J o s é A s s a n d r i
# psicoanalizar
o
psicopatologizar
R a q u e l C a p u r ro
á
Una notable ambigüedad se hace presente en estas líneas. Aunque
Lacan señale al fetiche como “causa del deseo”, no es el objeto del
deseo, sino que su presencia en los alrededores oficia de “condición
del deseo”. Pero poco más adelante, en el mismo seminario, Lacan
refiere al “fetiche negro” pasando sin solución de continuidad a una
formulación antropológica cuestionada por los antropólogos desde
Marcel Mauss, para luego plantear al fetiche como “objeto puro”45.
Y en seminarios posteriores pueden rastrearse referencias cercanas
a Marx, “el fetiche, o sea este valor de uso extraído, congelado, un aguje-
ro en alguna parte”46, aunque, “el objeto a no tiene valor de uso, ni tam-
poco valor de cambio”47, y el fetiche por excelencia es: la moneda48. Al
contrario del movimiento de reducción producido por Freud, la
variedad del fetiche que se muestra en ese lapso del recorrido de
Lacan parece ir a contrapelo de la apuesta freudiana. En todo caso,
es posible que la persistencia del término fetiche tenga como fun-
ción sostener esa contingencia del objeto que una llamada “satis-
facción” busca fijar. Para un sujeto cualquier cosa, un trapo, un
objeto, una actitud, un olor que podría considerarse sin ningún
valor, algo que rápidamente es calificado de degradado por el psi-
copatólogo, es clave en el erotismo. Hay tal indeterminación de los
trazos que recortan el objeto causa del deseo, que esa indetermina-
ción se replica en la variedad de escenificaciones fantasmáticas49,
en las que sobre todo es necesario constatar que lo sexual provoca
un agujero, al contrario de cualquier sospecha de materialidad que
pueda concebirse a partir del fetiche:
86
[…] cuando hablo de un agujero en la verdad no es, por supues-
to, una metáfora grosera, no es un agujero en la chaqueta, es el
n aspecto negativo que aparece en lo que atañe a lo sexual, justa-
50
mente por su incapacidad de revelarse.
á
Ese aspecto negativo conforma un doble agujero, por un lado, en el
c campo social, cuestión que puede darle otro sentido a la división
sciencia sexualis-ars erótica, sobre todo en su supuesta localización
a
1 Gilles Deleuze, Foucault, Les occidental y oriental. Podría decirse que Foucault utiliza el erotis-
éditions de Minuit, París, 1986 p. 58 mo oriental 51 para agujerear el erotismo occidental, pero no puede
t (Hay traducción al español: Foucault,
desconocerse que la búsqueda de occidentalización en los pueblos
Paidós, México DF, 1991)
e
R a q u e l C a p u r r o
orientales agujerea sus tradiciones y dispositivos52. Y si en el campo
social la patología psíquica crea monstruos, en la experiencia de cada
sujeto, se revela como una pathología. De un lado el padecer que
transforma en paciente, de otro, una pasión que trastoca. No es
casual que la escenificación llamada perversa convoque a un terce-
ro como forma de hacer presente la angustia53. Pero a diferencia de
otros cuadros perversos, la doble inscripción del fetichismo y su
polimorfismo, no permitirá que alguien grite la consigna
¡Fetichistas del mundo… uníos! El fetichismo y el fetiche seguirán
tan campantes, sea como trasgresión o como prescripción, sea
como verdad o como intensificación, sea bajo los modos de la patho-
logía o la normalidad. El fetichismo y el fetiche, normal y patológi-
co, resultan formas de bordear ese agujero que provoca lo sexual.
A lo sumo se podría aplicar una clásica fórmula: la perversión feti-
chista no existe… pero aún así54. Aún así, se seguirá metaforizando
el término fetiche, se continuará discurriendo sobre el fetiche
negro, y brillante, sobre el fetichista, fantoche de calabozo que saltó
a la fama de la pantalla. Se podrá constatar que fue expulsado a
puntapiés por la puerta y que entró por la ventana de la Web. El
fetiche patologizado y amado, sexual y mortal, fetiche-signo y feti-
che-significante, su saga seguirá atravesando generaciones de ana-
listas ya que sólo responde a la magia de una palabra:
Continuará…
87
2 David Labreure, Michel a
Foucault, Psychiatrie et médecine,
Mémoire on-line, 2003-2004. t
Consulta del 17-08-2007.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
La castración no es única, el uso del artículo definido no es sano, o bien hay que
emplearlo siempre en plural: siempre hay castraciones.
J. Lacan
Este trabajo pretende aplicar un zoom que recor-
te, en un campo amplio y complejo, algunas
pocas cuestiones que pueden permitimos captar
la estratificación del terreno en el que se sitúa el
tema de este coloquio y el nudo de problemas que
ahí se plantea. Estamos ante un tramado de sabe-
res definibles, según Deleuze,
[…] por sus dispositivos de combinación entre lo visible y lo
enunciable, en función de umbrales muy diversos, que luego
3 Exigiría un rodeo que excede sedimentaron en capas de palabras, algunas de las cuales des-
1
a este trabajo justificar por qué, sin aparecieron y otras persisten en circular .
desconocer a la llamada histeria
masculina, conservamos aquí la Estamos en problemas con nuestra lengua de supuestos expertos,
declinación gramatical del femeni-
88 problemas que emergen apenas damos forma a algunas preguntas.
no.
