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Propiedad y Libertad - Richard Pipes PDF

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Richard

Pipes analiza dos conceptos fundamentales, propiedad y libertad, desde


perspectivas históricas y filosóficas. En este libro toma como ejemplo dos naciones
que los han entendido de maneras distintas, Inglaterra y Rusia, para revelar los
vínculos entre propiedad privada y la noción de libertad como un derecho inherente al
ser humano. Sin embargo, se trata de un análisis que no se limita a cuestiones
económicas. Es un recorrido fascinante y enriquecedor a lo largo de la historia de la
lucha del ser humano por hacer valer su individualismo y, al mismo tiempo,
integrarse plenamente en una sociedad.

[Link] - Página 2
Richard Pipes

Propiedad y libertad
Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia

ePub r1.0
Titivillus 16.02.2019

[Link] - Página 3
Título original: Property and Freedom
Richard Pipes, 1999
Traducción: Josefina de Diego

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0

[Link] - Página 4
Dedico este libro a mi esposa, Irene, quien durante
más de cincuenta años me ha proporcionado las
condiciones ideales para realizar mis estudios
académicos.

[Link] - Página 5
AGRADECIMIENTOS

M e gustaría expresar mi agradecimiento a un grupo de colegas que han


dedicado su tiempo a leer parte del contenido de este libro y me han ofrecido
sus consejos críticos: Thomas Bisson (Harvard), Richard Epstein (Chicago), Nathan
Glazer y Mark Kishlansky (Harvard), y Douglas North (Universidad de Washington).
No tienen ninguna responsabilidad con relación a cualquier error que pueda haberse
introducido en este libro.
Mi editor en Knopf, Ashbel Green, ha sido, como siempre, un consejero de gran
ayuda.
La Fundación John M. Olin ha subsidiado generosamente este trabajo. Tengo con
la Fundación y con su director ejecutivo, James Piereson, una inmensa deuda de
gratitud.
También me gustaría expresar mi agradecimiento al Fondo Mark de Wolfe Howe
de la Escuela de Leyes de Harvard por su apoyo al trabajo editorial de este libro.

[Link] - Página 6
INTRODUCCIÓN

No existe nada que encienda tanto la imaginación y


comprometa las inclinaciones de la humanidad como el
derecho de la propiedad…
W. BLACKSTONE[1]

La propiedad nunca ha sido abolida y nunca será abolida. El


asunto se reduce, simplemente, a quién la posee. Y el sistema
más justo que se haya ideado nunca es aquél en el que todos, y
no uno solo, son propietarios.
A. N. WILSON[2]

E l tema de este libro difiere de los temas de mis libros anteriores, todos los
cuales (con excepción de un libro de texto escrito para la universidad sobre la
Europa moderna) han tratado sobre Rusia, su pasado y presente. Y, sin embargo, se
desprende, naturalmente, de mis trabajos previos. En la época en que me dediqué
seriamente a mis estudios sobre Rusia, me di cuenta de que una de las diferencias
fundamentales entre su historia y la de otros países europeos radicaba en el débil
desarrollo de la propiedad. Los historiadores occidentales (a diferencia de los
filósofos occidentales y los politólogos) dan por sentado la existencia de la
propiedad: rara vez le prestan algo de atención, a pesar de su vínculo íntimo con cada
uno de los aspectos de la vida occidental y de su enorme papel en la historia de su
pensamiento:

Si usted busca la palabra propiedad en el índice de los libros que tratan la


evolución de las actitudes propias de los americanos, posiblemente no la
encontrará. Lea con detenimiento la lista: progreso, prohibición, entonces,
donde esperaría encontrar la palabra propiedad hay como un salto. La
enumeración continúa, digamos, en prostitución.[3]

En el caso de Rusia, no es la presencia sino la ausencia de la propiedad lo que se


da por sentado. Uno de los temas más importantes en la teoría política occidental
durante los últimos 2500 años ha sido la controversia en relación con los beneficios y
desventajas de la propiedad privada; en la historia intelectual rusa, este tema casi
nunca se menciona debido a la opinión virtualmente unánime de que es un mal
endémico.

[Link] - Página 7
La palabra “propiedad” evoca en nuestras mentes la idea de objetos físicos:
inmuebles, cuentas de bancos, acciones, bonos. Pero de hecho tiene un sentido mucho
más amplio porque en el mundo moderno, y con un gran desarrollo, se ha comenzado
a aplicar a activos intangibles tales como el crédito, las patentes y los derechos de
autor. Más aún, como señalaremos a su debido tiempo, en el pensamiento occidental
durante los siglos XVII y XVIII adquirió un significado todavía más amplio, que incluye
todo lo que uno puede reclamar como propio, comenzando por la vida y la libertad.
Toda la multiplicidad de ideas modernas relacionadas con los derechos humanos tiene
sus raíces en esta extensión de la definición de propiedad. Esto fue señalado hace
doscientos años por James Madison.

La propiedad en su uso propio significa “ese dominio que cada hombre


reclama y ejerce sobre las cosas externas del mundo, excluyendo a cualquier
otro individuo”. En su sentido más amplio y justo, abarca todo aquello a lo que
el hombre puede conferirle un valor y al cual tiene un derecho; y que le da la
misma oportunidad a los demás. En el primer caso, a la tierra, a la mercancía o
al dinero de un hombre se le llama su propiedad. En el otro sentido, el hombre
tiene la propiedad de sus opiniones y la libertad de comunicarlas libremente.
Detenta, en sentido peculiar, la propiedad sobre sus opiniones religiosas, y
sobre el ejercicio y la práctica que dictan. Tiene la propiedad, muy apreciada
por él, de la seguridad y la libertad de su persona. Tiene igual propiedad de la
libre utilización de sus facultades y de la libre elección de los objetos sobre las
que las emplea. En una palabra, al igual que se dice que un hombre tiene el
derecho a su propiedad, también se puede decir que tiene una propiedad en sus
derechos.[4]

Hace cuarenta años se me ocurrió la idea de que la propiedad, en los dos sentidos
de la palabra, el estrecho y el amplio, proporciona la clave para el surgimiento de
instituciones legales y políticas que garantizan la libertad. Esta idea sirvió como
premisa para el estudio de la historia política de Rusia que publiqué en 1974 con el
título de Rusia bajo el Viejo Régimen (Russia Under the Old Regime). Aquí
argumenté que el totalitarismo, que alcanzó su consumación en la Unión Soviética,
tenía sus raíces en el sistema “patrimonial” de gobierno que había prevalecido a
través de casi toda la historia de Rusia, un sistema que no reconocía distinción entre
soberanía y propiedad, y que permitía que el zar actuara como gobernante y como
dueño de sus dominios.
La idea de que la libertad y la propiedad están relacionadas no es nueva —surgió
en el siglo XVII y se hizo común en el siglo XVIII— pero, hasta donde sé, nadie todavía
ha tratado de demostrar esta conexión sobre la base de la evidencia histórica. Hay una
bibliografía inmensa sobre cada uno de estos dos temas: hay cientos, si no miles, de
trabajos sobre la propiedad y una cantidad similar sobre la libertad. Sin embargo, se

[Link] - Página 8
desarrollan por caminos diferentes. Los libros que tratan la libertad se centran en la
evolución del concepto de libertad y en las instituciones políticas que la garantizan, y
todos ignoran sus fundamentos económicos. Los tratados económicos típicos sobre la
historia de la propiedad ignoran sus aspectos políticos y culturales. Los tratados
legales sobre el tema, por regla general, también ignoran sus dimensiones filosóficas,
económicas y políticas. Como resultado, no contamos con una explicación, basada en
materiales históricos concretos, de cómo la propiedad permite el desarrollo de la
libertad y de cómo la ausencia de libertad hace posible la existencia de una autoridad
arbitraria.
Es éste el ámbito que he tratado de cubrir. Mi hipótesis inicial sostiene que existe
una conexión íntima entre las garantías públicas de la propiedad y la libertad
individual: que mientras que la propiedad en ciertas formas es posible sin la libertad,
lo contrario es inconcebible.
Para probar la hipótesis, comencé a estudiar la relación entre propiedad y sistemas
políticos desde los albores de la historia documentada. Cuando comencé en este
empeño, no sospechaba lo difícil que iba a resultar. Me di cuenta, por supuesto, de la
inmensa variedad de formas que la propiedad ha adoptado en diferentes sociedades
en épocas distintas, pero no preví que muchas situaciones que se denominan
propiedad no se encuentran reflejadas en documentos y que mucho de lo que, en
teoría, es simplemente poseído, es decir, físicamente retenido, es en realidad una
propiedad. Tampoco vislumbré las dificultades de relacionar la propiedad, en sus
variadas apariencias, con la política, particularmente en los países no occidentales en
donde las fuentes permanecen inéditas y la literatura complementaria sobre este
asunto es virtualmente inexistente. Pronto se hizo obvio, por lo tanto, que una
empresa de esta envergadura excedía las capacidades de cualquier individuo. Estudiar
las economías de la China antigua y de la Grecia clásica, Mesopotamia y México, la
Francia medieval y la Inglaterra moderna y considerar en qué medida influyen en la
evolución política de cada uno de estos países requeriría varios equipos de
historiadores. En vez de abandonar el proyecto por demasiado ambicioso, decidí
escribir algo más modesto, un ensayo que trataría el asunto selectivamente,
sacrificando la extensión a favor de la profundidad. Renuncio a lograr un alcance
sistemático u omnicomprensivo y me siento satisfecho con demostrar, a través de
algunos ejemplos históricos, la relación entre el poder económico y el político.
Los dos primeros capítulos tratan sobre la evolución histórica, tanto de la idea
como de la institución de la propiedad. En la mitad del libro —capítulos 3 y 4— se
analiza el vínculo entre las relaciones de propiedad y la política en Inglaterra y en
Rusia, dos casos extremos que trasmiten con fuerza el punto que trato de demostrar.
El capítulo final se concentra en el siglo XX, con especial atención a los Estados
Unidos, y hace hincapié en las amenazas a la libertad implícitas en el Estado de
bienestar que pretende alcanzar la igualdad económica y social.

[Link] - Página 9
Incluso en su proyección más limitada, este libro abarca temas tan alejados del
campo de mi especialidad académica que los presento con cierto temor. Con
excepción del capítulo sobre Rusia y de partes del capítulo sobre la historia de la idea
de la propiedad, mi información procede, principalmente, de fuentes secundarias,
que, generalmente, no concuerdan unas con otras. Por lo tanto, sin lugar a dudas, los
expertos encontrarán razones para criticarme sobre algún que otro hecho o sobre ésta
u otra interpretación. Confío, sin embargo, en que tendrán presente que si el propósito
de la historia es la comprensión, el historiador deberá, de vez en cuando, aventurarse
fuera de su especialidad hacia campos en los que su conocimiento es una derivación.
En defensa de esta proposición, puedo citar una autoridad como Jacob Burckhardt,
quien escribió que el diletantismo debe su mala reputación a las artes en las que, por
supuesto, uno es o nadie o un maestro que dedica toda su vida a ellas porque las artes
demandan perfección.
En el proceso de aprendizaje, por el contrario, se puede llegar a ser un maestro
sólo en un campo limitado, es decir, como especialista, y es éste el dominio que se
debe alcanzar. Pero si uno no desea renunciar a la capacidad de formarse una visión
general (y es más, respetando esa visión) entonces uno debe ser un diletante en tantos
campos como sea posible, por lo menos privadamente, para mejorar nuestro propio
conocimiento y enriquecimiento de diversos puntos de vista históricos. De otra
forma, uno queda como un ignorante en todo lo que vaya más allá de su propia
especialidad y, dadas las circunstancias, en general, queda como una persona inculta.
[5]

RICHARD PIPES
Cambridge, Massachusetts
Octubre de 1998

[Link] - Página 10
DEFINICIONES

P osesión se refiere al control físico de los activos, materiales o inmateriales, sin


un título formal hacia ellos: es una pertenencia de fado, no de iure.
Comúnmente se justifica por el uso prolongado o porque se haya heredado de los
padres, lo que en el Derecho inglés se llama “prescripción” y se asegura mediante la
fuerza física y por apoyo comunitario tácito. Aunque los objetos poseídos no se
pueden vender, en la práctica casi siempre su poseedor puede legarlos a sus
descendientes y de esta manera tienden a convertirse en propiedad. A través de la
historia, y en muchas partes del mundo contemporáneo, los activos se poseen de esta
forma.
Propiedad se refiere al derecho del dueño o de los dueños, reconocidos
formalmente por la autoridad pública, a explotar los activos excluyendo a todos los
demás y a venderlos o disponer de ellos de otra forma. “Lo que distingue la
propiedad de la simple posesión momentánea es que la propiedad es un derecho que
se reconoce por la sociedad o el Estado, por la costumbre o por la convención o por la
ley.”[6] En la práctica, postula una autoridad pública de cierto tipo. El concepto se
originó en la Roma antigua, cuyos juristas designaron con el término de dominium a
lo que entendemos por “propiedad”.[*]
La propiedad es de dos tipos: productiva, es decir, la que puede crear más
propiedad (por ejemplo, tierra, capital) y personal, que sirve exclusivamente para
usarse (por ejemplo, vivienda, ropa, armas, joyas). Así es como se usa comúnmente.
Pero en un sentido más amplio, en la terminología de la teoría occidental desde
finales de la Edad Media, “propiedad” abarca todo lo que propiamente pertenece a
una persona (suum en latín), incluyendo su vida y su libertad. Es esta definición más
amplia de property (propiedad) o de “propriety” (propiedad), como se utilizó en el
siglo XVII en Inglaterra y como fue trasplantada a la colonia de América, la que
contribuye al vínculo filosófico entre propiedad (ownership) y libertad.
Bajo la influencia de Marx, algunos teóricos modernos prefieren definir
“propiedad” (en su sentido más estrecho, convencional) no como el derecho sobre
“las cosas” sino como “relaciones entre personas con respecto a las cosas”.[7] “El
derecho a la propiedad no se debe identificar con el hecho de la posesión física […]
el derecho a la propiedad no es una relación entre un dueño y una cosa, sino entre el
dueño y otros individuos con relación a las cosas.”[8] Pero una definición así dista
mucho de ser satisfactoria, teniendo en cuenta que la “propiedad” abarca mucho más
que el derecho sobre “las cosas”.

[Link] - Página 11
Se puede disponer de dos tipos de propiedad: (1) colectivamente y (2)
privadamente. El derecho a la propiedad colectiva se confiere conjuntamente a todos
los miembros de una comunidad, pero ésta no dispone de ella; ni tampoco tiene
derechos colectivos sobre ella (por ejemplo, un edificio moderno de apartamentos en
cooperativa). La propiedad privada pertenece a un individuo, a un grupo familiar o a
una asociación de individuos. La “propiedad comunista” es una contradicción de
términos, en tanto que la “propiedad” pertenece al dominio de la ley privada,
mientras que en el comunismo, el Estado, una institución pública, es el dueño
exclusivo de todos los activos productivos en su condición de autoridad soberana.
En el uso cotidiano, es muy difícil mantener la distinción legal entre posesión y
propiedad. Por lo tanto, en el libro, con excepción de los momentos en que se aclare
específicamente, se utilizarán indistintamente “posesión” y “propiedad”.
El término libertad, como se usa en este estudio, abarca cuatro aspectos: (1)
libertad política, es decir, el derecho del individuo a participar en la elección de los
responsables del gobierno bajo el cual vive; (2) libertad legal, es decir, el derecho,
tanto en relación con otros individuos como con respecto al Estado, a ser juzgado por
terceras partes de acuerdo con la ley; (3) libertad económica, es decir, el derecho de
usar y de disponer, libremente, de los activos propios, y (4) los derechos personales,
es decir, el derecho del individuo a su vida y a su libertad y la facultad de hacer lo
que desee siempre y cuando no infrinja las libertades y derechos de los otros: en otras
palabras, la ausencia de coerción. La libertad y los derechos personales no están,
necesariamente, incluidos en la democracia política: “No existe una conexión
necesaria entre la libertad individual y el precepto democrático”.[9] De esta forma, el
ciudadano de la Atenas antigua disfrutaba de derechos políticos pero no de derechos
civiles, mientras que súbditos privilegiados de algunos déspotas ilustrados tenían
derechos civiles pero no políticos.
La libertad no incluye el tan mencionado “derecho” al apoyo y a la seguridad
públicos (como se desprende de las consignas “libertad de no carecer” y “el derecho a
la vivienda”), que viola los derechos de los otros dado que son ellos los que los tienen
que pagar. Esos “derechos”, en el mejor de los casos, constituyen una exigencia
moral y, en el peor, si son impuestos por la autoridad pública, se convierten en un
privilegio inmerecido.

[Link] - Página 12
CAPÍTULO UNO
LA IDEA DE LA PROPIEDAD

L a propiedad puede ser estudiada desde dos puntos de vista bien distintos: como
concepto y como institución. Los dos enfoques generan resultados muy
diferentes. A través de la historia del pensamiento, la propiedad ha disfrutado de una
reputación ambivalente, y ha sido identificada en ocasiones con la prosperidad y la
libertad, y otras veces con la corrupción moral, la injusticia social y la guerra. Las
fantasías utópicas, como regla general, sitúan en el centro de su análisis la abolición
de la distinción entre “mío” y “tuyo”. Incluso muchos pensadores que defienden la
existencia de la propiedad la ven, en el mejor de los casos, como un mal inevitable.
Por otro lado, la historia de todas las sociedades, desde la más primitiva a la más
avanzada, revela la universalidad de los derechos de propiedad y el fracaso de todos
los intentos de establecer una comunidad sin propiedad, ya sea voluntariamente o por
la fuerza. En este caso, por lo tanto, existe una disparidad excepcionalmente amplia
entre qué es lo que la humanidad piensa que quiere y lo que, a juzgar por sus actos,
realmente prefiere. Lewis Mumford explicó esta disparidad cuando sugirió que el
hombre vive en dos mundos, el mundo interior y el mundo exterior. El primero es el
reino de las ideas, deseos e imágenes. El último es el mundo de la realidad dura e
inevitable. “Si el entorno físico es la tierra, el mundo de las ideas pertenece a los
cielos.”[1]
De acuerdo con esto, dividiremos nuestro análisis en dos partes. Este capítulo
tratará sobre las actitudes con relación a la propiedad de filósofos, teólogos y teóricos
políticos occidentales.[A] El capítulo siguiente se dedicará a la institución de la
propiedad tal como se manifiesta en la historia, la psicología, la antropología y la
sociobiología. La distinción, por supuesto, es artificial y se introduce para facilitar la
claridad de la exposición; en realidad, las ideas y los hechos han tenido una
interacción constante. Como señalaremos más adelante, cada cambio de actitud con
relación a la propiedad puede explicarse a partir de desarrollos políticos y
económicos.
Los análisis sobre la propiedad desde los tiempos de Platón y Aristóteles hasta el
presente han tenido que ver con cuatro cuestiones principales: su relación con la
política, con la ética, con la economía y con la psicología.
1. El argumento político a favor de la propiedad sostiene que ésta (a menos
que se distribuya de una forma extremadamente injusta) promueve estabilidad y

[Link] - Página 13
limita el poder del gobierno. En contra de la propiedad se argumenta que la
desigualdad, que necesariamente la acompaña, genera intranquilidad social.
2. Desde el punto de vista moral se afirma que la propiedad es legítima porque
todo el mundo tiene derecho a los frutos de su trabajo. A lo que los críticos responden
que muchos dueños no realizan ningún esfuerzo para adquirir lo que poseen, y que la
misma lógica demanda que todos deben tener las mismas oportunidades a la hora de
adquirir propiedad.
3. El razonamiento económico que defiende la propiedad sostiene que es el
modo más eficiente de producir riqueza, mientras que sus opositores afirman que la
actividad económica impulsada por el afán de obtener beneficios conduce a una
competencia destructiva.
4. La defensa psicológica de la propiedad sostiene que eleva el sentido de
identidad y autoestima del individuo. Otros afirman que corrompe la personalidad al
infectarla con la avaricia.
Estos cuatro enfoques abarcan, prácticamente, el espectro de argumentos a favor
y en contra de la propiedad articulados en los últimos trescientos años. En sus raíces,
la controversia enfrenta el enfoque moral al pragmático.[2]

1. LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA
El tratamiento ético de la propiedad, que ha dominado el análisis hasta los tiempos
modernos, ha evolucionado teniendo como base una creencia profunda en la
existencia de una “Edad de Oro”. En su aspecto más familiar, la Edad de Oro es el
Paraíso judío, cristiano e islámico (Jardín del Edén), pero de una forma o de otra es
algo común a todas las civilizaciones. La cualidad sobresaliente de este pasado mítico
es la ausencia de la propiedad privada: en la Edad de Oro todo se poseía en común y
las palabras “mío” y “tuyo” eran desconocidas. Si hacemos notar que no ha existido
nunca una sociedad, como demostraremos en el capítulo siguiente, sin algún tipo de
propiedad, la visión de un mundo sin propiedad encuentra su fundamento no en la
memoria colectiva sino en el deseo colectivo. Se inspira en la noción de que las
desigualdades de status y riquezas son “antinaturales”. Tienen que haber sido creadas
por el hombre, no por Dios: porque ¿no nacen todos los seres humanos iguales y,
después de la muerte, no se convierten todos en polvo?
La primera descripción conocida de la Edad de Oro se detalla en una obra de
Hesíodo, un contemporáneo de Homero, llamada Los trabajos y los días. El poeta
griego de principios del siglo VII A. N. E.[B] menciona cuatro edades de la humanidad,
cada una de las cuales estaría representada por un metal: la de Oro, la de Plata, la de
Bronce y la de Hierro; cada edad sucede a la otra marcada por un deterioro moral
progresivo. En el principio, durante la Edad de Oro, cuando el mundo estaba
dominado por el titán Cronos, los bienes existían en abundancia y la paz prevalecía.
Pero en su época, que él llamó la Edad de Hierro, Hesíodo vio que la violencia y la

[Link] - Página 14
“vergonzosa avidez por las ganancias” prevalecían por encima de la justicia.[3] Esta
imagen de la infancia feliz de la humanidad entró en la corriente de las literaturas
griega y romana. Como veremos, la idea de la Edad de Oro ejerció gran influencia en
el pensamiento europeo del período renacentista, estimulando los viajes de los
descubridores e influyendo en la forma en que estos fueron percibidos.
Las primeras elaboraciones teóricas sobre la propiedad se encuentran en La
República de Platón, una obra que ha influido en todas las utopías posteriores. La
República y su continuación, Las Leyes, no fueron las primeras obras que buscaron la
eliminación de la propiedad por ser ésta la causante de las luchas sociales, pero los
escritos de los predecesores de Platón no nos han llegado y se conocen sólo por
referencias de otros autores. Platón escribió en un momento en que Grecia se
encontraba inmersa en conflictos sociales y guerras dentro de las ciudades-Estado y
entre ellas. Se dice que se inspiró en el ejemplo de Esparta, un Estado altamente
centralizado en el cual el gobierno impidió la concentración de la riqueza en manos
de la élite y que, en la guerra del Peloponeso, finalmente, derrotó y sometió a Atenas.
El triunfo de Esparta se atribuyó, sin discusión, a su Constitución. Ésta fue concebida,
según se afirma, por Licurgo, su fundador legendario, quien proscribió el comercio y
la industria para liberar a los ciudadanos del peligro de la guerra. A los espartanos se
les prohibió poseer no sólo bienes materiales sino incluso a sus esposas y a sus hijos:
las esposas debían ser compartidas con otros hombres, para engendrar descendientes
más saludables y más fuertes, y los hijos debían ser entregados al Estado a la edad de
siete años para entrenarse militarmente. Plutarco, quien resumió las posiciones de los
historiadores romanos sobre el tema, escribió que Licurgo había ordenado a los
notables de Esparta que renunciaran a sus propiedades. También ordenó que se
retirara de la circulación el oro y la plata y se reemplazaran por monedas de hierro.
Como resultado de estas medidas, desaparecieron el lujo, el robo, el soborno y los
litigios. Se eliminaron las diferencias entre bienestar y pobreza y se alcanzó la
igualdad. Una sociedad igualitaria, dedicada por entero a las necesidades del Estado,
debe haber resultado muy atractiva para un ateniense que había presenciado la
destrucción de su ciudad-Estado por la ambición y la avaricia. Como destacaremos en
el siguiente capítulo, Atenas poseía un sistema de propiedad privada altamente
desarrollado, lo que explica la atención que le prestaron sus filósofos.
Platón esboza su comunismo utópico a través de Sócrates en los libros 5-7 de La
República. Su objetivo era diseñar un orden social en el que la élite dominante no se
dejara llevar por el egoísmo, sino que se dedicara por entero al bienestar público.
Para lograrlo, se le retiraban sus pertenencias. Al referirse a los conflictos políticos de
su época, Sócrates dice:

Estas diferencias se originan comúnmente en un desacuerdo con relación al


uso de los términos “mío” y “no mío”, “suyo” y “no suyo” […] ¿Y el Estado

[Link] - Página 15
mejor ordenado no es aquél en el que la mayoría de las personas aplica los
términos “mío” y “no mío” de la misma forma a la misma cosa?[4]

El Estado platónico ideal consistía en dos castas: los gobernantes, llamados


“guardianes”, formada por los miembros más viejos y más sabios de la comunidad, y
el resto de las personas. Los guardianes, que dirigían el Estado, adquirían su status
después de pasar pruebas rigurosas. No poseían ninguna propiedad —ni casas ni
tierras— por lo que no “destruirían la ciudad por no estar de acuerdo con relación a
los términos ‘mío’ y ‘no mío’”.[5] Platón consideraba que la virtud y la propiedad
eran incompatibles: “porque, ¿no son el dinero y la virtud como los dos extremos de
una balanza: cuando uno sube el otro baja?”.[6] Los guardianes vivían en comunidad,
como los espartanos, y compartían a sus esposas y a sus hijos; sus necesidades
materiales básicas eran suministradas por los demás miembros de la sociedad que no
tenían su posición (y cuyo status Platón no aclaró bien) a quienes, según parece, se
les permitía tener familia y propiedad. Como consecuencia, cesaron las rivalidades
entre la clase dominante: no existía razón para la violencia, las disputas o la
adulación. Este ideal de una casta desinteresada y selecta, dedicada totalmente al
Estado, fue retomado (al menos en teoría) 2500 años después, por los partidos
comunista y nazi.
En Las Leyes, una obra posterior, Platón intentó diseñar un Estado que se ajustara
más a la realidad, por lo que dejó de insistir en la eliminación de la familia y en
presentar al Estado como el responsable de la educación de los niños. Pero sobrevivió
su utopía igualitaria inicial. Ahora permitía la propiedad privada, pero quería que el
Estado garantizara que no se alcanzarían extremos de riqueza y de pobreza,
especialmente en la distribución de la tierra. El ideal de un mundo sin propiedad se
mantenía:

La primera y más alta forma de Estado y del gobierno y de la ley es aquella


en la que prevalece más ampliamente el antiguo refrán que dice: “los amigos
tienen todas las cosas en común”. Si existe ahora, o si existirá algún día, esta
comunión de mujeres y de niños y de la propiedad, en la que se ha eliminado
de la vida lo privado y lo individual, y las cosas que son por naturaleza
privadas, como los ojos, los oídos y las manos, se han convertido en comunes a
todos, y que, de alguna forma, también el ver, oír y actuar son comunes y todos
los hombres expresan alabanza y reproche y sienten alegría y pena a la vez, y
que las leyes existentes logran la máxima unión de la ciudad; sea esto posible o
no, digo que ningún hombre, que actúe sobre la base de cualquier otro
principio, jamás constituirá un Estado que sea más verdadero, mejor o más
virtuoso.[7]

[Link] - Página 16
La visión de Platón de la sociedad ideal fue cuestionada por Aristóteles en su
Política. Aristóteles compartía la creencia de su maestro de que las desigualdades
extremas en la distribución de la riqueza conducían a disturbios sociales.[8] Pero
consideraba que la propiedad como institución era indestructible y, al final, una
fuerza positiva. Platón, a juicio de Aristóteles, confundía, y trataba como si fueran un
solo factor, los diversos elementos que conformaban el cuerpo político: la casa, la
comunidad (pueblo) y el Estado. Su error radicaba en tratar al Estado como si fuera
una casa y asignarle, por tanto, el control de la riqueza.[9] La propiedad, de hecho, es
un atributo de la casa y no de la comunidad o del Estado: “los Estados necesitan de la
propiedad, pero la propiedad no forma parte de un Estado”.[10]
Aristóteles basó su oposición a la propiedad común no sólo en el aspecto lógico
sino, fundamentalmente, en su aspecto utilitario. Es impracticable porque nadie cuida
adecuadamente los objetos que no son suyos: “Cuán inmensamente superior es el
placer cuando un hombre siente que algo es suyo; porque ciertamente el amor a uno
mismo es un sentimiento implantado por la naturaleza”.[11] Las satisfacciones
procedentes del amor a uno mismo son, entonces, la base de una buena sociedad.
Aristóteles rechaza el argumento de Platón de que la propiedad común elimina la
discordia social, arguyendo que, al contrario, las personas que poseen cosas en común
tienden a pelearse más que aquellas que las poseen personalmente. Ve la causa de la
discordia social no en el esfuerzo por adquirir una propiedad sino en la naturaleza
humana —“no es la posesión sino los deseos de la humanidad lo que debe
igualarse”—,[12] de lo que se desprende que las desavenencias se eliminan mejor a
través de la aceptación y no de la abolición de la propiedad privada. Además,
argumenta Aristóteles, las posesiones permiten que los hombres alcancen un nivel
ético superior al darles la oportunidad de ser generosos: “el liberalismo consiste en el
uso que se le dé a la propiedad”[13] —un argumento que sería muy utilizado por los
teólogos cristianos de la Edad Media—. El régimen preferido de Aristóteles era el
fundado a partir de una clase media, con una distribución equitativa de los fondos.[14]
Las diferencias entre los dos filósofos atenienses prefiguran el curso del pensamiento
sobre este tema en los siguientes 2500 años: la controversia ininterrumpida entre el
idealismo ético y el realismo utilitario. A través de la historia del pensamiento
occidental, los escritores que tratan el tema de la propiedad se agruparán, a grandes
rasgos, del lado de Platón o de Aristóteles, haciendo hincapié, ya sea en los
beneficios potenciales de su abolición o en las recompensas tangibles de su
aceptación.
En el siglo IV A. N. E., después de la muerte de Platón y de Aristóteles, la
discusión sobre la propiedad alcanzó un nivel más alto y abstracto, con la
introducción del principio estoico de la Ley Natural. La contribución del estoicismo
en la formación de la tradición intelectual occidental es, probablemente, sólo
superada por el monoteísmo judío. Si el monoteísmo adelantó el concepto
revolucionario de un Dios inmaterial, todopoderoso y omnipresente que gobernaba el

[Link] - Página 17
universo, la teoría de la Ley Natural afirmaba que el universo de Dios era racional y
podía ser aprehendido por la inteligencia humana. Aunque, como muchas otras cosas,
el concepto de Ley Natural existía de forma incipiente en Aristóteles, maduró sólo
después de su muerte, primero en Grecia, bajo el dominio de Macedonia, y después
en Roma.
Platón y Aristóteles pensaban exclusivamente en términos de ciudades-Estado,
pequeñas comunidades de ciudadanos del mismo origen étnico, religión y cultura. La
política, para ellos, era más bien un asunto de costumbres, no de leyes; de aquí que
para Platón la sociedad ideal no tenía normas escritas (según Plutarco, Licurgo no
permitiría que las reglas que él había establecido para Esparta se escribieran). Pero el
problema de las leyes surgió con urgencia en el siglo IV cuando Filipo de Macedonia
y su hijo Alejandro el Grande liquidaron la polis, primero para favorecer el Estado
nacional, y después para beneficiar el imperio multinacional. El Imperio de
Macedonia, en su momento de mayor esplendor, se extendía desde el Mar Egeo hasta
el río Indo y la península arábiga. Estaban sometidos a la autoridad de Macedonia,
además de los griegos, los armenios, bactrianos, judíos, egipcios, indios, parsianos,
sogdianos y una amplia variedad de otras nacionalidades que hablaban diferentes
lenguas y que profesaban diferentes religiones. Y aplicaban diferentes leyes. Estas
disparidades legales debían ser conciliadas de alguna manera por los gobernantes
macedonios si querían mantener la unidad de su imperio y conseguir la eficacia en su
administración. Pero su existencia también planteaba una pregunta filosófica
fundamental: ¿existía una concepción de justicia para cada nación?; en otras palabras,
¿no existía un patrón universal para el bien y el mal?, ¿o es que los diversos cánones
y procedimientos legales eran simples adaptaciones de la misma ley universal a las
condiciones locales?
La respuesta la dio la escuela estoica, que aparece al mismo tiempo que el
Imperio macedonio. Su noción central de un orden racional para el mundo existía ya,
de forma incipiente, en los comienzos de la ciencia griega, que diferenciaba entre la
variedad infinita de los fenómenos naturales específicos y la unidad subyacente de las
leyes que gobiernan la naturaleza. En su momento, esta idea se aplicó a los problemas
humanos. Se puede deducir de algunos fragmentos de la Etica a Nicómaco de
Aristóteles, donde se habla de la existencia de la justicia de dos formas: “legal”
(convencional) y “natural”.[15] La primera encuentra su expresión en la ley positiva,
adaptada a las necesidades particulares de una sociedad dada, por lo que difiere de
una nación a otra, mientras que la segunda es uniforme para toda la humanidad.
Aristóteles no tenía necesidad de ampliar esta idea, ya que él trataba con
sociedades homogéneas. Esto lo hizo Zenón, el fundador de la escuela estoica: “El
principio fundamental de la política y de la ética estoicas es la existencia de una ley
universal y de alcance mundial, que es una con la razón, en la naturaleza y en la
naturaleza humana”.[16] La humanidad tiene sus leyes universales y eternas, al igual
que el mundo físico. El elemento revolucionario implícito en la filosofía estoica se

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basaba en la controversia de que los principios fundamentales del orden social no
están sujetos a cambios porque se encuentran enclavados en el orden natural. En el
corazón de este orden está la igualdad de hombres y mujeres, de los hombres libres y
de los esclavos. La libertad consiste en vivir según las leyes de la naturaleza.
En los tres siglos que separaron a Aristóteles de Cicerón, la idea de la Ley Natural
ganó una amplia aceptación en el mundo mediterráneo, aunque su apogeo llegaría
mucho después, en los siglos XVI y XVII en Europa, donde ayudaría a los juristas y a
los teóricos de la política a independizar sus disciplinas de la teología. Se ha dicho
que, desde Platón y Aristóteles, nadie ha sido capaz de hablar sobre la propiedad
privada sin plantearse la cuestión de si es o no “natural”.[17] De hecho, hasta finales
del siglo XVIII, en cierto modo, hasta nuestros días, el debate sobre la propiedad se ha
desarrollado alrededor de la pregunta de si pertenece al orden “natural” o al orden
“convencional” de las cosas. Este principio se encuentra en la raíz de la discusión
entre los enfoques morales y pragmáticos: porque si la propiedad es un asunto de la
convención puede ser eliminada, pero si pertenece al dominio de la naturaleza es un
hecho inalterable de la vida.
La filosofía estoica y el concepto de Ley Natural tuvieron más influencia en
Roma que en Grecia, su país de origen. Los antiguos romanos no eran dados a las
especulaciones abstractas y no debatían sobre las ventajas y desventajas de la
propiedad privada, ni pensaban en comunidades ideales imaginarias. Pero los
hombres que se sienten orgullosos de su pragmatismo a menudo siguen caminos
trazados por los idealistas. Los poetas romanos adoptaron la noción griega de la Edad
de Oro en que todos los bienes eran propiedad común y que terminó con el triunfo de
la avaricia y, como resultado, un reino de injusticia y lucha. Virgilio se refirió a la
Edad de Oro como un tiempo en el que

Ningún agricultor tenía tierras,


hasta marcar los límite de la tierra
era malo: los hombres trabajaban por el bien común,
y la propia tierra, sin amarras, era más fructífera.[18]

Ovidio presentaba la Edad de Hierro como una en la que

la propia tierra, que antes había sido, como el aire y el sol, un tesoro que todos
podían compartir, estaba ahora cruzada con límites que el hombre medía y
marcaba con postes y con cercas.[19]

Séneca, el estoico por excelencia de Roma, que ha sido llamado “un millonario
con conciencia de culpa”, nunca se cansó de enaltecer la pobreza.[C] “Aquél que haya
hecho un pacto justo con la pobreza es rico”, le enseñó a su amigo Lucilio.[20]
Las virtudes sociales habían permanecido puras e invioladas antes de que la
codicia enloqueciera a la sociedad e introdujera la pobreza, porque los hombres

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dejaron de poseer todas las cosas cuando comenzaron a llamarlas suyas. Qué feliz era
la edad primitiva cuando los frutos de la naturaleza pertenecían a todos y eran usados
de forma promiscua [indiscriminadamente]; la avaricia y el lujo no habían desunido a
los mortales y los hombres no se habían devorado unos a otros. Disfrutaban todo lo
que les brindaba la naturaleza en común, lo que les dio posesión segura de la riqueza
pública. ¿Por qué no puedo pensar que eran los más ricos entre todos los hombres, ya
que no se podía encontrar un pobre entre ellos?[21]
El elogio de la igualdad social en el estoicismo la convirtió en una especie de
religión e influyó en el cristianismo en su fase de formación.
La principal contribución romana a la idea de la propiedad descansaba en el
imperio de la ley. Los juristas romanos fueron los primeros en formular el concepto
de la propiedad privada absoluta, al que llamaron dominium y lo aplicaron a los
bienes raíces y a los esclavos, un concepto que no existía en el vocabulario griego.
Para que un objeto se clasificara como dominium tenía que satisfacer cuatro criterios:
tenía que ser obtenido legítimamente, de forma exclusiva, absoluta y permanente.[22]
La mejor y más conocida definición de la ley romana describía el dominium como “el
derecho de utilizar y consumir algo de uno según lo permite la ley” (ius utendi et
ahutendi re sua quatenus iuris ratio patitur).[D] La jurisprudencia romana incluso
llegó a regular todos los matices posibles relacionados con los derechos de propiedad:
cómo se adquiría y cómo se perdía, cómo se transfería, cómo se vendía.[23] Los
derechos implícitos en el dominium eran tan absolutos que la antigua Roma
desconocía todo lo referente al dominio eminente.[E]
A pesar de todo su pragmatismo, los juristas romanos se vieron obligados a
buscar una base filosófica para la ley porque, al igual que los macedonios, al
expandirse su dominio, primero de una ciudad-Estado a una nación-Estado y,
después, a un imperio, se encontraron con una sorprendente variedad de normas
legales y procedimientos distintos de los suyos, y que además diferían entre sí. El
problema surgió aún antes de que Roma se hubiera convertido en la dueña de la
península Itálica ya que, mucho antes, los tribunales romanos tuvieron que tratar con
extranjeros que llegaban para hacer negocios o para casarse con romanos. La ley
local, el ius civile, no se aplicaba a ellos, sólo a los ciudadanos romanos. Los juristas
romanos tuvieron entonces que buscar principios comunes contenidos en los diversos
sistemas legales con los que tenían contacto. A medida que el territorio romano se
expandía alrededor de la cuenca del Mediterráneo, formularon un Derecho de Gentes
(ius gentium) que sintetizaba las reglas compartidas por todas las naciones que
conocían. Bajo la influencia de la filosofía estoica, el Derecho de Gentes,
gradualmente, se fusionó con el Derecho Natural (ius naturale); el proceso culminó a
principios del siglo III N. E., cuando la ciudadanía romana se extendió a todos los
súbditos del imperio.[24] Así surgió un postulado fundamental del pensamiento
occidental: que el bien y el mal no son conceptos arbitrarios sino normas enraizadas
en la naturaleza y, por lo tanto, que se imponen a toda la humanidad; los problemas

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éticos deben resolverse referidos a la Ley Natural, la cual es racional y va más allá de
la ley positiva (ius civile) de las sociedades individuales. Un elemento esencial de la
Ley Natural es la igualdad del hombre, específicamente, la igualdad ante la ley, y el
principio de los derechos humanos, que incluye los derechos a la propiedad, que
antecede al Estado y, por lo tanto, son independientes de él.[F] Quinientos años
después, estas ideas se convirtieron en la piedra angular de la democracia occidental.
Inicialmente, los filósofos y juristas romanos trataron la propiedad privada, no
como parte de la Ley Natural sino como parte del Derecho de Gentes. Sin embargo,
con el tiempo, al fundirse los dos conceptos, comenzaron a verla como parte de la
Ley Natural.[25] Una defensa teórica de la propiedad privada como rasgo distintivo de
la Ley Natural, sin embargo, no fue desarrollada completamente hasta los siglos XVI y
XVII, en la época de Jean Bodino y Hugo Grocio. Pero es evidente que la idea se les
ocurrió a los romanos, a partir del argumento de Cicerón de que el gobierno no podía
interferir en la propiedad privada porque había sido creado para protegerla.[26]

2. LA EDAD MEDIA
Los Padres de la Iglesia se enfrentaron con serias dificultades al abordar el tema de la
propiedad privada. Según los Evangelios, Jesús exhortó a los ricos a que entregaran
sus pertenencias a los pobres porque la riqueza era un obstáculo para la salvación.
Rechazó tener propiedades, para él y para sus discípulos. Los Evangelios y otros
textos de la Biblia cristiana están llenos de censuras a las riquezas y de exhortaciones
a renunciar a ellas, como reza el aforismo popular: “es más fácil que un camello entre
por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios”.[27] Al mismo tiempo,
en su vida privada, Jesús no se comportaba como un asceta: no despreciaba la
propiedad, ni siquiera la riqueza, incluso visitaba las casas de los ricos y dejaba que
lo agasajaran.[28] Debido a las esperanzas de una llegada inminente del reino de Dios,
la Biblia cristiana “no parece contener una teoría definitiva sobre la propiedad”.[29]
Algunos historiadores se preguntan si Jesús realmente propuso un programa de
reforma social: según un destacado especialista en la materia, más bien, Jesús
“convocaba a prepararse para la llegada del reino de Dios”, lo que sucedería “dentro
de los límites del orden mundial actual”.[G] De cualquier modo, los primeros
cristianos aplicaban, sólo entre ellos, las enseñanzas de Jesús:

El nuevo orden social se reducía a la comunidad cristiana; no era un


programa popular de reforma social general. Dentro de la propia Iglesia […] el
único comunismo posible era uno que difería de las otras formas de
comunismo y sólo puede describirse como el comunismo religioso del amor. Es
decir, era un comunismo que consideraba la puesta en común de posesiones
como una prueba de amor y del espíritu religioso del sacrificio. Era un
comunismo compuesto sólo por consumidores, un comunismo basado en la

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suposición de que sus miembros continuarían ganándose la vida a través de sus
actividades privadas, para poder ser capaces de practicar la generosidad y el
sacrificio. Sobre todo, no disponía, en absoluto, de una teoría sobre la igualdad,
ya fuera la igualdad absoluta de compartir posesiones, o la igualdad relativa en
la contribución de los distintos miembros a la vida del conjunto, de acuerdo
con sus méritos y servicios. Finalmente, no existía ninguna hostilidad hacia lo
que constituye el verdadero obstáculo para la existencia de un comunismo
verdadero, esto es, la oposición a la institución de la familia, la cual está
estrechamente relacionada con la empresa privada.[30]

La Iglesia cristiana primitiva aceptó la propiedad privada como un hecho de la


vida y se dedicó a exhortar a los fieles a que practicaran la caridad lo más posible.
Las pertenencias se consideraban algo maligno sólo en el caso de ser usadas de forma
egoísta.[H]
Sin embargo, una Iglesia que se basaba en la defensa de la abnegación muy
pronto se convirtió en un enorme poder temporal con grandes extensiones de tierra y
otras formas de riqueza que necesitaba para poder desarrollar sus responsabilidades
religiosas y seculares. También se enfrentó con la realidad, aceptada tácitamente por
Jesús, pero a menudo mal interpretada por muchos cristianos devotos, de que, para
millones de sus seguidores, los bienes materiales eran una necesidad: Es evidente que
no todo el mundo puede aceptar el voto de pobreza y dedicar su vida entera a la
piedad cristiana, como lo hacen los sacerdotes, monjes o monjas, del mismo modo
que no todo el mundo puede practicar el celibato.
Por lo tanto, se debía encontrar un compromiso entre el ideal cristiano y la
realidad del mundo.
Se encontró y resultó básicamente satisfactorio. La premisa fundamental de los
teólogos cristianos sostenía que la propiedad se derivaba no de la Ley Natural sino de
la ley convencional (positiva) y como tal debía ser respetada. Era potencialmente un
mal capaz de corromper el alma y que inducía al pecado. Pero, en las palabras de San
Agustín, una sociedad sin propiedad era posible solamente en el Paraíso, porque
exigía perfección,[31] el tipo de perfección que desde el pecado original se encontraba
fuera del alcance de la mayoría de la humanidad.[I] Además, las posesiones eran
éticamente neutrales y sólo se convertían en algo maligno si daban lugar a la avaricia.
San Agustín escribió que una cosa no debía ser condenada porque condujera a la
corrupción: “¿No es bueno el oro?”, preguntaba y respondía: “Sí, es bueno. Pero el
malo usa el buen oro para hacer daño y el bueno usa el buen oro para hacer el bien”.
[32] De acuerdo con San Agustín, cuando Jesús decía que había que renunciar a las

fortunas personales, lo decía como consejo, no como obligación.[33] En el mundo


como lo conocemos hoy en día, este consejo lo seguirían sólo unos pocos escogidos.
San Agustín veía la propiedad como una responsabilidad más que como una garantía

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para poder actuar libremente, esto es, como una especie de depósito que poseían los
individuos para realizar el bien público.
Como justificación a su tolerancia hacia la propiedad, los teólogos cristianos
podían señalar pasajes en la Biblia hebrea que demostraban que estaba protegida por
una aprobación divina. El Octavo Mandamiento, que prohíbe el robo, implica
claramente la santificación de la propiedad; lo mismo sucede con el Décimo
Mandamiento, que proscribe codiciar “los bienes ajenos”. Está la historia de
Abraham y Lot, quienes dividieron sus ovejas para poner fin a las querellas entre sus
pastores y, de esta manera, establecieron sus derechos respectivos a una parte de la
tierra (Génesis 13). Se hizo referencia también a la historia del rey Acab (I Reyes 21),
quien codiciaba una viña de Nabot y ofreció cambiársela por otra o comprarla.
Cuando Nabot se negó a deshacerse de su tierra, Jezabel, la esposa de Acab, urdió
una mentira y lo acusó de blasfemia; apedrearon a Nabot hasta que le provocaron la
muerte, lo que permitió que Acab tomara posesión de la viña. Por este crimen Dios, a
través del profeta Elías, los amenazó a él y a su esposa con una muerte ignominiosa.
La historia proporciona un ejemplo de la avaricia que conduce al pecado pero
también confirma la inviolabilidad de la propiedad.
En la tradición legal judía, la riqueza adquirida honradamente era considerada una
bendición: los rabinos prohibían a su pueblo deshacerse de su riqueza, o dedicarse en
exceso a la caridad, para que no llegaran a convertirse en una carga para la
comunidad.[34] En contraste con los Evangelios cristianos, la Biblia hebrea no ensalza
ni a la pobreza ni al pobre.[35] Al mismo tiempo, está llena de condenas a los ricos
por sus injusticias y de mandatos a ejercer la caridad y de ayudar a los demás, no sólo
a los de la propia comunidad sino también a extranjeros e, incluso, a los animales.[J]
Para cumplir estos preceptos, las comunidades judías desarrollaron un sistema de
bienestar social que era probablemente único en la antigüedad: se basaba en el
diezmo para “el extranjero, el huérfano y la viuda”, tal como se exigía en la Biblia
hebrea.[36]
La idea católica de la propiedad fue recopilada por Santo Tomás de Aquino en la
Suma teológica (Summa Theologica). Santo Tomás de Aquino se acercó al tema en el
contexto de la justicia, que definió como “el deseo constante y perpetuo de dar a cada
cual lo que es de él”.[37] Reconoció que, en cierto sentido, “no era natural al hombre
poseer cosas externas”, porque todos los bienes pertenecen a Dios y son la propiedad
común de los hijos de Dios.[38] Sin embargo, basándose en la Política de Aristóteles,
argumentó que la propiedad común no promovía eficacia ni armonía sino discordia.
Para perfeccionarse espiritualmente, el hombre tenía que tener el tipo de seguridad
que sólo le ofrece la propiedad. Santo Tomás de Aquino también adoptó de
Aristóteles la idea de que las posesiones hacen posible que las personas puedan
practicar la caridad, una obligación cristiana: dar limosna era un corolario esencial de
la propiedad, y los ricos estaban moralmente obligados a entregar a los pobres toda su

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riqueza superflua.[39] Cualquier exceso que permitiera un incremento en la riqueza
debía ser controlado por la sociedad.
Sobre este asunto, la visión general de los denominados Padres de la Iglesia se
resume como sigue. Los primeros teóricos de la Iglesia reconocieron

[…] que la vida humana, como es realmente, necesita disciplina, necesita un


orden reforzado por la coerción. Y de esta forma llegan a distinguir entre un
ideal, que también consideran como la condición primitiva del hombre, y lo
real. Idealmente, si el hombre hubiera seguido su verdadera naturaleza, si
hubiera obedecido las leyes de la razón y de la justicia, no hubiera necesitado
una disciplina coercitiva de este tipo. Pero, al ser lo que es, una criatura cuyos
verdaderos instintos y naturaleza son constantemente dominados por sus bajas
pasiones, sólo a través de una férrea disciplina puede evitarse que caiga en la
anarquía y el desorden. No pueden aceptar la propiedad privada con sus
enormes desigualdades como una institución primitiva y natural. En un Estado
primitivo o natural los derechos de la propiedad no podían haber sido otra cosa
que el derecho a usar lo que el hombre requería. Pero una vez más, teniendo en
cuenta la condición real de la naturaleza humana tal y como es, entendieron
que era necesaria una regulación del ejercicio del derecho a disponer. La
propiedad privada es, realmente, otra institución disciplinaria que intenta
controlar y contrarrestar la disposición viciosa de los hombres.[40]

Contrariamente a un concepto erróneo, ampliamente difundido, la Iglesia no


aceptó, y menos aún propagó, el comunismo, por lo que los Padres de la Iglesia no
pueden citarse como prueba de ello.[41]
Como observó hace un siglo el filósofo ruso Vladimir Soloviev, los cristianos
exhortan a sus seguidores a renunciar a sus riquezas mientras que los socialistas
reclaman la confiscación y distribución de la riqueza de otros. Las doctrinas
económicas de las Iglesias cristianas sólo pedían la renuncia voluntaria de la riqueza
personal. No era, por tanto, incoherente que la Iglesia tratara como herejes a aquellos
grupos, como los “waldesianos” del siglo XII, que predicaban la pobreza y, después, a
los anabaptistas, que intentaron imponer el comunismo. En términos generales, “la
veneración por la pobreza” fue un rasgo distintivo de los movimientos heréticos, no
de la Iglesia establecida.[42] A finales de los siglos XIII y XIV surgió una fuerte
controversia en la orden franciscana entre los “espiritualistas”, que defendían la
renuncia a todas las posesiones, y los “conventuales”, que deseaban conservar las
grandes propiedades que la orden había adquirido. En el papado de Juan XII, la
Iglesia aplastó a los espiritualistas y condenó a más de cien a morir quemados en la
hoguera. En una bula pontificia promulgada en 1323, este Papa declaró como herejía
negar que Cristo y los apóstoles hubieran tenido posesiones.[43] Seis años después, en
otra bula, Juan XXII afirmó que la propiedad (dominium) del hombre sobre sus

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posesiones no difiere de la propiedad ejercida por Dios sobre el universo, la cual
concedió al hombre al crearlo a su semejanza. Es, por tanto, un derecho natural que
antecede la ley humana.[44]
Los fundadores del protestantismo fueron más allá de la tolerancia de la Iglesia
católica con relación a la propiedad: tanto Lutero como Calvino la respaldaron con
énfasis, al vincularla con el trabajo, que consideraban como un derecho cristiano.
Lutero condenó a los campesinos rebeldes de Alemania y los llamó “perros rabiosos”,
por confiscar propiedades diciendo que los Evangelios no exhortaban a que se
convirtiera en propiedad común la propiedad ajena ni a que se aferraran a la
propiedad personal, sino que pedían a los cristianos que entregasen voluntariamente
lo que tenían.[45] Los calvinistas mantenían puntos de vista aún más proclives a la
propiedad. Calvino escribió elogiosamente sobre el trabajo y el comercio, y sobre las
grandes ganancias que proporcionaban a algunos, rechazando las prohibiciones
medievales sobre la usura y reconociendo los beneficios del dinero y del crédito.[46]
Los historiadores saben muy bien que el calvinismo hizo mucho por alentar el
espíritu capitalista.
A finales de la Edad Media, la Iglesia católica pasó de defender la propiedad
como una realidad lamentable pero inevitable a defenderla como cuestión de
principios. El cambio se produjo como reacción a las críticas que hacían las
autoridades seculares a la riqueza de la Iglesia. El debate se desarrolló de forma
aguda a principios del siglo XIV, cuando Felipe IV, el Hermoso, de Francia (1285-
1314), al necesitar dinero para financiar su guerra contra Inglaterra, exigió un
impuesto al clero y prohibió la exportación de metales preciosos, incluyendo las
rentas papales. Para impedir que las propiedades eclesiásticas fueran confiscadas por
la corona, los teólogos se referían ahora a la propiedad como a un derecho
inalienable, es decir, principalmente, la propiedad de la Iglesia, pero por extensión la
propiedad en general. En el transcurso de esta polémica, los teóricos eclesiásticos
formularon la doctrina, luego adoptada por importantes escritores laicos como
Bodino y Grocio, de que la autoridad del Estado, absoluta en otros aspectos, no se
aplicaba a la propiedad de sus súbditos. El argumento se sustentaba con referencias a
la ley romana, que se redescubrió y se enseñó en las universidades italianas desde
comienzos del siglo XII.
Un destacado exponente de esta nueva teoría de la propiedad fue Aegidio
Romano (Colonna), discípulo de Tomás de Aquino, quien argumentaba que Felipe IV
no podía apoderarse de las propiedades de la Iglesia porque los derechos de
propiedad antecedían y trascendían los del Estado. La Iglesia y el Sumo Pontífice
tenían poder sobre todas las cosas temporales y eran los dueños últimos de los bienes
del mundo. Empleando una terminología feudal, aseguraba que los reyes tenían un
“dominio superior” pero no eran dueños de las posesiones de sus vasallos.[47]
El oponente de Aegidio Romano, Juan de París, sostenía, en defensa de Felipe IV,
que la propiedad privada se derivaba de concesiones del príncipe y que la Iglesia, así

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mismo, conservaba sus bienes debido a estas concesiones. Pero estaba de acuerdo en
que los derechos de la propiedad no podían ser violados, ni por el rey ni por el Papa.
[48] En estos debates la influencia de la ley romana quedaba clara. Juan de París

sostenía que

[…] los individuos, en sus potestades individuales, poseen el derecho, el poder


y el verdadero señorío, y cualquiera puede ordenar, disponer, abandonar,
retener o enajenar su propiedad según quiera sin provocar daño a otro, ya que
él es el señor y por lo tanto ni los príncipes ni los Papas tienen derecho o
exención en esas cosas.[49]

La disputa entre el papado y las autoridades seculares a finales de la Edad Media


tuvo como consecuencia la reafirmación del status de la propiedad privada en ambas
partes de la polémica. Aunque basaba la justificación legal de la propiedad en
diferentes fuentes, estaba de acuerdo en considerarla sacrosanta y protegida, tanto de
la Santa Sede como de la corte real.[K]

3. EL DESCUBRIMIENTO DEL “BUEN SALVAJE”


Durante la Edad Media, los europeos mantuvieron vivo el mito de la Edad de Oro,
cuando el hombre era inocente y se desconocía la propiedad. Algunos creían que,
incluso en su época, existían regiones remotas, generalmente descritas como islas en
los confines del mundo, en las que las personas continuaban viviendo en ese estado
de felicidad. Debido al pecado original, la mayoría de la humanidad estaba excluida
de estos reinos, pero sí eran accesibles a héroes y santos capaces de vencer grandes
peligros.[50] Los Padres de la Iglesia debatieron durante siglos si todavía existía o no
un paraíso terrenal.[51] Este mito puede haber sido uno de los factores que inspiraron
a Colón y lo llevaron a realizar el viaje del descubrimiento de América: algunos
historiadores creen que antes de lanzarse a la primera expedición había leído el libro
de Pierre d’Ailly, Imago mundi, en el que se describía la tierra feliz de los
hiperbóreos, quienes vivían en estado de virtual inmortalidad.[L]
Cuando Colón vio por primera vez a los nativos del Caribe, lo que más le
impresionó a él y a sus compañeros, vestidos con sus excesivos y ridículos trajes, fue
su desnudez, porque inmediatamente le recordó a Adán y a Eva antes de la Caída.[M]
Aún más le impresionó el hecho de que fueran “cándidos” y de que nunca “se
negaban a entregar nada de lo que poseían, si se les pedía; al contrario, invitaban a
todos a compartirlo”.[52] Colón reconoció que no pudo determinar si los nativos
tenían propiedad privada, pero se llevó la impresión de que “de lo que tenían, todos
participaban, especialmente de las cosas para comer”.[53] En la descripción
fragmentaria de los viajes de Colón, de su propio puño y letra, en América

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[…] hay una primavera eterna, el ruiseñor canta, las flores brotan, los árboles
son verdes, los ríos se deslizan, las montañas son altas, y los habitantes son
inocentes y felices.[N]

Estas primeras impresiones marcaron el tono para toda la literatura utópica de los
siguientes quinientos años, al proporcionar la prueba efectiva de que el hombre
imperfecto podía alcanzar la perfección si adoptaba las actitudes del “buen salvaje”.
[Ñ] Y la cualidad más sobresaliente en la vida de los salvajes, aparte de no conocer lo

que era la vergüenza, consistía en su ignorancia sobre cuestiones de propiedad. Un


historiador de la literatura francesa encuentra que existe un vínculo directo entre la
primera carta de Colón, en la que se refiere a sus descubrimientos, y el Discurso
sobre la desigualdad (Discours sur l’lnégalité], de Rousseau, escrito dos siglos y
medio después, en el que la propiedad se describía como la fuente de todos los males
sociales.[54]
Impresiones similares a las de Colón fueron ofrecidas a los lectores europeos
mediante dos descripciones de los viajes realizadas a principios del siglo XV, y que
contribuyeron a conformar la idea del buen salvaje.
Américo Vespucio, el explorador y geógrafo italiano, del que América tomó su
nombre, describió en sus Viajes, publicado en 1505 o 1506, un cuadro encantador de
los indios del Nuevo Mundo. Según él, no tenían “capitanes” que los dirigieran sino
que vivían en libertad. Si iban a la guerra era para vengar la muerte de los suyos, no
para saquear o para dominar. No conocían la religión (razón por la cual los consideró
inferiores), ni las leyes, ni el matrimonio. No comerciaban y no le conferían ningún
valor al oro o a las piedras preciosas.[55] Vivían en un paraíso terrenal.
Pedro Mártir d’Anghiera, un negociante italiano que vivía en España, publicó en
1516 una descripción del Nuevo Mundo (De Orbe Novo). Allí describe así lo que
Colón había visto:
[E]ntre ellos, la tierra es tan común como el sol y el agua: y la distinción entre
Mío y Tuyo (la semilla de todo mal) no existe. Se conforman con tan poco que, en un
país tan grande, les sobran las cosas y no padecen escasez. Por lo que parece que
viven en un mundo dorado, sin fatigas, disfrutando de amplios jardines abiertos, sin
cercas, vallas o protegidos por murallas. Se relacionan desinteresadamente entre
ellos, sin leyes, sin libros y sin jueces.[56]
No pasó mucho tiempo hasta que los europeos, que llegaron a América como
comerciantes o colonos, cambiaran su opinión sobre los indios nativos. Aquellos que
tuvieron un contacto prolongado con ellos tendían a describirlos como bárbaros
despreciables, buenos sólo para ser esclavos. El desconocimiento de la propiedad
privada era considerado como la prueba de su inferioridad.[57] Ya desde 1525, un
fraile dominico escribió que

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[…] en el continente comen carne humana. Son más dados a la sodomía que
cualquier otra nación. No existe justicia entre ellos. Andan desnudos. No
sienten respeto por el amor ni por la virginidad […] son más estúpidos que los
burros y rehúsan totalmente superarse.[58]

Samuel Purchas, el editor inglés especializado en la literatura de viajes, en 1625,


se refirió a los indios americanos como inhumanos, más animales que las bestias
salvajes.[59] Algunos escritores franceses también redactaron, a partir de sus
experiencias directas, descripciones nada favorables sobre los indios, calificándolos
de brutos.[60] Se difundió el desencanto a partir de las descripciones que hacían los
testigos oculares de las torturas y los sacrificios humanos realizados por los nativos.
Antes de que pasara mucho tiempo, el “buen salvaje” de América se convirtió en
Satanás.[61] Pero la imagen original dejó sus huellas, ya que, hasta nuestros días,
muchos europeos y americanos conservan la visión romántica del indio americano
que proyectaron los primeros exploradores.
Al erosionarse la imagen idílica del indio, la búsqueda de los europeos de un
paraíso terrenal se dirigió al sur del Pacífico: en el siglo XVIII la utopía americana
cedió su lugar a la utopía australiana. La tierra escogida fue Tahití. Avistada por los
portugueses a principios del siglo XVII, quedó en el olvido hasta que fue
“redescubierta” por los ingleses y los franceses un siglo y medio más tarde. Tahití
debía su reputación de paraíso del Edén a la descripción que de ella hizo Louis
Bougainville en un viaje realizado en 1768. El viajero francés no ofreció una
descripción uniformemente favorable de los nativos, al acentuar su tendencia a la
crueldad en la guerra y destacar su hábito incurable de robar a los extranjeros, robar a
su propio pueblo, señaló, era castigado con la horca. Sin embargo, elogió mucho su
indiferencia por los bienes materiales:

Estén o no, de día o de noche, sus casas están siempre abiertas. Todos
recogen las frutas del primer árbol con el que se tropiezan, o se las llevan de las
casas que visitan. Parecería como si, con relación a las cosas absolutamente
necesarias para el desarrollo de la vida, no existiera entre ellos la propiedad
personal, y todos tuvieran derechos iguales sobre esos artículos.[62]

La propiedad compartida se extendía a las mujeres. Bougainville y sus


compañeros se quedaron asombrados por la tranquilidad con la que las mujeres de
Tahití se entregaban a cualquier hombre que se les antojara, y su asombro era mayor
por el hecho de que, en ocasiones, la cópula ocurría a la vista pública. Fue por esto
que llamó a Tahití “la Nueva Citera”, en honor a la isla que, en la mitología griega, se
dedicaba al culto de Afrodita. Cuando Diderot escribió sus comentarios sobre los
viajes de Bougainville hizo hincapié en el libertinaje sexual de los tahitianos,
ignorando las observaciones despreciativas de Bougainville.[63] De esta forma se

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produjo la “erotización” del buen salvaje, lo que, probablemente, contribuyó a influir
en el relajamiento de las costumbres sexuales en los años finales del Antiguo
Régimen francés.
Cuando en 1769 Filiberto Commerson proporcionó otra descripción de la isla
encantada de Tahití, lo hizo a través de la mirada condescendiente de Rousseau, al
justificar el robo, criticado por sus predecesores, como una prueba concluyente de
que sus habitantes no tenían noción de la propiedad.[64]
Tendemos a pensar en los efectos de los viajes del descubrimiento,
principalmente, en términos políticos y económicos. Pero no fue menor su influencia
en las teorías sociales de Occidente. Porque el descubrimiento de América y de las
islas del Pacífico Sur fortaleció un idealismo utópico que se opuso al idealismo
pragmático de la teología cristiana y a las nuevas corrientes del pensamiento asociado
con el resurgir de las teorías de la Ley Natural.
El prototipo de este idealismo utópico fue desarrollado por Santo Tomás Moro en
su Utopía (Utopia). La influencia que ejerció en Santo Tomás Moro la literatura que
trataba sobre los viajes del descubrimiento fue tan fuerte que algunos
contemporáneos consideraron su libro, publicado en 1516, como una representación
verídica del Nuevo Mundo.[65] Aunque especialistas modernos prefieren hacer
hincapié en la influencia que Platón y Erasmo de Rotterdam tuvieron sobre Moro, es
cierto que Moro había leído los relatos sobre los descubrimientos y había quedado
fascinado por ellos. Sin embargo, en su visión de un paraíso terrenal, ocurrió una
metamorfosis curiosa. Un tema común de las narraciones de los viajeros era que los
“buenos salvajes” llevaban una vida sin restricciones y que desconocían la existencia
de gobiernos o leyes. En la Utopía de Moro, así como virtualmente en todas las
comunidades imaginarias que se escribieron después, el tema dominante es la
disciplina férrea.[O] Al igual que los teólogos medievales, los escritores utópicos
consideraban al hombre como corrupto, pero a diferencia de ellos creían que era
posible hacerlo perfecto al someterlo, por la fuerza si era necesario, al orden de la
razón. Y por una vida centrada en la razón generalmente querían decir una vida de
una igualdad ejemplar: porque, para los escritores utópicos, la igualdad desplazaba a
la libertad como el bien supremo.[66] Dado que en su estado actual el hombre se deja
consumir por las pasiones, se deja llevar por el egoísmo y no por la razón, necesita,
por su propio bien, que se lo coloque bajo un régimen de hierro. Esta noción, común
entre los escritores utópicos —que el hombre es corrupto pero básicamente bueno y
susceptible de alcanzar la virtud a partir de las influencias combinadas de las leyes y
la educación—, se convierte en una doctrina muy reaccionaria. Los utópicos crean
comunidades imaginarias para controlar las pasiones y las ambiciones humanas,
proyectando un estilo de vida que es diametralmente opuesto al de los también
(imaginarios) alegres nativos de América y de Tahití y que más bien recuerda al estilo
de la sombría Esparta.

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La isla imaginaria de Moro es un lugar lóbrego en el que todas las ciudades están
construidas con el mismo plan y todos sus habitantes están vestidos con la misma
ropa. Las residencias están abiertas para todos y se intercambian, por sorteo, cada
diez años. No hay lugar para la privacidad. Los naturales consumen el alimento
servido por los esclavos en edificios comunales. Nadie puede viajar sin autorización;
la violación de esta regla dos veces conduce a la esclavitud. Las mujeres no se deben
casar antes de los dieciocho años; los hombres antes de los veintidós. El sexo antes
del matrimonio es castigado severamente y el adulterio se pena con la servidumbre.
Los ciudadanos no deben inmiscuirse en los asuntos del gobierno: se les puede
aplicar la pena de muerte si, en privado, “solicitan consejos sobre asuntos de interés
común”. Pueden disponer de su tiempo libre después del trabajo según deseen,
siempre que no sea en “orgías o en ocio”. Y, por supuesto, no saben nada de la
propiedad privada —el dinero no circula y se usa sólo en el comercio con los
extranjeros— porque Moro creía que la abolición del dinero provocaría que
desaparecieran todos los males que afectaban a la humanidad:

En Utopía toda la avaricia por el dinero se eliminaba totalmente con la


eliminación del uso del dinero. ¡Cuántos problemas se eliminaban así!
¡Cuántos crímenes eran arrancados de raíz! ¿Quién no sabe que el fraude, el
robo, la rapiña, las peleas, los desórdenes, las riñas, las sediciones, los
asesinatos, las traiciones, los envenenamientos —que, en vez de reprimirse por
las ejecuciones diarias, son después vengados— se desvanecen con la
destrucción del dinero? ¿Quién no sabe que el miedo, la ansiedad, las
preocupaciones, las fatigas y los noches sin dormir desaparecerán junto con el
dinero? Lo que es más, la pobreza, que existe por el dinero, se desvanecería y
desaparecería si el dinero fuera totalmente eliminado en todas partes.[67]

El oro y la plata se utilizarían para hacer orinales y los grilletes para encadenar a
los esclavos.[P] El resultado es la paz mental y la oportunidad para dedicarse a los
estudios intelectuales.
R. W. Chambers ha observado acertadamente que “pocos libros se han entendido
tan mal como Utopía

En el idioma inglés la palabra “utópico” significa algo visionario e


impracticable. Sin embargo, lo que llama la atención sobre Utopía es la
amplitud con la que bosqueja las reformas políticas y sociales que o han sido
llevadas a efecto o se han llegado a considerar como políticas muy adecuadas.
Utopía se describe como un Estado severamente recto y puritano, en el que
muy pocos nos sentiríamos verdaderamente felices; no obstante, continuamos
utilizando la palabra “utopía” para designar un paraíso agradable, cuyo único
fallo es que resulta un lugar demasiado feliz e ideal para poderse alcanzar.[Q]

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Algo muy parecido puede decirse de otra de las primeras utopías, La ciudad del
sol de Tommaso Campanella, escrita en 1602 (pero publicada treinta y cinco años
después).[68] Campanella, un fraile dominico y un fanático religioso, a quien la
Inquisición mantuvo veintisiete años en prisión por herejía, vislumbraba una sociedad
en la cual todo se poseería en común, incluidos los productos del intelecto. La Ciudad
del Sol está rodeada por una muralla y es gobernada por un sacerdote llamado Hoh
(metafíisico), junto con tres príncipes, uno de los cuales es “Amor”. “Amor” regula
las relaciones sexuales, y une a los hombres y a las mujeres para producir una
descendencia lo más saludable posible. La ciudad también gobierna la educación de
los niños. Se elimina a la familia porque Campanella la ve como la razón por la que
la gente codicia bienes. Por supuesto, la misma consideración tiene la propiedad
privada: “Todas las cosas son comunes entre ellos”, incluso las artes, los honores y
los placeres. Esto elimina el amor propio y sólo queda el amor al Estado. La sedición
se castiga con la muerte. Los naturales de la Ciudad del Sol viven en comunidad. A
diferencia de la Utopía de Moro, allí ni siquiera hay esclavos, porque todo trabajo
ennoblece. Las personas desconocen la gula y la borrachera, así como muchas
dolencias, tales como la gota y el catarro. La fantasía comunitaria de Campanella,
junto con la de Moro, influyeron en Lenin.[69]
Estas primeras utopías tenían en común el hecho de que fueron escritas por
hombres de la Iglesia, cuyo ideal era el monasterio. Pero si los establecimientos
monásticos estaban ocupados por individuos que habían renunciado voluntariamente
a la vida secular, las comunidades utópicas se habían concebido para que el Estado se
las impusiera a todos sus habitantes. El mundo ideal de hombres libres naturales es,
de esta forma, transformado en un proyecto controlado en el que no hay cabida para
el individualismo y las violaciones a las rígidas reglas son penadas con castigos
draconianos. Desaparecen la propiedad individual y la familia. Para promover la
virtud, todas las utopías eliminan la capacidad de elección. Como demostraremos más
adelante, al citar a Frederick Hayeck, esto puede suceder porque los individuos
pueden ponerse de acuerdo con relación a muy pocos asuntos y cualquier intento de
hacerlos coincidir un poco más de ese mínimo puede lograrse sólo mediante la
coerción.
La mentalidad utópica, lúgubre y rigurosa, iba contra el espíritu vigoroso del
individualismo y del empresariado que surgía en ese tiempo en Europa occidental.

4. LOS COMIENZOS DE LA EDAD MODERNA


En algún momento durante el período de la historia europea, a la que se llamó,
vagamente, “modernidad temprana”, se produjo un gran cambio en la actitud hacia la
propiedad. Fue la consecuencia de una notable expansión del comercio que comenzó
a finales de la Edad Media y que se aceleró después del descubrimiento del Nuevo
Mundo. Antes de ese momento, la “propiedad” significaba, esencialmente, la tierra; y

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como la tierra estaba fuertemente ligada a los poderes de la soberanía, las discusiones
sobre la propiedad cuestionaban la autoridad real (o papal). Con la expansión del
comercio, sin embargo, en algunas partes de Europa, la propiedad comenzó a tener el
significado de capital; y el capital era independiente de asociarse con la política, se
trataba como un activo personal y, como tal, se poseía sin requisitos. Siguió un
cambio de actitud: si en las discusiones teóricas del milenio precedente la propiedad
había sido tratada como un mal inevitable, ahora podía considerarse como un bien
positivo. Esta actitud prevaleció hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los
sentimientos de igualdad condujeron a un ataque renovado hacia la institución de la
propiedad, esta vez con una agresividad sin precedentes.
Otros dos factores contribuyeron a la nueva importancia que se le confirió a la
propiedad.
Uno fue el auge del individualismo. Cada vez más, la comunidad comenzó a
verse como una abstracción hecha de individuos y el bienestar común como la suma
total de la prosperidad individual. La prosperidad individual, a su vez, comenzó a
verse como una recompensa de la vida racional. El humanista florentino Leonardo
Bruni (aprox. 1370-1444) elogió las riquezas como indispensables para una vida
pública activa, que por sí misma merecía ser llamada “virtuosa”. “En general —
escribió—, necesitamos muchos bienes materiales para poder alcanzar nuestras
metas, y cuanto más grandes y más excelentes sean nuestros actos virtuosos, más
dependeremos de esos medios.”[70] León Battista Alberti (1404-1472), un humanista
italiano del Renacimiento aún más conocido, predicó una moralidad “burguesa” muy
parecida a la que propondría Benjamín Franklin trescientos años después:

Sé virtuoso y serás feliz: esa es la idea principal de las vidas [de los dos
hombres]. La virtud es eficiencia económica: vivir virtuosamente significa unir
el cuerpo y el alma. Esta es la razón para la sobriedad: la virtud más apreciada
por Alberti es “sobrieta", para Franklin es la “frugalidad”. El objetivo del sabio
es, entonces, la total racionalización y economización de la conducta humana.
[71]

La literatura de los siglos XVI y XVII proporciona muchos ejemplos de una


aprobación incondicional de la búsqueda del interés privado que sería difícil de
encontrar en las épocas anteriores. Las hemos encontrado en Calvino. También en
Spinoza, que escribió en su Etica:
Cuanto más se esfuerza una persona y es capaz de buscar lo que es útil para ella, lo
que quiere decir, que es capaz de preservar su propio ser, más virtuosa resulta; al
contrario, dado el caso que desatienda lo que le es útil […] más poder pierde.[72]
Y, finalmente, se debe mencionar el resurgimiento de la idea estoica de la Ley
Natural. El concepto no se abandonó totalmente en la Edad Media, pero en aquella
época se identificó con la voluntad de Dios, tal y como fue revelado en las Sagradas
Escrituras.[73] Al buscar una justificación más racional de la autoridad terrenal que la

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que proporcionaban las Escrituras, los teóricos del Renacimiento se remitieron a los
textos literarios y legales romanos.[74] Revivieron la idea, llena de potencial
revolucionario, de que la Ley Natural antecedía las leyes positivas y de que todos los
humanos poseían derechos innatos que no podían ser violados por los gobiernos
porque los Estados se habían establecido con el propósito expreso de protegerlos.
Aunque el auge de la actividad económica comenzó en Italia, las ciudades-Estado
italianas no produjeron una doctrina económica que justificara el capitalismo. No
obstante, en el notable tratado de Alberti sobre la familia, encontramos las pruebas
del cambio de actitud que provocó. Orgulloso de haber nacido en el seno de una
familia próspera, este arquetipo del hombre del Renacimiento no sentía escrúpulos
cuando elogiaba la riqueza. Su tratado, escrito en forma de diálogo, equiparaba la
prosperidad material (adquirida honradamente) con la virtud. Un interlocutor al que
llamó Giannozzo (Werner Sombart vio en él a uno de los primeros representantes del
“espíritu del capitalismo”) elogia los beneficios de la industria y del comercio que
dan ganancias de la misma forma que alaba una buena casa en la ciudad y una villa
en el campo.[75] La riqueza administrada apropiadamente —esto es, administrada con
prudencia, no con avaricia o con despilfarro— es esencial para la felicidad de la
familia, al proporcionarle renombre y permitir que la persona pueda ayudar a su país.
En realidad, es una precondición para la libertad personal y para la dignidad:

Es, quizás, una especie de esclavitud tener que suplicar y depender de otros
hombres para lograr la satisfacción de nuestras necesidades. Por ello, no
despreciamos la riqueza sino que aprendemos a gobernarnos a nosotros mismos
y a dominar nuestros deseos mientras vivimos libres y felices en medio de la
abundancia y la opulencia.[76]

Aunque discutida, esta visión positiva de la propiedad y la riqueza llegó a


dominar el pensamiento occidental en los siglos XVII y XVIII.
Un antecedente temprano a la teoría de la Ley Natural para justificar la propiedad
puede encontrarse en el libro de Jean Bodino, Seis libros sobre la República (1576),
considerado el primer tratado político sistemático de los tiempos modernos.[77] El
propósito de Bodino era justificar las prerrogativas reales, lo que hizo al formular una
novedosa definición de la soberanía como una autoridad “no limitada ni por el poder,
cargos o tiempo”.[78] Cuando se refería a que no era limitada por el “poder”, Bodino
quería decir que no se restringía a la voluntad humana o a las leyes hechas por el
hombre (la “ley convencional” de Aristóteles). La soberanía, sin embargo, está sujeta
siempre y en todas partes a la Ley Divina y Natural, que requiere que se cumplan los
acuerdos y se respete la propiedad de sus súbditos sobre la base (previamente
establecida por Tomás de Aquino) de que “todo hombre tendrá lo que merece”. El
gobierno debe su origen al hecho de que la gente, en un estado natural, y al sentir la
necesidad de que se protejan sus pertenencias, entraba en un pacto político. EJ

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fundamento del Estado está en la familia dueña de una propiedad. La autoridad del
soberano se detiene en el umbral de la casa: imperium o potestas no deben
confundirse con dominium o proprietas. Bodino cita a Séneca a los efectos de que “a
los reyes pertenece el poder sobre todos, pero la propiedad pertenece a los individuos.
[79] El Estado ideal para Platón, que no distingue entre “mío” y “suyo”, es

considerado por él como una contradicción en términos ya que “nada puede ser
público donde nada es privado”, al igual que no puede existir un rey donde todos son
reyes.[80] De lo que se desprende que el soberano, a pesar de ser todopoderoso, no
puede apropiarse de las pertenencias de sus súbditos. No puede ni confiscar los
bienes de sus súbditos ni tampoco puede imponerles impuestos sin su consentimiento
(el impuesto arbitrario era equivalente a la confiscación), porque la ley divina
establece que “nadie puede apropiarse de lo que pertenece a otro”.[81] Ni tampoco
puede adueñarse de ninguna parte del dominio real, ya que se le ha dado sólo para su
uso, no como propiedad.[82]
El tratado de Bodino formuló el principio fundamental de la teoría y de la práctica
política occidental (incipiente ya en las discusiones, a finales del medioevo, sobre las
reclamaciones de los monarcas sobre los bienes de la Iglesia) de que el gobierno no
tenía derechos sobre las propiedades privadas.
El siguiente teórico con influencia que insiste en la santidad de la propiedad con
argumentos extraídos del Derecho Natural fue el jurista holandés Hugo Grocio. El
tratado precursor de Grocio, Sobre la ley de la guerra y de la paz (1625), que ha sido
reconocido como el tratado que sentó las bases del Derecho Internacional, se refiere
principalmente a las relaciones entre Estados soberanos, pero en su desarrollo
también trata los derechos civiles.[83] Grocio también dedica al tema de la propiedad
gran parte de otro libro dedicado al Derecho holandés.[84] Su premisa fundamental
sostiene que los hombres tienen la obligación de “preservar la paz social” y que “la
condición principal para una comunidad pacífica es el respeto por los derechos de
cada uno”,[85] siendo los más importantes los derechos de propiedad.
Grocio aborda el tema de la propiedad en los capítulos iniciales del libro 2 de
Sobre la ley de la guerra y de la paz, en los que trata de descubrir las causas legales
de las guerras. Entre ellas relaciona, como la primera y más importante, la defensa y
la recuperación de las propiedades personales: “porque es legal la preservación de
nuestros bienes, si fuera necesario se podría matar a quien tratara de apoderarse de
ellos”.[86] Esta afirmación lo conduce a la discusión sobre los orígenes y las bases
legales de la propiedad. Originalmente, afirma, todas las cosas se poseían en común,
como era todavía el caso de los indios americanos. Pero la generosidad de la
naturaleza no es inagotable:

Dios Todopoderoso creó todas las cosas visibles y sensibles por el bien de
la humanidad en general. Pero de las cosas creadas algunas son de tal
naturaleza que alcanzan para todos los hombres, como el sol, la luna, las

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estrellas y el cielo y, hasta cierto punto, también lo son el aire y el mar; otras no
son suficientes, principalmente las cosas que no pueden ser disfrutadas
igualmente por todos. De éstas existen algunas que se consumen por su uso,
inmediatamente o en un período de tiempo, como la comida y la bebida: la
propia naturaleza de estas cosas no permite que se continúen disfrutando en
común, porque tan pronto como alguien consume para su propio provecho
cualquier parte de la provisión común, ya ésta se convertirá en sustento de esa
persona y de nadie más; y aquí ya vemos algo parecido a la propiedad, que
nace de una acto en concordancia con la Ley Natural.[87]

El incremento de la población y la influencia de la ambición y de la avaricia


indujeron a las personas a reclamar la propiedad de sus rebaños, pastos y tierras
cultivables, a partir del “Derecho de Primera Ocupación”. Esto ocurrió antes de que
existieran los Estados.
Al igual que Bodino, Grocio está de acuerdo con Séneca en que la soberanía y la
propiedad son diferentes. Y al igual que él, aun cuando define la autoridad soberana
como algo no sujeto a controles externos, la ve subordinada a la Ley Natural: esa ley
es “tan inalterable que el propio Dios no la puede cambiar”.[88]
Así, durante el siglo XVII, se aceptó ampliamente en la Europa occidental que
existe una Ley Natural que es racional, que no cambia, que es inmutable y que
trasciende las leyes (positivas) humanas; que una faceta de la Ley Natural es la
inviolabilidad de la propiedad privada; y que los soberanos están obligados a respetar
las pertenencias de sus súbditos, aun cuando les nieguen el derecho de participar en
los asuntos del Estado. Ciertamente, el reconocimiento del derecho de los súbditos al
libre disfrute de sus propiedades justifica que se les nieguen los derechos políticos,
sobre la base de que la reciprocidad exigía que los súbditos le dejaran al soberano el
poder absoluto para gobernar. Que sería lo que Carlos I tenía en mente cuando, en el
patíbulo, dijo con respecto al pueblo que:

Su libertad y sus libertades consisten en tener como forma de gobierno


aquellas leyes por las cuales su vida y sus propiedades sean fundamentalmente
de ellos mismos. No consiste en que participen en la dirección política.
Señores, eso es algo que no les compete.[89] [R]

5. EL SIGLO XVII EN INGLATERRA:


LA PROPIEDAD SANTIFICADA
En el siglo XVII, todo el complejo de ideas asociadas con la Ley Natural encontraría
aplicación práctica en la revolución cromweliana y en la Revolución Gloriosa en
Inglaterra. Aunque este tema corresponde al capítulo 3, es necesario aclarar algunos
aspectos de la política del siglo XVII inglés porque proporcionan el antecedente de las

