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Gloriana: La Reina Insatisfecha de Moorcock

Este documento describe el palacio de la reina Gloriana y la ciudad de Londres bajo su reinado. El palacio es enorme y está lleno de actividad con nobles, criados, artistas y otros. Debajo del palacio se encuentra la próspera ciudad de Londres, hogar de personas de todas las clases sociales. A pesar de algunos conflictos, la ciudad florece con nuevos descubrimientos e innovaciones que enriquecen el reino.

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Gloriana: La Reina Insatisfecha de Moorcock

Este documento describe el palacio de la reina Gloriana y la ciudad de Londres bajo su reinado. El palacio es enorme y está lleno de actividad con nobles, criados, artistas y otros. Debajo del palacio se encuentra la próspera ciudad de Londres, hogar de personas de todas las clases sociales. A pesar de algunos conflictos, la ciudad florece con nuevos descubrimientos e innovaciones que enriquecen el reino.

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La

portentosa imaginación creadora de Michael Moorcock se pone al servicio


en esta novela de un espléndido mundo en el que la bella y poderosa reina
Gloriana, inspirada vagamente en Isabel I, gobierna un vasto imperio que va
de Asia a Virginia. Hija única del despótico y degenerado rey Hern IV, que
tantas cabezas hiciera rodar, Gloriana se esfuerza por gobernar de un modo
justo y razonable, de devolver a sus súbditos el amor que le profesan. Y en
apariencia lo ha conseguido, el reino vive un momento de paz y prosperidad,
pero en sus momentos de soledad Gloriana no puede ocultar la angustia que le
reconcome por dentro: «¡Ah, el anhelo! ¡Metería planetas enteros dentro de
mi útero si pudiera llenar este vacío que siento! Esta tortura es demasiado
horrible, pero podría soportar muchas otras con tal de no sufrir la que me
aflige. ¿No hay nadie, nada, que pueda sofocar mi necesidad?».
Galardonada con los premios World Fantasy, John W. Campbell y British
Fantasy, esta exuberante obra maestra del erotismo oscuro, absolutamente
inclasificable en géneros literarios conocidos, se presenta ahora al lector
español acompañada, en un apéndice, del final alternativo que escribió
Moorcock, a raíz de la controversia provocada por el desenlace original.

[Link] - Página 2
Michael Moorcock

Gloriana
o la reina insatisfecha

ePub r1.0
Titivillus 01.10.2019

[Link] - Página 3
Título original: Gloriana
Michael Moorcock, 1978
Traducción: Manuel Manzano

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

[Link] - Página 4
A la memoria de Mervyn Peake

[Link] - Página 5
Capítulo I

Donde se muestra el palacio de la reina Gloriana,


junto con una descripción de algunos de sus habitantes
y un breve relato de ciertas actividades que ocurren en
Londres durante la noche de Fin de Año, al finalizar el
decimosegundo año de reinado de Gloriana.

El palacio es tan extenso como una ciudad grande; a través de los siglos,
edificios anexos, alojamientos, casas de huéspedes y mansiones de señores y
damas en espera han estado unidos por pasajes cubiertos, y estos pasajes han
sido construidos de manera que aquí y allá nos encontramos con pasillos
dentro de otros pasillos, como si fueran distintos conductos dentro de un
túnel; casas en el interior de habitaciones, y éstas dentro de castillos, y éstos
dentro de grutas artificiales, y todo con un techo de azulejos de oro, plata y
platino, mármol y madreperla. El palacio deslumbra a la luz del sol con
cientos de colores, y brilla constantemente a la luz de la luna. Sus muros
parecen ondular y los tejados subir y bajar como una glamorosa marea; sus
torres y minaretes se levantan como si fueran el casco y los mástiles de un
barco hundiéndose y alzándose en las olas.
En el interior de sus muros, pocas veces reina la calma. Hay idas y
venidas de aristócratas con brocados llenos de filigranas, sedas y terciopelo,
cadenas de oro y plata y enaguas de marfil. Capas y colas ondulando a su
paso, a veces llevadas por niños y niñas que casi no pueden caminar por el
peso de los ropajes. Se oye una música delicada y precisa, hecha para ser oída
en más de un lugar a la vez, y nobles y criados parecen moverse al ritmo de la
música. En algunas salas y habitaciones se ensayan obras y mascaradas, en
otras se representan óperas o se pintan retratos, se esbozan murales, se tejen
tapices, se esculpen piedras y hasta se recitan versos. También tienen lugar
cortejos, consumaciones y riñas como los que suelen darse en los confines de

[Link] - Página 6
un universo como éste. Y en los espacios olvidados entre los muros vive
confinada la carroña humana, los moradores de las penumbras: vagabundos,
criados caídos en desgracia, amantes repudiadas, espías, escuderos
condenados al ostracismo, gentes deformes, putas abandonadas, parientes
necios, ermitaños, locos, románticos que aceptarían pasar cualquier tipo de
penuria con tal de estar cerca del origen del poder. Prisioneros fugitivos,
nobles destituidos demasiado avergonzados como para dejarse ver en la
ciudad a los pies del castillo, pretendientes rechazados, amantes asustados,
insolventes, enfermos y envidiosos: todos morando y soñando solos, o en sus
propias sociedades, con sus propios territorios y costumbres bien definidos,
viviendo separados de aquellos que aún gozan de los brillantes e iluminados
salones y pasillos del palacio en sí, casi unos al lado de los otros, pero ya
nunca dando muestras de su existencia.
Por debajo del palacio se extiende la gran ciudad, la capital de un imperio
rico en oro y fama, el hogar de aventureros, mercaderes, poetas, dramaturgos,
magos y alquimistas, ingenieros, científicos, filósofos y artesanos de toda
clase, senadores, estudiantes ya que hay una gran universidad, teólogos y
pintores, piratas, prestamistas, ingenieros de caminos, bailarines y músicos,
astrólogos, arquitectos, herreros, los maestros de las humeantes industrias de
las afueras de la capital de Albión, profetas exiliados de tierras lejanas y
domadores de animales, fuerzas de paz, jueces, físicos, galanes, dandis y
grandes damas y señores. Todos se arremolinan en las cervecerías de la
ciudad, en las tabernas, teatros, óperas, posadas y salas de conciertos.
También en sus foros, vinaterías y lugares de contemplación, paseándose con
fantásticos trajes, resistiéndose al conformismo a toda costa; tanto, que
incluso el ingenio de los granujas de la ciudad es tan afilado como en la mejor
de las conversaciones de un señor rural. El lenguaje vulgar de los árabes
callejeros está tan lleno de metáforas y de referencias cultas que cualquier
poeta antiguo habría dado su alma por poseer la lengua de un aprendiz
londinense. Aun así, es una lengua imposible de traducir, más misteriosa que
el sánscrito, que se actualiza y cambia día a día. Los moralistas desprecian
estos hábitos, esta demanda perpetua de simples novedades vanas, y
argumentan que se avecina la decadencia, resultado inevitable de esta
búsqueda vacía de sensación. Aunque esa demanda de novedad signifique que
los malos artistas sólo produzcan sensaciones frescas pero superficiales,
también hará que los mejores escriban sus obras con un lenguaje vital y
complejo (ya que saben que será entendido), con sucesos melodramáticos y
fantásticos (ya que saben que serán creíbles), con discusiones sobre casi

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cualquier tema (ya que saben que habrá quien les siga); y lo mismo ocurre
con músicos, poetas y filósofos, sin excluir a esos modestos escritores de
prosa que reclamarán legitimidad por lo que todo el mundo sabe que es un
arte bastardo. En resumen, nuestro Londres está vivo a cualquier nivel.
Incluso su chusma, uno puede sospechar, está perfectamente conformada, y
las pulgas disertan con otras pulgas sobre si el número de perros en el
universo es finito o infinito, mientras las ratas discuten de temas tan
profundos como qué fue primero, el pan o el panadero. Y cuando el lenguaje
se enciende, también lo hacen los versos creados para combinar, y los versos,
a su vez, colorean el lenguaje. Grandes escritos son producidos en esta
ciudad, en nombre de la reina, cuyo palacio los contempla desde arriba. Se
organizan exposiciones y se hacen descubrimientos. Los inventores y
exploradores enriquecen el Reino hacia el que fluyen dos ríos gemelos, uno
de conocimiento y uno de oro, y el lago que forman es el sedimento de
Londres, las dos partes mezcladas en perfecta proporción. También hay
conflicto, por supuesto, y crimen: las pasiones son elevadas y embriagadoras,
los crímenes feroces y terribles, ya que los asuntos en juego son de gran
trascendencia. La avaricia es insaciable y la ambición es fe para más de uno:
una droga, una enfermedad, una copa que nunca se agota. Aun así, hay
algunos que han aprendido las virtudes de los nobles, que son ilustrados,
humanos, caritativos y generosos. Viven siendo fieles a la más alta tradición
estoica, manifestando su nobleza y ofreciéndose como ejemplo para sus
compatriotas. Tanto ricos como pobres se burlan de ellos por su gravedad, y
son odiados por su humildad y envidiados por su autosuficiencia. Piedad
grandilocuente le llamarían algunos a su condición, y sí que es cierto para
algunos de ellos, sin humor ni ironía. Esos orgullosos principitos y dueños de
industrias, comerciantes aventureros, sacerdotes y estudiosos siguen un
código, pero aun así son independientes incluso algo excéntricos, aunque
todos sirvan a la nación y al imperio, personificados en la reina, a cualquier
precio, incluso, si la necesidad apremia, con sus vidas, ya que el Estado es un
todo y la reina es justa. Esos hombres y mujeres jamás se atreverían a
transgredir los intereses del Estado por una cuestión de conciencia personal:
las necesidades del Reino están por encima de su propio código de honor.
No ha sido siempre así en Albión. Pero nunca ha sido tan cierto como en
el reinado de Gloriana. Para esa gente que con sus esfuerzos ha mantenido el
equilibrio de esta vasta Commonwealth, asegurando su estabilidad, sólo hay
un factor que mantiene este balance, y es la propia reina.

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El círculo del tiempo ha girado de la Edad de Oro a la Edad de Plata, de la
del Metal a la del Hierro, y ahora, con Gloriana, ha retornado a la Edad de
Oro.
Gloriana I, Reina de Albión, Emperatriz de Asia y Virginia, es una
soberana querida y venerada como una diosa por miles de súbditos, admirada
y respetada por millones de personas en todo el mundo. Para los teólogos,
excepto para los más radicales, ella es la única representante de los Dioses en
la tierra; para los políticos, es la personificación del Estado, para los poetas es
Juno, para el pueblo llano representa a la Madre. Santos y villanos coinciden
en su amor por ella. Si se ríe, el reino se ríe con ella; si llora, el reino se hunde
en el duelo; si tiene alguna necesidad, cientos se pondrán a su disposición
para satisfacerla; si se enfada, habrá decenas que se vengarán del objeto de su
enojo. Y con ello la reina se ha visto obligada a cargar con una
responsabilidad casi insostenible: tiene que ser diplomática en todos los
ámbitos de su vida, sin revelar sus emociones ni expresar necesidades, y tratar
con justicia a todos los solicitantes. En su Reino nunca ha habido una
ejecución o encarcelamiento arbitrario. Los funcionarios públicos corruptos
han sido perseguidos con saña y obligados a renunciar a sus cargos; las Cortes
y Tribunales reparten justicia con igualdad entre ricos y pobres. Aquellos que
parecían haber faltado a la Ley, son puestos en libertad si las circunstancias
demuestran su inocencia, por eso se dice que la Ley del Precedente ha sido
efectivamente abolida. En la ciudad y en el campo, en pueblos y factorías, en
la capital y en las colonias, el equilibrio se mantiene a través de la persona de
esta noble y benévola reina.
La reina Gloriana, única hija del rey Hern VI (déspota y degenerado,
traidor del Estado y de su confianza: su mano hizo caer cientos de miles de
cabezas, asesino impropio de su condición), de la antigua sangre de Eficleos y
Brutus, que destituyó a Gogmagog, es muy consciente del amor que sus
súbditos le profesan, y se lo devuelve con creces. Aun así, este amor tan dado
como recibido es una carga, una carga tan inmensa que apenas puede
sobrellevar, una carga que se podría creer que es la máxima causa de su
enorme angustia personal. Aun así, el Reino es consciente de esta angustia; se
comenta y discute tanto en grandes casas como en ínfimas posadas, en casas
de campo y en seminarios, y los poetas se refieren a ella vagamente, sin
malicia, y sus enemigos extranjeros se preguntan cómo pueden usarlo en
beneficio propio. Los viejos chismosos lo llaman «La Maldición de Su
Majestad», y algunos metafísicos reivindican que la maldición que pesa sobre
la reina es representativa de la maldición que pesa sobre toda la Humanidad

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(o quizá, específicamente, sobre las gentes de Albión, si se quieren apuntar un
tanto en el condado).
Día tras día, la reina Gloriana, con su belleza y dignidad, su sabiduría y
poder, se encarga de los negocios de Estado según los más altos ideales de la
Caballería. Noche tras noche, busca esa lúbrica satisfacción, ese abandono
final, esa liberación que a veces casi consigue pero que siempre acaba
dejándola de nuevo al borde de la culminación, sin alcanzarla nunca.
Abandonada a la agonía de la frustración, de la miseria, del desprecio por su
persona, de la conciencia y de la confusión. Y día tras día se levanta,
sobrellevando todo su dolor para seguir con sus obligaciones: leer, firmar,
conferir, disertar, recibir emisarios, demandantes, botar y bautizar nuevos
barcos, inaugurar monumentos y edificios, atender a actos y ceremonias, y
mostrarse delante de su gente como el auténtico símbolo de la seguridad del
Reino. Y por la noche tiene que ser la perfecta anfitriona para sus huéspedes,
conversar con sus cortesanos, parientes y amigos más próximos (incluyendo a
sus nueve hijos) y otra vez a la cama, a su búsqueda, a sus experimentos del
alma. Y cuando, como siempre, éstos acaban en agonía, ella permanece
tumbada, despierta, y a veces expresándola inevitablemente, sin saber que las
cámaras secretas y los pasajes de su vasto palacio atrapan y amplifican su
voz, de manera que se puede oír en casi cada rincón de palacio. Sin saberlo, la
reina comparte su pena y su falta de sueño.
Muchos han intentado deshacer la Maldición que pesa sobre la reina, y
ella les ha animado, nunca ha perdido la esperanza. Fantásticos y
espectaculares remedios se han probado sin éxito; la reina, dicen los rumores,
todavía arde, todavía gime; todavía llora, ya que no consiguen liberarla de su
pesada carga. Ni siquiera los bufones ordinarios de cervecería hacen chistes
sobre el tema. Incluso los más puritanos y los evangelistas más radicales
discuten la moralidad de sus apuros. Hombres y mujeres han muerto de
maneras grotescas (eso sí, sin el conocimiento directo de la reina) por no
atreverse a ironizar sobre el Problema de su monarca.
«¡Ah, el anhelo! ¡Metería planetas enteros dentro de mi útero, si pudieran
llenar este vacío que siento! Esta tortura es demasiado horrible, pero podría
soportar muchas otras con tal de no sufrir la que me aflige. ¿No hay nadie,
nada, que pueda sofocar mi necesidad? Si pudiera conseguir liberarme con la
muerte, me sometería de buen grado a cualquier horror… ¡Aunque esto sería
traición! Somos el Estado, nosotros servimos, servimos… ¡Ay, si tan sólo
hubiera alguien en nuestro Reino capaz de servirnos a nosotros!».

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En su amplio lecho de pieles de marta y castor, con sus dos esposas
desnudas, abrazado a sus sedosas pieles, descansa lord Montfallcon, que
escucha esas palabras que le llegan como susurros y llantos ocasionales,
sabiendo que provienen de los labios de su reina, a un cuarto de milla de
distancia de sus aposentos. Ella es la niña, la esperanza que ha mantenido y
protegido con loco idealismo durante la eufórica tiranía del monstruoso
reinado de su padre. Recuerda todos sus intentos de conseguirle un amante, su
fracaso y su considerable desesperación.
«¡Oh, querida señora! Susurra para que no puedan oírlo sus seres
queridos. ¡Si fueras simplemente mujer y no Albión. Si tu sangre no fuera la
sangre que es!». Y hunde su rostro en las cabelleras de sus mujeres, para no
tener que oír más, para no tener que llorar esta noche, este anciano valiente,
su Canciller Real.
«… Nada puede destruirme. Nada puede devolverme la vida. Ha sido así
durante cien años… Trescientos sesenta y cinco dolorosos días y noches
desperdiciados…».

Merodeando por uno de los secretos túneles que descubrió hace poco en uno
de sus numerosos intentos para robar comida del palacio, Jephraim Tallow,
mendigo y cínico, que tiene como único amigo un gatito blanco y negro al
que lleva siempre en su hombro, se para de golpe, ya que las palabras lejanas
de la reina retumban en sus oídos, en sus huesos y en su estómago.
—¡Maldita perra! Incluso en celo, nunca consigue romper a hervir. Una
noche, lo juro, me colaré en sus habitaciones y la colmaré de atenciones, si no
para su satisfacción al menos para la mía. Puedo oler su sexo desde aquí. Y
ese olor me guiará hasta ella.
El gato, con un breve maullido, intenta recordarle a su amo su misión
inicial, y clava las zarpas en sus delgadas y remendadas ropas. Tallow le echa
una benévola mirada furtiva y se encoge de hombros.
—Pero hay tantos que lo han probado, ¡y de tantas formas! Ella es como
un laberinto explorado una y otra vez, del que nunca se puede encontrar el
centro.
Se deslizan a través de una curva de metal, llegan a un conducto de aire de
piedra que lleva a una alcantarilla en desuso, y que a su vez da a una galería
de vigas oxidadas y tubos goteantes. Se abren paso a través del polvo, con una

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vela casi consumida, y entran por una puertecita a punto de desmoronarse que
parece la entrada a una perrera. Su nariz empieza a percibir olores. Capta un
tufo a carne recién asada. Tallow se relame los labios con avidez, y el gato
empieza a ronronear.
—No debemos andar lejos de la cocina, Tom. —Frunce el ceño y deja que
el gato salte y pase por la puertecita, escabullándose detrás de él hasta que
ambos se detienen ante una celosía de madera tallada, detrás de la cual se ve
luz. Tallow mira por una de las rendijas. Están en una de las grandes
habitaciones públicas del palacio. El fuego se está extinguiendo en la
chimenea al otro lado de la estancia. Hay una larga mesa con los restos del
banquete esparcidos, y algunos de los comensales tumbados encima o
alrededor de ella. Esta noche se ha servido ternera y cordero, y aves, y pan y
vino. Tallow comprueba el panel, que reverbera al tacto. Busca algún cierre,
pero está fijado con clavos. Con su pequeño cuchillo, que lleva atado al cuello
con una cuerda, intenta levantar uno de los bordes, hasta que se astilla. Lo
pasa por todo el panel, hasta que se suelta. Finalmente, coge el enrejado con
los dedos mientras empuja con la mano libre, de manera que la celosía cede
del todo. La saca y la coloca cuidadosamente tras él, y después mira hacia
abajo. Hay un buen salto hasta el suelo, pero parece que no hay manera de
volver atrás, excepto moviendo algún mueble, lo que dejaría al descubierto su
entrada secreta. El gato, desdeñando las precauciones de su amo y emitiendo
unos ruiditos a medio camino entre el ronroneo y el gruñido, salta sin
pensarlo del escondite a la larga mesa. Su mente ha decidido por él, así que
Tallow se balancea, se agarra al borde y se deja caer, yendo a parar encima de
un banco que no había visto desde arriba y golpeándose la espinilla. Suelta
una maldición, mientras esconde de nuevo el cuchillo dentro de su camisa. El
gato ya está dando dentelladas a un pedazo de pavo asado. Hacía frío en los
túneles, y Tallow sólo se da cuenta de su malestar cuando nota el calor del
fuego. Se sirve un buen trozo de ternera y se lo lleva a una silla que había ante
la chimenea, donde se sienta y empieza a masticar con un ojo clavado en los
huéspedes durmientes; artistas, en su mayoría, que se han divertido
demasiado. De repente, una luz cae sobre los durmientes, y Jephraim se
asusta, hasta que se da cuenta de que es la luna, que ha aparecido a través de
una de las ventanas del techo. En sus dominios, no está acostumbrado a las
ventanas. Entra un rayo de luna. Payasos blancos y arlequines con sus trajes
de rombos descansan bajo este manto de plata, como si fueran gansos muertos
en la nieve. Sus disfraces están manchados de vino, que se torna del negro al
rojo a medida que crece la intensidad de la luz de la luna. Sus empolvadas y

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enmascaradas cabezas están inclinadas, en su mayoría, en una mala posición,
reposando en sus brazos extendidos: sus bocas carmesíes permanecen
semiabiertas y sus cejas pintadas se han despintado aquí y allá. Tallow
imagina que les han asesinado a todos, y busca armas con la mirada, pero sólo
ve utillaje de bufonada, vejigas hinchadas e incluso un pepino de madera, así
que vuelve a dirigir toda su atención a su trozo de carne. Su estómago
empieza a hincharse, y Tallow suspira, volviendo su sonrosada cara cubierta
de grasa hacia el fuego, relamiendo el sabroso jugo de la ternera de sus labios
curvados (esa sonrisa permanente le ha salvado de más desastres de los que
amenaza poder provocar). El gato es el primero en mirar hacia arriba, sin
dejar de morder un ala asada, y enseguida Jephraim oye el ruido de pasos que
ha alertado a su pequeño amigo. Se apresura a agarrar una de las botellas de
vino, que es demasiado ligera. La cambia por otra más llena y echa un vistazo
hacia el agujero de la celosía por donde ha entrado. Se da cuenta de que no
puede salir sin abandonar comida y bebida, por lo que decide meterse debajo
de la mesa, molestando a un estrafalario gruñón, con su amplia túnica llena de
agrio vómito, y que tiene la mano izquierda enterrada en las ropas de una
ambigua Isabella que huele demasiado a violetas. Se cruza de piernas detrás
de sus nuevos compañeros de fatigas y observa la lejana puerta, por la que
aparece arrastrando tristemente los pies alguien a quien reconoce. Nadie más
podría llevar una armadura tan bellamente ornada y tan inútil a estas horas de
la noche sin algún tipo de ceremonia que la exija. Se trata de sir Tancred
Belforest, el Defensor de la Reina, más miserable que nunca, tan frustrado
como la reina a la que sirve, ya que ésta le ha hecho jurar que no derramará
sangre ni en su nombre ni en el de la Caballería. Sir Tancred se detiene y
examina la habitación. Se dirige hacia el espejo, que refleja el fuego. Sus
largos bigotes parecen mustios, e intenta volverlos a rizar con sus dedos, que
sobresalen extrañamente desnudos de la masa de metal que recubre el resto de
su cuerpo. Tiene éxito, pero no del todo. Suspira, golpea la mesa y se sirve un
vaso de vino, o eso supone Jephraim. Mientras estudia las doradas rodillas del
noble caballero, Jephraim levanta su botella y bebe un par de tragos
acompañando secretamente a sir Tancred. La puerta cruje, y Tallow estira el
cuello; ve primero un candelabro, centelleando alegremente, y detrás la
sombra de una joven que lo sostiene. Lleva una gruesa bata encima de una
ligera camisa de dormir. Su cara permanece en la sombra, pero parece suave y
joven. Una gran mata de pelo rojo oscuro cae sobre sus pechos. De la boca de
esta joven sale un fuerte e impaciente susurro.

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—Eres demasiado inteligente, lord Tancred, para replegarte en este
estúpido enojo.
Sir Tancred suelta una lindeza mientras se encara con ella.
—Me culpáis, pero habéis sido vos, lady Mary, quien ha rechazado mi
abrazo.
—Más que nada temía clavarme alguno de vuestros ornamentos, y sólo
sugerí que os quitarais la armadura antes de tomarme en vuestros brazos. Nos
os rechazo a vos, Tancred querido, sino a la coraza que os envuelve.
—Esta armadura es el símbolo de mi persona. Es tan parte de mí como mi
alma, y expone la naturaleza de ésta.
Lady Mary (Tallow supone que es la más joven de las chicas Perrott)
cruza la habitación, y Tallow siente su calidez mientras se acerca hasta sir
Tancred. Tallow empieza a sentir deseo por ella, a urdir, un poco sin
esperanzas, un plan para hacerle el amor.
—Vuelve conmigo, Tancred. Ha pasado el Antiguo Año, y juré que no
pasaría sin que nosotros compartiéramos un momento íntimo. No podemos
permitir que empiece el Año Nuevo sin una resolución apropiada.
El hombre estrafalario que duerme junto a Tallow gruñe y se revuelve. Un
poco más de vómito escapa de su boca. Tose, ensuciándose de nuevo la
túnica. Sigue agarrado fuertemente a algo por debajo de las ropas de su
Isabella, y empieza a roncar fuertemente, satisfecho, inquietando a los
amantes.
—¡Oh, Dios mío! —murmura la joven Mary Perrott en un gritito.
—¡Oh, Dios, sí! —replica Tallow quedamente.
Mary agarra de la mano a Tancred.
Sin poder resistirse, Tallow estira el brazo del estrafalario de debajo de la
mesa, y lo alarga hacia el pie de sir Tancred, entorpeciendo su marcha para
retrasarle. Sir Tancred se sorprende y se suelta enseguida, metiendo los
inertes dedos del estrafalario otra vez debajo de la mesa de un metálico
puntapié. Tallow ha hecho todo lo que cree que está a su alcance para
detenerlos, y observa tristemente cómo se alejan los amantes, susurrando y
riendo, hacia los aposentos de lady Mary.
Feliz de liberarse por fin de la vecindad del tipo estrafalario, Tallow sale
de debajo de la mesa, encuentra un corcho con el que sellar su botella y se la
coloca en el cinturón. Silba suavemente llamando a Tom, lanza al gato con
precisión a través de la trampilla y se pone de puntillas encima del mismo
banco con el que se había lastimado antes, para impulsarse hacia arriba hasta
llegar nuevamente a su pasadizo secreto. Pone la trampilla de nuevo como

[Link] - Página 14
puede, y ya siente el frío que acaricia su nuca desde los túneles; se arrepiente
de haber dejado tan pronto el calor del fuego, suspira y empieza a escabullirse
hacia delante.
—Ya ves, Tom, es la noche de Fin de Año lo que acabamos de celebrar.
—Pero Tom sale a la carrera detrás de una rata y ni siquiera parece haber oído
a su amo. Mientras Tallow se arrastra detrás del entusiasta animal, oye a
través del panel un agudo aullido aflautado.
Maese Ernest Wheldrake ha estado todo ese tiempo en un rincón del
salón. Ha visto a Tallow ir y venir y también ha oído a los amantes, pero está
demasiado borracho como para moverse. Ahora, el poeta se levanta, busca la
capa que se había quitado al llegar, busca la libreta donde ha empezado a
escribir sus versos y, sin darse cuenta, pisa los dedos del tipo estrafalario, que
él toma por una rata. En un gesto familiar, tira de una trenza de su casi
escarlata cabellera y se lamenta:
—¿Por qué siempre lo tengo que destruir todo?
Abandona la sala en busca de tinta. Por ese motivo había abandonado sus
aposentos, algunas millas más allá de la sala, cuando estaba escribiendo un
soneto acusatorio a la joven que le acababa de romper el corazón por la
mañana, y de cuyo nombre no podía acordarse. Deambula por los largos
corredores iluminados por lámparas, como una grulla de penacho dorado
moviéndose por aguas poco profundas, buscando peces. Con los brazos
rígidos a los lados, como alas almidonadas, y la pluma detrás de la oreja, el
libro en un bolsón atado a la cintura y los ojos clavados en el suelo, murmura
fragmentos de aliteraciones: «La dulce Sarah sentada sobre el paso estrellado
(…). Orgullosa Pamela, que has atravesado el corazón de este pobre labrador
(…). Daphne declaró una fatalidad ese día (…), en un esfuerzo por recordar el
nombre de la criada que le ha ofendido». Da un par de tumbos y se encuentra
frente a una puerta exterior. Un cansado hombre de armas le da la bienvenida.
Él le hace señas para que le abra la puerta.
—Está nevando, señor —comenta el guardia amablemente,
estremeciéndose entre sus pieles para dar énfasis a su afirmación. Puede que
sea la noche más fría de este invierno, y parece que hasta el río se va a
congelar.
Maese Wheldrake señala la puerta de nuevo, gravemente, y añade:
—La temperatura es simplemente un estado mental. La rabia y otras
pasiones me calentarán. Pienso bajar al pueblo.
El guardia se quita la capa y cubre con ella al diminuto poeta.

[Link] - Página 15
—Señor, llevad esto con vos, os lo pido, o al amanecer os habréis
convertido en una estatua más del jardín.
Wheldrake se pone sentimental.
—Eres de cepa noble, un valiente y audaz oso de Albión, lo mejor de la
valerosa rama de los Boudica, un guerrero cuyas gestas proporcionarán más
fama que cualquiera de las líneas que Wheldrake pueda escribir. Te lo
agradezco, amigo, y te brindo una calurosa despedida. —Tras lo cual
atraviesa la puerta hacia la nieve, y camina por el sendero que lleva hacia las
pocas luces que permanecen encendidas en el Londres dormido.
El guardia se envuelve con sus brazos durante unos segundos, viendo al
poeta desaparecer, y luego cierra la puerta con un fuerte golpe,
arrepintiéndose de su generosidad, que sabe que no será recordada cuando la
mañana llegue. Aun así, está orgulloso de haber hecho una buena acción tan
temprano en el nuevo año. Una acción que, llevado por la superstición,
considera que le reportará un poco de buena suerte.
El azaroso rumbo de maese Wheldrake le lleva, por entre bancos de nieve,
a través de un estanque congelado; y allí cruza una puerta del muro hacia los
suburbios de la ciudad, donde la capa de nieve todavía no es muy gruesa.
Toma un camino conocido, por instinto más que por juicio, que le lleva hasta
las puertas cerradas de un destartalado edificio, con un arbusto atado a un
mástil y un cartel en la puerta que indica la taberna Seahorse. Ve luz detrás de
las ventanas cerradas y oye ruido detrás de la puerta, y eso le dice a maese
Wheldrake que uno de sus sitios favoritos para tomar un trago, a pesar de ser
un tugurio de los más malolientes, le va a dar una cálida bienvenida y le
proveerá del consuelo que tanto necesita. Llama a la puerta, le dejan pasar,
cruza el patio, con sus miles de galerías colindantes en la penumbra, y se
sumerge en el ambiente de olores, estruendo de risotadas, bromas vulgares y
vino malo. Es aquí, en medio de rufianes y prostitutas, en medio de los tipos
resentidos, cínicos, enfermos y desesperados que habitan ese nido de ratas al
otro lado del río, donde el poeta puede liberarse de todos sus pesares. Se
sienta en una banqueta y deja caer la piel del guardia, pide vino a gritos y,
cuando muestra su oro, el vino se materializa en su mano. Las putas
conocidas se acercan a saludarle, rascándole el cuello, amenazándole con
todos esos deseos que tanto anhela; él se resiste, se contiene, bebe. Saluda a
conocidos y a desconocidos con igual buen humor, animando sus chistes, su
descaro, riendo a cada insulto, gritando delicadamente después de cada
pellizco o empujón. Desde que ha entrado en la taberna, el cruel ojo de un
hombre sentado en la galería superior, que comparte una botella con un

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sarraceno de nariz roja, barbudo y pinta de marinero, no ha dejado de
observarle. Está un poco escandalizado por el tratamiento que recibe
Wheldrake de las masas.
El sarraceno se inclina hacia su compañero:
—Me parece que a este caballero le quieren mal.
El otro, con el rostro oculto por oscuros mechones de pelo y por el ala de
un extravagante sombrero tocado con unas plumas de cuervo y envuelto en
una oscura y manchada capa, niega con la cabeza.
—Actúan para él, señor. Os lo aseguro. Así es como se ganan su aprecio y
su oro. Es Wheldrake, un hombre de palacio. Un protegido de la reina, hijo de
algún noble de la familia Sunderland, y el amante de lady Lyst. Desde que
estaba en la universidad de Cambridge que pasa la mayoría de su tiempo en
tabernas como ésta.
—¿Le conocéis desde entonces?
—Sí, aunque él a mí todavía no me conoce.
—¡Oh, vamos, capitán Quire! —ríe el sarraceno. Está borracho, porque no
acostumbra a beber vino. Es un joven y guapo mercader, un lord menor de
Arabia, la más ambiciosa de las tierras bajo la protección de la reina. Sin duda
se siente halagado por el hecho de que el capitán Harturas Quire haya
entablado amistad con él. Quire conoce bien Londres, y sabe dónde encontrar
diversión en la ciudad. El sarraceno medio sospecha que el capitán Quire le
ha echado el ojo a su cartera, pero como lleva poco dinero, piensa que incluso
se lo merece por la diversión que le ha proporcionado hasta ahora. El
sarraceno le mira con el ceño fruncido.
—¿Os atreveríais a robarme, Quire?
—¿A robaros qué, mi señor?
—El oro, por supuesto.
—No soy un ladrón. —La voz del capitán Quire suena fría, y parece más
aburrida que ofendida.
El sarraceno levanta su copa de vino mientras observa con curiosidad
cómo dos de las prostitutas guían a maese Wheldrake escaleras arriba,
alrededor de la galería, adentrándose en uno de los pasadizos.
—Arabia va reuniendo poder día tras día —el joven volvía a mirar ahora
al capitán—. Sería astuto tantear a los mercaderes y considerar ventajosas
alianzas comerciales. Nuestra flota domina Asia, y es la segunda después de
la de Albión.
Quire le lanza una mirada, buscando ironía en sus palabras. El joven árabe
le muestra su mano, centelleante de monedas de oro.