4 Usamos Histeria con mayús- ¿Por qué Freud construyó, críticamente sin duda, una psicopatolo-
cula, o el articulo en itálica la histéri- gía a partir de las clasificaciones psiquiátricas que circulaban
n ca, para referimos a la categoría
diagnóstica, y usamos el plural, las
entonces? ¿Por qué Lacan no abandonó el lenguaje de la psiquiatría
histéricas, para designar a las así lla- y de la psicopatología que heredó de Freud? ¿Por qué no constru-
á
madas a incluirse en esa clase. yó su teoría de la experiencia psicoanalítica con otra lengua, otros
5 Michel Foucault, Le pouvoir
términos? ¿Por qué siguió hablando de histeria en los años setenta?
c psychiatrique, Gallimard-Seuil, París,
2003, curso del 6 de febrero de ¿Qué nombra en esa época con esa palabra? Y yendo de nuevo al
a 1974. (Las citas pueden encontrarse cruce de caminos, ¿acaso esta persistencia de Lacan situaría para
fácilmente en la traducción al espa- nosotros una zona de divergencias con la actual psiquiatría que
ñol: El poder psiquiátrico, Fondo de
t Cultura Económica, [Link]., 2005. hizo desaparecer el nombre de “histeria” de su propio mapa, el
6 Ibid., p. 301 manual de diagnóstico, el DSM-IV? ¿Qué se conserva y qué se pier-
e
R a q u e l C a p u r r o
de en esa disparidad? ¿Cómo situarnos hoy ante ese lenguaje que
nos habita?
I. CON LOS LENTES DE M I C H E L F O U C A U LT
Estamos ante una cuestión de actualidad y también ante una his-
toria. ¿Qué método, qué camino puede ayudarnos a esclarecer
nuestras preguntas? Propongo proceder al modo de Michel
Foucault. Ese Foucault que prefirió la noción de “arqueología” a
la de “historia” diciendo que allí donde el historiador, en el senti-
do clásico, busca continuidades e inteligibilidad, el arqueólogo
del saber prestará atención a las rupturas y discontinuidades de
“la suma de los discursos efectivamente pronunciados”2. Y también
con ese Foucault que incita a desplegar, a partir de la actualidad,
de sus polémicas, casi al modo de un periodista, la genealogía
que, desde algún punto, emerge en el presente. Arqueología y
genealogía son dos articuladores metodológicos que nos parecen
imprescindibles para tratar el entramado entre psicopatología,
psiquiatría y psicoanálisis.
UN CORTE EPISTÉMICO EN LA DIACRONÍA DE LOS SABERES
Localicemos un aspecto de la cuestión: la emergencia de la psi-
quiatría en el siglo XIX como espacio de respuesta a los interrogan-
tes que la locura y las exigencias de disciplinamiento de la socie-
dad democrática e industrial planteaban al saber médico. La pro- 89
ducción de ese saber, según Foucault, estuvo regida en ese enton-
ces, (1820-1870) por su capacidad de responder a la pregunta, pro-
n
veniente a menudo del poder judicial, acerca de si alguien estaba
loco o no. ¿Actos amorales o inmorales?, preguntaron los jueces al
á
médico colocado en posición de experto. Con las respuestas se tejió
el saber y el poder del psiquiatra que debía decidir de la realidad o c
engaño, realidad o simulación de la locura en aquel a quien exami-
naba. A la vez, mediante la descripción de los síntomas, debía hacer a
un diagnóstico diferencial que le permitiera alojar al paciente en
alguno de los cuadros clínicos cuya descripción se acuñaba enton- t
ces. En esos años se forjó, en efecto, gran parte de la clasificación, 7 Ibid., p. 311.
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psicoanalizar o psicopatologizar
nominación y pronóstico –curable o incurable– de las llamadas
“enfermedades mentales”. El disciplinamiento, requerido como
medida social, supuso como horizonte de los “incurables” su dete-
rioro progresivo, la demencia, considerada, en ese entonces, como
un efecto de la locura.
En este punto preciso, en ese tobogán de supuesto no retorno a “la
realidad” surgió, entre las llamadas “enfermas mentales,” “un
frente de resistencia” compuesto por las llamadas histéricas3. La
manera de escapar al pronóstico de demencia, señala Foucault,
era ser catalogada como Histérica4. Constituyendo plásticamente
su cuerpo como portador de los más variados síntomas y esqui-
vando la realidad orgánica de los mismos, las histéricas, sin saber-
lo, hicieron de la erección visible de sus síntomas un escudo que
replanteaba la pregunta por su misma realidad. ¿Eran éstos frutos
del engaño o de una lesión? Puesta a prueba del saber psiquiátri-
co en su intento por transcribir las locuras en términos de sínto-
mas y de enfermedades mentales. Doble dificultad del médico en
sus tropiezos con las histéricas: escuchar a quien le habla para lle-
gar a constituirlo como perteneciendo o no a tal cuadro diagnós-
tico e integrar el cuerpo de las histéricas al cuerpo de la medicina,
punto de falla por donde las llamadas histéricas hicieron apare-
cer, con su decir y con sus síntomas, otro saber sobre el cuerpo, y
otro cuerpo también.
90 LA B ATA L L A D E LA SALPÊTRIÈRE
M. Foucault dedica una clase de su curso sobre El poder psiquiátri-
n
co5 a analizar lo que llama la « operación Charcot». Trata allí de la
particular entrada de la Histeria en La Salpêtriêre donde Charcot
á
desplegaba su enseñanza, su teatro, y en donde vivían internadas
c en ese momento unas cuatro mil mujeres6. Foucault analiza la
8 Cf. un ejemplo en Ibid., pp. situación en términos de una batalla entre esas mujeres y el saber-
a 321 y 323. poder médico.
