Propiedad y Libertad - Richard Pipes PDF
Propiedad y Libertad - Richard Pipes PDF
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Richard Pipes
Propiedad y libertad
Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia
ePub r1.0
Titivillus 16.02.2019
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Título original: Property and Freedom
Richard Pipes, 1999
Traducción: Josefina de Diego
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
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Dedico este libro a mi esposa, Irene, quien durante
más de cincuenta años me ha proporcionado las
condiciones ideales para realizar mis estudios
académicos.
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AGRADECIMIENTOS
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INTRODUCCIÓN
E l tema de este libro difiere de los temas de mis libros anteriores, todos los
cuales (con excepción de un libro de texto escrito para la universidad sobre la
Europa moderna) han tratado sobre Rusia, su pasado y presente. Y, sin embargo, se
desprende, naturalmente, de mis trabajos previos. En la época en que me dediqué
seriamente a mis estudios sobre Rusia, me di cuenta de que una de las diferencias
fundamentales entre su historia y la de otros países europeos radicaba en el débil
desarrollo de la propiedad. Los historiadores occidentales (a diferencia de los
filósofos occidentales y los politólogos) dan por sentado la existencia de la
propiedad: rara vez le prestan algo de atención, a pesar de su vínculo íntimo con cada
uno de los aspectos de la vida occidental y de su enorme papel en la historia de su
pensamiento:
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La palabra “propiedad” evoca en nuestras mentes la idea de objetos físicos:
inmuebles, cuentas de bancos, acciones, bonos. Pero de hecho tiene un sentido mucho
más amplio porque en el mundo moderno, y con un gran desarrollo, se ha comenzado
a aplicar a activos intangibles tales como el crédito, las patentes y los derechos de
autor. Más aún, como señalaremos a su debido tiempo, en el pensamiento occidental
durante los siglos XVII y XVIII adquirió un significado todavía más amplio, que incluye
todo lo que uno puede reclamar como propio, comenzando por la vida y la libertad.
Toda la multiplicidad de ideas modernas relacionadas con los derechos humanos tiene
sus raíces en esta extensión de la definición de propiedad. Esto fue señalado hace
doscientos años por James Madison.
Hace cuarenta años se me ocurrió la idea de que la propiedad, en los dos sentidos
de la palabra, el estrecho y el amplio, proporciona la clave para el surgimiento de
instituciones legales y políticas que garantizan la libertad. Esta idea sirvió como
premisa para el estudio de la historia política de Rusia que publiqué en 1974 con el
título de Rusia bajo el Viejo Régimen (Russia Under the Old Regime). Aquí
argumenté que el totalitarismo, que alcanzó su consumación en la Unión Soviética,
tenía sus raíces en el sistema “patrimonial” de gobierno que había prevalecido a
través de casi toda la historia de Rusia, un sistema que no reconocía distinción entre
soberanía y propiedad, y que permitía que el zar actuara como gobernante y como
dueño de sus dominios.
La idea de que la libertad y la propiedad están relacionadas no es nueva —surgió
en el siglo XVII y se hizo común en el siglo XVIII— pero, hasta donde sé, nadie todavía
ha tratado de demostrar esta conexión sobre la base de la evidencia histórica. Hay una
bibliografía inmensa sobre cada uno de estos dos temas: hay cientos, si no miles, de
trabajos sobre la propiedad y una cantidad similar sobre la libertad. Sin embargo, se
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desarrollan por caminos diferentes. Los libros que tratan la libertad se centran en la
evolución del concepto de libertad y en las instituciones políticas que la garantizan, y
todos ignoran sus fundamentos económicos. Los tratados económicos típicos sobre la
historia de la propiedad ignoran sus aspectos políticos y culturales. Los tratados
legales sobre el tema, por regla general, también ignoran sus dimensiones filosóficas,
económicas y políticas. Como resultado, no contamos con una explicación, basada en
materiales históricos concretos, de cómo la propiedad permite el desarrollo de la
libertad y de cómo la ausencia de libertad hace posible la existencia de una autoridad
arbitraria.
Es éste el ámbito que he tratado de cubrir. Mi hipótesis inicial sostiene que existe
una conexión íntima entre las garantías públicas de la propiedad y la libertad
individual: que mientras que la propiedad en ciertas formas es posible sin la libertad,
lo contrario es inconcebible.
Para probar la hipótesis, comencé a estudiar la relación entre propiedad y sistemas
políticos desde los albores de la historia documentada. Cuando comencé en este
empeño, no sospechaba lo difícil que iba a resultar. Me di cuenta, por supuesto, de la
inmensa variedad de formas que la propiedad ha adoptado en diferentes sociedades
en épocas distintas, pero no preví que muchas situaciones que se denominan
propiedad no se encuentran reflejadas en documentos y que mucho de lo que, en
teoría, es simplemente poseído, es decir, físicamente retenido, es en realidad una
propiedad. Tampoco vislumbré las dificultades de relacionar la propiedad, en sus
variadas apariencias, con la política, particularmente en los países no occidentales en
donde las fuentes permanecen inéditas y la literatura complementaria sobre este
asunto es virtualmente inexistente. Pronto se hizo obvio, por lo tanto, que una
empresa de esta envergadura excedía las capacidades de cualquier individuo. Estudiar
las economías de la China antigua y de la Grecia clásica, Mesopotamia y México, la
Francia medieval y la Inglaterra moderna y considerar en qué medida influyen en la
evolución política de cada uno de estos países requeriría varios equipos de
historiadores. En vez de abandonar el proyecto por demasiado ambicioso, decidí
escribir algo más modesto, un ensayo que trataría el asunto selectivamente,
sacrificando la extensión a favor de la profundidad. Renuncio a lograr un alcance
sistemático u omnicomprensivo y me siento satisfecho con demostrar, a través de
algunos ejemplos históricos, la relación entre el poder económico y el político.
Los dos primeros capítulos tratan sobre la evolución histórica, tanto de la idea
como de la institución de la propiedad. En la mitad del libro —capítulos 3 y 4— se
analiza el vínculo entre las relaciones de propiedad y la política en Inglaterra y en
Rusia, dos casos extremos que trasmiten con fuerza el punto que trato de demostrar.
El capítulo final se concentra en el siglo XX, con especial atención a los Estados
Unidos, y hace hincapié en las amenazas a la libertad implícitas en el Estado de
bienestar que pretende alcanzar la igualdad económica y social.
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Incluso en su proyección más limitada, este libro abarca temas tan alejados del
campo de mi especialidad académica que los presento con cierto temor. Con
excepción del capítulo sobre Rusia y de partes del capítulo sobre la historia de la idea
de la propiedad, mi información procede, principalmente, de fuentes secundarias,
que, generalmente, no concuerdan unas con otras. Por lo tanto, sin lugar a dudas, los
expertos encontrarán razones para criticarme sobre algún que otro hecho o sobre ésta
u otra interpretación. Confío, sin embargo, en que tendrán presente que si el propósito
de la historia es la comprensión, el historiador deberá, de vez en cuando, aventurarse
fuera de su especialidad hacia campos en los que su conocimiento es una derivación.
En defensa de esta proposición, puedo citar una autoridad como Jacob Burckhardt,
quien escribió que el diletantismo debe su mala reputación a las artes en las que, por
supuesto, uno es o nadie o un maestro que dedica toda su vida a ellas porque las artes
demandan perfección.
En el proceso de aprendizaje, por el contrario, se puede llegar a ser un maestro
sólo en un campo limitado, es decir, como especialista, y es éste el dominio que se
debe alcanzar. Pero si uno no desea renunciar a la capacidad de formarse una visión
general (y es más, respetando esa visión) entonces uno debe ser un diletante en tantos
campos como sea posible, por lo menos privadamente, para mejorar nuestro propio
conocimiento y enriquecimiento de diversos puntos de vista históricos. De otra
forma, uno queda como un ignorante en todo lo que vaya más allá de su propia
especialidad y, dadas las circunstancias, en general, queda como una persona inculta.
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RICHARD PIPES
Cambridge, Massachusetts
Octubre de 1998
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DEFINICIONES
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Se puede disponer de dos tipos de propiedad: (1) colectivamente y (2)
privadamente. El derecho a la propiedad colectiva se confiere conjuntamente a todos
los miembros de una comunidad, pero ésta no dispone de ella; ni tampoco tiene
derechos colectivos sobre ella (por ejemplo, un edificio moderno de apartamentos en
cooperativa). La propiedad privada pertenece a un individuo, a un grupo familiar o a
una asociación de individuos. La “propiedad comunista” es una contradicción de
términos, en tanto que la “propiedad” pertenece al dominio de la ley privada,
mientras que en el comunismo, el Estado, una institución pública, es el dueño
exclusivo de todos los activos productivos en su condición de autoridad soberana.
En el uso cotidiano, es muy difícil mantener la distinción legal entre posesión y
propiedad. Por lo tanto, en el libro, con excepción de los momentos en que se aclare
específicamente, se utilizarán indistintamente “posesión” y “propiedad”.
El término libertad, como se usa en este estudio, abarca cuatro aspectos: (1)
libertad política, es decir, el derecho del individuo a participar en la elección de los
responsables del gobierno bajo el cual vive; (2) libertad legal, es decir, el derecho,
tanto en relación con otros individuos como con respecto al Estado, a ser juzgado por
terceras partes de acuerdo con la ley; (3) libertad económica, es decir, el derecho de
usar y de disponer, libremente, de los activos propios, y (4) los derechos personales,
es decir, el derecho del individuo a su vida y a su libertad y la facultad de hacer lo
que desee siempre y cuando no infrinja las libertades y derechos de los otros: en otras
palabras, la ausencia de coerción. La libertad y los derechos personales no están,
necesariamente, incluidos en la democracia política: “No existe una conexión
necesaria entre la libertad individual y el precepto democrático”.[9] De esta forma, el
ciudadano de la Atenas antigua disfrutaba de derechos políticos pero no de derechos
civiles, mientras que súbditos privilegiados de algunos déspotas ilustrados tenían
derechos civiles pero no políticos.
La libertad no incluye el tan mencionado “derecho” al apoyo y a la seguridad
públicos (como se desprende de las consignas “libertad de no carecer” y “el derecho a
la vivienda”), que viola los derechos de los otros dado que son ellos los que los tienen
que pagar. Esos “derechos”, en el mejor de los casos, constituyen una exigencia
moral y, en el peor, si son impuestos por la autoridad pública, se convierten en un
privilegio inmerecido.
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CAPÍTULO UNO
LA IDEA DE LA PROPIEDAD
L a propiedad puede ser estudiada desde dos puntos de vista bien distintos: como
concepto y como institución. Los dos enfoques generan resultados muy
diferentes. A través de la historia del pensamiento, la propiedad ha disfrutado de una
reputación ambivalente, y ha sido identificada en ocasiones con la prosperidad y la
libertad, y otras veces con la corrupción moral, la injusticia social y la guerra. Las
fantasías utópicas, como regla general, sitúan en el centro de su análisis la abolición
de la distinción entre “mío” y “tuyo”. Incluso muchos pensadores que defienden la
existencia de la propiedad la ven, en el mejor de los casos, como un mal inevitable.
Por otro lado, la historia de todas las sociedades, desde la más primitiva a la más
avanzada, revela la universalidad de los derechos de propiedad y el fracaso de todos
los intentos de establecer una comunidad sin propiedad, ya sea voluntariamente o por
la fuerza. En este caso, por lo tanto, existe una disparidad excepcionalmente amplia
entre qué es lo que la humanidad piensa que quiere y lo que, a juzgar por sus actos,
realmente prefiere. Lewis Mumford explicó esta disparidad cuando sugirió que el
hombre vive en dos mundos, el mundo interior y el mundo exterior. El primero es el
reino de las ideas, deseos e imágenes. El último es el mundo de la realidad dura e
inevitable. “Si el entorno físico es la tierra, el mundo de las ideas pertenece a los
cielos.”[1]
De acuerdo con esto, dividiremos nuestro análisis en dos partes. Este capítulo
tratará sobre las actitudes con relación a la propiedad de filósofos, teólogos y teóricos
políticos occidentales.[A] El capítulo siguiente se dedicará a la institución de la
propiedad tal como se manifiesta en la historia, la psicología, la antropología y la
sociobiología. La distinción, por supuesto, es artificial y se introduce para facilitar la
claridad de la exposición; en realidad, las ideas y los hechos han tenido una
interacción constante. Como señalaremos más adelante, cada cambio de actitud con
relación a la propiedad puede explicarse a partir de desarrollos políticos y
económicos.
Los análisis sobre la propiedad desde los tiempos de Platón y Aristóteles hasta el
presente han tenido que ver con cuatro cuestiones principales: su relación con la
política, con la ética, con la economía y con la psicología.
1. El argumento político a favor de la propiedad sostiene que ésta (a menos
que se distribuya de una forma extremadamente injusta) promueve estabilidad y
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limita el poder del gobierno. En contra de la propiedad se argumenta que la
desigualdad, que necesariamente la acompaña, genera intranquilidad social.
2. Desde el punto de vista moral se afirma que la propiedad es legítima porque
todo el mundo tiene derecho a los frutos de su trabajo. A lo que los críticos responden
que muchos dueños no realizan ningún esfuerzo para adquirir lo que poseen, y que la
misma lógica demanda que todos deben tener las mismas oportunidades a la hora de
adquirir propiedad.
3. El razonamiento económico que defiende la propiedad sostiene que es el
modo más eficiente de producir riqueza, mientras que sus opositores afirman que la
actividad económica impulsada por el afán de obtener beneficios conduce a una
competencia destructiva.
4. La defensa psicológica de la propiedad sostiene que eleva el sentido de
identidad y autoestima del individuo. Otros afirman que corrompe la personalidad al
infectarla con la avaricia.
Estos cuatro enfoques abarcan, prácticamente, el espectro de argumentos a favor
y en contra de la propiedad articulados en los últimos trescientos años. En sus raíces,
la controversia enfrenta el enfoque moral al pragmático.[2]
1. LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA
El tratamiento ético de la propiedad, que ha dominado el análisis hasta los tiempos
modernos, ha evolucionado teniendo como base una creencia profunda en la
existencia de una “Edad de Oro”. En su aspecto más familiar, la Edad de Oro es el
Paraíso judío, cristiano e islámico (Jardín del Edén), pero de una forma o de otra es
algo común a todas las civilizaciones. La cualidad sobresaliente de este pasado mítico
es la ausencia de la propiedad privada: en la Edad de Oro todo se poseía en común y
las palabras “mío” y “tuyo” eran desconocidas. Si hacemos notar que no ha existido
nunca una sociedad, como demostraremos en el capítulo siguiente, sin algún tipo de
propiedad, la visión de un mundo sin propiedad encuentra su fundamento no en la
memoria colectiva sino en el deseo colectivo. Se inspira en la noción de que las
desigualdades de status y riquezas son “antinaturales”. Tienen que haber sido creadas
por el hombre, no por Dios: porque ¿no nacen todos los seres humanos iguales y,
después de la muerte, no se convierten todos en polvo?
La primera descripción conocida de la Edad de Oro se detalla en una obra de
Hesíodo, un contemporáneo de Homero, llamada Los trabajos y los días. El poeta
griego de principios del siglo VII A. N. E.[B] menciona cuatro edades de la humanidad,
cada una de las cuales estaría representada por un metal: la de Oro, la de Plata, la de
Bronce y la de Hierro; cada edad sucede a la otra marcada por un deterioro moral
progresivo. En el principio, durante la Edad de Oro, cuando el mundo estaba
dominado por el titán Cronos, los bienes existían en abundancia y la paz prevalecía.
Pero en su época, que él llamó la Edad de Hierro, Hesíodo vio que la violencia y la
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“vergonzosa avidez por las ganancias” prevalecían por encima de la justicia.[3] Esta
imagen de la infancia feliz de la humanidad entró en la corriente de las literaturas
griega y romana. Como veremos, la idea de la Edad de Oro ejerció gran influencia en
el pensamiento europeo del período renacentista, estimulando los viajes de los
descubridores e influyendo en la forma en que estos fueron percibidos.
Las primeras elaboraciones teóricas sobre la propiedad se encuentran en La
República de Platón, una obra que ha influido en todas las utopías posteriores. La
República y su continuación, Las Leyes, no fueron las primeras obras que buscaron la
eliminación de la propiedad por ser ésta la causante de las luchas sociales, pero los
escritos de los predecesores de Platón no nos han llegado y se conocen sólo por
referencias de otros autores. Platón escribió en un momento en que Grecia se
encontraba inmersa en conflictos sociales y guerras dentro de las ciudades-Estado y
entre ellas. Se dice que se inspiró en el ejemplo de Esparta, un Estado altamente
centralizado en el cual el gobierno impidió la concentración de la riqueza en manos
de la élite y que, en la guerra del Peloponeso, finalmente, derrotó y sometió a Atenas.
El triunfo de Esparta se atribuyó, sin discusión, a su Constitución. Ésta fue concebida,
según se afirma, por Licurgo, su fundador legendario, quien proscribió el comercio y
la industria para liberar a los ciudadanos del peligro de la guerra. A los espartanos se
les prohibió poseer no sólo bienes materiales sino incluso a sus esposas y a sus hijos:
las esposas debían ser compartidas con otros hombres, para engendrar descendientes
más saludables y más fuertes, y los hijos debían ser entregados al Estado a la edad de
siete años para entrenarse militarmente. Plutarco, quien resumió las posiciones de los
historiadores romanos sobre el tema, escribió que Licurgo había ordenado a los
notables de Esparta que renunciaran a sus propiedades. También ordenó que se
retirara de la circulación el oro y la plata y se reemplazaran por monedas de hierro.
Como resultado de estas medidas, desaparecieron el lujo, el robo, el soborno y los
litigios. Se eliminaron las diferencias entre bienestar y pobreza y se alcanzó la
igualdad. Una sociedad igualitaria, dedicada por entero a las necesidades del Estado,
debe haber resultado muy atractiva para un ateniense que había presenciado la
destrucción de su ciudad-Estado por la ambición y la avaricia. Como destacaremos en
el siguiente capítulo, Atenas poseía un sistema de propiedad privada altamente
desarrollado, lo que explica la atención que le prestaron sus filósofos.
Platón esboza su comunismo utópico a través de Sócrates en los libros 5-7 de La
República. Su objetivo era diseñar un orden social en el que la élite dominante no se
dejara llevar por el egoísmo, sino que se dedicara por entero al bienestar público.
Para lograrlo, se le retiraban sus pertenencias. Al referirse a los conflictos políticos de
su época, Sócrates dice:
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mejor ordenado no es aquél en el que la mayoría de las personas aplica los
términos “mío” y “no mío” de la misma forma a la misma cosa?[4]
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La visión de Platón de la sociedad ideal fue cuestionada por Aristóteles en su
Política. Aristóteles compartía la creencia de su maestro de que las desigualdades
extremas en la distribución de la riqueza conducían a disturbios sociales.[8] Pero
consideraba que la propiedad como institución era indestructible y, al final, una
fuerza positiva. Platón, a juicio de Aristóteles, confundía, y trataba como si fueran un
solo factor, los diversos elementos que conformaban el cuerpo político: la casa, la
comunidad (pueblo) y el Estado. Su error radicaba en tratar al Estado como si fuera
una casa y asignarle, por tanto, el control de la riqueza.[9] La propiedad, de hecho, es
un atributo de la casa y no de la comunidad o del Estado: “los Estados necesitan de la
propiedad, pero la propiedad no forma parte de un Estado”.[10]
Aristóteles basó su oposición a la propiedad común no sólo en el aspecto lógico
sino, fundamentalmente, en su aspecto utilitario. Es impracticable porque nadie cuida
adecuadamente los objetos que no son suyos: “Cuán inmensamente superior es el
placer cuando un hombre siente que algo es suyo; porque ciertamente el amor a uno
mismo es un sentimiento implantado por la naturaleza”.[11] Las satisfacciones
procedentes del amor a uno mismo son, entonces, la base de una buena sociedad.
Aristóteles rechaza el argumento de Platón de que la propiedad común elimina la
discordia social, arguyendo que, al contrario, las personas que poseen cosas en común
tienden a pelearse más que aquellas que las poseen personalmente. Ve la causa de la
discordia social no en el esfuerzo por adquirir una propiedad sino en la naturaleza
humana —“no es la posesión sino los deseos de la humanidad lo que debe
igualarse”—,[12] de lo que se desprende que las desavenencias se eliminan mejor a
través de la aceptación y no de la abolición de la propiedad privada. Además,
argumenta Aristóteles, las posesiones permiten que los hombres alcancen un nivel
ético superior al darles la oportunidad de ser generosos: “el liberalismo consiste en el
uso que se le dé a la propiedad”[13] —un argumento que sería muy utilizado por los
teólogos cristianos de la Edad Media—. El régimen preferido de Aristóteles era el
fundado a partir de una clase media, con una distribución equitativa de los fondos.[14]
Las diferencias entre los dos filósofos atenienses prefiguran el curso del pensamiento
sobre este tema en los siguientes 2500 años: la controversia ininterrumpida entre el
idealismo ético y el realismo utilitario. A través de la historia del pensamiento
occidental, los escritores que tratan el tema de la propiedad se agruparán, a grandes
rasgos, del lado de Platón o de Aristóteles, haciendo hincapié, ya sea en los
beneficios potenciales de su abolición o en las recompensas tangibles de su
aceptación.
En el siglo IV A. N. E., después de la muerte de Platón y de Aristóteles, la
discusión sobre la propiedad alcanzó un nivel más alto y abstracto, con la
introducción del principio estoico de la Ley Natural. La contribución del estoicismo
en la formación de la tradición intelectual occidental es, probablemente, sólo
superada por el monoteísmo judío. Si el monoteísmo adelantó el concepto
revolucionario de un Dios inmaterial, todopoderoso y omnipresente que gobernaba el
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universo, la teoría de la Ley Natural afirmaba que el universo de Dios era racional y
podía ser aprehendido por la inteligencia humana. Aunque, como muchas otras cosas,
el concepto de Ley Natural existía de forma incipiente en Aristóteles, maduró sólo
después de su muerte, primero en Grecia, bajo el dominio de Macedonia, y después
en Roma.
Platón y Aristóteles pensaban exclusivamente en términos de ciudades-Estado,
pequeñas comunidades de ciudadanos del mismo origen étnico, religión y cultura. La
política, para ellos, era más bien un asunto de costumbres, no de leyes; de aquí que
para Platón la sociedad ideal no tenía normas escritas (según Plutarco, Licurgo no
permitiría que las reglas que él había establecido para Esparta se escribieran). Pero el
problema de las leyes surgió con urgencia en el siglo IV cuando Filipo de Macedonia
y su hijo Alejandro el Grande liquidaron la polis, primero para favorecer el Estado
nacional, y después para beneficiar el imperio multinacional. El Imperio de
Macedonia, en su momento de mayor esplendor, se extendía desde el Mar Egeo hasta
el río Indo y la península arábiga. Estaban sometidos a la autoridad de Macedonia,
además de los griegos, los armenios, bactrianos, judíos, egipcios, indios, parsianos,
sogdianos y una amplia variedad de otras nacionalidades que hablaban diferentes
lenguas y que profesaban diferentes religiones. Y aplicaban diferentes leyes. Estas
disparidades legales debían ser conciliadas de alguna manera por los gobernantes
macedonios si querían mantener la unidad de su imperio y conseguir la eficacia en su
administración. Pero su existencia también planteaba una pregunta filosófica
fundamental: ¿existía una concepción de justicia para cada nación?; en otras palabras,
¿no existía un patrón universal para el bien y el mal?, ¿o es que los diversos cánones
y procedimientos legales eran simples adaptaciones de la misma ley universal a las
condiciones locales?
