Crónicas Internacionales 2011-2019
Crónicas Internacionales 2011-2019
DICHOS Y QUEBRANTOS
Crónicas internacionales
2011 • 2019
Nelson Specchia
Autoridades UNC
Rector
Dr. Hugo Oscar Juri
Vicerrector
Dr. Ramón Pedro Yanzi Ferreira
Secretario General
Ing. Roberto Terzariol
Prosecretario General
Ing. Agr. Esp. Jorge Dutto
Specchia, Nelson
Dichos y quebrantos: crónicas internacionales
2011-2019 / Nelson Specchia; compilado por
Nelson Specchia. - 1a ed. - Córdoba: Editorial
de la UNC, 2020.
Libro digital, PDF
Agradecimientos 15
Prólogo 19
15
nuestras conversaciones sobre papers, teorías y comunicaciones a congresos
y reuniones terminaron teniendo eco en estos artículos.
Mi gratitud para con mis editores de este período, en especial para
con el contador Alejandro María Piñero Sastre, editor general de Hoy Día
Córdoba, por su apertura al disenso y su confianza en mi criterio para to-
mar las decisiones sobre qué publicar.
Quiero dejar constancia también de mi reconocimiento a los directo-
res de la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, doctores Mar-
celo Bernal y José Emilio Ortega, por su invitación a publicar esta antolo-
gía en la imprenta de nuestra alma mater, y a Santiago Espósito, que tomó
a su cargo la laboriosa tarea de la selección del material que finalmente
integraría este volumen.
Por último, pero sólo en el orden del discurso, a las docenas de cartas
de lectores que llegan al diario comentando, criticando y discutiendo las
ideas que esbozo en estos artículos: ese diálogo escrito constituye el mayor
acicate para reexaminar el propio pensamiento, y refuerza la conducta cívi-
ca de una sociedad democrática.
N. S.
Córdoba, otoño 2019
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PRÓLOGO
Conozco al autor de esta obra desde hace más de tres lustros. He podido
apreciar su crecimiento profesional, en diversos campos: el literario, el pe-
riodístico, el académico; ha combinado tenacidad y claridad; virtudes poco
habituales en un contexto de provincia.
Durante ese trayecto, he consolidado con Nelson Gustavo Nicolás
Pantaleón Specchia −de él se trata-, una relación de recíproco respeto y
(en lo personal) de admiración. Es que a lo largo de los años, más allá de
algunas coincidencias de “hoja de vida” −día de cumpleaños cercano, in-
tereses académicos relativamente afines, vocación compartida por fundar
o conducir publicaciones y sellos editoriales-; su voluminosa y singular
producción, generó mi entusiasmo por integrar las camadas de alumnos y
docentes universitarios, periodistas de medios orales o gráficos, ensayistas
o escritores de diverso género o gestores culturales, que han encontrado en
el oriundo de Las Breñas (Chaco) −cordobés por adopción- a un referente.
Semejante colección de nombres de pila, que analizados individual-
mente remiten a tradiciones o ámbitos profundos y especiales, parecieran
hablarnos de un hombre que es a la vez varios; y ello concuerda plena-
mente con la inequívoca multidimensión de Specchia, quien trazando una
trayectoria aún en desarrollo, ha conocido estaciones y senderos diversos,
dejando testimonios.
Lo conocimos y recordamos como cuadro destacado entre los impor-
tantes elencos que la Universidad Católica de Córdoba (UCC) ha soste-
nido en las últimas dos décadas; figuras que, reconocidas en la docencia o
la gestión universitaria, prestaron o aun prestan importantes servicios a la
comunidad. Rectores como Miguel Petty o Rafael Velasco; decanos como
Armando Andruet, Adolfo Bertoa, Mario Riorda, Martín Lardone, Alejan-
dro Groppo, Rubén Sambuelli; y secretarios o funcionarios como Patricia
Messio, Emilio Graglia o el propio Nelson, en listado breve −recortado
por mi propia experiencia, habiendo interactuado con ellos desde diversos
roles- pero representativo de un mosaico amplio de mujeres y hombres que
con su aporte, acrecentaron el prestigio y justificaron el rol social de esa
querida Casa de Altos Estudios.
Aquel joven profesor, encargado de las relaciones internacionales de
la UCC −había ejercido similar función en la Universidad Tecnológica
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Nacional previamente-, no tardó en sobresalir puertas afuera del país; se
transformó en un catedrático “Jean Monnet”, distinción sólo conferida a
personalidades con capacidad de aportar fundamentos concretos a la inves-
tigación y la enseñanza de la cultura integracionista europea. Importantes
universidades de Córdoba, Argentina y el mundo lo han tenido como pro-
fesor regular, invitado, conferencista e investigador. Aquel ejercicio docen-
te, tan constante como heterogéneo, aceleró la maduración del divulgador.
Diversos medios lo tuvieron como esencial protagonista: algunos creados
por él mismo, junto a muchos de notable trascendencia en el campo aca-
démico; como también la prensa local y nacional, haciendo emerger su
faceta periodística, practicada sin descanso durante las últimas dos décadas
y coronada con la dirección del reconocido matutino Hoy Día Córdoba,
que ejerce en la actualidad.
Pero a la hora de seguir componiendo al Specchia multidimensional
no debemos soslayar su vocación más temprana: la artística. En una face-
ta algo ajena a la que nos convoca, Nelson fue un precoz y sobresaliente
pintor, y un no menos valioso escritor lírico y prosista. A la manera de un
renacentista ambos talentos crecieron parejos en su juventud. En cuanto
a su producción literaria, desde 2001 publicó seis libros de poesía, cuatro
libros de cuentos, tuvo participación en varias antologías y una novela con
tres ediciones, obteniendo importantes reconocimientos: siete premios en
total, dos de ellos internacionales, el último en 2016.
Existe un hilo conductor entre el Specchia artista plástico, poeta,
cuentista o novelista, ensayista, académico o periodista. Semejante versa-
tilidad atraviesa toda su creación. Y las suaves acuarelas o las más densas
coloraciones que propone la témpera, los trazos más empapados o los más
sutiles que denotan el manejo diestro de los pinceles, se cruzan con el ejer-
cicio artesanal de la palabra: aquel que brota del alma, o el que reposa en
reflexiones consolidadas por el permanente ejercicio de estudiar y analizar.
Nelson, como pocos en Córdoba, es capaz de ejercitar la aufhebung hege-
liana: la idea de superar o sublimar, a partir de un proceso intelectual en el
que las más variadas posibilidades de interacción serán posibles.
Así las cosas, en el marco de la convocatoria a publicaciones de la
Editorial de la UNC (2019), recogimos con interés la propuesta de publi-
car un racconto de su trabajo periodístico en los últimos años; que permite
recuperar el pensamiento vivo de un intelectual sobresaliente, cuyo parti-
cular estilo vuelve al conjunto de textos un todo sistemático inestimable
para recuperar memoria reciente, así como para entender procesos de largo
aliento; explicitando sagas de las que surge su notable capacidad de anti-
cipo de situaciones o desenlaces. También permite ratificar la calidad del
Hoy Día Córdoba, que publica cotidianamente a muchos autores locales,
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varios de ellos sumados al catálogo de nuestra Editorial, como el mencio-
nado Graglia, Darío Sandrone o Miguel Rodríguez Villafañe, sin perjuicio
de colaboraciones −menos regulares- de columnistas como César Tcach,
Santiago Espósito o quien suscribe.
El hombre de los cuatro nombres recupera y sintetiza diversas tradicio-
nes analíticas a la hora de pintarnos el mundo. A la manera de un Francisco
Delich se preocupa por pensar América Latina como un todo, repasando
exhaustivamente sus esquinas de raigambre provinciana. Adelanta el ocaso
bolivariano y profundiza miradas sobre las figuras importantes del período.
Nos enseña, de algún modo, cómo se vive en cada rincón americano, recu-
perando tiempos vividos, articulándolos con el presente, mientras explora
el porvenir. En la senda de Methol Ferré −que probablemente se hubiere
interesado por los asuntos que indaga Nelson, de un modo muy parecido-
se ocupa de la Iglesia Católica, en particular, del Vaticano y de Francisco,
integrándolos a los avatares del mundo. Hay preocupación por divulgar,
pero también por hacer aportes a una teoría general sociohistórica −en
la tónica de investigadores del prestigio de Hobsbawm o Giddens- en su
mirada sobre el Islam, abordando la Primavera Árabe, las particularidades
del diverso e inclasificable Oriente, o el trayecto hacia las tensiones que hoy
encuentran en Siria un epicentro de impredecible comportamiento; así
como también examinando y ayudándonos a comprender la “incógnita”
africana, conmovida por revoluciones y contrarrevoluciones en la que su
señalamiento de diversos particularismos, habitualmente esquivos al ojo
del analista −y literalmente desconocidos para el lector- facilita la com-
prensión de procesos y consecuencias.
Frente a los estertores de la “Vieja Europa” el catedrático, seguramen-
te sin proponérselo, recupera y actualiza las mejores contribuciones de Jean
Monnet o Alcides de Gásperi, para contrastarlas con el difícil presente de la
Unión que actualmente vincula a 28 países −todavía el Reino Unido sigue
siendo integrante-, nacida hace casi 70 años y experimentando sucesivos
procesos, cambios sustantivos y ampliación de membresías. Su vasto cono-
cimiento teórico y práctico, gimnasia pulida por centenares de ejercicios
académicos combinadas con un incansable recorrido por capitales, subur-
bios o campiñas, lo convierten −y en esto entiéndase que hablamos desde
nuestro propio interés por la materia- en uno de los más agudos europeís-
tas de habla hispana. Su recorrido por el fatal tramo histórico 2011-2013,
las tensiones sociales y políticas en la Europa que se debate entre la austeri-
dad y el crecimiento, los ajustes en la periferia, la debacle de los liderazgos
–particularmente en el “núcleo duro” franco-alemán y en la monarquía
española-, las distintas versiones de cuestionamiento a la integración como
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herramienta y los diversos modos de separatismo, desde Cataluña al Brexit,
serán parte, contadas por Nelson, de una trama apasionante.
Finalmente, en un capítulo que recupera su clásico espacio “Cuaderno
de Bitácora”, el multifacético Specchia será a la vez el perspicaz tripulante
Zulu, el altruista doctor McCoy, el impredecible (por talentoso) Spock
o el inquebrantable capitán Kirk, llevando con presteza la icónica nave
Enterprise por los más variados y diversos mundos, “viajando a donde na-
die ha llegado antes” como rezaba aquella inolvidable introducción a cada
capítulo de la serie televisiva Star Trek (1966-1969, en su primera versión).
Aquellos planetas o civilizaciones desconocidas, recorridas sin prisa en el
infinito universo, son probablemente la representación de nuestro propio
interior, tan poco transitado a pesar de los esfuerzos, que no logran salir de
una misma y gastada huella. El autor, en tono intimista, sintoniza tópicos
que, entremezclados con temas de actualidad, procura aproximarnos a esas
realidades insondables. Su bagaje cultural, su hoja de vida, iluminan esta
selección de reflexiones que nos permiten conocerlo un poco más, advir-
tiendo que el hombre de los cuatro nombres, desde sus múltiples roles o
dimensiones, aún tiene mucho por viajar, y producir.
Specchia publicó once libros de ensayo y crónica, en exactos treinta
años. El libro que el lector tiene a la vista, aunque aborde específicamente
la última década, recopila a modo de síntesis aquel decurso y oficia de
plataforma para comprender los años que vendrán. Se trata de un mate-
rial que ofrece posibilidades dentro o fuera de las cátedras: seguramente
será transitado por alumnos, docentes e investigadores, pero también por
todo interesado en aprender y conmoverse. Así fue pensado y, como co-
rresponsable del sello universitario, no puedo menos que sentir una gran
satisfacción por sumar a Specchia en nuestro catálogo con una obra de
estas características.
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I. LAS ESQUINAS AMERICANAS
DILMA, UN PASO MÁS LEJOS DE LULA
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dichos con actos, Humala no ha esperado apenas unas horas tras la victoria
del domingo pasado, y ayer viajaba a Brasilia y era recibido por Dilma en
el Planalto, su primer destino como presidente electo del Perú. Además, en
otras realidades latinoamericanas también embarcadas en un movimiento
de cambio social progresista, el camino trazado por Lula se presenta como
una alternativa real al impulso personalista del modelo planteado por el
venezolano Hugo Chávez.
Pero para mantener esa estrategia que tanto atrae a la región, la Admi-
nistración Rousseff debe demostrar que puede sostener el ritmo de la que
es ya la séptima economía del globo. Su meta anunciada es lograr una tasa
de crecimiento del producto del orden del 5,5 por ciento para este año,
y una no inferior al 4,3 por ciento para el año que viene. Debe además
controlar la inflación (actualmente en el 6,5 por ciento, dos puntos por
arriba de lo previsto). Y, aún más difícil, utilizar más eficientemente el gas-
to público (y achicarlo), en un país que a pesar de la espectacularidad de
su crecimiento, no ha logrado saldar la deuda de la equidad: son muchos
millones de personas las que siguen viviendo por debajo de la línea de
extrema pobreza; la sanidad pública tiene huecos de prestaciones que son
insalvables; las políticas de calidad del sector educativo –especialmente en
los niveles iniciales y medios- siguen sin dar resultados; y la carencia de in-
fraestructuras a todo nivel puede convertirse a corto plazo en un obstáculo
serio para la consecución de los planes de desarrollo.
Dilma es consciente de que la continuidad del “modelo Lula” pasa por
atender a esta agenda de pendientes. Era de dominio público, hasta esta
semana, que aquella continuidad también dependía de algunos personajes
vinculados directamente a la persona del ex presidente. Como el jefe de Ga-
binete, Antonio Palocci. Lula dejó instalados algunas figuras que garantiza-
ran la permanencia de su imagen como defensor de los sectores más pobres,
mientras se convertía, al mismo tiempo, en el gestor del desarrollo brasilero.
La presencia de Palocci en la primera cartera ministerial del Ejecutivo era
uno de esos enclaves de garantía. Pero Dilma, al parecer, tiene otra opinión,
y ha decidido que puede sostener la línea política, en sus grandes trazos, sin
necesidad de estar atada a todos los amigos que su mentor repartió por el
nuevo gobierno antes de soltar las riendas. Siempre se dijo que la ex guerri-
llera era una mujer de carácter, esta semana vino a demostrarlo.
Porque la remoción de Palocci no era la única alternativa. En defini-
tiva, a pesar de la contundencia de las denuncias, no hubo una acusación
oficial, y la Fiscalía General de la República declaró que no había indicios
suficientes para abrir una causa contra el ministro. Dilma podría haber
cedido a las presiones del entorno más cercano a Lula, y mantener al cues-
tionado médico paulista al frente del Gabinete. Pero prefirió quitarlo del
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medio, soltar lastre, aunque eso la alejase unos pasos del ex mandatario, su
padrino y mentor.
Y había también, en todo caso, motivos muy fuertes para mantenerlo
en el cargo de Ministro de la Casa Civil (a todos los efectos el jefe de Ga-
binete de la presidencia de la República). Antonio Palocci es reconocido
como uno de los cerebros del “modelo Lula”, y el gerente que ha logrado
colocar a Brasil entre las primeras economías del mundo, con un creci-
miento que tocó el 7,5 por ciento del Producto Bruto Interno, y un índice
de desocupación controlado en el 7 por ciento.
Pero al exitoso gestor y al interlocutor privilegiado de los embajado-
res y los grandes empresarios, lo perdió el afán de riqueza. Ya sus manejos
turbios de las cuentas personales lo habían obligado a dejar el ministerio
de Hacienda, en 2006. Y a mediados del mes pasado, el diario O Globo
lanzó la primicia del mágico salto en los ingresos del jefe de la Casa Civil.
El matutino aportó pruebas de la velocidad en que Palocci ha amasado una
fortuna millonaria, pasando de una declaración de rentas de unos 220 mil
dólares en 2006, a más de 5,5 millones en 2010. Ese año, cuando Lula lo
colocó como jefe de campaña de Dilma para las presidenciales, el médico
–convertido entonces en carísimo consultor de empresas- facturó la escan-
dalosa suma de 13 millones de dólares, y compró inmuebles por otros seis
millones. Aunque la Fiscalía no tenga todavía pruebas documentales de un
desfalco a las cuentas oficiales, la opinión pública ha concluido en que se-
mejante aumento patrimonial es inexplicable si no se perciben giros volu-
minosos de grandes empresas, precisamente aquellas que esperan obtener
contratos con el Estado durante la nueva administración gubernamental.
Eso se llama tráfico de influencias, y constituye delito.
Palocci, al no poder justificar semejantes ingresos, miró hacia el Con-
greso, y pidió a sus correligionarios del Partido de los Trabajadores que le
dieran un voto de confianza que le permitiese mantenerse al frente de la
Casa Civil. Y los diputados del PT, en lugar de mirar hacia Lula, miraron
hacia Dilma. Y dijeron que no. Y Palocci presentó su renuncia. Dilma
Rousseff sabe que con estas movidas se juega no sólo la partida de este
mandato (de un mandato suyo, autónomo, sin la tutela de Lula), sino
también su posible reelección. El año 2014 está a la vuelta de la esquina, y
Lula ya hizo saber que él tiene apuntada esa cita.
(2011)
25
¿VUELVE EL PRI A MÉXICO?
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embargo, se encontró con unas condiciones de pauperización y atomiza-
ción social, caciquismos locales y debilidades educativas que dificultarían
el establecimiento de un sistema participativo y democrático formal en
términos occidentales y modernos. Esa élite, por ello, fue creando una vía
propia, por la que se aseguraban derechos sociales y económicos, aunque
se resignaban derechos políticos. Una democracia social de partido único.
Y el instrumento de esa idea fue el Partido Revolucionario Institucional,
que como su propio nombre lo indicaba, era la utopía de afianzar de forma
permanente (o sea, institucionalizar) un fenómeno político que por defini-
ción es momentáneo y fugaz (la emergencia revolucionaria).
En definitiva, tras lograr la paz social, en 1929 el PRI se hizo cargo del
gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, y se mantuvo en el poder hasta
el año 2000. En un período tan largo, y sin una oposición real, el ejercicio
–pero también el goce- del poder fueron minando las estructuras y los pro-
gramas originariamente socialistas, y por esas grietas comenzó a filtrarse la
corrupción, como en cualquier modelo totalitario. La lucha política no se
daba en las instancias públicas, sino al interior del propio partido: al estar
identificado con el Estado, ganar las internas partidarias implicaba, nece-
sariamente, asegurarse la conducción del país. Al no estar controladas por
los resortes constitucionales, estas disputas por el poder fueron haciéndose
cada vez más violentas, e inclusive llegaron al asesinato de candidatos a la
presidencia, ya para entonces demasiado parecida a un trono monárquico.
Además, la combinación entre partido único, luchas intestinas y co-
rrupción, fue creando una clase social propia, integrada por la élite priísta,
los caciques gremiales insertos en la estructura del Estado, y los altos fun-
cionarios, que –al no haber recambios de administraciones- permanecían
en ejercicio durante toda la vida. Y la distribución de favores y prebendas,
junto a ciertas debilidades en las políticas macroeconómicas de desarrollo
regional, y al crecimiento del narcotráfico, fueron abriendo una brecha
entre los “dos Méxicos”. Y la brecha terminó con el dominio hegemónico
del PRI en el año 2000.
Esa dualidad al interior social de un país inmenso se puso en evi-
dencia, precisamente, en las últimas elecciones presidenciales. México es
uno de los países más grandes del mundo, un gigante de dos millones de
kilómetros cuadrados y con más de 112 millones de habitantes. Y en esta
ingente masa de votantes, desde que el PRI fue desbancado por el “charro”
Vicente Fox, los principales candidatos a la presidencia apenas logran dife-
rencias de unos doscientos mil votos entre ellos. Dos mitades prácticamen-
te idénticas, pero también antagónicas.
La derecha católica del PAN logró terminar con la hegemonía que el
PRI había detentado durante 70 años, pero después de esa hazaña, prácti-
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camente no hubo nada más. Para recuperar un tanto la iniciativa política,
y para revalidar una presidencia muy cuestionada en su origen (apenas me-
dio punto de ventaja sobre el candidato de la izquierda del PRD, Andrés
Manuel López Obrador, que denunció el fraude), cuando Felipe Calderón
reemplazó a Vicente Fox, decidió aumentar su legitimidad declarando la
guerra al narcotráfico.
Enfrentar a los carteles de la droga, que utilizan la frontera mexicana
como la principal plataforma para introducir cocaína y marihuana en Es-
tados Unidos, era una medida que, sin duda, el gobierno debía asumir en
algún momento, ya que una parte del país comenzaba a estar bajo el arbi-
trio total del “narco”. Pero fue una decisión efectista y mal calculada. No
se midieron los riesgos y la capacidad real del enemigo interno, y Calderón
no sólo no ha podido ganar esa guerra que declaró temerariamente, sino
que ha estado a punto de perderla en varias ocasiones. Cargando sobre las
espaldas la responsabilidad de matanzas masivas (más de 40.000 muertos
desde la declaración de guerra al “narco”) y la instalación de un sistema de
terror que no reconoce límites, y que en su encerrona sólo atina a matar
cada vez más, el gobierno de Calderón transita un desgaste tan acelerado
que, como pudo verse en las elecciones estaduales de este domingo, puede
llegar a desaparecer como opción en las elecciones presidenciales de 2012.
De hecho, ni siquiera tiene aún un candidato visible. No hay vacío de
poder, en todo caso. Lo que los mexicanos parecen estar diciendo en las
elecciones regionales, es que prefieren un gobierno fuerte y con experien-
cia de gestión, a la improvisación de la derecha católica que durante esta
década sólo ha conseguido ensayar alternativas que, a la larga, terminaron
siendo vías muertas.
Si en esta década que ha estado fuera del poder, el PRI ha hecho un
aprendizaje interno y está dispuesto a introducir mecánicas democráticas
reales en un sistema abierto de partidos múltiples, su experiencia de ges-
tión y el claro ejercicio de la autoridad lo dejan inmejorablemente situado
para volver al poder en 2012.
(2011)
28
Y LLEGÓ OLLANTA
En 2011 Perú comenzó a transitar un nuevo ciclo, que está llamado a im-
pactar –suavemente pero con fuerza- en el contexto regional latinoamerica-
no. Finalmente Ollanta Humala asumió la presidencia, luego de una de las
más controvertidas, accidentadas y cuestionadas escaleras hacia el poder. El
flamante presidente sorteó una verdadera carrera de obstáculos, en la cual
se interpusieron elementos de su biografía, del polarizado entorno político
peruano, y de los referentes ideológicos y metodológicos de la vecindad
regional. Además, una seguidilla de variables externas permearon toda la
campaña que terminó abriéndole las puertas del Palacio Presidencial de
Lima: el aun vigente debate social sobre la década fujimorista; las desinte-
ligencias en el oficialismo, que terminó sin poder presentar un candidato
propio a la sucesión de Alan García; la caída abrupta en las preferencias
electorales del ex mandatario Alejandro Toledo (que pasó de ocupar el pri-
mer lugar en las encuestas durante la mayor parte de la campaña, para
descender raudamente hasta un lejano tercer lugar); y hasta el impacto
mediático de la renuncia del escritor Mario Vargas Llosa a seguir colabo-
rando con el diario El Comercio, y el inédito apoyo del premio Nobel, un
ícono del liberalismo peruano, al candidato de pasado militar y escorado
hacia el nacionalismo de izquierda. Y acompañando a estas insólitas va-
riables externas, también una sutil metamorfosis del propio candidato: su
sorpresivo pragmatismo; la moderación de los extremos más ríspidos de su
discurso ideológico; la seguridad prometida a los sectores conservadores
de la banca y la gran empresa limeña; la publicitada profesión de fe en los
métodos aplicados por Lula da Silva en Brasil; el distanciamiento del vene-
zolano Hugo Chávez (que ni siquiera asistió ayer a la toma de posesión);
la moderación del lenguaje de barricada; las diversas garantías de mante-
nimiento del modelo económico y de parte del funcionariado técnico que
lo ha llevado adelante; y hasta un cambio en la vestimenta, archivando el
raído pullover rojo y adoptando los trajes cortados a medida y las corbatas
de Hermes; fueron todos elementos misceláneos que jalonaron un acceso
atípico al poder de un atípico personaje. Un “outsider” de la clase política
peruana que ha demostrado imaginación y cintura para ir esquivando uno
a uno los obstáculos de la carrera hacia la presidencia. Y resta ver, a partir de
hoy, si esos elementos también le son útiles para encarar la tarea ejecutiva.
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Pero fue precisamente esta confluencia de elementos externos y la
sutil refundación de la personalidad de Ollanta Humala, desde aquellos
discursos nacionalistas teñidos de revolución y de tono militar (que hacían
juego con el corte de pelo “a cero” y su pasado castrense: no olvidar que in-
tentó dar un golpe de Estado contra Alberto Fujimori en el año 2000), los
motivos que empujaron a esa ajustada mayoría que le dio la presidencia,
a exigir pruebas de que el nuevo gobierno realmente optará por caminar
más por el centro del espectro político que por su margen izquierda. En el
tramo final de la campaña por el ballotage, tanto Vargas Llosa como –con
algo más de renuencia- Alejandro Toledo, apoyaron a Ollanta, dándole la
presunción de moderación. Pero estos mismos sectores exigieron que esa
moderación se hiciera evidente, y aun antes de la asunción formal de la
primera magistratura.
Humala no puso reparos en entregar pruebas de esa moderación que
ha escogido como directriz de su gobierno. Y por dos motivos principales:
en primer lugar, porque requiere que sus primeros días en la presidencia
del gobierno sean de paz, ningún escenario sería peor en el Perú de hoy
que una llegada rupturista, cuando ha quedado palmariamente claro que
la mayoría del país apuesta por una estrategia de continuidad. El segundo
motivo, además, hace a la gobernabilidad de mediano plazo de la nueva
Administración: el margen de la victoria frente al populismo de Keiko fue
tan ajustado, que tanto para asegurarse las mayorías parlamentarias como
la conducción de las Cámaras, a Ollanta le es imprescindible contar con
el apoyo estratégico de Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, mi-
noritario pero bisagra en la conformación de las mayorías legislativas que
necesitará para hacer prosperar sus iniciativas de gobierno.
Así las cosas, Ollanta Humala decidió despejar las incógnitas, mos-
trar las pruebas de la sinceridad de sus propósitos de moderación política,
asegurarse el apoyo de los hombres de Toledo, y quitar imprevisibilidad,
para que el acto de asunción de ayer fuera sólo una instancia simbólica de
traspaso de las insignias del poder, y una fiesta pacífica y sin altercados.
El camino más seguro para lograrlo era anticipando la conformación de
su gabinete. Hizo público la nómina de personalidades que integrarán su
equipo de gobierno, y nuevamente acertó, dejando contento a (casi) todo
el mundo.
El gabinete es una cuidada mixtura de viejos y leales amigos, toledis-
tas liberales, cristianos de centroderecha, tecnócratas de la saliente admi-
nistración de Alan García, y sociólogos reformistas de centroizquierda “a
lo Lula”. Salomón Lerner Ghitis, de 65 años, un millonario de orígenes
humildes y uno de los amigos personales más cercanos del nuevo presiden-
te, será el jefe del Consejo de Ministros. Ollanta, así, se muestra fiel a la
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columna central de su programa, ubicando a un gestor de izquierda como
la principal figura funcional del Ejecutivo. Pero también, cumpliendo con
la palabra otorgada a los sectores bancarios y al influyente lobby de la bolsa
limeña, nombró al frente del Ministerio de Economía y Finanzas a Luis
Miguel Castilla, de 42 años, tecnócrata y de perfil ortodoxo, que hasta esta
semana ocupaba la secretaría de Hacienda del gobierno de Alan García.
En la misma línea continuista, ratificó a Julio Velarde, del Partido Popular
Cristiano, al frente del Banco Central. Velarde es un político conservador
muy respetado por la comunidad académica –es profesor universitario en
Lima- y por los inversores internacionales, que le adjudican la responsabili-
dad del mantenimiento de los índices de crecimiento sostenidos por el país
en los últimos años (Velarde ocupa la presidencia de la máxima institu-
ción financiera desde 2006). Los mercados –que se desplomaron el día que
ganó el ballotage frente a Keiko Fujimori- aplaudieron estas designaciones
con una suba de casi el cinco por ciento en la Bolsa de Valores, que no se
retrajo ni un sólo punto durante el recambio presidencial: Ollanta se ase-
guró la fiesta. Los toledistas ocuparán el ministerio de Defensa, y colocarán
a Kurt Burneo, uno de los principales economistas liberales del partido del
ex presidente, en el ministerio de Producción.
Claro que, como no podía ser de otra manera, la composición de un
gabinete de estas características (que ha sido denominado “de arco iris”, con
una punta de sorna en la caracterización), y las pruebas de manifiesta voca-
ción de orientar el gobierno por canales centristas, deja más lejos a sectores
que esperaban estar más cerca. Si se han conjurado los temores de los altos
empresarios, los inversores externos y la banca privada, también es cierto
que los movimientos sociales y gremiales más progresistas, que lo apoyaron
desde un primer momento, atraídos por su programa de cambio del mo-
delo neoliberal, una mayor redistribución de las riquezas y una sociedad
más igualitaria, llegan a la toma de posesión del nuevo presidente con más
interrogantes que entusiasmo. Y se preguntan si aquella sutil refundación
de la imagen del candidato, de la que hablábamos al inicio de esta columna,
ha sido un paso táctico para asegurarse la gobernabilidad de su gestión, o si
el pragmatismo –que siempre termina siendo funcional al statu quo domi-
nante- será la auténtica marca del período que ahora comienza.
Por eso, el principal reto de Ollanta Humala, según él mismo lo ha
expresado y según lo esperan sus aliados de antes y de último momento, es
que consiga sostener el buen ritmo de crecimiento económico alcanzado
por Perú, que en promedio orilla el ocho por ciento de aumento anual
del producto, con baja inflación, exportaciones por 35.000 millones de
dólares anuales, y acumulando más de 47.000 millones en las reservas del
31
Banco Central. Y que, al mismo tiempo, consiga utilizar esa riqueza para
disminuir la ancha brecha de la desigualdad, invirtiendo en programas de
asistencia coyuntural inmediata y en planes de redistribución estructural
en el largo plazo. Porque, en definitiva y a pesar de dos décadas de creci-
miento a esas tasas tan altas y sostenidas, el Perú sigue siendo una de las
sociedades menos equitativas del mundo, y un tercio de su población sigue
sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza. Todo un desafío.
(2011)
32
BARACK EMPUJA A BACHAR
33
gesto –la acción inmediatamente anterior a la ruptura de relaciones diplo-
máticas- seguía viniendo desde Occidente. Pero otra dimensión adquirió
el mismo gesto cuando fue ejecutado por los Estados musulmanes que
rodean a Siria. Primero fue Bahréin, y después Kuwait, quienes llamaron
a sus legaciones diplomáticas a casa. Y luego, cuando trascendió que más
de 5.000 palestinos residentes en el barrio sunnita de Al Raml, en Latakia,
habían tenido que huir del campo de refugiados para escapar de los bom-
bardeos de los buques de guerra y de los disparos de los francotiradores
de las tropas gubernamentales, llegó la condena de Arabia Saudita y de la
Organización para la Liberación de Palestina (OLP). El jefe de la casa de
Saúd, el rey Abdullah, no es solamente la cabeza del mayor Estado mu-
sulmán de toda la región de Medio Oriente, y custodio de los principales
lugares sagrados del Islam, sino que también hace de protector oficioso de
la confesión sunnita –a la que pertenece su familia- en todo el mundo. La
persistencia de las bombas sobre la ciudad-puerto de Latakia y sobre Deir
al Zor, en el oriente sirio, y el encarnizamiento sobre las barriadas sunníes,
llevaron a los sauditas a sospechar de que atrás de las operaciones para
aplastar a la oposición al régimen, también venía una estrategia de asegu-
ramiento de las lealtades de las ciudades rebeldes mediante el cambio de la
élite confesional: desplazar a los sunnitas para habilitar el acceso de jerarcas
de la minoría chiíta.
La forma especial en que se ha armado la administración política
siria, desde los mismos momentos de independencia y descolonización
de las potencias europeas, asignó un reparto funcional y de cuotas de
poder entre las distintas ramas confesionales del Islam y los colectivos
étnicos que integran su sociedad que, por definición, se presenta como
conflictiva. A la mayoría árabe la acompañan, ubicadas en diferentes lu-
gares del territorio, minorías étnicas asirias, armenias, turcas y kurdas,
cada una con su específica utilización de la lengua familiar. A estos gru-
pos originales del territorio, ha venido a unírsele una importante masa
de palestinos, llegados como refugiados tras la expulsión por Israel. Esta
compartimentación étnica, además, se divide entre los que profesan el
Islam desde el sunnismo, que es la amplia mayoría de la población, y los
de profesión chiíta. Éstos, si bien claramente minoritarios en porcentaje
poblacional, han retenido la mayor cuota de poder político. Una secta
particular y pequeña dentro incluso del chiísmo, los alauítas, retienen los
más altos cargos de la administración desde la independencia de 1941 y
la evacuación final de los últimos funcionarios franceses en 1946. El clan
de los Al Assad, por cierto, es una de las familias más notorias entre los
alauítas. Para terminar de complejizar el mosaico étnico-religioso, a las
dos grandes ramas del Islam también se les suman los colectivos drusos
y los ismaelitas; y las minorías de cristianos de las antiquísimas iglesias
34
orientales: ortodoxos maronitas, siríacos, católicos de rito armenio, orto-
doxos griegos. Hay, inclusive, católicos de rito romano.
La convivencia de semejante diversidad se aseguró mediante el esta-
blecimiento de Siria como Estado laico, y esa entente ha funcionado du-
rante setenta años, sin que se registraran choques religiosos de importancia
ni conflictos entre las dos grandes ramas del Islam. Por eso, que el clan Al
Assad haya decidido introducir la variable religiosa para intentar una per-
petuación en el poder, desplazando a las élites sunnitas y colocando en su
lugar a dirigentes alauíes afines al Ejecutivo, es de una gravedad inusitada,
porque corre el riesgo de convertir toda la efervescencia social opositora
que se viene fraguando desde marzo pasado, en un nuevo frente de conflic-
to, ahora confesional. Abrir esa posibilidad es abrir la caja de los truenos.
Esa fue la advertencia del rey Abdullah, de que Bachar al Assad se de-
tuviera “antes de que sea demasiado tarde”, cuando comenzó a hablarse de
una tentativa de “limpieza étnica” por parte de Damasco. Tras confirmarse
los ataques a los campos de refugiados, la OLP fue más directa: acusó al
gobierno sirio de cometer un “crimen contra la humanidad”. Las lanzas
con los hermanos árabes están quebradas.
Finalmente, tras la toma de posición de los Estados musulmanes, lle-
gó el ultimátum. Esta semana el presidente estadounidense Barack Obama
exigió la renuncia de Bachar al Assad, y dijo no estar dispuesto a seguir es-
cuchando sus “promesas falsas” de supuestos diálogos y reformas, mientras
“encarcela, tortura y masacra a su propia gente.” Hasta hoy, los comunica-
dos oficiales se habían limitado a condenar la violencia, ahora la petición
de que Bachar al Assad deje el poder se ha hecho explícita. Y para apoyar
con acciones de política internacional sus palabras, la Casa Blanca amplió
las sanciones económicas a todos los miembros del clan gobernante sirio
y a todas las agencias del gobierno; con estas medidas, ninguna empresa
norteamericana podrá negociar con Siria. La decisión de Obama cierra el
principal mercado de exportación de petróleo, la gran caja de los Al Assad,
y le da a Bachar el último empujón.
En este escenario, la única decisión racional debería ser la convocato-
ria a un proceso de transición, y que Bachar al Assad y su familia aceptaran
algunas de las invitaciones cordiales que países amigos le han hecho (esta
semana trascendió el envío del diplomático Bernardino León, como emi-
sario personal del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez
Zapatero, en misión secreta a Damasco para ofrecerle a los Assad la reali-
zación de una conferencia internacional en Madrid, y la posibilidad de un
exilio en España). Pero no hay que descartar que la fábula del escorpión y
la rana tenga más fuerza que las decisiones racionales, y el clan gobernante
decida atrincherarse y resistir.
35
Si así fuera, deberían recordar que la resolución 1.973 de la ONU
está vigente. Es aquella disposición, emitida el 17 de marzo pasado, por la
cual el Consejo de Seguridad aplicaba por primera vez el principio “Res-
ponsabilidad de Proteger” (R2P), un paso trascendental en la evolución
del derecho internacional humanitario, y daba la base legal para la inter-
vención militar en Libia en defensa de la población civil. Para tomar esa
decisión, se tuvo en cuenta un dato: la represión del coronel Muhammar
el Khaddafi iba provocando unos dos mil muertos en el país norafricano.
Ya está confirmado que una cantidad similar de víctimas van cayendo bajo
las balas y las bombas de los Al Assad, y la R2P podría ser asumida por la
comunidad internacional. Pero después de la triste experiencia en Libia,
¿quién se atrevería a bombardear Damasco?
(2011)
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AGITADO CHILE
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se ha armado –precisamente- para frenar la movilidad social ascendente,
una de las características elementales de la clase media que ahora integran,
en la cual la adquisición de habilidades y de capacidades por la vía educa-
tiva es el requisito para poder prosperar, cuando las condiciones de origen
no han asegurado fortuna y posición social.
Sin embargo, para las chicas y los chicos chilenos esa posibilidad de
ascenso es un engañapichanga: si se nació en una “población”, y sólo se
pudo acceder a esa escuela privada de dudosa reputación (y que para pagar-
la, además, el estudiante y su familia se habrán endeudado con un banco
por muchos años), la falta de calidad del instituto y la falta de controles
cruzados del sistema, le imposibilitarán moverte a otros colegios o univer-
sidades más serias, lo que luego impactará en su vida laboral, por ello en
sus posibles ingresos, y terminará en su vida adulta en la misma “pobla-
ción” –y quizá hasta en la misma casa- que sus padres.
Con la crónica y las fotografías de las dos jornadas de huelga general
convocadas por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) y cumplidas
–con acatamiento multitudinario- en todo Chile, me percaté que hay otro
elemento que también vincula a aquellos dos escenarios tan diferentes, en
las islas británicas y en el angosto país trasandino. En ambos, frente a la
emergencia de una protesta social inédita, sus gobiernos han apelado a la
represión policial como única vía de freno de la movilización colectiva, y
a intentar ignorar el problema, encerrándolo en la simple lógica delictual.
El primer ministro “tory”, David Cameron, interrumpió sus vacacio-
nes de verano entre los viñedos de la Toscana italiana, y volvió a Londres
con el rostro duro y el puño cerrado, porque venía a declarar el “contraata-
que”, la guerra contra sus conciudadanos (contra algunos de ellos, esos que
ya saben, los de segunda clase). Como su antecesora y maestra, la señora
Margaret Thatcher, cuando se dirigía a los trabajadores de las minas cerra-
das, en la década de los ochenta, Cameron aseguró que utilizaría todos los
medios para frenar las protestas, inundaría Londres con 16.000 refuerzos a
Scotland Yard, suspendería derechos, sacaría a la calle los carros hidrantes
(en Chile les llaman “guanacos”), y fotografiaría los rostros de los moviliza-
dos para buscarlos luego casa por casa. Inclusive fue más allá que Thatcher:
la Dama de Hierro no tuvo que lidiar con internet, Facebook, Twitter y
el chat de Blackberry en sus tiempos; Cameron tampoco está dispuesto
a hacerlo, por lo que –dijo- no le temblaría el pulso para suspender las
comunicaciones personales por vía telefónica y las redes sociales de la web.
Ni una palabra, ni una sola, de autocrítica por los ajustes económicos,
que para salvar a los bancos y al sistema financiero han hecho recaer el ma-
yor peso de la presión impositiva sobre las clases asalariadas, los recortes de
jubilaciones y pensiones, la quita de subsidios y de seguros de desempleo, la
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reducción de viviendas de protección social y la eliminación de partidas en-
teras del presupuesto público para equilibrar la caja y reducir los déficit del
gobierno. Ni una palabra. Leyendo las declaraciones del presidente Sebas-
tián Piñera, me percaté que su postura era la misma que el atildado premier
británico se ha esforzado por hacer creíble: aquí no pasó nada. Y el modelo
chileno, que se ha desprendido de la educación pública para apostar por el
achicamiento del Estado y el crecimiento económico con perfil exportador,
no tiene nada que decir, ni una palabra, a los frustrados estudiantes.
El paro de 48 horas organizado por la CUT, con movilizaciones en
la capital y en los principales centros urbanos, fue apoyado por más de 80
organizaciones, entre ellas todas las de empleados públicos y de empresas
estatales, la mayor parte del transporte de pasajeros, y hasta los trabajadores
de Codelco, la empresa pública que es la principal productora mundial de
cobre y el basamento estructural de la economía trasandina. No es eviden-
te que semejante protesta se hubiera dado sin la mecha de los estudiantes
batiendo las Alamedas desde hace 90 días; una efervescencia social tan mal
manejada desde el Poder Ejecutivo, que ha desbarrancado la popularidad
del presidente, que hoy a duras penas alcanza un 26 por ciento, el peor
registro de un jefe de gobierno desde el retorno de la democracia. Además,
Piñera, entendiendo que el manejo del país no difería demasiado de la
gestión de un comercio o una gran industria, convocó a su gabinete a sus
amigos empresarios. Los hombres (pocas mujeres) que encabezaban los
directorios de las grandes marcas chilenas llegaron como ministros a La
Moneda; pero al poco tiempo, cuando vieron lo que era la gestión pública
desde dentro (y, como dicen las lenguas pícaras en Santiago: cuando
cobraron los primeros sueldos y los compararon con los beneficios que
obtenían como CEO corporativos), volvieron rápidamente a sus cargos
empresarios, dejando al presidente con una crisis de equipo de la que no
remonta. A la contestación juvenil, a la crisis educativa, y a las demandas
de los trabajadores agremiados, tras 17 meses de gobierno el presidente no
tiene un equipo de gestión con el cual armar una estrategia de respuesta
medianamente viable. Entonces, como Cameron, Piñera dice que estas
algarabías son los excesos de algunos grupos de inadaptados, que el país
está en paz, y que aquí no pasa nada.
Con una aceptación de la huelga por parte del 80 por ciento del país,
se contaban 560 detenidos, 42 policías heridos, 285 colectivos incendiados
y barricadas cerrando todo el centro de Santiago. Con estos datos en la
mano –y en todas las pantallas de televisión-, el presidente declaró: “afor-
tunadamente, hasta ahora el país está funcionando con bastante normali-
dad.” Sí, y un jamón.
(2011)
39
“INDIGNADOS” EN EL OMBLIGO DEL MUNDO
40
contento, también espontáneas, como la violencia que estalló en la ba-
rriada londinense de Tottenham, con incendios y saqueos que por un par
de días se replicaron en otras ciudades del cordón suburbial de la capital
británica, en ningún momento se la relacionó con los “indignados”.
El estallido de Londres estuvo poblado de hijos de inmigrantes afri-
canos, árabes y caribeños, que tienen una autopercepción de estar siendo
expulsados del entorno en el que viven. Jóvenes que aspiran a ingresar al
sistema, no que se plantean reformarlo. Pero, como digo, el análisis ubicaba
a los “indignados” claramente en el entorno europeo. Hasta los últimos días
de septiembre, cuando unas concentraciones y movilizaciones que parecen
abrevar en el mismo discurso de aquellas algaradas juveniles de la Puerta del
Sol, han comenzado a cortar los puentes de acceso a Nueva York y a sentar-
se en los escalones de mármol de los grandes templos financieros de Wall
Street. Los “indignados” han llegado al ombligo del mundo.
Los primeros días, tal como había ocurrido en Madrid, fueron apenas
un par de decenas de jóvenes, a quienes los “azules” del NYPD (los duros
agentes del departamento de policía de Nueva York) controlaban de cerca
y miraban con una expresión de extrañeza: en la variopinta jungla humana
que llena a diario las veredas del mayor distrito financiero del mundo, unos
jóvenes protestando contra el capitalismo pueden ser incluso una llamada
para el asombro. Pero al día siguiente fueron más, y al siguiente, más aún.
Siguiendo de cerca la mecánica de la protesta madrileña, a ese grupo inicial
se le fue sumando gente de una extracción más diversa y plural, algunos
profesores universitarios, intelectuales respetados por la opinión pública,
algunos columnistas de la prensa seria, y líderes gremiales. Con el aumento
de las concentraciones, comenzaron las marchas, y el movimiento se puso
un nombre: Occupy Wall Street. No habían llegado para pasar, sino para
quedarse, parecían decir.
Con el crecimiento de la protesta, también comenzaron las detencio-
nes. Una cosa es que los “azules” del NYPD permitan una concentración
exótica de jóvenes bohemios, y otra que el centro neurálgico del poder
económico sea cuestionado por movilizaciones con presencia gremial. En
las marchas de finales de septiembre los arrestos eran de 10 o de 20 perso-
nas, que eran retenidas durante algunas horas en los precintos de la ciudad.
Pero para sábado 1 de octubre, cuando una multitudinaria marcha de va-
rios miles de neoyorquinos ocupó el puente de Brooklyn, que conecta al
populoso barrio con la zona baja de Manhattan, la policía realizó más de
700 arrestos.
Pero, tal como ocurrió en Madrid cuando la Guardia Civil expulsó
a los “indignados” de Sol, la protesta social alcanzó un nivel de difusión y
alcance que no había tenido hasta entonces. El discurso de los movilizados,
41
las pancartas protestando contra la inyección de dinero público para salvar
a los grandes tiburones de la banca, mientras la debilidad de la economía
golpea a la gente común y la tasa de desempleo no afloja del 10 por ciento,
saltó entonces desde el ombligo neoyorquino y comenzó a prender, como
yesca, en las grandes ciudades norteamericanas. Al día siguiente de las de-
tenciones sobre el puente de Brooklyn se realizaban marchas en puntos tan
distantes como Boston, Chicago, San Francisco, y Los Ángeles; mientras
escribo estas líneas, hay marchas cruzando esas ciudades, otras en Seattle,
en el extremo del noroeste estadounidense, y otras más en Nueva Orleans,
en la costa sureña. Ya es un movimiento nacional.
El presidente Barack Obama, cada día más delgado, la mirada más
cansada y la cabeza llena de canas, admitió ayer en Washington que los
“indignados” neoyorquinos “expresan la frustración que vive el pueblo”. Y
el vicepresidente Joe Biden fue más allá, al sostener que hay muchos puntos
en común entre los simpatizantes de Occupy Wall Street, y el sector de ex-
trema derecha del Tea Party, que también comenzó como un movimiento
espontáneo de protesta de sectores conservadores y de cristianos tradiciona-
listas, y que ha terminado por cooptar a la dirigencia opositora del Partido
Republicano. Quizás Biden también está pensando en Madrid, donde se
acusó a los “indignados” de terminar haciéndole el juego a la derecha del
Partido Popular, ya a estas alturas el más que probable recambio de la so-
cialdemocracia del PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa.
Pero la pregunta, en todo caso, es qué hará Obama con este nuevo
jugador que ha venido a ocuparle la cancha, en una coyuntura tan quebra-
diza, con la campaña para las próximas presidenciales a punto de lanzarse,
una crisis económica que lleva dos años y que no remite, un crecimiento
paupérrimo del producto bruto, y una desocupación a las grandes mayorías.
Hasta ahora, la estrategia de Obama, para la decepción de muchos,
ha sido intentar consensuar con los dirigentes menos extremistas entre los
republicanos, aunque eso le costara avalar medidas tan polémicas, como
todas las políticas de apoyo y salvataje a la gran banca de Wall Street. El
surgimiento imprevisto y fuera de toda fórmula de los “indignados”, su
rapidísimo crecimiento numérico y su extensión geográfica a todo el terri-
torio de la nación, puede ofrecerle al presidente una plataforma alternativa.
Y quizás por eso sus palabras en Washington han mostrado su simpatía con
las protestas y con los movilizados. Como una tabla de salvación, posible-
mente el movimiento Occupy Wall Street viene a darle al presidente una
nueva base para plantear, desde una perspectiva de izquierdas, su candida-
tura a la reelección.
La mala performance que Barack Obama manifiesta en todas las
encuentras de opinión realizadas hasta ahora le auguran una campaña
42
complicada e incierta; y la fortaleza con que la derecha del Tea Party está
cimentando el lanzamiento opositor, le han terminado por cerrar los ca-
minos de diálogo y de consenso con las republicanos en el Congreso.
Cuando esas estrategias aparecían agotadas, llegan los “indignados”. ¿Uti-
lizará el presidente esta nueva expresión popular para reinventar un nuevo
programa de corte progresista? Si lo logra, los movilizados en las protestas
norteamericanas habrán conseguido algo que sus pares europeos no lle-
garon a hacer: renovar al oficialismo progresista, y darle la alternativa de
una nueva oportunidad.
(2011)
43
EL PODER DE CAMILA
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menos de 200 votos, y ocupará a partir de ahora el segundo lugar en la
ejecutiva de los estudiantes. Y quien ganó, el alumno de abogacía Gabriel
Boric, es el jefe de la lista Creando Izquierda. Y ese nombre no es casual.
Su agrupación es aún más radical que la de Vallejo, critica fuertemente a
todos los partidos –incluyendo a los de izquierda, claro- y piensa que no
hay que cambiar solo el sistema educativo: “el enemigo –dijo en su primera
intervención como presidente de la FECh- es el gobierno”. ¿De qué se ríen
en La Moneda?
(2011)
45
LAS PELEAS DE CHÁVEZ
46
Así, dos conclusiones que se desprenden de la elaboración filosófica
de Michel Foucault tienen que ver con la necesidad de inventar, casi a
diario, los esquemas con que intentamos analizar y criticar el ejercicio del
poder. Por otro lado, además, el compromiso social del francés lo llevaba
a concluir que aquellas estrategias mencionadas deben orientarse a hacer
posible la transformación de la realidad política, insertando en ellas nuevos
esquemas de participación, de movilización y de compromiso que trascien-
dan los estrechos límites de la democracia formal-liberal heredada de la
Revolución Francesa.
O sea, que hay que pelearla. Contra los adversarios, y contra las adver-
sidades. Y que esa pelea debe estar en el centro de la agenda del gobierno.
Hugo Chávez Frías ha explicitado cuáles serán los adversarios de las
peleas que vienen, de aquí a las presidenciales venezolanas del 7 de octubre
próximo: Henrique Capriles, el candidato de toda la oposición unificada,
y el cáncer.
Casi de pasada, mientras inauguraba unas nuevas instalaciones, el co-
mandante anunció que deberá someterse a una nueva cirugía, para tratarse
de otra “lesión” ubicada en el mismo lugar de donde ya le extirparon un
tumor hace poco, y deslizó que también esta vez puede tratarse de una
afección cancerosa. Atento siempre a las oportunidades y a los contextos
donde se hacen los anuncios –igual que las declaraciones de entrada en las
batallas- Chávez ha vuelto a insertar un elemento externo, precisamente
cuando la supuesta recuperación de la intevención quirúrgica anterior ha-
bía vuelto a calmar las aguas de la política venezolana.
Porque el chavismo y el aparato del Partido Socialista Unido de Ve-
nezuela (PSUV) siguen disponiendo de un margen considerable de prefe-
rencias en el electorado: el presidente mantiene, después de 13 años en el
ejercicio efectivo del poder, un apoyo popular superior al 50 por ciento,
a pesar de la galopante inflación que golpea los precios minoristas y de
unos índices inusitados de violencia social. Por eso, Chávez contaría con
los votos suficientes para optar a un tercer mandato consecutivo y ocupar
por un nuevo sexenio la presidencia de Venezuela. Pero esas seguridades se
relativizan con la oposición cerrando filas detrás de un único candidato, y
con la simpatía del gobernador central de Miranda, Henrique Capriles, de
39 años, deseando entrar en la campaña.
Teniendo presente lo escrito en los primeros párrafos, es legítimo pre-
guntarse en qué medida el anuncio de la aparición de un nuevo tumor
en su cuerpo, deslizado casi al pasar el martes de esta semana, no viene a
sumarse a la batería de armas con que Chávez está preparándose para dar
esta nueva pelea.
47
Ya a fines del año pasado sugirió que la coincidencia de afecciones on-
cológicas que padecían los mandatarios latinoamericanos tenía bien poco
de casual. Antes de que se descartara el diagnóstico de tumor maligno en
la tiroides de Cristina Fernández, sostuvo que el caso de la presidenta ar-
gentina; sumado al cáncer de laringe por el que está en tratamiento Lula
da Silva; junto a los linfomas detectados en la brasileña Dilma Rousseff; y
del que el paraguayo Fernando Lugo parece estar saliendo; más su propia
enfermedad (presumiblemente, un cáncer de colon, pero nunca ha dado
detalles), lo llevaban a sospechar sobre posibles injerencias de los servicios
secretos norteamericanos. Posibles enfermedades inducidas en la personas
de los líderes, como una nueva manera de desestabilizar las sociedades go-
bernadas por ellos.
Lo formuló como una pregunta abierta, que dejaba para las futuras
generaciones: “¿Sería acaso extraño que los Estados Unidos hubieran de-
sarrollado una tecnología para inducir el cáncer, y que nadie lo sepa hasta
ahora y se descubra esto dentro de cincuenta años o no sé cuánto? No sé,
sólo dejo la reflexión, pero esto es muy extraño.”
Ahora, una nueva cirugía, que al parecer es urgente (sería operado
nuevamente en La Habana, quizá este mismo fin de semana), recupera la
hipótesis de la conspiración oncológica de “los gringos”, y con ello vuelve
a reinstalar al enemigo externo. Por otro lado, pone otra vez en tensión a la
sociedad política venezolana, que vuelve a discutir las dos opciones princi-
pales: respaldar sin fisuras al comandante-presidente en su pelea contra esta
nueva adversidad, o comenzar un debate al interior del gobernante PSUV
para definir una posible sucesión a Chávez.
El presidente y su entorno mantienen un férreo control sobre la in-
formación médica que se difunde, pero por sus dichos es posible deducir
que, si le ha aparecido un nuevo tumor en el mismo lugar de donde le
extirparon el anterior (“grande como una pelota de béisbol”, según sus
palabras), es porque las sesiones de quimioterapia no han sido exitosas,
y la enfermedad ha prosperado. Si así fuese, y el presidente tuviera que
volver a repetir un tratamiento como el del año pasado, será muy dificil
que pueda embarcarse en los trabajos electorales. Al menos, no como él
acostumbra: dando batalla desde el centro, como figura excluyente de
toda la campaña.
(2012)
48
BRASIL, PRIMERAS DUDAS
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zo a Obama, que la visitó en Brasilia en marzo del año pasado, cuando ella
recién había asumido.
Más allá de los gestos, la agenda de este primer viaje oficial está mar-
cada por las relaciones económicas: Rousseff se ha hecho acompañar por
medio gabinete (diez ministros de su Ejecutivo), pero todos los demás
asientos en los aviones que aterrizaron el Washington esta semana estaban
ocupados por empresarios. Junto con las inversiones, Dilma ha impulsado
conversaciones conjuntas en temas educativos, energéticos, y de innova-
ción científica; en este último punto, con un especial acento en los planes
medioambientales que se discutirán en junio en Rio de Janeiro, cuando la
ONU celebre la conferencia Río+20, a dos décadas de aquella de donde
surgiera el primer plan ambiental para frenar el calentamiento del planeta.
Pero a pesar de la poblada agenda de Dilma Rousseff en su primera
visita a los Estados Unidos, falta todavía mucho tiempo y mucho esfuerzo
conjunto para que la relación bilateral pueda alcanzar un nivel de alianza
estratégica. Y me parece que ese tiempo y ese esfuerzo serán largos porque,
en definitiva, ninguno de los dos lo quiere de verdad. Las intenciones del
liderazgo brasilero son ubicar al país en un nivel de potencia hegemóni-
ca internacional. Eso implica varios supuestos, entre los cuales resaltamos
dos: hay que dejar de lado la consideración de que Estados Unidos es el
único hegemón americano posible; y por otro lado, hay que sostener que
el mundo ya no funciona en términos unipolares o bipolares, sino multi-
polares (para que Brasil, precisamente, pueda asumirse como uno de esos
polos múltiples). De ahí viene esa desconfianza mutua que ha minado la
relación bilateral, y por qué ninguno de los dos pone mucho empeño en
barajar y dar de nuevo.
Desde la primera presidencia de George W. Bush, y específicamente
desde los atentados de Al Qaeda a suelo norteamericano en 2001, Washin-
gton desplazó sus intereses externos prioritarios, relegando fuertemente a
América latina, que había estado en su centro de atención durante el me-
dio siglo que duró la guerra fría y la división bipolar del mundo. Y fue en
ese mismo período cuando Brasil, bajo las presidencias de Luíz Inácio da
Silva, Lula, pegó el salto de crecimiento que lo ha llevado a pretender jugar
en las ligas mayores. En la última década, unos cuarenta millones de pobres
dejaron de serlo, en un país que tiene, además, dimensiones geográficas y
demográficas (o sea, de mercado potencial) continentales.
El orgullo nacional que estos éxitos políticos de Lula y del PT tra-
jeron, se combinan con las estrategias de política exterior en la carrera
de potencia emergente. Brasilia reclama en todos los foros la reforma del
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y un asiento permanente en
él; y simultáneamente se desmarca de iniciativas impulsadas por el Depar-
50
tamento de Estado norteamericano. El caso más resonado fue la participa-
ción de Lula, junto con el turco Recep Tayyip Erdogan, en la mediación
por las pretensiones nucleares del iraní Mahmmoud Ahmadinejad, que
desarmaron en parte la estrategia de sanciones de Hillary Clinton.
Dos rumbos demasiado divergentes como para encontrar, más allá de
los símbolos y de las sonrientes fotos de recepción diplomática, un cauce
común para el armado de una relación estratégica entre ambos gigantes en
el corto plazo.
“Dilminha” tendría que medir bien los tiempos y la tirantez de la
cuerda con el vecino del Norte, porque las primeras dudas sobre la solidez
de la economía brasilera ya son evidentes. Claro que todavía tiene resto, y
un fuerte viento a favor. Si en 2011 había sorprendido el ascenso de China
al segundo lugar de las economías mundiales (desplazando a Japón, y sólo
por detrás de la estadounidense), a principios de este año se confirmó el
rumbo alcista de los emergentes, al ocupar Brasil el sexto lugar en la tabla
mundial, desplazando de ese lugar nada menos que al viejo imperio britá-
nico. Un posicionamiento internacional, además, que se combina con un
crecimiento del mercado interno (aunque ralentizado) y una reducción
de las desigualdades socioeconómicas, que han multiplicado por tres las
previsiones de la ONU, según la Fundación Getulio Vargas.
Dilma, frente a ello, parece reafirmarse en esa personalidad discreta y
segura que viene mostrando desde su acceso a la presidencia. Se parece poco
a aquel mito populista en que terminó convertido Lula; y tampoco tiene
nada que ver con las alarmistas visiones de ex guerrillera o de tecnócrata
insensible que anticipaban sus críticos. Habla poco; mantiene un perfil
bajo frente a la prensa; escapa de los escándalos; se desprende de cualquier
ministro sospechado de corrupción (y ya va una media docena); mantiene
una imagen de transparencia y legalidad en toda la administración; y traba-
ja duro durante jornadas de doce horas en el palacio presidencial.
Desde un lugar diferente al de la simpatía y carisma explosivo de
Lula, Dilma crece en la aceptación popular de los brasileros. Habrá que
ver si este diseño y este estilo también la ayudan a capear los coletazos de la
gran crisis global, que ya llegan a las costas del Brasil.
(2012)
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SÍNTOMAS DE POST-CHAVISMO
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Desde hace casi un año, cuando Chávez fue sometido a la primera
de las intervenciones quirúrgicas en Cuba, la salud del presidente se ha
convertido en un secreto de Estado del que solamente él está habilitado
para hablar y dar detalles, inclusive a los círculos más altos del PSUV. El
comandante ha elegido con mucho cuidado la dosificación de esa informa-
ción que va soltando, y los lugares dónde realizarla. Así, en febrero de este
año, en unas declaraciones informales y casi de pasada, reveló que volvería a
Cuba a tratarse de una nueva “lesión”, ubicada en el mismo lugar de donde
le habían extraído un tumor “grande como una pelota de béisbol” en junio
de 2011. El 4 de marzo, en un programa emitido por la televisión pública
venezolana pero grabado el día anterior en Cuba, anunció que el segundo
tumor extirpado era también canceroso. Esas fueron las últimas declara-
ciones oficiales sobre su estado de salud, todo lo demás han sido cálculos y
especulaciones que se tejen a diario en las tertulias de los cafés caraqueños.
En todo caso, esas escuetas declaraciones y el manejo de la informa-
ción oncológica permiten entrever algunas lecturas políticas. Si se cuentan
las veces que Hugo Chávez admitió haber sido operado en La Habana,
hay tres intervenciones quirúrgicas; en dos de ellas se le extrajeron tumores
malignos de la zona abdominal, aunque sin detalle del lugar preciso y de
los órganos comprometidos. También, que las sesiones de radio y quimio-
terapia aplicadas después de la segunda operación no prosperaron, y obli-
garon a una tercera intervención. El 17 de marzo regresó a Caracas, tras
permanecer en la isla 21 días, pero el 25 de marzo volvió a volar a La Ha-
bana. No precisó cuánto tiempo estará ausente esta vez, pero dijo que los
tratamientos de radioterapia se extenderán “por cuatro o cinco semanas”.
Desde que comenzaron sus viajes al centro médico cubano, el jefe de
Estado se ha negado sistemáticamente a cumplir con el mandato consti-
tucional de delegación del poder en el vicepresidente en caso de ausencia,
lo que implica, de hecho, el movimiento de todo el Ejecutivo y el ejercicio
extraterritorial del gobierno. Las redes sociales, los 140 caracteres de los
mensajes de Twitter, y las video-conferencias con los ministros de su gabi-
nete –que son retrasmitidas, a su vez, por los canales abiertos de televisión-
se han convertido en las herramientas de la gestión política venezolana.
Más allá de la originalidad rupturista en los modos de ejercicio del
poder por parte de Hugo Chávez, el entorno y el PSUV han comenzado
a filtrar las dudas que despiertan las mediciones de intención de voto para
las próximas elecciones. Unas filtraciones que, a pesar de que todos cierren
públicamente filas en torno a su figura, denotan los primeros síntomas del
post-chavismo: alguien se ha puesto a pensar en cómo retener el poder sin
contar con la persona del comandante-presidente.
De la segunda línea de dirigentes, es el vicepresidente Elías Jaua quién
recaba mayores simpatías, tanto en las altas esferas del grupo gobernante
53
como a nivel de aceptación popular. Y detrás de él, el canciller Nicolás Ma-
duro, un hombre de extracción sindical que conserva las buenas relaciones
con los gremios.
Pero estos dirigentes enfrentan un doble desafío si los planes de gene-
ración de un escenario post-chavista terminan cuajando (o imponiéndose:
mientras escribo esta nota, el periodista Nelson Bocaranda, que mantiene
el blog “[Link]” sobre la salud del presidente, informa que Chávez está
casi postrado en La Habana, y utiliza una silla de ruedas acondicionada
especialmente para él).
Tanto Jaua como Maduro necesitarían que sea Hugo Chávez en per-
sona quién los convierta en candidatos; esa es la única alternativa para que
a estas alturas, con la campaña electoral ya lanzada, tengan tiempo de apro-
piarse de los porcentajes de votos que el carisma del presidente mantiene
adheridos a su cuerpo.
Y el segundo desafío son los militares. Los cachorros de la revolución
son civiles, pero el Ejército ha sido la pieza clave de construcción del poder
en Venezuela, especialmente después de haber logrado abortar el golpe de
Estado del 11 de abril de 2002, organizado por sectores de las altas finan-
zas y por la cúpula de la iglesia católica, con el beneplácito de George W.
Bush y de su secretaria de Estado, Condoleezza Rice. Desde entonces los
militares han acaparado una cuota de poder político –y económico- que
será difícil que resignen, salvo que el heredero del coronel de paracaidistas
sea otro colega de armas.
Chávez, en todo caso, no admite sucesores, y sigue diciendo que go-
bernará hasta 2031 y más allá. Para entonces los cachorros habrán crecido.
(2012)
54
LA INCÓGNITA MEXICANA
55
profundo, donde, ante la desbandada del PRI, el “charro” Fox aparecía
como una opción más confiable, enraizada en el populismo tradicional,
mientras Cárdenas era visto como un candidato más intelectual y urbano.
La izquierda, en todo caso, siguió organizándose durante el sexenio de
Vicente Fox, y llegó con unas condiciones inmejorables a las elecciones de
2006. Y a punto estuvo de quedarse con el poder. En el gigante mexicano
(un extenso país federal de más de dos millones de kilómetros cuadrados),
y con 112 millones de habitantes que hablan en 68 idiomas oficiales, el
Partido de la Revolución Democrática –que había reemplazado la tradi-
cional candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas por la de Andrés Manuel
López Obrador- quedó apenas a 1.200 votos del candidato del PAN, Fe-
lipe Calderón.
La izquierda perdió su oportunidad de oro, y en el análisis de esce-
narios para las próximas elecciones había quedado prácticamente fuera
del cuadro.
Durante 12 años el PRI veló las armas, fue depurando viejos dirigentes
y vicios varios; encontró un joven gobernador carismático y exitoso, y se
preparó para volver al poder. Enrique Peña Nieto se puso al frente, y su
candidatura fue torciendo todas las encuestas hacia arriba. El oficialismo
del PAN lo ha intentado todo, hasta apeló a las grandes figuras del
conservadurismo internacional: Mario Vargas Llosa salió a defender, desde
las columnas que firma en algunos de los más prestigiosos diarios del mundo,
la candidatura de continuidad de Josefina Vázquez Mota. Pero ni siquiera
esta estrategia logró frenar el éxodo de apoyos del partido de la derecha.
Además de un derrotero presidencial sin ningún tipo de brillo y pla-
gado de desaciertos, los seis años de Felipe Calderón en el Zócalo han
terminado por fracturar al país en dos territorios: el controlado por la au-
toridad constitucional y el gobernado por el narco. La “guerra al narcotrá-
fico” declarada por Calderón a poco de asumir, fue una decisión efectista y
mal calculada. No se midieron los riesgos y la capacidad real del enemigo.
La tan mentada guerra, que sería la llave que legitimaría a su gobierno
después de haberle ganado a Andrés Manuel López Obrador por tan es-
cueto margen, ha estado a punto de perderse en más de una ocasión, y
las organizaciones de derechos humanos cifran en unos 50.000 muertos y
desaparecidos el costo humano de esa temeraria iniciativa.
Ante el fracaso de la gestión y las fracturas internas, hasta el ex presi-
dente Vicente Fox llegó a declarar su apoyo al retorno del viejo PRI, de la
mano de Enrique Peña Nieto, a poner orden y volver sobre los tradiciona-
les y pacíficos carriles en que se desenvolvió el sistema político durante la
mayor parte del siglo XX.
56
La clase política mexicana, tan ocupada en mirarse el ombligo, perdió
la perspectiva del contexto. Y hace un mes, el previsible escenario en el que
coincidían todos los analistas saltó por los aires. Los responsables de patear
el tablero mexicano no se diferencian demasiado de los jóvenes que le pro-
pinaron un buen puntapié a las consolidadas autocracias árabes en el norte
de África y en el arco de Medio Oriente; y tampoco son muy disímiles de
los “indignados” españoles, franceses, italianos y británicos que vienen em-
pujando sentadas y protestas contra un sistema que, a pesar de conservar
todas las formas legales para ser una democracia legítima, perciben como
viciado, oscuro y cada día más insustancial. Los jóvenes mexicanos se pa-
recen inclusive a sus cercanos colegas estadounidenses (“pobre México, tan
lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, como dicen con ironía en
el DF) del Occupy Wall Street, que han llevado la movida juvenil de los
“indignados” a las puertas de los bancos de Manhattan, donde se acumula
buena parte de la riqueza del mundo.
Enrique Peña Nieto tenía todos los vientos a su favor. Pero desde que
los jóvenes comenzaron a organizarse, apelando (también en esto emula-
ron a los colectivos juveniles en Túnez o en Egipto o en Nueva York) a las
redes sociales de Twitter y de Facebook, el candidato del PRI no deja de
caer en las encuestas, y el seguro retorno del partido hegemónico ya no es
tan seguro.
No es una fuerza menor: en el padrón mexicano hay 24 millones de
jóvenes menores de 30 años, de los cuales 14 millones votarán por primera
vez en las presidenciales del 1º de julio, y han decidido oponerse a que
México retorne a los consabidos caminos de una forma de hacer política
que ya no tiene más lugar.
Espontáneamente, han abierto el mayor interrogante de la política
mexicana, ¿sería probable que este fenómeno cruzara las fronteras aztecas y
llegase a otras realidades institucionales de América latina?
(2012)
57
PALABRAS CRUZADAS EN EL G-20
58
Y después que Cristina Fernández y Dilma Rousseff habían ocupado
las tapas de los diarios al anunciar que las dos potencias del Mercosur
mantendrían una posición conjunta en la Cumbre, otro cruce fue el que
actuaron los mandatarios del Reino Unido y de la Argentina. David Ca-
meron, dicen las versiones, se acercó a CFK con segundas intenciones,
pero fue por lana y volvió trasquilado: la presidenta aprovechó que lo tenía
delante para entregarle un sobre con las cuarenta resoluciones de las Na-
ciones Unidas que instan a sentarse a dialogar por el diferendo de las Islas
Malvinas. El británico tragó flema (ídem), dio media vuelta y se fue. Sin
el sobre, por cierto.
Entre tantos cruces, la logística del presidente mexicano Felipe Cal-
derón se esmeró para colocarlos en la foto de familia que tradicionalmente
cierra las Cumbres: puso a CFK en una punta, junto a François Hollande,
a Cameron en la otra (arropado entre el colombiano Santos y el chileno
Piñera, con quienes tan bien se lleva), a Rajoy en una discreta tercera fila y
a Obama en el medio. Y equilibró el crucigrama.
Más allá de estas grillas del poder y de la personalidad de los pode-
rosos, la reunión en las tórridas arenas de Nueva California sirvió para
reafirmar una tendencia: el G-20, el encuentro de las primeras economías
del globo con los países de mayor proyección, que suman en conjunto el
90 por ciento del producto bruto del planeta, es un ámbito de debate fruc-
tífero por su asimetría. En este punto, el G-20 se distancia cada vez más
de las “cumbres huecas” (como las llamaba Néstor Kirchner, que se negaba
sistemáticamente a asistir a ellas) de las instituciones formales y de los or-
ganismos multilaterales establecidos, que rara vez logran superar el plano
discursivo y las declaraciones finales con aspiraciones y deseos. Este grupo
es una instancia real, y donde se discuten temas y estrategias reales. En la
medida de lo posible para un entorno internacional anárquico, también se
acercan posiciones y se coordinan estratégicas sobre temas comunes.
En ese campo, me parece que sobresalieron en la Cumbre dos aspec-
tos: la oportunidad de la concertación bilateral con socios prioritarios, y
la relevancia de las economías emergentes frente a una relativa parálisis de
los países centrales.
Respecto de la recuperación del espacio del G-20 para el impulso de
los encuentros bilaterales, destacó la actividad de la delegación argentina
con las comitivas francesa, rusa y china. Fortalecida tras el encuentro con
Dilma, Cristina Fernández se planteó encabezar una especie de “frente key-
nesiano” en las reuniones plenarias de Los Cabos. A su conocida postura
a favor del crecimiento y del empleo como motores de la economía, CFK
intenta sumar a François Hollande (que ya ha manifestado en Europa su
apuesta en ese sentido) y a Vladimir Putin, que está estrenando su regreso
59
a la primera magistratura rusa. Inclusive la iniciativa del equipo argentino
consiguió un encuentro fuera de agenda con Hu Jintao, con la supuesta
intención de embarcar a todo el BRICS (el grupo que reúne, además de
Brasil y Rusia, a India, China y Sudáfrica) en un frente común contra las
recetas de ajuste. En la otra vereda se ubican, y se mantienen férreos en
su defensa de la vía restrictiva del achique del Estado, la concertación de
gobiernos conservadores europeos, con el liderazgo de la alemana Ángela
Merkel, junto a Cameron, Rajoy y la reciente incorporación de Grecia tras
la asunción de Samaras.
Esta estrategia encabezada por la presidenta argentina no podría aquí
haberse impuesto por completo. Pero sí es evidente que ha conseguido
introducir una cuña en un discurso que era hegemónico desde que el G-20
se reuniera por primera vez, en 2008. Ni Brasil, ni mucho menos China,
quieren romper con Merkel, pero los acercamientos bilaterales han conse-
guido que Alemania flexibilice en parte sus posturas, y que hasta la direc-
tora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, muestre una
posición más permeable a combinar ajuste con incentivos al crecimiento.
La flexibilización de Lagarde, a su vez, cooperó para que chinos y brasi-
leños aumentaran sus aportes al FMI dirigidos a la recuperación europea.
El hecho de que los países emergentes hayan logrado quebrar el discurso
hegemónico que el G-20 ha mantenido desde su creación (y antes que él,
que fuera la posición tradicional del FMI) no es el único síntoma de cam-
bio de ciclo.
En Los Cabos también quedó de manifiesto el cambio de relación
entre las economías centrales y los grandes pobres del pasado. El mismísi-
mo Barack Obama no pudo comprometer ni un sólo dólar a los fondos de
recuperación global, mientras China –que acaba de superar a Japón y ya se
ubica en el segundo lugar del ranking económico- prometía enviar 43.000
millones. Y Brasil (que recientemente adelantó en ese mismo ranking a In-
glaterra) pondrá otros 10.000 millones más. Mientras en las conferencias
de prensa los líderes de las economías centrales aparecían cariacontecidos y
circunspectos, los pobres de ayer lucían sonrisas y rostros de tranquilidad.
Pero si los emergentes van a ser quienes financien la recuperación,
entonces habrá que escuchar con respeto las metodologías de salida de la
crisis que proponen. Y habrá también que cambiar el FMI y los organis-
mos multilaterales de crédito para darles un espacio que nunca tuvieron
hasta ahora, y que ya va siendo tiempo.
(2012)
60
EN LAS RAMAS DEL YATAY YA NO EXISTE EL PARAGUAY
61
histórico de este recurso obligó a los militares a dar marcha atrás y devol-
verle el poder al presidente Hugo Chávez tres días más tarde.
Las irrupciones militares habrán quedado fuera, pero las fuerzas de
la reacción social y política no se resignarán a ser también ellas objetos de
museo. El trámite legislativo armado contra Lugo pone este elemento en
evidencia. Tras una historia larga de represión y dictadura, los diputados
y senadores paraguayos sólo necesitaron treinta horas para despojar del
poder al primer mandatario, legítimamente elegido por mayoría popular,
y sin siquiera haberle dado espacio para articular una mínima defensa legal.
La acusación que sustentó tan trepidante y expeditivo juicio político –in-
competencia en la resolución del conflicto agrario de ocupación de tierras
una semana antes- ni siquiera requirió pruebas, porque, como sostuvieron
los apurados legisladores, se trataba de cosas de público conocimiento.
Estos recursos de los sectores que se oponen a un cambio de las con-
diciones y de las relaciones políticas en América latina incidirán, de una
manera profunda, en las estrategias que adopten los procesos de transfor-
mación estructural en la región a partir de ahora, tanto a nivel interno de
los países como en forma conjunta.
A nivel interno, el golpe parlamentario paraguayo viene a ratificar la
importancia de la construcción de poder territorial. Fernando Lugo fue
más una expresión sentimental, casi cándida, de hartazgo hacia el Partido
Colorado, que había sostenido la autocracia stroessnerista durante 61 años.
Su agenda reformista despertó el entusiasmo generalizado, especialmente
de los sectores más postergados de un país de por sí hundido en la pobreza
extrema. Pero al asentar su candidatura y su acceso al poder en una red
voluntarista, sin construcción de poder territorial y partidario por debajo
de ella, Lugo no consiguió después los votos necesarios en el Congreso para
llevar esa agenda de transformaciones sociales y económicas a la práctica.
El apoyo del Partido Liberal –la agrupación del ahora presidente Federico
Franco- sólo mantuvo su apoyo por razones tácticas, y como quedó claro
en la alianza contra natura con los Colorados esta semana, abandonó al ex
obispo en la primera de cambio. Para el Partido Colorado, por su parte, fue
una exquisita “vendetta” del aparato –éste sí territorialmente construido y
mantenido- contra quien osara expulsarlo de un poder que se había acos-
tumbrado a manejar de manera patrimonial hasta el año 2008.
En segundo lugar, la crisis paraguaya pone a prueba los límites de las
posibilidades de intervención de los vecinos regionales. Los antecedentes
más recientes son la activa participación de la Unasur en el diferendo en-
tre Colombia y Venezuela, y el fuerte respaldo al presidente Evo Morales
ante el cuestionamiento interno de sectores separatistas de la región del
Beni boliviano.
62
Finalmente sin la presencia de Fernando Lugo –dijo que no vendrá a
Mendoza para no influir en las decisiones del bloque- hoy tendrá lugar la
XV Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur. Las declaraciones de la presi-
denta Cristina Fernández, en el sentido de no reconocimiento al nuevo eje-
cutivo de Franco, las coincidencias con José Mujica y con Dilma Rousseff,
y la llamada a consulta de los embajadores desde Asunción, convertirán
al tratamiento del proceso democrático paraguayo en el principal punto
del temario mendocino. Una agenda apretada, ya que también habrá que
hacerle lugar al proyecto de un tratado de libre comercio con China; a los
avatares de la huelga policial en Bolivia; y a la aceleración del proceso de
inclusión plena de Venezuela al bloque.
En definitiva, tanto a nivel interno como a escala regional, los proce-
sos de cambio estructural deberán atender con mayor cuidado a los pro-
cedimientos legales, y a las maneras en que éstos pueden terminar siendo
funcionales a los sectores reactivos a aquellas iniciativas de cambio.
En el caso paraguayo, Lugo no pudo –por esa falta de espacio político
propio que apuntábamos arriba- desarticular la tradicional relación econó-
mica, muy concentrada en la exportación de productos primarios (soja y
carne, principalmente) proveniente de inmensos latifundios, junto a oligo-
polios importadores de bienes para un mercado limitado de consumidores.
A la élite económica paraguaya no le interesa realmente la integración
comercial con los países vecinos, más allá de las grandes represas hidroeléc-
tricas binacionales, de las que no utilizan la corriente eléctrica generada
sino los dólares de su venta. Sin demasiados eufemismos se lo mandó a
decir Franco a Cristina Fernández: recuerden que la luz de Buenos Aires la
generamos en Yaciretá.
Estos sectores conservadores no tendrán ningún empacho en utilizar
los procedimientos constitucionales para mantener el esquema acumu-
lativo y distributivo del que han disfrutado históricamente, forzando la
interpretación legal e institucional, inclusive en contra de las decisiones
democráticas mayoritarias.
Y en esta dirección, el “golpe blando” contra Lugo puede no ser –para
nada- un caso aislado. Llora, llora urutaú, que en las ramas del yatay no
está más mi Paraguay.
(2012)
63
EL CALDERO DE LOS CUENTEROS
64
plísimo cinturón urbano de Los Ángeles, ya la población hispana supera el
50 por ciento del total (de los que, a su vez, una quinta parte tiene menos
de 20 años) y el “spanglish” –ese castellano mechado con algunas palabras
en inglés- es la lengua franca.
A diferencia de lo que muestran las series policiales de la televisión
norteamericana, no hay casi policías hispanos, y de los blancos casi nin-
guno habla español. Unos ingredientes propicios para calentar cada vez
más ese temible caldero. Y este, por desgracia, no tiene nada que ver con
la creación literaria.
(2012)
65
AL MAESTRO CON CARIÑO
Una buena noticia para comentar después de haber festejado el día del pro-
fesor: Argentina tendrá su cátedra en Washington. El tesón y las labores de
José Manuel Estrada nos llevan a homenajearlo recordando con un día es-
pecial a la labor docente, esa que, en esencia, despierta el coraje de ser libres.
Otras labores y tejidos políticos han hecho posible una vieja aspira-
ción de los profesores, los investigadores y los estudiantes de ciencias so-
ciales, muy particularmente los que nos dedicamos al estudio de la política
como ciencia: la habilitación de una cátedra dedicada a profundizar en las
cuestiones argentinas, en uno de los ambientes académicos más prestigio-
sos de mundo: el Centro de Estudios Latinoamericanos, de la Universidad
de Georgetown.
Una negociación ardua entre los claustros académicos de la gran uni-
versidad fundada por los jesuitas en la capital estadounidense, y un inteli-
gente lobby promocionado por la embajada de Argentina (y por el emba-
jador Jorge Argüello) ante el gobierno de Barack Obama, finalmente han
cerrado un acuerdo que sólo podrá redundar en un mayor conocimiento
de las características políticas, demográficas y económicas nacionales, y en
las inmediaciones geográficas –y sociales- de uno de los centros de poder
mundial. También promoverá la discusión crítica sobre los procesos histó-
ricos y coyunturales que vivimos los argentinos, y el diálogo de ellos con
los diferentes contextos globales.
Georgetown es la gran universidad jesuita de los Estados Unidos (un
país, por cierto, donde la orden administra numerosas instituciones de edu-
cación superior), y uno de los nidales de la dirigencia norteamericana (Bill
Clinton está entre sus egresados más populares). Su Centro de Estudios La-
tinoamericanos ha sido un generador de técnicos y especialistas de gran re-
levancia para toda la región (lo dirigió el chileno Arturo Valenzuela, que se
desempeñó luego como subsecretario de Asuntos Hemisféricos de Obama,
el más alto cargo alcanzado por un latino en la Casa Blanca); hoy lo con-
duce el historiador Erick Langer, un especialista en la economía indígena
sudamericana, en las misiones entre los chiriguanos, y la Guerra del Chaco.
Además de las relaciones personales y del aumento de la presencia
internacional, la creación de una Cátedra Argentina supone un aumento
66
sustantivo de la consideración de los temas de la agenda política local, así
como la construcción de nuevos consensos en el plano internacional.
Ojalá sirva también para que las anteojeras de Washington hacia
América latina se abran un poco más. Si eso ocurriera, tendríamos otra
cosa más que agradecerle a los profesores, en su día y con cariño.