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nuevas ideas sobre la propiedad, y su relación con el poder político, formuladas por
los teóricos ingleses de aquella época.
En la primera mitad del siglo XVII, Inglaterra atravesó por una serie de conflictos
entre la Corona y el Parlamento en relación con sus respectivos poderes y,
específicamente, en relación con el derecho del rey a imponer tributos sin contar con
el consentimiento parlamentario, esto es, el conflicto que culminó en 1649 con la
ejecución de Carlos I. Bajo la República (commonwealth) que siguió a la monarquía,
las propiedades del rey, que siempre le habían proporcionado beneficios a la Corona,
fueron confiscadas. El resultado fue una situación original: el país no tenía rey y toda
la riqueza territorial de la corona pasó a manos del Estado, que vendió gran parte de
ella a particulares. Esta circunstancia singular inspiró nuevas ideas políticas y logró
que se examinara por primera vez la relación entre propiedad y libertad.
Durante esta época turbulenta, el término “propiedad” sufrió una metamorfosis,
revolucionaria en sus implicaciones, al ampliarse y referirse no sólo a los objetos
materiales sino a todo lo que el individuo tuviera el derecho natural de reclamar como
suyo. Esta noción se había prefigurado en el pensamiento medieval, el cual definía
que el concepto de suum incluía todo lo que perteneciera al hombre en virtud de su
derecho inherente o “natural”, y eso abarcaba también, junto a sus bienes terrenales,
su vida y su libertad.[90] La fórmula latina suum cuique tribuere, traducida al latín de
un texto de Platón y popularizada por Cicerón, era citada por Santo Tomás de Aquino
para definir la justicia (“la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno lo que es
suyo”).[91] Tomás Hobbes, a mediados del siglo XVII, tradujo la frase “dar a cada uno
lo suyo” o suum con el término “propiedad”.[92]
Había indicios de este concepto en los escritos de Grocio. Él dividió “cosas que
pertenecen a los individuos” entre “alienables” e “inalienables”. La primera forma se
aplica a “cosas que, por su naturaleza, pueden pertenecer a una u otra persona”. “Las
cosas inalienables son las que pertenecen tan esencialmente a un hombre que resulta
imposible que pertenezcan a otro, como es la vida, el cuerpo, la libertad, el honor”,
atributos de la personalidad, santificados por la Ley Natural. La distinción le permitió
a Grocio negar a las personas el derecho a renunciar a su libertad al ponerse en una
situación de servidumbre.[93] Estos pasajes, que Grocio escribió entre 1618 y 1621,
mientras estaba preso por disidencia política, pueden considerarse los primeros
esbozos, en la historia intelectual, de la teoría que explica que la libertad es una
propiedad “inalienable”, con lo cual se sentaron las bases para el concepto de
derechos inalienables.
En el siglo XVII inglés estas ideas adquirieron una relevancia política directa.
Desde la irrupción del conflicto entre la Corona y los Comunes, existieron referencias
al “patrimonio” (birthright) de los ingleses. Este término apareció por primera vez en
el siglo XVI, pero en aquella época se refería al patrimonio de una persona, es decir,
aquél que uno podía reclamar por haber nacido en una familia que tenía derechos
específicos, tales como el derecho a heredar la corona. Ahora adquiría un sentido más

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amplio e incluía prerrogativas que cualquier ser humano, no importaba cuán humilde
fuera, disfrutaba por el simple hecho de ser humano. Ya en 1621, la Cámara de los
Comunes afirmó que los privilegios del Parlamento eran “la herencia y el patrimonio
(birthright), antiguos e indudables, de los súbditos de Inglaterra”.[94] En 1640,
durante los debates sobre la decisión del rey de imponer “pagos de embarque”,
considerado por muchos como un impuesto ilegal, un miembro del Parlamento
aseveró que los súbditos del rey “tienen derecho de patrimonio (birthright) en las
leyes del reino”.[95] Seis años después, un igualitarista radical insistió en que “por
nacimiento todos los hombres son iguales y tienen derechos iguales a la propiedad y a
la libertad”.[96] Se considera que la noción de “derechos inalienables”, popularizada
por los radicales ingleses en el siglo XVII, abarca “todo lo que es posible desear”, e
incluye la religión que uno profesa, e incluso los derechos de propiedad sobre la
esposa.[97] Junto con la noción de suum, estableció las bases del concepto moderno
de derechos humanos, un concepto totalmente desconocido fuera de los límites de la
civilización occidental.
Las prerrogativas de la Corona fueron defendidas por varios teóricos, de los
cuales Tomás Hobbes es el más conocido. Los principales escritos de Hobbes
aparecieron entre 1640 y 1651, esto es, durante e inmediatamente después del reinado
de Carlos I. En sus propias palabras, Hobbes comenzó sus estudios sobre la “justicia
natural” preguntándose sobre qué bases alguien podía pretender que una cosa
concreta era suya. Decidió que la propiedad no se deriva de la naturaleza sino del
consentimiento, dado que en el estado de la naturaleza, la cual él y muchos en su
tiempo entendían como una condición en la que los bienes no pertenecen a nadie, la
competencia por ellos producía una “guerra de todos contra todos”.[98] Llevados por
el instinto de autoconservación, deseosos de evitar las rivalidades interminables, los
hombres habían consentido en hacer dejación de su derecho natural a gobernarse a sí
mismos y lo habían transferido al Estado. Por lo que el Estado precede a la sociedad y
no se beneficia de ella (como lo plantearían Bodino y Grocio): antes de que surgiera,
sólo existían individuos en guerra unos contra otros. Hobbes despreciaba la idea de
que la libertad fuera un “patrimonio privado” o un “derecho de nacimiento”: desde su
punto de vista, la libertad era conferida por la autoridad soberana.[99] La propiedad
privada es la creación del Estado que protege a los dueños de los abusos de sus
conciudadanos. La autoridad del soberano es absoluta —su única alternativa es la
anarquía, la reversión a la condición original del hombre en conflicto perpetuo—.
Dado que es el rey quien ha hecho posible la propiedad, tiene un derecho legítimo
sobre ella: puede establecer impuestos y confiscar sin el consentimiento de sus
súbditos.
Los pronunciamientos doctrinales de Hobbes desconocían los desarrollos en las
relaciones de propiedad que se habían producido en Inglaterra desde la ascensión de
los Tudor. Una descripción mucho más realista de las prerrogativas de la corona
frente a sus súbditos y sus propiedades fue proporcionada por el contemporáneo de

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Hobbes, James Harrington, en su Oceana (1656).[S] Oceana, un trabajo precursor en
la sociología política, pretendió explicar las razones de la caída de la monarquía
inglesa, no en términos metafísicos o moralistas, sino en términos realistas. En su
metodología, Harrington se parecía a Maquiavelo en el sentido de que insistía en
describir las cosas, no como debían ser sino como eran realmente. Harrington
entendía los acontecimientos políticos como si estuvieran determinados no por la
distribución del poder sino por la distribución de la propiedad, refiriéndose a la tierra.
Su hipótesis básica sostenía que “todo Gobierno es interés, y del interés principal
surge la base o fundamentación del gobierno”.[100] Fue el primer autor de teoría
política en ver el poder político como un producto derivado de la economía o, más
específicamente, de la distribución de la propiedad entre el Estado y la población.
Hablaba de un “equilibrio” de los derechos de propiedad entre la corona y los
súbditos, una noción que tuvo gran arraigo en la era de la ciencia mecanicista. Su
tesis era tan simple como innovadora: aquél que controla la riqueza del país controla
su política, en gran medida porque el poder político descansa en el poderío militar y a
las fuerzas armadas hay que pagarles. Desde el punto de vista de la estabilidad social
y política (algo que consideraba de gran importancia después de los levantamientos
de 1640) el peor acuerdo es aquél bajo el cual la Corona y los lores poseen una mitad
de los bienes de la nación y los Comunes la otra mitad, porque una distribución así
conduce a una inquietud permanente e incluso a la guerra civil, ya que los primeros
aspiran a una autoridad ilimitada y los últimos pretenden la libertad.[101] La
estabilidad se obtiene cuando uno de los tres grupos sociales adquiere un “interés
predominante”. La monarquía absoluta existe cuando la Corona es dueña de toda la
riqueza de la tierra o, al menos, de las dos terceras partes; la aristocracia, cuando los
lores poseen una parte similar. Cuando el pueblo posee dos tercios o más, se alcanza
la democracia.[102] El centro de la soberanía debe, más tarde o más temprano, ser
coherente con la distribución de la riqueza.[T] Harrington vio la causa última de la
caída de la monarquía en 1649 en las políticas con relación a la tierra de los primeros
Tudor, que beneficiaban a los yeomen, pequeños propietarios agrícolas procedentes
de los ejércitos feudales, a expensas de la Corona y de la nobleza. Enrique VII dividió
las grandes propiedades entre los pequeños propietarios, una práctica que Enrique
VIII continuó al entregarles la tierra confiscada al clero. Según Harrington, en el
reinado de Isabel, la balanza de la propiedad en Inglaterra cambió, decisivamente, de
manos de la Corona y de la nobleza a la de los comunes, o sea, a la clase media
agrícola y a los propietarios agrícolas.[103] Estos nuevos propietarios podían formar
un ejército más numeroso que la Corona y, por lo tanto, vencieron en la guerra civil.
También exigieron y, finalmente, lograron tener voz en el sistema de gobierno.
Estudiosos actuales concuerdan con la opinión de Harrington de que, en su tiempo, la
mayoría de los ingleses eran, en alguna medida, propietarios.[104]
El sucesor de Harrington fue Henry Neville, cuyo libro Plato Redivivus apareció
en 1681.[105] Pero ya en 1658, dos años después de la publicación de Oceana, de

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Harrington, al dirigirse a la Cámara de los Comunes, Neville llamó la atención sobre
el dramático cambio en las relaciones de propiedad que había tenido lugar en
Inglaterra:

Los Comunes, hasta Enrique VII, nunca se pronunciaron de forma negativa.


Todo dependía de los lores. En aquella época hubiera sido difícil haber
encontrado en esta casa a tantos dueños de propiedades. La clase media
agrícola no depende ahora de la nobleza. El peso de la balanza está en los
propietarios agrícolas. Ellos poseen todas las tierras.[106]

Neville aceptó la premisa de Harrington de que, en todas partes y en todo


momento, el “dominio se basa en la propiedad” y el gobierno se determina por la
distribución de la propiedad entre el gobernante y sus súbditos.[107] En contraste con
las monarquías asiáticas como la persa, la asiria y la otomana (y él podría haber
añadido, si la hubiera conocido, la rusa), en las que el monarca es el “propietario
absoluto de todas las tierras”, en Inglaterra el monarca posee muy poco: según
Neville, después de la Restauración, el rey poseía sólo una décima parte de la tierra y
las otras nueve décimas partes habían pasado a manos de sus súbditos.

La consecuencia es: la parte natural de nuestro gobierno, que es el poder, se


encuentra en manos del pueblo a través de la propiedad, mientras que la parte
artificial, o el pergamino en el que está descrita la forma de gobierno,
permanece como el marco.

Debido a que los príncipes habían “enajenado su propio patrimonio”,

[…] los ingresos que el rey recibe de sus súbditos deben ser pocos; y el rey
debe depender del Parlamento para su sustento en tiempos de paz. Y esto
solamente es suficiente para hacer que el rey dependa de su pueblo.[108]

El acuerdo aseguraba que el pueblo de Inglaterra “disponía libremente sobre sus


vidas, propiedades y sobre sus personas”.[109] Por el contrario, en Francia, el rey, al
ser financieramente independiente de sus súbditos, podía actuar despóticamente.
Harrington y, en menor medida, Neville ejercieron una gran influencia tanto en
Inglaterra como en los Estados Unidos,[U] aunque no siempre en el sentido en el que
ellos hubieran deseado o, incluso, previsto, ya que los políticos en ejercicio
invocaban sus teorías para justificar que disponer de propiedades fuera un requisito
tanto para ser votante como para ser miembro de una Cámara Legislativa.[110]
Desde el punto de vista de la evolución de la idea de la propiedad, la obra de John
Locke Dos tratados sobre el gobierno (Two Treatises of Government), que tanta
influencia ejerció, marcó un retroceso ya que se basaba más en el concepto metafísico
de la Ley Natural que en la sociología política. Locke se propuso la tarea de refutar el

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panfleto monárquico de Robert Filmer, De Patriarcha, escrito a principios del siglo
pero publicado por primera vez en 1680, en el que se avanzaba un argumento similar
al de Hobbes. Two Treatises se publicó de forma anónima en 1690, dos años después
del exilio de Jacobo II y del ascenso de Guillermo y María, y por mucho tiempo se
creyó, incorrectamente, que se había publicado con la intención de justificar la
Revolución Gloriosa: de hecho, los tratados se escribieron antes de que ocurriera.[V]
El libro de Locke se centra en la propiedad como la fuente y raison d’être de todo
gobierno. Muchos analistas han sostenido que Locke usa el término de “propiedad”
en dos sentidos: unas veces en el sentido estricto de activos materiales (“bienes”), y
en otras ocasiones en el sentido amplio de los derechos generales, tal y como se
establecen en el Derecho Natural. Sin embargo, un estudio más profundo revela que
él usa el concepto, de forma coherente, en su última acepción, es decir, en su sentido
más amplio. Como dice en cierta ocasión: “Cuando utilizo la palabra propiedad, aquí
y en otros momentos, se debe entender aquella propiedad que los hombres tienen
sobre sus personas así como sobre sus bienes”, esto es, “vida, libertades y
patrimonio”,[111] la esfera, que en latín le llama suum y en español “propiedad”, en la
que cada ser humano es soberano.[W] Al igual que Bodino, Grocio y Harrington y a
diferencia de Hobbes y Filmer, Locke consideraba que la propiedad antecedía a la
soberanía. El Estado de la naturaleza no era, como pensaba Hobbes, una jungla feroz,
sino una circunstancia feliz de libertad e igualdad.
De ser así, ¿por qué la humanidad abandonó su estado de felicidad para formar
parte de un convenio político y social? La respuesta de Locke: por el bien de la
propiedad (entendida siempre en su sentido amplio).[112] Con el desarrollo del
comercio y la invención del dinero llegaron la avaricia y la discordia. Entonces la
gente renunció a su libertad e igualdad por el bien de la seguridad de sus personas y
posesiones: así surgió el Estado. Y ésta continúa siendo su función primaria: “el
poder político… [es] el derecho a hacer leyes para la regulación y preservación de la
propiedad”.[113] de lo que, necesariamente, se desprende que “[e]l fin principal y más
importante de los hombres, unidos en la comunidad y entregados al gobierno, es la
preservación de su propiedad”.[114] Teniendo en cuenta su origen, el Estado se
sostiene o fracasa dependiendo de su habilidad para cumplir esta responsabilidad
suprema. Locke defendía el derecho del pueblo a rebelarse contra el monarca que no
lo pudiera llevar a cabo.
Locke introdujo la noción de que el origen de la propiedad material radica en el
trabajo, una noción que exigía mucho a un país en el que la mayoría de sus habitantes
eran campesinos independientes, artesanos y comerciantes. Según Locke, la
propiedad surge cuando un individuo se dedica a trabajar objetos que no pertenecen a
nadie. Y esto es así porque nosotros, sin discusión, somos nuestros propios dueños y,
por extensión, somos los dueños de todo lo que producimos:

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Aunque la Tierra y todas las criaturas inferiores son comunes a todos los
hombres, esto no excluye que todo hombre tenga la propiedad sobre su propia
persona. A esto sólo él tiene derecho, nadie más. El trabajo de su cuerpo y el
trabajo de sus manos, podemos decir, son de su propiedad. Entonces, cualquier
cosa que él transforme y convierta en algo diferente a lo que es en su estado
natural, le haya incorporado su trabajo y añadido algo suyo, automáticamente
lo convierte en su propiedad. Al haber sido cambiado por él, del estado común
en que la Naturaleza lo había colocado, le ha incorporado algo que excluye el
derecho común de otros hombres sobre el mismo. Por ser este trabajo la
propiedad indiscutible del trabajador, ningún hombre, salvo él, tiene derecho a
lo que una vez él le incorporó, al menos cuando hay suficiente, y haya quedado
suficiente para compartirlo con otros.[X]

A lo que dijo Descartes, “pienso, luego existo”, Locke podemos imaginar que
añade, “existo, luego poseo”: soy mi dueño, por lo tanto, soy el dueño de todo lo que
produzco. Más aún: la noción de que nuestra propiedad elemental somos nosotros
mismos, es decir, nuestras personas y nuestros cuerpos, implica que la propiedad,
necesariamente, lleva consigo la libertad. Porque decir que “somos dueños de
nosotros mismos”, es decir que somos nuestra propia “propiedad”, es equivalente a
decir que tenemos la libertad de disponer de nosotros mismos, que es el significado
de la libertad.
Atractiva y, al parecer, casi obvia, la teoría de la propiedad producto del trabajo es
una espada de dos filos, porque también puede utilizarse para atacar a la propiedad.
¿Cómo se puede justificar la riqueza heredada, que no requiere de esfuerzo personal,
o el hecho de que los trabajadores del campo y de las fábricas no sean dueños de lo
que producen? Como veremos, las implicaciones radicales y contra la propiedad de la
teoría de Locke serían utilizadas por los socialistas y anarquistas del siglo XIX para
argumentar que bajo el modelo “capitalista” de producción la masa de los
trabajadores no recibe los frutos de su trabajo y, por lo tanto, se deben nacionalizar
los medios de producción.[115]
El mensaje político de Locke, sin embargo, es claro e inequívoco: el rey no debe
violar ninguno de los derechos de propiedad de sus súbditos; si lo hace, está “en
guerra” con ellos y corre el riesgo de ser desobedecido.[116]
A pesar de que en la Inglaterra del siglo XVI, y en sus colonias, se aceptaba que el
principio de la propiedad privada era sacrosanto, también hubo voces que disentían.
Las objeciones más radicales vinieron de los llamados “diggers” (“ocupantes de
tierras”). El fundador y líder del movimiento, Gerard Winstanley, muy activo en los
años 1648-1652, exhortó al pequeño grupo de sus seguidores a “ocupar las tierras”
comunales, que en aquella época eran una porción considerable de la superficie de la
tierra en Inglaterra. Comenzaron a hacerlo hasta que los detuvieron y expulsaron,
como resultado del esfuerzo continuo del gobierno y de los campesinos. Winstanley,

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sin embargo, fue más allá de aquellas acciones ilegales y desarrolló una teoría de tipo
comunista. Uno de sus principios sostenía que ni la tierra ni sus frutos debían ser
mercancías.[117] Especialmente interesante resulta su hostilidad hacia la propiedad
intelectual: afirmaba que los sabios académicos que monopolizaban el conocimiento
eran tan malvados como los hacendados que monopolizaban la tierra. Su ideal era el
de una tiranía rígida en la que todo el mundo trabajaba y donde el que dejaba de
trabajar o eludía su trabajo era castigado con el látigo y la guillotina.[118]
La noción de la propiedad como algo sagrado y de su corolario político, que en el
siglo XVII conllevaba un mensaje revolucionario, adquirió en el siglo XVIII, al menos
en Inglaterra, una connotación conservadora. Muchos creyeron en esa época que, si la
política era una función de la propiedad, sólo los dueños de propiedades tenían el
derecho legítimo a participar en la política. Al argumentar en contra de la exigencia
del sufragio universal por parte de los igualitaristas radicales, Henry Ireton, el yerno
de Oliver Cromwell, afirmó en un sorprendente non sequitur:

Deseo que todos consideremos con qué base ustedes defienden que todo el
pueblo tenga derecho a participar en las elecciones. ¿Es por el derecho natural?
Si ustedes sostienen eso como su punto de partida, entonces pienso que deben
negar la propiedad también. Por el mismo derecho natural […] por el cual
ustedes pueden decir que un hombre tiene el mismo derecho que otro para
escoger quién lo va a gobernar, por ese mismo derecho natural, él tiene un
derecho igual sobre los bienes que ve, la comida, la bebida, la ropa, para
tomarlos y usarlos para su sustento.[119]

Un propagandista del partido Whig formuló el argumento de forma más


razonable:

Se admite que es el hombre quien hace los gobiernos, y que el gobierno


debe ser establecido por aquellos hombres que son los dueños del territorio que
este gobierno controla. Igualmente debe reconocerse que en Inglaterra los
PROPIETARIOS AGRÍCOLAS son los dueños del territorio inglés y que, por
lo tanto, tienen un derecho natural para erigir el gobierno que deseen.[120]

Estos argumentos tenían dos corolarios. Primero, establecían que la autoridad


política dependía de los propietarios de tierras. Segundo (según el modelo ateniense),
se negaba la participación en la política a quienes no poseyeran tierras. En Inglaterra,
donde la tierra escaseaba, la aplicación de este principio restringía de forma más bien
severa el sufragio. En las colonias de América del Norte, un grupo de Estados,
siguiendo el ejemplo inglés, adoptaron el sistema de la propiedad de la tierra como
condición indispensable para el sufragio, pero como allí la tierra era abundante tuvo
un efecto mucho menos restrictivo.[121]

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En los últimos años del siglo XVIII surgió un nuevo enfoque del tema de la
propiedad. Los ingleses liberales, que habían recurrido a la teoría de la Ley Natural
para enfrentarse a la autoridad real, se asustaron de la forma en que esta teoría había
sido utilizada por los philosophes franceses radicales. Como resultado, algunos de
ellos ahora preferían justificar la propiedad a partir del argumento utilitario de que, a
pesar de sus inconvenientes morales, era preferible a cualquier otra alternativa porque
era la forma con la que mejor se alcanzaba la prosperidad general. El pionero de esta
formulación fue David Hume, quien describió la propiedad como una simple
“convención” que la gente respetaba porque le proporcionaba ventajas. “¿Qué es la
propiedad de un hombre?”, preguntaba y respondía:

Cualquier cosa, que él y sólo él, pueda usar legalmente. ¿Pero cuáles son
las reglas que nos permiten distinguir cuáles son estos objetos? Aquí tenemos
que recurrir a las leyes, costumbres, precedentes, analogías y cientos de otras
circunstancias; algunas de las cuales son constantes e inflexibles, otras
variables y arbitrarias. Pero, en definitiva, todas ellas profesan que pretenden
alcanzar un mismo punto, el interés y la felicidad de la sociedad humana.[122]

Adam Smith, el economista más influyente de la época, estudió en qué consistía


este “interés y felicidad”. Para Smith, la propiedad privada era útil porque aumentaba
la productividad. A partir de este planteamiento demostró que el trabajo esclavo
resultaba extremadamente caro debido a que “una persona que no puede adquirir
ninguna propiedad no puede tener otro interés que no sea comer mucho y trabajar lo
menos posible”.[123] Como veremos, dos siglos después, debido a las dificultades
insolubles de justificar la propiedad a partir de bases morales, el argumento utilitario
desplazaría, con mucho, a las teorías rivales.

6. EL SIGLO XVIII EN FRANCIA:


EL ATAQUE A LA PROPIEDAD COMIENZA EN SERIO
Si la exaltación de la propiedad privada alcanzó su apogeo en Inglaterra, donde tuvo
el apoyo de un gran grupo de propietarios, fue durante el Antiguo Régimen en
Francia cuando sufrió un ataque frontal.[Y] Los que encabezaban este movimiento
eran intelectuales que, inspirados por los clásicos y por las descripciones que hacían
los viajeros contemporáneos de lugares lejanos, pretendían trazar los planos de un
paraíso terrenal. El empeño dio lugar a toda una literatura del exotisme, que
idealizaba la vida de los no europeos.[124] Su rasgo más notable fue la supuesta
ausencia, entre los desenfadados salvajes, de “lo mío” y “lo tuyo”.[125] Lo que se
desprendía era que la humanidad contemporánea, degradada por la institución de la
propiedad, podía alcanzar la felicidad tan pronto como se liberara de su influencia
corruptora.

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Si bien en Inglaterra el impulso para las deliberaciones sobre el origen y
naturaleza de la propiedad emanaba de consideraciones estrictamente pragmáticas (el
deseo de controlar el poder arbitrario de la Corona, especialmente en asuntos de
impuestos), en Francia se inspiraba en una reacción filosófica contra el mundo, tal y
como estaba constituido. Los philosophes franceses entendían el mundo real como
una perversión del mundo verdadero o ideal, del mundo como debía y podía ser.
Cuando James Boswell visitó a Rousseau, quien influyó en la opinión pública contra
la propiedad privada más que ningún otro francés de su tiempo, su anfitrión le dijo:
“Señor, no me gusta el mundo. Vivo aquí en un mundo de fantasías, y no puedo
tolerar el mundo tal y como es. La humanidad me repugna”.[126] Malhumorado pero
honrado: las utopías siempre han servido como un desahogo para las emociones
misántropas.
Aunque puede resultar tentador buscar causas sociales y económicas en cada idea
política y social, resulta difícil encontrar en la Francia del siglo XVIII algo que
justifique el odio de sus intelectuales contra la propiedad. Hasta el punto de que
aunque la mayoría de la población no estaba satisfecha con las condiciones
económicas y sociales no era porque desaprobara la propiedad, sino porque quería
más. El socialismo filosófico era un movimiento puramente intelectual dirigido por
“aquellos hombres que”, en palabras de Trollope, “si hasta ahora habían logrado
poco, habían logrado, al menos, la duda sobre mucho”. Según ellos, la concepción
materialista del hombre jugaba una parte importante. La teoría del conocimiento de
Locke, expuesta en The Essay on Human Understanding (1690), que afirmaba que
los seres humanos no tienen ideas “innatas”, sino que forman sus ideas
exclusivamente a partir de las percepciones sensoriales, era en Inglaterra una doctrina
epistemológica compleja, exenta de significado político. En Francia, sin embargo, se
aplicó a la política, proporcionando la base teórica para la convicción de que si se le
daba una forma adecuada al entorno social del ser humano (la fuente exclusiva para
todas las ideas) era posible entonces moldear el comportamiento humano que
permitiera crear una sociedad ideal. Y la sociedad ideal, imaginada por Platón, se
caracterizaba por la igualdad.
La irrupción del siglo XVIII marcó entonces un cambio radical en los conceptos
tradicionales de la naturaleza humana. Desde el triunfo del cristianismo, mil
trescientos años antes, se pensaba que el hombre había perdido, en la Caída, su
capacidad para la perfección y se había convertido en un ser corrupto que requería de
una disciplina que evitara que se descarriara por el camino de la depravación. La
visión cristiana era conservadora porque consideraba que la naturaleza humana era
inmutable. Pero ahora surgía otro punto de vista que con el tiempo llegó a dominar el
pensamiento occidental y significó el rechazo abierto a la doctrina del pecado
original. Sostenía que no existía la naturaleza humana como tal: sólo existía la
conducta humana y ésta se formaba a partir del entorno social e intelectual. La tarea
del filósofo era diseñar un sistema social que hiciera virtualmente imposible la

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depravación de los seres humanos. Una vez que se aceptó este criterio (y un siglo más
tarde se convirtió en un concepto convencional entre socialistas y liberales) no hubo
límite teórico a la manipulación del ambiente social e intelectual en la búsqueda de la
perfectibilidad humana.
Comenzando con Helvecio, los philosophes mantenían que el factor decisivo para
conformar las actitudes y conductas humanas era la “educación”, refiriéndose no sólo
a la educación formal de la escuela sino también a las leyes y el entorno social del
hombre. Veían la propiedad privada como el principal obstáculo para una vida
virtuosa, porque corrompía la personalidad y producía desigualdades sociales
intolerables.
Un ejemplo representativo de la literatura escrita contra la propiedad en el siglo
XVIII francés es Code de la Nature, publicado en 1755 de forma anónima por un autor
que utilizó el seudónimo de Morelly y cuya identidad continúa siendo un misterio en
nuestros días. Morelly rechazaba el argumento de que la gente tenía que ser aceptada
como era porque pensaba que había sido pervertida por su pasado: su verdadera
naturaleza había sido depravada por las instituciones sociales, especialmente por la
propiedad privada. Los seres humanos “naturales” se encontrarían entre los indios
americanos, que cazaban y pescaban en común y desconocían lo que significaban las
pertenencias personales. El hombre moderno estaba totalmente pervertido por su
apetencia por las cosas:

El único vicio que conozco en el universo es la avaricia; todos los otros,


independientemente del nombre que se les dé, son simples formas o grados de
la avaricia: es el proteo, el mercurio, la base, el vehículo de todos los otros
vicios. Analícense la vanidad, la arrogancia, el orgullo, la ambición, el engaño,
la hipocresía, la infamia; destrúyase la mayoría de nuestras virtudes
sofisticadas, todo se disolverá en este elemento sutil y pernicioso: el deseo de
poseer.[127]

Morelly esbozó una especie de Constitución para instruir a la humanidad a vivir


de acuerdo con la “naturaleza”. En su artículo inicial dice: “Nada en la sociedad
pertenece únicamente o como propiedad a nadie”.[128] Con la abolición de la
propiedad, Morelly pensaba que podía crear “una situación en la que es virtualmente
imposible que el hombre llegue a la depravación o a la maldad”.[129] La sociedad del
futuro de Morelly, al igual que en otras visiones utópicas, hacía hincapié en una vida
ordenada y lóbrega.
La obra que más estimuló los sentimientos contra la propiedad en Francia no fue,
sin embargo, el ampuloso tratado de Morelly sino el Discurso sobre el origen de la
desigualdad (Discours sur l’Inégalité] (1755) de Jean-Jacques Rousseau, que fue
tema de debate de la Academia de Dijon por considerarse la mejor respuesta a la
pregunta “¿cuál es la causa de la desigualdad entre los hombres?; ¿es sancionada por

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la Ley Natural?”. El trabajo de Rousseau, que fue rechazado por la academia porque
era demasiado largo, comenzaba con un pasaje que se ha hecho famoso porque se cita
con frecuencia, aunque no es, de ninguna manera, original, pues repetía los
sentimientos de los escritores de la Antigüedad clásica:

La primera persona a la que, al cercar una parcela de terreno, se le ocurrió


decir esto es mío, y encontró personas lo suficientemente sencillas como para
creerlo, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántas guerras,
cuántos crímenes, cuánta miseria y cuánto horror se le hubieran podido evitar a
la raza humana si alguien hubiera quitado las estacas, hubiera rellenado las
zanjas y le hubiera gritado a sus compatriotas: “No escuchen a este impostor.
Están perdidos si olvidan que los frutos de esta tierra pertenecen a todos y la
tierra no le pertenece a nadie”![Z]

La explosión retórica, que no se basaba en la evidencia histórica, expresaba la


metodología característica de Rousseau, que sostenía que cuanto más sabemos,
menos entendemos. Para estudiar al hombre en su condición original, argumentaba
Rousseau, debemos abandonar todos los hechos y acudir a un razonamiento
“hipotético” o “condicional”.[130] En su Discurso Rousseau proporcionó un vago
recuento de cómo, más allá de la igualdad original, se desarrolló la propiedad
privada, y cómo la propiedad privada condujo a los celos, la envidia, la esclavitud y
las guerras. Describió como malignas las desigualdades que existían en relación con
la riqueza pero, sorprendentemente, no propuso que se aboliera la propiedad. Lo que
se deducía de su argumento era que el daño no provenía de la propiedad como tal
sino de su desigual distribución: estaba totalmente a favor de la propiedad adquirida a
través del trabajo honrado.
Rousseau fue un escritor notoriamente incoherente, en El Discurso sobre política
económica (Economie Politique), publicado el mismo año, se refirió al derecho a la
propiedad como “el derecho más sagrado de todos los ciudadanos y, en ciertos
aspectos, más importante que la libertad en sí misma”. Era “la base verdadera de la
sociedad civil”.[131] Sin embargo, una vez más, en su libro más famoso, El contrato
social (1762), mantenía que, al ser la sociedad la que sancionaba la propiedad, “el
derecho de cada individuo a tener sus propios bienes está siempre subordinado al
derecho común de todos”.[132] Son sus puntos de vista en contra de la propiedad, sin
embargo, (la noción de que la propiedad es “artificial” y el comunismo “natural”, y
que el Estado tiene un derecho legítimo para regular los usos que se le dé a la
propiedad) los que más han influido en el pensamiento occidental.[AA] Presentaban la
mezcla justa de nobles sentimientos, retórica sublime, pensamiento confuso y
desprecio por la realidad para atraer a aquellos intelectuales que, como él, no estaban
dispuestos a “tolerar el mundo como es”. Se dice que Robespierre releía diariamente
El contrato social.[133]

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“Después de mediados del siglo XVIII”, escribe Franco Venturi, “la idea de que la
abolición de la propiedad podía cambiar las bases fundamentales de la sociedad
humana, que podía eliminar toda la tradición moral y toda forma política del pasado,
no volvería a desaparecer”. El comunismo nació “a mitad de camino del siglo
XVIII”[134] —antes de la aparición del capitalismo industrial y de las evidentes
desigualdades sociales que trajo consigo—. Fue una invención puramente intelectual,
concebida por la imaginación de los pensadores, que trataban de reencontrar una
Edad de Oro. Ejercía una atracción irresistible sobre aquellos intelectuales que les
gustaba echar la culpa de sus problemas a la sociedad en la que vivían. Porque en un
mundo en el que los bienes materiales estuvieran distribuidos de forma absolutamente
igualitaria, un status superior y el poder que conlleva se derivaría de la capacidad
intelectual de la que ellos se sentían dotados de una forma especial.
Los sentimientos contra la propiedad, a pesar de ser los que prevalecían en el
siglo XVIII francés, no eran los únicos, porque había franceses muy prácticos que
entendían las ventajas de la propiedad. El más influyente de todos pertenecía a la
escuela de los fisiócratas, que se sumaba a la idea de la Ley Natural, y consideraba la
propiedad como su componente integral. Un destacado fisiócrata, Mercier de la
Riviere, citaba a Locke cuando escribió: “Proviene de la naturaleza el derecho
exclusivo de todo hombre a su propia persona y a todas las cosas adquiridas a partir
de su dedicación y trabajo”.[135] O: “La propiedad puede considerarse como un árbol
cuyas ramas son las instituciones sociales que germinan de su tronco”.[136] Según los
fisiócratas, la tierra era la forma más auténtica de la propiedad porque sólo la
agricultura contribuía a la riqueza existente. El Estado debía ser gobernado por los
terratenientes, que eran únicos en el sentido de que sólo ellos poseían una patria:
patria (patrie) y patrimonio (patrimoine) eran lo mismo.[137]
Los fisiócratas ejercieron una gran influencia en el compromiso de los
revolucionarios franceses de considerar la propiedad como una institución sacrosanta.
En mayo de 1789 los Estados Generales redactaron un memorial de agravios llamado
los cahiers de doléances, en los que se definían la libertad y la propiedad como
derechos sagrados que el Estado tenía la obligación de respetar.[138] La consagración
de los derechos de la propiedad justificó la abolición de los derechos feudales, los
cuales fueron considerados por los revolucionarios como un privilegio y no como una
propiedad. En agosto del mismo año, la Asamblea Nacional aprobó la Declaración de
los Derechos del Hombre y del Ciudadano que establecía que la propiedad era uno de
“los derechos naturales e imprescriptibles del hombre”.[139] La Constitución adoptada
por la Convención en 1793 establecía en el artículo 2 que “la igualdad, la libertad, la
seguridad y la propiedad” se encontraban entre los derechos fundamentales e
inalienables del hombre. Los mismos sentimientos se hallaban en el Código de
Napoleón (Code Civile) de 1804, el cual eliminaba todas las limitaciones sobre la
propiedad que habían quedado desde los tiempos feudales e incorporaba,
virtualmente, palabra por palabra, la definición romana de propiedad:

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La propiedad es el derecho a disfrutar y a disponer de objetos de la forma
más absoluta, garantizando que no se haga uso de ellos en formas prohibidas
por las leyes y por las regulaciones. No se puede obligar a nadie a renunciar a
su propiedad a menos que sea para el bien público, a partir de una
indemnización justa y previamente acordada.[140]

Aunque acudían al principio de la propiedad privada para retirarle el apoyo a la


aristocracia y para abolir sus privilegios, los revolucionarios franceses no lo tuvieron
en cuenta, de forma coherente, en su práctica legislativa. Confiscaron las pertenencias
de la Iglesia y de los emigrados sin compensación; también sometieron la herencia a
regulaciones estatales. Justificaron estas medidas con el argumento de que, al haber
sido la propiedad creada por el Estado, éste tenía derecho a regularla por motivos de
interés público. Así, en un debate en la Asamblea Nacional en 1791, sobre el derecho
de los ciudadanos a disponer de sus bienes mediante testamento, Mirabeau declaró
que el derecho a la propiedad era una creación social por lo que la sociedad, mediante
sus leyes, no sólo la protegía sino que también podía decidir sus usos. Esto recordaba
las doctrinas reaccionarias de Hobbes y Filmer, disimuladas con la sustitución de la
palabra “Estado” por la de “sociedad”. Los jacobinos, que fueron seguidos por
comunistas aún más radicales, atacarían frontalmente la propiedad privada.
Estas corrientes prefiguraban el tratamiento futuro que se le daría a la propiedad.
La noción de la propiedad privada como algo inalienable dejaría de existir a partir de
los ataques apasionados contra ella que dominarían el pensamiento, desde la mitad
del siglo XIX hasta finales del siglo XX.

