Historia Argentina
Historia Argentina
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Rector Enrique Mammarella
Director de Planeamiento y Gestión Académica Daniel Comba
Directora Ediciones UNL Ivana Tosti
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© , 2020 hdl.handle.net/11185/5525
Historia Argentina
1810–1930
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Índice
Capítulo 1.
Antecedentes y fundamentos de la Revolución de Mayo / 17
Capítulo 2.
La Revolución de Mayo / 25
Capítulo 3.
El plan político de la Revolución. La guerra de la independencia / 33
Capítulo 4.
Evolución de las instituciones de gobierno entre 1810 y 1820 / 39
Capítulo 5.
Los intentos de organización institucional entre 1810 y 1820 / 51
Capítulo 6.
Las cuestiones económicas fundamentales. La consolidación
del desarrollo ganadero / 61
Capítulo 7.
El federalismo argentino en la primera mitad del siglo XIX / 78
Capítulo 8.
El nuevo político: poder central y poderes locales / 98
Capítulo 9.
Pactos interprovinciales del tratado del pilar al pacto federal de 1831 / 104
Capítulo 10.
La propuesta de centralización del régimen político / 114
Capítulo 11.
Tentativas de organización constitucional / 127
Capítulo 12.
La conformación de un gobierno provincial de alcance nacional / 134
Capítulo 13.
La Confederación rosista / 139
Capítulo 14.
La oposición a la Confederación rosista / 150
Capítulo 15
La confederación urquicista y el estado de Buenos Aires / 160
Capítulo 16.
La disputa regional / 169
Capítulo 17.
La Constitución de 1853 y su reforma de 1860 / 176
Bibliografía / 181
Introducción / 185
Capítulo 1.
La «República liberal», Alberdi y la Constitución Nacional / 187
Capítulo 2.
Pavón / 203
Capítulo 3.
El modelo político de la República liberal / 205
Capítulo 4.
Modelo económico / 230
Capítulo 5.
La alternativa industrialista o proteccionista / 248
Capítulo 6.
El modelo cultural / 255
Capítulo 7.
Los modelos culturales alternativos / 266
Capítulo 8. 270
Consolidación y crisis de la república liberal / 270
Capítulo 9.
El modelo alternativo en lo político la República Liberal Democrática / 286
Capítulo 10.
Las otras fuerzas políticas entre 1890 y 1916 / 302 302
Capítulo 11.
Los gobiernos radicales / 311
Capítulo 12.
Las fuerzas sociales durante la etapa de la República Liberal / 328
Capítulo 13.
Sociedad civil y participación pública / 351
Capítulo 14. 356
Reflexiones finales sobre la República Liberal / 356
Anexo
Introducción / 365
Unidad 1.
La constitución de 1853. Contexto histórico / 368
Unidad 2.
El constitucionalismo social. La demacracia social / 376
Unidad 3.
Los derechos de la tercera generación / 388
Bibliografía / 400
Introducción al período 1810–1862
Mas allá de los antecedentes, influencias y causas concretas que llevaron a la Revo
lución de Mayo de 1810 que posteriormente analizaremos, digamos que los movi
mientos independentistas que se dieron en la América Hispana desde los albores
del Siglo XIX se inscriben dentro de un proceso mas general de la consolidación del
capitalismo luego de producida la primer revolución industrial (concomitante con la
Revolución Inglesa de 1688), la formación y consolidación de los Estados Nacionales
dentro de un marco de revoluciones democráticas (que implicaban el rechazo a una
concepción del estado fundado en la potestad absoluta del monarca, e implicaba el
paso a otro poder regulado y limitado por el consentimiento de la comunidad; de ello
las Revoluciones Norteamericana y Francesa fueron la mas clara expresión) y la diso
lución de los grandes imperios coloniales (de la cual la Revolución Norteamericana de
1773/1783 fue el paradigma).
Es decir que el espíritu de las grandes revoluciones de fines del siglo XVII y del siglo
XVIII impregnó el ideario colectivo que desembocó en el proceso libertario de estos
territorios.
Lo cierto es que el movimiento que en el antiguo Virreinato del Río de la Plata se
inicia en 1810 habrá de producir sensibles transformaciones de orden institucional,
político, económico, social y cultural.
De hecho la Revolución de Mayo implicó la respuesta que los sectores de poder ya
existentes en el Virreinato dieron ante la coyuntura internacional que se demostraba
favorable para la ruptura con el ordenamiento colonial.
Ahora bien, la idea de libertad que estaba ínsita en el proceso de Mayo —mas allá
de las cavilaciones o dudas que en todo momento se manifestaron— implicaba no
solamente la emancipación del despotismo monárquico, es decir un proceso de auto
9
nomía colectiva, sino que también contenía una profunda conciencia de la búsqueda
de nuevos derechos y libertades individuales1.
A partir de 1810 a la par que se inicia el proceso de la guerra de la independencia,
se comienzan a discutir los rasgos que habrá de tener el nuevo sistema político, para
el que se delinean dos alternativas.
Por una parte aparece la propuesta de establecer un sistema republicano (con
fuerte influencia del constitucionalismo norteamericano y con basamento en la tradi
ción hispano–criolla), con amplia representación política para todos los sectores
sociales (aún la de los mas desposeídos) y con respeto por las autonomías locales.
Este modelo se expresará en la corriente federal y uno de los mayores exponentes
será el caudillo oriental José Gervasio Artigas.
Por otro lado se expresarán los sectores partidarios de establecer un sistema
monárquico (mas allá que hubiera sido moderado o que en determinado momento
fuera visto como una posible solución política aún por sectores republicanos ante la
coyuntura internacional, como ocurrió en el Congreso de Tucumán de 1816 como ya
veremos mas detenidamente), con un sistema político de representación restrictiva
(que excluía de los derechos políticos a los sectores populares, como por ejemplo en
el modelo constitucional de 1826), y que responda a un sistema unificado y centrali
zado de conducción política. La expresión política de este modelo serán los sectores
unitarios que respondían principalmente a la burguesía comercial porteña.
Se deduce de lo dicho que ambos proyectos antagónicos se enfrentarán en una
lucha por la hegemonía en la conducción del proyecto revolucionario. El centralismo
porteño intentará por todos los medios el mantener las prerrogativas y privilegios que
le había otorgado la antigua estructura colonial. En tanto que las villas y ciudades del
interior (luego provincias) pretenderán disputar tal hegemonía, reduciendo tales privile
gios y organizando el país conforme una equitativa distribución del poder.
Desde el punto de vista económico tres serán los problemas centrales que se plan
tean a partir del proceso de 1810 y en ellos se advierte marcadamente la diferencia que
se perfila (y que luego se ahondará al punto de llegar a la escisión en el decenio 1852–
1862) entre la ciudad puerto de Buenos Aires y el resto de las provincias interiores.
El primero de ellos será la disputa por el manejo de la principal fuente de ingresos
de estos territorios: la aduana de Buenos Aires, que la clase dominante de la capital
reclama para sí y que las provincias pretenden distribuir.
La segunda cuestión económica que se planteará será la posibilidad de dejar de
lado el sistema de puerto único que había impuesto la administración colonial, permi
tiendo la libre navegación de los ríos interiores y habilitando nuevos puertos en las
riberas litorales del Paraná y Uruguay.
1
García Delgado, Daniel: «Raíces cuestionadas: la tradición popular y la democracia». CEAL. 1989.
10
Por último —quizás el mas importante desde la perspectiva del modelo económico
a imponer— será la disputa que desde los albores de la revolución se plantea entre
sectores librecambistas y proteccionistas. Según priven unos u otros tendremos un
país agroexportador o industrializado. También en este aspecto la disputa tomará
formas regionales desde el momento que la burguesía comercial porteña (en determi
nadas etapas aliada con los productores ganaderos de la provincia de Buenos Aires)
será permanente partidaria del librecambio, en tanto las provincias interiores (donde
subsistían a duras penas artesanos e incipientes industrias) reclamarán sistemas
protectivos ante la avalancha de productos manufacturados provenientes de la Ingla
terra industrializada.
Desde el punto de vista institucional, si bien pueden ser numerosos los temas que
abarca el período que aquí analizamos, dos son las cuestiones que resaltan en una
primer lectura.
En primer término el efectivo ejercicio de la soberanía por parte de los pueblos
que se habían levantado contra el poder colonial. Ello implicaba el dejar de lado una
supuesta sumisión al soberano español encarcelado por los franceses (la «máscara de
Fernando VII») para lo que había que proclamarse una nueva Nación, lo que se traduce
en el unánime pronunciamiento de emancipación del 9 de Julio de 1816.
En segundo lugar el tema que develaba a los hacedores del proceso, era la efec
tiva organización institucional que se traduciría en un ordenamiento constitucional para
estas regiones.
La convocatoria y discusiones de la Asamblea del Año XIII, las discusiones que
se desarrollan en el Congreso de Tucumán, el Estatuto Provisional de 1815, el Regla
mento Provisorio de 1817, el ensayo Constitucional de 1819, el frustrado Congreso
de Córdoba de 1821, el Congreso de 1824 y su consecuente obra: la Constitución
de 1826, el Pacto Federal de 1831, el Acuerdo de San Nicolás, para concluir en el
Congreso Constituyente de Santa Fe que realiza la Constitución de 1853, con su
posterior reforma en 1860, son signos inequívocos de la preponderancia que tenía el
tema en la agenda política del momento.
En cuanto al efectivo ejercicio del poder político, durante este período se dan
numerosas formas de gobierno. Entre 1810 y 1820 tenemos: Primera Junta (mayo a
diciembre de 1810), Junta Grande (enero a setiembre de 1811), luego Junta Conserva
dora (setiembre a noviembre de 1811), Primer Triunvirato (setiembre de 1811 a octubre
de 1812), Segundo Triunvirato (octubre de 1812 a enero de 1814) y Directorio (enero
de 1814 a febrero de 1820).
A partir de 1820 desaparece el gobierno central único (con la excepción de la efímera
presidencia de Rivadavia entre 1826/27 con dudoso ejercicio de poder nacional) para
reasumir las provincias su propia autonomía, manteniéndose unidas a través de los
Pactos Interprovinciales, acuerdos que indicaban la idea de pertenencia a una única
Nación.
11
Con la llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno de la provincia de Buenos
Aires (1829/1852) se afianza la hegemonía de un poder provincial que tiene alcances
nacionales.
Luego de sancionada la Constitución Nacional de 1853, se consolida el poder
Presidencial, si bien durante la Confederación que preside Justo José de Urquiza y
Santiago Derqui, Buenos Aires permanece separada del resto de las provincias, la
definitiva unificación del país y organización institucional devendrá luego de la batalla
de Pavón (1861) en que Buenos Aires asegurará su hegemonía sobre el resto de las
provincias y habrá de organizar definitivamente al Estado Argentino.
Desde el punto de vista social a partir de la Revolución de 1810 se plantean diversos
problemas que podríamos sintetizar de la siguiente manera. En primer término la inclu
sión de los sectores criollos en el efectivo manejo de la cuestión pública, cosa que
quedó zanjada en la constitución de la misma Primera Junta de Gobierno, para lo que
fue importante la participación de los sectores populares de Buenos Aires no sola
mente en el movimiento ocurrido el mismo 25 de mayo (aunque algunos historiadores
lo pongan en duda), sino en la expresión de fuerza que constituían las milicias criollas
forjados al calor de las Invasiones Inglesas, cuyo principal jefe, Cornelio Saavedra,
fue designado Presidente de la Junta. Refuerza esta presencia la activa participación
de estos sectores en el movimiento del 5 y 6 de abril de 1811 en que es desplazado
el sector morenista de la Junta de Gobierno. También advertimos su presencia en el
movimiento que culmina con el Primer Triunvirato en octubre de 1812, ejemplos claros
y contundentes de participación de los sectores criollos y populares en los momentos
iniciales del proceso.
En estas clases sociales se percibió la Revolución como la reafirmación de una
decisión de romper lazos con la antigua autoridad colonial, conscientes del poderío
que le había dado el rechazar a las tropas inglesas en sus intentos de dominación, y es
por ello que acompañaron entusiastamente el proceso revolucionario.
Otra cuestión social a la que podemos hacer referencia, es la situación de los grupos
mas excluídos de la sociedad colonial como eran los esclavos y los indios. Eviden
temente este tema es abordado a poco de iniciarse el período revolucionario; como
ejemplo de ello tenemos la liberación de los indios realizada por Juan José Castelli
el 25 de mayo de 1811 frente a las ruinas de Tiahuanaco, proclamando el final de la
servidumbre y la recuperación de sus derechos sociales y políticos (clara concepción
de la revolución que preconizaban los sectores morenistas) o la supresión de los dere
chos de la nobleza y monarquía proclamando la igualdad de los hombres ante la ley; la
abolición de los tributos indígenas tales como la mita, el yanaconazgo, la encomienda
y el servicio personal de aquellos, declarándolos como hombres libres e iguales en
derecho a los demás ciudadanos; la supresión de títulos y emblemas nobiliarios; la
prohibición de tormentos; la libertad de vientres y la prohibición del tráfico de esclavos
que decreta la Asamblea del Año XIII.
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No obstante ello, diferente será el trato que se otorgue a los indios pampeanos y
a los gauchos. Con los primeros se siguieron alternativamente políticas de enfrenta
miento o de acuerdos tendientes a su sumisión (con el objeto de alejarlos de las zonas
fértiles para incorporar nuevos territorios a la producción), particularmente durante el
período Rosista. A los segundos se pretendió disciplinarlos para incorporarlos como
fuerza de trabajo asalariada a la naciente producción ganadera. La ley de vagos de
1815 y su incorporación a las grandes estancias —alternativamente como peones o
guerreros— son ejemplo acabado de lo que referimos. Una excepción a esta política lo
constituyó la reforma agraria que preconizó Artigas en su Reglamento provisorio para
el fomento de la campaña de la Banda Oriental de 1815, a través del cual distribuyó
tierras entre Alos negros libres, los zambos, los indios y los criollos pobres.
Una cuestión que requiere al menos una mención en este etapa es el referido a la
inmigración. Un decreto del Primer Triunvirato de 1812 fue el punto de partida de la
política inmigratoria argentina, a partir del cual se habrá de llevar adelante el intento de
poblamiento de estas tierras por europeos, particularmente durante el período Riva
daviano. En las postrimerías del período que aquí analizamos comienzan a llegar con
mayor fluidez los contingentes europeos que se distribuirán mas uniformemente en
el interior —particularmente en el litoral— y que habrán de producir un cambio funda
mental en la estructura social de estos territorios.
No podemos dejar de mencionar que en la estructura social del país se producen
modificaciones importantes luego de la revolución. En términos generales el mayor
poder global pasa a residir en los terratenientes en función de la explotación de la
ganadería, el saladero y la exportación, particularmente de la pampa húmeda. De allí
que la propiedad de la tierra y del ganado se transforma en la clave principal para
acceder a la elite que constituye la clase dirigente (comúnmente llamada oligarquía).
Su consolidación se lleva a cabo a partir de las medidas llevadas adelante por Riva
davia (ley de Enfiteusis) y Rosas (otorgamiento de la propiedad a los enfiteutas). En
la ciudad de Buenos Aires, en tanto, se afianza una burguesía comercial (en muchos
casos vinculada por lazos familiares con los terratenientes) cuya fuente de fortuna es la
intermediación, particularmente con las potencias extranjeras, importando productos
manufacturados y exportando los productos naturales del país (por aquella época
principalmente carne salada, ya que el producto exportable del ganado ovino —lana—
comienza a tener cierta importancia hacia 1835). A su lado, luego de producida la revo
lución y establecido el libre cambio (especialmente en la primer década y durante el
período Rivadaviano: 1810–1827), se asienta en Buenos Aires un conjunto de comer
ciantes extranjeros, principalmente británicos, algunos de ellos como representantes
de compañías de ese origen, a los que se le suman agentes de la banca extranjera
que se instala en el país con sus sucursales. Todos ellos conformarán un conglome
rado que constituirá la clase dirigente de la ciudad puerto.
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Florece asimismo allí una sector compuesto por profesionales, intelectuales, escri
tores, periodistas y pensadores al servicio de este grupo de poder, con una cultura
europeizada que pretenden imponer por sobre las tradiciones hispanoamericana.
Estos sectores ilustrados estarán profundamente influenciados por las ideas ilumi
nistas y pretenderán modelar al país a imagen y semejanza de los cánones europeos
vigentes en la época. Las novedades llegadas de Francia y Gran Bretaña asombraban
a estos hombres que vislumbraron su destino vinculado al pensamiento europeo.
De allí los esfuerzos por difundir una educación y cultura de carácter netamente libresca
y urbana que pretendía adecuar la realidad al plano de las ideas, resultando ello contra
dictorio con la estructura social del país, particularmente del interior. Este intento tropezará
con la férrea resistencia de los pueblos de las provincias ligados a una cultura hispano–
criolla que habrán de defender. Así se estableció un prologando divorcio entre las elites
intelectuales y los sectores populares, que no pudo ser superado incluso por la genera
ción romántica del 37 quien en sus comienzos intentó conciliar ambas tradiciones.
En el interior y el litoral se presentaba una realidad social y económica muy distinta a
Buenos Aires. Allí subsistían grandes terratenientes que apenas lograban subvenir a las
necesidades de abastecimiento en forma conjunta con artesanos vinculados a produc
ciones regionales que competían desventajosamente con los productos industriales
que ingresaban por la antigua capital del Virreynato, dado lo elemental de sus formas
productivas. Estas economías de subsistencia regionales que viven del mercado local
se complementan con aparatos estatales débiles y escasos funcionarios administra
tivos. En términos generales el poder se concentra en un grupo muy reducido de fami
lias que son las mas poderosas de las zonas (el llamado Apatriciado@ del interior).
No obstante ello existen intelectuales que actúan en ministerios y funciones diplomá
ticas, llegando algunos a altos niveles de producción, tal el caso por ejemplo de Juan
Bautista Alberdi y Mariano Fragueiro.
Este conglomerado no homogéneo de fuerzas habrá de enfrentar la pretensión
hegemónica, política, económica y cultural, de Buenos Aires conformando las llamadas
montoneras (agrupamiento de carácter militar de masas populares del interior) a cuyo
frente estaban los caudillos federales, terratenientes del interior o guerreros de la inde
pendencia devenidos en jefes políticos y militares de las diversas provincias.
Este enfrentamiento que aparece casi simultáneamente con la guerra de la inde
pendencia, habrá de provocar las cruentas guerras civiles que —como fue dicho—
disolvió la autoridad nacional y retrasó considerablemente el progreso económico. Y si
bien las fuerzas federales reiteradamente vencieron en la contienda armada a Buenos
Aires, el devenir histórico señala que finalmente se impone el poder económico de la
capital y el país se habrá de moldear conforme su proyecto. En adelante Buenos Aires
con su clase señorial al frente impondrá la ley a todo el país. Los provincianos podrán
ser presidentes, pero a condición que gobiernen como porteños.2
2
Bagú, Sergio y Weimberg, Félix. «La sociedad argentina» en «Historia Integral Argentina». T. 2. CEAL.
1970. Pág. 262.
14
Primera parte (1810–1862)
Julio César Rondina
Capítulo 1
Antecedentes y fundamentos
de la Revolución de Mayo
I. Influencias
I.1. Teorías de los filósofos y economistas européos del siglo XVIII
En la segunda mitad del siglo XVIII se desarrolló en Europa un movimiento ideo
lógico y científico que reacción contra los principios tradicionales en materia política,
social y económica, al que se le dio el nombre de Ilustración o Iluminismo que inspirado
por su fe en la razón humana, se opusieron al absolutismo monárquico, reclamando
igualdad social, tolerancia religiosa y libertad de comercio. Fueron sus principales
representantes John Locke (Inglaterra, 1632–1704), Montesquieu (Francia, 1689–
1755), Voltaire (Francia, 1694–1778), Juan Jacobo Rousseau (Francia 1712–1778) en
orden a las ideas políticas y sociales; y Adan Smith (Inglaterra, 1723–1790) en relación
con las ideas económicas del liberalismo.
La Revolución Francesa que puso fin a las instituciones políticas, sociales, econó
micas, religiosas y administrativas de la monarquía absoluta, propuso la lucha por la
libertad individual, la igualdad ante la ley y la supresión de los privilegios de las clases
privilegiadas (clero y nobleza) en favor de los no privilegiados (burguesía, obreros y
campesinos). Su expresión en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciuda-
dano (27 de agosto de 1789), señalaban los derechos fundamentales del ser humano.
Las ideas generadas por estos acontecimientos tuvieron rápida difusión entre los
jóvenes intelectuales de estas tierras americanas y ejercieron una notable influencia.
17
I.2. Teorías sobre el origen del poder de Francisco Suarez
Quien sostuvo que la soberanía residía en el pueblo que lo delegaba en el soberano
y que si éste abusaba de su poder, posibilitaba que aquel reasumiera su soberanía.
Se ha discutido en historiagrafía cual de las fuentes intelectuales antes mencio
nadas, ejercieron mas influencia sobre los revolucionarios (si las teorías pactictas de
Suarez o el Contrato Social de Rousseau). En este sentido entendemos como lo hace
Noemí Goldman, que hubo una conjunción de ambas corrientes en la que no puede
destacarse la preeminencia de una de ellas.1
II. Antecedentes
II.1. Movimientos revolucionarios hispanoamericanos de los siglos XVIII y XIX
Aunque estos movimientos fueron aplastados, constituyeron importantes indicios
que anunciaban el cercano colapso del poder imperial en América latina.
Merecen resaltarse entre otros destacados revolucionarios a Francisco de Miranda.
Nacido en Caracas en 1750 organizó en Londres una sociedad destinada a trabajar
por la independencia hispanoamericana, la que se llamó Gran Reunión Americana o
Logia Lautaro. Intentó dos desembarcos en Venezuela con apoyo inglés y norteame
ricano, pero fracasó en ellos. Por su parte Antonio Nariño, nacido en Bogotá, fue un
incansable propagador de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciuda
dano, por lo que sufrió numerosas persecuciones y cárceles.
También hubo numerosas rebeliones, generalmente encabezadas por indígenas
que eran la respuesta al sojuzgamiento, atraso y humillación en que estaban sumidos.
1
Goldman, Noemí: «Crisis imperial, Revolución y guerra (1806–1820)» en «Nueva Historia Argentina.
Revolución, República, Confederación (1806–1852)». Editorial Sudamericana. Bs. As. 1998. pág. 44.
18
De ellas posiblemente la que encabezara el Inca José Gabriel Condorcanqui —Tupác
Amarú— fue la mas importante ya que contó con la masiva adhesión de la población
nativa y fue cruelmente reprimida.
Estos movimientos resumían las aspiraciones de libertad e independencia de todos
los sectores, pero —generalmente— eran reprimidas con el apoyo de las oligarquías
criollas, aliadas en estos casos al poder español.
19
En efecto, las ex colonias inglesas de la America del Norte, ya independizadas, le
vendian algodon pero no aceptaban sus tejidos manufacturados mientras establecian
barreras aduaneras para desarrollar sus propias industrias.
Mientras tanto, en Europa surgia lentamente Napoleón. Su política, como dice Jose
Maria Rosa, fue concretamente la defensa tenáz e inteligente del continente europeo
contra la invasion económica británica. Napoleón unificó Europa para que no compre
mercadería inglesa, levantando contra ella la muralla del Imperio frances e imponiendo
en l806 el denominado «bloqueo continental» que prohibía el comercio con Gran
Bretaña.
La isla quedó en situación comprometida porque su desarrollo industrial no podia
detenerse, mas no encontraba resquicio donde vender el excedente de su enorme
producción. Saturado su mercado interno, impedida de hacerlo en Estados Unidos
y Europa, debía necesariamente encontrar nuevos mercados para colocar sus exce
dentes y poder seguir subsistiendo como potencia industrial, comercial y naviera. En tal
sentido, fijó sus ojos en la América española, fundamentalmente, en el Río de la Plata.
20
Por último, cabe mencionar que el libre cambio comercial establecido por los inva
sores ingleses durante su corta gestión, incrementó en la burguesía portuaria de
Buenos Aires sus deseos de comerciar directamente con Inglaterra, prescindiendo de
la intermediación española.
III. Causas
Evidentemente como causas concretas de producción de la revolución debemos
distinguir aquellas vinculadas a la situación interna de estas colonias, de aquellas con
origen en la situación europea, en particular de los hechos ocurridos en España.
Causas políticas: El hecho que los criollos, nativos de estos territorios, estaban
excluídos de las altas funciones de gobierno, tanto del Estado como de la Iglesia,
generaba un malestar evidente, mas aún cuando habían sido éstos quienes habían
encabezado la resistencia al invasor inglés.
21
productos manufacturados ingleses aplicando tarifas aduaneras proteccionistas. Ello
precipitó el enfrentamiento bélico con Gran Bretaña, quien en 1793 le declaró la guerra.
Este desarrollo de la burguesía francesa tuvo su expresión política en Napo
león Bonaparte que llegó al poder en 1799, quien mediante sus conquistas militares
convirtió a Francia en la potencia dominante de Europa.
El enfrentamiento tuvo su desenlace en la batalla de Trafalgar (Octubre de 1805)
en la que Inglaterra quedó dueña de los mares al vencer a las armadas francesa y
española que estaban coaligadas; y tuvo su contrapartida en la batalla de Austerlitz
(Diciembre de 1805) por la que Francia controló el continente Europeo. En 1806 Napo
león ordenó el bloqueo continental a los productos ingleses impidiéndole el ingreso
de los mismos al territorio. El Tratado de Tilsit (Julio de 1807) entre Napoleón y el zar
Alejandro de Rusia facilitó a Francia el dominio del continente, quedando solamente
como aliada de Inglaterra la corte de Portugal.
En tanto en las postrimerías del siglo XVIII la crisis interna del Imperio Español era
irremediable. Los intentos borbónicos por rejuvenecer España desde la cúspide resul
taban inútiles. La parálisis del aparato productivo era casi total. Al morir Carlos III en
1788 había 1 noble por cada 20 españoles (unos 500.000 hidalgos) que se negaban
a realizar trabajo alguno por cuanto ello le privaría de tal hidalguía; 280.000 sirvientes,
200.000 miembros del clero y solamente 310.000 obreros y artesanos.2 Con tal
cantidad de sectores económicamente estériles es notorio que no podía sustentarse
un aparato productivo que hiciera evolucionar la economía.
Carlos IV gobernaba España desde 1788, pero este débil monarca Borbón estaba
manejado por su mujer María Luisa, quien impone a su amante, Manuel de Godoy,
como ministro, detentando la dirección política de la corona. En 1807 se firma el
Tratado de Fontainebleu por el que Francia y España acuerdan invadir Portugal para
luego repartírselo, permitiendo el ingreso de tropas francesas a España.
Bajo el pretexto de dirigirse a Portugal las tropas francesas invaden el territorio
español lo que origina que el 17 de marzo de 1808 estallara el motín de Aranjuez enca
bezado por el hijo de Carlos IV, el príncipe heredero Fernando. El rey, imposibilitado de
dominar la situación abdica en favor de su hijo quien asume como Fernando VII.
No obstante ello, Carlos IV, influenciado por Napoleón, declaró sin efecto la abdica
ción y se hizo cargo del gobierno. Así reinaban en España dos reyes simultáneamente.
Napoleón llevó a la familia real española al pueblo de Bayona, donde hace renunciar a
Fernando VII y abdicar a Carlos IV en favor de su hermano José Bonaparte, quedando
Carlos y Fernando prisioneros en Francia.
Esta acción, conocida como la farsa de Bayona, origina la rebelión del pueblo
español que se levanta contra los ejércitos franceses, particularmente en la ciudad de
Madrid.
2
Ramos, Jorge Abelardo. «Historia de la Nación Latinoamericana». A. Peña Lillo editor. Bs. As.
1968. Pág. 110.
22
El juntismo
Este proceso de alzamiento es fundado jurídicamente por los españoles en la teoría
de la retroversión de la soberanía del padre jesuita Francisco Suárez y se efectivizó en
la creación de Juntas comunales que luego se agrupaban en Juntas Provinciales las
que conformaron en Setiembre de 1808 una Junta Central, primero en Aranjuez y luego
en Sevilla, que gobernaba en nombre de Fernando VII, a cuyo frente estaba el conde
de Floridablanca.
Las juntas fueron integradas con las mas diversas autoridades, a las que se
sumaban clérigos y letrados y su mayor esfuerzo estaba destinado a asegurar el alis
tamiento de los ciudadanos para organizar la fuerza militar que enfrentaba a los fran
ceses.
Luego del alzamiento de Madrid en toda España se improvisaron fuerzas para
combatir a los franceses, infligiendo diversas derrotas a las veteranas tropas galas. De
este estallido de carácter nacionalista que se propagó por toda España participaron
militares latinoamericanos, entre los que merece destacarse José de San Martín, quien
tuvo su bautismo de fuego en la batalla de Bailén.
Ante ello, Napoleón lanzó sus mejores divisiones sobre la península y lentamente
recuperó terreno pese a la heroica resistencia que le oponía el pueblo español. Esta
ofensiva le permitió al corso francés entrar en Sevilla el 31 de Enero de 1810.
Esto provocó el desbande de la Junta Central Suprema de Sevilla y algunos de sus
diputados huyeron a la isla de León donde constituyeron el Consejo de Regencia quien
convocó a las Cortes de España y las Indias que asumieron el poder constituyente de
España. En esta convocatoria se explicitaba que Alos vastos y preciosos dominios que
España posee en la Indias no son propiamente colonias o factorías como las de otras
naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía española.3
Esta situación genera en toda la América Hispana un movimiento revolucionario que
se propagó por los cuatro Virreynatos y las Capitanías Generales, y conforme a la vieja
tradición española fueron creándose juntas que reasumían la soberanía y gobernaban
en nombre de Fernando VII. En ellas los elementos criollos comienzan a tener prepon
derancia sobre los hispanos, generándose así el proceso emancipador.
En Mayo de 1810 llega a Buenos Aires la noticia de la caída de la Junta Central
Suprema de Sevilla y la huida de los diputados a la isla de León, único lugar del terri
torio español que no estaba en poder de los franceses. En consecuencia no había
autoridad en España que gobierne en nombre y representación de Fernando VII.
Comenzaba así el proceso emancipador en el Virreynato del Río de la Plata.
3
Ramos, Jorge Abelardo. Ibídem. Pág. 123.
23
Capítulo 2
La Revolución de Mayo
1
Ramallo, Jorge María. «Los grupos políticos en la Revolución de Mayo». Fundación nuestra
historia. Bs. As. 1974.
25
El grupo de Castelli estaba constituido por hombres de ideología afrancesada,
liberal en lo político y librecambista en lo económico. Se lo denomina Reformista Inno
vador por su tendencia a romper con el pasado y su adhesión a los filósofos ilustrados
franceses, a través de la corriente liberal española.
Ademas de Castelli, cabe destacar en este grupo a Manuel Belgrano, Nicolás Rodrí
guez Peña, Hipólito Vieytes, Donado, Paso y French. Eran en su mayoría universitarios
imbuídos del ideario de la ilustración que se destacaban por sus conocimientos y por
la difusión de un pensamiento modernista e innovador.
Recibió también el nombre de Partido Carlotista —por su adhesión a la Princesa
Carlota Joaquina—, o «Partido Mirandista» —por su vinculación con el pensador vene
zolano.
Por último, el grupo de Saavedra es denominado Reformista Renovador porque,
basados en las doctrinas jurídico‑políticas tradicionales, pretendían implantar reformas
moderadas y razonables, sin renegar del pasado.
Nacido en el rechazo de las invasiones inglesas, aparecían también en este
grupo como figuras destacadas Martín Rodríguez, Juan José Viamonte, Juan Ramón
Balcarce, Feliciano Chiclana y Joaquín Campana. Estaba integrado mayoritariamente
por oficiales y soldados de los regimientos criollos, representando en términos gene
rales a los sectores de las orillas de Buenos Aires.
Entre otros nombres, recibió los de «Partido de la Reconquista» —por su accionar
en las invasiones inglesas— y «Partido de los Patricios» —por la condición de oficiales
de dicho regimiento de sus principales conductores.
2
Puiggrós, Rodolfo. «Historia económica del Rio de la Plata». A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1974. Pág.70.
26
general, productos ganaderos de escaso consumo en España, pero que gozaban de
una amplia demanda en el resto de Europa, fundamentalmente en Inglaterra, donde
servían como materia prima para una industria en plena expansión. Estos productos,
atento el régimen imperante, debían pasar necesariamente por España antes de llegar
a sus compradores definitivos, con los consiguientes gastos, impuestos y comisiones
que disminuían considerablemente los ingresos de los productores rioplatenses. Pero
también integraban este grupo los comerciantes que intervenían en la exportación
de los mencionados rubros. A todos ellos, como surge de la Representación de los
Hacendados, les convenía la libertad de comercio como modo de eliminar la interme
diación que significaba el monopolio español.
Un segundo grupo estaba integrado por los fuertes comerciantes españoles que
lucraban con el monopolio y que recibían el nombre de «registreros», los que —obvia
mente— se oponían a la modificación del sistema monopólico vigente. También inte
graban este sector los hacendados que salaban sus carnes y las vendían a Cuba y
España, dado que —al tener su mercado en jurisdicción de la monarquía hispánica‑
no sufrían las consecuencias de las restricciones al comercio extranjero.
Se puede hablar también de la existencia de un tercer grupo que coincidía con el
anterior en su oposición al libre cambio, aunque por razones económicas distintas. Nos
estamos refiriendo a los artesanos e industriales del Interior que deseaban mantener
excluidos a los extranjeros para impedir una competencia que no estaban en condi
ciones de resistir ni por calidad ni por precio, a los cuales cabe agregar —por iguales
razones— a los artesanos de Buenos Aires que, con métodos primitivos y manuales,
tampoco podían hacer frente a la competencia extranjera.
27
la coronación susodicha. El intento finalmente fracasó por la alianza de Inglaterra y
España, realizada para enfrentar al enemigo común francés, lo que llevo a Carlota
Joaquina a denunciar el intento.
El 1° de Enero de 1809 el grupo de Álzaga protagonizó el tercer alzamiento. La
causa estuvo dada por el enfrentamiento entre este último y Liniers, por entonces
Virrey del Río de la Plata y a quien por su origen francés se lo presumía proclive a
Napoleón. Ante ello, a los fines de evitar una maniobra del Virrey y ante la posibilidad
de que España caiga en manos de Napoleón, Álzaga y sus seguidores pretendieron
deponer a Liniers a través de un movimiento revolucionario o asonada que contó con
el apoyo de los regimientos españoles. Pero la activa participación de las milicias crio
llas comandadas por Saavedra y su decidido apoyo al Virrey Liniers, hicieron fracasar
la conspiración. Cabe señalar que el grupo de Castelli parece haber compartido inicial
mente los proyectos de Álzaga pero luego se alejó rápidamente de la intentona cons
pirativa.
Es posible asegurar que de la frustrada intentona de Álzaga, resulto sumamente
favorecido el grupo de Saavedra que se convirtió en árbitro de la situación y concentró
el poder militar al disolverse los regimientos españoles.
El cuarto intento tiene lugar en Junio de l809 y fue protagonizado en forma conjunta
por los dos grupos criollos. Ambos sectores, tanto el de Saavedra como el de Castelli,
pretendieron resistir la designación de Cisneros como nuevo Virrey del Río de la Plata
en reemplazo de Liniers, apoyando la continuidad en el mando de este último mediante
la constitución de un gobierno autónomo. El intento fracasó ante la negativa de Liniers
que pacíficamente entregó el mando a su sucesor.
El quinto y último intento de independencia tuvo lugar en Mayo de 1810, contando
con la activa participación de los grupos de Castelli y Saavedra mas el apoyo de
muchos integrantes de lo que había sido el grupo de Álzaga, por entonces diezmado
por la prisión de su jefe. En páginas subsiguientes analizaremos minuciosamente
dicho intento.
La semana de mayo
El 14 de Mayo de l8l0 llega a Buenos Aires el barco de guerra inglés Mistletoe con
periódicos que describen la situación imperante en España en Enero de ese año, anun
ciando la caída de la Junta Central Suprema de Sevilla e informando de la huida de sus
diputados, algunos de los cuales escaparon a la Isla de León, y anunciando que la
ciudad de Sevilla había sido tomada por los ejércitos franceses, los cuales dominaban
prácticamente toda la península.
Todas estas informaciones son ratificadas el día 17 al conocerse en Buenos Aires
las noticias llegadas a Montevideo el l3 de Mayo en la fragata inglesa Jhon Paris, con
el agregado que se comunica la constitución de una Junta de Cádiz que rechaza a los
28
diputados arribados a la Isla de León. En ninguno de los dos casos aparece la noticia
de la constitución del Consejo Supremo de Regencia en reemplazo de la Junta Central
Suprema de Sevilla.
Las noticias corren rápidamente en la ciudad de Buenos Aires provocando reuniones
de ambos grupos criollos, los que deciden que ha llegado la hora de deponer al Virrey
Cisneros aunque difieren en la estrategia para hacerlo, dado que mientras los parti
darios de Castelli se inclinan por la mecánica del Cabildo Abierto los oficiales de los
regimientos criollos prefieren deponerlo lisa y llanamente mediante la fuerza militar.
Mientras Cisneros da a conocer un Manifiesto explicando la situación imperante en
España y señalando que no tomará ninguna determinación «que no sea previamente
acordada» entre Buenos Aires y los restantes pueblos del Virreynato para establecer
una representación de la Soberanía de Fernando VII, los criollos deciden designar a
Saavedra y Belgrano para que entrevisten al Alcalde de Primer Voto Juan Lezica mien
tras Castelli hacía lo propio con el síndico Julián de Leiva, para imponerlos de la situa
ción y solicitarle Cabildo abierto.
Ante ello, y como medida previa, Cisneros convoca a los comandantes de armas
para interrogarlos si lo iban a mantener en el mando como lo habían hecho en la
asonada del 1° de Enero de l809. La contestación la brinda Saavedra quien sostiene
que «el que a V.E. dio autoridad ya no existe; de consiguiente tampoco V.E. la tiene ya,
así es que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella».
Mientras unos 600 hombres de la Legión Infernal, sector juvenil del grupo de Castelli
a cuyo frente se encuentran French y Berutti, ocupan la Plaza Mayor reclamando
Cabildo abierto, y la ebullición se incrementa en los cuarteles de los regimientos crio
llos, el Virrey decide la convocatoria del Cabildo Abierto en la esperanza de frenar su
inmediata deposición.
Al Cabildo abierto del día 22 de Mayo se cursan 450 invitaciones entre la «parte sana
y principal del vecindario» aunque solo asisten 251, votando 224 de los presentes.
El temario que debía abordar contenía dos puntos: si el Virrey debía continuar en el
mando; en su caso, quien debía subrogarlo o suplantarlo.
La reconstrucción histórica habla de cuatro exposiciones principales correspon
dientes sucesivamente al Obispo Lué, el abogado criollo Juan José Castelli, el fiscal
Villota y el abogado criollo Juan José Paso, cuyas tesis pasamos a detallar.
29
El abogado criollo Juan José Castelli es el encargado de refutarle, sosteniendo
en primer lugar que estas tierras no pertenecen a España sino a la Corona española.
Luego, estando la misma impedida de ejercer el mando por hallarse Fernando VII
prisionero de Napoleón, la soberanía retorna o retrovierte al pueblo. Además alega
que la Junta Central Suprema de Sevilla, que ejercía la Soberanía en nombre y repre
sentación de Fernando VII, había caído y en consecuencia, la autoridad que designó a
Cisneros ya no existe.
A continuación expone el Fiscal Villota quien hábilmente reconoce las argumenta
ciones de Castelli en el sentido de que estas tierras pertenecen a la Corona de España
y acepta la tesis de la retroversión de la Soberanía pero alega que dicha soberanía
retorna a todo el pueblo del Virreynato y no solo al de Buenos Aires. Sostiene por tanto
la tesis de que la deposición del Virrey es una decisión que solo pueden adoptar todos
los pueblos del Virreynato.
Por último, el abogado criollo Juan José Paso acepta las argumentaciones del
Fiscal Villota en torno a que la soberanía retrovierte a todos los pueblos del Virreynato
pero —aplicando al campo del derecho publico la teoría de la gestión de negocios
ajenos del derecho privado— sostiene que dada la urgencia existente puede Buenos
Aires resolver la cuestión hasta tanto se reúnan todos los pueblos, los que podrán rati
ficar o rectificar lo decidido por ella.
Terminado el debate, se pasa a la votación obteniendo l60 la postura de deponer al
Virrey contra 64 opiniones en contrario. La postura mas votada es la de Cornelio Saavedra
quien —ademas de la deposición del Virrey— sostiene que el poder debe pasar interi
namente al Cabildo, hasta que éste decida el modo y forma de elección de una Junta de
Gobierno. Su voto termina con una afirmación doctrinaria que puede ser calificada como
el primer principio político de la vida nacional. En efecto, afirma Saavedra: «Y que no
quede dudas de que es el pueblo el que confiere la autoridad o mando».
El día 23 el Cabildo realiza el recuento de los votos y emite un Bando donde señala
que se subrogaba provisionalmente en el mando hasta erigir una Suprema Junta
«que haya de ejercerla dependiente de la que legítimamente gobierne en nombre de
Fernando VII»; que, en segundo lugar, procedería inmediatamente a erigir la Junta; y
que esta Junta ejercería sus funciones hasta que se convocaran las provincias inte
riores para establecer el gobierno mas conveniente. Como es dable observar se tergi
versa la voluntad mayoritaria del Cabildo Abierto expresada en el voto de Saavedra,
dado que el Cabildo se arroga la facultad de designar la Junta cuando solo debía
indicar el modo y forma de elegirla. Pero además habla de la convocatoria a las provin
cias interiores lo que no aparece en el voto susodicho.
A continuación el Cabildo designa una Junta de gobierno que da a conocer el día
24. La misma aparece presidida por el depuesto Virrey Cisneros, acompañado por
cuatro vocales: Saavedra y Castelli —como jefes de los respectivos grupos criollos—,
el presbítero Juan Nepomuceno Solá —que representaba al clero patriota que quería
30
"una Junta como en España—, y el comerciante español José Santos Inchaurregui
(que ademas de representar a su sector era integrante del grupo de Álzaga).
Al propio tiempo, el Cabildo emite un reglamento para regular el funcionamiento
de la Junta, entre cuyas principales disposiciones cabe destacar aquella que facul
taba al Cabildo a deponer a los miembros de la Junta así como suplantarlos en caso
de renuncia o muerte; por otra, la Junta no ejercería funciones judiciales y no podría
imponer contribuciones ni servicios sin anuencia del Cabildo; y, fundamentalmente, se
dispondría que cada Municipio convoque a la parte sana y principal del vecindario para
elegir un diputado al Congreso General, el que deberá estar subordinado al gobierno
que legítimamente represente a Fernando VII.
Pero la designación de la Junta del 24 de mayo genera, apenas conocida, una
serie de reacciones, tanto en los partidarios de Castelli como en los seguidores de
Saavedra. La principal se produce entre los soldados y oficiales del Regimiento de
Patricios cuyo cuartel de las Temporalidades entra en rápida ebullición, extendiendose
luego a las otras milicias criollas. También los jóvenes de la Legión Infernal hacen sentir
su disconformidad. Esto provoca la misma noche del 24 la renuncia de la totalidad de
los miembros de la Junta, la que es rechazada inicialmente el 25 a la mañana por los
miembros del Cabildo.
Ante ello una multitud de gente se hizo presente en la sala capitular exigiendo la
aceptación de las renuncias, ante lo cual los integrantes del Cabildo consultan con los
Jefes militares si podían contar con su apoyo para mantener a la Junta, obteniendo
una respuesta negativa. A continuación, primero en forma verbal y luego por escrito,
la gente presente en el Cabildo señala que «había el pueblo reasumido la autoridad
que depositó en el Excelentísimo Cabildo» y que venía a imponer los nombres de las
personas que debían componer la Junta.
Cuatrocientos once firmas respaldan esta postura, de las cuales 297 correspondían
a militares lo que indica claramente la activa presencia de las milicias criollas en los
hechos del día 25. En definitiva la propuesta es aceptada y en la tarde del 25 juran
los nuevos miembros de la Junta, comprometiendose a «desempeñar legalmente el
cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Sr. Dn.
Fernando VII y sus legítimos sucesores, y guardar puntualmente las leyes del reino».
La Junta queda integrada por Cornelio Saavedra como Presidente; Alberti, Azcué
naga, Belgrano, Castelli, Larrea y Matheu como vocales; y Paso y Moreno como Secre
tarios, reflejando en su constitución un relativo equilibrio entre los grupos políticos y
sectores sociales actuantes en la Revolución.
En efecto, Saavedra preside la Junta en su condición de máximo jefe militar del
Regimiento de Patricios y líder político de uno de los grupos criollos, mientras Castelli
la integra por su carácter de principal representante del otro grupo criollo. A este último
grupo también pertenece Belgrano, figura respetada por sus condiciones intelec
31
tuales. Alberti forma parte de la primera Junta por su condición de sacerdote y ante
la vejez del prestigioso presbítero Juan Nepomuceno Solá. Larrea y Matheu, ambos
comerciantes y poderosos económicamente, habían integrado el grupo de Álzaga. Por
ultimo, Azcuénaga parece haber integrado la Junta por «su arraigo y respetabilidad»
mas que por su carácter de comandante de milicias provinciales de infantería.
En lo referente a los Secretarios, Paso —ademas de su brillante actuación defi
niendo el debate en el Cabildo del 22 de Mayo— lo hace por el grupo de Castelli, mien
tras existen dudas en relación a Moreno. Algunos historiadores adjudican su presencia
en la Junta a su participación en el grupo de Álzaga, otros —como Levene— estiman
que lo hace por su relación con los ingleses y por sus conocimientos como letrado.
Más alla de diferencias interpretativas, lo real y concreto es que en la Primera Junta
conviven representantes de los sectores militares, intelectuales, eclesiásticos y comer
ciales, e integrantes de los tres grupos que tuvieron participación desde l806 en los
diversos intentos de conformar un gobierno propio.
Por último, cabe mencionar que el Cabildo —en un último intento obstruccionista—
dicta el 25 un Reglamento similar al del día 24, con el objetivo de subordinar a la Junta,
agregándose que la Junta enviaría una expedición de 500 hombres al interior para
garantizar la elección de los diputados —formulación impuesta aparentemente por los
revolucionarios— y que la misma tendría carácter provisorio ejerciendo el mando hasta
la reunión del congreso general de los pueblos del Virreynato.
32
Capítulo 3
El plan político de la Revolución.
La guerra de la independencia
1
Puiggrós, Rodolfo. «Los caudillos de la revolución de mayo». Ediciones Corregidor. Bs. As. 1971.
33
y al mismo tiempo tuvieran posibilidades de ayudar al movimiento con armas y muni
ciones (Art. 3º). Señalaba la necesidad de iniciar gestiones para lograr que Inglaterra
hiciera algún arreglo comercial sin mengua de la soberanía rioplatense, aunque ello
pudiera ocasionar algunas distorsiones (Art. 4º). Insistía en extremar la propaganda
revolucionaria en el Interior (Art. 5º), al tiempo que fomentaba la creación de fábricas,
ingenios y otras industrias, el desarrollo de la navegación, la agricultura y demás artes
productivas, para las que establecía un sistema de protección. Asimismo proponía la
explotación pública de minas metalíferas para mejorar las condiciones sociales con su
producto (Art. 6º). En cuanto a la política internacional aspiraba a tener prudentes rela
ciones con Inglaterra y Portugal (Art. 7º) en tanto sostenía la necesidad de sublevación
y posterior anexión del Brasil para constituir una gran república sudamericana (Art. 8º y
siguientes). Este Plan fue elaborado y presentado a fines de Agosto de 1810.
Norberto Galasso2 sintetiza los objetivos centrales del plan de la siguiente manera:
1) Búsqueda de apoyo en Inglaterra, de manera que, sin comprometerse, equilibre
la presión española y la francesa. Usar la amistad inglesa mientras sea posible, sin
desconocer los peligros que entraña tal política. 2) Fomentar el alzamiento del resto
de las colonias españolas y lograr su unificación. En la unión residirá la fuerza que
permitirá mantener la soberanía continental y crear un camino propio de desarrollo
hispanoamericano. 3) Poner en marcha un programa económico nacionalista que
saque al país de su modorra y le permita entrar en vías de verdadero crecimiento
autónomo.
2
Galasso, Norberto. «Mariano Moreno y la revolución nacional». Coyoacán. Bs. As. 1963.
3
Puiggrós, Rodolfo. Ibídem. pág. 30.
4
Sabsay Fernando L. y Pérez AmuchásteguI A. J. «La sociedad argentina. Génesis del Estado
Argentino». Fedye. Bs. As. 1973.
34
Algunos autores hacen de Moreno el padre del unitarismo, mientras ven en Saavedra
al precursor del federalismo, postura que no compartimos.
Fue claro el secretario de la junta cuando defendía el derecho soberano de las
provincias a elegir y compartir un gobierno central, negando a Buenos Aires el derecho
a erigir por si sola una autoridad extensiva a pueblos que no habían concurrido con su
sufragio a la constitución del gobierno. Solamente justificaba ese acto en la urgencia y
los peligros que conllevaba la falta de una autoridad que reemplace a las españolas.
Moreno sostenía que con el cautiverio del rey de España el poder había vuelto al
pueblo y que cada provincia era soberana y debía constituirse como paso previo a la
organización del gobierno general.5
La interpretación de que Moreno fue el fundador del unitarismo parte de que éste
efectivamente se opuso a la Constitución de la Junta Grande por entender que los
diputados venidos del interior representaban pequeños círculos de poder de las
provincias, de carácter conservador y vinculados a los comerciantes de Buenos Aires.
El mismo Mitre admite que la palabra Federación fue pronunciada por primera vez por
Moreno,6 al mismo tiempo que se oponía a la monarquía.
La guerra de la independencia.
A poco de producida la revolución, el 30 de mayo se organiza en Córdoba —propi
ciado por el gobernador Gutiérrez de la Concha— una fuerza para aplastar el movi
miento de Buenos Aires. Participa de este grupo el ex virrey Cisneros quien se ofrece
para formar la expedición.
Al mismo tiempo la Junta de Buenos Aires prepara expediciones al interior con la
finalidad de sofocar levantamientos contrarrevolucionarios. La primera de ellas tenía
por objetivo el someter a los rebeldes de Córdoba. Así ocurre y el 25 de Agosto son
fusilados los cabecillas del alzamiento, entre ellos Liniers.
Luego de eliminar esta resistencia, la expedición al mando de Castelli y el General
Antonio González Balcarce continúa su marcha hacia el norte encontrando a su paso
beneplácito y adhesiones de las provincias interiores. Obtiene el triunfo de Suipacha
sobre las tropas españolas, llegando a dominar todo el Alto Perú, no obstante lo cual
es derrotado en Huaqui, lo que lo obliga a replegarse.
En tanto, en cumplimiento del Plan de Operaciones, Belgrano es encargado de
conformar un cuerpo de ejército con el que marcha hacia Paraguay quien se había
revelado a la Junta Rioplatense. No obstante no ser exitosa la actuación militar de esta
expedición al Paraguay, en Mayo de 1811 se produjo un alzamiento en Asunción que
depuso al gobernador con lo que se habría de iniciar la vida autónoma del Paraguay.
5
Puiggrós, Rodolfo. «Los caudillos de la revolución de mayo». Pág. 161 y sgtes.
6
Ibídem. págs. 163 y 337.
