100% encontró este documento útil (2 votos)
204 vistas318 páginas

Alfil03 Rojo PDF

Alfil es atacado por sicarios mientras se esconde en una isla griega. Conoce a Davina, una ex agente que se une a él para destruir la agencia que les persigue. Por otro lado, el teniente Pablo continúa investigando al asesino conocido como El Fantasma. Europa se ve envuelta en una tormenta y en los crímenes de Alfil y Davina para acabar con la agencia.

Cargado por

DA CA
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
100% encontró este documento útil (2 votos)
204 vistas318 páginas

Alfil03 Rojo PDF

Alfil es atacado por sicarios mientras se esconde en una isla griega. Conoce a Davina, una ex agente que se une a él para destruir la agencia que les persigue. Por otro lado, el teniente Pablo continúa investigando al asesino conocido como El Fantasma. Europa se ve envuelta en una tormenta y en los crímenes de Alfil y Davina para acabar con la agencia.

Cargado por

DA CA
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Alfil es atacado por los sicarios de la agencia de Cristina (Lucía)

mientras se oculta en la isla de Mykonos. Entonces conocerá a Davina,


una exagente que se asociará con él para destruir la cúpula de la agencia
y acabar con la amenaza que pende sobre ambos.
El teniente Pablo Aguilar sigue empeñado en descubrir al verdadero
asesino apodado El Fantasma. Todo se ha vuelto en su contra en el
trabajo, pero su obsesión obtiene resultados cuando aparece un extraño
agente de la Interpol que solicita su ayuda para atrapar al asesino.
Toda Europa acabará arrasada bajo dos fuerzas incontenibles: una
tempestad como nunca antes había azotado al continente y los crímenes
que Alfil y Davina comenten en su tarea por limpiar todo rastro que
quede de la agencia que les persigue para atar cabos.
Fran Barrero

Alfil Rojo
Alfil - 3

ePub r1.1
Titivillus 22.02.2020
Título original: Alfil Rojo
Fran Barrero, 2017
Diseño de cubierta: Fran Barrero

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1
Índice de contenido

Cubierta

Alfil Rojo

Cita

Dedicatoria

A modo de prólogo

Capítulo 0

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13
Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

Agradecimientos

Sobre el autor

Notas
«No hay alivio más grande que comenzar a ser lo que se
es.»
Alejandro Jodorowsky

«Me pregunto si las estrellas se iluminan con el fin de que


algún día, cada uno pueda encontrar la suya.»
El Principito – Antoine de Saint-Exupéry

«Me buscarás en el infierno, porque soy igual que tú.»


Dorian (Tormenta de arena)
Para Cris.
A modo de prólogo

Terminar una novela es lo más parecido a despedir en el andén de una


estación a un ser querido que se marcha para no volver. Tantos meses
dedicando horas diarias a su creación y nacimiento, a verlo crecer y
guiarlo por el mundo que has imaginado y dibujado para él, tanto
esfuerzo en conseguir que sea lo más perfecto posible, se acaban con
algo tan frío, distante e injusto como un simple click de ratón.
Pero Alfil ha supuesto más que eso, mucho más. Nunca hubiera
imaginado el pesar que me embarga en estos momentos, al despedirle en
el frío andén en mitad de una noche de niebla. Perdonad las concesiones,
pero aún siento la escena en blanco y negro y puedo oler el vapor tras
marcharse el tren para no regresar. Y es que este libro, el séptimo
publicado en mi trayectoria, es también el final de mi primera historia,
aquella que empezó gracias al préstamo de una parte indivisible de mi
alma. Alfil se lleva consigo un pedazo de mí, aunque no debería estar
triste, ya que ese pedazo quedará impregnado en cada uno de vosotros.
Esa es la verdadera magia de los libros: crear vida y que esta permanezca
en los corazones de los lectores. Y ese es el único motor que mueve mis
dedos al escribir.
A los amantes de este personaje os diré que nunca morirá, aunque no
vaya a escribir más novelas (el ciclo está cerrado tal como se planificó y
me gusta ser fiel a mis principios). Como también os digo que Alfil está
y estará presente en cada protagonista de todas mis novelas y relatos, en
todos y cada uno de ellos hay una parte de su físico y de su personalidad;
como también lo hay de mi persona. Dentro de cada uno de mis libros
podréis tener la sensación de déjà vu que produce ese instante mágico en
que un aroma al caminar por la calle os trae recuerdos vivos y cristalinos
que creíais olvidados y que os dejan el residuo de una sonrisa no forzada.
Así que no os extrañe descubrir que estáis sonriendo al leer las aventuras
de Ivette (El otro lado del retrato), de Wanda y Pek (Wanda y el robo del
Cristal), de Trinidad, Vanesa, John Perdant, Marty y todos los demás
habitantes de Bloody Mary.
Dentro de unos segundos comenzaréis a navegar por el principio del
final de esta historia, con la que espero poder satisfacer vuestras
expectativas y que os resulte igual o más entretenida que las dos novelas
anteriores de la saga. La elaboración inicial del argumento se planteó con
la idea de que cada entrega fuese más inmersiva, con más acción y
suspense, para que su lectura en orden de publicación fuese gustando
más a cada página que fueseis pasando.
Os contaré un secreto final: solo me he permitido establecer un
cambio sobre aquella planificación que escribí hace años en unas hojas
de papel y que aún guardo entre mis notas por nostalgia. El último
capítulo está rediseñado para adaptarlo a los sentimientos que el
protagonista ha ido forjando en los lectores y en mí mismo.
Espero que os guste.