7. SOCIALISMO, COMUNISMO Y ANARQUISMO


El siglo XIX fue testigo de la discrepancia, cada vez mayor, que surgió entre las
actitudes predominantes hacia la propiedad y la realidad de las relaciones de
propiedad. Marcó el apogeo de la propiedad en Europa, al concentrar en manos
privadas enormes cantidades de capital recién creado. La propiedad adquirió el status
de una institución inviolable, protegida del abuso del Estado por las Constituciones y,
de los conciudadanos, por las normas de Derecho Privado. Al mismo tiempo, la
opinión pública fue adoptando una actitud cada vez más hostil hacia la propiedad: por
primera vez en la historia, se reclamaba con fuerza la promulgación de normas
estatales sobre la propiedad e, incluso, su abolición. Anteriormente, aparte de algunas
voces disidentes ocasionales, como las de Tomás Moro, Campanella o Winstanley,
los críticos de la propiedad hacían hincapié en sus excesos; es decir, la falta de
equidad en su distribución y la avaricia que provocaba. Ahora, sin embargo, se
atacaba la propia institución de la propiedad sobre la base de que era intrínsecamente
inmoral. Su justificación tradicional, de que se sustentaba en la Ley Natural, tuvo que
someterse a un análisis minucioso:

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A partir de la concepción de la propiedad como un derecho natural se
desprenden algunas consecuencias inesperadas que socavan los fundamentos
de esa concepción. Si la propiedad es esencial para el desarrollo de la libertad
natural del hombre, no deberían disfrutarla sólo unos pocos, como si fuera un
privilegio detestable; todos deberían ser dueños de una propiedad. La misma
teoría de los derechos naturales, que consagraba la propiedad individual y, para
protegerla, demolió el imperio del feudalismo, se desarrolló en la concepción
opuesta, es decir, en el comunismo. Así, la negación suprema del
individualismo surge, por un desarrollo lógico, de la concepción de la
individualidad.[141]

En palabras de Pierre-Joseph Proudhon, uno de los fundadores del anarquismo:

[S]i la libertad del hombre es sagrada, es igualmente sagrada para todos los
individuos […] si necesita de la propiedad para su acción objetiva, esto es, para
su vida [entonces] la apropiación material es igualmente necesaria para todos.
[142]

La propagación de la democracia tuvo que ver, obviamente, con este cambio de


opinión. Porque aunque el sufragio se amplió y, finalmente, se hizo universal, los
gobiernos comenzaron a depender del volumen de los votantes, quienes, al poseer
muy poco o nada, exigían al Estado que garantizara una distribución más justa de los
recursos del país. Esta demanda fue, finalmente, satisfecha en los países democráticos
a través de recursos tales como los impuestos sobre las sucesiones y los impuestos
recaudados sobre la renta, cuyo importe pasaba a financiar los programas de bienestar
social. En los regímenes totalitarios condujo a expropiaciones completas o a
regulaciones del gobierno sobre los medios de producción, que los transformaban en
propiedad condicional; en ambos casos, las violaciones a los derechos de la propiedad
servían para hacer más sólido el poder de los gobernantes a expensas de los
propietarios privados.
Otro factor que condujo a desarrollar sentimientos contra la propiedad fue el
cambio en la naturaleza de la propiedad. Aunque el comercio y la industria, y la
riqueza monetaria que generaron, habían existido desde los orígenes de nuestra
historia conocida, y aunque la riqueza monetaria había sido un elemento significativo
de la economía occidental desde finales de la Edad Media, todavía, hasta finales del
siglo XIX, prácticamente, la palabra “propiedad” se circunscribía a la propiedad de la
tierra. Incluso en el siglo XVIII y principios del XIX, en Inglaterra, cuando el país se
encontraba en los albores dolorosos de la Revolución Industrial, los debates sobre la
propiedad se centraron en los bienes raíces: hasta 1867, fecha en que se promulgó la
Ley de la Reforma en Inglaterra, el sufragio estaba restringido a las personas que
tenían o alquilaban propiedades rurales o urbanas cuyo valor superara una
determinada cantidad de dinero o que produjeran unos ingresos específicos. En las

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novelas de Trollope, escritas en el apogeo de la era victoriana, en una nación que se
encontraba decididamente en el camino de desplazar a la agricultura a un lugar
secundario, la propiedad (junto con el amor) ocupa el núcleo del argumento, y la
propiedad significa, ante todo, propiedad agrícola y los ingresos que se desprenden de
ella. A la opinión pública, le tomó tiempo darse cuenta de que el capital estaba
desplazando a los bienes raíces como la forma principal de la riqueza.
Ahora bien, la relación entre el hacendado y sus arrendatarios u obreros agrícolas
es muy diferente de la que se establece entre un industrial y su empleado. En el
primer caso, la proximidad física y el hecho de compartir los caprichos de la
naturaleza crean un vínculo que es de índole cuasi política. Se establecen relaciones
personales que, en ocasiones, se remontan a generaciones. La consecuencia de todo
ello es que las desigualdades parezcan ser más “naturales” y, por tanto, menos
irritantes. En el último caso, la relación es impersonal: el obrero realiza el trabajo, el
empresario lo compensa con el salario y ahí termina la conexión. Si dejan de
necesitarlo, se le dice al empleado que se vaya. Aunque en las fases iniciales de la
industrialización existieron ejemplos de relaciones patriarcales entre empresario y
trabajador derivadas de los contratos propios del mundo agrario, en una economía
capitalista madura, el empresario no tiene ninguna responsabilidad, ya sea moral o
social, con sus trabajadores. Una responsabilidad de este tipo, en el momento en que
se presenta, es asumida por el Estado. Es ciertamente más complicado desalojar a un
campesino arrendatario que despedir a un obrero de una fábrica. Las desigualdades de
la riqueza se hacen, por lo tanto, más perceptibles e intolerables.
La primera mitad del siglo XIX fue testigo de la desenfrenada expansión de las
fortunas capitalistas y de la creciente ola de hostilidad en su contra. Al principio,
como había sucedido en el pasado, la hostilidad se centró en las desigualdades. Sin
embargo, en la segunda mitad del siglo, se transformó en un ataque generalizado
hacia la propiedad como institución. Con excepción del liberalismo clásico, que tuvo
que replegarse cada vez más, la mayoría de los movimientos políticos e ideologías de
la segunda mitad del siglo XIX (desde los movimientos extremistas radicales, como el
anarquismo y el comunismo, hasta el liberalismo e, incluso, el nacionalismo)
asumieron, en diferentes grados, actitudes críticas hacia la propiedad privada.
Visto retrospectivamente, parece que la intensidad del ataque se debía a la
convicción de que el capitalismo y la industrialización estaban destruyendo lo que
existía en términos de igualdad social y seguridad, lanzando a la humanidad hacia
una corriente inevitable y creciente de desigualdades con relación a la riqueza. Esta
convicción encontró su expresión más acabada en la teoría marxista de la
“pauperización”, según la cual el capitalismo, sin piedad, provocaría el
empobrecimiento de la clase obrera hasta que no quedara otra alternativa que la
rebelión y la abolición de la propiedad. Al argumentar de esta forma, los teóricos del
socialismo pasaban por alto dos factores. Uno es que, incluso en la fase inicial y más
brutal de la industrialización, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la situación

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de las clases sociales más bajas en Gran Bretaña, el país que iba a la cabeza de la
industrialización capitalista, distaba mucho de ser desesperada, corno lo demostraban
las bajas tasas de mortalidad y el sostenido crecimiento de la población.[143] Segundo,
ignoraban que la riqueza generada por la nueva economía, con el tiempo, se filtraría y
beneficiaría a la población en general —un desarrollo que, a finales del siglo, se
burlaría de la noción de “pauperización” y de la tan mencionada inevitabilidad de la
revolución social en los países industriales avanzados—. En el siglo XX las
revoluciones sociales, de hecho, ocurrirían exclusivamente en países agrícolas
preindustriales y precapitalistas, en donde los derechos sobre la propiedad se habían
desarrollado muy débilmente y tenían, por lo tanto, bajas tasas de crecimiento
económico.
Como era de esperar, a partir de lo que conocernos corno las actitudes de los
philosophes, el ataque teórico contra la propiedad en nombre del comunismo ocurrió
primero en Francia, en el mismo momento en que la propiedad celebraba allí sus
mayores triunfos legislativos, al considerárselo corno fundamento de la libertad.
Durante 1790, muchos revolucionarios franceses, dirigidos por Jacques-Pierre Brisot,
desafiaron las opiniones establecidas y denunciaron la propiedad corno un “hurto”.
[144] Los jacobinos, en la fase final de su dictadura, se plantearon la posibilidad de

aprobar un conjunto de leyes (las llamadas Leyes de Ventóse) que se acercaban a las
propuestas comunistas.[145] El correligionario de Robespierre, Louis Antoine de
Saint-Just diseñó un programa de expropiaciones masivas de grandes propiedades:
Las Leyes de Ventóse declararon, también, que las propiedades de “enemigos
reconocidos de la revolución” podían ser expropiadas. Los jacobinos nunca llegaron a
poner en marcha este programa radical: de hecho, su defensa contribuyó en gran
medida a que perdieran el poder, porque atemorizó a los pequeños propietarios que se
habían beneficiado de la revolución y ahora hacían causa común con los adinerados.
Pero fue un presagio de acontecimientos que sucederían más adelante.
El padre del comunismo moderno fue el francés François Noel (“Graco”) Babeuf,
un seguidor de Morelly. Su importancia política se deriva de dos factores: uno, que
exigía la propiedad común de todos los recursos económicos y no su distribución
equitativa entre propietarios individuales, como generalmente demandaban los
críticos de la propiedad;[146] y dos, que con él, el odio contra la propiedad, formulado
un siglo y medio antes por Winstanley, pasó del pensamiento a la acción. Babeuf
organizó un complot para derrocar al Directorio que gobernaba a Francia después de
la caída de los jacobinos, pero lo descubrieron antes de que pudiera llevarlo a cabo y
lo ejecutaron. En 1828, su compañero Filippo Buonarroti publicó el programa del
grupo, titulado “Conspiración por la igualdad”, que es el manifiesto comunista
original.[147] Como haría Lenin un siglo después, Babeuf y sus seguidores revivieron
una idea popularizada entre los jacobinos de que la Revolución Francesa se había
detenido a mitad del camino:[148] limitada a la política, debía haber continuado con
una revolución social, la cual alcanzaría la igualdad junto con la libertad. Babeuf veía

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al mundo como un infierno atroz, dominado por truhanes sin escrúpulos. Tenía que
ser destruido y reemplazarse por una sociedad comunista:

Buscamos […] la propiedad común, o ¡la comunidad de bienes! Que deje


de existir la propiedad individual sobre las tierras. La tierra no pertenece a
nadie […] los frutos pertenecen a todos.[149]

La igualdad es “la primera promesa de la naturaleza” y “la primera necesidad del


hombre” pero hasta ahora ha sido sólo una consigna vacía. “Deseamos igualdad real
o muerte” y “tendremos una igualdad real, no nos importa a qué precio”: cuando
decía igualdad “real"' se refería a aquélla que se basaba en la propiedad comunal.
“¡Ay de aquél que ofrezca resistencia a una decisión tan firme!” Que todo el arte
perezca, si fuera necesario. Según Babeuf, el establecimiento de un régimen así
requeriría de un larga dictadura. El ideal de Babeuf era una comunidad ascética que
castigaría severamente a los desafectos.
En los planes de los babeufistas, la “igualdad” adquiría un nuevo sentido. Para
Locke y para los ideólogos de la Revolución Francesa significaba igualdad de
oportunidad. Locke la consideraba como un aspecto de la libertad, y la definía como
“el Derecho igual que todo hombre tiene a su Libertad Natural, sin que tenga que
someterse a la Voluntad o a la autoridad de ningún otro hombre”.[150] Para Babeuf y
para los comunistas significaba igualdad de beneficios, y ése fue el significado que
tomó en las filosofías del bienestar del siglo XX.
Babeuf tuvo su figura análoga en Inglaterra con la persona de William Godwin.
Esposo de una de las primeras feministas, Mary Wollstonecraft y padre de Mary
Shelley, Godwin introdujo en Inglaterra las ideas del radicalismo francés. Sus escritos
muestran poca originalidad y, en ocasiones, rayan en lo grotesco. El más importante
de ellos es Una investigación sobre la justicia política (An Enquiry Concerning
Political Justice),[151] escrito como respuesta al libro de Burke, Reflexiones sobre la
Revolución Francesa (Reflections on the French Revolution), publicado en 1793, en
el momento cumbre de la Revolución Francesa, muy elogiado por la elite intelectual:
tanto les gustó a Wordsworth, Coleridge y a Southey que enseguida quisieron iniciar
la construcción de una sociedad comunista. Godwin retomó las críticas a la propiedad
privada, conocidas a través de la literatura francesa radical y concluyó que la
propiedad y la familia eran las fuentes de todos los males que sufría la humanidad. La
justicia requería que los recursos de este mundo se distribuyeran equitativamente: la
desigualdad corrompía al rico y desviaba la atención del pobre de las cosas que eran
importantes en la vida.[BB] Una vez que se hubiera eliminado la propiedad, la
humanidad presenciaría un florecimiento de genios sin precedentes. Los crímenes
desaparecerían, al igual que las guerras. La mente triunfaría sobre la materia y la
fuerza de voluntad sobre la necesidad. El hombre se haría inmortal, ya que “estamos
enfermos y morimos, en términos generales, porque aceptamos sufrir estos accidentes

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[!]”.[152] Para anticiparse a posibles objeciones a su teoría, Godwin admitió
abiertamente que sus proposiciones eran una “conjetura probable” y que el “gran
argumento de esta división del trabajo es, en su conjunto, independiente de su
veracidad o falsedad”.[CC]
Sería redundante recapitular los criterios sobre la propiedad de socialistas
prominentes de la primera mitad del siglo XIX —Saint-Simon, Fourier, Robert Owen
y Louis Blanc— porque ellos, esencialmente, reformularon los argumentos que ya se
habían hecho familiares a partir de Helvecio y Rousseau, Morelly y Mably, Babeuf y
Godwin.[153] Todos pedían restricciones en la propiedad, o su total eliminación.
Se pueden encontrar argumentos menos convencionales sobre el tema en los
escritos de Proudhon. La fama de Proudhon radica en la declaración “¿qué es la
propiedad? Es un robo”[154] —un bon mot del que se encontraba muy satisfecho y
que nunca se cansó de repetir—. Los bolcheviques lo utilizaron mucho en 1917-18
para incitar a los campesinos y obreros rusos a apoderarse de los bienes privados bajo
la consigna de “saquead a los saqueadores”. Proudhon señaló con mucho poder de
persuasión que cualquier argumento a favor de la propiedad es también un argumento
en contra de ella. Si, como se sostiene, el primero que ocupe la tierra de nadie
adquiere derechos para reclamar la propiedad, entonces, ¿qué les queda a los que
vienen detrás? Y si la propiedad es un derecho fundamental, entonces todos deberían
tener igual acceso a ella: pero la igualdad es la negación de la propiedad. El trabajo
aplicado a objetos que no tienen dueño, que era la justificación de Locke para la
propiedad, no significa mucho en un mundo en el que a todos los recursos
productivos se les ha asegurado el derecho de prioridad. Proudhon no estaba en
contra del derecho de propiedad como tal, sino en contra de los abusos que, en el
capitalismo, permitían que el capitalista se apropiara, con la justificación de los
intereses o de las rentas, de bienes a los que no tenía ningún derecho moral. Proudhon
despreciaba la autoridad más que a la desigualdad, sin embargo, y ya en sus últimos
años de vida, en su libro Teoría de la propiedad, publicado póstumamente, describió
la propiedad y la familia como los únicos baluartes efectivos contra la tiranía.
Hasta 1840, los argumentos en contra de la propiedad eran, esencialmente, de una
naturaleza moral. En ese momento, sin embargo, surgió una nueva tendencia que
sostenía que la propiedad era una aberración histórica, un fenómeno transitorio
relacionado con una organización particular de la vida económica, es decir, con el
“capitalismo”. Carlos Marx y Federico Engels, los fundadores de lo que denominaron
“el socialismo científico”, cuando se referían a la propiedad abandonaban los criterios
éticos y, según afirmaban, la estudiaban sobre bases estrictamente científicas, esto es,
“libres de prejuicios”.
Suponían que la humanidad, en su condición original, no había conocido la
propiedad privada de la tierra: era un fenómeno moderno, un subproducto del modo
capitalista de producción.[155] Esta creencia se basaba inicialmente en la invención
metafísica llamada “dialéctica”, pero desde de la mitad del siglo se sustentó en

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pruebas proporcionadas por historiadores agrarios contemporáneos. Uno de ellos,
Georg Hanssen, en ensayos publicados en 1835-1837, aseveró que en los
asentamientos agrarios de la antigua Alemania, la tierra se poseía colectivamente.[156]
Este descubrimiento aparentemente se confirmó a partir de las investigaciones
efectuadas en Rusia durante la década de 1840 por el prusiano August von
Haxthausen, un experto en agricultura, quien dio a conocer al resto del mundo la
existencia del mir, o comuna repartida, bajo la cual los campesinos rusos compartían
la tierra y la redistribuían entre ellos periódicamente para garantizar cambios en el
tamaño de las propiedades. Haxthausen consideró que el mir tenía un origen antiguo,
una reliquia viva de una institución que, en algún momento, había prevalecido en
todo el mundo.[157] En la década siguiente se publicaron dos libros del historiador y
jurista Georg von Maurer, en los que se afirmaba que las primeras tribus germánicas
no conocían la propiedad de la tierra y que comenzaron a desarrollarla a partir de la
influencia romana.[158] Los puntos de vista de Maurer alcanzaron gran aceptación
porque agradaron igualmente a los nacionalistas y a los socialistas germanos. La
noción del comunismo primitivo obtuvo un fuerte apoyo del inglés Sumner Maine, un
historiador del Derecho, quien halló pruebas de esto en la India. En 1875, Maine
generalizó la validez de sus hallazgos al afirmar que en todas las sociedades
primitivas la propiedad de la tierra era colectiva:

La propiedad colectiva del suelo por grupos de hombres, unidos por lazos
sanguíneos reales o asumidos como reales, se hace ahora merecedora de figurar
como un fenómeno primitivo probado que una vez caracterizó universalmente
aquellas comunidades de la humanidad entre cuya civilización y la nuestra no
hay una determinada conexión o analogía.[159]

De esta forma se llegó a la creencia de que entre la existencia nómada, cuando se


desconocía la propiedad privada, y las formas de trabajo agrícola ya establecidas,
basadas en la propiedad individual o familiar, existió un período de transición de
propiedad colectiva sobre la tierra o comunismo primitivo.[160]
Pero aquellos que compartían esta convicción todavía tenían que demostrar por
qué y cómo la propiedad colectiva se había convertido en propiedad privada. Esta fue
la contribución del antropólogo americano Lewis Margan, basada en sus estudios
sobre los indios americanos. El libro de Morgan, La sociedad antigua (Ancient
Society), publicado en 1877, adquirió importancia histórica debido a la influencia que
ejerció sobre Engels. Según Morgan, en condiciones de “salvajismo”, la etapa más
baja de la evolución humana, la humanidad desconocía la propiedad privada,
exceptuando la propiedad de las pertenencias personales (armas, utensilios, ropa).
Tampoco conocía todavía la pasión por poseer cosas ni “el deseo de lucrarse”. La
tierra era propiedad comunal de la tribu, las casas eran de sus ocupantes. La noción
de propiedad se desarrolló gradualmente: la tierra que pertenecía a la tribu primero se

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subdividió entre los miembros del clan y después pasó a los individuos. La razón para
que sucediera esta evolución descansa en factores objetivos: el incremento notable de
la población y las innovaciones tecnológicas. Morgan creía que en su propia época la
propiedad había creado divisiones sociales tan grandes que amenazaban con la
autodestrucción de la humanidad. La única alternativa era el regreso a las antiguas
condiciones de igualdad económica, es decir, a un mundo sin propiedad.
En las doctrinas de los fundadores del “socialismo científico”, la propiedad
privada ocupa un lugar central. Basta con decir que en el Manifiesto comunista de
1848 Marx y Engels afirmaron que “la teoría de los comunistas puede resumirse en
una única frase: abolición de la propiedad privada”.[161] Y, sin embargo, ellos
contribuyeron muy poco a que se entendieran los orígenes de la propiedad privada. A
pesar de todas sus afirmaciones en relación con la utilización de una metodología
científica, estudiaron el problema de forma muy parecida a la de sus precursores: esto
es, construyeron un modelo teórico de sociedad ante la aparición de la propiedad y
después describieron (a partir de conocimientos mínimos, tanto de antropología como
de historia, temas en los que eran bastante ignorantes) cómo debía haber
evolucionado la propiedad.[DD] El esquema era abstracto (“metafísico”), aunque la
inyección de un vocabulario extraído de la economía, la sociología y la psicología le
daba la apariencia de ser un esquema más científico que el que presentaban las teorías
anteriores. Su punto de vista estaba enraizado, no en la evidencia empírica, sino en la
visión romántica de la “hermandad” de la humanidad: su pathos era el de la Oda a la
alegría de Schiller.
Su principal objeción contra la propiedad era que deshumanizaba a las personas,
“alienaba” al hombre al hacer que su identidad se sumergiera en el dinero (un
concepto tomado de Ludwig Feuerbach y de Moses Hess). A diferencia de Hegel,
para quien la propiedad era “la libertad humana realizándose a sí misma en el mundo
de los fenómenos”, Marx y Engels le otorgaban el efecto contrario: “la propiedad no
es la realización de la personalidad sino su negación”.[162]
¿Cómo surgió la propiedad?
Marx y Engels, desde sus primeros escritos, asumieron que, originalmente, toda la
propiedad había sido colectiva: llegaron a esta conclusión antes de que aparecieran
los estudios de Haxthausen, Maurer, Maine y Margan. Dado el caso de que las
familias organizadas en tribus dispusieran de bienes muebles e inmuebles, éstas
estaban subordinadas a la comunidad y, por tanto, no sufrían la “alienación” que
caracterizaría al capitalismo maduro. Fue más tarde cuando Marx y Engels
respaldaron esta teoría a priori, con los escritos de Maurer y Morgan.
Según Marx, incluso en la economía más avanzada de las polis de la antigua
Grecia prevalecía la comunidad: existía la propiedad privada pero en una “forma
anormal subordinada a la propiedad comunal”, en buena medida porque la sociedad
demandaba la esclavitud, una institución fundamental para el orden económico y
social antiguo.[163] La propiedad feudal, “al igual que la propiedad tribal y comunal,

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[estaba] basada, otra vez, en una comunidad”, y el factor que los unía era la
explotación del trabajo del siervo.[164]
Engels explicaba el surgimiento de la propiedad privada con argumentos de
Morgan. En el libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884)
intentó demostrar cómo las familias se formaron a partir de grupos de cazadores y
recolectores y cómo, consecuentemente, surgió la propiedad. Esto último se explicaba
a partir de la división del trabajo:

[La propiedad privada] se desarrolló [en las comunas primitivas antiguas]


primero a partir del trueque con extraños, hasta que lo que intercambiaban
adquirió la forma de mercancía. En la medida en que los productos de la
comuna asumían la forma de mercancía, es decir, en la medida en que se
producían más para el intercambio que para el consumo del productor; mientras
la primitiva división natural del trabajo era, progresivamente, reemplazada por
el intercambio, incluso, dentro de los límites de la comuna; cuanto más se
desarrollaba la desigualdad en la propiedad entre los miembros individuales de
la comuna, más se resquebrajaba la antigua propiedad común de la tierra. En
todos los lugares en los que se desarrolló la propiedad privada, esto fue posible
por la transformación de las relaciones de producción y de intercambio, por el
interés de incrementar la producción y de ampliar el comercio; esto es, como
resultado de causas económicas. La fuerza no se utilizó en absoluto.[EE]

Éste es un punto de vista sobre los orígenes de la propiedad privada claramente


equivocado porque ignora el hecho elemental de que, a lo largo de casi toda la
historia, la forma principal de la propiedad había sido la tierra y que nunca había sido
considerada una “mercancía”, en el sentido habitual de la palabra, y nunca tuvo
conexión con la división del trabajo, un carácter que sólo había adquirido en tiempos
muy recientes (de hecho, en la época de Engels).
La propiedad privada genuina (esto es, la propiedad totalmente divorciada de
controles sociales, según Marx y Engels) surgió por primera vez en el capitalismo. El
capitalista, sin embargo, a pesar de toda la libertad ostensible que su riqueza le
proporciona está, de hecho, tan esclavizado como el proletario a quien explota. El
concepto clave es “alienación”. El capitalista debe acumular riqueza y, por lo tanto,
se niega compensaciones, que es lo mismo que decir que se priva del disfrute de sus
riquezas. En sus Manuscritos económicos y filosóficos, escritos en 1844, Marx se
refirió al dinero como un ente alienado, que obliga al dueño, en su búsqueda, a
comportarse “ascéticamente”:

Ya que el dinero ahorrado implica posponer el consumo, el dinero ha


conservado sus valores inherentes porque no ha sido utilizado por el hombre:
“Cuanto menos comas, bebas, compres libros, vayas al teatro o a bailes, o a la
taberna, y cuanto menos pienses, ames, teorices, cantes, pintes, practiques la

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esgrima, etc., más podrás ahorrar y mayor será tu tesoro, que no se corromperá
ni por el óxido ni por las polillas: tu capital. Cuanto menos seas, mientras
menos te manifiestes en tu vida, más tendrás, más alienada será tu vida y
mayor será la salvación de tu ser alienado”.[FF]

El “ascetismo práctico” del capitalista tiene su contrapartida en la auto-negación


inevitable del obrero causada por su no posesión de los medios de producción,
controlados por el capitalista. Su consecuencia es la miseria y la deshumanización.
Las dos clases sociales rivales se encontraron atrapadas en una relación
“dialéctica”:

El proletariado y la riqueza son antagónicos; y como tales, conforman un


todo. Ambas son formas del mundo de la propiedad privada. La propiedad
privada como propiedad privada, como riqueza, está obligada a mantenerse a sí
misma y por tanto a su opuesto, el proletariado, en existence… El proletariado,
por otro lado, está obligado, como proletariado, a eliminarse a sí mismo y a su
contrario, condición de su existencia, lo que lo hace proletario, es decir, la
propiedad privada.[165]

Finalmente, los desposeídos derrocarán a los poseedores y, en el proceso, abolirán


la propiedad. Los bienes económicos, primero, se nacionalizarán y, después, se
convertirán en bienes comunes, y el resultado final será que todos contribuirán de
acuerdo con sus capacidades y recibirán de acuerdo con sus necesidades, que es el
objetivo final del comunismo.
Según lo concibieron Marx y Engels, el nuevo orden comunista combinaría la
propiedad común originaria con los altos niveles de productividad alcanzados por el
capitalismo. Marx estaba convencido de que la maquinaria industrial simplificaría el
trabajo de tal forma que no requeriría que los obreros tuvieran una cualificación
especial ni que tuvieran que estar repitiendo movimientos: “La industria moderna,
por su propia naturaleza, necesita variación en el trabajo, fluidez de función,
movilidad universal del trabajador”.[166]

En una sociedad comunista […] la sociedad regula la producción general


por lo que me permite hacer hoy una cosa y otra mañana, cazar en la mañana,
pescar en la tarde, atender al rebaño al anochecer, hacer tertulias después de la
comida, tal y como deseaba hacerlo, sin tener que convertirme, en ningún
momento, en cazador, pescador, pastor o crítico.[167]

La sociedad del futuro realizará la idea anarquista de una asociación libre e


igualitaria de productores, sin la existencia de un Estado que la supervise, en la que
los individuos se sentirán totalmente satisfechos.[168] El individuo no volverá a
sentirse “atomizado” por encontrarse aislado de la comunidad.

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Esta teoría romántica, basada en pruebas endebles que fueron después casi
totalmente desacreditadas, se consideró, a partir de ese momento, como una verdad
obligada en la bibliografía socialista y en mucha literatura científica general. Pero
encontró oposición incluso en su propia época. La crítica a la doctrina del comunismo
primitivo, el postulado central de la bibliografía contra la propiedad, fue socavada por
ensayos teóricos de escritores contemporáneos y demolida por la antropología en el
siglo XX.
En 1850, el académico ruso Boris Chicherin cuestionó la interpretación del mir
formulada por los nacionalistas románticos rusos, conocidos como “eslavófilos”, y
que se había dado a conocer en Occidente por Haxthausen. Chicherin argumentó que,
lejos de ser una antigua institución que englobara un espíritu comunal, no adquisitivo
y precapitalista, el mir era el producto del Estado zarista, creado a partir de la
imposición de la servidumbre en el pasado siglo XVI para asegurar, a través de los
mecanismos de la responsabilidad colectiva, que los campesinos permanecieran en
las tierras y pagaran sus impuestos.[169]
Después le llegó el turno a Von Maurer. En 1883 el americano Denman W. Ross
demostró que las teorías sobre el comunismo primitivo entre las tribus germánicas se
basaban en lecturas erróneas de Tácito y de César, las principales fuentes de
información sobre este asunto. La ausencia de lindes entre los primeros cultivadores
germanos (según lo relató César) significaba que la tierra no estaba dividida y no que
fuera propiedad común: “La propiedad en común y la propiedad comunista deben
diferenciarse cuidadosamente. Son cosas muy diferentes. En los primeros datos se
describían muchas propiedades en común, pero no propiedades comunistas”.[170]
Según Ross, ninguno de los datos existentes indican que la primitiva comunidad
germánica disfrutara de derechos sobre la tierra de sus miembros: “La comunidad no
existía como una corporación propietaria de tierra”, por lo que los conflictos sobre la
tierra no se resolvían por la comunidad sino por las partes individuales en disputa,
que se resolvían mediante duelos.
La principal arremetida contra la teoría del comunismo primitivo vino de la
pluma del reconocido historiador francés Fustel de Coulanges, autor de La ciudad
antigua, una obra en la que se describía la aparición de la propiedad privada en la
antigüedad clásica como un resultado de los cultos religiosos centrados en la familia
y en el hogar. En 1889, Fustel de Coulanges publicó un extenso artículo, que después
salió como libro, en el que rechazaba la teoría del comunismo primitivo a partir de
los mismos argumentos de Ross, es decir, planteaba que esa teoría interpretaba mal
las fuentes, pero fue más lejos que Ross al negar, incluso, la existencia de la
propiedad común de la tierra entre los antiguos germanos.[171] Su blanco principal fue
Von Maurer. Tácito y César no respaldaban las teorías de Maurer: “Todo el conjunto
de la ley germana es, de hecho, una ley en la que la propiedad es suprema”.[172] La
propiedad común de la tierra requeriría de redistribuciones periódicas del suelo, algo
de lo que no había prueba entre los primeros germanos. Descubrió que la creencia

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generalizada de la existencia del comunismo primitivo no se derivaba de la evidencia
histórica sino del clima de opinión que prevalecía a finales del siglo XIX en Europa:

Entre las ideas aceptadas, que se adueñan de la imaginación de los


hombres, se encuentra una que aprendieron de Rousseau. Que la propiedad es
contraria a la naturaleza y que el comunismo es natural; y esta idea influye,
incluso, en escritores que la aceptan sin darse cuenta.[173]

Estos argumentos no cambiaron la opinión pública de la época, no sólo por la


disposición a favor del “comunismo natural”, sino también porque, a partir de
mediados del siglo XIX en adelante, incluso los liberales comenzaron a preocuparse
por el desigual crecimiento en la distribución de la riqueza. Un caso típico fue el de
John Stuart Mill, quien en su libro Principios de Economía Política (Principles of
Political Economy) (1848), ampliamente leído, acercó la ideología liberal al
socialismo.[174] Mill creía que el comunismo era justo, posible y, probablemente,
congruente con la libertad: “[L]as leyes de la propiedad”, escribió, “nunca se han
ajustado a los principios en los que descansa la justificación de la propiedad privada”.
[175] Estaba a favor de la propiedad privada porque elevaba la productividad del

trabajo y no porque sirviera a la causa de la libertad: en su obra más conocida, Sobre


la libertad (1859), prácticamente no menciona la propiedad. Mill se alejó en dos
aspectos de la tradicional visión liberal del tema. Se preguntaba si los herederos de
propietarios debían tener derechos ilimitados sobre su legado. Idealmente, él
restringiría “no lo que alguien pueda legar, sino lo que a alguien se le debe permitir
adquirir, por testamento o herencia”, con una cierta cantidad de normas.[176] En
segundo lugar se preguntaba si la tierra debía ser tratada, simplemente, como una
forma particular de propiedad, teniendo en cuenta que, en primer término, nadie la
había creado y, en segundo lugar, que al crear riqueza mueble, uno no privaba a sus
conciudadanos de la oportunidad de hacer lo mismo, al apropiarse de la tierra uno
excluía a los otro.[177] Los derechos de los dueños de haciendas, por lo tanto, debían
subordinarse a los del Estado, que debía tener el derecho de confiscar (con la debida
compensación) las propiedades que sus dueños no habían logrado explotar: “En el
caso de la tierra, no se debía permitir a ningún individuo ningún derecho exclusivo, si
no puede mostrar que la tierra es productora de un bien positivo”.[GG]
Mill fue uno de los primeros liberales que introdujo en el liberalismo ideas
socialistas, haciendo hincapié en la importancia enorme de una distribución equitativa
de la riqueza productiva. Sus ideas alimentaron la aparición de un “nuevo
liberalismo” en Inglaterra, que tuvo lugar, en parte, por temor al socialismo y, en
parte, por la aceptación de que, bajo las condiciones modernas, la pobreza no sería
eliminada, solamente, mediante el trabajo constante y la austeridad, como en un
momento se creyó. Surgieron corrientes filosóficas a finales de siglo que sostenían
que la pobreza, el alcoholismo y el hurto eran responsabilidad, no de sus víctimas,

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sino del capitalismo, que los forzaba a actuar de esa manera.[178] Formaba parte del
“sistema”. Sin explicar por qué había existido el comportamiento antisocial y
destructivo mucho antes de que el capitalismo apareciera en escena y por qué
persistía en sociedades no capitalistas, los defensores de esta teoría exigían que el
Estado interviniera para defender a sus ciudadanos menos afortunados. Estas ideas
proporcionaron la justificación teórica en relación con las reformas sociales que, en el
siglo XX, conducirían a la aparición del modelo de Estado de bienestar.
Así pues, en vísperas del siglo XX, los liberales comenzaron a aceptar
restricciones sobre la propiedad privada. Lo hicieron al poner los derechos de la
propiedad bajo la consideración de la justicia social, y al proporcionar al Estado la
autoridad moral de restringir el derecho a la propiedad absoluta en favor del bien
común. La propiedad se percibía, no sólo como un derecho privado sino también
como una función social: si el dueño cumplía con sus obligaciones, la sociedad
protegía sus posesiones; si no lo hacía, la sociedad podía intervenir legítimamente
para garantizar que la propiedad cumpliera con su obligación.[179] Y, en este asunto,
el Estado era el único juez.

8. EL SIGLO XX
Los sentimientos contra la propiedad, inspirados por inquietudes sociales, recibieron
apoyo a partir de nuevas corrientes en la esfera de la psicología. En la segunda mitad
del siglo XIX, bajo la influencia de Darwin, quien había afirmado que los seres
humanos, al igual que los animales, estaban dominados por los instintos, William
James desarrolló una teoría psicológica en la que demostraba que la conducta humana
se determinaba por el instinto y no por el condicionamiento cultural. Para James ese
instinto era “el deseo de adquirir”.[180] El defensor más influyente de este
planteamiento fue William McDougall, un profesor inglés de las universidades de
Harvard y Duke, quien en su manual, de gran divulgación, Introducción a la
Psicología Social (Introduction to Social Psychology) (1908) proporcionó un
verdadero catálogo de lo que llamó “los instintos y emociones principales del
hombre”, tales como el instinto de evasión, de repulsión, de curiosidad, de
agresividad y, por supuesto, el instinto de adquirir. El antropólogo francés Charles
Letourneau, en un experimento precursor dentro de la sociología evolucionista,
clasificó el deseo de adquirir como una manifestación del instinto de
autoconservación.[181]
En los primeros años del siglo XX, sin embargo, los conceptos de “instinto” y su
fundamento, la “naturaleza humana”, encontraron gran oposición; durante los años
veinte fueron totalmente desechados. Entre las razones para este cambio se
encontraba el absurdo obvio de explicar todo comportamiento por los instintos y por
las emociones que los acompañan, como había hecho McDougall, así como las
objeciones a sus implicaciones políticas. La explicación biológica del

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comportamiento humano podía ser manipulada, y de hecho así fue, para justificar la
discriminación y persecución racial, primero de los negros y después de los judíos.
Franz Boas, el fundador de la antropología cultural en los Estados Unidos, dirigió el
ataque en su contra. Emigrante procedente de Alemania, criado en una familia judía
liberal, consagró su vida a destruir las teorías que justificaban el racismo. Con este
motivo, eliminó de la antropología todo lo que tuviera que ver con el determinismo
biológico, y lo sustituyó por el condicionamiento cultural. Su argumento más sólido
era la prueba de que las personas que emigraban hacia los Estados Unidos, de etnias y
razas diferentes, adquirían, en su patria de adopción, características físicas comunes,
lo que sugería que también adquirían los mismos rasgos intelectuales y psicológicos.
En La mente del hombre primitivo (The Mind of Primitive Man) (1911) Boas
afirmaba que los llamados “salvajes” no diferían, en su capacidad mental, de la gente
civilizada. Él y sus discípulos separaron la sociología de la biología, y expulsaron, del
vocabulario académico, los conceptos de “instinto” y “naturaleza humana”. Boas no
reconocía la naturaleza humana como tal: sólo existía el comportamiento humano,
moldeado por la cultura. En palabras de Margaret Mead, Boas y sus seguidores
consideraban que los seres humanos “no dependían ni de su instinto ni de
capacidades específicas trasmitidas genéticamente, sino que dependían de formas de
vida aprendidas que se acumulaban lentamente a través del préstamo interminable, la
readaptación y la innovación”.[182]
En la década del veinte, los puntos de vista antropológicos de Boas recibieron el
apoyo de la escuela conductista de Psicología (conocida también como
“behaviorista”), fundada por el americano John B. Watson, esta escuela de
pensamiento también eliminaba de la conducta humana los factores biológicos, y la
reducía a las respuestas a los estímulos externos. La agresividad, el dominio y el
sentido de posesión eran tratados, entonces, como fenómenos culturales y no
biológicos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el péndulo volvió a oscilar, pero no
completamente. La antropología cultural y su aliada, la psicología del conductismo,
que había adquirido un status casi de monopolio en los círculos académicos durante
el período de entreguerras, manifestaron una notable contradicción. Sus partidarios
aceptaron como prueba concluyente la tesis de Darwin de un continuum en la
evolución de las criaturas vivas, según la cual la humana, aun siendo la más
evolucionada de todas las especies animales, no era en absoluto única. La teoría
evolucionista afirmaba que el comportamiento animal era importante para la
comprensión del comportamiento humano. No obstante, Boas, Watson y sus
seguidores negaron que la biología tuviera algo que ver en la conducta humana. Así
que, aunque estaba biológicamente relacionado con los animales, psicológicamente
(en su comportamiento), el hombre era sui generis. Las mismas personas que se
espantarían ante la sugerencia de que el hombre era una criatura singular más que una
especie animal, no veían ninguna incongruencia en el argumento de que, en términos

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de inteligencia y de conducta, era, ciertamente, único, ya que, al no tener “instintos”,
él y sólo él estaba condicionado por su entorno cultural.[183] Pero, corno había
observado el especialista en genética Theodosius Dobzhansky, resulta incoherente
tratar la evolución biológica y cultural independientemente una de otra. El rechazo de
los antropólogos culturales modernos a admitir vínculos de comportamiento entre los
humanos y los animales repetía la negación de los adversarios de Darwin a reconocer
vínculos biológicos entre humanos y animales.[184] En palabras de A. Irving
Hallowell:

Mientras que los opositores a la tesis de la evolución humana en el siglo


XIX eran aquellos que destacaban, con naturalidad, las pruebas que arrojaban
una discontinuidad entre el hombre y los primates que lo precedieron, los
antropólogos del siglo XX, mientras por un lado fingen estar de acuerdo con la
tesis de la evolución morfológica, por el énfasis especial que han puesto en la
cultura corno la diferencia humana fundamental, han dado a entender, que, en
realidad, existe una brecha insalvable entre el comportamiento de los humanos
y nuestros parientes más cercanos.[185]

Esta inconsistencia fue el objetivo de una nueva escuela de etólogos y


sociobiólogos que surgió en 1930 y retornó la primacía de los instintos. Este asunto
será tratado en el siguiente capítulo.
Como ha sucedido desde la antigüedad clásica, los puntos de vista dominantes
sobre la propiedad, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, han sido
modificados, en gran medida, por los acontecimientos contemporáneos. Sin embargo,
algunas obras seguían la vieja tradición de tratar la propiedad exclusivamente en
términos morales. El más influyente de estos trabajos fue el tratado utópico de John
Rawls, Una teoría sobre la justicia (A Theory of Justice).[186] Este libro, que se
esfuerza por delinear los principios de una “sociedad bien ordenada” basada en la
“imparcialidad” ignora absolutamente las realidades psicológicas, políticas y
económicas, así como los registros de la historia y los descubrimientos de la
antropología.[HH] Sólo sugiere fugazmente cómo deben cumplirse sus principios. En
este sentido, es todavía más abstracto que los escritos de los padres de la Iglesia,
quienes, al menos, aceptaron al hombre como realmente es. En su búsqueda de la
justicia perfecta, Rawls propone reformar o abolir “las leyes e instituciones, si son
injustas, no importa si son eficientes o si están bien concertadas”.[187] Y la esencia de
la injusticia es la desigualdad. El ideal de Rawls, como el de todas las utopías, es
alcanzar un igualitarismo perfecto: la renta y la riqueza deben repartirse
equitativamente, aunque expone algo sorprendente, “a no ser que la distribución
desigual… resulte en beneficio de todos”.[188] Rawls aprueba la máxima comunista
“dé cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades”.[189]

[Link] - Página 62
La relativa novedad del libro radica en su insistencia en aplicar el principio de la
igualdad, no sólo a los bienes materiales, sino también a la inteligencia y a las
capacidades innatas. Al haber adquirido estas ventajas en el “sorteo” de la naturaleza,
su afortunado poseedor no debía recibir ningún beneficio especial por ellas, porque
no se las ha ganado. Según Rawls, la asignación de talentos y habilidades debe
considerarse como “arbitraria desde una perspectiva moral”. No está de acuerdo con
que “la distribución de la riqueza y de la renta [sea] determinada por la distribución
natural de las capacidades y del talento”.[190] Éste debe apreciarse como un “bien
común” y sus poseedores deben beneficiarse de ellos “de forma tal, solamente, que
repercutan en la mejora de aquellos que no los poseen”.[II] Si es necesario, la
eficiencia debe sacrificarse con vistas a obtener una igualdad perfecta.[191] De esta
forma Rawls es más enérgico que los teóricos comunistas más radicales al desear la
socialización de la capacidad natural, esto es, negar a los individuos más dotados los
beneficios que sus capacidades les proporcionan. “La igualdad de oportunidades” es
rechazada como algo intrínsecamente injusto, ya que “significa una oportunidad igual
para dejar atrás al menos afortunado en la búsqueda personal para lograr influencia y
posición social”.[192] Las capacidades de aquellos con más talento tienen que
utilizarse en beneficio común: se convierten en un “bien común”. De esta manera, no
sólo se eliminará la desigualdad sino también la envidia.[193]
Estas ideas, que se basan muy poco en la historia o en la economía y, en cambio,
se sustentan en el ideal de justicia, son especialmente populares entre filósofos
profesionales y psicólogos.[194] Un buen ejemplo de cómo se puede plantear el tema
de la propiedad a partir de un punto de vista moral se encuentra en los trabajos del
psiquiatra Erich Fromm, autor de numerosos libros sobre lo que él percibe como la
condición del hombre moderno, uno de los cuales se titula ¿Tener o ser?[195] La
comprensión de la supuesta dicotomía del título, según Fromm, es el resultado de sus
años de trabajo como psicoanalista, que lo convencieron de que “tener y ser son dos
modos fundamentales de la experiencia”.[196] Considera el surgimiento del “Hombre
Nuevo” como algo esencial, porque la supervivencia física de la raza humana
requerirá de personas que “abandonen todas las formas de posesión para poder llegar
a ser, plenamente”.[197] Estas afirmaciones están exentas de realismo, ya que los seres
humanos tienen que tener para poder ser.
Los cambios de mayor influencia ocurridos en las últimas décadas del siglo XX
sobre la teoría de la propiedad han estado más relacionados con la economía que con
la ética. En el pasado, los economistas profesionales le han prestado poca atención a
los derechos de propiedad y se han ocupado más de los factores materiales que
proporcionan el crecimiento económico, tales como la formación del capital y la
innovación tecnológica. Pero una nueva generación de historiadores de la economía
ha comenzado a interesarse en su infraestructura legal, principalmente en la
institución de la propiedad privada. Al desarrollar el tema utilitario, mencionado por
primera vez por David Hume, han barrido los argumentos que defienden la propiedad

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sobre la base de la Ley Natural, o con las especulaciones sobre el origen del Estado,
para afirmar que su justificación radica en su contribución a la prosperidad. En
palabras de Alfred Marshall, citadas muchas veces en manuales académicos
publicados después de la Primera Guerra Mundial,

[…] la tendencia de un estudio económico cuidadoso es fundamentar los


derechos de la propiedad, no en un principio abstracto, sino en la observación
de que, en el pasado, no podían separarse del progreso estable; y que, por tanto,
corresponde a hombres responsables proceder poco a poco y con cautela a la
eliminación o modificación de, incluso, aquellos derechos que puedan parecer
inapropiados para el establecimiento de las condiciones ideales de la vida
social.[198]

Este enfoque, como tal, esquivaba los argumentos tradicionales contra la


propiedad sobre la base de que alentaba las desigualdades en la riqueza y, a través de
la herencia, promovía la injusticia: iba directamente en contra de lo planteado por el
philosophe francés del siglo XVIII, Condorcet, con relación a que la igualdad era la
quintaesencia del progreso.[199]
La nueva tendencia cobró fuerza después de la Segunda Guerra Mundial, en el
marco de la batalla abierta entre el comunismo y las economías de mercado. La
victoria de los Aliados sobre las fuerzas del Eje creó una situación sin precedentes:
por primera vez en la historia de la humanidad dos regímenes opuestos —uno basado
en el monopolio del Estado (o, más exactamente, del Partido Comunista), el otro en la
empresa privada— se enfrentaron uno al otro, en una atmósfera de abierta rivalidad
política.[JJ] Esta confrontación puso de manifiesto los principios de la propiedad
pública y de la propiedad privada, que hasta entonces habían sido comparados en
teoría de una forma directamente competitiva. Y no hay dudas de que a medida que el
siglo XX se acercaba a su fin, el principio de la propiedad privada ha triunfado en
todos sus aspectos. Los contrastes entre Alemania Oriental (RDA) y la República
Federal, o entre Corea del Norte y Corea del Sur, o entre Taiwán y la China
continental se hicieron más evidentes cada año; contrastes que tenían que ver tanto
con la prosperidad como con la seguridad personal de sus ciudadanos. El derrumbe
de la Unión Soviética y de su imperio en los años 1989-91 y el compromiso, por parte
de los gobiernos comunistas posteriores, de respetar la empresa privada cerraron la
discusión, cuyos orígenes se remontan a la Grecia antigua.
Mientras que la balanza se inclinaba a favor de la empresa privada, algunos
economistas desviaron su atención hacia su fundamento, la propiedad privada, que
era, tradicionalmente, el asunto que interesaba a los filósofos y a los expertos en
ciencia política. Formularon una nueva teoría de la “economía de los derechos de
propiedad”, que presenta a la propiedad como un factor fundamental en el
crecimiento económico. Según un miembro de esta escuela, la propiedad privada

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surge “por el impulso de presiones para obtener la eficiencia a través de un proceso
semejante al de la selección natural”.[200] Los historiadores de la economía Douglas
North y R. P. Thomas han aplicado esta tesis al pasado para argumentar que las
sociedades que proporcionan garantías sólidas a los derechos de propiedad son las
que tienen más probabilidades de experimentar un desarrollo económico. En su
opinión, lo que determina el crecimiento económico son las instituciones legales que
aseguran a los empresarios individuales los frutos de su trabajo.