(2012)
67
NI PROFETA EN SU PROPIA TIERRA
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Hace cuatro años, el bocazas de Mitt dijo que había que dejar que
Detroit quebrara, sin que Washington inyectase subsidios al sector auto-
motriz (que hoy ocupa 1,2 millones de empleos) y apuntar a una diver-
sificación de la economía regional. Y los empleados de las autopartistas
están revelando tener muy buena memoria: los 10 puntos de diferencia
con Obama a nivel nacional, se amplían en Michigan hasta los 14. Hey,
Mitt: nadie es profeta en su tierra.
(2012)
69
¿POR QUÉ CHÁVEZ SIGUE GANANDO?
Estaba todo listo: los diarios tenían los titulares de sus tapas ya previstos,
los principales columnistas habían redactado los artículos que, seguramen-
te, se habrían titulado “Victoria de Capriles: mensaje para la oposición ar-
gentina”; y una buena cantidad de medios habrían celebrado, en letras ca-
tástrofe, el final de la “dictadura” chavista. Como diría Eduardo Galeano,
extraña dictadura y curioso dictador, que ganó ocho elecciones en cinco
años y se sometió a un referéndum en el que preguntaba a los venezolanos
si querían el modelo de Estado que él proponía: es el único presidente de
la historia de la humanidad en hacerlo, y ganó con el 60 por ciento. La
realidad, claro, se empeña en contradecir a algunos de sus más conspicuos
relatores, y de mala gana éstos hubieron de admitir, la noche del domingo,
que el comandante Hugo Chávez volvía a ganar la presidencia.
Frente a la rotunda victoria del oficialismo, dos preguntas: ¿por qué
una elección en un país latinoamericano tuvo tanta atención del resto, al
punto de enviar programas de televisión enteros y a sus conductores estre-
llas, además de involucrar a parlamentarios y dirigentes políticos?, y ¿por
qué se desconocen tan arbitrariamente las razones más obvias del triunfo
del chavismo, presentándolo como un fenómeno psicótico, populista, de
voto rentado o cualquier otro desvío político?
Respecto de la primera, me parece que las elecciones en Venezuela
simbolizaron la puja de dos modelos que se tensan en estas latitudes: la
ratificación de Chávez y de su heterodoxo modelo de inclusión y redistri-
bución constituye un aliciente global para todos los procesos de quiebre del
statu quo hegemónico en estas tierras. Y en cuanto a las causas que explican
la victoria y los más de 10 puntos de diferencia con el candidato de toda
la oposición junta, no debería soslayarse tan rápidamente lo que estos años
han significado para la transformación interna de la sociedad venezolana.
Con el “Caracazo” se quebró un sistema político putrefacto, donde
una elite se distribuía caballerosamente el poder entre dos partidos nomi-
nalmente diferentes. Venezuela sólo era Caracas, el resto apenas monte y
culebra. Chávez redireccionó los recursos de la renta petrolera, tanto hacia
los colectivos más vulnerables internos, como a los vecinos pobres de la
región; las “misiones” de salud, educación y vivienda hacia los sectores
70
marginales implicaron una redistribución sustantiva: la pobreza y la po-
breza extrema se redujeron ambas a la mitad, se acabó el analfabetismo y
se extendieron derechos políticos inéditos. ¿Dónde está la extrañeza de que
Chávez siga ganando?
(2012)
71
SEXO, CACHAÇA, DROGAS Y POBREZA
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El PCC tira a matar, indiscriminadamente, caiga quien caiga: pea-
tones, bancarios, transeúntes, turistas, colectivos urbanos, policías, amas
de casa. Del terror que están generando, pescarán en río revuelto. En la
vecina Santa Catarina, mientras tanto, miran con estupor cómo llega a sus
costas la ola de violencia paulista. Ya son dos papas calientes en el sillón de
Dilminha.
(2012)
73
CORREA, ENTRE CHÁVEZ Y CRISTINA
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sido el primero en empezar esto, en soledad, en la negra noche neoliberal
de los noventa”. Sin embargo, no son pocos lo que insisten en marcar las
diferencias del ecuatoriano con Chávez. Quizá como una expresión de
deseos, también intentan diferenciarlo de la presidenta argentina.
(2013)
75
LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS
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ricos sostenido por una inmensa masa de desposeídos) quedó demostrada
cuando Lino Oviedo murió, a raíz de un accidente en su helicóptero, en fe-
brero pasado: rápidamente se reordenaron los tantos, y el partido buscó sin
demora un liderazgo alternativo para los colorados. Allí apareció la figura
–y los cientos, los miles, los cientos de miles de dólares- de Horacio Cartes.
No se puede decir que Cartes haya comprado simplemente su elec-
ción. No, sus millones aceitaron la máquina electoral, sin duda, pero su
victoria obedece a los dos factores que aquí comentamos: el fracaso aplas-
tante de la experiencia renovadora y de las tácticas obispales de Fernando
Lugo, y el menosprecio con que su grupo abordó la necesidad de desman-
telar al Partido Colorado. Los muertos que vos matáis, queda visto, gozan
de buena salud.
(2013)
77
MUJICA Y EL PORRO
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que manejen bajo los efectos de la marihuana (en iguales términos que
los que contempla la ley a quienes conduzcan alcoholizados); también se
introdujeron prohibiciones de publicidad que incite al consumo de canna-
bis; como la inclusión en las currículas escolares de programas de educa-
ción que traten los problemas derivados del consumo de drogas.
Aunque a estas alturas ya salga sobrando, Pepe Mujica y sus voceros
en el tema (como el diputado del Frente Amplio, Julio Bango, uno de los
redactores del proyecto de ley) insisten en que no se pretende promover
ningún tipo de drogas, sino regularlas, controlarlas desde el Estado, y que
esa alternativa terminará reduciendo el consumo abusivo, el descontrol, y
el ascendente peso de las mafias del narcotráfico, cuyo combate (al estar
el consumo y la comercialización completamente fuera de toda norma) es
cada vez más difícil y frustrante desde las políticas públicas.
Inclusive, en una actitud que fue considerada como un astuto “guiño”
hacia la derecha por parte de un Presidente que sabe de las artimañas del
poder, Mujica sostuvo que “se opone”, tanto al consumo de marihuana
como a la práctica del aborto, pero que prefiere legalizar ambas para que
no crezcan en las sombras, donde causan más daño que a la luz del día,
con el control del Estado. Si con estas posturas Pepe Mujica logra también
seducir a los sectores menos conservadores de la oposición del Partido Na-
cional, el Parlamento podría aprobar la despenalización antes de que co-
mience la campaña electoral del año que viene, cuando se determinará su
continuidad al frente del Ejecutivo oriental o se elegirá a su sucesor. En este
último caso, si el Frente Amplio logra retener la presidencia, es probable
que lo haga de la mano de Tabaré Vázquez, y el carismático ex presidente
es un médico clínico que ha rechazado abiertamente la despenalización del
porro que promueve Pepe Mujica.
El Partido Nacional, por su parte, anunció que si se aprueba el pro-
yecto, comenzará a recolectar firmas (necesitan 52.000, el 2 por ciento del
padrón electoral) para convocar a un referéndum revocatorio.
La iniciativa de Pepe Mujica, en todo caso, no viene descolgada.
También en los Estados Unidos el debate en torno a la marihuana ha per-
dido el tinte criminal para ser abordado desde otras perspectivas. Hasta la
campaña electoral que llevó a Bill Clinton a la presidencia, preguntar al
candidato si alguna vez en su vida había fumado un porro era una apro-
ximación estigmatizante.
Ahora, en cambio ya son 20 los Estados de la Unión en los que se per-
mite el uso terapéutico de la marihuana (especialmente en los tratamientos
de cáncer y en los cuidados paliativos), mientras que en Illinois y Nueva
York –dos de los más ricos y poderosos- comenzó a discutirse el tema: si
avanza en ambos, los distritos permisivos con el cannabis estarán a tres de
la mitad del total de los Estados Unidos.
79
Mientras el gobierno de Barack Obama mira con simpatía el desarro-
llo de la discusión y no interviene activamente, se está gestando en el Norte
un cambio rotundo de paradigma respecto de la hierba.
El proyecto de despenalización uruguayo tiene probabilidades de ser
aprobado en el corto plazo. Pero inclusive poniendo esta posibilidad entre
paréntesis, o teniendo en cuenta que futuras gestiones presidenciales pue-
den dar una marcha atrás, es innegable que el debate generado por Mujica
ha conseguido instalar el tema a nivel de América latina, y ese sí que parece
un camino sin retorno.
En la última reunión de la Organización de Estados Americanos en
Antigua, Guatemala, se presentó un documento muy elaborado y que
constituirá una rodilla de quiebre en el tratamiento regional. Titulado “El
problema de las drogas en las Américas”, tiene la firma de un abanico
numeroso de expertos de todos los países miembros de la OEA, lo que
permite asumirlo como un informe consensual a nivel científico y técnico.
Aunque no pasa lo mismo a nivel político. Mujica capitanea el sector
que promueve la despenalización, pero sus colegas del arco de gobiernos
progresistas no la tienen tan clara.
Pepe logró poner de su lado a Costa Rica y a Guatemala, y también
al gobierno colombiano de Juan Manuel Santos. Venezuela, en cambio,
pareció no tener una posición tomada, y el silencio brasileño de Dilma
Rousseff –cercada en la política doméstica por sus alianzas con los sectores
evangélicos- fue atronador. Argentina no aportó, y Evo Morales y Rafael
Correa acompañaron a Pepe Mujica, pero apenas declarativamente.
La Cuba de Raúl Castro y la Nicaragua de Daniel Ortega, en cambio,
rechazaron abiertamente la propuesta de despenalización y se mantuvieron
estrictas en la ortodoxia tradicional de combatir al “narco” con policía y
represión. Pero por primera vez en la Asamblea de la organización esta
postura fue minoritaria.
La cuña que introduce Pepe Mujica me parece –además de innovado-
ra y, lo repito, revolucionaria- en un todo acorde con la legislación inter-
nacional en materia de derechos humanos: aplicar sanciones penales por
el consumo o la tenencia de drogas “blandas” para uso personal, sea por
razones terapéuticas o recreativas, implica cercenar la autonomía y el dere-
cho a la privacidad.
Y no constituye un método exitoso para luchar contra el narcotráfico,
como a estas alturas resulta más que evidente. Parecería, por el contrario,
que insistir en la criminalización es un buen camino para proteger al “nar-
co” y a sus pingües negocios.
(2013)
80
“LA GORDI” VUELVE, Y DE NOVIA
Una colega –politóloga argentina residente en Chile- me decía que “los nú-
meros” de Piñera no están tan mal como podría esperarse después de una
gestión errática. Pero, aunque los resultados objetivos de la primera presi-
dencia conservadora después de cuatro mandatos de la Concertación sean
objetivamente rescatables (y lo pongo en potencial, ya que estoy citando
una interpretación a la que no adscribo), la capacidad de trasmitir los lo-
gros de su Administración ha sido tan rotundamente mala, que Sebastián
Piñera llega a los tiempos finales de su mandato con una de las peores imá-
genes personales de todo el período democrático pospinochetista.
Esa debilidad comenzó a insuflar bríos en la ahora opositora Concer-
tación, que ve en la popularidad maltrecha del mandatario la brecha por
la que colar el posible retorno a La Moneda. Pero, al interior del conjun-
to de partidos, las mayores expectativas de sucesión se inclinaban hacia
la pata democristiana. Los socialistas ocuparon el Ejecutivo en dos de
los cuatro mandatos del nuevo tiempo constitucional (Lagos y Bachelet),
mientras los demócrata-cristianos (que lo ocuparon con Aylwn y Frei) ven
aquellos tiempos como lejanos y suponían ahora su derecho al retorno.
Pero esta semana La Gordi, como cariñosamente se refieren a Michelle
Bachelet sus adherentes, acaba de meter adrenalina a la (de por sí bastante
soporífera) vida política trasandina: renunció a su importante cargo en la
sede de las Naciones Unidas (ONU Mujeres) en Nueva York y anunció su
vuelta a Santiago.
Y Bachelet no sólo dijo que peleará la presidencia en noviembre, sino
que las malas lenguas agregan que, además, la peleará enamorada. El anun-
cio desvela uno de los principales misterios de la clase política chilena, que
viene preguntándose qué haría Bachelet cuando llegara el momento. La
ex mandataria dejó el poder en 2010 con un altísimo nivel de aceptación
popular (aún superior al de su mentor y antecesor, el socialista Ricardo
Lagos). El alicaído Piñera necesitaba poco para terminar de hundirse, y el
inédito 54 por ciento de intención de voto que tiene Michelle Bachelet
–antes aún de haber iniciado ninguna campaña- ha tenido peso de yunque.
Las preguntas, ahora, se dirigen hacia el programa que “La Gordi”
trazará para volver a gobernar uno de los países más desiguales del mundo
(los analistas sostienen que podría incluso ganar en la primera vuelta, con
81
mayoría absoluta), y las maneras en que manejará el frente interno: Piñera
ganó porque la Concertación acusaba el cansancio de 20 años de hegemo-
nía; el regreso de Bachelet puede significar una vuelta de tuerca sobre un
proyecto agotado. O la gran renovación. Apostamos a que el amor pueda
ayudarla a inclinarse por esta segunda opción.
(2013)
82
DEUDAS RACIALES
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“cedidos” para trabajar como mano de obra gratuita en las estancias de la
zona. Como queda en evidencia ahora, también los mataron sin medida
ni explicaciones.
La fiscal general de Florida, Pamela Jo Bondi, ha autorizado más ex-
cavaciones, y los antropólogos forenses seguirán buscando hasta agosto de
2014. Cada vez es más imperiosa la necesidad de una “Comisión de la
Verdad” que se ocupe de las deudas raciales de los Estados Unidos.
(2014)
84
OBAMA CANSA
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apoyo y capitalizadas por la oposición republicana en la campaña para las
elecciones: tanto los fanáticos fundamentalistas del Estado Islámico, en
Medio Oriente, como el contagio de ébola en territorio norteamericano,
fueron utilizados en afiches opositores.
En la agenda externa, por su parte, Obama apenas tuvo un momento
de saludo para las fotografías con Vladimir Putin en la cumbre de los países
del Asia Pacífico (APEC), y tampoco está previsto que vayan a tener un
encuentro de alto nivel, además de los saludos protocolares, en la reunión
del Grupo de los 20 (G20), en Brisbane. La política internacional también
parece haberse cansado del presidente estadounidense.
(2014)
86
VENEZUELA: LOS DERECHOS DEL ESTADO DE
DERECHO
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BRASIL: OLLA PODRIDA
La política brasileña semeja a una inmensa olla podrida, donde flotan ca-
dáveres pestilentes de verduras marchitas. El caldo ácido de la marmita
genera espuma por los gases fermentados, que hacen difícil ver el fondo
del sedimento, pero estimulan, por eso mismo, la imaginación de qué se
hallará ahí abajo cuando se limpie la olla. Porque se tiene que limpiar en
algún momento, digo yo: el apoyo de los grandes grupos concentrados de
prensa no puede sostener indefinidamente ese caldero en ebullición.
El presidente Michel Temer acaba de “festejar” su primer aniversario
al frente de la potencia sudamericana, tras el desastroso juicio político que
promovió para desplazar a la presidenta legítima, Dilma Rousseff, de la
cabeza del Ejecutivo. El “festejo” de Temer, con nula medición de acepta-
ción social, coincide sin embargo con un control casi total de las palancas
administrativas, que llevan al presidente provisorio a seguir adelante con su
plan de ajustes económicos, reformas laborales, jubilatorias y fiscales hasta
el fin de su mandato, en diciembre de 2018.
La economía brasileña se hunde: crecerá menos de un 1 por ciento
este año; el desempleo aumentó de 13 a 14 millones de personas; y Data-
folha afirma que el 71 por ciento de los brasileños rechazan el plan del Pre-
sidente. En ese marco, tres acciones confluyentes podrían estar marcando
al inicio de la limpieza de la olla. Y las tres tienen mucho que ver con la
Argentina. En primer lugar, mientras su aliada, la expresidenta Cristiana
Fernández de Kirchner daba conferencias en Grecia y Bélgica, Lula da
Silva también dejaba el segundo plano y se sentaba, durante cinco horas,
frente al juez Moro, su acusador, y utilizaba la instancia de la citación
judicial para lanzar su campaña presidencial en las próximas elecciones:
“tengo más ganas de ser Presidente que nunca”, dijo ante las multitudes
que –como a CFK en los tribunales de Comodoro Py- fueron a arroparlo.
En segundo lugar, la presidenta Dilma Rousseff estuvo en La Plata, se cal-
zó el pañuelo blanco de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, acompa-
ñó el repudio nacional al vergonzoso intento gubernamental de disimular
una amnistía a los represores por la vía del 2x1 de la Corte Suprema, y
lanzó una advertencia que está en el fondo de la cuestión: el intento final
del neoliberalismo es acabar con quienes pueden oponerse a la hegemonía
del poder financiero. Y, al hilo, el testigo Leonardo Meirelles, en la causa
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Lava Jato, confirmó ante el fiscal que en nombre de Odebrech le transfirió
850.000 dólares en concepto de “coimas” al jefe de los espías argentinos,
amigo personal del presidente argentino e inquilino de su departamento
en Buenos Aires, Gustavo Arribas. El fondo catingudo de la olla podrida
ha comenzado a rascarse. Y si no logra limpiarse, los tiempos que vengan
serán aún más oscuros.
(2017)
89
II. A LAS VUELTAS CON LA VIEJA EUROPA
EL INICIO DEL “SIGLO CORTO” EN EUROPA
93
que nos queda apenas a la vuelta de la esquina, aunque a veces parezca tan
lejano como las eras precámbricas.
En 18 capítulos y 272 páginas, Lacolla desmenuza con ingenio y pe-
dagogía el complejísimo tablero de fuerzas en juego, intereses contrapues-
tos, novedades tecnológicas, y hasta malentendidos personales, que lleva-
ron al estallido de eso que luego la historia denominaría primera Guerra
Mundial, que a un costo humano desconocido hasta entonces terminó
alumbrando el mundo contemporáneo. El trabajo del periodista se une,
indisociablemente, al del analista, y ambos al del historiador.
El conflicto que luego hemos llamado primera Guerra Mundial fue
el punto de quiebre de la civilización occidental, la inflexión decisiva que
puso en entredicho los referentes culturales y materiales sobre la que ésta
se venía basando, abriendo un interrogante acerca de la potencialidad des-
tructiva que tenía el principio que hasta ahí la venía moviendo: el progreso
técnico y la naturaleza del sistema capitalista.
Guillermo II ascendió al trono de Prusia en 1890, y uno de sus prime-
ros actos de gobierno fue destituir al anciano canciller Otto von Bismarck,
porque tenía la intención de abandonar el proceloso sistema de alianzas
construido por Bismarck que había constituido el “sistema europeo” y que
había garantizado la paz. Guillermo entendía que esa paz y esa primacía de
la diplomacia tradicional –un invento renacentista que casi no había sido
afectado por modificaciones importantes en 400 años- impedía la expre-
sión del potencial alemán. Prusia, decía el emperador, podía alcanzar unas
condiciones de poder y hegemonía superiores a Londres y a París. Así, tras
el desplazamiento de Bismarck impulsa la denominada Weltpolitik, que
constituyó el inicio del camino que terminará conduciendo al estallido de
la guerra. Los cambios impulsados en la poderosa Alemania por Guiller-
mo II imponen un clima de tormenta con las demás potencias europeas,
mientras, a nivel social, los cafés, los restós y las terrazas bailan despreocu-
padamente el ritmo de un tiempo que se llamó, precisamente por eso, Belle
Époque: señoras de miriñaque, sombrillita y faldas hasta el suelo y señores
de galera y bastón, unas imágenes que contribuyen a aquella percepción de
lejanía temporal a pesar de que las distancias calendarias digan otra cosa.
En la economía, por otro lado, comienza a vivirse lo que podría-
mos hoy denominar la “primera globalización”, principalmente mirándo-
la desde estos tiempos tan globalizados. Enrique Lacolla muestra en La
fractura cómo estos tiempos globales nuestros también comienzan por
aquellas fechas, en especial con el auge del colonialismo. Esta “primera
globalización” económica viene a coadyuvar fuertemente, y en paralelo,
a la decisión de Guillermo de Alemania. El ascenso de Estados Unidos y
Japón irrumpió violentamente (como lo expresan dos guerras que estos
94
nuevos actores empujan contra las viejas coronas europeas: la de Estados
Unidos contra España, en 1898; y la de Japón contra el Imperio Zarista de
Rusia, en 1905). Además, esta “primera globalización”, y en eso comparte
características con la actual, se ve empujada por las transformaciones
tecnológicas, que afectan especialmente a la ya poderosa Alemania,
que expande su Producto Bruto Interno y aprovecha para acelerar su
rearme naval. Porque, como lo explican las teorías realistas en la política
internacional, el crecimiento económico y político debe ser respaldado por
una capacidad militar consecuente.
Además, el impulso globalizador se retroalimenta a sí mismo: la mayor
capacidad productiva de las industrias, tras la creciente incorporación de
tecnología, aumenta la necesidad de provisión de materias primas, de las
que no hay muchas reservas al interior de los Estados europeos. Esto ter-
mina impulsando la expansión colonial, que recupera vigor a fines del siglo
XIX en orden a obtener las dos puntas del proceso productivo: insumos
para la fabricación, y mercados para la colocación de los productos termina-
dos. Claro que la globalización no iba acompañada de una filosofía de libre
mercado ni nada parecido: la tendencia era a crear economías cerradas, co-
herentes con la concepción imperial que sostenía el sistema internamente; y
como el “espacio europeo” es relativamente pequeño, la puja por territorio
se traslada fronteras afuera y los roces entre las potencias comienzan a hacer-
se evidentes en cualquier latitud: el Pacífico Sur, el Estrecho de Magallanes,
Oceanía, África... Mientras que la concepción imperial interna llevaba a
sostener economías cerradas, lo que se trasladó a una puja por aranceles. El
extremo proteccionismo por vía arancelaria contribuyó también a enrarecer
el clima internacional.
El viejo canciller Bismarck había tejido una serie de alianzas de “equi-
librio”, el objetivo era que nadie sintiera que la balanza se volvía en su con-
tra. Entre esas alianzas, una, llamada la “Triple”, vinculaba a Alemania con
el imperio Austrohúngaro y con Italia. Cuando Guillermo II comienza a
aplicar la Weltpolitik, Francia percibe que la balanza ha comenzado a pesarle
en contra, y busca el entendimiento con el zar ruso, y en 1893 se firma el
tratado franco-ruso que prevé que ante el ataque a uno de los dos, el otro
le declararía la guerra al agresor (y cuando ponían “agresor”, ambos estaban
pensando en Alemania, claro). Cuando Gran Bretaña ve este acercamiento
entre Francia y Rusia, percibe que se está quedando afuera y sola; por lo cual
aparca sus diferencias coloniales con París, y propone también un pacto,
que logra en 1904 y que se denominó “Entente”. Con el puente y los bue-
nos oficios de París, los británicos acceden a reproducir el entendimiento
con el zar Romanov, y el acuerdo anglo-ruso se firma tres años más tarde,
en 1907. Y ahí ya están dibujados los que serían, a poco andar, los protago-
95
nistas de la nueva y trágica partida. A la Triple Alianza (Alemania – Austria/
Hungría – Italia), se le enfrenta a hora una Triple Entente: Francia – Gran
Bretaña – Rusia).
Y entonces, cuando las piezas están dispuestas en el tablero, pero nadie
ha movido, llega la patada que desmorona todo. El 28 de junio de 1914,
el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José
I y heredero al trono austro-húngaro, de visita oficial en los Balcanes, es
asesinado en Sarajevo, Bosnia, por Gavrilo Princip, miembro de la organi-
zación nacionalista serbia “La mano negra”, y a quién, hasta el día de hoy,
los serbobosnios consideran un héroe nacional. Desde ese momento, todo
se sucede a una velocidad de vértigo: el 23 de julio Austria-Hungría lanza
un ultimátum a Serbia, y el 28 le declara la guerra; dos días después co-
mienza la movilización general rusa en defensa de su aliado eslavo del Sur.
Ante la movilización de los ejércitos del zar, Alemania le declara la guerra
a Rusia el 1 de agosto, en cumplimiento del pacto de la Triple Alianza y en
defensa de su aliado austrohúngaro. Por su parte, y en cumplimiento del
pacto de la Triple Entente, Francia inicia la movilización de sus ejércitos en
defensa de su aliado ruso, y fuerza a que Alemania le declare la guerra el 3
de agosto. Al día siguiente, el ejército alemán avanza hacia Francia, y en el
camino invade Bélgica, lo que provoca la declaración de guerra por parte
de Gran Bretaña al káiser. Ya está: la Gran Guerra ha comenzado.
Hablar de la Guerra, de cualquier guerra pero especialmente de aque-
lla, es dimensionar sus alcances por la capacidad de destrucción y de muer-
te. Y en La fractura hay un panorama que, sin morbo pero tampoco sin la
frialdad de la estadística, permite asomarse a ese abismo de la posibilidad
humana de hacer daño. Y un elemento: la guerra estaba mal calculada;
nadie había contado con la incidencia de la tecnología. Esa tecnología que
estaba transformando a pasos agigantados la vida económica y productiva,
también iba a transformar el arte de la guerra, que hasta ese momento se
denominaba así, un “arte”, y el filósofo y teórico de la guerra, el mariscal
prusiano Carl Philipp von Clausewitz, había llegado a considerarla como
una parte integrante de la política: la guerra era la política, sólo que por
otros medios. Pero eso, acertado o errado, era un concepto pre-tecnológi-
co, ahora, como se iba a ver, otro gallo cantaría. Un conflicto que se espera-
ba corto –de unas semanas, o cuando mucho de un par de meses- se alargó
por más de cuatro años, causando un horror hasta entonces desconocido.
Entre 1871 y 1914 no había habido ningún conflicto en el cual el
ejército de una “potencia” tuviera que atravesar las fronteras de otra. Y
antes nunca se había registrado un conflicto “mundial”. Este es uno de los
principales cambios que trae 1914, cuando el énfasis nacionalista, unido al
poderío de destrucción tecnológico, provocó un resultado demoledor en
96
el que nadie –o casi nadie- pudo quedar fuera: ahora todas las “potencias”
se vieron involucradas, todos los Estados europeos (con la sola excepción
de España, Holanda, los escandinavos –Suecia, Noruega y Finlandia- y
Suiza); junto a múltiples países de ultramar, desde la participación de los
Estados Unidos –que definiría la victoria- hasta los rincones más excén-
tricos del mundo enviaron tropas a luchar en Europa (Canadá, Australia,
Nueva Zelandia, hindúes, chinos y hasta africanos). Y, por cierto, América
del Sur, porque la guerra naval también adquiere dimensión mundial, y
las batallas náuticas llegan hasta las inmediaciones de las argentinas Islas
Malvinas. Una combinación de elementos que terminó alterando la estruc-
tura social y la arquitectura política del mundo. Hasta aquí había llegado
el antiguo orden, aquí comenzaba –de verdad- el siglo XX. El fantástico y
terrible siglo XX.
La gran perdedora fue Europa. Y esta denominada primera Guerra
Mundial inició, en 1914, un proceso de autodestrucción europeo que em-
pujó a que el poder internacional dejase sus costas, siguiera viaje hacia el
Oeste, y los Estados Unidos de Norteamérica alcanzaran la hegemonía
global que mantuvieron durante un siglo. Un poder mundial que hoy –pa-
rece- sigo su rumbo Oeste, cruzando el Océano Pacífico, y alcanzando las
costas de China.
97
GUERRA SUCIA EN LA CULTA FRANCIA
98
ción, en 2004, de un listado de prominentes nombres de la economía y
la política francesa que habrían ingresado dinero en una cuenta bancaria
luxemburguesa reconocida como un blanqueadero de fondos turbios.
Todo había comenzado –muy novelescamente, por cierto- con un
becario del banco, Florian Burges, aficionado al género policial, que en
el transcurso de una pasantía en Clearstream grabó un listado de cuentas
opacas y se las robó en un diskette, convencido de que contenían claves
para descubrir lavados de dinero. La nómina llegó, por medio de un men-
saje anónimo, a los juzgados de Paris. Y en ese listado aparecía el nombre
de Sarkozy. Pero a poco andar, el juez descubrió que su inclusión era frau-
dulenta. El entonces ministro prometió, con la procacidad del lenguaje
mafioso que le es habitual, “colgar de un gancho de carnicero” a quienes
habían querido borrarlo de la carrera hacia la Presidencia, y –tras ganar las
elecciones de 2007- una vez que estuvo sentado en ella, con inmunidad y
con mando sobre las instancias judiciales, apuntó hacia Villepin (Jacques
Chirac, de quien sospechaba que había partido la autoría intelectual de la
movida, por su investidura estaba fuera de su alcance).
Desde septiembre del año pasado el juicio, que se desarrollaba en la
misma sala donde se sentenció a María Antonieta a la guillotina, polarizó
la política francesa, que entendía claramente que los resultados irían más
allá de un mero trámite judicial, y terminarían impactando en el futuro
nacional. Además de la fiscalía, Nicolás Sarkozy se personó como parte
querellante en el juicio, y lo siguió diariamente, con una reunión al final de
la tarde con su abogado, en el palacio del Elíseo. En ningún momento tuvo
dudas de que la estrategia enterraría para siempre a su antiguo adversario.
Pero perdió, y ahora todo se ha dado vuelta en las máximas instancias de
la política francesa.
Una ducha de agua fría cayó sobre ese peleador feroz que es Nico-
lás Sarkozy: luego de tan mediatizado juicio, y sabiendo lo que se jugaba
realmente en él, el Tribunal leyó durante dos largas horas, el pasado 28 de
enero, su sentencia. Y ésta exculpa en todo y en parte al ex Canciller. Ganó
Villepin, y ganó por mucho.
Al enterarse de que el fiscal apelaría la sentencia, Dominique de Ville-
pin, que en todo momento se ha mostrado como un auténtico hombre de
Estado, dijo que Sarkozy “ha decidido perseverar en el ensañamiento y en el
odio”, pero sabe que, en realidad, el ensañamiento del Presidente lo ha vuelto
a poner a él en el centro de la atención política: Un sondeo hecho apenas
terminado el juicio, afirma que Villepin cuenta con un 8 por ciento de adhe-
siones de cara a las elecciones presidenciales de 2012. Y esto recién comienza.
La misma moneda, pero con dos caras tan diferentes, lanzada al aire.
(2011)
99
EUROPA, BARBAS EN REMOJO
100
(a la sazón, también socialistas en la península ibérica) se largaron a la ca-
rrera de los ajustes, compitiendo a ver cuál es más liberal y ortodoxo, para
alejarse cuanto fuera posible del “fantasma griego”: recesión, achicamiento
del gasto social, ataque de los mercados que encarecen el endeudamiento
público, y, por supuesto, las reacciones sociales a todo ello, que en Atenas
ya llevaban varios muertos.
La reacción de los Estados tomados individualmente, en todo caso,
no es extraña. Tanto en los grandes como en los medianos el sentimiento
“nacional” siempre prima sobre las concesiones parciales de soberanía que
se hayan realizado al proceso de integración. En definitiva, como desde
los albores de la modernidad occidental, la “raison d’Etat” sigue siendo la
consideración principal de todo gobierno: los intereses del Estado sobre la
moral individual y sobre cualquier instancia supranacional.
Pero si esta reacción cuidadosa y conservadora puede entenderse en el
plano de actuación individual de los países que integran la Unión Europa,
es más difícil explicarla en la actitud de los funcionarios y agentes superio-
res de la propia institución comunitaria.
La primitiva Comunidad del Carbón y del Acero, entre Francia y
Alemania recién desmovilizadas después de la más grande y criminal gue-
rra entre ambos ejércitos; la Declaración Schuman para impulsar la coo-
peración entre los antiguos enemigos; luego la Euratom en los inicios de
la carrera nuclear y en plena Guerra Fría; la Comunidad Económica; los
múltiples procesos de ampliación que fueron extendiendo las fronteras ex-
teriores; la incorporación de la Europa del Este tras la disolución soviéti-
ca; la constitución del Espacio Schengen con la eliminación de todos los
controles fronterizos entre los países; y la propia instalación de la moneda
única para la mayoría de los socios, fueron todos actos de gobierno de alto
riesgo, impulsados y llevados adelante por una élite valiente y arrojada, que
logró postergar los enconos históricos, nacionalistas, culturales, religiosos,
regionales e ideológicos por la apuesta a un futuro común y superador.
La vieja foto de Konrad Adenauer, canciller de la Alemania derrota-
da, con medio país ocupado por la Unión Soviética y con Berlín saqueado,
destruido y repartido entre las potencias vencedoras, y abrazando en aquel
momento al general Charles de Gaulle, escribiendo la primera página de
la nueva historia contemporánea de Europa, es de una generosidad y al-
cance de miras que las actuales conducciones políticas europeas no pue-
den ni aspirar.
Y, además, la construcción de la integración continental durante el
último medio siglo no ha sido sólo discursiva y formalista, sino que se ha
financiado mediante los fondos de compensación, donde los países ricos
han solventado, con dinero de los impuestos de sus contribuyentes, el de-
101
sarrollo de los Estados más pobres, para que éstos alcanzaran los estándares
de homogeneización.
En síntesis: en el pasado los desafíos han sido sobradamente superiores
a los que impone la actual crisis de los mercados financieros, y esos desafíos
se han superado con valentía, asumiendo riesgos de largo plazo por parte
de las élites gubernamentales. Y las herramientas de socorro económico y
de redistribución de fondos entre los socios se han aplicado regularmente.
Que no se apliquen ahora, o que nadie se atreva a tomar decisiones arries-
gas y prefiera, en cambio, guardarse fronteras adentro poniendo las propias
barbas en remojo, obedece a una crisis que supera lo económico, y alcanza
la moral pública.
Dependiendo tanto los rumbos y las orientaciones del proceso de
integración de las voluntades de los dirigentes, como acabamos de mostrar,
el país que detente la presidencia rotatoria semestral del Consejo Europeo
(la reunión de jefes de gobierno, donde reside efectivamente el poder deci-
sional de la región) adquiere una importancia central.
Durante el agitado año 2010, la presidencia la ejerció España en el
primer semestre, y Bélgica en la segunda mitad. José Luis Rodríguez Za-
patero transitó su semestre tan mareado y confundido por la crisis, inten-
tando por todos los medios que el “fantasma griego” no llegase a las costas
catalanas, valencianas o andaluzas, que no tuvo tiempo de ocuparse de la
Unión Europea; le dejó el trabajo a Herman Van Rumpuy, el conservador
presidente permanente del Consejo. Luego, el segundo semestre le tocó a
Bélgica, que pasa por un desgarrador momento de enfrentamiento entre
las dos comunidades que integran el país, el norte flamenco y el sur fran-
cófono. Con los resultados electorales muy homogéneos, el jefe del Estado,
el rey Alberto, no consigue desde hace meses que alguien se haga cargo de
formar un gobierno que permanezca. ¿Quién, entonces, se ocuparía de
dirigir los rumbos de la Unión Europea en un país que no logra ni siquiera
definir su propio rumbo o formar su propio gobierno? Nadie, por supues-
to. Y pasó otro medio año.
Desde el 1 de enero de 2011, las riendas de la Unión Europea cayeron
en manos del gobierno húngaro. En Budapest, el recién asumido gobierno
de Viktor Orbán, del partido de derecha Fidesz, ha asegurado que impul-
sará la prohibición del aborto, establecerá la definición del matrimonio
como exclusiva unión entre hombre y mujer, reinstalará la censura sobre
los medios de comunicación (con multas de más de 700.000 euros a dia-
rios o webs que “ofendan la dignidad humana”), y aplicará un nuevo im-
puesto a las “empresas extranjeras” (esto es: europeas).
De un sólo golpe, Hungría –un socio reciente del proceso de inte-
gración, desde la ampliación de 2004- se carga el principio de igualdad
102
de trato en el mercado interno de la Unión Europea, desconoce el acervo
legislativo y judicial común, y se aparta de sus principales logros sociales y
comunicacionales.
¿Podría esperarse de su semestre en la presidencia del Consejo
Europeo decisiones valientes y arriesgadas para enfrentar la crisis que
parece estancada en las tierras del Viejo Continente? Difícil.
(2011)
103
LAS FACTURAS DE ZAPATERO
104
rreligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió
mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el
“Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no
ha salido.
El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la orga-
nización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta
con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala
apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más
la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto
de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían
en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva
factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.
Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad
simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, que-
daron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica
originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas. En un primer
momento, José Luis Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz,
y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino
una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (espe-
cialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmo-
biliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada
medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España
no está en crisis, decía.
Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando
los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda
se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos
en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la
solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión
Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efec-
tivamente la crisis también había llegado a la economía de la península.
Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española
ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en
un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una
imagen ya muy débil.
Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia mis-
ma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando
pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sin-
cerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno,
alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la
Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Ni-
colás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar pres-
105
taciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar
exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y des-
pidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa
socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.
La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de
maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura
que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opi-
nión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión elec-
toral. Su buena estrella se había apagado.
El 2 de abril de 2011, después de reunirse en la Moncloa con los prin-
cipales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre
la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del
próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su re-
nuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.
Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de
la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, ade-
más, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción
del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la
derecha del Partido Popular.
No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En defini-
tiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa
progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de
cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra
Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquis-
ta, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá
eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía
con que este hombre entró a la primera plana de la política española.
La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a
través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles
–ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la
centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del
Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato
mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos
más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra ma-
nera, más generosa, de terminar un período de gobierno.
(2011)
106
DSK, EL SOCIALISTA LIBERTINO
107
incluidos los gobernantes. Nos hemos ganado el derecho de que cada quien
haga con su vida y entre sus sábanas lo que le venga en gana, siempre y
cuando lo haga entre adultos y de una manera consentida. Pero, inclusive en
este entorno, ya no es posible seguir sosteniendo que los caprichos del liber-
tino que implican una consideración denigrante para con las mujeres, sólo
atañen a la faz privada de los hombres públicos. Y hay un salto conceptual
entre una moral sexual tolerante y una violación. Esta última constituye
un delito. Y si lo comete el poderosísimo director gerente de la institución
reguladora de la economía mundial, sigue siendo el mismo delito.
Leer el escándalo desde la perspectiva de género –que, en todo caso,
apuntala la consideración de la igualdad entre las personas, independien-
temente de su posición social o de su relevancia-, no puede ocultar sin
embargo el hecho que la detención de Strauss-Kahn (ya por todos nom-
brado con las siglas DSK) constituye un auténtico terremoto político, por
la cantidad de variables que se cruzan en su persona. El sistema financiero
mundial; la campaña para las próximas presidenciales francesas; el lideraz-
go del Partido Socialista; la confiabilidad del euro como divisa de cambio;
y las negociaciones para rescatar a Grecia, Portugal e Irlanda de la banca-
rrota, se verán afectadas por la salida del escenario de una persona que ha
sido determinante para alcanzar los últimos acuerdos.
El momento y el impacto de la detención de DSK en Nueva York
no podrían haber sido más relevantes. Los retratos del político francés que
circulan por los medios dan una idea de la profundidad de la crisis que
ha desatado. El curriculum de este economista judío, de 62 años, es en
sí mismo apabullante: tiene títulos universitarios en ciencia política, en
comercio, en abogacía, y en economía, disciplina de la que es profesor.
Antes de los 40 años ya era diputado, y a los 42 era ministro. Comandó
la entrada de su país en el euro, y comenzó a ascender en el Partido So-
cialista. En 2007 se postuló para dirigirlo, pero Ségolène Royal mantuvo
el liderazgo. Todas las encuestan la daban, hasta esta semana, las mayores
chances de convertirse en el futuro Presidente de la República Francesa en
2012, sepultando a la derecha y al decadente período de Nicolás Sarkozy.
Su traslado a Washington y al primer puesto del FMI fue una sorpresa.
Logró en cuatro años terminar con la historia monetarista ortodoxa de la
institución financiera, que con las recetas ultraliberales de desregulación
durante los 80 y los 90, especialmente para América latina, estuvieron más
en el origen de los problemas económicos de los países emergentes que en
sus soluciones. DSK cambió la orientación del Fondo, y rescató el interven-
cionismo moderado de Keynes; promovió estímulos fiscales; y propuso sus-
tituir el G-7 por el G-20, haciéndole un importante lugar a los emergentes.
108
Pero esta actividad febril y esta renovación progresista de institucio-
nes tachadas de conservadoras y garantes del statu quo, se mezcló con un
perfil de hombre gozador de placeres mundanos y caros, para los cuales
aprovechaba su posición de poder. Luego se filtraron algunas denuncias de
acoso sexual, que logró esquivar hasta el sábado pasado en la suite 2.806
del hotel Sofitel de Manhattan (en una habitación, por cierto, de $ 12.000
la noche). Ya habían aparecido en París columnas de opinión sobre el cos-
toso tren de vida de un dirigente que aspiraba a presidir un gobierno de iz-
quierdas y socialista: Le gusta manejar un Porche Panamera (de $ 600.000)
y los trajes de alta costura que viste no bajan de los $ 180.000.
A la par de este derroche de lujos, la debilidad por las mujeres (ya
lleva tres casamientos) comenzó a mezclarse con rumores y denuncias de
agresiones. Inclusive corre la anécdota de un consejo que le dio el propio
Sarkozy cuando DSK salía para Washington en 2007: “no te metas en un
ascensor solo con una becaria, Francia no puede permitirse un escándalo.”
Al año siguiente, sin embargo, aparecían pruebas de que el consejo del
presidente había caído en saco roto: DSK era denunciado por una eco-
nomista húngara, empleada del FMI, que acusaba al director gerente de
haber utilizado el cargo para abusar de ella. Logró tapar el escándalo en esa
oportunidad. Ahora, también una periodista se atreve a contar que DSK
le pidió sexo a cambio de darle una entrevista. Y no es poco probable que
otros casos salgan a la luz en los próximos días. El folletín no terminará con
la renuncia a la conducción del FMI.
Francia, mientras tanto, sigue entre el asombro y la indignación. Los
socialistas comenzaron respaldando a su candidato estrella. Prefieren criti-
car al puritanismo norteamericano, aquel de los juicios a las brujas de Sa-
lem y el de las persecuciones ideológicas y morales del tristemente célebre
senador McCarthy. “Los norteamericanos toleran la corrupción económi-
ca y la agresión militar, pero no la ley del deseo ni los placeres de la carne”,
es el argumento dominante. Una encuesta, además, muestra que más del
50 por ciento de los franceses descree de la culpabilidad de Strauss-Kahn.
Sin embargo, los límites entre el latin lover vividor y macho alfa, y el
obseso sexual que agrede y viola aprovechándose de su puesto de poder, no
son tan difusos como se los presenta. Por bastante tiempo la corporación
financiera y mediática ha contribuido a ocultar un comportamiento cla-
ramente delictivo de uno de los suyos. Pero ahora la vida política de DSK
ha terminado.
(2011)
109
MERKEL APAGA LAS CENTRALES NUCLEARES
110
dicionados en todas las políticas ambientales por sus socios de gobierno,
Los Verdes, terminaron aprobando en 2002 una ley federal que trazaba
una paulatina reconversión de las fuentes energéticas, hasta llegar a 2021,
cuando se apagaría el último de los 17 reactores atómicos en actividad.
Merkel, en cambio, basó una parte importante de su campaña elec-
toral en criticar este planteo de la izquierda, sosteniendo que encarecería
la energía, pondría palos en la rueda a la tasa de crecimiento productivo, y
llevaría a la aplicación de mayores impuestos para financiar la instalación
de energías alternativas (ya que la baja productividad de éstas conllevaría la
necesidad de promoción oficial para subvencionarlas).
El sector empresarial germano cerró filas detrás de Merkel, y ésta ob-
tuvo el gobierno. Inclusive en su segundo mandato, cuando pudo despren-
derse del lastre de los sectores más progresistas con los que había tenido
que pactar en el primer período y se asoció con los Liberales del FDP, im-
puso una moratoria en septiembre del año pasado para todas las centrales
nucleares. Por esta moratoria, tan resistida por los activistas ambientales, la
Canciller amplió en doce años –en promedio- la vida útil de todos los re-
actores en actividad. Con ello, ninguna usina atómica cerraría sus puertas
antes de 2036. Miles de manifestantes salieron a la calle a protestar en las
principales ciudades, pero las cámaras empresarias aplaudieron nuevamen-
te la arriesgada apuesta de la mandataria.
Pero entonces llegó el tsunami a las costas japonesas. La ola golpeó
contra los reactores atómicos de Fukushima, que comenzaron a filtrar
radioactividad hacia el aire y hacia el agua. Y una de las potencias más
desarrolladas, organizadas y tecnificadas del mundo demostró que la ca-
pacidad de hacer frente a un desastre nuclear excede cualquier posibilidad
de gestión política y estratégica. Dos de los reactores de Fukushima han
logrado controlarse, al parecer, después de ingentes tareas que han involu-
crado recursos internacionales, ocasionado desplazamientos de población,
y que posiblemente terminen tirando abajo al gobierno japonés: el primer
ministro, Naoto Kan, logró ayer sortear por poco la moción de censura
presentada en su contra.
La historia no termina y seguramente Naoto Kan tenga que volver
en breve a dar explicaciones al Parlamento. Los responsables de Seguridad
Nuclear del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), advir-
tieron ayer desde Viena que Japón no podrá controlar la central atómica
dañada, en el plazo de nueve meses que se propuso desde el gobierno de
Tokyo. Los expertos del OIEA reconocieron que la situación general en
Fukushima sigue siendo grave: han descubierto que el combustible del
reactor 1, y posiblemente también el del 2 y el 3, se fundió en los primeros
momentos de la crisis y se encuentra ahora en el fondo de la vasija del re-
111
actor, donde se han detectado fugas radioactivas. Las filtraciones y las fugas
han afectado especialmente al mar, pero también podrían llegar a contami-
nar el subsuelo y las aguas subterráneas. Y como si fuera poco, parece que
también hay un cuarto reactor con problemas.
Apenas un par de días después de la catástrofe japonesa, unas 60.000
personas salían a oponerse a Merkel y a su moratoria recientemente san-
cionada. La mayor concentración de protesta se registró en la región de
Baden-Württemberg, un tradicional bastión de la derecha alemana, donde
los demócrata-cristianos gobernaban sin interrupciones desde hace sesen-
ta años. Merkel acusó el impacto, y al día siguiente de las movilizaciones
decretó la paralización, durante al menos tres meses, de la prolongación
de la vida útil de las 17 centrales nucleares. Pero la decisión no logró
parar el descontento, que fue fogoneado a diario por las ONG y los ac-
tivistas ambientales. En las elecciones regionales, el 27 de marzo, Merkel
fue castigada por las urnas. Su partido, la Unión Demócrata Cristiana
(CDU), perdió Baden-Württemberg después de medio siglo; mientras los
ecologistas de Los Verdes y los socialdemócratas crecen en todas las cir-
cunscripciones electorales.
Contra todo pronóstico, y contra las promesas que ayudaron a insta-
larla en la Cancillería de Berlín, Ángela Merkel ha anunciado esta semana
que apagará la energía nuclear en Alemania, y que comienza la transición
hacia la era de las energías renovables en la economía que tracciona Euro-
pa, nada menos. El esfuerzo estructural de esta transición (principalmente
hacia molinos eólicos, centrales de biomasa y solares) será inmenso; ya lo
comparan con el esfuerzo desplegado por Alemania en 1990, cuando la
reunificación. Las nucleares cubren hoy el 23 por ciento de las necesidades
energéticas de las industrias y de los hogares; el costo de transformación
del paradigma eléctrico (desde el tendido de cables hasta el aislamiento de
las casas) será enorme.
Austria ya tiene vedado –y por disposición constitucional- la radica-
ción de centrales atómicas en su suelo. Después de Fukushima, también
Italia y Suiza han congelado cualquier proyecto de desarrollo energético en
base al átomo. Los países subsidiarios de la tecnología alemana deberán,
obligadamente, descartar los suyos. Las preguntas, ahora, se centran en qué
rumbos tomarán Francia y Reino Unido, que disponen de tecnología pro-
pia, y los países en vías de desarrollo. China, especialmente. Pero también
la Argentina.
(2011)
112
DETRÁS DE RUPERT MURDOCH
Gran Bretaña se sacude con una de las mayores crisis desde la postgue-
rra. El escándalo suscitado en torno a los periódicos del magnate Rupert
Murdoch ha salpicado a periodistas, policías, funcionarios, diputados y
miembros del gobierno. Hasta la intocable familia real inglesa se ha visto
envuelta por el remolino. Lo que comenzó siendo un tema mediático saltó
hacia la esfera política, y el ejecutivo conservador de David Cameron no
encuentra la manera de despegarse, y –también él en el centro del remoli-
no- corre incluso el riesgo de tener que dejar la jefatura del gobierno si no
demuestra, en el transcurso de las próximas horas, que sus conexiones con
los aspectos más negros del escándalo pueden haberse debido a errores,
pero no a acciones deliberadas para favorecer a un holding empresario. Y
los ingleses perciben que el pobre y atildado Cameron no tiene el trabajo
fácil: en Londres, donde todo es objeto de apuestas, algunas casas de juego
ya habilitaron la compulsa de cuánto falta para que caiga el gobierno con-
servador. El miércoles de esta semana, la célebre firma William Hill pagaba
16 a 1 las apuestas a que el primer ministro habrá renunciado antes del
domingo a la noche.
Y la crisis, ya enteramente política, no se ha conformado con quedar
adentro de los márgenes marítimos de las islas británicas, sino que ha sal-
tado hacia los cuatro vientos, recalando en Europa y en Estados Unidos
primero, en Australia y Rusia después, para terminar ocupando las por-
tadas de la prensa de medio mundo, de manera sostenida, en las últimos
dos semanas. El fenómeno de semejante mancha de aceite viajando a alta
velocidad por el planeta obedece a dos factores: las empresas y los intereses
de News Corporation, la marca amasada por Murdoch durante sesenta
años, toca una variedad de aristas en todo el mundo. Pero el segundo factor
es aún más importante desde la política internacional: El interés levantado
por el escándalo radica en una manera de hacer periodismo (que no es
exclusiva de los tabloides londinenses), y a cómo esa manera de gestionar
la función periodística termina relacionándose con el poder político, in-
sertando a su propia gente en los gabinetes, forzando agendas de temas,
y hasta influenciando en la designación de candidatos y de partidos. En
otras palabras, la prensa sensacionalista llega a las grandes masas de au-
diencia, sin reparar en cómo lo hace o la legalidad o legitimidad de los
113
medios empleados para ello, y luego, con la capacidad de influencia que
esa multitudinaria plataforma de lectores le otorga, apunta a intervenir en
el rumbo de la decisión política. En el fondo, un planteo sustantivamente
antidemocrático, pero recubierto con la estela de la libertad de expresión
y de la libertad de prensa. Esos son los fantasmas que caminan detrás de
Rupert Murdoch, y cuando sus pasos espectrales salen a la luz y quedan en
evidencia, retumban en todos lados, no sólo en los escalones que llevan a
la puerta del número 10 en Downing Street.
Una advertencia más: cuando se habla de “prensa amarilla”, general-
mente se arma la imagen mental de esos tabloides policiales truculentos, el
chusmerío rosa de las revistas y los semanarios del corazón, los mensuarios
con delirios místicos, las publicaciones ultramontanas, e inclusive esos mis-
celáneos que mezclan sin demasiados pruritos de objetividad a los fenóme-
nos paranormales, el Gauchito Gil, los extraterrestres, los curas sanadores
y los platillos voladores del Uritorco. Pero el fenómeno no se limita a esta
fauna variopinta. Por el contrario, los métodos de la prensa sensacionalis-
ta han terminado evidenciándose tan efectivos en sus fines políticos, que
parte de la supuesta “prensa seria” no ha dudado en tomar algunos de esos
elementos y hacerlos suyos. Así, el viejo oficio periodístico que entendía la
profesión como un servicio a la sociedad, y que por eso tenía como regla no
publicar una noticia hasta haberla contrastado suficientemente con fuentes
directas, ha ido dejando lugar a titulares y a portadas que no ocultan –ni les
interesa ocultar- su intencionalidad política. Antiguos periódicos de alta
tirada, incluso alguno que anota en su insignia ser el gran diario nacional,
no han dudado de echar mano de las herramientas sensacionalistas para
intervenir en el juego político del Estado. Una participación, claro, para la
cual ningún ciudadano de ese Estado los votó. De ahí la cuestión antide-
mocrática que arrastran.
Murdoch ha sido llamado con los más originales apodos por la prensa
del mundo, devolviéndole con la misma moneda con que sus diarios han
pagado. Le llaman “el león de la Fox” (porque también es dueño de la pro-
ductora cinematográfica 20th. Century Fox, la competidora de la MGM, al
principio de cuyos filmes rugía ese descomunal león africano); el “zar de la
prensa”; el “hacedor de gobiernos”. Más allá de la espectacularidad de esos
apodos, todos encierran una parte de verdad. Keith Rupert Murdoch ha
demostrado ser un auténtico león en la selva de los medios de comunica-
ción, y casi desde la nada. Llegó a Londres, desde su Melbourne natal, con
20 años y un puñado de libras en el bolsillo. Después de un tiempo com-
pró el periódico The Sun, lo pasó a formato tabloide, y adquirió asimismo
el dominical News of the World. Con base en esos dos medios, y la paulatina
introducción de contenido sensacionalista y fotos de mujeres desnudas, fue
114
armando una arquitectura mediática que hoy en la más grande del mun-
do. En 2010, el holding empresario fundado –y dirigido en persona- por
Murdoch, a sus 80 años, facturó un total cercano a los 30.000 millones
de dólares. Además de la 20th. Century Fox en cine y entretenimientos, el
grupo es el dueño de la cadena televisiva Fox, prácticamente la vocera del
Partido Republicano en los Estados Unidos. Murdoch llegó a norteamérica
en los primeros años 70, y se lanzó a una carrera de adquisiciones de gran-
des medios, entre los cuales sumó al diario New York Post; el periódico fi-
nanciero The Wall Street Journal; y la casa editorial Harper Collins, también
presente en Canadá, Nueva Zelandia, y la India. Además del original The
Sun, en Inglaterra tuvo la cabecera más vendida durante décadas, News of
the World, que debió cerrar por ser la piedra de toque del escándalo. Tam-
bién en las islas tiene un porcentaje del mayor canal televisivo, BSkyB, y a
punto estuvo de quedarse como único dueño –David Cameron ya había
aprobado la adquisición- pero el affaire lo ha hecho desistir de esa millona-
ria compra, de momento. Sky, una señal televisiva hermana, también está
en Alemania e Italia; a China ha llegado con el canal Fox, la señal National
Geographic Channel; y en su Australia natal mantiene la propiedad de más
de 146 publicaciones.
Con este universo empresarial de directa y diaria incidencia en millo-
nes de lectores, Murdoch y sus gerentes locales han estado paulatinamente
insertándose en las instancias de gobierno. En estos días, especialmente en
la escenificación de arrepentimiento y vergüenza que protagonizó frente a
la comisión investigadora de la Cámara de los Comunes en Londres, el an-
ciano león dijo no haber estado al tanto de que la gente en la que él había
confiado cometía ilícitos contra la vida privada, engañaba a sus lectores,
coimeaba a funcionarios públicos y agentes del orden, y sobornaba –por
miedo- a todos. Sin embargo, los testimonios de varios de esos mismos
gerentes sostienen que siempre fue el viejo en persona quién marcó los
rumbos editoriales, los contenidos, y las formas de hacerse con la informa-
ción para ellos.
El escándalo seguirá todavía por un tiempo, y tal como apuestan los
jugadores londinenses, las implicancias políticas del caso están lejos de
agotarse, tanto dentro como fuera de Gran Bretaña. Las acusaciones y las
investigaciones sobre espionaje en los Estados Unidos ya han comenza-
do, y eso abrirá todo un nuevo capítulo, especialmente si se confirma que
los periódicos del grupo espiaron a los familiares de los atentados del 11
de septiembre, el acontecimiento de mayor impacto social en la historia
contemporánea norteamericana. No puedo calcular todavía los alcances
de semejante patada al tablero, que ya se compara con Watergate, aquel
caso que le costó la presidencia a Richard Nixon. Pero sí estoy seguro de
115
que con el affaire Murdoch termina una manera de relación entre la gran
prensa concentrada y el poder político. Rupert Murdoch ha sido, sin lugar
a dudas, el hombre más poderoso de Inglaterra en las últimas tres décadas,
más que los primeros ministros, quienes, en definitiva, le debían en parte
a él haber llegado a ese cargo. Murdoch era el poder real, y nadie lo había
votado para que estuviera allí. Sólo eran sus millones, y el miedo que des-
pertaba –en los funcionarios, en las personalidades, en los intelectuales, en
la policía y en los propios miembros del gobierno- caer bajo la despiadada
e inescrupulosa zarpa de los titulares de sus periódicos.
Y quien reveló que el rey era apenas un pirata, y que además estaba
desnudo, fue la prensa seria, la de verdad. The Guardian, el viejo diario
que sigue confrontando las noticias con las fuentes y donde los periodistas
siguen entendiendo que con su oficio cumplen una función social, puso en
jaque al imperio construido sobre el miedo y la infamia.
Ni siquiera la sacrosanta libertad de prensa puede ser utilizada como
una vía para burlar la voluntad popular y corromper las instituciones de-
mocráticas. Deberíamos tenerlo presente. También en la Argentina.
(2011)
116
LONDRES: CEGUERA Y MANO DURA
117
de una ceguera voluntaria. Así como buscar recuperar la iniciativa política
apelando a la mano dura de la represión es intentar –consciente o incons-
cientemente- tapar el sol con una mano. Porque los disturbios comenzaron
con la muerte de un joven, integrante de una minoría racial, desocupado,
en situación de pobreza y discriminación, y muerto a causa de una bala dis-
parada por un arma reglamentaria de un agente policial. Esto es un hecho.
“Fact”, como dicen los abogados frente al juez en las películas norteameri-
canas. Y hacer el intento de no verlo, apostando a neutralizar el desborde
que le siguió con mecanismos de control policial, puede poner paños fríos
en lo inmediato, pero sólo hará más grande la burbuja, y la presión social
volverá a hincharla, más temprano que tarde.
David Cameron volvió de sus interrumpidas vacaciones italianas,
hizo instalar una tribuna frente a la puerta de su residencia oficial, y desde
allí anunció que el “contraataque” había comenzado. El gesto adusto y el
dedo índice premonitorio, viéndose a sí mismo como un jefe militar que
comanda una guerra urbana, aseguró que inundaría Londres con 16.000
agentes policiales y carros hidrantes, que las cámaras de vigilancia lleva-
rían a detener a todos los sospechosos, y que no le temblaría el pulso para
suspender las comunicaciones personales por vía telefónica y las redes so-
ciales por internet. Y todo esto en la ciudad ícono de la libertad de expre-
sión, donde siempre cualquier ciudadano ha podido llevar su banquito a la
Speakers’ Corner de Hide Park, subirse en él, y decir lo que piensa (aunque
lo que piense no sea muy agradable para los que mandan, o aun para Su
Majestad la reina).
Al día siguiente de la arenga frente a su residencia en Downing Street,
el jefe del gobierno se dirigió a la Cámara de los Comunes –también con
receso veraniego interrumpido y en sesiones extraordinarias- y ratificó allí
su estrategia de medidas represivas como única vía para frenar el estallido
social. Siempre en tono beligerante, el jefe conservador aseguró frente a los
diputados que no descartará ninguna medida, ni siquiera las más radica-
les. Otorgará mayores poderes a la policía, e impondrá en algunos barrios
toques de queda: un extremo común en el triste derrotero reciente de las
dictaduras latinoamericanas, pero completamente desconocido en la histo-
ria contemporánea de Gran Bretaña. Y después de sostener que la censura
a las comunicaciones personales por telefonía celular o las redes de Twitter
y de Facebook estaría justificada en ese entorno de guerra urbana, rozó la
sobreactuación ante el estupefacto auditorio de los Comunes, cuando dijo
que evalúa quitar la ayuda social a los jóvenes revoltosos y que sus familias
sean expulsadas de las viviendas de protección oficial.
Es imposible creer seriamente que David Cameron logrará parar,
con medidas que aumentarán la discriminación social, un estallido que
118
encuentra sus orígenes precisamente en la brecha de integración que el
modelo de inclusión aplicado va dejando abiertas. Antes bien, parece una
estrategia armada al calor de los acontecimientos y por una administra-
ción muy cuestionada, que no ha logrado hacer pie fuerte en ninguna de
las medidas adoptadas desde que llegó al gobierno, y que necesita deses-
peradamente nuevas señales de legitimación en su ejercicio del poder. Y
que ha decidido llevar adelante esa estrategia, aun a sabiendas de que sólo
está pateando la pelota hacia algún futuro cercano, cerrando los ojos a la
evidencia de que los actores de los desmanes son los principales afectados
por las medidas económicas de restricción y ajuste de su gobierno, o a la
posibilidad de aplicar reformas estructurales imaginativas y arriesgadas que
atiendan a esos colectivos de inmigrantes desempleados que atiborran el
cinturón urbano del Gran Londres. Como el avestruz, la cabeza dentro del
hoyo hasta que pase el malón.
Se decida el gobierno a mirarla o no, la otra cara de Londres empuja
desde los bordes para llegar a las brillantes y ordenadas avenidas del cen-
tro. Y será muy difícil, insisto, frenarla con barreras policiales y camiones
hidrantes; menos aun con recortes a las libertades personales y a los dere-
chos humanos.
Tottenham, la barriada del conurbano londinense donde prendió la
mecha de los disturbios, es sólo una avanzada de ese empuje. La facilidad
y rapidez con que los barrios marginales se sumaron a la avalancha, así
como el salto de la eclosión hacia otras ciudades británicas (Liverpool,
Manchester, Nottingham, Salford, Birmingham y Bristol), demuestran
que el ambiente está caldeado y que sólo necesita de una chipa para que
las llamas corran imparables. Por eso Tottenham, esta vez, sólo ha sido la
excusa. El sábado pasado, la policía intentó impedir una marcha pacífica,
en la que un grupo protestaba por la muerte de un joven. Mark Duggan,
un chico desocupado y de raza negra, había muerto el jueves anterior como
consecuencia de heridas de bala en medio de un tiroteo con la policía. En
ese mismo enfrentamiento un agente resultó herido, y Scotland Yard sos-
tuvo que Duggan habría disparado, y en respuesta a la agresión los agentes
lo ultimaron. Sin embargo, el diario The Guardian publicaba luego que
los exámenes periciales mostraban que la bala que había herido al agente
había sido disparada por otro policía. En Tottenham, como en los barrios
vecinos que son auténticas ciudades satélites de la capital, el alquiler de
un pequeño apartamento cuesta alrededor de 1.000 euros; el municipio al
que pertenece (Haringey) es el lugar de Europa en el que más lenguas se
hablan –más de 300 idiomas y “slangs”-, y también el que soporta el mayor
desempleo de Londres.
119
Si David Cameron supone que aumentando la mano dura logrará
desactivar a mediano plazo este coctel explosivo, peca de ingenuidad. Aun-
que la mano blanda con que se le ha visto tratar recientemente a los Mur-
doch y a los ricos magnates de la prensa, los bancos y el sistema financiero
no lo mostraron cándido en absoluto, sino como un convencido liberal
líder de los “tories”. Como el doctor Jekyll y el señor Hyde, una cara para
cada ocasión.
(2011)
120
FRENTE A LA CRISIS, MÁS EUROPA
121
zonte que permitirá una inserción del Viejo Mundo en el siglo XXI que se
perfila. Si no se consigue, el protagonismo será de norteamericanos y chi-
nos, y casi nada quedará para los poco competitivos países europeos, que
seguirán hundiéndose en ese callejón sin salida, avejentados, desocupados,
empobrecidos y sólo rumiando las glorias del pasado.
Un diagnóstico descarnado y un plan ambicioso el de los sabios del
Consejo para el Futuro de Europa, pero la pregunta que se impone es a
quién le hablan. O quién, en estos momentos, es capaz de escucharlos. El
poeta mexicano Octavio Paz acuñó la designación de “ogro filantrópico”
para las ambiciones desmedidas del Estado, pero el liderazgo europeo ha
hecho que ese ogro hasta perdiera su capacidad generosa de repartir filan-
trópicamente los beneficios, y sólo quedara como un animal egoísta que
empuja las raídas y absurdas fórmulas del nacionalismo y del localismo
para defenderse de la agresión de la crisis. Y Europa tiene una historia te-
rrible y lamentable de lo que puede acarrear el nacionalismo cuando se le
deja la cancha libre.
Además de esa advertencia de mediano plazo, en la coyuntura inme-
diata las reacciones de los gobiernos europeos se están mostrando también
ineficaces. Y el mejor ejemplo de esa baja efectividad vuelve a ser Grecia,
nuevamente a la deriva. Grecia es la evidencia de que Europa no sabe qué
hacer frente a la crisis, desde que ésta hizo su rauda aparición en los bor-
des mediterráneos. En un primer momento dijeron que no era un proble-
ma global, sino exclusivamente de los norteamericanos, y que se arreglara
Obama con sus bancos quebrados y sus hipotecas “subprime”. Después,
cuando no había manera de seguirla ignorando, salieron a rescatar a las ins-
tituciones más inestables: los bancos. Y desde entonces no dejan de tapar
agujeros, corriendo siempre para apagar incendios. Y todos los bomberos
con el mismo libreto: el de Ángela Merkel.
La alemana ha conseguido, incluso, algunos fenómenos inéditos: En
España, el todavía gobernante socialismo del PSOE se puso de acuerdo
con la oposición de derechas del Partido Popular, y votaron juntos una
reforma express de la Constitución, para incorporar el límite del endeu-
damiento posible del gobierno. Un déficit acotado constitucionalmente,
como pide Merkel, para calmar la volatilidad de los mercados. Así, se su-
pone, los fondos buitres dejarán de amenazar la estabilidad crediticia, for-
zando desde la retracción de la demanda el aumento de los bonos públicos
y de los intereses de las deudas. En España, la Constitución de 1978 era
el pacto político más importante de su historia contemporánea, que había
habilitado la transición desde la dictadura franquista. La reforma urdida
entre gallos y medianoche por el PSOE-PP rompió ese consenso consti-
tucional, porque los partidos minoritarios no votaron las enmiendas. Pero
todo sea por apaciguar a los mercados.
122
El tema es que los mercados, por esta vía, no se apaciguan. Antes de
los sabios del Consejo para el Futuro de Europa, ya otros habían intentado
advertir a los líderes continentales que la estrategia del achique del gasto era
una vía muerta. Los países emergentes, algunos de los latinoamericanos que
están sorteando la crisis con otras ideas, se lo dijeron en los foros multilate-
rales, como en el Grupo de los 20. Pero no quisieron escuchar entonces, y
asumieron la estrategia liberal. Estos días, sin embargo, con la Constitución
española ya reformada, los mercados tiraron las bolsas, volvieron a poner a
Grecia al borde de la quiebra (y ante la posibilidad de quedar fuera de la
eurozona), y acercaron a toda Europa a una segunda recesión.
En Italia y en España, los tipos de interés de la deuda a diez años su-
peraron el 5 por ciento de aumento en la primera semana de septiembre. Y
en Grecia los mercados ya exigen una rentabilidad de los bonos soberanos
a dos años del 50,37 por ciento, y siguen subiendo. Las negociaciones del
gobierno heleno con el FMI y el BCE no tienen más margen: Ya bajaron
los sueldos, las jubilaciones, las pensiones, el gasto en salud, las partidas en
educación, los seguros de desempleos, y echaron a todos los empleados pú-
blicos que se podía. La vía del ajuste tocó su techo. La elección de Merkel
de que Europa no corra en ayuda de Atenas, y que sean los griegos los que
solucionen como puedan, puertas adentro de la casa, los agujeros que le
abra la crisis, se revela como un fracaso. Y si Grecia se ve empujada a salir
del euro y declararse en cesación de pagos, como las fichas de un dominó
rígido irán empujándose unas a otras a lo largo de la costa del Mediterrá-
neo. Poco les habrá servido a los españoles romper el consenso constitucio-
nal para apaciguar a los mercados, los buitres nunca se hartan de cadáveres.
Los monos sabios del Consejo para el Futuro de Europa (Felipe Gon-
zález, Jacques Delors, Nicolas Berggruen, Gerhard Schröder, Guy Verho-
fstadt, Mario Monti, Tony Blair, Fernando Henrique Cardoso, Amartya
Sen, Joseph Stiglitz) les advierten a los gobiernos que no están lidiando
sólo con una coyuntura económica complicada, sino con un cambio civi-
lizatorio, de nuevos repartos de poder, de nuevas fronteras de crecimiento.
Como cuando la civilización pasó de una etapa agrícola y artesanal a un
período dominado por la industria y la producción en serie, hoy asistimos
a la transición desde un Occidente hegemónico hacia un Oriente en acele-
rado desarrollo. Y para hacer frente a esa crisis, que es de fondo, piden más
gasto social, no menos. Como están haciendo en América latina. Piden
más Europa, no menos.
Es triste, pero como el mono que se tapa las orejas, parece que nadie
quiere escucharlos.
(2011)
123
NI UN DURO
124
ETA RENUNCIA AL TIRO EN LA NUCA
125
Antes de que el fin de la guerrilla separatista abra los nuevos capítulos
del debate político, hay todo un conjunto de cuestiones que deben asu-
mirse, para comenzar a cerrar las heridas que estas décadas de terror han
dejado abiertas y engangrenadas. Esta semana ha sido la primera en la que
los políticos y funcionarios, tanto del gubernamental Partido Socialista de
Euskadi (PSE, la marca vasca del estatal PSOE), como de la oposición del
conservador Partido Popular (PP), pudieron salir a la calle sin escoltas.
Algunos de ellos pudieron volver a visitar los barrios viejos del centro his-
tórico de San Sebastián o de Bilbao, tradicionales feudos de los proetarras,
que se habían convertido en terreno vedado para toda una parte de la po-
blación. Habrá, también, que hablar de los presos políticos, que la estrate-
gia antiterrorista del gobierno central ha mantenido dispersos por diversas
cárceles españolas, en general alejadas del País Vasco. Habrá que abrir un
debate amplio, donde sectores del tradicional partido regional, el Partido
Nacionalista Vasco (PNV), habrán de reconocer también su parte de res-
ponsabilidad en el mantenimiento, durante tantos años, de la amenaza del
tiro en la nuca en un contexto democrático y de libertades civiles y polí-
ticas aseguradas. Otros colectivos gravitantes en la composición social de
Euskadi, como la jerarquía y el clero de la iglesia católica –una de las más
nacionalistas de Europa- deberán hacer lo propio. Un grupo de sacerdotes
dio el primer paso esta semana, al proponer un pedido de perdón, desde
la iglesia, a esa mayoría de la sociedad vasca que el terrorismo mantuvo de
rehén; aunque sugirieron asimismo que “España también debería pedir
perdón” a ese sector que ha aspirado históricamente a su independencia.
En esta reapertura de la discusión, donde las condiciones para el res-
tablecimiento democrático de la paz deben estar necesariamente en el cen-
tro –y con prioridad ante cualquier discusión política, aunque falte menos
de un mes para la celebración de las elecciones generales- debe comenzarse,
considero yo, por el reconocimiento a la paciencia y a la tenacidad de las
mayorías de Euskadi, que a pesar del peligro que suponía la banda, no
se amilanaron y salieron a la calle una, dos, tres, cientos de veces, con las
manos pintadas de blanco, en columnas silenciosas y pacíficas, multitudi-
narias marchas del silencio que fueron horadando el terror y arrinconando
a los violentos.
En la escenificación donde los encapuchados anunciaron “el cese de-
finitivo de la actividad armada”, ETA dijo que lo hacía obedeciendo al
pedido de un grupo de “facilitadores internacionales”, entre los cuales se
contaron al ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan; a
la ex primer ministra noruega, Gro Harlem Brundtland; y al ex jefe de
las guerrillas del IRA irlandés, Gerry Adams. Los voceros de ETA, que se
siguen considerando a sí mismos la “organización socialista revolucionaria
126
vasca de liberación universal” y siguen saludando con el puño izquierdo en
alto, comenzaron en ese mismo momento con la reescritura de su historia,
de cara al futuro. Será muy difícil asumir que han sido unos asesinos que
mataron a sangre fría a civiles desarmados; que plantaron la “kale borroka”
(la violencia juvenil callejera) para amedrentar al ciudadano de a pie; y
que extorsionaron con secuestros y con la amenaza del terror a cientos de
comerciantes y pequeños empresarios. En su lugar, la parafernalia “socia-
lista” del puño en alto, las rimbombantes apelaciones a la libertad y a la
opresión de los pueblos, presagia el inicio de la construcción discursiva del
mito de los héroes patrióticos. Por eso el “cese de las armas” se hace ante
los intermediarios internacionales, para no admitir que ha sido el tesón y la
resistencia social vasca la que terminó acorralándolos y quitándoles los últi-
mos rastros de legitimidad, aquella que habían acumulado al oponerse con
la fuerza a la dictadura del general Franco, y que se negaron a abandonar
cuando las condiciones políticas cambiaron y el período dictatorial fue re-
emplazado por una democracia plena, con todas las libertades aseguradas.
Abriendo ese debate amplio sobre la plena vigencia de los derechos
humanos en Euskadi tras la desaparición final de ETA, habrá que recono-
cer que esta victoria de la sociedad civil (esos “vascos de piedra blindada” a
los que cantó Miguel Hernández) sobre los violentos, contó también con
el apoyo de un sector de la izquierda “abertzale”, que progresivamente se
fue separando del apoyo a los etarras y adoptando un camino de inclusión
en las instancias democráticas autonómicas y estatales.
Sería inconducente negar que ETA sobrevivió tantas décadas sin un
respaldo social; minoritario tal vez, pero real. Entonces el rol de esos “abert-
zales” de la izquierda independentista será a partir de ahora conciliar el nú-
cleo duro de su discurso separatista, con el respeto a las conductas y las vías
representativas y democráticas. No alcanzará con apoyar el fin del tiro en
la nuca, deberán también garantizar el pluralismo electoral y, cuando sea el
caso, resignarse a la voluntad decidida por las mayorías. Y este compromiso
de los sectores independentistas con las reglas del juego democrático será
especialmente crítico a partir del mes que viene, con el más que probable
regreso del derechista Partido Popular al Palacio de la Moncloa.
La performance electoral de las agrupaciones de la izquierda “abert-
zale” (las coaliciones de Bildu y de Amaiur) que se desmarcaron de ETA
en las últimas elecciones municipales, tanto en el País Vasco como en Na-
varra, siguen mostrando que hay una quinta parte de la población vasca
que continúa apoyando la histórica reivindicación del país propio. Pero la
Constitución española de 1978 reconoce la posibilidad de plantear cual-
quier reforma legal, incluyendo las mociones de independencia de una
parte del territorio, si se tienen los votos suficientes.
127
ETA había perdido todas las batallas. El cese final de la violencia no
ha sido una concesión graciosa de su parte, sino una victoria democrática
de los grandes colectivos sociales. Si los vascos quieren realmente indepen-
dizarse de España, sólo tienen que plantearlo, en un entorno de libertad de
expresión y participación, y decidirlo por mayoría.
(2011)
128
GRECIA, DEL REVÉS
129
rectificar. El que transparentó la mentira cae, y los que dilapidaron y arma-
ron la farsa vuelven al gobierno de Atenas.
Y otro ladrón es juez: esos mismos líderes acaban de nombrar presi-
dente del Banco Central Europeo (BCE) al italiano Mario Draghi. Este
banquero era uno de los jefes en Europa de Goldman Sachs en 2002, ese
banco norteamericano que le ayudó a Karamanlis a fraguar las cuentas pú-
blicas para ocultar el déficit real. Ah, “nada el pájaro y vuela el pez.”
(2011)
130
¡CIAO, PAGLIACCI!
131
parlamentaria para evitar juicios, ni sus orgías sexuales con menores, ni
sus abusos de autoridad para beneficiar a prostitutas, ni nada en la larga y
vergonzante lista de corruptelas. No, lo que tumbó al más grande de los
Pagliacci de Leoncavallo fue su incapacidad para garantizar al neoliberalis-
mo de Europa el ajuste que exige de la tercera economía continental, para
seguir profundizando el salvataje del euro por la vía de las restricciones del
gasto público.
No deja de alegrarme, claro. Pero, digo, no hay que perder de vista el
fondo del asunto, bastante menos alegre.
(2011)
132
BIENVENIDOS, GALLEGOS
Entre los coletazos más insólitos de la crisis del euro, está la posibilidad de
una nueva emigración.
La salida de griegos y de irlandeses (especialmente hacia los Estados
Unidos) ha hecho saltar algunas alarmas, y analistas demográficos sostie-
nen que en los próximos meses llegará el turno de España. El informe
que la OCDE (la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico,
principal “think tank” europeo) hizo público en París fue lapidario, y viene
a abonar esta hipótesis.
Si se mantienen las tendencias históricas, Argentina volverá a ser des-
tino prioritario. Después de los peninsulares llegados a nuestras tierras en
el período colonial, la segunda oleada, alrededor de los años 40, trajo a más
de dos millones de españoles, en un 70 por ciento gallegos: Buenos Aires es
la segunda ciudad del mundo con mayor población de gentes de Galicia,
después de La Coruña. Y en el último censo (2010) todavía se registraban
más de cien mil españoles residentes en estas pampas.
Siempre fueron bienvenidos, aunque no supieron devolver la gentile-
za con el mismo trato cuando cambiaron las tornas y muchos compatriotas
decidieron cruzar el “charco” en sentido contrario (por cierto, también una
parte importantes de estos argentinos que en 2001 salieron a las dispara-
das, ya han regresado o están volviendo).
Ahora la OCDE anticipa las previsiones que pueden preparar una
nueva corriente migratoria hacia América: la organización recorta todas las
expectativas de crecimiento actuales, a pesar de que ya están bajo mínimos,
y calcula que la tasa de desocupación seguirá aumentando en los próximos
dos años. En el último recuento, España registró cinco millones de desem-
pleados, y en 2012 serán muchos más.
La OCDE dice por primera vez, y sin empachos, que toda la eurozo-
na está en recesión, y ante las difundidas versiones de la posibilidad de una
vuelta a las antiguas monedas, sostiene en su informe de ayer que el aban-
dono del euro convertiría la actual recesión en una depresión económica
superior a la vivida en la crisis de 1929.
El cálculo menos pesimista es que la vuelta a la peseta implicaría una
pérdida del 40 por ciento del valor de la moneda española, que –claro- sería
133
cubierto por los pequeños ahorristas (corralito bancario mediante, al igual
que aquella triste experiencia local) y los asalariados que aún tengan trabajo.
Para los técnicos de la OCDE, la media del “paro” español subirá al
23 por ciento de la población el año que viene, y el PBI se acercará al cero
absoluto. Con Mariano Rajoy y el Partido Popular en el gobierno, además,
el ajuste al gasto público será mayor que el contemplado hasta ahora, y el
achicamiento del déficit para cumplir con la reciente reforma constitucio-
nal expulsará cientos de empleados públicos.
La combinación de estos factores llevará a un achicamiento del consu-
mo; y remata el informe sosteniendo que también las exportaciones espa-
ñolas sufrirán un frenazo. Así que ya saben: otra vez se vienen los gallegos.
(2011)
134
EL PORTAZO DE CAMERON
135
tal, ya homogéneamente dominado por los partidos y las administraciones
conservadoras, decidió atender a las exigencias de los mercados financieros
globales y de las agencias calificadoras de riesgo, y optó por políticas de
restricción de los gastos públicos, contracción de las economías y achica-
miento del Estado.
En aquellos tiempos primeros de la organización continental, cuan-
do todavía no se hablaba de Unión Europea sino simplemente de Comu-
nidades Económicas, el viejo general De Gaulle argumentaba que había
que dejar afuera a los británicos. Que siguieran usando sus sombreros
bombín y conduciendo por la izquierda entre el humo de Londres (toda-
vía había mucho smog en los años cincuenta, cuando el grueso de la cale-
facción de la capital británica funcionaba a carbón), decía el líder francés.
Y el peso de su argumento ha sido recordado periódicamente en el último
medio siglo: si entran los ingleses, será para frenar la profundización del
proceso de integración.
Los acusaba de ser el “Caballo de Troya” de Washington, ya que la
alianza especial de los británicos con su ex colonia de este lado del Atlán-
tico posibilitaría que los lineamientos estratégicos de los norteamericanos
–en aquel contexto de división bipolar del mundo y en un clima de guerra
fría- entraran a Europa por la puerta londinense. Y algo de todo eso hubo
durante estos años, a múltiples niveles.
De las dos grandes posibilidades de avance del proyecto de integra-
ción en el Viejo Continente (el avanzar hacia una confederación de países,
o limitarse sólo a un mercado común), cuando los británicos ingresaron
–tardíamente, en 1973- siempre empujaron las pesas para que no se lle-
gara a hablar de cesiones de soberanía nacional y los acuerdos quedaran
reducidos a la órbita económica. En los tiempos ultraliberales de la señora
Margaret Thatcher, Londres logró doblegar la voluntad integracionista in-
clusive dentro de estos parámetros puramente económicos, y condicionó la
aprobación de los presupuestos de la organización a la devolución del “che-
que británico” (el porcentaje de devolución de los aportes realizados por no
participar de los beneficios proteccionistas de la Política Agrícola Común).
Como decía arriba, esta actitud hacia Europa atraviesa las generaciones,
pero también las gestiones de los diferentes partidos: cuando llegó el turno
de la “tercera vía” laborista de Tony Blair, que se declaraba “un europeísta
apasionado”, no solo se mantuvo el “cheque británico” thatcheriano, sino
que se siguió rechazando el euro para mantener la libra esterlina como
moneda nacional. Europeísmo, ma non troppo.