El autor
Capítulo 0

Paris, 2017
Aún quedaban unos pocos turistas y enamorados, rezagados y reacios a
abandonar la magia del lugar, paseando por la zona más visitada de la
capital parisina: la Isla de la Ciudad. Eran las nueve de la noche y los
aledaños de la catedral de Notre Dame comenzaban a sumirse en una
calma que, junto a la iluminación producida por los focos, transportaba
aquel bello lugar a épocas más civilizadas. A su lado, testigo mudo
durante siglos, el río Sena, en su lento serpentear por la Ciudad de la
Luz, inundaba sus calles con una brisa demasiado fresca para esa noche
de Marzo, como si el temporal que acababa de azotar casi toda Europa se
resistiese a marchar. Y a solo unos metros de la catedral, justo en el otro
margen del río, una de las librerías más famosas del mundo, Shakespeare
and Company, permanecía sumida en la oscuridad. Ante su verde
fachada, en el número treinta y siete de la calle Bûcherie, ya no se
agolpaban turistas haciéndose selfies, ni amantes de la literatura dentro
del establecimiento buscando alguna rareza; hacía unos minutos que
habían apagado las luces del exterior y al otro lado del cristal de la puerta
colgaba el cartel que invitaba a volver otro día.
La figura de un hombre vestido de negro surgió de entre las sombras,
caminó con paso firme desde la esquina de la calle Saint-Julien le Pauvre
hasta llegar a la puerta de la librería y llamó de forma incesante durante
varios minutos. Tuvo suerte. Desde el otro lado, una mirada huraña y
desconfiada a partes iguales escrutó en silencio al inoportuno visitante.
—Está cerrado, ¿no sabe leer? —dijo por fin, sin abrir la puerta.
—Busco una primera edición de Les Misérables de Victor Hugo —se
limitó a responder el desconocido.
—Mire en Amazon y en Ebay.
—No me ha entendido. Quiero la «primera», la edición cero.
El anciano propietario dudó unos instantes.
—Eso es imposible, no queda a la venta ninguno de los tres
ejemplares de esa edición.
—Siento tener que insistir. El dinero no sería un problema.
—Un libro así, de haber uno, que no lo estoy confirmando, costaría
mucho más de lo que imagina, monsieur.
—Podría imaginar hasta doscientos cincuenta mil euros, aquí y
ahora, en efectivo. ¿Sería suficiente?
El librero no habló, estaba analizando al posible cliente a través del
cristal. Aunque no se centró en su estatura de metro ochenta y cinco ni
en su cabello castaño oscuro o su mentón afilado, lo que le interesaba
realmente, y que pudo apreciar a pesar de la penumbra del momento, era
la edición clásica y exclusiva de un reloj Hublot casi extinta en su
muñeca derecha, y adivinaba ropa hecha a medida, posiblemente Gucci.
Era joven pero ya podía haber pasado los treinta años, bien formado,
educado y culto. No parecía un niño rico heredero y caprichoso, más
bien era un joven rico hecho a sí mismo, quizá un amante del
coleccionismo. Su instinto no solía fallarle, así que le dio una
oportunidad.
—¿Para qué busca ese libro?
—Mi padre siempre deseó adquirirlo pero no tuvo tiempo para
buscarlo, y ahora quiero incorporarlo a mi biblioteca. Será un bonito
homenaje para el día de mi cumpleaños, y que también conmemora el
aniversario de su muerte.
—Entre —dijo el librero, después de dudar unos segundos y de
escudriñar con desconfianza los alrededores de la calle.
Un tibio y familiar olor llegó al chico, el de los miles de libros que
allí reposaban con la esperanza de viajar a la librería o biblioteca de
algún turista o coleccionista que los atesorase. Aunque esa vez era
diferente, no se trataba del mismo aroma que había experimentado en
anteriores ocasiones que había visitado el establecimiento durante su
horario comercial; en ese instante no se contaminaba con la extraña
mezcla de perfumes de los turistas. Esa ausencia de público y de ruido
también lograba aumentar las dimensiones de un lugar que, con esa
suave luz azafranada y su decoración rocambolesca y clásica, parecía
sacado de una película de Harry Potter. Cualquiera, estando allí a solas y
en silencio, se sentiría como en una biblioteca del Callejón Diagon.
El anciano y orondo dueño del local tendría unos sesenta y cinco
años y no debía medir más de metro sesenta de estatura, vestía ropa que
debió ser prohibitiva cuando la compró, quizás décadas antes de la
publicación de la mayoría de los libros que allí llenaban las estanterías, y
bajo esos oscuros, pequeños y redondos ojos de topo, parecía esconder
una calculadora con la que no paraba de evaluar y medir el valor de todo
lo que tenía delante. En un silencio solo roto por el sonido de su
respiración profunda, dirigió al chico por el laberinto de pasillos y
escaleras de un establecimiento que parecía pequeño desde la calle, pero
que sorprendía por su tamaño una vez atravesada la puerta de la entrada.
Llegaron hasta una escalera de madera que hacía las funciones de
estantería, como todo lo que había en aquel lugar; bajo ella reposaba un
polvoriento sillón tapizado en terciopelo azul con decenas de libros
apilados sobre él.
—Siempre los coloco encima para que la gente no se siente. Hay más
turistas que entran para hacerse fotos que para comprar, y no quiero que
usen mi butaca —refunfuñó mientras apartaba los libros para poder
sentarse. Luego sacó un pañuelo del bolsillo interior de su chaqueta y se
limpió el sudor que perlaba su frente. Una vez sentado y descansando,
observó al cliente para tratar de averiguar dónde podría llevar tanto