35
La idea nacional hispanoamericana
Estas expediciones y las que luego se realizarían durante la guerra de la Indepen
dencia tenían como objetivo político el mantener la unidad de los antiguos dominios
españoles, idea que fue común a todas las Juntas formadas en América. Al iniciarse el
período revolucionario todos los grandes jefes llevan en su cabeza el proyecto nacional.
Egaña en Chile, Bolívar en la Gran Colombia, Artigas, Monteagudo, San Martín en las
Provincias Unidas, Morazán en Centroamérica son algunos de los ejemplos. Así fue
como generales y caudillos populares interpretaron el levantamiento contra la Corona
española.
Es que en el momento del alzamiento revolucionario —y posteriormente— el
término Nación está expresando un componente territorial concreto: es la reunión de
los pueblos y provincias intendenciales, no solamente del Río de la Plata, sino de toda
la América Española. Ello, inclusive, forma parte de las argumentaciones de los dipu
tados americanos en las Cortes de Cádiz, donde el sustrato territorialista estaba vincu
lado con las tradiciones y los principios del Derecho de Indias.7
Conspiran contra esta visión del proceso independentista la inmensa extensión del
territorio, las débiles comunicaciones, el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas produc
tivas y la carencia de un centro económico y político dinámico y progresivo capaz de
arrastrar a todos los restantes hacia un foco centralizador que contuviera las aspira
ciones de las diferentes regiones.
Asimismo el localismo y separatismo de las oligarquías asentadas en los grandes
puertos marítimos, generalmente vinculadas a la exportación de materias primas e
importación de productos manufacturados de las potencias industriales de la época,
provocará la balcanización de estos territorios.
Al desaparecer España como único eje aglutinante de estos territorios surgirán las
«naciones» particulares atraídas por otros centros mundiales de poder. Estas potencias
(Inglaterra, Francia) controlarán a través de las economías exportadoras creadas por
el viejo capital mercantil —que había modelado la propia España— la endeble nación
independizada, siendo ellas un factor activo que disgregaría en Estados «soberanos»
con autonomía política lo que antes era una unidad política, económica y cultural.
Surgen así las 20 «naciones» latinoamericanas al producirse los movimientos revolu
cionarios de emancipación .
7
Goldman, Noemí. Ob. cit.
36
fico y la carencia de una fuerza naval de importancia; b) la falta de auxilios exteriores
por ejemplo de Inglaterra que estaba interesada en mantener a España como aliada en
su lucha contra Napoleón, por lo que no puede apoyar los movimientos independen
tistas de estas colonias; c) el debilitamiento de los revolucionarios a raíz de las guerras
civiles que en todas partes acompañaron a las guerras de independencia, particular
mente merece destacarse el enfrentamiento de Buenos Aires con la Banda Oriental y
el Litoral artiguista; d) la restauración de Fernando VII en el trono español en 1814 y la
preparación de una gruesa expedición que restituya la situación a 1808; e) la creación
de la Santa Alianza (1815) cuya política de intervención en los países donde el abso
lutismo peligra, significa una real amenaza para Hispanoamérica; f) Desde el punto
de vista geopolítico la situación es muy complicada: a fines de 1814 se pierde Chile
(luego de Rancagua), caen Méjico, Caracas y Bogotá, el ejército del norte al mando de
Rondeau es deshecho en Sipe–Sipe con lo que el Alto Perú queda en manos realistas.
Las victorias realistas de 1814/1815 parecen marcar el fin de la revolución por la
independencia, al punto que en este último año sólo queda en situación de autonomía
la mitad sur del Virreinato del Río de la Plata y en una situación muy comprometida.
La segunda etapa del proceso de emancipación (comprendido entre 1816 y 1826)
marca el avance de la revolución producto de las victorias militares que obtienen San
Martín y Bolívar.
Las empresas libertadoras que inician San Martín por el sur (independencia de Chile
y Perú) y Bolívar por el norte (recuperación del Virreinato de Nueva Granada, Vene
zuela y Ecuador transformados en la República de la Gran Colombia), culminan con
la victoria de éste último en la batalla de Ayacucho (1825) donde es definitivamente
eliminado el poder español de estos territorios. En 1821 Méjico proclama su indepen
dencia y en 1823 se proclaman autónomas del poder colonial las Provincias Unidas de
Centroamérica.
37
Capítulo 4
Evolución de las instituciones
de gobierno entre 1810 y 1820
Primera junta
Circular del 27 de mayo
En una de sus primeras medidas, la Primera Junta de Gobierno emite la llamada
Circular del 27 de Mayo, dirigida a los pueblos del Interior.
Por la mencionada Circular se informa sobre los sucesos acaecidos en Buenos
Aires, comunicándose la instalación del nuevo gobierno y se insta a mantener la
tranquilidad publica. Se ordena, además, la elección de Diputados por parte de las
ciudades y villas del Virreynato para que se incorporen a la Junta de gobierno a medida
que vayan llegando a Buenos Aires y «hasta la formación de la General», o sea, hasta
la realización de un Congreso General de los pueblos del Virreynato, esto último tal
cual había sido solicitado en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo y establecido en el
Reglamento del 25 de Mayo. Asimismo se informa la remisión de una expedición militar
de 500 hombres para garantizar la libre elección de los diputados, la que debería reali
zarse por la parte «sana y principal del vecindario».
Pero la marcha de los acontecimientos posteriores, principalmente, la existencia de
focos contrarrevolucionarios, van determinando modificaciones en el sentido original
de la Circular del 27 de Mayo. El l6 de Julio se informa a las Villas que no eran cabezas
de Partidos que no enviaran sus Diputados y, posteriormente, a requerimiento del
Cabildo de Santa Fe, Moreno comunica que debe citarse a todos los vecinos existentes
en la ciudad para la elección de los Diputados. Por último, y a través de distintos docu
mentos, se sostiene la idea de que los diputados son meros informantes de las nece
sidades de sus respectivos lugares ante la Junta, hasta la instalación del Congreso o
Asamblea General que «establecerá en definitiva la forma de gobierno que se consi
dere mas conveniente», retaceándoseles así, su incorporación a la misma como lo
sostenía el texto de la Circular del 27 de Mayo.
39
Como consecuencia de lo anterior, los nuevos diputados elegidos por las ciudades
del interior —Córdoba, Mendoza, Salta, Jujuy, Tarija, Tucumán, Catamarca, Corrientes
y Santa Fe— no son incorporados a la Primera Junta como integrantes del gobierno
patrio y solo se le otorgan tareas parciales y secundarias a algunos de ellos.
Pero un hecho circunstancial que agrava las disidencias existentes en el seno de
la Junta entre Saavedra y Moreno, abrirá la puerta para que los diputados del interior
reclamen en forma conjunta la incorporación que les concedía la Circular del 27 de Mayo.
En efecto, en la noche del 5 de Diciembre, en el cuartel de las Temporalidades,
los oficiales del Regimiento de Patricios festejan la victoria de los ejércitos criollos en
la batalla de Suipacha, ocasión en que el Capitán Atanasio Duarte, probablemente
beodo, saluda a Saavedra y a su esposa como futuros monarcas de América, coro
nando a la última con una corona de azúcar. Mas alla de si Moreno intentó ingresar
al cuartel y no se le permitió la entrada —como sostiene una parte de la historiografía
argentina—, lo real y concreto es que el hecho disgustó al Secretario de la Junta que
redactó ante tal circunstancia el llamado Decreto de Supresión de Honores, firmado
por Saavedra el 6 de Diciembre de l8l0.
Por dicho decreto, se modifican ciertas normas del protocolo existente en detri
mento del Presidente de la Junta, estableciéndose que habría igualdad entre el
mismo y los vocales. Tales medidas pergeñadas por Moreno agravan sus disiden
cias con Saavedra y lo enfrentan con el poderoso Regimiento de Patricios. Es esta
doble circunstancia la que aprovechan los diputados del Interior para presentarse a la
Junta el l8 de Diciembre y solicitar formalmente su incorporación a la misma por boca
del representante por Córdoba, Deán Funes, quien sostiene que «los diputados se
hallaban precisados de incorporarse a la Junta Provisional, y tomar una activa partici
pación en el mando de las Provincias, hasta la celebración del Congreso que estaba
convocado», alegando que Buenos Aires no tenía títulos para elegir por si solo a los
gobernantes y que sus derechos nacían del texto de la Circular del 27 de Mayo. Por
último afirmaba que la incorporación de los mismos era necesaria para «restituir la
tranquilidad publica que estaba gravemente comprometida por un general y público
descontento».
Los vocales de la Junta sostienen, en contraposición, que la incorporación no
corresponde a derecho y que la Circular del 27 de Mayo había sido un rasgo de inex
periencia política pero votan favorablemente por razones de «conveniencia política»,
con la sola excepción de Juan José Paso.
En consecuencia, el l8 de Diciembre de l8l0, al producirse la incorporación de los
Diputados del Interior, nace la denominada Junta Grande, produciéndose al propio
tiempo la renuncia de Mariano Moreno como Secretario de la misma.
40
Junta grande
La Junta Grande va a dictar el l0 de Febrero de l8ll el Reglamento de Juntas Provin-
ciales y Subordinadas o Subalternas, por iniciativa del Deán Funes y previo reclamo
del Cabildo de la ciudad de Córdoba, que reorganiza el régimen político vigente en el
territorio del Virreynato.
Por dicho Reglamento, y como su nombre lo indica, se crean Juntas Provinciales o
Principales y Subordinadas o Subalternas. Las primeras residirán en la ciudad capital
de las Gobernaciones Intendencias, estando presididas por el Gobernador Intendente
o por un Presidente designado por la Junta Grande e integrada por 4 vocales elegidos
indirectamente por el voto obligatorio de los pobladores blancos de la ciudad capital.
En ella reside toda la autoridad del gobierno de la Gobernación Intendencia, pero con
entera subordinación a la Junta Grande.
En lo que se refiere a las Juntas Subordinadas o Subalternas, funcionarían en las
ciudades o villas que tienen derecho a designar diputados en Buenos Aires, estando
presididas por el Comandante de Armas o un Presidente designado desde Buenos
Aires e integrada por dos vocales elegidos por el voto popular. Tendrían las mismas
funciones que los subdelegados de la Real Hacienda del régimen Intendencial,
estando subordinados a las Juntas Provinciales o Principales.
Algunos historiadores han sostenido que dicho Reglamento establece un régimen
institucional de corte federal, lo que es rechazado por la mayoría de los investigadores
que sostiene que el mismo refuerza el sistema instaurado por la Ordenanza de Inten
dencias, mas allá de que establece algunos avances en torno al voto masivo y obliga
torio. En efecto, el sistema establecido por el Reglamento es abiertamente centralista
al establecer un rígido sistema piramidal donde las Juntas Subordinadas dependen
de las Provinciales y estas de la existente en Buenos Aires, siendo los Presidentes de
ambas designados desde Buenos Aires. Pero además solo los vecinos de las capi
tales de las gobernaciones intendencias elegirían a los vocales que los representarían
en las Juntas Provinciales, privándose de tal derecho a los de las restantes ciudades
integrantes de la provincia.
El Reglamento de Juntas Provinciales y Subordinadas provocó reacciones en el
Interior, destacándose los reclamos de los Cabildos de Mendoza y Jujuy.
El Cabildo de Jujuy reclama concretamente la autonomía de su pueblo, exigiendo
salir de la dependencia de Salta, y afirmando que el régimen intendencial «ha sido la
invención mas funesta de nuestra metrópoli». Posteriormente, su diputado Juan Ignacio
Gorriti va a sostener el principio de igualdad de derechos de todos los pueblos, procla
mando el principio de la autonomía de cada ciudad y reclamando el reemplazo del
régimen intendencial por una confederación de ciudades.
41
Cabe señalar, en otro orden de cosas, que la Junta Grande dicta el 20 de Abril de
l8ll el Reglamento sobre libertad de imprenta que reconoce la libertad de prensa o de
imprenta para la publicación de ideas políticas, aboliendo los juzgados de prensa con
censuras previas a la publicación. Mantiene, sin embargo, la censura previa para los
escritos sobre materia religiosa.
1
Sabsay, Fernando y Pérez Amuchástegui, A.J.: «La sociedad argentina....». Pág. 53 y
siguientes.
42
lealtad al gobierno, la prohibición de designar Presidentes de las Juntas Provinciales a
quienes no fuesen vecinos de ellas y la creación de un Tribunal de Seguridad Pública
encargado de «velar contra los adversarios del sistema político».
El movimiento triunfa al lograr todos sus objetivos, con la sola excepción del requeri
miento de que se otorgue la totalidad del mando político a Saavedra, dado que este no
acepta, manteniendose simplemente como Presidente de la Junta.
El primer triunvirato
El desastre de los ejércitos criollos en Huaqui, la inoperancia del sitio de Monte
video, los bombardeos de la escuadra española a Buenos Aires y el error político que
significó que Saavedra abandonara Buenos Aires y viajara al Norte a ponerse al mando
del derrotado ejército criollo, produjo el retorno de los desplazados en los sucesos
mencionados y la caída de la Junta Grande.
En efecto, el l6 de Septiembre el Cabildo exige a la Junta la destitución de Joaquín
Campana, que se desempeñaba como Secretario de la misma, a lo que aquella
accede. Un día mas tarde, se exige Cabildo Abierto para designar diputados por
Buenos Aires al futuro Congreso, el que se realiza el día l9 de Septiembre, siendo los
mas votados Chiclana, Paso y Sarratea, al par que se designa una Junta Consultiva.
Esta arremetida del grupo porteñista, obliga a la Junta Grande a dictar un decreto
el 23 de Septiembre de l8ll creando un poder ejecutivo de tres miembros, denomi
nado Triunvirato, alegando razones de celeridad y energía, y designando para tales
cargos precisamente a Chiclana, Paso y Sarratea. Los integrantes de la Junta Grande
pasaban a formar la Junta Conservadora de la Soberanía de Fernando VII, organismo
ante el cual debe rendir cuentas el Triunvirato.
Al decir de Levene,2 y mas alla de las razones argumentadas para su creación, «el
primer Triunvirato políticamente es una reacción contra el 5 y 6 de Abril; electoralmente
significa el voto restringido contra el sufragio universal; social y económicamente
representa un sector, la parte principal y mas sana del vecindario contra la clase del
suburbio, las quintas y la campaña», siendo en definitiva, «la reacción de la Capital
contra las provincias, de los porteños contra los forasteros».
En síntesis, la creación del Triunvirato significó el traspaso del poder nacional que
representaba la Junta Grande, a la minoría ilustrada de Buenos Aires de la que aquel
fue un mero comisionado.
En tal sentido, certeramente analizan Sabsay y Pérez Amuchástegui:3 «Este golpe de
mano que posibilitó la instalación del Triunvirato es la antítesis del movimiento del 5 al
6 de abril y facilitó el acceso al gobierno de la oligárquica burguesía comercial porteña
que, desde entonces, fijó la política centralista y despótica contra la que habrían de
2
Citado por López Rosas, José Rafael «Historia Constitucional Argentina». Pág. 142.
3
Ibídem. Pág. 78.
43
luchar las provincias. Con la inspiración y la acción definitoria del secretario Rivadavia,
se inició en el Río de la Plata lo que podemos llamar porteñismo a ultranza, caracteri
zado por un manifiesto desdén hacia el resto del país, hasta el extremo que, para que
Buenos Aires tuviera paz y su burguesía comercial no se debilitara, era preciso acceder
a todo, incluso a la pérdida de territorios. Se planteó desde entonces una dicotomía
irreconciliable en sus extremos: mientras las provincias buscaban un ser nacional
argentino y aún hispanoamericano, el pequeño círculo dominante de Buenos Aires,
de neto corte liberal, quería armar un ente colonial y porteño, entregándose al tutelaje
económico y cultural en aras de consolidar la hegemonía de su burguesía comercial».
El reglamento orgánico
El 22 de Octubre de l8ll, la Junta Conservadora dicta el REGLAMENTO ORGÁ
NICO, también denominado Reglamento de Poderes, que consta de un Preámbulo y
27 artículos. El mismo está dividido en tres secciones que se refieren respectivamente
a las atribuciones y composición de los órganos legislativo, ejecutivo y judicial.
La Junta Conservadora, en la que reside la soberanía, estaba compuesta por los
diputados de las provincias que se encontraban en Buenos Aires y por los que se
incorporasen a posteriori. Tiene funciones típicas de un órgano legislativo pero también
es competente para declarar la guerra y firmar la paz, celebrar tratados de límites y de
comercio, crear impuestos, tribunales y empleos, y nombrar a los miembros del ejecu
tivo, en caso de renuncia o muerte de los mismos.
El Triunvirato (el Poder Ejecutivo), durará un año en sus funciones y sus integrantes
se rotarán cada 4 meses en la Presidencia del Cuerpo. Le corresponde la defensa del
Estado, la organización de los ejércitos, la protección de la libertad civil, la recaudación
e inversión de los fondos públicos, el conocimiento de las causas de contrabando,
el otorgamiento de empleos civiles y militares, y el nombramiento y remoción de sus
Secretarios.
La tercera sección está dedicada al Poder Judicial, al que declara independiente
de los otros órganos del Estado, asignándole la función de «juzgar a los ciudadanos»
y haciéndolo responsable del menor atentado que se cometa contra la libertad y
seguridad de los ciudadanos. Sus atribuciones y facultades serán establecidas por el
Congreso.
Otras importantes disposiciones del Reglamento Orgánico es la que prohíbe al
poder Ejecutivo ejercer funciones judiciales y alterar el sistema de administración de
justicia, cabiendo señalar que en el art. 9o. de la segunda sección se establece un
antecedente del habeas corpus dado que se establece que el Poder Ejecutivo no
podrá tener arrestado a ningún individuo por mas de 48 horas, lapso en el que debe
remitirlo al juez competente.
Por último, se reitera que el Triunvirato sera responsable de su conducta publica
ante la Junta Conservadora.
44
La Junta Conservadora, una vez sancionado el Reglamento Orgánico, lo envía al
Triunvirato para que lo promulgue, dándole «el mas pronto y debido tratamiento». Pero
el Triunvirato lo remite en consulta al Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires, el que a
su vez solicita dictamen a la Junta Consultiva, órgano de asesoramiento del mismo,
creada en Septiembre de ese año.
Tal actitud del Triunvirato significa, sin lugar a dudas, una seria distorsión institucional
dado que se somete a un cuerpo local o comunal lo que es una normativa nacional
emitida por el órgano en que reside la soberanía. Tanto el Cabildo como la Junta Consul
tiva aconsejan rechazar el Reglamento Orgánico, actitud que adopta el Triunvirato, tras
lo cual el 7 de Noviembre de l8ll, disuelve la Junta Conservadora y días mas tarde, bajo
el pretexto del denominado «motín de las trenzas» del regimiento de Patricios, expulsa
a los diputados del interior de Buenos Aires. Ante este golpe institucional, cuya inspira
ción se adjudica a Bernardino Rivadavia, uno de los Secretario del Triunvirato, el dipu
tado jujeño Juan Ignacio Gorriti expresara proféticamente que «Buenos Aires se erigirá
en metrópoli, y dictará leyes a su arbitrio a todas las provincias».
El estatuto provisional
El 22 de Noviembre de l8ll, el Primer Triunvirato dicta el llamado Estatuto Provisional
del Gobierno Superior de las Provincias Unidas del Río de la Plata a nombre del señor
don Fernando VII, el que reemplaza al Reglamento Orgánico y consta de un preámbulo
y 9 artículos.
El Estatuto Provisional concede al Triunvirato el poder ejecutivo y legislativo así
como determinadas funciones judiciales. Establece que los Vocales se renovarán alter
nativamente cada 6 meses, mientras los Secretarios serán inamovibles. Para sustituir
al vocal saliente, la norma citada dispone la constitución de una Asamblea compuesta
del Cabildo de la ciudad de Buenos Aires, un número considerable de ciudadanos
elegidos por los vecinos de dicha ciudad y los representantes que designen los
pueblos. Esta marcada preeminencia porteña en la constitución del órgano encargado
de elegir los vocales, mereció la calificación de monstruosa y oligárquica por parte de
González Calderón.4
En lo referente a los asuntos judiciales, el Estatuto Provisional indica que son priva
tivos de las autoridades judiciales, pero erige al Triunvirato en tribunal de segunda
instancia. Por otra parte, en su articulo 6º, le concede facultades extraordinarias a éste
permitiéndole «adoptar cuantas medidas crea necesarias para la defensa y salvación
de la Patria, según lo exija el imperio de la necesidad y circunstancias del momento».
El Estatuto Provisional indica también que el Gobierno se obliga a convocar a un
Congreso de las Provincias ante la cual se hará responsable de su conducta pública.
4
Citado por López Rosas, J.R., Ob. cit. pág. 148.
45
Por último, la norma que estamos analizando hace parte del mismo a los decretos
sobre Seguridad Individual y Libertad de Imprenta.
El decreto sobre Seguridad Individual es sancionado el 23 de Noviembre de l8ll,
expresandose en su introducción que «todo ciudadano tiene un derecho sagrado a
la protección de su vida, de su honor, de su libertad, y de sus propiedades. La pose
sión de este derecho, centro de la libertad civil, y principio de todas las instituciones
sociales, es lo que se llama seguridad individual».
Esta norma establece la mayoría de los derechos que consagra el artículo l8 de
nuestra Constitución Nacional, tales como juicio previo, defensa contra el arresto
ilegítimo, inviolabilidad del domicilio y que las cárceles son para seguridad y no para
castigo. Igualmente, consagra el derecho de locomoción, circulación o movimiento
que establece el art. 14 de nuestra Carta Magna. Por último, en su artículo 9º, aparece
un antecedente de la suspensión de las garantías individuales o estado de sitio.
Cabe señalar que este decreto de Seguridad Individual no fue en absoluto cumpli
mentado por el Triunvirato, como lo demuestran el fusilamiento de sargentos, cabos y
soldados del Regimiento de Patricios en Diciembre de l8ll, o la expulsión de los miem
bros de la Junta Conservadora, o el fusilamiento de Álzaga y mas de 30 de sus segui
dores en Julio de 1812.
Completando la organización institucional, el Triunvirato deja sin efecto el Regla
mento de Juntas Provinciales y Subordinadas, reemplazándolas por Gobernadores y
Tenientes de Gobernadores, respectivamente, designados desde Buenos Aires y bajo
las órdenes del Triunvirato.
Asimismo, en Enero de 1812, se suprime la Audiencia, creándose en su reemplazo
una Cámara de Apelación, mientras en Abril se crea la llamada Comisión de Justicia,
la cual bajo el pretexto de reprimir sin dilaciones a las bandas de salteadores, teniendo
en cuenta el procedimiento sumarísimo previsto y tratándose de un organismo no judi
cial, se convirtió en la práctica en una entidad de control y persecución política, espe
cialmente de los sectores mas marginados.
Por último, en Marzo de 1812, el Triunvirato reglamenta el funcionamiento y compo
sición de las Asambleas previstas para suplantar a los vocales que finalizaban sus
mandatos. Establece que dichas Asambleas solo podrán tratar los temas para las que
han sido convocada, sesionando en un plazo máximo de 8 días. En cuanto al numero de
representantes que debían elegir los vecinos de Buenos Aires, lo fija en l00 ciudadanos
pero luego, a petición del propio Cabildo local, lo reduce a 33, número que no obsta a
que su composición sea manifiesta y arbitrariamente desigual en favor de los porteños.
46
en el Norte, lo reemplazó provisoriamente por José Miguel Díaz Vélez, relegando las
pretensiones de Bernardino Rivadavia en tal sentido. Esta circunstancia, mas el hecho
de que la Asamblea se declaró soberana, la enfrenta con el Triunvirato que la disuelve.
Tal medida le quita crédito al Triunvirato, restándole la confianza de los grupos diri
gentes que, por un lado, se reagrupan en la Sociedad Patriótica y Literaria, ahora bajo
la conducción de Bernardo de Monteagudo, que expresa su prédica opositora en el
periódico «Mártir o Libre», y en la Logia Lautaro, integrada por prestigiosos jefes militares
como San Martín, Alvear o Zapiola, arribados en Marzo de ese año a Buenos Aires.
La Logia Lautaro era una entidad eminentemente política, con formas masónicas,
que se había propuesto entre sus fines el llevar adelante el proceso independentista
en todo el continente sudamericano. Sus integrantes entendían que debía triunfar la
revolución en el plano militar para después discutir las formas institucionales mas
convenientes conforme al pronunciamiento popular del cual eran sumamente respe
tuosos. La idea de unidad sudamericana era un propósito formal al que se habían
comprometido junto a otras logias americanas. Para ellos no existían diferencias entre
los habitantes de las diversas regiones de la América Hispana (peruanos, chilenos,
ecuatorianos, etc.) y los consideraban paisanos y aliados en la causa común.
Ambos grupos, junto a sus criticas al absolutismo del Triunvirato —especialmente
de Rivadavia—, reclaman la convocatoria a un Congreso que declare la Indepen
dencia y organice el país. El Triunvirato, jaqueado y desprestigiado, convoca a una
nueva Asamblea en Octubre, la que se reúne el día 6, comenzando su accionar con
el desconocimiento de los poderes de Bernardo de Monteagudo, representante de
Mendoza y líder de los opositores, y designando nuevos triunviros.
Pero su suerte estaba echada y el 8 de Octubre tropas del ejército ocupan la plaza,
conducidos por San Martín, Alvear y Ocampo, acompañados por los civiles de la
Sociedad Patriótica. Los revolucionarios exigen la renuncia de los miembros del Triunvi
rato, la entrega provisoria del mando al Cabildo, la suspensión de la Asamblea, la crea
ción de un poder ejecutivo integrado por personas dignas que consulten al pueblo,
y la convocatoria de una Asamblea extraordinaria que resuelva en forma definitiva la
organización política de la Nación.
El gobierno cede ante la presión y el Cabildo de Buenos Aires y el Gobernador Inten
dente designan como nuevos miembros del triunvirato a Paso, Rodríguez Peña y Álvarez
Jonte, los que son ratificados por el voto de los vecinos. Nace así el llamado Segundo
Triunvirato, bajo la inspiración conjunta de la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica.
El segundo triunvirato
El segundo Triunvirato, mediante un decreto de fecha 24 de Octubre, convoca a
elecciones de diputados para integrar una Asamblea General, afirmando en el mismo
que «ésta debe ser, sin duda, la memorable época en que el pueblo de las Provincias
Unidas del Río de la Plata, abriendo con dignidad el sagrado libro de sus eternos dere
47
chos, por medio de libres y legítimos representantes, vote y decrete la figura con que
deben aparecer en el gran teatro de las naciones».
La convocatoria establecía que los poderes que se conferirían a los diputados
deberían ser sin limitación alguna, en tanto que las instrucciones que se les impartieran
debían ser la expresión de la voluntad de los representados. La elección era publica
e indirecta, participando en su fase final el Cabildo del lugar. En cuanto al número de
diputados, Buenos Aires contaría con cuatro, las capitales provinciales con dos y las
ciudades subalternas un diputado cada una, con la excepción de Tucumán que, en
reconocimiento a sus méritos por la victoria militar, podría elegir dos.
El Triunvirato cumplía así con el mandato de la Revolución del 8 de Octubre al
convocar a una Asamblea que declarara la independencia y dictara una constitución,
como lo requerían los hombres de la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica.
En Febrero de l8l3, la Asamblea dicta el Estatuto del Supremo Poder Ejecutivo, regla
mentando las funciones y composición del Triunvirato, reformándolo posteriormente
en Enero de l8l4, transformando el Poder Ejecutivo de colegiado en uno de carácter
unipersonal, por tanto el Triunvirato deja de tener existencia institucional en tal fecha.
El directorio
El cargo de Director Supremo fue una creación de la Asamblea del Año XIII y tuvo
vigencia entre 1814 y 1820. En términos generales fue una institución que reafirmó
el centralismo porteño y generó fuertes resistencias en el interior. Fueron Directores
Supremos en este período Gervasio de Posadas, Carlos María de Alvear, Ignacio
Álvarez Thomas, Antonio Balcarce, Martín de Pueyrredon y José Rondeau. Para un
mejor estudio analizaremos muy brevemente la actuación de cada uno de ellos.
Gervasio Antonio Posadas (Enero de 1814/Enero de 1815): Durante su mandato
se modifica el panorama de Europa: Napoleón se aleja definitivamente del poder y
el retorno de Fernando VII al trono genera una amenaza cierta de invasión a estas
tierras. Las tentativas monárquicas que lleva adelante sin éxito, unidas a la derrota del
ejército de Norte y su enfrentamiento con el caudillo oriental José Gervasio Artigas,
lo desprestigiarán y harán que no pueda desarrollar una política que solucionara los
graves problemas que aquejaban a las Provincias Unidas.
Merece destacarse que ante el rechazo de los diputados orientales a la Asamblea
del Año XIII, Artigas abandona el sitio de Montevideo, lo que hace que el 11 de febrero
de 1814, Posadas emita un decreto declarándolo fuera de la ley, enemigo de la Nación
y ordena que fuera perseguido y muerto como infame traidor a la Patria; iniciando de
esta manera una tremenda lucha contra el oriental.
Asimismo las diversas rebeliones producidas en los ejércitos patrios, particular
mente la sublevación del Ejército del Norte, llevan a Posadas a dimitir.
Carlos María de Alvear (Enero de 1815/Abril de 1815): Activo integrante de la Logia
Lautaro, acompañó a San Martín en la organización de los Granaderos a Caballo y
48
fue acérrimo defensor de la centralización del poder. Puede decirse que la enorme
influencia que desarrolló en la Asamblea permitió la concentración del poder en el
Ejecutivo unipersonal que de allí surgió.
Apenas asumido el poder aceptó la renuncia de San Martín a la gobernación de
Cuyo, nombrando un reemplazante en su lugar. Ello generó el rechazo del pueblo
Mendocino lo que lo obligó a retractarse.
Intentó doblegar a Artigas y al no conseguirlo llegó a ofrecerle la independencia de
la Banda Oriental, cosa que aquel no aceptó.
Al producirse el alzamiento de Santa Fe el 2 de Abril de 1815, con la ayuda de
Artigas, envía a reprimirlo a Álvarez Thomas, quien se subleva en Fontezuelas y ello
origina su caída.
Ignacio Álvarez Thomas (Abril de 1815/Abril de 1816) En el comienzo de su
mandato le restituye a Artigas sus honores y se proclama jefe de un movimiento
federal, mas esto solo era una fachada porque en julio de 1815 envía un poderoso
ejército al mando de Viamonte a Santa Fe para dominar la provincia, cuestión que
logra, volviendo a ser ésta una tenencia de gobernación dependiente de Buenos Aires.
Ante el nuevo levantamiento del pueblo santafesino ordena al ejército del Norte al
mando de Belgrano que reprima a la provincia rebelde. Este destaca al coronel Eusta
quio Díaz Vélez quien logra el acuerdo de paz de Santo Tome con el representante
santafesino Cosme Maciel. Este acuerdo hace renunciar a Álvarez Thomas. Desta
quemos que durante su mandato se sanciona el Estatuto Provisional de 1815, al que
luego referiremos.
Antonio González Balcarce (Abril de 1816/Julio de 1816): En su primera acción de
gobierno designa representantes de Buenos Aires quienes firman con el designado
gobernador de Santa Fe, Mariano Vera, dos tratados. En el primero de ellos Buenos
Aires reconoce la independencia de Santa Fe, en tanto esta provincia habría de enviar
su delegado al congreso que estaba sesionando en Tucumán. Por el segundo tratado
(de carácter secreto), Santa Fe se comprometía a cumplir el anterior, aún si el Gral.
Artigas no lo aceptara. El Director Supremo Balcarce en lugar de ratificar los tratados
los remite al Congreso de Tucumán, el que no los ratifica. Ante ello Santa Fe, junto
a Artigas y los demás pueblos del litoral, deciden definitivamente no concurrir al
Congreso de Tucumán.
Buenos Aires envía un nuevo ejército para someter a la provincia rebelde, al mando
de Díaz Vélez, lo que a su vez origina numerosos levantamientos en otras provincias
(Córdoba, Santiago del Estero). Ello lleva a la renuncia del Director Supremo.
Juan Martín de Pueyrredon (Julio de 1816/Junio de 1819) Apenas designado
acuerda con San Martín en organizar en Mendoza un poderoso ejército que permita
liberar a Chile y luego marchar a Perú. El 11 de Agosto Pueyrredon nombra a San
Martín general en jefe del Ejército de los Andes.
49
Luego de ello, el Director realiza esfuerzos para pacificar al país, cuestión que rela
tivamente logra hacia fines del año 1816, atendiendo a partir de allí la campaña militar
contra Chile.
En tanto el general Carlos Federico Lecor invade con fuerzas portuguesas la Banda
Oriental, derrotando a José Gervasio Artigas y pese a que personalmente Pueyrredon
está dispuesto a enfrentarlo, los diputados del Congreso no aceptan llevar la guerra
contra los portugueses. Pueyrredon adopta esta política y deja librado al caudillo
oriental a su suerte, enviando fuerzas para apoyar la traición de uno de los caudi
llos que respondían a Artigas: Eusebio Hereñú. No obstante que estas fuerzas son
derrotadas por Francisco Ramírez, el Director no ceja en su empeño de enfrentar al
Protector de los Pueblos Libres.
En tanto, Pueyrredon sanciona el Reglamento Provisional de 1817 que dictara el
Congreso que sesionaba ahora en Buenos Aires.
En medio de la guerra civil, las operaciones militares, las acciones diplomáticas
tendientes a coronar un monarca europeo, las discusiones sobre la organización
institucional, Juan Martín de Pueyrredon intenta atender a los múltiples problemas de
gobierno, derivados fundamentalmente de la situación angustiosa en que estaban
las finanzas del Estado. El libre cambio había ahogado las artesanías interiores y la
balanza comercial se inclinaba al déficit ante la reducción de las exportaciones de
cuero, sebo y tasajo. Asimismo el problema del indio en las zonas de fronteras seguía
latente ante la imposibilidad de llevar adelante una política efectiva sobre el particular
debido a las luchas internas y externas que se estaban desarrollando.
En julio de 1818, el Brigadier Estanislao López depone al gobernador Vera y ello
hace que el Director supremo inicie hostilidades contra Santa Fe. López logra vencer a
las diversas fuerzas porteñas y en abril de 1819 firma con Viamonte un armisticio, base
del tratado de San Lorenzo firmado pocos días después entre Belgrano y López. Por
este acuerdo las tropas directoriales deben dejar la provincia de Santa Fe, quedando
consagrada de esta manera la autonomía de la provincia.
Antes de sancionarse la Constitución de 1819 por el Congreso (31/7/19), el Director
Pueyrredon solicita su relevo, lo que le es aceptado el 9 de junio, siendo designado en
su reemplazo el general José Rondeau como Director Provisional.
José Rondeau (Junio de 1819/Febrero de 1820) Apenas asumido quien sería el
último Director Supremo debe enfrentar la rebelión del litoral por lo que ordena concen
trar las unidades militares del país para enfrentar a las tropas de Ramírez y López.
Sin embargo el 7 de enero de 1820 los jefes de la columna principal que se halla en
Arequito, encabezados por Juan Bautista Bustos, Alejandro Heredia y José María Paz,
se sublevan manifestando que el ejército no quiere participar de una nueva guerra civil.
El 11 de febrero Rondeau es derrotado en Cepeda, finalizando así el régimen directorial.
50
Capítulo 5
Los intentos de organización
institucional entre 1810 y 1820
51
Se aprobaron símbolos nacionales, como el escudo y la escarapela, consintiendo el
uso de un pabellón nacional de dos listas azules y una blanca en el centro. Igualmente
se adopta como Himno Nacional la marcha patriótica de Vicente López y Planes y Blas
Parera y se establece el 25 de Mayo como día cívico o fecha patria. Resuelve también
que la Iglesia de las Provincias Unidas del Río de la Plata no dependa de ninguna auto
ridad eclesiástica extraña a su territorio. Por último, y en significativa medida, se ordena
la acuñación de monedas de oro y plata, las que deberán tener el sello de la Asamblea
con la leyenda Provincias Unidas del Río de la Plata, suprimiéndose en consecuencia
la efigie de Fernando VII.
En lo referente a su objetivo de organizar el país, la Asamblea del Año XIII no dictó
ninguna constitución, pero además de analizar proyectos constitucionales, organizó
poderes del Estado y declaró derechos y garantías, todos propios de una Carta Magna.
El 27 de Febrero de 1813, la Asamblea dicta el Estatuto del Supremo Poder Ejecu-
tivo, reglamentando las funciones y composición del Triunvirato. Este Estatuto es refor
mado el 26 de Enero de l8l4, transformando el cuerpo colegiado en uno unipersonal
con el nombre de Directorio Supremo. Su titular duraría dos años en sus funciones y
estaría asistido por tres secretarios y un Consejo de Estado de 9 miembros, siendo
función de este último evacuar las consultas del Director y elevar a su consideración
proyectos de utilidad y conveniencia para el Estado.
En lo referente al Poder Judicial, el 6 de Septiembre de 1813 se dictó el Reglamento
de la Cámara de Apelaciones que, pese a su nombre, organiza la justicia en todas
las instancias, estableciendo la competencia de los Alcaldes de Hermandad, Alcaldes
Ordinarios y Cámaras de Apelaciones de Charcas y Buenos Aires. Contempla, además,
la creación de un Supremo Poder Judicial para entender en los recursos de segunda
suplicación, nulidad e injusticia notoria de las sentencias definitivas, correspondiendo
tales conocimientos a la Asamblea hasta que se organizara dicho tribunal.
Otras medidas de corte constitucional dictadas por la Asamblea son la declaración
de la inviolabilidad de sus diputados; la libertad de vientres declarando libres a todos
los nacidos en el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata desde el 3l de
Enero de 1813 en adelante, estableciéndose la libertad de los esclavos extranjeros
que se introduzcan en el territorio nacional para su comercio o venta; la abolición de
los tributos indígenas, la mita, el yanaconazgo, la encomienda y el servicio personal
de aquellos, declarando a los indios como hombres perfectamente libres e iguales en
derecho a los demás ciudadanos; supresión de los títulos nobiliarios y de los distin
tivos de linaje en casas y parajes públicos; supresión del mayorazgo; abolición de
la tortura y destrucción de los instrumentos de tormento; supresión del juramento
en juicio; y creación de nuevas gobernaciones intendencias: Cuyo, Banda Oriental,
Tucumán, Entre Ríos y Corrientes.
52
Los proyectos constitucionales en la asamblea del año XIII
Cuatro proyectos constitucionales fueron preparados para ser presentados ante la
Asamblea del Año XIII. Corresponden a la Comisión Oficial —creada a tal efecto por el
Triunvirato—, la Sociedad Patriótica —respondiendo a una invitación sobre el particular
formulada también por el Triunvirato—, la Comisión interna —ente creado a tales fines
por la Asamblea en sus sesiones preparatorias—, y el «Plan de una constitución liberal
federativa para las Provincias Unidas de la América del Sur», cuya autoría se adjudica al
diputado artiguista Felipe Santiago Cardozo.
Al parecer solo los proyectos de la Comisión Oficial y la Sociedad Patriótica tuvieron
tratamiento en la Asamblea.
En términos generales, podemos afirmar que todos los proyectos adoptan la forma
de gobierno republicana pero difieren en lo referente a la forma de Estado. En efecto,
mientras los proyectos de la Sociedad Patriótica, Comisión Oficial y Comisión Interna
preconizan un sistema unitario o «centralizado en unidad de régimen», el proyecto arti
guista es el único que sostiene un régimen federal o confederal.
Siguiendo a Helio Juan Zarini,1 podemos señalar que los cuatro proyectos coinciden
en la declaración de la independencia, concuerdan en lo que se refiere al alcance terri
torial de las Provincias Unidas del Río de la Plata —incluyendo a Uruguay, Paraguay
y el Alto Perú—, organizando un Poder Legislativo bicameral y un Poder Judicial inte
grado por una Corte Suprema, Tribunales y Jueces inferiores.
Difieren en cambio en lo relativo a la integración del Poder Ejecutivo, que es uniper
sonal en los proyectos de la Sociedad Patriótica y Felipe S. Cardozo, adoptando la
forma de un Triunvirato en los de la Comisión Oficial y Comisión Interna.
En particular, podemos señalar que el proyecto de la Sociedad Patriótica está
basado en la Constitución de los Estados Unidos de 1787, la española de 1812 y las
constituciones francesas de 1791, 1793 y 1795. Entre sus características especiales
está el reconocimiento a la ciudadanía americana y el establecimiento de un compli
cado sistema electoral para la elección de representantes mediante la combinación de
sufragio directo e indirecto. Este proyecto —que desconoce las autonomías provin
ciales, como ya lo señalamos— establece que el Poder Ejecutivo de cada Provincia
será ejercido por un Prefecto designado por el Presidente de la Nación a propuesta
en terna de la Municipalidad de la ciudad cabecera de cada provincia, designando tal
Prefecto a los prefectos subalternos de su jurisdicción.
El denominado proyecto de la Comisión Oficial está inspirado en la Constitución
española de 1812 aunque también en la de los Estados Unidos. Entre sus rasgos
característicos figuran un ejecutivo de tres miembros, con el nombre de Directorio,
acompañado por un Consejo de Estado que lo debe asesorar en todos los asuntos
graves de gobierno y prestar su aprobación a los proyectos legislativos; una minuciosa
1
Zarini, Helio Juan. «Historia e instituciones en la Argentina». Astrea. Bs. As. 1981.
53
descripción de la organización judicial; el reconocimiento del catolicismo como reli
gión del Estado, pero con la salvedad que ningún individuo puede ser forzado a pagar
contribución alguna a tales fines ni «molestado en su persona o bienes por opiniones
religiosas»; y el establecimiento de la capital fuera de la ciudad de Buenos Aires.
El Proyecto de la Comisión Interna está basado en la Constitución norteamericana
de 1787 y en la de Venezuela, y —al igual que la anterior— contempla un poder ejecu
tivo de tres miembros y adopta la religión católica como oficial pero reconociendo la
libertad de cultos.
Por ultimo, el proyecto artiguista esta basado en el Acta de Confederación nortea
mericana de 1777, la constitución de 1787 y la del estado de Massachusetts, lo que lo
convierte en una mezcla de organización confederal con federación. Entre los aspectos
principales y característicos de dicho proyecto, cabe mencionar que —a diferencia
de los anteriores— cada Provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, y
todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente a las Provin
cias Unidas, como expresa su articulo 2º. Establece ademas que cada Provincia debe
dictar una Constitución por separado de la Constitución general. Cabe señalar también
que proclama el sufragio universal.
2
López Rosas, José Rafael. «Historia Constitucional Argentina». Astrea. Bs. As. 1984.
54
pueblos y en especial los del litoral argentino», sosteniendo principios «suficientes para
estructurar un programa mínimo, aun cuando esencial, de gobierno. Ante las tentativas
monárquicas o los intentos centralistas de Buenos Aires, las Instrucciones reconocen
y claman por el derecho de los pueblos». El citado autor afirma también que «recono
cemos su imperfección y su confusión doctrinaria, pero, valoramos todo lo que signi
ficaron en nuestro proceso federal, la poderosa influencia que ejercieron en nuestros
caudillos y la fuerza de su ideario. Oculto entre sus lineas se agitaba el espíritu de
Artigas, defensor de los pueblos y sacrificado paladín de sus libertades».
En relación a las otras instrucciones otorgadas por los pueblos, cabe mencionar a las
de Jujuy que sostienen la inoportunidad de declarar la independencia pero requieren
que la Asamblea se declare soberana, al par que se inclinan por un sistema federal que
respete las autonomías provinciales. Las correspondientes a Potosí también sostienen
el régimen federal pero consideran oportuno declarar la independencia, estableciendo
a la religión católica como religión del Estado. Esto último también es sostenido por las
instrucciones de Tucumán, las que consideran conveniente tener presente la Constitu
ción de los Estados Unidos, adaptandola a nuestra situación local y política.
3
Ibídem. pág. 220.
4
Petrocelli, Héctor B. «Historia Constitucional Argentina». Editorial Keynes. Rosario. 1993. Pág. 92.
55
Hay discusión entre los historiadores sobre el carácter de éste Estatuto: algunos
afirman que es de tendencia federal por cuanto reconocía el derecho a las provincias
de elegir sus propios gobernadores (González Calderón, entre otros).
Se oponen a ello, entre otros López Rosas, por cuanto señala que por el art. 51
del Capítulo V, se establece que los tenientes gobernadores serán nombrados por el
Director a propuesta en terna del Cabildo de su residencia; es decir que reservaba el
poder de decisión al gobierno central. Agreguemos por nuestra parte que a su vez este
poder central (Director Supremo) estaba designado por el Cabildo de Buenos Aires y
controlado por la Junta de Observación dispuesta por este mismo Cabildo, quienes
inclusive lo podían deponer en caso que violase el Estatuto o actuara contra la segu
ridad de la Patria.
Por otra parte, reafirma el espíritu que impregnó a este Estatuto es que la Constitu
ción que surge del Congreso que por el se convoca es de neto corte unitario (Consti
tución de 1819).
Con acierto se menciona que este Estatuto tenía por finalidad el neutralizar el avance
de Artigas, quien había sido designado Protector de los Pueblos Libres, oponiéndose
al centralismo porteño.
Lo destacable de este digesto legal es que impone al Director Supremo la convo
catoria a un Congreso General para dictar una Constitución, que deberá reunirse en la
ciudad de Tucumán, para lo que las ciudades y villas deberán designar sus diputados.
56
naria. Ya lo decía San Martín en carta a Tomás Godoy Cruz (diputado por Mendoza):
«Hasta cuando esperamos para declarar nuestra independencia? No es un cosa
bien ridícula acuñar moneda, tener pabellón, hacerle guerra al soberano de quien se
dice dependemos y no decirlo, cuando no nos falta mas que decirlo? Que relaciones
podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos con mucha razón nos
tratan de insurgentes puesto que nos reconocemos vasallos. Nadie nos auxiliará en
tal situación... Ánimo que para los hombres de corazón se han hecho las empresas.
Si esto no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo
la soberanía es una usurpación que se hace al que se cree verdadero soberano, es
decir al Rey de España».
En la sesión del 6 de Julio, Manuel Belgrano invitado por el Congreso, se explayó
sobre la situación en Europa señalando que las revoluciones americanas ya no eran
miradas con simpatía por los gobiernos del Viejo Continente por el desorden y la anar
quía en que habían caído. Señaló asimismo que habían mutado las concepciones
sobre las formas de gobierno y que del anterior republicanismo que primaba, se había
pasado a concepciones monárquicas. Agrega Belgrano en ese discurso que él mismo
se inclinaba por una postura monárquica atemperada, proponiendo instaurar una
dinastía Inca con capital en el Cuzco.
Ello provocó una honda impresión en los Congresales para quienes el tema de la
organización institucional se constituyó en fundamental. Pero su tratamiento exigía
primero la declaración de la independencia, por cuanto un pueblo que no es libre no
puede deliberar sobre su forma de gobierno.
Ello finalmente ocurrió el 9 de julio, día en el que se declaró la independencia de las
Provincias Unidas de Sud América manifestando que «es voluntad unánime e indubi
table de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de
España, recuperar los derechos de que fueron despojados e investirse del alto carácter
de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y Metrópoli». Esta
declaración fue completada el día 19 cuando se agregó al acta que se emancipaban
de «toda otra dominación extranjera».
Hecho esto, se entró a considerar la forma de gobierno que habría de adoptarse
para organizar el nuevo Estado. Pese a la idea republicana que había imperado en el
origen de la revolución, en el Congreso primaba la idea de una monarquía constitu
cional. Influían sobre este criterio no sólo las palabras de Belgrano que habían trasun
tado el espíritu de la época vigente en el Viejo Continente y sus propias ideas sobre
el particular, sino que el propio San Martín se inclinaba por esta forma de gobierno,
posiblemente (al igual que Belgrano) para lograr captar la adhesión de los pueblos del
norte de las Provincias Unidas para la causa de la independencia.
Pero la mayoría de los diputados dejaron de lado la idea de coronar un inca para
inclinarse por entrar en tratativas con alguna casa reinante en Europa para coronar un
príncipe europeo.
57
La invasión de los portugueses a la Banda Oriental hace que el Congreso destaque
una misión diplomática a Río de Janeiro, que sobre la base de una solución monárquica
similar a la inglesa, propusiera que el monarca Inca contrajera enlace con una princesa
portuguesa de la Casa de Braganza, o que se coronase a un príncipe portugués.
Este proyecto fue posteriormente abandonado y el nuevo Director Supremo, Puey
rredon inició tratativas con el gobierno francés para la coronación de Luis Felipe de
Orleáns. Luego, desestimado este intento, se trata la coronación de Carlos Luis de
Borbón, príncipe de Luca.
La Constitución de 1819
Como se dijo, el Congreso Nacional que se reunió en Tucumán en 1816 había alcan
zado uno de sus objetivos: declarar la independencia de estos territorios de la corona
española, pero no había logrado formular una Constitución que permitiera la definitiva
organización de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Evidentemente los distintos intereses en juego de Buenos Aires y el interior (con las
variables que ya se han visto) imposibilitaban la adopción de una forma organizativa
que satisficiera a todos.
La cuestión del puerto, de la Aduana y en definitiva de la forma de gobierno, dividía
las aguas e imposibilitaba el acuerdo.
El proyecto de Constitución comenzó a ser tratado el 31 de Julio de 1818 y las
discusiones sobre el mismo abarcaron un período de nueve meses. Sin embargo
privaba allí un neto espíritu unitario, preparándose el camino para el establecimiento de
una monarquía que era en definitiva lo que se quería implantar.
Muestra cabal de lo referido es lo dicho en dos sesiones de la Convención; al refe
rirse a la representación de ciudades y villas y elección de sus diputados, se afirma:
58
«en la necesidad de preferir un sistema de concentración y unidad, como más análogo
a las circunstancias del país, que el de provincias o estados confederados, dicta la
política que se quite a los pueblos el principal motivo de inclinación al federalismo,...
con otras (ventajas) más importantes que asegura el gobierno de unidad».
Con respecto a la integración del Senado, se expresa que deben integrarlo «los
ciudadanos distinguidos, ya por pertenecer a la clase militar y a la eclesiástica, ya por
sus riquezas y talentos», aprovechándose de esta manera «lo útil de la aristocracia»;
asegurándose a continuación que «el gobierno aristocrático es ventajoso porque los
negocios públicos son manejados por hombres eminentes y distinguidos, que han
tenido proporciones para educarse brillantemente»; se sigue posteriormente con otras
alabanzas al sistema monárquico.5
Todo cuanto se ha dicho acerca de los sectores que lo conformaban y las ideas que
sostenían los unitarios queda ejemplificado en esta Constitución.
Discrepamos con algunos autores (López Rosas, Zarini, entre otros), que le asignan
alto valor científico a este instrumento Constitucional. Más allá de la exactitud de la
técnica legislativa que pueda atribuírsele (cuestión por cierto relativa en toda cons
trucción jurídica), lo cierto es que fue hecha a espaldas de la mayoría del pueblo
de las provincias, el cual tajantemente la rechazó; esto originó un doloroso período
de disensiones internas. Una ley —mas aún la fundamental— es legítima en cuanto
expresa y representa al conjunto de la sociedad, no a una minoría ilustrada que legisla
a espaldas de quienes teóricamente dice representar. Tal el principio fundamental de
una democracia representativa.
Principales disposiciones
Entre las principales disposiciones de esta Constitución se encuentran las que refieren
al Poder Legislativo, al que divide en dos Cámaras: una de Representantes y otra de
Senadores. La primera estaba compuesta por diputados, que eran elegidos en propor
ción de uno por cada 25.000 habitantes, y duraban cuatro años en sus funciones.
