Cuentos Infantiles: La Historia de Cenicienta
Cuentos Infantiles: La Historia de Cenicienta
Pintura “Una niña leyendo”, de Frederic Leighton. Óleo sobre lienzo. Año: 1877. 53.5 x 65
cm.
El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung pensaba que el cuento maravilloso o marchen surge de
la misma fuente que los mitos y los sueños: el inconsciente. Dentro de nosotros viven los
mejores y los peores actos de nuestros ancestros. Gran parte del material con que trabaja el
inconsciente está constituido por represiones conscientes de experiencias reales, pero otro
material no proviene de experiencias propias, sino de fuentes arcaicas del pensamiento, cuyo
origen lo encontramos en el hombre primitivo. Jung distingue la existencia de un
subconsciente colectivo que trabaja de manera amoral e irracional, aunque posee su propia
lógica; la coincidencia en la trama de las narraciones se debe a que la imaginación individual
saca historias del subconsciente colectivo —imágenes arquetípicas como el héroe, la
madrastra, las brujas, el ogro, el dragón, el descenso al infierno y el ascenso al cielo—,
reiteradas en todos los cuentos del mundo.
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LA CENICIENTA
Así, los chinos tienen su versión del cuento, datado entre los años 850 y 860 d. C., en una
recopilación de relatos escrita por Taun Cheng-shih. El cuento narra las humillaciones que
sufre la joven Yeh-hsien a manos de su odiosa madrastra y su fea hermanastra. La chica es
obligada a sacar agua de un profundo pozo, siendo su único amigo un pez mágico que vive
en un estanque. La madrastra, vestida con los harapos de Yeh-hsien, engaña, secuestra y mata
al pez. El cadáver del pez es rescatado del estanque por la joven; las espinas, que conservan
su magia, aparecen un vestido y unas zapatillas para que la Cenicienta china pueda ir a un
baile, pero al abandonar la fiesta pierde una zapatilla de oro que cae en manos del comerciante
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más rico de la región. Éste organiza una exhaustiva búsqueda que lo lleva hasta la Cenicienta
oriental; la muchacha se calza la zapatilla y se transforma en una mujer tan hermosa como
un ser divino. El mercader se casa con ella al tiempo que una avalancha de rocas sepulta a la
odiosa madrastra y a su horrible hija.
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muchacha le cuenta su problema a la institutriz, quien le sugiere que mate a su madrastra.
Zezolla sigue el consejo: cuando la mujer se agacha para mirar el fondo de un arcón, la
muchacha deja caer la pesada tapa y la desnuca; en retribución, Zezolla convence a su padre
de que se case con la institutriz. La joven es víctima de los malos tratos de su nueva y
malagradecida madrastra, quien manda traer a sus seis antipáticas hijas, que echan a la
jovencita de los aposentos y la obligan a trabajar todo el día en los quehaceres del castillo.
Zezolla duerme sobre las cenizas del piso, junto con una gallina y un gato, por lo que recibe
el apodo de la Gatta Cennerentola, es decir, “la gata cenicienta”. La jovencita, que anhela
asistir a una fiesta, recibe la ayuda de las hadas de Sardinia, quienes le regalan un árbol
mágico; la muchacha formula su deseo ante el árbol y, de pronto, se ve emperifollada con
elegantes atavíos. En la fiesta de gala, el rey se enamora de Zezolla y ordena a su sirviente
que averigüe quién es la bella joven, pero Zezolla sale apresuradamente del salón. La escena
se repite en otro baile, sin que el sirviente pueda alcanzar a la escurridiza Cenicienta. En la
tercera celebración, cuando la muchacha abandona el salón, pierde una zapatilla; el rey
manda traer a todas las invitadas, prueba el calzado a cada una hasta que la zapatilla encaja
perfectamente en el pie de Zezolla; luego, el monarca enamorado la sienta en su trono y la
corona como su reina, para coraje de su malévola madrastra y sus envidiosas hermanastras.
En el año 1812, la Cenicienta alemana de los hermanos Grimm siguió otro camino; si bien
el argumento está copiado del cuento de Perrault, con algunas discrepancias: las zapatillas
son de oro y diamantes, transforma el hada madrina en un hada disfrazada de paloma y toma
del relato de Basile la figura del árbol mágico, en este caso un avellano; a diferencia de
Perrault, no censura las escenas sombrías:
“La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla; su madre la acompañaba; pero no le
cabía el dedo gordo y el zapato le quedaba muy pequeño; entonces, la madre, sosteniendo un
cuchillo, le dijo: ‘¡Córtate el dedo!, cuando seas reina no necesitarás andar a pie’; la
muchacha se cortó el dedo gordo, introdujo a la fuerza el pie en el zapato, reprimió el dolor,
salió y se presentó ante el príncipe”.
