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Lecturas 2do Bachillerato

El documento narra la historia de Charlie Mears, un joven que aspira a convertirse en escritor. Charlie visita regularmente a su amigo para leerle sus escritos y pedirle consejo. Una tarde, Charlie cree tener la idea para el 'mejor cuento del mundo' y le pide a su amigo permiso para escribirlo en su casa. Sin embargo, cuando comienza a escribir, se da cuenta de que la idea no es tan buena como pensaba.

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Lecturas 2do Bachillerato

El documento narra la historia de Charlie Mears, un joven que aspira a convertirse en escritor. Charlie visita regularmente a su amigo para leerle sus escritos y pedirle consejo. Una tarde, Charlie cree tener la idea para el 'mejor cuento del mundo' y le pide a su amigo permiso para escribirlo en su casa. Sin embargo, cuando comienza a escribir, se da cuenta de que la idea no es tan buena como pensaba.

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El cuento más hermoso del mundo

Rudyard Kipling

Se llamaba Charlie Mears; Era hijo único de madre viuda; vivía en el norte de Londres y venía al
centro todos los días, a su empleo en un banco. Tenía veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo
encontré en una sala de billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo
que estaba allí como espectador; le insinué que volviera a su casa.

Fue el primer jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con los amigos, solía
visitarme, de tarde; hablando de sí mismo, como corresponde a los jóvenes, no tardó en confiarme
sus aspiraciones: eran literarias. Quería forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de
poemas, aunque no desdeñaba mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde. Fue
mi destino estar inmóvil mientras Charlie Mears leía composiciones de muchos centenares de versos
y abultados fragmentos de tragedias que, sin duda, conmoverían el mundo. Mi premio era su
confianza total; las confesiones y problemas de un joven son casi tan sagrados como los de una niña.
Charlie nunca se había enamorado, pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad; creía en
todas las cosas buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar que era un hombre
de mundo, como cualquier empleado de banco que gana veinticinco chelines por semana. Rimaba
«amor y dolor», «bella y estrella», candorosamente, seguro de la novedad de esas rimas. Tapaba
con apresuradas disculpas y descripciones los grandes huecos incómodos de sus dramas, y seguía
adelante, viendo con tanta claridad lo que pensaba hacer, que lo consideraba ya hecho, y esperaba
mi aplauso.

Me parece que su madre no lo alentaba; sé que su mesa de trabajo era un ángulo del lavabo.

Esto me lo contó casi al principio, cuando saqueaba mi biblioteca y poco antes de suplicarme que le
dijera la verdad sobre sus esperanzas de "escribir algo realmente grande, usted sabe".

Quizá lo alenté demasiado, porque una tarde vino a verme, con los ojos llameantes, y me dijo,
trémulo: - ¿A usted no le molesta... puedo quedarme aquí y escribir toda la tarde? No lo molestaré,
le prometo. En casa de mi madre no tengo dónde escribir.

- ¿Qué pasa? - pregunté, aunque lo sabía muy bien.

- Tengo una idea en la cabeza, que puede convertirse en el mejor cuento del mundo. Déjeme
escribirlo aquí. Es una idea espléndida.

Imposible resistir. Le preparé una mesa; apenas me agradeció y se puso a trabajar enseguida.

Durante media hora la pluma corrió sin parar.

Charlie suspiró. La pluma corrió más despacio, las tachaduras se multiplicaron, la escritura cesó. El
cuento más hermoso del mundo no quería salir.

- Ahora parece tan malo - dijo lúgubremente -.

Sin embargo, era bueno mientras lo pensaba.


¿Dónde está la falla?

No quise desalentarlo con la verdad. Contesté:

- Quizá no estés en ánimo de escribir.

- Sí, pero cuando leo este disparate...

- Léeme lo que has escrito - le dije.

Lo leyó. Era prodigiosamente malo. Se detenía en las frases más ampulosas, a la espera de algún
aplauso, porque estaba orgulloso de esas frases, como es natural.

- Habría que abreviarlo - sugerí cautelosamente.

- Odio mutilar lo que escribo. Aquí no se puede cambiar una palabra sin estropear el sentido.

Queda mejor leído en voz alta que mientras lo escribía.

- Charlie, adoleces de una enfermedad alarmante y muy común. Guarda ese manuscrito y revísalo
dentro de una semana.

- Quiero acabarlo en seguida. ¿Qué le parece?

- ¿Cómo juzgar un cuento a medio escribir?

Cuéntame el argumento.

Historia de cronopios y de famas


Julio Cortazar

INSTRUCCIONES PARA LLORAR

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un
llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza.
El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico
acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en
que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le
resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato
cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro.
Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto.
Duración media del llanto, tres minutos.

INSTRUCCIONES-EJEMPLOS SOBRE LA FORMA D E TENER MIEDO

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen.
Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere. En la plaza del Quirinal, en
Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se
ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados. En
Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar
a un perro más allá de la última farola. Un señor está extendiendo pasta dentífrica en el cepillo. De
pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan
pintada. Al abrir el ropero para sacar una camisa, cae un viejo almanaque que se deshace, se
deshoja, cubre la ropa blanca con miles de sucias mariposas de papel. Se sabe de un viajante de
comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al
arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos. El médico
termina de examinarnos y nos tranquiliza. Su voz grave y cordial precede los medicamentos cuya
receta escribe ahora, sentado ante su mesa. De cuando en cuando alza la cabeza y sonríe,
alentándonos. No es de cuidado, en una semana estaremos bien. Nos arrellanamos en nuestro
sillón, felices, y miramos distraídamente en torno. De pronto, en la penumbra debajo de la mesa
vemos las piernas del médico. Se ha subido los pantalones hasta los muslos, y tiene medias de mujer.

PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de
rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos
que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese
menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo
terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es
tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado
colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de
darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las
vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de
perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la
seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con
los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del
reloj.

Rayuela: Capítulo 68
Julio Cortázar

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en


salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las
incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al
nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando,
reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han
dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un
momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente
sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los
extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas,
la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una
sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían
balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se
resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles
que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
FIN

La Sirena
Ray Bradbury

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de
la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros
de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos
el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si
ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que
temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de
naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.
-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.
-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar
ginebra.
-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
-En los misterios del mar.
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz
movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En
ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que
atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y
unos pocos barcos.
-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es
como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre
distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie.
Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del
faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos.
Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la
medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé
que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe
parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro,
y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos
peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?
Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna
parte, hacia la nada.
-Oh, hay tantas cosas en el mar -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo
nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los
llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras
sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía
el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países
y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en
un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
-Sí, es un mundo viejo.
-Ven. Te reservé algo especial.
Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del
cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y
giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada
quince segundos.
-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un
movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí,
al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy
aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es
hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-,
algo viene a visitar el faro.
-¿Los cardúmenes de peces?
-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi
calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate
aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el
galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar
nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez
hay alguien conmigo. Espera y mira.
Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar,
McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.
-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría
y sin sol, y dijo: “Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos;
haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una
cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como
otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un
sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado
que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en
las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato
y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad
de la vida”.
La sirena llamó.
-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el
faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene…
-Pero… -interrumpí.
-Chist… -ordenó McDunn-. ¡Allí!
-Señaló los abismos.
-Algo se acercaba al faro, nadando.
Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena
llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero
allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo,
gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se
elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la
superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego
un cuello. Y luego… no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros
por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una
islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se
sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de
largo.
No sé qué dije entonces, pero algo dije.
-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.
-¡Es imposible! -exclamé.
-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha
cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.
El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla
iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo
reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de
una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el
silencio de la niebla.
Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
-¡Parece un dinosaurio!
-Sí, uno de la tribu.
-¡Pero murieron todos!
-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los
abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los
abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
-¿Qué haremos?
-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en
cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor,
y casi tan rápido.
-¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario
que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena
llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca
dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano.
Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.
-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta
kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene
un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último
de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres
y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta
donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como
tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del
que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te
mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara
de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del
océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar,
y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te
alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por
los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la
sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día,
unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir
lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y
luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche,
Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello
largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz
como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo… lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca
volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras
los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los
perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como
hormigas blancas por las lomas.
La sirena llamó.
-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y
alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero
al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en
un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo
pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.
El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma
alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.
-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca
vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir
a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.
El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.
-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.
Apagó la sirena.
El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que
golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.
El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una
especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando
los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su
interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre
con ojos furiosos y atormentados.
-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo
ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante
piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su
angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se
sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron
hechos trizas sobre nosotros.
McDunn me tomó por el brazo.
-¡Abajo! -gritó.
La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían.
Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
-¡Rápido!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras
en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló
bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn
y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.
Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los
escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.
Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran
succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado
sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El
monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura
que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y
llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no
descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el
sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo
los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas
y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.
No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría
las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las
aguas desiertas golpeaban la costa.
Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido
trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas
amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a
McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
-Por si acaso -dijo McDunn.
Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré
las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto,
allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.
-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede
amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años.
Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va
por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.
Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la
sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.
FIN

Juguemos a los venenos


Ray Bradbury
—¡Te odiamos! —Gritaron los dieciséis chicos y chicas, apretándose alrededor de Michael
en el aula.
Michael gritó. El recreo había terminado, pero el señor Howard, el maestro, aún no había
llegado.
—¡Te odiamos!
Y los dieciséis chicos y chicas juntos, agolpándose y resollando, abrieron una ventana. Había
tres pisos de altura hasta la acera. Michael se debatió.
Cogieron entre todos a Michael y lo empujaron por la ventana.
El señor Howard, su maestro, entró en aquel momento en el aula.
—¡Esperen! —gritó.
Michael cayó desde tres pisos de altura. Michael murió.
Nada se pudo hacer. La policía se encogió de hombros de forma elocuente. Todos aquellos
niños tenían ocho o nueve años; no comprendían lo que estaban haciendo. Así es que…
El colapso del señor Howard se produjo al día siguiente. Se negó a volver a enseñar en su
vida.
—Pero ¿por qué? —le preguntaron sus amigos.
El señor Howard no dio ninguna razón. Permaneció en silencio y una luz terrible llenó sus
ojos. Más tarde, les dijo que si les contaba la verdad, creerían que se había vuelto loco.
El señor Howard abandonó Madison City. Se marchó a vivir en un pequeño pueblo cercano,
Green Bay, donde permaneció durante siete años, manteniéndose con los ingresos que
conseguía de escribir historias y poesía.
No se casó nunca. Las pocas mujeres a las que se aproximó siempre deseaban tener… hijos.
En el otoño de su séptimo año de autoforzado retiro, cayó enfermo un buen amigo del señor
Howard, un maestro. Ante la falta de un sustituto adecuado, el señor Howard fue convocado
y convencido de que su deber era hacerse cargo de la clase. Dándose cuenta de que el
compromiso no podía durar más de unas pocas semanas, el señor Howard aceptó,
desgraciadamente.
—A veces —dijo el señor Howard aquella mañana de un lunes de setiembre mientras
caminaba lentamente por los pasillos laterales de la clase—, a veces creo realmente que los
niños son como invasores procedentes de otra dimensión.
Se detuvo, y sus brillantes ojos negros pasaron de un rostro a otro de sus pequeños oyentes.
Mantenía una mano en la espalda, cerrada y apretada. La otra, como un pálido animal, se
posaba en la solapa de la chaqueta mientras hablaba; después aún subió más para jugar con
las gafas.
—A veces —siguió diciendo, mirando a William Arnold y a Russell Newell, y a Donald
Bowers y a Charlie Hencoop—, a veces creo que los niños son pequeños monstruos surgidos
del infierno porque ni siquiera el demonio puede soportarlos. Y, desde luego, creo que se
debe hacer todo lo posible por reformar sus pequeñas mentes incivilizadas.
La mayor parte de sus palabras sonaron muy poco familiares en las orejas limpias y sucias
de Arnold, Newell, Bowers y los demás. Pero el tono de su voz les hacía sentir miedo. Las
niñas estaban apoyadas en los respaldos de sus asientos, aprisionando sus trenzas, para que
él no estirara de ellas como si fueran cuerdas de campanas, con el propósito de llamar así a
los ángeles negros. Todos ellos miraban al señor Howard como si estuvieran hipnotizados.
—Ustedes son otra raza completamente distinta, con sus motivos, sus creencias, sus
desobediencias —siguió diciendo el señor Howard—. No son humanos. Son… niños. En
consecuencia, y hasta que no sean adultos, no tienen ningún derecho a exigir privilegios, ni
a preguntar a sus mayores, que saben mejor que ustedes lo que se debe hacer.
Se detuvo y colocó su elegante trasero sobre la silla situada detrás de la mesa, limpia, sin una
mota de polvo.
—Viven en sus propios mundos de fantasía —dijo, frunciendo el ceño—. Bien, aquí no habrá
fantasías. Pronto descubrirán que un reglazo en la mano no es ningún sueño, ningún adorno,
ninguna excitación a lo Peter Pan —lanzó entonces un resoplido y preguntó—: ¿Los he
asustado? Lo he conseguido. ¡Bien! Bien y bueno. Se lo merecen. Quiero que sepan dónde
estamos. Yo no les temo, recuérdenlo. No tengo miedo de ustedes —de pronto su mano
tembló y empujó atrás su silla, mientras todos los ojos estaban fijos en él—. ¡Eh! —lanzó
una penetrante mirada a través de la habitación—. ¿Qué están murmurando por ahí atrás?
¿Algo sobre nigromancia o alguna otra cosa?
—¿Qué es nigromancia? —preguntó una niña pequeña, levantando la mano.
—Discutiremos eso cuando nuestros dos jóvenes amigos, los señores Arnold y Bowers
expliquen qué estaban murmurando. ¿Y bien, jovencitos?
Donald Bowers se levantó.
—No nos gusta usted. Eso es todo lo que dijimos.
Después volvió a sentarse.
el señor Howard elevó las cejas.
—Me agrada la franqueza, la verdad. Gracias por su honestidad. Pero, al mismo tiempo, debo
decirles que no tolero la rebelión poco seria. Esta tarde, después de las clases, se quedarán
una hora y lavarán las pizarras.
*
Después de las clases, mientras se dirigía a casa, con las hojas de otoño cayendo a su
alrededor, el señor Howard se encontró con cuatro de sus alumnos. Dio un golpe seco y agudo
con su bastón sobre la acera.
—¡Eh! ¿Qué están haciendo?
Los dos chicos y las dos chicas, sorprendidos, retrocedieron como sí hubieran sido golpeados
con el bastón sobre sus espaldas.
—¡Oh! —exclamaron.
—¿Y bien? —pidió el hombre—. Explíquenme. ¿Qué estaban haciendo antes de llegar yo?
—Jugando a los venenos —explicó William Arnold.
—¡Veneno! —exclamó el maestro, con el rostro contraído; después dijo con un estudiado
sarcasmo—: Veneno, veneno, jugando a los venenos. Bien. ¿Y cómo se juega a los venenos?
De mala gana, William Arnold echó a correr.
—¡Vuelve aquí! —le gritó el señor Howard.
—Solo voy a demostrarle cómo jugamos a los venenos —dijo el chico, saltando sobre un
bloque de cemento que había en la acera—. Cada vez que llegamos ante un hombre muerto,
saltamos sobre él.
—¿Lo hacen de veras? —preguntó el señor Howard.
—Si salta uno sobre la tumba de un hombre muerto, queda envenenado, cae y se muere —
explicó Isabel Skelton con prontitud.
—Hombres muertos, tumbas, envenenamientos —dijo burlonamente el señor Howard—.
¿De dónde han sacado esa idea del hombre muerto?
—¿No lo ve? —preguntó Clara Parris señalando con su regla—. En este cuadrado están los
nombres de dos hombres muertos.
—¡Ridículo! —replicó el señor Howard, mirando de soslayo—. Eso son simplemente los
nombres de los albañiles que mezclaron y colocaron el cemento de la acera.
Isabel y Clara abrieron la boca y se volvieron acusadoramente hacia los dos chicos.
—¡Dijeron que eran lápidas de tumbas! —gritaron las dos, casi al unísono.
—Sí —dijo William Arnold, mirándose los pies—. Lo son. Bueno, casi. Da igual —levantó
la mirada y añadió—: Es tarde. Tengo que marcharme a casa. Hasta luego.
Clara Parris miró los dos pequeños nombres grabados en la acera.
—El señor Kelly y el señor Terrill —dijo, leyéndolos—. Entonces, ¿esto no son tumbas? ¿El
señor Kelly y el señor Terrill no están enterrados aquí? ¿Lo ves, Isabel? Es lo que te he dicho
una docena de veces.
—No lo hiciste —dijo Isabel, de mal humor.
—Mentiras deliberadas —dijo el señor Howard, pegando golpecitos con su bastón, en un
gesto de impaciencia—. Falsificación del más alto calibre. ¡Buen Dios! Señores Arnold y
Bowers, no harán más estas cosas, ¿comprenden?
—Sí, señor —murmuraron los chicos.
—¡Hablen más alto!
—Sí, señor —replicaron de nuevo.
El señor Howard se alejó rápidamente por la calle. William Arnold esperó hasta haberlo
perdido de vista antes de decir:
—Espero que algún pájaro deje caer algo justo en su nariz…
—Vamos, Clara, sigamos jugando a los venenos —dijo Isabel, ilusionada.
—Se ha echado a perder todo —comentó Clara, poniendo mala cara—. Me voy a casa.
—¡Estoy envenenado! —gritó de pronto Donald Bowers, tirándose al suelo y haciendo como
que echaba espumarajos por la boca—. ¡Miren! ¡Estoy envenenado! ¡Ahhhh!
—¡Oh! —exclamó Clara, enojada y echó a correr.

El sábado por la mañana, el señor Howard miró por la ventana que daba a la calle y lanzó un
juramento al ver a Isabel Skelton haciendo señales de tiza sobre la acera y saltando después
sobre ellas, al mismo tiempo que cantaba una monótona cancioncilla.
—¡Deja de hacer eso!
Abalanzándose al exterior, casi la tiró al suelo en su agitación. La agarró, la sacudió
violentamente y después la dejó en el suelo; permaneció en pie sobre ella y sobre las marcas
de tiza.
—Solo estaba jugando a la pata coja —dijo la niña, lloriqueando y pasándose las manos por
los ojos.
—No importa. No puedes jugar aquí —declaró él; después, inclinándose sobre las marcas de
tiza, las borró con su pañuelo, murmurando—: Eres una pequeña bruja. Pentagramas. Rimas
y conjuros, y todo como si fuera perfectamente inocente. ¡Dios, qué inocente! ¡Eres un
pequeño diablo!
Hizo un gesto, como si fuera a golpearla, pero se detuvo. Isabel echó a correr, lamentándose.
—¡Adelante, pequeña tonta! —gritó él con furia—. Ve corriendo y dile a tus pequeñas
cohortes que has fracasado. Tendrán que intentarlo de alguna otra manera. No lo conseguirán
conmigo. No lo conseguirán. ¡Oh, no!
Volvió a entrar en su casa, se sirvió un vaso lleno de brandy y se lo bebió. Durante el resto
del día, estuvo oyendo a los niños jugando al tú-la-llevas, y los gritos y sonidos producidos
por los pequeños monstruos en cada arbusto y sombra no lo dejaron descansar.
—Otra semana como esta —se dijo a sí mismo—, y me volveré loco de atar —se llevó una
mano a su dolorida cabeza—. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no podremos nacer todos
adultos?
Y transcurrió otra semana. Y, entretanto, el odio fue creciendo entre él y los niños. El odio y
el temor crecían juntos. El nerviosismo, las rabietas repentinas por nada, y después… la
silenciosa espera. La forma en que los chicos se subían a los árboles para mirarlo mientras
comían manzanas, el olor melancólico del otoño posándose por toda la ciudad, los días cada
vez más cortos, las noches que llegaban con mayor prontitud.
—Pero no me tocarán, no se atreverán a tocarme —se dijo el señor Howard a sí mismo,
bebiéndose un vaso de brandy detrás de otro—. En cualquier caso, todo esto es una tontería;
no hay nada detrás. No tardaré en estar lejos de aquí y… de ellos. No tardaré…
Había un cráneo blanco en la ventana.
Eran las ocho de la noche de un jueves. Había sido una semana muy larga, con estallidos de
cólera y acusaciones. Había tenido que ahuyentar continuamente a los niños de la zanja de la
tubería del agua en construcción que estaba frente a su casa. A los chicos les encantan las
excavaciones, los lugares ocultos, las tuberías, las conducciones y las zanjas, y siempre
estaban subiendo y bajando, entrando y saliendo por los agujeros donde colocaban las nuevas
tuberías. Gracias a Dios, todo había terminado y, al día siguiente, los trabajadores rellenarían
de tierra la zanja, la apisonarían y colocarían una nueva capa de cemento, dejando la acera
como estaba. Eso eliminaría a los niños. Pero, justamente ahora…
¡Había un cráneo blanco en la ventana!
No cabía la menor duda de que la mano de un niño sostenía el cráneo, apoyándolo contra el
cristal, golpeándolo y moviéndolo. Se escuchaba una risa infantil procedente del exterior.
El señor Howard salió precipitadamente de la casa.
—¡Eh, ustedes! —explotó en medio de los tres chicos que empezaban a correr.
Echó a correr detrás de ellos, sin dejar de gritar. La calle estaba oscura, pero vio las figuras
moviéndose precipitadamente por delante y por debajo de él. Las vio como si estuvieran
unidas y no pudo recordar la razón de ello, hasta que fue demasiado tarde.
La tierra se abrió bajo él. Cayó y quedó en un pozo, dándose un golpe terrible en la cabeza
con una tubería y, mientras perdía la conciencia, tuvo la impresión de que se ponía en marcha
una verdadera avalancha, provocada por su caída, y que montones de tierra húmeda y fría
caían sobre sus pantalones, sus zapatos, su chaqueta; sobre su espalda, sobre su nuca y sobre
su cabeza, llenándole la boca, las orejas, los ojos, las ventanillas de la nariz…