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—Hablo de ganancias mutuas, nada más. Es de todos sabido cuánto ama a
la reina Gloriana nuestro joven califa. Su padre nos conquistó, pero ella nos
redimió. Nos devolvió el orgullo. Y estamos agradecidos por ello. Nuestro
interés político pasa por mantener su protección y amistad.
De pronto, se oye un grito proveniente de abajo, y las llamas del fuego
rugen: han arrojado una lámpara a la chimenea. Dos bravucones pelean, con
espada y machete, entre los bancos del local. Uno es alto y flaco y sus ropas
son de terciopelo; el otro es de estatura media y mucho más bueno con la
espada, y por su ropa de cuero y piel, se diría que es un soldado profesional.
El joven árabe se levanta para observar la pelea, pero Quire permanece
sentado, cejijunto, acariciándose la mandíbula, pensando en sus cosas.
Mientras tanto, maese Uttley, el hostelero, sigue con su actividad habitual,
trajinando del sucio suelo a la puerta y viceversa. El dueño del bar tiene la
cara redonda, es un poco gordo, y hay puntos negros debajo de su piel, como
pulpas de higos, que le dan un aspecto de mula de carga. La puerta está
abierta y en la sala empieza a refrescar. Maese Uttley disuelve a la multitud
como un perro guiando a sus ovejas, y abre un pasillo para los dos
contrincantes, que sin darse cuenta se van desplazando hacia la puerta, hasta
que se encuentran fuera, donde se siguen enfrentando, adentrándose en la
noche. Con una media sonrisa, maese Uttley atranca la entrada. Echa un
vistazo al fuego crepitante. Se detiene a recoger platos y jarras de entre los
escombros. Una de sus prostitutas hace ademán de ayudarle, dándole un
golpecito en el hombro. Uttley le pasa una jarra antes de retirarse en silencio a
su cuarto, justo debajo de donde están sentados el capitán Quire y el
sarraceno. El fuego crea largas sombras, y la taberna se queda de repente en
silencio.
—Quizá deberíamos buscar un sitio más cálido —sugiere el joven.
Quire se hunde más en su asiento.
—Esto es suficientemente cálido para mí. ¿Hablabais de ventajas mutuas?
—Imagino que tendréis acciones en barcos, o como mínimo que estáis al
mando de alguno, capitán Quire. Aquí en Londres se puede conseguir
información que a mí me sería negada, pero que por supuesto vos podríais
facilitar…
—Ya veo. Queréis que sea vuestro espía, que me entere de las
expediciones que se preparan para que podáis enviar vuestros propios barcos
antes y haceros con el negocio del rival.
—No pretendía sugerir que fuerais mi espía, capitán.

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—Pero ésta es la palabra exacta, ¿no creéis? —Un momento peligroso.
¿Estaba Quire ofendido?
—De ningún modo. Lo que sugiero es algo que se hace habitualmente.
Vuestra gente lo hace en nuestros puertos —añade conciliador.
—¿Me considera el tipo de hombre que espiaría a sus propios paisanos?
El árabe se encoge de espaldas y rechaza la pregunta.
—Capitán, sois demasiado inteligente para eso. Me acosáis
deliberadamente.
Los finos labios de Quire esbozan una sonrisa.
—Claro que sí, señor, pero porque no estáis siendo franco.
—Si creéis eso, lo mejor será que terminemos esta conversación ahora
mismo.
El capitán Quire niega con la cabeza. Largos y gruesos tirabuzones se
escapan de su sombrero.
—Debo decirle que no tengo intereses en barco alguno, señor. Y tampoco
estoy al mando de ningún navío. Ni siquiera soy un oficial de a bordo. No soy
un hombre de mar, y no sirvo a ninguna compañía ni en mar ni en tierra. Soy
Quire, simplemente Quire, nada más. Por lo tanto no puedo ayudaros.
—A lo mejor podéis ayudarme más de lo que creéis. —Significativo, pero
incierto.
Quire se acerca al hombro del sarraceno y apoya su barbilla en él.
—¿Abogáis ahora por la sinceridad, señor?
—Pagaremos con gusto por cualquier tipo de información sobre el
movimiento de los barcos de Albión, tanto los militares como los civiles.
Pagaremos por los rumores de la Corte sobre aventuras oficiales. Y también
pagaremos generosas sumas por noticias específicas sobre las conversaciones
privadas de la reina Gloriana. Tengo entendido que hay formas de escucharla
sin que se dé cuenta.
—Exactamente, mi señor. ¿Pero quién os ha informado de ello?
—Un cortesano que visitó Bagdad el año pasado.
Quire mueve los labios, como considerando la idea.
—Como podéis ver, no soy un hombre rico.
El joven árabe hace como que se acaba de dar cuenta de este detalle.
—Es cierto que mejoraríais mucho con un buen traje nuevo, sí señor.
—Vos no sois idiota, señor mío.
—No pienso que lo sea.
—Y supisteis desde el principio que no era ni señor ni mercader.

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—Hay hombres en Albión de cierta disposición que también se ven
afectados por la pobreza. Uno no puede juzgar…
Quire asiente. Se aclara la garganta. Por la galería se acerca un villano con
pantalones de piel de conejo, una chaqueta acolchada y un sombrero de piel
de caballo hasta las orejas. Su manera de andar es insegura, pero más que por
la bebida parece que tiene una disposición natural a ella. Su piel está azulada,
se nota que viene de la calle, pero sus ojos están encendidos.
—¿Capitán Quire? —Parecía como si le hubieran invocado, como si
anticipara algún tipo de maldad epicúrea.
—¡Tinkler! Estás a tiempo de ser mi testigo. Éste es lord Ibram, de
Bagdad.
Tinkler hace una reverencia, apoyando una sucia mano en la mesa. Lord
Ibram mira sorprendido de Tinkler a Quire.
—Tienes que saber, Tinkler, que lord Ibram me acaba de insultar.
El joven árabe se pone finalmente en guardia.
—¡Eso no es cierto, capitán Quire! —No podía levantarse porque la mesa
se lo impediría. No sin empujar a Quire o a Tinkler, que evidentemente es
cómplice del capitán.
—¿Esto es una pelea, entonces? ¿Premeditada?
La voz del capitán Quire se hace más fría.
—Me ha sugerido que espíe a la mismísima reina. Incluso asegura que
lord Lancelot Teale le ha revelado cómo hacerlo.
—Estoy atrapado. Muy bien. —Intenta empujar la mesa pero Quire la
sujeta con fuerza—. Admito que he… sugerido que fuerais mi espía, capitán
Quire, y que ha sido un intento estúpido, ya que de hecho ya sois un
profesional del sector. Pero creo que también sois un buen diplomático, y
entenderéis que si soy capturado, o torturado… o asesinado, habrá
repercusiones. Mi tío es visir del emir de Marruecos. También soy pariente de
lord Shahryar, embajador de Albión, quien llegará en breve. Me marcharé
ahora mismo, admitiendo mi estupidez. —Por fin consigue levantarse. Deja
caer su capa para que se vea que va armado. Con ello comete un nuevo error,
y Quire le sonríe triunfante.
—Pero, lord Ibram, después de todo, me habéis insultado.
Lord Ibram hace una reverencia.
—Entonces pido disculpas.
—No será suficiente. Soy un leal súbdito de la reina. Probablemente ella
tiene pocos sirvientes mejores que yo. Espero que no seáis un cobarde, señor.
—¿Cobarde? Oh, no, claro que no.

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—Entonces… ¿Me permitís…?
—¿El qué? ¿Satisfaceros? ¿Aquí? Queréis pelea, ¿verdad, capitán Quire?
—Con los ojos entornados, deja caer su mano enguantada encima de la
empuñadura de su espada—. ¿Vos y vuestro cómplice intentaréis matarme?
—Maese Tinkler será mi segundo, y os doy la oportunidad de buscaros
uno también. Encontraremos un lugar más privado para luchar, si os parece.
—¿Queréis luchar limpiamente, capitán Quire?
—Os lo he dicho, lord Ibram, me habéis insultado. Y también habéis
insultado a mi reina.
—No, no lo he hecho.
—Pero lo habéis insinuado.
—Simplemente comentaba un chismorreo. —El joven árabe se da cuenta
de que ha traicionado su propio orgullo y se muerde el labio, mientras el
capitán Quire se ríe en su cara.
—Es poco común, en un gran señor, dar crédito a las habladurías. Y más
aún repetir chismes sensacionalistas, lo que ya es realmente deshonroso.
—Y lo admito —gruñe el sarraceno—. Muy bien. Lucharé. ¿Tengo que
encontrar un segundo para esta reyerta? ¿Hay algún caballero a quien
podamos llamar?
—Sólo maese Wheldrake. ¿Comprobamos cuánto licor le queda todavía
en el cuerpo? —Quire se levanta también. Tinkler da un paso atrás para dejar
pasar a lord Ibram. El capitán empieza a caminar por la galería hacia el
pasadizo por donde desapareció Wheldrake, pero el joven árabe le detiene.
—La pobre criatura no será capaz.
—Pues entonces, uno de ésos. —Quire señala los parroquianos de abajo
—. Cualquiera estará dispuesto, si le pagáis.
El sarraceno se inclina por encima de la baranda.
—¡Necesito un segundo para este duelo! ¡Una corona para el hombre que
venga conmigo! —Y muestra la moneda de plata. El alborotador vestido de
cuero, que se había estado peleando antes, está otra vez en la sala,
seguramente ha vuelto a entrar por la puerta de atrás. Tiene la cara roja y dos
largos rasguños en la mejilla, un moratón en la calva y la oreja cortada
(contiene la hemorragia con un trapo).
—Yo lo haré. Aunque prefiero ser testigo que participar.
Quire sonríe.
—¿Y qué le ha ocurrido a vuestro contrincante?
—Se escapó corriendo, señor. Pero se olvidó esto. —Se acerca a la mesa
más próxima y muestra una nariz, severamente dañada—. Se la mordí. Y la

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quería de vuelta para ir a buscar algún barbero que se la cosiera de nuevo,
pero la gané justamente y no pienso devolvérsela. —Riendo, la lanza a las
llamas, pero yerra el tiro y cae sobre una baldosa de la chimenea, donde
empieza a chisporrotear.
Lord Ibram se vuelve hacia el capitán Quire.
—¿Qué sabéis de mí, señor? ¿Qué es lo que os ha contado sir Lancelot?
—Que sois bueno con la espada.
—Entonces, ¿os consideráis mejor?
Quire no contesta.
El grupo deja la taberna por la puerta de atrás, siguiendo el río, donde un
carruaje todavía está esperando. Es el que llevó a Quire e Ibram a la Seahorse.
Todos tiemblan mientras se acomodan dentro, y Quire da instrucciones al
cochero para llegar a los campos de White Hall. Quire observa el ancho y
oscuro río. La nieve sigue cayendo. Parece moverse más lentamente que de
costumbre. A través de la nieve observa el horizonte, donde pueden verse las
luces de un barco de grandes dimensiones, y aguza el oído hasta dar con las
salpicaduras de los remos que lo remolcan hacia el puerto de Charing Cross.
Le echa una mirada al ceñudo sarraceno, que parece dirigir su rabia hacia su
interior, y le guiña un ojo a Tinkler, que le enseña una retahíla de dientes
irregulares. Pero no mira al hombre sin oreja, que ha empezado, quizás en
vistas de ganarse su plata, a darle conversación a lord Ibram amistosamente.
El carruaje traquetea sobre los adoquines congelados y desaparece.
A bordo del barco que llega tan tarde y que precisa de las barcas
remolcadoras para remontar el Támesis, sir Thomas Ffynne estampa en el
maderamen un pie de carne y hueso y otro de marfil tallado convencido de
que su aliento se congelará ante sus ojos. Espera que llegue el amanecer antes
de que el barco llegue a puerto, ya que no se fía de los remeros. No hay
demasiadas luces y las pocas que hay apenas sirven de ayuda bajo aquella
fuerte tormenta. Una nieve pesada cubre la cubierta del barco, los muelles, los
astilleros y los patios cercanos. Se posa en el sombrero y en los hombros de
Tom Ffynne; amenaza con filtrarse entre su bota y sus medias y congelarle el
pie que le queda, de manera que también se lo tengan que amputar (fue la
congelación lo que se le llevó el otro pie, en su famoso viaje al círculo polar
ártico).
Tom Ffynne vuelve de sus aventuras corsarias, de cobrar peajes, como él
lo llama, en el golfo de México. Deseaba estar de vuelta para el festival de
Yuletide, o para la mascarada de Fin de Año, pero se perdió las dos, por lo
que está de bastante mal humor. Aun así, contempla con una media sonrisa a

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su querida Londres, al palacio distante, aunque ni siquiera le da las gracias al
tipo que le trae un vaso de ron caliente de la cocina. Da un sorbo, el metal le
quema en los labios, y gruñe y pisotea la tablazón para espantar el frío,
gritando con un falsete agudo a los remeros cada vez que le parece que el
barco se acerca demasiado a los muros de contención de los márgenes del río.
La apariencia de sir Thomas Ffynne, chaparro, gordo y de cara rubicunda,
esconde a uno de los cerebros más agudos de toda Albión. Alcanzó el grado
de almirante a los veintiséis años, navegó con los barcos de la flota del rey
Hern, en los viejos tiempos de conquistas y pillaje, y fue durante el reinado de
Hern cuando llegó a ser conocido como Tom Ffynne el Malo, en una época en
que abundaban los hombres malos. Aun así, su amor por la reina es tan fuerte
como el de lord Montfallcon, otro de los que sobrevivieron al reinado de Hern
con su honor más o menos preservado, y uno de los pocos a los que la reina
Gloriana mantuvo en su séquito. Fue el tío de Tom Ffynne quien tomó para
Hern los califatos de la costa mediterránea, pero fue Tom quien los mantuvo,
y quien los hizo totalmente dependientes de Albión para su defensa y
supervivencia. Dos revueltas en el gran continente de Virginia fueron también
sofocadas por Ffynne, asegurando el poder a su nación. En Catay, en la India,
en todos los reinos de Asia había luchado Tom Ffynne con absoluto
salvajismo, para mantener el dominio de Albión sobre todos aquellos
territorios que son ahora los protectorados de Gloriana, los mismos que ella
protege prohibiendo la violencia y haciendo justicia para todos aquellos que
están bajo su responsabilidad. Días desconcertantes para Ffynne, que antes
confiaba plenamente en el terror como en el mejor instrumento para mantener
el orden en el Universo, y que ahora estaba convencido de que esta nueva ley
no era más que un gasto innecesario, y que, más aún, siempre habría gente
que abusaba de ella intentando conseguir algún beneficio. Aun así, Tom
Ffynne respeta los deseos de Su Majestad, mantiene y mantendrá una
reticente inactividad mientras la reina continúe prohibiendo específicamente
sus movimientos. Y se contenta con pequeñas expediciones que consisten en
un poco de piratería: eso sí, los barcos implicados nunca deben estar bajo el
manto protector de esta generosa monarca. Las bodegas de su barco, el
Tristán e Isolda, están siempre llenas. Actualmente, la mitad de la carga
proviene del tesoro de algún emperador de las Indias Occidentales, las
ciudades del cual Tom Ffynne visitó subiendo por un ancho río, penetrando
cientos y cientos de millas hacia el interior; la otra mitad son ropas y lingotes
tomados de las carabelas españolas después de un encontronazo que duró
cinco horas cerca de las costas de California, una de las provincias más al

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oeste en el estado de Virginia. Tom Ffynne piensa entregarlo todo a su reina,
pero mantiene la esperanza de que su monarca le permita repartir una gran
parte del botín entre los oficiales del Tristán e Isolda y el resto de los
hombres. Además, está ansioso de que se le conceda una audiencia, pero por
otra razón muy distinta: trae noticias que probablemente interesarán a
Montfallcon… y alarmarán a la reina.
Ffynne se da cuenta de que el amanecer ha llegado sin que ni siquiera se
dé cuenta, y que la capa de nieve es cada vez más gruesa. El horizonte se
ilumina gradualmente, revelando los muros del imponente palacio, semejante
a un gigantesco pico alpino. Un Londres medio enterrado en la nieve, un
Támesis donde se van formando peligrosas placas de hielo que el barco tiene
que romper.
Todo está blanco y silencioso. Tom Ffynne detiene una vez más sus
pataditas al suelo para detenerse a admirar la vista de la capital de Albión en
este día de Año Nuevo, comienzo del decimotercer año del pacífico reinado
de Gloriana, y según el doctor Dee, el astrólogo de la reina, el que será más
significativo tanto en su vida como en la historia del Reino.
Tom Ffynne respira hondo. Da unas palmaditas con sus manos
enguantadas y se sacude algunos carámbanos de hielo que se le han ido
formando en la barba, gruñendo de placer por la visión de su hogar, en todo
su orgulloso y congelado esplendor, mecido en esa tranquilidad atemporal.

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Capítulo II

Donde la reina Gloriana empieza el primer día del


Año Nuevo, recibe a sus cortesanos y tiene noticia de
ciertos asuntos alarmantes.

Envuelta en sus sábanas blancas, con una camisa de dormir de color marfil
acabada con un lazo de oro y el pelo recogido en un gorro de lino, y con unos
sencillos anillos de perlas y platino a conjunto, la reina Gloriana descorrió las
cortinas de seda de la cama adoselada, se levantó y se dirigió a la ventana. En
los jardines nevados, dos pavos reales albinos paseaban por las baldosas
esculpidas, que esa mañana parecían de mármol blanco. Todavía caían unos
cuantos copos que emblanquecían las pisadas de los animales, pero el cielo
lechoso se iba aclarando, e incluso se intuía un poco de azul. Se dio la vuelta
y miró a su diminuta doncella Mary Perrott, que le llevaba el desayuno en una
pesada bandeja de plata.
—Mary, estás muy guapa esta mañana. ¡Qué buen color tienes! Y se te ve
como… muy mujer… Pero cansada, me parece.
Asintiendo, lady Mary balbucea:
—Las fiestas, ya sabe…
—Me temo que abandoné el baile de máscaras un poco temprano. ¿Le
gustó a tu padre? ¿Y a tus hermanos y hermanas? ¿Se lo pasaron bien? ¿Y los
animadores? ¿Eran divertidos? —preguntó tantas cosas que Mary no pudo
responder ninguna.
—Fue una noche perfecta, Majestad.
Sentada ante la delicada mesa, Gloriana escoge para desayunar riñones y
panecillos dulces.
—Hace un tiempo muy traidor. ¿Ya comes lo suficiente, Mary?
Mientras su señora empezaba a devorar el desayuno, Mary Perrott se
estremeció ligeramente, y la reina Gloriana se dio cuenta y, blandiendo un

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tenedor, le dijo:
—Vuelve a la cama por un par de horas. No te necesitaré. Pero antes pon
otro tronco en el fuego y tráeme mi bata de armiño. ¿Es nuevo este vestido?
Te queda muy bien el terciopelo rojo, Mary. Pero el corpiño parece…
demasiado ceñido…
Lady Mary enrojeció, agachándose hacia el fuego.
—Intentaré arreglarlo, señora. —Abandonó la habitación un segundo para
volver con el armiño, poniéndolo sobre los hombros desnudos de su señora—.
Muchas gracias, señora. ¿Dos horas?
Gloriana sonrió mientras terminaba de comerse los riñones y empezaba
con los arenques, que se estaban enfriando.
—No visites a ningún novio, ¡y que nadie te visite a ti!; necesitas dormir y
sólo dormir. Si no, no podrás cumplir con tus obligaciones.
—Lo haré, señora. —Un segundo después, desapareció de la austera
habitación de la reina.
Gloriana se dio cuenta de que no le apetecían los arenques y se levantó
rápidamente de la mesa. Se acercó al espejo al lado de la puerta, agradeciendo
ese momento de intimidad. Observó su largo y perfecto rostro, sus delicados
pómulos, los ojos azules y verdes que escondían una expresión de curiosidad
apenas perceptible. El gorro daba a sus rasgos un aspecto escueto. Se lo quitó,
dejando caer su largo pelo castaño rojizo, que se rizó inmediatamente por su
espalda. Se quitó la camisa de dormir, y se observó, desnuda y viva. Medía
casi un metro ochenta, y aun así su figura era de unas proporciones ideales y
su piel no tenía ni una marca, a pesar de todo lo que el tiempo la había
marcado, como un árbol grabado por una pareja de enamorados. Desde su
infancia, su piel había recibido marcas de todo tipo y con todo tipo de armas y
utensilios, quemada, rasgada, magullada, marcada. Estas marcas fueron
hechas tanto por su padre como por aquellos a su mando que pretendían
educarla, pero también por amantes de los que había esperado recibir lo que
todavía seguía siéndole negado. Dio un par de vueltas sobre sí misma,
preguntándose cómo esa carne tan sensible podía ser estimulada tan
rápidamente y aun así negarse a recompensarla con la satisfacción que sí
conseguían la mayoría que habían tenido acceso a ella. Un pequeño suspiro y
enseguida se colocó de nuevo la camisa de dormir y las pieles, justo a tiempo
para decir «pasen» cuando llamaron a la puerta y apareció su mejor amiga,
Una, condesa de Scaith. La condesa llevaba un delicado vestido de brocado
gris, con un alto collar y unas mangas abombadas que remarcaban la forma de
corazón de su rostro, y que apenas dejaba ver su bonita camisola interior de

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rojo oscuro y oro. Los ojos grises de Una, inteligentes y cálidos, miraron
intensamente a Gloriana —una pregunta con respuesta— antes de abrazarla.
—¡Por Hermes, esperemos que no haya ningún otro doctor como los que
me mandaron! —rió la reina—. Me estuvieron pinchando toda la noche con
sus instrumentos, y me aburrí tanto, Una, que acabé durmiéndome. Ya se
habían ido cuando desperté. ¿Les enviarás un regalo de mi parte? Por
preocuparse tanto…
La condesa de Scaith asintió, ponderando cuidadosamente el estado de
ánimo de su amiga. Abandonó la habitación para adentrarse en una sala
adyacente, donde abrió un escritorio del que sacó una libreta.
—Los italianos, ¿cuántos eran?
—Tres chicos y una chica.
—¿Regalos de igual valor?
—Parece lo justo.
Una regresó a la estancia.
Tom Ffynne acaba de llegar a Londres. El Tristán e Isolda está amarrado
en Charing Cross desde hace tres horas, y el almirante está deseoso de veros.
—¿Una recepción privada?
—O con lord Montfallcon. ¿Quizás a las once, cuando se reúne vuestro
Consejo Privado?
—Tienes que descubrir por qué está tan ansioso por verme. No me
gustaría ofender a un almirante de tan alto rango.
—No tiene otras lealtades que vos —apuntó Una—. Este antiguo
caballero de vuestro padre os tiene en más estima que algunos de los jóvenes,
porque todavía recuerda aquellos tiempos, creo yo.
—Puede ser. —Gloriana sonó distante. No le gustaba recordar a su padre,
o que la compararan con él, ya que en el fondo ella le quería. Y cada vez más,
a medida que él se hacía mayor y era dominado por la enfermedad, aprendió a
quererlo, sabiendo que él también había tenido que soportar esa carga que ella
misma era casi incapaz de sobrellevar—. ¿Hoy tengo alguna otra cita?
—Pediste una audiencia con el doctor Dee. Está establecida para después
del Consejo Privado. Después nada, hasta la comida con el embajador de
Bengala, de doce a dos.
—¿Se disputan alguna frontera?
—Lord Montfallcon tiene el documento, y la solución. Os lo contará todo
esta mañana.
—¿Y después de comer?

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—Los niños y su institutriz. Hasta las cuatro. A las cinco hay una
ceremonia en la Sala de Audiencias.
—Los dignatarios extranjeros, ¿no?
—Los mismos detalles y las mismas garantías que el año pasados para el
Primer Día del Año. A las seis, el más anciano presenta las garantías. A las
siete, acordaréis considerar el caso de los nuevos edificios por Greyfrairs. A
las ocho, cena con el lord de Kansas y Washington.
—¡Ah, con los románticos virginianos! Tengo ganas de que sea la hora de
la cena.
—Después de cenar tenéis sólo una cosita más. Sir Tancred Belforest
solicita una audiencia.
—¿Algún nuevo plan de caballeroso atrevimiento?
—Pienso que es un asunto privado, más bien.
—Excelente. —Gloriana se rió mientras entraba en el vestidor y hacía
sonar la campana para que apareciera su doncella—. Me hará feliz garantizar
al menos una bendición al «pobre caballero». Anhela con tanta fuerza
satisfacerme, aunque sólo sabe de batallas y gimnasia. ¿Tienes alguna idea de
qué es lo que quiere exactamente?
—Diría que quiere pedir su permiso para casarse con Mary Perrott.
—¡Oh, muy bien! Los quiero mucho a los dos. ¡Y le daría mi bendición
con tal de distraer su noble concentración! —Entró la sirvienta de honor.
Chicas bonitas, todas habían sido amantes de la reina y habían acabado
trabajando para ella, ya que nunca conseguía rechazar a alguien que la había
intentado complacer y que no deseaba ser libre—. Así que se presenta un día
bastante ligero…
—Depende de los informes de Tom Ffynne. Quizá trae noticias de guerra
de las Indias Occidentales.
—Pero no dependen de nosotros. Excepto Panamá, no están bajo nuestra
jurisdicción, gracias a Dios. A no ser que ataquen Virginia… Pero ¿cuál de
sus naciones es tan fuerte como para hacerlo?
—¿Con la ayuda de los españoles?
—Sí, claro. Aun así, creo que las Indias Occidentales no se fían mucho de
los españoles, que han matado a tanta y tanta de su gente. No, Una, si
buscamos peligros, debemos mirar más cerca de casa. Se inclinó para darle un
beso a su secretaria y amiga, mientras las sirvientas se esforzaban en vestirla
con los ropajes propios de una mujer de su rango.
—¡Ay! —se quejó la reina, mientras era zarandeada por la sirvienta que
intentaba encasquetarle el corsé.

[Link] - Página 28
—Voy a decirle a sir Tancred que la audiencia le ha sido concedida.
Una se marchó mientras Gloriana empezaba a sufrir las constricciones de
su vestido, que se puso como si fuera su armadura para ir a la guerra: corsé y
miriñaque, amplio collar almidonado, medias de seda y zapatos de tacón alto;
enaguas bordadas, vestido de terciopelo dorado tocado con joyas de doce
tipos distintos y algunas flores cosidas, capa de oscuro terciopelo rojo con
armiño, el pelo atado con perlas y corona, la cara empolvada, guantes en las
manos y anillos en los dedos enguantados, maza y cetro, una a la derecha y
otro a la izquierda: toda la parafernalia necesaria para dedicarse a sus
negocios. Seguida por una bandada de pájaros, sus sirvientas y criados, se
dirigió con tal atuendo a la Cámara Privada donde la esperaban los
cancilleres. Navegó por pasillos repletos de banderas de seda, tapices y
pinturas, con escenas de las gloriosas vicisitudes de Albión, sus héroes,
escenas pastorales, escenas exóticas de Oriente, de África o de Virginia.
Todos los cortesanos con quien se cruzaba hacían una reverencia a su paso,
que ella agradecía, y con algunos cruzaba un «buenos días» o alguna pregunta
de cortesía, preocupándose por su salud. Se cruzó con escuderos y damas de
honor, palafreneros, camareros, mayordomos, hombres de a pie y cortesanos
de todo tipo y condición. Sus pies pisaron mosaico, mármol, baldosas y
madera pulidas, un poco de plata, un poco de oro, más mármol y plomo. Giró
la esquina y cruzó la primera, la segunda y la tercera cámaras de Audiencia,
con la falda balanceándose, y ahí le esperaban cortesanos y peticionarios
junto con los caballeros, sus guardias personales, los hombres de lord
Rhoone, vestidos de rojo y verde oscuro, saludándola con sus picas mientras
se abrían las puertas de la Sala de Audiencias, y ella se adentraba en la
Cámara Privada, donde sus consejeros le hicieron una reverencia y esperaron
hasta que tomara asiento en su silla a la cabeza de la larga mesa, antes de
tomar posición. Doce hombres vestidos con ricos ropajes y con cadenas de
oro colgando de sus pechos. A través del magnífico ventanal situado detrás de
la reina se filtraba la luz iluminando con mil colores la escena en el vitral del
Emperador y el Tributo: el padre de Gloriana como el rey Arturo, y Londres
como Nueva Troya (ciudad de leyenda de la Britania Mística de la época de
Oro, fundada por el ancestro de Gloriana, el rey Brutus, siete mil años atrás),
con representantes de todas las naciones del mundo entregando regalos en los
noventa y nueve escalones que conducían al trono del Emperador, donde sus
doncellas, Sabiduría, Verdad, Belleza y Perdón, flanqueaban a la radiante
corona. Gloriana lo consideraba, en privado, un poco de mal gusto, pero por
respecto a las traiciones y a su padre lo había hecho conservar.

