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FRANCISCO BACON
(1561-1626)
Necesidad de la nueva lógica.
En cuanto a aquellos que le han otorgado el primer lugar a la lógica, figurándose que
las ayudas más seguras a las ciencias se encontrarían allí, ellos sí han percibido verdadera y
excelentemente que si se permite al intelecto humano que siga su curso, no se puede confiar
en él, pero entonces el remedio es demasiado débil para la enfermedad y tampoco está libre en
sí de todo mal. Porque la lógica que es recibida, aunque se aplique muy correctamente a
asuntos civiles y a aquellas artes que se basan en el discurso y la opinión, no es
suficientemente sutil ni con mucho para hacer frente a la naturaleza. Y al intentar lo que no
puede dominar, ha hecho más para establecer y perpetuar el error que para abrir el camino
hacia la verdad. (pág. 12)
No quisiera que se me interpretara como que absolutamente nada se ha hecho durante
tantos siglos a través de tan grande labor (…) Pero así como en épocas anteriores, cuando
navegaban los hombres sólo por la observación de las estrellas, podrían desde luego costear
por las orillas del viejo continente o cruzar unos pocos y pequeños mares mediterráneos, pero
antes de que se pudiera atravesar el océano y descubrir el nuevo mundo, tuvo que descubrirse
el uso del compás de los marineros, como una guía más fiel y segura, así mismo los
descubrimientos que se han hecho hasta ahora en las artes y las ciencias son los que se pueden
lograr mediante la práctica, la meditación, la observación, la argumentación, porque se
encuentran cerca de los sentidos e inmediatamente debajo de las nociones comunes; pero
antes de que podamos alcanzar las partes de la naturaleza más remotas y ocultas, es necesario
que se introduzca un uso y una aplicación más perfectos de la mente y el intelecto humano.
(pág. 13)
Y por estos medios creo haber afirmado para siempre un matrimonio verdadero y
legítimo entre las facultades empírica y racional, cuyo divorcio y separación cruel y
malhadada ha lanzado a la confusión los asuntos de la familia humana. (pág. 13)
Las ciencias hoy no nos enseñan ni a hacer nuevas conquistas ni a extender nuestra
industria. (pág. 38)
Las ciencias en su estado actual no pueden servir para el progreso de la industria, la
lógica que hoy tenemos no puede servir para el adelanto de la ciencia. (pág. 38)
Importancia de la Inducción.
La segunda parte pertenece a la doctrina sobre el uso mejor y más perfecto de la razón
humana en las investigaciones de las cosas, y de las ayudas fidedignas del entendimiento para
que el intelecto así pueda (hasta donde permite la condición mortal y humana) ser elevado y
exaltado y hecho capaz de superar las dificultades y oscuridades de la naturaleza. El arte que
presento con este criterio (que denomino la Interpretación de la naturaleza) es una especie de
lógica, aunque la diferencia entre él y la lógica ordinaria es grande, verdaderamente inmensa.
Pues la lógica ordinaria pretende inventar y preparar ayudas y resguardos para el
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entendimiento, como la mía; y en este único punto están de acuerdo. Pero la mía difiere de
ella en tres puntos, a saber: en el fin pretendido, en el orden de la demostración y en el punto
de partida de la investigación.
Pues el fin que esta ciencia mía pretende es el descubrimiento no de argumentos sino
de artes (...) no de probables razones sino de indicaciones e instrucciones para obras. Y puesto
que la intención es distinta, lo es también el efecto, siendo el efecto de una el triunfo sobre un
adversario en una discusión y de la otra el control de la naturaleza en la acción.
La naturaleza y el orden de las demostraciones también están de acuerdo con este fin.
