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Asustadores Criollos PDF

El documento presenta una introducción a los asustadores criollos más conocidos en América Latina, incluyendo el Cadejo, El Sombrerón y La Llorona. Brevemente describe sus orígenes y características principales. Se enfoca en detalles sobre el Cadejo, incluyendo historias de él en Guatemala, Honduras y El Salvador. También proporciona detalles sobre El Sombrerón en Colombia y México y variantes de la leyenda de La Llorona en México.
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El documento presenta una introducción a los asustadores criollos más conocidos en América Latina, incluyendo el Cadejo, El Sombrerón y La Llorona. Brevemente describe sus orígenes y características principales. Se enfoca en detalles sobre el Cadejo, incluyendo historias de él en Guatemala, Honduras y El Salvador. También proporciona detalles sobre El Sombrerón en Colombia y México y variantes de la leyenda de La Llorona en México.
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ASUSTADORES CRIOLLOS

Apagado el fulgor de trabucos y explosiones, primero de la Conquista y luego de la


Independencia, prosigue el combate, si terrible siempre hermoso, del amor: labios que
buscaban labios, blancos, negros o indígenas, y en ellos deslizaban, junto con su
deseo, viejos mitos y consejas. Como la saliva confusa, pronto brotaron de ese
encuentro colores, consejas y mitos que no podían resolverse en una simple suma o
adición de elementos previos: surge así un modo nuevo, recién amasado, de ocupar el
medio, real e imaginario, al que llamamos criollo.

Dentro de esta nueva camada de espectros, podemos distinguir dos grupos:


los espantos transfronterizos que han resultado, como suele serlo el pueblo, viajeros
por ríos y cordilleras: por ejemplo, La Llorona, cuyos sollozos son conocidos de Texas
a Argentina; por otro, los espantos locales, unidos a una tierra y muy remisos a
dejarla: así, los muchos espantos colombianos o los de ciudades como Lima y
Santiago.

Espantos viajeros

 El Cadejo
 El Sombrerón
 La Llorona
 La Mano Peluda

El Cadejo

Carlos Loarca, El Cadejo Encorralado


Es espanto centroamericano, conocido desde México hasta El Salvador y
Honduras.

El Cadejo es bien conocido en Guatemala. Miguel Ángel Asturias se inspiró en


él para una de sus memorables Leyendas de Guatemala, llamada así: «El
Cadejo». Abre el relato una cita del propio Asturias: Y asoma por las vegas el
Cadejo, que roba mozas de trenzas largas y hace ñudos en las crines de los
caballos. Y lo cierra una estupenda descripción del personaje: un animal largo —
dos veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón por la luna
nueva—, con cascos de cabro, orejas de conejo y cara de
murciélago (Asturias 1985: 32).

Un estupendo testimonio guatemalteco sobre el Cadejo:

El Cadejo en el callejón de Dolores

Me encantaba visitar a mis abuelitos. Generalmente, mamá nos llevaba los


miércoles y los viernes.

Cuando el abuelito Fidel le echaba lumbre a su pipa, se le iluminaban los


ojos y se quedaba meditando en silencio. Mis hermanos y yo le hacíamos
rueda, y élempezaba:

«Sucedió hace mucho tiempo atrás cuando era común que los muchachos
le diéramos serenata a las chicas bonitas del barrio. Mis amigos me
pasaron a traer a las siete de la noche y fuimos de balcón en balcón
cantando nuestras mejorescanciones.

Tan emocionados estábamos, que no nos dimos cuenta de la rapidez con


que se nos escapó el tiempo.

Cuando dispusimos regresar, caímos en la cuenta que eran las doce de la


noche. Nos apresuramos por aquello de los temblores, y los muchachos se
fueronquedando en el camino, según el lugar donde tenían su casa. Por
último, sólo nos quedamos Miguel y yo.

Luego que atravesamos el Cerrito del Carmen, tomamos por el Callejón de


las Huerfanas. Y al pasar por el potrero de Corona, se nos pegó a los
talones unanimal parecido a un perro enorme, largo, negro y lanudo. Tenía
patas de cabra, ojos como cuerpo y sentíamos las piernas aguadas. Miguel
y yo nos miramos y sin pronunciar una sola palabra, echamos a correr sin
detenernos. Pero el malvadoperro seguía tras nosotros. Al llegar al
Callejón de Dolores donde yo vivía con mis papas, y sentimos que no era
posible dar un paso más, empujamos la puerta yentramos haciendo un
escándalo de mil diablos. Papá y mamá se levantaron y nos preguntaron
qué nos había sucedido. Nosotros les empezabamos a contar, cuandoen
eso se escucharon los golpes que la bestia daba en la puerta con sus
cascos, pretendiendo tumbarla. Papá sacó su pistola y abrió la puerta.
Mamá salió con un crucifijo, se lo mostró al animal, y cuando el condenado
lo vió dió unos chillidos espantosos y se transformó en un remolino que se
perdió en la noche oscura.
Mamá nos llevó a la cocina y nos sirvió una taza de café caliente que nos
sentómuy bien. Cuando nos pasó el susto, papá dijo que ese animal era el
Cadejo que les sale a los borrachos y a los trasnochadores.

Esa noche Miguel se quedó a dormir en la casa, y desde entonces


procuramos no regresar tan tarde» (DELMI, 10 de Mayo de 1998).

Por su parte, en Comayaguela, Honduras, se pueden oír cuentos como éste:

En la calle que va al cementerio, se dice que salió durante mucho tiempo


un animal que la gente apodó «El Cadejo». Tenía el aspecto de una hiena
según unos, o de un pequeño cabro según otros.

Cuando una persona pasaba por esa calle, «El Cadejo» aparecía
poniéndosele enfrente, o bien la seguía haciendo un ruido característico
con sus pequeños cascos al contacto del empedrado suelo.

Una noche venía una persona honorable, a quien le habían dicho que,
clavando un puñal en el suelo, «El Cadejo» ya no se miraba. Cuando el
animal hizo su aparición frente al señor, éste desenvainó su puñal y lo
clavó en el suelo, cerca de donde el animal había hecho su aparición.
Momentos después ya no habían rastros de «El Cadejo», que se suponía
que era algún animal que bajaba de las montañas a rondar las tumbas de
los muertos(Raudales 1972: 213-4).

En El Salvador, se dice que el Cadejo sigue a los que viajan a solas de noche.
No ladra, sino que se lamenta. Quienes oyen penar al Cadejo en las cercanías
pueden estar seguros: se encuentra lejos; pero quienes lo escuchan en la lejanía
deben estar alerta: que no se den la vuelta, o hallarán a la bestia observándoles
con ojos de fuego. De mirar esos ojos, uno queda al momento paralizado por el
pánico.

El Cadejo salvadoreño mide unos tres pies, y a menudo persigue a los viajeros
durante largas distancias antes de darse por vencido. Durante todo el tiempo,
deja escapar su lúgubre lamento, que pone la piel de gallina; espera así que su
víctima se decida a afrontarlo o intente atacarle, en cuyo caso estará perdida.
Pues, de ser así, el Cadejo se hincha hasta tomar el tamaño de un toro, y desde
ese nuevo estado pisotea y apabulla al osado.

A quienes han recibido sus atenciones se les encuentra más tarde al borde del
camino, aún helados de terror, incapaces de articular palabra durante semanas
enteras. Las más de las veces, empero, la víctima alcanza a recuperarse: sólo
ocasionalmente son estos encuentros fatales.

El Sombrerón
Mito mayor y espanto de Antioquia (Colombia), también conocido en México y
Guatemala. Jaramillo lo describe así: Una como figura de hombre con ruana
negra, un gran sombrero, siempre jinete en una mula negra encasquillada de los
cuatro remos, llevando a lado y lado cogidos con gruesas cadenas, dos enormes
perros negros, y acompañado de un fuerte viento que le servía de vanguardia.

Se le conoce en Antioquia la grande y en el Tolima como una figura humana


siempre vestido de negro y con un gran sombrero que llega a cubrirlo casi por
completo. A veces se le ve como un jinete con ruana negra y llevando enormes
perros también negros, amarrados con cadenas, que producen terror con sus
aullidos. Lo acompañan fuertes vientos y huracanes que apagan las velas a su
paso. Aparece al amanecer ya sea en cafetales o en las calles de los pueblos y
persigue a los jovencitos que empiezan a fumar y en especial a los borrachos
diciéndoles: «Si te alcanzo, te lo pongo (el sombrero)».

El Sombrerón es también el tema de una de las Leyendas de Guatemala del


gran Miguel Ángel Asturias, a la que da nombre. En la introducción del libro,
«Guatemala», escribe Asturias: El Sombrerón recorre los portales de un extremo
a otro; salta, rueda, es Satanás de hule (Asturias pág. 14). En el cuento,
«Leyendas del Sombrerón», el diablo, tras tentar en forma de pelota tan liviana,
tan ágil, tan blanca a un monje antonomásico, se abre como por encanto en
forma de sombrero negro sobre la cabeza de un niño. Era el sombero del
demonio. Y así nace al mundo el Sombrerón (Asturias pág. 41).

En México se dice que el Sombrerón vive en las cuevas de los cerros, donde
comparte vivienda con los Naguales.

La Llorona

En México: De niña en México, D.F., nos asustaban con ella... Hay variantes, pero el
cuerpo de la historia tiene que ver con una mujer que ahogó a sus hijos y después se
suicidó. Por la noche sale a buscar a sus críos siguiendo el curso de los rios y llorando
y aullando y se le oye decir «¡Ay, mis hijooooos!...». También hay canciones que
indirectamente mencionan el tema como aquella de ¡Ay, llorona, llorona del alma
mía!... [Monique J. Lemaitre].

Dicen que al norte de México, en el Estado de Chihuahua, en determinado tramo de la


carretera solitaria, a veces se sube la Llorona a los pesados camiones que transportan
mercancías, y durante grandes tramos, se escucha el lastimero quejido de este
pavoroso espectro que dicen se aferra a las lonas y sogas de los transportes.

A todo lo largo y lo ancho de México, se cuentan historias diferentes de la Llorona, y en


muchas ciudades añosas, por callejones de piso empedrado y sumamente arbolados,
se escucha, sobre todo por estas fechas, los tristes lamentos de ese espectro.
Una versión pone en relación el espanto con un personaje histórico singular: cuando
los españoles llegaron a conquistar México, fue pieza clave una mujer llamada La
Malinche: ella, como era princesa india, su educación le permitía hablar varios idiomas
y dialectos, y le fue regalada a
Hernán Cortés, el conquistador. Él la tomó como amante favorita ya que le era de
mucha utilidad, y después de largo tiempo la abandonó al regresar a España, tuvieron
un hijo,y en México dio origen al mestizaje, pero esa es otra historia. Dicen que los
indígenas la tenían por traidora a su raza, ya que por su culpa murieron miles y miles.
Es así que se dice que el grito de la Llorona es Aaaaayyyyy miiiis hiiiijoooos, esto es
que el alma en pena de La Malinche, vaga por una eternidad llorando por la actual raza
mexicana nacida del mestizaje, ya que ella ayudó a Hernán Cortés el español.

Una versión distinta asegura lo siguiente: se dice que una dama nacida de madre
india y padre español, o sea una mestiza, era amante de un caballero español. Tenían
dos criaturitas, ella lo amaba con veneración, y aunque el también la quería, decidió
hacer un matrimonio por conveniencia con una mujer española. La mestiza, llena de
celos, y para vengarse del amante, asesinó a sus hijitos, habiendo sido condenada por
este acto tan terrible, a morir por "el garrote vil" ( torniquete que aplicaban a la nuca del
condenado hasta matarlo). Dice la leyenda que mientras ella era martirizada de esa
manera, sus gritos espeluznantes se escuchaban por toda la ciudad... Lloraba por sus
niñitos gritando el consabido Aaaayyyy miiiiis iiiijoooos.[Hermelinda Noriega,
contribución a memoria].

En Colombia: Aparece como una mujer vestida con una túnica raída y sucia, de rostro
cadavérico, ojos rojos por el llanto, greñuda y con un niño muerto en sus brazos. Las
noches de plenilunio asusta en las quebradas y riberas de los ríos con su llanto
desgarrador y macabro y hasta se aparece en los pueblos apartados de la cordillera
andina. En medio de sus lloriqueos se le oye gemir: «aquí lo eché, aquí lo eché,
¿donde lo encontraré?», reprochándose su infanticidio.

Los antioqueños y caldenses creen también en la Llorona que se distingue por sus
lloriqueos angustiantes y profundos, y por sus gritos. (Ocampo López 1966: 183-6).

Agustín Jaramillo describe así la leyenda tal como se encuentra en Antioquia: Érase
que se era una mulatica quinceañera despabilada y sabrosona ella... Habiendo tenido
un hijo por artes conocidas de todo aquel que las supiere y no sabiendo que camino
tomar para no desmerecer ante los ojos de los suyos, decidió ahogar la criaturita una
noche de luna. Llegó a la orilla del río y, en un remanso, dejó caer al inocente hijo.
Víctima de su remordimiento regresó a poco rato a buscar al hijo de sus entrañas. Y
como loca recorría las orillas del río tratando en vano de encontrarlo. Desde entonces
en las noches de luna se oye la voz de la llorona que grita y se lamenta buscando
afanosamente a su hijo mientras dice: Aquí lo eché, aquí lo eché... ¿en dónde lo
encontraré?
Es conocida también con otros nombres: la María Pardo o la Turumana y aún con
diferentes apariencias, hasta gustadora de fumar tabaco y escuchar música de
guitarras. Se ensaña sobre todo con los borrachos adúlteros o jugadores [Argemiro
Vélez].

La Llorona es un espíritu en pena que busca a su hijo. Se afirma que fue una mujer
que perdió su único hijo, y esto la enloqueció. En su dolor culpó a Dios de su pena y
fue maldita por los viejos del pueblo. Nunca dejó de llorarlo. Y después de muerta, su
espíritu sale por las noches y lanza su llanto quejumbroso, hasta los siglos de los
siglos (Valencia Salgado 1987).

Por el lado del cementerio de Yotoco se oía una muchacha —pero, se veía que era una
muchacha—; unos lamentos. Luego de ese camino, como una cuadra, otros lamentos.
Llegó a la panaderia y luego de eso bajó para abajo,
lamentándose, que no se sabía eso qué quería decir. Dije yo entre sí: algún
niño que se le haya muerto. Al frente de la casita volvió a lamentarse y
entonces yo corrí y abrí la puerta. Cuando abrí la puerta ella que pasa y le
digo yo:

- Vea ¿quesque le pasa?

No me contestó nada ni me dejó ver la cara. Yo le noté, lo único que le noté


era que no iba por el suelo, y las zanquitas eran delgaditas. La vi como por
el aire, como a esta altura: una cuarta de alto. Pero a mí no me dio miedo.
A mí no me da miedo nada.

Probablemente fue algún crimen que hizo y se quedó penando.

(Contado por Manuel Santos, 105 años, en el Primer Encuentro Regional de


Contadores de Historias y Leyendas, Buga, Colombia. Tomado de Memorias de tres
encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990).

En Argentina:

Fantasma del Sur de la Provincia de Buenos Aires, cuya leyenda es una derivación de
la de la Viuda. Mujer vestida enteramente de blanco, sin cara y por lo general también
sin pies, que se desplaza sobre la tierra sin tocarla. Anda siempre gimiendo en la
noche, y de ahí su nombre. Su llanto anuncia desgracia. A veces se acerca a una casa,
llevando la enfermedad a los sanos y la muerte a los enfermos. Suele cargar con los
que encuentra en su camino, para quitarles la vida o enfermarlos. alzando la cruz del
cuchillo o un crucifijo de plata se la hace retroceder. Los perros se enloquecen cuando
la oyen gemir.
Esta es su caracterización específica. Como derivación de la leyenda de la
Viuda, hay versiones que dicen que implora ayuda y piedad, y que cuando un
comedido se acerca a socorrerla, le saca todo lo que lleva encima, incluso
la ropa. Deja de ser entonces un heraldo de la muerte y la enfermedad, para
convertirse en salteadora. [Colombres 1986].

Escribe a memoria José Alberto Alberico: al sur-este de la Provincia de Córdoba, en el


centro del país, si bien no es una leyenda muy popular he tenido la oportunidad de
escuchar alguna que otra versión sobre ella. Sin perder las características
fundamentales del argumento, según se
repite en otras partes del globo, la variante está en que dicho personaje no se le
aparece a nadie por ningún hecho en especial, sino que recorre los lugares donde
"anduvo" su hijo, ahora muerto, y llora del modo en que se describe en las otras
oportunidades. Otra variante es que esta mujer se hubo convertido en pájaro y, por lo
tanto, el sonido que este emite hace pensar que "la llorona" anda rondando,
nuevamente lamentándose por su/s hijo/s, especialmente cuando se lo escucha de
noche.

La figura está también atestiguada en Venezuela [Izard], donde se la identifica con


la Sayona [Domingo Sánchez]. Cf. en Ecuador el Llorón (Güillanguille).

La Mano Peluda

Localizada en México y Colombia. Común en los subterráneos de las casas. Es una


mano grande y velluda de uñas grandes que se asoma por las ventanas o los huecos
de los muros. Sirve para infundir temor a los niños traviesos, malcriados y callejeros.
En México se cree que llega por las noches y te toca mientras duermes.

Bibliografía sobre el Cadejo

Asturias, Miguel Ángel (1985): Leyendas de Guatemala, Navarra: Salvat.

Bibliografía sobre la Llorona

Anaya, Rudolfo (1992): «La Llorona, El Kookooee, and Sexuality», Bilingual


Review/Reviste Bilingüe 17 (January/April), Arizona State University.

Arora, Shirley (1997): "La Llorona", en Michael S. Werner ed.: Encyclopedia of Mexico:
History, Society and Culture, Chicago y Londres: Fitzroy Dearborn.

Colombres, Adolfo (1986): Seres sobrenaturales de la cultura popular Argentina,


Biblioteca de Cultura Popular /1, Buenos Aires: Ediciones del Sol, 203 p.
Ilustraciones de Ricardo Deambrosi.
Izard, Gabriel: "La religiosidad popular
afrovenezolana" http://www.nodo50.ix.apc.org/SODEPAZ/21art8.htm

Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta


Ediciones.

Kraul, Edward Garcia y Judith Beatty (1988): Encounters with La Llorona, Santa Fe:
Word Process.

Asustadores locales

Espantos portorriqueños

 Don Pancho
 Gulén Gulén Bo

Espantos panameños

 La Sierpe
 La Tulivieja

Espantos salvadoreños

 El Cipitío

Espantos hondureños

 El Embrión
 El Sacerdote Aparecido
 La Carreta de los Ajusticiados
 La Chancha que acometía a la gente
 La Desaparecida
 La Siguanabana
 La Sirena

Espantos ecuatorianos

 Demonios del bosque


 El Cuco
 Duende
 El Fantasma del Hidalgo
 El Güillanguille
 El Saltadientes
 El Tren Infernal
 Fantasmas en Carondelet
 La Loca Viuda

Espantos venezolanos

 El Coco Aguirre
 La Carreta del Diablo
 La Sayona

Espantos guatemaltecos

 El Carro de Piloto
 Los Rezadores

Espantos costarricenses

 La Tzegua

Espantos dominicanos

 Ciguapa

Espantos bolivianos

 El Cadete Rojo

Espantos chilotas

 Caleuche

Espantos mexicanos

 Chanecas
 Chaneco
 Chaneques
 El Ánima de Juan Soldado
 El Coludo
 El Duende
 El Esqueleto Rumbero
 El Viejo Comeniños
 El Viejo del Costal
 La Calaca
 La Condesa de la Hacienda San Cristóbal
 La Mano Pachona
 Nahual
 Penas

Espantos colombianos

 El Buque Fantasma
 El Burro
 El Cazador
 El Chucho
 El Chupasangre
 El Chutun
 El Cura
 El Demonio
 El Diablo
 El Diantre
 El Esqueleto
 El Fraile sin Cabeza
 El Gritón
 El Guango
 El Hojarasquín del Monte
 El Hombre Caimán
 El Jinete Negro
 El Macho Cabrío
 El Padre Martínez
 El Patas
 El Patetarro
 El Putas
 El Puto Erizo
 El Perro Negro
 El Poira
 El Pollo Peletas
 El Relincho
 El Tunjo
 El Uñas (el Uñón)
 La Barbacoa
 La Candileja
 La Dama Verde
 La Madre de Agua
 La Mancarita
 La Mechuda o Cabellona
 La Muelona
 La Mula de Tres Patas
 La Patasola
 La Rodillona
 La Tarumama
 La Tunda
 La Vieja Colmillona
 La Vieja Inés
 La Viudita
 Los Ilusiones
 Los Meneses
 Mareco
 María la Larga
 María Pimpina
 Ribiel
 Satanás

Espantos brasileños

 Madame Flosç

Espantos criollos de la costa norte peruana

 El Ahogado
 El Maligno

Espantos chilenos

 Alicanto
 Calchona
 La Buenamoza
 La Lola
 Piguchén

Espantos de la ciudad de Lima

 Penas
 Duendes

Espantos de la Pampa

 Luz Mala
 Mulánima
 Viuda

Espantos de la provincia de Santiago (Argentina)

 El Alma Perdida
 El Bagual
 El Familiar
 El Imaj Laya
 El Sacháyoj
 El Toro Súpay
 Kacharpaya
 Kaparilo
 La chancha con cadenas
 La Umita
 Los Duendes
 Mayup Maman

Espantos portorriqueños

Don Pancho

A propósito de una discusión sobre la tendencia a hacer del Otro (cultural o


racial) un objeto de terror, escribe a memoria Antonio Bou:

En Puerto Rico he oído [decir a los niños]: «Cuidao que ahí viene don Pancho y
te lleva...» (don Pancho es un terrateniente blanco).

Gulén Gulén Bo

Antonio Bou nos indica que en Puerto Rico se asusta a los niños con la siguiente
amenaza: Mira que por ahí viene Gulén Gulén Bo el negro loco y te come....

Espantos panameños

La Sierpe

¡La sierpe! La sierpe es una culebra muy grande y diferente a todas las
culebras que viven por estos llanos y rastrojos. Es una de las serpientes
que vivieron en el principio del mundo, y que Dios dejó (por suerte casi
todas se acabaron) que quedara alguna en las rejollas de las montañas y
en las cuevas de las cabeceras de los grandes ríos para que tengamos
temor de Dios, que por su bondad no ha permitido que esos animales
sigan creciendo y aumentando para perjuicio de la gente.

Pues sí. La sierpe, según me decían mis abuelos, es tan larga como la
plaza del pueblo, que mide ciento veinte metros, y del grueso de un novillo
gordo. Tiene patas cortas y gruesas, terminadas en dedos con unas uñas
como de tigre, pero no sueltos, sino unidos por unos pellejos, como los de
los patos. La cabeza es grandota, con una muralla alrededor, como las de
las iguanas. Los ojos, redondos, los tiene de frente, protegidos por dobles
párpados: los de afuera, gruesos, los usa cuando duerme, y los otros,
transparentes, le cubren el ojo cuando está bajo el agua, así pueden pescar
en lo más profundo de las lagunas. Tiene unas quijadas fuertes, con labios
recogidos en mil pliegues, cuando está tranquila; y que puede estirar
cuando está brava, para agarrar y apresar entre los dientes, que son todos
como colmillos de macho de monte. A los lados de la cabeza tiene un par
de agallas que le permiten respirar bajo el agua, y cuando está afuera,
respira por los huecos de la nariz, que es como ver el nudo de un tronco
viejo. la piel de la sierpe es un cuero grueso, cubierto de escamas duras y
chirriantes, que no se rompen ni con tajos de machete, y las balas de las
escopetas rebotan en él y no le entran. Su cola termina en una aleta
partida, y por todo el espinazo tiene una hilera de puntas que desde lejos
parecen un serrote.

Cada cien años, la sierpe tiene un hijo, y como al crecer no cabrían en la


cueva en que viven, la sierpe vieja tiene que salir para llegar al mar, a
esconderse en las grutas que hay en unas islas encantadas, muy lejos,
muy lejos. Cuando la sierpe se revuelve, sube el agua de las lagunas y hay
crecientes muy grandes, que arrastran piedras y arrancan árboles
enormes. «Baja la sierpe», decían los viejos de antes, cuando se oía el
zumbido de la «cabeza de agua» que bajaba con la creciente. Y aunque
ustedes crean que es mentira, en los «arrastrados» que deja el río, se
encuentran mechones de unas cerdas gruesas que no las tiene ningún
animal conocido.

En las lagunas que hay en las alturas del Cerro Hornito, y en las cuevas del
Chiriquí, ha habido sierpes; y también se han visto sierpes en las lagunas
del volcán y en las lagunas de Changuinola.

Por mucho tiempo, aquí en Dolega se contaba el cuento de «La Sierpe», y


muchos afirmaban que los hermanos Rovira alcanzaron a verla entre los
cañales de una laguna, llegando al mar, en Chiriquí Grande. Y cómo será
de espantosa la figura de la sierpe, que Raimundo Rovira, el hombre más
valiente de Dolega, que se atrevió a cruzar en una balsa la Laguna Grande
sin hacer caso de los lagartos que acercaban su hocico a los troncos,
cuando vio aquellos extraños ojos rojizos que lo atisbaban, sintió que un
chorro frío le bañaba la espalda y que el cabello erizado le levantaba el
sombrero hacia arriba.

También mi abuelo, Rafael Acosta, contaba que él había visto subir el agua
de la laguna del Hornito, mismamente como cuando la marea sube, y que
cuando hasta ellos llegó un zumbido de huracán y se sintió un olor raro
como de huevos rotos o de baba de sapo, todos corrieron para alejarse de
allí; porque, sin verla, ellos sabían que la sierpe estaba moviéndose.

[...] Esa es la Sierpe, de la que tantas cosas se dicen; pero que gracias a
Dios, es una; y menos peligrosa que las «bocaracá» de estos llanos que
cruzamos todos los días (Miranda1972: 155-7).

La Tulivieja

En los tiempos en que el mundo estaba poblado de espíritus que vivían


con las gentes dejándose ver de ellas, uno de estos encarnó en una
muchacha hermosísima, orgullo de su pueblo.

Amaba la moza a un joven de su mismo lugar, y fruto de estos amores


nació un niño a quien su madre ahogó para ocultar su falta.

Dios castigó en el acto ese pecado tan grande convirtiéndo a su madre


desnaturalizada en tulivieja, un monstruo horrendo que tiene por cara un
colador de cuyos huecos salen pelos cerdosos y larguísimos. En lugar de
manos tiene garras, el cuerpo de gato y patas de caballo.

Condenada a buscar a su hijo hasta la consumación de los siglos, recorre


sin cansarse jamás las orillas de los ríos, llamando sin cesar a su niño con
un grito agudo parecido al de las aves y sin que nadie le conteste jamás.

A veces recobra su primitiva forma. En la noche en que la luna brilla en el


centro de los cielos, se baña en los ríos bella como un sol, pero al más
ligero ruido se convierte nuevamente en el ser monstruoso que es, para
continuar por el mundo sueterna peregrinación.

[Esther Alicia Durling, [email protected]].

Bibliografía sobre espantos panameños

Miranda, Beatriz, viuda de Cabal (1972): «La sierpe», en Narraciones


hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 153-7.

Espantos salvadoreños

El Cipitío

Espanto salvadoreño, cuyo nombre, de origen náhuatl, es deformación de Xipe


Totec, viejo dios de la fertilidad y las sementeras.Poeta anónimo lo invoca
como aquel que tiene los pies invertidos para mejor desorientar el olfato de los
malignos y el corazón frondoso y la voz impetuosa para seducir a las
muchachas.

Espantos hondureños
El Embrión

A fines del siglo pasado, cuando la población de Comayaguela no era tan


numerosa, cuentan que en la Séptima Avenida, por el lugar que ocupaba el
viejo Calvario, casi al pie del cerro de La Cruz, aparecía en las noches de
luna un niñito. El pequeño aparecido contaba, a lo sumo, de unos diez
meses a un año, era blanco y muy bonito. Cuando alguien pasaba por ese
lugar, aparecía contoneándose con mucha coquetería y les decía: «El
Embrión, el Embrión». Esto motivaba que la gente se alejara de allí más
corriendo que andando (Raudales1972: 213).

El Sacerdote Aparecido

Donde hoy está el edificio de la Escuela Normal de Señoritas, estuvo hace


varios años el Colegio Eclesiástico del siempre recordado Presbítero
Monseñor Ernesto Fiallos. El mencionado lugar pasó después a poder del
Estado y en él se alojaron las oficinas de la Administración de Rentas, para
ser después el local que ocupa la Escuela Normal Central de Varones.

Cuando funcionaba allí la Administración de Rentas, siendo el


Administrador don Aurelio C. Núñez por los años 1904 a 1905, tanto los
soldados del Inspector de Hacienda como los empleados nocturnos, se
quejaban de que, por la noche, una sombra negra se paseaba por los
corredores y no los dejaba dormir. Cierta noche, uno de los empleados,
llamado Sebastián, que estaba de turno, con toda valentía dispuso
confirmar a qué se debía la aparición. En efecto, vio que el aparecido era
un sacerdote que, con un relicario en la mano, se paseaba rezando por
todos los corredores. Parece que el sacerdote, al darse cuenta de que lo
habían espiado, desapareció del lugar para nunca más
volver (Raudales 1972: 211).

La Carreta de los Ajusticiados

En las postrimerías del gobierno del General Domingo Vásquez, dio éste
orden para que fueran ejecutadas todas las personas que por asuntos
políticos eran non gratas al gobierno. De todas ellas, sólo había orden de
salvarle la vida a un señor llamado Manuel Velásquez (alias Miluca). Era tan
grande la aversión que había para los opositores, que, después de
haberles dado muerte, los cadáveres fueron echados en una carreta, cual
montón de basura, y los condujeron por la Cuarta Avenida de la ciudad de
Comayaguela a una fosa común preparada al efecto en el cementerio
general.

Ni los ruegos y llantos de los familiares fueron suficientes para que cada
familia pudiera responder por el cadáver de su deudo. La conducción de
los quince cadáveres fue macabra, pues hubo madres que, con el ataúd en
la cabeza y dando gritos lastimeros, seguían la carreta pidiendo los restos
de sus queridos hijos, lo que hacía más lastimero el cuadro que en esos
momentos se contemplaba.

Pasaban los meses, pasaban los años y siempre por las noches se oía en
la Cuarta Avenida el ruido lúgubre de una carreta que arrastrada por
cadenas se dirigí al cementerio general.

Lo raro del caso era que las personas que se asomaban a las puertas, sólo
sentían el frío de la noche y un estremecimiento raro que las hacía volver a
su lecho a hilvanar pensamientos, hasta que el sueño les hacía vencer el
recuerdo de los ajusticiados (Raudales 1972: 212-3).

La Chancha que acometía a la gente

En el poniente del edificio que hoy ocupa la Escuela de Bellas Artes, había
un portón bastante grande, detrás del cual se encontraba un árbol de
cacao, bajo el que aparecía en las noches sombrías una chancha que
acometía a las personas que a altas horas de la noche pasaban por ese
lugar. Fueron muchos los que negaron que tal hecho sucediera, hasta que
una noche se vino a confirmar la verdad. Venían de una fiesta, como a la
una de la mañana, doña María del Socorro Portillo, doña María de la Cruz
Garache y Lupe Flores, quienes, al pasar por el mencionado lugar, fueron
perseguidas por una chancha que las siguió varias cuadras más allá de la
Escuela de Artes, sin haberse podido defender de tan agresivo y
misterioso animal.

Hasta mucho tiempo después dejó de verse la aparición, sin saberse


todavía por qué sucedió (Raudales 1972: 212).

La Desaparecida

A fines del siglo pasado fue asesinada una señora en el barrio de


Camaguara en la salida de Comayaguela. Según contaban, fue el
compañero de su vida el que le hizo varias heridas que le ocasionaron la
muerte. Se supo que él había sido el hechor, porque se presentó a las
autoridades diciéndoles que había encontrado una mujer muerta, dando él
mismo pruebas convincentes de su culpabilidad.

Por muchos años en la cuarta avenida de Comayaguela, que fue el lugar


del suceso, se oyeron en las noches gritos despavoridos y ayes
lastimeros, que hacían que los vecinos se conmovieran y pasaran horas de
desvelo. Lo extraño del caso era que las gentes, al asomarse a las puertas,
no veían a nadie, sólo a lo lejos se contemplaba la silueta de una mujer
vestida de blanco que, con pasos vacilantes, se perdía entre los cipreses
del cementerio (Raudales 1972: 209-10).

La Siguanabana

Cuentan que en el año de 1936, entre el Colegio Salesiano San Miguel y un


árbol de amatles que creció en las riberas del río Choluteca, aparecía en
ciertas noches una mujer bella y adorable, con el cabello extendido y
sentada en una piedra, dando el aspecto de una sirena de cola tornasol,
que ante la luz de la luna ostentaba sus
brillantes escamas.
Cuando un galán mozo pasaba cerca de ella,
con toda coquetería y con el seno al
descubierto, le decía: «Toma tu teta, toma tu
teta».

Todavía cuentan que, en los cruces de ciertos


ríos y quebradas de Honduras, se ve una mujer,
pero no la bella sirena, sino una mujer sucia y
despeinada que cuando pasa una persona cerca de ella, repite las mismas
palabras: «Toma tu teta, toma tu teta» (Raudales 1972: 214).

La Sirena

Se dice que existía una familia de apellido Gómez. Uno de sus miembros
era una joven muy bella, que acostumbraba a bañarse en la «Poza del
Carrizal». Un joven, enamorado de la bella, le propuso matrimonio. Fruto
de su gran amor fue una hermosa niña, que, creciendo, se transformó en
una linda sirena, con rostro de mujer y cuerpo de pez. Como para ella era
imposible vivir en tierra, pidió que la trasladaran donde sólo hubiera agua;
anduvo por muchos ríos y quebradas, sin que ninguno le gustara para
hacer de él su habitación.

La llevaron a la laguna de «Santa Ana», donde, según dicen, vive todavía. Y


por las tardes crepusculares se ven sus escamas, bordeadas de colores,
iluminadas por el sol, y por las noches se la ve en las playas esperando
que pase una persona para preguntarle si ya terminó la familia Gómez.
Pues dice la leyenda que, en cuanto sus parientes terminen de vivir, ella
inundará la Ciudad de Comayaguela (Raudales 1972: 210).

Bibliografía sobre espantos hondureños

Raudales, Zonia (1972): «Algunas leyendas y tradiciones de Comayaguela»,


en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial
Magisterio Español, pp. 208-22.
Espantos ecuatorianos

Demonios del Bosque

Acerca de estos monstruos, que habitan la selva, oí por primera vez, gracias a
un altercado ocurrido entre dos miembros de un equipo de buscadores de minas
que se hospedaron por unos días en la misma casa que albergaba a mí. Fue
apenas a una semana de mi permanencia en la zona de Las Pampas, adonde,
como maestro, fui destinado para enseñar en una escuela. El grupo de
exploradores se componía de siete personas: el jefe, un joven ingeniero llamado
Juan Navarrete, y seis braceros. El incidente se originó cuando uno de éstos, en
franca rebeldía a una orden recibida del ingeniero, se negaba rotundamente a
ingresar a cierto sector de la selva, aduciendo que no deseaba exponer su vida.
Recuerdo claramente las razones que esgrimía el rebelde y todo lo que
aconteció por su causa, mientras nos hallábamos todos en el patio.

—Yo no me muevo de aquí solo —exclamó atemorizado el jornalero, a quien le


llamaban "Doctor", tan pronto como acabara de oír la orden de su jefe—.
Debería estar loco para exponerme a los peligros de la selva tal como me
encuentro, es decir: sin armas que avalen la seguridad de mi integridad física —
sus compañeros le miraban sorprendidos, intuyendo que él no
bromeaba. En efecto, en su semblante se hallaba pintado el terror de quien
hubiese recibido la imposición de ir desarmado a luchar en la guerra. Y con voz
insegura continuó—: Los peligros que, por desgracia, entraña esta parte de la
selva no se reducen a un posible encuentro con un tigre hambriento, o a la
emboscada de la artera víbora, cuyo riesgo más bien seduce al hombre sediento
de aventuras. ¡Nada de eso! Existen otros peligros realmente espantosos, de los
cuales apenas unos cuantos afortunados se han salvado para contar su
experiencia. Conozco de buena fuente no pocas tragedias acaecidas como
resultado de este azote precisamente en esta zona. Y todas las víctimas fueron
personas conocedoras de la jungla, para quienes el lidiar con las fieras, los ríos
crecidos y los pantanos no era más que el pan de cada día. Sin embargo, no
siempre va el cántaro al agua y vuelve sano.