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Seis hombres en cada lado de la larga y oscura mesa, con cuernos de plata
rellenos de tinta, plumas de ganso y papel colocado delante de cada uno, el
Consejo Privado de la Reina tomó asiento. Doce caras familiares, cada una
con un rango distinto. A su derecha, lord Montfallcon, de negro y gris, con su
magnífica melena leonina, su consejero y secretario principal. A su izquierda,
pensativo y serio, con una larga y recta barba blanca, sombrero marrón y
capa, un jubón con cinturón y una cadena de oro con estrellas de seis puntas,
estaba el doctor John Dee, su consejero de filosofía. Al lado de lord
Montfallcon estaba sentado sir Orlando Hawes, Consejero de Asuntos
Exteriores y Alto Lord Tesorero, delgado y estirado, con una túnica azul
oscuro, un cuello azul más claro, una cadena de plata, y sus pequeños ojos
clavados en el documento que tenía enfrente, quieto como una piedra,
sufriendo de dolores de gota. Delante de él, con el rostro redondo pero severo,
el navegante más famoso de Albión, Lisuarte Armstrong, el Cuarto Barón
Ingleborough, el Lord Almirante de Albión, en terciopelo púrpura con lazo
blanco, una pesada cadena, como un áncora en su cuello, y unos ojos más
azules que el más pálido de los océanos del norte. Al lado, a la derecha,
estaba Gorius, lord Ramnsley, lord High Steward de Albión, con ornamentos
de oro blanco, y un jubón bordado de un rojizo fuerte, conjuntado con una
cadena de rubíes. Le seguía sir Amadís Cornfield, el Guardián de la Bolsa
Real. En seda rayada blanca y azul, con una cenefa carmesí que llegaba al
cuello y a los puños, de suave lino, y con una cadena de plata muy delicada y
fina, hecha a propósito a conjunto con los botones de su chaqueta. Era un
hombre guapo, mordaz, muy hablador, de pelo oscuro y galante, que se
tomaba en serio sus responsabilidades. Parecía que estaba estudiando algo de
la ventana que no había visto anteriormente. Delante de sir Amadís se situaba
sir Vivien Rich, rellenito y peludo, con ropajes de lana que le hacían parecer
un antiguo granjero del monte, el vicechambelán de la reina. Sentado al lado
de sir Amadís estaba maese Florestan Wallis, el célebre estudioso, todo
vestido de negro, sin cuello ni cadenas, pero con un pequeño broche en el
pecho, con el pelo oscuro y lacio cubriéndole las espaldas y los labios
fuertemente cerrados. Él era el Secretario de la Alta Lengua de Albión, el
lenguaje oficial de ceremonias y proclamaciones, y el escritor de pequeñas
obras que se representaban en la Corte. El próximo par: Perigot Fowler,
Maese del Caballo, en marrones oscuros, e Isador Palfrweyman, Secretario de
Guerra, de rojo sangre. Los dos con barba, parecían gemelos. Finalmente, a la
derecha de Isador estaba Auberon Orme, Maese del Gran Guardarropa, con
ropa violeta y verde, con una gran pechera de esos dos colores, que enfatizaba

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su larga nariz y le empequeñecía la boca, resaltando la rojez en el blanco de
sus ojos. A la izquierda, Marcilius Gallimari, un napolitano oscuro y
divertido, con un jubón estampado con tantos colores que competía con la
mismísima vidriera, con el pelo ondulado, un diamante en su oreja y una
esmeralda en la otra. Tenía una fina y puntiaguda barba y un casi
imperceptible bigote, era el Maese de los Regocijos.
La reina sonrió.
—Hay una atmósfera feliz en la Cámara esta mañana. ¿Tengo que
imaginar que las vacaciones aún siguen?
Montfallcon se puso de pie.
—Majestad, en la mayoría de nuestros asuntos, el mundo está tranquilo.
Pero sir Thomas Ffynne trae noticias…
—Lo sé. Espero verle al final de esta sesión.
—Entonces, ¿Su Majestad está enterada de lo que viene a deciros?
—Todavía no, lord Montfallcon.
—¡Oh, Lord Canciller! ¡Dais unas pistas que parece que el mundo al fin
se acabe! —saltó el doctor Dee—. ¿Estáis insatisfechos porque no hay
amenazas sobre Albión? ¿Querríais una profecía? ¿Debo consultar el
Talmud? ¿O conjurar algún desastre? ¿Liberar algún diablo de una botella, o
encontrar un futuro oscuro y temible en las estrellas, asustarnos con una
posible plaga que se nos llevará a todos si ignoramos este o aquel otro aviso?
Como su voz no tenía ningún tipo de timbre, no se notaba que estaba siendo
irónico, y la gente casi siempre se tomaba todo lo que él decía como algo
literal. Por eso le rodeaba siempre un halo de ambigüedad que ni siquiera él
era capaz de comprender, y muchas veces dejaba perplejos a sus compañeros,
ya que, sin poder hacer nada para variar su voz, los desconcertaba.
Pero Montfallcon no estaba desconcertado en absoluto, puesto que ya
estaba acostumbrado a los discursos de Dee. No se tenían ningún tipo de
aprecio, ni siquiera un poco. Lord Montfallcon hizo amago de paciencia y
centró su total atención en la reina.
—Majestad, parece un problema pequeño, pero podría ser la semilla de la
que brotara una raíz excesivamente enredada.
La reina, ansiosa por evitar algún tipo de drama entre los dos jugadores,
levantó las manos.
—Entonces ¿cree conveniente que mandemos llamar a Tom Ffynne antes
del Consejo para que nos lo explique a todos?
—Bueno… —lord Montfallcon se encogió de hombros—. No nos haría
ningún daño. Él se encuentra ahora mismo en la Primera Cámara.

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—Entonces, mi lord, vayamos a su encuentro.
Lord Montfallcon se levantó de su silla y se movió despacio hacia la
puertecilla situada detrás de él, que guiaba a la habitación que había entre la
Cámara Privada y sus propias oficinas. Abrió la puerta, le dio unas
indicaciones a uno de los hombres de a pie y, en unos segundos, Ffynne se
presentó ante el Consejo. Sir Thomas se había recortado la barba un poco para
la ocasión, y llevaba cinco plumas de avestruz violetas en el sombrero. Una
capa corta colgaba de su hombro izquierdo, y el resto de su indumentaria
constaba de un jubón verde esmeralda, con puños blancos, anchas chorreras
atadas con cintas, medias blancas y zapatos negros con cierres dorados. Sus
pequeños y brillantes ojos se abrieron medio centímetro cuando vio a la reina.
Se quitó el sombrero, haciendo una reverencia, y golpeó el suelo con su pie de
marfil. La bota estaba hecha de tal manera que el muñón de su tobillo
encajaba perfectamente en ella.
—Majestad.
—Buenos días, sir Thomas. Le esperábamos antes. ¿Hubo muchas
tormentas?
—Muchas, Majestad. En cada tramo del trayecto. Nos causaron grandes
daños. Perdimos casi todas las jarcias cuando faltaban unas pocas yardas para
avistar la costa de Iberia. Tuvimos que costear hasta Le Havre para hacer
algunas pequeñas reparaciones antes de seguir. Eso fue hace cuatro días.
—Entonces, ¿vuestras noticias son de Francia?
—No, Majestad. Simplemente las conseguí allí. Mientras estábamos en el
puerto, retrasados a causa de los incompetentes que nos mandaron para
reparar el barco, vino a puerto un gran galeón, de estilo antiguo, de unos
cuarenta remeros. Izó la bandera de Polonia, lo que despertó mi curiosidad, ya
que era evidentemente un barco de ceremonias, con un montón de oro y más
oro trenzado en cuerdas y pasamanos. Lanzaron el ancla muy cerca de
nosotros, y envié una pequeña comitiva a presentar mis saludos al capitán,
que enseguida me invitó a bordo. Era un viejo señor, y noble. Estuvo contento
de conocerme porque estaba muy orgulloso de ser un aliado de la reina
Gloriana y de Albión, y se mostró feliz de saber cualquier buena nueva
relacionada con vos y vuestro reino. No dejó de elogiar a nuestra tierra y su
reina, y me halagó, una vez le dije mi nombre, con recuerdos de mis propias
expediciones que había oído por el mundo.
—¿Y ésas son sus noticias, sir Thomas? —dijo el doctor Dee para
fastidiar a lord Montfallcon—. Polonia nos ama.
—¡Doctor Dee! —La reina le lanzó una mirada y el doctor sucumbió.

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—De hecho, sí —continuó Ffynne—, ya que este barco está ahora mismo
esperando al rey de Polonia, que viene por tierra para abordar la nave y
dirigirse hacia Londres.
—¿Y con qué propósito? —Sir Amadís apartó los ojos de la ventana—.
¿El mismísimo rey? ¿Sin su flota? ¿Sin su séquito?
—Viene como pretendiente de la reina —dijo Tom Ffynne quedamente—.
O no… o más bien como futuro novio. Según el noble capitán polaco, viene
convencido de que Su Majestad aceptará casarse con él.
—Ah. —La mirada de Gloriana hacia lord Montfallcon era de bochorno.
—¿Su… Su Majestad? —El Lord Canciller levantó ligeramente la cabeza.
—Un descuido, Lord Canciller. Debería haberos informado. Envié cartas
al rey de Polonia.
—¿Consintiendo al matrimonio?
—Por supuesto que no. Fue cuando sufristeis esas altas fiebres, el pasado
noviembre. Llegó un anuncio de Polonia, suficientemente formal, sugiriendo
una visita privada del rey, quizás una visita secreta ahora que lo pienso, una
visita de incógnito, de cualquier manera. Y accedí. Dos cartas manuscritas
rápidamente. Una asegurándole el afecto de nuestra nación por la suya, y la
otra sugiriendo una fecha temprana en el Nuevo Año. Nunca recibí respuesta.
Tal vez no llegó a su destino. El rey es reconocido como un hombre muy
afable y tiene mucho interés en conocernos.
—Y de eso él deduce, sin duda porque ha interpretado el gesto de Su
Majestad en términos de las costumbres de su propio país, que estáis lista para
escuchar su proposición de matrimonio. —Lord Montfallcon se aclaró la
garganta y se puso la palma de la mano en el pecho—. ¿Y si lo rechazáis,
Majestad, qué ocurrirá cuando lo rechacéis?
—Debe ser informado de inmediato de que ha malinterpretado las cartas.
—Y sospechará un complot. Polonia es un país amigo. Su imperio es
poderoso, se extiende del Báltico a la Mediterránea, y tienen muchos estados
vasallos. Entre los dos tenemos Tartaria.
—Estamos familiarizados con la geografía política de Europa, lord
Montfallcon. —El doctor Dee se llevó una larga uña a la barbilla—. ¿Sugerís
que si Polonia se ve como un pretendiente rechazado, un amante abandonado,
se vengará declarándonos la guerra?
—No, la guerra no —lord Montfallcon habló como si respondiera a su
propia voz—. Probablemente no habrá guerra, pero sí unas relaciones muy
tensas que no podemos permitirnos. Tartaria ya está casi lista. Y está también
la ambición de Arabia…

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—Entonces quizá debería casarme con Polonia. —La reina Gloriana
pareció por un momento una joven alocada—. ¿Qué decís, señor? ¿Eso nos
salvaría?
—Pronto vendrá de visita de Estado el Gran Califa de Arabia —murmuró
Montfallcon.
—Tenemos noticias de que él también pretende haceros una propuesta. Y
el mes siguiente se reúne la teocracia de Iberia, aunque ya saben que ésta es
una causa perdida, ya que ahí no hay nada que hacer. Pero Arabia, Arabia…
—Y espetó, con decisión—: ¡No hay más que decir! ¡Deben llegar juntos!
—Pero la llegada del rey de Polonia es inminente —apuntó lord Ffynne
—. Un día de éstos se planta en Le Havre. ¡Un par de días más, y ya estará
amarrado en los puertos de Londres!
—¿Para cuándo estaba prevista su llegada? —preguntó lord Montfallcon
caminando arriba y abajo alrededor de la mesa, mientras el resto de
consejeros intentaban seguir tanto sus movimientos como su razonamiento.
—Me parece que cuarenta y ocho horas detrás de mí. Y partí muy de
mañana, señor mío. Ayer.
—Pues todavía tenemos…, ¿qué, unos tres días?
—Como máximo.
—Lo siento muchísimo, lord Montfallcon, no debí olvidarme de
informaros… —La voz de Gloriana se iba quebrando poco a poco.
De repente, lord Montfallcon se puso en posición de firmes, dejó de
murmurar por lo bajo y se encogió de hombros mirando a la reina.
—No pasa nada, señora. Será un pequeño apuro, nada más. Debemos
rezar para que Polonia se retrase un poco y coincida con Arabia.
—Pero ¿cómo puede eso mejorar la situación, mi señor?
—Es una cuestión de orgullo, señora. Si herís el orgullo de uno de los dos,
nuestras relaciones se verán deterioradas, naturalmente. Pero si Polonia es la
que hiere el orgullo de Arabia, o viceversa, nosotros saldremos fortalecidos.
Ninguno de ellos piensa mal de la reina, pero piensan lo peor el uno del otro.
Yo considero que los peores problemas no son los inmediatos, sino los
potenciales. Es difícil que Arabia y Polonia acaben siendo aliados, pero no
imposible. Comparten costa, el Mar Medio, y aun así la entrada a ese mar está
muy bien controlada por Iberia, quien a su vez podría aliarse con Arabia y
contra nosotros.
—¡Ah, sus pensamientos retorcidos, señor Montfallcon! —Una mano
negra se alzó como si se estuviera defendiendo de un ataque. Sir Orlando

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Hawes hablaba por primera vez—. ¿Me desconciertan sólo a mí? —dijo con
cortesía. Era un gran admirador de lord Montfallcon.
—Nos desconciertan a todos, excepto al Lord Canciller, supongo —
improvisó la reina Gloriana—. Aun así, respeto su preocupación, ya que más
de una vez ha anticipado una amenaza importante para este Reino. Debemos
dejarlo a vuestra diplomacia, mi señor. Y debo honrar cualquier decisión que
toméis.
Hizo una leve reverencia.
—Gracias, señora. Estoy casi seguro de que el problema se resolverá por
sí solo.
—Yo tengo toda la culpa de esto, señor. El intercambio de cartas tuvo
lugar cuando… Estaba obsesionada con tantos otros problemas… Parece ser
que…
Lord Montfallcon fue firme:
—La reina no necesita dar explicaciones.
—Tengo entendido que este rey polaco se considera un tipo divertido, que
es incluso algo payaso. —Lisuarte Ingleborough miró a sus compañeros—. O
al menos, algo excéntrico. Es raro que no haya enviado a ningún emisario. Si
lo hubiera hecho, no habríamos tenido esta sorpresa.
—Lord Ingleborough dice bien. Así es como yo lo veo también. —Tom
Ffynne jugueteó con las plumas de su sombrero—. Conde Korzeniowski, si
no recuerdo mal el nombre, he oído cosas parecidas, aunque no directamente.
Su señor tenía alguna idea de cómo manejar un Estado, pero también está
obsesionado con la música y esas cosas. Hablando en plata, su nación entera
está en decadencia. Hay un parlamento en Polonia que representa el interés de
los nobles, y éste toma todas las decisiones por el rey. —El pequeño almirante
soltó una aguda risita—. Un país extraño, que tiene rey y no lo usa, ¿verdad?
La reina Gloriana sonrió despacio, casi con nostalgia.
—Bien, sir Thomas, os estamos muy agradecidos por este servicio.
¿Tenéis más noticias? ¿Algo de vuestras aventuras por las Indias
Occidentales?
—El botín de oro nos guió a través de las tormentas, Su Majestad, y
todavía sigue a bordo, en Charing Cross, esperando que usted decida cuál es
su destino en las bodegas del Tristán e Isolda.
—Sir Thomas, ¿tenéis un inventario? —El modo en que sir Orlando
Hawes se dirigió al marinero fue casi cálido.
—Claro, señor. —Tom Ffynne sacó un rollo de papel de su cinturón, y
haciendo una reverencia con gran ceremonia se lo entregó a la reina Gloriana.

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Ella desenrolló el documento, pero fue evidente para la mayoría de los
presentes que no lo leyó.
—Suficiente para construir una nueva remesa para nuestra flota. —
Gloriana enrolló de nuevo el documento y se lo pasó a lord Montfallcon, que
se lo pasó a sir Orlando—. ¿Nos haréis el favor de dividir una décima parte
para vos y vuestra tripulación, sir Tom?
—Señora, sois muy generosa.
—¡Una décima parte! —El Alto Lord Tesorero bufó como un toro bravo
—. ¡Es demasiado! Una doceava parte, Su Majestad…
—¿Por tantas vidas arriesgadas?
Sir Orlando se sorbió la nariz.
—Muy bien, pues, señora, como deseéis.
La reina Gloriana observó a sus consejeros.
—Maestro Gallimari, ¿hay entretenimientos preparados para todas las
recepciones de hoy?
—Sí, Majestad. Mientras coméis, habrá música del maestro Pavealli.
—Excelente. Estoy segura de que todas vuestras elecciones serán muy
acertadas. ¿Y mi vestido para esta noche? ¿Está listo, maese Orme?
—No falta ni un botón, señora.
—¿Y vos, maese Wallis, tenéis preparado el discurso de esta tarde?
—Dos, señora. Uno para los embajadores extranjeros, y uno para el
alcalde de Londres. Sólo falta vuestra aprobación.
—Y me imagino que no hay más decisiones que deba tomar sobre la
comida o la cena. Y sir Vivien, lamento que no podamos dedicarnos a la caza
hasta la semana que viene, pero me gustaría que salierais a cazar sin nosotros,
nuestros perros y caballos necesitan ejercicio.
Y así la reina consiguió mejorar la atmósfera de la reunión, puesto que
todos se rieron. La pasión de sir Vivien por la caza era conocida por todos y
motivo de muchas bromas.
Despacio, Gloriana se levantó, sonriendo de nuevo a sus ahora joviales
consejeros. Todos se levantaron, formalmente.
—Entonces, ¿no hay ningún otro asunto urgente? ¿Éste era el único
problema grave, lord Montfallcon?
—Sí, señora, sólo éste. —El viejo canciller hizo una reverencia y le tendió
un rollo de documentos—. Aquí tenéis mi propuesta para Catay y Bengala. —
Ella cogió el documento.
—Me despido entonces, señores.

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Trece piernas se doblaron para arrodillarse ante la reina. Gloriana partió
entre muestras de afecto y devoción, y volvió a estar rodeada de pajes y
doncellas en su viaje de regreso a sus aposentos, donde esperaba poder
comentar el asunto de Polonia con su ayudante conspiradora, la condesa de
Scaith.
Perion Montfallcon, frunciendo el ceño, señaló primero a Lisuarte y luego
a sir Thomas. Los tres eran camaradas, supervivientes de una tiranía a la que
habían jurado no servir nunca más. Montfallcon despidió con un seco adiós a
sus otros compañeros cancilleres, y guió al pequeño grupo hacia la pequeña
puerta que llevaba a sus oficinas. Las habitaciones eran inmensas. Estaban
llenas de libros de historia y leyes. Algunos de los volúmenes eran tan altos
como él mismo. Las habitaciones estaban iluminadas por ventanas diseñadas
de tal forma que nadie pudiera espiar a través de ellas. Entraba una luz difusa,
que parecía posarse cerca del techo, sin apenas iluminar las baldosas del
suelo, donde se encontraban los tres hombres, delante del ordenado escritorio
de lord Montfallcon.
El Lord Canciller suspiró y se rascó su gran nariz, negando con la cabeza.
—Es la primera vez que actúa de una manera tan caprichosa. ¿Será
porque, al encontrarme yo en mi lecho de enfermo, ella se sintió abandonada?
Se ha comportado como una niña pequeña, aunque nunca había hecho algo así
desde que nació.
El Lord Almirante se dejó caer en la silla.
—A lo mejor anhela demasiado poder soltar su carga…
Tom Ffynne rechazó esta idea.
—La reina es demasiado consciente de sus responsabilidades. Tal vez
estaba… algo enferma.
—Es lo más probable. —Montfallcon se frotó el brazo, que le picaba
como si acabara de volver de una batalla—. Pero aun así… ¿Alguien detectó
dolor? Es posible que, por un instante, cuando envió esas cartas, sólo deseara
ser libre.
—¡Pero es la única vez que se ha comportado de esta forma tan estúpida!
—lord Ingleborough suspiró y posó la palma de su mano en su muslo
izquierdo. Parecía que su agonía le iba a desgarrar el cuerpo entero.
—Es nuestra responsabilidad que esto no ocurra otra vez. Y si es posible,
ahorrarle dolor a la reina.
—Te has vuelto un sentimental, Perion —le espetó Tom Ffynne
quedamente, acompañando la observación de una risita que habría helado la
sangre de cientos—. Pero ¿cómo solucionamos el dilema?

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—Se solucionará por sí mismo —dijo Ingleborough—. ¿Verdad que sí?
Montfallcon movió la cabeza afirmativamente.
—Hay otra manera. Bueno, más de una, pero intentemos primero la
menos dramática. Estoy acostumbrado a las manipulaciones. ¡Si la reina
supiera lo que debo hacer en su nombre y en el de la fe de sus súbditos! En
este caso, la clave es intentar retrasar a todos los pretendientes, mantenerlos a
todos esperanzados pero sin darles verdaderas esperanzas. Sin ofenderles,
debemos cansar al persistente y estimular al que esté más alicaído. Así
orquestaremos el flirteo de la reina. —Y representó una corta y muy poco
característica danza, que quizás él encontraba sugerente, antes de tomar
asiento—. La decadente Polonia viene en esta dirección, y la guerrera Arabia
en ésta. El secreto está en hacerles llegar al mismo tiempo con la esperanza de
que choquen… y que les parezca que se están viendo en un espejo, pero no
les guste el reflejo que éste les ofrece.
—¡Pero Polonia llegará demasiado pronto para que eso ocurra! —insistió
Tom Ffynne.
—Entonces, los detendremos.
—¿Y cómo?
—Sabotaje. Su barco puede sufrir retrasos mientras está en Le Havre.
—Encontrará otro.
—Cierto. Pero entonces, cuando estén más cerca de nuestros dominios…
—Alguien llamó a la puerta, y lord Montfallcon hizo una mueca—. Adelante.
Entró un joven paje portando un sobre lacado en su mano derecha. Hizo
una reverencia al grupo de lores.
—Mi señor, un mensaje de sir Christopher, para ser entregado
inmediatamente.
Lord Montfallcon toma el sobre y rompe rápidamente los sellos. Lee
ávidamente y luego levanta la vista enfurecido.
—El hombre al que había considerado… el único hombre al que había
considerado, y lo declaran asesino y cazado. Por Zeus, me alegraré de ver a
ese sapo ensartado en una estaca.
—¿Uno de vuestros empleados? —Tom Ffynne sonrió—. Uno de los
malos, por lo que parece.
—No, no. Al contrario. Uno de los mejores. No hay nadie tan listo, ni tan
agudo… Pero parece que se ha extralimitado. ¡Y ha involucrado a un príncipe
árabe! ¡Porque sir Lancelot es árabe!
—Sin duda a mí y a Lisuarte nos gustaría que nos iluminarais con más
información —espetó Tom Ffynne, guiñándoles un ojo a sus amigos,

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haciendo obvio que estaba más que interesado en el contenido del mensaje.
Pero lord Montfallcon arrugó la carta y la arrojó al fuego, sin pensarlo, en una
chimenea ya negra de quemar tantos otros documentos.
—No hay más añadió —lord Montfallcon con astucia. Ahora debo tramar
algo para salvar a mi sapo, a este pariente que no es bienvenido, de que lo
asen a fuego lento. ¿Cómo puedo confabular contra la misma ley a la que doy
apoyo?
—Eso suena a secreto y a importante. —Tom Ffynne se dirigió
renqueante hacia la puerta—. ¿Queréis comer conmigo, Lord Almirante? O
mejor aún, ¿me invitáis a compartir vuestra comida?
—De buen grado, Tom. —Lord Ingleborough, el más noble de estos tres
supervivientes, parecía preocupado por las palabras del canciller, y por sus
actos—. Por todos los dioses, Perion. Espero que no volvamos a los viejos
tiempos con estos esquemas vuestros.
—Mis ardides son justamente para evitar que eso pase, lord Ingleborough.
Con gravedad, el Canciller Real hizo una reverencia a sus dos amigos y
les deseó buen apetito, mientras hacía sonar la campana para llamar a Tinkler,
que aparecería de las sombras para llevarle un mensaje a su señor, Quire.

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Capítulo III

Donde el capitán Quire se asegura a sí mismo


protección y riquezas futuras, y recibe un mensaje
inoportuno.

El capitán Quire se despertó en su grasiento lecho, e intentaba ya deshacerse


de las sábanas, que colgaban de su pierna como una rata muerta, cuando una
tímida muchacha con una cesta entró en la sórdida habitación.
—¿La ropa limpia y cosida?
—Sí, señor. Vengo a recogerla. —Corpiño, combinación y camisa
bordada, demasiado lujoso para su posición social, y evidentemente hecho por
ella misma. Un buen par de caderas, y unos rasgos tímidos y sensuales. Quire
gruñó.
En mangas de camisa, Quire señaló la silla donde estaba su ropa,
manchada de sangre y rasgada, negra, empapada y llena de barro. La camisa
que llevaba puesta también tenía manchas de sangre. Se sacudió su negro y
grueso cabello intentando sacar el barro pegado, y observó a la chica, que se
acercaba a la silla.
—Mi ropa es importante para mí. Esta ropa… Esta ropa soy yo. Son mis
víctimas. Así que debe ser lavada y arreglada convenientemente. ¿Entendido,
muchacha? Y tu nombre es…
—Alys Finch, señor.
—Soy el capitán Quire, el asesino. Los soldados de la guardia me están
buscando. Maté a un sarraceno ayer por la noche. Un joven noble, con un
cuerpo perfecto, sin mácula. Pero ahora sí que tiene mácula, ya que le clavé
veinte veces mi espada.
—¿Fue un duelo, señor? La voz de Alys temblaba mientras recogía la
ropa.

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Quire sacó la espada de debajo de las mantas; una espada bellamente
tallada, un arma perfecta, la mejor que se ha forjado de este tipo.
—¡Mira! Fue un asesinato inteligente, disfrazado de duelo. Fuimos a los
campos que se extienden detrás de White Hall, y allí mismo lo maté. Eres una
muchacha hermosa, lo sabes, ¿verdad? Bonito pelo, oscuro y rizado. Me
gusta. Grandes ojos, labios llenos. ¿Ya te has estrenado, joven Alys?
Poniendo los pantalones de piel en la cesta, mientras él le echaba una
mirada calmada y oscura, Alys dijo:
—No, señor. Espero a casarme.
Su sonrisa fue casi tierna cuando le tocó la espalda con su sucia espada,
como si la estuviera proclamando Lady.
—Desabróchate, Alys, y dejadme ver esos capullos en flor. Esta espada
—y le pasó la hoja por el suave cuello— ha matado a muchos. Algunos
fueron asesinados limpiamente. Pero por sugerencia mía, el moro de la noche
anterior se reclinó para recogerse el dobladillo de la túnica, y entonces le di la
primera estocada, entre las costillas, clavando fieramente, dentro y fuera,
dentro y fuera. Y hubo testigos, cosa insospechada en una noche tan oscura y
fría. —El tono de Quire se tornó momentáneamente agrio—. Los árboles
estaban helados, nuestras linternas estaban cubiertas. Pero dos de los soldados
de la guardia se acercaron y uno de ellos me reconoció. —Dirigió sus dedos
hacia los lazos de la blusa de Alys, que empezó a soltarse, aunque ella, muerta
de miedo, se revolvía sin parar.
Su voz sonaba distante.
—Nos atacaron antes de que mi sarraceno estuviera del todo muerto. Las
cuchilladas en mi jubón y mi chaqueta son de ellos, igual que este corte en mi
muslo. —Se dio una palmada en la camisa—. Este agujero es de cuando el
sarraceno me atacó con un cuchillo desde el suelo, el muy traidor. Lo creía
muerto, después de que Tinkler le quitara las botas y se apropiara de su
linterna. Buenas botas, bien elaboradas, pero Tinkler no se atreve a llevarlas
ahora. ¿Ves esta sangre, aquí? ¿Y esta mancha, cerca de la punta de mi
espada? Me cargué a uno de los soldados antes de que el otro huyera. —La
mantuvo bien cerca de sus ojos mientras ella estaba muy, muy quieta, y le
acercó la hoja a los labios—. Pruébala.
La blusa se cayó del todo, y Quire la apartó a un lado. Tenía unos pechos
pequeños, levemente hinchados, todavía no desarrollados del todo. Acercó la
punta de la espada a uno de sus pezones mientras le decía:
—Eres una buena chica, Alys. Volverás a verme, ¿verdad? ¿Me traerás
mis remiendos?

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—Sí, señor. —Alys respiraba con fuerza, pero mantuvo el control. Se
había puesto de un rojo intenso.
—¿Y serás una chica obediente, y dejarás que el capitán Quire sea el
primero en descubrir tus tesoros? —La punta de su espada se movió de
hoyuelo a hoyuelo—. ¿Lo harás, Alys?
Los ojos de la chiquilla se cerraron, y habló despacio.
—Sí.
—Bien. Ahora besa la espada, Alys, para sellar nuestro pacto. Besa la
frágil sangre del soldado… —Se oyó un golpe en la puerta mientras la chica
besaba la sangre, y mirando vagamente hacia el lugar del sonido, Quire guió
sus manos por los lazos de la camisa—. ¿Sí? —le susurró mientras hería
levemente el hombro de la joven hasta dejarle una marca como con una perla
roja—: Buena chica. Ahora perteneces a Quire. —Se puso de pie, le lamió la
herida y volvió a tumbarse en sus sucias sábanas—. ¿Quién está ahí?
—Soy Marjorie, la mujer del posadero, señor. Le traigo la comida que ha
pedido, y el traje.
Quire pareció dudar y, finalmente, se encogió de hombros. Dando una
última mirada a su espada de Toledo, dijo:
—Entrad, pues.
La mujer se abrió paso. Era una vaca marina ordinaria, que miró enojada a
Alys Finch mientras ella le hacía una reverencia y salía disparada hacia la
puerta.
—Pronto, Alys.
—Sí, señor.
Agarrando la ropa del gordo brazo de su casera, Quire empezó a vestirse
con evidente abatimiento, mientras ella dejaba la bandeja de estofado de
cordero, el pan y el vino a los pies de la cama.
—¿Esto es lo mejor que pudisteis encontrar, Marjorie?
—Y aún tuve suerte, capitán.
—Pues, aquí tenéis. —Y le tendió un ángel, una pieza de oro.
—Pero… esto es demasiado.
—Lo sé.
—Sois un diablo de pies a cabeza, capitán. Pero un diablo generoso.
—Muchos diablos lo son. —Acercó la silla a la cama, agarró la cuchara y
empezó a devorar el cordero—. Por su propio interés, lo son. —Mientras
comía, ella observaba su perfil enjuto, musculoso y peligroso.
Marjorie no podía reprimir su curiosidad.

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—Entonces, señor, ¿hubo una pelea en el Seahorse? Es un sitio de lo más
vulgar.
—No más vulgar que esta posada, y la bebida es mejor. Pero fue en los
campos de White Hall. Un duelo, interrumpido por la guardia, que ahora me
busca.
—La ley que prohíbe a los hombres batirse en duelo es de lo más
estúpida. ¿Por qué no deberían matarse unos a otros, idiotas e inútiles? La
reina es demasiado blanda…
—Ah, bueno. ¡Pero mejor demasiado blanda que demasiado dura! —
Quire, muy acostumbrado a que le dieran la razón siempre, adoptó una
neutralidad instantánea.
—Esta ley, además de para acabar con los asesinatos disfrazados de duelo,
es para que no decline el número de posibles pretendientes. Se estaban
matando unos a otros a un ritmo demasiado frenético. La reina temía por la
continuación de la aristocracia. Y sin nobles, tendríamos un futuro disoluto,
¡el caos!
—¡Oh, vamos, capitán!
—Es tan cierto como que vuestro estofado está riquísimo. —Pero eso no
pareció halagarla.
—Pues claro que está bueno, monstruo. —Marjorie se cruzó de brazos—.
¿Y qué hacíais con la chiquilla de Crown?
Una oscura risotada. Quire mojó pan en su estofado, sabiendo que tendría
un cómplice de su pecado.
—Haciendo que crezca su interés, despertando su sangre, calentándola
para cuando necesite un poco de consuelo.
—¡La habéis dejado aterrorizada! Además, tiene novio. El hijo de
Starling.
—Pues claro que la he asustado. Es la mejor manera de enriquecer su
imaginación y de garantizar su curiosidad, ya que se querrá probar ante mí,
temblando todo el tiempo para que no la atrape. ¿Acaso no os asusto,
Marjorie?
—Creo que os puedo controlar —dijo, aunque parecía dudar, apretando
con fuerza su pieza de oro. Torció un poco la boca.
—Me alegra oír eso. —Quire no estaba siendo irónico.
—Pero Alys Finch no es su tipo de chica —y añadió débilmente—: Es
una buena chica.
—Claro que lo es. ¿La guardia? —Ya se había puesto el cinturón. Se
retorció, incómodo. Se cruzó la tela de algodón al cuello y se empezó a atar

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las botas por debajo de las rodillas.
—De momento no ha venido por aquí, pero lo hará pronto. Hay mucha
gente que sabe que os hospedáis en esta posada.
—Es cierto. —Encontró su sombrero y le alisó las plumas—. ¿Finch y
Starling? Pondrá un huevo bien curioso si la dejan en manos de este tipo.
—Dejad a la chica para Starling. Es un joven con mucho genio.
—¡Oh, Marjorie! Mi interés ya está decreciendo. Dejemos que construyan
su nido. —Se colocó el sombrero en la cabeza y lo inclinó ligeramente. Le
sonrió con los labios apretados—. A lo mejor más adelante, en primavera,
tengo ganas de jugar al escondite.
—Para entonces ya os habrán colgado de un árbol.
—A Quire no. Además, Gloriana no cuelga a nadie. Incluso si cambiaran
las leyes sobreviviría. Porque soy Quire el Embaucador, Quire el Ladrón. Me
queda demasiado por hacer, y todavía tengo una gran audiencia a quien
contentar con mi arte, esperando mi obra maestra. —Guardó la larga espada y
devolvió el cuchillo a su funda—. Soy Quire la Sombra, y necesito una capa.
Marjorie se encogió de hombros y sonrió, como si se tratara de un hijo
travieso y encantador.
—Abajo. Escoged una mientras salís, y puede que el dueño no se dé
cuenta.
—Gracias. —Le pellizcó el brazo para mostrar su gratitud. Ella observó
cómo se alejaba por la puerta, hacia la penumbra. La luz de una ventana dio
en sus ojos por un instante antes de que desapareciera por las escaleras,
siguiendo el consejo de la posadera. Oyó una refriega, un banco que se cayó
al suelo, un grito, y empezó a prepararse para solucionar el problema del
reciente robo durante la cena.
Quire se puso sus pieles robadas y caminó por la sucia nieve de los
callejones de Londres, donde la gente resbalaba y maldecía, y los niños
patinaban y reían entre la bruma, mientras una nube de vapor salía de los
puestos instalados en la calle que proporcionaban sopa caliente a precios muy
altos, pastas y nueces a la gente que temblaba, a la masa desesperada de gente
que pasaba por ahí. Su perseguidor, el dueño de la capa, tenía demasiado frío
como para ir tras él demasiado lejos, y Quire tomó Leering Street, con sus
pilas de nieve y estiércol mezcladas con orina a ambos lados. Giró por el
pasaje de Rilke, hacia Craving Lane, entre los muros góticos del Platonic
College, hasta una plaza donde una fuente congelada de Hércules e Hidra
brillaba con lucecitas rosadas y verdes, reflejo de las antorchas de una
cervecería exclusiva y elegante.