9 Georges Didi-Huberman,
L’invention de l’hystérie, ed. Macula,
t París, 1982 Según Frédéric Gros, Foucault fabrica una versión de Charcot
10 M. Foucault, Op. cit., p. 324. como inventor del cuerpo neurológico, es decir de un cuerpo que
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ya no se abrirá para ver que tiene dentro -finalidad de la anatomía
patológica como modelo de la medicina- sino que obedecerá órde-
nes : “camine”, “levante un brazo”, “cierre los ojos y tóquese la nariz”,
etc. Con este dispositivo Charcot apuntaba a un doble objetivo que
concernía no sólo a las pacientes sino a la división en especialida-
des de la Medicina: llegar a decir que las llamadas histéricas no
eran locas sino enfermas y que por eso su lugar no era el asilo, sino
el hospital, en este caso, su servicio en La Salpêtrière en donde debí-
an ser tratadas por un neurólogo y no por un alienista. El cuerpo,
fundamentalmente aunque no exclusivamente el cuerpo femenino,
deviene el territorio-objeto donde se disputan métodos y fronteras
de los saberes médicos. La Histeria es el nombre de ese territorio
corporal en disputa. Se trata de establecer la naturaleza de sus sín-
tomas y el mapa de su territorio.
Como en toda batalla, Foucault propone distinguir distintos tipos
de maniobras, ya del lado del neurólogo Charcot, ya del lado de las
histéricas, y distintos momentos -tres actos- en la batalla de La
Salpêtrière.
ler acto: La primera maniobra médica fue buscar la organización
de un guión sintomatológico. Charcot habría propuesto un
negocio a la histérica: “voy a hacer de ti una verdadera enferma,
te voy a sacar tu mala fama de simuladora, pero con una condi-
ción: que regules tus síntomas”. Charcot, neurólogo, reclama-
ba constancia, y no caprichos, para poder universalizar la 91
lectura de los síntomas. Su primer cosecha fue la de los lla-
mados “estigmas de la histeria”.7 También las crisis debían
n
ser ordenadas y regulares, codificables en referencia al gran
modelo de las crisis epilépticas, y así surgió la “hístero-epi-
á
lepsia” diferenciable de la sintomatología epiléptica clásica
por sus movimientos ilógicos, sus actitudes pasionales c
(lúbricas y de temor) y por sus momentos de “delirio”. Las 11 Cf. Edouard Zarifian, Los jar-
así llamadas histéricas entraron en el juego, pero... proble- dineros de la locura, Espasa-Calpe,
a
España, 1990 y la revista
ma… ellas sobreagregaron, sobreactuaron, tanto que su tea- Confrontations psychiatriques nº
tro se tornó excesivo. Charcot se vio superado, desbordado 24, «Classification et psychiatrie», t
por su éxito. París, 1984.
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psicoanalizar o psicopatologizar
2do acto: Con la creación de los seguros sociales apareció una
nueva categoría de enfermos, los accidentados, en particu-
lar los accidentados de los ferrocarriles. Con ellos se plan-
teó el problema de enfermedades simuladas para provecho
del enfermo. Se impuso encontrar las formas de diferenciar
las perturbaciones postraumáticas de las simulaciones y
también de diferenciar a la histeria de las enfermedades de
los traumatizados. A partir de ese momento toda la aten-
ción y los exámenes se redistribuyeron en torno a la cues-
tión del trauma. Charcot introdujo la hipnosis y buscó por
esa vía activar la situación traumática y establecer la cone-
xión con los síntomas. Puso en juego así la paradoja de
construir un saber-poder ligado a la “obediencia” de la his-
térica hipnotizada.
3er acto: Se produjo allí la gran sorpresa de Charcot: la irrupción de
la sexualidad de esas mujeres cuyas manifestaciones él no
pudo admitir y que sólo sus discípulos documentaron8,
situación percibida por Freud que se preguntó: “Si lo sabe,
¿por qué no lo dice?” ¿Por qué Charcot no pudo aceptar la apa-
rición en el decir y en los síntomas, de la sexualidad de esas
mujeres? La respuesta está en un detalle que revela la
arqueología del saber médico: desde 1840 la doctrina acepta-
da por la comunidad médica era la enunciada por Jules
Falret que decía que la sexualidad manifestada lúbricamente
al médico no era una enfermedad, por lo que Charcot hubie-
92 ra quedado descalificado como médico si atendía aquello
que en su servicio rompía los ojos.
n
Pero, eso que no quiso saber Charcot quedó, sin embargo, fijo en
el registro fotográfico que constituye el Archivo fotográfico de La
á
Salpêtrière y que ha sido rescatado por Georges Didi-Huberman9.
c Las fotos permiten atisbar “la gran bacanal”, “la pantomima sexual
que él no debía ni ver ni decir”10, la escena mediante la cual las his-
a téricas, poniendo en juego una erótica, escaparon, en el dispositi-
vo médico, a la asignación de “traumatizadas” y de “simulado-
12 Ian Hacking, “Making up
t people” en London Review of Books, ras”. Foucault lee allí un triunfo y pone esta respuesta en boca de
vol. 28., nº 16, 17/08/06. la llamada histérica: “¿Quieres encontrar la causa de mis síntomas,
e
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esa causa que te permitirá patologizarlos y funcionar como médico?,
¿quieres ese traumatismo? y bien, tendrás toda mi vida, y no podrás
impedirte escucharme relatar mi vida y gesticular de nuevo y reactuali-
zarla sin cesar en esas mismas crisis”. Ese es el grito de victoria de la
Histérica. En esa batalla ganó. Logró hacer aparecer un nuevo
cuerpo: el cuerpo sexual que muestra, teatraliza, y (se) ofrece, con
sus demandas, al médico.