"En estos bosques, aparentemente tranquilos, existen diabólicas plantas,


dotadas de inteligencia, que sienten aversión mortal hacia los humanos. —Al
llegar a este punto las advertencias del timorato "Doctor", hasta el más valiente
de sus colegas empezó a mirar con pánico el monte. Sólo Navarrete no vio la
menor alarma en lo que él consideraba una burda patraña, inventada por su
ayudante para burlarse de la orden recibida. Y, con mayor fiereza que la del tigre
más feroz, se abalanzó, con las manos abiertas cual afiladas garras, contra el
cuello del desprevenido "Doctor" para estrangularlo ahí mismo.

Y éste se hizo cargo de la situación sólo cuando sintió que unas manos ceñían
su garganta. Entonces pensó tal vez que su fin había llegado. Navarrete apretó
con la seguridad y la sabiduría de quien conocía perfectamente lo que estaba
haciendo. ¿Habría tenido un estrangulador por maestro? Lo cierto es que una
bocanada de sangre espumosa cubrió los labios de su víctima, ahogándola.
Seguramente, el ataque hubiese tenido funestas consecuencias si yo, en un acto
de misericordia, no me hubiera interpuesto entre los dos, introduciéndome como
una cuña, impidiendo que el enfurecido agresor continuase apretando la
garganta del pobre diablo que ni siquiera intentaba defenderse.

Acababa yo de salvar una vida.

Luego de que la calma quedase restablecida, pedí a Navarrete permitirle a mi


protegido que continuase hablando sobre aquellas plantas misteriosas que
habían despertado en mí gran interés. En alguna parte, que de momento no
recordaba, ya había escuchado o leído yo algo acerca de ese tema.

Navarrete consintió de mal grado a mi petición, como si con su actitud hubiese


querido advertirme: "Allá usted si se deja embaucar por semejante pillo". En
cuanto al "Doctor", su condición de locuaz innato no le permitió dejar pasar por
alto la coyuntura de retomar la palabra.

— ¡Gracias, profesor! —musitó el bracero, dirigiéndose a mí, no sé si por


haberle salvado la vida o, simplemente, por posibilitarle que continuara dando
vuelo a la lengua. Y, luego de enjugar con la manga de su camisa los restos de
sangre que aún manchaban los labios y la quijada, prosiguió lagrimoso y algo
ronco—: Para nadie de esta zona constituye un secreto las propiedades
perniciosas del arbusto llamado "la guapa comadre", el cual, por desgracia,
abunda aquí. ¡Basta con sólo acercárselo para que, de inmediato, el cuerpo se
llena de sarna!

"A sus infelices víctimas, cubiertas de sanguinolentas y fétidas llagas y


bordeando el abismo de la locura, las he visto y, posiblemente, las verán
ustedes antes de marcharse de aquí. No hay corazón ni estómago capaces de
tolerar la proximidad de semejante carroña. Pero éste no es el único ni el
peor enemigo vegetal que, escondido entre inofensivas plantas, alberga la selva,
¡saben! También prolifera aquí la liana denominada "bejuco del padrastro", la
cual se agita visiblemente colérica en cuanto alguien se le acerca. Y si, por obra
de la fatalidad, el incauto se pone a su alcance, le
da de latigazos hasta dejarlo con la totalidad de la piel arrancada.
"Y existen hermosas flores cuyo delicioso aroma es venenoso, y abundan
plantas que ofrecen a los sensuales besos de la brisa sus temblorosas hojas
abiertas como estilizadas manos de mujer, ostentando actitud apacible y sumisa.
Pero, en cuanto se las toca, se transforman en monstruosas víboras ansiosas
por clavar sus letales colmillos en el inexperto que, confiadamente, se ha puesto
a su alcance. Este demonio verde del bosque, se llama justamente "manos de
mujer"

El "Doctor", en estoica espera de un posible improperio en su contra, lanzado


por parte de parte de su jefe o de sus compañeros, que no parecían conocer
demasiado la selva, interrumpió el relato. Mas al notar que nadie se proponía
molestarle, pasó complacido a referir sobre cierto árbol llamado "Fernán
Sánchez" cuyas rojas flores, tan hermosas como las del clavel, eran la causa de
la fiebre palúdica. Aseguró paladinamente que ciertos pajarillos de multicolor
plumaje y dulce trino, por las noches se metamorfoseaban en horribles sapos.
Habló también acerca de unas raras hojas que, al tocarlas, se volvían mortales
tarántulas. Pero que luego de permanecer así unos minutos, recobraban su
estado anterior, en espera de sorprender a otras personas. Contó además de
árboles caminantes y piedras que parlan.

De pronto, se cumplió lo que el narrador temía. —¡Mentiroso! ¿A quién tratas


de hacer comulgar con ruedas de molino? —se dejó oír un mozalbete llamado
Tipanluisa, subiendo la voz por encima de las escandalosas risas que los demás
dejaron escapar como un chiflón.

—¡No miento! Los he visto a los leprosos. Y lo demás lo sé de boca de


quienes moran aquí —se defendió el "Doctor".

—Y ¿quiénes son quienes? —le acorraló un mozo nombrado Ventura,


mugiendo entre ahogados jadeos y esforzándose por hacerse entender.

—Ustedes no los conocen. —afirmó el "Doctor", con la seguridad de taparles


la boca—. Pero uno de ellos vive no lejos de aquí y es un personaje muy
notable. Él ha sido el pionero de los colonizadores y el artífice del desarrollo
agropecuario de estas tierras. Es, pues, lo que se dice: el
primer ciudadano de Monte Nuevo. ¡Se trata nada menos que del mismísimo
General Cisneros, de quien todos ustedes habrán oído mencionar!

Mas para todos resultó ser un ilustre desconocido el mentado personaje.

—Vamos. Pero ¿de qué General hablas? —interrogó un mozo crespo y de


remangada nariz, que respondía al nombre de Robayo—. Les conozco todos los
moradores de aquí. Todos ellos son pobres labriegos o arrieros, honrados, eso
sí, pero ninguno ostenta el grado de General.
—Pues vive él apenas a media hora de aquí -replicó el narrador—. Visité su
casa apenas el año pasado. Ya habrá ocasión de presentarte. Es todo un
caballero. ¿No sabes que llevo aquí ya más de un mes?

Robayo no estaba muy convencido de la existencia de aquel caballero. De


seguro pensaba que se trataba de otra mentira inventado por el "Doctor". Se
disponía ya a manifestar su disconformidad cuando el dueño de casa,
apareciendo del lado donde se hallaba el corral, dijo:

—Amigo "Doctor", ya no podrá usted presentar al General a nadie, se le


encontró muerto flagelado por el "bejuco del padrastro". Pobre señor, ¿de qué le
sirvió haberse salvado dos o tres veces de las "manos de mujer" para morir
como el más de los desdichados entenados?

No pude continuar escuchando aquel interesante coloquio, la hora de


trasladarme a la escuela había llegado y debía yo cumplir con mi
responsabilidad. Mientras caminaba hacia el plantel educativo, recordé haber
leído en "El Comercio" acerca de aquella extraña muerte del General
Cisneros, un militar en retiro, dedicado a la agropecuaria.

[Relato tomado de la obra Aprendiz de aventurero. Tomo I: En el país de las


Bromas, de Carlos Villamarín Escudero, Quito, 1996]

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El Cuco

Aquí las cosas no son a veces lo que parecen ser; tampoco existe la
seguridad de haber alcanzado la meta al final de la carrera, porque a menudo
no es más el punto de partida, y el ganar o el perder carece realmente de
importancia, ya que con ambas opciones es posible beneficiarse o perjudicarse.

Estamos en Angamarca, tierra de misterio, donde lo extraño y lo


sobrenatural es corriente. Es aquí donde existe —según afirmaciones de
propios y extraños— un espeluznante personaje que adopta para sí la forma de
un negro y brioso caballo provisto de ricos aperos, el cual, debido a sus
nada clementes procedimientos, es conocido como El Cuco. Dotado de
inteligencia y agilidad, recorre los senderos y caminos poco frecuentados,
en busca del caminante furtivo ansioso por ganar distancia cuanto antes. En
cuanto lo descubre, se le acerca lentamente, demostrando con su actitud
innata mansedumbre.
Existe al respecto una interesante leyenda. Se refiere a las peripecias
sufridas por cierto ladrón de caballos, que, viéndose descubierto y
frustrado su propósito delictivo, quiere burlar la acción de la Justicia
mediante la fuga. Sin embargo, poco más allá, irá a dar con El Cuco,
lindamente disfrazado de caballo.

Entonces el fugitivo —coherente con su pésima índole y la causa que le


obligara a emprender su clandestina marcha—, agradeciendo más al diablo que
a Dios por tan oportuna ayuda, cabalgándolo sin pérdida de tiempo, lo
incitaba a efectuar rauda carrera. Y mientras se desplaza cómodamente sobre
aquel corcel tan noble como Babieca o Rocinante, piensa que tiene ganada la
partida y disfruta imaginando a sus lerdos perseguidores, ampollados los pies y
con la lengua afuera por el esfuerzo empleado en su inútil expedición.

Instalado sobre una gualdrapa, de mullido pellón, con los pies colocados
dentro de estribos de angosto aro, dorados y relucientes como si estuviesen
fabricados en fino oro, el cuatrero tiene la impresión de que se desliza en un
cúmulo de gaseosas nubes. Se halla feliz. Mas de pronto, la naciente felicidad
se transforma en angustia y ésta en terror. Acaba de descubrir que el caballo ha
abandonado la tierra para transitar realmente por las nubes. Las nevadas
cumbres del Tungurahua, del Chimborazo y de Los Ilinizas, que ahora las nota a
cientos de metros debajo de sí, confirman la gran altura que ha alcanzado sin
que se diera cuenta.

Su pensamiento de ganador, que poco antes ocupara la mente, está olvidado.


Ahora sólo anhela mantenerse asido al lomo de aquel Pegaso, ayudándose
incluso con dientes y uñas. Sabe que si la suerte llega a abandonarle a
semejante altura, no vivirá para jactarse de su aventura. Cierra los ojos,
concibiendo la remota esperanza de que todo no es más que un mal sueño, de
aquellos que le asaltaban durante las noches. Clama socorro a la virgen del
Quinche y promete a todos los santos una vela si consiguen evitar la inminente
caída.

Y cuando más desesperado se siente, el milagro parece producirse. Pues


ahora ya no flota como una pluma en alas de la brisa. Leves sacudidas de su
montura, producidas por la desigualdad del terreno, le aseguran que el caballo
ha aterrizado. Abre entonces los ojos y comprueba que el hermoso animal
recorre un sendero muy bien conocido por él, ya que en el pasado lo ha
frecuentado a pie y motivado por circunstancias similares a la presente.
Experimenta una sombra de alegría, pues el comportamiento extraño del bruto le
impide saborear la miel del regocijo. El fugitivo, que no tiene pelo de tonto,
prefiere evitar futuros riesgos renunciando a mantenerse un segundo más como
jinete. Para proseguir la fuga debe valerse de sus propios pies, que es lo más
seguro.
Fiel a su propósito, el abigeo intenta apearse en plena carrera, sin importarle el
daño que podría ocasionarle la caída. Pero no logra conseguirlo. Le resulta
imposible desprender los pies de los estribos, que se han cerrado como esposas
en torno de los tobillos. Se siente más perdido que nunca y tardíamente
comprende que en su afán de huir de la Ley ha llegado a cabalgar El Cuco, el
demonio que profesa aversión a los fugitivos y que, para engañarlos, suele
tomar la apariencia del noble corcel.

No obstante, el rigor que El Cuco emplea con los bribones, trasportándoles en


cuerpo y alma al fuego eterno, se dice (y no hay razón para dudarlo) que él no
siempre se comporta tan drástico con los pillos de poca monta. Se conoce de
muchos casos en que sólo se limita a capturar al fugitivo y, como lo haría un
policía competente, regresarle esposado al sitio donde hubiere cometido la
fechoría, para que fuese juzgado y castigado con arreglo a las leyes humanas.

(Enviado por Carlos Villamarín, [email protected]).

Véase el Coco.

El Duende

¡El duende! ¿Quién no ha oído mentar alguna vez a este mítico personaje?
Quizá nadie. Sobre todo en la zona central de los Andes ecuatorianos la
creencia de la existencia del duende está tan arraigada como la realidad del
viento o de la lluvia.

Es así que si a alguien le ocurriese decir a su amigo que la noche anterior se


había ido él de parranda con un duende, de inmediato y sin vacilar el aludido
preguntaría a su confidente cómo le había ido en compañía de aquel pillastre. Y,
ciertamente, por increíble que parezca, no se imaginaría que su interlocutor le
hubiese contado una broma, ya que tal cosa no tendría el mínimo objeto, porque
que el duende es allí como alguien de la familia.

Las experiencias que dicen los campesinos de esos lugares haber con este
singular personaje son tantas y tan diferentes que difícilmente podría el
investigador analizarlas todas. Desde luego, no todas estas “experiencias”
soportarían el rigor de un examen concienzudo sin quedar reducidas a meras
invenciones. Pero sin duda existen las que, por haber sido presenciadas por
personas dignas de crédito, merecen ser catalogadas como acontecimientos
verídicos.

Y uno de estos sucesos reales, que por cierto contó con innumerables
testigos, tuvo lugar en Sigchos, provincia de Cotopaxi, y se desarrolló como se
relata a continuación.
En un pequeño caserío llamado Cusipe, moraba feliz la familia Lasso,
habitando una casita situada en medio de una llanura tendida al sol y acariciada
por la brisa que llegaba del vecino río, que, entre remolinos y cacofónicos
cánticos, viajaba hacia el lejano mar. Los Lasso eran a la sazón una familia
corta. Se componía de padre, madre y tres hijos pequeños que iban de los ocho
años a los tres.Rosario, una bella niña de grandes ojos y abundante pelambrera,
era la menor de la prole. Tranquila y apegada a su madre, no compartía los
juegos que sus hermanos mayores solían organizar en el huerto, persiguiendo a
las multicolores mariposas que revoloteaban junto a las flores, ni gustaba de
participar del “juego de las escondidas”, al que también eran aficionados los
muchachos. Prefería en todo caso quedarse cerca de su madre, sin alejarse
más allá del extremo opuesto del patio de la casa. Debido a ello, Moisés y
Cecilio, sus hermanos mayores, la llamaban la “Cenicienta”.

Sin embargo, una mañana, la niña desapareció del hogar sin que nadie
pudiera explicarse cómo. Ningún conocido ni desconocido que hubiese podido
despertar sospechas de haber participado en la desaparición de la pequeña
Rosario había llegado durante las horas críticas a la casa. Al principio todos
creyeron que la niña, renunciando siquiera por una vez a su proverbial
pasividad, se había propuesto dar a sus parientes un leve susto, escondiéndose
en algún lugar cercano. Pero luego de una prolija búsqueda, comprendieron con
inquietud que ella había desaparecido.

Comunicaron a la vecindad del suceso y, con su ayuda, la buscaron por todo


el sector sin el resultado deseado. Nadie la había visto. Entonces, a todos les
asaltó la idea de que la pobre niña se había caído en el río. Si bien nunca antes
se había aventurado Rosario por la orilla de la caudalosa corriente, no era nada
imposible que por esta ocasión hubiese llegado a ésta, movida por alguna razón
que sólo ella la conoció.

Y pronto la sospecha se tornó certeza en cuanto se descubrieron huellas de


pequeños piececitos que, partiendo de la casa, llegaban hasta la orilla del río.
Sin embargo, junto a las huellas dejadas por los pies descalzos de Rosario,
¡había otras de zapatos, igual de pequeñas y que seguían la misma trayectoria!

Pero ¿a quién pertenecían estas huellas, si por ese entonces ninguno de los
niños del caserío acostumbraba llevar zapatos? La pregunta no tenía respuesta.
La creencia de que, sola o acompañada, Rosario se había caído al río la
abrigaban todos. Ahora sólo les quedaba por recorrer el río aguas abajo, para
rescatar los inertes restos de la infortunada infante.

Cuando se disponían a llevar a cabo tarea tan penosa, alguien descubrió las
huellas de la niña y de su acompañante en la otra orilla del río, que, saliendo de
él, se alejaban en dirección de los riscos del Huingopana, enorme macizo
montañoso que se levanta como un centinela al Este de la comarca de Sigchos.
De pronto el misterio quedaba desvelado. A Rosario se la había llevado el
duende, pues en nadie cabía ya la menor duda.

En días pasados, uno de los vecinos de los Lasso lo había sorprendido al


travieso hombrecillo merodeando el gallinero de su casa, quizá con la intención
de apoderarse de unos huevos de las gallinas, ya que en otras ocasiones había
obrado así. Al verse sorprendido, huyó hacia la quebrada, en busca de refugio.
Era él pequeño como un niño de siete años y su rostro lo tenía feo y arrugado
como el de un viejo. Iba vestido como siempre lo habían visto, esto es, embutido
en pantalones y blusa verdes y estrechos, botines rojos y brillantes y tocado con
un “jipijapa” de alta copa. El dueño del gallinero no trató de perseguirlo, sabiendo
que el ladronzuelo no era un tipo de cuidado, ya que sus rapiñas ni iban más allá
de una pequeña porción de alimentos. Y prefirió dejarlo en paz.

La búsqueda de la niña fue ardua, puesto que los riscos eran muchos y nada
accesibles. Con todo, al promediar el tercer día, don Adolfo Lasso, padre de
Rosario, con grande alegría, dio con el paradero de ésta. Pero la niña no estaba
sola, el hombrecillo ya descrito estaba a su lado, ocupado en ese momento en
salmodiar una rara canción que tenía embelesada a su cautiva. Don Adolfo,
como se puede suponer, se precipitó con los brazos abiertos hacia su hija,
dando gracias a Dios que la devolvía viva y al parecer sana y buena.
Oportunidad que no desaprovechó el duende para tomar las de Villadiego.

Y todos quedaron conformes.


(Texto de Carlos Villamarín. Para críticas y comentarios dirigirse
a [email protected]).

Duendes de otras latitudes: en México , Lima y Santiago (Argentina).

El Fantasma del Hidalgo

La idílica ciudad de Latacunga no siempre fue un lugar de calles y parques


concurridos hasta altas horas de la noche, donde el amigo del aire fresco y las
parejas de enamorados pasean despreocupados bajo la célica mirada de las
estrellas. Hubo, pues, una época en la cual no había sitio para semejantes
caprichos, no obstante la frustración de las almas románticas. Por entonces, el
devoto del fresco debía conformarse con las caricias del agua fría y los amantes
no tenían otra opción que la de entrevistarse a la luz del día y ser blanco de
miradas indiscretas. Mas este sacrificio, por grande que pareciese, resultaba un
precio insignificante para evitar enfrentarse a la peor experiencia de su vida.

Se asegura que el miedo, un miedo pánico, que se abatía como una ominosa y
negra nube sobre los noctámbulos paseantes, surgía del peligro de encontrarse
de repente con el abominable fantasma de don Álvaro de Espín y Villavicencio,
quien concluyó sus días, en absoluta demencia, ahogándose en aguas del
Cutuchi. Tal vez los latacunqueños de aquella época fueran aprensivos, pero si
la décima parte de lo que decían era cierto, tenían más que suficiente para estar
aterrados.

En cuanto caía la noche y con la complicidad de sus sombras, que obran


sobre la natural desconfianza del noctívago, de catalizador para generar temor,
el espectro hacía suya la ciudad. Surgiendo de improviso de una sólida pared, o
de un árbol, o simplemente de la nada como si atravesase una puerta invisible,
la espeluznante presencia de un hombre, de rostro cadavérico y ojos de
chispeante mirada, vestido a la usanza de los nobles del siglo pasado y armado
de espada, les cerraba el paso a los transeúntes, paralizándoles de terror. Y
mientras éstos le miraban alelados, con voz de trueno y frases obscenas, les
conminaba a devolverle su novia, que aducía él tenerla secuestrada ellos.

Ante semejante aparición, que confirmaba la existencia del reino de las


tinieblas y la perversidad de sus diabólicos súbditos, los nervios del más valiente
quedaban destrozados. Sin embargo, los amedrentados peatones,
impelidos por un instinto de conservación, sacando fuerzas de flaqueza,
emprendían acelerada huída, perseguidos de cerca por aquel engendro
dispuesto a herirles con su espada, de cuya pavorosa hoja arrancaban las
estrellas tétricos destellos.

Una vieja crónica dice que el fantasma, vociferando que le entregasen a su


amada, perseguía a los forzados corredores únicamente hasta cuando
conseguían refugiarse en el interior de alguna casa, adonde ingresaban
tumbando a veces la puerta, pero siempre echando espuma por la boca. Luego,
expresando su frustración con atronadoras blasfemas, se dirigía al puente que
atraviesa el río Cutuchi cuyas aguas atraviesan la ciudad, desde donde se
lanzaba hacia su turbulenta corriente.

Otra fuente de información más reciente afirma que el espectro aterró a los
latacunqueños durante ochenta largos años, y que sólo cesaron sus andanzas
cuando sus huesos fueron recogidos del lecho del río (del sitio donde se
suicidara don Álvaro de Espín y Villavicencio, lanzándose desde el puente) y
enterrados en campo santo. No obstante, aun hoy existe quienes aseguran que
aquella alma en penas jamás no ha renunciado a deambular por las noches y
que más bien ha extendido su campo de acción a las ciudades vecinas.

Pero ¿quién fue don Álvaro de Espín y Villavicencio cuando pertenecía a este
mundo? La misma "vieja crónica" aclara algo sobre la tempestuosa vida de
aquel hidalgo, dando cuenta de una serie de tropelías adjudicadas a él. Y lo que
dice, ciertamente, nada bueno abona a favor suyo. Lo acusa de esclavista, de
ladrón consuetudinario, de flagelador, de espadachín asesino y de demonio en
persona. Parece que el ánimo del cronista, quizá víctima o testigo presencial de
alguno de los desafueros cometidos por el hidalgo, lo predispusiera en su contra.
Pero si se examina con imparcialidad lo que acontecía hace casi dos siglos aquí,
los cargos contra don Álvaro, aunque no puedan ser desvanecidos, al menos
merecerían ser atenuados. Quizá él, como
muchos otros coetáneos suyos, ¿no fue sino una víctima del sistema
predominante de la época? Y basta sólo con mirar la historia del Ecuador para
entender cómo marchaba la sociedad de entonces.

Finalizaba el primer cuarto del pasado siglo y los tempestuosos días de lucha
por la emancipación política de España habían quedado atrás. Ahora corrían
aires de libertad por todo el país y, al fin, los ecuatorianos podían elegir libre y
democráticamente a sus gobernantes de entre los gamonales compatriotas más
hábiles en el engaño. Qué felices se sentían, pues ya podían ser tiranizados por
su propia gente. Sin embargo, en la práctica, ni siquiera eso ocurría. Eran los
mismos españoles, quienes, avizorando el resultado de la lid fingieron apoyar la
causa independista, continuaban tras bastidores gobernando despóticamente el
país de la Mitad del Mundo. En cuanto a los "criollos", eran considerados
ecuatorianos, ecuatorianos de primera clase, desde luego. En consecuencia,
con derecho a detentar tanto el poder civil como el eclesiástico. La nobleza de
su prosapia era la mejor vía para llegar a cualquier meta que se hubiesen
impuesto.

En semejantes circunstancias, era raro que un español o un criollo descuidase


de llenar su faltriquera en el menor tiempo posible. Y el hidalgo don Álvaro de
Espín y Villavicencio no era precisamente un criollo descuidado ni alguien que
se hubiese distinguido por el dispendio. Gracias a su privilegio de alcalde de la
ciudad, que equivalía a poseer patente de corso, sin ocuparse más que de
economizar hasta el último centavo, fue amasando una cuantiosa fortuna que le
aseguraba llevar, en compañía de su futura cónyuge, una vejez tranquila y
digna. Y bien, ahora que contaba ya con fortuna, sólo le quedaba por elegir
esposa para ponerse a disfrutar de las excelencias de la vida. Además, no iban
a faltarle en la ciudad hermosas damas predispuestas al matrimonio, ya que él
era un excelente partido aun para la más exigente de ellas. Tras examinar y
evaluar la belleza de cada una de las jovencitas de la localidad, se decidió por
Virginia, una joven hermosa de verdad. Y, tan sólo con elegirla en secreto,
desde ese mismo instante quedó el hidalgo prendado de ella.

Pero con lo que don Álvaro no contaba era con que la mujer elegida por su
corazón no podía aceptar su amor, porque estaba prometida desde hacía mucho
tiempo al gobernador de la provincia. Semejante noticia le quitó el sueño a
nuestro hidalgo, que en adelante se tornó en una persona arisca e irascible que
solía descargar su furia en la servidumbre con mayor sadismo que antes. En su
ofuscación, que no le permitía razonar, jamás pensó en curarse, recurriendo a
otra mujer, que habría sido lo más idóneo para paliar su desengaño. Y en esas
circunstancias fue fácil presa de la obsesión que le conduciría a la locura.
En su enajenación, se convenció que la bella virginia había sido secuestrada y
que era él el llamado a rescatarla, utilizando su destreza de espadachín
experimentado. Y con semejante idea atravesando la mente, espada en mano,
recorrió calles y plazas de la ciudad sembrando el pavor y dejando maltrechos a
más de uno de sus habitantes que los tomaba desprevenidos. Mas
un buen día, el hidalgo loco desapareció sin dejar huellas de sí. Surgieron
rumores acerca de que, en su desesperación por mantenerse ignorando iempre
el paradero de su amada, se había lanzado al río. Pero las autoridades hicieron
caso omiso de los chismes y nadie movió un dedo para buscar, lo que quedaba
de él, en las turbulentas y gélidas aguas. Y todos empezaron al fin a respirar
tranquilidad.

Mas para los latacunquenses, la tranquilidad sólo había sido una efímera
ilusión que se desvaneció a una semana exacta de la desaparición del hidalgo,
que fue cuando se franquearon los portales del averno, para permitir la salida del
fantasma de éste. Los primeros en verlo fueron unos mozalbetes que, algo
bebidos, se habían congregado en la plaza del Salto y ahora acechaban la
puerta de la iglesia próxima para ver salir a las "hijas de María". Vaya usted a
saber con que propósito. Entonces, la aparición del infernal espíritu, surgiendo
de repente de la nada, de poco no les mata de susto. Pero, reaccionando
positivamente, alcanzara a huir, eso sí, como verdaderas almas perseguidas por
el diablo.

Fue así como aquel macabro personaje retornó del inframundo y, por luengo
tiempo, se apoderó de una de las más pacíficas ciudades.

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El Güillanguille

¿Quién con un ápice de piedad, sería capaz de ver a un tierno niño,


estremeciéndose entre los estertores de su propio llanto, solo y abandonado a la
vera del camino, y pasar adelante sin que su corazón no sufriera un remezón de
dolor? Pues difícilmente se podría dar con alguien carente de total sensibilidad
que, indiferente, continuase su camino, sordo al clamoroso grito que
instintivamente espera encontrar socorro en la solidaridad humana. Lo normal
sería que, quien se viese en similares circunstancias, sin vacilar fuese en auxilio
del desvalido, aunque sólo sea llevado por la inconsciente propensión de
contribuir a la conservación de su especie.

Pero aquí no siempre sale con la bendición de Dios quien, ablandado por la
compasión, va en ayuda de su prójimo en dificultades. Porque emular la obra del
Buen Samaritano en los Andes ecuatorianos no es tan sencillo como en el Israel
de los tiempos bíblicos. Con frecuencia una buena acción es retribuida con otra
mala que dejará acerbos recuerdos en el comedido. Y como prueba de mi
aserto, vean ustedes lo que le sucedió unos años atrás a don Sergio Quevedo.

Don Sergio era visto en su aldea como un hombre ejemplar: trabajador, cortés
y muy poco aficionado a empinar el codo. Pero su virtud más digna de tomar en
cuenta era la de que jamás mentía, pues pese a apellidarse Quevedo y
posiblemente descendiente de don Francisco de Quevedo, el sarcástico escritor
español, nada tenía de fabulador. Por ello, esta anécdota que solía contar
merecía la mayor confianza y era escuchada con atención. Yo, cuando niño, lo
había oído contarla repetidas veces y recuerdo perfectamente que su contenido
era éste:

“Fue un bendito domingo, de regreso a casa, luego de haber permanecido el


día en el pueblo, divirtiéndome en compañía de mis amistades. La tarde
agonizaba entre resplandores rojizos, que por un instante tuve la impresión de
que el cielo, por el lado poniente, se consumía devorado por el fuego. También
mi caballo parecía abrigar similar presentimiento, ya que se veía nervioso y no
disimulaba su inquietud expresada en cortos y agudos relinchos. Sin embargo,
las furiosas llamaradas fueron poco a poco empalideciendo como temerosas de
la inminencia de la noche, que no tardaría en tender sus negras alas sobre el
universo. Pero en la naciente noche la oscuridad no tuvo
acogida. Tan pronto como se ocultara el sol, la luna, surgiendo esplendorosa de
tras de las colinas, como una gigantesca ostia elevada por manos invisibles,
bañó el panorama en su argentada luz.

“La iluminación lunar realzaba el embrujo nocturnal que hacía de aquel


paisaje, tantas veces contemplado con indiferencia por mis ojos, un lugar casi
desconocido, un raro miraje saturado de misterioso encanto. Parecía que
acababa de ser inyectado vida y que pronto adquiriría animación. Entonces se
dirigiría a mí anheloso de revelar el arcano de la vida y de volcar en confidencias
los secretos acumulados en su memoria de granito durante la eternidad. Todo
contribuía a elevar mi espíritu: la platinada luz que me envolvía en su
aterciopelada caricia, la absoluta quietud de la noche y hasta la actitud de mi
caballo, caprichoso a menudo y trotón siempre, ahora, como embargado de
placentera alegría, adoptaba el clásico “paso” propio de los corceles purasangre.

“Me absorbió de repente, a un estado de ensueño, el grandioso paisaje de


visión subyugante. Sensaciones divinas me eligieron su dueño. Hasta mi alma
llegaba la seráfica luz, el aliento embriagante de las flores fragantes y una
inmensa ternura que emanaba la paz. Me encontraba ligero, me sentía animado
cual azul golondrina que cabalga la brisa tras la fúlgida estela de una estrella
fugaz.

“Mas mi embeleso no iba a durar por mucho rato. Se desvaneció sin transición
irrumpida de repente por la víbora de la tentación. Sin saber cómo, la imagen de
Manuelita se presentó en todo su lujuriante esplendor. Ella era una hermosa
mujer como sólo son las yaleñas, y con quien me las entendía desde hacía
algún tiempo atrás sin que nadie penetrase en el secreto. A la sazón estaba
casada con un vejete avaro, rico como el diablo y sordo como una roca. Yo la
visitaba de vez en cuando y siempre al filo de la medianoche. Para alertarla,
solamente tenía yo que imitar el lúgubre canto del búho, y ella no tardaba en
franquearme la puerta de su alcoba. Desde luego, no sentía yo ningún
remordimiento por mantener constantemente adornada la venerable cabeza del
marido de Manuelita, consciente de que, si no lo hacía yo, no
faltaría otro que se encargaría gustoso de realizar mi labor, una labor deliciosa,
que por cumplirla a cabalidad, no pondría reparos en sortear los escollos que
impone la moral. Y al punto experimenté el deseo irresistible de volar en busca
de mi amante. Por tanto, en vez de proseguir el camino de mi hogar, templo y
refugio de paz, que se hallaba a media hora apenas de recorrido, di media vuelta
a mi montura y, obligándola a acelerar el paso, fui en pos de una aventura.

“La nueva meta del viaje era Yaló**, la aldea donde moraba Manuelita. Para
llegar a ese lugar utilizando un camino expedito era preciso regresar antes al
pueblo y desde allí avanzar hacia aquel poético caserío. Una distancia
considerable que significaba el empleo de un tiempo que no se acomodaba a la
urgencia de llegar cuanto antes junto a mi amada. En mi premura, suponía que
mi caballo sería demasiado lento para que pudiese trasladarme con prontitud por
esa vía. La alternativa, si bien peligrosa, consistía en utilizar los atajos, que
abreviarían una apreciable distancia. El momento no era como para ponerme a
meditar en las dificultades que ofrecía el recorrer senderos escabrosos,
descender y trepar laderas y atravesar la turbia corriente del Mallacoa
desprovista de puente. Lo que importaba era ganar tiempo.

“Me desvíe de la vía principal para tomar un angosto sendero comparable a un


camino de cabras. El caballo, al principio, emprendió de mala gana el difícil
recorrido, pero en cuanto sintió el roce de las espuelas, no encontró más
remedio que aligerar el paso. En pocos minutos atravesé, cuesta abajo, un
denso chaparral que terminaba en la cenagosa orilla del riachuelo. No me
detuve a mirar la luna que se reflejaba nítidamente en el agua, presentando un
espectáculo digno de ser reproducido en una tarjeta postal, y gané sin
contratiempo la orilla opuesta. Empecé el ascenso de la ladera, ahora más bien
despejada de matorrales, aunque tan empinada como la anterior, ansiando por
superarla en unos cuantos minutos. Faltaba ya bien poco para llegar a la cima, y
fue entonces cuando escuché el entrecortado llanto de un niño recién nacido. Y
lo que entonces vi me hizo olvidar el propósito que me había motivado llegar
hasta allí. Detuve en el acto el caballo, que también tenía la mirada fija en lo que
yo veía.

“¡Situado en el borde mismo del sendero, envuelto su cuerpecito en albos


pañales sujetos por una faja roja, y con la cabeza descubierta, se hallaba la
criatura profiriendo lastimeros e incesantes lloros! Debía tratarse de un varón,
por su potente voz.

“Era un hecho que alguna desalmada mujer, quizá para ocultar a la vecindad
el fruto de un amor prohibido, lo había abandonado en aquel siniestro lugar en
espera de que fuera devorado por los lobos que lo rodeaban allí. Conmovido
sumamente ante semejante escena, me apeé del caballo y fui en su socorro. Al
tomarlo en brazos pude fijarme en sus hermosas facciones y concluí que en
realidad se trataba de un niño. Sin pensar dos veces lo subí conmigo al caballo,
que extrañamente se mostraba inquieto, como si experimentase miedo, pero
reinicié la marcha sin concederle demasiada atención. Y de pronto me di cuenta
de que me hallaba en un aprieto. ¿Adónde podía llevar al niño? Pues no era
sencillo presentarme con él a Manuelita ni mucho menos a mi esposa, pues
tanto la una como la otra era celosa e intransigente y me preguntaría de dónde
lo había sacado y nunca me habría creído que lo había encontrado por el
camino.

“Entonces pensé que lo acertado era llevar al niño donde el señor cura y
ponerlo en sus manos. Era posible que él creyese mi versión sobre tan extraño
hallazgo. Como confesor de la comunidad, estaría ya al tanto de quién de las
pecadoras de su parroquia esperaba a la cigüeña para esos días. Satisfecho de
haber hallado la solución de mi problema, volví a dar media vuelta a mi caballo y
ahora si, regresar al pueblo. Mientras avanzaba, como no podía ser de otra
manera, volví a fijarme en la carita del niño, que para entonces había cesado de
llorar y parecía sonreírme, y noté que era él realmente hermoso. De seguro que
sus padres los serían también. Pero ¿quiénes podrían serlo?

“Al volver a mirar el rostro de la criatura, comprobé que en realidad estaba


sonriéndome. Además tuve la impresión de que era más grande y de más edad
de la que me había figurado cuando lo recogí. Pensé que a veces la luz de la
luna le juega a uno extrañas bromas. Pero lo que me estaba sucediendo no era
ninguna broma, pues el niño iba creciendo ante mi estupefacta mirada. Ahora
podía ya emitir sonidos articulados: ¡acababa de llamarme “papá!”

“Quise convencerme de que todo no era sino fruto de mi imaginación y que


debía serenarme si no quería verme acorralado por el miedo. Fiel a tal propósito,
intenté disimular mi interés por el pequeño, dejando vagar la mirada a lo largo de
la ladera de enfrente, mientras trataba de buscar un cigarrillo en uno de mis
bolsillos. Sin embargo, mi protegido, que por lo oído me había cobrado afecto,
no quiso dejar pasar demasiado tiempo sin hacerse notar que estaba él muy
adelantado para la edad que representaba, dejándome más pasmado que antes.
Fue entonces cuando sentí que con una de sus manitas, que había logrado
sacar de la envoltura, me tocaba con insistencia en el mentón, buscando llamar
mi atención. Y en cuanto la obtuvo, en tanto que con uno de sus deditos
indicaba su boca, decía: “Papá, papito... Mírame. Yo tengo dientes”. En efecto,
¡a través de sus labios entreabiertos pude ver puntiagudos dientes que llenaban
sus encías!