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Un par de arcos más allá, había una pandilla de chicos haciendo una
batalla de bolas de nieve, y tras ellos una niebla cada vez más espesa, entre
bruma y humo, como si viniera del brasero de un fabricante de cola. Quire
tomó otra calle y volvió a recorrer más y más callejas, hasta llegar a la puerta
desvencijada de una taberna de la que la mayoría de hombres no se atrevería a
cruzar el umbral, la Bale. Quire husmeó el aire dulzón antes de comprobar
que la puerta no estaba cerrada. Dejó el frío y la humedad atrás y se internó en
el calor mareante del local, mientras rostros sin afeitar le miraban con recelo.
No había un solo cliente de la Bale que no se ganara la vida robando o
pidiendo. El lugar estaba repleto de cacos y picaros curtidos, y a Quire eso le
gustaba, ya que no tenía enemigos ahí, sólo admiradores, o gente que lo
envidiaba, mucho o poco, y otros a los que no les importaba ni una pizca. Al
fondo de la larga y estrecha sala estaba la barra, donde el dueño, Bale,
preparaba sus jarras de cerveza y de sidra, con su bolsón lleno de céntimos y
peniques. A su izquierda, donde la barra acababa en una columna de madera
que desaparecía en el muro negro, estaba Tinkler, con la espada escondida
debajo del abrigo del guardia muerto.
Quire se sorprendió. Se acercó a la barra, aceptando la jarra que Tinkler le
ofrecía.
—¿Ya estás aquí? ¿Visitaste a nuestro amigo, como te dije?
—Claro. De ahí vengo.
—¿Tienes los documentos, para ahorrarnos más huidas?
Tinkler se relamía el diente salido, y negó con la cabeza con gesto
confuso.
—¿Qué? ¿Estamos sin patrón, así sin más? —A Quire se le escapó un
gesto de frustración, quizá de consternación. Levantó los brazos y los colocó
en los huesudos hombros de Tinkler.
—Esta vez se ha negado rotundamente. Es un asunto demasiado serio,
capitán.
Tinkler lo había dicho muy bajito, y Bale, ya con experiencia en estos
casos, se había ido hacia el otro lado de la barra y contaba peniques.
—Creí que quería que hiciéramos desaparecer a ese oriental.
—Dice que hemos trabajado torpemente. Está muy en desacuerdo en
cómo ha ido todo.
Quire asintió. Suspiró.
—Y es cierto. Pero lo de la guardia fue un accidente. ¿Pagaste al
alborotador?

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—Medio ángel, como acordamos. —Tinkler mostró la media moneda en
la palma de su mano y sonrió—. Aquí lo tienes.
—¿Lo mataste?
—No, se lo gané a los dados antes de entrevistarme con nuestros amigos.
Tenía mucho miedo, por lo de la guardia, y no pensaba con claridad. Fui
bueno con él, capitán, como sugeristeis. Tiene todos los efectos personales del
sarraceno, y sin duda intentará empeñar algún anillo, o el cuchillo con el
mango incrustado en joyas.
—Nos traicionará en cuanto lo pillen. —Quire se acariciaba la barbilla—.
No esperaba menos. Pero sin los documentos no tenemos coartada.
—Bale puede hablar por nosotros. O Uttley, del Seahorse.
—No nos sirven. ¿Quién los creerá? Necesitamos la poderosa firma de
nuestro patrón. ¿No hay nada que hacer para que firme, Tink?
—Está muy enojado. Dice que tenéis que entregaros a la guardia. Y luego
a las preguntas de sir Christopher Martin. Debéis alegar que hubo una
conspiración contra vuestra persona, hablar de vuestra rivalidad con King, un
alborotador común. Inventar algo sobre un sombrero y una chaqueta robadas,
las vuestras. Y a ver qué pasa.
—¿Pero me apresarán?
—No si os ponéis en marcha rápidamente. Nuestro amigo hará entregar
las pruebas a sir Martin de que estabais en otro lugar, haciendo algún encargo
para la reina, y quedaréis libre. Pero dice que debéis actuar de inmediato, ya
que os necesita para una tarea urgente. Debéis estar limpio antes de
empezarla, o sus planes se torcerán. ¿De acuerdo?
—Sí, pero podría estar tendiéndome una trampa.
—¿Para qué hacerlo tan complicado?
—Porque sabe que soy difícil de matar. Podría usarlo para asegurar mi
exilio. Aunque no me parece que el plan sea de ese tipo. Cada araña teje su
propia tela, y el trabajo siempre se puede reconocer, al cabo de un tiempo.
—Entonces ¿os presentaréis a los hombres de sir Christopher?
—No tengo otra opción, Tinkler. Aun así, temo que me tome demasiado
tiempo, si hay una tarea urgente que hacer… ¡Ay!, ¿y cuándo podré dormir?
Tinkler, acercándose la copa a los labios, lo miró sorprendido, como si
nunca hubiera imaginado que su señor también necesitara descansar.

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Capítulo IV

Donde el doctor John Dee el Mago considera la


naturaleza del Cosmos.

Una luz fría entraba por las altas ventanas en el techo abovedado y hacía
brillar la Sala de Audiencias o Sala del Trono. Cada ventana contenía un arco
iris de cristales de colores, con unas cenefas abstractas y geométricas,
parecidas a copos de nieve. No había sombra en ningún lugar de la gran sala,
excepto detrás del trono, donde unas cortinas escondían la puerta por donde
entraba Gloriana en las ceremonias especiales. La puerta llevaba también a
sus habitaciones de descanso. Decoradas con paneles de escenas de
pastorales, en verdes, azules y marrones, las paredes eran blancas y plateadas,
y se curvaban para juntarse en el techo. Seis puertas daban a la Sala del Trono
un aspecto hexagonal, y a través de ellas se veían también cortinas, algunas en
colores planos y otras con tapices. Había soldados en la puerta principal, que
era alta y de doble hoja, pintada como los paneles. El venerable doctor Dee se
disponía a cruzarla, con su barba blanca, su gorra de estudioso y su capa; con
sus mapas debajo del brazo, anteojos redondos de oficinista en la nariz, y con
los hombros caídos, como por el peso del conocimiento, o de la misma reina.
Al entrar en la sala vio que se estaba celebrando una corte privada, ya que
sólo se encontraban ahí Una, condesa de Scaith, sonriente y con un vestido
azul, y lord Montfallcon, con su aspecto sólido y gélido, que parecía
extremadamente agitado y deseoso de salir de allí.
La reina Gloriana se estaba acomodando en su trono de oro y mármol,
iluminada por la clara luz que entraba por las ventanas, y su rostro enmarcado
por su alto cuello de malla tejida. Llevaba un largo vestido de terciopelo
dorado que brillaba por las pequeñas joyas engarzadas en él.
—¿Habéis traído los mapas, doctor Dee?

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Él se los entregó. Lord Montfallcon se rascó la nariz y paseó la mirada de
la reina al mago. Como la mayoría de sus contemporáneos, veía al mago
como a un simple charlatán: su nombramiento para Canciller de Filosofía era
una locura de mujer. Montfallcon era muy escéptico respecto a Dee, y Dee se
divertía con el escepticismo de lord Montfallcon.
—Me prometisteis describirme vuestras teorías cósmicas con detalle —le
recordó la reina—, y la condesa de Scaith también querría oírlas. Lord
Montfallcon está también invitado. Hemos hecho un esfuerzo para
convencerle, a ver si expande un poco su mente.
El Canciller Real gruñó y suspiró.
—Le recuerdo a Su Majestad que tengo unos asuntos urgentes. Polonia…
—Por supuesto. Sólo nos tomará unos minutos. Dirigió la mirada hacia el
delicado reloj dorado del otro lado de la sala, de cara al trono, que parecía
balancearse en el tiempo con su péndulo, como hipnotizado. Cuidadosamente,
se colocó las enaguas en su lugar e hizo un gesto a Una para que se sentara en
una silla a su lado, y preguntó con un movimiento de cejas a lord Montfallcon
si éste tomaría asiento al otro lado del trono. Se encogió de hombros cuando
éste negó con la cabeza, y sonrió a su mago.
—¿Necesitáis ayuda con los mapas?
Dee se secó el sudor de la frente. La habitación estaba caldeada por
antorchas situadas en los palos de bandera, a la manera romana.
—¿Algún muchacho?
—El paje de lord Ingleborough está aquí fuera, esperando que vuelva su
señor. —Señaló hacia una cortina escarlata que escondía una puerta pulida—.
Ahí.
La condesa de Scaith se levantó.
—Le avisaré. —Cruzó la sala hacia las cortinas, y abrió la puerta—. Ah,
Patch.
—Buenos días, mi señora.
—Únete a nosotros Patch, por favor. —Una habló cálidamente. Había
poca gente en la corte que no se sintiera hechizada por el muchacho de lord
Ingleborough.
Patch entró, elegante y diminuto con su vestido verde oscuro, con una
capa y un collar también verdes, y con su sombrero verde en la mano. Sus
cortos rizos parecían casi blancos. Hizo una reverencia exquisita y miró al
doctor Dee con sus grandes ojos marrones, corteses e inteligentes.
—Maese Patch, por favor, ¿podéis ayudar al doctor?

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—¿Señor? —Patch se presentó ante Dee y no se avergonzó cuando el
mago le acarició la cabeza con sus largos dedos.
—Buen chico, Patch.
El doctor Dee miró alrededor, vio una pizarra y colocó la mayoría de sus
mapas en ella. Escogió uno y pidió a Patch que lo aguantara de un extremo.
Patch obedeció.
—Muévete un poquito. Ahí. Excelente. —Desenrollaron el mapa del todo
y lo mostraron a la reina, que se agachó para verlo de cerca al mismo tiempo
que la condesa, mientras que lord Montfallcon miraba fijamente hacia la
puerta de la Cámara Privada.
El olor que despedía la reina llegó a la nariz del doctor Dee, que sintió
cómo le fallaban las rodillas. Había estado enamorado de ella durante doce
años, suspiraba por ella. Nunca, en ningún momento, había dejado de
desearla, incluso en sus más profundas contemplaciones, pero jamás se había
atrevido a decírselo. Durante mucho tiempo ella lo había visto como a un
mentor, un sabio, un metafísico, y él se había quedado atrapado en ese rol, y
no se atrevía a dejarlo por miedo a decepcionarla. La quería tanto que no
quería arriesgarse a esa decepción. «Oh, señora mía —pensó—, si tan sólo
una noche pudiera disfrazarme de rufián, o de demonio, y entrar
sigilosamente en vuestra habitación y llevaros lo que tanto deseáis. Lo que los
dos tanto deseamos, por los Dioses…». Se dio cuenta de que le estaba
formulando una pregunta en voz alta.
—¿Señora?
—¿Estos círculos? —dijo ella—. Todas estas esferas interseccionadas.
¿Existen otros mundos, verdad?
Dee observó sus mapas atentamente.
—En efecto, señora —«¿por qué tenía que susurrar tan
seductoramente?»—, en el diagrama principal, que no es específico pero nos
sirve para mostrar la teoría, la esfera central somos nosotros, aunque no sería
el centro del universo que conocemos, y estos otros son —«¡y qué
pestañas!»— mundos representativos que existen en paralelo a nuestro mundo
—«¡y en uno de ellos Dee sería el señor y ella la esclava!»— y son como
espejos del nuestro, tal vez idénticos, quizá sólo aproximados, algunos con los
mismos mares y continentes que tenemos nosotros, otros con seres
dominantes provenientes, por ejemplo, de los monos. Cualquier cosa es
posible…
—¿Y cómo se llega a esos mundos, doctor Dee? —le desafió lord
Montfallcon—. ¿Dónde los habéis visto?

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—No lo he hecho, mi señor.
—¿Y sabéis de alguien que lo haya hecho? ¿Algún marinero, quizá?
—Oh, marineros no, pero quizá… viajeros…
—¿Por barco?
—La mayoría no, señor.
—¿Por tierra? —Lord Montfallcon echó los hombros atrás, como
preparándose para el siguiente conflicto.
La reina Gloriana soltó una breve risita.
—Callaos, lord Montfallcon. —Estaba encantada con esa inusual
mezquindad que mostraba su Canciller Real—. ¡Sois un mal estudiante,
señor!
—Me gustaría saberlo, señora —dijo pesadamente, volviéndose hacia ella
—, ya que es mi deber proteger vuestro Reino. Por eso debo estar al caso de
cualquier posibilidad de ataque.
John Dee sonrió.
—Creo que hay pocas probabilidades de que estos mundos amenacen a
vuestra seguridad, mi señor.
—¿De ninguna manera, señor Dee? —Lord Montfallcon miró
significativamente al mago.
—No se me ocurre ninguna —dijo inocentemente.
—Nos hacéis perder el tiempo, señor. Esto no son más que las teorías de
un filósofo.
—No obstante, se basan en ciertas evidencias, Su Majestad —murmuró
Dee.
—Claro… —Ella levantó el cetro.
—¿Cómo llegan estos viajeros a nuestras costas? —Lord Montfallcon
insistió tozudamente mientras se multiplicaban las sonrisas a su alrededor.
—Las esferas, creo, se interseccionan ocasionalmente. Cuando esto
ocurre, ellos consiguen llegar de alguna manera, aunque no sea su intención.
Al menos, la de la mayoría. Otros vienen a propósito, y lo consiguen a través
de la práctica de ciertas artes desconocidas para nosotros. Pero, señor, nos
hemos alejado demasiado de lo que he presentado simplemente como una
idea. Platón mismo sugiere que…
Lord Montfallcon soltó un suspiro. Puso las manos en su cinturón.
—No soy tan obtuso, creo. He estudiado a los clásicos. Tengo una buena
reputación, además. Pero aun así, no lo entiendo.
—No lo queréis entender, eso es todo. —«¡Oh, este estúpido sabe sin
duda lo que siento! Sabe que el único conocimiento que deseo es el de las

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carnes prietas de Gloriana…»—. Le sugiero, Majestad, que sigamos esta
discusión en otro momento.
—¡No, no, no! Vamos a seguir, doctor Dee. —Gloriana dio unos
golpecitos con su bastón real.
—Sí, Majestad. —«A seguir… ¡Ay! A seguir con vuestros cálidos huesos
contra los míos…»—. Tengo otro plano, más detallado, de una sección de
nuestro Cosmos. —Se dirigió hacia Patch, enrollando el mapa mientras se
acercaba, tomando una de las puntas del mapa de las suaves manos del
muchacho. Se acercó a la pizarra, seleccionó otro mapa y otra vez, como si
bailaran, se alejaron uno del otro, el chico y el doctor, para mostrar el
siguiente mapa a la reina—. Aquí pueden verse constelaciones familiares,
pero desde un ángulo diferente, en azul. Luego desde otro ángulo, en negro. Y
otro y otro, en verdes y amarillos. Y este rojo es el que podemos observar a
simple vista. Las que están en otros colores son las que puede que existan,
pero que están separadas de nuestra concepción ordinaria de alguna forma,
capas de éter, tal vez, escondiéndolas unas de las otras. —«¡Oh, esos dedos!
¡Y las manos! Si cogieran en este instante mi miembro viril…»—. No he
podido, lord Montfallcon, observar estas constelaciones a través de ningún
telescopio. Son constelaciones teóricas, aunque ha habido informes sobre
ellas, por supuesto. Ahora estoy buscando, a través de la alquimia, alguna
forma de cruzar de un mundo a otro, pero de momento he tenido poco éxito.
—No hace falta que os defendáis de la ignorancia de lord Montfallcon,
doctor Dee. —La reina Gloriana se dirigió a su canciller, aplacándolo con un
gesto igual que lo hacía con su filósofo con una sola palabra—. Parecéis
distraído, doctor Dee.
Él la miró, controlando el fuego que desprendían sus ojos. Ignoró la
pregunta.
—En el decurso de los años, Majestad, me han presentado a varias
personas que parecían locas. Estos hombres y mujeres aseguraban que
provenían de otros mundos. Los he encontrado a todos lógicos y consistentes,
o sanos, excepto por la ilusión de que este mundo no era el suyo. Les he
hecho dibujar las cartas esféricas, y eran todas parecidas a las nuestras. Los
nombres de las naciones o continentes eran a veces distintos. Las sociedades
que describían eran a veces alienadas y bárbaras. —Enrolló el segundo mapa,
y cogió un tercero de la pizarra—. Aquí tenemos una, por ejemplo. Parecida a
la nuestra, pero no exactamente la misma. —Patch tiró hacia la izquierda, Dee
hacia la derecha, para mostrar un mapa del globo terráqueo—. ¿Veis? Los
nombres no son como los nuestros, pese a que hay algunas correspondencias.

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Éste me lo dibujó un lunático que reclamaba que había sido rey de todos los
estados germánicos, como el emperador Carlomagno, pero con poderes
mágicos.
—¿Algún diseño de Albión? —La voz gris de lord Montfallcon reverberó
en la sala.
Ignorando la impertinencia de lord Montfallcon, Una, la condesa de
Scaith, miró con gran interés el mapa. De alguna manera, le era familiar.
—Es muy bueno.
—Imaginativo, queréis decir, mi señora.
—Si lo creéis así…
—Yo creo que es una representación auténtica. Éste es el único entero que
poseo. Mi informador estaba obsesionado con los mapas. Y todavía tengo que
poner en el mapa la geografía de todas las otras esferas, Majestad. —Dejó que
Patch enrollara el último mapa y lo colocara con los otros—. Aun así, de los
informes que he recibido podría hacer un esbozo, un plano general de la
posición de esas esferas y cómo se relacionan con la nuestra. Estamos en el
centro de una piscina. Nuestras actividades producen círculos concéntricos,
pero nosotros ignoramos que producimos estos movimientos. Excepto cuando
alguna corriente momentánea nos trae evidencias de estos movimientos.
Nuestros antepasados temían esas evidencias. Diablos, ángeles, fenómenos
extraños, hadas, elfos y dioses eran culpables de estas disrupciones en nuestro
ordenado mundo. ¿Por qué aún hay gente que llama demonio al noble músico
lord Caudolon, que vino de repente a nuestro mundo hablando de lugares
extraños y sorprendiéndose de cualquier cosa que veía? —«Señora, me
encantaría que posarais vuestros labios en este miembro ardiente»—. Aunque
luego se calmó, y dijo estar recuperado del hechizo, o del sueño. Como dije,
algunas esferas no son tan diferentes. Sus historias incluso se parecen. Hay
otras Glorianas, otros Dees, otros Lord Canciller, sin duda, sombras a veces
vagas, a veces distorsionadas, de nosotros mismos.
Gloriana miró en la distancia.
—Doctor Dee, ¿creéis que algún día viajaremos entre estas esferas?
—Trabajo sin cesar en este delicado asunto, señora —«vuestros labios, y
luego vuestras piernas, se abrirán para mí»—, y algún día espero conseguir
conocer la manera de movernos libremente por entre las esferas, como un pez
saltando en la superficie de un lago.
—¡Brujería! —gruñó lord Montfallcon—. ¿No es siempre a la brujería a
donde llevan vuestras matemáticas? Ahora podéis ver, Su Majestad, por qué

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abolí estos estudios, aunque no culpo al estudioso equivocado. —Siguió a
estas palabras una mirada maliciosa. El doctor Dee se encogió de hombros.
—Es nuestro deseo —murmuró la reina— que todas las Artes sean
estudiadas en esta Corte.
—Entonces, que la reina se dedique a la seguridad de su Reino, a no ser
que considere más importante dedicarse a los demonios que el doctor Dee
deje entrar en nuestra esfera con sus experimentos. —Lord Montfallcon habló
sin gran convicción.
—Mi Soberana —empezó Dee con una reverencia—, la ciencia de la
cábala…
Ella movió el pie.
—¿Le dais credibilidad, doctor Dee?
Él hizo una nueva reverencia, y suspiró profundamente. —«¡Por la sangre
de Zeus! Estos pantalones me convertirán en un eunuco…»—. No la temo,
Mi Reina. Llamamos demonios a las cosas con origen oscuro. Los pocos
viajeros que han cruzado las esferas son hombres y mujeres como nosotros. A
veces se creen la reencarnación de alguien, del pasado o del futuro, a veces
creen que nuestra esfera es el Cielo, a veces el Infierno. Si visitáramos
nosotros sus mundos, sin duda pensaríamos de la misma forma. —«¡Lo juro!
Vuestros pechos florecerán con el calor de mi lengua».
—¡Señora, mirad en vuestra alma! —Las palabras de su canciller estaban
de hecho dirigidas a su rival, el doctor Dee. Como aviso—. El infierno se
encuentra, inevitablemente, al final del oscuro sendero que traza para nosotros
el doctor Dee.
El doctor Dee se sorprendió por el uso de una superstición tan antigua
como ésa, más propia del legendario abuelo de lord Montfallcon, famoso por
su obsesiva persecución de las supuestas brujas del Reino. Se decidió por la
diplomacia:
—Quizás el Universo no debería preocuparnos. —«¡Permitid que ofrezca
a vuestro trasero amor y dolor!»—. Este planeta, y sus caras, sus sombras y
complejidades ya son suficientemente complicadas sin la necesidad de debatir
sobre otras esferas rivales. —«¡Oh, ella es el Universo, la Madre de las
Galaxias. Agarraría sus pechos hasta que consiguiera gritar su Triunfo
Final!»—. Si mi señor canciller prefiere la discreción…
—Es mi deber proteger a todo el reino, incluido a vos, doctor Dee, lo
mejor que pueda. —Frunciendo el ceño, Montfallcon se acomodó su capa en
la espalda.

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—Respeto vuestra sinceridad, mi señor. —El tono de Dee denotaba
sorpresa—. Aun así, parecéis extrañamente alterado por lo que es,
simplemente, tan sólo un debate sobre las posibilidades…
Lord Montfallcon resopló.
—Las posibilidades son responsabilidad mía. Y ahora tengo muchas de
las que preocuparme.
—Estáis agitado, mi señor, porque os estamos entreteniendo de vuestras
responsabilidades. —Finalmente, la reina Gloriana se mostró condescendiente
con su Canciller Real, sin duda impresionada por su tono—. Podéis iros.
—Se lo agradezco, señora. —Una reverencia y una mirada desaprobadora
hacia Dee, y Montfallcon desapareció hacia sus misteriosas cámaras.
—Yo no pretendía… —empezó Dee, mordiéndose un poco el labio y con
su barba blanca bien aplastada contra su pecho.
—Lord Montfallcon preocupado por algo. Cuestiones de Estado, sin duda.
Ha sido culpa mía, fue un capricho por mi parte. Supongo que necesitaréis
más financiación para vuestros nuevos experimentos. ¿Es así, doctor Dee?
—Señora, yo no he venido aquí para…
—Ni yo os he hecho venir para ello, mi señor. Pero ciertamente
necesitaréis más oro. Debemos sacarlo de la cuenta para gastos del monarca,
puesto que el Consejo nunca estará de acuerdo en patrocinar vuestra ciencia.
Hablaré con sir Amadís sobre vuestras necesidades.
—Se lo agradezco, señora mía. —«¡Necesidades, necesidades! Si ella
supiera…»—. Si consigo encontrar dos personas, por ejemplo en alguno de
los manicomios, que presenten la misma lógica independientemente una de la
otra, podría probar alguna de mis teorías. El Thane de Hermiston ya me ha
ofrecido su ayuda.
—¡Pero si todo el mundo cree que es un payaso y un charlatán! —La
condesa de Scaith golpeó el brazo de terciopelo de su butaca—. ¡Todas estas
reivindicaciones de aventuras en reinos de hadas! ¿No creéis que es, como
mínimo, un poeta mediocre y un mentiroso aún peor?
—No lo creo así, señora. Sus prisioneros, sus trofeos, son una buena
muestra de ello.
—Los hemos recibido en la Corte. Salvajes sin importancia. Lunáticos.
Nada más. —Sonrió—. No son un buen entretenimiento. Y el Thane, ¡qué
vulgar al creer que sus víctimas entretendrían a la reina!
El doctor Dee se dio cuenta de que había más que puro escepticismo en la
voz de la condesa de Scaith. Parecía como si le estuviera poniendo a prueba.

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—También está el mago que vino y se fue —dijo Dee cuidadosamente,
con una voz muy suave—. Se llamaba Cagliostro. Apareció de repente, y
desapareció tan rápido como había aparecido. Era uno de los que parecían
poder controlar sus propios viajes a través de las esferas. Y pude hablar con
él. Aprendí mucho de él. Y también estaba esa mujer, Montez…
—Ella no fue nada coherente, doctor Dee —objetó Gloriana—. La
entrevistamos. La pobre criatura estaba completamente trastornada. ¡Y esa
ropa que llevaba! Seguramente hecha por algún diseñador de disfraces que se
habría escapado del mismo hospital que ella.
—Pues yo la creo, Su Majestad. Aunque estoy de acuerdo en que parecía
una loca vulgar y corriente. Sus ilusiones eran reclamaciones muy familiares
para mí.
—¿Y dónde está ella ahora? —preguntó la condesa de Scaith.
—Se unió a un espectáculo ambulante de mimos, creo, pero murió cerca
de Lincoln.
Una reclinó el rostro en la palma de su mano.
—¿Y ese emperador germánico vuestro? —La reina Gloriana le indicó a
Patch que se sentara en los peldaños de la tarima—. ¿Sigue con nosotros?
—¿Adolphus Hiddler, Majestad? Se suicidó. Era mi favorito. Un gran
bárbaro, muy interesado en la alquimia, y en la geografía. Aparentemente sus
experimentos con la alquimia le llevaron hasta aquí. Un estudioso, se puede
decir, que reivindicaba que había conquistado el mundo.
La reina Gloriana puso un dedo en sus labios sonrientes.
—Shhh, doctor Dee, va a oírle lord Montfallcon. ¿Nos mantendrá
informadas de sus experimentos?
—Claro que lo haré, señora. —«¡Ah, qué presión! Sólo hay un
experimento que quiero hacer antes de morir. Sólo un instrumento que tocar.
Os haré cantar como el arpa de Orfeo…»—. Y le agradezco su interés.
—Estamos siempre interesadas en investigaciones que pueden ampliar
nuestro conocimiento del mundo natural, pero debéis ir con cuidado, doctor
Dee. Puede que los avisos de lord Montfallcon sean ciertos. Podría aparecer
algún demonio de alguno de esos mundos que no podamos controlar.
—No os aventuréis demasiado lejos en el mundo de las hadas sin decirnos
adónde vais, mi señor —añadió la condesa de Scaith con una amigable
sonrisa—, y no confiéis demasiado en los destartalados artilugios del Thane
de Hermiston.
—¡O en los dragones mecánicos de su amigo, maese Tolcharde! —
Gloriana reía—. ¡Pobre Tolcharde! Trabaja tan duro en sus juguetes. He

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tenido que dedicar varias habitaciones para almacenarlos. ¡Y él sigue
construyendo más y más! Doctor Dee, pudisteis ver el telescopio que
construyó para observar a los habitantes de la Luna, ¿verdad? Admito que fue
divertido por un rato, pero esas diversiones se desvanecen rápido. Desde
entonces, he oído que se dedica a construir un barco que le lleve hasta allí.
—Para ser justo con el maestro Tolcharde —dijo Dee—, me ha sido de
gran ayuda en varios asuntos. Tiene grandes habilidades como constructor, y
es capaz de fabricar casi todo lo que necesito.
—Si sólo vive para construir artefactos cada vez más fantásticos —rió
Una—. Le da igual si se usan o no. La reina acepta los regalos, los admira, y
luego los manda almacenar. Y él es feliz haciéndole otros nuevos. Debe de
haber ya docenas de pájaros y otras bestias, a cada cual más elaborada.
El doctor Dee empezó a recoger sus mapas. Tenía la cara roja y la larga
barba empapada de sudor.
—No quería… burlarme demasiado del maestro Tolcharde —dijo Una en
tono conciliador—. La verdad es que respeto sus regalos.
—¿Os encontráis bien, doctor Dee? —preguntó solícita la reina.
—¿Bien? Sí, claro, señora. —«¡Oh, por los Dioses! Si tuviera el coraje de
levantaros de ese trono y en este mismo suelo juntar mi carne con vuestra
carne…».
—¿Tenéis fiebre?
—No, señora. Tal vez sea el calor. Mis habitaciones son… algo más
frescas. —«O deberían serlo, ¡si no acabaré en llamas!».
—¿Nos honraréis con vuestra presencia luego, en la cena?
—Con vuestro permiso, señora. —«Aunque preferiría morder vuestro
dulce hombro». Hizo una reverencia y murmuró—: ¡Ah!
—¿Doctor Dee?
—Hasta… la cena, señora. —Alzó demasiado la voz, mientras se alejaba
de la Sala del Trono, corriendo como si le persiguieran, hasta que chocó con
lady Lyst, la joven y famosa beoda, y una de las estudiosas más reputadas y
brillantes de la corte, que justo aparecía por la esquina. Dee no la reconoció e
intentó apartarla de su camino de malas maneras.
—Pero… ¡Buenos días, doctor Dee!
—Apartaos, señora, os lo ruego.
Pero ella le agarró del chaleco hasta que Dee la reconoció.
—Necesito consejo, gran sabio, os lo pido de verdad.
—¿Consejo?

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—Sobre un asunto filosófico. —Sus alegres ojos se clavaron vidriosos en
los del doctor Dee. Una cálida mano se posó en su cintura mientras ella se
reponía del golpe.
—¡Ajá! —Él no podía imaginar una sustituta más perfecta. Se puso
paternal y la agarró por los hombros—. ¡Acompañadme a mis habitaciones!
Venid, deprisa, lady Lyst, y os aseguro que os colmaré por completo con mi
filosofía.
Amablemente la ayudó a subir las escaleras que los conducirían al Ala
Oeste, hacia su torre, donde, como buen tradicionalista, tenía sus estudios y su
laboratorio.

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Capítulo V

Donde el capitán Quire es llevado en secreto a palacio,


y ante lord Montfallcon, para ser informado de una
misión desesperada.