La organización económica eficiente es la clave para el crecimiento; el


desarrollo de una organización económica eficiente en Europa occidental
explica el auge de Occidente. Una organización eficiente asegura el
establecimiento de acuerdos institucionales y de derechos de propiedad que
crean un incentivo para canalizar el esfuerzo económico del individuo hacia
actividades que acercan la tasa privada de rendimiento a la tasa social de
rendimiento.[201]

Las garantías de la propiedad son, por tanto, de importancia fundamental: “El


crecimiento económico ocurrirá si los derechos de propiedad son lo suficientemente
valiosos para acometer actividades socialmente productivas”.[202] North ha
demostrado, en particular, cómo la introducción en Inglaterra de las patentes animó a
los inventores a hacer públicas sus invenciones y, de esta manera, estimularon la
Revolución Industrial.[203]
A medida que finaliza el siglo XX, los beneficios que la propiedad privada
proporciona, tanto a la libertad como a la prosperidad, se reconocen como nunca
antes en dos siglos. Con excepción de algunos casos aislados de pobreza permanente,
como son los casos de Corea del Norte y de Cuba, en donde los comunistas han
podido mantenerse en el poder, y con excepción de las opiniones de algunos
profesores, que cada día son menos, el ideal de la propiedad común, en todas partes,
se va desvaneciendo. A partir de los años ochenta, la “privatización” va ocupando un
espacio en el mundo, a un paso cada vez más acelerado. Así, Aristóteles triunfó sobre
Platón.

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CAPÍTULO DOS
LA INSTITUCIÓN DE LA PROPIEDAD

L a cuestión que se ha mantenido en el centro de la discusión sobre la propiedad a


través de la historia de la filosofía occidental y de la teoría política (si la
propiedad es algo “natural” o el producto de las convenciones sociales) no se puede
responder, obviamente, refiriéndose solamente a la “fantasía” de Rousseau, quien
deliberadamente ignora hechos y se basa en razonamientos “hipotéticos” o
“condicionales”, o al pensamiento basado en conjeturas de William Godwin, cuya
argumentación, según el propio Godwin es “por completo independiente de su
veracidad o de su falsedad”. La respuesta debe basarse en pruebas. Aquellos que
aseguran que la propiedad es simplemente una costumbre social, característica de un
cierto período en la evolución humana, deberían ser capaces de demostrar que los
niños carecen de deseos de adquirir cosas y deberían mostrarnos sociedades que no
estuvieran familiarizadas con la propiedad. Aquellos que afirman que el deseo de
adquirir está enclavado en la naturaleza humana tienen que presentar datos que
demuestren su universalidad.
El asunto presenta enormes dificultades debido a la inmensa variedad de formas
que puede adoptar la propiedad. Es sencillamente imposible rastrear, a través de la
historia de la humanidad, el origen de la propiedad privada de la tierra, que ha sido la
principal forma de propiedad hasta hace muy poco. Se intentó estudiar este aspecto
en el pasado siglo XIX (por ejemplo, los estudios realizados por Émile de Laveleye)[1]
pero, al basarse en las narraciones que reflejaban las impresiones de exploradores y
en las investigaciones de los primeros antropólogos, en la actualidad sólo pueden
tomarse en cuenta como curiosidades históricas.[2] El mayor obstáculo con el que se
tropieza el estudioso de este tema es la ausencia de registros de la propiedad: porque
en la mayoría de los países la propiedad tuvo primero la cualidad de posesión, y los
derechos de propiedad no se basaron en un título fundado en una ley sino que
procedía de la posesión prolongada de la tierra, algo que la costumbre reconoció
como prueba de propiedad. El historiador inglés L. T. Hobhouse renunció a la
posibilidad de escribir una historia general de la propiedad (incluso la de un país con
registros tan excelentes como los que tenía Gran Bretaña) debido a la escasez de
datos y a la dificultad para distinguir la ley de la realidad.[3]
En este capítulo defenderemos la tesis de que el deseo de adquirir es universal
entre los seres humanos y, también, entre los animales, que es mucho más que el
deseo de controlar objetos físicos y que está íntimamente relacionada con la

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personalidad humana, al estimular un sentido de identidad y de competencia. Las
imágenes del mundo sin propiedad del “hombre natural” son un espejismo, lo que
Lewis Mumford imagina como “el cielo”.

1. EL SENTIDO DE POSESION ENTRE LOS ANIMALES


Los objetos principales del comportamiento adquisitivo de los animales son el
territorio y el espacio, que forman parte de los temas de estudios de nuevas
disciplinas académicas, y que tienen nombres tan raros como “territoriología” y
“proxemica”.[A]
La “etología”, el estudio de los animales en su entorno, es una ciencia nueva. Sus
orígenes se remontan hacia finales del siglo XIX, pero las investigaciones de campo
profundas, encabezadas por Konrad Lorenz y Nikolaas Tinbergen, se desarrollaron
por primera vez en el período de entreguerras. Después de la Segunda Guerra
Mundial los estudios etológicos avanzaron notablemente y contribuyeron a la
aparición de la sociobiología, ciencia que trata de explicar la conducta animal, y por
inferencia la conducta humana, en términos biológicos cercanos a la teoría de la
evolución. Los descubrimientos en estas disciplinas han arrojado serias dudas sobre
las doctrinas psicológicas y sociológicas que dominaron el primer tercio de este siglo,
es decir, las teorías que defienden que existe una gran diferencia entre la conducta
humana y la conducta animal, basándose en que, mientras los animales actúan
instintivamente, el comportamiento humano está condicionado en primer lugar, o
exclusivamente, por la cultura. Demostraron que el deseo de adquirir, inicialmente
considerado como un rasgo humano específico, y atribuido a influencias culturales, es
común a todas las criaturas vivientes.
Los animales en su medio natural dependen para la supervivencia de su entorno
físico: ya que no pueden ni cultivar la tierra ni elaborar productos, subsisten gracias a
la generosidad de la naturaleza. Por esta razón, requieren el acceso libre a un
territorio definido en el que se puedan alimentar y procrear; y cuyo tamaño depende
de las necesidades particulares de la especie. La propiedad entre los animales se
refiere, en primer lugar, al territorio. El concepto de “imperativo territorial” ya ha
sido aceptado, aun cuando a algunos sociólogos y psicólogos les resulta difícil
reconocerlo debido a sus implicaciones políticas (que veremos más adelante).[4]

Los animales, en lo que se conoce como su “estado natural de libertad”,


nunca disfrutan, hasta donde sabemos, de una libertad sin ataduras ni
restricciones, como quiere atribuírseles, a partir de una visión sentimental de la
naturaleza. Ningún animal libre, tanto si pertenece a especies que viven en
manada como si pasa gran parte de su vida en soledad, tiene libertad de
movimiento, es decir, se mueve según sus deseos o al azar. A causa de su modo
de vida, está confinado a un espacio vital limitado que le ofrece las condiciones

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necesarias para la supervivencia. Incluso en el caso de que este espacio fuera lo
suficientemente amplio y le proporcionara estas condiciones de forma estable y
uniforme, el animal tampoco tiene independencia total en sus movimientos. En
vez de eso, se limita a unas cuantas áreas pequeñas, conocidas como su radio
de acción, y normalmente no las abandona, a no ser por una necesidad
imperiosa. Tampoco, dentro de este espacio, el animal se mueve al azar, sino
solamente por caminos previamente trazados y de acuerdo con un patrón muy
bien determinado.[5]

Además de defender el acceso y control sobre un territorio, los animales también


mantienen dos tipos de distancias: con respecto a otras especies y en relación con sus
congéneres. Estas “burbujas” espaciales se han delimitado con gran precisión según
las especies, y la regla general es que cuanto más grande es el animal, más espacio
requiere para sentirse seguro. Cuando esa distancia marcada es traspasada por algún
ser vivo, el animal se escapa o ataca. Algunas especies, sin embargo, prefieren vivir
muy cerca de los suyos.[6] Como regla, los animales que habitan cerca del agua y que
se alimentan de peces y de otros productos de los lagos, de los ríos y del mar, toleran
más la presencia de otros animales que aquellos que están tierra adentro. Por ello, los
frailecillos, las alcas, los pingüinos y otros pájaros que habitan las riberas de los ríos
y las costas y que tienen que viajar distancias cortas para conseguir sus alimentos
viven en colonias muy pobladas.
Entre los primeros que se dedicaron a investigar sobre la territorialidad de los
animales se encontraba el inglés H. Eliot Howard, ornitólogo aficionado, quien
realizó sus estudios durante la Primera Guerra Mundial. Howard no encontró entre
los pájaros instintos de propiedad, a no ser los relacionados con necesidades
específicas: llegó a la conclusión de que sus exigencias sobre los territorios estaban
directamente conectadas con el apareamiento. Notó que durante el invierno, los
pinzones, que eran el objeto de sus investigaciones, vivían unos junto a otros en
armonía. Pero cuando llegaba la primavera su comportamiento cambiaba
drásticamente. Había surgido la competencia por las hembras y por los espacios para
la cría:

Observen una de las numerosas bandadas de pinzones que vagan por los
campos en invierno. Aunque puede estar compuesta por una gran cantidad de
ellos, de diferentes tipos, sin embargo, los distintos grupos conforman una
sociedad tranquila que actúa por una razón: buscar comida. No obstante, en
respuesta a algunos cambios orgánicos internos, que ocurren a principios de
temporada, surge la individualidad como un factor en la situación que se está
desarrollando, y uno a uno los machos se trasladan hacia posiciones alejadas,
en las que cada uno, al ocupar un área limitada, se aparta de sus compañeros.
Después de esto no volvemos a encontrar lugares ocupados por bandadas más o

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menos grandes y, mientras que muchos acres de terreno permanecen
desocupados, observamos que los setos y malezas se dividen en muchos
territorios, cada uno de los cuales tiene su dueño. […] Un alejamiento tan
radical de las pautas normales de comportamiento no podría aparecer,
generación tras generación, en formas tan ampliamente divergentes y poseer,
sin embargo, una uniformidad cada vez que sucede, si no estuviera basado
sobre algunas bases congénitas adquiridas como respuesta a alguna disposición
heredada.[B]

Howard explicaba este sentido de posesión territorial a partir del hecho de que, si
los pájaros hacían sus nidos muy cerca uno de otro, tenían que volar distancias muy
largas para encontrar su alimento, lo que pondría en peligro sus crías,
extremadamente sensibles al frío.[7] Por esta razón, los pájaros defienden su espacio
con mucha agresividad: los cantos son una de las formas que los machos utilizan para
proclamar sus derechos sobre un territorio y para advertir a otros machos que deben
mantenerse alejados. Howard llegó a la conclusión de que el comportamiento
territorial de los pájaros era “instintivo”, es decir, “depende de condiciones biológicas
puras, y de ningún modo está determinado por una experiencia consciente”.[8]
Investigaciones posteriores confirmaron los hallazgos de Howard. Se descubrió
que el sentido de posesión territorial era prácticamente universal entre los animales,
desde los protozoos más primitivos hasta los primates más avanzados.[9] Ernest
Beaglehole, en un estudio sobre la propiedad, dedicó todo un capítulo a analizar el
comportamiento posesivo de los insectos.[10] Así, por ejemplo, las libélulas atacan a
otras libélulas si se acercan a las áreas en donde están sus huevos.[11] Una conducta
similar se observó en los animales marinos: un pez conocido como pez espinoso de
columna vertebral trífida defiende ferozmente el territorio de su cría.[12] Ejemplos
como estos se pueden multiplicar ad infinitum. Los animales a menudo marcan
espacios que consideran suyos mediante mecanismos ópticos, acústicos u olorosos,
solos o en combinación, y los protegen de los intrusos, colectiva o individualmente. A
diferencia de los humanos, sin embargo, cuando son agredidos, defienden su
territorio con una violencia que no pone en peligro la vida de los otros; emiten
señales con su cuerpo y utilizan otras demostraciones de fuerza, incluyendo peleas
que, raramente, llegan a ocasionarles heridas, un hecho que nos hace reflexionar
acerca de por qué a la conducta depravada de los humanos se la denomina “bestial”.
A partir de estos descubrimientos se llega a la importante conclusión de que los
animales requieren un territorio propio no sólo para escaparse de los depredadores y
para garantizar su alimentación y la de su familia, sino para poderse dedicar al acto
mismo de la reproducción:

En la mayoría de las especies territoriales, aunque no en todas, la hembra


no responde sexualmente a un macho que no domine su propiedad. Como

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pauta general de conducta, en las especies territoriales, la competencia entre los
machos, que inicialmente pensábamos se daba por la posesión de la hembra, se
produce, en realidad, por la posesión de la propiedad.[13]

Ya en 1903, un observador irlandés explicó que la presencia constante de una


cantidad de aves de la misma especie en un área dada se debía a que sólo llegan a
procrear aquellos pájaros que logran controlar un territorio en el que pueden
alimentar y criar a su prole.[14] En otras palabras, las restricciones territoriales actúan
como métodos eficientes de control de la población.
Algunos primates reafirman sus derechos exclusivos sobre el espacio al ocuparlo
físicamente o al “sentarse” sobre él.[15] Este comportamiento no se diferencia mucho
del de los humanos, como se aprecia en la etimología de las palabras que denotan
posesión en diferentes lenguas. Así, el verbo alemán para “poseer”, besitzen, y el
sustantivo para “posesión”, besitz reflejan, literalmente, la idea de sentarse sobre algo
o, de forma figurada, asentarse. El verbo polaco posiadac, “poseer”, así como el
sustantivo posiadlosc, “propiedad”, tienen un origen idéntico. La misma raíz se
encuentra en la palabra latina possidere, específicamente, sedere, “sentarse”, de
donde proviene la francesa posséder y la inglesa “to possess”.[16] La palabra “nido”
proviene de una raíz (nisad o nizdo) que significa “sentarse”.[17] Se ha descrito que la
ocupación del trono de un monarca “no es otra cosa que el acto simbólico de sentarse
sobre su reino”.[18]
Las investigaciones etológicas han revelado que, además de darles la oportunidad
de obtener su comida y de criar a sus hijos, la posesión del territorio y la posibilidad
de familiarizarse con sus características es de una importancia vital para la
supervivencia física de los animales:

La ocupación de un territorio particular permite que el animal llegue a


conocer en detalle su entorno y, al mismo tiempo, le permite construir un
inventario de reflejos condicionados en relación con las características del
paisaje y a las posibilidades que le ofrece su entorno (puntos estratégicos,
escondites, etc.) que le facilitan dar respuesta, con rapidez y eficacia, a los
peligros y a las agresiones. Al combinarse con lo que podrían ser ventajas
psicológicas, esto produce el conocido efecto de “jugar en casa”, gracias al cual
los animales más débiles pueden defenderse de sus enemigos más fuertes
cuando se encuentran en el territorio que consideran su hogar.[19]

En muchos casos ha sido posible determinar con bastante precisión el área que
una especie dada requiere para sobrevivir y procrear. Como regla aproximada, los
animales carnívoros necesitan un territorio diez veces mayor que los herbívoros.[20]
Como es de esperar, los animales defienden su territorio con más ferocidad a medida
que se va reduciendo.[21] El hacinamiento condiciona que se comporten de forma

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anormalmente agresiva e, incluso, neurótica. Aunque tengan suficiente comida, la
superpoblación les produce cambios fisiológicos que pueden provocar muertes
masivas.[22]
Uno de los fundadores de la sociobiología, Edward O. Wilson, asegura que casi
todos los vertebrados y la mayoría de los invertebrados más avanzados “conducen sus
vidas de acuerdo con reglas precisas sobre el derecho a la tierra, el espacio y el
dominio”, y mantienen distancias precisas y específicas entre uno y otro.[23] Los
animales sociales, como las hormigas, protegen su territorio celosamente, el
hormiguero, y se ha llegado a afirmar que viven en un estado de guerra permanente.
[24] Otros animales protegen el centro de su territorio con mucha agresividad pero

toleran que los intrusos merodeen por una zona cercana vagamente determinada.
Lorenz, Tinbergen y otros etólogos defienden que las raíces de la agresividad
humana y animal tienen su base en un “instinto territorial”. Este tema ha causado
intensos debates porque implica que la agresividad tiene un origen genético y que,
por lo tanto, no se puede erradicar.[25] Quienes se oponen a este punto de vista en
ocasiones llegan a extremos para desacreditarlo. Mientras que algunos aceptan que el
comportamiento humano es una mezcla de instinto y aprendizaje, otros rechazan
radicalmente el factor biológico: por ejemplo el antropólogo cultural Ashley Montagu
rechaza las teorías de Lorenz y Ardrey, que sostienen que la agresividad es inherente
a los humanos, y no les concede ningún valor.

El hombre es hombre porque no tiene instintos, debido a que todo lo que es


y en lo que se ha convertido lo ha aprendido, lo ha adquirido a través de su
cultura, a partir de lo construido por el hombre en su medio natural, a partir de
otros seres humanos.[26]

Tinbergen previno contra la tendencia a transferir mecánicamente las lecciones


aprendidas del comportamiento animal al comportamiento de los humanos, porque
los seres humanos poseen una inteligencia superior, manifestada en su capacidad para
controlar su entorno y para transmitir el conocimiento. A pesar de esta advertencia,
una sorprendente cantidad de psicólogos y de antropólogos se negaron a hacer
concesiones a la etología y a la sociobiología. Los más tolerantes restaban
importancia a los descubrimientos de estas disciplinas y los clasificaban como
“simplificaciones exageradas”; los más intolerantes, sometían a sus autores al
ostracismo y al insulto. Edward Wilson no sólo fue ultrajado verbalmente sino que
incluso fue agredido físicamente por haber tenido la temeridad de afirmar que la
sociobiología arroja luz sobre el comportamiento humano.[27] Stephen Jay Gould, en
La medida errónea del hombre (The Mismeasure of Man), cuestionó el
“determinismo biológico” a partir de consideraciones políticas, en el sentido de que
tenía que estar equivocado porque es “en esencia, una teoría de los límites”[28], es
decir, como si la visión de lo que el hombre puede y debe ser o puede y debe hacer

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(según los criterios del observador) determinara, de hecho, lo que es y lo que hace.
Gould se detiene en cómo se utilizó el determinismo biológico para fomentar el
racismo, el “fascismo” e incluso el genocidio.[29] Al recurrir a una lógica semejante,
los sociobiólogos podrían acusar a los que proponen el condicionamiento cultural de
que están defendiendo ideas que promueven la ingeniería social y que, por lo tanto,
conducen al comunismo y al gulag de Stalin. Para alguien que no esté personalmente
involucrado en esta controversia, la pregunta relevante no es si la biología puede
utilizarse con fines políticos (como, indudablemente, se puede hacer y se ha hecho)
sino qué nos puede aportar, para el conocimiento de los seres humanos, la
observación de los animales.
Como hemos señalado anteriormente, en relación con las teorías de Franz Boas,
la razón por la cual un núcleo considerable de la comunidad académica se niega a
reconocer la prueba suministrada por la sociobiología tiene que ver, en última
instancia, con la política. Así, un crítico de la sociobiología dice que los puntos de
vista de Lorenz en relación con los orígenes de la agresividad humana se deben
rechazar, no sólo porque son científicamente insensatos sino, además, por sus
“implicaciones políticas”.[30] Constituye un dogma fundamental del liberalismo, del
socialismo y del comunismo la afirmación de que los seres humanos son criaturas
infinitamente maleables; las cuales, mediante la legislación, la educación (y el
adoctrinamiento) pueden purificarse y llegar así a eliminar sus atributos socialmente
indeseables (principalmente el deseo de adquirir, la agresividad) y transformarse en
seres humanos que congenien entre sí y vivan felices entre iguales. La perfectibilidad
del hombre se considera, según un famoso pensador liberal americano, como un
requisito indispensable para la democracia;[31] y esta premisa resulta todavía más
esencial para las ambiciones de los socialistas y de los comunistas. Este punto de
vista es defendible solamente si se considera que el comportamiento humano está
condicionado exclusivamente o casi exclusivamente por el entorno (“la cultura”). Si
se encuentra enraizado en la biología, entonces las posibilidades de alterarlo son,
necesariamente, limitadas. Lo máximo que se puede pretender, en estas condiciones,
es que la educación, el castigo, la crítica social y otros mecanismos semejantes
puedan controlar las formas de conducta social indeseables, asumiendo el riesgo de
que el deseo de adquirir cosas y la agresividad reaparezcan en el instante en que estos
mecanismos coercitivos pierdan fuerza. El asunto, por tanto, es de suma importancia
para todos los que aspiran fundamentalmente a rehacer la sociedad. Explica las
emociones que suscitó la controversia entre si “el hombre nace o se hace” y la razón
por la cual personas que en otras circunstancias eran perfectamente capaces de
observar y de analizar, sin apasionamientos, la evidencia científica, se alteraban de
forma inusual cuando se trataba de un tema relacionado con la naturaleza humana.
Esta experiencia confirma que los seres humanos pueden estudiar cualquier tema y
mantener un distanciamiento científico, siempre y cuando este tema no sea el propio
ser humano. Aunque pongan todo su empeño en mantenerse indiferentes, cuando

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llega el momento de analizar el comportamiento humano, la cuestión se desvía a
cómo dirigirlo hacia actividades constructivas. Y la concepción de cada uno sobre lo
que son “actividades constructivas” afecta invariablemente cómo uno entiende la
motivación humana. Aun en el supuesto de que se tuviera la decisión de analizar el
problema como si se estuviera libre de prejuicios, es decir, utilizando una
terminología científica e, incluso, una formalización matemática, en la práctica el
método utilizado acaba siendo deductivo, en última instancia, y se encuentra
determinado por las preferencias políticas.

2. EL SENTIDO DE POSESIÓN EN LOS NIÑOS


Para demostrar que el deseo de adquirir es resultado de las condiciones culturales se
debería probar que los niños no poseen una conducta posesiva y sólo la adquieren a
medida que crecen, bajo la influencia de los adultos. De hecho, según las pruebas
acumuladas por los psicólogos infantiles, resulta todo lo contrario, es decir, los
pequeños son extremadamente posesivos y aprenden a compartir a medida que crecen
porque se les enseña a hacerlo.
Al igual que en el caso de los animales, las causas principales para el deseo de
adquirir en los humanos son las económicas y las biológicas: la necesidad de un
territorio y de objetos que permitan la subsistencia y la procreación. Toda actividad
humana “se realiza en lugares específicos o en contextos geográficos particulares”
por lo que la “localización” es “uno de los aspectos fundamentales de la sociedad
humana”.[32] Pero también existe un aspecto psicológico sutil relacionado con la
propiedad-posesión que hace que los objetos poseídos se traten como una extensión
de la persona. Ya Hegel había destacado los efectos psicológicos positivos de la
posesión, en su propia terminología: “[E]s solamente a través de la posesión y del
control de la propiedad como el hombre puede incorporar su voluntad a objetos
externos y comenzar a trascender la subjetividad de su existencia inmediata”.[33]
William James escribió unos comentarios muy perspicaces sobre este tema:

El ser empírico de cada uno de nosotros es todo lo que el hombre siente


tentado a llamar con el nombre de mi. Pero está claro que, entre lo que el
hombre llama mi y a lo que simplemente se refiere como mío, existe una línea
difícil de trazar. Sentirnos y actuamos en relación con ciertas cosas que son
nuestras de la misma forma en que sentirnos y actuamos en relación con
nosotros mismos. Nuestra reputación, nuestros niños, el trabajo de nuestras
manos, nos pueden resultar tan queridos corno nuestros cuerpos, y pueden
provocar los mismos sentimientos y los mismos actos de represalia en caso de
ser atacados. En su sentido más amplio posible… el Ser de un hombre es la
suma total de todo lo que PUEDE llamar suyo, no sólo a su cuerpo y a sus
poderes psíquicos, sino a su ropa, su casa, su esposa e hijos, sus ancestros y

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amigos, su reputación y su trabajo, sus tierras y sus caballos y su yate y su
cuenta de banco. Todas estas cosas le proporcionan las mismas emociones. Si
crecen y prosperan, se siente un triunfador; si se reducen y se desvanecen, se
siente desanimado.
Un impulso instintivo nos lleva a la propiedad colectiva, y lo reunido se
convierte, con diferentes grados de intimidad, en partes de nuestro ser
empírico. [E]n cada caso [de pérdida de posesiones] queda una sensación de
que nuestra personalidad se ha encogido, de que una parte de nosotros se ha
convertido en nada.[C]

Se ha señalado que en las principales lenguas europeas —griego, latín, alemán,


inglés, italiano y francés— la “propiedad” se utiliza en dos sentidos relacionados:
aquél que es un atributo para alguien o para una cosa y aquél que pertenece a alguien.
[34] “Propio” y “apropiado” tienen la misma etimología. En otras palabras, el

vocabulario trata las pertenencias corno cualidades definidoras. Ésta es la razón por la
cual todos los esquemas comunistas, desde La República de Platón hasta los
kibbutzim radicales en Israel, se esfuerzan en erradicar la personalidad individual, al
ver en ella un obstáculo para la obtención de la igualdad perfecta. En los comienzos
de la Unión Soviética esta obsesión fue tan grande que algunos ideólogos llegaron a
proponer seriamente que se reemplazaran los nombres propios de los ciudadanos por
cifras o números.[35]
Se debe poner énfasis en la dimensión psicológica de la propiedad porque quienes
se oponen a los derechos de propiedad siempre la ignoran. Por ello el historiador y
socialista inglés Richard Tawney intentó explicar la disposición de las personas
comunes a tolerar las desigualdades y la explotación asociadas con el capitalismo por
el miedo a perder los ahorros que han logrado acumular para tener de reserva en caso
de enfermedades o para su vejez. Estaban mal orientados, según él: “La propiedad es
el instrumento, la seguridad, el fin, y cuando surge alguna alternativa que, en un
futuro, permite que se obtenga lo segundo, en la práctica, la pérdida de confianza, de
libertad, o de independencia no parecen ser causadas por la ausencia de la primera”.
[36] Pero como demuestra la experiencia, apegarse a la propiedad no es sólo una

fuerza negativa, sino también positiva: su fuerza impulsora no es solamente el miedo


a perder sino también la esperanza de ganar. Es la incapacidad de reconocer este
hecho lo que explica el pésimo rendimiento económico de las sociedades que han
abolido la propiedad privada.
La percepción de James ha sido reivindicada por estudios clínicos sobre niños. El
psicólogo infantil inglés D. W. Winnicott ha denominado “objetos transicionales” a
las mantas y los ositos a los que los niños se aferran, y explica que sirven, al mismo
tiempo, como sustitutos de la madre y como objetos que permiten al niño
desprenderse de su dependencia materna y establecer una identidad personal al
reconocer cosas que son externas a él, es decir, “lo que no soy yo”.[37] Los estudios

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sobre el desarrollo de los niños han permitido describir la evolución de los deseos de
adquisición. Dos psicólogos han observado algo que los padres conocen muy bien,
concretamente, que los niños de dieciocho meses presentan dificultades para dormirse
sin su juguete favorito, una manta concreta u otro objeto familiar que los acompañe, y
saben muy bien qué pertenece a quién. A los dos años, “un niño posee la mayor
cantidad de cosas posibles” y manifiesta “un fuerte sentimiento de posesión”,
especialmente con los juguetes. “Es mío” es un estribillo constante. A medida que
crecen, los niños aprenden a compartir, pero el sentimiento de propiedad permanece
con fuerza, al igual que el deseo de acumular. A la edad de nueve años, surge un
marcado interés por tener dinero y una urgencia por tener lo más posible.[38] Esta
prueba respalda el punto de vista de james de que la propiedad estimula el desarrollo
de la personalidad humana. El “esto es mío” de un niño de dos años implica que “esto
no es tuyo”, de lo que se desprende que “yo soy yo” y “tú eres tú”.
Investigaciones llevadas a cabo en los Estados Unidos, a principios de la década
de los treinta, revelaron hasta qué punto los niños en edad de preescolar manifiestan
su agresividad en relación con sus pertenencias. Una psicóloga estudió a cuarenta
niños entre las edades de dieciocho a sesenta meses, durante su tiempo de recreo en la
guardería. Tan pronto como surgía una pelea en algún lugar de la guardería, ella o
uno de sus ayudantes se acercaba, “armados con cronómetros, cuadernos, y demás
parafernalia” para apuntar la naturaleza y duración del desacuerdo. El equipo anotó
alrededor de doscientas peleas. Encontró que en todos los grupos de edad la principal
causa del conflicto eran los desacuerdos en relación con las pertenencias. Sin
embargo, eran más frecuentes en las categorías más jóvenes (de dieciocho a
veintinueve meses), en las que se registraron el 73,5% de las riñas.[39] Estos
resultados sugieren que, en vez de tener una raíz cultural, la conducta adquisitiva es
instintiva y se atenúa por la influencia cultural.
Ahora bien, es imaginable que los niños que se crían en sociedades que le dan
gran prioridad a los bienes materiales aprendan de sus mayores el comportamiento
posesivo. Sin embargo, estudios de niños criados en comunidades colectivizadas
arrojan un patrón similar. En su innovador trabajo sobre los kibbutzim de Israel,
Melford Spiro encontró los mismos impulsos adquisitivos y la misma envidia por la
posesión entre los niños que vivían en el kibutz que entre los niños que se educaban
en un entorno capitalista. Al crecer en guarderías comunitarias, reclamaban como
propiedad objetos tales como pinturas y toallas y sabían perfectamente qué quiere
decir “esto es mío”. “[E]xisten pruebas suficientes, en todos ellos, pero
fundamentalmente entre los más pequeños, de que los niños en edad preescolar [entre
dos y cuatro años] sí perciben ciertos objetos como su propiedad”. En la escuela
primaria “son muy enérgicos a la hora de reclamar sus derechos de propiedad.
Algunos sienten envidia de las pertenencias de los otros”. Sólo cuando crecen, bajo la
influencia de la ideología colectivista, comienzan a negar la necesidad de las
posesiones privadas. A partir de esto, el autor llega a la conclusión de que:

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El niño no es una tabula rasa que, dependiendo de su entorno cultural, está
dispuesto a aceptar, de igual modo, los acuerdos en relación con la propiedad
privada o colectiva. Por el contrario, los datos sugieren que las primeras
motivaciones de los niños van dirigidas, con gran fuerza, hacia la propiedad
privada, una inclinación de la que se lo aparta, sólo gradualmente, a partir de
técnicas culturales efectivas.[40]

Lita Furby, que también ha estudiado el comportamiento de los niños en la


comunidad kibutz descubrió que, a pesar de la indiferencia que los adultos mostraban
hacia la propiedad privada, crecía en ellos un fuerte espíritu adquisitivo que era
reprimido socialmente. Se decidió a realizar este estudio porque tenía la impresión de
que no existía todavía, en la década de los setenta, “ningún trabajo sistemático, ni
empírico ni teórico sobre la psicología de la posesión, esto es, sobre los orígenes y
desarrollo del sentido de posesión del individuo”.[41] Al tratar de cubrir este vacío,
descubrió que el espíritu adquisitivo (o instinto) surgía a edades muy tempranas
incluso en un entorno que le fuera abiertamente hostil: los niños criados en
comunidades kibutzim manifestaban el mismo deseo de adquirir que los americanos
criados en una cultura que estimula el materialismo. Sus investigaciones corroboran
el peso que le da James Williams a la estrecha asociación que existe entre la posesión
y el sentido del ser, así como al efecto que tienen las propiedades al acentuar el
sentimiento de competencia: “Las primeras nociones sobre lo que es posesión se
centraron en qué controlo yo y qué responde a mis acciones”.[42] Los niños utilizan el
pronombre “mío” muy pronto y cuando son capaces de formar frases con dos
palabras, uno de los primeros conceptos que expresan se relaciona con la posesión
(por ejemplo, “silla papá”).[43] Bruno Bettelheim observó, para su sorpresa, que
aunque era posible, con el tiempo, inculcar a los niños de los kibutzim la indiferencia
hacia las pertenencias privadas, esto se lograba a un alto precio. Los israelíes que
crecieron así en un ambiente espartano poseían un sentido de lealtad excepcional
hacia el grupo y se convertían en excelentes soldados, pero les resultaba difícil
comprometerse emocionalmente con otras personas, ya fuera en términos de amistad
o amorosos.

La emoción compartida exclusivamente con otra persona es una señal de


egoísmo, igual que el sentimiento hacia las pertenencias privadas. Fue en el
kibutz donde me di cuenta de hasta qué punto la propiedad privada, en lo más
profundo de la mente, se relaciona con las emociones privadas. Si una está
ausente, la otra tiende a ausentarse también.[D]

Los jóvenes de los kibutzim admitieron que no se atrevían a escribir poesía o a


pintar, porque estas actividades se consideraban “egoístas” y se consideraban una
vergüenza por el grupo.[44]

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Los estudios empíricos han demostrado además que, para desarrollarse
normalmente, los niños, al igual que los animales, necesitan un espacio privado
determinado. “[L]a demarcación territorial es necesaria para [su] el desarrollo
completo de su salud psíquica.” “La falta de territorio en los niños conlleva una
regresión”.[45] Al igual que los animales, los niños también establecen distancias bien
precisas entre sus amigos, conocidos y entre personas extrañas y estas distancias
difieren en cierta medida entre los niños y las niñas.[46] Asimismo, se rodean con
“burbujas” espaciales invisibles, de las que se atribuyen la propiedad exclusiva.
Cuando crecen, los seres humanos de culturas diversas mantienen entre ellos
distancias establecidas por la costumbre y reaccionan con violencia cuando se invade
su espacio personal.[E] Todo el concepto de privacidad se deriva del hecho de que
podemos retirarnos, en parte o absolutamente, hacia nuestro propio espacio: la
capacidad de poderse aislar es un aspecto importante de la propiedad privada. Donde
no existe la propiedad, no se respeta la privacidad.[F] Hemos señalado la insistencia
de los escritores utópicos, comenzando con Tomás Moro, en que miembros de sus
comunidades ficticias se interrelacionaran y actuaran de común acuerdo. Los nazis y
los comunistas hicieron todo lo posible para destruir la privacidad del hogar y lograr
que las personas mantuvieran un contacto social constante. Cuando trataban con
marginados políticos, llegaban a los extremos de despojarlos de su privacidad. En su
extrema determinación para deshumanizar totalmente a sus víctimas, los nazis les
robaban su espacio personal, amontonando a los reclusos de los campos de
concentración de tal forma que no podían evitar tocarse unos a otros cuando dormían
en las literas repletas de personas. Un hacinamiento parecido se impuso
deliberadamente en los campos de concentración de Stalin.

3. LA POSESIÓN ENTRE LOS PUEBLOS PRIMITIVOS


Como hemos señalado en el capítulo anterior, la creencia de la existencia de una
Edad de Oro, en que la humanidad disponía de todos los bienes en común, es tan
antigua como la historia misma. Ha proporcionado el apoyo psicológico a los
argumentos teóricos que mantienen que la propiedad es algo antinatural. Y, sin
embargo, éste es un dogma de fe que no está avalado por la antropología moderna.
Por el contrario, los antropólogos han llegado a la conclusión de que nunca existió
una sociedad tan primitiva que no reconociera algunas formas de propiedad.[47]

La propiedad es un rasgo universal de la cultura humana. La tierra en la que


el grupo social vive, de la que extrae su sustento, en la que las bestias vagan
libres y los animales pastan mansamente, los árboles y las cosechas, las casas
que los hombres construyen, las ropas que se ponen, las canciones que cantan,
las danzas que bailan, los conjuros que formulan, todas estas cosas y muchas
más son objetos de la propiedad. Cualquier cosa de la que los hombres

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dependan para el mantenimiento de la vida, o cualquier cosa que valoren,
tienden a considerarla dentro del ámbito de la propiedad. Por esta razón la
propiedad es tan omnipresente como el hombre, una parte de la estructura
básica de la sociedad.[48]

El hecho de que todas las sociedades condenen y castiguen el robo, al menos


dentro de su propias comunidades, da fe de su respeto por la propiedad.[G] De hecho,
los códigos legales antiguos que se han encontrado daban la misma importancia a las
agresiones físicas que a los asuntos relacionados con la propiedad y con las
violaciones de la propiedad. Esto es cierto en relación con el Código de Hammurabi
(hacia el 1750 a. C.), que dedica muchos de sus artículos al robo de bienes y esclavos,
a la posesión de la tierra, al ganado vacuno y bovino, a las inversiones y a las deudas.
Dos de las tres tablas que se conservaron con el código de la ley asiria, que datan del
1100 a. C., se refieren a la ley de la tierra y a otras formas de posesión: gran parte de
la que se dedica a la mujer se refiere a los derechos de propiedad y a las
reclamaciones. El código romano de las Doce Tablas (siglo V a. C.) trata temas tales
como las deudas, el robo y la herencia: el derecho del dueño a disponer de su
propiedad se garantiza con firmeza. El “comunismo primitivo” resulta entonces un
mito, igual que es un mito la noción de que el sentido de posesión se inculca
socialmente. A pesar de ello, la mayoría de los manuales de antropología no
mencionan la propiedad o, en el mejor de los casos, lo hacen sólo de pasada.[H]
La creencia de la existencia del comunismo primitivo, que todavía abunda en la
literatura académica, no se basa en pruebas concretas sustentadas por la historia y por
la antropología sino en una deducción lógica a partir de la sociología evolutiva, una
teoría que ahora ya está desacreditada y que surgió a mitad del siglo XIX bajo la
influencia del libro El origen de las especies (Origin of Species), de Darwin. Darwin
planteó que los fenómenos biológicos experimentaban un flujo constante,
“evolucionando” de las formas más simples a las más complejas, de acuerdo con
pautas identificables de progresión y regulados por el principio de la selección
natural. Esta teoría se aplicó rápidamente a la sociología. La escuela evolucionista de
la sociología supuso que, al igual que las criaturas vivientes, las instituciones
experimentaban un desarrollo, de las formas más primitivas a las más avanzadas: por
lo tanto, no se podía decir que algo “es” porque todo estaba siempre evolucionando.
De este modo se mantuvo que la historia de la humanidad reflejaba unas pautas en su
evolución, desde la caza y la recolección hasta el pastoreo del ganado, lo que fue
seguido por la agricultura y culminó con la industria.