dinero en metálico. Suponía que podría hacerlo en la discreta mochila
negra que cargaba a su espalda y que pasaba desapercibida en la
oscuridad de la noche.
El chico le observaba en silencio, sin querer mencionar, aunque era
consciente de ello, que se encontraban en la zona de la tienda donde se
exponían los libros de menor valor; allí solo había ediciones nuevas de
libros populares, perfectos para que los turistas se lleven un recuerdo sin
que suponga un esfuerzo económico.
—¿Por qué no has concertado una cita por teléfono o e-mail? —
preguntó el librero con visible desconfianza.
—Acabo de llegar a la ciudad y parto a primera hora para Ginebra,
no dispongo de mucho tiempo. Además, no hablamos de un libro
cualquiera, ni de una cifra cualquiera, no deseo dejar un rastro que el
Ministerio de Hacienda de mi país pudiera investigar.
—Entiendo… Ahora quiero ver el dinero —añadió sin inmutarse y
con un gesto aún más huraño en su mirada.
—Me parece correcto. —El chico sacó una bolsa de terciopelo negro
del bolsillo interior de su chaqueta—. Aquí tiene.
—¡Diamantes! —exclamó el anciano al ver el brillo de los cristales
que salían de la bolsita para caer sobre la palma de la mano del joven.
—La mejor forma de poder llevar y esconder una gran cantidad de
dinero.
—¿Cómo conoces mi lema? ¿Quién te habló de mí? —El librero le
miró con intriga y más desconfianza aún. Se advertía en su interior la
lucha entre suspender la transacción o seguir adelante y conseguir esos
diamantes cuyo brillo ya le tenían atrapado.
—Eso no importa, ahora quiero ver el libro —respondió
tajantemente, y apartó el pequeño tesoro de la cara del avaro.
Con un gruñido de malestar que emanó de su aguileña y peluda nariz,
como si se tratase de una asustadiza comadreja, el anciano, que seguía
sin fiarse del todo pero no quería dejar escapar esa docena de enormes
diamantes que acababa de ver, se levantó y apartó con esfuerzo la butaca
hacia atrás, hasta dejarla pegada a la librería de su espalda. Entre el
cliente y él, solo quedó la sucia, vieja y deshilachada alfombra que antes
había estado bajo el asiento; se arrodilló y la apartó con desdén para
dejar al descubierto el suelo de oscura madera de la librería. Allí mismo,
entre el denso polvo en suspensión que había provocado al quitar la
alfombra y bajo una tabla suelta que apartó con sumo cuidado, apareció
un escondrijo del que sacó algo envuelto en un tejido tosco y raído.
Volvió a colocar la tapa, la alfombra y la butaca en su lugar, se sentó con
el resuello de quien ha trabajado ocho horas seguidas a pleno sol (y el
mismo olor corporal) y depositó el pesado objeto sobre su regazo.
—Aquí lo tenemos. —Su cara volvía a brillar tras el esfuerzo,
acompañada esta vez de una respiración entrecortada que seguía el ritmo
del repiqueteo de sus dedos sobre el paquete.
Comenzó a desenvolverlo con cuidado, descubriendo de su interior
un gran libro encuadernado en piel ya ennegrecida por el paso del
tiempo; sobre la tapa se observaba, grabados a mano, el título y su autor.
El librero lo miró como si se tratase de un hijo del que se sintiese
orgulloso y luego lo acarició con cuidado con las ásperas yemas de sus
dedos.
—Poca gente sabe que hubo una edición anterior a la primera oficial
de imprenta. El propio Victor Hugo realizó de su puño y letra tres copias
que encuadernó uno de sus mejores amigos.
—Las hizo —añadió el cliente— para regalar a su esposa Adele
Foucher, a su mejor amiga y escritora Judith Gautier y a Jaques Boucher
de Perther, un escritor que documentaba la existencia del hombre en la
prehistoria.
—Y que antes había sido agente de aduanas en Italia, ya veo que está
usted muy bien documentado, señor…
—¿Cuál de las tres es la que sostiene como si se tratase de un hijo?
—desvió la conversación el chico.
—Esta de aquí es la de Judith Gautier, la única que queda en
paradero conocido, las demás se han perdido —dijo con pesar—; seguro
que algún árabe analfabeto las tiene dentro de una vitrina de cristal y al
lado de un horrendo Ferrari rojo.
Tras esas palabras, susurradas más para sí mismo, y como despedida,
que para el cliente que le observaba en silencio, extendió el libro hacia
este último y quedó a la espera, anhelante y codicioso, de la pequeña
bolsa de terciopelo. El chico examinó las amarillentas páginas escritas a
mano, llegando incluso a olerlas, asintió levemente con la cabeza y
volvió a envolverlo en la tela, para finalmente introducirlo en su
mochila. Mientras se colgaba esta de nuevo a su espalda, como si de un
estudiante universitario se tratase, entregó el pago al ya desesperado
librero.
—Un libro así debería estar en la Biblioteca Nacional —añadió el
joven.
—¿Esos presuntuosos engreídos? Siempre mirando por encima del
hombro y presumiendo de tener más y mejores volúmenes que yo…
Ardería en el Infierno antes de ver mi más preciado tesoro entre sus
vitrinas.
—Ha sido un placer hacer negocios con usted. Que pase una buena
noche —fue lo último que dijo el cliente antes de girarse rápidamente y
encaminarse hacia la puerta del local.
El anciano quedó sentado en la butaca, examinando los diamantes
uno a uno con una lupa de joyero que había sacado del bolsillo de su
pantalón. Ahora, excitado y a solas, sudaba más que nunca y se relamía
las secas comisuras de sus labios temblorosos. Ni siquiera prestó
atención al sonido de la puerta al cerrarse.