La vecina, con los huevos envueltos en una servilleta, llamó a la puerta del señor Howard al
día siguiente. Estuvo llamando durante cinco minutos. Cuando finalmente abrió la puerta y
se introdujo en la vivienda, no encontró más que pequeñas motas de polvo flotando en el aire
iluminado por el sol: las habitaciones estaban vacías, el sótano olía a carbón y a escorias de
hulla, y en el ático no había más que una rata, una araña y una carta descolorida.
—Una cosa muy curiosa lo que le sucedió al señor. Howard —dijo muchas veces durante los
años siguientes.
Y los adultos, siendo como son, muy poco observadores, no prestaron atención a los niños
que jugaban a los venenos en la calle Oak Bay durante todos los otoños siguientes. Ni siquiera
cuando los niños saltaban sobre un bloque cuadrado y extraño de cemento, miraban a su
alrededor y observaban después las marcas que había en el bloque y que decían:
SR. HOWARD – R.I.P.
—¿Quién es el señor Howard, Billy?
—¡Ah! Supongo que será el tipo que puso aquí el cemento.
—¿Y qué significa eso de R.I.P.?
—¡Ah! ¿Quién lo sabe? ¡Estás envenenado! ¡Lo has pisado!
—Vamos, vamos, niños. ¡No crucen por delante de mamá! ¡Vámonos ya!
FIN

