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Metáforas y teoría de conjuntos

Este documento explora una aproximación a la metáfora desde la teoría de conjuntos. Argumenta que la posibilidad de la metáfora radica en el Axioma de Fundación de la teoría de conjuntos, el cual establece que todo conjunto tiene al menos un elemento que no forma parte de él, creando una "alteridad absoluta". Esto permite que un elemento de un conjunto sea predicado de otro conjunto a través de la metáfora. El documento también discute las condiciones lógicas necesarias para que ocurra una relación metafórica entre dos

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Metáforas y teoría de conjuntos

Este documento explora una aproximación a la metáfora desde la teoría de conjuntos. Argumenta que la posibilidad de la metáfora radica en el Axioma de Fundación de la teoría de conjuntos, el cual establece que todo conjunto tiene al menos un elemento que no forma parte de él, creando una "alteridad absoluta". Esto permite que un elemento de un conjunto sea predicado de otro conjunto a través de la metáfora. El documento también discute las condiciones lógicas necesarias para que ocurra una relación metafórica entre dos

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Una aproximación a la metáfora desde la teoría de conjuntos

Javier Moreno

Una injustificada desatención por parte de los


hombres científicos mantiene la metáfora
todavía en situación de terra incógnita.
José Ortega y Gasset

Fueron los matemáticos Von Neumann y Zermelo los que en la década de los años veinte del
pasado siglo vieron la necesidad de introducir un nuevo axioma en la teoría de conjuntos que
resolviera algunas de las paradojas a las que conducía la formalización de Bertrand Russell y
Whitehead en sus Principia Mathematica. Este axioma (conocido como Axioma de de
Regularidad o Axioma de Fundación) evitaba la existencia de conjuntos patológicos como
-entre otros- eran aquellos capaces de contenerse a sí mismos. Enunciado, en términos
lógicos, el axioma de fundación viene a decir lo siguiente:

Podemos glosar en el lenguaje estándar dicho enunciado afirmando que todo conjunto A
posee un elemento B que no forma parte de él, es decir, que B y A no tienen elementos en
común. O, dicho de forma más llana y, tal vez, más poética: todo conjunto posee al menos
una alteridad absoluta.
Existe una discusión filosófica, cuyos máximos antagonistas podrían ser Badiou y Deleuze,
en torno a qué es lo que la teoría de conjuntos puede decir de la realidad. Mientras que
Deleuze piensa que la teoría matemática de conjuntos es solo representación de una realidad
que no se subsume en ella, Badiou dedica su obra El ser y el acontecimiento a probar todo lo
contrario, es decir, que todo lo que se puede pensar tiene su epítome en la teoría de conjuntos
y que, recíprocamente, nada puede pensarse que no esté expresado en dicha teoría, como si
esta fuera el hardware y el soporte a partir del cual se instituye en pensamiento. Confieso
desde el arranque mi adscripción a las tesis de Alain Badiou, al menos en términos relativos.
La de Zermelo-Fraenkel no es la única axiomática posible de la teoría de conjuntos. Ya Gödel
demostró que existían enunciados verdaderos que no podían ser demostrados y, como una de
sus consecuencias, es posible encontrar formulaciones axiomáticas alternativas (cada cual
1

incluyendo, respectivamente, un enunciado y su contrario). Así ocurre, por ejemplo, con la


hipótesis del continuo, tras demostrar Paul Cohen que era independiente de la axiomática de
Zermelo-Fraenkel. Quiere esto decir que uno podría decidir vivir en un mundo donde la
hipótesis del continuo fuese cierta o todo lo contrario. Serían mundos lógicamente
incompatibles, aunque, es cierto, eso no afectaría demasiado nuestro día a día, salvo que
nuestro campo de estudio fuese precisamente el de los Fundamentos de la Matemática. Con
esto queremos decir que tal vez al mundo le resulte indiferente qué modelo de aritmética
decidamos adoptar (tal vez porque en él convivan ambas posibilidades) pero, sin embargo,
no es lo mismo pensar en un mundo que en otro, y si algo pensamos, y una vez que
decidamos las reglas que queremos adoptar, entonces ese pensamiento debe aferrarse a una
consistencia formal cuyo parangón habrá de ser cierto modelo de la teoría de conjuntos.
Y de lo que se trata en este caso es de pensar en la metáfora, algo en lo que muchos otros
(empezando por Aristóteles) han pensado, desde el punto de vista de dicha teoría de
conjuntos. La tesis que defenderemos es que la posibilidad de la metáfora radica
precisamente en el Axioma de Fundación, en la existencia de un elemento desconocido
dentro de todo conjunto (traduzcamos al lenguaje ordinario: de todo ser), y en la
imposibilidad, por tanto, de que un conjunto se pertenezca a sí mismo. En efecto, si
suponemos la existencia de un conjunto X que se perteneciera a sí mismo ( ),
entonces el conjunto formado por el único elemento X entraría en contradicción
con el Axioma de Fundación ya que no habría ningún elemento de A que tuviese intersección
vacía con él, supuesto que su único elemento es X y .
Consideramos que esta imposibilidad de que un ser coincida consigo mismo, en efecto, es la
raíz onto-lógica de la metáfora. Que precisamente haya -al menos- un elemento de cada ente
que no forme parte de él es lo que otorga posibilidad al juego metafórico pues es el poeta, a
través de la observación de los existentes, quien pretende suturar esa incompletud de la única
manera lógicamente posible, es decir, poniendo dicha incompletud en relación con otro
existente, predicándola no con los elementos del propio ente (imposible, porque la opacidad
no dispone de elementos comunes con él) sino con los de otro ser con el que establecerá la
relación metafórica. Ortega y Gasset expresa algo semejante en el prólogo a El pasajero, el
libro de poemas de José Moreno Villa:

Donde la identificación real se verifica no hay metáfora. En esta vive la conciencia clara de
la no-identidad. (Ortega y Gasset; 258)
2

O, en palabras de otro pensador, esta vez el filósofo indio del siglo II d.C Nagarjuna:

El hecho de que las cosas existan de modo condicionado es lo que llamamos vacuidad,
porque lo que existe en forma condicionada carece de naturaleza propia..., lo que llamamos
vacuidad no es sino el existir en dependencia de todas las cosas. (Nagarjuna; 29)

Nos interesa centrarnos en cuál sea el proceso lógico del actuar metafórico, pues debido a su
naturaleza como acto de lenguaje, necesitará entonces de tres ingredientes indispensables: un
sujeto que habla y dos seres entre los que se establece cierta correspondencia.
En teoría de conjuntos se denomina singleton al conjunto formado por un solo elemento. Por
ejemplo, es evidente que el conjunto posee tres elementos. Sin embargo su singleton
solo posee un elemento, precisamente el conjunto formado por el uno, el dos y el
tres. Por analogía, el sujeto que percibe está constituido por una cantidad considerable de
elementos (físicos y mentales), agregados que constituyen el yo íntimo, separado de la
imagen que continuamente nos hacemos de este yo íntimo, su singleton, y que asociamos
precisamente con el yo pronombre. Podríamos decir entonces que el pronombre (yo) no es
sino el singleton de mi yo íntimo, siendo el pronombre la etiqueta que resume un conjunto
plural de elementos entre los cuales, necesariamente, alguno habrá de ser disjunto con el
total.

Según dijimos con anterioridad, la condición necesaria para que se produzca la metáfora es
que haya dos seres (dos conjuntos A y B) puestos en relación a través de un sujeto. Es la
conciencia del poeta el lugar donde tiene lugar dicho proceso. Pero para que este acontezca,
el poeta debe de mirar dichos objetos no solo como meras imágenes (como sus respectivos
singletones {A} y {B}) como ocurre en el uso habitual y utilitario del lenguaje, meros signos
de cosas a las que referirse, sino como verdaderos conjuntos dotados de complejidad. Es bajo
ciertas condiciones (condiciones que tienen que ver con la emoción y la pasibilidad propia del
acto de escritura) que el poeta encuentra una grieta en uno de esos seres, un elemento que le
pertenece pero que no está incluido, y que la metáfora viene a colmar, produciéndose algo así
como una transfusión de elementos que los hace fulgurar (el que trasfunde y el trasfundido)
simultáneamente. Ortega y Gasset lo dice con otras palabras en el prólogo anteriormente
citado:
3

Tornemos a nuestro ejemplo1. Se nos invita primero a que pensemos en un ciprés; luego se
nos quita de delante el ciprés y se nos propone que en el mismo lugar ideal que él ocupaba
situemos el espectro de una llama. De otro modo: hemos de ver la imagen de un ciprés al
través de la imagen de una llama, lo vemos como una llama, y viceversa. Pero una y otra se
excluyen, si son mutuamente opacas. Y, sin embargo, es un hecho que al leer este verso
caemos en la cuenta de la posible compenetración perfecta entre ambas —es decir, de que
la una, sin dejar de ser lo que es, puede hallarse en el lugar mismo en que la otra está;
tenemos, pues, un caso de transparencia que se verifica en el lugar sentimental de ambas. El
sentimiento-ciprés y el sentimiento-llama son idénticos. (Ortega y Gasset; 260)

La primera consecuencia de lo dicho hasta ahora es que la metáfora es un proceso que afecta
a los dos seres puestos en relación, predicando uno de ellos su opacidad con los elementos del
otro. Partimos de una opacidad X que pertenece a un conjunto A ( ).
Esto significa, en términos sémicos, que X no puede predicarse en A. Para que pueda
acontecer la metáfora debe existir sin embargo un conjunto B de modo que no sea
vacío. De este modo nos aseguramos de que X deje de ser una opacidad dentro de la unión de
A y B. En resumidas cuentas, las condiciones que deben cumplir los conjuntos A y B para
que entre ellos pueda establecerse una relación metafórica podrían formalizarse de la
siguiente manera:

Existen teorías de la metáfora como las elaboradas por el Grupo que usan la sinécdoque
como elemento mínimo a partir del cual definir la metáfora. Básicamente, la metáfora sería la
composición de dos sinécdoques, una sinécdoque particularizante y otra
generalizante . Dicha definición se aproxima a la que nosotros hemos dado
(tradúzcase la sinécdoque a la relación conjuntista de pertenencia), aunque no es difícil
encontrar en ella algunos puntos débiles, siendo el más importante de ellos el hecho de que el
trabajo del Grupo prescinde de la naturaleza ontológica de dichos conjuntos, en particular
del hecho, decisivo, de que X sea disjunto con A, pues no puede haber voluntad poética (ni,
en consecuencia, metafórica) si el propio conjunto puede ser predicado en A.

1 Se refiere Ortega al verso de López Picó en el que afirma que el ciprés «e com l’espectre d’una
flama morta».
4

Pero, sobre todo, lo que todas las teorías sobre la metáfora parecen olvidar, o al menos se
muestran incapaces de formalizar de un modo preciso, es el hecho de que la metáfora es en sí
misma un acontecimiento. La metáfora afortunada de A y B consigue algo absolutamente
inesperado, y es que ya no contemplemos ni a A ni a B de la misma manera, como entes
aislados el uno del otro, sino como ya en adelante interpenetrados. La metáfora no es por
tanto un suceso ontológico sino un acontecimiento histórico. Podemos formalizar de hecho la
metáfora de A y B del siguiente modo a partir de la opacidad inicial X:2

La metáfora es así un conjunto que se incluye a sí mismo como el pintor de una obra se
inmiscuye en ella a través de su firma. Algo similar vienen a expresar los retóricos del Grupo
µ cuando afirman:

La metáfora extrapola, se basa en una identidad real manifestada por la intersección de dos
términos para afirmar la identidad de los términos enteros. Y a la reunión de los dos
términos confiere una propiedad que pertenece sólo a su intersección. (Grupo µ; 178)

Ocurre con la metáfora algo en realidad extraordinario y es que obra retrospectivamente hasta
el punto de crear la ilusión de que los seres puestos en relación ya estaban vinculados antes
de que esta se formalice por la mano del poeta. Ortega dice a propósito en su Prólogo «Cada
metáfora es el descubrimiento de una ley del universo» (Ortega, 261), la célula bella en la
que consiste la obra de arte que es precisamente el objeto en el que se incumple aquella ley
que dicta que «hay siempre una distancia entre lo que se nos da en la imagen y aquello a que
la imagen se refiere» (Ortega, 255). La obra de arte (la metáfora), por tanto, supone una
excepción a esa distancia. Quiere decirse que en la obra de arte el significante y el significado
se imbrican. No se trata tanto de las dos caras de una moneda sino de una moneda de una sola
cara, una banda de Möbius, un significado que lleva en sí el significante que lo nombra.
Salta a la vista que este tipo de conjunto acontecimental incumple el Axioma de Fundación,
ya que este prohibía, como ya demostramos con anterioridad, que un conjunto pueda
pertenecerse a sí mismo. Este salto, el que va de la mera combinatoria al acontecimiento, no
es más que el separa a la ontología de la historia. Este tipo de conjuntos que admiten la

2 Seguiremos aquí la forma-matema usada por Alain Badiou en su obra L’être et l’événement (Seuil, 1988)
para referirse al acontecimiento:
Soit S la situation, et X le site événementiel X∈S. Je noterai e X l’événement. Ma définition s’écrit alors:
e X ={x∈X, e X } (pág 199).
5

posibilidad de incluirse a sí mismos recibe el nombre de hiperconjuntos. Puede establecerse


una axiomática de teoría de conjuntos que admita hiperconjuntos como de hecho ocurre con
ZFA= +AFA, donde significa Zermelo-Fraenkel sin el Axioma de Fundación
y AFA representa el Axioma de Anti-Fundación.

Volvemos entonces al punto de discusión inicial. Podemos asumir la axiomática de ZFC y su


imposibilidad de que un conjunto se pertenezca a sí mismo (de acontecimiento, por tanto), o
bien optar por la alternativa de ZFA. Todo dependerá de si deseamos asumir un punto de
vista ontológico o histórico. Todo ocurre (con la metáfora) como si fuese necesario adoptar
sucesiva (o simultáneamente) ambas perspectivas para su mejor comprensión. Tal vez la
realidad sea así, inasequible a la formalización. Quizás la vida (su realidad más íntima)
comparta su secreto con el de la metáfora.
6

ORTEGA Y GASSET, José. Ensayo de estética a manera de prólogo. Obras completas,


Volumen VI. Revista de Occidente. Madrid. 1964.

NAGARJUNA. Abandono de la discusión. Siruela. Madrid. 2006.

GRUPO µ. Retórica General. Paidós. Barcelona. 1987.

BADIOU, Alain. L’être et l’événement. Seuil. Paris. 1988.

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