El Espíritu Santo, Principio de santificación
Catequesis del Papa Juan Pablo II Miércoles 22 de julio de 1998
1. El gesto de Jesús, que en la tarde de Pascua «sopló» sobre los Apóstoles,
comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22), evoca la creación del
hombre, descrita por el Génesis como la comunicación de un «aliento de
vida» (Gn 2, 7). El Espíritu Santo es como el «soplo» del Resucitado, que
infunde la nueva vida a la Iglesia, representada por los primeros
discípulos. El signo más evidente de esta vida nueva es el poder de
perdonar los pecados. En efecto, Jesús dice: «Recibid el Espíritu Santo. A
quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los
retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Donde se derrama «el
Espíritu de santificación» (Rm 1, 4), queda destruido lo que se opone a la
santidad, es decir, el pecado. El Espíritu Santo, según las palabras de
Cristo, es quien «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn 16,
8).
Él hace tomar conciencia del pecado, pero, al mismo tiempo, es él mismo quien
perdona los pecados. A este propósito, santo Tomás afirma: «Dado que el
Espíritu Santo funda nuestra amistad con Dios, es normal que por medio de él
Dios nos perdone los pecados» (Contra gentiles, 4, 21, 11).
2. El Espíritu del Señor no sólo destruye el pecado; también realiza una
santificación y divinización del hombre. Dios nos «ha escogido —dice san Pablo
— desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del
Espíritu y la fe en la verdad» (2 Ts 2, 13).
Veamos más de cerca en qué consiste esta «santificación-divinización».
El Espíritu Santo es «Persona-amor. Es Persona-don» (Dominum et vivificantem,
10). Este amor donado por el Padre, acogido y correspondido por el Hijo, se
comunica al hombre redimido, que se convierte así en «hombre nuevo» (Ef 4,
24), en «nueva creación» (Ga 6, 15). Los cristianos no sólo somos purificados
del pecado; también somos regenerados y santificados. Recibimos una nueva
vida, pues somos hechos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): somos
«llamados hijos de Dios, y ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Se trata de la vida de la gracia:
el don gratuito con que Dios nos hace partícipes de su vida trinitaria.
No se debe separar a las tres Personas divinas en su relación con los
bautizados, puesto que cada una obra siempre en comunión con las otras;
tampoco se las debe confundir, ya que cada Persona se comunica en cuanto
Persona.
En la reflexión sobre la gracia es importante evitar concebirla como una «cosa».
Es, «ante todo y principalmente, el don del Espíritu que nos justifica y nos
santifica» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2.003). Es el don del Espíritu
Santo que nos asemeja al Hijo y nos pone en relación filial con el Padre: en el
único Espíritu, por Cristo, tenemos acceso al Padre (cf. Ef 2, 18).
3. La presencia del Espíritu Santo obra una transformación que influye
verdadera e íntimamente en el hombre: es la gracia santificante o deificante, que
eleva nuestro ser y nuestro obrar, capacitándonos para vivir en relación con la
santísima Trinidad. Esto sucede a través de las virtudes teologales de la fe, la
esperanza y la caridad, «que adaptan las facultades del hombre a la
participación de la naturaleza divina» (Catecismo de la Iglesia católica, n.
1.812). Así, con la fe, el creyente considera a Dios, a sus hermanos y la historia
no simplemente según la perspectiva de la razón, sino desde el punto de vista
de la revelación divina. Con la esperanza, el hombre contempla el futuro con
certeza confiada y activa, esperando contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18), con
la mirada fija en la meta de la bienaventuranza eterna y de la realización plena
del reino de Dios. Con la caridad, el discípulo se esfuerza por amar a Dios con
todo su corazón y a los demás como el Señor Jesús nos amó, es decir, hasta la
entrega total de sí.
4. La santificación del creyente se realiza siempre mediante la incorporación en
la Iglesia. «La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera
admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos
cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una
persona mística» (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina, 5).
Este es el misterio de la comunión de los santos. Un vínculo perenne de caridad
une a todos los «santos», tanto a los que ya han llegado a la patria celestial o
están purificándose en el Purgatorio, como a los que aún son peregrinos en la
tierra. Entre ellos existe también un abundante intercambio de bienes, de forma
que la santidad de uno beneficia a todos los demás. Santo Tomás afirma: «El
que vive en la caridad participa en todo el bien que se hace en el mundo» (In
Symb. Apost.), y también: «El acto de uno se realiza mediante la caridad de otro,
la caridad por la cual todos somos una sola cosa en Cristo» (In IV Sent. d. 20, a.
2; q. 3 ad 1).
5. El Concilio recordó que «todos los cristianos, de cualquier estado o condición,
están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»
(Lumen gentium, 40). Concretamente, el camino que debe seguir cada fiel para
llegar a ser santo es la fidelidad a la voluntad de Dios, tal como nos la expresan
su Palabra, los mandamientos y las inspiraciones del Espíritu Santo. Al igual que
para María y para todos los santos, también para nosotros la perfección de la
caridad consiste en el abandono confiado, a ejemplo de Jesús, en las manos del
Padre. Una vez más, esto es posible gracias al Espíritu Santo, que incluso en los
momentos más difíciles nos hace repetir con Jesús: «¡He aquí que vengo a
hacer tu voluntad!» (cf. Hb 10, 7).
6. Esta santidad se refleja de una forma propia en la vida religiosa, donde la
consagración bautismal se vive en el compromiso de un seguimiento radical del
Señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.
«Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada está
también en íntima relación con la obra del Espíritu Santo. Es él quien, a lo largo
de los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una
opción tan comprometida (...). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una
respuesta plena; es él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su
madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es él
quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto,
pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión» (Vita
consecrata, 19).
El martirio, supremo testimonio dado al Señor Jesús con la sangre, es expresión
eminente de santidad, hecha posible por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el
compromiso cristiano, vivido día tras día en las diferentes condiciones de vida
con una fidelidad radical al mandamiento del amor, es ya una forma significativa
y fecunda de testimonio.
EL ESPÍRITU SANTIFICADOR
Javier Sesé
(Publicado en “Temes d’avui Revista de Teologia i Pastoral” 3
(1998) 5-14
1. Un camino trinitario de santidad
“Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad,
un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima
de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo,
especialmente del más necesitado[1]. Así planteaba el Santo Padre
uno de los objetivos principales del año 1997, primero de preparación
inmediata al gran jubileo cristiano del año 2000, y dedicado
particularmente a la reflexión sobre Jesucristo. Esas mismas palabras
sirven de marco ideal para el inicio de 1998, pues el Espíritu Santo, a
quien dedicaremos este segundo año preparatorio, ha sido enviado
por el Padre y por el mismo Jesús para realizar en la Iglesia y en cada
uno de sus miembros esta tarea de santificación, de conversión y
renovación, de amor a Dios y amor a los demás.
La presente reflexión desea, simplemente, recordar algunos aspectos
claves y tradicionales en la comprensión que la Iglesia tiene de esa
tarea santificadora del Espíritu divino; ideas que puedan ayudar a la
reflexión a que el Papa nos invita en este nuevo año previo al gran
jubileo.
El orden seguido en esta preparación trinitaria nos proporciona una
primera luz importante. Es “el itinerario evangélico, patrístico y litúrgico:
al Padre, por Cristo, en el Espíritu Santo[2]. En efecto, Jesucristo es el
enviado del Padre, desde el seno de la Trinidad, para que por El nos
acerquemos a Dios mismo: es Jesús el que nos ha revelado el misterio
de la intimidad divina, en particular su relación con el Padre, y nos ha
abierto la posibilidad de introducirnos en esa intimidad,
configurándonos con El, siendo hijos en el Hijo, otros Cristos. El mismo
Jesucristo, además, nos prometió un nuevo envío divino-trinitario: el
del Espíritu Santo, para iluminar nuestro conocimiento de esas
verdades reveladas y para completar en nuestras almas la tarea
redentora obrada por Cristo; a fin de que cada uno personalmente, y la
Iglesia en su conjunto, podamos alcanzar el estado definitivo de gloria
y felicidad en el seno de Dios Padre.
Es lógico, pues, que, tras profundizar en el misterio del Hijo de Dios
encarnado, y procurar acercarnos un poco más a El, busquemos
ahora, en la meditación y el trato con la Tercera Persona de la
Santísima Trinidad, un paso más en nuestro acercamiento a Dios
Padre; en quien nos detendremos directamente en 1999, completando
así la preparación para el gran aniversario del segundo milenio de
nuestra Redención, realizada según este maravilloso designio trinitario,
prueba de su infinito amor por los hombres.
Hay una imagen clásica de la acción del Espíritu Santo en las almas,
que tiene su origen en el mismo día de Pentecostés, y que refleja de
modo particularmente gráfico y completo (con las limitaciones
inherentes a cualquier imagen, aunque sea bíblica) los diversos
aspectos de la santificación del cristiano por El obrada: el fuego. A ella
vamos a recurrir como hilo conductor de nuestra reflexión.