La Cámara de Senadores —que destaca e identifica en forma particular a esta
Constitución— estaba formada por los senadores de las provincias (cuyo número era
igual al de las mismas), tres senadores militares (cuya graduación no sea inferior a
Coronel Mayor), un Obispo y tres eclesiásticos, un senador por cada Universidad y el
Director del Estado, concluido el tiempo de su gobierno. «Era la nueva lucha entre las
élites, nacidas de la oligarquía porteña y el común, vejado por el centralismo prepo
tente. Esta composición netamente aristocrática produjo incontenible reacción en las
provincias,...» comenta José Rafael López Rosas, en el opúsculo ya citado.
El Poder Ejecutivo es unipersonal y es denominado Director de Estado. Se crea por
primera vez una Alta Corte de Justicia, similar a la actual Corte Suprema.
5
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. págs. 265 y siguientes.
59
Lo llamativo es que esta Constitución no adopta ningún sistema o forma de
gobierno, con la finalidad de poder adaptar la Ley Fundamental ya sancionada a una
monarquía constitucional.
Asimismo no dedica ninguna sección o capítulo al tratamiento de las provincias
(su organización, derechos y poderes), así como tampoco se les reconoce existencia
como estados particulares y entidades de derecho público6.
6
Ibídem. pág. 268 y siguientes.
7
Ibídem. pág. 270.
60
Capítulo 6
Las cuestiones económicas fundamentales.
La consolidación del desarrollo ganadero
61
para apropiarse de ella (vaquerías), al tiempo que generó la necesidad de aumentar de
una manera sistemática la extensión de las tierras disponibles.1
Posteriormente, al exterminarse en los límites de territorios cercanos a las pobla
ciones este tipo de hacienda, se hizo menester utilizar el rodeo como forma de crianza
de ganado vacuno, lo que a su vez provocó la formación de grandes unidades de
producción (estancias) que sirvieron a los ganaderos para criar ganado, ejercer el
derecho de propiedad sobre los rebaños y fundamentalmente, apropiarse del territorio.
2) Región Litoral: ubicada en lo que ha sido llamado llanura mesopotámica,
comprende lo que hoy serían las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, y Corrientes. De
similares características productivas a la región pampeana (agricultura y ganadería),
se diferenciaba de ésta en que sus tierras —menos feraces— distaban del puerto de
Buenos Aires. Surcada por grandes ríos (Paraná y Uruguay), su producción necesa
riamente habría de transitar por ellos para llegar al puerto de Buenos Aires, único en
el período pre independiente y en el que se analiza, desde donde se comercializaba.
En Santa Fe la fuente de riqueza casi exclusiva era la ganadería, particularmente
ganado mular que era comercializado en el Noroeste. Incluso eran utilizados para tal
fin campos de la vecina Entre Ríos en La Bajada (hoy Paraná).
El puerto de Santa Fe era un importante nudo de comunicaciones, puesto que hasta
él llegaban los productos que se comercializaban en Asunción y los puertos del Norte,
provenientes de Córdoba y el Noroeste; y viceversa.
Corrientes tenía una producción más diversificada, por cuanto contaba con recursos
provenientes de la agricultura y las artesanías regionales. Destaquemos dentro de esta
última actividad la producción de cinchas, jergas, tejidos caseros y miel.
También tuvo importancia en esta ciudad del Norte la industria naviera, concentrada
en astilleros que producían embarcaciones de pequeño y mediano porte, así como la
preparación de maderas que se remitían a Buenos Aires.
Con el advenimiento del comercio del cuero, Corrientes (capital) y Goya pasaron
a ser centros de importancia en el mismo. Asimismo en los aledaños de las ciudades
comenzaron a desarrollarse cultivos de algodón, tabaco, maíz, mandioca y hortalizas.
Entre Ríos por su parte, permaneció estancada durante grandes períodos producto
de los pleitos sobre propiedades de las tierras, que en la época colonial habían perte
necido en gran parte a la Compañía de Jesús y no podían pasar a manos privadas.
Bajo la influencia de Artigas, y posteriormente de Francisco Ramírez (que le dio su
autonomía como provincia), comenzó a desarrollarse la producción ganadera. Tuvo
también algún desarrollo en esta provincia la explotación de yacimientos de yeso y
piedra caliza.
1
Ferrer, Aldo «La economía argentina». Fondo de Cultura Económica. Bs. As. 1990. Pág. 42 y
sgtes.
62
3) Región Mediterránea: podemos ubicar su centro en Córdoba y comprende a
ésta y la actual provincia de San Luis. Se desarrolló a partir de la capital de aquella
provincia, porque era un nudo clave en el comercio de la época virreynal: allí se bifur
caban los caminos que iban desde Buenos Aires al Alto Perú y a Chile, lo cual aseguró
su presencia sobre otros territorios cercanos.
La crianza de mulas (esenciales para cruzar las sierras), la curtiembre y la jabonería,
se destacaron entre las actividades productivas. En el sur de Córdoba se establecieron
estancias que se dedicaban a la cría de ganado vacuno y ovino, lo cual generó el
crecimiento de la tejeduría; en tanto en las sierras se producían cerámicas de calidad.
Pero lo que beneficiaba a Córdoba era su privilegiada situación mediterránea que
le posibilitaba estar cerca de las otras regiones (Noroeste y Litoral) y, por lo tanto, no
encarecer sus fletes. Por otra parte su aduana interior le permitía una relativa recauda
ción fiscal, hecho que facilitaba su desenvolvimiento.
Por el lado de San Luis la situación no era para nada floreciente, por el contrario,
destacaron todos los viajeros de la época su extremada pobreza y aridez. La teje
duría doméstica y algunas escasas actividades ganaderas eran el único sustento de la
población puntana.
4) Región cuyana: Poseía una economía regional en la que predominaba la arte
sanía tradicional y el desarrollo de la vitivinicultura; se vinculó esencialmente a través
de la Cordillera con el comercio chileno, teniendo su salida al Océano Pacífico por allí.
Tuvo algún desarrollo también la producción de ganado vacuno y mular el cual era
transportado a Chile, lo que a su vez generó una agricultura adaptada a su cría.
Esta región comprende las actuales provincias de Mendoza, San Juan y La Rioja.
En ésta última se destaca su riqueza minera y la actividad ganadera. La clase terrate
niente detentaba un lugar privilegiado en la escala social a partir de sus negocios con
ganado lanar y mular.
Según se mencionó anteriormente, en la provincia de Mendoza tuvo preponde
rancia la industria vitivinícola que creció al amparo del desinterés que por ella tenía
Inglaterra (principal comprador y abastecedor que modeló nuestro esquema econó
mico, conforme sus intereses).
Tuvo también en esta región importancia la agricultura destinada a la producción
de frutas secas, pasas de uva y orejones; los que se exportaban a Chile e inclusive
California (EE.UU).
El comercio de importación se desarrolló siempre en vinculación con el Pacífico a
través del país trasandino.
La ocupación de la poca tierra irrigada (por ende, apta para la agricultura) generó
conflictos, los que tuvieron carácter particularmente violento, culminando éstos con el
desalojo de los indios que eran sus milenarios propietarios.
5) Región Noroeste: Comprende lo que hoy son las provincias de Salta, Jujuy,
Santiago del Estero, Catamarca y Tucumán, y nace vinculada económicamente al Alto
63
Perú y al Virreynato con sede en Lima (no se debe olvidar la conformación política de
América Latina anterior a la creación del Virreynato del Río de la Plata y la importancia
económica del centro metalífero del Potosí).
Casi todo su territorio es montañoso y por lo tanto, árido. Durante el siglo XVI se intro
dujeron en la región los cultivos y haciendas que posteriormente se habrían de desa
rrollar. En la parte Este de la región se produjeron cultivos de azúcar, arroz, algodón
y tabaco. En los valles precordilleranos los frutales, la vid y el trigo. La hacienda que
predominó fue bovina, ovina, caprina y caballar, y se desarrolló en las tierras bajas y en
los valles de la cordillera.2
En Salta se estableció una pequeña y rica aristocracia hispanocriolla que dominaba
a la mayoría mestiza; se dedicaba al pastoreo de ganado y al cultivo del trigo y de la
vid. Eran clásicas las ferias estivales que se realizaban en el valle de Lerma, donde se
comercializaba ganado mular y caballar que provenía esencialmente del litoral y se
vendía para su empleo en las minas de Potosí o de Perú.3
En Jujuy se realizaba cría e invernada de mulas y se cultivaba caña de azúcar.
Similar actividad pecuaria se llevaba a cabo en Santiago del Estero, agregándosele a
ello la elaboración artesanal de ponchos y mantas lo cual alcanzó gran notoriedad, así
como la fabricación de cera.
Tucumán era la puerta de entrada del Noroeste y allí tuvieron preponderancia los
sectores vinculados al comercio. No obstante ello se logró desarrollar un sector arte
sanal dedicado a la elaboración de la madera, particularmente en la construcción de
carretas (medio de transporte fundamental en la época). En las estancias de la región
se efectuaba la curtiembre de cueros, y la actividad agrícola estuvo particularmente
dedicada al arroz, trigo, maíz y azúcar. También se elaboraba y exportaban tabaco,
cigarros y aguardiente de caña.
Por su parte Catamarca tenía una estructura agrícola con una relativa actividad arte
sanal, centrada en la producción de aguardientes y aceites.
Esta región, que alcanzó su máximo esplendor en la época colonial por su vincula
ción al centro minero de Potosí, se vio especialmente afectada por la guerra de inde
pendencia, al punto que durante diez años (1815–1825) se interrumpió el comercio
con el Alto Perú.
Evolución económica
Durante las primeras etapas del dominio colonial Buenos Aires y el litoral fueron las
regiones menos desarrolladas del territorio pues carecían de riquezas minerales, mano
de obra indígena y su puerto estaba cerrado por disposición del sistema mercantil
monopólico establecido por los Austrias.
2
Ferrer, Aldo. Op. Cit. pag. 39.
3
Pérez Amuchástegui, A.J. «Crónica Histórica Argentina». T. 3. Editorial Codex. Bs. As. 1972.
64
En cambio el interior estaba mas densamente poblado y sobre las comunidades
indígenas los españoles establecieron una sociedad señorial cuya producción agrícola
y artesanal, encontraba salida a través de la región minera del Potosí. Esta comarca,
como consecuencia de su riqueza metalífera, era la mas desarrollada y se comple
mentaba satisfactoriamente con el resto del interior que, comparativamente, era así la
región mas próspera de toda esta parte del territorio colonial.
Buenos Aires
A partir del Siglo XVIII comienza a crecer la importancia de Buenos Aires, más
cercana a los centros dominantes de la economía europea, principalmente Gran
Bretaña, principal potencia de la época. Esta vinculación se fortaleció por las medidas
Borbónicas que fueron flexibilizando el comercio y culminó con la creación del Virrey
nato del Río de la Plata y la sanción del Reglamento de Comercio Libre. Buenos Aires
organizó un amplio hinterland que incluía a todo el Interior, del que era eje comercial.
Al mismo tiempo esta vinculación con el mercado europeo hizo aparecer un área de
producción —la ganadera— que estaba en función de los centros hegemónicos del
mismo.4
Interesa resaltar la importancia fundamental que tuvo en este período el puerto de
Buenos Aires, que pasó a ser, a partir de 1810, el centro del intercambio comercial de
todas las regiones, y a su vez el lugar de almacenamiento de los bienes que provenían
de Europa.
En la que fuera la capital del Virreynato del Río de la Plata, se desarrolló una clase
mercantil vinculada al comercio de importación de productos manufacturados, la
que se vio beneficiada por el libre comercio, e hizo de éste una de sus principales
banderas. Este sector había asentado gran parte de su crecimiento y afianzamiento
económico en el desarrollo del contrabando con los barcos ingleses, al punto que en
Europa de comienzos de siglo se lo llamaba la «pandilla del Barranco», destacando la
habilidad que habían adquirido para traficar mercaderías desde las barrancas sobre
las que se asentaba Buenos Aires.
Asimismo se instalan en la ciudad puerto, gran cantidad de financistas (especial
mente ingleses), que lucran con el manejo del mercado interno del dinero e interme
dian ventajosamente en la contratación de los grandes empréstitos de la época.
Si bien durante el período virreynal había comenzado en la Banda Oriental y luego
en Buenos Aires y el Litoral la elaboración del tasajo (carne conservada mediante su
secado), el desarrollo de la ganadería adquirió gran ímpetu debido al interés que existía
en Inglaterra por los cueros del ganado vacuno y la lana del ovino. Inclusive algunos
4
Romero, José Luis. «De la Anarquía a la Organización Nacional» en «Historia Integral Argentina».
T. 2. CEAL. Bs. As. 1970. Pág. 207.
65
comerciantes —desplazados por la instalación de mercaderes ingleses— comenzaron
a dedicarse a ésta actividad.
Hacia 1810 (fecha de instalación del primer saladero por los ingleses Robert Staples
y John Mac Neile) comienza a desarrollarse la industria saladeril, que adquiere un gran
impulso en 1815 cuando un grupo de hacendados bonaerenses (Rosas, Terrero y Cia.)
instala uno en Las Higueritas.
Esta actividad (conservación de la carne mediante su salado) se transformó en
la principal industria de la época, merced al requerimiento que de ella hacen los
mercados esclavistas de Brasil y Cuba (la carne salada era el alimento básico que se
les daba a los esclavos).
Su desarrollo originó una gran concentración ganadera en la provincia de Buenos
Aires, y ante el problema que originaba la escasa mano de obra de la región, en 1815
se dicta la «ley de vagos»: esta hizo que el gaucho quedara sujeto a los grandes estan
cieros (porque todo el que no tuviera rentas propias, propiedad o profesión lucrativa
debía estar sujeto a patrón, con el correspondiente certificado, bajo pena de ser depor
tado a la frontera con el indio).
Los saladeros produjeron un gran desarrollo de la ganadería, por cuanto mientras
se vendía la carne a los mercados esclavistas, los cueros eran comprados por los
comerciantes ingleses.
Al mismo tiempo, a raíz de las medidas económicas que dictó el grupo Rivadaviano
(ley de enfiteusis), se produjo una gran concentración de la propiedad territorial en
pocos terratenientes, los que pasaron a poseer grandes estancias, en las que se desa
rrolló la actividad ganadera.
Como ganaderos y saladeristas eran, en términos generales, la clase gobernante,
el Estado los liberaba prácticamente del pago de contribuciones, ya que el impuesto
directo era insignificante. Esto hacía que la financiación del Estado de Buenos Aires se
realizara fundamentalmente con los derechos que se percibían en la Aduana.5
El Litoral
Como se dijo, esta región era una de las más despobladas y pobres durante el período
colonial, debido a las grandes extensiones territoriales, su nula producción metalífera y el
continuo asedio que sobre sus pobladores ejercían los aborígenes nativos.
El Litoral participó también (aunque en menor medida) del crecimiento econó
mico de la campaña bonaerense, a partir de la similitud de producción con la misma.
Al hecho de que toda la producción que se exportaba debía pasar por el puerto de
Buenos Aires (único habilitado al efecto), se sumaba la particularidad de que todas
las mercaderías que se importaban del extranjero, tenían que ingresar por ese mismo
5
«Historia Integral Argentina. De la anarquía a la Organización Nacional». T. 2. Centro Editor de
América Latina SA. Bs. As. 1970.
66
puerto (en razón de que no se podían navegar libremente los ríos interiores); por otro
lado las rentas que producía la Aduana eran manejadas en exclusividad por las clases
dirigentes porteñas. Todos estos elementos retrasaron el desarrollo de esta región y
originaron conflictos (que posteriormente se detallarán).
Otra cuestión que tuvo importancia y que repercutió duramente en la economía
de esta región fue el hecho de que gran parte de las contiendas civiles de nuestro
país se desarrollaron en estas provincias, con el consecuente empobrecimiento de las
mismas. No en vano el Brigadier Estanislao López requiere una compensación econó
mica para Santa Fe en la firma del Tratado de Benegas, por la devastación que habían
producido los ejércitos porteños en sus invasiones a la provincia entre 1815 y 1820.
Tampoco es casual que quien se hiciera cargo de esa compensación (25.000 cabezas
de ganado) fuera un grupo de terratenientes bonaerenses con Juan Manuel de Rosas
a la cabeza.
El interior
Durante el período colonial esta región estaba densamente poblada. Poseía una
producción agrícola y artesanal, que como ya vimos, tenía salida en Potosí, lo que le
permitió ser el área económicamente más próspera de tal etapa. La vinculación con el
Alto Perú y el Pacífico permitió establecer fuertes contactos comerciales.
Esta situación se prolongó hasta el Siglo XVIII, cuando a partir de la creación del
Virreynato del Río de la Plata comienza a crecer la hegemonía de Buenos Aires y se
reorienta el sentido del tráfico comercial, el que se vincula con Europa a través del
Atlántico. Esta readaptación dejó a muchas regiones marginadas, sin poder competir
con las producciones europeas.
A la apertura del proceso revolucionario (1810) las economías regionales estaban
deficientemente conectadas, y así permanecerán hasta mediados del siglo XIX.
Los caminos eran malos y el transporte se realizaba en carretas y a lomo de burro.
Ello encarecía fuertemente los fletes e impedía la circulación de mercadería perece
dera, así como el desarrollo de un fluido tráfico comercial, atento a las dificultades que
ofrecía el traslado de las personas.
De allí que fuera difícil obtener una complementación adecuada entre las econo
mías de las diversas regiones.
A su vez, el elevado costo de los fletes (producto de las enormes distancias y la
precariedad y primitivismo de las vías y medios de transporte) fue una de las princi
pales causas de estancamiento del interior del país, por cuanto le imposibilitó competir
en un plano de igualdad a las mercaderías allí producidas con las manufacturas
extranjeras.
Sumemos a ello que la revolución produce una ruptura en el anterior esquema
económico comercial, en primer lugar a raíz del debilitamiento de la riqueza altope
67
ruana por el agotamiento de la producción minera, y posteriormente por el enfrenta
miento político que cierra las rutas comerciales.
Debemos agregar a esta descripción los ya mencionados estragos económicos
que produjeron la guerra de la independencia y las disensiones civiles armadas.
Por último, la ruptura del monopolio de comercialización española produjo el ingreso
irrestricto de manufacturas inglesas y francesas las que vinieron a competir con amplias
ventajas (fundamentalmente de precios) con las débiles artesanías regionales.
Ante este panorama, producida la revolución las provincias del interior se cierran
sobre sí mismas, florecen las aduanas locales y los derechos de tránsito; se establece
así un sistema económico netamente defensivo, el que dificulta aún más las posibili
dades de comercio interregional, y por ende, de crecimiento armónico de todo el país.6
6
Álvarez, Juan. «Las guerras civiles argentinas». EUDEBA. Bs. As. 1987.
68
Buenos Aires el que ninguno de sus hombre públicos hubiese tenido la idea de hacer
una política de la falta de gobierno. He aquí el modo como Buenos Aires se apercibió de
que ese desorden cedía todo en su provecho local exclusivo, aunque en daño y ruina
de la Nación. Derrotada varias veces por las provincias litorales en sus luchas republi
canas de supremacía política, Buenos Aires se encontró en sus derrotas y, a pesar de
ellas, más fuerte y rica que sus vencedores y, naturalmente, a la cabeza de ellos.
Viéndose caer de pie en todas sus caídas, no tardó en apercibirse de que la causa
de ese fenómeno consistía simplemente en que sus pies calzaban una plancha de oro,
cuya gravedad bastaba para enderezar su cuerpo como por si mismo, luego que sus
vencedores la abandonaban caída en el suelo. Esa plancha de oro era el impuesto de
aduana que todas las provincias vertían en su puerto.7
He aquí, magistralmente descripta, la esencia de las disensiones internas que en la
primera mitad del siglo pasado impidieron nuestra constitución como Nación.
Como síntesis de las mismas (y esquematizándolo a los efectos del estudio, porque
no son independientes entre sí), se puede decir que desde 1810 a 1860 los principales
problemas que dividieron al país fueron:
a) El puerto único y la libre navegación de los ríos interiores
Antes del 1700, bajo el régimen de los Habsburgo, no estaba permitido a las colo
nias el comercio exterior, y las vías fluviales eran utilizadas para el traslado de merca
derías y para facilitar la percepción de impuestos.
Luego de esa fecha comienza el crecimiento del comercio fluvial y exterior; se
destaca la creación, en 1778, de la Intendencia de Buenos Aires, la cual tomó el control
de los asuntos económicos de todo el Plata. Se concentra en Buenos Aires (sede del
Virreynato) la percepción de impuestos; tales ingresos son utilizados mayoritariamente
en beneficio de la propia capital, y escasamente en otras poblaciones como Santa Fe,
Asunción o Montevideo. Es así que las regiones interiores cada vez son menos oídas
en sus reclamos.8
De allí es que los comerciantes de esas ciudades intentaran librarse del control y
manejo que realizaba Buenos Aires, pretendiendo emplear por su cuenta el dinero
recaudado de los impuestos a la actividad naval y comercial que se realizaba en sus
territorios.
Los mercaderes de Buenos Aires eran entonces quienes tenían mayor peso en las
decisiones del Consulado y del Virrey, en materia comercial; estos se oponían a los
intentos realizados por Asunción y Santa Fe, particularmente, para incrementar los
impuestos en su propio beneficio. Montevideo reclamaba en tanto una situación de
igualdad con Buenos Aires.
7
Citado por Ramos, Jorge Abelardo en «Revolución y Contrarrevolución en la Argentina». DISTAL.
Bs. As. 1999. pág. 26/27.
8
Kroeber, Clifton B. «La navegación de los ríos en la historia Argentina. 17941860». Paidos. Bs.
As. 1967.
69
Como ya se dijo, en 1809, a raíz de la precaria situación económica del Virreynato
necesitado de recaudar aforos de importación y teniendo en cuenta la ayuda que
Inglaterra daba a España en su lucha contra Napoleón, se abre el puerto de Buenos
Aires a los barcos ingleses. Esta medida fue fervientemente apoyada por los comer
ciantes porteños, los que defendían así la posibilidad de negociar libremente con otras
naciones, importándoles poco que tal comercio empeorara la situación del interior.
Producida la revolución, y habiendo quedado Montevideo en poder de la Corona
española, la Junta impone elevados impuestos a las mercaderías que antes de arribar
a Buenos Aires pasaran por el puerto oriental (durante el período colonial, las mercade
rías eran desembarcadas en Montevideo por el mejor calado que tenía este puerto para
los buques de ultramar, y éstas eran luego transportadas en chalanas a Buenos Aires).
De hecho, asumía así Buenos Aires la representación de todas las Provincias
Unidas, afirmaba su hegemonía sobre el resto y continuaba el sistema político–econó
mico del período colonial, persistiendo como el único puerto por donde entraban y
salían las mercaderías con destino al resto de las provincias; era, por ende, el principal
centro recaudador de gabelas sobre las mismas.
Pero las provincias del litoral seguían reclamando la posibilidad de habilitar sus
puertos para el comercio, permitiendo así la libre navegación de los ríos que las
circundaban.
Artigas, en las famosas instrucciones a sus diputados que concurrirían a la Asam
blea del Año XIII, les exigía que plantearan la designación de Maldonado y Colonia
como puertos francos. Demás está decir que los representantes porteños se opusieron
tenazmente a tal designación.
Por su parte, a instancia de Francisco Ramírez, en el Tratado del Pilar se establecía
la libre navegación del Paraná y del Uruguay para embarcaciones de las «provincias
amigas» (Art. 4º).
Claramente sintetiza Clifton B. Kroeber el problema: «Los comerciantes de los
puertos de ríos querían recibir los cargamentos del exterior en sus propios muelles, sin
que ninguna otra provincia, antes y aparte de la suya, pudiera imponer tributo sobre
la mercadería. Los barcos de ultramar no llegaban aún, regularmente, a los puertos
interiores; por consiguiente, lo que estos comerciantes solicitaban era tener derecho a
transbordar las cargas del exterior en el Río de la Plata, sin tener que pagar tributos de
tránsito a la provincia de Buenos Aires. Lo que ellos entendían, pues, por libre navega
ción era comercio directo con el exterior, o contacto libre con las naves extranjeras».9
Agrega más adelante este autor lo que expresara Beaumont, uno de los tantos
extranjeros presentes en esa época en el lugar: «Las provincias del interior, que estaban
a cubierto del peligro de alguna invasión, no se sentían deudoras por la protección de
Buenos Aires; mientras que los porteños, al obligar a las naves que transitaban aguas
9
Kroeber, Clifton B. Op. Cit. pág. 190.
arriba y abajo del Río de la Plata a que atracaran en su puerto y pagaran derechos,
estaban implícitamente imponiendo tributos a las demás provincias...».10
Rosas, pese a su proclamada filiación federal, tampoco accedió a la libre nave
gación de los ríos interiores, y ello fue una de las causas por las que en definitiva se
levantó Urquiza.
Formalmente este tema quedó zanjado en la Constitución de 1853, donde expresa
mente se establece la libertad de navegación en los ríos interiores de la república.
b) El usufructo de las rentas de la Aduana
Recurramos nuevamente a Juan Bautista Alberdi para clarificar este problema. Dice:
La división política entre federales y unitarios, entre Buenos Aires y las provincias, que
ha llenado la vida moderna de ese país, es una mera cuestión de aduanas, en que sus
habitantes disfrutan el producto de esa contribución, que las provincias todas pagan
en el puerto de Buenos Aires, y por cuya razón geográfica pretende Buenos Aires apro
piárselo en virtud del sistema federal, entendido como división y autonomía local, para
lo que es el goce de esa entrada fiscal, sin dividirlo con las demás.
El aislamiento político significó el aislamiento rentístico, en favor del más bien parado
geográficamente, para aislarse con la contribución pagada por todos y para ejercer el
poder soberano de reglar el comercio y las aduanas. La cuestión de capital política, se
reduce a la cuestión del puerto, de la aduana, de la renta y del tesoro nacional. Quien
tiene por capital a Buenos Aires, tiene toda la renta y el tesoro argentino, por esa razón
sólo es gobierno nacional, en realidad, el que gobierna a Buenos Aires.
Cuestión económica es la del puerto y de la aduana situada en el puerto de Buenos
Aires; cuestión política del tesoro, que debe alimentar su gobierno nacional.
Unión y federación quiere decir allí, cómo distribuir el producto de la contribución de
aduanas que pagan todos en virtud de la unidad que una provincia monopoliza por el
sistema federal.
Navegación fluvial y comercio directo es cuestión de puertos, de aduanas, de
rentas, de poderes públicos, de organización política eminentemente».11
Continuando con la estructura legada por el período colonial, Buenos Aires seguía
percibiendo los derechos de importación y exportación sobre los productos que ingre
saban o salían del país, por ser su Aduana la habilitada para ello, y disponía de esos
ingresos conforme lo decidían sus autoridades, que no eran las de toda la Nación.
Para que se tenga una idea más acabada de lo que significaba el manejo de las
rentas de la aduana, hemos realizado un cuadro sinóptico que demuestra el profundo
desequilibrio económico que existía entre las provincias argentinas; en él se resalta el
contraste entre la opulencia de Buenos Aires y la pobreza del resto de las provincias
(ver final del capítulo).
10
Ibídem. pág. 191.
11
Alberdi, Juan Bautista. «Estudios Económicos» en Escritos Póstumos, 1895, v. I, pág. 259 citado
por Ramos, Jorge A. en «Revolución y ...»
71
Por eso es que las provincias reclamaban activamente que las rentas que provenían
de la aduana se distribuyeran entre todas, que eran las que en definitiva contribuían a
su formación.
Cierto es que Buenos Aires mantenía las relaciones exteriores, el ejército, la marina
y pagaba la deuda nacional, pero no es menos cierto que el manejo discrecional de
esos fondos le daba un poder económico que ninguna de las otras provincias podía
igualar, y que permitió en reiteradas oportunidades que los mismos se utilizaran en
exclusivo beneficio de la ciudad puerto.
En términos generales todos los políticos de Buenos Aires resistieron la posibilidad
de que estos caudales ingresen a un tesoro nacional, con la pertinente administración
de los mismos por un gobierno nacional. Era una herramienta política muy poderosa a
la que ningún porteño estaba dispuesto a renunciar pacíficamente.
En el periódico La Gaceta de Buenos Aires del 15 de Diciembre de 1819 se expone
con claridad esta tesis: «Los federalistas quieren no sólo que Buenos Aires no sea la
capital, sino que, como perteneciente a todos los pueblos, divida con ellos el arma
mento, los derechos de aduana y demás rentas generales: en una palabra, que se
establezca una igualdad física entre Buenos Aires y las demás provincias, corrigiendo
los consejos de la naturaleza que nos ha dado un puerto y unos campos, un clima
y otras circunstancias que le han hecho físicamente superior a otros pueblos, y a la
que por las leyes inmutables del orden del Universo, está afectada cierta importancia
moral de un cierto rango. Los federalistas quieren, en grande, lo que los demócratas
jacobinos en pequeño. El perezoso quiere tener iguales riquezas que el hombre indus
trioso; el que no sabe leer, optar a los mismos empleos que los que se han formado
estudiando; el vicioso disfrutar el mismo aprecio que los hombres honrados...».12
c) La disputa sobre el modelo económico: proteccionismo o librecambismo
Si bien la discusión en torno a la libertad o la restricción del comercio se remonta a
la Edad Media, adquiere particular importancia en el período en que comienza a desa
rrollarse el capitalismo, y es el proteccionismo aduanero una de las principales armas
económicas de las que se valió el mercantilismo para promover el desarrollo de las
naciones.
Mediante este sistema se busca proteger la producción de origen nacional, promo
viendo así el desarrollo de la industria interna y disminuyendo las importaciones de
bienes. Generalmente es utilizada como su principal herramienta el gravamen a los
productos que ingresan en un país.
Con un sistema librecambista se pretende proveer al mercado interno de un terri
torio, de bienes que la industria local no está en condiciones de fabricar, o cuyo costo
de elaboración es superior al de la industria de otros países.
12
ÁLVAREZ, Juan. Ob. cit. pág. 41.
72
Como ya se ha dicho, durante el período colonial el régimen del monopolio impuesto
por la corona española era una sistema fuertemente proteccionista, que impedía el
comercio con naciones extranjeras, particularmente con Inglaterra, hecho que posibili
taba el desarrollo de pequeñas industrias regionales.
Con la aplicación del Reglamento del Comercio Libre (1778) comienza a resque
brajase tal sistema, y cuando en 1809 el Virrey Cisneros admite el comercio directo
con Inglaterra en el Río de la Plata, es que comienza en forma abierta el ingreso de
los productos manufacturados que la industria inglesa producía en gran escala como
consecuencia de la Revolución Industrial que había desarrollado.
Dado el bajo costo y calidad que tenían estos productos, se comienzan a resentir
nuestras industrias artesanales ubicadas, fundamentalmente, en las provincias del
interior.
Para que se tenga una idea de la diferencia de precios entre los productos impor
tados y los realizados en nuestro territorio, sirvan estos ejemplos: hacia 1806 un
poncho (prenda mas común de la vestimenta nacional) elaborado en el interior valía 7
pesos, en tanto que uno importado de Inglaterra costaba 3 pesos; una vara de algodón
británico podía comprarse a 1 1/4 de real, en tanto el producto provinciano valía 2 a 2
3/4 de real.13
Durante el período independiente —hasta la ley de Aduanas de 1835— predomi
naron las tarifas aduaneras bajas, es decir que los sucesivos gobiernos aplicaron una
política librecambista.14
Esta política afectó a las producciones del interior y del Litoral, lo que originó
reclamos y protestas de los diversos sectores productivos (nuestros paisanos vestían
ponchos elaborados en Manchester, en lugar de los que se realizaban en Córdoba o
Santiago del Estero, debido al bajo costo de aquellos).
La expresiones contrarias al librecambio no sólo criticaban la introducción de
mercancías extranjeras sino la penetración toda de la influencia extranjera en el país.
La postura librecambista, en cambio, era sostenida por los comerciantes porteños
(cuya riqueza se fundaba en la intermediación que hacían de los productos ingleses) y
los ganaderos y saladeristas de la provincia de Buenos Aires y del Litoral.
Los principales argumentos que enarbolaban hacían referencia a que la interven
ción gubernativa en el proceso económico perjudicaba a la sociedad y a los individuos
porque contrariaba el orden natural de la sociedad y traía como consecuencia inevi
table el aumento de los costos de producción, con perjuicio para los consumidores.
Un eminente santafesino, Manuel Leiva, en carta dirigida a Tadeo Acuña, gober
nador de Catamarca, el 9 de Marzo de 1932, definía en estos términos el problema:
«Buenos Aires es quien únicamente resistirá a la formación del Congreso, porque en
13
Álvarez, Juan . Ob. Cit. pág. 27.
14
Chiaramonte, José Carlos. «Nacionalismo y Liberalismo económicos en Argentina». Solar/
Hachette. Bs. As. 1971.
73
la organización y arreglos que se meditan pierde el manejo de nuestro tesoros, con
que nos ha hecho la guerra, y se cortará el comercio de extrangería, que es el que
más le produce: pero por esas mismas razones los provincianos debemos trabajar en
sentido contrario a ellos, para que nuestro tesoro nos pertenezca, y para oponer trabas
a ese comercio que insume nuestros caudales, ha muerto nuestra industria y nos ha
reducido a una miseria espantosa. Nada importa, mi amigo, la paz y tranquilidad, si la
industria territorial, que es el manantial fecundo de la riqueza, ha de quedar sin protec
ción, el tesoro de la nación, siguiendo el problema si nos pertenece a todos, o sólo a
los señores porteños, como hasta aquí, y nuestros puertos desiertos».15
Una mirada moderna sobre el problema, la de Mirón Burgín, nos dice: «El problema
económico que afrontaban las provincias del interior era fundamentalmente diferente
del que encaraba Buenos Aires. En Buenos Aires la solución del problema exigió nada
más que el establecimiento de un apropiado mecanismo administrativo y fiscal. Porque
la misma abolición del régimen colonial ya era un paso adelante en el desarrollo
económico de la provincia. El problema del interior era el de conservar el statu quo
prerrevolucionario, íntegramente o en su mayor parte. Era un problema de procurar los
medios adecuados para defenderse contra los abusos de la industria y el comercio
extranjeros, y de limitar el porcentaje y el alcance de la declinación económica y la
decadencia financiera... En las industrias de vino y coñac de Tucumán y las provin
cias de Cuyo, las fábricas de artículos de cuero de Santiago del Estero y Córdoba, la
industria textil de Córdoba y finalmente en las industrias de artesanía, en todos esos
sectores de la economía nacional una política de protección podría mitigar al menos el
proceso de la declinación económica. Esta política, suponiendo que fuera de alcance
nacional, no sólo podría salvar de la ruina la industria nativa, sino también permitir
una gradual modernización de los equipos industriales del interior... La protección haría
subir indudablemente el precio de los artículos de consumo, pero también provocaría
un cambio en la distribución de los ingresos nacionales favorable al interior, logrando
de ese modo una economía nacional más equilibrada.
Pero una política comercial proteccionista en escala nacional era irrealizable, preci
samente por las mismas razones que condujeron al interior a solicitarla. El dominio
por parte de Buenos Aires del puerto marítimo del país fue el factor decisivo. Buenos
Aires sólo aceptaría el proteccionismo con la condición de que ella saliera ganando
con la medida tanto como el interior. Pero eso estaba descartado. De todas las provin
cias de la Confederación, Buenos Aires era la que menos interés tenía en alentar una
política comercial restrictiva... El porvenir económico de Buenos Aires dependía, por lo
tanto, más bien del fortalecimiento de sus relaciones comerciales con Europa que de
la expansión de las provincias del interior. La adopción de una política de protección,
15
Documentos para la Historia Argentina. Tomo XV. Relaciones Interprovinciales. La Liga del Litoral.
Facultad de Filosofía y Letras. Instituto de Investigaciones Históricas. Buenos Aires. 1922. Pág.
CLXXXV.
74
como la que pedía el interior, presentaba para Buenos Aires la perspectiva de resta
blecer las condiciones que regían antes de la revolución. Por lo tanto, a Buenos Aires
no le quedaba otra alternativa que la de mantener abierto el puerto».16
Quedan absolutamente claras cuáles eran las posiciones de Buenos Aires y el Inte
rior, en momentos previos a la discusión de lo que sería el Pacto Federal de 1831.
Allí el representante de Rosas y Ministro de Hacienda de la provincia de Buenos
Aires, Rojas y Patrón, sostuvo con firmeza los argumentos librecambistas; en tanto
el gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, mantuvo la tesis proteccionista a ultranza.
Detalles de esta discusión se darán al analizar el Pacto Federal.
Sin embargo, pese a la defensa de la tesis librecambista que en 1831 realiza, Juan
Manuel de Rosas se ve impelido a dictar la ley de Aduanas, en 1835, la cual era de
contenido fuertemente proteccionista.
Esta decisión de Rosas encuentra su justificación histórica en el hecho de que la
recaudación había caído notoriamente por la disminución de importaciones, dado que
la región de Cuyo había sido captada por el ingreso de manufacturas desde Valpa
raíso; agricultores y artesanos de la provincia de Buenos Aires se hicieron eco de las
tesis proteccionistas del interior y reclamaron en tal sentido; si seguía desoyendo los
reclamos proteccionistas que desde allí llegaban, corría peligro entonces el equilibrio
político que había logrado.
En este compromiso con las fuerzas del interior y los sectores populares de la propia
Buenos Aires, reside la razón de ser de la Ley de Aduanas de 1835. Sin embargo
con el correr de los años los aranceles instrumentados por la ley fueron perdiendo su
eficacia al compás de la sostenida inflación, y la falta de adopción de otras medidas
complementarias.17
Esta polémica no finaliza en el período que se ha tratado, por el contrario, mantiene
hoy día una renovada vigencia. Pero ello es materia de otros estudios.
Unitarios y federales
Es interesante dejar sentado aquí cuales fueron los principales problemas econó
mico–sociales que dominaron la época en análisis.
Conforme se ubicaran frente a ellos los diversos sectores sociales, estaremos frente
a los dos grandes agrupamientos políticos que dominaron la escena de aquellos años:
unitarios o federales.
Cierto es que adentrarnos en la investigación histórica de la mano de esta dico
tomía, puede llevarnos a peligrosas simplificaciones, que en definitiva conspiran contra
una verdadera comprensión de nuestro pasado.
16
Burgin Miron. «Aspectos económicos del federalismo argentino». Solar/Hachette. Buenos Aires.
1975. Pág. 164 y sgtes.
17
Chiaramonte, José Carlos. Ibídem. Pág. 22.
75
Ello es así por cuanto, como en la vida cotidiana de todos los tiempos, la realidad es
sumamente rica y el devenir de los acontecimientos políticos tiene una dinámica que
hace que los protagonistas se adecuen a los mismos en posiciones que poco tiempo
antes repudiaban.
Vaya como ejemplo el hecho de que Juan Manuel de Rosas hizo profesión de fe
de su federalismo, sin embargo sus orígenes políticos junto al Directorio, así como
el sostenimiento de posturas netamente unitarias durante su mandato (régimen del
puerto único, negativa a la libre navegación de los ríos, defensor del librecambio), indi
carían todo lo contrario. O el caso del caudillo cordobés Juan Bautista Bustos que
defendió al primer Triunvirato y sería, más tarde, quien origine el motín de Arequito,
el cual derriba al Directorio, transformándose así en paladín de los planteos federales
desde la gobernación de su provincia.
Hecha entonces esta salvedad, acerca de la relatividad de los encasillamientos, se
tratará de explicar el desarrollo de los acontecimientos históricos a la luz de los inte
reses sociales que movían a sus protagonistas.
76
Cuadro de ingresos y gastos de las principales provincias argetninas entre 1822 y 1847
Años 1822 1823 1824 1826 1827 1829 1830 1836 1839 1847
BUENOS AIRES
Ingresos $2.408.242 $2.596.040 $7.915.579 $12.055.249
Gastos $2.197.964 $2.648.845 $9.752.805 $10.276.340
TUCUMÁN $27.270
Ingresos $14.183 $22.115 $21.390 $28.754
Gastos $22.957 $33.178 $26.966
CÓRDOBA
Ingresos $70.196 $71.470 $67.692
Gastos $78.032 $82.096 $101.633
CORRIENTES
Ingresos $68.189 $115.876 $107.131
Gastos $88.755 $99.693 $120.681
77
Capítulo 7
El federalismo argentino en la primera
mitad del siglo XIX
1
Rosatti, Horacio Daniel. «El Federalismo como categoría analítica en la interpretación de la historia
argentina», en «Jornadas Nacionales de historia del federalismo». Santa Fe. 1986.
2
Rosatti, Horacio Daniel. «La construcción del Estado Argentino. Ensayos sobre la historia argen
tina». Rubinzal–Culzoni. Editores. Santa Fe. 1994.
78
Otros explican al federalismo como el producto del aislamiento de las comunidades
locales fundadas en la época colonial, las que se desarrollaron por sí mismas debido a
las grandes distancias existentes entre ellas.
Hay autores que atribuyen la existencia de nuestro federalismo a una imitación de
un modelo de distribución político–territorial que había probado su eficacia en otros
lugares. En definitiva, lo ubican como un técnica gubernamental, copiada —funda
mentalmente— de los Estados Unidos.
Para una interpretación de tipo genética, el federalismo es una especie de herencia
de la estructura institucional particularista de la metrópoli española, desarrollada
desde tiempos coloniales. Esta cultura proveniente del período de los Austrias, tenía
un carácter pactista, autonomista y municipalista y fue adoptada y practicada por los
sectores criollos de las ciudades y villas del interior.
Por último, existen críticos que afirman que el federalismo argentino es la resultante
de múltiples factores convergentes, entre los que mencionan cuestiones ideológicas,
institucionales y jurídicas.
Evidentemente la forma de organización del gobierno territorial fue el centro de las
polémicas y luchas que jalonaron los comienzos de la historia independiente y que
retrasaron considerablemente la organización constitucional. La posición federal partía
de considerar necesario una organización descentralizada donde convivieran armóni
camente un gobierno central con los correspondientes gobiernos locales de las provin
cias o estados. En esta propuesta la soberanía residía en el gobierno central, en tanto
las organizaciones provinciales serían autónomas.3
Asimismo dentro de la organización federativa existía una forma mas débil de cohe
sión: la confederación, en la cual la unión provenía del acuerdo logrado por pactos o
tratados y la autoridad del gobierno central era mucho mas limitada por carecer de
imperium sobre todo el territorio federal. En este caso lo gobiernos provinciales se
reservaban la potestad de aplicar o no las decisiones del gobierno central en sus terri
torios, y hasta podían separase de tal confederación.
Al mismo tiempo esta corriente política sostendrá como uno de sus pilares los prin
cipios de las revoluciones democráticas de la época (Francia y EEUU) tales como el
control y regulación del poder estatal (sistema republicano de gobierno con división de
poderes) y con amplio sistema de representación política otorgado a toda la población
(sistema representativo de gobierno opuesto al monárquico), posibilitando que todo el
espectro social (incluídos mestizos, indios y negros) se incorporen al cuerpo político
de la Nación.
Sobre este último punto cabe destacar que el movimiento federal tuvo una perspec
tiva mas favorable a la intervención del pueblo en política, no solamente con la férrea
oposición que realizaron a los sistemas electorales restrictivos que usualmente propi
3
Tau Anzoátegui, Víctor y Martiré, Eduardo. «Manual de Historia de las Instituciones Argentinas».
Macchi. Bs. As. 1984. Pág. 296.
79
ciaban los sectores unitarios (representación corporativa en el Senado de la Constitu
ción de 1819, voto calificado en la Constitución de 1826), sino auspiciando y convali
dando formas de participación de carácter directa, como por ejemplo la convocatoria
al Congreso del Arroyo de la China que propia José Gervasio Artigas.
Por otra parte el sistema de agrupamiento que adoptó el federalismo (identificación
de las masas populares con un líder local, en muchos casos erigido en conductor
natural a raíz de la guerra de la independencia), implicaba un sistema político de parti
cipación de los sectores populares en la selección de los mismos.
Este sistema de representación fue rechazado por las elites intelectuales, funda
mentalmente de Buenos Aires, que le atribuían ser el sustento de la anarquía, arbitraria
e irracional, que se oponía a los ideales cívicos y racionales que tal sector defendía.
Por ello es que éstos últimos pretendían constituir un sistema desprovisto de media
ciones locales (por ejemplo al suprimirse los cabildos se reemplazaron por municipios
sin capacidad política ni judicial propia).
Asimismo, dentro del campo federal se planteó una respuesta sobre las relaciones
que debían existir entre estado y sociedad que tendía a una intervención de aquel en
ésta, que tenía como objetivo la equidad en las oportunidades económicas para las
provincias, es decir se sostenía la tesis proteccionista. Bajo la influencia del mercan
tilismo se entendía necesaria la intervención estatal ya que el progreso económico y
las posibilidades de las provincias de acceder a él no serían fruto de una dinámica
natural de la economía, o de un control unilateral de los recursos principales por parte
de Buenos Aires.4
Otro de los elementos diferenciadores de la corriente federal está claramente sinte
tizado por Daniel García Delgado «La idea federal se apoyó en liderazgos vernáculos,
en la medida en que las masas que ingresaban a la política no se sentían interpre
tadas por un sistema que otorgaba la hegemonía a los grupos de formación europea.
En este conflicto se expresó el choque entre núcleos ilustrados e ideales imprecisos
de las masas, entre campo y ciudad, plebe y gente principal. Pero además, va a ser
expresivo de la lucha entre dos formas de concebir la soberanía: ya sea como preexis
tente e indivisible, “la soberanía de la Nación” o constituida a través de un pacto y
basada en la Asoberanía de los pueblos».5
Una de las consecuencias de esta discrepancia fue la escasa elaboración teórica
que acompañó a la tesis federal y que contribuyó a exacerbar la contradicción entre
masas populares y elites ilustradas (conflicto entre «sentimiento» y «razón», moderni
zación y tradición) que habría de acompañar el desarrollo histórico de estas latitudes.
4
García Delgado, Daniel: «Raíces cuestionadas....» Pág. 56.
5
Ibídem. Pág. 36.
80
Lo que dicen los unitarios
Bartolomé Mitre, a quien ubicamos como filiado al pensamiento unitario, afirma que
«el Partido Federal, que había tenido su origen en el odio a la Capital, representaba
más bien que un orden de ideas un sistema de hostilidad contra Buenos Aires». O
como decía La Gaceta de Buenos Aires el 15 de diciembre de 1819 (ya citado en el
capítulo precedente), lo que querían los federalistas era dividir el armamento, los dere
chos de aduana y la rentas generales. Tal la visión que tenían los unitarios de ella.
Como respuesta a estas últimas afirmaciones, podríamos decir que los caudillos
federales querían defender una tradición secular en América: el derecho de los pueblos
a resolver sobre sus propios destinos, coordinadas en un pacto de amistad y perpetua
unión, al que se lo llamaba con la vieja palabra latina «federación», la cual significa
«unión», «alianza». Y, efectivamente, como se escandalizaban los unitarios porteños,
pretendían dividir entre todos, lo que era producto del esfuerzo de todos, es decir, las
rentas de aduana.
No otra era la intención de los grandes caudillos federales: querían salvar la unidad
sustancial, respetando a cada región sus derechos y particularidades.
Por otra parte, como dice Julio De Zan: «El federalismo, en cuanto tendencia al
fortalecimiento de las autoridades provinciales y comunales, como reivindicación del
derecho al autogobierno de las comunidades, como sistema de descentralización
del poder y de la expansión de los órganos de autogestión participativa en todos los
niveles de la estructura político social, es una valla contra el autoritarismo y una manera
de realizar concretamente la democracia y de darle contenido popular».6
Nada más acertado para oponer a los intentos elitistas y aristocratizantes de la frac
ción unitaria.
En tanto que el Gral. Paz (a quien no podemos ubicar como un unitario típico),
hombre de profunda inteligencia y activo partícipe de los sucesos de la época —por ello
no exento de parcialidad—, decía al respecto: «No será inoficioso advertir que esa gran
facción de la República que formaba el Partido Federal no combatía solamente por la
mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno
solo para hacerlo triunfar: primero, era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción
más ignorante; en segundo lugar, la gente de campo se oponía a la de las ciudades;
en tercer lugar, la plebe se quería sobreponer a la gente principal; en cuarto, las provin
cias celosas de la preponderancia de la capital, querían nivelarla; en quinto lugar, las
tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aún monárquicas que
se dejaron traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe de Luca».7
6
De Zan, Julio. «Federalismo y filosofía política». Congreso Nacional de Federalismo. Santa Fe. 1986.
7
Paz, José María. Memorias. Tomo I. pág. 339. Ed. Almanueva. Bs. As. 1954. Citado por Ramos,
Jorge Abelardo. ob. cit. pág. 41.
81
Si bien no coincidimos totalmente con las anteriores expresiones, se entiende
que son buen reflejo de cómo se había divido la sociedad de la época, e indica con
claridad quiénes se agrupaban detrás de cada bandería.
8
Alberdi, Juan Bautista. Grandes y pequeños hombres del Plata. Ed. Garnier. París. 1912. pág.
131.
82
Acertada descripción del origen político y composición de lo que fueron las fuerzas
federales. Las montoneras —a quien alguien definiera como «gauchos que peleaban
en montón»— se constituyeron en la herramienta de lucha del interior, ante los ejércitos
de línea que enviaba Buenos Aires.
Aparece así en la escena histórica el gaucho como personaje central de la misma.
Mestizo de español y aborigen, se constituirá en el grupo étnico fundamental del país.
Consustanciado con el horizonte sin límites de la llanura e íntimamente vinculado a la
riqueza pecuaria y las labores camperas, tendrá sobre sí una carga muy particular que
modelará esa figura y la vinculará esencialmente a la naturaleza. Mimetizado con el
caballo como medio de transporte y de supervivencia en las infinitas llanuras, hará de
él un arma formidable en las luchas de la independencia y en las disensiones internas.
Libre e indómito, hasta se precisó de leyes especiales (Ley de Vagancia de 1815)
para sujetarlo y obligarlo a servir a los nuevos propietarios de la pampa que habitaba.
Cuando se hizo necesario se encolumnó detrás de los caudillos, con armas elemen
tales (muchas de ellas copiadas de los indios) pero con la vitalidad y la astucia que le
daba su contacto con la región, y puso en jaque a las uniformadas tropas porteñas.
Esto le valió el desprecio y el vituperio de los intelectuales del puerto, que denos
taban contra ellos. Vicente Fidel López, notable historiador, llegó a decir: «Los caudi
llos provinciales que surgieron como la espuma que fermentaba de la inmundicia Arti
guista, eran jefes de bandoleros que segregaban los territorios donde imperaban a la
manera de tribus para mandar y dominar a su antojo, sin formas, sin articulaciones
intermedias, sin dar cuenta a nadie de sus actos, y constituirse en dueños de vidas y
haciendas».9
De esta manera los gauchos y sus caudillos fueron rebajados por la clase dirigente
porteña, a la categoría de anarquistas, bandoleros o meros ladrones de ganado. Esa
imagen que nos legó la historiografía liberal, como de hordas acaudilladas por desa
forados tiranuelos, cuyo único móvil habría sido el pillaje y el asesinato, no se corres
ponde en absoluto con la realidad histórica.