“No quise o no pude responderle. Una corriente de frío empezó a recorrerme la


espalda. Pero el niño quería entablar diálogo a toda costa y profirió: “Papá,
papito... Mírame. Tengo uñas”. Ciertamente, ¡sus ahora peludos dedos se
hallaban equipados de garras similares a las de un gato! Y de inmediato añadió:
“Verás, papito, también tengo rabo”. Vaya, ¿el bribón quería meterme pánico
con semejante mentira? Desde luego que no, ya que, deshaciendo en un
instante el envoltorio de pañales que le cubría, ¡exhibió un largo rabo que le
nacía del fin de la espalda y que ondulaba como una culebra!

“Al fin, dándome cuenta que la criatura que transportaba en mis brazos no era
sino un maldito güillanguille, quise arrojarlo lejos de mí y huir gracias a la
velocidad de mi corcel, que también parecía predispuesto a poner pies en
polvorosa. Pero ya no fue posible llevar a la práctica tal proyecto, ya que aquel
horrible ser, adivinando mis intenciones, se apresuró a rodear mi cuello con su
rabo, apretándolo como el lazo corredizo de una horca. Luché por un rato
desesperadamente por desprenderme de él, manteniéndome aún sobre el
caballo, que corcoveaba y relinchaba presa del pánico. Pero luego fui a dar en
tierra unido a mi estrangulador, que rugía como un enfurecido león mientras me
arrancaba la vida. La feroz lucha continuó en tanto que rodábamos por la ladera,
pero cesó el instante en que tocamos las torrentosas aguas del Mallacoa, donde
me vi definitivamente libre de aquel ser horripilante que, para mi total pasmo,
transformándose en una blanca y bella paloma voló hacia el cielo.

“El güillanguille es el alma del niño que ha muerto sin recibir las aguas
bautismales. No puede estar en el cielo, por no estar en gracia de Dios.
Tampoco en el infierno ni en purgatorio, puesto que no ha cometido pecados
mortales ni veniales. Su destino es vagar en la tierra, cerca donde descansan
sus restos mortales, a menudo asustando a las personas de malvivir, hasta
cuando alguien le sumerja en las purificadoras aguas. En realidad el güillanguille
no es tan malo como parece, pues con su intervención muchos que empiezan
por el mal camino, y que hubiesen terminado en el abismo, se corrigen a
tiempo”.

Así relataba el don Sergio Quevedo y todos lo creíamos, porque el güillanguille


sí existe, al menos por estas tierras.

* Güillanguille significa “llorón”, pero no es una palabra quechua, ni pertenece a


ninguna lengua aborigen americana. Tampoco a las europeas, claro está.
Parece más bien, ateniendo a su morfología fonética, de origen onomatopéyico,
ya que al menos su primera sílaba, tiene cierta similitud con el llanto de un tierno
niño. Sin embargo, no es así. Güillanguille es por cierto uno de los pocos
vocablos que sobreviven de una lengua muy extendida aquí hasta el arribo de
los españoles.

El territorio que hoy forma el Ecuador, a la llegada de los peninsulares, estuvo


ocupado por los incas apenas cuatro décadas escasas, tiempo insuficiente para
que los invasores pudiesen imponer su lengua, el quechua, en todo el país,
erradicándola totalmente las autóctonas. Paradójicamente, fueron los españoles
quienes lo implantaron imaginándose de que la lengua peruana era la común de
todas estas vastas regiones.

** Yaló, en lengua cayapa significa “calor de casa” (Notas del autor)

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[Cf. la Llorona. Sobre la relación entre ambos, y la presencia del tipo del
Güillanguille en Texas, cf. este mensaje de Jim Michael al foro en lengua
inglesa Folklore([email protected]), con fecha 3-1-2000:

A friend tells me of a story her fathert from Hidalgo County in Texas about
a horseman who was riding at night and saw a little child. The baby said
he was hungry, but the man had only piloncillo and cheese to offer the
child. He tells the child that this food would be too hard for a toothless
baby. The child said that he does have teeth and then turns into a monster
with sharp fangs. It sounds like a variation of the Llorona theme, with a
baby instead of a beautiful woman.]

El Saltadientes

Perder parte de la dentición cuando menos se lo espera, es sin duda una


verdadera lástima, sobre todo si la pérdida consiste en las piezas incisivas. Porque
nada más ridículo, ingrato y patético resulta mirar, y mucho más llevar, una boca
coronada por encías vacías, aunque sea por breve lapso, ¿no lo creen?

Ciertamente, la dentadura es el marco de la sonrisa. Sin aquélla, ésta no supera el


plano de la mueca simiesca. ¡Cielos! Una calamidad que asusta y que con frecuencia
da pie para formular acerbas conclusiones y nada halagadoras suposiciones. Así, si
una mujer ha perdido los dientes se dice que ha perdido la belleza, y si un hombre ha
corrido parecida suerte, bueno, se dice lo mismo y, además, que ha perdido la pelea.

Y bien, estas consideraciones plantean la necesidad de conservar el conglomerado


dental intacto y resplandeciente para prestigio y felicidad e
toda persona que se respeta. Además, todo el mundo está en el legítimo derecho de
presentar su rostro con el aspecto más atractivo que pudiere procurarse incluso con la
magia del artificio. Mas, por desgracia, existe en esta ciudad un diabólico personaje
empeñado en arrebatar este invalorable tesoro a la gente.

Si se ha de dar crédito a las crónicas que han venido ocupándose de esta cuestión,
este malvado ser, que prefiere siempre el lado opuesto del día para consumar sus
fechorías de lesa estética, suele acechar a sus víctimas oculto en los vanos de las
puertas o zaguanes de donde sale de repente para atacarlas. No es amigo de
circunloquios ni de aducir razones que justifiquen más o menos su violenta actitud. Se
diría que está siempre deprisa. Un certero golpe de puño en la boca, un solo golpe pero
ejecutado con la potencia de una coz de una mula, que resulta suficiente para hacer
saltar buena parte de la dentición, y asunto liquidado. Y es, precisamente, esta
especialidad que le ha valido al contumaz asaltante el nombre de Saltadientes.

Quienes han visto al Saltadientes —por haber sido vapuleados por él,
principalmente— coinciden en señalarlo como un hombre de estatura, volumen y edad
medianos, de ojos verde amarillentos, cabellera gris y atuendo negro. El aspecto
general del espectro no infunde pavor a primera vista ni desconfianza cuando se
acerca, caminando con pasos reposados, como quien no deseara sino continuar
adelante sin provocar a nadie. Debido a ello, sus víctimas se ven sorprendidas sin
posibilidad de preparar su defensa. Y sólo se enteran de que acaban de chocar contra
un puño cuando les han dejado listas para alimentarse únicamente de papilla durante el
resto de la vida, si no cuentan con dinero para procurarse una prótesis, por supuesto.

Y mientras el vapuleado, sin acertar todavía a explicarse la razón de la sin razón ni


tiene lógica al por qué, se pone a escupir uno tras otro los dientes que no los ha
tragado, el espectro se encamina, con una pincelada de burla en el rostro, hasta la
pared más cercana para atravesar su sólida estructura como si se tratase de una
cortina de vapor o de humo.

Existen por lo menos dos versiones que pretenden identificar al distraído sujeto que
dejara olvidada su alma cuando hubo de marcharse de este mundo. Y, claro, nadie
sabe a qué atenerse cuando trata de inclinarse por una de las dos ponencias, ya que,
para mayor complicación, el Saltadientes jamás ha dicho esta boca es mía. Una de
ellas da por seguro que el misterioso asaltante no es otro que el fantasma de un viejo y
desalmado púgil, apodado casualmente “Saltadientes”, fallecido en el cuadrilátero, sin
duda de excitación, mientras machacaba la cara de su contrincante, hace tres o cuatro
generaciones. La otra, tan pintoresca como la anterior, se basa en un suceso ocurrido
en las postrimerías del siglo pasado y que describe las peripecias de un infortunado
seminarista llamado Hernando, también conocido como “Oso”, quizá por sus
movimientos torpes o por su fuerza poco común. En su parte substancial dice que
“Oso”, a pesar de su incuestionable vocación para el sacerdocio y de su excelente
talento, fue expulsado del seminario precisamente en la víspera misma de ser
coronado sacerdote. El motivo para la adopción de semejante actitud había sido la
denuncia de que entre los antecesores de “Oso” existieron orates probados. La
comisión encargada de investigar la imputación halló, para su desgracia, pruebas
fehacientes de ella.

El pobre “Oso” abandonó el seminario muy a su pesar, jurando por todos los diablos
destrozar la boca del denunciante si algún día llegase a descubrirlo. Pero el tiempo
corría y el delator continuaba en la sombra por esfuerzo que efectuara el perjudicado
para develarlo. Y fue entonces cuando la mente del ex seminarista, víctima del agente
atávico originado en sus ascendientes, empezó a desquiciarse. A partir de ese instante,
en toda persona de mirada furtiva creía ver un sospechoso y a quien, por las dudas,
había que saltarle los dientes.

Pronto, esta clase de ataques se volvieron frecuentes y el contumaz agresor hubo de


ser encerrado en una casa para enfermos mentales donde se dice que falleció al poco
tiempo. Sin embargo, estas agresiones, que llevan implícito en sí el made in“Oso”, han
continuado sucediéndose a lo largo del tiempo.

Pero, ¿a quién de estos dos individuos pertenece el malvado fantasma denominado


Saltadientes? Bueno, tal cosa no es trascendental para quienes suelen recorrer la
ciudad de Quito por las noches. Lo importante es que él jamás les encuentre.

(Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse


a [email protected]).

El Tren Infernal

Entre las ciudades andinas de Ambato y Latacunga existe una tétrica laguna de
aguas gélidas y verdosas llamada Yambo. Está situada al costado oriental de la
carretera Panamericana y a sólo un par de centenares de metros más abajo de
ésta, cubriendo parte de una profunda depresión geológica. De modo que, quien
se desplaza en auto, puede verla desde su asiento.

Paralela a la carretera, a lo largo de la ladera que media entre ésta y la laguna,


serpentea tímidamente las rieles del viejo ferrocarril, construido hace un siglo por
el general Eloy Alfaro. A medida que transcurría la segunda mitad del siglo, el
servicio ferroviario fue paulatinamente disminuyendo hasta cesar por completo
en beneficio del autobús, que se encargaría de satisfacer con mayor eficacia las
exigencias de sus usuarios. Pero durante las décadas inmediatas a su
construcción, la frecuencia de su tránsito debió ser profusa.

Y pertenece a esa época la leyenda que se refiere a un terrible accidente


ferroviario acaecido junto a la laguna de Yambo. Comenta que un tren repleto de
"montoneros" que apoyaban la Revolución Liberal emprendida por Alfaro, como
consecuencia de un sabotaje consumado por los "conservadores", se descarriló
precisamente cuando, en su recorrido, se hallaba en el punto más
cercano a la laguna, volcando aparatosamente hasta sus turbias aguas que,
voraces, lo engulleron con su preciosa carga.

Aprisionados en los vagones, como en féretros colectivos, ninguno de los


accidentados pudo salvarse. A nadie se lo volvió a ver jamás. Aquella masa de
agua, que para sus vecinos no es otra cosa que la boca del infierno, los retuvo
para siempre, en cuerpo y alma, a los infelices guerrilleros. Desde entonces
existe la creencia de que todas las noches, cuando el reloj marca las doce horas
en punto, procedente de los antros abismales que encubre la laguna, es posible
escuchar con absoluta claridad los potentes e inconfundibles jadeos de una
máquina de vapor al arrastrar un pesado convoy. Y en medio de este fragor
surge el espeluznante el ulular de una sirena accionada también por la fuerza
del vapor.

Quienes aseguran haber oído tal estrépito, creen conocer lo que es sentir el
miedo en su expresión más descarnada, ya que "el terror —dicen— penetra en
el alma más por el oído que por la vista".

(Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse


a [email protected]).

Fantasmas en Carondelet

Cuando ocurre un milagro, sucede que éste tiene lugar siempre en la antípoda.
Así jamás podrá uno comprobar su autenticidad. En cuanto a apariciones de
seres sobrenaturales se refiere, aun cuando se trate de visiones producidas en
la misma área local sus relatos evocan en cambio sucesos situados por lo
menos a dos o tres generaciones atrás. La intención es obvia: descartar posibles
detracciones. Por cierto, en ambos casos, la noticia se expande aureolada por la
duda.

A pesar de todo, no es justo ni prudente negar a priori la veracidad de cuanto


se dice sobre un asunto digno de mayor atención, aduciendo sin más la
intervención de la fantasía. Pues, de muchos de ellos, existen pruebas
irrebatibles de su legitimidad. Un ejemplo patente del segundo de estos casos
viene manifestándose periódicamente en el Palacio de Carondelet (residencia
oficial del presidente de la república) de la ciudad de Quito.

Ciertamente, para nadie constituye secreto alguno las peripecias que, a causa
de los espectros que moran en él, han pasado los últimos presidentes de
Ecuador. Ante el riesgo de vérselas con fuerzas surgidas del Más Allá, resulta
inadmisible que un mandatario no se viera tentado por abreviar el
período de su gobierno y huir cuánto antes del país.
No se trata desde luego de ninguna broma macabra, tampoco de patrocinar a
ultranza la superstición, máxime que el asunto atañe a tan célebres personajes,
espejo y modelo de virtudes, aunque más de uno de ellos fueran
irrespetuosamente calificados de bribones con motivos suficientes para merecer
la hospitalidad de las húmedas mazmorras de un presidio. Nada oscuro ni
dudoso hay aquí. Las pruebas saltan a la vista, como se suele decir. Pues el
mismo Abdala Bucaram, a escasos días de haber asumido la Presidencia de la
República, ante diversos medios de comunicación, declaró que enfurecidos
fantasmas le impedían habitar el Palacio de Carondelet y que, debido a ello, se
veía obligado a mudar su residencia al Hotel Oro Verde. Seis meses después se
refugiaría en Panamá y buscaría consuelo allí con el tapete verde.

El entonces mencionado presidente, transpirando nerviosismo y con voz


entrecortada por el miedo, comentó que a pesar de que jamás se le había
ocurrido usar la cama de sus predecesores, una tarde, se le presentó el espectro
de García Moreno, para prohibirle acercarse siquiera a ella. Luego, sus
edecanes confirmarían la versión, que, por lo demás, en nadie concitó
admiración, ya que la ciudadanía conocía de mucho antes la presencia de
fantasmas en Carondelet. Es más, estaba al corriente de que el fantasma de
García Moreno, aquel tirano que, en pleno ejercicio del poder, fuera abatido a
machetazos, era el más belicoso de todos y el que con mayor saña escarnecía a
sus desdichados sucesores, enloqueciéndoles las más de las veces. También
tenía conocimiento de que los demás espectros (pertenecientes también a
gobernantes extintos), sin distinguirse por su bondad, se contentaban con
dejarse ver de tarde en tarde, recorriendo los pasillos, con el fin de dar un
pequeño susto a los esbirros palaciegos que pululan por ellos. Por lo visto, son
éstos espíritus de segundo orden y desprovistos de carácter firme, al igual que
niños traviesos, se divierten jugando inocentes bromas a los medrosos.

No obstante, no todos los cortesanos han salido bien librados. Es un secreto a


voces que el esposo de la nieta del presidente Sixto Durán Ballén, un caballerete
sibarita que no se nutría sino de flores y miel, mientras moró en Carondelet,
llegó a granjearse la enemistad de estos espectros
segundones a tal punto que su seguridad se tornaba a instantes más precaria.
Compadeciéndose entonces su "Abuelito" político de ver en él la desesperación
por dejar no sólo el palacio, sino también el país, le ayudó personalmente a
fugarse hacia Estados Unidos, utilizando para ello el propio avión presidencial.
Pobre angelito, ya podría curar el susto en los casinos de Las Vegas.

Los escapes más espectaculares de Carondelet, por similares motivos, fueron


los de Alberto Dahik y de Jamil Mahuad (vicepresidente y presidente, en su
orden). El primero, a bordo de una nave supersónica, piloteada por el mismo
prófugo, que les dejó cortos a los raudos espectros persecutores. El segundo,
sorprendentemente, consiguió huir disfrazado de enfermera, en un
coche-ambulancia más bien lento pero, como todos estos vehículos, provisto de
una potente sirena que le aseguraba un desplazamiento por vía despejada.

Por tanto, el magnífico palacio de Carondelet no sería sino una jaula de oro.
Durante el día y la noche, pero más la noche que el día, constituiría una tortura
habitar la lujosa mansión. El doctor Fabián Alarcón, quien fue encarcelado en
cuanto concluyó su presidencia, diría al respecto que más tranquilo se hallaba él
en prisión que en el palacio presidencial.

Sólo así se explica el porqué de la urgencia de los presidentes ecuatorianos en


abdicar a su alta envestidura. No hallándose seguros en el seno de su
residencia aparentemente inexpugnable, protegida exteriormente por una
temible guardia pretoriana, se entiende fácilmente que una protesta
de un pequeño grupo de ciudadanos hambrientos y semidesnudos, les sirve tan
sólo de pretexto para huir inmediatamente de ella, ¿no les parece?

(Relato de Carlos Villamarín Escudero. Para críticas y comentarios dirigirse


a [email protected]).

La Loca Viuda

Prólogo

En la provincia de Cotopaxi, zona central de los Andes ecuatorianos, existe entre


otras leyendas la de una mujer de singular belleza que, durante las noches de
plenilunio, aparece en los caminos reales y, valiéndose de sus encantos,
conseguirá seducir al viandante solitario. Pero no todo hombre, por noctámbulo
consuetudinario que fuere, cuenta con los requerimientos que
habilitan la vía de acceso a este “privilegio”. Se asegura que, para que el
portento se produzca, es indispensable que el postulante esté casado y lleve por
algún tiempo ya germinando la idea de dar en cualquier momento al traste con
su hogar, para que ella se decida por él.

Cuando el transeúnte se halla más entregado a su deporte mental favorito:


elaborar las delicias que le reportaría una eventual aventura galante, o lo mismo,
si se ocupa en meditaciones menos frívolas, nada raro es que, al virar la curva
del camino o al cruzar un estero, se encuentre de sopetón con una mujer que,
bañada por el llanto, se lamenta de la prematura muerte de su marido y de que
en adelante carecerá de un alma caritativa que le consuele. Luego, con la
mirada puesta en el asombrado caminante y aparentemente sosegada,
agradece al destino que le ha permitido encontrar al hombre ideal y, entre
suspiros, solicita concederle al menos un ápice de afecto. Su voz, embebida de
ternura, acaricia como una melodía.
Bajo el fulgor lunar, que patentiza aun los atributos más recónditos de su
radiante belleza, es la representación viva de la divina Venus, de aquella que
brotara del genio de Milo. Su faz es un perfecto óvalo de nácar, flanqueado por
una vaporosa cascada de rubia cabellera que, excitada por los besos de la brisa,
desciende temblorosa hasta la mitad de la espalda. Encerrado en aquel recinto
oval y nacarino, tiene vida propia y personal un par de ojos como el cielo y como
el mar. La nariz de tenue línea aguileña, que acentúa el encanto de aquel bonito
rostro, nace entre los ojos azules y viene a detenerse encima de una boca
maravillosa, que es la mancha pulposa y sangrante de dos labios que se
distienden húmedamente para sonreír provocativos. En su cuerpo de exquisita
esbeltez, donde arraigan curvaturas moderadas, una escueta cintura de
amancay, dúctil, como el débil tallo de una flor sacudida por el aura, permite que
ella flexionase con una plasticidad sorprendente.

Va vestida a la típica usanza de la comarca que luce una blusa escotada que
permite la revelación atrevida, pero seductora, de unos pechos enhiestos
y exuberantes que despiertan fuscos apetitos. Entonces, sucede lo que es
fácil de comprender: el incauto, envanecido por la fortuna que se le presenta
favorable, no sólo que se presta a complacer la insinuación de la bella mujer,
sino que se apresura a llevar las cosas a feliz término por la vía rápida mediante
efusivas caricias. Presa de la excitación que influyera el primer beso, siente
abrasarse en las flamas de una pasión envolvente, devoradora, y por obtener
algo más, no vacilaría llegar hasta el mismo averno.

Como resultado del inopinado encuentro con la bella desconocida, al noctívago


caminante no le cabe la alegría en el pecho, que los detalles más elementales
de cortesía previstos para circunstancias semejantes quedan relegados. No trata
de entablar diálogo con ella, ni siquiera se le ocurre preguntar su nombre. ¿Para
qué? Esos preliminares que normalmente surgen espontáneos cuando se inicia
de una amistad, le parecen innecesarios, una pérdida inútil de tiempo, cuando la
relación ha rebasado los límites de la simple amistad para alcanzar la cúspide de
la intimidad. Por ello, cuando la misteriosa mujer (quizá, segura de que su poder
de seducción le ha obnubilado, o porque, aun en su maldad, siente la necesidad
de prevenirle que el camino que ha emprendido lo conducirá al abismo), dice
llamarse Paquita Muñoz, un nombre que para nadie de la comarca es
desconocido, ya que su vinculación con una infinidad de leyendas siniestras es
evidente, no le concede atención y se prepara para dar el paso siguiente que le
situará en la gloria. La emoción no le permite razonar con claridad, y piensa que
el recuerdo de una experiencia así no sería del todo provechoso encerrándola
en el reducto de la memoria para su privativo deleite. Mañana, bien por la
mañana, por cierto, una vez superado el agotamiento que le exigiría la velada de
esa noche, todas las evocaciones de cuanto ocurriere con Paquita Muñoz
compartiría democráticamente con los demás, empezando por los miembros de
su propia casa. Bueno... pensándolo bien, con los de su casa, no, porque con
ellos no podría referirse a situaciones escabrosas sin pecar de demasiado
explícito. Además, a sus ojos, un asunto de tal naturaleza empañaría su imagen
de hombre probo en el presente y, en el futuro, aureolaría con la sospecha la
amistad que contrajera con personas del sexo opuesto. Teniendo en cuenta la
suspicacia pertinaz de su esposa, en casa imitaría más bien la actitud de la
esfinge. En su lugar, acudiría a sus amigotes, atentos siempre a todo lo que
tuviese que ver con las faldas, para dejarlos estupefactos con la narración de
episodios tan apasionantes como picantes, puesto que con ellos se podía hablar
de todo sin ruborizarse. Pero para que mañana estuviese en condiciones de
propalar la noticia de un suceso verídico protagonizado por él, ahora mismo
tendría que vivir ese suceso.

Pero sucede que, cuando el fervoroso amante aún conserva intacto en sus
labios el delicioso sabor del ósculo obsequiado por la hermosa y dadivosa mujer,
se transfigura ella en un monstruoso ser, paralizándolo de terror al taimado.
Toda su belleza se ha esfumado para otorgar sitio a la fealdad alucinante que
proyecta un cadáver en su última fase de descomposición. Su bonito rostro se
ha modificado en el semblante sobrecogedor con que los pintores ilustran el de
la imagen de la muerte asechando guadaña en ristre.
Dos tizones encendidos suplantan a sus ojos y de su carcomida boca fluyen
filamentos de pegajosa baba y emanaciones pestilentes. No es más que un
pútrido esqueleto, conservando extrañamente adheridos los huesos entre sí,
pero está vivo. ¡Profiere injuriosas obscenidades y, ahora que al incauto le han
brotado alas en los pies, se ha puesto a perseguirlo con felina agilidad! Hay
momentos en que todo parece estar perdido para el infeliz, que en su
desesperación lanza verdaderos relinchos equinos, mas por obra y gracia de
algún milagro, hurta terreno a su perseguidor cuando las tiene ya puestas sus
garras encima. Y este estado de cosas sucede una y otra vez, que se diría que
no se trata sino de un juego macabro.

Quizá el pánico, como los oscuros nubarrones, tenga sus resquicios que
permitan atravesar la luz de la razón hasta sus víctimas, porque el acosado
alcanza a comprender que todo lo tiene perdido. Ve con absoluta claridad que la
puerta de los infiernos se ha franqueado para él, para recluirlo en vida en aquel
horrendo recinto. ¿Acaso, un súcubo no ha llegado para conducirlo en sus
brazos hasta allí? Sin embargo, acelera cada vez más su carrera, aunque sabe
a ciencia cierta que cualquier dirección que tome le llevará a la Eternidad. La
cerca de alambre erizado de púas o el barranco que cortan eventualmente su
camino no lo detienen, puesto que el perecer lacerado o destrozado le parece
preferible a descender vivo al averno.

Y se afirma que es muy raro que quien ha tenido esta singular experiencia no
haya terminado en el sanatorio mental, por cierto, si ha conseguido salir con vida
de la peripecia.

El fin de un Forastero
A pesar de ser un hermoso ejemplar de la especie humana, no se podía decir
que el forastero fuese tan guapo como para que las damitas del pueblo se
enamorasen de él al primer golpe de vista. Sin embargo, aquel derroche de
elegancia y urbanidad que se gastaba con ellas a toda hora y en todas partes,
sobre todo si eran bonitas, le convertía en un auténtico Midas de la simpatía. La
chiquilla a quien le tratara sentía transformar el hielo de su indiferencia en el oro
de una franca admiración hacia él. Debido a su talante, el forastero, que decía
llamarse Lorenzo Vivas y provenir de Quito, llegó a figurar pronto como el
invitado indispensable de toda reunión social en que las mujeres de la localidad
organizaran o tomaran parte.

Coincidencialmente, a poco de la llegada de Lorenzo al pueblo, que fue un


veintiuno de febrero, se inició la festividad de Carnaval, suceso que prendería y
mantendría por varios días viva la llama de la alegría. Entonces se divirtió mucho
el forastero y, gracias a que contara él con recursos inagotables para fomentar el
regocijo de la gente, se divirtieron como nunca los jóvenes de ambos sexos. Era
lo que se dice un experto de la vida, un hombre que estaba de vuelta de todo.

Demostró ser un excelente bailarín. Con la misma soltura y distinción con que
bailaba un pasacalle, una tonada o un sanjuanito, se desenvolvía con esas
canciones tropicales que, a la sazón, empezaban a ponerse en boga en la
serranía por obra de los aparatos de radio. Bailó sin arrimarse demasiado y
democráticamente con solteras y casadas, razón más que suficiente para que
los pretendientes de unas y los maridos de otras soslayaran de momento la
necesidad de manifestarse celosos de él. Con todo, no era ésta la única cualidad
que le adornaba, ya que poseía otras que le distinguían. Entre ellas figuraban la
habilidad para tocar el acordeón, sus dotes de poeta, que le permitían componer
graciosas coplas inspiradas por los eventos predominantes, y el patrimonio de
una privilegiada voz.

Oírlo cantar sobre todo sus propias canciones, resultaba todo un magistral
acontecimiento. El caudal de sensibilidad artística que animaba sus versos, al
adquirir alas en sus labios, traducía en sí toda la emoción pasional en
voluptuosa expresión auditiva. La cadencia de su canto, arrobadora, fascinante...
filtrándose por los sentidos, se posaba en el alma para despertar en ella las más
dulces sensaciones. Sus canciones, como las aguas del Leteo, adormecían los
quebrantos.

El propio cura de la parroquia, hombre con algún barniz cultural, sin poder
sustraerse del entusiasmo que despertara en él esta facultad de Lorenzo, no
había tenido reparo en afirmar que cantaba éste tanto o mejor que los mismos
ángeles. Procuró trabar amistad con el músico-poeta y, en cuanto lo consideró
llegado el momento oportuno, solicitó su contribución artística para exaltar la
celebración de las misas. El forastero se avino gustoso a complacer tal petición,
no porque a él le interesase contribuir a la propagación de la fe, sino por motivos
muy diferentes.

El Carnaval, no obstante su origen pagano, o más bien por este motivo, es la


fiesta de mayor renombre en la serranía. Dura una semana completa, una
semana en la cual está prohibido dedicarse un solo momento a otra cosa que no
sea la de tributar culto a la diversión colectiva y compartida entre los miembros
de la comunidad. Durante este lapso se olvidan hasta de las preocupaciones
más acuciantes para honrar no sólo al grotesco dios de la risa, sino también a
aquellas divinidades que favorecen el arte. De ellas, Euterpe, Terpsícore y Erato
son las más homenajeadas, por la sencilla razón de que casi todos muestran
mejor aptitud para la danza, la música y el canto que para las complejas
disciplinas patrocinadas por las demás musas.

Mientras duró el festival, la contribución artística de Lorenzo fue importante.


Tocó el acordeón, cantó y bailó con las más hermosas, creando un vínculo de
amistad con todas ellas. Pero únicamente eso: un lazo de candorosa amistad.
¡Nada más! Por supuesto que debía agradarle la compañía de las damas, ya
que sus ojos se iluminaban con una intensa luz a su sola presencia. Pero al
mismo tiempo daba la impresión de que lo aislaba una barrera infranqueable.
Además, y esto era lo que nadie entendía tratándose de un desconocido para
todos, era notoria su constante expectativa, como si esperase de un momento a
otro ver en la multitud a alguien que le hacía esperar ya demasiado. Sin
embargo, a medida que transcurrían los días, el misterio fue develándose.

Una noche que la luna en su fase de cuarto creciente envolvía el paisaje en su


argentada luz, Lorenzo abandonó furtivamente la fiesta para dirigirse hacia fuera
del perímetro urbano, donde, entre cabuyales, se dejaba ver tímidamente un
camino sinuoso como un reptil. El caminante no hubo de esforzarse demasiado
para llegar al sitio que sin duda lo tenía previsto, ya que sentada sobre una roca
situada al canto de la vía, le esperaba una joven de belleza deslumbrante. En
cuanto se vieron, una sonrisa de felicidad se dibujó en sus rostros, denotando la
recíproca alegría de encontrarse, al tiempo que fueron el uno hacia el otro con
los brazos abiertos. ¡Cuánta dicha le esperaba a la pareja en el transcurso de su
reunión!

Pero a veces el incidente más insignificante puede conspirar para que un


proyecto largamente acariciado no llegue a realizarse jamás. Se conoce que un
pinchazo de un mosquito, ocasionado al cazador en el momento de apretar el
gatillo, ha malogrado el disparo destinado una fiera, que, indemne, se lanza
luego contra aquél. Y, en cierto sentido, fue lo que sucedió con los amantes.
Pues cuando se hallaban a punto de fundirse en un vehemente abrazo, la
repentina aparición de un sujeto, que en ese preciso instante se le ocurrió pasar
por allí, detuvo en seco el movimiento. La joven, reaccionando de modo
inconsciente, no pudo contener un grito que al mismo tiempo manifestaba
asombro y disgusto. Los dos miraron llenos de frustración al importuno que, a su
vez, les miraba sin disimular su curiosidad. La bella mujer, reponiéndose pronto
de la sorpresa, se apresuró a ocultarse detrás del cabuyal, como si temiese ser
reconocida por el caminante, e instantes después, su flexible silueta, se disolvía
en la distancia. Lorenzo no intentó seguirla y optó por reintegrarse a la fiesta.

El citado individuo, que no se distinguía por la circunspección, no esperó


demasiado para propalar la nueva, aunque aclarando que le había sido posible
identificar a la mujer. Pero la noticia, en vez de explicar la apatía del forastero
por las mujeres, no hizo más que incrementar el misterio en torno de él, puesto
que nadie conseguía adivinar de quien se trataba su potencial amante.

La alegría de la dilatada fiesta continuaba sin que decayera su intensidad y


Lorenzo contribuía para mantenerla así. Cantaba y tocaba el acordeón con el
mismo sentimiento de siempre, volcando en cada canción un caudal de ternura
que, como el nepente, producía sobre todo en las mujeres una deliciosa
embriaguez que anulaba las inhibiciones y las predisponía a manifestar su amor
por él. Cada una de ellas lo quería para sí, cada una de ellas ambicionaba
ocupar en el corazón del poeta el sitio de aquella incógnita dama. Debido a ello,
en adelante, jamás le quitaban sus ojos de encima, y cuando él se ausentaba,
creyéndose inadvertido, alguien se ponía discretamente detrás de sus pasos.
Fue así como, de una forma u otra, consiguieron malograr sucesivamente las
entrevistas con su amante.

Extrañamente, la noche en que ocurrió la tragedia, nadie le vio abandonar la


casa donde, esta vez, se había congregado la comunidad para continuar la
fiesta. Sólo notaron su desaparición cuando, por encina de la algarabía originada
por los concurrentes, escucharon desgarrar el ámbito con los gritos de alguien
que parecía ser víctima de la angustia. Los lamentos provenían del arroyo y
debían pertenecer a Lorenzo Vivas, el único que faltaba de allí.

Los espeluznantes aullidos de los canes, presintiendo que algo siniestro acaecía
en las inmediaciones bajo el tétrico resplandor del plenilunio, servían de marco a
los alaridos del infortunado, que tal vez estaba siendo desollado vivo. De pronto,
toda la belleza del paisaje nocturnal se modificó en espectral aspecto cuya
hostilidad infundía un pavor que helaba la sangre. Sin embargo, el sentido de
solidaridad de los lugareños pudo más que el pánico y, liderados por el cura, que
en todo buscaba el primer sitial, fueron en auxilio del quejumbroso.

Cuando llegaron al punto de donde poco antes provenían los gritos, del apuesto
joven no quedaba sino su cadáver cubierto de sangrantes heridas, como si
hubieran sido producidas por una fiera enloquecida. La sangre que le envolvía
era tan abundante que daba la apariencia de una roja mortaja. Aparte de las
profundas heridas que surcaban el pecho y la garganta, le faltaban íntegramente
los labios. Quizá la muerte, al besarlos con pasión incontenible, no se había
percatado de la rudeza con que los succionara.

Los presentes miraban fascinados el cadáver, inquiriéndose qué si acaso “La


Loca Viuda” no había dejado una vez más su antro para cebarse con los
varones de la comarca. Presas de la incertidumbre, observaban temerosos su
entorno como si esperasen verlo agazapado en algún lugar cercano a ellos. Y
fue entonces cuando escucharon, como los graznidos de un ave gigantesca
describiendo círculos sobre sus cabezas, voces proferidas en un extraño y
escalofriante lenguaje. ¡Quizá el que se usa en el infierno!

El sacerdote, que también se hallaba presente, parecía tan aterrado como los
demás. Sin embargo, se esforzó para expresar que ya nada se podía hacer
por el cantor que no fuera darle cristiana sepultura y cuanto antes mejor. Y
ordenó llevárselo a la iglesia.

Pese a las fundadas sospechas que tenían acerca de la autora del asesinato,
nadie hubiese estado completamente seguro si el momento de trasladar el
cadáver no hubiesen notado en uno de los bolsillos de la chaqueta que vestía
éste un librito de notas que en realidad constituía el diario del malogrado joven.
Sus últimas anotaciones no dejaban dudas acerca de lo ocurrido. Decían:

Lunes, 21 de febrero...

Al fin he llegado a esta remota población situada, como el nido de un cóndor, en


uno de los parajes más recónditos que de la Cordillera Occidental. Tal como lo
esperaba, se acomoda como un anillo al dedo a mi necesidad de permanecer
por un tiempo (y si fuese para siempre, mejor) ignorado de mis deudos. Éste es
un lugar aislado de otros centros poblados por una cadena montañosa circular,
que lo encierra en su seno, y por la distancia geográfica.

Su gente se manifiesta alegre y hospitalaria. No obstante el ser un completo


desconocido aquí, he sido recibido como el hijo ausente que, cansado de rodar
por el mundo, ha decidido al fin retornar a su patria chica. Su actitud me evita la
necesidad de elaborar otra mentira que explicase mi inopinada aparición en este
lugar. La “historia de la búsqueda del pariente lejano”, que tenía en mente
usarla, quizá hubiese resultado poco convincente. En cambio, el que me haya
presentado con un nombre falso, resulta más simple, pues, ¿a quién le interesa
que me llame Pedro y no Juan?

Al caer la tarde, ya en la casa que me ha hospedado, impelido más por la


costumbre que por olvidar la estela de recuerdos que dejo atrás, vocalicé
algunas canciones populares, acompañándolas con el acordeón que llevo
conmigo. La imprevista función musical fue recompensada con alborozados
aplausos de mis anfitriones y de sus vecinos inmediatos que, atraídos por la
eufonía de las tonadas, no tardaron en llegar. Quizá la velada se hubiese
prolongado por horas, pues me sentía predispuesto para ello, pero,
inexplicablemente, el auditorio se retiró sin perder tiempo en cuanto la reina de
la noche anunció su aparición en el horizonte.

Aún es demasiado temprano para dormir, pero me encuentro instalado ya en mi


precario dormitorio. Invoco de Morfeo la admisión a su plácido reino.

Febrero, 22...

Acorde con la costumbre de los campesinos, me levanto temprano. El alba se


insinúa apenas y las cumbres de Los Ilinizas empiezan a cubrirse de un tenue y
malva tinte, mas la presencia del día se nota por doquier plena de actividad. La
vida se abre a la luz como una eclosión de sonidos: un toro muge, los gallos
cantan, un mozo chifla y una chiquilla rubia y fastuosa prende en sus labios una
canción.

