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Bolívar y el Futuro de Venezuela

Simón Bolívar transfiere el poder supremo a los representantes del pueblo venezolano reunidos en el Congreso, renunciando a su cargo de Dictador Jefe Supremo. Explica que solo asumió este rol debido a las circunstancias forzadas y la voluntad del pueblo, y que ahora deja esta gran responsabilidad en manos de los legisladores electos democráticamente. Les pide que guíen a Venezuela hacia la felicidad, libertad y gloria a través de sus decretos.

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Bolívar y el Futuro de Venezuela

Simón Bolívar transfiere el poder supremo a los representantes del pueblo venezolano reunidos en el Congreso, renunciando a su cargo de Dictador Jefe Supremo. Explica que solo asumió este rol debido a las circunstancias forzadas y la voluntad del pueblo, y que ahora deja esta gran responsabilidad en manos de los legisladores electos democráticamente. Les pide que guíen a Venezuela hacia la felicidad, libertad y gloria a través de sus decretos.

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DISCUSO DE ANGOSTURA

Señor. ¡Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha

convocado la soberanía nacional para que ejerza su voluntad absoluta! Yo, pues, me

cuento entre los seres más favorecidos de la Divina Providencia, ya que he tenido el

honor de reunir a los representantes del pueblo de Venezuela en este augusto Congreso,

fuente de la autoridad legítima, depósito de la voluntad soberana y árbitro del destino de

la nación.

Al trasmitir a los representantes del pueblo el Poder Supremo que se me había confiado,

colmo los votos de mi corazón, los de mis conciudadanos y los de nuestras futuras

generaciones, que todo lo esperan de vuestra sabiduría, rectitud y prudencia. Cuando

cumplo con este dulce deber, me liberto de la inmensa autoridad que me agobiaba ,

como de la responsabilidad ilimitada que pesaba sobre mis débiles fuerzas. Solamente

una necesidad forzosa, unida a la voluntad imperiosa del pueblo, me habría sometido al

terrible y peligroso encargo de Dictador Jefe Supremo de la República. ¡Pero ya respiro

devolviéndoos esta autoridad, que con tanto riesgo, dificultad y pena he logrado

mantener en medio de las tribulaciones más horrorosas que pueden afligir a un cuerpo

social!

No ha sido la época de la República, que he presidido, una mera tempestad política, ni

una guerra sangrienta, ni una anarquía popular, ha sido, sí, el desarrollo de todos los

elementos desorganizadores; ha sido la inundación de un torrente infernal que ha

sumergido la tierra de Venezuela. Un hombre, ¡y un hombre como yo!, ¿qué diques

podría oponer al ímpetu de estas devastaciones? En medio de este piélago de angustias

no he sido más que un vil juguete del huracán revolucionario que me arrebataba como

una débil paja. Yo no he podido hacer ni bien ni mal; fuerzas irresistibles han dirigido la

marcha de nuestros sucesos; atribuírmelos no sería justo y sería darme una importancia
que no merezco. ¿Queréis conocer los autores de los acontecimientos pasados y del

orden actual? Consultad los anales de España, de América, de Venezuela; examinad las

Leyes de Indias, el régimen de los antiguos mandatarios, la influencia de la religión y

del dominio extranjero; observad los primeros actos del gobierno republicano, la

ferocidad de nuestros enemigos y el carácter nacional. No me preguntéis sobre los

efectos de estos trastornos para siempre lamentables; apenas se me puede suponer

simple instrumento de los grandes móviles que han obrado sobre Venezuela; sin

embargo, mi vida, mi conducta, todas mis acciones públicas y privadas están sujetas a la

censura del pueblo. ¡Representantes! Vosotros debéis juzgarlas. Yo someto la historia de

mi mando a vuestra imparcial decisión; nada añadiré para excusarla; ya he dicho cuanto

puede hacer mi apología. Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime

título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de

Pacificador que me dio Cundinamarca, y a los que el mundo entero puede dar.

¡Legisladores!

Yo deposito en vuestras manos el mando supremo de Venezuela. Vuestro es ahora el

augusto deber de consagraros a la felicidad de la República; en vuestras manos está la

balanza de nuestros destinos, la medida de nuestra gloria, ellas sellarán los decretos que

fijen nuestra libertad. En este momento el Jefe Supremo de la República no es más que

un simple ciudadano; y tal quiere quedar hasta la muerte. Serviré, sin embargo, en la

carrera de las armas mientras haya enemigos en Venezuela. Multitud de beneméritos

hijos tiene la patria capaces de dirigirla, talentos, virtudes, experiencia y cuanto se

requiere para mandar a hombres libres, son el patrimonio de muchos de los que aquí

representan el pueblo; y fuera de este Soberano Cuerpo se encuentran ciudadanos que en

todas épocas han mostrado valor para arrostrar los peligros, prudencia para evitarlos, y

el arte, en fin, de gobernarse y de gobernar a otros. Estos ilustres varones merecerán, sin

duda, los sufragios del Congreso y a ellos se encargará del gobierno, que tan cordial y
sinceramente acabo de renunciar para siempre.