Lo cierto es que esas masas que despreciaban profundamente los intelectuales de la
ciudad puerto, eran los sectores populares de ese entonces, y si bien no tenían fórmulas
acabadas para expresarse, se manifestaban inequívocamente por la emancipación, la
defensa de la comarca y la igualdad esencial de todos los habitantes del antiguo Virrey
nato. Todo ello se fundió en la palabra federación, que era la representativa.
Estos grupos populares eran conducidos —como ya se ha dicho— por los caudi
llos. Procedentes, en términos generales de sectores rurales no ilustrados y por ende,
de la misma capa social que sus dirigidos, se destacaban por su valentía, audacia
y destreza, sobre todo en el arte militar. Munidos de la sabiduría de los viejos crio
9
López, Vicente Fidel. «Historia de la República Argentina». Ed. G. Kraft. Bs. As. 1913. T. IV. pág.
451.
83
llos, conservaban dotes de mando que imponían férreamente. Ajenos a los rigorismos
formalistas —a los que despreciaban— se destacaban en la jefatura a partir de hechos
y situaciones concretas, es decir no recibían expresamente el mandato que ejercían.
Nacidos al calor y las necesidades de la guerra de la independencia, muchos de
ellos fueron el producto cierto de las desventajas en que se encontraban las fuerzas
nacionales, en su enfrentamiento a los realistas. Se destacaron como oficiales en
los ejércitos de la independencia, y vueltos a sus territorios de origen, levantaron las
banderas de la región enfrentando a la prepotencia de Buenos Aires.
Otros traían en su mochila la experiencia de la lucha contra el indio, de los que
tomaron métodos y tácticas de guerra, que luego aplicaban con esmero.
Poseedores de un gran carisma, tenían la fidelidad absoluta de quienes los seguían,
fidelidad que se basaba en la convicción de que eran quienes mejor defendían los inte
reses de la región y de esa clase social. Esto se vio reflejado particularmente en José
Gervasio Artigas, sobre quien enseguida se particularizará.
Pese al gran ascendiente que tenían sobre sus seguidores, es bueno destacar que
eran tenidos como tales en cuanto levantaran las banderas que los sectores popu
lares sentían como propios. En caso contrario, su mando se quebraba o desaparecía.
Recordemos que las famosas montoneras de Urquiza no lo siguieron (se desban
daron) cuando éste pactó con Buenos Aires y las pretendió embarcar en la impopular
guerra contra el Paraguay.
Las masas tenían hacia su caudillo un gran sentido de solidaridad, en cuanto se
sentían interpretadas y protegidas por él. Ello creaba un vínculo muy especial que se
trasuntaba —debajo de la apariencia anárquica— en una cohesión y moral de combate
de la que, en general, carecían los regimientos porteños, formados por enganchados y
con jefes (las mas de las veces) impopulares.
Los caudillos desconfiaban innatamente de los letrados que venían de Buenos
Aires, acaso porque colegían que eran portavoces de políticas extrañas y perjudiciales,
aunque solían rodearse de personalidades ilustradas, provenientes de las clases
sociales principales de las provincias a las que pertenecían.
Ejercían una autoridad paternalista, en la que mezclaban la bonachonería con la
rudeza típica de las costumbres rurales, no exenta de un cierto grado de crueldad,
típica, por otra parte, de las usanzas de la época.
Vinculados a las tradiciones hispánicas, tenían a la religión católica como elemento
fundamental de ellas. Lo que les servía —incluso— para diferenciarse de los porteños.
Se recuerda cómo Felipe Varela llevaba en su bandera la consigna «Religión o muerte»,
que unificaba sus fuerzas frente a los liberales (y por ende, ateos), ejércitos prove
nientes de la capital.
84
Diferentes planteos de federalismo
Como se ha analizado precedentemente, el federalismo no fue una expresión homo
génea, sino que tuvo variables, según fuera la región de la cual provenía.
A riesgo de esquematizar —poco recomendable práctica— podríamos dividir en
tres vertientes principales los planteos federales llevados a cabo en nuestra historia.
10
Romero, José Luis. op. cit. pág. 117.
85
El federalismo del litoral
El federalismo del litoral tenía, en cambio, intereses coincidentes y, al mismo tiempo,
contrapuestos con los de Buenos Aires. De similares producciones, como ya se ha
dicho, compartía con la provincia bonaerense el sistema de comercio exportador; pero
disputaba con la capital histórica el control de los ríos, el monopolio del puerto único y
reclamaba la distribución de las rentas de la Aduana.
Como consecuencia de ello, el federalismo de las provincias litorales surgió como
respuesta concreta al centralismo porteño.
A las tradicionales banderas de libre navegación de los ríos y la nacionalización de
los derechos aduaneros, le agregó, en 1831 por intermedio de Pedro Ferré, (represen
tante de Corrientes), el planteo del proteccionismo económico.
El federalismo en el interior
La tercer vertiente que se puede mencionar dentro de la corriente federal, es la del
interior. Las provincias mediterráneas, al no tener productos exportables y destinar toda
su producción de artesanías e industrias domésticas al mercado interno, planteaban,
fundamentalmente, una política económica que las protegiera de las manufacturas
extranjeras. De allí su enfrentamiento directo con la política porteña de librecambio.
En las coincidencias y disidencias de estas tres corrientes se asientan, en definitiva,
las posturas federales. Los puntos comunes que se transformaron en banderas fueron:
• Distribución de las rentas de la Aduana.
• Posibilidad de autodeterminación provincial, dentro de un régimen federativo.
• Protección de las economías provinciales.
• Unidad nacional, sin hegemonía de Buenos Aires.
86
El caudillo oriental
Nacido en la Banda Oriental, dentro de una familia de reconocida posición social,
su abuelo fue uno de los primeros pobladores de Montevideo. Dedicado a las tareas
rurales en las estancias de su padre, trabajó como proveedor de cueros y productos
pecuarios para los exportadores de Montevideo.
Poseedor de una fuerte personalidad y gran prestigio, se destacaba entre el paisa
naje, que lo reconocía como caudillo.
Ingresado al cuerpo de Blandengues, defiende la campaña oriental de las depreda
ciones de vagos, ladrones, contrabandistas e indios Charrúas y Minuanes.
Participa en forma activa en la reconquista de Buenos Aires de las manos de los
ingleses en 1806, y en la defensa de Montevideo, de los mismos agresores en 1807.
Cuando en 1811 Elío declara la guerra a la Junta de Buenos Aires, Artigas deserta
de la guarnición de Colonia y se pone a disposición del gobierno porteño, que le
asigna el grado de Teniente Coronel, mas 150 hombres para iniciar el levantamiento de
la Banda Oriental. Otro militar que se insurreccionó junto a él y fue designado jefe de
operaciones, es el oriental José Rondeau.
Artigas es nombrado comandante de los voluntarios orientales que se habían levan
tado contra Elío. El 18 de Mayo de 1811 derrota a los realistas en Las Piedras y, junto a
Rondeau, pone sitio a Montevideo.
Cuando el Primer Triunvirato de Buenos Aires firma con Elío el armisticio (20/10/11)
por el cual se pone fin al sitio de Montevideo, Artigas con sus tropas y gran parte
de la campaña oriental, se retira hasta el arroyo Ayuí, en tierra entrerriana, protagoni
zando el famoso éxodo del pueblo oriental o la «Redota»; aquí centenares de familias
uruguayas acompañan a su caudillo, mostrando con ello su voluntad de no quedar
bajo el dominio español o portugués.
Sarratea enviado por el Primer Triunvirato como nuevo jefe de las milicias orientales
(en lugar de Rondeau), entra en conflicto con Artigas y lo declara «ladrón, facineroso e
indecente», e insta a los montoneros a abandonarlo. Ante ello, se le rebela parte de su
tropa y por esto debe regresar a Buenos Aires; es nombrado nuevamente Rondeau al
frente del Ejército de Operaciones. Juntos, Artigas y Rondeau, ponen nuevamente en
sitio a Montevideo.
Al inaugurarse la Asamblea del Año XIII, la Banda Oriental envía sus diputados, los
cuales habían sido electos en el Congreso de los Pueblos; reciben éstos precisas instruc
ciones de Artigas, de contenido netamente federalista. Los diputados son rechazados
bajo pretextos formales, ante lo cual Artigas rompe abiertamente con Buenos Aires.
El Director Gervasio Posadas lo declara traidor y pone precio a su cabeza. Artigas
conforma la Liga de los Pueblos Libres, la que abarcaba, en los momentos de mayor
esplendor, las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Córdoba, Misiones y la
Banda Oriental, y es declarado su Protector.
87
Encabeza así una cerrada lucha contra el centralismo porteño. En 1815 recupera
Montevideo, que estaba en manos de tropas porteñas.
Reunidos los representantes de la Liga de los Pueblos Libres en el Congreso
de Oriente, en Concepción del Uruguay, deciden no enviar sus representantes al
Congreso de Tucumán, ante la amenaza de invasión portuguesa y la actitud que había
asumido Buenos Aires.
En 1816 se produce una nueva invasión portuguesa a la Banda Oriental, que toma
Montevideo en 1817, y termina por derrotarlo en Tacuarembó, en 1820.
Luego de la batalla de Cepeda (1/2/20, en la que Ramírez y López, vencen a las
tropas directoriales), se firma el Tratado de Pilar que produce la ruptura entre Artigas
y Ramírez. La disidencia se centró en que Artigas reclamaba que en dicho pacto se
estableciera expresamente el rechazo a la invasión portuguesa a la Banda Oriental,
cosa que quedó diluida en el texto del acuerdo.
Decidido a doblegar a quien fuera su lugarteniente, Pancho Ramírez, se interna en
Entre Ríos, pero sufre diversas derrotas a manos de éste y se ve obligado a exiliarse en
Paraguay donde muere a los 86 años, el 23 de setiembre de 1850.
El federalismo de Artigas
Alguna vez definió ante José María Paz —quien lo reprodujo en sus Memorias— la
esencia de su lucha. Dijo Artigas: «Yo no hice otra cosa que responder con la guerra
a los manejos tenebrosos del Directorio y a la guerra que él me hacía por conside
rarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo. Tomando
por modelo a los Estados Unidos yo quería la autonomía de las Provincias, dándole
a cada Estado un gobierno propio, su Constitución, su bandera y el derecho de elegir
sus representantes, sus jueces y sus gobernadores entre los ciudadanos naturales
de cada Estado. Esto es lo que yo había pretendido para mi Provincia y para las que
me habían proclamado su Protector. Hacerlo así habría sido darle a cada uno lo suyo.
Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma
imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despo
jarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al
Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado y poniendo precio
a mi cabeza».11 Absolutamente clara es la descripción del norte de las luchas de este
notable caudillo federal.
Otro ilustre hombre argentino, Pedro Ferré, decía acerca de Artigas: «Mientras
provincias estuvieron sujetas a Buenos Aires, no había imprenta en ellas. De aquí es
que han quedado sepultados en el olvido el Gral Artigas y la independencia de la Banda
11
Pérez Amuchástegui, A.J. Crónica Histórica Argentina. T. 2. Ed. Codex. Bs. As. 1972. pág. II
16/17.
88
Oriental, sus quejas por la persecución que sufría por este patriotismo; las intrigas
del gobierno de Buenos Aires para perderlo, hasta el grado de cooperar para que el
portugués se hiciera dueño de aquella provincia, antes que reconocer su indepen
dencia; como entonces sólo hablaba Buenos Aires aparece Artigas en sus impresos
como el mayor salteador. (Así aparecen todos los que se han opuesto a las miras
ambiciosas del gobierno de Buenos Aires). Si alguna vez se llegan a publicar en la
historia los documentos que aún están ocultos, se verá que el origen de la guerra en la
Banda Oriental, la ocupación de ella por el portugués, de que resultó que la República
perdiera esa parte tan preciosa de su territorio, todo ello tiene su principio en Buenos
Aires, y que Artigas no hizo otra cosa que reclamar primeramente la independencia
de su patria y después sostenerla con las armas, instando en proclamas el sistema
de federación y entonces, tal vez resulte Artigas el primer patriota argentino».12 Pero si
se quiere analizar aún mas profundamente el federalismo que proponía José Gervasio
Artigas, veamos las «Pretensiones de la Banda Oriental», que redactó el caudillo para
ser presentadas ante el gobierno de Buenos Aires, el 19 de abril de 1813. Los dos
primeros artículos decían: «1º) La Provincia Oriental entra en el rol de las demás Provin
cias Unidas. Ella es una parte integrante del Estado denominado Provincias Unidas del
Río de la Plata... 2º) La provincia Oriental está compuesta de Pueblos Libres, y quiere
se la deje gozar de su libertad, pero queda desde ahora sujeta a la Constitución que
organice la Soberana Representación General del Estado, y a sus disposiciones consi
guientes teniendo por base inmutable la libertad civil».13
O en las famosas «Instrucciones a los diputados Orientales» a la Asamblea del Año
XIII, en la que éstos debían defender: «... la independencia absoluta de estas colo
nias.... 2º) No se admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recí
proco con las provincias... 4º) Como el objeto y fin del Gobierno debe ser conservar la
igualdad, libertad y seguridad de los ciudadanos y los pueblos, cada provincia formará
su Gobierno bajo esas bases, además del Gobierno supremo de la Nación. 5º) Así
éste como aquél, se dividirán en Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial. 11º) Que esta
provincia retiene su soberanía, libertad e independencia, todo poder, jurisdicción
y derecho que no es delegado expresamente por la confederación a las Provincias
Unidas juntas en Congreso. 12º) Que el puerto de Maldonado sea libre para todos los
buques que concurran a la introducción de efectos y exportación de frutos, ponién
dose la correspondiente aduana en aquél pueblo. 13º) Que el puerto de Colonia sea
igualmente habilitado... 14º) Que ninguna tasa o derecho se imponga sobre artículos
exportados de una provincia a otra. 16º) Que esta Provincia tendrá su Constitución
territorial: y que ella tiene el derecho de sancionar la general de las Provincias Unidas
que forme la Asamblea Constituyente... 19º) Que precisa e indispensablemente sea
12
Ferré, Pedro. Memorias. pág. 70/71. Citado por Ramos, Jorge Abelardo. op. cit. pág. 50.
13
Reyes Abadie, Washington y otros. «El ciclo artiguista. Documentos de Historia nacional y ameri
cana». E. Medina. Montevideo. 1951. pág. 197.
89
fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas. 20º)
La Constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana
y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus
derechos, libertad y seguridad de su soberanía.»14
Vemos expresadas con claridad meridiana en estas instrucciones, el espíritu confe
derativo y republicano que animaba al caudillo oriental. Interpretaba la necesidad de
las provincias de cohabitar con Buenos Aires, pero requería que esa convivencia se
realizara en un pie de igualdad.
No quedaba allí solamente el planteo que realizaba Artigas. Por el contrario, inter
pretando fielmente la base social que lo sustentaba, trató de crear una comunidad
superior, basada en la independencia y la igualdad de sus integrantes.
Para ello, en tanto planteaba una reforma agraria que permitiera el acceso a la
propiedad de la tierra de los mas necesitados, tendía a un sistema que amparara a las
industrias regionales, impidiendo el ingreso indiscriminado de bienes confeccionados
en extraños países.
En el primer aspecto decía el «Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el
fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados», dado a conocer desde su
Cuartel General, el 10/09/1815. «... Art. 6º) Por ahora el Sr. Alcalde Provincial y demás
subalternos se dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña.
Para ello revisará cada uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles;
y los sujetos dignos de esta gracia, con prevención, que los más infelices serán los
más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los
indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suerte de estancia, si con
su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de la Provincia.... Art. 12º)
Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores
americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la Provincia para
poseer sus antiguas propiedades... Art. 19º) Los agraciados, ni podrán enajenar, ni
vender estas suertes de estancia, ni contraer sobre ellos débito alguno, bajo la pena de
nulidad hasta el arreglo formal de la Provincia, en que ella deliberará lo conveniente».15
Esta reforma (que en definitiva no pudo aplicarse por las circunstancias históricas
desfavorables en que actuaba Artigas), hecha bajo el lema «los más infelices serán los
más privilegiados», le acarreó el recelo y enemistad de los ganaderos con asiento en
Montevideo, que veían así peligrar sus propiedades; pero indica claramente cuál era el
contenido social del protectorado artiguista.
El segundo aspecto de su política que se ha mencionado —sentido altamente
proteccionista de los frutos del país— tiene su expresión concreta en el «Reglamento
Provisional de derechos aduaneros para las Provincias Confederadas de la Banda
14
Puiggrós, Rodolfo. «Los caudillos ...». Pág. 199 y sgtes.
15
Reyes Abadie, Washington y otros. op. cit. T. II. pág. 446 y sgtes.
90
Oriental del Paraná», sancionado el 9 de setiembre de 1815. En él se destaca que se
gravaban los derechos de importación con tasas de un 40 % para las ropas hechas
y calzados; los caldos y aceites estaban gravadas con un 30 %; y un 25 % todos los
efectos de ultramar, con excepción del azogue, las máquinas, los instrumentos de
ciencia y arte, libros e imprentas, pólvora y azufre y armamento de guerra, lo mismo
que oro en todas sus formas. Todos los frutos provenientes de América tenían un
derecho de un 4 %, con excepción de los que vinieran de las cinco provincias aliadas
(Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba) que estaban exceptuados de
impuestos. Para la exportación, los productos estaban libres de derechos.
Evidentemente esta política se enfrentaba abiertamente a la propuesta de los comer
ciantes porteños, que advirtieron en Artigas un peligro concreto para sus intereses.
De allí los intentos ciertos —en connivencia con los portugueses— de destruirlo,
poniendo incluso precio a su cabeza.
Por si ello fuera poco, Artigas debió soportar el asedio de las tropas lusitanas que,
interesadas en conquistar la Banda Oriental por su excepcional situación geopolítica,
invadieron su territorio.
Por último, debió enfrentar la voracidad de Inglaterra, que no habiendo podido
adueñarse físicamente del extremo oriental del estuario del Río de la Plata en sus inva
siones, no admitía que dicho territorio quedara en manos de alguna de las dos grandes
naciones de las que era lindera: las Provincias Unidas y el imperio lusitano a través
de Brasil. De allí que fue operando, hasta lograr que el Uruguay sea declarada una
nación independiente. De esta manera se concretaba la disgregación de una Nación
posible: la Nación Latinoamericana, que representaba un potencial peligro para la polí
tica imperial que llevaba adelante Gran Bretaña.
Nada más contrario al pensamiento e ideario artiguista, que fiel a la tradición hispa
noamericana, concebía a la Banda Oriental como una provincia más de las del Río
de la Plata, y planteaba —se podría decir con profunda visión— la necesidad de
conservar la unidad (por ende, la fuerza) entre las provincias que habían compuesto el
anterior Virreynato del Río de la Plata.
Se concreta así un triple enfrentamiento de Artigas que habría de resultarle fatal.
Quedan sin embargo para la posteridad, sus planteos de confederación, respeto a
los gobiernos y autonomías provinciales, defensa de la producción regional e intentos
de mejoramiento social de los sectores mas desprotegidos, elementos que pocos
prohombres de la historia levantaron con tanto acierto y fortaleza.
Como síntesis final del pensamiento del caudillo oriental podemos hacer nuestras
las palabras de Alcira Argumedo16 quien señala que «el artiguismo plantea la orga
nización nacional a través de estadios sucesivos de articulación social y regional. En
cada una de las comunidades, el gobierno estaría asentado en la soberanía popular
16
Argumedo, Alcira. «Los silencios y las voces en América Latina». Edicones del pensamiento
nacional. Bs. As. 2000. Pág. 39.
91
—el Agobierno inmediato»— una forma de democracia directa que suponía el ejercicio
del poder por el consenso de las mayorías participando en asambleas plenarias, inte
gradas por todos los pobladores sin más exigencias que la condición de americanos
y la hombría de bien. En un segundo nivel, la «provincia compuesta de pueblos libres»
da lugar a la soberanía provincial integrada por el acuerdo entre las comunidades,
reunidas en Congreso. En tercer lugar, estas provincias deben integrarse en la «confe
deración ofensiva y defensiva» de las Provincias Unidas: La originalidad del intento
artiguista radicaba en tratar de conciliar ambos legados: el asambleísta de participa
ción directa, cabildeano o comunal y el representativo, correspondiente a la sociedad
nacional de democracia procesual. El proyecto de Artigas —una república democrá
tica, igualitaria, independiente, susceptible de integrar a las capas étnicas y sociales
marginadas por el dominio colonial, con fuerte inserción en las tradiciones, creencias
y culturas populares— encontrará la drástica oposición del patriciado de las ciudades
con su racionalismo ilustrado y mercantil». De allí la grandeza del proyecto y la cerrada
resistencia que encontró en los círculos porteños.
92
El poder se deposita en el Cabildo, quien el 2 de abril de 1815 designa como gober
nador interino a Francisco Antonio Candioti. Este hombre (llamado «el príncipe de los
gauchos»), de notable ascendiente entre sus conciudadanos, era un rico ganadero de
la zona que había hecho su fortuna con la crianza de ganado mular, al que vendía en
Salta. El 26 de abril es elegido gobernador propietario por el pueblo santafesino.
Candioti estaba en conexión con José Gervasio Artigas, quien comunica a los
Cabildos de Montevideo y Córdoba que «rendida a discreción la guarnición de
Buenos Aires en el pueblo de Santa Fe, se mira enarbolado en aquella plaza el pabe
llón de la libertad».17 Este pabellón era el que se levantaba en todos los pueblos que
estaban bajo el protectorado del caudillo oriental y constaba de una bandera blanca
en el medio, azul en los dos extremos y en medio de éstos, unos listones colorados,
signo «de la distinción de nuestra grandeza, de nuestra decisión por la República para
sostener nuestra libertad e independencia», al decir de Artigas.
Proclamada Santa Fe como provincia libre e independiente del poder de Buenos
Aires, al poco tiempo ocurre lo mismo con Córdoba, la que de esta manera, también
entra en la órbita artiguista.
Sin embargo, en Buenos Aires no habrían de aceptar pacíficamente esta situación.
El 26 de julio parten de allí 1500 hombres al mando de Juan José Viamonte para apode
rarse de Santa Fe. A principios de agosto, este ejército (que ya se había engrosado y
estaba conformado por 3500 hombres) toma, sin mayores resistencias, la ciudad; alli
fallece a los pocos dias Francisco Antonio Candioti, producto de una enfermedad.
El Director Alvarez Thomas envió una proclama a los santafesinos en la que asegu
raba que esta tropa no habría de «subyugar» a los pueblos hermanos, para finalizar:
«Libres sois, y si no debieseis a la naturaleza este privilegio, yo por mi voto os lo conce
diera». Evidentemente la hipocresía formaba parte de la condición innata de este
Director Supremo.
Las tropas de Viamonte arrasaron la ciudad, y un cronista de la época asegura que
«la oficialidad de Viamonte era un puro libertinaje». Desde un primer momento este
General favorece al reducido grupo de vecinos antiartiguistas, que elige a Francisco
Tarragona como teniente de gobernador, y resuelve arriar la bandera tricolor «como
saludable fruto de una convicción sincera de restituirse a la protección de la capital».18
Sin embargo, serán los propios santafesinos quienes se levantarán contra la ocupa
ción porteña. El 2 de marzo se subleva en Añapiré, la 1ra. Compañía de Blandengues,
al mando del teniente Estanislao López, quien, con escasos cien hombres se dirige a
la ciudad, donde se levantan también las Milicias de San José del Rincón y el pueblo
de las orillas.
17
López Rosas, José Rafael. «Entre la monarquía y la república». Colección Memorial de la Patria.
Ediciones La Bastilla. Bs. As. 1981.
18
Rosa, José María. «Historia Argentina». Editorial Oriente SA. Bs. As. 1992. T. 3. pág. 149.
93
Comienzan entonces una serie de escaramuzas y guerrillas que duran varias
semanas, hasta que Mariano Vera, joven aristócrata amigo de Artigas, en acuerdo con
el coronel artiguista Francisco Rodríguez, inicia el ataque final a las fuerzas porteñas,
que se guarecen en la Aduana, donde son cercadas. Allí, el 31 de marzo de 1816 se
entrega Viamonte y nuevamente se iza la bandera tricolor en esta provincia; es elegido
Mariano Vera como Gobernador y Estanislao López como Comandante de armas.
El 9 de abril firman el pacto de Santo Tomé don Cosme Maciel, representante de
Santa Fe y el delegado del Ejército de Observación, Eustaquio Díaz Vélez. En este
pacto se decide separar a Belgrano de la jefatura del Ejército de Observación y reco
nocer al propio Díaz Vélez en tal carácter, quien habría de marchar a Buenos Aires a
destituir a Álvarez Thomas y hacer firmar (a Santa Fe y Buenos Aires) una paz definitiva.
Sin embargo esto último no habría de suceder debido a las exigencias de Buenos
Aires, que para admitir la autonomía de Santa Fe, le requería alejarse de Artigas y reco
nocer al Congreso reunido en Tucumán (recordemos que las provincias bajo el protec
torado de Artigas no habían enviado representantes a dicho Congreso).
Ante ello, Eustaquio Díaz Vélez, por su cuenta, decide tomar nuevamente Santa Fe
para someterla a la dependencia de Buenos Aires, hecho que realiza el 4 de agosto
de 1816, pese a que el Director Supremo Pueyrredon ordena lo contrario. Las tropas
porteñas, por 27 días, saquean a la indefensa ciudad. Nuevamente se forman las
guerrillas (con Vera a la cabeza), las que jaquean permanentemente a las tropas de
Díaz Vélez; éstas últimas no pueden abandonar las cuadras del centro de la ciudad.
La situación se tornó insostenible para el general agresor y el 31 de agosto debió
evacuar la ciudad por vía fluvial.
Algunos vecinos de Santa Fe descontentos con Mariano Vera (le atribuían conni
vencia con Buenos Aires), el 14 de julio de 1818 organizan un movimiento que termina
con la deposición de éste como Gobernador. Pese a que convocadas elecciones gene
rales, el pueblo elige por dos veces consecutivas al mismo Vera, la fracción opositora
logra que éste se aleje de la ciudad y asuma la gobernación Estanislao López.
En noviembre de 1818 el director Pueyrredon, en tren de dominar a las provincias
que estaban bajo la órbita artiguista, destaca un nuevo ejército (que denomina de
Observación) de 4000 hombres, con apoyo de una escuadrilla naval, bajo el mando de
Juan Ramón Balcarce, para tomar la provincia de Santa Fe.
Al mismo tiempo, desde Córdoba comienza a avanzar hacia ella otro ejército de
más de 3000 hombres, bajo el mando de Juan Bautista Bustos.
El ejército porteño tenía drásticas órdenes para terminar con los santafesinos que
se le opusieran.
López, en hábiles maniobras militares, derrota a Bustos, en Fraile Muerto, el 7 de
noviembre, quitándole armas y caballada, y luego continúa hostilizando a Balcarce que
se dirigía a Santa Fe; éste, pese a varias derrotas parciales frente a las montoneras de
López, toma la ciudad.
94
Instalado a pocas leguas del ejido urbano, López asedia a Balcarce, quien el 3 de
diciembre se retira de la ciudad, siendo permanentemente hostigado por «los siriríes»
del caudillo santafesino. En su retirada, el ejército porteño hace política de tierra arra
sada, robando cuanto encuentra a su paso y arreando el ganado que se les cruzaba
(Mitre habla de 3000 cabezas de vacunos y más de 6000 ovinos), para dejar a Santa
Fe sumida en la miseria y sin recursos para sostenerse.
Llegado a Rosario, Balcarce pide refuerzos a Buenos Aires ante la pérdida cotidiana
de hombres y armamento a manos de los montoneros, pero al demorarse los mismos
decide abandonar la localidad, no sin antes destruirla e incendiarla.
En plena retirada, las fuerzas directoriales son alcanzadas por López en San
Nicolás, quien los derrota nuevamente.
Dispuesto a todo, el Director Supremo ordena a escuadrones del Ejército del Norte
que se dirijan a Córdoba para reunirse con Bustos. Sin embargo López —con una
terrible movilidad— cae sobre ellos en La Herradura el 19 de febrero, y si bien la batalla
es de final indeciso, sirve para frenar el avance de las tropas directoriales.19
Nuevamente Viamonte es puesto al frente del ejército de observación por Buenos
Aires, pero el caudillo santafesino derrota a una división avanzada del mismo, que
había llegado hasta Coronda, al mando del Coronel Hortiguera.
Viamonte se ve obligado a retirarse a Rosario, donde permanentemente es hosti
gado. Allí entra en negociaciones de paz con López, que culminan con la firma, el 12
de abril de 1819, del acuerdo de San Lorenzo entre López y Belgrano, por el que se
pone fin a la guerra del litoral, y se establece la evacuación de las fuerzas nacionales
de Santa Fe, la Banda Oriental y Entre Ríos.
Este armisticio tuvo corta vida por la no aceptación de Artigas y de la propia Buenos
Aires que no quería reconocer la autonomía de estos territorios y pagar indemniza
ciones por los cuantiosos daños que habían provocado sus tropas.
No obstante ello, esta insurrección originada en el litoral cunde por todo el país,
sublevándose otros pueblos del interior (Tucumán, San Juan, La Rioja, entre otros)
todo lo cual habrá de culminar en los levantamientos del año 20, que posteriormente
analizaremos.
19
Rosa, José María. Op. Cit. pág. 195.
95
Por otra parte, se había acrecentado el problema con los indios, que permanen
temente atacaban las poblaciones. Los tenientes de gobernador porteños y las
contiendas civiles posteriores, habían hecho descuidar este acuciante problema, que
era —para aquellos tiempos— de gran trascendencia.
Es por ello que López, en julio de 1819 encarga a la Junta Electoral la redacción
de un Estatuto Constitucional, siguiendo el consejo de su hombre de confianza Juan
Francisco Seguí. Este decía que no podía haber un buen gobierno si no tenía una
Constitución.
«Queremos formar una República en el corto seno de nuestro territorio; fijar sistema
a la posteridad y formar el código de nuestra dirección» dijo López al presentar a la
consideración de su pueblo el proyecto definitivo.
Pese a la poca trascendencia que le asignan algunos historiadores, este Estatuto es
de un valor singular, porque es el primero que se da una provincia argentina.
Es altamente indicativo, que en aquellos momentos (en que debido al estado de
guerra permanente en que se vivía, el espíritu de disgregación era mayúsculo), haya
surgido un caudillo provinciano que intentó dar un ordenamiento jurídico «para la
posteridad».
Asimismo, es fundamental destacar que este Estatuto se da, a poco tiempo que
en el orden nacional se sancionara una Constitución que estaba adaptada para una
monarquía, con un senado aristocrático y un gobierno de neto corte centralista.
Frente a éste texto constitucional, aparece el Estatuto, proclamando un sistema
republicano y en el cual se afirma que «residiendo originariamente la soberanía en el
pueblo, éste expedirá su voz por el órgano de su representación» (Art. 6º)20. Es decir,
que se proclama el principio de la soberanía popular como esencial para la convi
vencia en esta provincia.
Verdad es que el Estatuto adolece de una cierta simpleza, la cual no le permite profun
dizar en una técnica jurídica depurada. Pero éste era una respuesta a las necesidades
de la época y constituyó la ley real y viva de un pueblo, en un momento de su historia. Si
hasta al gobernador se lo denomina, en algún momento, como caudillo (Art. 19º).
Es de resaltar que en este texto se establece la división de poderes: Ejecutivo,
Legislativo y Judicial. El primero era ejercido por un Gobernador, quien era elegido
por un Cuerpo electoral; éste estaba compuesto por Comisarios que, a su vez, eran
electos por los ciudadanos, en las cabezas de sus departamentos.
El Cabildo —institución que se conservaba por el Estatuto— mantenía sus antiguas
facultades y ejercía el Gobierno, en caso de ausencia del Gobernador.
La Administración de Justicia mantenía el sistema colonial, con alcaldes de
hermandad y pedáneos. Entre otras disposiciones, eliminaba para siempre la tortura
(Art. 35º).
20
Historia de Las Instituciones de la provincia de Santa Fe. II Documentos del Tomo I. Tratados,
Convenciones y Constituciones. Santa Fe. 1969.
Destinaba toda una sección a la Seguridad Individual, disponiendo que «todo
habitante en la Provincia debe ser protegido por las leyes y sólo por ellas castigado».
Dichas leyes eran para todos iguales, sin distinción de clases.
Es de remarcar que este Estatuto establecía que la ciudadanía era otorgada a «todo
americano» (Art. 3º), lo que habla de la tradición hispanoamericana que imperaba en la
época, la cual es recogida por el texto legal.
El Estatuto fue el primer intento de organización constitucional que se dio una provincia
argentina, y señaló la espontánea decisión de un pueblo de vivir dentro de la ley.
97
Capítulo 8
El nuevo político: poder central y poderes locales
No puede decirse que la crisis que se desata en el año 1820 (la cual origina la caída
del Directorio y, por ende, de la autoridad nacional constituida), obedezca a una sola
causa.
La Constitución unitaria de 1819, el avasallamiento de las autonomías provinciales,
los manejos políticos del Director Supremo que consiente y apoya la invasión portu
guesa a la Banda Oriental, y la noticia de los planes monárquicos, son centralmente
los motivos que llevan a que los pueblos del litoral se levantan en armas contra el
gobierno nacional.
Es dable particularizar el análisis sobre alguna de estas causas, que aparecen en el
horizonte político de los años 1819/1820.
98
con López el armisticio de San Lorenzo (12 de abril de 1819), el cual sería preliminar
al tratado definitivo entre las Provincias Unidas y los Pueblos libres y «sellaría para
siempre la concordia entre pueblos hermanos».
El Director envía a sus representantes a San Lorenzo, para concretarlo. Sin embargo
estos comisionados no llevaban instrucciones para convenir acciones conjuntas en
contra de los portugueses que habían invadido la Banda Oriental; éste era precisa
mente uno de los puntos centrales que dirimía la cuestión, por cuanto era la exigencia
principal de Artigas.
En realidad, los grupos directoriales de Buenos Aires pretendían un acuerdo con
las montoneras que pacificara la situación, hasta tanto llegara el Príncipe de Luca con
el ejército francés para establecer una monarquía constitucional en estos territorios,
proyecto en el que estaban seria y fervientemente embarcados.
Como ya se ha dicho, este proyecto no era nuevo en el Río de la Plata. En los
albores de la Revolución las primeras tentativas monárquicas ante los Borbones se
habían concretado en las misiones de Rivadavia, Sarratea y Belgrano. Y recordemos
que en 1816 se había discutido en el Congreso reunido en Tucumán, la posibilidad de
instaurar una monarquía, con la presencia de algún príncipe que garantizara la estabi
lidad y el reconocimiento de la revolución iniciada en 1810. Los proyectos que sobre
salieron en ese entonces fueron el de la instalación de un descendiente de los incas o
de la casa portuguesa.
No obstante la repulsa que habían generado en los pueblos del interior estos
proyectos, el director supremo Pueyrredon encarga a Valentín Gómez una misión
reservada ante el gobierno de Francia para «establecer en estas provincias una monar
quía constitucional colocando al duque de Luca, antiguo heredero del trono de Etruria
y entroncado por línea materna con la dinastía de los Borbones».1
Al llegar a oídos de los caudillos del interior la noticia de estas negociaciones (que
finalmente no se concretaron), se originó un vehemente rechazo.
1
Rosa, José María. «Historia Argentina». T. 3. pág. 240.
99
La reticencia de los directoriales a firmar un tratado de paz definitivo, hace que
Artigas mande retomar las acciones, y delegue el mando de las tropas en Francisco
Ramírez, su lugarteniente.
En tanto Rondeau había ordenado nuevamente a San Martín y Belgrano que bajaran
con sus ejércitos a Buenos Aires (8 de octubre de 1819).
San Martín hace caso omiso a la orden de Rondeau y cruza la cordillera de Los
Andes, dirigiéndose a Chile, para encarar la campaña de Perú. Queda patentemente
demostrado en esta acción —conocida en la historia como la «genial desobediencia»—
el espíritu patriótico que animaba al Gran Capitán, quien sistemáticamente se negó a
desenvainar su espada en las luchas fratricidas.2 Por el contrario, su objetivo central —
del que jamás se apartaría— era la lucha por la definitiva emancipación de la América
Hispana.3
2
A raíz de esta desobediencia y siendo Rivadavia ministro, San Martín es llamado a Buenos Aires
para serle formado Consejo de Guerra. Enterado el Brigadier López, le escribe advirtiéndole
sobre esta posibilidad y pone a su disposición su ejército para avanzar sobre Buenos Aires.
3
En una anterior proclama el gran General había sentado su posición. Decía en ella «la guerra —a
los españoles— la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne
y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos
con las bayetitas que trabajen nuestra mujeres, y si no andaremos en pelota como nuestros
paisanos los indios. Seamos libres, que lo demás no importa nada».
100
Las fuerzas de Rondeau y de Ramírez y López se enfrentan en la cañada de
Cepeda, el 1 de febrero de 1820; basta una sola carga de las montoneras federales
para desbaratar al ejército directorial.
Ramírez dueño de la situación da una tregua de ocho días a la espera de que
Buenos Aires se constituya como provincia federal.
Mientras tanto, el 29 de enero de 1820, José Gervasio Artigas había sufrido la
derrota de Tacuarembó, a manos de los portugueses. Ello originaría el comienzo del
ocaso político de este gran prócer federal.
Ante la derrota de Rondeau en Cepeda, el pánico se apodera de Buenos Aires.
Juan Pedro Aguirre asume como Director y comienza a organizar la defensa de la
ciudad; nombra a Soler al frente de las tropas, las cuales se acantonan en el puente
de Márquez.
En tanto, Ramírez inicia su marcha hacia Buenos Aires, sin encontrar resistencia.
Desde Salto dirigió un Oficio al Cabildo de Buenos Aires, ofreciendo la paz a cambio
de: la disolución del Congreso Constituyente, la separación del Director Aguirre,
la entrega de la escuadrilla que operaba en el río Paraná y del batallón que había
quedado en San Nicolás, el suministro de dos mil fusiles, trabucos, sables y tercerolas,
el pago de la suma de doscientos cincuenta mil pesos en efectivo.
Hizo saber que llegado a Pilar esperaría la respuesta, la que en caso de ser nega
tiva, lo llevaría a tomar la Capital por las armas.4
4
Oddone, Jacinto. «El factor económico en nuestras luchas civiles». Ediciones Libera. Bs. As.
1968. Pág. 122.
5
Rosa, José María. Ob. cit. T. 3. pág. 253.
101
ciudad y campaña, para elegir una Junta electoral, la que, a su vez, designaría al
gobierno definitivo. Esta eligió a Manuel Sarratea como gobernador de la Provincia de
Buenos Aires, el 17 de febrero de 1820.
6
Álvarez, Juan. Ob. cit.
102
dependientes de su poder. Las continuas expediciones que Buenos Aires enviaba para
doblegar a las provincias díscolas (particularmente Santa Fe), así lo demuestran.
El año XX expone a la luz de la historia la consolidación del pensamiento federal de
nuestras provincias interiores, que bajo la conducción de sus jefes populares (Artigas,
López, Ramírez, Bustos, Heredia, Aráoz, etc.) enfrentan la pretensiones hegemónicas
de la ciudad puerto.7
7
El general José María Paz en sus Memorias (T. I) con agudeza señala: «Debe agregarse el espí
ritu de democracia que se agitaba en todas partes. Era un ejemplo muy seductor ver a esos
gauchos de la Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe, dando la ley a las otras clases de la
sociedad para que no deseasen imitarlo los gauchos de las otras provincias. Lo era también
para los que se creían indicados para acaudillarlos, ver a Artigas, Ramírez y López, entroni
zados por el voto de esos mismos gauchos y legislando a su antojo. Acaso se me censurará
que haya llamado espíritu democrático el que en gran parte causaba esa agitación, clasificán
dolo de salvajismo; mas, en tal caso deberán culpar al estado de nuestra sociedad, porque
no podrá negarse que era la masa de la población la que reclamaba el cambio... La oposición
de las provincias a la Capital, que se trataba de justificar con quejas bien o mal fundadas; el
descrédito de los gobiernos que habían regido la república y principalmente el Directorial, que
era el último; las excitaciones e intrigas que partían desde el mismo Buenos Aires, fraguadas
por el partido que aspiraba al poder, porque estaba fuera de él, eran otros tantos elementos de
disolución». Memorias del general José María Paz. T. I. pág. 356357.
8
Historia Integral Argentina. De la Anarquía a la Organización Nacional. Centro Editor de América
Latina. Buenos Aires. 1970. Pág. 30.
103
Capítulo 9
Pactos interprovinciales del tratado del pilar
al pacto federal de 1831
Los pactos
Disuelto el poder central y reasumida —de hecho— la autonomía por parte de cada
una de las provincias, la forma política de expresión del pensamiento federal, mediante
el cual las provincias mantuvieron incólume el sentimiento de unidad nacional, fueron
los pactos interprovinciales.
Más de treinta acuerdos realizados (en el período de 1820 a 1850) entre diversas
provincias, jalonan la idea de pertenencia a la misma Nación; idea que ellas levan
taban en sus proclamas.
El Pacto o Tratado se transformó así en la herramienta eficaz de unión entre las
diversas regiones de nuestro país. A través de él, las provincias solucionaban sus
conflictos y ponían fin a sus controversias, o bien establecían alianzas defensivas
(eventualmente ofensivas) ante posibles ataques foráneos.
Pero es importante destacar que trasciende de la mayoría de ellos, la intención de
consolidar una organización nacional definitiva, la cual finalmente se plasmó en la
Constitución Nacional sancionada en 1853.
Esta misma Constitución (que se refiere a ellos al reconocer la existencia de los
«pactos preexistentes» en su Preámbulo), les otorga jerarquía de antecedente funda
mental. Así pues, ese mandato que provenía de tales acuerdos políticos, no es sino un
reconocimiento a la voluntad de los pueblos del interior que se expresaba mediante
ellos, en un determinado momento histórico.
Se enumerarán a continuación los principales pactos interprovinciales indicando
(aunque más no sea sumariamente) la situación histórica que los promueve.
104
Tratado de Pilar
Firmantes: fue firmado el 23 de febrero de 1820, en la Capilla del Pilar, por Manuel
Sarratea, Francisco Ramírez y Estanislao López como gobernadores de las provincias
de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe.
Contexto histórico: producto directo de la batalla de Cepeda (1º de Febrero de
1820) cuando las fuerzas coaligadas de Entre Ríos y Santa Fe, a cuyo frente estaban
Ramírez y López, vencieron a las tropas del Director Rondeau, originando la caída del
Directorio y la disolución del Congreso que había dado la Constitución unitaria de 1819.
Principales cláusulas: fue firmado con el fin de terminar la guerra suscitada entre
dichas provincias, proveer a la seguridad ulterior de ellas y concentrar sus fuerzas y
recursos en un Gobierno Federal.
Proclama la Federación como forma de gobierno (Art. 1º) rompiendo la política
centralista y monárquica que había impulsado el Directorio. Cita a una reunión de los
representantes de las provincias, a realizarse en el convento de Santa Lorenzo (Pcia.
de Santa Fe) dentro de los 60 días, desde la ratificación de la Convención, para tender
a la organización de un gobierno central.
En su art. 3º se reclama a la provincia de Buenos Aires, aguardando de «su gene
rosidad y patriotismo, auxilios proporcionados» para enfrentar la invasión de los portu
gueses a la Banda Oriental.
El art. 4º establece la igualdad de derechos de navegación de las provincias sobre
los ríos Paraná y Uruguay.
El art. 6º disponía que los hombres del antiguo Directorio y del Congreso Cons
tituyente (que había pergeñado la Constitución unitaria de 1819) debían responder
en juicio público ante el Tribunal que al efecto se creara. Se trataba así de sancionar
a quienes habían intentado «entregar la nación a dominios extranjeros o pretendido
implantar monarquías constitucionales o el simple reinado de casas reales europeas».
Los arts. 8º y 9º establecían el libre comercio de armas y municiones y el canje de
prisioneros entre las provincias así federadas.
Consecuencias: También se resolvió enviar copia de los resuelto al Protector
de los Pueblos libres, José Gervasio Artigas. Éste, al enterarse, reprocha a Ramírez
(que hasta ese momento había sido su lugarteniente) el haberse confabulado con los
porteños, abandonándolo en la lucha contra los portugueses, ya que no se establecía
específicamente en el tratado la coordinación de fuerzas para defenderse de la inva
sión lusitana.
La firma de este Tratado significó la ruptura y posterior enfrentamiento entre Ramírez
y Artigas, hecho que culmina con la derrota de este último y su exilio en el Paraguay.
Por su parte, Buenos Aires —tal cual lo había predicho el caudillo oriental— no
realiza el juicio político que se había acordado, no efectiviza la libre navegación de los
ríos, no cumple con la indemnización a la que se había comprometido y, fundamental
105
mente, hace fracasar el encuentro proyectado en San Lorenzo para tratar la forma de
organización nacional.9
Como habría de suceder reiteradamente, los hombres del puerto, negociaban y
acordaban con las provincias cuando estaban derrotados y débiles, pero recuperados,
borraban con el codo lo que poco antes habían escrito con sus propias manos.
Pacto de Benegas
Firmantes: Estanislao López por la provincia de Santa Fe y Martín Rodríguez como
gobernador de Buenos Aires, el 24 de noviembre de 1820, en la estancia de Tiburcio
Benegas, sobre el Arroyo del Medio.
Contexto histórico: el grupo directorial de Buenos Aires, descontento con la firma
del Tratado de Pilar, comienza una sorda resistencia que culmina con una asonada, la
cual destituye a Sarratea y nombra a Juan Ramón Balcarce en su reemplazo. Repuesto
aquel en su cargo por López y Ramírez, la Junta de Representantes de Buenos Aires,
mediante una maniobra, lo hace alejar nuevamente y designa en su reemplazo a Idel
fonso Ramos Mejía, como Gobernador Interino. El 16 de junio, Soler, desde el cabildo
de Luján, se hace designar gobernador de la Provincia de Buenos Aires. El 20 de junio
es conocido en la historia como el día de «los tres gobernadores» (Sarratea, Ramos
Mejía y Soler).
Ante ello, Estanislao López vuelve con su ejército a la provincia de Buenos Aires y
el 28 de junio derrota a Soler en la Batalla de Cañada de la Cruz. Luego convoca en
Luján a una junta electoral que proclama a Carlos María de Alvear como Gobernador,
en tanto el Cabildo de Buenos Aires lo elige a Manuel Dorrego.
El enfrentamiento armado entre López y Dorrego, finalmente se produce el 2 de
setiembre en las chacras del Gamonal; triunfando ampliamente en la contienda el
primero.
Producto de esta situación se firma el Tratado de Benegas, siendo ya gobernador
de la provincia de Buenos Aires, Martín Rodríguez.
Principales cláusulas: fundamentalmente en este Tratado se firma la paz entre
Buenos Aires y Santa Fe y ambas provincias promueven una reunión —el ya proyec
tado Congreso que se debía realizar en San Lorenzo— a concretarse dentro de dos
meses, en la ciudad de Córdoba.
Se establece también el libre comercio de armas y municiones entre las partes y la
libertad de prisioneros.
Se constituye como garante del cumplimiento de este pacto la Provincia de Córdoba
con su gobernador Juan Bautista Bustos, que había mediado entre santafesinos y
bonaerenses para que el mismo se pudiera firmar.
9
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 302.
106
Por un documento especial, Juan Manuel de Rosas se comprometió a entregar la
cantidad de 25.000 cabezas de ganado, como compensación pecuniaria a la provincia
de Santa Fe. Es de destacar que Rosas y los ganaderos de la provincia de Buenos
Aires cumplieron con lo pactado. Esta compensación económica (a la que se agregó
la suma de $ 2000 anuales, que Buenos Aires entregó hasta 1852), fue reclamada por
López como indemnización por los daños que había sufrido la provincia de Santa Fe
cuando fue invadida por los ejércitos porteños, al mando de Viamonte y Díaz Vélez,
hechos que habían golpeado fuertemente a la economía provincial.
10
La muerte de Ramírez es digna de ser relatada en forma de romance, por cuanto al haber captu
rado una partida santafesina a su compañera la Delfina, vuelve grupas solamente con dos
soldados de su escolta y la ataca para rescatarla, pero muere en el intento de un pistoletazo en
el corazón.
107
Principales cláusulas:11 se deja libres a los soldados que integraban el ejército
entrerriano, nativos de las provincias de Corrientes y Misiones, a los que se les envía
de vuelta a sus lugares de origen (Art. 1º).
Se devuelven los buques pertenecientes a la Provincia de Buenos Aires y las bate
rías y el bote que pertenecían a la Provincia de Santa Fe (Art. 2º).
Se establece que el gobierno de Entre Ríos no podrá detener los buques de
comercio, ni imponerles derechos exorbitantes, en su tránsito de Buenos Aires hacia
Santa Fe y Paraguay, o de esta provincia para aquellas.
11
Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe. II. Documentos del Tomo I. Tratados,
Convenciones y Constituciones. Pág. 26.
12
Busaniche, José Luis: «Santa Fe 1819–1862», pág. 23. Citado por José Rafael López Rosas, ob.
cit. pág. 326.
108
Principales cláusulas:13 Por el artículo 1º quedaba sancionada una paz firme,
verdadera amistad y unión permanente entre las cuatro provincias contratantes, garan
tizándose la recíproca libertad, independencia, representación y derechos.
En el art. 2º se establecía una liga defensiva de las provincias firmantes, coaligadas
ante la posible agresión de cualquier potencia extranjera (española o portuguesa), así
como de cualquier poder interno o externo que incida en el territorio de las contra
tantes (arts. 3º y 4º).
Buenos Aires facilitaría, en cuanto lo permitiera su estado y recursos, el armamento
que le pida cualquiera de las otras provincias (Art. 7º).
Quedaba igualmente libre el comercio marítimo en todas las direcciones y destinos
en buques nacionales, sin poder ser obligados a «...abonar derechos por parte de las
contratantes» (Art. 8º).
El importante Art. 13º del Tratado, establece que «no considerando útil al estado
de indigencia y devastación en que están envueltas las provincias de Santa Fe, Entre
Ríos y Corrientes, por dilatadas guerras civiles que han soportado... su concurrencia
al diminuto Congreso reunido en Córdoba, menos conveniente a las circunstancias
presentes nacionales... debiendo en consecuencia la provincia de Santa Fe retirar su
diputado en Córdoba».
Fracasaba así, al influjo de Buenos Aires, un intento de organización nacional sobre
bases federales; tal era el objetivo del Congreso convocado en Córdoba. Buenos
Aires, conducida por Rivadavia, se encerraba en un espléndido aislamiento, mientras
la nación se desmoronaba.14
13
Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe. II. pág. 27 y sgtes.
14
José María Rosa. Ob. cit. T. 3. pág. 310.
109
Mendoza, San Juan, Catamarca, La Rioja, San Luis, Santiago del Estero, Salta y
Tucumán (además de Córdoba, donde estaba asentado) confieren a Paz el supremo
poder militar, el 31 de Agosto de 1830. Sus tratativas con el Mariscal Andrés Santa
Cruz, dominador de Bolivia, sus vinculaciones con Fructuoso Rivera, elegido en la
Banda Oriental; y los intentos de Lavalle por invadir Entre Ríos desde Uruguay (donde
se encontraban los unitarios exiliados), marcaban un real hostigamiento para el
gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Asimismo, mientras Paz se enfrentaba abiertamente con Buenos Aires, buscaba
dividir a las provincias federales, agitando el ya tradicional recelo contra el puerto y
proponía tratativas de paz y amistad a las del litoral.