La humedad y una brisa más fría de lo esperado golpearon de lleno al


chico cuando abandonó la densa atmósfera de la librería, un impacto que
agradeció tras haber tenido que sufrir la presencia del huraño y hediondo
librero durante más tiempo del deseado. Atravesó la carretera y bajó las
escaleras para caminar por la orilla del río. Aquel sendero de adoquines,
no muy bien iluminado, estaba aún transitado por grupos de amigos que
tomaban una copa de vino, por turistas paseando antes de volver al hotel
y por furtivos enamorados que se cobijaban bajo la sombra de algún
puente. Tras caminar unos metros y dejar atrás el costado sur de Notre-
Dame, quedó a solas en la penumbra de la noche. Ese silencio le ayudó a
percibir con claridad el descompasado eco de sus pasos, aunque ya había
percibido minutos antes que le seguían en su camino hacia el puente de
Sully.
Volvía a su hotel y debía cruzar a la zona norte (margen derecha del
río), y desde allí subir hasta el bulevar de la Bastilla. Aceleró el paso de
forma gradual para no llamar demasiado la atención de su perseguidor;
deseaba llegar al puente de la Tournelle (anterior al Sully) con margen de
tiempo suficiente para elaborar su plan. Bajo aquel puente no había luz y
podría esconderse para esperar a quien le estaba siguiendo, y cuya
posición estaba siendo traicionada por el eco de sus zapatos en la
silenciosa y solitaria noche, además de por su respiración entrecortada y
olor corporal, ambos bastante familiares. No solo había delatado su
posición, sino también su identidad.
El anciano librero se sumergió en las tinieblas bajo el puente,
extrañado al no ver ni oír al chico que un minuto antes tenía ante sus
ojos. Había desaparecido de repente y eso le alteró al ser consciente de la
pérdida de su ventaja. Miró en todas direcciones, asustado, y cuando
adivinó dónde se encontraba su presa, ya fue tarde para pensar o
reaccionar.
—¿No estás algo mayor para hacer trabajo de campo? —El joven
había surgido de la oscuridad y le tenía inmovilizado desde su espalda.
—¿Qué dices? ¡Suéltame!
—No, eso sería muy imprudente por mi parte. Ese bulto de tu abrigo
se asemeja mucho a una Smith & Wesson del 38.
—¿Pero qué dices? Yo solo camino hacia mi casa.
—¿Su casa? Creo que esta zona queda un poco lejos del bulevar
Saint-Germain. ¿No le parece… Le Conn?
—¿Cómo sabes…? ¿Mi casa? ¿Cómo sabes todo eso?
El chico se acercó al oído del anciano para susurrarle:
—Sabía que siendo tan avaricioso, no te podrías resistir a la tentación
de robar el libro después de haberlo vendido. Era un caramelo demasiado
tentador, ¿verdad, viejo usurero? No te conformas con los millones que
cobras por los objetivos encontrados en la agencia, necesitas sacar dinero
extra de donde sea.
—No sé de qué me estás hablando. ¿Qué objetivos? ¿Qué agencia?
—balbuceaba como podía bajo la presión de los fuertes brazos que le
atenazaban.
—¿No sabes quién soy? Te daré una pista: hace menos de un año fui
uno de vuestros objetivos. Y no os bastó con cobrar al cliente por el
trabajo, vuestra avaricia ha hecho que me persigáis de nuevo. Ese es un
error que no vais a repetir.
—¿Eres… Alfil? —preguntó asustado—. Podemos llegar a un
acuer…
El anciano no pudo terminar la frase, una mano con un pañuelo le
oprimía la boca y la nariz con una presión de la que no podía zafarse.
Trató de resistirse en vano, pero la diferencia de fuerza era muy notable,
y estando tan asustado y exhausto por la carrera, se asfixió más deprisa.
Cayó muerto al suelo.
Alfil sacó el arma del anciano y la arrojó al río, luego buscó en el
bolsillo interior de su chaqueta, donde el librero había guardado los