2. La luz del Espíritu
En primer lugar, el fuego ilumina; más aún, es la fuente principal de la
luz que llamamos natural (el sol y las demás estrellas), y durante siglos
ha sido el medio más utilizado por los hombres para conseguir luz en
la oscuridad. Así, el Espíritu divino puede ser visto como un fuego
sobrenatural que alumbra las tinieblas de nuestra ignorancia;
ignorancia debida a las limitaciones de la naturaleza humana, por una
parte, y a las consecuencias del pecado original y los pecados
personales, por otra. Jesucristo ha completado la revelación divina con
su enseñanza, su vida y su misma Persona; pero sólo con la ayuda de
esa luz sobrenatural que proyecta el fuego del Espíritu, que es
“Espíritu de la verdad” (Jn 15, 26), somos capaces de comprender el
sentido y el alcance últimos de la Revelación, con todos sus matices y
consecuencias.
Más en concreto, centrándonos en lo específico de la santificación del
alma -objeto principal de estas páginas-, la luz del Espíritu Santo nos
hace comprender el sentido de nuestra vida, que ha brotado de Dios y
tiende hacia El, la grandeza de la vida sobrenatural infundida en
nosotros por el Bautismo, las maravillas que la gracia y las virtudes
realizan en el alma, en qué consiste la santidad a que aspiramos,
cómo es posible alcanzarla, cuáles son los medios apropiados y cómo
se utilizan, etc.
Afinando todavía más, podemos contemplar la luz del Espíritu Santo
como algo muy personal, aunque no olvidemos nunca su acción
unificadora y directora de toda la Iglesia; con palabras de la flamante
nueva doctora de la Iglesia: “Así como el sol ilumina a la vez los
cedros y a cada florecilla, como si sólo ella existiese en la tierra, del
mismo modo se ocupa también Nuestro Señor de cada alma
personalmente, como si no hubiera más que ella [3].
El Espíritu divino es así, para cada cristiano sin excepción, como una
potente linterna personal, lámpara frontal, o mejor, luminaria interior,
presente y activa en todo instante de nuestra vida; de tal forma que, si
la mantenemos encendida y nos dejamos guiar por su haz luminoso
-siempre somos libres de rechazar la ayuda divina o no ser dóciles a
ella-, podemos descubrir en todo momento la presencia amorosa de
Dios junto a nosotros; alcanzar el sentido trascendente de todos
nuestros pensamientos, deseos y acciones -hasta los más pequeños-,
y de todos los acontecimientos que salen a nuestro paso; podemos
saber cual es el paso apropiado que debemos dar en un momento
concreto para proseguir nuestro camino hacia la santidad, o corregir el
rumbo cuando sea preciso; o también podemos, con esa misma luz,
descubrir en nuestros semejantes a otros hijos de Dios, dignos de ser
amados, con muchas formas concretas y prácticas de servirles y
ayudarles en todas sus necesidades.
“Llamamos inspiraciones a todos los atractivos, movimientos,
reproches y remordimientos interiores, luces y conocimientos que Dios
obra en nosotros, previniendo nuestro corazón con sus bendiciones,
por su cuidado y amor paternal, a fin de despertarnos, movernos,
empujarnos y atraernos a las santas virtudes, al amor celestial, a las
buenas resoluciones; en una palabra, a todo cuanto nos encamina a
nuestra vida eterna[4]. (Sn Fco de Sales)
Es decir, la luz del fuego del Espíritu divino ilumina toda la vida
espiritual, en conjunto y en particular, desde la conversión y el
alejamiento del pecado hasta las alturas de la contemplación, pasando
por todos los recovecos de la lucha ascética y la práctica de las
virtudes. Además, según la tradicional explicación de los grandes
maestros de la vida interior, y siguiendo con la misma imagen, cuánto
más dócil se es a esa luz, más luminosa se vuelve; hasta alcanzar esa
sabiduría de lo divino, característica de las almas santas, que, aun
manteniéndose en la oscuridad de la fe, propia de esta vida, constituye
una verdadera antesala de la visión beatífica, cuando veremos no sólo
con la ayuda de la luz divina, sino con los mismos ojos de Dios.
Por descender a un ejemplo concreto, aunque decisivo en el camino
de la santidad personal, la docilidad a esa luz del Espíritu Santo se
hace particularmente importante en la oración personal. Con palabras
del Catecismo de la Iglesia Católica: “El Espíritu Santo, cuya unción
impregna todo nuestro ser, es el Maestro interior de la oración
cristiana. Es el artífice de la tradición viva de la oración. Ciertamente
hay tantos caminos en la oración como orantes, pero es el mismo
Espíritu el que actúa en todos y con todos[5]. (Catecismo de la Iglesia)
Esto nos invita, en particular, a dirigir nuestra oración al mismo
Paráclito: a que haya un trato verdadero y personal con El, que será
fuente además de una mayor intimidad filial con Dios Padre y de una
más profunda relación de amistad con Jesucristo. “La vida cristiana
requiere un diálogo constante con Dios Uno y Trino, y es a esa
intimidad a donde nos conduce el Espíritu Santo. ‘¿Quién sabe las
cosas del hombre, sino solamente el espíritu del hombre, que está
dentro de él? Así las cosas de Dios nadie las ha conocido sino el
Espíritu de Dios’ (1 Cor 2, 11). Si tenemos relación asidua con el
Espíritu Santo, nos haremos también nosotros espirituales, nos
sentiremos hermanos de Cristo e hijos de Dios, a quien no dudaremos
en invocar como a Padre que es nuestro[6]. Sn José Ma Escrivá
3. El poder del Espíritu
El fuego ilumina, y el fuego es también fuente de energía, de fortaleza,
de poder; así, buena parte de la energía del universo tiene su origen
en el fuego, y la civilización humana se ha servido y se sirve de
diversas utilizaciones del fuego para “motorizar” su vida (motores de
vapor, centrales térmicas, etc.). De forma análoga, la acción del
Espíritu Santo en el alma es un potentísimo motor de nuestra vida
espiritual, un motor de santidad. Dios no se limita a enseñarnos lo que
tenemos que hacer y cómo lo tenemos que hacer, sino que lo hace
con nosotros y en nosotros. Más aún, El es el agente principal, aunque
cuente siempre con nuestra libre y responsable correspondencia.
Ese motor divino, además, se amolda perfectamente a nuestra
condición humana, utilizando todos los elementos apropiados para que
su tarea sea plenamente eficaz: la gracia santificante que nos diviniza
desde lo más interior de nuestra alma, la virtudes infusas que elevan
nuestras potencias para ser capaces de obrar sobrenaturalmente, los
dones del Espíritu Santo que nos hacen dóciles a su acción, las
gracias actuales que acompañan cada uno de nuestros actos, los
carismas más variados apropiados a la condición y vocación personal
de cada uno, etc. Es habitual denominar a todo este conjunto de
realidades sobrenaturales con la expresión “organismo sobrenatural”,
utilizada para reflejar precisamente su adaptación al “organismo
natural” humano, y mostrar la intrínseca unidad y armonía de la
variada acción santificadora divina en nuestra alma.
De forma paralela a nuestra anterior reflexión sobre la luz, el motor
divino que llevamos en nuestro interior se hace más potente cuanto
más dóciles somos a su acción; hasta llegar a esas experiencias
místicas habituales en los santos, cuando se sienten plenamente
guiados por Dios, casi como si ellos no actuaran; aunque si eso ocurre
es, precisamente, porque han actuado más que nadie disponiéndose
para facilitar la acción divina, y porque siguen correspondiendo más
que nadie a esa acción con plena libertad.
Es una simple cuestión de proporciones: el motor personal -humano-
del santo, por decirlo así, ha ganado en potencia; pero el motor divino
presente en él ha ganado proporcionalmente muchísimo más, de tal
forma que parece eclipsar al motor humano; éste, sin embargo, no
deja de funcionar y colaborar con aquél, y lo hace de forma más eficaz
que nunca. De hecho, el Espíritu Santo es el mismo en todos, con la
misma potencia divina infinita, con su misma gracia, virtudes y dones;
por eso, todos podemos y debemos ser santos; depende de nuestra
docilidad a esa potencia, y de la colaboración de nuestro personal
“motorcito”, el que realmente lo lleguemos a ser.
Como la luz correspondiente, también la energía del fuego divino llega
hasta los más pequeños rincones de nuestra vida cristiana; hasta el
punto de que “nadie puede decir: ‘¡Jesús es Señor!’, sino por influjo del
Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3). El ejercicio de la oración, la práctica de la
mortificación, la fructuosa recepción de los sacramentos, cada obra de
caridad con el prójimo, cada iniciativa apostólica, etc., son fruto de la
actividad divina del Paráclito en nuestra alma; y pueden serlo con una
intensidad imprensionante, en la medida de nuestra docilidad, pues la
potencia del Espíritu de Dios no tiene límites.
4. El Amor purificador y transformante del Espíritu
Todavía podemos sacar más partido a la simbología que venimos
utilizando. El fuego proporciona luz y energía, pero quizá lo que más
identifica su actividad propia -siempre desde una perspectiva de simple
observación ordinaria, sin entrar en profundizaciones científicas sobre
su naturaleza- es el calentar, encender y quemar: “¡Ure igne, Sancte
Spiritus!”, exclama una de las oraciones jaculatorias más tradicionales
al Espíritu divino. Un calentar y quemar que nos habla sobre todo del
Amor divino presente en ese fuego del Espíritu Santo.