Lord Bramandil Rhoone, inmenso y jovial, capitán de los Caballeros


Pensionistas, la guardia de la reina, estaba a cargo de Quire, al que mantenía
con los ojos cegados como a un halcón de cetrería. Inmediatamente empezó a
sacudir y cepillar al espía, ya que sus ropas estaban sucias por su paso por la
cárcel de Marshalsea. El moho, la paja y el estiércol habían conseguido que
Quire oliera a granja y caballerizas.
—Esto no puede ser, villano, si tenéis que tener una audiencia con lord
Montfallcon. Aunque no entiendo todavía por qué debemos proteger la
identidad de un individuo como vos.
Su redondo y rojo rostro sonrió por encima del collar escarlata, y sus
manos rubicundas le estiraron los puños a Quire, mientras éste se prometía a
sí mismo que, si alguna vez lord Rhoone caía en desgracia a los ojos de lord
Montfallcon, o si en alguna ocasión se adentraba en los callejones de los
ladrones de la ciudad, él se tomaría exactamente cuarenta y ocho horas para
matarle, y sólo se apiadaría de él en el segundo sesenta de la hora cuarenta y
ocho. Mientras sonreía, le dirigía algunas falsas palabras de cortesía.
—Gracias, mi señor. Le estoy muy agradecido, mi señor.
Lo único que consiguió fue que Rhoone le arrebatara su mejor espada.
—Debo guardarle esto. No se permiten espadas en la Corte, excepto las de
los hombres de la reina y la de su Defensor —dijo mientras acariciaba la suya
propia—. Venid dijo moviéndose rápidamente por entre los corredores, con
su mano en el hombro de Quire, lo que forzaba al capitán a correr, aunque
estaba muy debilitado por el duro banco que hacía las veces de camastro, las
frías piedras de la cárcel y la lucha de la noche anterior.

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—Un poco más despacio, mi señor. No me siento muy bien.
—Lord Montfallcon está ansioso por veros. Sin duda quiere preguntaros
más cosas acerca del sarraceno. Tuvisteis suerte de que lord Montfallcon
intercediera por vos, asegurando que estabais haciendo negocios en Notting
esa noche y que el hombre a quien agarraron fue confundido por vos por sus
ropajes similares. —Cuando se cruzaron con un grupo de personas, lord
Rhoone guardó silencio, saboreando con placer su recuento de lo que él
encontraba que era toda una sarta de mentiras—. Aun así, no aprecio mucho a
los sarracenos. Ni a los asesinos —añadió devotamente—, por la razón que
sea. Pero la reina ha dejado clara su política.
—Estoy totalmente de acuerdo, mi señor. —Quire resopló y se agarró el
estómago—. Un punto, me temo.
Los gruesos labios de lord Rhoone resoplaron como si fueran un semental
acalorado.
—Pronto llegaremos, no os preocupéis. —Llegaron a una larga sala de
espera, la Cámara de la Tercera Presencia, que era tan ancha como una plaza
de mercado, donde los cortesanos conversaban en claustros, interesándose en
la pareja al pasar por su lado. Lord Rhoone saludó a algunos, aquí y allá—.
Sir Amadís. Buenos días. Maese Wheldrake. Lady Lyst.
El capitán Quire, por otro lado, intentaba que los pocos que le conocían de
los que podían estar allí no le reconocieran. Incluso con la cabeza
encapuchada, atraía más la atención que el propio lord Rhoone. Tomaron el
pasaje central, girando antes de llegar a la Sala del Trono, parándose en una
puerta de la que sólo se veía el pomo, ya que el resto estaba escondido detrás
de un tapiz. Lord Rhoone golpeó y se les invitó a entrar.
Lord Montfallcon estaba contemplando el fuego, ensimismado, dándoles
la espalda.
—¿Rhoone?
—Sí, mi Lord Canciller. Él está aquí.
—Os lo agradezco.
Lord Rhoone sacudió la espalda de Quire una vez más, sonriendo para sí
mismo, y luego se retiró llevándose la espada de Toledo. Quire se giró hacia
él, furioso, pero se contuvo de inmediato. No quería perder tiempo fingiendo
humildad. Se quitó el sombrero y la capucha para descubrir su rostro, y
observó la habitación. No había nada desconocido en ella.
—Capitán Quire, señor. Cumplí vuestras órdenes y aquí estoy.
Lord Montfallcon asintió, poniéndose una capa de seda y piel en los
hombros y dándose la vuelta.

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—Sois un tipo con suerte, ¿verdad, Quire?
—Como siempre, mi señor.
—No lo fuisteis la noche de Fin de Año. Fuisteis torpe, exagerado, y
además, os dejasteis sorprender por simples guardias.
—No fui torpe, mi señor. —Parecía que Quire iba a estallar.
Lord Montfallcon suspiró y le echó una gélida mirada.
—Tinkler me trajo vuestra nota. La información sobre Arabia era útil,
pero lord Ibram tenía buenos contactos. De hecho, le habíamos asegurado a su
tío que Ibram estaría seguro en Londres. Si no fuera porque el tal Ibram tenía
reputación de salvaje, estaríamos en claros problemas, Quire. Quizá debería
haber dejado que sufrierais las consecuencias. Un Quire sin suerte no me sirve
para nada.
El capitán Quire se frotó las manos. Su postura no lo revelaba, pero su
tono de voz denotaba orgullo.
—¿Asesinarme, a mí? En nombre del conocimiento, quizá, ya que si
muero, el pie que mantiene la caja de Pandora cerrada se levantará, y saldrán
todos esos secretos que están ahora tan bien guardados. ¿O a lo mejor no
estáis de acuerdo, señor, con mi filosofía de precaución, y seríais capaz de
jugar al doctor Fausto con los secretos más oscuros de la reina?
Lord Montfallcon escuchaba, no por interés en el tema, sino porque creía
haber llegado a atisbar algo del alma de Quire.
Quire continuó.
—No obstante, señor, sé que no podéis pensar así. Siempre habéis sabido
por qué vale la pena preservar la vida del capitán Quire. A cualquier precio,
¿verdad, señor? A cualquier precio… porque soy el Guardián Cerberus que
guarda los diablos y los malditos para que no escapen del Hades. Soy el
protector de vuestra seguridad, lord Montfallcon. No me honráis lo suficiente.
Lord Montfallcon se relajó, pensando que Quire había ido demasiado lejos
y se había delatado a sí mismo.
—Ah, sois un pobre perro incomprendido, ¿verdad?
—Un perro maltratado, mi señor. Los guardias de sir Christopher me
encerraron enfermo y me dieron la peor celda en Marshalsea. Esperaba algo
mejor por aceptar participar en vuestras estratagemas. Además, no ocultaron
del todo mi identidad.
—Mi recompensa, Quire, es vuestra libertad. Al fin y al cabo, acabo de
salvaros.
—Me arriesgué mucho, señor, y no desaparecí. Soy el mejor hombre que
tenéis en Londres, y en toda Albión. ¡En todo el Imperio! Porque soy un

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artista, ¿sabéis? Y no soy vulnerable.
—Y esto, de alguna manera, os hace un siervo de dudosa utilidad, capitán
Quire. Sois demasiado inteligente para este trabajo. Venís de una excelente
familia, fuisteis educado en John, en Cambridge, pero rehusáis todas las
oportunidades respetables que se os presentan.
—Tengo otro tipo de inclinaciones más creativas, mi señor, y toda la
geografía mundial para llevarlas a cabo. No tengo otro talento que la malicia,
y puesta a vuestro servicio, señor, me permitirá llevar aún más lejos mis
estudios en este campo. He considerado otras llamadas, pero han sido todas
en vano. No me ha gustado ninguna de las profesiones que he desempeñado.
Es más, creo que mis trabajos a vuestro servicio, y por lo tanto, al de la
mismísima reina, han sido más que buenos, por no decir que han rozado la
excelencia. Al fin, estaréis de acuerdo, soy capaz de controlar el nivel exacto
de malicia, si es necesario. Esos otros, estudiantes, abogados, cortesanos,
mercaderes, soldados, todos los que son considerados pilares de nuestro
Reino, acaban tirando piedras a su propio tejado, ansiosos por no ver a qué o a
quién le acaban dando. Pero yo miro a los ojos de todo aquel a quien ataco,
mi señor. Les digo lo que estoy haciendo, para corroborarlo conmigo mismo.
Lord Montfallcon se calmó. No se ofendió por el discurso de Quire, y
Quire sabía de antemano que no le ofendería. Era dado a estos discursos,
definiendo su trabajo como un poeta definiría su obra maestra. Si Quire se
hubiera querido disculpar, si se hubiera mostrado conciliador, Montfallcon
habría sospechado. Le había contratado por su creatividad y su impertinencia
tanto como por su coraje y su ingenio. El viejo canciller se sentó tras su mesa.
Quire permaneció junto al fuego.
—Bueno, Quire, me habéis importunado bastante. En un momento donde
complicaciones es justo lo que menos necesito. Aun así, ya está hecho.
—Así es, mi señor. King debe desaparecer por este asesinato, aunque sólo
ayudara y no iniciara el hecho. Debemos facilitarle un exilio adecuado.
—Hay poca gente que crea que ha sido él quien ha cometido ese
asesinato. Sir Christopher no lo cree. Y dudo que los sarracenos acepten esa
versión por mucho tiempo, cuando reciban sus propios informes sobre el
asunto. Debéis ser cauteloso, Quire. Pueden ser gente muy vengativa.
—Siempre soy cauteloso, mi señor. Y ahora, ¿cuál es mi nuevo encargo?
—Debéis ir a la costa. Vuestro trabajo es frustrar el rumbo de un galeón
que arribará al estuario del Támesis durante la marea temprana de mañana. Si
es posible, que no haya ningún muerto, pero debe llegar a la arena en la boca
del río, en Rye. Ya hemos mandado un barco para que intercepte al piloto y

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sitúe a alguno de nuestros hombres a bordo. Dirigirán el galeón a Rye
aludiendo que el Támesis está congelado.
—Buen plan. Ningún barco podría llegar ahora a Londres sin arriesgar sus
cuadernas. Pero ¿cuál es mi función? El nuevo piloto puede realizar el plan
sin mi ayuda.
—No es tan fácil. Le daréis un giro al plan para cerciorarnos de que todo
va como la seda. El modo en que los hagáis os lo dejo enteramente a vos.
Dejo todos los detalles a vuestra imaginación.
—Me alegra que sigáis confiando en mí, señor.
—En asuntos como éstos, Quire, sois siempre el más inventivo. El barco
del rey de Polonia, el Mikolaj Kopernik, debe encallar, y el rey debe ser
capturado como si les hubieran atacado unos secuestradores comunes para
obtener algún tipo de rescate. Aquí tenéis un burdo plano que he dibujado
para vos. Si habla nuestra lengua, debe creer que le han confundido por un
dignatario extranjero cualquiera. Usad vuestro conocimiento de la alta lengua
sólo si es estrictamente necesario. Luego lo retenéis por un tiempo, y ya os
haré llegar información sobre cuándo y cómo debéis soltarle.
Quire se estaba divirtiendo.
—¿Un rey? Bueno, mi señor, me lanzáis tras una presa espléndida. Pero
necesitaré algunos hombres para esta cacería.
—Escogedlos.
—Tinkler. Hogge. O’Bryan…
—¿Emplearéis de nuevo a ese fanfarrón?
—Lo hará bien en esta misión. Además, ha pasado más de dos años
trabajando para los polacos, como soldado, y quizá nos vaya bien como
traductor. Y quizá Webster…
—¡Ni hablar! Ese pillo ha sido visto con cierto jovencito de la corte, y
podría ser reconocido después.
—¿Kinsayder?
—Creo que ninguno de esa panda de manchados de tinta con pretensiones
de caballeros os servirá. Algunos de esos locos todavía piensan que están al
servicio de nuestra reina. Ingenuos que no conocen la corte, sino simplemente
sus detritus. —Montfallcon frunció el ceño—. Además, son unos cotillas.
Llevaríais a todo un gallinero con vos, con toda esa pandilla.
—Más bien gallos luchadores, mi señor, y más valientes que vuestros
alborotadores corrientes.
—Sí, y más ambiciosos también. Y más imaginativos. Empleé ese tipo de
gente bajo el reinado del viejo rey Hern, pero en estos momentos sólo me

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atrevo a emplearos a vos, ya que no sois como ellos, adicto a la bebida, al
lenguaje fuerte y a la promiscuidad. Uno siempre acaba pagando por las
ocurrencias que emiten en gran cantidad: habladurías, escándalos y anécdotas
exageradas.
Los finos labios de Quire se movieron.
—Lo he captado, mi señor. Haré mi lista más tarde, siguiendo vuestro
consejo.
—Mandádmela cuando la hayáis acabado.
—Lo haré, mi señor.
—Y si es posible, no rebeléis el fondo del asunto a vuestros mercenarios.
—No lo haré. Aunque es un ardid poco sutil.
—Es lo mejor que se nos ha ocurrido con tan poco tiempo. Debemos
retener la amistad con Polonia. Si usamos la vía diplomática, lo adivinarán de
inmediato. Este plan es tan desesperado que no sospecharán que provenga de
la mano de Montfallcon.
—Pero ¿y las consecuencias?
—No las habrá, si cumplís correctamente con vuestra parte del plan; con
vuestra astucia habitual, claro está.
Quire resopló.
—Mi espada. Ese quisquilloso de Rhoone me la cogió. Me marcharé por
la puerta de las Arañas. —Se puso la capucha de nuevo.
Montfallcon llamó al lacayo con su campana de latón.
—Clampe, dile a lord Rhoone que te dé la espada de este caballero. —Y
se fue a calentarse al lado del fuego.
—Esta maniobra es de los tiempos del rey Hern —continuó Quire—.
Esperemos que nadie se acuerde de cómo le servisteis, porque yo sí recuerdo
que…
—Erais un niño cuando Hern se quitó la vida.
—Y no siento ninguna nostalgia. ¿Eso he dicho?
Montfallcon se pasó un dedo por el párpado.
—Vos y yo, y los cuarenta años que nos separan, somos de otra era. Es
irónico que debamos trabajar juntos para no tener que volver a ese pasado
oscuro.
Quire le siguió la corriente.
—O que yo, el más malvado de los villanos, me beneficie de vivir en un
mundo donde la justicia es mucho más fuerte que antes, en un mundo donde
reina la virtud.
Montfallcon levantó el brazo derecho y lo estiró, diciendo ácidamente:

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—Yo continuaré haciendo mucha falta mientras tipos como tú
permanezcan en la Tierra.
Quire reflexionó sobre lo que le había dicho, y negó con la cabeza.
—Al contrario, se puede argumentar que gente como yo es necesaria
mientras almas nobles como la vuestra sigan ejerciendo el poder. Después de
todo, Platón nos dice cuán vulnerable es el tiempo del monarca perfecto.
Montfallcon estaba perplejo. De mala manera, cambió el tema.
—Hay algunos caminos en muy mal estado a causa de la nieve. Tendréis
caballos, supongo.
—Tendremos que alquilarlos.
—¿Oro?
—Necesitaré un tanto.
El lacayo volvió con la espada, y Quire avanzó unos pasos para tomarla.
—Gracias —dijo mientras la envainaba.
Montfallcon esperó a sacar la llave para abrir la caja hasta que el sirviente
se dio la vuelta y se fue. Cuando la puerta se cerró, la abrió del todo y empezó
a contar monedas.
—¿Cinco nobles?
—Sí, eso pagará los caballos y los hombres.
Montfallcon puso el oro en las osadas manos de Quire.
—¿Partiréis antes de que anochezca, esta tarde?
—En cuanto esté todo listo y haya comido y me haya lavado un poco.
Los dos hombres entraron en una sala más pequeña y luego en otra
todavía más pequeña. Una tercera puerta, escondida en un panel detrás de una
silla, llevaba a los muros, una salida del Palacio que Quire, Tinkler y su
patrón creían que sólo ellos conocían. Quire apartó las nuevas telarañas como
si fueran unos cordones viejos, y pasó a través del túnel. Profirió un adiós
silencioso a Montfallcon, antes de que el panel se cerrara detrás de él. Se
quitó la capucha y volvió su capa del revés. Con esto y el sombrero iba
completamente de negro. El sitio donde fue a parar estaba lleno de una luz
grisácea de procedencia oscura, donde cientos de arañas tejían sus telarañas
entre muros, techos y suelos. Se mantuvo pegado a la pared andando muy
despacio, para pisar el menor número de arañas posible. El túnel era de
cristal, y puede que anteriormente hubiera sido una especie de invernadero
para cultivar árboles frutales, ya que por todas partes se veían restos de tubos
y ollas, y montones de ramas podridas. Ahora, el polvo lo cubría todo, y un
grueso techo había sido construido encima del cristal. La luz parecía llegar
desde unas ventanas situadas al final de lo que podría denominarse un

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cobertizo gigante. El túnel se iba curvando gradualmente, formando una
herradura, y el aire se hacía más frío y había menos arañas a cada paso, hasta
llegar a una puerta que Quire solía usar, y que daba a otro largo pasillo con
suelo de piedra hasta un muro exterior que se abría a un jardín. Se metió por
un agujero hacia la oscuridad, con pasos rápidos sobre la tierra mojada. Quire
se estremeció y se encogió en su capa acercándose a una verja alta. Saltó por
encima y se tambaleó hacia la luz del día, hacia la gruesa capa de nieve.
Empujó otra puerta y se quedó parado delante de un alto precipicio de
ladrillos amarillentos. Delante de él, se extendía un inmenso jardín
ornamental, abandonado y salvaje, olvidado, con la nieve y el hielo
delimitando claramente su antiguo perfil. Ramas oscuras perfilándose hacia el
cielo, estatuas rotas con la mirada fija debajo de una buena capa de nieve: los
semidioses de un antiguo reino más soleado, de armiño, ahora congelado. El
aliento de Quire se veía gris en este escenario. Con paso seguro, dirigió sus
botas hacia una senda invisible, pero conocida, entre cuadrados, círculos y
óvalos de inhóspitos lechos de flores y fuentes atascadas. Siguió cerca de otro
muro cubierto de hiedra, saltó una pequeña verja de hierro y se metió por una
gruta, intentando pisar los adoquines que no tenían nieve, hasta llegar a una
gran puerta que abrió con su ganzúa. La puerta daba a una colina sin ningún
camino hacia abajo. Quire tenía hambre. Empezó a bajar por la colina hacia
un bosquecillo de álamos. Encontró un caminito, negro por las marcas de
ruedas. Miró atrás. El viento soplaba con fuerza, y la nieve fresca se levantaba
como si fueran las aguas bravas de un ancho y profundo río. Quire tropezó y
cayó. Rodó por el suelo. Maldijo al tiempo que, soltando una risita ahogada,
se arrodillaba buscando refugio entre los árboles, parando un momento para
recuperar el aliento. Apoyó su espalda maltrecha en un tronco, divisando el
humo que provenía de la ciudad, ya muy cerca. Una verja era el último
obstáculo para Quire, que saltó cuidadosamente para no ser visto. Cayó en un
charco congelado, y el hielo hizo un crac antes de que el capitán se lanzara de
nuevo a la carrera.
A través de los surcos de las ruedas y la nieve Quire voló, con las plumas
de cuervo de su sombrero ondeando al viento y su capa crepitando como
fuego negro, cada vez más rápido, hasta que sin darse cuenta llegó a las
puertas de Londres, a esos portones sin guardias que le llevaron a las calles
más salubres, en el norte de la ciudad, cerca de un hostal respetable donde le
tenían por un caballero estudioso al que sus investigaciones llevaban a
menudo a la cercana Biblioteca de Antigüedad Clásica. Al estudioso original
Quire le dio muerte durante una disputa sobre la identidad del poeta Justus

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Lipsius, y simplemente le robó la identidad. Ahí se dio un baño, comió una
cena mucho más rica que las que normalmente le solían servir en las otras
pensiones que frecuentaba, y alquiló un buen purasangre. El tiempo empeoró
y mucha gente se refugió en la posada, dejando las calles desiertas, mientras
Quire se alejaba galopando en dirección al río, a la taberna Seahorse, para
indicarle a Tinkler qué hombres contratar y dónde encontrar los mejores
corceles. Tinkler, dejándose llevar por la energía de Quire, se apresuró, con su
nuevo abrigo puesto, hacia la puerta. El capitán, acabándose el último trago
de ron, se disponía ya a seguirle cuando el infeliz rostro de maese Uttley se le
puso delante. Con los ojos perdidos, puso una mano propiciatoria en el brazo
de Quire.
—Tenéis un enemigo allá afuera, señor. Esperándoos junto a vuestro
caballo.
Quire miró el reloj de pared (el orgullo de Uttley), y vio que tenía todavía
un par de horas antes de encontrarse con sus hombres en la calle Rye.
—¿Algún pariente del sarraceno?
—Un tipo al que habéis herido, o eso es lo que dice.
—¿Y tiene nombre el individuo?
—Si lo tiene, no me lo dijo. Si lo deseáis, capitán, puedo mandar al mozo
de cuadra con el caballo a la puerta de atrás para que lo encontréis allí.
Quire negó con la cabeza.
—Prefiero algo más directo. Yo no me acuerdo de haber visto a ningún
tipo. —Se acercó a la puerta con curiosidad y se apoyó en el umbral,
estudiando la delgada figura de un chaval que estaba de pie al lado del
caballo, mirándole con ojos inciertos. El chico llevaba un sobretodo con
capucha, pantalones de piel de conejo y botas remendadas. Aguantaba una
larga lanza con su puño enguantado. Un pelo brillante y completamente negro
se escapaba de la capucha. Tenía unas facciones gitanas, oscuras, pero fue su
boca lo que dio a Quire la pista final para comprender de quién se trataba: era
ancha, con un prominente labio inferior con mueca enfurruñada. Quire
resolló.
—¿Me buscáis a mí? —dijo.
—¿Sois el capitán… Quire? —El chico se sonrojó, confundido por la
escena que había imaginado de este encuentro y la realidad.
—Lo soy, querido mío. ¿Qué daño reclamáis que os he hecho?
—Soy Phil Starling.
—Bien. El hijo del vendedor de velas. Vuestro padre es un navegante
retirado. Un buen hombre. ¿Necesitáis dinero? Os aseguro que no me gustaría

[Link] - Página 66
estar en deuda con un honesto lobo de mar. Si es así, os puedo acompañar si
vuestra intención es llevarme a donde está vuestro padre.
—Sabéis más de mí de lo que yo sé de vos, capitán Quire. Vengo en
nombre de una joven dama, que hace poco ha cumplido los catorce años, a la
que habéis puesto vuestras lascivas manos encima, amenazando su virginidad.
Quire se permitió levantar un poco la ceja.
—¿Cómo?
—Alys Finch, la sirvienta de la señora Crown, la costurera. Ella es
huérfana, y es un ángel. Una criatura de naturaleza pura y de buena voluntad
con la que me casaré y a la que ahora protejo. —Starling hizo un inútil gesto
con su palo.
Quire fingió controlar su furia.
—¿Y cómo he ofendido yo a esa joven virgen? ¿Con manos lascivas?
¿Sobre la muchacha que hace mis remiendos, a la que no reconocería la
próxima vez que entrara en mi habitación? ¿Quién os ha dicho eso?
—Me lo contó ella misma. Estaba muy agitada. —El muchacho titubeó—.
Y ella… nunca miente.
—Las chicas jóvenes, no obstante, tienen mucha imaginación… sobre
todo con cosas que les gustaría que se hicieran realidad. —Quire se tocó la
barbilla—. Visiones, y cosas así, ¿sabéis? Tal vez fruto del curso de la
naturaleza. Saben tan poco del mundo que interpretan cualquier observación
como un comentario vicioso, en tanto que confunden una sugerencia viciosa
con algo virtuoso. —Quire se mostró conciliador—. ¿Qué os ha contado,
muchacho?
—Sólo eso. Que estaba angustiada. Y lo de las manos lascivas.
Quire le mostró las palmas de sus manos enguantadas, y las inspeccionó.
—Dudo que éstas la hayan tocado. Se llevó mis ropas para remendar, eso
sí. ¿Había algún otro huésped que requiriese los mismos servicios en el
hostal?
—No, fue usted. Todo el mundo os conoce como el Príncipe del Vicio.
—¿Ah, sí? —Quire se rió abiertamente—. ¿Y eso, quién lo dice?
—Todo el mundo en el Kings Beard.
—¿Y vos os creéis a esos… aburridos inventores de escándalos? Como no
me mezclo con la muchedumbre, me envidian. Soy un misterio, y por tanto
objeto de la más calenturienta imaginación. ¿Habéis oído eso que se dice de
los que acusan a hombres honestos de vicio? Que no saben controlarse a sí
mismos…
—¿Qué?

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—Incluso vos, amigo, elaboráis fantasías de este tipo. Escucháis que un
hombre es malo y os imagináis qué haríais vosotros en su lugar. ¿Verdad?
Un carruaje pasó veloz, conducido por un par de corceles grises y con las
ventanas cubiertas. Se percibía un olor de pato asado y almizcle, como si
alguna puta rica hubiera comido durante el paseo. El caballo negro de Quire
pegó una coz, y el chico dio un paso hacia Quire.
—Es un arma muy buena. ¿Es para mí? —le espetó Quire.
—¿Juráis que no habéis tocado a Alys? —Starling parecía totalmente
confundido, como si no supiera qué hacer a continuación.
—¿Qué dice ella que le hice?
—Que le hicisteis… que la forzasteis a mostraros su cuerpo…
Quire se mostró severo.
—No puedo recordar haber puesto ni tan siquiera un dedo encima de la
dama. —Los dedos de Quire agarraron la lanza del muchacho—. Pero quiero
llegar al fondo de la cuestión, si puedo. A ver, analicemos juntos el asunto,
¿sí? ¿Tomándonos algo? Es posible que tal vez, sin darme cuenta, hiciera
algunos gestos que ella malinterpretara.
Starling asintió, impresionado por la gravedad que mostraba Quire.
—Es posible. No culparía a un hombre injustamente.
—Puedo leer en vuestros ojos. Sois un hombre bueno y honrado. Y
sensible a las desgracias de los otros. Pero demasiado impulsivo al defender a
aquellos que quizá no lo merecen tanto, ¿eh? Todo eso puede leerse
perfectamente en vuestro rostro. No me extraña que os amen, pues tenéis una
belleza excepcional. —Quire tomó la lanza y la dejó a un lado, poniendo un
brazo en la cintura del chaval—. Sería feliz si tuviera un hijo tan maduro
como vos, dulce Phil.
Starling, halagado y eufórico por las atenciones de Quire, se relajó. Y eso
le perdió.

[Link] - Página 68
Capítulo VI

Donde la reina Gloriana sigue persiguiendo su tan


familiar y desesperada búsqueda nocturna.

La luz escarlata que llenaba la pequeña habitación caía desde los candelabros
que colgaban del techo, siguiendo la moda de la corte de Catay, y, entre las
sombras creadas por la luz, avanzaba la reina, de un lado a otro, con las
manos en la cintura, en los muslos, en los pechos, cruzadas, descruzadas,
tapándose la cara, masajeándose los hombros, como si temiera que su cuerpo
tembloroso echara a volar de un momento a otro. Tomó una botella de color
carmesí y se sirvió un poco de vino en una copa incrustada de rubíes. Se
deshizo de su bata de seda y se quedó en ropa interior, que sólo le cubría de la
cintura a las rodillas. Se cepilló el pelo con sus largos dedos adornados con
brillante oro, observando sin cesar sus blancos pechos. Se acercó al fuego y se
arrodilló, como si pidiera al fuego que aligerara la tensión de su cuerpo.
—¡Lucinda! —llamó casi gritando.
De una montaña de cojines escarlatas de una esquina, se levantó la cabeza
adormecida de una niña flacucha.
—¡No! —súbitamente arrepentida, ordenó a la niña que se volviera a
dormir con un gesto. Su conciencia le impedía cansar más a la chiquilla.
Además, su ternura se había consumido, y ahora sólo quería cualquier
sensación que la ayudara a olvidar sus frustraciones. Se golpeó las ingles con
el puño. Finalmente, sacó una llave secreta de debajo de un mantel y apartó
unas pesadas cortinas, que dejaron al descubierto una puerta a unos
apartamentos aún más secretos que los que ocupaba en ese instante.
Un corto tramo de escaleras la llevó hacia una tosca y centelleante luz de
antorcha, situada en una estancia de esplendor asimétrico, donde los muros se
elevaban hasta formar una bóveda, cuyas paredes estaban adornadas con
grandes gemas, como si fuera una cueva de hadas, y mientras avanzaba y sus

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pies desnudos se hundían en las tupidas alfombras, observaba las escenas de
los tapices, oscuras escenas de antiguos placeres. Al fondo de la sala
aparecieron dos gigantes. Uno era un musculoso albino de ojos rojos y pelo
blanco, que estaba desnudo. El otro tenía la piel oscura, ojos azabaches y pelo
negrísimo. Por lo demás, era idéntico a su gemelo albino. El aventurero
mercader que los había encontrado y emparejado había descubierto al albino
en Muskovy y al negro en Nubia, y los regaló a la reina en uno de sus viajes a
Albión. Los dos se postraron en una humillada reverencia, esperando poder
darle placer, adorándola como siempre habían hecho. Pero sin mediar palabra,
la reina pasó de largo empujando una nueva puerta hacia otra caverna, aún
más oscura, impregnada del hedor de la carne fresca, de sangre, de fluidos
salados. Aquí era donde tenía a sus flagelados, hombres y mujeres, pasivos y
dominantes, que vivían simplemente para disfrutar o blandir el látigo. Cuando
Gloriana pasó, algunos levantaron la cabeza rememorando el éxtasis que
habían sentido una vez, recordando los dulces dedos de Gloriana. Otros la
miraban fijamente, recordando su cuerpo malherido, y cómo su orina caía de
su cuerpo inviolable, y la llamaban, pero ella no se mostró obediente esa
noche. Un pasaje corto, conectado a otra puerta. Otra llave, y se encontró
entre sus niños y niñas, sonrientes pero impacientes. Siguió adelante a través
de las habitaciones, donde sus geishas, hombres y mujeres, le susurraron
saludos. Despertando de su ensueño Gloriana oía, entre cánticos susurrados,
su nombre. «Gloriana, Gloriana, Gloriana», cada vez resonando más fuerte en
sus oídos, «Gloriana, Gloriana».
—¡Ah!
Pasó entre bestias y sus amantes, entre la belleza frígida y la fealdad
sensual; pasó ante viejos y jóvenes, desnudos o vestidos con los disfraces más
elaborados, pasó por los baños de leche, o vino, o sangre, entre patíbulos,
camas y horcas, pasó entre chicas jóvenes, sus matronas, cruzó escuelas y
guarderías, gimnasios, librerías y pequeños anfiteatros, pasó entre los ciegos,
los locos, los medio sanos, los tullidos, los sordos y los tontos, pasó ante caras
inocentes y de lujuria, generosas y avaras, exquisitas y ordinarias, nobles y
corrientes…
«Gloriana, Gloriana, Gloriana…».
… Pasó ante las orgías, los banquetes, los bailes, los grupos de música, los
deportistas, los gladiadores y atletas, por extrañas habitaciones que apenas
recordaba, por cuartos de formas peculiares, oscuros y superpoblados con
tesoros de todo el mundo, a través de pasadizos, galerías, claustros,
dormitorios y sanitarios…

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«¡Gloriana, Gloriana!».
—¡Oh! —lloriqueó ahora medio corriendo—. ¡No!
Por fin, un vestíbulo tranquilo. Hombres hirsutos, inmensos y perezosos,
levantaron la mirada desde una piscina termal de azulejos dorados y azules.
Los olió, medio monos, y se fue a sentar entre ellos. Al principio se
mantuvieron distantes, pero poco a poco despertó su curiosidad. Empezaron a
inspeccionarla, quitándole su abrigo de piel de lobo, acariciándole el pelo,
oliendo sus manos y sus pechos.
—Soy Albión —les dijo—. Soy Gloriana.
Los hombres hirsutos rugieron y parecía que la entendían, pero no lo
hacían, ni siquiera podían pronunciar sus propios nombres.
—Soy la Madre, la Protectora, la Diosa, la Monarca Perfecta. —Se tumbó
y sintió su tosca piel en su suave carne. Se rió mientras la acariciaban—. ¡Soy
la reina más noble de toda la Humanidad! La emperatriz más poderosa que el
mundo ha visto nunca. —Suspiró mientras sus cálidas lenguas la lamían,
mientras sus dedos tocaban sus puntos sensibles. Los abrazó. Lloró. A
cambio, les hizo cosquillas en sus estómagos peludos, mientras ellos gruñían
de placer. Se estiró. Se retorció—. ¡Ah! —Y sonrió. Gruñó.
Empezaron a empujarse unos a otros para estar más cerca de ella. Se
abrazó a uno, tumbándolo a su lado. Mientras él resoplaba y gemía, ella
acarició su hocico, su cabeza y su espalda peluda. Casi no le notó entrar. Ella
presionó, le agarró las nalgas y empujó. Ella cabalgó. Él se estremeció, y ella
lo miró con desorbitada expresión: sus mandíbulas apretadas, su benigno
rostro animal mirándola fijamente.
Unos instantes después, él y sus camaradas perdieron interés en Gloriana
y se retiraron a un lado de la habitación a por comida, dejando a la reina de
Albión sentada con las piernas cruzadas en el borde de la piscina, mirando la
repugnante calma del agua.