David Cameron, a diferencia de su predecesor laborista, ni siquiera
intentó nunca escenificar un amor por Europa que no siente. Además, sabe
que al interior de su partido, entre los “tories”, el euroescepticismo es mone-
136
da corriente. El argumento que el premier conservador utiliza para dar otra
vez la espalda a Europa es fuerte: preservar a toda costa el poder financiero
de la libra esterlina, en un momento en que la moneda común europea
sufre el más despiadado ataque de los mercados externos. Además, Came-
ron dice que el sector financiero inglés (la tan mentada y sacrosanta City)
representa un 30 por ciento del producto bruto nacional de las Islas; (esa
City representa el 36 por ciento de la industria mayorista de la banca de la
Unión Europea, y el 61 por ciento de las exportaciones netas de servicios
financieros internacionales). Cameron ni mencionó, en su defensa ante el
pleno de los Comunes, las razones políticas de la antipatía hacia los mayores
grados de integración continental, no las necesita: el peso de los argumentos
económicos difícilmente encuentre muchos detractores entre los diputados,
inclusive entre los de la oposición.
El único que amagó con un tímido gesto de protesta fue su socio
en la coalición de gobierno, el liberal-demócrata Nick Clegg. Se retiró de
los Comunes y dejó vacío su sitio en el banco verde del oficialismo; al
día siguiente afirmó en la prensa que el Reino Unido salía debilitado de
la jugada de Cameron en la cumbre europea. Ya que el socio del primer
ministro lo hacía desde el oficialismo, el líder de la oposición y del Partido
Laborista, Ed Miliband, también saltó a la palestra y pidió que el gobierno
volviera a negociar con los restantes socios de la Unión Europea. Los perió-
dicos del magnate Rupert Murdoch –adalides del euroescepticismo inglés-
salieron a respaldar sin fisuras al premier, y a recordarles a sus críticos que el
portazo a Bruselas es acorde al sentimiento popular mayoritario. Miliband
no ha hecho más declaraciones, y Clegg volvió a su sitio en el banco verde
de los Comunes, en Westminster. La gravedad de la crisis y el estentóreo
desplante de Cameron pueden llevar a un equívoco aún mayor: Europa sin
Londres nunca estará completa.
El euroescepticismo es una grave enfermedad cultural, que en un pa-
sado para nada remoto llevó a alejamientos y a tensiones para conseguir la
supremacía continental. Sin excepciones, y durante siglos, esas tensiones
terminaron resolviéndose a cañonazos.
La mayor conquista del proceso de integración ha sido conjurar la
explosión guerrera de las rivalidades políticas europeas, que en dos oportu-
nidades durante el siglo XX acarrearon detrás de ellas al resto del mundo. Y
para que ese equilibrio se siga manteniendo, Gran Bretaña no puede alejase
definitivamente del centro del proceso de integración.
(2011)
137
CAMBIO DE TERCIO
Las corridas de toros van desapareciendo; en este año que termina el gran
José Tomás lidió por última vez en la plaza Monumental, de Barcelona.
En esas lides, cada cambio de tercio se anuncia con cornetas y redoblan-
tes. La comparación vale, al escuchar por estos días el cada vez más nítido
retumbo del cambio de tercio histórico que estamos viviendo, en la lid de
los gobiernos contra el toro bravo de la crisis. Un pase que, en muchos
aspectos, cruza desde las viejas arenas europeas hacia las tierras montaraces
del sur de América.
Entre los pífanos de este retumbo de cambio de ciclo, algunas perlas
navideñas: después del discurso de investidura, previsible y anodino, del
presidente conservador del gobierno español, Mariano Rajoy, y las defi-
niciones del nuevo gabinete, y no han sido precisamente para alegrarse.
El nuevo ministro de Economía, Luis de Guindos, eligió un escenario
especial para su primera comunicación pública: un acto con la presencia
de José María Aznar, el antiguo jefe del Partido Popular, y guardián de
su ortodoxia. Guindos dijo que la economía española volverá a entrar en
recesión con la llegada del 2012, que se superarán los cinco millones de
desocupados, y que no habrá crecimiento tampoco en el primer semestre
del próximo año.
Guindos, el banquero elegido por Rajoy para gestionar la crisis, es
un ex ejecutivo de Lehman Brothers, la firma cuya quiebra desencadenó,
precisamente, esta crisis financiera. Otro de los pitidos de la fanfarria que
denota el movimiento del centro hacia estas costas lo dio el nuevo Canci-
ller de Rajoy, José Manuel García Margallo. Dijo que los países latinoame-
ricanos deben “dejar de revisar la historia”, y reconocer en España la madre
común. Un discurso que atrasa un par de años (o de siglos), inclusive para
un ministro de Exteriores conservador.
A García Margallo le ha dolido el fracaso de la última cumbre ibe-
roamericana, de este año en Paraguay, y quiere que la de Cádiz del año que
viene vuelva a ser una reunión familiar. Todo bien. Pero creer que la vía
para lograr ese objetivo es llamar al olvido a los hijos pequeños y convocar-
los a la mesa del Rey, huele a naftalina.
Y como si todos estos pitidos de cambio fueran pocos, el diario El
País, otrora la voz intelectual del progresismo socialista, no deja de ahondar
138
en una línea reaccionaria para con todos los temas políticos latinoameri-
canos. Desde que los propietarios del diario se hicieran con acciones del
Grupo Clarín, los artículos y las editoriales del periódico madrileño sobre
Argentina se han incorporado, como un actor especialmente dinámico, a
la oposición al gobierno nacional. La editorial de ayer, titulada “La ley de
Fernández” (y vergonzante a mi criterio), se refiere a la Argentina como un
país apenas “formalmente democrático”. Pífanos, trompetas y redoblantes.
Mientras tanto, Brasil desplaza a Gran Bretaña y se ubica como la sexta
mayor economía del mundo. ¡Ah, las costas americanas!
(2011)
139
PUTIN Y EL DESAFÍO DEMOCRÁTICO
Rusia es una tierra generosa y hospitalaria, con la que sus habitantes suelen
trabar relaciones sentimentales e inclusive familiares (la “Madre Rusia” es
uno de sus apelativos más comunes), con una historia larga de encuentros
y de tensiones entre los diferentes colectivos sociales que la integran, y
epicentro de una de las experiencias políticas más rotundamente modernas
del siglo XX, el régimen comunista estructurado en base al materialismo
dialéctico formulado por Karl Marx. Pero en esta larga y tortuosa historia,
los vaivenes del antiguo imperio zarista esquivaron otra de las empresas
características de la modernidad occidental: la democracia representativa.
Rusia nunca fue plenamente democrática, y las masivas movilizaciones de
estos días, criticando el supuesto fraude electoral para asegurar la conti-
nuidad de Vladimir Putin en el centro del poder, parecen anunciar que
unos amplios sectores populares han decidido de que es tiempo de que la
democracia, esa hija dilecta de la edad moderna, llegue de una vez a los
terrenos de la Madre Rusia.
Como las populares matryoshkas, esas muñecas de madera policro-
mada que se ubican unas dentro de las otras, cada vez que se ha intentado
reforzar la vía democrática en los territorios rusos, ha aparecido una vía
alternativa que escamotea ese intento. Dentro de una matryoshka sólo ha
habido, hasta ahora, más matryoshkas.
Tras la caída del último zar, Nicolai Aleksandróvich Romanov (a
quién la iglesia ortodoxa ahora ha canonizado, convirtiéndolo en San Ni-
colás II de Rusia), las urgencias revolucionarias desplazaron hacia algún
futuro la instalación democrática. Yuli Mártov perdió esta discusión, en el
seno del Partido Obrero Socialdemócrata, frente a las posturas de Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin. Mártov y sus seguidores, a quienes se denominaría
“mencheviques” (minoría), proponían una transición desde el imperio za-
rista a una república constitucional y representativa, con diversas expresio-
nes partidarias entre las cuales ellos, los socialdemócratas, representarían al
ala izquierda. Como es sabido, en aquel congreso de 1903 se impusieron
las tesis de Lenin, con el modelo de partido único como “vanguardia del
proletariado”. Este modelo diseñado en el exilio es el que terminó impo-
niéndose en la revolución de 1918, y se mantuvo vigente hasta las postri-
merías de la caída del Muro de Berlín, en 1989.
140
En esos tiempos revueltos, Mijaíl Gorvachov intentó aprovechar el
momento para abrir el juego desde su posición de poder, como primer se-
cretario de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Hoy afirma, en
sus memorias y conferencias, que la apertura de la “perestroika” y de la
“glasnot” tenía como finalidad instalar una democracia representativa, con
diversidad de partidos políticos y paulatino goce de libertades individuales y
sociales. Pero se le cruzó en ese camino la urgencia del populista Boris Yelt-
sin. Tras el fracaso del golpe de Estado de 1991, dado por viejos militares
comunistas que querían parar la “perestroika”, Yeltsin, que presidía la Fede-
ración Rusa, decretó la disolución de la Unión Soviética como se la conocía
hasta entonces, ilegalizó al Partido Comunista que le había dado origen, y
jubiló de facto a Gorbachov, que se quedó sin Estado que gobernar.
Pero dentro de esa muñeca había otra matryushka, y Rusia cambiaba
un personalismo (el soviético) por otro (el de Yeltsin), instrumentado a
través de la nueva Comunidad de Estados Independientes.
Cuando en 1999 Vladimir Putin tomó la posta, también escamoteó
la posibilidad de una real apertura democrática. El ex hombre fuerte de los
servicios secretos, coronel formado militarmente en el KGB soviético, se
imaginó dos herramientas de perpetuación: un partido hegemónico, y en
la más rancia tradición eslava fundó Rusia Unida; y un tándem personal
para cubrir las formas de la alternancia, puesto para el cual encontró en
Dmitri Medvédev, joven (tiene 45 años, 13 menos que Putin) y talentoso,
el socio ideal. Pero Rusia Unida no es un partido en sentido estricto, que
interactúe en un contexto político abierto, sino una masa crítica de intere-
ses orientados a bloquear cualquier posibilidad de acceso al poder de ele-
mentos extraños al propio grupo. Ni siquiera se han preocupado de dotar
a la formación de una ideología medianamente sólida: el partido se define
por seguir –nuevamente el viejo personalismo- al líder, sus plataforma de
gobierno es el denominado “Programa Putin” (o sea, lo que el líder diga y
piense frente a cada tema en particular); y su adscripción, en general, es a
las tendencias conservadoras. Un modelo que, para un pueblo que no ha
conocido la lucha política democrática nunca, puede inclusive llegar a ser
confortable: paternalismo, nacionalismo, conservadurismo.
En cuanto a la alternancia en los cargos ejecutivos, otro de los ele-
mentos integrantes de cualquier concepción democrática elemental, el
plan de la dupla Putin-Medvédev llega casi hasta la mitad del siglo. Como
la Constitución rusa sólo permite dos mandatos consecutivos de cuatro
años, la rotación en el tándem se hace indispensable para mantener las for-
mas. Así, volviendo a asumir la presidencia el año que viene, y tras exten-
der el mandato de la primera magistratura a siete años, con una reelección
sucesiva Putin alcanzaría a gobernar hasta 2026, cuando podría volver
141
Medvédev y ocupar el Ejecutivo nuevamente, al menos hasta el 2033. Un
modelo de retención del poder para esquivar la alternancia democrática.
O sea, otra matryushka.
Desde mediados de este mes de diciembre algo parece estar cambian-
do. Los rusos (en realidad, habría que referirse a los moscovitas, la Rusia
profunda, rural, es otra cosa y queda fuera de la relativa linealidad de este
análisis) ya no parecen conformarse con el paternalismo nacionalista que
les ofrece y les asegura Putin, y también parecen haber llegado a la con-
clusión de que el precio que están pagando por ello –en corrupción, en
baja calidad democrática, en autoritarismo, en fraude electoral- resulta ya
demasiado alto.
Quizá los aires de la “primavera árabe”, con su despertar popular, sus
puebladas y sus finales abruptos de regímenes autocráticos en el Norte de
África y en Oriente Medio, tengan algo que ver con el nuevo humor que
impregna las calles de las ciudades rusas. Puede ser que esos aires, tan de
fin de época, soplen también sobre los cientos de miles de manifestantes,
indignados y protestones, que marchan desde hace un par de semanas pi-
diendo que se anulen las elecciones legislativas del 4 de diciembre, obvia-
mente ganadas –con un 49 por ciento- por el partido Rusia Unida. Un re-
sultado que asegura la continuidad del tándem, con el acceso nuevamente
a la presidencia por parte de Vladimir Putin en 2012.
Sí, quizá sean esos aires. Al principio pensábamos que la “primavera
árabe” era una experiencia que exteriorizaba una situación política y cul-
tural concreta, la de las autocracias y tiranías de los países musulmanes.
Pero el impulso que ha llevado a las puebladas y a las eclosiones sociales de
Túnez, Egipto, Marruecos, Libia, Yemen, Bahréin y Siria es, en el fondo,
un impulso moderno, no limitado a ninguna experiencia cultural concreta,
sino global. También los rusos quieren derechos civiles y políticos reales.
Putin, en cambio, no deja de ser un exponente de la vieja guardia.
Como Ben Ali o Mubarak en su momento, no entiende las manifestacio-
nes. Sigue siendo un coronel del KGB reciclado. Se burla de los manifes-
tantes, compara el lazo blanco de su insignia con un condón (a lo que los
manifestantes responden, claro, con fotos del propio Putin envuelto en
condones gigantes), los tilda de “incapaces”, los acusa de ser “infiltrados”
a sueldo de los Estados Unidos... toda la vieja parafernalia del tradicional
discurso nacionalista eslavo.
Sin embargo, algo está cambiando. Puede que, en un contexto de
ausencia de estructuras democráticas, Putin-Medvédev vuelvan a salirse
esta vez con la suya. Pero el juego se ha terminado, a los cosacos se les
acabó la paciencia.
(2011)
142
EUROPA EN EL CALENDARIO MAYA
143
car el déficit público. Una generación de políticos a quienes un europeísta
de siempre, como el ex presidente portugués Mario Soares, no duda en
tachar de cobardes; desde la inimputabilidad que le otorga una vida plena
de luchas, a sus 87 años acusa a sus pares de hoy: “no tienen coraje para
tomar las decisiones necesarias”. Así, el 2012 quizá no traiga el apocalipsis,
pero sí, con seguridad, en Europa seguirá profundizando la vía del ajuste,
de la recesión, y del desencanto.
No podría haber sido de otra manera. Las predicciones calendarias de
los astrónomos indios no han despertado en nuestra época un frenesí espi-
ritual, como el que en su momento desató la cercanía del milenio en los os-
curos tiempos medievales, sino una nueva y millonaria veta comercial. En
México se venden como pan caliente unas “cápsulas de tiempo”, unas cajas
de acero que se enterrarán antes del solsticio, y donde se podrán guardar
fotos, cartas y documentos para que, en algún futuro, los sobrevivientes de
la hecatombe puedan recuperarlos. Hay más de 500 eventos y espectáculos
programados para el año en las playas mexicanas, con falsos sacerdotes
indígenas sahumando a los visitantes, y la oficina de turismo de la Rivera
Maya prevé un récord de 52 millones de turistas (30 millones más que los
22 habituales). Todo porque, como me decía un colega en Rio de Janeiro,
“si el fin del mundo va a empezar ahí, hay que verlo desde la platea.”
En Europa también los discursos, los planes y los programas se han
reducido a saber quién paga la cuenta. El dinero, ese vil metal. Alemania
ha venido recuperando espacios de poder desde la unificación, y la canciller
Merkel parece decidida a que ese nuevo empoderamiento de la primera
potencia europea se haga patente al imponer su criterio, aunque sea a todas
luces desfavorable para el conjunto, y hasta humillante para algunos miem-
bros (llamó vagos y holgazanes a los griegos, cuna de la filosofía y de la idea
de democracia que fundó a Europa).
Pero también ese nuevo rol del resurgimiento alemán asusta a sus ve-
cinos, y dispara las alarmas del “equilibrio”, la tradición bismarckiana que
reguló los porcentajes de poder en el continente hasta mediados del siglo
XX. De los tres grandes, cuando dos se juntan o crecen demasiado, el ter-
cero sale por libre, y con su oposición vuelve a equilibrar el escenario. En
ese contexto puede entenderse la patada al tablero propinada por el premier
británico, David Cameron, en la última cumbre de Bruselas. El inglés fue
el único líder que se resistió a firmar el nuevo proyecto de tratado, que
responde a un capricho personal de Ángela Merkel, y que intenta imponer
condiciones draconianas de ajuste a todos los países de la zona euro.
Todos, menos Cameron, firmaron el texto impulsado por la señora
Merkel el 8 de diciembre. Pero ese texto, que establece una austeridad
rígida (con un tope al déficit público fijado en las propias constituciones
144
de los Estados miembros) y la posibilidad de acusar a un país ante el Tribu-
nal Europeo si incumple, se revela cada día más impracticable. El primer
ministro británico hubo de soportar una avalancha de críticas, e inclusive
en algunos ámbitos se especuló con la posible salida del Reino Unido de
las instituciones europeas, pero ahora, al echar cuentas y calcular los aho-
rros que deberán hacer los países pequeños para alcanzar los objetivos del
tratado, más de uno comenta con simpatía la renuencia de Cameron en
Bruselas. Esta semana, los principales grupos legislativos del Parlamento
Europeo han rechazado el texto del tratado acordado en aquel consejo del
8 de diciembre. Los socialistas y los liberales han conseguido, inclusive,
que se les sumen los europarlamentarios conservadores, y en conjunto han
rechazado el texto de Merkel, no solamente por inviable y asfixiante, sino
también por antidemocrático.
Si de algo podría servirles a los europeos la promocionada profecía
maya, habría de ser para reflexionar sobre sus ciclos, tanto los políticos
como los económicos, que según la experiencia histórica esos sí que tienen
inicio, crecimiento, declinación y fin. Y este ciclo que transita la Unión Eu-
ropea está mostrando, a las claras, los límites de sus posibilidades. Las po-
líticas deberían enfocarse en salvar la moneda común, el euro, pero no por
la vía de las restricciones al gasto público y de una sucesión casi infinita de
ajustes estructurales. Además de ineficaces, ese camino sólo puede condu-
cir a que sigan creciendo las tendencias euroescépticas y a un resurgimiento
del peor nacionalismo (Hungría acaba de aprobar un texto constitucional
filo-fascista, sin ir más lejos).
Junto al euro, es imprescindible volver a poner los bancos al servicio
del crecimiento y del ahorro familiar. Las grandes firmas financieras fueron
objeto de salvataje por parte del Banco Central Europeo (BCE), pero el
crédito a los particulares y a las pequeñas y medianas empresas no ha rea-
parecido, mientras los grandes ejecutivos bancarios siguen cobrando sumas
alarmantemente altas.
La recesión con que empieza 2012 se prolongará durante todo el año.
Hasta la propia Alemania tendrá un crecimiento de apenas medio pun-
to, mientras los países denominados “cerdos” de una manera insultante
(“PIGS”, por sus iniciales en inglés: Portugal, Irlanda, Grecia y España),
deberán sumar a la recesión y al ajuste exigido por Merkel, una tasa de des-
ocupación que superará el diez por ciento de la población económicamente
activa: unos 23 millones de personas, y creciendo.
Despertando de un sopor que los ha dejado prácticamente fuera del
juego político, los diputados socialistas en el Parlamento Europeo han
publicado una carta abierta, en los principales diarios del continente, los
primeros días de este año. En esa misiva sostienen que la política de desre-
145
gulación financiera primero, y la exclusivamente centrada en la austeridad
y en los recortes luego, están destruyendo la base económica del modelo
social europeo. Con un mapa político dominado casi por completo por
fuerzas conservadoras, los socialistas afirman que las medidas que impone
esta Europa escorada a la derecha no son la solución, no sirven para atajar
al capitalismo especulativo –que ha originado la crisis- sino que se ceban en
los más débiles y frenan la recuperación. “Debemos abandonar esta políti-
ca basada sólo en la austeridad y llevar a cabo la inversión pública necesaria
para estimular el crecimiento y el empleo”, dicen. Terminan su carta exhor-
tando a regular los mercados financieros de manera estricta, establecer una
tasa a las transacciones financieras, y eliminar los paraísos fiscales.
Ese es, efectivamente, el rumbo necesario, creemos. Aunque llama la
atención que lo expliciten ahora, después de haber perdido uno a uno los
gobiernos que detentaban.
(2012)
146
LA PRÓXIMA GENERACIÓN PERDIDA DE EUROPA
147
convergencia, de la solidaridad, necesitamos dar esperanza a los ciudada-
nos europeos.” El flamenco Van Rumpuy, bastante más parco en palabras
que el portugués, también puso una nota de matiz frente a la embestida
ortodoxa germana: junto a las reducciones de los déficit, dijo, también
se debería “garantizar el crecimiento y el empleo (...) y las inversiones de
futuro, como en educación y en economía sostenible.”
Señales, sutiles y quizás extemporáneas, que parecían abrir una pe-
queña ventana de oportunidad para que de la reunión del liderazgo eu-
ropeo surgiera algo diferente. Pero no, eran señales falsas: la Cumbre de
Bruselas ratificó en todo y en parte la receta diseñada en Berlín, con la
firma autógrafa de la canciller Ángela Merkel, el aval de su Partido Demó-
crata-cristiano (CDU), y ratificado por el pleno legislativo del Bundestag
alemán. Los diecisiete países que comparten la moneda común (la “eurozo-
na”), más todos aquellos socios comunitarios que quieran voluntariamente
adherirse (Cameron volvió a dar la nota discordante, y ahora acompañado
en el rechazo también por la República Checa), consensuaron en la Cum-
bre un nuevo Tratado intergubernamental, que firmarán el 1 de marzo
próximo y entrará en vigor el 1 de enero de 2013. La nueva herramienta
consagra la denominada “regla de oro”: ningún Estado-miembro podrá
tener un déficit público superior al 0,5 por ciento de su Producto Bruto
Interno, y todos tendrán que modificar sus Constituciones para incorporar
esta obligación a las leyes fundamentales nacionales. Y con una persecu-
ción de policía macartista, otorga poderes a cualquier país para denunciar a
otro ante el Tribunal de la Unión Europea, frente a la sospecha de que esté
manipulando sus cuentas para esquivar este tope del gasto público.
El nuevo acuerdo multilateral, pomposamente denominado “Trata-
do de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza de la Unión Económica
y Monetaria”, se presenta como el esperado “gobierno económico” de la
Unión Europea. Pero su articulado está lejos de cumplir con esta expec-
tativa de políticas continentales, limitándose a satisfacer la idea fija de la
señora Merkel, según la viene repitiendo desde que estallara la crisis: “el
crecimiento será un producto de la disciplina presupuestaria”. Ya basta de
alimentar vagos e indisciplinados derrochadores. A ajustarse los cinturo-
nes, y a ahorrar, caiga quien caiga.
El tema es que ya están cayendo, y la rigidez hecha norma y ley co-
munitaria en la Cumbre de Bruselas hipoteca seriamente, a un nivel gene-
racional, el futuro social del continente. Ya no se trata sólo de la idea del
“Estado de Bienestar” de posguerra, ni de las discusiones ideológicas en
torno a mayores o menores niveles de cobertura asistencial. Por el contra-
rio, las mediciones y prospectivas sociológicas, y los porcentajes de pobla-
ción –especialmente en franjas etarias muy sensibles, como la infancia y la
148
juventud- que están quedando fuera del sistema, dibujan un escenario de
futuro mediato más que preocupante.
La clase media ha sido la gran incorporación de la modernidad oc-
cidental al sistema político, y esa base de sustentación de la pirámide eu-
ropea es la que aceleradamente está siendo impactada por la crisis, y la
que se verá más afectada por las consecuencias de las recetas de ajuste de
Merkel-Sarkozy.
Según los últimos censos sociológicos, la desocupación laboral, el des-
empleo, sube como leche hirviendo y ya alcanza a 23 millones de personas.
Pero lo más significativo es que en ese grupo, más de una quinta parte son
jóvenes menores de 25 años (5.579.000 al 30 de enero) que aún no han
conseguido –ni conseguirán en lo inmediato- su primer trabajo. Donde la
crisis ha hecho mella –y donde, paradójicamente, el achique al gasto públi-
co se aplicará al pie de la letra- esta incidencia juvenil trepa hasta la mitad
del total de desocupados. En España, donde Mariano Rajoy ha prometido
ser más papista que el papa, y para congraciarse con Merkel asegura que
llevará el déficit al cero, por debajo aún de la “regla de oro” insertada en la
Constitución, la tasa de desempleo de menores de 25 años llega al 49,5%.
En Grecia es del 46,6%, y en Italia –la tercera economía europea- llega al
30%. En Portugal e Irlanda, otros de los “indisciplinados derrochadores”,
esos porcentajes son del 30,7% y del 29,3%, respectivamente. En ninguno
de estos colectivos sociales hay posibilidades de corrección de la actual
situación, y sí, en todos los casos, las políticas de austeridad aumentarán la
base numérica de desocupados y profundizarán la exclusión.
Como no había vuelto a verse desde mediados de la década de los 40
del siglo XX, cuando la posguerra mundial, la indefensión, las enferme-
dades y el hambre alumbraron la última “generación perdida”, las alarmas
han comenzado a saltar en los gabinetes socio-demográficos. La población
europea en situación de pobreza y exclusión ha pasado de 85 millones a 115
millones de personas: 30 millones en tres años, una velocidad inusitada.
Además de los mencionados Estados mediterráneos –objetos de la
ira justiciera de los planes de Merkel- en los países centrales también hay
semáforos amarillos: Londres registra una de las mayores tasas de pobreza
infantil de toda la Unión Europea, una postal dickensiana en la postmo-
dernidad. En Islandia, otra de las que fueron sólidas economías de bienes-
tar hasta hace unos pocos meses, los índices de pobreza se han disparado
tras el colapso bancario, y han acercado el escenario nórdico al de las so-
ciedades post-soviéticas de la Europa del Este, algo impensable hasta 2010,
sin ir más lejos.
En el borde oriental la situación que ya era mala va a peor: Bulgaria
registra un índice de pobreza y exclusión del 46,2 por ciento del total de
149
su población total; el de Rumania es apenas menor: 43,1%. Y ahora ni
siquiera está la salida de migrar hacia el Oeste: en Madrid, uno de cada
cuatro niños ya vive en situación de pobreza.
No es una exageración de las estadísticas, sino la real amenaza de
alumbrar una nueva “generación perdida”: los sindicatos de maestros de
Atenas ya van denunciando varios desvanecimientos de alumnos en es-
cuelas primarias, adjudicados a deficiencias en la dieta. Los conservadores
europeos parecen dispuestos a que aparezca nuevamente el fantasma del
hambre, medio siglo después de haberlo conjurado. Cualquier cosa, con
tal de que los presupuestos estén equilibrados.
(2012)
150
GARZÓN, CONDENADO
151
Aquellas señales eran engañosas, y aquello de echar un manto sobre
los crímenes del franquismo y las cuatro décadas de represalias contra los
vencidos, terminó siendo una mala decisión. Ha tenido que aparecer la
sentencia contra el juez Baltasar Garzón, esta semana, para que se haga
completamente evidente que España no podrá meter debajo de la alfombra
su pasado inmediato, ese medio siglo trágico que la cortó en dos partes,
y que no habrá atajos hacia la modernidad ni hacia la europeización que
le eviten el tormento de mirarse al espejo, asumir las culpas y las deudas.
Antes o después, pero tendrá que hacerlo.
Baltasar Garzón ha sido un personaje polémico. Pero el fallo (votado
por unanimidad por los jueces de la Sala Penal del Tribunal Supremo es-
pañol) que lo expulsa de la carrera judicial y lo condena a 11 años de inha-
bilitación, tiene todas las características de una venganza y de un aviso. La
venganza de una corporación imbuida de un tinte ideológico conservador
y afín al núcleo central de la etapa franquista, contra uno de sus miembros,
un díscolo que no aceptó el statu quo obligatorio sobre el pasado político
pactado durante la Transición. Y de un aviso para navegantes: quién ose
levantar la tapa de la caja de los truenos y revolver las cenizas del pasado,
será castigado con todo el peso de la espada, ese grueso filo que la imagen
de la corporación judicial blande en su mano derecha (una imagen, dicho
sea de paso, con la cual los semiólogos pueden hacerse todo un festín).
Con tres juicios abiertos, la primera sentencia dictada contra Garzón
esta semana marca cuál va a ser la tónica de las demás. En ésta, los jueces
que juzgaron a su díscolo compañero no tuvieron empacho en dar vuelta
los roles, y aceptar por buenos los reclamos de Francisco Correa y Pablo
Crespo, los dos jefes mafiosos de la trama corrupta denominada “Gürtel”,
vinculada al financiamiento ilegal del Partido Popular, actualmente en el
gobierno de la península. Garzón ordenó, durante la instrucción del caso
contra la mafia del Gürtel, las escuchas telefónicas entre los presos y sus
abogados, de quienes sospechaba estaban colaborando con una millonaria
huída de divisas producto de las operaciones ilegales de sus clientes, los
capos de la mafia. Esta resolución, que los propios fiscales del Tribunal
Supremo, Antolín Herrero y Pilar Valcárcel, defienden por proporcionada
con la gravedad de los delitos, acaba de ser censurada por el Supremo con
epítetos tales como “monstruosa”, “infamante”, “injusta”, o “barbaridad
inconstitucional”.
A pesar de que, a todas luces, la cara del ahora inhabilitado juez sea
la máscara del chivo expiatorio, la lectura del fallo deja claro cuál es la
intención perseguida por la corporación judicial en el caso contra Baltasar
Garzón: presentarlo como un juez prevaricador (o sea, que toma resolu-
152
ciones a sabiendas de que son injustas), y violador de las leyes y de los
derechos constitucionales.
Con el perfil que le dibuja el fallo de la Sala Penal del Tribunal Supre-
mo, parece quedar habilitado el camino –y sentada la jurisprudencia- para
el próximo fallo, el que seguramente lo condenará por no haberse quedado
quieto y declararse competente para investigar los crímenes de la dictadura
franquista.
Desde aquella decisión política de dejar a un costado, en la banquina
de la acelerada ruta hacia la modernidad y hacia la europeización de Espa-
ña a las víctimas y a los represaliados de la dictadura, nadie había prestado
atención a los familiares y a las asociaciones de ciudadanos que reiterada-
mente peticionaban ante todas las instancias del Estado. Escribieron al
Rey; a los sucesivos presidentes del Gobierno; a los Secretarios Generales
de las Naciones Unidas; al Tribunal Europeo de los Derechos Humanos; a
los obispos y arzobispos de la iglesia católica. Nadie les respondió, nunca.
(Bueno, en realidad el cardenal Rouco les mandó una cartilla sobre cómo
perdonar a los enemigos...) Ya lo había dicho el generalísimo Francisco
Franco poco antes de morir: Aquí no va a pasar nada, que para eso lo dejo
todo atado y bien atado.
En medio de esa desatención y ninguneo, el titular del Juzgado Nú-
mero 5 de la Audiencia Nacional, que ya se había hecho famoso por per-
seguir al terrorismo homicida de ETA; a las mafias corruptas como la red
Gürtel; o inclusive por defender la competencia universal en delitos de lesa
humanidad –como los cometidos por las dictaduras militares en Argenti-
na o en Chile-, vino a escuchar sus peticiones, y las transformó en causas
judiciales sobre las que se declaró competente. Las denuncias se volcaron
en el juzgado de Baltasar Garzón desde diciembre de 2006, y siguieron
creciendo hasta fines de 2008, cuando la corporación judicial reaccionó
y la Sala Penal decidió mayoritariamente que la competencia no era de su
juzgado. El frenazo de los jueces fue inmediato: no se abrirían más fosas,
no se investigarían los restos, no se discutiría nada de aquellos cuarenta
años, por más que incluyeran delitos tales como crímenes masivos y des-
aparición forzada de personas. “Me aboqué –se defendió Garzón en su
alegato final esta semana- porque esos crímenes siguen cometiéndose hasta
el día de hoy, como única defensa que las instituciones creo que deben a las
víctimas, para que no se produzca el olvido y la falta de memoria”.
Muchos españoles se han movilizado para protestar contra el trato
dado al inhabilitado juez. Y sus propios colegas insisten en que estos juicios
son un despropósito y un hazmerreír. Alguien tan prestigioso como el pro-
fesor penalista Javier Álvarez sostiene que con la sentencia contra Garzón
sólo “están de fiesta los narcotraficantes, los terroristas y la extrema dere-
153
cha”, y pide que el gobierno no acepte la sentencia y otorgue de inmediato
medidas de gracia. Pero es que en el gobierno está el Partido Popular, que
forma parte de aquel entramado de hilos y sogas con que el generalísimo
dejó todo atado y bien atado. No creo que sea realista esperar que desde el
poder político se contradiga a la corporación judicial.
Las condenas contra Baltasar Garzón son, en definitiva, nuevos inten-
tos de esconder la basura y los polvos de la historia debajo de la alfombra.
Puede funcionar durante un tiempo, pero finalmente será un propósito
vano: no hay sociedades sanas que hayan esquivado hacer frente a su his-
toria, por más autopistas aceleradas a la modernidad que hayan corrido.
(2012)
154
MATRIMONIO DE CONVENIENCIA
Los franceses son apasionados, qué duda cabe. Y que Nicolás Sarkozy haya
escenificado hasta los detalles su boda con la belleza de Carla Bruni y la
luna de miel, remando con el torso desnudo (aunque luego le afinaran
los “flotadores” con Photoshop), son elementos todos que evidencian la
importancia que el líder conservador galo le otorga a su masculinidad, a la
pasión y al romanticismo.
Causa sorpresa, eso sí, cómo hace coincidir esas fuerzas amorosas con
el matrimonio de compromiso que refuerza a diario con Ángela Merkel,
esa cerebral matrona crecida en la Alemania comunista, de puños cerrados
y mirada fría. Porque no otra cosa que una alianza íntima es la que han
anudado entre ambos, al punto que Merkel acaba de dar un paso inusitado
para toda la tradición de la política exterior alemana: involucrarse perso-
nalmente en la campaña electoral para las presidenciales francesas de abril
y mayo próximos.
Hasta los propios correligionarios demócrata-cristianos de la Canci-
ller quedaron un tanto estupefactos, y qué decir de los socios liberales en el
gobierno de Berlín; por su parte, la oposición social-demócrata y los verdes
no se privaron de atacarla ácidamente desde todos los periódicos, inclu-
yendo los titulares de un medio tan poco sensacionalista como Der Spiegel.
A pesar de las denuncias de intervención en la política interna de otro
Estado, Merkel se llevó a medio gabinete de su Ejecutivo a París, y se metió
de lleno en la campaña por la reelección de Sarkozy, hasta un punto tal,
que el mítico diario fundado por Jean-Paul Sartre, Libération, la ha califica-
do de “jefa de prensa” del presidente francés. Los intentos intervencionistas
de Merkel en los rumbos de otros países, en su afán por tener en sus manos
todas las riendas de la crisis europea, son bien conocidos.
Por poco, estuvo a punto de plantear un pseudo-protectorado econó-
mico sobre Grecia, para asegurarse que el “gobierno técnico” de Atenas siga
al pie de la letra las exigencias de disciplina fiscal y recortes sociales decidi-
dos en la cancillería berlinesa y canalizados a través del Banco Central Eu-
ropeo. Pero a pesar de esas tendencias de control y de la gravedad de la crisis
en las cuentas públicas, haberse involucrado personalmente en la campaña
proselitista francesa agrega una nota preocupante, nos parece. La historia
reciente de la potencia alemana digitando gobiernos y políticas nacionales
155
en Europa no constituye un capítulo especialmente memorable. Por ello, la
decisión de la Canciller de meterse de lleno no puede haberse tomado a las
apuradas. Y, con seguridad, el hecho de que el candidato presidencial socia-
lista, François Hollande, aventaje a Sarkozy por más de diez puntos en las
primeras encuestas, tendrá que ver con la decisión de Merkel. Hollande, ya
se sabe, no comulga con la disciplina fiscal a rajatabla, que se ha convertido
en el pensamiento único de este matrimonio de conveniencia.
(2012)
156
MORBO FRANCÉS
157
y sus chicas viajaban para esos menesteres en primera clase, se hospedaban
en hoteles exclusivos y no reparaban en ningún tipo de gastos. Gastos que
eran financiados más tarde con apaños en cuentas de empresas públicas,
por lo que DSK deberá responder también por encubrimiento de abuso
de bienes sociales.
Para que el novelón que alimenta el morbo francés esté completo, los
proxenetas mafiosos tienen estrechos vínculos con la Francmasonería, y
ésta con el Partido Socialista. Hollande tendrá que remarla para mantener-
se al frente de las encuestas.
(2012)
158
¿PRÍNCIPE O SAPITO ENCANTADO?
La Monarquía española, muy a su pesar, ocupa desde fines del año pasado
el centro de las miradas de la península, y de una sección de la prensa que
no le es nada habitual: las páginas policiales. Desde que el juez José Castro,
titular de la Sala Número 3 de los Tribunales de Palma de Mallorca e ins-
tructor del caso de corrupción en torno al Instituto Nóos, decidió levantar
el secreto de sumario e imputar como acusado de malversaciones de fondos
millonarios al yerno del rey Juan Carlos I de Borbón, Iñaki Urdangarin, el
sistema político español comenzó a contener el aliento. El juez citó a Ur-
dangarin a prestar declaración indagatoria para febrero, notificándolo de
que libraría contra él una orden de arresto si no dejaba su seguro domicilio
en Washington y no se trasladaba al territorio español a presentarse ante los
juzgados. El yerno del monarca –junto a su esposa, la infanta Cristina- vo-
laron desde la capital norteamericana, donde residen, y el Duque de Palma
se presentó en el tribunal del juez Castro. Por primera vez en la historia
de España, un miembro de la realeza tuvo que acudir como imputado a
declarar ante un tribunal civil.
La noticia podría haberse limitado a esas páginas de policiales, que
han tenido a Urdangarin como protagonista estrella durante las últimas
semanas. Pero las circunstancias especiales que rodean a los reyes españoles
en particular, y al sistema monárquico en relación con la política interna en
general, hacen que las corruptelas en las que el poco prudente Duque haya
incurrido, tendrán un impacto político imposible de esquivar.
El Rey de España es una figura respetada por prácticamente todo el
arco político, incluyendo a la izquierda republicana. Una consideración
que Juan Carlos de Borbón se ha granjeado, no sin dificultades, a fuerza de
compromiso con las instituciones democráticas, y de un muy bajo perfil en
la incidencia de la familia real en cualquier otro aspecto de la vida pública
española que no sea la representación formal de la Jefatura del Estado. Así,
en los cortos años de vida institucional desde la Transición, el monarca
ha logrado remontar el “pecado de origen” de haber sido elegido por el
dictador Francisco Franco, y puesto por él en la condición de sucederlo
tras su muerte. Esa manera tan displicente del “Caudillo” –en la misma
línea de discrecionalidad absoluta con que gobernó el país durante cuatro
décadas- no respondía a ninguna lógica. Los sectores monárquicos habían
159
apoyado claramente al golpe de Estado contra la República, y se embarca-
ron sin dudar en el bando de los Nacionales cuando estalló la Guerra Civil;
pero todos suponían que, una vez que el golpe se hubiera consumado y
el gobierno de “los rojos” hubiese sido expulsado del poder, los militares
devolverían la jefatura del país a los Borbones. Y así lo entendió también,
durante años, don Juan, el hijo de Alfonso XIII y heredero de la Casa Real.
Don Juan confiaba en el generalísimo Franco (lo llamaba “mi Franquito”),
pero una vez que tuvo el poder en sus manos, “Franquito” decidió quedár-
selo, y obligó a don Juan a permanecer en su exilio de Estoril. Muchos años
más tarde, el dictador anunció que sí, que alguna vez le devolvería el país a
los Borbones, pero salteando a don Juan y eligiendo a su hijo, Juan Carlos.
Así, lo nombró su heredero.
Comenzar a reinar con esos antecedentes fue una carga, un “pecado
de origen” para el nuevo monarca, que además debía reinar en un país que
se volcaba mayoritariamente hacia el socialismo de Felipe González, y veía
despertar los sueños de autonomía de sus regiones más díscolas (catala-
nes, vascos) después de las décadas del aprisionamiento del franquismo a
cualquier especificidad o diferenciación cultural que pusiera en cuestión la
España “una, grande y libre”.
El rey optó por la prudencia. Se acercó al felipismo socialista, inclusi-
ve a los partidos nacionalistas autonómicos, y fue ganándose su confianza.
Y luego, su activa participación en frenar el intento de golpe de Estado del
coronel Antonio Tejero, el 23 de febrero de 1981, terminó por convencer a
muchos de que el rey estaba comprometido con la instauración democráti-
ca, y de que la Monarquía podría llevarse bien con un sano parlamentaris-
mo. Desde entonces, la discreción de Juan Carlos I y de la familia real han
aportado a su consolidación en el entramado político español.
Pero entonces llegó el momento en que sus hijas tuvieron que encon-
trar marido, y la cosa se complicó sobremanera. La infanta Elena terminó
con Jaime de Marichalar el primer divorcio de la Zarzuela; y la infanta
Cristina se enamoró de un joven deportista, medalla de oro en las Olim-
píadas, alto y guapo, que con el mágico beso de la princesita archivó los
torneos y le vio el filón a los negocios.
Iñaki Urdangarin, según está destapando el juez instructor, entendió
que su nueva condición nobiliaria, como Duque de Palma de Mallorca
y yerno del Jefe del Estado, le otorgaba una posición privilegiada. Y sin
ninguno de los reparos que tanto había cuidado el monarca en los tiempos
inaugurales de su reinado, Urdangarin convirtió aceleradamente su nueva
posición en cientos de miles de euros. A través de una supuesta Organi-
zación No Gubernamental sin fines de lucro, el Instituto Nóos, se dedicó
a la captación de fondos públicos, donaciones, subsidios y concesiones de
160
eventos, especialmente de las comunidades autonómicas gobernadas por
el Partido Popular. Luego, a través de la constitución de empresas fantas-
mas –pero éstas sí con fines de lucro- dirigidas por amigos personales, sus
hermanos y otros miembros de su familia, generaba supuestos servicios
que eran contratados por el Instituto Nóos y pagados con aquellos ingentes
fondos provenientes de las arcas autonómicas. Y para cerrar el círculo, el
dinero así conseguido era rápidamente girado a cuentas en paraísos fiscales
en las Islas Caimán.
Entre 2003 y 2006, el Instituto Nóos facturó de esta guisa, según
los registros tributarios españoles, más de quince millones de euros. Un
escándalo con todas las letras. Como semejantes sumas eran imposibles de
ocultar, al igual que la velocidad de enriquecimiento del Duque de Palma
(compró dos palacios, de varios millones cada uno, tanto en Barcelona
como en Washington), la Casa Real reaccionó, y el monarca envió a un
emisario personal, el conde de Fontao, con la renuncia de su yerno a toda
vinculación con el Instituto Nóos, y la prohibición expresa de que conti-
nuara con ese tipo de actividades. Iñaki firmó la renuncia que le mandaba
ya redactada su suegro, pero el gustito por la plata fácil y grande se le había
hecho carne, y siguió ejercitando el tráfico de influencias a pesar de haberse
desvinculado formalmente de la trama de empresas hoy investigadas. Una
red que, en una de sus ramas, tiene también en el directorio otra firma
muy comprometedora: la de “Su Alteza Real Doña Cristina de Borbón y
Grecia”, la princesita que besó al sapo.
No hay forma de tapar el sol con una mano, pero la Casa Real lo
intenta. Ha separado a Iñaki Urdangarin de toda actividad oficial, y casi
ha admitido su culpabilidad en la red de corrupción al declarar que su
conducta “no fue ejemplar”. Son símbolos fuertes, pero con seguridad
no serán suficientes para frenar el escándalo. Y mucho menos si, como la
declaración del Duque frente al juez José Castro el 25 de febrero pareció
anticiparlo, Urdangarin termina finalmente encarcelado por corrupción y
su esposa, la hija del Rey de España, involucrada como cómplice. Un es-
cenario cuyas consecuencias para la estabilidad de todo el sistema político
serían demoledoras.
(2012)
161
SARKO POR EL SUELO
El presidente Nicolás Sarkozy –Sarko, para los amigos- derrapa por los
suelos, en lo que no deja de constituir una sorpresa para propios y extraños.
En la recta final para el 22 de abril, la diferencia con François Hollande
aumenta a diario. La confiable medición del Instituto Francés de Opi-
nión Pública (IFOP, fundado por Jean Stoetzel en 1938) publicó que si las
elecciones fueran hoy, los socialistas desplazarían a los conservadores de la
Presidencia de la República por una diferencia de cuatro puntos. Y que si
hubiese ballotage (está prevista una segunda vuelta, si fuera necesaria, para
el 6 de mayo) esa diferencia sepultaría a la derecha: Sarkozy no superaría el
43 por ciento, mientras los socialistas obtendrían el 57.
Nadie se esperaba estos porcentajes, ni hubiera sido realista sostener-
los hasta hace pocas semanas. El último tramo de Nicolás Sarkozy al frente
del gobierno ha estado explícitamente dirigido a procurarse la reelección;
y detrás de ese objetivo no solamente ha direccionado las políticas más
mediáticas a nivel interno, sino que también ha afectado la política exterior
gala y el peso de ella en el equilibrio europeo.
Así, el tándem armado con la canciller alemana Ángela Merkel intentó
presentar al francés como una garantía indispensable para la continuidad
de la estrategia de salvataje del euro, y de superación de la crisis estructural
que soportan las finanzas públicas europeas. La misma Merkel, con parte
de su gabinete berlinés, aterrizó en París y se sumó desembozadamente a la
campaña por la reelección presidencial de su partenaire.
A juzgar por cómo los franceses están tomando la decisión de su fu-
turo voto, ninguno de esos gestos ha sido determinante. Antes bien, la pre-
potencia verbal y las actitudes paternalistas del líder de la derecha francesa,
sumado a los escándalos económicos (como el affaire L’Oreal) que han
envilecido su gobierno, parecen estar inclinando la balanza en su contra.
Sarkozy fue abucheado por una feroz silbatina en Bayona, en el País
Vasco Francés, y tuvo que asilarse en un bar durante más de una hora,
hasta que la policía dispersara a los broncos vascos. A los manotazos, el
presidente intenta recuperar el protagonismo, pero después de cinco años
de adjetivos superlativos y anuncios espectaculares, parece haber agotado la
capacidad de sorpresa de los franceses. Mientras tanto, François Hollande,
162
un socialista tranquilo, no responde a sus invectivas y está haciendo una
campaña centrada en propuestas.
Una de ellas ha contribuido a aumentar la diferencia entre ambos
candidatos: de ganar, Hollande impondrá un impuesto a las grandes for-
tunas, del 75 por ciento sobre los ingresos que superen el millón de euros.
Uno de los que debería pagarlo, por cierto, sería el propio Sarkozy.
(2012)
163
RUSIA, CRÓNICA DE UN REGRESO ANUNCIADO
164
emergentes de la sociedad civil siguen siendo desplazadas a los márgenes
del sistema.
Con todas las salvedades anotadas arriba, el 64 por ciento obtenido
por Vladimir Putin obliga a preguntarnos si los rusos no siguen prefiriendo
esperar el bienestar económico prometido por este nuevo Zar en base al
petróleo (Rusia es el primer productor de gas del mundo, y el segundo de
petróleo), inclusive a costa de resignar porciones de voluntad democrática.
Además, este respaldo popular viene atado a un discurso de recuperación
del herido orgullo nacional, que delinea las principales directrices del sexe-
nio que ahora empieza. Y después de haber descartado el frágil acercamien-
to propuesto por Barack Obama al inicio de su mandato, Putin ha vuelto a
concebir la relación con Washington en clave de Guerra Fría.
El presidente quiere rentabilizar la estabilidad y el orden que impuso a
la sociedad rusa, tras la caótica transición postsoviética de los dos períodos
presidenciales de Boris Yeltsin, en los años noventa. Después de aquella re-
batiña de las grandes empresas públicas entre los nuevos oligarcas cercanos
a Yeltsin, Putin puso orden con puño de hierro: utilizó la represión militar
sin miramientos en Chechenia contra los separatistas del Cáucaso, e invadió
Georgia; y empujó al exilio a algunos de los nuevos magnates enriquecidos
con las ex empresas soviéticas (como Boris Bereszovski), cooptó a otros, a
costa de que financiaran a su partido Rusia Unida (como Román Abramo-
vich), y metió en la cárcel a aquellos que se negaron (como Jodorkovski).
Esta estrategia de tres partes –rechazo a una alianza de convivencia
con Estados Unidos, fortalecimiento de las fronteras exteriores, y consoli-
dación de la élite política interna en torno a su figura- trajo estabilidad, hay
que reconocerlo. Pero también fortaleció una modalidad verticalista en la
toma de decisiones, que reforzó la figura y el férreo control del presidente
en todas las áreas de la Administración.
Esa modalidad de gestionar la cosa pública está, además, en consonan-
cia con la personalidad de Vladimir Putin. Su formación juvenil durante los
duros años soviéticos de la “era Brezhnev”, su instrucción como espía de los
servicios secretos del KGB, y su experiencia política en la “nomenklatura”,
parecen llevarlo naturalmente a gestionar el Estado desde la opacidad, la
toma de decisiones estrictamente jerárquicas, el secretismo en las primeras
líneas de gobierno, y el control total sobre las actividades administrativas.
Hacia el exterior, por último, la imagen que Putin intentará proyectar
será la del imperio poderoso, autosuficiente, líder indiscutido a nivel regio-
nal y principal actor a escala global. O sea, nuevamente la vieja aspiración
zarista-soviética. Y como lo hicieran durante una buena parte del siglo
XX, el presidente ha decidido volver a poner las fichas en la capacidad
165
militar. Putin sostiene que la industria de defensa no solamente le volverá a
otorgar a Rusia el lugar que le corresponde en la distribución mundial del
poder, sino que también será la base de su modernización económica. Tal
como lo hace, sugiere con una sonrisa fría, el complejo industrial-militar
norteamericano. Está en el programa electoral en el que basó la campaña,
y que fue respaldado por esa abrumadora mayoría de rusos: el objetivo
es que Rusia, apoyándose en su potencial de disuasión nuclear, desarrolle
nuevas armas y recupere el papel de superpotencia. El programa habla de
una inversión militar “sin precedentes”, y con esos millones de rublos se
financiarán nuevas capacidades militares en el espacio y en cyberespacio, y
la creación de sistemas de armamentos sobre nuevos principios físicos: de
rayos, geofísicas, de ondas, de genes y psicofísicas. Todos ellos, junto con la
bomba atómica, permitirán “lograr nuestros fines políticos y estratégicos”.
Preocupante, cuanto menos.
La crónica del regreso de Vladimir Putin al Kremlin es un revival, y
su proyecto de futuro es, en realidad, un proyecto de pasado. Me pregunto,
por ello, si su estrategia tendrá largo aliento, cuando veo las manifestacio-
nes y las movilizaciones de los últimos meses, especialmente las que se vie-
nen organizando tras las elecciones legislativas de diciembre, tan criticadas
por fraudulentas. La vieja Madre Rusia, con su peso rural y su pasividad
social de siglos, ya comienza también a ser pieza de museo, como muchas
de las ideas del nuevo presidente. Aquella aceptación acrítica que se tem-
pló durante el protofeudalismo zarista y las ocho décadas de comunismo
soviético, va siendo paulatinamente reemplazada por una incipiente socie-
dad civil, universitaria e instruida, de jóvenes emprendedores, de artistas e
intelectuales, también de consumidores, tanto de bienes como de servicios
culturales de la aldea global.
Estos colectivos emergentes de la sociedad rusa demandan ciudada-
nía, y Vadimir Putin y su entorno no tienen para ellos nada –o casi nada-
que ofrecerles. Habrá que ver si la mayoría obtenida por el presidente los
disuade de la protesta, o si permanecen en ella. Quizá sean los próximos
protagonistas de una futura “primavera rusa”, como esa que sacude desde
hace un año al mundo árabe.
(2012)
166
A LA HUELGA, MADRE, YO VOY TAMBIÉN
167
a hacer frente al liderazgo europeo, en especial frente a su correligionaria
alemana Ángela Merkel.
Pero si estaba decidido a darle el golpe de gracia a las políticas sociales
y aplicar las recetas merkelianas sin anestesia, Maquiavelo le hubiera reco-
mendado hacerlo en estos tres meses que terminaron ayer con la huelga
general. Desde aquí en adelante lo tendrá más difícil.
Rajoy necesitaba el triunfo en Andalucía para consolidar su hegemo-
nía institucional. Con más de cinco millones de desempleados, la industria
caída y los trimestres de recesión acumulándose, el gobierno del Partido
Popular sólo concibe dos salidas a la encerrona: reducir las cuentas públicas
al mínimo histórico, aunque eso implique abandonar el modelo de Estado
que viene construyéndose desde el postfranquismo; o resignarse a pedir el
auxilio financiero de los fondos de rescate europeos, siguiendo la dolorosa
y humillante vía griega.
Mariano Rajoy no está dispuesto a admitir ningún punto intermedio,
por más que importantes centros de pensamiento político, think tanks vin-
culados a la socialdemocracia, y relevantes personalidades de la intelectua-
lidad y de la cultura insistan en ello. Su razonamiento es lineal, y simplista
(pero efectivo, como se ha visto): si la crisis estalló con el socialismo en el
poder, los socialistas –y sus recetas- son responsables de la crisis. Punto, y
a otra cosa.
Sabedor de los costos sociales que sus intenciones de cirujano mayor
acarrearían, Rajoy se cuidó en todo momento de mostrar abiertamente
sus cartas. Logró transitar toda la campaña que lo llevó a La Moncloa
sin especificar en qué consistirían las medidas que adoptaría cuando fuera
presidente, y se limitaba a decir que serían lo contrario de lo que estaba
haciendo Rodríguez Zapatero que, como quedaba a la vista, estaba “hun-
diendo a España”. Inclusive después de haber ganado las elecciones y ser
investido jefe del gobierno, siguió ocultando las cartas. Tanto él como sus
principales ministros –Soraya Sáenz de Santamaría, Luis de Guindos, Cris-
tóbal Montoro- sólo han anunciado que los recortes serán profundos y
drásticos, pero han dilatado una y otra vez el momento de anunciarlos. Y
todo por Andalucía. Rajoy sabía que mostrar las tijeras era arriesgar la gran
autonomía del Sur, en la que el socialismo gobierna desde su creación, en
1982. Parecía que el plan era que cuando Javier Arenas –uno de los diri-
gentes más cercanos al presidente- se hubiera hecho con el poder en Sevilla,
Rajoy anunciaría las nuevas medidas de ajuste económico (y para entonces
ya no le importaría soportar una huelga general, tal como lo admitió en
enero en la Cumbre de Bruselas, en voz baja pero cerca de un micrófono
–esos incordiantes aparatitos del chismerío global- que lo registró).
168
Javier Arenas no ha llegado al poder. Y lo que es peor: el Partido
Popular ha obtenidos unos resultados más desfavorables que los logrados
en las generales de noviembre pasado (cinco puntos porcentuales menos,
cerca de medio millón de votos). Y con el revés de las elecciones autonómi-
cas, la huelga general de ayer tuvo otra motivación y otra lectura. Ya no era
solamente la reacción del gremialismo organizado contra los planes guber-
namentales de modificación del mercado de trabajo, sino que se constituyó
en el inicio de un nuevo giro político, como canal de expresión de todos
aquellos sectores de la población española que entienden que la cirugía
mayor planificada por Rajoy no es la única alternativa para salir de la crisis.
Una vieja tonadilla popular, que viene de la gran huelga de 1919 en
Barcelona y que Chicho Sánchez Ferlosio actualizó en los años finales del
franquismo, volvió a escucharse en las calles españolas en la jornada de ayer.
“A la huelga, compañero / no vayas a trabajar / deja quieta la herramienta
/ que es la hora de luchar. / A la huelga 10, a la huelga 100 / a la huelga,
madre, yo voy también / a la huelga 100, a la huelga 1.000 / yo por ellos,
madre, y ellos por mí.” Y los jefes de los dos grandes sindicatos españoles
–Comisiones Obreras, y Unión General de Trabajadores- se felicitaban en
las últimas horas de la tarde por el éxito de la convocatoria. Mientras los
analistas reflexionaban sobre las consecuencias que esta abrumadora de-
mostración de fuerza, de una oposición rápidamente recuperada de la pali-
za electoral de noviembre volviendo a las calles, los sindicatos apuntaban a
dos medidas concretas: que el gobierno abra un marco de negociación con
los actores sociales para morigerar el ajuste neoliberal en marcha; y hacia
la presentación de los postergados presupuestos generales del Estado, que
Rajoy escondió en la manga hasta que pasaran las elecciones andaluzas,
pero que hoy estará finalmente anunciando a su consejo de ministros.
Las centrales sindicales aspiran a subirse a un proceso de negociación
que pueda neutralizar las aristas más urticantes del ajuste, y –a pesar de
la masiva adhesión que tuvo la huelga- habrá que ver si lo logran. Porque
los “halcones” del Partido Popular, por el contrario, empujan a Mariano
Rajoy a esquivar “las líneas blandengues” y a “mantener la reforma laboral
contra viento y marea”, como pedía ayer el editorial del diario “La Razón”
mientras las columnas de huelguistas ocupaban todos los espacios públi-
cos, hasta los pequeños pueblos de provincia.
Si el gobierno se pliega a sus sectores más duros y mantiene el rumbo
ortodoxo (Luis de Guindos ya dijo que la reforma laboral no se moverá “ni
un ápice”), la confrontación social estará garantizada, y la protesta de los
sindicatos volverá a la carga el próximo 1 de mayo.
Madrid está cada día más parecida a Atenas.
(2012)
169
FRANCIA A LAS URNAS
170
kel, se siga aplicando. Hollande, por el contrario, ha anunciado que revi-
sará esa política de achique y de ajuste ortodoxo aplicada sin anestesia por
“Merkozy”, el disciplinado matrimonio ideológico de la derecha europea.
Francia es la quinta economía del mundo y la segunda de la Unión
Europea, y desde el inicio del proceso de integración continental ha sido
la “otra locomotora”; a veces delante, otras veces a la par, y en la última
década detrás de la locomotora alemana. El consenso entre Berlín y París
(con la anuencia explícita o tácita de Londres) ha sido la auténtica causal
del avance del Viejo Continente desde los Tratados de Roma, de 1957, que
dieron origen a la primitiva Comunidad Económica Europea.
Los franceses ocuparon ese lugar prioritario con capacidad y realismo,
aunque para ello tuvieran que cambiar de ideas y de adaptarse a las nuevas
circunstancias. La derecha fue paulatinamente dejando de lado el orgullo
separatista de la grandeur de la France, y la izquierda del Partido Socialista
–especialmente durante el período comandado por François Mitterrand-
fue adecuando su consustancial internacionalismo al proceso gradual de
ampliación de la organización continental. De esta manera, tanto los con-
servadores como la izquierda se comprometieron con Europa, y mientras
todo anduvo bien no hubo demasiadas quejas.
Pero llegó la crisis y todo cambió. En la debacle, reaparecieron viejas
ideas y prácticas en la derecha neogaullista. Empujado por la desocupación,
el aumento del déficit y la caída del consumo, Nicolás Sarkozy apeló al
baúl de los recuerdos, y comenzó a poblar el discurso político de consig-
nas nacionalistas (y hasta xenófobas), e inclinó la doctrina económica hacia
la ortodoxia liberal. Su objetivo era acabar con las prebendas del Estado
de Bienestar, pero, en cambio, consiguió un resultado inesperado: abrió la
puerta para que la izquierda, que llevaba años medio sonámbula, minorita-
ria e irrelevante, regresara con sus banderas de protección social y de defensa
de las libertades, ofreciendo una salida alternativa a la crisis económica, que
no pasa por la reducción del espacio público sino por su fortalecimiento.
Y las encuestas de preferencia de voto para este domingo muestran que las
mayorías darán la espalda al ajuste merkozyano, y una nueva oportunidad a
la “gauche” del Partido Socialista Francés, el más viejo de Europa.
Aunque el Elíseo cuenta con un ejército de asesores graduados en
la exclusiva Escuela Nacional de Administración, ninguno de esos bien
pagados profesionales le advirtió a su jefe que la vía del ajuste le pasaría la
cuenta en las elecciones presidenciales. El verdadero autor del renacimien-
to de la izquierda francesa es Nicolás Sarkozy.
Aunque François Hollande –a quien la campaña oficialista llamaba
hasta hace poco “Señor Normal”, suponiendo que con eso lo desacredita-
ba- también debe agradecer que los astros se hayan alineado en su favor, y
171
que lo hayan dejado a las puertas de la Presidencia con tan poco esfuerzo.
Además del enorme error estratégico de Sarkozy, fue otra metida de pata
garrafal la que aupó a Hollande a la primera línea de la competencia: la de
Dominique Strauss-Kahn, el libertino.
Después que la socialdemocracia gala tocara fondo en 2002 (cuando
su candidato presidencial, Lionel Jospin, no pudo ni siquiera competir en
el ballotage, porque la extrema derecha del Frente Nacional de Jean-Marie
Le Pen lo desplazó al tercer lugar nacional), el partido venía buscando
un candidato casi a las desesperadas. Y no lo encontraba. La apuesta por
Ségolène Royal –por entonces la mujer de Hollande- salió mal, y los con-
servadores disfrutaban de un poder incontestado, tanto durante las dos
presidencias de Jacques Chirac, como en los inicios del período de Sarkozy.
Entonces, cuando la crisis comenzó a poner todo patas arriba, empe-
zó a ascender la estrella de DSK. Inteligente y abierto, brillante abogado,
economista keynesiano, políglota, hombre de mundo, amante de los bue-
nos vinos y de los buenos quesos, Strauss-Kahn aparecía como una figura
ideal para reemplazar a la acartonada monarquía republicana de “Sarko”, y
salvar al mismo tiempo el Estado de Bienestar y las políticas sociales con-
quistadas por los trabajadores franceses. Pero lo perdieron sus excesos. La
denuncia por violación en el hotel Sofitel de Nueva York lo tumbó de la
jefatura del Fondo Monetario Internacional, de la conducción del Partido
Socialista, y de una candidatura presidencial que ya se sentía ganada. Y
cuando desapareció la enorme figura de Dominique Strauss-Kahn, quedó
a la vista la sonrisa paciente y el discreto encanto de un hombre normal.
Las últimas mediciones les dan a ambos contendientes un porcentaje
de votos casi idéntico en la primera vuelta de este domingo, con un 27 por
ciento de los votos; pero Hollande saltaría al 56 en el ballotage del 6 de
mayo, mientras que el actual Presidente se hundiría, por debajo de la línea
del 44 por ciento.
Sarkozy es bajito, “hijo desclasado de un inmigrante judío húngaro”
como lo retratan sus críticos, o “un pequeño francés de sangre mezclada”,
como se ve a sí mismo. En todo caso, es un león de la política, que ha pe-
leado mil batallas. Yo no descartaría un último zarpazo.
(2012)
172
NUESTROS PADRES, LOS GRIEGOS
173
su sede las oficinas de la Unión Europea). Ya nada será lo mismo en Atenas
desde el domingo a la noche.
Ninguno de los partidos tradicionales podrá formar gobierno sin esta-
blecer alianzas con los menores, y Alexis Tsipras, líder de la nueva coalición
de izquierdas Syriza y uno de los verdaderos ganadores de estas elecciones,
adelantó que sólo apoyará a quién esté decidido a renegociar los términos
del acuerdo con “Bruselas”. Barajar y dar de nuevo: algo parecido, por las
mismas horas, decía un exultante Hollande en la parisina plaza de la Bas-
tilla. A frau Merkel no le quedará alternativa que revisar la ortodoxia de
sus métodos.
(2012)
174
ÁNGELA NO GANA NI PARA SUSTOS
Ángela Merkel tendría ganas de consultar a una curandera para que la des-
engualiche, pero sus rígidas costumbres –hija de un pastor protestante cria-
da en la vieja Alemania comunista- seguramente se lo impedirán. Además,
no se me ocurre que sea fácil andar encontrando curanderas por Berlín.
Pero es que a la señora, que se ha echado sobre los hombros nada menos que
el destino de Europa, por estos días no le sale ni una.
Confió en una victoria de su socio francés, Nicolás Sarkozy, para
darle continuidad a sus recetas anticrisis. Pero François Hollande, preci-
samente con un discurso de recuperación de derechos sociales y de opo-
sición a las recetas de la Canciller, se quedó con la Presidencia. Merkel
inclusive se había negado a recibir al candidato de la socialdemocracia
gala, y tendrá que admitirlo ahora: Hollande viajará esta misma tarde a
verla, apenas unas horas después de haberse calzado la banda tricolor, a
plantearle su idea de reformular el estricto pacto de ajuste fiscal para posi-
bilitar márgenes de crecimiento.
Preparando la visita, desde la Cancillería se insiste en que no habrá
marcha atrás en las políticas de austeridad: al pacto ya lo firmaron 25 paí-
ses europeos –alegan- y no hay otra salida. Esta dureza será más difícil
de mantener después de los resultados de las elecciones en Renania del
Norte-Westfalia, la región alemana más poblada y poderosa. Merkel y su
partido demócrata-cristiano fueron apabullados en la región, obteniendo
el peor resultado desde la segunda Guerra Mundial. La centroderecha sólo
llegó a un 25,9 por ciento, mientras que los socialdemócratas –junto con
los Verdes- obtuvieron el 51 por ciento del total de la provincia. Dada la
importancia estratégica de Renania del Norte-Westfalia, y su peso demo-
gráfico y económico dentro de Alemania, los resultados son un golpe duro
al gobierno federal de la Canciller.
Estas elecciones regionales cambian la tendencia dominante y forta-
lecen a la oposición a Merkel en vista de las elecciones generales de 2013.
Aislada y machacada, Ángela Merkel no aparta la vista de Grecia, donde
nadie ha podido formar gobierno por la derrota de los partidos tradicio-
nales que apoyan el ajuste, y todo parece indicar que habrá que llamar a
nuevas elecciones (y las expectativas pasan por un aumento de los votos de
las opciones extremistas).
175
Paul Krugman, el polémico premio Nobel keynesiano, publicó ayer
en su blog que es muy posible que Grecia abandone el euro antes de un
mes; y que el pánico, especialmente en España e Italia, lleve a la instalación
de un “corralito” bancario. Entonces tendría que salir Merkel a sostener
financieramente a los bancos europeos para que no quiebren. O la señora
permite una mayor inflación en la eurozona, que posibilite el ajuste de pre-
cios relativos y la introducción de medidas de crecimiento, o se consigue
una curandera. Así, no gana ni para sustos.
(2012)
176
GRECIA, SEGUNDO ROUND
Los políticos griegos siguen ocupando uno de los centros de atención in-
ternacional, inclusive a su pesar, porque a estas alturas ya nadie tiene dudas
de que la crisis que soporta el país heleno es responsabilidad de su clase
dirigente. Un liderazgo personal y una estructura partidaria que fueron
claramente censuradas en las elecciones del 6 de mayo. Pero de allí no
salieron opciones superadoras, sino nuevos problemas: la atomización y la
aparición de opciones extremistas. Estos elementos han hecho imposible la
constitución de un gobierno representativo.
La vida política griega, desde hace ya cuatro años, se asemeja a un ring
de boxeo donde se suceden encuentros cada vez más devastadores. Ahora
no quedó alternativa que llamar a un segundo round. En un mes volverán
las elecciones generales, donde los partidos tradicionales intentarán recu-
perar el terreno perdido, y los nuevos harán lo posible para aprovechar el
envión y pasar de los márgenes al centro de la escena.
Mientras tanto, Grecia mantendrá una espada de Damocles sobre
Europa durante todo un mes. Resulta conveniente, por ello, analizar la
naturaleza interna de la crisis; las dimensiones del impacto en la estabilidad
europea; y los escenarios posibles de salida.
Los diez días en que los principales dirigentes partidarios han acu-
dido a conversar con el presidente Karolos Papulias –un viejo soldado de
la resistencia griega frente a la invasión nazi en la segunda Guerra Mun-
dial- han terminado siendo un diálogo de sordos. La impresión general
que han dado es de alienación respecto a lo que se vive en la calle y a las
necesidades de entendimiento estratégico que se supone deben prevalecer
en los máximos niveles de la clase política. Los dos partidos mayoritarios,
la centroderecha de Nueva Democracia y la centroizquierda del Pasok, en
conjunto recibieron el 78 por ciento de los sufragios en 2009, y desde allí
han caído al 32 por ciento en las elecciones del 6 de mayo. Han intentado
formar gobierno por separado, pero no se plantearon la posibilidad de una
“gran coalición” de ambos junto a los izquierdistas de Syriza.
Esta separación entre élites y sociedad impacta especialmente por la
falta de asunción de responsabilidades. Una de las preguntas de fondo que
han inundado las últimas elecciones es si los partidos que son los verdade-
ros desencadenantes de esta crisis pueden ser los mismos que contribuyan
177
a salir de ella; de ahí el auge de nuevas agrupaciones minúsculas y de la
radicalización de las opciones.
Nueva Democracia, la principal fuerza de la derecha, integra el Parti-
do Popular Europeo (junto a los conducidos por Ángela Merkel y Mariano
Rajoy, por poner dos referencias ejemplares). Fundado en 1974 por Kons-
tantinos Karamanlis, nunca ha dejado de estar en el centro de la política
helena desde la recuperación democrática. Siguiendo una pauta muy endó-
gena y familiar, Kostas Karamanlis –sobrino del fundador del partido, que
había sido primer ministro durante 14 años y Presidente de la República
otros diez- ocupó la titularidad del Ejecutivo hasta 2009, cuando, ya en los
prolegómenos de la peor crisis de la historia democrática contemporánea,
fue vencido por el Pasok, con Georgios Papandreu al frente.
Los socialdemócratas tampoco se libran del nepotismo y de las largas
estirpes familiares vinculadas al poder. Georgios lleva el mismo nombre
que su abuelo, que fundó el Partido Socialista Democrático en 1935 y que
fue primer ministro durante varios períodos. También su padre, Andreas
Papandreu, ocupó la primera magistratura, tras reconvertir al antiguo par-
tido de la izquierda en el Movimiento Socialista Panhelénico, más conoci-
do como Pasok.
Cuando este nuevo Papandreu venció a la derecha de Kostas Kara-
manlis en 2009, reveló el real estado de las cuentas gubernamentales: los
conservadores (con la ayuda interesada del banco estadounidense Gold-
man Sachs) habían fraguado sistemáticamente las estadísticas, para man-
tener el déficit dentro de los márgenes admitidos por la Unión Europea.
Atenas había informado durante años que la deuda pública alcanzaba a
un 3,7 por ciento del PBI, cuando en verdad ascendía al 12,7 por ciento,
cuatro veces más del reconocido. Papandreu apeló a Europa, pero la crisis
le pasó por encima, y Ángela Merkel condicionó toda ayuda a la supervi-
sión de la economía helena por parte de la “troika” (Unión Europea, Banco
Central Europeo, y Fondo Monetario Internacional), y a la aplicación de
unos ajustes sanguinarios. O sea que, entre los Karamanlis y los Papandreu
se han repartido el gobierno griego durante buena parte del último siglo, y
hasta el año pasado. Parece difícil que sea esta misma élite la que encuentre
la salida del laberinto.
En cualquier caso, las alternativas internas del sistema político griego,
de sus clanes familiares ligados al poder, y de la corrupción en la Admi-
nistración que llevó al vaciamiento de las arcas públicas, están poniendo
en serio riesgo, además del sistema democrático interno, a la organización
continental de integración.
Las relaciones de interdependencia de los tratados y los mecanismos
de la Unión Europea, implican una delegación de soberanía (especialmen-
178
te de soberanía monetaria) y una articulación coordinada de políticas. Y
ese supuesto es permanente; Grecia no puede apartarse “momentánea-
mente” de las reglas de juego continentales, para volver a sumarse luego,
cuando haya normalizado su situación interna. En otras palabras, la crisis
en Atenas bloquea efectivamente en estos momentos cualquier decisión
económica estructural en los otros veintiséis países de la organización euro-
pea. Y como algunos de ellos se encuentran atravesando procesos de ajustes
casi tan duros como los griegos –España, Italia, Irlanda y Portugal son los
casos con mayor deuda pública-, la irresolución helena constituye un lastre
también para éstos.
Ante esta alternativa de plomo, la salida de Grecia de la eurozona ya
se considera como una de las posibilidades firmes. La jefa del FMI, Chris-
tine Lagarde, se apuró a reconocer esta vía después que se hizo público el
último fracaso en la formación de gobierno.
La pregunta que corre por estas horas en las cancillerías europeas es si
esa cirugía mayor alcanzaría a detener el contagio hacia los bancos españo-
les y portugueses. Para Grecia, la vuelta al dracma implicaría un descenso
todavía más abrupto en el aislamiento y en las posibilidades de alcanzar
un gobierno viable: la devaluación del dracma sería inmediata, y la infla-
ción asociada acarrearía mayor empobrecimiento. Las inversiones directas
huirían de Atenas, pero ésta mantendría sus deudas en euros (o sea, impa-
gables). Nadie quiere salirse del euro, ni siquiera el líder de la coalición de
Izquierda Radical Syriza, Alexis Tsipras. Para los socios europeos más débi-
les la expulsión de los griegos tampoco aflojaría la tensión en los tenedores
de bonos de deuda pública y en la fortaleza del sistema bancario: España
traspasó esta semana los 500 puntos de riesgo-país, y su ministro de Eco-
nomía tiene que salir a cada rato a descartar la posibilidad de instalación de
un “corralito” bancario que frene una corrida de retiro de depósitos.
Que Grecia saque los pies del ring no sólo implicará que perdió esta
pelea: el knock-out puede ser también europeo.
(2012)
179
COSAS DE GRANDES
180
Y el propio Hollande acaba de distanciarse de Obama en la otra reunión
de los grandes, en la cumbre de la Otan en Chicago: aseguró que Francia
retirará sus soldados de Afganistán el año que viene, aunque la Alianza
Atlántica decida quedarse.
En este cruce de caminos cada uno tiene sus prioridades: Obama la
reelección; Hollande una bancada afín en las próximas legislativas; Merkel
que el fracaso electoral en Renania del Norte-Westfalia no llegue a Berlín.
Y la dificultad de los frentes internos bien que podría colaborar con un en-
tendimiento coyuntural entre los tres. Al menos como para salvar el euro.
Gente grande... caramba.
(2012)
181
RAJOY, GUERRERO PACIENTE
182
ta, vuelve a llenar de dudas el futuro inmediato; en otra, demuestra que
la solvencia pública no alcanza para garantizar el sistema bancario y que
depende del capital europeo, con los controles externos que ello traerá
aparejado. Y en la tercera punta, que el gobierno del PP, junto a sus socios
conservadores del continente, ponen negro sobre blanco en cuanto a sus
prioridades políticas: los que se rescatan son los bancos (y los banqueros),
a los desocupados de a pie (una cuarta parte de los trabajadores y más de la
mitad de los jóvenes), que los rescate Dios.
(2012)
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VERGÜENZA JUDICIAL Y POLÍTICA
184
dar cuentas o a renunciar a sus fueros, reposando sobre la seguridad de que
la clase política que integra lo apañará y lo terminará exculpando.
El movimiento de los “indignados” del 15-M español ha intentado
denunciar y enfrentarse precisamente a esta manera de entender la gestión
pública por parte de una casta dirigencial que, a mucha distancia de aquel
sentido de Estado que permitió la salida y la transición de la posguerra,
asume las candidaturas y los cargos públicos con el patrimonialismo de un
coto de caza. Modificando la letra de una popular copla, con todo el garbo
andaluz los jóvenes del 15-M cantan en Sevilla: “nos venden a las empresas
/ don Botín es el patrón / han ‘salváo’ los grandes bancos / y toda la culpa
es pá’ti / esta democracia da pena, pena / todos juntos hoy en pie / ¡ya está
bien, ya está bien / de tanta penita, pena...!” Frente a estas mayorías de
desencantados, sin embargo, los lobos no temen y ni amagan con acusar el
golpe de advertencia. El “Caso Dívar” es ejemplar porque alcanza por igual
a las dos puntas del arco político español, o sea, a todo el sistema. Carlos
Dívar es un político y un juez conservador, tradicionalista y católico, pero
que se convirtió en la más alta autoridad judicial española –presidente del
Tribunal Supremo de Justicia y presidente del Consejo General del Poder
Judicial- por un acuerdo alcanzado en 2008 entre la derecha del Partido
Popular (PP) y el Partido Socialista (PSOE), que incluyó en su momento
el respaldo personal del ex presidente del gobierno, José Luis Rodríguez
Zapatero. Ahora, el juez denunciado por sus propios pares por haber rea-
lizado más de treinta viajes privados a las costas de Marbella, alojándose y
cenando con un acompañante en los hoteles y restaurantes más exclusivos
y cargando esos gastos a las cuentas públicas, apela a sus colegas en el go-
bierno para que lo defiendan. Y el sentido de pertenencia de la manada del
poder puede más que las evidencias de cohecho y de bochorno.
Para que el ejemplo del “Caso Dívar” sea aún más denotativo de la
crisis estructural por la que atraviesa la clase política, a la vergüenza se le
suma la hipocresía. Cuando el alto juez conoció la denuncia de sus pares
por los gastos espurios cargados a las cuentas oficiales, dijo, despreciativo,
que se trataba “de una miseria” de euros, aunque cada fin de semana de
cuatro o cinco días en las exclusivas playas mediterráneas representaran
una suma equivalente a varios salarios mínimos. Los contactos políticos
del juez empujaron a que la Fiscalía desechara la denuncia, y procediera
a archivarla en tiempo record. Pero la presión popular y la investigación
periodística han seguido adelante, y en medio de ella apareció la hipocresía
de los que se consideran a sí mismos fuera del tratamiento de los comunes.
El juez, de opiniones y posturas tradicionalistas respecto a las opciones y a
las conductas sexuales, claramente homófobo, habría malgastado aquellas
asignaciones oficiales en cenas en Puerto Banús con su asistente personal
185
desde hace más de quince años, Jerónimo Escorial, a quién lo une una
relación íntima.
Ante la presión social, los compañeros de ruta del jefe del Poder Ju-
dicial se han visto obligados a ofrecer algunas concesiones. El Partido Po-
pular, con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados, ha aceptado
finalmente la petición de la oposición y permitirá que Carlos Dívar se
presente ante los legisladores para ser interpelado; aunque –en el modo
confuso que el presidente Mariano Rajoy y su bancada están convirtiendo
en estilo de comunicación- se han negado a fijar una fecha concreta para
esa rendición de cuentas.
Por su parte, Dívar sigue insistiendo en que él no tiene ninguna cuen-
ta ni ninguna explicación que dar a nadie, y que ni se le cruza por la cabeza
renunciar a su cargo. Un puesto que, además de las opulentas y caras cenas
en Marbella a la luz de las velas, supone asignaciones anuales del orden de
los cien mil euros, autos oficiales, escoltas y un largo etcétera de beneficios.
Más allá de la cuestión de si haber pagado gastos privados con dinero
público constituye delito o no, si finalmente el “Caso Dívar” logra sortear
los tribunales, la distancia que separa a la clase política española del resto
de la sociedad aumentará de manera considerable. En el ámbito jurídico, el
de preservación de los derechos, el símbolo de su trato excepcional no sólo
impactará al orden institucional, sino también a la ética pública y, por ello,
al estado de ánimo de una sociedad ya de por sí deprimida.
Está prevista una visita del jefe del Estado, el rey Juan Carlos, al Con-
sejo del Poder Judicial; si para entonces Carlos Dívar permanece en su
cargo y recibe al rey envuelto en su toga negra y en todos los privilegios que
le están permitiendo esquivar el trato de un ciudadano común, la imagen
que la élite política trasmitirá –y justo en un pico de tensión de la crisis
económica- será lamentable.
En momentos de crisis se ponen a prueba las instituciones y sus re-
presentantes. Si España muestra estas condiciones, que no sorprenda luego
que el riesgo país siga subiendo y que no alcance rescate europeo alguno
para devolver la confianza en el sistema. Como dice la copla, da pena.
Penita, pena.
(2012)
186
UN VIENTITO HELADO POR EL PARTENÓN
187
Democracia la que se aprovechó de Europa para abrir el impresionante
agujero en las cuentas públicas griegas, y el clientelismo bipartidista el que
vació la economía. Difícil que de ahí venga otra cosa que más obediencia a
la “troika” y al centro duro del poder europeo. Y ese neoliberalismo sí que
provoca escalofríos, hasta en plena primavera mediterránea.
(2012)
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¿POR QUÉ SE EMPECINA RAJOY?
189
nomía, que recortará 65.000 millones de euros de jubilaciones, hospitales,
escuelas y universidades.
Además de esa fotografía comparativa, una segunda instantánea
muestra el reverso de la moneda: un minero asturiano con la cara ensan-
grentada por los golpes de la represión policial. Los mineros partieron en
una larga “marcha negra”, desde el Principado de Asturias hacia Madrid,
y a su paso se le han ido uniendo grupos sociales disímiles, desde amas de
casa a los jóvenes “indignados” del 15-M, profesionales, jubilados, em-
pleados de comercio. Una movilización que inclusive ha encontrado con
la guardia baja a las centrales sindicales españolas –UGT y Comisiones
Obreras-, que recién en un segundo momento han salido a apoyar con
acciones propias a la gran marcha minera, con anuncios de paros para el
próximo 19 de julio.
La concentración masiva que ha despertado la “marcha negra” de los
asturianos constituye, claramente, la mayor evidencia del rechazo social
que generan las medidas que cada viernes se pergeñan en La Moncloa. Pero
no hay caso, Rajoy no cede. La perseverancia y el tesón, ya se sabe, pueden
ser cualidades remarcables en la gestión política; la obcecación, en cambio,
es siempre síntoma de pocas luces. Y de cobardía.
El “paquete” de los anuncios, que ha generado aquella avalancha de
titulares y de dirigentes sorprendidos, incluye nuevos recortes –de hasta
65.000 millones de euros en dos años-, el anuncio de que la recesión se
mantendrá al menos durante los próximos tres trimestres, hundiendo el
crecimiento también en el año 2013; y la perspectiva –desdibujada- de que
semejante sacrificio provoque una devaluación fiscal (por la combinación
entre la subida del IVA y las cotizaciones sociales) que debería llevar, a su
vez, a que la economía de la península gane competitividad. Esto es, con-
duciría a que bajen los costos del dinero, para que el país pueda volver a
endeudarse a precios más razonables –hoy la calificación de sus bonos de
deuda está en la categoría de “basura”-, y a que las exportaciones vuelvan
a superar a las importaciones. Esa sería la hipótesis de condiciones que
devolverían la posibilidad de crecimiento, y en la que Rajoy y su gobierno
han puesto todas las fichas.