Por una parte, podemos fijarnos en el calor como opuesto al frío, y en
el fuego purificador que elimina las inmundicias o acrisola el buen
metal; así, en el alma cristiana, la acción del Paráclito limpia del
pecado y enciende la frialdad del alejamiento de Dios. “Eres Fuego
que siempre arde y no se consume: tú, el Fuego, consumes en tu calor
todo el amor propio del alma; eres el fuego que quita el frío [7].
Pero, sobre todo, ese calentar, encender y quemar del fuego es una
acción positiva, que puede llegar hasta la transformación de
prácticamente cualquier materia en el fuego mismo. Así, lo más propio
de la tarea santificadora del Espíritu Santo, la razón formal de la
misma santidad según una antigua y rica tradición teológica, es su
amor, el fuego de su amor, que llega a transformarnos en El, a
divinizarnos. De hecho, la purificación a la que antes hacíamos
referencia no es sino una consecuencia de esta divinización: donde
Dios está presente no lo está el amor propio, cuando hay amor no hay
pecado, cuando hay calor no hay frío.
Amor es nombre propio de la Tercera Persona de la Santísima
Trinidad, que procede por vía de Amor del Padre y del Hijo. De ese
Amor divino -del Amor esencial que es el mismo Dios, del Amor
nocional del que procede el Espíritu Santo, y del Amor personal que es
el mismo Espíritu- participamos por la virtud teologal de la caridad, que
es así mucho más que un simple don, es el mismo Don del Espíritu, y
por ello, la mayor de la virtudes.
Todo ello significa, ante todo, que el mismo Dios nos ama; y nos ama
personal, individual e íntimamente. Nos ama en el sentido más propio
y pleno del término, con todo lo que implica amar: es decir, Dios
realmente se enamora de la criatura (“te dejaste cautivar de amor por
ella”, le decía Santa Catalina en su oración[8]), y se entrega a ella con
todo su ser divino-trinitario: se enamora de mí y se entrega a mí.
Al entregarse y enamorarse, nos da su mismo Amor, para que con El y
en El cada uno pueda también amarle; pues cualquier otro amor con
que quisieramos corresponder se quedaría siempre corto. Así se hace
realmente posible devolver amor por Amor, que haya reciprocidad en el
amor y, por tanto, verdadero amor de amistad entre Dios y la criatura;
hasta tal punto, que se puede hablar con propiedad de amor paterno-
filial y de amor esponsal entre el cristiano y Dios: El es mi Amigo más
íntimo, El es mi Padre, El es mi Esposo, El es mi Amor.
Una conocida poesía mística teresiana, elegida entre tantas
expresiones encendidas de amor de los santos, nos puede servir para
comprender mejor a qué grado e intensidad puede llegar esa relación
amorosa entre el alma y Dios:
“Ya toda me entregué y di / y de tal suerte he trocado / que mi Amado
para mí / y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador / me tiró y dejó herida / en los brazos del
amor / mi alma quedó rendida, / y cobrando nueva vida / de tal manera
he trocado / que mi Amado para mí / y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha / enherbolada de amor / y mi alma quedó
hecha / una con su Criador; / ya yo no quiero otro amor, / pues a mi
Dios me he entregado, / y mi Amado para mí / y yo soy para mi
Amado[9].
Volviendo a la imagen del fuego, concretada en un caso clásico en la
simbología propia de la literatura mística, el hierro encendido, al rojo
vivo, sigue siendo hierro, pero pasa también a ser él mismo fuego. De
la misma forma, esa transformación en Dios que obra en nosotros el
fuego del Espíritu, no consume la naturaleza humana, ni la anula, ni la
absorve en sí eliminando su propia identidad, ni siquiera cuando
alcanza altas temperaturas de amor; más aún, el más transformado en
Dios, el más santo, es también el más humano, y al mismo tiempo el
más divino. Imagen del mismo Cristo plenamente hombre y plenamente
Dios
Hablamos muchas veces, en efecto, de hombre o mujer “espiritual” al
referirnos a personas con una honda vida interior; pero dicho
calificativo no puede entenderse -si son verdaderamente santos- como
una disminución o rarificación de su humanidad, sino como su
culminación y plenitud: a la medida del Hombre perfecto, Jesucristo, en
el que reside precisamente la plenitud del Espíritu de Dios, que es
también Espíritu de Cristo. Con audacia y atrevimiento llega a decir la
Beata Isabel de la Trinidad al Espíritu Santo: “¡Oh Fuego abrasador,
Espíritu de amor! Venid a mí para que se realice en mi alma como una
encarnación del Verbo. Quiero ser para El una humanidad
suplementaria donde renueve todo su misterio [10].
5. La difusión de la santidad del Espíritu
Siguiendo aún más adelante con el simbolismo del fuego, al ser el
alma transformada en el mismo fuego divino, y en la medida en que
esté encendida en él, participa de los mismos poderes del Espíritu
Santo, y por tanto, ella, a su vez, ilumina, mueve, quema y enciende a
los que le rodean; o mejor, el fuego que arde en su interior, el mismo
Espíritu de Dios enamora a los demás en ella y a través de ella. “Como
los cuerpos resplandecientes y translúcidos, cuando cae sobre ellos un
rayo luminoso, ellos mismos se vuelven brillantísimos y por sí mismos
lanzan otro rayo luminoso, así también las almas portadoras del
Espíritu, iluminadas por el Espíritu, ellas mismas se vuelven
espirituales y proyectan la gracia en otros[11]. Sn Basilio
Dicho de otra forma, el amor a Dios se despliega en amor al prójimo, la
santidad en apostolado; y en amor y apostolado a la medida del Amor
divino, del Corazón de Cristo, con el que late al unísono el corazón
cristiano así transformado en El. Por eso no es de extrañar que el
Santo Padre, en el texto citado al principio, nos hable de una santidad
que se expresa a la vez “en un clima de oración siempre más intensa y
de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado”;
así, en efecto, se comportó Cristo en su vida terrena.
Vale la pena citar aquí, como remate de estas reflexiones, a uno de los
santos que mejor ha sabido expresar por escrito los secretos de este
fuego divino: “Esta llama de amor es el espíritu de su Esposo, que es
el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí, no sólo como fuego
que la tiene consumada y transformada en suave amor, sino como
fuego que, demás de eso arde en ella y echa llama, como dije; y
aquella llama, cada vez que llamea, baña el alma en gloria y la
refresca en temple de vida divina. Y ésta es la operación del Espíritu
Santo en el alma transformada en amor, que los actos que hace
interiores es llamear, que son inflamaciones de amor, en que, unida la
voluntad del alma ama subidísimamente, hecha un amor con aquella
llama. Y así estos actos de amor del alma son preciosísimos, y merece
más en uno y vale más que cuanto había hecho en toda su vida sin
esta transformación, por más que ello fuese. Y la diferencia que hay
entre el hábito y el acto hay entre la transformación en amor y la llama
de amor, que es la que hay entre el madero inflamado y la llama dél;
que la llama es efecto del fuego que allí está [12].
Aunque San Juan de la Cruz esté hablando aquí de los momentos
culminantes de la vida mística, a ellos tiende la acción del Espíritu
divino en cualquier alma, desde la primera transformación en Dios
realizada en el Bautismo y afianzada en la Confirmación. El tronco o el
hierro de nuestra alma ya están encendidos desde entonces, pero el
Espíritu Santo desea y procura que lleguen a ser fuego vivo: que se
alcance esa plena santificación depende de la personal docilidad al
Paráclito, del grado de nuestro enamoramiento con el Amor. Al alma
que realmente comprenda cuánto Dios le ama, y sepa acoger ese
Amor, no le faltará impulso para enamorarse de verdad:
“¡Oh Señor mío, qué bueno sois! ¡Bendito seáis para siempre!; alaben
os, Dios mío, todas las cosas, que así nos amásteis de manera que
con verdad podamos hablar de esta comunicación que aún en este
destierro tenéis con las almas; y aún con las que son buenas es gran
largueza y magnanimidad; en fin, Señor mío, que dais como quien
sois. ¡Oh largueza infinita, cuán magníficas son vuestras obras!
Espanta a quien no tiene ocupado el entendimiento en cosas de la
tierra, que no tenga ninguno para entender verdades. Pues que hagáis
a almas que tanto os han ofendido mercedes tan soberanas, cierto, a
mí me acaba el entendimiento; y cuando llego a pensar en esto, no
puedo ir adelante. ¿Dónde ha de ir que no sea tornar atrás? Pues
daros gracias por tan grandes mercedes no sabe cómo. Con decir
disparates me remedio algunas veces[13].
“Jesús, déjame que te diga, en el exceso de mi gratitud, déjame, sí,
que te diga que tu amor llega hasta la locura… ¿Cómo quieres que,
ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer
límites mi confianza…?[14].
“¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y… no me he vuelto loco?”
“Señor: que tenga peso y medida en todo… menos en el Amor [15].
Javier Sesé
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
[1] Juan Pablo II, Carta apostólica Tertio millenio adveniente, n. 42.
[2] Juan Pablo II, Encíclica Dominum et vivificantem, n. 2.
[3] Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, Ms. A, 2
vº.
[4] San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, parte II, cap.
18.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2672.
[6] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 136.
[7] Santa Catalina de Siena, Diálogo de la Divina Providencia, n. 167.
