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Nulidad de Sanciones Administrativas en Venezuela

Este documento presenta un resumen del expediente 05-1853 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Ziomara del Socorro Lucena Guédez presentó un recurso de nulidad por inconstitucionalidad contra resoluciones de la Contraloría General que la sancionaron. Se designó ponente y se admitió el recurso. Luego se revocó la medida cautelar y se fijó fecha para la audiencia pública. Finalmente, la Sala decidirá sobre el fondo del asunto.
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Nulidad de Sanciones Administrativas en Venezuela

Este documento presenta un resumen del expediente 05-1853 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia. Ziomara del Socorro Lucena Guédez presentó un recurso de nulidad por inconstitucionalidad contra resoluciones de la Contraloría General que la sancionaron. Se designó ponente y se admitió el recurso. Luego se revocó la medida cautelar y se fijó fecha para la audiencia pública. Finalmente, la Sala decidirá sobre el fondo del asunto.
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SALA CONSTITUCIONAL

Magistrado Ponente: Arcadio Delgado Rosales

Expediente: 05-1853

El 2 de septiembre de 2005, se recibió en esta Sala Constitucional del Tribunal


Supremo de Justicia escrito contentivo del recurso de nulidad por inconstitucionalidad,
ejercido conjuntamente con acción de amparo cautelar y solicitud de medida de suspensión
de efectos, interpuesto por los abogados Carmen Isabel Vargas Pérez y César Augusto
Loaiza Bigott, inscritos en el Instituto de Previsión Social del Abogado bajo los Nros.
27.414 y 102.914, respectivamente, en su carácter de apoderados judiciales de la ciudadana
ZIOMARA DEL SOCORRO LUCENA GUÉDEZ, titular de la cédula de identidad N°
4.821.576, contra el acto administrativo de efectos particulares contenido en la Resolución
N° 01-00-173 del 28 de junio de 2005, dictada por el Contralor General de la República,
por medio de la cual declaró sin lugar el recurso de reconsideración ejercido por la hoy
recurrente contra la Resolución N° 01-00-062 del 30 de marzo de 2005, emanada de ese
mismo funcionario y mediante la cual le aplicó la sanción de destitución del cargo de
Directora Nacional de Comunidades Educativas y la sanción de inhabilitación para el
ejercicio de funciones públicas por el período de tres (3) años; y contra la decisión del 23
de noviembre de 2004, dictada por la Dirección de Determinación de Responsabilidades,
adscrita a la Dirección General de Procedimientos Especiales de la Contraloría General de
la República, en la cual se determinó la responsabilidad administrativa de la referida
ciudadana y la imposición de una multa por la cantidad de doscientos ochenta y cinco mil
seiscientos bolívares (Bs. 285.600,oo), por cuanto en su condición de Concejal del
Municipio Libertador, durante el período comprendido entre el 1 de enero de 1996 y el 15
de marzo de 1999, ratificó con su voto, siete órdenes de pago, mediante las cuales el
Alcalde del Municipio Libertador del extinto Distrito Federal, ordenó la transferencia de
aportes por parte del aludido Municipio al Instituto de Previsión Social del Concejal del
Municipio Libertador (INPRECONCEJAL).
El 20 de septiembre de 2005, se dio cuenta en Sala y se designó ponente al
Magistrado Luis Velázquez Alvaray.

El 28 de septiembre de 2005, a través de la sentencia Nº 2795, esta Sala admitió en


cuanto ha lugar en derecho, la acción de nulidad incoada contra la Resolución 01-00-173,
del 28 de junio de 2005, dictada por el Contralor General de la República y contra la
decisión dictada el 23 de noviembre de 2004, emanada del Director de Determinación de
Responsabilidades de la Dirección General de Procedimientos Especiales de la Contraloría
General de la República, al considerar que el recurso de nulidad tenía como fundamento la
presunta inconstitucionalidad del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General
de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal; y declaró con lugar el amparo
cautelar solicitado contra los actos administrativos recurridos. En esa misma oportunidad,
ordenó la citación mediante oficio del Contralor General de la República y de la ciudadana
Procuradora General de la República, así como la notificación del Fiscal General de la
República y de los terceros interesados.

El 25 de octubre de 2005, la abogada Inés del Valle Marcano Velásquez, inscrita en


el Instituto de Previsión Social del Abogado bajo el N° 24.744, actuando en su carácter de
apoderada judicial de la Contraloría General de la República, según Resolución N° 01-00-
39 del 14 de marzo de 2005, dictada por el Contralor General de la República, se dio por
notificada del contenido de la sentencia N° 2795, dictada el 28 de septiembre de 2005 y
presentó escrito de oposición a la medida cautelar de amparo acordada.

El 26 de octubre de 2005, el Juzgado de Sustanciación libró las boletas de


notificación y citación dirigidas al Fiscal General de la República, al Contralor General de
la República y a la Procuradora General de la República, las cuales fueron consignadas ante
esa instancia el 3, 7 y 10 de noviembre de 2005, respectivamente.
El 16 de noviembre de 2005, el Juzgado de Sustanciación, visto el escrito de
oposición presentado por la representante judicial de la Contraloría General de la
República, acordó abrir cuaderno separado a los fines de tramitar dicha incidencia.

El 17 de noviembre de 2005, el abogado Juan Bautista Carrero Marrero, inscrito en


el Instituto de Previsión Social del Abogado bajo el N° 80.940, actuando en su propio
nombre, presentó escrito contentivo de su solicitud de intervención como tercero
coadyuvante a favor de la República Bolivariana de Venezuela.

Mediantes diligencias del 14 y 29 de marzo de 2006, respectivamente, la apoderada


judicial de la parte actora solicitó la emisión del cartel de emplazamiento de los terceros
interesados.

El 24 de marzo de 2006, a través de la sentencia Nº 645, esta Sala revocó de oficio


la medida de amparo cautelar acordada el 28 de septiembre de 2005, ello en atención a que
no existían elementos que determinasen el periculum in mora.

El 28 de marzo de 2006, la abogada Carmen Isabel Vargas Pérez, actuando en su


carácter de apoderada judicial de la parte actora, presentó escrito contentivo de una nueva
solicitud de suspensión de los efectos de los actos administrativos de efectos particulares
recurridos.
El 29 de marzo de 2006, se reasignó la ponencia del presente expediente a la
Magistrada Luisa Estella Morales Lamuño.

El 30 de marzo de 2006, el Juzgado de Sustanciación libró el cartel de


emplazamiento de los terceros interesados el cual fue retirado el 3 de mayo de 2006.

Posteriormente, el 9 de mayo de 2006, la representante judicial de la parte actora


consignó el cartel de emplazamiento el cual fue publicado en el diario “Últimas Noticias” el
6 de mayo de ese mismo año.

El 31 de mayo de 2006, la abogada Carmen Isabel Vargas Pérez, actuando con el


carácter de apoderada judicial de los ciudadanos Víctor Jesús Martínez Mata, Jimmy
Andrade Monsanto, Alexis Valentín Vilema Villegas y Teresa Aguilar García,
respectivamente, presentó escrito a través del cual se dieron por citados del presente recurso
“…por tener éstos interés directo y legítimo en las resultas del mismo, a los fines de que al
dictarse la sentencia definitiva sus efectos los beneficie con todas sus consecuencias
legales por encontrase (sic) en idénticas circunstancias…”.

El 27 de septiembre de 2006, la apoderada judicial de la Contraloría General de la


República, presentó escrito esgrimiendo la improcedencia de la nueva medida cautelar
requerida por la parte actora.

Mediante auto del 22 de julio de 2008, el Juzgado de Sustanciación fijó para el día
martes veintinueve (29) de julio de 2008, a las diez y treinta de la mañana (10:30 a.m.), la
celebración del acto público y oral.
El 29 de julio de 2008, oportunidad fijada para la celebración del acto público y
oral, se dejó constancia de la comparecencia de los representantes de la Procuraduría
General de la República, de la Contraloría General de la República, de la Asamblea
Nacional, del Ministerio Público, de los Contralores y Contraloras de los Estados:
Amazonas, Anzoátegui, Apure, Aragua, Barinas, Bolívar, Carabobo, Cojedes, Delta
Amacuro, Guárico, Lara, Mérida, Miranda, Monagas, Nueva Esparta, Portuguesa, Táchira,
Trujillo, Vargas, Yaracuy y Zulia, como terceros coadyuvantes, y de la accionante, de los
cuales sólo la representación de la Procuraduría General de la República, de la Contraloría
General de la República y de los terceros coadyuvantes, presentaron escritos.

Una vez concluida la audiencia y visto que la partes no manifestaron su interés en la


apertura del lapso probatorio, esta Sala acordó dictar sentencia sin relación ni informes, ello
en atención a que el asunto es de mero derecho, de conformidad con lo establecido en el
artículo 21, aparte quince de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia.

El 31 de julio de 2008, se reasignó la ponencia del presente expediente al


Magistrado Arcadio Delgado Rosales.

Realizado el estudio individual de las actas, esta Sala Constitucional pasa a decidir,
previas las siguientes consideraciones:

I
FUNDAMENTOS DE LA ACCIÓN

La parte recurrente fundamentó su pretensión, entre otros, en los siguientes


argumentos de hecho y de derecho:

Que, en su condición de Concejal del Municipio Libertador, durante el período


comprendido entre el 1 de enero de 1996 y el 15 de marzo de 1999, conjuntamente con
otros concejales, votó a favor de levantar la objeción efectuada por la Contraloría
Municipal a siete órdenes de pago mediante las cuales el Alcalde del Municipio Libertador
del extinto Distrito Federal, ordenó la transferencia de aportes por parte del aludido
Municipio al Instituto de Previsión Social del Concejal del Municipio Libertador
(INPRECONCEJAL).

Que “posteriormente la Dirección de Averiguaciones Administrativas, a través de


actuaciones materiales de la Contraloría General de la República”, inició una
averiguación administrativa, el último día hábil de trabajo en la Contraloría General de la
República en el año 2001, y último día de vigencia del procedimiento para la determinación
de responsabilidades administrativas establecido en la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República vigente para ese momento.

Que, el 23 de noviembre de 2004, bajo un supuesto régimen transitorio y en


aplicación del procedimiento previsto en la derogada Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República, se declaró su responsabilidad administrativa y se le impuso una
multa por doscientos ochenta y cinco mil seiscientos bolívares (Bs. 285.600,oo).
Que el 30 de marzo de 2005, el ciudadano Contralor General de la República,
haciendo una aplicación retroactiva del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional del Control Fiscal, mediante Resolución
N° 01-00-062 del 30 de marzo de 2005, destituyó a la ciudadana Ziomara del Socorro
Lucena Guédez, del cargo de Directora Nacional de Comunidades Educativas y la
inhabilitó para el ejercicio de funciones públicas por el período de tres años.

Que contra dicho acto administrativo, ejerció recurso de reconsideración, el cual,


mediante Resolución N° 01-00-173 del 28 de junio de 2005, fue declarado sin lugar por el
Contralor General de la República.

Que la Resolución N° 01-00-062 del 30 de marzo de 2005, fue dictada por una
autoridad manifiestamente incompetente, pues no estaba facultado por la Ley Orgánica de
la Contraloría General de la República vigente para el momento que ocurrieron los hechos
objeto de la investigación, para imponer la sanción de destitución aludida, en interpretación
extensiva del artículo 67 de la derogada Ley Orgánica de Régimen Municipal, por un
supuesto ilícito que no estaba legalmente tipificado para el momento en que ocurrieron los
hechos objeto de la referida averiguación administrativa, con lo cual lesiona sus derechos
constitucionales de no aplicación retroactiva de la ley, a la defensa, a ser oído y al debido
proceso.

Que el acto administrativo contenido en la Resolución N° 01-00-173 del 28 de junio


de 2005, emanada del Contralor General de la República, que declaró sin lugar el recurso
de reconsideración ejercido contra la Resolución N° 01-00-062 del 30 de marzo de 2005,
dictada por dicho órgano contralor y mediante la cual se le sancionó con la destitución del
cargo de Directora Nacional de Comunidades Educativas y la inhabilitó para el ejercicio de
funciones públicas por el período de tres años, viola flagrantemente su derecho a la
defensa, pues dicha decisión se fundamenta en lo previsto en el artículo 105 de la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal, según el cual, el Contralor General de la República aplicará la sanción de destitución
sin que medie otro procedimiento, lo que es contradictorio con el derecho constitucional al
debido proceso que garantiza el ejercicio del derecho a la defensa y a ser oído, contenidos
en el artículo 47 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, por lo cual
alega la inconstitucionalidad del mismo.

Señaló la parte actora que la aludida Resolución Nº 01-00-062 del 30 de marzo de


2005 se encuentra viciada de nulidad absoluta, de conformidad con lo previsto en el
numeral 1 del artículo 19 de la Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos, por
cuanto el Contralor General de la República actuó en contravención del artículo 24 del
Texto Fundamental, al aplicar de forma retroactiva el artículo 105 de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional del Control Fiscal, cuando lo
procedente era aplicar el artículo 122 de la derogada Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República, vigente para el momento en que ocurrieron los hechos, razón por
la cual, a su juicio, procede la declaratoria de nulidad absoluta de dicho acto administrativo.

Asimismo, señaló la parte recurrente que los actos administrativos impugnados


lesionan el debido proceso y el derecho a la defensa.

En este sentido, solicitó se decrete amparo cautelar contra los actos administrativos
recurridos, mientras se dicta la sentencia definitiva, a los fines de evitar la lesión de los
derechos constitucionales denunciados.
Al respecto, la parte recurrente argumentó que el fumus bonis iuris queda
evidenciado, por cuanto la ley que prevé la sanción impuesta no estaba vigente para el
momento en que ocurrieron los hechos que dieron origen a la averiguación administrativa,
lo que pone de manifiesto la aplicación retroactiva de la ley; asimismo, por la ausencia de
un procedimiento previo a la aplicación de la sanción de destitución, que le permitiera
ejercer su derecho a la defensa con las garantías del debido proceso; y en virtud del
contenido del oficio N° 01-00-000759 del 24 de agosto de 2005, emanado del Contralor
General de la República dirigida al Ministro de Educación, Cultura y Deportes, por el cual
le informa sobre la obligación de dar cumplimiento a la sanción de destitución aplicada.

Por otra parte, señaló la parte accionante que el periculum in mora se manifiesta en
virtud de que ejerce funciones en un cargo de alto nivel como Directora Nacional de
Comunidades Educativas y, en virtud de dicha Resolución, el Ministro de Educación,
Cultura y Deportes estaría obligado a dar cumplimiento a la destitución adoptada por el
Contralor General de la República en el recurrido acto administrativo, lo que causaría un
grave perjuicio que no podría ser reparado por la sentencia definitiva que decida el recurso
de nulidad interpuesto, además de lesionar su honor y reputación.

Finalmente, solicitó se admita el recurso contencioso administrativo interpuesto y se


otorgue el amparo cautelar solicitado.

II

OPINIÓN DE LA PROCURADURÍA GENERAL DE LA RÉPÚBLICA

En el escrito presentado en la oportunidad de la celebración del acto oral, el


abogado Christian Michel Colson Pinto, en su condición de sustituto de la Procuradora
General de la República, solicitó la declaratoria de improcedencia del recurso de nulidad
interpuesto, sobre la base de las siguientes argumentaciones:

En primer término, adujo algunas consideraciones sobre la constitucionalidad del


artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal, expresando al respecto que, de acuerdo a los fines
encomendados por la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el legislador
consagró mediante la Ley Orgánica de la Contraloría, “…ciertas potestades sancionatorias
a los órganos de control bajo cuya dirección y responsabilidad se encuentra la
Contraloría General de la República. En aplicación de las mismas, se vierte una de las
funciones asignadas al máximo órgano de control, cual es la imposición de sanciones de
orden administrativo derivadas del establecimiento y demostración de hechos constitutivos
de responsabilidad administrativa…”.

Indicó que, “…para hacer efectivas las facultades de investigación y las potestades
sancionatorias de los órganos de control fiscal, así como también, castigar las conductas
tipificadas como hechos generadores de responsabilidad administrativa, fue necesario
para el legislador diseñar un procedimiento administrativo de naturaleza sancionatoria a
través del cual se brinden a los destinatarios las debidas garantías constitucionales, en
especial, las referidas al derecho a la defensa y el debido proceso, con el fin de que la
Administración no decida arbitrariamente en perjuicio del particular, debiendo realizar
una adecuada investigación, analizando los alegatos del investigado, valore y pondere las
pruebas promovidas, así como las pruebas preexistentes para el momento de la apertura
del procedimiento, obteniendo con esos elementos un juicio de valor arribando a una
conclusión lógica y justa que quede plasmada en la decisión administrativa, que debe ser
el producto de la realización de un silogismo sobre el supuesto de hecho concreto y la
norma legal aplicable…”.

Que, “…ante la existencia de alguna de las sanciones impuestas por el órgano de


contralor interno, las cuales desde un punto de vista jurídico deben ser consideradas como
sanciones principales y existiendo la declaratoria de responsabilidad administrativa del
funcionario, el Contralor General de la República se encuentra facultado en forma
exclusiva y excluyente, para acordar en atención a la entidad del ilícito cometido, una
sanción accesoria que puede consistir según el artículo 105 de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, en : (i)
Suspensión del Ejercicio del cargo sin goce de sueldo por un período no mayor de
veinticuatro (24) meses; destitución del declarado responsable o; inhabilitación para el
ejercicio de funciones públicas hasta por un máximo de quince años…”.
Precisó que “…la determinación de responsabilidades administrativas que se
traducen en la imposición de las sanciones accesorias antes descritas por parte del
Contralor General de la República, son producto de una segunda fase de un mismo
procedimiento, siendo que la primera corresponde a la fase de investigación. En efecto, en
el procedimiento administrativo en el que se llevan a cabo ambas fases, la Administración
desde su inicio forma un expediente único, que existe desde la fase de investigación y que
pasa por una segunda referida a la determinación de la responsabilidad administrativa y
que, en el supuesto de haber sido declarada a un funcionario, el Contralor General de la
República observando, evaluado (sic) y ponderado (sic) los fundamentos de hecho y
derecho bajo criterios de proporcionalidad, según lo dispone la Ley Orgánica de
Procedimientos Administrativos, decidirá sobre la imposición de una sanción accesoria,
considerando la entidad del ilícito cometido…”.

Señaló que “…no se trata de sancionar dos (2) veces a una persona por un mismo
hecho (principio non bis in idem), sino de una sanción principal y de carácter moral,
como lo es la declaratoria de responsabilidad administrativa, caso, en el cual, la Máxima
Autoridad de la Contraloría General de la República y como consecuencia de la entidad
del ilícito cometido, procede a la imposición de una sanción accesoria (destitución o
inhabilitación para el ejercicio de la función pública), pero no se trata bajo ninguna
circunstancia de una sanción impuesta sin procedimiento alguno, se trata [de] un solo
procedimiento sancionatorio conformado por dos fases y sustanciado en un solo y único
expediente, la primera de ellas es una fase de investigación y la segunda referida a la
declaratoria de responsabilidad administrativa. En ese sólo (sic) y único expediente, el
imputado desde el inicio del procedimiento ha ejercido su derecho a la defensa, es decir,
desde la fase de investigación, oportunidad en la que se determina su participación en los
hechos investigados y se le notifica formalmente, hasta la fase de determinación de
responsabilidad, en la que se verifica la culpabilidad en la realización de una conducta
antijurídica tipificada como tal por la ley… ”.

En este orden ideas, expresó que “… el artículo 105 de la Ley Orgánica de la


Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, no vulnera
el principio del juez natural previsto en el artículo 49 del Texto Constitucional, pues hay
que aclarar que dicho principio se aplica tanto a los procesos judiciales como a los
procedimientos administrativos, por ello tenemos que el Contralor General de la
República en ejercicio de las competencias y facultades sancionatorias que le confiere la
Constitución y la ley, actúa como juez natural administrativo, sin que ello menoscabe de
manera alguna el derecho que le consagra la ley al funcionario sancionado de recurrir la
decisión administrativa ante la Sala Político Administrativa de ese Tribunal Supremo de
Justicia…”.
En atención a los argumentos expuestos, concluyó que “… el contenido del
artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal resulta constitucional y no vulnera en forma alguna el derecho
a la defensa y al debido proceso previsto en el artículo 49 de la Constitución de la
República Bolivariana de Venezuela…”; y así solicitó fuese declarado.

Por lo que respecta a la supuesta vulneración al principio de legalidad así como al


derecho a la defensa y al debido proceso por parte del acto administrativo emitido por la
Dirección de Determinación de Responsabilidades Administrativas, a través del cual se
declaró la responsabilidad administrativa de la parte actora, adujo que “…lo que se
cuestiona en el presente caso es el hecho de que el Municipio Libertador efectuó
transferencias a un Instituto de Derecho Privado [INPRECONCEJAL], cuyos principales
beneficiados son los Concejales de esa Municipalidad, quienes a tenor de los que disponía
el artículo 56, último aparte de la Ley Orgánica de Régimen Municipal no devengaban
sueldos, pues según esa derogada ley, sólo percibían dietas por asistencia a las sesiones de
la Cámara Municipal y a sus Comisiones, por lo que, si bien es cierto, no existe
prohibición legal para que los Concejales reciban, entre otros conceptos ayudas y
beneficios del Instituto de Previsión Social del Concejal del Municipio Libertador
(INPRECONCEJAL), también es cierto que, el monto de esos conceptos debe provenir de
aportes individuales de cada concejal, pero no de transferencias de recursos efectuados
por el Municipio, ya que al realizarse las mismas al INPRECONCEJAL, instituto del cual
forman parte integrante los concejales y son beneficiarios económicamente, se contraviene
lo dispuesto en la prohibición contenida en el artículo 67, ordinal 1 eiusdem…”.