Ante este panorama, Buenos Aires debe extremar la vinculación con sus aliados,
llegandose finalmente a la firma de este Pacto Federal.
Principales disposiciones: dos aspectos debemos resaltar en el trámite de la firma
de este pacto. Por una parte, la discusión sobre el modelo económico de país que se
propone, y por otra, las disposiciones finales que se adoptan y que le dan forma a este
acuerdo. Se analizarán cada una de ellas.
15
Informe presentado por José María Rojas y Patrón. Citado por José Rafael López Rosas en
Historia Constitucional Argentina. Pág. 433 y sgtes.
110
Descreía el delegado porteño de la posibilidad de implementar industrias que
suplantaran a las extranjeras, por cuanto ello debilitaría o haría desatender la verda
dera riqueza de nuestro país: la riqueza agropecuaria.
Ante ello, el General Ferré proponía la prohibición absoluta de importar algunos artí
culos que producía el país y la habilitación de otro u otros puertos, además del de
Buenos Aires.
Afirmaba Ferré, en representación de las provincias, que «la libre concurrencia es
una fatalidad para la nación. Los pocos artículos industriales que produce nuestro país,
no pueden soportar la competencia de la industria extranjera. Sobreviene la languidez,
y nuestros artículos perecen o son insignificantes».
Decía sobre la prohibición de importar artículos extranjeros: «Pero sufrirán mucho en
la privación de aquellos artículos a que están acostumbrados ciertos pueblos. Sí, sin
duda, un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar
en su mesa vinos y licores exquisitos. Los pagarán más caros también y su paladar se
ofenderá. Las clases menos acomodadas, no hallarán mucha diferencia entre los vinos
y licores que actualmente beben, sino en el precio y disminuirán su consumo; lo que
no creo ser muy perjudicial. No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no
llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos la ropa hecha en extranjería y
demás renglones, que podemos proporcionar; pero en cambio empezará a ser menos
desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos, y no nos perseguirá la
idea de la espantosa miseria y sus consecuencias, a que hoy son condenados; y aquí
es tiempo de notar, que solamente propongo la prohibición de importar artículos de
comercio que el país produce, y no los que puede producir, pero aún no se fabrican».16
En cuanto a las razones que hacían que Buenos Aires recaude todas la gabelas
de aduana, Ferré afirmaba: «No pretendo que Buenos Aires no cobre derechos; no
desconozco las atenciones nacionales que tiene sobre sí, pido se determine cuánto
debemos; con qué contamos; cuanto debemos pagar; y en fin, qué podemos hacer
para promover la prosperidad de todas las provincias, que siempre han ido en deca
dencia, y que se hallan en el último escalón del aniquilamiento y de la nada».
Esta encendida descripción, no hace sino representar la patética situación en que
se encontraban las provincias del interior.
La discusión, por otra parte, pone de relieve los intereses económicos encontrados
que existían entre Buenos Aires y las provincias, y da luz a un debate sobre la organi
zación del país que habría de repetirse en otros momentos de nuestra historia.
16
Memoria del General Pedro Ferré. Citado por Jacinto Oddone en «El factor económico en nues
tras luchas civiles» Págs. 147 y sgtes.
111
Las disposiciones del Pacto Federal
El 4 de enero de 1831 se firma solemnemente en Santa Fe este Pacto, «considerando
que la mayor parte de los pueblos de la República ha proclamado del modo más libre
y espontáneo la forma de gobierno federal, han convenido en los artículos siguientes:
Art. 1º) Los Gobiernos ... estipulan paz firme, amistad y unión estrecha y permanente,
reconociendo recíprocamente su libertad, independencia, representación y derechos».
Las provincias firmantes (Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, porque recordemos
que al momento de la firma no se encontraba presente Corrientes pues su delegado,
Pedro Ferré se había retirado debido a la cerrada postura que exhibía el representante
porteño), se obligan a resistir cualquier invasión extranjera y a constituir una alianza
ofensiva y defensiva contra toda agresión (Arts. 2º y 3º).
Se comprometen a no celebrar tratados con otros gobiernos, sin previo avenimiento
de las demás firmantes (Art. 4º).
Por el art. 8º se consagra la libertad de los habitantes de las tres provincias de
entrar y transitar con sus buques y cargas en todos los puertos, ríos y territorios de
cada una, ejerciendo en ella su industria con la misma libertad, justicia y protección
que los naturales de la provincia.
Una de las principales cláusulas de este tratado era el Art. 15º, que establecía: «Ínterin
dure el presente estado de cosas, y mientras no se establezca la paz pública de todas
la provincias de la República, residirá en la Capital de la de Santa Fe una Comisión
compuesta de un diputado por cada una de las tres provincias litorales, cuya denomi
nación será “Comisión Representativa de los Gobiernos de las Provincias Litorales de la
República Argentina”, cuyos diputados podrán ser removidos al arbitrio de sus respectivos
gobiernos, cuando lo juzguen conveniente, nombrando otro inmediatamente en su lugar».
El Art. 16º establecía las atribuciones de esta Comisión: «Primera: Celebrar tratado
de paz a nombre de las expresadas tres provincias... Segunda: Hacer declaración de
guerra contra cualquier otro poder a nombre de las tres provincias litorales... Tercera:
Ordenar se levante el ejército en caso de guerra ofensiva y defensiva y nombrar el
general para mandarlo... Cuarta: Determinar el contingente de tropas conque cada una
de las provincias aliadas deba concurrir... Quinta: Invitar a todas las demás provincias
de la República, cuando estén en plena libertad y tranquilidad a reunirse en federación
con las tres litorales; y a que por medio de un congreso general federativo se arregle la
administración general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior,
su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales, y el pago de la deuda
de la República, consultando del mejor modo posible la seguridad y engrandecimiento
de la República, su crédito interior y exterior, y la soberanía, libertad e independencia
de cada una de las provincias.»17
17
Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe. II Documentos del Tomo I. Tratados,
Convenciones y Constituciones. Pág. 54 y sgtes.
112
Esta Comisión Representativa, cuya principal misión era la de convocar al Congreso
General Constituyente, habría de ser puesta en vigencia por Justo José de Urquiza,
luego de la batalla de Caseros, en la cual derrota a Rosas, para llamar al Congreso
que daría finalmente la Constitución Nacional en 1853. Recordemos que Rosas había
retirado a su representante de esta Comisión cuando las otras provincias le reclamaron
el llamado a un Congreso Constituyente (1832).
113
Capítulo 10
La propuesta de centralización del régimen político
18
Pérez Amuchástegui, A. J. Crónica Histórica Argentina. Tomo 3. Mas allá de la crónica. Pág.
3‑VIII.
114
¿Quién era Bernardino Rivadavia?
Nacido el 20 de mayo de 1780, fue Secretario del Primer Triunvirato y llegó a desem
peñarse como Triunviro en ausencia de alguno de ellos, lugar desde donde empezó a
implementar su plan político de centralización. La revolución del 8 de octubre de 1812
generada por la Logia Lautaro, dio por tierra con el poder que detentaba este todopo
deroso secretario.
En 1814 fue destinado en misión a Europa ante la inminencia del envío de una expe
dición para recuperar estos territorios para la Corona Española, de donde regresa en
1820.
En 1821 es nombrado Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, siendo
gobernador Martín Rodríguez. Desde allí emprendió un vasto plan de reformas en el
orden cultural, económico, militar y eclesiástico.
Al asumir Las Heras como gobernador (1824), fue designado Ministro Plenipoten
ciario en Gran Bretaña y Francia; firmó entonces un tratado de amistad, comercio y
navegación e interesó a consorcios ingleses sobre la posibilidad de explotación minera
en estos territorios.
Nombrado Diputado por la Provincia Oriental para el Congreso de 1824, es desig
nado Presidente de la Nación el 7 de febrero de 1826.
Las medidas adoptadas durante la presidencia le valieron la oposición de las
provincias; sumado a esto, el tratado de paz preliminar que su Ministro García firma en
mayo de 1827 con Brasil (para dar término a la guerra), le significaron el descrédito y
su posterior renuncia. Muere en Cádiz, desterrado, el 2 de setiembre de 1845.
115
Dueñas y directas beneficiarias de ese aparato colonial, las clases privilegiadas
pretendieron mantener tal status quo, recurriendo incluso a la utilización de la fuerza de
las armas para lograrlo, ante la resistencia que le opusieron las provincias del interior.
Por otra parte, la vinculación concreta con la Europa comercial posibilitó el acerca
miento a la filosofía liberal, vigente en la época en el viejo continente.
Ello produjo en los hijos de estas familias de linaje un deslumbramiento por todo lo
que provenía de Europa, al tiempo que se adoptaron genéricamente usos y costum
bres vigentes en el viejo mundo.
«Los libros sellaban el encantamiento: Lerminier o Rousseau, los enciclopedistas o
la conflagración romántica, el socialismo utópico, sus mitos ingenuos y, globalmente,
la variada literatura histórica y política europea, impregnaron de una coquetería nueva
a la juventud y también la hicieron pensar en el país, aunque sin comprenderlo del
todo.» dice Ramos.19
Un sentimiento de clara filiación iluminista orientaba el pensamiento político del
grupo ilustrado de Buenos Aires: el horror a la anarquía y a la democracia turbulenta
era mayúsculo. El orden aparecía como el mejor atributo de una sociedad racional
mente fundada, y la ley y una adecuada organización institucional, eran las soluciones
necesarias para impedir las convulsiones políticas y el «caos» que dominaba estos
territorios. De allí su repulsa a lo que denominaban «anarquía» de las provincias del
interior y sus reiterados intentos de dar una Constitución al país que respondiera a su
concepción de la problemática nacional. Todo ello se sintetizó literariamente en la frase
de Sarmiento: «civilización o barbarie» (de su «Facundo»), en el que la «civilización» era
lo nuevo, lo proveniente de Europa, y la «barbarie» era lo criollo, lo del interior.
«Estas elites buscaron suprimir las formas de representación directa argumentando
su anacronismo y buscaron constituir un sistema exclusivo de representación despro
visto de mediaciones locales. Se suprimieron los cabildos, reemplazándoselos por
municipios sin capacidad política ni judicial propia. El voto universal sancionado por
Rivadavia inauguraba un sistema representativo, pero carente de mediaciones locales,
donde sólo se reconocían como ciudadanos al propietario y al ilustrado. La participa
ción directa fue visualizada como promotora de la “anarquía” y opuesta al ideal cívico
buscado» señala García Delgado.20
«Así cuajó en el grupo ilustrado porteño una doctrina liberal de caracteres sui
géneris, pero tan profundamente arraigada que se manifestó desde el primer momento
como un sistema político e institucional irreductible, que traía consigo, por obra de las
circunstancias, la convicción de la necesaria hegemonía de Buenos Aires, ...», nos dice
José Luis Romero.21
19
Ramos, Jorge Abelardo. Op. Cit. pág. 60.
20
García Delgado, Daniel. «Raíces cuestionadas....» Pág. 46.
21
Romero, José Luis. Las ideas políticas en Argentina. Fondo de Cultura Económica. Bs. As. 1991.
Pág. 69.
116
Por su parte Ernesto Palacio afirma que cuando Rivadavia regresa de Europa lo
hace «envuelto en un prestigio irresistible para el Buenos Aires aldeano de la época...
había estado en las cortes del Viejo Mundo, en los centros de la civilización».22
Deslumbrado por el espectáculo de una Europa opulenta y brillante, vuelve compe
netrado del espíritu de las luces y de la eficacia del progreso, pretendiendo importar
aquellas instituciones que había visto en el viejo mundo.
Teóricamente el unitarismo era liberal y democrático, pero en la práctica se volvió
autoritario y aristocrático; autoritario porque el partido unitario impuso un programa
económico a pesar de la creciente resistencia popular que le ofrecían las provincias
del interior; aristocrático, porque el unitarismo se dirigía principalmente a los estratos
más altos de la sociedad argentina, especialmente, a los comerciantes e intelectuales,
y no trataba de crear una amplia masa partidaria popular, dice Mirón Burgín.
Esta filosofía interpretó a la perfección los intereses de los comerciantes porteños,
que viéndose así cabalmente representados por este político, lo elevaron a la categoría
de estadista.
Rivadavia y el progreso
El Gral. Martín Rodríguez era una ganadero bonaerense que había llegado al poder
merced al apoyo que recibiera de otro estanciero: Juan Manuel de Rosas. Pero a dife
rencia de éste, era un ganadero que vivía en Buenos Aires y estaba muy cerca de los
sectores ilustrados (la «gente decente») y de la burguesía comercial «culta», urbana y
europeizante de la ciudad puerto. De allí que nombrara a Rivadavia como su ministro y
colaborador directo.
Durante su gobierno desaparece de la escena política Ramírez (el temido Artigas
ya era sólo un mal recuerdo para los porteños), se llega a un acuerdo pacificador con
López; los portugueses ocupaban la Banda Oriental y San Martín tambaleaba en su
empresa libertadora ante la falta de apoyo real de las Provincias del Río de la Plata
(como ya se dijo fue el propio Rivadavia el que se encargó, en su momento, de hacer
fracasar el Congreso Constituyente citado por el cordobés Bustos, que era quien podía
determinar el apoyo al Libertador).
Ante este panorama político, la provincia de Buenos Aires estaba libre y entregada
al espíritu de progreso en todo sentido. Es por esta acción que se ha ensalzado la obra
de Rivadavia, tildándola de liberal, democrática, moderna y progresista.
Sus permanentes esfuerzos por promover lazos económicos estrechos con Ingla
terra, lo llevó a otorgar pródigas concesiones a los comerciantes ingleses, al punto de
22
PALACIO, Ernesto. «Historia de la Argentina». A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1957. Pág. 272.
117
llegar a suprimir la autoridad del gobierno para recaudar la contribución de comercio,23
lo que habla de su visión europeizada de nuestra problemática.
Concluye este análisis con las palabras de San Martín en carta dirigida al chileno
Pedro Palezuelos: «Tenga usted presente lo que se siguió en Buenos Aires por el
célebre Rivadavia, que empleó en sólo madera para hacer andamios para componer
la fachada de lo que llaman Catedral, sesenta mil duros; que se gastaban ingentes
sumas para contratar ingenieros en Francia y comprar útiles para la construcción de un
canal de Mendoza a Buenos Aires; que estableció un banco en donde apenas habían
descuentos; que gastó cien mil pesos para la construcción de un pozo artesiano al
lado del río y en medio de un cementerio público y todo esto se hacía cuando no
había un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario, deshizo y
destruyó el que existía de piedra y que había costado seiscientos mil pesos fuertes en
tiempo de los españoles; que el Ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían
limosna los soldados públicamente; en fin, que estableció el papel moneda, que ha
sido la ruina del crédito de aquella República y de los particulares. Sería de no acabar
si se enumerasen las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de
mis compatriotas creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo
los decretos que diariamente llenaban lo que se llamaba Archivo Oficial.»24
Esta tajante evaluación de quien fuera el héroe de la libertad americana, su contem
poráneo, y hombre no comprometido en las luchas intestinas del país, son reveladoras
del carácter de la acción rivadaviana.
No obstante ello, un sector de nuestra historiografía tiende a resaltar la figura de
Rivadavia, a quien llegan a calificar como el «más grande hombre de la patria de los
argentinos». Esta visión elogiosa parte de analizar, antes que su obra de gobierno
(en relación a los beneficios o perjuicios que haya traído), su visión ideológica, que
imbuida del liberalismo vigente en aquel entonces, pretendió establecer la igualdad
entre los componentes de la nación, liberando al hombre de las viejas ataduras y
sojuzgamientos feudales, enancándolo en la culminación de un proceso histórico que
fue revolucionario en el mundo occidental.
Sus exegetas tienden a remarcar la promoción y facilitamiento del acceso de los
nativos a las funciones de gobierno, el intento de aprovechamiento de las tierras
mediante la explotación ganadera y el desarrollo de la actividad agrícola, su implemen
tación de la libertad de comercio y su preocupación por el desarrollo de la educación
popular. Ven en su accionar la labor de un estadista preocupado por los aspectos
institucionales, económicos y culturales de la nueva nacionalidad surgida al calor de la
revolución de mayo que toma medidas destinadas a crear un Estado moderno, liberal,
23
Rock, David. «Argentina 15161987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsín». Alianza
Editorial SA. Bs. As. 1995. Pág. 145.
24
Levene, Ricardo. El genio político de San Martín. Ed. Kraft, Bs. As. 1950. pág.161. Citado por
Ramos, Jorge Abelardo. Op. Cit. pág. 54.
118
democrático y progresista, aunque admiten que muchas de ellas no lograron llevarse a
cabo por las turbulentas épocas en que fueron proyectadas.
Luce acertado quizás el análisis que realiza Sergio Bagú25 cuando señala que «es
un intelectual que se propone al principio injertar el mundo de las luces en el territorio
pampeano y como casi todos los intelectuales que se apasionan por el mundo de la polí
tica, tiene una gran capacidad para localizar problemas, otra menor para proponer solu
ciones y ninguna para tender las líneas políticas generales para una acción a largo plazo».
a) De orden económico–financiero:
– contratación de un empréstito con la firma inglesa Baring Brothers para construir
el puerto de Buenos Aires, la creación del servicio de aguas corrientes en la ciudad
porteña, y la fundación pueblos nuevos en la provincia de Buenos Aires promo
viendo la inmigración sajona (1823);
– reorganización de la administración y de las finanzas;
– creación de la primer institución de crédito (1822) (Banco de Descuentos, reem
plazado en 1826 por el Banco Nacional);
– primeras ordenaciones presupuestarias de la provincia;
– implantación de una reforma agraria conocida como Ley de enfiteusis (1822);
– estímulo a la agricultura y la ganadería mediante la concesión de primas a la
producción;
– creación de mercados de abasto en los centros urbanos;
– formación de una compañía de acciones de la casa Hullet de Londres para la
explotación minera en las minas de Famatina (La Rioja).
b) De orden político-social:
– establecimiento del sufragio universal y directo a cargo de todos los ciudadanos
mayores de 20 años (1821).
– eliminación de los Cabildos de la provincia de Buenos Aires (1821).
– convocatoria al Congreso de 1824 que habría de dictar la Constitución de 1826.
– sanción de la inviolabilidad de la propiedad privada y de la seguridad individual;
– organización del servicio de postas y correos;
– reorganización del ejército (1822).
25
Bagú, Sergio: «Rivadavia, prócer o mito» en Historia Integral Argentina. T. II. Pág. 13.
119
c) De orden religioso:
– abolición del fuero eclesiástico y sometimiento de los sacerdotes a los tribunales
ordinarios (1822);
– supresión del diezmo;
– secularización de cementerios;
– reforma del clero regular.
120
cantidad original del dinero comprometido; pero los pueblos tuvieron que devolver el
total de los mismos.
Nuestro caso
Por ley del 19 de agosto de 1822 se facultó al gobierno de Buenos Aires a negociar
un empréstito para construir un puerto en esta ciudad, fundar tres ciudades sobre la
costa, levantar pueblos sobre la nueva frontera de indios y dar aguas corrientes a la
capital. La cifra definitiva que se autorizó a negociar fue de cinco millones de pesos
(equivalía a un millón de libras esterlinas).
El 16 de enero de 1824 el gobierno autorizó a un consorcio (integrado por Guillermo
y Juan Parish Robertson, Braulio Costa, Miguel Riglos y Juan Pablo Sáenz Valiente), a
negociar dicho empréstito.
Este consorcio acordó con la casa bancaria Baring Brothers & Co. la realización del
mismo, que se constituyó en una verdadera estafa, por cuanto la distribución que se
hizo del dinero fue la siguiente:
El Banco
El 15 de enero de 1822 el gobierno presentó a la Junta de Representantes un
proyecto creando el Banco de Buenos Aires (también llamado Banco de Descuentos).
Entre sus bases, se destacaba que tendría el monopolio del crédito durante veinte
121
años, la emisión de billetes canjeables a la vista por oro y plata; también sería el agente
de la Tesorería de la provincia, recibiendo por ello los depósitos oficiales y gozaría de
prerrogativas judiciales y penales.
Sus accionistas fueron, fundamentalmente, comerciantes vinculados al comercio
exterior, en su mayoría ingleses. Ello determinó que el manejo fuera en contra de los
intereses de la Nación (al punto que prestó dinero al general portugués Lecor que
dominaba a la Banda Oriental).26
Inclusive el ministro García llegó a reconocer que la mayor parte de las acciones no
pertenecían ni a extranjeros residentes, ni a nativos del país, sino a capitalistas de otros
lugares distantes, los que debían ser protegidos con medidas legislativas, porque «el
país necesitaba de Inglaterra».
En definitiva, el Banco sirvió para facilitar la salida de oro metálico a Inglaterra; hasta
que en 1826 el gobierno se vio obligado a decretar el curso forzoso de los billetes, libe
rando al Banco de la obligación de canjearlos a la vista por oro. Para salvar al Banco,
que se había quedado sin reserva (tenía apenas 250.000 pesos en metálico, contra
cerca de tres millones de circulante), se agregó al capital los dos millones de pesos en
letras del empréstito de la Baring y un millón de pesos en títulos de Tesorería. Con ello
nació el Banco Nacional.
La ley de enfiteusis
Pese a que algún exégeta ha querido ver en esta medida propiciada por Riva
davia, el intento de establecer un régimen de propiedad de la tierra que favoreciera al
pequeño arrendatario, lo cierto es que permitió el establecimiento de grandes terrate
nientes en la provincia de Buenos Aires.
El término enfiteusis es sinónimo de arrendamiento y se aplica para el alquiler a
largo plazo de la tierra. Esta ley tiene su origen en la garantía hipotecaria de toda la
tierra pública que dio el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Por decreto del 17 de
abril de 1822 se establecía la inmovilidad de dichas tierras bajo el dominio del Estado,
prohibiendose que se extienda título alguno de propiedad a favor de un particular. El 1
de julio se resolvió conceder esas tierras en enfiteusis. Posteriores decretos reglamen
tarios hicieron mención a las dimensiones mínimas (no las máximas) que debía tener
el terreno a entregar, y que el pago del canon (alquiler) se convendría entre el gobierno
y el enfiteuta. De esta manera cualquiera podía denunciar la extensión que quisiese
de tierras baldías y obtener el título de enfiteuta, quedando al arbitrio del gobierno el
monto del canon, la extensión y la duración del contrato; no se aclaraba nada respecto
a la obligación de poblarla.
26
Rosa, José María. Op. Cit. T. 3. pág. 388 .
122
Toda esta tierra pública fue puesta en garantía hipotecaría (de allí la necesidad de
inmovilizar la propiedad a favor del Estado) de la deuda interna que había quedado
impaga desde la época virreynal en adelante, y fundamentalmente para ofrecerlo en
garantía a los prestamistas; es decir, se inmovilizaba la tierra pública para que sirviera
de base al crédito público. No olvidemos que el 19 de agosto de 1822 se autorizó al
gobierno de la provincia a contratar un empréstito, el que se concretaría luego con la
banca Baring.
Las más importantes y extensas solicitudes de enfiteusis se realizaron después de
1825, año en que se firma la paz del Guanaco con las tribus aborígenes (diciembre de
1825); ésta extendió las fronteras habitables hacia el interior de la provincia de Buenos
Aires.
A ello contribuyó también el decreto del 28 de setiembre de 1825, el cual dispuso
el desalojo de aquellos que «sin previo aviso» estén ocupando tierras del Estado. De
tal manera se echó a los criollos, quienes pacíficamente estaban ocupando con sus
ranchos y pequeños rodeos tierras ganadas a los indios y que poco o nada sabían de
las leyes que se dictaban en Buenos Aires.
La más importante de las concesiones se otorgó a la Sociedad Rural Argentina,
entidad anónima fundada en julio de 1826 y de la que Rivadavia era accionista.
123
Ya Presidente de la República, Rivadavia, al dictar la ley que creaba el Banco
Nacional, estableció que se nacionalizaban todas las minas del país y que «sólo el
Banco Nacional podrá acuñar moneda en todo el territorio del Estado». Esto impli
caba la anulación del contrato que había realizado Quiroga con la compañía explo
tadora del cerro de Famatina, dejando en manos de Buenos Aires el manejo de la
explotación minera.
De hecho la compañía inglesa no pudo explotar la riqueza minera de ese lugar y
finalmente quebró.
27
Busaniche, José Luis. «Historia Argentina». Ediciones Solar. Buenos Aires. 1984. Pág. 450.
124
La guerra con Brasil
El motivo desencadenante de esta guerra fue la invasión a la Banda Oriental de
los Treinta y Tres Orientales al mando de José Antonio Lavalleja (19 de abril de 1825),
hecho que conmovió a las Provincias Unidas y despertó la solidaridad de todas ellas.
Lavalleja y los hermanos Oribe habían formado en Buenos Aires un centro de resis
tencia oriental a la ocupación brasileña, y con esta expedición (que contó con el apoyo
material de Rosas y los ganaderos bonaerenses) iniciaron una campaña militar que los
llevaría a poner sitio a Montevideo.
El 14 de julio de 1825 se instaló en La Florida el primer gobierno oriental; reunido
en asamblea el 25 de agosto declaraba disueltos los vínculos que la unían al Imperio
brasileño y proclamaba la independencia de la provincia, para confederarse con las
Provincias Unidas del Río de la Plata: «el voto general, decidido y constante de la
Provincia Oriental era por la unidad con las demás Provincias Argentinas a que siempre
perteneció por los vínculos más sagrados que el mundo conoce».28
Al aceptar el Congreso argentino esa incorporación (24 de octubre), el Brasil declara
la guerra (10 de diciembre de 1825).
Las fuerzas navales del Imperio eran superiores a las de las Provincias Unidas; pero
las fuerzas terrestres de ésta superaban en moral y veteranía a las brasileñas.
El desarrollo de la guerra fue favorable a las armas argentinas. El Almirante Guillermo
Brown logró conformar una armada que infligió duros golpes a la Imperial (Los Pozos,
Juncal, Quilmes); en tanto los ejércitos lograban importantes triunfos: Lavalle en
Bacacay, Mansilla en Ombú, Alvear en Ituzaingó.
Mientras se desarrollaba el conflicto, había llegado a Buenos Aires lord Ponsomby,
plenipotenciario británico. A Inglaterra no le convenía que la Banda Oriental pertene
ciera a ninguno de los grandes países sudamericanos (Argentina o Brasil). Quien la
detentara tendría una gran poder sobre todo el estuario del Río de la Plata.
De allí es que los esfuerzos del Foreing Office estuvieran destinados a crear un país
independiente en el Río de la Plata, que no fuera ni brasileño ni argentino, y sobre
el cual pudiera ejercer su influencia. La creación de un nuevo «Gibraltar», era lo que
convenía al imperio: quería tener la «llave» de ingreso al interior sudamericano.
Esta misión se le encomendó a lord Ponsomby, quien la cumplió a la perfección.
Siendo Rivadavia presidente, destaca como ministro plenipotenciario a Manuel José
García, para negociar la paz ante la Corte Imperial de Río de Janeiro. Esta inaudita
acción (el vencedor pide la paz al vencido), no hacía sino responder a los manejos
británicos, dirigidos en el sentido ya expuesto.
Este hecho hizo que el Imperio imponga condiciones exorbitantes para la firma de
la paz: planteó la exigencia de retener a la Banda Oriental, la neutralización de la isla
28
Busaniche, José Luis. Op. Cit. Pág. 451.
125
Martín García, la indemnización a Brasil por los gastos de guerra y la petición a Ingla
terra de que por quince años garantice la libre navegación del Plata.29
Increíblemente el enviado argentino García aceptó estas condiciones y firmó el
tratado (24 de mayo de 1827).
Ello respondía fielmente a la decisión política del gobierno Rivadaviano que estaba
dispuesto a concretar la paz a cualquier precio, aún a costa del honor de la nación.
29
Rosa, José María. Op. Cit. T. 4. Pág. 66.
126
Capítulo 11
Tentativas de organización constitucional
El Congreso de 1824
Producidos los sucesos de 1820, se aíslan las provincias y Buenos Aires, al igual
que ellas, también organiza sus propias instituciones.
Luego de haber hecho naufragar el intento de Congreso de 1821 Rivadavia y el
grupo unitario no cejan en el propósito de organizar el país, bajo un sistema centralista.
127
Para eso, a fines de 1821, envía representantes a las provincias con el objetivo de
sondear sus estados de ánimo, ante la posible realización de un Congreso Constituyente.
Obtenido el visto bueno de las provincias litorales y de Cuyo, la legislatura de la
Provincia de Buenos Aires sanciona el 27 de febrero de 1824 la ley de convocatoria.
Los diputados al Congreso se elegirían en forma directa en proporción de uno por
cada 15.000 habitantes.
De común acuerdo (con la excepción de San Luis que votó por Tucumán) las provin
cias designaron a Buenos Aires como sede del Congreso.
Finalmente el 6 de diciembre de 1824 se inician las sesiones preparatorias de este
Congreso, en el cual depositaron grandes esperanzas la gran mayoría de las provin
cias, por la posibilidad cierta de que se diera finalmente la tan ansiada organización
nacional.
Finalmente, el 16 del mismo mes se inauguró la Asamblea, designándose presi
dente a Manuel Antonio Castro y vice a Narciso Laprida.
La ley fundamental
El diputado por Corrientes, Francisco Acosta, presenta en la sesión del 24 de
diciembre de 1824, este proyecto de ley. Con ella se pretendía que todas las provincias
se rijan por sus actuales instituciones hasta la promulgación de la Constitución.
El artículo central del proyecto era el 3º, el cual establecía que «Cada una de las
provincias Unidas se reserva el derecho de aceptar o repudiar dicha Constitución, en
la forma que ellas acuerden». Posteriormente determinaba que si la Constitución fuese
aceptada por las dos terceras partes de los habitantes de las provincias, el resto de los
habitantes quedaba obligado a lo mismo.
Los artículos siguientes disponían las condiciones de convivencia e igualdad entre
todas las provincias, lo cual permitiría una «firme liga para su defensa común, la segu
ridad de su libertad, independencia jurada y para su mutua y general felicidad...»
Asimismo establecía la constitución de un gobierno supremo o poder ejecutivo
general, que «administre todo lo relativo a relaciones exteriores o interiores generales,
los de la guerra, para la defensa común: en fin, todos los intereses de la nación en
general,...» (Art. 12º).
Pasada a Comisión la redacción definitiva sufrió variantes sobre el proyecto.
El art. 1º establecía que «Las provincias Unidas del Río de la Plata reunidas en
congreso reproducen por medio de sus diputados, y del modo más solemne el pacto
con que se ligaron desde el momento en que sacudiendo el yugo de la antigua domina
ción española se constituyeron en nación independiente y protestan de nuevo emplear
todas sus fuerzas y todos sus recursos para afianzar su independencia nacional».
En su art. 2do. se establecía que «el Congreso general de las Provincias Unidas del
Río de la Plata, es y se declara constituyente».
128
El art. 3º establecía: «Por ahora y hasta la promulgación de la constitución que ha
de reorganizar el estado, las provincias se regirán interinamente por sus propias institu-
ciones».
De vital importancia es el art. 6º en el que se estableció: «La Constitución que
sancionare el Congreso será ofrecida oportunamente a la consideración de las provin
cias, y no será promulgada ni establecida en ellas hasta que haya sido aceptada».
El art. 7º fue modificado por la comisión redactora, puesto que designó provisoria
mente al gobierno de Buenos Aires, como el encargado del Poder Ejecutivo General.
Ello originó duras discusiones entre los asambleístas, pero finalmente se aprobó la
designación provisoria de Buenos Aires, como encargada del Ejecutivo de las Provin
cias Unidas.
En términos generales podemos decir que esta Ley es de neto corte federal, por
cuanto establece que las provincias seguirán rigiéndose por sus autoridades e institu
ciones hasta la sanción definitiva de la Constitución, y que ésta tendría vigencia luego
de su aprobación por aquellas. Así se explica entonces la aceptación por parte de los
diputados provincianos de la designación de Buenos Aires como encargada del Ejecu
tivo Nacional.
Ley de presidencia
El 6 de febrero de 1826 el Congreso crea el Poder Ejecutivo Nacional, designando
al día siguiente a Bernardino Rivadavia como «Presidente de las Provincias Unidas del
Río de la Plata» y sanciona la Ley de Ministerios, estableciendo cinco: de Gobierno, de
Negocios Extranjeros, de Guerra, de Marina y de Hacienda.
El argumento central que justifica su dictado (según Valentín Gómez, quien funda
mentó el proyecto) era el estado de guerra con el Brasil y la necesidad de contar con
un ejército nacional y suficientes recursos para hacerle frente.
Esta Ley de Presidencia es evidentemente una maniobra del grupo Rivadaviano que,
actuando en contra de lo preceptuado por la Ley Fundamental, arranca al Congreso la
designación de su representante como Presidente.
Decimos que estas acciones fueron violatorias de la Ley Fundamental por cuanto,
como estaba establecido en el art. 6º, la ley o Constitución que se dictare tenía que ser
previamente aprobada por las Provincias antes de entrar en vigencia.
Por otra parte no habiendo Constitución no podía haber Presidente, y por ser un
Congreso Constituyente, a su vez, no podía elegir a un Presidente de una República
que no estaba constituida. Esta flagrante violación a todos los principios constitu
yentes, y aún a los establecidos por la propia Asamblea, marcan a fuego el carácter
esencialmente antidemocrático y faccioso de la fracción Rivadaviano, que no dudaba
en avanzar de acuerdo a lo que dictaminaran sus intereses sectoriales, sin importarles
la presencia y el mandato de todos los congresales del interior.
129
Demás está decir que la sanción de esta Ley originó una fuerte reacción de las provin
cias que advirtieron que no era posible una convivencia pacífica con el grupo porteño.
La ley de capitalización
El 4 de marzo de 1826 es sancionada por el Congreso la ley que establece que la
ciudad de Buenos Aires será la capital del Estado, fijando la circunscripción que le
corresponde y disponiendo que con el resto del territorio se organice, por ley especial,
la provincia de Buenos Aires.30
De hecho esta ley significó la desmembración de la provincia de Buenos Aires, por
cuanto le anexaba a la capital, el territorio comprendido entre el Puerto de las Conchas
y el de Ensenada, con una línea en arco que subía hasta el Puente de Márquez. Perdía
así la provincia una parte económicamente importante de su geografía y una fuente de
ingresos para el tesoro provincial. Se añadía en la Ley que con el resto del territorio se
organizaría otra provincia por ley de la Nación. Mientras ello ocurriera, ambos territo
rios (provincia y capital) quedarían bajo el control de las autoridades nacionales. Esto
significaba concretamente la disolución de la legislatura bonaerense y la destitución
del gobernador Las Heras.
Como se mencionó esta torpeza política le valió a Rivadavia el romper lanzas con
sus antiguos aliados, los ganaderos y saladeristas bonaerenses, que se sentían seria
mente afectados por la misma.
Dice Vicente Fidel López, refiriéndose a la aventura presidencial de Rivadavia y sus
consecuentes decisiones políticas: «Jamás partido alguno ha entrado en aventura más
injustificada, más imprudente y más fantástica, en momentos en que, habiendo proce
dido de otro modo, todo hubiera sido favorable para su poder y para su gloria. El país
que medio año antes volaba, por decirlo así, en alas de un sentimiento sano y lleno de
confianza en sus fuerzas y en los elementos de la prosperidad, cayó visiblemente en
una angustia sombría. Desalentados e irritados a la vez, los partidos se aprestaban,
por todas partes a la guerra civil».31
Constitución de 1826
El artículo 7º de la Constitución de 1826 define con claridad la totalidad de su
contenido: «La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa
republicana, consolidada en unidad de régimen». Como se ve, la fracción unitaria del
Congreso impuso su mayoría y adoptó como fórmula de organización para la Nación
al de la centralización.
30
Zarini, Helio Juan. «Historia e Instituciones en la Argentina». Editorial Astrea. Bs. As. 1981.
31
López, Vicente Fidel. «Historia de la República Argentina». Citado por López Rosas, J. R., ob. cit.
pág. 364.
130
Este texto elimina por completo toda estructura provincial, al punto de que el gober
nador de cada una de ellas es nombrado por el presidente de la República y lo somete
a su «inmediata dependencia».
Pero esta Constitución es la única en nuestros antecedentes de la materia, que
ostenta el lamentable baldón de ser el que propone el voto calificado. En el inc. 6º del
Art. 6º se establece las causas por las cuales se suspende el goce y ejercicio de la
ciudadanía, entre las que se encuentran: «el doméstico a sueldo, jornalero, soldado,
notoriamente vago o legalmente procesado en causa criminal en que pueda resultarle
pena aflictiva o infamante».
El diputado Manuel Dorrego (representante de Santiago del Estero) hizo una encen
dida crítica a esta parte del proyecto puntualizando la injusticia que se cometía al excluir
de la ciudadanía al doméstico a sueldo y a los jornaleros, por cuanto ello implantaba
la aristocracia del dinero, echando por tierra el sistema representativo. «Echese la vista
sobre nuestro país pobre, véase que proporción hay entre domésticos, asalariados y
jornaleros, y las demás clases del Estado, y se advertirá al momento que quien va a
tener parte en las elecciones, excluyéndose las clases que se expresan en el artículo,
es una pequeñísima parte del país», decía.
Estos tres elementos resumen la esencia del pensamiento unitario: antidemocrático,
aristocratizante y alejado de la realidad del país. Llama la atención que luego, algunos
apologistas de Rivadavia —numen de esta fracción— lo definan como «el más grande
hombre civil» de nuestra historia.
Por otras disposiciones de este texto constitucional se dividían en tres los poderes
del Estado: Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
El Poder Legislativo se organizaba en dos Cámaras: una de Representantes y otra
de Senadores, no previéndose la existencia de legislaturas provinciales.
El Poder Ejecutivo era unipersonal y lo ejercía el Presidente de la República Argen
tina; duraba cinco años en el cargo y no podía ser reelecto.
Su designación era indirecta, por medio de electores y si bien es la primer Constitu
ción que introduce el cargo de Presidente, no prevé el de Vicepresidente.
El Poder Judicial era ejercido por una Alta Corte de Justicia integrada por nueve
jueces y dos fiscales, quienes eran designados por el Presidente de la República con
acuerdo del Senado.
Como se dijo, las provincias carecían de autonomía y tampoco se preveían los
municipios. El gobernador era nombrado por el Presidente a propuesta en terna del
Consejo de Administración local y dependía en forma inmediata del mismo (Art. 130).
El Consejo de Administración de las provincias (que tenían no menos de siete miem
bros y no mas de quince) era elegido en forma directa por el pueblo de la provincia.
La justicia provincial también dependía de la nacional por cuanto los jueces de los
Tribunales Superiores serían nombrados por el Presidente de la República a propuesta
de la Alta Corte de Justicia.
131
Por último, se establecía que la aprobación por las dos terceras partes de las
provincias (incluyendo la capital), sería suficiente para poner en vigencia el texto Cons
titucional.
Demás está decir que esta propuesta fue terminantemente rechazada por las
Provincias, las cuales la consideraron una afrenta, por cuanto desconocía sus dere
chos políticos y las reducía a ser simples agentes del poder central. En resistencia a
esta Constitución y al grupo unitario de Buenos Aires, crece a nivel nacional la figura de
Juan Facundo Quiroga.
Como otras veces, la política unitaria ponía a la Nación al borde de una guerra civil.
La Caída de Rivadavia
No puede decirse que haya sido una sola la causa de su caída. Cierto es que la
firma del Tratado de Paz con el Brasil fue el detonante que motivó su renuncia, pero a
ello debemos unir otras razones que a lo largo del texto se han enunciado y que aquí,
brevemente, se resumirán.
Evidentemente la política centralista llevada adelante por el grupo Rivadaviano
había originado una fuerte resistencia en todo el interior.
La guerra civil se había desencadenado y los caudillos federales enarbolaban sus
lanzas frente a los ejércitos porteños.
En noviembre de 1825 el general Lamadrid, enviado a reclutar efectivos para el Ejér
cito de Observación (creado en prevención del conflicto con Brasil), derroca al gober
nador de Tucumán, Javier López y enciende la guerra interna.
Enfrentado a Facundo Quiroga, es derrotado por éste en El Tala (27 de octubre de
1826) y Rincón de Valladares (6 de abril de 1827).
En tanto el Congreso, dominado por la fracción unitaria, había dictado la Ley de
Presidencia y elegido a Rivadavia (como fue dicho), violando abiertamente la Ley
Fundamental, que era un triunfo político de las provincias.
Al dictar la ley de capitalización, Rivadavia se granjeó la enemistad del grupo de
ganaderos bonaerenses, el cual lo había apoyado, permitiendo su llegada al poder.
La Constitución de 1826 fue duramente rechazada por todo el interior, que rápi
damente se armó para defender sus prerrogativas, desconociendo al presidente y al
congreso. En abril de 1827 se concierta una liga de gobernadores integrada por los
de Córdoba, Santiago del Estero, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, La Rioja, Mendoza,
San Juan y San Luis, quienes convinieron desechar la constitución y poner todos sus
recursos para destruir «las autoridades nominadas nacionales que están causando los
males de que todo el país se resiente», al tiempo que se comprometían a sostener la
integridad del territorio contra el Imperio de Brasil, auxiliando a la Banda Oriental.
132
Finalmente, como ya fue dicho, la firma del tratado de paz con Brasil generó un gran
descontento popular, hecho que llevó al Congreso a rechazarlo, generando con ello la
caída de Rivadavia.
El 28 de junio de 1827 presentó su renuncia, la cual fue aceptada. Concluyó así la
vida pública de este político que tan hondamente influyó en la vida del país.
El 3 de julio el Congreso dicta una ley proponiendo la designación de un presidente
interino, hasta la convocatoria de un nuevo Congreso, quien decidirá la aceptación o
rechazo de la Constitución de 1826, al tiempo que se restituye la autonomía de Buenos
Aires.
Finalmente el 12 de agosto de 1827 es elegido gobernador de la provincia de
Buenos Aires el Coronel Manuel Dorrego.
133
Capítulo 12
La conformación de un gobierno provincial
de alcance nacional
134
Revelaba así Dorrego los límites de su federalismo que estaba notoriamente vincu
lado al puerto de Buenos Aires.
No obstante esos límites, en su afán de regularizar la situación con las provincias
interiores, decide, el 29 de agosto de 1827 enviar comisionados para «transigir y cortar
de raíz todo motivo de desavenencia para que de sus resultas una cooperación simul
tánea elevase al país al grado de respetabilidad y concordia tan necesaria para cons
tituirlo tranquilamente, con sujeción a la voluntad general y para terminar con honor la
lucha en que se halla empeñada la República».32
Producto de esta iniciativa se suscribe un pacto interprovincial entre Buenos Aires y
Córdoba (21 de setiembre de 1827), mediante el cual estas provincias se comprome
tían a contribuir a la «formación de la Nación, y cooperar a la guerra contra el Empe
rador de Brasil», para lo que concurrirían a una Convención a celebrarse en la provincia
de Santa Fe. Similares acuerdos se firmaron con Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Por
estos acuerdos se autorizaba al gobierno de Dorrego para dirigir la guerra contra Brasil
y mantener las relaciones exteriores hasta tanto se reuniera la Convención.
Esta Convención comenzó a reunirse con nueve provincias representadas en Julio
de 1828, en Santa Fe, si bien con dificultades, debido a planteos políticos que realizan
Córdoba (gobernada por Bustos, quien recelaba de la preponderancia que tenía
Dorrego y aspiraba a la Presidencia) y Corrientes (gobernada por Pedro Ferré). Real
mente empieza a sesionar efectivamente con la llegada a Buenos Aires del Convenio
Preliminar que ponía fin a la Guerra con el Brasil.
Gobierno de Dorrego
En términos generales su gobierno se vio limitado por las duras condiciones econó
micas en que se tuvo que desenvolver, producto de la guerra con Brasil, a lo que se
sumaba el vencimiento de los servicios que debía pagar por el empréstito de la Baring
y la suspensión de todo tipo de crédito que llevó adelante Inglaterra (como medio para
obligar a negociar la paz). Por ello debió reducir sus gastos a lo indispensable, estable
ciendo un severo control en los precios de los artículos de consumo (carne y pan). Al
tiempo que suspendió las levas de paisanos, restableció el voto popular y terminó con
las medidas antirreligiosas y confiscatorias que habían llevado adelante los unitarios.
El clima político que se vivía en Buenos Aires no era pacífico, pues el grupo unitario
desarrollaba una abierta oposición al gobernador, a lo que se sumaban los especula
dores, los grandes negociantes del comercio exterior y los hacendados, afectados por
las consecuencias del conflicto. Estos sectores, aliados, ejercían a través de la prensa
—que tenía amplias libertades— una presión constante sobre el gobierno y creaban
una situación de inestabilidad.
32
Galmarini, Hugo R. «Del fracaso unitario al triunfo federal» en colección «Memorial de la Patria».
Ediciones La Bastilla. Bs. As. 1988. Pág. 81.
135
Por otra parte, los diputados reunidos en Santa Fe, reclamaban la creación de un
fondo nacional con el producto de las rentas aduaneras que monopolizaba Buenos
Aires, a lo que se oponía la Sala de Representantes de Buenos Aires.
El mismo representante inglés, Lord Ponsomby, se manifestaba contrario al
gobierno, llegando a afirmar que «vería su caída, si ocurre, con satisfacción».33 Ello se
debía a que apenas asumido, Dorrego había rechazado las presiones que realizaba
aquel para concluir la paz con Brasil.
La propuesta que realizaba el diplomático difería muy poco con el acuerdo que
había realizado García el cual había significado el final de Rivadavia.
Por el contrario, Dorrego intentaba reanudar la guerra y levantar contingentes para
enviar al frente. Sin embargo la falta de dinero, la negativa del Banco Nacional a facili
társelo, la presión de los hacendados bonaerenses y de los otros sectores económicos
que especulaban con una paz inmediata que mejorara sus exportaciones, la cerrada
oposición de los unitarios, las presiones de Inglaterra ejercidas por el hábil Ponsomby,
el distanciamiento del caudillo cordobés Bustos y la falta de funcionamiento efectivo
de la Convención Nacional, debilitaron la situación política del gobernador bonaerense
y dieron por tierra con sus intenciones.
En estas condiciones se ve obligado a negociar la paz bajo las condiciones que
impone el imperio Británico; la principal de ellas es la renuncia de Brasil y Argentina a
la «provincia de Montevideo llamada hoy Cisplatina», la cual se constituirá en Estado
libre e independiente, dándose un congreso oriental su propia constitución, y obligán
dose las tropas argentinas y brasileñas a evacuar el territorio.
El 4 de Noviembre de 1828, con la retirada de los diputados orientales, se aprueba,
por parte de la Convención reunida en Santa Fe, el Convenio Preliminar de Paz con el
Brasil que había firmado Dorrego, hecho que significó la independencia de la Banda
Oriental.
Conspiración y revolución
La firma de este Convenio Preliminar origina la desmovilización de los ejércitos que
habían combatido en el frente. El clima revolucionario que se vivía en Buenos Aires
en contra de Dorrego, presagia que estas fuerzas están complotadas en contra del
Gobernador.
El 1º de diciembre de 1828, las tropas provenientes del Brasil, al mando de Lavalle,
haciéndose eco de la situación, se sublevan. Lavalle había sido hábilmente influen
ciado por notorios unitarios —Salvador María del Carril, Juan Cruz Varela, Gregorio y
Valentín Gómez y Agüero— quienes incentivaron el disgusto del guerrero por la paz
firmada con el Imperio, haciendo recaer tal responsabilidad en Dorrego.
33
Ferns H.S.: «Gran Bretaña y la Argentina en el Siglo XIX». Solar–Hachette. Bs. As. 1966. Pág.
194.
136
Ante el hecho consumado, Dorrego carente de fuerzas militares, abandona la
capital y se dirige hacia el interior de la provincia, buscando el apoyo de Rosas quien
era comandante general de las milicias de campaña de Buenos Aires. En tanto, Lavalle
se apodera de la ciudad y se hace designar gobernador.
Asentado en Navarro, Dorrego intenta reunir fuerzas para enfrentar a Lavalle. Rosas
no es partidario de producir el enfrentamiento porque advierte la precariedad de las
fuerzas con las que contaba el depuesto gobernador.
No obstante ello, Dorrego decide enfrentar a Lavalle el 9 de Diciembre, pero es
fácilmente derrotado por éste y es tomado prisionero. Rosas logra huir para dirigirse a
Santa Fe en busca del apoyo del gobernador de Santa Fe, Estanislao López.
La gente distinguida de Buenos Aires incita a Lavalle a que tome medidas ejempla
rizadoras. Salvador María del Carril (presidente de la Suprema Corte) le escribe para
que «las víctimas de Navarro no queden sin venganza», recordándole que «el partido
de Dorrego se compone de la canalla más desesperada... General: prescindamos
del corazón en este caso». Lo halaga diciéndole que «es un hombre de genio» que...
«no puede figurárselo sin la firmeza necesaria».34 En igual sentido lo hacen Juan Cruz
Varela, Julián Segundo Agüero y otros prominentes unitarios, quienes habían decidido
la muerte de Dorrego.
General arrogante y alocado, Lavalle sigue estos consejos y fusila a Dorrego, en
Navarro, el 13 de Diciembre, consumando unos de los más atroces crímenes políticos
de nuestra historia. Luego de ello desata una durísima represión contra los integrantes
del partido federal y los sectores populares, sospechosos de pertenecer al mismo.
Esta actitud origina el rechazo de las provincias y paulatinos alzamientos en toda
la campaña bonaerense; esto obliga a Lavalle a retroceder hacia Buenos Aires. Final
mente los ejércitos federales al mando de Estanislao López lo vencen en Puente de
Márquez el 26 de abril de 1829.
34
Rosa, José María. Ob. cit. T. 4. pág. 97.
137
Se convoca a elecciones para el día 26 de julio, pero al llegar a Buenos Aires la
noticia del triunfo del Gral. Paz sobre Quiroga en La Tablada, el grupo unitario mas
intransigente se presenta con una lista propia que triunfa en la Capital; se echa así por
tierr a el acuerdo realizado.
Lavalle retoma el control de la situación en la ciudad y el 20 de Agosto se reúne con
Rosas en Barracas, donde deciden designar como gobernador provisorio al general
Viamonte, quien asume el 26 de agosto.
El 1º de diciembre, conforme a lo pactado, Viamonte restituye a sus funciones
a la Legislatura constituida durante la gobernación de Dorrego; ésta elige el 6 de
diciembre, como gobernador, a Juan Manuel de Rosas, a quien se le acuerdan facul
tades extraordinarias.
138
Capítulo 13
La Confederación rosista
35
Tau Anzoátegui, Víctor, Martiré. Ob. cit. Pág. 323.
139
donos al panegírico o a la detracción conque hasta no hace mucho tiempo se lo ha
tratado historiográficamente. Nuestra visión tiende, en todo caso, a resaltar su origen
social y los sectores económicos a los que respondía, haciendo especial hincapié en
su actuación política durante los pocos más de veinte años que duró su hegemonía en
el poder.
36
Ramos, Jorge Abelardo. Op. Cit. pág. 92.
37
Busaniche, José Luis. «Rosas visto por sus contemporáneos». Hyspamérica. Bs. As. 1986.
Pág. 16.
europeizada del puerto de Buenos Aires.38 Defensor de la religión católica —entendida
fundamentalmente como religiosidad popular—, esta creencia le servía para marcar
sustanciales diferencias con los sectores unitarios, generalmente liberales y ateos y le
permitía ordenar las costumbres de los habitantes de la campaña.