[8] Santa Catalina de Siena, Ibidem, n. 13.
[9] Santa Teresa de Jesús, Poesías, n. 3.
[10] Beata Isabel de la Trinidad, Elevación a la Santísima Trinidad.
[11] San Basilio, El Espíritu Santo, cap. 9, n. 23.
[12] San Juan de la Cruz, Llama de amor viva, Canción 1, n. 3.
[13] Santa Teresa de Jesús, Vida, cap. 18, n. 3.
[14] Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscritos autobiográficos, Ms. B,
5 vº.
[15] San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, nn. 425 y 427.
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8.2 El Espíritu Santo y su tarea santificadora
Tomado del portal [Link]
“Mirad qué difícil cosa hubiera sido a cada uno de nosotros salir de nuestra niñez natural sólo por
nosotros mismos; pues esto mismo, tan difícil de lograr en lo que toca a nosotros, nos ha sido cosa fácil
salir de ella a la sombra y amparo de una madre que Dios nos dio, que nos cuidó y nunca nos dejó de
amparar, hasta que con sus cuidados y desvelos hemos logrado llegar a nuestro completo desarrollo…
Bien sabía el Divino Verbo, sabiduría infinita, que sin el Espíritu Santo de poco nos valiera que el
Padre nos criara y que Él, habiéndose hecho hombre, nos redimiera; sin el Espíritu Santo no
podríamos llegar a conseguir el fin para el que habíamos sido criados y redimidos, porque sin el
Espíritu Santo no podemos conocer a Jesucristo, y menos amarlo” (F. J. DEL VALLE, Decenario al
Espíritu Santo, MINOS, México 1983, p. 87, p. 90).
Como Amor personal entre el Padre y el Hijo, como suma expresión de la entrega y comunión entre
ambos, la acción del Espíritu Santo en el mundo se ordena a la formación de una gran comunidad en la
humanidad regenerada. De Cristo nace esta nueva comunidad cuya alma, principio de vida y corazón,
es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo vive primariamente en esta comunidad porque los individuos
que la integran están llamados a llenarse de Él y participar de sus dones. Esta comunidad es la Iglesia.
“La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del
Espíritu Santo” (Catecismo, 737).
En ella realiza el Espíritu Santo su tarea santificadora, transformando en Cristo a los que creen en Él. Y
es que en el Espíritu Santo está Cristo próximo a los suyos, porque no ha sido su redención distante
cuestión histórica y geográfica, ajena a la realidad personal e íntima de los que habríamos de creer.
Mientras Jesús estuvo en la tierra, su cuerpo, su voz, sus acciones eran para nosotros la fuente de la
gracia. Pero desde que su cuerpo fue glorificado por el Espíritu Santo, Jesús está al margen de las leyes
del tiempo y del espacio; y arde del amor que es el Espíritu Santo que lo llena. Jesús puede así
aproximarse a nosotros, estar entre nosotros con una nueva intimidad y nosotros podemos estar en Él:
“El que tiene el Espíritu no sólo se llamará cristiano, sino que tendrá al mismo Cristo. No es posible
que estando en el Espíritu no esté también en Cristo” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. 13, s. Ep. Ad
Rom, sec. 8).
San Pablo dijo a los Gálatas: “Todos ustedes son uno en Cristo Jesús”(3, 28). Tal identidad la expresó
el mismo Jesús diciendo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Juan 15, 5). Esta afirmación es
contundente; la unión de los cristianos con su Señor no es meramente de cariño y obediencia: es una
unidad viva y orgánica. Los sarmientos no son simplemente una semilla que se saca de la vid para
llevarla lejos de ella. La vid vive en los sarmientos y los sarmientos en la vid, por la misma vida de ésta.
Así, nuestra unión con Cristo es tal, que Él vive en nosotros y nosotros en Él, por su misma vida.
Sería una pena ser católico y no percatarse de lo que eso significa, por lo mucho que nos estaríamos
perdiendo: somos uno en Cristo, y nuestras acciones adquieren así un particular valor y una particular
belleza. A partir de nuestro bautismo, ningún pensamiento, ningún afecto, ningún acto tienen ya el
derecho de ser desgajados de ese nuevo yo que nació en cada uno. Nuestro obrar es propio, sí, pero
mejor aún y en un sentido más pleno, es del Espíritu de Cristo, es de Dios. Así venimos a resultar
nosotros -porque todo lo de Él es nuestro- poseedores del Universo entero, incluido este mundo
terreno, el celestial y todos los posibles: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo
es de Dios”(I Cor 3, 23).
“Míos son los cielos y mía es la tierra;
mías son las gentes,
los justos son míos y míos los pecadores;
los ángeles son míos,
y la Madre de Dios y todas las cosas son mías,
y el mismo Dios es mío y para mí,
porque Cristo es mío y todo para mí”
(S. JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor, n. 26)
Esta profunda realidad hace que el Magisterio enseñe, fundándose en la revelación, que la Iglesia, más
allá de su realidad visible, jerárquica e institucional (así determinada también por Cristo)[1] sea un
misterio que trasciende la razón: la Iglesia es el mismo Cristo que permanece en el mundo; el Cuerpo
de Cristo, un cuerpo tan especial, que debe tener un nombre especial: el Cuerpo Místico de Cristo.
Cristo es la Cabeza del Cuerpo; cada miembro bautizado es una parte viva, un miembro de ese Cuerpo,
cuya alma es el Espíritu Santo.
“Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio
Cristo… Llénense de admiración y regocijo: hemos sido hechos Cristo” (S. AGUSTÍN , ev. Jo., 21, 8).
8.3 ¿Cómo se realiza en el interior del hombre el proceso de santificación?
El Espíritu Santo, santificador de los hombres, no se conforma como los artistas de la tierra con
esculpir su ideal sobre la materia que transforma. Él mismo se introduce en aquel que quiere
santificar, y habita y permanece en él, y lo mueve y compenetra. La historia sobrenatural de cada alma
comienza con la llegada de ese Huésped al alma, pues su primer don no es otro que Él mismo, como lo
asegura san Pablo: El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo
que nos ha sido dado (Romanos 5, 5).
Dios en cierto modo se ha visto obligado a venir Él mismo para llevar a efecto en nosotros su obra
santificadora, involucrándose personalmente en ella. No es un artífice extraño y ajeno que guía desde
lejos, sino Alguien que se compromete en una misteriosa solidaridad por la que actúa con nosotros,
por nosotros y en nosotros. Vino a unirse a nuestras frágiles potencias para hacernos capaces de
“realizar obras de vida eterna”. El resultado de esa presencia suya en el alma es la deificación que en
ella produce, siendo la gracia el efecto creado de la realidad increada que nos habita.
¿Cómo actúa en el psiquismo humano esa realidad del Espíritu y, por tanto, de la gracia que recibimos
como efecto de su presencia? Quizá lo primero sea señalar que la gracia infundida en el alma no
resulta algo ajeno al modo propio del ser del hombre.
No es como una prótesis o un cuerpo extraño, algo así como un diamante colocado en el centro de una
nuez. No. La gracia es donada para animar una naturaleza viva, poseedora de una vida sensitiva y de
una vida intelectual, y ella, la gracia, viene a injertarse respetando plenamente la realidad concreta del
organismo vivo en el que inhiere. Luego de asimilarse a él, lo sublima. Pero antes la gracia se ha
asimilado a él, porque la gracia es también vida, vida que se hace presente, vivificando todos los
ámbitos del psiquismo que la recibe.
La gracia arraiga en la esencia del alma, que es principio vital y que actúa a través de sus miembros, de
sus potencias operativas. Al injertarse en el psiquismo humano, la gracia (que es también, como
dijimos, vida y movimiento), tiene también sus miembros propios, sus potencias para la acción. Ella
cubre cada facultad y cada sentido natural con sus propias facultades y sentidos. Entonces la persona
avanza hacia la meta, que es la unión en la Trinidad, precisamente mediante esa nueva actividad de
sus facultades naturales actuadas por otras que pertenecen a ese orden recién inaugurado.
Esos miembros y facultades nuevas son las virtudes infusas y los dones: la gracia viene siempre
acompañada de ellos y se llama, precisamente por eso, gracia de las virtudes y de los dones [2]. El
proceso es claro: Dios llega al alma y su efecto creado es la gracia que, injertada en una concreta
realidad natural, vivifica con una nueva vida todo el psiquismo a través de sus facultades, que son las
virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo [3].
8.4 Virtudes infusas y dones del Espíritu Santo
Dijimos que la gracia santificante es el efecto creado de la presencia de Dios en el alma. A ella la
acompañan las virtudes infusas, tanto las teologales como las morales. Con las primeras, fe, esperanza
y caridad, accedemos a Dios, que es su objeto propio; con las segundas, prudencia, justicia, fortaleza y
templanza, logramos la armonía necesaria para dirigirnos hacia Él. Pero Dios quiso en su bondad
enriquecernos por encima de las virtudes, y nos proporciona otros carismas que disponen nuestras
facultades para ser dóciles instrumentos del Artista divino. Es entonces cuando decimos que operan
los dones, como regalos suyos. Si con las virtudes morales nos adecentamos para estar con Dios, y con
las teologales llegamos a su presencia, con los dones es Él quien nos inunda. En el primer caso nos es
posible ejercitarnos en actos de fe, esperanza o amor y de cualquier virtud moral; en el segundo no nos
ejercitamos nosotros, son los dones los que operan. Como si luego de nuestros intentos por tocar un
techo electrificado al fin lo logramos, y comenzamos entonces a recibir el fluido eléctrico.