La respuesta la dio la escuela estoica, que aparece al mismo tiempo que el
Imperio macedonio. Su noción central de un orden racional para el mundo existía ya,
de forma incipiente, en los comienzos de la ciencia griega, que diferenciaba entre la
variedad infinita de los fenómenos naturales específicos y la unidad subyacente de las
leyes que gobiernan la naturaleza. En su momento, esta idea se aplicó a los problemas
humanos. Se puede deducir de algunos fragmentos de la Etica a Nicómaco de
Aristóteles, donde se habla de la existencia de la justicia de dos formas: “legal”
(convencional) y “natural”.[15] La primera encuentra su expresión en la ley positiva,
adaptada a las necesidades particulares de una sociedad dada, por lo que difiere de
una nación a otra, mientras que la segunda es uniforme para toda la humanidad.
Aristóteles no tenía necesidad de ampliar esta idea, ya que él trataba con
sociedades homogéneas. Esto lo hizo Zenón, el fundador de la escuela estoica: “El
principio fundamental de la política y de la ética estoicas es la existencia de una ley
universal y de alcance mundial, que es una con la razón, en la naturaleza y en la
naturaleza humana”.[16] La humanidad tiene sus leyes universales y eternas, al igual
que el mundo físico. El elemento revolucionario implícito en la filosofía estoica se
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basaba en la controversia de que los principios fundamentales del orden social no
están sujetos a cambios porque se encuentran enclavados en el orden natural. En el
corazón de este orden está la igualdad de hombres y mujeres, de los hombres libres y
de los esclavos. La libertad consiste en vivir según las leyes de la naturaleza.
En los tres siglos que separaron a Aristóteles de Cicerón, la idea de la Ley Natural
ganó una amplia aceptación en el mundo mediterráneo, aunque su apogeo llegaría
mucho después, en los siglos XVI y XVII en Europa, donde ayudaría a los juristas y a
los teóricos de la política a independizar sus disciplinas de la teología. Se ha dicho
que, desde Platón y Aristóteles, nadie ha sido capaz de hablar sobre la propiedad
privada sin plantearse la cuestión de si es o no “natural”.[17] De hecho, hasta finales
del siglo XVIII, en cierto modo, hasta nuestros días, el debate sobre la propiedad se ha
desarrollado alrededor de la pregunta de si pertenece al orden “natural” o al orden
“convencional” de las cosas. Este principio se encuentra en la raíz de la discusión
entre los enfoques morales y pragmáticos: porque si la propiedad es un asunto de la
convención puede ser eliminada, pero si pertenece al dominio de la naturaleza es un
hecho inalterable de la vida.
La filosofía estoica y el concepto de Ley Natural tuvieron más influencia en
Roma que en Grecia, su país de origen. Los antiguos romanos no eran dados a las
especulaciones abstractas y no debatían sobre las ventajas y desventajas de la
propiedad privada, ni pensaban en comunidades ideales imaginarias. Pero los
hombres que se sienten orgullosos de su pragmatismo a menudo siguen caminos
trazados por los idealistas. Los poetas romanos adoptaron la noción griega de la Edad
de Oro en que todos los bienes eran propiedad común y que terminó con el triunfo de
la avaricia y, como resultado, un reino de injusticia y lucha. Virgilio se refirió a la
Edad de Oro como un tiempo en el que
la propia tierra, que antes había sido, como el aire y el sol, un tesoro que todos
podían compartir, estaba ahora cruzada con límites que el hombre medía y
marcaba con postes y con cercas.[19]
Séneca, el estoico por excelencia de Roma, que ha sido llamado “un millonario
con conciencia de culpa”, nunca se cansó de enaltecer la pobreza.[C] “Aquél que haya
hecho un pacto justo con la pobreza es rico”, le enseñó a su amigo Lucilio.[20]
Las virtudes sociales habían permanecido puras e invioladas antes de que la
codicia enloqueciera a la sociedad e introdujera la pobreza, porque los hombres
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dejaron de poseer todas las cosas cuando comenzaron a llamarlas suyas. Qué feliz era
la edad primitiva cuando los frutos de la naturaleza pertenecían a todos y eran usados
de forma promiscua [indiscriminadamente]; la avaricia y el lujo no habían desunido a
los mortales y los hombres no se habían devorado unos a otros. Disfrutaban todo lo
que les brindaba la naturaleza en común, lo que les dio posesión segura de la riqueza
pública. ¿Por qué no puedo pensar que eran los más ricos entre todos los hombres, ya
que no se podía encontrar un pobre entre ellos?[21]
El elogio de la igualdad social en el estoicismo la convirtió en una especie de
religión e influyó en el cristianismo en su fase de formación.
La principal contribución romana a la idea de la propiedad descansaba en el
imperio de la ley. Los juristas romanos fueron los primeros en formular el concepto
de la propiedad privada absoluta, al que llamaron dominium y lo aplicaron a los
bienes raíces y a los esclavos, un concepto que no existía en el vocabulario griego.
Para que un objeto se clasificara como dominium tenía que satisfacer cuatro criterios:
tenía que ser obtenido legítimamente, de forma exclusiva, absoluta y permanente.[22]
La mejor y más conocida definición de la ley romana describía el dominium como “el
derecho de utilizar y consumir algo de uno según lo permite la ley” (ius utendi et
ahutendi re sua quatenus iuris ratio patitur).[D] La jurisprudencia romana incluso
llegó a regular todos los matices posibles relacionados con los derechos de propiedad:
cómo se adquiría y cómo se perdía, cómo se transfería, cómo se vendía.[23] Los
derechos implícitos en el dominium eran tan absolutos que la antigua Roma
desconocía todo lo referente al dominio eminente.[E]
A pesar de todo su pragmatismo, los juristas romanos se vieron obligados a
buscar una base filosófica para la ley porque, al igual que los macedonios, al
expandirse su dominio, primero de una ciudad-Estado a una nación-Estado y,
después, a un imperio, se encontraron con una sorprendente variedad de normas
legales y procedimientos distintos de los suyos, y que además diferían entre sí. El
problema surgió aún antes de que Roma se hubiera convertido en la dueña de la
península Itálica ya que, mucho antes, los tribunales romanos tuvieron que tratar con
extranjeros que llegaban para hacer negocios o para casarse con romanos. La ley
local, el ius civile, no se aplicaba a ellos, sólo a los ciudadanos romanos. Los juristas
romanos tuvieron entonces que buscar principios comunes contenidos en los diversos
sistemas legales con los que tenían contacto. A medida que el territorio romano se
expandía alrededor de la cuenca del Mediterráneo, formularon un Derecho de Gentes
(ius gentium) que sintetizaba las reglas compartidas por todas las naciones que
conocían. Bajo la influencia de la filosofía estoica, el Derecho de Gentes,
gradualmente, se fusionó con el Derecho Natural (ius naturale); el proceso culminó a
principios del siglo III N. E., cuando la ciudadanía romana se extendió a todos los
súbditos del imperio.[24] Así surgió un postulado fundamental del pensamiento
occidental: que el bien y el mal no son conceptos arbitrarios sino normas enraizadas
en la naturaleza y, por lo tanto, que se imponen a toda la humanidad; los problemas
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éticos deben resolverse referidos a la Ley Natural, la cual es racional y va más allá de
la ley positiva (ius civile) de las sociedades individuales. Un elemento esencial de la
Ley Natural es la igualdad del hombre, específicamente, la igualdad ante la ley, y el
principio de los derechos humanos, que incluye los derechos a la propiedad, que
antecede al Estado y, por lo tanto, son independientes de él.[F] Quinientos años
después, estas ideas se convirtieron en la piedra angular de la democracia occidental.
Inicialmente, los filósofos y juristas romanos trataron la propiedad privada, no
como parte de la Ley Natural sino como parte del Derecho de Gentes. Sin embargo,
con el tiempo, al fundirse los dos conceptos, comenzaron a verla como parte de la
Ley Natural.[25] Una defensa teórica de la propiedad privada como rasgo distintivo de
la Ley Natural, sin embargo, no fue desarrollada completamente hasta los siglos XVI y
XVII, en la época de Jean Bodino y Hugo Grocio. Pero es evidente que la idea se les
ocurrió a los romanos, a partir del argumento de Cicerón de que el gobierno no podía
interferir en la propiedad privada porque había sido creado para protegerla.[26]
2. LA EDAD MEDIA
Los Padres de la Iglesia se enfrentaron con serias dificultades al abordar el tema de la
propiedad privada. Según los Evangelios, Jesús exhortó a los ricos a que entregaran
sus pertenencias a los pobres porque la riqueza era un obstáculo para la salvación.
Rechazó tener propiedades, para él y para sus discípulos. Los Evangelios y otros
textos de la Biblia cristiana están llenos de censuras a las riquezas y de exhortaciones
a renunciar a ellas, como reza el aforismo popular: “es más fácil que un camello entre
por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios”.[27] Al mismo tiempo,
en su vida privada, Jesús no se comportaba como un asceta: no despreciaba la
propiedad, ni siquiera la riqueza, incluso visitaba las casas de los ricos y dejaba que
lo agasajaran.[28] Debido a las esperanzas de una llegada inminente del reino de Dios,
la Biblia cristiana “no parece contener una teoría definitiva sobre la propiedad”.[29]
Algunos historiadores se preguntan si Jesús realmente propuso un programa de
reforma social: según un destacado especialista en la materia, más bien, Jesús
“convocaba a prepararse para la llegada del reino de Dios”, lo que sucedería “dentro
de los límites del orden mundial actual”.[G] De cualquier modo, los primeros
cristianos aplicaban, sólo entre ellos, las enseñanzas de Jesús:
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suposición de que sus miembros continuarían ganándose la vida a través de sus
actividades privadas, para poder ser capaces de practicar la generosidad y el
sacrificio. Sobre todo, no disponía, en absoluto, de una teoría sobre la igualdad,
ya fuera la igualdad absoluta de compartir posesiones, o la igualdad relativa en
la contribución de los distintos miembros a la vida del conjunto, de acuerdo
con sus méritos y servicios. Finalmente, no existía ninguna hostilidad hacia lo
que constituye el verdadero obstáculo para la existencia de un comunismo
verdadero, esto es, la oposición a la institución de la familia, la cual está
estrechamente relacionada con la empresa privada.[30]
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para poder actuar libremente, esto es, como una especie de depósito que poseían los
individuos para realizar el bien público.
Como justificación a su tolerancia hacia la propiedad, los teólogos cristianos
podían señalar pasajes en la Biblia hebrea que demostraban que estaba protegida por
una aprobación divina. El Octavo Mandamiento, que prohíbe el robo, implica
claramente la santificación de la propiedad; lo mismo sucede con el Décimo
Mandamiento, que proscribe codiciar “los bienes ajenos”. Está la historia de
Abraham y Lot, quienes dividieron sus ovejas para poner fin a las querellas entre sus
pastores y, de esta manera, establecieron sus derechos respectivos a una parte de la
tierra (Génesis 13). Se hizo referencia también a la historia del rey Acab (I Reyes 21),
quien codiciaba una viña de Nabot y ofreció cambiársela por otra o comprarla.
Cuando Nabot se negó a deshacerse de su tierra, Jezabel, la esposa de Acab, urdió
una mentira y lo acusó de blasfemia; apedrearon a Nabot hasta que le provocaron la
muerte, lo que permitió que Acab tomara posesión de la viña. Por este crimen Dios, a
través del profeta Elías, los amenazó a él y a su esposa con una muerte ignominiosa.
La historia proporciona un ejemplo de la avaricia que conduce al pecado pero
también confirma la inviolabilidad de la propiedad.
En la tradición legal judía, la riqueza adquirida honradamente era considerada una
bendición: los rabinos prohibían a su pueblo deshacerse de su riqueza, o dedicarse en
exceso a la caridad, para que no llegaran a convertirse en una carga para la
comunidad.[34] En contraste con los Evangelios cristianos, la Biblia hebrea no ensalza
ni a la pobreza ni al pobre.[35] Al mismo tiempo, está llena de condenas a los ricos
por sus injusticias y de mandatos a ejercer la caridad y de ayudar a los demás, no sólo
a los de la propia comunidad sino también a extranjeros e, incluso, a los animales.[J]
Para cumplir estos preceptos, las comunidades judías desarrollaron un sistema de
bienestar social que era probablemente único en la antigüedad: se basaba en el
diezmo para “el extranjero, el huérfano y la viuda”, tal como se exigía en la Biblia
hebrea.[36]
La idea católica de la propiedad fue recopilada por Santo Tomás de Aquino en la
Suma teológica (Summa Theologica). Santo Tomás de Aquino se acercó al tema en el
contexto de la justicia, que definió como “el deseo constante y perpetuo de dar a cada
cual lo que es de él”.[37] Reconoció que, en cierto sentido, “no era natural al hombre
poseer cosas externas”, porque todos los bienes pertenecen a Dios y son la propiedad
común de los hijos de Dios.[38] Sin embargo, basándose en la Política de Aristóteles,
argumentó que la propiedad común no promovía eficacia ni armonía sino discordia.
Para perfeccionarse espiritualmente, el hombre tenía que tener el tipo de seguridad
que sólo le ofrece la propiedad. Santo Tomás de Aquino también adoptó de
Aristóteles la idea de que las posesiones hacen posible que las personas puedan
practicar la caridad, una obligación cristiana: dar limosna era un corolario esencial de
la propiedad, y los ricos estaban moralmente obligados a entregar a los pobres toda su
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riqueza superflua.[39] Cualquier exceso que permitiera un incremento en la riqueza
debía ser controlado por la sociedad.
Sobre este asunto, la visión general de los denominados Padres de la Iglesia se
resume como sigue. Los primeros teóricos de la Iglesia reconocieron
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posesiones no difiere de la propiedad ejercida por Dios sobre el universo, la cual
concedió al hombre al crearlo a su semejanza. Es, por tanto, un derecho natural que
antecede la ley humana.[44]
Los fundadores del protestantismo fueron más allá de la tolerancia de la Iglesia
católica con relación a la propiedad: tanto Lutero como Calvino la respaldaron con
énfasis, al vincularla con el trabajo, que consideraban como un derecho cristiano.
Lutero condenó a los campesinos rebeldes de Alemania y los llamó “perros rabiosos”,
por confiscar propiedades diciendo que los Evangelios no exhortaban a que se
convirtiera en propiedad común la propiedad ajena ni a que se aferraran a la
propiedad personal, sino que pedían a los cristianos que entregasen voluntariamente
lo que tenían.[45] Los calvinistas mantenían puntos de vista aún más proclives a la
propiedad. Calvino escribió elogiosamente sobre el trabajo y el comercio, y sobre las
grandes ganancias que proporcionaban a algunos, rechazando las prohibiciones
medievales sobre la usura y reconociendo los beneficios del dinero y del crédito.[46]
Los historiadores saben muy bien que el calvinismo hizo mucho por alentar el
espíritu capitalista.
A finales de la Edad Media, la Iglesia católica pasó de defender la propiedad
como una realidad lamentable pero inevitable a defenderla como cuestión de
principios. El cambio se produjo como reacción a las críticas que hacían las
autoridades seculares a la riqueza de la Iglesia. El debate se desarrolló de forma
aguda a principios del siglo XIV, cuando Felipe IV, el Hermoso, de Francia (1285-
1314), al necesitar dinero para financiar su guerra contra Inglaterra, exigió un
impuesto al clero y prohibió la exportación de metales preciosos, incluyendo las
rentas papales. Para impedir que las propiedades eclesiásticas fueran confiscadas por
la corona, los teólogos se referían ahora a la propiedad como a un derecho
inalienable, es decir, principalmente, la propiedad de la Iglesia, pero por extensión la
propiedad en general. En el transcurso de esta polémica, los teóricos eclesiásticos
formularon la doctrina, luego adoptada por importantes escritores laicos como
Bodino y Grocio, de que la autoridad del Estado, absoluta en otros aspectos, no se
aplicaba a la propiedad de sus súbditos. El argumento se sustentaba con referencias a
la ley romana, que se redescubrió y se enseñó en las universidades italianas desde
comienzos del siglo XII.
Un destacado exponente de esta nueva teoría de la propiedad fue Aegidio
Romano (Colonna), discípulo de Tomás de Aquino, quien argumentaba que Felipe IV
no podía apoderarse de las propiedades de la Iglesia porque los derechos de
propiedad antecedían y trascendían los del Estado. La Iglesia y el Sumo Pontífice
tenían poder sobre todas las cosas temporales y eran los dueños últimos de los bienes
del mundo. Empleando una terminología feudal, aseguraba que los reyes tenían un
“dominio superior” pero no eran dueños de las posesiones de sus vasallos.[47]
El oponente de Aegidio Romano, Juan de París, sostenía, en defensa de Felipe IV,
que la propiedad privada se derivaba de concesiones del príncipe y que la Iglesia, así
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mismo, conservaba sus bienes debido a estas concesiones. Pero estaba de acuerdo en
que los derechos de la propiedad no podían ser violados, ni por el rey ni por el Papa.
[48] En estos debates la influencia de la ley romana quedaba clara. Juan de París
sostenía que
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[…] hay una primavera eterna, el ruiseñor canta, las flores brotan, los árboles
son verdes, los ríos se deslizan, las montañas son altas, y los habitantes son
inocentes y felices.[N]
Estas primeras impresiones marcaron el tono para toda la literatura utópica de los
siguientes quinientos años, al proporcionar la prueba efectiva de que el hombre
imperfecto podía alcanzar la perfección si adoptaba las actitudes del “buen salvaje”.
[Ñ] Y la cualidad más sobresaliente en la vida de los salvajes, aparte de no conocer lo
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[…] en el continente comen carne humana. Son más dados a la sodomía que
cualquier otra nación. No existe justicia entre ellos. Andan desnudos. No
sienten respeto por el amor ni por la virginidad […] son más estúpidos que los
burros y rehúsan totalmente superarse.[58]
Estén o no, de día o de noche, sus casas están siempre abiertas. Todos
recogen las frutas del primer árbol con el que se tropiezan, o se las llevan de las
casas que visitan. Parecería como si, con relación a las cosas absolutamente
necesarias para el desarrollo de la vida, no existiera entre ellos la propiedad
personal, y todos tuvieran derechos iguales sobre esos artículos.[62]
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produjo la “erotización” del buen salvaje, lo que, probablemente, contribuyó a influir
en el relajamiento de las costumbres sexuales en los años finales del Antiguo
Régimen francés.
Cuando en 1769 Filiberto Commerson proporcionó otra descripción de la isla
encantada de Tahití, lo hizo a través de la mirada condescendiente de Rousseau, al
justificar el robo, criticado por sus predecesores, como una prueba concluyente de
que sus habitantes no tenían noción de la propiedad.[64]
Tendemos a pensar en los efectos de los viajes del descubrimiento,
principalmente, en términos políticos y económicos. Pero no fue menor su influencia
en las teorías sociales de Occidente. Porque el descubrimiento de América y de las
islas del Pacífico Sur fortaleció un idealismo utópico que se opuso al idealismo
pragmático de la teología cristiana y a las nuevas corrientes del pensamiento asociado
con el resurgir de las teorías de la Ley Natural.
El prototipo de este idealismo utópico fue desarrollado por Santo Tomás Moro en
su Utopía (Utopia). La influencia que ejerció en Santo Tomás Moro la literatura que
trataba sobre los viajes del descubrimiento fue tan fuerte que algunos
contemporáneos consideraron su libro, publicado en 1516, como una representación
verídica del Nuevo Mundo.[65] Aunque especialistas modernos prefieren hacer
hincapié en la influencia que Platón y Erasmo de Rotterdam tuvieron sobre Moro, es
cierto que Moro había leído los relatos sobre los descubrimientos y había quedado
fascinado por ellos. Sin embargo, en su visión de un paraíso terrenal, ocurrió una
metamorfosis curiosa. Un tema común de las narraciones de los viajeros era que los
“buenos salvajes” llevaban una vida sin restricciones y que desconocían la existencia
de gobiernos o leyes. En la Utopía de Moro, así como virtualmente en todas las
comunidades imaginarias que se escribieron después, el tema dominante es la
disciplina férrea.[O] Al igual que los teólogos medievales, los escritores utópicos
consideraban al hombre como corrupto, pero a diferencia de ellos creían que era
posible hacerlo perfecto al someterlo, por la fuerza si era necesario, al orden de la
razón. Y por una vida centrada en la razón generalmente querían decir una vida de
una igualdad ejemplar: porque, para los escritores utópicos, la igualdad desplazaba a
la libertad como el bien supremo.[66] Dado que en su estado actual el hombre se deja
consumir por las pasiones, se deja llevar por el egoísmo y no por la razón, necesita,
por su propio bien, que se lo coloque bajo un régimen de hierro. Esta noción, común
entre los escritores utópicos —que el hombre es corrupto pero básicamente bueno y
susceptible de alcanzar la virtud a partir de las influencias combinadas de las leyes y
la educación—, se convierte en una doctrina muy reaccionaria. Los utópicos crean
comunidades imaginarias para controlar las pasiones y las ambiciones humanas,
proyectando un estilo de vida que es diametralmente opuesto al de los también
(imaginarios) alegres nativos de América y de Tahití y que más bien recuerda al estilo
de la sombría Esparta.
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La isla imaginaria de Moro es un lugar lóbrego en el que todas las ciudades están
construidas con el mismo plan y todos sus habitantes están vestidos con la misma
ropa. Las residencias están abiertas para todos y se intercambian, por sorteo, cada
diez años. No hay lugar para la privacidad. Los naturales consumen el alimento
servido por los esclavos en edificios comunales. Nadie puede viajar sin autorización;
la violación de esta regla dos veces conduce a la esclavitud. Las mujeres no se deben
casar antes de los dieciocho años; los hombres antes de los veintidós. El sexo antes
del matrimonio es castigado severamente y el adulterio se pena con la servidumbre.
Los ciudadanos no deben inmiscuirse en los asuntos del gobierno: se les puede
aplicar la pena de muerte si, en privado, “solicitan consejos sobre asuntos de interés
común”. Pueden disponer de su tiempo libre después del trabajo según deseen,
siempre que no sea en “orgías o en ocio”. Y, por supuesto, no saben nada de la
propiedad privada —el dinero no circula y se usa sólo en el comercio con los
extranjeros— porque Moro creía que la abolición del dinero provocaría que
desaparecieran todos los males que afectaban a la humanidad:
El oro y la plata se utilizarían para hacer orinales y los grilletes para encadenar a
los esclavos.[P] El resultado es la paz mental y la oportunidad para dedicarse a los
estudios intelectuales.