La segunda hermanastra se corta su talón para que el pie encaje, pero la misma paloma
advierte de nuevo; finalmente, aparece Cenicienta, su pie encaja en la zapatilla y la paloma
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se posa en el hombro de la joven, indicando que es la correcta. En algunas versiones del
cuento germano se incluye un final donde el bien triunfa y el mal es castigado:
“Cuando llegó el día del enlace nupcial, se presentaron las falsas hermanas deseosas de
congraciarse con Cenicienta para participar de su suerte; después, cuando salieron de la boda,
la mayor iba a la izquierda y la menor a la derecha: entonces, las palomas, de sendos
picotazos, les sacaron un ojo a cada una; de esta manera, como castigo por su maldad y
falsedad, quedaron ciegas para el resto de sus vidas”.
En la Edad Media los niños conocieron los cuentos infantiles por medio de la
tradición oral. Los infantes escuchaban los relatos de boca de sus padres, eran historias que
mezclaban un mundo de fantasía con la más cruda realidad. En la Europa del siglo XVI, los
escasos niños que sabían leer sólo conocían Las Fábulas, de Esopo, una obra griega del siglo
VI a. C., o Las Fábulas, de Fedro, la versión latina del siglo I a. C., de las fábulas de Esopo.
Estos autores presentaban relatos que encerraban una enseñanza moral y sus personajes eran,
generalmente, animales a los cuales se les daba la palabra. La fábula se mantuvo como la
única literatura apropiada para los niños; sin embargo, en 1578, Sigmund Feyerabend, un
autor y editor alemán, publicó una colección de grabados que ilustraban varias fábulas y
cuentos populares germanos, con un texto que se limitaba a unos pies de grabado bastante
extensos. El libro tuvo un éxito arrollador (la memoria de Feyerabend, precursor de los
editores, es honrada hoy con la más importante feria anual del libro de Europa, que se celebra
cada otoño en Frankfurt, su ciudad natal).
El libro predilecto de los chiquillos, a fines del siglo XVI, aunque no iba destinado a ellos,
fue Actes and Monuments, de John Foxe, conocido popularmente como El libro de los
mártires, una obra con ilustraciones de impenitentes ardiendo en las llamas del infierno, así
como escalofriantes escenas de santos agonizantes en el martirio y de cristianos sometidos a
los azotes, la lapidación y el descabezamiento. En el año 1657, llegó a la imprenta un libro
de texto realmente dedicado para los niños: el Orbis Sensualium Pictus, del checo Johannes
Amos Cemenius, publicado en Núremberg, Alemania; una obra enciclopédica en latín con
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texto e ilustraciones que combinaba palabras, diagramas y grabados para ayudar a leer a los
niños.
En el siglo XVI, la imprenta aceleró la producción de libros baratos para los infantes; se
trataba de textos e ilustraciones de pocas y mal impresas páginas que contenían cuentos
populares y rimas cómicas, que eran vendidas por buhoneros en los caminos rurales, los
pueblos y las ciudades. Muchos de estos cuentos y canciones infantiles podrían considerarse
inmorales e inhumanos; pero desde el siglo XVII hasta principios del XIX, los niños eran
tratados como pequeños adultos; las familias vivían apretujadas en míseros cuartos; los niños
veían la embriaguez de los adultos y, al igual que éstos, trabajaban hasta que se ponía el Sol,
maldecían y presenciaban la actividad sexual de sus padres; los azotes, los ahorcamientos,
los descuartizamientos, la prisión en masa y otros castigos públicos eran grandes espectáculos
vistos por gente de todas las edades; la vida era dura, las enfermedades diezmaban a las
familias. Por tanto, los cuentos consideraban la vida y la muerte como un hecho natural.
HANSEL Y GRETEL
En el año 1812, los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm recopilaron en su libro Cuentos para
niños y para el hogar más de doscientos relatos que les transmitieron los campesinos de
Alemania. Hansel y Gretel les fue contado a los dos hermanos por una joven llamada
Doretchen Wiid, que años más tarde se convertiría en la esposa de Wilhelm Grimm. El cuento
narra la historia de dos niños abandonados por sus padres en un bosque lleno de bestias
peligrosas, los pequeños caen en las garras de una bruja que los engorda con el propósito de
comérselos, pero el par de astutos chiquillos acaba haciendo caer a la bruja en su propio
horno y, finalmente, huyen después de robar a la anciana. La historia se hizo muy popular a
partir de 1893, el año en que el alemán Engelbert Humperdinck estrenara en Múnich una
ópera infantil, basada en el cuento; sin embargo, luego de los crímenes de Hitler durante la
Segunda Guerra Mundial, el cuento fue leído con horror. Cuando se celebró en Múnich una
importante exposición de libros infantiles, muchos asistentes protestaron coléricos contra la
incineración de un adversario en un horno, tal como narra el cuento. Hansel y Gretel ya era
políticamente incorrecto.