diamantes, recuperándolos para no dejar rastro ante la policía. Sabía que
un tipo tan avaricioso no los dejaría en la librería y los llevaría consigo
hasta llegar a casa y ponerlos a buen recaudo en su caja fuerte.
El cadáver sería descubierto en cuestión de minutos o, con un poco
de suerte, quizá horas. Esa zona del río está sumida en la oscuridad, pero
tiene viandantes incluso en noches tan frías como aquella. Los médicos
forenses certificarán muerte natural, un infarto debido a su edad, estilo
de vida y alimentación. Para entonces, el asesino ya habría salido de la
ciudad o estaría en ello.
Quince minutos después, el recepcionista del hotel Bastille Speria, en
plena zona del bulevar de la Bastilla, recogía la mochila que uno de sus
clientes le entregaba.
—Tengan mucho cuidado, es un objeto frágil. Quiero que mañana lo
lleven a la Biblioteca Nacional Francesa a primera hora de la mañana; al
departamento de conservación.
—¿Desea añadir una nota, monsieur?
—Nada, no será necesaria ninguna nota. El receptor sabe quién soy y
lo estará esperando.
Era mentira. Alfil sonreía al pensar en las palabras de Le Conn, sin
duda estaría ardiendo en el Infierno viendo el destino de su libro
favorito.
—Perfecto señor. Me encargaré personalmente de hacerlo. Por cierto,
le informo de que su esposa ha llegado y le aguarda en su habitación.
—¿Mi mujer? Está bien…, la esperaba. —El chico dudó durante un
segundo ante esa información del conserje, pero luego imaginó de quién
podría tratarse y sonrió.
Al llegar a la planta donde se encontraba su suite y salir del ascensor,
comprobó que el pasillo estaba vacío en ambas direcciones. Sacó una
pistola con silenciador del interior de su americana y, aprovechando la
mullida moqueta, se dirigió despacio y sin hacer ruido hacia el número
502. Abrió con la llave magnética, extremando al máximo, y comprobó
que la estancia se encontraba en silencio y a oscuras salvo por el
resquicio de luz que aparecía bajo la puerta del baño. Se descalzó para no
emitir ruido alguno y caminó hasta tener el pomo en la mano, lo giró
despacio para abrir unos dos centímetros en la puerta, lo justo para
introducir el cañón de arma y apuntar a la nuca de la chica que se bañaba
plácidamente entre espuma y velas aromáticas.
—No te muevas ni hagas el más mínimo ruido —le susurró.
La joven aún no habría cumplido los treinta años, era alta, delgada y
con la piel bronceada. Sus ojos almendrados, a juego con el color castaño
de su larga melena, mostraban la sorpresa y terror que la invadían.
—Por favor, no me mates, puedo explicarlo —respondió.
—Más te vale ser convincente. ¿Cómo has entrado y para qué?
—Ja, ja, ja, qué malo eres interpretando el papel. —La chica se reía
tanto que acabó resbalándose hasta sumergirse completamente en la
bañera. Segundos después salió tosiendo y con la cabeza cubierta de
espuma.
—No esperaba esta sorpresa, veo que has recordado una de mis
fantasías.
—Y yo creo que no deberías ver tantas películas clásicas de James
Bond.
—Mi abuelo me las ponía cuando era pequeño, decía que aprendería
a comportarme como un perfecto caballero inglés, a mantener la calma y
el control en todo tipo de situaciones y otras cosas más que entonces me
resultaban muy aburridas.
—Pues ya ves que sí me acordé, y como no sabía cuándo llegarías,
llevo aquí dos horas y el agua se ha enfriado mientras te esperaba. Estoy
congelada.
—Entonces tendremos que calentarla de nuevo.
Alfil se quitó la americana y dejó su arma en el suelo, pero no pudo
desprenderse del resto de la ropa, la chica le agarró por la camisa y tiró
de él hacia la bañera. El agua se desbordó inundando toda la habitación.