En consecuencia, “… visto que los pagos y transferencia de recursos aprobados


por la recurrente resultan ilegales, es evidente que en la oportunidad en que fue declarada
su responsabilidad administrativa, con fundamento en el artículo 38 de la Ley Orgánica de
Salvaguarda de Patrimonio Público, derogada por la ley Contra la Corrupción, pero cuya
tipificación se mantiene vigente en el numeral 15 del artículo 91 de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, de ninguna
manera se vulneró en la Decisión Administrativa de fecha 23 de noviembre de 2004,
emanada de la Dirección de Determinación de Responsabilidades de la Contraloría
General de la República, el principio de legalidad de la penas y faltas…”.

En lo que concierne a la supuesta violación al derecho a la defensa y al debido


proceso, indicó que tal argumento resulta completamente infundado, ya que en todo
momento existió una participación activa de la parte recurrente, permitiéndosele tener
acceso a la documentación recabada por la Contraloría General de la República, así como a
ejercer su derecho a la defensa en cada una de las fases del procedimiento administrativo,
razón por la cual estimó infundado dicho alegato.
Por lo que respecta a la supuesta incompetencia del Contralor General de la
República para dictar el acto administrativo contenido en la Resolución N° 01-00-062 del
30 de marzo de 2005, mediante la cual se impuso a la ciudadana Ziomara del Socorro
Lucena Guédez la sanción de destitución del cargo de Directora Nacional de Comunidades
Educativas así como la sanción de inhabilitación, señaló que “…al entrar en vigencia la
Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal, entro (sic) en vigor su artículo 105, el cual de manera expresa y en forma
exclusiva y excluyente, le confirió al Contralor General de la República la potestad para
imponer medidas administrativas disciplinarias de carácter sancionatorio, entre las
cuales se encuentran la suspensión del ejercicio del cargo sin goce de sueldo, la
destitución, e imponer la inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas, las cuales
derivan de una declaratoria previa de responsabilidad administrativa emitida por el
órgano de control interno, en virtud de un desempeño irregular de la función pública por
parte del funcionario investigado, al margen del principio de legalidad y de los principios
de honestidad, transparencia, eficacia y eficiencia que propugna (el) Texto Constitucional
como principios fundamentales del Estado Venezolano; quedando la ejecución de la
sanción de destitución, en poder de la máxima autoridad jerárquica en la cual el
funcionario esté prestando sus servicios…”. Por lo tanto, siendo ello así, resulta
desprovista de fundamento la incompetencia alegada por la parte recurrente; y así solicitó
fuese declarada.

Finalmente, por lo que concierne a la supuesta aplicación retroactiva de la norma


contenida en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y
del Sistema Nacional de Control Fiscal, señaló que “… se hizo mención a dicha norma a
los solos efectos de dejar expresamente asentado el fundamento legal de la competencia
del Contralor General de la República, para aplicar la sanción de inhabilitación para el
ejercicio de funciones públicas, en los términos dispuestos en el acto impugnado. Lo
expresado no signific(ó) que el régimen legal aplicable para el momento de la comisión de
los hechos irregulares, era el previsto en la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República de 1995, razón por la cual, el Contralor General de la República, atendiendo a
la entidad de los ilícitos cometidos y el monto del perjuicio causado al estado, decidió
aplicar a la ciudadana ZIOMARA DEL SOCORRO LUCENA GUEDEZ, la sanción de
destitución e inhabilitación para el ejercicio de la función pública por un periodo de tres
(3) años, previsto en dicha Ley Orgánica como límite máximo, y no en ningún momento el
límite establecido en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, pues, era el término que más
beneficiaba a la recurrente, ya que el previsto en ésta última norma, es de hasta quince
(15) años…”; razón por la cual en el presente caso no fue vulnerado el principio de
irretroactividad de la ley, previsto en el artículo 24 del Texto Constitucional.
En razón de las consideraciones expuestas solicitó se declare la constitucionalidad
del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal, publicada en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de
Venezuela N° 37.347 de fecha 17 de diciembre de 2001 y, en consecuencia, se declare sin
lugar el recurso de nulidad interpuesto.

III

OPINIÓN DE LA CONTRALORÍA GENERAL DE LA REPÚBLICA

En el escrito presentado en la oportunidad de la celebración del acto oral, los


abogados Angélica Rocío Sánchez y Paulo Enrique Zárraga, en su condición de
representantes del Contralor General de la República, solicitaron la declaratoria de
improcedencia del recurso de nulidad interpuesto, esgrimiendo en términos similares, los
mismos argumentos y consideraciones expuestas por la representación de la Procuraduría
General de la República, razón por la cual esta Sala considera inoficioso reproducirlos.

IV

OPINIÓN DE LOS TERCEROS COADYUVANTES

En el escrito presentado en la oportunidad de la celebración del acto oral, los


ciudadanos Leslie Sandoval, Norma Silva, Salomé Baroni, César Otero Duno, Enrique
Parra, Gerardo Medina, Agustín da Costa, Sonia Pierluissi, Glinys Hernández, Patricia
Camero Salazar, Juan Pablo Soteldo, Frank Castillo, Claudia Gómez Pico, Gardelys Orta,
José Francisco Salazar, Milányela Pedroza, Omaira De León Osorio, Joel Maya Viloría,
José Alberto Mejías, Luis Pérez y Andrés Cruz Méndez, actuando en su carácter de
Contralores y Contraloras de los Estados: Amazonas, Anzoátegui, Apure, Aragua, Barinas,
Bolívar, Carabobo, Cojedes, Delta Amacuro, Guárico, Lara, Mérida, Miranda, Monagas,
Nueva Esparta, Portuguesa, Táchira, Trujillo, Vargas, Yaracuy y Zulia, respectivamente,
asistidos por la abogada Iris Zambrano de Ramírez, inscrita en el Instituto de Previsión
Social del Abogado bajo el N° 55.865, solicitaron la declaratoria de improcedencia del
recurso de nulidad interpuesto, sobre la base de las siguientes argumentaciones:

Que, de acuerdo a lo dispuesto en el artículo 26 de la Ley Orgánica de la


Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, “…las
Contralorías Estadales, forman parte del Sistema Nacional de Control Fiscal, que juega
un rol importante en el control de los gastos, ingresos y bienes relacionados con el
patrimonio público, y una de las atribuciones que tienen los órganos que integran el
aludido Sistema Nacional de Control Fiscal, es la potestad de investigación, la cual
comprende la facultad para realizar actuaciones necesarias a objeto de verificar la
ocurrencias de actos, hechos u omisiones contrarias (sic) a una disposición legal o
sublegal, y poder determinar o no las responsabilidades [a] que hubiere lugar siguiendo el
procedimiento previsto en el capítulo IV del Título III de la Ley ut supra citada. Así
también establece el artículo 26 eiusdem que dicho Sistema tiene como objeto fortalecer la
capacidad del Estado para ejecutar eficazmente su función de gobierno, lograr la
transparencia y la eficiencia en el manejo de los recursos del sector público y establecer la
responsabilidad por la comisión de irregularidades en los entes u organismos sujetos a su
control…”.

En este orden de ideas, señalaron que su interés “…se fundamenta en el hecho de


que cómo (sic) Contralores y Contraloras Estadales, dicta(ron) decisiones declarativas de
responsabilidad administrativa, que dan lugar a la imposición de sanciones accesorias de
igual naturaleza, por el órgano rector como son : i) la suspensión en el cargo sin goce de
sueldo hasta por un período máximo de 24 meses, ii) destitución del declarado
responsable, o iii) inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas hasta por un
máximo de quince (15) años, atendiendo a la gravedad de la irregularidad cometida, todas
éstas previstas en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal…”.

Indicaron que las sanciones previstas en el citado artículo 105 “…emergen como
una consecuencia jurídica de la declaratoria de responsabilidad administrativa, una vez
firme en sede administrativa. De hecho, la norma en comento es clara cuando dispone en
este sentido que dichas sanciones serán aplicadas ope legis por el Contralor General de la
República, es decir, ˈsin que medie ningún otro procedimientoˈ distinto al de la
averiguación administrativa; porque se erige como actos-consecuencia, que resultan de un
procedimiento o iter previo, preparatorio y necesario para su aplicación…”.

Que “…la norma que hoy está siendo objeto de impugnación, posee fuerza
suficiente para conferirle a la Contraloría General de la República, como máximo órgano
de control fiscal y rector del Sistema Nacional de Control Fiscal, el compromiso de
contribuir a minimizar la impunidad, para así, depurar a la administración Pública de
funcionarios carentes de valores éticos y de una conducta irresponsable en el manejo de
los fondos públicos…”.
Arguyeron que “… el espíritu, propósito y razón del legislador, al estatuir el
artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal, no es más que, en acatamiento a los principios que inspiran el
Texto Fundamental, recuperar la moral pública, así como la eficiencia y eficacia de la
función administrativa del Estado, y seleccionar los mejores servidores públicos tanto en
el aspecto ético como en la preparación técnica y profesional, para así constituir (sic) el
pilar necesario para sustentar la estructura de una Administración pública, moderna,
dinámica y eficiente...”.

En razón de las consideraciones expuestas, solicitaron se “…declare sin lugar el


recurso de nulidad por inconstitucionalidad contra el artículo 105 de la Ley Orgánica de
la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, y en
consecuencia se mantenga incólume la referida norma…”.

OPINIÓN DEL MINISTERIO PÚBLICO

El 31 de julio de 2008, la abogada Roxana Orihuela Gonzatti, en su carácter de


Fiscal Segunda del Ministerio Público designada para actuar ante el Tribunal Supremo de
Justicia en Sala Plena y ante las Salas Constitucional, Político Administrativa y Electoral,
presentó escrito de informe solicitando la declaratoria de improcedencia del recurso de
nulidad interpuesto, sobre la base de las siguientes argumentaciones:

Que “…la recurrente, conocía con anterioridad los hechos que se originaron y que
dieron base legal a la Administración para que dictara los actos administrativos que
considera(ba) en su contra, esto es, la declaración de responsabilidad administrativa de
fecha 24 de noviembre de 2004, así como las resoluciones que la destituye(ron) del cargo
que ostentaba y la inhabilita(ción) para el ejercicio del cargo por un lapso de tres (3)
años…”
Indicó que de la revisión del expediente se evidencia que la misma “… si (sic) tuvo
la debida oportunidad de defenderse, se le respetó el procedimiento que legalmente se
establece para el caso concreto. Se verificó que se le escuchó y que pudo expresar sus
alegatos y defensas, quedando a la vista de este Organismo desvirtuadas las denuncias de
violación de tales derechos…”.

Por lo que respeta a la presunta violación al principio de irretroactividad de la ley,


señaló que “…las normas de los artículos 122 de la ley derogada con el 105 de la vigente
Ley, le dan plena competencia al ciudadano Contralor General de la República, para
imponer la sanción de destitución e inhabilitación, cuando se cumplan los parámetros allí
establecidos, y siendo que la Administración, fue explicita al indicar que dicha
inhabilitación se dicto ˈ…De conformidad con lo establecido en el artículo 105 de la Ley
Orgánica (…) vigente (…) en concordancia con lo previsto en el artículo 122 de la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República…ˈ derogada, y siendo que, las
aludidas normas establecen condiciones iguales o parecidas en su espíritu, propósito y
razón, consider(ó) que este alegato también debe desestimarse…”.

En lo concerniente a la presunta inconstitucionalidad del artículo 105 de la Ley


Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal, adujo que “…la sanción de inhabilitación para el ejercicio de la función pública es
una sanción disciplinaria, la cual es una especie del genero de sanciones administrativas,
en razón de lo cual se fundamenta en un procedimiento administrativo previó (sic) que
requiere de una firmeza de la sanción administrativa propiamente dicha para su
materialización o no, por ello, se une al procedimiento administrativo previo que declara
la responsabilidad administrativa, es decir, no es una sanción ˈsin otro procedimientoˈ,
como lo establece la norma, es conforme a ese procedimiento administrativo previo del
cual pueden desprenderse dos sanciones: una administrativa propiamente dicha y otra
disciplinaria administrativa…”.

Adujo que “… ambos actos (el que declara la responsabilidad administrativa y el


que declara la inhabilitación) se incluyen dentro de la categoría de los denominados actos
complejos, ya que el acto de inhabilitación como un nuevo acto requiere de una actuación
previa que produjo el primer acto, esa actuación es la declaratoria de responsabilidad
administrativa, bien sea que el primer acto haya sido dictado por una autoridad diferente
a la que dictó el nuevo acto, o que ambos hayan sido dictados por la misma autoridad…”.

Que “…la responsabilidad administrativa se produce como consecuencia de la


violación de los deberes del ciudadano frente a la colectividad estatal, mientras que la
responsabilidad disciplinaria se produce por la infracción de los deberes ciudadanos como
una institución particular, con la que mantiene una relación de supremacía especial, por
tanto, no se trata de sanciones de la misma naturaleza, sino de que la primera es el género
de la otra y por tanto, se nutren de un mismo procedimiento administrativo, pero son
distintas…”.

En razón de los argumentos expuestos, solicitó se declare sin lugar el recurso de


nulidad por inconstitucionalidad contra el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal.

VI

CONSIDERACIONES PARA DECIDIR

Corresponde a esta Sala pronunciarse respecto del recurso de nulidad incoado por la
ciudadana Ziomara Del Socorro Lucena Guédez contra el acto administrativo de efectos
particulares contenido en la Resolución N° 01-00-173 del 28 de junio de 2005, dictada por
el Contralor General de la República, por medio de la cual declaró sin lugar el recurso de
reconsideración ejercido por la hoy recurrente contra la Resolución N° 01-00-062 del 30 de
marzo de 2005, emanada de ese mismo funcionario y mediante la cual le aplicó la sanción
de destitución del cargo de Directora Nacional de Comunidades Educativas y la sanción de
inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas por el período de tres (3) años; y
contra la decisión del 23 de noviembre de 2004, dictada por la Dirección de Determinación
de Responsabilidades, adscrita a la Dirección General de Procedimientos Especiales de la
Contraloría General de la República, en la cual se determinó la responsabilidad
administrativa de la referida ciudadana y la imposición de una multa por la cantidad de
doscientos ochenta y cinco mil seiscientos bolívares (Bs. 285.600,oo), por cuanto en su
condición de Concejal del Municipio Libertador, durante el período comprendido entre el 1
de enero de 1996 y el 15 de marzo de 1999, ratificó con su voto, siete órdenes de pago,
mediante las cuales el Alcalde del Municipio Libertador del extinto Distrito Federal, ordenó
la transferencia de aportes por parte del aludido Municipio al Instituto de Previsión Social
del Concejal del Municipio Libertador (INPRECONCEJAL).
Precisado lo anterior, y visto que los actos administrativos impugnados tienen
como base legal el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, esta Sala estima pertinente analizar en
primer término la constitucionalidad de la disposición in commento, para lo cual considera
indispensable esbozar algunas consideraciones acerca de la naturaleza jurídica de la
Contraloría General de la República, así como del instrumento legal a través del cual se
erige el desarrollo de sus atribuciones. En tal sentido, observa:

La Contraloría General de la República es un órgano de rango constitucional que


forma parte del Poder Ciudadano, Poder Público este que, de acuerdo a la Exposición de
Motivos de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, tiene como
fundamento teleológico el Proyecto de Constitución presentado por el Libertador Simón
Bolívar al Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819, bajo la idea de crear un Poder
Moral como “…institución que tendría a su cargo la conciencia nacional, velando por la
formación de ciudadanos a fin de que pudiera purificarse < lo que se haya corrompido en
la República, que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio,
la negligencia de los ciudadanos >…”, teniendo entre sus misiones “…velar por la
educación de los ciudadanos, en cuyo proceso se debía sembrar el respeto y el amor a la
Constitución y a las instituciones republicanas, sobre la base de que < si no hay un
respeto sagrado por la patria, por las leyes, por las autoridades, la sociedad es una
confusión, un abismo>…” .

Precisamente, inspirado en las ideas del Libertador, y adaptándolas a nuestros


tiempos, el Constituyente de 1999 crea el Poder Ciudadano, el cual se ejerce a través del
Consejo Moral Republicano, integrado por el Fiscal General de la República, el Contralor
General de la República y el Defensor del Pueblo (este último órgano instaurado ex novo
en el nuevo Texto Constitucional), los cuales tendrán a su cargo “…la prevención,
investigación y sanción de los hechos que atenten contra la ética pública y la moral
administrativa…”; además de velar por la buena gestión y la legalidad en el uso del
patrimonio público, por el cumplimiento y aplicación del principio de legalidad en toda la
actividad administrativa del Estado (artículo 274 del Texto Constitucional)

Por su parte, la Contraloría General de la República se presenta así como el órgano


que tiene a su cargo “...el control, la vigilancia y fiscalización de los ingresos, gastos,
bienes públicos y bienes nacionales, así como de las operaciones relativas a lo mismo…”;
para lo cual goza de autonomía funcional, administrativa y organizativa, y cuya actuación
va dirigida a ejercer funciones de inspección de los organismos y entidades sujetas a control
(artículo 287 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela).
Las competencias que tiene atribuida la Contraloría General de la República, dejan
en evidencia su importancia dentro de la estructura organizativa y funcional del Estado,
cuyas tareas se refieren a áreas esenciales de la Hacienda Pública, tales como: ingreso
público, gasto público, presupuesto público y crédito público; correspondiéndole al mismo
tiempo, ser el ente rector del Sistema Nacional de Control Fiscal, conformado por un
entramado de órganos, estructuras y procesos que coordinadamente se orientan a lograr la
unidad de dirección de los sistemas y procedimientos de control fiscal, los cuales tienen
como objetivo procurar un mejor funcionamiento de la Administración Pública y el manejo
ético y transparente de los recursos del Estado.

Ahora bien, a los fines de alcanzar el cumplimiento de las atribuciones que el Texto
Constitucional le asigna a la Contraloría General de la República, el Constituyente dispuso
desarrollar, a través de una ley, todo lo relativo “…a su organización y funcionamiento…”.
Fue así como a través de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del
Sistema Nacional de Control Fiscal, publicada el 17 de diciembre de 2001, en la Gaceta
Oficial de la República Bolivariana de Venezuela N° 37.347, se materializó un amplio
desarrollo de todas sus atribuciones dentro de la cual se encuentra la potestad sancionatoria
que posee sobre los órganos respecto de los cuales ejerce sus competencias y que tiene su
fundamento en el artículo 289, cardinal 3 de la Carta Magna, al establecer como una de sus
facultades la imposición de “…reparos y aplicación de sanciones administrativas a que
haya lugar de conformidad con la ley…”.

La existencia de esta potestad sancionatoria a favor de la Contraloría General de la


República y de los órganos que integran el sistema nacional de control fiscal (Contraloría
de los Estados, de los Distritos Metropolitanos y de los Municipios, la Contraloría General
de la Fuerza Armada Nacional y las Unidades de Auditoría Interna descrita en la Ley), se
encuentra adminiculada con la “…ética y la responsabilidad social…” como valores
supremos del Estado venezolano previstos en el artículo 2 Texto Fundamental, y con los
principios de“…honestidad, participación, celeridad, eficacia, transparencia, rendición de
cuentas y responsabilidad en el ejercicio de la función pública…”, que rigen el desempeño
de la Administración y que se encuentran previstos en el artículo 141 eiusdem.

En el presente caso, se cuestiona el ejercicio de las facultades sancionatorias


otorgadas por ley al Contralor General de la República, fundamentalmente la relativa a la
sanción de inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas.

En tal sentido, la Sala observa:


El artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del
Sistema Nacional de Control Fiscal, establece lo siguiente:

“Artículo 105. La declaratoria de responsabilidad administrativa, de


conformidad con lo previsto en los artículos 91 y 92 de esta Ley, será
sancionada con la multa prevista en el artículo 94, de acuerdo con la
gravedad de la falta y el monto de los perjuicios que se hubieren causado.
Corresponderá al Contralor General de la República de manera exclusiva y
excluyente, sin que medie ningún otro procedimiento, acordar en atención a
la entidad del ilícito cometido, la suspensión del ejercicio del cargo sin goce
de sueldo por un período no mayor de veinticuatro (24) meses o la destitución
del declarado responsable, cuya ejecución quedará a cargo de la máxima
autoridad; e imponer, atendiendo a la gravedad de la irregularidad cometida
su inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas hasta por un máximo
de quince (15) años, en cuyo caso deberá remitir la información pertinente a
la dependencia responsable de la administración de los recursos humanos,
del ente u organismo en el que ocurrieron los hechos para que realice los
trámites pertinentes…”.