Desde los tiempos clásicos se ha reconocido la enorme trascendencia de los


diferentes modos de vida y muy pronto se consideró que cada uno de ellos
estaba dotado de una capacidad de desarrollo económico, es decir, se consideró
a cada uno como “etapas económicas”. En el siglo XIX cuando, por primera

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vez, se estudiaron con profundidad las economías de los pueblos primitivos y
sus arcaicas etapas económicas, se empleó un análisis basado, de una forma
muy poco crítica, en las ideas de la evolución lineal, que a su vez habían
pasado acríticamente de la biología a la cultura humana. Se sugería que, en
todas partes, el hombre había comenzado siendo un cazador, más tarde había
aprendido a domesticar algunos de sus animales de caza y se convirtió en
pastor y, al final, llegó a la etapa de la agricultura. Apenas se señalaron
distinciones entre las muchas y diversas formas de recolectar los alimentos, o
entre la extracción rudimentaria de las raíces y el cultivo avanzado de los
cereales con el arado. Tampoco se adujeron razones sólidas para suponer que
en todas partes el pastoreo precedió al cultivo. Por último, y casi
unánimemente, prescindieron del concepto de difusión cultural y no se
reconoció el papel que jugó en los cambios de los patrones económicos de
grandes zonas. Las ideas de la evolución y el progreso que dominaron el
pensamiento científico y social produjeron un “hombre” vago y abstracto que
vivía en cualquier lugar, que tenía siempre la tendencia de luchar por alcanzar
una etapa superior. Las personas no viven en etapas económicas. Poseen
economías; y repetimos, no encontramos economías únicas y exclusivas sino
sus combinaciones.[49]

La evidencia antropológica e histórica indica que pueden coexistir economías


diferentes y que, de hecho, coexisten, aun cuando una prevalezca sobre la otra. De
este modo, entre las tribus germánicas antiguas la principal ocupación era el pastoreo
de ganado, y se dedicaban a la agricultura como una actividad auxiliar, de la cual se
encargaban las mujeres. Los hombres comenzaron a ocuparse de los cultivos cuando
el arado, que requería una fuerza física mayor, reemplazó la azada tradicional.[50]
En la Rusia medieval dependían principalmente de la agricultura, pero también
pescaban, cazaban y ponían trampas; más tarde, además de la agricultura,
desarrollaron las industrias locales.
Se creía que esta imaginaria progresión evolutiva de una “etapa” económica a
otra había estado acompañada por la aparición de la propiedad, supuestamente
desconocida en la fase “salvaje” más primitiva de la humanidad, cuando todas las
cosas eran propiedad común. En la sucinta frase de Robert Lowie, dado que la
influencia de la propiedad “era fuerte en las civilizaciones industriales… los
evolucionistas menos sofisticados supusieron con naturalidad que en la etapa más
temprana de la civilización había sido nula”.[51] La opinión que prevalece hoy
mantiene que

[…] el llamado sistema de tierra colectiva, en casi todas las etapas primitivas,
ha sido más bien un sistema familiar, ni más colectivo ni más socialista que una
propiedad familiar no dividida como las que observamos en la actualidad; que

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no ha existido ninguna secuencia definitiva ni universal en el cambio de formas
de la posesión de la tierra; que desde las primeras etapas, al menos del hombre
agricultor, han existido diferentes sistemas de tierra con dueños individuales,
familiares o tribales; y, si ha predominado alguna, ha sido la posesión familiar.
[52]

Lo más que se ha podido determinar es que, en las sociedades primitivas, las


reclamaciones sobre territorio provienen de la ocupación de una res nullius y las de
los bienes muebles, de la aplicación del trabajo: más o menos de la forma en que los
teóricos clásicos como Locke imaginaron que apareció la propiedad privada.[53]
La propiedad entre los pueblos primitivos adquiere dos formas: de parentesco
(tribal o familiar) e individual. Los grupos de parentesco comúnmente controlan la
tierra en la que sus miembros se reúnen, cazan, pescan o, con menor frecuencia,
cultivan y excluyen a los que no son miembros del grupo. La propiedad individual
incluye los efectos personales (ropas, armas, herramientas) así como bienes
intangibles como las canciones, los mitos, las oraciones, los conjuros, etcétera.
Comencemos por los efectos personales. Existe un acuerdo general entre los
antropólogos de que las personas en todas partes consideran la ropa, los ornamentos,
las armas, etc., como una propiedad privada indiscutible de la que el poseedor puede
disponer según su voluntad.[54] Esto sucede porque estas pertenencias, generalmente
hechas a mano por su dueño, se consideran como extensiones de su persona: “la
propiedad personal es considerada, por los nativos, como una parte del ser, de alguna
forma añadida, asimilada o apartada del ser […] algo del espíritu de la propia vida del
individuo se integra a lo que él ha tomado y manipulado”.[55] Entre los maoríes de
Nueva Zelanda, por ejemplo, era costumbre entre los dueños de una propiedad
personal formular un hechizo religioso sobre la propiedad en forma de “tabú” (tapu)
que impidiera que fuera usurpada por otros. En Melanesia, el dueño protegía su
propiedad contra posibles ladrones mediante encantamientos que pudieran causarles
alguna enfermedad.[56] Esas pertenencias personales generalmente se quemaban o se
enterraban con el difunto. En muchas sociedades primitivas, la vivienda también se
considera como una propiedad privada incuestionable, generalmente asignada a los
herederos femeninos, porque fueron ellos, posiblemente, los que la construyeron.
En relación con el status de las esposas en las sociedades primitivas, algunos
antropólogos las consideran como propiedad personal de sus esposos, porque pueden
ser vendidas o utilizadas como avales.[57] La castidad prematrimonial de las mujeres
y la fidelidad de la esposa, en los lugares en los que se exigía, también se han
interpretado como expresiones del “tabú de la propiedad”.[I] Pero también existe el
fenómeno conocido como “hospitalidad de la esposa”, la costumbre que tenían los
hombres primitivos de compartir sus esposas con los visitantes, sin que se tomaran en
cuenta los deseos de la mujer, lo que es otra muestra de las formas en que se proyecta
la propiedad.[J] Generalmente, las viudas son consideradas como una parte de los

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bienes del difunto;[58] por ello, en algunas sociedades, las matan y las entierran o
incineran junto al marido.
Los hombres primitivos afirman sus derechos sobre la propiedad personal, no
sólo en relación con los objetos materiales, sino también sobre lo que podríamos
considerar como propiedad intelectual, es decir, sobre las canciones, las leyendas, las
pinturas y los conjuros mágicos, los cuales se creía que perdían su efectividad si otros
los aprendían, a no ser que se les transfirieran adecuadamente mediante un regalo o
por medio de la venta.[K] Estos bienes inmateriales se protegían mediante
convenciones sociales complejas.[59] Robert Lowie plantea que los pueblos primitivos
conocían las prácticas afines al derecho de autor y las leyes de patentes.[60] Un
ejemplo de lo segundo es que ciertas familias de África oriental guardaron
celosamente el secreto de cómo se trabajaba el hierro.[61] Cuando nos referimos a los
objetos impersonales, específicamente a la tierra, es mucho más fácil describir qué es
lo que la gente piensa de este tipo de propiedad que relatar cómo se comportan ante
ella. En una sociedad occidental moderna, por razones tales como los impuestos o por
el hecho de tener una cultura comercial altamente desarrollada, casi todo tiene un
dueño, ya sea un gobierno, una sociedad, una asociación o un individuo; en otras
palabras, casi todo, con excepción de la propia vida, es una mercancía. Pero este no
es el caso en las sociedades premodernas. Para que surja la propiedad deben darse dos
condiciones: que un objeto sea deseado y se encuentre disponible en cantidades
limitadas. Como es obvio, la gente no se molestará en reclamar y defender objetos
que nadie desea o que existen en abundancia. Cuando la población mundial no era
más que una pequeña fracción de lo que es ahora y se encontraba muy dispersa, se
suponía tácitamente que la tierra y sus productos pertenecían a aquellos que vivían en
ella y la propiedad se hacía valer sólo cuando peligraba físicamente. (Se puede saber
hasta qué punto estaban diseminados los seres humanos en los tiempos prehistóricos
por el hecho de que la población total de Inglaterra durante la era paleolítica —desde
c. 750 000 a. C. en adelante— se estima en unas 250 personas, y la de Francia en
unas 10 000.)[62] No se habían creado los conceptos de “posesión” y “propiedad”,
porque no habían sido necesarios, puesto que uno de sus rasgos esenciales (el derecho
de excluir a otros) se convierte en algo operativo sólo cuando hay mucha población y
la escasez de recursos genera competencia. Se cree que esto ocurre, en el caso de las
economías predominantemente agrícolas, cuando la densidad de la población rural
llega a la cifra de unas 75 a 150 personas por kilómetro cuadrado, lo que indica que
existe un cultivo intensivo.[63]
La práctica de establecer títulos sobre las propiedades y considerarlos así como
unos activos es reversible si cesan de ser escasas o deseables. Por este motivo, la
mecanización de las granjas que comenzó después de la Primera Guerra Mundial y la
decisión del Arma de Caballería de los Estados Unidos de suspender sus compras
condujo a una caída estrepitosa en los precios de los caballos e hizo que en las
grandes llanuras no fuera rentable hacer cumplir los títulos de propiedad sobre ellos,

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y como resultado se dejaron libres muchos caballos que se quedaron sin dueños.[64]
Las aguas que no contienen peces pueden perder valor; lo mismo sucede con las
tierras cultivadas que se convierten en desiertos.
Cuanto mejor se conocen las costumbres de las sociedades primitivas, más
evidente se hace su tenacidad por mantener sus derechos exclusivos sobre cualquier
cosa de la que dependiera su subsistencia. Ellos “casi nunca se alejan de sus regiones
porque en los lugares que no conocen no pueden depender del intercambio recíproco
de alimentos y, o no saben dónde crecen los alimentos silvestres o no se les permite
recolectarlos”.[65] Lo que nos recuerda las ventajas que los animales consiguen
cuando permanecen cerca de su territorio conocido.
El beneficio económico no es la única razón por la que el hombre primitivo
defiende su hogar y no se decide a aventurarse fuera de él. Su apego tiene sus raíces
tanto en las creencias religiosas como en la psicología.
Los pueblos primitivos mantienen un vínculo totémico con sus ancestros y creen
que abandonar la tierra en la que sus antepasados vivieron impedirá la comunicación
con ellos.[66] En muchas sociedades, como la de los antiguos griegos y la china, los
muertos no se enterraban en los cementerios sino en la tierra en la que habían
cultivado, lo que establecía un vínculo místico entre los ancestros y sus
descendientes. Fustel de Coulanges le otorgaba una importancia tan grande a este
vínculo que veía en él la fuente original para reclamar los derechos de propiedad. Al
referirse a la aparición de la propiedad sobre la tierra en la Grecia antigua, su
discípulo, Paul Guiraud, escribió:

Si los griegos soñaron con apoderarse de la tierra, fue porque tenían que
comer y vestirse; si tuvieron éxito en apropiarse de ella, fue porque eran lo
suficientemente fuertes como para tomar posesión de ella; si la convirtieron en
un bien patrimonial y hereditario fue debido a que los ancestros de la familia
necesitaban tener, cerca de la casa de sus descendientes, un espacio permanente
que no les fuera arrebatado nunca, en el que pudieran descansar por toda la
eternidad, en el que pudieran ser siempre venerados y en el que pudieran
permanecer siempre unidos a ellos.[67]

El apego emocional al lugar en el que uno nace, llamado “nostalgia” o “morriña”,


no es una característica que se adquiere ni es algo que se aprende.[68] Jomo Kenyatta,
el primer presidente después de la independencia de Kenya, quien además había
cursado estudios de antropología, al recordar su juventud en la tribu Gikuyu,
confirma indirectamente los puntos de vista de Fustel de Coulanges sobre los
antiguos griegos al describir la actitud de su pueblo hacia la tierra:

Al estudiar la organización tribal Gikuyu es necesario considerar la


tenencia de la tierra como el factor más importante en la vida social, política,

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religiosa y económica de la tribu. La comunión con los espíritus ancestrales se
realiza a través del contacto con la tierra en la que están enterrados los
ancestros de la tribu. Los gikuyus consideran la tierra como la “madre” de la
tribu, porque la madre lleva su carga durante ocho o nueve lunas mientras el
niño está en su útero, y después, durante un período corto, cuando lo está
amamantando. Pero es la tierra la que alimenta al niño durante toda su vida; y,
de nuevo, después de la muerte, es la tierra la que cuida durante toda la
eternidad los espíritus de los muertos. Por lo que la tierra es más sagrada que
cualquier otra cosa que habite en ella o sobre ella.[69]

Vínculos emocionales como estos explican por qué los pueblos primitivos no
consideran la tierra como una mercancía, esto es, como algo que puede ser enajenado.
Un geógrafo canadiense, al referirse a lo difícil que resulta a los occidentales
entender la actitud hacia la tierra de los inuits (esquimales), escribe:

La forma en que estas personas entendían su relación con la tierra se basaba


en que sentían que pertenecían a ella y no que la tierra les pertenecía a ellos. La
cosmología tradicional no compartía con el pensamiento occidental la clara
diferencia sujeto-objeto entre el hombre y la naturaleza, mantenían la creencia
de que la naturaleza es una materia inanimada que el hombre no puede dominar
o controlar. La tierra servía como casa y sustento pero no podía reducirse a una
posesión individual y no podía ser enajenada.[70]

Por estas razones, los pueblos primitivos no comercian con la tierra: el bantú
africano, por citar sólo un ejemplo entre muchos posibles, nunca la vende.[L] Ya que
el libre derecho de enajenar pertenencias es para los occidentales modernos uno de
los atributos principales de la propiedad, ésta puede ser otra razón que explique por
qué tienen dificultad en reconocer la existencia de la propiedad privada de la tierra en
los no europeos.[M] Las reclamaciones sobre la propiedad que realizan estos últimos
son más de tipo negativo que positivo: el énfasis recae más bien en excluir a los otros
y no en afirmar el derecho de uno a poder disponer de todo. Mientras que para el
hombre moderno poseer la tierra, de acuerdo con la ley romana, implica que tiene la
libertad de venderla a otros, para el hombre primitivo significa solamente que tiene el
derecho de mantener a los demás apartados de ella. La situación del hombre primitivo
en este caso no es diferente de la de los animales: “La importancia fundamental del
territorio [para los pájaros] no radica en el mecanismo (defensa manifiesta) por el
cual el territorio llega a identificarse con su ocupante, sino en el grado en que, de
hecho, es utilizado exclusivamente por su ocupante”.[71]
El apego emocional a la tierra natal resulta muy fuerte incluso en el hombre
moderno. Su manifestación más dramática fue el regreso del pueblo judío a su tierra
natal en Israel, después de más de dos mil años de diáspora, un caso único en la

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historia universal. Otro ejemplo es el regreso a sus tierras de origen de un grupo de
pequeñas naciones que fueron deportadas por Stalin en 1944 por una supuesta
colaboración con los invasores alemanes (los chechenos, los ingush, los balkar, los
kalmycks y los tártaros de Crimea).[72]
A través de la historia, los pueblos que no han tenido una patria propia han sido
despreciados. La mejor forma de ilustrar este hecho es la actitud tradicional de los
cristianos hacia los judíos. Después de que los gobernantes del Imperio romano
adoptaron el cristianismo en el siglo IV, una parte sustancial de la población judía
rehusó convertirse a la nueva fe y fue objeto de la misma persecución que los
cristianos habían sufrido anteriormente a manos de los romanos. A partir del siglo IV,
los teólogos cristianos describían a los judíos como un pueblo maldito, condenado a
un sufrimiento eterno. Como “prueba” de la desaprobación y del castigo de Dios por
su supuesta responsabilidad en la crucifixión de Jesús, señalaron que los judíos no
tenían un hogar propio ya que su templo había sido destruido por los romanos y
habían sido dispersados:

Casi todos los Padres de la Iglesia del siglo IV decían lo mismo, desde San
Efrén hasta San Jerónimo, desde San Juan Crisóstomo hasta San Agustín. En el
gran tratado agustiniano La ciudad de Dios podemos leer: “Pero los judíos que
lo negaron […] después fueron miserablemente despojados por los romanos y
fueron dispersados por toda la faz de la tierra”.[73]

Este mito (que no es más que un mito, porque la dispersión de los judíos de
Palestina había comenzado siglos antes del nacimiento de Jesús)[74] se hundió en las
raíces más profundas en la conciencia cristiana, y reaparece, una y otra vez, como una
prueba supuestamente concluyente de que los judíos son una nación de parias
condenada a un sufrimiento eterno.
A continuación expondremos un ejemplo de esta mentalidad. Ha sido extraído de
la crónica rusa que explica cómo el Gran Príncipe Vladimir, de Kiev, cuando buscaba
una religión para su pueblo rechazó el judaísmo tal y como le ofrecieron los
conversos de Khazar esa fe:

Entonces el príncipe les preguntó [a los judíos khazars] dónde se


encontraba su tierra natal y ellos le contestaron que estaba en Jerusalén.
Cuando Vladimir inquirió dónde estaba Jerusalén, ellos respondieron: “Dios
estaba molesto con nuestros antepasados y nos dispersó entre los gentiles por
nuestros pecados. Entonces nuestra tierra se la entregó a los cristianos”. El
príncipe entonces requirió, “¿cómo piensan que podéis enseñar a otros si habéis
sido expulsados y dispersados por el mundo por la mano de Dios? Si Dios os
amara y amara vuestra fe, no andaríais dispersos por tierras extranjeras”.[75]

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Esta noción continúa teniendo una importancia significativa en la hostilidad que
muchos cristianos sienten hacia el Estado de Israel, una hostilidad muy
desconcertante para los judíos, puesto que el regreso de los judíos a su patria puede
interpretarse como la absolución de su culpa por el martirio de Jesús.
Y, finalmente, existe la dimensión psicológica de la propiedad. Los pueblos
primitivos parece que obtienen de la propiedad el mismo sentido de bienestar y
logran estimular la competencia de igual forma que el hombre occidental. Los
estudios que se han hecho del muy primitivo pueblo Negrito en el sudeste asiático
demuestran que no sólo tienen un elevado sentido de la propiedad sino que reciben
gratificaciones psíquicas a partir de los objetos que poseen. “Las bases psicológicas
de la propiedad privada’ entre estas personas “provienen de una conciencia de la
individualidad claramente desarrollada, la cual está vinculada con la conciencia del
logro personal”.[76]
Se ha sugerido que el hecho de que la humanidad moderna haya provocado que
desaparezcan muchos territorios es la causa de muchos problemas sociales, puesto
que la ausencia de un vínculo con la tierra disminuye el sentido de dignidad y de
responsabilidad entre la gente.[77] El novelista ruso del siglo XIX Gleb Uspenskii ha
escrito elocuentemente sobre el efecto devastador que tuvo para el campesino ruso
perder el contacto con la tierra.[78] El desalojo violento y masivo de sus tierras, al que
Stalin sometió a los campesinos rusos, puede haber sido la experiencia más
traumática en la historia del pueblo ruso, y sus efectos se sentirán durante muchas
generaciones.

4. SOCIEDADES DE CAZADORES Y RECOLECTORES


Cazar y recolectar es una forma de subsistencia que ha caracterizado, quizá, casi al
noventa y nueve por ciento del pasado de la humanidad. Una estimación más
prudente sostiene que, de los ochenta mil millones de personas que han habitado la
tierra hasta el presente, más de un noventa por ciento se ha mantenido mediante la
caza y la recolección, esto es, una forma de subsistencia que no difiere de la de los
animales en su entorno (“Durante quince millones de años los miembros de una
familia humana buscaron sus alimentos como animales entre animales”).[79] Se
considera que sólo un seis por ciento se dedicó a la agricultura y el cuatro por ciento
restante a actividades industriales.[80]
A menos que cuenten con más espacio del necesario, los cazadores y recolectores
protegen sus territorios con mucho celo, porque dependen totalmente de él para su
supervivencia. Es costumbre entre esos grupos, generalmente organizados en familias
muy amplias, permitir que sean sólo sus parientes los que exploten las tierras en las
que buscan sus alimentos. Aunque ocasionalmente se podía dar permiso a los
extraños, se perseguía y mataba a los que entraban sin autorización.[81] La ferocidad
con la que las tribus primitivas defendían su territorio ha sido comparada con la

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ferocidad de otros mamíferos.[82] Un estudio realizado por Frank G. Speck, publicado
durante la Primera Guerra Mundial, sobre grupos de indios que habitaban el norte y
nordeste de los Estados Unidos y Canadá expresa su desacuerdo con la opinión de
Lewis Morgan y sus seguidores acerca de que los cazadores indios no imponían
derechos exclusivos en sus territorios. Speck descubrió que

[…] [t]odo el territorio reclamado por cada tribu estaba subdividido en


extensiones de tierra que habían pertenecido a las mismas familias desde
tiempos inmemoriales y que se transmitían de generación en generación. Los
límites de estos territorios se conocían con una gran precisión, y así eran
reconocidos; y traspasarlos, lo que sucedía en muy pocas ocasiones, era
severamente castigado.[N]

Investigaciones posteriores han revelado un hecho interesante sobre los indios del
nordeste de América, y es que, a partir de la llegada de los europeos que buscaban
pieles de castor, su territorio adquirió un valor mayor. Hasta ese momento, los
castores abundaban tanto que, en la práctica, no tenían ningún valor y por tanto nadie
reclamaba derechos de propiedad sobre ellos. En cuanto los comerciantes blancos
estuvieron dispuestos a pagar por las pieles de los castores, los indios establecieron
líneas divisorias que definían sus derechos territoriales.[83] Los esquimales caribús,
por el contrario, no establecen límites territoriales para el caribú, su alimento
principal, porque estos animales pastan en extensiones de tierra demasiado grandes
que hacen imposible el establecimiento de límites.[84] Los indios de las llanuras
sudoccidentales tampoco exigían derechos territoriales, en parte porque los animales
que cazaban no tenían valor comercial y en parte porque también pastaban en
terrenos muy extensos, lo que impedía que se establecieran esos derechos.[85]
Los cazadores y recolectores, junto con los pastores, a menudo manifiestan
interés, no tanto en la tierra sino en los objetos que crecen en ella, tales como los
árboles frutales o aquellos de los que pueden extraer veneno para sus flechas o que
puedan servir como hogar para sus abejas.[86] De este modo, las tribus primitivas
consideran que un árbol y su producto (por ejemplo, el olivo o el cacao) pertenecen a
quien lo siembra y cultiva, sin tener en cuenta quién trabaja la tierra en la que se
encuentra el árbol.[Ñ] Entre los habitantes de Sierra Popoluca, en México, por
ejemplo, tradicionalmente los árboles tenían dueño, pero no la tierra en la que
crecían. La propiedad sobre la tierra comenzó sólo cuando se introdujo la cultura del
café, que requirió de un cultivo intensivo.[O]
Una persona que visitara Asia central antes de la década de los treinta, cuando su
población nómada fue obligada a asentarse, podía haber llegado a la conclusión de
que estos nómadas no reconocían la propiedad de los pastos porque durante los meses
del verano pastoreaban sus rebaños sin tener en cuenta los límites. Una investigación
más profunda revelaría que, una vez que se desplazaban a los pastizales de invierno,

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los clanes de Asia central exigían derechos de propiedad estrictos: debido a su
escasez “los terrenos de invierno [se consideraban] como posesiones territoriales”.[87]
De igual forma, los cazadores y recolectores bosquimanos de África, en general, no
exigían derechos territoriales, y sólo reclamaban como propios algunos lugares
valiosos, como los pozos.[88]
Es muy posible que este ejercicio selectivo de derechos exclusivos, determinado
por la escasez y el deseo, junto con la no disposición para vender la tierra fue lo que
confundió a los primeros exploradores y antropólogos occidentales, acostumbrados a
que todo tenía un soberano o un dueño, razón por la cual llegaron a la conclusión de
que los pueblos primitivos consideraban la tierra como una propiedad común.
Todavía confunde a algunos antropólogos modernos que, al darse cuenta de que los
pueblos primitivos a menudo se interesan solamente por el producto de la tierra y no
por la propia tierra, concluyen que desconocen la verdadera propiedad.[89] La
moderna distinción propiedad/usufructo no se utiliza en las sociedades premodernas.
Tampoco la dicotomía comunismo/propiedad privada, porque el hombre primitivo
puede compartir algunos objetos y sin embargo exigir un derecho exclusivo sobre
otros.[90] Por eso es costumbre entre los cazadores primitivos compartir su presa,
porque generalmente se caza en grupo y porque no saben qué hacer con lo que les
sobra; la mayoría de las sociedades primitivas tienen reglas precisas para dividir la
presa.[P] Sin embargo, las frutas y verduras, y la caza menor, recogidas en su mayoría
por las mujeres, son consideradas propiedad familiar y no se comparten, a no ser en
emergencias.[91]

5. LA APARICIÓN DE LA PROPIEDAD SOBRE LA TIERRA


Hemos demostrado la universalidad de las relaciones de propiedad a través de la
historia en todas las sociedades, incluyendo las más primitivas. En esta
generalización, sin embargo, hemos hecho una excepción fundamental: la tierra.
Hasta hace muy poco, la tierra y sus productos fueron el recurso más importante con
el que la humanidad contaba para su sustento. Incluso en Occidente, donde el
comercio comenzó a tener una importante función económica desde finales de la
Edad Media, al igual que la industria, a partir del siglo XVIII, la tierra seguía siendo la
base de la riqueza. Pero, como se ha señalado anteriormente, en todas las sociedades
primitivas y, en general, en la mayoría de las sociedades no occidentales, la tierra no
se consideraba como una mercancía y, por lo tanto, no era una propiedad
estrictamente, pues si lo fuera, por definición, se tendría el derecho a disponer de ella.
La tierra estaba considerada, de forma general, exclusivamente como un recurso
susceptible de explotación, pero que no podía ni poseerse ni venderse.
La cuestión que se plantea, entonces, es ¿cuándo y por qué se convirtió la tierra
en una mercancía? Es importante responder esta pregunta porque el concepto

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moderno de propiedad, relacionado con los factores de producción, surgió a partir de
la propiedad sobre la tierra.
La razón más convincente es de tipo económico. Todo parece indicar que la
transformación de la tierra en propiedad tribal, familiar o individual ocurre, ante todo,
como consecuencia del aumento de población que exige métodos de explotación más
racionales y ello se debe a que la explotación no regulada de los recursos naturales
provoca su agotamiento.

Los economistas han estado siempre de acuerdo con la afirmación de que el


acceso libre, y sin el racionamiento que impone el sistema de precios, a
cualquier recurso de propiedad común, como los espacios dedicados a la pesca
y a la caza, conduce a una utilización ineficiente de estos recursos.[92]
Supongamos que la tierra se posee comunalmente. Todas las personas
tienen el derecho de cazar, cultivar o explotar la tierra. Esta forma de propiedad
no permite que se asignen los costes causados por el uso de los derechos a la
propiedad común a la persona que los ejerce. Si la persona pretende explotar al
máximo el valor de sus derechos a la propiedad común, tratará de cazar más y
trabajar más la tierra porque algunos de los costes en los que incurre para
lograr esto recaen sobre los otros. Las reservas de la caza y la riqueza del suelo
disminuirán con mucha rapidez. Si una sola persona posee la tierra tratará de
explotar al máximo su valor actual teniendo en cuenta las alternativas futuras
de beneficios y costes y seleccionando aquélla con la que considera que podrá
obtener el máximo valor actual de sus exclusivos derechos de propiedad sobre
la tierra. […] De hecho, el dueño de un derecho exclusivo a usar la tierra actúa
como un especulador cuya riqueza depende de lo bien que analice las
posibilidades que le ofrece la explotación presente de su propiedad frente a su
utilización futura, dos alternativas que compiten entre sí. Pero con los derechos
colectivos no existe tal especulador, y los derechos de la generación actual
tendrán un peso excesivo e ineficiente a la hora de determinar la intensidad con
la que se trabaja la tierra. [L]a propiedad privada de la tierra hace recaer sobre
el propietario muchos de los costes externos asociados a la propiedad colectiva,
porque ahora un dueño, en virtud de su poder para excluir a otros,
generalmente podrá contar con hacer suyas las ganancias asociadas a una
explotación eficiente de la caza y al aumento de la fertilidad de su tierra. La
concentración de beneficios y costes en manos de los propietarios genera los
incentivos que permiten utilizar con más eficacia los recursos.[Q]

La ineficacia de la propiedad común se agrava con el denominado fenómeno del


“gorrón”, que reclama su parte de los frutos del trabajo común pero evade sus
obligaciones, esto es un fenómeno que, antes o después, lleva a la imposibilidad de la
empresa no privada. Esto sucedió en Norteamérica durante el siglo XVII, cuando

[Link] - Página 88
fracasaron los intentos de realizar cultivos colectivos y, con excepción de los Estados
en los que existía la esclavitud, dio lugar a la agricultura de pequeños propietarios.
Un ejemplo sorprendente de este hecho lo proporciona la historia de la Compañía
Jamestown de Virginia, la primera colonia británica permanente en Norteamérica. La
compañía inicialmente adoptó el principio comunista que establecía que cada
miembro de la comunidad debía contribuir, en la medida de sus posibilidades, a las
reservas comunes y recibiría, a cambio, lo que necesitara. Debido a que esta política
puso a la colonia al borde del hambre, la Compañía de Virginia renunció a ella y
entregó a cada miembro una extensión de tres acres para que pudiera mantenerse
junto con su familia. El resultado fue que la productividad se multiplicó por diez. En
palabras de un contemporáneo:

Antiguamente, cuando los nuestros se alimentaban de las reservas comunes


y trabajaban conjuntamente en la preparación de la tierra y sembraban el maíz,
feliz era aquel hombre que podía escaparse de su trabajo, mejor dicho, el más
honrado de ellos en cualquier negocio no se hubiese esforzado tanto, en una
semana, como ahora lo hará en un día, ni les importaba el incremento, al
suponer que, independientemente del modo en que su cosecha prosperara, la
reserva general les procuraría sustento, lo que significa que no recolectábamos
tanto maíz, con treinta hombres, como [a partir de ese momento) lo han hecho
tres hombres para su provecho.[R]

Incluso en nuestros días, se sabe que las personas que dependen para su sustento
de recursos que no han sido sometidos a derechos de propiedad o que, por su propia
naturaleza, no pueden ser tratados de esa forma (como, por ejemplo, grandes
cantidades de agua) han logrado acuerdos que hacen máximas sus ganancias al
establecer derechos de propiedad informales.[93] Hemos encontrado pactos de este
tipo entre los indios cazadores de castores en América del Norte, en el siglo XVII. Los
balleneros, en el siglo XIX, establecieron normas que regulaban la propiedad de las
ballenas que se escapaban del arpón.[94] Más recientemente, los pescadores de
langostas en la costa de Maine “prácticamente han creado para ellos derechos de
propiedad extralegales en el medio de la propiedad común que es el océano” al
ponerse de acuerdo para excluir a los intrusos.[95]
El mismo principio también puede aplicarse a la tierra, como ha sido demostrado
por una interesante descripción sobre la aparición de los derechos de propiedad en el
Oeste americano después del descubrimiento del oro.[96] Cuando se encontró oro por
primera vez en California (enero de 1848), la zona estaba a punto de convertirse en
jurisdicción de los Estados Unidos mediante un tratado con México. Durante el
período de transición, toda California era propiedad del gobierno federal. No existían
reglas referidas a la explotación de los recursos minerales en tierras públicas.
Mientras que cientos de buscadores de oro coincidían en las regiones donde había

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oro, California no contaba todavía ni con un gobierno, ni con tribunales de justicia ni
con procedimientos para establecer los derechos de propiedad. No obstante, hubo
pocas discusiones, porque el territorio era extenso y eran pocos los solicitantes. Pero
entre 1849 y 1850, al llegar a California decenas de miles de buscadores de oro, la
situación cambió:

En 1848, la proporción de tierra que le correspondía a los mineros era tan


grande que los derechos sobre las minas tenían un valor relativamente bajo. Si
una zona se llenaba mucho, los mineros, simplemente, se iban hacia zonas más
altas en busca de un nuevo yacimiento de oro. Sin embargo, al llegar una nueva
ola de mineros a California en 1849, los yacimientos de oro se hicieron cada
vez más escasos.[97]

Entonces se convirtió en una práctica común entre los mineros realizar reuniones
en las que, por mayoría de votos, se reconocía formalmente el derecho de los
solicitantes a explotar un número determinado de pies cuadrados. El derecho era
equivalente a un título de propiedad, porque se podía vender. Este episodio
proporciona un ejemplo clásico de cómo la propiedad privada surge mediante
consenso común cuando los objetos deseados comienzan a escasear.
Pruebas de este tipo ponen en duda el juicio aceptado de que todos los derechos
de propiedad proceden de apropiaciones realizadas por la fuerza. Efectivamente, el
propio interés económico racional a menudo interviene para transformar la propiedad
común en privada: “el mercado tiene la tendencia a convertirse en un mecanismo
generador de un comportamiento colaborador, que no se aprecia ni se entiende lo
suficiente”.[98] Por ello, es razonable suponer que en los tiempos prehistóricos
también se tuvieron en cuenta consideraciones de eficiencia económica al imponer
límites a la propiedad de la tierra y a los espacios para la pesca que, previamente,
habían estado al alcance de todos.

6. SOCIEDADES AGRÍCOLAS
Se cree que la transición desde depender principalmente de la caza y la recolección a
hacerlo de la agricultura en Europa, Oriente Medio y América ocurrió en algún
momento alrededor de los años 10 000 a 8000 a. C. Jericó, fundado entre el 7000 y el
9000 a. C. es el primer asentamiento agrícola conocido en el mundo. Se dice que en
Egipto se practicó regularmente la agricultura a partir del 4500 a. C.
La transición fue un proceso complejo que se ha entendido muy vagamente. Con
toda certeza, no fue un “acontecimiento”, como lo percibieron los antropólogos
evolucionistas del siglo XIX que pensaban en términos de una evolución sistemática,
de las etapas más bajas a las más altas. Como se ha señalado anteriormente, sistemas
económicos diferentes pueden coexistir y generalmente lo hacen. Sin embargo, hay

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acontecimientos que provocan que uno u otro sistema llegue a ser dominante,
generalmente como resultado de un exceso de población, que exige formas más
intensivas de utilización de la tierra, o debido a que se agotan las anteriores fuentes
de sustento.[S]
Cazar y recolectar, aunque exige poco esfuerzo, implica un gran despilfarro de la
tierra. Algunas estimaciones (y varían considerablemente) calculan que un grupo
típico de cazadores-recolectores de unos veinticinco individuos necesita, para su
supervivencia, entre mil y tres mil kilómetros cuadrados.[99] En Tasmania, todavía en
1770, entre dos mil y cuatro mil personas cazaban en un área de unos 40 000
kilómetros cuadrados.[100] Un cultivo estable de la tierra puede abastecer a una
población mayor que una economía basada, principal o exclusivamente, en la caza y
la recolección. El hombre de los tiempos preagrícolas requería diez, o más,
kilómetros cuadrados por persona; con la introducción de la agricultura, este requisito
se redujo de uno a cinco kilómetros cuadrados y, con la domesticación de los
animales, disminuyó hasta 0,5 kilómetros cuadrados, o incluso menos, por persona.
[101]
Una teoría que explica el abandono de la caza y la recolección por una agricultura
asentada lo atribuye a que el hombre del paleolítico abusó de la caza.[102] La
extinción de las manadas de grandes herbívoros, muy asociada con la propagación
geográfica de los humanos, se atribuye a la facilidad con la que se podían cazar estos
animales. De este modo, alrededor del año 10 000 a. C., momento en que,
aproximadamente, finalizó el paleolítico y comenzó a utilizarse la agricultura de
forma estable, los nómadas que habían pasado a América desde Asia, unos dos
milenios antes, habían logrado exterminar a los mamuts y a algunas especies de
bisontes. Cuando se acabó con estas especies, los cazadores de grandes animales se
dedicaron a la caza de animales más pequeños y aún más a la agricultura (maíz,
judías, calabaza), que completaban con la caza menor. Investigaciones recientes han
demostrado que la idea de que en América del Norte de la época precolombina existía
una fauna numerosísima es un mito. Los indios llevaron a cabo una matanza
sistemática de alces, venados y otras especies, en un grado tal que, a principios del
siglo XIX los exploradores blancos que iban al Oeste casi nunca se tropezaban con
estos animales. Se dice que ahora hay mas bisontes en el Parque Nacional de
Yellowstone que los que había antes de 1500.[103] Lo mismo puede decirse de otras
partes del mundo. El hombre primitivo tiene tendencia a exterminar los animales
despreocupadamente. Y a destruir los bosques, en la medida en que son físicamente
capaces, sin pensar mucho en el futuro.[104]
La dependencia de la agricultura fortalece el sentido de propiedad.
Las razones por las cuales los pueblos agrícolas se aferran con más tenacidad a
sus tierras que los cazadores-recolectores no son difíciles de rastrear. En primer lugar,
el cultivo de la tierra es un proceso prolongado: los cereales y los vegetales requieren
meses para su maduración, mientras que los olivos y viñedos (las principales

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cosechas en el Mediterráneo, donde se cree que comenzó el tratamiento sistemático
de la agricultura) tardan años. Exigen, por lo tanto, una atención constante: el trabajo
que requieren los cultivos transforma las cosechas en posesiones personales, con
todos los correspondientes efectos psicológicos secundarios. En segundo lugar, las
personas que se ocupan de este tipo de trabajo se establecen en la tierra que cultivan
para poderle brindar la atención que requiere.[T] Por ello, los pueblos agrícolas
marcan sus áreas con objetos naturales (ríos, árboles, rocas, etc.), algo que se hace
con menos frecuencia en el caso de los terrenos para la caza o el pastoreo, en los que
los límites generalmente se conocen y son, en todo caso, menos precisos.[105] Un
complemento constante en la agricultura (como la institución de la propiedad sobre la
tierra) es el ejercicio de la topografía.
Existen pruebas de que se efectuaban mediciones de la tierra en el antiguo Egipto,
así como en Sumeria, Grecia y Roma. No resulta sorprendente, por tanto, que los
estudios de las economías de los pueblos primitivos demuestren que aquellos que
dependían fundamentalmente de la agricultura desarrollaron un sentido de la
propiedad privada más fuerte.[106] Según Jomo Kenyatta, la ley habitual en Gikuyu
permitía que cada familia tuviera derecho a la tierra: “Mientras que toda la tribu
defendía colectivamente los límites de su territorio, cada pulgada de la tierra tenía su
dueño”.[U] La propiedad sobre la tierra agrícola entre los pueblos primitivos, como
regla general, se concedía a los grupos familiares: “[N]o existe el comunismo de la
tierra en relación con todo un territorio, sino que la propiedad común se producía
dentro de límites estrictos de un parentesco real”. No existe prueba de que la tierra
haya sido propiedad común, y la posesión compartida nunca fue más allá de “ciertos
límites marcados por vínculos de sangre”.[107]

7. LA APARICIÓN DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA


Aunque el cambio de la organización social primitiva a una organización como el
Estado es de importancia trascendental, no se ha comprendido bien. Las fuentes
históricas son muy escasas y no logran arrojar suficiente luz sobre este asunto. Para
los antropólogos, durante mucho tiempo, el tema no tenía mucho interés profesional y
preferían concentrarse en las etapas prepolíticas del desarrollo.[V] Para el historiador
de la propiedad privada, sin embargo, el asunto es de una importancia vital, porque
ayuda a esclarecer el antiguo debate sobre si fue la propiedad la que dio lugar al
Estado o, por el contrario, si la propiedad fue creada por el Estado.
Las pruebas antropológicas disponibles sugieren que en las sociedades de
cazadores-recolectores así como en los pueblos que se dedicaban principalmente al
pastoreo, la autoridad pública, a diferencia de la autoridad del grupo de familia, o no
existe o es insignificante. Estas sociedades acostumbran a escoger sus jefes por sus
aptitudes militares y por su carisma. Su autoridad es puramente personal y no se
define con precisión, pueden sustituirse fácilmente. El cacique típico es “el primero

[Link] - Página 92
entre iguales”. No utilizan medios coercitivos y el orden se mantiene por la presión
social. El empleo de procedimientos como estos es suficiente para mantener el orden
en grupos de cazadores que generalmente están compuestos por un número limitado
de individuos, entre veinticinco y cien. Las sociedades de pastores en ocasiones
pueden conceder una autoridad considerable a uno de sus miembros cuando se
trasladan hacia los pastizales, en el verano, lo que exige que el tráfico entre las tribus
sea regulado con precisión, pero esta autoridad sólo se concede en este sentido y sólo
durante un período limitado de tiempo.[108]
La cuestión es por qué y cómo acuerdos tan informales dan lugar a instituciones
dotadas con poderes coercitivos formales.[W] En uno de los primeros estudios
antropológicos dedicados a este asunto, el libro de Robert H. Lowie, El origen del
Estado (The Origin of the State),[109] se sugería la siguiente respuesta: la transición de
la organización “social” o “tribal” a la organización política se produce cuando la
autoridad se hace territorial, esto es, cuando se extiende sobre todos los habitantes de
un área determinada y no exclusivamente sobre aquellas personas unidas por lazos de
sangre. Esta teoría se basa en los descubrimientos de sir Henry Maine quien, en su
libro El Derecho en la Antigüedad (Ancient Law) (1861), sugirió por primera vez que
hubo un momento decisivo en la evolución de la humanidad en el que los vínculos
basados en la consanguinidad fueron sustituidos por los que se fundamentaban en la
contigüidad del territorio:

De hecho, la historia de las ideas políticas comienza con la aceptación, en


las funciones políticas, de que el parentesco de sangre es la única base posible
de comunidad; no ha habido jamás un cambio radical en los sentimientos, un
fenómeno que llamamos enfáticamente revolución, tan sorprendente y total
como el que se produce cuando otro principio alternativo como el de, por
ejemplo, contigüidad local se utiliza por primera vez como base de la acción
política común. [L)a idea de que un grupo de personas debía ejercer sus
derechos políticos en común sencillamente porque daba la casualidad de que
vivían dentro de los mismos límite topográficos era totalmente ajena y
monstruosa para la antigüedad primitiva.[110]

Lewis Morgan, quien asumió la tesis de Maine, definió la transición como el paso
de las societas, en las que los vínculos son personales, a las civitas en las que eran
territoriales.[111] Como resultado de esta evolución, las prácticas informales de los
grupos de parentesco, basadas en la ley privada, fueron reemplazadas por la ley
pública formal. El derecho a la participación y a la consulta para tomar decisiones,
que previamente estaba restringido a los miembros libres de la tribu o del clan, se
extendió a todos los habitantes libres de esa área determinada, y con el tiempo,
cuando la población de esa área creció tanto que resultaba difícil que todos los que
cumplían los requisitos participaran personalmente en el proceso político, se redujo a

[Link] - Página 93
sus representantes electos. La historia política del mundo moderno se ha
caracterizado por cambios constantes que van desde la autoridad informal, ejercida
sobre grupos de parentesco, hasta la autoridad pública, ejercida sobre todos los
habitantes de un territorio dado. Una de sus primeras manifestaciones es que un
tercero (el Estado) elimina la venganza privada al asumir la responsabilidad de
castigar el crimen. Esto sucedía en Babilonia ya en 1750 a. C. y estaba recogido en el
Código de Hammurabi. En la Inglaterra anglosajona, la práctica se estableció
alrededor del año 900 N. E.[112]
Algunos antropólogos contemporáneos, aunque en términos generales aceptan la
tesis de Maine, cuestionan que la distinción parentesco/territorio fuera tan rígida
como él suponía. Existen pruebas de que incluso en las sociedades primitivas
organizadas a través de los lazos sanguíneos se reconocen algunos vínculos
territoriales. En la Inglaterra del siglo XVII, cuando predominaban los vínculos de
parentesco, las personas que vivían unas al lado de las otras se consideraban
familiares, estuvieran o no emparentadas.[113] Por lo tanto, se debe señalar que la
transición no consistió en la sustitución de un sistema por otro, sino en el paso del
principio territorial de una posición subordinada a otra dominante.
Parece que son dos los factores que lo explican. Uno es la guerra. El hombre
primitivo tendía a respetar los derechos territoriales de los otros: si resultaban
vencedores, generalmente no desposeían a los vencidos, sino que los sometían.[114]
Este procedimiento automáticamente introduce una base de autoridad que no está
relacionada con el parentesco, es decir, una base territorial. El segundo, el
crecimiento de la población y las presiones sobre los recursos limitados de la tierra,
conduce a una mezcla de tribus y clanes, que tiene el efecto de que el principio
territorial prevalezca sobre los lazos de parentesco.
Muchos antropólogos todavía defienden la explicación marxista de acuerdo con la
cual la autoridad política surge como un medio para regular las tensiones de clases en
la sociedad tribal y, como consecuencia de la aparición de la propiedad privada,
permite a los que pertenecen a la clase de los propietarios, salvaguardar sus
posesiones y la autoridad que emana de ellas. Pero al igual que sucede con otros
esquemas marxistas, éste construye un lecho de Procrustes en el que los hechos
conocidos no encajan.[115]
En relación con el origen de la organización política, Douglas North ha sugerido
una explicación económica más convincente que la expuesta por Marx. Según su
opinión, el Estado es una organización que, en contrapartida por los ingresos
(impuestos) que recibe, defiende las propiedades y los derechos de sus ciudadanos.
“El Estado intercambia un conjunto de servicios, que llamaremos protección y
justicia, a cambio de ingresos.”[116]

El crecimiento económico tiene lugar si la producción crece más


rápidamente que la población. [E]l crecimiento económico se produce si los

[Link] - Página 94
derechos de propiedad hacen que valga la pena emprender una actividad social
productiva. La creación, especificación y defensa de estos derechos de
propiedad resultan costosos. Al aumentar la posibilidad de que el crecimiento
de los beneficios personales exceda los costes de transacción, se harán
esfuerzos para establecer esos derechos de propiedad. Los sistemas políticos se
ocupan de la protección y ejecución de los derechos de propiedad porque lo
pueden hacer con un coste inferior del que soportarían los grupos voluntarios
privados.[117]

Estas teorías jurídicas y económicas proporcionan la mejor explicación sobre la


aparición del Estado, entre las que se encuentran disponibles en la actualidad.[X]