—¿Cómo fue la compra del libro?


Habían salido de la bañera tras una hora de diversión. Alfil, desnudo
y sentado sobre una butaca tapizada con seda verde, encendió el televisor
y buscó un canal de noticias. Y mientras localizaba alguno que diese
sucesos locales de última hora, observó sonriendo a la chica, que se
mostraba igual de indiferente que él ante la moqueta inundada de agua.
—Todo salió como planeamos. No te equivocabas, tu exjefe fue tan
miserable como para tratar de recuperar el libro tras venderlo.
—¿Miserable? Muy bien llevada esa respuesta. ¿Y cómo era él?
¿Cómo era Le Conn?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Nunca le conociste en persona?
—No, esa gente es demasiado cautelosa, siempre hay un
intermediario de un intermediario; y siempre prefieren que el flujo de
información se mueva a través de correos electrónicos cifrados.
—Pues, para saciar tu curiosidad, es como el señor Burns de Los
Simpsons pero con el cuerpo de Barney, ya sabes, el gordo ese que
eructa.
—Ja, ja, ja. Me ha quedado bien claro, aunque sería más correcto
decir «era» como el señor Burns. Ya no tendremos que preocuparnos por
él.
—Ahora el resto de la agencia no tendrá ojos ni oídos y será más
fácil dar con ellos para terminar nuestra tarea —añadió un Alfil agobiado
frente al televisor, que al no tener ordenados los canales, hacía más
complicada la búsqueda.
—No estés tan seguro de eso, la mayoría son agentes de espionaje
retirados o expulsados de sus países. Y debemos sumar a la partida los
sicarios externos que serán contratados. No son tipos fáciles de
sorprender; aunque no sepan que vamos a por ellos, son mercenarios
profesionales que viven siempre alerta y preparados para cualquier
ataque, más aún cuando descubran la muerte de Le Conn.
—Eso ya lo veremos. —Alfil había encontrado lo que buscaba.
Informaban del hallazgo del cadáver del dueño de la librería más famosa
de París mientras daba un paseo cerca de su establecimiento por los
márgenes del Sena. Un infarto parecía haber sido la causa del
fallecimiento, hasta tener una confirmación oficial por parte del forense.
—El precio por ti es elevado, y eso es un caramelo jugoso para los
agentes y sicarios que buscamos. Y por si eso no fuese suficiente, tienen
mucha información sobre ti. Cristina dejó las cosas bastante bien atadas
en la agencia.
La chica había nombrado a alguien que hizo captar toda su atención.
Apagó el televisor.
—Vamos, tenemos que salir de la ciudad, debemos empezar a buscar
al resto de tus antiguos socios.
—Lo tengo todo preparado. Nos vestimos y salimos, pero antes
necesito cenar, me has agotado en el baño —respondió ella con una
sonrisa.
La pareja salió del hotel, que habían pagado por adelantado en
efectivo y con documentación falsa. Cogieron un taxi y se marcharon
hacia el aeropuerto, pero no embarcaron en ningún vuelo, se limitaron a
alquilar un coche en la zona de la ciudad donde más desapercibido se
puede pasar y donde los empleados de los mostradores menos se fijan en
los clientes. De allí partieron hacia Bélgica, donde encontrarían al
número dos de la agencia.
Capítulo 1