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BLANCANIEVES
Una muestra de que el cuento infantil no es como Walt Disney lo pinta, es la historia de
Blancanieves y los siete enanos. En el siglo II, d. C., Lucio Apuleyo narra en un pasaje de su
libro Las Metamorfosis o El asno de oro las tribulaciones de una jovencita perdida, que es
“salvada” por unos ladrones, prefigurándose la fotografía en negativo de los siete enanitos:
“Los ladrones no tardaron en regresar inquietos y afligidos, sin una triste túnica de botín,
pero arrastrando entre todos una muchacha de buen porte, con aspecto de pertenecer a la
aristocracia del país; era una chiquilla —¡por Hércules! apetecible incluso para un asno como
yo—, que venía llorosa, mesándose los cabellos y el vestido. Nada más meterla en la cueva,
le dijeron para que cesara en sus lamentos: ‘Estate tranquila, que ni tu vida ni tu honra corren
peligro; nos vemos obligados a este oficio miserable por pura necesidad. Por muy codiciosos
de sus riquezas que sean tus padres, habrán de ceder sin tardanza a pagar el rescate adecuado
para la hija de sus entrañas’”.
La escena da pie a que una anciana le cuente a la muchachita la historia de Cupido y Psiquis:
la hermosura de Psiquis competía con la de su suegra Venus, la diosa romana de la belleza,
hasta el punto de que disminuye el culto de la diosa del amor y sus imágenes se estaban
quedando sin ofrendas. Venus empieza a tramar su venganza contra la esposa de su hijo
Cupido, el Eros romano: “Esta jovencita, quienquiera que sea, no va a usurpar por más tiempo
mis honores; ya haré yo que se arrepienta de su afamada belleza”. El pasaje nos recuerda a
la pregunta de la madrastra de Blancanieves de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm:
“Espejo, espejito de la pared, ¿quién es la más hermosa de todo el país?”
Antes de los hermanos Grimm, Giambattista Basile, en el Pentamerone, escribió una versión
de la historia llamada La joven esclava: el relato inicia cuando Lilla, la hermana de un barón
de la Selva Negra, se embaraza al comer la hoja de un rosal. A los nueve meses nace su hija
Lisa; Lilla manda traer a las hadas para que le obsequien sus dones a la nena, pero un hada
tropieza y maldice a la recién nacida: cuando Lisa celebre sus siete años, su madre le pondrá
una peineta en su cabello y la niña morirá. La profecía se cumple y la negligente madre
deposita el cuerpo de su hija en siete ataúdes de cristal; después, Lilla se enferma de muerte
y, antes de fallecer, hace prometer a su hermano el barón que nunca abrirá la habitación donde
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se encuentra el cadáver de Lisa. Pasan los años, el barón sale de cacería. La baronesa curiosa
abre el cuarto prohibido y encuentra a Lisa, que ha crecido en tamaño y belleza, al tiempo
que los ataúdes de cristal se han alargado para permitir el desarrollo de la muchacha que
parece estar dormida. La baronesa, celosa de la hermosura de Lisa, trata de matar a su rival;
abre el sarcófago, pero al arrastrar a la muchacha por los cabellos, saca la peineta,
despertando a la joven. La baronesa la obliga a trabajar como una esclava. Más tarde, el barón
se dispone a ir a una gran feria, por lo que pregunta a cada habitante del castillo qué obsequio
desean; cuando le toca el turno a Lisa, la baronesa monta en cólera y le reclama a su marido
de una manera poco cristiana: “Está bien, trátala como a todos los demás; deja que todos
desciendan al mismo nivel y utilicen el mismo urinal de esta esclava trompuda; no le prestes
atención a esta perra inútil; deja que se vaya al demonio”; el barón de la Selva Negra, un
hombre amable y cortés, insiste en que Lisa solicite un regalo; la jovencita pide una muñeca,
un cuchillo y una piedra. El barón cumple con el encargo; Lisa cuenta sus cuitas a la muñeca
y al no obtener una contestación de la figura de trapo, abre el vientre de la muñeca con el
cuchillo y le introduce la piedra; la muñeca cobra vida y responde: “¡Está bien, comprendo,
no estoy sorda”. Un día, el barón espía a Lisa por la cerradura de la puerta, y escucha que la
jovencita le confiesa a la muñeca toda su historia, desde que nació hasta que se volvió esclava
de su tía; la muchacha se dispone a suicidarse con el cuchillo que está afilando en la piedra,
cuando el barón entra en el cuarto y le arrebata el cuchillo a la joven. El hombre abraza a su
sobrina y la pone a cargo de unos parientes. Lisa se vuelve más bella que una diosa; el
orgulloso tío le compra una casa y le dice a todo el mundo que ella es su sobrina. Luego, el
barón celebra un banquete, donde le pide a Lisa que cuente acerca de los duros trabajos que
fue obligada a realizar por su desalmada tía; la triste historia hace llorar a los invitados;
tiempo después, el barón manda a su esposa de regreso con sus familiares, y permite que su
sobrina se case con un novio guapo de su propia elección. Al final del cuento, Lisa puede
atestiguar que “el cielo hace llover bendiciones cuando menos las esperamos”.
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es obligada a calzarse unos zapatos de hierro al rojo vivo que la impulsan a bailar
frenéticamente hasta caer muerta.