En primer término, la parte recurrente alega en su escrito de alegatos, así como en


audiencia oral y pública , que la aplicación del artículo 105 de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, produjo la
violación de su derecho a la defensa, al debido proceso, al principio de tipicidad, así como
al principio non bis in idem.

En este orden de ideas, la Sala aprecia que el ejercicio de esa potestad sancionatoria
solo puede verse materializada previa instauración de un procedimiento administrativo,
concretamente el previsto en el Capítulo IV del Título III de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, el cual, en
atención a lo establecido en el artículo 93 eiusdem, puede culminar con la declaratoria de la
responsabilidad administrativa, la imposición de multas o la imposición de las sanciones a
que se refiere el artículo 105 de esa Ley.

El procedimiento administrativo para la determinación de responsabilidades, está


conformado básicamente por tres etapas, a saber: la primera de ellas una fase investigativa,
la cual, a tenor de lo establecido en el artículo 77 y siguientes de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, es ejercida
sólo cuando existen méritos suficientes para ello, pudiendo en esta fase el órgano de control
fiscal, ordenar la comparecencia de cualquier persona para tomar su declaración, solicitar
declaraciones juradas de patrimonio a los funcionarios, empleados y obreros del sector
público, a los particulares que hubiesen desempeñado tales funciones, a los contribuyentes
o responsables, según las previsiones del Código Orgánico Tributario y a quienes en
cualquier forma contraten, negocien, o celebren operaciones relacionadas con el patrimonio
público o reciban aportes, subsidios, otras transferencias o incentivos fiscales.

Las investigaciones a que se refiere esta etapa tienen carácter reservado y de las
actuaciones que se efectúen se formará un expediente y se dejará constancia de sus
resultados en un informe en el cual el órgano de control fiscal, mediante auto motivado,
podrá ordenar el archivo de las actuaciones realizadas o el inicio del procedimiento previsto
para la formulación de reparos, determinación de la responsabilidad administrativa, o la
imposición de multas, según corresponda.

Ahora bien, si en el curso de la investigación el órgano de control fiscal imputase a


alguna persona actos, hechos u omisiones que comprometan su responsabilidad, éste
órgano estará obligado a informarle de manera específica y clara de tales circunstancias,
permitiéndosele el acceso inmediato al expediente, admitiendo la promoción de todos los
medios probatorios indispensable para su defensa.

Una vez culminada la fase investigativa y en el caso de que el informe presentado


por el órgano de control fiscal sugiera que existen elementos de certeza o pruebas que
pudieran dar lugar a la formulación de reparos, a la declaratoria de responsabilidad
administrativa o a la imposición de multas, se procederá al inicio del procedimiento
administrativo para la determinación de responsabilidades, previsto en el artículo 95 y
siguientes de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal.

La segunda etapa del procedimiento administrativo para la determinación de


responsabilidades, se inicia formalmente con el auto de apertura, el cual contendrá la
identificación del sujeto presuntamente responsable y los correspondientes elementos
probatorios, de cuyo contenido se comprometa, presumiblemente, su responsabilidad. El
auto de apertura deberá ser notificado al imputado, a fin de ponerlo a derecho a los efectos
del procedimiento, disponiendo de quince (15) días siguientes a su notificación, para
proceder a señalar las pruebas que producirá en el acto público que se fijará mediante auto
expreso el día hábil siguiente al vencimiento del plazo antes mencionado, y mediante el
cual se indicará que en el décimo quinto (15°) día hábil siguiente, tendrá lugar el acto oral
y público que se realizará ante el titular del órgano de control interno o su delegatario.
Luego de haberse realizado el acto oral y público, la autoridad competente (el
órgano de control interno o su delegatario), procederá a decidir el mismo día o en el día
hábil siguiente en forma oral y pública, si formula reparo al imputado, declara su
responsabilidad administrativa, le impone una multa, lo absuelve o pronuncia el
sobreseimiento, según corresponda. Dicha decisión deberá ser consignada por escrito en el
expediente dentro de los cinco (5) días siguientes después de pronunciada de forma oral.

En los casos en que se acuerde no formular el reparo o revocarlo por no existir


daño al patrimonio del ente (sea en sede administrativa o jurisdiccional), el órgano
contralor deberá pronunciarse sobre la existencia de alguno de los supuestos de
responsabilidad administrativa establecidos en el artículo 91 de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, en cuyo caso
el órgano de control fiscal que ventiló el procedimiento deberá sin más trámites declarar la
responsabilidad administrativa, lo que implicará la imposición de una multa, de acuerdo a
la gravedad de la falta y al monto de los perjuicios causados, de acuerdo a lo establecido en
el artículo 94 eiusdem.

Resulta imperioso destacar que una vez acordada en esta segunda etapa del
procedimiento disciplinario alguna de las sanciones establecidas en la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, como
sanciones principales obtenidas a través de la instauración de un procedimiento previo en el
cual se ha garantizado el derecho a la defensa y al debido proceso del administrado-
investigado, el Contralor General de la República se encuentra facultado, en atención a lo
establecido en el artículo 105 eiusdem para acordar una sanción accesoria, que puede
consistir en la suspensión del ejercicio del cargo sin goce de sueldo por un período no
mayor de veinticuatro (24) meses o la destitución del declarado responsable e imponer, en
atención a la irregularidad cometida, la inhabilitación para el ejercicio de funciones
públicas hasta por un máximo de quince (15) años.

Conforme a lo anterior y luego de una interpretación concatenada del artículo 105


de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal con las disposiciones de la misma Ley que instrumentan su aplicación,
encuentra la Sala que el mismo no revela en modo alguno violación al derecho a la defensa
y al debido proceso, visto que el procedimiento descrito con anterioridad ofrece todas las
garantías al particular para la defensa de sus derechos e intereses. Así se declara.

Con relación a la violación del principio de tipicidad de las sanciones


administrativas, este órgano jurisdiccional observa, que los artículos 91 y 92 de la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal consagran las conductas ilícitas objeto de control, mientras que las sanciones
aplicables a los ilícitos administrativos se determinan de acuerdo a parámetros razonables
(en atención al ilícito cometido y a la gravedad de la irregularidad); parámetros estos que ya
existían en la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República derogada (en los
Títulos VIII y IX).

Ahora bien, asumiendo que la sanción (en este caso accesoria) que aplica la
Contraloría General de la República es de naturaleza “administrativa” (y no judicial); debe
insistirse en la conformidad a derecho de estas llamadas por la doctrina “potestades
discrecionales”, por oposición a las “potestades vinculadas o regladas”. En efecto, la
“potestad discrecional” no es contraria a la Constitución ni a la ley. Por el contrario, es una
expresión concreta del principio de legalidad.

Ahora bien, esta potestad discrecional, para ser legal y legítima es necesariamente
parcial, ya que el dispositivo legal (en este caso la Ley Orgánica de la Contraloría General
de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal), debe establecer algunas
condiciones o requisitos para su ejercicio, dejando las demás a la estimación del órgano
competente. Al respecto, SANTAMARÍA expone que el poder discrecional no es el
producto del reconocimiento de un ámbito de libertad a la Administración, sino la
consecuencia de una remisión normativa (atribuida expresamente por una norma legal).

En este orden de ideas, GARCÍA DE ENTERRÍA argumenta que “…no hay acto
sin potestad previa, ni potestad que no haya sido atribuida positivamente por el
ordenamiento jurídico. Es falso, pues, la tesis, bastante común por otra parte, de que hay
potestad discrecional, allí donde no hay norma…”.

El núcleo de esa potestad discrecional es la libertad de selección, de opción, de


escogencia, entre varias alternativas, todas justas.
En tal sentido, el artículo 12 de la Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos,
exige que la medida o providencia a juicio de la autoridad competente debe mantener la
debida proporcionalidad y adecuación con el supuesto de hecho y con los fines de la norma,
lo cual es controlable por la jurisdicción contencioso-administrativa; lo que es inaceptable
es pretender la declaratoria de nulidad de una norma general por el solo hecho de contener
una potestad discrecional.

El control jurisdiccional del acto discrecional podría implicar la nulidad del acto
discrecional, si se advierte incompetencia del ente que lo dicte, incongruencia fáctica (falso
supuesto de hecho), incongruencia teleológica (desviación de poder) o incongruencia
formal (vicio de procedimiento).

En relación a la potestad discrecional administrativa, esta Sala, en el fallo N°


1260/2002, precisó que:

“…la discrecionalidad de la Administración sólo es admitida en la esfera del


ejercicio de la potestad sancionatoria para determinar la gravedad de los
hechos a los fines de la sanción, y siempre sometido a las reglas de la
racionalidad y proporcionalidad. No abarca la discrecionalidad, en
consecuencia, la posibilidad de tipificar el hecho ilícito, ni de desprender de
una circunstancia determinados efectos en relación con los sujetos sometidos a
un ordenamiento en el cual no exista una relación fija de supremacía especial.
En consecuencia, importa destacar que la facultad genérica otorgada a la
administración mediante una norma que la autoriza a establecer caso por caso
los elementos constitutivos de un ilícito sancionable, configura lo que se
denomina norma en blanco, situación ésta, que ha sido objeto del total rechazo
por parte de la jurisprudencia.”.
Asimismo, en sentencia N°1394/2001 de esta misma Sala Constitucional, al aludirse
a la discrecionalidad como elemento distintivo entre la actividad sancionatoria
administrativa y la penal, en la que se reitera la debida sujeción al bloque de la legalidad,
reproduce el fallo de la Sala Político Administrativa del 04 de agosto de 1994, que sostiene
que:

“...es reiterada la diferencia que ha precisado el contencioso administrativo


respecto de la jurisdicción penal. En efecto, la administración, en relación a
la actividad sancionatoria, tiene como nota característica la
discrecionalidad, la cual no puede equipararse en modo alguno a la que
prescribe el derecho penal, pues en este ordenamiento, cuando han de
aplicarse reglas para aumentar o rebajar la pena, se cuenta previamente con
la clara identificación de las circunstancias que atenúan o agravan el delito
cometido...

Ahora bien, esto no significa que la sanción a imponer quede al arbitrio de la


administración y que en su actividad sancionatoria pueda el funcionario
evadir la legalidad del acto en incurrir en abuso de poder, sino que debe
someterse a los límites establecidos en el precepto a aplicar…”.

En consecuencia de lo expuesto, al estar debidamente tipificados en la Ley Orgánica


de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, tanto
los hechos lícitos (artículos 91 y 92), como las sanciones administrativas (artículos 93, 94 y
105); la potestad discrecional del órgano contralor no es una “norma en blanco”, pues debe
ajustarse a los parámetros expresamente establecidos en la Ley Orgánica; y así se declara.

En la disposición cuya nulidad se pretende -se insiste- no se evidencia violación al


derecho de defensa. En efecto, el Capítulo IV (arts. 95 y siguientes de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal), establece un
procedimiento administrativo que garantiza el derecho de defensa del imputado de
responsabilidad administrativa, en armonía con el artículo 49 de la Constitución de la
República Bolivariana de Venezuela.
No es necesario -como bien lo dispone el artículo 105 eiusdem- el establecimiento
de un procedimiento distinto para la aplicación de la sanción accesoria, pues tanto la
sanción principal como la accesoria provienen del mismo ilícito demostrado durante el
procedimiento de declaración de responsabilidad y el ente sancionador es siempre la
Contraloría General de la República.

La situación sería diferente si el ente sancionador invocara un ilícito distinto para


sustentar o aplicar la sanción accesoria, ya que en ese caso resultaría indispensable para el
órgano sancionador la instauración de un nuevo procedimiento en el cual le garantizase al
funcionario investigado su derecho al debido proceso y a la defensa.

En razón de lo anterior, no puede verse afectado el principio non bis in idem, ya


que, no se trata de juzgar a un sujeto en más de una oportunidad por una misma conducta,
sino de establecer una pena accesoria como consecuencia de una sanción impuesta por un
solo hecho, cuestión que se encuentra plenamente avalada constitucional y legalmente en
nuestro ordenamiento jurídico.

Sobre el principio non bis in idem, esta Sala Constitucional precisó en la sentencia
N° 1394/2001, cómo debe ser entendida su violación cuando se está en presencia de
sanciones administrativas y penales. En efecto según este fallo:

“…se debe destacar que siendo el principio non bis in idem, un límite
insuperable, no pudiendo en ningún momento la Administración imponer su
potestad sancionatoria cuando el asunto debe ser conocido por un juez penal.
Así en una sentencia del Tribunal Constitucional Español de fecha 30 de
enero de 1981 (Curso de Derecho Administrativo, I y II, p. 171. ˈGarcía De
Enterríaˈ) donde dicho Tribunal deduce ˈ...que el non bis in idem -ˈprincipio
general del derechoˈ- se aplica cuando se aprecia identidad de sujeto, hecho
y fundamento entre una conducta sancionable por la vía penal y
administrativa y que se ubica íntimamente unido a los principios de legalidad
y tipicidad de las infracciones recogidas principalmente en el artículo 25 de
la Constituciónˈ.

Es así, como de manera concreta se puede precisar que la violación al


principio non bis in idem, se configura cuando dos tipos distintos de
autoridades -autoridades administrativas que sancionan infracciones
tipificadas en la legislación administrativa, y jueces que ejecutan el ˈius
puniendiˈ de conformidad con los delitos y faltas tipificadas en el Código
Penal- a través de procedimientos distintos, sancionan repetidamente una
misma conducta. Lo que significa de violentarse dicho principio, que se
estaría aplicando el poder de la misma manera y doblemente, una infracción
tipificada en la legislación administrativa y un ilícito tipificado en el Código
penal. Situación que debe ser censurada y evitada en lo posible ya que el
poder punitivo del Estado es único en base a un único ordenamiento jurídico,
presidido por los principios Constitucionales, pudiendo sin embargo, estar
atribuida las conductas ilícitas al Derecho Administrativo o al Derecho
Penal.

En todo caso, se hace necesario que en la aplicación de la potestad


sancionatoria de la Administración se le deba exigir el cumplimiento del
principio de legalidad penal, no sólo, en la tipificación de la infracción, sino
en los topes de las sanciones, identificando además, la naturaleza de la pena
y la sanción sobre la idea común de la privación de un bien jurídico, en
especial de rango constitucional.

Ello ocurre, sin lugar a dudas en el contenido del Código de Policía del
estado Bolívar.

En definitiva, como acertadamente expone el catedrático español Alejandro


Nieto: ˈsi el verdadero problema es de policía legislativa, lo que el Estado
tiene que preguntarse, cuando decide reprimir un hecho, es si conviene
tipificarlo como delito como infracción administrativa, ya que tiene en su
mano ambas posibilidades, dándose por supuesto que salvo excepciones, es
mejor no utilizarlas simultáneamenteˈ...”.

De las consideraciones expuestas, esta Sala concluye que no existe violación al


principio non bis in idem en la aplicación de las sanciones accesorias, con fundamento en
el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal; y así se declara.

En lo concerniente a la imposibilidad de aplicar las sanciones accesorias previstas


en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del
Sistema Nacional de Control Fiscal, por violar la Constitución de la República Bolivariana
de Venezuela; es preciso indicar que el artículo 289 de la Carta Magna establece que la
Contraloría General de la República, puede aplicar sanciones administrativas de
conformidad con la ley (lo cual se precisa en el artículo 105 Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal).

Al respecto, esta Sala Constitucional en su sentencia 2444 del 20 de octubre de 2004


(caso: Tulio Rafael Gudiño Chiraspo), consideró que no podía ser destituido del cargo un
funcionario de elección popular, con fundamento en el artículo 105 de la Ley Orgánica de
la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal.

Sin embargo, la sentencia supra fue objeto de una aclaratoria, solicitada por los
representantes de la Contraloría General de la República, en decisión N° 1056 del 31 de
mayo de 2005, que ratifica el fallo aclaratorio N° 174 del 8 de marzo de 2005, en los
siguientes términos:

“…La Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema


Nacional de Control Fiscal, publicada en la Gaceta Oficial N° 37.347, del 17
de diciembre de 2001, ratificó la universalidad del ejercicio de la función
contralora, y precisó en el artículo 9 los órganos y personas sujetos al
control, vigilancia y fiscalización de la Contraloría General de la República,
esto es, entre otros, a todos los órganos y entidades a los que incumbe el
ejercicio del Poder Público Nacional, Estadal y Municipal, lo que incluye a
aquellos cuya investidura sea producto de la elección popular.

Esta Sala Constitucional decidió en su sentencia N° 2444 del 20 de octubre


de 2004, en relación con los funcionarios públicos de elección popular, que si
bien la declaratoria de responsabilidad administrativa apareja
ineludiblemente la aplicación de la sanción de multa junto con otras
sanciones, entre ellas: la suspensión del cargo sin goce de sueldo, la
destitución y la inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas, le
asistía la razón ˈal accionante cuando cuestiona el acto de destitución
impuesto por el Contralor con ocasión a la naturaleza comicial de su
investiduraˈ.

Esta conclusión se deriva del hecho cierto de que los derechos al sufragio
activo y pasivo constituyen el eje del sistema democrático estatuido en
nuestra Carta Magna, y la posibilidad de que el mandato conferido se
interrumpa de manera definitiva a través de una sanción de naturaleza
administrativa, implicaría ˈun grave riesgo de que se pierda el equilibrio en
el sistema de peso y contrapeso al que responde nuestro esquema
democráticoˈ.

En efecto, en materia de ejercicio de derechos, en este caso políticos, muy


vinculados al carácter participativo del gobierno del Estado venezolano, las
excepciones y/o restricciones son de derecho constitucional estricto y nuestra
Constitución sólo dispone de dos medios para terminar anticipadamente el
mandato o representación (salvo, por supuesto, la muerte o la renuncia).
Estos son: el enjuiciamiento por delitos comunes o políticos -artículo 266- y
la revocatoria del mandato -artículo 72-, una de las innovaciones de la nueva
Carta Magna que confiere, precisamente, el carácter participativo a nuestra
democracia.

En consecuencia, dicho fallo concluyó que en vista de que el acto


administrativo accionado en amparo, es decir la Resolución N° 01-00-019 del
23 de enero de 2004, dictado por el Contralor General de la República ˈno
fue producto del establecimiento de una responsabilidad penal, el Contralor
General de la República se hallaba impedido de declarar la destitución del
mencionado ciudadanoˈ, por lo que declaró con lugar la acción de amparo
ejercida, pero sólo con respecto a la destitución del cargo.

Ahora bien, mediante sentencia N° 174 del 8 de marzo de 2005, la Sala


declaró parcialmente con lugar la aclaratoria solicitada en relación al fallo
N° 2444, precisando que la ˈinhabilitación para ejercer cualquier función
pública contenida en las Resoluciones dictadas por el Contralor General de
la República comienzan (sic) a surtir efectos legales una vez vencido el
período para el cual fue electo el representante popular sancionado, o a
partir de que cese efectivamente en el ejercicio de sus funciones con ocasión
de las nuevas elecciones“ lo que impedía “al representante popular afectado
optar a la reelección en el venidero proceso comicialˈ.

Esta aclaratoria es absolutamente congruente con las argumentaciones


explanadas y se compadece con la naturaleza de la inhabilitación cuando se
trata de cargos de investidura popular. Efectivamente, la doctrina española
ha sido pacífica y conteste en el sentido de considerar la inhabilitación para
el derecho de sufragio pasivo como una “inhabilitación especial” que priva
al penado, o sancionado agrega la Sala, del derecho a ser elegido para
cargos públicos durante el tiempo de la condena o, en este caso, de la
sanción administrativa (Vid. Blecua Grafa, R., Rodríguez-Villasante Prieto,
J.L., y Otros, Comentarios al Código Penal Militar, Madrid, 1986; Días
Roca, R., Derecho Penal General, Madrid, 1996; Quintero Olivares, G.,
Morales Prats, F., y Prats Canut, M., Curso de Derecho Penal. Parte
General, Barcelona, 1996; Muñoz Conde, F., y García Aran, M., Derecho
Penal. Parte General, Valencia, 1996, y Vives Antón, T.S., y otros,
Comentarios al Código Penal de 1995, Valencia, 1996).

Teniendo en cuenta ello, no es posible por vía de una sanción administrativa


destituir a un funcionario de elección popular, por lo que la inhabilitación
para el ejercicio de cargos públicos tiene que ser entendida como
inhabilitación para ejercer en el futuro cualquier función pública, sea esta
originada por concurso, designación o elección; no obstante, la Contraloría
General de la República puede ejercer, en relación a este representante de
elección popular, cualquiera de las otras sanciones administrativas que no
impliquen la pérdida definitiva de su investidura. En consecuencia, puede
imponer multas, la inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas por
un máximo de quince años y la suspensión temporal del ejercicio del cargo
por un período no mayor de veinticuatro (24) meses…”. (Subrayado de este
fallo)

Es de advertir, en cuanto al fondo, que como expresa G. CABANELLAS en su


Diccionario Enciclopédico de Derecho Usual, Tomo VII (R-S) pág. 294, “la sanción
administrativa puede implicar la inhabilitación para ejercer una profesión o actividad”.