Experimentando una extraña sensación, cuando el dueño de la posada me


saluda por mi nuevo nombre, me dirijo al Ermita, un manantial que, entre
atropellados murmullos, se desliza por un costado de la población. Mi intención
es la de bañarme en sus frías aguas, pese a que semejante perspectiva no me
seduce. Pero es necesario que, cuanto antes mejor, me acostumbre a esta
incomodidad que dominará mi nueva vida. Sin embargo, debo renunciar a mi
proyecto en cuanto reparo en las mujeres que, situadas junto al manantial y
puestas en cuclillas, friegan ropa sobre unas rocas en forma de plancha. Las
mujeres sonríen cuando me ven. Las saludo y me retiro algo cohibido. Temo que
a mi fallido propósito le den un sentido equívoco.

Regreso a mi albergue, donde me espera el desayuno ya listo. Horas después,


me aventuro por las calles, transitándolas al azar. Camino sonriendo a los
chiquillos y repartiendo saludos efusivos a la gente mayor que se cruzan
conmigo, y doy casualmente con una cancha deportiva ocupada por jóvenes de
ambos sexos que juegan básquet. Les saludo con la mano, aunque no espero
que reparen en mí. Pero ellos me han visto. Detienen el juego y me invitan a
participar en él. Les respondo que desconozco esta disciplina deportiva. No
insisten y continúan por un rato lanzando el balón a la canasta mientras me
arrimo a una valla para mirar desde ahí sus proezas.

Pronto concluye el partido. Se acercan hacia mí respirando cordialidad y se


presentan formalmente. Conocen ya de mis dotes de músico y cantante y
manifiestan que mi presencia en el pueblo resulta providencial, ya que a partir de
esa misma fecha y durante una semana, se conmemora la fiesta más importante
del año: Carnaval. “Aunque no oficialmente — dice la joven llamada Lucila,
riendo y mirando con sus garzos y bellos ojos— pero sí virtualmente, Carnaval
es el santo patrón de este pueblo.” Reímos todos.
Al despedirme son todos ellos ya mis amigos. Les he prometido contribuir
gustoso con mis canciones para fomentar la alegría del festival durante sus días
de vigencia. Estoy seguro de que todos son excelentes chicos que hacen de la
amistad un acto de fe. Me precio de ser un buen psicólogo que rara vez me
equivocó respecto al carácter de las personas. Y a propósito, una de esas raras
veces fue cuando creí encontrar a mi alma gemela en la arpía que la tomé por
esposa, de quien me he visto ahora en necesidad de huir, incapaz de soportarla
por más tiempo.

Cae la noche. El amo de la casa parece ausente, pues no se lo oye a él por


ningún lado. Tampoco se hallan presentes su mujer ni su numerosa prole. La
sensación de soledad me deprime y empiezo a sentir nostalgia por la ciudad y
por todo lo que he dejado allí. Pienso por un instante paliar mi estado de ánimo
recurriendo al sueño. Pero ¿podría conseguirlo tan temprano?

Escucho entonces jubilosas canciones y música de guitarra no lejos de aquí.


Pese a que la población no cuenta con alumbrado público y que sus calles no
pueden estar más obscuras, me las arreglo para llegar al punto donde se
originan los cánticos. Es la casa de Zabulón, uno de los muchachos que conocí
por la mañana, donde se ha congregado parte de la juventud para ensayar las
coplas con las que mañana honrarán el advenimiento del Carnaval.

Soy bien recibido pero no tomo parte activa del espectáculo que, por otro lado,
no tarda en concluir. Se van todos, y yo no soy la excepción.

Las calles parecen más obscuras que nunca y tengo dificultades para
orientarme. Mientras camino, miro el horizonte y contemplo un débil resplandor
que rasga tímidamente el espeso y negro manto en su lado
oriental. Se trata apenas un puñado de rayos lunares pero que cada vez se
vuelven más luminosos y que se empeñan en desalojar las tinieblas. Minutos
después, surgiendo esplendorosa detrás de Los Ilinizas, aparece la luna aún con
su redondez incompleta. De pronto, la sensación de soledad se ha esfumado, ya
que mi celeste amiga, mi compañera y fuente de inspiración está presente,
mirándome desde lo alto como tantas otras veces. Siento vibrar de optimismo mi
espíritu y el deseo de efectuar un paseo por las afueras del pueblo se yergue
irreprimible.

Tomo al azar un camino que, cruzando el Ermita, serpentea como un reptil


erizado de pencos y achupallas en dirección de Tiliguila, y mientras lo recorro
disfruto con la belleza del paraje que se despliega majestuoso ante mi vista.
Pero el deleite que proveniente de la naturaleza desaparece en cuanto noto
avanzar a mi encuentro una esbelta mujer que parece sollozar. Se halla ya a
unos metros de mí y descubro que es la más bella criatura que mis ojos hayan
visto. Cuando va a decirme algo, la brusca aparición de un jinete la asusta, sale
del sendero y camina veloz en dirección de una casa que se avista en la llanura.
Debe habitar en ella. Dejo de mirarla al escuchar a mis espaldas un terrible
estruendo, me vuelvo para saber lo que ocurre y veo que el caballo se encabrita
y arroja a su jinete al suelo. Voy en auxilio de éste. Pero en cuanto ve él que me
acerco, se levanta y se pone a correr como un alma perseguida por el diablo.

Febrero, 23...

El festejo ha comenzado muy temprano. Tan pronto clareado el día, luego de


haber permanecido relegado durante un año, Baco se ha presentado en calles y
plazas para presidir el festival que, por varios días, hará vibrar de regocijo el
corazón de los lugareños. Las casas se hallan primorosamente engalanadas, ya
que todas ellas serán a su turno y por unas horas sede de la alegría. Nadie se
quejará luego de que su aposento no ha sido honrado con la visita de la
comunidad durante el periodo consagrado a Carnaval.

La fiesta se inició en la Tenencia Política, que es el sitio más céntrico de la urbe,


para detenerse por la noche en casa de los Sánchez, una manzana al norte,
luego de realizar escalas jubilosas en las de los Cobos, Núñez, Pérez, Narváez,
Pacheco, Domínguez y Bustamante. Mañana recorrerá otro sector de la
población, llevando la animación a cada una de sus moradas. Sus propietarios,
equipados de abundantes licores y de un trimalciónico banquete a punto,
esperarán el arribo de la festiva comitiva, la cual, en ecuánime simbiosis,
regalará con música, canciones y algún sainete improvisado.

Gracias a los conocimientos inculcados por mis padres (músico y cantante él y


bailarina ella), de los que hago alarde ahora, mi prestigio frente a mis anfitriones
se crecienta a momentos. Acogen llenos de complacencia todas mis
intervenciones. Las damas, sin observar su estado civil ni meditar en el mal
predicamento al cual les podría acarrear su desmesurado entusiasmo,
obsequian a mis canciones con efusivos aplausos mientras me dirigen febriles y
conturbadoras miradas capaces de apresurar el pulso de alguien menos
escéptico que yo. Y la verdad sea dicha, muchas de ellas son hermosas,
tremendamente hermosas, dignas de ser veneradas en el santuario de mi
corazón. En especial Lucila, la joven de los ojos garzos y bellos. Pero ¡qué poca
consistencia fortalece mis propósitos! A veces, a despecho de la promesa de
permanecer indiferente a esta clase de tentaciones, siento que mi voluntad se
diluye.

Me fastidia el sentimentalismo que empieza a despertarse en mí. Anoche, a la


sola vista de la bella desconocida, sentí abrirse mi alma como una flor en botón
al beso del sol fúlgido. No obstante las horas transcurridas desde
aquel inopinado encuentro, su imagen, lejos de debilitarse, se ha magnificado
hasta cubrir el horizonte de mi pensamiento. La veo a todo instante y en todas
partes. ¡Temo haberme enamorado! ¿Qué hacer?... Pues bien, la necesidad de
ahogar mi naciente amor, desechando la idea de buscar a la seductora mujer, se
hace imperativa.

Febrero, 24...

Me retiro de la fiesta en cuanto la luna, ya mucho más redonda que ayer,


irrumpe en la lóbrega noche. He esperado durante todo el día, de un momento a
otro, reconocer en la reunión a la hermosa desconocida, bailando con su pareja
o junta a las demás mujeres. Y pese a no encontrarla, todas mis canciones las
he dedicado secretamente a ella con la esperanza de que las escuchara desde
el sitio en que se hallase. Pero jamás apareció. A medida que las horas corrían,
el deseo de volver a verla iba en aumento, al punto que muchas veces sentí la
tentación de abandonar furtivamente la reunión e ir en su busca, aunque he
podido dominarme a último momento en aras de la discreción.

Anoche soñé con ella. No nos hablamos. Apenas me miró. Ni siquiera pude
averiguar su nombre debido a la distancia que nos hallábamos. Sólo la vi por
un instante. Salía de aquella casita prendida en la llanura y se dirigía hacia el
bosque poblado de eucaliptos que bordea el torrente de Mallacoa. Los colosales
seres, en cuanto percibieron la presencia de la beldad, tremolaron el follaje en
alborozado saludo e inclinaron galantemente sus copas en signo de pleitesía.
Mientras tanto yo, presa del éxtasis, la seguía con la mirada hasta cuando la vi
hundirse en la penumbra del bosque.

No sé por qué tengo la seguridad de encontrarla en el lugar al cual la vi dirigirse


durante mi ensoñación, no sé que poderoso llamado escucha mi subconsciente
que me obliga a dirigir los pasos hacia allí. Quizá el anhelo
de verla de nuevo me ha vuelto en extremo perceptivo. Atravieso el Ermita y
avanzo directamente al bosque de eucaliptos, acompañado por los gritos de los
perros que se han puesto a ladrar a la luna. Tal como en mi sueño, noto agitarse
de pronto el follaje y entablar un apagado diálogo entre sí valiéndose de
enigmáticos susurros.

Aunque no la veo, sé que ella está ahí, mirándome desde algún lugar. Avanzo
con mayor cuidado mientras miro a todas partes, ansioso por descubrirla cuanto
antes. Pero no tengo que esperar mucho, pues, acabo de ver a la mujer a sólo
unos pasos de mí, junta a los pencos, sentada sobre una roca. En cuanto me ve,
camina hacia mí. Es realmente hermosa, mucho más de lo que me pareció hace
dos noches. Sus ojos, a pesar de hallarse bañados por el llanto y velados por la
tristeza, son los más bellos que he visto. Al fin me explico porque me he
enamorado locamente de ella.

La emoción me deja estático, impidiéndome continuar adelante. Mas la joven se


acerca y, con palabras entrecortadas por el sollozo, dice llamarse Paquita
Muñoz y que acaba de perder a su esposo, asesinado por el cacique del pueblo.
Me explica que, no obstante su lealtad al recuerdo de su difunto esposo, la
perspectiva de permanecer sola le desespera. Estoy estupefacto. Deseo con
vehemencia exponer que mi vida está a su disposición, pero mis
labios permanecen silentes. Sin embargo, Paquita me comprende perfectamente
asistida por algún poder de clarividencia. Cesa su llanto y viene a mí rebosante
de dicha. Una inconmensurable felicidad embarga mi espíritu y, bajo su influjo,
se esfuma mi inmovilidad. Recorro veloz el breve trecho que nos separa
inducido por el anhelo de recibirle en mis brazos.

Me siento a un paso de obtener la suprema felicidad y disfruto por anticipado de


ella. En la certidumbre de hallarme a punto de estrecharla en mis brazos y catar
la miel de sus besos hace latir el corazón con la fuerza de un atabal. Mas
cuando el cielo está a mi alcance, todo se viene abajo motivado por la
intempestiva aparición de un sujeto que, camino de su casa, coincide en pasar
ese instante por el sitio de nuestro encuentro. Mi amada, víctima del susto, se
detiene bruscamente cuando se halla ya a unos centímetros de mí y lanza un
lastimero grito (que a su vez me paraliza de susto a mí) e instintivamente busca
protección en la fuga. Se desliza con asombrosa celeridad por entre los pencos
que erizan el cerco del camino, que se diría que los ha atravesado, y
desaparece en algún lugar de la llanura. No pienso en seguirla, ni siquiera abrigo
la intención de esperarla, ya que presiento que esta noche volveré a verla.

Febrero 25...

Me ha sido imposible ir en busca de Paquita. Mis amigos, que son casi la


totalidad de los habitantes del pueblo, me tuvieron bajo estricta vigilancia lo largo
de la noche. Lo están sin duda al corriente de mis encuentros secretos con mi
amada y se han propuesto impedirme que continúe viéndola. Sin pecar de
suspicaz, vislumbro tres posibles razones para que tomasen semejante
preocupación conmigo. Una, tal vez cada uno de los muchachos codicia para sí
a la beldad y no se resigna fácilmente a que se las gane un advenedizo. Dos,
puede suceder también que las damitas viesen en mi un buen partido al que
deben preservarlo de las acechanzas de una viuda. Tercera, asimismo puede
ocurrir que los cómplices o encubridores del cacique asesino levantasen
obstáculos en mi derredor para que yo no me enterarse de sus crímenes por
boca de Paquita. Ya sea una u otra la razón para que hubiesen decidido
impedirme que continuara viéndome con Paquita, deben haberse puesto todos
ellos de acuerdo para confabularse en mi contra, ya que todos a la vez son parte
de un espeso cerco humano. Pero no habrá barrera capaz de detenerme.

Se valen de los argumentos más absurdos para tratar de conseguir su objetivo.


Unos me previenen de lo peligroso que representa deambular durante la noche,
ya que los caminos, y hasta las mismas calles, están infestados por desalmados
bandidos. Otros me aseguran que las fieras hambrientas, que llegan por las
noches hasta las goteras de la población, constituyen un serio peligro para sus
moradores que no toman la precaución de encerrarse temprano en sus casas. Y,
claro está, no faltan los más taimados que juran que, durante las noches de
luna, un horripilante fantasma recorre los caminos haciendo de las suyas. A
todos los engaño fingiendo creer en sus supercherías mientras me rió para mis
adentros.

Amo a Paquita con toda las fuerzas de mi corazón y no pienso más que en ella.
Mañana por la noche iré en su busca. Tengo la certeza que la encontraré.

La Leyenda

Dice la leyenda que, poco antes de finalizar la dominación Española,


exactamente el tres de septiembre de 1810, Sigchos fue escenario de un
espeluznante crimen pasional que la erosión del tiempo, no obstante que todo lo
debilita, desdibuja y borra, ha sido incapaz de extinguir de la memoria popular.
Su enormidad no estriba en la forma en sí como fuera perpetrada la violenta
agresión, sino en el infortunio de sus protagonistas que vieron tronchada su
mutua felicidad cuando ésta empezaba recién a acariciarlos. Y, también, porque
de la tragedia se derivaron los males que aún pesan en la población como una
ominosa carga.

Cuentan que un día, apenas germinada la mañana, arribó a la población un


gallardo joven, de unos veintitrés años aproximadamente, en el cual se
inscribían todas las expresiones de la belleza varonil. Cualidad que el más
exigente de los varones habría deseado para sí. Vestía suntuoso atuendo civil y,
además, montaba un albo corcel de preciosa estampa y chispeantes ojos,
similar al que —según se difundía— cabalgaba el revolucionario Simón Bolívar
mientras librada mil batallas por la emancipación de Suramérica. A todas luces,
se trataba de un hombre principal, posiblemente hijo de algún hidalgo rico, o
funcionario de la Corona. El aspecto cansado del jinete y el espumoso sudor que
empapaba su caballo daban pábulo para suponer que la jornada que habían
realizado debió ser larga y esforzada. Quienes habían sido testigos de su arribo
a la plaza mayor, llevando todavía la cabalgadura al galope, opinaban que, por
la prisa que el joven se había dado en llegar, debía traer algún encargo urgente
para el capitán de la brigada acantonada en ese lugar, máxime cuando, luego de
dialogar brevemente con un soldado que casualmente se hallaba cerca, le vieron
dirigirse con igual premura hacia el recinto militar.

Es que ese día, más propiamente esa tarde, iba a constituir para el capitán en
una fecha imborrable, ya que buena parte de los hombres se casan por una sola
vez. Y él contraería nupcias dentro de contadas horas, en ceremonia privada, en
su casa y en presencia de apenas unos cuantos invitados. Relacionando con
esta circunstancia la llegada del desconocido, las buenas gentes del pueblo
opinaban que resultaba plenamente justificado el denodado empeño del
mensajero, cabalgando incluso la noche, para transmitir oportunamente al novio
los parabienes de sus superiores. Pero nadie había caído en la cuenta que ese
acto de cortesía se acostumbra a formular después, y no antes, de un magno
acontecimiento.

El capitán de marras era un ilustre español que se hallaba a un periquete de la


ancianidad. Su fofa obesidad, en conjunto con la brillante calva y la gelatinosa
sotabarba, le daban el aspecto de un pavo cebado. Se dice, no obstante, que
cuando joven fue un hombre apuesto, atractivo, que inspiraba arrebatadoras
emociones en muchas mujeres, pero el transcurso de los años se había
mostrado despiadado con él. Se llamaba don Gonzalo Meza y Salazar de Albán
de Hurtado de Lasso, Marqués de Gualaya. Este deslumbrante título nobiliario lo
había comprado al rey con parte del producto de la mina de plata de ese nombre
que lo explotaba más en su beneficio que en el de la Corona. Este caballero era
a la sazón uno de los propietarios más prósperos del lugar y de nada carecía,
excepto de esposa, ya que había llegado a la sabia conclusión de que a las
mujeres debía mantener su padre. Mas un día le sucedió algo sumamente
extraño, algo sin precedentes, algo que ni siquiera sabía cómo enfrentarlo.
Podía considerarse como un delirio fugaz, originado por la fatiga o el insomnio...
pero en realidad se trataba de un asunto mucho más complejo. Don Gonzalo
sintió abrasarse el corazón en el fuego de una dulce sensación que, como el
perfume de una flor, aromaba el alma. El hombre que había visto recorrer
desierta la mejor etapa de su vida por obra y gracia de su avaricia, ¡se enamoró!

La culpa fue de Paquita, la menor de las hijas del criollo Muñoz, que se había
convertido en la más bella de cuantas beldades viesen sus ojos, y notó
transmutar su yerma existencia en el ubérrimo jardín que albergaría a aquella
flor en botón. Enamorado con la fogosidad de un adolescente, desde la cima de
sus sesenta años, descendió verticalmente para ponerse a las plantas de la
bella adolescente. Cupido, que de ordinario se había mostrado indolente con el
peninsular, ahora le sorprendió con su diligencia. Solamente que las flechas del
inquieto dios resultaran incapaces de tocar el corazón de Paquita, que veía al
vejete languidecer de amor con el desprecio que le merecería un perro roñoso
obstinado en cortejarla. Pero el marqués, acostumbrado a triunfar en cuanta
empresa que acometía, no iba a contentarse con obtener abrojos donde
esperaba cosechar flores. Conocía de la simpatía que el criollo Muñoz abrigaba
por la causa independista y, usándola como instrumento de chantaje, le
amenazó con detenerlo y llevarlo a juicio si su hija no accedía a sus
requerimientos. Ante semejante promesa, ni el padre de la dueña de sus
pensamientos, ni ella misma, opusieron resistencia.

Debido a los tiempos convulsionados que corrían, este ilustre caballero


personificaba en la circunscripción la suprema autoridad tanto del fuero militar
como del civil, funciones que en los últimos años había desempeñado sin
extralimitarse, claro está, dentro del marco de abusos e ilegalidades establecido
en un régimen de excepción. En suma, para los habitantes de la demarcación
que administraba, pasaba por un magistrado tolerable, y por confiable, para el
poder central del cual él dependía. Sin embargo, el fusilamiento de César y
Antonio Saavedra (cabecillas de los insurrectos capturados el 20 de agosto
cuando éstos intentaban tomar el cuartel por asalto), que lo llevara a cabo luego
de un juicio sumario, había dado a las partes antagónicas, por igual, motivos de
desconfianza hacia él. A los simpatizantes de los ejecutados, que era la mayor
parte de la población, les parecía un asesino sanguinario y, a partir de entonces,
lo llamaron “Carnicero”. En tanto que los realistas juzgaban que don Gonzalo
había obrado con deslealtad al adoptar una medida tibia con la ejecución de
apenas dos prisioneros sediciosos, en vez de haberlos liquidado a todos ellos,
ya que con semejante actitud no hacía otra cosa que contribuir a proliferar la
subversión que estaba él obligado a sofocarla a toda costa. Se preguntaban ¿si
el marqués estuviese en desacuerdo con el escarmiento que, días antes (2 de
agosto de 1810), hiciera el Conde Ruiz de Castilla con más de sesenta
revolucionarios quiteños prisioneros en las mazmorras del Cuartel Real de Lima
de Quito, al ordenar a la soldadesca peruana pasarles a cuchillo?

Pero en justicia, a don Gonzalo no se lo podía imputar de ninguna de las dos


cosas. Aunque fuese en atención a sus propios intereses que por conflictos de
conciencia, a los culpables de sedición que iban a parar en sus manos, hubiera
preferido enviarlos a las minas que plantarlos junto al paredón. Debido a ello no
se había apresurado a poner a los demás prisioneros, a cargo suyo, frente al
piquete de ejecución. Pero la prórroga de la fecha fatal no podía ser indefinida
porque no dependía de él, sino del todopoderoso Conde Ruiz de Castilla, que
ordenaría el ajusticiamiento de un momento a otro. Tampoco tenía madera de
traidor: guardaba lealtad a su lejano rey, respetaba a su cercano Presidente y
procuraba que sus actos se enmarcaran en la Ley.

Y bien, don Gonzalo, con su proverbial parsimonia, no se dio prisa por atender al
viajero, que no tuvo otra opción que la de aguardar en la antesala mientras aquél
conocía y emitía sentenciaba sobre los casos de los dos primeros acusados que
habían sido llevados ese día ante la Justicia. Se trataba de un indio y de un
mestizo. El indio, denominado o apellidado Pasaguayo, había sido sorprendido
en el huerto del señor cura en actitud sospechosa, según afirmación de uno de
los sacristanes del hombre de hábito. Quizá el infeliz tenía en mente apoderarse
de una calabaza de las muchas que se veían allí. La acusación era gravísima y,
de encontrarlo culpable, era posible que los próximos seis meses los pasara en
las minas de Gualaya, redimiendo con su sudor la deuda que gracias a su mala
intención echara sobre las espaldas. Mas, por hábil que fue el interrogatorio del
magistrado, secundado por el gesticulante sacerdote, el indio jamás admitió
responsabilidad alguna y se defendió aduciendo reiteradamente que sí había
entrado al huerto no había sido más que con el propósito de hacer aguas ahí.

Al fin los inquisidores cedieron ante el fracaso pero, por las dudas, don Gonzalo
ordenó a Pasaguayo recibir ipso facto media docena de latigazos. En cuanto a la
acusación que pesaba sobre el mestizo, por desgracia para él, era fácil de
probar su culpabilidad. Éste respondía cuando le llamaban Juan Fernández y
era un sujeto bajo y grueso como un tonel. En su rostro redondo y mal trazado,
similar a uno de esos primitivos platos de arcilla moldeada con la sola ayuda de
las manos, brillaban unos saltones ojillos de animal acorralado. Durante los tres
últimos años y hasta esa misma mañana, se había desempeñado como cocinero
en casa del alguacil, y éste le acusaba ahora de haberle arruinado a causa de su
proverbial glotonería.

—Mirad, usía, lo gordo que se ha puesto el bribón a costa de mi peculio —decía


el corchete, palpando con una mano reiteradamente el abultado abdomen del
acusado—. Es el Baal-Moloch que todo lo absorbe, devora y pulveriza. Su
digestión es ingente. A su lado, Gargantúa y Pantagruel son un débil esbozo de
avidez.

—¿Qué decís, hermano, a todo eso? —profería el funcionario por pura


fórmula— Habéis devorado tú solo la pitanza de tres años del señor alguacil y lo
vais a pagar.

—Yo no arriendo esas ganancias —contradecía el acusado—. Pues sepa


vuestras mercedes que el señor ministril os quiere engañaros. ¡Mi robustez no
proviene sino del particular funcionamiento de mi metabolismo, que transmuta
en tocino hasta del aire que respiro!

Al señor capitán no le convenció la defensa esgrimida por el obeso Juan y lo


condenó a tres años de trabajos forzados en las minas de plata de Gualaya. El
querellante no parecía del todo satisfecho del fallo del magistrado, ya que
manifestaba que mejor le hubiese parecido que al bribón, en vez de las minas, le
hubiese restituido a la cocina de su casa, sin que percibiera sueldo alguno.

Al fin don Gonzalo concedió audiencia al hombre que esperaba ser recibido por
él desde hacía dos interminables horas. Éste se presentó como el teniente don
Antonio de Sotomayor y Carvajal, primo hermano, por lado materno, del
marqués de Villa Orellana, y añadió que si se presentaba él sin atuendo militar lo
era por instrucción expresa del gobernador. Acto seguido, le entregó un
documento que traía consigo, guardado cuidadosamente en un bolsillo oculto del
cinto. Sin demasiado entusiasmo le dio la bienvenida el destinatario del mensaje
a su portador, pero en cuanto lo leyó, se esforzó en endulzar el gesto y,
esmaltando la voz con un matiz de alegría que no sentía, prometió cumplir de
inmediato las instrucciones que la Junta de Gobierno acababa de hacerle llegar.
Dijo a don Antonio, por si él lo desconocía, que aquel mensaje se trataba de una
copia de un decreto que confería amnistía general a los presos de conciencia y
por sedición. Le confió, además, que una demostración de clemencia de tal
magnitud, devolvería al país la tranquilidad que carecía desde hacía mucho
tiempo, y que, en particular él, lo aplaudía porque le quitaba de encima un
terrible peso. Y rogó al capitán que, a fin de dar inmediato y estricto
cumplimiento al mandato, le acompañase en ese mismo instante a la cárcel para
dejar en libertad a los prisioneros. El aludido aceptó gustoso la invitación.

Los prisioneros no cabían en su asombro de verse beneficiados de la sorpresiva


y extraña magnanimidad de Ruiz de Castilla, quien hasta apenas unos días
antes había sido la expresión más elocuente de la despótica opresión
colonialista. Les parecía un sueño el respirar nuevamente de libertad cuando la
distancia que les separaba de la muerte se reducía a unas horas de angustiosa
espera. Luego, lo insondable del Más Allá, de donde se dice que nadie retorna.
Pero en realidad, ¿ nadie retorna de allí?

De inmediato, la alegría, intensa, contagiosa, incontenible y desbordante,


imperaba en las gentes, militares incluidos, que, congregadas en la plaza
principal, reían, lloraban o se abrazaban mutuamente, sin mirar demasiado con
quienes lo hacían, ateniéndose solamente a celebrar el increíble suceso de
haber salido bien librados de aquella tenebrosa situación. La banda de músicos,
de ordinario remisa a complacer al público con su melodiosa intervención, a
pesar de ser bien remunerada siempre, esta vez se presentó espontáneamente
y bien dispuesta. La euforia general era tal que el mismo don Gonzalo, no
obstante su apatía para todo género de diversión, se prestó gustoso a dar inicio
con su ejemplo el baile popular. Sin embargo, prefirió retirarse pronto a su
mansión y esperar allí, pletórico de felicidad, el momento en que Paquita
arribaría para unir su destino al suyo.

Don Gonzalo, camino de su mansión, sobre un lujoso calesín y acompañado de


una selecta guardia personal, viviendo sólo para su propia dicha, miró con
indiferencia las dos pirámides cubiertas de sempiterno hielo, llamadas Ilinizas,
que se dibujan majestuosas en el sitio donde el sol suele hacer su matinal
aparición. Tampoco concedió importancia ninguna a la belleza del paisaje, ni al
rumor de la mies coloreándose bajo el cielo azul turquí, ni a la presencia de las
flores que adornaban y perfumaban la tierra que él y sus huestes profanaban. Se
ocupaba únicamente de congratularse por el decreto de amnistía en favor de los
subversivos, desde luego, no porque éstos le inspirasen simpatía, sino porque,
indirectamente, le beneficiaba también a él con la reducción de sus obligaciones.
Una circunstancia ideal que le concedía la ocasión de obtener tiempo adicional
para dedicarlo a la alcoba matrimonial. Pensó en lo bella que era Paquita y en lo
hábil que había sido él para doblegar la altiva voluntad de ésta y someterla a la
condición de esposa-esclava mediante el chantaje.

Pero la novia jamás apareció. La amnistía dejaba a su padre al margen de todo


género de culpabilidad subversiva, y a la joven, libre de temor.
Consecuentemente, el chantaje usado por el marqués había perdido peso.
Don Antonio de Sotomayor y Carvajal, que era visto por los alborozados
festejantes como el artífice de aquel feliz acontecimiento y, debido a ello, el
centro de la atención de todos, no tardó en conocer a una preciosa adolescente
de intensos ojos azules llamada Paquita, cuya resplandeciente belleza,
comparable con la de la estrella matutina, le cautivó. También a ella, respecto a
él, le ocurrió lo mismo, y horas después se juraban amor eterno. Acordaron
abandonar furtivamente Sigchos para casarse en otro lugar, en cuanto llegase la
noche, ya que el joven, según había expresado a los flamantes redimidos, no
era lo que parecía, sino un impostor que podía ser descubierto por el marqués
de un momento a otro. No se llamaba don Antonio de Sotomayor y Carvajal ni
era ningún noble español, ni era militar ni se hallaba en cumplimiento de misión
alguna por encargo de la Junta de Gobierno, ya que en realidad jamás existió tal
decreto de amnistía. Se llamaba sencillamente Francisco Mata (de los de
Sigchos, claro está) y, desde su niñez había permanecido en Quito, al servicio
de un criollo vinculado con la causa libertaria. Y ante la certeza de que los
patriotas sigchenses no saldrían de prisión sino camino del paredón de
fusilamiento, se ofreció para intentar la salvación de aquellos infelices en un
derroche de valor.

Francisco y Francisca, tras escapar a uña de caballo en las primeras horas de la


noche, llegaron bastante entrada la mañana a Tanicuchí, donde se unieron de
inmediato en matrimonio. El cura que les casó era un hombre bondadoso que
tenía por hábito anteponer la piedad al infame mandato de la iglesia que exigía
denunciar a la autoridad más cercana a quienes atentaran contra la Corona.
Conocedor, mediante la confesión, del riesgo que corría la pareja de ser
detenida por el inhumano Marqués de Gualaya, la ofreció su protección mientras
no hubiese las garantías de seguridad necesarias para que pudiese alejarse sin
peligro de allí. Pero los flamantes desposados optaron por continuar su camino
con la esperanza de poder llegar cuanto antes a Quito y poder ocultarse en su
densa demografía. Pero semejante empresa resultaba más fácil de imaginar que
de realizar.

El marqués, en cuanto hubo enterado de la fuga de su novia en compañía del


mensajero de la amnistía y de la misteriosa “evaporación” de quienes recobraran
milagrosamente la libertad, columbró que había sido él engañado por el astuto
impostor y estuvo a punto de colapsar por la furia. Ordenó que varios piquetes
de soldados salieran de inmediato, en diferentes direcciones, en busca de
Paquita y su amante y los trajeran cargados de cadenas. Mientras esperaba el
retorno de lo fugitivos no pensó sino en el tipo de tortura con la cual debería
infligirlos. Pero ¿qué iba a ocurrirle si éstos conseguían escapar a sus
pesquisas? Esta hipótesis le ponía todavía más furioso. Sin embargo, la infeliz
pareja fue aprehendida con increíble facilidad no lejos de la iglesia donde se
casara apenas unos minutos antes.
El Marqués de Gualaya no tuvo un ápice de piedad para sus víctimas. En cuanto
éstas llegaron a Sigchos, ordenó que Francisco Mata fuese pasado por las
armas en presencia de su esposa, quien padeció aquel espectáculo sin
encontrar amparo en el benigno desmayo. La bella adolescente, de ojos tan
azules como el cielo y como el mar, acababa de convertirse en viuda. Acto
seguido, mediante la fuerza, don Gonzalo obligó a Paquita acompañarle hasta la
iglesia donde el sacerdote les esperaba para casarlos. Se casaron en una
ceremonia que, por el llanto incontenible de la novia y los rostros compungidos
de los concurrentes, parecía hallarse ambientada para el rito de un funeral.

Una vez en su mansión señorial, el marqués condujo a su bella y afligida


desposada al tálamo nupcial con la misma premura con que ordenara la
ejecución de su predecesor. No obstante, se dio tiempo para impartir
instrucciones a la servidumbre respecto a que por ningún motivo fuesen a
buscarlo so pena de ser castigada severamente. Debido a tal disposición, nadie
osó averiguarlo cuando lastimeros gritos que ponía los pelos de punta,
procedentes de la recámara matrimonial, irrumpieron el silencio apacible de la
noche andina, ni cuando éstos cada vez más intensos, se prolongaron hasta el
amanecer. Durante el día y la noche siguiente ya nada se escuchó. Lo suponían
al marqués renovando con el reposo las energías desgastadas en el ímpetu de
su sadismo. Pero al promediar el día tercero de que la pareja permaneciera
encerrada, el absoluto silencio que envolvía la estancia, dio motivo a la
servidumbre para que pensase en que algo raro estaba ocurriendo allí. Llamaron
con insistencia a la puerta y, al no obtener respuesta, sin pensar dos veces la
derribaron.

Lo que vieron allí les paralizó de terror. ¡Diseminados por toda la habitación, en
la que los efluvios de la putrefacción eran insoportables, se hallaban los
despojos desmembrados de quien en vida se llamara don Gonzalo Meza y
Salazar de Albán de Hurtado de Lasso Marqués de Gualaya! El pobre hombre
parecía haber sido destrozado por uno de esos pumas que, por alguna especial
circunstancia, se han acostumbrado a atacar a las personas.

Respecto a Paquita Muñoz, no quedaba el menor vestigio de ella. Aquello izo


pensar a los presentes que había sido devorada por el marqués en un arrebato
de locura o de hambre. Una cuestionada explicación, puesto que, entre las
vísceras de éste, no aparecía ningún resto de la joven en proceso de
asimilación. Además, ¿quién lo había devorado a su vez a él?

La terrible respuesta no se hizo esperar demasiado. Sólo tuvieron que esperar a


que se produjese el plenilunio para que Paquita Muñoz hiciera acto de presencia
con una nueva personalidad, con un nuevo cometido que estaba muy lejos de
proporcionar felicidad a sus elegidos y también con un nuevo nombre: ¡La Loca
Viuda! Los primeros de sus víctimas fueron un traficante e
géneros, un terrateniente criollo y un indígena líder de una comunidad, todos
ellos casados y ansiosos de liberarse de la opresión del hogar.

Este relato no es una crónica fidedigna ni, mucho menos, pretende completar la
historia. Sólo recoge la leyenda que circula en los lugares que sin duda se
originó ésta. Por tanto, cualquier semejanza con sucesos y personajes reales, no
será más que una extraña coincidencia. (Nota del Autor)

[Texto de Carlos Villamarín Escudero, [email protected]].

Espantos venezolanos

El Coco Aguirre

Recuerdo elocuente de los conquistadores, en este caso de Lope de Aguirre


[Analía Zygier]. Es un caso particular del Coco hispánico.

La Carreta del Diablo

Espanto caraqueño. El ruido de cascos de caballos al trote y de un carretón que


arrastraba largas cadenas [Domingo Sánchez].

La Sayona

Figura de mujer envuelta en túnica blanca, con larga cabellera, que deambulaba
por las calles céntricas de la ciudad de Caracas [Domingo Sánchez].

Espantos guatemaltecos

El Carro de Piloto

Es leyenda de la ciudad de Guatemala, localizada sobre todo en los barrios más


antiguos (La Merced, el Sagrario, la Recolección y la finca El Zapote). El
folklorista Celso Arneldo Lara Figueroa (pág. 115) nos la resume así:

Esta leyenda se vincula a las personas que beben demasiado; de ahí que sólo
los borrachos tengan el privilegio de ver a Piloto y su carro.

El personaje a que se alude, según la tradición oral, «no fue más que un bobo,
mulero del Zapote, que por sus malas acciones se lo ganó el diablo, y anda
asustando a medio mundo aquí en la ciudad, especialmente a los que se les
pasa la mano con el guaro». Pues «el que ha chupado con ganas, además de
ver al Cadejo, puede ver al Carro de Pilto, que va trastabillando por la calle del
Estanco de Tabaco todos los viernes, moviendo su luz verde».
Lara (págs. 115—6) recoge también este testimonio, recogido directamente de
labios de un carpintero ya sexagenario de la ciudad, Carlos Llerena:

EL CARRO DE PILOTO
EN LA CALLE DEL CABALLO RUBIO

Allá por el barrio de San José vive un mi compadre que chupa con ganas.
Una noche levantó a mi ahijado (un niño de ocho años) para que lo
acompañara a la cantina «El Ciprés Llorón» a traer un trago. (De verdad,
¡no se ría! Así se llamaba la cantina esa. Era de una mi tía y quedaba a la
vuelta del Caballo Rubio.)