Encontramos un final parecido en el cuento Los zapatos rojos, del escritor danés Hans
Christian Andersen (incluido en el libro Cuentos de hadas, contados para niños, publicado
entre 1835 y 1872), en el que Karen, una niña tan gentil como encantadora, anda siempre
descalza, porque es pobre, hasta que un vieja dama la adopta y le regala unos zapatos rojos,
que resultan estar hechizados y provocan que Karen baile y baile sin descanso, hasta que el
verdugo le corta de un hachazo las extremidades.
“El sol de la Navidad iluminó su helado cuerpecito, la niña estaba rígida, con el paquete de
fósforos del cual había quemado una caja; ‘Sin duda trató de calentarse’, dijo la gente, pero
nadie supo qué maravillosas visiones había visto, ni a qué gloria había subido llevada por los
brazos de su abuela”.
“Tú, pobrecita sirena, has luchado con todas tus fuerzas para el mismo fin; has sufrido y
penado; por tus buenas obras te has elevado hacia el mundo de los espíritus y puedes ganarte
un alma inmortal al cabo de trescientos años”.
Mejor suerte tuvo La niña judía, quien no debió esperar tres siglos para subir al cielo, sino
que por su fe en Jesucristo ascendió a las moradas celestiales, a pesar de que mantuvo su
creencia en secreto y fue sepultada junto al muro de la iglesia por ser considerada una
practicante de la fe mosaica.
No hay que confundir el cuento Blancanieves, con otro relato también de los hermanos
Grimm, Blancanieve y Rojaflor, pues este último narra la historia de una viuda que vivía en
una pequeña choza, en cuyo jardín había dos rosales: uno, de rosas blancas, y el otro, de rosas
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color carmesí. La mujer tenía dos hijitas, buenas, piadosas, hacendosas y diligentes, que se
parecían a los dos rosales, y se llamaban, ¡Adivinen!, Blancanieve y Rojaflor. Una noche,
llamaron a la puerta de la modesta habitación. La madre dijo: “Abre, Rojaflor; será algún
caminante que busca refugio”. Corrió Rojaflor a descorrer el cerrojo; pero era un oso, el cual
asomó por la puerta su gorda cabezota negra. Las pequeñas corrieron despavoridas a
esconderse. Ante el temor de las niñas el oso, que entre sus gracias tenía la capacidad de
hablar, las tranquilizó con unas palabras: “No temáis, no os haré ningún daño. Estoy medio
helado y sólo deseo calentarme un poquitín”. La madre hospitalaria se puso de parte del oso:
“¡Pobre oso! Échate junto al fuego y ten cuidado de no quemarte la piel. Blancanieve,
Rojaflor, salgan, que el oso no les hará ningún mal; lleva buenas intenciones”. El oso,
complacido por el buen trato de la familia, regresó varias veces a la choza. Las niñas, que se
habían familiarizado con el animal, le hacían mil diabluras: le tiraban del pelo, apoyaban los
piececitos en su espalda, lo zarandeaban de un lado para otro, le pegaban con una vara de
avellano… Y si él animal gruñía, se echaban a reír. El oso se sometía complaciente a sus
juegos, y si alguna vez sus “amiguitas” pasaban un poco de la raya, suplicaba: “Déjenme
vivir, Rositas; si me martirizan es a vuestro novio a quien matan”. Una vez que terminó el
invierno y llegó la primavera, el oso se marchó al bosque, “a guardar mis tesoros y protegerlos
de los malvados enanos” (nótese que en este cuento los malos son los enanos). Pasó el tiempo,
y un día, que la madre envió a las niñas al bosque a buscar leña, éstas se toparon con un enano
que tenía la barba blanca atorada en la hendidura de un árbol; las niñas liberaron al pequeñito
cortando la punta de su barba, pero el hombrecito, en lugar de agradecerles, les reclamó:
“¡Qué gentezuela más torpe! ¡Cortar un trozo de mi hermosa barba! ¡Qué os lo pague el
diablo!” Y tomando su saco de oro se alejó. Algún tiempo después, mientras paseaba por el
río, se encontraron al mismo hombrecito, quien había estado pescando, pero con tan mala
suerte que el viento le había enredado el sedal en la barba, y al picar un pez se llevaba al
pequeño al agua; las niñas volvieron a cortar la barba del enano, y éste volvió a insultarlas:
“¡Estúpidas! ¿Qué manera es esa de desfigurarle a uno? ¿No bastaba con haberme despuntado
la barba, sino que ahora me cortan otro gran trozo? ¿Cómo me presento a los míos? ¡Ojalá
tuviesen que echar a correr sin suelas en los zapatos!” Y, cogiendo un saco de perlas, se
marchó sin decir más. Otro día, la madre envió a las dos hermanitas a la ciudad a comprar
hilo, agujas, cordones y cintas, y en el camino cruzaba por un erial, donde había grandes
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rocas dispersas, vieron que un águila se llevaba entre sus garras al desagradecido enano. Las
compasivas niñas sujetaron con todas sus fuerzas al hombrecillo y no cedieron hasta que el
águila soltó a su víctima. De nuevo, el bilioso hombrecito insultó a las piadosas criaturas:
“¿No podían tratarme con más cuidado? Me han desgarrado la chaquetita, que ahora está toda
rota y agujereada, ¡ustedes no son más que torpes!” Y cargando con un saquito de piedras
preciosas se metió en su cueva, entre las rocas. Las niñas, acostumbradas a la ingratitud y los
berrinches del enano, prosiguieron su camino a la ciudad. De regreso, al pasar de nuevo por
el erial, las muchachitas sorprendieron al enano, que contemplaba extasiado cómo sus piedras
preciosas, esparcidas por el suelo, brillaban con la luz del Sol. Cuando el irascible pequeño
vio a las niñas, comenzó a vilipendiarlas: “¿Por qué se paran ahí, con sus caras de babosas?”
Pero, en eso, se oyó un fuerte gruñido y apareció un oso negro, que venía del bosque; era el
amigo de las niñas que atrapó al odioso enano, quien suplicaba: “Querido señor oso,
perdóneme la vida y le daré todo mi tesoro; vea todas esas piedras preciosas que están en el
suelo. No me mate. ¿De qué le servirá una criatura tan pequeña y flacucha como yo? Ni me
sentiría entre los dientes. Mejor es que se coma a esas dos malditas muchachas; ellas sí serán
un buen bocado, gorditas como tiernas codornices. Cómaselas y que le hagan buen
provecho”. El oso, sin hacer caso de sus palabras, mató al malvado hombrecillo de un
zarpazo. Para sorpresa de las muchachitas, el animal se desprendió de su espesa piel y quedó
transformado en un encantador joven, vestido de brocado de oro, que luego explicó a las
jovencitas: “Soy un príncipe y ese malvado enano me había encantado, robándome mis
tesoros y condenándome a errar por el bosque en figura de oso salvaje, hasta que me
redimiera con su muerte. Ahora ha recibido el castigo que merecía”. Dicho lo anterior, el
cuanto termina como telenovela mexicana, es decir, en boda: Blancanieve se casó con el
príncipe ex oso, y Rojaflor, con su hermano, y se repartieron la fortuna que el enano había
acumulado en su cueva. La anciana madre se mudó con sus hijas al palacio, llevándose
consigo los dos rosales, que siguieron dando todos los años sus hermosísimas rosas blancas
y rojas. Y vivieron felices y comieron perdices.
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BARBA AZUL
Cuando, en la Francia de 1697, Charles Perrault escribió Barba azul, se basó en dos casos
históricos, aunque no menos tétricos: un juicio celebrado durante el siglo VI, d. C., contra un
hombre que había asesinado a varias esposas, y el caso del asesino en serie Gilles de Rais. El
cuento narra la historia de un poderoso hombre, que tenía la barba azul, esto lo hacía tan feo
y aborrecible que las jóvenes le huían, además ya se había casado varias veces y todos
ignoraban qué había pasado con esas mujeres; sin embargo, una bella jovencita, deslumbrada
por la riqueza del próspero Barba Azul, descubre que el magnate ya no tiene la barba tan azul
y que es un hombre muy correcto, así que acepta casarse con él. Barba Azul prohíbe a su
nueva esposa abrir una puerta de su inmenso castillo, la curiosa joven desobedece a su marido
y encuentra los cadáveres de sus anteriores mujeres; en eso llegó Barba Azul, quien descubre
la desobediencia de su esposa y decide asesinarla; la joven escapa de la muerte, tras el
oportuno arribo de sus hermanos que matan al cruel auto viudo. Si bien las leyendas y relatos
similares de un aposento prohibido, la curiosidad de una mujer y el rescate de ésta en el
último momento, existen en la tradición oral de todas las civilizaciones, el proceso de Gilles
de Rais, celebrado en 1440, era un hecho que fascinaba aún a la Francia de finales del siglo
XVII; pues el barón Gilles de Rais fue un mariscal de Francia, héroe de la guerra contra los
ingleses, que había peleado al lado de Juana de Arco; pero que, finalizado el conflicto,
torturó, abusó sexualmente, dio muerte y decapitó a ciento cuarenta niños, en un ritual de
alquimia y satanismo, supuestamente para incrementar su poder y sus riquezas. En el cuento
de Perrault, la moraleja advierte:
“La curiosidad, teniendo sus encantos, /a menudo se paga con penas y con llantos”. Pero, en
la siguiente moraleja, se lamenta: “Por poco que tengamos buen sentido /y del mundo
conozcamos el tinglado, /a las claras habremos advertido /que esta historia es de un tiempo
muy pasado; /ya no existe un esposo tan terrible, /ni capaz de pedir un imposible, /aunque
sea celoso, antojadizo. /Junto a su esposa se le ve sumiso /y cualquiera que sea de su barba
el color, /cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor”.
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LA BELLA DURMIENTE
El ingenio macabro de Perrault también permanece en cuentos como La bella durmiente del
bosque. Resulta casi imposible enumerar las distintas adaptaciones de la historia; hay
versiones en dibujos animados, como La bella durmiente,de Walt Disney; también
encontramos interpretaciones contemporáneas, como el sublime cuento La casa de las bellas
durmientes, del escritor japonés Yasunari Kawabata, y la malograda versión de Gabriel
García Márquez, Memorias de mis putas tristes. De cualquier manera, La bella durmiente
del bosque, la primera narración del libro Cuentos de un tiempo pasado, de Charles Perrault,
publicado en Francia en 1697, cuenta la historia de una princesa que debe morir al pincharse
un dedo con un huso, según la maldición de un hada maligna resentida por no haber sido
invitada al bautismo de la princesa; pero un hada benigna consigue que la maldición se
convierta en un largo sueño de cien años, del que será despertada la princesa con toda su
corte por un príncipe. Efectivamente, el apuesto príncipe descubre a la princesa, la bella
durmiente despierta con toda su corte y se casa con el heredero del monarca; la pareja tiene
una hija llamada Aurora y un hijo llamado Día. El rey muere y el príncipe asciende al trono;
el nuevo soberano se va a hacer la guerra; la reina madre, una descendiente de los ogros,
aprovecha la ausencia de su hijo y ordena a su mayordomo que le prepare a su nieta Aurora
en salsa. El mayordomo, enternecido por la niña de cuatro años, suplanta a Aurora por un
corderito; la reina madre afirma que nunca había probado un platillo tan sabroso y pide al
mayordomo que le sirva en la cena al pequeño Día; en vez del niño, el mayordomo entrega a
la reina un cabrito muy tierno que la reina madre encuentra exquisito. Una tarde, la perversa
reina le pide al mayordomo que le guise a la bella durmiente con la misma salsa con que
cocinó a sus hijos; el mayordomo prepara una cierva en lugar de la reina; un día, la reina
madre reconoce las voces de la bella durmiente y de sus dos hijos, y furiosa por haber sido
engañada, ordena que la reina, sus hijos, el mayordomo, su mujer y su criado, sean arrojados
a un tonel lleno de sapos y serpientes. En eso llega el rey, quien pide que alguien le explique
este horrible espectáculo, nadie le responde y la reina madre, enfurecida por el inoportuno
arribo de su hijo, se tira de cabeza dentro del tonel y es devorada por las bestias. El rey se
entristece por la muerte de su madre, pero es consolado por su mujer y sus hijos. Perrault se
queja, en la moraleja del cuento, de que las muchachas ya no esperan pacientes la llegada del
marido idóneo: “Esperar algún tiempo para hallar un esposo/ rico, galante, apuesto y
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cariñoso/ parece una cosa natural/ pero aguardarlo cien años en calidad de durmiente/ ya no
hay doncella tal que duerma tan apaciblemente”.
RICITOS DE ORO
La Revolución Industrial del siglo XIX dio paso a las estrategias de comercialización; la
producción masiva obligó a los comerciantes no sólo a ganar clientes sino a crearlos. Así, los
niños pasaron de ser los “pequeños adultos” a “los angelitos del hogar”. Un niño, según la
propaganda comercial de la época victoriana, era un ser inocente que no debía contaminar su
cabeza con ninguna clase de información sucia o violenta; pese a que las condiciones
precarias de la mayoría de los infantes se mantuvieron inamovibles, el concepto que se tenía
de los niños cambió. Los cuentos infantiles tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Una
muestra de esta transformación fue el cuento de Ricitos de oro y los tres osos. La versión
original data de 1831, se titula El cuento de los tres osos relatado métricamente, con
ilustraciones que lo sitúan en Cecil Lodge, en septiembre de 1831, con el subtítulo de El
célebre cuento infantil. El relato, que escribió Eleanor Mure, para su sobrino Horace Brooke,
narra la invasión de la casa de los osos por una vieja maligna que se resiste a salir; los osos
tratan de expulsarla por diversos y crueles medios: “Al fuego la arrojaron, pero no la pudieron
quemar, /en el agua la metieron, pero no se dejó ahogar”. En su desesperación, a los osos no
les queda otra salida que empalar a la anciana en la aguja del campanario de la Iglesia de San
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Pablo. La adaptación más popular del cuento le corresponde al poeta inglés Robert Southey;
la narración, del año 1837, llevaba por título El cuento de los tres osos, y repetía el personaje
de la vieja iracunda, hambrienta y sin morada, que irrumpe en el apacible hogar de los osos
en busca de comida y albergue; pero las acciones violentas se omiten: cuando la anciana es
sorprendida en la cama por los osos, salta por la ventana y no se le vuelve a ver. La
transformación de este personaje, de una vieja malhumorada de cabellera enmarañada a una
encantadora niña de cabellos plateados, se debe a Joseph Cundall, quien en la introducción
de su libro Treasury of Pleasure Books for Young Children, explica a sus lectores: “He hecho
de la intrusa una niña en vez de una anciana, ya que hay muchos cuentos de viejas”. La niña
se llamó Cabellos de Plata; el personaje fue conocido, en diversos libros infantiles, con este
mote hasta que en 1904, en el libro Old Nursery Stories and Rimes, bautizan al personaje
con otro apelativo: “La niña tenía una larga cabellera dorada, por lo que la llamaban Bucles
de Oro”. Mejor conocida en español como “Ricitos de Oro”. La escena de los osos
descubriendo que “Ricitos de Oro” ha profanado su hogar, nos recuerda a los enanos de
Blancanieves, cuando se dan cuenta que la muchachita se ha introducido a su morada y usado
sus cosas.
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por más que buscó, no pudo encontrar ninguna, por tanto tuvo que entregar a su hija mayor
Schahrazada y a su hija menor Donizada. La bella e inteligente Schahrazada, que conocía las
leyendas de los reyes antiguos y las historias de los pueblo pasados, pudo burlar, con la ayuda
de su hermana Donizada, los planes macabros del rey contándole cuentos noche a noche,
hasta llegar a convertirse en la reina. Las mil y una noches es un compendio de cuentos de
diferentes orígenes: árabe, persa, hindú, judío y egipcio. La versión del libro que hoy leemos
es claramente musulmana; en específico del culto heterodoxo sufí, cuya doctrina afirmaba
que todo se reducía a la Gran Unidad de la cual formaban parte todos los hombres sin
distinción de credos y toda la naturaleza. Si bien el libro tiene un propósito aleccionador,
como lo afirma su prólogo: “¡En el nombre de Alah el Clemente, el Misericordioso! (…) que
las leyendas de los antiguos sean una lección para los modernos, a fin de que el hombre
aprenda en los sucesos que ocurren a otros que no son él”, también incluye pasajes eróticos
y violentos. La literatura erótica es considerada en Oriente como una expresión artística y
religiosa al participar en la actividad divina de la creación; en cuanto a la violencia, no es
más que la descripción de hechos del pasado para aleccionar a las generaciones del presente.
Uno de los cuentos que más ilustran el manejo de la violencia y el erotismo en Las mil y una
noches es la Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihan. En
la decimoctava noche, Schahrazada cuenta la tragedia de un joven que está a punto de ser
crucificado por descuartizar a su esposa en un arranque de celos; resulta que el marido le
regaló tres manzanas a su mujer, un fruto difícil de conseguir en esa región, pero después se
topa con un hombre negro, quien afirma que recibió de su amante una jugosa manzana. El
marido regresa a su casa, ve sólo dos manzanas, pregunta a su esposa por la manzana restante,
la mujer no sabe dónde está; entonces el esposo, cegado por la ira, responde con una daga; la
confesión del homicida es aterradora:
“Me abalancé sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a
puñaladas; después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la
canasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo, y
cargué el cajón en mi mula, y enseguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos”.
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Luego, el hijo mayor le cuenta llorando a su padre que un hombre negro le robó una de las
manzanas. El asesino comprende que mató injustamente a su mujer; después de escuchar la
historia, el califa perdona la vida al joven y ordena la muerte del negro.
CAPERUCITA ROJA
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lobo charlatán, sino la ingenuidad de Caperucita Roja, que confunde al malvado lobo con un
buen amigo, y esa confusión entre el bien y el mal la llevará a su terrible muerte:
“Aquí vemos que la adolescencia, /en especial las señoritas, /bien hechas, amables y bonitas
/no deben a cualquiera oír con complacencia, /y no resulta causa de extrañeza /ver que
muchas del lobo son la presa. /Y digo el lobo, pues bajo su envoltura /no todos son de igual
calaña: /Los hay con no poca maña, /silenciosos, sin odio ni amargura, /que en secreto,
pacientes, con dulzura /van a la siga de las damiselas hasta las casas y en las callejuelas; /bien
sabemos que los zalameros /entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros”.
“la crueldad y el talante traicionero de aquel lobo hipócrita que devoró a la abuela de la niña,
sin que ello mitigara en absoluto su apetito, y después se comió a Caperucita, tras haberle
gastado una broma feroz respecto a sus afilados dientes”.
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las salchichas llega a la nariz del lobo, éste olisquea, mira hacia abajo y estira tanto el cuello
que no puede sujetarse más, de modo que se cae del tejado precisamente dentro de la artesa
y se ahoga. Caperucita Roja se va feliz a casa y nadie le hace daño. Este segundo final, en el
que las mujeres saben arreglárselas solas ante la amenaza del peligro, es una antítesis de los
finales en los cuales cazadores, leñadores o príncipes salvan a las débiles e indefensas
jovencitas, con el fin de mostrar una supuesta inferioridad de la mujer y justificar así su
sometimiento. Sin duda, la versión más brillante del cuento de Caperucita Roja le pertenece
a Charles Perrault. En dicho cuento, el lobo no se come a la niña en el bosque por temor a
algunos leñadores que trabajaban por allí cerca, y dado que es un Don Juan seductor, prefiere
esperar la ocasión propicia, no sin antes preparar el terreno: el lobo ladino mal aconseja a
Caperucita para que se vaya por la senda más larga, donde la jovencita se entretiene
“recogiendo nueces, persiguiendo a las mariposas y haciendo ramitos con las flores que
encontraba a su paso”. Está claro que Caperucita es más una adolescente que una niña; el
lobo aprovecha esta circunstancia para tentarla, desviarla del camino marcado, empujarla a
la aventura, lejos de la protección familiar. Las flores son el gozo de los sentidos; el bosque,
la sociedad; y el camino del que se aparta, la senda de la virtud; la carga sexual de la historia
es evidente, se aprecia en el diálogo que tiene la falsa abuela, el lobo disfrazado de la anciana
que se acaba de comer, con Caperucita:
“Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada: “Deja la
torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo”. Caperucita Roja,
muy obediente, se desnuda y se mete en la cama y queda muy asombrada al ver la forma de
su abuela en camisa de dormir”.
Bruno Bettelheim afirma, en su Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1975), que “el peligro
de Caperucita es su sexualidad incipiente, para la que no está todavía emocionalmente
madura”. Este psicoanalista destaca la capacidad terapéutica de los relatos fantásticos en
niños y adultos, pues en la imaginación es posible encontrar un lugar seguro donde enfrentar
los temores y dominarlos: “La verdadera magia de los cuentos consiste en extraer placer del
miedo”. No se debe realizar una simple lectura de los cuentos de hadas, pues su tradición oral
exige que los adultos cuenten a su manera el relato a lo niños, de tal forma que se convierta
en un acontecimiento interpersonal. Según Bettelheim, “El sentido de participación activa
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que un adulto experimenta al contar una historia contribuye de manera vital, y enriquece
muchísimo, a la experiencia que el niño extrae de ella. Ayuda a afirmar su personalidad a
través de una experiencia concreta compartida con otro ser humano, que, a pesar de ser
adulto, puede apreciar los sentimientos y reacciones del niño. Fracasamos con el niño si, al
contar la historia, la angustia de la rivalidad fraterna no se refleja en nosotros, así como
tampoco la sensación desesperada de rechazo que el niño experimenta cuando se da cuenta
de que no se los valora lo suficiente; su complejo de inferioridad cuando su cuerpo le falla;
su sensación de impotencia cuando él o los demás esperan realizar tareas que parecen
imposibles; su angustia ante los aspectos ‘irracionales’ del sexo; y la manera en que todo ello
y mucho más puede superarse. Ni siquiera le proporcionamos la convicción de que después
de todos sus esfuerzos le espera un maravilloso futuro, y hemos de tener en cuenta que sólo
esta sensación puede darle la fuerza necesaria para desarrollarse sin problema, con seguridad,
confianza en sí mismo y autorrespeto”. Sin embargo, en la era moderna, la mayoría de los
cuentos infantiles prescinden de todo rastro de procacidad, violencia e imágenes macabras
que pudieran escuchar los niños antes de irse a dormir. Los relatos para niños se limitan a un
entretenimiento vacío o un sermón mal disfrazado. Esta visión es criticada por el escritor
Roald Dahl en sus Cuentos en verso para niños perversos: “¡Sí, ya nos la sabemos de
memoria!, dirán. / Y, sin embargo, de esta historia/ tienen una versión falsificada, / rosa,
tonta, cursi, azucarada, / que alguien con la mollera un poco rancia /consideró mejor para la
infancia…” Una corriente de la literatura infantil se han propuesto modernizar las historias
clásicas, tanto en sus contenidos como en sus ilustraciones; el propio Roald Dahl actualizó a
La Cenicienta o, como él la llama, Ceny, casándola con un señor que hacía mermeladas.
Algunos escritores han atacado el arquetipo de “la dama en apuros”: La princesa vestida con
una bolsa de papel, de Robert Munsch, es un libro infantil ilustrado en el que la princesa
rescata al príncipe, mientras que La cámara de los horrores, de Ángela Carter, es una
colección cuentos de hadas desde la óptica feminista; el escritor e ilustrador Janocsh, recuenta
los clásicos a su modo, creando una Caperucita Roja eléctrica y un Pulgarcito que lucha
contra los insectos. Sin embargo, todavía no surge un autor contemporáneo que escriba
alguna obra de la talla de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que
Alicia encontró al otro lado, producto de la subversiva pluma de Lewis Carroll; donde Alicia
se pregunta: “¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?”, cuando de pronto salta cerca
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de ella un conejo blanco, que dice “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!”. Hasta que
ese día llegue, me quedo con la imaginación sin concesiones de cuentistas como Perrault, y
la secuencia de preguntas y respuestas más brillante de la literatura universal:
Y diciendo estas palabras, el lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.
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