R. W. Chambers ha observado acertadamente que “pocos libros se han entendido
tan mal como Utopía
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Algo muy parecido puede decirse de otra de las primeras utopías, La ciudad del
sol de Tommaso Campanella, escrita en 1602 (pero publicada treinta y cinco años
después).[68] Campanella, un fraile dominico y un fanático religioso, a quien la
Inquisición mantuvo veintisiete años en prisión por herejía, vislumbraba una sociedad
en la cual todo se poseería en común, incluidos los productos del intelecto. La Ciudad
del Sol está rodeada por una muralla y es gobernada por un sacerdote llamado Hoh
(metafíisico), junto con tres príncipes, uno de los cuales es “Amor”. “Amor” regula
las relaciones sexuales, y une a los hombres y a las mujeres para producir una
descendencia lo más saludable posible. La ciudad también gobierna la educación de
los niños. Se elimina a la familia porque Campanella la ve como la razón por la que
la gente codicia bienes. Por supuesto, la misma consideración tiene la propiedad
privada: “Todas las cosas son comunes entre ellos”, incluso las artes, los honores y
los placeres. Esto elimina el amor propio y sólo queda el amor al Estado. La sedición
se castiga con la muerte. Los naturales de la Ciudad del Sol viven en comunidad. A
diferencia de la Utopía de Moro, allí ni siquiera hay esclavos, porque todo trabajo
ennoblece. Las personas desconocen la gula y la borrachera, así como muchas
dolencias, tales como la gota y el catarro. La fantasía comunitaria de Campanella,
junto con la de Moro, influyeron en Lenin.[69]
Estas primeras utopías tenían en común el hecho de que fueron escritas por
hombres de la Iglesia, cuyo ideal era el monasterio. Pero si los establecimientos
monásticos estaban ocupados por individuos que habían renunciado voluntariamente
a la vida secular, las comunidades utópicas se habían concebido para que el Estado se
las impusiera a todos sus habitantes. El mundo ideal de hombres libres naturales es,
de esta forma, transformado en un proyecto controlado en el que no hay cabida para
el individualismo y las violaciones a las rígidas reglas son penadas con castigos
draconianos. Desaparecen la propiedad individual y la familia. Para promover la
virtud, todas las utopías eliminan la capacidad de elección. Como demostraremos más
adelante, al citar a Frederick Hayeck, esto puede suceder porque los individuos
pueden ponerse de acuerdo con relación a muy pocos asuntos y cualquier intento de
hacerlos coincidir un poco más de ese mínimo puede lograrse sólo mediante la
coerción.
La mentalidad utópica, lúgubre y rigurosa, iba contra el espíritu vigoroso del
individualismo y del empresariado que surgía en ese tiempo en Europa occidental.
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como la tierra estaba fuertemente ligada a los poderes de la soberanía, las discusiones
sobre la propiedad cuestionaban la autoridad real (o papal). Con la expansión del
comercio, sin embargo, en algunas partes de Europa, la propiedad comenzó a tener el
significado de capital; y el capital era independiente de asociarse con la política, se
trataba como un activo personal y, como tal, se poseía sin requisitos. Siguió un
cambio de actitud: si en las discusiones teóricas del milenio precedente la propiedad
había sido tratada como un mal inevitable, ahora podía considerarse como un bien
positivo. Esta actitud prevaleció hasta la segunda mitad del siglo XVIII, cuando los
sentimientos de igualdad condujeron a un ataque renovado hacia la institución de la
propiedad, esta vez con una agresividad sin precedentes.
Otros dos factores contribuyeron a la nueva importancia que se le confirió a la
propiedad.
Uno fue el auge del individualismo. Cada vez más, la comunidad comenzó a
verse como una abstracción hecha de individuos y el bienestar común como la suma
total de la prosperidad individual. La prosperidad individual, a su vez, comenzó a
verse como una recompensa de la vida racional. El humanista florentino Leonardo
Bruni (aprox. 1370-1444) elogió las riquezas como indispensables para una vida
pública activa, que por sí misma merecía ser llamada “virtuosa”. “En general —
escribió—, necesitamos muchos bienes materiales para poder alcanzar nuestras
metas, y cuanto más grandes y más excelentes sean nuestros actos virtuosos, más
dependeremos de esos medios.”[70] León Battista Alberti (1404-1472), un humanista
italiano del Renacimiento aún más conocido, predicó una moralidad “burguesa” muy
parecida a la que propondría Benjamín Franklin trescientos años después:
Sé virtuoso y serás feliz: esa es la idea principal de las vidas [de los dos
hombres]. La virtud es eficiencia económica: vivir virtuosamente significa unir
el cuerpo y el alma. Esta es la razón para la sobriedad: la virtud más apreciada
por Alberti es “sobrieta", para Franklin es la “frugalidad”. El objetivo del sabio
es, entonces, la total racionalización y economización de la conducta humana.
[71]
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que proporcionaban las Escrituras, los teóricos del Renacimiento se remitieron a los
textos literarios y legales romanos.[74] Revivieron la idea, llena de potencial
revolucionario, de que la Ley Natural antecedía las leyes positivas y de que todos los
humanos poseían derechos innatos que no podían ser violados por los gobiernos
porque los Estados se habían establecido con el propósito expreso de protegerlos.
Aunque el auge de la actividad económica comenzó en Italia, las ciudades-Estado
italianas no produjeron una doctrina económica que justificara el capitalismo. No
obstante, en el notable tratado de Alberti sobre la familia, encontramos las pruebas
del cambio de actitud que provocó. Orgulloso de haber nacido en el seno de una
familia próspera, este arquetipo del hombre del Renacimiento no sentía escrúpulos
cuando elogiaba la riqueza. Su tratado, escrito en forma de diálogo, equiparaba la
prosperidad material (adquirida honradamente) con la virtud. Un interlocutor al que
llamó Giannozzo (Werner Sombart vio en él a uno de los primeros representantes del
“espíritu del capitalismo”) elogia los beneficios de la industria y del comercio que
dan ganancias de la misma forma que alaba una buena casa en la ciudad y una villa
en el campo.[75] La riqueza administrada apropiadamente —esto es, administrada con
prudencia, no con avaricia o con despilfarro— es esencial para la felicidad de la
familia, al proporcionarle renombre y permitir que la persona pueda ayudar a su país.
En realidad, es una precondición para la libertad personal y para la dignidad:
Es, quizás, una especie de esclavitud tener que suplicar y depender de otros
hombres para lograr la satisfacción de nuestras necesidades. Por ello, no
despreciamos la riqueza sino que aprendemos a gobernarnos a nosotros mismos
y a dominar nuestros deseos mientras vivimos libres y felices en medio de la
abundancia y la opulencia.[76]
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fundamento del Estado está en la familia dueña de una propiedad. La autoridad del
soberano se detiene en el umbral de la casa: imperium o potestas no deben
confundirse con dominium o proprietas. Bodino cita a Séneca a los efectos de que “a
los reyes pertenece el poder sobre todos, pero la propiedad pertenece a los individuos.
[79] El Estado ideal para Platón, que no distingue entre “mío” y “suyo”, es
considerado por él como una contradicción en términos ya que “nada puede ser
público donde nada es privado”, al igual que no puede existir un rey donde todos son
reyes.[80] De lo que se desprende que el soberano, a pesar de ser todopoderoso, no
puede apropiarse de las pertenencias de sus súbditos. No puede ni confiscar los
bienes de sus súbditos ni tampoco puede imponerles impuestos sin su consentimiento
(el impuesto arbitrario era equivalente a la confiscación), porque la ley divina
establece que “nadie puede apropiarse de lo que pertenece a otro”.[81] Ni tampoco
puede adueñarse de ninguna parte del dominio real, ya que se le ha dado sólo para su
uso, no como propiedad.[82]
El tratado de Bodino formuló el principio fundamental de la teoría y de la práctica
política occidental (incipiente ya en las discusiones, a finales del medioevo, sobre las
reclamaciones de los monarcas sobre los bienes de la Iglesia) de que el gobierno no
tenía derechos sobre las propiedades privadas.
El siguiente teórico con influencia que insiste en la santidad de la propiedad con
argumentos extraídos del Derecho Natural fue el jurista holandés Hugo Grocio. El
tratado precursor de Grocio, Sobre la ley de la guerra y de la paz (1625), que ha sido
reconocido como el tratado que sentó las bases del Derecho Internacional, se refiere
principalmente a las relaciones entre Estados soberanos, pero en su desarrollo
también trata los derechos civiles.[83] Grocio también dedica al tema de la propiedad
gran parte de otro libro dedicado al Derecho holandés.[84] Su premisa fundamental
sostiene que los hombres tienen la obligación de “preservar la paz social” y que “la
condición principal para una comunidad pacífica es el respeto por los derechos de
cada uno”,[85] siendo los más importantes los derechos de propiedad.
Grocio aborda el tema de la propiedad en los capítulos iniciales del libro 2 de
Sobre la ley de la guerra y de la paz, en los que trata de descubrir las causas legales
de las guerras. Entre ellas relaciona, como la primera y más importante, la defensa y
la recuperación de las propiedades personales: “porque es legal la preservación de
nuestros bienes, si fuera necesario se podría matar a quien tratara de apoderarse de
ellos”.[86] Esta afirmación lo conduce a la discusión sobre los orígenes y las bases
legales de la propiedad. Originalmente, afirma, todas las cosas se poseían en común,
como era todavía el caso de los indios americanos. Pero la generosidad de la
naturaleza no es inagotable:
Dios Todopoderoso creó todas las cosas visibles y sensibles por el bien de
la humanidad en general. Pero de las cosas creadas algunas son de tal
naturaleza que alcanzan para todos los hombres, como el sol, la luna, las
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estrellas y el cielo y, hasta cierto punto, también lo son el aire y el mar; otras no
son suficientes, principalmente las cosas que no pueden ser disfrutadas
igualmente por todos. De éstas existen algunas que se consumen por su uso,
inmediatamente o en un período de tiempo, como la comida y la bebida: la
propia naturaleza de estas cosas no permite que se continúen disfrutando en
común, porque tan pronto como alguien consume para su propio provecho
cualquier parte de la provisión común, ya ésta se convertirá en sustento de esa
persona y de nadie más; y aquí ya vemos algo parecido a la propiedad, que
nace de una acto en concordancia con la Ley Natural.[87]
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nuevas ideas sobre la propiedad, y su relación con el poder político, formuladas por
los teóricos ingleses de aquella época.
En la primera mitad del siglo XVII, Inglaterra atravesó por una serie de conflictos
entre la Corona y el Parlamento en relación con sus respectivos poderes y,
específicamente, en relación con el derecho del rey a imponer tributos sin contar con
el consentimiento parlamentario, esto es, el conflicto que culminó en 1649 con la
ejecución de Carlos I. Bajo la República (commonwealth) que siguió a la monarquía,
las propiedades del rey, que siempre le habían proporcionado beneficios a la Corona,
fueron confiscadas. El resultado fue una situación original: el país no tenía rey y toda
la riqueza territorial de la corona pasó a manos del Estado, que vendió gran parte de
ella a particulares. Esta circunstancia singular inspiró nuevas ideas políticas y logró
que se examinara por primera vez la relación entre propiedad y libertad.
Durante esta época turbulenta, el término “propiedad” sufrió una metamorfosis,
revolucionaria en sus implicaciones, al ampliarse y referirse no sólo a los objetos
materiales sino a todo lo que el individuo tuviera el derecho natural de reclamar como
suyo. Esta noción se había prefigurado en el pensamiento medieval, el cual definía
que el concepto de suum incluía todo lo que perteneciera al hombre en virtud de su
derecho inherente o “natural”, y eso abarcaba también, junto a sus bienes terrenales,
su vida y su libertad.[90] La fórmula latina suum cuique tribuere, traducida al latín de
un texto de Platón y popularizada por Cicerón, era citada por Santo Tomás de Aquino
para definir la justicia (“la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno lo que es
suyo”).[91] Tomás Hobbes, a mediados del siglo XVII, tradujo la frase “dar a cada uno
lo suyo” o suum con el término “propiedad”.[92]
Había indicios de este concepto en los escritos de Grocio. Él dividió “cosas que
pertenecen a los individuos” entre “alienables” e “inalienables”. La primera forma se
aplica a “cosas que, por su naturaleza, pueden pertenecer a una u otra persona”. “Las
cosas inalienables son las que pertenecen tan esencialmente a un hombre que resulta
imposible que pertenezcan a otro, como es la vida, el cuerpo, la libertad, el honor”,
atributos de la personalidad, santificados por la Ley Natural. La distinción le permitió
a Grocio negar a las personas el derecho a renunciar a su libertad al ponerse en una
situación de servidumbre.[93] Estos pasajes, que Grocio escribió entre 1618 y 1621,
mientras estaba preso por disidencia política, pueden considerarse los primeros
esbozos, en la historia intelectual, de la teoría que explica que la libertad es una
propiedad “inalienable”, con lo cual se sentaron las bases para el concepto de
derechos inalienables.
En el siglo XVII inglés estas ideas adquirieron una relevancia política directa.
Desde la irrupción del conflicto entre la Corona y los Comunes, existieron referencias
al “patrimonio” (birthright) de los ingleses. Este término apareció por primera vez en
el siglo XVI, pero en aquella época se refería al patrimonio de una persona, es decir,
aquél que uno podía reclamar por haber nacido en una familia que tenía derechos
específicos, tales como el derecho a heredar la corona. Ahora adquiría un sentido más
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amplio e incluía prerrogativas que cualquier ser humano, no importaba cuán humilde
fuera, disfrutaba por el simple hecho de ser humano. Ya en 1621, la Cámara de los
Comunes afirmó que los privilegios del Parlamento eran “la herencia y el patrimonio
(birthright), antiguos e indudables, de los súbditos de Inglaterra”.[94] En 1640,
durante los debates sobre la decisión del rey de imponer “pagos de embarque”,
considerado por muchos como un impuesto ilegal, un miembro del Parlamento
aseveró que los súbditos del rey “tienen derecho de patrimonio (birthright) en las
leyes del reino”.[95] Seis años después, un igualitarista radical insistió en que “por
nacimiento todos los hombres son iguales y tienen derechos iguales a la propiedad y a
la libertad”.[96] Se considera que la noción de “derechos inalienables”, popularizada
por los radicales ingleses en el siglo XVII, abarca “todo lo que es posible desear”, e
incluye la religión que uno profesa, e incluso los derechos de propiedad sobre la
esposa.[97] Junto con la noción de suum, estableció las bases del concepto moderno
de derechos humanos, un concepto totalmente desconocido fuera de los límites de la
civilización occidental.
Las prerrogativas de la Corona fueron defendidas por varios teóricos, de los
cuales Tomás Hobbes es el más conocido. Los principales escritos de Hobbes
aparecieron entre 1640 y 1651, esto es, durante e inmediatamente después del reinado
de Carlos I. En sus propias palabras, Hobbes comenzó sus estudios sobre la “justicia
natural” preguntándose sobre qué bases alguien podía pretender que una cosa
concreta era suya. Decidió que la propiedad no se deriva de la naturaleza sino del
consentimiento, dado que en el estado de la naturaleza, la cual él y muchos en su
tiempo entendían como una condición en la que los bienes no pertenecen a nadie, la
competencia por ellos producía una “guerra de todos contra todos”.[98] Llevados por
el instinto de autoconservación, deseosos de evitar las rivalidades interminables, los
hombres habían consentido en hacer dejación de su derecho natural a gobernarse a sí
mismos y lo habían transferido al Estado. Por lo que el Estado precede a la sociedad y
no se beneficia de ella (como lo plantearían Bodino y Grocio): antes de que surgiera,
sólo existían individuos en guerra unos contra otros. Hobbes despreciaba la idea de
que la libertad fuera un “patrimonio privado” o un “derecho de nacimiento”: desde su
punto de vista, la libertad era conferida por la autoridad soberana.[99] La propiedad
privada es la creación del Estado que protege a los dueños de los abusos de sus
conciudadanos. La autoridad del soberano es absoluta —su única alternativa es la
anarquía, la reversión a la condición original del hombre en conflicto perpetuo—.
Dado que es el rey quien ha hecho posible la propiedad, tiene un derecho legítimo
sobre ella: puede establecer impuestos y confiscar sin el consentimiento de sus
súbditos.
Los pronunciamientos doctrinales de Hobbes desconocían los desarrollos en las
relaciones de propiedad que se habían producido en Inglaterra desde la ascensión de
los Tudor. Una descripción mucho más realista de las prerrogativas de la corona
frente a sus súbditos y sus propiedades fue proporcionada por el contemporáneo de
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Hobbes, James Harrington, en su Oceana (1656).[S] Oceana, un trabajo precursor en
la sociología política, pretendió explicar las razones de la caída de la monarquía
inglesa, no en términos metafísicos o moralistas, sino en términos realistas. En su
metodología, Harrington se parecía a Maquiavelo en el sentido de que insistía en
describir las cosas, no como debían ser sino como eran realmente. Harrington
entendía los acontecimientos políticos como si estuvieran determinados no por la
distribución del poder sino por la distribución de la propiedad, refiriéndose a la tierra.
Su hipótesis básica sostenía que “todo Gobierno es interés, y del interés principal
surge la base o fundamentación del gobierno”.[100] Fue el primer autor de teoría
política en ver el poder político como un producto derivado de la economía o, más
específicamente, de la distribución de la propiedad entre el Estado y la población.
Hablaba de un “equilibrio” de los derechos de propiedad entre la corona y los
súbditos, una noción que tuvo gran arraigo en la era de la ciencia mecanicista. Su
tesis era tan simple como innovadora: aquél que controla la riqueza del país controla
su política, en gran medida porque el poder político descansa en el poderío militar y a
las fuerzas armadas hay que pagarles. Desde el punto de vista de la estabilidad social
y política (algo que consideraba de gran importancia después de los levantamientos
de 1640) el peor acuerdo es aquél bajo el cual la Corona y los lores poseen una mitad
de los bienes de la nación y los Comunes la otra mitad, porque una distribución así
conduce a una inquietud permanente e incluso a la guerra civil, ya que los primeros
aspiran a una autoridad ilimitada y los últimos pretenden la libertad.[101] La
estabilidad se obtiene cuando uno de los tres grupos sociales adquiere un “interés
predominante”. La monarquía absoluta existe cuando la Corona es dueña de toda la
riqueza de la tierra o, al menos, de las dos terceras partes; la aristocracia, cuando los
lores poseen una parte similar. Cuando el pueblo posee dos tercios o más, se alcanza
la democracia.[102] El centro de la soberanía debe, más tarde o más temprano, ser
coherente con la distribución de la riqueza.[T] Harrington vio la causa última de la
caída de la monarquía en 1649 en las políticas con relación a la tierra de los primeros
Tudor, que beneficiaban a los yeomen, pequeños propietarios agrícolas procedentes
de los ejércitos feudales, a expensas de la Corona y de la nobleza. Enrique VII dividió
las grandes propiedades entre los pequeños propietarios, una práctica que Enrique
VIII continuó al entregarles la tierra confiscada al clero. Según Harrington, en el
reinado de Isabel, la balanza de la propiedad en Inglaterra cambió, decisivamente, de
manos de la Corona y de la nobleza a la de los comunes, o sea, a la clase media
agrícola y a los propietarios agrícolas.[103] Estos nuevos propietarios podían formar
un ejército más numeroso que la Corona y, por lo tanto, vencieron en la guerra civil.
También exigieron y, finalmente, lograron tener voz en el sistema de gobierno.
Estudiosos actuales concuerdan con la opinión de Harrington de que, en su tiempo, la
mayoría de los ingleses eran, en alguna medida, propietarios.[104]
El sucesor de Harrington fue Henry Neville, cuyo libro Plato Redivivus apareció
en 1681.[105] Pero ya en 1658, dos años después de la publicación de Oceana, de
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Harrington, al dirigirse a la Cámara de los Comunes, Neville llamó la atención sobre
el dramático cambio en las relaciones de propiedad que había tenido lugar en
Inglaterra:
[…] los ingresos que el rey recibe de sus súbditos deben ser pocos; y el rey
debe depender del Parlamento para su sustento en tiempos de paz. Y esto
solamente es suficiente para hacer que el rey dependa de su pueblo.[108]
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panfleto monárquico de Robert Filmer, De Patriarcha, escrito a principios del siglo
pero publicado por primera vez en 1680, en el que se avanzaba un argumento similar
al de Hobbes. Two Treatises se publicó de forma anónima en 1690, dos años después
del exilio de Jacobo II y del ascenso de Guillermo y María, y por mucho tiempo se
creyó, incorrectamente, que se había publicado con la intención de justificar la
Revolución Gloriosa: de hecho, los tratados se escribieron antes de que ocurriera.[V]
El libro de Locke se centra en la propiedad como la fuente y raison d’être de todo
gobierno. Muchos analistas han sostenido que Locke usa el término de “propiedad”
en dos sentidos: unas veces en el sentido estricto de activos materiales (“bienes”), y
en otras ocasiones en el sentido amplio de los derechos generales, tal y como se
establecen en el Derecho Natural. Sin embargo, un estudio más profundo revela que
él usa el concepto, de forma coherente, en su última acepción, es decir, en su sentido
más amplio. Como dice en cierta ocasión: “Cuando utilizo la palabra propiedad, aquí
y en otros momentos, se debe entender aquella propiedad que los hombres tienen
sobre sus personas así como sobre sus bienes”, esto es, “vida, libertades y
patrimonio”,[111] la esfera, que en latín le llama suum y en español “propiedad”, en la
que cada ser humano es soberano.[W] Al igual que Bodino, Grocio y Harrington y a
diferencia de Hobbes y Filmer, Locke consideraba que la propiedad antecedía a la
soberanía. El Estado de la naturaleza no era, como pensaba Hobbes, una jungla feroz,
sino una circunstancia feliz de libertad e igualdad.
De ser así, ¿por qué la humanidad abandonó su estado de felicidad para formar
parte de un convenio político y social? La respuesta de Locke: por el bien de la
propiedad (entendida siempre en su sentido amplio).[112] Con el desarrollo del
comercio y la invención del dinero llegaron la avaricia y la discordia. Entonces la
gente renunció a su libertad e igualdad por el bien de la seguridad de sus personas y
posesiones: así surgió el Estado. Y ésta continúa siendo su función primaria: “el
poder político… [es] el derecho a hacer leyes para la regulación y preservación de la
propiedad”.[113] de lo que, necesariamente, se desprende que “[e]l fin principal y más
importante de los hombres, unidos en la comunidad y entregados al gobierno, es la
preservación de su propiedad”.[114] Teniendo en cuenta su origen, el Estado se
sostiene o fracasa dependiendo de su habilidad para cumplir esta responsabilidad
suprema. Locke defendía el derecho del pueblo a rebelarse contra el monarca que no
lo pudiera llevar a cabo.
Locke introdujo la noción de que el origen de la propiedad material radica en el
trabajo, una noción que exigía mucho a un país en el que la mayoría de sus habitantes
eran campesinos independientes, artesanos y comerciantes. Según Locke, la
propiedad surge cuando un individuo se dedica a trabajar objetos que no pertenecen a
nadie. Y esto es así porque nosotros, sin discusión, somos nuestros propios dueños y,
por extensión, somos los dueños de todo lo que producimos:
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Aunque la Tierra y todas las criaturas inferiores son comunes a todos los
hombres, esto no excluye que todo hombre tenga la propiedad sobre su propia
persona. A esto sólo él tiene derecho, nadie más. El trabajo de su cuerpo y el
trabajo de sus manos, podemos decir, son de su propiedad. Entonces, cualquier
cosa que él transforme y convierta en algo diferente a lo que es en su estado
natural, le haya incorporado su trabajo y añadido algo suyo, automáticamente
lo convierte en su propiedad. Al haber sido cambiado por él, del estado común
en que la Naturaleza lo había colocado, le ha incorporado algo que excluye el
derecho común de otros hombres sobre el mismo. Por ser este trabajo la
propiedad indiscutible del trabajador, ningún hombre, salvo él, tiene derecho a
lo que una vez él le incorporó, al menos cuando hay suficiente, y haya quedado
suficiente para compartirlo con otros.[X]
A lo que dijo Descartes, “pienso, luego existo”, Locke podemos imaginar que
añade, “existo, luego poseo”: soy mi dueño, por lo tanto, soy el dueño de todo lo que
produzco. Más aún: la noción de que nuestra propiedad elemental somos nosotros
mismos, es decir, nuestras personas y nuestros cuerpos, implica que la propiedad,
necesariamente, lleva consigo la libertad. Porque decir que “somos dueños de
nosotros mismos”, es decir que somos nuestra propia “propiedad”, es equivalente a
decir que tenemos la libertad de disponer de nosotros mismos, que es el significado
de la libertad.
Atractiva y, al parecer, casi obvia, la teoría de la propiedad producto del trabajo es
una espada de dos filos, porque también puede utilizarse para atacar a la propiedad.
¿Cómo se puede justificar la riqueza heredada, que no requiere de esfuerzo personal,
o el hecho de que los trabajadores del campo y de las fábricas no sean dueños de lo
que producen? Como veremos, las implicaciones radicales y contra la propiedad de la
teoría de Locke serían utilizadas por los socialistas y anarquistas del siglo XIX para
argumentar que bajo el modelo “capitalista” de producción la masa de los
trabajadores no recibe los frutos de su trabajo y, por lo tanto, se deben nacionalizar
los medios de producción.[115]
El mensaje político de Locke, sin embargo, es claro e inequívoco: el rey no debe
violar ninguno de los derechos de propiedad de sus súbditos; si lo hace, está “en
guerra” con ellos y corre el riesgo de ser desobedecido.[116]
A pesar de que en la Inglaterra del siglo XVI, y en sus colonias, se aceptaba que el
principio de la propiedad privada era sacrosanto, también hubo voces que disentían.
Las objeciones más radicales vinieron de los llamados “diggers” (“ocupantes de
tierras”). El fundador y líder del movimiento, Gerard Winstanley, muy activo en los
años 1648-1652, exhortó al pequeño grupo de sus seguidores a “ocupar las tierras”
comunales, que en aquella época eran una porción considerable de la superficie de la
tierra en Inglaterra. Comenzaron a hacerlo hasta que los detuvieron y expulsaron,
como resultado del esfuerzo continuo del gobierno y de los campesinos. Winstanley,
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sin embargo, fue más allá de aquellas acciones ilegales y desarrolló una teoría de tipo
comunista. Uno de sus principios sostenía que ni la tierra ni sus frutos debían ser
mercancías.[117] Especialmente interesante resulta su hostilidad hacia la propiedad
intelectual: afirmaba que los sabios académicos que monopolizaban el conocimiento
eran tan malvados como los hacendados que monopolizaban la tierra. Su ideal era el
de una tiranía rígida en la que todo el mundo trabajaba y donde el que dejaba de
trabajar o eludía su trabajo era castigado con el látigo y la guillotina.[118]
La noción de la propiedad como algo sagrado y de su corolario político, que en el
siglo XVII conllevaba un mensaje revolucionario, adquirió en el siglo XVIII, al menos
en Inglaterra, una connotación conservadora. Muchos creyeron en esa época que, si la
política era una función de la propiedad, sólo los dueños de propiedades tenían el
derecho legítimo a participar en la política. Al argumentar en contra de la exigencia
del sufragio universal por parte de los igualitaristas radicales, Henry Ireton, el yerno
de Oliver Cromwell, afirmó en un sorprendente non sequitur:
Deseo que todos consideremos con qué base ustedes defienden que todo el
pueblo tenga derecho a participar en las elecciones. ¿Es por el derecho natural?
Si ustedes sostienen eso como su punto de partida, entonces pienso que deben
negar la propiedad también. Por el mismo derecho natural […] por el cual
ustedes pueden decir que un hombre tiene el mismo derecho que otro para
escoger quién lo va a gobernar, por ese mismo derecho natural, él tiene un
derecho igual sobre los bienes que ve, la comida, la bebida, la ropa, para
tomarlos y usarlos para su sustento.[119]
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En los últimos años del siglo XVIII surgió un nuevo enfoque del tema de la
propiedad. Los ingleses liberales, que habían recurrido a la teoría de la Ley Natural
para enfrentarse a la autoridad real, se asustaron de la forma en que esta teoría había
sido utilizada por los philosophes franceses radicales. Como resultado, algunos de
ellos ahora preferían justificar la propiedad a partir del argumento utilitario de que, a
pesar de sus inconvenientes morales, era preferible a cualquier otra alternativa porque
era la forma con la que mejor se alcanzaba la prosperidad general. El pionero de esta
formulación fue David Hume, quien describió la propiedad como una simple
“convención” que la gente respetaba porque le proporcionaba ventajas. “¿Qué es la
propiedad de un hombre?”, preguntaba y respondía:
Cualquier cosa, que él y sólo él, pueda usar legalmente. ¿Pero cuáles son
las reglas que nos permiten distinguir cuáles son estos objetos? Aquí tenemos
que recurrir a las leyes, costumbres, precedentes, analogías y cientos de otras
circunstancias; algunas de las cuales son constantes e inflexibles, otras
variables y arbitrarias. Pero, en definitiva, todas ellas profesan que pretenden
alcanzar un mismo punto, el interés y la felicidad de la sociedad humana.[122]
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Si bien en Inglaterra el impulso para las deliberaciones sobre el origen y
naturaleza de la propiedad emanaba de consideraciones estrictamente pragmáticas (el
deseo de controlar el poder arbitrario de la Corona, especialmente en asuntos de
impuestos), en Francia se inspiraba en una reacción filosófica contra el mundo, tal y
como estaba constituido. Los philosophes franceses entendían el mundo real como
una perversión del mundo verdadero o ideal, del mundo como debía y podía ser.
Cuando James Boswell visitó a Rousseau, quien influyó en la opinión pública contra
la propiedad privada más que ningún otro francés de su tiempo, su anfitrión le dijo:
“Señor, no me gusta el mundo. Vivo aquí en un mundo de fantasías, y no puedo
tolerar el mundo tal y como es. La humanidad me repugna”.[126] Malhumorado pero
honrado: las utopías siempre han servido como un desahogo para las emociones
misántropas.
Aunque puede resultar tentador buscar causas sociales y económicas en cada idea
política y social, resulta difícil encontrar en la Francia del siglo XVIII algo que
justifique el odio de sus intelectuales contra la propiedad. Hasta el punto de que
aunque la mayoría de la población no estaba satisfecha con las condiciones
económicas y sociales no era porque desaprobara la propiedad, sino porque quería
más. El socialismo filosófico era un movimiento puramente intelectual dirigido por
“aquellos hombres que”, en palabras de Trollope, “si hasta ahora habían logrado
poco, habían logrado, al menos, la duda sobre mucho”. Según ellos, la concepción
materialista del hombre jugaba una parte importante. La teoría del conocimiento de
Locke, expuesta en The Essay on Human Understanding (1690), que afirmaba que
los seres humanos no tienen ideas “innatas”, sino que forman sus ideas
exclusivamente a partir de las percepciones sensoriales, era en Inglaterra una doctrina
epistemológica compleja, exenta de significado político. En Francia, sin embargo, se
aplicó a la política, proporcionando la base teórica para la convicción de que si se le
daba una forma adecuada al entorno social del ser humano (la fuente exclusiva para
todas las ideas) era posible entonces moldear el comportamiento humano que
permitiera crear una sociedad ideal. Y la sociedad ideal, imaginada por Platón, se
caracterizaba por la igualdad.
La irrupción del siglo XVIII marcó entonces un cambio radical en los conceptos
tradicionales de la naturaleza humana. Desde el triunfo del cristianismo, mil
trescientos años antes, se pensaba que el hombre había perdido, en la Caída, su
capacidad para la perfección y se había convertido en un ser corrupto que requería de
una disciplina que evitara que se descarriara por el camino de la depravación. La
visión cristiana era conservadora porque consideraba que la naturaleza humana era
inmutable. Pero ahora surgía otro punto de vista que con el tiempo llegó a dominar el
pensamiento occidental y significó el rechazo abierto a la doctrina del pecado
original. Sostenía que no existía la naturaleza humana como tal: sólo existía la
conducta humana y ésta se formaba a partir del entorno social e intelectual. La tarea
del filósofo era diseñar un sistema social que hiciera virtualmente imposible la
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depravación de los seres humanos. Una vez que se aceptó este criterio (y un siglo más
tarde se convirtió en un concepto convencional entre socialistas y liberales) no hubo
límite teórico a la manipulación del ambiente social e intelectual en la búsqueda de la
perfectibilidad humana.
Comenzando con Helvecio, los philosophes mantenían que el factor decisivo para
conformar las actitudes y conductas humanas era la “educación”, refiriéndose no sólo
a la educación formal de la escuela sino también a las leyes y el entorno social del
hombre. Veían la propiedad privada como el principal obstáculo para una vida
virtuosa, porque corrompía la personalidad y producía desigualdades sociales
intolerables.
Un ejemplo representativo de la literatura escrita contra la propiedad en el siglo
XVIII francés es Code de la Nature, publicado en 1755 de forma anónima por un autor
que utilizó el seudónimo de Morelly y cuya identidad continúa siendo un misterio en
nuestros días. Morelly rechazaba el argumento de que la gente tenía que ser aceptada
como era porque pensaba que había sido pervertida por su pasado: su verdadera
naturaleza había sido depravada por las instituciones sociales, especialmente por la
propiedad privada. Los seres humanos “naturales” se encontrarían entre los indios
americanos, que cazaban y pescaban en común y desconocían lo que significaban las
pertenencias personales. El hombre moderno estaba totalmente pervertido por su
apetencia por las cosas:
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la Ley Natural?”. El trabajo de Rousseau, que fue rechazado por la academia porque
era demasiado largo, comenzaba con un pasaje que se ha hecho famoso porque se cita
con frecuencia, aunque no es, de ninguna manera, original, pues repetía los
sentimientos de los escritores de la Antigüedad clásica:
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“Después de mediados del siglo XVIII”, escribe Franco Venturi, “la idea de que la
abolición de la propiedad podía cambiar las bases fundamentales de la sociedad
humana, que podía eliminar toda la tradición moral y toda forma política del pasado,
no volvería a desaparecer”. El comunismo nació “a mitad de camino del siglo
XVIII”[134] —antes de la aparición del capitalismo industrial y de las evidentes
desigualdades sociales que trajo consigo—. Fue una invención puramente intelectual,
concebida por la imaginación de los pensadores, que trataban de reencontrar una
Edad de Oro. Ejercía una atracción irresistible sobre aquellos intelectuales que les
gustaba echar la culpa de sus problemas a la sociedad en la que vivían. Porque en un
mundo en el que los bienes materiales estuvieran distribuidos de forma absolutamente
igualitaria, un status superior y el poder que conlleva se derivaría de la capacidad
intelectual de la que ellos se sentían dotados de una forma especial.
Los sentimientos contra la propiedad, a pesar de ser los que prevalecían en el
siglo XVIII francés, no eran los únicos, porque había franceses muy prácticos que
entendían las ventajas de la propiedad. El más influyente de todos pertenecía a la
escuela de los fisiócratas, que se sumaba a la idea de la Ley Natural, y consideraba la
propiedad como su componente integral. Un destacado fisiócrata, Mercier de la
Riviere, citaba a Locke cuando escribió: “Proviene de la naturaleza el derecho
exclusivo de todo hombre a su propia persona y a todas las cosas adquiridas a partir
de su dedicación y trabajo”.[135] O: “La propiedad puede considerarse como un árbol
cuyas ramas son las instituciones sociales que germinan de su tronco”.[136] Según los
fisiócratas, la tierra era la forma más auténtica de la propiedad porque sólo la
agricultura contribuía a la riqueza existente. El Estado debía ser gobernado por los
terratenientes, que eran únicos en el sentido de que sólo ellos poseían una patria:
patria (patrie) y patrimonio (patrimoine) eran lo mismo.[137]
Los fisiócratas ejercieron una gran influencia en el compromiso de los
revolucionarios franceses de considerar la propiedad como una institución sacrosanta.
En mayo de 1789 los Estados Generales redactaron un memorial de agravios llamado
los cahiers de doléances, en los que se definían la libertad y la propiedad como
derechos sagrados que el Estado tenía la obligación de respetar.[138] La consagración
de los derechos de la propiedad justificó la abolición de los derechos feudales, los
cuales fueron considerados por los revolucionarios como un privilegio y no como una
propiedad. En agosto del mismo año, la Asamblea Nacional aprobó la Declaración de
los Derechos del Hombre y del Ciudadano que establecía que la propiedad era uno de
“los derechos naturales e imprescriptibles del hombre”.[139] La Constitución adoptada
por la Convención en 1793 establecía en el artículo 2 que “la igualdad, la libertad, la
seguridad y la propiedad” se encontraban entre los derechos fundamentales e
inalienables del hombre. Los mismos sentimientos se hallaban en el Código de
Napoleón (Code Civile) de 1804, el cual eliminaba todas las limitaciones sobre la
propiedad que habían quedado desde los tiempos feudales e incorporaba,
virtualmente, palabra por palabra, la definición romana de propiedad:
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La propiedad es el derecho a disfrutar y a disponer de objetos de la forma
más absoluta, garantizando que no se haga uso de ellos en formas prohibidas
por las leyes y por las regulaciones. No se puede obligar a nadie a renunciar a
su propiedad a menos que sea para el bien público, a partir de una
indemnización justa y previamente acordada.[140]
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A partir de la concepción de la propiedad como un derecho natural se
desprenden algunas consecuencias inesperadas que socavan los fundamentos
de esa concepción. Si la propiedad es esencial para el desarrollo de la libertad
natural del hombre, no deberían disfrutarla sólo unos pocos, como si fuera un
privilegio detestable; todos deberían ser dueños de una propiedad. La misma
teoría de los derechos naturales, que consagraba la propiedad individual y, para
protegerla, demolió el imperio del feudalismo, se desarrolló en la concepción
opuesta, es decir, en el comunismo. Así, la negación suprema del
individualismo surge, por un desarrollo lógico, de la concepción de la
individualidad.[141]
[S]i la libertad del hombre es sagrada, es igualmente sagrada para todos los
individuos […] si necesita de la propiedad para su acción objetiva, esto es, para
su vida [entonces] la apropiación material es igualmente necesaria para todos.
[142]
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novelas de Trollope, escritas en el apogeo de la era victoriana, en una nación que se
encontraba decididamente en el camino de desplazar a la agricultura a un lugar
secundario, la propiedad (junto con el amor) ocupa el núcleo del argumento, y la
propiedad significa, ante todo, propiedad agrícola y los ingresos que se desprenden de
ella. A la opinión pública, le tomó tiempo darse cuenta de que el capital estaba
desplazando a los bienes raíces como la forma principal de la riqueza.
Ahora bien, la relación entre el hacendado y sus arrendatarios u obreros agrícolas
es muy diferente de la que se establece entre un industrial y su empleado. En el
primer caso, la proximidad física y el hecho de compartir los caprichos de la
naturaleza crean un vínculo que es de índole cuasi política. Se establecen relaciones
personales que, en ocasiones, se remontan a generaciones. La consecuencia de todo
ello es que las desigualdades parezcan ser más “naturales” y, por tanto, menos
irritantes. En el último caso, la relación es impersonal: el obrero realiza el trabajo, el
empresario lo compensa con el salario y ahí termina la conexión. Si dejan de
necesitarlo, se le dice al empleado que se vaya. Aunque en las fases iniciales de la
industrialización existieron ejemplos de relaciones patriarcales entre empresario y
trabajador derivadas de los contratos propios del mundo agrario, en una economía
capitalista madura, el empresario no tiene ninguna responsabilidad, ya sea moral o
social, con sus trabajadores. Una responsabilidad de este tipo, en el momento en que
se presenta, es asumida por el Estado. Es ciertamente más complicado desalojar a un
campesino arrendatario que despedir a un obrero de una fábrica. Las desigualdades de
la riqueza se hacen, por lo tanto, más perceptibles e intolerables.
La primera mitad del siglo XIX fue testigo de la desenfrenada expansión de las
fortunas capitalistas y de la creciente ola de hostilidad en su contra. Al principio,
como había sucedido en el pasado, la hostilidad se centró en las desigualdades. Sin
embargo, en la segunda mitad del siglo, se transformó en un ataque generalizado
hacia la propiedad como institución. Con excepción del liberalismo clásico, que tuvo
que replegarse cada vez más, la mayoría de los movimientos políticos e ideologías de
la segunda mitad del siglo XIX (desde los movimientos extremistas radicales, como el
anarquismo y el comunismo, hasta el liberalismo e, incluso, el nacionalismo)
asumieron, en diferentes grados, actitudes críticas hacia la propiedad privada.
Visto retrospectivamente, parece que la intensidad del ataque se debía a la
convicción de que el capitalismo y la industrialización estaban destruyendo lo que
existía en términos de igualdad social y seguridad, lanzando a la humanidad hacia
una corriente inevitable y creciente de desigualdades con relación a la riqueza. Esta
convicción encontró su expresión más acabada en la teoría marxista de la
“pauperización”, según la cual el capitalismo, sin piedad, provocaría el
empobrecimiento de la clase obrera hasta que no quedara otra alternativa que la
rebelión y la abolición de la propiedad. Al argumentar de esta forma, los teóricos del
socialismo pasaban por alto dos factores. Uno es que, incluso en la fase inicial y más
brutal de la industrialización, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, la situación
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de las clases sociales más bajas en Gran Bretaña, el país que iba a la cabeza de la
industrialización capitalista, distaba mucho de ser desesperada, corno lo demostraban
las bajas tasas de mortalidad y el sostenido crecimiento de la población.[143] Segundo,
ignoraban que la riqueza generada por la nueva economía, con el tiempo, se filtraría y
beneficiaría a la población en general —un desarrollo que, a finales del siglo, se
burlaría de la noción de “pauperización” y de la tan mencionada inevitabilidad de la
revolución social en los países industriales avanzados—. En el siglo XX las
revoluciones sociales, de hecho, ocurrirían exclusivamente en países agrícolas
preindustriales y precapitalistas, en donde los derechos sobre la propiedad se habían
desarrollado muy débilmente y tenían, por lo tanto, bajas tasas de crecimiento
económico.
Como era de esperar, a partir de lo que conocernos corno las actitudes de los
philosophes, el ataque teórico contra la propiedad en nombre del comunismo ocurrió
primero en Francia, en el mismo momento en que la propiedad celebraba allí sus
mayores triunfos legislativos, al considerárselo corno fundamento de la libertad.
Durante 1790, muchos revolucionarios franceses, dirigidos por Jacques-Pierre Brisot,
desafiaron las opiniones establecidas y denunciaron la propiedad corno un “hurto”.
[144] Los jacobinos, en la fase final de su dictadura, se plantearon la posibilidad de
aprobar un conjunto de leyes (las llamadas Leyes de Ventóse) que se acercaban a las
propuestas comunistas.[145] El correligionario de Robespierre, Louis Antoine de
Saint-Just diseñó un programa de expropiaciones masivas de grandes propiedades:
Las Leyes de Ventóse declararon, también, que las propiedades de “enemigos
reconocidos de la revolución” podían ser expropiadas. Los jacobinos nunca llegaron a
poner en marcha este programa radical: de hecho, su defensa contribuyó en gran
medida a que perdieran el poder, porque atemorizó a los pequeños propietarios que se
habían beneficiado de la revolución y ahora hacían causa común con los adinerados.
Pero fue un presagio de acontecimientos que sucederían más adelante.
El padre del comunismo moderno fue el francés François Noel (“Graco”) Babeuf,
un seguidor de Morelly. Su importancia política se deriva de dos factores: uno, que
exigía la propiedad común de todos los recursos económicos y no su distribución
equitativa entre propietarios individuales, como generalmente demandaban los
críticos de la propiedad;[146] y dos, que con él, el odio contra la propiedad, formulado
un siglo y medio antes por Winstanley, pasó del pensamiento a la acción. Babeuf
organizó un complot para derrocar al Directorio que gobernaba a Francia después de
la caída de los jacobinos, pero lo descubrieron antes de que pudiera llevarlo a cabo y
lo ejecutaron. En 1828, su compañero Filippo Buonarroti publicó el programa del
grupo, titulado “Conspiración por la igualdad”, que es el manifiesto comunista
original.[147] Como haría Lenin un siglo después, Babeuf y sus seguidores revivieron
una idea popularizada entre los jacobinos de que la Revolución Francesa se había
detenido a mitad del camino:[148] limitada a la política, debía haber continuado con
una revolución social, la cual alcanzaría la igualdad junto con la libertad. Babeuf veía
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al mundo como un infierno atroz, dominado por truhanes sin escrúpulos. Tenía que
ser destruido y reemplazarse por una sociedad comunista:
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[!]”.[152] Para anticiparse a posibles objeciones a su teoría, Godwin admitió
abiertamente que sus proposiciones eran una “conjetura probable” y que el “gran
argumento de esta división del trabajo es, en su conjunto, independiente de su
veracidad o falsedad”.[CC]
Sería redundante recapitular los criterios sobre la propiedad de socialistas
prominentes de la primera mitad del siglo XIX —Saint-Simon, Fourier, Robert Owen
y Louis Blanc— porque ellos, esencialmente, reformularon los argumentos que ya se
habían hecho familiares a partir de Helvecio y Rousseau, Morelly y Mably, Babeuf y
Godwin.[153] Todos pedían restricciones en la propiedad, o su total eliminación.
Se pueden encontrar argumentos menos convencionales sobre el tema en los
escritos de Proudhon. La fama de Proudhon radica en la declaración “¿qué es la
propiedad? Es un robo”[154] —un bon mot del que se encontraba muy satisfecho y
que nunca se cansó de repetir—. Los bolcheviques lo utilizaron mucho en 1917-18
para incitar a los campesinos y obreros rusos a apoderarse de los bienes privados bajo
la consigna de “saquead a los saqueadores”. Proudhon señaló con mucho poder de
persuasión que cualquier argumento a favor de la propiedad es también un argumento
en contra de ella. Si, como se sostiene, el primero que ocupe la tierra de nadie
adquiere derechos para reclamar la propiedad, entonces, ¿qué les queda a los que
vienen detrás? Y si la propiedad es un derecho fundamental, entonces todos deberían
tener igual acceso a ella: pero la igualdad es la negación de la propiedad. El trabajo
aplicado a objetos que no tienen dueño, que era la justificación de Locke para la
propiedad, no significa mucho en un mundo en el que a todos los recursos
productivos se les ha asegurado el derecho de prioridad. Proudhon no estaba en
contra del derecho de propiedad como tal, sino en contra de los abusos que, en el
capitalismo, permitían que el capitalista se apropiara, con la justificación de los
intereses o de las rentas, de bienes a los que no tenía ningún derecho moral. Proudhon
despreciaba la autoridad más que a la desigualdad, sin embargo, y ya en sus últimos
años de vida, en su libro Teoría de la propiedad, publicado póstumamente, describió
la propiedad y la familia como los únicos baluartes efectivos contra la tiranía.
Hasta 1840, los argumentos en contra de la propiedad eran, esencialmente, de una
naturaleza moral. En ese momento, sin embargo, surgió una nueva tendencia que
sostenía que la propiedad era una aberración histórica, un fenómeno transitorio
relacionado con una organización particular de la vida económica, es decir, con el
“capitalismo”. Carlos Marx y Federico Engels, los fundadores de lo que denominaron
“el socialismo científico”, cuando se referían a la propiedad abandonaban los criterios
éticos y, según afirmaban, la estudiaban sobre bases estrictamente científicas, esto es,
“libres de prejuicios”.
Suponían que la humanidad, en su condición original, no había conocido la
propiedad privada de la tierra: era un fenómeno moderno, un subproducto del modo
capitalista de producción.[155] Esta creencia se basaba inicialmente en la invención
metafísica llamada “dialéctica”, pero desde de la mitad del siglo se sustentó en
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pruebas proporcionadas por historiadores agrarios contemporáneos. Uno de ellos,
Georg Hanssen, en ensayos publicados en 1835-1837, aseveró que en los
asentamientos agrarios de la antigua Alemania, la tierra se poseía colectivamente.[156]
Este descubrimiento aparentemente se confirmó a partir de las investigaciones
efectuadas en Rusia durante la década de 1840 por el prusiano August von
Haxthausen, un experto en agricultura, quien dio a conocer al resto del mundo la
existencia del mir, o comuna repartida, bajo la cual los campesinos rusos compartían
la tierra y la redistribuían entre ellos periódicamente para garantizar cambios en el
tamaño de las propiedades. Haxthausen consideró que el mir tenía un origen antiguo,
una reliquia viva de una institución que, en algún momento, había prevalecido en
todo el mundo.[157] En la década siguiente se publicaron dos libros del historiador y
jurista Georg von Maurer, en los que se afirmaba que las primeras tribus germánicas
no conocían la propiedad de la tierra y que comenzaron a desarrollarla a partir de la
influencia romana.[158] Los puntos de vista de Maurer alcanzaron gran aceptación
porque agradaron igualmente a los nacionalistas y a los socialistas germanos. La
noción del comunismo primitivo obtuvo un fuerte apoyo del inglés Sumner Maine, un
historiador del Derecho, quien halló pruebas de esto en la India. En 1875, Maine
generalizó la validez de sus hallazgos al afirmar que en todas las sociedades
primitivas la propiedad de la tierra era colectiva:
La propiedad colectiva del suelo por grupos de hombres, unidos por lazos
sanguíneos reales o asumidos como reales, se hace ahora merecedora de figurar
como un fenómeno primitivo probado que una vez caracterizó universalmente
aquellas comunidades de la humanidad entre cuya civilización y la nuestra no
hay una determinada conexión o analogía.[159]
[Link] - Página 54
subdividió entre los miembros del clan y después pasó a los individuos. La razón para
que sucediera esta evolución descansa en factores objetivos: el incremento notable de
la población y las innovaciones tecnológicas. Morgan creía que en su propia época la
propiedad había creado divisiones sociales tan grandes que amenazaban con la
autodestrucción de la humanidad. La única alternativa era el regreso a las antiguas
condiciones de igualdad económica, es decir, a un mundo sin propiedad.
En las doctrinas de los fundadores del “socialismo científico”, la propiedad
privada ocupa un lugar central. Basta con decir que en el Manifiesto comunista de
1848 Marx y Engels afirmaron que “la teoría de los comunistas puede resumirse en
una única frase: abolición de la propiedad privada”.[161] Y, sin embargo, ellos
contribuyeron muy poco a que se entendieran los orígenes de la propiedad privada. A
pesar de todas sus afirmaciones en relación con la utilización de una metodología
científica, estudiaron el problema de forma muy parecida a la de sus precursores: esto
es, construyeron un modelo teórico de sociedad ante la aparición de la propiedad y
después describieron (a partir de conocimientos mínimos, tanto de antropología como
de historia, temas en los que eran bastante ignorantes) cómo debía haber
evolucionado la propiedad.[DD] El esquema era abstracto (“metafísico”), aunque la
inyección de un vocabulario extraído de la economía, la sociología y la psicología le
daba la apariencia de ser un esquema más científico que el que presentaban las teorías
anteriores. Su punto de vista estaba enraizado, no en la evidencia empírica, sino en la
visión romántica de la “hermandad” de la humanidad: su pathos era el de la Oda a la
alegría de Schiller.
Su principal objeción contra la propiedad era que deshumanizaba a las personas,
“alienaba” al hombre al hacer que su identidad se sumergiera en el dinero (un
concepto tomado de Ludwig Feuerbach y de Moses Hess). A diferencia de Hegel,
para quien la propiedad era “la libertad humana realizándose a sí misma en el mundo
de los fenómenos”, Marx y Engels le otorgaban el efecto contrario: “la propiedad no
es la realización de la personalidad sino su negación”.[162]
¿Cómo surgió la propiedad?
Marx y Engels, desde sus primeros escritos, asumieron que, originalmente, toda la
propiedad había sido colectiva: llegaron a esta conclusión antes de que aparecieran
los estudios de Haxthausen, Maurer, Maine y Margan. Dado el caso de que las
familias organizadas en tribus dispusieran de bienes muebles e inmuebles, éstas
estaban subordinadas a la comunidad y, por tanto, no sufrían la “alienación” que
caracterizaría al capitalismo maduro. Fue más tarde cuando Marx y Engels
respaldaron esta teoría a priori, con los escritos de Maurer y Morgan.
Según Marx, incluso en la economía más avanzada de las polis de la antigua
Grecia prevalecía la comunidad: existía la propiedad privada pero en una “forma
anormal subordinada a la propiedad comunal”, en buena medida porque la sociedad
demandaba la esclavitud, una institución fundamental para el orden económico y
social antiguo.[163] La propiedad feudal, “al igual que la propiedad tribal y comunal,
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[estaba] basada, otra vez, en una comunidad”, y el factor que los unía era la
explotación del trabajo del siervo.[164]
Engels explicaba el surgimiento de la propiedad privada con argumentos de
Morgan. En el libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884)
intentó demostrar cómo las familias se formaron a partir de grupos de cazadores y
recolectores y cómo, consecuentemente, surgió la propiedad. Esto último se explicaba
a partir de la división del trabajo:
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esgrima, etc., más podrás ahorrar y mayor será tu tesoro, que no se corromperá
ni por el óxido ni por las polillas: tu capital. Cuanto menos seas, mientras
menos te manifiestes en tu vida, más tendrás, más alienada será tu vida y
mayor será la salvación de tu ser alienado”.[FF]
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Esta teoría romántica, basada en pruebas endebles que fueron después casi
totalmente desacreditadas, se consideró, a partir de ese momento, como una verdad
obligada en la bibliografía socialista y en mucha literatura científica general. Pero
encontró oposición incluso en su propia época. La crítica a la doctrina del comunismo
primitivo, el postulado central de la bibliografía contra la propiedad, fue socavada por
ensayos teóricos de escritores contemporáneos y demolida por la antropología en el
siglo XX.
En 1850, el académico ruso Boris Chicherin cuestionó la interpretación del mir
formulada por los nacionalistas románticos rusos, conocidos como “eslavófilos”, y
que se había dado a conocer en Occidente por Haxthausen. Chicherin argumentó que,
lejos de ser una antigua institución que englobara un espíritu comunal, no adquisitivo
y precapitalista, el mir era el producto del Estado zarista, creado a partir de la
imposición de la servidumbre en el pasado siglo XVI para asegurar, a través de los
mecanismos de la responsabilidad colectiva, que los campesinos permanecieran en
las tierras y pagaran sus impuestos.[169]
Después le llegó el turno a Von Maurer. En 1883 el americano Denman W. Ross
demostró que las teorías sobre el comunismo primitivo entre las tribus germánicas se
basaban en lecturas erróneas de Tácito y de César, las principales fuentes de
información sobre este asunto. La ausencia de lindes entre los primeros cultivadores
germanos (según lo relató César) significaba que la tierra no estaba dividida y no que
fuera propiedad común: “La propiedad en común y la propiedad comunista deben
diferenciarse cuidadosamente. Son cosas muy diferentes. En los primeros datos se
describían muchas propiedades en común, pero no propiedades comunistas”.[170]
Según Ross, ninguno de los datos existentes indican que la primitiva comunidad
germánica disfrutara de derechos sobre la tierra de sus miembros: “La comunidad no
existía como una corporación propietaria de tierra”, por lo que los conflictos sobre la
tierra no se resolvían por la comunidad sino por las partes individuales en disputa,
que se resolvían mediante duelos.
La principal arremetida contra la teoría del comunismo primitivo vino de la
pluma del reconocido historiador francés Fustel de Coulanges, autor de La ciudad
antigua, una obra en la que se describía la aparición de la propiedad privada en la
antigüedad clásica como un resultado de los cultos religiosos centrados en la familia
y en el hogar. En 1889, Fustel de Coulanges publicó un extenso artículo, que después
salió como libro, en el que rechazaba la teoría del comunismo primitivo a partir de
los mismos argumentos de Ross, es decir, planteaba que esa teoría interpretaba mal
las fuentes, pero fue más lejos que Ross al negar, incluso, la existencia de la
propiedad común de la tierra entre los antiguos germanos.[171] Su blanco principal fue
Von Maurer. Tácito y César no respaldaban las teorías de Maurer: “Todo el conjunto
de la ley germana es, de hecho, una ley en la que la propiedad es suprema”.[172] La
propiedad común de la tierra requeriría de redistribuciones periódicas del suelo, algo
de lo que no había prueba entre los primeros germanos. Descubrió que la creencia
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generalizada de la existencia del comunismo primitivo no se derivaba de la evidencia
histórica sino del clima de opinión que prevalecía a finales del siglo XIX en Europa:
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sino del capitalismo, que los forzaba a actuar de esa manera.[178] Formaba parte del
“sistema”. Sin explicar por qué había existido el comportamiento antisocial y
destructivo mucho antes de que el capitalismo apareciera en escena y por qué
persistía en sociedades no capitalistas, los defensores de esta teoría exigían que el
Estado interviniera para defender a sus ciudadanos menos afortunados. Estas ideas
proporcionaron la justificación teórica en relación con las reformas sociales que, en el
siglo XX, conducirían a la aparición del modelo de Estado de bienestar.
Así pues, en vísperas del siglo XX, los liberales comenzaron a aceptar
restricciones sobre la propiedad privada. Lo hicieron al poner los derechos de la
propiedad bajo la consideración de la justicia social, y al proporcionar al Estado la
autoridad moral de restringir el derecho a la propiedad absoluta en favor del bien
común. La propiedad se percibía, no sólo como un derecho privado sino también
como una función social: si el dueño cumplía con sus obligaciones, la sociedad
protegía sus posesiones; si no lo hacía, la sociedad podía intervenir legítimamente
para garantizar que la propiedad cumpliera con su obligación.[179] Y, en este asunto,
el Estado era el único juez.
8. EL SIGLO XX
Los sentimientos contra la propiedad, inspirados por inquietudes sociales, recibieron
apoyo a partir de nuevas corrientes en la esfera de la psicología. En la segunda mitad
del siglo XIX, bajo la influencia de Darwin, quien había afirmado que los seres
humanos, al igual que los animales, estaban dominados por los instintos, William
James desarrolló una teoría psicológica en la que demostraba que la conducta humana
se determinaba por el instinto y no por el condicionamiento cultural. Para James ese
instinto era “el deseo de adquirir”.[180] El defensor más influyente de este
planteamiento fue William McDougall, un profesor inglés de las universidades de
Harvard y Duke, quien en su manual, de gran divulgación, Introducción a la
Psicología Social (Introduction to Social Psychology) (1908) proporcionó un
verdadero catálogo de lo que llamó “los instintos y emociones principales del
hombre”, tales como el instinto de evasión, de repulsión, de curiosidad, de
agresividad y, por supuesto, el instinto de adquirir. El antropólogo francés Charles
Letourneau, en un experimento precursor dentro de la sociología evolucionista,
clasificó el deseo de adquirir como una manifestación del instinto de
autoconservación.[181]
En los primeros años del siglo XX, sin embargo, los conceptos de “instinto” y su
fundamento, la “naturaleza humana”, encontraron gran oposición; durante los años
veinte fueron totalmente desechados. Entre las razones para este cambio se
encontraba el absurdo obvio de explicar todo comportamiento por los instintos y por
las emociones que los acompañan, como había hecho McDougall, así como las
objeciones a sus implicaciones políticas. La explicación biológica del
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comportamiento humano podía ser manipulada, y de hecho así fue, para justificar la
discriminación y persecución racial, primero de los negros y después de los judíos.
Franz Boas, el fundador de la antropología cultural en los Estados Unidos, dirigió el
ataque en su contra. Emigrante procedente de Alemania, criado en una familia judía
liberal, consagró su vida a destruir las teorías que justificaban el racismo. Con este
motivo, eliminó de la antropología todo lo que tuviera que ver con el determinismo
biológico, y lo sustituyó por el condicionamiento cultural. Su argumento más sólido
era la prueba de que las personas que emigraban hacia los Estados Unidos, de etnias y
razas diferentes, adquirían, en su patria de adopción, características físicas comunes,
lo que sugería que también adquirían los mismos rasgos intelectuales y psicológicos.
En La mente del hombre primitivo (The Mind of Primitive Man) (1911) Boas
afirmaba que los llamados “salvajes” no diferían, en su capacidad mental, de la gente
civilizada. Él y sus discípulos separaron la sociología de la biología, y expulsaron, del
vocabulario académico, los conceptos de “instinto” y “naturaleza humana”. Boas no
reconocía la naturaleza humana como tal: sólo existía el comportamiento humano,
moldeado por la cultura. En palabras de Margaret Mead, Boas y sus seguidores
consideraban que los seres humanos “no dependían ni de su instinto ni de
capacidades específicas trasmitidas genéticamente, sino que dependían de formas de
vida aprendidas que se acumulaban lentamente a través del préstamo interminable, la
readaptación y la innovación”.[182]
En la década del veinte, los puntos de vista antropológicos de Boas recibieron el
apoyo de la escuela conductista de Psicología (conocida también como
“behaviorista”), fundada por el americano John B. Watson, esta escuela de
pensamiento también eliminaba de la conducta humana los factores biológicos, y la
reducía a las respuestas a los estímulos externos. La agresividad, el dominio y el
sentido de posesión eran tratados, entonces, como fenómenos culturales y no
biológicos.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el péndulo volvió a oscilar, pero no
completamente. La antropología cultural y su aliada, la psicología del conductismo,
que había adquirido un status casi de monopolio en los círculos académicos durante
el período de entreguerras, manifestaron una notable contradicción. Sus partidarios
aceptaron como prueba concluyente la tesis de Darwin de un continuum en la
evolución de las criaturas vivas, según la cual la humana, aun siendo la más
evolucionada de todas las especies animales, no era en absoluto única. La teoría
evolucionista afirmaba que el comportamiento animal era importante para la
comprensión del comportamiento humano. No obstante, Boas, Watson y sus
seguidores negaron que la biología tuviera algo que ver en la conducta humana. Así
que, aunque estaba biológicamente relacionado con los animales, psicológicamente
(en su comportamiento), el hombre era sui generis. Las mismas personas que se
espantarían ante la sugerencia de que el hombre era una criatura singular más que una
especie animal, no veían ninguna incongruencia en el argumento de que, en términos
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de inteligencia y de conducta, era, ciertamente, único, ya que, al no tener “instintos”,
él y sólo él estaba condicionado por su entorno cultural.[183] Pero, corno había
observado el especialista en genética Theodosius Dobzhansky, resulta incoherente
tratar la evolución biológica y cultural independientemente una de otra. El rechazo de
los antropólogos culturales modernos a admitir vínculos de comportamiento entre los
humanos y los animales repetía la negación de los adversarios de Darwin a reconocer
vínculos biológicos entre humanos y animales.[184] En palabras de A. Irving
Hallowell:
[Link] - Página 62
La relativa novedad del libro radica en su insistencia en aplicar el principio de la
igualdad, no sólo a los bienes materiales, sino también a la inteligencia y a las
capacidades innatas. Al haber adquirido estas ventajas en el “sorteo” de la naturaleza,
su afortunado poseedor no debía recibir ningún beneficio especial por ellas, porque
no se las ha ganado. Según Rawls, la asignación de talentos y habilidades debe
considerarse como “arbitraria desde una perspectiva moral”. No está de acuerdo con
que “la distribución de la riqueza y de la renta [sea] determinada por la distribución
natural de las capacidades y del talento”.[190] Éste debe apreciarse como un “bien
común” y sus poseedores deben beneficiarse de ellos “de forma tal, solamente, que
repercutan en la mejora de aquellos que no los poseen”.[II] Si es necesario, la
eficiencia debe sacrificarse con vistas a obtener una igualdad perfecta.[191] De esta
forma Rawls es más enérgico que los teóricos comunistas más radicales al desear la
socialización de la capacidad natural, esto es, negar a los individuos más dotados los
beneficios que sus capacidades les proporcionan. “La igualdad de oportunidades” es
rechazada como algo intrínsecamente injusto, ya que “significa una oportunidad igual
para dejar atrás al menos afortunado en la búsqueda personal para lograr influencia y
posición social”.[192] Las capacidades de aquellos con más talento tienen que
utilizarse en beneficio común: se convierten en un “bien común”. De esta manera, no
sólo se eliminará la desigualdad sino también la envidia.[193]
Estas ideas, que se basan muy poco en la historia o en la economía y, en cambio,
se sustentan en el ideal de justicia, son especialmente populares entre filósofos
profesionales y psicólogos.[194] Un buen ejemplo de cómo se puede plantear el tema
de la propiedad a partir de un punto de vista moral se encuentra en los trabajos del
psiquiatra Erich Fromm, autor de numerosos libros sobre lo que él percibe como la
condición del hombre moderno, uno de los cuales se titula ¿Tener o ser?[195] La
comprensión de la supuesta dicotomía del título, según Fromm, es el resultado de sus
años de trabajo como psicoanalista, que lo convencieron de que “tener y ser son dos
modos fundamentales de la experiencia”.[196] Considera el surgimiento del “Hombre
Nuevo” como algo esencial, porque la supervivencia física de la raza humana
requerirá de personas que “abandonen todas las formas de posesión para poder llegar
a ser, plenamente”.[197] Estas afirmaciones están exentas de realismo, ya que los seres
humanos tienen que tener para poder ser.
Los cambios de mayor influencia ocurridos en las últimas décadas del siglo XX
sobre la teoría de la propiedad han estado más relacionados con la economía que con
la ética. En el pasado, los economistas profesionales le han prestado poca atención a
los derechos de propiedad y se han ocupado más de los factores materiales que
proporcionan el crecimiento económico, tales como la formación del capital y la
innovación tecnológica. Pero una nueva generación de historiadores de la economía
ha comenzado a interesarse en su infraestructura legal, principalmente en la
institución de la propiedad privada. Al desarrollar el tema utilitario, mencionado por
primera vez por David Hume, han barrido los argumentos que defienden la propiedad
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sobre la base de la Ley Natural, o con las especulaciones sobre el origen del Estado,
para afirmar que su justificación radica en su contribución a la prosperidad. En
palabras de Alfred Marshall, citadas muchas veces en manuales académicos
publicados después de la Primera Guerra Mundial,
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surge “por el impulso de presiones para obtener la eficiencia a través de un proceso
semejante al de la selección natural”.[200] Los historiadores de la economía Douglas
North y R. P. Thomas han aplicado esta tesis al pasado para argumentar que las
sociedades que proporcionan garantías sólidas a los derechos de propiedad son las
que tienen más probabilidades de experimentar un desarrollo económico. En su
opinión, lo que determina el crecimiento económico son las instituciones legales que
aseguran a los empresarios individuales los frutos de su trabajo.
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CAPÍTULO DOS
LA INSTITUCIÓN DE LA PROPIEDAD
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personalidad humana, al estimular un sentido de identidad y de competencia. Las
imágenes del mundo sin propiedad del “hombre natural” son un espejismo, lo que
Lewis Mumford imagina como “el cielo”.
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necesarias para la supervivencia. Incluso en el caso de que este espacio fuera lo
suficientemente amplio y le proporcionara estas condiciones de forma estable y
uniforme, el animal tampoco tiene independencia total en sus movimientos. En
vez de eso, se limita a unas cuantas áreas pequeñas, conocidas como su radio
de acción, y normalmente no las abandona, a no ser por una necesidad
imperiosa. Tampoco, dentro de este espacio, el animal se mueve al azar, sino
solamente por caminos previamente trazados y de acuerdo con un patrón muy
bien determinado.[5]
Observen una de las numerosas bandadas de pinzones que vagan por los
campos en invierno. Aunque puede estar compuesta por una gran cantidad de
ellos, de diferentes tipos, sin embargo, los distintos grupos conforman una
sociedad tranquila que actúa por una razón: buscar comida. No obstante, en
respuesta a algunos cambios orgánicos internos, que ocurren a principios de
temporada, surge la individualidad como un factor en la situación que se está
desarrollando, y uno a uno los machos se trasladan hacia posiciones alejadas,
en las que cada uno, al ocupar un área limitada, se aparta de sus compañeros.
