado
por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro.
El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón
está disponible a lo no programado, solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto
que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios.