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Liturgia y Salud: Pastoral y Enfermedad

Este documento presenta el primer Memorial Pere Tena de Pastoral Litúrgica otorgado por el Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona. El memorial tiene como objetivo mantener viva la memoria de Pere Tena como pedagogo de la liturgia y reconocer a personas u organizaciones significativas en el campo de la pastoral litúrgica. En este primer año, el memorial ha sido otorgado a la Abadía de Montserrat por su importante labor en la promoción de la liturgia.

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Liturgia y Salud: Pastoral y Enfermedad

Este documento presenta el primer Memorial Pere Tena de Pastoral Litúrgica otorgado por el Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona. El memorial tiene como objetivo mantener viva la memoria de Pere Tena como pedagogo de la liturgia y reconocer a personas u organizaciones significativas en el campo de la pastoral litúrgica. En este primer año, el memorial ha sido otorgado a la Abadía de Montserrat por su importante labor en la promoción de la liturgia.

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phase

Año 55
2015

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phase Fundador
Pere Tena †

Director
Jaume Fontbona
Vinculada
al Instituto Jefe de redacción
José Antonio Goñi
Superior
de Liturgia Consejo
de Barcelona,
REVISTA DE PASTORAL LITÚRGICA

Luis Fernando Álvarez (Madrid)


de la Facultad Dionisio Borobio (Salamanca)
de Teología Juan María Canals (Madrid)
Manuel Carmona (Jaén)
de Catalunya
Ángel Cordovilla (Madrid)
Lino Emilio Díez (Madrid)
Pedro Farnés (Barcelona)
Juan Javier Flores (Roma)
Aurelio García (Valladolid)
Luis García (León)
Jaume González (Barcelona)
Ramiro González (Ourense)
Jordi Latorre (Barcelona)
Julián López (León)
Luis Maldonado (Madrid)
Alejandro Pérez (Málaga)
Salvador Pié (Barcelona)
Jordi Agustí Piqué (Montserrat – Roma)
Lluís Prat (Solsona)
Roberto Russo (Montevideo)
Josep Urdeix (Barcelona)

Publicado por
Centre de Pastoral Litúrgica
+ Nàpols 346, 1. 08025 Barcelona
( 933 022 235 7 933 184 218
8 [email protected] - www.cpl.es

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phase
año 55
enero – febrero 2015
núm. 325

La liturgia ante la enfermedad

Editorial
I Memorial Pere Tena de Pastoral Litúrgica (Jaume Font-
bona)..................................................................................... 5

Artículos
Héctor Muñoz
La enfermedad y el ministerio de la salud........................ 9
Dionisio Borobio
Antropología y pastoral de la salud.................................. 25
Cristóbal M. Orellana González
Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad: celebra-.
ciones de sanación, bendiciones y exorcismos................. 39

Puntos de vista
Viático: el sacramento de los moribundos (Lino Emilio
Díez Valladares)............................................................... 51
«El aire se serena»: Cantos litúrgicos curativos–paliati-
vos–funerarios (Jordi-A. Piqué i Collado)..................... 56
La liturgia, generadora de espacio sacro (Bartomeu Jané) 61

Crónicas
El «Directorio homilético» de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (José
Antonio Goñi).................................................................... 67

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Libros
Pere Tena, La palabra «Ekklesía». Estudio histórico–teoló-
gico (Josep Urdeix); Pietro Angelo Muroni, Il Mistero
di Cristo nel tempo e nello spazio. La celebrazione cristiana;
Bernabé Dalmau, Pablo VI, creyente y maestro de la fe (Josep
Lligadas); Enrico Mazza, Dall’ultima cena all’eucaristia
della Chiesa (Juan de Pablos).............................................. 69
Bibliografía reciente en castellano ( José Antonio Goñi
y Cristóbal M. Orellana)................................................. 73

In memoriam
Michael Kunzler (1951-2014) (José Antonio Goñi)......... 81

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Editorial

I Memorial Pere Tena


de Pastoral Litúrgica
Cuando se cumple un año de la muerte del obispo Pere Tena,
fundador de esta revista, cuando se acerca la reunión anual de su
consejo, la primera que encontraremos a faltar sus aportaciones
y sugerencias, el Centre de Pastoral Litúrgica (CPL), que fundó
y presidió, decidió, en su última asamblea ordinaria, instituir el
Memorial Pere Tena de Pastoral Litúrgica. Por eso iniciamos este año
55 de la revista con esta noticia. Deseando a nuestros lectores que,
a lo largo de este nuevo año, siga creciendo la vida cristiana entre
los fieles de la Iglesia gracias al fomento de la liturgia (cf. SC 1).
El Memorial Pere Tena de Pastoral Litúrgica tiene como objetivo
mantener viva la memoria del obispo Tena como pedagogo de
la liturgia, dar relieve a todo lo que ayuda a vivir la liturgia de
la Iglesia en el mundo actual, y recordar de manera constante la
importancia de la pastoral litúrgica en la vida cristiana. Una vez
al año, el Memorial distinguirá a una persona, grupo de personas,
entidad, actividad, obra o publicación, que sea o haya sido signi-
ficativa en el campo de la pastoral litúrgica, en la línea abierta por
el Concilio Vaticano II.
Con este memorial también se pretende avivar las cuatro finalida-
des de Sacrosanctum Concilium apuntadas por el mismo Pere Tena
–un mes antes de morir– al contemplar agradecido esta Constitu-
ción conciliar sobre la sagrada liturgia,1 a saber, 1) el crecimiento de
la vida cristiana entre los fieles; 2) la adaptación a las necesidades

1 Pere Tena, «Sacrosanctum Concilium 50 años: una contemplación jubilar»,


Phase 54 (2014) 145-158.

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6 Editorial

de nuestro tiempo de las instituciones sujetas a cambio; 3) la pro-


moción de todo aquello que pueda ayudar a la unión de todos
los que creen en Jesucristo; y 4) el fortalecimiento de todo aquello
que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Y
un magnífico medio para lograrlo es la reforma y el fomento de
la liturgia de la Iglesia. Por eso el Centre de Pastoral Litúrgica de
Barcelona (CPL) ha decidido otorgar el primer Memorial Pere Tena
de Pastoral Litúrgica a la Abadía de Montserrat.
El Consejo del CPL ha decidido, en este primer año, otorgar
dicho Memorial a la Abadía de Montserrat por toda la labor que
desde siempre ha realizado y sigue ahora realizando tanto a nivel
celebrativo, como de reflexión y estudio, como de divulgación y
fomento de la liturgia y de la pastoral litúrgica. Y coincidiendo,
además, con el centenario de la celebración del I Congreso
Litúrgico de Montserrat, que tuvo lugar en el año 1915. La pro-
clamación y entrega tendrá lugar en el monasterio de Montserrat
el día del primer aniversario de la muerte del obispo Tena, el
martes 10 de febrero de 2015, fiesta, además, de santa Escolástica,
hermana de san Benito. Consistirá en la participación en la misa
conventual de este día, y en un acto posterior en una de las salas
del monasterio.
En un próximo número de nuestra revista se dedicará un monográ-
fico al primer centenario del I Congreso Litúrgico de Montserrat,
un acontecimiento que tuvo lugar en pleno auge del movimiento
litúrgico y que vio crecer sus frutos durante la realización del
Concilio Vaticano II y en la promoción de la reforma litúrgica
surgida del mismo.
Finalmente queda la presentación de este número monográfico
dedicado a la liturgia ante la enfermedad. La vida cristiana
afronta también la dureza del sufrimiento y de la enfermedad,
así como la soledad ante la muerte. La liturgia ayuda, de un
modo especial, a vivir estos momentos en los cuales los cristianos
descubrimos que formamos un solo cuerpo en Cristo Jesús y que
nuestra cabeza –a la derecha del Padre con nuestra humanidad–
ha vencido la muerte y el mal, pasando por el dolor y experimen-
tando la soledad de la cruz.

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Editorial 7

Y no acabo sin desear a todos los lectores y a todas las lectoras


que la fuerza del amor del Señor acompañe vuestra vida y acción
durante este año 2015.
Jaume Fontbona
Director de «Phase»

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I Memorial Pere Tena
de Pastoral Litúrgica
10 de febrero de 2015

Abadía de Montserrat

Centre de Pastoral Litúrgica


de Barcelona

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Phase 55 (2015) 9-23

La enfermedad y el ministerio
de la salud
Héctor Muñoz

Resumen

El objetivo de estas páginas es ofrecer una aproximación a la enfermedad y la pas-


toral que ofrece la Iglesia a quienes la padecen. Esta pastoral de la salud comporta
la visita y cercanía al enfermo, al que se le ofrece la oración como apoyo espiritual
y la presencia salvífica de Jesucristo a través de la comunión eucarística y el sacra-
mento de la unción. Además se señalan finalmente el ofrecimiento de los propios
sufrimientos y la unión a la cruz redentora de Cristo como elemento clave de la
espiritualidad del enfermo.

Palabras clave: Enfermedad, pastoral de la salud, unción de enfermos, comunión,


espiritualidad.

Abstract

The main purpose of this article is to provide an approach to illness and the pastoral
care the Church offers to the people who suffers any sickness. This health pastoral
care involves the visit, the closeness, to the sick person, to whom is offered the
prayer as spiritual support and the healing presence of Jesus Christ through the Holy
Communion and the sacrament of anointing. The article also notes the offering of
their sufferings and the biding to the redeemer cross of Christ as a key element of
the spirituality of the patient.

Keywords: illness, health pastoral care, anointing of the sick, communion, spirituality.

El misterio de la enfermedad y del dolor que la acompañan, son


–al mismo tiempo– un misterio y, para muchos, un escándalo. No
logramos comprender o aceptar que Dios, Padre bueno y miseri-

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10 Héctor Muñoz

cordioso pueda querer o siquiera permitir el mal, en nuestro caso,


la enfermedad y los dolores inherentes a la misma, para quienes
los padecen y para sus allegados. En estos casos la tentación es
pensar en la existencia de un Dios-verdugo…
¿Qué mal hizo este niñito para contraer leucemia? ¿Por qué un Dios
que es bueno permite que el sufrimiento y el dolor estén, para muchos,
enraizados en nuestras vidas, convirtiéndolas en un suplicio sin fin?
Todas estas preguntas son de difícil respuesta, que intentaré des-
entrañar en las próximas páginas de este trabajo.
Siglos de espiritualidad cristiana nos han dicho que Dios permite
el mal (y, en el tema que tratamos, la enfermedad...), para sacar de
allí un bien mayor. Una enfermedad prolongada y penosa, puede
movernos a la desesperación, pero también he experimentado
que puede empujarnos a la paciencia, la fortaleza y la esperanza.
La Iglesia, como madre y maestra que es, ha encontrado medios
para enfrentar las diversas miserias que podemos padecer, con
realidades de misericordia que nos permitan sobrellevarlas, sin
que su peso nos doblegue, quiebre y derrote.
Por eso hay una «pastoral de la salud» y ministerios diversos para
ejercerla, llevando a los creyentes por pasos que les permitan no
solo «sobrevivir», como quien araña los límites últimos de su
capacidad de soportar las tormentas, sino «vivir», preparándonos
también a la eventualidad de la muerte causada por la dolencia
que nos agredió.
Espero que las próximas páginas puedan ofrecer a los lectores,
luces que clarifiquen su enfermedad y dolor y, para quienes llevan
a cabo el piadoso ministerio de la salud, brinden a los enfermos
consuelo, alivio, paz y fortaleza para sufrir bien, sin perder la fe o
flaquear en la esperanza.
Lo que cualquier creyente puede regalar a su prójimo, es compa-
ñía, consuelo, alivio, escucha, paciencia, comprensión, compasión
misericordiosa, empatía que me haga poner en el lugar del que
sufre, para –desde esa compasión– (=padecer junto a otro...) poder
hacerme partícipe de sus sufrimientos y, de este modo, cargar con
el peso del hermano, aliviando su carga.

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La enfermedad y el ministerio de la salud 11

1. El misterio de la enfermedad y de la muerte como con-


clusión posible
Como insinué en la introducción, la enfermedad, acompañada por
el dolor que conlleva, es un misterio al que no es fácil penetrar. En
mayor grado aún, lo es la muerte. No se integran con «la normali-
dad» de hombres y mujeres nacidos para gozar y vivir. Es verdad
que la realidad del pecado y sus terribles consecuencias, hacen su
ingreso en nuestras vidas y nos descolocan, con la secuela de males
que causan, entre ellos la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.
Pero al principio no fue así… La creación, como un jardín «fecundo
en flores y frutos» fue hecha para que la viviéramos «como un
hogar cálido y hospitalario», y el Dios que le dio nacimiento, nos
la entregó como obsequio a disfrutar y fecundar.
Así como en el orden de la fe, la vida en gracia (en amistad con Dios,
con uno mismo, con los hermanos y con toda la creación) es «la
normalidad», y el pecado –como rechazo a Dios e incapacidad de
ver a los hermanos como «prójimos»– es una verdadera anomalía
que necesitamos reparar, si es que deseamos seguir siendo hom-
bres y mujeres, creyentes en un Dios que nos tiene en sus manos,
como Padre providente, así lo es la salud corporal y psicológica,
en el orden físico.
Frente a la anomalía de la enfermedad que con frecuencia nos
agrede, el «ministerio de la salud», como obra de misericordia de
la Iglesia, no pretenderá lo imposible de extirparlos de nuestras
vidas: son un hecho a nuestra condición de hombres de carne y
hueso, heridos por el pecado, no necesariamente por el nuestro,
sino por el pecado «del mundo», por la fragilidad que llevamos a
cuestas, desde el nacimiento hasta la muerte.
La pregunta es: ¿Qué podemos hacer para atenuar esos males que nos
atacan?
Intentaremos esbozar, en los siguientes puntos, algunas posibles
respuestas a este problema, que no reviste gravedad alguna en
las «dolencias menores»: no necesito excesivas respuestas para
sobrellevar un resfrío: bastará con tomar algunas aspirinas y beber
te caliente con limón, evitar corrientes de aire y otras cosas que ya

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12 Héctor Muñoz

sabemos. Esta no será la solución para un cáncer al pulmón o una


leucemia que, por su entidad, nos exigirán recursos mayores y
desarrollar con intensidad lo que llamo «el ingenio de la caridad».
Pensar y volver a pensar –una y cien veces– no solo qué puedo
hacer «por los enfermos» sino «por este enfermo» singular, a quien
debo reconfortar.

2. Escucha, acompañamiento y visita a los enfermos (antí-


doto contra la soledad)
Tendríamos derecho a pensar –¡y con razón!– que quienes en
primer lugar deberían ejercer este servicio, serían los familiares
del enfermo (por su cercanía con el mismo: son sus prójimos más
próximos), como también los médicos y quienes los asisten (por su
profesionalismo). En el caso de que el ministerio sea bien realizado,
los frutos serán prometedores, tanto para el enfermo como para
quienes los brindan. En caso contrario, todo puede ser nefasto para
quien espera y no recibe... Fácilmente la tristeza aflora e invade.
Pero ante la historia que muestra que siempre habrá enfermos en
nuestras comunidades, constatamos la necesidad de un «ministe-
rio de la salud», que capacite seriamente a quienes lo llevan a cabo,
con la complejidad que el problema revela. Sin descartar a nadie,
no siempre los familiares o los médicos y colaboradores alcanzan
a descubrir la profunda herida que puede causar el dolor humano
y, menos aún, la superación del mismo, desde la fe, una fe com-
partida por todos los que rodean «al paciente»: al que padece. En
muchas oportunidades, nos hemos convencido del rol que juega
la fe en el alivio el sufrimiento causado por la enfermedad, y cómo
un enfermo, «con ojos de fe», puede ver, aún en la enfermedad,
la mano de Dios y de un proyecto en el que «escribe derecho, en
renglones torcidos».
Tanto la enfermedad como el sufrimiento, en sí, son males, pero
también de un mal pueden nacer muchos bienes. Sin la miseria
de la enfermedad no se daría la misericordia de quienes luchan
contra ese mal. Frente al sufrimiento, se da la paciencia necesaria
para sobrellevarlo, pues Dios no nos prueba más allá de nuestras
fuerzas. Cuando estamos enfermos, podemos vernos –como en

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La enfermedad y el ministerio de la salud 13

un espejo– lo pobres que somos y lo carentes de fortaleza. Esta


virtud, unida a la paciencia, son los soportes básicos y necesarios
para no desesperar y para que la esperanza –tanto la humana
como la virtud teologal– tenga la situación del padecimiento «bajo
control». De este modo, el alivio, uno de los fines de la pastoral con
los enfermos, será en muchos casos, más que suficiente, porque el
enfermo no pide muchas veces sanar, sino solo «no sufrir tanto» o
tener los recursos para poder vivir esta página de su historia, sin
perder ni la fe ni el sano juicio.