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Capítulo VII

Donde el capitán Quire intenta provocar el naufragio


del Mikolaj Kopernik y la captura de su principal
pasajero.

El capitán Quire miró con satisfacción la nube oscura que gradualmente iba
cubriendo la luna. Enfrente, el horizonte se desvanecía y el mar ya no
desprendía ese brillo mágico. Las luces del galeón polaco, el Mikolaj
Kopernik, ya habían sido divisadas por O’Bryan, el renegado de Erin, que
estaba sentado cómodamente en el puesto del vigía, fumando una pipa y
olisqueando el viento.
—Debería encallar en media hora, capitán.
El vigía gimió. Tenía una daga de ésas con el mango muy ornamentado
clavada en su espalda: la daga de O’Bryan.
—Por Júpiter, O’Bryan —dijo Tinkler, soplándose las frías manos—, ¿por
qué no te cargas de una vez a este pobre diablo?
—¿Por qué debería hacerlo? —O’Bryan habló razonablemente—. Cuanto
más vivo esté, más caliente me mantendrá. Con este tiempo un hombre debe
usar todos los trucos posibles para no congelarse. Es el truco de la
supervivencia, Tink.
Quire escudriñó el horizonte con su catalejo. Cuando levantó el brazo, el
viento hizo ondear su capa y se la llevó unos metros por detrás. Se puso el
catalejo en el bolsillo para recuperarla, y se la ató al cuello con un broche
dorado que llevaba de vez en cuando. Volvió a mirar y le pareció ver el
galeón. El ala de su sombrero golpeaba la copa, su pelo ondeaba como la
hierba en un remolino, y el mar salpicaba su cara, en la parte desprotegida por
la capa, de agua y espuma.
—Una noche perfecta para un naufragio. —O’Bryan encendió de nuevo
su pipa y levantó el culo un instante de encima del vigía para que pudiera

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respirar un poco. Llevaba puesto un grueso sombrero de piel, al estilo
ucraniano, y un abrigo de oso hecho con la piel y el pelaje del animal, de
modo que las garras colgaban encima de sus manos y cuello y cabeza le
servían de bufanda. Sus rasgos cuadrados y huesudos mostraban una cara de
gran bebedor, y sus ojos revelaban mucho de su carácter, que él ocultaba con
su sonrisa y saber estar. Miró a la torre, un faro que sobresalía por encima de
la casita del vigilante, donde una luz roja avisaba a los barcos de alejarse del
canal hasta el día siguiente. A los lados, dos linternas apagadas, una amarilla
y la otra azul, que indicaban cuando había buen tiempo hacia qué lado debían
ir los barcos, ya que las balizas de aviso estaban posicionadas en el centro de
una pequeña lengua de arena en medio del estuario. Las aguas en ese punto
eran erráticas, a veces profundas y otras veces muy bajas, dependiendo de la
inestable posición de la arena.
Tinkler miró fijamente a la playa, donde el resto de sus hombres les
esperaban cerca de los caballos que les habían llevado hasta allí cuando la
marea estaba baja.
—Si tarda más de media hora, esos rufianes estarán demasiado tiesos para
actuar y nos arruinarán el plan.
—El plan no puede fallar —dijo Quire—. Sólo tenemos éste.
—Un complot de locos… —añadió O’Bryan—. Un noble polaco por el
que nos darán un buen dinero. Los polacos son muy ricos. Probablemente más
ricos incluso que Albión. Una vez estuve en Goddansjik por unos meses, y vi
ahí más oro del que nunca he visto en Londres. Pero sus leyes son extrañas,
hechas por plebeyos, y es difícil para un espíritu libre ganarse allí la vida,
excepto siendo soldado. Aunque si te mandan al este estás perdido: ahí son
más pobres.
Quire había decidido no contar a O’Bryan las razones del verdadero plan,
y pensaba traicionarlo tan pronto como éste hubiera cumplido con su parte.
Pensaba que O’Bryan era un estúpido con más avaricia que inteligencia al que
no podía controlar como a los demás.
—En un mes todos seremos ricos, O’Bryan. Al menos si consigues llevar
el mensaje a Polonia: ésa es tu parte.
O’Bryan estuvo de acuerdo con eso, y como Quire se mostró tan generoso
con él, no le vio ninguna pega al plan. El irlandés se calentaba las manos con
su pipa y golpeaba las costillas de su víctima con el tacón, como si avivara los
restos de un fuego.
Quire tenía el galeón en el punto de mira. Le pareció oír el sonido de una
trompeta: el barco les hacía señales. Navegaba rápidamente a través de la

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marea plateada. Quire entrevió unas figuras, probablemente el capitán de la
nave hablando con otro que señalaba en su dirección. Y en la popa, la
desaliñada figura que estaba buscando, el rey de Polonia.
Subió a la torre, mientras Tinkler hacía sonar la trompeta para contestar la
llamada del otro barco. El greñudo rey de Polonia observaba desde la
cubierta. Quire apagó la lámpara roja, y encendió, como por casualidad, la luz
verde. Luego cambió de lado la luz azul, para que el galeón se dirigiera
directamente hacia los bancos de arena donde sus hombres ya lo esperaban
impacientes. Ya se podía ver al Mikolaj Kopernik sin necesidad del catalejo.
Habían arriado velas, y los remeros empezaron a remover las aguas. Después
de interpretar las señales de las luces, la nave empezó a tomar más velocidad,
dirigiéndose exactamente a donde Quire había planeado. Bajó de la torre a la
carrera, le tocó el hombro a O’Bryan y le guiñó un ojo a Tinkler antes de
empezar a correr hacia la playa para dar la bienvenida a su preciada
recompensa.
—Ya se acerca, compañeros. —Quire se paró un segundo para levantarse
los pliegues de las botas y atárselas bien fuerte por encima de las rodillas. El
viento les hacía parecer espantapájaros andrajosos y encorvados en medio de
la playa, y las crines de los caballos parecían halos. Un poco más cerca de la
orilla, donde las olas rompían en la playa y mojaban las planas piedras, Quire
sentía el olor y el sabor de la sal en sus labios. No le gustaba el mar, era
demasiado grande, demasiado indomable.
—¿Pistolas, capitán? —le dijo uno de sus mercenarios, medio
escondiéndose en su capa.
—Para eso las hemos traído, Hogge. Más para el ruido que para otra cosa.
El problema con un trabajo de este tipo es que, a no ser que avises de tu
presencia, como las marionetas en la feria, nadie se entera de lo que pasa. Y si
no se enteran, no se asustan, y acaban yéndose sin ni siquiera enterarse de que
estamos aquí, esperándolos. —Quire disfrutó de su discurso, pero dejó a sus
hombres preocupados—. Sí, pistolas, claro que sí. Disparad al aire hasta que
tengamos a nuestro hombre. No queremos que le vaya ninguna bala a la
cabeza por accidente. Nos quedaríamos sin recompensa. Ya os he dicho a
quién tenéis que buscar.
O’Bryan llegó arrastrándose por la arena. Se rascó el culo y se tiró un
pedo. Llevaba dos grandes pistolas en los bolsillos de su piel de oso y se las
puso bien cerca de la cara, inspeccionando los cierres.
—Cuidado con estas pistolas, O’Bryan. —Quire golpeó el hombro del
hombre de Erin suavemente. Si las dejas ir demasiado pronto, el barco creerá

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que les ataca un ejército y dispararán hasta destruir la isla entera.
O’Bryan apreció el cumplido sobre sus armas y rió bien alto.
Quire notó cambios en la marea y se dio la vuelta, a tiempo para ver cómo
el Mikolaj Kopernik embarrancaba en la arena y sus remos se rompían, uno a
uno: demasiados latigazos. El viento resopló como un órgano por encima del
barco y los gritos y chillidos provenientes de la plataforma se asemejaron a
los de las gaviotas persiguiendo a un pesquero que entraba en puerto. Quire y
Tinkler empezaron a correr hacia allí.
Cuando Quire se acercó a la mole de madera, se dio cuenta de que la nave
había virado a estribor, y reposaba sobre sus remos rotos como un peligroso
cangrejo. El viento zarandeó el velamen, y el barco se transformó en una
criatura marina indefensa en la arena. Desde arriba se oían voces de
desesperación. Los remeros probablemente fueron los que salieron peor
parados, y de su posición se oían gritos y aullidos que, sumados a los
bramidos del viento, hacían la escena todavía más espeluznante.
Tinkler se estremeció mientras se acercaban.
—¡Ugh! Parecen espíritus. ¿Capitán, estáis seguro de que no hemos hecho
embarrancar a un barco fantasma? Hay muchos hundidos por estas aguas…
Quire le ignoró, señalando la escalera ornamental construida en un lado
del barco.
—Podemos subir fácilmente por ahí. Rápido, Tink, ahora, mientras están
confundidos.
Se adentraron en el agua, que les llegaba hasta las rodillas, por debajo de
las maderas astilladas de los remos, hasta llegar a su destino. Ahí vieron que
estaba más a estribor del barco de lo que en un inicio habían calculado.
Las algas se le enredaban en las botas y se enganchaban en las espuelas.
El barco gemía entre crujidos ensordecedores, y se hundió un poco más hacia
su lado, así que por un instante parecía que les aplastaría, pero en lugar de eso
les acercó la escalera un poco más.
—¡Sobre mis hombros, Tink! —Quire se agachó y levantó a su
bamboleante cómplice. Tinkler intentó agarrarse al pasamano de la escalera,
falló, se levantó de nuevo y al fin lo agarró, colgándose del escalón más bajo.
Ofreció su mano a Quire para que éste también pudiera llegar hasta la
escalera. El barco se recolocó. Se oía a alguien dando órdenes en un lenguaje
que no les era familiar, y parecía que intentaran recuperar la disciplina
perdida. Por suerte, justo en ese instante Hogge y O’Bryan empezaron su
descarga y arrinconaron a todos los tripulantes a un lado de la nave. Subieron
por la escalera, con el cuerpo bien pegado al barco, hasta alcanzar la cubierta

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principal, desde donde estudiaron la escena. Había cadáveres en la cubierta,
hombres que habían sido arrojados desde las alturas, y marineros lisiados con
las extremidades y las costillas rotas que eran atendidos por compañeros con
más suerte. Las linternas se movían arriba y abajo, y Quire vislumbró por un
instante al capitán hablando a gritos con el piloto, que movía la cabeza
asegurando no saber qué había sucedido y diciéndolo de buena fe. (Quire no
sabía hasta qué punto Montfallcon había involucrado al hombre). Intentó ver
si el rey de Polonia seguía en la cabina del capitán, pero aclararse en aquel
caos de poleas, cabos y remos partidos era difícil. Audazmente, con Tinkler
detrás de él, trepó hasta la popa. Dos sombras negras proyectándose en las
velas ondeantes y la luna apareciendo desdibujada detrás de una fina nube. A
pesar de que algunos marineros que se cruzaron mostraron cierta perplejidad
por su presencia, Quire y Tinkler sólo fueron desafiados al llegar a la
mismísima cabina principal. Quire levantó su linterna, que le mostró el rostro
de un mosquetero armado.
—Venimos de la orilla. A ayudar. Hemos visto el naufragio.
El mosquetero asintió con la cabeza. Quire se rió entre dientes y levantó
de nuevo la linterna, dándole una palmada en el hombro al guardia, mientras
él y Tinkler seguían su camino, para encontrar al rey de Polonia apoyado en
una baranda, pestañeando perplejo, con algún noble de barba gris a su lado,
muy preocupado.
—Me han enviado aquí —dijo Quire en tono atribulado—, a atender a un
caballero. ¿Alguien habla nuestra lengua?
El viejo noble, envuelto en piel de marta, les miró y, con una voz
vacilante y gutural, les dijo:
—Yo la hablo, señor. ¿Venís del puerto? ¿Qué ha pasado? ¿Y los
disparos? —Parpadeó: sin duda era corto de vista.
—Habéis naufragado, señor. El barco está destrozado. Deberíais salir
antes de que se hunda del todo. —Quire sabía que si conseguía hacerles creer
que el barco se hundía, el rey sería el primero en seguirles.
—¿Qué hacemos? ¿Quién sois?
—El capitán Fletcher. Un guardacostas, señor. Los disparos fueron
nuestros, para asustar a los ladrones que acuden a los naufragios como abejas
a la miel. Habéis tenido suerte de que estuviéramos cerca. Venid. ¿Dónde
están vuestros hijos, y vuestra mujer?
—Viajamos solos.
—Pero este pasajero parece de buena familia.
—En verdad lo es, señor.

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—Pues saquémosle rápido, y también a usted, señor. ¿A quién más?
—A él primero, por favor. Yo no soy importante. Y también hay objetos
de valor, en la cabina. Deben salvarse. Son regalos…
—Señor, los objetos de valor podrán recuperarse más tarde, pero no las
vidas —le reprendió Quire.
—Pero estos objetos son de gran importancia. Ayude a Su Al… a este
caballero a llegar a la orilla. Yo recogeré el tesoro. —Le dirigió unas palabras
al rey de Polonia, y éste asintió con una ligera sonrisa.
Quire, con gesto melodramático, pareció dudar. Luego asintió también.
—Muy bien, entonces, señor, si creéis que será lo mejor. Mi lugarteniente
le acompañará. —Le ofreció su mano enguantada al rey, que lo miró
desconcertado hasta que comprendió y la aceptó—. Arriba, su señoría.
El rey se levantó vacilante, y Quire le ayudó a deslizarse por la escalerilla
de popa que llevaba a la cubierta principal.
—Con cuidado, señor.
—Le estoy muy agradecido, señor —dijo el rey en la Alta Lengua usada
para la diplomacia en todo el globo, pero Quire sabía qué papel adoptar.
—Disculpe, señor, pero no entiendo una palabra de lo que me decís.
Al llegar a cubierta, se dirigieron al punto donde Quire y Tinkler habían
embarcado. El barco se sacudió de nuevo entre crujidos del maderamen, y
Quire salió disparado contra la borda. El viento adquirió un tono más
estridente y la luna desapareció. El agua salpicaba sin parar alrededor del
barco arruinado. Quire, todavía llevando al rey de Polonia, que murmuraba
con confusa cordialidad, se tambaleó mientras se dirigía a los escalones.
Desde atrás, Tinkler le gritó:
—¡Estoy aquí! —respondió. Y ocurrió lo que temían: que el viejo noble
empezó a acuciar al resto de la tripulación a seguirlos—. Calma, señor.
Tranquilo. —Ayudó al rey a meterse en las aguas poco profundas—. Por aquí.
—Lo agarró del brazo y tiró de él. Tinkler los seguía ya, pero el viejo
continuaba llamando al resto de la tripulación, instándolos a abandonar
también el barco.
Quire y su carga salieron del agua y empezaron a caminar por la playa con
dificultad, mientras aparecían O’Bryan y los demás.
—¡Venga, O’Bryan! ¡Nos vamos! —le gritó—. ¡Aguántalos un poco más,
Tink; nos encontraremos en el molino!
O’Bryan alargó una mano para agarrar al rey, guiándolo hacia el caballo
que tenían libre.
—Arriba, mi señor.

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El rey se rió entre dientes y agitó la cabeza. O’Bryan dijo algo en polaco,
y el rey se rió de nuevo, montando rápidamente al alazán. Quire montó su
corcel negro y agarró las riendas del alazán, mientras O’Bryan montaba su
animal. Oyó gritar a Tinkler para que los marineros no se acercaran a la orilla,
buscando a su patrón, y se oyeron también disparos de pistolas y mosquetes
de los truhanes a los que Tinkler lideraba, abatiendo a las primeras filas de
marineros.
El rey preguntó algo a O’Bryan, que le respondió, tal como habían
acordado con Quire, que los disparos eran para alejar a ladrones que
pululaban por aquellas costas esperando algún naufragio para saquearlo, pero
que no se preocupara, que sus guardacostas les estaban manteniendo fuera del
alcance de su barco.
Galoparon velozmente por entre las sombras que separaban la isla de
tierra firme hasta que, de repente, el rey soltó un grito e intentó tirar de las
riendas.
—O’Bryan, ¿qué quiere éste ahora? —gritó Quire a través del fuerte
viento.
—Dice que está preocupado por su gente, que debería regresar.
—Muy digno. Dile que la marea está subiendo y que debemos llegar a
suelo más alto para tomarnos un descanso.
O’Bryan le habló lentamente en polaco. El rey respondió, todavía reacio.
—¿Qué pasa ahora, O’Bryan?
—Dice que la marea está bajando…
—¡Pues claro! —gruñó Quire—. Si la marea no hubiera bajado no
podrían haber cruzado la lengua de tierra de ninguna manera. Qué observador,
¿verdad? Dile que es una visión engañosa. ¡Ponle una nota perentoria a tu
voz, O’Bryan!
El viento amargo les golpeó con tal fuerza que los caballos se
balancearon.
—¡Cabalga, por Mitra! —gritó Quire.
Se oyeron más disparos desde atrás. El rey intentó que su caballo volviera
atrás.
—¡Oh, dulce Ariadna! —Quire se acercó al rey y le quitó el sombrero,
sacó su pistola de la funda en su silla y, antes de que el rey se diera cuenta de
lo que pasaba, le dio un buen golpe en la cabeza, agarrándole antes de que se
cayera del caballo. Tomó las riendas que aún sujetaba el rey y lo guió.
O’Bryan disparó una de sus pistolas, simplemente por diversión, y agitó la

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otra. Casi habían llegado a las dunas de hierba, que al estar cubiertas de nieve
les daban a entender que pronto estarían en tierra firme.
Cabalgaron al galope, hacia el interior y en dirección este, lejos del puerto
de la ciudad de Rye, ya que Quire había decidido que debían poner al menos
cincuenta millas entre ellos y el naufragio, si no querían ser detectados
accidentalmente.
Quire miró atrás y vio unos cuantos destellos. También oyó disparos y
gritos. Si no se equivocaba, Tinkler y sus hombres habían tenido menos
problemas de los que se imaginaban y ya estaban montando sus caballos y
alejándose del Mikolaj Kopernik, donde la tripulación se las arreglaría lo
mejor que pudiera antes de que las noticias llegaran a Rye y alguien partiera
en su ayuda. Para entonces ya sería de mañana y ellos ya estarían de camino a
Londres, no sin antes encontrarse con Tinkler en el sitio acordado, llevándole,
con suerte, el tesoro del rey de Polonia.
Mientras galopaban, Quire empezó a articular una especie de afilados
ladridos, un sonido entre un lobo y un cuervo que puso a O’Bryan muy
nervioso, incluso después de caer en la cuenta de que Quire se estaba riendo.

Unas horas después, Tinkler, tembloroso y despeinado, con su colmillo saltón


bailando al unísono con los demás dientes menos visibles, un fardo sujeto
entre las piernas, la cara azul y la mirada helada, como si sus ojos estuvieran
cubiertos de hielo, llegó al molino de viento donde habían acordado
encontrarse. La negra silueta del molino se recortaba en la temprana luz, con
sus viejas palas chirriando, como si intentaran girar con el viento. El caballo
trotaba por las aguas poco profundas de los bancales, y rompía con sus
herraduras la fina capa de hielo que los cubría. El hielo se rompía a cada paso.
Casi no se veía color en la escena y a Tinkler le dio la sensación de que todo
lo que no era negro, era blanco. Incluso la figura de Quire, sentado delante de
un pequeño fuego a la puerta del molino, era negra. Gritó su nombre y se puso
nervioso porque su voz despertó a una bandada de gansos que alzaron el
vuelo hacia el pálido cielo.
—¡Quire!
Quire levantó la mirada y le saludó sonriente. Tenía un ave muerta y
desplumada a sus pies.

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Tinkler dirigió el caballo hacia el pequeño y destartalado puente que
cruzaba el atascado riachuelo.
—¿Y nuestra carga?
—Dentro. Atado y durmiendo.
—¿O’Bryan?
Quire hizo un gesto hacia el cuchillo que había usado para matar el pájaro.
El montículo donde se sentaba se agitó y gimió. Atormentados, unos ojos
inyectados en sangre sobresalieron de la piel de oso.
—Ha servido para su propósito inicial, que era comunicarnos con nuestra
carga. Y ahora está sirviendo para otro. Uno que él mismo propuso. Me ha
mantenido agradablemente caliente mientras el fuego se iba apagando.
La boca de O’Bryan se abrió y gimió nuevamente. Le corría sangre por
las mejillas y por el labio superior. Quire puso plumas del ave en la boca del
hombre para que no manchara el abrigo de piel de oso y lo echara a perder.
O’Bryan gimoteó, implorando a Tinkler que le ayudara, pero éste apartó la
vista y entró en el molino, dándose cuenta mientras lo hacía de que O’Bryan
tenía tres dagas clavadas en la espalda.
—¿Cuál es nuestro siguiente paso? —gritó, mirando al rey de Polonia,
que roncaba en un montón de paja vieja. Se sentó en una de las piedras rotas
del molino y empezó a desenvolver su fardo.
—Montfallcon pretenderá mandar hombres. Hogge llevará la nota de
rescate a algún mercader polaco de Londres, donde parecerá que no tenemos
ni idea de a quién hemos secuestrado, y eventualmente, después de mucho lío,
soltaremos a la víctima, con sólo algunos de sus objetos de valor robados. —
Quire hablaba por encima del hombro de Tinkler, que miraba una figurita de
oro a través de un rayo de luz que entraba por un agujero en el techo del
molino—. Sólo unas pocas cosas, Tink. Si nos pillan con demasiado, esta vez
iremos a la horca seguro, aunque para eso tengan que cambiar la Ley.
Montfallcon no se podrá permitir salvarnos. Polonia pedirá nuestras cabezas.
El tesoro, o la mayoría del tesoro, debe ser rescatado junto con su propietario.
Tinkler devolvió la figura a su sitio. Agarró el fardo y lo dejó a un lado de
la habitación.
—¿Y cuándo será eso, capitán? —Se rascó el diente que le sobresalía,
como siempre solía hacer.
—Poco después de la duodécima noche, Tink. A tiempo para el Carnaval
de la Corte, donde habrá tantos dignatarios y soberanos que nuestro pobre
príncipe se perderá entre la multitud, y sus gestos, protestas y quejas caerán

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en saco roto. Se podrá culpar a sí mismo, o a los atacantes, por el fracaso,
pero nunca a Albión o a Gloriana. Y ésa es la cuestión.
Tinkler no había escuchado ni la mitad de las explicaciones de su jefe.
Pasó por encima de la cabeza de O’Bryan, estudiando las eficientes manos de
Quire.
—¿Cuánto tardará en cocinarse, eh, capitán?
Y estiró el brazo para pellizcar al ganso.

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Capítulo VIII

Donde la Loca de Los Muros observa las idas y venidas


del palacio exterior.

Tumbada, con los ojos fijos en la reja opuesta a la que Jephraim Tallow había
usado la noche de Fin de Año, la mujer loca miraba fijamente al muro,
llenándose los oídos con las voces del coro que entretenía a los nobles que
comían abajo. Estaba desnutrida, como siempre, pero no tenía hambre. Sus
dedos se agarraban a la reja, o bien se enredaban en su pelo rojizo o rascaban
la carne grisácea, mientras los parásitos corrían arriba y abajo por sus harapos
malolientes. En su cara sucia se dibujaba una sonrisa angelical: la música y la
belleza de esas cenas le transmitían tal placer que incluso se le escapaban las
lágrimas. Ya se habían servido los postres y se habían llevado el vino, lo cual
anunciaba el fin de la cena. Como si estuviera viendo su obra de teatro
favorita, deseaba que los invitados permanecieran en escena, pero
gradualmente todos se levantaban y saludaban al hombre de gris sentado al
final de la mesa, para dirigirse de nuevo a sus asuntos.
La mujer loca focalizó toda su atención en las dos figuras que se habían
quedado en la sala. El embajador de Arabia y el señor al que ella consideraba
su héroe, y del que sabía el nombre, igual que lo sabía de muchos otros
habitantes de la Corte.
—Montfallcon —murmuró—, el consejero más preciado de la reina. Su
mano derecha. Inteligente e incorruptible.
El coro dejó de cantar y sus miembros empezaron a abandonar la sala, así
que pudo oír parte de lo que se decía entre Montfallcon y el embajador, un
hombre elegante y orgulloso, vestido de plata bordada en blanco y oro.
—… ¿Mi señor casado con la reina? ¡Menuda alianza, nos daría seguridad
por los tiempos de los tiempos! —oyó decir al árabe.

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—No obstante, ahora ya somos aliados. —Montfallcon sonrió
delicadamente—. Arabia y Albión.
—Excepto por las dificultades de Arabia de expansionarse, debido a la
protección de Albión. Nuestras ambiciones están frustradas, como las de un
niño que ha crecido y al que sus padres siguen tratando como tal.
Montfallcon rió abiertamente.
—¡Oh, lord Shahryar!, no podéis insultar mi inteligencia de este modo, ni
esperar que yo haga lo mismo con vos. Arabia está protegida por Albión
porque no tiene los recursos necesarios para defenderse contra el imperio
tártaro. Los árabes no se alían con Polonia porque Polonia tiene miedo de los
tártaros y confían en que éstos les dejarán en paz y se concentrarán en Arabia,
si ésta es débil. Por otro lado…
—Mi punto de vista es, mi señor, que Arabia ya no es débil.
—Claro que no, porque tiene la protección de Albión.
—Y que el imperio tártaro puede ser conquistado.
—Gloriana no irá a la guerra a no ser que la seguridad del reino se vea
amenazada. Sólo luchamos si nos invaden. Los tártaros lo saben y por lo tanto
no nos invaden. La reina espera que con su política puede llegar a crear un
nuevo hábito entre naciones, en el sentido de que éstas no vayan a la guerra
automáticamente para ganar territorio. La reina visualiza un Consejo, una
Liga de…
—Lord Montfallcon, vuestro tono os traiciona —sonrió lord Shahryar—.
La reina cree tan poco como yo en este pacifismo de salón. Oh, unos anhelos
así son admirables en una mujer. Aun así, hay que establecer un equilibrio
entre los instintos masculinos y los femeninos. Aquí no hay equilibrio.
Debería haber un hombre, un hombre fuerte al lado de la reina. Mi señor, el
Gran Califa es fuerte y…
—Pero la reina no desea casarse. Ve el matrimonio como una carga más,
y ya tiene demasiadas responsabilidades.
—¿Tiene algún otro pretendiente?
—No, no tiene ningún favorito. Se siente halagada, por supuesto, por las
atenciones del Gran Califa.
Lord Shahryar negó con la cabeza.
—Soy yo quien debe recordarle ahora que no debe menospreciar mi
inteligencia, lord Montfallcon. Lo que le he dicho, respecto a la reina y sus
necesidades, lo decía en serio. Estamos preocupados por ella.
—Entonces compartimos la misma preocupación —dijo lord Montfallcon
—. Y si respetáis a la reina como lo hago yo, respetaréis sus deseos y sus

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decisiones, como hago yo.
—¿No hacéis nada sin su aprobación?
—Es mi reina. Ella representa a Albión. Es el Reino. —Lord Montfallcon
levantó la barbilla—. La reina es la Ley.
—No siempre efectiva.
—¿Cómo?
—Vuestra ley… Parece ser que los criminales no siempre responden
delante de la justicia.
—No os entiendo.
—Mi sobrino, Ibram, fue asesinado en Londres nada más tomar yo un
barco desde Ben Gahshi. Me enteré justo al llegar al puerto donde había sido
asesinado… y también supe que el crimen sigue sin castigo.
—¿Se refiere a King? Lo juzgarán la semana que viene.
—Pero había alguien más involucrado, el que de hecho cometió
directamente el crimen, por el que vos respondéis, según tengo entendido, mi
señor.
—Estáis en lo cierto sobre el otro acusado. Respondí por él porque estaba
trabajando para mí, por eso no puede estar involucrado en la pelea, pese a ser
la clase de rufián que siempre se mete en líos.
—Entonces ¿estáis completamente seguro de la inocencia de vuestro
sirviente? —Lord Shahryar miró a lord Montfallcon—. Ese mercenario, ese
espía vuestro…
—¿Quire? ¿Un espía? Es simplemente un mensajero de la reina.
—¡Ah, sí! Se llama Quire —asintió lord Shahryar—. Había olvidado su
nombre. Ese personaje es conocido por sus habilidades en el combate. ¿Sabéis
que intentó batirse en duelo con mi sobrino sólo para robarle?
—Lo conozco bien. Dudo que perdiera su tiempo en urdir una trama así.
Es demasiado orgulloso para eso.
—¿Me dais vuestra palabra, lord Montfallcon, de que vuestro capitán
Quire no ha matado a mi sobrino?
—Os doy mi palabra, lord Shahryar. —Lord Montfallcon miró al árabe
directamente a los ojos.
—Quizá podría… ¿entrevistarme con él, sólo para corroborar que no os
ha fallado? —continuó despacio lord Shahryar.
—No está en Londres ahora. Lo he enviado a cumplir con un nuevo
encargo.
—¿Dónde?

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—Está contribuyendo a resolver nuestros problemas con el rey de Polonia.
Si sois aficionado a los rumores, mi señor, seguro que habéis oído algo al
respecto, ¿verdad?
—¿Os referís al hecho de que Casimir fue secuestrado por unos bandidos
para conseguir una recompensa? Sí, lo he oído. ¿Creéis que sigue con vida?
—Los mercaderes polacos recibieron una nota de rescate. Esos
mentecatos creen que han secuestrado a un mercader cualquiera.
—Bueno, espero que le vaya mejor con vuestra justicia que a mi sobrino.
—El sarraceno se levantó de la silla—. Albión se está convirtiendo en una
tierra sin ley, parece ser, con bandidos y asesinos que hacen lo que les viene
en gana, matando nobles, capturando reyes…
—¿No hay asesinos en vuestras tierras, mi señor?
—Algunos hay, por supuesto.
—Anteriormente había muchísimos más, antes de que Albión os
protegiera y os trajera su ley.
—Eso era cierto cuando el rey Hern estaba en el trono —dijo Shahryar
mordazmente—. Para que el reino se gobierne adecuadamente, debe haber un
hombre…
—La reina es la soberana más grandiosa que Albión ha conocido nunca.
El mundo entero envidia a nuestra reina.
—Como madre, a veces es demasiado protectora con sus hijos. Por eso no
ve sus defectos, ni los defectos de aquellos que, fingiendo su amistad, en
realidad suponen una amenaza. Con un buen marido, un hombre severo a su
lado…
—Tiene la ayuda de hombres fuertes, como yo. —Lord Montfallcon
inspeccionó una bandeja de higos secos, escogió uno y lo puso en su plato—.
¿No somos hombres con experiencia… y severos?
—Pero vos no sois su igual, señor.
—Su igual, señor mío, no existe.
—Esperaba convenceros de nuestra sinceridad, de la admiración que le
profesa mi señor a vuestra reina, de la necesidad de unificar nuestros reinos
por completo, a la manera tradicional. El Gran Califa es joven, viril y guapo.
Si habéis oído algún rumor sobre él, os aseguro que no tiene ningún
fundamento.
—La reina no quiere pretendientes, mi señor. Así se asegura de que no
favorece a nadie. Vuestro señor podría ser viejo, o enfermo, o seguidor de los
hábitos de Sodoma, y aun así tendría las mismas oportunidades que cualquier
otro.