Volviendo al asunto, le diré que cuando mi compadre llegó a la calle de las


Tunches, sintió un lejano aullar de perros y un gran ruido que se iba
acercando; se hallaba en la puerta de la cantina cuando de la calle del
Caballo Rubio apareció un carretón haciendo un ruido de la gran diabla,
que, guiado por un cochero vestido de negro y tirado por grandes
percherones, pasó cerca de ellos echando chispas; el cantinero los entró
carreando y le dio a mi compadre un trago para que le bajara el susto, y le
contó que todos los viernes a esa hora pasaba por allí el Carro de Piloto.

Mi compadre, para olvidar el espanto, chupó más aquella noche.

Los Rezadores de la Noche

Los rezadores de la noche son otros espíritus que vagan por los barrios de la
ciudad. La leyenda los identifica como «unos encapirotados que caminan por las
calles rezando».

Los rezadores aparecen casi siempre los primeros viernes de cada mes; pasan
a la orilla de las banquetas con sus túnicas negras, candelas en las manos, y se
les oye una rezadera tal, que a uno lo vuelve loco. Si uno los sale a ver, se lo
pueden ganar.

Cuando el fúnebre cortejo está recorriendo las calles, y alguien por casualidad o
intencionalmente sale a verlo, «alguno de los rezadores se para y le entrega una
de sus candelas (a veces son dos), le dice que se la guarde y que va a pasar por
ella a la noche siguiente. Eso sí: le advierte que debe colgarla en la cabecera de
su cama. Al otro día, lo que aparece en lugar de la candela es un hueso fémur».

«Cuando uno ya ha visto a los rezadores y le han dado las candelas, ya se lo


llevó la que lo trajo al mundo; y para salvarse de ellos, lo que tiene que hacer es
salir a esperarlos en el mismito lugar donde los vio, pero con un niño en los
brazos; sólo así las candelas no se vuelven huesos y se las puede devolver a los
rezadores, pues la inocencia del niño tuerce la maldad de estos espíritus».
«Y para librarse de ellos de una vez por todas, hay que pedirle a algún padre
que eche agua bendita a lo largo de toda la calle por donde andan, así ya no
vuelven más, pero se aparecen por otro barrio».

Esta leyenda de los rezadores de la noche también se asocia a la muerte y a los


perros. Según esta variante, las personas que «se echan los cheles de los
perros en los ojos, pueden ver la muerte y los rezadores de la noche», porque
«los cheles de los chuchos son las lágrimas que ellos derraman cuando los
miran». Y en estas circunstancias no hay salvación: «la muerte carga con
uno» (Lara 1972: 116-8, que recoge testimonios directos de varias personas).

Lara nos da también (pp. 118-9) el siguiente caso folklórico, recogido de boca
del guatemalteco Pablo Ruiz, de 58 años:

LOS REZADORES
Y LA MUJER CURIOSA

Esto sucedió en el barrio de la Candelaria; allí donde se tiene la costumbre


de ponerle apodo a todo el mundo, y a espiar por las rendijas de las
ventanas.

Pues bien, por la calle de la Amargura vivía una anciana en uno de los
palomares de la esquina de la calle de Candelaria. Todas las noches, a eso
de la medianoche, salía a espiar por la ventana; en una de tantas noches, la
vieja vio que pasaba una procesión de rezadores; uno de ellos se paró y le
dio dos candelas de las que llevaba en las manos y le pidió que guardara,
pero le dijo que las colgara en la cabecera de su cama, y que pasaría por
ellas a la noche siguiente; ella, muy asustada, las colgó donde el rezador le
dijo. Al otro día lo que encontró fue un largo hueso fémur; asustada, salió
gritando al patio del palomar. Entonces, una de las inquilinas le dijo que se
la habían ganado los rezadores y que saliera con un niño en los brazos.
Los rezadores empezaron a pasar cerca de ella; en una mano tenía las
candelas y en la otra cargaba al niño. Al acercarse el que le había dado las
candelas, ella se las tendió y, al ver al niño el rezador, se las quitó y se fue
con los demás (¡el niño la había salvado!).

Entonces, los vecinos le fueron a meter una gran bulla al padre de la


Candelaria, hasta que lo obligaron a echar agua bendita por la calle de la
Amargura y la de Candelaria. Entonces, los benditos rezadores de la
noche, como son unos jodidos, se fueron de allí, pero aparecieron al poco
tiempo por el barrio de Santo Domingo; pero la pobre vieja se pudo salvar
y ya nunca volvió a asomarse por las ventanas a espiar.

Bibliografía sobre espantos guatemaltecos


Lara Figueroa, Celso Arneldo (1972): «Leyendas y casos folklóricos», en Narraciones
hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial Magisterio Español,
pp. 112-25.

Espantos costarricenses

La Tzegua

Caminaba por el pueblo de Desamparado, en la república de Costa


Rica, a mipequeña estancia que distaba apenas dos kilómetros del lugar.
Me acompañaba un hombre del campo, alma ingenua y sana que había
logrado conservar, con su pureza, su nativa sencillez. Yo que amo esas
almas, vírgenes de artificio y me complazco en penetrar en ellas,
escuchaba atento su conversación, y solo de cuando en cuando le
interrumpía para hacerle una pregunta que era algo como un buceo. Ni un
aleteo de viento movía los árboles, nadie transitaba por el camino y reinaba
un silencio majestuoso en la plenitud de la noche soberbiamente
constelada. Apenas si venía a turbar esa calma solemne, como un crujir de
raso, el murmureo apagado de unriachuelo linfático que discurría lamiendo
las piedras, en el fondo de un próximo barranco. De pronto oímos el golpe
acompasado de un caballo que trota bien, opacado el golpear de sus
cascos por el piso de tierra.

—Alguien viene —dije a mi compañero.

Puso alerta el experto oído de hombre de campo y con la seguridad


del que está convencido de lo que afirma, contestó:

—No viene por este camino; va por el otro de más arriba.

No había acabado de pronunciar esta frase, cuando se apagó el ruido


de las pisadas, como si el jinete se hubiera detenido de pronto.

Unos momentos después debió seguir la marcha, pero en lugar del


rítmico golpear del trote se dejó oír el repiquetear desatentado de un
galopetendido. Con voz ahuecada que parecía envolver un supersticioso
respeto, el campesino murmuró:

—-Ese caminante se ha encontrado con la Tzegua. Pero no tenga miedo,


patrón; a nosotros no nos sale: somos dos, y para ajuste caminamos a pie.

—¿La Tzegua? —prorrumpí con extrañeza— ¿Qué animal es ese?


Me pareció que una sonrisa había retozado en los labios de aquel
buen hombre, que repuso, como si no se animara a creer en mi ignorancia:

—¡Pero, señor, cómo es posible que usted que lee tanto no sepa qué es
la Tzegua! Es el mismo demonio y Dios lo guarde de encontrarse con ella.

—Te aseguro que no lo sé; explícamelo.

Estábamos ya muy cerca de la estancia y seguía oyéndose la


vertiginosa carrera del caballo; los perros que nos habían olfateado
ladraban, no en son de alarma sino de gusto; la noche era fresca, las
estrellas regaban siempre su oro pálido sobre el vasto paisaje, y el
riachuelo linfático proseguía en su crujir de raso. El ambiente todo parecía
convidar a los consejos y relatos misteriosos. Comenzamos a caminar más
despacio, y el rústico, con su sabor de poesía que solo es propio de la
credulidad de las imaginaciones en bruto, se expresó así:

—No hay uno solo de los que han visto a la Tzegua, que se haya quedado
como era antes. Hombres fuertes, sanos, colorados, que nunca se
afligieron por el trabajo, después de que se les apareció, resultaron
amarillos y flacos, y flojos. Algunos también se murieron de puro susto —
y citó a varios de los que habían perdido la vida a causa de la terrible
aparición.

—No es fácil verla —prosiguió diciendo— en todas partes; son ciertos


lugares los que le cuadran. Por aquí anda siempre y por eso, fíjese que es
raro ver un caminante a caballo solo. Casi siempre van dos juntos.

—¿No es posible que la vean dos? —le interrumpí.

—Cuando va uno solito, es que se asoma —-repuso hilvanando de nuevo


su relato, con la satisfacción del que sabe que es escuchado con vivo
interés—. En algún sitio lejos del poblado, sobre todo si hay arboleda y el
camino es estrecho, es cuando le gusta sorprender a los viajeros. En
medio del camino se presenta y con una voz muy dulce y muy débil, como
si estuviera muriendo, dice: «Señor,estoy muy cansada, y tengo que ir a
ver a mi madre que está enferma; me quiere llevar al pueblo de...» y dice el
nombre del pueblo que está más cerca, porque, como es el mismo
enemigo, todo lo sabe.

—¿Entonces es una persona, o tiene el aspecto de persona? —me atreví


a interrumpirle nuevamente.

—Es una joven muy linda, blanca, con los ojos negros y grandes, el pelo
rizado y la boca preciosa. Todos los que la miran así se encantan de ella y
sobre todo les da lástima porque se ve cansancio en la cara y se le siente
en la voz.

Un céfiro fino comenzó a juguetear en aquel momento,


estremeciéndose las hojas con un temblor suave, como si un ser
misterioso e invisible se adelantara, abriéndose paso entre las ramas
tupidas. La naturaleza ayudaba al narrador.

—Ni los más cerrados se resisten a su ruego, y todos caen en su lazo. Hay
quienes le ofrecen la delantera de la montura y otros prefieren llevarla a la
grupa. Para ella es lo mismo. Cuando comienzan a caminar, si va adelante
vuelve la cara, si va atrás hace que el jinete la vuelva. Aquí lo espantoso.
Aquella mujer hermosa, ya no es ella. Tiene la cara como la calavera de un
caballo: los ojos lanzan fuego, enseña con amenaza los dientes pelados y
muy grandes, tienen la boca abierta y arroja un vaho por aliento que huele
a podrido. Al mismo tiempo sus brazos como fierro se agarran del jinete. El
mismo caballo que parece que se da cuenta de lo que lleva encima, arranca
a correr como loco sin que ninguno lo pueda contener.

—¿Y que pasa después?

—Los que al hacer montar a la joven hermosa han tenido malas


intenciones, esos mueren todos, y se les encuentra tendidos con los ojos
abierto y saltados; los otros, ya se lo dije, para toda su vida quedan sin
servir para nada.

Llegábamos al portón de la estancia y los perros ladraban más fuerte.


Yo entre tanto me internaba en una profunda meditación. ¿No tiene una
enseñanza muy saludable esta fantasía? ¿Quién en el camino de la vida no
se ha encontrado a la Tzegua? ¿Quién no ha sentido la seducción de la
belleza con todos sus hechizos físicos y nada más? ¿Quién en un
momento no ha tomado el similor por oro? ... Y... después, la debilidad en
el cuerpo o en el alma, la muerte acaso.

La Tzegua, grande o pequeña, con huellas de arañazo o surco de


arado, todos la hemos encontrado en nuestro camino.

(Relato de Máximo Soto Hall, incluido en Antología ibérica y americana del


folklore, selección de Félix Coluccio, Buenos Aires: Ed. Kraft; cortesía de Il
Gondolieri, para el cual, desde aquí, un abrazo).

Máximo Soto Hall: Nace en Guatemala en el año 1871. Es uno de los escritores
más representativos de su patria: su obra posee un importante significado
político y social. Todas sus creaciones se desarrollan esencialmente en el
ámbito americano, mostrando las características del paisaje de América, sus
mitos y leyendas. Muere en 1944. Algunas de sus obras son: Poemas y
rimas, Costa Rica en el siglo XIX, Los Incas, Los Mayas y Geografía de
América.

Espantos dominicanos

Ciguapa

La leyenda de La Ciguapa no escapa a las líneas de lo sobrenatural. En toda la


República Dominicana se cree que existe un ser, posiblemente una india, con
los pies revés, los calcañales hacia adelante, bella melena que le llega hasta
más abajo de la espalda, incapaz de hablar pues sólo emite un sonido gutural, y
dada al rapto de los hombres que le gustan.

La Ciguapa vive en cavernas montañosas, pero a veces se puede localizar en


los charcos de los ríos, en la noche de luna nueva. El hombre que responde al
canto de la Ciguapa está perdido.

Su canto es embrujador , y en eso tiene una relación profunda con el mito griego
de las leyendas odiseas.

Según los campesinos y aun la población metropolitana, la ciguapa sólo puede


ser capturada con un perro blanco y negro, con patas cinqueñas, o sea con
cinco dedos, en noche de luna.

La ciguapa entra de lleno en la literatura dominicana en los libros que hablan de


leyendas, pero se acomoda en la narrativa con escritores como Manuel Mora
Serrano, y recientemente Emelda Ramos.

Usando del molde clásico, y mezclando mundos griegos, leyendas y fórmulas


dialogales, Mora introduce la temática legendaria antillana dentro de la temática
grecolatina.

Resguardos contra cerdos cimarrones, leyendas marineras en donde surge el


elemento de la piratería, personajes como el poblado-personaje de Goeíza, que
también es reunión y areito moderno, (1980), invencion del autor para justificar el
mito, enraízan esta novela en el suelo de lo sobrenatural. La mezcla de tiempos
y personajes abundosa y lúbrica, permite la recreación de un espacio mitológico
en el cual lo nacional y lo clásico se revelan como parte de un todo.Las Galeras,
lugar de Samaná en donde hubiera el primer enfrentamiento entre españoles e
indios en 1492, es el escenario sobrenatural de Mora, en donde los campesinos
hablan como poetas clásicos y en donde la leyenda anida, desova, y se
reconstruye a sí misma.
Personajes como el pirata puertorriqueños Roberto Cofresí se mueven como
sombras en la novela. La ciguapa es un símbolo de libertad lejana, un leyenda
que transita del mar a la montana.

Domitila Ciguapa aparece como invocación en los finales del relato, pero se
presiente en todo el libro. Domitila emergió desde el mito, era venerable y
antigua y venía acompañada de tres jóvenes ciguapas. Desnudas, con los pies
volteados, daban origen al asombro, hasta que Aurelia, una de ellas, llena de
amor, ardiente, se fundió entre las aguas matando peces y elevando el calor de
los riachuelos. La invención de Mora Serrano es un punto cargado de poesía, es
prosa de buen poeta que restalla en metáforas incandescentes.

Mora Serrano rescata, por así decirlo, lo que él mismo llama "el mundo de las
ciguapas". Ayunos, ceremoniales, ciguapos que no procrean, espacio en donde
la ciguapa es una especie de amazona que comercia con su carne porque el
ciguapo es totalmente infértil, tan inútil, quizás, como el zángano de los panales
de mejor miel.

[Héctor Amarante].

Espantos bolivianos

Cadete Rojo

El liceo militar en la capital de Bolivia, Sucre, es un edificio que data desde los
primeros años de la República. Fue escenario de luchas sangrientas y de
asesinatos injustificados por parte de aquellos que querían detentar el poder
político nacional.

Cuentan que mucho tiempo atrás, una triste muerte tuvo lugar en los patios de
aquel edificio. Un cadete, montando a caballo y demostrando sus destrezas a
sus superiores, intentó saltar una altura que no le fue posible al animal, por lo
que el jinete, cayendo de cabeza justamente en el filo de un instrumento filoso,
la perdió, muriendo instantáneamente.

En la fecha de su muerte, cada año, la escena se repite. En la oscuridad de la


noche y cuando las campanas suenan las doce. Se escucha el sonido de un
caballo encabritado, luego un galope frenético y al final el sonido seco y
desgarrador de una cabeza rodando por los suelos de todo el edificio. Al final de
la escena, un jinete sin cabeza y con el uniforme teñido de sangre aparece
galopando por los patios del Liceo.

A aquel personaje singular se le conoce con el nombre de El Cadete Rojo; su


fama ha trascendido los muros del liceo militar y se ha convertido en un ser
mítico que espanta a la ciudad de Sucre [Joaquín Leoni].

Espantos chilotas

El archipiélago de Chiloé, en Chile, es, en opinión al menos de los lugareños, el lugar


donde más llueve del mundo. No faltan en su enmarañada floresta encantos y
espantos, de entre los que sobresale el Caleuche.

El Caleuche

Es bajel fantasma, de visión tremebunda, al que otros llaman Buque de


Arte, Buque de Fuego, Barcoiche o Buque Fantasma (Plath 1979: 482). De él
nos dice quien sabe que ese barco espectral, con su tripulación de esqueletos
navegando a velas desplegadas y brillantemente iluminado por luces de
Santelmo, puede aparecérsenos en el recodo de cualquier canal; constituye una
visión corriente allá y muchos lo han contemplado, para su daño. Dicen que
presagia locura y muerte... Habré de creerlo, puesto que nadie es
inmortal (Schiavetti 1972: 145).

Según Plath 1979: 482, Calueche viene de caleun, «transformarse» y che,


«gente». El nombre significaría, pues, gente transformada.Este sentido
mutable se aprecia mejor en relatos como el que el propio Plath 1979: 149 nos
ofrece:

En Chiloé, una casa sentada a la orilla del mar, dicen que está habitada por
fantasmas y es corriente afirmar que los tripulantes del Caleuche la ocupan para
sus fiestas. Se cuenta que un grupo de jóvenes decididos se introdujeron una
noche armados de palos, escopetas y revólveres y sólo se encontraron con
perros que les mostraban los dientes, gatos encrespados, serpientes
enroscadas y otros animales que corrían en todas direcciones.

Estos animales, según el pueblo que supo la aventura, serían los tripulantes del
Caleuche que se habrían transformado, poder que tienen los marineros como
igualmente esta embarcación fantasma.

Lo cierto es que a esta juventud arriesgada, la vida se les fue antes del año.
Apenas se embarcaba alguno de ellos, se enfurecía el mar y la embarcación se
perdía; otros se ahogaron y aparecían flotando en las aguas o tirados en la
playa, y del resto se dijo que habían sido secuestrados por los tripulantes
del Caleuche.

Bibliografía sobre espantos chilotas

Plath, Oreste (1979): Folklore chileno, Santiago: Nascimento.


Schiavetti de Gómez, Lina (1972): «El lago de Cucao (leyenda chilota)»,
en Narraciones hispanoamericanas de tradición oral. Antología, Madrid: Editorial
Magisterio Español, pp. 145-8.

Espantos mexicanos

Chanecas

En la región de los Tuxtlas (centro del estado) y en Coatzacoalcos (sur) se cree


en estos personajes: son mujeres jóvenes entre 15 y 20 años de fuertes risas y
jolgorio; se encuentran cerca de las laguna y pozas y gustan de bañarse a cada
rato, con lo cual seducen a los hombres que llegan a verlas. Éstas se los llevan y
pueden llegar a perderlos por algún tiempo. Viven en las copas de la Ceiba.
[Gilberto Cházaro].

Chaneco

Ser mítico llamado también el chane. Habita debajo de la tierra, donde tiene
comida en abundancia: miel, frutas, aves, y otros animales; su mesa es una gran
tortuga, su sillas son los armadillos. La leyenda dice que es él quien cuida los
bosques y a los animales. Una leyenda cuenta la historia de un cazador, que era
engañado por su esposa, fue perdido por el chaneco en lo espeso de la selva,
allí el chaneco le dijo que tenía una deuda muy grande por todos los animales
que había matado, y que además su mujer lo engañaba con otro hombre, el cual
se comía lo mejor de las presas que él cazaba. El chaneco hizo pagar al
hombre por los animales cazados, ordenando al garbos que azotara con su cola
de espinas al cazador.

Una vez azotado, el chaneco le dijo que se fuera a su casa y que recordara que
por culpa de su esposa había sufrido. El hombre regresó a su casa llevando un
venado, obsequio del chaneco, su mujer como de costumbre le dio de comer
muy poca carne al cazador, la demás la guardó y esperó a que éste se durmiera.
Creyendo que su marido estaba dormido, la mujer salió con la mejor parte del
venado en busca de su amante. El cazador, que estaba fingiendo dormir, la
siguió y vio cómo ella preparaba una gran olla de carne y suficientes tortillas
para darle de comer a su amante. El cazador, que nunca dejaba su escopeta,
mató de un tiro al amante [Gilberto Cházaro].

Chaneques (Ocha-Neke)

En la zona centro del estado, los chaneques son identificados como niños con
cara de viejos, y su finalidad es extraviar a niños y adultos. Se cree que
los chaneques viven en el inframundo, al cual nadie tiene acceso: la entrada es
una ceiba seca.
La leyenda dice que los chaneques sienten una gran debilidad por los niños y
las mujeres, quienes son más fáciles de conducir a lugares ocultos. Ahí (al pie
de una ceiba seca) son perdidos entre tres y siete días, nadie puede verlos, y
por ello sus parientes pierden la esperanza de volverlos a ver. Cuando los
perdidos vuelven, no pueden recordar nada. Para protegerse de
los chaneques es necesario voltearse la camisa al revés si es que uno va a
transitar por caminos desconocidos; también existen amuletos como cruces de
palma o el Ojo de Venado.

En el sur del estado la creencia general es que estos seres viven en pozas,
lagunas, lagos y ríos y en túneles cuya entrada es siempre una ceiba. En esa
región, los chaneques son hombres jóvenes y hermosos que enamoran a las
mujeres para perderlas o vivir con ellas un tiempo, del mismo modo que
las chanecas a los hombres.

Los chaneques pueden ser buenos o malos: los malos son los que gustan de
perder gentes, cambian las cosas de lugar o las esconden. Para evitarlo es
necesario gritarles groserías o ¡¡déjame Juan!! . Los chaneques buenos están
relacionados con el orden, con la armonía del mundo, son ellos los que cuidan
los bosques, podan los árboles de sus ramas secas (por eso las ramas secas se
caen de los arboles) y cuidan a los animales que son heridos por los cazadores
[Gilberto Cházaro].

Según algunos, Chaneque es nahuatismo procedente de chanequet, «vecino,


guía».

El ánima de Juan Soldado

Ánima en pena que se te acerca para pedirte que le reces (sobre todo se conoce
en las partes rurales del Estado de Sonora y por ahí a la vera de una de las
autopistas tiene un santuario).

El Coludo

Espanto que asusta a los niños que no quieren dormir.

El Duende

Según Dolores Molina es un personaje que se aparece con forma de un niño al


que le gusta asustar a la gente y hacer travesuras. El Duende no habla con
nadie, sólo se aparece de pronto, puede caminar al lado de alguién sin que este
lo vea directamente, puede llevarlo de la mano sin que se dé cuenta de su
presencia, pero otros que estén más lejos tal vez sí lo observen. Anda por toda
la ciudad y en Cuxtitali se pasea por las calles al igual que en algunos hoteles
del valle de Jovel; al menos eso dicen los trabajadores del ramo. (...) El duende
en realidad no siempre es malo, pero puede serlo en caso de que hagan algo
para ahuyentarlo.

(Dolores Molina Rosales: "Nunca es de día, de día nunca se ve" en Vergara


Figueroa 1997: 57-72).

Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en Lima y en Santiago (Argentina).

El Esqueleto Rumbero

Singular espanto bailarín.

El Viejo Comeniños

Espanto que devora críos con su boca sin dientes, feo y decrépito. A veces se le
atribuye origen náhuatl.

El Viejo del Costal

Un anciano malvado que roba a los niños y se los lleva en su costal. Similar
al Hombre del Saco.

La Calaca

Calavera de un difunto que te persigue por las noches cuando andas de chico ya
muy tarde y solo por las calles.

La Condesa de la Hacienda San Cristóbal

Según nos cuenta Carlos Vásquez Olivera, La Condesa de la Hacienda San


Cristobal nació enFrancia en el siglo XVIII. Su familia emigró a España y ella
ingresó a la corte de Madrid, donde aprendió "las características refinadas de
una cortesana". Por su forma de vida tuvieron que salir de Europa hacia la
Nueva España. Vivieron en la ciudad de México y formaron parte del sector
privilegiado.

Por las mismas circunstancias tuvieron que abandonar la ciudad y se instalaron


en la hacienda San Cristóbal. En sus propiedades la condesa sostuvo relaciones
con su servidumbre de campo: vaqueros, charros, yunteros, etc. Se caracterizó
por la severidad con que sometía a sus trabajadores; debían cumplir al pie de la
letra sus órdenes de trabajo o responder a sus propuestas de seducción; en
caso de negarse o incumplir eran torturados en unos cuartos y bartolinas que
mando construir o en su caso emparedados.
Antes de morir dejó un testamento al sacerdote jesuita que la atendió; en él
prometía indemnizar a los familiares de los hombres torturados o emparedados,
construir iglesias en tres de sus haciendas y fundar un hospital y un hospicio.
Para cubrir estos gastos indicaba al sacerdote dónde había escondido el dinero;
sin embargo, por la expulsión de los jesuitas de la Nueva España este dato se
perdió y no se cumplió su proposito.

Desde el siglo XVIII la Condesa se ha aparecido a los empleados de la hacienda


de San Cristóbal, a los habitantes de los poblados cercanos, incluyendo a los de
Acámbaro. En la ribera del río Lerma se la ha visto y oído como una mujer que
se lamenta y llora.

Carlos Vásquez Olivera nos proporciona un relato recogido por él en la hacienda


San Cristóbal:

Era Semana Santa y toda la familia de los cuidadores que estaban ahi se iba a
misa en la mañana a las once o doce... y se quedó un trabajador ahí. Dice que
empezó a oir un montón de caballos correr, como una manada... empezaron
unos toquidazos, sale y ve una carroza toda de negro, con sus caballos
preciosos, negros, y se empezaba a bajar una mujer toda vestida de negro, con
un sombrero y encima de éste traía un velo; dice el hombre que era mujer
preciosa, pero que estaba flotando.

(Carlos Vásquez Olivera, "La Condesa de la hacienda de San Cristobal"


en Vergara Figueroa).

La Mano Pachona

Pariente de la Mano Peluda.

Nahual

En el sur de Veracruz, figura mágica parecida a la tona o tono, por lo que no


debe maltratarla, pues puede ser nuestro propio espíritu o nahual. Se cree que
es el espíritu de ascendencia animal o vegetal que protege a la persona de
cualquier mal. Igualmente (en el norte del estado) puede ser una especie de
bruja o brujo con el poder de convertirse en animal para robar alimentos o
malograr sembradíos [Gilberto Cházaro].

Penas

Segun Dolores Molina, muchas veces están relacionadas con dinero enterrado.
Las almas en pena dan señales de donde está el entierro y en algunos casos
indican qué se debe hacer para encontrarlo. Después de que se han seguido las
indicaciones las almas descansan, pues nunca más vuelven a aparecer. Sin
embargo no todas están relacionadas con dineros escondidos y hay algunas
penas que se han modernizado y viajan en taxi. Dolores Molina cuenta una
historia que también he escuchado contar a algun taxista limeño que le había
pasado a un colega:

una mujer que le pidió llevarla a recorrer la ciudad, que después le dijo que la
llevara a su casa y al llegar le pidió que esperara fuera pues iba por el dinero
para pagarle... La chica nunca regresó, por lo que el taxista desesperó y se
dirigió a la casa para cobrar. Tocó la puerta y quien le abrió le dijo que en esa
casa ya no vivía esa chica, que había muerto hace más de doce meses.

(Dolores Molina Rosales: "Nunca es de día, de día nunca se ve" en Vergara


Figueroa 1997: 57-72).

Bibliografía sobre espantos mexicanos

Vergara Figueroa, César Abilio —coordinador— (1997): Yo no creo... pero una vez,
México: JGH Editores, Colectivo Memoria y vida cotidiana, Consejo Nacional para la
Cultura y las Artes

Gracias a Gilberto Cházaro,


el de los cuentos, que desde Veracruz
nos ha invitado a entrar de su mano en
muchas de estas leyendas. Para
cualquier comentario o sugerencia,
puedes escribirle a la dirección
[email protected]

Espantos colombianos

Después de la conquista, que terminó en 1580, viene la época de _la colonia_,


hasta 1720, en la que se afinca el poder del español pero al mismo tiempo, se
inicia la mezcla cultural con las creencias y costumbres indígenas y negras. De
esta simbiosis nace una cultura nueva, autóctona y extraña para los
europeos. Los sepulcros tradicionales se convirtieron en guacas; las lagunas
sagradas, en recursos de aguas y en medio de explotación aurífera; los bosques
empezaron a transformarse en potreros... El maiz, el frijol y la yuca, base de la
alimentación indígena, encontraron compañía en el trigo, la caña y el plátano,
comienzan a aparecer las haciendas, las villas y los pueblos y con las nuevas
comunidades, los mitos y las leyendas. Se conforman provincias culturales, con
sus expresiones y manifestaciones distintivas, en donde se cruzan en diversas
dosis creencias y saberes mediterráneos, africanos y amerindios.
Es frecuente la división de los espantos colombianos en tres categorías: mitos
mayores (la Madremonte, la Patasola, la Muelona, la Madre de Agua, el
Mohán, el Patetarro, el Hojarasquín del Monte,el Poira, el Sombrerón, la
Barbacoa, el Cura sin Cabeza, la Candileja), mitos menores (el Tunjo, el
Gritód, la Mancarrita, la Rodillona, la Viudita, María la Larga, la Mechuda, la
Vieja Colmillona, la Dama Verde, el Cazador, el Jinete Negro, el Perro Negro, la
Mula de Tres Patas, el Pollo Peletas) y asustachicos (la Mano Peluda, el
Chucho, María Pimpina, la Vieja Inés, Mareco, la Tarasca, el Chupasangre).

El Bracamonte

Tomás Carrasquilla describe así a este espanto en su novela La marquesa de


Yolombó:

Aquí, el más funesto y espantoso de estos enemigos: El Bracamonte,


incógnito y misterioso. Ningún ojo humano le ha visto, porque nunca sale
de sus espesuras; mas desde ellas hace sus estragos; sus bramidos y
baladros son tan pavorosos que, en oyéndolos, se echan a temblar los
ganados y perecen, entre horribles convulsiones. De cuanta peste
sobrevenga en hatos y en corrales tiene la culpa El Bracamonte. ¿Qué
contra puede tener este malvado? (Carrasquilla 1974: 121).

El Buque Fantasma (Maravelí)

En la costa pacífica colombiana existe la leyenda del buque Maravelí, que en


forma misteriosa viaja por las noches en el Océano Pacífico. Los bogas y
pescadores ven este buque fantasma en los días de la Semana Santa: sube y
baja con las olas y huye de los tifones violentos, según las gentes, lleva
lámparas amarillas con candelas en el palo mayor. Su luz refulgente es de tal
intensidad que enceguese a los animales, hiela la sangre de los hombres y daña
los sembrados.

La rapidez del Buque Fantasma es impresionante según los costeños del


Pacífico. En un instantes de encuentra en el Mataje, pasa a la ensenada del
Gallo, en las abras de Ancón de Sardinas, o se balancea indolente en la isla de
los Cocos o en el Malpelo coralino.

Algunos pescadores de Iscuandé dicen que el Buque Fantasma tiene como mil
brazas de largo, quinientos pies de eslora, una gran manga, ochenta pies de
puntal y una velocidad incalculable.

Las gentes hablan de que en el Buque Fantasma se hacen fiestas misteriosas


con bailes siniestros, diversiones de aquelarre, música con instrumentos
antiguos, y se escuchan gemidos, cadenas, seres que lloran y maldicen, gritos
profundos y un ambiente de misterio y desolación.
El Buque Fantasma lo han visto los marinos de Tumaco y los bogas de
Barbacoas. Existe la creencia de que es la proyección de un buque que hizo
tráfico de esclavos en la época colonial; otros relatan que es el fantasma de un
buque que cargaba las riquezas que se obtuvo de las explotaciones del caucho
y del cacao de las regiones de la Amazonia, el Putumayo y el Caquetá, y que se
hundió en el Pacífico con toda su tripulación.

Existe la creencia de que quien mira de cerca el Buque Fantasma se


enloquece, o queda ciego, o muere lanzando gritos espantosos; los perros
aúllan y los animales corren presos del terror. El Buque Fantasma viaja sin
descanso a toda máquina, estremece los bosques de manglares y llena de
misterio la naturaleza. Es el terror de las gentes del litoral pacífico.

[Ocampo López 1996: 288-90)

Una narradora local nos cuenta así:

Es otro fantasma marino: éste sale en forma de un barco muy hermoso y bien
iluminado; y él sale por las noches, por ocasiones, en el pueblo de Guapi, o sea
en mi pueblo. Lo veíamos y decíamos las muchachas:
«¡Ay! Ahí viene un barco». Al otro día preguntábamos: «¿Qué barco llegó?» —
«No, no hay ningun barco». Vamos a ver a la bahía y no había ningún barco.

Pero de noche nosotros vimos un barco bien bonito que venía bien iluminado.
No había barco... barco. El Maravelí es un fantasma; y esta tripulación son de
personas que hacen pacto con el diablo, para conseguir dinero. Ellas hacen la
lista y hacen un compromiso para que el diablo se adueñe del alma de esa
persona. Llaman lista y todos tienen que contestar. Si las personas no han
muerto todavía dicen: —«No han llegao». Pero el que va navegando y se arrima
a él oye esa llamada de lista, o sea que las personas que tengan por ahí familiar
—en Guapi le dicen el familiar— que hace de gato negro y le da de comer esos
cientos y cientos de huevo, mucho cuidado que vaya a estar en la lista del
Maravelí.

(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista, en el Primer Encuentro


Regional de Contadores de Historias y Leyendas Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias de tres encuentros, Instituto Andino de artes
populares, Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 66).

El Burro

Leyenda del Tolima.El papá de mi tatarabuelo tenía un burro únicamente


para diversión delos niños. Era un burro dichoso y consentido. Jugaba,
jugaba y jugaba.
Un día cualquiera lo pusieron a cargar la leche. Con todo y vasijas, el burro
salió a toda carrera, llegó al precipicio de La Pola y se arrojó al Río
Combeima.

En la playa resplandecen todavía sus huesos en las noches oscuras.


Muchos son los que lo han oído rebuznar, como jugando. De ellos, unos
han caído también en el precipicio, y otros han perdido el habla o quedado
tataretos (Alarcón 1972: 159).

El Cazador

Mito menor. Habita en la región montañosa del Tolima. Es sólo un grito lastimero
que se oye en el monte o en las quebradas, acompañado de los latidos de un
perro de cacería. No se dejan ver y únicamente asustan a los cazadores que se
adentran en el monte.

El Chucho

Asustachicos. Duende travieso al que se le achacan costumbre de vampiro o de


caníbal. Puede estar tanto debajo de la cama como en el solar o en el techo de
las casas. No tiene figura y puede ser cualquier cosa, con tal de que sirva para
calmar a los niños rebeldes y trasnochadores.

El Chupasangre

Asustachicos. Vampiro antropomorfo que podía ser llamado por los padres de
los niños malos para conseguir no dijeran mentiras ni tomaran las cosas ajenas.
También podía aparecerse en cualquier calle oscura o solar abandonado a los
que tenían pecados ocultos.

El Chutun

Asustaniños de los campesinos de Túquerres, en el sur de Colombia. Ataca


el Chutun a los niños que acuden a coger cherches: una suerte de uvas
silvestres con cuyo jugo irritante juegan los niños, arrojándoselo a los ojos unos
a otros. El entundado por el Chutun puede llegar a morir, y sufre en cualquier
caso malamente; cosa que, a fuer de honestos, también ocasionalmente
acontece a quien, más llanamente, se intoxica en exceso con los muy indigestos
cherches..

Álvarez 1972: 260-1 describe al Chutun como una especie de enano, de ojos
azules, de cabellos rubios, de cara infantil, pero con patas de gallo en lugar de
pies humanos. El Chutun aparece en tiempo en que las matas de cherches se
agobian con el fruto, y precisamente para cuidar las matas [...] El que es
entundado por el gnomo criollo de la región turrequeña se siente atontado y
débil, sufre de alucinaciones y son necesarios para curarle los conjuros de los
curanderos de la región. Los médicos nada pueden contra los males de la
entundada del Chutun; solamente los curanderos logran curar el mal, y así, con
frecuencia, se ve a éstos aplicando sus exorcismos y unturas y bebedizos a los
enfermos víctimas de la entundada del niño patas de gallo.

Se dice al Chutun hijo del mismo Diablo. Así lo asegura al menos el canto,
citado por Álvarez pág. 263, con el que las curanderas ensalman a los por él
entundados:

El Chutun hijo es del diablo


y la bruja de Sapuyes;
quien su entunde curar quiera
sóbese sangre de cuyes
Para el mejor entendimiento del encanto, conviene saber que el cuy es otro
nombre del curí o conejillo de indias, abundante en Túquerres; la curandera
moja sus manos en sangre de cuy, y soba con ellas la barriga del niño
entundado.