Pues en la lógica ordinaria casi todo el trabajo se centra en el silogismo. Sobre la inducción
parecen casi no haber pensado seriamente los lógicos, sino que apenas se fijan en ella al pasar
de prisa hacia las fórmulas de la disputa. Yo, por el contrario, rechazo la demostración
mediante el silogismo por ser un procedimiento demasiado confuso y permitir que la
naturaleza se le escape de las manos. Pues aunque nadie puede dudar que aquellas cosas que
concuerdan en un término medio concuerdan entre sí (lo cual es una proposición de certeza
matemática), sin embargo hay una brecha por donde puede entrar el fraude, a saber: El
silogismo consiste en proposiciones, las proposiciones en palabras; y las palabras son los
indicios y las señas de las nociones. Ahora bien, si las nociones de la mente (que son como el
alma de las palabras y la base de toda la estructura) son abstraídas incorrecta y demasiado
precipitadamente de los hechos y son vagas, insuficientemente definidas y, para ser breve,
defectuosas desde muchos aspectos, se cae el edificio entero. Luego, rechazo el silogismo, y
eso no sólo en cuanto a principios (pues los mismos lógicos no lo aplican a principios) sino
que también en cuanto a proposiciones medias, pues aunque se puedan sin duda obtener
mediante el silogismo, cuando así se obtienen son estériles en cuanto a obras, alejadas de la
práctica y del todo inútiles para la parte activa de las ciencias (...) al tratarse de la naturaleza
de las cosas, uso la inducción en todo, tanto en las proposiciones menores como en las
mayores.
Luego sigue que el orden de la demostración queda asimismo invertido. Porque hasta
ahora el procedimiento ha sido lanzarse de inmediato de la percepción y lo particular hasta las
proposiciones más generales como ciertos polos fijos alrededor de los cuales girará la
discusión, y a partir de allí, derivar el resto mediante los términos medios. Es sin duda un
camino corto, aunque precipitado, y un camino que nunca llevará a la naturaleza aunque
ofrezca una vía fácil y dispuesta hacia la disputa. Mi plan es proceder regular y gradualmente
de un axioma a otro, de modo que los más generales no son alcanzados hasta el final, pero
cuando uno finalmente los alcanza, uno no encuentra que son nociones vacías sino bien
definidas y tales que la naturaleza las reconocería verdaderamente como sus principios
primeros y tales como se encuentran en el corazón y meollo de las cosas.
Pero el cambio más grande que presento está en la forma misma de la inducción y el
juicio al que se llega por ella. Pues la inducción de la cual hablan los lógicos, que procede por
enumeración sencilla, es una cosa pueril; concluye al azar; siempre capaz de ser trastornada
por un caso contradictorio; toma en cuenta sólo lo conocido y ordinario y no lleva a ningún
resultado.
Ahora bien, lo que necesitan las ciencias es una forma de inducción que analice la
experiencia y la desmonte, y mediante un proceso debido de exclusión y rechazo, lleve a una
conclusión inevitable. (Instauratio Magna, Plan de la obra). (pág. 17-18)
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En busca de la forma.
1. El concepto de forma.
La extrema imperfección de la ciencia, tal como hoy existe, se manifiesta hasta por las
mismas ideas vulgares generalizadas sobre un objeto. Se dice con razón, que conocer
verdaderamente, es conocer por las causas. Se establece también que hay cuatro especies de
causas: la materia, la forma, la causa eficiente y la final. Pero dista tanto la causa final de
servir a las ciencias, que más bien las corrompe, a menos que se estudie las acciones del
hombre. El descubrimiento de la forma es considerado como imposible. En cuanto a las
causas eficiente y material, tal como se las investiga y admite, lo más lejos posible y sin el
proceso latente hacia la forma, nada hay más superficial y que menos relación tenga con una
ciencia verdadera y fecunda. No olvidemos que anteriormente hemos señalado y corregido el
error del espíritu humano por el cual se atribuye a las formas cuanto de más importante hay en
la esencia. Aun cuando en la naturaleza no existen verdaderamente más que cuerpos
individuales que realizan actos puramente individuales sujetos a una ley, en la ciencia, sin
embargo, es esa ley, es la investigación, el descubrimiento y la explicación de la ley, lo que
constituye el fundamento, tanto del conocimiento como de la práctica. Esa ley y sus cláusulas
(modalidades) es lo que nosotros comprendemos bajo el nombre de formas, conservando así
una expresión generalmente extendida y familiar al espíritu. (pág. 87)
2. La investigación de las formas.
(Tablas de presencias, ausencias y grados)
Se procede así a la investigación de las formas: sobre la propiedad dada, es preciso
ante todo hacer comparecer ante la inteligencia todos los hechos conocidos que ofrecen
aquella misma propiedad, aunque en materias muy diferentes. Es preciso hacer esa
recolección a la manera del historiador, sin teoría preconcebida y sin demasiado sutilidad…
Esta es la que nosotros llamamos tabla de ser y de presencia. (pág. 92)
En segundo lugar es preciso hacer comparecer ante la inteligencia todos los hechos en
los que no se encuentra la propiedad dada, pues como hemos dicho, la ausencia de la
propiedad dada implica la ausencia de la forma lo mismo que la presencia de la una, implica
la presencia de la otra. Pero citar todos estos hechos, sería empresa interminable.