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—¿Entonces no hablaréis a nuestro favor? Esperaba que lo hicierais. Aun
así, creo que el rey de Polonia vino de incógnito por una simple razón.
—Si fuera así, iba desencaminado. Nunca le alentamos.
—¿No recibió cartas de la reina?
—Ninguna, señor.
—¿Así que por eso lo han capturado?
—Sois muy enrevesado, señor. Ya no os sigo.
—Sospecho que mi nieto fue asesinado porque intentó espiar a la reina.
Sospecho que Casimir fue apresado porque quería cortejar a la reina en
secreto.
Lord Montfallcon empezó a reír.
—¡No somos tan salvajes en Albión, lord Shahryar! Nuestra diplomacia
es mucho más sutil.
El sarraceno retiró su silla. Estaba enfadado, pero intentó disimular sus
sentimientos.
—Os pido disculpas, señor mío.
—Por Dios, mi señor, disculpas aceptadas. ¡Vuestra sugerencia es más
bien un chiste que un insulto!
Lord Montfallcon se levantó y le dio un abrazo al sarraceno, que hizo un
esfuerzo por sonreír.
—Quiero convenceros de nuestra gran amistad. Admiramos Arabia por
encima de cualquier otra nación del mundo.
—Y nosotros admiramos Albión. Cuando llegue el Gran Califa mañana…
—Nuestra alianza no necesita ninguna unión tradicional para sobrevivir
cientos de años.
—Nuestra preocupación es por la reina, tanto como por Albión.
—Nuestras preocupaciones coinciden.

La mujer loca gateó, a través del polvo, hacia otro mirador aventajado, una
ventanita que era indetectable desde el suelo, desde donde observó a maese
Ernest Wheldrake, desnudo y cubierto de cadenas de oro, arrodillado delante
de su amante, lady Lyst, que bebía de una copa y llevaba una corona falsa que
le cubría uno de los ojos. Lady Lyst le pegaba con un látigo, mientras que él,
postrado en éxtasis, gemía y murmuraba un nombre que la mujer loca no
pudo distinguir. La escena le era demasiado familiar, así que siguió gateando,

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buscando nuevos entretenimientos. Después de arrastrarse diez minutos llegó
a uno de sus lugares preferidos, el agujero de ratón por el que se veía la
habitación de lord Ingleborough. Pero el lord no se veía por ninguna parte.
Vio de refilón a su mancebo, Patch, jugando con unos soldaditos de madera,
pero su señor no comparecía. Se escabulló de nuevo, para ver como sir
Tancred y lady Mary Perrott seguían con su relación. Ella sentía celos de esta
pareja, porque los veía perfectos. Envidiaba a lady Mary, porque ella misma
prefería el romance y la intriga más que las sensaciones simples, que
normalmente la ponían triste. Nunca había tenido un amor como el de sir
Tancred, pero soñaba con que algún día llegaría.
Pero el paseo de la mujer loca fue inútil, ya que ni sir Tancred ni lady
Mary estaban a la vista. Lord Rhoone roncaba con su uniforme puesto, en su
mesa, con la negra barba en su bocaza, y el collar lleno de gotas de crema. Sir
Amadís Cornfield también estaba detrás de su mesa, con sus cuentas y
recibos, y con los dedos sucios de tinta. Una dama, la condesa de Scaith, se
estaba desvistiendo, intentando quitarse el complicado vestido que se había
puesto para entretener al embajador de los sarracenos en nombre de la reina.
En el estudio de lord Montfallcon no habría nadie, así que la loca decidió no
llegar hasta allí. Pensó en visitar el harén, pero ese lugar la deprimía bastante.
Pasó un ratito viendo cómo los mimos ensayaban un drama simbólico para las
fiestas de la Duodécima Noche, que se celebrarían al día siguiente, pero
enseguida perdió interés por la representación. Mientras volvía a su cripta,
pasando por el antiguo invernadero lleno de telarañas, vio una sombra que se
dirigía a la entrada secreta de lord Montfallcon. Se escondió bien para poder
ver quién visitaba al canciller.
Era Tinkler. Y estaba contento.
La loca se echó para atrás lo más que pudo para evitar que Tinkler la
viera. Sin duda, el mozo era un empleado de lord Montfallcon que venía a
recibir instrucciones. El rey de Polonia debía ser rescatado mañana. Les había
oído discutir todo el complot. Se rió para sí misma, moviendo la cabeza con
admiración por sus dos héroes: Montfallcon, al que veía como un padre, y
Quire, al que deseaba como amante. El plan parecía estar yendo tal como lo
habían planeado.

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Capítulo IX

Donde la reina y sus cortesanos celebran la Doceava y


Ultima Noche del Festival de Yuletide.

Una de Scaith se adentró en la densa nube de humo de tabaco y se tumbó en


el sofá tapizado. Descansaba bajo las escenas de bosques (La Caza, Ninfas,
Faunos, Diana y sus sirvientas) y delante de un magnífico fuego, con la falda
torcida como una campana mal colgada, el corpiño desabrochado y el collar
trenzado en gasas a un lado de su cabeza decorada de perlas, mientras
disfrutaba de unos minutos de tranquilidad antes de que empezaran la fiesta y
las ceremonias a las que, como amiga de la reina, debía atender. Acarició la
espalda de un gato pardo que dormía tranquilamente en el sofá, y se hundió en
el humo de la pipa mientras, en la habitación de al lado, las criadas le
preparaban las vestimentas.
La condesa odiaba todos los eventos públicos, especialmente aquéllos
donde se veía obligada a ejercer algún tipo de función. Esa noche, la reina le
había pedido que anunciara cada una de las partes del programa de fiestas, lo
que significaba que debía estar presente durante toda la celebración de la
Duodécima, desde la Entrega del Presente hasta el Banquete Final, que seguro
duraría hasta bien entrada la mañana siguiente. Y lo peor de todo era que la
primera mitad de la velada tenía que pasarla en la helada West Minster, donde
el río se había congelado tanto que habían podido encender hogueras encima
de él y asar un cerdo (un emprendedor posadero veneciano lo había hecho la
noche anterior con gran éxito). La condesa pensaba que se congelaría hasta
los huesos; y todo el mundo, por lo tanto seguro que tomarían grandes
cantidades de vino de Burdeos, que sería la mayor fuente de calor de la noche.
Y luego vendría el carnaval en el Salón Principal, y lo peor de todo es que ella
tenía que vestirse como Urd the Norn. Pero no sería la única que sufriría las
consecuencias, ya que otros tenían que vestirse de Thor, u Odin, o Hela, y

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Gloriana sería Fryja, Reina de los Dioses. Todo eso siguiendo la pauta de La
Noche de Ragnarok de maese Wheldrake, basada en la mitología del norte, en
honor del rey de Polonia que gobernaba a ambos lados del mar Báltico. Una
tenía tierras en la isla de Ynys Scaith, al norte de Albión, y estaba muy
familiarizada con todos estos dioses, a los que encontraba extremadamente
aburridos, por lo que odiaba la moda actual de la Corte, que desdeñaba a sus
clásicos favoritos.
Cuando la pipa se acabó, Una se levantó para ajustarse la ropa. Llamó a
sus doncellas, que la arreglaron y le colocaron una capa de seda roja con una
capucha de piel verde de muaré, que le cubría la cara. La escoltaron hasta la
puerta de sus dependencias (casi tan grandes como una casa, pero dentro de la
estructura principal del palacio y encarada a un lago ornamental
suficientemente grande como para contener una isla artificial de buen
tamaño). El carruaje de la reina la esperaba, y sus lacayos, vestidos de manera
muy formal, con bonetes coloreados y tabardos de brocado azules y amarillos,
la ayudaron a subir al carruaje, donde se hundió en los mullidos y suaves
cojines. Un grito, una sacudida, y el carruaje se puso en marcha para cubrir el
pequeño trayecto entre su casa y la puerta de entrada al jardín de la reina, un
poco más elaborada que la suya. Se cruzaron con un batallón de guardias a las
órdenes de lord Rhoone, cuyo aliento emergía en forma de nube espesa por el
esfuerzo, lo que recordó a Una el frío que hacía fuera. Escondió las manos en
el manguito de piel y miró abatida por la ventana hacia el jardín ornamental,
viendo cómo la nieve lo iba cubriendo todo. Parecía que el invierno nunca
fuera a terminar, a no ser que se acabara el mundo —pensó rememorando el
Invierno de Fimbul— y con un escalofrío se dijo a sí misma que quizá sí que
era Eve de Ragnarok y que el Caos y la Noche Antigua vendrían a llevárselos
a todos de una vez. Bostezó. Si los Dioses de la Entropía tenían que
manifestarse de nuevo en la tierra igual que lo habían hecho en un legendario
pasado, ella les daría la bienvenida, ya que al menos aliviarían su
aburrimiento. Y no es que Una creyera en esas terribles fábulas prehistóricas,
pero a veces se imaginaba que esos dioses existían, y que ella vivía entre
ellos, ya que seguramente esos reinos eran más coloridos y estimulantes que
la era presente, donde la apagada Razón había hecho desaparecer todo el
Romance: granito esparciendo mercurio.
Todavía con estos pensamientos en la cabeza saludó a la reina mientras
ésta se subía al carruaje.
—¡Por Arioch! ¡Estáis espléndida esta noche! —sonrió.

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Gloriana le devolvió la sonrisa, aliviada por la deliberada vulgaridad de
Una (se consideraba de mal gusto invocar los nombres de los antiguos
dioses). Vestía de armiño, seda blanca, perlas y plata, ya que esa noche
representaba a la Reina de las Nieves, por lo que todo el mundo que asistiera
a la fiesta debía adoptar la misma temática. La capa del vestido de Una era
azul pálido, su collar de un azul algo más oscuro, y su chaleco era blanco
decorado con unos lazos azules. El vestido era una versión de la Pastora que
había usado en primavera.
Alrededor de ellas, montados en caballos blancos, los guardias llevaban
capas plateadas encima de sus uniformes y se habían puesto sombreros
blancos con una pluma blanca de lechuza. Lord Rhoone se aproximó, y su
negra barba se vio extrañamente fuera de lugar en medio de toda esa palidez.
La mano enguantada de Gloriana le saludó y lord Rhoone ordenó a sus
hombres:
—¡Al galope! —y toda la escolta se dirigió hacia la West Minster y el río.
—Buenas noticias —le dijo Gloriana a su compañera—. ¿Lo habéis oído?
Polonia ha sido rescatada.
—¿Y está bien?
—Estaba un poco congelado, pero no herido. Me lo comunicó
Montfallcon esta tarde. Lo encontraron en el molino. Los malhechores que lo
habían secuestrado se habían peleado y escaparon, dejándolo atado y a uno de
los suyos muerto en el lugar. A lo mejor pensaban volver, pero los hombres
de lord Montfallcon lo encontraron primero y lo llevaron enseguida a
Londres. De modo que todo está bien y ya no tendremos que aguantar las
preocupaciones del conde Lorzeniowski por su señor.
—¿Cuándo debéis recibir a este desdichado monarca?
—Esta noche. Dentro de una hora más o menos. Cuando reciba al resto de
los invitados.
—Pero el Gran Califa… Esto requiere una buena dosis de diplomacia.
Gloriana apartó las cortinas para disfrutar de la vista de la ciudad
iluminada.
—Montfallcon lo ha solucionado. Los presentarán a los dos juntos, pero
anunciarán primero a Polonia, ya que éste es emperador.
Una se mordió el labio, divertida.
—Pero yo pensaba que los dos querían algo más que presentar sus
respetos formalmente a Su Majestad. ¿No vinieron a la Corte para cortejaros?
—Al parecer, Polonia jura que no se casará con nadie más que conmigo.
Y las pretensiones de Arabia son casi igual de empalagosas, lo cual,

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considerando su fama, resulta de lo más apasionado, ¿no crees? —Gloriana
estaba siendo sardónica—. ¿A cuál preferís vos, Una?
—A Polonia como compañero, y a Arabia como amante —dijo Una sin
pensarlo.
—A Arabia creo que le gustaría vuestra figura. Es suficientemente juvenil
para su gusto.
—Entonces recemos para que me acepte como sustituta y me haga reina
de toda Arabia. —Una ladeó la cabeza—. La idea es excelente. Pero sospecho
que su ardor está relacionado con la política, y que Ynys Scaith no es una
dote suficientemente grande.
Gloriana sonrió.
—¡Cierto! Quiere Albión y todo mi Imperio, y nada más. A lo mejor se lo
doy, si él me da a cambio lo que yo no puedo tener. —El trineo se tambaleó
un poco al girar a la izquierda, y Gloriana cantó unas estrofas de su canción
favorita—:

Oh, podría ser lo que no soy,


entonces podría tener lo que no tengo,
si lo tuviera, yo no habría…

Una, al oír esta triste canción, se calló por un momento, por lo que
Gloriana se arrepintió de sus palabras, y se inclinó para darle un beso a su
amiga.
—Maese Gallimari nos ha prometido entretenimientos magníficos para
esta noche.
La condesa de Scaith se sobrepuso.
—¡Ay, diversiones! Justo lo que necesitamos, ¿verdad? ¿Y están invitados
todos los embajadores extranjeros?
—Claro. Y los oficiales de Londres. Y todos los nobles de la comarca que
quieran venir. Y todos los cortesanos. ¡Mithras! —Se tapó la boca con la
mano, fingiendo pavor—. ¿Crees que el hielo soportará todo este peso, Una?
¿Bailaremos hacia un destino pasado por agua? ¿Y si hay icebergs y chocan
con nosotros?
Una negó con la cabeza.
—Si conozco bien a lord Montfallcon, seguro que ha comprobado que el
hielo se aguanta por unas vigas de orilla a orilla. O habrá cambiado el hielo
por obsidiana y lo habrá hecho pintar, ya que está pendiente de cuanto os
pueda afectar, señora.

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—Él es la tigresa y yo su cachorrito —asintió Gloriana—. Pero ¡mira! El
hielo es real —señaló hacia fuera.
Estaban en una colina desde donde podía contemplarse la curva del Gran
Támesis, que brillaba por la nieve y el hielo congelado, oscuro sobre la figura
aún más oscura de los edificios que lo bordeaban, como una inmensa selva
con millones de lámparas. Mientras observaban la escena, se encendieron más
y más luces, que transformaron sucesivamente el negro en un gris brillante, y
blanco, y ámbar neblinoso; el río parecía un cristal surcado por pequeñas
figuras que parecían apariciones. Luego la carretera dio un giro, y ya no les
fue posible ver nada más que las colinas nevadas y las dos torres North Gate,
que se levantaban a lo lejos. El carruaje de la reina debía ser recibido en
Bull’s Gate, y lord Rhoone, en nombre de la reina, intercambiaría
formalidades con lord Mayor.
Al terminar esta formalidad, el trineo continuó su trayecto, dando saltos,
puesto que la nieve no era igual de dura en todas partes; los ciudadanos,
provistos de antorchas y bonitos sombreros de fiesta, las saludaban al pasar.
La reina les sonreía y les bendecía desde el trineo. Finalmente, cruzaron las
puertas de la pequeña ciudad de West Minster y el trineo siguió, ahora ya sin
dar tumbos, por una larga avenida pasando al lado de los Colegios, el Gran
Templo de la Contemplación, los Ministerios y los Barracones. Por fin
llegaron a los muelles donde, con un tiempo mejor, los barcos de los
monarcas hubieran atracado. En estos muelles ya se habían preparado unas
marquesinas desde donde salían carruajes con los visitantes ilustres. Los
lacayos se iban cambiando de posición, los mozos de cuadra se preparaban,
había un coro de trompetas listas para anunciar la llegada de importantes
personalidades, y unas inmensas columnas griegas flanqueaban los escalones
hacia el muelle. Los escalones estaban enmoquetados cubiertos por un toldo.
A lo largo del muro, había braseros encendidos como fuegos de bienvenida
que daban luz y calor, y montones de banderillas de seda de mil colores que
se reflejaban en la nieve de alrededor. Por encima de éstas, el cielo, negrísimo
y todavía sin estrellas. Era como si toda la ciudad estuviera cubierta por un
dosel que dejara pasar los copos de nieve, que caían donde podían, o se
deshacían en el fuego.
Gloriana aplaudió y dio un codazo a Una en las costillas; pero enseguida
recuperó la compostura y volvió a adoptar su pose de bello y solemne
símbolo, tal como la ocasión lo requería. Una adoptó una pose similar.
Lord Rhoone abrió la puerta del trineo. La reina descendió, seguida de
Una.

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Desfilaron entre las columnas, mientras una fanfarria de instrumentos de
metal anunciaba a la reina, que bajó por las escaleras, donde grandes
antorchas encendidas eran portadas por pajes vestidos de la cabeza a los pies
con pieles de oso polar. Detrás de los pajes, hombres y mujeres inclinaban sus
cabezas. Los cortesanos, vestidos también con tonos azules y platas, con las
caras empolvadas, con sus sombras recortadas por la luz de las antorchas, le
recordaban a Gloriana a seres fantásticos o fantasmas, como si los muertos se
hubieran levantado para rendirle homenaje a ella, emperatriz de Albión, en
ese brumoso Duodécimo.
Desde el muelle hasta los escalones de madera, la marquesina se
estrechaba; siguieron bajando con mesura y dignidad hasta una alfombra que
se extendía por encima del hielo y que llegaba hasta un pabellón de tres caras,
muy alto, hecho de sinuosa seda plateada, donde había un trono para Gloriana
con delicadas filigranas de plata, y una silla con un cojín de seda para Una, en
su calidad de asistenta de la Reina de las Nieves.
Una, mientras esperaba que la reina tomara asiento, vio a lo lejos unos
bueyes que se resistían a ser conducidos hasta el fuego, y oyó los chillidos de
los gansos, que sabían que iban a correr la misma suerte que los bueyes. Vio
los troncos y los montones de yesca para mantener el fuego donde todas esas
criaturas serían cocinadas y donde bien pronto chisporrotearían sus jugos, y
sus pieles empezarían a quebrarse y su sabrosa carne empezaría a hincharse,
orgullosa y riquísima por el calor del fuego. Una se lamió los labios y, viendo
que la reina se había sentado ya, se sentó también con un escalofrío. Su falda
se levantó y dejó pasar una brisa punzante que le congeló las rodillas.
En el centro de la superficie helada había una plataforma, una especie de
tribuna para los músicos, que estaban afinando sus instrumentos lo mejor que
podían. Las carpas y las alfombras que estaban detrás de la reina eran, en
contraste, de color verde y oro, y los músicos vestían de lana verde oscura, en
muchas capas a juzgar por su volumen. Sonaron más trompetas desde el
muelle y la reina miró a Una con ojos interrogantes, y ésta le devolvió la
mirada. Luego la reina se levantó lentamente, al mismo tiempo que los
cortesanos ahí reunidos.
Una figura vestida de blanco marfil apareció en la alfombra que llevaba al
trono. Llevaba una gorra de armiño, y se descubrió al postrarse delante de la
reina. Era Marcilius Gallimari, el Maese de los Regocijos de la Reina.
—Majestad.
—¿Está todo listo, maese Gallimari?

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—¡Sí, señora, todo listo! —respondió con un intenso y genuino
entusiasmo.
—Entonces, empecemos. Condesa…
Maese Gallimari se dirigió hacia las sombras de la carpa, pasó por delante
de los guardias y desapareció. Entonces Una anunció:
—La reina concede una recompensa para las viudas de Yuletide y los
huérfanos de esta estación. Que vengan aquí y reciban lo que les corresponde.
Los cortesanos abrieron paso y un paje dio a Una un almohadón donde
descansaban unas bolsitas de piel. La condesa tomó una de las bolsas y se la
entregó a la reina. El primer plebeyo, una matrona rellenita, se arrodilló con
humildad en la alfombra; sus ojos miraron el suelo y una sonrisa tímida
apareció en sus labios. A continuación, hizo una reverencia.
—Majestad. El pueblo de Southcheap os ofrece su respeto y su lealtad, y
reza para que la plaga nunca le alcance.
—Os damos las gracias a vos y a toda la gente de Southcheap. ¿Vuestro
nombre?
—Señora Starling, Su Majestad, viuda de Starling, el candelero.
—Sea sensata con este donativo, señora Starling. Rezaremos por vos para
que podáis cumplir con vuestras obligaciones. Lamentamos vuestra pérdida.
—Os lo agradezco, Majestad. —Una mano temblorosa aceptó la bolsita.
Después llegaron dos niños morenos, un niño y una niña cogidos de la
mano.
—¿Vuestro padre y vuestra madre han muerto? ¿Y cómo ha sido eso? —
Gloriana tomó una segunda bolsita de las manos de Una.
—Se perdieron en el río, Majestad —dijo el niño—, cuando trabajaban en
el ferry, en Wapping Stairs.
—Sentimos mucho vuestra pérdida. —Las palabras eran protocolarias,
pero el sentimiento era auténtico. Gloriana tomó otra bolsita, para que los
niños tuvieran una cada uno.
Mientras la ceremonia seguía, Una miraba más allá de la masa de gente,
hacia el último muelle, gemelo del muelle del norte, con sus columnas y
antorchas, piedra tallada, y cerámica pintada. Al final del muelle, a su
derecha, podía ver una línea de gárgolas en sus pilastras, con anillos en sus
bocas apretadas. Más lejos aún, se veían los árboles que crecían detrás de los
altos muros, con sus oscuras ramas que a la luz de las linternas parecían de
terciopelo, y finalmente, un poco más lejos, la Water Gate de West Minster,
con sus rejas decoradas con demonios de hierro.

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Una vez entregados los donativos, lord Montfallcon se colocó al lado del
trono y murmuró algo a la reina mientras las trompetas anunciaban a los dos
invitados de honor. El heraldo de la reina gritó sus nombres, y ellos llegaron
uno al lado del otro, con sus trajes ceremoniales, magníficos, decorados con
jade, diamantes, aguamarinas, zafiros, turquesas y todo tipo de gemas de color
pálido.
—Su Real Alteza el Rey Casimir XIV, Emperador electo de la Gran
Polonia. Su Real Alteza el Gran Califa Hassán al-Giafar, Lord de Todas las
Arabias.
Dos cabezas coronadas se inclinaron para reverenciar a la reina. El rey de
Polonia, Casimir, iba de oro blanco, con picas góticas y esmeraldas de color
muy pálido, mientras que Hassán al-Giafar llevaba un turbante coronado por
una diadema morisca de abstractos dibujos florales, de plata y madreperla, y
aunque sus ropas eran simples, según la tradición, estaban hechas de las
hebras más finas.
Usaron la Alta Lengua para la ceremonia. Arabia habló primero.
—Gloriana, quien es Ishtar en la Tierra, Diosa de todos nosotros, su
nombre es honrado por todo el mundo, su fama es temida, ella es el sol que
ilumina nuestros días y la luna que ilumina nuestras noches, y su esplendor
ciega el de las estrellas. Nos, Califa Hassán al-Giafar, Descendiente de los
Primeros Calígrafos de Sheena, Protector de Raschid, Padre de los Nómadas,
Jefe del Desierto, los Ríos y los Mares, Escudo contra los Tártaros, Señor de
Bagdad y las Cincuenta Ciudades, os trae saludos y felicitaciones de todo
nuestro pueblo.
La reina se puso en pie, cogiendo el cetro que Una le alargaba y lo
levantó, como si, de alguna manera, estuviera bendiciendo al califa.
—Albión os da la bienvenida, gran rey. Nos sentimos honrados por
vuestra asistencia a esta ceremonia. —Se sentó y observó a Polonia, que se
había enredado con su capa y llevaba la corona caída, tapándole una ceja. El
rey parpadeó e intentó presentar sus respetos a Gloriana.
—Umm… —empezó a murmurar Polonia—. Majestad.
Los atractivos ojos negros de Hassán al-Giafar mostraban una pizca de
diversión contenida mientras observaban la actuación de su confuso rival.
—Primero, agradecerle… O a sus hombres… Por mi rescate. Os estoy
muy agradecido. Fue estúpido por mi parte fiarme de esos villanos. Lamento
los problemas que he causado.
—No os preocupéis —murmuró la reina—. ¿Pero no debéis ofrecerme un
saludo formal, Majestad?

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Polonia pareció agradecer el recordatorio.
—Majestad, reina Gloriana. Saludos de Polonia. —Frunció el ceño—.
Soy… Somos Casimir, Emperador Electo de la Gran Polonia… Ya lo sabéis,
¿no? Lo acaban de anunciar. Hay una frase formal, pero creo que la he
olvidado… algo como… ¿Rey de Escandinavia? Y todas las tierras desde el
Báltico hasta el mar Negro. Gran Júpiter. ¡Ése soy yo! Bueno, es una
república, por supuesto. Y una Reunión de Repúblicas, casi todas autónomas.
Pero yo hago mi trabajo, como símbolo, supongo. ¡Oh, señora! Tenía un
anillo para daros. Y hay más regalos… —Miró detrás de él—. ¿Los regalos?
El anillo era precioso… No esperaba tener que aparecer así en público. Soy
demasiado tímido para este tipo de ceremonias. ¿Los regalos…?
El califa chasqueó los dedos para que trajeran sus propios regalos,
llevados por muchachos con turbantes. Gloriana inspeccionó los presentes
habituales, incluido un hermoso collar de amatistas y oro, y los aceptó con las
expresiones protocolarias, mientras Polonia hablaba ansioso con su ayudante,
el viejo conde Korzeniowsky, y lo mandaba a hacer algún encargo.
—También había varios elefantes, Majestad —el califa adoptó un tono
grave—, pero nos recomendaron no traerlos por encima del hielo.
Una se rió disimuladamente, imaginando el efecto de tantos elefantes
rompiendo la capa de hielo y cayendo en las aguas del Támesis.
Cuando el séquito del califa se retiró, hubo una pausa. Casimir de Polonia
murmuró mirando a su alrededor: «¡Ajá!». Indicó a su propio séquito que
siguiera adelante. Hombres envueltos en pieles, con corazas decoradas con
bellos iconos y preciosas joyas engarzadas, avanzaron hacia la reina. Los
regalos no tenían la magnificencia de los del califa, pero sí la perfección de
las obras de arte.
—Hemos perdido algunas cosas, pero no mucho. Tuvimos suerte. Pero…
—Casimir buscó entre sus ropas—. Había un anillo. Con un rubí. Quizás os
parecerá vulgar, claro. Pero pensé… Aun así, todo tiene su momento y lugar,
lo sé. No se celebran muchas ceremonias formales en Polonia últimamente,
debéis perdonarme si os he ofendido.
—Los regalos son exquisitos, rey Casimir.
—Lo son, ¿verdad? Pero el anillo… Y había algunas cosas preciosas de
Viena… ¿Esto llegó? ¡Pero el anillo, oh, se ha perdido!
—¿Los ladrones, quizá? —murmuró Gloriana.
—¡Esos villanos! Era el más precioso de todos mis regalos.
—Conseguiremos atrapar al líder de la banda, no temáis —prometió la
reina.

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Lord Montfallcon se aclaró la garganta para hablar.
—Su Majestad les da las gracias a los dos, Majestades…
Gloriana, recuperando su entereza, asintió.
—Albión les da la bienvenida, grandes reyes. Nos habéis honrado con
vuestra asistencia a nuestras ceremonias.
Se dispusieron unas sillas, casi tronos, para los dos invitados; ambos
quedaron situados al lado derecho de la reina y en un ángulo que ninguno
pudiera pensar que el otro era objeto de una mayor consideración. La condesa
de Scaith se ocuparía de ejercer de anfitriona mientras Gloriana daba la
bienvenida al resto de los invitados.
Rudolf de Bohemia, el Rey Científico; el subordinado de Casimir, el
príncipe Alençon de Medici, de Florencia, un joven cuyo amor por la reina
era de sobra conocido; el embajador azteca; el príncipe Comius Sha-T’lee de
Chlaksahloo (que creía que él era un semidiós y Gloriana una diosa) con una
capa cubierta de plumas de oro; el caballero Persival-le-Gallois de Britania;
Oubacha Khan, con su armadura pintada de metal y piel, enviado del Imperio
de Tartaria; el príncipe Lobkowitz, de negro y plata, de la Praga
independiente; el príncipe Hira de Hindostaan, un protectorado de Albión;
lord Li Pao, embajador de la Corte de Catay, otro Estado vasallo; lord
Tatanka Iyotakay, embajador de la Gran Nación Sioux, con plumas de águila
y mocasines blancos de piel de ciervo con cuentas de colores; lady Yashi
Akuya, la embajadora de las Islas Niponas; el príncipe Karloman, el hijo del
antiguo rey, representando la Alianza de los Países Bajos; el Conde
Rotomondo, Señor de París; Maese Ernst Schelyeanek, astrónomo y físico, de
Viena; enviados de Virginia, entre ellos lord Kansas, con su nariz aguileña, y
el diminuto Barón de Ohio; maese Ishan, el Matemático del protectorado de
Tartaria, Anatolia; Caspar, el gran ingeniero de Jawa; el estudioso palestino
Micha de Jerusalén; el explorador Murdoch, terrateniente de Flermiston, con
una capa blanca echada descuidadamente sobre sus hombros y su armadura de
bronce, provisto de un sombrero con blancas plumas de águila que se
enredaban con sus rizos rojizos, y muchos más dignatarios, estudiosos,
científicos, magos, alquimistas, ingenieros, aventureros y soldados. Se tardó
más de una hora y media en que todos pasaran por delante del trono.
Luego empezó el primer entretenimiento, a la luz de las antorchas, cuando
el Caballero del Hielo (lord Gorius Ransley) y el Caballero del Fuego (sir
Tancred Belforest) se balancearon con sus armaduras de hierro, a caballo por
encima de la superficie congelada del río. Volaron virutas de hielo, y el

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aliento de los caballos fue como el vapor de la boca de un dragón; el metal
sonó cuando las lanzas se encontraron, y los dos descabalgaron a la vez.
Por encima de ellos, en el muelle, apoyado en la piedra para observar la
escena que transcurría abajo, había una figura completamente cubierta por
una gruesa piel de oso de la cabeza a los pies, con la cabeza del oso formando
una capucha que le cubría gran parte de la cara. De vez en cuando, cuando le
llegaba algún destello de luz de las llamas del fuego donde se tostaban los
gansos y bueyes, sus ojos negros e irónicos destellaban.
El Fuego ganó al Hielo, según lo planeado.
A continuación, los patinadores, vestidos con trajes típicos de la Comedia
del arte —Arlequín, Pantaleón, Cornetto, Isabella y el resto—, empezaron a
rodar y girar al ritmo de una música disonante que provenía de la plataforma,
mientras la reina, en su carpa, giraba la cabeza para charlar con sus amigos
monarcas. Pajes de pie, con sus picas de hierro que les mantenían firmes
sobre el hielo, se movían despacio llevando bandejas de vino caliente. Los
cocineros y sus ayudantes adobaban la sabrosa carne, y al fondo se estaba
erigiendo una nueva plataforma.
La figura cubierta por la piel de oso abandonó el muro y descendió los
peldaños de la escalera que llevaban hasta la multitud. Cuando alcanzó la
superficie helada, vio a la gente bebiendo vino en copas de plata y admirando
a los hijos de los nobles, que iban vestidos de Hadas del Hielo y llevaban el
inmenso Duodécimo Pastel. Se aproximó a la reina, quien le ofreció pan y
vino; comió y bebió con gran pasión, mientras seguía paseando de aquí a allá,
e intentaba permanecer, más bien por instinto que por otra cosa, en las
sombras, a los lados de la multitud.
Desde el muelle más lejano se oyó un estruendo seguido de un susurro
como de un viento misterioso; habían empezado los fuegos artificiales, que
formaron una inmensa G en el cielo. Los cohetes explotaban y esparcían
destellos de diamantes que hicieron brillar toda la superficie de hielo y
empujaron a la figura de la piel de oso a esconderse en un rincón alejado. Los
cartuchos llameantes cayeron en el hielo, que siseó, lo que causó alarma y
consternación entre los que lo advirtieron.
Fuegos rojos y verdes se encendieron en el cielo, y la carpa se tambaleó
un poco, como si el hielo se rompiera bajo sus pies.
Lord Montfallcon oyó el ruido y se puso en acción; llamó a lord Rhoone,
que estaba con lady Rhoone y sus dos hijos, hablando con el diminuto maese
Wheldrake y una despreocupada y alegre lady Lyst.
—¡Rhoone! ¿Lo has oído?