Dragón
Ray Bradbury
La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde
hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo
atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la
noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera
solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las
muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos
como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los
parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
-¡No, idiota, nos delatarás!
-¡Qué importa! -dijo el otro hombre-. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia.
Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
-Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…
-¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
-¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo
vecino.
-¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
-¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos,
como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos,
suavemente, suavemente.
-Ah… -el segundo hombre suspiró-. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien
apaga el Sol; es de noche. Y entonces, yentonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón
tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos
oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen
y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa
que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del
Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán
perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
-¡Suficiente, te digo!
-¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en qué año estamos.
-Novecientos años después de Navidad.
-No, no -murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados-. En este páramo no hay Tiempo,
hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido,
la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún
en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo
sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que
Dios nos ampare!
-¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
-¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla;
quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del
páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar
el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas
carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía
paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre,
depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre
confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el
hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas
súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se
desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a
solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
-Mira… -murmuró el primer hombre-. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso
ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía
más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida,
desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en
un valle.
-¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
-¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
-¡Señor!
-Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los
hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible
alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
-¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El dragón se le
abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros
de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó,
vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones
suaves de humo enceguecedor.
-¿Viste? -gritó una voz-. ¿No te lo había dicho?
-¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
-¿Vas a detenerte?
-Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la
carne de gallina. No sé que siento.
-Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
-Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y
furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada,
hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos
minutos después se disolvieron en el aire quieto.
FIN

Vendrán lluvias suaves


Ray Bradbury

La voz del reloj cantó en la sala:


–Tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete.
Como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando,
repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío.
–Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron
ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de tocineta, dos
tazas de café y dos vasos de leche fresca.
-Hoy es 4 de agosto de 2026 -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de
Allendale, California -repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el
cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede
pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se
deslizaron bajo ojos eléctricos.
-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y
uno!
Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones
de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia,
lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”.
Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó
la puerta y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta
descendió otra vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo
de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una
garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.
Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.
“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se
poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo
en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo
oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados
ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros
y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor
radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la
mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes
carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste
era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba
el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco
más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos
levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las
manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas
cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa
de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había
preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los
gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con
unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el
pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.
La casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros.
Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el balcón.
La puerta de la calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y
gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de
lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo,
irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de
los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel
ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las
guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un
incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin
comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos
panqueques que llenaban la casa con aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta,
olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente
en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición,
y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la
chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el
tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de
ensalada de huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que
retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y
escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y
animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él
corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas
mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había
un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de
un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía
como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras
kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los
manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por
un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía
animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y
gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran
frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…
Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo


de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.
La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas
envolvieron el cuarto.
-¡Fuego! -gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se
extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras
las voces repetían a coro:
-¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las
ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto
en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua
chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las
paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo.
La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos
había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses,
como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente
los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las
cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo
brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron
veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara
y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó
hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se
deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las
llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel
para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro,
socorro! ¡Fuego! ¡Corran, corran! El calor rompió los espejos como hielos invernales,
tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corran, corran, como una
trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que
agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las
envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco
voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas
escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez
millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros
indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora
automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta
que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería
todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión,
aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron
valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!
Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime
despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los
alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos
de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte
docenas de lonjas de tocineta, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el
horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El desván se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano
al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se
amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora se asomó débilmente por el Este. Entre las ruinas se levantaba solo una pared.
Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba
sobre el montón de escombros humeantes:
-Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es…
FIN
El Clóset
Juan Pablo Castro

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