Después de esto no volvemos a encontrar lugares ocupados por bandadas más o
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menos grandes y, mientras que muchos acres de terreno permanecen
desocupados, observamos que los setos y malezas se dividen en muchos
territorios, cada uno de los cuales tiene su dueño. […] Un alejamiento tan
radical de las pautas normales de comportamiento no podría aparecer,
generación tras generación, en formas tan ampliamente divergentes y poseer,
sin embargo, una uniformidad cada vez que sucede, si no estuviera basado
sobre algunas bases congénitas adquiridas como respuesta a alguna disposición
heredada.[B]
Howard explicaba este sentido de posesión territorial a partir del hecho de que, si
los pájaros hacían sus nidos muy cerca uno de otro, tenían que volar distancias muy
largas para encontrar su alimento, lo que pondría en peligro sus crías,
extremadamente sensibles al frío.[7] Por esta razón, los pájaros defienden su espacio
con mucha agresividad: los cantos son una de las formas que los machos utilizan para
proclamar sus derechos sobre un territorio y para advertir a otros machos que deben
mantenerse alejados. Howard llegó a la conclusión de que el comportamiento
territorial de los pájaros era “instintivo”, es decir, “depende de condiciones biológicas
puras, y de ningún modo está determinado por una experiencia consciente”.[8]
Investigaciones posteriores confirmaron los hallazgos de Howard. Se descubrió
que el sentido de posesión territorial era prácticamente universal entre los animales,
desde los protozoos más primitivos hasta los primates más avanzados.[9] Ernest
Beaglehole, en un estudio sobre la propiedad, dedicó todo un capítulo a analizar el
comportamiento posesivo de los insectos.[10] Así, por ejemplo, las libélulas atacan a
otras libélulas si se acercan a las áreas en donde están sus huevos.[11] Una conducta
similar se observó en los animales marinos: un pez conocido como pez espinoso de
columna vertebral trífida defiende ferozmente el territorio de su cría.[12] Ejemplos
como estos se pueden multiplicar ad infinitum. Los animales a menudo marcan
espacios que consideran suyos mediante mecanismos ópticos, acústicos u olorosos,
solos o en combinación, y los protegen de los intrusos, colectiva o individualmente. A
diferencia de los humanos, sin embargo, cuando son agredidos, defienden su
territorio con una violencia que no pone en peligro la vida de los otros; emiten
señales con su cuerpo y utilizan otras demostraciones de fuerza, incluyendo peleas
que, raramente, llegan a ocasionarles heridas, un hecho que nos hace reflexionar
acerca de por qué a la conducta depravada de los humanos se la denomina “bestial”.
A partir de estos descubrimientos se llega a la importante conclusión de que los
animales requieren un territorio propio no sólo para escaparse de los depredadores y
para garantizar su alimentación y la de su familia, sino para poderse dedicar al acto
mismo de la reproducción:
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pauta general de conducta, en las especies territoriales, la competencia entre los
machos, que inicialmente pensábamos se daba por la posesión de la hembra, se
produce, en realidad, por la posesión de la propiedad.[13]
En muchos casos ha sido posible determinar con bastante precisión el área que
una especie dada requiere para sobrevivir y procrear. Como regla aproximada, los
animales carnívoros necesitan un territorio diez veces mayor que los herbívoros.[20]
Como es de esperar, los animales defienden su territorio con más ferocidad a medida
que se va reduciendo.[21] El hacinamiento condiciona que se comporten de forma
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anormalmente agresiva e, incluso, neurótica. Aunque tengan suficiente comida, la
superpoblación les produce cambios fisiológicos que pueden provocar muertes
masivas.[22]
Uno de los fundadores de la sociobiología, Edward O. Wilson, asegura que casi
todos los vertebrados y la mayoría de los invertebrados más avanzados “conducen sus
vidas de acuerdo con reglas precisas sobre el derecho a la tierra, el espacio y el
dominio”, y mantienen distancias precisas y específicas entre uno y otro.[23] Los
animales sociales, como las hormigas, protegen su territorio celosamente, el
hormiguero, y se ha llegado a afirmar que viven en un estado de guerra permanente.
[24] Otros animales protegen el centro de su territorio con mucha agresividad pero
toleran que los intrusos merodeen por una zona cercana vagamente determinada.
Lorenz, Tinbergen y otros etólogos defienden que las raíces de la agresividad
humana y animal tienen su base en un “instinto territorial”. Este tema ha causado
intensos debates porque implica que la agresividad tiene un origen genético y que,
por lo tanto, no se puede erradicar.[25] Quienes se oponen a este punto de vista en
ocasiones llegan a extremos para desacreditarlo. Mientras que algunos aceptan que el
comportamiento humano es una mezcla de instinto y aprendizaje, otros rechazan
radicalmente el factor biológico: por ejemplo el antropólogo cultural Ashley Montagu
rechaza las teorías de Lorenz y Ardrey, que sostienen que la agresividad es inherente
a los humanos, y no les concede ningún valor.
[Link] - Página 71
(según los criterios del observador) determinara, de hecho, lo que es y lo que hace.
Gould se detiene en cómo se utilizó el determinismo biológico para fomentar el
racismo, el “fascismo” e incluso el genocidio.[29] Al recurrir a una lógica semejante,
los sociobiólogos podrían acusar a los que proponen el condicionamiento cultural de
que están defendiendo ideas que promueven la ingeniería social y que, por lo tanto,
conducen al comunismo y al gulag de Stalin. Para alguien que no esté personalmente
involucrado en esta controversia, la pregunta relevante no es si la biología puede
utilizarse con fines políticos (como, indudablemente, se puede hacer y se ha hecho)
sino qué nos puede aportar, para el conocimiento de los seres humanos, la
observación de los animales.
Como hemos señalado anteriormente, en relación con las teorías de Franz Boas,
la razón por la cual un núcleo considerable de la comunidad académica se niega a
reconocer la prueba suministrada por la sociobiología tiene que ver, en última
instancia, con la política. Así, un crítico de la sociobiología dice que los puntos de
vista de Lorenz en relación con los orígenes de la agresividad humana se deben
rechazar, no sólo porque son científicamente insensatos sino, además, por sus
“implicaciones políticas”.[30] Constituye un dogma fundamental del liberalismo, del
socialismo y del comunismo la afirmación de que los seres humanos son criaturas
infinitamente maleables; las cuales, mediante la legislación, la educación (y el
adoctrinamiento) pueden purificarse y llegar así a eliminar sus atributos socialmente
indeseables (principalmente el deseo de adquirir, la agresividad) y transformarse en
seres humanos que congenien entre sí y vivan felices entre iguales. La perfectibilidad
del hombre se considera, según un famoso pensador liberal americano, como un
requisito indispensable para la democracia;[31] y esta premisa resulta todavía más
esencial para las ambiciones de los socialistas y de los comunistas. Este punto de
vista es defendible solamente si se considera que el comportamiento humano está
condicionado exclusivamente o casi exclusivamente por el entorno (“la cultura”). Si
se encuentra enraizado en la biología, entonces las posibilidades de alterarlo son,
necesariamente, limitadas. Lo máximo que se puede pretender, en estas condiciones,
es que la educación, el castigo, la crítica social y otros mecanismos semejantes
puedan controlar las formas de conducta social indeseables, asumiendo el riesgo de
que el deseo de adquirir cosas y la agresividad reaparezcan en el instante en que estos
mecanismos coercitivos pierdan fuerza. El asunto, por tanto, es de suma importancia
para todos los que aspiran fundamentalmente a rehacer la sociedad. Explica las
emociones que suscitó la controversia entre si “el hombre nace o se hace” y la razón
por la cual personas que en otras circunstancias eran perfectamente capaces de
observar y de analizar, sin apasionamientos, la evidencia científica, se alteraban de
forma inusual cuando se trataba de un tema relacionado con la naturaleza humana.
Esta experiencia confirma que los seres humanos pueden estudiar cualquier tema y
mantener un distanciamiento científico, siempre y cuando este tema no sea el propio
ser humano. Aunque pongan todo su empeño en mantenerse indiferentes, cuando
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llega el momento de analizar el comportamiento humano, la cuestión se desvía a
cómo dirigirlo hacia actividades constructivas. Y la concepción de cada uno sobre lo
que son “actividades constructivas” afecta invariablemente cómo uno entiende la
motivación humana. Aun en el supuesto de que se tuviera la decisión de analizar el
problema como si se estuviera libre de prejuicios, es decir, utilizando una
terminología científica e, incluso, una formalización matemática, en la práctica el
método utilizado acaba siendo deductivo, en última instancia, y se encuentra
determinado por las preferencias políticas.
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amigos, su reputación y su trabajo, sus tierras y sus caballos y su yate y su
cuenta de banco. Todas estas cosas le proporcionan las mismas emociones. Si
crecen y prosperan, se siente un triunfador; si se reducen y se desvanecen, se
siente desanimado.
Un impulso instintivo nos lleva a la propiedad colectiva, y lo reunido se
convierte, con diferentes grados de intimidad, en partes de nuestro ser
empírico. [E]n cada caso [de pérdida de posesiones] queda una sensación de
que nuestra personalidad se ha encogido, de que una parte de nosotros se ha
convertido en nada.[C]
vocabulario trata las pertenencias corno cualidades definidoras. Ésta es la razón por la
cual todos los esquemas comunistas, desde La República de Platón hasta los
kibbutzim radicales en Israel, se esfuerzan en erradicar la personalidad individual, al
ver en ella un obstáculo para la obtención de la igualdad perfecta. En los comienzos
de la Unión Soviética esta obsesión fue tan grande que algunos ideólogos llegaron a
proponer seriamente que se reemplazaran los nombres propios de los ciudadanos por
cifras o números.[35]
Se debe poner énfasis en la dimensión psicológica de la propiedad porque quienes
se oponen a los derechos de propiedad siempre la ignoran. Por ello el historiador y
socialista inglés Richard Tawney intentó explicar la disposición de las personas
comunes a tolerar las desigualdades y la explotación asociadas con el capitalismo por
el miedo a perder los ahorros que han logrado acumular para tener de reserva en caso
de enfermedades o para su vejez. Estaban mal orientados, según él: “La propiedad es
el instrumento, la seguridad, el fin, y cuando surge alguna alternativa que, en un
futuro, permite que se obtenga lo segundo, en la práctica, la pérdida de confianza, de
libertad, o de independencia no parecen ser causadas por la ausencia de la primera”.
[36] Pero como demuestra la experiencia, apegarse a la propiedad no es sólo una
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sobre el desarrollo de los niños han permitido describir la evolución de los deseos de
adquisición. Dos psicólogos han observado algo que los padres conocen muy bien,
concretamente, que los niños de dieciocho meses presentan dificultades para dormirse
sin su juguete favorito, una manta concreta u otro objeto familiar que los acompañe, y
saben muy bien qué pertenece a quién. A los dos años, “un niño posee la mayor
cantidad de cosas posibles” y manifiesta “un fuerte sentimiento de posesión”,
especialmente con los juguetes. “Es mío” es un estribillo constante. A medida que
crecen, los niños aprenden a compartir, pero el sentimiento de propiedad permanece
con fuerza, al igual que el deseo de acumular. A la edad de nueve años, surge un
marcado interés por tener dinero y una urgencia por tener lo más posible.[38] Esta
prueba respalda el punto de vista de james de que la propiedad estimula el desarrollo
de la personalidad humana. El “esto es mío” de un niño de dos años implica que “esto
no es tuyo”, de lo que se desprende que “yo soy yo” y “tú eres tú”.
Investigaciones llevadas a cabo en los Estados Unidos, a principios de la década
de los treinta, revelaron hasta qué punto los niños en edad de preescolar manifiestan
su agresividad en relación con sus pertenencias. Una psicóloga estudió a cuarenta
niños entre las edades de dieciocho a sesenta meses, durante su tiempo de recreo en la
guardería. Tan pronto como surgía una pelea en algún lugar de la guardería, ella o
uno de sus ayudantes se acercaba, “armados con cronómetros, cuadernos, y demás
parafernalia” para apuntar la naturaleza y duración del desacuerdo. El equipo anotó
alrededor de doscientas peleas. Encontró que en todos los grupos de edad la principal
causa del conflicto eran los desacuerdos en relación con las pertenencias. Sin
embargo, eran más frecuentes en las categorías más jóvenes (de dieciocho a
veintinueve meses), en las que se registraron el 73,5% de las riñas.[39] Estos
resultados sugieren que, en vez de tener una raíz cultural, la conducta adquisitiva es
instintiva y se atenúa por la influencia cultural.
Ahora bien, es imaginable que los niños que se crían en sociedades que le dan
gran prioridad a los bienes materiales aprendan de sus mayores el comportamiento
posesivo. Sin embargo, estudios de niños criados en comunidades colectivizadas
arrojan un patrón similar. En su innovador trabajo sobre los kibbutzim de Israel,
Melford Spiro encontró los mismos impulsos adquisitivos y la misma envidia por la
posesión entre los niños que vivían en el kibutz que entre los niños que se educaban
en un entorno capitalista. Al crecer en guarderías comunitarias, reclamaban como
propiedad objetos tales como pinturas y toallas y sabían perfectamente qué quiere
decir “esto es mío”. “[E]xisten pruebas suficientes, en todos ellos, pero
fundamentalmente entre los más pequeños, de que los niños en edad preescolar [entre
dos y cuatro años] sí perciben ciertos objetos como su propiedad”. En la escuela
primaria “son muy enérgicos a la hora de reclamar sus derechos de propiedad.
Algunos sienten envidia de las pertenencias de los otros”. Sólo cuando crecen, bajo la
influencia de la ideología colectivista, comienzan a negar la necesidad de las
posesiones privadas. A partir de esto, el autor llega a la conclusión de que:
[Link] - Página 75
El niño no es una tabula rasa que, dependiendo de su entorno cultural, está
dispuesto a aceptar, de igual modo, los acuerdos en relación con la propiedad
privada o colectiva. Por el contrario, los datos sugieren que las primeras
motivaciones de los niños van dirigidas, con gran fuerza, hacia la propiedad
privada, una inclinación de la que se lo aparta, sólo gradualmente, a partir de
técnicas culturales efectivas.[40]
[Link] - Página 76
Los estudios empíricos han demostrado además que, para desarrollarse
normalmente, los niños, al igual que los animales, necesitan un espacio privado
determinado. “[L]a demarcación territorial es necesaria para [su] el desarrollo
completo de su salud psíquica.” “La falta de territorio en los niños conlleva una
regresión”.[45] Al igual que los animales, los niños también establecen distancias bien
precisas entre sus amigos, conocidos y entre personas extrañas y estas distancias
difieren en cierta medida entre los niños y las niñas.[46] Asimismo, se rodean con
“burbujas” espaciales invisibles, de las que se atribuyen la propiedad exclusiva.
Cuando crecen, los seres humanos de culturas diversas mantienen entre ellos
distancias establecidas por la costumbre y reaccionan con violencia cuando se invade
su espacio personal.[E] Todo el concepto de privacidad se deriva del hecho de que
podemos retirarnos, en parte o absolutamente, hacia nuestro propio espacio: la
capacidad de poderse aislar es un aspecto importante de la propiedad privada. Donde
no existe la propiedad, no se respeta la privacidad.[F] Hemos señalado la insistencia
de los escritores utópicos, comenzando con Tomás Moro, en que miembros de sus
comunidades ficticias se interrelacionaran y actuaran de común acuerdo. Los nazis y
los comunistas hicieron todo lo posible para destruir la privacidad del hogar y lograr
que las personas mantuvieran un contacto social constante. Cuando trataban con
marginados políticos, llegaban a los extremos de despojarlos de su privacidad. En su
extrema determinación para deshumanizar totalmente a sus víctimas, los nazis les
robaban su espacio personal, amontonando a los reclusos de los campos de
concentración de tal forma que no podían evitar tocarse unos a otros cuando dormían
en las literas repletas de personas. Un hacinamiento parecido se impuso
deliberadamente en los campos de concentración de Stalin.
[Link] - Página 77
dependan para el mantenimiento de la vida, o cualquier cosa que valoren,
tienden a considerarla dentro del ámbito de la propiedad. Por esta razón la
propiedad es tan omnipresente como el hombre, una parte de la estructura
básica de la sociedad.[48]
[Link] - Página 78
vez, se estudiaron con profundidad las economías de los pueblos primitivos y
sus arcaicas etapas económicas, se empleó un análisis basado, de una forma
muy poco crítica, en las ideas de la evolución lineal, que a su vez habían
pasado acríticamente de la biología a la cultura humana. Se sugería que, en
todas partes, el hombre había comenzado siendo un cazador, más tarde había
aprendido a domesticar algunos de sus animales de caza y se convirtió en
pastor y, al final, llegó a la etapa de la agricultura. Apenas se señalaron
distinciones entre las muchas y diversas formas de recolectar los alimentos, o
entre la extracción rudimentaria de las raíces y el cultivo avanzado de los
cereales con el arado. Tampoco se adujeron razones sólidas para suponer que
en todas partes el pastoreo precedió al cultivo. Por último, y casi
unánimemente, prescindieron del concepto de difusión cultural y no se
reconoció el papel que jugó en los cambios de los patrones económicos de
grandes zonas. Las ideas de la evolución y el progreso que dominaron el
pensamiento científico y social produjeron un “hombre” vago y abstracto que
vivía en cualquier lugar, que tenía siempre la tendencia de luchar por alcanzar
una etapa superior. Las personas no viven en etapas económicas. Poseen
economías; y repetimos, no encontramos economías únicas y exclusivas sino
sus combinaciones.[49]
[…] el llamado sistema de tierra colectiva, en casi todas las etapas primitivas,
ha sido más bien un sistema familiar, ni más colectivo ni más socialista que una
propiedad familiar no dividida como las que observamos en la actualidad; que
[Link] - Página 79
no ha existido ninguna secuencia definitiva ni universal en el cambio de formas
de la posesión de la tierra; que desde las primeras etapas, al menos del hombre
agricultor, han existido diferentes sistemas de tierra con dueños individuales,
familiares o tribales; y, si ha predominado alguna, ha sido la posesión familiar.
[52]
[Link] - Página 80
bienes del difunto;[58] por ello, en algunas sociedades, las matan y las entierran o
incineran junto al marido.
Los hombres primitivos afirman sus derechos sobre la propiedad personal, no
sólo en relación con los objetos materiales, sino también sobre lo que podríamos
considerar como propiedad intelectual, es decir, sobre las canciones, las leyendas, las
pinturas y los conjuros mágicos, los cuales se creía que perdían su efectividad si otros
los aprendían, a no ser que se les transfirieran adecuadamente mediante un regalo o
por medio de la venta.[K] Estos bienes inmateriales se protegían mediante
convenciones sociales complejas.[59] Robert Lowie plantea que los pueblos primitivos
conocían las prácticas afines al derecho de autor y las leyes de patentes.[60] Un
ejemplo de lo segundo es que ciertas familias de África oriental guardaron
celosamente el secreto de cómo se trabajaba el hierro.[61] Cuando nos referimos a los
objetos impersonales, específicamente a la tierra, es mucho más fácil describir qué es
lo que la gente piensa de este tipo de propiedad que relatar cómo se comportan ante
ella. En una sociedad occidental moderna, por razones tales como los impuestos o por
el hecho de tener una cultura comercial altamente desarrollada, casi todo tiene un
dueño, ya sea un gobierno, una sociedad, una asociación o un individuo; en otras
palabras, casi todo, con excepción de la propia vida, es una mercancía. Pero este no
es el caso en las sociedades premodernas. Para que surja la propiedad deben darse dos
condiciones: que un objeto sea deseado y se encuentre disponible en cantidades
limitadas. Como es obvio, la gente no se molestará en reclamar y defender objetos
que nadie desea o que existen en abundancia. Cuando la población mundial no era
más que una pequeña fracción de lo que es ahora y se encontraba muy dispersa, se
suponía tácitamente que la tierra y sus productos pertenecían a aquellos que vivían en
ella y la propiedad se hacía valer sólo cuando peligraba físicamente. (Se puede saber
hasta qué punto estaban diseminados los seres humanos en los tiempos prehistóricos
por el hecho de que la población total de Inglaterra durante la era paleolítica —desde
c. 750 000 a. C. en adelante— se estima en unas 250 personas, y la de Francia en
unas 10 000.)[62] No se habían creado los conceptos de “posesión” y “propiedad”,
porque no habían sido necesarios, puesto que uno de sus rasgos esenciales (el derecho
de excluir a otros) se convierte en algo operativo sólo cuando hay mucha población y
la escasez de recursos genera competencia. Se cree que esto ocurre, en el caso de las
economías predominantemente agrícolas, cuando la densidad de la población rural
llega a la cifra de unas 75 a 150 personas por kilómetro cuadrado, lo que indica que
existe un cultivo intensivo.[63]
La práctica de establecer títulos sobre las propiedades y considerarlos así como
unos activos es reversible si cesan de ser escasas o deseables. Por este motivo, la
mecanización de las granjas que comenzó después de la Primera Guerra Mundial y la
decisión del Arma de Caballería de los Estados Unidos de suspender sus compras
condujo a una caída estrepitosa en los precios de los caballos e hizo que en las
grandes llanuras no fuera rentable hacer cumplir los títulos de propiedad sobre ellos,
[Link] - Página 81
y como resultado se dejaron libres muchos caballos que se quedaron sin dueños.[64]
Las aguas que no contienen peces pueden perder valor; lo mismo sucede con las
tierras cultivadas que se convierten en desiertos.
Cuanto mejor se conocen las costumbres de las sociedades primitivas, más
evidente se hace su tenacidad por mantener sus derechos exclusivos sobre cualquier
cosa de la que dependiera su subsistencia. Ellos “casi nunca se alejan de sus regiones
porque en los lugares que no conocen no pueden depender del intercambio recíproco
de alimentos y, o no saben dónde crecen los alimentos silvestres o no se les permite
recolectarlos”.[65] Lo que nos recuerda las ventajas que los animales consiguen
cuando permanecen cerca de su territorio conocido.
El beneficio económico no es la única razón por la que el hombre primitivo
defiende su hogar y no se decide a aventurarse fuera de él. Su apego tiene sus raíces
tanto en las creencias religiosas como en la psicología.
Los pueblos primitivos mantienen un vínculo totémico con sus ancestros y creen
que abandonar la tierra en la que sus antepasados vivieron impedirá la comunicación
con ellos.[66] En muchas sociedades, como la de los antiguos griegos y la china, los
muertos no se enterraban en los cementerios sino en la tierra en la que habían
cultivado, lo que establecía un vínculo místico entre los ancestros y sus
descendientes. Fustel de Coulanges le otorgaba una importancia tan grande a este
vínculo que veía en él la fuente original para reclamar los derechos de propiedad. Al
referirse a la aparición de la propiedad sobre la tierra en la Grecia antigua, su
discípulo, Paul Guiraud, escribió:
Si los griegos soñaron con apoderarse de la tierra, fue porque tenían que
comer y vestirse; si tuvieron éxito en apropiarse de ella, fue porque eran lo
suficientemente fuertes como para tomar posesión de ella; si la convirtieron en
un bien patrimonial y hereditario fue debido a que los ancestros de la familia
necesitaban tener, cerca de la casa de sus descendientes, un espacio permanente
que no les fuera arrebatado nunca, en el que pudieran descansar por toda la
eternidad, en el que pudieran ser siempre venerados y en el que pudieran
permanecer siempre unidos a ellos.[67]
[Link] - Página 82
religiosa y económica de la tribu. La comunión con los espíritus ancestrales se
realiza a través del contacto con la tierra en la que están enterrados los
ancestros de la tribu. Los gikuyus consideran la tierra como la “madre” de la
tribu, porque la madre lleva su carga durante ocho o nueve lunas mientras el
niño está en su útero, y después, durante un período corto, cuando lo está
amamantando. Pero es la tierra la que alimenta al niño durante toda su vida; y,
de nuevo, después de la muerte, es la tierra la que cuida durante toda la
eternidad los espíritus de los muertos. Por lo que la tierra es más sagrada que
cualquier otra cosa que habite en ella o sobre ella.[69]
Vínculos emocionales como estos explican por qué los pueblos primitivos no
consideran la tierra como una mercancía, esto es, como algo que puede ser enajenado.
