DISCUSO DE ANGOSTURA
Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha
convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me
cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el
honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso,
fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de
la nación.
Al trasmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me había confiado,
colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras
generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando
cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobiaba ,
como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas. Solamente
una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría sometido al
terrible y peligroso encargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero ya respiro
devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado
mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo
social!
No ha sido la época de la República, que he presidido, una mera tempestad política, ni
una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los
elementos desorganizadores; ha sido la inundación de un torrente infernal que ha
sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!, ¿qué diques
podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias
no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como
una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la
marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia
que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y del
orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las
Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y
del dominio extranjero; observad los primeros actos del gobierno republicano, la
ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional. No me preguntéis sobre los
efectos de estos trastornos para siempre lamentables; apenas se me puede suponer
simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela; sin
embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas a la
censura del pueblo. ¡Representantes! Vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la historia de
mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he dicho cuanto
puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime
título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de
Pacificador que me dio Cundinamarca, y a los que el mundo entero puede dar.
¡Legisladores!
Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el
augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la
balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que
fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que
un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la
carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos
hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se
requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí
representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en
todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y
el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin
duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y
sinceramente acabo de renunciar para siempre.
La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el
término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los
sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en
un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra
a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de
la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el
mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.
Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela puedo aspirar a la
gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme, señor, que exponga con
la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en este Proyecto de
Constitución que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la sinceridad y del
candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo a creer que
tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo. Yo se muy bien que
vuestra sabiduría no ha menester de consejos, y sé también que mi proyecto acaso, os
parecerá erróneo, impracticable. Pero, señor, aceptad con benignidad este trabajo, que
más bien es el tributo de mi sincera sumisión al Congreso que el efecto de una levedad
presuntuosa. Por otra parte, siendo vuestras funciones la creación de un cuerpo político y
aun se podría decir la creación de un sociedad entera, rodeada de todos los
inconvenientes que presenta una situación la más singular y difícil, quizás el grito de un
ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido.
Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado, semejante al
Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del antiguo
mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a su
situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a
restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo
que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media
entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por
derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión
y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así
nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha
sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos
hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos
colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había
robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta
paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del
déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan
de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados
de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los
sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la
Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó.
Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del
goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros
asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la
imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la
consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es
de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez,
estábamosabstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del
gobierno.
Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no
hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos
maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los
más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio
se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las
tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la
ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de
todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son
puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la
venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento
de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los
escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy
pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad
consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de
los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que
las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de
la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más
ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del
error, y por incentivos nocivos. «La libertad-dice Rousseau es un alimento suculento,
pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su
espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos
sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y
aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes
hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus
espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?
Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los
fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le
ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si
vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros
el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la
felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.