8. LA PROPIEDAD PRIVADA EN LA ANTIGÜEDAD


La propiedad privada, en el sentido legal de la palabra, surgió con la aparición del
Estado, es decir, al surgir la autoridad pública. Hasta entonces, era una posesión
protegida por la fuerza física o por la ley de la costumbre y legitimada por la herencia
o por el uso prolongado. Las sociedades primitivas reconocían el derecho a ocupar y
cultivar tierras baldías así como a conservar las tierras heredadas del padre. Esta
práctica era habitual en Europa durante la Edad Media. En la Francia feudal no era
costumbre que la gente hablara de propiedad, ya fuera de un terreno o de un cargo,
era incluso menos frecuente entablar pleitos relacionados con pertenencias. En vez de
eso, las partes de una disputa podían reclamar la “prescripción” o seizin (seisin), es
decir, “la posesión reconocida por el transcurso del tiempo”. En litigios de este tipo,
ganaba quien pudiera probar que había ocupado y cosechado la tierra durante más
tiempo que el contrario o, mejor aún, quien probara que la tierra había sido ocupada y
trabajada por sus ancestros.[118]
Las reclamaciones sobre la propiedad basados en la memoria colectiva de una
comunidad apenas se registraron por escrito. Así, aunque existen pruebas aplastantes
que demuestran que los clanes, las familias o, incluso, los individuos, se dedicaron a
la agricultura desde épocas muy remotas, y que se les reconocía la propiedad de la
tierra a partir de la costumbre, no existe documentación sobre este hecho porque no
era necesario documentarlo. Esta situación entorpece la investigación histórica.
Explica por qué, en palabras de Douglas North, “existen muy pocos estudios
históricos serios sobre la evolución de los derechos de propiedad”.[119]
En el antiguo Oriente Medio (Mesopotamia y el Egipto de los faraones), la forma
de gobierno que prevalecía era el régimen “patrimonial”, bajo el cual el gobernante
era el dueño de la tierra y tenía control sobre ella y sobre sus habitantes, y dirigía su
reino como si fuera una gigantesca propiedad real.[Y] La propiedad significaba la
ausencia de interferencia exterior: para decirlo en términos de Weber, el gobernante
patrimonial era regelfrei, es decir, no se sometía ni a reglas ni a restricciones.[120] Esta

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fusión de soberanía y propiedad era muy común fuera de Europa hasta los tiempos
modernos, especialmente en el Oriente Medio. Hasta hace muy poco, se creía que en
la antigua Mesopotamia y en Egipto la tierra pertenecía a los palacios o a los templos.
Esta opinión ha cambiado un poco a partir de investigaciones realizadas en décadas
pasadas que han demostrado que estas dos regiones conocían la propiedad privada de
la tierra.[121] Sin embargo, estas propiedades constituían sólo una parte pequeña de la
tierra cultivable, la mayoría de la cual se encontraba bajo el control del Estado o del
Templo. Además, pertenecían a familias amplias que casi nunca recurrían a la venta.
Uno de los más autorizados expertos rusos en esta materia, teniendo en cuenta que
existían excepciones al monopolio real o sacerdotal sobre la tierra, llegó a la
conclusión de que “la propiedad privada sobre la tierra en el sentido moderno de la
palabra no se conocía en ninguna de las sociedades antiguas, ya fuera en Europa o en
Asia, al menos hasta el último período de la Antigüedad”.[Z] Los súbditos del rey
eran funcionarios, sacerdotes y siervos. La ausencia de derechos políticos y civiles así
como la presencia escasa y marginal de la propiedad privada sobre la tierra es el
rasgo distintivo de los despotismos orientales.
La situación era muy diferente en la antigua Grecia y en Roma, donde por
primera vez surgieron los derechos de propiedad, en el sentido moderno.
La Grecia antigua ocupa un lugar excepcional en la historia de las instituciones en
al menos dos aspectos. Fue la primera democracia en el mundo —ciertamente, el
concepto mismo de “política” se originó allí, el término procede de la palabra griega
que se usa para ciudad, polis: significaba “aquello que concierne a todos” o “aquello
que es público”, en contraste con “privado”, “personal” y “de interés personal”—.
[122]
(Uno de los significados originales de la palabra “idiota”, en griego, era una
persona privada, alguien que no participaba en la vida pública.) Fue en Grecia que
surgió, por primera vez en la historia, el fenómeno de la ciudadanía con su fusión de
derechos y obligaciones. También en la antigua Grecia es donde encontramos la
primera prueba de la existencia de una agricultura trabajada fundamentalmente por
campesinos propietarios independientes, antecesores de los terratenientes ingleses. La
competencia era algo fortuito: tanto los ciudadanos como los propietarios de tierras
garantizaban la exclusión de los intrusos, forjando vínculos de interdependencia entre
ciudadanos que poseían propiedades.
En primer término, la propiedad sobre la tierra.
La antigua Grecia era, prácticamente en su totalidad, una sociedad agrícola, y casi
el noventa por ciento de su población vivía de la tierra. Debido a la escasez de agua
en el Ática, la población rural no vivía en granjas dispersas, sino en asentamientos
compactos agrupados cerca de las fuentes de agua. Dicha población estaba formada
por pequeños agricultores, los cuales, según estimaciones científicas, poseían, por
término medio, cuatro hectáreas (menos de diez acres); las grandes propiedades eran
la excepción. Estos agricultores cultivaban uvas, olivos, higos y cereales (cebada y

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trigo). Las tierras de labranza (kleros), el principal recurso de la nación, no se
consideraban una mercancía. Se transmitían por sucesión hereditaria y casi nunca se
vendían (aunque se podía hacer), porque su posesión estaba vinculada a la libertad
personal y a los derechos de los ciudadanos: un griego (al igual que un romano) que
perdía su tierra se convertía en un proletario.[123] Desde los tiempos de Solón estos
granjeros independientes eran considerados hombres libres (eleutheroí), y estaban
exentos del deber de pagar impuesto o de servir a los aristócratas. Trabajaban para
ellos mismos, y esta independencia económica se convirtió en el sello distintivo de su
libertad. Fueron ellos los que formaron las falanges, columnas de infantería
fuertemente armadas que marcharon a la guerra para defender sus ciudades y sus
campos.
Los historiadores del siglo XIX comprometidos con la teoría del comunismo
primitivo supusieron, sin examinar los datos o interpretándolos a su manera para que
se ajustaran a sus ideas preconcebidas, que los antiguos griegos sólo conocían la
propiedad colectiva de la tierra.[124] Esta teoría fue puesta en cuestión por Fustel de
Coulanges en su libro La ciudad antigua. Investigadores más recientes concuerdan
con Fustel de Coulanges en que ya durante los siglos VIII y VII a. C., en la época de
Homero y de Hesíodo, existía en Grecia la propiedad privada sobre la tierra, es decir,
la poseían individuos y familias. En palabras de Jules Toutain, “si seguimos a
Homero y a Hesíodo, encontramos que toda la propiedad es privada, al menos por lo
que se refiere a la tierra cultivable… [E]n ningún lugar se menciona tierra cultivada
que sea propiedad colectiva”.[125] El historiador angloamericano de la antigüedad sir
Moses Finley también participa de esta opinión:

En los poemas de Homero, el régimen de propiedad, en concreto, ya estaba


totalmente establecido. El régimen que nos presenta en los poemas era, ante
todo, un sistema de propiedad privada. [E]xistía la libertad de disponer de
forma ilimitada y libre de todos los bienes muebles. [L]a transmisión de todo el
patrimonio de una persona mediante la herencia, los bienes muebles e
inmuebles conjuntamente, era algo que se daba por sentado como un
procedimiento normal después de su muerte.[126]

Según Finley, el mundo homérico no conocía “la tenencia feudal de la tierra o


algo a lo que pudiera compararse”.[127] En la antigua Grecia “la propiedad privada
[estaba] reconocida y protegida por el Estado como fundamento de la sociedad” y el
Estado muy pocas veces interfería en el “libre juego de las fuerzas y la iniciativa
económica”.[128] Precisamente porque la propiedad privada prevalecía en la Grecia
clásica, Platón y Aristóteles le dedicaron tanta atención.
La polis o ciudad-Estado se ha descrito como un “sistema de gobierno en el que
los ciudadanos tenían derechos al igual que deberes, regulados por la ley, un sistema
hasta ahora desconocido en la historia de la humanidad”.[129] Era el sistema

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preponderante en casi toda Grecia a finales del siglo VI a. C. Tras las reformas que
realizó Clístenes en aquella época, la población de Atenas se dividió en unidades
territoriales: (sustituyendo las divisiones iniciales basadas en el parentesco) y cada
una de ellas envió representantes al Consejo ateniense. El objetivo de estas reformas
fue romper el poder de los clanes: sentaron las bases de la democracia ateniense. La
polis tenía una estructura normal de Estado, con una autoridad pública permanente
formada por magistrados elegidos anualmente y que generalmente procedían de las
familias aristócratas; el Consejo de los Cuatrocientos que preparaba el orden del día
de la Asamblea, y una Asamblea de todos los ciudadanos (ecclesia) que era la
autoridad legislativa y judicial en última instancia. La polis, que abarcaba un
territorio definido, generalmente rodeada por una muralla, con un templo como
centro, se autogobernaba, hacía sus propias leyes y administraba su propia justicia: al
no depender de ninguna autoridad exterior, era soberana.
Un historiador de la antigüedad encuentra un vínculo directo entre la soberanía de
la ciudad-Estado y la soberanía del dueño y cultivador de la tierra. Desde este punto
de vista, fue la aparición en la antigua Grecia de la propiedad privada de la tierra,
independiente de cualquier obligación externa, lo que dio lugar a la primera
democracia en el mundo:

El ascenso de los agricultores independientes, que eran dueños y trabajaban


sus pequeñas parcelas sin gravámenes, a finales de la era de las Edades Oscuras
[hacia el año 750 a. C.] fue un fenómeno completamente nuevo en la historia.
Su esfuerzo por crear una comunidad más grande de agricultores en igualdad
de condiciones dio como resultado, en mi opinión, un sistema de ciudades-
Estado independientes pero interrelacionadas (poleis) que caracterizaron la
cultura occidental.[130]

En la antigua Grecia, la propiedad de la tierra y la ciudadanía estaban


indisolublemente ligadas, en el sentido de que sólo los ciudadanos podían poseer la
tierra y sólo los propietarios de tierras podían ser ciudadanos: los no ciudadanos
podían dedicarse a las finanzas y al comercio, podían arrendar tierras y minas, pero
no podían poseer bienes raíces. Desde los tiempos de Solón, poseer títulos de
propiedad era un requisito para ocupar altos cargos. Así, en efecto, se estableció un
censo de propiedad para la participación política, un sistema no muy diferente del que
prevaleció en Inglaterra, los Estados Unidos y un buen número de países occidentales
en los siglos XVIII y XIX.
Si añadimos a esta información el hecho de que los ciudadanos atenienses no
pagaban impuestos, pues consideraban a los tributos como un rasgo distintivo de la
pertencencia a un status bajo,[AA] es muy evidente la correlación entre propiedad de
la tierra, ciudadanía y participación democrática.

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Parece ser que la amplia distribución de la propiedad sobre la tierra y el
predominio de una economía libre (laissez-faire) jugaron un importante papel en la
evolución de la democracia ateniense. Además, si en Oriente Medio los artesanos
trabajaban para los reyes, en las ciudades-Estado griegas eran empresarios
independientes. De esta forma, la mayoría de la población, específicamente en
Atenas, tanto si vivían en el campo o en la ciudad, trabajaba por cuenta propia.[131]
Por el contrario, en Esparta, donde la propiedad privada sobre la tierra tenía una
importancia menor, no existía la libertad personal. Los adultos, todos reclutados
como soldados, recibían del Estado asignaciones de tierra de un tamaño bastante
uniforme que cultivaban esclavos (ilotas). Sus derechos de propiedad eran escasos,
porque sólo poseían la tierra condicionalmente: si no lograban explotarla
eficientemente, el Estado se la requisaba para entregarla a alguien más capaz. A los
soldados y a los funcionarios, que representaban la mayoría de los ciudadanos
varones, se les prohibía participar en el comercio o dedicarse a la artesanía.[132] Su
seguridad económica estaba totalmente garantizada por el Estado.
El punto de vista predominante en relación con las condiciones de vida en
Esparta, y que está basado fundamentalmente en la información suministrada por
historiadores de la antigüedad, ha sido cuestionado por una escuela que ha intentado
revisar esta imagen, al sostener que el sistema espartano de tenencia de la tierra se
caracterizaba “principalmente, por la propiedad privada de la tierra que se transmitía
a través de particiones hereditarias y distribuciones desiguales y que podían
enajenarse por donaciones vitalicias, mediante legados y a través del matrimonio con
herede-ras”.[133] Pero parece que esta opinión sólo es compartida por una minoría de
los especialistas en el mundo clásico, la mayoría de los cuales sigue sosteniendo el
punto de vista tradicional. Ni siquiera los partidarios de la visión revisada afirman
que la tierra en Esparta pudiera venderse, un derecho que, para Aristóteles, junto con
el derecho de disponer a través de una donación o regalo, era el criterio para definir la
propiedad.[BB]
Un rasgo muy significativo en la antigua Grecia era la estrecha relación que
existía entre propiedad y libertad política y civil. La amplia distribución de la
propiedad, especialmente sobre la tierra, que era la principal fuente de riqueza
productiva, hizo posible que surgiera en Atenas el primer régimen democrático de la
historia. En el resto del mundo antiguo, el Estado era el dueño de los recursos
económicos y, como resultado de ello, la población terminaba sirviendo al Estado, lo
que le generaba numerosas obligaciones y no le garantizaba ningún derecho.
Cuando los macedonios conquistaron casi todo el Oriente Medio, adoptaron el
modelo oriental, más que el ateniense. Los sucesores del imperio helenístico de
Alejandro Magno conservaron los regímenes patrimoniales en los que la tierra
pertenecía al gobernante. Sus economías estaban minuciosamente reguladas. En
Egipto, el Estado helenístico que se conoce mejor, los Tolomeos construyeron
algunas ciudades a partir del modelo griego, y les entregaron la tierra como donación.

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También hicieron donaciones muy generosas a los templos. En todas partes, la
propiedad privada sobre la tierra se fue estabilizando. Pero en último término, el reino
era el patrimonio del rey-dios: “toda la tierra de Egipto pertenece a Tolomeo como
antes perteneció al Faraón”.[134] El soberano “era el dueño de los bienes de sus
súbditos y era dueño de sus personas. Desde el punto de vista teórico, todo Egipto era
una posesión real, en la que vivían siervos que trabajaban para el rey”.[135] El rey
explotaba directamente parte de sus dominios y arrendaba el resto, pero era el dueño
de todo. Concretamente, las extensas propiedades que pasaron a manos del clero le
pertenecían por el hecho de que él era el representante de los dioses en la tierra, y
estos dominios servían a los dioses. Los sacerdotes simplemente los explotaban en la
medida en que la corona se los permitía.[136] En el Egipto de Tolomeos, los artesanos
no trabajaban para ellos sino para la corte: eran miembros de una extensa red de
monopolios reales que abarcaba tanto la producción como la venta de mercancías.
[137]
La evolución del concepto de propiedad y de la institución de la propiedad en la
antigua Roma es un asunto que ha sido objeto de interminables discusiones
académicas.[138] Un destacado especialista en la historia económica romana afirma
que:

Las leyes de la propiedad privada se habían desarrollado mucho tiempo


atrás, antes del siglo V [a. C.] cuando se elaboraron las Doce Tablas. [L)os
ancestros de los romanos practicaban la agricultura organizadamente un siglo
antes de que se hubieran escrito estas leyes, [por ello] que es muy probable que
el pueblo latino respetara los derechos de propiedad antes de que se
establecieran en las llanuras alrededor de Roma.[139]

Podemos deducir que en Roma la propiedad, concentrada en las manos del cabeza
de familia o pater familias, antecedió al gobierno. El jefe de familia disfrutaba de una
autoridad ilimitada, tanto sobre las personas (esposa, hijos y esclavos) como sobre los
bienes de la casa. Gradualmente, se fue produciendo una diferenciación, y los
miembros libres de la casa se emanciparon de toda sumisión con relación al pater
familias, mientras que los esclavos, el ganado y otros objetos materiales continuaron
siendo de su propiedad absoluta. Tenía propiedad sobre los segundos en virtud del
dominium[140] y, por eso, podía disponer de ellos.
Roma fue el primer Estado en la historia en desarrollar normas legales y
procedimientos que regularan tanto la vida civil como la pública, normas y
procedimientos conocidos por todo el mundo y aplicados por juristas profesionales.
En este aspecto se adelantó a Atenas. En su Derecho, las leyes que regulaban la
propiedad alcanzaron su máximo desarrollo. Este hecho histórico confirma la
afirmación de Jeremy Bentham: “la propiedad y la ley nacen y deben morir juntas.
Antes de las leyes no existía la propiedad; elimínense las leyes y la propiedad

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cesará”.[CC] La razón para relacionar estos dos conceptos es que la propiedad
representa un bien que el dueño reclama a título exclusivo, una reclamación que
requiere ser ejecutada, no por el poder físico o la costumbre social, como sucede con
la simple posesión, sino por la ley. De aquí que “es prácticamente imposible concebir
una sociedad en la que la propiedad privada se reconozca y se autorice pero que no se
proteja por la ley”.[141]
En la antigua Roma, sólo la tierra que se encontraba en la península itálica, la
llamada ager Romanus, podía tenerse como propiedad absoluta (conocida como
propiedad quiritaria) y sólo la podían poseer los ciudadanos romanos. No estaba
sometida al pago de impuestos. La tierra conquistada por los romanos se convertía en
ager publicus y, como tal, sí estaba sujeta al pago de impuestos (a una especie de
tributo): podía arrendarse o colonizarse pero, al ser propiedad estatal, no podía
poseerse en su totalidad. Fuera de Italia, ni siquiera los ciudadanos romanos tenían un
derecho absoluto sobre la tierra y estaban sometidos al pago de un impuesto o
tributum (uno sobre la tierra y otro por persona o de capitación) como una forma de
recordarles que el Estado era quien tenía la última palabra sobre los territorios
conquistados.[142] Aunque en Italia grandes extensiones de tierra cultivada
pertenecían al emperador y a los nobles, la forma predominante de propiedad, al igual
que en Grecia, era la pequeña propiedad, en manos de los pequeños propietarios que
la explotaban personalmente o con la ayuda de esclavos.[DD] En los territorios
conquistados, entre los romanos ricos, era práctica común cultivar grandes latifundios
empleando trabajo esclavo.
La propiedad quiritaria, que abarcaba sólo una pequeña parte de la tierra del
Imperio romano, se correspondía bastante con lo que se entiende por propiedad en la
actualidad: pertenecía personalmente al cabeza de familia, que podía venderla o
legarla.[143] En ese sentido, fue la precursora directa de las leyes y conceptos
modernos sobre la propiedad, un hecho de gran importancia histórica:

Las instituciones del contrato y de la propiedad dejaron una huella profunda


de la influencia romana, incluso en aquellas regiones de Europa que nunca
“recibieron” formalmente todo el peso de la ley romana. Estos conceptos […]
junto con los conceptos éticos del cristianismo son los factores subyacentes de
continuidad y de unificación en la historia de nuestra cultura.[144]

9. LA EUROPA FEUDAL
Las leyes romanas relacionadas con la propiedad privada desaparecieron durante un
largo período de tiempo en la Europa occidental durante lo que se conoció como la
Alta Edad Media, es decir, el período que abarcó seiscientos o setecientos años
después de la caída del Imperio romano. Las tribus germánicas que invadieron y,
finalmente, conquistaron las zonas europeas del imperio, inicialmente impusieron sus

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propias normas “bárbaras”, pero al establecerse y mezclarse con la población local
reemplazaron la jurisdicción personal por la territorial y adoptaron ciertos rasgos de
la ley romana. El resultado fue una síntesis de las normas germánicas y romanas. Al
principio, los recién llegados mostraron poco interés en las leyes relacionadas con la
propiedad privada sobre la tierra porque eran, fundamentalmente, pastores
organizados en clanes. Pero cuando se dedicaron a la agricultura, adoptaron las
prácticas jurídicas romanas basadas en la propiedad privada.[145]
Los sistemas de señorío y sometimiento que dominaron la Europa occidental
aproximadamente entre el 900 y el 1250 N. E. se caracterizaron por una fusión
singular de soberanía y propiedad de las esferas públicas y privadas.[EE] Era singular
en el sentido en que, aunque entre las monarquías patrimoniales del antiguo Oriente
Medio se había impuesto una fusión similar, en Europa se había moderado a partir del
principio de obligación mutua, algo que era totalmente desconocido (de hecho,
inconcebible) para los despotismos orientales.[FF] El señor feudal era, al mismo
tiempo, el terrateniente y el soberano de su vasallo, pero también asumía unas
obligaciones con él. En la ceremonia simbólica de sometimiento, el vasallo prometía
servir fielmente a su señor y el señor, en respuesta, se comprometía a protegerlo. Era,
en palabras de Marc Bloch, una “reciprocidad de obligaciones desiguales”, pero este
elemento de reciprocidad estaba siempre presente: era un verdadero contrato.[146] Si
el señor era incapaz de cumplir su parte del acuerdo, el vasallo no tenía la obligación
de cumplir sus deberes. Las disputas relacionadas con el cumplimiento de las
promesas, por cualquiera de las dos partes, se llevaban algunas veces ante tribunales
del rey, otras ante tribunales formados por vasallos y otras veces se resolvían por un
juicio de armas. La obligación recíproca entre sujetos privados adquirió con el tiempo
una dimensión pública y proporcionó las bases del gobierno constitucional en Europa
y en los países colonizados por los europeos, ya que una Constitución también es un
contrato que explica los derechos y obligaciones mutuas del gobierno y de los
ciudadanos. Un historiador ha interpretado la Carta Magna como “la aplicación del
principio feudal del contrato que los vasallos le exigen a su señor si no consigue
cumplir las obligaciones que tenía con ellos”.[147]
En teoría, bajo el régimen de señores y vasallos, toda la tierra pertenecía al
soberano y todos los demás la utilizaban condicionadamente. Como regla general, las
propiedades eran de un vasallo, que las usaba como un feudo, cuyo título tenía el
señor. Sin embargo, con el tiempo, la tenencia condicionada se convirtió, a través de
una inercia irresistible, en propiedad absoluta. Según la práctica feudal, el señor no
tenía obligación de extender los acuerdos a los que hubiera llegado con uno de sus
vasallos a los descendientes de éste. Sin embargo, tenía todos los incentivos para
hacerlo. Desde el punto de vista del señor, los hijos de un vasallo, si demostraban que
podían cumplir correctamente las obligaciones que su padre tenía con él, eran los
sucesores preferidos, puesto que eran de la familia y conocían sus responsabilidades
mejor que un recién llegado.[148] Por la misma razón, los cargos feudales, que

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originalmente se otorgaban condicionada y temporalmente, con el tiempo se
convirtieron en la propiedad hereditaria de los que los tenían. Ya en los siglos X y XI
era costumbre, en Francia, Inglaterra, Italia y Alemania, que los vasallos heredaran
los feudos.[149] En la Inglaterra normanda, cuyos conquistadores importaron las
costumbres de Normandía, la tierra, desde un principio, podía heredarse, lo mismo
por hombres que por mujeres: en opinión de Maitland, en el libro del registro
catastral de las propiedades de la tierra de Inglaterra, compilado durante la época de
Guillermo el Conquistador (Libro Domesday), probablemente aparecían los términos
“feodum” (tenencia condicionada) y “alodium” (propiedad absoluta) como
equivalentes para referirse a “una propiedad heredable, una propiedad sobre la tierra
tan absoluta como pueda imaginarse”.[GG] Este hecho se confirma por la práctica
utilizada por los arrendatarios principales del rey (sus vasallos directos) de derivar los
nombres de sus familias a partir de los nombres de los lugares en que se encontraban
sus propiedades. Aunque formalmente estos feudos hereditarios no podían
enajenarse, de hecho, ya en el siglo XII la enajenación era algo frecuente.[150] De esta
forma, los feudos evolucionaron imperceptiblemente hacia la propiedad privada. El
redescubrimiento en el siglo XI del Derecho romano con sus definiciones inequívocas
sobre la propiedad privada le proporcionaron a este proceso una autoridad legal.
Un proceso similar ocurrió entre los campesinos, quienes gradualmente
adquirieron derechos hereditarios sobre la tierra que cultivaban.
Los vikingos reconocían la propiedad privada para los hombres y para las
mujeres. Esto se sabe a partir del hecho de que la mayoría de las runas que
sobrevivieron el paso del tiempo fueron utilizadas como títulos de propiedad y
justificación de los derechos de herencia por parte de los individuos y de las familias.
[151]

10. LAS CIUDADES MEDIEVALES


Nada contribuyó más a la aparición de la propiedad privada en Occidente, o a los
derechos asociados con la propiedad, que la aparición, a finales de la Edad Media, de
las comunidades urbanas. Lo que sucedió con la tierra, de una forma pausada e
informal, en las ciudades adoptó formas legales específicas.
La propiedad privada alcanza importancia en una economía comercial, que es el
sustrato de la vida urbana, porque así como es posible poseer y explotar la tierra sin
que estos derechos queden claramente establecidos, o se tenga el derecho de
venderla, tal cosa no puede suceder en el caso de las mercancías o del dinero, que
adquieren sentido económico sólo si se comercian o invierten, y sólo pueden
comerciarse e invertirse si se poseen de manera incuestionable.

Ya que el comercio presupone que los comerciantes posean la propiedad de


lo que están vendiendo, y ya que los intercambios basados en entregas o pagos

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futuros son un aspecto básico de los contratos, la vida urbana casi
inevitablemente le otorga a la propiedad y al contrato el mismo espacio que
ocupan entre las instituciones capitalistas.[HH]

De este modo, si la expansión de la agricultura hizo posible que los derechos de


propiedad se impusieran de forma más estricta que cuando sólo existía la caza y la
recolección, en una economía comercial (e industrial), la propiedad llegó a dominar
por igual las relaciones de los hombres sobre los bienes y entre ellos mismos.
Durante la segunda mitad del primer milenio después de Cristo las ciudades
europeas que en su momento fueron florecientes entraron en decadencia. Las causas
están en discusión, aunque no el hecho en sí. El medievalista belga Henri Pirenne
argumentó que esto ocurrió, no por las invasiones de los bárbaros, como se creía
comúnmente, sino por la conquista del Mediterráneo por los musulmanes en los
siglos VII y VIII, que interrumpió el comercio europeo con el Oriente Próximo.
Algunos historiadores rechazan esta explicación y prefieren encontrar las razones de
la decadencia urbana en los cambios europeos internos. Cualquiera que haya sido la
causa, no se discute que en los cinco o seis siglos que siguieron a la caída de Roma,
las ciudades europeas se convirtieron en fortalezas que protegían a sus residentes de
daños físicos pero apenas ejercían funciones económicas, o sólo realizaban muy
pocas. Sus residentes no tenían derechos ni status social.
Las ciudades comenzaron a revivir en el siglo X y ya en el siglo XI se habían
convertido en prósperos centros comerciales. Venecia y Génova se beneficiaban del
renacido comercio con el Oriente Próximo, mientras que las ciudades flamencas se
hicieron ricas a partir de la exportación de textiles. La prosperidad comercial condujo
al surgimiento de una nueva clase social urbana. Inicialmente compuesta por
vendedores ambulantes y otros integrantes de las clases bajas que no encontraban
espacio en un campo estructurado a partir de normas feudales y centrado en la
agricultura, los nuevos ciudadanos eran personas con recursos cuya riqueza se basaba
en las mercancías, los bienes raíces y el capital. La primera clase media urbana de la
historia[152] constituía una anomalía en un mundo en el que todos tenían obligaciones
con un superior y estaban ligados a la tierra.
Precisamente fue el hecho de que su estilo de vida no encajara en los moldes
feudales lo que permitió a los ciudadanos (en realidad, los obligó) aspirar al
autogobierno. Debido a que la burguesía no pertenecía a la sociedad feudal, que
proporcionaba a sus miembros un mínimo de seguridad en una época turbulenta, le
interesaba fundamentalmente obtener privilegios de los príncipes, los nobles y del
clero, en cuyas tierras vivían, y más concretamente, garantías para sus personas y sus
propiedades. Estos privilegios implicaban el derecho de los ciudadanos a gobernarse
por sí mismos y a administrar su propia justicia, de un modo muy parecido a lo que
había sucedido con los ciudadanos de la antigua polis griega. La capacidad de
administrarse justicia por ellos mismos era especialmente importante para los

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ciudadanos porque, al dedicarse al comercio, con frecuencia firmaban contratos
privados que no podían hacer valer ante ningún tribunal real o feudal. Con el tiempo
se añadieron otros derechos. Si el contrato feudal es la base del constitucionalismo
moderno, los estatutos que los ciudadanos medievales obtuvieron de los señores de la
región se pueden considerar como los fundamentos de los derechos civiles modernos.
[II] Sus mayores éxitos se produjeron en los países que no tenían monarquías

nacionales: Italia, los Países Bajos y Alemania. En Inglaterra, Francia y España los
tuvieron en menor grado.
Algunas veces las ciudades obtenían su libertad rebelándose y otras porque
llegaban a acuerdos con el gobernante local. Durante el siglo XI en Europa occidental
estallaron rebeliones urbanas, a partir de las cuales los ciudadanos, a menudo
apoyados por la corte, obtuvieron concesiones por parte de los señores feudales de la
región. Estas ciudades se convirtieron en concejos con gobierno y justicia propios.
Uno de los primeros pueblos (a finales del siglo X) en adquirir el derecho a
gobernarse a sí mismo fue la ciudad sajona de Magdeburgo; sus leyes, compiladas a
finales del siglo XIII, definían la independencia como “la libertad natural del hombre a
hacer lo que quiera, a menos que esté prohibido por la fuerza o por la ley”.[153] Las
leyes de Magdeburgo sirvieron como modelo para muchas comunidades urbanas de
Europa oriental. A principios del siglo XI, un grupo de ciudades logró derechos
similares en el sur de Italia, y un poco más tarde en Lombardía.
Todos los residentes varonwa de esas comunidades urbanas disfrutaban del
mismo status y del derecho a participar en asambleas municipales, es decir, una
importantísima innovación porque establecía el principio del derecho territorial en
lugar de los derechos que se derivaban del status social. Los residentes de esas
ciudades, sin importar su origen social, eran hombres libres: un siervo fugitivo, que
hubiera logrado residir en una de esas ciudades durante un año y un día, obtenía su
libertad. Los funcionarios eran elegidos por tiempo limitado. De este modo, la noción
de ciudadanía común, que se forjó inicialmente en la Atenas antigua, resurgió en los
enclaves urbanos localizados dentro de una sociedad feudal altamente estratificada. A
esta idea responde la expresión alemana Stadtluft machtfrei (“El aire de la ciudad nos
hace libres”) que marca el inicio de la ciudadanía moderna, una frase que los nazis
imitaron obscenamente con el letrero que colocaron a la entrada de su campo de
concentración en Auschwitz para calmar a las víctimas que iban a ser ejecutadas en
las cámaras de gas: Arbeit machtfrei(“El trabajo nos hace libres”). (Tal como lo
indica su etimología, la palabra “citizen” [ciudadano] proviene del francés cité y
originalmente sólo se aplicaba a los habitantes urbanos.) Se ha afirmado que, si a
principios del siglo XII, en países que se encontraban en la periferia de Europa, la
palabra “ciudadano” se refería a alguien que residía en el territorio de una ciudad, en
la zona central se refería a un miembro de un concejo.[JJ]
Gradualmente, los ciudadanos evolucionaron hacia una especie de “tercer
Estado”, junto con el clero y la nobleza. Y gracias a sus riquezas, los monarcas, que

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siempre necesitaban dinero para sufragar sus guerras, recurrían cada vez más a ellos
para que participaran en las sesiones legislativas: hacia el año 1300, tanto en
Inglaterra como en Francia, los ciudadanos fueron invitados por primera vez a
participar en las sesiones parlamentarias para que emitieran su voto en materias
relativas a los impuestos.
En las ciudades medievales fue donde los bienes raíces adquirieron por primera
vez la característica de una mercancía totalmente libre de cargas. Los propietarios de
las viviendas urbanas, que generalmente se usaban como residencias y como locales
de negocio, poseyeron en su totalidad la tierra sobre la que estaban construidas sus
casas y podían disponer de ella según su voluntad.
Las libertades que finalmente obtuvieron los ciudadanos conforman una lista
impresionante. Pueden clasificarse bajo cuatro apartados: políticas, personales,
económicas y legales.[154]

Libertades políticas
El derecho a autogobernarse.

Libertades personales

1. Libertad para casarse sin pedir permiso.


2. Exención de obligaciones feudales.
3. Libertad para hacer testamento.
4. Libertad de desplazamiento.
5. Emancipación del status de siervo después de residir durante un año y un día
en una ciudad.
6. Libertad de enajenar (es decir, la transmisión de una propiedad a otra
persona).
7. Exención del servicio militar.

Libertades económicas

1. Libertad de alojamiento: si es necesario hospedar al rey y a su séquito, éstos


deben pagar una compensación justa a cambio.
2. Exención de impuestos externos.
3. Derecho a gravar con impuestos a los conciudadanos.
4. Exención de peaje.
5. Derecho a controlar los mercados.

Libertades legales

1. Derecho de los ciudadanos a ser juzgados por magistrados urbanos.

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2. Derecho a un proceso justo.
3. Protección contra arrestos y registros arbitrarios.
4. No tener la imposición de realizar servicios obligatorios.

Así, el comercio, junto con la industria y el capital, que se desarrollaron a partir de él,
creado en medio de una sociedad agraria, basada en derechos y privilegios, disfrutaba
de un oasis de libertad sustentada en los derechos. Por tanto, es difícil estar en
desacuerdo con la idea de que la democracia moderna se originó en los pueblos
medievales y que la libre empresa que engendró estos pueblos es “el medio principal
o único para el progreso de la libertad humana”.[155] Estas instituciones eran únicas
en Europa: “Fuera de Occidente, no había ciudades en el sentido de una comunidad
unitaria”.[156]
Durante los siglos XIV y XV, como resultado del auge del Estado nacional, de los
conflictos sociales urbanos y otros factores (como la introducción de la pólvora, que
inutilizó las murallas como medio de protección de las ciudades) la mayoría de las
ciudades europeas perdieron su autonomía. Los siglos XVI y XVII constituyeron una
era de absolutismo que no toleraba la autorregulación urbana. Pero los ideales
fomentados por las ciudades y las instituciones que crearon se convirtieron en una
parte intrínseca de la tradición política occidental.

11. LOS COMIENZOS DE LA EUROPA MODERNA


Ya en el siglo XVI, se consideraba un axioma en Europa occidental el hecho de que el
rey gobernaba pero eran sus súbditos los que tenían las propiedades, y que la
propiedad real terminaba donde comenzaba la propiedad privada. “La propiedad
pertenece a la familia, la soberanía al príncipe y a sus magistrados”, ése era el
consenso general.[157] La sentencia de Séneca que reza “a los reyes les pertenece el
poder de todas las cosas y a los hombres en particular la propiedad” llegó a
considerarse como una verdad establecida. También era una convención afirmar que
el rey no era el dueño del reino y que no podía disponer de él. Un jurista español del
siglo XV afirmaba: “Al rey sólo se le confía la administración del reino y no el control
sobre las cosas, porque la propiedad y los derechos del Estado son públicos y no
pueden ser el patrimonio personal de nadie”.[158] Jean Bodino, quien en el siglo XVI
formuló el concepto moderno de soberanía, aclaró que la soberanía no implica
propiedad y que los ingresos del príncipe eran inalienables.[159] Estas concepciones se
convirtieron en los fundamentos de la independencia europea debido, especialmente,
a que en el siglo XVII el término “propiedad” llegó a abarcar no solamente las
posesiones físicas de las personas sino también la posesión de sus vidas y de su
libertad. De esta forma quedó automáticamente fuera del alcance de la autoridad
estatal.

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La inviolabilidad de la propiedad se incumplía en ocasiones. Los judíos, que
vivían bajo la protección de los poderes seculares y, por tanto, dependían de ellos,
fueron obligados impunemente a llenar las arcas de los reyes, príncipes, barones así
como las de las ciudades. Las leyes del rey inglés Eduardo el Confesor afirmaban que
“los judíos y sus posesiones pertenecen al rey”.[160] El mismo principio se aplicaba en
Alemania: Rodolfo de Habsburgo declaró en 1286 que los judíos y sus bienes le
pertenecían a él personalmente.[161] Los judíos fueron expulsados de Inglaterra en
1290 después de que el rey se apoderara de sus pertenencias, y de Francia en 1306
bajo circunstancias similares. En 1307, el rey francés confiscó los bienes de la Orden
de los Caballeros Templarios, un sindicato bancario internacional muy próspero. En
1492 los judíos fueron despojados de su bienes y expulsados de España, y cuatro
años más tarde fueron expulsados de Portugal. En 1502, los moriscos sufrieron el
mismo destino en Castilla. En todos estos casos, sin embargo, las víctimas eran
extranjeros u organizaciones internacionales que, generalmente, profesaban una
religión diferente.
Una violación (infrecuente en Europa) de los derechos de la propiedad privada
tuvo lugar en Suecia a finales del siglo XVII. En el siglo precedente la Corona sueca,
que siempre tenía dificultades financieras, había vendido a los nobles grandes
extensiones del dominio real. En 1650 el rey y los campesinos individuales poseían
sólo el veintiocho por ciento de la tierra dedicada a la agricultura en Suecia, y el resto
se encontraba en manos de los nobles.[162] En 1680, Carlos XI, con el apoyo de los
pequeños propietarios y de los contribuyentes, logró que el Rigsdag aprobara una ley
que asegurara la “reducción” de las posesiones de los nobles, lo que condujo a la
confiscación de grandes haciendas. Como resultado de ello, la Corona adquirió
alrededor de un tercio de la tierra del país. Esta nueva riqueza sentó las bases para el
absolutismo real, pero sólo por un corto período de tiempo. Después de la desastrosa
guerra contra Rusia a principios de 1700, las “reducciones” fueron revocadas y la
Corona tuvo que aceptar importantes limitaciones a su autoridad. La mayoría de las
propiedades de las que se había apoderado pasaron finalmente a manos de los
campesinos, y el poder de la monarquía sueca se redujo, prácticamente, a nada.
A los monarcas europeos y a algunos ideólogos del absolutismo real en los siglos
XVII y XVIII les gustaba reclamar la autoridad ilimitada de la Corona, la cual, en
ocasiones, se extendía a las pertenencias de sus súbditos: tanto Jacobo I como Carlos
I de Inglaterra consideraban que podían disponer de las propiedades de sus súbditos,
según su criterio, porque los intereses de la nación así lo autorizaba.[163] En 1666,
Luis XIV, en unas instrucciones dirigidas al Delfín, su hijo mayor, expresó el
siguiente desatinado consejo:

Así que, ante todo, debes estar convencido de que los reyes son señores
absolutos y tienen, por naturaleza, el derecho indiscutible y evidente de
disponer en propiedad de todos los bienes, tanto del clero como de los seglares,

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y de utilizarlos en cualquier momento de la forma en que lo haría un
administrador prudente, es decir, de acuerdo con las necesidades generales del
Estado.[164]

Pero estas atribuciones no tenían sentido. No importa lo que la teoría absolutista


pudo haber afirmado, incluso monarcas tan poderosos como los Borbones no se
atrevían a traspasar los límites de la propiedad de sus súbditos porque el principio de
la propiedad privada estaba tan firmemente afianzado que cualquier ataque a este
principio podía precipitar, con toda seguridad, una reacción violenta o una
revolución. El mejor ejemplo de este hecho fue el destino que tuvo Carlos 1, quien
perdió su trono y su cabeza en un país leal a la monarquía porque se empeñó en
aplicar unos impuestos que sus súbditos consideraron arbitrarios.
En el siglo XVIII ya era común ver en la propiedad, especialmente en la propiedad
sobre la tierra, la garantía principal de la ciudadanía y, como el voto se otorgaba a los
ciudadanos, se restringía a aquellas personas que tuvieran bienes raíces u otros
activos tangibles. La discriminación se justificaba con el argumento de que los
individuos que no tenían propiedades que produjeran ingresos no eran agentes
independientes y, por tanto, podían ser manipulados. Blackstone, en su libro
Comentarios sobre las leyes de Inglaterra (Commentaries on the Laws of England),
que tuvo una gran influencia tanto en Gran Bretaña como en sus colonias americanas,
afirmaba que

[…] la verdadera razón para exigir a los votantes algún título, relacionado con
la propiedad, es excluir a aquellas personas que se encuentran en una situación
tal de pobreza que se considera que no tienen voluntad propia. Si estas
personas pudieran votar, estarían inclinadas a disponer de sus votos a partir de
alguna influencia indebida de cualquier tipo.[165]

Las personas que no tenían propiedades eran, además, consideradas “holgazanes”


y acusadas de carecer de un interés genuino por su país y su gobierno. Al principio,
en las colonias de América del Norte, que generalmente imitaban las prácticas
británicas, el derecho al voto estaba basado en la propiedad de la tierra: “se exigía
casi de la misma manera en la que uno puede reclamar un voto como accionista en
una sociedad anónima”.[166] Así, el sufragio era tratado como otro derecho de
propiedad y como tal se restringía a los propietarios.[KK]
Inglaterra, que tenía el récord más antiguo de elecciones parlamentarias
continuadas, mantenía, desde la Edad Media, un sistema complicado de sufragio,
diferente para los pueblos o distritos y para los condados. Después de 1430, el
derecho político o sufragio (franchise) en los condados se restringía a los hombres
adultos que fueran dueños absolutos de una propiedad que produjera 40 chelines al
año, lo que se consideraba como el mínimo requerido para disfrutar de una

[Link] - Página 109


independencia financiera. En 1710, el Parlamento introdujo requisitos de propiedad
para los miembros de la Cámara de los Comunes; no fueron abolidos hasta 1858. La
ley de reforma parlamentaria de 1832 extendía el voto en los distritos a todos los
habitantes varones que poseyeran o tuvieran en arrendamiento bienes raíces por valor
de 10 libras anuales y en los condados a los agricultores que poseyeran tierras por
valor de 50 libras anuales, y a los arrendatarios de tierras por un valor mínimo de 10
libras al año. La ley de reforma de 1867 amplió el sufragio en las ciudades y la de
1884 lo extendió a la mayoría de los trabajadores agrícolas, pero fue la ley de 1918 la
que abolió todas las exigencias de propiedad para los votantes, reemplazándolas por
simples requisitos de residencia.[167] En las colonias americanas, al igual que en
Inglaterra, los derechos para votar sólo se concedían a los dueños de propiedades. La
mayoría de las colonias rebeldes mantenían los requisitos de propiedad para los
votantes, generalmente en la forma de bienes raíces, aunque algunas permitían que se
sustituyeran por bienes personales. Algunas de las que extendían el sufragio a todos
los que pagaban impuestos establecían requisitos de propiedad para tener un cargo.
Después de obtener su independencia, las trece colonias impusieron requisitos de
propiedad para el sufragio.[168] La lógica que se aplicaba para establecer estos
requisitos era que “aquellos que pagan para mantener al gobierno deben tener el
derecho exclusivo de controlarlo”.[169] Pero también existían razones de más peso
para restringir el sufragio a las personas con propiedades. Estas razones eran
esgrimidas por James Madison: el temor a que “con un sufragio universal y
equitativo” los derechos de propiedad no iban a estar tan efectivamente protegidos
como los derechos de las personas, mientras que el sufragio por los propietarios podía
garantizar ambas cosas.[170] El sufragio censitario en los Estados Unidos, sin
embargo, no era tan restrictivo como el de Gran Bretaña, porque la tierra en América
era mucho más fácil de obtener y, de hecho, a menudo la regalaban, por lo que ya en
1750 la mayoría de los varones blancos poseían tierras.[171] Gradualmente, incluso
estos moderados requisitos dejaron de ser tan estrictos. A mediados del siglo XIX,
todos dejaron de existir: Carolina del Norte en 1856 fue el último Estado que los
eliminó.
Francia, durante su revolución, introdujo requisitos para votar basados en el pago
de impuestos. No eran onerosos: de los 24 a 27 millones de ciudadanos de todas las
edades y de todos los sexos, 4 millones podían votar, lo que implicaba que, al tener
Francia en aquella época seis millones de varones adultos, podían votar sus dos
terceras partes. Aun así, esta norma violaba el espíritu de igualdad proclamado por
los revolucionarios. Después de la Restauración, bajo el reinado de Luis XVIII, el
derecho de sufragio activo se restringió considerablemente, por lo que sólo unos
100 000 ciudadanos podían votar y menos de una quinta parte de esa cantidad
cumplía con los requisitos para ocupar cargos. Durante el reinado de Luis Felipe, la
lista de los posibles electores se incrementó a un cuarto de millón.[172] Marx, no sin
razón, describió el régimen de Luis Felipe como “una simple sociedad anónima para

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la explotación de la riqueza nacional de Francia”, cuyo director era el rey y cuyos
dividendos se distribuían entre los ministros, los diputados y 240 000 votantes.[173]
Fue el dictador Napoleón III quien suprimió todas las restricciones para el sufragio
basadas en la propiedad: la constitución de 1852 amplió el derecho al sufragio a todos
los ciudadanos varones.
La Alemania imperial mantuvo desde 1871 hasta 1914 un sistema peculiar de
sufragio. El Parlamento nacional, el Reichstag, era elegido por todos los ciudadanos
varones mayores de veinticinco años. Sin embargo, el Reichstag sólo podía controlar,
fundamentalmente, el presupuesto para la defensa, que alcanzaba la cifra de un
noventa por ciento del gasto total presupuestado. A partir del principio de que los
impuestos indirectos correspondían al gobierno central y los directos a los Estados
federados y a las entidades locales, los segundos recibían la mayor parte de los
ingresos del país: eran ellos los que asignaban los recursos para la educación,
asistencia social y otros servicios públicos. Los gobiernos locales, sin embargo, no
adoptaron el principio del sufragio universal masculino, y restringieron el derecho al
voto de acuerdo con sus propios criterios, en los que las exigencias de disponer de
una propiedad jugaban un papel importante. En Prusia, por ejemplo, los ciudadanos
más ricos disfrutaban de un voto triple y los que pertenecían a la clase media, de un
voto doble, mientras que los más pobres sólo disponían de un voto.[174]
Otros países europeos (Italia, Dinamarca, Suecia, Bélgica) también impusieron,
en algunos casos, hasta bien entrado el siglo XX, requisitos de propiedad.
Estas restricciones, a pesar de ir contra la ética del espíritu democrático, deben
juzgarse teniendo en cuenta la experiencia del pasado, que explica que los intereses
de propiedad constituyeron la primera barrera eficaz contra el absolutismo y sus
poderes arbitrarios. Del mismo modo que las libertades alcanzadas por la nobleza
feudal y los concejos medievales fueron, originalmente, privilegios exclusivos que
con el tiempo se convirtieron en derechos comunes, así también el sufragio,
inicialmente restringido a los dueños de propiedades se hizo, con el tiempo, universal.
De hecho, sólo los países que inicialmente limitaron el sufragio se desarrollaron
como auténticas democracias: los gobiernos que le confirieron el derecho al voto a
todos los ciudadanos de inmediato casi siempre utilizaron el sufragio universal para
mantenerse en el poder. Un libro reciente sobre la historia del sufragio en América se
titula De la propiedad a la democracia (From Property to Democracy). A la luz de
los hechos históricos debería ser A través de la propiedad hacia la democracia
(Through Property to Democracy).