Así, pues, la actividad santificadora del Espíritu Santo en nuestro interior se desarrolla a través de las
virtudes infusas y de los dones. La diferencia fundamental entre unas y otros no procede del objeto al
que se dirigen, o de su campo de acción, que en realidad es el mismo (por ejemplo, tanto la fortaleza
como virtud como la fortaleza como don hacen relación a las empresas arduas), sino del diferente
modo en que obran en nuestra alma. Santo Tomás lo explica diciendo que Dios puede intervenir en
nosotros de dos maneras. En la primera, Él actúa a través de las virtudes infusas, acomodándose al
modo humano de obrar de nuestras potencias. Con nuestras capacidades naturales buscamos los
medios mejores para alcanzar nuestro fin, y para tal efecto tomamos decisiones en ese sentido. Dios
sobrenaturaliza esas operaciones dándonos gracias actuales, pero deja en nuestras manos la iniciativa
que procede de las reglas de la prudencia o de la razón humana. Si bien es cierto que en las virtudes
infusas nos mueve la gracia, también lo es que estamos actuando al modo humano, según la forma de
ser propia de nuestras potencias. Entonces -siempre, repetimos, con la ayuda de la gracia-
investigamos, discurrimos, resolvemos, nos decidimos por los medios mejores que nos llevan a Dios.
Sin embargo, para la unión con Dios necesitamos ir más allá de lo humano. Es entonces cuando
intervienen los dones del Espíritu Santo [“Dona a virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes
perficiunt ad actus modo humano, sed dona ultra humanum modum” (III Sent., d. 34, q. 1, a. 1)]. Los
dones resultan necesarios para la unión con Dios porque las facultades humanas sobre las que
descansan las virtudes infusas no disponen sino de medios de obrar inferiores a su objeto divino. Con
las virtudes no trascendemos el estilo humano, y procedemos por razonamiento, reflexión,
consideración de oportunidades, conveniencias, licitud, según las medidas humanas en torno a las
cuales emitimos un juicio o llegamos a una convicción interior, siempre a través de búsquedas y
valoraciones y, por tanto, con cierta lentitud y cautela. Dios obra en nosotros también de otro modo, el
modo de los dones, modo que resulta superior al humano [4]. Podemos identificar tal acción por su
carácter repentino, por una percepción apoyada en razones superiores, captadas casi sin discurso
previo. Podemos descubrirla también en la facilidad de la intuición que se revela en la decisión y
fortaleza del obrar, así como también en una sublimidad de la piedad que aparece eventualmente en la
dulzura, la suavidad y el transporte en la oración.
Las virtudes se quedan, por decirlo así, en la superficie, en la corteza; la acción de los dones es íntima,
penetrante, transformadora. Si hasta el más encumbrado de los serafines es indigno de la intimidad
divina, ¿qué decir de nuestra naturaleza herida, manchada, enferma y pecadora? Si los grandes
maestros, como san Juan de la Cruz, describen con mano precisa y visión de místico hasta los menores
defectos que impiden llegar a Dios, ¿no será necesaria la acción del Espíritu Santo para descubrirlos,
extirparlos y arrancarlos? De nuestra alma ha de surgir una perfectísima obra de arte, y el fin de los
dones no es sino hacer posible en nosotros la acción del Artista divino.
———–
[1] “Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y
amor, como un organismo visible… La Iglesia es a la vez:
-sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo;
-el grupo visible y la comunidad espiritual;
-la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo” (Catecismo, 771).
[2] Ver S. Th., III, q. 62, a. 2: ‘Utrum gratia sacramentalis aliquid addat super gratiam virtutum et
donorum’, donde enseña el santo que la gracia santificante perfecciona la esencia del alma y con ella
descienden a las potencias las virtudes infusas y los siete dones del Espíritu Santo.
[3] Esas virtudes se llaman infusas precisamente porque se infunden juntamente con la gracia
santificante.
[4]Martín Descalzo los llama suplemento de alma: “Sólo el Espíritu Santo daría a los creyentes aquel
suplemento de alma que sería necesario para entenderle (a Jesús)” (Vida y misterio de Jesús de
Nazaret, Sígueme, Salamanca 1998, p. 283).
El Espíritu Santo santifica y libera
M E D I TA C I O N E S D E J O R D I R I O N V A L L È S
En la Carta a los Romanos, Pablo, refiriéndose al don recibido de Dios para servir a
Jesucristo anunciando el Evangelio a los paganos explica cual es el motivo de su misión:
«para que la oblación de los gentiles sea agradable, santificada por el Espíritu Santo»[1].
Existe un gran deseo de convertir a las personas alejadas en sujetos santificados para el
culto, y se revela quien es el santificador: El Espíritu Santo.
Respecto a las ofrendas destaco dos textos del Antiguo Testamento donde se muestra
que aquellas, sobretodo cuando se trataba de corderos, no podían tener ningún defecto
para poder ser agradables a Dios: «Si alguno ofrece a Yahveh ganado mayor o menor
como sacrificio de comunión, sea en cumplimiento de un voto, o como ofrenda
voluntaria, ha de ser una res sin defecto para alcanzar favor; no debe tener defecto
alguno»[2]; «Juntamente con el pan ofreceréis a Yahveh siete corderos de un año, sin
defecto…»[3]. El Señor pedía ofrendas en buenas condiciones, sin defectos, y así le eran
agradables. Pablo, de forma analógica, quería convertir a las personas también en
ofrendas agradables.
Podemos preguntarnos si las personas tienen algún defecto que las impida, en principio,
ofrecerse como estas víctimas agradables a Dios. Leemos las palabras dirigidas a los
romanos: «por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y
así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron»[4]; «tanto judíos
como griegos están todos bajo el pecado»[5]. Si en un momento concreto entró en el
mundo aquello que se llama pecado significa que anteriormente no estaba presente. Pero
la realidad es que ha entrado en el mundo y se ha extendido a todos los hombres sin
excepción. El pecado puede considerarse como un defecto compartido por todos los seres
humanos, y solamente Dios, por medio de su Espíritu puede propiciar regeneración,
como podemos leer en la Carta a Tito: «Él nos salvó, no por obras de justicia que
hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de
regeneración y de la renovación del Espíritu Santo»[6]. Observamos que, aunque no se
relacione directamente el Espíritu con la santificación si se le considera como aquel que
renueva o regenera alguna cosa deteriorada.
Ahora bien, entre los hombres tenemos un modelo humano de ofrenda agradable y
perfecta. En la Carta a los Hebreos encontramos varias referencias sobre Jesús como el
cordero sin mancha: «Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía[7]: santo, inocente,
incontaminado, apartado de los pecadores»[8]. Mientras que en este texto se expone que
no tenía la mancha del pecado, en este siguiente habla de alguien sin tacha: «Cuánto
más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a
Dios…» [9]. En la Primera Carta de Pedro también podemos encontrar un fragmento que
habla del mismo tema; en este caso uniendo los términos tacha y mancilla: «habéis sido
rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o
plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla,
Cristo»[10]. Y en la Carta a los Efesios, en una exhortación para imitar a Jesucristo, se
dice: «vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y
víctima de suave aroma»[11]. Se refuerza constantemente a Jesucristo como una ofrenda
o víctima agradable según la Ley de Dios, sin tacha ni mancilla, o defecto alguno. En el
último texto bíblico expuesto hay una invitación para imitar a Jesús en el terreno del
amor, amando como el hizo, pero también podemos encontrar otras llamadas a la
imitación del Señor, especialmente en el aspecto de la santidad: «Sed, pues, santos
porque yo soy santo»[12]. Pero, ¿cómo puede Dios pedir una cosa como esta sabiendo
que la humanidad está marcada por el pecado?. La santidad parece algo reservado a
Dios, inaccesible para el hombre, pero, en cambio, existe esta llamada a participar de la
santidad de Dios. En la Carta a los Romanos podemos leer: «sabemos que en todas las
cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados
según su designio. Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo»[13]. Entre otras cosas, ser imagen de Jesús significa
también vivir en su santidad, sin tacha o mancilla, de manera que una vida así permita
ser recibido por Dios como ofrenda de suave aroma, por tanto agradable. Aunque,
recordemos que Pablo manifestó su incapacidad para conseguir esta meta con sus
propias fuerzas cuando escribió a los romanos: «no hago lo que quiero, sino que hago lo
que aborrezco»[14]; pero el mismo Apóstol nos ofrece la solución en la Segunda Carta a
los Corintios: «nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos:
así es como actúa el Señor, que es Espíritu»[15]. El Espíritu Santo, es decir el Señor que
es Espíritu, aparece aquí como el que nos transforma a imagen del Dios Santo[16], y en la
Primera Carta de Pedro, en la oración inicial, se dice literalmente: «la acción
santificadora del Espíritu»[17]. Por tanto, estamos ante el agente principal de la
santificación del cristiano, como también podemos leer en la Segunda Carta a los
Tesalonicenses, donde se afirma que la salvación viene entre otras cosas «mediante la
acción santificadora del Espíritu»[18]. Parece claro que es el Espíritu quien transforma,
regenera y santifica al hombre. Pero para llegar a la meta se necesita un proceso de
limpieza de toda atadura y la debida restauración previa a la santificación.