Como si estuviera en el medio de una sangrienta batalla (como aque-
lla donde sir Winston Churchill, bajo las bombas nazis, sólo podía prome-
ter al pueblo británico “sangre, sudor y lágrimas”), Mariano Rajoy, con su
cara más seria dice “los españoles no podemos elegir si hacer o no sacrifi-
cios. No tenemos esa libertad”. Y después de advertir que no es libre (debe
entenderse: ni él ni su gobierno) política ni económicamente, porque las
riendas reales del Ejecutivo han pasado a ser manejadas por los funcio-
narios técnicos de la Unión Europea en los edificios de Bruselas, Rajoy
190
asumió esta semana el mayor paquete de recortes de la historia española
moderna. Los memoriosos tienen que remontarse al franquista Plan de
Estabilización, impuesto manu militari en 1959, para encontrar algo que
se parezca a este conjunto de rebajas de sueldos de empleados públicos;
reorganización estructural de la burocracia administrativa; reducción de la
prestación de desempleo; achicamiento de jubilaciones; supresión de ser-
vicios públicos en las ciudades; eliminación lisa y llana de municipalidades
“deficitarias”; y subida generalizada de impuestos (en especial el icónico
Impuesto al Valor Agregado, la bestia negra de los liberales que el Partido
Popular aseguró siempre que no tocaría).
El conjunto de medidas constituye, en realidad, las condiciones ela-
boradas por los técnicos del Banco Central Europeo; lo que implica, en
última instancia, las decisiones del equipo de liderazgo capitaneado por la
canciller Ángela Merkel (“líder de la desolidarización europea”, Habermas
dixit) y del Bundesbank, para girar los fondos que “rescatarán” a los ban-
cos españoles de la quiebra. Todo ello a pesar de que la debacle del sector
financiero y de las Cajas de Ahorro en las comunidades autónomas sea un
horizonte que permanece cercano y activo: los suplementos económicos de
la prensa madrileña aseguran que las planchas para imprimir pesetas están
listas en la imprenta de la casa de la moneda.
Por lo demás, los propios cálculos gubernamentales admiten que las
medidas restrictivas, con directo impacto en el consumo, agravarán más
todavía el proceso recesivo –la segunda ola de crecimiento negativo en los
últimos dos años-, con una caída de la actividad económica cercana al 2%.
El paquete es draconiano, y la hipótesis a la que el gobierno del Par-
tido Popular ha jugado todas las fichas es de alto riesgo. En primer lugar,
porque experiencias similares en otras latitudes no han funcionado. Se-
gundo, debe tenerse en cuenta la seria posibilidad de un agravamiento del
entorno económico europeos: de Portugal a Grecia, pero también en Gran
Bretaña y en Francia, hasta ahora la única excepción sigue siendo la segura
economía alemana. Y en tercer lugar, algo que los países “emergentes” vie-
nen repitiendo sin demasiado éxito en los foros multilaterales: los despidos
y las bajadas de sueldos reducirán aún más el consumo, y eso no solamente
es un costo social alto, sino también un condicionante para que la hipótesis
a la que se ha jugado el gobierno funcione.
A la pregunta sobre el empecinamiento de Rajoy, y a aquella de An-
tonio Caño sobre qué quedará de España la semana que viene, pareció
responder Rafael Poch en la catalana La Vanguardia: “Ya somos griegos”.
(2012)
191
ES EL APOCALIPSIS, ESTÚPIDO
192
inestabilidad de Wall Street. Para la BBC, como para todos los medios im-
portantes, “España se encamina hacia un rescate en general”. Y el germano
Der Speigel vuelve, después del breve paréntesis de las elecciones, a insistir
en que Grecia debe salir de la eurozona. El londinense The Guardian, por
su parte, calcula que a este ritmo en esa zona de moneda común aumentará
la desocupación en 4,5 millones de personas en 2016, hasta llegar a los 22
millones, si no hay inversiones en la economía real.
Todos a una: es el Apocalipsis, estúpido. Paul Krugman, en su blog
de ayer, hasta pone la apostilla: “Me resulta más difícil que nunca imaginar
que el euro sobreviva.” Pero qué hacer, si nadie escucha.
(2012)
193
SÍNTOMAS HOLANDESES, ENFERMEDAD EUROPEA
Los holandeses –uno de los seis países fundadores de la actual Unión Eu-
ropea- tendrán su cita con las urnas; pero estas elecciones, como ya co-
mienza a ser una constante en los países del viejo continente, traspasan
los límites estatales y se meten de lleno en la cuestión regional. Los votos
holandeses tienden a dirimir la principal puja que hoy tironea a Europa,
entre los partidarios de salir del atolladero de la crisis por la vía del ahorro,
el ajuste y la austeridad (el “discurso único” que ha conseguido imponer la
canciller alemana Ángela Merkel entre sus pares conservadores), y aquellos
que sostienen que la crisis obliga a recuperar las fórmulas keynesianas de
expansión del gasto público como aliciente del consumo y, por ello, de la
recuperación productiva.
Esa tensión continental trasladada al plano interno de los Estados
miembros de la Unión Europea ha comenzado a expresarse de una manera
extrema: los grandes perdedores de las elecciones comienzan a ser los par-
tidos moderados tradicionales, tanto los de centroderecha como los social-
demócratas, mientras que las opciones de los extremos del arco político –a
un costado como al otro- no dejan de crecer de manera sostenida.
Algo de esto ya había podido avizorarse en Grecia, con el repentino
salto de la izquierda y la inusitada buena recaudación de votos de la dere-
cha fascista (que inclusive consiguió representación parlamentaria); pero las
elecciones holandesas de la semana que viene fijarán más fuertemente esa
pauta: mientras la vieja socialdemocracia del Partido Laborista holandés ve
adelgazarse su padrón de adherentes, que le critican una posición demasia-
do tibia respecto de las imposiciones liberales de las instituciones europeas
de Bruselas, crecen las adhesiones al Partido Socialista, que propone quitar-
se de encima la presión de los mercados y las imposiciones de austeridad y
de reducción del déficit fiscal del Banco Central Europeo.
Desde la otra esquina del espectro, los conservadores holandeses se ven
desplazados por el crecimiento del euroxenófobo Partido de la Libertad, de
Geert Wilders, el rubio dirigente filofascista que, junto a sus proclamas an-
ti-inmigración, anti-árabes, anti-islámicas y otras muchas antinomias más,
incluye el abandono pleno del proceso de integración. Abandonar el barco
de la Unión Europea –y “las cadenas” de la moneda común- ha sido el
discurso que ha impulsado a Wilders y a los suyos desde los márgenes del
194
sistema político a los primeros lugares en las preferencias de un electorado
culto, pacífico y tradicionalmente moderado. Pero hay que tener cuidado
al evaluar estos nuevos rumbos de los electorados nacionales, porque Ho-
landa hoy, como Grecia ayer, son sólo síntomas: la verdadera enfermedad
está en Europa.
Holanda fue responsable de algunos de los impulsos más importantes
del proceso de integración europeo, en los originales pasos, tras la posgue-
rra. Formó, con sus vecinos comerciales del Benelux (Bélgica y Luxembur-
go), la alianza junto a los dos grandes antagonistas del espacio continental,
Francia y Alemania, la primitiva CECA (Comunidad Europa del Carbón
y del Acero) apenas terminada la segunda Guerra Mundial. Y en los pri-
meros años cincuenta, después de las terribles experiencias atómicas de
Hiroshima y Nagasaki y los desarrollos pacíficos posteriores orientados a
la generación energética, de la Euratom. Esas dos asociaciones estratégicas
impulsaron la Comunidad Económica Europa, que sería el germen de la
actual asociación continental que ya suma veintisiete Estados miembros,
con nueve más en las gateras esperando que le habiliten la entrada.
En todo ese proceso, los gobiernos holandeses fueron de los más
proactivos en el apoyo al crecimiento y desarrollo de la integración. Un
apoyo que mantuvieron inclusive cuando las mayorías electorales optaron
por ponerle un freno a la profundización política e institucional, como fue
la propuesta de un Tratado por el que se establecía una Constitución para
Europa, que fue rechazada en 2005 por los holandeses en consulta plebis-
citaria vinculante, donde participó el 63 por ciento del padrón electoral.
Esa actitud de solidaridad y de apuesta fuerte por la cooperación
como vía para el mantenimiento de la paz a nivel continental –que durante
medio siglo han compartido los socialdemócratas con los democristianos;
los liberales con los calvinistas moderados- comenzó a fracturarse con la
llegada de la crisis económica, y no sólo por la incidencia creciente de la
derecha nacionalista, sino también por el trasvase de votos desde la social-
democracia hacia una izquierda más radicalizada. Los nuevos socialistas
sostienes que aquella apuesta europea primigenia, que alentó el desarro-
llo del Estado de bienestar tras los desastres criminales de las dos guerras
mundiales de la primera mitad del siglo XX, ha terminado cooptada por
los sectores neoliberales y por los banqueros.
Al nuevo socialismo en Holanda lo encarna Emile Roemer. Con an-
tecedentes de simpatías y militancias en el leninismo y el maoísmo, Roe-
mer dirige hoy el Partido Socialista, una agrupación joven y dinámica, que
crece en la misma medida en que la crisis se profundiza (en una economía
históricamente estable, se espera un déficit del 4,6 por ciento para 2013).
En 2004, antes del plebiscito por la Constitución –donde empujaron para
195
que sea rechazado- llegó a tener 25 escaños en el Parlamento nederlan-
dés, de 150 sillas. Y las encuestas para las elecciones del 12 de septiembre
anticipan que podría alcanzar unos 40 escaños, con los cuales el Partido
Socialista se convertiría en la primera fuerza de Holanda y, posiblemente,
Emile Roemer en el primer ministro euroescéptico del país fundador de la
Unión Europea.
Dada la estructura parlamentaria holandesa, la constitución de un
nuevo gobierno necesariamente deberá implicar la formación de una coali-
ción (ya que se requiere un piso de 76 escaños para que la reina Beatriz de
los Países Bajos convoque a un grupo a formar Ejecutivo). Pero, puestos a
oponerse a Europa, los socialistas de Roemer hasta pueden contar con el
apoyo de la derecha de Geert Wilders.
Wilders no afloja con su frontal discurso antieuropeo, y hasta ha des-
plazado los ataques a los inmigrantes y a los musulmanes, que lo han hecho
conocido a nivel internacional por su beligerancia fascista, para centrarse
ahora en la economía. Su grupo ultranacionalista propugna la retirada de
la contribución de Holanda al Fondo Monetario Internacional y al Banco
Mundial; muy activo también en el apoyo al NO a la Constitución en
2005, ahora sostiene que las elecciones del 12 de septiembre serán un re-
feréndum sobre Europa y sobre el euro. Geert Wilders propone salir de la
eurozona y crear una nueva moneda, a la que denomina “Neuro” (antepo-
niendo la N de Nederland a la que hoy es la moneda común).
Y si los filofascistas del Partido de la Libertad son un sapo demasiado
intragable, Roemer también podría contar con los Liberales de Derecha, a
quienes las encuestas otorgan el segundo lugar en las elecciones. En cual-
quier caso, todos son igualmente euroescépticos.
(2012)
196
¡VISCA CATALUNYA I SANT JORDI!
197
independiente, es quimérica. España, ciertamente, se empobrecería con la
salida catalana, pero Cataluña también.
Y las mentes más lúcidas –tanto de Madrid como de Barcelona- lo
saben. Por eso la convocatoria al plebiscito secesionista de Artur Mas no
deja de ser un recurso populista para hacerse con algunos euros adicionales,
al grito de guerra de “¡Viva Cataluña y San Jorge!”, como en el medioevo,
y en catalán.
(2012)
198
LAS DOS ESQUINAS DE ESPAÑA
Dos de las regiones “históricas” de España fueron a las urnas rodeadas por
el clima general de desasosiego que genera la crisis continental y los duros
ajustes del gobierno de Mariano Rajoy, que no consigue que sus correli-
gionarios europeos se decidan a auxiliar a la tambaleante economía de la
península. Y los resultados han confirmado –aumentándolas- las tendencias
que delineaban las encuestas previas: el gobernante Partido Popular (PP) ha
aumentado su margen en Galicia, alcanzando la mayoría absoluta en la Cá-
mara autonómica; y los independentistas de la izquierda “abertzale” vasca
de EH-Bildu, históricamente vinculada a ETA, ha hecho la mejor elección
de su historia, logrando el segundo lugar y obligando al mayoritario Partido
Nacionalista Vasco (PNV) a pactar con ella el futuro gobierno regional.
O sea, “erre que erre”, como dirían en Madrid: los tradicionalistas,
rurales y semifeudales gallegos profundizan su apego a la derecha, mientras
los industriosos y ricos vascos aumentan la brecha del independentismo
separatista.
Los grandes perdedores, en las dos esquinas de España, vuelven a ser
los socialistas. Si alguien creía que con la debacle de las últimas elecciones
generales el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había tocado su
piso, se equivocó: aún se puede ir más abajo. Patxi López, el “lehendakari”
socialista vasco quedó desplazado a un humillante tercer lugar (16 escaños,
contra los 27 del PNV y los sorprendentes 21 de Bildu). Entre ambos
nacionalismos –de centro y de izquierda- sumarán 48 bancas; y aún más
honda es la derrota de los socialistas gallegos de Pachi Vázquez, enterrado
por los votos del PP de Alberto Núñez Feijóo.
En conclusión: los gallegos le han regalado una bocanada de oxígeno
a Mariano Rajoy, en un momento en que la necesita desesperadamente;
el socialismo agudiza una crisis terminal: Alfredo Pérez Rubalcaba debe-
rá decidir entre renunciar o refundar el partido desde los cimientos. Y el
porcentaje de españoles que no encuentran representación alguna sigue
creciendo: tanto en el País Vasco como en Galicia concurrió a votar poco
más del 40 por ciento del padrón, y eso es aún un 10 por ciento menos que
la abstención registrada en las últimas elecciones de 2009.
Los indignados siguen creciendo, y los socialdemócratas necesitan de
un partido político en España.
(2012)
199
CATALUÑA EN LA ESCALERA MECÁNICA
200
ciativa per Catalunya-Verds (de 10 a 13), y hasta entraron al Parlament
3 diputados de Unitat Popular. Con ellos, los legisladores autonómicos
que apoyarían una secesión suman 87. Por su parte, los “españolistas” de
izquierda (PSC-PSOE), de centro (Ciutadans), y de derecha (Partido Po-
pular), suman 48. En medio de la escalera, pero me parece que subiendo.
(2012)
201
UN MANOTAZO DURO UN GOLPE HELADO
202
aglutinados en la Asociación para la Recuperación de la Memoria Históri-
ca denunciaron al Reino de España ante la Unión Europea por el “desam-
paro jurídico” que sufren fronteras adentro, y exigieron una comisión que
se encargue de buscar los 113.000 desaparecidos de la Dictadura.
Cuerpos que permanecen olvidados en las cunetas después que
–como lo cantó, desgarrado, Miguel Hernández- un manotazo duro, un
golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal los
hubiera derribado.
(2012)
203
URKULLU, LA VUELTA DEL NACIONALISMO VASCO
204
den peligrosas humillaciones en el camino, después de tan largas décadas
de una vida institucional que sobrevivía a la sombra de las armas terroristas.
Urkullu, el quinto “lehendakari”, vuelve, en todo caso, a poner las
cosas en su sitio: el PNV ha sido históricamente el representante de las
mayorías en Euskadi, aunque las divisiones en el seno de la familia nacio-
nalista –entre la derecha, los que opinan que hay que permanecer dentro
de España, y la izquierda que reclama la separación completa de Madrid
“y de la opresión borbónica”- hayan ido paulatinamente socavado el apoyo
hegemónico que el PNV lograba recoger, tanto en las cuatro décadas de la
tiranía del Caudillo como en la transición constitucional hacia la monar-
quía parlamentaria.
Esa representación “natural” del principal partido nacionalista tuvo
un paréntesis de tres años, el de la legislatura presidida por el socialista
Patxi López, que acaba de terminar.
A mediados de 2009, cuando un socialista, que además portaba un
apellido tan poco identificado con la ortografía de los nombres vasconga-
dos como López, se convirtió en el cuarto “lehendakari”, los analistas de
la cuestión vasca, siempre tan compleja, anunciaron la emergencia de una
nueva época: por primera vez en la historia democrática un candidato no
nacionalista llegaba al palacio de Ajuria Enea, mediante la alquimia parla-
mentaria de sumar los 25 votos de los diputados del Partido Socialista de
Euskadi (PSE) a los 13 votos del conservador Partido Popular (PP) –que
por entonces era la oposición al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero
en Madrid-, y un voto del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia
(UPyD), de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la ma-
yoría para desplazar, por primera vez, al hegemónico PNV.
Esa alianza de gentes e ideas tan disímiles terminó haciendo agua a
poco de arrancar. La gobernabilidad y la paz, que habían sido las princi-
pales promesas de Patxi López en el discurso de investidura, fueron ítems
de negociación permanente sin que se arribara nunca a un acuerdo perma-
nente. Y la paz política terminó llegando más por una decisión de ETA de
colgar las armas, que por las gestiones en ese sentido desde Ajuria Enea.
Lo novedoso de la experiencia de Patxi López, para estos analistas, radi-
caba en la separación entre tradición y política. El nacionalismo vasco es
profundamente identitario, conservador, muy cercano a la iglesia católica
(y, más específicamente, al discurso de los obispos vascos, que respaldan
y retroalimentan al propio nacionalismo), y a la historia mítica de la “di-
ferenciación” de Euskadi (trasciende el folklore la insistencia en marcar
que han sido uno de los pocos pueblos europeos no romanizados: ¡ni los
centuriones romanos lograron traspasar las montañas vascongadas!) López,
en cambio, tomó posesión como un presidente laico y moderno, no juró
205
sobre la Biblia ni hubo en el acto ningún crucifijo sobre la mesa, sino que
prometió el cargo sobre un ejemplar del Estatuto de Gernika, el histórico
documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, donde se re-
afirma la unidad de todos los vascos tras una concepción representativa y
plural como forma de gobierno.
Las expectativas generadas por la asunción simbólica de la moderni-
dad en Euskadi de la mano de la alianza de partidos no nacionalistas, sin
embargo, ha terminado en aguas de borrajas. Los objetivos ideológicos del
imaginario de un País Vasco asociado al Estado español no han calado, y
los hechos concretos del mejoramiento de la vida cotidiana de los vascos
–en especial una reformulación de los presupuestos y en la distribución de
los impuestos con Madrid- tampoco. Patxi López se ha visto en la encru-
cijada de tener que convocar a elecciones anticipadas sin agotar los cuatro
años de su legislatura, y como resultado de ellas, volver a entregar el palacio
de Ajuria Enea a sus ocupantes habituales: el Partido Nacionalista Vasco,
encabezado en estos tiempos por el joven Íñigo Urkullu.
El nuevo lehendakari, en el breve discurso de investidura de ayer en la
cámara autonómica, ha asegurado que se esforzará en conseguir “la paz y
el autogobierno”, casi las mismas palabras que Patxi López hace tres años.
Y se notaba, en esas palabras, que empezar una acción de gobierno con
el menor apoyo parlamentario jamás conocido (sólo lo votaron los dipu-
tados del PNV) y con el marco de la crisis económica regional y europea
anotada al comienzo no era precisamente su escenario esperado. Por ello,
Urkullu ha dibujado su futura administración a través de la renovación de
tres “pactos de Estado”: salir juntos de la crisis; consolidar juntos el fin de
ETA; y encarar juntos la reforma del Estatuto Autonómico de 1979 para
ganar espacios (sin llegar al planteo de nuevas quimeras independentistas,
que ya hundieron en su momento al gobierno de Juan José Ibarretxe) ante
el gobierno central de Madrid.
En frente, en todo caso, no tendrá que lidiar tanto con la bancada
socialista, que sale muy debilitada tras la debacle de la presidencia de Patxi
López, pero sí con la fortalecida representación de EH-Bildu, el brazo ins-
titucionalizado de la ETA desarmada.
Laura Mintegi, la líder de la izquierda abertzale pro-etarra, rayó la
cancha en la misma sesión de investidura en que anunció que no votarían
por Urkullu sino por ella misma: el discurso independentista y el modelo
soberanista, dijo, están en condiciones de aportar soluciones válidas a la
crisis y armar un nuevo escenario político, social y económico que rompa
con la “dependencia” y la “opresión” del Estado español. Un guión que
sigue al detalle las palabras que ETA viene repitiendo desde hace cuarenta
años. Los vascos, dicen Mintegi y los abertzales, son efectivamente distin-
206
tos. Tan distintos que hasta tienen un hueso más que el resto de los mor-
tales, un huesito que sobresale en la nuca. Y esa diferenciación tiene que
tener un correlato político, en la forma de un Estado propio: una “Euskal
Herria independiente y socialista”.
Íñigo Urkullu recupera el gobierno vasco para el PNV, pero la
legislatura que le espera será más difícil que ninguna de las precedentes. La
paz vasca sigue siendo una obra en construcción.
(2012)
207
LOS SOCIALISTAS SE DESPEREZAN
Fue tan grande la última paliza electoral que recibió el Partido Socialista
Obrero Español (PSOE) que entró en una campana de silencio, como
aquella del Superagente 86, durante un año entero. José Luis Rodríguez
Zapatero viró, con la crisis, hacia un neoliberalismo que confundió a pro-
pios y extraños. Y los votantes españoles prefirieron el original a la copia: si
había que aplicar recetas liberales, entonces mejor el Partido Popular (PP)
que los fallidos ensayos del PSOE.
Mariano Rajoy cambió el color del mapa político de la península
hacia el azul de los Populares, con una sola excepción de importancia:
Andalucía. La más extensa y más populosa (y una de las más pobres) de las
comunidades autónomas siguió, a pesar de todo, fiel al socialismo. Por eso
también el jefe de los socialistas andaluces, José Antonio Griñán, se hizo
con la presidencia del PSOE.
Sin embargo, el derrotado candidato Alfredo Pérez Rubalcaba hizo
fintas de cintura y logró quedarse en la primera línea a pesar de la humi-
llante derrota propinada por Rajoy y los suyos. Rubalcaba se metió en la
campana de silencio y ahí se quedó, quietito. Parecía que el sueño socialista
se alargaría sine die, pero han despertado en las últimas horas de 2012.
Tres elementos están en esta sacudida de la modorra: Rajoy terminó su
primer año de gobierno, quizá el más chato de las últimas décadas. No se le
mueve un pelo de la barba, mientras a su alrededor los españoles se suicidan
cuando los van a desalojar; emigran en masa hacia otros países de Europa
y, nuevamente, hacia América; los científicos y los gestores culturales ven
cómo se desmantela el trabajo de cuarenta años; la salud se privatiza y las es-
cuelas no tienen ni calefacción ni luz (la iglesia, eso sí, mantiene su millona-
rio subsidio, confirmado, por cierto, por el diletante Rodríguez Zapatero).
Rajoy recibió el 2013 afirmando que este año será aún más duro,
y –siempre el semblante inalterable- con más aumentos en la luz, los telé-
fonos y el transporte. Y los socialistas han decidido despertarse. Pero tam-
bién hay otros dos motivos: quedarse dentro de la campana del silencio
hace que se desbande la tropa.
Los socialistas catalanes no se han opuesto frontalmente al proyecto
secesionista del presidente de la Generalitat, Artur Mas, y de sus nuevos
208
socios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), a pesar que desde la
directiva del PSOE se lo exigían.
Y el tercer elemento que ha hecho sonar los relojes despertadores ha
sido la reunión de líderes progresistas del Partido Socialista Europeo con-
vocada para este mes. Si de esa cumbre no salen ideas nuevas que se erijan
como una alternativa al conservadurismo inmovilista del gobierno de Ra-
joy, la misma existencia de la socialdemocracia española penderá de un hilo.
(2013)
209
BRILLANTES REALES (NO TAN BRILLANTES)
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zo” del 23 de febrero de 1981 intentó volver atrás la historia con un golpe
de Estado.
Todo eso ya es historia. Hoy son otras generaciones las que miran
hacia La Zarzuela y ven a una institución desfasada con los tiempos polí-
ticos contemporáneos. El príncipe Felipe de Borbón y Grecia, a punto de
cumplir los 45, deberá remar para mantener a flote el bote monárquico en
la próxima sucesión. Y para eso no falta mucho.
(2013)
211
DOMINIQUE, EL SÁTIRO O EL PROXENETA
212
como proxeneta, por haber participado de una banda que organizó, duran-
te años, servicios sexuales de prostitutas y orgías a 10.000 euros por cabeza
la noche (cabezas blancas, importantes, masonas y políticas). Muchos se
preguntan además si debería soslayarse la responsabilidad del presidente
François Hollande: no puede, advierten los críticos, no haber estado al
tanto de las conductas impropias de su sátiro compañero de partido.
En todo caso, si el Tribunal Supremo habilita el juicio por proxeneta,
esta vez DSK no logrará zafar con algunos millones de euros. Esta vez pue-
den caerle hasta siete años de cárcel.
(2013)
213
SILVIO BERLUSCONI: LOS EXCREMENTOS DEL AVE
FÉNIX
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sión populista, alimentada de racismo y de clericalismo, contra la consti-
tución republicana.
Ahora, cuando Berlusconi elige para abonar el camino de su vuelta
al centro del escenario un nuevo enemigo (las instituciones de la Unión
Europea, el euro y los bancos alemanes), el Partido Popular Europeo se
plantea quitarle su histórico apoyo a Il Cavaliere.
Es que la derecha europea ha encontrado un nuevo héroe para la pe-
nínsula: el profesor Mario Monti y su alianza “centrista”.
Queda saber si Berlusconi lo permitirá, o si esa creciente espiral de
adjetivos cada vez más insultantes contra Monti no es un nuevo show, sino
que expresa la verdadera lucha por el futuro del poder en Italia.
(2013)
215
DE PRINCESA A CENICIENTA
216
pos de vacas gordas, pero que en estas horas de ajustes, achiques, ahorros
forzosos, desempleo record y hasta olas de suicidios por desalojos inmo-
biliarios, no sólo son indisimulables sino que adquieren la dimensión de
insulto. Estos traspiés del monarca han echado por tierra sus años de cons-
trucción mediática elaborada buscando el bajo perfil: una campechanía
que lo acercó a las masas populares y un intento de “normalidad” familiar.
Esa imagen separaba efectivamente a la Casa Real española de las otras
monarquías constitucionales europeas, siempre presentes en las revistas del
corazón y en las páginas sociales.
Pero aquella es ya una imagen del pasado y la imputación de la in-
fanta Cristina, en el juicio por corrupción y por tráfico de influencias de
su marido, Iñaki Urdangarin, es la losa que entierra aquella paciente cons-
trucción del rey.
Cristina e Iñaki encajaban perfectamente en esa imagen un tanto idí-
lica que armaban los publicistas de la Casa Real. Ella siempre tuvo un perfil
bajo, como su padre, estudió y trabajaba como cualquier hijo de vecino en
las oficinas de “la Caixa”, la caja de ahorros de Barcelona. Se casó, además,
con un apuesto plebeyo, que había sobresalido por sus dotes deportivas y
que provenía de una comunidad autonómica a la que siempre el Estado
español tiene que tratar con suma delicadeza: el País Vasco.
El “beyo plebello” (Les Luthiers dixit) era, además, ambicioso. No le
alcanzaban las partidas presupuestarias asignadas por el Estado para que
ejerciera sus funciones de representación como duque consorte de la infan-
ta, los palacios de invierno y los de la costa, los aviones y los autos. Quería
más. Y armó una aparentemente inocua fundación para organizar eventos
deportivos, “Nóos” que –oh casualidad- fue ganando contrato tras con-
trato, suculentos todos, en las comunidades autónomas gobernadas por el
Partido Popular.
Todo el “caso Nóos” del ex deportista devenido en duque de Palma
revela un entramado de tráfico de influencias y cobro de honorarios y co-
misiones millonarias, que no puede haber sido desconocido por la Casa
Real. En definitiva, era el nombre de su suegro, el monarca, el que se utili-
zaba para abrir las puertas y conseguir los favores.
La causa que instruye el juez José Castro ha incorporado a la investi-
gación correos electrónicos del duque de Palma, que se refieren a mediacio-
nes del rey ante empresarios y políticos: “SM (Su Majestad) me comenta
que un amigo suyo ha hecho la gestión que pedimos”, escribe su yerno,
muy suelto de cuerpo.
Cuando comenzaron a hacerse públicos estos documentos y se intu-
yeron los alcances de la estafa, la Casa Real intentó un control de daños y
separó a las infantas de las presentaciones institucionales de la familia real.
217
El 12 de octubre de 2012, día de la Fiesta Nacional española, los duques
de Palma desaparecieron del palco, así como la infanta Elena, la hija mayor
de los reyes. A los efectos protocolares, la familia real quedó limitada a Juan
Carlos y Sofía y sus herederos: Felipe, príncipe de Asturias, y su esposa
Letizia. Pero ya era un poco tarde para este tipo de arreglos, y la caída de
popularidad de la monarquía no se detuvo: el último discurso de navidad,
ocasión en que el rey emite su mensaje anual a los españoles, tuvo la menor
audiencia en quince años.
Y 2013 no comenzaría mejor: la princesa Corinna zu Sayn-Wittgens-
tein, formalmente presentada como “amiga” del rey (pero ya nadie toma de-
masiadas precauciones en admitir una larga relación amorosa entre ambos)
dijo en febrero que había realizado trabajos “delicados y confidenciales”
para el gobierno. También hizo gestiones para que el yerno de su “amigo”
lograra más contratos. El jefe de los espías españoles, general Félix Roldán,
tuvo que ir a dar explicaciones al Congreso –a puertas cerradas- sobre los
“trabajos confidenciales” de la bella princesa alemana, la amante real.
Demasiadas princesas. Quizá las expectativas refundacionales sean
exageradas, pero mi colega termina su apesadumbrada carta contándome
que en la última movilización de desocupados, por las calles de Barcelona,
se volvieron a escuchar unas frases que parecían llegar desde otro tiempo,
desde las amarillas páginas de la historia: “Ni en dioses, reyes ni tribunos
/ está la salvación. / Nosotros mismos realicemos / el esfuerzo redentor... /
El género humano / es La Internacional.” Exagerado o no, no habría que
despreciar tan ligeramente el malhumor social.
(2013)
218
BELCEBÚ EN EL CIELO O EL INFIERNO
219
criticaba a Belcebú “su falta de bondad, de sabiduría, de flexibilidad, de
limpieza”.
Respecto de la Cosa Nostra, el máximo tribunal de justicia italiano
dio por probado sus lazos y su relación “auténtica, estable y amigable”.
Llegó a condenarlo a 24 años de prisión por esos vínculos, pero las amis-
tades poderosas amasadas durante una vida tan larga pudieron más, y fue
finalmente sobreseído.
Los demócratas cristianos italianos, aunque ya no gocen de la he-
gemonía del poder que tuvieron durante la segunda mitad del siglo XX,
prefieren recordarlo con otro mote: El Divo. “Los secretos de Estado me
los llevaré al paraíso”, dijo El Divo Andreotti en una de sus últimas entre-
vistas. O al infierno, dirían sus enemigos, que –como Belcebú- son legión.
(2013)
220
CROACIA EUROPEA
221
entre los jóvenes); está entre los países más corruptos del continente y su
moneda –la kuna- entre las más depreciadas.
No entran aún al euro ni al espacio Schengen (de movilidad sin fron-
teras), pero si todo sale bien, lo harán en los próximos meses. Croacia,
finalmente, consolida su destino europeo.
(2013)
222
UN CABALLO ENTRE REJAS
223
estratégico del partido-empresa de Berlusconi. Entonces el Tribunal Supre-
mo encontró esa original vía alternativa, de remitir nuevamente el caso a la
Corte de Apelación de Milán para que recalcule la pena de cinco años de
inhabilitación para cargo público.
Mientras los jueces milaneses deliberen, Silvio Berlusconi seguirá en
libertad, y luego, su papel como apoyo indispensable para la gobernabi-
lidad de Italia le permitirá seguir disponiendo de un salvoconducto para
birlar a la Justicia. Berlusconi, en este esquema, sigue siendo indispensa-
ble para la gobernabilidad, y por lo tanto intocable. Y aquí está, creo, la
cuestión central: la socialdemocracia del Partido Democrático y el gobier-
no de Enrico Letta deberían abandonar la extorsión histórica que supone
seguir dependiendo de Berlusconi y llamar a nuevos comicios. Si vencen,
aquel que se hacía llamar por el título de “Cavaliere” (y que perderá al
confirmarse la condena) deberá, finalmente, ingresar a la cárcel, como un
ciudadano más.
(2013)
224
LA ALEMANA
225
limita y torpedea las decisiones de la Comisión Europea de Bruselas que
irritan a los sectores nacionalistas internos-; y a veces (muchas) hacia el
liberalismo económico, especialmente en la defensa del sector bancario y
financiero alemán en su relación con los demás socios europeos.
De esta manera, la oposición tradicional del SPD y del FDP sólo
ha podido contar con sus militancias más adeptas y leales, porque los co-
lectivos de electores que circunstancialmente los votaban, se corren hacia
el apoyo a la “mamushka” Merkel, que hace un poco de todo y a todos
contiene. Como resultado, los socialdemócratas del SPD profundizan su
hundimiento en la crisis de identidad partidaria que comenzaron cuando
Merkel ganó su primera elección en 2005 (entonces por una escueta dife-
rencia de cuatro escaños en el Bundestag), desplazando de la Cancillería
a Gerhard Schroder (y, con él, a su carismático vicecanciller, el “Verde”
Joschka Fischer).
En cuanto a los liberales del FDP, estas elecciones han supuesto su
mayor crisis y la mayor derrota en 40 años, y habrá que ver aún si podrán
remontar la cuesta para seguir existiendo como alternativa dentro del sis-
tema. Las opciones menores (Los Verdes, La Izquierda, el Partido Pirata,
los neo-nacionalistas de Alternativa por Alemania, y las agrupaciones fe-
deradas) no son, de momento, un peligro para la mayoría hegemónica que
aglutina Merkel, por encima del 40 por ciento del padrón total de votantes.
Más allá de las implicancias internas de la rotunda victoria de Ángela
Merkel para el sistema de partidos y de la novedad de tres períodos conse-
cutivos al frente de la Cancillería, las elecciones de esta semana suponen,
también, una advertencia sobre el futuro inmediato de la Unión Europea,
sumida en una crisis sin antecedentes.
Respecto de Europa, Merkel ha tenido durante sus dos mandatos una
actitud dual: discursivamente nadie podría dudar de su “europeísmo”, no
ha dejado de ventilarlo en cada oportunidad que tuvo un micrófono de-
lante, desde la mención de que el canciller Konrad Adenauer y el partido
CDU estuvieron en los basamentos fundacionales de la organización de
integración continental, hasta la tesitura de que a esta crisis se la logrará
superar con más Europa, no con menos.
Eso, en los discursos. La otra cara de esa moneda dual ha sido menos
retórica: Merkel ha encaminado cada una de sus posturas ante la Unión
Europea de forma tal de que los bancos alemanes consigan cobrar todos y
cada uno de los euros prestados a los países del Sur del continente, precisa-
mente los que ahora se hunden en el barro pútrido de la crisis económica
que se ha llevado consigo el Estado de Bienestar.
Mientras Grecia, España y Portugal –en el tope de la lista- ajustan sus
presupuestos con medidas draconianas, expulsando empleados públicos,
226
reduciendo jubilaciones y pensiones, alargando las edades de retiro, supri-
miendo subsidios y becas (y hasta cerrando universidades, como las griegas
esta semana), Merkel ha logrado que Alemania reduzca su déficit en el año
en curso y tenga las cuentas equilibradas en el presupuesto previsto para
2015. Y eso, precisamente, por la decisión de la canciller de no perdonar
un sólo euro de las deudas de las economías de los países mediterráneos,
principales destinos de los créditos financieros del sistema bancario alemán.
Ángela Merkel no se ruboriza por ello, y sostiene que Alemania
está sorteando la crisis porque los ajustes que ella le exige a sus socios
del Sur ya se hicieron antes al interior de la República Federal. No es un
argumento del todo falaz, porque es objetivamente cierto que durante la
última administración socialdemócrata de Gerhard Schroder se tomaron
medidas de ajuste y reducción del gasto público, pero sólo es una verdad
a medias –o una mentira a medias- si no se hace la salvedad que aquellos
planes de racionalización económica se implementaron antes de que esta-
llara la crisis.
Hoy, en cambio, todas las economías europeas se contraen peligro-
samente: la semana pasada, hasta el rey Guillermo de Holanda declaró
inviable la continuidad del Estado de Bienestar en el país nórdico, uno
de los más estables y avanzados de todo el continente. La desocupación
estructural se acerca a los 30 millones de europeos, pero Ángela Dorotea
Merkel (“Angie”, para sus fervorosos partidarios) frunce el seño y repite
que “no hay alternativas a la política de austeridad y reformas estructurales,
por muy dolorosas que sean”.
Pues, no hay tu tía. Ya queda dicho y el proceso continental puede ir
sacando las cuentas de cómo vendrá el futuro bajo el timón de La Alemana:
mientras equilibra los presupuestos y mantiene bajos los costos internos de
salarios y de financiación, la República Federal seguirá atrayendo capitales
de los demás socios europeos, que abandonarán Atenas, Lisboa o Barce-
lona para instalarse en Frankfurt o Bonn. Estos capitales, relocalizados y
protegidos desde Berlín, pueden a su vez adquirir –y a precios de oferta y
liquidación- las empresas en riesgo en las economías más comprometidas.
A mediano plazo, esta tendencia agravará la brecha entre la Europa central,
equilibrada e industrial, y la Europa mediterránea, pobre y quebrada.
(2013)
227
DESPUÉS DE LAMPEDUSA
Nunca está de más volver a recordar aquel dictum del filósofo alemán
Theodor Adorno tras la segunda Guerra y la difusión de los niveles abe-
rrantes de la catástrofe humanitaria: “no se podrá escribir poesía después de
Auschwitz”, dijo. La belleza, la estética toda era una vergüenza frente a la
barbarie de los hornos de cremación de los campos nazis. Se me dirá que la
comparación del genocidio judío, una decisión deliberada y una estrategia
de política pública ejecutada puntillosamente, con la desidia que muestra
Europa hacia los contingentes de inmigrantes que pujan con su vida por
alcanzar las costas, es una exageración imprudente. Quizás lo sea en cuanto
al número de víctimas involucradas, pero no creo estar demasiado lejano
en las implicancias morales que hay en ambas experiencias.
Europa no encuentra una manera de manejar racionalmente el fenó-
meno de la inmigración procedente de las regiones menos desarrolladas de
su órbita geográfica, y frente a ese desacuerdo –o falta de valentía- en la
decisión, adopta como política pública la pasividad del hecho consumado,
siendo consciente de que esa aceptación equivale a la muerte de docenas,
de centenas, quizás de miles de personas.
Un número indeterminado, pero escalofriante, porque tenemos re-
gistro de las tragedias que suceden cerca de las costas –como la sucesión de
naufragios en las inmediaciones de la isla italiana de Lampedusa durante el
mes de octubre de 2013- pero nada sabemos de los muchos que ocurrirán
en el trayecto. En todo caso, haciendo una proyección desde los conocidos,
el número de víctimas es apabullante.
Naciones Unidas lleva un registro de 1.500 muertes (promedio anual)
de inmigrantes ilegales en las inmediaciones de las costas europeas, ya en
el tramo final del largo y kafkiano viaje que emprenden desde la ribera
africana del Mediterráneo. La Unión Europea (UE), tan eficiente en las
estadísticas, cifra en 72.437 las personas detectadas en las fronteras comu-
nitarias en 2012, pero ni siquiera se ha tomado la molestia de contar los
cadáveres. El cementerio de Lampedusa está abarrotado y, según la prensa,
las tragedias han sacudido la conciencia europea.
Sin embargo, el liderazgo político no logra un enfoque común y pos-
terga una decisión sobre el fenómeno de la inmigración, como ha hecho la
228
última Cumbre de los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea.
Una actitud, además de vergonzante y cobarde, que no hace sino aumentar
la percepción de los inmigrantes como una amenaza y el consecuente creci-
miento de los partidos xenófobos, populistas e intolerantes.
(2013)
229
EL FRANQUISMO Y LA JUEZA
230
ñoles a la Argentina, y, segunda sorpresa, la semana pasada el gobierno de-
rechista de Rajoy le ha dado luz verde al trámite. Se abre, inesperadamente,
un nuevo capítulo en la justicia universal.
(2013)
231
¿QUIÉN LE TEME AL OSO RUSO?
De una manera que hubiera sido muy difícil de prever hasta para los ana-
listas más avezados, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha conseguido
ubicarse nuevamente en el centro de la escena internacional, desplazando
hacia los bordes de la Madre Rusia la atención mundial y convirtiéndose
en el gran mediador y decisor estratégico.
En una lista apenas sumaria, esta rentrée putinesca ha alterado la agen-
da en algunos flancos. En primer lugar, ha supuesto el movimiento de
las tres piezas de alta diplomacia con las que Barack Obama programaba
terminar su segundo mandato presidencial: Irán, Siria y China. La Casa
Blanca y el Departamento de Estado estaban ultimando ya los detalles fi-
nales del “trípode” encargado por el líder demócrata, cuando la chispa que
prendió en Crimea tras la destitución del presidente Vícktor Yanúkovich
incendió los pajonales de las diferencias étnico – lingüístico – religiosas
entre las dos principales comunidades ucranianas, y ese incendio obligó a
replantearlo todo en Washington, y a marchas forzadas. La idea era presen-
tar la nueva relación con Irán, tras las elecciones que perdió el irreductible
Mahmmoud Ahmadinejad e instalaron en el poder al moderado Hasan
Rohani, como una victoria de la presión norteamericana y de la política de
sanciones económicas.
La vuelta de los persas a la mesa de negociaciones para revisar su pro-
grama de enriquecimiento de uranio con el grupo 5+1 (junto a Obama,
también Inglaterra, Francia, Alemania, China y Rusia) debería haber sido
la estrella de los titulares mundiales, coronando con éxito el largo tironeo
entre Washington y Teherán. Las revueltas ucranianas, en cambio, lo han
desplazado ostensiblemente.
La otra modificación en los planes estadounidenses ha sido Siria y la
relación con la familia Al Assad. Como Barack Obama lo había adelantado
con unos términos que no dejaban lugar a segundas interpretaciones, el
tiempo de la autocracia chiíta-alauíta de Siria estaba acabado, y occidente
(especialmente la vecina Turquía y los aliados europeos) se involucraría con
la transición hacia una democracia donde debería reflejarse la voluntad de
las mayorías sunitas. Este segundo capítulo en la agenda mundial prevista
por el Departamento de Estado se complicó, en el plano interno, con la
radicalización islamista de los “rebeldes”, al tiempo que las tropas regula-
232
res del gobierno sirio sostenían un fuego encarnizado y sin miramientos
civiles contra los enclaves opositores. Una acción militar que llevó a la
recuperación, hace apenas unos días, de la ciudad de Homs, la “capital de
la revolución”, convertida en una sola ruina. Ante estos cambios internos,
el conflicto ucraniano rebalsó la agenda: Obama ha tenido que aceptar el
llamado a “elecciones” en Siria y la nueva candidatura presidencial de Bas-
har al Assad, o sea, la continuidad del régimen sin fisuras. Como en Irán,
lo que debería haber sido una victoria que ocupara los titulares de la prensa
mundial, será una discreta retirada a las páginas interiores.
Pero de todos los cambios obligados de agenda, el más gravoso para
la diplomacia norteamericana ha sido el desplazamiento de atención que
el conflicto ucraniano le impone sobre China. Pelearle al gigante asiático
su ascendente influencia era el colofón con que Barack Obama pretendía
culminar su tiempo al frente de la potencia norteamericana. Después de
la frustrada gira por Indonesia y Brunei de octubre del año pasado (tuvo
que cancelarla debido al “cierre del gobierno” al que lo obligó la banca-
da republicana en el Congreso, al no aprobarle los presupuestos), el líder
demócrata anunció el “giro” hacia la región Asia-Pacífico, se subió al Air
Force One en abril de este año y aterrizó en Japón, primero; en Corea del
Sur después; en Malasia; y finalmente en Filipinas.
Las elecciones de los destinos fueron claramente pensando en China:
todos ellos tienen algún tipo de tensión con la potencia regional, y la idea
de Obama era aprovechar esas tensiones para aumentar la presencia nor-
teamericana mediante la incorporación de nuevos socios a las estructuras
comerciales internacionales transpacíficas, con el horizonte de un gran y
vasto acuerdo de libre comercio entre todos los países del Asia-Pacífico
(entre los que cuenta también a los de la costa occidental de América del
Sur, por cierto).
Era un paso arriesgado y una apuesta alta, y podría haberle salido
bien, si Ucrania no hubiera estallado por los aires y el oso ruso, aprove-
chando el momento, metiese su garra. Ahora, toda la estrategia asiática ha
perdido centralidad: tanto los esfuerzos diplomáticos del Departamento
de Estado como los planteos militares de la remozada Otan viran hacia la
frontera rusa.
China, mientras tanto, celebra que Obama tenga una nueva distrac-
ción estratégica –tras Al Qaeda, Afganistán, Irak, y las ya mencionadas Irán
y Siria- mientras mantiene su crecimiento y se encamina, en las próximas
semanas, a reemplazar a los Estados Unidos como primera economía mun-
dial. Quizás por eso, y a pesar de haber sido siempre tan celosa de la inte-
gridad soberana de los países y de tener en su propio seno dos conflictos po-
tencialmente secesionistas –como son la región islámica uigur de Xinjian,
233
y el viejo contencioso con los lamas del Tíbet-, China no condenó en las
Naciones Unidas la anexión de la península de Crimea por parte de Rusia,
y se mantiene imparcial ante las proclamas independentistas de las “repú-
blicas populares” de Donetsk y de Lugansk, en el borde oriental ucraniano.
Mientras Obama y la Otan deban ocuparse obligatoriamente de Ucrania
(que, en definitiva, es un país europeo, y por lo tanto aliado de Washing-
ton), dejarán de ocuparse de Pekín, parece decir la “realpolitik” china.
Mientras tanto, Vladimir Putin vive su mejor momento, porque ha
aprovechado una dimensión de la política internacional que no suele estar,
en las teorizaciones y en los cálculos habituales, en el centro sino en la
periferia, en los márgenes: la dimensión cultural. Sobre la dimensión es-
tratégica, e inclusive sobre la económica, la cultura está mostrando, desde
la caída del Muro de Berlín y la disolución de una arquitectura mundial
bipolar, que tiene una influencia mayor a la que le asignan habitualmente
los técnicos de la política.
Donetsk y Lugansk (y otras regiones que les seguirán, con altísima
probabilidad) son pro rusas por su cultura, y casi por ninguna otra razón.
Sus colectivos sociales mayoritarios son eslavos que hablan la lengua de la
Madre Rusia, y una cultura se define, antes que nada, por la lengua en la
que se comunica. Su cristianismo es el ortodoxo oriental, y los popes de
sus iglesias responden al patriarca ortodoxo de Moscú, que es su ciudad
referencial, por ello, también del poder político.
Siguiendo casi la línea de fractura orográfica, en las regiones del occi-
dente ucraniano, al Oeste del río Dniéper, los colectivos mayoritarios son
europeos que hablan la lengua ucrania, su cristianismo es el catolicismo
y sus sacerdotes responden al papa de Roma: por eso, y por casi ninguna
otra razón, su referencia en la Unión Europea. “Es la economía, estúpido”,
fue la frase de campaña con que Bill Clinton logró ganarle la presidencia
a George Bush, el padre, en 1992. “Es la cultura, es la cultura...”, parece
decir Vladimir Putin mientras el oso ruso pastorea en nuevas tierras y mue-
ve las fronteras de Europa, que sigue sin saber dónde comienza ni, mucho
menos, dónde termina.
(2013)
234
LOS PRÓXIMOS CUARENTA AÑOS
235
sentó en el sillón del palacio de El Pardo, comenzó a darle largas al herede-
ro de la corona borbónica, hasta que quedó claro que no pensaba soltar la
manija: don Juan tuvo que quedarse en su refugio portugués de Estoril, y
la sucesión monárquica quedó trunca.
Para no ponerse a todos los monárquicos en contra y seguir man-
teniendo el favor del gran capital y de la aristocracia, Paco Franco eligió,
como el gran hacedor y deshacedor de la España Una, Grande y Libre, al
hijo de don Juan, Juan Carlos, y lo nombró su personal heredero. Le con-
feccionó una escuela a medida, donde sólo él y cuatro o cinco nobles esco-
gidos fueron educados, y le inoculó el franquismo, esa mezcla tan española
de autoritarismo, desprecio y falsa gallardía. Bueno, o al menos lo intentó,
pero al dictador el príncipe le salió rana.
Este plan, tan atado y bien atado y ajustado, es el que explica por qué
la dirigencia política de la Transición opta por el consenso y la no condena
al régimen golpista que está dejando atrás. Ese príncipe escogido por Fran-
co para asegurarse que todo siguiera igual, cambia el libreto: llama a un
amigo personal, Adolfo Suárez (otro hombre del régimen), y le encarga la
democratización del sistema; se levanta la proscripción del Partido Comu-
nista; el franquismo se rompe en dos y una parte –con el gallego Manuel
Fraga, que había sido ministro de Franco, a la cabeza- acepta negociar una
constitución junto a los socialistas y a los liberales.
Y lo hacen: redactan una constitución, se comprometen a no perseguir
ni penal ni ideológicamente al franquismo, y el rey recién coronado, Juan
Carlos I de Borbón y Borbón, jura la Constitución como jefe del Estado.
Hasta ahí se podía llegar, siguen repitiendo hoy los “padres constituciona-
les”. Pero no hubo revisión de las torturas y de las ejecuciones, no hubo una
Conadep ni una “comisión de la verdad”, no hubo juicios, no hubo casti-
gos. “Los muertos, muertos están”, había dicho Paco Franco cuando, con
trabajo esclavo de los republicanos encarcelados, construyó el magalómano
monumento funerario del Valle de los Caídos, donde aún hoy, bajo una
piedra de mármol puro de varias toneladas, reposan sus restos.
Sin embargo, las heridas sangrantes no cicatrizan por decreto. Los
españoles, al contrario de los que proponía el personaje de José Sacristán,
no se resignan a que su historia la escriban solamente los que ganaron la
Guerra Civil, y han venido hablando de aquellos 40 años y de éstos. Y, lo
que es más interesante, usan los mismos términos para hablar de los próxi-
mos, de cómo quieren que sean los años por venir.
Esas conversaciones, que venían fermentando en barbecho, encontra-
ron en la abdicación del rey elegido por el dictador una espita, una vía de
escape, y la oportunidad de abrir la tapa de esa olla a presión donde se
metieron todas las deudas de la dictadura y que cerró la Transición. La no-
vedad histórica no está dada por la renuncia de Juan Carlos de Borbón, y la
236
abdicación del trono en la persona de su hijo Felipe. Eso era por demás pre-
visible, especialmente después del rumbo que tomó la causa contra el yerno
real, Iñaki Urdangarin, por corrupción y tráfico de influencias a través de la
fundación Nóos, en facturas y gastos avalados con la firma también de su
esposa, la infanta Cristina. No, la novedad histórica no es esa. Lo sorpren-
dente, lo inesperado, ha sido la masividad de la reacción popular en todos
los rincones, desde las capitales hasta los ayuntamientos más apartados. En
la última semana, las concentraciones en Puerta del Sol, en Madrid; en la
barcelonesa Plaça de Catalunya; o en la vasca Vitoria-Gasteiz, han sido los
epítomes multitudinarios de una reacción social transversal a todo el país,
desde Galicia a Andalucía; desde Asturias (sede, fíjese hasta dónde llega, del
principado de Felipe, el futuro rey) hasta Valencia; desde Castilla la Vieja
hasta Navarra.
De todas las notas destacables de este fenómeno social y político, elijo
comentar aquí sólo dos: la decadencia del sistema partidario y sus dirigen-
cias, y la emergencia de una actitud generacional alternativa. La historia,
en sus cuentas largas, juzgará si la actitud de los partidos de izquierda en
la Transición fue la correcta o apenas acomodaticia; pero podemos admi-
tir que los diezmados y perseguidos comunistas españoles, recién rehabi-
litados, no tenían a fines de los años 70 muchas alternativas a aceptar lo
que le daban. La socialdemocracia del Partido Socialista Obrero Español
– PSOE, por su parte, liderados por un joven y talentoso andaluz, Felipe
González, se veían tan cerca de acceder al poder que la aceptación de la
constitución monárquica aparecía entonces como una concesión táctica.
Pero que ese mismo PSOE hoy defienda a ultranza la Monarquía, resulta
patético. Apenas un mal chiste “de gallegos”. Cada generación debe votar
su propia constitución.
Y el segundo elemento es el recambio generacional: las manifesta-
ciones pidiendo un referéndum que consulte a los españoles lo que nunca
jamás nadie les preguntó, si quieren seguir siendo súbditos de un rey en
pleno siglo XXI, o prefieren vivir en una república democrática, están in-
tegradas por gente muy joven. Las cientos de miles de banderas moradas,
amarillas y rojas que han ondeado esta semana no las llevan viejos luchados
antifranquistas o añosos maquis. No. Son jóvenes, nacidos y criados en
la España contemporánea. Y ellos serán los sujetos de este nuevo tiempo
político: si Felipe logra ser coronado, a las apuradas y entre gallos y media-
noche, su reinado no será extenso: no hay condiciones para ello. Quizá la
historia, la de las cuentas largas, lo recuerde como Felipe el Breve.
Finalmente, los nudos de Paco Franco no estaban tan atados y bien
atados. Los muertos que creyó matar, gozan de muy buena salud.
(2014)
237
JORDI CON PIES DE BARRO
238
La coartada es muy tenue pero evidente; trata de escudar a sus hijos
en su minoría de edad. Y descarada: no hizo antes la regularización porque
“lamentablemente no se encontró nunca el momento adecuado”. ¿Por qué,
como él mismo alega, “lo han podido hacer el resto de personas” que se
acogieron a las tres amnistías fiscales registradas durante estos años?
Pujol pide “perdón” a la “gente de buena voluntad”. Es lo más digno
del texto. Pero contra lo que dice esperar, tal pesar no sirve de “expiación”,
un concepto religioso, sin efectos administrativos, judiciales, y todavía me-
nos políticos.
Hay algo que desborda la confesión. No todos los flujos dinerarios in-
vestigados ni todas las operaciones escrutadas por la judicatura –entre otras
las de su fracasado heredero político, el hijo Oriol, en el caso ITV- están
incluidos en las operaciones extranjeras iniciadas por su padre. Dice Artur
Mas que no afecta ni a CDC ni al Gobierno. Difícil de tragar que sea un
“tema personal”, el mismo día en que el partido da a conocer el nombre de
quien sustituye a Oriol Pujol. El caso Pujol promete declinarse en plural.
Tiñe a su obra y a su balance, y a su partido y a su Gobierno. No se puede
tratar a los ciudadanos de estúpidos.
(2014)
239
ESCOCIA: VIEJOS VINAGRES
240
CATALUÑA, LA NUEVA BATALLA
241
CINCO DISPAROS AL CORAZÓN
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seguirá siendo una parte integral de Europa, así como Europa es una parte
integral de Grecia.
Sin democracia, Europa será una Europa sin identidad y sin rumbo”.
El Parlamento aprobó por mayoría la convocatoria a un referéndum. El
futuro de Europa vuelve a pasar por la icónica Atenas.
(2015)
243
ABDICADO Y QUITADO
“A rey muerto, rey puesto”, reza aquel antiguo adagio sobre la perpetuación
de la monarquía. Pero los tiempos cambian, afortunadamente. Y cambian,
a veces, merced a las afortunadas manos de las mujeres haciendo política.
Yo estoy contentísimo con esto de la creciente participación de las mujeres
en el liderazgo político, en todas las latitudes: desde los siempre avanzados
y precursores países nórdicos, en Europa, en el ejemplo mundial que mues-
tra América latina con sus presidentas mujeres.
Creo que la experiencia del poder en manos masculinas, en los últimos
(digamos) 4.000 años, no ha sido un experimento que entusiasme tanto en
las “cuentas largas” de la historia: quizás deberíamos dejarles los próximos
4.000 años a ellas, y evaluar comparativamente luego. En fin, estas disqui-
siciones sobre género vienen a cuenta de la disposición tomada la semana
pasada por la señora Ada Colau, la nueva intendenta de una de las ciudades
emblemáticas de la modernidad y de la cultura internacional: Barcelona.
La alcaldesa, que viene de los movimientos sociales que se opusieron
a los desahucios generados por la crisis económica y permitidos, a pesar de
su rotunda inhumanidad, por el gobierno conservador español de Mariano
Rajoy, mandó a sacar del ayuntamiento de la capital catalana el busto del
ex rey Juan Carlos I de Borbón, célebre cazador de elefantes y colecciona-
dor de motos y amantes, que hace poco ha abdicado la corona de su testa
en la de su hijo Felipe. El gesto de Ada Colau –y ya se sabe que la política
es, en gran medida, una colección de gestos y símbolos- ha reinaugurado el
debate sobre la monarquía. Y no tiene ni pizca de coincidencia accidental:
la retirada de la cabeza de bronce del consistorio municipal se hizo el día en
que el nuevo rey, Felipe VI, visitaba Barcelona, imbuida de una discusión
sobre su separación e independencia del reino.
Ada Colau dice que seguirán revisando toda la “sobrerepresentada
iconografía monárquica” de los edificios públicos. Y de inmediato comen-
zaron a imitarla municipalidades, tanto de Cataluña como de otras comu-
nidades (entre ellas, Zaragoza). Otra mujer, Manuela Carmena, la inten-
denta de Madrid, anunció que también en la capital de retirarán símbolos,
un proceso similar de “limpieza” como el que se vivió tras el franquismo.
¡Viva las mujeres en política! ¡que vivan ellas!
(2015)
244
LA RECULADA ESPAÑOLA
245
sorprender, y su grado de vedetismo ratifica que los efectos buscados son
apenas electorales e internos: no hay mucho que esperar, a nivel responsa-
bilidades en la seguridad global, del gobierno de Mariano Rajoy. Y menos
en tiempo de elecciones.
(2015)
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A LAS VUELTAS CON LA VIEJA ESPAÑA
247
PERO... ¿SON O NO SON EUROPEOS LOS BRITÁNICOS?
248
Para que esta obra de teatro colectiva enraizara, el talento inglés creó
también una maquinaria de perpetuación: la tradición. Algo que se repite
un par de veces, así sea por azar, pasa a integrar la tradición británica y que-
da fijo como una estatua marmórea, y ¡guay! de quién se atreva a introducir
la mínima modificación: será tildado de saboteador de la personalidad an-
glosajona. Lo inflexible de esa práctica afecta incluso el normal desenvol-
vimiento de las instituciones. Por ejemplo, el Parlamento: el de Londres es
el único donde los diputados no se sientan en un hemiciclo, sino en unos
bancos verdes paralelos. Dice la tradición que la separación entre ambas
bancadas corresponde exactamente al largo de dos espadas (porque un lord
inglés sería capaz de desenvainar su espada en una discusión, pero jamás
cruzar la línea marcada en el piso para herir al diputado opositor sentado
enfrente, supongo). Esa Cámara tan particular, diseñada en estilo neogóti-
co durante la era victoriana, tiene sitio para los diputados de aquella época
y no para los 650 actuales. Pero ya es tradición y nadie puede agregar ni
una silla; entonces, ¿qué hacen los que llegan tarde y no pueden sentarse?
pues siguen la sesión de parados.
Teatro, lo tuyo es puro teatro, cantaba La Lupe. Pero esa tradición de
puesta en escena secesionista (y, en el fondo, anti-europea) es falsa. El na-
cionalismo inglés elige qué rasgo diferenciador preservar; pero cuál lazo de
unión con la personalidad cultural del “continente” ocultar. Comenzando
por el antecedente común más fuerte y lejano: las islas británicas fueron
romanizadas (excepto, vaya paradoja, la Escocia que ahora es la región
más europeísta de todas), y el nombre original de Londres era Londinium.
Ahora los nacionalistas del partido protofascista UKIP intentan relativizar
la presencia de los romanos, y ensalzan la figura de la reina Boudica, la líder
de los celtas que logró levantar a las tribus contra el dominio de Roma:
todas las semanas hay flores frescas al pie del monumento a su memoria
levantado en Westminster. Parece irracional remontarse al siglo I para ela-
borar una argumentación que sustente un debate contemporáneo, pero los
ingleses están dispuestos a hacerlo: los “intelectuales” del UKIP sostienen
que los celtas estaban en las islas desde la edad de hierro, por lo tanto la
romanización común al resto de Europa para ellos apenas fue superficial.
Suena a una dialéctica triste. Se ignoran maliciosamente que en la
Guerra de los Cien Años fueron reyes británicos los que gobernaron parte
del “continente” (casi toda Francia); que en las de religión los hugonotes
protestantes encontraron asilo del otro lado del Canal de la Mancha; que
fueron sus barcos los que vencieron a la Armada Invencible de Felipe II;
que fue Lord Nelson quien venció en Trafalgar y Wellington quien acabó
con Napoleón Bonaparte; pero luego fue Londres quien cobijó al general
249
De Gaulle y a su gobierno en el exilio cuando la bota hitleriana aplastaba
el resto de Europa... la lista sería inacabable.
Teatro, puro teatro. Gran Bretaña forma parte de Europa, de su his-
toria, de su geografía y de sus instituciones. También, inexorablemente, de
su futuro.
(2019)
250
ADIÓS, EUROPA, ADIÓS
251
Erdogan, vieron frente a ellos una nueva posibilidad e intentaron un golpe
de Estado para echar a los “islamistas moderados”. Pero esta vez fallaron, y
la reacción de Erdogan ha sido impiadosa y profunda. Esa es una de las ra-
zones de esta reforma constitucional, que convertirá al gigante euroasiático
en un sistema presidencialista, a Erdogan en un presidente muy poderoso,
y a la Turquía miembro de la Unión Europea en un viejo sueño de lo que
no pudo ser. Adiós al entendimiento entre el Islam y Occidente, por ahora.
(2018)
252
III. LAS ESTRATEGIAS
DEL ISLAM POLÍTICO
RUSIA Y EL EMIRATO DEL CÁUCASO
255
le hicieran a Vladimir Putin cuando éste mandó al ejército a reprimir a las
guerrillas musulmanas a sangre y fuego: llevar la guerra al corazón de Rusia.
La guerra prometida a Putin por los milicianos caucásicos es devas-
tadora. Barata en recursos, impredecible, y enormemente letal. Los daños
físicos son relevantes, pero el impacto en la sensación de inseguridad y la
imagen externa de todo el sistema, crecen exponencialmente.
El lunes 22 de enero de 2011, en Domodédovo, dos personas, un
hombre de aspecto árabe (su cabeza, separada del cuerpo por la explosión,
fue encontrada por los policías) y una mujer cubierta de negro fueron
quienes llevaron las maletas con los cinco kilos de trilita, un potente ex-
plosivo, y pedazos de metal que volaron en todas las direcciones, matando
a discreción.
Apenas un par de semanas atrás, el 31 de diciembre de 2010, una mu-
jer murió al explotarle el paquete de explosivos que preparaba para hacerlo
estallar en un club moscovita. La banda de chechenos que se descubrió a
raíz de este fallido atentado, estaría también implicada en el ataque al ae-
ropuerto. También fueron mujeres musulmanas, esposas o madres o hijas
de guerrilleros del Daguestán caucásico (las ya conocidas como “viudas
negras”), las que el 29 de marzo de 2010 hicieron estallar sus cuerpos en
el atestado metro de Moscú. Entonces las víctimas fueron 40, civiles que
hacían el trayecto entre sus casas y el trabajo por el transporte público, un
medio utilizado por unos cinco millones de rusos todos los días. Doku
Umárov, “el emir del Cáucaso”, reivindicó el atentado y prometió más
sangre. Esta semana volvió para cumplir con su palabra.
¿Podría, realmente, instalarse una teocracia islamista, regida por la
sharia, en el borde meridional de Rusia, que Moscú siempre ha conside-
rado una zona vital para su seguridad interna? La respuesta, por donde se
la mire, ha sido rechazada contundentemente por la élite dirigente rusa.
Y desde los tiempos de los zares. La reacción a los alardes independentis-
tas del Cáucaso desde el centralismo administrativo de la “Madre Rusia”
ha sido, a lo largo de la historia, brutal. La última etapa se abrió con la
colonización de Chechenia, Ingushetia y Daguestán, en sucesivas guerras
de expansión durante el siglo XIX. La mano dura con el sur se mantuvo
durante la crisis imperial, la Revolución, y la instauración de la Unión
Soviética, pero comenzó a resquebrajarse con el fin del comunismo, en la
última década del siglo pasado.
El desmembramiento soviético, junto a la tradicional postergación
económica y la corrupción endémica de los delegados de Moscú en el sur,
terminó por reavivar la llama latente del radicalismo islamista, y volvió el
sueño del Emirato. La chispa se prendió en Chechenia, y el Kremlin –a la
sazón ocupado por Boris Yeltsin- apeló a la receta tradicional: envió a los
256
soldados. Estalló así una guerra desigual y con final inesperado, el otro-
ra imponente ejército ruso fue derrotado, en 1996, por los campesinos
musulmanes de la remota y paupérrima Chechenia. Envalentonados, los
islamistas comandados por Shamil Basáyev invadieron Daguestán, y Basá-
yev proclamó el califato, que abarcaba a Kabardino-Balkaria y Karachaye-
vo-Cherkesia, prácticamente todo el Cáucaso.
Cuando Vladimir Putin reemplazó a Yeltsin y a sus vahos de vodka,
volvió a desplegar la teoría del control de los bordes como garantía de la
seguridad interna de Rusia, organizó el ejército y lo lanzó, en 1999, sin
clemencia contra el califato proclamado por Basáyev. La segunda guerra
de Chechenia terminó –de momento- con el sueño del Emirato, e im-
puso en toda la zona una administración afín a Moscú, encabezada por
Ramzán Kadírov.
Con Kadírov y su pandilla de ladrones la corrupción ha vuelto a hacer
estragos en el Cáucaso Norte, con unos índices de desempleo alarmantes, y
sin prácticamente ninguna salida aceptable en el mediano plazo.
El reemplazo de Putin por su delfín, Dmitri Medvédev, en la presi-
dencia rusa, sólo ha profundizado el modelo. Moscú envía enormes sumas
de dinero público para financiar al gobierno títere (casi no hay alternativas
a un empleo oficial), pero estas remesas se distribuyen, en un porcentaje
alto, al interior del clan de Kadírov.
En este marco, el renacimiento, una vez más, del sueño del Emirato
toma más fuerza cada día que pasa. Los desempleados –especialmente los
jóvenes, y quienes tuvieron la experiencia en carne propia de la represión
rusa- se unen al movimiento independentista, que ya es indisoluble de la
causa religiosa. Todos son guerrilleros islamistas, inflamados por la retóri-
ca salvífica de los imanes, y prestos a ofrecerse como voluntarios para los
atentados suicidas que lleven la guerra “al corazón de Rusia”. El heredero
de Shamil Basáyev, Doku Umárov, ha asegurado que los atentados conti-
nuarán hasta que Moscú acepte el califato.
Dmitri Medvédev quiere ofrecer una imagen moderada, actual y oc-
cidentalizada del gigante ruso. Cada vez más integrado a Europa, y en
diálogo vís-a-vís con Washington. Vladimir Putin, que instaló a Medvédev
en el cargo, pero al que seguramente intentará volver en las elecciones de
2012, quiere que su poder se sienta, alto y claro, sin disputas internas. Y
que Rusia vuelva a ser la potencia hegemónica que fue durante casi todo
el siglo XX.
(2011)
257
EL “RENACIMIENTO” ÁRABE Y EL MODELO TURCO
Con los primeros días de 2011 comenzó un proceso político que –a estas
alturas ya parece claro- viene a transformar todo el mapa geopolítico mun-
dial en una nueva dirección. La caída de la autocracia tunecina de Zine el
Abidine ben Ali, el pequeño gran disparador de toda la revuelta, y la velo-
císima desestructura del régimen egipcio de Hosni Mubarak, sentaron las
bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita y un alcance largo,
ha comenzado a mover todas las fichas del tablero árabe, esa larga línea de
8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, cruzando todo
el norte de África y englobando el Oriente Medio asiático.
La insurrección de Libia contra Muhammar el Khaddafi, una revuelta
que asciende en espiral en estos días, es el último coletazo de este sismo
regional, que a cada paso demuestra su buena salud y su ímpetu: lejos de
agotarse en Trípoli, es capaz de extenderse, con la velocidad y la profundi-
dad manifestada en los primeros días de enero, hacia las sociedades vecinas,
diferentes todas en su especificidad, pero también emparentadas todas por
la lengua y la obediencia al Profeta. Pienso que, con propiedad, podemos
hablar ya de un “renacimiento” árabe, asemejándolo con aquel proceso
vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años largos
en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la iglesia
católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.
Las distancias a salvar entre ambos procesos son tan grandes que, cla-
ro está, mi afirmación sólo intenta ser referencial. Pero remarco que uno de
los elementos que habilitaban hasta ahora el apoyo estratégico de los países
occidentales (concretamente, de la Unión Europea y los Estados Unidos de
Norteamérica) a regímenes fuertes en el mundo árabe, haciendo caso omi-
so de los déficit democráticos vergonzantes y de las sistemáticas violaciones
a los derechos humanos, era la argumentación que estos gobiernos pseudo
dictatoriales eran la única garantía ante la posibilidad del avance del radi-
calismo islámico y el yihadismo. Con un tono menos enfático, también se
admitía que los autócratas eran los mejores socios al momento de asegurar
la provisión de petróleo.
Sin embargo, en las plazas tunecinas como en los históricos 18 días
de la plaza Tahrir de El Cairo, se coreaban consignas en pro de la libertad
política, de la dignidad, de la participación y la democracia, de apertura y
258
de transparencia. En definitiva, mutatis mutandis, de algo muy parecido
a aquello que llevó a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.
Y tanto en Túnez y Egipto ayer; como en la insurrección en Libia hoy;
y quizá en Bahréin, Yemen, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Siria o
Palestina mañana, la experiencia política que se mira con más atención es
la de Turquía.
Acostumbrados al discurso de la contención del islamismo, dominan-
te en la política internacional hacia la región durante el siglo XX, los pri-
meros análisis sobre la revuelta en Túnez y Egipto miraron hacia Irán. La
revolución de 1979 que derrocó a los Pahlevi también tuvo unos orígenes
heterogéneos, donde los diferentes colectivos marchaban juntos, aunque
los objetivos de unos tuvieran poco que ver con los de los otros. En esa
efervescencia, los grupos laicos llegaron a tomar la conducción de Teherán.
Pero entre las diferencias que separan el proceso persa del que hoy vive el
mundo árabe, resalta que en aquel había una figura que concentraba el
pulso revolucionario, el ayatollah Ruhollah Khomeini. Astuto y dueño de
una fina inteligencia política, Khomeini se percató del espíritu laicista que
predominaba en el alzamiento popular, y en lugar de ocupar él u otro clé-
rigo el centro del proceso, promovió a un laico para encabezar el gobierno
de transición. Pero sólo le permitió una corta estancia, a los siete meses el
Comité Revolucionario, bajo su férula personal, establecía la República
Islámica, teocrática y conservadora.
No sólo ninguna figura comparable a un Khomeini asoma entre los
partidos islamistas que lentamente comienzan a asomar la cabeza a la su-
perficie, luego de décadas de censura y proscripción. Sino que el énfasis
no es teocrático, ni pasa por la defensa de la ley religiosa, la sharia, en la
regulación de la vida social. El modelo es otro, el camino es el que siguie-
ron los turcos.
Aunque sí es cierto que, en los tiempos de la descolonización, con
los movimientos nacionalistas, socialistas y panarabistas campeando a sus
anchas, el sentimiento religioso buscó sus propios causes. Los Hermanos
Musulmanes, fundados por Hassan al Banna en Egipto, se convirtieron en
un primer momento, junto al wahabismo saudí, en el útero desde el cual
nacieron los movimientos yihadistas radicales. De hecho, el lugarteniente
de Osama ben Laden, Aymman al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, pro-
viene del núcleo originario de los Hermanos Musulmanes egipcios.
Sin embargo, además de esta línea que optó por las reivindicaciones
violentas, otra corriente, en vez de mirar hacia el wahabismo de Arabia
Saudita, se siente mucho más cómoda con la Turquía actual. Allí, donde
después de un proceso de desgarro con el califato imperial otomano (que,
como en la edad media europea, acercaba peligrosamente la fe y la política)
259
y de una secularización a rajatabla impuesta por Mustafá Kemal, Atatürk,
hoy se está logrando un nuevo equilibrio. Una combinación original entre
principios republicanos y democráticos, y práctica religiosa musulmana,
de la mano del partido islamista moderado que conduce el premier Recep
Tayyip Erdogan: la modernidad, las libertades políticas, y el respeto cultu-
ral a la especificidad religiosa musulmana, todo junto,
Además de la profundidad del cambio cultural que implicará en el
futuro próximo el reordenamiento de todo el mapa geopolítico árabe, si
llega a primar la vía turca en la salida de las revueltas de este nuevo “renaci-
miento” árabe, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia
representativa, la libertad y la organización institucional republicana no es
patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y seculariza-
das, de Occidente.
Y este mensaje general, para la Unión Europea tendrá también una
posdata particular: no fue una buena idea poner tantos palos en la rueda
del ingreso de Turquía a la organización continental. Ahora quizá ya ni
quiera entrar, ocupada como estará en gestionar su ascendencia en la mar-
cha de un proceso regional extensísimo y multitudinario, que podría llegar
a abarcar una superficie de trece millones de kilómetros cuadrados (más
grande que los Estados Unidos, que Europa, y aún que la gigante China),
asentada sobre un mar de petróleo, y habitada por unos doscientos millo-
nes de almas. Así de importante.
(2011)
260
OH, NEGRO PETRÓLEO
Durante dos días, en la luminosa París, las principales economías del mun-
do se reunieron, con la crisis política y humanitaria de Libia en el centro
de sus agendas. De todas las opciones posibles, el Grupo de los Ocho eligió
la peor de ellas: no hacer nada. No es la primera vez que las grandes poten-
cias tienen en sus manos la ocasión de hacer realidad lo que pregonan, y la
dejan pasar. La posibilidad de aunar el discurso de la solidaridad interna-
cional con los pueblos oprimidos, la cooperación en el crecimiento de la
libertad y en la profundización de la democracia, junto a hechos concretos
que demuestren que esos principios realmente configuran un embrión de
comunidad internacional, en vez de ser una pantalla hueca que sólo sirve
para adecentar la dura realidad del poder militar y los intereses económi-
cos. Y también esta vez la dejaron pasar.
Los responsables de las políticas exteriores del Grupo de los Ocho
(G-8), los cancilleres de los Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña,
Alemania, Canadá, Italia y Japón, no lograron consensuar ninguna medida
para intervenir en el territorio libio, en apoyo a la insurgencia popular alza-
da contra la tiranía del coronel Muhammar el Khaddafi. A pesar de ciertas
posturas que, en los primeros momentos de la revuelta, hicieron suponer
que los rebeldes podrían llegar a tener el apoyo de alguno de los miembros
del selecto club de los poderosos del mundo, el contundente contraataque
del régimen libio para recuperar posiciones sobre el terreno ocupado, la
obvia superioridad militar, el respaldo de millones de todas las monedas
de curso legal acumulados por el coronel durante los 41 años que ocupa
el poder en Trípoli, y un escenario de aumento de la demanda de recursos
energéticos tras el colapso japonés, modificaron rápidamente aquellas pri-
meras señales esperanzadoras.
La administración norteamericana de Barack Obama, que había plan-
teado originalmente el cerco aéreo de una zona de exclusión para la aviación
militar de Khaddafi, y que inclusive había llegado a reacomodar parte de su
flota de guerra en el Mediterráneo para acercarla a las costas libias, retroce-
dió hacia una posición de claroscuros para evitar mayores definiciones. Tras
los primeros discursos de Hillary Clinton, amenazando a Trípoli con fuer-
tes sanciones o directamente con una intervención, se pasó a condicionar
ésta al acuerdo con los socios europeos de la Otan. Pero cuando el francés
261
Nicolás Sarkozy –en conjunto con el premier británico David Cameron- se
sumó a la hipótesis de cerrar el cielo libio a través del bombardeo de sus
defensas antiaéreas, Hillary dijo que se requería para llegar a eso la anuencia
de los demás Estados árabes.
Los largos e intrincados pasillos diplomáticos seguían cruzándose,
pero aún así se logró, en un tiempo breve, que la Liga Árabe, reunida en El
Cairo, separara al gobierno de Libia de su seno y diera su consentimiento
para bloquear el espacio aéreo; una medida que colaboraría con la oposición
rebelde, pero que fundamentalmente protegería a la población civil contra
los estragos de los bombardeos de la aviación militar del régimen. Pero tam-
poco el consentimiento de la mayoría de los países árabes fue suficiente ya
para la secretaria de Estado de Obama; la nueva postura era que la decisión
surgiera del pleno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Mientas los laberintos diplomáticos se cruzaban y se enderezaban, el
coronel no perdía ni un minuto, y ya había enviado mensajeros personales
a El Cairo, para intentar quebrar la postura homogéneamente en su contra
en el seno de la Liga Árabe; y otros emisarios a Bruselas, a hacer lobby en
las diversas oficinas decisorias de la Unión Europea. Con la misma veloci-
dad, había recibido en Trípoli a los embajadores de Rusia y de China. Todo
el sistema informativo libio sigue cerrado a cal y canto desde que comenzó
la insurrección rebelde, pero la cadena televisiva qatarí Al Jazeera publicó
un trascendido que mostraba por dónde iría la estrategia del coronel: en las
conversaciones con los embajadores, Khaddafi habría prometido a Rusia
y a China sendos contratos de explotación petrolera en condiciones ex-
cepcionalmente ventajosas. Ambos países disponen de poder de veto en el
Consejo de Seguridad de la ONU. O, como mínimo, si no utilizan el veto,
al menos se abstendrán de apoyar el cierre del cielo libio.
Cada vez más distante y distraída, Hillary Clinton llegó a la reunión
del G-8 en París, y antes de ir a las sesiones se reunió con el presidente
Nicolás Sarkozy. El francés es el que ha quedado peor parado en el veloz
cambio de actitud de las potencias en la crisis Libia. Se jugó a apoyar la
insurrección, rompió relaciones con Khaddafi, reconoció al Consejo Na-
cional opositor como su interlocutor legítimo, y mandó un nuevo emba-
jador a Bengasi para que lo represente ante los insurgentes. Después de la
entrevista con Hillary, el duro rostro del inquilino del Elíseo se mostraba
preocupado; y al término de la reunión de cancilleres, cuando ya se sabía
que nadie haría nada, y las tropas del régimen ya cercaban la capital de los
rebeldes, Sarkozy mandó que su fútil y breve embajada vuelva a París, antes
de que Bengasi termine de caer en las manos del sátrapa libio nuevamente.
El resto, por supuesto, fueron declaraciones y grandes discursos, como
siempre. Todos los cancilleres coincidieron en pedir a Khaddafi que respete
262
las legítimas reivindicaciones y aspiraciones del pueblo libio. Palabras que
el coronel, seguramente, habrá recibido con una sonrisa irónica en Trípoli.
Porque las declaraciones del G-8 en París dejan claro que los grandes
principios sostenidos como valores morales universales por los poderosos
de la tierra tienen, al menos al día de hoy, ese límite objetivo: su enun-
ciación discursiva, pero no necesariamente su consecución material. Los
primeros en tomar nota de esta situación, además del propio Muhammar
el Khaddafi, han sido las petrocracias del Golfo Pérsico, comenzando por
el jefe de la casa reinante en Arabia Saudita, Abdallah bin Abdelaziz, y por
el monarca del Estado insular de Bahréin, Hamad ibn Isa Al Khalifa.
Porque la inacción de las potencias, además de dejar pasar otra opor-
tunidad para hacer realidad lo que pregonan sobre la libertad y la apertura
democrática, está fijando el nivel de represión que las autocracias árabes
pueden seguir ejerciendo contra sus pueblos, sin correr el riesgo de que los
grandes poderes del globo vayan a impedirlo.
Así, el alzamiento popular en Bahréin, que desde mediados de febrero
ocupaba las calles y la céntrica Plaza de la Perla del pequeño país, en de-
manda de una apertura democrática concreta, con elecciones para la cons-
titución de un Ejecutivo y la integración de un Parlamento (instancias a
las que hasta hoy nominan de manera feudal los Al Khalifa), fue aplastado
por las tropas de Arabia Saudita. Al ver el modo en que las principales po-
tencias trataban a Khaddafi, el sunnita rey Abdallah puso manos a la obra
y mandó su gente a reprimir a los chiítas de las islas bahreníes, no vaya a
ser que el proceso democratizador avance en el país vecino, y que desde allí
luego se trasladase a las costas del gran reino petrolero.
En todo caso, debe ser la obvia lectura de Abdallah y de los Al Kha-
lifa, si a Khaddafi le han permitido machacar sin piedad a los opositores
rebeldes, reprimiendo el alzamiento con todo el peso de su aviación y ar-
tillería, la impunidad de los países del Golfo, donde las reservas del negro
petróleo son sustantivamente más vastas, está garantizada.
(2011)
263
ELOGIO DEL EGOÍSMO
En abril de 2011, en Doha, la capital del emirato árabe de Qatar, los países
que han emprendido acciones bélicas contra la dictadura libia de Muham-
mar el Khaddafi se reunieron, para analizar diversos aspectos de la agenda
de la guerra y los rumbos a adoptar frente a una evidencia: el autócrata no
abandonará por motu proprio el poder, antes bien, clavará sus garras de
león de África (como le gusta que lo apoden) en el búnker de Trípoli, y
desde allí resistirá todo lo que pueda.