Por eso es preciso poner los hechos negativos, al lado de los afirmativos, e investigar
la privación de la propiedad, sólo en los sujetos que más relación tienen con aquellos en los
que la propiedad existe o aparece. Esto es lo que nosotros llamamos tabla de desaparición o
de ausencia en los análogos. (pág. 93)
En tercer lugar es preciso hacer comparecer ante la inteligencia los hechos que
presentan la propiedad estudiada, en grados diferentes, ya sea comparando el aumento y la
disminución de la propiedad en el mismo sujeto, ya comparando la misma propiedad en
sujetos diferentes (…) A esta tabla la llamamos nosotros tabla de grados o de comparación.
(pág. 99)
El servicio y obra de estas tres tablas es lo que nosotros tenemos costumbre de llamar
la comparecencia de los hechos ante la inteligencia. Lograda esta comparecencia, se debe
trabajar por la inducción. Es preciso encontrar en la comparecencia de todos y cada uno de los
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experimentos una propiedad tal, que esté en todas partes presente o ausente, que aumente o
disminuya con la propiedad dada, y que sea, como más arriba hemos dicho, la limitación de
una naturaleza más general. (pág. 105)
Es, pues, preciso operar en la naturaleza soluciones y descomposiciones no por el
fuego, si que por la inteligencia, como por una especie de fuego divino. El primer trabajo de la
inducción verdadera, en lo que concierne al descubrimiento de las formas consiste en la
separación y exclusión de cada una de las propiedades que no se encuentran en todas las
experiencias en que se presenta la propiedad dada, o que aparecen en algunos experimentos en
que la propiedad dada no se encuentra, o que se ve aumentar en ciertos experimentos cuando
decrece la propiedad dada, o decrecer cuando aquélla aumenta. Sólo entonces, y en segundo
lugar, después de haber procedido a la separación y a la exclusión, según las reglas, quedará
en el fondo, por decirlo así, la forma cierta, sólida, verdadera y bien determinada por haber
desaparecido como humo todas las ideas vanas. Este trabajo que aquí se indica en pocas
palabras, no se realiza en la práctica sino a través de numerosas dificultades y rodeos. (pág.
106)
El experimento.
La tercera parte de la obra comprende los fenómenos del universo, es decir, todo tipo
de experiencia y una Historia Natural tal que pueda servir de base para edificar la filosofía.
Pues un buen método de demostración o forma de interpretar a la naturaleza puede impedir
que se desvíe la mente o tropiece pero ningún método, por excelente que sea, puede proveerla
del material del conocimiento. (pág. 20)
Ahora, respecto a su cuerpo y composición, mi intención es que sea una historia no
sólo de la naturaleza libre (…) –como de los cuerpos celestes, los meteoritos, la tierra y el
mar, los minerales, las plantas y los animales- sino que mucho más de la naturaleza cohibida e
irritada; es decir, cuando mediante la pericia del hombre se le fuerza fuera de su estado natural
y se le oprime y se le moldea (…) Más aún (…) yo (…) de hecho dependo más de esta parte
en lo que respecta a ayudas y defensas, que de cualquier otra, visto que la naturaleza de las
cosas se muestra más pronto bajo las irritaciones del arte que en su estado natural de libertad.
(pág. 21)
Hemos creído que nuestro método nos obligaba también a investigar los medios de
determinar las cantidades comparativas de los cuerpos tangibles y de los fluidos aeriformes.