Dos meses antes:


La calefacción llevaba averiada toda la semana y los policías que
trabajaban dentro de la Comisaría Sevilla 1-Centro no se desprendían de
sus chaquetones; algunos, incluso, trataban de teclear en los ordenadores
sin desprenderse de sus guantes de lana. El fallo del sistema de
climatización no podía haber llegado en peor momento, justo tras los
recortes de presupuesto y en plena ola de frío, o lo que siempre se había
llamado invierno.
Los despachos de los oficiales estaban separados de la sala general
por paredes de cristal para dar un ambiente más abierto y distendido a las
largas jornadas de trabajo, aparte de dejar pasar la luz de las ventanas en
todas direcciones y ahorrar algo de consumo eléctrico. Por ese motivo,
los despachos mantenían abiertas las persianas venecianas de los
cristales, todos menos el número siete, donde el teniente Pablo Aguilar
trataba de aislarse del mundo y concentrarse en su trabajo eliminando el
ruido y movimiento que se producía de forma constante entre los agentes
del otro lado del cristal.
Los últimos meses habían sido especialmente monótonos y sin
grandes novedades en su labor. Recordaba que en las semanas anteriores
no había hecho más que emitir órdenes de arresto por casos de maltrato,
peleas en bares, robos a turistas o algún sospechoso del asesinato de
turno que sacudiese durante esa semana (o mes) los noticiarios locales.
Un trabajo fácil y rápido que solía desempeñar muchas veces desde su
propia casa, en el centro de operaciones que había montado en una
habitación, y que no lograba excitar sus células grises como sí lo había
conseguido el caso que sacudió su vida el pasado año, tanto para bien,
proporcionándole un reto a su altura, como para mal, logrando estancar
su carrera y convertirle en el hazmerreír de la comisaría.
Ese día, lunes para más inri, se encontraba especialmente apático,
llevaba una temporada sin estímulos que lograsen activar su humor y su
intelecto, y tampoco había avanzado nada en su hobby personal: seguir
buscando al criminal conocido como el fantasma. Y es que aún mantenía
su teoría sobre la detención errónea del tipo que se había entregado
asumiendo la identidad del famoso asesino en serie. No concebía ni por
asomo la posibilidad de que un tipo tan inteligente, con los atributos
físicos y la capacidad económica que se presuponían del asesino,
estuviese personificado en el fantoche que pudo ver aquel día en los
noticiarios mientras viajaba en AVE a Madrid. Un viaje que contemplaba
en su memoria como si hubiese sucedido décadas atrás, arraigado en los
recuerdos como un frío y distante acercamiento hacia la parte más
incompetente, sucia y pestilente de su oficio. Aquel día en la calle
Génova, en el complejo de edificios que comparte la central de Madrid
con los juzgados, había comprobado cómo funciona de verdad el
sistema, un entramado corrupto que no duda en encarcelar durante veinte
años a un estúpido con afán de protagonismo por los asesinatos
cometidos por un sanguinario matarife sin escrúpulos, al que dejan
impunemente en la calle.
Esos pensamientos, siempre presentes en él desde aquel día, le
recordaron que llevaba dos semanas sin hablar con su homónimo en
Madrid, un hecho extraño ya que no había cesado de presionarle para
conseguir un favor de esos que luego debería agradecer o compensar de
por vida. Tomó el móvil y buscó el número en la agenda, luego miró con
recelo hacia el cristal que le separaba del staff donde trabajaban los
agentes, como si temiera que le oyesen desde el otro lado de las
venecianas que les aislaban. Respiró hondo y pulsó el botón verde.
—Cuánto tiempo sin llamar, cazafantasmas.
—No me hace ni puta gracia ese apodo.
—Venga, no te lo tomes tan a pecho, hombre. Era solo una broma —
respondió Javier Balmaseda, teniente de homicidios en la comisaría
Madrid Central.
—¿Sabes algo de la petición?
—¿Qué petición?
—No me jodas, que no estoy para tonterías.
—Relájate o te dará un infarto y no podrás batir el récord del capitán
más joven de la historia del cuerpo. Iba a llamarte a lo largo de esta
mañana.
—¿Llamarme? ¿Ha ocurrido algo?
—Claro que sí, y son buenas noticias para ti. Ve buscando un billete
barato de AVE para Madrid porque en Soto del Real te esperan mañana
para esa entrevista.
—¡Joder, joder, joder!
—Ya imaginaba que te haría ilusión. Las Navidades han llegado
tarde pero con un regalo de primera. Habrá merecido la pena la espera,
supongo.
—Ya te digo, no sabes la alegría que me das. ¿Te veré cuando esté
allí?
—Ni lo sueñes. Lo que vengas a hacer es asunto tuyo y no quiero que
me salpique. Hace meses que pedí el ascenso y espero resultados
positivos, así que no quiero saber nada de ti ni de tu absurda
investigación.
—¿Absurda?
—Sí, joder. Ya has visto que no ha habido más asesinatos, así que,
por lo que a mí respecta, el fantasma está encerrado y con la llave tirada
a un pozo de deseos, ¿estamos?
—Vete a la mierda.
A pesar de la tosca despedida, el sevillano estaba eufórico y Javier lo
sabía. Acababa de recibir la confirmación de algo con lo que no contaba
pero que soñaba con realizar desde aquel fatídico día en que sintió que
sus expectativas de cazar al mayor asesino en serie que ha asolado el país
se iban por el desagüe. No perdió un solo minuto, compró un billete de
AVE en turista para esa misma madrugada y luego se marchó a casa a
hacer la maleta: una única muda y el cepillo de dientes, ya que regresaría
a la mañana siguiente a su anodino trabajo, pero esperando hacerlo con
suculentos datos que desatascaran su investigación.
Salió del despacho a toda prisa, ajeno como cada día a las miradas de
soslayo que le dedicaban los agentes y el resto de oficiales que, entre
todos, le habían asignado el cruel apodo de cazafantasmas. Salió a la
calle ajeno al viento helado y húmedo que arrastraba el río tras las
últimas lluvias. Hacía una semana que no salía el sol y eso era un drama
en una ciudad como aquella, pero para Pablo era un día perfecto, un día
de celebraciones si no fuese porque aún debía ordenar muchos datos,
como elegir las preguntas más importantes que haría a su interlocutor en
menos de veinticuatro horas. Eso lo haría durante el viaje.