Un geógrafo canadiense, al referirse a lo difícil que resulta a los occidentales
entender la actitud hacia la tierra de los inuits (esquimales), escribe:
Por estas razones, los pueblos primitivos no comercian con la tierra: el bantú
africano, por citar sólo un ejemplo entre muchos posibles, nunca la vende.[L] Ya que
el libre derecho de enajenar pertenencias es para los occidentales modernos uno de
los atributos principales de la propiedad, ésta puede ser otra razón que explique por
qué tienen dificultad en reconocer la existencia de la propiedad privada de la tierra en
los no europeos.[M] Las reclamaciones sobre la propiedad que realizan estos últimos
son más de tipo negativo que positivo: el énfasis recae más bien en excluir a los otros
y no en afirmar el derecho de uno a poder disponer de todo. Mientras que para el
hombre moderno poseer la tierra, de acuerdo con la ley romana, implica que tiene la
libertad de venderla a otros, para el hombre primitivo significa solamente que tiene el
derecho de mantener a los demás apartados de ella. La situación del hombre primitivo
en este caso no es diferente de la de los animales: “La importancia fundamental del
territorio [para los pájaros] no radica en el mecanismo (defensa manifiesta) por el
cual el territorio llega a identificarse con su ocupante, sino en el grado en que, de
hecho, es utilizado exclusivamente por su ocupante”.[71]
El apego emocional a la tierra natal resulta muy fuerte incluso en el hombre
moderno. Su manifestación más dramática fue el regreso del pueblo judío a su tierra
natal en Israel, después de más de dos mil años de diáspora, un caso único en la
[Link] - Página 83
historia universal. Otro ejemplo es el regreso a sus tierras de origen de un grupo de
pequeñas naciones que fueron deportadas por Stalin en 1944 por una supuesta
colaboración con los invasores alemanes (los chechenos, los ingush, los balkar, los
kalmycks y los tártaros de Crimea).[72]
A través de la historia, los pueblos que no han tenido una patria propia han sido
despreciados. La mejor forma de ilustrar este hecho es la actitud tradicional de los
cristianos hacia los judíos. Después de que los gobernantes del Imperio romano
adoptaron el cristianismo en el siglo IV, una parte sustancial de la población judía
rehusó convertirse a la nueva fe y fue objeto de la misma persecución que los
cristianos habían sufrido anteriormente a manos de los romanos. A partir del siglo IV,
los teólogos cristianos describían a los judíos como un pueblo maldito, condenado a
un sufrimiento eterno. Como “prueba” de la desaprobación y del castigo de Dios por
su supuesta responsabilidad en la crucifixión de Jesús, señalaron que los judíos no
tenían un hogar propio ya que su templo había sido destruido por los romanos y
habían sido dispersados:
Casi todos los Padres de la Iglesia del siglo IV decían lo mismo, desde San
Efrén hasta San Jerónimo, desde San Juan Crisóstomo hasta San Agustín. En el
gran tratado agustiniano La ciudad de Dios podemos leer: “Pero los judíos que
lo negaron […] después fueron miserablemente despojados por los romanos y
fueron dispersados por toda la faz de la tierra”.[73]
Este mito (que no es más que un mito, porque la dispersión de los judíos de
Palestina había comenzado siglos antes del nacimiento de Jesús)[74] se hundió en las
raíces más profundas en la conciencia cristiana, y reaparece, una y otra vez, como una
prueba supuestamente concluyente de que los judíos son una nación de parias
condenada a un sufrimiento eterno.
A continuación expondremos un ejemplo de esta mentalidad. Ha sido extraído de
la crónica rusa que explica cómo el Gran Príncipe Vladimir, de Kiev, cuando buscaba
una religión para su pueblo rechazó el judaísmo tal y como le ofrecieron los
conversos de Khazar esa fe:
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Esta noción continúa teniendo una importancia significativa en la hostilidad que
muchos cristianos sienten hacia el Estado de Israel, una hostilidad muy
desconcertante para los judíos, puesto que el regreso de los judíos a su patria puede
interpretarse como la absolución de su culpa por el martirio de Jesús.
Y, finalmente, existe la dimensión psicológica de la propiedad. Los pueblos
primitivos parece que obtienen de la propiedad el mismo sentido de bienestar y
logran estimular la competencia de igual forma que el hombre occidental. Los
estudios que se han hecho del muy primitivo pueblo Negrito en el sudeste asiático
demuestran que no sólo tienen un elevado sentido de la propiedad sino que reciben
gratificaciones psíquicas a partir de los objetos que poseen. “Las bases psicológicas
de la propiedad privada’ entre estas personas “provienen de una conciencia de la
individualidad claramente desarrollada, la cual está vinculada con la conciencia del
logro personal”.[76]
Se ha sugerido que el hecho de que la humanidad moderna haya provocado que
desaparezcan muchos territorios es la causa de muchos problemas sociales, puesto
que la ausencia de un vínculo con la tierra disminuye el sentido de dignidad y de
responsabilidad entre la gente.[77] El novelista ruso del siglo XIX Gleb Uspenskii ha
escrito elocuentemente sobre el efecto devastador que tuvo para el campesino ruso
perder el contacto con la tierra.[78] El desalojo violento y masivo de sus tierras, al que
Stalin sometió a los campesinos rusos, puede haber sido la experiencia más
traumática en la historia del pueblo ruso, y sus efectos se sentirán durante muchas
generaciones.
[Link] - Página 85
ferocidad de otros mamíferos.[82] Un estudio realizado por Frank G. Speck, publicado
durante la Primera Guerra Mundial, sobre grupos de indios que habitaban el norte y
nordeste de los Estados Unidos y Canadá expresa su desacuerdo con la opinión de
Lewis Morgan y sus seguidores acerca de que los cazadores indios no imponían
derechos exclusivos en sus territorios. Speck descubrió que
Investigaciones posteriores han revelado un hecho interesante sobre los indios del
nordeste de América, y es que, a partir de la llegada de los europeos que buscaban
pieles de castor, su territorio adquirió un valor mayor. Hasta ese momento, los
castores abundaban tanto que, en la práctica, no tenían ningún valor y por tanto nadie
reclamaba derechos de propiedad sobre ellos. En cuanto los comerciantes blancos
estuvieron dispuestos a pagar por las pieles de los castores, los indios establecieron
líneas divisorias que definían sus derechos territoriales.[83] Los esquimales caribús,
por el contrario, no establecen límites territoriales para el caribú, su alimento
principal, porque estos animales pastan en extensiones de tierra demasiado grandes
que hacen imposible el establecimiento de límites.[84] Los indios de las llanuras
sudoccidentales tampoco exigían derechos territoriales, en parte porque los animales
que cazaban no tenían valor comercial y en parte porque también pastaban en
terrenos muy extensos, lo que impedía que se establecieran esos derechos.[85]
Los cazadores y recolectores, junto con los pastores, a menudo manifiestan
interés, no tanto en la tierra sino en los objetos que crecen en ella, tales como los
árboles frutales o aquellos de los que pueden extraer veneno para sus flechas o que
puedan servir como hogar para sus abejas.[86] De este modo, las tribus primitivas
consideran que un árbol y su producto (por ejemplo, el olivo o el cacao) pertenecen a
quien lo siembra y cultiva, sin tener en cuenta quién trabaja la tierra en la que se
encuentra el árbol.[Ñ] Entre los habitantes de Sierra Popoluca, en México, por
ejemplo, tradicionalmente los árboles tenían dueño, pero no la tierra en la que
crecían. La propiedad sobre la tierra comenzó sólo cuando se introdujo la cultura del
café, que requirió de un cultivo intensivo.[O]
Una persona que visitara Asia central antes de la década de los treinta, cuando su
población nómada fue obligada a asentarse, podía haber llegado a la conclusión de
que estos nómadas no reconocían la propiedad de los pastos porque durante los meses
del verano pastoreaban sus rebaños sin tener en cuenta los límites. Una investigación
más profunda revelaría que, una vez que se desplazaban a los pastizales de invierno,
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los clanes de Asia central exigían derechos de propiedad estrictos: debido a su
escasez “los terrenos de invierno [se consideraban] como posesiones territoriales”.[87]
De igual forma, los cazadores y recolectores bosquimanos de África, en general, no
exigían derechos territoriales, y sólo reclamaban como propios algunos lugares
valiosos, como los pozos.[88]
Es muy posible que este ejercicio selectivo de derechos exclusivos, determinado
por la escasez y el deseo, junto con la no disposición para vender la tierra fue lo que
confundió a los primeros exploradores y antropólogos occidentales, acostumbrados a
que todo tenía un soberano o un dueño, razón por la cual llegaron a la conclusión de
que los pueblos primitivos consideraban la tierra como una propiedad común.
Todavía confunde a algunos antropólogos modernos que, al darse cuenta de que los
pueblos primitivos a menudo se interesan solamente por el producto de la tierra y no
por la propia tierra, concluyen que desconocen la verdadera propiedad.[89] La
moderna distinción propiedad/usufructo no se utiliza en las sociedades premodernas.
Tampoco la dicotomía comunismo/propiedad privada, porque el hombre primitivo
puede compartir algunos objetos y sin embargo exigir un derecho exclusivo sobre
otros.[90] Por eso es costumbre entre los cazadores primitivos compartir su presa,
porque generalmente se caza en grupo y porque no saben qué hacer con lo que les
sobra; la mayoría de las sociedades primitivas tienen reglas precisas para dividir la
presa.[P] Sin embargo, las frutas y verduras, y la caza menor, recogidas en su mayoría
por las mujeres, son consideradas propiedad familiar y no se comparten, a no ser en
emergencias.[91]
[Link] - Página 87
moderno de propiedad, relacionado con los factores de producción, surgió a partir de
la propiedad sobre la tierra.
La razón más convincente es de tipo económico. Todo parece indicar que la
transformación de la tierra en propiedad tribal, familiar o individual ocurre, ante todo,
como consecuencia del aumento de población que exige métodos de explotación más
racionales y ello se debe a que la explotación no regulada de los recursos naturales
provoca su agotamiento.
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fracasaron los intentos de realizar cultivos colectivos y, con excepción de los Estados
en los que existía la esclavitud, dio lugar a la agricultura de pequeños propietarios.
Un ejemplo sorprendente de este hecho lo proporciona la historia de la Compañía
Jamestown de Virginia, la primera colonia británica permanente en Norteamérica. La
compañía inicialmente adoptó el principio comunista que establecía que cada
miembro de la comunidad debía contribuir, en la medida de sus posibilidades, a las
reservas comunes y recibiría, a cambio, lo que necesitara. Debido a que esta política
puso a la colonia al borde del hambre, la Compañía de Virginia renunció a ella y
entregó a cada miembro una extensión de tres acres para que pudiera mantenerse
junto con su familia. El resultado fue que la productividad se multiplicó por diez. En
palabras de un contemporáneo:
Incluso en nuestros días, se sabe que las personas que dependen para su sustento
de recursos que no han sido sometidos a derechos de propiedad o que, por su propia
naturaleza, no pueden ser tratados de esa forma (como, por ejemplo, grandes
cantidades de agua) han logrado acuerdos que hacen máximas sus ganancias al
establecer derechos de propiedad informales.[93] Hemos encontrado pactos de este
tipo entre los indios cazadores de castores en América del Norte, en el siglo XVII. Los
balleneros, en el siglo XIX, establecieron normas que regulaban la propiedad de las
ballenas que se escapaban del arpón.[94] Más recientemente, los pescadores de
langostas en la costa de Maine “prácticamente han creado para ellos derechos de
propiedad extralegales en el medio de la propiedad común que es el océano” al
ponerse de acuerdo para excluir a los intrusos.[95]
El mismo principio también puede aplicarse a la tierra, como ha sido demostrado
por una interesante descripción sobre la aparición de los derechos de propiedad en el
Oeste americano después del descubrimiento del oro.[96] Cuando se encontró oro por
primera vez en California (enero de 1848), la zona estaba a punto de convertirse en
jurisdicción de los Estados Unidos mediante un tratado con México. Durante el
período de transición, toda California era propiedad del gobierno federal. No existían
reglas referidas a la explotación de los recursos minerales en tierras públicas.
Mientras que cientos de buscadores de oro coincidían en las regiones donde había
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oro, California no contaba todavía ni con un gobierno, ni con tribunales de justicia ni
con procedimientos para establecer los derechos de propiedad. No obstante, hubo
pocas discusiones, porque el territorio era extenso y eran pocos los solicitantes. Pero
entre 1849 y 1850, al llegar a California decenas de miles de buscadores de oro, la
situación cambió:
Entonces se convirtió en una práctica común entre los mineros realizar reuniones
en las que, por mayoría de votos, se reconocía formalmente el derecho de los
solicitantes a explotar un número determinado de pies cuadrados. El derecho era
equivalente a un título de propiedad, porque se podía vender. Este episodio
proporciona un ejemplo clásico de cómo la propiedad privada surge mediante
consenso común cuando los objetos deseados comienzan a escasear.
Pruebas de este tipo ponen en duda el juicio aceptado de que todos los derechos
de propiedad proceden de apropiaciones realizadas por la fuerza. Efectivamente, el
propio interés económico racional a menudo interviene para transformar la propiedad
común en privada: “el mercado tiene la tendencia a convertirse en un mecanismo
generador de un comportamiento colaborador, que no se aprecia ni se entiende lo
suficiente”.[98] Por ello, es razonable suponer que en los tiempos prehistóricos
también se tuvieron en cuenta consideraciones de eficiencia económica al imponer
límites a la propiedad de la tierra y a los espacios para la pesca que, previamente,
habían estado al alcance de todos.
6. SOCIEDADES AGRÍCOLAS
Se cree que la transición desde depender principalmente de la caza y la recolección a
hacerlo de la agricultura en Europa, Oriente Medio y América ocurrió en algún
momento alrededor de los años 10 000 a 8000 a. C. Jericó, fundado entre el 7000 y el
9000 a. C. es el primer asentamiento agrícola conocido en el mundo. Se dice que en
Egipto se practicó regularmente la agricultura a partir del 4500 a. C.
La transición fue un proceso complejo que se ha entendido muy vagamente. Con
toda certeza, no fue un “acontecimiento”, como lo percibieron los antropólogos
evolucionistas del siglo XIX que pensaban en términos de una evolución sistemática,
de las etapas más bajas a las más altas. Como se ha señalado anteriormente, sistemas
económicos diferentes pueden coexistir y generalmente lo hacen. Sin embargo, hay
[Link] - Página 90
acontecimientos que provocan que uno u otro sistema llegue a ser dominante,
generalmente como resultado de un exceso de población, que exige formas más
intensivas de utilización de la tierra, o debido a que se agotan las anteriores fuentes
de sustento.[S]
Cazar y recolectar, aunque exige poco esfuerzo, implica un gran despilfarro de la
tierra. Algunas estimaciones (y varían considerablemente) calculan que un grupo
típico de cazadores-recolectores de unos veinticinco individuos necesita, para su
supervivencia, entre mil y tres mil kilómetros cuadrados.[99] En Tasmania, todavía en
1770, entre dos mil y cuatro mil personas cazaban en un área de unos 40 000
kilómetros cuadrados.[100] Un cultivo estable de la tierra puede abastecer a una
población mayor que una economía basada, principal o exclusivamente, en la caza y
la recolección. El hombre de los tiempos preagrícolas requería diez, o más,
kilómetros cuadrados por persona; con la introducción de la agricultura, este requisito
se redujo de uno a cinco kilómetros cuadrados y, con la domesticación de los
animales, disminuyó hasta 0,5 kilómetros cuadrados, o incluso menos, por persona.
[101]
Una teoría que explica el abandono de la caza y la recolección por una agricultura
asentada lo atribuye a que el hombre del paleolítico abusó de la caza.[102] La
extinción de las manadas de grandes herbívoros, muy asociada con la propagación
geográfica de los humanos, se atribuye a la facilidad con la que se podían cazar estos
animales. De este modo, alrededor del año 10 000 a. C., momento en que,
aproximadamente, finalizó el paleolítico y comenzó a utilizarse la agricultura de
forma estable, los nómadas que habían pasado a América desde Asia, unos dos
milenios antes, habían logrado exterminar a los mamuts y a algunas especies de
bisontes. Cuando se acabó con estas especies, los cazadores de grandes animales se
dedicaron a la caza de animales más pequeños y aún más a la agricultura (maíz,
judías, calabaza), que completaban con la caza menor. Investigaciones recientes han
demostrado que la idea de que en América del Norte de la época precolombina existía
una fauna numerosísima es un mito. Los indios llevaron a cabo una matanza
sistemática de alces, venados y otras especies, en un grado tal que, a principios del
siglo XIX los exploradores blancos que iban al Oeste casi nunca se tropezaban con
estos animales. Se dice que ahora hay mas bisontes en el Parque Nacional de
Yellowstone que los que había antes de 1500.[103] Lo mismo puede decirse de otras
partes del mundo. El hombre primitivo tiene tendencia a exterminar los animales
despreocupadamente. Y a destruir los bosques, en la medida en que son físicamente
capaces, sin pensar mucho en el futuro.[104]
La dependencia de la agricultura fortalece el sentido de propiedad.
Las razones por las cuales los pueblos agrícolas se aferran con más tenacidad a
sus tierras que los cazadores-recolectores no son difíciles de rastrear. En primer lugar,
el cultivo de la tierra es un proceso prolongado: los cereales y los vegetales requieren
meses para su maduración, mientras que los olivos y viñedos (las principales
[Link] - Página 91
cosechas en el Mediterráneo, donde se cree que comenzó el tratamiento sistemático
de la agricultura) tardan años. Exigen, por lo tanto, una atención constante: el trabajo
que requieren los cultivos transforma las cosechas en posesiones personales, con
todos los correspondientes efectos psicológicos secundarios. En segundo lugar, las
personas que se ocupan de este tipo de trabajo se establecen en la tierra que cultivan
para poderle brindar la atención que requiere.[T] Por ello, los pueblos agrícolas
marcan sus áreas con objetos naturales (ríos, árboles, rocas, etc.), algo que se hace
con menos frecuencia en el caso de los terrenos para la caza o el pastoreo, en los que
los límites generalmente se conocen y son, en todo caso, menos precisos.[105] Un
complemento constante en la agricultura (como la institución de la propiedad sobre la
tierra) es el ejercicio de la topografía.
Existen pruebas de que se efectuaban mediciones de la tierra en el antiguo Egipto,
así como en Sumeria, Grecia y Roma. No resulta sorprendente, por tanto, que los
estudios de las economías de los pueblos primitivos demuestren que aquellos que
dependían fundamentalmente de la agricultura desarrollaron un sentido de la
propiedad privada más fuerte.[106] Según Jomo Kenyatta, la ley habitual en Gikuyu
permitía que cada familia tuviera derecho a la tierra: “Mientras que toda la tribu
defendía colectivamente los límites de su territorio, cada pulgada de la tierra tenía su
dueño”.[U] La propiedad sobre la tierra agrícola entre los pueblos primitivos, como
regla general, se concedía a los grupos familiares: “[N]o existe el comunismo de la
tierra en relación con todo un territorio, sino que la propiedad común se producía
dentro de límites estrictos de un parentesco real”. No existe prueba de que la tierra
haya sido propiedad común, y la posesión compartida nunca fue más allá de “ciertos
límites marcados por vínculos de sangre”.[107]
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entre iguales”. No utilizan medios coercitivos y el orden se mantiene por la presión
social. El empleo de procedimientos como estos es suficiente para mantener el orden
en grupos de cazadores que generalmente están compuestos por un número limitado
de individuos, entre veinticinco y cien. Las sociedades de pastores en ocasiones
pueden conceder una autoridad considerable a uno de sus miembros cuando se
trasladan hacia los pastizales, en el verano, lo que exige que el tráfico entre las tribus
sea regulado con precisión, pero esta autoridad sólo se concede en este sentido y sólo
durante un período limitado de tiempo.[108]
La cuestión es por qué y cómo acuerdos tan informales dan lugar a instituciones
dotadas con poderes coercitivos formales.[W] En uno de los primeros estudios
antropológicos dedicados a este asunto, el libro de Robert H. Lowie, El origen del
Estado (The Origin of the State),[109] se sugería la siguiente respuesta: la transición de
la organización “social” o “tribal” a la organización política se produce cuando la
autoridad se hace territorial, esto es, cuando se extiende sobre todos los habitantes de
un área determinada y no exclusivamente sobre aquellas personas unidas por lazos de
sangre. Esta teoría se basa en los descubrimientos de sir Henry Maine quien, en su
libro El Derecho en la Antigüedad (Ancient Law) (1861), sugirió por primera vez que
hubo un momento decisivo en la evolución de la humanidad en el que los vínculos
basados en la consanguinidad fueron sustituidos por los que se fundamentaban en la
contigüidad del territorio:
Lewis Morgan, quien asumió la tesis de Maine, definió la transición como el paso
de las societas, en las que los vínculos son personales, a las civitas en las que eran
territoriales.[111] Como resultado de esta evolución, las prácticas informales de los
grupos de parentesco, basadas en la ley privada, fueron reemplazadas por la ley
pública formal. El derecho a la participación y a la consulta para tomar decisiones,
que previamente estaba restringido a los miembros libres de la tribu o del clan, se
extendió a todos los habitantes libres de esa área determinada, y con el tiempo,
cuando la población de esa área creció tanto que resultaba difícil que todos los que
cumplían los requisitos participaran personalmente en el proceso político, se redujo a
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sus representantes electos. La historia política del mundo moderno se ha
caracterizado por cambios constantes que van desde la autoridad informal, ejercida
sobre grupos de parentesco, hasta la autoridad pública, ejercida sobre todos los
habitantes de un territorio dado. Una de sus primeras manifestaciones es que un
tercero (el Estado) elimina la venganza privada al asumir la responsabilidad de
castigar el crimen. Esto sucedía en Babilonia ya en 1750 a. C. y estaba recogido en el
Código de Hammurabi. En la Inglaterra anglosajona, la práctica se estableció
alrededor del año 900 N. E.[112]
Algunos antropólogos contemporáneos, aunque en términos generales aceptan la
tesis de Maine, cuestionan que la distinción parentesco/territorio fuera tan rígida
como él suponía. Existen pruebas de que incluso en las sociedades primitivas
organizadas a través de los lazos sanguíneos se reconocen algunos vínculos
territoriales. En la Inglaterra del siglo XVII, cuando predominaban los vínculos de
parentesco, las personas que vivían unas al lado de las otras se consideraban
familiares, estuvieran o no emparentadas.[113] Por lo tanto, se debe señalar que la
transición no consistió en la sustitución de un sistema por otro, sino en el paso del
principio territorial de una posición subordinada a otra dominante.