Con resabios ciertos del autoritarismo colonial, Rosas trasladó a sus gobiernos, el
férreo puño con que había manejado sus estancias y negocios, al tiempo que defendía
lo hispánico con notable tenacidad; de allí las encendidas críticas que le hicieran histo
riadores de neto cuño liberal.
Profundamente realista, comprendió que el «orden» y la «paz» eran valores reque
ridos por la sociedad del momento, cansada de las inquietudes que provocaron los
períodos precedentes de inestabilidad institucional y continuas guerras civiles, por lo
que sus gobiernos tendieron a efectivizar tales valores, a partir del afianzamiento de lo
institucional, de la «restauración» del orden desaparecido.
En esta misión contó con la confianza de la burguesía comercial porteña, que
solamente deseaba que «el comercio, el intercambio marítimo, el Banco, el puerto, la
aduana y sus tiendas sigan su ritmo natural de progreso».39
Y si bien tuvo enfrentamientos con esta clase mercantil, como por ejemplo cuando
los grupos británicos que la integraban pretendieron cerrar los saladeros bajo el pretexto
del «encarecimiento de la carne»40 (resolución del Director Juan Martín de Pueyrredon
del 31 de mayo de 1817), de hecho los lineamientos generales de su política no afec
taron los intereses más profundos de estos sectores: no distribuyó las rentas de la
aduana, ni alteró mayormente la libertad de comercio con Inglaterra y Francia, salvo en
los períodos de enfrentamiento abierto con estas potencias europeas, aunque les quitó
participación política en el manejo del Estado de la Confederación.
En esencia Rosas representó el acceso al poder de los ganaderos de la provincia
de Buenos Aires, en sus sectores mas dinámicos (podríamos conceptuar a los sala
deristas como una incipiente burguesía de carácter nacional). Afirma David Rock que
durante su gobierno, entre 1830 y 1840, «Rosas efectuó un cambio importante en los
gastos, transfiriéndolos de la ciudad al campo para fines tales como las expediciones
fronterizas, las fortificaciones y subvenciones a los indios».41
38
El día de su asunción como gobernador, Rosas recibe al enviado del gobierno uruguayo,
Santiago Vázquez, y le dice: «conozco y respeto mucho los talentos de los señores Rivadavia,
Agüero y otros de su tiempo, pero a mi parecer todos cometían un gran error: se conducían
muy bien con la clase ilustrada, pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de
la campaña, que son la gente de acción... Me pareció, pues, muy importante conseguir una
influencia grande sobre esa gente para contenerla, o dirigirla, y me propuse conseguir esa
influencia a toda costa...» Citado por Pérez Amuchástegui en «Crónica Histórica Argentina».
Pág. III78.
39
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 422.
40
Ramos, Jorge Abelardo. Ob. cit. pág. 93.
41
Rock, David. Op. Cit. pág. 151.
141
Asimismo, es altamente demostrativo que las exportaciones de pieles, carne salada
y sebo, se duplicaron entre 1837 y 1852, en tanto que si entre 1830 y 1840 entraron a
Buenos Aires un promedio anual de 288 barcos extranjeros, en el siguiente decenio, el
promedio subió a 488 barcos.42
En cuanto al sistema de propiedad agraria, Rosas distribuyó las tierras obtenidas de
su expedición al desierto de 1832, entre los que participaron de ella, lo que hizo que
muchos soldados terminaran vendiéndola a los grandes ganaderos. En el año 1836, al
finalizar los contratos establecidos por la Ley de Enfiteusis de Rivadavia, renovó los del
sur del Río Salado, pero permitió la adquisición de las tierras del norte del mencionado
río, a los que habían sido enfiteutas. En 1838 autorizó esta adquisición a los contra
tistas del sur, alegando siempre la necesidad de incrementar las rentas del gobierno.
Merced a ello, los Anchorena (primos de Rosas), poseían casi dos millones de acres
entre 1850 y 1860, y el propio Rosas totalizaba 800.000 acres de tierras.43
Conocemos que Rivadavia fue el más claro exponente de la política que pretendió
imponer el primero de los grupos. Sus intentos de organizar el país mediante un
sistema de unidad y centralización política en el que Buenos Aires se garantizara la
supremacía se concretaron en los proyectos constitucionales de 1819 y 1826. Para
llevar adelante tal proyecto era necesario el dominio sobre todas las situaciones provin
ciales, para lo que se debía recurrir a la eliminación militar de los caudillos federales.
42
Rock, David. ídem pág. 153.
43
Ibídem. pág. 154.
142
Rosas, representante de los intereses ganaderos, advirtió que tal política era suicida.
Por otra parte, a diferencia de los comerciantes de Buenos Aires, a los hacendados
bonaerenses no les interesaba conquistar el mercado interior, puesto que lo que ellos
necesitaban era mantener el dominio del puerto para poder embarcar sus productos a
los mercados compradores de Centroamérica y Estados Unidos.
De allí es que Rosas renunció totalmente a las intervenciones armadas en el interior
para sojuzgarlo y dejó el manejo de tales situaciones a los caudillos lugareños, prefi
riendo acordar con ellos antes que enfrentarlos. Privilegió la salida transaccional antes
que el caos que supondría la guerra civil. Por otra parte, mediante el manejo de subsi
dios a provincias que lo necesitaban, se aseguró la fidelidad de algunos caudillos.
Ahora bien, tales convenios no implicaban de ninguna manera el ceder el manejo de
las rentas de la Aduana, el abrir los ríos a la libre navegación o el imponer restricciones
al manejo del comercio exterior. De allí que demorara indefinidamente la organización
constitucional del país, momento en el que se pondrían en cuestión tales puntos por el
planteo de las provincias litorales o del interior mediterráneo.
Dice Mirón Burgín: «Abandonar el gobierno de la política comercial del país, y ceder
las rentas aduaneras a una hacienda federal, era renunciar a la integridad tanto econó
mica como política de la provincia (de Buenos Aires)».44
Estos fueron los límites de la política Rosista y en ellos coincidió con la posición de
las burguesía comercial porteña.
Por otra parte, para los caudillos del interior, el enfrentarse a esta política les hubiera
significado el desatar nuevamente la guerra civil, hecho que no estaban en condi
ciones económicas ni políticas de afrontar. De allí es que los principales líderes fede
rales (López en el litoral y Quiroga en el interior mediterráneo), hayan optado por la
salida acordada que les proponía Rosas, aún en contra de soluciones más radicales
que eran sustentadas por otros caudillos (el caso de Pedro Ferré, por ejemplo).45
Rosas, a diferencia de los unitarios, garantizó a las provincias el principio de auto
nomía política y económica, dejando siempre abierta la posibilidad de una futura orga
nización constitucional.
En este punto se diferenció netamente de la burguesía comercial porteña; de allí es
que vedó (a los unitarios) su posibilidad de dominio político, reservándolo exclusiva
mente para su grupo (los federales).
Feinmann afirma que «Rosas representaba al sector más pujante del capitalismo
argentino. Sólo que decidió unir esas estructuras, no con las modernas teorías euro
peas del desarrollo histórico, sino con la tradición nacional».46
44
Mirón Burgín. Ibídem. pág. 197.
45
Mirón Burgín. Ibídem. pág. 203.
46
Feinmann, José Pablo: «Filosofía y Nación. Estudios sobre el pensamiento argentino». Ariel. Bs.
As. 1996. pág. 97.
143
Una visión crítica
Reafirmando lo anteriormente dicho, un federal del Litoral, Pedro Ferré definía así
a los partidos nacidos en Buenos Aires: «Dos son los partidos que han aparecido en
público en Buenos Aires. El primero es el de los Unitarios, que tuvo su principio el 25
de mayo de 1810. Estos quieren que el país se constituya, pero al gusto de ellos, es
decir, bajo el sistema de unidad, y con una constitución a su paladar, para que siendo
el gran pueblo la capital, estén todos los demás sujeto a él,... El otro partido es el de
los federales, su autor don Juan Manuel de Rozas ... está satisfecho con estar autori
zado para la paz, guerra y relaciones exteriores, que las ha extendido hasta ejercer por
ellas el patronato de la iglesia argentina. Cuida muy bien que no se hable de constitu
ción, ni de congreso y mucho menos de rentas nacionales, y en esto es lo único que
se mete en la economía interior de cada provincia con el disimulo posible, para que en
lo exterior se entienda que los pueblos están en el pleno goce de sus derechos, y en
una confederación estrechísima... Ambos partidos en Buenos Aires se dirigen a un solo
objeto, aunque por distintos caminos, este es el de dominar a las provincias, procurar
la ruina de estas, y el engrandecimiento de Buenos Aires, para que como a único rico,
las demás le sirvan de peones; y esto ha sido y es el sentimiento uniforme de todos los
porteños, manifestado hasta la evidencia desde la Revolución de Mayo, hasta el día de
hoy» (año 1845).47
47
Ferré, Pedro. «Memorias». Citado por Zalazar, Roberto. «El Brigadier Ferré y el Unitarismo
Porteño». Plus Ultra. 1965. pág. 71 y siguientes.
48
Salvatore, Ricardo. «La consolidación del régimen Rosista (18351852)» en «Nueva Historia
Argentina». Ob. cit. pág. 335 y sgtes.
144
del orden económico, político y social, calmando las pasiones de la revolución para
poder funcionar como sociedad.
Queda claro que este republicanismo nunca pretendió defender valores liberales
como la división de poderes, la separación Iglesia–Estado o el respeto de las opiniones
de las minorías ni de los individuos.
49
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 457.
145
Comienza entonces una política de sometimiento y sistemática persecución a sus
opositores, al tiempo que se exalta su figura y la causa de la «federación», buscando
en la religión católica una identificación aglutinante de la nacionalidad (se execraba
a los unitarios por «herejes», «cismáticos» o «ateos»). Con ello pretendía vincular la
conciencia nacional a un elemento popular, como lo era la religión.
Apoyaba esta política en la «Sociedad Popular Restauradora», organización para
policial que estaba encargada de identificar y separar a los unitarios del cuerpo de la
República. Su fuerza de choque era la Mazorca que llevaba adelante las intimidaciones
y asesinatos políticos ordenados por aquella Sociedad.
De todas maneras este terror de Estado era utilizado en forma selectiva en cuanto
estaban dirigidos a los sectores acomodados o ilustrados de la sociedad y no cons
tante en su magnitud e intensidad puesto que era utilizado para desarticular o intimidar
a la oposición en momentos de crisis política o militar.50
Con el ejercicio de la suma del poder público (que le permitía conducir férreamente
el gobierno de la provincia, sin la presencia de oposición), el manejo de las relaciones
exteriores de la Confederación, el mantenimiento del puerto único y la administra
ción de las rentas de la aduana (que le facilitaba mantener la unidad de los sectores
sociales de la provincia), y el acuerdo con los caudillos provinciales, Rosas estructura
su particular visión de lo que era la Confederación.
50
Salvatore, Ricardo. Ob. cit. pág. 331.
51
Halperín Donghi, Tulio. «Historia Argentina. De la revolución de independencia a la confederación
Rosista». Paidós. Bs. As. 1993.
146
Asimismo comienza a desarrollarse la cría de ganado ovino, lo que genera el apro
vechamiento de la lana como producto redituable.
52
Para una mayor explicitación de la postura de Rojas y Patrón ver Halperín Donghi, Tulio. «Historia
Argentina. De la revolución de independencia a la confederación Rosista». Paidós. Bs. As.
1993. pág. 573 y siguientes.
53
Mirón Burgín. Ob. cit. pág. 302.
54
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 462.
147
Por esta ley se prohibía la introducción de productos de manufactura extranjera que
se podían producir en el país (tejidos de lana y algodón, manufacturas de hierro y
hojalata, velas de sebo, etc.), se establecían fuertes impuestos a otras mercaderías
por ser superfluas o porque podían sustituirse con nacionales, se aplicaba un menor
arancel a las mercaderías cuya producción era escasa en el país y se gravaban las
exportaciones con un 4 %, el cual no se aplicaba si la mercadería salía del país en
buque argentino.
Dice Juan Álvarez que esta política obtuvo «los aplausos de las provincias del inte
rior cuyos gobiernos volvieron a confiar al de Buenos Aires la dirección de la guerra y
las relaciones exteriores de la Confederación».55
No obstante ello, destaquemos que esta ley no cambió el sistema comercial vigente
en tanto mantuvo el régimen de puerto único, los ríos interiores siguieron cerrados y las
provincias quedaron sujetas a la marcha económica de Buenos Aires.
Por otra parte, esta ley tuvo una duración relativamente limitada, por cuanto los
bloqueos extranjeros modificaron sustancialmente la realidad económica del país.
Finalmente, en 1841, el gobierno ordenó se permitiera la importación de artículos cuya
entrada al país no estaba autorizada por la ley de 1835.56
55
Álvarez, Juan. Ob. cit. pág. 92.
56
Mirón Burgín. Ob. Cit. pág. 310.
148
Renacida la calma quedaba en pie el problema de la organización constitucional.
Rosas resiste con mil argumentos todo intento llevado en este sentido. Escribe a
Quiroga señalándole que «no conviene precipitarnos en pensar en Congreso...» y en
su encuentro con López en Rosario le dice: «este no es tiempo de constituir el país, y
es preciso, compañero, que prescindamos de Comisión Representativa...».57
Pese a la notable insistencia de López para llevar adelante la organización constitu
cional, Rosas aprovechó el primer pretexto que tuvo a mano para retirar al delegado de
Buenos Aires ante la Comisión, haciendo fenecer de hecho a la misma.58
Finalmente en diciembre de 1834, en la carta de la Hacienda de Figueroa, Rosas da su
versión mas explícita de las razones que lo llevan a negar la organización constitucional.
En ella asevera que es menester que los pueblos se ocupen de sus Constituciones
particulares, para que luego de promulgadas, se entre a trabajar en los cimientos de
la gran Carta Nacional. Señala a continuación que la situación actual de la República
aleja esa posibilidad. Describe posteriormente las condiciones que tienen que estar
dadas para que se reúna tal Congreso y las pasos que debe llevar adelante el mismo.59
La estrategia bonaerense consistirá en lograr la disolución de la Comisión Repre
sentativa, postergar indefinidamente el Congreso Constituyente y otorgar al Pacto
Federal el carácter de Estatuto Confederal. De tal modo que, independientemente de
que lo acordado en enero de 1831 fuese un mero pacto o un organismo confederal,
Buenos Aires logró con él un mínimo de unión indispensable para influir sobre todo el
territorio rioplatense Con ello salvaba su status de Estado soberano e independiente, el
cual le era imprescindible para evitar someterse a las pretensiones de las otras provin
cias, al tiempo que utilizaba los recursos derivados de su privilegiada situación para
desarrollar una política tendiente a sojuzgarlas.60
En definitiva un Congreso Constituyente pondría en cuestión puntos esenciales
que hacían a la organización nacional (aduana, puerto, navegación de los ríos, rentas
nacionales, entre otros), sobre los que Rosas no estaba dispuesto a transar, por
cuanto significarían una fuerte modificación de los beneficios que obtenía la provincia
que gobernaba.
57
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 442 y sgtes.
58
El pretexto se lo dieron cartas de Manuel Leiva y Juan Bautista Marín —representantes de
Corrientes y Córdoba ante la Comisión— dirigidas a Tadeo Acuña en la que mencionaban la
resistencia de Buenos Aires a la organización constitucional.
59
Para un estudio detallado de esta correspondencia ver Chiaramonte, José Carlos. «Ciudades, provin
cias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800–1846)». Ariel Historia. pág. 604 y sgtes.
60
Chiaramonte, José Carlos. Ibídem. pág. 235.
149
Capítulo 14
La oposición a la Confederación rosista
En este punto es importante analizar las diversas reacciones que desató el gobierno
de Rosas, para advertir y, en todo caso reafirmar, cuáles fueron los intereses despla
zados en su accionar, y en definitiva, a aquellos que defendió.
La Liga Unitaria
Ya hemos descripto a lo largo de diversos capítulos, cuál fue la actuación que tuvo
el Gral. José María Paz y lo efímero de su accionar, producto esto último de lo fortuito
de su caída en poder de las tropas del Brigadier López.
Interesa en todo caso destacar que esta Liga se conformó con la participación de
las provincias de Córdoba, Santiago del Estero, San Luis, Mendoza, San Juan, La
Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, otorgando a Paz, el Supremo Poder Militar.
Ahora bien, cabe preguntarse si era José María Paz un unitario que respondía a los
intereses porteños.
Esta cuestión ha sido puesta en duda, por cuanto este cordobés tuvo una actuación
que desmiente una vinculación profunda con el partido Rivadaviano.
Si bien contradictorio en algunas actitudes asumidas durante su vida política, su
alzamiento, en el motín de Arequito (junto a Bustos y Alejandro Heredia), donde se
negó a participar en la lucha contra las montoneras federales del litoral, habla más bien
de un espíritu provinciano que de un adhesión al pensamiento unitario.
Él mismo afirma en correspondencia a Pedro Ferré: «soy un provinciano como
ustedes (en referencia a Ferré y López), y este título no debe hacerles esperar de mí
sino el deseo del bien que nuestros pueblos necesitan y reclaman», aclarando Ferré
que «la voz provinciano o provinciana se aplica en Buenos Aires a todo aquel o aquella
natural de nuestra República que no ha nacido en Buenos Aires: que no da a esta
150
ciudad el título de la gran Capital, y que se opone a que lo sea. De poco tiempo a esta
parte he observado que los naturales de Buenos Aires se llaman ellos exclusivamente
argentinos».61
Por otra parte es el propio Paz quien invita a Ferré y López a una entrevista con la
finalidad de realizar acuerdos que permitan la organización constitucional, hecho que
es obstruido por la astucia política de Rosas.
Aparece Paz en estos momentos políticos más enfrentado a la política de Buenos
Aires, representada por Rosas, que vinculado a los intereses específicos del puerto de
la «Gran Capital».
61
Pedro Ferré. «Memorias», citado por Zalazar, Roberto. Ob cit. pág. 79 y siguientes.
151
nido nuestro país,62 alcanzando —en este aspecto— una consolidación definitiva del
Estado Nacional, aunque —señala no desacertadamente— sin afectar la relación de
dependencia económica.
Dos hechos salientes contribuyen a reafirmar este pensamiento: la posición que
tuvo Rosas ante los bloqueos: francés (años 1838 a 1840), y anglo–francés (años 1845
a 1849).
En 1830, al asumir el Duque Luis Felipe de Orleáns al trono de Francia, este país
reconoció unilateralmente la independencia de los nuevos Estados Americanos,
pretendiendo nombrar un embajador plenipotenciario en el Río de la Plata. Esto último
no fue aceptado por Rosas por cuanto no se habían concretado acuerdos que esta
blecieran garantías mutuas ni realizado estipulaciones equitativas en el comercio entre
ambas naciones.
Esta situación de tirantez diplomática se vio agravada por el apoyo que los fran
ceses prestaban a los unitarios emigrados en Montevideo y por el hecho de que
súbditos franceses fueran obligados a prestar servicios en las milicias bonaerenses (a
diferencia de los ingleses que estaban exceptuados por un acuerdo de 1825).
Ante el reclamo airado que presenta el cónsul interino de Francia, Aimé Roger,
Rosas se mantuvo firme en su posición, lo que originó que el Almirante Leblanc, con la
escuadra francesa, intimara a Rosas para que se comprometa a «tratar a las personas
y propiedades francesas como lo son los de la nación más favorecida»; esto fue abso
lutamente rechazado por el gobierno nacional. Leblanc puso bloqueo a la ciudad de
Buenos Aires, tomando la isla Martín García.
Desde allí operó a favor de la oposición de Rosas, manteniendo esta situación hasta
el 29 de octubre de 1840, fecha en que el Ministro Arana y el barón de Mackau llegan a
un acuerdo que finaliza el conflicto.
Esta agresión le valió a Rosas el más decidido apoyo del Gral. San Martín, quien
desde su exilio se ofreció para colaborar en la defensa de la patria.
El bloqueo anglo-francés tiene su origen en el sitio que en 1843 había puesto a la
ciudad de Montevideo el General Oribe (aliado de Rosas), a raíz de lo cual el gobierno
de la Confederación dispone el bloqueo a dicho puerto. De caer Montevideo en poder
de Oribe, se habría roto el equilibrio que Inglaterra había establecido en el estuario del
Río de la Plata (el surgimiento de Uruguay como nación independiente de la Confede
ración y del Imperio de Brasil).
Por tal motivo Inglaterra y Francia resuelven intervenir militarmente bajo el pretexto
de lograr una pacificación que diera garantías al comercio y asegurara el libre tránsito
por el estuario y los ríos interiores de la cuenca del Plata, cuestión que concretan el 18
de setiembre de 1845.
62
Halperín Donghi, Tulio. Ob. Cit. pág. 406.
152
Luego de capturar la escuadrilla del Almirante Brown y tomar la isla Martín García,
la flota anglo francesa pretendió abrir por la fuerza la navegación el Río Paraná. El 20
de noviembre, en la Vuelta de Obligado, se produce el combate entre las fuerzas de
la Confederación, al mando de Lucio Mansilla, y las escuadras invasoras. Pese a la
heroica defensa que realizan, con escasos medios, las fuerzas patriotas, son derro
tadas, y las naves agresoras —custodiando numerosos barcos mercantes— remontan
el río. No obstante ello, la hostilidad con que son recibidos a lo largo de su periplo, los
obligó a regresar para desistir de nuevas expediciones.
Esta invasión generó una repulsa general y afianzó al gobierno de Rosas. Luego de
numerosas gestiones de paz, recién en 1849 se firmó el tratado Southern–Arana (pleni
potenciario inglés y Ministro de Relaciones Exteriores de Rosas, respectivamente) que
puso fin formalmente al bloqueo y por el que Inglaterra reconoció los derechos argen
tinos sobre sus ríos interiores. Posteriormente Francia firmó una convención similar.
63
Sabsay, Fernando L., Pérez Amuchástegui, A.J. «La sociedad Argentina...» ya citado. pág.
213.
153
y manifiesta su repugnancia hacia el indio «salvaje»), a diferencia de la espiritualidad
romántica europea a la que seguía.
Inspirada por Echeverría, nace en 1837 en la librería de Marcos Sastre, la «Asocia
ción de Mayo», la formaba un grupo de jóvenes entre quienes se destacan Juan
Bautista Alberdi, Vicente Fidel López, José Mármol, Bartolomé Mitre y Juan María
Gutiérrez, quienes se auto llamaban la «Joven Generación Argentina».
Dispuestos a no pertenecer a ninguna de las dos facciones políticas imperantes,
imputaban a los unitarios el carácter antidemocrático que los caracterizaba y a los
federales (particularmente Rosas) la tiranía en la que se cimentaba.
Dice Chiaramonte al respecto: «El esfuerzo de los miembros de la Asociación de
Mayo por superar la escisión política entre unitarios y federales poseía una apariencia
cautivante en sí misma, por su apelación a sentimientos de unidad nacional que permi
tiesen dejar atrás una historia de largos y muchas veces cruentos enfrentamientos».64
Jóvenes intelectuales, estimaban que la razón debía primar por sobre la voluntad.
Llegaron a decir que la voluntad era ciega, caprichosa e irracional, por lo que debía
decidir la razón. Partiendo de este razonamiento, al trasladarlo a la sociedad, concluían
que era el sector mas racional de la sociedad el que debía conducirla, quedando los
sectores mas ignorantes bajo su cuidado y tutela. Reservaban entonces el ejercicio
de la soberanía popular a los sectores mas racionales del pueblo, es decir a las elites
ilustradas.
La doctrina socialista que propugnan, no es otra cosa que un «gobierno para el
pueblo, pero sin el pueblo», cuestión que propiciaban los déspotas ilustrados.
La pedantería de estos jóvenes, los cuales negaban la existencia de la voluntad
popular, pronto hizo que los federales «apostólicos» lo persiguieran como si fuesen los
«salvajes unitarios»; obligándolos a emigrar, especialmente a Montevideo.
Allí fueron captados por los viejos unitarios quienes los convencieron de la nece
sidad de aliarse a los franceses y Rivera en contra de Rosas. Fue entonces que estos
jóvenes intelectuales esgrimieron sus mejores armas literarias para atacar al «tirano».
Su identificación con Europa y las modas que venían del viejo continente los llevaron
a afirmar que el progreso hispanoamericano no podría lograrse sin el reemplazo de su
población por centroeuropeos. Al menos ésta era la postura del primer Alberdi, quien
con los años modificaría notablemente su pensamiento cuando afirmó «Prefiero los
tiranos de mi país a los libertadores extranjeros (...) El corazón, el infortunio, la expe
riencia de la vida me sugieren esta máxima que yo he combatido en días de ilusiones
y errores juveniles».65
Otro insigne representante de esta generación Domingo Faustino Sarmiento, llega
a decir: «El elemento principal de orden y moralización que la República Argentina
64
Chiaramonte, José Carlos. «Ciudades, provincias,...» ya citado. pág. 259.
65
Feinmann, José Pablo. Ob. cit. pág. 109.
154
cuenta hoy es la inmigración europea, que ...bastaría por sí sola a sanar en diez años
no más, todas las heridas que han hecho a la patria los bandidos, desde Facundo
hasta Rosas, que las han dominado».
El desconocimiento y rechazo que tenían de la realidad argentina habría de condu
cirlos al error en los planteos políticos que realizaban, originando su consecuente
rechazo por parte de las multitudes, quienes solamente encontraban en los caudillos a
los conductores que las comprendían y verdaderamente representaban.
Por ese entonces la ponderación y exaltación del terruño, lo nativo, lo americano,
representaba la oposición formal y elocuente a la intromisión europea. De allí es que
Rosas y los caudillos federales fueran esos símbolos; no los «jóvenes románticos».
Levantamientos de Corrientes
En febrero de 1839, Genaro Berón de Astrada, gobernador de Corrientes, aliado
con la Banda Oriental, se levanta en contra de la autoridad de Rosas, declarándole la
guerra.
Este levantamiento tenía que ver con las dificultades económicas derivadas del
bloqueo francés y la regulación que hacía Rosas de la navegación de los ríos interiores.
Berón de Astrada es vencido el 31 de marzo de 1839 y muere en la batalla de Pago
Largo, en manos del gobernador de Entre Ríos, Echagüe, ayudado en la emergencia
por Juan Pablo López, gobernador de Santa Fe; sigue a la muerte de jefe correntino la
masacre de sus tropas.
Posteriormente, el 6 de octubre de 1939 Pedro Ferré retoma el mando en su
provincia y se pronuncia contra Rosas, permite el ingreso del General Lavalle a su
provincia, al que nombra general en jefe de las tropas correntinas y quien establece su
cuartel general en Curuzú Cuatiá.
155
Aires, con la finalidad de vender las tierras. Dichas medidas obedecían a la difícil situa
ción que pasaba el erario público ante el bloqueo francés.
El levantamiento tiene su epicentro en Dolores y Chascomús, pero es sofocado por
Prudencio Rosas, hermano de Juan Manuel, en el mes de noviembre.
La expedición de Lavalle
En julio de 1839 (en concordancia con los levantamientos antes explicitados)
Lavalle, influenciado por la propaganda francesa, al frente de tropas integradas por
emigrados y con el apoyo de Fructuoso Rivera, presidente de la República Oriental del
Uruguay, invade la isla Martín García, proveniente de la Banda Oriental.
En setiembre desembarca en Entre Ríos y se apodera de la costa oriental de la
provincia, para posteriormente emigrar a Corrientes, la cual se había levantado en
contra de Rosas bajo el mando de Pedro Ferré.
En febrero de 1840 Lavalle se dirige a Paraná; es vencido en la emergencia por
Echagüe, en Sauce Grande. Trasladados los restos de su ejército por la escuadra
francesa a Baradero, Lavalle los reorganiza para marchar sobre Buenos Aires, con el
apoyo de los estancieros del Norte de la provincia.
No obstante encontrarse en situación ventajosa, Lavalle decide retirarse para
enfrentar al gobernador de Santa Fe, Juan Pablo López a quien derrotó. Al no contar
con el apoyo de la provincia y la falta de auxilio de la escuadra francesa, Lavalle se
dirige hacia Córdoba para encontrarse con La Madrid, pero es derrotado por Manuel
Oribe en Quebracho Herrado. Desde allí iniciaría su trágico derrotero que finalizará con
su muerte en Jujuy, en octubre de 1841.
156
pronunciamientos (...) contra la tiranía de Juan Manuel de Rosas y por la organización
del Estado».
En tanto La Madrid penetra en Córdoba, y en Cuyo, triunfan grupos unitarios.
La firma del tratado de paz con Francia, permite a Rosas enviar columnas al mando
de Manuel Oribe y Angel Pacheco para reprimir tales levantamientos.
Finalmente en setiembre de 1841 La Madrid es vencido en Rodeo del Medio; se
refugia en Chile, y se inicia entonces una cruenta represión que termina con la cabeza
de Marco Avellaneda en una pica, luego de su derrota en Famaillá.
De esta manera desde 1842 y por diez años, el interior habrá de permanecer adicto
a Juan Manuel de Rosas.
66
Pérez Amuchástegui. Ob. cit. T. 3, pág. 3CXX.
67
Giberti, Horacio. «Historia económica de la ganadería argentina». Hyspamérica. Bs. As. 1985.
pág. 140.
157
Esta nueva vuelta de tuerca hizo que se levantara Justo José de Urquiza, estanciero
entrerriano de vastas riquezas, quien encabezó una alianza en la que participaron entre
otros, las provincias litorales, urgidas por abrir los ríos interiores, el Brasil, que apetecía
la libre navegación para su comercio, los ganaderos bonaerenses, interesados en
tener un trato libre y directo con sus compradores europeos, gran parte del federa
lismo popular de la campaña bonaerense hastiado del régimen dictatorial impuesto
por Rosas, la burguesía comercial porteña, ansiosa de tener una política económica
abierta con las potencias europeas y toda la intelectualidad de la época, en tanto que
las provincias mediterráneas, deseosas de la organización nacional, siguieron con
atención el proceso al cual adhirieron posteriormente.
Se dio así la paradoja de que los propios hacendados de la provincia de Buenos
Aires dejaron librado a su suerte al hombre que mejor había defendido sus intereses, y
sin vacilar se acercaron a Urquiza. Fue notorio como numerosos rosistas «cambiaron
de casaca» y rodearon inmediatamente al vencedor de Caseros.
El 11 de mayo de 1851 Urquiza denunció el Pacto Federal y reasumió el ejer
cicio de las relaciones exteriores, antes delegadas en la persona del gobernador
de Buenos Aires, quedando en aptitud de entenderse con los demás gobiernos del
mundo «...hasta tanto que, congregada la Asamblea Nacional de las demás provin
cias hermanas, sea definitivamente constituida la República».
Asimismo firmó con el Imperio de Brasil y la República Oriental del Uruguay un
tratado de alianza mutua, comprometiéndose a declarar la guerra al gobierno de
Buenos Aires.
Urquiza inicia su campaña en el Uruguay derrotando a Oribe, aliado de Rosas. Ya
de regreso a nuestro país organiza el ejército aliado, con el apoyo de fuerzas de infan
tería y la marina de Brasil y se enfrenta a Rosas el 3 de febrero de 1852 en Caseros,
derrotándolo.
Rosas luego de presentar su renuncia obtiene el asilo británico, para establecerse
en Southampton, donde habría de morir.
Finaliza así un período de dos décadas en la que Buenos Aires afianzó su hege
monía sobre el resto de las provincias, impidiendo efectivamente una organización
constitucional que consolidara la Nación.
Período éste de profundas transformaciones económicas en el que se consolidó
el sector vinculado a la explotación ganadera, hecho que permitió un notorio incre
mento de toda la actividad económica, en el marco del respeto a la producción, pese
al convulsionado clima político que se vivía.
Rosas representó un proyecto de unidad, de orden nacional, pero hecho a su
modo, desde la provincia mas poderosa o predominante. Faltaba ahora la tarea de
organizar constitucionalmente el país procurando el equilibrio de fuerzas e intereses
entre sectores sociales y regiones.
158
Finalmente, debemos destacar el manejo de las relaciones internacionales que tuvo
Juan Manuel de Rosas; brilla particularmente la afirmación de nuestra independencia
política como país emergente, si bien no podemos asegurar que se haya destacado
por el mantenimiento de un política económica independiente de los centros mundiales
de poder de la época.
Se abre para el país una nueva perspectiva. El litoral y el interior han vencido
nuevamente a Buenos Aires por las armas. ¿Se logrará la consolidación política de
tal situación?
159
Capítulo 15
La confederación urquicista y el estado
de Buenos Aires
160
economía mundial de la división internacional del trabajo como país productor agro
pecuario, la que se afianzará en la segunda mitad del siglo XIX.
b) Desde el punto de vista político se imponía construir un sistema de represen
tación unificado que permitiera el accionar de individuos iguales y libres y funda
mentalmente tolerara la articulación de vínculos equilibrados entre Buenos Aires y el
resto de las provincias.
c) Por último era imperioso construir un Estado único a través del cual se expresara
el conjunto de la nacionalidad, dejando de lado los particularismos que impedían la
consolidación como país.
Para atender a estas dos últimas cuestiones se acometió la tarea de darse el marco
constitucional necesario para crear un sistema institucional y jurídico que cerrase defi
nitivamente la organización nacional.
Luego de vencer a Rosas, Urquiza intenta consolidar la unidad política del terri
torio nacional y evitar la generalización de conflictos regionales; para ello no pretendió
sojuzgar mediante las armas a quienes habían sido aliados de Rosas, sino que por
el contrario procuró incorporar los poderes locales a la organización del gobierno
nacional. De allí su respeto a las autonomías provinciales y las diversas orientaciones
políticas que subsistían en ellas. La única provincia que intervino militarmente fue
Buenos Aires, atendiendo a su particular situación.
Recordemos que «Rosas en su momento había invertido la política seguida por
Rivadavia en sus relaciones con el interior; en vez de eliminar las autonomías provin
ciales mediante la centralización institucional del poder político, otorgó subsidios a
los gobernadores y arregló los aforos aduaneros para que éstos pudieran mantener
económicamente el régimen autonómico de las provincias, al tiempo que impidió por
todos los medios que un Congreso General federalizara las rentas fiscales cuya prin
cipal fuente manejaba a discreción y constituía la base del sistema de subvenciones. Y
los gobernadores, a pesar de saber que, a fin de cuentas, dependían de buenos Aires,
se hicieron rosistas y con ello aseguraron la estabilidad de sus propios gobiernos»,
dice con acierto Pérez Amuchástegui.68
Por otra parte, la caída del régimen rosista creaba una situación de incertidumbre
política en todo el país, particularmente porque la coalición que contribuyó a su derro
camiento era un conglomerado heterogéneo. Para derribar a Rosas se unieron fuerzas
de distinto origen por lo que, una vez depuesto, se abre el debate en torno a la conduc
ción política que habría de tener el nuevo proceso que se iniciaba. Una consecuencia
de ello es la agudización del enfrentamiento entre Buenos Aires y el interior, porque los
sectores porteños advirtieron claramente que Urquiza representaba a los intereses de
éstos últimos. De allí que rápidamente se disolvieran diferencias entre antiguos unita
68
Pérez Amuchástegui, A. J. «Crónica....» T. 4, pág. 4‑VIII
161
rios y federales de Buenos Aires que se aglutinaron superando diferencias del pasado,
para imponer la supremacía de esta provincia sobre el resto del país, bajo la denomi
nación genérica de Partido Liberal. De esta manera los unitarios, los emigrados y los
rosistas formaron un frente contra Urquiza.
Y si bien dos serán las corrientes en que se dividió este nuevo agrupamiento (los
«autonomistas» encabezados por Valentín Alsina que pretendía mantener las bases del
poder provincial inalteradas, aún a costa de la separación del resto del cuerpo político
de la Nación; y los «nacionalistas» a cuyo frente estaba Mitre, que pretendía lograr la
inserción de Buenos Aires como cabeza de la Nación), ambas marcharán en forma
conjunta. Finalmente habrá de ser la fracción mitrista la que imponga su perspectiva y
Buenos Aires se lanzará a obtener la hegemonía dentro del Estado Nacional que había
comenzado a organizar Urquiza con su Confederación.
Lo cierto es que Urquiza no estaba dispuesto a entregar la victoria a los intelectuales
unitarios que lo habían acompañado en su levantamiento y es por eso que inmediata
mente encomienda a Bernardo de Irigoyen (antiguo rosista) la misión de recorrer las
provincias para recoger su apoyo. Los gobernadores sin ninguna excepción aceptaron
la nueva situación y se dieron a la tarea de organizar el país bajo el sistema federal.
De allí la amplia participación que tuvo el encuentro de San Nicolás de los Arroyos, del
cual surgen los principios sobre los que se edificaría institucionalmente el país: paridad
de trato entre todas las provincias, distribución equitativa de las riquezas y respeto a
las autonomías provinciales. La única que habrá de resistir este acuerdo será Buenos
Aires, ello habría de privar a la futura Confederación de la única fuente significativa de
recursos fiscales que existía, la Aduana de Buenos Aires.
Resuelta la organización constitucional en 1853 por las provincias, Urquiza impuso
un estilo presidencial fuerte, cuyo poder efectivo radicaba en los recurso de la provincia
de Entre Ríos que había sido federalizada y en relaciones personales con caudillos
locales, resabio de la tradición rosista. No puede decirse que en la etapa de la Confe
deración existió una alianza política estable, ni que se pudo imponer formalmente la
organización constitucional, si bien existieron intentos en tal sentido como ya veremos.
En tanto Buenos Aires promovía todo tipo de posibilidad de disidencias tratando
de socavar la adhesión de las provincias al gobierno de Paraná, alentando grupos y
sectores políticos que en el seno de ellas le respondieran.
Para que el Estado nacional sea viable debía contar con una clase social capaz
de articular la economía a nivel nacional y desequilibrar la correlación de fuerzas polí
ticas a nivel regional69 y los ganaderos del litoral no ofrecían esa alternativa. Fuera del
circuito económico formado por la provincia de Buenos Aires y el mercado externo, no
existía una economía suficientemente dinámica para solventar la construcción de un
aparato institucional de orden nacional.
69
Oszlak, Oscar. Ob. Cit. pág. 121.
162
«A casi dos años de San Nicolás, la existencia del gobierno nacional era aún
precaria. No se habían organizado las rentas nacionales. El gobierno nacional contaba
solamente con las recaudaciones de la provincia de Entre Ríos, el ingreso proveniente
de unas pocas operaciones de crédito interno y pequeñas contribuciones de los
gobiernos de Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Asimismo, la centralización de la conduc
ción militar sólo se daba realmente en los casos de acuerdos bilaterales entre Urquiza
y los gobiernos provinciales. La única fuerza que dependía directamente del gobierno
nacional era, en realidad, el ejército de Entre Ríos. En el ámbito civil, según afirmaba
Urquiza ante el Congreso en 1854, el gobierno nacional sólo actuaba a través de las
instituciones locales de cada provincia» asevera Oszlak.70
Al no poder organizar efectivamente un aparato recaudador, el gobierno de la
Confederación nunca tuvo una situación económica estable y permanentemente se vio
acosado por desequilibrios. No pudiendo obtener empréstitos externos de enverga
dura, debió manejarse con operaciones crediticias poco significativas.
Si bien se lograron eliminar los impuestos aduaneros internos, no se pudo concretar
el intento de conseguir una moneda única y un sistema crediticio uniforme. Si se logró
incrementar el comercio en el puerto de Rosario (a la sazón puerto de la Confede
ración) mediante un sistema de libre navegación del Paraná para buques ingleses,
franceses y norteamericanos y la aplicación de la ley de derechos diferenciales a las
mercaderías entradas por Buenos Aires.
Sobre finales de la década del 50, la Confederación se hallaba estrangulada econó
micamente y su deuda era desproporcionada en relación a sus recursos genuinos.
En vísperas de Pavón, la acumulación de créditos impagos y el lamentable cuadro de
recursos, anticipaban el colapso de este intento de construir el aparato institucional de
Estado sin el concurso de los recursos bonaerenses.71
Esta agobiante situación impulsaba a los hombres de la Confederación a intentar
lograr la unidad con Buenos Aires con urgencia. Triunfante en Cepeda, accede a las
reformas constitucionales que —a diferencia de lo que antes propusiera— propusiera
Buenos Aires, garantizando una menor posibilidad de intervención del gobierno federal
en las situaciones provinciales (ello para garantizar una mayor autonomía para esta la
provincia).
Pero con ello el sector dirigente de Buenos Aires no se garantizaba para si la
conducción del proceso de unificación nacional. Provocó un nuevo conflicto armado
(Pavón) en el que pese al ambiguo resultado de la batalla, surgió como cabeza del
nuevo entramado nacional, al comprender Urquiza —posiblemente— la inviabilidad de
su proyecto.
70
Oszlak, Oscar. Ibídem. Pág. 63.
71
Ibídem. Pág. 67.
163
Conclusiones
Como recapitulación de este período (18521862) es posible hacer nuestras las
reflexiones del excelente trabajo de James Scobie:72 «La ciudad y las provincias repre
sentaban dos órdenes diferentes, dos formas de vida distintas. La división entre los
porteños y los provincianos era muy honda. Los intereses porteños se nucleaban en el
intercambio comercial con Europa, el desarrollo y la prosperidad del agro en Buenos
Aires, y la creación de un orden nacional que consagrase el predominio porteño. Las
provincias, por otra parte, buscaban la protección y el apoyo a sus industrias locales y
a su comercio... Y ante todo querían que se les garantizara su independencia y auto
nomía locales frente a un gobierno porteño central. Los intereses, por consiguiente,
estaban divididos entre los que favorecían una economía de tipo pastoril y los parti
darios de una industrialización rudimentaria, entre los que deseaban importar una
cultura europeizada y los defensores de la tradicional herencia hispánica, entre los que
apoyaban un fuerte gobierno central y los que preferían la autonomía de las provin
cias. Las necesidades económica y los hábitos políticos hicieron que una separación
permanente entre estos dos órdenes no fuera práctica. Llegar a un arreglo o a una
forma de coexistencia probó su inoperancia. En consecuencia, sólo quedaba una solu
ción, el triunfo de un sistema o el del otro».
Con acierto señala que ésta década señaló la muerte de una época: «La lanza del
paisano ya empezaba a dejar su lugar al fusil del soldado de infantería. Los caudillos
políticos ya no era más Rosas o Urquiza, muy capaces para levantar y dominar a las
masas rurales, sino Alsina y Mitre, amos de los partidos políticos y manipuladores de
los votos urbanos... En esta forma la ciudad había empezado a imponerse a la nación.
Aunque Buenos Aires seguía dependiendo en su riqueza de las ovejas y el ganado,
el puerto ganaba la delantera sobre la campaña en el equilibrio político y económico.
El comercio y las inversiones, la inmigración y el incremento económico eran valores
dominantes para las clases urbanas. Lo único que podía asegurar su progreso y pros
peridad era una estabilidad impuesta, controlada y dirigida por la ciudad».
«Muchas y diversas palabras se emplearon para describir la nueva época iniciada
en el país. Sarmiento la llamaba civilización. Otros la llamaron liberal, burguesa o
aluvional. Es verdad, la “europeización” y la modernización fueron los factores domi
nantes».
Termina diciendo Scobie: «La lucha por alcanzar la unidad terminó con la victoria de
los porteños sobre las provincias. El equilibrio económico y político del poder se había
desplazado hacia la costa y el puerto. Una época había llegado a su fin y otra empe
zaba. El vínculo con Europa estaba a punto de ser forjado: una economía pastoril que
buscaba los negocios, el capital y la cultura en el extranjero». En estas condiciones nos
aprestábamos a incorporarnos al mundo.
72
Scobie, James R. «La lucha por la consolidación de la nacionalidad argentina. 1852–62».
Hachette. Bs. As. 1964.
164
Por último, en este primer análisis, cabría sintetizar los principales logros de ésta
década:
1) El surgimiento de la estructura constitucional de gobierno, tanto a nivel nacional
(Constitución de 1853 y su reforma de 1860), como a nivel provincial (numerosas
provincias se dieron su organización constitucional durante el período).
2) La conquista de la unidad en el aspecto político, que si bien fue lograda sobre
el final del período (y de una manera poco satisfactoria para los intereses provin
ciales), fue uno de los objetivos propuestos por los vencedores de Caseros.
3) El cambio en el sistema productivo que vincularía nuestra economía a la europea
mediante la expansión y consolidación de las industrias ganaderas que permitiría el
desarrollo y progreso de la región pampeana por sobre el resto del país.
4) La unificación en materia económica que permitirían la modernización en los
terrenos económico y financiero lo que posibilitaría nuevas formas de intercambio
con las principales potencias del mundo, contribuyendo a esto último la elimina
ción de las aduanas interiores, la libre navegación de los ríos y el mejoramiento —
aunque relativo— de los sistemas de comunicación y transporte internos.
165
invite «a todas las demás provincias a que por medio de un Congreso General Federa
tivo se arregle la administración general del país bajo el sistema federal» (Art. 16, cláu
sula 5ta. del Pacto Federal). Para ello las provincias deberían mandar un comisionado
a Santa Fe, sede de la Comisión.
No obstante ello, Urquiza convoca a San Nicolás a los gobernadores de provincia,
donde el 31 de mayo se firma el Acuerdo de San Nicolás en el que se restablece la
vigencia del Pacto Federal de 1831 (Art. 11), se convoca a la realización de un congreso
general federativo (Art. 21) a realizarse en la ciudad de Santa Fe (Art. 111) al que las
provincias debían enviar dos diputados por cada una de ellas (Art. 51).
Establece asimismo que el Congreso sancionará la Constitución Nacional a mayoría
de sufragios (Art. 61), sin necesidad de posterior ratificación por parte de las provin
cias. Luego de tal sanción el Congreso nombrará el primer presidente constitucional
de la República, dictará las leyes necesarias para poner la Constitución en ejercicio y
cerrará sus sesiones (Art. 121).
Por el art. 15 se otorgaba a Urquiza el mando de todos los ejércitos de la Confede
ración y también se le encargaba el reglamentar la navegación de los ríos interiores y el
manejo de las rentas fiscales (Art. 161), además de nombrarlo Director Provisorio de la
Confederación Argentina (Art. 181).
166
El motín del 11 de setiembre y la separación de Buenos Aires
Pese a que Urquiza, como gobernador de Buenos Aires tomó medidas de neto
corte progresista, la sorda resistencia de los sectores porteños prontamente se mani
festó ante lo que consideraban un avasallamiento de su autonomía.
El 28 de agosto Urquiza adopta una medida trascendental: dispone que los
productos de las aduanas exteriores queden afectados a los gastos nacionales, es
decir, nacionalizó la aduana. Alberdi definió a tal decreto como «la llave de todo. El dará
en gran parte a las provincias empeñadas en la obra de la Constitución los medios de
ejercer el ascendiente que debió siempre Buenos Aires a la ventaja de ser la única
aduana marítima de nuestra inconmensurable República».73
En cambio un porteño, Beruti, señaló: «según vamos viendo, este señor no trata
sino de arruinar a Buenos Aires».74
Al partir Urquiza el día 8 de setiembre para inaugurar el Congreso en Santa Fe
designa como gobernador interino al general Galán.
El día 11 estalla la revolución encabezada por el general José María Pirán, hecho que
unió a la ciudad y la campaña, a civiles y militares, a unitarios, rosistas y emigrados,
quienes reclamaron el restablecimiento de la soberanía para Buenos Aires. El loca
lismo porteño superó todas las diferencias del pasado ya que se trataba de perpetuar
la supremacía del puerto sobre las restantes provincias.
Este acuerdo se evidenció en un acto realizado en el teatro Coliseo, en el cual
se abrazaron Lorenzo Torres (antiguo legislador Rosista) y Valentín Alsina (ferviente
unitario).
La mayoría de los porteños formaron un frente contra Urquiza ya que sintieron
amenazados —por la política nacional que aquél encarnaba— el manejo de la aduana,
de los ríos y del Tesoro Público.
Fue designado gobernador el general Pinto, quien nombró como ministro a Valentín
Alsina. Lo primero que hizo el nuevo gobierno fue no reconocer ningún acto emanado
del Congreso reunido en Santa Fe, ordenando a sus dos diputados a retirarse y reasu
miendo la dirección de las relaciones exteriores. De esta manera Buenos Aires se
otorga a sí misma el carácter de estado independiente y soberano.
El 31 de octubre es elegido gobernador Valentín Alsina quien designa como ministro
a Bartolomé Mitre.
En diciembre estalla una revuelta contra la política de éste, encabezada en el interior
de la provincia por el coronel Lagos, quien pone sitio a la ciudad de Buenos Aires.
Urquiza apoya a Lagos y designa al comandante Coe como jefe de la escuadra
sitiadora. Éste es comprado por el dinero porteño y el 20 de junio entrega la escuadra,
lo que origina la caída del sitio.
73
Cárcano, Ramón J.: «Urquiza y Alberdi». Ed. La Facultad. Bs. As. 1938. pág. 18.
74
Pérez Amuchástegui, A. J.: «Crónica...» T. IV, pág. 19.
167
El 13 de julio de 1853 Urquiza abandona la ciudad de Buenos Aires, con lo que la
división del país (que duraría casi una década), queda efectivizada.
En tanto, el 20 de Noviembre de 1852 había comenzado a sesionar en Santa Fe la
Convención Constituyente bajo la presidencia del salteño Facundo Zuviría, la que el
1º de Mayo de 1853 sancionó la Constitución Nacional. Este punto lo analizaremos en
forma específica mas adelante.
168
Capítulo 16
La disputa regional
169
Al discutirse el proyecto de Constitución para el estado porteño (marzo de 1854),
Mitre (impulsor del grupo nacionalista) entendía que «la provincia de Buenos Aires es
un Estado federal de la Nación Argentina, con el libre uso de su soberanía, salvo las
delegaciones que en adelante hiciese a un Congreso General».75
La posición autonomista (que era impulsada por Alsina y, en definitiva, triunfó en
esta discusión) quedó expresada en el texto final: «Buenos Aires es un Estado con el
libre ejercicio de su soberanía exterior e interior, mientras no la delegue expresamente
en un Estado Federal».76 De esta manera la altiva provincia, no tenía compromisos con
la Nación Argentina.
Así Pastor Obligado (designado gobernador) pasó a ser mandatario de un estado
independiente.
Francia, Estados Unidos y Brasil reconocieron la emancipación de la ciudadpuerto.
En tanto, Buenos Aires seguía gozando de las rentas aduaneras y su prosperidad
era notoria, al punto de que su moneda tuvo siempre aceptación para las operaciones
comerciales, cosa que no ocurría con las emisiones de la Confederación.
Tal era el grado de solvencia que el vicecónsul británico, Francis Parish, recomen
daba a su gobierno que reclamara el pago del empréstito de la Baring al estado de
Buenos Aires y señalaba que se hacían erogaciones que de ninguna manera podían ser
calificadas de indispensables (obras de urbanización, de alumbrado a gas, entre otras).
Más relevancia adquiere esta situación económica satisfactoria, si tenemos presente
que Buenos Aires solventaba los gastos que le originaban los conflictos con la Confe
deración y el hecho de afrontar la lucha contra el indio en la frontera.
Se promovió, durante éste período, el desarrollo de las vías férreas (Sociedad del
Camino–Ferrocarril al Oeste) y se instaló el primer ferrocarril con aportes estatales y
privados.
Se importaba ganado fino (razas Shorthom, Hereford, Aberdeen Angus, etc. en
vacunos; Lincoln, Merino, Rommey Marsh, en ovinos; Percherones, Shire, Clydesdale,
en equinos), hecho que dio lugar a una renovación y mejoramiento de las razas gana
deras. Se incrementó notablemente la cría de ovinos, lo que permitió, hacia 1865, ser
la primer nación exportadora de lana del mundo.77
Se instalaron las primeras colonias agrícolas con vascos, italianos y suizos, con lo
cual se inició un proceso de subdivisión de tierras; esto permitió que se amasaran
grandes fortunas con el comercio y la especulación en créditos y tierras.