DE LAS CLASIFICACIONES PSIQUIÁTRICAS
¿Qué discontinuidad introdujo el dispositivo freudiano? ¿Qué se
aloja en los textos de Freud, bajo el nombre de “histeria”? ¿Cuál fue
la ruptura? Por allí comienza a plantearse un problema que se teje,
al menos, con tres hebras: una semántica, otra dinámica y otra lógi-
ca. Veamos las dos primeras:
La hebra semántica: Los diferentes cuadros nosográfícos creados en
el siglo XIX obedecían al afán taxonómico que desde Linneo se
imponía en los ámbitos de las ciencias. Jardineros de la locura11, los
alienistas, ahora psiquiatras, buscaron ordenar el herbario de las
flores del mal con la pretensión de circunscribir con un nombre una
patología mental, una enfermedad, identificada por cierto conjunto
de síntomas, a los que se suponía un substrato biológico que sería
a la larga identificado, como había sucedido con la sífilis. Las histé-
ricas pusieron en crisis dicho paradigma.
93
Ahora bien, el punto de anclaje de las psicopatologías arraiga en el
fracaso de la explicación orgánica. Pero con ese punto de anclaje no
n
es posible cuestionar el gesto clasificador del pathos humano ya que
este se despliega dentro de la estructura y consistencia del saber
á
médico, que divide su campo entre lo normal y lo patológico. Freud
propuso una psico-patología que apoyó en una lógica de clases -las c
clasificaciones del saber psiquiátrico- y que hoy percibimos como
una lógica ajena a la especificidad del saber analítico, el cual está a
13 [Link], ¿La construcción
ligado a la invención de un método de tratamiento que da lugar a
social de qué?, Paidos, Bs. As.,
la absoluta singularidad. 2001, en particular el Cap. 4 t
“Locura ¿biológica o construida?”.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
No hemos pues de ahorrarnos el análisis de ciertas paradojas que nos
envuelven con el uso del vocabulario de la psicopatología en la
medida en que hemos de advertir críticamente la trampa de una lógi-
ca clasificadora que reafirma la división entre normal y patológico, y
apunta a subsumir las particularidades en los rasgos comunes de
una clase de individuos. Esta cuestión concierne a las taxonomías en
general, a las psiquiátricas en particular y a nuestra adhesión acríti-
ca a ellas. Ian Hacking describe el escollo del siguiente modo:
Pensamos en muchas clases de gente como objetos de una inves-
tigación científica. A veces para controlarlos, como a las prosti-
tutas, a veces para ayudarlos como a los suicidas potenciales. A
veces para organizarlas y ayudarlos y a la vez para quedar a
salvo nosotros mismos, como a los pobres y sin techo. A veces
para cambiarlos por su propio bien y el de los demás, como con
los obesos. A veces nada más que para admirarlos, alentarlos y
quizá emularlos, como, a veces, con los genios. Pensamos en las
clases de gente como definida por ciertas propiedades que si las
conocemos nos permitirán controlar, ayudar, cambiar o emular
mejor. Pero las cosas no suceden así. Ellos son blancos móviles
porque nuestra investigación interactúa con ellos y los cambia.
El blanco se mueve. Llamo a esto efecto bucle. A veces nuestras
ciencias crean gente que en cierto sentido no existía antes.
12
Llamo a esto moldear a la gente .
Las clases creadas por la nosografía psiquiátrica, la Histeria, por
ejemplo, forman parte, del punto de vista sociológico y semántico
94 de las llamadas por Ian Hacking clases interactivas, es decir que los
clasificados pueden influir en lo que se clasifica, incluso en “la
matriz más amplia de instituciones y prácticas que rodean esa clasifica-
n
ción”. A diferencia de las clases “indiferentes” o “naturales”, como
las que obedecen a ciertos determinismos biológicos o físicos, estas
á
clases, cuyo tipo podemos ver en la Histeria de Charcot, producen
“ese bucle hacia atrás que obliga a cambiar las clasificaciones y el conoci-
c
miento que se tiene de ellas”.
a
Noción borrosa pero útil, admite Hacking, en particular en el
t campo de la psicopatología, en donde una supuesta patología P
dependería de factores complejos, como resultado de lo cual,
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R a q u e l C a p u r r o
“algo” puede pertenecer a la vez y bajo distinto sesgo a una clase
indiferente-natural y a una clase interactiva, doble pertenencia
con la que Hacking propone situar, por un lado, a las actuales
investigaciones biológicas y genéticas que pretenden esclarecer
los determinismos biológicos de las llamadas enfermedades men-
tales, y por otro, salvaguardar una incógnita que se situará en
algún otro lugar. Allí dónde se comenzó suponiendo que al nom-
brar una enfermedad mental se creaba una clase indiferente, en el
curso histórico se pudo percibir que «No había una patología P, ni
tampoco P1, P2 o P3».