He aquí el experimento que hemos imaginado para lograrlo. Tomamos una redoma de vidrio
de una onza de cabida aproximadamente, sirviéndonos expresamente de una vasija pequeña
para que poco calor bastase a producir la evaporación siguiente. Llenamos la redomita de
espíritu de vino, hasta cerca del cuello, escogiendo el espíritu de vino, porque la tabla
precedente nos había enseñado que de todos los cuerpos tangibles (siempre excepción hecha
de las substancias porosas), es el que tiene menor densidad. Pesamos el frasco lleno;
seguidamente tomamos una vejiga de cabida dos pintas aproximadamente. Exprimimos el aire
de ella hasta que las paredes de la vejiga se tocasen. Previamente habíamos untado la vejiga
con una ligera capa de aceite para que la porosidad, caso de tenerla, no perjudicase al
experimento. Introdujimos el cuello de la redoma en la vejiga y lo atamos fuertemente con un
hilo encerado para que hubiese la adherencia más estrecha posible entre el cristal y su
envoltura. Coloqué entonces el frasco sobre un hornillo de carbón. Poco después, el vapor o la
exhalación del espíritu de vino, dilatado por el calor y convertido en fluido impalpable, hinchó
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la vejiga con un movimiento continuo, hasta que por fin la hinchó por completo como el aire
hincha una vela. Entonces quité del hornillo la redoma y la puse sobre una alfombra, a fin de
que un enfriamiento súbito no la hiciera estallar, y al mismo tiempo practiqué un orificio en el
extremo superior de la vejiga para que el vapor, alejado del hornillo, no se convirtiera
nuevamente en líquido, perturbando nuestro experimento. Tomadas estas precauciones
pesamos nuevamente la redoma y lo que en ella quedaba de espíritu de vino. La comparación
de pesos nos hizo conocer la cantidad de espíritu que se había transformado en vapor.
Comparando enseguida los volúmenes sucesivos ocupados por aquella cantidad de espíritu, en
un principio en estado líquido en la redoma, luego en estado de vapor en la vejiga, pudimos
obtener el resultado deseado, el experimento nos demostró que en estado de vapor aquel
cuerpo ocupaba un espacio cien veces mayor que antes. (pág. 143)
Entre los hechos preferentes asignaremos el decimoctavo lugar a los hechos del
camino, que llamamos también hechos itinerarios y articulados. Estos son los que muestran
los movimientos gradualmente continuados de la Naturaleza. Es un género de hechos más
bien no observado que no distinguido, pues los hombres a este respecto tienen una negligencia
pasmosa; observan la Naturaleza corriendo y a intervalos, cuando los cuerpos están
terminados y completos y no en trabajo de su elaboración. No obstante, quien quiere conocer
los secretos y el talento de algún hábil obrero, no desea sólo ver los materiales toscos y
groseros y luego la obra con ellos hecha, sino que sobre todo desea estar presente cuando el
obrero trabaja y elabora los materiales.
Este mismo método hay que seguir para estudiar la Naturaleza.
Por ejemplo, si se quiere estudiar la vegetación de las plantas, es preciso seguirla desde
el momento en que es sembrado el grano (todo lo cual puede hacerse sin dificultad, sacando
diariamente de la tierra hoy un grano sembrado la víspera, mañana otro sembrado dos días
antes, y así sucesivamente), espiando la hora en que comienza a hinchar y llenarse en cierto
modo de espíritu, observando cómo rompe su envoltura, proyecta sus fibras, subiendo de
abajo a arriba por sí misma, a no ser que el suelo le oponga demasiada resistencia; cómo se
proyectan sus fibras, unas hacia abajo, que son las futuras raíces; a veces se extienden
horizontalmente si la tierra en ese sentido es más fácil de romper, persiguiendo de esta suerte
todas las fases de la vegetación. El mismo método hay que emplear para estudiar la eclosión
de los huevos; se puede seguir fácilmente los progresos de vivificación y de organización,
observar lo que se engendra de la yema, en qué se convierte la clara, y así sucesivamente hasta
el perfecto desarrollo del animal. El mismo método debe seguirse para observar la producción
de los animales que la putrefacción engendra. En cuanto a los animales de especie superior,
sería preciso extraer el feto del seno de la madre, y a nuestros sentimientos repugna un
proceder semejante; hemos de resignarnos, pues, a los azares del aborto, a los de la cava y
otros por el estilo. Es preciso, pues, en todo asunto, espiar la Naturaleza, que con mayor
facilidad se deja sorprender de noche que de día. Se podría decir de estas observaciones que
son nocturnas, pues atraviesan las tinieblas, con ayuda de una luz que es a la vez muy pequeña
y perpetua. (pág. 146)
Los ídolos.