Cambió fundamentalmente la estructura de las estancias a partir de la implantación
del alambrado en toda la provincia.
75
Sabsay y Pérez Amuchástegui «La sociedad argentina...» pág. 336.
76
Ibídem
77
Puiggrós, Rodolfo (1974) «Historia Económica del Río de la Plata». A. Peña Lillo editor SRL, Bs.
As. pág. 185.
170
Sobre la base de la antigua Casa de Moneda de Rosas se organizó lo que luego
sería el Banco de la Provincia, quien sustentó la emisión monetaria.
El 24 de diciembre de 1854 y el 8 de enero de 1855 se firmaron Tratados de no agre-
sión, de paz y comercio entre la Confederación y Buenos Aires. Algunas de las cues
tiones importantes que se acordaron fueron: que ambos gobiernos no permitirían la
desmembración territorial de la Nación, que los buques de los firmantes enarbolarían
la enseña nacional y que las mercaderías que pagasen impuestos en cualquier aduana
(ya sea de Buenos o de la Confederación), no sufrirían nuevos recargos.
No obstante ello, Buenos Aires trataba de crear en las provincias, grupos de adictos
que se alzaran contra Urquiza.
Al mismo tiempo grupos federales intentaron, a fines de 1855, rebelar la campaña
bonaerense, pero fracasaron en su intento, y fueron fusilados ante el júbilo porteño.
Ello obligó a Urquiza a denunciar los pactos de no agresión y a romper relaciones
con Buenos Aires.
Pandilleros y chupandinos
Aparecen en la constelación política de Buenos Aires, viejos federales reunidos en
torno a Nicolás Antonio Calvo, quienes levantan la bandera de la unión nacional. Ellos
son apodados por sus rivales como chupandinos, aludiendo a que sus pretensiones
tenían una especie de beodez intelectual.
Éstos, a su vez, designaron como pandilleros a los seguidores de Mitre, Alsina,
Vélez Sarfield y Obligado, por cuanto andaban en grupos haciendo escándalo y asal
tando a sus contrarios.
Al aparecer en diciembre de 1856 el primer número de «La Reforma Pacífica» (órgano
periodístico de Calvo y sus seguidores) con exhortación a la unidad nacional, le responde
Mitre publicando en el periódico «El Nacional» un artículo que titulaba: «La República del
Río de la Plata», en el cual sugería la separación definitiva de Buenos Aires.
Aparece en toda su dimensión el pretendido nacionalismo de Mitre, que no era otra
cosa que la pretensión de sujetar a las restantes provincias a los designios porteños.
Al no poder hacerlo, prefería la ruptura de todo vínculo nacional.
La confederación Urquicista
Sancionada la Constitución Nacional, el 20 de febrero de 1854 es elegido Presi
dente de la Nación el General Justo José de Urquiza; fue su Vicepresidente, Salvador
María del Carril. Se declaró federalizado el territorio de Entre Ríos y el gobierno se
instaló en Paraná, elegida como capital provisoria de la Confederación.
Durante su mandato Urquiza atendía más a las cuestiones políticas que a las econó
micas. De hecho, gran parte del mismo residió en Concepción del Uruguay, dejando
en manos del vicepresidente el manejo de la administración.
171
Como ya se dijo, las rentas de la Aduana seguían percibiéndose en Buenos Aires,
por cuanto los comerciantes extranjeros consignaban en ese puerto sus mercaderías.
Esto hacía desesperante la situación de las finanzas de la Confederación. El papel
moneda no sólo era rechazado por los comerciantes, sino que hasta los soldados
se negaban a recibir su paga y preferían desertar. Únicamente el metálico tenía valor
positivo.78 El primer censo nacional no pudo ser realizado por falta de dinero, de la
misma manera que no se pudo firmar el contrato para la realización del ferrocarril
Rosario–Córdoba.
De todas maneras, tres decretos pintan el perfil de la administración radicada en
Entre Ríos: por el primero se estableció la Administración General de Correos Nacio
nales en toda la República; por el segundo se invitó a venir a los puertos de la Confe
deración a artesanos y trabajadores de todo género «para auxiliar la industria que
comienza a desarrollarse en estas costas»; por el tercero se mandó a contratar a un
ingeniero en los Estados Unidos, experto en «caminos de hierro» (ferrocarriles). Ello
pauta la orientación general que se le pretendía imponer a la economía.
Recordemos que hasta 1856 nuestra agricultura era tan pobre que debían impor
tarse cereales y demás productos de Europa, EE. UU, Chile y Australia.79
Con el gobierno de la Confederación comenzaron a desarrollarse los proyectos
colonizadores, al punto de fundarse la colonia de Esperanza, primera colonia agrícola
de una larga lista que en 1872 llegó a ser de 42 y en 1882, 95. Con ello, a su vez, se
comenzó a realizar una real subdivisión de la tierra, las cuales comenzaron a ser explo
tadas por los colonos suizos, italianos, franceses, que en gran número comenzaron a
llegar a estas tierras.
Como se mencionó, una de las principales preocupaciones fue el desarrollo de las
vías férreas, atendiendo al grave problema de transporte que teníamos, producto de
las enormes distancias dentro del país. También en este período se mejoró la navega
bilidad de los ríos, y se intentó asegurar la navegación del Bermejo y del Salado.
La creciente tensión política, llevó a Urquiza a romper relaciones con Buenos Aires
el 18 de marzo de 1856. El 26 de junio se presenta en el Congreso un proyecto de ley
de derechos diferenciales, la cual es aprobada en julio.
Por la misma se beneficiaba arancelariamente a aquellos productos que se introdu
jeran directamente por los puertos de la Confederación. Ello favoreció inmediatamente
a Rosario, que creció notablemente en poderío económico, aunque no lo suficiente
para sostener toda la estructura confederal, por cuanto los barcos extranjeros siguieron
prefiriendo desembarcar sus mercaderías en Buenos Aires antes que arriesgarse a la
navegación por el Paraná.
78
Sabsay y Pérez Amuchástegui: «La sociedad argentina...» pág. 342.
79
Puiggrós, Rodolfo. «Historia económica ...». pág. 177.
172
Al mismo tiempo, el imperio de Brasil acudió en ayuda de la Confederación mediante
un empréstito manejado por el Barón de Mauá, a cambio de su neutralidad en caso de
conflicto brasilero–paraguayo.
No obstante estas medidas económicas, la situación era calamitosa, al punto de
que el vicepresidente Del Carril advertía que no había dinero para pagar los sueldos.
Esta situación era insostenible, pues mientras la prosperidad de Buenos Aires era
manifiesta, las penurias de la Confederación no tenían parangón. Todo esto llevaría,
inevitablemente, al conflicto.
173
3) Si esta Convención no observaba la Constitución Nacional, fijaría el día de jura
mento; si lo hacía, propondría las reformas que serían estudiadas por una Conven
ción Nacional convocada al efecto, de la que participaría Buenos Aires, obligándose
a acatar lo resuelto por ésta.
4) La provincia de Buenos Aires se abstendría de mantener relaciones diplomáticas
de ninguna clase.
5) La aduana pasaría al orden nacional, garantizando la Nación el presupuesto de la
provincia de Buenos Aires desde el año 1859 por el término de cinco años.
6) Se estableció un «perpetuo olvido» de todas las causas que provocaron la desunión.
7) El ejército de la Confederación se retiraría del territorio bonaerense.
8) La República del Paraguay garantizaría el cumplimiento del pacto.80
De hecho este pacto violentaba la Constitución de 1853 por cuanto ésta había esta
blecido que por el término de 10 años, la misma no sería modificada, contrariando
también el procedimiento reformatorio allí dispuesto. Estas concesiones se explican
solamente en el clima de integración que proponía Urquiza.
De todas maneras, Buenos Aires no estaba dispuesta a resignar sus pretensiones,
pese a haber perdido en el campo de batalla. Una misión encomendada por el gober
nador Mitre a Dalmacio Vélez Sarfield obtuvo el 6 de junio de 1860, una modificación
al pacto y permitió que Buenos Aires retuviera el control de la aduana por un período
impreciso.81
80
Zarini, Helio Juan. Ob. Cit. pág. 153 y siguientes.
81
Puiggrós, Rodolfo. «Historia económica...». pág. 191.
174
lo tenía que declarar una ley del Congreso, previa cesión hecha por la o las Legisla
turas del territorio que se vaya a federalizar.
El resto de las reformas tienden a mejorar la situación de Buenos Aires, pero ellas
serán analizadas posteriormente.
175
Capítulo 17
La Constitución de 1853 y su reforma de 1860
176
Se designa una comisión redactora la que el 18 de abril de 1853 presenta su
proyecto de constitución señalando que conforme al Acuerdo de San Nicolás de los
Arroyos y el Pacto Federal de 1831 propone «arreglar la administración general del país
bajo el sistema federal», siendo éste la base del proyecto que la Comisión concibió.82
Entre el 20 y 30 de abril se discute en general y particular el proyecto, el que final
mente es aprobado. Las principales controversias versaron sobre los problemas de la
religión, la libertad de cultos, la capital de la República, el juicio político a los goberna
dores, la declaración de derechos y algunos aspectos impositivos.
El primer debate que se genera en el seno de la Convención es sobre la posibi
lidad de aplazar la sanción de la Constitución a sugerencia del Presidente Zuviría quien
se opone a su sanción argumentando que sólo en época de paz (los constituyentes)
podrán tomar conocimiento de los elementos constitutivos de los pueblos que se
pretende organizar con la Constitución, entendiendo que ésta debía acomodarse a
ellos y no al revés.
Los diputados Gutiérrez y Juan Francisco Seguí, entre otros, le contestan argumen
tando el reclamo de los pueblos que representan para que se dicte el instrumento
constitucional. Delfín Huergo adhiere a esta postura señalando que las constituciones
son muchas veces el resultado y otras la causa del orden moral de las naciones, para
terminar afirmando que entre nosotros ella será la «que morigere nuestros hábitos y la
que eduque a nuestros pueblos».83 Esta postura es la finalmente se impone y por lo
tanto se pasa a considerar el proyecto preparado por la comisión redactora.
Luego de sancionada la Constitución el 1º de Mayo de 1853, es jurada el 9 de julio
del mismo año.
Posteriormente el mismo Congreso Constituyente, funcionando como asamblea
legislativa, sanciona la ley de capitalización de Buenos Aires, federalizando la ciudad,
e invitando al gobierno provincial de Buenos Aires para que acepte la Constitución,
previendo para el caso de rechazo el fijar una capital provisoria por parte del Director
de la Confederación. Ratifica los tratados de navegación de los ríos interiores y aprueba
un Estatuto para la Organización de la Hacienda y Crédito Público de la Confedera
ción, obra de Mariano Fragueiro, de neto corte antiliberal.
Finalmente se vio abocado a proveer todo lo necesario para la instalación del
gobierno federal, practicando el escrutinio del comicio presidencial y poniendo en
funciones a los elegidos Justo José de Urquiza y Salvador María del Carril.
82
Zarini, Helio. Ob. cit. pág. 148.
83
López Rosas, José Rafael. Ob. cit. pág. 545.
177
La Constitución de 185384
Los investigadores, mayoritariamente, reconocen tres fuentes principales de la
Constitución. Ellos son: la Constitución de Estados Unidos (al decir del convencional
Gorostiaga «único modelo de verdadera federación que existe en el mundo»), la Cons
titución Argentina de 1826 en lo relativo a la organización de los poderes Legislativos y
Ejecutivo y la obra «Bases y puntos de partida para la organización política de la Repú
blica Argentina», libro editado por Juan Bautista Alberdi en 1852. Pero también debe
reconocerse la especial influencia de la experiencia política del país expresada en
los numerosos pactos, reglamentos, estatutos y constituciones provinciales preexis
tentes, así como autores como Hamilton (El federalista) y Tocqueville (La democracia
en América).
La Constitución consta de dos partes y de un preámbulo. En este se expresan los
propósitos y los objetivos que llevaron a sancionar la constitución y las metas que
los constituyentes se proponen alcanzar. Es importante destacar que en este Preám
bulo se reconoce la preexistencia de las provincias al de la Nación. Los valores que
defiende son el orden, la justicia, el bien común, la defensa colectiva, todo ello en
procura de asegurar los beneficios de la libertad y otorgar protección a quienes inte
gran la comunidad argentina.
La primer parte es una declaración general de principios y de derechos y garantías
para todos los habitantes de la nación, que tiene como base la libertad y la igualdad. El
sistema institucional que adopta es el representativo, republicano y federal.
La segunda parte refiere a las autoridades que regirán la nación, dividiendo en tres
poderes a los órganos estatales: Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, estableciendo
las esferas de competencia y requisitos legales para ejercer estas funciones.
El Poder Ejecutivo es unipersonal, lo ejerce un Presidente que es elegido por el
método indirecto (sistema de electores), por un período de seis años y que no es
reelegible en forma inmediata. Crea la figura del Vicepresidente para sustituir a aquel
en caso de enfermedad, renuncia, ausencia, destitución o muerte, quien a su vez es el
Presidente del Senado de la Nación. El Presidente actúa por medio de sus ministros,
quienes con su firma a su vez refrendan las decisiones presidenciales.
El Poder Legislativo es bicameral, integrándose con una Cámara de Senadores
compuesta por dos senadores por cada provincia y dos por la Capital, teniendo cada
uno de ellos un voto.
En tanto la Cámara de Diputados es la representante directa del pueblo de la Nación
y sus integrantes son elegidos directamente y en proporción al número de habitantes.
Finalmente el Poder Judicial es ejercido por una Corte Suprema de Justicia y por
los demás tribunales inferiores que el Congreso establece en el territorio de la Nación.
Determina asimismo la inamovilidad de los jueces y la intangibilidad de sus haberes.
84
Para ampliar este tema ver el anexo «Historia y constituciones en la Argentina» de este mismo
volumen.
178
En lo que refiere a las provincias establece que se dan su propia constitución bajo el
sistema representativo republicano y eligen a sus gobernadores, legisladores y demás
funcionarios de la provincia sin intervención del Gobierno federal. Estas constituciones
provinciales deben asegurar su administración de justicia, su régimen municipal y la
educación primaria.
Según Zarini85 esta constitución presenta la siguiente tipología: a) Es escrita o codifi
cada; b) Importa la organización fundamental del Estado; c) Es rígida, pues solo puede
ser modificada por el mecanismo dispuesta por ella misma; d) Es normativa en cuanto
planifica para el futuro la ordenación del Estado; e) Es tradicional en tanto incorpora
ideas y principios ya existentes y arraigados en el pasado; f) Es ideológica en tanto
contiene las creencias e ideales que la inspiraron.
85
Zarini, Helio Juan. Ob. cit. pág. 151
86
Tau Anzoátegui Martiré. Ob. cit. pág. 448.
179
8) Indicación de que la aplicación de los códigos nacionales corresponden a las
provincias.
9) Aclaración de que las provincias conservan todo el poder no delegado por la
Constitución al gobierno federal y el que expresamente se hubieran reservado al
tiempo de su incorporación.
Estas son las reformas mas importantes introducidas a la Constitución de 1853 que
fueron incorporadas por la Convención. De esta manera la Constitución comenzó a
regir en todas las provincias que componían la Nación Argentina.
180
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182
Segunda parte (1853–1930)
Jorge Fernández
Introducción
Esta segunda parte del libro se referirá al modelo de la «República liberal», abar
cando el período histórico que transcurre desde Pavón en 1861 hasta el 6 de
Septiembre de 1930, ocasión en que el Ejército interrumpe el gobierno constitucional
de Hipólito Irigoyen. Como cuestión previa, constará de una reflexión sobre la Consti
tución de 1853, basamento jurídico y filosófico de dicha «República».
En consecuencia, un primer capítulo abordará la filosofía de la Constitución de
l853, intentando dilucidar la concepción del hombre y del Estado que subyace en la
misma, para analizar luego el programa que se pretende implementar a partir de ella.
Obviamente, este capítulo descansará en el pensamiento de Juan Bautista Alberdi, sin
obviar otras propuestas por entonces formuladas.
En los restantes capítulos se partirá de ese proyecto pergeñado en l853 y se anali
zará su ejecución desde Pavón, tanto en el plano político como económico o socio‑
cultural, incluyendo una descripción de los modelos alternativos. Precisamente, en
el capítulo 9 se abordará la reforma política que significará el Radicalismo, análisis
que incluirá el nacimiento, composición y caracterización de dicho partido, como así
también la tarea desarrollada durante las Presidencias de Yrigoyen y Alvear, sin olvidar
—por supuesto— las leyes electorales de 1912. Este capítulo sustancial nos permitirá
corroborar el paso de una «República liberal» Conservadora a una «República liberal»
Democrática.
También se realizará una descripción de las fuerzas sociales y políticas en el período
considerado, para finalizar con una reflexión sobre toda la etapa de la «República
liberal».
185
Capítulo 1
La «República liberal», Alberdi
y la Constitución Nacional
187
Ese lúcido filósofo político y distinguido constitucionalista que se llamó Arturo
Sampay plasmó en numerosas páginas su concepción sobre el particular, desentra
ñando —a partir de Aristóteles— la esencia de una constitución, sus partes constitu
tivas y los fines que las mismas persiguen.
En tal sentido, manifiesta que una Constitución «es una estructura de leyes funda
mentales que cimienta la organización política del Estado, fijando sus fines y enun
ciando los medios adecuados para conseguirlos, y que establece, además, la manera
de distribuir el poder político y elegir los hombres que la ejercen», o, dicho en otras
palabras, «la Constitución es el orden creado para asegurar el fin perseguido por una
comunidad política y que constituye y demarca la órbita de las diversas magistraturas
gubernativas».1
Las dos partes que aparecen en la definición son precisamente las que la doctrina
moderna denomina como partes orgánica y dogmática, respectivamente. «La parte
orgánica monta el aparato gubernativo y ajusta el funcionamiento de su mecanismo»,
mientras que «la parte dogmática señala los objetivos que ese mecanismo debe lograr
y que constituyen la razón de ser de todo el aparato gubernativo».2
De allí que se pueda afirmar que la organización del poder político está elaborada
para actuar en función de su parte dogmática que es donde «se sientan los fines a
lograr y que, por lo tanto, lleva involucrada una cierta concepción del Estado».3
Ahora bien, la Constitución de l853, como todo producto liberal, se propone en su
parte dogmática afirmar la libertad individual, que —en dicha concepción— significa
ausencia de constricciones jurídicas, carencia de limitaciones jurídicas. En conse
cuencia, la visión del Estado que anima la Constitución de l853 tiende a contenerlo en
una mínima expresión, neutralizándolo en el mayor grado posible. —Por eso Alberdi
afirma que es necesario «gobernar poco, intervenir menos, dejar hacer lo más, no
hacer sentir la autoridad».4
En síntesis, «la constitución de 1853 escinde, separa el campo económicosocial
del dominio político». El primero, «concebido como campo reservado a las iniciativas
libres y apolíticas». El segundo, «reducido a las funciones estrictamente indispensa
bles para establecer las condiciones necesarias para el libre juego de los intereses
privados.».5
1
Sampay, Arturo Enrique. «Las Constituciones de la Argentina 1810–1972». Eudeba, Buenos Aires,
1975. Se aconseja la lectura del «informe del despacho de la mayoría de la comisión revisora
de la Constitución en el debate en general», presentado por el convencional Arturo Sampay el
8 de Marzo de 1949.
2
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
3
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
4
Alberdi, Juan Bautista. «Bases y puntos de partida para la organización política de la República
Argentina». Eudeba, Buenos Aires, 1966.
5
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
188
Con relación al campo económico–social, decía Alberdi que «la Constitución
contiene un sistema completo de política económica, en cuanto garantiza, por dispo
siciones terminantes la libre acción del trabajo, del capital y de la tierra, como prin
cipales agentes de la producción y ratifica la ley natural del equilibrio que preside el
fenómeno de la distribución de las riquezas», y hablando de la intervención del Estado
en materia económica.social, pregunta: «¿Qué exige la riqueza por parte de la ley para
producirse y quedarse? Lo que Diógenes exigía a Alejandro, que no le hiciera sombra».
La función del Estado se reduce, por tanto, a «garantizar la más completa y absoluta
independencia y libertad, en el ejercicio de esas tres grandes funciones del organismo
económico argentino».6 O sea, la creencia de que la acción privada, movida por el sólo
interés individual, está capacitada para generar automáticamente un orden justo. El
Estado? Para el Estado... «dejar hacer, dejar pasar».7
Aparece aquí el «basamento último de esta doctrina, o sea, la concepción angé
lica del hombre, heredado del liberalismo de Descartes y Rousseau. Si el hombre era
absoluta y naturalmente bueno, y sólo las restricciones externas a su libre albedrío,
desvirtuaban su ingénita bondad, no podía, en el ejercicio de su libertad económica,
explotar a otro hombre».8 Y en lo cultural, «entendido como perfección humana y faena
educativa, no necesitaba adquirir hábitos de virtud para la convivencia social, con
lo que automáticamente, quedaba fundamentada la neutralidad del Estado frente al
problema de la cultura».9
Para terminar este análisis de la filosofía de la Constitución, cabe señalar que el
Iluminismo vigente al dictarse la misma, «era en esa etapa conclusiva, marcadamente
economicista, y había llegado a la economización general de la vida espiritual y a un
estado del espíritu que encuentra en la producción y en el consumo las categorías
centrales de la existencia humanas».10 Por eso los derechos fundamentales de la Cons
titución están impregnados de un sentido materialista o, por lo menos, se hallen refe
ridos al valor utilidad económica, consecuente con la economificación que del sentido
de la libertad efectuaba Alberdi, pronunciando expresiones tales como: «deben preo
cuparnos fundamentalmente los bienes económicos», «la industria es el gran medio de
moralización» o «Inglaterra y Estados Unidos han llegado a la moralidad religiosa por
la industria».
6
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
7
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
8
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
9
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
10
Sampay, Arturo Enrique. Ob. cit.
189
En lo económico, fundamentalmente, promover el desarrollo capitalista del país para
lo cual erigieron un Poder Ejecutivo fuerte que pudiera limitar a las masas, garantizando
las libertades económicas; proteger con iguales derechos a los extranjeros que a los
nativos, haciendo lo propio con sus capitales; nacionalizar la renta de la Aduana; suprimir
los impedimentos de la circulación interna de los productos y mercancías; abrir los ríos
interiores a la navegación. Decía Alberdi que para dar «pábulo al desarrollo industrial
y comercial.....dad al Poder Ejecutivo todo el poder posible para defender y conservar
el orden y la paz», sin la cual no obtendremos inmigración de capital, que «es la varilla
mágica que debe darnos población, caminos, canales, industria, educación y libertad».11
En lo político, buscaron una democracia de minorías, claramente reflejada en la
estructura constitucional en la instauración de la elección indirecta, producto del
temor que le tenían a las manifestaciones populares, por otra parte. Esta concepción
de democracia de minorías, de reconocimiento a la «razón colectiva» pero no a la
«voluntad colectiva», al decir de Esteban Echeverría, está todavía mucho más refle
jada en la afirmación de Alberdi de que, para implementar el programa que venza el
atraso y la pobreza, «es punto esencial llegar a la supresión de los derechos de la
multitud», concediéndole el voto solamente a la «inteligencia y la fortuna».12 Cabría
recordar también aquella expresión de Sarmiento, vertida desde Chile, cuando afir
maba que «son las clases educadas las que necesitan una Constitución que asegure
la libertad de acción y pensamiento, la prensa, la tribuna, la propiedad, etcétera (...) La
Constitución de las masas vulgares son las leyes ordinarias, los jueces que la aplican
y la policía de seguridad».13 En lo socio–cultural, nada mejor que dejar hablar a Alberdi
para conocer el programa: «No son las leyes las que necesitamos cambiar, son los
hombres, son las cosas. Necesitamos cambiar nuestras gentes, incapaces de libertad,
por otras gentes hábiles para ella. Sin la cooperación de esa masa es imposible acli
matar la libertad en una parte de la tierra», agregando que «si haced pasar al cholo,
al gaucho, unidad elemental de nuestras clases populares, por todas las transforma
ciones del mejor sistema de educación, en l00 años no haced de él un obrero inglés
que trabaja, vive y consume confortablemente». De allí su lema: «Gobernar es poblar».14
III. En relación con el periodo histórico que se inicia luego de la caída de Rosas en
1852, Halperin Donghi15 manifiesta que el progreso excepcional logrado en la etapa
11
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
12
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
13
Sarmiento, Domingo Faustino.«Comentarios de la Constitución de la Confederación Argentina».
Depalma, Buenos Aires, 1966.
14
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
15
Halperin Donghi, Tulio. «Proyecto y construcción de una Nación (1846–1880)». Ariel, Buenos Aires,
1995. Las reflexiones de Tulio Halperin Donghi se encuentran en el «prologo» de la obra citada.
190
considerada «es la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser
un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única arma política
era su superior clarividencia». Esos argentinos, integrantes de lo que se denomino «la
Generación del 37» y que ellos auto definían como «la Nueva Generación», creían en
la «soberanía de la razón», pensaban que —«por la posesión de un acervo de ideas
y soluciones»— debían convertirse en guías políticos y se adjudicaban la función de
definir el proyecto de la futura Argentina en su condición de ideólogos políticos, una
Argentina cuya implementación correspondería a los políticos prácticos.
Sostiene Halperin Donghi que esa elite intelectual o ideológica tiene un acuerdo
básico en lo relativo al nuevo rumbo a implementar en la Argentina, especialmente en
la necesidad de que sean ellos los que tracen el plano del país a realizar y luego guien
su edificación. Pero, sin embargo, sostiene que dicho acuerdo es menos completo de
lo que se suponía anteriormente, dado que existieron diversas propuestas o alterna
tivas. Aclara que, a pesar de lo anterior, la sencillez y precisión del programa de Alberdi
hace que su proyecto sea adoptado como el más apto para realizar la nueva nación.
De allí que, continua, se le reconozca a las Bases el papel fundacional de la Republica
Liberal, conjugando «rigor político y activismo económico».16
En ese pensamiento de Alberdi, la búsqueda de una sociedad mas compleja que
la moldeada por siglos de atraso colonial, se lograra bajo la dirección de una elite
política y económica que contara con la guía de una elite letrada «dispuesta a aceptar
un nuevo y mas modesto papel de definidora y formuladora de un programa capaz
de asegurar —a la vez que un rápido crecimiento económico para el país— la perma
nente hegemonía y creciente prosperidad de quienes ya tienen el poder», sostiene
Halperin Donghi.17 Cabe señalar que para Alberdi la figura más representativa de esa
elite económico–política es Urquiza.
Ahora bien, el crecimiento económico, ese cambio cuyo desarrollo se debe dar en
el mercado extranjero —lo que significa un aumento acelerado de la producción sin
ninguna característica de distribución de la riqueza—, «requiere de un contexto político
preciso, que Alberdi describe bajo el nombre de República Posible»18 Esa «república
posible» concentra el poder en la figura del Presidente pero, al mismo tiempo, busca
impedir que sea un régimen arbitrario. Esto último es requisito indispensable para
lograr el progreso económico, dado que «solo en un marco jurídico definido rigurosa
mente de antemano, mediante un sistema de normas que el poder renuncia a modi
ficar a su capricho, se decidirán los capitalistas y trabajadores extranjeros a integrarse
en la compañía argentina».19 Esa «república posible» es de carácter provisional y su
16
Halperin Donghi, Tulio. Ob.cit.
17
Halperin Donghi, Tulio. Ob.cit.
18
Halperin Donghi, Tulio. Ob.cit.
19
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
191
principal justificación «es dar paso a la Republica Verdadera una vez que el país haya
adquirido una estructura económica y social comparable a la de las naciones capaces
de crear y conservar una verdadera Republica».20
Ampliando el análisis del pensamiento de Alberdi, al que Halperin Donghi cali
fica como «autoritarismo progresista», podemos indicar que el autor de las «Bases»
sostiene que las constituciones tiene por fin principal «organizar y constituir los grandes
medios prácticos de sacar a la América emancipada del estado oscuro y subalterno
en que se encuentra»,21 afirmando que antes esos medios eran la independencia, la
libertad o el culto, pero ahora son la inmigración libre, la libertad de comercio, el ferro
carril, la industria sin trabas, entre otros.
Dice específicamente Alberdi, en la obra reiteradamente señalada, que «el problema del gobierno
posible... no tiene mas que una solución sensata: ella consiste en... darles (a nuestros pueblos) la
aptitud que les falta para ser republicanos; en hacerlos dignos de la republica que hemos procla
mado, que no podemos practicar hoy ni tampoco abandonar; en mejorar el gobierno por la mejora
de los gobernados; en mejorar la sociedad para obtener la mejora del poder, que es su expresión y
resultado directo. Pero el camino es largo y hay mucho que esperar para llegar a su fin ¿No habría
en tal caso un gobierno conveniente y adecuado para andar este periodo de preparación y transi
ción? Lo hay, por fortuna, y sin necesidad de salir de la república»
Interrogándose por los medios para lograr ese tránsito, Alberdi dice: «Por los medios que dejo
indicados y que todos conocen; por la educación del pueblo, operada mediante la acción civi
lizante de la Europa, es decir, por la inmigración, por una legislación civil, comercial y marítima
adecuadas; por constituciones en armonía con nuestro tiempo y nuestras necesidades; por un
sistema de gobierno que secunde la acción de esos medios».
Aclara luego que la educación no es instrucción, dado que si esta última «es el medio de cultura de
los pueblos ya desenvueltos, la educación por medio de las cosas es el medio de instrucción que
más conviene a los pueblos que empiezan a crearse», pasando a criticar la educación primaria
porque nunca fue adecuada a las necesidades de los mismo y haciendo lo propio con la educa
ción superior, señalando que las Universidades han sido «fábricas de charlatanismo, de ociosidad,
de demagogia y de presunción titulada» y sosteniendo que «nuestra juventud debe ser educada
en la vida industrial y para ello ser instruida en las artes y ciencias auxiliares de la industria» lo que
le dará aptitud para «vencer al grande y agobiante enemigo de nuestro progreso: el desierto, el
atraso material, la naturaleza bruta y primitiva de nuestro continente».
Con relación a la inmigración sostiene que «un hombre laborioso es el catecismo mas edificante» y
«¿cómo, en que forma vendrá en lo futuro el espíritu vivificante de la civilización europea a nuestro
suelo?... La Europa nos traerá su espíritu nuevo, sus hábitos de industria, sus practicas de civi
lización, en las inmigraciones que nos envíe», por eso si «...queremos plantear y aclimatar en
20
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
21
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
192
América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados
Unidos,... traigamos pedazos vivos de ellos en las costumbres de sus habitantes y radiquémoslas
aquí». Este es «el único medio de que la América hoy desierta, llegue a ser un mundo opulento en
poco tiempo». Afirma luego que si «...haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental
de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción; en
cien años no haréis de el un obrero ingles, que trabaja, consume, vive digna y confortablemente».
Por el contrario, «... no tendréis orden, ni educación popular, sino por el influjo de masas introdu
cidas con hábitos arraigados de ese orden y buena educación». Por eso es necesario firmar «...
tratados con el extranjero en que deis garantías de que sus derechos naturales de propiedad, de
libertad civil, de seguridad, adquisición y transito, le serán respetados». En síntesis, «los grandes
medios de introducción a la Europa en los países interiores de nuestro continente, en escala y
proporciones bastantes poderosas para obrar un cambio portentoso en pocos años, son el ferro
carril, la navegación y la libertad comercial».
En lo relativo al ferrocarril, «que es la supresión del espacio», «...hará la unidad de la República
Argentina mejor que todos los Congresos», sosteniendo Alberdi que «los caminos de fierro son a
este siglo lo que los conventos eran a la Edad Media: cada época tiene sus agentes de cultura».
Después de señalar que si nuestros capitales no alcanzan para las empresas ferroviarias, «entre
gadlas entonces a capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera como los hombres se
domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidad y privilegios el tesoro extranjero, para que se
naturalice entre nosotros».
Afirma además Alberdi que la libre navegación de los ríos, «esos caminos que andan, como decía
Pascal, son otro medio de internar la acción civilizadora de la Europa» y que «si queréis que el
comercio pueble nuestros desiertos, no mateéis el trafico con las aduanas interiores».
Sobre los fines de la constitución, indica que «siendo el desarrollo y la explotación de los elementos
de la riqueza que contiene la República Argentina el principal elemento de su engrandecimiento y
el alimento más antiguo de la inmigración extranjera de que necesita, su constitución debe reco
nocer entre sus grandes fines, la inviolabilidad del derecho de propiedad y la libertad completa de
trabajo y de la industria». Pero, afirma, «prometer y escribir estas garantías no es consagrarlas»,
por lo que «la constitución argentina no debe limitarse a declarar inviolable el derecho privado de
la propiedad, sino que debe garantir la reforma de todas las leyes civiles y todos los reglamentos
coloniales vigentes a pesar de la República, que hacen ilusorio y nominal su derecho».
En lo referente a los derechos que deben gozar los extranjeros, y tomando como base el Tratado
con Inglaterra del 2 de Febrero de 1825, Alberdi menciona la libertad de comercio, el llegar seguros
y libremente con sus buques y cargamentos a los puertos y ríos del país, de alquilar y ocupar casas
a los fines de su trafico, de no ser obligados a pagar derechos diferenciales, de gestionar y prac
ticar en su nombre todos los actos de comercio sin ser obligados a emplear personas nativas a
esos efectos, de ejercer todos los derechos civiles inherentes al ciudadano de la república, de no
poder ser obligado al servicio militar, de estar libres de empréstitos forzosos o exacciones o requisi
ciones militares, de mantener en pie todas estas garantías a pesar de cualquier rompimiento con la
nación del extranjero residente en el Plata, de disfrutar de entera libertad de conciencia y de culto,
pudiendo edificar iglesias y capillas en cualquier paraje de la República Argentina, entre otros.
193
Tras afirmar que la política debe tener las mismas miras que la constitución, y que —en conse
cuencia— los fines que esta persigue son las bases en que se debe encaminar la política, mani
fiesta Alberdi que «expresión de las necesidades modernas y fundamentales del país, ella (la polí
tica) debe ser comercial, industrial y económica, en lugar de militar y guerrera, como convino a la
primera época de nuestra emancipación».
Luego, y siempre en su obra Bases, sostiene Alberdi que para «hacer agradable para el país el
ejercicio del gobierno» hay que «gobernar poco, intervenir lo menos, dejar hacer lo mas, no hacer
sentir la autoridad», dado que «la prosperidad ha de ser obra espontánea de las cosas mas bien
que una creación oficial».
Por ultimo, se pregunta Alberdi sobre cual es la constitución que mejor conviene al desierto, seña
lando que «la que sirve para hacerlo desaparecer; la que sirve para hacer que el desierto deje de
serlo en el menor tiempo posible, y se convierta en pais poblado. Luego este debe ser el fin político, y
no puede ser otro, de la constitución argentina», dado que «en América, gobernar es poblar».
Sobre ese particular, indica que es un error «el creer que la instrucción primaria o universitaria sean
lo que pueda dar a nuestro pueblo la aptitud del progreso material y de las practicas de la libertad»,
ya que «no es el alfabeto, es el martillo, es la barreta, es el arado, lo que debe poseer el hombre
del desierto, es decir, el hombre del pueblo sudamericano». Y termina afirmando que «...para poblar
el desierto, son necesarias dos cosas capitales: abrir las puertas de el para que todos entren,
y asegurar el bienestar de los que en él penetren», es decir, «la libertad a la puerta y la libertad
dentro».22
Dentro del modelo de país que señalamos en los puntos anteriores, y siguiendo
a Halperin Donghi, cabe señalar sucintamente otros proyectos diferenciados del
de Alberdi, tales como los sostenidos por Félix Frías, Esteban Echeverría, Mariano
Fragueiro o Domingo Faustino Sarmiento.23
Félix Frías, en lo que Halperin Donghi denomina como «la alternativa reaccionaria»,
afirma que la finalidad de un régimen político es asegurar el orden, entendiendo por tal
aquel régimen que asegure el ejercicio de la autoridad política por parte de «los mejores».
Sostiene también que dicho orden apoyarse en Hispanoamérica en fuertes restric
ciones por el atraso general de la región. Ese atraso se supera solamente mediante un
progreso económico y cultural que «consolide y no resquebraje esa base religiosa sin la
cual no puede afirmarnos ningún orden estable». O sea, Frías «subraya la presencia de
un vinculo, para el evidente, entre cualquier progreso económico ordenado y la consoli
dación de un estilo de convivencia social y política basado en la religión».
Mientras tanto, la «alternativa revolucionaria», expresada por Esteban Echeve
rría, anuncia «el fin del proletarismo, forma postrera de esclavitud del hombre por la
propiedad», afirmando que la sociedad —que hasta ahora ha sido una aglomeración
22
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
23
Halperin Donghi, Tulio. Ob.cit.
194
de seres humanos dividida en castas—, «se convertirá en una verdadera asociación de
iguales en derechos y obligaciones, en la cual todos, bajo el imperio de la ley divina,
de la comunión de las criaturas solidarias, vivirán y trabajaran por el bien y la perfec
ción reciproca y común».
Una tercer alternativa analizada por Halperin Donghi, a la que califica como el
proyecto de «una nueva sociedad ordenada conforme a la razón», corresponde a
Mariano Fragueiro y se encuentra expuesta en su libro «Organización del Crédito».
Allí se sostiene que esencialmente el poder estatal debe tomar a su cargo un amplio
conjunto de tareas, la principal de las cuales es monopolizar el crédito publico, soste
niendo que la moneda y el crédito no integran la esfera privada.
Ninguna de las tres propuestas mencionadas contó con el apoyo de sus contem
poráneos pero no ocurre lo mismo con lo que podríamos llamar la cuarta alternativa,
dice Halperin Donghi, refiriéndose a la propuesta de Sarmiento, a la que denomina
del «progreso socio–cultural como requisito del progreso económico», reconociendo
a la misma como de igual o mayor entidad que la de Alberdi. El polémico sanjuanino
consideraba que el cambio posible y deseable se basa en la educación popular. En
efecto, sobre la base del ejemplo de Estados Unidos, Sarmiento se persuadió «de que
la pobreza del pobre no tenia nada de necesario». Comprendió también algo mas:
que la capacidad de distribuir bienestar a sectores cada vez más amplios «no era tan
solo una consecuencia socialmente positiva del orden económico que surgía en los
Estados Unidos, sino una condición necesaria para la viabilidad económica de ese
orden». A diferencia de Alberdi, Sarmiento postula un cambio en la sociedad en su
conjunto, no como resultado final y justificación póstuma de ese progreso, sino como
condición para que el mismo ocurra. Es allí donde surge la cuestión de la educación
popular que no tiene por fin disuadir al pobre de cualquier ambición de mejorar, sino
que —al mismo tiempo que sostenerlo en esa ambición— indicarle los modos de
satisfacerla en el marco social existente. Pero lo antedicho no quita la ambivalencia de
Sarmiento frente a la presión de los pobres por terminar con una sociedad desigual,
afirma Halperin Donghi, ambivalencia basada en que el sanjuanino estima como peli
groso que, para mejorar su suerte, los pobres pretendan actual como personajes autó
nomos, estimando que debe ser la alfabetización lo que les enseñe a desempeñar
un nuevo rol en la sociedad, rol o papel previamente establecido por quienes «han
tomado a su cargo dirigir el complejo esfuerzo de transformación a la vez económica,
social y cultural de la realidad nacional».
Sintetizando las diferencias entre las dos alternativas principales, manifiesta
Halperin Donghi que Alberdi sostenía que la Argentina seria renovada por el capita
lismo moderno y que dicha renovación debía direccionar sus mayores beneficios en la
elite política y económica; que la elite letrada tenia por rol revelarle a dicha elite politica
y economica donde estaban sus propios intereses, para luego desaparecer; y que —al
195
existir coincidencia entre el interes nacional, el del grupo que controla el poder poli
tico y los recursos economicos existentes— no reconoce otra funcion legitima para
una clase politica que ser agente de negocios de ese grupo dominante. En cambio,
Sarmiento no cree totalmente que el avance económico sea siempre beneficioso, por
lo cual estima conveniente un poder político con suficiente independencia del grupo
económico dominante «para imponer por si rumbos y limites a ese aluvión de nuevas
energías económicas».
IV. Desde otro ángulo, con otras categorías conceptuales, también Natalio Botana24
analiza sesudamente el pensamiento de Alberdi en torno a la República Liberal,
contemplada en la Constitución de 1853 y comenzada a ejecutar en 1861 a posteriori
de Pavón.
Pero, siguiendo al mencionado autor, previo a desentrañar el pensamiento de
Alberdi, es necesario precisar algunos conceptos.
Señala Botana que todo régimen político debe responder a dos interrogantes. Por
un lado, qué vínculo de subordinación establecerá el poder político con el resto de los
sectores de poder presentes en la sociedad; y, por el otro, qué reglas garantizarán el
acceso y el ejercicio del poder político de los futuros gobernantes. «La primera cues
tión hace hincapié en la organización y en la distribución del poder; la segunda en el
modo de elección de los gobernantes y en los límites que se trazan entre éstos y los
gobernados».
Continua Botana manifestando que, en consecuencia, un régimen político expresa
«una realidad más profunda: la realidad del poder», el que —a su vez— «se asienta
sobre una constelación de intereses materiales y de valores que justifican la pretensión
de algunos miembros de una unidad política de gobernar el resto. La operación consis
tente en traducir aquella madeja de interés y de valores en una creencia compartida
que haga las veces de norma habitual para regular las relaciones de poder, atraviesa
un camino histórico que bien podría dividirse en dos tramos analíticos».
Por un lado, la consagración de una «formula prescriptiva o principio de legitimidad»
que atribuye «valor preponderante a una estructura institucional en detrimento de otra
y a partir de este acto —o serie de actos— determinadas concepciones acerca de la
organización y la distribución del poder, los modos de elección y las fronteras entre
los gobernantes y los gobernados, tendrán más peso valorativo que otras». Pero esta
fórmula prescriptiva, además de fundamentar ideas acerca del régimen mejor adap
tado a una doctrina de la libertad o la justicia, también busca responder a intereses
materiales sostenidos por grupos y clases sociales.
Por el otro, una «fórmula operativa o sistema de legitimidad» donde se busca
traducir la fórmula prescriptiva «en una creencia compartida con respecto a la estruc
tura institucional del régimen y en un acuerdo acerca de las reglas de sucesión».
24
Botana, Natalio. «El orden conservador». Hyspamerica, Buenos Aires, 1985.
196
Hechas las conceptualizaciones y distinciones que anteceden, dice Botana que
Alberdi es el autor de una fórmula prescriptiva que se tradujo en la Constitución de
1853 y que persistió a posteriori tanto frente a los problemas entre Buenos Aires y
la Confederación como ante los reclamos de algunas provincias interiores, actuando
como marco para el régimen político implantado en el 80.
Ahora bien, cuál es la fórmula prescriptiva? Aquella que «procura conciliar los valores
igualitarios de una república abierta a todos, con los valores jerárquicos de una repú
blica jerárquica, circunscripta a unos pocos. La piedra de toque de esta fórmula tiene
sencillo diseño: funda una capacidad de decisión dominante para el poder político
central; otorga el ejercicio del gobierno a una minoría privilegiada; limita la participa
ción política del resto de la población; y asegura a todos los habitantes, sin distinción
de nacionalidad, el máximo de garantías en orden a su actividad civil».25
Esta fórmula prescriptiva implicaba una república abierta en lo social, por un lado,
y una república restrictiva en lo político, por el otro. La primera, basada en el valor
igualdad, está regida por la libertad civil y en ella tienen cabida todos los habitantes,
nacionales y extranjeros, que hagan uso de las garantías consagradas en la Constitu
ción. Por eso expresaba Alberdi: «deseo abundantísimas las libertades civiles o econó
micas de adquirir, enajenar, trabajar, navegar, comerciar, transitar y ejercer toda indus
tria, porque veo en nuestro pueblo la aptitud conveniente para practicarlas».
La segunda, basada en el valor jerarquía y regida por la libertad política, está
circunscripta a unos pocos, otorgando el ejercicio del gobierno a una minoría privi
legiada y limitando la participación política del resto. Ese resto, integrado por viejos
criollos y nuevos inmigrantes, no participa en la designación de los gobernantes, no
siendo electores ni representantes. ¿Por qué? Porque esa mayoría hizo mal uso de la
libertad política, favoreciendo despotismos populares. Por eso decía Alberdi: «Repito
que estoy libre del fanatismo inexperto, cuando no hipócrita, que pide libertades polí
ticas a manos llenas para pueblos que sólo saben emplearlas en crear sus tiranos»,
agregando que «alejar el sufragio de manos de la ignorancia y de la indigencia es
asegurar la pureza y acierto de su ejercicio».
Ahora bien, esa república restrictiva en lo político, busca también ser una repú
blica federal y no–tiránica. Federal como modo de responder al siguiente interrogante
que se plantea Alberdi: ¿Cómo realizar una organización constitucional que abrace
y concilie las libertades de cada provincia y las prerrogativas de toda la Nación y de
hecho permita a los gobiernos que deban aceptarla, la continuación en el mando
de sus provincias?. No–tiránica para crear un ejecutivo fuerte pero no despótico, un
ejecutivo investido con plenos poderes pero sujeto a la ley. De allí la expresión de
Alberdi: «Dad al poder ejecutivo todo el poder posible, pero dádselo por medio de una
Constitución».26
25
Botana, Natalio. Ob. cit.
26
Alberdi, Juan Bautista. Ob. cit.
197
V. Alan Rouquie,27 indica que los fundadores intelectuales de lo que él denomina la
«Segunda Argentina», y que nosotros denominamos la «Republica Liberal», son Alberdi
y Sarmiento, a los que califica como «maestros de la utopía argentina» que preten
dieron insertar al país en el concierto de las naciones civilizadas, «trayendo Europa
a América» como modo de superar el mal fundamental de nuestra patria, o sea, el
desierto, la extensión no poblada. Esa común referencia al desierto como causa del
atraso y de los males de la republica, es lo que va a llevar a Alberdi a afirmare que
«gobernar es poblar».
Siempre sobre el mismo particular, Mario Rapoport28 indica que «el cuerpo de
ideas» que dará forma a lo que algunos autores llaman «el proyecto de 80», se elabora
en 1852, mencionando a Alberdi y Sarmiento como sus autores, imbuidos ambos de
una óptica liberal y pugnando por organizar un país con criterios modernos.
Marta Bonaudo y Elida Sonzogni29 señalan que «Alberdi concebía a las mayorías
como estigmatizadas por una anomalía esencial: ellas eran soberanas pero incapaces
de entender y manejar su soberania. La soberanía del numero debía ser reempla
zada por la de la razón. Una razón que, sin ignorar la igualdad del genero humano,
se asentaba en una visión diferencial de las capacidades, meritos o talentos de los
individuos y que él reconocía como atributo exclusivo de una minoría». Sobre esa
base, Alberdi sugirió un usufructo desigual de la libertad, donde todos gozaran de las
libertades civiles pero las políticas solo les correspondían al circulo estrecho de los
«portadores de razón», circulo que se podía ir ampliando mediante la educación y el
trabajo. Concluyen, por tanto, que en el pensamiento de Alberdi el verdadero gobierno
del pueblo solo podía alcanzarse «luego de una etapa previa de acción tutelar».
Por otra parte, en otro escrito,30 Marta Bonaudo señala que en el periodo conside
rado, al que califica como «etapa de la organización nacional», se persiguen tres obje
tivos. Por un lado, «sentar las bases de un orden burgués», al amparo del pensamiento
liberal. Por otro lado, «construir un sistema de representación política unificado», para
lo cual la Constitución de 1853 afirma el criterio de la soberanía del pueblo, colocando
la figura del ciudadano en la base de toda legitimidad. Por último, «organizar el Estado»
para lo cual la citada carta magna dio vida a un Estado a través del cual se expresaba
prescriptivamente una soberanía nacional única.
27
Rouquie, Alan. «Poder militar y sociedad política en la Argentina» Tomo I. Emece, Buenos Aires,
1978.
28
Rapoport, Mario. «Historia económica, política y social de la Argentina (1880–2000)». Ediciones
Macchi, Buenos Aires, 2000.
29
Bonaudo, Marta y Sonzogni, Elida. «Los grupos dominantes: entre la legitimidad y el control» en
«Nueva Historia Argentina. Liberalismo, Estado y Orden Burgués (18521880)». Editorial Suda
mericana, Barcelona, 1999.
30
Bonaudo, Marta. «A modo de prologo» en «Nueva Historia Argentina. Liberalismo, Estado y Orden
Burgués (18521880)». Editorial Sudamericana, Barcelona, 1999.
198
Alberto Lettieri,31 tras calificar como «progreso argentino» el profundo proceso de
transformación social, económico, cultural y político que la Argentina experimento
tras la caída de Rosas, estima que la generación de intelectuales que formularon el
modelo de país en el exilio, tenían en realidad diferencias. Coincidían en la necesidad
de la transformación e, incluso, «sobre las variables fundamentales sobre las que ella
debería descansar —la inversión extranjera, la inmigración, el avance de los trans
portes, la educación y la institucionalización de la política»—, pero discrepaban en
la manera en que esos factores debían ser ordenados o combinados. Afirma Lettieri
que, atento lo antedicho, el paso «...de la etapa de la proyectualidad a la de su imple
mentación en un nuevo cuerpo de nación exigiría, pues, reformular el debate intelec
tual en clave política, integrando en ese dialogo a un conjunto de intereses materiales
concretos que atravesaban un redefinido escenario político nacional».
31
Lettieri, Alberto. «De la «Republica de la Opinión» a la «Republica de las instituciones»» en «Nueva
Historia Argentina. Liberalismo. Estado y Orden Burgués (18521880)». Editorial Sudamericana,
Barcelona, 1999.
32
Feinmann, José Pablo. «Filosofía y Nación». Legasa, Buenos Aires, 1986.
33
Groisman, Enrique I. «La Constitución de 1853. Su ideología, su programa, su aplicación» en
«Historia Integral Argentina. Formación de un Estado moderno». Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1975.
199
Por último, y en lo que más nos importa, señala que la estructura concreta de la
democracia representativa consagrada en la Constitución es restrictiva, producto del
temor de los convencionales a las expresiones multitudinarias y a las formas de la
democracia directa.
VIII. Siguiendo a Aristóteles puede decirse que toda constitución contempla un sector
social dominante en la comunidad política. Ahora bien, cuál es ese sector en la nuestra?
Es indiscutible que la constitución es obra de la burguesía liberal ilustrada que, tanto en
Paraná como en Buenos Aires, unitarizada o federalizada, se apoya en el sector social
dominante para representarla al son de su ideología. Ese sector social dominante es,
por esos años, la burguesía comercial porteña, aliada a ciertos sectores de la burguesía
terrateniente bonaerense, por un lado, y la burguesía del Litoral, representada por
Urquiza, por el otro. En los años que van desde 1852 hasta la batalla de Pavón, lo que
está en juego, lo que ser discute, lo que no se ha logrado armonizar, la contradicción
que no se ha superado, es justamente cuál de eses sectores sociales dominará el país
y, en consecuencia, dará un tinte determinado al proyecto constitucional.