Las acciones armadas, que con tanto brío lanzaran el presidente fran-
cés Nicolás Sarkozy, junto al premier británico David Cameron, apenas
el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la utilización de
“cualquier medio” para proteger a los civiles de los devastadores ataques de
Khaddafi, se han revelado insuficientes para empujar al régimen a una re-
tirada. Mucho menos a una claudicación. Y los más preocupados por estas
relativas tablas son los líderes de la insurgencia rebelde, que desde Bengasi
insisten en que si no les dan armas, o al menos les dan dinero para pagar
a los traficantes que abundan con ofertas por todos los rincones de los
enclaves rebeldes, el empantanamiento de ambos frentes podría derivar en
una larga guerra civil de desgaste. Una guerra civil que podría instituir la
partición de hecho del país en dos mitades, y que empujaría contingentes
enteros desde y hacia la Tripolitania y la Cirenaica.
Y en ese momento, mientras las delegaciones de casi veinte países
europeos y musulmanes discutían la conveniencia o no de entregar armas
y fondos a los rebeldes, apareció sobre la mesa de negociación el drama
de la población civil libia en toda su crudeza. Un actor central de la crisis
política y una víctima cautiva de las acciones militares que, hasta el mo-
mento, sólo ha sido citado marginalmente en las consideraciones de los
principales protagonistas de la guerra. El secretario general de las Naciones
Unidas, Ban ki Moon, intentó poner una nota de cordura en la reunión de
todos los enemigos de Khaddafi, el Grupo de Contacto creado en Londres
el 29 de marzo pasado, y presidido conjuntamente por un actor occidental
–Gran Bretaña- y uno árabe –Qatar-, para que no parezca demasiado una
coalición imperialista del Primer Mundo contra un Estado subdesarrollado
que, además, es musulmán y africano.
264
En la mesa de Doha, donde los embajadores discutían si los fondos
a los rebeldes deberían provenir de donaciones voluntarias o habría que
liberar los millones de dólares producto de la exportación del petróleo libio
que hoy se encuentran congelados en virtud del embargo a Khaddafi, Ban
ki Moon se atrevió a recordar que, si se hace una colecta mundial, más
que a los beligerantes rebeldes debería atenderse a la población civil, que
en algunos rincones del frente de batalla –como la ciudad de Misrata- se
acerca ya a la situación desesperada de crisis humanitaria por los muertos
en bombardeos de ambos frentes, desplazamientos, emigración, falta de
alimentos, medicinas, e incluso agua (en un contexto de desierto).
Y el secretario de la ONU dio la cifra que maneja la organización
multilateral y que debería haber movilizado las conciencias de varios, es-
pecialmente de delegados de aquellos países que se presentan como fuertes
defensores de los derechos humanos: hasta un horizonte de 3,6 millones de
hombres y mujeres, más de la mitad de la población total del país norafri-
cano, necesitará asistencia humanitaria por haber perdido sus hogares, sus
fuentes de trabajo, sus posesiones, o haber tenido que migrar de sus lugares
de residencia. Según las estadísticas de la oficina de las Naciones Unidas
para los Refugiados (ACNUR), dijo Ban, 490.000 personas han debido
abandonar Libia desde el 15 de febrero de 2011, cuando estalló la crisis.
Este casi medio millón de emigrantes externos se suma a las más de
330.000 personas que, en grupos familiares enteros, han sido desplazados
internamente desde su lugar de residencia, y hoy sobreviven en condicio-
nes cada vez más precarias en campos de refugiados en otra región diferen-
te a la de origen. Los rebeldes sostienen que a Bengasi ya han llegado más
de 35.000 libios que escapan de las balas del régimen en el oeste del país.
Las fronteras con Túnez y Egipto, que en un principio se cerraron por pre-
caución o por simple miedo a una estampida demográfica, registran el paso
de unas 2.700 personas cada día, que huyen de las bombas de Khaddafi,
del “fuego amigo” de los misiles de la Otan, o de los alocados y anárquicos
disparos de los milicianos rebeldes.
A la advertencia de Ban ki Moon, el delegado del gobierno italiano de
Silvio Berlusconi respondió que la reunión de Doha había sido convocada
para estudiar alternativas de cómo terminar con Khaddafi, y que eso tenía
que ver con decidir si a los rebeldes se les daba dinero –o incluso armas-:
qué hacer con los civiles debería discutirse en otros ámbitos. Los ámbitos a
que se refería el delegado italiano son, según insiste Berlusconi desde Roma,
los de la Unión Europea. Durante la reunión de ministros del Interior de
los Estados-Miembros de la UE, en Luxemburgo el lunes 11 de abril de
2011, el premier italiano intentó que la organización continental se haga
cargo de los africanos que, huyendo de la guerra y del hambre, llegan a sus
265
costas –geográficamente tan próximas- todos los días. Francia y Alemania
le contestaron que eso no sería posible: todo extracomunitario que quiera
moverse por el Espacio Schengen (el espacio sin fronteras interiores de los
países europeos) debe demostrar que dispone de los recursos económicos
suficientes, una vivienda, y sus papeles de inmigración en regla. Requisitos
que, por supuesto, no pueden aportar los libios y tunecinos que –habiendo
tenido la suerte de no morir en alta mar (el miércoles se hundió un bote
miserable y más de 200 africanos se ahogaron)- logren llegar en sus paupé-
rrimas pateras y botes inflables a la isla siciliana de Lampedusa.
Antes de intentar tirarle el fardo a la UE en Luxemburgo, Silvio Ber-
lusconi había intentado la más directa y brutal: repatriar directamente a
todo emigrante africano ilegal que arribara a las costas italianas, sin ana-
lizar motivos ni atenuantes. Desde comienzos de año estos refugiados ya
suman 25.000, y nadie tiene ningún plan para gestionar su destino.
Pero si un gobierno tan poco considerado con los más desfavorecidos,
como el conservadurismo italiano de Berlusconi, no logra hilvanar una
idea sobre qué hacer frente a un fenómeno de crisis humanitaria que le ex-
plota en su territorio, tampoco en los pasillos de la desarrollada e idealista
Unión Europea hay muchas más ideas. Ni hablar de una política exterior
armónica y estructurada para hacer frente a la avalancha de hombres y
mujeres desesperados provenientes del África del Norte.
Después de unos primeros momentos de desconcierto cuando las
revueltas árabes comenzaron en Túnez y Egipto, el liderazgo europeo se
manifestó públicamente a favor de la renovación de las estructuras políti-
cas que traían los alzamientos populares en los países árabes. Pero frente a
una de las primeras consecuencias de esas revueltas, la llegada de refugia-
dos huyendo de los conflictos y solicitando asilo y ayuda, Europa vuelve
a cerrar sus puertas a cal y canto, y sólo atina a aumentar las patrullas po-
liciales en el Mediterráneo y a enviar algunos euros a los países africanos
para que sus gobernantes vigilen mejor los puertos desde donde parten los
botes con emigrantes.
Ante tanta negligencia, los únicos que ganan son aquellos nacionalis-
tas que hacen del egoísmo una virtud. Como dijo el propio Berlusconi, en
su intento por presionar a Bruselas: en definitiva, si la Unión Europea no
logra armar un acuerdo concreto sobre inmigración, es mejor separarse de
ella y que nos volvamos cada uno a nuestro país.
(2011)
266
AL QAEDA, ¿MÁS DÉBIL O MÁS FUERTE?
267
Para el resto del mundo, el discurso quiso trasmitir un mensaje sim-
ple y fuerte: hemos ganado la guerra contra el terrorismo, y lo hemos
hecho con el mínimo costo y sin una sola baja entre nuestros soldados. Y
tras esta victoria, no sólo los Estados Unidos, sino el mundo todo, es un
lugar más seguro.
El resultado inmediato que el mensaje del presidente norteamericano
esperaba lograr era un cerrado y unánime apoyo, tanto interno como inter-
nacional. Sin embargo, a estas alturas, es claro que algo salió mal.
Algunas centenas de personas se reunieron frente a la Casa Blanca,
en Washington, y destaparon botellas de champagne, corearon consignas
contra Al Qaeda, y cantaron reiteradamente el himno nacional. Otras do-
cenas se reunieron también en el Ground Zero, el espacio neoyorquino
que ocuparon en su día las Torres Gemelas que tumbó el atentado plani-
ficado por Osama en las cuevas de las montañas de Afganistán. Pero, en
realidad, fueron muchas menos de las esperadas.
Luego se conoció la felicitación expresada por el ex mandatario repu-
blicano George W. Bush, el presidente que declaró esa ubicua y sui generis
guerra contra una entidad sin Estado. También llegaron otros mensajes de
congratulación, como el del premier británico, y de algunos líderes cuya
existencia y supervivencia política mucho depende de Washington. Aun-
que también aquí fueron muchos menos de los esperados.
En lugar de un cerrado apoyo, una serie de preguntas sobre la índole
de la intervención militar, la brutalidad del ataque seguido de la muerte
de Bin Laden, la violación de la soberanía paquistaní por un ejército de
un país aliado, y la falta de pruebas materiales que apoyaran la versión
de la Casa Blanca, fueron tomando forma, todavía en la manera de inte-
rrogantes. Las ediciones en Internet de los principales medios de prensa
norteamericanos (dada la avanzada hora del anuncio, casi todos ya estaban
impresos) fueron cambiando sutilmente con el transcurso de las horas, al
igual que otros diarios del mundo. Y esos cuestionamientos, mientras se
iban conociendo detalles, reflejaban un aumento del tono crítico. Des-
pués de tres días en que se difundieran las opiniones críticas de respetables
líderes políticos mundiales, de juristas expertos del sistema de Naciones
Unidas, y de analistas y columnistas internacionales, hasta la misma cade-
na televisiva CNN hablaba ya de un “asesinato a sangre fría”. Algo, efecti-
vamente, había salido mal.
Barack Obama tuvo la posibilidad de apresar a Osama bin Laden.
El hecho de ultimarlo en la residencia amurallada de Abbottabad fue una
decisión estratégica. Quizás si hubiese defendido su decisión con detalles
y fundamentos, hubiera impedido que las versiones y las interpretacio-
nes ocuparan el escenario, embarrando, desinformando y soltando cabos
268
a cada paso. Pero, en cambio, la información desde Washington intentó
relativizar aquella toma de posición entre dos alternativas: detenerlo o ma-
tarlo. El presidente, como dijimos, quiso adjudicarse la orden de disparar,
pero ante las críticas se cambio la versión: la orden la dio la CIA, y sobre el
terreno. Cuando hubo que explicar la muerte del terrorista, se afirmó que
había presentado resistencia, pero luego se admitió que Osama estaba des-
armado. Se reconoció que su paradero estaba ubicado desde hacía meses, y
que la confirmación de su identidad era firme; los comandos de Seal Navy
tuvieron inclusive la posibilidad de ensayar con suficiente anticipación la
operación; y sin embargo no lograron capturarlo vivo. No hay manera
posible de sostener esta versión.
A la mañana de un día se afirmaba que Osama había puesto a una
esposa como escudo, a la tarde de ese mismo día se decía que la muerte de
la mujer había ocurrido cuando se interpuso para salvarlo. Que el cadáver
había sido rechazado por Afganistán, que había sido cuidado por los ritos
musulmanes para los muertos, pero que para evitar un santuario de terro-
ristas había sido lanzado al mar. En fin: que tampoco había cadáver para
mostrar. Pero se mostrarían las fotos. No, no se mostrarían tampoco las
fotos, eran demasiado horribles (el acto de la muerte del terrorista no lo
era tanto, las fotos sí).
El equipamiento de cada comando Seal Navy incorpora una cámara
de video, por lo que toda la operación fue filmada y grabada (y seguida por
Obama, Biden, Hillary Clinton y el resto del equipo de seguridad de la Casa
Blanca en tiempo real, mientras el jefe de la CIA, Leon Panetta, les iba expli-
cando cada paso), pero tampoco se mostrarían al público esas grabaciones.
La identidad de Osama bin Laden se había hecho por reconocimien-
to facial del cadáver, y un ADN hecho a las apuradas sobre el avión. Tam-
poco estos análisis se harían públicos. Y eso era todo. Había que confiar
en la palabra del presidente estadounidense, sin más pruebas. En Europa
comenzó a circular la versión de que habían matado a un doble de Osama,
y que el verdadero estaba vivito y coleando donde siempre había estado: en
una cueva de las montañas afganas de Waziristán.
En conjunto, tantos cabos sueltos han terminado por quitar legitimi-
dad a la operación militar norteamericana. En lugar de una intervención
victoriosa y definitiva para terminar con Al Qaeda, parece encaminarse a
ser lo contrario: la excusa ideal para reflotar una organización que estaba en
decadencia, con un mártir como guía, y un enemigo contra el que estaría
justificado atentar, sin respetar ninguna legalidad internacional, ya que él
tampoco la respeta.
(2011)
269
SIRIA, TEMAS DE FAMILIA
Nos preguntábamos si las llamas que desde comienzo de año vienen in-
cendiando el mundo árabe, llegarían a alterar el cerrado orden impuesto
sobre la República Árabe Siria. La sucesión de alzamientos, movilizaciones
callejeras y protestas desde entonces, y las idas y vueltas ensayadas por el
gobierno del presidente Bachar al Assad sobre las maneras de enfrentar
estas demandas, han respondido de múltiples maneras –pero todas ellas
afirmativas- a aquella pregunta que nos hacíamos a principios de abril.
Siguiendo un molde que ya es común a los regímenes autocráticos,
que depositan en la fuerza de la represión popular la posibilidad más in-
mediata de continuidad en el poder, el gobierno de Damasco prometió
reformas y aperturas, pero en realidad sacó a la calle a sus cuerpos policiales
de la Guardia Republicana, y a los tanques del ejército. Ahogar a fuego
abierto la movilización popular ha sido finalmente la línea adoptada por
la clase política, y las ciudades –especialmente en el sur del país- han visto
una y otra vez cómo las movilizaciones de civiles desarmados eran disueltas
a tiros, ensangrentando las calles.
Pero para mantener en el tiempo una metodología represiva dura,
se requiere que al frente de la máxima instancia decisoria no haya ningún
temblor de pulso. Y Bachar al Assad, el médico oftalmólogo que llegó a
presidir el gobierno de ese Estado multireligioso y complejo sin quererlo y
por las vueltas y recovecos de la vida, parece no tener el suficiente temple
para las decisiones que el cargo le está exigiendo en estos momentos.
Bachar no es su padre, ni tiene el firme pulso represivo de aquel; esa
parece haber sido siempre la sospecha de su familia. El fundador de la
dinastía, Hafez el Assad, se hizo con el poder en Siria apenas los últimos
soldados franceses abandonaron el territorio de la vieja posesión colonial.
Francia se terminó de retirar en 1944, y su ocaso en la punta oriental del
Mediterráneo coincidió con el surgimiento fuerte del Partido del Renaci-
miento Árabe Socialista, más conocido en todo el arco de Medio Oriente
como el Baas. Hafez entendió que el Baas podría ser la herramienta polí-
tica para gobernar un país mayoritariamente de confesión sunnita, a pesar
de pertenecer él a la minoría (menos del 10 por ciento de la población)
chiíta; inclusive a una confesión muy pequeña dentro del propio chiísmo:
los alauítas.
270
Hafez terminó de armar la ecuación cuando se hizo cargo del minis-
terio del Ejército. Sumó entonces la filosofía nacionalista-panarabista del
Baas, la concentración del poder heredado de la potencia colonial francesa
en la secta alauí, y las tropas militares: en 1970 encabezó un golpe de
Estado, y estableció a su familia como titular dinástica del gobierno sirio.
La herramienta de control diseñada por Hafez, sobre la mayoría sunnita
o sobre cualquier otro conato de rebeldía popular, fue el tristemente cé-
lebre “estado de excepción” –que permitía las detenciones arbitrarias, los
encarcelamientos sin juicio, e inclusive las ejecuciones sumarias-, y que
su hijo y heredero Bachar acaba de disolver el 19 de abril, presionado por
las movilizaciones populares que comenzaron con la inmolación del joven
Hasan Ali Akleh, el 26 de enero de este año, en la localidad de Al Hasakah.
El patriarca nunca hubiera derogado el “estado de excepción”, que
se mantenía vigente desde 1963, porque siempre supo que sin ese instru-
mento de control discrecional sobre la población, mantenerse en el poder
se complicaría. Decimos que para aplicar la mecánica represiva sin con-
templaciones se requiere de mano firme, y Hafez lo demostró de manera
palmaria en 1982, cuando los sunnitas, dirigidos por los Hermanos Mu-
sulmanes, comenzaron una serie de movilizaciones en Hama peticionando
mayor participación en el gobierno: El presidente mandó a su hermano,
Rifaad, al mando de la Guardia Republicana, y la represión acabó con
20.000 muertos desparramados por las calles de Hama. Por eso Hafez pre-
paró a su hijo mayor, Basil, para sucederlo. Basil tenía la personalidad ne-
cesaria, junto a la confianza del resto del clan. Pero los recovecos de la vida
se cruzaron, y el primogénito se mató en una curva tomada a demasiada
velocidad. Y el oculista alto y de ojos celestes, que hace chistes malos con
los que sólo él se ríe, tuvo que hacerse cargo del poder Ejecutivo en julio de
2000, tras la muerte de su padre.
Si el clan de los Assad y sus parientes alauítas siempre supieron que
Bachar no tenía la disposición de ánimo suficiente para enfrentar coyuntu-
ras problemáticas, más se alarmaron cuando el nuevo presidente comenzó
a prometer cambios democratizadores y una tibia apertura hacia los par-
tidos políticos opositores. A nivel regional, cierto reblandecimiento en el
apoyo al Hezbollah libanés y a Hamás en Palestina, y la entente militar
con Israel (que sigue ocupando los Altos del Golán), también sumaron
preocupación a la clase gobernante. Por precaución, colocaron a ambos
costados de Bachar a dos hombres fuertes: a su hermano menor, Mahir,
cuyo carácter violento e inclusive cruel es de dominio público, al comando
de la temible Guardia Republicana; y a su cuñado, Asef Shawqat (casado
con Bushra el Assad, la hermana mayor del presidente) como jefe efectivo
del Ejército y de los servicios secretos de inteligencia, la muhabarat. Hasta
271
este año, sin embargo, no había aflorado ninguna crisis política ni social
suficientemente grande como para poner en riesgo la continuidad del clan
Assad y de la aristocracia alauíta en el centro del poder sirio.
Sin embargo, las movilizaciones que comenzaron el 20 de marzo,
cuando una multitud prendió fuego a la sede del partido Baas y a los tri-
bunales en Deraa, no han hecho otra cosa que crecer en intensidad y en
número desde entonces. Y el clan familiar parece haber decidido esta se-
mana que la actitud dubitativa del pariente oculista no puede ser la causa
de la pérdida ni de la más pequeña porción de poder dentro del Estado.
Los movimientos internos que han comenzado a hacerse notorios en la
cúpula están dirigidos a asegurar la continuidad de la mano dura contra los
intentos populares de democratizar las estructuras representativas y trans-
parentar la vida política.
Por primera vez desde su establecimiento, las revueltas populares han
llevado a que la posibilidad de la caída del régimen sea una alternativa
seria. Para enfrentarla, el clan de los Assad está asumiendo poderes extraor-
dinarios, aislando la figura de Bachar y convirtiendo la presidencia en un
asunto familiar. La última vez que Bachar fue visto en público fue el pasa-
do 30 de marzo, cuando pronunció el discurso frente al Parlamento en el
que aseguró que aboliría el “estado de excepción”. Desde entonces ha des-
aparecido de la faz pública, mientras sus parientes más cercanos (el herma-
no Mahir, el cuñado Asef Shawqat, y el primo materno Rami Makhlouf )
ocupan a diario los titulares de la prensa y encarnan la defensa del régimen.
Algunos tabloides británicos llegaron inclusive a afirmar esta semana
que la esposa y los hijos del mandatario ya habrían huido de Damasco, y
estarían en el Reino Unido, donde disponen de unas lujosas residencias,
tanto en Londres como en la campiña. La noticia no pudo ser confirmada,
dada la cerrazón periodística que se ha establecido en toda Siria, pero la
versión viene a ratificar el cambio de ciclo en el complejo país: Los tiempos
de tibias promesas de reforma de Bachar han terminado, y los “aulad al sul-
tah”, los cachorros del poder, han decidido hacerle la guerra al alzamiento
popular. Las espadas están alzadas, y un nuevo frente de conflicto extendi-
do golpea el mundo árabe.
(2011)
272
MARRUECOS, EL OTRO ISLAM
273
del Magreb, armada para dar la impresión de que todo cambia pero que,
en el fondo, intenta que nada se mueva de su sitio.
Cuando la Revuelta Árabe tiró sucesivamente a los regímenes auto-
cráticos de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y luego al otrora poderosí-
simo rais egipcio Hosni Mubarak, el riesgo de contagio puso en alerta a
las administraciones árabes de toda la región que, en general, se inclinaron
por una respuesta que mezclaba unas pocas concesiones con el simultáneo
aumento del control y la represión. Y cuando unas semanas más tarde los
rebeldes comenzaron la ofensiva contra el coronel Muhammar el Khaddafi
en Libia, el monarca marroquí Mohamed VI decidió que era el momento
de poner las barbas en remojo, antes que las puebladas populares llegaran
al palacio con ánimos de barbero.
En Marruecos las movilizaciones comenzaron el 20 de febrero, y esa
fecha es la que da nombre al movimiento –también aquí mayoritariamente
juvenil- que sale a las calles de todas las ciudades importantes del reino,
domingo a domingo, pidiendo la democratización de una de las últimas
monarquías absolutas del mundo. Adaptando la estrategia regional de
mezclar concesiones con mayores restricciones, el rey diseñó un plan de
modernización por vía de la reforma constitucional.
Hasta ahora, el monarca es considerado “sagrado” en Marruecos, y
concentra no sólo la titularidad de la representación del Estado, sino que
ejerce efectivamente el gobierno en forma directa. Esto es, un monarca
absoluto, por definición técnica. A lo que debe agregarse, por cierto, que
es propietario de todas las empresas –productivas y de servicios- que real-
mente cuentan en la economía marroquí. Quizá la única diferencia con los
emiratos árabes patrimonialistas del Golfo Pérsico sea, por una cuestión de
proximidad con Europa, que en Marruecos el absolutismo ha conservado
cierta liberalidad social (en el trato a las mujeres, por ejemplo), y no ha
extremado la violencia represiva (salvo en el caso del conflicto con los be-
reberes y la irresuelta cuestión del Sahara Occidental).
Mohamed VI, de 47 años y educado en Occidente, parece haber en-
tendido que estas características de su trono ya son inviables, tanto en el
contexto global, como en la relación estratégica con la Unión Europea y,
muy especialmente, en el entorno alterado de las Revueltas Árabes. Deci-
dió entonces reformar la Carta Magna del reino y renunciar al carácter sa-
grado de su persona. Pero aquí comienza el gattopardismo. El análisis de la
mecánica de la reforma, como el alcance de su articulado, no permite con-
cluir claramente que el resultado vaya a ser una transición hacia un Estado
democrático y representativo. Todo en esta reforma es híbrido y queda a
mitad de camino. Y esto ha llevado a que los jóvenes del Movimiento 20 de
Febrero planteen el boicot al plebiscito que se votará. Porque lo que vienen
274
pidiendo los jóvenes, junto a sectores muy diversos de la sociedad civil, es
un cambio hacia un Estado donde el rey reine pero no gobierne, como en
todas las monarquías parlamentarias europeas que quedan. Pero la Consti-
tución puesta a referendum hoy está muy lejos de ese alcance. Marruecos
se define en ella como Estado musulmán, conducido por el Rey (persona,
si bien ya no “sagrada”, sí “inviolable”), quien presidirá el Consejo de Mi-
nistros, y el Consejo Superior de Seguridad, y el Consejo del Poder Judi-
cial. Además, por cierto, el soberano retiene en esta nueva Constitución
la condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas. En otras palabras,
el núcleo duro del poder sigue girando en torno al monarca. Pero es que,
junto a estas atribuciones ya presentes en la Constitución de 1996, a partir
de ahora el rey será también “Emir de los Creyentes” (o sea, máxima auto-
ridad religiosa, y jefe del Consejo de los Ulemas). Estos elementos son los
que impulsan a los jóvenes rebeldes a rechazar la nueva Carta Magna, y a
boicotear el referendum: Mohamed VI, dicen, ha encontrado en el Islam la
herramienta para afianzar el absolutismo de su reinado. Pero el riesgo im-
plícito en esta estrategia es alto: los partidos religiosos, hasta el momento
en un segundo plano, pueden cobrar una inesperada relevancia.
En Marruecos la religión es cuestión de Estado: los imanes son em-
pleados públicos y sus sueldos están en la nómina del ministerio de Asun-
tos Religiosos. El sermón que cada viernes el imán lee en la mezquita se
redacta en ese ministerio. En un párrafo de la homilía leída por todos
los imanes el viernes pasado, se destacaba: “La nueva Constitución tiene
grandes ventajas para los musulmanes, que serán guiados por el Emir de
los Creyentes; Marruecos será un Estado musulmán, y la protección de la
familia y de las costumbres estará garantizada en el marco del Islam”. No
suena como una declaración muy alentadora para afianzar una apertura
democrática, un gobierno laico, y una transición hacia mayores grados de
representatividad política.
Si convence a los jóvenes y sortea el boicot al plebiscito, posiblemente
Mohamed VI haya logrado evitar que los vientos de la Revuelta Árabe lle-
guen a las arenas marroquíes. Si no, habrá sido un balde de gasolina echado
a las llamas. Una política muy europea por estos días.
(2011)
275
LIBIA EN LA PRIMAVERA ÁRABE
276
claro está, que termina empujándolos a tomar postura por el régimen re-
cientemente desplazado y, en última instancia, por la persona del propio
coronel.
Aún agregándole todos los matices del caso, esta forma de razonar ya
es hoy indefendible, tanto desde la teoría política, de la historia contempo-
ránea, como desde los resultados objetivos de los programas de Khaddafi.
Nadie discutiría que la Otan, en el contexto de un escenario bipolar, fue
el brazo armado con que uno de los polos enfrentó –en táctica y en estra-
tegia- al Pacto de Varsovia. Pero el Muro de Berlín cayó hace más de dos
décadas; los condicionantes de la guerra fría han desaparecido; y el mundo,
en su conjunto, se ha complejizado sobremanera. Seguir aplicando las cate-
gorías de análisis que tuvieron vigencia desde la segunda Guerra Mundial
hasta la disolución de la Unión Soviética, deja en la boca un regusto a cosa
rancia, a no haber advertido que la creciente complejidad también hizo
posible que los colectivos sociales tomaran contacto con esas “otredades”,
esas realidades diferentes y lejanas, que antes quedaban enclaustradas den-
tro del dibujo artificial de las fronteras, y ahora se acercan –a la velocidad
de los megabytes de la sociedad de la información- al comedor de cualquier
casa. Y que decidan tomar partido por ellas.
Cambio de paradigmas interpretativos que también distorsionan la
mirada de los afectos y de las lealtades. Porque muchos de los que reniegan
de la intervención de las fuerzas occidentales en el conflicto libio, sienten
que el viejo coronel –más allá de sus excentricidades en la ropa, los unifor-
mes entorchados, los lentes de colores y las guardaespaldas vírgenes- es uno
de los últimos luchadores que siguen resistiendo el ímpetu homogenei-
zante e invasor del capitalismo occidental. Incluso esta mirada de antigua
progresía, si no fuera porque induce a errores garrafales, sería querible y
tierna en su visión naïf de la política internacional.
El león de Libia no tiene un pelo de su abundante cabellera de sonzo,
revolucionario romántico o ferviente anticapitalista. Khaddafi ha sido un
sanguinario tirano que utilizó el poder para sojuzgar a siete millones de
personas durante cuatro décadas, convirtió un Estado (Libia nunca fue
una nación) en una satrapía personal y familiar, y con los dividendos de la
exportación de hidrocarburos generó una pequeña élite, vinculada directa-
mente a su persona, que abusó de esos recursos de una manera patrimonia-
lista, sin ningún tipo de límites sobre vidas y haciendas de sus congéneres.
Así, desde estas lecturas se ha intentado explicar toda la operación
internacional en Libia con el argumento del petróleo. La Otan sería la
avanzada de los países occidentales, que van a quedarse con el petróleo del
subsuelo de los desiertos de la Tripolitania y la Cirenaica. He argumenta-
do, contra eso, que el petróleo –su búsqueda, extracción, almacenamiento,
277
transporte y exportación- ya estaba en manos de compañías extranjeras
antes del levantamiento insurgente. Compañías a las que Khaddafi les ase-
guraba, con contratos que sólo se aprobaban por su mano, previsibilidad
y máxima seguridad. Como sólo una tiranía puede ofrecer a sus socios
selectos, y como jamás podrá ofrecer ningún sistema político democrático,
cualquiera sea, que surja de la actual revolución libia.
¿Por qué, en todo caso, obviar burdamente otros elementos y razones,
que impactan con fuerza en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, y
que las sociedades civiles toman para presionar a sus respectivos gobiernos?
Khaddafi no terminó siendo el heredero de Gamal Abdel Nasser y su
socialismo panarabista como pretendía, más que en sus discursos. En
la práctica, fue el banquero de más de medio centenar de grupúsculos
terroristas en todo el mundo; cuando se le dio por pagar atentados
aeronáuticos, tiró un avión cargado de pasajeros sobre Lockerbie, y otro
–el vuelo UTA 772- en el Sahara; jugó a la guerra invadiendo Chad,
adquiriendo armas de destrucción masiva (ADM), fabricando gas mostaza
y atentando contra Faisal en Arabia Saudita, Hassan en Marruecos, y hasta
contra Anwar el Sadat en Egipto, “culpable” de la paz con los israelíes;
violó cualquier soberanía nacional para asesinar disidentes en el extranjero;
puso precio (llegó a pagar hasta un millón de dólares) a las cabezas de sus
enemigos huidos de Libia, mientras recibía en sus palacios a los terroristas
más renombrados, como Abu Nidal. Y un currículum político tan frondo-
so y tan impropio de un líder libertario, es aún más vergonzante cuando se
intentan reseñar los atropellos contra su propio pueblo. Desde la limpieza
étnica de los bereberes; al estado paranoico establecido cuando convirtió a
uno de cada cinco libios en informantes del gobierno; al morbo de la san-
gre cuando dirigía personalmente las ejecuciones de opositores (retrasmiti-
das en directo por la televisión oficial), la amputación de extremidades, las
mil y una forma de persecución y acoso a cualquier minoría o disidencia.
Y de pronto, cuando una porción de esa sociedad sojuzgada, jugán-
dose la piel se alza contra el tirano, ¿qué debía hacer la comunidad interna-
cional? ¿Quedarse de brazos cruzados mientras observaba cómo el régimen
reprimía a los civiles, amparado en los principios de soberanía nacional y
de no injerencia de terceros en los asuntos internos de un país? No. Debía
intervenir. Y es deber de un demócrata apoyar esa intervención. El derecho
internacional humanitario ha avanzado, junto con los tiempos y las nuevas
formas que adopta la estructura política mundial, tanto a nivel institucio-
nal como en el plano de la sociedad civil. El principio “responsabilidad de
proteger”, uno de los basamentos de la decisión multilateral que dio pie a
los bombardeos de la Otan contra Khaddafi, es un avance en los deberes
hacia los más débiles, sin importar dónde vivan.
278
Los más de 40 años de tiranía también vaciaron de instituciones y de
instrumentos republicanos a Libia. Por eso la sociedad internacional, a tra-
vés de las organizaciones multilaterales que ha logrado darse hasta nuestro
tiempo, debe permanecer allí, ayudando a la reconstrucción del país. Los
libios se merecen una oportunidad de construir una sociedad en libertad;
asegurar esa oportunidad no está en sus manos, sino en las nuestras.
(2011)
279
ERDOGAN VERSUS OBAMA
El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, se lanzó a una mini gira
por los países de la “primavera árabe” en el Norte de África. El francés Ni-
colas Sarkozy y el británico David Cameron habían confirmado su llegada
–ayer jueves- a Trípoli, y el turco decidió hacer coincidir su presencia en
el territorio libio con los dos europeos. Pero a Libia llegó luego de haber
pasado por Egipto y por Túnez, donde se inició el proceso de cambios es-
tructurales en el mundo árabe en enero de este año. En el plano político,
los símbolos tienen tanto (o a veces más) peso que las decisiones ejecutivas,
y la imagen del mandatario turco siendo el primer jefe de Estado en arribar
a los nuevos escenarios magrebíes tras las revueltas que acabaron con los
corruptos regímenes autocráticos, no tiene un gramo de casualidad.
Turquía se siente llamada a ser la nueva potencia regional, y Erdogan
está decidido a que esa vocación se note y se haga explícita. El proceso será
complicado, pero puede terminar cambiando de raíz la arquitectura de
alianzas y de relaciones estratégicas en todo el mundo árabe y en el concier-
to de sociedades musulmanas. También, si el proceso tiene éxito, implicará
el desplazamiento de la incidencia política hegemónica hasta ahora en toda
la zona, los Estados Unidos de América. Y ese desplazamiento empujará, a
su vez, a una mayor soledad a su principal aliado, Israel. Esas son las piezas,
concretas y simbólicas, que se acomodan en el tablero del Magreb africano.
Erdogan es un hombre obstinado. Desde joven viene militando en la
causa del islamismo político (“moderado”, dice), y no ha bajado los brazos
a pesar de que los militares laicistas turcos lo han asediado con todas las
herramientas a su alcance. La laicización obligatoria impuesta por Mus-
tafá Kemal, Ataturk, para enterrar los últimos despojos de la experiencia
imperial otomana y fundar sobre ellos la moderna y occidentalizada Tur-
quía, forzó las costumbres populares hasta el detalle (como la tan remanida
prohibición a las mujeres de usar el pañuelo sobre la cabeza en los lugares
públicos), y relegó toda práctica y sentimiento religioso hacia los márgenes
de la sociedad o a la intimidad de los muros hogareños. Erdogan, y un
grupo numeroso de jóvenes de su generación, vienen insistiendo en que ese
extremismo laicista es artificial, y que los amplios sectores populares ansían
tener la libertad también de expresar sus sentimientos religiosos.
280
Y, lo más importante en el contexto del radicalismo peligroso de otras
interpretaciones, los islamistas moderados turcos sostienen que sus pre-
tensiones no son en absoluto contradictorias con una sana estructuración
republicana, con modos democráticos de elección de representantes, y con
el respeto por los derechos humanos. Sus conciudadanos le creen: el AKP
(Adalet ve Kalkinma Partisi, Partido de la Justicia y el Desarrollo) no deja
de ganar las elecciones, una tras otra. Sólidas mayorías que le han per-
mitido a Erdogan, inclusive, modificar la Constitución; recortar el poder
de los militares –otrora omnímodos “guardianes del laicismo” kemalista-;
imponer a su amigo y correligionario Abullah Gull como presidente de la
República; presentar a su esposa en los actos oficiales con la cabeza cubier-
ta por el velo (el “hiyab”); y seguir adelante con las negociaciones para la
incorporación de Turquía a la Unión Europa.
Esos son los elementos, en definitiva, que componen el “modelo tur-
co”, que los jóvenes tunecinos coreaban tras el derrocamiento de Zine el
Abidine ben Ali; y que repetían en la larga ocupación de la plaza Tahrir
los sublevados egipcios mientras pedían la caída de Hosni Mubarak. Tam-
bién, a su manera, lo han reivindicado los insurgentes libios del Consejo
Nacional de Transición. Aunque el presidente del CNT, Mustafá Abdel
Jalil, estuvo obligado a equilibrar sus loas al turco con los agradecimientos
a Sarkozy y Cameron, que empujaron a la Otan a intervenir a favor de los
rebeldes contra Muhammar el Khaddafi.
Y con las fuertes credenciales de estas adhesiones populares, Recep
Tayyip Erdogan se lanzó esta semana a su gira por el Magreb, a exportar
su concepción de la democracia islamista moderada, y a dejar claro que la
potencia de referencia regional a partir de ahora será Ankara.
Como no hay ni un gramo de casualidad en todo este montaje simbó-
lico, inmediatamente antes de salir hacia el Norte de África, el premier tur-
co protestó formalmente contra las conclusiones de la comisión israelí que
investigó el ataque contra el convoy con ayudas humanitarias a la Franja de
Gaza, que sostuvo que los comandos israelíes habían actuado legítimamente
al atacar la flotilla y matar a los cooperantes de nacionalidad turca. Erdogan
acompañó la protesta diplomática con el anuncio de una disminución de
relaciones bilaterales hasta el rango de segundo secretario (las más bajas de
la historia entre ambos Estados), y la drástica reducción de la cooperación
militar con Tel Aviv. El mayor aislamiento de Israel ha comenzado.
Un aislamiento que el gobierno de Benjamín Netanyahu podría quizá
haber evitado, cuando la “primavera árabe” comenzó a mover los oxidados
andamiajes estructurales en que se asentó todo Medio Oriente desde la se-
gunda mitad del siglo XX. Pero Bibi Netanyahu y su coalición de partidos
conservadores, religiosos y ultraortodoxos, se mantuvo rígido en el mismo
281
libreto de siempre: tres pasos adelante, después uno hacia atrás –si la presión
es mucha- y ninguna concesión real. Un libreto que pudo funcionar mien-
tras el paraguas de la protección de su aliado norteamericano era la única
sombra en toda la zona. Una protección que había empujado también al
reconocimiento y al entendimiento con Turquía y con Egipto.
Desde que, en enero pasado, se inmolara el joven Mohammed Buazizi
en Túnez y comenzaran a caer las fichas de las autocracias una tras otra,
esas condiciones del paraguas hegemónico se han volatilizado: ni Barack
Obama puede ya imponer las líneas de política regional con una llamada
telefónica desde la Casa Blanca; ni Recep Tayyip Erdogan está dispuesto a
seguir dándole carta blanca a un vecino irritante y tan poco comedido; ni el
rais Hosni Mubarak está sentado en el sillón del palacio cairota desde el que
controlaba a los islamistas de Hamas en la frontera de la Franja de Gaza.
En lugar de aquellas seguridades, Israel –con una realista dosis de
espanto- ve cómo las palabras del presidente norteamericano hacia la re-
gión son rápidamente olvidadas (aquel discurso de El Cairo, al inicio del
mandato de Obama, donde tendía una mano al Islam; una mano que
nadie corrió a apretar). Ve que el aliado turco de otros tiempos hoy recorre
la costa Sur del mar Mediterráneo con un discurso islamista –moderado
quizás, pero islamista al fin- y con pretensiones de liderar políticamente
los nuevos tiempos. Y ve que en el gigante egipcio las masas se largan a
quemar banderas de Israel y a tomar su embajada en El Cairo, incendiando
documentos y vulnerando la más elemental de las seguridades bilaterales,
la protección diplomática. Si la nueva dirigencia egipcia no atina a prote-
ger ni siquiera a los representantes oficiales de Israel, ¿qué empeño puede
poner en cuidar los excesos de la facción más belicosa de los palestinos en
la frontera con Gaza?
Y si estos tres elementos de disrupción en la estabilidad regional no
fueran suficientes, Israel tendrá que soportar que una inmensa mayoría de
países del mundo (posiblemente 160 de los 193 miembros de las Naciones
Unidas) voten la incorporación de los palestinos en la Asamblea General
de la semana que viene. No les quedará otra alternativa que apelar al para-
guas estadounidense, para que el embajador norteamericano en el Consejo
de Seguridad utilice su poder de veto, y desde esa instancia se impida la
creación del Estado Palestino. Pero el respaldo mundial habrá sido contun-
dente, y en esto tampoco hay ni una mínima porción de gasto simbólico:
esa votación mayoritaria cuenta, y cuenta mucho.
Barack Obama ya ha anticipado que vetará la formación del Estado
Palestino en el Consejo de Seguridad, a pesar de que había prometido lo
contrario en su campaña electoral, lo había recalcado cada vez que tuvo
oportunidad de hacerlo, y lo sugirió en aquel importante discurso de El
282
Cairo que hoy parece ya tan lejano como las piezas del hermoso museo
egipcio de los faraones.
Ese veto reducirá un poco más su importancia en los escenarios de
la “primavera árabe”. Un hueco que Recep Tayyip Erdogan ve cómo se
ensancha, y se dispone a llenar.
(2011)
283
LAS MUJERES EN LA PRIMAVERA ÁRABE
284
manera permitirían revisiones reduccionistas. En su conjunto, forman el
mínimo de lo que aceptamos como civilización. Y una paradoja, entre
tantas, es que ese reconocimiento al que hoy aspiran las sociedades árabes
y musulmanas de la frontera Sur de Europa, les ha sido negado, durante
años, tanto por los regímenes autocráticos internos, como por la permisiva
mirada con que los grandes países de Occidente trataron a los tiranos y
reyezuelos de la región.
Abdullah Abdulaziz, por cierto, sigue siendo uno de los principales
aliados de Washington en todo el Oriente próximo, y es altamente proba-
ble que mantenga esa posición privilegiada mientras el ingente lago de pe-
tróleo sobre el que se asientan las arenas del desierto saudita siga manando
combustible. Su reinado ha podido escamotear cualquier consideración a
derechos civiles, a derechos humanos y a derechos políticos sin una sola
censura de Occidente, precisamente en virtud de esa alianza. Y también
gracias a ella ha resuelto las tensiones regionales que pusieran en riesgo la
provisión petrolera. La alianza con los Estados Unidos se pactó tan tem-
pranamente como en 1945, cuando se acallaban los últimos tiros de la
gran guerra y comenzaba a delinearse la arquitectura internacional de la
segunda mitad del siglo XX. Entonces, el presidente Franklin D. Roosevelt
se reunió con el rey Abdulaziz, a bordo del destructor de la marina nortea-
mericana USS Murphy, y sellaron esa alianza mediante la cual la tribu de
los Saud era reconocida como el poder central en toda la península arábi-
ga, se le dejaban las manos libres para que dispusiera cómo manejar a su
sociedad, y se la protegía de los vecinos. A cambio, los Saud aseguraban el
suministro petrolero a los norteamericanos, a perpetuidad.
Y esa alianza se mantiene firmemente, sean republicanos o demócra-
tas quienes ocupen la Casa Blanca. Se pudo comprobar cuando el primero
de los Bush lanzó la guerra del Golfo para expulsar a Saddan Hussein
de Kuwait, que en realidad venía a proteger a Arabia Saudita y a los pe-
queños emiratos petroleros. También se vio cuando, tras el fatídico 11-S
contra las Torres Gemelas de Nueva York, atentados organizados –según la
propia versión oficial estadounidense- por el saudita Osama bin Laden y
perpetrados por terroristas suicidas de Al Qaeda, sauditas casi todos ellos,
la reprimenda pasara por alto a Riad y a la familia Saud y se dirigiera, en
cambio, contra Irak y Afganistán.
Inclusive el propio Barack Obama, cuando presentó en mayo de
2011 su plan de política exterior para Medio Oriente y el Magreb, apo-
yando la “primavera árabe”, se metió con casi todos: saludó las revueltas
tunecina y egipcia, respaldó un Estado Palestino con las fronteras de 1967
(que luego negaría en la ONU la semana pasada), fustigó a Khaddafi y
comprometió su apoyo a los rebeldes, censuró la represión en Siria y, claro,
285
dedicó todo un capítulo para condenar a Irán. Pero en ese plan, donde
se designaba como máxima prioridad de la Casa Blanca el apoyo a las
reformas democráticas en toda la región, no hubo ni una sola mención al
régimen monárquico de Arabia Saudita, por lejos uno de los más cerrados,
antidemocráticos y represivos. La “relación especial” con la casa de Saud
está fuera de toda discusión.
Pero, a pesar de tan contundente apoyo externo, la preocupación del
rey Abdullah Abdulaziz parece concentrarse en el frente interno. Los nor-
teamericanos no lo ayudarán a parar los vientos de la “primavera árabe”
si estos comienzan a soplar fuerte fronteras adentro. Y antes de tener que
prever situaciones incómodas como las del tunecino Zine el Abidine ben Ali
(que por reaccionar tarde ha terminado exiliado junto a su esposa y el avión
lleno de oro precisamente en Arabia Saudita), o del egipcio Hosni Mubarak
(que por no llenar un avión con oro y huir a Riad hoy sufre cárcel y proceso
por violaciones múltiples a todo tipo de derechos durante su dictadura),
Abdullah ha decidido entregar generosas concesiones, como conmutar los
latigazos por manejar un coche, o anunciar que incluso en algunos años más
las mujeres de su reino podrán votar.
En Túnez, después de la caída de Ben Ali, también han sido las muje-
res el termómetro del cambio. El 23 de octubre de 2011 se celebran las pri-
meras elecciones tras el derrocamiento de la dictadura cleptocrática de Ben
Ali y de su esposa, la inefable Leila Trabelsi. Y en estas elecciones las mujeres
no sólo votan, sino que las listas electorales se constituyen con candidaturas
paritarias entre hombres y mujeres, para conformar la Asamblea Constitu-
yente que redactará la ley fundamental del nuevo Estado democrático.
En el Irán de Mahmmoud Ahmadinejad, los musulmanes chiítas
obligan a sus mujeres a cubrirse con el velo, pero desde la revolución islá-
mica encabezada por el ayatollah Khomeini las mujeres acuden a las urnas
en igualdad de condiciones políticas que los varones. Y en las revueltas
“verdes” que tuvieron lugar tras la reelección dudosa de Ahmadinejad, fue-
ron las mujeres las protagonistas principales, representado un papel visible
y activo. Un gran número de mujeres participó en las protestas callejeras, e
inclusive el ícono del movimiento actual de oposición es una mujer: Neda
Agha Soltan, asesinada por la milicia progubernamental mientras protesta-
ba pacíficamente. Su muerte, grabada con un teléfono celular, ha recorrido
el mundo, mostrando la otra cara de la moneda del régimen republicano
e islámico de Irán.
En Arabia Saudita, y desde el anuncio de Abdullah del domingo pa-
sado, las mujeres habrán dado el primer paso en sus derechos políticos.
Podrán votar, y ser candidatas al próximo Consejo Consultivo (Shura),
en las elecciones de 2015. Pero es demasiado poco, casi nada. Las mujeres
286
siguen sin tener derechos civiles (pasan de la tutela del padre, a la del ma-
rido), no pueden tener bienes y, a pesar de que el rey haya conmutado los
latigazos, siguen teniendo prohibido hasta manejar. Y el posible acceso a la
Shura tampoco es significativo: la asamblea no es un parlamento, ni tiene
poderes legislativos. Apenas es un órgano de consulta, siempre y cuando
el rey decida consultarlo. Y ya han afirmado, en todo caso, que las mujeres
deberán sentarse en otra sala, por separado.
Si la integración de las mujeres es el termómetro con que se mide la
temperatura de los vientos de cambio, las decisiones de Abdullah no logra-
rán blindar a su reino contra la “primavera árabe”.
(2011)
287
LA VUELTA DE SHALIT
288
Y fue una fiesta aprovechada por todo el gobierno conservador de
Benjamín –Bibi- Netanyahu, la prensa israelí, los colonos, el Ejército –la
institución básica de la supervivencia judía- y las familias de los soldados.
En Israel el servicio militar es obligatorio para todo ciudadano, indepen-
dientemente de su sexo o condición, y dura tres largos años (en el caso de
las mujeres, dos); y para el Ejército es innegociable el principio de no dejar
a un solo soldado atrás: lo necesita para garantizar ese largo servicio militar
y la lealtad de los conscriptos, que saben que serán rescatados a cualquier
precio. Inclusive las familias que tienen un solo hijo, deben firmar un do-
cumento que autoriza a la fuerza armada a trasladar a su vástago a zonas de
combate. En ese entorno, el abrazo del soldado Gilad Shalit con su padre,
Noam, fue la primera imagen de la atípica jornada. La cámara volvería a
detenerse para retratar, del otro lado del muro, la llegada de los colectivos
con los presos liberados (477 en esta primera etapa, a los que seguirán otros
550 en unas semanas) a tierra palestina.
Han sido tantos los años de luchas y de negociaciones, de progresos
y retrocesos, que aquel clima de tirantez y sospecha al que me refería re-
cién, también ha teñido todo proceso de diálogo entre ambas partes. Por
eso nadie informó de que se estaban desarrollando tratativas para el canje,
toda la negociación se mantuvo en una estricta reserva de secreto de Es-
tado, y los buenos oficios desplegados por las diplomacias de Alemania y
de Egipto –terceras partes involucradas en el intercambio- respetaron ese
modus operandi. Por eso el anuncio fue sorpresivo, y contribuyó a la fiesta.
Con las primeras luces del alba del martes 18 de octubre de 2011, desde
algún lugar de Gaza salió un coche 4x4, rodeado de docenas de milicianos
armados hasta los dientes y cubiertos de pasamontañas y pañuelos, que
sólo dejaban al descubierto las pupilas negras. Ese contingente se acercó al
paso fronterizo de Rafah, y del 4x4 salió un delgadísimo muchacho de 25
años, tras pasar una quinta parte de su vida como rehén de las guerrillas
islamistas palestinas. Ojeroso y con aspecto de cansado, los mediadores
egipcios sin embargo lo encontraron bien, sano y cuidado, y hasta lo ex-
pusieron a las cámaras de televisión para un primer reportaje, antes de que
los servicios de inteligencia israelí, el Mossad, lo entrevistaran. Shalit dijo a
las cámaras de la TV Nilo que lo habían tratado bien, y manifestó su con-
fianza en que el canje de prisioneros (deseó inclusive que todos los presos
palestinos fueran liberados) ayudara a alcanzar la paz. Después, el joven
fue conducido por los mediadores egipcios al paso fronterizo de Kerem
Shalom y entregado al Ejército israelí, quién se apresuró a volver a vestirlo
con el uniforme marrón y a colgarle sus novísimas charreteras de sargen-
to. Luego de la entrevista, ahora sí, con el Mossad, lo embarcaron en un
helicóptero, y en la base militar de Tel Hof, cerca de Tel Aviv, lo recibió el
289
primer ministro, y la cámara se detuvo con el esperado abrazo a su padre.
Desde ahí todo fue fiesta, aunque discreta.
Sin ningún tipo de contención, en cambio, hacia el mediodía el par-
que central de Gaza rebosaba de gritos, música, las banderas verdes de Ha-
mas, y unas 200.000 personas que habían llegado desde los rincones más
remotos de la Franja, para recibir a los liberados, como auténticos héroes.
Ismail Haniya, líder de los islamistas y gobernante de facto de Gaza, abrazó
uno a uno a los liberados. Faltaban algunos: los que fueron conducidos a
Cisjordania directamente, y aquellos a los que se obligó al exilio. Pero nada
detuvo la fiesta, porque aquí era fiesta y era victoria.
Porque, si bien los líderes de Hamas –incluyendo al propio Haniya-
sostuvieron que la alegría era la de todos los palestinos, objetivamente hay
que acordar que la victoria de los islamistas conlleva el relativo fracaso de
la vía negociadora impulsada por Al Fatah, la Organización para la Libe-
ración de Palestina (OLP) y, en última instancia, por el primer ministro
Mahmmoud Abbas. Inclusive tiendo a pensar que la ocasión elegida por
Netanyahu para acceder al canje tiene que ver con el gambito diplomático
de Abbas, de presentar el pedido del reconocimiento del Estado Palestino a
las Naciones Unidas. El canje de 1 por 1.000 puede venir a reforzar la apre-
ciación, entre los árabes, de que la burocracia de la Autoridad Palestina,
con sus planes de negociación que nunca llegan a ningún puerto y que ni
siquiera logran detener la colonización judía en los territorios ocupados, en
menos eficiente que las vías que propugna Hamas, aunque éstas impliquen
violencia y rotundo desconocimiento a la potencia ocupante.
Netanyahu ha tomado esta decisión en un entorno crítico. Una parte
de su gobierno (el canciller Avigdor Lieberman; la derecha del Likud; y los
partidos religiosos ortodoxos) se negaba rotundamente a ningún acuerdo
con el enemigo. Pero, como ex soldado, conoce la ley no escrita de que el
Ejército no deja a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres; y que un golpe
militar de comandos judíos en Gaza para rescatar a Gilad estaba fuera de
las posibilidades actuales (Bibi tiene, por cierto, un hermano muerto en
una operación de rescate en Entebbe, Uganda, en 1976).
Además, el abrumador respaldo de países del mundo a la solicitud pa-
lestina de reconocimiento por la ONU ha extremado la soledad de Israel.
Bibi dice públicamente que está dispuesto a retomar las negociaciones con
Mahmmoud Abbas, pero al mismo tiempo le quita legitimidad al sostener
que no representa a todos los palestinos. En este sentido, el fortalecimiento
de Hamas termina beneficiando indirectamente al gobierno de Tel Aviv,
porque aumenta la debilidad de Al Fatah en la interna árabe.
Por otra parte, en los más de 1.000 liberados, se sueltan presos políti-
cos pero también terroristas, con varias condenas en firme por sangrientos
290
atentados contra civiles, que podrían volver a las armas. Finalmente, ha
terminado accediendo al canje, porque la ausencia del soldado Gilad Shalit
era un símbolo más gravoso para la conciencia colectiva israelí que la libe-
ración de los prisioneros palestinos. Pero esa decisión puede convertirse en
un aliento a nuevos secuestros de soldados: se pedía, en Gaza, “queremos
más Shalits”. A lo que Bibi respondía: “seguiremos luchando contra el te-
rrorismo”. En definitiva, una jornada de relajación de tensiones y de fiesta,
pero nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz.
(2011)
291
APENAS UNAS HORAS
292
tidos por las bombas de la aviación israelí eran un argumento demasiado
iracundo para frenar.
La sangrienta escaramuza del fin de semana, y la evidencia de las ten-
siones internas entre los partidos palestinos, vuelve a poner de relieve la
importancia de sumar a Hamas como interlocutor en las negociaciones
regionales. El argumento de su exclusión sistemática de todas las mesas
de diálogo por el “carácter terrorista” que los Estados Unidos y la Unión
Europea le adjudican, sigue promoviendo el desarrollo de fuerzas internas
más radicales.
(2011)
293
¿HAY RIESGO DE GUERRA NUCLEAR EN MEDIO
ORIENTE?
294
consideró un reactor nuclear en construcción, que el régimen de los Al
Assad habría estado armando con asistencia de Corea del Norte.
La retórica bélica constituye un dato cotidiano, tanto en Tel Aviv
como en Teherán. Pero a esa manera ya regular de componer el discurso
político, en las últimas semanas se han agregado algunos datos preocupan-
tes, que hacen que aquellas veladas amenazas contra el vecino cobren cor-
poreidad. Primero fue la denuncia de Washington, de que algunos sectores
de los “halcones” del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad –la rama de
los Al Quds de los Guardianes de la Revolución- estaban detrás de un
confuso y novelesco complot para eliminar en los Estados Unidos al em-
bajador saudita, Adel al Jubeir. Y menos de un mes después del supuesto
complot, aparece el nuevo informe del Organismo de las Naciones Unidas
para la Energía Atómica (OIEA), hecho público en Viena esta semana,
donde se afirma que Irán está a las puertas de conseguir el arma nuclear,
con un diseño propio, armado a partir de la compra de información y do-
cumentación a una red clandestina de material atómico. Según los técnicos
del OIEA, las dimensiones militares del programa nuclear iraní ya son
inocultables, desde el momento que, por ejemplo, incluye experimentos
con explosivos especiales o el desarrollo de detonadores.
En este contexto, el discurso de Bibi Netanyahu a los altos mandos
del Ejército israelí adquiere otra dimensión a la habitual retórica guerrera.
En Tel Aviv, el diario Haaretz aseguró que Bibi ya cuenta con el apoyo a
sus planes de ataque del cauteloso ministro de Defensa, Ehud Barak, ade-
más del siempre dispuesto a la guerra canciller Avigdor Lieberman. Entre
los tres intentan convencer a los jefes del Ejército y de los servicios de
inteligencia, quienes, según el mismo diario, de momento se opondrían.
La reticencia del alto mando de las Fuerzas Armadas judías pasaría por la
oposición de los Estados Unidos a apoyar una acción en ese sentido, y la
advertencia pública de la Otan, que ha manifestado que no tiene intención
de intervenir en el conflicto.
Ninguna de esas posiciones puede considerarse definitiva, entonces la
pregunta que se ha instalado es si Israel –de quien se calcula posee unas 200
cabezas nucleares capaces de instalar en misiles de largo alcance- estaría
dispuesto a lanzar un ataque en solitario a la República Islámica de Irán.
Si esa pregunta se resuelve afirmativamente, como parece ser el caso, si las
anunciadas represalias del régimen teocrático iraní instalarían un escenario
de guerra nuclear en Medio Oriente. En ese extremo, de ninguna manera
los Estados Unidos podrían permanecer al margen. ¿Estaría dispuesto Ba-
rack Obama a liderar una guerra atómica en el corazón del mundo árabe?
Sin embargo, y a pesar del escenario pesimista, yo considero que no
hay elementos suficientes como para concluir que la coyuntura empujará a
295
un nuevo conflicto armado a gran escala, al menos en el corto plazo. Esas
señales que, a pesar de su presentación pública, dan espacio a la esperanza
del mantenimiento de la paz, pasan por: (1) el peso de los informes multi-
laterales; (2) la relación de fuerzas entre las potencias; y (3) por la desesta-
bilización global que una acción militar regional acarrearía.
En cuanto a los informes, aunque haya sido tan espectacular y me-
diático, el texto de la OIEA en realidad no aporta demasiados elementos
nuevos, y vuelve a inscribirse en el largo tira y afloje que la agencia de la
ONU tiene con Irán desde antes aún de la instalación del régimen de los
ayatollahs, cuando el Shah de Persia, Mohammed Reza Pahlevi lanzó en
los años 70 un programa atómico para llegar a la bomba. La OIEA dice
ahora, en el tan mentado informe, que Irán “tuvo” un programa de armas
nucleares antes de 2003, lo que es obvio, y sólo agrega que “algunas acti-
vidades relevantes para la construcción de un dispositivo explosivo nuclear
continuaron después de 2003, y alguna podría estar aún en marcha”. Una
suposición demasiado vaga como para que constituya casus belli.
Respecto de las potencias, el tándem Nicolas Sarkozy-David Came-
ron ya ha salido a pedir una ampliación de las sanciones contra Irán por
la vía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El mismo paso
que dieron –también a dúo- en relación a Libia, hace apenas unos meses.
Pero ahora no será tan lineal: Rusia ya ha advertido que los resultados del
informe de la OIEA no aporta datos concluyentes, y China –con el entra-
mado comercial creciente que mantiene con Teherán- es un voto negativo
seguro. Ambos gigantes, se recordará, tienen derecho a veto en el Consejo
de Seguridad, esa vía está cerrada por el momento.
Y en lo que hace a la desestabilización regional, un ataque como el
que Bibi clama contra las instalaciones iraníes no se compararía con las
incursiones realizadas contra Irak y Siria en el pasado. Irán está mucho más
preparado que Saddam Hussein y que Bachar al Assad, aquí no alcanzará
un ataque puntual de la aviación israelí, sino que se requerirá un plan de
ataque vasto y prolongado –más de un mes, seguramente- con consecuen-
cias imprevisibles e inmanejables (entre ellas, que Irán saldría legitimado
para armarse con la bomba atómica, después de haber sido atacado en su
suelo). Y no hay, me parece, posibilidades de que Barack Obama, con la
economía estadounidense en recesión y la carrera hacia la reelección presi-
dencial ya comenzada, se implique en una aventura de ese tamaño, cuando
a duras penas está logrando cerrar el capítulo de Irak y Afganistán, las dos
guerras más largas y más caras de la historia americana.
De momento, no habrá guerra; lo que no quiere decir que la ten-
sión –especialmente la verbal- vaya a disminuir. Pero Bibi, en definitiva,
es un mentiroso.
(2011)
296
ASSAD, HERIDO Y ACORRALADO
297
corto plazo: una negociación que les permite abandonar el poder con las
garantías suficientes, o la guerra. Y mientras esta alternativa termina de
tomar forma, las calles de Damasco se siguen cubriendo de sangre, cada
día más brutalmente.
Como en todos los procesos políticos con resolución violenta, la prin-
cipal víctima es la población civil; tanto de Damasco, Deráa, Hama, Homs
y otras ciudades, como de las áreas rurales consideradas por el régimen
como “focos de oposición”. La metodología represiva ordenada por Ba-
char al Assad, sin prácticamente ningún atenuante ni discriminación, fue
horadando inclusive la obediencia al interior de las fuerzas armadas, que
desde hace semanas viven un continuo desgranamiento y huída de efecti-
vos, que comenzó cuando los uniformados se negaron a disparar a sangre
fría a campesinos que huían de la represión oficial cruzando la frontera
con Turquía. Estos soldados y oficiales desertores han sido cooptados por
el liderazgo de la oposición política clandestina, y junto con voluntarios
civiles, se han organizado en el denominado Ejército Libre de Siria, al que
se le calculan ya varios centenares de efectivos y que –como se vivió con los
rebeldes de Bengazi en Libia- constituye el germen de la oposición armada
al hasta ahora incuestionado monopolio estatal.
Esta situación vuelve a dar una nueva vuelta de tuerca sobre la seguri-
dad de la población civil, que ahora no sólo sufre los embates de las fuerzas
regulares, sino que se ve aprisionada entre dos fuegos, entre las fuerzas
de seguridad oficiales y un ejército rebelde que en las últimas horas se ha
armado de valor como para –inclusive- atacar a un cuartel del ejército si-
rio. La osadía de los rebeldes se acrecentó a partir de esta semana, cuando
el lunes ultimaron en una emboscada a 34 militares gubernamentales en
Deráa, el mismo día que entre los opositores se contaron más de cincuenta
muertes por la represión oficial.
La Liga Árabe, una organización fundada por Siria –y que ha recibido
una parte sustancial de su financiamiento de las prebendas de los Al As-
sad- decidió esta semana también despegarse de uno de sus miembro más
conspicuos, y lo hizo alegando la fragilidad de la protección a los civiles y
las mentiras de Bachar. El presidente se había comprometido el 2 de no-
viembre, frente a los embajadores de la Liga Árabe, a retirar las tropas de
las ciudades y aflojar la represión. Sin embargo, desde principios de mes la
violencia de las fuerzas del Estado no ha hecho sino aumentar, y se calculan
más de tres centenares de muertes desde entonces; si así fuese, los muertos
desde el inicio de la revuelta siria, hace nueve meses, ya serían cerca de
4.000. La Liga pide ahora que Damasco permita la entrada de una fuerza
civil de 500 observadores, miembros de ONG de derechos humanos, para
298
proteger a la población civil de los embates entre las fuerzas regulares y el
Ejército Libre de Siria.
Es difícil que la organización regional, que –además- nunca se ha des-
tacado por su eficiencia, obtenga la autorización del gobierno. La expulsión
de Siria de su seno ha enfurecido a Bachar al Assad, que ha mandado a sus
acólitos a asaltar las sedes diplomáticas de Marruecos, Qatar, y de los Emira-
tos Árabes Unidos, y no deberían descartarse otros ataques a las embajadas
de más países miembros de la Liga. El clan es consciente de que el apoyo de
la Liga Árabe en las Naciones Unidas fue decisivo para la aprobación de la
resolución multilateral que habilitó el cierre del espacio aéreo de Libia, y la
entrada de la Otan en apoyo a los rebeldes, que finalmente terminó incli-
nando la balanza de la guerra contra Muhammar el Khaddafi. Bachar y sus
hermanos se deben estar preguntando cuánto tiempo falta para que la Liga
Árabe haga lo mismo con ellos.
El asalto a las embajadas por parte de los partidarios del régimen, y
el ataque al cuartel por parte de los insurgentes del Ejército Libre de Siria,
ha llevado al canciller ruso, Seguei Lavrov, a calificar la situación interna
como un escenario de “guerra civil”. Esta situación, sumada a las cada vez
más sólidas posibilidades de una guerra con participación internacional,
vuelve a colocar en el centro de atención la opción de una intervención de
buenos oficios del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.
Turquía ha puesto de manifiesto reiteradamente sus anhelos de lide-
razgo regional, y desde el estallido de la “primavera árabe” las gestiones del
líder del partido islamista moderado AKP han aumentado en su dinamis-
mo. Erdogan ha roto con la ortodoxia inflexible de Benjamín Netanyahu
en Israel, después de tantos años de alianza estratégica entre ambos; ha
prestado especial atención a la situación de la Franja de Gaza (los barcos
solidarios con los palestinos, interceptado por las tropas judías de élite,
navegaron con bandera turca); ha estado presente en Túnez, en Egipto, y
aterrizó en Trípoli para celebrar la victoria sobre Khaddafi, al mismo tiem-
po que Nicolas Sarkozy y David Cameron. Ante la posibilidad de que el
caos de los acorralados tigres de Al Assad termine siendo aprovechado por
el iraní Ahmadinejad –o el rey Abdullah de Arabia Saudita, la otra potencia
regional- Erdogan vuelve a mostrar su predisposición de intervenir prota-
gónicamente en una salida negociada a la crisis siria.
Mientras el régimen de Damasco fue una apuesta segura, el gobierno
turco no tuvo problemas de hacer negocios con los Al Assad. Luego, cuan-
do comenzaron a estallar las protestas, Erdogan intentó convencer al clan
de introducir reformas urgentes. Pero ante su inflexibilidad, esta semana
el turco escenificó su ruptura: dijo que ya no podía confiar en Bachar,
porque es un mentiroso que pasará a la historia como uno de esos líderes
299
que se alimentan de sangre, y anunció que aplicará sanciones unilaterales,
especialmente un embargo de armas y de petróleo.
Si Erdogan lo logra, puede terminar forzando el cambio de postura
de Rusia y de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas,
aumentando la presión diplomática internacional, y abriendo, al mismo
tiempo, una ventana de oportunidad –desde el interior del Islam- para que
el tigre herido de los Al Assad pueda escapar. Esa es una alternativa, quizá
la última. La otra, es la guerra.
(2011)
300
REBELDE TAHRIR
301
Un gobierno islamista en el gran país de África forzaría a un cambio
en la relación de fuerzas en la región, especialmente con el vecino Israel y
con los más vecinos –pasos fronterizos comunes de por medio- palestinos
de Hamas en Gaza. Ante la muestra de fuerza numérica de los islamistas,
sectores de la izquierda democrática egipcia se han acercado a los milita-
res, nuevamente vistos como la última barrera para impedir una teocracia
fundamentalista. En todo caso, ¿cómo hacerlo sin derivar hacia un nuevo
período dictatorial en plena emergencia democrática? Los muertos y los
heridos de Tahrir tumbaron al gobierno provisional, y Egipto entró en un
compás de incertidumbre. Pero con mucho olor a podrido.
(2011)
302
¿QUÉ HACE AHMADINEJAD EN AMÉRICA LATINA?
303
conservadora del presidente una conducta que llaman “desviacionista” res-
pecto de los objetivos fundacionales de la República Islámica; así, la cúpula
religiosa ha lanzado una campaña para recortarle el poder e intentar que el
sector de Ahmadinejad no triunfe en las elecciones legislativas de este año.
En esa puja, el presidente intentó desplazar al ministro de Inteligencia,
Heydar Moslehi, y el Guía Espiritual lo devolvió a su puesto en cuestión de
horas. Y en un retruco le colocó además a otros dos incondicionales suyos
en el gabinete: al fiscal general, Gholam Hossein Mohseni Ejehi, y al porta-
voz parlamentario Ali Larijani. Ahmadineyad permaneció once días sin ir a
las reuniones de gobierno como protesta, y esa tensión interna ha tomado
las calles, con enfrentamientos entre los partidarios de ambos dirigentes,
que deben ser separados por las fuerzas policiales (ya que los “pashdarán”,
de momento, no se pondrán en contra del ayatollah).
Además de este ríspido clima en Teherán, Mahmmoud Ahmadinejad
también se las ve negras en el plano regional. Además del partido-milicia
libanés Hezbollah, la principal baza en la búsqueda del liderazgo iraní está
puesta en Damasco. Y el régimen de los Al Assad, carcomido por la co-
rrupción elitista y por la violencia represiva, se encuentra rodeado por los
levantamientos civiles internos; las fugas de soldados y oficiales de las fuer-
zas militares gubernamentales; la quita de apoyo de los vecinos estratégicos,
como Turquía; la intervención fiscalizadora de la Liga Árabe; y –por fin- la
censura explícita de los organismos multilaterales (Ban ki Moon, el secreta-
rio general de las Naciones Unidas, pidió públicamente esta semana al pre-
sidente Bachar al Assad que detenga la masacre contra su propio pueblo).
Si en la débil estructuración política que queda en Irak tras el retiro
de las tropas invasora norteamericanas, los chiítas comandados por el pri-
mer ministro Nuri al Maliki logran controlar la espiral de guerra interna y
conservan el gobierno, Ahmadinejad tendrá entonces otro interlocutor en
la región. Pero, de momento, debe enfrentar en soledad la presión de las
intenciones alternativas de liderazgo por parte de Arabia Saudita; la fuerza
conjunta de la diplomacia norteamericana y de la Unión Europea en todos
los foros mundiales; y de la “guerra secreta” del Mossad israelí, que ya le va
matando cinco científicos nucleares en atentados en las propias calles de Te-
herán, como la del doctor Mustafa Ahmadi Roshan, de 32 años, subdirector
de la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz, la semana pasada.
Ante esta encerrona, el presidente iraní lanzó el desafío de cortar el
suministro de petróleo de exportación, y además de cerrar la canilla de
crudo, también bajar la barrera a los buques cisterna que cruzan por el
estrecho de Ormuz. Más importante aún que la primera amenaza es cerrar
el estratégico paso, que desequilibraría de golpe todo el comercio petrolero
internacional. Los ensayos con misiles desde los destructores iraníes, y la
304
manera en que sus buques han esquivado el control de los barcos nortea-
mericanos, han hecho evidente que la capacidad táctica para el cierre del
estrecho es real.
En la versión del diario estadounidense The New York Times, la Ad-
ministración Obama intenta aprovechar las disidencias internas en el ré-
gimen de Teherán para frenar una eventual clausura del paso de Ormuz:
la Casa Blanca se habría comunicado con el Guía Espiritual, Ali Jamenei
(y por canales de comunicación secretos, obviamente, ya que ambos países
no mantienen relaciones diplomáticas bilaterales). Por las dudas, el NYT
agrega, de su propia cosecha, la opinión de que un ataque militar contra
las instalaciones nucleares iraníes –el proyecto en el que insiste permanen-
temente el gobierno israelí de Bibi Netanyahu- sería un auténtico desastre.
Este es el trasfondo que le encontramos a la tournée latinoamericana
de Mahmmoud Ahmadinejad. Con las puertas de Europa y Estados Uni-
dos cerradas; los vecinos, los aliados y la región pendientes de un hilo; y los
pasillos del poder interno enredándose, un paseo por América latina le da
al iraní una bocanada de oxígeno internacional y varios minutos de cámara
en las grandes cadenas del globo. Un hálito, como para seguir tirando. Pero
a nivel de relaciones, desde la perspectiva regional sudamericana, la gira
no agrega nada sustantivo. Con ninguno de los países existe intercambio
comercial significativo, y respecto de Venezuela, y a pesar de la manifiesta
amistad del presidente Hugo Chávez hacia el persa (lleva visitando Tehe-
rán en nueve viajes oficiales), el hecho de que ambos países pivoten sus
economías en la exportación de petróleo los hace poco o nada comple-
mentarios. Y otro tanto habría que decir de Ecuador, donde el presidente
Rafael Correa está embarcado en la expansión de la industria productora y
exportadora de crudo. Respecto de Cuba y de Nicaragua, países que sí son
importadores netos, tampoco le comprarán a Ahmadinejad cuando tienen
asegurada la provisión petrolera –y a precios más que competitivos- preci-
samente desde Caracas. Si todavía hubiera estado Lula en la presidencia,
quizá la gira hubiese incluido también Brasilia, como en noviembre de
2009; pero está Dilma, y ya se sabe lo que la presidenta opina del tema.
A la Argentina, mientras el contencioso por el atentado de la AMIA siga
abierto, ni pensarlo.
En política internacional los símbolos importan tanto como los he-
chos. Y esta visita dominguera de Ahmadinejad no tuvo sino la intención
de mostrar que estará solo, pero no del todo.
(2012)
305
RUIDO DE SABLES EN ORMUZ
306
La medida ha sido la más fuerte de toda la batería diplomática puesta
hasta ahora sobre la mesa, con la explícita intención de que el régimen
teocrático de los ayatollahs y el gobierno ultraconservador del presidente
Mahmmoud Ahmadinejad frenen el enriquecimiento de uranio y el desa-
rrollo de su plan atómico. Así lo admite, con todas las letras, el comunica-
do emitido por Merkel y sus colegas, apenas unos momentos después de
que Lady Ashton anunciara el embargo: el paquete de sanciones y el cierre
del comercio, dicen, obedecen al hecho de que Teherán no ha consegui-
do “restablecer la confianza internacional en la naturaleza exclusivamente
pacífica de su programa nuclear.” Los iraníes no podrán “restablecer” esa
confianza porque a estas alturas ya está claro que de lo que se trata es de
la obtención de la bomba. Si se lo niega públicamente, sólo es para no
dar una excusa obvia a un aumento de la tensión, incluyendo la militar.
Pero todos los indicadores llevan necesariamente a esa conclusión. Éstos se
podrían dividir en tres grupos de argumentaciones: los motivos geoestra-
tégicos, los ideológicos, y los religiosos (aunque quizá no precisamente en
ese orden de jerarquía).
Respecto del primer conjunto de razones, aquí intentamos mostrar la
soledad regional y global en la que está obligado a moverse el régimen iraní
y su especificidad diferenciada. Después de la intervención estadounidense
en el vecino Irak, la guerra afgana, la primavera árabe destrozando aquellos
regímenes otrora fuertes y sólidos, y la Siria de los Al Assad a punto de
seguir un camino cercano al de las viejas autocracias del Norte de África, el
régimen iraní se percibe a sí mismo en una soledad de isla en medio de un
mar hostil. Y la principal cara de confrontación regional sólo está a pocos
kilómetros: Israel; y los cómputos más conservadores calculan en 200 las
cabezas nucleares del arsenal israelí, listas para ser montadas en misiles de
alcance medio y largo.
Un conjunto de razones objetivas para que Teherán busque la bomba.
Los otros dos grupos de argumentos, hacen a la disputa política y religiosa
con Arabia Saudita y con el islam sunnita: disponer del uranio enriquecido
a un nivel de uso bélico volvería a poner las pesas en la balanza del lideraz-
go regional en el platillo de los chiítas.
Por estos elementos, considero que seguir discutiendo si lo que Irán
quiere realmente es la bomba o no, empieza a ser un tema superado. En
todo caso, si no se tomaran en cuenta estas consideraciones de análisis, la
propia argumentación pública del gobierno de Ahmadinejad se cae por
su propio peso: ¿qué país estaría dispuesto a perder más de la cuarta parte
de sus exportaciones por perseguir un desarrollo tecnológico para generar
energía eléctrica, cuando se encuentra navegando en un mar de petróleo
cuyas reservas netas lo ubican en el quinto lugar mundial?
307
Por ello, hasta el propio discurso oficial de Teherán está virando. Los
voceros de la presidencia y de la cancillería iraní han coincido las últimas
semanas en una nueva versión: la presión de Occidente (de la que el em-
bargo europeo de esta semana forma parte) estaría empujando a que, ahora
sí, al régimen de los ayatollahs no le quede más remedio que buscar tener
la bomba.
Entonces el “problema” iraní tendría tres formas de expresarse. Que
Teherán esté en el camino de obtención de la bomba, es uno de ellos. Que
alcance ese objetivo (algunos análisis calculan el plazo de un año, no más
allá), generaría otro abanico de cuestiones. Y la tercera forma de abordarlo
es preguntándose si los métodos empleados por los Estados Unidos, la
ONU y la Unión Europea hasta ahora darán resultado para conjurar los
dos anteriores. Porque el problema gordo aparece si la respuesta a esta ter-
cera cuestión, como todo parece indicar, sigue siendo negativa.
Si los dos grupos que detentan el poder en Irán –el que se reúne en
torno al máximo líder espiritual, el ayatollah Alí Khamenei, y los pash-
darán del presidente Mahmmoud Ahmadinejad- aguantan la pulseada de
las presiones, los embargos y las sanciones comerciales, lo que volvería al
primer plano serían los ruidos de sables. Y los iraníes pueden aguantar: si
bien Europa ha sido hasta ahora el destino de esos 600.000 barriles diarios
(España, Grecia e Italia dependían energéticamente hasta esta semana en
alrededor de un 15 por ciento de su consumo del petróleo iraní), China,
Japón, India y Corea del Sur son otros de los ávidos y necesitados clientes
del crudo persa. Si China aumenta sus importaciones, el embargo europeo
no habrá causado más que algunos rasguños a la economía iraní.
Con esta previsión, algunos halcones de la Casa Blanca han vuelto
a aparecer, con tesis de infeliz y reciente memoria. Sorprendió mucho un
ensayo aparecido en la revista Foreign Affairs, firmado por el profesor Mat-
thew Kroenig, titulado “Time to Attack Iran”. La revista, publicada por el
Council on Foreign Relations –uno de los principales centros de genera-
ción de política exterior del mundo- tiene una gravitante influencia en el
Departamento de Estado norteamericano; y el profesor Kroenig, además,
forma parte del equipo de asesores de Barack Obama en temas de defensa.
Como el expresivo título del artículo lo anuncia, Kroenig presenta un plan
de ataque preventivo a Irán, del que opina que no debe demorarse más.
Estados Unidos no tendría alternativa a bombardear la planta de uranio
de Natanz, el reactor de agua pesada de Arak y las centrifugadoras de Te-
herán. Sólo así se mantendría abierto y asegurado el estrecho de Ormuz y
se destruiría la posibilidad de la bomba nuclear persa, algo que el propio
presidente Obama repite a diario que no está dispuesto a permitir. To-
dos los aspectos del alcance de los bombardeos, sus características técnicas,
308
sus implicancias políticas y sus consecuencias, están analizados al detalle
y puestos a disposición de la Casa Blanca, y nada menos que en la Foreign
Affairs de enero/febrero de 2012.
Mucho ruido de sables, y en año electoral en Washington. Va a ser
difícil parar la nueva aventura de los halcones.
(2012)
309
EL LABERINTO SIRIO
310
europeas, del corte de relaciones diplomáticas y del retiro de los embajado-
res, y hasta la crítica de los enviados de la Liga Árabe, el régimen resiste. El
presidente Bachar al Assad, ese oftalmólogo de mirada fría y gesto descon-
certado, se aferra al poder, arropado por su familia inmediata, por el clan
ampliado de los parientes, por el entorno sectario de la confesión alauíta,
y por un selecto grupo de empresarios de Damasco que han amasado sus
fortunas al calor del Baaz.
Esta resistencia, esta obstinación homicida de aferrarse al poder a pesar
de un aislamiento casi total, hay –creo- que analizarla con algún deteni-
miento: las razones de peso que expliquen una continuidad contra natura y
contra todo pronóstico.
Algunos de estos conjuntos de razones son más evidentes, y la prensa
de las últimas semanas se ha concentrado en ellos. El principal eje de apoyo
externo ha vuelto a llegar, una vez más, desde Moscú. Después del retiro de
los observadores de la Liga Árabe, y de la fuerte presión ejercida por Qatar
y Arabia Saudita –en el arco regional árabe- y de los Estados Unidos y la
Unión Europea, finalmente el Consejo de Seguridad de la ONU logró un
consenso entre todos sus miembros permanentes y transitorios, para emitir
un ultimátum al régimen de Damasco, en orden a detener los bombardeos
con artillería pesada sobre la ciudad rebelde de Homs (cerca de 500 muer-
tos por los ataques de tanques y bombardeos desde comienzos de febrero),
y de abrir las negociaciones para permitir una transición democrática. El
embajador ruso en la ONU, Vitaly Churkin, había aceptado que los tér-
minos del borrador consensuado reflejaban “los mínimos razonables”, y
se preparó la reunión donde se aprobaría. Sin embargo, cuando Churkin
se comunicó con el Kremlin, debió poner la marcha atrás, y vetó el docu-
mento. China, que hubiera aprobado el texto si Rusia lo hacía, se plegó
también al veto. Tanto rusos como chinos tienen, ya se ha dicho hasta el
detalle, intereses económicos y comerciales con Damasco. Pero yo dudo
de que en ese plano radique la obstinación de Vladimir Putin de respal-
dar al clan de los Al Assad. Antes bien, considero que hay fuertes razones
simbólicas y de equilibrio global en la estrategia rusa: cuando apoyaron el
cierre del espacio aéreo libio, dejaron claro que esa resolución no signifi-
caba avalar una intervención militar contra Khaddafi; pero luego, a pesar
de estas salvedades, aparecieron ante la opinión general permitiendo los
bombardeos de franceses y británicos –con el paraguas de los destructores
norteamericanos en la costa frente a Trípoli-, y Putin hará todo lo posible
para que esa imagen no se repita. En definitiva, una lógica de “guerra fría”
en el discurso interno sigue siendo electoralmente redituable, y los rusos
están metidos de llenos en las elecciones presidenciales.
311
Además de ese contundente respaldo externo, la permanencia de
Bachar al Assad al comando de un régimen solitario y aislado tiene que
ver con la conformación del frente interno. A diferencia de la organizada
oposición a Khaddafi, o inclusive de los sectores desarticulados pero me-
dianamente homogéneos en Túnez y en Egipto, en Siria las divisiones y
enfrentamientos intestinos de los múltiples colectivos que conforman la
oposición al régimen han terminado siendo uno de sus principales soste-
nedores. En el laberinto sirio cada uno va por su lado, y hasta ahora no han
encontrado la forma de coincidir en ningún callejón común.
Que la oposición política se encuentre completamente desarticula-
da es un logro del oculista-presidente y de su padre, que desde la misma
independencia del país de la potencia colonial francesa, y desde el esta-
blecimiento del partido Baaz como única fuerza política autorizada, han
hecho todo lo posible por descabezar las formaciones emergentes. Por ello,
la frágil organización opositora tiene la misma juventud que las protestas
populares: apenas un año. Pero la diferencia respecto del pasado inmediato
radica en que, en esta oportunidad, esos intentos de oposición política
coexisten con una nueva manera de hacer frente al clan Al Assad: la militar.