Asimismo, en atención a la prevención, investigación y sanción de los hechos que


atenten contra la ética pública y la moral administrativa (art. 274 Constitución de República
Bolivariana de Venezuela), el Poder Ciudadano está autorizado para ejercer un poder
sancionador sustancialmente análogo al derecho penal, incluyendo sanciones como las
accesorias del artículo 105, cuyo objetivo es la protección del orden social general (ver
Diccionario Jurídico Espasa LEX, págs. 776 y 902).

De igual manera, el mismo Diccionario de la Lengua Española (pág, 1277), si bien


alude en su primera acepción a la inhabilitación como la “pena o castigo que priva de
algunos derechos”, lo cual podría requerir un fallo judicial; en su segunda acepción refiere
a la “incapacitación para ejercer diversos empleos”, lo cual podría jurídicamente derivarse
de una sentencia, pero también de una sanción administrativa.

En efecto, si bien el artículo 65 del Constitución de República Bolivariana de


Venezuela señala que “…no podrán optar a cargo alguno de elección popular quienes
hayan sido condenados o condenadas por delitos cometidos durante el ejercicio de sus
funciones…”, esta norma no excluye la posibilidad de que tal inhabilitación pueda ser
establecida, bien por un órgano administrativo stricto sensu o por un órgano con autonomía
funcional, como es, en este caso, la Contraloría General de la República.

Nótese que la norma, si bien plantea que la prohibición de optar a un cargo público
surge como consecuencia de una condena judicial por la comisión de un delito, tampoco
impide que tal prohibición pueda tener un origen distinto; la norma sólo plantea una
hipótesis, no niega otros supuestos análogos.

En este contexto, cabe destacar que tal determinación es un asunto de política


legislativa que corresponde en todo caso al legislador nacional, según la orientación que
este órgano, dentro de su autonomía, decida asignarle al ius puniendi del Estado; por lo que
negar esta posibilidad significaría limitar al órgano legislativo en su poder autonómico de
legislar en las materias de interés nacional, según lo prescribe el artículo 187, cardinal 1, en
concordancia con el 152, cardinal 32 del Texto Fundamental.

Al respecto, esta Sala, en sentencia N° 1260 del 11 de junio de 2002 (caso: Víctor
Manuel Hernández y otro contra el artículo 38, parágrafo Segundo, 52, y 54 de la Ley para
Promover y Proteger el Ejercicio de la Libre Competencia) estableció que:

“…Hay quienes han pretendido establecer como diferencia el hecho de que


entre el derecho administrativo sancionador y el derecho penal no existen
diferencias de tipo material, sino que la gran diferencia es relativa al ámbito
normativo que genera las disposiciones en las cuales se sustentan, quiere decir,
que será el legislador a través de la creación de las normas que se desarrollarán
tanto por la Administración como por la jurisdicción penal quien clasificará la
potestad como penal o administrativa.

En consecuencia, será Derecho administrativo sancionador o Derecho penal,


aquello que el legislador establezca como tal, independientemente del contenido
normativo de las sanciones o penas que se establezcan.

Considera esta Sala que poco provecho se obtendría al pretender generar la


discusión con base al órgano que ejecuta el ius puniendi (judicial o
administrativo), ya que las diferencias existentes entre el derecho penal y el
derecho sancionador son sólo relevantes en cuanto se refieren a su ámbito de
aplicación, siendo en consecuencia necesario entrar a analizar la finalidad de
las mismas, pues las diferencias que pudiesen existir en ese orden, serán las que
permitan establecer los parámetros de interpretación de tales ramas del
derecho.

Este ha sido el criterio sostenido por la jurisprudencia patria, la cual asume la


tesis de la dualidad del ejercicio del ius puniendi del Estado, fijando como
característica diferenciadora el fin último perseguido por una u otra
manifestación de la potestad punitiva (sentencia de la entonces Corte Suprema
de Justicia en Pleno del 9 de agosto de 1990 (caso Ley del Sistema Nacional de
Ahorro y Préstamo).

En consecuencia, el objeto de estudio y aplicación del derecho administrativo


sancionador, es el ejercicio de la potestad punitiva realizada por los órganos del
Poder Público actuando en función administrativa, requerida a los fines de
hacer ejecutables sus competencias de índole administrativo, que le han sido
conferidas para garantizar el objeto de utilidad general de la actividad
administrativa.

Esto es así, debido a la necesidad de la Administración de hacer cumplir sus


fines, ya que de lo contrario, la actividad administrativa quedaría vacía de
contenido ante la imposibilidad de ejercer el ius puniendi del Estado frente a la
inobservancia de los particulares en cumplir con las obligaciones que les han
sido impuestas por ley, de contribuir a las cargas públicas y las necesidades de
la colectividad…”.

La actividad del Parlamento anteriormente anotada, sólo podría hallar límites en la


Constitución, la cual, al no prohibir esta especial manifestación sancionatoria por parte de
la Contraloría General de la República, y al encontrar ésta sustento expresamente en la ley
que la rige, se ajusta tanto al principio de supremacía constitucional como al principio de
legalidad, como pilares fundamentales del Estado de Derecho. Así se declara.

En relación a la presunta contradicción entre el artículo 105 de la Ley Orgánica de


la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal y el
artículo 42 constitucional, es preciso destacar que este último está contenido en la Sección
Segunda (De la Ciudadanía) del Capítulo II (De la nacionalidad y de la ciudadanía) del
Título III (De los derechos humanos, garantías y de los deberes) de la Constitución.

Es decir, que esta disposición no está en el Capítulo IV, referente a los derechos
políticos. Esta observación preliminar es muy importante para determinar el alcance de la
norma, pues el análisis que de ella se haga debe ser sistemático y no aislado. La Sección
Segunda está referida a la ciudadanía, es decir, a la condición -en principio- privativa de los
venezolanos de ejercer derechos políticos como el sufragio activo y el pasivo.

Las disposiciones de la Sección Segunda precisan, entre otras cosas, la igualdad


entre venezolanos por nacimiento y por naturalización a los efectos de la titularidad de los
derechos políticos, salvo las excepciones contempladas en el artículo 41 –que determina los
cargos que solo pueden ser ejercidos por los venezolanos por nacimiento y sin otra
nacionalidad-, la inhabilitación política y la interdicción civil (art. 39).

Ahora bien, de lo señalado se deduce que un venezolano puede perder total o


parcialmente, temporal o permanentemente, o no ser titular de algún derecho político (como
se evidencia de lo previsto en los artículos 39 y 41). Pero también los extranjeros pueden
ser titulares de derechos de ciudadanía, como puede advertirse del artículo 64 de la
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela que extiende el derecho activo de
sufragio para elecciones parroquiales, municipales y estadales a los extranjeros con más de
diez (10) años de residencia en el país.

En consecuencia de lo expuesto, la previsión contenida en el artículo 42 debe


necesariamente vincularse e interpretarse en función de los conceptos de nacionalidad y
ciudadanía. Literalmente, quien renuncia a la nacionalidad (originaria o adquirida) o la
pierda (por revocatoria de la naturalización), pierde la ciudadanía, sea esta plena –en el caso
de los venezolanos por nacimiento, mayores de edad, no entredichos ni inhabilitados- o
parcial en el caso de naturalizados o extranjeros.

Lógicamente, la pérdida de esta nacionalidad -adquirida, pues si no es por renuncia


la originaria no se pierde- debe darse por decisión judicial, así como la pérdida de los
derechos de ciudadanía -parcial- que el ex-nacional detentaba antes de la revocatoria de la
carta de naturaleza.

Lo expuesto se confirma en la imposibilidad de privación de nacionalidad


venezolana por nacimiento, expresamente contenida en los artículos 35 Constitución de la
República Bolivariana de Venezuela y 12 de la Ley de Nacionalidad y Ciudadanía; y en lo
dispuesto en el artículo 36 eiusdem que precisa que la revocatoria de la nacionalidad
venezolana por naturalización solo puede hacerse mediante sentencia judicial, todo de
conformidad con al artículo 35 de la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela.

En conclusión, el artículo 42 in fine se refiere exclusivamente a la pérdida de los


derechos vinculados a la ciudadanía por parte de los venezolanos por nacimiento que
renuncien a su nacionalidad, o a los naturalizados que renuncien a ella o les sea revocada su
carta de naturaleza por sentencia judicial firme, que lógicamente implica –en virtud de
dicho fallo- la pérdida de los derechos políticos. Es decir, que cuando el artículo 42 de la
Constitución pauta que “el ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos
políticos, solo puede ser suspendido por sentencia judicial firme, en los casos que
determine la ley”, esta refiriéndose a la pérdida de la nacionalidad venezolana adquirida
(revocatoria de la carta de naturaleza), con fundamento en los artículos 35 de la
Constitución y 36 de la Ley de Nacionalidad y Ciudadanía; y así se declara.

Por lo que respecta a la presunta inconstitucionalidad del artículo 105 de la Ley


Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal, por violentar lo dispuesto en al artículo 23.2 de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos, esta Sala Constitucional observa:

La Convención Americana sobre Derechos Humanos, suscrita en San José el


22/11/69 y ratificada por nuestro país el 09/08/1977, es una declaración de principios,
derechos y deberes de corte clásico que da preeminencia a los derechos individuales, civiles
y políticos dentro de un régimen de democracia formal. Obviamente, como tal, es un texto
que contiene una enumeración de libertades de corte liberal que son valiosas para garantizar
un régimen que se oponga a las dictaduras que han azotado nuestros países iberoamericanos
desde su independencia.
Ahora bien, en ella no hay norma alguna sobre derechos sociales (solo hay una
declaración de principios acerca de su desarrollo progresivo en el artículo 26), ni tampoco
tiene previsión sobre un modelo distinto al demócrata liberal, como lo es la democracia
participativa, ni contempla un tipo de Estado que en lugar de construir sus instituciones en
torno al individuo, privilegie la sociedad en su conjunto, dando lugar a un Estado social de
derecho y de justicia.

Por otra parte, en relación a los derechos políticos, el artículo 23.2, admite la
“reglamentación” de los mismos mediante ley, en atención a razones de edad, nacionalidad,
residencia, idioma, instrucción, capacidad civil o mental, o condena, por juez competente,
en proceso penal.

Esta disposición no alude a restricción en el ejercicio de estos derechos, sino a su


reglamentación. En todo caso, de una manera general, el artículo 30 eiusdem admite la
posibilidad de restricción, siempre que se haga “conforme a leyes que se dictaren por
razones de interés general y con el propósito para el cual han sido establecidas”.

Aunada a esta prescripción, el artículo 32.2 pauta que “los derechos de cada
persona están limitados por los derechos de los demás, por la seguridad de todos y por las
justas exigencias del bien común, en una sociedad democrática”.

En función de lo expuesto, esta Sala considera que es posible, de conformidad con


la “Convención Americana sobre los Derechos Humanos”, restringir derechos y libertades,
siempre que sea mediante ley, en atención a razones de interés general, seguridad de todos
y a las justas exigencias del bien común.

Estas previsiones contenidas en los artículos 30 y 32.2 de la Convención adquieren


particular importancia cuando estamos en presencia, en el caso de Venezuela, de un
ordenamiento constitucional que, sin duda, privilegia los intereses colectivos sobre los
particulares o individuales, al haber cambiado el modelo de Estado liberal por un Estado
social de derecho y de justicia.

En tal sentido, en el supuesto negado de que exista una antinomia entre el artículo
23.2 y la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la prevalencia del tratado
internacional no es absoluta ni automática. En efecto, el artículo 23 constitucional exige
para la aplicación preferente del tratado, pacto o convención relativos a derechos humanos,
que éstos contengan normas más favorables a las de la Constitución.

Ahora bien, ¿qué valores debe tener presente el Tribunal para determinar cuándo
debe considerarse que esa disposición convencional es más “favorable” que la normativa
constitucional interna?

Es imprescindible para resolver esta antinomia, de existir, tomar en consideración lo


que esta Sala Constitucional ha resuelto a través de su jurisprudencia. En concreto, en la
sentencia 1309/2001, se estableció que “…la interpretación debe tener una doble
justificación: la interna o coherencia con el sistema jurídico; y la externa o adecuación
con la mejor teoría política que subyazca tras el sistema y con la moralidad institucional
que le sirve de base axiológica…”.
En consecuencia, la interpretación está condicionada material e ideológicamente. El
derecho es una teoría normativa puesta al servicio de una política (la política que subyace
tras el proyecto axiológico de la Constitución); y la interpretación debe comprometerse si
se quiere mantener la supremacía de la Carta Fundamental, cuando se ejerce la jurisdicción
constitucional atribuida a los jueces, con la mejor teoría política que subyace tras el sistema
que se interpreta o se integra y con la moralidad institucional, que le sirve de base
axiológica (interpretatio favor Constitutione).

Agrega el fallo in commento que, “En este orden de ideas, los estándares para
dirimir el conflicto entre los principios y las normas deben ser comparables con el
proyecto político de la Constitución (Estado Democrático Social de Derecho y de Justicia)
y no deben afectar la vigencia de dicho proyecto con elecciones interpretativas ideológicas
que privilegian los derechos individuales a ultranza o que acojan la primacía del orden
jurídico internacional sobre el Derecho Nacional en detrimento de la soberanía del
Estado. Aunque la teoría moderna del Derecho ha quitado al Estado el carácter absoluto
que el dogma de la soberanía le atribuía, para la ciencia jurídica actual, la formulación de
la relación entre el Derecho internacional y el Derecho nacional varía según el sistema de
referencia adoptado, siendo que para ello, como expresa Kelsen, los dos sistemas son
igualmente admisibles, y no hay método jurídico que permita dar preferencia a uno en
menoscabo del otro (Reine Rechtslehre, Wien, Deuticke, 1960, p. 343). Y se observa que la
validez del derecho internacional depende del reconocimiento explícito de la Constitución
(artículo 23), desde un punto de vista sistemático, la opción por la primacía del Derecho
Internacional es un tributo a la interpretación globalizante y hegemónica del racionalismo
individualista. La nueva teoría es combate por la supremacía del orden social valorativo
que sirve de fundamento a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela”
(Subrayado de este fallo).
Una vez más se advierte del texto de la sentencia invocada la especificidad de la
interpretación de las normas constitucionales: la necesidad de asegurar la supremacía
constitucional (artículo 7 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela) y el
análisis técnico en consonancia con el proyecto político de la Constitución.

Asimismo, la sentencia 1309/2001 observa que “…la interpretación constitucional


hace girar el proceso hermenéutico alrededor de las normas y principios básicos que la
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela ha previsto. Ello significa que la
protección de la Constitución y la jurisdicción constitucional que la garantiza exigen que
la interpretación de todo el ordenamiento jurídico ha de hacerse conforme a la
Constitución (verfassung konforme Auslegung von Gesetze)…”.

Esta conformidad requiere el cumplimiento de varias condiciones, unas formales,


como la técnica fundamental (división del poder, reserva legal, no retroactividad de las
leyes, generalidad y permanencia de las normas, soberanía del orden jurídico, etc.)
(RIPERT. Les forces créatrices du droit. Paris. LGDJ, 1953, pp. 307 y ss); y otras
axiológicas (Estado social de derecho y de justicia, pluralismo público y preeminencia de
los derechos fundamentales, soberanía y autodeterminación nacional), pues el carácter
dominante de la Constitución en el proceso interpretativo no puede servir de pretexto para
vulnerar los principios axiológicos en los cuales descansa el Estado Constitucional
venezolano.

Interpretar el ordenamiento jurídico conforme a la Constitución significa, en


consecuencia, salvaguardar a la Constitución misma de toda desviación de principios y de
todo apartamiento del proyecto que ella encarna por voluntad del pueblo.
Por tanto, según la sentencia 1309/2001, “no puede ponerse un sistema de principios
supuestamente absoluto y suprahistórico, por encima de la Constitución, ni que la
interpretación de ésta llegue a contrariar la teoría política propia que sustenta. Desde este
punto de vista, habría que negar cualquier teoría propia que postule derechos o fines
absolutos y aunque no se excluyen las antinomias intraconstitucionales entre normas y entre
estas y los principios jurídicos (verfassungswidrige) [normas constitucionales,
inconstitucionales] la interpretación o integración debe hacerse ohne naturecht (sin derecho
natural), según la tradición de cultura viva, cuyo sentido y alcance dependan del análisis
concreto e histórico de los valores compartidos por el pueblo venezolano. Parte de la
protección y garantía de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela radica,
pues, en una perspectiva política in fieri, reacia a la vinculación ideológica con teorías que
puedan limitar, so pretexto de valideces universales, la soberanía y la autodeterminación
nacional, como lo exige el artículo 1 eiusdem” (subrayado de este fallo).

En conclusión, el fallo 1309/2001 reivindica la supremacía constitucional, la


soberanía y la autodeterminación nacional y la reivindicación de la tradición de cultura
como fuente de interpretación y no solo de integración, frente a los postulados
pretendidamente universales, fundados en el derecho natural, y que no son más que una
opción por la “interpretación globalizante y hegemónica del racionalismo individualista”.

Con fundamento en las consideraciones expuestas y en la jurisprudencia citada, esta


Sala concluye que la restricción de los derechos humanos puede hacerse conforme a las
leyes que se dicten por razones de interés general, por la seguridad de los demás integrantes
de la sociedad y por las justas exigencias del bien común, de conformidad con lo dispuesto
en los artículos 30 y 32.2 de la “Convención Americana sobre derechos humanos”. Esta
prescripción es en un todo compatible con lo dispuesto en los artículos 19 y 156, cardinal
32 de la Constitucional Nacional. Lo previsto en el artículo 23.2 no puede ser invocado
aisladamente, con base en el artículo 23 de la Constitución Nacional, contra las
competencias y atribuciones de un Poder Público Nacional, como lo es el Poder Ciudadano
o Moral.

En concreto, es inadmisible la pretensión de aplicación absoluta y


descontextualizada, con carácter suprahistórico, de una norma integrante de una
Convención Internacional contra la prevención, investigación y sanción de hechos que
atenten contra la ética pública y la moral administrativa (artículo 271 constitucional) y las
atribuciones expresamente atribuidas por el Constituyente a la Contraloría General de la
República de ejercer la vigilancia y fiscalización de los ingresos, gastos y bienes públicos
(art. 289.1 eiusdem); y de fiscalizar órganos del sector público, practicar fiscalizaciones,
disponer el inicio de investigaciones sobre irregularidades contra el patrimonio público, e
“imponer los reparos y aplicar las sanciones administrativas a que haya lugar de
conformidad con la ley” (art. 289.3 eiusdem). En tal sentido, deben prevalecer las normas
constitucionales que privilegian el interés general y el bien común, debiendo aplicarse las
disposiciones que privilegian los intereses colectivos involucrados en la lucha contra la
corrupción sobre los intereses particulares de los involucrados en los ilícitos
administrativos; y así se decide.

Por último, en lo concerniente a la presunta aplicación retroactiva del artículo 105


de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal, publicada en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela N°
37.347 del 17 de diciembre de 2001, por parte del Contralor General de la República, al
imponerle a la recurrente la sanción de destitución e inhabilitación para el ejercicio de
funciones públicas, cuando dichas sanciones no se encontraban vigentes para el momento
en que se suscitaron los hechos objetos de investigación, esta Sala observa:
El artículo 117 de la Ley in commento (disposiciones transitorias) establece que
“…los procedimientos administrativos para la determinación de la responsabilidad
administrativa, la imposición de multas o la formulación de reparos, que se encuentran en
curso para el momento de entrada en vigencia de esta Ley se seguirán tramitando
conforme a lo establecido en la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República
publicada en la Gaceta Oficial de la República de Venezuela N° 5.017 Extraordinario del
trece (13) de diciembre de mil novecientos noventa y cinco (1995)…”.

En el caso de autos, la apertura de la averiguación administrativa se produjo de


acuerdo a lo dicho por la parte actora “…el último día hábil de trabajo en la Contraloría
General de la República en el año 2001…”, concretamente el 21-12-2001, según se
desprende del folio 65 del expediente, fecha para la cual se encontraba vigente la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República de 1995, ya que la hoy vigente data del
1 de enero de 2002 (vid. artículo 126 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal).

En razón de lo anterior, no existe duda de que la ley vigente para el momento del
inicio de la investigación, tal como se ha, señalado era la ley hoy derogada del 13 de
diciembre de 1995. No obstante, a pesar de que el acto emanado del Contralor General de la
República (Resolución N° 01-00-062 del 30 de marzo de 2005), por medio del cual se
confirmó la destitución y la inhabilitación impuestas a la recurrente alude al artículo 105 de
la vigente Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional
de Control Fiscal, el mismo también se fundamenta en el artículo 122 de la Ley Orgánica
de la Contraloría General de 1995, de análogo contenido, aplicable ratione temporis, por lo
que mal podría arribarse a la conclusión de que en el presente caso hubo una aplicación
retroactiva de la ley, máxime cuando la sanción de inhabilitación impuesta no rebasó el
límite establecido en la ley (derogada), aplicable en el tiempo al caso de autos. En
consecuencia, no existió aplicación retroactiva de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, razón por la cual resulta
forzoso para este órgano jurisdiccional desechar por manifiestamente infundado tal
argumento; y así se decide.