¿Qué hacer entonces? ¿Suprimir el nombre, (opción que efec-
túa el DSM IV con el término de “histeria”) o conservar el nom-
bre, vaciado de sustancia, apostando a que de este modo no se
excluya lo que ciertas teorías de la referencia llaman “el beneficio
de lo nombrado”13? ¿Cuáles habrán sido los costos y beneficios para
Freud, y luego para Lacan, al plantear bajo el nombre de “histe-
ria” cuestiones nuevas, nacidas en la experiencia de una cura?
¿Vino nuevo en odres viejos?
Hacking toma ejemplo en el llamado “autismo” para interro-
garse:
¿Diríamos que cuando Kanner acuñó el nombre de “autismo
infantil” se refería a la patología P? [...] Sí, se refería a P, incluso
aunque él (al igual que nosotros) no tenía la más remota idea de
lo que realmente es el autismo, es decir P.
95
Así planteado, bajo los nombres de las llamadas enfermedades
mentales circuló y circula una cierta manera de distribuir y tratar
incógnitas en algún punto atribuibles a un supuesto sujeto, estan- n
do éste fuera del horizonte delimitado por el método científico. Las
psicopatologías insertaron esas incógnitas en sus cuerpos teóricos á
mientras que, extremando quizá otra opción, el actual manual de
diagnóstico, el DSM IV, simplifica la operación eliminando esos c
nombres, (Histeria, por ejemplo), prescindiendo de una teoría y por 14 Jean Allouch, Freud y des-
a
supuesto del examen de la compleja atribución a un “sujeto” de pués Lacan, Edelp, Bs. As., 1994.
síntomas que, supuestamente, lo incluirían en alguna categoría de 15 Tema que exploré en
Compte, actualidad de una heren- t
la actual nomenclatura de los “trastornos mentales”.
cia, Edelp, Bs. As., 1999.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
La hebra dinámica. Subraya Hacking que la dinámica de las clases
creadas, las antiguas o las actuales, es mucho más importante que
su semántica. Ni el discurso esencialista ni el constructivismo
social le parecen soluciones aceptables. Tampoco sostener ‘’el uso
de designaciones rígidas en relación con la enfermedad y el trastorno
mental”. Sin negar el uso instrumental que puede brindar la críti-
ca histórica, Hacking invita a pensar en la “dinámica de una clasifi-
cación” cuando esta concierne a las llamadas clases interactivas, es
decir examinar los llamados “efectos-bucle”: los cambios que se
producen cuando alguien se identifica como miembro de la clase
X. ¿Cómo reacciona, cómo se ajusta o se distancia? ¿Qué efectos
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h y
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a j r
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v
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R a q u e l C a p u r r o
de grupo aparecen? ¿Qué efectos en el saber que constituyó esa
categoría? ¿Y en las instituciones implicadas? Análisis sociológi-
co que no deja de ser revelador.
Desde este punto de vista, la dinámica de la dramatización histéri-
ca expuesta por Foucault no se detuvo en La Salpêtrière. Lo que
aconteció en el servicio de Charcot despertó a Freud, y le posibilitó
poco después, forjar con otras, igualmente llamadas histéricas, un
nuevo lugar: el dispositivo freudiano. ¿Se inició algo así como otro
capítulo bajo el mismo título? ¿De qué modo el cambio de disposi-
tivo modificó el saber, su lugar, su constitución misma, que se creía
asegurada bajo el nombre de Histeria? A ese “cuerpo sexual” que
la Histérica hizo hablar, ¿qué saber le corresponde? La mostración
sexual que las histéricas practicaron en La Salpêtrière ofició como
núcleo de resistencia al saber médico que encarnaba Charcot.
Dejándose conducir por el decir de las llamadas histéricas Freud
localizó otro tipo de saber, el de una razón-resonante, particular,
ligado a los sueños, a los síntomas de cada cual, al que llamó das
Unbewusste, el inconsciente.
La lógica de las clasificaciones psiquiátricas impregnó a las psico-
patologías que se elaboraron, incluso con la activa participación de
Freud, pero ya no podemos ignorar el alcance de la ruptura episte-
mológica que introdujo esa, su invención. De allí proviene la situa-
ción paradójica en que nos encontramos respecto a la psicopatolo-
gía y al estatuto de una nomenclatura cuyos nombres aspiran, más 97
o menos larvadamente, a la consistencia de verdaderos conceptos.
Con Lacan, que, por un lado, radicalizó la oposición estructural
n
entre psicosis y neurosis, y que, por otro, avanzó en el cuestiona-
miento lógico del alcance de las proposiciones universales, la para-
á
doja se hace más patente.
c
II. EL PSICOANÁLISIS, INVENCIÓN DE UN MÉTODO
a
Siguiendo la propuesta de Jean Allouch14, propongo considerar al
16 Palabra de origen griego que
psicoanálisis como un método que Freud construyó, no sin las refiere a la absoluta particularidad t
histéricas, en los márgenes de la ciencia -pero teniéndola en el hori- de aquello que califica de “idios”.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
zonte- un nuevo método para abordar la subjetividad15. Se delimi-
tó así un campo a explorar, mediante ciertas reglas que permiten el
despliegue de otra forma de decir y que Lacan precisa como la
emergencia de un nuevo discurso. Este camino que así se abre no
condujo, ni conduce, a una nueva objetividad ni a la síntesis de un
saber sobre sí mismo. Por el contrario –dicho en términos foucaul-
tianos– lo que se inauguró fue una vía de subjetivación, mediante
un análisis que se hace con los desechos del supuesto saber racio-
nal. Sueños, síntomas, lapsus, chiste: con Freud la razón misma
cambia de lugar, el saber cambia de localización y el amor entra en
juego en las resonancias de lalangue.