Después del veto ruso en la ONU, el canciller de Putin, Serguei La-
vrov, fue recibido en Damasco con todos los honores y una fiesta organiza-
da por los Al Assad para expresarle su agradecimiento. De esa reunión salió
Lavrov con el supuesto compromiso de que Bachar adelantará las reformas
prometidas, que deberían conducir a una cierta apertura, con habilitación
a los partidos políticos y elecciones generales. Esa estrategia hubiera alcan-
zado, creemos, a parar la revuelta hace un año, cuando comenzaron las
marchas pacíficas. Pero ahora, seis mil muertos más tarde, esa oportunidad
ya ha pasado. Y el mismo gobierno parece percatarse de ello, por lo que
no disminuye en nada la fuerza de la represión, independientemente del
sacrifico humano que cause.
Tensada la línea hasta ese punto, la respuesta de la militarización de
la oposición se hace cada día más factible. La creación a fines del mes de
julio pasado, de una fuerza armada irregular, denominada Ejército Libre
Sirio (ELS), e integrada por soldados y oficiales desertores, acaba de ser
fortalecida con la absorción del Movimiento de Oficiales Libres (MOL).
Ahora, esa guerrilla ya cuenta con una estructura de mando que la convier-
te en operativa; por su parte, las incorporaciones de soldados desertores se
calculan en unos 15.000 efectivos (aunque ellos hablan de más de 40.000).
Dirigido por un Consejo Militar de diez altos oficiales, y encabezado por
el ex coronel del Ejército, Riad al Asaad, el Ejército Libre Sirio puede ser
la salida interna del laberinto: el traslado del centro del conflicto hacia un
312
enfrentamiento entre dos cuerpos militares. Pero eso también podría llevar
a un agravamiento de la cuestión religiosa, ya que los desertores del ELS son
mayoritariamente sunnitas, mientras los fieles de los batallones que siguen
respondiendo a los Al Assad pertenecen a la minoría chiíta.
(2012)
313
ANNAN, KOFI ANNAN
314
mientras tanto, volvieron a insistir en que vetarán en el Consejo de Seguri-
dad de la ONU la intervención externa. Así, a Bachar al Assad no le quedó
otra que recibir a Kofi Annan; al canciller ruso, Serguéi Lavrov, afirmar que
colaborará con él; y a la Liga Árabe prestarle su apoyo. Todos tuvieron que
aceptar un acuerdo de mínimos para frenar la matanza, y ni Washington
ni Tel Aviv pueden hacerse los desentendidos.
(2012)
315
ARENAS (IN)VISIBLES
316
tardo-franquista; Mauritania fue expulsada; Argelia empujada a firmar una
paz nada amistosa; el Frente Polisario obligado a emigrar a los campa-
mentos para refugiados en territorio argelino; los opositores internos a la
monarquía perseguidos y “desaparecidos” (el líder republicano Mehdi ben
Barka fue secuestrado en París en 1965, y sigue en paradero desconocido
hasta hoy); y los partidos políticos proscriptos. Todo lo que fuera poco
grato de ver quedó bajo la alfombra real, pero precisamente esas cuestiones
desplazadas y no resueltas son las que hoy se vuelven contra la monarquía.
La reacción de Mohamed VI fue tomar la iniciativa del cambio polí-
tico, después que la “primavera árabe” había comenzado a tirar abajo a los
vecinos regímenes de Túnez y Egipto, y seguía avanzando como piezas de
dominó que se empujaran unas a otras. Propuso un cambio constitucional,
llamó a un referéndum, habilitó cierta apertura hacia los partidos religio-
sos, y convocó a elecciones generales. De momento, su plan parece estar
funcionando, pero, sin embargo, a mí me parece que es sólo una imagen
de superficie.
Con la reforma de la Constitución, Mohamed VI ratificó su con-
trol sobre todos los resortes del poder político y su dominio completo
sobre la economía marroquí, tal como lo había diseñado su padre. Y a esto
agregó, además, el control religioso, al proclamarse “Comendador de los
Creyentes” (un título que en la antigüedad tenían los califas). Los sectores
del Islam político ganaron las elecciones, pero negociaron con el rey –que
preside efectivamente el consejo de ministros- la conformación del go-
bierno, la moderación (los salafistas radicales seguirán en la cárcel como
presos políticos), y la no intervención en los negocios de la Casa Real. En
mi opinión, este esquema requiere que las arenas sigan siendo invisibles, y
eso ya no va a pasar.
Muy por el contrario, y en las antípodas de aquel discreto segundo
plano internacional que fue funcional a la monarquía alauíta, hoy Ma-
rruecos está en la boca y en la mirada de todos. La oposición democrática
en el exilio está en las primeras páginas de los medios más importantes de
Europa; se fundan revistas abocadas a la cuestión marroquí; su cultura,
su lengua y literatura, los temas de género y de emigración, el contencio-
so internacional de los saharauis y los derechos de las minorías vuelven a
ocupar la agenda de atención regional. Las marchas de los jóvenes con-
tra la nueva Constitución y las ocultaciones de la monarquía, que cruzan
las grandes ciudades viernes a viernes, son cada vez más numerosas, y las
parvas de arena ocultadas bajo la alfombra escapan por los costurones.
Francia lidera, naturalmente, el aumento de publicaciones y de medios
que tienen a Marruecos como centro, pero el fenómeno no queda limitado
a la metrópoli del protectorado del Magreb. Ni siquiera se limita a Euro-
317
pa: en nuestra ciudad acaba de aparecer un volumen dedicado a uno de
los poetas contemporáneos marroquíes de mayor importancia, Abdellatif
Laábi. Editado por Alción, el volumen “Los frutos del cuerpo” recoge unos
doscientos poemas (en versión bilingüe, con una exquisita traducción de
Leandro Calle) del poeta de Fés, fundador de la revista Souffles, centro de
la intelectualidad democrática marroquí. La revista fue cerrada en 1971,
prohibida por la monarquía, y Abdellatif Laábi encarcelado y torturado.
Hoy, desde su exilio en París, el escritor recibe el reconocimiento mun-
dial (fue galardonado con el Goncourt en 2009 y con el Grand Prix de la
Francophonie el año pasado) y alienta a esos jóvenes de las marchas de los
viernes en Rabat, en Fés, en Tánger, en Casablanca.
Otro libro, también publicado por estos días en París, termina de
levantar la alfombra real y devela el entramado económico armado por la
monarquía alauita. Con el revelador título de El rey depredador y publicado
por Le Seuil, los periodistas Éric Laurent y Catherine Graciet develan el
apoderamiento de la familia real de los recursos de Marruecos, al punto
de convertir a Mohamed VI en el séptimo monarca más rico del mundo,
superando inclusive a los emires petroleros de Kuwait. La investigación
de los periodistas franceses muestra cómo, en un país pobrísimo (ocupa el
puesto 126 en la lista de desarrollo humano del PNUD, sobre un total de
177 países), el monarca se adjudica un sueldo que duplica al del presidente
de los Estados Unidos (40.000 dólares por mes), y los gastos reales de su
familia cuestan al presupuesto del Estado sesenta veces más que los gastos
de la presidencia de Francia, sin ir más lejos.
Marruecos es, en realidad, un reino patrimonial: el rey es el principal
terrateniente, productor agropecuario, financista, banquero, comerciante,
exportador, productor de energía, asegurador y vendedor. Desde la más mí-
nima transacción hasta los grandes negocios, todo enriquece al monarca; y
todos sus gastos y los de su familia corren a cuenta del presupuesto público
(como así también su colección de Rolls Royce, Cadillac, Bentley, Aston
Martins y Ferraris), y hasta el millón de dólares anuales que destina para el
cuidado de sus perros de raza.
Abandonada la discreción y el ocultamiento que hizo posible este
latrocinio, los cambios estructurales en Marruecos son sólo cuestión de
tiempo. Un poema de Abdellatif Laábi traducido por Leandro Calle parece
anunciarlos: “La estatua cobra vida... / absorta en su libro / de título alen-
tador: / Escupiré sobre vuestra tumba.”
(2012)
318
SIRIA, UNA SANGRÍA SIN FIN
319
a otra de las ciudades mártires de la zona rebelde, Hama, con docenas de
nuevas víctimas como resultado.
Aquellas organizaciones humanitarias que contabilizaron las bajas
civiles al momento del primer aterrizaje de Kofi Annan en Damasco, hoy
aseguran que la cifra se acerca a los 13.000 muertos. Los observadores de
la ONU sólo parecen servir para contar cadáveres: El alto el fuego pro-
puesto por la diplomacia global no ha conseguido frenar la carnicería, ni
siquiera atemperarla.
Hula –geográficamente cercana al bastión rebelde de Homs- forma
parte de un conjunto de aldeas agrícolas de mayoría sunnita, pero rodeadas
de poblaciones chiítas y alauíes (la secta minoritaria que detenta el poder
en Siria, y a la que pertenece la familia de los Al Assad y la alta oficialidad
del ejército). Sus habitantes cuentan una historia muy diferente a la del
vocero gubernamental. Una pequeña multitud se concentró en Taldu, una
barriada de Hula, después del rezo islámico preceptivo. El ejército comen-
zó a disparar para dispersarlos, pero cuando retrocedían hacia Hula, llegó
el bombardeo de los tanques. Tras el intenso fuego de artillería, aparecieron
los paramilitares de la milicia progubernamental “Shabiha”, integrada por
chiítas de las poblaciones aledañas a Hula, que habrían recorrido casa a
casa, ejecutando a puñal o a tiros a quemarropa a todos sus habitantes, sin
distinción de adultos o niños. Sin embargo, el comunicado oficial de Da-
masco culpa de la masacre a grupos terroristas vinculados con Al Qaeda;
pero hasta esa misma línea argumentativa se contradice cuando intenta
explicar las causas. Khamal Al Mahmmoud, un importante politólogo de
Damasco afín al régimen de los Al Assad, escribió en el diario “Tishreen”
(propiedad del gobierno, por cierto): “Las masacres de Hula son parte de
la llamada inteligencia de guerra –o guerra psicológica- contra Siria; es una
política llevada a cabo por sus enemigos: los Estados Unidos, Qatar, Tur-
quía, Arabia Saudita y Francia, como actos de venganza y para crear caos”.
Hollande, tras la videoconferencia con sus colegas europeos y Oba-
ma, salió a acusar a Moscú y a Pekín de bloquear los esfuerzos para im-
poner medidas severas contra los Al Assad. Rusia tiene en Siria la última
base militar que le queda en el extranjero; el viceministro de Exteriores
del Kremlin, Andrei Dénisov, le respondió a Hollande que no se pueden
tomar decisiones sobre operaciones militares en Siria “sólo guiados por las
emociones”. Como en un guión preestablecido, en que cada parte ya sabe
cómo va a reaccionar la otra, el vocero del ministerio chino de Exteriores,
Liu Weimin, secundó a los rusos, oponiéndose a cualquier sanción, inter-
vención internacional o forzamiento de cambio de régimen.
Todos apuntan a apoyar el programa que llevó Kofi Annan en abril,
un plan de paz de seis puntos, que se desarrollarían durante dos meses y
320
que serían fiscalizados por 300 observadores internacionales sobre el te-
rreno. Pero a estas alturas, si el régimen envía a sus voceros a defender su
posición en los mismos términos, sigue mandando los tanques a reprimir
las revueltas, y no hay cifra de muertos ni imagen lo suficientemente esca-
brosa como para que los aliados de Damasco cambien el libreto, está claro
que el programa de Annan es inviable. Para un diálogo, por definición,
hacen falta dos.
A pesar de que el rechazo y la condena mundial que han provocado
las imágenes de Hula parecen haber activado la iniciativa de las grandes po-
tencias, las vías moderadas de intervención en el conflicto sirio se van que-
dando sin margen. El régimen de los Al Assad ha dado suficientes muestras
de que se aferrará al poder a cualquier costo, y que no está dispuesto a nin-
guna negociación que incluya una alternativa a rescindir ese poder. Antes
bien, es obvio que ha aprovechado el plan de Annan para ganar tiempo y
reordenar la ofensiva contra los rebeldes.
En el plano del Consejo de Seguridad, las jugadas –por repetidas- ya
pueden preverse. Y a eso hay que sumarle los escenarios internos: Mitt
Romney, desde esta semana ya oficialmente candidato del Partido Republi-
cano a la presidencia de los Estados Unidos, le achaca a Obama su tibieza
y lo hace responsable de que Bachar al Assad siga “ejecutando su matanza
militar”. Romney dice lo que dicen muchos, inclusive dentro del Partido
Demócrata: si no se puede intervenir directamente, hay que armar a la
oposición siria. Entre los europeos también va cuajando esa idea, y Arabia
Saudita y los restantes países árabes de mayoría sunní lo vienen proponien-
do desde hace rato.
El Ejército Libre Sirio, un rejunte bastante poco confiable de oposi-
tores, quiere armas y apoyo externo. Tras la carnicería de Hula hizo saber
que se apartaba del plan de paz de Kofi Annan, del cual “el régimen se está
aprovechando para masacrar civiles desarmados”.
La guerra civil parece haber llegado a las llanuras de Siria. El peor
de los escenarios posibles en una sociedad fracturada por líneas étnicas y
religiosas, inserta en una región quebradiza; donde un triunfo de los sun-
nitas será visto como una victoria de Arabia Saudita, y si los chiítas logran
resistir el que saldrá fortalecido será el Irán de los ayatollahs. Los muertos,
en cualquier caso, serán sirios. Pero todos quieren pelear, va a ser difícil
detener esta hora de las armas.
(2012)
321
EL RAIS ENTRE REJAS
Egipto dio esta semana una muestra de oportuno manejo de los tiempos
políticos, en la confusión que transita la “primavera árabe”. Unas medias
tintas que también significaron un empujón para los ímpetus libertarios y
democratizantes de las concentraciones de la Plaza de Tahrir.
Hay que reconocer que la condena perpetua impuesta al ex presi-
dente Hosni Mubarak, el otrora todopoderoso “rais”, es una novedad en
el tratamiento a ex jefes de Estado en todo el mundo árabe. La sentencia,
escuchada por un demacrado Mubarak con lentes oscuros y tras los barro-
tes de la cárcel, se distancia del destino de sus colegas autócratas caídos en
desgracia: Zine el Abidine ben Ali logró llenar un avión con barras de oro
y despegar de Túnez antes de que llegaran los cuchillos, pero será difícil
que salga alguna vez del exilio dorado que le ofreció la monarquía de los
jeques sauditas. En Yemen, Ali Abdallah Saleh logró negociar su salida del
poder después de aferrarse hasta último momento, con algunos rasguños
pero con vida; a Muhammar el Khaddafi le cortaron la retirada y pagó con
su vida y la de varios de su familia el fin del régimen. En comparación,
Mubarak fue sometido a un juicio con garantías procesales, se preservó su
salud y la seguridad de su familia, y pudo defenderse con asesores legales.
En ese contexto, la condena a prisión perpetua por la muerte de más
de 800 personas durante el alzamiento civil, termina siendo una severa lla-
mada de atención para los Estados árabes, ya que, de diversas maneras, casi
todos ellos se encuentran en algún punto de transición desde las antiguas
seguridades de gobierno dictatorial.
La otra cara de la moneda, sin embargo, es la que muestra la debilidad
interna de estos procesos de democratización. Con 84 años y enfermo,
bien puede ser que Mubarak termine muriendo en la cárcel, pero el tra-
tamiento discrecional del tribunal hacia sus colaboradores y hombres de
confianza en los cuerpos policiales, los autores materiales de la represión a
tiros contra los manifestantes desarmados –a quienes absolvió-, así como la
negativa de los jueces a pronunciarse respecto de las múltiples acusaciones
de corrupción contra el viejo rais y su entorno familiar, son indicadores de
la fortaleza que aún tiene el antiguo régimen, y el tratamiento privilegiado
que los agentes de la ley y los poderosos del sistema le otorgan.
322
De ahí las marchas de protesta y de indignación contra el fallo con-
denatorio al ex presidente: la moneda que muestra el castigo ejemplar, al
darla vuelta también muestra lo endeble de la transición y la permanencia
de los poderosos de siempre. Y esa cara y cruz volverá a estar presente
en las elecciones, en la segunda vuelta de las presidenciales. Mohammed
Morsi, el candidato del islamismo egipcio, se enfrentará a Ahmmed Sha-
fik, militar, y el último primer ministro de... Hosni Mubarak. Los muer-
tos que vos matáis, gozan de buena salud.
(2012)
323
LA LEGITIMIDAD PALESTINA
324
en el camino hacia la constitución de un país propio. La oposición de Israel
es entendible: tras la aceptación de Naciones Unidas ningún israelí podrá
decir que los territorios palestinos están “disputados” (que es la fórmula
que Tel Aviv utiliza hasta hoy), y Palestina se convertirá, de facto, en un
país ocupado.
Las negociaciones, los debates, las transacciones diplomáticas y los
trascendidos a la prensa acerca del proceso de reconocimiento forman tal
entramado que requieren de algunas precisiones conceptuales para mensu-
rar su alcance. Palestina lleva décadas hundida en un limbo jurídico que,
en última instancia, termina siendo funcional a Israel. Desde el punto de
vista formal, para la legalidad internacional es un pueblo que ocupa un
territorio reivindicado y controlado por una potencia externa.
La falta del reconocimiento simbólico a nivel mundial –que desde
la segunda posguerra se establece mediante el acuerdo de los demás países
del orbe y se concreta a través de un sitial en las Naciones Unidas- no ha
impedido que el Estado de Palestina haya sido instituido modernamente,
en 1988, tras la Declaración de Argel. Pero por aquella falta de reconoci-
miento, esta entidad política sigue desprovista de sus atributos esenciales,
como el control del territorio (que, de hecho, lo tiene el ejército israelí) y
el ejercicio de la soberanía.
La virtual situación de ocupación por una potencia externa no ha
conseguido bloquear, durante estos años, la incorporación de Palestina a
diversas organizaciones internacionales, e inclusive al establecimiento de
relaciones diplomáticas e intercambio de embajadores. De los 193 países
en que actualmente se divide el globo, la Autoridad Palestina ha consegui-
do el reconocimiento de 120, entre los que se cuentan potencias emergen-
tes (como China, India y Rusia), y muy especialmente los grandes países
sudamericanos, como Brasil y Argentina.
El equipo de Mahmmoud Abbas no dejó ningún cabo suelto: la peti-
ción del cambio de estatus, después de haber logrado estos apoyos, cayó en
29 de noviembre, el Día de Solidaridad con el Pueblo Palestino. En 1977, la
Asamblea General pidió que se observara anualmente este día para recordar
la deuda que la comunidad internacional mantiene con los árabes: fue el 29
de noviembre de 1947 cuando el pleno de la ONU aprobó aquella Reso-
lución 181, que estableció el Plan de Partición de Palestina e hizo posible
el surgimiento del Estado de Israel. El segundo Estado previsto en aquella
resolución, el correspondiente al pueblo árabe, sigue esperando su hora.
¿“Hay un pueblo que sobra, o un Estado que falta?”. La pregunta fue
la que realizó Abbas, con voz firme, ante el pleno de la Asamblea General.
A ver quién se atrevía a responder. La dirigencia palestina busca, por esta
vía, superar el estancamiento de las negociaciones con Israel, frenadas
325
una vez más hace dos años, y revertir el creciente deterioro del conflicto
mediante la ampliación del reconocimiento internacional de la estatalidad
de los territorios ocupados.
Dejadas de lado (al menos momentáneamente) las reivindicaciones
maximalistas, Mahmmoud Abbas trazó esta nueva estrategia, a la que es
muy difícil oponerse, tal como se vio el año pasado, cuando desde el atril
de mármol verde de la Asamblea General levantó los documentos de soli-
citud y pidió el cambio de estatus. La aceptación de ayer eleva la entidad
a una categoría como la que ostenta el Estado del Vaticano en la ONU,
o como el que ejerció Suiza hasta el año 2002. Con voluntades políticas
inclinadas a su favor y un contexto internacional propicio, las mesuradas
demandas de la ANP no podían encontrar demasiados escollos: finalmente
fueron 138 votos a favor, 9 en contra, y 41 abstenciones, dejando a Israel
en el mayor aislamiento que haya conocido jamás.
El cambio de estatus internacional no modifica demasiado las cosas
al interior de los territorios, ni significa que se posibilite en el corto plazo
una soberanía efectiva ni el cese de la ocupación. Las que sí cambian son
las coordenadas que ubican el proceso de paz: pone en un relativo pie
de “igualdad formal” a dos Estados que sostienen un conflicto; separa el
tema del Estado propio de la cuestión de la autodeterminación; y obliga
a poner sobre la mesa de negociaciones la retirada del país ocupante en
algún plazo racional.
En la Asamblea General, a Mahmmoud Abbas le contestó, con un
discurso de inusual dureza, el embajador de Israel, Ron Prosor; y el pre-
mier Bibi Netanyahu, ya resignado a perder la votación, reiteraba una y
otra vez que nada cambiará tras la votación perdida. Pero algo, aunque a
su pesar, tendrá que pasar, y más temprano que tarde: un Estado –aunque
sólo sea “observador”- puede denunciar a otro Estado ante la Corte Penal
Internacional por violación de derechos en la ocupación, o por crímenes
de guerra por sus operaciones militares, como los habituales bombardeos a
Gaza, momentáneamente detenidos ahora por una frágil tregua impulsada
por el islamismo egipcio.
Un Estado, también, puede reivindicar con otra fuerza la retirada del
ejército ocupante a las fronteras de 1967. Es uno de los objetivos de máxima
de los palestinos, y desde ayer hacen parte de una renovada legitimidad.
(2012)
326
UNA PULSEADA POR LA CONSTITUCIÓN
327
rar después del referéndum un alud de recusaciones, apelaciones judiciales
y una movilización popular contestataria.
Y el Ejército, a pesar de que está calmo tras las últimas concesiones
del presidente islamista, ya ha adelantado que no admitirá caos político. La
brecha abierta por las concentraciones de plaza Tahrir está lejos de cerrarse.
(2012)
328
EGIPTO, RELIGIÓN Y POLÍTICA
329
una interpretación religiosa y rigorista de la ley civil, constituyen asimismo
datos objetivos, tanto como el resultado objetivo del referéndum. Asumi-
do el golpe, la oposición confía en frenar el salto islamizador utilizando
las propias herramientas democráticas: hacer caer la nueva Constitución
en las próximas elecciones legislativas. Parece una esperanza ilusoria: las
tendencias advierten del crecimiento sostenido de la cofradía musulmana
también para las legislativas. Egipto puede virar, cada vez más seguro, hacia
un Estado confesional.
(2012)
330
ELLAS Y LOS VELOS
331
Dando un paso más en el desglose, puede observarse que dentro de
esa cultura árabe coexisten subculturas muy distintas y distantes entre sí:
un primer grupo se ubica en la Península Arábiga y el Golfo Pérsico; un
segundo en Oriente Medio (y dentro de él, diferencias entre la cultura
palestina, la libanesa o la siria); y un tercer gran grupo en la orilla sur del
Mediterráneo (Marruecos, el antiguo Sahara Español, Argelia, Túnez, Li-
bia y Egipto) y en el Sahel.
Y aún dentro de ellas el panorama cultural sigue complejizándose: por
ejemplo, al interior de Marruecos conviven al menos seis familias cultura-
les con especificidades propias: los bereberes que hablan su propio idioma
preárabe; la cultura tuáreg del Sahara; la árabe que llegó desde Arabia y
Yemen con la corriente islamizadora; una tradición andaluza y una judía
(que vienen de la época de la Reconquista y la “expulsión de lo moros y
judíos” del reino de Granada, que mantienen un idioma español medieval,
el “ladino”); y finalmente una cultura mediterránea. Para no sobreabundar,
y porque no es el objetivo aquí, sólo digamos que también, y en paralelo
al ethos árabe-musulmán, conviven otros agregados musulmanes no árabes,
como las tradiciones de Turquía; la islámica persa de Irán; las asiáticas de
Indonesia, Pakistán, Malasia, India, Bangladesh y Afganistán; los núcleos
culturales de las ex repúblicas soviéticas (como la rebelde Chechenia); y,
finalmente, la cultura musulmana de Europa, en los Balcanes (porque tam-
bién hay musulmanes europeos, aunque a algún papa católico se le olvide
cuando pide declarar la “base cristiana fundacional” de Europa). Y en este
mosaico inmenso y complejo, hay una nota común, que cruza transversal-
mente las diferentes realidades culturales: en todas ellas, aunque en diferen-
tes grados, la mujer ocupa un lugar subordinado al varón.
Los especialistas en mundo árabe, sin embargo, se ocupan de remar-
car que no hay nada en el islam, ni en el Corán ni en la tradición del pro-
feta Mahoma que justifique el menor prejuicio o desvalorización hacia la
mujer. Debe colegirse, por ello, que esa situación de humillación, opresión
y hasta de tiranía hacia la mujer tiene que ver con otros factores conco-
mitantes al ethos cultural y religioso. Ellas encontraron en la “primavera
árabe” un resquicio por el cual colarse para intentar revertir esa postra-
ción injustificada. Si bien la primera ficha del dominó que comenzó a tirar
uno tras otro los regímenes autocráticos de la costa mediterránea cayó en
Túnez, cuando el ingeniero informático –y obligado vendedor de frutas-
Mohammed Buazizi se inmoló prendiéndose fuego ante el avasallamiento
policial, el movimiento de la zona cobró auténtica fuerza al impactar en
Egipto, la potencia regional.
En la “primavera árabe” egipcia, que se corporizó en la icónica plaza
cairota de Tahrir, las mujeres participaron codo a codo con los hombres.
332
El enemigo era el mismo: el régimen dictatorial del rais Hosni Mabarak;
y el futuro parecía también común: una república democrática donde los
derechos civiles y políticos pudieran extenderse legítima y legalmente. Sin
embargo, los dos años largos transcurridos desde la emergencia social y
emotiva de Tahrir han sido escabrosos, y las mujeres se encuentran hoy
en una situación aún más compleja y difícil que antes de la caída del
rais, debido al avance de los grupos islamistas –tanto los autoproclamados
“moderados”, que son la mayoría en el gobierno conquistado en eleccio-
nes libres por los Hermanos Musulmanes- como por los sectores radicales
del salafismo.
A los Hermanos Musulmanes no se les puede achacar falta de legiti-
midad en el acceso al Poder Ejecutivo de El Cairo, así como tampoco en
su insistencia en llevar adelante las medidas presentes en su plataforma de
gobierno, que fue, en definitiva, la más votada en el largo proceso electoral.
Pero es evidente que el ejercicio de ese gobierno y de ese programa golpea
de lleno en la situación de las mujeres egipcias.
Una muestra de ello fue el 25 de enero de 2013. La que debería haber
sido una gran fiesta popular para festejar el segundo año del derrocamien-
to de Mubarak se convirtió en una fecha vergonzante. La plaza Tahrir fue
de pronto un lugar de iniquidad donde 19 mujeres fueron brutalmente
violadas por grupos de hombres que esgrimían la “sharia” (ley religiosa) y
la tradición islámica para insultarlas, agredirlas y desplazarlas del espacio
público, al que suponen de exclusiva disponibilidad masculina. Inclusi-
ve el diputado Saleh al Alhefwani, del partido gubernamental Hermanos
Musulmanes y cercano al presidente Mohammed Mursi, intentó justificar
luego en el Parlamento la barbarie sexual cometida en Tahrir: “¿Cómo
quieren las mujeres que la policía las proteja –se preguntó retóricamente
el diputado en el seno de la Cámara- si ellas mismas provocan el altercado
público al mezclarse con hombres en una concentración?”.
Los substratos culturales, como hemos mostrado, son diferentes, pero
la actitud es sorprendentemente similar. Y dada la relevancia política regio-
nal de Egipto para todo el Norte de África, es esperable una acción mimé-
tica, de reflejo, en los países vecinos. El ataque sexual a la mujer no tiene
tanto que ver con el acoso de género, como con una voluntad política,
ideológica, de cerrarle la vía de acceso al cambio que tímidamente le había
abierto la “primavera árabe”. La violación no es sólo un síntoma de repre-
sión sexual y de machismo exacerbado, sino el intento de extirparlas de la
vida pública, de que vuelvan a la marginación del hogar y a la cobertura del
vestido que las invisibiliza inclusive cuando caminan por la calle. Violarlas
es ultrajarlas, pero también negarlas, marginarlas, asustarlas lo suficiente
333
como para que no intenten compartir la vida política, que debe seguir
siendo territorio de hombres, como lo ha sido en los últimos quince siglos.
A esta primavera le está haciendo falta una auténtica tormenta del de-
sierto, con vientos suficientemente fuertes como para hacer volar los techos
del integrismo y la intolerancia.
(2013)
334
TURQUÍA, ENTRE OCCIDENTE Y EL SULTÁN
335
que la reforma política comprendería cinco grandes pactos, y que el finan-
ciamiento del transporte y de la salud –ejes de las movilizaciones- estarían
entre ellos. (Pocas horas después de este anuncio, los colectivos gremiales
de abogados y de jueces comenzaron a hacer un fuerte lobby para que la
consulta plebiscitaria fuera abortada: la defensa protofeudal de los intereses
de la corporación judicial no es una exclusividad argentina...).
Independientemente de si el gobierno del Partido de los Trabajadores
(PT) podrá doblarle la mano o no a la corporación judicial y a la oposi-
ción conservadora en el Congreso y avanzar con el proyecto de reforma
constitucional, lo cierto es que Dilma salió a la palestra desactivando la
movilización mediante el ofrecimiento de mayor democracia. Recep Tayip
Erdogan, por el contrario, prefirió el camino inverso: tras la represión a las
movilizaciones en la plaza Taksim y en el parque Gaze, condenó por “te-
rroristas” a los jóvenes que participaron en las protestas y endureció –aún
más- el régimen que comanda.
En Turquía también las marchas habían comenzado desde la nada y
casi por nada. Ni el calendario político ni las últimas medidas del gobier-
no del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) anunciaban una reac-
ción multitudinaria de protesta como la que se desencadenó en Estambul
por la poda de algunos árboles en el parquecito Gezi para construir un
shopping. Los manifestantes, todos muy jóvenes, comenzaron a protestar
y no pararon. Como en Brasil, la bola de nieve creció con los días, las
acampadas en la plaza, los piquetes, la represión policial, los cuatro muer-
tos, los 8.000 heridos y un número impreciso de detenidos hasta el día
que escribo esta crónica.
La gran conquista política de Recep Tayyip Erdogan es haber con-
vencido a sus compatriotas que en Turquía es posible la convivencia entre
democracia e Islam, entre modernidad occidental y práctica religiosa mu-
sulmana. Y que, por tanto, la laicización abrupta y obligatoria impuesta
por el padre de la Turquía moderna –Mustafá Kemal, Atatürk- ya atrasa y
sale sobrando. Con este discurso, y planes de gestión ordenada y progre-
sista, Erdogán ganó la intendencia de Estambul en 1994. Desde enton-
ces, su ascenso fue imparable. Las tendencias islamistas siempre han estada
agazapadas en todos los sistemas laicalizados a la fuerza en Medio Oriente
y el norte de África. En Egipto los Hermanos Musulmanes mutaron en
una ONG asistencial durante los largos años del régimen militar; en Tú-
nez permanecieron ocultos tras el escenario de república falsa de Zine el
Abidine ben Ali; en Libia fueron ferozmente reprimidos y perseguidos por
el socialismo de la “Gran Yamahiriya Árabe” del coronel Muhammar el
Khaddafi. Y todos se convirtieron en gobierno apenas la “primavera árabe”
levantó la bota de las autocracias. En Marruecos, por su parte, conviven
336
poco amistosamente –pero también desde un gobierno democráticamente
elegido- con la monarquía alauíta de Mohamed VI.
En Turquía, Atatürk marginó el islamismo político de la vida insti-
tucional de manera completa, junto a todos los símbolos que pudieran
hacer algún tipo de referencia a la práctica musulmana (hasta el detalle de
la vestimenta: gorros y babuchas en los hombres, así como los pañuelos
que cubren el pelo de las mujeres, fueron prohibidos en la vía pública y
quedaron relegados, junto a los demás aspectos de la práctica religiosa, a
la intimidad del hogar). Pero esa marginalidad no provocó su extinción.
Siempre estuvo ahí, latente. Y cuando el laicismo ataturkista comenzó a
declinar, corroído por dentro por los largos años de uso y abuso del poder
y del dinero público, ese latente islamismo vio su oportunidad y comenzó
a emerger hacia la superficie. Uno de los artífices de ese renacimiento fue
el entonces intendente de Estambul y ahora primer ministro Recep Tayyip
Erdogan, junto a su eterno colega, el actual presidente Abdullah Güll; am-
bos de la mano del viejo dirigente musulmán Necmettin Erbakan.
Toda esta carrera, desde el ostracismo a la jefatura del gobierno, Er-
dogan la hizo acumulando poder, apoyos democráticos y prestigio. Sin
embargo, a la vuelta de los días, tras veinte años de logros su régimen
parece estancarse en lo político y sacar a luz la temida “agenda oculta” que
siempre se le ha sospechado al AKP desde que Erdogan y Güll lo fundaran
en 2001: la islamización.
El desafío a las costumbres laicas (las esposas de ambos líderes ya
llevan la cabeza cubierta en público, se encarcelan periodistas críticos al
islam, no se permite consumir alcohol en determinadas zonas, y el primer
ministro se mete hasta en la cantidad de hijos que deben tener las parejas
jóvenes: tres, como mínimo) se combina con la proyección política que Er-
dogan hace de sí mismo. En 2014 habrá elecciones presidenciales, y Recep
Tayyip Erdogan –que ya habrá culminado su tercer mandato al frente del
gobierno- no podrá volver a presentarse. Frente a ello, ha propuesto una
reforma constitucional, al igual que Dilma Rousseff pero en un sentido
bastante distinto: no para ampliar los mecanismos de participación popu-
lar, sino para poder convertirse en presidente con plenos poderes ejecutivos
(hoy el presidente, como jefe del Estado, sólo tiene funciones ceremonia-
les, mientras el poder real reside en el primer ministro).
Su modelo, dice Erdogan, es Francia, donde los presidentes presiden y
además gobiernan. Pero, a juzgar por las decisiones que está tomando, más
que acercar Turquía al republicanismo occidental, parece llevarla de vuelta
al sultanato otomano que Atatürk creyó haber enterrado para siempre.
(2013)
337
PRIMAVERA CONGELADA
La feroz represión desatada por el ejército egipcio contra los partidarios del
depuesto presidente islamista Mohammed Mursi ha constituido el mayor
frenazo a los procesos de cambio en los países del Norte de África, en los
cuales se alumbró la “primavera árabe” hace un par de años. El movimiento
social regional había tenido orígenes muy humildes y alcanzó proporciones
gigantescas: comenzó con el testimonio de rebeldía individual de un frus-
trado ingeniero tunecino, Mohammed Bouazizi (y su suicidio, a lo bonzo,
frente a la estupidez policial, que le había desmantelado el carrito de frutas
y verduras con que intentaba paliar su imposibilidad de inserción en el
depreciado mercado laboral), y generó una onda expansiva que alcanzó los
extremos de esa larga franja de tierra que se extiende por el borde meridio-
nal del mar Mediterráneo, desde Marruecos a Egipto.
Los procesos de cambios que alumbró la “primavera árabe” recibie-
ron, en general, el beneplácito de los sectores progresistas de Occidente,
y –un poco menos y a una velocidad más ralentizada- también de los go-
biernos europeos y norteamericano. El principal fundamento de este entu-
siasmo optimista es que el proceso nacido en Túnez venía, por primera vez
desde el inmovilismo de la Guerra Fría, a alterar un statu quo básicamente
injusto –por la exclusión sistemática de las mayorías populares del juego
político- y tiránico –por la validación internacional de los regímenes auto-
cráticos que se impusieron en toda la región-. La justificación recurrente
del mantenimiento de ese statu quo fue que la alternativa era aún peor: el
avance del fanatismo islamista.
Sin embargo, procesos como el ensayado por el islamismo moderado
del gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan y Abdallah Gull, parecían
mostrar un camino alternativo al de la reimplantación de un califato teo-
crático. Democracia e islam, mostraban desde Turquía, no son necesaria-
mente proyectos antitéticos. Esta intuición, sumada a las décadas de har-
tazgo social por unas condiciones de vida cada vez más desvaloradas y una
concentración bochornosa de la riqueza en las pocas manos de las élites,
habilitó el proceso de reformas hacia finales del año 2011, en un movi-
miento tectónico que no parecía limitarse al Magreb (Marruecos, Túnez,
Argelia, Libia y Egipto), sino que se proyectaba aún más allá, al Oriente
338
Medio y a la costa oriental del Mediterráneo; una hipótesis que cobró fuer-
za cuando estallaron las revueltas en Siria.
El derrocamiento popular de la tiranía tunecina de Zine el Abidine
ben Ali, la estrepitosa caída del rais egipcio Hosni Mubarak –y la transición
desde el poder militar hacia el del islamismo democrático-; la participación
de la Otan en el derrocamiento de Muhammar el Khaddafi y el inicio de la
transición democrática en Libia, constituyen, junto a la sangrienta guerra
y represión del régimen sirio del clan familiar de los Al Assad, los principa-
les protagonistas de este nuevo capítulo de la política mundial. Al mismo
tiempo, el statu quo forzado sobre los países árabes aliados de Occidente (y
proveedores de la cuota mayoritaria del petróleo que éste utiliza), los dejan
de momento fuera de los aires de esa primavera renovadora, a pesar de que
las monarquías familiares que los gobiernan tienen los mismos vicios y cau-
san estragos sociales similares que los regímenes que han caído en desgracia.
Sin embargo, estas expectativas de apertura y democratización se han
revelado, a muy poco andar, demasiados optimistas. Como era previsible,
apenas se abrió una rendija para que la voluntad mayoritaria pudiera ex-
presarse, los colectivos sociales que secularmente habían estado sumergidos
y contenidos por las administraciones elitistas y autocráticas emergieron a
la superficie, y sus representantes accedieron a la titularidad de los nuevos
gobiernos que se formaron. Y estos gobiernos –como los colectivos ma-
yoritarios que los votaron- fueron de corte islamista. Tanto el gobierno
instalado en Rabat tras la reforma constitucional del rey Mohammed VI
de Marruecos, como el partido Ennahda instalado en Túnez, como los
Hermanos Musulmanes en Egipto, son, todas, fuerzas confesionales. Pero
una cosa es ganar unas elecciones –especialmente cuando se han pasado
tantas décadas en los márgenes de la política, agazapados esperando su
oportunidad- y otra cosa, muy otra, es el ejercicio controlado del gobierno.
Los islamistas tenían frente a ellos dos alternativas básicas: la primera era
optar por una administración “a la turca”, privilegiando las relaciones con
Europa y Occidente, y avanzando gradualmente en la confección de un
modelo propio de democracia con respeto por las prácticas culturales y la
moral musulmana. La segunda era acelerar el proceso y buscar recuperar
las décadas perdidas mediante una islamización acelerada (especialmente
mediante la aplicación de la “sharia”, la ley islámica, en la legislación civil).
Túnez y Marruecos, de momento, parecen inclinarse a un desarrollo
“a la turca”; también, a su manera y con condiciones menos favorables tras
la guerra civil, también en la Libia post Khaddafy. Pero estos son, aunque
importantes, países menores del Magreb: la potencia regional es Egipto.
Por lo tanto, lo que hiciera Egipto marcaría la tónica general. Y los Her-
339
manos Musulmanes egipcios eligieron apretar el acelerador y aprovechar la
coyuntura para reinstalar un califato en las ardientes orillas del Nilo.
La reacción, lamentablemente, no se ha hecho esperar. Los militares
habían cedido porciones de poder. Sin esa decisión interna de los cuarteles,
el derrocamiento del general Hosni Mubarak no hubiera sido posible, por
más millares de militantes que se concentraran, día tras día, en la cairota
plaza de Tahrir. Habían cedido porciones, pero no todo el poder. Y ese fue
un enorme error de cálculo de los Hermanos Musulmanes.
El golpe de Estado del general Abdel Fatah al Sisi ha hundido al gran
país africano en un baño de sangre (los cadáveres se apilan por cientos en
las mezquitas de El Cairo); ha encarcelado sine die al ex presidente Mursi
(en su lugar, liberó al antiguo rais Hosni Mubarak de la prisión); asesinó
al hijo del líder supremo de los Hermanos Musulmanes, Mohammed Ba-
die; y en estos momentos parecen evaluar la idea de avanzar en un plan
de exterminio e ilegalización de toda la organización islamista, que ten-
dría efectos sociales devastadores. El profesor Haizam Amirah Fernández,
colega experto en Mediterráneo y Mundo Árabe, sostiene que los peores
pronósticos se están cumpliendo en Egipto: la polarización de la sociedad y
una nueva represión (más extendida y más profunda, agrego yo) a las gran-
des mayorías sociales, como la que se dio en la segunda mitad del siglo XX.
Los militares, como clase, no han tolerado que los barbudos islamistas
intentaran arrebatarles de un solo golpe el complejo de industrias produc-
tivas y de servicios que acumularon durante las largas décadas de dominio
del gobierno. Y esta motivación económica encontró también aliados en
los sectores civiles urbanos egipcios, que veían con alarma la deriva religio-
sa del gobierno de Mursi y los intentos de reemplazar la legislación laica
por los preceptos de la “sharia” (que son profundamente conservadores,
además de teocráticos). El resultado, por estos días, es una espiral de odio,
exclusión, cinismo y muerte, que deja a la gran potencia del Norte de
África a las puertas de una guerra civil. “La sinrazón colectiva y la deshu-
manización del enemigo parecen ser los únicos puntos en común entre los
bandos que están llevando a Egipto a la fractura social, a la inestabilidad
política y a la ruina económica.” Además, los resultados de esta fractura en
la potencia regional se harán sentir en todo Medio Oriente, y terminará
dando alas al radicalismo sunnita de Al Qaeda. Las ejecuciones masivas en
nombre de la lucha contra el “terrorismo” fomentan una nueva generación
de “mártires” deseosos de ir a entregar la vida en la lucha contra los infie-
les, la yihad tan promocionada por los propios Hermanos Musulmanes: la
profecía autocumplida.
Mirar la crisis de la “primavera árabe” desde afuera, como eventos
remotos que suceden en la otra orilla del mundo y que no nos implican di-
340
rectamente, es un actitud política irresponsable y, más temprano que tarde,
suicida. Las tecnologías de la información y las comunicaciones, especial-
mente la importancia creciente de las redes sociales, han relativizado los
problemas nacionales, para transformarlos, en un número significativo de
casos, en problemas globales. Las maneras en que se encauce la resolución
de la crisis en Egipto repercutirá casi de inmediato en todo el Magreb y en
Medio Oriente, especialmente en Siria e Israel. Pero no acabará allí: toda la
costa norte del Mediterráneo, la costa europea, también sentirá el temblor.
Y tampoco acabará allí.
La Administración Obama sigue perdida respecto de qué hacer con
respecto a la región, y la Unión Europea flirtea entre la intervención activa
o la mera condena diplomática en comunicados y declaraciones. Ambos
obvian el hecho de que los de afuera ya no son de palo, básicamente por-
que ya no hay afuera: todos estamos, mal que nos pese, adentro. Y tanto los
militares golpistas como los barbudos fanáticos de Egipto están jugando
con la estabilidad de ese único espacio que es el sistema-mundo.
(2013)
341
EL FINAL DE TAHRIR
342
un largo medio siglo de hegemonía castrense desde las revueltas indepen-
dentistas, los militares volvían a los cuarteles y dejaban la administración
del Estado y de la cosa pública en manos de los civiles, islamistas o no.
Ahora, en cambio, parece evidente que nunca soltaron el control real de
todo el proceso: tutelaron la revuelta, en un momento determinado (cuan-
do Mubarak ya era insostenible), se pusieron del lado de los manifestantes,
hicieron creer que respetarían la voluntad democrática y el nuevo gobierno
de los Hermanos Musulmanes, y cuando éstos demostraron la ineptitud
y falta de experiencia propia de no haber tenido nunca la posibilidad de
gobernar, los uniformados volvieron al centro de la escena.
Y con la candidatura de Abdelfatah al Sisi, el poder real vuelve a identi-
ficarse con el poder formal. Los militares nunca dejaron de gobernar Egipto.
(2014)
343
GAZA, CONTRA LA DESINFORMACIÓN
344
pueblo judío y con los judíos –los colectivos sociales, religiosos y cultura-
les- es una estrategia comunicativa del propio Estado de Israel, de forma
tal de beneficiarse con la culpa internacional que pesa sobre Occidente,
especialmente en Europa, por los años, los siglos, los milenios de persecu-
ción antisemita.
Tradicionalmente, Israel ha utilizado esa culpa internacional como
una habilitación para sus políticas y para sus excesos; la ha rentabilizado
como una “carta blanca” que le permitiría auto excluirse de las regulaciones
internacionales que no convienen a su interés nacional.
Así, Israel se ha convertido en un incumplidor serial internacional: no
ha respetado ni acatado ninguna de las declaraciones y recomendaciones
emanadas de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con la confianza
de que las resoluciones –de mayor fuerza de cumplimiento- que le fueran
adversas, serían detenidas en el Consejo de Seguridad por el veto de los Es-
tados Unidos. Y esto ha sido así desde el fin de la segunda Guerra Mundial
y el inicio de la propia ONU.
Con ese mismo poder, se ha opuesto sistemáticamente a la creación
de un Estado Palestino, tal como lo estipulaba la Resolución 181 de las
Naciones Unidas, que ratificaba el Plan de Partición de Palestina, dividien-
do el viejo mandato colonial británico en dos Estados, y que dio origen y
legalidad internacional al propio nacimiento del Estado de Israel, en 1948.
Así, ante esta negativa, Israel se convierte en “potencia ocupante”
sobre los Territorios Palestinos. Y una potencia ocupante, militarmente
ocupante, con miles de desplazados (los que seguimos denominando “re-
fugiados palestinos” son unos cinco millones de personas viviendo hace
70 años en “campamentos” de Jordania, Líbano y otros países vecinos),
carencias humanitarias de todo tipo, de espacio, de agua, de alimentos, de
medicamentos, de desplazamiento, de libertades, no puede esperar que esa
población ocupada y oprimida acepte pasivamente la ocupación. Es obvio
que generará reacciones, aunque sean elementales.
Por ello, lo que estamos viviendo en estos días es la reacción (que de-
nomino técnicamente una “respuesta desproporcionada”) a una situación
creada por las propias políticas del Estado de Israel a través de la ocupación
militar de los Territorios Palestinos, la fundación de “colonias” israelíes en
los terrenos ocupados, y la marginación y el aislamiento de casi dos mi-
llones de personas en un territorio cada vez más estrecho, encerrado por
mar y por tierra, que ha llevado a un intelectual judío de la talla de Noam
Chomsky a hablar de “campo de concentración de Gaza”, con la carga
simbólica que un término como ese “campo de concentración” tiene para
la historia y la cultura judía.
345
La “respuesta desproporcionada” no hay que buscarla como reacción
a la muerte de los tres jóvenes israelíes –que, por cierto, aparecieron muer-
tos en Cisjordania, no en Gaza, a la que se castiga-, sino en el intento de
entendimiento que en los últimos tiempos acercó a los dos partidos que
nuclean a la voluntad política de ese diezmado pueblo palestino: Hamás
y Al Fatah.
Israel no quiere que ambas facciones se unan, y necesita, asimismo,
que la capacidad de disuasión militar israelí se mantenga incontestable. Ese
es el elemento que explica esta operación de castigo sobre Gaza. Una ope-
ración que no es ni la primera ni la segunda, sino la tercera que Israel lleva
a cabo sobre Gaza desde que Hamás ganara limpiamente las elecciones e
intentara gobernar la Franja, en 2006. La primera fue en 2008, llamada
“Plomo Fundido”, que duró 22 días y provocó la muerte a unos 1.400
palestinos, con 13 bajas militares israelíes. En 2012, la operación “Pilar
Defensivo”, duró una semana y mató a 170 palestinos.
Estos castigos colectivos contra la población de Gaza no sólo no de-
bilitan a Hamás, sino que provocan que muchos jóvenes palestinos se ra-
dicalicen y decidan engrosar las filas de dicho grupo fundamentalista. La
Franja de Gaza es un territorio superpoblado de 360 kilómetros cuadrados
que alberga a 1,8 millones de palestinos, donde la frustración y el resenti-
miento se multiplican con cada operación de represalia.
Israel tiene derecho a existir con seguridad y con fronteras interna-
cionalmente reconocidas, efectivamente. Pero no alcanzará ese objetivo si
persiste en la estrategia de anular al pueblo palestino sin dejar resquicio a
ninguna alternativa de negociación. Porque ese es el objetivo real, según
resulta de los hechos militares y políticos: mantener el cerco y avanzar
en la colonización de los Territorios Palestinos, hasta que –de facto- todo
sea incorporado al Estado de Israel y los palestinos queden como minoría
demográfica, con algún status especial de auto-administración, dentro de
un único Estado.
La neutralidad internacional, y el apoyo acrítico de los Estados Unidos
al gobierno de Israel, sólo conduce a dar soporte a la matanza. Se deben
extremar las expresiones, las declaraciones y las presiones diplomáticas, para
forzar un alto el fuego y las negociaciones, no bilaterales, sino multilaterales.
(2014)
346
YIHADISTAS EUROPEOS
347
OTRO MORDISCO A SIRIA
348
de agentes químicos controlados por la ONU. El nuevo ataque químico,
el 4 de abril contra Jan Sheijun, con su macabra fotografía de cadáveres de
niños, muertos por las nubes de gas tóxico, mostró que ni aquella débil
respuesta del desarme controlado se había cumplido. La contundencia in-
mediata de la respuesta de Trump deja a Obama, además de evidenciar el
engaño propinado por Al Assad al quedarse con el arsenal químico, como
un débil que no se atrevió a golpear con fuerza, en represalia, a pesar de
haberlo prometido. El “poder blando” de lo que podríamos denominar la
“Doctrina Obama” en política exterior (basada en tres patas: diplomacia,
pragmatismo y cautela militar) acaba de ser brutalmente reemplazado por
el “poder duro” de un cowboy rubio platino, después de promover el mayor
aumento del gasto militar estadounidense en una década (y ahora queda
clara la manera en que piensa utilizarlo).
Y respecto de Putin, el presidente estadounidense aprovecha la opor-
tunidad para tomar cierta distancia: es obvia y notoria su admiración por el
líder ruso, un cultor del renacimiento nacionalista de su patria (lo mismo
que dice querer hacer Trump con la suya), y el ataque a la base aérea de
Shayrat, en Homs (desde donde habrían partido los aviones que gasearon
a los niños de Jan Sheijun) lo separa un poco de esa imagen de “relacio-
nes carnales” que tiene respecto del ruso. Aunque, naturalmente, también
es una puesta en escena: antes de que los misiles salieran del USS Ross y
del USS Porter, los dos buques de la marina norteamericana estacionados
frente a la costa siria, y mientras Donald Trump recibía con una sonrisa
al presidente chino Xi Jinping en su residencia privada de Florida, el De-
partamento de Estado telefoneaba al Kremlin y avisaba que sacaran a los
oficiales rusos de la base Shayrat, que en unos minutos más recibirían la
lluvia de misiles (de hecho, las pocas bajas que causó el bombardeo, entre
5 y 16 según las fuentes, son todos soldados sirios, de los rusos no quedó
ni uno en la base). Por lo tanto, Moscú protestará un poco y se mostrará
ofendido por el “quiebre de la legalidad internacional” de la Casa Blanca,
pero nada más. Un acuerdo entre colegas.
Tras el genocidio racial y religioso en Bosnia, en la Antigua Yugosla-
via, una intelectual Demócrata, que había cubierto la guerra como perio-
dista freelance en los Balcanes, Samantha Power, escribió un libro que llegó
a ganar el premio Pulitzer: Problema infernal: Estados Unidos en la era del
genocidio, donde da cuenta de las diversas parálisis de los gobiernos esta-
dounidenses frente a los grandes genocidios del siglo XX, como Ruanda o
la matanza de varones y niños musulmanes en Srbrenica. Cuando Barack
Obama llegó al poder, convocó a Samantha Power a su lado; ya como
asesora, ésta le recomendó intervenir activamente para parar la matanza de
Siria. Obama prefirió no escucharla y el 10 de agosto de 2013 decidió un
349
repliegue geoestratégico a cambio del “compromiso” de Bachar al Assad de
desmantelar el arsenal químico.
A diferencia del Demócrata, antes de cumplir su tercer mes en el
poder y con la valoración más baja de un Presidente a estas alturas del
mandato, Trump ordenó intervenir en la guerra civil siria. Un nuevo mor-
discón en esa tierra devastada, que en seis años de conflicto se va cobrando
400.000 muertos y 10 millones de desplazados.
La pregunta que se abre aquí es si la estrategia del cowboy rubio va a
cambiar, finalmente, la relación de fuerzas. Aquello que no logró el cauto
pragmatismo del progresista presidente negro.
(2017)
350
IV. ÁFRICA, ESA INCÓGNITA
SUDÁN, DESGARRADO Y DIVIDIDO
353
los enclaves de Gibraltar o de las Islas Malvinas por parte de Gran Bretaña,
estas consideraciones generales, digo, deben prudentemente balancearse
cuando la crisis interna de coexistencia atenta contra la vida y la integridad
de sus habitantes. O sea, cuando la separación es la última condición para
alcanzar y mantener la paz social.
Lograr y mantener la paz en una equilibrada vecindad parece ser el
objetivo. Allí la diferenciación, rivalidad y enfrentamiento entre el Norte
y el Sur encontrarían alivio después de una historia que nunca fue fácil,
desde que las potencias coloniales europeas impusieron sus criterios.
El Sudán tuvo su independencia, impulsada por el proceso de des-
colonización de las Naciones Unidas, y se separó de la metrópoli colonial
británica en 1956. Los administradores coloniales ingleses habían tenido
tradicionalmente un trato diferenciado con ambas regiones, en un virtual
reconocimiento de que el Norte y el Sur constituían entidades políticas y
sociales distintas. Sin embargo, hacia 1940 cambiaron caprichosamente de
criterio y decidieron unirlos. El centro colonial había estado en “la trom-
pa de elefante”, Khartum, por lo que el Norte terminó, en el nuevo país
independiente, imponiéndose al Sur, e intentó generalizar la sharia, la ley
religiosa islámica. El Sur se rebeló.
Dos elementos destacaban en esa radical diferenciación. Las poblacio-
nes del Norte –desértico y arenoso- estaban integradas por colectivos socia-
les de ascendencia egipcia y árabe, y habían sido culturizados en la religión
islámica desde la gran expansión mahometana del siglo VII. Por su parte,
el Sur –tropical y boscoso- era mayoritariamente negro (unas 150 tribus
diferentes), y conservaba la fe cristiana desde los antiquísimos tiempos del
Reino de Nubia (mediados del siglo IV), o bien los rituales animistas de
las tribus selváticas. O una desigual mezcla sincrética de ambos. La forzada
convivencia entre los dos pueblos decantó en una larga y sangrienta guerra
civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y se alargó, con
pocos años de pausa, hasta 2005.
Aunque es muy difícil calcular las bajas que tan extenso conflicto
puede haber causado en una región tan vasta y tan lejana, se asume que la
guerra entre el Norte musulmán y el Sur cristiano dejó un saldo de más de
dos millones de muertos y cerca de tres millones de desplazados. Más allá
de los muertos, la historia contemporánea ha dejado un territorio desola-
do: en el Sur, el 90 por ciento de los cerca de nueve millones de habitantes
sobrevive con menos de un dólar al día, el 85 por ciento de la sociedad es
analfabeta, y un tercio de ella sufre de hambre crónica, según las cifras de
la ONU.
Tras esa desgarrada historia de un desencuentro fatal, la pregunta que
flotó durante toda esta semana del referéndum independentista es cuán
354
independientes podrán ser los sudaneses del Sur, con una de las mayores
reservas petrolíferas en su subsuelo y sin prácticamente ningún recurso en
ahorros o en infraestructura para extraerlo, refinarlo y comercializarlo.
En Khartum, el presidente Omar al Bachir, un paracaidista formado
en Egipto, que combatió en la guerra del Yon Kippur contra Israel y que
ocupa el poder tras el golpe de Estado islamista de 1989, acaba de ser acu-
sado por el fiscal de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo,
de desviar unos 9.000 millones de dólares procedentes de las regalías petro-
leras hacia sus cuentas en bancos británicos. La Corte también lo busca por
genocidio y crímenes de lesa humanidad cometidos en Darfur; y Al Bachir
ha asegurado que respetará el referéndum, pero que si los del Sur se quieren
quedar con el petróleo de la región de Abyei, la guerra podría volver.
Las instituciones multilaterales, la Unión Europea, la ONU, y –fun-
damentalmente- el presidente Barack Obama, respaldan la consulta plebis-
citaria y, por elevación, la separación de Sudán del Sur en un nuevo Estado.
Obama declaró, a mediados de diciembre pasado, que Sudán era una de las
prioridades de su gobierno en materia de política exterior, y así se lo hizo
saber a los mandatarios de Egipto, Libia, Nigeria y Sudáfrica, que pueden
tener una voz determinante en la región.
Y entre tanto ruido y tantas declaraciones, Pekín guarda silencio. Chi-
na tiene en África la meta de mayor calado de toda su estrategia exterior: de
aquí pueden venir los ingentes recursos que necesita para seguir creciendo
al ritmo vertiginoso que lo ha hecho en la última década. Las inversiones
chinas son múltiples y variadas, casi no dejan rubro sin incursionar, pero
de todas ellas el petróleo es el más preciado.
Las exportaciones del crudo que sale de los pozos (es el tercer mayor
productor de petróleo en el África subsahariana, y más del 80 por ciento de
las reservas conocidas están en el Sur), cruza Sudán en los oleoductos hacia
el Norte, y deja el país por los puertos del mar Rojo. La mayor parte de
esas exportaciones se dirigen a China y en barcos chinos. Y además de ser
el principal inversionista y socio comercial de Sudán, el régimen comunista
de Pekín ha provisto de todas las armas que el gobierno de Omar al Bachir
ha requerido en los últimos años.
Hillary Clinton ha dicho que Sudán es una bomba de tiempo. ¿Dón-
de estará guardado el detonador de esa bomba, que llevaría a una nueva
guerra civil entre ambas comunidades? ¿En Khartum? ¿En Washington?
¿En Pekín?
(2011)
355
EGIPTO, LA REVOLUCIÓN DEL PRESENTE
356
entre los pasillos que permitieron que la revolución llegara hasta donde ha
llegado, y que también constituyen uno de sus productos.
Habrá, claro, muchos otros, pero yo identifico a estos dos como los
factores más críticos en este momento de desarrollo de la revolución: me
refiero al substrato árabo-musulmano del islam político que permea una
porción importante de la sociedad egipcia; y al rol del entramado comu-
nicacional por internet y el súbito acceso de miles de egipcios –sobre todo
jóvenes- a las redes sociales.
Entre estos dos elementos se mueven, como las fichas de un juego de
táctica y estrategia, los actores externos que tendrán un rol neurálgico en el
rumbo que finalmente adopte la salida de la revolución. Desde los intereses
norteamericanos a los de la Liga Árabe; desde la vigencia del tratado de paz
entre Egipto e Israel a las posturas de la diplomacia comunitaria europea;
desde el fino cristal de la frontera terrestre con la franja de Gaza que co-
munica con toda la cuestión palestina; desde el “contagio” del entorno en
el Magreb africano al paso petrolero por el Canal de Suez; desde las líneas
telefónicas privilegiadas con las plutocracias petroleras del Golfo hasta las
relaciones especiales con Turquía; desde la tradicional amistad de El Cairo
con la casa reinante en Jordania hasta la fluida comunicación con la Siria
de los Asad. Demasiadas fichas, todas vitales, moviéndose juntas por los
mismos casilleros.
En el medio de ese delicadísimo equilibrio de poderes e intereses, el
primer elemento que surgió con fuerza al analizar la revolución egipcia
fue el supuesto riesgo de una deriva teocrática e islámica del alzamiento
popular. Durante los primeros días, una posible salida “a la iraní” era la
línea recurrente en los análisis internacionales, especialmente en la prensa
estadounidense y, con mucho más énfasis, en las columnas de opinión de
diarios israelíes.
Los Hermanos Musulmanes, la cofradía religiosa fundada en Egipto
por Hassan el Banna en 1928, y dedicada fundamentalmente a la asistencia
social a las capas más humildes de la población, tiene, sin duda, un alto
predicamento en todo el cuerpo social de este inmenso país de ochenta mi-
llones de habitantes. En cálculos muy aproximados, se estima que un tercio
de esta población podría adherir a posturas o a dirigentes avalados por los
Hermanos Musulmanes, especialmente en una situación de tensión social.
Las argumentaciones que intentaban asociar a esta organización con
Al Qaeda (que fue, por cierto, el discurso sostenido por el gobierno de
Hosni Mubarak para mantenerla proscripta), o aquellas que la comparan
con los sectores teocráticos que terminaron cooptando la revolución iraní
de 1979 tras el derrocamiento del shah Mohammed Raza Pahlevi, han ido
357
perdiendo fuerza con el transcurso de los días, a medida que se conocían
detalles y los verdaderos alcances de la organización.
Los sectores islamistas del substrato cultural egipcio, lejos de la ex-
periencia iraní, están comprometidos con una salida laica y republicana
de la revolución. Su ámbito de actuación principal son las mezquitas y
los hospitales, y han llegado inclusive hasta las organizaciones sindicales
y profesionales de los sectores más deprimidos. Los islamistas egipcios no
ocultan su vocación política, y tanto por su peso demográfico como por el
alcance de su organización, no podrían estar ausentes de ninguna hipótesis
de salida del alzamiento contra Mubarak. Para los Hermanos Musulmanes,
según sus discursos públicos, un Estado islámico no está en conflicto con la
democracia, sin embargo este tipo de planteos quedarían postergados para
un segundo momento, luego de que una transición laica haya reestructu-
rado el gobierno y la constitución del Estado.
La hipótesis de una islamización “a la iraní”, entonces, parece no te-
ner espacio en el futuro inmediato de Egipto. Aún así, también hay que
tener presente que un futuro gobierno con los Hermanos Musulmanes
como factor clave, seguramente dejaría sin efecto el acuerdo de paz con
Israel. Y este acuerdo es el principal elemento para el equilibrio regional en
Oriente Próximo.
El segundo elemento crítico en los escenarios de salida de la revolu-
ción es el que conforma el entramado comunicacional, con la confluencia
de internet, los videos colgados en la red en tiempo real, las redes sociales,
los teléfonos celulares y los canales de televisión.
La larga permanencia de las autocracias árabes se asentaron en varios
pilares, uno de ellos fue, sin duda, la cerrazón frente al mundo, la baja o
nula interacción (sólo limitada a una élite exclusiva y minoritaria) con
otras realidades extra muros. La irrupción del mundo exterior le quita una
de las columnas pétreas en que las tiranías del mundo árabe encontraban
sustento desde los procesos de descolonización de mediados del siglo pa-
sado. Según explica el sociólogo Manuel Castells, este novísimo elemento
irrumpe en las estructuras anquilosadas de las autocracias siguiendo una
pauta común: un suceso extra-ordinario en la vida rutinaria (como fue el
suicidio a lo bonzo del tunecino Mohammed Buazizi, cuando la policía le
destruyó su carrito de venta de frutas) despierta la indignación social, que
viene sostenida y acallada por la represión policial desde tiempo atrás. Ese
estado individual encuentra su réplica en otros, y desencadena manifesta-
ciones grupales, que siguiendo el guión represivo clásico de las dictaduras,
son desarticuladas por los cuerpos policiales.
La novedad es que ahora esa represión se sube inmediatamente a la
página de videos de YouTube en internet, y esas imágenes de la represión
358
y los mensajes de protesta que la acompañan duplican espontáneamente
la protesta. Luego, las imágenes captadas por los teléfonos móviles de los
propios movilizados llegan hasta medios de comunicación que están fuera
del área de control oficial (como ha sido el caso de la agencia qatarí de
televisión Al Jazeera en estos días), que retrasmite por los canales de la web
a todo el mundo.
Cuando los usuarios de internet toman conocimiento de la movili-
zación, los videos de la represión y los mensajes de protesta, se activan las
redes sociales, los mensajes de texto, los hashtags de Twitter y los grupos de
Facebook, entre otras redes menores, y ese sistema de comunicación inte-
ractiva y en tiempo real ya no puede ser controlado por nadie. Sin cabezas
visibles y sin centro, funciona con eficacia y burla cualquier censura.
En Egipto, inclusive cuando el régimen de Mubarak decidió cortar la
cobertura de la telefonía celular y los accesos a internet, los cyberactivistas
de todo el mundo se organizaron para ofrecer vías de acceso alternativas a
los movilizados de El Cairo. En las dos semanas que dura la revuelta egipcia,
el crecimiento de usuarios de redes sociales ha crecido exponencialmente,
día a día. Las comunicaciones soñadas para el futuro ya son las herramientas
de la revolución del presente.
(2011)
359
EL (DES)CONCIERTO EUROPEO FRENTE AL MAGREB
360
el cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que ex-
portaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar,
se quebraba una y otra vez los dientes.
Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue
uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En
1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado
en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que
intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y
los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia,
y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el
lanzamiento, pasaron años no se avanzó nada. En una fecha tan cercana
como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo,
relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43
países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros
de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente
Próximo, Turquía, Israel... y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos
para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber
qué hacer con los vecinos de la costa pobre del mare nostrum.
Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abi-
dine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al
hasta entonces estable y confiable régimen de Hosni Mubarak, la Unión
Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar.
Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le ex-
plotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no
tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la pro-
testa en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton,
la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana
entera de confusión y de silencio.
Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido:
la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto el compromiso de las
elites con la integración y la buena vecindad fuera asumido como compro-
miso, o sea, por las personas que en ese momento tuvieran que ejercer el rol
de dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política
exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero
una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin
experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la
repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los
laboristas, y a una mujer.
Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con
el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace
pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del
361
régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifes-
taba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que
estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes
de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía
que los muertos por la represión sumaban centenas.
Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilani-
midad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía
postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle
Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48
horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera
cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta
en el Magreb.
Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar
en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino
también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por in-
tercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Oba-
ma también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del
Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las pro-
testas se tomó en cuestión de horas: Jeffrey Feltman, el secretario de Estado
adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que
viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.
El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Ma-
greb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde,
toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la im-
posición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos popula-
res (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámi-
co) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.
A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión
Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional
basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad
en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas
cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las
cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativa-
mente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George
W. Bush durante la invasión a Irak).
Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la
democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas
décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía
de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los
ciudadanos concretos de esos países, apostando por sus intereses nacionales
internos, en la más cruda tradición realista.
362
Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los
silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente
del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democra-
cia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo
fundamentalista, va a llamar a sus puertas.
(2011)
363
SUDÁN DEL SUR: UN PAÍS, UNA ESPERANZA
364
generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que
la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha
sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además,
de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no
fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.
Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metró-
poli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades socia-
les distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones
nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia
y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100
grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y
tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los
bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era).
La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente
ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- ter-
minó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los
ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.
Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro
millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la
sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los aconte-
cimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los
acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referéndum,
para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El
plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por
ciento de votos por el “sí”. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés
al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por
el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referéndum
(aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos
de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia
su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por
ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).
En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las
Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona
como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el
provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la or-
ganización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos
por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la
admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por acla-
mación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro,
denominado República de Sudán del Sur.
Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las de-
claraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que
365
volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios
y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifes-
tación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además
con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de
los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos
con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el pa-
réntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña
en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el
expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.
Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse,
y desde una perspectiva minimalista, los detalles ocuparán parte de este
tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra,
como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de
miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cru-
zadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en
el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que
se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo
telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursuda-
nesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.
Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de
éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la
nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que
se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano,
comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro
veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De
ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobre-
vive por debajo de la línea de pobreza, con apenas dos dólares al día, en
promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un
niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y úni-
ca ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no
tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy
limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte
de los espacios públicos.
Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo
que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario
que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el
Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte.
Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte
la frontera más larga de África. Hará falta mucha imaginación, paciencia
y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.
(2011)
366
TÚNEZ, EL SUAVE ATERRIZAJE DEL ISLAM
367
de las conductas sociales mediante los preceptos coránicos, hacia el interior
de las sociedades, y la más que probable enemistad con los países occiden-
tales (con la consecuente suspensión de las exportaciones de hidrocarburos
hacia ellos) como principal consecuencia externa.
El argumento de “freno del islamismo radical” comenzó a debilitarse
hace ya tiempo, a medida que se conocían detalles sobre el complejo entra-
mado de agrupaciones en que se dividía el islam político, que el simplismo
intencionado de las dictaduras había intentado meter en la misma bolsa. Y
también con el resultado de algunas experiencias de partidos islámicos no
radicales en el poder, principalmente con el AKP de Recep Tayyip Erdogan
y Abdullah Gull en Turquía.
Ahora, en ese universo aparece el islamismo moderado del tunecino
En Nahda (El Renacimiento), y arrasa en las elecciones a la convención
constituyente, en lo que puede ser una nueva señal del rumbo de los siste-
mas políticos saneados tras las revueltas de la “primavera árabe”.
Bajo el régimen de Ben Ali, y como parte de aquel discurso de auto
justificación al que acabo de aludir, todo lo que oliese a islamismo estaba
proscripto y prohibido. Los principales dirigentes de esos sectores, por lo
tanto, llevaban décadas en el exilio, y no había ninguna estructura –no
sólo ningún partido político, tampoco ninguna organización no guberna-
mental- sobre la cual apoyarse para plantear una alternativa. O sea que el
nombre del partido tunecino hace referencia concreta a un volver a nacer,
a un surgimiento desde la nada, tras casi sesenta años de laicismo obliga-
torio. Sin embargo, en apenas nueve meses, el movimiento En Nahda ha
conseguido estructurar un nuevo discurso, que combina dosis de tradi-
cionalismo con otras de modernidad, y lo ha articulado en una clave de
mesura –sin convocatorias a revanchismos ni venganzas- que ha dado en la
tecla y empujado a un apoyo social mayoritario.
En las elecciones a la constituyente del 23 de octubre de 2011, En
Nahda se alzó con el 41,47 por ciento de los votos totales, prácticamente
la mitad del padrón, y a casi un 30 por ciento de distancia de la segunda
fuerza, el partido Congreso para la República, de centro izquierda. Así,
en la Asamblea Constituyente, que tendrá 217 escaños, los islamistas de
En Nahda ocuparán 90 lugares; el Congreso para la República tendrá 30
asientos; y Ettakatol, la tercera fuerza más votada, 21 escaños. Aquí pare-
ce haber otro elemento que da una pauta del nuevo comportamiento del
electorado: además de la sorpresa de la clara mayoría de En Nahda, las
principales fuerzas de oposición son partidos que no hicieron campaña
contra el islamismo. En cambio, la oposición tradicional, que sigue repi-
tiendo el viejo argumento de que no hay islamismo moderado posible, y
que hay que parar a los religiosos de cualquier manera, porque detrás de
368
ellos vendrán los barbudos a lo talibán y la imposición de la sharia, fueron
censurados por el voto popular. Las dos principales agrupaciones del fren-
tismo anti islamista, el Partido Democrático Progresista (17 escaños), y el
Polo Democrático (5 escaños), han sufrido un castigo en las urnas.
Además de la contundente victoria en las opciones políticas generales
–esto es, sobre el rumbo y las formas que debería adoptar el Estado a partir
de ahora- los islamistas de En Nahda han demostrado su inserción en todos
los estratos sociales, y su llegada a los diferentes agregados geográficos, lo
que también termina con el preconcepto de que las ciudades –donde se
concentran los sectores más educados de la población- eran laicistas, y que
la adhesión a opciones políticas vinculadas a la religión estaba relegada a las
zonas rurales, más pobres, tradicionalistas y conservadoras. En Nahda, por
el contrario, fue el partido más votado en todas las circunscripciones elec-
torales, incluyendo algunas de la ciudad de Túnez, la cosmopolita capital,
que se consideraba el terreno político de la oposición socialdemócrata laica.
Que un partido que proclama claramente su adscripción islámica
haya sido la opción elegida por los sectores progresistas, en detrimento de
las fuerzas usuales de la centro izquierda, tiene mucho que ver con las ma-
neras en que En Nahda articuló su discurso, en el espacio de poco más de
medio año. El hecho de que haya aceptado sin restricciones la imposición
de paridad de género en las listas electorales, las referencias permanentes
al “modelo turco”; las posturas conciliadoras con los sectores que estu-
vieron más cerca del régimen de Ben Ali; la seguridad de que el modelo
de desarrollo y de que la economía de mercado no serán cuestionados; y
una manifiesta relación de cooperación con Occidente; han terminado por
alejar el fantasma de los barbudos a lo talibán, y de convencer a la mayoría
de tunecinos que la coexistencia entre régimen democrático y republicano
moderno, con preceptos religiosos y usos y costumbres que hacen a su
identidad, es factible.
Las elecciones de fines de octubre cierran la “revolución de los jaz-
mines”, y abren una nueva etapa, la de transición hacia un sistema demo-
crático en el marco de un Estado de derecho. Si los islamistas moderados
tunecinos consiguen conducir ese tránsito, estaremos ante un fenómeno
realmente novedoso de la política internacional, y ante todo un nuevo
escenario de posibilidades para Medio Oriente y el Magreb.
(2011)
369
REVOLUCIÓN EGIPCIA, SEGUNDA PARTE
370
Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de
Tantawi.
En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados
aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado
apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad
política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y,
peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en
Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el pri-
mer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere
sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de
movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa he-
terogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de
estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los
reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de
vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros
que volvían.
La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de
los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de
las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolu-
ción no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.
Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que de-
terminaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber deci-
dido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo
popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales
Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino
crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el econó-
mico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de
resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un
poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos
quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de
aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor
en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar
el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los
fundamentalistas islámicos, pero tras el derrocamiento la familia de Sadat
ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandata-
rio de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder.
Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar
presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como
los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legis-
lativas del nuevo régimen.
371
La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los
militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos
encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario
electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se exten-
dería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería
de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría
abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa
rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sul-
tanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam
desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en
siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sha-
ria”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.
El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la
apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis,
donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucio-
nal por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presu-
puestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado
por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).
Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir
estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los
islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos
de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que
los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas
ni medias tintas.
La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre es-
tos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta
es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza
y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha
instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia
de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen
por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y
en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los
cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terre-
no. La Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG
con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento
de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la
represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las
jornadas de enero.
De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno
civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la repú-
blica laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas
372
del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes,
en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayato-
llah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con
los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una
democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por
estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus
partes, es siempre un libro con final abierto.
(2011)
373
MARRUECOS: ENTRE LOS ISLAMISTAS Y EL REY
374
terminado con la concepción –a un tiempo simplista y totalitaria- de un
laicismo mayoritario, que como se ha visto sólo constituía una capa de bar-
niz sobre la realidad sumergida del país verdadero. Y esa realidad muestra
ahora que los grandes colectivos populares apuestan por opciones políticas
que insertan el factor religioso en la vida institucional.
Aunque los de En Nahda, perseguidos sin piedad por Ben Ali (su
principal líder, Rachid Ghanuchi, soportó 22 años de exilio), se apuraron
a sostener que un futuro gobierno islamista no implicará una restricción de
los derechos y de las libertades en una sociedad plural. Algo parecido dicen
los voceros de los Hermanos Musulmanes egipcios, y ese fue el centro del
discurso, también, de los islamistas victoriosos en Marruecos esta semana.
La prédica tradicional contra el fantasma del radicalismo islámico
ventilada por los autócratas del Norte de África, como un argumento de
auto justificación para sostener los recortes de libertades al interior de sus
gobiernos, se ha visto potenciada por el propio discurso radical de algunos
sectores de los partidos religiosos, que anticipan la aplicación de la “sharia”
–el conjunto de leyes y de prescripciones morales y de conducta inspirado
en el Corán- en caso de llegar al poder. Sin embargo, los éxitos electorales
de estos días están demostrando que la mayor aceptación popular pasa por
las tendencias moderadas, aunque los colectivos más extremistas y ortodo-
xos vayan apenas a la zaga.
Este ha sido el camino seguido también por el Islam político en Ma-
rruecos. El partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) ha transitado, en un
tiempo muy breve, el camino que va de la radicalidad a la moderación, y ha
edulcorado toda la campaña electoral en un tono de tolerancia y amplitud,
que constituye toda una novedad en este sector del arco político.
El principal líder de los islamistas marroquíes, Abdelilah Benkiran, es
un ejemplo concreto de este paso: en los años ochenta militó en un grupo
musulmán radical signado como organización terrorista, la Juventud Islá-
mica. Si bien la justicia no le adjudicó a él personalmente ninguna partici-
pación en hechos de violencia, la agrupación en la que militaba reivindica-
ba sin objeciones la lucha armada, y sus compañeros de armas asesinaron,
entre otros, al dirigente socialista Omar Benjellun en Casablanca en 1975.
Desde aquellos extremos juveniles, Benkiran fue transitando por nu-
merosas asociaciones islamistas, cada vez más moderadas, hasta que ingresó
a fines de los 90 en el PJD. Precisamente esta formación política fue funda-
da para recibir a los ex islamistas radicales que estuvieran dispuestos a mo-
derar el discurso y las aspiraciones, para desde allí incorporarlos al sistema.
Esa estrategia terminó dando sus frutos, ya que en la primera oportunidad
real que se ha presentado (las elecciones de esta semana han sido las más
libres y democráticas en los 55 años que Marruecos lleva como Estado
independiente) ha conseguido el poder.
375
Aunque a regañadientes, el rey Mohamed VI ha tenido que respetar la
Constitución que él mismo ha pergeñado, y nombró ayer primer ministro
a Abdelilah Benkiran, en Midelt, una localidad del Atlas.
La anécdota ha sido rescatada por los medios de prensa en estos días:
en 2001, en el Parlamento marroquí, una mujer periodista –Amina Jabad-
estaba cubriendo las sesiones, vestida con una remera y pantalones vaque-
ros; Abdelilah Benkiran (que es diputado desde hace 15 años) le gritó,
frente a las cámaras, “¡andá a vestirte!” y la echó del recinto. Sin embargo, la
última década y las recientes emergencias populares en el resto del Magreb
han forzado a que los “barbudos” tuvieran que ir amoldando sus posturas
hacia mayores grados de tolerancia. Un episodio como el de la censura del
ahora primer ministro contra la periodista Amina Jabad lo dejaría muy
mal parado frente a los electores. De igual manera, las condenas contra
los festivales de música, los bebedores de alcohol y los homosexuales, que
poblaban antes los discursos religiosos, han desaparecido de la escena.
Este tránsito paulatino hacia mayores niveles de tolerancia social ha
sido clave en la victoria de los islamistas marroquíes. Una victoria relativa,
por cierto, en porcentajes menores a los obtenidos por los tunecinos y a los
que se anticipan para los egipcios. El PJD se ha hecho con el 27 por ciento
de los sufragios, y el rey ha tenido que encomendar a su secretario general la
formación del nuevo gobierno. Abdelilah Benkiran será el primer ministro
más poderoso de cuantos ha tenido Marruecos hasta ahora, ya que la refor-
ma de la Constitución de Mohamed VI supuso un recorte de las atribucio-
nes del monarca –hasta ahora absoluto- en beneficio del jefe del gobierno.
A excepción del ministro de Asuntos Religiosos (cuyo nombramiento sigue
siendo derecho del Comendador de los Creyentes, el rey), la designación de
todas las demás carteras serán ahora atribución del primer ministro.
Pero este avance del Islam moderado no puede ocultar la otra cara de
la moneda: como decíamos al principio, muy a la zaga sigue la presencia
de las tendencias radicales. En Marruecos, la otra gran corriente religiosa
–más dura y ortodoxa- es Justicia y Espiritualidad, que se mantiene en la
ilegalidad por negarse a admitir que el monarca sea el gran Comendador
de los Creyentes.
Y este partido proscripto es el que alimenta al “Movimiento 20 de Fe-
brero”, que desde esa fecha viene organizando las protestas multitudinarias
que alteran, viernes a viernes, todas las grandes ciudades del Reino de Ma-
rruecos. Los del 20 de Febrero rechazan la nueva Constitución, y llamaron
al boicoteo de estas elecciones. Y el porcentaje de abstención fue alarman-
te: el 55 por ciento de los electores inscritos no fue a votar. No todos los
“barbudos” marroquíes han decidido seguir el camino de la moderación.
(2011)
376
KONY Y LOS NIÑOS-SOLDADO DE ÁFRICA
377
audiencia alcanzaba 58.000 visitas, y dos días después ya eran 8,2 millones.
Para el fin de esa semana, más de 50 millones de personas de todo el mun-
do habían visto la película. El arresto de Jason Russell en circunstancias
extrañas (la policía de San Diego afirma que estaba borracho y drogado,
pero la ONG sostiene que fue hospitalizado por “agotamiento y deshidra-
tación”, un ataque de estrés después del éxito de su video) ha llevado a más
reproducciones del documental.
Básicamente, la organización californiana se ha propuesto un objetivo
de política internacional motorizado desde la sociedad civil. Pretenden que
Joseph Kony, a quien se persigue desde hace más de 20 años, sea realmente
detenido antes de que termine 2012. Sostienen que la movilización de la
opinión pública mundial obligará a “los políticos” (entiéndase: a los políti-
cos norteamericanos, o sea, a Barack Obama y su gobierno) a tomar cartas
en el asunto (entiéndase: a que Washington intervenga en la guerra civil
africana y arreste a Kony).
Independientemente de la discusión sobre si un lobby mundial es la
vía para reposicionar a África en los mapas reales del globo, y dejando de
lado las notas inexactas y hollywoodenses de los treinta minutos del video
de Russell, la mayor falsedad de la campaña “Kony2012” reside en soslayar
el hecho de que el ejército norteamericano ya está, efectivamente, operan-
do en Uganda. Y al no presentar ninguna variable de las muchísimas que
complejizan la política africana, el relato de la campaña queda reducido a
unos niños buenos y blancos, que desde la comodidad de sus domicilios
en el primer mundo van a salvar a los pobres africanitos de la voracidad
sanguinaria del negro malo.