Por las razones antes expuestas esta Sala Constitucional del Tribunal Supremo de
Justicia, al encontrar que los argumentos de la parte recurrente no desvirtuaron la
presunción de constitucionalidad del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal, declara sin lugar la
demanda de nulidad interpuesta por la ciudadana Ziomara Del Socorro Lucena Guédez,
contra la norma antes referida. Así se declara.

Por lo que respecta a la nulidad de los actos administrativos de efectos particulares


contenidos en la Resolución N° 01-00-173 del 28 de junio de 2005, dictada por el Contralor
General de la República, por medio de la cual declaró sin lugar el recurso de
reconsideración ejercido por la hoy recurrente contra la Resolución N° 01-00-062 del 30 de
marzo de 2005, emanada de ese mismo funcionario y mediante la cual le aplicó la sanción
de destitución del cargo de Directora Nacional de Comunidades Educativas y la sanción de
inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas por el período de tres (3) años; y
contra la decisión del 23 de noviembre de 2004, dictada por la Dirección de Determinación
de Responsabilidades, adscrita a la Dirección General de Procedimientos Especiales de la
Contraloría General de la República, en la cual se determinó la responsabilidad
administrativa de la referida ciudadana y la imposición de una multa por la cantidad de
doscientos ochenta y cinco mil seiscientos bolívares (Bs. 285.600,oo); la Sala encuentra
que al ajustarse a la Carta Magna la norma que sirvió de fundamento a los mismos (es
decir, al no verificarse el vicio de ausencia de base legal), no puede entrar a su análisis de
manera autónoma sin que ello implique invadir las competencias de la jurisdicción
contencioso administrativa, por tratarse de actos de rango sublegal, los cuales -se insiste-
sin la previa determinación de la inconstitucionalidad de su fuente normativa directa, mal
pueden ser conocidos por esta instancia constitucional, tal como ya ha sido por la Sala en
fallos precedentes, en particular el N° 825/2004. Así se declara.
En cuanto a la solicitud de medida cautelar y la oposición formulada a la misma por
los representantes de la Contraloría General de la República, esta Sala estima inoficioso
emitir un pronunciamiento al respecto por haberse decidido el juicio principal del cual
dicha solicitud resultaba accesoria. Así se decide.

DECISIÓN

Por las razones precedentemente expuestas, esta Sala Constitucional del Tribunal
Supremo de Justicia, en nombre de la República por autoridad de la ley, declara SIN
LUGAR el recurso de nulidad por razones de inconstitucionalidad interpuesto por la
ciudadana ZIOMARA DEL SOCORRO LUCENA GUÉDEZ contra el artículo 105 de la
Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal publicada en la Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela N° 37.347
del 17 de diciembre de 2001.

Publíquese y regístrese. Archívese el expediente.

Dada, firmada y sellada en la Sala de Audiencias de la Sala Constitucional del


Tribunal Supremo de Justicia, en Caracas, a los 05 días del mes de agosto de dos mil ocho
(2008). Años: 198º de la Independencia y 149º de la Federación.

La Presidenta,
Luisa Estella Morales Lamuño

El Vicepresidente,

Francisco Antonio Carrasquero López

Jesús Eduardo Cabrera Romero

Magistrado
Pedro Rafael Rondón Haaz

Magistrado

Marcos Tulio Dugarte Padrón

Magistrado

Carmen Zuleta de Merchán

Magistrada

Arcadio Delgado Rosales

Magistrado-Ponente

El Secretario,
José Leonardo Requena Cabello

Exp. 05-1853

ADR/

El Magistrado Dr. Pedro Rafael Rondón Haaz discrepa del criterio


mayoritario respecto de la sentencia que antecede, con fundamento en el siguiente
razonamiento:

1. Como punto previo, se observa que el artículo 20, párrafo 4, de la


Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia preceptúa:

Para que sean válidas las decisiones se requiere el voto de la mayoría simple
de los miembros de la Sala respectiva. El Magistrado o Magistrada ponente
deberá presentar el proyecto de decisión a los demás Magistrados o
Magistradas, quienes deberán formular sus observaciones o manifestar su
conformidad con el mismo, dentro de los cinco (5) días hábiles siguientes. En
caso de que surjan observaciones al proyecto de decisión, el Magistrado o
Magistrada ponente deberá realizar las modificaciones formuladas que
considere pertinentes, dentro de los tres (3) días hábiles siguientes. Al tercer
día hábil siguiente, se volverá a presentar el proyecto de decisión corregido o
los fundamentos que sostienen su criterio para mantener el proyecto original,
para ser sometido a votación; el Presidente o Presidenta de la Sala será el
último en votar. En caso de empate, se suspenderá la deliberación y se
convocará a una segunda reunión para el día hábil siguiente. Si el empate
persiste, se suspenderá nuevamente la discusión y se convocará a otra reunión
para el día hábil siguiente, a fin de adoptar la decisión definitiva. De
continuar el empate, el voto del Presidente o Presidenta de la Sala respectiva
será considerado doble. El Magistrado o Magistrada que se encuentre en
desacuerdo o disienta de la decisión, anunciará su voto salvado, que deberá
consignar escrito (sic) en el que fundamente las razones, fácticas y jurídicas
de su negativa, dentro de los tres (3) días hábiles siguientes. Este escrito
deberá ser firmado por todos los Magistrados o Magistradas de la Sala
respectiva y se agregará a la sentencia. En caso de que el proyecto no cuente
con la aprobación de la mayoría de los miembros de la Sala, la ponencia
deberá reasignarse a otro Magistrado o Magistrada de la Sala
correspondiente, conforme al trámite previsto en el presente artículo
(Destacado añadido).

No obstante la claridad del texto de la norma, se observa que, en el caso de


autos, fue desacatada con la divulgación de la sentencia de la que se discrepa en el sitio web
de este Tribunal antes de la consignación de este voto salvado, pese a que el lapso al efecto
vence el próximo 12 de agosto (3 días de despacho desde el martes 5 próximo pasado) y
pese al acuerdo, al que se había llegado al respecto, con los demás miembros de la Sala.

2. Este disidente no comparte las razones de fondo que se sostuvieron


en el acto jurisdiccional que precede para la declaratoria sin lugar de la demanda de nulidad
del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal y, divergentemente, considera que esa norma legal es contraria a
elementales principios de nuestro Texto Fundamental, por las siguientes razones:

2.1. La mayoría sentenciadora desestimó el alegato de violación al


derecho a la defensa y al debido proceso y consideró que el procedimiento administrativo
que se sigue ante la Contraloría General de la República y que culmina con la declaración
de responsabilidad administrativa “ofrece todas las garantías al particular para la defensa
de sus derechos e intereses” frente a la sanción que, posteriormente a esa declaratoria,
podrá imponer el Contralor General de la República de acuerdo con el artículo 105 que se
impugnó.

El voto salvante considera, por el contrario, que la norma sí viola el derecho


fundamental a la defensa y al debido procedimiento previo, por las siguientes razones:

2.1.1 El derecho fundamental al debido proceso es, por mandato del


artículo 49 de la Constitución, de obligatoria observancia en todas las actuaciones
judiciales y administrativas. De esta manera, al procedimiento administrativo han de
aplicarse todos los atributos que ese precepto fundamental recoge en sus cardinales 1 al 8,
como son el derecho a la defensa y asistencia jurídica, derecho a ser notificado, derecho a la
presunción de inocencia, derecho a ser oído, derecho al juez natural, derecho a no ser
obligado a confesarse culpable, prohibición de sanción sin ley previa, derecho a la cosa
juzgada y derecho a la responsabilidad patrimonial ante el error, retardo u omisión en la
tramitación de un proceso o procedimiento administrativo. Así lo dispone el propio artículo
49 de la Constitución, cuando afirma que “el debido proceso se aplicará a todas las
actuaciones judiciales y administrativas; en consecuencia: / (…) 3. Toda persona tiene
derecho a ser oída en cualquier clase de proceso, con las debidas garantías y dentro del
plazo razonable determinado legalmente...”.

En consecuencia, mal puede dictarse un acto administrativo que afecte la


esfera jurídica de un particular sin que, previamente, se haya sustanciado el correspondiente
trámite, de cuyo inicio se haya notificado a todos los interesados, especialmente, a quien se
vea directamente afectado, y en el cual se haya dado a éstos oportunidad de defensa, esto
es, de alegación y prueba en su favor, bajo pena de vulneración a ese derecho fundamental
al debido procedimiento y, además, el derecho a la presunción de inocencia.

En la hipótesis de autos, cabe recordar que la norma cuya nulidad se


demandó preceptúa que el Contralor General de la República podrá imponer las sanciones
accesorias de suspensión sin goce de sueldo o de destitución, así como la de inhabilitación
para el ejercicio de funciones públicas, en atención a “la entidad del ilícito cometido” o a
“la gravedad de la irregularidad cometida”, a quienes hayan sido declarados responsables
administrativamente, mediante decisión firme en sede administrativa; sanciones que habrán
de imponerse, según el texto expreso de la norma, “sin que medie ningún otro
procedimiento”.

Ahora bien, el derecho al debido procedimiento o al procedimiento previo


es, se insiste, garantía fundamental del derecho a la defensa y, como tal, no puede ser
relajado ni sustituido por otros medios de defensa. De esta manera, el control ex post del
acto sancionador a través de las vías administrativas y jurisdiccionales que dispone la Ley
no sustituye, en modo alguno, el derecho al previo procedimiento y a ser oído que tiene el
sancionado antes de que se emita el acto definitivo; unos y otros son atributos esenciales de
un mismo derecho fundamental, todos los que, como tales, deben ser observados a
cabalidad.

En sentencia de 21 de mayo de 1996, con ocasión del juzgamiento en


relación con la inconstitucionalidad del artículo 22 de la Ley Orgánica de Amparo sobre
Derechos y Garantías Constitucionales, la antigua Corte Suprema de Justicia en Pleno tuvo
la oportunidad de pronunciarse acerca de la importancia fundamental de la apertura de un
procedimiento contradictorio y de la oportunidad del posible afectado para el planteamiento
de sus alegatos antes de que se decida cualquier procedimiento administrativo –incluso
constitutivo, se añade- o proceso judicial, ello como garantía inherente al derecho a la
defensa y al debido proceso:

…, el artículo 22 de la Ley Orgánica de Amparo, cuya supuesta nulidad se


analiza, faculta al Juez para dictar sentencia definitiva en primera instancia
sin tramitar ningún tipo procedimiento y sin informar previamente al
presunto agraviante, de la existencia de una demanda en su contra.
(…) a juicio de la Corte, ello constituye una violación al único aparte del
artículo 49 de la Constitución de la República, por cuanto éste indica que el
mandamiento de amparo debe ser producto de un procedimiento, de
circunstancias a las que no hace ninguna referencia en el texto del artículo 22
eiusdem, como condición previa y necesaria para dictar tal mandamiento.
Por otra parte, es evidente que estamos ante una grosera y flagrante
indefensión, ya que el nombrado artículo 22, choca abierta y directamente
con la última parte del artículo 68 de la Constitución, el cual establece que
“la defensa es derecho inviolable en todo estado y grado del proceso”
(Subrayado añadido).
Tampoco comparte el salvante el criterio que sostuvo la mayoría
sentenciadora, en el sentido de que el previo procedimiento sería aquel que se tramita antes
de que se dicte el acto que declara la responsabilidad administrativa y que, en esa
oportunidad, el particular puede defenderse tanto de la declaratoria de responsabilidad
como de las sanciones que eventualmente impondrá el Contralor General de la República.

En efecto, se discrepa de tal opinión porque ese procedimiento


administrativo tiene un objetivo específico: la determinación de la incursión o no de
determinado sujeto en alguna de las infracciones que tipifican los artículos 91 y 92 de la
Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal –propias de la responsabilidad administrativa- lo que dará lugar, en caso asertivo, a
la imposición de la sanción de multa, de conformidad con el artículo 94 eiusdem, y a la
declaratoria de responsabilidad administrativa del sujeto. En este supuesto, la defensa del
interesado se dirige a la alegación y prueba en contra de la verificación de la conducta
infractora que se le imputa.

A diferencia de ello, la imposición de las sanciones “complementarias” que


recoge el artículo 105 eiusdem por parte del Contralor General de la República –unas
típicamente disciplinarias y otra típicamente penal-, si bien tiene como presupuesto la
previa declaratoria de la responsabilidad administrativa, procede o no según la ponderación
de otros aspectos: “la entidad del ilícito cometido” y “la gravedad de la irregularidad
cometida”; en consecuencia, poco importa ya la defensa que se ejerció para la demostración
de la inexistencia de infracción administrativa, la cual ha sido declarada mediante acto
administrativo; lo que al sancionado interesa ahora es la alegación y la prueba, con relación
a la eventual imposición de una sanción, de “la entidad del ilícito cometido” y “la
gravedad de la irregularidad cometida” para evitar tal nueva y adicional imposición y mal
podía haberse defendido de este asunto en el curso del procedimiento que ya se sustanció,
sin que con ello hubiera incurrido, inevitablemente, en una gran contradicción: la alegación
de que no le es imputable una conducta ilícita y, a la par –aunque fuese de manera
subsidiaria- el argumento de que, en todo caso, dicha conducta no fue “muy grave” o que el
ilícito de que se trate es uno de “menor entidad”.
En consecuencia, sí sería indispensable el reconocimiento del derecho a la
defensa al particular antes de que el Contralor General de la República impusiese la nueva
sanción y, por ende, sí sería necesario que hubiese un nuevo procedimiento que otorgase
plenamente al sancionado esa oportunidad de alegación y prueba a su favor, y así debió
declararlo esta Sala. Debe añadirse, por otra parte, que ese nuevo procedimiento, además,
debería satisfacer el principio de inmediación al que tanta preeminencia le dio el
constituyente y que es consustancial con el sistema acusatorio por el que optaron, primero
el legislador –del Código Orgánico Procesal Penal- y luego, el mismo constituyente, en
materia sancionatoria penal, la cual, se insiste, es manifestación del mismo ius puniendi que
el Estado ejerce a través de la potestad sancionatoria administrativa. Por el contrario, no
sólo no se sustancia un procedimiento previo a la decisión del Contralor, sino que la norma
no le fija ningún límite temporal para el ejercicio de esa potestad, lo cual ha dado pié, como
fue denunciado en la audiencia preliminar, a que se dicte la sanción “principal” y
transcurran hasta más de dos años entre ella y la imposición de las “accesorias”, e, incluso,
que, en cualquier tiempo posterior a la determinación de la responsabilidad administrativa y
al dictado de un primer acto del Contralor General de la República de imposición de una de
las sanciones de naturaleza disciplinaria –suspensión o destitución-, éste dicte otro, para,
ahora, aplicar, por los mismos motivos, la sanción de inhabilitación; todo ello a espaldas
del destinatario de los actos en cuestión, es decir, sin inmediación del funcionario decisor,
quien no tiene participación alguna en el procedimiento de establecimiento de la
responsabilidad que la mayoría estimó como suficiente para dar cobertura a los derechos a
la defensa y al debido proceso respecto de los actos sancionatorios “accesorios”,
procedimiento y pronunciamiento iniciales estos a cargo de un funcionario distinto del
Contralor General de la República.

2.2. En segundo lugar, la sentencia que antecede desestimó la violación al


principio de tipicidad de las sanciones administrativas, bajo el argumento de que en la
norma que se impugnó están suficientemente tipificados tanto las sanciones administrativas
como los hechos ilícitos que dan lugar a esas sanciones y que “la potestad discrecional del
órgano contralor no es una ‘norma en blanco’, pues debe ajustarse a los parámetros
expresamente establecidos en la Ley Orgánica”.
Contrariamente a lo que sostuvo la mayoría sentenciadora, quien suscribe
como disidente considera que sí se agravió el principio constitucional de tipicidad de las
sanciones administrativas, por las siguientes razones:

El principio de tipicidad es, junto con el principio de reserva legal,


manifestación directa del principio de legalidad que debe, como tal, informar siempre el
ejercicio del ius puniendi estatal, sea que éste se ejerza a través de sanciones penales, sea a
través de sanciones administrativas. Ello se deriva, claramente, del artículo 49, cardinal 6,
de la Constitución, el cual dispone:

Artículo 49. El debido proceso se aplicará a todas las actuaciones


judiciales y administrativas; en consecuencia: / (…)
6. Ninguna persona podrá ser sancionada por actos u omisiones que no
fueren previstos como delitos, faltas o infracciones en leyes preexistentes
(Destacado añadido).

De esta manera, el principio de tipicidad o mandato de tipificación puede


definirse como la determinación, en una norma de rango legal, de las conductas que se
tildan de infracciones y de las sanciones correlativas a esas conductas, de manera tal que
esa determinación normativa permita predecir, con suficiente certeza, el tipo y el grado de
sanción que se impondrá.

El mandato constitucional de tipificación legal se exige, así, tanto para las


conductas que se consideren infracciones administrativas como para las sanciones que a
estas conductas corresponden.

Ahora bien, el incumplimiento con el principio de tipificación legal


encuentra distintos grados o variantes: así, puede tratarse de una ausencia absoluta de
tipificación, cuando la Ley silencia cualquier forma de ella, caso en el que la deja –
inconstitucionalmente- en manos del reglamento o, peor aún, de la Administración con
competencia para la aplicación de la sanción en el caso concreto. En segundo lugar, puede
tratarse de una insuficiencia de tipificación legal, esto es, insuficiencia de lex certa, lo que
se verifica cuando no hay descripción legal suficiente de los elementos esenciales de la
infracción o de la sanción, imprecisión que no permite la predicción, con suficiente certeza,
de cuáles son las conductas que se consideran infracciones y a qué sanción atenerse cuando
estas conductas se consuman. Como afirmó ALEJANDRO NIETO “la suficiencia de la
tipificación es, en definitiva, una exigencia de la seguridad jurídica y se concreta, ya que
no en la certeza absoluta, en la predicción razonable de las consecuencias jurídicas de la
conducta (…) la tipificación es suficiente cuando consta en la norma una predeterminación
inteligible de la infracción, de la sanción y de la correlación entre una y otra” (Cfr.
Derecho Administrativo Sancionador, Tecnos, Madrid, 2000, p. 293).

No es el primer caso que se describió, ciertamente, el supuesto que se ha


delatado, pues el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República
y del Sistema Nacional de Control Fiscal tipifica las distintas sanciones que habrán de
imponerse de manera complementaria, “según la gravedad de los hechos”, en relación con
las conductas infractoras que, a su vez, están tipificadas en los artículos 91 y 92 de la
misma Ley, a los que hace alusión el artículo 105 en cuestión. De modo que puede
afirmarse que sí hay tipificación en la norma jurídica; pero lo que se ha denunciado es el
segundo supuesto, esto es, la insuficiencia de esa tipificación, pues, se establecería, de
manera genérica, una gradación sumamente amplia de las sanciones “accesorias” que se
pueden imponer, incluso en forma acumulada y, lo que es más grave, sucesiva –sin límite
en el tiempo-, como consecuencia de la declaratoria de responsabilidad administrativa, las
cuales determina discrecionalmente el Contralor General de la República.

Debía, pues, determinarse hasta qué punto esa tipificación no exhaustiva del
artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema
Nacional de Control Fiscal lesiona o no el principio de lex certa, esto es, la certeza y
seguridad jurídica de los eventuales sancionados, al punto de que constituya o no
inobservancia del precepto constitucional que recoge el mandato de tipificación legal.

Al respecto, se razonó que “…los artículos 91 y 92 de la Ley Orgánica de la


Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal consagran
las conductas ilícitas objeto de control, mientras que las sanciones aplicables a los ilícitos
administrativos se determinan de acuerdo a parámetros razonables (en atención al ilícito
cometido y a la gravedad de la irregularidad); parámetros estos que ya existían en la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República derogada (en los Títulos VIII y IX). /
Ahora bien, asumiendo que la sanción (en este caso accesoria) que aplica la Contraloría
General de la República es de naturaleza ‘administrativa’ (y no judicial); debe insistirse
en la conformidad a derecho de estas llamadas por la doctrina ‘potestades discrecionales’,
por oposición a las ‘potestades vinculadas o regladas’. En efecto, la ‘potestad
discrecional’ no es contraria a la Constitución ni a la ley. Por el contrario, es una
expresión concreta del principio de legalidad.”

En efecto, según se indicó con anterioridad, la tipificación de las


infracciones se preceptúa en los artículos 91 y 92 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal y la tipificación de las
sanciones “complementarias” (suspensión, destitución e inhabilitación para el ejercicio de
funciones públicas) a la sanción principal, la multa, está recogida en el 105 eiusdem, pero
en forma que, en criterio del salvante, no cumple con el principio de tipicidad suficiente
respecto del vínculo o enlace entre tales infracciones y las sanciones accesorias, pues el
único nexo entre ellas es la previa declaratoria de responsabilidad administrativa y la
gravedad que, en cada caso concreto, presente la infracción que se cometió, según lo
determine, sin la sustanciación de un procedimiento para ello, el Contralor General de la
República.