Liberados del pecado, de la Ley y de la muerte
Para poder alcanzar la santidad primero es necesario desposeerse de toda atadura
obstaculizadora de la acción divina, ya sea consciente o inconsciente. La Carta a los
Romanos se refiere a un elemento que nos esclaviza cuando San Pablo comenta: «yo soy
de carne, vendido al poder del pecado»[19]. Palabras que pueden completarse con las de
Jesús: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo»[20].
Este pecado esclavizador tiene un colaborador y un resultado final: «Porque el pecado,
tomando ocasión por medio del precepto, me sedujo, y por él, me mató»[21]; «el salario
del pecado es la muerte»[22]. Se habla de un precepto o ley que descubre el pecado, por
tanto colabora con este pecado dándole ocasión de presentarse y ser conocido, y de la
muerte como fruto o paga del pecado. En la Primera Carta a los Corintios está muy bien
especificada la relación entre los tres elementos, pecado, Ley y muerte: «El aguijón de la
muerte es el pecado; y la fuerza del pecado, la Ley»[23]. Por tanto, el pecado recibe su
condena de la Ley, llegando a provocar el peor de los males, es decir, la muerte.
La Carta a los Romanos, haciendo alusión al pecado de Adán, explicita: «por un solo
hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a
todos los hombres, por cuanto todos pecaron»[24]. En un determinado momento entró el
pecado y con el todas sus consecuencias negativas, la cuales han alcanzado toda la
humanidad de todos los tiempos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a
entender la generalización del pecado cuando afirma: «Todos los hombres están
implicados en el pecado de Adán»[25]. Y refiriéndose al pecado original, el Catecismo
dice: «es la privación de la santidad y de la justicia originales; pero la naturaleza humana
no ha sido totalmente corrompida: ha sido herida en sus fuerzas naturales, sometida a la
ignorancia, al sufrimiento y al imperio de la muerte, e inclinada al pecado»[26]. Aquel
pecado que llamamos original ha creado en la humanidad un estado de debilidad
espiritual, facilitando así la tendencia al mal. Con la desobediencia de Adán todos fueron
sometidos al poder del pecado de manera que aunque quisiera, el hombre no era capaz
de realizar el bien que deseaba[27]. Del corazón de la persona esclavizada por el pecado
se obtienen los frutos que Jesús mencionó: «salen las intenciones malas, asesinatos,
adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias»[28]. Por su parte, San Pablo
informa a los romanos sobre la forma de vivir de los esclavos del poder del pecado:
«llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de
homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de
Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres,
insensatos, desleales, desamorados, despiadados»[29]. Si el hombre vive sometido a la
esclavitud del pecado, a una Ley que condena y a una muerte de la que no puede
escapar, ¿dónde podrá encontrar la liberación de toda tacha, del pecado y sus manchas,
y que función desempeña el Espíritu Santo?.
San Pablo dice a los romanos: «todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son
justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a
quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la
fe»[30]. En estas palabras de Pablo de momento no aparece el Espíritu Santo pero si que
nos habla de una sangre que se ha tenido que derramar para conseguir la redención.
También, durante la Última Cena, Jesús realizó este gesto: «Tomó luego una copa y,
dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la
Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados»[31]. Por tanto
aparece una sangre derramada para redimir los pecados y que además sella una alianza.
Recordando la alianza realizada con el pueblo de Israel en el Sinaí se pueden encontrar
los siguientes elementos: derramamiento de sangre de animales sacrificados[32], una
Ley[33] y una promesa de prosperidad para los que la respeten[34].
La sangre y el poder que libera
El libro del Levítico prescribe los ritos que debían realizar los israelitas para redimirse de
los pecados cometidos: sacrificar un animal y hacer un ritual con su sangre[35]. En la
Carta a los Hebreos se habla de aquellos sacrificios con estas palabras: «Todo ello es una
figura del tiempo presente, en cuanto que allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de
perfeccionar en su conciencia al adorador, y sólo son prescripciones carnales, que versan
sobre comidas y bebidas y sobre abluciones de todo género, impuestas hasta el tiempo
de la reforma»[36]. También, la misma Carta a los Hebreos se refiere a Cristo como aquel
que se ofrece en sacrificio, derramando su propia sangre para el perdón de los pecados,
pero ya de forma definitiva y plenamente renovada:
«Pero presentóse Cristo como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una
Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este
mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos
cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. […]
¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin
tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios
vivo!. Por eso es mediador de una nueva Alianza […] según la Ley, casi todas las cosas
han de ser purificadas por la sangre, y sin efusión de sangre no hay remisión. En
consecuencia, es necesario, por una parte, que las figuras de las realidades celestiales
sean purificadas de esa manera; por otra parte, que también lo sean las realidades
celestiales, pero con víctimas más excelentes que aquellas»[37]
Con este texto de la sangre y los sacrificios he querido expresar que siempre has sido
necesario pagar un precio para obtener el perdón de los pecados. Pero mucho más
elevado ha sido el precio pagado para darnos la plena libertad que nos permite acceder a
las realidades celestiales; pues ahora la sangre pertenece al Hijo de Dios, como nos dice
la Primera Carta de Pedro: «habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de
vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de
cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo»[38]. La liberación total ha supuesto un precio no
humano ni corruptible; se trata de la sangre de Jesús. A veces parece como si todo esto
consistiera en una transacción comercial entre el esclavizador y el liberador, y de hecho,
la Primera Carta a los Corintios utiliza unas palabras que lo dan a entender: «Habéis sido
bien comprados»[39]. Como complemento de lo que dice la Biblia presento el siguiente
fragmento del Catecismo de la Iglesia Católica: «La justificación nos fue merecida por la
pasión de Cristo, que se ofreció en la cruz como hostia viva, santa y agradable a Dios y
cuya sangre vino a ser instrumento de propiciación por los pecados de todos los
hombres»[40]. Es decir, aquello que transformó el fatal destino del hombre, a causa del
pecado, en un estado propicio para la reconciliación con Dios fue la sangre de Cristo
derramada en la cruz.
Jesús se atribuyó un texto de Isaías que dice: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me
ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la
liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos»[41].
Cristo asume que posee una misión liberadora. Es importante observar que este
fragmento incorporado en el Evangelio de Lucas introduce al Espíritu Santo, que unge a
Jesús para llevar a cabo la acción poderosa de liberación. Relacionando el derramamiento
de la Sangre de Cristo con el poder liberador, considero que aquello que aplastó la
potestad del pecado fue el poder de Dios en virtud de la sangre del Hijo vertida en la cruz
y, como he mostrado en el tema anterior, el poder divino actúa a través del Espíritu
Santo. Porque una cosa es el precio que se debía pagar y otra es el poder desatado una
vez saldada la cuenta, aunque las dos cosas están íntimamente relacionadas. La Segunda
Carta a los Corintios argumenta: «donde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad»[42]. Esta afirmación otorga al Espíritu un poder superior al del pecado. Por otra
parte, también queda confirmada la superioridad cuando el Señor traspasa la capacidad
de perdonar los pecados a los Apóstoles soplando sobre ellos el Espíritu, como podemos
leer en el Evangelio Según San Juan: «sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu
Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados»[43]. Los Apóstoles
recibieron, gracias al Espíritu Santo, el mismo poder de Dios para poder derrotar el poder
del pecado. Así pues, la libertad definitiva de la humanidad ha tenido el coste de la
sangre de Jesús, y a partir del momento de su derramamiento se ha instaurado una
nueva alianza permanente.
La nueva Ley
En las antiguas alianzas había una Ley o normas básicas y unas promesas de
prosperidad. Con la Nueva Alianza inaugurada por Cristo también aparecen estos
elementos. La Ley siempre ha acompañado los pactos con Dios, en mayor o menor
medida. Cuando el Señor hizo la alianza con Noé empezó a pedir un cierto compromiso
por parte de los hombres: «solo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su
sangre […] Quien vertiere sangre de hombre por otro hombre será su sangre vertida,
porque a imagen de Dios hizo Él al hombre»[44]. En este primer pacto las normas son
pocas y básicas, solo se pide no comer la sangre de los animales y respetar la vida
humana. Con Abraham, Yahveh pide la circuncisión como signo de alianza[45], aunque
taimen reclama fidelidad y rectitud, como podemos observar: «anda en mi presencia y sé
perfecto»[46]. Con el paso del tiempo apareció el Decálogo[47], el código de santidad[48] y
otras normas con el objetivo de dar cumplimiento a la parte de la alianza en lo que al
hombre correspondía. Los mandatos relacionales, es decir, aquellos que establecen
respeto o formas de relacionarse entre las personas y Dios, y entre los hombres, pueden
considerarse como un primer paso hacia la santidad, pues se trata de ir perfeccionando
la conducta humana.