La historia de Joseph Kony, más allá de las buenas intenciones, no ter-
minará en 2012, de la misma manera que no comenzó cuando Russell y sus
amigos descubrieron el drama de los niños-soldado de Uganda. Kony, que
fue monaguillo católico en su infancia, es el jefe del LRA – Lord’s Resistan-
ce Army (Ejército de Resistencia del Señor), una secta y guerrilla cristiana
ugandesa que se nutre del secuestro de niños (más de 50.000 durante los
últimos 20 años, según UNICEF), para que los chicos sirvan como solda-
dos y las chicas como esclavas sexuales. Con una delirante combinación de
fundamentalismo religioso, mutilaciones (especialmente en el rostro, para
que los niños se avergüencen de sí mismos y de volver a sus tribus, así evita
la deserción), esclavitud sexual y armas provistas por gobiernos amigos (es-
pecialmente por el régimen islamista sudanés de Omar al Bashir), Joseph
Kony aspira a establecer una república teocrática en Uganda, basada en los
diez mandamientos y en la interpretación literal de la biblia cristiana.
Quienes lo han visto (hasta esta semana era casi imposible encontrar
una foto de su rostro) y han tratado con él, lo describen como una persona
378
sanguinaria, violenta e imprevisible, que toma las decisiones después de
hablar con los espíritus y entrar en trance; que genera auténtico pavor
entre los niños-soldado, sobre los cuales tiene dominio absoluto, físico y
psíquico (tiene docenas de esposas, y es el primero en abusar sexualmente
de las niñas que captura el LRA).
Este “señor de la guerra” ocupa el primer lugar en la lista de crimina-
les reclamados por la Corte Penal Internacional de La Haya, y el reciente
fallo sobre Thomas Luganba, esta misma semana, puede sentar un prece-
dente para su enjuiciamiento. Si es que alguna vez logran agarrarlo.
El LRA viene operando desde 1986, cuando Yoweri Museveni tomó
el poder en Uganda tras desplazar a las dictaduras de Idi Amín y de Milton
Obote, y en vez de una apertura democrática, rompió con las guerrillas
del Norte del país y estableció otra dictadura dirigida por él mismo. Kony
empezó una nueva guerra, ahora contra Museveni, y el sudanés Omar al
Bashir le dio armas y recursos para balancear, porque Museveni (y con él
los Estados Unidos) apoyaban a los independentistas de Sudán del Sur en
su lucha contra Al Bashir. En un cuarto de siglo, el fanatismo cristiano de
Kony ha causado 200.000 muertos y ha desplazado de sus casas a un mi-
llón y medio de personas.
Pero las tropas regulares de Uganda también usan niños-soldado, y
Yoweri Museveni es también un dictador despiadado y un católico faná-
tico: su última guerra es contra la homosexualidad, y ser gay acarrea pena
de muerte en Uganda. La campaña bienintencionada de los chicos califor-
nianos, sin embargo, no menciona a Museveni –aliado de Washington- en
ningún momento.
Uganda (junto a República Democrática del Congo, República Cen-
troafricana, Sudán del Sur, Costa de Marfil, Nigeria, Kenia y Ruanda) ha
sido tierra de saqueo y de sangre. Allí no hay buenos y malos claramente
diferenciados, y todos son víctimas de traficantes de armas, oro, diamantes,
coltan y cobalto.
Antes de la colonización europea, en África existían más de 10.000
unidades políticas. Fueron los occidentales quienes barajaron, dieron de
nuevo, y abandonaron el continente dejando unos cincuenta Estados fic-
ticios. Ese fue el origen de los “señores de la guerra”, y ese terrible agujero
no se emparcha con una campaña por la web, por muy bien intencionada
que sea. Ni, esperemos, con más intervenciones militares de Occidente.
(2012)
379
BARRO MILENARIO DE TOMBUCTÚ
Los hombres les hemos hecho decir a los dioses demasiadas tropelías a lo
largo de la historia. Y hemos creído que interpretábamos sus intenciones
cuando, en el fondo, utilizámos ese argumento de autoridad para saciar
los instintos de supremacía y los egoísmos de clase contra todo lo dife-
rente, contra todo lo que –desde su radical otredad- cuestiona nuestras
débiles seguridades.
Pensaba en un nuevo capítulo de esa vieja historia al leer las destruc-
ciones con que la furia salafista está arrasando Tombuctú. Los musulmanes
radicales dicen, como tantos otros en el pasado y otros más en estos mis-
mos días, obedecer el mandato divino mientras destruyen sistemáticamen-
te la legendaria ciudad del desierto africano.
Los analistas de política internacional europeos vienen advirtiendo
desde hace tiempo que una avanzada de Al Qaeda está apareciendo en el
Sahel, la larga franja de territorio del centro de África, al sur del Magreb y
de las arenas del Sahara. Una tierra de enormes extensiones, pero fraccio-
nada en Estados débiles, donde la autoridad política permanece atomiza-
da entre el caciquismo tribal y los mulás religiosos. Una región, por estas
condiciones, fértil para el establecimiento de avanzadas fundamentalistas.
Las alertas europeas sobre la posibilidad de que Al Qaeda ya dispusiese
inclusive de misiles para derribar aviones en el Sahel adquirieron estos días
una nueva dimensión, desde el plano simbólico, cuando aparecieron en las
redes sociales videos y fotografías de la destrucción sistemática de la mile-
naria Tombuctú, en el norte de Mali.
La furia iconoclasta del salafismo islámico ya mostró hace poco hasta
dónde puede llegar, cuando en 2001 los talibanes dinamitaron los budas
gigantes de Bamiyan, que habían permanecido en sus huecos monumen-
tales de la montaña desde los remotos tiempos del predominio budista en
Afganistán. Ahora, la ciudad de barro levantada en el desierto paga con
su destrucción la interpretación de las “órdenes de dios” realizadas por el
salafismo, esa rama ortodoxa y rigorista del Islam wahabista sunnita.
Tombuctú y sus ruinas de barro son frágiles, y la Unesco la considera
un patrimonio de la humanidad por haber albergado, en aquellos remotos
desiertos, los cruces de tradiciones sufíes, cristianas, bereberes, animistas y
musulmanas durante siglos. La avanzada wahabista vinculada a Al Qaeda,
380
sin embargo, los tiene por heréticos, y como a los budas de Bamiyán, los
somete a la piqueta. Ante la debilidad del gobierno de Mali, una coalición
de independentistas tuareg intentó separar el norte del país y fundar un
nuevo Estado, Azawad, en el territorio de confluencia del Sahara y el río
Níger. Pero los rebeldes tuareg fueron rápidamente desplazados por los
salafistas de Ansar al Din, que también pretenden fundar un nuevo Esta-
do, pero regido por la estricta observancia del Corán y por la aplicación
de la sharia.
En la puja interétnica y los debates políticos, los barros milenarios de
Tombuctú vuelven violentamente al polvo.
(2012)
381
V. DE SOTANAS Y PÚRPURAS
BENDITO TRABAJO
Tiempos hubo, en los que España era la hija dilecta de la iglesia católica,
y el mayor semillero de curas y monjas del mundo entero. Tiempos hubo
en que la península se preciaba de tener más obispos que la misma Italia,
y casi tantos sacerdotes seglares (de parroquia) y regulares (monjes de mo-
nasterio) como pueblo llano.
En aquella España de ayer, las clases se dividían en tres: oratores, be-
llatores y laboratores; o sea, los que sólo oraban (los curas), los que defen-
dían (la nobleza), y todos los demás, que laboraban para mantenerse a ellos
y a los dos primeros. Lograr ser cura en aquella España era como sacarse la
lotería: comer caliente, dormir en cama blanda, y no fatigarse demasiado.
Tiempos pasados, irremediablemente. En 2012 la iglesia española lanzó
una nueva campaña publicitaria: “Hazte cura, no te proponemos un buen
sueldo, pero al menos tendrás trabajo asegurado.” ¡Cómo han cambiado
los tiempos! La crisis económica que ahoga Europa golpea preferentemente
en los más jóvenes. Hasta 2010, caía sobre los menos preparados educati-
vamente, los que habían trabajado en la construcción y se quedaron en la
calle cuando explotó la burbuja inmobiliaria; pero ya alcanza también a los
universitarios y a los profesionales con algunos años de experiencia.
Las últimas mediciones del Centro de Investigaciones Sociológicas
(CIS) de Madrid muestran un crecimiento alarmante en la curva de des-
ocupación juvenil, y la mayor parte de la emigración laboral que está aban-
donando el suelo español (con rumbo a países nórdicos, pero también a las
costas americanas) tiene entre 25 y 35 años. Por la desocupación estruc-
tural (no tener ningún tipo de trabajo), el “empleo precario” y el “trabajo
basura” son salidas obligadas para muchos. La reforma laboral de Mariano
Rajoy y del Partido Popular (PP) flexibiliza los despidos y –teóricamente-
favorecería la rotación, al eliminar muchas de las garantías de estabilidad
que estaban asociadas al empleo. Si los “mileuristas” (aquellos que apenas
arañaban los 1.000 euros por mes) eran los que estaban en el último pel-
daño de la escala laboral hasta hace poco, hoy un “mileurista” comienza a
ser la aspiración de muchos que han quedado muy por debajo de ese listón
de mínima.
Y a esa cuesta abajo en la rodada de los laboratores, viene a sumar-
se la crisis vocacional de los oratores: la iglesia española, tiempo atrás tan
385
poderosa y multitudinaria, se está quedando sin curas. Los obispos vienen
ensayando diversas alternativas, como hacer la vista gorda a los que se casan
(se calcula que de los 27.000 curas que quedan en España, unos 7.000 están
casados con una mujer y siguen ejerciendo); pero aún así en los seminarios
apenas si hay aspirantes. Ahora los obispos han salido a pescar candidatos
entre los jóvenes desocupados: “No te quedes en el paro, ¡hazte cura! No
tendrás un gran sueldo, pero al menos serás ‘mileurista’!” Ay, Señor, Señor.
(2012)
386
EL CULPABLE, CLARO, ES EL MAYORDOMO
387
cándalo de estos días lo han denominado “VaticanLeaks”, como aquella
web de WikiLeaks que abrió la caja de Pandora de la diplomacia reservada.
En Roma la cuestión pasa por la sucesión: la fuerte curia italiana, el
principal partido político vaticano, parece estar accionando para terminar
con los extranjeros en el solio pontificio (con el polaco Wojtyla primero
y con el alemán Ratzinger luego, hace 33 años que no hay papa italiano).
El arzobispo de Milán, el cardenal Ángelo Scola, calienta motores, dicen.
En cualquier caso, en esta historia la culpa no tiene mucho que ver con el
mayordomo.
(2012)
388
EL ADIÓS DE UN HOMBRE HONESTO
Pocas veces coincidí con las políticas del papado de Joseph Ratzinger. Su
elección significó una victoria de los sectores más conservadores de la je-
rarquía eclesial, y sus largos años al frente de la Sagrada Congregación para
la Doctrina de la Fe no auguraron un período de apertura y diálogo –que
considero que son las dos estrategias más urgentes que requiere la iglesia-
sino, por el contrario, una vuelta de tuerca sobre la ortodoxia y la inflexi-
bilidad del dogma.
Efectivamente, el reinado de este papa que eligió llamarse Benedicto
fueron unos años donde se profundizó el statu quo, una visión elitista y ce-
rrada en la doctrina, al tiempo que el pontífice se negaba, aunque él mismo
admitiera que no tenía auténticas razones para ello, a discutir el sacerdocio
femenino. O volvía a apelar al discurso eclesial tradicional para hacer frente
a temas sociales ya ineludibles, como el matrimonio igualitario, la incorpo-
ración de los divorciados y divorciadas a la vida de la comunidad católica,
la homosexualidad, el aborto, el uso de preservativos y la eutanasia.
En ambos campos, en el de la teología y en el de la doctrina social,
Ratzinger siguió siendo, como papa, lo que había sido como cardenal pre-
fecto de la comisión vaticana que vela por la pureza de los dogmas: un con-
servador. Además, como dice el teólogo brasileño Leonardo Boff, Benedic-
to XVI mantuvo una doble vara para medir los movimientos al interior
de la iglesia: con una vara corta e indulgente reincorporó a los lefevrianos
integristas, a quienes había excomulgado su predecesor, el papa Wojtyla,
que no hacía precisamente alarde de progresismo. Y mantuvo otro vara,
larga y rígida, para azotar los intentos del Tercer Mundo de vivir una iglesia
más cercana a la gente de a pie y a sus problemas cotidianos.
Dejando expresa esta opinión crítica, también es justo reconocer en
este papa que se va tan tristemente, un costado real y admirable: entre
tanta corrupción, ambiciones desbocadas y circo vaciado de contenido, Jo-
seph Ratzinger ha sido un hombre honesto. Como intelectual y estudioso
reconoció el corazón del problema: la iglesia atraviesa una crisis que pone
a la institución en riesgo de continuidad. Y una parte importante de esa
crisis está en Roma, un nido de negociados turbios y tráfico de influencias.
Debe reconocérsele que como jefe de Estado (es papa porque es obispo de
Roma, y por eso, formalmente, soberano absoluto de ese Estado minúscu-
389
lo llamado Ciudad del Vaticano), intentó aplicar políticas que modificaran
el rumbo crítico.
Y fracasó. La curia vaticana, ese entramado de “laicos negros”, sacer-
dotes que nunca pisaron una parroquia, monseñores (un título honorífi-
co), obispos, arzobispos, patriarcas, primados y cardenales, se lo impidió,
porque esa es su razón de ser y su garantía de permanencia. La curia es una
gran máquina de impedir.
Cuando Juan XXIII decidió llamar al Concilio, en los años 60, para
aggiornar la iglesia a unos tiempos modernos que la habían dejado muy
atrás, maduró en secreto su idea, no se la comunicó ni a los íntimos, y
lanzó sorpresivamente la convocatoria en un discurso público general;
sabía que si se filtraba, la curia frenaría la iniciativa y haría imposible el
Concilio. Benedicto XVI no tuvo la astucia de aquel gordo italiano, el
papa Roncalli, no logró esquivar a la máquina burocrático-administrati-
va y ésta terminó por engullirlo. Quiso hacer frente al agujero negro de
los bancos que hacen pingües negocios financieros e inmobiliarios con el
paraguas vaticano, y no pudo. Quiso abrir el humillante capítulo de las
vejaciones y los abusos a niños por parte del clero –que se taparon durante
años por órdenes de Juan Pablo II- y la curia fue licuando esas iniciativas
hasta que apenas quedaban hilachas. Y cuando vio que era inútil, que no
tendría las fuerzas suficientes para enfrentarse a la curia, prefirió la salida
de un hombre honesto y renunció.
En estos años el papa Ratzinger ha tenido que soportar los embates
internos que en Roma se saldan a golpes de hierro, aunque públicamente
un discurso melifluo lo empalague todo con apelaciones a la caridad, a la
concordia y a la santidad. Un prelado siciliano llegó a decir en público que
había un plan para asesinar al papa; y todo el escándalo del mayordomo
permite dimensionar hasta qué punto el pontífice era un hombre espiado
y controlado hasta en sus papeles más íntimos. Ahora, al ver el video de su
renuncia, yo me inclino a aceptar sus explicaciones y se las creo, porque son
las palabras de un hombre honesto. Habla en latín con total fluidez, pero
apenas se lo escucha, un hilo de voz sin matices ni modulación, los ojos
bajos, dice que no tiene más fuerzas para hacer la tarea. Para quien quiera es-
cucharlo, dice que no se va porque quiera, sino porque no lo dejan quedarse.
Aunque durante 600 años no han escuchado una renuncia, las so-
tanas que lo rodean no se inmutan con sus palabras. Apenas termina de
leer las dos carillas, una sotana púrpura le aparta el micrófono, otra sotana
blanca le saca los papeles de las manos, otra más le quita los lentes. Él ni se
ha movido, los deja hacer, la mirada perdida en el vacío. Es difícil imaginar
a un hombre más sólo.
(2013)
390
UN ESTRECHO CÍRCULO DE SOMBRAS
Con apenas unas ligeras variaciones, el cónclave con la elección del carde-
nal argentino Jorge Mario Bergoglio, que reinará con el nombre de Fran-
cisco, se ha mantenido a lo largo de los siglos y hasta de los milenios.
La modalidad de designación política y canónica de un nuevo Obispo de
Roma (primus inter pares y cabeza de la iglesia) logró tan extensa vida útil
porque las condiciones objetivas del mundo se lo permitían.
El máximo secreto y la decisión limitada a un puñado muy selecto
de hombres ancianos tenía, hasta ahora, su correlato en una realidad in-
ternacional acotada y previsible, donde las grandes decisiones estratégicas
también eran prerrogativas de un club exclusivo de hombres. Otro círculo,
cuyos miembros se comunicaban entre sí con unos códigos no accesibles al
común de la población, y se enviaban mensajes y documentos a través de
unos funcionarios especiales –el cuerpo diplomático- cuyo oficio supone el
carácter reservado y secreto. Pero esa realidad internacional relativamente
previsible y equilibrada –aunque fuese mediante el equilibrio del terror
atómico- ya comienza a formar parte de la historia. El balance bipolar del
mundo saltó por los aires a fines de la década de los años 80 del siglo pa-
sado, y en paralelo a esa patada al tablero de la previsibilidad, el desarrollo
acelerado de la sociedad de la información fue estrechando cada vez más los
círculos dentro de los cuales el secreto puedo permanecer en las sombras.
Intentar que se mantengan unos métodos que se arrastran desde el
Medioevo en plena transformación de la sociedad de la información pa-
rece, cuanto menos, un despropósito. Hoy las cadenas televisivas funden
la historia con el tiempo real (como la CNN con las guerras del Golfo, la
invasión de Irak y de Afganistán), y los hackers informáticos traspasan hasta
los firewalls tecnológicamente más desarrollados, como los que protegen a
las computadoras de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o al Depar-
tamento de Estado norteamericano.
Los propios papeles clasificados de las comunicaciones al interior del
círculo del poder no logran permanecer bien guardados en las “valijas di-
plomáticas” (esos recipientes antiguos en que viajaba el secreto) y quedan
expuestos a la luz pública. El caso más resonado, WikiLeaks y su cruzada
por la transparencia, es apenas el inicio de un camino sin retorno: desde
2008, cuando comenzó a operar, su base de datos no ha dejado de crecer
391
y ya va difundiendo 1,2 millones de documentos clasificados (incluyendo
los 251.187 cables de la diplomacia estadounidense con sus embajadas,
la mayor filtración de documentos secretos de la historia y la piedra del
escándalo). En ese contexto de globalización informativa, los métodos de
elección papal no podrán permanecer inmunes. Y no sólo ellos: también
las maneras en que los pontífices se relacionan con ese mundo en transfor-
mación deberán necesariamente adaptarse.
La elección de un papa no europeo, además de la radical novedad
histórica implicará también un desafío en las relaciones de la iglesia, y del
Estado vinculado a ella con el emergente escenario de la sociedad de la
información. Francisco, romano pontífice, será el líder espiritual de una
comunidad religiosa calculada en 1.200 millones de personas en todo el
mundo, y jefe administrativo de un cuerpo de agentes pastorales de unos
420.000 sacerdotes y 5.100 obispos. Pero además de este colectivo inter-
no, será también la máxima autoridad de una unidad política reconocida
por la comunidad internacional. La Ciudad del Vaticano es un Estado a
todos los efectos, su régimen político es una monarquía electiva y absoluta
–Jorge Bergoglio es también rey- y sus embajadores (los nuncios apos-
tólicos) lo representarán en los cuerpos diplomáticos frente a los demás
gobiernos del mundo.
Estos nuncios han sido tradicionalmente la expresión más mundana
del solio pontificio. Generalmente son diplomáticos de carrera, con poca o
nula experiencia pastoral, a quienes se les asignan obispados ficticios u ho-
norarios. Son expertos en el lobby político y también el principal conducto
de comunicación secreto entre el papa y los engranajes del poder local.
Con sus túnicas y ropajes anacrónicos imponen respeto ceremonial y pro-
tocolario; preceden, por costumbre, a los demás embajadores acreditados
(“Decanos del cuerpo diplomático”) y tienen una incidencia importante
en temas de política interna, como, por ejemplo, en la designación de los
ministros y secretarios de Educación.
La comunicación de las nunciaturas no es unidireccional: no sólo
“baja” directrices desde el Vaticano, sino que también es la ventanilla por
la que los grupos de los círculos de poder al interior de los países envían a
Roma cuestiones problemáticas, informaciones sensibles, y también mu-
chos chismes. Porque el gobierno de la iglesia ha ido perdiendo, con la
acumulación de años y de tradiciones, el original espíritu colegiado de
los pastores, acentuando, en su lugar, la estructura de poder y de decisión
verticalista, que tiene su punta en el sillón del papa.
Al elegir a Karol Wojtyla, el polaco que reinó con el nombre de Juan
Pablo II, la iglesia rompió una tradición de más de 500 años durante los
cuales los papas fueron exclusivamente italianos. Esos cinco largos siglos
392
modelaron una organización burocrática, romana y latina, que se fue ale-
jando del mundo y de la realidad del hombre de a pie. Ahora, un nuevo
salto: un papa no italiano, ni siquiera europeo. Sudamericano, y argentino.
Jorge Bergoglio tiene ante sí la gran oportunidad del siglo, no sólo de su
vida: volver a aggiornar la institución eclesial, como lo hiciera en su mo-
mento Juan XXIII con el Concilio.
Hacia adentro, imaginar nuevos modos de gobernar la iglesia (y de ele-
gir a sus futuros sucesores), recuperando el espíritu colegiado para expresar
la multiplicidad cultural que hoy conforma el cuerpo religioso y la estructu-
ra temporal de la organización. Y hacia afuera, relegando el secretismo y las
presiones subterráneas hacia el poder político, priorizando una apertura a
las diferencias y a la transparencia en la gestión. No es poco, y Jorge Bergo-
glio, lo sé, es un hombre capaz de hacerlo. Habrá que ver si lo dejan.
(2013)
393
EXPOLIOS ECLESIALES
394
No extraña, digo, el endurecimiento de los discursos y las estrategias
a nivel gobierno, porque el escenario europeo está, en estos momentos,
sólidamente y homogéneamente anclado en la derecha política (un anclaje
del que participan, inclusive, los partidos de la vieja y alicaída socialdemo-
cracia). Después de Charlie Hebdo y la toma del supermercado judío, el
presidente francés François Hollande ordenó, con acuerdo del pleno de
su gabinete, una acción relámpago que acabó con la vida de los atacantes,
supuestos perpetradores del ataque al semanario satírico, y de los rehenes.
No quedó nadie, todos fueron pasados por el fuego policial. Hollande,
a su vez, lograba concentrar en París a la más grande reunión de líderes
gubernamentales, que posaron para una foto como si estuvieran al frente
de la multitudinaria movilización popular: la más grande marcha desde la
liberación de París de la ocupación nazi tras la segunda Guerra Mundial.
Ambos acontecimientos –reunión de la dirigencia internacional y movili-
zación social- actuaron como ratificación y validación de la respuesta del
gobierno. Por ello, los adversarios políticos del presidente francés, para
ejercer de oposición, suben aún más la apuesta: Marine Le Pen quiere ex-
pulsar inmigrantes a mansalva, y Nicolás Sarkozy, que ya se ve nuevamente
con posibilidades de retornar al Elíseo, propone suspender el Tratado de
Schengen, el más grande logro de la Unión Europea, que disolvió las fron-
teras interiores entre los Estados miembros. La suspensión de Schengen
volvería a instalar los puestos fronterizos entre los países europeos, algo
desconocido para las generaciones jóvenes del Continente.
En la misma vía que Hollande, Mariano Rajoy acaba de suscribir el
primer pacto de Estado contra el yihadismo con el nuevo jefe del PSOE,
Pedro Sánchez; David Cameron en Gran Bretaña endurece su postura fren-
te a la inmigración, para que la extrema derecha antieuropea del Ukip deje
de comerle votos; Merkel otro tanto en Alemania; y hasta Matteo Renzi,
que logró imponer al democristiano Sergio Mattarella en la presidencia de
Italia, tras la renuncia del nonagenario comunista Giorgio Napolitano. En
todos los casos, la opción de las administraciones gubernamentales tensa
la cuerda de la convivencia con el islam político. Y, como dijimos, desde el
11-S hasta ahora, las consecuencias de las respuestas violentas y del aumen-
to en la tensión con las comunidades musulmanas ha sido el agravamiento
del extremismo yihadista.
Pero lo que no extraña del contexto político europeo, sí lo hace des-
de las organizaciones de la sociedad civil, y choca fuertemente cuando se
suma la propia iglesia católica. Después de aquel infortunado discurso del
papa Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona, en 2006, el magis-
terio vaticano se ha dedicado a poner paños frescos en la relación con el
islam político.
395
Joseph Ratzinger, que había sido profesor de teología en Ratisbona,
apeló en aquella oportunidad a una cita del emperador bizantino Manuel
II Paleólogo de 1391, donde el erudito rey le habría dicho a un contertulio
persa “Muéstrame aquello que Mahoma ha traído y encontrarás solamen-
te cosas malvadas e inhumanas, como su orden de difundir la fe por la
espada”, refiriéndose a la yihad, la guerra santa. La protesta de los líderes
islámicos de todas las latitudes obligó a varias aclaraciones, desmentidas y
explicaciones de Roma, y a un cambio en el discurso pontificio, que se ha
hecho especialmente notable con las actitudes de Jorge Mario Bergoglio al
frente de la iglesia.
Pero esta actitud vaticana no siempre encuentra correlato en las iglesias
nacionales, que parecen más atentas al guión escrito por la política del país
que de la emanada desde Roma. Este caso es notorio en las posturas de la
iglesia española. A poco de asumir, el papa Francisco desplazó al cardenal
Rouco Varela –un prelado de simpatías franquistas y del Opus Dei, con
línea directa con el Partido Popular de Mariano Rajoy- de la presidencia
de la Conferencia Episcopal Española, y promovió en su lugar al obispo
Ricardo Blázquez, un académico ex decano en Salamanca, de perfil renova-
dor y dialogante. Estas señales y decisiones, sin embargo, no logran calar en
la iglesia española, tan dura e intransigente, y tan acostumbrada, desde la
Guerra Civil y el “nacional-catolicismo” del general Francisco Franco, a las
prebendas y a las excepciones de todo tipo.
Ahora, cuando se tensionan las cuerdas de la convivencia con la (muy
numerosa) comunidad musulmana en la Península, esa iglesia prebendaria
reacciona como los políticos de derecha: cerrándose y aumentando la ten-
sión. El episodio más simbólico lo constituye la inscripción de la Mezquita
de Córdoba, un patrimonio cultural de la Humanidad, como bien inmue-
ble de la iglesia católica española.
La enorme y monumental Mezquita de Córdoba es uno de los lu-
gares más emblemáticos de la intersección de culturas, religiones, lenguas
y pueblos. La construyeron los emires omeyas de Al Andalus (la inició
Abderramán, en el año 785, y la continuaron ampliando sus sucesores),
y el rey Fernando la convirtió en iglesia cinco siglos más tarde, en la Re-
conquista cristiana del sur de España, en el año 1236. Desde entonces la
mezquita-iglesia ha permanecido inalterada, respetándose incluso la sim-
bología musulmana de sus infinitas arcadas, paredes y puertas. La única
modificación, en el siglo XVI, fue la construcción de la catedral, en el
centro exacto de la gran estructura. La Unesco, atendiendo a este carácter
conciliatorio desde lo arquitectónico y lo religioso (fue sede del Congreso
Islámico-Cristiano de 1977, cuando los musulmanes volvieron a rezar en
su suelo orientados hacia la Meca, siete siglos después de haber sido expul-
396
sados del edificio), la declaró Patrimonio de la Humanidad, en 1984, con
la denominación de Mezquita-Catedral de Córdoba. Y ahora, aprovechan-
do la tensión política del nuevo fenómeno, y una vieja ley prebendaria del
franquismo, la iglesia católica acaba de inscribir a su nombre, como pro-
piedad inmobiliaria, a la joya arquitectural de la España mora.
En su más cercana opinión integral, la encíclica Lumen Fidei, el papa
Francisco sostiene, poniendo paños frescos a la tensión social creciente
con el islam, que la fe no puede ser intransigente, sino que “crece en la
convivencia que respeta al otro”. Lo mismo volvió a repetir el papa en su
visita a Tierra Santa. Pero la iglesia española, haciendo oídos sordos al ma-
gisterio romano, apela a la institución medieval del Derecho de Conquista
(¡la toma de Córdoba por Fernando III en 1236!), lo que supone una in-
vasión del espacio sagrado que para todo musulmán español comporta la
Mezquita de Córdoba, y abona la concepción de religiones en estado de
guerra. Exactamente lo que pretende el yihadismo radical del ISIS – Esta-
do Islámico.
La inscripción de la Mezquita de Córdoba como inmueble propiedad
de la iglesia católica española ya comienza a ser contestado con el mismo
tono: el gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan, que vive a su manera
el “giro islámico” del nuevo fenómeno, ha manifestado sus intenciones de
convertir a la monumental basílica de Santa Sofía, de Estambul –el gran-
dioso centro del cristianismo oriental cuando la ciudad se llamaba Cons-
tantinopla- en una mezquita. Diálogo de sordos: a río revuelto, ganancia
de extremistas.
(2015)
397
EL PAPA Y LOS ESTADOS UNIDOS
Los bríos con los que el presidente Barack Obama ha recuperado la agenda
política de los Estados Unidos, tras la apabullante derrota en las eleccio-
nes legislativas del 4 de noviembre de 2014, cuando el Partido Republica-
no logró asegurarse la mayoría en ambas cámaras del Capitolio hasta las
próximas elecciones presidenciales de noviembre de 2016, contrasta con el
Ejecutivo pausado y excesivamente reflexivo y negociador que ha caracteri-
zado al primer presidente negro de la historia norteamericana.
Obama ha utilizado la fuerza del decreto presidencial para dar un
golpe de efecto, al anunciar la masiva regularización de inmigrantes. Tal
como lo había hecho antes con la reforma sanitaria, que no encontraba
aceptación de ningún tipo en la bancada opositora de los republicanos, el
Presidente ha vuelto a optar por la “acción ejecutiva”, aplicando una polí-
tica pública sin pasar por el aval del Congreso.
La inmigración es un tema candente y creciente en los Estados Uni-
dos: según los cálculos sociométricos, en apenas tres décadas, para 2040,
los WASP (white, anglo-saxon and protestant; blancos, anglosajones y pro-
testantes), que constituyen la mayoría de la población estadounidense, ha-
brán dejado de serlo. Hoy, la masa de migrantes indocumentados supera
los 11 millones de personas: de ellas, casi el 90% tiene trabajo, más del
50% tiene casa, y un 80% tiene hijos nacidos en los Estados Unidos.
El presidente Obama, atento a esto, ha regularizado por decreto a
unos cinco millones (otros seis millones siguen quedando fuera de la ley)
aunque sólo de una manera parcial, ya que les extiende la residencia –con-
dicionada, además, por varios incisos- pero no la posibilidad de acceso
a la ciudadanía plena. La aplicación de una política pública por decreto
está dentro de la legalidad constitucional norteamericana, aunque es más
discutible a nivel de legitimidad social y política. Y la oposición republi-
cana ha comenzado a atacar al Presidente desde este ángulo, apostando a
la argumentación del “equilibrio de poderes”, y de que el Presidente se da
“atribuciones de un emperador”.
Obama, por su parte, apela a fundamentaciones morales: “Todos fui-
mos extranjeros alguna vez”, dijo, citando a la Biblia (Levítico, XIX, 33),
al presentar su decreto de regularización inmigratoria. Una cita bíblica que
398
también mira con un ojo a la política exterior: el papa Francisco ha anun-
ciado su próximo viaje a los Estados Unidos, donde los obispos católicos
–en su mayoría conservadores- ven con preocupación los nuevos rumbos
aperturistas de la iglesia.
(2014)
399
FRANCISCO, EL REFORMADOR
Hace poco más de dos años, cuando escribíamos con ocasión de la elec-
ción papal del jesuita argentino Jorge Bergoglio, recordábamos los desafíos
políticos de una institución tan particular como la iglesia católica (y del
Estado Ciudad del Vaticano, que es su expresión institucional en la política
internacional), cruzando esas características con las propias y personales
del nuevo papa y con los desafíos de la coyuntura mundial. La ruta asumi-
da por el papa, la determinación de los puntos prioritarios de su agenda,
y una evaluación de las modalidades y de las estrategias que ha adoptado,
tal como quedan en evidencia con la histórica visita a Cuba y a los Esta-
dos Unidos, parecen ratificar aquella intuición con que cronicábamos su
elección al trono de san Pedro: Francisco quiere ser un papa reformista. Y
reformista en serio.
La elección del primer papa no europeo en la historia bimilenaria
de la iglesia, junto a sus características personales, habilitaron desde un
primer momento una atención mediática que convirtió al pontífice en un
protagonista central de la crónica periodística. Claro que, por la propia
búsqueda y alcances de esta crónica, ese protagonismo quedó limitado a los
detalles más superficiales, que fueron presentados como “gestos” del nuevo
papa. Así, la radical novedad histórica de su acceso a uno de los principales
lugares de poder del mundo (inclusive hay analistas que lo colocan por
encima del “poder blando” que dispone el líder de la principal potencia)
quedó subsumida en los comentarios sobre su renuncia a las viejas vestidu-
ras eclesiales al momento de su coronación (en contraste con los birretes
de armiño y zapatitos rojos de Prada que había vuelto a poner en circula-
ción el renunciante Ratzinger); el reemplazo del trono de oro por una silla
blanca bastante común; la no utilización de un anillo ni un crucifijo de
oro; el seguir utilizando sus vieja ropa negra debajo de la prístina sotana
blanca papal; la no utilización de las habitaciones del palacio apostólico,
para seguir compartiendo con los demás cardenales y obispos los dormi-
torios del edificio de Santa Marta; mirar los partidos de fútbol sentado
entre los guardias suizos de su escolta; tomar mate con los argentinos en las
audiencias generales de los miércoles en la plaza San Pedro; utilizar autos
pequeños en vez de limusinas en sus desplazamientos; salir a comprarse
unos lentes y pedir los más baratos; etcétera.
400
Es obvio que, más allá de lo calculado y buscado de estos gestos del
papa, Bergoglio es un hombre sencillo, que busca una iglesia sencilla y sabe
que su ejemplo, hasta el más nimio de los detalles, será leído en esa clave.
Pero, más allá de esta cuestión simbólica, y sin quitarle el peso que tiene en
un proceso de transformación de estructuras que se asientan precisamente
en el símbolo, en la representación, el papa ha encarado también una vía
reformista que apunta a los cimientos, a lo estructural de la forma organi-
zativa de la iglesia y, muy especialmente, de la capacidad de ella para incidir
en la manera en que se conforma el mundo en nuestro tiempo.
Francisco, el romano pontífice, es el líder espiritual (esto es: que su
palabra es escuchada como indicativo moral) de una comunidad religiosa
calculada en unos 1.200 millones de personas en todo el mundo. Además,
el papa es el jefe administrativo (esto es: que su palabra es asumida como
precepto indicativo) de un cuerpo de 425.100 hombres consagrados. En
tercer lugar, el pontífice es la autoridad política (esto es: que su palabra es
entendida como orden ejecutiva) de una unidad reconocida por la comuni-
dad internacional. La Ciudad del Vaticano es un Estado a todos los efectos,
su régimen político es una monarquía electiva y absoluta y sus embajado-
res, los nuncios, lo representan en los cuerpos diplomáticos en el mundo.
A través de estas tres vías, la capacidad de influencia del papa en los más
diversos órdenes, tanto a nivel internacional como al interior de las admi-
nistraciones gubernamentales de los países, es muy alta. Aunque no todos
los pontífices han hecho uso de ella en la historia moderna de la iglesia:
algunos prefirieron considerarse “presos” dentro de los muros del Vaticano,
ya que la unificación de Italia los había despojado de los Territorios Pon-
tificios y, por consiguiente, del poder terrenal que habían ostentado en el
centro de la península durante siglos. Otros miraron hacia el interior de la
iglesia, despreocupándose, incluso temerariamente, de lo que sucediera en
el mundo (todavía se cuestiona el rol del papa Pacelli, Pío XII, y su silencio
frente a Hitler en el exterminio de los judíos). Otros, como el reciente caso
de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, se centraron en cuestiones doctrina-
rias y teológicas.
También, en esta diversidad de caracteres, ha habido papas que en-
tendieron su rol al frente de la iglesia como interviniente en los procesos
sociales y políticos de su tiempo histórico. Claramente esa fue la opción del
papa Roncalli, Juan XXIII, en su convocatoria al Concilio, en los años 60
del siglo XX; y aunque con menos énfasis también la de su sucesor, el papa
Montini, Pablo VI. Volvió a sentirse con mucha fuerza en el pontificado de
Karol Wojtyla, Juan Pablo II, que se echó encima terminar con el comunis-
mo en la Europa del Este, e incidió personalmente en las huelgas obreras
del sindicato polaco Solidaridad. Aún está por escribirse esa historia, pero
401
estoy seguro que, cuando tengamos acceso a mayor cantidad de documen-
tos, quedará en evidencia que el rol del papa Wojtyla fue determinante
para el fin de la era soviética en su totalidad.
En esa línea entiende también Jorge Bergoglio su papel en nuestros
días: es un papa “metido”. Y por eso su capacidad de reforma, tanto de la
estructura eclesial hacia el interior, como de la capacidad de influencia de
ésta en los procesos internacionales, puede ser tan significativa.
El énfasis en lo terrenal del papa Francisco, en todo caso, tiene en
su discurso una justificación teológica clara. Si bien, como reza el viejo
adagio, el reino que defiende y proclama la iglesia “no es de este mundo”,
dice el papa que la persistencia de la pobreza y de la injusticia “en este
mundo” es hoy un pecado mortal. Por eso él debe abocarse a que esa po-
breza y esa injusticia se atenúen, y con ello, mejoren las condiciones de
vida de los más desfavorecidos, que son las grandes mayorías en los países
subdesarrollados, muy especialmente en América latina.
Y aquí viene, y por esa razón, el segundo énfasis fuerte del papa:
América. Es un énfasis geopolítico, así como lo fue Polonia para el papa
Wojtyla, o la cuestión europea para Benedicto XVI (recordar su insistencia
de poner al cristianismo como “base de Europa” en el preámbulo de una
futura Constitución continental). Y la decisión del papa Bergoglio no es
menor: en América se juega el futuro de la iglesia católica, como comuni-
dad de creyentes. A mediados de este siglo, el mayor porcentaje de católi-
cos del mundo estará concentrado en nuestro continente. Estas líneas de
incidencia, el papa las ha manifestado, en el plano ejecutivo, en una serie
de medidas que apuntan a los capítulos más sensibles (e, inclusive, tabú) de
la doctrina eclesial contemporánea: el divorcio del matrimonio vincular; el
aborto; la consideración de las relaciones homosexuales; y las característi-
cas del sistema económico. Y en esas cuatro áreas el papa ha intervenido,
con documentos, con palabras, o con gestos simbólicamente trascenden-
tes. Respecto del primero, ha ordenado cambios en la legislación canónica,
en orden a la facilitación de los trámites de anulación del matrimonio,
que suponen un salto impresionante de actualización sociológica y de sin-
ceramiento con un estado de cosas que empujaba hipócritamente a un
ocultamiento administrativo ya inadmisible. En lo que hace al aborto –con
seguridad uno de los temas más espinosos para abordar- ha comenzado
con un gesto pastoral: el perdón, en el marco de un tiempo especial: el
jubileo de la misericordia. No es, ni por mucho, un punto de llegada, pero
es la muestra de que está dispuesto a andar también ese camino.
Respecto de los homosexuales, ya es mundialmente conocida su afir-
mación, ante los periodistas que los acompañaban, en el avión de vuelta a
Roma: “¿Quién soy yo para juzgarlos?” También: apenas un primer paso,
402
pero del tamaño de un océano para la historia y la cerrazón doctrinal do-
minante en la iglesia. Y con respecto al sistema económico y de desarrollo,
casi no hay discurso público donde no aborde las aristas más crudas del
capitalismo y de la destrucción ecológica de la Tierra con duros términos
críticos, además de dedicarle sus dos encíclicas publicadas hasta ahora.
Con estas claves de lectura, se entiende el enorme interés que tiene
el papa Bergoglio en América, y las razones de su incidencia directa en la
normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Ahora,
en su –también histórica- visita a la primera potencia mundial, mientras
pone el acento en su condición de “hijo de inmigrantes” cuando Donald
Trump arremete contra ellos; y no recibe a representantes de la oposición
anticastrista de Miami, que históricamente ha sido el principal lobby para
mantener el embargo norteamericano hacia la isla, el papa debe hacer un
equilibrio a tres bandas: en primer lugar, debe apuntalar a Raúl Castro
frente al ala ortodoxa del PC cubano, que se atrinchera en sus lugares soli-
dificados durante cincuenta años y ve con aprensión las propuestas apertu-
ristas del menor de los Castro.
En segundo lugar, debe hacer fructificar su buena relación con Barack
Obama, para que el demócrata mantenga en su agenda presidencial la fle-
xibilización del embargo hacia Cuba en este tramo final de su gestión. Y en
tercer término, debe conquistar al Congreso, donde los temas prioritarios
de la agenda social del papa para América tienen muy pocos defensores y
demasiados críticos.
Nadie dijo que sería fácil. Pero el papa Bergoglio no parece ser un
soñador sino, por el contrario, un jesuita racional y consciente de sus posi-
bilidades. Si logra jugar sus cartas y le sale bien, no solamente habrá metido
algunas cuñas de reforma al interior de la iglesia, de esas que no tienen
vuelta atrás, sino que habrá sido un personaje central en la reivindicación
de los logros sociales de la revolución cubana, facilitando su transición des-
de la dictadura de partido único a un sistema democrático abierto, sin que
ello signifique la implosión de la isla en un desorden caótico como el vivi-
do en su momento por la Unión Soviética y la Europa Oriental. O sea, sin
abandonar a un millón de empleados públicos cubanos a su suerte. Si logra
jugar sus cartas y le sale bien, habrá ganado una de las partidas del siglo.
(2015)
403
¿QUÉ DOSIS DE DIOS SOPORTA LA POLÍTICA?
404
sectores han confluido en la ruptura anti-sistema que constituye la presi-
dencia de Donald Trump.
América latina había quedado, en todo caso, en un margen discreto.
Quizá había contribuido a preservarla su propia lejanía de los centros neu-
rálgicos del poder (aquel “extremo excéntrico de Occidente”, como llama-
ba Octavio Paz a nuestra distancia austral). Argentina, Chile, Ecuador y
hasta el gigante mexicano son ejemplos de que la democracia recuperada
tras los períodos dictatoriales de los años ´70 ha conseguido mantener la
alternancia, que es la única garantía del pluralismo. Regímenes de centro
izquierda (Bachelet, Kirchner, Alan García, Lugo, Correa, etc.) han sido
reemplazados, dentro de un marco de vigencia de libertades y garantías,
por administraciones neoliberales (Macri, Piñera, Lenín Moreno, Kuczy-
nski, etc.) Y aquellos partidos, hoy en la oposición, enfrentan escenarios
de mediano plazo con posibilidades concretas de volver al poder. Una al-
ternancia en las formas republicanas acorde con el ideal de la asamblea
revolucionaria francesa y con el sueño de la declaración independentista y
constitucional jeffersoniana. La moneda del César seguía en la región sola
en su hucha. Hasta el 1 de enero de 2019.
Con el primer día de 2019 Jair Bolsonaro ha asumido la presidencia
de Brasil, el gigante de América latina, y ha vuelto a confundir los planos
teológicos y políticos. El ex militar, reivindicador de la dictadura brasileña
y de sus métodos de tortura, comanda la primera experiencia de un go-
bierno de extrema derecha llegado por vía de las urnas. No anoto “demo-
crático” porque, en rigor de verdad, su elección se dio en un contexto de
golpe de estado judicial-mediático a la Presidenta legítima, proscripción
del Partidos de los Trabajadores, y encarcelamiento discrecional del prin-
cipal candidato, Lula da Silva, nadie puede sostener que en ese marco la
elección de Bolsonaro haya sido limpia y clara.
Dios –ahora de la mano de las iglesias neopentecostales- vuelve nueva-
mente a la carga: para Bolsonaro Dios “está por encima de todos”, y habría
tomado partido en una batalla que separa a la sociedad en dos mitades. Lo
ha expresado claramente el nuevo Canciller de Bolsonaro, Ernesto Araújo:
“Dios ha vuelto, una Nación con Dios es Dios a través de la Nación”. Por
eso, Dios habría sido quién determinó el resultado de las elecciones y asiste
–en forma directa- al Presidente. Bolsonaro ha advertido que para gober-
nar el mayor país de América latina y devolverle la prosperidad perdida,
deberá desterrar a los “otros”. (Su primera medida de gobierno, el mismí-
simo 2 de enero de 2019, ha sido quitar todo derecho humano a los gays
y lesbianas). Como en la Cristiandad medieval o en el Califato del Daesh,
405
un sistema teocrático siempre termina definiéndose por la exclusión de los
diferentes, los herejes.
La dosis de Dios que puede soportar un sistema republicano ha sido
rebalsada en Brasil; el pluralismo sólo podrá preservarse si a esa homoge-
neidad a la que tiende se le contesta con el debate, el conflicto y la búsque-
da de la alternancia.
(2019)
406
PAPA BIANCO, PAPA NERO
407
res y redactores principales, como el franco-chileno Pierre Bigo o el argen-
tino Juan Carlos Scannone.
En todo caso, la leyenda del “papa nero” se corta de cuajo con Juan
Pablo II. Karol Wojtyla, polaco y acérrimo anticomunista, criticaba sin
piedad a los jesuitas: los acusaba de haberse corrido demasiado a la izquier-
da, de haber coqueteado con el marxismo, y –específicamente en América
latina- haber posibilitado que la Teología de la Liberación se extendiera
desde las aulas de sus universidades (entre las que se cuenta la Católica de
Córdoba). El papa no quiso a ningún “negro” en su entorno: expulsó de su
círculo a todos los jesuitas, y se negó a recibir al general, el bilbaíno Pedro
Arrupe (el segundo vasco al frente de la Compañía de Jesús, después de
Loyola). Arrupe había dicho, tras la matanza de los jesuitas en El Salvador,
que volvería a enviar la misma cantidad de curas que la derecha había ase-
sinado, y todas las veces que fuera necesario.
El enfrentamiento entre el papa blanco y el negro se grafica con una
historia que es muy popular en Roma: se cuenta que todas las mañanas el
auto del papa Wojtyla pasaba frente a la iglesia del Gesú, rumbo a misa, y
todas las mañanas Pedro Arrupe salía a la vereda y se arrodillaba humilde-
mente, pidiendo perdón, frente al paso del papa. El auto de Juan Pablo II
nunca frenó. Y a la muerte de Arrupe el pontífice humilló a la Compañía
de Jesús de la peor forma que pudo: la intervino. No permitió que los je-
suitas nombraran a su propio general, y por primera vez en la historia les
impuso un interventor.
Las rutas de la historia, en todo caso, son serpenteantes, y hoy la so-
tana del papa blanco y la del papa negro cubren a la misma persona. Y esa
persona cumplirá dentro de unas semanas el séptimo año al frente de la
iglesia. Los vaticanólogos ya comienzan a hacer balances del ejercicio del
argentino Jorge Bergoglio. Un jesuita que cumplió 82 años en diciembre
pasado y que sugirió, tras conocerse la radical novedad de su elección, que
él seguiría la práctica iniciada por su predecesor, Joseph Ratzinger, y renun-
ciaría a su cargo cuando el cuerpo le indique que ya no alcanza a hacer todo
lo que hay que hacer.
En todo caso, Bergoglio, el papa Francisco, no puede irse sin antes ce-
rrar alguno de los muchos frentes que ha abierto en estos siete años. Los es-
cándalos de abusos sexuales por miembros del clero son una brasa ardiente:
el pontífice ha abierto comisiones especializadas, ha dado muestras de vo-
luntad política de afrontar el tema y ha tomado algunas resoluciones (como
la inédita expulsión del sacerdocio del cardenal estadounidense Theodore
McCarrick); pero el tema está lejos, muy lejos aún, de haber encontrado un
cauce definitivo. Este año Francisco se juega su herencia. Y se la juega en
medio de una interna feroz: en Roma se admite, en privado, que no se veía
408
desde el Renacimiento una oposición conservadora tan frontal y violenta
contra un pontífice desde el interior de la curia.
No sería extraño que el papa blanco deje salir, desde su interior más
profundo, algunas tácticas que la leyenda adjudicaba al jesuita que solía
estar a sus espaldas. Aunque no lo veamos el “papa nero” está ahí, en la
sombra, siempre.
(2019)
409
LA HOMOSEXUALIDAD VATICANA
410
que haya cada vez menos sacerdotes, que se armen asociaciones de hijos de
curas, que el encubrimiento de abusos sexuales sea un escándalo cada vez
más extendido, y hasta que las reacciones conservadoras contra el propio
papa Bergoglio tengan una violencia y una fuerza inusitadas.
El libro de Frédéric Martel pone de manifiesto la doble vida y mo-
ral de los jerarcas del catolicismo, que según el autor no conforman una
minoría sino, por el contrario, representan a la gran mayoría silenciosa (o
sea, dentro del “armario”) en la cúspide de la pirámide del Vaticano. Una
mayoría que sería del orden del 80% de la totalidad de los prelados. La
investigación del sociólogo francés no se adentra en los juicios sobre la
vida privada de cada quién, pero sí en los efectos de ese secretismo y de esa
doble moral en la ideología dominante de la iglesia, especialmente en cues-
tiones como la moral sexual, la utilización del preservativo, de los métodos
anticonceptivos, del matrimonio gay, del aborto, etcétera.
Y, en medio de esa lista, también la homofobia rampante que se res-
pira desde los altos cargos eclesiales. Y aquí las conclusiones de Martel
son demoledoras: la homofobia esconde la homosexualidad. Cuanto más
homófobo es un obispo, más posibilidades hay de que sea homosexual;
cuanto más oculta y protege un obispo a un cura abusador, más posibilida-
des hay de que esté ocultando sus propios secretos sexuales. Frente a todo
ello, el francés resalta aquella frase de 2013 del papa Francisco ante una
consulta sobre los homosexuales: “¿quién soy yo para juzgar?”.
Dicen en Roma que Martel le ha enviado uno de los primeros ejem-
plares de su libro al papa. Dicen que Bergoglio lo lee, abiertamente, a la
vista de los obispos y cardenales de la corte papal.
(2019)
411
DE CHARLAS CON FRANCISCO
A principios de abril de 2019 pasé por Roma, y por una sumatoria de cir-
cunstancias personales, académicas y de los asuntos internacionales a los
que me he dedicado, estuve conversando con el papa Francisco. He escrito
sobre él en diversas oportunidades (incluso antes de su acceso a la silla de
san Pedro), y me consta que algunos de esos ensayos llegaron a sus manos.
En contra de esa aura de censura y rigidez con quienes lo critican, que al-
guna bibliografía nacional ha generado en torno a la figura de Jorge Mario
Bergoglio, mis artículos, inclusive los críticos, parece que siempre fueron
bienvenidos. Y aún fui alentado a seguir escribiéndolos, todo debe decirse.
La imagen de ese carácter duro y cerrado de Bergoglio estimo que
viene de sus tiempos de superior de los jesuitas en la Argentina: llegó muy
temprano a ese alto cargo dentro de la orden religiosa, y en un momento
en que ésta –en todo el mundo y, claro, también en la Argentina- se de-
batía en unas encarnizadas discusiones internas sobre qué “espíritu” debía
animar a los jesuitas frente a la “revolución del tercer mundo” (como tituló
un libro clave de aquellos años un jesuita también clave en la iglesia de
América latina: el francés Pierre Bigó). Esa interna abierta en la Compañía
de Jesús terminó por crear dos grupos de curas que concebían su misión
de maneras muy diferentes: unos en el mundo, especialmente con los más
pobres y desprotegidos (inclusive con apostolados en las villas-miseria); y
otros más conservadores, que privilegiaban una mirada centrada en la vida
espiritual al interior de la iglesia y, si acaso, en los establecimientos educa-
tivos –colegios y universidades- a su cargo. Aquel joven provincial tuvo que
plantarse en el medio de ese abismo e intentar cerrarlo. Luego vino la dic-
tadura, algunos de sus sacerdotes terminaron en las mazmorras oscuras del
terrorismo de Estado, y Jorge Bergoglio también tuvo que intervenir; una
historia que ha dado ya varios libros pero que está lejos de haberse cerrado.
Yo tengo la sensación de que en Argentina hay una negación con el
tema Bergoglio. O varias negaciones. La más notoria –y al mismo tiempo
más errada- es la que sigue insistiendo en evaluar su conducta pastoral y los
mensajes en los que vierte su pensamiento, manteniendo las coordenadas
espacio temporales de un cura del conurbano, un provincial jesuítico, o
un obispo de Buenos Aires con birrete de cardenal. Entonces, al no mo-
verlo de esos roles, se siguen considerando a su populismo y a la histórica
412
adscripción peronista como las dos variables que orientarían su accionar.
Así, se escribe, como si el ayer fuera hoy, sobre las tirantes relaciones del
entonces arzobispo con Néstor y Cristina Kirchner. Y aún, como si el hoy
fuera ayer, esas mismas claves se aplican a las antipáticas relaciones con
Mauricio Macri, con su gobierno, y con la decisión de no viajar a la Ar-
gentina. Esta primera y principal negación es la que impide comprender el
rol de Jorge Bergoglio en su papel de Sumo Pontífice, papa, jefe del Estado
de la Ciudad del Vaticano, obispo de Roma y, por todo ello, cabeza de la
iglesia católica.
Tengo para mí que ese equívoco debe superarse si se quiere entender,
desde el análisis politológico, la cuña internacional que suponen un pon-
tífice radicalmente novedoso y un pontificado complejo y rupturista. Y si
no se entiende esa cuña, ese quiebre, esa alteración sustantiva en los equi-
librios simbólicos que supone el freno que el humanismo está planteando
ante el avance de un nuevo proyecto de mundo, alineado a la derecha y con
un plan restrictivo y neoconservador, entonces no se entenderá casi nada.
En todo caso, encontré al papa Francisco entero y firme, convenci-
do de lo imprescindible de los golpes de timón que ha dado a una barca
oxidada, resistente y dura. Convencido y convincente, porque a pesar de
su ancianidad, de sus achaques, de que ha engordado bastante y la espalda
se le arquea hacia adelante; a pesar de que sabe de que a su tiempo no le
resta mucho; a pesar de los pesares, el papa logra transmitir la sensación de
que su pensamiento y su estrategia global habrán hecho huella cuando él
se haya ido.
Desde el centro de una Roma donde la presencia policial y del Ejérci-
to es cada día más notoria, con puestos fijos de militares en uniformes de
combate y armados hasta los dientes en las esquinas y junto a cada monu-
mento histórico (que, en Roma, es como decir “en cada cuadra”), el papa
sabe que las estrategias secutaristas tienen techos bajos y límites concretos,
y que al tema hay que tomarlo por otras vías y apuntando a plazos más
largos. Por eso en la audiencia de la semana pasada remarcó tanto las carac-
terísticas y las intenciones de su último viaje: Marruecos, en el África más
pobre, en la costa desde donde salen los migrantes (las “personas migran-
tes”, corrige y enfatiza el papa) hacia la Europa que se cierra y los expulsa,
en una tierra donde el islam es profesado por más del 99 por ciento de la
población. Esta es la vía, dice el papa, el diálogo va por aquí, aumentar la
presencia de fuerzas de seguridad no nos hará más seguros...
(2019)
413
VI. CUADERNO DE BITÁCORA
WIKILEAKS ATACA DE NUEVO
417
ya de las intimidades de las orgías sexuales de Berlusconi con prostitutas
menores de edad, o las especulaciones sobre el cáncer de Lugo, el tumor en
la nariz de Evo Morales, los cambios de humor de Cristina Fernández, o
la mala predisposición de Rodríguez Zapatero a recibir consejos de nadie.
De esas supuestas revelaciones sobre los caracteres y vida privada de
los líderes, pasó a considerarse con mayor atención los cables que hacían
referencia a modalidades, estrategias y actitudes del personal de las dele-
gaciones diplomáticas de la primera potencia del mundo. Las órdenes de
espiar a las Naciones Unidas, la obsesión por detener a Irán cueste lo que
cueste, las dificultades de comprensión de la agenda islamista en los países
aliados –como Turquía y Arabia Saudita-, las tácticas en torno a regímenes
díscolos –como Libia-, el lugar real de importancia otorgado a socios estra-
tégicos –como la Unión Europea- o la relevancia de América Latina para el
Departamento de Estado, ya no fueron noticias propias de prensa amarilla
o semanarios con chismorreos de la farándula, sino aportaciones de datos
claves para reubicar las relaciones bilaterales con Washington. Datos que,
como digo, empezaron a fundamentar decisiones de gobierno. Por caso,
el presidente ecuatoriano Rafael Correa acaba de expulsar, a principios de
este mes, a la embajadora norteamericana Heather Hodges, a la que de-
claró “persona non grata” en Quito a raíz de un documento filtrado por
WikiLeaks, donde la diplomática exponía su parecer sobre la corrupción
policial en Ecuador.
Este cambio en la comprensión del fenómeno de transparentar más
de 250.000 documentos secretos del primer poder mundial, comenzaron
a darle a la labor de la ONG y a su líder, Julian Assange, una relevancia
simbólica que, con la aportación de esta semana sobre el campo de concen-
tración de Guantánamo, puede efectivamente convertirse en un punto de
inflexión en la manera de gestionar –y legitimar- la política internacional.
Así parece entenderlo también la sociedad civil: la Cátedra Unesco acaba
de entregar, en Málaga, el premio internacional a la libertad de prensa a
los cinco diarios que han actuado de canales de divulgación de los papeles
de WikiLeaks: El País, de Madrid; el británico The Guardian; The New
York Times (que suma este reconocimiento a los 104 premios Pulitzer que
acumula); el francés Le Monde y el alemán Der Spiegel.
En este marco, los cables y comunicaciones sobre Guantánamo ad-
quieren un status documental mayor aún, y además de arrojar luz sobre los
métodos empleados en la cárcel y las intenciones políticas perseguidas con
ellos, pueden afectar la política exterior de la Administración Obama, es-
pecialmente lo concerniente a la presencia norteamericana en Irak y Afga-
nistán, así como lo relacionado con la revuelta árabe que cruza el Magreb
norafricano y el Oriente Medio.
418
Los 759 informes secretos difundidos por los cinco diarios abarcan
todo el período de funcionamiento del conflictivo centro penitenciario,
creado en 2002 por el ex presidente George W. Bush y ubicado en la zona
militar norteamericana en Cuba, para sortear deliberadamente cualquier
legalidad (la sola presencia de la base militar en territorio cubano viola
leyes internacionales) y todo el sistema de garantías individuales y equili-
brios procesales previstos en la estructura judicial estadounidense. Guantá-
namo fue, desde su inicio, un auténtico limbo jurídico. Y en ese “no-lugar”
administrado discrecionalmente por personal militar, la “guerra contra el
terrorismo” declarada por Bush tras el 11 de septiembre de 2001 justificó
el secuestro de personas en diferentes países; su traslado en vuelos clandes-
tinos –contraviniendo también tratados internacionales con los Estados
por los que se pasaba, o en los cuales se aterrizaba con los secuestrados para
repostar los aviones-; la aplicación de tormentos psicológicos y físicos a los
prisioneros para obtener información en interrogatorios comandados por
espías y personal de los servicios secretos; la internación de personas con
enfermedades mentales; e inclusive el alojamiento de niños y adolescentes
menores de edad. En definitiva, un completo sistema de sospechas, secues-
tros, traslados ilegales, conjeturas, arbitrariedades, denuncias, torturas y
vejaciones que constituyen un baldón sobre el sistema político norteame-
ricano en su conjunto, y cuyas consecuencias a nivel de relacionamiento
multilateral y liderazgo mundial aún son inciertas.
Obama encendió las esperanzas de muchos, no solamente de sus con-
nacionales, en los discursos de campaña. Uno de esos discursos, que repetía
cada semana durante enero de 2009 en aquella apasionante carrera hacia
el poder, repicaba como una campana: “no quiero que haya ninguna am-
bigüedad en este tema: cerraré Guantánamo.” Pero ese campo de concen-
tración, por el que pasaron más de 700 presos detenidos arbitrariamente y
fuera de toda ley, sigue abierto. Y sigue alojando desde hace casi una déca-
da a unos 170 hombres que, a criterio de los propios mandos militares, ni
siquiera son considerados peligrosos. Y aquellos a quienes se los sospecha
responsables –como al supuesto cerebro del 11-S, Khalid Sheik Mohamed-
no serán juzgados por tribunales regulares con las garantías del justo proce-
so, sino por “comisiones militares”, consejos de guerra celebrados entre las
alambradas de Guantánamo.
También el liderazgo moral que quiso encarnar Barack Obama entra
en una ruta incierta.
(2011)
419
RIO Y LA CONCIENCIA AMBIENTAL
420
elevarse de la coyuntura inmediata o del horizonte de las próximas eleccio-
nes para mirar un poco más allá.
Aquel discurso fue el disparador de la Cumbre de la Tierra, y estos di-
rigentes socialmente comprometidos fueron sus principales protagonistas.
Ahora toca evaluar si esa combinación terminó siendo efectiva para los ob-
jetivos de modificación estructural en los modos más salvajes del capitalis-
mo extractivo y del desarrollismo desatado, o si apenas fue un remanso de
buenas intenciones, suficientes para acallar la mala conciencia política pero
de relativa eficacia en el camino de conseguir un sistema más equilibrado.
Esa rara combinación que acabo de describir, entre iniciativas emer-
gentes de la sociedad civil y dirigencias receptivas, tuvo en la Cumbre de la
Tierra una figura destacada: la señora Gro Harlem Brundtland. Con una
vida de militancia en la socialdemocracia, hasta ahora ha sido la única mu-
jer en ocupar el cargo de primera ministra de Noruega, y lo va haciendo ya
en tres ocasiones. Hacia 1983, la presión de las ONG’s “verdes” en los or-
ganismos multilaterales llevó al entonces secretario general de la ONU, el
peruano Javier Pérez de Cuellar, a promover la formación de una comisión
mundial sobre Desarrollo y Medio Ambiente. Se la encargó a Gro Harlem
Brundtland, y esta comisión elaboró el informe “Nuestro futuro común”,
que establecía el desarrollo sostenible como una meta deseable para todos
los países. Llamado desde entonces Informe Brundtland, el documento
concluye que el crecimiento económico debería atarse inexorablemente a
la protección del ambiente natural y humano, como única vía para “sa-
tisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las
futuras generaciones para satisfacer las propias”, y esta idea-fuerza condujo
a la convocatoria de la reunión mundial de Rio.
Para implementar esta idea, la gran cumbre (108 mandatarios y jefes
de gobierno, representando a 172 Estados, más de la mitad del planeta)
planteó la necesidad de establecer algún tipo de asociación estratégica en-
tre el primer mundo y los países en desarrollo, con la participación de esa
sociedad civil que había estado en el origen de los cuestionamientos. Y para
guiar esa alianza con objetivos estratégicos, en base al Informe Brundtland
se redactó el famoso “Programa 21”.
Ahora, ya transitando el siglo XXI al que hace referencia el nombre
del programa, su letra y su articulado servirán para evaluar cuánto de él
ha logrado aplicarse. Porque la intención declarada en esos objetivos que
traspasaban el cambio de milenio, escondían el germen de su propia con-
tradicción: los países centrales del Norte, que han contribuido tanto a la
contaminación del planeta durante sus revoluciones industriales, no tienen
autoridad moral para frenar hoy el desarrollo de los países periféricos del
Sur con el argumento de que contaminarán más el ambiente. Y por su
421
parte los pobres (algunos de ellos auténticos gigantes, como China, India o
Brasil) reclaman tener, cuanto menos, la misma posibilidad de crecimiento
y expansión económica que los europeos y norteamericanos, aunque sea
incurriendo en costos ambientales. Esta disyuntiva ya apareció en Rio en
1992, y desde entonces no ha hecho sino crecer.
Esa disyuntiva producirá un fenómeno particular. En mi opinión,
en Rio+20 se enfrentarán dos tesis: por un lado, los “realistas” llegarán
con muy bajas expectativas, porque la tensión entre el conservadurismo
ambiental de los países centrales (denominado con corrección política “de-
sarrollo sostenible”), y la necesidad de recursos naturales de las economías
en rápido desarrollo de la periferia (ya decimos “crecer a tasas chinas”),
anularán la posibilidad de acuerdos concretos.
Por otro lado, los “idealistas” llegarán a la nueva Cumbre de la Tierra
con un discurso radicalizado: ya no son aquellos colectivos de ambientalis-
tas militantes pero minoritarios, de ONGs medio hippies como en el 92;
hoy la ecología se ha convertido en un campo ideológico y económico de
primer orden, con movimientos numéricamente importantes y con parti-
dos políticos con representación parlamentaria.
Quizá el ejemplo más acabado de este fenómeno lo constituya el Par-
tido Verde Europeo, integrado por 32 agrupaciones oficialmente recono-
cidas en 29 países del continente, y que cuenta con una bancada propia
de 55 eurodiputados en el Parlamento Europeo. Por si este porcentaje de
representantes en la máxima instancia legislativa de la Unión Europea no
fuese suficiente, debe notarse, además, que el ecologismo del Partido Verde
Europeo ha sido el sector que ha experimentado el mayor crecimiento de
votos en las últimas elecciones.
Y en Rio+20 tendrá lugar, en paralelo a la reunión de la ONU, la
Cumbre de los Pueblos por la Justicia Social y Ambiental. Y a ver cuál de
las dos se queda con el protagonismo. Ésta no se anda con chiquitas: frente
a los modelos de producción y consumo capitalistas, busca “proponer una
nueva forma de vida en el planeta, en solidaridad contra la mercantiliza-
ción de la naturaleza y en defensa de los bienes comunes.” Los verdes son
la expresión de un nuevo radicalismo político, y la reunión carioca será su
bautismo de fuego planetario.
(2012)
422
EL HUMOR DE PUTIN Y EL ROCK EN RUSIA
423
su vez, otra continuidad desde los modos judiciales del imperio zarista).
Quienes critican la falta de libertad de prensa, de expresión y de crítica
en otras latitudes, deberían aguzar la perspectiva comparativa: los jueces
condenaron a las Pussy Riot a dos años de cárcel y de trabajos forzados. Por
insultos a la religión y a un presidente cuya tolerancia y sentido del humor,
está comprobado, quedaron enterrados en Siberia.
(2012)
424
GAY TALESE, EL MUNDO DESDE LOS DETALLES
425
También se mantiene en artículos donde no hay famosos, que tienen
el mismo ritmo narrativo y consiguen atrapar al lector con la misma fuer-
za, con imágenes de la vida cotidiana o a través de eventos –en aparien-
cia- intrascendentes (como el magistral texto “Paseando a mi cigarro” con
que cierra el libro). Talese consigue en todos una cercanía con su lector, la
introducción de éste al corazón del relato hasta que se sienta parte de él.
El periodismo y la escritura como ejercicio –muy concreto- de la li-
bertad. Y de la libertad de expresión, de la verdadera, no la que sirve de
excusa para ocultar negociados con el poder, sino la que busca expandir la
capacidad crítica del lector. Y si se cuenta con el talento y la habilidad de
Gay Talese, también su placentero goce.
(2012)
426
SE VIENE LA CLASE MEDIA
427
triales, financieras, comerciales y sociales que ellos motorizan- constituye
una tendencia sostenida en los países emergentes. Con la firma de Alicia
García Herrero como investigadora principal, y Álvaro Ortiz Vidal-Abarca
como jefe del estudio, los economistas españoles hablan de una “explosión
de la clase media emergente.” Generando un indicador de referencia me-
diante el Producto Bruto Interno (PBI) per cápita ajustado por la Paridad
de Poder Adquisitivo en dólares de 2010, los rangos de ingresos se definen
de forma homogénea para todos los países del mundo, clasificando en po-
bres a los que perciben hasta 1.000 dólares por año; a la clase media-baja
a los ubicados entre los 5.000 y los 15.000 dólares por año; y a los demás
sectores medios a los que van desde este rango hasta los 40.000. A partir de
allí se consideran ingresos de clase alta.
Así medidos, los indicadores de las economías emergentes revelan que
el crecimiento sostenido de los sectores medios (medio-bajo, medio-me-
dio, y medio-alto) ha venido a continuación de los avances en el poder
adquisitivo de la población desde el cambio de siglo. Un avance que, al
mismo tiempo, genera desafíos, y entre los más importantes de éstos debe
marcarse el aumento de la desigualdad a pesar de la reducción en los ni-
veles de pobreza. En América latina, los ejemplos de Chile y de Perú son
paradigmáticos: su PBI ha crecido, como el de toda la región, pero sus
índices de Gini los mantienen como países altísimamente desiguales (en el
caso de Chile, uno de los más desiguales de todo el mundo).
Que la pobreza es una característica inherente a la humanidad es uno
de los argumentos más remanidos del conservadurismo político y del neo-
conservadurismo económico. Sin embargo, la afirmación de Barack Oba-
ma en el SOTU, de que la eliminación de la pobreza en los Estados Unidos
es posible, está en línea con los datos comparativos globales. Los pobres,
según se definieron en la clasificación anterior, suponían un 80 por ciento
de la población de los países emergentes en las últimas dos décadas del si-
glo XX, los años ´80 y ´90. Pero este escenario se quiebra con el cambio de
siglo: para 2010, unos 660 millones de personas habían salido de la pobre-
za y se habían sumado a la clase media (en un proceso de inclusión donde
sobresalen, en América latina, las experiencias de Brasil y de Argentina).
Esta tendencia, además, se acelerará en la presente década: los po-
bres seguirán reduciendo su presencia en la distribución de la renta si se
mantienen las políticas macroeconómicas actuales, y la salida de la crisis
mundial meterá un pie en el acelerador de esa reducción: de ocupar un 60
por ciento de la torta en 2010, se achicarán a un 40 por ciento en 2020 al
sumar la clase media otros 400 millones de personas; aunque, más allá de
los porcentajes, el crecimiento demográfico mantenga elevado el total de
personas en situación de pobreza. La mayor aceleración, en todo caso, será
428
evidente en Asia (la clase media aumentó en unos 900 millones en 2010):
ya la vemos en China y en la próxima década la locomotora será la India.
Pero América latina no se quedará atrás: sus clases medias aumentaron su
proporción al 70 por ciento para 2010, y se espera que este cambio conti-
núe sostenidamente, al menos por el próximo quinquenio.
Este auge de la clase media emergente implicará, asimismo, que el
gasto discrecional aumente más que el consumo primario, específicamen-
te, más que la porción del ingreso que se destina a la compra de alimen-
tos. Transporte, ocio, productos personales y servicios financieros serán
algunos de los más beneficiados. Y en un círculo virtuoso, la extensión de
la clase media fomentará el aumento de la inclusión social, ya sea porque
habrá más facilidad para cubrir las necesidades básicas al aumentar la ca-
pacidad de ahorro, como porque se atemperará el ciclo de ingresos/ gastos
al ser más gruesa la franja social con ingresos medios, lo que da garantías
y tranquilidad en las familias, potenciando el acceso a la financiación y la
compra de productos en cuotas.
Obama no lanza simples expresiones de deseos, sus políticas se apoyan
en un correlato de las tendencias internacionales: se viene la clase media.
(2013)
429
SI LA MUERTE PISA MI HUERTO
430
fin de nuestras existencias en un trámite aséptico y hospitalario, silencioso,
artificial, ajeno, blanco y con neutralizante olor a cloroformo.
Y, para balancear esa ausencia que no asumimos, que negamos, rodea-
mos la vida de muerte artificial: la del cine, la televisión y las páginas poli-
ciales de los diarios. Ahí sí: ahí la sangre fluye a niveles de un morbo que se
escala a sí mismo, más y más, sin límite aparente. Cráneos despedazados,
violaciones, ahorcamientos, puñaladas por docenas, cadáveres de bebés en
letrinas o alcantarillas, balazos… la puesta en escena de la muerte como
divertimento, como espectáculo “gore” a lo Tarantino, llega a insensibilizar
(lo que era, quizás, el verdadero objetivo).
Nuestros abuelos se preparaban para la muerte durante toda su vida, la
muerte formaba parte de su vida, como irremediablemente forma parte de
cada uno de nosotros desde el momento en que nacemos. En la confusión
de bienestar con desinterés, de felicidad con vacuidad, hemos terminado
por erradicar la muerte de nuestro horizonte de sentido, y por eso cuando
llega de verdad (no en el cine, no en los actores que son muertos falsos, sino
cuando llega de verdad) nos aterra y cerramos los ojos. Qué tiempo confuso
este, el nuestro, en que decidimos olvidarnos de lo que importa y glorifi-
camos lo irrelevante. A mi prima Verónica la enterramos, como ella había
dispuesto, en un cajón de madera, en un hoyo en la tierra de un pueblito del
norte de Córdoba. Cuando la muerte pise mi huerto espero poder mirarla
con los ojos abiertos, como las bravas mujeres de mi familia.
(2017)
431
NAVEGANTES, INTERNAUTAS, NÁUFRAGOS
432
que Laercio, ya había contado que Aristipo, tras naufragar frente a Rodas,
descubrió en la playa las figuras geométricas que lo llevaron a cumplir con
su destino (De Architectura).
Ocupamos la mayor parte de nuestro tiempo en navegar, en asegurar
las condiciones de posibilidad de nuestra supervivencia (o, como se suele
escuchar en la cola de la caja del supermercado, en “cómo diablos llegamos
a fin de mes”); pero vivir, plenamente, implica además intentar alcanzar
unos mínimos de realización, que también es seguridad pero en su dimen-
sión ontológica: evitar el hundimiento para mantener a flote el sentido de
vivir. En la Vieja Usina, Camila Sosa Villada contó cómo se aferró a su
tabla para defender su derecho a ser la actriz que hoy es; Marcelo “Chueco”
Oliva, los vericuetos increíbles que transitó en la producción de espectácu-
los multitudinarios; el diseñador industrial Germán Porta, cómo timoneó
con sus amigos y colegas en el mar de la indiferencia para defender la idea
que había dado origen a su producto; Sebastián Gullo, cómo fundaron el
Dadá Mini, y desde él la cadena de bares que está transformando parte
del perfil de la ciudad. Yo, a mi turno, dije más o menos lo que han leído
aquí, con otras palabras: hay que aferrarse a la tabla en medio de este mar
embravecido de nada y menos, y resistir. No hacer el intento de llegar a ese
pedacito de costa donde podamos hacer lo que siempre soñamos hacer, ese
sería el verdadero naufragio.
(2017)
433
PEGALE, QUE LE GUSTA
La vena machista no había sido una arteria menor, incómoda pero contro-
lable, en el torrente cultural. Estamos comprobando, con mucho dolor y
demasiada sangre, que era una vena cava, un tubo aórtico grueso y caudal.
Las marchas de mujeres se suceden, multitudinarias, ruidosas, desafiantes.
“No nos maten más, dejen de matarnos”, dicen, gritan, hasta desgañitarse.
Y cuando la marcha llega a la esquina, apenas ha doblado, cuando aún
quedan en el aire, colgando y convertido en susurros de hojas y de adoqui-
nes los gritos que piden que dejen de matarlas, aparece un nuevo cadáver.
Cuando me senté a escribir una columna, tras la última marcha #NiUna-
Menos, dejé el texto por la mitad.
Lo abandoné porque no encontraba palabras que me ayudaran a pen-
sar, en el brevísimo espacio de una columna de diario, la novedad histó-
rica que supone, avanzando el siglo XXI, tener que apelar a derechos y
convenciones de convivencia comunitaria que se supusieron establecidos
y superados hace cien años. No encontré la manera de explicar que en la
Argentina, un país fundado en la recepción y el respeto del diferente y del
exiliado de las violencias y las guerras del mundo, los delitos de odio no
dejen de crecer.
Porque las agresiones sexuales, las violaciones y los asesinatos de muje-
res son delitos de odio. Y no dejan de crecer. Hace dos años, se reportaron
3.746 denuncias por violación. Los reportes no dejan de aumentar, año
a año, y aún así se calcula que apenas se denuncia un 5 por ciento de los
que se cometen efectivamente. El asqueroso promedio resultante es de 10
mujeres violadas por día. ¿Cómo hemos llegado a organizar la movilización
colectiva en torno a una consigna tan arcaica como es el exigir que las mu-
jeres dejen de morir violentamente por el sólo y simple hecho de ser eso: de
ser mujeres?
Dejé aquel ensayo, vencido por mis límites para expresar este tiempo,
y a la vuelta de la esquina apareció un nuevo cadáver, el de Micaela García,
esta vez en Gualeguay. Un femicidio por día, el otro asqueroso promedio.
No encuentro manera de verbalizarlo, me había dicho entonces, porque
no la hay. Pero al revisar las crónicas me di cuenta que las palabras sí están
ahí: están en el discurso pretendidamente ingenioso de un joven premiado
por su “talento” por la Bolsa de Comercio de Córdoba, que identifica a las
434
feministas con los nazis; las palabras están en un tuit de una funcionaria
pública nacional que ironiza sobre el asesinato de una mujer en razón de la
militancia política de ésta; las palabras están en aquella homilía de un obis-
po de la iglesia, que sugiere que los niños y las mujeres son responsables de
los ataques sexuales de los que son víctimas; las palabras están en las razones
espurias de un fallo judicial que desprecia los antecedentes delictuales de un
agresor porque sus víctimas fueron mujeres; las palabras están en una mu-
jer encarcelada contra todo procedimiento ajustado a derecho, legislación,
doctrina y tratados internacionales por ser eso: mujer (con los “agravantes”
de ser negra, india y dirigente social); las palabras están en las pusilánimes
argumentaciones electoralistas de un Gobierno que corre el eje, discutien-
do el garantismo judicial en lugar de poner en el centro aquella vena cava,
aquella aorta caudalosa que impregna nuestra cultura y nuestras institucio-
nes, que es el machismo.
Sí, las palabras estaban ahí, donde estuvieron siempre: son las palabras
con las que habla el odio. Mucho se ha dicho en los últimos años sobre la
“grieta” que presuntamente dividiría a este país. Yo creo que las diferencias
políticas son constitutivas de un orden democrático, y están presentes en
la Argentina desde sus días fundacionales. No es a esa grieta a la que hay
que temer, sino a aquella que separa a los que respetan la vida de quienes
no lo hacen. Y ese sí que es uno de los consensos ineludibles, sin él ninguna
sociedad es viable.
(2017)
435
JUANA, LA LESBIANA
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Qué involución, pensaba al leerla. Hace cuatro siglos, en ese mismo
México una mujer de la cultura se las ingenió para vivir libre en medio de
un tiempo tan opresivo como el barroco siglo XVII. Juana de Asbaje, sor
Juana Inés de la Cruz, es un ícono de la cultura novohispana: se tuvo que
vestir de hombre para estudiar en la Universidad, se convirtió en monja
(primero carmelita, después jerónima) para no tener que casarse y poder
seguir estudiando, y no tuvo problemas de dejar sentado en hermosos ver-
sos su amor por otra mujer: Luisa Gonzaga Manrique de Lara, condesa de
Paredes (y, a la sazón, virreina de México).
Ahora se publica una antología de sus poemas más íntimos a la vi-
rreina, Lisi, como la llamaba sor Juana, donde su gongorismo y los modos
copiados a Quevedo y a Calderón no logran desdibujar una pasión carnal
concreta y una ardiente atracción intelectual entre ambas mujeres. Preci-
samente la antología, bajo la coordinación del poeta Sergio Téllez Pon, se
titular Un amar ardiente, y contiene perlas como este cuarteto: “Yo adoro
a Lisi, pero no pretendo / que Lisi corresponda mi fineza; / pues si juzgo
posible su belleza, / a su decoro y mi aprehensión ofendo”. Sor Juana y
Lisi pudieron amarse y vivir su amor a pesar de los gigantes condiciona-
mientos de una época tan abigarrada y oscura, el México de nuestros días
bien podría encontrar en su ejemplo una vía para recuperar el camino de
la tolerancia y del respeto a las diferencias.
(2017)
437
L´APEROL
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Bolonia es una ciudad eminentemente universitaria; además de la pro-
sapia de contar con la que quizás sea la primera universidad de Europa (esto
es, la primera del mundo), la calidad contemporánea de sus aulas es un
imán que atrae estudiantes de intercambio desde los más exóticos rincones
del mundo. Esa población variopinta y tan joven le da a la ciudad italiana
un perfil distintivo, y puede fungir también como una especie de laborato-
rio de tendencias para un observador externo. Yo estoy en Bolonia, invitado
por los camaradas supérstites del que fuera el mayor Partido Comunista
del mundo fuera de la Unión Soviética durante el siglo XX, el Partido Co-
munista Italiano. La reunión académica (“Il ´77, da vicino e da lontano”)
intenta revisitar críticamente aquel movimiento, que había tomado tanta
fuerza en 1968 y que se desbarrancó junto al bloque soviético tras la caída
del Muro de Berlín. Las sesiones son arduas, en el marco arquitectónico
grandioso de la Biblioteca dell´Archiginnasio de la plaza Galvani. Al final
de la tarde, bajamos las escaleras de mármol y en la puerta del Archiginnasio
hago el intento de despedirme del grupo de estudiantes con quienes hemos
compartido la jornada. “No, profe, ¿adónde va? ¡Es la hora del Aperol! Ven-
ga con nosotros”. Y vamos, claro. Miro a los costados: desde todas las calles
las diversas colonias de estudiantes se dirigen a los bares, a los bodegones,
a los kioscos de los paquistaníes, a las placitas. En mesas, en bancos, en el
cordón de las veredas, en todos lados aparecen los vasos largos con hielo, y
el intenso rubí del Aperol tiñe la tarde, junto al sol menguante y los colores
de tierra de Siena tostada de los muros renacentistas.
Aquí la hora del aperitivo es la que organiza realmente el día: las agen-
das de contactos se refrescan en torno a los corrillos con vasos del líquido
rubí en las manos. La hora del Aperol es la de la evaluación de los hechos
del día, también la de la crítica de esos mismos sucesos. La hora del Aperol
es la de los proyectos (los que se concretarán esa misma noche, o los de
mañana, o también los otros, los de plazos más largos). Porque la hora del
Aperol recupera esa antigua costumbre que está en la base de la construc-
ción cultural de Occidente: la de la conversación.