La experiencia subjetiva de un análisis revaloriza su exclusión del
discurso objetivante de la ciencia mediante el descubrimiento de otro
espacio que pone en juego saber y verdad en tanto atañen al sujeto.
Por esta vía no se accede a una ciencia del sujeto sino que el sujeto
que hace ciencia puede también encontrar en ese espacio, en la aven-
tura de su decir, la posibilidad de “cierto juego de la verdad”.
Digamos un poco abruptamente que así, con este dispositivo y por
el decir de las histéricas, llegó, por ejemplo, la cuestión femenina al
diván de Freud. Su sexualidad en el lenguaje de sus síntomas y de
sus sueños. A partir de su escucha Freud intentó teorizar esa expe-
riencia, es decir construir una teoría que permitiera otro acerca-
miento a las paradojas de la histeria, a su insatisfacción, a su
98
demanda, a su cuerpo, a su “engaño” (proton pseudos). Esa teoría se
presentó con el formato de una nueva psicopatología que tomó a
n los mitos como sus ejes analíticos (Edipo, Narciso), referencia que
produjo un primer obstáculo para situar la ineludible referencia de
á la época a la normalidad y a la patología. Basta pensar en la teoría
de la degeneración vigente tras las clasificaciones de la sexología
c 17 Guy Le Gaufey, El notodo de emergente (Krafft-Ebing, por ejemplo) para calibrar el corrimiento
Lacan, Ed. Literales y Cuenco del de parámetros que pone en juego el texto freudiano. Sin embargo...
a plata, Bs. As., 2007. De imprescindi-
ble lectura. Daré las referencias del
debiéramos detenernos en los nuevos impasses que aparecen tem-
texto francés, Le pastout de Lacan, pranamente en los historiales –el de Freud y Dora, el de Freud y la
t Epel, París, 2006. llamada «joven homosexual».
18 Ibid, pp. 108-109.
e
R a q u e l C a p u r r o
Pero, vayamos de un salto a la crisis teórica que hizo patente el
punto de opacidad sexual adonde fueron conducidos los analistas
en la escucha del decir de las histéricas: me refiero al gran debate
sobre la sexualidad femenina que se desarrolló entre 1927 y 1935
entre la escuela vienesa, encabezada por Freud, y la escuela ingle-
sa, liderada por Jones. Muchas discusiones actuales muestran que
sigue virtualmente presente la forma en como se dividieron las opi-
niones en aquel entonces.
La cuestión femenina, se coló por el sesgo de la cuestión histéri-
ca, y dio lugar a un debate cargado de pasión, sesgado y parcial,
que fue interrumpido por la guerra, y que encontró cauce para su
vehemente retorno, en los años setenta en el París de Jacques Lacan
y de la gran oleada del movimiento feminista. Fue pues bajo el
nombre de histéricas que las mujeres comenzaron a hacerse escu-
char y sorprendieron a los analistas. Estos, hombres y mujeres, se
debatieron en la elaboración de una normalidad y de una psicopa-
tología referida a la sexualidad femenina tal como aparecía en el
dispositivo analítico. Así se encontraron divididos entre una inter-
pretación naturalista de la diferencia de los sexos (Jones) versus la
primacía fálica para ambos sexos (Freud).
El nuevo método exigía una producción teórica nueva, pero ésta se
hizo en los carriles marcados por la medicina: pensar lo normal (de
la sexualidad) a partir de lo patológico; producir una psico-patología
(de la sexualidad) acorde ya no a la semiología tal como aparecía en
el dispositivo hospitalario y psiquiátrico de la época, sino tal como 99
advenía en el dispositivo freudiano. Seguía quedando fuera, impor-
ta subrayarlo, el cuestionar como pertinentes en la práctica analítica
los parámetros que dividen al campo entre normal y patológico. n
á
Sin embargo, hoy podemos visualizar hasta qué punto el nuevo 19 S. Freud, Obras completas, t.
dispositivo exige una nueva lógica, y con ella la reformulación del XIV, Amorrortu, Bs. As., 1979, p.
112. c
campo teórico de una práctica que está ante la disyuntiva de des- 20 Ibid., p. 259.
gajarse o no de la práctica médica, permitiendo se resalte, entonces 21 Le Gaufey, op. cit., p.115. a
sí, su idiosincrasia16. La enseñanza de Lacan, su remodelación teóri- 22 Agradezco a Guy Le Gaufey
ésta y otras precisiones que apare-
ca del psicoanálisis, permite asentir hoy a esa disyunción entre el t
cen en este artículo y que son fruto
saber científico del médico psiquiatra y el saber del psicoanalista. de nuestra correspondencia.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
Apoyemos esta orientación en la tercera de las hebras menciona-
das, la lógica.
DE OTRA LÓGICA EN JUEGO
Según Guy Le Gaufey17 es posible sacar “algunas consecuencias clí-
nicas de la diferencias lógicas entre los sexos” tal como las despliega
Lacan en la última década de su enseñanza. Después del riguroso
análisis de las llamadas “fórmulas de la sexuación”, Le Gaufey
avanza en el último capítulo de su libro para establecer que
Lacan, al dejar caer la naturaleza supuestamente complementaria
de hombres y mujeres, deja caer el mismo tipo de lógica que divi-
de al ser vivo entre normal y patológico. En ambos casos se supo-
ne silenciosamente un mundo, un dato cerrado, bien circunscrito,
que luego se divide vistosamente en dos partes opuestas y com-
plementarias, con la imparable consecuencia de que, estar ausen-
18
te de un lado equivale a estar presente del otro .