Parece que son dos los factores que lo explican. Uno es la guerra. El hombre
primitivo tendía a respetar los derechos territoriales de los otros: si resultaban
vencedores, generalmente no desposeían a los vencidos, sino que los sometían.[114]
Este procedimiento automáticamente introduce una base de autoridad que no está
relacionada con el parentesco, es decir, una base territorial. El segundo, el
crecimiento de la población y las presiones sobre los recursos limitados de la tierra,
conduce a una mezcla de tribus y clanes, que tiene el efecto de que el principio
territorial prevalezca sobre los lazos de parentesco.
Muchos antropólogos todavía defienden la explicación marxista de acuerdo con la
cual la autoridad política surge como un medio para regular las tensiones de clases en
la sociedad tribal y, como consecuencia de la aparición de la propiedad privada,
permite a los que pertenecen a la clase de los propietarios, salvaguardar sus
posesiones y la autoridad que emana de ellas. Pero al igual que sucede con otros
esquemas marxistas, éste construye un lecho de Procrustes en el que los hechos
conocidos no encajan.[115]
En relación con el origen de la organización política, Douglas North ha sugerido
una explicación económica más convincente que la expuesta por Marx. Según su
opinión, el Estado es una organización que, en contrapartida por los ingresos
(impuestos) que recibe, defiende las propiedades y los derechos de sus ciudadanos.
“El Estado intercambia un conjunto de servicios, que llamaremos protección y
justicia, a cambio de ingresos.”[116]
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derechos de propiedad hacen que valga la pena emprender una actividad social
productiva. La creación, especificación y defensa de estos derechos de
propiedad resultan costosos. Al aumentar la posibilidad de que el crecimiento
de los beneficios personales exceda los costes de transacción, se harán
esfuerzos para establecer esos derechos de propiedad. Los sistemas políticos se
ocupan de la protección y ejecución de los derechos de propiedad porque lo
pueden hacer con un coste inferior del que soportarían los grupos voluntarios
privados.[117]
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fusión de soberanía y propiedad era muy común fuera de Europa hasta los tiempos
modernos, especialmente en el Oriente Medio. Hasta hace muy poco, se creía que en
la antigua Mesopotamia y en Egipto la tierra pertenecía a los palacios o a los templos.
Esta opinión ha cambiado un poco a partir de investigaciones realizadas en décadas
pasadas que han demostrado que estas dos regiones conocían la propiedad privada de
la tierra.[121] Sin embargo, estas propiedades constituían sólo una parte pequeña de la
tierra cultivable, la mayoría de la cual se encontraba bajo el control del Estado o del
Templo. Además, pertenecían a familias amplias que casi nunca recurrían a la venta.
Uno de los más autorizados expertos rusos en esta materia, teniendo en cuenta que
existían excepciones al monopolio real o sacerdotal sobre la tierra, llegó a la
conclusión de que “la propiedad privada sobre la tierra en el sentido moderno de la
palabra no se conocía en ninguna de las sociedades antiguas, ya fuera en Europa o en
Asia, al menos hasta el último período de la Antigüedad”.[Z] Los súbditos del rey
eran funcionarios, sacerdotes y siervos. La ausencia de derechos políticos y civiles así
como la presencia escasa y marginal de la propiedad privada sobre la tierra es el
rasgo distintivo de los despotismos orientales.
La situación era muy diferente en la antigua Grecia y en Roma, donde por
primera vez surgieron los derechos de propiedad, en el sentido moderno.
La Grecia antigua ocupa un lugar excepcional en la historia de las instituciones en
al menos dos aspectos. Fue la primera democracia en el mundo —ciertamente, el
concepto mismo de “política” se originó allí, el término procede de la palabra griega
que se usa para ciudad, polis: significaba “aquello que concierne a todos” o “aquello
que es público”, en contraste con “privado”, “personal” y “de interés personal”—.
[122]
(Uno de los significados originales de la palabra “idiota”, en griego, era una
persona privada, alguien que no participaba en la vida pública.) Fue en Grecia que
surgió, por primera vez en la historia, el fenómeno de la ciudadanía con su fusión de
derechos y obligaciones. También en la antigua Grecia es donde encontramos la
primera prueba de la existencia de una agricultura trabajada fundamentalmente por
campesinos propietarios independientes, antecesores de los terratenientes ingleses. La
competencia era algo fortuito: tanto los ciudadanos como los propietarios de tierras
garantizaban la exclusión de los intrusos, forjando vínculos de interdependencia entre
ciudadanos que poseían propiedades.
En primer término, la propiedad sobre la tierra.
La antigua Grecia era, prácticamente en su totalidad, una sociedad agrícola, y casi
el noventa por ciento de su población vivía de la tierra. Debido a la escasez de agua
en el Ática, la población rural no vivía en granjas dispersas, sino en asentamientos
compactos agrupados cerca de las fuentes de agua. Dicha población estaba formada
por pequeños agricultores, los cuales, según estimaciones científicas, poseían, por
término medio, cuatro hectáreas (menos de diez acres); las grandes propiedades eran
la excepción. Estos agricultores cultivaban uvas, olivos, higos y cereales (cebada y
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trigo). Las tierras de labranza (kleros), el principal recurso de la nación, no se
consideraban una mercancía. Se transmitían por sucesión hereditaria y casi nunca se
vendían (aunque se podía hacer), porque su posesión estaba vinculada a la libertad
personal y a los derechos de los ciudadanos: un griego (al igual que un romano) que
perdía su tierra se convertía en un proletario.[123] Desde los tiempos de Solón estos
granjeros independientes eran considerados hombres libres (eleutheroí), y estaban
exentos del deber de pagar impuesto o de servir a los aristócratas. Trabajaban para
ellos mismos, y esta independencia económica se convirtió en el sello distintivo de su
libertad. Fueron ellos los que formaron las falanges, columnas de infantería
fuertemente armadas que marcharon a la guerra para defender sus ciudades y sus
campos.
Los historiadores del siglo XIX comprometidos con la teoría del comunismo
primitivo supusieron, sin examinar los datos o interpretándolos a su manera para que
se ajustaran a sus ideas preconcebidas, que los antiguos griegos sólo conocían la
propiedad colectiva de la tierra.[124] Esta teoría fue puesta en cuestión por Fustel de
Coulanges en su libro La ciudad antigua. Investigadores más recientes concuerdan
con Fustel de Coulanges en que ya durante los siglos VIII y VII a. C., en la época de
Homero y de Hesíodo, existía en Grecia la propiedad privada sobre la tierra, es decir,
la poseían individuos y familias. En palabras de Jules Toutain, “si seguimos a
Homero y a Hesíodo, encontramos que toda la propiedad es privada, al menos por lo
que se refiere a la tierra cultivable… [E]n ningún lugar se menciona tierra cultivada
que sea propiedad colectiva”.[125] El historiador angloamericano de la antigüedad sir
Moses Finley también participa de esta opinión:
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preponderante en casi toda Grecia a finales del siglo VI a. C. Tras las reformas que
realizó Clístenes en aquella época, la población de Atenas se dividió en unidades
territoriales: (sustituyendo las divisiones iniciales basadas en el parentesco) y cada
una de ellas envió representantes al Consejo ateniense. El objetivo de estas reformas
fue romper el poder de los clanes: sentaron las bases de la democracia ateniense. La
polis tenía una estructura normal de Estado, con una autoridad pública permanente
formada por magistrados elegidos anualmente y que generalmente procedían de las
familias aristócratas; el Consejo de los Cuatrocientos que preparaba el orden del día
de la Asamblea, y una Asamblea de todos los ciudadanos (ecclesia) que era la
autoridad legislativa y judicial en última instancia. La polis, que abarcaba un
territorio definido, generalmente rodeada por una muralla, con un templo como
centro, se autogobernaba, hacía sus propias leyes y administraba su propia justicia: al
no depender de ninguna autoridad exterior, era soberana.
Un historiador de la antigüedad encuentra un vínculo directo entre la soberanía de
la ciudad-Estado y la soberanía del dueño y cultivador de la tierra. Desde este punto
de vista, fue la aparición en la antigua Grecia de la propiedad privada de la tierra,
independiente de cualquier obligación externa, lo que dio lugar a la primera
democracia en el mundo:
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Parece ser que la amplia distribución de la propiedad sobre la tierra y el
predominio de una economía libre (laissez-faire) jugaron un importante papel en la
evolución de la democracia ateniense. Además, si en Oriente Medio los artesanos
trabajaban para los reyes, en las ciudades-Estado griegas eran empresarios
independientes. De esta forma, la mayoría de la población, específicamente en
Atenas, tanto si vivían en el campo o en la ciudad, trabajaba por cuenta propia.[131]
Por el contrario, en Esparta, donde la propiedad privada sobre la tierra tenía una
importancia menor, no existía la libertad personal. Los adultos, todos reclutados
como soldados, recibían del Estado asignaciones de tierra de un tamaño bastante
uniforme que cultivaban esclavos (ilotas). Sus derechos de propiedad eran escasos,
porque sólo poseían la tierra condicionalmente: si no lograban explotarla
eficientemente, el Estado se la requisaba para entregarla a alguien más capaz. A los
soldados y a los funcionarios, que representaban la mayoría de los ciudadanos
varones, se les prohibía participar en el comercio o dedicarse a la artesanía.[132] Su
seguridad económica estaba totalmente garantizada por el Estado.
El punto de vista predominante en relación con las condiciones de vida en
Esparta, y que está basado fundamentalmente en la información suministrada por
historiadores de la antigüedad, ha sido cuestionado por una escuela que ha intentado
revisar esta imagen, al sostener que el sistema espartano de tenencia de la tierra se
caracterizaba “principalmente, por la propiedad privada de la tierra que se transmitía
a través de particiones hereditarias y distribuciones desiguales y que podían
enajenarse por donaciones vitalicias, mediante legados y a través del matrimonio con
herede-ras”.[133] Pero parece que esta opinión sólo es compartida por una minoría de
los especialistas en el mundo clásico, la mayoría de los cuales sigue sosteniendo el
punto de vista tradicional. Ni siquiera los partidarios de la visión revisada afirman
que la tierra en Esparta pudiera venderse, un derecho que, para Aristóteles, junto con
el derecho de disponer a través de una donación o regalo, era el criterio para definir la
propiedad.[BB]
Un rasgo muy significativo en la antigua Grecia era la estrecha relación que
existía entre propiedad y libertad política y civil. La amplia distribución de la
propiedad, especialmente sobre la tierra, que era la principal fuente de riqueza
productiva, hizo posible que surgiera en Atenas el primer régimen democrático de la
historia. En el resto del mundo antiguo, el Estado era el dueño de los recursos
económicos y, como resultado de ello, la población terminaba sirviendo al Estado, lo
que le generaba numerosas obligaciones y no le garantizaba ningún derecho.
Cuando los macedonios conquistaron casi todo el Oriente Medio, adoptaron el
modelo oriental, más que el ateniense. Los sucesores del imperio helenístico de
Alejandro Magno conservaron los regímenes patrimoniales en los que la tierra
pertenecía al gobernante. Sus economías estaban minuciosamente reguladas. En
Egipto, el Estado helenístico que se conoce mejor, los Tolomeos construyeron
algunas ciudades a partir del modelo griego, y les entregaron la tierra como donación.
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También hicieron donaciones muy generosas a los templos. En todas partes, la
propiedad privada sobre la tierra se fue estabilizando. Pero en último término, el reino
era el patrimonio del rey-dios: “toda la tierra de Egipto pertenece a Tolomeo como
antes perteneció al Faraón”.[134] El soberano “era el dueño de los bienes de sus
súbditos y era dueño de sus personas. Desde el punto de vista teórico, todo Egipto era
una posesión real, en la que vivían siervos que trabajaban para el rey”.[135] El rey
explotaba directamente parte de sus dominios y arrendaba el resto, pero era el dueño
de todo. Concretamente, las extensas propiedades que pasaron a manos del clero le
pertenecían por el hecho de que él era el representante de los dioses en la tierra, y
estos dominios servían a los dioses. Los sacerdotes simplemente los explotaban en la
medida en que la corona se los permitía.[136] En el Egipto de Tolomeos, los artesanos
no trabajaban para ellos sino para la corte: eran miembros de una extensa red de
monopolios reales que abarcaba tanto la producción como la venta de mercancías.
[137]
La evolución del concepto de propiedad y de la institución de la propiedad en la
antigua Roma es un asunto que ha sido objeto de interminables discusiones
académicas.[138] Un destacado especialista en la historia económica romana afirma
que:
Podemos deducir que en Roma la propiedad, concentrada en las manos del cabeza
de familia o pater familias, antecedió al gobierno. El jefe de familia disfrutaba de una
autoridad ilimitada, tanto sobre las personas (esposa, hijos y esclavos) como sobre los
bienes de la casa. Gradualmente, se fue produciendo una diferenciación, y los
miembros libres de la casa se emanciparon de toda sumisión con relación al pater
familias, mientras que los esclavos, el ganado y otros objetos materiales continuaron
siendo de su propiedad absoluta. Tenía propiedad sobre los segundos en virtud del
dominium[140] y, por eso, podía disponer de ellos.
Roma fue el primer Estado en la historia en desarrollar normas legales y
procedimientos que regularan tanto la vida civil como la pública, normas y
procedimientos conocidos por todo el mundo y aplicados por juristas profesionales.
En este aspecto se adelantó a Atenas. En su Derecho, las leyes que regulaban la
propiedad alcanzaron su máximo desarrollo. Este hecho histórico confirma la
afirmación de Jeremy Bentham: “la propiedad y la ley nacen y deben morir juntas.
Antes de las leyes no existía la propiedad; elimínense las leyes y la propiedad
9. LA EUROPA FEUDAL
Las leyes romanas relacionadas con la propiedad privada desaparecieron durante un
largo período de tiempo en la Europa occidental durante lo que se conoció como la
Alta Edad Media, es decir, el período que abarcó seiscientos o setecientos años
después de la caída del Imperio romano. Las tribus germánicas que invadieron y,
finalmente, conquistaron las zonas europeas del imperio, inicialmente impusieron sus
nacionales: Italia, los Países Bajos y Alemania. En Inglaterra, Francia y España los
tuvieron en menor grado.
Algunas veces las ciudades obtenían su libertad rebelándose y otras porque
llegaban a acuerdos con el gobernante local. Durante el siglo XI en Europa occidental
estallaron rebeliones urbanas, a partir de las cuales los ciudadanos, a menudo
apoyados por la corte, obtuvieron concesiones por parte de los señores feudales de la
región. Estas ciudades se convirtieron en concejos con gobierno y justicia propios.
Uno de los primeros pueblos (a finales del siglo X) en adquirir el derecho a
gobernarse a sí mismo fue la ciudad sajona de Magdeburgo; sus leyes, compiladas a
finales del siglo XIII, definían la independencia como “la libertad natural del hombre a
hacer lo que quiera, a menos que esté prohibido por la fuerza o por la ley”.[153] Las
leyes de Magdeburgo sirvieron como modelo para muchas comunidades urbanas de
Europa oriental. A principios del siglo XI, un grupo de ciudades logró derechos
similares en el sur de Italia, y un poco más tarde en Lombardía.
Todos los residentes varonwa de esas comunidades urbanas disfrutaban del
mismo status y del derecho a participar en asambleas municipales, es decir, una
importantísima innovación porque establecía el principio del derecho territorial en
lugar de los derechos que se derivaban del status social. Los residentes de esas
ciudades, sin importar su origen social, eran hombres libres: un siervo fugitivo, que
hubiera logrado residir en una de esas ciudades durante un año y un día, obtenía su
libertad. Los funcionarios eran elegidos por tiempo limitado. De este modo, la noción
de ciudadanía común, que se forjó inicialmente en la Atenas antigua, resurgió en los
enclaves urbanos localizados dentro de una sociedad feudal altamente estratificada. A
esta idea responde la expresión alemana Stadtluft machtfrei (“El aire de la ciudad nos
hace libres”) que marca el inicio de la ciudadanía moderna, una frase que los nazis
imitaron obscenamente con el letrero que colocaron a la entrada de su campo de
concentración en Auschwitz para calmar a las víctimas que iban a ser ejecutadas en
las cámaras de gas: Arbeit machtfrei(“El trabajo nos hace libres”). (Tal como lo
indica su etimología, la palabra “citizen” [ciudadano] proviene del francés cité y
originalmente sólo se aplicaba a los habitantes urbanos.) Se ha afirmado que, si a
principios del siglo XII, en países que se encontraban en la periferia de Europa, la
palabra “ciudadano” se refería a alguien que residía en el territorio de una ciudad, en
la zona central se refería a un miembro de un concejo.[JJ]
Gradualmente, los ciudadanos evolucionaron hacia una especie de “tercer
Estado”, junto con el clero y la nobleza. Y gracias a sus riquezas, los monarcas, que
Libertades políticas
El derecho a autogobernarse.
Libertades personales
Libertades económicas
Libertades legales
Así, el comercio, junto con la industria y el capital, que se desarrollaron a partir de él,
creado en medio de una sociedad agraria, basada en derechos y privilegios, disfrutaba
de un oasis de libertad sustentada en los derechos. Por tanto, es difícil estar en
desacuerdo con la idea de que la democracia moderna se originó en los pueblos
medievales y que la libre empresa que engendró estos pueblos es “el medio principal
o único para el progreso de la libertad humana”.[155] Estas instituciones eran únicas
en Europa: “Fuera de Occidente, no había ciudades en el sentido de una comunidad
unitaria”.[156]
Durante los siglos XIV y XV, como resultado del auge del Estado nacional, de los
conflictos sociales urbanos y otros factores (como la introducción de la pólvora, que
inutilizó las murallas como medio de protección de las ciudades) la mayoría de las
ciudades europeas perdieron su autonomía. Los siglos XVI y XVII constituyeron una
era de absolutismo que no toleraba la autorregulación urbana. Pero los ideales
fomentados por las ciudades y las instituciones que crearon se convirtieron en una
parte intrínseca de la tradición política occidental.
Así que, ante todo, debes estar convencido de que los reyes son señores
absolutos y tienen, por naturaleza, el derecho indiscutible y evidente de
disponer en propiedad de todos los bienes, tanto del clero como de los seglares,
[…] la verdadera razón para exigir a los votantes algún título, relacionado con
la propiedad, es excluir a aquellas personas que se encuentran en una situación
tal de pobreza que se considera que no tienen voluntad propia. Si estas
personas pudieran votar, estarían inclinadas a disponer de sus votos a partir de
alguna influencia indebida de cualquier tipo.[165]
12. RESUMEN
La visión de conjunto en relación con la aparición y con la evolución de la idea y de
la institución de la propiedad privada ha tratado de demostrar las siguientes
proposiciones:
1. INGLATERRA PRENORMANDA
Al igual que sucedía en todas las regiones del Imperio romano que se hallaban fuera
de la península Itálica, en Inglaterra, bajo el dominio romano, toda la tierra era, en
última instancia, propiedad del emperador: los habitantes cultivaban la tierra en
calidad de arrendatarios imperiales.[7] Por este derecho pagaban una renta a los
funcionarios romanos.
Después de que los romanos se retiraron de Gran Bretaña, a mediados del siglo V,
la isla fue invadida en repetidas ocasiones por tribus de bárbaros anglosajones
procedentes de Schleswig-Holstein y Jutlandia. La unidad social básica de los
invasores era el clan; se establecieron en la isla por clanes que estaban constituidos
por hombres libres y por grandes contingentes de esclavos. La propiedad de la tierra
se distribuyó entre el rey, los titulares privados y las explotaciones públicas o
2. EL PODER NORMANDO
En el momento de la conquista normanda las haciendas de los reyes británicos
estaban en su apogeo.[21] Los conquistadores abolieron las propiedades alodiales: los
antiguos propietarios, si es que se les permitía conservar sus posesiones, se
convertían en arrendatarios reales. La Casa Real normanda no sólo heredó los
terrenos de los reyes anglosajones destituidos sino que también confiscó las
propiedades de los señores que les ofrecieron resistencia, y muchos de estos terrenos
se distribuyeron entre sus arrendatarios.[22] Los arrendatarios del rey tenían que
proporcionarle cuotas fijas de soldados de caballería. Para asegurarse de disponer de
la cantidad necesaria de jinetes ellos, a su vez, concedían propiedades a los
caballeros. De esta forma se forjó la cadena feudal. Pero Guillermo el Conquistador
consideraba que toda la tierra, estuviera en manos seculares o eclesiásticas, le
pertenecía, y que sus arrendatarios la poseían de acuerdo con las normas feudales. Un
arrendatario que incumpliera sus obligaciones tenía que entregar sus tierras a la
Corona.
Al igual que en el caso de los reyes anglosajones, los gobernantes normandos
debían mantener la corte y administrar el país utilizando para ello sus ingresos
privados.[23] Durante los doscientos años posteriores a la conquista normanda, esto
es, hasta mediados del siglo XIII, los reyes ingleses obtenían hasta el sesenta por
ciento de sus ingresos a partir de las rentas que proporcionaba el patrimonio real.[24]
Tales recursos se completaban con la recaudación procedente de distintos derechos
feudales, entre los que sobresalían las instituciones del escheat y de la wardship.[G] El
principio se consolidó en una famosa declaración que hizo Eduardo IV en 1467 a los
Comunes mucho después de que se hubiera convertido en un anacronismo: “Me
propongo vivir con mis propios recursos, y sólo gravar a mis súbditos con impuestos
por causas grandes y urgentes”. Con esto quería decir que, además de los ingresos
aduaneros, viviría de las rentas de la tierra de la Corona y de sus derechos como
monarca feudal, y todos ellos se depositarían en el Tesoro.[25] Los impuestos se
reservaban para las emergencias: en situaciones de este tipo, el rey tenía que
demostrar que existía una necesidad urgente de defender el reino y obtener así el
consentimiento de las personas a quienes se les impondría. En la Carta Magna (1215),
el rey Juan, al regresar derrotado de Francia, reafirmó que no fijaría impuestos sin el
[…] la propiedad [en Inglaterra] estaba, hacia finales del siglo XIII, altamente
individualizada y, posiblemente, incluso antes de esa fecha. La poseían los
individuos y no grandes grupos; se podía comprar y vender; los niños no tenían
derechos automáticos sobre la tierra; no hay ninguna prueba de que existieran
vínculos familiares con respecto a una particular extensión de tierra.[36]