En sí, la Ley parece una cosa buena, como escribe San Pablo a los romanos: «la ley es
santa, y santo el precepto, y justo y bueno»[49]. No obstante, también dice: «¿Qué decir
entonces? ¿Que la ley es pecado? ¡De ningún modo! Sin embargo, yo no conocí el pecado
sino por la ley […] Vivía yo un tiempo sin ley!, pero en cuanto sobrevino el precepto,
revivió el pecad, y yo morí; y resultó que le precepto, dado para vida, me fue para
muerte»[50]. El pecado ha aprovechado la Ley para darse a conocer, provocando así un
efecto negativo de las normas establecidas para mejorar en santidad. Ciertamente, el
conocimiento de lo bueno que debe hacerse también nos hace saber lo malo que debe
evitarse. El mandamiento estaba pensado para hacer mejorar el hombre, incluso existía
la llamada a la santidad[51], aunque el pueblo de Israel durante la época del Antiguo
Testamento únicamente contaba con la Ley para alcanzarla. Cumpliendo las normas se
conseguía lo que se pedía en aquellos tiempos, pero desobedeciéndola el pecado ejercía
su poder[52] y quedaba en evidencia la malicia humana, la cual es reiteradamente
condenada. Por lo que parece, las personas tenían que esforzarse con las capacidades
humanas para practicar las leyes de la alianza que estuviera en vigor; y esto, tomando
como referencia la experiencia de Pablo[53], era imposible de realizar. La Carta a los
Romanos constata la realidad del dominio global del pecado: «tanto judíos como griegos
están todos bajo el pecado […] No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo»[54]. El
hombre no estaba liberado del poder del pecado aunque algunos gozasen de una relación
privilegiada con Dios. La Ley, por si sola no llevó a nadie a la justificación ni a la
salvación. El pecado seguía dominado la situación como si su dominio no pudiera ser
arrebatado por el cumplimiento de una ley. Pero, gracias a la iniciativa divina, mediante
la encarnación del Verbo, se produce un cambio liberador.
Con la nueva situación de la humanidad obtenida por el sacrificio voluntario de
Jesucristo[55] y la Nueva Alianza sellada con su sangre[56], aparece el Espíritu Santo
substituyendo la Ley, como nos muestra la Segunda Carta a los Corintios: «nuestra
capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de la Nueva Alianza, no
de la letra, sino del Espíritu»[57]. Se trata de un nuevo estado en el que aparece una
nueva forma de guiarse, como podemos leer en la Carta a los Gálatas: «si sois
conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley»[58]. La Carta a los Romanos expone que
el Espíritu inaugura un nuevo camino liberador: «hemos quedado emancipados de la ley,
muertos a aquello que nos tenía aprisionados, de modo que sirvamos con un espíritu
nuevo y no con la letra vieja»[59]. Si antiguamente se intentaba servir a Dios mediante el
cumplimiento de unas normas, ahora se sirve con el nuevo camino del Espíritu,
sustituyendo así la letra envejecida por la orientación del Espíritu Santo. Y si las antiguas
leyes no habían podido liberar al hombre de la esclavitud del pecado, ahora esto es
posible, como enseña Pablo a los romanos: «la ley del espíritu que da la vida en Cristo
Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte»[60].
La Carta a los Romanos, hablando de los justos, dice: «No hay nadie quien sea justo, ni
siquiera uno solo»[61]; y en la Carta a los Gálatas encontramos: «si de hecho se nos
hubiera otorgado una ley capaz de vivificar, en ese caso la justicia vendría realmente de
la ley. Pero, de hecho, la Escritura encerró todo bajo el pecado, a fin de que la Promesa
fuera otorgada a los creyentes mediante la fe en Jesucristo»[62]. Nadie es justo y la ley
no pudo justificar; solo por Jesucristo llegó la salvación. Podríamos preguntarnos,
¿Jesucristo habría derramado su sangre si hubiera existido alguna otra posibilidad de
liberar a los hombres? Creo que no. Sino ¿porqué Cristo imploró al Padre con estas
palabras en la oración del huerto del Getsemaní?: «Padre mío, si es posible, que pase de
mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú»[63]. Es gracias a la
sangre de Jesús que podemos llegar a ser justos y libres de la ley que nos condena y de
las consecuencias negativas del pecado, sobretodo las escatológicas. San Pablo expresa
de esta forma a los romanos: «¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su
sangre, seremos por él salvos de la cólera!»[64]. El castigo legal del pecado es la
muerte[65], pero el don que nos hace justos supera todas las consecuencias
negativas[66]. Una vez derramada la sangre, realizada la liberación y obtenida la nueva
ley del Espíritu[67], cabe esperar la promesa.
La nueva promesa
San Pablo afirma: «el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida
eterna en Cristo Jesús Señor nuestro»[68]. Jesús prometió esta vida cuando dijo que los
justos irían a la vida eterna[69]. Creo que no hace falta volver a repetir que no hay
ninguna persona justa por si misma, pero esta situación la ha resuelto Dios. De esta
manera, cuando termina la vida terrenal no es el final de todo sino el inicio de una nueva
vida. Si la Ley descubría la culpa y la condenaba[70], Pablo dice que «justificados ahora
por su sangre, seremos por él salvos de la cólera»[71]. Y la garantía de que esto es cierto
la encontramos en la resurrección de Jesús, el único hombre justo y obediente[72],
gracias al cual recibimos el don de la justicia[73]. Según las palabras dirigidas a los
romanos parece ser que la justificación no llega hasta la resurrección de Cristo:
«creemos en Aquel que resucitó den entre los muertos a Jesús Señor nuestro, quien fue
entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación»[74].
Entonces, el proceso divino sigue un orden concreto: primero, los hombres son
rescatados del pecado pagando el precio[75] de la sangre de Jesús, y a continuación
recibimos la justificación mediante la resurrección de Cristo, que al mismo tiempo
garantiza que tiene todo el poder en sus manos. Pero la vida eterna es una promesa que
se realizará al final de la existencia terrenal. Mientras este momento no llega, el Señor
promete enviar el Espíritu Santo: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy,
no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré»[76]; «Cuando venga el
Paráclito, que yo os enviaré junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del
Padre, él dará testimonio de mí»[77]; y también en los Hechos de los Apóstoles podemos
leer: «vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días»[78]. La
promesa del envío del Espíritu Santo, de forma generalizada a todo cristiano, se cumplió
después de la resurrección de Jesús y cuando el precio de la reconciliación ya estaba
pagado. y, es gracias a la venida del Espíritu y a su presencia en el corazón de las
personas que se realiza la justificación y la liberación del pecado. Tenemos, pues, dos
promesas, la vida eterna y el envío del Espíritu Santo con todos los beneficios que esto
representa.
La fe y el Espíritu
Gracias a la economía de la salvación me atrevo a afirmar que todos tenemos al alcance
la liberación, la justificación y todos los beneficios que puedan sobrevenir de este proceso
de salvación. Pero, ¿cómo podemos acceder a este don? San Pablo escribió a los romanos
hablando de la fe como aquello que permite acceder a la justicia redentora: «justicia de
Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen»[79]; «El justo vivirá por la fe»[80]. Y
a los Gálatas les dijo lo mismo pero involucrando la ley: «Conscientes de que el hombre
no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros
hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no
por las obras de la ley»[81]. A la justicia se accede por la fe, pero es la acción de Dios, a
través de su Espíritu, quien materializa la justificación, como enseña la Primera Carta a
los Corintios: «habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el
nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios»[82]. Existen dos elementos
imprescindibles para acceder a la justificación, una desde la vertiente humana que
consiste en la acción de creer en Jesucristo y otra desde la divina. La parte humana
representa un elemento muy importante para Pablo pero el objetivo ahora está centrado
en la parte que corresponde a Dios por su Espíritu.
En la Carta a los Gálatas encontramos el siguiente texto: «a nosotros nos mueve el
Espíritu a aguardar por la fe los bienes esperados por la justicia»[83]. El Espíritu hace
suscitar la fe para que pueda realizarse la esperanza que poseen los cristianos, pero al
mismo tiempo la misma fe permite al Espíritu Santo efectuar la justificación. La
esperanza no consiste en un final de muerte, como sucedería sin el Espíritu, sino en la
vida, como se anunció a los romanos: «el espíritu es vida a causa de la justicia»[84]. Me
atrevo a comparar las funciones de Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo en el ámbito de la
justificación con el siguiente ejemplo: «Un hombre (simboliza la humanidad), a causa de
una gran deuda, vive mendigando en condiciones infrahumanas, aunque puede subsistir.
Alguien se presenta para cancelar la deuda (simboliza Jesucristo). Entonces se inicia un
proceso judicial donde un juez (simboliza Dios) acepta el ofrecimiento de cancelación y
ordena la restitución de todos los bienes del mendigo, y el acceso a una nueva vida. Pero
para ejecutar la orden se necesita que el hombre acepte el veredicto y confíe en el que
cancela la deuda y en el juez (simboliza la fe), y a partir de este momento también es
necesario que acoja a alguien (simboliza el Espíritu Santo) que quiere acercarse a él para
acompañarle e indicarle los pasos a seguir, y que dará real y materialmente los bienes en
mano.
4.3. Caminando hacia la santidad
El camino que lleva hasta las condiciones óptimas para iniciar la santificación ha sido
largo y complejo. Una vez las personas han recibido el perdón de los pecados, han sido
rescatadas de la situación de esclavitud y sus consecuencias, y han recibido la
justificación por la Gracia divina, el Espíritu de Dios, con una ley que encuentra su
plenitud en la caridad[85], puede iniciar el camino de la santificación sin obstáculos
heredados[86].