En su periódico «La Reforma Pacifica»,34 Nicolás Calvo escribe reiteradamente sobre la necesidad
de la provincia de Buenos Aires de integrarse a la Confederación urquicista, denunciando ácida
mente al grupo dirigencial porteño, acusándolo de oponerse a la reconciliación y unidad nacional
al solo fin de conservar su poder.
34
Halperin Donghi, Tulio. Ob. cit.
35
Sabsay, Fernando L., Perez Amuchastegui, A.J. «La Sociedad Argentina. Génesis del Estado
Argentino» Feyde, Buenos Aires, 1973.
200
Sobre el particular, Feinman expresa que, a partir de Caseros, «la política liberal se escinde en dos
alas, atrincheradas una en Buenos Aires y otra en el litoral entrerriano: el liberalismo duro y el libera
lismo integracionista». Con relación a la primera, señala que Mitre y Sarmiento fueron sus principales
exponentes, agregando que la segunda, conocida como la de los «hombres de Paraná», contó con
hombres de la talla de Alberdi, Andrade y José Hernández, buscando «antes la unión que el enfren
tamiento con las provincias mediterráneas» y proponiendo «una integración de todo el litoral a través
de una política que nacionalizara la Aduana, abriera los ríos y complementara nuestra economía en
la de Europa».36 Por su parte, Alberto Lettieri afirma que en esa disputa es factible reconocer dos
concepciones respecto de las características que debía adoptar el Estado nacional y, especialmente,
la función que le correspondía a Buenos Aires en el nuevo orden. Esas dos concepciones son, por un
lado, lo que el autor denomina «la perspectiva integracionista» que sostenía que el papel de Buenos
Aires debía reducirse a ser capital federal, en situación dependiente de las demás provincias, y, por el
otro, considerarse a Buenos Aires, por su economía y su población, como la que debía conducir el
Estado y ejercer una posición dominante. La primera postura, sostenida por Alberdi y los hombres de
la Confederación, mientras la segunda concepción tiene como principal referente a Bartolomé Mitre.37
36
Feinmann, José Pablo. Ob. Cid.
37
Lettieri, Alberto. Ob. Cid.
38
Sabsay, Fernando L. – Perez Amuchastegui, A.J. «La Sociedad Argentina. Génesis del Estado
Argentino». Feyde, Buenos Aires, 1973.
201
la «República abierta en lo social» que Alberdi expone como parte de la fórmula
prescriptiva;
5º) El medio para lograr ese aspecto sustancial del programa es una «República
restrictiva en lo político» o democracia restringida, que elimine los derechos del voto
de la multitud. Es lo que se denomina la «Republica posible»;
6º) La disputa entre Buenos Aires y la Confederación (1852–1861) consiste en dilu
cidar cuál es el sector social dominante para implemtar la «Republica Liberal». Es el
conflicto entre la burguesía comercial porteña, aliada a los ganaderos bonaerenses,
y la burguesía litoraleña;
7º) Este último problema se resuelve en la batalla de Pavón, con el triunfo de la
oligarquía porteña.
202
Capítulo 2
Pavón
Pavón, apenas una batalla donde Mitre derrota a Urquiza, la Provincia de Buenos
Aires triunfa sobre la Confederación Argentina, el Presidente Derqui renuncia y el Vice
presidente Pedernera declara disuelto el Poder Ejecutivo Nacional.
Pavón, también un hito, una piedra, un mojón a partir del cuál se comienza a imple
mentar la República Liberal, prevista por los constituyentes del 53. Una República
Liberal restrictiva o conservadora u oligárquica que, al decir de algunos, establece una
Argentina de un solo color, logrando la unidad nacional para incorporarse subordina
damente al mercado británico. Una república done se busca consagrar «una colonia
despersonalizada, sin carácter nacional propio, mimética en lo institucional, depen
diente en lo económico, subordinada en lo cultural y desdeñosa en lo multitudinario».39
Pavón, momento a partir del cual la elite porteña —burguesía comercial aliada a
ciertos sectores de la burguesía ganadera bonaerense— se adueña de los destinos
del país, comenzando a implementar una firme postura liberal, estableciendo los
modelos político, económico y socio–cultural. Elite porteña a la que el historiador Pérez
Amuchástegui40 calificó como «Oligarquía Paternalista», dado que estaba conformada
por un grupo o sector «auténticamente convencido que sólo sus miembros estaba
reservado al ejercicio del poder político y la dirección de los negocios públicos» y
porque tenían «el íntimo convencimiento que la multitud estaba en relación filial con
ellos», habiéndose auto asignado la función de guiar y educar a esa masa para que
adquirieran conciencia de sus obligaciones y responsabilidades, para luego poder
acceder a la condición de ciudadanos.
39
Sabsay, Fernando L. y Perez Amuchastegui, A.J. «La Sociedad Argentina. Génesis del Estado
Argentino». Fedye, Buenos Aires, 1973.
40
Perez Amuchastegui, A.J., «Las clase culta», en Crónica Argentina, Tomo 4, Editorial Codex, Buenos
Aires, 1979.
203
Pavón y las presidencias históricas —Mitre, Sarmiento y Avellaneda—, etapa en
la que se establecen las bases, se construyen los cimientos, que permitirán la plena
ejecución del modelo de la República Liberal a partir del 80.
José Luis Romero41 señala que el proceso iniciado en Pavón, que pone fin a que él
denomina la «Argentina criolla», logra la estabilidad política y el cambio económico
social. Estabilidad política al «afianzar el orden institucional» en una república que se
unifica, «pero su labor fundamental fue el desencadenamiento de un cambio profundo
en la estructura social y económica de la nación» que, sin embargo, no logró evitar una
creciente inestabilidad social, o mejor dicho, fue causa de su agravamiento.
Por su parte, Luis Alberto Romero,424 señala que entre Pavón y el 80, «se había
cumplido lo más grueso» de la organización institucional: la consolidación del Estado
Nacional. Un Estado que facilitó la inserción de la Argentina en el mercado mundial,
adaptando su estructura económico–social a un papel «que —se pensaba— le encua
draba perfectamente», reservándose la actividad política a una elite de «notables»,
provenientes de familias tradicionales. Mientras tanto, David Rock43 sostiene que, en
este período. «el país dejó de ser un embrollo fragmentado de lideratos de caudillos,
y gradualmente superó sus conflictos regionales para formar un Estado nacional que
adquirió una indiscutida autoridad en toda la República», mientras la expansión econó
mica adquiría una escala sin precedentes. Es que «el crecimiento económico y la unifi
cación política se reforzaron recíproca y mutuamente», pero pese a esta ultima aquel
fortaleció las disparidades regionales.
Por ultimo, Panettieri44 indica que, si bien Pavón no significa la inmediata pacifi
cación del país, comenzó la imposición de una «pax porteña» llevada a cabo por el
movimiento liberal triunfante. El mismo, afirma, arraso con las situaciones provinciales
manejadas por el federalismo tradicional.
41
Romero, José Luis. «Las ideas políticas en la Argentina». Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,
1975.
42
Romero, Luis Alberto. «Breve Historia Contemporánea de la Argentina» – Fondo de Cultura Econó
mica, Buenos Aires, 1996.
43
Rock, David. «Argentina. 1516–1987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsin» – Alianza
Editorial, Buenos Aires, 1994.
44
Panettieri, José. «Argentina: Historia de un pais periferico. 1860–1914» – Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1986.
204
Capítulo 3
El modelo político de la República liberal
45
Echeverría, Esteban. «Dogma Socialista y otras páginas políticas» . Estrada, Buenos Aires, 1965.
46
Sarmiento, Domingo. «Obras Completas»
47
Alberdi, Juan Bautista. «Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina»
205
remite a Mitre —luego de Pavón— al expresar que le «corresponde a Ud. la gloria
de restablecer en toda la República la clase culta, anulando el levantamiento de las
masas», requiere conservar y acrecentar el poder político conquistado en Pavón.
Para lograr ese objetivo de conservar e incrementar el poder político conseguido
por las armas en Pavón, se hace absolutamente necesario limitar la participación del
pueblo, o, en su caso, suprimirla. Por eso, en primer lugar, se establece un sistema
electoral en donde el voto es público y facultativo, facilitando así los abusos por
parte del gobierno de turno que, mediante fuerzas de seguridad o tropas del ejército,
controla los actos electorales, cuestión sobre la que ampliaremos cuando analicemos
las fuerzas políticas en el periodo. Es curioso, sobre este particular, «sostiene Pérez
Amuchastegui—,48 que nuestra clase dirigente, tan europea en otras temáticas, se
haya olvidado que en Francia y en otros países del Viejo continente se habían alcan
zado ya altos niveles en orden al voto secreto y universal.
En segundo lugar, se intervienen las gobernaciones provinciales que son adversas
a la «Oligarquía Paternalista», instaurándose —en su reemplazo— a representantes de
los sectores locales que son adictos al núcleo liberal porteño, manteniéndoselos con
los ejércitos de línea. Córdoba es intervenida en dos oportunidades, y en una ocasión
las provincias de Santa Fe, Catamarca, Corrientes, La Rioja y Mendoza. De estas siete
intervenciones federales, solo una es por ley.
Nicasio Oroño, gobernador y senador nacional por Santa Fe, afirma que «entre 1862 y 1868 han
ocurrido en las provincias 117 revoluciones y han muerto en 91 combates 4728 ciudadanos.49
Estos cambios de gobierno no programados, al decir de David Rock,50 obedecen a la estrategia de
Mitre de establecer núcleos en el interior que respondan al ideario liberal porteño para luego otor
garles los gobiernos provinciales que las tropas nacionales conquistaban sin miramientos, gene
ralmente a sangre y fuego. Esta política invasora del interior va a ser continuada por Sarmiento que
tan solo reemplaza los generales que ejecutan la maniobra, y que ahora se llaman Roca o Arias en
vez de Sandes o Paunero.
En tercer lugar, se enfrenta y se derrota a los últimos caudillos del Interior, con
quienes no se pretende conciliar o acordar, sino sobre los que se realizan «operaciones
de limpieza», al amparo de ordenes o instrucciones que eximen de todo comentario,
tales como: «Todo esto no tiene condiciones de vida. Preparase a reemplazarlo» o «no
48
Perez Amuchastegui, A.J. «La epidemia moral» en «Crónica Argentina», tomo 5, Codex, Buenos
Aires, 1979.
49
Sabsay, Fernando y Casablanca, Adolfo. «La Sociedad Argentina. En busca de la voluntad popu
lar», Feyde, Buenos Aires, 1974.
50
Rock, David. «Argentina. 1516–1987. Desde la colonización española hasta Raúl Alfonsin», Alianza
Editor, Buenos Aires, 1994.
206
trate de economizar sangre de gauchos. Esta es un abono útil para el país. La sangre
es lo único que tienen de seres humanos».51
Es lógico que, ante ese plan de la clase culta, renaciera el caudillismo como réplica
impetuosa de las masas del Interior ante un modelo que los marginaba socialmente,
no les respetaba las autonomías provinciales y les destruía las artesanías locales con
la competencia extranjera, sumiéndolas en la pobreza. Por eso, ante la defección de
Urquiza, surgen en el Interior nuevos liderazgos que, heroicamente, durante las presi
dencias de Mitre y Sarmiento, producirán numerosos levantamientos populares. Entre
ellos cabe destacar a Vicente «Chacho» Peñaloza que, primero a fines de 1861 y luego
en 1863, se levanta contra la política de Buenos Aires, llegando en el último caso a
expandirse desde La Rioja a Catamarca, San Luis y Córdoba, para ser finalmente
derrotado, perseguido y asesinado en Olta. Cabe mencionar también a los hermanos
Saa, Guayama, Zalazar y Felipe Varela, los que se rebelan contra la decisión de exter
minar a Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza y contra las pretensiones hegemó
nicas de Buenos Aires.
Entre los primeros días de 1861 y el 30 de Mayo del mismo año, en que se firmo la paz de La Bande
rita, Peñaloza enfrenta a los ejércitos porteños. Lo hace desde La Rioja, considerada la parte mas
atrasada del empobrecido oeste, en repudio al cese de las subvenciones que —durante los años de
la Confederación— habían mantenido la provincia y contra la intromisión del Poder Ejecutivo Nacional
en Tucumán, Córdoba y Salta. Pero en 1863, otra vez Peñaloza retoma la lucha contra las autori
dades nacionales. Lo hace mediante la «proclama de Guaja», donde reivindica la constitución federal
y apela a los viejos caudillos de esa corriente, ofreciendo la jefatura de ese movimiento restaurador
al General Urquiza. En carta a Mitre, fechada el 10 de Abril de 1863, decía Peñaloza: «Despues de
la guerra exterminadora, no se han cumplido las promesas hechas tantas veces a los hijos de esta
desgraciada patria. Los gobernantes se han convertidos en verdugos de las provincias, atropellan
las propiedades de los vecinos y destierran y mandan matar sin forma de juicio a ciudadanos respe
tables por haber pertenecido al partido Federal».52 Enfrentado a tropas muy superiores en armas, en
número, en organización y en recursos, el «Chacho» va a ser derrotado. Esperando inútilmente la
ayuda de Urquiza que nunca llego o el éxito de sus gestiones de paz ante Pâunero, general de los
ejércitos nacionales, fue asesinado en Olta, donde lo lancea una partida al mando del Mayor Pablo
Irrazabal. Decapitada su cabeza y exhibida en la plaza del lugar, Peñaloza siguió la suerte de sus
montoneras, degolladas, fusiladas, descuartizadas a continuación de cada batalla por los procón
sules porteños, uno de los cuales —Sarmiento— festejó su muerte y felicitó a quien la ordenó.
Pero las condiciones que produjeron el alzamiento de Peñaloza no cesaron sino que se incre
mentaron, mientras los ejércitos nacionales continuaban su guerra de exterminio y de avasalla
miento de las autonomías nacionales. Si a lo anterior le agregamos la absoluta impopularidad
51
Sarmiento, Domingo. Ob. cit.
52
Gorostegui de Torres, Haydee. «Historia Argentina. La organización nacional», Buenos Aires, Pai
dos, 1972.
207
de la guerra contra el Paraguay que llevaba a cabo el gobierno nacional, podemos asegurar que
estaban dadas todas las condiciones para una nueva rebelión. Así es como las tropas entrerrianas
convocadas por Urquiza para pelear contra Paraguay, se sublevan en Basualdo, Provincia de Entre
Ríos, en Julio de 1865, al mando de López Jordán. Los reclutados en La Rioja continúan el mismo
camino en Octubre de ese mismo año, a las ordenes de Aurelio Zalazar. Le sigue luego la rebelión
de los policías mendocinos que liberan de la cárcel al dirigente federal Carlos Rodríguez, a quien
consagran gobernador de la provincia. Esta última revolución se extiende a todo el territorio de
Cuyo, proclamando gobernadores de San Juan y San Luis a Juan de Dios Videla y Felipe Saa,
respectivamente. A todo ello, cabe agregarle la sublevación de Simón Luengo en Córdoba, donde
provisoriamente se adueña del poder. Pero toda esa sublevación se potencia cuando en el mes
de Noviembre de 1866, Felipe Varela, caudillo riojano que había combatido con Peñaloza, cruza la
cordillera de los Andes y reagrupa las montoneras federales. El 6 de Diciembre de ese mismo año
Varela da a conocer su celebre proclama al pueblo argentino donde condena a Mitre; denomina
«degolladores de oficio» a Sarmiento, Paunero, Sandes, Irrazabal, Campos y otros oficiales del
ejercito nacional; descuenta el apoyo el apoyo que obtendra de Urquiza; y reitera los principios
federales. Las palabras finales de la proclama indican claramente su pensamiento y su programa:
«¡Soldados federales! Nuestro programa es la practica estricta de la constitución jurada, el orden
común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás Repúblicas americanas.¡ay
de aquel que infrinja este programa! ¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos mostrara
el enemigo. Allá os invita a recoger los laureles del triunfo y de la muerte».53 Sin embargo, y pese a
su valeroso accionar, las tropas de Varela son derrotadas y su jefe debe exiliarse en Bolivia, donde
morirá tuberculoso en 1870
Mientras tanto el Litoral permanece pasivo, sin responder a los requerimientos que
llegan del Interior. En parte por la actitud personal de Urquiza pero también porque
sus intereses son más coincidentes con los del puerto de Buenos Aires, atento que
su burguesía igualmente deseaba el librecambio, la apertura de los ríos, el ingreso de
capitales y manufacturas extranjeras y la inserción en el mercado mundial como país
proveedor de materias primas.
Cabe señalar que, cuando la lucha contra el federalismo tocaba a su fin por el exterminio de las
ultimas montoneras y la prescindencia definitiva de Urquiza, en 1870 renace la lucha, esta vez en
Entre Ríos. Sabsay y Casablanca54 señalan que «Don Justo José de Urquiza era políticamente un
pasado sin gloria y un presente sin futuro ni prestigio» por entonces, especialmente por su aban
dono a Peñaloza y Varela aunque también por su deserción ante los requerimientos de los fede
rales de Córdoba o Corrientes. Pero «el desprestigio se convirtió en odio abierto» cuando apoyo
a Sarmiento «en los últimos golpes a las montoneras del noroeste». Surge entonces una conspi
ración para derrocarla, encabezada por Ricardo López Jordán, jefe de las milicias entrerrianas,
53
Citado por Feinmann, José Pablo. «Filosofía y Nación», Legasa, Buenos Aires, 1986.
54
Sabsay, Fernando y Casablanca, Adolfo. Ob. cit.
208
cuyo plan consistía en detenerlo en su residencia y obligarlo a renunciar, pero los encargados de
la operación lo asesinan. La legislatura provincial designa por unanimidad a López Jordán como
Gobernador, lo que provoca la ira del grupo dirigencial nacional que no puede permitir el rebrote
federal que ello significaba, invadiendo la provincia de Entre Ríos con la armada y los ejércitos
nacionales. Sin embargo, con el apoyo de su pueblo y la adhesión de los restos del federalismo
provinciano, López Jordán resiste los intentos de Buenos Aires por exterminarlo pero va a ser
derrotado en mayo de 1871, no teniendo éxito en sus intentos de retorno en 1873 y 1875.
55
Panettieri, José. «Argentina: Historia de un pais periferico. 1860–1914», Centro Editor de América
Latina, Buenos Aires, 1986.
56
Bonaudo, Marta y Sonzogni, Elida. «Los grupos dominantes entre la legitimidad y el control» en «Nue
va Historia Argentina. Liberalismo, Estado y Orden Burgués (1852–1880)», Editorial Sudamericana,
Barcelona, 1999.
57
Bonaudo, Marta. «A modo de prologo» en «Nueva Historia Argentina. Liberalismo, Estado y Orden
Burgués (1852–1880)», Editorial Sudamericana, Barcelona, 1999.
209
esta sobre las armas y a caballo... y a medida que un vecino queda arruinado, se ve
precisado a montar a caballo y entregarse al saqueo y al pillaje. Esta es la conse
cuencia funesta que trae nuestro sistema... Cualquier que en la guerra civil que asuela
al oeste de la República, no quiera ver mas que una guerra de vandalaje de hordas
sublevadas, que se entregan al saqueo y al pillaje, es un miope y no se fija mas que en
la corteza de los sucesos».58
III. Esa política interior represiva, que buscaba concentrar el poder en la «Oligarquía
Paternalista» para concretar el proyecto de la República Liberal en su provecho, se
complementó en lo externo con la participación argentina en la llamada «Guerra de la
Triple Alianza». Representó el mayor conflicto bélico de nuestro país, tuvo lugar entre
1865 y 1870, y en ella los ejércitos de la Triple Alianza (Argentina, Uruguay y Brasil)
aniquilaron la resistencia paraguaya y exterminaron prácticamente toda su población
masculina. Este conflicto fue notoriamente resistido e impopular en el interior argentino.
La guerra obedeció a variadas causas, entre las que podemos mencionar las
apetencias imperialistas del Brasil que buscaba consolidar su influencia en la Cuenca
del Plata; la subordinación de Mitre a dicha política imperial; el deseo de los hombres
de Buenos Aires de impedir la posible alianza de los caudillos del interior y de los
«blancos» uruguayos con el Paraguay, lo que podría mover de su letargo a Urquiza;
la presión inglesa por acceder al mercado paraguayo con sus mercaderías industria
lizadas y sus capitales, proveyéndose como contrapartida de algodón, materia prima
esta limitada para los ingleses luego de que la Guerra de Secesión norteamericana
devastara las plantaciones del sur de Estados Unidos; y, fundamentalmente, el peligro
que significaba para el proyecto liberal el modelo de desarrollo autónomo e industriali
zado que implementaba por entonces el Paraguay.
En las décadas previas al conflicto, durante el gobierno de José Gabriel Rodríguez de Francia, el
Paraguay se mantuvo replegado en sí mismo, con una fuerte protección de la actividad industrial y
agrícolaganadera, buscando autoabastecerse y con una balanza comercial favorable, donde las
exportaciones eran monopolizadas por el Estado. Pero, a partir de 1840, al asumir su hijo, Carlos
Antonio López, se produce una mayor inserción económica internacional, pero manteniendo el
monopolio estatal para las exportaciones, aspectos donde crecieron vertiginosamente el tabaco
y la yerba mate, según explica Panettieri.59 Lo anterior se completa con un interesante progreso
técnico que incluyo la construcción de astilleros, la creación de una flota mercante, el estable
cimiento de una línea ferroviaria, la utilización del telégrafo o el inicio de la construcción de una
fundición de hierro, entre otros.
58
Publicado por el diario «El Nacional» de Buenos Aires, en su edición del 24 de Noviembre de 1863,
y citado en Panettieri, José – Ob. cit.
59
Panettieri, José. Ob. cit.
210
Sabsay y Casablanca60 afirman que la explotación comunitaria de la tierra y la exportación de
excedentes, permitieron un nivel digno de vida para todos en medio de un enriquecimiento soste
nido de un país que se incorpora a los progresos del siglo sin la mediación del capital extranjero,
logrando un vertiginoso desarrollo de la industria metalúrgica. Todo ello, siguen sosteniendo los
autores citados, completado por un sistema educativo abarcativo e integrativo que estaba en vías
de erradicar el analfabetismo y con la presencia de centros de cultura con alta excelencia acadé
mica como los existentes en Asunción y Villarica.
Floria y García Belsunce61 definen al Paraguay de la epoca como «un capitalismo de Estado, inso
lito en el siglo XIX» y señalan que ese pais se presentaba ante el extranjero como una «verdadera
potencia mediterranea, libre de presiones del capital internacional, autosuficiente y aislada». Por
ultimo, afirman que, al terminar el conflicto, el Paraguay habia perdido el 90 % de su poblacion
masculina y que hasta los mismos aliados se horrorizaban de las consecuencias de su victoria.
Por su parte, Juan Bautista Alberdi, agudo analista de las causas y consecuencias de la guerra,
con numerosos trabajos sobre el particular, escribe el 27 de Noviembre de 1864 al diplomatico
paraguayo Gregorio Benitez, refiriéndose al futuro conflicto y la posición argentina sobre el parti
cular. Allí, entre otros conceptos, expresa: «En esta republica no solo hay dos partidos, sino más
bien dos paises, dos causas publicas, dos patrias y dos patriotismos por decirlo asi. Un interés
profundo los divide y hace antagonistas; y ese mismo interes, sin cambiarlo, es el que hace aliado
nato del Paraguya a todo el pais argentino situado al norte de Martin Garcia, y aliado natural del
Brasil a la otra porcion del pais».62
60
Sabsay, Fernando y Casablanca, Adolfo. Ob. cit.
61
Floria, Carlo Alberto y Garcia Belsunce, Cesar. «Historia de los Argentinos» Tomo II. Larousse,
Buenos Aires, 1992.
62
Peña, David. «Alberdi, los mitristas y la guerra de la triple alianza». Peña Lillo Editor, Buenos Aires,
1965
211
ción de un conjunto variado de órganos centrales, calificado por algunos historiadores
como «la obra orgánica», produjo una redefinición de las relaciones existentes con los
estados provinciales, por un lado, y con la sociedad civil, por el otro.
Dice Marta Bonaudo63 que en la organización del Estado aparecieron dos ámbitos prioritarios:
rentas y centralización militar, señalando que en ese proceso de construcción del estado el mismo
«tuvo que fortalecer sus estructura burocráticas, complejizar sus aparatos, haciéndolos idóneos
para atender tanto sus propias necesidades como las provenientes de la sociedad. En esta direc
ción no solo potencio a aquellos, sino que los alimento con cuadros emergentes, en parte de insti
tuciones ya consagradas, como las universidades, o de nuevo cuño como los colegios nacionales
y las escuelas normales. Pero también necesito apelar —ante sus déficit o sus falencias— a esos
actores dinámicos de la sociedad civil, esos burgueses que podían aportarle recursos materiales y
humanos imprescindibles para dar vida a las nuevas esferas institucionales». Por ultimo manifiesta
que en ese proceso el ciudadano no fue visto únicamente como portador de derechos soberanos
sino también como el sostén material del Estado.
Este camino de construcción del Estado Nacional es iniciado por Mitre cuando
convoca a los juristas más capaces del país, encabezados por Vélez Sarfield, para que
produjeran una revolución institucional creando un sistema jurídico nuevo, una buro
cracia y un sistema fiscal nacional64 y se realiza sobre la base de la ideología del grupo
dominante, la oligarquía terrateniente de la pampa húmeda.
Un estudio detallado y profundo sobre la organización del Estado Nacional corresponde a Oscar
Oslak,65 a quien vamos a seguir en las paginas siguientes. La existencia del Estado se verifica, al
decir del citado autor, cuando aparecen un conjunto de atributos que definen la «estaticidad» o
la condición de «ser estado», o sea, cuando surge una instancia de organización del poder y de
ejercicio de la dominación política.
Ahora bien, cuales son esos atributos o propiedades? Oslak menciona cuatro atributos, que son: l)
Capacidad de externalizar su poder, mediante el reconocimiento como unidad soberana dentro de
un sistema de relaciones interestatales; 2) Capacidad de institucionalizar su autoridad, imponiendo
una estructura de relaciones de poder que garantice su monopolio sobre los medios organizados
de coercion; 3) Capacidad de diferenciar su control, a traves de la creacion de un conjunto funcio
nalmente diferenciado de instituciones publicas con reconocida legitimidad para extraer estable
mente recursos de la sociedad civil, con cierto grado de profesionalizacion de sus funcionarios y
cierta medida de control centralizado sobre sus variadas actividades; y 4) Capacidad de interna
lizar una identidad colectiva, mediante la emision de simbolos que refuerzan sentimientos de perte
63
Bonaudo, Marta. Ob. cit.
64
Rock, David. Ob. cit.
65
Oszlak, Oscar. «La formación del Estado Argentino», Editorial Belgrano, Buenos Aires, 1985
212
nencia y solidaridad social y permiten, en consecuencia, el control ideologico como mecanismo de
dominacion.
Definiendo al Estado como «una instancia de articulacion de relaciones sociales»,66 dice Oslak
que no hay nada mas necesitado de articulación que la economía de mercado, economía que
resulta condición necesaria a su vez para la constitución del Estado nacional. Pero el Estado,
como surge? No lo hace por generación espontánea ni tampoco existe un acto ritual que lo cree,
sino que surge de «un proceso formativo a través del cual va adquiriendo un complejo de atributos
que en cada momento histórico presenta distinto nivel de desarrollo».67 En ese sentido, manifiesta
el autor citado, cabe hablar de «estaticidad» para referir al grado en que un sistema de dominación
social ha adquirido el conjunto de propiedades que definen la existencia de un estado. Y que es
un Estado nacional? Es un proceso convergente de constitución de una nación y un sistema de
dominación, o sea, es un Estado simbólicamente delimitado por la Nación.
Ahora bien, como se expande el Estado? Por el creciente involucramiento de sus instituciones en
cuestiones u áreas problemáticas de la sociedad, frente a las que adoptan posiciones respaldadas
por recursos de dominación.
Sostiene Oslak que los sectores económicos dominantes en América Latina encontraban en la
apertura hacia el exterior el terreno de convergencia para la homogeneización de sus intereses,
pero para ello era imprescindible superar las restricciones imperantes, tales como mercados
muy localizados, poblaciones escasas, rutas intransitables, anarquía monetaria, inexistencia de
mercado financiero, territorios en manos de los indígenas o la existencia de caudillos localistas. Y
el modo de superarlas pasaba por la institución de un orden estable y la promoción de un conjunto
de actividades destinadas a favorecer el proceso de acumulación. Es decir, orden y progreso.Pero
para ello era necesario «consolidar el pacto de dominación de la incipiente burguesía y reforzar el
precario aparato institucional del Estado».68
En ese camino, en una primera etapa, el objetivo fue el «orden», por lo que los Estados exterio
rizaron fundamentalmente su presencia como aparatos de represión y control social, dado que
resolver esa cuestión era una condición básica de la supervivencia y consolidación del Estado, a
partir del cual —y como su natural corolario— se presentaba la cuestión del «progreso». De allí que
«un estado capaz de imponer el orden y promover el progreso era, casi por definición, un estado
que había adquirido como atributos la capacidad de institucionalizar su autoridad, diferenciar su
control e internalizar una identidad colectiva».69
Podemos decir que en su origen la formación de los estados nacionales latinoamericanos implico
la sustitución de la autoridad centralizada del estado colonial y el intento de subordinar los múlti
ples poderes locales que eclosionaron como fuerza centrifuga luego del proceso emancipador.
Este proceso brindo el componente idealista de la nacionalidad pero la base material de la Nación
66
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
67
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
68
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
69
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
213
se comenzó a conformar con el surgimiento de oportunidades para la incorporación de las econo
mías locales al sistema capitalista mundial, lo que se vio acompañado por la consolidación del
poder de aquella clase o alianza de clases que controlaba los mismos circuitos de producción y
circulación de bienes en que se baso la expansión de la economía exportadora. Esto exigió para
lelamente un sistema de dominación capaz de articular, expandir y reproducir el nuevo patrón de
relaciones sociales. Por eso se dice que este sistema de dominación —el Estado nacional— fue
a la vez determinante y consecuencia del proceso de expansión del capitalismo iniciado con la
internacionalización de las economías de la región, «determinante, en tanto creo las condiciones,
facilito los recursos y hasta promovió la constitución de agentes sociales que favorecieron el
proceso de acumulación. Consecuencia, en tanto a través de múltiples formas de intervención, se
fueron diferenciando en control, afirmando su autoridad y, en última instancia, conformando sus
atributos».70
En lo referente a la cuestión del «progreso», dice Oslak que «síntesis del pasado y profecía del
futuro —como lo caracterizara Bury—, el progreso se abría paso como concepción dominante
en esta etapa de construcción de la sociedad argentina»,71 concepción que se plasmo normativa
mente en la Constitución nacional de 1853. Ese pensamiento suponía que la tierra, el capital y el
trabajo «pondrían en marcha esa indetenible maquinaria del progreso. Tampoco se ignoraba que
únicamente el Estado estaba en condiciones de construir los pilares del nuevo orden social antici
pado. Como decía Renan, el Estado era la maquina del progreso».72
En lo relativo al «orden», significaba dar vida a un estado nacional cuya existencia solo se encon
traba realmente en el precepto constitucional. El desorden y sus manifestaciones diversas – caos
jurídico, enfrentamientos armados, precariedad institucional, imprevisibilidad de las transacciones
– «expresaban precisamente la inexistencia de una instancia articuladora de la sociedad civil que,
en las nuevas condiciones históricas, solo podía estar encarnada en el Estado».73
En el caso particular de la Argentina, la Constitución Nacional de 1853 estableció el marco norma
tivo para la organización del Estado nacional, pero en 1861 su implementación todavía estaba
pendiente. La formalidad jurídica era necesario materializarla, tanto en el monopolio de ciertas
actividades ejercidas por entonces por las provincias, como invadiendo «ámbitos de acción propio
de los “particulares”» o «delimitando nuevos ámbitos operativos que ningún otro sector de la
sociedad estaba en condiciones de atender, sea por la naturaleza de la actividad o la magnitud
de los recursos involucrados».74 Esa penetración del Estado fue un proceso único, que se mani
festó en diversas modalidades, a las que Oscar Oslak califico respectivamente como «represiva»
—implicaba la organización de una fuerza militar nacional destinada a prevenir y sofocar toda
intentona de modificar el orden impuesto por dicho Estado nacional—, «cooptiva» —consistía en
70
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
71
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
72
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
73
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
74
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
214
lograr el apoyo de los sectores dominantes y de los gobiernos del interior, mediante alianzas de
mutuo interés—, «material» —realizando en todo el territorio las obras necesarias para el progreso
económico o brindando los servicios y estableciendo las regulaciones convenientes para dicho
progreso— e «ideológica» —que implicaba la «creación y difusión de valores, conocimientos y
símbolos reforzadores de sentimientos de nacionalidad que tendían legitimar el sistema de domi
nación establecido».75
75
Oszlak, Oscar. Ob. cit.
215
Corte Suprema de Justicia de la Nación estuvo integrada por José B. Goros
tiaga, Salvador Maria del Carril, Barros Pazos, Delgado y Carrera,vigilando desde
entonces el cumplimiento de la constitución nacional y asegurando su supremacía
sobre cualquier norma legal.
2) Sanción de los Códigos Nacionales. La Constitución Nacional facultaba el
Congreso a dictar las leyes de fondo, lo que suponía reemplazar al viejo derecho
castellano y de Indias, que se encontraba vigentes desde el periodo hispánico. La
sanción de esa legislación de fondo tenía como finalidad central dar estabilidad a
las relaciones jurídicas en toda la nación y ofrecer garantías al extranjero, especial
mente a los capitales. Pero además «facilito la enseñanza del derecho y unifico el
criterio de los tribunales, agilizando la administración de justicia y la defensa ante
ella de los intereses particulares».76
En tal sentido, en 1863 se sanciona el Código de Comercio, adoptándose como tal
el de la Provincia de Buenos Aires, vigentes desde 1859 y elaborado por Acevedo y
Vélez Sarfield.
Por ley del 6 de Junio de 1863 se faculta al Poder Ejecutivo nacional a designar las
comisiones redactoras de los códigos penal, civil y de minería, encargándose el 20
de Octubre de 1864 a Dalmacio Vélez Sarfield la redacción precisamente del código
civil. El proyecto respectivo es aprobado por ley del 25 de Septiembre de 1969 y
entra en vigencia el 1º de Enero de 1871.
En lo relativo a la materia penal, por decreto de Diciembre de 1864 se designa
a Tejedor para la redacción del mismo, el que es terminado en 1868 pero dicho
proyecto se pasa a estudio de una comisión que, luego de 13 años, en 1881,
presenta un texto diferente, aunque finalmente el Congreso nacional sanciona como
Código Penal al proyecto Tejedor.
Cabe señalar que en la normativa jurídica señalada es dable observar claramente la
concepción filosófica liberal, con su reconocimiento prácticamente ilimitado de los
derechos individuales, especialmente el de propiedad.
3) Formación de un Ejercito Nacional. Recordando que hasta 1862, como dice
Oslak, el aparato represivo fue un atributo compartido entre el gobierno nacional y
las provincias, corresponde al presidente Mitre la formación de un ejercito nacional.
Lo hace mediante un decreto que establece una fuerza militar permanente de
6.000 hombres, distribuidos en un regimiento de artillería, seis de infantería y ocho
de caballería de 400 efectivos cada uno, con la función principal de sofocar los
levantamientos del interior, a lo que cabe agregarle los contingentes existentes en
la frontera para la lucha contra los indios. Ese ejercito llego a tener 25.000 hombres
cuando se inicia la guerra del Paraguay.
En 1872, por ley nacional, se crea el ejercito de línea formado por alistamientos
voluntarios, enganchados y contingentes suministrados por las provincias, a las
76
Sabsay, Fernando y Casablanca, Adolfo. Ob. cit.
216
que —en 1880 y por ley 1072— se les prohíbe formar cuerpos militares aunque
conservan la facultad de organizar las guardias nacionales y nombrar a sus oficiales,
facultad que le es suprimida en 1915. Cabe agregar a lo antedicho la embrionaria
organización naval que, en principio, contó con tres navíos de guerra.
Por último, es necesario señalar que el ejercito se fue organizando progresivamente,
perfeccionándose sus cuadros en institutos militares, tales como el Colegio Militar
creado en 1869 o la Escuela Naval o la Inspectoria General del Ejercito.
217
de Buenos Aires dado que si bien el Congreso sanciona la ley que la establece
como tal no se logra la cesión de la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por
la oposición de los representantes del autonomismo. De allí que Mitre debe llegar
a un acuerdo con las autoridades provinciales, por el cual el gobierno nacional
puede residir en calidad de huésped y durante cinco años en la ciudad de Buenos
Aires. Las bases del acuerdo son propuestas por las autoridades de la Provincia de
Buenos Aires, las que son aceptadas por el gobierno nacional mediante la ley nº 19,
titulada «ley de compromiso» o «ley de residencia», promulgada el 8 de Octubre de
1862. Por el mismo, los bancos, los entes administrativos provinciales, la policía, la
justicia y la administración comunal seguían en manos del gobierno provincial, lo
que llevo a que se afirmara que «el presidente no puede hacer barrer la calle en la
vive ni ordenar a un agente de policía que vigile la puerta de su casa». Este acuerdo,
a su vencimiento, se prorrogo de hecho dado que el Vicepresidente Marcos Paz, a
cargo del Poder Ejecutivo Nacional por entonces, invoco el derecho del Gobierno
nacional a residir en cualquier punto del territorio.
Durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento se presentaron diversos
proyectos de federalizacion, tendientes a capitalizar distintas ciudades tales como
Rosario, Villa Maria o Río Cuarto, los que no fueron aprobados por el Congreso
nacional o, en su caso, vetados por el poder ejecutivo nacional, especialmente
por Sarmiento que en 1869, 1871 y 1873 lo hizo con proyectos sancionados por el
Congreso que designaban como capital a Rosario en dos oportunidades y a Villa
Maria en una. A lo anterior cabe agregarle numerosas propuestas sobre el parti
cular que no alcanzaron estado legislativo, entre ellas la del propio Sarmiento que
imagino también la capital en San Nicolás o, incluso, en la Isla Martín García.
Por último, al finalizar el periodo presidencial del Dr. Nicolás Avellaneda, el Congreso
Nacional sanciono las leyes 1029 y 1030. Por la primera, se declaraba Capital de la
Republica Argentina a la ciudad de Buenos Aires, mientras que por la segunda se
conminaba a la legislatura bonaerense a ceder los territorios a federalizar en el plazo
máximo de 90 días. Si no lo hacia en ese término, se convocaría a una convención
nacional constituyente para reformar el artículo tercero de la constitución nacional
y establecer, como en el texto original de 1853, a la ciudad de Buenos Aires como
capital de la República. Ante ello, la legislatura de la Provincia de Buenos Aires cede
el territorio y la ciudad de Buenos Aires se convierte en Capital Federal.
8) El problema del indio. Con relación a esta cuestión, la misma se había agravado
luego de la caída de Rosas y, como afirman Floria y García Belsunce,77 los malones
avanzaban sobre estancias y poblaciones, especialmente cuando por las guerras
civiles o el conflicto con Paraguay se habían desprotegido las fronteras interiores.
Por eso, mas allá de la idea de Mitre de que la verdadera frontera contra el indio
la constituía la ocupación efectiva y en propiedad de la tierra o las de Rawson que
77
Floria, Carlos y Garcia Belsunce, Cesar. Ob. cit.
218
ubicaba al ferrocarril como «la frontera de hierro», lo real y concreto es que siendo
presidente Avellaneda el problema subsistía y causaba honda preocupación en la
población y en el gobierno. Por eso, estando Alsina como Ministro de Guerra, se
inicia una activa campaña tendiente a avanzar la línea de frontera sur, ocupando
lugares estratégicos e incorporando a ellos núcleos poblacionales importantes. Al
morir Alsina, lo reemplaza el General Julio Argentino Roca que, con un plan distinto,
desde mediados de 1878 y hasta junio de 1879, avanza duramente contra los indios
y ocupa la línea del Río Negro, logrando así el objetivo máximo de la campaña y
erradicando casi totalmente el peligro de invasiones o incursiones indígenas.
9) Sistema educativo. La organización y expansión del sistema educativo nacional
constituye uno de los elementos centrales del periodo, pero su analis se realizara
exhaustivamente en el capitulo referido al modelo cultural.
10) Inmigración. Del mismo modo que la tarea codificadora buscaba ofrecer un
mercado jurídicamente ordenado a los capitales extranjeros, era necesario dictar
leyes de inmigración y colonización que posibilitaran cumplir con el «gobernar es
poblar» de Alberdi y garantizaran los derechos otorgados a los extranjeros. Cabe
señalar que si bien no llegaron los anglosajones soñados por aquel, durante las
presidencias de Mitre y Sarmiento arribaron al país mas de 400.000 inmigrantes, la
mayoría provenientes de Italia y España. En todos los casos, no se seleccionaba al
extranjero ni se preveía su asiento en un lugar determinado para que realizara tareas
especificas.
A partir del gobierno de Avellaneda, se comienza a reglamentar ordenadamente
la cuestión, intentando volcar la corriente inmigratoria hacia la actividad agrícola.
Esta tarea se cumple de diversas maneras pero principalmente con la sanción de
la ley Nº 817, denominada «ley de inmigración y colonización». La misma crea un
Departamento de Inmigraciones, estableció un sistema de agentes en Europa para
fomentar ordenadamente la inmigración, reglamento las condiciones de transporte
y alojamiento provisorio hasta su radicación definitiva, estableció tierras aptas para
la colonización en territorios nacionales o provinciales y auspicio el funcionamiento
de empresas privadas de colonización.
El análisis detallado de este tema, con implicancias no solo político–institucionales
sino también económicas y socio–culturales, se realizara en el capitulo destinado al
modelo cultural.
11) Organización de la Hacienda Pública. En 1862 se creo el Ministerio de Hacienda
y se estableció una oficina nacional de Aduana. Durante la presidencia de Sarmiento
se creo el Banco Nacional que no era una banca del Estado sino una sociedad
anónima con privilegios especiales, donde el gobierno nacional era principal accio
nista. Esta entidad bancaria, con facultad para emitir dinero con circulación legal en
todo el territorio nacional, no logro superar al Banco Provincia de Buenos Aires que
continuo siendo la institución crediticia mas importante de la época. Por otra parte,
219
se suprimieron las aduanas interiores y se subordino las oficinas recaudadoras a la
Contaduría General.
12) Sistema monetario. No se logro establecer una moneda única ni el control exclu
sivo de los mecanismos de emisión, predominando el boliviano en el interior y el
papel moneda del Banco Provincia en Buenos Aires en el Estado honónimo.
13) Censo Nacional. En 1869 tuvo lugar el primer censo nacional, el que registro
una población de algo mas de 1.700.000 personas, con mas del 12 % de extran
jeros y mas del 70 % de analfabetos.
14) Creación de otras instituciones estatales. Se creo un sistema postal nacional
al mejorarse y nacionalizarse el sistema de correos imperante; se concesiono a
empresas particulares el servicio telegráfico; se establecio un Asilo de Inmigrantes,
el Registro General, el Departamento de Agricultura, la oficina de estadistica, el
boletin oficial y el servicio meteorologico nacional, entre otros, modernizandose el
fuerte que comenzo a adquirir las caracteristicas de la actual Casa Rosada.
220
Señala sobre el particular Halperin Donghi78 que la originalidad del Partido Liberal era que nacía
para introducir modificaciones muy profundas en la vida colectiva, por lo cual no aspiraba a
presentarse como representación política de la sociedad. En efecto, no buscaba ni pretendía
reflejar en el campo político una realidad que consideraba deplorable sino identificarse con un
cuerpo o conjunto de ideas validas para oponerlas a las caducas de sus rivales, representativos
estos últimos precisamente de esa realidad caduca y deplorable. De allí derivaba su superioridad y
no del numero, era el pensamiento de los liberales porteños.
En ese marco, cabe destacar que, a posteriori de Pavón, —con la sola excepción
de los últimos caudillos federales como Peñaloza, Varela, Saa o Zalazar—, toda la polí
tica nacional queda marcada por el tono liberal que le impone la oligarquía porteña,
aunque es necesario señalar que los núcleos federales moderados del interior siguen
reconociendo el liderazgo de Urquiza, pese a su defección en 1861 y su reclusión en la
provincia de Entre Ríos.
Mitre considera que los avances del gobierno nacional no debían alcanzar a las provincias meso
potámicas, donde todavía influye Urquiza.
78
Halperin Donghi, Tulio «Proyecto y construcción de una Nación (1846–1880)», Ariel, Buenos Aires,
1995.
221
Dice Hilda Sabato79 que ambas fuerzas son dos maquinas electorales, preparadas casi
como para la guerra y que persiguen intereses facciosos. Sobre el autonomismo, Botana80
afirma que su papel en la vida politica puede ser asimilado al de un actor con suficiente
fuerza para impedir la consolidación de su oponente, pero sin el consenso indispensable
para conquistar el poder presidencial. De allí que no pueda imponer a su jefe, Adolfo
Alsina, en las elecciones presidenciales de 1868 pero en alianza con el ejercito consagre
a Sarmiento como titular del poder ejecutivo nacional, derrotando al candidato mitrista.
A posteriori de la muerte de Urquiza, acaecida en 1870, los restos de sus fuerzas,
denominadas como «los federales del interior», son reagrupadas por Nicolás Avellaneda,
Ministro de Instrucción Publica de Sarmiento, quien también recibe el apoyo de grupos
provinciales que no aparecían hasta entonces bajo una dirección unificada. De allí que,
en un discurso del 18 de Marzo de 1874, Avellaneda manifieste que «podemos llamarnos
ahora un partido nacional sin que la geografía nos contradiga» y cuando días más tarde
se establece una alianza con el autonomismo de Adolfo Alsina, podemos decir que
queda conformado el Partido Autonomista Nacional, PAN, que sostiene la candidatura
presidencial precisamente de Nicolás Avellaneda para las elecciones de ese año.
En 1877 se produce en la provincia de Buenos Aires la denominada «conciliación»
entre Alsina y Mitre que, entre otras cosas, levantaba el estado de sitio, reincorporaba
los oficiales mitristas separados del ejercito en 1874, avanzaba en una reforma electoral
que abolía la lista unica y establecía distritos electorales para permitir la representa
ción de las minorías, incorporaba hombres de Mitre en el gabinete nacional, propiciaba
candidatos comunes para las futuras elecciones provinciales y sostenía la candidatura
de Adolfo Alsina para presidente de la Nación en 1880. En el interior la «conciliación»
no tuvo aceptación siendo rechazada en Santa Fe —mediante un conato revolucio
nario— y en Corrientes —donde se produjeron hechos sangrientos—. Pero además
la misma no interesaba al presidente Avellaneda que no necesitaba del mitrismo para
asegurar la estabilidad de las provincias interiores. El hecho mas importante se dio
sin embargo en la propia provincia de Buenos Aires donde sectores juveniles del
autonomismo, conducidos por Aristóbulo del Valle y Leandro Alem, se opusieron y
conformaron primero el comité republicano y desde agosto de 1877 el Partido Repu
blicano. Dicho agrupamiento contó además con la presencia de Roque Sáenz Peña,
José Manuel Estrada, Pedro Goyena, Lucio López y Francisco Uriburu, recibiendo la
adhesión del mismísimo Domingo Faustino Sarmiento quien, desde las paginas del
diario «El Nacional» sostenía que «las ideas no se concilian; las conciliaciones alre
dedor del poder publico no tienen mas resultado que suprimir la voluntad del pueblo
79
Sabato, Hilda. «La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862–1880»
Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1998.
80
Botana, Natalio «El orden conservador» Hyspamerica, Buenos Aires, 1985.
222
para sustituirlo por la voluntad de los que mandan».81 El partido Republicano triunfa en
las elecciones de senadores provinciales por 1.117 votos contra tan solo 346 de los
conciliados pero va a ser ampliamente derrotado en las elecciones para gobernador
por 3.135 sufragios contra 1.187. Integrado por jóvenes universitarios pertenecientes a
la burguesía bonaerense, carentes de fortuna y deseosos de ascender social y econó
micamente mediante la política, el partido republicano tiene corta vida pero inaugura
la política antiacuerdista y es el principal antecedente de lo que mas de diez años
después Serra la Unión Cívica Radical
Cabe señalar también que, como ya señalamos, el fracaso de la conciliación en el
interior va a llevar a que los gobernadores se comiencen a organizar y, coordinados
por el cordobés Antonio Del Viso, realizan un pacto no escrito al que se denomina «liga
de gobernadores», donde se reservan el papel de únicos electores en sus respectivos
distritos..Sus principales impulsores son los gobernadores de Tucumán, Salta, Jujuy,
La Rioja, Santiago del Estero, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe.
En conclusión, y siguiendo a José Carlos Chiaramonte,82 podemos decir que el
mitrismo y el alsinismo son dos grupos con intereses similares que se disputan el
manejo del aparato del Estado, sin debatir los grandes problemas del país. Por eso,
pese a que el mitrismo agrupa a la mayor parte de los comerciantes de Buenos Aires y
a los apellidos patricios y el alsinismo cuenta con la adhesión de los ganaderos bonae
renses, la incipiente burguesía industrial y la juventud universitaria deseosa de ascenso
social, la diferencia no es lo suficientemente amplia como para plantear partidos anta
gónicos. En lo referente a los jóvenes que conforman el partido republicano, Chiara
monte afirma que tienen un programa que tiende a la transformación capitalista de
la actividad económica y buscan una organización política plenamente democrática
pero, continua sosteniendo, este programa no es producto de una evolución de la
burguesía argentina sino mas bien una copia de la experiencia de sus pares europeos,
pesando ampliamente su condición de jóvenes talentosos y pobres donde la política
se convierte en canal de ascenso económico, mediante cargos en la administración
publica o bancas en los órganos deliberativos.
81
Citado por Halperin Donghi, Tulio. Ob. cit
82
Chiaramonte, José Carlos. «Nacionalismo y Liberalismo económicos en Argentina. 1860–1880».
Solar–Hachette, Buenos Aires, 1971.
223
fuerzas políticas del interior, para lo cual revaloriza al gaucho y, en términos generales, a la herencia
hispánica, considerándola como un elemento indispensable en la construcción de la nacionalidad.
Tanto en «Cartas Quillotanas» como en «Grandes y pequeños hombres del Plata», Alberdi sostiene
la legitimidad de que la parte inculta de la sociedad – tan soberana como la culta – designe los
jefes que considera la representan, aunque los mismos no sean del agrado o conveniencia de la
dirigencia porteña, afirmando que debe construirse una nación inclusiva, con espacio para todos,
libre de la guerra civil y del derramamiento de sangre que había causado la intolerancia de los libe
rales porteños. En la misma línea de pensamiento, Andrade va a reivindicar la tradición de un fede
ralismo constitucionalista y antiporteño en su escrito «Las dos políticas», de 1867, donde postula
a Urquiza como candidato presidencial para 1868, al par que Guido y Spano critica a Mitre por la
guerra del Paraguay y por no otorgar garantías constitucionales a sus oponentes, aplastando toda
disidencia. Ambos, por otra parte, hablan de las «republicas hermanas» de América Latina, lo que
contrasta claramente con la tendencia de los liberales porteños de presentarse como europeos en
América. Por ultimo, también José Hernández adscribe a este pensamiento al identificarse con ese
redefinido liberalismo de matices democráticos, al decir de Halperin Donghi.83
En síntesis, expresando ideas nacionalistas, populares y reivindicadoras de la tradición hispánica,
esta corriente de pensamiento no avanzo mas allá de la denuncia o la explicación del fracaso o la
reivindicación de los caudillos populares, no alcanzando a organizarse como una fuerza política.