12. RESUMEN
La visión de conjunto en relación con la aparición y con la evolución de la idea y de
la institución de la propiedad privada ha tratado de demostrar las siguientes
proposiciones:

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El deseo de adquirir es un fenómeno universal, tanto en los animales como en los
seres humanos, en los niños como en los adultos, en los pueblos primitivos y en las
sociedades culturalmente avanzadas. Está enraizado en el instinto de la
autoconservación, pero también posee una dimensión psicológica importante porque
acentúa los sentimientos de competencia y confianza en uno mismo. Sus objetivos
son, en primer lugar, los bienes materiales, pero también tiene un aspecto intangible,
que abarca las ideas, las creaciones artísticas, las invenciones e incluso el propio
espacio que nos rodea. Las exigencias sobre el uso exclusivo son especialmente
acusadas en relación con la tierra, a la cual los seres humanos están ligados por
vínculos místicos. La noción del comunismo primitivo no tiene, de hecho, ninguna
base: es simplemente el mito antiguo (y aparentemente indestructible) de la Edad de
Oro, disfrazada con un lenguaje moderno pseudocientífico. La antropología no
conoce ninguna sociedad en la que no hayan existido los derechos de propiedad: en
palabras de E. A. Hoebel, citadas anteriormente, “la propiedad es tan omnipresente
como el hombre, una parte del tejido básico de toda sociedad”. Lo que quiere decir,
por emplear un término aristotélico, que no es solamente una institución “legal” o
“convencional” sino una institución “natural”. Como tal, no es ya un asunto de moral
(a no ser que sea por sus excesos), como no lo es la mortalidad o cualquier otro
aspecto de la existencia sobre el que los seres humanos tienen, al menos, un mínimo
de control.
Durante más del noventa por ciento de la historia de la humanidad, cuando la caza
y la recolección eran los formas principales de la actividad económica, los derechos
de propiedad se centraban en el control tribal del territorio, que era celosamente
defendido para evitar la presencia de intrusos; las demandas de propiedad individual
se dirigían a las armas, herramientas y otros efectos personales. El ganado se
consideraba siempre como una propiedad, generalmente tribal. Con el cambio
gradual hacia una vida más asentada, centrada en la agricultura, los derechos de
propiedad cambiaron de perspectiva y se atribuyeron a la casa y sus pertenencias. La
autoridad pública (el Estado) fue una consecuencia de estos cambios. Aunque los
orígenes del Estado no están claros y dan pie a muchas controversias, parece ser que
la causa decisiva para su aparición fue la transición de la organización social basada
en el parentesco y en la economía preagraria a la organización basada en el territorio
y en el cultivo de la tierra, forzada, en gran medida, por la presión que ejerció el
crecimiento de la población y el aumento resultante de la competencia por la
obtención de recursos naturales. En las sociedades asentadas, políticamente
organizadas, la propiedad privada ganó en importancia, porque la tierra cultivada
necesita de un cuidado intensivo y continuo. El cambio hacia un control exclusivo de
la tierra es prácticamente imparable tanto por razones económicas como psicológicas:
incluso sucedió en la Europa feudal en la que, en teoría, la propiedad de la mayor
parte de la tierra era condicionada. Una de las funciones fundamentales del Estado es
garantizar la seguridad de la propiedad. Antes de la existencia del Estado sólo existe

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la posesión, un título que el dueño hace valer a partir de una larga tenencia y que está
respaldada por la costumbre y, en última instancia, por la fuerza; en una organización
política, esta responsabilidad la asume la autoridad pública. La transformación de la
posesión en propiedad avanza en todas partes con una fuerza inexorable, debido
fundamentalmente a la institución de la herencia, que se aplica tanto al dueño como al
poseedor, pero que beneficia al último porque tiene el control físico ininterrumpido
de los objetos que están en juego.
La siguiente fase en el desarrollo de la propiedad privada es el resultado del
comercio y del desarrollo de las ciudades. Se puede tener la posesión de la tierra de
diferentes maneras que restringen la duración de la tenencia o que imponen otras
limitaciones sobre ella. Sin embargo, las mercancías que se comercializan, y el dinero
que proporcionan, se consideran, siempre y en todas partes, como propiedad privada.
Al perder importancia la agricultura en relación con el comercio y con la industria, el
dinero asume un papel económico mayor, al igual que la propiedad. El hecho de que
en la Europa de los siglos XVIII y XIX la propiedad privada se elevara a un status de
institución sacrosanta fue un resultado directo del desarrollo económico que habían
producido el comercio y la industria.
La relación de la propiedad privada con las libertades civiles y políticas es el tema
principal de nuestro estudio. La libertad y los derechos que emanan de ella son
posibles solamente con la aparición de la autoridad pública, es decir, del Estado. En
una organización social basada en el parentesco, las relaciones humanas son
informales y el individuo no está en condiciones de llevar a cabo una reclamación
legal para defender sus intereses. Una vez que surge el Estado y su autoridad se
extiende sobre un territorio definido y sobre todos sus habitantes, el individuo puede
reclamar. Un “derecho” ha sido acertadamente definido como “la capacidad de un
hombre de influir sobre los actos de otro a partir, no de su propia fuerza, sino de la
opinión o de la fuerza de la sociedad”.[175] Bajo estas condiciones la propiedad
(donde quiera que le sea permitido aparecer) es protegida por el Estado como un
“derecho”, pero ese mismo derecho de propiedad también protege al individuo del
Estado junto con la ley, su consecuencia se convierte en el medio más eficaz para
limitar el poder del Estado. En los lugares en los que el Estado reclama la propiedad
de todos los recursos productivos, como sucede con las antiguas monarquías
orientales, los individuos o las familias no tienen forma de hacer valer su libertad
porque económicamente dependen totalmente del poder soberano. De hecho, no es
ninguna coincidencia que la propiedad privada sobre la tierra y la democracia
surgieran primero en la antigua Hélade, particularmente en Atenas, una ciudad-
Estado fundada y gobernada por campesinos independientes que constituían la
columna vertebral de su economía y de sus fuerzas armadas. Tampoco fue casualidad
que muchas de las instituciones más importantes de la democracia moderna
desciendan directamente de la comunidad urbana medieval, en donde el comercio y la

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industria dieron lugar a una poderosa clase adinerada que consideraba sus posesiones
como un aspecto de su libertad.
La noción moderna de la libertad y de los derechos evolucionó a partir de estas
experiencias. En la Europa medieval, y especialmente en el siglo XVII, época en que
nacieron las ideas sobre la libertad, la “propiedad” llegó a concebirse como
“propriedad”, la suma total de derechos sobre las posesiones, así como sobre los
derechos personales, que les son concedidos al hombre por la naturaleza, y de los que
no se le puede privar sin su consentimiento, e incluso, no siempre con su
consentimiento (como, por ejemplo, la negación del “derecho” de venderse a uno
mismo como esclavo). La noción de “derechos inalienables”, que ha jugado un papel
cada vez mayor en la práctica y en el pensamiento político de Occidente desde el
siglo XVII, se desprende del derecho a la propiedad, el más elemental de todos los
derechos. Uno de sus aspectos es el principio de que el soberano gobierna pero no
posee y por tanto no puede apropiarse de las pertenencias de sus súbditos o violar sus
derechos personales, esto es, un principio que se convirtió en una poderosa barrera
contra la autoridad política y permitió la evolución, primero, de los derechos civiles
y, después, de los derechos políticos.
El historiador de la antigüedad clásica Moses Finley señala que “es imposible
traducir la palabra ‘libertad’, eleutheria en griego, libertas en latín u ‘hombre libre’ a
cualquier otro idioma antiguo del Oriente Próximo, incluido el hebreo, ni tampoco se
puede traducir a un idioma del Lejano Oriente, por la misma razón”.[LL] ¿Por qué
sucede así? ¿Qué tenían en común la antigua Grecia y la antigua Roma que no
poseían los imperios del Oriente Medio y del Lejano Oriente? Una respuesta posible
es la idea de la libertad. Pero entonces surge la cuestión inmediata: ¿qué había en la
cultura de estos dos países que pudiera provocar la aparición de una idea tan original?
Porque las ideas no se forman en el vacío: al igual que las palabras que las articulan,
se refieren a cosas que son lo suficientemente importantes como para necesitar un
nombre que permita la comunicación.
Se ha sugerido que la idea de la libertad nace a partir de la conciencia de la
existencia de la esclavitud y del contraste que crea entre la persona que es libre y la
que no lo es: se afirma que quien no es esclavo se da cuenta de su status de hombre
libre al compararse con el esclavo. Según las palabras de uno de los defensores de
esta explicación: “Los orígenes de la cultura occidental y de su ideal más apreciado,
la libertad, se fundaron […] no sobre una roca de virtud humana sino sobre el tiempo
degradado en que el hombre aplicó su inhumanidad más vil a otro hombre”.[176] Pero
esta explicación no resulta convincente. Aunque la esclavitud era universal, y se
practicaba ampliamente, incluso por el “buen salvaje”, como el indio americano, el
concepto de libertad personal no surgió en ninguna sociedad esclavista, salvo en
Occidente. En Rusia, por ejemplo, en donde la mayoría de la población había estado
en régimen de servidumbre desde finales del siglo XVI, nadie parecía concebir la
libertad personal en contraste con la servidumbre ni percibían la servidumbre como

[Link] - Página 114


algo antinatural hasta que, bajo el reinado de la emperatriz Catalina la Grande, nacida
en Alemania, se importaron de Occidente los sentimientos abolicionistas.
Lo que genera la idea de la libertad es el sentido de independencia económica y el
del valor personal. Se ha sugerido que los griegos antiguos ya conocían este
sentimiento a partir del pasaje en la Historia de Herodoto en donde se afirma que el
valor con que los atenienses se enfrentaban a los persas se debía al hecho de que ya
no “trabajaban para un amo”.[177] Herodoto quería decir, específicamente, que se
habían liberado de los antojos de los tiranos. Pero el concepto tiene implicaciones que
van más allá de las estrictamente políticas, al definir también a la persona que trabaja
para sí misma, que era independiente económicamente. El tema se refleja en la
oración fúnebre de Pericles, en la cual a cada individuo ateniense se le concede que
está “en posesión de su propia persona… que es autosuficente en las más variadas
formas de actividad”.[178]
Y una autosuficiencia de este tipo sólo es posible en las sociedades que reconocen
la propiedad privada. Es mucho más probable, por tanto, que la idea de libertad haya
surgido del contraste entre el dueño y el no dueño (y esta categoría incluía, en la
Atenas antigua, a todos los no ciudadanos) que del contraste entre el hombre libre y
el esclavo, porque una insuperable barrera psicológica separa a los dos últimos, lo
que hace muy difícil de concebir las comparaciones entre ambos. La fuente original
de independencia económica fue la tierra cultivada de forma privada, que primero
surgió en el antiguo Israel, Grecia y Roma. Finley se adhiere claramente a esta
explicación sobre los orígenes de la libertad en Occidente, aun cuando no la expresa
explícitamente:

Las economías del Oriente Próximo [de la antigüedad] estaban dominadas


por grandes palacios (o complejos de templos) [a los cuales] pertenecían la
mayor parte de la tierra cultivable y, virtualmente, monopolizaban todo lo que
podía llamarse “producción industrial” así como el comercio exterior […] y
organizaban la vida económica, militar, política y religiosa de la sociedad a
partir de una operación de registros única, complicada y burocrática, para la
cual la palabra “racionamiento”, tomada en un sentido muy amplio, es la mejor
descripción que se me ocurre. Nada de esto tuvo importancia para el mundo
grecorromano hasta las conquistas de Alejandro Magno y, después, las de los
romanos [tras haber] incorporado grandes territorios del Oriente Próximo.

No quiero simplificar demasiado. Existían parcelas privadas de tierra en el


Oriente Próximo, trabajadas por propietarios privados; existían artesanos y
vendedores ambulantes “independientes” en los pueblos. Nuestros datos no nos
permiten cuantificarlo, pero no creo que sea posible considerar que estos individuos
constituían el patrón predominante de la economía, mientras que el mundo
grecorromano era de propiedad privada esencialmente y exactamente, ya sea unos

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pocos acres o los enormes dominios de los emperadores y senadores romanos, un
mundo de comercio privado y de industria privada.[179]
El contraste entre el mundo grecorromano de la antigüedad y las monarquías del
Oriente Medio se reprodujo, mutatis mutandis, en la Europa moderna, a partir del
desarrollo divergente tanto de la propiedad como de la libertad en las mitades más
occidentales y más orientales del continente, personificadas por Inglaterra y por
Rusia. Inglaterra fue la primera en desarrollar la propiedad privada y proporcionó al
mundo el modelo de la democracia política, mientras que Rusia, al haber tardado en
aceptar la propiedad privada, e incluso cuando lo hizo en forma irregular, no pudo
crear instituciones capaces de proteger a su pueblo de la autoridad déspota del
Leviatán.

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CAPÍTULO TRES
INGLATERRA Y EL NACIMIENTO
DE LA DEMOCRACIA PARLAMENTARIA

La libertad es inherente a una finalidad, razonable hasta cierto


punto; cada nación ha establecido por sí misma algún aspecto
que prefiere, y que debido a su preminencia se convierte en el
criterio para su felicidad. Como usted sabe, señor, resulta que,
en este país y desde sus inicios, las grandes batallas por la
libertad se produjeron, principalmente, por causa de la
cuestión de los impuestos.
EDMUND BURKE[1]

I nglaterra es la cuna de la democracia parlamentaria y por ello la historia de su


evolución política reviste un interés universal: el historiador del
constitucionalismo A. F. Pollard ha definido el Parlamento como la contribución más
importante de Inglaterra a la civilización.[2] Sus datos históricos son abundantes y la
bibliografía sobre la evolución de su sistema político es de una alta calidad. Inglaterra
es totalmente atípica: de hecho, en muchos aspectos, es única y ha sido siempre
reconocida como tal, tanto por los ingleses como por los extranjeros. Sir John
Fortescue, en sus trabajos escritos en el siglo XV, y sir Thomas Smith, un siglo
después, ya tenían conciencia de la diferencia existente entre Inglaterra y los Estados
continentales contemporáneos. Para que estos puntos de vista no se consideren
chovinistas, debe señalarse que muchos visitantes extranjeros los comparten.
Montesquieu dijo que los ingleses eran el pueblo más libre del mundo porque
limitaban el poder del rey mediante las leyes.[3] Voltaire quedó igualmente
impresionado y describió a los ingleses como “el único pueblo en la Tierra que ha
sido capaz de prescribir límites al poder de los reyes al oponerse a ellos; y el único
que, a partir de unas cuantas batallas, ha podido finalmente establecer un gobierno
sabio, en el que el Príncipe tiene todo el poder para hacer el bien y, al mismo tiempo,
se le impide hacer el mal”.[4]
Inglaterra fue el primer país en el mundo que formó un Estado nacional; también
fue el primero en institucionalizar, antes que ninguna otra nación, las prácticas
democráticas primitivas de las tribus germánicas. Por lo tanto constituye un
laboratorio en el que se pueden estudiar las condiciones en las que la libertad política
y los derechos civiles tienen mejores oportunidades para desarrollarse.

[Link] - Página 117


¿Por qué y cómo pudo el Parlamento, como representante de la población en
general, vencer a la Corona y asegurarle al pueblo los derechos y las libertades que
recibieron la admiración del resto de Europa? La historia constitucional británica
registra los avances del Parlamento desde su origen como un servidor de la Corona
(siglo XI hasta el siglo XV), la transformación en su socio (siglo XVI hasta principios
del XVII) y, finalmente, en su amo (desde 1640 en adelante).[A] En esta evolución, la
distribución de la riqueza entre la Corona y sus súbditos representó un papel decisivo,
dado que la decadencia del poder real vino acompañada de la reducción de las
propiedades reales y de las rentas que se derivaban de ellas. La riqueza de la Corona
inglesa disminuyó porque sus gastos excedieron sus ingresos como resultado de las
guerras, las extravagancias en la corte, una pobre administración del patrimonio real
y la inflación. La disminución de sus ingresos privados forzó a la Corona a depender
cada vez más de los ingresos arancelarios y tributarios.
Este empobrecimiento tuvo consecuencias políticas trascendentales, porque los
derechos de aduana y la mayoría de los impuestos tenían que ser aprobados por el
Parlamento. “La Corona se hizo más y más pobre y cuando se vio obligada a recurrir
al Parlamento tuvo que ceder derechos constitucionales para poder obtener
fondos.”[5] “El umbral en el que los reyes tropezaban repetidamente era el dinero. Le
exigían al pueblo dinero en efectivo, el pueblo les exigía libertades y reformas. Este
es el hilo conductor, si es que existe alguno, que se encuentra presente en toda la
historia parlamentaria inglesa.”[6] De hecho, como sabiamente comentó James
Harrington hace tres siglos y medio, fue el aumento de la riqueza del pueblo y la
dependencia creciente que tenía el rey de ella lo que obligó a la Corona a conceder a
sus súbditos derechos y libertades. Por lo tanto, puede decirse que la evolución
constitucional de Inglaterra marcha al compás de su historia financiera. Proporciona
un ejemplo clásico de cómo la riqueza privada ejerce un control sobre la autoridad
pública.

1. INGLATERRA PRENORMANDA
Al igual que sucedía en todas las regiones del Imperio romano que se hallaban fuera
de la península Itálica, en Inglaterra, bajo el dominio romano, toda la tierra era, en
última instancia, propiedad del emperador: los habitantes cultivaban la tierra en
calidad de arrendatarios imperiales.[7] Por este derecho pagaban una renta a los
funcionarios romanos.
Después de que los romanos se retiraron de Gran Bretaña, a mediados del siglo V,
la isla fue invadida en repetidas ocasiones por tribus de bárbaros anglosajones
procedentes de Schleswig-Holstein y Jutlandia. La unidad social básica de los
invasores era el clan; se establecieron en la isla por clanes que estaban constituidos
por hombres libres y por grandes contingentes de esclavos. La propiedad de la tierra
se distribuyó entre el rey, los titulares privados y las explotaciones públicas o

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comunales; esta última disminuyó a un ritmo constante y finalmente desapareció,
pues fue absorbida por la propiedad real.[8] La tierra de titularidad privada se poseía
como una propiedad indiscutible.
Aunque el lapso de seiscientos años entre la retirada de los romanos de Gran
Bretaña y la conquista normanda se ve comúnmente como un largo intervalo de
anarquía, durante la última parte de este período fue cuando se sentaron las bases para
la aparición de muchas de las futuras instituciones inglesas. En los dos siglos que
precedieron a la conquista normanda, Inglaterra se unificó bajo una monarquía única,
pero no se pretendía que los reyes legislaran sino que mantuvieran las costumbres, un
principio que, por tanto, restringía profundamente su autoridad, porque implicaba que
no podían introducir cambios sin la aprobación explícita de la comunidad,[B] con ello,
se mantenían unas tradiciones que estaban profundamente enraizadas en las
sociedades bárbaras (véase más abajo). Los reyes anglosajones, al igual que otros
gobernantes germánicos, administraban el país con la ayuda de un consejo de sabios
(witena gemot o witan) compuesto por nobles con prestigio y por eclesiásticos.[C] El
consejo, ocasionalmente, elegía a los reyes, legislaba cuando era absolutamente
necesario y recaudaba impuestos.[9] Las decisiones más importantes se sometían a la
aprobación popular de la asamblea general del pueblo (folkmoots), que se reunía dos
veces para servir como tribunal de justicia y para deliberar sobre asuntos públicos en
la medida en que se presentaban. Todos los hombres libres podían asistir. Maitland
llama la atención sobre el hecho de que estas prácticas eran idénticas a las que, según
Tácito, existían entre las tribus germánicas de su época y que sabemos, por la
antropología, que también son comunes entre los pueblos primitivos actuales.[D]
Incluso antes de la conquista normanda, los reyes ingleses no podían legislar ni
establecer impuestos sin el consentimiento de los “grandes” del reino y de la
asamblea general del pueblo.[10] Sin duda alguna, este principio se derivaba de la
convención establecida por las tribus germánicas sobre que “la ley queda en manos
de la comunidad” y el rey gobierna no como el soberano de su pueblo sino como su
representante.[E]
La explicación más aceptable de la razón por la que estas tradiciones germánicas
sobrevivieron mejor en Inglaterra que en el continente es que Inglaterra, al ser una
isla, estaba habitada por una población compacta y estaba físicamente separada de los
pueblos no germánicos del continente europeo, entre los se asentaron las demás tribus
germánicas y cuya influencia sintieron muy pronto.
Un gobierno por consenso puede surgir en diferentes condiciones siempre que la
población políticamente activa sea también económicamente independiente y por
tanto, de cierta manera, sea cosoberana. Lo hemos visto surgir en la Grecia antigua,
entre los pequeños agricultores independientes. Es común entre las sociedades
nómadas que se abastecen a partir de la caza y de la ganadería, porque estas
sociedades, estructuradas a partir de líneas de parentesco, tratan a todos los hombres
adultos miembros de la sociedad como iguales y con igual derecho a participar en las

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decisiones que afectan al grupo. Esto es un rasgo característico de todos los grupos de
parentesco, ya sean las tribus germánicas descritas por Tácito, los indios americanos
o los pueblos africanos.[11] Aunque la tiranía no era desconocida entre las sociedades
primitivas basadas en el parentesco, es típico que su vida política sea participativa.[12]
La unidad básica de organización de los pueblos germánicos que conquistaron
Europa era el clan, compuesto por parientes que presumían descender de un ancestro
común. La autoridad suprema residía en la asamblea de guerreros, presidida por un
líder que no tenía poder para rechazar sus decisiones. La asamblea decidía en
cuestiones relacionadas con la guerra y la paz y repartía la tierra.[13]
Esta fue la situación mientras las tribus y los clanes se dedicaron a una existencia
nómada o seminómada. Pero cuando estos grupos adoptaron la agricultura como
actividad principal y abandonaron la vida nómada, los procedimientos democráticos
practicados dentro del grupo de parentesco adquirieron una dimensión territorial. Esto
no sucedió de un modo abrupto: los invasores germánicos que ocuparon Inglaterra
siguieron, al principio, las leyes de parentesco, pues se asentaron por grupos
emparentados por lazos de sangre.[14] Lo mismo ocurrió con los conquistadores
bárbaros de la Europa continental, quienes, como ya hemos señalado, no aplicaron la
ley romana existente en los territorios que ocupaban, sino sus normas “bárbaras”. Sin
embargo, gradualmente, se fue imponiendo el principio territorial y la ley del grupo
dominante se convirtió en la ley de la tierra.[15] Sólo de este modo se puede explicar
uno cómo salvajes como los jutos, los anglos o los sajones pudieron sentar las bases
de un gobierno representativo en la Inglaterra conquistada.
Esta transición de la organización fundada en el parentesco a la de base territorial
tuvo lugar en Inglaterra a finales del siglo IX, durante el reinado de Alfredo el
Grande, con la introducción de un sistema tributario basado más en los condados que
en las unidades tribales.[F] El historiador del Derecho J. E. A. Jolliffe lo ha
considerado el cambio más profundo y determinante de toda la historia de Inglaterra
porque hizo posible la fusión de diversas comunidades en una nación y en un Estado
nacional.[16] En este momento nació el Estado moderno, es decir, una institución que
reclama la existencia de una autoridad pública sobre todos los habitantes de un
territorio dado. En el caso de Inglaterra, el Estado surgió de una comunidad de
hombres libres, y nunca perdió esta condición.
Durante el período anglosajón, una gran parte de la actividad pública se dedicó a
la propiedad. Hay pruebas de que en la Gran Bretaña prenormanda la propiedad
privada sobre la tierra era la institución predominante y que los dueños tenían todos
los derechos de transmisión o de enajenación.[17] Según Maitland, los primeros
documentos legales ingleses, que se remontan a la época del rey Egberto (hacia el
600 N. E.), trataban de esta cuestión.[18] La asamblea general del pueblo también la
tenía en cuenta, y se dedicaba a resolver disputas relacionadas con la propiedad, así
como a combatir el crimen, incluido el robo.[19]

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Con relación a los impuestos, el principio era (y se mantuvo vigente, al menos en
teoría, hasta mediados del siglo XVII) que los reyes ingleses cubrían los gastos
normales, tanto los privados como los públicos, a partir de los ingresos de sus
dominios privados y de la administración de justicia. Se cree que cuando necesitaban
lograr ingresos adicionales mediante impuestos tenían que obtener el consenso del
witena gemot. Pero esos impuestos eran tan infrecuentes que, prácticamente, no se
sabe nada de ellos.[20]

2. EL PODER NORMANDO
En el momento de la conquista normanda las haciendas de los reyes británicos
estaban en su apogeo.[21] Los conquistadores abolieron las propiedades alodiales: los
antiguos propietarios, si es que se les permitía conservar sus posesiones, se
convertían en arrendatarios reales. La Casa Real normanda no sólo heredó los
terrenos de los reyes anglosajones destituidos sino que también confiscó las
propiedades de los señores que les ofrecieron resistencia, y muchos de estos terrenos
se distribuyeron entre sus arrendatarios.[22] Los arrendatarios del rey tenían que
proporcionarle cuotas fijas de soldados de caballería. Para asegurarse de disponer de
la cantidad necesaria de jinetes ellos, a su vez, concedían propiedades a los
caballeros. De esta forma se forjó la cadena feudal. Pero Guillermo el Conquistador
consideraba que toda la tierra, estuviera en manos seculares o eclesiásticas, le
pertenecía, y que sus arrendatarios la poseían de acuerdo con las normas feudales. Un
arrendatario que incumpliera sus obligaciones tenía que entregar sus tierras a la
Corona.
Al igual que en el caso de los reyes anglosajones, los gobernantes normandos
debían mantener la corte y administrar el país utilizando para ello sus ingresos
privados.[23] Durante los doscientos años posteriores a la conquista normanda, esto
es, hasta mediados del siglo XIII, los reyes ingleses obtenían hasta el sesenta por
ciento de sus ingresos a partir de las rentas que proporcionaba el patrimonio real.[24]
Tales recursos se completaban con la recaudación procedente de distintos derechos
feudales, entre los que sobresalían las instituciones del escheat y de la wardship.[G] El
principio se consolidó en una famosa declaración que hizo Eduardo IV en 1467 a los
Comunes mucho después de que se hubiera convertido en un anacronismo: “Me
propongo vivir con mis propios recursos, y sólo gravar a mis súbditos con impuestos
por causas grandes y urgentes”. Con esto quería decir que, además de los ingresos
aduaneros, viviría de las rentas de la tierra de la Corona y de sus derechos como
monarca feudal, y todos ellos se depositarían en el Tesoro.[25] Los impuestos se
reservaban para las emergencias: en situaciones de este tipo, el rey tenía que
demostrar que existía una necesidad urgente de defender el reino y obtener así el
consentimiento de las personas a quienes se les impondría. En la Carta Magna (1215),
el rey Juan, al regresar derrotado de Francia, reafirmó que no fijaría impuestos sin el

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consentimiento del reino. En 1297, en la Confirmación de Charters, que incluía la
Carta Magna, se reiteró el principio de que el rey no tenía autoridad para establecer
impuestos no basados en sus derechos de señor feudal sin una autorización
parlamentaria expresa.[26] Los historiadores han reconocido que estas concesiones
constituyeron las garantías fundamentales para la seguridad de la propiedad privada
en Inglaterra. Y aunque la Corona, entonces y después, se esforzó, con ingenio, para
subvertir este principio, se mantuvo como el fundamento de la Constitución inglesa:
el rey inglés “nunca tuvo el derecho de recibir ninguna ayuda o financiación
procedente de sus súbditos sin el consentimiento del Parlamento”.[H] Lo que
significaba, en efecto, que, a menos que tuviera suficientes ingresos propios, no podía
gobernar de un modo efectivo sin el consentimiento de sus súbditos. Este principio ya
estaba bien establecido antes de mediados del siglo XIV.[27] Fue este principio y esta
necesidad los que lanzaron a la Cámara de los Comunes a su espectacular carrera.
Lo que nos lleva a la historia del Parlamento. Se ha dicho que es imposible
determinar cuándo surgió esta institución. El sentido actual del término (una
asamblea de representantes con poder para legislar) parece remontarse al reinado de
Enrique III a mediados del siglo XIII. Hasta entonces, la palabra “Parlamento” se
aplicaba con bastante flexibilidad a todo tipo de reuniones (parleys: parlamentos);
hacia el año 1250 fue cuando se comenzó a utilizar para referirse específicamente a
una conferencia convocada por un rey para asuntos de Estado.[28] De esta manera, el
Parlamento emergió de la curia regis, o Consejo Real, de los reyes normandos. Los
arrendatarios del rey estaban obligados a asistir a la corte cada vez que se los
convocara. Inicialmente, su función no era legislar sino emitir opiniones sobre las
normas consuetudinarias y juzgar. Este limitado rango de acción fue el resultado del
punto de vista dominante en la Edad Media que consideraba las leyes como eternas e
inmutables: no se hacían sino que se interpretaban. Esta actitud, sorprendentemente,
sobrevivió muchos años. Antes de la Ley de Reforma de 1832, el Derecho en
Inglaterra no era algo que se “hacía” sino que estaba “ahí”, en la sombra, para
deducirse, cuando fuera requerido, de la costumbre y de la Ley Natural.[29] Debido a
que la asistencia a estas juntas exigía mucho tiempo y dinero, se consideraba un deber
gravoso más que una prerrogativa: en todo caso, no se sabe de ningún señor feudal
que reclamara su derecho a asistir.[30] De todas formas, las normas jurídicas
promulgadas en las primeras etapas del poder normando, aunque no eran muy
frecuentes, se elaboraron y aprobaron con el consejo y consentimiento de los
“grandes”. Guillermo 1, el Conquistador, siguió la tradición anglosajona de no
establecer nuevas leyes o impuestos sin el consentimiento de los hombres “sabios” y
poderosos del reino.[31] El punto crítico en la evolución del Parlamento tuvo lugar a
finales del siglo XIII, cuando la Corona, que estaba muy necesitada de dinero y era
incapaz de obtenerlo a partir de sus propios recursos, invitó a una representación de
caballeros y ciudadanos (burghers) para que asistieran a sesiones especiales del
consejo feudal.[32] Aquí tenían los monarcas una fuente potencial de ingresos rica y

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sin explotar. Hemos señalado que los feudos casi nunca se convertían en posesiones
hereditarias (véase arriba, pág. 145), pero que existían muchas formas a través de las
cuales los arrendatarios podían, con el permiso explícito de su señor o sin él, disponer
de sus tierras.[33] Ya en el siglo XII, los tribunales reales de Inglaterra resolvían
disputas por la propiedad de pequeños y grandes propietarios.[34] Alan Macfarlane ha
probado que la propiedad individual de la tierra tuvo un desarrollo muy temprano en
la Inglaterra feudal.[35] Ha explicado cómo en la época anterior a los Tudor (siglos
XIII y XIV) la propiedad absoluta de la tierra pertenecía no a las familias sino a los
individuos (incluidas las mujeres), que sus dueños eran libres de disponer de ella
según su voluntad, y podían retirar el derecho de herencia a sus hijos, si así lo
decidían, para vendérsela a terceros.[I] La Inglaterra del siglo XIII contaba con
agricultores que consideraban la tierra que labraban como una mercancía. Macfarlane
concluye que

[…] la propiedad [en Inglaterra] estaba, hacia finales del siglo XIII, altamente
individualizada y, posiblemente, incluso antes de esa fecha. La poseían los
individuos y no grandes grupos; se podía comprar y vender; los niños no tenían
derechos automáticos sobre la tierra; no hay ninguna prueba de que existieran
vínculos familiares con respecto a una particular extensión de tierra.[36]

La aparición de un mercado de la tierra se produjo principalmente entre los


agricultores porque para los nobles la posesión de la tierra era el “sello” de su status
aristocrático que no estaban dispuestos a comerciar por dinero.[J] La desaparición de
la servidumbre (villanaje) en la Inglaterra de finales de la Edad Media acentuó la
propiedad privada, porque los antiguos siervos, que ahora eran hombres libres,
podían poseer un título. Según Tawney, en los siglos XIV y XV los arrendatarios de los
señores feudales se convirtieron en campesinos acomodados; muchos cultivadores
poseían la tierra en vez de arrendarla.[37] Aquí había una potencial fuente de ingresos
que la Corona difícilmente podía ignorar, especialmente porque venía acompañada
del crecimiento de los pueblos y de la aparición de una clase social formada por
comerciantes.
Uno de los primeros ejemplos de la asistencia de plebeyos al Parlamento tuvo
lugar en 1265 durante un enfrentamiento entre los nobles y Enrique III. Simon de
Montfort, que dirigió la resistencia contra la Corona, mandó a detener al rey y
después pidió que cada condado y distrito enviaran dos representantes a Westminster.
Aunque su rebelión fue aplastada, se introdujo un principio novedoso y se sentó un
precedente.[38] A partir de ese momento se citaba habitualmente a representantes de
los burgos y de los condados para que dieran su parecer sobre las leyes y para que
votaran los fondos para la Corona. Como resultado de esto, el papel del Parlamento
se incrementó notablemente. En 1295 y 1296, la Corona convocó el primero de los
que llegarían a conocerse como Parlamentos “modelos”. (Un acontecimiento similar

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ocurrió al mismo tiempo en Francia.) La innovación que se introdujo aquí consistía
en que los participantes no se representaban a sí mismos sino a sus electores. Bajo el
reinado de Eduardo III (1327-1377), el Tesoro se negó a entregar dinero al rey a
menos que cumpliera ciertas condiciones: una de ellas era que sus ministros se
responsabilizaran ante el Parlamento y otra le exigía que se informara al Parlamento
del uso que se había dado a los fondos recibidos.[39] Estas demandas no se
convirtieron en prácticas constitucionales hasta muchos siglos después, pero son un
indicador de las crecientes aspiraciones del Parlamento.
De esta forma los Parlamentos se convirtieron en una parte integral del sistema de
gobierno, pero todavía se convocaban ad hoc y no regularmente; cada Parlamento era
nuevo y requería sus propias elecciones. Así, Inglaterra no tenía un “Parlamento”
sino sólo “Parlamentos” específicos. La regla que exigía que los Parlamentos se
reunieran continuamente no se adoptó hasta principios del siglo XVIII: hasta ese
momento, se convocaban cada vez que el gobierno necesitaba dinero.
A comienzos del siglo XIV los Parlamentos exigieron, y obtuvieron, voz en la
elaboración de normas jurídicas. En el siglo XV se aceptó que para que una ley entrara
a formar parte del Derecho escrito tenía que ser aprobada tanto por los lores como por
los comunes; las Ordenanzas, que tenían vigencia temporal, no lo necesitaban.[40]
Después de 1530, una norma escrita, ya fuera una ley o un reglamento, se convertía
en Derecho del reino sólo si contaba con la conformidad del Parlamento.[41] Se
consideraba un abuso de autoridad que un rey derogase o modificase las normas de
Derecho escrito por su propia iniciativa.
Así aparecieron determinados atributos que son decisivos en la democracia
contemporánea: que el Estado no puede, basándose en su propia autoridad, derogar
una ley o establecer un impuesto. A estas limitaciones se añadía la prohibición de
interferir en la aplicación de la justicia.[42] Sir John Fortescue, un autor que escribió
desde muy temprano sobre la Constitución inglesa, y que llegó ser lo que hoy
llamaríamos presidente del Tribunal Supremo, argumentó, entre los años 1469 y
1471, que la ley inglesa había permanecido básicamente inalterada desde la
antigüedad. La finalidad del Estado, tanto en el pasado como en el presente, era
proteger a las personas y a sus pertenencias. Por esta razón, los reyes no podían
establecer impuestos sin el consentimiento de sus súbditos. Fortescue comparaba al
rey de Inglaterra con su homólogo, el rey de Francia, al distinguir entre un monarca
que gobernaba sólo “regiamente” (como hacía el de Francia) y otro que gobernaba
tanto “regiamente” como “políticamente” (en los términos actuales diríamos,
constitucionalmente), como era el caso de Inglaterra. La diferencia radicaba en que el
último “no puede cambiar las leyes de su reino según su gusto” ni tampoco puede
establecer impuestos arbitrariamente y, de este modo, otorgaba a sus súbditos la
facultad de disfrutar tranquilamente de sus propiedades.[43] Publicado por primera
vez en latín en 1537 y en inglés en 1567, el tratado de Fortescue se convirtió en una
especie de bestseller durante el reinado de la reina Isabel I. Su precisión histórica no

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es asunto nuestro; lo que importa es que reflejaba una opinión ampliamente
compartida en los círculos cultos de la Inglaterra del siglo XV: que un buen sistema de
gobierno era el que estaba sometido a la ley.

3. EL PAPEL DEL DERECHO CONSUETUDINARIO


(COMMON LAW)
Fortescue fue uno de los muchos juristas medievales que influyó profundamente en la
forma en que los ingleses veían su sistema de gobierno. En ningún otro país los
juristas influyeron tanto en la política como en Inglaterra.[44] La presencia de
abogados no profesionales se remonta al siglo XIII. En 1300, Inglaterra ya tenía
escuelas donde se formaba a estos letrados.[K] Sus graduados no procedían del mundo
académico (había otros estudiosos del Derecho que tenían su acomodo en las
universidades, donde se enseñaba Derecho Canónico y Derecho Romano) sino que
eran expertos en el Derecho consuetudinario (common law) y, por tanto, tenían los
mismos conocimientos profesionales que los jueces ante quienes actuaban. Debido a
que el Derecho consuetudinario, como la política inglesa, tenía sus raíces en los
precedentes históricos, los abogados,