Así organizado por una lógica clasificadora, el mundo de los
humanos ha sido dividido, por ejemplo, entre hombres y mujeres,
entre normales y anormales. También las grandes divisiones de la
psicopatología, neurosis, psicosis y perversión, se fundaron en
esa lógica, así como los subconjuntos, en donde los rasgos comu-
nes permitieron configurar los conceptos de Histeria, Neurosis
obsesiva, Esquizofrenia, etc. También así se han ordenado las
100
prácticas sexuales en función de su no inclusión en la heterose-
xualidad normativa. La pertenencia de los individuos a una u otra
clase obedece a la pretensión lógica de cualquier concepto de
n
valer como universal para todos los individuos que pertenezcan a
á su conjunto. Tal es el fundamento lógico de todas las elaboracio-
nes psicopatológicas, razón por la cual la crítica sociológica de Ian
c Hacking resulta insuficiente y ha de redoblarse con otra más espe-
23 Me refiero a los trabajos del cífica que haga pie en la experiencia misma del psicoanálisis, en
a
Dr. Ricardo Bernardi y colaboradores.
su particularidad lógica.
24 G. Le Gaufey, op. cit., p. 121.
25 Citado por Le Gaufey, p.
t 131. Ya Freud puso en guardia a sus discípulos acerca del uso de los
26 Ibid, p.134. conceptos cuando en la introducción a “Las pulsiones y sus desti-
e
R a q u e l C a p u r r o
nos” retoma el término de “pulsión” para afinarlo19. Tampoco vaci-
la en salirse de la lógica universal de las clasificaciones en su artí-
culo titulado “Sobre un caso de paranoia que contradice la teoría
psicoanalítica” (1915)20, que Le Gaufey analiza como ejemplar.
Con Lacan el psicoanálisis fue adquiriendo el perfil de un saber
dotado de una particular consistencia: el temario RSI, la incom-
pletud del Otro, el objeto a, la singularidad de lalangue, el estatu-
to del sujeto, son piezas que fueron construyendo una topología
que no se puede reducir a la de un todo divisible en partes com-
plementarias. De modo ejemplar, las fórmulas de la sexuación,
retomadas por Guy Le Gaufey, plantean hoy, la inconveniencia
para el psicoanálisis del manejo clásico del concepto en su dimen-
sión de universalidad.
Privilegiando con su notodo, el aspecto restrictivo de la particu-
lar negativa que hace fracasar de igual modo a la universal afir-
mativa y a la negativa, Lacan, a la vez que da la razón a la len-
21
gua, vacía a las universales de su ontología residual .
La teorización de Lacan desestabiliza los equilibrios conceptuales
y, perturbando la clasificación mayor entre neurosis y psicosis, que
él mismo apuntaló, abre la pregunta acerca de qué tipo de teoría 27 Georges Canguilhem, Lo
normal y lo patológico, Ed. Siglo
requiere la práctica analítica y en particular ¿qué uso y manejo XXI, 6ta., Bs. As., 1984, cap. 2.
hacer de los conceptos en la “fatídica pareja” teoría-práctica, así 28 Cf. J. Lacan, La transferen-
101
como de los términos opuestos de normal y patológico en la medi- cia, Paidós, Bs. As., 2003, p. 84 y El
objeto del psicoanálisis, seminario
da en que pretenden enunciar universales que abarcarían a “todos
inédito, sesión del 1º de diciembre
los individuos” subsumidos bajo tal o cual categoría? de 1965. n
29 “La Troisième”, CD-R “Pas-
De allí surge, aunque Lacan no la plantea, una antinomia entre psi- tout Lacan”: “Le symptôme est irrup-
tion de cette anomalie en quoi con- á
copatología y psicoanálisis, antinomia que objeta a la circulación siste la jouissance phallique,pour
del sintagma “psicopatología psicoanalítica” tan habitual en nues- autant que s’y étale, que s’y épa- c
tros intercambios22. nouit ce manque fondamental que
je qualifie du non-rapport sexuel”.
a
(traducción R.C).
Ahora bien, la instancia crítica que hemos desarrollado hasta aquí 30 En CD-R Pas-tout Lacan,
no puede dejamos varados en su momento negativo. Con ella, al “Préface à l’éd.. allemande des t
priorizar la relación conflictiva, incongruente, entre la existencia de Ecrits”, oct. 1973. (traducción R.C).
e
psicoanalizar o psicopatologizar
cada cual y cualquier concepto, se vislumbra también la posibilidad
de otro planteo. El orden de las existencias, señala Le Gaufey, tiene
una consistencia diferente al orden conceptual que no funciona
como un mapa que permitiría encontrar caminos seguros y estable-
cidos de antemano. Una cierta lectura del artículo de Lacan sobre
“La dirección de la cura” ha creído válido fundar el uso de la psico-
patología como guía de viaje de la cura de un novel analizante. Sin
duda, las sorpresas de cada cura desbaratan con su particularidad
esta ilusión que escamotea el aspecto central de la experiencia ana-
lítica como puesta en juego de una existencia irreductible, ella, en un
sentido estricto, a cualquier juego conceptual. El intento de valida-
ción de dicha experiencia con procedimientos estadísticos, tal como
lo sostienen algunos analistas en Montevideo23, se revela como el
colmo de lo antagónico con su especificidad.