Deberíamos formar clubes de recuperación del aperitivo de media
tarde como dimensión social constitutiva. O cofradías. O logias. O lo que
fuera, pero el intento debería ser que ese tiempo que la revolución tecno-
lógica promete ganarle a la alienación productiva no termine alimentando
la alienación tecnológica improductiva. Lo digo con un generoso vaso de
Aperol boloñés en la mano.
(2017)
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LOS DILEMAS DE LA GENERACIÓN HAMLET
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completo. Pero le faltó un sólo elemento, que ha terminado por desmontar
todo su programa teórico, su “segunda modernidad” y su proyecto de un
futuro cosmopolita impulsado por la fuerza de Ángela Merkel desde la Can-
cillería alemana: el dilema del integrismo religioso.
A Ulrich Beck le sobró optimismo y confianza en los fundamentos
racionalistas de ese período que él llamaba “primera modernidad”. Hay
mucho más bajo el sol que la rational choice del ciudadano capitalista, cul-
to, secular, laico, individualista y occidental. La paz mundial basada en el
equilibrio del terror nuclear del siglo XX ocultó bajo sus pesadas amenazas
un mundo subterráneo que bullía, vivo aunque sofocado, por debajo de
esa guerra fría que sólo dejaba escapar los gases de la olla a presión por los
bordes, por los márgenes del tercer o del cuarto mundo. Ahora, levanta-
das aquellas pesadas piedras de la competencia bipolar, los conflictos que
sólo escapaban por las orillas del mapa se trasladan al centro del mundo:
al interior de las fronteras de los Estados Unidos y de los países europeos.
Acabo de volver de mis sesiones académicas en Bolonia; los ámbitos
universitarios, con ese cierto halo de irrealidad que siempre los rodea, son
espacios donde el pensamiento y la opinión pueden esbozar las hipótesis
y conjeturas más arriesgadas. Esta vez mi impresión, sin embargo, fue que
entre los jóvenes campea el desconcierto. Un desconcierto total. Nadie
tiene una idea clara de cómo contestar o hacer frente, desde la reflexión y
la creación intelectual, al fenómeno del terrorismo de base islamista. Y en
la calle, fuera de las protegidas aulas universitarias, el miedo social se ins-
tala y no deja de crecer a diario. Las elecciones en Gran Bretaña en medio
de una colectiva histeria antiterrorista son la patética prueba del humor
social mayoritario.
Ulrich Beck murió en 2015 y Zygmunt Bauman a principios de
2017; sus libros, de ediciones tan recientes, parecen obras arqueológicas,
viejas y polvorientas utopías de un tiempo que no fue. Y ante la desapari-
ción de esos proyectos, el espíritu de los padres fundadores de la Europa de
posguerra le exige a las nuevas generaciones que encuentren la manera de
frenar el caos y asegurar la paz. Son la desorientada “Generación Hamlet”,
y como aquel príncipe dinamarqués los jóvenes dicen “¡Pero los tiempos se
han dislocado! ¡Cruel dilema venir yo para corregirlos!”, mientras Donald
Trump y Ángela Merkel aprovechan su desorientación para seguir aumen-
tando el control en las fronteras.
(2017)
441
DIVINO TESORO
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ca, a veces por unas crisis que superaban la voluntad política y obligaban
a recortar los gastos públicos por los eslabones más frágiles (y la cultura
siempre ha sido uno de los tramos más delgados de la cadena, cuando no
ha estado directamente atada apenas con alambre). Y otras veces por la
propia visión ideológica que ha ocupado el poder, ausentando a la gestión
pública de la prestación de servicios culturales. Tanto por una como por
otra alternativa, la presencia de entidades y asociaciones de particulares que
han mantenido y complementado esa responsabilidad de los gobiernos en
el plano de bienes culturales ha sido decisiva. La ciudad en la que vivimos
no ha quedado –no podría haberlo hecho- ajena a este escenario: ha tenido
períodos de fuerte incidencia de la gestión pública en el ámbito de la crea-
ción artística y literaria (creo que en este momento vivimos uno de esos
períodos), y otros de una ausencia pobretona, de aldea, de parroquia me-
diterránea olvidada: un “extremo excéntrico” de las principales avenidas.
En la noche del 21 de junio de 2017, mientras escuchaba reclinado
en mi butaca del Teatro del Libertador General San Martín a la Orquesta
Filarmónica Juvenil de Boston (BPYO) pensaba en ello: en cuánto le debe
la ciudad de Córdoba a la Fundación Pro Arte, y que esa deuda grande
deberá ser alguna vez escrita, como una de las maneras de reconocer, con
generosidad y gratitud, el trabajo silencioso de un grupo de ciudadanos
que, sin otra recompensa que la satisfacción de estar aportando a un intan-
gible social que trascenderá a su propia vida y a la de su generación, han
mantenido a Córdoba en la gran ruta de la cultura.
La Orquesta Filarmónica Juvenil de Boston es una de las cosas más
bellas que he escuchado en los últimos tiempos: unos 60 adolescentes (la
BPYO agrupa músicos en formación desde los 12 a los 21 años) bajo la
pedagógica batuta magistral de Benjamín Zander, que la fundara “con en-
tusiasmo y amor” en 1979. Como dijo el propio Zander, en un inglés lento
y claro al final del concierto: “todo esto, la música, el espectáculo, todo es
muy lindo… pero lo realmente importante son las personas, el contacto, la
trasmisión de la experiencia cultural de una generación a otra… la música
es un privilegio y una alegría, y es, sobre todo, una aventura colaborativa.”
Y diciendo y haciendo, el maestro Zander (ya está viejo, pero sigue en-
señando) en esa mañana, antes del concierto, anduvo realizando ensayos
abiertos con cientos (y digo bien: cientos) de chicos cordobeses. Que con
los jóvenes de la BPYO se distorsione el verso de Rubén Darío: Juventud,
divino tesoro, te vas pero vas a volver.
(2017)
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LA PRÓXIMA TENTACIÓN DEL GUETO
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y eligió una isla de unas dos hectáreas, alejada de la Plaza de San Marcos,
donde había funcionado la vieja forja de cañones (ghetto vechio en italia-
no), y recluyó en esos suburbios a los miembros de la colectividad judía.
Se colocaron dos inmensos portones de madera en las únicas dos entradas
a la isla, que se cerraban de noche. Los judíos no podían salir después del
atardecer (y cuando lo hacían, durante el día, debían colocarse unos in-
mensos sombreros amarillos para ser identificados desde lejos); tampoco
podían comprar las casas o los terrenos en la isla, apenas residir de alquiler.
Al poco tiempo comenzaron a llegar a Venecia cientos de miles de judíos
expulsados de España por los Decretos de la Alhambra, de 1492; como no
podían construir casas nuevas, se agregaban escaleras y se edificaba enci-
ma de las ya existentes, lo que terminó dando al gueto esa fisonomía de
callecitas estrechas, demografía densa y esas destartaladas y enmarañadas
construcciones que tiene hasta el día de hoy.
También llegaban los judíos desde el sur de Italia, ya que el Edicto
de Granada tenía aplicación en aquellos dominios que dependían de la
corona de Aragón. Y también los de Alemania y los del Levante: para el
año 1600, el Dux de Venecia había tenido ya que autorizar ocho sinagogas
en la isla, para los diferentes idiomas de la inmigración (hebreo, ladino,
yiddish). La sobrepoblación, en todo caso, obligó a ampliar el barrio, y así
se creó el ghetto nuovo dentro de las murallas naturales de la isla y de los
portalones de madera clausurados al caer el sol. (Hubo que esperar hasta
los albores del siglo XIX, con la invasión napoleónica de Venecia, para que
alguien derribara finalmente esos portones y les prendiese fuego). El papa
de Roma siguió el ejemplo Veneciano: encerró en un ghetto a los judíos
romanos, que habitaban libremente la ciudad eterna desde los tiempos
de Julio César, y recomendó a todos los estados de la cristiandad hacer lo
mismo. El Holocausto tuvo una larga maduración.
Con tamaña historia de víctimas de la segregación, el liderazgo judío
podría haberse constituido en el mayor ejemplo moderno de tolerancia y
coexistencia pacífica entre los diferentes. No fue así, sin embargo. El trato
al pueblo palestino por parte del Estado de Israel, o hacer “listas negras” de
sus propios referentes cuando se atreven a salirse de la ortodoxia, muestran
que el gueto siempre es una tentación del que domina.
(2017)
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Y VENECIA SE HUNDE
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ción pública: precisamente es esta ausencia de control público, al no cobrar
impuestos por el alojamiento, lo que termina abaratándolo. La principal
web de oferta de este tipo de hospedaje (más que nada, para pernoctar) es
Airbnb. Ahora, finalmente, todo es barato: volar, comer y dormir.
Ya el verano (boreal) pasado esa confluencia de factores disparó expo-
nencialmente el número de personas que se movilizaron en el hemisferio
Norte; este año siguió subiendo y ha colapsado la capacidad de absorción
de los principales destinos europeos. Ya no son sólo aquellos contingentes
numerosos de japoneses o canadienses, típicos en sus movimientos “de ma-
nada” detrás del guía con una banderita. Ahora son cientos, miles, no en
grupos homogéneos sino en cascada, en aluvión. El aumento del turismo
a Italia en los últimos dos años ronda el 20% del nivel histórico: cerca de
60 millones de personas llegaron en 2016, y los números de este año se
calculan en una quinta parte más, o sea, otros 10 millones adicionales. Y
éstos son los registrados, o sea los que pagan las tasas y los impuestos, a esta
cifra enorme hay que sumarle todo el “fenómeno Airbnb”, que no queda
registrado en ningún lado. Todo hace pensar que ya tiene una dimensión
similar al turismo formal: si así fuera, la cantidad de visitantes se habría
duplicado en una década.
El tema es que en esas ciudades rebalsadas y colapsadas de visitantes
también vive gente. Habitantes que ven de pronto alterada su cotidianidad,
que salen a la puerta de casa y la encuentran llena de meadas, papeles, res-
tos de comida; que no pueden ni caminar hasta el almacén de siempre; y
que el almacén de siempre tiene los precios por las nubes por el aumento
colosal de la demanda. Y los helados, y los taxis, y las entradas al cine, y las
panaderías, y los minimercados, y los verduleros y fruteros, y los barcitos y
cafés, y… todo lo demás.
Así, hemos visto nacer un nuevo fenómeno social en las ciudades eu-
ropeas: la “turismofobia”; surgió en España, rápidamente se ha expandido
al sur de Francia, y ya ha llegado a Italia. Que muchas más personas pue-
dan conocer las ciudades icónicas del mundo es una buena noticia. Que
los habitantes de esas ciudades puedan vivir sin que su cotidianidad estalle,
también debería serlo. Habrá que ver por dónde pasa ese equilibrio.
En el puerto de Venecia atracan diariamente seis cruceros, con un
promedio de 4.000 personas cada uno: para ver al viejo Charles Aznavour
caminando solitario a la vera de un canaletto no queda otra que buscar
alguna antigua película en Technicolor. Que c’est triste Venise / Le soir sur
la lagune / Quand on cherche une main / Que l’on ne vous tend pas / Et que
l’on ironise / Devant le clair de lune / Pour tenter d’oublier / Ce que l’on ne se
dit pas…
(2017)
447
YO, EL SUPREMO
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bronce; pero en el centro de la plaza, en mármol y bien alto, el monumento
central del pueblo es al soldado confederado: aquel soldado que peleó en la
guerra civil contra los yankees del Norte, defendiendo el sistema esclavista
de las plantaciones del Sur. En mi primera visita a la Ole Miss, me acom-
pañaban dos estudiantes (negros, por supuesto) mostrándome el pueblo.
Les manifesté mi sorpresa de encontrar semejante homenaje público en la
plaza: “¿Sabe cómo se llama el equipo de fútbol de la Universidad?” –me
preguntó uno: “Rebels, los rebeldes. Aquí los blancos se siguen considerando
a sí mismos como los hombres libres, de una raza superior, que se rebelaron
contra los opresores igualitaristas del norte. Perdieron aquella guerra, pero
en cualquier momento, apenas tengan una oportunidad, nos vuelven a en-
cadenar. O a matar, que es más simple”. Aquel estudiante, lo recuerdo bien,
se llamaba Steve. “No exageres –le dije con una media sonrisa nerviosa-: ¡no
será para tanto!”. “Fíjese en las banderas de las casas”, fue su respuesta. En
los Estados Unidos es habitual, especialmente en las ciudades pequeñas del
interior, colocar una bandera nacional en los porches del frente de las casas
particulares, no sólo en los edificios públicos: es una señal de patriotismo
muy extendida. En Oxford casi todas las casas tenían una banderita: todas
eran la bandera confederada, no la de las barras y estrellas.
En la segunda mitad de 2017, esas banderas confederadas –ya no en
tamaños portátiles, de banderín, sino en grandes paños desplegados orgu-
llosamente al viento- han vuelto a desfilar por las calles de las ciudades del
sur profundo norteamericano. El supremacismo blanco, que permaneció
agazapado y marginal durante años en organizaciones como el Ku-Klux-
Klan, vuelve a emerger a la superficie por el espacio que le abre la Admi-
nistración Trump al fracturar lo que había sido una política de Estado
desde la finalización de la guerra civil hasta ahora: la defensa a ultranza del
país multirracial.
A las banderas confederadas las acompañan viejas banderas del par-
tido nacional-socialista alemán, para que lo nazi quede bien clarito. Y la
permisividad del Presidente al no condenar taxativamente a la ultraderecha
ya ha causado las primeras muertes entre los negros. En Argentina recibi-
mos al vicepresidente de [Link]., Mike Pence, pero nadie le critica ni le
menciona el renacimiento del supremacismo blanco en su país; el tema
excluyente de la agenda es Venezuela.
Para aquellos que consideraban que la llegada de Donald Trump al
poder en Washington era apenas un accidente en la historia y que nada
de fondo iba a cambiar (muchos analistas y periodistas argentinos entre
ellos), será difícil que encuentren una refutación más contundente que
ésta. A aquel alumno de Mississippi, Steve, mis disculpas tardías por haber
menospreciado su certero juicio.
(2017)
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EL OFICIO MÁS PELIGROSO
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tivas y gubernamentales, y llega a la desaparición, la tortura y el asesinato
a balazos, a plena luz del día y en cualquier esquina. Desde comienzos
de este luctuoso 2017, nueve periodistas han perdido la vida en México,
asesinados por el narco, o por paramilitares progubernamentales, o por
sicarios de algún bando, vaya a saberse. La impunidad es total: poco se in-
vestiga y de ninguno se ha llegado a tener juicio o condenas efectivas de los
victimarios. Es tan alarmante la situación, que se han creado asociaciones
civiles que cuentan las víctimas: se han registrado más de 100 asesinatos de
trabajadores de prensa desde el año 2000; el último caído, la semana pa-
sada, fue el veterano reportero Cándido Ríos, un personaje especialmente
querido en Veracruz. El promedio es escalofriante: un periodista mexicano
es agredido cada 15 horas, todos los días del año.
El gobierno turco de Recep Yayyip Erdogán, por su parte, ratifica la
deriva autoritaria de la gran democracia musulmana en su acoso a la prensa:
Ankara cierra periódicos y revistas por decreto presidencial casi a diario (la
semana pasada, dos diarios prokurdos), y encarcela a los periodistas que no
se amoldan a repetir, literalmente, el guión de las gacetillas oficiales redac-
tadas en las oficinas de prensa del gobierno islamista. El intento de golpe
de Estado contra Erdogán, del año pasado, ha dado la justificación ideal
para arremeter contra la prensa: el cierre sistemático de medios informati-
vos ya suma más de 200 diarios, revistas, radios y canales clausurados. En
una vuelta de rosca muy oriental, el gobierno turco, además de clausurar el
medio, destruye las acreditaciones de los periodistas, les retira el pasaporte,
y les confisca los bienes personales.
A pesar de la tecnología que permite ver las noticias en directo y en
tiempo real, intentar informar con transparencia vuelve a transformar a
este oficio en peligroso para el poder. Una nueva era de opacidad y secreto
parece ser el objetivo que todos buscan aunque nadie lo diga.
(2017)
451
NATURAL, DR. WATSON
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razón, y menos que ninguna por pertenencia a un pueblo, religión, etnia,
raza o minoría de cualquier tipo u opción. Fue tan enfática la condena,
el acuerdo humano en torno a la imposibilidad de reproducción de algo
parecido al exterminio de la Shoa, que aquella afirmación del filósofo ale-
mán Theodor Adorno, “escribir poesía después de Auschwitz es un acto de
barbarie” fue una bandera para las generaciones intelectuales que vinieron
después. Hasta que esa bandera también comenzó a diluirse en el aire,
como todo lo que había sido sólido hasta aquí.
Vemos otro triste ejemplo de adaptación natural, acorde a los tiem-
pos que corren. La dirigente birmana Aung San Suu Kyi soportó cárcel y
persecuciones en su país, a manos del régimen militar que controla la anti-
gua Birmania (hoy Myanmar) con mano de acero. La señora Kyi aguantó
estoicamente la persecución, se ganó la adhesión y la solidaridad de todo
el mundo, la Academia Sueca le otorgó el premio Nobel de la paz, y su per-
sistencia budista logró doblarle (un poquito, muy poquito, pero un doblez
al fin) la mano de acero a los militares: en 2016 habilitaron una especie de
elecciones controladas, y la señora Kyi las ganó. Fue nombrada Presidenta
de la República, pero a la sombra de los militares. Y entonces cambió: lo
que era malo cuando era ella la perseguida dejó de ser tan malo, se adaptó.
Natural, Doctor Watson.
Los budistas militares birmanos están practicando un genocido a
todo un pueblo, a la minoría rohingya, por el hecho de ser religiosamente
musulmanes. La alternativa a morir es huir, y el Alto Comisionado de la
ONU (Acnur) calcula que ya van huyendo unos 400.000, hacia Bangla-
desh y otros países limítrofes; “se esconden en la selva, con sus niños y
ancianos, están débiles y enfermos, se mueren de hambre” detalla el texto
escalofriante del Acnur. La señora Kyi, que cambió, justifica a los militares
que le permiten graciosamente seguir siendo la presidenta, y acusa a los
medios de comunicación de “desinformar”. El viejo libreto de las tiranías.
La masacre genocida hacia los rohingyas birmanos no es la única que
permitimos, a pesar de que habíamos jurado que como humanidad nunca
más permitiríamos otro, siguen pasando, como el de Namibia; el armenio;
el holomodor ucraniano; el maya en Guatemala; el kurdo en Irak; el de los
hutus en Burundi; el tutsi en Ruanda; el bosnio en la antigua Yugoslavia;
el de Darfur. En este contexto, no hablar de los genocidios actuales es un
acto de barbarie.
(2017)
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¡SUÉLTAME, PASADO!
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publicar un voluminoso tomo de memorias, que apareció en las librerías
de [Link]. la semana pasada: su título es, muy significativamente, ¿Qué
pasó? (What Happened). No he podido leerlo aún, pero las crónicas de los
periódicos estadounidenses afirman que la ex Primera Dama, ex secretaria
de Estado y ex candidata presidencial cuenta la historia que la historia
sospecha pero no afirma: James Comey, al frente del FBI, y Vladimir Putin
a través de los servicios secretos rusos y los contactos familiares y empre-
sariales con el clan Trump orquestaron la distorsión de las elecciones de la
primera potencia mundial. Y agrega un dato explosivo: el ex presidente,
Barack Obama, lo supo al menos desde octubre de 2016, y decidió hacer
(o no hacer) lo que hizo: nada. Si se hace en Washington, ¿por qué razón
no se podría hacer en cualquier otro lado?
También tuve la posibilidad de pasar algunos momentos con Edi Zu-
nino. Vino a Córdoba a presentar su novela Locos de amor, odio y fracaso en
la Feria del Libro. Con Zunino, un viejo militante del Partido Comunista
argentino en los años del retorno a la democracia, nos vinculan amigos co-
munes, tanto en Córdoba como en Buenos Aires, desde aquellos tiempos.
Ya lejos de la militancia, Zunino dirije la revista Noticias desde 2011, y
últimamente ha levantado su imagen mediática a través de su participación
en el panel del programa Animales sueltos, que conduce Alejandro Fantino.
Antes de ir al Cabildo a presentar su novela, nos juntamos en una parrilla
de la Cañada a comer unos bifes, tomar un malbec, y, por supuesto, a
hablar de política. Yo quería saber por qué había apelado a la forma de
novela, con personajes apenas velados por sus nombres pero inmediata-
mente identificables, para hablar del pasado argentino reciente, de Cristina
y Néstor, el kirchnerismo, La Cámpora, Macri, el call center de Marquitos
Peña en las redes, la policía, Stiuso y los servicios de la Side, y, sobre todo,
del fiscal Alberto Nisman.
La sobremesa duró varias horas, pero si tuviera que resumirla diría
que para Zunino la historia de la muerte de Nisman se está reescribiendo
en este momento, no sobre la base de los datos –que no parecen impor-
tarle demasiado a nadie- sino en base a la intencionalidad del poder. El
poder, hoy, “necesita” que Nisman haya sido asesinado: ergo, la historia se
escribirá en ese sentido. A Edi Zunino sólo le quedó apelar a la literatura
y sostener, en una novela, que no hay ninguna otra explicación lógica y
objetiva que un suicidio.
¿“Advertencia de lo por venir”?, más bien yo diría, como aquel
personaje de “La Tanda” de Les Luthiers, “¡Suéltame, pasado!”.
(2017)
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LIBER LIBERAT
Sólo el que es libre libera: esta fue la primera brújula educativa argentina,
en plena efervescencia de la Generación del 80, cuando el futuro apare-
cía como una construcción permanente e infinita, llevada adelante por
hombres educados, cultos, laicos, cosmopolitas y librepensadores. Fue un
paradigma que impregnó fuertemente todo el pensamiento en torno a la
educación pública, como una lucha contra la pretensión de la iglesia de
retener la formación en los valores cristianos –por ende, en la evangeliza-
ción y ritualidad católicas-; y como plan ideológico de civilización, repu-
blicanismo y democracia (aunque fuera con las limitaciones de posibilidad
propias de fines del siglo XIX).
Casi no hay aspecto de todo nuestro modelo educativo que no tenga
alguna relación con esta idea-fuerza fundacional, desde las 64 maestras
norteamericanas que trajo Sarmiento en 1869 para fundar las escuelas
“normales” bajo el espíritu progresista y cívico de Horace Mann, hasta el
guardapolvo blanco y los planes de estudio. La base de todo el planteo edu-
cativo nacional originario fue la homogeneización: lo mismo para todos,
desde la escuela del centro de Buenos Aires hasta aquella aula perdida en
los cerros catamarqueños o en los esteros correntinos. El propio Domingo
Sarmiento dejó escrito este programa, en términos bien claros: “para tener
paz en la República Argentina es necesario educar al pueblo, [hay que]
enseñarles a todos lo mismo, para que todos sean iguales”.
Este plan tuvo sus días buenos y sus días malos, sus éxitos discursivos
y sus impotencias en la aplicación. A un siglo largo de distancia podemos
mirarlo con esa cierta ternura despreocupada que despiertan las utopías
optimistas, pero también se impone la evaluación crítica. En las últimas
décadas, especialmente desde el retorno al sistema democrático en los años
80 del siglo pasado, se han ensayado una media docena de reformas educa-
tivas que intentaron adaptar el sistema educativo a las nuevas condiciones
sociales, y superar el paradigma fundador de la Generación del 80. Ensa-
yos que han cruzado los tres niveles de instrucción: el primario, que sigue
girando aún en torno al guardapolvo blanco y a los programas elaborados
en el Palacio Pizzurno, en el Barrio Norte de Buenos Aires. También el
secundario, o medio, que el menemismo en su momento transformó en
los tramos temporales y que la actual gestión gubernamental quiere volver
a transformar, llevando con una nueva reforma al semi-esclavismo de la
456
mano de obra gratuita mediante el eufemismo de “pasantías obligatorias”
de los estudiantes en comercios y empresas. Y hasta el universitario, que
resiste en su tesón de libre acceso, gratuidad y autonomía, establecidos por
aquella Reforma universitaria que tuvo su centro en esta ciudad de Córdo-
ba y que celebrará su centenario el año que viene. El Liber liberat univer-
sitario, amén de lo que se sostenga en los discursos y en las celebraciones,
también hace agua por todos lados.
Si tuviera que marcar la mayor debilidad, común a todos los intentos
de reformas educativas, acentuaría el intento de mantener el espíritu de
homogeneidad. En un mundo donde explotan los particularismos y las
diferencias, seguir intentado armar planes, contenidos, currículas, com-
petencias, perfiles de egresados y opciones de salidas laborales de validez y
aplicación universal, me parece un despropósito.
Me tocó inaugurar en Resistencia el Congreso de Psicopedagogía del
Chaco, convocado bajo el título de “Problemáticas del sistema educativo
del siglo XXI”. Las educadoras y los educadores de la región del Nordeste
argentino se sienten interpelados por los problemas a los que ineluctable-
mente habrá de enfrentar su quehacer en los escenarios emergentes: ¿qué
enseñar?, ¿cómo enseñar?, ¿cómo defender el proceso de enseñanza ante los
retos que vienen a ponerlo en cuestión? Sienten que durante mucho tiem-
po el Chaco ha participado, en conjunto con la región donde geográfica
y culturalmente se inserta, de una lógica intelectual en la que ha primado
la utilización de contenidos y estrategias metodológicas que eran produ-
cidas en otras realidades, y sobre las que se había reflexionado, discutido
y criticado en otros ámbitos. Esta linealidad, esta exo-generación que ha
caracterizado al conocimiento y a las estrategias psicopedagógicas de la
considerada “periferia”, agudizan su problema cuando se advierte que los
procesos de cambio acelerado de ese fenómeno que denominamos globa-
lización resaltan los particularismos: sienten que necesitan de estrategias
propias para hacer frente a cuestiones específicas, particulares y de com-
plejidad creciente.
En mi conferencia inaugural dije eso: que creo que la región del Nor-
deste, como las demás áreas que conforman ese cinturón sumergido del país,
ese “interior del interior”, deben soltar el lastre del consumo acrítico, propio
de la periferia; que ya tienen capacidades suficientes para asumir su propio
protagonismo, desde la generación, la reflexión, el cuestionamiento y la pues-
ta en común de contenidos específicos y adecuados a sus particularismos.
Porque aquella utopía de que los libres serían los encargados de libe-
rar a todos por igual quedó a mitad de camino: el centro sigue siendo el
centro, y los bordes, bordes. Va siendo hora de que la periferia busque sus
propias vías de protagonismo, desde la elaboración de una educación que
contemple sus especificidades y diferencias.
(2017)
457
LOS ENTUSIASTAS DE LAS REFORMAS
Por estos días se celebran los 500 años de la Reforma protestante: cinco
siglos desde aquellas jornadas tumultuosas en que un monje agustino ale-
mán, Martín Lutero, clavó su protesta contra la corrupción de Roma en
las puertas de la iglesia de Wittemberg. El monje Lutero era profesor uni-
versitario, por lo que su reclamo tomó la forma de un paper, de un escrito
filosófico: 95 proposiciones teológicas para fundamentar que la venta de
indulgencias que practicaban el papa y la curia romana iban en contra de la
enseñanza evangélica cristiana. En el fondo, Lutero intentaba transformar
la iglesia, acomodando sus estructuras a los tiempos de apertura, creación
e independencia de espíritu que venían empujando con el Renacimiento.
El éxito de Lutero fue enorme y –literalmente- cambió el mundo. Su
reforma comenzó a ser replicada en todas las geografías conocidas, a tra-
vés del francés Juan Calvino; del suizo Ulrico Zwinglio; del escocés John
Knox; del holandés Erasmo de Rotterdam; del alemán Philipp Melanch-
thon; del checo Jan Hus; de los anglicanos ingleses, etc. Y habilitó un
fenómeno que se extiende aún hasta nuestros días: la simpatía y el entu-
siasmo que despierta todo proceso de reforma, ya sea de las costumbres o
de las instituciones. Entre ellas, el Estado: no hay dirigente con ansias de
perpetuidad que no pretenda llevar adelante su propia reforma de las ins-
tituciones políticas vigentes.
Las claves del éxito del reformismo luterano (y, a la postre, de la buena
prensa que logra tener cualquier reforma) no estuvo sólo en el acierto de sus
95 tesis, sino en la manera brutal y oscurantista con que respondió Roma:
las hogueras flamígeras del Santo Oficio de la Inquisición, y la Contrarre-
forma encabezada por la catoliquísima España y por la orden de los jesuitas.
En lugar de habilitar algún canal de diálogo o algún intento de com-
prensión de los motivos y fundamentos de esos hermanos en la fe (porque
eso eran, en definitiva, el rompimiento y la separación vinieron luego),
la iglesia y el papado prefirieron la guerra. Inclusive dentro de la misma
España, donde el humanismo cristiano fue quemado en las hogueras de
la Inquisición junto a los judíos, los judaizantes, las mujeres sospechadas
de brujería y, en fin, junto a cualquier tipo de disidencia. Incluyendo a los
propios sacerdotes y monjes católicos, como fue el caso del monasterio
de San Isidoro del Campo, en Santiponce, Sevilla; aún existe el enorme
458
complejo monacal, clavado frente a las ruinas romanas de Itálica, donde
intentaron vivir una especie de reforma secreta. Pero fueron descubiertos y
encarcelados en Triana, en el Castillo de San Jorge, sede del Tribunal de la
Inquisición: fueron quemados uno a uno en grandes autos de fe; a algunos
–como a Constantino Ponce de la Fuerte, que había sido capellán de Car-
los V- inclusive lo desenterraron años después de su muerte y quemaron
sus huesos. A pesar de tamaña persecución, hubo quienes lograron escapar,
como Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, monjes jerónimos tam-
bién ellos, que ocultos y en secreto llegaron a traducir la Biblia al castellano
(como Lutero lo había hecho, pasando los textos sagrados desde el latín
obligatorio al alemán vulgar); aquella versión suya, la “Reina – Valera”, es
la traducción de la Biblia que siguen utilizando las comunidades evangéli-
cas hispanoparlantes hasta hoy.
El éxito tan vasto de la reforma luterana también se debió a la fuerza
sanguinaria con que el poder establecido se le opuso. De tal manera que,
desde entonces y por los siguientes 500 años, los reformistas fueron aso-
ciados –de una manera casi lineal- con los progresistas; mientras que todo
aquel que pusiera en cuestión o que levantase una voz de advertencia sobre
los rumbos o la dirección de las reformas, automáticamente se ha visto
asociado al campo de los que se oponen al cambio: los reaccionarios.
Estas percepciones –generales y simplificadas- sobre las actitudes so-
ciales frente al cambio han sido utilizadas en forma espuria, tanto por unos
como por otros: ha habido reformistas que se han disfrazado de reacciona-
rios, para ver si así lograban engañar a los auténticos conservadores y colar
las reformas que de otro modo serían frenadas. Y muchas más veces –como
en la Caperucita Roja- han habido lobos disfrazados de abuelitas: conser-
vadores que se han valido de la buena imagen de los reformistas de todos
los tiempos para impulsar acciones que, bajo el disfraz del cambio y la mo-
dernización, en el fondo buscan mantener el statu quo. Lo describió ma-
gistralmente Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, en Il Gattopardo.
Téngase presente esta advertencia cuando se publicitan procesos de
“reforma permanente” que, oh sorpresa, terminan, de una manera muy re-
accionaria, quitando derechos conquistados por generaciones enteras.
(2017)
459
LA FARSA DE LA POSPOLÍTICA
Las teorías políticas que intentaron dar las claves explicativas de un mun-
do posterior al bipolarismo de la Guerra Fría, que ocupó la segunda mitad
del siglo XX, se imaginaron múltiples escenarios y nuevos riesgos emer-
gentes. Se habló del terrorismo internacional como el nuevo y principal
enemigo global; la licuación de las fronteras nacionales; la muy probable
debilitación de la soberanía como principio distribuidor de competen-
cias autonómicas; los crecientes movimientos de flujos humanos desde las
áreas pauperizadas a las desarrolladas; y el creciente condicionamiento de
los recursos naturales (en primer lugar, el agua dulce) como posesiones es-
tratégicas. Fueron buenos intentos para reencauzar un debate que se había
ido fosilizando durante las largas décadas donde dos teléfonos rojos –uno
en un escritorio del Kremlin ruso y otro en la Oficina Oval de Washin-
gton- eran las conclusiones obligadas de cuanto se intentase reflexionar
en la política internacional. Pero las buenas intenciones no alcanzan, casi
en nada, y tampoco aquí: aquellas teorías relativamente optimistas de un
mundo multipolar, donde la potencia supérstite –los Estados Unidos de
Norteamérica- iba a tener que consensuar las grandes líneas globales en
acuerdo con los bloques aliados (en especial la Unión Europea), se revela-
ron idealistas en exceso. Y por eso mismo, su capacidad explicativa apenas
llega a ser marginal.
El terrorismo (concretamente el resurgimiento religioso radical mu-
sulmán del Estado Islámico) se sigue combatiendo con bombas y táctica
militar dura, como desde siempre. Y esa batalla tradicional (salvo la tecno-
logía bélica incorporada) parecería estar llegando a una resolución en estos
días, con los grupos yihadistas prácticamente extintos o encapsulados.
Otra variable cuya vida útil se pronosticaba limitada, como las fron-
teras y la reivindicación soberana de los Estados no ha hecho sino in-
crementar su incidencia. Los procesos de integración –con la mismísima
UE a la cabeza- viven tiempos flacos y críticos: aún no se ha alcanzado a
dimensionar el real impacto que tendrá la salida británica, el Brexit, de la
organización continental que se soñó como superadora al sistema de Esta-
dos tras la caída de los totalitarismos. Estas mismas ideologías autoritarias,
a las que también se les había augurado caducidad, se encuentran lozanas
y vivaces, reinventándose a sí mismas en clave de populismos “post-polí-
460
ticos”: el nuevo caballito de batalla de la derecha ideológica y del neolibe-
ralismo económico.
Pero en lo que hacen agua de una manera más contundente aquellas
previsiones sobre la configuración del mundo es lo que hace a la presunta
relativización de la soberanía “nacional”. No sólo no se ha relativizado sino
que se ha reforzado en todas sus dimensiones, inclusive en las subestatales.
El caso más mediático hoy es la aspiración soberana de Cataluña de “des-
engancharse” de España; pero a la sombra del “procés” catalán anidan tam-
bién planes neo-soberanistas en el País Vasco; Escocia; Flandes; Córcega;
la Padania italiana (Lombardía, Aosta, Piemonte, Liguria, Véneto y Emi-
lia-Romagna); el caos balcánico, con epicentro en Kosovo; el Kurdistán
(que implica problemas territoriales para Turquía, Irak, Irán y Siria); Tíbet;
el Sahara Occidental ocupado por Marruecos; la sempiterna reivindicación
del Quebec francófono de separarse de Canadá; y hasta han tomado oxí-
geno tendencias separatistas que habían pasado a un segundo plano, como
los planes de Texas de “desengancharse” de los [Link]., y los de Baviera de
romper la unidad de Alemania: ya tienen hasta un nombre propio, Estado
Libre de Baviera, con más habitantes que Suecia o Portugal, concentran la
riqueza de la “locomotora de Europa” y dicen estar hartos de financiar a los
Bundesländer más pobres.
Por último, las fronteras. En vez de hacerse “líquidas” y tender hacia
la desaparición, se alzan muros en ellas y se cierran a calicanto. Viendo
algunos casos extremos, como el de Corea del Norte, no puedo menos que
preguntarme si esa exacerbación verbal y táctica no termina siendo funcio-
nal a todos. Algo así plantea Jean Echenoz en su última novela, Enviada
especial, (Anagrama, 2017). La novela no me gustó mucho, a pesar de que
Echenoz sabe su oficio; pero casi al final, en las últimas páginas, encontré
este párrafo: “Un buen número de grandes potencias mundiales –China,
Rusia, Japón, Estados Unidos, Corea del Sur- tienen un interés particular
en mantener al régimen de los Kim bajo su forma actual, pese a sus vocife-
raciones éticas puramente de forma. Por excelentes razones de orden eco-
nómico, estratégico o geopolítico que hacen necesario conservar tal cual
un Estado sumamente útil, (...) aún asentado en tan lamentables prácticas,
conviene a todo el mundo y contribuye a su manera a perpetuar el equi-
librio planetario.” (pág. 245). Aún a riesgo de volver a aquellas “teorías de
la conspiración” contra las que tan bien nos advirtió el maestro Umberto
Eco, tiendo a pensar que, sin un cierto consentimiento en los primeros
niveles, esta película que estamos viendo no podría ser tan grotesca.
(2017)
461
CIERTO TIPO DE LANGOSTA
462
Se podrá juzgar positiva o negativamente la experiencia chavista (yo,
por cierto, tengo una postura crítica con todo el proceso, particularmente
con el fracaso económico). Pero sea cuál sea el juicio, es difícil negar que
lo inaugurado por Chávez en 1998 ha conseguido redistribuir la renta
petrolera y quebrar los cimientos del corrupto bipartidismo y de la farsa
republicana que jugaban Copei y Acción Democrática (AD) desde 1958,
tras la dictadura de Pérez Jiménez. Como es innegable que el chavismo ha
calado en los sectores populares: sean elecciones o sean plebiscitos, el pue-
blo los vota, mayoritariamente, una y otra vez.
La revolución bolivariana, así, ha conseguido sortear las trampas que
anidan en el concepto liberal de democracia formal, cosa que no han logra-
do otras experiencias paralelas en el continente, como es tristemente com-
probable en el Brasil del golpe de Estado por vía de impeachment a Dilma
Rousseff, del asedio judicial a Lula da Silva, la proscripción de facto del
Partido de los Trabajadores, la militarización de Rio de Janeiro, y la can-
didatura presidencial continuista –contra viento y marea, o sea contra los
votos y la voluntad popular- de Michel Temer.
Lula, Dilma y el PT tuvieron el poder, con mayorías aplastantes, du-
rante largo años (la primera presidencia de Lula inició en 2003), las cáma-
ras legislativas con mayorías propias y un contexto internacional favorable.
¿Cómo es entonces que no impidieron que las élites económicas concen-
tradas apelaran a las trampas ocultas en el sistema liberal para arrebatarles
el gobierno y les cerraran las puertas para volver a él? Quizás porque no
hicieron lo que el comandante Chávez hizo en Venezuela: apuntar a los
cimientos del propio sistema, aunque implicara llevarse por delante las for-
mas republicanas liberales, y empoderar a esos millones de pobres a los que
sacaban de una situación de postergación estructural centenaria.
En el caso brasileño, además de la debilidad del reformismo que ha
habilitado la furibunda reacción de la derecha, juega en contra el pasado
inmediato: nunca juzgaron ni condenaron las interrupciones violentas de
su institucionalidad. “La democracia aquí es un gran malentendido”, decía
Sergio Buarque de Holanda. Un malentendido desde los albores fundacio-
nales: en vez de una guerra de independencia, tuvieron una articulación
negociada con la corona portuguesa, que terminó con el dominio colonial
pero dio continuidad a la corte y al emperador. Y en la faz republicana la
interrupción del orden democrático fue la regla, no la excepción. En un
siglo han tenido seis constituciones, dos de ellas establecidas por dictaduras
militares (las de 1937 y 1967), y apenas cinco presidentes electos comple-
taron sus mandatos.
Ese “cierto tipo de langosta / que come en grande y a nuestra costa”,
como caracterizaba a los militares Víctor Heredia allá por los 80, penetró
463
el sistema brasileño: la dictadura anterior a la militarización ordenada hoy
por Temer se extendió desde 1964 hasta 1985. Ahora, aquellas, brutas y
verdes, han sido complementadas por otro tipo de langostas, negras y más
sutiles: las del lawfare, las leyes y los jueces como arma de guerra. Lula ha
respondido, de momento, con un provocativo “Quero dizer: estou candi-
dato”; digan lo que digan los jueces, será candidato a presidente.
(2018)
464
DE PIEDRAS Y TROPIEZOS
Estoy embarcado, por estos días, en hacer avanzar un viejo proyecto litera-
rio: a partir de una relectura de la Odisea homérica, la construcción de unas
silvas que vayan acompañando, como escolios o reflexiones, el deambular
de los 24 cantos donde se cuenta en accidentado regreso de Odiseo a su
isla de Itaca. Como el largo poema (más de 12.000 hexámetros, que los
rapsodas aprendían y recitaban de memoria) ya es patrimonio común de
la humanidad tras los casi veintinueve siglos en que, generación tras ge-
neración, se lo ha leído, analizado y comentado, las historias que encierra
las conocemos todos. Una de las más recurridas es aquella de Penélope, la
dubitativa esposa de Odiseo, que frente al acoso de los Pretendientes que
quieren desposarla por la ausencia de aquel, les contesta que decidirá con
quién volver a casarse cuando termine de tejer una manta mortuoria. Pero
lo que teje durante el día, a las oscuras sombras de la noche desteje. El
objetivo de Penélope (de “Peny López”, como decía mi abuela Pepa, espa-
ñolizando a aquella griega) es estirar el tiempo, congelarlo, hacer del fugaz
presente un presente continuo. Pero la lógica del tiempo es devenir, seguir
adelante, pasar. Peny López no logra detenerlo, sino repetirlo: copiar un
día a otro día, y por eso los Pretendientes descubren su engaño.
La narración poética de Homero no ha alcanzado la universalidad de
la que goza sólo por una cuestión de antigüedad cronológica, sino porque
el fondo de sus escenas siguen hoy ilustrando armados y desaguisados en la
convivencia social y en la estructuración política. América latina, por ejem-
plo, tiene mucho de Penélope. Por profundas, dolorosas y sanguinarias que
hayan sido algunas experiencias de su historia reciente, repite una y otra vez
las condiciones que les hicieron lugar.
Resultaría inútil recordar una vez más el rosario matón y genocida
con que los golpes militares y las dictaduras enlutaron a la región. No es ni
siquiera un tema de libros de historia, sino que se mantiene en las agendas
cotidianas, ya sea porque algunos procesos judiciales que lograron, con
mucha penuria y esfuerzo, armarse en torno a los personeros de los grandes
crímenes dictatoriales van culminando recién ahora; o sea porque los pe-
ríodos biológicos de algunos nombres tristemente protagonistas se van ce-
rrando. Aunque se cierren con muchos matices en torno al cumplimiento
de justicia: con diferencias de apenas unas semanas, el ex general “Cacho-
465
rro” Menéndez murió cubierto de condenas perpetuas por violaciones a los
derechos humanos, mientras el ex general guatemalteco Efraín Ríos Montt
murió en su cama, sin condena a pesar de las más de 10.000 víctimas de
su dictadura, especialmente entre las tribus indígenas centroamericanas.
También Brasil escribió su página luctuosa con los militares en el Pa-
lacio del Planalto, y aunque no registró un proceso de recuperación demo-
crática con juicios a las planas mayores de los generales golpistas –como,
de una manera inédita, logró hacerse en Argentina-, la transición parecía
lo suficientemente sólida como para confiar en un cambio estructural de
estrategias de representación política. Al menos eso indicaba la alternancia
en el poder de programas diversos (desde el neoliberalismo de Collor de
Mello, a la socialdemocracia de Fernando Henrique Cardoso, a la izquier-
da popular de Lula da Silva). Sin embargo, por debajo, en las ubicuas y
pardas sombras de la noche, Penélope destejía… El poder concentrado
volvió a repetir un día ya vivido: las tres principales bases de ese trípode (las
terminales económico-financieras de San Pablo; los holdings mediáticos y
las corporaciones conservadoras expresadas en la judicatura) volvieron a
apelar, como en los ´50, como en los ´60, como en los ´70 del siglo pasado,
a las charreteras de los generales. Y éstos, gustosos de que los sacaran del
ostracismo del olvido, amenazaron una vez más con sables y pronuncia-
mientos, sin cambiar siquiera el tono apolillado de las proclamas.
Brasil es una prueba de fuego para toda América latina. De cómo se
resuelva esta crisis –esto es: de hasta dónde la voluntad popular permita
que se tuerza la decisión de las mayorías- depende el futuro de la región
entera. Y no es un escenario promisorio: como muestra, alcanza el bo-
tón del interrogatorio del juez Moro a Luiz Inácio Lula da Silva, el año
pasado, por supuesto soborno con un departamento. De este delirante
interrogatorio salió la condena a nueve años y medio de prisión al ex
presidente, fallo confirmado por la votación de 6 votos a 5 de la máxima
instancia judicial brasileña al negarle el habeas corpus: “Juez: –¿El de-
partamento es suyo?, Lula: –No. –¿Seguro? –Seguro. –¿Entonces, no es
suyo? –No. –¿Ni un poquito? –No. –¿O sea que usted niega que sea suyo?
–Lo niego. –¿Y cuando lo compró? –Nunca. –¿Y cuánto le costó? –Nada.
–¿Y desde cuándo lo tiene? –Desde nunca. –¿O sea que no es suyo? –No.
–¿Está seguro? –Lo estoy. –Y dígame: ¿por qué eligió ese departamento y
no otro? –No lo elegí. –¿Lo eligió su mujer? –No. –¿Quién lo eligió? –Na-
die. –¿Y entonces por qué lo compró? –No lo compré. –Se lo regalaron…
–No. –¿Y cómo lo consiguió? –No es mío. –¿Niega que sea suyo? –Ya se
lo dije. –Responda la pregunta. –Ya la respondí. –¿Lo niega? –Lo niego.
–O sea que no es suyo… – No, señor juez, ¿usted tiene alguna prueba de
que el departamento sea mío, que yo haya vivido ahí, que haya pasado
466
ahí alguna noche, que mi familia se haya mudado; o tiene algún contrato,
una firma mía, un recibo, una transferencia bancaria, algo?, –No, por eso
le pregunto. –Ya le respondí.” Ni el más bruto cíclope homérico hubiera
sido capaz de semejante diálogo.
(2018)
467
MONSTRUOS QUE GOZAN DE BUENA SALUD
468
estupendo, yo dije que “mi relación con los monstruos siempre fue dual:
entendí, comprendí que estaban allí para provocar miedo. Y nunca pude
temerles realmente. Nunca, hasta que un pintor me dio una pista: de allí
vienen mis miedos. Yo he sido muy ordenado, toda mi vida; así, mi rela-
ción con los monstruos, la cronológica, coincidió también con la ontoló-
gica: mi primer monstruo fue el primero de todos los monstruos literarios,
Escila. Ustedes recordarán: Odiseo está volviendo de Troya, tiene que cru-
zar por un desfiladero angosto de mar, y allá arriba está Escila, chillando
desgarradoramente por sus seis cabezas, que se lanzan al mar, y las den-
taduras sucias y corroídas de tanto mascar humanos dentellean sobre los
marineros y cada boca de cada cabeza se lleva entre las fauces a un hombre.
‘Escila es la imagen de todos los miedos’, escribí alguna vez. Y frente a él,
lo monstruoso de la naturaleza (porque la naturaleza también puede ser
monstruosa): Caribdis, con tan desproporcionada fuerza que es capaz de
tragar el mar, que es la fuerza en estado puro. Pero, me decía a mí mismo,
¿por qué las figuras paradigmáticas de lo monstruoso –sea sobrenatural o
sea natural- no me infunden miedo, cuando ése es el objeto de su creación
mitológica y de su representación literaria? Intuí que antes, el miedo hacia
las representaciones del mal era posible porque no se había instalado aún
la idea de que el mal podía ser vencido. Odiseo no ‘vence’ a Escila, ni a
Caribdis, ni siquiera a otros monstruos menores, como los Cíclopes o las
Sirenas: por su astucia logra sobrevivir, o evitarlos, pero no los aniquila.
Todo lo contrario, por cierto, al destino de los monstruos pasteurizados de
nuestra posmodernidad, donde indefectiblemente todos los monstruos son
vencidos por los chicos buenos: por feroces, terribles o demoníacos que
hayan sido, siempre vence el ‘bien’. Mi pregunta, en todo caso, seguía en
el aire; y quedó en el aire hasta que conseguí una ayuda inesperada: la de
don Francisco de Goya.
En el Prado, en los Caprichos, me di de pronto con el grabado 43:
un intelectual moderno, la cabeza escondida entre los brazos, abatido y
abandonado sobre su escritorio, lleno de criaturas infernales el aire, y la
sentencia: El sueño de la razón produce monstruos. Allí comprendí: el mons-
truo literario, aquel monstruo mítico con que la ficción intentó meter una
cuña, una disrupción, para que por contraste resaltara lo bueno y bello de
la vida, ha sido superado en nuestra era por los sueños de nuestra propia
racionalidad. Nuestro Escila se llama Auschwitz; nuestro Caribdis que tra-
ga el aire y escupe fuego se llama Hiroshima y Nagasaki; nuestros Cíclopes
se llamas Sarajevo, Srbrenica, Sabra y Chatila, o Franja de Gaza; nuestros
monstruos tiraban hombres y mujeres dopados al Río de la Plata o a los
hornos de cal de La Perla. Y caminan por las veredas, al lado nuestro. De
estos monstruos sí que tengo miedo.”
(2018)
469
LA HORA DE LOS NEGROS
470
Sería ocioso insistir en el quiebre cultural que significó la llegada de
Barack Hussein Obama a la Casa Blanca, el hijo de un inmigrante africano
convertido en el 44º Presidente de la primera potencia occidental, (menos
se ha escrito, en todo caso, del enorme poder que en esos mismos años, en-
tre 2009 y 2017, ejerció su esposa Michelle, mucho más “negra”, cultural-
mente hablando, que el propio Obama). El caso norteamericano, además,
con la historia de esclavos en las plantaciones, las discriminaciones raciales
legales, y la proporción que la población afroamericana tiene sobre el total,
lo hacen un caso aparte. Pero, ¿y los otros negros de América? ¿Cuándo
comenzaríamos a notar que del total de la población de América latina y
el Caribe un tercio son negros? Un tercio del total: más de 150.000.000
de personas.
El liberalismo formalmente igualitarista de los procesos de construc-
ción estatal en la América post-ibérica ocultó las diferencias: había que
crear un concepto único y unívoco de cultura y de nación. Y para señalar
las identidades, el poder recurre siempre a la dicotomía con el “otro” (en-
tre nosotros, el binomio preferencial fue civilización – barbarie), lo que
habilitó las segregaciones y las consideraciones discriminatorias: si bien las
constituciones latinoamericanas propiciaron la igualdad de sus ciudadanos
ante la ley, en la práctica las inequidades objetivas contra las comunida-
des distintas del tronco mayoritario blanco/europeo fueron tratadas como
sujetos subalternos. Hasta ahora. Entre las múltiples transformaciones,
también está llegando a su fin ese estado de cosas. Y la ilustración de ese
quiebre tiene un nombre: Joaquín Barbosa.
Cuando el aparato judicial brasileño logra encarcelar, basándose ex-
clusivamente en la “íntima convicción” de un juez y sin una sola prueba,
al ex presidente Lula da Silva, Joaquín Barbosa se afilia al Partido Socialista
carioca y pega una inmensa patada a todo el tablero político-estructural del
gigante americano.
Barbosa ya había comenzado a hacer historia en 2003, cuando se
convirtió en el primer juez negro del Supremo Tribunal Federal de Brasil.
Su biografía es extraordinaria, y representativa, en un país donde más de
la mitad de los habitantes son negros o mestizos. Originario de sectores
sociales de extrema pobreza, Barbosa, de 63 años, es el mayor de ocho
hermanos; criado en Paracatu, pobrísima ciudad de Minas Gerais, por un
padre albañil. Fue, en sus días, el único estudiante negro en la Facultad
de Derecho, y comenzó la carrera judicial desde lo más bajo: conserje de
un juzgado de Brasilia. La discriminación lo empujó al extranjero, allá
cursó posgrados, idiomas (habla inglés, francés y alemán), volvió y –contra
viento y marea- logró llegar a la primera línea del Poder Judicial. Desde
el máximo tribunal (adonde lo nombró Lula) Barbosa se convirtió en un
471
cruzado de la lucha anticorrupción, hoy la principal preocupación de los
brasileños. Sin ni siquiera confirmar si presentará su candidatura a presi-
dente, la primera encuesta (Datafolha, 15 de abril) ya le da un nivel de
apoyo del 10%.
Si el poder financiero que utiliza a la judicatura como ariete logra
mantener a Lula preso y le niega la posibilidad de ser candidato, quizás
haya contribuido a la creación del “Obama latinoamericano”, y Brasil ten-
ga su primer presidente negro. La política es el arte de lo posible, donde
todo puede cambiar en un momento.
(2018)
472
MASCARONES, CARETAS, CARETONES
473
No tengo intención aquí de hacer una introducción a la semiótica
ni mucho menos, sólo quería traer la referencia para remarcar el hecho de
que las ciencias sociales contemporáneas han subrayado, en sus reflexiones,
la importancia constitutiva de la dimensión simbólica para las estructuras
sociales. No se trata de elementos accesorios, de adorno, de folklore. Los
símbolos, en una sociedad, no son elementos de los que se pueda pres-
cindir ni, de una manera irresponsable, marginar. Menos que ninguno,
aquellos que hacen a la identidad colectiva, aquellos que en el vocabulario
escolar designábamos como símbolos patrios.
Cierta izquierda internacionalista generó una tradición de desapego
hacia los elementos que conforman la representación simbólica de un co-
lectivo social frente a la comunidad mundial, entre otros elementos porque
aquellos eran fuertemente reivindicados por el nacionalismo vernáculo: la
vieja derecha que, junto con el poncho de vicuña doblado sobre el hombro
izquierdo, y las “peñas patrióticas”, también consideraban casi un patrimo-
nio propio a bandera, himno y demás elementos en que la personalidad de
una nación se enmascara.
Pero ahora asistimos, perplejos, a una paradoja ideológica: a aquella
prescindencia de los símbolos patrios heredada del cosmopolitismo mar-
xista (porque la revolución debe unir a las clases proletarias del mundo
contra la opresión de cualquier Estado), ha venido a unirse la prescinden-
cia que inaugura la nueva derecha.
Al ajuste estructural en la economía y en el trabajo, el Gobierno suma
también el ajuste en los símbolos, con meras argumentaciones de coyun-
tura. Primero, sacan a los hacedores de la Nación de los billetes, para re-
emplazarlos por horneros, ballenas, guanacos y yaguaretés; el Presidente
de la República no asiste a la conmemoración nacional por el Día de la
Bandera, en Rosario, alegando condiciones poco satisfactorias en el dis-
positivo de seguridad contra su persona e investidura (léase, la posibilidad
de un escrache, marcha, cántico popular irónico u otra amenaza de índole
similar). Menos de un mes más tarde, el ministerio de Defensa anuncia la
suspensión del desfile con que se honraría a uno de los momentos funda-
cionales de la Nación, alegando motivos presupuestarios. Los militares,
por su parte, dejan trascender a los medios que son ellos quienes se niegan
a participar de la celebración simbólica de la patria, porque sus sueldos
se han atrasado a niveles de miseria y se sienten destratados frente a la
Gendarmería, el cuerpo de seguridad escogido como guardia pretoriana y
mimado por el Presidente y su gabinete.
Desde donde se lo mire, no puede concluirse sino que constituye una
sumatoria de errores, de daños imprevisibles en el largo plazo. Los símbo-
los –como lo han demostrado de una manera contundente Pierce, Saussure
474
y Eco- contienen los elementos que representan el ideal de la comunidad
sociopolítica que aspiramos a ser, y las luchas libertarias y emancipadoras
que nos han traído hasta aquí. No hay futuro político sin arraigo en la
personalidad, social y cultural, propia y diferenciada. No hay sociedad sin
símbolos. No hay república sin construcción de una identidad que teja el
entramado popular con su historia común, su territorio, su lengua y su
forma de ser en el mundo, de vivir y de morir. No será gratis prescindir
irresponsablemente de las máscaras que nos permiten mirar el rostro del
pueblo que queremos ser.
(2018)
475
ES CASA VUESTRA
Quizás el nacionalismo sea una de las herencias más pesadas que acarrea-
mos sobre nuestras espaldas (pesadas de verdad, no esas marketineras “pe-
sadas herencias” que se utilizan en forma espuria para justificar la mala
praxis y la ineptitud política propia). No se trata de un fenómeno nuevo:
en diversas acepciones y manifestaciones ha acompañado a la política des-
de la antigüedad. Y no sólo en Occidente: en mis clases de política inter-
nacional, cuando vemos China suelo recordar que la Gran Muralla no fue
concebida solamente para negar la entrada (o sea, para que los invasores
mongoles del Oeste no llegasen hasta el Imperio Celeste), sino también
–y quizás aún más importante- para negar la salida: para que los propios
chinos del Imperio Celeste no abandonaran el territorio ancestral.
Pero aunque haya estado siempre presente, el nacionalismo hizo eclo-
sión, en su combinación con el Estado autoritario y con la utilización mi-
litar de la tecnología, en el siglo XX. Sus mayores oponentes teóricos reco-
nocen una inspiración común: la filosofía de Immanuel Kant. El prusiano
que terminaría inventando el idealismo sostenía que la paz –y, consecuen-
temente, la mayor libertad humana- se alcanzaría cuando el Estado dejara
de existir; esto es, cuando el nacionalismo fuera desterrado. Su inspiración,
en todo caso, fructificó en dos grandes ramas que, a la postre, terminarían
siendo los mayores antagonistas, el liberalismo y el comunismo. Un an-
tagonismo que, también, encontró su cénit en el mismo siglo XX, en la
personificación de las dos superpotencias que establecieron un equilibrio
(de terror atómico, pero equilibrio al fin) en un mundo bipolar.
Podríamos haber esperado que, con la disolución de la Unión Sovié-
tica, el “triunfo” del capitalismo occidental en la Guerra Fría, y el desmem-
bramiento de la bipolaridad en una emergente multipolaridad de los már-
genes, el nacionalismo perdiese fuelle. Pero no hay manera de descansar o,
como bella y terriblemente lo escribiera Bertold Brech tras el nazismo: no
celebren todavía, que “aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, / la
perra que lo parió está nuevamente en celo”. Es difícil de admitir, pero ahí
está: metamorfoseándose delante de nuestros ojos, encontrando los cami-
nos más insólitos para marcar las diferencias, impedir la pluralidad, disol-
ver cualquier diversidad, frenar hasta el menor brote solidario, remarcar la
separación, reivindicar la exclusión...
476
En contextos de conflicto el camino está expedito: el “otro” rápida-
mente se convierte en el “enemigo”. Pero cuando los conflictos se han mi-
nimizado, visibilizar como adversario al “otro” para ratificar la pertenencia
propia se complica. Y sin embargo el nacionalismo encuentra la vía para
llegar y contaminar el agua. Lo pudimos ver inclusive en el debate más
reciente que cruzó (y partió) los colectivos sociales argentinos, a raíz del
proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo. Una de las argu-
mentaciones –frecuente, a pesar de insólita- de los sectores antiabortistas
fue que la aprobación provocaría una afluencia de mujeres desde los países
vecinos, que vendrían a practicarse abortos a las instituciones hospitalarias
locales, haciendo uso de nuestros recursos sanitarios públicos. Sería risible
por su patetismo si uno no considerara que, con estos argumentos y otros
de similar cuantía, la ley fue rechazada en el Senado.
Además de la negación de la solidaridad social, la otra vía por la que
el nacionalismo ha logrado colarse con fuerza en el discurso político y me-
diático es el de los flujos de migrantes. Donald Trump logró ganar las elec-
ciones en los [Link]. apoyado en una tensión xenófoba que cada día en-
cuentra auditorios más multitudinarios, y tanto la construcción del muro
con México, como las desgarradoras imágenes de las policías de frontera
separando a niños de sus padres y encerrándolos en jaulas metálicas supe-
ran a diario el límite de lo civilizatoriamente tolerable. En Europa, el rol
que los mexicanos juegan en el borde texano lo ocupan los musulmanes, en
general, y los musulmanes norafricanos en particular. Me escribe esta se-
mana una querida amiga; escritora residente en Roma pero que –ya jubila-
da- reparte su mucho tiempo libre en reuniones literarias por toda Europa.
Su carta me llega desde Malmö, Suecia, una de las ciudades europeas más
jóvenes y que concentra la mayor proporción de inmigrantes de todo el
continente. Dice en su carta: “... pasamos a buscar a M., que ha llegado de
Venecia. Mira la calle por la ventana: ‘todos extranjeros’, murmura. Tam-
bién nosotros somos extranjeros –dos argentinos, un italiano. Pero la frase
se refiere a otra cosa. Se refiere a los que se amontonan frente a las sillas
voladoras, al tren fantasma de la Feria de Malmö, en medio de humaredas
de colores que borran el contorno de las cosas. Niños y hombres oscuros,
mujeres veladas. Todas las mujeres, veladas. Pescan premios, peluches de
tigres, de osos, de burritos. Estanterías enteras de peluches detrás de un
vidrio. ¿Quién conoce esta ciudad? ¿Sus cantos, sus rituales? Ahora llueve.
Una lluvia fina. Estuve antes en esta Feria de Malmö, hará cinco años.
Pero entonces también había suecos. ¿Qué va a hacer Europa con los que
llegan a millares, con su memoria ajena? Es la noche de las Perseidas, pero
el cielo está ocupado por las humaredas de los quioscos de comida. Nadie
pertenece, todos pasan. Como las Perseidas.”
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Los mexicanos enjaulados en Texas; las mujeres veladas de Marrue-
cos, Túnez o Libia mojadas bajo la llovizna en Suecia; la impotencia de
ver la cuneta del nacionalismo llenándose de nuevo. Busco en YouTube a
Jaume Sisa: “Oh, ¡Benvinguts!, ¡passeu, passeu!, / de les tristors en farem fum.
/ A casa meva és casa vostra, / si és que hi ha casa d’algú”. Bienvenidos, pa-
sen, que mi casa es vuestra casa, si es que las casas son de alguien...
(2018)
478
PROHIBIDO PROHIBIR
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en los argumentos); de las dificultades de vivir con un sueldo de jubilados
en una economía dual; de su amor por los perros; de habitar el mismo
barrio y la misma casa que sus padres y que sus abuelos. Un menú, en fin,
que permitiera conocer algunos aspectos de esa “cocina” hogareña donde
se mezclan los ingredientes y los condimentos que terminan horneando las
novelas de Mario Conde, o esa inmensa y contundente biografía novelada
de Lév Davídovich Bronstein, León Trosty, El hombre que amaba los perros.
Veo que la estimada colega Claudia Piñeiro siguió la misma estrategia
dialogal en su presentación en Buenos Aires, o que Padura le hizo a Claudia
la misma advertencia que me hizo a mí en Córdoba. Pero aquí, en todo caso,
no pude esquivar un tema espinoso: ¿por qué Leonardo Padura, que tras la
seguidilla de premios (incluyendo el Princesa de Asturias de las Letras) y los
miles de ejemplares vendidos en todas las lenguas, nunca había intentado
dejar Cuba, y seguía allí, escribiendo en un contexto de libertad limitada?
¿No había sentido nunca, acaso, la tentación de salir, de irse –como tantos
cubanos antes y después- a otro país donde el control oficial sobre su obra
fuera menos estricto? Padura me respondió: dijo que se quedaba porque
había elegido quedarse, que él se sintió siempre parte de la cultura cubana,
y que quería escribir sobre Cuba desde allí, desde esa cotidianidad proble-
mática, de límites y carencias, imperfecta pero suya. Y dijo más: que nunca
se había autocensurado, siempre había criticado, en la voz de sus personajes,
aquellos aspectos de la vida cubana (no sólo los políticos-económicos, tam-
bién los usos y costumbres) que le parecían merecerlos.
Yo, mientras lo escuchaba, pensaba en nuestra propia realidad y en la
amiga Piñeiro: nos parece extraño que un hombre como Leonardo Padura
haga frente a su trabajo de escritor en condiciones complejas en la relación
con el poder y con sus compatriotas, pero en esta Argentina tan capita-
lista, tan devota del libre mercado en estos tiempos, tan autoproclamada
liberal y “republicana” desde el poder, Claudia Piñeiro estuvo a punto de
tener que renunciar a su presentación de Padura por la inmensa presión de
los colectivos antiabortistas durante el reciente debate nacional en torno
a la aprobación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Y si no
lograron su intento de censura fue por el apoyo de la editorial Tusquets y
la Fundación Osde, que respaldaron a la escritora, y por la postura indecli-
nable de Claudia, que les hizo frente con la misma determinación con que
militó toda la campaña por la aprobación de la ley. Una postura frente a
la vida, las convicciones propias, la escritura, el trabajo intelectual y la res-
ponsabilidad social, idéntica a la que, en otras latitudes, sostiene Leonardo
Padura. Nada es casual.
(2018)
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LOS POLÍTICOS, LA MUERTE Y LA HISTORIA
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exaltando las virtudes, recomponiendo la historia. La muerte transformó al
muerto en héroe, y los senadores republicanos pasaron de héroes a vulgares
asesinos, debiendo huir de Roma. Con menos espectacularidad y variando
todos los detalles, la lección se sigue estudiando porque se ha seguido repi-
tiendo en la dinámica política desde entonces.
De alguna manera, aquella vieja lección volverá a actualizarse en estos
días entre nosotros. Ha muerto –de una manera accidental, violenta, ines-
perada- uno de los hombres clave de la historia democrática argentina, y
uno de los ejes sobre los que ha girado la dinámica del poder en Córdoba
en los últimos 35 años.
José Manuel de la Sota no era solamente el hombre que había logrado
reorganizar al peronismo local, y desde esa refundación partidaria, haber
conseguido el desplazamiento del radicalismo del gobierno provincial. José
Manuel de la Sota no era sólo el estadista que había logrado establecer la
alianza dirigencial más estable y blindada, que aseguró al justicialismo local
cinco gobernaciones consecutivas. José Manuel de la Sota tampoco fue
simplemente el líder que ocupó el sillón del Ejecutivo provincial en tres de
esos períodos. (Y, como la muerte lo transforma todo, tampoco se dirá por
estos días que fue también aquel hombre que fustigó a las Madres de Plaza
de Mayo, a las vertientes progresistas y de izquierda dentro del peronismo,
o que fundó un controversial “cordobesismo” híper localista).
Es que, además del natural peso histórico de ese curriculum, De la
Sota se aprestaba ahora a intervenir de una manera decisiva en el armado
de una estrategia opositora de corto plazo, para generar una alternativa de
poder al conservadurismo neoliberal. Se proponía ser un elemento de arti-
culación, desde el sólido peronismo provincial en el gobierno, con las ra-
mas y tendencias en que se distribuye el partido en una concepción amplia,
desde sectores católicos de base con llegada a las más altas instancias ecle-
siales, hasta referentes del kirchnerismo al que se enfrentara en el pasado.
En un momento en que la caída social y económica generada y pési-
mamente administrada por el gobierno nacional se acerca a niveles críticos,
José Manuel de la Sota se disponía a jugar un rol protagónico. La persisten-
cia era, como seguramente escucharemos en los discursos laudatorios que
se sucederán ahora, una de sus características indiscutibles; podría, por eso,
haberlo logrado. Habrá que ver si la transformación que operará su muerte
en la memoria colectiva aún puede hacerlo.
(2018)
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ENTRE PATRICIOS Y PATRONES
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electoral, como “candidato delegado” de Lula volvió a confirmar que los
liderazgos populares no se trasladan automáticamente.
Los reformistas, por su parte, quieren reacomodarse tras el cimbrona-
zo y sostienen que en estos resultados hay que ver una crítica generalizada
de la población hacia todo el sistema y hacia los políticos “profesionales”,
a los que ya nadie les cree, aunque tengan el apoyo de los grandes medios
de comunicación; argumentan que, de hecho, Bolsonaro no era el candi-
dato del establishment paulista, que apoyó a los políticos tradicionales del
PSDB. Y su lectura es que se debería aprovechar este momento de tensión
para depurar el sistema democrático desde adentro, abriéndolo, agregando
transparencia y participación. Pero también los reformistas se quedan cor-
tos en esta lectura, porque no contemplan lo que ha sido el tercer elemento
que, a nuestro criterio, dio pié al desastre electoral brasileño. Un fenómeno
emergente que no es sólo característico de nuestra región: la participación
de los colectivos religiosos cristianos evangélicos en las estructuras partida-
rias, las candidaturas electivas y las posiciones institucionales del Estado.
La acelerada entrada de los evangélicos en los partidos –y a través de
ellos, en los gobiernos- conforma una modalidad original de cooptación
de espacios de poder y de utilización de recursos económicos (enormes, en
el caso brasileño). Comenzó en los años 90 del siglo pasado con los Born-
again Christians (los “cristianos renacidos”) durante la Administración
estadounidense de George W. Bush, y ha tenido una difusión acelerada
en algunas regiones del Sur, como Paraguay y Brasil; desde allí viene pau-
latinamente ingresando en las provincias del Norte argentino. (Me tocó
inaugurar un congreso académico en Resistencia recientemente; me sor-
prendió allí el hecho de que los discursos de los funcionarios provinciales y
municipales que hablaron en el acto, una apertura académica dirigida a un
público universitario, apelaran reiteradamente a frases bíblicas, apelaciones
a vírgenes y santos y otros recursos discursivos religiosos, que los hacían
prácticamente idénticos a un sermón en un púlpito eclesial).
El principio político que nuclea a todos estos colectivos de cristianos
evangélicos se resume en la afirmación “Dios está por encima de la Repú-
blica”; en Brasil, además de controlar el neurálgico Rio de Janeiro, ya ocu-
pan unas 200 bancas legislativas, sobre los 500 diputados que componen
el total de la Cámara. Estos diputados fueron determinantes en el impea-
chment a Dilma; es imprescindible recordar que Bolsonaro, al momento
de votar el impeachment que terminaría con el gobierno democrático y ha-
bilitaría la presidencia irregular de Michel Temer, lo hizo “por la memoria
del general Carlos Alberto Brilhante Ustra”, el militar que torturó a Dilma
Roussef durante la Dictadura. En pago a esta actitud y anunciando lo que
sería la topadora de votos en las presidenciales, los colectivos evangélicos
484
nombraron, tras bautizarlo en un río, “mesías” a Jair Borsonaro. “Mesías”:
el salvador enviado por dios y anunciado por los profetas, para liberar al
pueblo del orden establecido, injusto, corrupto y putrefacto.
Los nuevos condicionantes del juego democrático a nivel global son
los fundamentalistas, una mezcla de patricios y patrones, de refundadores
de un orden y de financistas de figuras mesiánicas que vengan a “restaurar”
lo que el laicismo y la igualdad moderna han corrompido. No es una dis-
topía literaria: con estas señales, un Estado pseudo-teocrático premoderno
está a la vuelta de la esquina. La nueva edad media.
(2018)
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RESPONSABLES DE LOS OTROS
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radio, de TV, de diarios y de revistas; cuarteteros, directores de la sinfónica y
saxofonistas callejeros; empresarios; líderes sindicales; fotógrafos; novelistas;
comerciantes; libreros... y hasta algún chico/chique medio punk de ropa ne-
gra y peinado raro. Hombres y mujeres de derecha, de centro, de izquierda.
Dije, por si aún hiciera falta, que yo no he sido alguien cercano po-
líticamente a esta gestión gubernamental, sobre la cual, además, no me he
privado de opinar y hacer explícitas mis críticas y objeciones cuando lo he
considerado pertinente (y ahí están mis columnas, firmadas, como testimo-
nio de ello). Pero que precisamente desde ese lugar de independencia parti-
daria –y de criterio- quería resaltar el carácter diverso y plural que veo que
ha caracterizado al otorgamiento de la máxima condecoración de Córdoba
a sus ciudadanos, y que la reunión de esa tarde de octubre de 2018 era una
prueba palpable y evidente; que esa actitud del poder ejecutivo municipal
me parecía –y me parece, por eso lo escribo hoy aquí- un acierto republica-
no, una muestra de apertura y de convivencia democrática, y un síntoma de
adultez política. Y que son tan pocos los elementos en los que hemos logra-
do coincidir así, en una política de Estado abierta y diversa que ha alcanza-
do a trascender el acotado período de una gestión de gobierno, que esperaba
que entre todos pusiésemos nuestro mejor empeño para preservarla.
Llegué a estudiar a Córdoba el mismo año que el país recuperaba
la democracia, después de las largas y negras noches de la dictadura cí-
vico-militar. Participábamos activamente por entonces en esa emergencia
de vitalidad, de esperanza, de resurgimiento institucional. Una noche de
invierno de aquellos años estudiantiles presencié por primera vez la cere-
monia de entrega de los Premios Jerónimo: fue emocionante, veía ahí, en el
centro, al intendente reconociendo a los ciudadanos que habían aportado
con sus vidas al momento político, social y cultural que todos disfrutába-
mos. Me parecieron, entonces, pequeños gigantes: héroes cívicos a quienes
la polis agradecía en nombre del conjunto. Nunca hubiera imaginado que
alguna vez estaría yo, como si los años fueran un espejo, del otro lado de la
imagen, recibiendo la estatuilla del fundador de mi ciudad adoptiva. ¿Qué
hice para merecerlo? Supongo que esa misma pregunta se habrán hecho
aquellos hombres y aquellas mujeres a los que esa noche veía con el lente
de una perspectiva ampliada, y sólo eran –somos- ciudadanos que amamos
a la ciudad que elegimos para que sea nuestra. Y le dimos todo.
Mantener desde las gestiones de gobierno una política de referentes
abierta y diversa, y desde aquellos que han sido escogidos para representarla,
la responsabilidad de inspirar a otros. Espero que me hayan escuchado algu-
nos jóvenes la noche en que me entregaron el Jerónimo, y que en el espejo
invertido de los años, estén en el escenario recibiéndolo alguna vez.
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EL VALOR DE JUZGAR
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ecuanimidad y solvencia, ya que la objetividad científica es inaplicable en
el canon literario. Esta ruta crítica, que puede aparecer como relativamente
simple y llana, está en realidad llena de suspicacias, baches y desconfianzas
de todo tipo, en una escala directamente proporcional a la cuantía eco-
nómica que comporte el premio y a la repercusión que el premiado tenga
en la industria editorial. Una industria que mueve millones y que tiene, en
el vértice de la pirámide, a los grandes premios españoles: el Planeta (más
de medio millón de euros, el mejor dotado económicamente después del
Nobel); el Anagrama; el Biblioteca Breve; el Alfaguara.
Que los grandes premios eran en realidad estrategias de marketing de
los propios sellos editoriales era un secreto a voces que rodaba por el mun-
do de la cultura, hasta que dos escritores muy respetados e insospechables
decidieron revelar los tejemanejes de la manipulación: Miguel Delibes hizo
la denuncia concreta (le ofrecieron presentarse, asegurándole que ganaría
el premio Planeta), y el inmenso Juan Marsé, cuando le tocó ser jurado, ra-
tificó las presiones y reveló el mecanismo: la trampa está en los prejurados.
Si se seleccionan nueve novelas muy malas y una décima buena, entonces
obviamente el jurado elegirá la décima; la trampita está en haberla enviado
junto a otras claramente descartables. Juan Marsé dio un portazo y renun-
ció al jurado. En una de sus últimas entrevistas, la agente literaria crucial
en la generación del “boom” latinoamericano, Carmen Balcells, que tuvo
en su cartera de representados a seis premios Nobel, confirmó aquello que
había sido un secreto a voces durante tantos años: los grandes premios
comerciales están amañados y son en realidad estrategias de marketing de
las editoriales.
Y si bien en España el tema, por vacío legal, no ha llegado a instancias
judiciales, sí en nuestro país. No debe olvidarse el triste caso de Ricardo
Piglia y la sentencia de 2005. Piglia siempre sostuvo que él desconocía el
fraude, pero la justicia condenó a que su agente y la editorial Planeta paga-
ran un resarcimiento de 10.000 dólares a Gustavo Nielsen, al concluir que
el premio a Piglia por Plata quemada había estado pactado.
¿Qué queda, entonces? A mi criterio, dos conclusiones: mirar con
detenimiento el tamaño y no confiar en premios que impliquen mucho
dinero. “Lo pequeño es hermoso”, como sostenía Ernst Friedrich Schuma-
cher: sólo un jurado cercano puede asegurar independencia. Y los premios
deberían servir para orientar a los lectores, no para engrosar cuentas banca-
rias. Los franceses lo entendieron: el Goncourt, el más prestigioso galardón
literario de toda la francofonía, tiene una dotación económica de 10 euros.
(2018)
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A CUENTA DEL BARQUERO
Este diciembre he vuelto a cumplir años. Esos momentos extraños que son
los aniversarios de los natalicios, que evocan uno de los acontecimientos
más universales de un ser vivo –el nacimiento- y disimulan en el ruiderío
del jolgorio la evidencia de que se ha cumplido un ciclo en la inexorable
línea temporal que conduce al otro acontecimiento propio de todo cuerpo
biológico –la muerte- siempre han sido para mí una fiesta vana. Sin nada
que festejar realmente, pero una excusa tan buena como cualquier otra
para reunir amigos y afectos, y disfrutar de ellos.
Hace algunos años, luego de compartir (y salvarnos de milagro) un
accidente aeronáutico, cuando logramos descender del avión y que algu-
nos whiskies nos devolvieran el sosiego, Ludovica Squirru me dijo que mi
disposición tan superficial hacia mis cumpleaños era un rasgo claramente
sagitariano: el avión había logrado abortar el despegue y evitar una coli-
sión, y la pitonisa de los horóscopos chinos interpretaba que eso había sido
para mí un regalo del destino, ya que esa tarde en que nos salvamos era la
de un 17 de diciembre.
Característica impuesta por los astros o simple disposición de la per-
sonalidad, nunca me detuve demasiado a considerar los cumpleaños con
ningún tipo de profundidad. Al punto que hubieron un par de ocasiones
en que me olvidé de ellos, y tomé consciencia de que había pasado la fecha
de mi onomástico recién unos días después. Pero eso ha venido cambiando
en los últimos tiempos, a medida que me iba acercando al medio siglo de
vida. Como si aquel Barquero que dicen nos conducirá de esta orilla a la
otra hubiera comenzado a girar la cabeza, mirando ya una futura ruta en
medio de ese río de aguas negras. ¿Habrá llegado el momento de comenzar
a hacer balances? Esa sí que sería una novedad...
Otro sagitariano que también estuvo de cumpleaños tres días antes
que yo fue mi admirado Leonardo Boff. El fraile franciscano brasileño a
quién tanto le debe la filosofía y la teología de América cumplió 80 años.
Le escribí, abrazándolo, recordándole cuánto lo quiero, diciéndole que en
este diario publicamos regularmente sus análisis –tan imprescindibles en
estos días- y animándolo a seguir escribiendo, a pesar de que esa edad bien
podría ser motivo suficiente para ya descansar. Me respondió con una carta
tierna, como todas las suyas, y haciendo un balance. Ese pensamiento y
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esa mirada sobre la propia vida son los que me han llevado a preguntarme
–aunque tres décadas me separen aún de la edad de fray Leonardo- si ade-
más de las fiestas y el jolgorio no deberían ser ocasiones aprovechadas para
mirar hacia atrás, y evaluar.
No lo he hecho nunca; pero espero que, si a partir de algún próximo
diciembre comienzo a hacerlo, tenga la suerte de encontrar un balance
parecido al de Leonardo Boff. Dice su carta: “Yo estoy descendiendo la
montaña de la vida. Y doy gracias a dios por haber llegado hasta aquí y
por haber sobrevivido. De pequeño, con sólo algunos meses, estaba desti-
nado a morir. En aquellos interiores profundos de Brasil todavía no había
médicos; todos decían ‘pobrecito, se va a morir’. Mi madre, desesperada,
después de hacer el pan en un horno de piedra, lo dejó entibiar y sobre una
pala de madera me colocó unos minutos adentro. A partir de este intento
último mejoré, y aquí estoy, un sobreviviente. Pensaba que nunca pasaría
de la edad de mi padre, que murió de un infarto a los 54 años. Sobreviví.
Escribí un balance a los 50. Después pensaba que no pasaría de la edad
de mi madre, que también murió de infarto con 64 años. Sobreviví. Hice
otro balance a los 60. Entonces, estaba seguro de que no llegaría a los
70. Sobreviví. Tuve que escribir otro balance a los 70. Finalmente, pensé,
convencido: de todas maneras, no llegaré a los 80. Sobreviví. Y tengo que
escribir otro balance. Como salí desacreditado en mis previsiones, ya no
hago ninguna previsión más. Cuando llegue la hora que sólo Él conoce, iré
alegremente a Su encuentro. Y releyendo los distintos balances, sorpren-
dentemente veo que hay constantes que atraviesan todas las memorias”.
Y entonces las nombra, como en una lectura de ciego, y uno ve que
en esas constantes ya están, sobradamente, pagadas todas las monedas que
requiera eventualmente aquel Barquero: “Siempre estuve como poseído
por alguna pasión que me llevaba a hablar y a escribir. La primera fue la
pasión por la iglesia, renovada por el Concilio. Escribí mi tesis en Múnich,
La Iglesia como sacramento; luego Iglesia: carisma y poder, que me acarreó el
‘silencio obsequioso’ (que le impuso el cardenal Ratzinger, luego Benedicto
XVI, desde el Vaticano) y Eclesiogénesis” (sobre las comunidades eclesiales
de base, que Boff veía como reinventoras de la iglesia).
“Otra pasión fue san Francisco de Asís, el primero después del últi-
mo: los pobres y oprimidos, así nació la teología de la liberación. Ahora, la
pasión por la Madre Tierra, superexplotada... He publicado cerca de 100
libros. Es trabajoso, con sólo 27 letras, componer tantas palabras. Cuan-
do me preguntan: ¿Qué haces en la vida?, respondo: Soy un trabajador
como cualquier otro, como un carpintero o un electricista. Sólo que mis
instrumentos son muy sutiles: apenas 27 letras. ¿Han valido la pena tantos
sacrificios para escribir? Respondo con el poeta Fernando Pessoa: ‘Todo
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vale la pena si el alma no es pequeña’. Me esforcé para que la mía no fuese
pequeña. Ahora, en el atardecer de la vida, reviso los días pasados y tengo
la mente vuelta hacia la eternidad.”
Ojalá, cuando empiece a hacer balances, pueda hacerlos con esa sere-
nidad. Mientras tanto, que espere el Barquero.
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