El camino hacia la santidad tiene su inicio en el bautismo. San Pablo le atribuye el origen
de la liberación del pecado: «Fuimos, pues, con él (Jesús) sepultados por el bautismo en
la muerte […] nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido
este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto
queda liberado del pecado»[87]. Juan bautizó con un bautismo de conversión pero Jesús
ordenó un bautismo completo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes
bautizándolas en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo»[88]. Se trata de un
primer paso hacia la santidad con la presencia del Espíritu. Pablo, cuando llegó a Éfeso se
encontró con personas que sólo habían recibido el bautismo de Juan y no conocieron al
Espíritu Santo. Cuando el Apóstol los bautizó debidamente, según el mandato de Jesús,
obtuvieron unos beneficios espirituales que antes desconocían. Este hecho se relata en
los Hechos de los Apóstoles: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al
pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, o sea en Jesús. Cuando
oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo
impuesto las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas
y a profetizar»[89]. Se trata de unos dones recibidos de forma personal que permiten
alcanzar un nivel espiritual superior gracias al Espíritu recibido, pero respecto a su
utilización Pablo exhorta a los Corintios: «A cada cual se le otorga la manifestación del
Espíritu para provecho común»[90]. De esta manera la santidad no se reduce a un
esfuerzo privado sino que, además del esfuerzo personal, gracias a los dones de algunas
personas existe una colaboración comunitaria encaminada al perfeccionamiento de la
Iglesia de Cristo. Por tanto, el Espíritu Santo puede santificar personalmente y puede
repartir dones a personas para que ayuden en la santificación de otras.
Antes se ha dicho que la parte aportada por el hombre para poder alcanzar la
justificación es la fe[91]. De forma parecida en el terreno de la santidad es necesaria una
colaboración mediante obras adecuadas a una vida dirigida por el Espíritu de Dios que
habita en los corazones. Santiago dijo: «la fe, si no tiene obras, está realmente
muerta»[92]. Y Pablo escribió a los gálatas: «Si vivimos según el Espíritu, obremos
también según el Espíritu»[93]. El Espíritu Santo, que nos hace libres, con su presencia en
los corazones interioriza en nosotros su normativa de acción, guiando así la conciencia
del cristiano. Por tanto le revela cuales son las acciones buenas y agradables a Dios. No
se trata de evitar el mal para cumplir con una ley sino, de evitarlo porque la presencia
del Espíritu que nos ha santificado nos empuja a rechazarlo como antítesis del amor
divino. Así pues, la naturaleza humana renovada y libre de la esclavitud del pecado se
siente incómoda con el mal. San Tomás de Aquino dijo que quien evita el mal no porque
sea mal, sino porque es un precepto del Señor, no es libre. Por el contrario, quien evita
el mal porque es un mal, este es libre[94]. La persona guiada y santificada por el Espíritu
Santo debería adaptarse a la explicación de San Tomás porque rechaza lo contrario a
Dios como una reacción natural y no como una obligación impuesta.
A continuación presento una síntesi de este tema en el que se ha hablado del aspecto
liberador y santificador del Espíritu Santo.
Premisas
El hombre posee la tacha y la mancilla del pecadoEl hombre dominado
por el pecado es su esclavo
Jesucrist es la ofrenda agradable, sin tacha ni mancilla, ni defecto
[Link] llama al hombre para que sea santo a imagen de su Hijo
El ser humano se siente impotente e incapaz de alcanzar la meta de la
santidad demandada por Dios
Proceso de limpieza y regeneración de la humanidad a partir
de la Nueva Alianza
Por el derramamiento de la sangre de Cristo se
obtiene la liberación del poder del pecado, la
Del
reconciliación con Dios y la justificación. El
pecado
Espíritu Santo realiza las obras de poder que
materializan la nueva condición de libertad.
La nueva ley del Espíritu sustituye la antigua,
De la
Liberació liberando al hombre de la condena legal y de la
Ley
n pena, es decir, la muerte.
Se cumple la promesa de Dios por el envío de
su Espíritu para dar una nueva vida unida a
De la ayudas espirituales para los antiguos esclavos
muerte del [Link] mismo Espíritu que resucitó a
Jesús de entre los muertos también resucitará a
aquellos en quienes habita.
Santificación
Para gozar de la liberación e iniciar el proceso
Punto de partida de santificación son necesarios la fe y el
bautismo con el agua y el Espíritu.
Santificación Llegados a estas alturas, El Espíritu Santo inicia
su acción santificadora y transformadora del
hombre, a imagen del Hijo.
Para avanzar en la santidad, el hombre debe
Colaboración
colaborar con obras adecuadas a una fe viva,
humana
según la voluntad del Espíritu de Dios.
Relacionado con este tema tenemos la fuerza y el poder del Espíritu, ya que
es gracias a ellos que pueden vencerse otras potestades, y se convierten en las
herramientas necesarias para el caminar del cristiano. Pero otro tema relacionado
es aquel que he situado en el apartado de la nueva promesa sustituyendo la
muerte. Se trata de la vida nueva que recibimos gracias al Espíritu Santo. Una
vida renovada que conducirá a la plenitud de los resucitados, en todos los
aspectos, también en santidad, gracias a la obra realizada por Dios en el interior
de cada persona por medio de su Espíritu. De esta nueva vida trata el siguiente
tema.
[1] Rm 15,16b. Otras versiones de la Biblia traducen este texto con otras
palabras: «con el fin de presentar ante él a los no judíos, como ofrenda que le
sea grata, santificada por el Espíritu Santo». Por tanto la santificación va dirigida
a las personas.
[2] Lv 22,21
[3] Lv 23,18
[4] Rm 5,12
[5] Rm 3,9
[6] Tt 3,5
[7] Se refiere a Jesús
[8] Hb 7,26
[9] Hb 9,14
[10] 1Pe 1,18-19
[11] Ef 5,2
[12] Lv 11,45; Cf. Lv 19,2; Cf. Lv 20,26; Cf. 1Pe 1,16
[13] Rm 8,28-29
[14] Cf. Rm 7,15
[15] 2Co 3,18
[16] Cf. Is 6,3
[17] 1Pe 1,2b
[18] 2Te 2,13b
[19] Rm 7,14b
[20] Jn 8,34
[21] Rm 7,11
[22] Rm 6,23
[23] 1Co 15,56
[24] Rm 5,12
[25] CEC 402
[26] CEC 405
[27] Cf. Rm 7,15-25
[28] Mt 15,19
[29] Rm 1,29-31
[30] Rm 3,23-25
[31] Mt 26,27-28
[32] Cf. Ex 24,5-6
[33] Cf. Ex 20
[34] Cf. Ex 19,5-6; 23,20-31
[35] Cf. Lv 4
[36] Hb 9,9-10
[37] Hb 9,11-23.
[38] 1Pe 1,18-19
[39] 1Co 6,20
[40] CEC 1992
[41] Lc 4,18
[42] 2Co 3,17
[43] Jn 20,22-23
[44] Gn 9,4.6
[45] Cf. Gn 17,10-11
[46] Gn 17,1b
[47] Cf. Ex 20,1-17; Dt 5,2-21
[48] Cf. Lv 17-26
[49] Rm 7,12
[50] Rm 7,7-10
[51] Cf. Lv 11,45
[52] Cf. Rm 7,13b
[53] Cf. Rm 7,14-24
[54] Rm 3,10
[55] Cf. Jn 10,18
[56] Cf. Lc 22,20
[57] 2Co 3,5-6
[58] Ga 5,18
[59] Rm 7,6
[60] Rm 8,2
[61] Rm 3,10
[62] Rm 3,21-22
[63] Mt 26,39
[64] Rm 5,9
[65] Cf. Rm 6,23
[66] Cf. Rm 5,16
[67] La nueva ley se basa fundamentalmente en el amor: «el que ama al prójimo ha cumplido la ley»
(Rm 13,8). «La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13,10)
[68] Rm 6,23
[69] Cf. Mt 25,46
[70] Cf. Rm 7
[71] Rm 5,9. Se está refiriendo siempre a Jesús
[72] Cf. Rm 5,18-19
[73] Cf. Rm 5,17
[74] Rm 4,24-25
[75] 1Co 6,20; 7,23
[76] Jn 16,7
[77] Jn 5,26
[78] He 1,5
[79] Rm 3,22
[80] Rm 1,17
[81] Ga 2,16
[82] 1Co 6,11
[83] GA 5,5
[84] Rm 8,10b. Otras traducciones bíblicas lo interpretan así: «el Espíritu os da la vida, ya que Dios os
ha hecho justos». En una se atribuye al espíritu humano y en la otra al Espíritu de Dios. Pero siempre
la vida es transmitida por el Espíritu Santo al hombre, en este caso a su espíritu, para que no muera.
[85] Cf. Rm 13,10
[86] Los obstáculos heredados serían el pecado original y sus consecuencias
[87] Rm 6,4-7
[88] Mt 28,19
[89] He 19,4-6
[90] 1Co 12,7; Cf. 1Co 14,26
[91] Cf. Cap.4.2
[92] St 2,17
[93] Ga 5,25
[94] Cf. Tomàs d’Aquino, In2, en Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO, Pàg. 333