Una densa niebla arrastrada por el amanecer, bajo un cielo plomizo


que amenazaba con descargar agua sin piedad, hacía desaparecer casi
todo el complejo penitenciario que se asienta en aquel valle del norte de
Madrid. El verde prado que rodeaba Soto del Real en kilómetros a la
redonda había desaparecido a la vista, como tampoco se veía desde sus
puertas la alta y característica torre de vigilancia que se ubica en el
centro del enorme recinto. A Pablo, que no había dormido en toda la
noche, ni siquiera durante el viaje, y ni falta que le hacía, poco le
importaba el clima. Los nervios por conocer y entrevistarse con el
recluso Manuel Díaz Fernández monopolizaban y controlaban su
organismo como si se tratase de la marioneta de un ventrílocuo.
Tras atravesar una alambrada y un muro de hormigón, a cual más
altos, y ante la mirada de funcionarios de prisiones fuertemente armados
y con caras de pocos amigos, pasó entre dos edificios idénticos que
invitaban a pensar que todo el complejo había sido edificado de forma
simétrica a partir del eje formado por esa carretera de acceso o entrada.
Aparcó en un patio donde había carteles indicadores para los visitantes y
se bajó del coche para dirigirse a la puerta, allí un policía uniformado le
impidió el paso con malos modos.
Pablo era bastante conocido en Sevilla, allí era una institución para
algunos y un policía quemado por su pasado y sus ganas de éxito para el
resto, que ahora eran la mayoría de compañeros del cuerpo. Así que notó
una extraña sensación cuando aquel musculado policía le detuvo con la
mano y, sin siquiera dignarse a mirarle a la cara, le espetó:
—¿Adónde coño vas? Aún faltan horas para las visitas y los vis a vis,
gilipollas.
—¿Estás a gusto en Madrid? —respondía con una sonrisa siniestra
—. Creo que una cárcel vigilando visitas no está a tu altura, John Rambo.
No sé si debería hacer una llamada y pedir que te destinen a un cuartel de
algún pueblo perdido entre las montañas de Bizkaia. S