XXXIX
Hay cuatro especies de ídolos que llenan el espíritu humano (...) la primera especie de
ídolos, es la de los de la tribu; la segunda, los ídolos de la caverna; la tercera, los ídolos del
foro; la cuarta, los ídolos del teatro. (pág. 42)
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XL
La formación de nociones y principios mediante una legítima inducción, es
ciertamente el verdadero remedio para destruir y disipar los ídolos...
XLI
Los ídolos de la tribu tienen su fundamento en la misma naturaleza del hombre, y en la
tribu o el género humano. Se afirma erróneamente que el sentido humano es la medida de las
cosas: muy al contrario, todas las percepciones, tanto de los sentidos como del espíritu, tienen
más relación con nosotros que con la naturaleza. El entendimiento humano es con respecto a
las cosas, como un espejo infiel, que, recibiendo sus rayos, mezcla su propia naturaleza a la de
ellos, y de esta suerte los desvía y corrompe. (pág. 42)
XLII
Los ídolos de la caverna tienen su fundamento en la naturaleza individual de cadañ
uno; pues todo hombre independientemente de los errores comunes a todo el género humano,
lleva en sí cierta caverna en que la luz de la naturaleza se quiebra y es corrompida, sea a causa
de disposiciones naturales particulares de cada uno, sea en virtud de la educación y del
comercio con los otros hombres, sea a consecuencia de las lecturas y de la autoridad de
aquellos a quienes cada uno reverencia y admira, ya sea en razón de la diferencia de las
impresiones, según que hieran un espíritu prevenido y agirtado, o un espíritu apaciguado y
tranquilo y en otras circunstancias. (pág. 42)
XLIII
Existen también ídolos que provienen de la reunión y de la sociedad de los
hombres, a los que designamos con el nombre de ídolos del foro, para significar el comercio y
la comunidad de los hombres de que tienen origen. Los hombres se comunican entre sí por el
lenguaje; pero el sentido de las palabras se regula por el concepto del vulgo (...) Las
definiciones y explicaciones de que los sabios acostumbran proveerse y armarse
anticipadamente en muchos asuntos, no les libertan por ello de esta tiranía. Pero las palabras
hacen violencia al espíritu y lo turban todo, y los hombres se ven lanzados por las palabras a
controversias e imaginaciones innumerables y vanas. (pág. 42)
XLIV
Hay, finalmente, ídolos introducidos en el espíritu por los diversos sistemas de los
filósofos y los malos métodos de demostración; llamámosles ídolos del teatro, porque cuantas
filosofías hay hasta la fecha inventadas y acreditadas, son, según nosotros, otras tantas piezas
creadas y representadas cada una de las quem contiene un mundo imaginario y teatral. (pág.
43)
LIX
Los más peligrosos de todos los ídolos, son los del foro, que llegan al espíritu poro su
alianza con el lenguaje. Los hombres creen que su razón manda en las palabras; pero las
palabras ejercen a menudo a su vez una influencia poderosa sobre la inteligencia, lo que hace
la filosofía y las ciencias sofísticas y ociosas. El sentido de las palabras es determinado según
el alcance de la inteligencia vulgar, y el lenguaje corta la naturaleza por las líneas que dicha
inteligencia aprecia con mayor facilidad. Cuando un espíritu más perspicaz o una observación
más atenta quieren transportar esas líneas para armonizarlas mejor con la realidad, dificúltalo
el lenguaje; de donde se origina que elevadas y solemnes controversias de hombres
doctísimos, degeneran con frecuencia en disputas sobre palabras, siendo así que valdría
mucho más comenzar siguiendo la prudente costumbre de los matemáticos, por cerrar la
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puesta a toda discusión, definiendo rigurosamente los términos. Sin embargo, en cuanto a las
cosas materiales, las definiciones no pueden remediar este mal, porque las definiciones se
hacen con palabras, y las palabras engendran las palabras; de tal suerte, que es necesario
recurrir a los hechos, a sus series y a sus órdenes, como diremos una vez que hayamos llegado
al método y a los principios según los cuales debe fundarse las nociones y las leyes generales.
(pág.47)
FRANCIS BACON, Instauratio Magna, Novum Organon, Nueva Atlántida, Porrúa, México,
1975.