El Cura

Bueno; estando mi mamá muy pequeñita, vivían en una finca donde un


viejito muy hambriento y todas las noches tenían que hacerle arepa caliente,
freírle chicharrones y todo pues, para merendar. Entonces, una noche estaban
en la cocina ella y mi mama cuando se apagó la vela y dijo: vaya, vaya Rosalía
adentro traiga una vela que papá Andrés se va a enojar porque no le llevamos
esa merienda ligero. Salió la niña que estaba por ahí de ocho
años —estaba haciendo mucha luna y había un patio muy lindo, eso era en una
finca— y cuando ella alcanzó a ver un sacerdote que estaba al pie de un
cerco y se volvió a los gritos para la cocina que ahí había un cura, que
ahí había un cura. Volvió, mandaron a otra de las muchachas que fuera por
la vela y tuvo que ir, tuvieron que ir y llevarla a la cama porque ella no
quería volver a salir de la cocina. Se acostó con las hermanas porque le
daba miedo dormir sola, cuando a los gritos, tarde a la noche: mamá, mamá,
aquí está ese cura. Dijo: pero, cómo, pare esa bulla. Entonces el viejito
repelente: eh, esas son bullas de muchacha; eso es zalamera. —Mama aquí
está ese cura y me está diciendo que allá donde estaba parado hay un tesoro;
que una parte es para hacer una corona para la patrona del pueblo y otra parte
es para mí.

Y no hubo forma de que el viejito dejara dañar el patio, no dejó que cavaran; que
él no dejaba dañar ese patio, que eso eran mentiras de mocosa y en fin.
Pasaron los años, mi mamá se casó, ya tenía dos hijos y en esa finca donde
ellas vivían había unos compadres. Cuando se vinieron al pueblo donde mi
mamá y le dijeron que fuera, que allá se había aparecido ese cura a decirles que
sacaran ese encargo que era para ella.

Viendo que ella no iba se pusieron a cavar ellos y volvió y se apareció el


cura a decirles que no, que eso era para Rosalía Trujillo. Y ese tesoro se
quedó escondido porque no hubo forma que dejaran dañar esa tierra por allá.

(Contado por Graciela Raigosa, 62 años, en el Tercer encuentro regional de


contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia, 1989. En Memoria de
tres encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andres Bello,
Quito, 1990, p. 176)

El Demonio

Personaje muy traído y muy llevado en tiempos de sermones y de


cuaresma, ya que este diablo tiene alguna posición social y es muy
adinerado, a juzgar por las ofertas que le hizo a N. S. Jesucristo.

Los curas y las beatas lo calumnian metiéndolo en enredos que no le


importan y que por ser de escasa monta, los deja para diablejos de menor
cuantía.

El demonio se entiende con cosas del Estado, en empréstitos ventajosos y


contratos leoninos; sentencias de prevaricadores y testimonios falsos y
otras cosas grandes que llevan envueltas pingües utilidades. Es gran
amigo de los funcionarios dolosos y protege a quienes atentan contra la
seguridad pública y perturban la paz de las naciones y procura inspirar a
ciertos diplomáticos.

Predica el atentado personal y es partidario de la acción intrépida, por


consiguiente es el inspirador de ciertas consignas que pone en labios de
sus amigos como esa de "a sangre y fuego" (Escobar Uribe).

El Diablo

Aunque el diablo fue traído por los misioneros desde el primer viaje de Colón, las
personificaciones son decididamente criollas y han sido utilizadas siempre como
asustadoras. Desde niños hemos sido advertidos con aquel no haga eso que se
lo lleva el diablo; ya mayores, la advertencia cambia a: usted es un demonio;
para que, al final de los días, o cuando alguien está muy mal, se diga se lo va
llevar el putas. Véase al Diablo variamente declinado como Satanás, el
Demonio, el Patas, el Putas, el Puto Erizo, el Uñas, el Diantre y el Macho
Cabrío.
El diablo es muy común en todo el país y en el resto del universo mundo,
pero allá, a más de temido, se le conoce como putañero, pues es éste el
que mete baza en los matrimonios, tienta a las doncellas, malogra las
vacaciones piadosas, tiene dares y tomares con las beatas chupavelas y se
aviene muy bien con los clérigos libidinosos que se las dan de santones.

El diablo es muy parrandero y siempre está de farra: va a todas las ferias y


fiestas de plaza; no falta en romerías, novenas y alumbrados; entra a las
púdicas de los ejercicios espirituales para hacer perder el fruto de ellos y
en las fiestas patronales siempre lo verán acompañando a las parejas de
enamorados cuando regresan, de media noche para el día, a sus casa de
campo, después de oír los encendidos sermones del padre predicador, en
los cuales le pone de verde y azul, denostando contra el infierno, los
excesos de la carne, las malas compañías, la fornicación, etc., para resultar
luego que el diablo, quien no pierde el tiempo, lo ha hecho aprovechar a
los feligreses debidamente, y poco antes de las otras fiestas anuales ya
están bautizando el fruto de los anteriores ejercicios de cuaresma (Escobar
Uribe).

El Diablo Colgado

A uno, cuando estaba pequeño, cuando estábamos en la escuela, nos


hacían creer pues, yo les puedo asegurar; pero en ese tiempo había mucha
misión. Iban los misioneros a las escuelas y los misioneros que
decían: vamos a buscar al diablo pamarrarlo, pa que no tiente aquí nia
nadies. Y se iban y quizque lo hallaban, que lo encontraban y ahí mismo lo
cogían y lo... Una vez izque amarraron uno en unos palos de tachuelo y
después la gente siempre izque lo vían ahí colgado, al diablo; pero eso si
yo no puedo dar detalles de cómo sería que lo amarraron. Era por
creyencia también pues, en ese tiempo, como el diablo sí lo vía cualquiera.
Sí, así; ahora siascondido por el miedo a los carros, por eso.

(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años, en el Segundo Encuentro Regional


de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria de tres
encuentros, Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 97).

El Diantre

El Diantre es el diablo de los humildes y de los tímidos, de los pobres y de


los jornaleros; es el diablo de los cansados y de los bobos; de esos que
hastiados de la vida y sus reveses, suelen exclamar con amargura: ¡hijuel
diantre!; y cuando la desilusión trae la resignación forzada, se conforman
diciendo: ¡qué diantre!
El Diantre es un diablejo sin poderío espiritual y sin ascendiente; tienta con
tanta pereza que nadie le hace caso; no son como las tentaciones de ese
otro que es convincente, dialéctico y materialista.

El Diantre ejerce un poder muy limitado en los dominios de su patrón, muy


pocos le creen y muy pocos se dejan convencer de sus asechanzas. Es lo
que pudiera llamarse con toda propiedad, entre los de su casta, un pobre
diablo.

Suele valerse de recursos de tentación tan inocentes para los agonizantes,


que no pasan de ser sandeces, porque para quien está a punto de
abandonar el mundo, tentaciones de dinero y de mujeres ya no tienen
importancia.

Del Diantre desconfían hasta los mismos de su oficio y como es un pobre


diablo, sin malicias y sin entendederas, le han encomendado lo que se
aduna mejor con sus capacidades.

El pueblo no le teme al Diantre y cuando lo mienta, generalmente lo hace


con desprecio y para mofarse de él (Escobar Uribe).

Joaquín Alipio añade sobre este personaje:

Interjección familiar que equivale a Demonio y que también se utilizaba para


asustar niños. El Diccionario de la Real Academia dice así: DIANTRE (Antes
Dianche). Lo mismo que demonio o diablo. Es voz muy vulgar y muy usada de
los ignorantes.

Antiguamente al Diablo o Demonio no se le citaba por su nombre. Cervantes


sigue esta norma y en El Quijote aparecen el "enemigo de la concordia"; el
émulo de la paz; el malo; el enemigo; el maligno; el tentador; formas
eufemísticas de la palabra Diablo, como de Demonio son "demonche o
demontre". Es tan malo el diablo, para la cultura del vulgo, que ni aun su nombre
se podía decir directamente, de aquí el mudárselo por otros parecidos y el
nombrarle por alguna de sus cualidades o señas: el malo, patas de gallo, Pateta,
Pedro Botero, Patillas, el Mengue, etc. ("si no te portas bien, te vas a quemar en
las Calderas de Pedro Botero") .

El Esqueleto

Había en Marmato, la gente le tenía mucho miedo asomarse a la


ventana después de las siete de la noche, que porque salía un esqueleto
que crecía; y entonces pues, los muchachos como siempre son
desobedientes, una noche no se aguantaron y abrieron la ventana, cuando
ven semejante esqueleto quiba creciendo y fue pasando del techo y
entonces y no tenian aliento ya ni de correr la ventana. Pegaron el grito y
ahí mismo corrió la mamá y los entró.

Bueno, pasaron los días y entonces, al frente de donde veían el esqueleto


ese comenzaron a hacer una construcción, y uno de los que estaba
construyendo encontró un cajón y mandó a los otros compañeros que
fueran dizque almorzar y se sacó semejante cajonado dioro y los dejó a los
otros viendo y se acabo el espanto del esqueleto.

(Contado por Graciela Raigosa, 62 años, en el Tercer encuentro regional de


contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia, 1989. En Memorias de tres
encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990).

El Fraile sin Cabeza (El Cura sin Cabeza)

Mito mayor, espanto de Antioquia. En muchas partes del país se cuentan


distintas versiones de las travesuras de este espanto, terriblemente horroroso.
Muchos que lo han visto, llegan a la casa y caen desmayados. Algunos han
quedado idiotizados de por vida (Jaramillo).

Proviene de la colonia y se le ve en Antioquia, el altiplano cundiboyacense, el


Tolima y los pueblos de tradición colonial.

Se refiere a un fraile sin cabeza o que la lleva debajo del chapuzón, que sale por
las calles de los pueblos en las noches sin luna, cerca del amanecer. Quien lo ve
pierde casi siempre sus facultades mentales.

El Gritón

Mito menor, espanto de Antioquia. Jaramillo lo describe así: Espanto de arriería.


El alma en pena de algún arriero que está deshaciendo los pasos por estos
andurriales. A veces en el día o en la noche, se oye su voz, arriando mulas o
bueyes fantasmas.

En los caminos recorridos por los arrieros antioqueños se escucha en las


madrugadas o al caer la tarde, sobre todo de noviembre, el grito de un arriero
que maldice a las mulas de su recua. Es un grito como de alma en pena que
hace erizar y perder el sueño de quienes lo oyen. Nunca se le ha visto, pero
cuando pasa, se siente un olor a estiércol de mulas.

El Gritón es un endriago infernal. Se dice que es hijo de una india que


expulsada de su tribu fue sorprendida en medio de la selva por el demonio y la
poseyó. De esta unión nació el Gritón. El Gritón es, pues, un ser mitad humano
y mitad demonio.
Su terrorífico grito, de donde viene su nombre, arranca los árboles de raíz, hace
temblar la tierra, desborda los arroyos y espeluzna a los seres que lo oyen.
Persigue a los hombres que osan cruzar la selva a media noche (Valencia
Salgado 1987).

El Guango (Guando)

La última víctima del Guango fue un peón de la Hacienda de Arriba, que se


había robado unas reses.

El Guango sí existe. Fue un hombre rico que, de enfermedad, quedó


paralítico. Era devoto de la Virgen de Chiquinquirá.

Ofreció a la Virgen una promesa para que lo alentara.

Un día les dijo a cuatro de sus sirvientes que hicieran un guango y lo


llevaran en él a cumplir la promesa.

Salieron rumbo a Chiquinquirá y, yendo en la mitad del camino, la Virgen


hizo el milagro. Entonces el rico caminó.

Se devolvieron al Espinal, pero al llegar a la casa murió de repente el


señor; y a los pocos días, los sirvientes.

En castigo, quedaron los cinco recorriendo el mundo con la camilla al


hombro, tal como iban para Chiquinquirá.

El que ve al Guango sólo distingue unas sombras. Sabe que es el Guango


por el chirriar de la camilla.

A quien el Guango encuentra en su camino le dice: «Ponga el hombro que


el justo pesa» e inmediatamente cae muerto (Alarcón 1972: 160).

Otra variante:

Yo tenía un muchacho, un sobrino, y él vivía lejito de allí, de la casa


onde yo vivía; y ahí se fue como a las siete de la noche pa la casa del, y
le dijimos: hombre, no te vas, quédate. No, que tenía que madrugar no sé
paonde, y dijo, bueno. Se despidió y se fue. Cuando por ahí a los diez
minutos ese hombre llegó y casi tumba las puertas de la carrera que
llevaba y yo le pregunte: hombre, ¿qué te pasó? Y dijo: pues vea tío, vea
allá arriba, hum... habían unos palos de higuerón, dijo, allí está el Guando;
allí está estirao en el camino y no me dejó pasar, porque yo me iba ir por
un lado, se atravesaba allá; me iba a ir por el otro lado, la misma cosa,
hasta que me hizo volver.

Sí, en ese tiempo, había mucho espanto. Yo le cuento a mis nietos estas
historias, pero ellos no creen; ellos dicen: que va a ser cierto.

(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años, en el Segundo Encuentro Regional


de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria de
tres encuentros, Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 99)

El guando es un entierro, un funeral el cual se aparece en el campo a las


personas que caminan de noche, el guando no se puede ver, únicamente
se escucha, se escucha como un murmullo de oraciones y sollozos, se va
acercando cada vez más rápido, y si pasa por donde está la persona, ésta
muere (el guando se lo lleva); lo que se debe hacer si se escucha al
guando es tirarse al piso con el cuerpo en forma de cruz y esperar a que
pase por encima, si se echa a correr, el guando se acerca cada vez con
más rapidez.

Este mito me lo contaron mis abuelos de Popayán [enviado


por [email protected]; desde aquí, gracias].

Ver La Barbacoa.

El Hojarasquín del Monte

Mito mayor, espanto de Antioquia. De gran figura antropomorfa, manos y patas


peludas y con el cuerpo cubierto de musgos, chamizas, hojas secas y demás
basuras de la selva. Nació así: un mal hijo le pegó a la madre y luego la puso en
cuatro patas y montó en ella como si fuera una mula. En castigo de Dios se
convirtió en Hojarasquín del monte (Jaramillo).

Propio de las cordilleras colombianas, puesto que es el protector de los montes y


los animales salvajes. Es generalmente una figura antropomorfa cubierta de
musgos y con una corona de flores silvestres y que a veces toma la forma de
forma de un tronco seco en el bosque talado. Su alimentación es vegetariana.

Tiene un comportamiento ambiguo con los que caminan por el monte, guiando a
los que están perdidos y haciendo perder el camino a los otros. Es por esto que
los campesinos lo invocan cuando están perdidos en el monte. Se dice que
persigue a los niños desobedientes.

El Hombre Caimán
En el pueblo del Plato (Magdalena) existe la leyenda del Hombre Caimán, y a
su alrededor la fiesta que se hace en su nombre en el llamado Festival del
Hombre Caimán, y una plaza y monumento en su homenaje, que son patrimonio
cultural de la ciudad.

Cuenta la leyenda que en Plato existió un pescador de nombre Saúl, a quien le


fascinaba ver bañar a las jovencitas del pueblo, en el caño “Las Mujeres” del río
Magdalena. El era muy sensual, pues le gustaba sobremanera ver las partes
más íntimas del sexo femenino.

Para estar muy cerca de las jovencitas, el pescador deseó convertirse en


caimán. Viajó a la Guajira en donde un piache o chamán le preparó un bebedizo
mágico, que echó en dos botellas, el líquido rojo para convertirse en caimán; y el
líquido blanco para que lo volviera a su estado normal.

El pescador Saúl se frotó el cuerpo convirtiéndose de inmediato en caimán; con


ello se preparó para acercarse más a las mujeres del Plato, en condiciones
especiales; y para tener el placer de ver sus partes íntimas.

Un amigo de tragos fue su cómplice y siempre estuvo atento para rociarle el


líquido blanco, que lo convertía de nuevo en ser humano.

Un día su amigo no lo pudo acompañar, por cual invitó a otro, quien se asustó
cuando vio emerger al pescador Saúl en forma de caimán. Del susto dejó soltar
la botella con el líquido blanco sobre las piedras. Sin embargo, unas pocas gotas
cayeron sobre la cara, haciéndole recuperar únicamente la cabeza, por lo cual el
resto del cuerpo quedó convertido para siempre en caimán.

Con la cabeza de hombre y el cuerpo de caimán, el pescador Saúl se convirtió


en el más macabro terror para las mujeres del Plato, que no volvieron a bañarse
en el río, por el temor de encontrarse con el hombre caimán. Por ello para llegar
a alcanzar de nuevo la tranquilidad del pueblo del Plato, los pescadores se
propusieron cazarlo en los pantanos o pescarlo en el río Magdalena.

La única persona que sabía la tragedia era su madre, quien le colocaba


alimentos en determinados lugares, y en algunas ocasiones hablaba con él,
quien le pidió insistentemente que buscar al indio piache o brujo en la Alta
Guajira, para que de nuevo le preparara la botella del líquido blanco. Ella fue al
lugar indicado, pero con gran sorpresa tuvo conocimientos de la muerte del brujo
piache; y a pesar de sus contactos con otros piaches, ninguno pudo hacer el
líquido blanco. Desesperada ante ello, la madre del Hombre Caimán murió con
gran tristeza.

Saúl, «El Hombre Caimán» se abatió tanto por haberse quedado solo con la
funesta tragedia, que decidió partir hacia el mar por el río Magdalena y Bocas de
Ceniza. Desde entonces los pescadores del Bajo Magdalena, desde Plato hasta
el mar, estuvieron pendientes para pescarlo en el río o cazarlo en los pantanos
de las riberas. Así se convirtió en una leyenda que se ha trasmitido de
generación entre los habitantes del Plato.

(Ocampo López 1996: 333-4).

El Jinete Negro

El espíritu de Antón García sale como un caballero vestido de luto, con un


sombrero sobre su calavera y montado en una mula, también negra, que recorre
las calles empedradas de los pueblos rastrillado los cascos de la mula y
causando espanto en los que lo oyen y peor en los que lo ven.

En la época de la Colonia vivía en Ocaña un caballero muy rico, llamado Antón


García de Bonilla. Tenía grandes haciendas y muchos esclavos. Don Antón se
paseaba todos los días en su negro potro. Después de su muerte y hasta hoy,
los ocañeros dicen oír en las noches las coces de su caballo sobre las calles
empedradas, y hay quienes afirman haberlo visto caracolear llevando una figura
montada, cubierta con una capa y un gran sombrero negro; a veces lleva un
cigarro encendido.

El Patas

Espanto antioqueño. De pronto se ven unos pies grandísimos que pasan, pero
no se ve al cristiano, casi. Aunque algunos dicen que lo han visto desnudo de la
cintura para arriba y otros juran a taco que lo han visto de ruana. A veces pasa
con hacha y todo y donde coge a hacer daños ¡es pa' mandar
doblar! (Jaramillo). En esta imagen se le conoce también como el Patón.

El patas es el diablo de los conventos, de los monasterios, de los retiros,


de los seminarios, de las beaterías y de todo cuanto tenga que ver con
claustros.

El patas es muy malicioso y de él se ha dicho siempre que anda por todos


los recovecos monacales en busca de oportunidades.

Sus predilecciones son por las tentaciones de la carne, la gula, la bebida, y


por eso ha hecho de estos lugares cuartel general de sus actividades. Él
sabe que con ellos se come bien y se bebe mejor, quien bien come y mejor
bebe, lo demás viene por añadidura. Por algo se dice que este diablo sabe
más por lo viejo que por lo diablo.

Cuando el pueblo habla de salud y de robustez, dice: «Gordo como un


capuchino»; cuando hay alguien que se la tiene velada a otro, o le coge
cargadilla o cangareja, dice que «le tiene capellanía», sin duda haciendo
alusión a los capellanes de monjas; cuando hay una persona muy tozuda,
una res ranchada —emperradora— o una mula resistidora, se les dice
«canónigas», y cuando hay una persona de mofletes abultados por la
gordura —-cachetón— se le dice que está como un «obispo», no sabemos
si haciendo alusión a los de morcilla —rellena— o a los otros, pues
generalmente todos son gordos,.

En los conventos, el patas sabe a que atenerse: no da horas de capilla a


sus paternidades, llevándoles a las sacristías pudibundas doncellas o
floridos mancebos; a las monjitas se les embanasta entre la casa, en la
figura de un joven capellán barbilindo y acicalado; a los frailes, en la
santona histérica, jamona de carnes apretadas y formas suculentas, o al
belitre manflorita con devaneos de cocota. A todos atiende el patas,
dejando satisfecha siempre a su abundante clientela.

El patas es siempre un demócrata militante y se entiende muy bien con el


pueblo en todos sus matices para satisfacer la demanda de su clientela
rijosa. También es gran amigo de los arrieros, a quienes ayuda a componer
sus empresas amatorias en las posadas de los viajeros; a propósito va lo
siguiente:

En cierta ocasión una vieja hipocritona le preguntó a un arriero:

—Vea, señor, ¿es verdá que el patas tienta a las mulas?

Y el arriero contestó:

—De seguro, mi señora, porque lo que es a los machos no nos saca el


dedo (Escobar Uribe).

Otra historia sobre el Patas:

Iba por el camino un campesino, iba a prender un cigarrillo, así como


Germán y Guillermo que todo el día están pasándose cigarrillos, y le
dice: ¡ay caramba, no estuviera aquí el patas para que me prendiera este
cigarrillo! y de pronto salió una mano larga, larga, y ran, le alargó un
fósforo y le prendió el cigarrillo. Ese campesino, al ver eso salió
corriendo pues, porque, realmente desconcertado llegó a la iglesia del
pueblo y tocando rápido para contarle al cura lo que le había pasado en el
camino. Pero no estaba el cura; había un señor, y le dijo: usté no sabe
señor lo que me pasó; dije «carajo, si estuviera el patas para que me
prendiera este cigarrillo», inmediatamente me lo prendió. Era una mano
larga, usté no se puede imaginar. Y le dijo: ¿y no tendría una pierna así
como ésta? Y levantó la pierna y tocó el techo de la iglesia.
(Contado por Javier Tafur, 38 años, en el Tercer encuentro regional de
contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia, 1989. En Memoria de tres
encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andres Bello,
Quito, 1990, p. 180)

El Macho Cabrío

Es el diablo de las brujas y de la hechicería en general. Preside por


derecho propio los aquelarres y en su honor se oficia la Misa Negra, la más
inmunda de las ceremonias de que se tenga noticia.

El Macho Cabrío se presenta con grandes cuernos retorcidos, respetable


chivera, cara velluda, cuerpo cerdos, extremidades con grandes pezuñas y
enorme rabo con arpón en el extremo.

Los aquelarres los preside en campo abierto, sobre una especie de trono,
generalmente una piedra, en torno a la cual se enciende el fuego, mientras
que las brujas danzan en redondo cogidas de las manos. Terminada la
ceremonia, que es muy larga, complicada y obscena, todas las brujas
besan reverentemente el ojo sin pupila de «Taita» — Señor— y se retiran a
cumplir sus comisiones. Los días de la ceremonia son lunes, miércoles y
viernes.

La Misa Negra es una ceremonia de origen satánica y propia de los que


practican el satanismo. Este rito infernal es oficiado bajo techo por el
propio Satanás, generalmente en las noches de jueves santo. Se reza en
ella el credo de Proudhom y la oración de las trece palabras y la del Cabo
Negro, y es un remedo grotesco e infernal del Santo Sacrificio de la Misa.
En ella abundan, entre otras muchísimas porquerías, los besos en el
tafanario.

El Macho Cabrío es también el diablo de las mujeres lesbianas; a él acuden


ellas con la oración del Cabrito Negro, para remediar sus angustias; dicha
oración dice así:

«Tú, que eres Lucifer, Rey y Señor de las tinieblas, préstame tus brazos
que son las siete mil llamas del infierno, para combatir y amansar el
corazón de ... —aquí el nombre— y para si alguno o alguna persona la tiene
ligada, arráncasela y tráela a mi lado. Mansa y humilde, como llegó
Jesucristo a los pies de Pilatos.

No es verla lo que quiero comprar; es pensamiento, cuerpo, sangre, alma,


vida y corazón; quiero estar en el corazón de ella; no me la dejes comer
tranquila, no me la dejes andar tranquila, no me la dejes dormir tranquila,
no me la dejes vivir tranquila. Despiértala del sueño más profundo y
siéntala a pensar en mí; así te lo pido de parte de Satanás y por él te
conjuro y por la tranquilidad de mi vida.

Con dos te miro, con tres te ato; tu sangre te he de beber y el corazón te lo


parto. Amén».

—La oración se debe hacer durante nueve días, a media noche,


encendiendo medio cabo de vela por el ano y parándola sobre medio limón
verde— (Escobar Uribe).

El Padre Martínez

Allá existen unas cuevas inmensísimas, al otro lado del río la vieja. Unas
cuevas que tienen unos laberintos y esos laberintos llevan a especies de
piezas grandes. Y eso, no ha habido una sola persona que diga: ya llegue
al fin de la cueva.

La historia del padre Martínez es que era un cura bastante malo, fregao.
Tenía muchos esclavos y tenía mucho oro. Hizo construir esas cuevas por
sus esclavos y les hizo trasladar el oro en mulas hasta ese lugar.
Cuando ya estaba allá guardado el oro le sacó los ojos a sus esclavos y los
dejó allá, para que ellos nunca vieran dónde se había guardado el oro y el
secreto del tesoro se conservara.

Entonces las gentes cuentan que lo ven sentado en una mula, sin cabeza y
voltiao hacia la cola de la mula. Él invita a la gente a ir a Roma con él, y el
que vaya a Roma con él, montados en el animal, le entregará el tesoro.

Otros dicen que es un fantasma que se para al otro lado del río y dice:

—Paso, paso, o me tiro.

Y si la gente no le responde ahí lo van a tener toda la noche fregando.

Entonces la gente le grita:

—Pase hijuetantas.

Entonces el hombre se tira y al rato lo oyen pasar con un poco de


perros arrastrando unas cadenas.

(Contado por Jorge Díaz, recuperador de la tradición oral de la ciudad de


Cartago, Colombia, en el Primer Encuentro Regional de Contadores de
Historias y Leyendas, publicado en Memoria de tres encuentros, Instituto
andino de artes populares del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 54).

El Patetarro

Mito mayor, propio de las zonas mineras.

Se le da corporeidad masculina o femenina, según la región, pero siempre con


una pata podrida metida en un tarro de guadua y que supura un líquido
pestilente que destruye lo que toca. Su llegada es anunciada por los perros con
aullidos lastimeros y por vientos huracanados y malolientes; trae siempre
calamidades, muerte, inundaciones y devastación de cosechas.

En las cañadas profundas y en los socavones de las minas se pueden oír sus
gritos escalofriantes y a veces como estridentes carcajadas. Es el terror de los
mineros.

Tomás Carrasquilla describe así al Patetarro en su novela La marquesa de


Yolombó:

Aquí, el Patetarro, un gigantón que sólo tiene una pierna de carne y hueso.
Para poder andarse en sus fechorías, se acomoda en el muslo mocho un
trozo de guadua, un tarro de esos horadados en el interior de sus
divisiones, en que cargan agua algunos montañeses de nuestras alturas.
No bien lo llena con sus líquidos pestilentes, se sale a las sementeras y en
ellas los derrama, el muy cochino. En la parte que coge se secan hasta los
árboles, si no resultan gusaneras de cosecha y hormigueros que todo lo
arrasan. ¡Horribles son los líquidos de El Patetarro! Si no fuera porque el
grandísimo sinvergüenza se muere de miedo con las calaveras de vaca, no
quedara a vida ni un papayo, en estos sembrados montañeros(Carrasquilla
1974: 121).

El Perro Negro

Dicen que es la encarnación del demonio por su figura descomunal y sus ojos de
candela. Espanta en los caminos las noches oscuras y tempestuosas,
arrastrando una cadena, aullando de forma aterradora y botando fuego por la
boca y un fuerte olor a azufre que se le pega al que lo ve. Es el terror de los hijos
desobedientes.

Se hablaba de un perro negro que traía cadenas. Ese perro negro cuidaba la
hacienda pichichi, de los Sanclemente que luego paso a los Cabal Galindo y
ahi siguio la tradicion, hasta hoy.
Entonces ese perro negro se paraba en la puerta y era la que cuidaba. Decían
que a las siete y ocho de la noche nadie podía pasar por ahí siempre que no
supiera la oracion del santo juez y otras oraciones de que hablaban.

(Contado por Freddy Gutiérrez, recuperador de la tradición oral en la zona


aledaña a Guacarí, Colombia, en el Primer Encuentro Regional de Contadores
de Historias y Leyendas, en Memoria de tres encuentros, Instituto Andino de
Artes Populares del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 49).

El Poira

Mito mayor. Conocido en el Gran Tolima y el Magdalena medio como un niño de


piel de oro travieso, alegre, juguetón y bromista que se aparece en los recodos
de los caminos para subirse al anca de las cabalgaduras y hacer encabritar las
bestias. Otras veces se le ve como un recién nacido llorando a la orilla del
camino y cuando un caminante lo recoge y arrulla, lo asusta con carcajadas y
sus grandes dientes. Es más un duende gracioso que por lo demás no hace
ningún daño.

El Pollo Peletas

Se le siente a mediodía o también en la noche. Es un pollo desplumado de gran


tamaño que aparecen los caminos picoteando y persiguiendo a los caminantes
que a veces enloquecen. En ocasiones se siente en los tejados de las casas y
su piar es señal de la muerte de un niño.

El Putas

El putas es el señor diablo de los arrieros; ellos dicen que lo que no haga
el Putas no lo hace nadie; tienen por él una especie de fe y temor
mezclados, y siendo su enemigo natural, quieren tenerlo al mismo tiempo
de su parte.

Con su vocabulario insólito arrean las muladas, permanente oración que


camina bajo el peso de los fardos, mientras los arrieros hieren el aire con
silbidos, restañan los zurriagos y gritan burdas palabras o versos
injuriantes y desabridos, como: arre mulitas/ que vamos pal puerto/ con la
boca cerrada/ y el ... abierto.

Cuando el camino está hecho un lodazal, le echan la culpa al Putas;


cuando se rueda una mula, dicen que se la llevó el Putas; cuando se cae en
un tremendal, hay que levantarla antes de que se la lleve el Putas.
Cuando los arrieros ven una hembra gustadora, dicen que es más bonita
que el Putas y si no lo es, es más fea que el Putas; y cuando los coge la
noche antes de toldar o llegar a una posada, exclaman: ¡Nos llevó el Putas!

En cuanto a su lugar de origen, se dice que el Putas es de Aguadas,


Caldas (Escobar Uribe).

El Puto Erizo

El Puto Erizo es el diablo del suroeste de Antioquia, especialmente de


Andes, donde tuvo su origen.

Su nombre se debe a cierto alcalde que hubo en esa población, muy


ejecutivo e intransigente y quien por cualquier futileza «lo aventaba a uno a
la guandoca —-cárcel—»; no se le podía preguntar nada porque respondía
con cuatro piedras en las manos; vivía como sapo toriao y dicen que su
enfermedad era verrastenia, por lo mal geniado; solamente las mujeres de
buen ver y mejor palpar eran quistas de este fulano, y un guasón, vistas las
malas pulgas del señor justicia municipal, lo bautizó con el remoquete de
Puto Erizo, nombre que se generalizó en el departamento y que se
convirtió en el diablo de los galleros, de los jugadores de dados y de los
armadores de bronca en general (Escobar Uribe).

El Relincho

Yo no sirvo para contar cuentos pues, sino así, cosas verídicas.


No tienen como mucha salecita.

Resulta que cuando esta recién Argelia, no había luz eléctrica y


entonces, hum, decían que había un caballo que bajaba relinchando por
una calle que se llamaba hoyo frío. Hoy se llama la floresta. Bueno, ya pasó
el tiempo.

Ya hacía como diez o quince años que estaba yo en ese pueblo, cuando
instalaron la energía; pero para inagurarla no instalaron sino la de la
calle. Nos estuvimos charlando en la calle hasta media noche y luego
nos cansamos; entramos para la casa, encendía una vela, que claro,
porque enlaparte de adentro todavia no habian instalado la luz, cuando
oímos elrelincho, digamos como a cuadra y media de la plaza, y uno de los
míossalió a la puerta. Yo le dije: no te asomes, no te asomes. Él tenía un
refrán y decía: ¡va la madre pahijupuerca!; yo sí me asomo. Dije: no te
asomes, no tiasomes. Y él abre esa puerta y ese relincho que llenó la
casa.
Pero, yo no creí que era algo pues, que no se veía, y me puse a las
carcajadas, y el muchacho era que no, no era capaz ni de quitarse de la
puerta con el temblor mas horrible y yo a las carcajadas adentro. Dijo:
si pueden matarlo a uno y vos te reventas de la risa. Y dije: ¿qué fue, qué
fue? Y dijo: nada, no había nada, no, no; y el relincho siguió calle
abajo y no se veía nada. Y se sentia el caballo que trotaba y relinchaba y
relinchaba y no se veía nada. Ése es mi cuento.

(Contado por Graciela Raigosa, 62 años, en el Tercer encuentro regional


de contadores de historias y leyendas, Buga-Colombia, 1989. En Memoria de
tres encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 172-173).

El Tunjo

Mito menor. Los tunjos son piezas antropomorfas de orfebrería prehispanica. El


llamado Tunjo se presenta como un niño de oro en los caminos del Tolima.
Algunas veces tiene el comportamiento de un Poira, que cuando es socorrido
suelta una aterradora carcajada y muestra enomes dientes en su boca o lanza
bocanadas de humo. Hay veces que el Tunjo se convierte en ilusión en las
manos del que lo recoge. El es anhelo de los codiciosos, quienes creen que el
niño defeca barritas de oro.

El Uñas (El Uñón)

Este es el diablo de los hipócritas, de los falsarios, y de los tutores


ladrones, como también de los albaceas ventajosos; tiene muchos dares y
tomares con incestuosos y estupradores.

El Uñas o el Uñón, como también se le llama, anda metido en todo lo que


atenta contra el interés moral o material de los inocentes; es enemigo
jurado de la castidad, está siempre atizando el fuego de los rijosos y de los
garañones para atentar contra la inocencia, y vive iluminando tretas a los
albaceas y tutores para que se roben lo de sus pupilas.

El Uñas es hábil pendolista y se ingenia para ayudar a sus protegidos en la


adulteración de documentos públicos. Es un diablo pañón, caminador,
iglesiero y exhibicionista —nudista—. Sus adeptos pagan rogativas para
disimular sus trapisondas; dan limosnas para evitar comentarios; asisten a
las procesiones, sermones y ejercicios espirituales para evitar críticas; son
alféreces en fiestas parroquiales para desviar la atención; están en todas
las juntas para quedarse con la mitad de los recaudos; interviene en la
cosa pública, pero en provecho propio; practican el deporte de la
beneficencia —que no la caridad— entre trompetas y fanfarrias para que se
hable de su virtud; prestan dineros a las viudas en apuros y a los
agricultores en aprietos y se quedan con sus haberes o con sus cosechas;
socorren a los necesitados... pero al módico diez por ciento.

Son grandes amigos del cura; son gamonales que toman en el estudio y
solución de todos los problemas y asisten a los cabildos para tasar las
contribuciones ajenas; son intransigentes en moral y buenas costumbres y
vituperan los vicios públicamente; se horrorizan de todo y de todos,
detestan a los ladrones y dan consejos a diestra y siniestra, pero de
puertas para adentro el Uñas les baila «la raspa» en altas horas de la
noche, liquidando intereses, adulterando papeles, «gateando» a sus
pupilas o «rendijiando» a sus hijas(Escobar Uribe).

La Barbacoa (El Guando)

Mito mayor. Es un cortejo fúnebre que aparece en los caminos de Antioquia y el


Tolima el día de difuntos o su víspera. Está formado por cuatro figuras
huesudas, a veces sin cabeza, o con luces verdes, que llevan un difunto en una
barbacoa de guadua y que se les oye decir: «Meta el hombro compañero»,
acompañados de lamentos y quejidos que hielan la sangre. El que los oye pierde
el sentido y aun el habla por un tiempo.