3. La oración «con y por» los enfermos (silenciosa y valiosa


compañía)
Quienes hemos tenido la experiencia personal de enfermedades
prolongadas y graves, y/o trato con personas en esas situaciones,
no podemos dejar de valorar la oración personal «con y por» los
enfermos. Es una obra de misericordias unir sus padecimientos a
los del Señor, un reconfortante consuelo hacerles ver que el sufri-
miento tiene una «carga positiva» que lo hace valioso instrumento
redentor.
Para un creyente –cualquiera sea su religión– Dios será siempre
su refugio, más aún cuando las fuerzas humanas flaquean y se
muestran débiles frente a la enfermedad y el dolor que lo acosan,
con fuerza aparentemente imbatible. Constatará que solo Dios es
fuerte y que nosotros no lo somos. Se convencerá –porque su propia
Historia se lo grita a la cara– que somos muy frágiles y que debe-
mos, no solo resignarnos a ser débiles, sino aceptar esta realidad,
no como una fuga o «escapar hacia adelante» sino como el hecho
que nos hará más delicados en el cuidado de nuestra salud, frente
a los embates y agresiones de las diversas enfermedades que nos
toque sufrir. Esto también vale para la salud de nuestros prójimos,
en la medida en que tengamos alguna responsabilidad…
Si alguien ruega «con y por» nosotros, debemos estar profunda-
mente agradecidos por tal regalo. Sea que lo hagamos solos o acom-
pañados, será algo muy valioso no dejar de lado la oración como
un momento de «sanación». Para quienes, desde sus parroquias o
a título personal, están comprometidos con la pastoral de la salud

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14 Héctor Muñoz

en el trato habitual con los enfermos, ya sea en sus hogares, centros


geriátricos u hospitales, será de vital importancia el hecho sanador
de la oración. No es difícil averiguar –en las distintas ciudades–
qué radios católicas transmiten, todos los días, la oración del santo
rosario, para unirse a ella, de modo guiado y fácil. Se podrá orar
también por la propia situación histórica que cada enfermo esté
padeciendo, aplicándola a una situación singular (p.ej. la reconci-
liación con los miembros de la propia familia, si se dieron rupturas;
por la persona de un conocido o amigo enfermo, fallecido, el que
todos gocen de seguridad y de un trabajo digno y, sobre todo, si
bien poniendo el hecho bajo la voluntad o la permisión de Dios, el
recuperar la salud perdida, dando gracias anticipadas a Dios, por
la posible sanación, sin dejar de lado a los médicos y familiares que
nos atienden y comparten nuestro dolor compadeciendo nuestros
padecimientos).
La grata y silenciosa compañía de la oración irá así caminando
junto a la enfermedad o convalecencia de la misma, siendo para
el cristiano o creyente, Jesús o Dios-Padre, quienes padecen en mí,
rebajándose hasta los límites –a veces, profundos y abismales– de
mis lágrimas…
Esto nos hará «llorar con el que llora, y reír con el que ríe», como
si el dolor padecido y la bonanza gozada, fueran compartidas.
Tanto para quienes ejercen un ministerio entre los enfermos como
para los comprometidos en una pastoral singular en este campo,
deben realzar a la oración, como un hecho que «llega» lejos más
allá de lo que podamos imaginar…

4. La comunión eucarística a los enfermos (pan de vida para


los que sufren)
Sabemos que lo normal para la recepción de la Eucaristía, es hacerlo
dentro de la misa. Pero la Iglesia ha previsto la posibilidad de
brindarla a quienes están impedidos (por ejemplo los enfermos,
los ancianos y otros a quienes les sea dificultoso trasladarse al
lugar de la celebración), instituyendo un Ritual para la comunión
fuera de la misa, favoreciendo así a muchos, que de otro modo, se

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La enfermedad y el ministerio de la salud 15

verían privados de recibir el cuerpo del Señor. En estos casos, es


importante que quienes están en la pastoral de los enfermos, sean
también, ministros extraordinarios de la comunión.
Tanto quienes ejercen el ministerio de la salud, como los mismos
enfermos, deben tomar conciencia de que, cuando reciben el cuerpo
de Cristo «fuera de la misa», se están uniendo a las celebraciones
de la Eucaristía de su parroquia o iglesia donde concurrían cuando
gozaban de buena salud.
Es algo bueno saber que dicha distribución y recepción del pan
de vida, se da en el contexto de una celebración litúrgica, donde
la Palabra de Dios tiene un lugar de relieve, para manifestar la
estrecha unión que se da entre «Palabra» y «sacramento».
En las casas de los enfermos que, de modo habitual comulgan
fuera de la misa, es bueno prever que se den ciertos elementos que
ayudarán a contemplar con mayor hondura la dimensión litúrgica
de este modo de comulgar con el Señor.

5. La enfermedad y el dolor (¿castigo de Dios?)


Todos los que tengan un trato habitual con los enfermos, de modo
especial los dedicados al ministerio de la sanación, tienen que ser
muy claros y convincentes respecto a la realidad inconmovible
de un Dios bueno que quiere nuestra felicidad. El Dios iracundo
y verdugo, látigo en mano, no existe. Nos dice la Escritura que
Dios es «lento a la cólera y rico en piedad»; también que «Dios es
amor» y recibe el título de «Padre», que pacientemente espera el
regreso del hijo pródigo para revestirlo nuevamente en la dimen-
sión de «hijo», condición que había perdido al abandonar el hogar
paterno. No quiere la condena del pecador, sino que se convierta
y viva. Es el pastor que busca y encuentra a la oveja perdida, para
devolverla al redil.
Es fuerza del Señor para recobrar la salud, y la del enfermo, que
recurre a quien puede otorgarla y, confiado, la pide. Son muchos
los casos expresos en los que Jesús obra la sanación, como respuesta
a la fe del enfermo…

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16 Héctor Muñoz

En este ministerio de misericordia, es más que oportuno brindar


a quien padece una dolencia, el pan de la Palabra para que en su
recepción todos encuentren la posibilidad de recuperar la salud
perdida.
En este momento del ejercicio del ministerio de la salud, quien lo
presida debe saberse un verdadero catequista, para que el enfermo
sepa no solo «qué dice» la Palabra, sino principalmente, «qué le
dice» a él, en su condición del que padece la ausencia de salud.
Cuando diga: –no sé qué quiere Dios de mí–, podemos unirnos al
salmista y cantar con él: «El Señor es mi luz y salvación, ¿a quién
podré temer?» Dios no quiere que dejemos de lado a los médicos
y a la terapia que ellos, prescriban, pero… entregaremos nuestra
alma al Señor ante nuestra muerte y, mientras vivimos, tendremos
que darle nuestra alma y nuestro cuerpo, aunque este último esté
herido y enfermo.
Quienes asuman el ministerio de la sanación no deben desenten-
derse de la realidad penosa de quien sufra la dolencia, diciéndole,
por ejemplo: «Ya pasará… ¡No es nada! ¡Muy pronto te pondrás
bien…!», porque es más que posible que esto no suceda.

6. El enfermo grave (la unción de los enfermos)


Este momento del artículo pretende ser solo unas breves reflexio-
nes acerca de la unción de los enfermos, signo sacramental de Cristo
y de la Iglesia ante una realidad humana (la enfermedad) y una
realidad de gracia (la presencia consoladora de Jesús y de la Iglesia).

6.1. Nociones generales


Los praenotanda (núms. 1-48) del Ritual muestran el proceso del
enfermo que será atendido pastoralmente y, como cosa normal,
recibirá el viático del cuerpo y la sangre de Cristo. Este debe ser el
último sacramento que un cristiano debe celebrar y recibir. De aquí
que el mejor nombre para designar a este sacramento sea unción
de los enfermos y no extrema unción, si bien en cuanto se refiere a
«unciones» es más que posible que sea la última. Digo esto para
evitar que la unción de los enfermos sea considerado como el

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La enfermedad y el ministerio de la salud 17

último sacramento a vivir por un cristiano. Podría implicar solo


a los moribundos.
¿Por qué Jesús instituye este sacramento y por qué la Iglesia lo
celebra? Para suscitar en un enfermo grave un acto de fe en un
Dios que es Padre bueno y providente y que, sin embargo permite
que un mal (la enfermedad), cause sufrimiento en sus hijos. Tal
sufrimiento podría provocar un debilitamiento en su fe y esperanza
o pérdida de las mismas.
Ruego a los lectores pesar y sopesar los términos que he expresado
en esta reflexión, porque de ellos pueden surgir consecuencias
serias en la pastoral de este sacramento. Estaré molesto con una
gripe, un esguince de tobillo o una infección leve, pero esto no es
motivo para celebrar la unción de los enfermos. Cito casos extremos
de los que fui testigo. Estando de paso en una parroquia donde
debía celebrar una misa, antes de que finalizara la anterior, el
párroco se dirigió a sus fieles y les dijo: «En un rato voy a celebrar
la unción de los enfermos. Los que tengan más de 60 años pueden
hacer la fila por la nave central para recibirla…» (sic). Los praeno-
tanda nos hablan de la edad, cuando esta, por ser avanzada puede
preanunciar un desenlace grave o inesperado.
En este sacramento nos unimos al dolor del Señor en el Calvario.
Cuando hablamos de la enfermedad y de los males que conlleva,
podemos verla como algo escandaloso e incomprensible, ante un
Dios-Amor que permanecería insensible, haciendo silencio frente
al sufrimiento, permitiendo que los inocentes lo padezcan. En los
casos graves que conciernen a este sacramento, no significamos
que dicha enfermedad me conduzca a la muerte. Pero debe tener
«densidad de materia».
Dicha enfermedad no es, de suyo, «castigo de Dios» aunque pueda
ser el efecto de desórdenes de vida. Por ejemplo, el de alguien que
fuma demasiado, y este vicio le provoca un cáncer pulmonar (cf.
Praenotanda 1 y 2).
Cualquier Ritual, antes debe ser «bien celebrado», debe ser «bien
comprendido» por los celebrantes (y por los catequistas que
disponen la inteligencia de los fieles en su formación habitual y
permanente a la celebración de los misterios sacramentales).

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18 Héctor Muñoz

De la respuesta a la pregunta ¿qué es la unción de los enfermos?,


nacerá otra pregunta: ¿Para qué «sirve» la unción de los enfermos?
(¿cuál es la finalidad de este signo salvífico sacramental?) Es evidente
que no reemplaza la tarea humana de los médicos. No es «magia»,
como tampoco lo es el agua bendita, la cual para muchos fieles mal
formados y peor informados, sería la panacea para toda dolencia.
La solución no viene por negación, sino por una correcta formación
respecto al buen uso de este sacramental.
En lo que toca a nuestro tema, se tratará de fortalecer la fe y la espe-
ranza, para ayudar al enfermo grave a no desfallecer y a completar
en él lo que falta a la pasión de Cristo, con todos los medios a nuestro
alcance, pues la normalidad de un hombre, en su condición de tal,
es «la salud», así como la vida de la gracia debe ser «la normalidad
de un hijo de Dios» (cf. Praenotanda 3 y 4).

6.2. La unción de los enfermos (cf. «Praenotanda» 5-7)


Se hace referencia al testimonio de Jesús con los enfermos, testi-
monio imitable. Lo mismo en el texto expreso de Santiago. Desti-
natarios y finalidad:
Cuando el hombre está gravemente enfermo necesita una gracia
particular de Dios a fin de que no se deje dominar por la angustia
y decaimiento de ánimo y, bajo la instigación de las tentaciones, no
se debilite su fe. Por eso nuestro Señor Jesucristo, por medio de la
unción de los enfermos, los fortalece, como con una defensa firmí-
sima (núm. 5).
No se trata de situaciones normales, sin la del gravemente enfermo.
No bastan las gracias de todos los días, sino que necesitan una
gracia particular. No son suficientes, ante este tipo de «inunda-
ciones» las defensas ya hechas, sino que se requiere una defensa
firmísima. El número 6 ratificará este estado de cosas:
Este sacramento confiere al enfermo la gracia del Espíritu Santo,
por la cual toda la persona humana recibe ayuda para la salud, se
acrecienta la confianza en Dios y se robustece para vencer las ten-
taciones del enemigo y las angustias de la muerte, de tal modo que
no solo pueda resistir las adversidades con fortaleza, sino también
luchar contra ellas y obtener la salud, si esto contribuye al propio
bien espiritual.

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La enfermedad y el ministerio de la salud 19

Nuevamente se explicita de modo clarísimo que nos encontramos


ante un enfermo grave. Más adelante se afirmará que esta gravedad
se determina por el criterio común de los médicos (cf. núm. 8).

6.3. A quiénes se debe administrar este sacramento? (cf. «Praenotanda»


8-15)
Estos puntos afectan directamente a la pastoral de este sacramento
y –según mi parecer– en muchos lugares se elude su consideración.
Tengo experiencia de que se ha administrado a pequeños de uno o
dos años, pero el número 12 dice que se puede aplicar la sagrada
unción a los niños cuando hayan llegado «a la edad del uso de la
razón, para que puedan ser fortalecidos por este sacramento».
El número 8 afirma expresamente que «esta sagrada unción ha
de administrarse a los cristianos que ven en peligro su vida por la
enfermedad o la vejez».
En primer lugar «ven en peligro su vida» implica enfermedad
«grave». El problema es equiparar «enfermedad» con «vejez»,
cuando son dos realidades distintas, aunque a veces vayan unidas.
Conozco muchos «viejos sanos». Por lo tanto no hay necesidad de
que accedan a la unción. He conocido parroquias donde se dan
este tipo de «avisos»: «El próximo viernes, después de la misa
vespertina se administrará la unción de los enfermos a los mayores
de 60 años.» Pero este «mayor de 60 años» ¿está sano o enfermo?
Tener 60 años no es una enfermedad, ni leve ni grave, salvo que
estado en que se encuentre el sexagenario le haga ver que su vida
peligra o que sus fuerzas «se han debilitado mucho» (núm. 10).
Pero no se trata de tener dolor de piernas o de que ya no les resulta
fácil enhebrar una aguja… Cuando la mayor parte de las escuelas
psicológicas que no han perdido el sentido común nos hablan de
lo mucho que hay que esperar de los ancianos y reclamarles eso
que pueden ofrecer; de las actividades que deben llevarse a cabo
en los establecimientos geriátricos para que nuestros mayores
den lo mucho y bueno que tienen, ciertas prácticas pastorales los
arrinconan en la «zona de los terminales». Una «viejita» (no dema-
siado vieja), me dijo un día: «Padre Héctor menos el sacramento
del orden, he recibido todos los demás. Ayer fui a la parroquia,

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20 Héctor Muñoz

el párroco avisó que los mayores de 65 años (este agregó 5 a los


anteriormente citados) pueden recibir la unción de los enfermos
que inmediatamente vamos administrar. Me puse en la fila y la
recibí.» Mi pregunta fue: «¿Está usted enferma?» Su respuesta
inmediata fue: «No tengo ni un resfriado. Me siento más fuerte que
un roble. Yo soy una vieja “de las de antes”». Y yo me pregunto:
¿Sobre qué realidad obró este sacramento si «la enferma» no tenía
«ni un resfriado»? Hay ejemplos que si no son tragicómicos, por lo
menos son cómicos. Un adulto de alrededor de 30 años me pidió,
hace un par de años, la unción de los enfermos. Le pregunté qué
le pasaba y me confesó que tenía pánico a los aviones y que al día
siguiente debía hacer un viaje a Brasil en tal medio de transporte.
Por si el avión se estrellaba, pedía la unción. Ahí me enteré de una
enfermedad nueva: ¡los accidentes aéreos! Esto que parece un
chiste, no lo es. Lo viví «en vivo y en directo».

6.4. Sobre la reiteración de la unción de los enfermos nos habla el número 9


También se nos presenta como problema pastoral, cuando ha fal-
tado la «atención pastoral» previa, cómo proceder cuando solicitan
este sacramento para un enfermo que está inconsciente.
El número 14 dice que:
A los enfermos sin sentido o que perdieron el uso de la razón se
les puede administrar la sagrada unción cuando se supone que, si
estuvieran conscientes, la habrían pedido por ser creyentes.
En el Ritual actual, la Iglesia no se plantea cuándo se separa el alma
del cuerpo o sobre el momento del paso de la vida a la muerte,
como ocurría en la práctica anterior, por lo que:
Cuando el sacerdote sea llamado a asistir a un enfermo y lo encuen-
tra ya muerto, ore a Dios por él […] pero no lo unja. No obstante, si
duda de que realmente esté muerto, puede aplicarle este sacramento
sub conditione.
El tema es complejo pero se lo facilitaría si nuestra predicación y
catequesis ahondara en la realidad de la enfermedad y de la Unción.
En caso contrario seguirá en pie y con vigencia la práctica de llamar
al sacerdote cuando en enfermo esté bien grave y, mejor aún si está
inconsciente, «para que no se asuste».

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La enfermedad y el ministerio de la salud 21

El «broche de oro» de la celebración tendría que ser la recepción


de la Eucaristía, como viático.
En caso de los enfermos que lo soliciten, ante una dolencia pro-
longada y grave, quienes lleven a cabo el ministerio de la salud,
llamarán al párroco o a otro sacerdote, para que celebre este
sacramento en la casa del enfermo, en el caso de que este tenga
dificultad para ir a la iglesia. ¿Cómo determinar la gravedad de
una enfermedad? Nos dice la enseñanza de la Iglesia que en estos
casos, hay que regirse por el criterio de los médicos. «Grave» no
quiere decir que haya peligro de muerte, sino solo que los riesgos
pueden ser mayores que en otros casos. No celebraré la unción de
los enfermos porque deba ir a un podólogo para que cure una uña
encarnada, aunque esto pueda ocasionarme molestias: estas no
ponen en juego ni la fe ni que Dios sea cruel conmigo...
Ante estos casos, quienes ejercen el ministerio de la salud podrán
hablar con los enfermos, y manifestarles que Jesús, en numerosas
escenas del evangelio, curó a enfermos, con inmensa compasión
y haciéndoles ver que –como ocurrió históricamente con Jesús–
vivir el sacramento de la unción de los enfermos, es un acto de fe
y esperanza, con la confianza puesta e n Jesús, que es médico de
nuestras almas y también de nuestros cuerpos.
Pone al enfermo ante Dios, para que Jesús y su Iglesia lo conforten
y alimenten su fe, siguiendo el mandato de Cristo a sus discípulos,
de ir y sanar a los enfermos (cf. Mc 6,12-3; 16,17-18; 1Cor 12,9.28.30;
Hch 9,34; 14,3; Sant 15,14-15)
La enfermedad se enfrenta con el enorme desafío a la Iglesia: dar
una respuesta que ayude a quienes pudieran caer en la angustia
y el agobio causado por la dificultad del dolor sin alivio, realidad
presente en muchos casos en que el enfermo ya quiere morir,
porque sus fuerzas (¡muy débiles!) lo han abandonado y llevado
al límite de la desesperación.
El sacramento de la unción de los enfermos, no es acto de magia,
sino un signo que nos hacer presente a «Cristo sanador» en medio
de aquellos que sufren y esperan el consuelo de Dios y de los
hermanos.

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22 Héctor Muñoz

Es importante que el enfermo sepa que el servicio pastoral que se


les brinda, desde el «ministerio de la salud», no es otro sino servir
al mismo Cristo en los hermanos que más sufren. Lograr que
descubran esta identidad y saber que en los difíciles momentos
que experimentan, es Jesús el que llora, se conduele y padece, en
la dolencia que los enfermos viven.

7. La enfermedad y la cruz redentora (ofrecer y ofrecerse)


En la Historia de la salvación y en la vida de la Iglesia, todo gira alre-
dedor del misterio pascual de Jesucristo, uno de cuyos momentos
es la muerte del Señor en la cruz, para culminar en su resurrección
a la vida.
En nuestras vidas el Espíritu Santo irá grabando en lo más hondo
de nuestras inteligencias y corazones, la realidad redentora de la
muerte y vida del Salvador.
Es verdad que en la cruz, Jesús entrega su vida «por el pecado
del mundo» pero creemos que en nuestras historias personales,
el Señor ofrece y se ofrece en sacrificio grato al Padre, por todo lo
que ingresa en nuestras vidas, por el sufrimiento de los inocentes,
por lo que con frecuencia llamamos «el mal de la enfermedad y del
dolor», viéndolos como algo que no responde a nuestra vocación
a ser felices y a gozar de la normalidad de la salud.
Pero también frecuentemente experimentamos, en nuestras vidas
y en las del prójimo, que Dios «escribe derecho en renglones tor-
cidos».
De suyo, la enfermedad y los dolores por ella causados, son un mal,
y la salud es un bien. Por eso, Dios quiere que todos colaboren en
erradicar la enfermedad y encontrar alivio al sufrimiento.
Por ello, en la locura de Dios, que es más sabia que la sabiduría de
los hombres, ciertos males –aparentes o reales– ingresan en la vida
de los hombres, pero siempre para sacar un bien mayor.
Al «mal de la cruz» sobreviene la gracia de la resurrección. El mal
de la enfermedad y del dolor, «provocan» a la inteligencia de los
hombres y a la ciencia, a buscar y encontrar remedio a dicho mal.

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La enfermedad y el ministerio de la salud 23

En la pastoral con los enfermos y en el ministerio de la salud, los


hechos descriptos en los breves capítulos de este trabajo, mostrarán
los pasos por los que dicha pastoral y ministerio pueden caminar,
para que los enfermos recuperen la salud o, por lo menos, vivan a
la enfermedad y al dolor, de modo que no pierdan la salud mental
y la espiritual, sino que, por el contrario, hayan atravesado el árido
desierto, sabiendo a dónde se dirigían sus pasos.
La Pascua no es «vida», sino «paso de la muerte a la vida». De aquí
la importancia de ejercer el ministerio de la salud, con la convicción
de que los pasos dados, ayuden a los enfermos y a sus familiares
–también sometidos a la dura pena del dolor de un ser querido– a
que vivan su pascua personal de muerte y vida, tal como Jesús la
vivió. Un viejo dicho del medioevo afirma: Per crucem ad lucem…
(Por la cruz, a la luz), manifestando así que hay que pasar y sobre-
pasar un mal (en nuestro caso, el de la enfermedad), para lograr
un bien (la salud o la luz). Este será un fruto grande, posibilitán-
doles así hacer ingresar sus sufrimientos en el caudal redentor de
la sangre de Cristo. Con esta visión, la enfermedad y el dolor por
ella causados cobrarán sentido positivo y tendrán un lugar en la
Historia de la salvación, tal como lo fue la cruz cargada por el Señor.
Esto adquiere su mayor plenitud, en la celebración sacramental
de la unción de los enfermos.
Héctor Muñoz
Sacerdote liturgista dominico de Mendoza (Argentina).

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Phase 55 (2015) 25-38

Antropología y pastoral de la salud


Dionisio Borobio

Resumen

El artículo estudia la interrelación de la pastoral de la salud con la pastoral de la


enfermedad. Para poder afrontar este tema es necesario aclarar previamente el sig-
nificado de algunos términos esenciales: infirmitud-enfermedad, salud-enfermedad,
sanación-salvación. Después se destacan los aspectos clave de la pastoral de la
salud desde su dimensión antropológica: la atención a la persona en su totalidad;
la consideración de la vida como un proceso dinámico; la importancia del factor
religioso en la interpretación personal de este proceso.

Palabras clave: Enfermedad, salud, salvación, unción de enfermos, pastoral de la salud.

Abstract

This article considers the interrelationship between health pastoral care and the
sickness pastoral. In order to address this issue it is necessary to previously clarify
the meaning of some essential words: infirmity-sickness, health-sickness, healing-
salvation. The article also highlights the key aspects of the health pastoral care
from its anthropological dimension: attention to the whole person; consideration
of life as a dynamic process; the importance of the religious factor in the personal
interpretation of this process.

Keywords: illness, health, salvation, anointing of the sick, health pastoral care.

La vida del hombre es un proceso que discurre entre infirmitud y


salud, en el deseo permanente de mantener e incrementar la salud
y de evitar, sobrellevar o superar la enfermedad. El sacramento de
la unción de enfermos creemos debe situarse, ciertamente en un

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26 Dionisio Borobio

momento de enfermedad, pero la enfermedad debemos situarla


e interpretarla en el interior de esta dinámica más global, y en
especial en la relación con lo que implican estas tres realidades:
salud, sanación, salvación. Porque el objetivo de la pastoral y de la
unción no es preparar al «bien morir», sino ayudar y fortalecer al
enfermo, en la fe y con la gracia de Dios, para asumir y dar sentido
a su vida en la situación de enfermedad.1 La situación propia del
sacramento de la unción es la fragilidad en la carne y el espíritu,
que se manifiesta en la enfermedad. Ante esta situación, la unción
actúa como «sacramento de curación» por el que Cristo, «médico»
de nuestras almas y de nuestros cuerpos» nos ofrece la salud y la
salvación plena.2
Teniendo esto en cuenta, pretendemos estudiar cómo se interre-
lacionan la pastoral de la salud con la pastoral en la enfermedad,
conscientes de la interrelación que implican los términos antes
aludidos: infirmitud-enfermedad, salud-enfermedad, sanación-
salvación. Sin quitar ninguna importancia al bienestar o malestar
armónico de la salud corporal, queremos poner de relieve estos
aspectos: 1. La atención a la persona en su totalidad. 2. La consi-
deración de la vida como un proceso dinámico. 3. La importancia
del factor religioso en la interpretación personal de este proceso.

1. Términos que expresan interrelación

1.1. Infirmitud – enfermedad


Entendemos que la salud es la constante más normal en la vida
del hombre. Junto a ella, también constituye una constante la
infirmitud, en cuanto realidad de fragilización permanente, que
se manifiesta en las diversas contingencias corporales-psíquicas-
espirituales-relacionales de la vida, en un proceso creciente
de decrepitud, que se manifiesta de forma más radical cuando
produce en el hombre una desarmonía fundamental por medio
de lo que llamamos «enfermedad». La infirmitud es un estado

1 D. Borobio, «Unción de enfermos», en D. Borobio (ed.), La celebración


en la Iglesia. II. Sacramentos, Salamanca: Sígueme 42010, 655-743, aquí 655.
2 Cf. Catecismo de la Iglesia católica, 1420ss, 1500ss.

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Antropología y pastoral de la salud 27

permanente, lo mismo que la salud, pero sometido a situaciones


y cambios más radicales, que conmueven la totalidad de nuestro
ser, y a los que calificamos de «enfermedad».3
Entendemos por enfermedad esa desarmonía radical en el cuerpo,
en la mente o en el espíritu, que conlleva un desequilibrio en la
relación consigo mismo, con los demás, con el mundo, con Dios,
y que sitúa a la persona enferma ante el reto de un re-composición
de su cuadro inter-relacional, y de una revisión del sentido de su
vida, en su pasado, su presente y su futuro.

1.2. Salud – sanación – salvación


Entendemos por salud ese bienestar armónico corpóreo, psíquico,
espiritual de la persona, que conduce a un cierto disfrute de la
vida. Ya hace algunos años, la Organización Mundial de la Salud
proponía esta definición (1948): «La salud es un estado de perfecto
bienestar físico, mental y social, y no solo la ausencia de enferme-
dad». También puede definirse como el nivel de eficacia funcional
o metabólica de un organismo tanto a nivel micro (celular) como a
nivel macro (social). En 1992 un investigador amplió la definición
de la Organización Mundial de la Salud, al agregar: «y en armonía
con el medio ambiente». Por tanto, salud es un bienestar interre-
lacionado que afecta a la persona entera.
Por sanación entendemos además la persona que vive y manifiesta
esta totalidad armónica en su relación consigo mismo, con los
demás, con el mundo:
La salud y/o la enfermedad tienen mucho que ver con la buena o
mala situación del hombre en el mundo. En el fondo, salud y enfer-
medad expresan respectivamente unas buenas o malas relaciones
del hombre consigo mismo, con los otros, con la naturaleza.4
Se acentúan el sentirse bien en la relación con los demás y en la
relación con el mundo. No estar enfermo no es lo mismo que estar

3 Tenemos en cuenta las diferencias que suelen establecerse, por ejemplo,


entre «körper», «Leib», «Heil» (alemán); «desease», «illnes», «health»; cf. A. N.
Terrin (ed.), Liturgia e terapia, Padova: Messagero 1994.
4 L. Duch, Antropología de la vida cotidiana, Madrid: Trotta 2002, 314.

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28 Dionisio Borobio

sano, pues hay personas que físicamente no están enfermas, pero


tampoco están sanas, porque existe en ellas una desarmonía que
distorsiona otros estratos de su ser y su existir.
Por salvación entendemos la relación que guardan la salud y la
sanación con la armonía espiritual, con la referencia trascendente,
con lo religioso y, en definitiva, con el sentido último de la vida. Es
ese «encontrarse bien» o «sentirse en paz», no solo consigo mismo
y con los demás, sino también con aquél que da sentido a la tota-
lidad, traspasando lo opaco de la infirmitud y de la enfermedad,
y haciendo posible una esperanza de salvación, que va más allá
de lo médicamente constatable o antropológica y socialmente
explicable. Salvación (en latín «salus»; en griego «sotería») relaciona
salud y religión, pues tanto la medicina como la religión pretenden
salvar al hombre, con la diferencia de que la religión le remite a una
salvación más allá de lo visible. Por eso, para algunos medicina y
religión tienen una relación intrínseca y constitutiva, pues no hay
salud plena sin esperanza en una salvación. Una salud que no
integre la salvación siempre se encontrará con el tope inexplicable
de su contingencia.
De este planteamiento se desprende que partimos de una visión
holística, integral e integradora, unitaria y total de la persona. En
este sentido estamos de acuerdo con lo que se afirma del chama-
nismo, en cuanto que concibe la salud como un «hecho total».
Como bien resume L. Duch:
Consiste en un encontrarse bien del cuerpo y del espíritu, por
mediación de un sano equilibrio entre las fuerzas del espíritu y las
fuerzas de la naturaleza. Todo proceso de curación, por consiguiente,
no consiste sino en la recuperación de la armonía perdida entre el
enfermo y su entorno.5
Y, como el mismo autor añade en otro momento:
Esto exige mantener una comprensión del ser humano como orga-
nismo que, al mismo tiempo, es somático, psíquico, social y espiritual
y, por otro lado, impone la adhesión a un paradigma científico que
vuelva a ser operativo sobre la totalidad del ser humano, y no, como

5 Ibíd., 328.

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Antropología y pastoral de la salud 29

acontece con tanta frecuencia en nuestros días, centrado en el análisis,


la especialización y la fragmentación.6
En la misma dirección insisten algunos en la necesaria integración
de la dimensión religiosa para una salud–curación–salvación en
sentido pleno. Así Raimon Panikkar afirma la importancia de la
meditación para llegar a un autoconocimiento existencial, y para
lograr un equilibrio sanante entre el cuerpo y el alma, y la «reinte-
gración armónica de lo real».7 La «función medicinal de la religión
consiste en alcanzar la armonía interna de la persona», en llegar
a esa paz interior y exterior, que no teme a la enfermedad ni a la
muerte. De ahí que concluya el que la salud es el equilibrio entre
los diversos constituyentes de la persona: el cuerpo y el alma, lo
material y lo espiritual, lo individual y lo relacional, el mundo y
el otro más allá del mundo.8

2. Entre exaltaciones y agresiones a la salud


La polaridad salud-enfermedad marca todo el proceso de la vida
humana. Pero la salud es la meta de los esfuerzos del hombre, el
bien más deseado: «Lo importante es que tengas salud».
Es lógico que el hombre aspire a la salud plena. Pero hay que
reconocer que nuestro mundo vive una situación paradójica de
exaltación y divinización de la salud, por una parte, y de creci-
miento de las enfermedades y terapeutización o medicalización
de la vida, por otra parte. Si, por un lado, se desarrollan muchos
aspectos potenciadores de la salud (terapias diversas, alimenta-
ción sana, ejercicios corporales, medicinas avanzadas, prevención
y cuidados de enfermos, discapacitados, dependientes, medios
hospitalarios…); por otro lado, se incrementan también agresio-
nes contra la salud, unas veces por injusticias o falta de medios

6 Ibíd., 378.
7 R. Panikkar, La religión, el mundo y el cuerpo, Barcelona: Herder 2014,
134 ss.
8 Cf. Ibíd., 151-153. En un sentido semejante, si bien desde una perspec-
tiva más psicológica, trata el tema V. E. Frankl, La presencia ignorada de Dios,
Barcelona: Herder 1977; Íd., El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de
la psicoterapia, Barcelona: Herder 1994.

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30 Dionisio Borobio

(pobreza, carencia de alimentos, falta de sanidad y de medicinas


y medios hospitalarios…); otras veces por abusos de medios que
dañan la salud (drogas, alcohol, manipulación cibernética, abusos
de poder, corrupción, trabajo); otras veces por una pretensión de
dominar la vida (supresión del otro indefenso e improductivo,
manipulación genética, abortos, eutanasia). A todo ello, hay que
añadir hoy los efectos de la crisis en el ámbito de la salud, o de
lo estrictamente sanitario, que conlleva graves deficiencias, si no
agresiones, como pueden ser: la falta de medios para adquirir
medicamentos necesarios, la desatención sanitaria de inmigrantes
y marginados, la automedicación descontrolada, el miedo o estrés
por la incertidumbre en el trabajo, por las deudas contraídas… lo
que lleva a desequilibrios mentales o psíquicos, a la depresión y
pérdida de sentido de la vida. Todo ello tiene como consecuencia,
en no pocos casos, un aumento de enfermedades psíquicas (depre-
siones), un crecimiento de personas que recurren al curanderismo,
un pasar más fácilmente de la infirmitud a la enfermedad, una
mayor frecuencia de conflictos familiares, una perturbación de las
relaciones sociales (pérdida de prestigio social), y en fin un cierto
apartamiento de un Dios «que permite tales injusticias».
Todo lo anterior significa que, si bien se ha mejorado mucho en
proyectos, realidades y medios sanitarios en pro de la salud y el bien-
estar social, todavía estamos muy lejos de vivir de modo armónico
la relación infirmitud–enfermedad, salud–sanación–salvación. Por
desgracia aparecen separadas con excesiva frecuencia la salud cor-
poral y la salvación integral del hombre, la aspiración por la salud y la
aceptación de la infirmitud, como elemento permanente de la misma
condición humana. Más aún, en estos momentos puede afirmarse,
si bien la salud corporal ha mejorado en general, la salud anímica
está empeorando, porque cada vez hay más personas nerviosas,
tensas, en estrés e incertidumbre, en conflicto y desesperanzadas,
sin un sentido para vivir, y en un vivir sin Dios.

3. ¿En qué puede consistir hoy la pastoral de la salud?


Reconozcamos, en principio, que el campo de los destinatarios
a los que debe dirigirse esta pastoral es mucho más amplio que

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Antropología y pastoral de la salud 31

el de los «enfermos graves», según su comprensión clásica. En


realidad, todo hombre, y más aún todo cristiano, puede ser desti-
natario de esta pastoral, en cuanto acción de la Iglesia en orden a
promover una salud integral y armónica, que abarque la totalidad
de dimensiones de lo humano. La pastoral de la salud extiende su
acción a todas las etapas y momentos de la vida. Ha dejado de ser
una pastoral reducida al momento de la enfermedad manifiesta,
para pasar a ser una acción promotora de la salud permanente.
Ha pasado de ser una pastoral solo en situación de enfermedad, y
más aún de ayuda a bien morir, a ser una pastoral de ayuda a vivir
sanamente. Ha dejado de ser una pastoral que considera como
enfermo al que es solo «objeto» de cuidados médicos y receptor
pasivo de atención caritativa, a ser una pastoral que acoge al
enfermo como persona humana y como sujeto activo y responsable
de evangelización. Ha pasado de entenderse como pastoral para
la persona enferma en solitario, a ser pastoral que afecta a todo el
contexto familiar, comunitario y social sanitario que se encuentra
implicado en el mismo proceso de la enfermedad. Ha dejado de
ser una pastoral de «conservación y remedio» ante el mal que se
presenta, para ser una pastoral de promoción por la salud y el bien
al que se aspira, y por la evangelización y misión que se desean.
Ha pasado de ser una pastoral clericalizada y que pertenece solo al
clero, a ser una pastoral comunitaria y que compromete de forma
especial a los laicos.9
Teniendo en cuenta el planteamiento anterior, creemos que la
pastoral de la salud implica la entera acción de la Iglesia, junto
con otras personas, en orden a ayudar a vivir la infirmitud o con-
tingencias de la vida, en todas sus etapas o momentos; promueve
un estilo de vida «sana» y en equilibrio armónico de las diversas
dimensiones de la persona: cuerpo y espíritu, personalidad y

9 Véanse al respecto los planteamientos de documentos tan importantes


como: Ritual de la unción y la pastoral de enfermos. Prenotandos; Familiaris con-
sortio, 85; Christifideles laici, 54; Salvifici doloris, 29; y otros documentos del
Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española
como el material policopiado de R. Delgado, Líneas de acción de la pastoral de
la salud en la parroquia, 73-79.

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32 Dionisio Borobio

socialidad; ayuda a superar la concentración en la salud corporal,


potenciando la salud integral; colabora a una relación fraternal con
los demás y a una relación con el mundo más respetuosa; aporta
sus esfuerzos y medios para unas condiciones de vida (alimento,
bebida, hábitat…) más saludable y justa; destaca la positividad
de una referencia trascendente o religiosa de la vida… Por otro
lado, la pastoral de la salud no tiene ninguna dificultad en asumir
los desafíos de la actual situación de crisis, desde una concepción
integral de la persona, que implica atender a todas las necesidades
del ser humano: materiales, emocionales, sociales y espirituales.10

4. Cuando la infirmitud deviene enfermedad


Es lógico que el hombre rechace la enfermedad. Pero no lo es tanto
que no sea capaz de integrar el dolor en una dinámica permanente
por la salud. El reto se plantea cuando se pasa de la infirmitud a
la enfermedad, en el sentido antes explicado. Es entonces cuando
esa dimensión enfermiza permanente se manifiesta de forma
especialmente dolorosa, desordenada y destructiva en lo que
llamamos enfermedad en sentido estricto. Cuando esto sucede, la
interinfluencia de los diversos estratos del hombre (físico, psíquico,
social, espiritual, religioso) se hace más intensa, la desarmonía
más patente, y la necesidad de un auxilio externo más urgente.11

4.1. La enfermedad como situación fundamental


La situación de enfermedad grave o seria es una de las situaciones
fundamentales de la vida que, por la intensidad y conmoción total
de la persona que supone, por el tránsito vital (rite de passage) que
significa, por la experiencia que comporta, se convierte en cifra
de trascendencia, en interpelación y llamada, que abre al hombre
enfermo a nuevos horizontes del ser en el ser. Tal situación es

10 Cf. J. L. Segovia, «Desafíos de la crisis a la pastoral de la salud», Labor


Hospitalaria 308 (2014) 80.
11 Cf. P. Laín Entralgo, «La enfermedad como experiencia», en Ocio y
Trabajo, Madrid: Revista de Occidente 1960, 81-128; M. Augé, «Maladie/
Anthropologie», en Encyclopaedia Universalis XIV, París 1990, 339ss; D. Le
Breton, Anthropologie de la douleur, Paris: Métailié 1995.

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Antropología y pastoral de la salud 33

sacramental, porque a la experiencia humana acompañan, nor-


malmente, ritos y gestos tendentes a expresar el misterio que nos
envuelve, lo inexplicable del proceso de la vida en peligro; porque
a la conmoción total del ser se une espontáneamente la búsqueda
simbólica del sentido, porque es un momento en el que la llamada
a lo trascendente se hace más evidente. En la situación de enferme-
dad la persona vive de un modo dramático una conmoción total
de su vida; experimenta de una forma nueva la limitación de su
corporeidad y la contingencia de su propio ser; se ve obligado a un
cierto «extrañamiento vital» (hospitalización), con interrupción de
sus relaciones familiares, laborales y sociales normales; su espacio
(habitación) y su tiempo (horarios) sufren una transformación
ambiental y rítmica perturbadora; las preguntas sobre su pasado,
su presente y su futuro se le presentan como inevitables (posi-
bilidad de sanar o de morir). Y de ahí también el que el enfermo
se vea llevado a tomar una decisión, a adoptar una postura, o de
aceptación de su enfermedad y su destino (en su caso, voluntad
de Dios), o de desesperación, resignación pasiva o incluso rebelión
contra un futuro inaceptable.12

4.2. El rostro positivo de la enfermedad


La enfermedad, como casi todo en la vida humana, está marcada
por la ambigüedad y el claroscuro. A pesar de su negatividad
existe en ella una virtud de positividad; aunque en ella prevalezca
el impedimento y el obstáculo, también ofrece la posibilidad de
desarrollo y totalización de valores fundamentales del hombre.
En concreto la enfermedad puede ser motivo y momento de una
nueva relación con Dios, que supere las divinizaciones falsas, las
imágenes idolátricas, e introduzca en el verdadero conocimiento
del su misterio y su amor, de su cercanía y presencia, de su irre-
ductibilidad y otredad.
De la misma forma, la enfermedad es también un tiempo y un
momento en el que se pueden autentificar las relaciones consigo
mismo, con los demás y con el mundo. Consigo mismo, porque

12 Más desarrollado este aspecto en Borobio, La celebración en la Iglesia. II,


695ss.; Íd., Sacramentos y sanación, Salamanca: Sígueme 2008.

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34 Dionisio Borobio

la enfermedad es también escuela de aprendizaje en la relativi-


zación de las cualidades, poder, dinero, cuerpo, posibilidades...
viniendo a descubrir el mundo interior de forma nueva, y el clamor
de la propia conciencia, y la verdad del misterio personal. Con
los demás, porque aprende de forma especial lo que significa la
dependencia, la ayuda atención del otro, el amor y la acogida en la
inutilidad, la necesidad que los otros pueden tener de mí... Y con
respecto al mundo, también aprende a valorar mejor lo que vale
la vida, y el disfrute de las cosas, y el respiro de la naturaleza, y el
cobijo del espacio...
Una tercera positiva posibilidad es la liberación del pecado propio,
escuchando la llamada a la conversión que nos viene de la misma
situación de enfermedad. Tal conversión puede manifestarse en el
extrañamiento de las pasiones pecaminosas, en el reconocimiento
de la responsabilidad en la injusticia, en la aceptación de las propias
limitaciones. Este puede ser el primer paso de la victoria sobre
la enfermedad. Y, cuando esto sucede así, la enfermedad puede
ser también un medio y un momento interpelativo, redentivo
del pecado de los demás. Los demás que participan de mi dolor,
participan de la forma como «yo vivo este dolor». Y en él pueden
sentirse llamados, convertidos, animados en su esperanza, con-
movidos, redimidos.
4.3. Situación de enfermedad y experiencia de gracia
Cuando el enfermo es creyente y vive su situación con la profun-
didad descrita, entonces es posible que la enfermedad sea para
él también un momento de gracia, de experiencia de amor agra-
ciante de Dios, presente misteriosa pero realmente en el grito de
la fragilidad humana. Entonces puede comprenderse lo que es el
absoluto de Dios y el relativo del hombre. Entonces se recompone
el cuadro de valores de la vida: dinero, éxito, poder, salud, cuerpo...
y Dios viene a encontrar el puesto que durante tiempo le habíamos
negado... y la actitud personal ya no es arrogante o autosuficiente,
sino sencilla y humilde, en disposición de adoración y entrega, en
medio del silencio y del dolor.
En el profundo misterio de la limitación y el sufrimiento, el hombre
enfermo que acepta con serenidad y confianza su propio destino,

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Antropología y pastoral de la salud 35

abriéndose y ofreciéndose al futuro que el Otro le reserva, está ya


abriéndose al amor y a la cercanía salvadora de Dios. La gracia es
esa misteriosa presencia de Dios, que de modo inefable está y se
siente cercano a nosotros, en una proximidad y amor absolutos,
para nuestro perdón, nuestra salud y nuestra salvación. Esta expe-
riencia de gracia, aparecerá en toda su significatividad y eficacia
en la celebración del sacramento de la unción.
Esta gracia es un don para la salud y para la salvación. De la misma
manera que Cristo lucha contra el dolor y el sufrimiento asu-
miéndolos, así el enfermo con la fuerza de la fe lucha contra su
enfermedad, asumiendo su sentido en la esperanza de la salud y la
salvación. Dios sigue encarnándose asumiendo la fragilidad de la
carne humana. La gracia en la enfermedad y por el sacramento de la
unción, supone también un cierto efecto corporal de curación, que
puede expresarse como un nuevo equilibrio antropológico. Equi-
librio que se manifiesta en la reintegración de los diversos estratos
y valores de la vida, por un reordenamiento nuevo, que conduce
a redescubrir el sentido de la propia existencia. De este modo, por
la experiencia de enfermedad, unida a la ayuda de una verdadera
pastoral de la salud (y más aún al sacramento de la unción), el
enfermo puede llegar a hacer una nueva lectura de su salud y su
vida, de su cuerpo y de su espíritu, de sus relaciones y sus bienes,
de su ser consigo mismo, con el mundo, con los demás y con Dios.

5. ¿Qué pastoral de la salud en la situación de enfermedad?


Una vez recorrido el camino de la infirmitud a la enfermedad, y
analizada la experiencia que comporta, es preciso que nos cen-
tremos en la acción pastoral que debe conllevar, para lo que nos
fijamos en dos puntos: la actitud pastoral sanante de Jesús con los
enfermos; y el resumen de una propuesta pastoral.

5.1. El referente de Jesús con los enfermos


De su comportamiento o ministerio con los enfermos no solo se
deriva el sacramento de la unción, sino también la pastoral que
hacia el sacramento conduce. Estos son los rasgos esenciales de su
comportamiento, y por tanto de nuestra pastoral:

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36 Dionisio Borobio

– Jesús es el verdadero cumplidor de las promesas mesiánicas de liberación


de la enfermedad y el dolor, con sus palabras y sus obras, con su vida,
muerte y resurrección (cf. Jr 33,6; Is 35,5; Mt 11,3; Lc 4,21).
– Jesús es acogedor y amigo de los enfermos, a los que se acerca, por los que
ora, a los que escucha y consuela, y a los que saca de su marginación
y de su soledad (cf. Mt 11,24; 9,13; Lc 11,2-4...).
– Jesús es médico integral, que cura de las enfermedades y libera del
demonio y del pecado, por medio de gestos y sobre todo por el poder
de su palabra (cf. Mc 5; Mc l; Lc 17; Mt 8,3; 19,15; Mc 6,5; Lc 4,40).
Jesús es y aparece como el médico integral, que cura al hombre de
todas sus enfermedades: la física, la psíquica, la moral, la espiritual
(cf. Mc 2,5; Jn 9,35-40...).13
– Jesús es, también en la enfermedad, maestro que enseña la verdad sobre la
relación poder del demonio–pecado–enfermedad. El demonio y el pecado
pueden influir en la enfermedad (cf. Lc 11,20; Mt 12,28; Jn 9,1-4). Pero
no existe una causalidad directa de demonio–pecado–enfermedad.
– Jesús es amigo que salva y que pide una relación personal de confianza en
él. Por eso, al dirigirse a él los enfermos expresan su confianza: «Si
tú quieres, puedes sanarme» (Mc 1,40.48; cf. 5,23.28; Lc 17,13; Mt
9,27). Y por eso, al ser curados por él, Jesús mismo les pide un acto
de fe y de confianza. «Tu fe te ha salvado» (cf. Mc 10,52; Mt 5,25-34;
Mc 9,24).
– Jesús es el verdadero salvador que, con su misterio pascual, no solamente
asume la enfermedad y carga con nuestros dolores, sino que también
descubre de una vez para siempre el sentido de la enfermedad y del
dolor, transformando su oscuridad en luz salvadora, a través del
amor y la entrega a los demás (cf. Mt 8,17; 20,28; Mc 14,22-25; 1Cor
6,20; 1Pe 2,9...). En él no solo se encarna la salud plena, sino que
también se irradia la salud para los demás. Por él la humanidad es
a la vez sanada y salvada.
Si esto es así, no hace falta buscar otro fundamento para la pas-
toral de enfermos o del sacramento de la unción de enfermos. El
es siempre el «buen samaritano» al que tenemos que imitar. Nos
basta ser fieles a su obra y misión, a su mandato y envío (cf. Mc 6;

13 Cf. M. Gesteira, «“Christus medicus”. Jesús ante el problema del mal»,


Revista Española de Teología 51 (1991) 253-300.

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Antropología y pastoral de la salud 37

Mc 16,15-16). Nos basta mirar su ejemplo y su amor redentor en


el momento de la pasión y la muerte, de la resurrección y la vic-
toria. A través de esta continuación aparecerá por el sacramento
la grandeza del misterio que creemos, actualizamos y vivimos.14

5.2. Líneas generales para una adecuada pastoral


En general, los objetivos de esta pastoral no pueden ser otros que:15
evangelizar la cultura de la salud actual; promover la responsabi-
lidad solidaria, desde los valores humanos y evangélicos; insistir
en la integración equilibrada de todos los estratos de la persona;
realizar una caridad práctica de ayuda, acompañamiento, a las
personas enfermas, en colaboración con otros agentes e institu-
ciones dedicadas al mundo de los enfermos; ofrecer grupos o
comunidades, que sean lugares de salud abierta a la salvación de
Jesucristo, viviendo unas relaciones saludables y sanantes, por la
diakonía y el ágape que acoge, cura y promueve.
En cuanto a los agentes de esta pastoral son todos los miembros de
la comunidad cristiana, cada uno a su nivel (obispo, sacerdotes,
asociaciones, grupos de laicos…).16 Una función especial corres-
ponde a la delegación de pastoral sanitaria. Y también a la propia
familia del enfermo, de modo que pueda acompañar, animar y
ayudar al enfermo, ejerciendo respecto a él una función sanante y
evangelizadora, a la vez que está dispuesta a ser sanada y evan-
gelizada por el mismo enfermo.Y respecto a los sujetos son, si bien
nuestro planteamiento se extiende en alguna medida a todas las
etapas de la vida, sobre todo: todas aquellas personas que viven
una desarmonía leve por infirmitud, y en especial aquellas per-
sonas que viven una desarmonía fundamental calificada como
«enfermedad grave».

14 Cf. Ritual de la unción. Prenotandos, 8ss.


15 Cf. AA.VV., «Celebrar la vida», Labor Hospitalaria 4 (1993) 231-330; AA.
VV., Pastoral de la salud. Acompañamiento humano y sacramental (Dossiers CPL
60), Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 1993; Departamento de Pasto-
ral de la Salud. Conferencia Episcopal Española, Congreso Iglesia y salud,
Madrid 1995.
16 Cf. Ritual de la unción, 47.

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38 Dionisio Borobio

Los ámbitos de la pastoral de enfermos son sobre todo la comunidad


parroquial, los centros hospitalarios, las residencias, la misma
familia. En cada caso, los agentes deben actuar de modo apropiado
y proporcional a la situación de que se trata, con atención especial
a los más necesitados.17 Y respecto a la familia, es evidente que el
enfermo no enferma en solitario. De algún modo, con él enferma
también la familia, y en su enfermedad está implicado el círculo
familiar. Por lo mismo, debe considerarse a la familia a la vez como
agente y como sujeto de acción de la pastoral de la salud. Del cui-
dado y atención, del cariño y paciencia, de las buenas relaciones
familiares… depende en alguna medida la salud del enfermo, el
que pueda y sepa asumir su situación y darle verdadero sentido
humano y religioso.
Digamos ya, como conclusión que en esta acción pastoral precedente
al sacramento de la unción, es preciso que los agentes adopten una
verdadera actitud evangelizadora, sobre todo en la visita a los enfer-
mos y en la comunión de enfermos, si se dan las circunstancias. En este
sentido el testimonio del ministro extraordinario de la comunión,
tiene una función especial, no solo llevando la comunión, sino
poniendo al enfermo en relación con la comunidad eucarística, a
veces incluso facilitando su participación en ella.
Dionisio Borobio

Sacerdote oriundo de Bilbao, doctor en teología litúrgica y licen-


ciado en filosofía, ha dedicado su vida a la docencia de la liturgia y
de los sacramentos hasta su reciente jubilación como catedrático
de la Universidad Pontificia de Salamanca.

17 No podemos detenernos a explicar cuál puede ser en concreto esta


pastoral, pues supera el ámbito y espacio de nuestro trabajo.

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Phase 55 (2015) 39-50

Ritos litúrgicos en relación


con la enfermedad: celebraciones
de sanación, bendiciones y exorcismos
Cristóbal M. Orellana González

Resumen

La enfermedad es consecuencia del pecado y por tanto ha sido vencida por Cristo
con su victoria sobre la muerte, por una parte, y, por otra parte, es un medio para
unirse a Cristo sufriente que ha utilizado ese camino para la redención. Teniendo
en cuenta esta doble dimensión, la liturgia ofrece una serie de celebraciones para
mostrar al enfermo la cercanía de Dios ante su situación y para pedir la gracia de la
curación. Estos ritos litúrgicos, a saber, celebraciones de sanación, bendiciones y
exorcismos, son presentados por el autor del presente artículo.

Palabras clave: Enfermedad, bendición, exorcismos, unción de enfermos, sanación,


salud.

Abstract

The disease is the consequence of sin, and therefore it has been defeated by Christ's
victory over death, on the one hand, and, on the other hand, it is a mean to join
suffering Christ who has used this path to redemption. Keeping this dual dimension
in mind, liturgy offers a series of celebrations to show the patients how near is God
to their situation, and to ask for the grace if healing. These liturgical rites (healing
celebrations, blessings, exorcisms) are introduced by the author of this article.

Keywords: illness, blessing, exorcisms, anointing of the sick, healing, health

1. Introducción
El anhelo de felicidad, profundamente radicado en el corazón
humano, ha sido acompañado desde siempre por el deseo de

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40 Cristóbal M. Orellana González

obtener la liberación de la enfermedad y de entender su sentido


cuando se experimenta.
La enfermedad se manifiesta con un carácter ambivalente, se pre-
senta como un mal cuya aparición en la historia está vinculada al
pecado y del cual se anhela la salvación, y por otra parte puede
llegar a ser medio de victoria contra el mismo pecado.
La Iglesia entiende la enfermedad como medio de unión con Cristo
y de purificación espiritual y, por parte de quienes acompañan a
la persona enferma, como una oportunidad para el ejercicio de la
caridad. Además la enfermedad, como los demás sufrimientos
humanos, constituye un momento privilegiado para la oración:
para pedir la gracia de asumir la enfermedad con fe y aceptación
de la voluntad divina, o para suplicar la curación.
A través de la Iglesia, de sus sacramentos y sacramentales, Jesús,
el Señor, sigue enfrentándose hoy con la enfermedad y la muerte.
Los sacramentos, como «fuerzas que brotan» del Cuerpo de Cristo
(cf. Lc 5,17; 6,19; 8,46) siempre vivo y vivificante.
Son también:
Acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia,
son «las obras maestras de Dios» en la nueva y eterna alianza (CCE
1116).
La acción salvadora de Cristo está siempre presente. Pero no actúa
mágica o automáticamente. Jesús apela a la fe, no quiere que las
curaciones se consideren como algo mágico.
Ante la enfermedad y la muerte, la Iglesia quiere anunciar la res-
puesta positiva de Cristo, en quien encuentran, no una solución
del enigma, sino un sentido profundo. Dios nos tiene destinados
a la salud y a la vida. Eso se nos ha revelado en Cristo Jesús. Y
sigue en pie esta promesa, sobre todo para los que celebramos
su Eucaristía.
La victoria mesiánica sobre la enfermedad, se da también por
medio del sufrimiento voluntario e inocente de Cristo en su pasión
y dando a cada hombre la posibilidad de asociarse a ella.

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Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad... 41

Cristo [en la cruz] ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel


de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento,
puede hacerse también partícipe del sufrimiento redentor de Cristo.1
Por eso la Iglesia acoge a los enfermos como objeto de su cuidado
amoroso, y porque reconoce en ellos la llamada a vivir su vocación
humana y cristiana y a participar en el crecimiento del reino de
Dios con nuevas modalidades, incluso más valiosas. De esta forma,
y siguiendo a san Pablo, «muchos enfermos pueden convertirse
en portadores del “gozo del Espíritu Santo en medio de muchas
tribulaciones” (1Ts 1,6) y ser testigos de la resurrección de Jesús».2
Es cierto que puede existir entre los fieles una actitud en que se
mezcla su fe con un poco de superstición. Jesús no los rechaza
porque estén mal preparados. Convierte el gesto en un encuentro
humano y personal, los atiende a pesar de las consideraciones en
contrario y le puede conceder la curación y devolver la salud. Esta
última posibilidad puede suscitar el deseo manipular esta gracia
y fingir que ella existe.

2. Celebraciones de sanación: el deseo de curación y la


oración para obtenerla
Supuesta la aceptación de la voluntad de Dios, el deseo del enfermo
de obtener la curación es bueno y profundamente humano, espe-
cialmente cuando se traduce en la oración llena de confianza
dirigida a Dios. El Señor acoge estas súplicas y los evangelios no
contienen la mínima crítica a tales peticiones. El único lamento
del Señor tiene qué ver con la eventual falta de fe (cf. Mc 9,23; Mc
6,5-6; Jn 4,48).
Así mismo, la Iglesia en la liturgia pide al Señor la curación de los
enfermos. Ante todo, dispone de un sacramento «especialmente
destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la
unción de los enfermos».3

1 Juan Pablo II, Carta apostólica Salvificis doloris, 19.


2 Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici, 53.
3 Catecismo de la Iglesia católica, 1511.

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42 Cristóbal M. Orellana González

En la carta de Santiago se hace referencia a una intervención de la


Iglesia, por medio de los presbíteros, en favor de la salvación de
los enfermos, entendida también en sentido físico. Sin embargo,
no se da a entender que se trate de curaciones prodigiosas. Se trata
de una acción sacramental: la unción del enfermo con aceite y la
oración sobre él, no simplemente «por él», como si no fuera más
que una oración de intercesión o de petición. Se trata de una acción
eficaz sobre el enfermo.4 Los verbos «salvará» y «levantará» no
sugieren una acción dirigida exclusivamente, o sobre todo, a la
curación física, pero en un cierto modo la incluyen.
El recurso a la oración no excluye, sino que anima a usar los medios
naturales para conservar y recuperar la salud, así como también
incita a los hijos de la Iglesia a cuidar a los enfermos y a llevarles
alivio en el cuerpo y en el espíritu, tratando de vencer la enfermedad.
También hay otras celebraciones, litúrgicas o no litúrgicas, de
piedad popular, que por sí mismas no están orientadas específi-
camente a pedirle a Dios gracias de curaciones, que son legítimas,
siempre que no se altere su auténtico sentido. Por ejemplo, no se
puede poner en primer plano el deseo de obtener la curación de
los enfermos, haciendo perder a la exposición de la Eucaristía su
propia finalidad.

2.1. Estructura del rito


En el Ritual de la unción podemos encontrar la descripción del rito,
dentro y fuera de la misa.5
En cuanto a la estructura de las otras celebraciones, litúrgicas o no
litúrgicas, se deben observar la estructura particular en cada caso,
en los libros rituales correspondientes.

2.2. Dimensión eclesial


La unción se halla orientada a la curación completa del hombre.
Pero la curación de la que se trata en los evangelios es una liberación

4 Cf. Concilio de Trento, Sesión. XIV: Doctrina de sacramento estremae


unctionis, cap. 2, DS, 1696.
5 Ordo unctionis infirmorum eorumque pastoralis curae. Caput II. Ordo untionis
infirmi: núms. 64-79. Si se administra dentro de la misa: núms. 80-82.

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Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad... 43

de la condición de pecador. Esta liberación incluye la desaparición


de todos los males que comporta la condición pecadora, pero esto
solo sucederá en el mundo escatológico.
Cuando sobreviene la curación, el sacramento aporta a la misma
una significación teológica, pero no en el sentido de que debe ser
directamente vinculada a una causalidad divina operando por
medio de la unción. El sacramento manifiesta entonces que la
curación, que se debe a la ciencia médica, ha de ser referida a Dios
en la medida en que es una situación nueva en la que el cristiano
puede vivir, de un modo diferente, la comunión con Dios y los
demás. El sacramento orienta la mirada de fe del enfermo hacia
este sentido cristiano de la vuelta a la salud.
En relación con los encuentros de oración con el objetivo preciso
de obtener curaciones, es oportuno distinguir entre aquellos que
pueden hacer pensar en un «carisma de curación», sea verdadero
o aparente, o los otros que no tienen ninguna conexión con tal
carisma. Si no hay conexión con el «carisma de curación», las cele-
braciones previstas en los libros litúrgicos, realizadas en el respeto
de las normas litúrgicas, son lícitas, y con frecuencia oportunas,
como en el caso de la misa pro infirmis. Si no respetan las normas
litúrgicas, carecen de legitimidad.
En los encuentros de oración organizados para pedir curaciones,
sería arbitrario atribuir un «carisma de curación» a una cierta
categoría de participantes. Además, ni siquiera las oraciones más
intensas obtiene la curación de todas las enfermedades. Siempre
habrá que reconocer la libérrima voluntad del Espíritu Santo, el
cual dona a algunos un carisma especial de curación y devuelve la
salud a algunos, para manifestar la fuerza de la gracia del resucitado.

3. Bendiciones
En el Bendicional,6 en el capítulo II (cf. núms. 293-324)7 existe un rito
de Bendición de los enfermos en el cual hay varios textos eucológicos

6 De benedictionibus del Rituale Romanum. Ordo benedictionis infirmorum.


Orationes benedictionis pro adultis. Orationes benedictionis pro pueris.
7 Las referencias son de la traducción aprobada para México del Bendicio-
nal, México: Buena Prensa 2010.

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44 Cristóbal M. Orellana González

que imploran la curación: en algunos formularios de las preces (cf.


núms. 307; 309; 318); en las cuatro oraciones de bendición (cf. núms.
310-313); en las dos oraciones para los niños (cf. núms. 319-320);
en la oración del rito breve (cf. núm. 324).
No obstante lo anterior, es importante recordar que las bendi-
ciones que la Iglesia celebra tienen «como objetivo principal
glorificar a Dios por sus dones, impetrar sus bendiciones y alejar
del mundo el poder del maligno» (núm. 11). De modo que estas
celebraciones deben de inscribirse en un contexto de evangeliza-
ción y de liberación del pecado. Por eso no se puede celebrar una
bendición que contradiga «la norma o el espíritu del evangelio»
(núm. 13).
Estas celebraciones tienen su origen en una «antiquísima costum-
bre» y es un deber a observar por los ministros cuando visitan a los
enfermos y, sobre todo, deben poner de manifiesto la solicitud y el
amor de Cristo y la Iglesia (cf. núm. 293). Es manifiesta la relación
de estas bendiciones con lo que se dice en el cuidado pastoral de los
enfermos: los ritos de la unción y del viático.

3.1. Estructura del rito


Las bendiciones son sacramentales instituidos, imitan en cierto
modo a los sacramentos, para conducir a los fieles a alabar a Dios y
disponerlos para recibir el efecto principal de los sacramentos y san-
tificar las diversas circunstancias de la vida (cf. núm. 10; 14; SC 60).
Esta condición de las celebraciones influye sobre los efectos de
carácter espiritual que se alcanzan gracias a la impetración de la
Iglesia y según las disposiciones personales del fiel (cf. núm. 15),
así como a la estructura litúrgica de las mismas y del modo como
se han de realizar (cf. núms. 20-23).
El valor evangelizador de las bendiciones: la comunicación de la
fe mediante el anuncio de Jesucristo. Solo si existe autenticidad
en lo que se hace, se dará una verdadera evangelización, desde y
al interior de la celebración (núm. 10).
La estructura típica de las celebraciones de bendición imita la
estructura litúrgica de los sacramentos, de acuerdo con los princi-

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Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad... 45

pios de la reforma conciliar: (a) primacía y mayor abundancia de la


Palabra de Dios; (b) mayor comprensión y sencillez de los ritos; (c)
participación activa, consciente y fructuosa de los fieles; (d) signos
que alimentan la fe; (e) mirando el mayor fruto en la vida cristiana.
El Bendicional favorece la armonización entre la liturgia y la
piedad popular (núm. 13). Para responder adecuadamente a las
instancias de la religiosidad de los fieles presta atención a todos
los elementos objetivos de la celebración litúrgica: la Palabra de
Dios, la respuesta de la asamblea, la oración común y la plega-
ria del que preside, los signos y los gestos. Las opciones para la
Palabra de Dios se ven enriquecidas con las del Leccionario de las
«misas por los enfermos».
El rito descrito lo puede utilizar el presbítero, el diácono e inclusive
el laico, con los elementos previstos para él (cf. núm. 295). Esta cele-
bración puede tener lugar en la casa del enfermo o en un hospital.
Si el ministro es presbítero o diácono puede, según las circunstan-
cias, imponer las manos sobre todos los enfermos a la vez o sobre
cada uno en particular y dice la oración de bendición (cf. núm. 310).
Si el ministro es laico «hace la señal de la cruz en la frente de cada
uno» y dice la oración de bendición (cf. núm. 312).
Después de la oración de bendición el ministro invita a invocar la
protección de la Virgen María, con la recitación o el canto de una
antífona mariana (cf. núm. 314). El rito concluye, si el ministro es
presbítero o diácono, con la bendición del enfermo y los presentes.
El ministro laico implora la bendición de Dios sobre los enfermos
y todos los presentes.

3.2. Dimensión eclesial


La Iglesia aparece como beneficiaria y a la vez como cooperadora
activa en las bendiciones divinas. Como bendición para el mundo
(cf. núm. 8) en estrecha analogía con Cristo «la máxima bendición
del Padre» (núm. 3). Esta identificación sacramental se produce
como efecto de la participación en el cáliz de la bendición (cf. 1Cor
10,16): en la acción litúrgica que es comunión con el cuerpo y sangre
de Cristo formando una sola cosa con él.

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46 Cristóbal M. Orellana González

La Eucaristía, comunicación del «don inefable de Dios [el Espíritu


Santo] adquirido por primera vez en el misterio pascual», trans-
forma a la Iglesia en señal e instrumento de la bendición divina (cf.
núm. 8). El mismo Espíritu está en el origen de todos los carismas,
funciones y ministerios de la comunidad cristiana para la edifi-
cación del cuerpo de Cristo. En la identificación de la Iglesia con
Cristo y en la presencia y acción del Espíritu Santo en ella, radica
el múltiple papel que desempeña en las bendiciones.
«Las bendiciones son acciones litúrgicas de la Iglesia» (núm. 16),
que es «sacramento de unidad»: pueblo santo, congregado y orde-
nado bajo la dirección de los obispos (cf. SC 26). Las bendiciones,
en cuanto acciones litúrgicas, «pertenecen a todo el cuerpo de la
Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada uno de los miem-
bros de este cuerpo recibe un influjo diverso, según la diversidad
de órdenes, funciones y la participación actual» (SC 26).

3.3. Dimensión antropológica


En el Bendicional se reconoce una determinada manera de contem-
plar al hombre y todo aquello que le atañe como ámbito de vida o
realización personal en el mundo (cf. núm. 7). En la historia de la
salvación el hombre recibe libremente las bendiciones divinas y
es instrumento de bendición para otros hombres y para todas las
cosas creadas (cf. núm. 6).
Las bendiciones son expresión del amor creador y providente de
Dios. «Con los ritos de bendición, el hombre trata de manifestar
que utiliza de tal manera de las cosas que con su uso, busca, ama
y sirve con fidelidad a Dios, como único ser supremo» (núm. 12).
Sin embargo, esta religiosidad puede sufrir desviaciones «de tipo
supersticioso o de rara credulidad» (núm. 19).
La voluntad general expresada en el Ritual respecto a los signos y
ritos es que sean significativos, y que no favorezcan concepciones
más o menos supersticiosas. Esta misma voluntad se revela en la
forma que toman las oraciones de bendición en sí mismas: lo que
se pide, y el modo en que se pide.

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Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad... 47

Las oraciones de bendición tienen un estilo muy discreto. Lo


que destaca es la alabanza de Dios y la petición de su gracia.
No se piensa que Dios vaya a conceder una peculiar virtud a
los objetos que se bendicen, ni que deba liberarse a las personas
de especiales presencias malignas. Incluso el uso de la palabra
«bendecir» es discreto, y parece que se prefiera destacar lo que
se pide en la bendición antes que el hecho mismo de que aquello
sea una bendición.

4. Exorcismos
El exorcismo es un rito sagrado por el que la Iglesia, a través de
sus ministros, invoca el nombre de Dios para alejar al demonio
de las personas, de las cosas o de los lugares. Se distingue entre
exorcismos mayores y menores.8 Los primeros se realizan sobre
las personas o cosas poseídas; los segundos están destinados a los
bautizados para librarlos del poder del maligno.
El Ritual de exorcismos expone la doctrina sobre los exorcismos
desde una perspectiva histórico-salvífica. Presenta la lucha espiri-
tual del hombre contra el demonio, tanto en la tentación y pecado,
como en otras formas más graves de su actuación (cf. núms. 1-7).
En este combate nos ayuda la intercesión de la Iglesia, que puede
rezar públicamente para que una persona se vea protegida contra
las acechanzas del maligno y sustraído a su dominio.
El Ritual describe los exorcismos con las mismas palabras del
Catecismo (núm. 1673):
Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre
de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra
las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de
exorcismo (núm. 7).

8 En una clasificación de los exorcismos podríamos hablar también de los


exorcismos virtute charismatis; cf. R. E. Jenkins, «Exorcismo», en J. Otaduy
– A. Viana – J. Sedano (eds.), Diccionario General de Derecho Canónico 3, Cizur
Menor: Aranzadi 2012, 856. Citado por J. D. Gandía Barber, «Normativa
sobre los exorcismos mayores», Phase 54 (2014) 419-432, aquí p. 417.

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48 Cristóbal M. Orellana González

Y los define, utilizando palabras con las que el canon 1166 del Código
de Derecho Canónico describe todos los sacramentales:
Una súplica del género de los sacramentales, pues se trata de un
signo sagrado por el cual se expresan efectos, sobre todo de carácter
espiritual, y se obtienen por la intercesión de la Iglesia (núm. 11).

4.1. Estructura del rito


El Ritual de exorcismos recuerda que el exorcismo es una celebración
litúrgica, un acto de culto público (cf. núm. 11). Por tanto, se realiza
en nombre de la Iglesia, con las fórmulas aprobadas y por personas
delegadas (cf. CIC 834 §2). Aunque formen parte del culto público,
dada su peculiar naturaleza, la Iglesia pide que se aleje todo peligro
de que se convierta en un espectáculo (cf. núms. 34-35).
El Ritual describe la celebración del rito del exorcismo mayor que
tiene (a) ritos iniciales que incluyen la súplica litánica (cf. núm.
22), la recitación de uno o varios salmos y la oración después del
salmo (cf. núm. 23).
Luego viene (b) la liturgia de la Palabra, que el Ritual describe así:
«Después se proclama el evangelio, como signo de la presencia de
Cristo, que por su propia palabra proclamada en la Iglesia cura
las enfermedades de los hombres» (núm. 24). Sigue la celebración
del rito con varios signos. Se recita el símbolo de los apóstoles y
el Padre nuestro (cf. núm. 26). Realizados estos ritos, el exorcista
muestra al fiel la cruz del Señor y hace la señal de la cruz sobre él
(cf. núm. 27). Finalmente pronuncia las formulas deprecativa e
imperativa. El rito concluye (c) con la fórmula de acción de gracias,
oración y bendición.
En el apéndice segundo del Ritual hay una serie de plegarias que
pueden usar los fieles como culto privado y que se orientan a pre-
venir el influjo del maligno y el rechazo de las tentaciones. Pero
estas oraciones no son fórmulas de exorcismo mayor.
No hay una estructura propia para usar de estas plegarias, sin
embargo la Congregación para la Doctrina de la Fe señala que: (1) Las
oraciones de exorcismo, contenidas en el Rituale Romanum, deben
permanecer distintas de las oraciones usadas en las celebraciones

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Ritos litúrgicos en relación con la enfermedad... 49

de curación, litúrgicas o no litúrgicas. (2) Así como manifiesta la


absoluta prohibición de introducir tales oraciones en la celebración
de la misa, de los sacramentos o de la liturgia de las horas.9

4.2. Dimensión eclesial


El exorcista no debe realizar el sacramental sin tener certeza moral
de la posesión,10 a la cual puede llegar por los signos que describe
el Ritual, descartando: (1) enfermedades psíquicas o imaginaciones
del sujeto (cf. núm. 14),11 (2) ciertas situaciones de influjo o tentación
del maligno, que no son propiamente la vejación o la posesión. El
número 16 del Ritual ofrece como indicios unos signos, que deben
estar acompañados por otros signos de carácter moral o espiritual
que corroboran y manifiestan la aversión maligna.
El exorcista no deberá creer fácilmente que está poseído aquel
que previamente tiene una enfermedad psíquica. Y en sentido
contrario, no descartará la posibilidad de una posesión real, y
la necesidad de un exorcismo. Tampoco deberá confundir pose-
sión o vejación con situaciones de fuerte tentación del maligno
hacia los fieles que, sin ser «tocados» por él, los hace pasar por
circunstancias duras cuando quieren guardar fidelidad al Señor
Jesús y a su evangelio.12 En estos casos se les puede prestar una
ayuda espiritual utilizando oraciones oportunas realizadas con y
por ellos, que se encuentran en el apéndice II del Ritual. Algunos
elementos de este apéndice pueden emplearse cuando el obispo

9 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre las


oraciones para pedir a Dios la sanación «Ardens felicitatis» (14 de septiembre de
2000), 2 y 3.
10 Cf. R. Serres López de Guereñu, «El nuevo Ritual de exorcismos: anota-
ciones canónicas», Estudios Eclesiásticos 78/307 (2003) 752. Citado por Gandía
Barber, «Normativa», 418.
11 Cf. Mastronardi et allii, «Fenomeni di presunta possessione demo-
niaca e psicopatologie», Rivista Liturgica 87 (2000) 813-840; C. Gilardi,
«Quando esorcizzare?», Rivista Liturgica 87 (2000) 967-975. Citado por Gandía
Barber, «Normativa», 420.
12 Cf. De exorcismos y otras súplicas, núm. 15. Citado por Gandía Barber,
«Normativa», 421.

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50 Cristóbal M. Orellana González

juzga oportuno convocar asambleas de fieles para orar bajo la guía


y moderación de un sacerdote.
En todos los casos se deberán diferenciar las plegarias de curación
de las fórmulas de exorcismo del Ritual, en las celebraciones (públi-
cas o privadas) para obtener la salud. Y está prohibido totalmente
insertar las plegarias del Ritual de exorcismos, en las celebraciones
de la misa, de los sacramentos y de la liturgia de las horas.13
Cristóbal M. Orellana González
Sacerdote jesuita, licenciado en teología litúrgica, es director
de la revista «Actualidad litúrgica» y perito de la Comisión
Episcopal para la Pastoral Litúrgica de la Conferencia del
Episcopado Mexicano (CEM).

13 Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Ardens felicitatis.

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Puntos de vista

Viático: el sacramento de los moribundos


Lino Emilio Díez Valladares

La unción y la penitencia son los sacramentos de los enfermos,


les acompañan en su situación. El viático es el sacramento de los
moribundos. Los grandes cambios en nuestra vida social y los pro-
gresos en la medicina, el hecho de una mayor esperanza de vida,
con las nuevas enfermedades que acompañan frecuentemente la
ancianidad… todo influye para que sean muy pocos los que hoy
fallecen en casa. Se muere en el hospital, en un centro de cuidados
paliativos, en la residencia de ancianos… Y ello afecta a la pastoral
del viático, una práctica caída en desuso aun cuando sea una de
las más antiguas en la Iglesia.
A pesar de que ya el Concilio de Nicea (325) insistía en que el
moribundo «no se viera privado del necesario viático», hoy son
muy pocos los casos en los que se puede «celebrar la comunión en
forma de viático», aun cuando nuestro vigente Ritual de la pastoral
de enfermos repita la misma prescripción.1
Los sacramentos y la liturgia que rodean la muerte del cristiano
siempre han presentado particulares dificultades, en muchos casos
debidas a la misma situación personal del moribundo o de quienes
le rodean. Nuestra sociedad prueba malestar ante el sufrimiento,
la ancianidad o la muerte. En la época que vivimos, en nuestro

1 Cf. Ritual de la unción y de la pastoral de enfermos reformado según los decre-


tos del Concilio Vaticano II, aprobado por el Episcopado Español y confirmado por
la Sagrada Congregación para el Culto Divino, Madrid 1974, núms. 26-28; 167;
también Catecismo de la Iglesia católica, 1524-1525.

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52 Puntos de vista

tecnificado mundo moderno, posiblemente estas dificultades se


han agravado a causa del entorno que inevitablemente envuelve
el momento de la muerte. Quizá son demasiado pocas las veces
en las que el cristiano muere rodeado de los suyos en un clima de
plegaria eclesial.
Pero ello no debe ser obstáculo para que, aparte de la labor pas-
toral que deba llevarse a cabo para responder a las necesidades y
características de nuestros días, tengamos bien claro el sentido y
los objetivos propios de la acción sacramental y de comunión en
la plegaria con las que la comunidad cristiana acompaña a uno de
sus miembros en el momento de su muerte.
El viático es la culminación de la vida. La Eucaristía es la fuente
total de la vida, ya que es la presencia simultánea de todo el mis-
terio de Cristo. Se trata de la nueva creación, de la nueva criatura.
En la Eucaristía siempre se participa en la medicina de la inmor-
talidad; sin embargo, en el viático, al borde de la muerte, se da
la contemporaneidad de la muerte con la plenitud de la vida, se
recibe la medicina para vencer la muerte con la irrupción máxima
de la vida. La comunión en forma de viático constituye el último
sacramento para vivir el gran paso desde esta vida humana a la
vida junto a Dios.
¿Cuál es la particularidad de esta forma de comunión? La de
manifestar del modo más eminente la dimensión pascual de la
Eucaristía, dado que en ese preciso momento, para quien va a
morir se trata de recibir a Cristo, el primer nacido de entre los
muertos (cf. Col 1,18), y de vivir así la certeza de la compañía de
Cristo hasta pasar con él al Padre.
La dificultad esencial de este sacramento se halla ligada al hecho de
que, en nuestra sociedad, la muerte sea un tabú y que, la mayoría
de las veces, el enfermo resulta privado de la posibilidad de «vivir
su propia muerte». Resulta aún difícil en nuestros días porque la
palabra sobre el fin de la vida se dice muy tarde y quienes rodean
al enfermo no se sienten con fuerza o con derecho de prevenir a
quien va a morir. Ello provoca situaciones muy delicadas en los
capellanes que trabajan en la pastoral de la salud en los hospitales,

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Puntos de vista 53

al tener que afrontar los eventuales intentos del enfermo en fase


terminal que desea hablar de su muerte, y la actitud de la familia
que se lo quiere ocultar.
Obviamente, sin haber abordado esta cuestión previa con quien se
halla en serio peligro de muerte, no será posible proponer el viático
poniendo de manifiesto su profunda originalidad.

1. Comunión en la Pascua de Cristo


En el viático nuestra muerte se une a la muerte de Cristo y así
completa lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación de todo
el mundo. El acontecimiento máximo de nuestra existencia llega
a esta cumbre cuando nos encontramos en sintonía con Cristo, y
con Cristo ofrecemos nuestra vida por la salvación del mundo. Así
llegamos a dar un sentido pleno al sufrimiento, a la enfermedad y
al dolor, que se aceptan para completar en nuestro cuerpo lo que
falta a la pasión de Cristo, para darles su sentido pleno, propio de
nuestra muerte. Se trata de una paradoja por la cual el sufrimiento,
la enfermedad y el dolor dejan de ser el cortejo fúnebre que nos
acompaña toda la vida, y se convierten en una procesión triunfal
de los méritos que por el único verdadero mérito, el de Cristo, nos
obtiene la nueva vida imperecedera.
Se habla de la tremenda soledad de la muerte, ya que nadie puede
sustituir a nadie y todos debemos morir individualmente. Es
verdad, pero para un cristiano, gracias al viático, esta soledad no
es tan terrible como parecería a primera vista.
En la Eucaristía recibida como viático nos encontramos en plena
e íntima unión con Cristo que muere en nuestra muerte, no en las
tinieblas del aniquilamiento, sino en la luminosidad de la resu-
rrección. Esta luminosidad significa la compañía de la verdad
personal de toda la existencia que, vivida en Cristo, lleva consigo
el juicio misericordioso y benigno de nuestro Salvador; significa el
amor misericordioso del Padre eterno, que vive en el que muere,
en virtud de la Eucaristía, y que es el amor todopoderoso del
Espíritu Santo. En el viático entramos en la comunión trinitaria
como en el último peldaño de la subida a la perfección de nuestra

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54 Puntos de vista

existencia terrena, para abrirnos a la perfección máxima del cielo.


Solo experimentan la soledad de la muerte los que no tienen fe. En
el viático la fe nos sostiene por la presencia definitiva de Cristo.
El viático es Cristo muerto y resucitado, como plenitud de los
tiempos de la vida de cada uno de nosotros. Así, la muerte ya no
es la oscuridad temida y rechazada, sino el abrazo amoroso que
nos identifica con el Señor Jesús. En el viático nuestra muerte
se transforma en plena donación al Padre, a través del amor
total del Espíritu, en el Señor Jesús. Esta donación es la suma de
todas las donaciones diarias con las que queremos demostrar al
Señor Dios nuestra entrega en la vida, porque en esta donación
no entregamos algo al Señor, lo entregamos todo; ponemos en
las manos de Dios la vida en sí misma, en su totalidad. Entonces
comenzaremos a vivir verdaderamente y se resolverá la paradoja
de la muerte en la vida.
Enunciamos la paradoja: la plenitud de la salud es la muerte; pero
no cualquier muerte, sino solo la muerte en Cristo y con Cristo, es
decir, la muerte vivida íntimamente unida a la muerte de Cristo y,
por consiguiente, a su resurrección. La realización de esa muerte
es el viático.

2. Dimensión eclesial del viático


El carácter último de este sacramento recomienda que se privilegie
una cierta dimensión eclesial: la familia ciertamente, algún amigo
cercano y, quizá también, alguno de los cuidadores habituales. Esta
dimensión eclesial se refuerza si todo se desarrolla en el marco de
la celebración eucarística.
Sea quien fuere el ministro,2 la eclesialidad ha de ser subrayada.
Esta dimensión eclesial se apoya además sobre la realidad pascual
que encuentra allí su manifestación suprema, ya que se trata de
conjugar la memoria de la Pascua de Cristo con la propia pascua
de aquél que nos va a dejar.

2 Cf. Ritual de la unción, núm. 29.

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Puntos de vista 55

3. Dificultad pastoral
La propuesta del viático no será comprendida por la gran mayoría
si no va acompañada de una adecuada reflexión y de un trabajo
pastoral sobre la manera de situarse ante la muerte en nuestra
sociedad contemporánea.
El viático, última participación eucarística, se presenta como la
culminación sacramental de la iniciación cristiana comenzada en
el bautismo. Da la oportunidad para una última profesión de fe
en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo y ofrece el pan
del camino, para el gran viaje. Ciertamente, nos falta aún mucho
camino pastoral que recorrer para que esta práctica se generalice.
Realmente, es el viático el último sacramento y no la Unción de
los enfermos, aunque desgraciadamente, en realidad sea esta la
que ocupa el lugar que debiera ocupar aquél. Sin embargo, esta
no es una razón para esperar demasiado antes de proponerlo: los
últimos instantes van frecuentemente unidos a una pérdida de
consciencia o a un tratamiento médico que hace prácticamente
imposible la comunión. En efecto, la comunión en forma de viá-
tico difícilmente se situará en los últimos momentos, porque las
personas agonizantes –y el tiempo de agonía se puede prolongar–
frecuentemente se encuentran inconscientes, o por el progreso de
la misma enfermedad o por la sedación terapéutica. Conviene
recordar lo que afirman nuestros obispos españoles: «Para que,
por un lado, el viático pueda expresar toda [su] significación y,
por otro, sea una aceptación consciente de la muerte como paso
con Cristo a la Vida, el enfermo debe recibirlo en plena lucidez».3
Como señala el mismo Ritual, el viático puede proponerse al
enfermo consciente del peligro de muerte que le acecha, que es
todavía capaz de recibir la comunión y de dar sentido particular
a la que puede ser su última comunión sacramental.
Lino Emilio Díez Valladares
Sacerdote sacramentino es doctor en liturgia y asesor permanente
de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal
Española.

3  Ritual de la unción, núm. 79.

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56 Puntos de vista

«El aire se serena»: cantos litúrgicos


curativos–paliativos–funerarios
Jordi-A. Piqué i Collado

Hace ya algunos años tuve oportunidad de participar como invi-


tado en un congreso médico sobre enfermedades terminales, curas
paliativas y la atención a los familiares en caso de muerte. Me
pidieron que expusiera mi punto de vista como creyente y como
presbítero. Concretamente se interesaban por los ritos funerarios
cristianos, que eran contrastados con algunos ritos de otras reli-
giones o incluso con los métodos de acompañamiento psicológico.
Naturalmente la música litúrgica formaba parte integrante de mi
discurso.1 Expuse, pues, cómo la música litúrgica tiene un alto
contenido curativo –del alma y del cuerpo– paliativo –del dolor
físico y espiritual– y funerario en su plenitud más litúrgica.
La musicoterapia ha estudiado ampliamente el hecho musical con
respecto a la salud.2 La bondad de las vibraciones sonoras y de
las formas musicales son estudiadas, cada vez más, como medio
para restablecer equilibrios y de recargar neuronas. Esta visión
no es aceptada por todos; y yo mismo, como músico, me muevo
con un cierto escepticismo en estos campos. Pero tengo que reco-
nocer que muchos de los lenguajes de nuestro tiempo pasan por
el uso de la música en términos músico-terapéuticos. Basta ver y
oír la cantidad de música ambiental que invade nuestros espacios

1 Cf. D. Barenboin, La musica sveglia il tempo, Milano: Feltrinelli 2008, 29.


2 Cf. O. Sacks, Musicofília, Històries de la música i del cervell, Barcelona: La
Magrana 2009.

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Puntos de vista 57

vitales para amortiguar la angustia o fomentar el comercio. Basta,


más precisamente, observar cómo asociamos una determinada
música a situaciones, espacios y momentos vitales que nos llenas
de placer, de dolor o de nostalgia. Es, para muchos, un buen modo
de restablecer el equilibrio. Lo mismo se podría decir desde un
punto de vista antropológico.3
Pero cuando nos aproximamos a la música litúrgica nos encontra-
mos con algo más que un simple fenómeno acústico o estético. La
relación directa de la música –vocal o no– en su ministerialidad
litúrgica va asociada a dos elementos fundamentales: la Palabra
de Dios y la acción litúrgica. Esta relación intrínseca entre la
música y la Palabra dota al hecho musical litúrgico de una nueva
dimensión. Los elementos musicales y estéticos se unen y funden
con la estructura, contenido, fuerza de la revelación de Dios en su
palabra misma. Así pues, nos encontramos con una música que va
más allá del simple lenguaje. Me gusta definir la música litúrgica
como meta-lenguaje de trascendencia por esta su propia relación
con la Palabra de Dios.4
Por otro lado la unión entre música litúrgica y acción litúrgica
conforman la totalidad del existir del hecho musical litúrgico. El
compositor adecúa su maestría a la dinámica de la acción ritual
litúrgica construyendo una nueva forma cargada de fuerza y de
significado. La música recibe así una cuadrimensionalidad en el
espacio y el tiempo que la convierten en litúrgica.
Estos elementos hasta aquí descritos conforman la música litúrgica
como un fuerte elemento de transmisión y de contacto empático.
El oyente o cantor de la música litúrgica hace suya la palabra can-
tada y toma fuerza de la dynamis de la acción litúrgica celebrada.
No es posible la indiferencia. La participación activa o de escucha
atenta de la música en la liturgia produce una implicación que se

3 Cf. R. Andrés, El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura,


Barcelona: Acantilado 2008.
4 Cf. J. A. Piqué, Teologia e Musica. Dialoghi di trascendenza, Milano: San
Paolo 2013, 228-230.

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58 Puntos de vista

puede entender como total pudiendo tener también una dimensión


restauradora.
Hablaba a mis médicos de todo esto a partir de la Missa de requiem
de Mozart, obra de dominio universal, pero que nació, no hay que
olvidarlo, de la necesidad de dotar de música al texto litúrgico
del Requiem para una celebración litúrgica de un funeral o de una
conmemoración funeraria. La fuerza de la perfección mozartiana
se une a la magnificencia de la Palabra salvadora de Dios de la
vida y a la sobriedad y contención de la acción litúrgica de las
exequias.
Esta música, aun cuando es escuchada fuera de su contexto
litúrgico, conserva la cuadrimensionalidad que adquirió en su
concepción. Si a esto se le une la calidad, belleza, perfección del
genio mozartiano, el valor es infinitamente mayor. Pero lo mismo
se podría afirmar del canto más sencillo ejecutado en la más recón-
dita parroquia, siempre que reúna la condición de ser verdadera
música, unida a la Palabra y en acuerdo con la acción litúrgica, de
la cual nace.
Así pues, el efecto paliativo, curativo o funerario de esta música
litúrgica es perfectamente enunciable. Los modos del gregoriano
ya en la edad media eran descritos por sus propiedades curativas.
La vibración sonora estática entorno a una nota tenor, sirve para
calmar los ánimos, incluso en ambientes muy alejados del espacio
litúrgico.5 Pero todo ello se aleja de la mera percepción psicológica
o de la comprensión esotérica: su fuerza viene de la Palabra hecha
música y de la acción litúrgica con la que se identifica implicando
al creyente.
Pero todos estos elementos encuentran solo en la liturgia su lugar
más apropiado y por tanto más fructífero. Los Padres de la Iglesia
se ocuparon del fenómeno musical y de su presencia en la liturgia
(cf. SC 112). San Pío X hablaba de la intersección de la música con

5 Cf. A. Bertinetto, Il pensiero dei suoni. Temi di filosofia della musica, Milano:
Bruno Mondadori 2012, 121-122.

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Puntos de vista 59

la Palabra y con la acción para mostrar una cierta anticipación de


la gracia de los sacramentos.6 Pero sin duda la dimensión paliativa,
curativa y de duelo, siendo manifiesta, está todavía por analizar
litúrgicamente y teológicamente.7
La vida cristiana está sostenida por los sacramentos. Estos se
celebran litúrgicamente y todos ellos contienen cantos y música.
Este canto y esta música ayudan a una mayor compresión de
los textos propuestos a los fieles y acrecientan la devoción y la
disposición a recibir la gracia que de ellos emana. 8 Sería largo
exponer ejemplos, pero baste pensar en el O sacrum convivium
de Olivier Messiaen cantado como antífona de comunión de la
fiesta del Corpus Christi.
Los elementos musicales litúrgicos no son solo meros acompa-
ñamientos. Si preparan a la gracia, son también restauradores
del espíritu. El análisis de los beneficios físicos o psíquicos que
nos obtienen corresponde a otras ciencias. Pero desde una cierto
análisis litúrgico y teológico no pueden ser obviados. Cantar o no
cantar la liturgia puede comportar el bien o menos de las almas
que en ella participan.9
La pena es que de todo esto se han aprovechado y mucho ciertos
campos que buscan más que el bien, el propio beneficio. Corrien-
tes esotéricas y new-age se han hecho suyos los beneficios del
gregoriano mientras desaparece de nuestras iglesias y catedrales.
Los intérpretes de música especializada recogen los frutos de los
archivos de nuestras catedrales mientras en ellas campa música
de dudosa calidad. La medicina ha aprendido a usar la música,
especialmente la litúrgica, para paliar a los pacientes. Y final-
mente los psicólogos aconsejan audiciones de música fúnebre

6 Cf. Pío X, Motu proprio Tra le sollecitudini (1903), ASS 36 (1903-1904)


329-339.
7 Cf. M. Barba, Nella speranza della beata risurrezione. La nuova edizione
del Rito delle esequie per la Chiesa italiana, Città del Vaticano: Libreria Editrice
Vaticana 2102, 54-56.
8 Cf. Pío X, Tra le sollecitudini, 329-330.
9 Cf. San Agustín, Confessiones X, 33.

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60 Puntos de vista

para supera el llamado «duelo». Todo un reto para nuestra música


litúrgica, que solo puede ser plenamente sanadora, paliativa y
dadora de esperanza en el contexto litúrgico para el cual nació y
donde se percibe y comprende más claramente su valor y fuerza
performante.
Jordi-A. Piqué i Collado
Monje benedictino de la abadía de Monserrat y presidente del
Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo de Roma.

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Puntos de vista 61

La liturgia, generadora de espacio sacro


Bartomeu Jané

Según el Catecismo de la Iglesia católica, el primer mandamiento


que nos fue entregado por nuestro creador es: «Amarás a Dios
sobre todas las cosas». Adorar y glorificar Dios en la liturgia es
fundamental en la vida de un católico.
Sin embargo, el carácter social y visible del pueblo de la nueva
alianza exige lugares para dar culto público a Dios. Así fue enten-
dido ya por los primeros cristianos, y desde ellos la Iglesia viene
sembrando de templos y de otros monumentos cultuales todas
las épocas y geografías.
La reforma llevada a cabo a instancias del último Concilio Ecumé-
nico, lejos de modificar esta actitud, la ha ratificado y enriquecido,
disponiendo que las iglesias sean construidas, reconstruidas o
adaptadas de tal modo que sean «una imagen de la asamblea
reunida, que permita un proporcionado orden de todos, y que
favorezca la perfecta ejecución de cada uno de los ministerios»
(OGMR 257). Este principio implica que el altar, el sagrario, la
cátedra o sede presidencial, el ambón, el baptisterio, la sede
penitencial y el lugar destinado a los fieles hagan del templo un
espacio orgánicamente articulado, que transparente el misterio de
la Iglesia, a un tiempo cuerpo místico de Cristo y pueblo de Dios
jerárquicamente organizado.

1. Evolución histórica del espacio sacro


El interés del patrimonio sacro a lo largo de la historia, en sus dos
rasgos, histórico y constructivo, radica en la importancia dada por
la sociedad al lugar donde se ubica.

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62 Puntos de vista

Los primeros cristianos, faltos de bienes temporales y frente a


una sociedad frecuentemente hostil a sus creencias, se vieron en
la necesidad de celebrar sus liturgias utilizando la disposición
topográfica de las casas greco-romanas, generalmente compuestas
por dos elementos: atrio y peristilo.
Así, cuando un patricio neófito quería ceder la propia habitación
para su uso cúltico, procuraba reservar el atrio contiguo a la calle
para evitar posibles sorpresas a los catecúmenos y penitentes
durante el tiempo de la misa de los fieles, los cuales, divididos
según su sexo, se ubicaban en la doble galería del peristilo. Era
natural que el clero, encabezado por el obispo, ocupase el oecus
o salón de enfrente, que le permitía presidir la asamblea y estar a
la vista de todos. Una cortina colgada del tablinum, o una puerta,
en el momento oportuno, ocultaban las partes más secretas de la
función a los no iniciados que estaban en el atrio.
Esta reconstrucción de una domus ecclesiae la atestiguan bastantes
testimonios de los escritos eclesiásticos de los primeros siglos, los
cuales, refiriéndose a los lugares de culto, asocian de ordinario los
dos conceptos de iglesia y casa.1
Si bien las domus ecclesiae se destinaban originalmente solo a los
momentos de la celebración litúrgica, más tarde se convertirían en
lugares exclusivamente cultuales, aunque exteriormente seguirían
pareciendo casas normales.
Según Righetti2 es sumamente probable que antes de la paz cons-
tantiniana sobrevenida con el edicto de Milán, en el año 313, se
hubieran construido ya edificios sagrados a propósito, constituidos
esencialmente por una gran aula cubierta, dispuesta para celebra-
ciones litúrgicas. Es decir: el precedente de la basílica cristiana.
Con el edicto de Constantino empezaron a multiplicarse los lugares
de culto siguiendo el modelo arquitectónico de la basílica latina,
nombre con el que los romanos designaban una gran sala o edificio,

1 M. Righetti, Historia de la liturgia I, Madrid 1955, 382-384.


2 Cf. Ibíd., 388.

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Puntos de vista 63

público o privado, pero noble, compuesto principalmente por tres


elementos: atrio, nave y santuario.
El atrio estaba formado por un patio cuadrangular abierto, rodeado
generalmente de un pórtico de columnas y con una fuente en
medio, destinada a abluciones simbólicas. El pórtico estaba reser-
vado a los catecúmenos. Las naves constituían la basílica propia-
mente tal, con un espacio rectangular dos veces más largo que
ancho, dividido por filas de columnas en tres o cinco naves, siendo
la central la más alta. Los fieles se situaban en las naves laterales:
los hombres a la derecha y las mujeres a la izquierda, dejando libre
ordinariamente la nave central. Al final de esta, en un plano un
poco más elevado, se encontraba el santuario, que terminaba en un
ábside semicircular, buscando la orientación hacia el sol saliente,
coincidiendo así con la actitud que adoptaban los fieles mientras
oraban con los brazos en alto. En la parte posterior del santuario se
levantaba la cátedra episcopal, rodeada de bancos de piedra para
los presbíteros, y delante de ella se encontraba el altar.3
Entre el final del siglo viii y todo el ix surgió en Italia septentrio-
nal y en Francia un nuevo estilo que se impuso vigorosamente en
todo el Occidente desde el siglo xi, y que por su derivación del arte
romano pasó a llamarse románico. Las iglesias románicas constan
habitualmente de tres naves, de las cuales la central es el doble de
larga que las laterales y suele estar separada de ellas por pilares de
piedra, aislados o en forma de haz, con un presbiterio mucho más
elevado que el plano de la iglesia, y con la aparición en la fachada
de escasas y estrechas ventanas, que dejan pasar poca luz.
Con el tiempo los arquitectos consiguieron desarrollar un nuevo
sistema de bóveda que dio lugar a un nuevo estilo: el gótico.
Las iglesias cristianas sufrieron entonces el vértigo de la altura, de
la amplitud y de la luminosidad.4
Con el retorno a lo clásico, el movimiento renacentista provocó

3  Cf. J. A. Abad Ibáñez – M. Garrido Bonaño, Iniciación a la liturgia de la


Iglesia, Madrid 1997, 101-102.
4 J. Plazaola, El arte sacro actual, Madrid 1965, 114.

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64 Puntos de vista

en la arquitectura religiosa una imitación de los templos paganos


grecolatinos.
Surgen así unas iglesias en las que el equilibrio de las formas y el
predominio de la razón suplantan al lirismo de expresión y al sim-
bolismo del gótico.5
Al renacentista le sucederá un nuevo estilo arquitectónico, cono-
cido con el nombre de barroco, caracterizado por el uso recargado
de la línea curva. Su singularidad reside en lo exageradamente
estético y ornamental.
Con el neoclasicismo se abrió una tendencia a recuperar tiempos
anteriores que se consideraban modélicos, siendo una búsqueda
de la arquitectura historicista, salvo alguna original y personalí-
sima excepción como la arquitectura sacra modernista del siervo
de Dios Antonio Gaudí. El neoclasicismo reproducirá los cánones
de la arquitectura clásica en el exterior de los edificios, pero en la
estructura interna de estos seguirá prevaleciendo la concepción
barroca de la liturgia tridentina.
De tales manifestaciones estilísticas derivará la arquitectura
moderna hasta el momento actual. En el día de hoy aun no tene-
mos suficiente perspectiva para hablar de estilo, sino más bien de
arquitectos con una serie de elementos y conceptos compartidos
entre ellos, nacidos bajo un contexto cultural y, con frecuencia,
incluso teológico, de fuerte secularización.

2. Arquitectura sacra actual: «Domus Dei et porta caeli»


En la nueva era en el campo de la arquitectura sacra se tratará la
justa interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II,
según «la hermenéutica de la reforma, de la renovación dentro de
la continuidad».6
Una arquitectura sacra actual con clara fidelidad al magisterio de la
Iglesia católica requiere una formación litúrgica sólida que permita
comprender el espacio cultual y analizarlo según el momento histó-

5 Cf. Abad – Garrido, Iniciación, 101-102.


6  Benedicto XVI., Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre del 2005.

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Puntos de vista 65

rico presente. Es ineluctable percibir la liturgia como característica


esencial del espacio sacro. Plantear una iglesia desde el culto que
en ella se celebra nos muestra la pregunta-respuesta aclaratoria
de la arquitectura sacra.
El gran reto hodierno es el diseño de una arquitectura que no caiga
en la fácil construcción de espacios-receptáculos con una mera
finalidad funcional o, todo lo más, escenográfica. Las nuevas igle-
sias deben ser proyectadas no como una simple yuxtaposición de
diferentes elementos espaciales, sino como una sintaxis que tiende
naturalmente a un fin más elevado: coordinar a toda la asamblea
para que, presidida por el ministro sagrado en un lugar eviden-
temente sacro, pueda ofrecer a Dios un verdadero culto litúrgico.
El desafío ineludible hoy es crear espacios mistagógicos, atrayentes
no solo en su dimensión exterior, sino que ayuden a elevar a Dios a
todo aquel que se acerque en busca, y que consigan ser verdaderos
espacios catequéticos. Se impone, pues, buscar la simplicidad,
yendo a la esencia de las cosas y dejando de lado interpretaciones
fútiles y circunstanciales que se alejan del sentido sagrado y de
la tradición. Es necesario y urgente devolver al arte su verdadera
identidad: no autoafirmando una finalidad en sí misma, sino bus-
cando el concepto de la belleza que enaltece al hombres llevándolo
a regiones sublimes, al splendor veritatis, al esplendor de la verdad,
de lo único, de lo bueno, de «la belleza que salvará al mundo»
(Fedor Dostoievski).
Para definir nuevos espacios cultuales es obligada una clara orien-
tación cristocéntrica que precise y posibilite la reunión litúrgica,
huyendo del subjetivismo del proyectista, que no debe ser un
terreno de experimentación, sino el empeño por facilitar un lugar
de encuentro con el misterio que se celebra en la liturgia. Como
hemos afirmado anteriormente, es preciso conocer el magisterio de
la Iglesia para no acabar sometiéndose a conceptos e impostaciones
especiosos pero ajenos al sacrum.
Debemos asumir el actual neopaganismo tan extendido en la vieja
cristiandad, pero sin caer en pesimismos catastrofistas que nos
lleven a perder una sostenida actitud de esperanza teologal y de
parresía evangélica. Precisamente porque las iglesias católicas no

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66 Puntos de vista

constituyen ya, por desgracia, la presencia principal de la socie-


dad occidental en medio de las ciudades, los arquitectos católicos
debemos evitar la tentación, «políticamente correcta», de acabar
construyendo edificios vacíos de contenido sacral, e incluso esté-
tico, que solo atraigan la mera curiosidad cultural o esnobista. En
este sentido, una situación análoga a la nuestra era la de la Iglesia
primitiva, cuyas basílicas apenas se distinguían en su construcción,
del resto de los edificios públicos; sin embargo, por la suntuosidad
de sus cortinas y lámparas, y sobre todo por la rica ornamentación
del altar y del santuario, el interior constituía un marco lo más
digno posible del mysterium que en ella tenía lugar.
Hoy menos que nunca podemos dejar de tener presente que el
templo debe expresar una forma especial y un sentido de la pro-
porción determinados, que sean capaces de revelar las aspiraciones
más trascendentes del alma del hombre y su necesidad de rela-
cionarse, de un modo diverso a como lo hace con sus semejantes,
con el totalmente otro.
Bartomeu Jané

Arquitecto de Tarragona, con especialización


en arquitectura y arte para la liturgia.

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Crónicas

El «Directorio homilético»
de la Congregación para el Culto Divino y
la Disciplina de los Sacramentos

¿Qué es la homilía? ¿Qué atención exige? ¿Qué contenidos resaltar?


¿Cómo articularla? A estas y otras preguntas intenta dar respuesta
y orientación el Directorio homilético preparado por la Congre-
gación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
enviado a las conferencias episcopales.
Iniciado en años precedentes, este Directorio recibió un impulso
con el número 60 de la Exhortación apostólica Verbum Domini de
Benedicto XVI:
Predicar de modo apropiado ateniéndose al Leccionario es realmente
un arte en el que hay que ejercitarse. Por tanto, en continuidad con
lo requerido en el Sínodo anterior, pido a las autoridades compe-
tentes que, en relación al Compendio eucarístico, se piense también
en instrumentos y subsidios adecuados para ayudar a los ministros
a desempeñar del mejor modo su tarea, como, por ejemplo, con un
directorio sobre la homilía, de manera que los predicadores puedan
encontrar en él una ayuda útil para prepararse en el ejercicio del
ministerio.
El texto llegó a su puerto final gracias a la Exhortación apostólica
Evangelii gaudium que dedico los núms. 135-159 a la homilía y su
preparación.
Presentado a los miembros de la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos para sus observaciones,
fue evaluado en las reuniones ordinarias del 7 de febrero y 20 de
mayo de 2014, siendo presentado después al papa Francisco para
su aprobación.

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68 Crónicas

El documento, articulado en dos partes, ha sido redactado teniendo


presentes las disposiciones de Sacrosanctum Concilium y del magis-
terio posterior, a la luz de los prenotandas del Ordo Lectionum
Missae y de la Institutio Generalis Missalis Romani.
En la primera parte, titulada La homilía y el ámbito litúrgico, se des-
cribe la naturaleza, la función y el contexto particular de la homi-
lía, así como algunos aspectos que la cualifican, como el ministro
ordenado al que le compete, la referencia a la Palabra de Dios, su
preparación próxima y remota, y los destinatarios.
En la segunda parte, ars praedicandi, presenta ejemplos de las
coordenadas metodológicas y temáticas que se tienen que tener
en cuenta para preparar y pronunciar la homilía. Se ofrecen unas
claves de lectura, indicativas no exaustivas, para el ciclo dominical-
festivo de la misa a partir del corazón del año litúrgico (Triduo
pascual, tiempo pascual, Cuaresma, Adviento, Navidad, tiempo
ordinario), con algunas propuestas también para la misa diaria,
matrimonial y exequial. En estos ejemplos se emplean los criterios
señalados en la primera parte del Directorio, esto es, la tipología
entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la importancia del texto
evangélico, el orden de las lecturas, el nexo entre liturgia de la
Palabra y liturgia eucarística, entre mensaje bíblico y eucología,
entre celebración y vida, entre escucha de Dios y de la asamblea
concreta.
Siguen dos apéndices. En el primero, con la intención de mostrar
la vinculación entre homilía y doctrina de la Iglesia católica, se
señalan referencias al Catecismo en relación con algunos acentos
temáticos de las lecturas dominicales de los tres ciclos. En el
segundo apéndice se indican las referencias a los textos de docu-
mentos magisteriales sobre la homilía.
José Antonio Goñi

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Libros

Pere Tena, La palabra «Ekklesía». Estudio histórico–teológico (Biblio-


teca Litúrgica 46), Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 2014,
282 pp.

La tesis doctoral de monseñor Pere inscribe, así, en la eclesiología y en


Tena, ha sido reditada ahora como la teología de la asamblea litúrgica,
obra póstuma. A pesar de haber que afloro con fuerza en la década
sido escrita a principios de los años previa al Vaticano II.
cincuenta del siglo pasado, y publi-
En la presente edición se ha respe-
cada a finales de la misma década,
tado del todo la edición inicial, pero
sigue manteniendo el interés del
añadiendo a la misma un apéndice
lector de nuestros días.
que no deja de ser un escrito com-
El libro va desmenuzando el sen- plementario. Se trata del artículo
tido y el uso del término «ekklesía», que Tena mismo escribió, en 1960,
a partir de la asamblea del pueblo en el Dictionnaire de Spiritualité con
de Dios, convocado por el mismo el título Ecclesía en la Escritura y en
Dios, junto al Sinaí, para entregarle las comunidades primitivas.
su ley. Recorre luego las diversas
Al publicar en la actualidad esta
etapas en las que dicho término
obra, que difícilmente podía encon-
ha cobrado vida: las asambleas de
trarse, fuera de las bibliotecas, el
Israel y el sentido del templo de
Centre de Pastoral Litúrgica de
Jerusalén, hasta llegar al Nuevo
Barcelona ha recuperado un texto
Testamento (evangelio y escritos
de notable interés para los estu-
apostólicos). Al término de esta
diosos de la teología litúrgica, los
completa visión, bíblica, histórica
cuales sin duda agradecerán que en
y teológica, el autor puede mostrar
la presente edición se haya incluido
al lector la identificación que acaba
el mencionado apéndice.
dándose entre la asamblea litúrgica
e Iglesia santa de Dios. El estudio se Josep Urdeix

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70 Libros

Pietro Angelo Muroni, Il Mistero di Cristo nel tempo e nello spazio.


La celebrazione cristiana (Manuali – Teologia – Strumenti di Studio
e Ricerca 38), Roma: Urbaniana University Press 2014, 333 pp.

El profesor de liturgia del Ateneo en el capítulo cuarto (pp. 111-145).


San Anselmo y de la Universi- El tiempo como el lugar donde
dad Urbaniana, ambos centros de se revela el Eterno es el tema del
estudio en Roma, ha publicado un capítulo quinto (pp. 147-163). En
manual de liturgia dedicado a los continuidad con el capítulo ante-
elementos fundamentales. Para rior, se estudia en el capítulo sexto
posteriores volúmenes quedarán (pp. 165-228) el año litúrgico, en el
la historia de la liturgia o la liturgia que se representa y actualiza per-
de los sacramentos. petuamente el misterio pascual de
Cristo. En el capítulo séptimo (pp.
A lo largo de ocho capítulos pene-
229-262) se detiene en la liturgia
tra en el concepto de celebración y
de las horas, oración pública del
sus dimensiones más profundas, a
pueblo de Dios. Finalmente, es el
partir de las coordenadas de espa-
espacio litúrgico el tema al que le
cio y de tiempo, que son esenciales
dedica el capítulo octavo (pp. 263-
en cualquier acción litúrgica y que,
302). Una detallada biografía junto
cual eje vertebrados, recorren todas
a los índices de temas y de nombres
las páginas del volumen. El capí-
cierran el volumen.
tulo primero asienta la estructura y
las dimensiones fundamentales de Se trata de un libro que, aunque
la celebración cristiana (pp. 21-53). esté pensado para la investigación
Pasa después a estudiar el lenguaje y el estudio, está dirigido a todo
de la liturgia (pp. 55-69). La asam- aquél que desee profundizar en la
blea celebrante ocupa la atención celebración litúrgica y sus compo-
del capítulo tercero (pp. 71-109). nentes.
La Palabra de Dios tal y como se
lee en las celebraciones es explicada José Antonio Goñi

Bernabé Dalmau, Pablo VI, creyente y maestro de la fe (CPL libri 15),


Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 2014, 196 pp.

El papa Pablo VI puede ser llamado el Concilio e impulsó su aplicación.


con toda razón el papa del Concilio. Esta es su gran aportación. Aquella
No, no se trata de quitarle ningún inesperada iniciativa que lumi-
mérito al querido Juan XXIII –¡ nosamente puso en marcha Juan
faltaría más!–, pero sí de decir que XXIII, y que significó un cambio
Pablo VI fue el que llevó adelante tan decisivo en tantos ámbitos,

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Libros 71

Pablo VI la condujo hasta su cum- tintos momentos de la biografía


plimiento pleno. Con dudas y sufri- el contenido profundo de lo que
mientos, sin duda, pero al mismo acontece en ella. En la segunda
tiempo con mucha convicción y parte, titulada Perfil espiritual, se
mucha fidelidad. analiza de manera más sistemá-
tica ese contenido profundo. Y así
Pablo VI es un gran punto de refe-
nos podemos acercar a Pablo VI
rencia para la Iglesia. Lo es por la
maestro de la fe, impregnado de la
ingente labor que llevó a cabo, y
liturgia, preocupado de la justicia,
lo es porque la realizó con un pro-
la paz y el desarrollo, amante de la
fundo espíritu de fe y de fidelidad
cultura, apasionado por el Evange-
a la llamada de Dios que vivía en
lio y por la Iglesia... Y finalmente,
su interior. Fue un profundísimo
en la tercera parte, bajo el título de
creyente y fue, al mismo tiempo,
Florilegio, se nos invita a leer una
un hombre capaz de ser un maes-
selección de textos del propio papa,
tro de la fe. Por eso la Iglesia lo ha
que nos permiten conocer más en
beatificado.
directo su personalidad religiosa y
Estas dos facetas indisociables las también humana.
desarrolla a lo largo de las pági-
Como puede deducirse de lo que
nas de este libro Bernabé Dalmau,
llevamos dicho, nos encontramos
monje de Montserrat, licenciado
ante un muy buen libro para el
en teología y derecho canónico y
conocimiento de nuestra historia
experto en liturgia, y autor de un
cristiana reciente, un conocimiento
amplio número de obras de divul-
que se convierte, al mismo tiempo,
gación en diversos campos de la teo-
en invitación a la reflexión y a la
logía, la liturgia y la espiritualidad.
profundización espiritual. Porque,
El libro se divide en tres partes. como hemos dicho ya, Giovanni
En la primera, titulada Biografía y Battista Montini, Pablo VI, es un
anecdotario, se nos invita a recorrer gran punto de referencia para la
la vida del personaje, pero no como Iglesia.
una simple sucesión de fechas y
hechos, sino extrayendo de los dis- Josep Lligadas

Enrico Mazza, Dall’ultima cena all’eucaristia della Chiesa (Studi e


ricerche di liturgia), Roma: EDB 2014, 293 pp.

