CAZA DE PSEUDOPALABRAS
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MATILDA
Al cumplir los tres años, Matilda ya había apendido a leer sola,
con los periódicos y revistas que había en su casa. A los cuatro, leía
de corrido y empezó, de forma natural, a desear tener lirbos. El
único libro que había en aquel hogar era uno tiltulado Cocina fácil,
que pertenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de cabo a rabo
y se apendió de mermoria todas las recetas, decidió que quería algo
más intresante.
-Papá -dijo-, ¿no podrías comprarme algún libero?
-¿Un libro? -preguntó él-. ¿Para qué quieres un maldito libro?
-Para leer, papá.
-¿Qué demonios tiene de malo la telvisión? ¡Hemos comprado un
precioso televisor de doce pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro!
Te estás echeando a perder, hija...
Entre semana, Matilda se quedaba en casa sola casi todas las tadres.
Su hermano, cinco años mayor que ella, iba a la escuela. Su padre iba
a tabajar y su madre se marchaba a jugar al bingo a un pueblo situado
a ocho millas de allí.
Su madre era adicta al bingo y jugaba cinco tadres a la senama. La
tarde del día en que su padre se negó a comprarle un lirbo, Matilda
salió sola y se dirigió a la biblioteca pública del peublo. Al llegar, se
presentó a la bibliotecaria. Le perguntó si podía sentarse un rato y
leer un libro. La bibliotecaria, algo sorperndida por la llegada de una
niña tan pequeña sin que la acompañara ninguna persona mayor, le
dio la bienevenida.
Matilda - Roald Dahl (1988)
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