Un señor que estaba muy enfermo —y de esto hace ya mucho tiempo—


hizo promesa de ir a visitar a la Virgen de Chiquinquirá para que la Santa
Madre lo curara. Se hizo llevar en guando, es decir, en una camilla cargada
por varios peones. Cuando llegaron a una lomita desde donde ya se divisa
el Santuario de la Virgen, el señor se sintió súbitamente curado. Se levantó
y dijo a sus hombres: «Ya estoy sano. No hay para qué seguir hasta
Chiquinquirá». Y a pesar de los ruegos de los peones, se volvió a su tierra,
sin dar las gracias a la divina Señora por tan gran favor. Poco tiempo
después, aquel hombre murió casi de repente. Y desde entonces, por esta
época [veraniega], que es cuando se realizan las romerías a Chiquinquirá,
sale la «barbacoa» por los caminos. Ya saben, mijos, que se llama
«barbacoa» a una especie de cañizo angosto, hecho de varas delgadas
amarradas con bejucos, y en el cual la gente del campo lleva los difuntos al
pueblo para enterrarlos en lugar sagrado. Los que se han encontrado la
«barbacoa» dicen que se ven cuatro hombres sin cabeza, llevando un
muerto cubierto en una barbacoa; y que caminan muy aprisa, casi como
por el aire, y se oye chirriar el cañizo (Arias 1972: 162-3).

Ver también el Guango.

La Candileja
Mito mayor. Existe en el Tolima y los Llanos orientales como una bola de fuego
de luz rojiza y que echa muchas chispas, produciendo un ruido de tiestos que se
rompen. A veces se divide en tres brazos como mechones encendidos.

Se mueve caprichosamente y hasta se entra a las casas traspasando puertas y


paredes. Puede vérsele en los caminos, las casas abandonadas y hasta en la
copa de un árbol y se cree que inicia los incendios en el monte. Sale tanto de
noche como de día y no asusta a los niños. Parece que su gusto es perseguir a
los maridos infieles o a los novios que andan en malos pasos. Se le ahuyenta a
punta de machetazos y también desaparece cuando oye groserías o
vulgaridades, pero no le valen las oraciones ni el agua bendita.

Algunos la invocan para que los guíe en los caminos las noches muy oscuras.

Cuenta la gente que hace muchos años, vivía una anciana con sus dos nietos,
que eran igualmente traviesos. La abuela era muy alcahueta con las pilatunas de
sus nietos, quienes la utilizaron hasta como bestia de carga.

Cuando murió la anciana, Dios la condenó a purgar sus penas como abuela
alcahueta, con tres llamaradas de candela, que significan la abuela y sus dos
nietos. Los campesinos la insultan por vieja alcahueta y farolera.

En el Tolima ven a la Candileja como una gran llama con tres hachones
encendidos o luminarias, con brazos como tentáculos, que recuerda a la vieja
abuela que era demasiado indulgente, con sus dos nietos. Ella está condenada
a purgar su pena hasta la consumación de los siglos.

La Candileja aparece en la madrugada cuando todo está en silencio y el gallo


no ha comenzado a cantar. Algunos la ven como si fuera una bola o pelota de
fuego que pega contra puertas y muros y entra a las casa. A veces aparece en
las copas de los árboles de las orillas de los caminos o de las lagunas; le gustan
los montes solitarios, las quebradas, los caminos reales y los caminos pequeños
o deshechos.

Para llamar a la Candileja, las gentes deben rezar, lo cual es peligroso. Y para
ahuyentarla, las gentes deben decirle groserías e insultarla, tratándola de vieja
alcahueta y endemoniada; sacan los machetes y rozan la tierra, con lo cual,
la Candileja huye con los zumbidos más aterradores y enfurecidos. Si esto no
ocurre, la Candileja sigue a los viajeros, principalmente a los de a caballo, los
atormenta, los araña y los deja sin sentido. Persigue a los enamorados que
andan en malos pasos, a los esposos infieles, a los borrachos, perjuros y
masones. Le gustan los ríos en crecientes, las casa abandonadas o en ruinas, y
los lugares en donde se cree que existen tesoros enterrados en los llanos,
playas solitarias y cerca de grandes piedras.
En los Llanos Orientales, la Candileja aparece como una bella mujer que
persigue a los vaqueros y monta en sus caballos; pronto se convierte en bola de
fuego incandescente, que por todas partes embiste al caballo.
La Candileja huye con un machetazo y cuando escucha groserías o
vulgaridades. No le valen rezos cristianos, ni el agua bendita; con ellos más se
encabrita y se arrima más. Por ello, los hombres no piensan en otra cosa que en
machetear a la Candileja(Ocampo López 1996: 241-2).

Resulta que era una bola de fuego que salía del suelo y se extendía y
resulta que siempre cogía a las personas en la llanura y que les daba y les
daba y las reventaba. Y me cuenta doña Chava, que a un primo de ella,
llegando a un potrillo, le dio tantos golpes que lo reventó y otro día lo
encontraron ahí reventado.

El farol de San Victorino también era lo mismo. Me contaba doña Tránsito


Velez que un día por la llanura de la estrella, cuando se le apareció la
candileja. No era correrle sino quedarse quietecita porque el que la corría
lo perseguía y le daba hasta que lo reventaba.

Pero la diferencia entre la candileja y el farol de San Victorino —decía


doña Chava— era que al farol de San Victorino se le veían un poco de
abejitas por dentro, y que le hervían. Y que otra de las contras buenas para
eso era meterse entre el ganado, porque el ganado es sagrado. Hasta ahí
llegaba la candileja y desaparecía. Y que siempre, por lo regular, aparecía
en los basureros.

(Contado por Freddy Gutierrez, recuperador de la tradición oral en la zona


aledaña a Guacarí, Colombia, en el Primer Encuentro Regional de Contadores
de Historias y Leyendas, en Memoria de tres encuentros, Instituto Andino de
Artes Populares del Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, p. 50-51).

Sobre el fenómeno natural que sirve, probablemente, de referente a


la Candileja, escribe a memoria el físico Alejandro Rivero:

Se sabe muy poquito de estas cosas, se generan en las tormentas y


parecen tener una extraña afinidad hacia el agua. Cierta vez en Rusia
estaban haciendo un experimento de magnetismo. Comenzó a llover, y la
tormenta produjo una bolita de éstas, que entró por la ventana, no se
sabe si atraída por la máquina, pero finalmente giró hacia uno de los
experimentadores y se lo cargó.

Los milicos yanquis (los de verdad, no los de Expediente X) estuvieron


recogiendo informes de estas cosas, encontraron historias de bolas que
se ponían a juguetear con el agua de una cascada, o de otras que
sezambullían en barriles, con el consiguiente aumento de la
temperatura de éste.

La Dama Verde

Sale en las noches vestida con una largo sayal verde, la cara tapada y las
manos enguantadas, andar presuroso y, a veces, un atado de ropa; cruza las
calles del pueblo, en silencio y sin hacer daño a nadie, aunque en algunas
partes se muestra seductora con andar sensual y con un hostigante perfume que
atrae a algún trasnochador, que pierde el sentido cuando destapa su cara y ve
que es una calavera.

La Madre de agua (Madre d’iagua)

Mito mayor. Vive desde la colonia en Antioquia, el Tolima y el Magdalena medio.


Se dice de ella que es una bellísima mujer de cabellos dorados que hipnotiza
con la mirada penetrante de sus ojos azules, pero que tiene los pies con los
dedos hacia atrás.

Su debilidad está en los niños a los que trata con ternura. Una vez hechizados,
enferman de melancolía, sueñan con ella y son fácilmente atraídos por una
canción que los guía a una laguna o río para ahogarlos y llevarlos a su palacio
en el fondo de las aguas.

Cuando salí de la Normal me tocó ir a trabajar a un río llamado Naya, a un


pueblito que llamaban San Francisco de Naya. Llegué a San Francisco y muy
buenas las personas; unas personas muy amables, y sucede que al otro día me
fui a bañar al río, porque era una playa muy bonita, y un río de agua clarita; y me
dice una de las señoras del pueblo que a ella le gustaba levantar tula del plan
del río:

—Maestra, ¿se va a bañar?

—Sí, Mencha —Mencha le decían a ella—- sí Mencha, voy a bañar.

Me dice:

—Maestra, no se vaya muy lejos porque poallá sale la madre del agua.

Dije:

—Mencha, ¿y qué es la madre del agua?


—Claro maestra, bañe, pero la madre del agua sale es por la noche, cuando
van personas, van embarcadas en las canoas, y la madre diagua quiere
llevarse una persona, ella sale.

Me decía ella que la madre de agua se había formado de un brujo que había
hecho un cholo y lo había echao al río; ese cholo habia muerto y no había
podido sacar ese brujo del rio, y de eso se convirtió en una madre de agua, en
un animal de río. Y ya me decía ella, que se había llevado esa madre diagua a
varias personas.

La madre diagua cuando se quiere llevar una persona se va por debajo de la


canoa; enseguida la hunde a la persona que va navegando y lo lleva al fondo del
rio, donde hay el cantil, que se dice a lo más profundo, y la lleva a la persona,
pero en ese momento no la ahoga, no la mata; ella queda viva, la persona.

Cuando ya ella quiere matar —más que todo, a los hombres— cuando ya los va
a soltar, entonces sí los ahoga, sea a los dos días, a los tres días, ocho días y
hasta quince días; y parece la persona recien ahogadita.

La madre diagua es un fantasma del río. Y esa es la historia de la madre


diagua.

(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista, en el Primer Encuentro


Regional de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias de tres encuentros, Instituto Andino de artes
populares, Convenio Andrés Bello, Quito, 1990)

La Mancarita

Mito menor. Mujer salvaje, alta, de cabello largo y enmarañado y cuerpo muy
peludo que vive en la cordillera oriental. Lanza gritos lúgubres y pavorosos con
voz de hombre, de mujer o de niño. Es muy tímida, pero a veces se acerca a los
poblados para robar hombres o niños, y huye cuando siente voces de gente o
ladrar a los perros. Dicen los campesinos que ayuda a las mujeres chismosas y
enredadoras.

Había una vez una señora manca llamada Rita que inventaba cuentos con
chismes y enredos, creando discusiones entre la gente. Por su maldad fue
condenada a vivir en los bosques de la cordillera y alimentarse de raíces y frutos
silvestres. Algunos dicen que han visto a una mujer de cabellera larga y
desgreñada, y aseguran que es la Mancarita.

La Mechuda o Cabellona
Mito menor. Dicen que se trata de una mujer muy bella que oculta su rostro con
una abundante cabellera, acostumbra un vestido largo y uñas también
notoriamente largas. Se le puede reconocer por su andar muy rápido, y sobre
todo, porque aparece y desaparece en las calles. Gusta de asustar a las mujeres
que andan solas en las noches.

La Cabellona, caracterizada por su larga cabellera y uñas muy largas; camina


muy rápido y asusta solamente a las mujeres (Ocampo López 1996: 183-6).

La Muelona

Mito mayor. Se le encuentra sobre todo en el Tolima grande, en los Llanos y en


el occidente y tiene origen en la colonia. El nombre se debe a su descomunal
dentadura aunque por lo demás se trata de una hermosa mujer, de mirada
seductora, siempre sonriente y que luce una larga cabellera.
En el monte se escucha como triturar de piedras el ruido que hacen sus muelas
con las que puede masticar una vaca o un caballo.

Se la ve más comúnmente recostada a viejos troncos de árboles o en los


recodos de los caminos, en las primeras horas de la noche, acechando a
maridos infieles y borrachos para devorarlos con sus enormes dientes; no ataca
a mujeres embarazadas ni casas donde haya niños recién nacidos. Acostumbra
el campesino defenderse de ella con un escapulario de la Virgen del Carmen.

La Mula de Tres patas

Mito menor y espanto de Antioquia. Por las calles empedradas de los pueblos se
oye, muy de tarde en tarde, es cierto, pasar a la media noche la mula de tres
patas. Sus pasos resuenan desacompasados y nonos en las calles solitarias.
Las viejas se santiguan y se tapan con la cobija (Jaramillo). En los pueblos
perdidos en la montaña o en los caminos solitarios, se deja oír por las noches el
caminar desacompasado de este espanto. Algunos la han visto como una mula
negra con tres patas. Se cree que es una encarnación del demonio porque a los
que la han seguido, los han encontrado muertos con olor a azufre.

La Mula Herrada

Cuentan las leyendas tradicionales de Bogotá, que en horas avanzadas de la


noche se oía el galopar de una mula herrada, sola y ensillada, haciendo salir
chispas a las piedras con las herraduras. Recorría la ciudad en todas las calles y
en todas las noches. Las gentes decían que la veían solitaria por las calles; tenía
un rasgo sobrenatural y chispeante en su galopar.

La leyenda está relacionada con el caballo de don Alvaro Sánchez, un jugador


empecinado que arruinó su fortuna con las cartas y los dados. El asistía a las
casas de juego situadas en el barrio de las Nieves, que era el punto de reunión
de numerosos notables de Santafé.

Don Alvaro tenía la costumbre de montar en su mula parda atravesando casi


toda la ciudad de Santafé y cambiando de rumbo. Cuando la noche cerraba por
entero, y las calles quedaban desiertas, se dirigía a la Casa de juego, que era de
su amigo don Juan de Guevara. Allí comía opíparamente y jugaba con sus
amigos hasta la medianoche, cuando regresaba a su casa con la mula parda.

Cuenta la leyenda que un día cuando el criado de don Alvaro sacó la mula para
darle de beber en el río San Agustín, la dejó un rato largo mientras tomaba sus
tragos. La mula se fue directamente hacia donde estaba jugando su amo, quien
dio una exclamación de alegría a la que le contestó la mula con una palabra que
no entendió don Alvaro, y que no era relinche ni rebuzno. Ante ello, el jugador
acarició a su mula en el anca y el pescuezo, y desde entonces decidió viajar a la
casa de juego a pie, y ordenó que su sirviente le enviara la mula a medianoche,
pues ella llegaría siempre sola a la casa de juego. Así ocurrió, pues todos los
días iba la mula herrada a buscar a su amo, quien la recibía con el pienso
acostumbrado, que era el cebo que la hacía trotar desde su pesebrera hasta la
casa de juego. A medianoche la ciudad estaba completamente solitaria, y
solamente se escuchaba el galopar de la herrada.

Cuando murió don Alvaro y a los pocos meses su mula parda, siguió el fantasma
de la “mula herrada” por todas las calles de Santafé de Bogotá. Y cuentan que
cuando las gentes escuchaban el trote fantasmal de la mula herrada, rezaban
aterrorizados; muchos decían que la habían visto sin jinete, arrancando chispas
a las piedras con el choque de sus herraduras.

La tradición oral santafereña también recuerda que una mañana los vecinos de
la ermita de Belén conocieron la noticia que una vieja mujer conocida como bruja
en la zona, la encontraron muerta dentro de una ramada abandonada que había
en el fondo de un solar. En el cadáver de la anciana bruja encontraron que en
las manos y en los pies tenía unas gastadas herraduras claveteadas y muy
difíciles de arrancar de sus extremidades. Lo raro del caso es que después de la
muerte de la bruja no se volvieron a escuchar los trotes fantasmales de la mula
herrada. Por ello, muchos santafereños buscaron una relación entre la
misteriosa vieja de manos y pies herrados con el fantasma de la mula herrada.

(Ocampo López 1996: 63-4).

La Patasola (el Patasola)

Mito mayor y espanto de Antioquia. Como su nombre lo indica, tiene una sola
pata. Habita en los montes de donde sale a veces para robar niños, a los que
chupa la sangre. A los cazadores perdidos los atormenta por las noches con
caricias torpes hasta debilitarlos. Su aspecto es de fiera: grandes ojos de tigresa,
cabellos erizados, colmillos enormes, labios sensuales, manos como
garras (Jaramillo 1988).

La Patasola es una deidad mítica metamórfica que cambia según las


circunstancias; en general se presenta como una mujer con una sola pata,
donde se unen los dos muslos, que terminan en pezuña de bovino. Con su única
pata avanza con rapidez; le gustan los hombres, a los cuales embelesa con sus
caricias y se come toda su carne, dejando solamente los huesos limpios,
pelados y regados por todas partes. (Ocampo López 1996: 183-6).

Es defensora de los animales del bosque. Lleva cabellera enmarañada y tiene


una sola pierna en forma de tronco de árbol, que termina en una pezuña.
Cuando los cazadores van persiguiendo a sus presas, ella borra los rastros .
Deja en su lugar la huella de su pezuña, en sentido contrario hacia donde
escapan los animales.

Propia de toda la región antioqueña y el Tolima grande. Es una figura femenina


con una sola pata con pezuña o con mano de oso, un solo seno en el pecho y
brazos muy largos. Su aspecto es aterrador por su enorme boca con grandes
colmillos, los ojos desorbitados y una descomunal nariz ganchuda. Se le puede
ver también como una mujer seductora para atraer a los hombres y devorarlos
hasta dejar los huesos pelados; los que consiguen escapar regresan
trastornados. También se aparece a los niños como una mariposa que los
sonsaca hasta el bosque para chuparles la sangre. En su papel de defensora de
los animales salvajes y de los montes, persigue a los cazadores, a los mineros y
a los aserradores y odia los sembrados los machetes y los perros. Se la ha visto
cantando trepada en un árbol esperando la salida de la luna. Para ahuyentarla
se recurre a la candela, a un hacha o un animal doméstico.

Sobre su origen, cuentan que era una mujer que perdió una pierna por estar
cortando leña un Viernes Santo, cuando supuestamente nadie debe trabajar ni
hacer nada. Quedó condenada a errar por el mundo, y se oyen sus gritos de
dolor en la noche, con la particularidad de que cuando se oye lejos está cerca y
viceversa.

Peña 1972: 239-40 sitúa a la Patasola como guardián, en la fecha fatídica, del
peñón de Cierrapuerta (en el territrio de Sotará):

Tal como narran los veteranos, en la usualmente soleada mañana del


Viernes Santo acontecen en el territorio hechos insólitos.

Al aproximarse el radiante sol a su cenit, por entre los vericuetos del


agreste altozano retumban los tañidos de enorme campana (en el caserío
no hay iglesias ni campanas), precedidos por el imponente cacareo de un
gallo invisible, y poco después aparece una gallina (según unos blanca,
según otros colorada) con una docena de pollastres, todas hembras, de
oro; el viento brama de forma aterradora al pasar entre las prominencias de
la altura.

[...] Es usual escuchar que el sitio está protegido por la «Patasola»,


monumental ser que, hasta la cintura, tiene deforme figura de mujer y,
hacia abajo, una sola y desproporcionada pierna rematada por soberbio
pezuña, y que se alimenta de críos recién nacidos. Esta mitológica criatura
se traslada dando gigantescos saltos alrededor y hasta encima de la
escarpada loma, y en las noches sombrías —dicen con recelo— se
escucha el retumbar de la pezuña sobre la durísima cantera.

Pero el maleficio que pueda ejercer este ser del averno se contrarresta por
medio de un escapulario o un crucifijo benditos. La gallina antes
mencionada (es versión generalizada) no es otra que la «Patasola», que,
impotente ante los sagrados objetos, asume aquella forma para guiar al
osado hacia su rápida perdición.

El gran novelista colombiano Tomás Carrasquilla describe así a el Patasola (al


que, discrepando con la mayor parte de las tradiciones, da género masculino) en
su novela La marquesa de Yolombó:

Aquí habita El Patasola, que, disparándose del monte, en tres zancadas,


desgaja los frutales, rompe cercos, hunde techos y cuanto topa, con su
única pezuña, hendida como la de un marrano babilónico. No se conoce
contra que le valga (Carrasquilla 1974: 120).

Un contador de leyendas nos dice así:

Yo fui criado en la cordillera de, de... de —cómo se llama esa cordillera—...


Central; y yo tenía un primo que tenía una finca bien
adentro de la montaña; y a él le gustaba sembrar papa, uyuco, de todas
esas cosas, crijol; y un día se fue con la señora a cosechar papa; se
fueron los dos, él era muy cazador; tenía unos perros buenos para cazar
venado y todo eso. Y comenzaron arrancar esa papa y como por ahí a las
nueve del día gritó por allá lejos en las montañas, izque gritó uno. Bueno y
es que él le contestó, y volvió y gritó y volvió a contestarle —eso sí que fue
positivo— y ya eso se le fue acercando, se le fue acercando cuando ya
pues, ya gritaba muy cerca de ellos, entonces izque le dijo la señora: no es
mejor que nos vamos para la casa porque esto no puede ser cosa buena. Y
comenzaron esos perros a aullar y a meterse por medio de los pies dellos;
y salen, dejan esos costales allí y se fueron pa la casa, como una hora de
camino, y ese, esa cosa gritándoles atras, gritándoles atrás, gritándoles
hasta que —ellos ordeñaban unas vacas y esas vacas estaban allí, cerca
de la casa, en el corral, oyeron eso, pararon la cola y se mandaron a
perder, ellos llegaron y se encerraron. Y ese animal izque estuvo como
ocho días al lado de allí, al lado de arriba en una montaña; como ocho días
se la llevó por ahí, gritando, y el hombre abandonó esa finca, como casi un
año no volvió.

(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años, en el Segundo Encuentro Regional


de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria de
tres encuentros, Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 98).

La Rodillona

Mito menor. Vieja, fea y arrugada, con el cabello cano nariz de bruja y un solo
diente en su gran boca, aparece sentada en los barrancos para asustar con
grandes carcajadas, a los enamorados y trasnochadores que van por los
caminos, pero que no les hace ningún daño. Dicen que huye de las mujeres
embarazadas o del llanto de los niños.

Para Ocampo López 1996: 183-6, se trata de una bruja atormentada por sus
enormes rodillas,[a la] que le gusta asustar a los amantes en las campiñas.

La Sombra Tumbadora

Al pie de la casa mía —fui yo a dormir como a las diez de la noche— cuando
una sombra se fue acercando, pero una sombra larga. Venía de frente. Cuando
yo vi la sombra muy cerca yo me hice a un lado, cuando me hice a un lado, ya
estaba en el suelo como quien para una barra. O, mejor dicho, la sombra me
tumbó. Yo no sentí ni que me empujara ni nada, sino que caí.

(Contado por Manuel Santos, 105 años, en el Primer Encuentro Regional de


Contadores de Historias y Leyendas, Buga, Colombia. Tomado de Memorias de
tres encuentros, Instituto andino de artes populares del Convenio Andrés
Bello, Quito, 1990, p. 17).

La Tarumama

Según la creencia de los campesinos y aldeanos de la región de Pasto,


la Tarumama es la representación de una vieja muy arrugada, muy llorona, fea
como el demonio, que en vez de pies tiene cascos de mula y los senos tan
alargados, que tiene que cargarlos sobre sus hombros.

Las gentes creen en la leyenda campesina, según la cual, una día una joven se
sentó en un peñasco, y cuando allí descansaba y divisaba el bello paisaje, se le
presentó el arco iris que le hizo el amor y la preñó. A los nueve meses del
embarazo tuvo dolores muy fuertes que parecía que le desgarraban las
entrañas. Cuando ya estaba lista para el parto, se fue para la montaña y se
sentó a la orilla de un río. En el parto pujaba con gritos desgarradores, pues
manifestaba intensos dolores.

Cuando la joven sacó el niño de su vientre, se desmayó, con la desgracia de que


el niño se aflojó de sus manos y cayó en la corriente del río, que se lo llevó en su
caudal. Cuando se recobró después de parto sangriento, clamó
desesperadamente por su hijo, y desde entonces la Tarumama comenzó a
buscar su hijo por todos los ríos, riachuelos, montes y caminos. Por todas partes
se escuchan sus lloros, sus quejidos profundos y sus gritos aterradores.

Cuando la Tarumama buscaba al niño por todas partes con sus lloros
quejumbrosos, su cuerpo enflaqueció enormemente; sus manos se tornaron muy
flacas y huesudas; sus cabellos una completa maraña, y sobre todo, sus senos
se alargaron extremadamente, tanto que para poder caminar tiene que tirar de
ellos hacia adelante, y enrollarlos sobre sus hombros; pero estos siempre se le
vuelven a caer. Su cara siempre aparece enlodada y revuelta con ceniza. La
gente escucha su voz lastimera cuando dice: «Ay... Ayyyy... dónde lo hallaré...
dónde lo encontraré».

Las gentes creen que puede entrar a los ranchos buscando niños y creen que se
los puede robar pensando que es el suyo. Siempre llega llorando y gimiendo
sordamente; cuando en sus visitas encuentra un fogón, se lleva a la boca los
carbones encendidos que son su alimento. Así descansa para continuar en la
búsqueda eterna, en la interminable llamada del hijo que se llevó el río.

(Ocampo López 1996: 255-56).

La Tunda

Las gentes del Chocó y de la Costa Pacífica colombiana tienen la creencia en La


Tunda, una mujer que nació como fruto del amancebamiento del diablo con una
bella negra de la cual se enamoró en una noche de currulao. Esta mujer
legendaria tiene un pie humano y otro en forma de molinillo, el cual esconde
hábilmente cuando se enfrenta a alguien. La única forma de conocerla es
descubriendo su hábilmente su pata de molinillo.

La Tunda se aparece a los niños solitarios en forma de mamá o de un pariente


cercano, o de una mujer bonita. Aunque también se le presenta a las personas
adultas. Una persona «entundada» es aquella que es llamada por la Tunda con
su nombre, y paso a paso se la lleva a la selva y allí la entunda.
Cuando un niño está entundado, los padres y los padrinos tienen que
desentundarlo con oraciones, conjuros y con bombos y platillos para que lo
devuelva. A veces se aparece en una casa y hace creer a los niños solos que es
su mamá que viene a contemplarlos.

En el Chocó recuerdan que una vez en un reinado popular, una mamá dejó solo
a su hijo en la casa. A las pocas horas llegó LaTunda una señora muy parecida
a su mamá, que después de saludarlo desapareció misteriosamente. El niño fue
a la plaza en donde se encontraba su madre en el reinado que se estaba
realizando y le preguntó si lo había visitado unas horas antes. La mamá
extrañada le contestó que en ningún momento había salido de la plaza, a lo cual
llegaron a la conclusión que la visitante era La Tunda.

Las gentes del Litoral Pacífico también tienen la creencia de que la Tunda hace
perder a los caminantes de las orillas del mar. Cuentan que en las playas de
Bocagrande se perdieron unos turistas que iban por la playa. En un momento
cuando iban caminando, todo fue silencio a su alrededor; ni siquiera escuchaban
el ruido del mar. Se perdieron en medio de las palmeras y los arboles, y siempre
que hacían el intento de regresar al caserío, volvían al mismo punto desde
donde se perdieron. Según ellos, parecía que caminaran en una dimensión
desconocida.

El espanto del silencio y de la perdida en la selva se acabó cuando vieron una


fogata y a todos sus amigos alrededor de la playa. Según los nativos habían sido
«entundados» por el personaje mítico del Litoral Pacífico.

(Ocampo López 1996: 298-9).

La Tunda es una vision selvática, que ella se parece y en el pueblo también


parece, la tunda, en ocasiones. Ella se presenta en forma de una amiga, en
forma de la mamá del niño, de la madrina, de una tía, de una hermana; en
diferentes formas se presenta la tunda.

La distinción o la precaución que tienen los estudiantes de la costa


Pacífica para no dejarse llevar de la tunda es que ella tiene un pie normal
y el otro lo tiene de bolinillo. Ella es así.

En una ocasion el agua se salaba en Guapi, no había acueducto y llegó el agua


salada y se fueron varias personas a buscar agua de quebrada, al monte. Entre
ellas iba una hermana mía: la menor. Se fue porque a ella sí le gustaba irse para
allá. Y se fueron desde por la mañana u esperen que regresen con el agua
dulce, porque toda estaba salada; y espere, y a las
doce, una, dos, tres; llegaron las cinco y nada; empezaron a pensar pues que se
habian perdido y no llegaban.
Y a mi mamá dije quiba buscar la madrina de mi hermana y ya las otras
personas empezaron a buscar la madrina y bombos e instrumentos para hacer
gulla, pa buscar a la gente.

Entre ellos iba una señora muy piadosa, y caminaban y iban era para dentro y
daban vueltas y no encontraban el camino: todo estaba cerrado, no tenía por
dónde salir; hasta que dijo la señora: «la tunda nos ha entundado, no tenemos
salida de aquí porque nos ha entundado la tunda. Ella cierra el camino cuando
se quiere llevar una persona; se va a los pozos, a las quebradas, a las
quebradas , saca camaron y se los pee y le da de comer camarón peído, por la
tunda, cuando lo entunda. Las victimas de la tunda, en su mayoría son niños y
ella se la aparece en forma de mamá y una hermana para que el niño la vaya
siguiendo al monte, hasta que pierde al niño. También a ciertos hombres muy
andariegos, o que a ella le gustan. Y la forma de rescatar al niño es que venga el
padrino de bautizo a traerlo. Es el único que puede salvarlo».

Cuando ya empezó la señora a rezar y de pronto vieron que ya estaba el camino


allí: ya estaba cerquita para salir al pueblo. Y dijo ella que era la tunda que los
había entundado.

(Relatado por Carlina Andrade, maestra folklorista, en el Primer Encuentro


Regional de Contadores de Historias y Leyendas Buga-Colombia, 1986,
publicado en Memorias de tres encuentros, Instituto Andino de artes
populares, Convenio Andrés Bello, Quito, 1990, pp. 66-67).

La Vieja Colmillona

Mito menor. Una mujer fea, de manos peludas, cabello hasta la cintura y
colmillos grandes, que llega a la cocina de las haciendas donde la peonada toma
el café, se roba los plátanos que estén asando y se va sin hablar ni hacer daño.
Según Ocampo López 1996: 183-6, se aparece en las zonas de alimentación de
los peones.

La Vieja Inés

Asustachicos. Otro personaje de juego infantil: Tun... Tun... /¿Quién es? /La
vieja Inés. /¿Qué me traés? /Un sapo podrido... Pero utilizado con los niños en
las noches, producía efectos de miedo y obligaba a la obediencia y al buen
comportamiento, así nadie haya visto a la vieja Inés.

La Viudita

La Viudita. Mujer anciana vestida de riguroso luto que camina con paso rápido y
menudo por las calles y zaguanes de los pueblos, generalmente en las
madrugadas lluviosas. Su visita a la casa de un enfermo es premonición de
muerte. En algunas partes lleva a los borrachos trasnochados hasta el
cementerio, donde mueren de terror.

Sus anécdotas varían en cada pueblo. Damos, como ejemplo, un cuento sobre
la Viuda.

Otro narrador del lugar nos cuenta esto:

Mi mamá me mandó un día hacer un mandado por ahí en una vecindad. Yo


tenía que pasar por frente a la escuela y yo —uno siempre en el camino va
como jugando y voltiando a ver por toda parte— eso eran como las seis y
media de la tarde y había una señora sentada en el andén de la escuela; ahí
cerquita pasé yo, y era vestida de negro y tenía un tabaco que se lo metía
ahí y humaba. Bueno, a mí no me dio miedo; yo fui, le conté a mi mamá y le
dije: qué le parece que ahí, en tal parte, ahí en la escuela, había una mujer
vestida de negro. Dijo: eso es para que cuando ustedes vayan a hacer un
mandado no se demoren. El día que te volvás a demorar, ese día te coge y
te amarra, me dijo.

(Contado por Sigfredo Alegría, 82 años, en el Segundo Encuentro Regional


de Contadores de Historias y Leyendas, Buga-Colombia. En Memoria de tres
encuentros, Instituto andino de arte popular del Convenio Andrés Bello,
Quito, 1990, p. 98).

Los Ilusiones

Tomás Carrasquilla describe así a estos espantos en su novela La marquesa de


Yolombó:

Aquí habitan Los Ilusiones, esos duendecillos incorpóreos, que se van a


las orejas de los inocentes y les revelan secretos feos y pecaminosos.
Antes somos buenos los americanos, para las cosas tan horribles que Los
Ilusiones nos enseñan, desde la cuna (Carrasquilla 1974: 120).

Los Meneses

Son chiquillos que en los caminos piden dulces o monedas. Si no les dan,
hacen
cosquillas y más cosquillas, hasta que uno cae rendido de la risa.

Mareco

Asustachicos. Puede tomar varias formas, la de espíritu inofensivo que


desaparece las golosinas a los niños desobedientes o la un viento poderoso que
se lleva a los que levantan la mano contra sus padres o la de un rayo que abre
la tierra para tragarse a los hijos rebeldes.

María Pimpina

Asustachicos. Es el personaje de una cantiga infantil que se propone crear


miedo a los niños, pero en forma de acertijo con los mitos mayores. Es
inexplicable el uso que se hacía de esta “canción de cuna” para hacer dormir a
los niños.

Es un espanto que nadie ha visto.

María la Larga

Mito menor. Una mujer de descomunal estatura que aparece en los pueblos y
ciudades a las horas del amanecer, a veces, con una apariencia insinuante para
atrer a los trasnochadores, que cuando se le acercan la ven transformarse en
una mujer de brazos y piernas muy largas, causando gran espanto en la víctima.

[A] María la Larga [...] le gusta dirigirse al cementerio del pueblo, en donde se
alarga hacia el infinito con gran espanto (Ocampo López 1996: 183-6).

Ribiel

Cuenta la tradición del Litoral Pacífico que en los primeros años del siglo XVII se
presentó una batalla de piratería entre un velero español que llevaba mucho oro
y los bucaneros que buscaban afanosamente su robo y exterminio. En este
enfrentamiento murió un pirata moro, maldiciendo al Dios de los cristianos. Su
alma quedó errando por los esteros y manglares de la Bahía de Buenaventura y
por la isla de Gorgona y demás islas del Pacífico.

Algunos han visto al Ribiel como si fuera un enano de color negro y de olor
nauseabundo. Camina con mucha rapidez y se esconde en los manglares. Usa
un taparrabo de cuero de caimán, una franela sucia y rasgada; y un sombrero de
caña, perforado, por donde salen sus pelos hirsutos y puntiagudos. Tiene ojos
de gato, fosforescentes.

A Ribiel le gusta surcar el mar en una piragua pequeña, que parece la concha
de una gran tortuga; navega en noches oscuras, cuando no hay estrellas en el
firmamento. Le gusta asustar a los contrabandistas y personas extraviadas en el
mar o en el litoral Pacífico. Hace levantar las olas hasta alturas muy elevadas.
Le complace chupar los sesos de las personas que mueren debido al terror que
causa el espanto del Pacífico. A veces se introduce en los bohíos de los cholos
o del negro haragán y los despedaza contra el suelo o las paredes y chupa el
cráneo para buscar su alimento. En Juanchaco y en las cercanías de
Buenaventura pesca cangrejos y almejas. Es el terror de los navegantes en
noches de tempestad. Sin embargo, el Ribiel es enemigo de la luz; por ello, para
que no llegue al lugar de asentamientos himnos, las gentes acostumbran
encender fogatas y rociar agua bendita.

Entre los pescadores existe la superstición de que quien pesque al Ribiel en su


atarraya se convertirá en el hombre más rico de la región, pues su piragua
misteriosa es de puro oro. Un pescador del litoral Pacífico contó que una vez
cuando estaba pescando en el mar, vio una lámpara caminando sobre las olas,
empujada por una fuerza invisible; era una luz intensa que navegaba hacia él.

El pescador arrojó la atarraya y cuando hizo el impulso para sacarla la sintió


muy pesada. En la red había llegado un hueso fémur, que de inmediato pensó
que era del Ribiel. Mandó a hacer una ceremonia religiosa para enterrar el
fémur, y sobre su tumba colocó una cruz con la leyenda “aquí yace el Ribiel”.
Desde entonces se convirtió en uno de los pescadores más ricos de la región.

Algunas personas del litoral Pacífico dicen que las piernas del Ribiel alumbran
como una llamarada azul, la cual ven los pescadores en el mar y en los ríos.
Otras creen que vive buscando un rosario que tiró al mar cuando estaba
pequeño; por ello, los nativos para ahuyentarlo, le dicen:

“El más brillante lucero


Su rosario lo condena
Anda en la punta de un potro
Su rosario lo condena”.
(Ocampo López 1996: 292-5).

Satanás

Personaje comedor de puercos y prestamista avaro; interviene en


negocios de simonía, trata de blancas, moneda chanflosa y se entiende
muy bien con la oligarquía.

No tiene cuentas con los pobres, porque su predilección son los


banqueros y los comerciantes de manga ancha. Entiende mucho de bolsa
y vende dólares negros; compra licencias de todas las clases y la va muy
bien con los polacos (Escobar Uribe).

Bibliografía sobre espantos colombianos

Alarcón López, Juan Francisco (1972): «Leyendas del Tolima», en Narraciones


hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 158-60.
Álvarez Garzón, Juan (1972): «El Chutun», en .Narraciones hispanoamericanas de
tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 259-71.

Arias, Juan de Dios (1972): «La Barbacoa», en Narraciones hispanoamericanas de


tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 161-4.

Carrasquilla, Tomás (1974): La marquesa de Yolombó, ed. crítica de Kurt L. Levy,


Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, Biblioteca Colombiana X.

Duque, José Ignacio (1986): Antioquia, su pueblo, sus mitos, supersticiones y


leyendas, Medellín: Editorial La Pluma de oro.

Escobar Uribe, Arturo (1990): Mitos de Antioquia, Medellín: Ediciones Triángulo.