Así, esa correlación entre la conducta que esté tipificada como infracción y
la sanción que se impondrá dependerá, siempre, como se dijo, de la valoración que, en el
caso concreto, realice el órgano administrativo sancionador de conceptos jurídicos
indeterminados, como son la “entidad del ilícito cometido” y la “gravedad de la
irregularidad cometida”, cuya apreciación ha de realizarse, como sucede cuando se analiza
cualquier concepto de esta naturaleza, de manera racional; pero, en este caso, los conceptos
en cuestión son de tal amplitud que impiden, per se, el cumplimiento con el principio de
tipificación y, en consecuencia, impiden el cabal ejercicio del derecho a la defensa y del
derecho a la certeza jurídica de los eventuales sancionados.
En efecto, por conceptos jurídicos indeterminados se entiende aquellos
relativos a una “esfera de realidad cuyos límites no aparecen bien precisados en su
enunciado, no obstante lo cual es claro que intentan delimitar un supuesto concreto”
(GARCÍA DE ENTERRÍA, Eduardo y FERNÁNDEZ, Tomás-Ramón, Curso de Derecho
Administrativo, Tomo I, décima edición, Civitas, Madrid, p. 457).

A diferencia de lo que sostuvo la mayoría sentenciadora en el fallo que


antecede, en el sentido de que el artículo bajo análisis otorgó al Contralor General de la
República una potestad discrecional, la doctrina administrativista venezolana y extranjera
han entendido, tradicionalmente, que la apreciación de conceptos jurídicos indeterminados
no implica ejercicio de discrecionalidad administrativa, pues no se trata de la existencia de
varias alternativas todas ellas igualmente válidas, que puede escoger la Administración al
momento de su actuación, sino de la apreciación de ciertos conceptos jurídicos que, si bien
no pueden ser determinados por la norma jurídica in abstracto en tiempo y espacio, sí
pueden precisarse en cada caso concreto al momento de su aplicación, concreción que
corresponde al órgano aplicador, en este caso la Administración. La consecuencia
fundamental de ello es que la errónea, irracional, desproporcionada o irrazonable aplicación
de tales conceptos en el marco de un caso concreto, es susceptible de revisión y control
jurisdiccional pleno, al igual, por cierto, que en el caso del ejercicio de la potestad
discrecional, que es controlable, no solamente respecto de los aspectos formales del acto en
que se vierta y en los elementos reglados que lo integran sino, de conformidad con el
artículo 12 de la Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos, en cuanto a la
racionalidad y proporcionalidad de la decisión en sí.

En todo caso, aun desde esa limitada perspectiva, los actos administrativos
que puede dictar el Contralor General de la República con fundamento en el artículo 105 de
la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal sin necesidad de procedimiento previo, violan uno de esos aspectos formales
por ausencia absoluta y total de procedimiento en los términos del artículo 19 de la Ley
Orgánica de Procedimientos Administrativos.

Ahora bien, si la apreciación y aplicación de conceptos jurídicos


indeterminados es, como principio general, plausible en el ámbito de ejercicio de la
mayoría de las formas de la actividad administrativa, es evidente que durante el ejercicio de
su potestad sancionadora resulta sumamente cuestionable y, en consecuencia, debe evitarse
la sustentación de sanciones administrativas en la apreciación y aplicación de conceptos
jurídicos indeterminados, pues ello implicaría, se insiste, a lo menos, una importante
merma, si no violación al principio de certeza y seguridad jurídica, al derecho a la defensa y
al principio de tipicidad de las infracciones y sanciones, derechos que recogió el artículo
49, en sus cardinales 1 y 6, respectivamente, de la Constitución de 1999.

En consecuencia, considera el salvante que la redacción del artículo 105 de


la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal injuria el principio de tipicidad de las sanciones, pues carece de una
gradación certera y concreta de correlación entre cada una de las posibles sanciones que
pueden ser impuestas y las conductas ilícitas que tipifican los artículos 91 y 92 de la misma
Ley, lo que implica que no está tipificado el vínculo o enlace entre la conducta infractora y
la sanción graduada determinada que se imponga en cada caso. La certeza y seguridad
jurídica ínsitas en la imposición de cualquier sanción, incluso aquellas de naturaleza
administrativa, coliden frontalmente con la ilimitada apreciación que la norma otorgó al
órgano sancionador para la determinación, en cada caso concreto, de la sanción que
impondrá según la “entidad del ilícito cometido” y la “gravedad de la irregularidad
cometida”, lo cual impide el cabal ejercicio del derecho a la defensa (artículo 49, cardinal 1,
constitucional) y viola el derecho a la tipificación que otorgó el artículo 49, cardinal 6,
eiusdem a los eventuales sancionados.

Muy lejos de la realización del análisis pertinente, la sentencia de la que se


aparta el salvante se pierde en disquisiciones acerca de puntos que no fueron planteados,
como una supuesta pretensión de nulidad “por el solo hecho de contener una potestad
discrecional” que no fue planteado por los co-demandantes, como forma de elusión de
resolución de los sólidos argumentos de la parte actora, no en cuanto a la supuesta
inconstitucionalidad de la potestad discrecional sino a la violación del principio de
tipicidad.
2.3 En tercer lugar, por lo que respecta a la denuncia de violación al
principio non bis in idem, quien difiere no puede dejar de destacar que la sentencia que
antecede se dedicó al análisis del supuesto de existencia o no de vulneración a este
principio cardinal del derecho sancionador cuando se está en presencia de sanciones
administrativas y penales pese a que, en el caso de autos, lo que se planteó fue la ilícita
acumulación de varias sanciones administrativas por un mismo hecho, circunstancia que ni
siquiera fue mencionada, en un nuevo ejercicio interpretativo que no se corresponde con lo
que fue controvertido, de una manera que lo que busca es que se pierda de vista el
verdadero objeto del proceso.

En todo caso, en criterio de quien se aparta del acto decisorio en cuestión,


para que se pudiese concordar con los asertos que anteceden, el artículo 105 de la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal tendría que ofrecer dos garantías que no ofrece; en primer lugar, como en materia
penal, ambos tipos de sanciones habrían de ser impuestas como consecuencia del mismo
procedimiento y por la misma autoridad para que pudieran ser objeto, en conjunto, del
mismo control administrativo y judicial y, en segundo lugar, debería establecer con claridad
la posibilidad de imposición, o no, de más de una sanción accesoria, a través de más de un
acto administrativo “complementario”.

En efecto, como se razonó supra, pese a que la mayoría determinó que


ambos tipos de sanciones –principales y “accesorias”- son producto de un mismo
procedimiento administrativo, ello no es cierto. Por el contrario, no sólo no se sustancia un
procedimiento previo a la decisión del Contralor, sino que la norma no le fija ningún límite
temporal para el ejercicio de esa potestad, lo cual ha dado pié, como fue denunciado, a que
se dicte la sanción “principal” y transcurran hasta más de dos años entre ella y la
imposición de las “accesorias”, e, incluso, que, en cualquier tiempo posterior a la
determinación de la responsabilidad administrativa y al dictado de un primer acto del
Contralor General de la República de imposición de una de las sanciones de naturaleza
disciplinaria –suspensión o destitución-, éste dicte otro, para, ahora, aplicar, por los mismos
motivos, la sanción de inhabilitación; todo ello a espaldas del destinatario de los actos en
cuestión, es decir, sin inmediación del funcionario decisor, quien no tiene participación
alguna en el procedimiento de establecimiento de la responsabilidad que la mayoría estimó
como suficiente para dar cobertura a los derechos a la defensa y al debido proceso respecto
de los actos sancionatorios “accesorios”, procedimiento y pronunciamiento iniciales estos a
cargo de un funcionario distinto del Contralor General de la República.

2.4. En cuarto lugar, la mayoría sentenciadora desestimó la delación del


agravio a los artículos 42 y 65 de la Constitución y el artículo 23.2 de la Contención
Americana sobre Derechos Humanos. Quien discrepa es de la opinión de que la norma que
se impugnó sí contradice dichos preceptos constitucionales y considera que debió dárseles
la siguiente interpretación:

2.4.1 Ya en anteriores oportunidades se ha pronunciado la Sala acerca del


alcance subjetivo de la potestad sancionadora que al Contralor General de la República
otorgó el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del
Sistema Nacional de Control Fiscal, en relación con los funcionarios de elección popular.
Así, ya la Sala ha expresado que esa Ley ratificó el principio de universalidad del ejercicio
de la función contralora que recogen los artículos 287 y 289 de la Constitución de 1999 y
que precisó, en su artículo 9, los órganos y personas sujetos al control, vigilancia y
fiscalización de la Contraloría General de la República, entre otros, todos los órganos y
entidades a los que incumbe el ejercicio del Poder Público Nacional, Estadal y Municipal,
“lo que incluye a aquellos cuya investidura sea producto de la elección popular”
(Sentencia n.° 1056 de 31 de mayo de 2005). De esta manera, se parte de la premisa de que
todos los funcionarios públicos, incluso aquellos que han sido electos popularmente, están
incluidos en el ámbito de aplicación de esa Ley.

Ahora bien, esa inclusión, en modo alguno, puede significar una merma de
los derechos fundamentales y de las prerrogativas que esa investidura popular confiere a
ciertos funcionarios. Por esa razón, mediante fallo n.° 2.444 de 20 de octubre de 2004, la
Sala señaló:

…ya ha tenido esta Sala oportunidad de pronunciarse acerca de cómo opera


el control (en el caso a que se refiere la Sala el político) sobre los cargos
de elección popular, con ocasión de la institución constitucional del
referendo revocatorio, señalándose que existe una antinomia entre la
competencia que el artículo 69 de la Ley Orgánica de Régimen Municipal
confiere al Concejo Municipal para convocar a referendo revocatorio del
mandato del Alcalde en los casos de no aprobación por parte del Cuerpo
Edilicio de la memoria y cuenta de su gestión anual, con lo previsto por el
artículo 72 de la Constitución, que otorga de manera exclusiva a los
electores inscritos en la correspondiente circunscripción electoral, la
iniciativa para solicitar la convocatoria de referendo revocatorio del mandato
de cualquier cargo de elección popular, inclusive el cargo de Alcalde (Vid.
Sent. N.° 812/2003 de 15 de abril).
En esa oportunidad, para garantizar el imperio, la supremacía y la
efectividad de las normas y principios constitucionales, conforme lo ordena
el artículo 335 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela,
la Sala desaplicó el artículo 69 de la Ley Orgánica de Régimen Municipal,
en lo que respecta a la iniciativa del Concejo Municipal para convocar un
referendo revocatorio, por ser opuesto a lo preceptuado en el artículo 72,
segundo acápite, de la Constitución. En este caso el conflicto es de igual
naturaleza (Destacado añadido).

Con fundamento en ese razonamiento, la Sala concluyó en esa oportunidad,


que:

La destitución y la suspensión de un funcionario de un cargo de elección


popular coliden con la normativa constitucional que estatuye que tales
cargos pueden ser objeto de referendo revocatorio. Siendo ello así, al
igual que con los cargos que tienen un régimen especial para la destitución,
es ese el mecanismo para cuestionar la legitimidad de la actuación del
representante popular, y las sanciones que sin duda alguna se le pudieran
imponer con ocasión a ilícitos administrativos, civiles o disciplinarios, según
el caso, encuentran su límite en esa circunstancias, sólo desvirtuable con
ocasión al establecimiento de una responsabilidad penal.
Ciertamente, lo expuesto no desdice de las potestades de control fiscal
que la Constitución le atribuye al Contralor General de la República,
sólo que dichas potestades deben guardar una proporcionalidad no sólo
con los hechos, sino además con la naturaleza popular de la investidura
del cargo, pues, de lo contrario, existiría un grave riesgo de que se
pierda el equilibrio en el sistema de peso y contrapeso al que responde
nuestro esquema democrático. No se trata de irresponsabilidad, no. A lo
que hace referencia la Sala es a la necesidad de que las consecuencias
jurídicas que deriven de esa responsabilidad no rompan con el carácter
representativo del gobierno (Destacado añadido).

Posteriormente, mediante decisión n.° 174 de 8 de marzo de 2005, con


ocasión de una aclaratoria que se solicitó respecto de la sentencia que anteriormente se citó,
la Sala precisó que los límites de la potestad sancionadora que recoge el artículo 105 de la
Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal se refieren a la suspensión y destitución de los funcionarios electos popularmente.
Asimismo, y aun cuando no fue objeto de un análisis de fondo la constitucionalidad de la
sanción de inhabilitación que recoge esa norma legal, la Sala afirmó la “plena vigencia” de
la sanción de inhabilitación y señaló que la eficacia de esa sanción quedaría en suspenso
hasta cuando venciese el período para el cual hubiera sido electo el sancionado, o desde
cuando cesare en el ejercicio de sus funciones con ocasión de las nuevas elecciones:

…en el fallo cuya aclaratoria se solicita se hizo señalamiento expreso de


cuál era el alcance del amparo concedido, esto es: sólo con respecto a la
destitución o suspensión del cargo, según sea el caso, lo cual no deja
margen de dudas que la inhabilitación para ejercer alguna función
pública contenida en el acto administrativo accionado en amparo se
encuentra plenamente vigente, pero con algunas precisiones adicionales
acerca de la oportunidad en que comienza a surtir sus efectos legales. /(…)
…el mandato constitucional contenido en la sentencia N.° 2444/2004 y en
esta aclaratoria implica que la mencionada inhabilitación debe comenzar
a surtir sus efectos legales una vez vencido el período para el cual fue
electo el sancionado, o a partir de que cese efectivamente en el ejercicio
de sus funciones con ocasión de las nuevas elecciones, lo cual, como es
lógico, descarta cualquier posibilidad que éste opte a la reelección como
consecuencia inmediata de esa inhabilitación (Destacado añadido).

Por último, en fallo n.° 1056 de 31 de mayo de 2005 –con voto salvado de
quien hoy también disiente-, nuevamente a través de aclaratoria, la Sala precisó que la
única sanción proscrita respecto de los funcionarios de elección popular es la destitución
del cargo, ratificó que la inhabilitación tiene vigencia pero con eficacia a futuro –luego del
vencimiento del período para el cual se haya elegido al funcionario-, y que la suspensión
temporal procederá siempre que el funcionario no goce del beneficio de antejuicio de
mérito:

…no es posible por vía de una sanción administrativa destituir a un


funcionario de elección popular, por lo que la inhabilitación para el ejercicio
de cargos públicos tiene que ser entendida como inhabilitación para ejercer
en el futuro cualquier función pública, sea esta originada por concurso,
designación o elección; no obstante, la Contraloría General de la República
puede ejercer, en relación a este representante de elección popular,
cualquiera de las otras sanciones administrativas que no impliquen la
pérdida definitiva de su investidura. En consecuencia, puede imponer
multas, la inhabilitación para el ejercicio de funciones públicas por un
máximo de quince años y la suspensión temporal del ejercicio del cargo por
un período no mayor de veinticuatro (24) meses.
(…) respecto a la eventual suspensión de funcionarios de elección popular,
con fundamento en la declaratoria de responsabilidad administrativa y en
atención a la gravedad del ilícito cometido (artículo 105 de la Ley Orgánica
de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal), esta Sala debe hacer una distinción con fundamento en lo dispuesto
en el artículo 266, numerales 2 y 3 de la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela, en concordancia con lo dispuesto en el artículo 5,
numerales 1 y 2 de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia. /(…)
Como quiera, en consecuencia, que la sanción de suspensión del ejercicio
del cargo implica, a su vez, la imposibilidad de ejercer los derechos políticos
que le corresponden a su investidura, lo cual sólo es posible, de acuerdo a lo
dispuesto en el artículo 380 del Código Orgánico Procesal Penal, cuando
sean “cumplidos los trámites necesarios para el enjuiciamiento”; esta Sala
considera que aquellos funcionarios de elección popular que se encuentren
amparados por la institución del antejuicio de mérito; a saber: el Presidente
de la República, los gobernadores de Estado y los integrantes de la
Asamblea Nacional, no podrán ser suspendidos en el ejercicio de sus cargos,
hasta tanto este Tribunal Supremo de Justicia, en sala Plena, declare que hay
mérito para su enjuiciamiento. Los demás funcionarios de elección popular a
nivel estadal o municipal, por no gozar de esta prerrogativa, podrán ser
suspendidos con base en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y el Sistema Nacional de Control Fiscal.

En definitiva, las consideraciones que se mantuvieron en los veredictos


anteriores se recogieron en el fallo n.° 1581 de 12 de julio de 2005 –también con voto
salvado de quien hoy disiente-, de la siguiente manera:
Para determinar el alcance del ejercicio de la potestad sancionadora que
tanto la Constitución como la ley atribuyen a la Contraloría General de la
República, en aquellos casos en los cuales el sujeto pasivo de dicha potestad
es un funcionario que ejerce un cargo de elección popular, es menester
considerar lo siguiente:
Siendo la República Bolivariana de Venezuela un Estado democrático y
social de Derecho y de Justicia que se constituye en una democracia
participativa, electiva, descentralizada, alternativa, responsable, pluralista y
de mandatos revocables, según informa el artículo 6 del Texto
Constitucional, resulta consustancial a ello que el Poder Público sea ejercido
por ciudadanos que hayan recibido, por voluntad del pueblo, el encargo de
hacerlo; a esta delegación del poder que reside intransferiblemente en el
pueblo, se le denomina mandato representativo.
Así pues, los sujetos que ejercen la representación política de los ciudadanos
en los diversos órganos legislativos en los ámbitos nacional, estatal y local
(diputados, legisladores y concejales), constituyen instrumentos de los
ciudadanos para ejercer su derecho de participación en los asuntos públicos
por medio de sus representantes elegidos, consagrado en el artículo 62 de la
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Concebida así, la
representación política es, ante todo, una creación normativa, una situación
jurídica o cualidad que existe siempre que el Texto Fundamental la atribuya
y con las responsabilidades y limitaciones que la ley impone. En
consecuencia, es el ejercicio de esta representación popular la que le permite
a los sujetos que la ostentan ejercer potestades públicas en nombre de un
colectivo (soberanía popular) vinculado políticamente a una entidad
territorial en particular (República, Estado o Municipio).
Por lo antes dicho, para establecer los límites del ejercicio de la potestad
sancionadora de la Contraloría General de la República, con respecto a
dichos sujetos, en virtud de que la pérdida de su investidura y la suspensión
en el ejercicio del cargo sólo puede producirse por las causas establecidas en
la Constitución y en la ley, resulta ineludible el análisis del régimen
constitucional y legal aplicable a esta categoría de funcionarios públicos.
En tal sentido, tenemos que, de acuerdo con el artículo 162 de la
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, el régimen de los
integrantes de los consejos legislativos de los Estados se regirán por la
normas que la Constitución establece para los diputados de la Asamblea
Nacional, en cuanto le sean aplicables, y dispone que la ley nacional
regulará el régimen y el funcionamiento de los aludidos órganos legislativos.
Por su parte, la Ley Orgánica de los Consejos Legislativos de los Estados no
contempla dentro de su articulado normas que expresamente regulen dicha
situación. Sin embargo, del análisis sistemático de la dogmática
constitucional referida a los legisladores de los consejos legislativos de los
Estados, puede inferirse que el cese en el ejercicio de los mencionados
cargos de elección popular puede darse por las siguientes circunstancias: 1)
la finalización del mandato por el transcurso del tiempo, por haber finalizado
el período de cuatro años previsto en el artículo 162 de la Constitución; 2)
por muerte del titular del cargo; 3) por renuncia voluntaria (numeral 20 del
artículo 187 de la Constitución, aplicable por remisión del artículo 162
eiusdem; 4) por renuncia presunta cuando el parlamentario acepta un cargo
público de los no exceptuados por el artículo 7 de la Ley Orgánica de lo
Consejos Legislativos de los Estados, siempre que no suponga dedicación
exclusiva; 5) por inhabilitación judicial sobrevenida, ya sea por pérdida de
la ciudadanía, por inhabilitación política por haber sido condenados por
delitos durante el ejercicio de sus funciones u otros que afecten el
patrimonio público, supuesto de inelegibilidad prevista en el artículo 65 de
la Constitución; y, 6) por la revocatoria de su mandato en virtud del
referendo previsto en el artículo 72 eiusdem.
Además de las causas que conllevan a la pérdida de la investidura como
legislador, antes señaladas, del examen de las competencias que el artículo
187 del Texto Fundamental confiere a la Asamblea Nacional tenemos que
entre éstas, el numeral 20 de la norma aludida, prevé la posibilidad de
separación temporal de un diputado del ejercicio del cargo, es decir, que la
Constitución admite la suspensión momentánea del ejercicio de los cargos
de representación popular. Aunque el artículo 15 de la Ley Orgánica de los
Consejos Legislativos de los Estados no contemple expresamente dicha
atribución dentro de las competencias de los órganos legislativos de los
Estados, sin duda, tal posibilidad resultaría conforme a la Constitución en
virtud de la aplicación supletoria del régimen establecido para los diputados
de la Asamblea Nacional, previsto por el artículo 162 del Texto
Fundamental.
Ahora bien, es importante hacer la distinción entre los efectos que tiene la
suspensión de un funcionario de un cargo de elección popular que no tiene
suplentes elegidos en los mismos comicios (como serían el Presidente de la
República, los gobernadores de Estado y los alcaldes), de aquellos que si lo
tienen, ya que las consecuencias jurídicas que derivan de dicha situación son
diferentes.
En efecto, el numeral 5 del artículo 14 de la Ley Orgánica del Sufragio y
Participación Política prevé para la elección de diputados nominales al
Congreso de la República (hoy Asamblea Nacional) y a las Asambleas
Legislativas (hoy Consejos Legislativos de los Estados) que “Cada
organización política postulará tantos candidatos como cargos a elegir
nominalmente en la circunscripción respectiva y dos (2) suplentes por cada
uno (1) de ellos”. Por su parte, el artículo 15 eiusdem dispone para los
candidatos a dichos cuerpos legislativos postulados por lista que “...una vez
adjudicados los candidatos principales, se asignarán los suplentes en un
número igual al doble de los principales, en el orden de lista”.
De este modo, el legislador dispuso la elección, en el mismo acto comicial,
del doble de suplentes por cada parlamentario principal, tanto para los
elegidos por votación nominal como para los elegidos mediante listas. De
manera que, las contingencias que pudieran afectar el desempeño individual
en el cargo de la persona favorecida por la voluntad del soberano, no afecte,
por una parte, el normal desarrollo de las funciones del órgano legislativo y,
por la otra, la representación política de los ciudadanos.
Así pues, la suspensión temporal en el ejercicio del cargo de diputado,
legislador o concejal, en ningún caso puede asimilarse a los efectos
producidos por la pérdida de la investidura o asemejarse a las consecuencias
que produciría la suspensión del ejercicio del cargo del Presidente de la
República, los gobernadores de Estado o los alcaldes, por cuanto, cada uno
de los diputados a la Asamblea Nacional y legisladores integrantes de los
Consejos Legislativos cuentan con sus respectivos suplentes, los cuales, han
sido igualmente elegidos por votación popular y, en consecuencia, también
ostentan el mandato representativo de los ciudadanos. Por consiguiente, la
suspensión pro tempore del ejercicio del cargo, de ninguna manera,
menoscaba el derecho a la participación en los asuntos públicos de los
ciudadanos por medio de sus representantes elegidos, previsto en el artículo
62 de la Norma Fundamental, ni implica riesgo alguno de pérdida del
equilibrio en el sistema de peso y contrapeso al que responde nuestro
esquema democrático.
Así pues, de acuerdo con el sistema electoral previsto para elegir a los
integrantes de los órganos legislativos de los distintos niveles del Poder
Público (nacional, estadal y municipal), en virtud de que tanto los
principales como los suplentes incorporan una representatividad popular
directa, dicha circunstancia supone que la sustitución de los principales por
sus respectivos suplentes, no altera el nexo elección-representación que
sustenta el carácter representativo de dichos cargos, ni afecta la relación
derivada de la elección popular y, por consiguiente, tal sucesión tampoco
menoscaba el derecho a la participación de los ciudadanos en los asuntos
públicos a través de sus representantes elegidos.