El profesor Enrico Mazza nos acaba los datos rituales de la Última Cena
de ofrecer en su última obra un y de los textos eucarísticos más
estudio sobre el nexo de unión entre antiguos con las plegarias euca-

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72 Libros

rísticas actuales. La investigación correcta interpretación a la Euca-


se desarrolla principalmente en la ristía.
estructura de las diferentes paleoa-
A continuación estudia progre-
náforas y anáforas, con el fin de
sivamente los textos eucarísticos
establecer lazos concretos con los
en un desarrollo cronológico: par-
ritos actuales, como si se tratara de
tiendo de la Didaché, continua con
un árbol genealógico.
las Constituciones apostólicas, el
Los dos primeros capítulos tratan papiro de Estrasburgo, la Tradi-
de la Última Cena desde el punto ción apostólica, la anáfora de san
de vista histórico. Se analiza en Basilio, la anáfora de Jerusalén, la
primer lugar la fecha de la Última anáfora de san Juan Cristóstomo, la
Cena para mostrar si fue o no la anáfora de Addai y Mari, el canon
cena pascual judía, juntamente con romano, para concluir con la aná-
la descripción ritual de la misma. fora galicana e hispana. Una amplia
Con detalle se adentra en los gestos bibliografía cierra el libro.
y palabras de la Última Cena, la
Resulta interesante el origen alejan-
cual es enmarcada dentro de las
drino del canon romano, documen-
comidas de Jesús.
talmente demostrado, así como la
Las homilías mistagógicas sobre los antigua concepción tipológica de la
sacramentos de los santos padres, Eucaristía que explica el fenómeno
particularmente Cirilo de Jerusa- anafórico sin el relato de la última
lén, que ocupan la atención del cena, hecho común a todas las tra-
capítulo tercero ofrecen el lenguaje diciones litúrgicas.
tipológico que permite dar una
Juan de Pablos

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Libros 73

Bibliografía reciente en castellano

José Manuel Bernal Llorente, Reflexiones incómodas sobre la cele-


bración litúrgica (Pastoral 50), Madrid: PPC 2014, 183 pp.

Esta obra recoge una serie de escri- de la Palabra, los ciclos litúrgicos
tos breves, puntuales del autor apa- de Navidad, Cuaresma y Pascua.
recidos en diferentes periódicos Todos ellos se ofrecen como una
o en su propio blog personal. En aportación al sentido crítico y a la
ellos se trata con un espíritu crí- mesura, a la creatividad pastoral
tico y abriendo pistas de futuro y al desarrollo de la sensibilidad
temas sobre la Eucaristía, la liturgia litúrgica.

Dionisio Borobio, Los sacramentos fuente de caridad (Cuadernos


Phase 217), Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 2014, 143 pp.

El objetivo de las páginas de este celebran, el misterio que se presen-


libro es reflexionar sobre los sacra- cializa, los signos que lo expresan
mentos desde la perspectiva de y el compromiso a que conduce. Se
la caridad, contextualizándolos trata, en definitiva, de una lectura
en la misión global de la Iglesia de los sacramentos desde la clave
(Palabra, liturgia, caridad y comu- del amor de Dios, que se actualiza
nión). Así, de cada sacramento, se en los sacramentos e implica la
trata la situación humana en que se caridad a todos sus niveles.

Claudio Dalla Costa, ¿Habéis terminado de echarnos el sermón?


Reflexiones laicales sobre las homilías, Madrid: San Pablo 2014, 200 pp.

Este libro parte de una premisa: graves deficiencias en la predica-


la homilía «está enferma», existen ción dominical, como ya advir-

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74 Libros

tiera Benedicto XVI en la Exhorta- humana, y destaca las cualidades


ción postsinodal Verbum Domini. esenciales de una buena homilía:
Muchas homilías son aburridas, brevedad, claridad, ejemplari-
largas y desmotivadoras para los dad, centralidad en Jesús y en la
fieles. Mediante divertidas anéc- Palabra de Dios. El libro presenta
dotas y atinados ejemplos, el autor algunos predicadores modélicos
va desgranando los defectos más (Bernardino de Siena, Domingo de
comunes en la predicación, ofrece Guzmán, Fulton Sheen, Juan Pablo
consejos para que la homilía reco- II...) y ofrece una antología de textos
bre interés y ayude a los fieles a sobre la predicación y una amplia
descubrir el sentido de la existencia bibliografía sobre el tema.

Leandro Fanlo, La Eucaristía. Un banquete sin fin (Raíces de la fe


4), Madrid: Ciudad Nueva 2013, 108 pp.
Leandro Fanlo, La confirmación. El sentido de un encuentro (Raíces
de la fe 5), Madrid: Ciudad Nueva 2013, 108 pp.
Leandro Fanlo, La unción de enfermos. Sacramento de la salud (Raíces
de la fe 6), Madrid: Ciudad Nueva 2013, 104 pp.
Continuando apareciendo la expli- ción, la Eucaristía y la unción de
cación de los sacramentos realizada enfermos. En el último capítulo de
por el religioso claretiano Leandro cada libro encontramos textos del
Fanlo. De modo sencillo y a la vez papa Benedicto XVI que ilustran el
profundo presenta la confirma- sacramento correspondiente.

Cesare Giraudo, El sacramento del perdón. Confesión de los pecados y


confesión de Dios (Verdad e Imagen Minor 31), Salamanca: Sígueme
2013, 96 pp.

El liturgista italiano Cesare Gi- al confesar sus infidelidades, el


raudo aborda el sacramento del hombre confiesa ante todo al Señor
perdón de un modo claro y sencillo, siempre fiel. En su exposición, el
interdisciplinarmente, para tener autor concede un lugar fundamen-
en cuenta a la vez las perspecti- tal a las plegarias que a lo largo
vas teológica, litúrgica y pastoral. del tiempo se han empleado en
Muestra la riqueza de sentidos que Oriente y Occidente para celebrar
atesora el término «confesión», que el sacramento del perdón. De este
no puede reducirse a la confesión modo, la lex orandi se convierte en
de los pecados, sino que debe remi- guía y camino de la lex credendi en
tirse en primer lugar a Dios, pues la Iglesia.

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Libros 75

Cerare Giraudo, La liturgia de la Palabra Escucha, Israel. Escúchanos,


Señor (Verdad e Imagen 198), Salamanca: Sígueme 2014, 192 pp.

El liturgista italiano Cerare Giraudo pues los cristianos se alimentan


estudia la liturgia de la Palabra de la Palabra de Dios a través de
en este libro intentando conectar la escucha atenta, y sólo después
teología y celebración, aportando responden dialogalmente con su
datos de la tradición cristiana. oración de súplica al mensaje que
Además nos vincula con la vida, han recibido.

Antonio Lara Polaina, Silentium facite! El silencio en la liturgia,


Jaén: Seminario Mayor Diocesano de la Inmaculada y de San
Eufrasio 2014, 68 pp.
Ha sido publicada la lección Antonio Lara Polaina dedicada al
inaugural del curso académico silencio en la liturgia. La ponencia
2014/2015 del Seminario Mayor estuvo articulada en dos partes:
Diocesano de la Inmaculada y de la primera centrada en el lugar de
San Eufrasio, del Seminario Menor la celebración como casa de silen-
Diocesano San Juan de Ávila y cio y la segunda en el silencio en
del Centro Diocesano de Forma- la celebración eucarística. En un
ción Cristiana San Pedro Pascual, breve epílogo se trata el silencio en
impartida por el doctor en liturgia nuestra vida.

Prudencio López Arróniz, Misterio y fiesta, Madrid: Perpetuo


Socorro 2014, 141 pp.

En este libro encontramos una y proyectando perspectivas y com-


secuencia de diecinueve pasos que promisos al aire del Espíritu. Y todo
cada persona debe interpretar en su ello celebrado en la fiesta litúrgica,
tránsito vital: primero rebuscando donde la comunidad eclesial se
en su propia alma los deseos más expresa y alimenta.
encarnados; después alumbrando

Manuel Morales, El matrimonio y su escondida fuente (Raíces de la


fe 3), Madrid: Ciudad Nueva 2013, 176 pp.

Este libro, escrito con el testimo- el amor humano tiene su fuente


nio y la colaboración de padres en Dios y que el mejor fruto de la
cristianos, se proponen iluminar humanidad se fragua en la familia
el matrimonio, mostrando cómo tal y como él la concibió.

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76 Libros

Julio Morondo Ciordia, Esa reunión misteriosa y desconocida,


Pamplona: Eunate 2014, 132 pp.
Julio Morondo, sacerdote dioce- entender y a vivir mejor este sacra-
sano de Pamplona, ofrece en este mento. Son sencillos comentarios
libro una serie de meditaciones para el cristiano de a pie que sirven
sobre la Eucaristía que ayudan a para alimentar su espiritualidad.

Aurelio Ortín Maynou, La renovación del ministerio diaconal en el


50 aniversario del Concilio II (CPL Libri 16), Barcelona: Centre de
Pastoral Litúrgica 2014, 150 pp.
Este libro, escrito por un diácono aportado, todos los retos que ha
de Barcelona, quiere ayudarnos comportado y comporta (ecle-
a valorar cómo se ha realizado y siales, familiares, profesionales,
cómo se ha vivido esta renova- personales), y sus perspectivas
ción del diaconado en nuestras de futuro.
comunidades: todo lo que ha

Juan Antonio Ruiz de Gopegui, Eucharistía. Verdad y camino de la


Iglesia (Liturgia), Bilbao: Mensajero 2014, 415 pp.

A partir de sus apuntes de clase, siglo xx, enmarcando su impor-


el profesor jesuita Juan Antonio tancia en la vida de la Iglesia, des-
Ruiz de Gopegui ha elaborado un cribe los antecedentes judaicos de
libro sobre la Eucaristía con la espe- la liturgia cristiana y estudia los
ranza de ayudar a los cristianos relatos bíblicos de la institución
a hacer el camino que conduce a de la Eucaristía, recorre diferentes
vivir cada vez más plenamente la plegarias eucarísticas de diversas
verdad de la Eucaristía, la acción tradiciones litúrgicas orientales
de gracias que es la ofrenda de la y occidentales, explica las partes
Iglesia. Para ello sitúa la Eucaris- de la misa y delinea una teología
tía en la renovación litúrgica del eucarística para hoy día.

Manuel Simó, Los evangelios bautismales (Emaús 114), Barcelona:


Centre de Pastoral Litúrgica 2014, 116 pp.

Este libro presenta de modo sen- ocupan un lugar privilegiado


cillo los tres relatos evangélicos en la liturgia de la Palabra de
bautismales de san Juan, que Cuaresma, en el ciclo A. Los

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evangelios de la samaritana, del paran a recibir el bautismo, pero


ciego de nacimiento y de la resu- también son muy útiles para
rrección de Lázaro son una guía que cada bautizado renueve su
excepcional para quienes se pre- compromiso de creyentes.

Silvano Sirboni, Conocer, celebrar y vivir la Eucaristía. Gestos y sím-


bolos de una evangelización nueva (Nueva Alianza 228), Salamanca.
Sígueme 2014, 206 pp.

Este libro presenta el lenguaje mejor conocimiento de los elemen-


simbólico de la liturgia: actitu- tos celebrativos, y especialmente
des, acciones, objetos, vestiduras a cuantos quieren colaborar en la
y espacios. Por su contenido y su misión de la Iglesia en este tiempo
lenguaje accesibles, ofrece a todos de enormes redescubrimientos y de
los cristianos una ayuda para un profunda renovación.

Teodor Suau, Los sacramentos en la vida de los discípulos (Emaús 116),


Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 2014, 112 pp.

Este libro nos ofrece un acerca- de la vida cristiana y de la vida de


miento a los siete sacramentos en la Iglesia, y ver cómo enraízan en
clave catequética. Se trata de un nuestra vida y en nuestra fe. Utiliza
material que pretende acercar a los un lenguaje sencillo y una exposi-
sacramentos, momentos centrales ción pedagógica.

Josep Urdeix (ed.), Del antiguo al nuevo pueblo de Dios (Cuadernos


Phase 218), Barcelona: Centre de Pastoral Litúrgica 2014, 96 pp.

Este Cuaderno Phase está dedicado o familiares del pueblo de Israel.


a cómo rezan o cómo han rezado Luego, tenemos unos pocos ejem-
los demás, para que ello nos ayude plos de la etapa situada entre el
en nuestra vida de oración comu- Antiguo y el Nuevo Testamento.
nitaria o personal. En la presenta- En tercer lugar se ofrecen ejemplos
ción de «ejemplos» se ha seguido de diversas oraciones surgidas en
una cierta línea histórica. Primero la historia de la Iglesia.
se recogen oraciones sinagogales
José Antonio Goñi

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78 Libros

José Silvio Botero, El diaconado permanente. Un servicio al pueblo de


Dios, Bogotá: San Pablo 2014, 126 pp.

La presente reflexión se propone «recepción» de una manera más


ofrecer algunos elementos para optimista y generalizada. Los diá-
enriquecer las perspectivas que conos permanentes, convencidos
diversos autores están planteando de su «vocación de servicio» a la
en torno al diaconado permanente. Iglesia y su dinamismo pastoral
El énfasis que aparece acerca de entusiasta y generoso, son una
su dimensión de «servicio» como esperanza para la dinamización
característica típica de este diaco- de la evangelización en América
nado, con fundamentación teo- Latina, no sólo en los territorios de
lógica y pastoral, hace viable su misión; también en las metrópolis.

José Luis Micó Buchón, Liturgia católica, Bogotá: San Pablo 2013,
ebook.

Nuestra sociedad de consumo, responda a sus afanes cotidianos.


pragmática y utilitaria, menospre- Sin embargo, la respuesta a esa
cia la liturgia, la considera una de demanda convierte las celebracio-
las serias dificultades de la igle- nes litúrgicas en espectáculos a los
sia católica y propone una que que asisten los fieles emocionados
se aproxime más a la gente y que por la belleza de los actos.

Rubén Darío Hernández Perdomo, Curso de Bautismo para padres y


padrinos, Bogotá: San Pablo 2014, 34 pp.

Un buen número de padres de fami- por diversos motivos: la brevedad


lia siguen con el ánimo de bautizar del curso, el cansancio con el que
a sus hijos, pero sus motivaciones se asiste después de una intensa
son más antropológicas, mágicas o jornada laboral y otros factores
ritualistas que cristianas. El curso sociológicos. Por eso, este manual
es considerado más un requisito quiere ser una ayuda para cate-
para el bautismo que una verda- quistas, padres y padrinos en torno
dera catequesis que lleve a la comu- al primer sacramento de la vida
nión con Jesucristo (Kerigma): esto, cristiana, el bautismo.

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M. de Guadalupe Salinas Tostado (ed.), Comentar la Palabra de


Dios en las celebraciones de difuntos, México: Buena Prensa 2013,
200 pp.

El presente trabajo surgió de una pueblo de Dios. Luego, de manera


relación de más de 10 años con los simultánea, a iniciativa de nuestro
equipos funerales, de la diócesis de equipo de animación, lanzamos un
San Brieuc et Tréguier, en el norte de curso de profundización, dirigido a
Bretaña. En primer lugar, a partir aquellas y aquellos que deseaban ir
de 1991, introdujimos en nuestras más lejos. Finalmente, debido a la
diferentes zonas pastorales una rápida disminución del número de
serie de sesiones de formación, sacerdotes activos presente tanto en
reuniendo a sacerdotes y laicos, Bretaña como en otras regiones y
para discutir las  implicaciones provincias francesas, tomamos la
de las celebraciones de difuntos iniciativa, alentados por nuestro
o exequias y la riqueza del nuevo obispo, el padre Lucien Fruchaud y
Ritual de los funerales así como su consejo episcopal, de instalar una
de su Leccionario: el impresionante filial de formación para los guías de
número de participantes reveló la la oración litúrgica en los funerales,
dimensión de las expectativas del en ausencia de un sacerdote.

Claire Mary Smith, ¿Puedo confesarme por e-mail? Preguntas que se


hacen los católicos, Bogotá: San Pablo 2013, 286 pp.

Este libro expone con franqueza ciones matrimoniales, (el divor-


la confusión que experimentan cio y los segundos matrimonios,
muchos católicos por igual en su etcétera.), la concepción y crianza
relación con la Iglesia y la ense- de bebés, los sacramentos de la
ñanza en lo concerniente a una Iglesia (el bautismo, la confesión,
amplia gama de temas que afectan la sagrada comunión, la confir-
sus vidas, sus familias y su manera mación, el matrimonio, el orden
de rendir culto. Los capítulos de sagrado y la unción de los enfer-
este libro cubren elementos tales mos), algunos asuntos morales y
como: la clonación humana, la teológicos como los pecados mor-
anticoncepción, la fertilización in tales y veniales, el cielo, el papel
vitro, la donación de órganos, los de los santos, los documentos de
testamentos en vida y los cuidados la Iglesia, la relación de la Iglesia
finales a los moribundos, al igual con otras comunidades eclesiás-
que una gran variedad de asuntos ticas, etcétera). También contiene
médicos distintos. Los matrimo- un extenso apéndice que resulta
nios (mixtos o no), las preocupa- un útil recurso.

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Paul Torner, Este sacrificio, mío y de ustedes: Nuestra participación en


la Eucaristía, Chicago: Liturgy Training Publications 2014, 32 pp.

Para reflexionar sobre el sacrificio liturgia y se analiza lo que significa


presente en el altar cada semana, «participar» en la acción sacerdotal
mientras se estudian las palabras de Cristo en la misa.
de la plegaria eucarística, se exa-
mina nuestra participación en la Cristóbal M. Orellana

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