Jaramillo, Agustín Londoño (1988): El testamento del Paisa, Medellín: Susaeta


Ediciones.

Martínez González, Guillermo (1990): Mitos del Alto Magdalena, Bogotá: Trilce
editores.

Ocampo López, Javier (1968): Mitos colombianos, Bogotá: El Ancora editores.

Ocampo López, Javier (1996): Leyendas populares colombianas, Bogotá: Plaza y


Janés.

Peña Sarría, Armando (1972): «Leyendas de Sotará», en Narraciones


hispanoamericanas de tradición oral, Madrid: Editorial Magisterio Español, pp. 235-44.

Solorzano Sánchez, Luis Fernando (1990): Mitología y creencias populares de


Colombia, Bogotá: Editor Ecoe.

Valencia Salgado, Guillermo —«Compae Goyo»— (1987): Córdoba Su Gente Su


Folclor, Casa de la Cultura. Montería.

Esta sección sobre espantos colombianos


es obra del investigador Argemiro Vélez.
Para cualquier sugerencia o crítica,
puedes contactar con él en la dirección
[email protected]
Espantos brasileños

Madame Flosç

Su ocupacion es muy especializada: hace cosas con las colas de los caballos
[Moira Chas].

Espantos de la costa norte peruana

El Ahogado

El Ahogado es un espanto que, básicamente, se aparece a los pescadores.


Tiene forma humana, con poca ropa y hecha jirones, delgado. No habla, te llama
haciendo gestos con las manos y la cabeza y sólo pronuncia un sonido gutural
muy alto que lastima los tímpanos. Si te coge te come vivo, tiene una fuerza
descomunal. Para que el ahogado no te atrape, debes ingresar al agua porque
los condenados no pueden volver al elemento en el que han fallecido.

Nosotros crecimos en un barrio de los suburbios de Trujillo, muy citadinos


(según nosotros), pero siempre prestando atención a los cuentos de aparecidos
de las abuelas y las vecinas del barrio. En una de esas noches mi abuela contó
lo que le había sucedido a un pariente nuestro, pescador él.

En las cercanías de Trujillo, imagino que en lugares similares también, los


pescadores artesanales acostumbran llegar hasta la orilla del mar y hacer un
hoyo en la arena húmeda. Allí colocan unas maderas y una buena dotación de
camote. Encienden una hoguera, para endulzar las cercanías marinas y no tener
la necesidad de entrar mucho en el mar. Es creencia popular que este endulce
atrae a los peces.

Se encontraban los pescadores endulzando la playa, refugiados en unas


pequeñas chozas construidas para la ocasión y refugiándose del frío intenso de
la madrugada. Cuando de pronto apareció un hombre junto al fuego, como
queriendo calentarse. Uno de los pescadores, el primero en percatarse del
asunto intentó llegar hasta él y ofrecerle algo de ropa. Pero uno de los
pescadores mayores lo detuvo "Es el ahogao, corramos hacia la playa". En
tropel y asustados salieron todos los pescadores, abandonando las chozas e
ingresando a las aguas. Allí se quedaron tiritando hasta las seis de la mañana
en que las almas penantes vuelven al lugar del que salieron.

Eso es lo que nos contaba la abuela Graciela.

El Maligno
El Maligno toma cualquier forma. Básicamente se la aparece a los hombres en
la cantina. Su misión es llevarte al mundo de los muertos, en cuerpo y alma. Por
eso, los hombres de pueblo que caminan de noche llevan siempre en su alforja
por lo menos un objeto de acero, no acerado sino de acero; porque este metal
hace que las almas viajen lentamente.

Mi abuela siempre aseveraba que a mi abuelo se la había llevado el Maligno.


Cuando aún vivían juntos mi abuelo fue encontrado, después de una noche de
jarana, tirado en unos arenales muy alejados, babeando y hablando
incoherencias.

Luego, cuando estaba sobrio, relató que estando en la cantina, ya muy borracho,
se la apreció un hombre que empezó a tomar con él. Estuvieron tomando por
largo rato, cuando le propuso ir a seguirla en su casa. Entonces aceptó.
Empezaron a caminar y su "compadre" le decía que deje su alforja, que así
caminarían más rápido. Pero mi abuelo no aceptaba. A medida que seguían
caminando, su "compadre" sacaba licor de la nada, poruqe ni siquiera traía
alforja e insistía en que él dejara la suya. Así han caminado casi toda la noche,
hasta que amaneció y sin darse cuenta de nada, mi abuelo perdió el rastro de su
"compadre".

Lo hallaron horas más tarde, como ya dijimos. Y por donde él aseguraba haber
caminado con su "compadre sólo se veían las huellas de un hombre caminando
solo.

Esta sección sobre espantos criollos


de la costa norte peruana
es obra de
Omar Clemente Becerra Villanueva,
al cual expresamos
desde aquí nuestra gratitud

Espantos chilenos

Alicanto

Es un pájaro cuyo plumaje brilla en la oscuridad. Se posa en los sitios donde hay
algún tesoro; particularidad que utilizan en su provecho buscadores de minas
(cateadores) y los que persiguen riquezas escondidas (entierros). Se alimenta del oro y
la plata que extrae de yacimientos que él sólo conoce. La causa de que el Alicanto no
pueda volar está en el peso de su buche, por la pesadez de los minerales que ingiere.
Cuando está en ayuno corre con ligereza; después, ahíto, se mueve lentamente. el
mito del Alicanto pertenece a la misma familia del Farol, de Argentina. [César Parra]
Calchona

Es una bruja, un alma en pena, algo extraordinario. Se asemeja a un gran perro de


lanas muy crecidas que le arrastran por el suelo. Corre por el campo ladrando
incesantemente, y cuando
los perros la oyen, se amedrentan, y prorrumpen en aullidos muy tristes. La Calchona,
sin embargo, no hace daño a nadie. Muy difundida está la siguiente leyenda, que
explica el origen de la Calchona. Un marido que espiaba constantemente a su mujer,
porque tenía la sospecha de que era bruja, logró sorprenderla en el instante en que
salía de la casa transformada en oveja. La dejó ir, y él se encaminó a la alcoba, donde
encontró cambiados en zorritos a sus cuatro pequeños hijo, los cuales, por imitar a su
madre, se habían embardunado con los untos que ésta usaba para sus
transformaciones. Por medio de los mismos ungüentos convirtió otra vez el padre en
personas a sus hijos, y en seguida arrojó a la acequia los botecillos que contenían
aquellas diabólicas unturas; razón por la cual no pudo la mujer, cuando estuvo de
vuelta, tornar a su anterior estado, quedando para siempre mudada en oveja y siendo
desde siempre conocida con el nombre de Calchona. Parece que tiene cierta
semejanza con el Werwolf alemán, el Loup-garou francés. Viene del mapuche calcha,
que significa pelos interiores. [César Parra]

La Buenamoza

La leyenda de la Buenamoza se ha paseado por los poblados del Desierto de Atacama.


Hay más de una versión, pero la más citada habla de una mujer vampiro, vestida de
negro, que -atractiva y encantadora se acerca a los hombres que recorren lugares
solitarios o que se pierden en el desierto. Pero rápidamente muestra su verdadero
rostro: extrae un puñal, mata a su víctima y luego chupa su sangre. [César Parra]

La Lola

La Lola está presente en las leyendas de varias regiones del país. En unas partes es
un espíritu vengativo, condenado a vagar por la eternidad luego de matar al hombre por
el que sufría de amores. En la zona de Santiago de Chile es un ser fantasmal que
acecha en los desfiladeros y en las cumbres. Y en la mina de cobre de El Teniente,
cerca de Rancagua, se adapta a su realidad subterránea para recorrer los socavones
abandonados, vestida de blanco y arrastrando un ataúd. Cuando un minero muere en
ellos por causas desconocidas, sus compañeros no dudan: Vio a la Lola...y falleció.
[César Parra]

Piguchén (Piuchén)

El piguchén o piuchén es una culebra que al cabo de cierto tiempo se transforma en


una especie de rana de gran tamaño, toda cubierta de un vello finísimo, con las alas
muy cortas y anchas, que sólo le permiten dar pequeños vuelos, las patas fuertes y los
ojos saltados y espantosos. Es vampiro y prefiere la sangre de los animales a la del
hombre....¡menos mal! [César Parra]

Espantos de la ciudad de Lima

Las penas

Llamamos "penas" o "almas en pena" a aquellas que no han podido pasar


a descansar al cielo o a torturarse en el infierno, sino que siguen paseándosepor
entre nosotros. Aunque Ricardo Palma nos cuenta de Diego Peres de Araus,un
alma que alla por el siglo XVII regresaba del purgatorio para pagardeudas de
juego, las penas tienen normalmente dos motivos de retorno: religioso o
mercantil. Las que tienen fines religiosos quedarán tranquilassi es que se les
hacen las suficientes misas; las otras tienen que ver conalgún entierro o tapado
que señalaban desde ultratumba, para mayor fortuna dequien se atreviera a
afrontar la mágica presencia de las apariciones. Y realmente se encontraban
enterrados tesoros de oro y plata en las antiguas ciudades peruanas.

Normalmente vestidos de blanco como todo fantasma que se respete, la


gran mayoría sabía deslizarse sin hacer ruido y crecer o hacerse pequeños
confacilidad. Hubo sin embargo otros como el coche de Zavala que se paseaba
de noche por Lima rodeado de llamas infernales y de demonios, hasta que
lallegada de la luz eléctrica los espantó.

Un motivo de vagabundeo por nuestras tierras era el haber quedado


sin sepultura. Y entonces se contaba de canillas sueltas que buscan su
cuerpo, costillas descarnadas que daban volantines, calaveras que rodaban
solas, etc.

José Gálvez nos cuenta que toda casa grande y oscura que se desocupaba
en Lima estaba en inminente peligro de quedar deshabitada, porque los
vecinosaseguraban que de ella veían salir llamas, que en las noches los
perrosaullaban, que graznaban las lechuzas y que en los gallineros
circundanteslas gallinas se alborotaban cacareando hasta que llegaba la luz del
alba.

Cada vez menos penas hay en Lima. Ya comenzaron a desaparecer a


principios de siglo. Por algo Palma nos dio esta cuarteta:

Mamá, ¡que me come el coco!


Mamá, ¿no me comerá?
¡No te asustes por tan poco,
que el coco no come ya!
y sin embargo todavía tenemos un ejemplo de casa deshabitada. Un
segundo piso de la esquina de Garcilaso de la Vega con España (altos de
una ferreteria famosa, la Casa Matusita) está hace más de 40 años desocupada
por los miedos que alberga. En varias oportunidades, diversas personas han
querido pasar una noche ahí, pero todos han salido con más susto que el que
llevaban al entrar.

Los duendes

Otra creencia desaparecida de las ciudades peruanas es el duende. Según


José Gálvez, era un aparecido de cortísima estatura, cabezón y un
verdadero especialista en apedrear los muebles de las casas. Los pintaban
malévolos, burlones, como una especie de diablillos, a los que había que
ahuyentar haciendo la señal de la cruz. Desde ahí nos queda la imagen del
enano como un ser peligroso, insolente, antipático, dañino.

[Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en México y en Santiago (Argentina).]

Esta sección sobre espantos limeños es


obra del profesor Daniel Mathews. Para
cualquier sugerencia o crítica, puedes
contactar con él en la
dirección [email protected].

Espantos de la Pampa

Escuerzo

Un día de tantos, jugando en la quinta de la casa donde habitaba la familia, di


con un pequeño sapo que, en vez de huir como sus congéneres más
corpulentos, se hinchó extraordinariamente bajo mis pedradas. Horrorizábanme
los sapos y era mi diversión aplastar cuantos podía. Así es
que el pequeño y obstinado reptil no tardó en sucumbir a los golpes de mis
piedras. Como todos los muchachos criados en la vida semi-campestre de
nuestras ciudades de provincia, yo era un sabio en lagartos y sapos.
Además, la casa estaba situada cerca de un arroyo que cruza la ciudad, lo
cual contribuía a aumentar la frecuencia de mis relaciones con tales
bichos.

Entro en estos detalles para que se comprenda bien cómo me sorprendí al


notar que el atrabiliario sapito me era enteramente desconocido. Circunstancia
de consulta, pues. Y tomando mi víctima con toda la precaución del caso, fui a
preguntar por ella a la vieja criada, confidente de mis primeras empresas de
cazador. Tenía yo ocho años y ella sesenta. El asunto había, pues, de
interesarnos a ambos. La buena mujer estaba, como de costumbre, sentada a
la puerta de la cocina, y yo esperaba ver acogido mi relato con la acostumbrada
benevolencia, cuando apenas hube empezado, la vi levantarse
apresuradamente y arrebatarme de las manos el despanzurrado animalejo.

—¡Gracias a Dios que no lo hayas dejado! —exclamó con muestras de la


mayor alegría—. En este mismo instante vamos a quemarlo.
—¿Quemarlo? —dije yo—; pero qué va a hacer, si ya está muerto...
—¿No sabes que es un escuerzo —replicó en tono misterioso mi interlocutora—
y que este animalito resucita si no lo queman? ¡Quién te
mandó matarlo! ¡Eso habías de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a
contarte lo que le pasó al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en paz
descanse.

Mientras hablaba, había recogido y encendido algunas astillas sobre las


cuales puso el cadáver del escuerzo. ¡Un escuerzo! decía yo, aterrado bajo mi
piel de muchacho travieso; ¡un escuerzo! Y sacudía los dedos como si el frío del
sapo se me hubiera pegado a ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la
médula a un hombre de barba entera.

—¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquía? —interrumpió


aquí Julia con el amable desenfado de su coquetería de treinta años.
—De ningún modo, señorita. Es una historia que ha pasado.

Julia sonrió.

—No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla...


—Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de
vengarme con ella de su sonrisa.

Así, pues, proseguí, mientras se asaba mi fatídica pieza de caza, la vieja criada
hilvanó su narración que es como sigue:

Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivía con el hijo único que había tenido
de él, en una casita muy pobre, distante de toda población. El
muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el vecino bosque, y así
pasaban año tras año, haciendo a pie la jornada de la vida. Un día volvió
como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano,
vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo hacían, refirió a su madre que
en la raíz de cierto árbol muy viejo había encontrado un escuerzo, al cual no le
valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su
hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharlo, pidiéndole que por favor la
acompañara al sitio, para quemar el cadáver del animal.

—Has de saber —le dijo— que el escuerzo no perdona jamás al que lo


ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no
descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.

El buen muchacho rió grandemente del cuento, intentando convencer a la


vieja de que aquello era una paparrucha buena para asustar chicos molestos,
pero indigna de preocupar a una persona de cierta reflexión. Ella insistió,
sin embargo, en que la acompañara a quemar los restos del animal.

Inútil fue toda broma, toda indicación sobre lo distante del sitio, sobre el daño
que podía causarle, siendo ya tan vieja, el sereno de aquella tarde de
noviembre. A toda costa quiso ir y el tuvo que decidirse a acompañarla.

No era tan distante; unas seis cuadras a lo más. Fácilmente dieron con
el árbol recién cortado, pero por más que hurgaron entre las astillas y las
ramas desprendidas, el cadáver del escuerzo no apareció.

—¿No te dije? —exclamó ella echándose a llorar—; ya se ha ido; ahora ya


no tiene remedio esto. ¡Mi padre san Antonio te ampare!
—Pero qué tontería, afligirse así. Se lo habrán llevado las hormigas o lo
comería algún zorro hambriento. ¡Habráse visto extravagancia, llorar por
un sapo! Lo mejor es volver, que ya viene anocheciendo y la humedad de
los pastos es dañosa.

Regresaron, pues, a la casita, ella siempre llorosa, él procurando distraerla con


detalles sobre el maizal que prometía buena cosecha si seguía lloviendo; hasta
volver de nuevo a las bromas y risas en presencia de su obstinada tristeza. Era
casi de noche cuando llegaron. Después de un registro minucioso por todos los
rincones, que excitó de nuevo la risa del muchacho, comieron en el patio,
silenciosamente, a la luz de la luna, y ya se disponía él atenderse sobre su
montura para dormir, cuando Antonia le suplicó que por aquella noche siquiera,
consintiese en encerrarse dentro de una caja de madera que poseía y dormir
allí.

La protesta contra semejante petición fue viva. Estaba chocha la pobre,


no había duda. ¡A quién se le ocurría pensar en hacerlo dormir con aquel
calor, dentro de una caja que seguramente estaría llena de sabandijas!

Pero tales fueron las súplicas de la anciana, que como el muchacho la


quería tanto, decidió acceder a semejante capricho. La caja era grande, y
aunque un poco encogido, no estaría del todo mal. Con gran solicitud fue
arreglada en el fondo la cama, metióse él adentro, y la triste viuda tomó
asiento al lado del mueble, decidida a pasar la noche en vela para cerrarlo
apenas hubiera la menor señal de peligro.

Calculaba ella que sería la media noche, pues la luna muy baja empezaba
a bañar con su luz el aposento, cuando de repente un bultito negro, casi
imperceptible, saltó sobre el dintel de la puerta que no se había cerrado
por efecto del gran calor. Antonia se estremeció de angustia.

Allí estaba, pues, el vengativo animal, sentado sobre las patas traseras, como
meditando un plan. ¡Qué mal había hecho el joven en reírse! Aquella
figurita lúgubre, inmóvil en la puerta llena de luna,. se agrandaba
extraordinariamente, tomando proporciones de monstruo. ¿Pero, si no era más
que uno de los tantos sapos familiares que entraban cada noche a la casa en
busca de insectos? Un momento respiró, sostenida por esta idea. Mas el
escuerzo dio de pronto un saltito, después otro, en dirección a la caja. Su
intención era manifiesta. No se apresuraba, como si estuviera seguro de su
presa. Antonia miró con indecible expresión de terror a su hijo; dormía,
vencido por el sueño, respirando acompasadamente.

Entonces, con mano inquieta, dejó caer sin hacer ruido la tapa del pesado
mueble. El animal no se detenía. Seguía saltando. Estaba ya al pie de la
caja. Rodeóla pausadamente, se detuvo en uno de los ángulos, y de súbito,
con un salto increíble en su pequeña talla, se plantó sobre la tapa.

Antonia no se atrevió a hacer el menor movimiento. Toda su vida se


había concentrado en sus ojos. La luna bañaba ahora enteramente la pieza. Y
he aquí lo que sucedió: el sapo comenzó a hincharse por grados, aumentó,
aumentó de una manera prodigiosa, hasta triplicar su volumen. Permaneció
así durante un minuto, en que la pobre mujer sintió pasar por su corazón
todos los ahogos de la muerte. Después fue reduciéndose, reduciéndose
hasta recobrar su primitiva forma, saltó a tierra, se dirigió a la puerta y
atravesando el patio acabó por perderse entre las hierbas.

Entonces se atrevió Antonia a levantarse, toda temblorosa. Con un


violento ademán abrió de par en par la caja. Lo que sintió fue de tal modo
horrible, que a los pocos meses murió víctima del espanto que le produjo.

Un frío mortal salía del mueble abierto, y el muchacho estaba helado y


rígido bajo la triste luz en que la luna amortajaba aquel despojo sepulcral,
hecho piedra ya bajo un inexplicable baño de escarcha.

(cuento de Leopoldo Lugones, incluido en Las fuerzas extrañas, de 1906 —


antología de textos publicados en la prensa—; enviado por Andrea Cobas).

La luz mala
Alma que pena culpa mayor, o quiere dar aviso del sitio en que dejó enterrado
un tesoro al morir. Inspira respeto y temor, pero suele despertar también
ilusiones de riqueza. Es un fuego fatuo. Quien descubra un tesoro gracias a ella
deberá encargarle varias misas para que deje de penar. Entre los guaraníes, el
alma en pena es Pa Caá.

La Mulánima

Muchos otros nombres tiene la Mulánima: Alma Mula, Mula Anima, Almamula,
Mujer Mula, Mala Mula, Mula sin Cabeza, Mula frailera y Tatá Cuñá. Y en
definitiva todos ellos dicen lo mismo, hablan de fantasmas de mujeres
condenadas por sus pecados graves en contra del pudor o que tuvieron
relaciones sexuales con su padre, un hermano, un cuñado o un cura.

Este castigo es en general post-mortem, aunque también se ha dado la


transformación en vida. para salvar su alma hay que cortarle la oreja, tuzarle las
crines o darle un hachazo en la frente. Así, su sangre al correr se transforma en
el elemento redentor que la convierte en una bella y codiciada mujer. En La
Rioja se habla de marcarle dos tajos en forma de cruz para deshacer el encanto:
si se tratara de una persona viva, al día siguiente ostentaría una cicatriz en el
lugar del conjuro. Otras versiones, dicen que sólo un hombre muy valiente puede
detenerla y sacarle el freno que lleva en la boca, liberándola así de su castigo.

Su aspecto es el de una mula negra o castaño oscuro y largas orejas, envuelta


en llamas que aparece sólo de noche. Este engendro de mujer galopaa toda
velocidad por los campos rebuznando tristemente y dejando un estruendo de
ruido metálico, como si arrastrara cadenas y echando fuego porla boca, los
ollares y los ojos destelleantes. Ese rebuzno triste, casihumano, enloquece a los
perros. Se alimenta de carne y por eso se le atribuyen las desapariciones de
ovejas y niños. Se dice que mata a la gentea dentelladas y patadas. Y que por
sólo mirarla acechan las desgracias y lamuerte. Se cuentan historias de gauchos
prendados por la Mulánima que abandonaron sus familias, trabajo y amigos para
seguirla en sus andanzas, yque murieron al poco tiempo consumidos por su
pasión.

Se comenta que sólo los muy valientes y hombres de mucha fe pueden


escapar de las garras infalibles del Almamula. Y que para defenderse o repelerla
deben repetir tres veces "Jesús, María y José", o mostrarle la cruz que tienen,
entre el cabo y la hoja, los cuchillos de acero. Por eso algunas personas creen
que la Mulánina es el mismísimo Diablo.

La leyenda está muy enraizada en el Norte y Centro argentino, aunque


algunos autores como Fortuny creen que se trata de una derivación de la
leyenda de la Viuda.
Es tan fuerte esta creencia en el noroeste argentino, que incluso se habla
de una piedra que tiene grabada la huella de la pisada de este espanto, la
que se puede visitar en la Ruta de Birmania, camino al Ojo de Agua por
detrás de la Loma del Pelao, en Tafí del Valle, Provincia de Tucumán.

También se comenta que el caudillo santiagueño Felipe Ibarra mandó una vez
a toda una comisión a perseguir una mula rosilla que tenía aterrorizada a una
población. La batida resultó existosa y se la atrapó en el monte. Luego la
llevaron a la iglesia de Quimilíoj, donde la ataron a un árbol y la molieron
a golpes. Como consecuencia de ello, la condenada recuperó su forma humana
y fue a concluir sus días en La banda.

Otras versiones la ponen merodeando las galerías de las estancias antiguas


en las siestas calurosas y pesadas del verano, y en los patios de los
ranchos, aunque se cree que esta modificación de la leyenda está destinada
solamente a limitar las correrías de los niños e inducirlos a dormir la
siesta.

Rafael Obligado le dedicó un romance, referido a la novia de un soldado que


tuvo que partir a Chile durante la guerra de la independencia. Aunque la
joven se había comprometido en casamiento, se "enredó" con un cura "pa'
curarse de ausencias", y por ello Dios la maldijo y echó su alma a penar en
las quebradas desiertas. [Yael Rosenfeld].

Sobre este personaje, escribe también Julio Carreras a memoria:

nuestra Mamavieja nos contaba que una noche de viento norte —tierra y
silbos entre los mistoles—, oyó el ulular estremecedor del almamula (así
se lo llama, preferentemente en Santiago, Argentina). Ella estaba sola con
sus cuatro hijitos (pues mi Tataviejo era muy mujeriego y solía irse por
temporadas largas); tuvo miedo y apretándolos como pudo se acurrucó
junto a ellos en un rincón. Pese a ello, pudo ver, por una rendija en el
ventanuco del rancho (de adobe) a una mula rauda perdiéndose en la
distancia. Llevaba una cadena muy larga pendiendo de su cuello. Sus
orejas eran desmesuradas.

No sé por qué la mujer incestuosa se convierte en mula (al parecer hay


casos en que el varón también se convierte). Esta es la primera etapa de
la metamorfosis nocturna (mientras los culpables duermen). La segunda
etapa, en el caso de la mujer, es la de una hermosa dama rubia, que
golpea las puertas de los hombres solitarios... sólo para devorarlos
cuando estos han entrado en confianza. En esta etapa el almamula se ha
convertido en antropófaga. La tercera etapa (sugerida en mi cuento) es la
del almamula reincidente y exacerbada, cuando ya "no tiene salvación",
según me comentó un viejo al cual di a leer este cuento antes de
publicarlo. Es cuando se transforma en ese monstruo horrible y feroz.
Pero antes, para seducir a sus víctimas, se había presentado como la
mujer rubia.

 Acaso por su particular identidad (animal estéril, hijo del encuentro de dos
especies), la mula es un animal frecuente en la zoología del espanto: cf. Mula
Blanca, Mula de Tres Patas, Mula Herrada.

Disfruta aquí de un cuento de Julio Carreras inspirado en la leyenda de la


Mulánima. Para ver en persona a nuestra amiga, visítala en la Galería.

Bibliografía sobre la Mulánima

Colombres 1986
P.Fortuny (1965): Supersticiones calchaquíes, Buenos Aires: Huemul.
http://www.geocities.com/Augusta/4543/mulanima.htm
http://www.geocities.com/Baja/6764/mulanima.htm

La Viuda (Carao, Viuda Loca)


Hernán González (desde aquí, gracias) nos mandó este fragmento de una
zamba:

Tiemblan caballo y jinete


cuando se enanca la viuda;
es pedigueña de amores,
y si el mozo se le asusta
le clava en medio del pecho,
mesmo que garras, las uñas.

Noche de las condenadas


noche parda de las brujas.
Desflecándose en el aire,
trapito de nube oscura,
anda en el monte, llorando
lágrimas de ánima viuda.

Joaquín Alipio tuvo a su vez la gentileza de enviar a memoria dos versiones de


este mito:

El primer mito de la Viuda que encontré es poco elaborado, consiste en


un "Alma en Pena" que se les aparece a los gauchos cuando van por los
esteros y bañados (es una zona muy humeda y selvática) y los mata.

El segundo es el mito de el Carao o de "La Viuda Loca". El Carao o "La


Viuda Loca" es un pájaro cuyo nombre taxonómico es Aramus guarauna;
es de color pardo con manchitas blancas que le caen por el cuello hasta
el dorso como si fuese una mantilla, es de patas y cuello largo y de pico
aguzado y corvo, se alimenta de caracoles o gusanos. La leyenda dice
que un hombre que vivía con su madre, enferma, debió ir a buscar
medicinas para la misma, pero se entretuvo en el camino, en unafiesta y a
la madrugada siguiente, al volver se encontró con que su madre se había
muerto y unos vecinos piadosos ya le habían dado sepultura, entoncen él
fue caminando hacia los esteros y bañados (marismas) y a medida que
iba penetrando en ellos se fue transformando en el Carao o "La Viuda
Loca".

Cf. la Viudita.

Espantos de la provincia de Santiago (Argentina)

El Alma Perdida
Una mujer desnuda y de trenzas que espanta a los viajeros con su llanto, expía
un amor ilícito entre hermanos o cuñados.

El Bagual

Un potro de larga cola y crines negras, que lanza espuma por la boca y fuego
por los ojos. Aparece al caer la tarde y es la meta máxima de todo domador

El Familiar

También de Tucumán, un perro negro que escupe fuego y se alimenta de carne


humana: los dueños de los ingenios azucareros deben sacrificarle un peón. Es
un ser de naturaleza maligna, que envía muerte, enfermedades, daños y otras
desgracias.

El Imaj Laya

Reconocido por emitir sonidos similares a truenos o estampidas: cuando se lo


oye hay que hacer absoluto silencio, ya que si se lo enfrenta a los gritos se
recibe una condena eterna.

El Mikilo

Hombre pájaro entre otras descripciones, que ataca y asusta a los hombre y
mata animales.

El Sacháyoj

Protector de los árboles, grita como los golpes de hacha. Según Plath 1979: 100,
es también nombre del Diablo (Plath 1979: 100).

El Toro Súpay

O Toro Diablo, que protege la hacienda de aquel que hace un pacto con él: a la
muerte del dueño el Supay se queda con su alma y su hacienda. Supay es
nombre aymará del Diablo (Plath 1979: 100).

Kacharpaya

Preside el carnaval, es un hombre andrajoso al que entierran simbólicamente


cuando finaliza el festejo.

Kaparilo

La corporización de los ruidos extraños, se hace invisible y produce pavor


La chancha con cadenas

Es una leyenda de Córdoba, un ser diabólico que aparece por las estaciones de
ferrocarril.

La Umita

En quichua quiere decir "cabecita". Es un ser legendario muy conocido en


Santiago del Estero. Dicen que es una cabeza humana de cabellera larga y
enmarañada que vaga sola por la noche, ya sea rodando o volando al ras del
piso, y emitiendo un ruido similar al del trigo mecido por el viento. Otras
versiones dicen que su pelambre es dura o que en realidad se trata de una
cabecita como de niño.

Le gustan las taperas o los caminos viejos y abandonados, y prefiere las


luces menguantes del atardecer. Se aparece llorando, con el rostro bañado en
lágrimas, a veces implora piedad o pide ayuda angustiosamente. Siempre trata
de contar sus amarguras al viajero pero generalmente sólo logra aterrorizarlo. Al
amanecer terminan sus andanzas.

Sin embargo, muchos que la conocen no le temen. Incluso aseguran que


ella los ha acompañado y protegido contra los malos espíritus en alguna travesía
nocturna. Eso sí, hay que aguantarse sus lamentos y quejas constantes.
Algunos dicen que los paisanos le dejan agua en un lugar apartado, pues sería
la sed lo que la hace merodear por los caminos y los ranchos.

También hay versiones más terribles. Se habla de algunos viajeros que se


trabaron en lucha con ella hasta el amanecer, cuando la Umita se transformó en
toro o ternero y luego confesó la falta que estaba condenada a pagar. El
luchador, se dice, perdió el habla, o sea que la palabra de la Umita sólo suena
para privar de la suya al desventurado oyente.

Véase la Uma quechua, de la que la Umita es un desarrollo local.

Para ver a la Umita, acude a la Galería de espantos.

Los Duendes

Criaturas que sus madres matan al nacer o fueron abortadas o murieron sin
bautizar, hacen travesuras, asustan a los niños y cortejan a las mujeres
apareciéndoseles desnudos. Para una visión más completa,
ver aquí (http://www.geocities.com/Baja/6764/duende.htm).

[Duendes de otras latitudes: en Ecuador, en Lima y en México.]


Mayup Maman

Madre del río, cuerpo de sirena, anuncia las crecientes y desparrama la lluvia,
aunque también rapta hombres y los ahoga en el fondo del río.

Esta sección sobre espantos de la Pampa


es obra de Yael Rosenfeld. Para cualquier
sugerencia o crítica, puedes contactar con
ella en la dirección [email protected]

Espantos de la provincia de Tucumán (Argentina)

El Ucumar

Esta leyenda se extiende por el Noroeste Argentino, hasta Santiago del


Estero.

El Ucumar, Ucumari o Ucumare es un espanto que parece un hombre petiso


y panzón, con el cuerpo todo cubierto de pelos, larga barba, frente angosta y
las manos y pies enormes. Por eso se lo llama hombre-oso y se lo representa
en distintos grados de hibridación.

Se dice que su fuerza es extraordinaria y sus gruñidos ensordecedores. Se lo


acusa de raptar mujeres y llevarlas a vivir con él, con el propósito de
tener hijos. Sin embargo, Berta Vidal de Battini recogió un testimonio en
Las Lomitas, Formosa, sobre un Ucumar hembra que rapta niños y jovencitos
para hacerse fecundar por ellos.

Suele aparecer de improviso y aterrorizar al que lo ve. Si se le grita,


responde desde lejos con voz humana. Si los perros lo atacan, él se defiende
a garrotazos.

Se cree que vive en cuevas de las montañas o en el fondo de las quebradas,


pero merodea los ríos y vertientes para bañarse. Allí es donde se encuentran
siempre muestras de sus pisadas, parecidas a las de los osos. También se
dice que es ágil y puede traparse a los árboles más altos [Yael Rosenfeld].

Escribe también a memoria Marta Juárez:

Camino a Tucumán, en el cruce Salta-Tucumán, me detuve (con el enojo de mi


amiga acompañante) y levanté dos hombres que a un costado de la ruta
deshidratados por el calor, chorreados de transpiración, esperaban sudados un
milagro: que pase un micro y los recoja.
Eran dos lugareños que iban a dos pueblos cercanos —El Quebrachal y Joaquín
V. González—; ya en viaje, iniciamos una charla en la que les pregunté por los
espantos y aparecidos del lugar y ahi entraron a decirme que por esa zona
aparece el "ucumar", "un animal peludo con aspecto humano, que podía ser
hombre o mujer y que raptaba a las personas y se las llevaba a su cueva en
donde las sometía a sus antojos sexuales, luego de lo cual se las devoraba.
Había testimonios de gente a la que se le habia aparecido...

Ya en Tucumán busqué en la bibliografía pertinente y encontré lo siguiente, que


como estaba en fotocopias no pude sacar el autor/a, y dice así:

(...) Al parecer sería el mismo Jukumari del departamento de Chuquisaca


Bolivia, vinculado a su vez con mitos peruanos de larga data. (...)
También roba niños.

Un cantar popular de Tucumán desea así al enemigo:

Un tigre de grande saña


Te agarre con más presteza;
Y te corte la cabeza
un Ucumar con su maña;
Que te devore una araña,
El corazón a pedazos;
Y que te tiren balazos
Con bala de artillería;
Y que en ese mismo día
Un rayo te haga pedazos.

(http://www.folkloredelnorte.com.ar/literatura/cantares.htm)

Bibliografía: Colombres 1986.

Se ha querido encontrar un correlato "real" del Ucumar en el ukumar u oso


andino, «la única especie de oso, de las ocho que existen en el mundo, que
habita América del Sur». «El ukumar es la única especie de oso en América del
Sur, con una población estimada en 18 mil ejemplares, de los cuales entre 4 mil
y 5 mil individuos viven en territorio colombiano. Es de pelaje negro, orejas
redondas, posee cinco dedos en cada pata provistos de garras, cola corta, ojos
pequeños y una mancha en la cara y parte del pecho cuyo color varía desde el
blanco al crema o pardo. El macho, parado en dos patas puede medir hasta 1,80
metros, en tanto que en cuatro patas alcanza los 80 centímetros de altura. Por lo
general es de hábitos solitarios y sólo se reúnen en grupos en temporada de
reproducción o cuando la hembra tiene crías. Se alimenta con fruta, miel, y todo
lo que puede brindarles el bosque, aunque también es carnívoro y
frecuentemente ataca al ganado.» (enviado por Marta Juárez a la lista Memoria,
10-4-2003).

Para más información sobre oso y espanto, incluyendo imágenes de ambos,


ver:

o http://ar.geocities.com/argentinamisteriosa/ucumar.htm
o http://www.folkloredelnorte.com.ar/leyendas/ucumar.htm
o http://www.oran.gov.ar/historia/leyendas/ucumar/
o http://www.redanimal.org/INFORMACION/Parques%20Nacionales/pnbarit
u/pnbaritu.htm

ASUSTADORES CRIOLLOS 
Apagado el fulgor de trabucos y explosiones, primero de la Conquista y luego de la 
Independencia, pros
caballos. Y lo cierra una estupenda descripción del personaje: un animal largo —
dos veces un carnero por luna llena, del tam
Mamá nos llevó a la cocina y nos sirvió una taza de café caliente que nos 
sentómuy bien. Cuando nos pasó el susto, papá dijo
Mito mayor y espanto de Antioquia (Colombia), también conocido en México y 
Guatemala. Jaramillo lo describe así: Una como fi
Una versión pone en relación el espanto con un personaje histórico singular:  cuando 
los españoles llegaron a conquistar Méx
Es conocida también con otros nombres: la María Pardo o la Turumana y aún con 
diferentes apariencias, hasta gustadora de fum
Esta es su caracterización específica. Como derivación de la leyenda de la  
Viuda, hay versiones que dicen que implora ayuda
Izard, 
Gabriel:  
"La 
religiosidad 
popular 
afrovenezolana" http://www.nodo50.ix.apc.org/SODEPAZ/21art8.htm 
Jaramillo, Ag
 
Fantasmas en Carondelet 
 
La Loca Viuda 
Espantos venezolanos  (http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/criollos.htm#Espant
 
Penas 
Espantos colombianos  (http://encina.pntic.mec.es/~agonza59/criollos.htm#Espantos colombianos)
 
El Buque Fantasma

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