En consecuencia, el criterio que ha sostenido esta Sala en relación con el


alcance de la potestad sancionadora de la Contraloría General de la República, en lo que
respecta a los funcionarios de elección popular, es que tales funcionarios se encuentran
dentro del ámbito de aplicación de la potestad fiscalizadora de la Ley Orgánica de la
Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal. No
obstante, en tales precedentes, la Sala no sentó criterio sobre el argumento que se trajo en
esta oportunidad con relación a la violación de los artículos 42 y 65 de la Constitución y el
artículo 23.2 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos.
Así, se observa que el artículo 42 de la Constitución dispone:

Quien pierda o renuncie a la nacionalidad pierde la ciudadanía. El ejercicio


de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos sólo puede ser
suspendido por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley
(Subrayado añadido).

Quien suscribe este voto no puede menos que disentir enfáticamente de la


interpretación que dio la mayoría sentenciadora a ese artículo constitucional, cuando afirmó
que “… el artículo 42 in fine se refiere exclusivamente a la pérdida de los derechos
vinculados a la ciudadanía por parte de los venezolanos por nacimiento que renuncien a
su nacionalidad, o a los naturalizados que renuncien a ella o les sea revocada su carta de
naturaleza por sentencia judicial firme, que lógicamente implica –en virtud de ese fallo- la
pérdida de los derechos políticos. Es decir que cuando el artículo 42 de la Constitución
pauta que ‘el ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos, solo puede
ser suspendido por sentencia judicial firme, en los casos que determine la ley’, está
refiriéndose a la pérdida de la nacionalidad venezolana adquirida (revocatoria de la carta
de naturaleza), con fundamento en los artículos 35 de la Constitución y 36 de la Ley de
nacionalidad y Ciudadanía”.

Resulta sorprendente la inversión de las reglas universales de la


interpretación; de las propias de la lógica formal y de las especiales atinentes a las normas
constitucionales y a los derechos fundamentales.

En efecto, la mayoría, en forma difícil de entender, hizo una lectura “al


revés” del articulado del Capítulo II del Título III de la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela (artículos 39 al 42), mediante la cual fue de lo particular a lo
general para la restricción al máximo del ámbito de aplicación de la norma cuya violación
se delató, en vez de ir de lo general a lo particular para desentrañar su sentido a través del
contexto, pese a que estaba obligada a encontrar la interpretación más progresista y
favorable al ejercicio de los derechos fundamentales que se encuentran en juego (derechos
políticos) y, en forma inversamente proporcional, la interpretación más restrictiva del límite
al ejercicio de tales derechos que recoge el artículo 42 constitucional cuando señala que el
ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos sólo puede ser suspendido
por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley.

En cambio, no ofrece dificultad alguna la comprensión de que la


nacionalidad venezolana otorga a quienes la detenten la ciudadanía, la cual, a su vez, los
hace titulares “de derechos y deberes políticos”, “de acuerdo con e(sa) Constitución”
(artículo 39) -y no de conformidad con la ley (reserva constitucional)-, Constitución que, en
el mismo artículo, sólo acepta como límites al ejercicio de la ciudadanía la inhabilitación
política y la interdicción civil ¿Cuáles son esos derechos políticos? Los que se describen en
el Capítulo IV “De los derechos políticos y el referendo popular”, Sección primera: de los
derechos políticos y cualesquiera otros que se consideren inherentes a la persona humana.

Los artículos 40 y 41 precisan a quién y cómo pertenecen los derechos


políticos (“a los venezolanos y venezolanas, salvo las excepciones establecidas en e(sa)
Constitución”) y las diferencias a su respecto entre los venezolanos y venezolanas por
nacimiento y por naturalización.

Por último, el constituyente cerró la sección que dedicó a la ciudadanía con


el artículo 42 según el cual, como fue expuesto, quien pierda o renuncie a la nacionalidad
pierde la ciudadanía y el ejercicio de la ciudadanía o de alguno de los derechos políticos
sólo puede ser suspendido por sentencia judicial firme en los casos que determine la ley, es
decir, que la única manera de perder el derecho al ejercicio de los derechos políticos –
atributos de la ciudadanía y, ésta, de la nacionalidad-, que es en lo que consiste una
inhabilitación política (artículo 39), es que recaiga una sentencia judicial firme en los casos
que determine la ley.

En efecto, se insiste, para el salvante, la claridad de la norma constitucional


no deja lugar a interpretaciones ambiguas: el ejercicio de los derechos políticos, esto es, de
aquellos que recoge el Capítulo IV, Título III de la Constitución, como son el derecho a la
participación política (artículo 62), el derecho al sufragio activo (artículos 63 y 64), el
derecho al sufragio pasivo o derecho al ejercicio de cargos de elección popular (artículo 65)
y todos los demás derechos que recoge ese Capítulo y que, aun cuando no estén
expresamente contenidos en él, se consideren inherentes a la persona humana y sean de
naturaleza política, sólo pueden ser suspendidos por sentencia judicial firme en los casos
que determine la ley, sentencia cuyo dispositivo contendrá, necesariamente, la
inhabilitación política.

Esa norma se complementa, además, con los artículos 65 de la Constitución


y 23 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. El primero establece:

No podrán optar a cargo alguno de elección popular quienes hayan sido


condenados o condenadas por delitos cometidos durante el ejercicio de sus
funciones y otros que afecten el patrimonio público, dentro del tiempo que
fije la ley, a partir del cumplimiento de la condena y de acuerdo con la
gravedad del delito.

Ahora bien, sostuvo la mayoría que esa norma no impide que existan otras
causales de restricción, por ley, del ejercicio del derecho al ejercicio de cargos de elección
popular. Por el contrario, el salvante considera que ese artículo 65 debe analizarse a la luz
de la Exposición de Motivos de la Constitución de 1999, la cual fue especialmente clara
cuando dispuso, respecto de los derechos políticos, lo siguiente:

El derecho a desempeñar funciones públicas y ejercer cargos de elección


popular se les otorga de manera igualitaria a los electores venezolanos y
venezolanas, que sepan leer y escribir, con las solas restricciones derivadas
del propio texto constitucional, o de las condiciones de aptitud exigidas por
las leyes, para determinados cargos.
Como una respuesta a las demandas de los venezolanos ante las graves
desviaciones del sistema político y a la corrupción desmedida, se incluye la
prohibición de optar a cargos de elección popular a aquellas personas que
hayan sido condenadas por delitos cometidos durante el tiempo en que
ejercieron las funciones públicas, así como otros delitos que afecten el
patrimonio público (Subrayado añadido).

En consecuencia, se concluye que las limitaciones al derecho fundamental al


desempeño de funciones públicas y al ejercicio de cargos de elección popular constituyen, a
no dudarlo, una típica materia de reserva constitucional que incluye una explícita
proscripción al legislador de que se establezcan restricciones distintas de las que preceptuó
la Constitución; por tanto, el legislador no podría disponer de mecanismos alternos al de
sentencia judicial firme que implicasen la suspensión de derechos fundamentales de
contenido político. La única excepción, que a este principio general admite el constituyente,
es la posibilidad de que el legislador determine ciertas condiciones de aptitud (edad,
conocimientos especializados, antigüedad, p.e.) para optar al ejercicio de determinados
cargos públicos.

El incumplimiento con esa proscripción es, precisamente, la


inconstitucionalidad que se verifica en el caso de autos, porque el artículo 105 de la Ley
Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de Control
Fiscal dispone, como mecanismo de limitación y hasta eliminación del ejercicio de
derechos políticos –concretamente el derecho al ejercicio de cargos de elección popular-, la
imposición de las sanciones administrativas de destitución, suspensión y de inhabilitación
política a través de un acto administrativo del Contralor General de la República. En
consecuencia, la limitación que impone el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal al derecho fundamental
al ejercicio de cargos de elección popular y al desempeño de funciones públicas, es una
limitación que no sólo viola la prohibición expresa que preceptúa el artículo 42 de la
Constitución –en el sentido de que no podrá suspenderse el ejercicio de los derechos
políticos por causa distinta de sentencia judicial firme- sino que, además, colide con el
artículo 65 eiusdem, pues, como refleja la Exposición de Motivos de la Constitución, la
restricción a ese derecho fundamental es de la estricta reserva constitucional.

En vez del reconocimiento de tal inconstitucionalidad, se declaró que no


sólo el Contralor General de la República podría establecer una inhabilitación, sino
también, en general, “un órgano administrativo stricto sensu” o “un órgano con
autonomía funcional”, porque la norma “no excluye la posibilidad”, pese a que, en otra
parte del fallo (pp.39 y 40), había hecho suya la sencilla explicación del tratadista español
EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA en cuanto al principio de legalidad: “no hay acto
sin potestad previa, ni potestad que no haya sido atribuida positivamente por el
ordenamiento jurídico.”
Así, esta Sala fue más allá en el desconocimiento de las normas
fundamentales y de la interpretación que les es propia e invirtió el dogma fundamental del
Derecho: a los particulares se les permite todo lo que no les esté prohibido pero el Estado,
el Poder, sometido como está al Principio de Legalidad, sólo puede hacer lo que le está
expresamente permitido, no puede ejercer potestades que no le hayan sido conferidas. Si se
sacan la supremacía constitucional y el principio de legalidad del juego democrático, se
decreta a muerte el Estado de Derecho; si el poder no tiene límites, el Derecho Público
carece de objeto y el Derecho Constitucional sólo tendrá sentido en el marco del estudio del
Derecho Comparado.

Por el contrario, es necesaria la acotación de que esa exigencia


constitucional, de que la suspensión del ejercicio de los derechos políticos sólo procede
mediante sentencia judicial firme, debe entenderse necesariamente como sentencia
condenatoria que recaiga en proceso penal, según lo preceptúa la Convención Americana
sobre Derechos Humanos, norma de jerarquía constitucional de acuerdo con el artículo 23
de la Constitución de 1999, según esta Sala ya ha reconocido, entre otras, en sentencia n.°
340 de 9 de marzo de 2004. Esa misma Convención expresa, además, cuáles son esas
condiciones de aptitud que puede regular el legislador en relación con el derecho
fundamental al ejercicio de cargos de elección popular. Así, se lee del artículo 23 de esa
Convención lo siguiente:

1.                 Todos los ciudadanos deben gozar de los siguientes derechos y


oportunidades:
a.                 De participar en la dirección de los asuntos públicos, directamente o
por medio de representantes libremente elegidos;
b.                 De votar y ser elegidos en elecciones periódicas auténticas,
realizadas por sufragio universal e igual y por voto secreto que garantice la
libre expresión de la voluntad de los electores, y
c.                 De tener acceso, en condiciones generales de igualdad, a las
funciones públicas de su país.
2.                 La ley puede reglamentar el ejercicio de los derechos y
oportunidades a que se refiere el inciso anterior, exclusivamente por razones
de edad, nacionalidad, residencia, idioma, instrucción, capacidad civil o
mental, o condena, por juez competente, en proceso penal (Subrayado
añadido).
La regulación que sobre las limitaciones a los derechos políticos asumió el
Constituyente de 1999 coincide, además, con la que en esta materia se asume en el Derecho
comparado. Así, cuando analizan, en su tratado, la potestad sancionatoria administrativa
como expresión del ius puniendi del Estado, los autores españoles EDUARDO GARCÍA
DE ENTERRÍA y TOMÁS RAMÓN FERNÁNDEZ señalan:

…, no parece haber base alguna para distinguir por su naturaleza estas


sanciones administrativas de las penas propiamente dichas. Con frecuencia, la
gravedad de aquéllas excede a la de éstas (es incluso lo normal respecto de las
multas). Todos los esfuerzos por dotar las sanciones administrativas de
alguna justificación teórica y de una sustancia propia han fracasado. (…)
Queda, como último núcleo irreductible, un solo criterio: sólo los procesos
judiciales pueden imponer penas privativas de libertad (…) y las privativas
de otros derechos civiles y políticos ” (Cfr. Curso de Derecho
Administrativo. Editorial Civitas, Séptima edición, Madrid, 2000, Tomo II,
pp. 164 y 165).

Se trata, además, de la interpretación que en nuestro ordenamiento jurídico


se ha mantenido incluso antes de la vigencia del Texto Fundamental de 1999. Mediante
fallo de 11 de agosto de 1998, la Sala Plena de la entonces Corte Suprema de Justicia
declaró la inadmisión de la solicitud que se le planteó en el sentido de que “declare ‘la
nulidad del acto del Consejo Nacional Electoral, mediante el cual se aceptó la postulación
del ciudadano HUGO CHAVEZ FRÍAS como candidato para el cargo de Presidente de la
República de Venezuela”, para lo cual el Pleno sostuvo que “…visto que de acuerdo con el
artículo 1° de la Enmienda n.° 1 de la Constitución de la República, en que se fundamenta
la solicitud, no se llenan en este caso las exigencias contempladas en dicho Texto, por
cuanto es público y notorio que el ciudadano Hugo Chávez Frías no ha sido condenado
por sentencia definitivamente firme por ningún Tribunal de la República…” (subrayado
añadido).

Lo anterior abunda, entonces, en la inconstitucionalidad parcial del artículo


105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional
de Control Fiscal en lo que se refiere a las sanciones de suspensión y destitución respecto
de funcionarios electos mediante el ejercicio del sufragio y, asimismo, en lo que se refiere a
la sanción de inhabilitación política de cualquier funcionario, pues si se tratase de un
funcionario electo popularmente, la sanción injuriaría el artículo 42 constitucional respecto
de su derecho fundamental al ejercicio del cargo para el cual hubiese sido elegido así como
el derecho al sufragio de quienes lo eligieron, y si se tratase de la inhabilitación política de
funcionarios no elegidos de manera popular, la sanción de inhabilitación política implicaría
un agravio a su derecho a la participación política que recogió el artículo 62 de la
Constitución y el derecho al eventual desempeño de cargos de elección popular que
reconoce el artículo 65 del Texto Fundamental. A la luz de la letra del artículo 42
constitucional, debe señalarse que la norma prohíbe la suspensión del goce y no sólo del
ejercicio de los derechos de contenido político; en consecuencia, aunque el sancionado no
fuese, al momento de la sanción, candidato a cargos de elección popular, su inhabilitación
política resultaría inconstitucional.

En sintonía con las disposiciones constitucionales que se analizaron, el


artículo 285.5 de la Carta Magna establece, entre las atribuciones del Ministerio Público:
“Intentar las acciones a que hubiere lugar para hacer efectiva la responsabilidad civil,
laboral, militar, penal, administrativa o disciplinaria en que hubieren incurrido los
funcionarios o funcionarias del sector público, con motivo del ejercicio de sus funciones.”

El término jurídico “acción” tiene, sin lugar a dudas, una connotación


judicial, en virtud de que es el derecho de acceso a los tribunales para que sea declarado el
derecho (iurisdictio); es, en las muy sencillas palabras de la Real Academia de la Lengua
Española: “Der. Derecho que se tiene a pedir una cosa en juicio.”(Diccionario de la
Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima Primera Edición. 1992). Así, esta
atribución del Ministerio Público, en el marco del sistema, de normas que se comenta,
refuerza la conclusión que se explicó respecto a la expresa voluntad del constituyente con
relación a las limitaciones a los derechos políticos de los ciudadanos en general y de los
funcionarios públicos en particular.

En consecuencia, quien disiente considera que es inconstitucional, tal como


se dispuso en los precedentes que antes se citaron, la sanción de destitución de funcionarios
electos popularmente que recoge el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría
General de la República y del Sistema Nacional de Control Fiscal y, asimismo, se agrega en
esta oportunidad, son inconstitucionales las sanciones administrativas de suspensión
respecto de los funcionarios de elección popular y la sanción administrativa de
inhabilitación política respecto de cualquier funcionario público, ambas recogidas también
en el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del
Sistema Nacional de Control Fiscal, pues se trata de limitaciones al ejercicio de derechos
políticos mediante la imposición de sanciones administrativas, lo que contradice
abiertamente la letra de los artículos 42 y 65 de la Constitución de la República Bolivariana
de Venezuela de 1999.

3. Por último, el salvante no puede menos que deplorar las


consideraciones que, para la desestimación de la aplicación del artículo 23.2 de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos, se realizaron en relación su aplicabilidad
y vigencia y, en particular, con respecto a la interpretación que ha de dársele al artículo
23.2 eiusdem; y, asimismo, sobre la explanación de una serie de observaciones
concernientes a los límites de la aplicación de las normas del Derecho Internacional en el
ordenamiento jurídico interno.