Si con Lacan - como lo sostiene Le Gaufey (y acordamos con él)- le
damos preeminencia a la existencia, logramos una doble ventaja:
preservar el carácter irreductible del sujeto, y no atentar gratuita-
mente contra el orden conceptual24. Cada existencia hace excepción
a la universalización, no por su rareza, sino por ser un fenómeno
cualitativo, irreductible, que el método analítico pone en juego
mediante una lógica refractaria a la cantidad. De este modo los tér-
minos de la teoría, como ya lo percibió Freud, se aproximan al uso
que describe Walter Benjamín cuando dice que “la palabra de algún
modo es parodia”25 de aquello que refiere.
102
El existente se encuentra plantado aparte, extraído de las deter-
minaciones simbólicas que soporta y que eventualmente lo
n determinan en su recorrido pero con las cuales no se confunde.
26.
Esa x merece llamarse “sujeto”
á
¿ PAT O L O G Í A O ANOMALÍAS?
c
En muchas oportunidades Foucault señaló el efecto disciplinario
a del saber analítico producido desde la medicina y en particular
31 Ibid.
desde la psiquiatría y, aunque la división normal /patológico no
32 En CD-R Pas-tout Lacan,
t “Propos sur l’hystérie”, 1977. (Trad. puede ser considerada una división propia del saber freudiano,
RC). esta dupla no dejó de pesar en sus elaboraciones sobre la psico-
e
R a q u e l C a p u r r o
patología de la sexualidad, así como no dejaron tampoco de pesar
los prejuicios de género.
Debemos a Georges Canguilhem el realce de una distinción entre
“anormalidad “ y “anomalía” que puede ser pertinente recordar. El
término “anomalía” es tomado de la zoología en donde se aplica a
ciertos animales que, por su organización y sus caracteres insólitos,
se encuentran aislados en la serie. Canguilhem subraya el carácter
empírico o descriptivo de esta categoría por la que el individuo
escapa a la norma estadística, y expulsa la noción normativa. “La
anomalía es aquel hecho de variación individual que impide que dos seres
puedan reemplazarse mutuamente de manera completa”27. En esa línea
se puede decir que en la experiencia analítica no hay dos síntomas
obsesivos iguales, ni tampoco los síntomas de las histéricas lo son,
aunque haya parentescos en las rarezas, ciertos “aires de familia”,
ciertos “juegos de lenguaje” afines, para decirlo en términos witt-
gensteinianos. Lacan, que no ignoraba a Canguilhem28, parece
entenderlo así cuando escribe: “El síntoma es irrupción de esa anoma-
lía en la que consiste el goce fálico, en la medida en que se despliega allí esa
falta fundamental que califico como ‘non-rapport sexuel’”29.
Vuelvo entonces a la pregunta ¿para qué conservar los antiguos
nombre de histeria, fobia, perversión bajo los cuales se ocultaron
prejuicios esencialistas? ¿Pueden dejarse caer los nombres y sólo
conservar la clasificación de los síntomas? (opción del DSM-IV)
¿Acaso el síntoma elaborado en el saber médico es de igual natura- 103
leza del que aparece en el saber analítico? ¿Es clasificable?
n
BAJO EL NOMBRE DE…
á
¿Qué relación se estableció entre los nombres de la taxonomía here-
dada de la psiquiatría y la dinámica de las conjeturas acerca de lo c
que ocurría en las curas analíticas? A modo de indicadores en una
ruta a proseguir señalaremos, para concluir esta etapa, dos textos a
33 J. Lacan, “Propos sur l'hysté-
de Lacan. El primero, fechado en octubre de 1973, es el “Prefacio a
rie”, op. cit.,
la edición alemana de los Escritos”30. Recorto allí la manera con la 34 Ibid. t
35 Ibid.
e
psicoanalizar o psicopatologizar
que Lacan situó el problema.
[...] la cuestión comienza a partir de esto, que hay tipos de sín-
tomas, que hay una clínica. Sólo que pasa esto: ella es anterior
al discurso analítico [...] y que éste aporte allí luz es seguro
pero no cierto.
¿Esa luz se encendería acaso recurriendo a las igualdades en las
estructuras llamadas psicopatológicas?, puede ser –admite Lacan–
pero, allí yace un obstáculo: la igualdad de estructura no implica
igualdad de sentido y menos aún cuando la estructura alcanza el
nivel del decir31, por lo que –concluye- “[...] los sujetos de un tipo no
tienen utilidad para los otros del mismo tipo. Se puede concebir que un
obsesivo no pueda dar el menor sentido al discurso de otro obsesivo.”
Vayamos al segundo texto. Se trata de una conferencia,
“Propósitos sobre la histeria”, del 26 de febrero de 1977, pronun-
ciada en Bruselas y publicada en la revista belga Quarto32. Después
de reconocer la historicidad de la llamada histeria y de situar
el activo papel que jugaron ellas en la invención de Freud y el
activo papel del psicoanálisis en una transformación social de
la histeria, Lacan pregunta:
¿Qué reem-
plaza a esos
síntomas his-
téricos de
otros tiem-
104 pos? ¿No se
ha desplaza-
do la histeria
n en el campo
social? ¿No la
á habrá reem-
plazado la
c chifladura
psicoanalíti-
ca?
a
Centra enton-
t 36 Ibid.
37 Ibid.
ces su atención en los síntomas y en sus desplazamientos para
e acentuar la especificidad de la experiencia freudiana. ¿Qué quiere