La continuación de la autoridad en un mismo individuo frecuentemente ha sido el

término de los gobiernos democráticos. Las repetidas elecciones son esenciales en los

sistemas populares, porque nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en

un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra

a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía. Un justo celo es la garantía de

la libertad republicana, y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el

mismo magistrado, que los ha mandado mucho tiempo, los mande perpetuamente.

Ya, pues, que por este acto de mi adhesión a la libertad de Venezuela puedo aspirar a la

gloria de ser contado entre sus más fieles amantes, permitidme, señor, que exponga con

la franqueza de un verdadero republicano mi respetuoso dictamen en este Proyecto de

Constitución que me tomo la libertad de ofreceros en testimonio de la sinceridad y del

candor de mis sentimientos. Como se trata de la salud de todos, me atrevo a creer que

tengo derecho para ser oído por los representantes del pueblo. Yo se muy bien que

vuestra sabiduría no ha menester de consejos, y sé también que mi proyecto acaso, os

parecerá erróneo, impracticable. Pero, señor, aceptad con benignidad este trabajo, que

más bien es el tributo de mi sincera sumisión al Congreso que el efecto de una levedad

presuntuosa. Por otra parte, siendo vuestras funciones la creación de un cuerpo político y

aun se podría decir la creación de un sociedad entera, rodeada de todos los

inconvenientes que presenta una situación la más singular y difícil, quizás el grito de un

ciudadano puede advertir la presencia de un peligro encubierto o desconocido.

Al desprenderse América de la Monarquía Española, se ha encontrado, semejante al

Imperio Romano, cuando aquella enorme masa, cayó dispersa en medio del antiguo

mundo. Cada desmembración formó entonces una nación independiente con forme a su

situación o a sus intereses; pero con la diferencia de que aquellos miembros volvían a

restablecer sus primeras asociaciones. Nosotros ni aun conservamos los vestigios de lo


que fue en otro tiempo; no somos europeos, no somos indios, sino una especie media

entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por

derechos, nos hallamos en el conflicto de disputar a los naturales los títulos de posesión

y de mantenernos en el país que nos vio nacer, contra la oposición de los invasores; así

nuestro caso es el más extraordinario y complicado. Todavía hay más; nuestra suerte ha

sido siempre puramente pasiva, nuestra existencia política ha sido siempre nula y nos

hallamos en tanta más dificultad para alcanzar la libertad, cuanto que estábamos

colocados en un grado inferior al de la servidumbre; porque no solamente se nos había

robado la libertad, sino también la tiranía activa y doméstica. Permítaseme explicar esta

paradoja. En el régimen absoluto, el poder autorizado no admite límites. La voluntad del

déspota, es la ley suprema ejecutada arbitrariamente por los subalternos que participan

de la opresión organizada en razón de la autoridad de que gozan. Ellos están encargados

de las funciones civiles, políticas, militares y religiosas, pero al fin son persas los

sátrapas de Persia, son turcos los bajáes del gran señor, son tártaros los sultanes de la

Tartaria. China no envía a buscar mandarines a la cuna de Gengis Kan que la conquistó.

Por el contrario, América, todo lo recibía de España que realmente la había privado del

goce y ejercicio de la tiranía activa; no permitiéndonos sus funciones en nuestros

asuntos domésticos y administración interior. Esta abnegación nos había puesto en la

imposibilidad de conocer el curso de los negocios públicos; tampoco gozábamos de la

consideración personal que inspira el brillo del poder a los ojos de la multitud, y que es

de tanta importancia en las grandes revoluciones. Lo diré de una vez,

estábamosabstraídos, ausentes del universo, en cuanto era relativo a la ciencia del

gobierno.

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no

hemos podido adquirir, ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos

maestros las lecciones que hemos recibido, y los ejemplos que hemos estudiado, son los

más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio

se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las
tinieblas; un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción; la

ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia, de hombres ajenos de

todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son

puras ilusiones; toman la licencia por la libertad; la traición por el patriotismo; la

venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento

de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los

escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy

pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad

consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de

los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que

las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de

la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más

ímproba cuanto que tenéis que constituir a hombres pervertidos por las ilusiones del

error, y por incentivos nocivos. «La libertad-dice Rousseau es un alimento suculento,

pero de difícil digestión». Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su

espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos

sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y

aniquilados por las pestilencias serviles, ¿eran capaces de marchar con pasos firmes

hacia el augusto templo de la libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus

espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?

Meditad bien vuestra elección, legisladores. No olvidéis que vais a echar los

fundamentos a un pueblo naciente que podrá elevarse a la grandeza que la naturaleza le

ha señalado, si vosotros proporcionáis su base al eminente rango que le espera. Si

vuestra elección no está presidida por el genio tutelar de Venezuela que debe inspiraros

el acierto de escoger la naturaleza y la forma de gobierno que vais a adoptar para la

felicidad del pueblo; si no acertáis, repito, la esclavitud será el término de nuestra transformación.

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