En conexión con tal punto, conviene la realización de las siguientes


reflexiones:
En primer lugar, el fallo del cual se difiere partió de la errónea premisa de
que la Convención Americana sobre Derechos Humanos (conocida como Pacto de San
José) es una “declaración de principios, derechos y deberes de corte clásico que da
preeminencia a los derechos individuales, civiles y políticos dentro de un régimen de
democracia formal”.
El derecho internacional de los derechos humanos, pese a su corta existencia
como cuerpo normativo autónomo, ha sufrido una evolución que, en palabras del juez de la
Corte Interamericana de Derechos Humanos, Sergio García Ramírez, ha marcado los
límites y nuevas fronteras del Derecho Internacional en su relación con los derechos
internos de una manera explosiva y expansiva. En el devenir de esa evolución progresiva,
se ha desarrollado un conjunto de técnicas normativas de reconocimiento a los derechos
humanos, así como de mecanismos procesales para su protección, entre ellos:
declaraciones, tratados, resoluciones de las organizaciones internacionales como las
Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos (soft law), resoluciones y
decisiones de los organismos especializados cuando conocen de denuncias o solicitudes de
los Estados o bien de los individuos (Consejo de Derechos Humanos, Comité de Derechos
Humanos del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Comité de Derechos
Económicos Sociales y Culturales, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Corte Interamericana
de Derechos Humanos, entre muchos otros).
En un primer momento del proceso evolutivo que se conoce como la
“internacionalización de los derechos humanos”, que tiene su punto de inicio en la
conclusión del aciago período que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial, la
comunidad de Estados en su conjunto, “considerando que el desconocimiento y el
menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la
conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del
hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de
la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de creencias” (Preámbulo de la
Declaración Universal de los Derechos humanos, adoptada por la Asamblea General de las
Naciones Unidas a través de la Resolución 217 del 10 de diciembre de 1948), optó por el
reconocimiento expreso de los derechos que la Carta de las Naciones Unidas (Carta de San
Francisco) simplemente había enunciado como un objetivo básico de la cooperación
interestatal en el seno de la Organización.
Ese primer paso fue dado a través de la adopción de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, la que -como su nombre lo indica- fue, ab initio, un
instrumento enunciador de un conjunto de principios carente de fuerza vinculante y
normativa, pero que -posteriormente- adquiriría una enorme relevancia en la práctica de las
Naciones Unidas, así como en el contexto de la protección de los derechos fundamentales
en el ámbito de cada uno de los Estados, de que, en muchos particulares, su contenido ha
cristalizado en costumbre jurídica internacional y, en otros, ha traducido en el
convencimiento generalizado de que algunos de sus dispositivos constituyen normas
imperativas de Derecho Internacional (ius cogens).
La evolución histórica de ese proceso no acabó allí; así, posteriormente,
prosiguió la convicción de los miembros de la comunidad internacional de que el simple
reconocimiento a los derechos no era suficiente para el alcance de la eficaz vigencia de los
derechos de la persona y que, por ende, era necesaria la profundización de los compromisos
que fueron adquiridos a través de la adopción de tratados o convenciones especializados en
materia de derechos humanos que crearan organismos de tutela que pudieran asistir al
individuo frente a las arbitrariedades del poder estatal. En un primer momento, esa etapa de
avance en la positivización internacional se produjo a nivel regional (Convenio Europeo
para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales [1950] y la
Convención Americana sobre Derechos Humanos [1969]) y, luego, se expandió al ámbito
universal (Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos con sus dos protocolos y el
Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, entre muchas otras
convenciones especiales).
En nuestro continente, se replicó esa misma dinámica de evolución en la
cobertura normativa de los preceptos de tutela de los derechos humanos; así, muy
tempranamente, en la IX Conferencia Internacional Americana de Bogotá de 1948, la
comunidad de Estados americanos adoptó la Declaración Americana sobre los Derechos y
Deberes del Hombre y, dos décadas después, la Organización de Estados Americanos
propiciaría la adopción del texto de la Convención Americana sobre Derechos Humanos
(en lo sucesivo, la Convención), la cual –a diferencia de lo que la mayoría sentenciadora
apuntó- es un auténtico tratado internacional de reconocimiento y protección de derechos
humanos y, como tal, fuente generadora de obligaciones internacionales para los Estados
parte en dicho instrumento. A este respecto, es suficiente la remisión a la letra del artículo
1.1 de la Convención, que dispone: “Los Estados partes en esta Convención se
comprometen a respetar los derechos y libertades reconocidos en ella y a garantizar las
libertades reconocidas en ella y a garantizar su libre y pleno ejercicio a toda persona que
esté sujeta a su jurisdicción, sin discriminación alguna por motivos de raza, color, sexo,
idioma, religión, opiniones políticas o de cualquier otra índole, origen nacional o social,
posición económica, nacimiento o cualquier otra condición social.” (Resaltado añadido).
Esta cláusula se ha reconocido como la espina dorsal sobre la que descansa
el Sistema Interamericano de Protección de los Derechos Humanos y el fundamento para la
determinación y consecuente responsabilidad internacional para aquellos Estados que
incumplieren con alguna de las disposiciones de la convención.
En opinión de quien difiere del fallo que precede, la norma en referencia
implica que la obligación de los Estados de cumplimiento con el pacto se mantendría
inalterada aun en el supuesto de que dicho artículo no estuviere expresado en la
Convención, pues éste es inmanente a todo tratado internacional ya que deviene de la
suprema máxima pacta sunt servanda. De manera que, mal puede argüirse que el
instrumento en referencia no obligue a alguna de las partes; en particular, como lo reconoce
la mayoría sentenciadora, Venezuela depositó el instrumento de ratificación del tratado el 9
de agosto de 1977; así, desde ese momento, se comprometió a su ejecución de acuerdo con
los principios del Derecho Internacional y dicha ejecución ha de hacerse a tenor de un
comportamiento de buena fe.
En otro orden de ideas, el veredicto antecedente se fundó sobre la errónea
base de que la norma del artículo 23 de la Constitución de 1999 no permisa la aplicación
del artículo 23.2 de la Convención, pues su incorporación normativa al plano constitucional
no es “absoluta ni automática”.

El salvante estima que la inteligencia del artículo 23 es precisamente la


contraria. Las normas de los tratados internacionales se aplican siempre, pues lo contrario
sería hecho generador indubitable de responsabilidad internacional. Ahora bien, el
problema que entraña la aplicación del artículo 23 constitucional alude a la jerarquía
normativa de los tratados internacionales y no, como ya se expresó, a si estos se aplican o
no en el ámbito interno. Dispone el artículo en referencia que los tratados de derechos
humanos podrán tener, incluso, una aplicación preeminente a las normas dogmáticas del
Texto Magno cuando establezcan un régimen de tutela más favorable que éstas, es decir, se
ubican -en ese supuesto- en un plano jerárquico superior a las normas constitucionales.

De igual manera, interesa resaltar que las normas de protección a los


derechos humanos forman parte del denominado “bloque de la constitucionalidad” en
alusión a las normas dispersas que, en su conjunto, deben integrarse al Texto Magno.
Así, si una norma de la Constitución fuese contraria a la Convención
Americana sobre Derechos Humanos, esa disposición, en sí misma, sería generadora de
responsabilidad internacional en atención a lo que dispone el artículo 2 de la Convención:
“…Los Estados partes se comprometen a adoptar con arreglo a sus procedimientos
constitucionales y a las disposiciones de esta Convención, las medidas legislativas o de
otro carácter que fueren necesarias para hacer efectivos tales derechos y libertades.”
Asimismo, ha de tenerse en cuenta que es un principio de Derecho Internacional general
que ningún Estado puede excusarse del cumplimiento con alguna obligación internacional
sobre la base de las disposiciones de su derecho interno; así, cuando exista alguna
contradicción entre la Constitución y la Convención, el Estado de que se trate debe procurar
la reforma del Texto Constitucional para que cumpla con la obligación que asumió en razón
del artículo 2 de la última y ésa ha sido la experiencia de los países democráticos en nuestra
región, como aconteció con el caso de la Constitución Política de Chile desde el
juzgamiento de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el asunto de la película
“La última Tentación de Cristo” (Caso: Olmedo Bustos y otros contra Chile) y de la
Opinión Consultiva n.° 4 sobre la “Propuesta de la Modificación a la Constitución Política
de Costa Rica”.
Asimismo, quien disiente rechaza enérgicamente el criterio conforme al cual
la Convención reconoce sólo libertades civiles y políticas “de corte clásico” en un régimen
de “democracia formal” y que, en consecuencia, la Constitución establece –en general- un
régimen más favorable para el goce de los derechos humanos, por cuanto la garantía del
Estado Social de Derecho ha superado la tutela que esa “interpretación globalizante y
hegemónica” del régimen internacional de los derechos humanos supuestamente propicia.
La mayoría sentenciadora olvida que el reconocimiento de los derechos
debe, insoslayablemente, partir de la premisa de que estos son interdependientes y de que la
división que de ellos se ha hecho por “generaciones” no es más que el reflejo de realidades
históricas que se van sucediendo en el tiempo. La garantía del goce de todos los derechos
humanos exige que los operadores jurídicos se aproximen a ellos con el auxilio de un
enfoque holístico conforme al cual las distinciones entre categorías de derechos son odiosas
para su cabal protección.
Esto fue entendido por René Cassin, uno de los grandes ideólogos de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando sostuvo que la supuesta escisión
entre dos esferas de derechos no era más que un ejercicio académico, una vez que la
Declaración Universal incluyó, junto con los derechos civiles y políticos, a los derechos
económicos, sociales y culturales pues, para él, el reconocimiento de los derechos se
resumía en la concreción de un “impulso continuo de lo indiviual a lo social” (“un élan
continu de l’individuel vers le social”).
Para quien rinde este voto salvado todos los derechos humanos confluyen de
manera armoniosa, de tal forma que la violación a uno de ellos probablemente acarrea la
negación de otros; así, de igual forma, en lo que respecta a su garantía. Piénsese un instante,
por ejemplo, qué significaría el derecho a la libertad de expresión sin el derecho a la
educación, del derecho a la circulación sin el derecho a la vivienda o del derecho a la
participación política sin el derecho al trabajo. Esta óptica del problema de los derechos ha
sido asumida por la jurisprudencia más reciente de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos, incluso sobre la base de las disposiciones de los artículos de la Convención que
reconocen los derechos que el fallo antecedente impropiamente cataloga como de “corte
clásico”, ello sin siquiera apoyarse en la cláusula del artículo 26 convencional.
Así, por ejemplo, se ha interpretado el artículo 4 eiusdem que reconoce el
derecho a la vida como dimanante de una obligación de abstención para los estados que
consiste en no privar arbitrariamente a nadie de su vida, pero también de una obligación
positiva de garantía de las condiciones de vida que hagan propicia la dignidad humana
(“derecho a una vida digna”, en palabras de la Corte); bajo la segunda perspectiva, se han
tutelado derechos sociales de múltiples grupos marginados o en condiciones de
vulnerabilidad que han acudido a las instancias del Sistema Interamericano de Protección
de los Derechos Humanos y que han encontrado tutela conforme a las disposiciones de este
tratado, el cual, erróneamente, según esta Sala, no sería capaz de proteger derechos
sociales. (Cfr. casos: Mayagna Awas Tigni vs Nicaragua, Moiwana vs. Suriname,
Saramaka vs. Suriname, Yakye Axa vs. Paraguay, Albán Cornejo vs. Ecuador, Yani Bosico
vs. República Dominicana, entre tantos otros).
Asimismo, el argumento del fallo antecedente, conforme al cual la
Convención no reconoce los derechos sociales, no es acertado por varias razones: i) Si bien
Venezuela no es parte del Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos
Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales “Protocolo de San
Salvador”, el artículo 29.d) de la Convención preceptúa que ésta no podrá interpretarse en
el sentido de “excluir o limitar el efecto que puedan producir la Declaración Americana de
Derechos y Deberes del Hombre y otros actos internacionales de la misma naturaleza”, de
manera que, por cuanto tanto la Declaración -como otros tratados en los que Venezuela es
parte (verbigratia, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales)-
contienen normas de protección a los derechos sociales, las mismas podrían integrarse
hermenéuticamente a la Convención Americana; ii) Como ya se dijo, los derechos
individuales tienen también un cariz social y así lo ha reconocido expresamente la Corte
Interamericana en el caso del derecho a la libertad de expresión (Cfr. caso: Ivcher
Bromstein vs. Perú) y de los derechos políticos (Cfr. caso Yatama vs. Nicaragua).

En otro sentido, el salvante deplora que la Sala haya considerado que


“deben prevalecer las normas constitucionales que privilegian el interés general y el bien
común, debiendo aplicarse las disposiciones que privilegian los intereses colectivos
involucrados en la lucha contra la corrupción sobre los intereses particulares de los
involucrados en los ilícitos administrativos”, como justificación para la no aplicación del
artículo 23.2 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, cuando es lo cierto
que el artículo 23 de la Constitución de 1999 sólo admite la prevalencia del derecho interno
cuando éste contenga normas más favorables al goce o ejercicio de los derechos
fundamentales, no así más favorables al interés general o colectivo (Cfr., además, el
artículo 29 de dicha Convención).

Por último, sorprende sobremanera a quien rinde esta opinión las


consideraciones de la mayoría sentenciadora en relación con la vinculación de las
obligaciones internacionales en el ordenamiento jurídico interno, las cuales exacerban -a un
grado superlativo-, la más cándida posición dentro de las doctrinas dualistas del Derecho
Internacional, contemporáneamente en franco abandono.

Hoy día, es indudable que la Soberanía de los Estados pervive y debe


pervivir como principio fundamental del Derecho Internacional; sin embargo, a nadie
escapa que la noción contemporánea de dicho principio dista de manera ingente de la
concepción sobre la que se fundó el derecho internacional clásico; es decir, un ámbito de
poder absoluto e irrestricto sobre las personas que eran “súbditas” del Estado que se
tratase. El mérito del remozamiento de la concepción del dogma de la Soberanía corre a
cuenta, principalmente, del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, pues en
nuestro tiempo, afortunadamente, ningún Estado puede creerse con título omnímodo que lo
habilite para tratar como quiera a sus “ciudadanos”, pues siempre habrá de hacerlo con
respeto y acatamiento a los estándares mínimos del Derecho Internacional. Esa concepción
humanista dentro de la esfera jurídica internacional constituye uno de los logros más
preciados de la historia de la humanidad y sobre la base del mismo los gobiernos y los
pueblos deben proseguir las luchas progresivas para el alcance de las metas tendientes a
saldar las deudas que aún aquejan la conciencia del hombre contemporáneo. Es lamentable
que la mayoría sentenciadora no se haya apercibido de esta inconmovible realidad.

Pero aún más lamentable es que se haya echado mano de tan insostenibles y
artificiosos argumentos para la elusión de lo ineludible: la claridad meridiana de la norma
Americana -que es de rango constitucional, entre nosotros, y es más restrictiva que la
nacional respecto a un límite al ejercicio de derechos fundamentales y, por tanto, más
favorable a éste-, que determina que el ejercicio de los derechos políticos de los
venezolanos y venezolanas (que derivan de la ciudadanía que les corresponde porque
detentan esa nacionalidad) sólo puede ser reglamentado por la ley, “exclusivamente por
razones de edad, nacionalidad, residencia, idioma, instrucción, capacidad civil o mental, o
condena, por juez competente, en proceso penal”, lo cual, cuando se incorpora al sistema
de normas aplicable al problema de los límites constitucionales a dichos derechos políticos
(artículos 42 y 65 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela), impone la
interpretación según la cual la “sentencia judicial” a que se refiere el artículo 42 es una que
recaiga en un proceso penal; del mismo modo que, como es obvio, la “condena por delitos
cometidos durante el ejercicio de sus funciones y otros que afecten el patrimonio público”
a que se refiere el artículo 65 sólo puede hacerse a través de un fallo que se pronuncie en un
proceso penal.
Y como la que se describió es la única forma constitucional de inhabilitación
política, cualquiera otra, administrativa o judicial no penal, es inconstitucional, como lo es
la que establece el artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal y así debió ser fallado por esta Sala
Constitucional.

En otro orden de ideas, la mayoría sentenciadora reconoció que la


Convención Americana sobre Derechos Humanos establece un conjunto de parámetros
aplicables al asunto sub examine. Así, según el criterio que prevaleció, la norma cuya
inconstitucionalidad fue delatada se compadece con el artículo 23.2 de la Convención, por
cuanto el artículo 30 eiusdem permite que se dicten leyes que restrinjan alguno de los
derechos que recoge el instrumento internacional en cuestión por razones de salvaguardia
del interés general.

Quien consigna esta opinión divergente estima que, en efecto, en el marco


de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, es perfectamente posible que los
Estados impongan restricciones legítimas a los derechos en ella reconocidos, tal como lo
dispone el artículo 30 en mención; sin embargo, este supuesto no se cumple en el caso de
autos, pues la norma del artículo 105 de la Ley Orgánica de la Contraloría General de la
República y del Sistema Nacional de Control Fiscal establece una restricción que excede
los límites permisibles por la Convención Americana, en tanto que es frontalmente
contraria a la disposición del artículo 23.2 eiusdem.

La Sala parte de la errónea premisa conforme a la cual existiría una especie


de contradicción irresoluble entre los derechos individuales y el interés general y, de esa
forma, pareciera concluirse que las restricciones a éstos son, en todos los casos, válidas,
siempre que se esgriman, a su favor, razones de alguna hipotética vinculación con dicho
interés general. Este equívoco argumental desconoce que las mismas razones de
preeminencia del bien común, en muchos casos, podrían, muy por el contrario, exigir una
lógica totalmente opuesta; es decir, que se sobreponga un determinado derecho individual
sobre otros derechos individuales o incluso sociales, como podría ser el caso del derecho a
manifestar públicamente y el derecho a la libertad de circulación, por ejemplo. En buen
derecho, las limitaciones –en general- han de imponerse sólo por razones de estricta
necesidad y conforme al principio de proporcionalidad; así, el interés general puede
justificar cierta aplicación restrictiva a una exigencia subjetiva en concreto, pero, al mismo
tiempo, puede, eventualmente, demandar la preferencia por otra exigencia del mismo
carácter, siempre con apego a los términos de la regla convencional que define la limitación
o que habilita al Estado para la restricción.

Por supuesto que la Convención reconoce a los órganos legislativos


nacionales la exclusiva función del establecimiento de los límites al ejercicio de los
Derechos Humanos, pues en estas instituciones se expresa la pluralidad y libertad política
de un país, ya que, tal como lo ha señalado la Corte Interamericana, a través de los
procedimientos legislativos de este tipo se permite a las minorías:

... expresar su inconformidad, proponer iniciativas distintas, participar en la


formación de la voluntad política o influir sobre la opinión pública para
evitar que la mayoría actúe arbitrariamente. En verdad, este procedimiento
no impide en todos los casos que una ley aprobada por el Parlamento
llegue a ser violatoria a los derechos humanos, posibilidad que reclama
la necesidad de algún régimen de control posterior, pero sí es, sin duda,
un obstáculo importante para el ejercicio arbitrario del poder»
(Opinión Consultiva OC6-86, “La Expresión Leyes en el artículo 30 de la
Convención Americana sobre Derechos Humanos”. Resaltado añadido)

Quien disiente comparte la apreciación del órgano jurisdiccional de control


interamericano, en cuanto a que la configuración normativa del régimen de los Derechos
Humanos sólo compete al órgano legislativo nacional, conforme a los procedimientos
constitucionales, pero que, al mismo tiempo, dicho desarrollo legislativo resultante debe
corresponderse con los estándares y parámetros mínimos que fija la Convención Americana
sobre Derechos Humanos, tal como lo preceptúa el artículo 2 eisudem. Así, en el supuesto
de que se dicte una Ley (aún en invocación del interés general) contraria a las obligaciones
que asumió el Estado a través de la Convención Americana, corresponde, en primera
instancia, a los órganos jurisdiccionales nacionales (en concreto, a esta Sala Constitucional,
en ejercicio del control constitucional concentrado, así como a todos los jueces de la
República a través del control difuso) el ejercicio del control posterior para la supresión de
dicho obstáculo para el goce de los derechos en una sociedad democrática.
Asimismo, las leyes que restrinjan derechos deben responder objetivamente
a la tutela del interés general y ello significa que tales restricciones deben expedirse en
función del bien común, elemento integrante del orden público en un Estado Democrático.
El contenido de ambos conceptos, orden público y bien común, en cuanto se invoquen
como fundamento de limitaciones a los Derechos Humanos, deben ser objeto de una
interpretación que se ciña a las justas exigencias de una sociedad democrática, que tenga en
cuenta el equilibrio entre los distintos intereses en juego y la necesidad de preservar el
objeto y fin de la Convención Americana (Cfr. Corte Interamericana de Derechos
Humanos. Opinión Consultiva OC5-85. “La Colegiación Obligatoria de Periodistas
(Artículos 13 y 29 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos)”).

Por ello, las restricciones a que se contrae el artículo 30 deben respetar el


objeto y las obligaciones concretas que se derivan de la Convención Americana sobre
Derechos Humanos; así, aparece como totalmente infortunado el planteamiento según el
cual el artículo 23.2 eiusdem no se aplica al caso sub examine pues supuestamente se
produjo una legítima restricción a su contenido, por cuanto el contenido del artículo 105 de
la Ley Orgánica de la Contraloría General de la República y del Sistema Nacional de
Control Fiscal establece una restricción a aquella disposición Americana que no se
compadece con los estándares mínimos que se desprenden de ella, pues la habilitación que
la misma hace sólo permite al legislador que opte por cualquier restricción siempre que se
la haga en atención a “razones de edad, nacionalidad, residencia, idioma, instrucción,
capacidad civil o mental, o condena por juez competente, en proceso penal”.

En consecuencia, la demanda de autos ha debido ser declarada con lugar,


con inclusión, por vía de consecuencia, de la nulidad de los actos administrativos de efectos
particulares cuya declaratoria de nulidad también se pretendía, por ausencia de base legal.

Queda así expresado el criterio del magistrado que rinde este voto salvado.

Fecha retro

La Presidenta,
LUISA ESTELLA MORALES LAMUÑO

El Vicepresidente,

FRANCISCO ANTONIO CARRASQUERO LÓPEZ

Los Magistrados,
JESÚS EDUARDO CABRERA ROMERO

…/

PEDRO RAFAEL RONDÓN HAAZ

Disidente

MARCOS TULIO DUGARTE PADRÓN

CARMEN ZULETA DE MERCHÁN


ARCADIO DE JESÚS DELGADO ROSALES

El Secretario,

JOSÉ LEONARDO REQUENA CABELLO

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Exp. 05-1853

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