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—¿El qué? —Lord Rhoone le alargó su copa al mayor de sus hijos, quien,
aprovechando la oportunidad que hasta entonces se le había negado, tomó un
sorbo de la bebida.
—El hielo, Rhoone. Se está rompiendo, por ahí.
—Aquí es suficientemente sólido, Montfallcon. Se probó, y todavía se
está haciendo.
—Aun así…
Rhoone se acarició la barba, mirando alrededor con consternación.
—Bien…
—Tenemos que trasladarnos al muelle. —Lord Montfallcon vio la figura
con la piel de oso moviéndose entre la gente y subiendo las escaleras hacia la
oscuridad. Más fuegos artificiales aullaron y explotaron. Lord Montfallcon
observó la figura y medio levantó la mano, pero la bajó enseguida.
—Majestades, lores y ladies —gritó—. Debemos volver a la orilla. El
hielo amenaza con romperse. —Pero su voz era casi inaudible bajo el
estruendo y chasquido de los fuegos artificiales que todavía resplandecían, y
de las risas y gritos de la multitud, ya borracha.
Montfallcon se abrió paso nerviosamente hasta llegar al lado de la reina.
Para enfado de Hassán al-Giafar, la reina se estaba riendo de algo que el rey
de Polonia acababa de decirle, y su cara brillaba a cada explosión de los
fuegos artificiales, que se volvían más brillantes y más estruendosos cada vez.
—El hielo, señora. Hay peligro de que pueda colapsarse…
Otra deslumbrante ola de luz y calor. Los labios de la reina se abrieron.
—Ah…
—¡El hielo se rompe! —gritó Montfallcon—. ¡Majestad, el hielo se
rompe!
La figura con la piel de oso ya estaba de nuevo en el muelle; cruzó el
muro y siguió a través de los árboles, mirando atrás y oyendo la voz de lord
Montfallcon mientras se hacía el silencio. Poco a poco, la multitud empezó a
moverse, siguiendo a la reina. Ella abandonó el hielo y volvió a su carruaje.
Entonces, con un divertido encogimiento de hombros, la figura desapareció
por un agujero en el Muro de West Minster hacia una estrecha callejuela, que
le llevaría a una casa donde le esperaban muchas más diversiones.

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En el trineo de la reina se sentaron Polonia y Arabia, uno al lado del otro, y
delante de ellos lo hicieron Gloriana y su compañera y amiga, Una de Scaith.
El desgreñado Casimir XIV estaba de muy buen humor.
—¡Todo ha sido una gran aventura desde que vine a Albión! ¡Por todos
los dioses, Majestad, estoy contento de mi decisión! Si hubiera venido con
toda mi flota y hombres, todo habría sido más aburrido, sin lugar a dudas.
Hassán al-Giafar se hurgó entre los dientes con la uña de su dedo meñique
para sacarse un pedazo de carne, mirando con una expresión de mal humor
por la ventana, hacia el ahora lejano río.
—No había peligro. El hielo sigue firme.
—Mi señor, lord Montfallcon se preocupa día y noche por la seguridad de
nuestra reina —le respondió Una con una sonrisa irónica.
El joven califa preguntó ceñudo:
—¿Permitís a este hombre que controle todas vuestras decisiones, señora?
Gloriana se mostró desdeñosa.
—Me ha protegido desde que nací. Temo que estoy tan acostumbrada que
me chocaría mucho no tener a Montfallcon cloqueando por los alrededores.
El rey Casimir estaba estupefacto.
—¡Por Hermes, señora! ¿Y nunca sois enteramente libre? —Puso una
inocente y simpática mano en la rodilla de la reina.
Gloriana se encontraba con un grave problema de diplomacia, que se
resolvió cuando el trineo hizo un giro para esquivar un obstáculo y Casimir
fue arrojado de nuevo a sus cojines, golpeando a Hassán, que inhaló
profundamente y dijo:
—Si Montfallcon fuera mi visir, le haría azotar por estropearme la
diversión.
Gloriana sonrió.
—Pero, claro, yo soy un hombre —dijo el Gran Califa de Arabia.
—Es cierto que las mujeres tienen tendencia a ser más misericordiosas —
observó Casimir—. Abolir la pena de muerte y reemplazarla con el exilio me
parece una solución ideal si uno sufre de conflictos de conciencia. Yo, por
supuesto, no me preocupo por esos conflictos, porque el poder me viene dado
desde el Parlamento.
—En mi opinión, eso no es poder de ninguna clase —dijo Hassán
adoptando una actitud beligerante.
—De hecho, es lo mismo, si uno acepta que el poder es una forma de
responsabilidad para con nuestros súbditos, ¿no?

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—Creo que todos estaremos de acuerdo en esto —dijo Gloriana
esforzándose por recuperar la cordialidad.
Llegaron al palacio y con reverencias y saludos se dirigieron a sus
aposentos separadamente, para ponerse sus disfraces y ensayar sus papeles
para el Carnaval.
Lord Montfallcon se encontró con Gloriana a su vuelta.
—Debo disculparme, Su Majestad, por acortar el entretenimiento. Me
pareció…
Gloriana asintió sin entusiasmo. Mantener un equilibrio en las atenciones
conferidas al altanero Hassán y al confuso Casimir le había producido mucha
tensión, y estaba agradecida por la hora que podría pasar a solas.
—Hacéis vuestro trabajo, canciller, tal como yo hago el mío —murmuró.
Esbozó una sonrisa—. Ahora debéis poneros el disfraz y participar en los
placeres de la fiesta. ¿Os sabéis vuestro papel?
—Lo leeré ahora, señora. No tuve tiempo…
—Por supuesto. En una hora entonces, mi señor. —Con un movimiento
de su mano, entró en sus aposentos y permitió que se cerraran las puertas,
librándose por fin de su perro guardián.
Lady Mary Perrott vino a su encuentro, más cansada de lo habitual.
Gloriana levantó los brazos.
—Quítame el vestido, Mary. —Le quitó la corona con un suspiro—. Y
luego, os lo ruego, masajeadme un rato, para hacer desaparecer las molestias
y dolores que sufro.
Lady Mary tomó la corona e hizo un gesto a las sirvientas para que le
quitaran el vestido a la reina. El disfraz de Mary estaba listo. Iba a ir de
valquiria, mientras que su exigente amante sir Tancred iría de Baldur.

En sus propias habitaciones, la condesa de Scaith inspeccionaba el cofre de


joyas que le habían mandado. Leyó la nota, escrita por el propio Hassán. Le
agradecía su cortesía y amabilidad (Una no recordaba haberse mostrado ni
cortés ni amable) y le suplicaba que le diera recuerdos de él a la reina, con
gran afecto. Una negó con la cabeza mientras sus sirvientas la desvestían,
preguntándose si se lo diría a la reina o si se guardaría la historia para más
tarde, cuando ambas estuvieran más relajadas. Se decidió por esta última
opción.

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Se tumbó en su sillón, sin más ropa que un camisón, y cogió otra pipa de
tabaco mientras leía las líneas de apertura de la celebración ideada por maese
Wheldrake.

En invierno, cuando el año está en sus horas bajas,


cuando el fuego no brilla en ningún brasero,
y el viento sopla y despeina
las preciosas alas de nieve de las tormentas,
los corazones de las gentes del norte están encendidos
con una felicidad que se ríe de la felicidad de la primavera.
Música que eleva el espíritu y los cánticos
y el día da las gracias por la Noche.

Les faltaba su intensidad habitual, pensó Una, pero en realidad maese


Wheldrake era reacio a escribir poesía para los entretenimientos de la Corte, y
además últimamente parecía mucho más distraído de lo normal, a causa de
esa inteligencia frustrada, esa belleza frágil que era lady Lyst.
La pipa sacó humo. Una pensó de nuevo en su disfraz y con un gran
esfuerzo se levantó y buscó en el armario donde estaba colgado el vestido.
Sus compañeras Norns, las tres diosas del destino, lady Rhoone y lady
Cornfield, merecían su puntualidad.
Una se detuvo, mirando a su alrededor, segura de que alguien la estaba
observando, aunque no había nadie más en la habitación que el gato de su
sirvienta. Levantó la vista hacia el techo, donde había una trampilla de
ventilación; luego se estremeció y se fue en busca de su corsé.

En el Gran Salón del palacio, decorado con representaciones simbólicas de las


montañas heladas y cielos abovedados, los enmascarados tomaron posiciones,
con sus pieles y su plata, con esa magnificencia que desprendían todos los
castillos bárbaros del Ártico. La audiencia, formada en su mayoría por los
mismos que habían asistido anteriormente al espectáculo en el hielo, estaba
sentada en sillas según su rango; los músicos en la galería empezaron a tocar
la música que maese Harvey había compuesto para la ocasión, llena de
sonoras trompas y muchos violines.
La condesa de Scaith, con un capuchón de piel negra, ya había hecho su
lúgubre actuación y se retiró para que Odin y Freya pudieran hacer su parte.
Odin, con un ojo tapado y un sombrero floreado, llevaba un cuervo en su

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hombro y sostenía una cabeza de yeso. El actor era lord Montfallcon, y Freya
era la reina Gloriana.
Lady Rhoone, como Skaal, la Norn del Futuro, recitaba sus líneas con una
voz suficientemente alta para igualar a su inmenso marido (lord Rhoone tenía
el papel de Thor):

Ahora el invierno de Fimbul cae sobre los campos,


llega la hora del cuchillo, la hoz y los escudos dentados,
y hechos violentos amenazan la paz de los hombres,
mientras Odín, sosteniendo la severa mano de Minerva,
planea la última lucha contra vivos y muertos,
¡y en el sufrimiento negro el lobo de Fernis será soltado!

Montfallcon levantó un poco más la cabeza de yeso que sostenía, dejando


entrever el papel que estaba leyendo e intentaba ocultar, mientras el pobre
Wheldrake agonizaba, sintiendo una agonía que nunca podría experimentar de
la mano de lady Lyst.

¡Harken! ¡Ha sonado el cuerno de Heindal!


¡Y nueve mundos se levantan!
¡Vienen los gigantes por nuestro viejo puente!
¡Y Bifrost se rompe!
Pronto Skoll se tragará al sol.
¡Un terremoto mundial!

Era ahora el turno de Gloriana. Había observado a maese Wheldrake y se


preguntaba si su pesar no estaría de alguna manera inspirado por la culpa.
Tomó aliento y entonó, ya como Freya:

¡Oh, tormenta de las colinas de Ironwood, alas de Águila,


volad sin pausa por el mundo!
Mientras en Midgrad los plebeyos y los reyes
huyen hacia Hela
y Fjular-Suttung se dirige disfrazado
a robar la espada de la victoria.

A su lado, lord Rhoone en su papel de Thor, con un buen martillo en la


mano, siguió:

¡Los dioses de Asgar no temen al anochecer


e irán de buen grado a la batalla!
Me atreveré con el colmillo goteante de la serpiente en Midgar,

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destruyendo al enemigo más mortal de la Humanidad
¡y moriré en medio de la nieve y el fuego!

Y siguieron así hasta que le llegó nuevamente el turno a Una, que acabó la
actuación con un:

¡Aunque Ragnarok está muerto y los dioses yacen muertos,


murieron por una noble causa!
Franco Thor, astuto Loke, justo Frey, ninguno rehuyó
la batalla final o el dolor más feroz.
¡Y por eso la Nueva Era del Mundo debe establecerse!
¡La Gloriosa Albión llevará su carga,
mientras que el resto del mundo deberá compartir la gloria de Albión!

Una se dio cuenta de que maese Wheldrake no había esperado a los


aplausos, y que, con una desesperada mirada a lady Lyst, había huido del
escenario. A Una le pareció que si la calidad de los poemas de maese
Wheldrake seguía por este camino, a la reina no le quedaría más remedio que
buscar un nuevo poeta para la Corte, pero la audiencia aplaudía como loca.
Casimir y Hassán, tropezando el uno con el otro, se acercaron a felicitar a
Gloriana por la belleza de su actuación, la nobleza de los versos, la sabiduría
de los sentimientos, la apropiada sonoridad de la música… y Una se permitió
escaparse por detrás de la cortina y de los decorados pintados para deshacerse
de la insoportable capucha de piel. Lady Lyst estaba allí, riendo como loca
para ella misma. Una temió que si la miraba directamente a los ojos se
infectaría de la misma risa incontrolable, y volvió inmediatamente al frente,
donde la interceptó lord Montfallcon, que parecía casi contento. Estaba más
amable con ella que de costumbre, ya que a Montfallcon no le gustaba Una
porque, en su opinión, distraía a la reina de sus deberes.
—Hermosos versos, ¿eh? —dijo Montfallcon—. Wheldrake se ha
superado en este Duodécimo. Le tenemos que dar también una oportunidad en
primavera. Hablaré con la reina. «¡La Gloriosa Albión llevará su carga,
mientras que el resto del mundo debe compartir la gloria de Albión!». Muy
cierto, ¿verdad?
Encantada de comprobar que sus roles habituales se habían
intercambiado, Una grojeó:
—¡Oh, sí, mi señor! ¡Muy cierto, mi señor! —y oyó una nueva risotada
desde detrás del telón. Con Montfallcon colgado de su brazo, se dirigió hacia
el centro del salón, donde la reina disfrutaba de los halagos de princesas y
reyes; estaba de tan buen humor que sin duda habría podido regalar algunas

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tierras al mismo poeta al que, hacía sólo unos instantes, hubiera deseado
destrozar, lo que a él, secretamente, le hubiera encantado. Aun con unos
versos poco inspirados, maese Wheldrake mereció todo tipo de elogios y
perdió la única recompensa que hubiera podido valorar.
El doctor Dee también se encontraba en la recepción, y escuchaba
atentamente las palabras de su viejo amigo el rey Rudolf de Bohemia, que le
estaba explicando los resultados de sus últimos experimentos.
—¿Y después realizaron la transmutación? —preguntó Dee. Una le vio
levantar los ojos, en una rápida y sigilosa mirada, hacia el cuello de la reina.
—Desafortunadamente, el éxito fue solamente parcial. El tema de la obra
me recuerda a algo que leí sobre la naturaleza de los enanos de las sagas
antiguas. De hecho eran unos poderosos brujos que no provenían
originariamente de este planeta, sino que viajaban de un mundo a otro
llevando los secretos de la alquimia que habían aprendido en los distintos
lugares visitados. Ésta es la base de nuestro fragmentado conocimiento
científico, como veis. Si sus escritos se encontraran… quizás en algún sitio
cerca del Polo Norte… nos embarcaríamos en una nueva era de la historia de
la humanidad. Ya he mandado tres o cuatro expediciones al Polo, pero
desafortunadamente ninguna ha vuelto, todavía…
La música, ahora alegre y delicada, había empezado a sonar de nuevo, y
todavía disfrazados, los actores se juntaron con el público en el Trippe, una
especie de tribuna no muy adecuada para gente disfrazada de Norn del
Presente, como Una. En realidad, la condesa esperaba impaciente el festín.

En el amplio patio del Gryffyn Inn resplandecía un magnífico fuego de la


Duodécima Noche, suficientemente grande como para calentar a todos los que
se sentaban alrededor. Incluso calentaba a los que se encontraban en las
galerías de arriba, tirando cerveza en las cabezas de amigos y enemigos,
riéndose a carcajadas de la tropa de enanos violinistas que brincaban
alrededor del fuego y se retorcían y saltaban haciendo una bulliciosa parodia
de la música. La gente llenaba todos los espacios, intentando ocupar los
rincones a los que no habían podido acceder en los primeros días del festival,
compartiendo una pieza de carne, comiendo pan y queso, brincando, bailando
o simplemente yendo arriba y abajo, meando, vomitando o tirándose pedos
por las esquinas de la posada, declarando amor eterno a personas a las que

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acababan de conocer u odio eterno a sus más antiguos camaradas. El frío aire
parecía quemar, y era tan aromático que alimentaba a cualquiera que lo
respirara, llevando los olores de buey hervido y aves a la parrilla, de vino y
ron, de sudor y de fluidos corporales, de madera quemada y de nieve
deshecha. De cualquier esquina de la posada provenían risas y, a veces,
cuando Tinkler era empujado al fuego por algún tipo al que no caía bien, la
risa era tan fuerte que las ventanas temblaban. Aquí también había payasos
profesionales, algunos de ellos habían entretenido a la reina solamente unas
horas antes: arlequines, mimos, galanes, bellas damas con vestidos de corte
italiano pese a que la mayoría eran londinenses, y todos ellos ofrecían
gratuitamente a los presentes lo que la reina había tenido que pagar.
En la muchedumbre ruidosa, con el brazo en la cintura de su concubina,
estaba el chulo y acechante capitán Quire, con su espada detrás de él como la
cola de un triunfante chucho que ha encontrado una entrada secreta a la
carnicería. El elaborado vestido de su acompañante, de plata y seda blanca, la
pequeña corona en su pelo, la cara empolvada de blanco, los ojos
exageradamente abiertos y los labios pintados de carmín eran una clara
parodia del disfraz de la reina durante las festividades sobre el hielo.
Tinkler, golpeándose el pecho con una mano, se levantó tambaleante para
saludar a su jefe:
—¡Por Hermes, capitán! ¿Qué demonios es esto?
—Nuestra mismísima reina, Tink, ha venido a ver a su gente. Mostradle
vuestros respetos, sir Tinkler. Veamos si sabéis cómo hacerlo.
Y Tinkler, inspirado como siempre por la confianza de Quire, siguió con
la farsa, mientras hacía una profunda reverencia, quitándose el sombrero y
con su diente salido brillando a la luz de las antorchas.
—Bienvenida, Majestad, a la… ¡Corte del rey Trago! —Se rió y se
tambaleó, agarrándose a Hogge, que pasaba con dos jarras en cada mano—.
Permitidme que presente a Su Majestad a lord Gruñido de Hogge ya… —le
levantó la mano a uno de los idiotas que le habían empujado al fuego— lady
Snow, su preciosa esposa. —Éste lo empujó de nuevo y Tink se dejó caer en
el barro del patio, muriéndose de risa—. ¿Pero a qué reina honramos, Quire?
¿Cómo se llama?
—Es Philomena —dijo Quire, luchando por quitarse la piel de oso y
mostrando que debajo todavía llevaba su abrigo negro. De su cinturón sacó su
sombrero plegado y lo alisó, peinando las plumas de cuervo—. La reina
Philomena. ¡La reina del Amor! —Quire le pellizcó la mejilla a su reina y le
dio una palmada en su satinado culo, lo que le provocó una sonrisita, aunque

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la expresión de sus ojos demostraba un poco de cautela, de sobresalto. La
pareja se acercó al fuego y Quire tomó una de las jarras de Hogge y otra para
la reina—. Señoras y señores del Gryffyn: un hurra para vuestra reina, la reina
Philomena, quien inaugura esta Noche del Amor y os insta a celebrarla en su
nombre.
Mientras la muchedumbre empezaba a gritarle hurras a la reina, y algunos
gritaban piropos subidos de tono a la reina de Quire, el capitán miró a su
alrededor con fingida sorpresa.
—No veo el trono. ¿Qué habéis hecho con él? ¿Dónde está la Gran Silla
de Estado de la Reina? ¿Dónde se sentará ella ahora?
La respuesta fue alta y unánime. Quire continuó jugando con la gente.
Levantó los brazos.
—Sois muy malos anfitriones. Sir Arlequín, aquí presente, os puede
contar que los invitados de la reina reciben un trato mucho mejor. —Puso un
brazo alrededor de la espalda cubierta de rombos del arlequín, que hipó
teatralmente en la cara de Quire y se rascó el ojo por debajo de la máscara—.
¿Todos tenían sillas, verdad?
—Sí, señor. Todos.
—¿Sillas buenas y sólidas?
—Sillas excelentes, mi señor. Y juro que la reina es bella y…
Pero ya una inmensa silla negra iba pasando de mano en mano,
recortándose contra la luz del fuego. Quire hizo otra reverencia.
—Señora, tomad asiento, por favor. —Con una extraña reverencia, la
reina se sentó y miró a su recién estrenada Corte, que la miraba a ella. Parecía
que estuviera borracha, o drogada, ya que su mirada era de hielo y su boca se
movía extrañamente, aunque se mostraba suficientemente lasciva cuando
Quire le hacía cosquillas, o le lamía la oreja y le murmuraba.
—¡Oh, Phil, cómo satisfarás ahora al califa, mucho mejor que la reina
verdadera! —Quire se rió y abrazó aún más fuerte a su concubina.
Y Phil Starling, que había caído en la locura de Eros, sonrió a su amante,
su señor, y miró el precioso anillo de rubí que llevaba en el dedo, sin poder
creerse que tal tesoro pudiera pertenecerle.

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Capítulo X

Donde algunos de los súbditos de la reina consideran


varios problemas de alquimia, filosofía y política.

—¡Parecía tan permanente! —dijo lady Lyst, mirando por la ventana en esa
mañana de febrero—. Llegué a pensar que la nieve se quedaría para siempre.
Mira, Wheldrake, se está deshaciendo. ¿Ves? Azafranes y flores de nieve. —
Lady Lyst miraba por encima de su hombro hacia su desordenada habitación,
que estaba llena de libros, papeles, tinta, instrumentos, vestidos, botellas,
animales disecados y pájaros vivientes y donde su pequeño amante,
totalmente vestido de rojo, se paseaba, con un papel y una pluma en cada
mano.
—Umm —dijo—. Bueno, la primavera no tardará en llegar. Escucha
esto… —y leyó de sus papeles:

Y el ardor de Ada se hará más y más frío


cerca de tristes alientos martilleantes
de prosa eslava,
mientras se hurgaba su académica nariz,
el público lo tendría por alguien ingenioso
y el trabajado metal se convertiría en oro.

—Bueno, ¿qué piensas? ¿Lo tengo, no?


—Pero si ni siquiera sé de qué estás hablando —dijo lady Lyst—. ¿Un
poeta rival? De verdad, Wheldrake, te estás volviendo cada vez más oscuro y
menos creativo.
—¡No! ¡Es él, él se vuelve oscuro! —Maese Wheldrake movía los brazos
como un primitivo pterodáctilo que intentara volar por primera vez—. ¡Yo
no!

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—Tú también. Y no sé quién es él. —Sus preciosos ojos azules se
abrieron más que nunca mientras le miraba con una tristeza distante; su
abundante cabello dorado le caía por las mejillas—. Y también dudo,
Wheldrake querido, por tu tono, que él te conozca a ti.
—¡Maldito sea! —Wheldrake se tambaleó y cruzó lo mejor que pudo la
habitación. Los papagayos y loros garrieron y volaron hacia la hiedra que
cubría el techo—. Él es rico, porque consiente al público. Les hace creer que
son inteligentes. ¡Bah! Y mientras, yo estoy aquí, condenado a depender del
patrocinio de la reina, y lo único que quiero es su respeto.
—Pero la reina dijo que le gustó la actuación de la última fiesta, y
Montfallcon murmuró algo sobre haceros caballero.
—Estoy perdiendo el tiempo, Lucinda, escribiendo ataques dirigidos a
poetas rivales y versos piadosos dedicados a mujeres que me han rechazado, y
ganándome el sueldo componiendo elefantiásicas y grandilocuentes
ventosidades para que los filisteos de la Corte las representen. Mi poesía, mi
antigua poesía está desapareciendo de mi imaginación. Ya no tengo estímulo.
—¡Por Arioch, Wheldrake! ¡Pensaba que ya habías tenido estímulos como
para escribir cien sonetos o más!
Wheldrake frunció el ceño y se dispuso a irse, con la tinta de sus plumas
salpicando sus cómodas, sus cofres y sus tomos de metafísica medio rojizos;
arrugó el papel mientras exclamaba:
—Te lo dije, no más azotes.
Lady Lyst miró de nuevo hacia la ventana. Era neutral.
—¿Quizá deberíais retornar a vuestras tierras en el Norte?
—Donde todavía soy más incomprendido. He pensado en un viaje a
Arabia. Creo que tengo afinidades con este país. ¿Y qué pensasteis del Gran
Califa?
—Bueno, es muy árabe. Y se tiene en gran estima a sí mismo, creo. —
Lady Lyst se rascó el costado.
—Tiene confianza en sí mismo.
—Ah, sí. Será eso.
—Se notó que había impresionado a la reina, con su sensualidad exótica.
Mucho más que el pobre torpe de Polonia.
—La reina fue amable con Polonia —dijo lady Lyst.
—Aun así, los dos se fueron con sus deseos frustrados, sin poder
conquistar Albión. Cometieron el error de asediarla, cuando deberían haberse
ofrecido como cautivos a sus pies.
Lucinda Lyst fue seca.

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—Os inventáis una Gloriana que no existe. No hay evidencias…
Él se puso tan rojo que por un radiante instante su piel y su pelo fueron
del mismo color. Empezó a desarrugar su sátira. Una sirvienta entró.
—Un visitante, señora. El Thane.
—Bien. Es el Thane, Wheldrake. Un camarada de campo.
—Apenas. —Wheldrake suspiró y se acercó al sillón de la ventana donde
estaba lady Lyst, tumbándose teatralmente, sin darse cuenta de que se le veía
una de sus esqueléticas rodillas.
Delgado, pero con un aspecto saludable, entró el Thane de Hermiston, con
una ondeante capa y un sombrero inmenso, con el morral golpeándole, los
brazos en la cintura y con su roja barba sobresaliendo; saludó a la pareja.
—¡Qué bonita pareja, acabados de levantar de la cama, como gatitos
perezosos! ¡Bien, bien, bien!
Wheldrake blandió su arrugado papel.
—He estado escribiendo, señor. ¡Un poema! —Su voz se quebró de
apasionada indignación—. ¡Me ocupó toda la mañana!
—Oh, ¿de veras? Pues a mí me ha ocupado toda la mañana cruzar cinco
mundos con tal de venir a saludar a unos viejos amigos.
Lady Lyst se puso a aplaudir pero enseguida se detuvo, sobresaltada por el
sonido.
—¿Y qué nos habéis traído de esas lejanas regiones metafísicas?
—¿Vuestros característicos romances burdos? —Wheldrake se mostraba
escéptico—. ¿Aventuras de dioses y demonios, de espadas y brujería?
El Thane de Herminston ignoró las burlas.
—Creo que capturé una bestia, pero al llegar aquí, había desaparecido.
Luego iré a hablar con maese Tolcharde, que fue quien inventó la máquina
con la que viajo a otras esferas.
—Un carruaje tirado por espíritus, ¿eh? —dijo Wheldrake—. Espíritus
que os drogaron y os hicieron ver visiones.
El Thane rió de corazón.
—Me gustáis, maese Wheldrake, ya que sois un gran escéptico, como yo.
Como os decía, traje esa bestia, un inmenso reptil. Un verdadero dragón. Se
llama aligarta.
—En las tierras del sur de Virginia se pueden encontrar —dijo Wheldrake
—. Se juntan en ciénagas y ríos. Bestias inmensas. He visto una disecada.
Como el cocodrilo del Tigris.
—Pero éste es mayor. O lo era —dijo el Thane, y se entristeció—. O lo
era —repitió—. El carruaje de maese Tolcharde explotó, e hizo tal ruido que

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la cabeza me daba tumbos. Parecía que había luchado contra dos semidioses y
sobrevivido sin un rasguño.
—Por Hermes, señor, nunca se sabe si os lo creéis todo, inspirado por ese
repugnante grano que destiláis vos mismo, o si mentís porque creéis que es
divertido.
El Thane encajó deportivamente el comentario.
—Ninguna de las dos cosas, Maese Poeta, es mucho más fácil. Digo la
verdad. Conseguí también un unicornio, pero el aligarta se lo comió.
—¡Viajáis por tierras que son pura metáfora! El tipo de tierras que los
poetas podemos inventar cada día.
—Pero yo no soy poeta para inventarme todos estos lugares. Simplemente
los visito. Lady Lyst, ¿vendréis conmigo al taller de maese Tolcharde?
—Voy a vestirme de inmediato.
—Yo también iré. —Wheldrake estaba celoso, aunque sabía que era una
amistad inocente—. A no ser que haya secretos que sólo puedan compartir los
elegidos.
—No hay ningún secreto, maese Wheldrake, solamente conocimiento.
Los hombres siempre rechazan el conocimiento abierto y en cambio buscan
secretos por todas partes.
Mientras se vestían, el Thane recorría la habitación, leyendo papeles
medio escritos abandonados por lady Lyst, abriendo libros de filosofía, de
matemáticas, de historia, de alquimia y de astronomía, aunque no le
interesaban ninguna de estas materias. Él era un hombre de acción. Prefería
probar cualquier suposición metafísica, y si podía ser a punta de espada,
mejor. Al fin salieron; lady Lyst, envuelta en una arrugada seda azul, y maese
Wheldrake de terciopelo negro, con los pliegues de su gorguera
desabrochados, colgando libres de su garganta, seguidos por el chillón Thane.
Cruzaron apartamentos, a través de los corredores reales, las escaleras reales y
las galerías reales, hasta llegar a la parte más antigua del palacio, el Ala
Oeste, desde donde se detectaban olores acres, como de hierro deshaciéndose
y productos químicos ardiendo. Tomaron una ancha escalera blanca de
mármol seguida de unos escalones de granito y llegaron a una galería,
suspendida por lazos descoloridos y coronada por una claraboya llena de
polvo que dejaba pasar los tenues rayos de sol de la mañana. Ahí había una
gran puerta, que contrastaba con el resto de la estancia y sus columnas y
galerías de mármol. La puerta estaba tallada a la manera antigua de los
bárbaros, madera agujereada por bronce y hierro negro.

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Thane de Hermiston golpeó con el puño, y repiqueteó tan fuerte que la
puerta se abrió de inmediato. La abrió uno de los muchos aprendices de
maese Tolcharde, un joven con anteojos que llevaba un delantal de piel y
mangas largas, el cual se tranquilizó un poco al reconocer al Thane en la
puerta.
—Buenos días, señor.
—Buenos días, Colvin. ¿Podemos pasar, o está vuestro maestro
trabajando?
—Creo que os está esperando, señor. —El joven Colvin se apartó y los
dejó pasar. Siguieron en fila india por la polvorienta habitación, mientras el
aprendiz cerraba cuidadosamente la puerta con candado detrás de ellos. La
antesala estaba inmersa en una nube de humo, como si estuviera ahí espiando
a los visitantes. Cartas astrológicas amarillentas colgaban de las paredes, y
por todos lados había cajas y libros, todo lleno de polvo. El olor era cada vez
más intenso, y Wheldrake empezó a toser, poniéndose un pañuelo en la boca,
temiendo atragantarse hasta morir, a medida que iban pasando de habitación
en habitación, hasta llegar a una cripta que estaba tan llena de tubos de cobre
que parecía que estuvieran en las entrañas de algún antiguo leviatán. A través
de ese laberinto rococó pudieron ver un banco donde se encontraban crisoles
desechados, y en la parte más apartada del banco, una pequeña figura de
rostro anguloso, que miraba los crisoles sin decir palabra.
Maese Tolcharde apareció de detrás de una esfera de cobre, donde había
estado martilleando.
—Con esta máquina, Hermiston, ¡te mandaré a través del tiempo!
—Espero que no sea hoy, maese Tolcharde.
—Todavía faltan meses. Queda mucho por hacer, en lo teórico y en lo
práctico. El doctor Dee me está ayudando.
—¿Y no se encuentra ahora con vos? —Los ojos fanáticos pero amistosos
de maese Tolcharde recorrieron toda la sala. Les hizo una mueca interrogativa
que dejó entrever su diente roto. Se acarició la calva, donde el sudor se
acumulaba.
El Thane agitó sus rizos debajo del sombrero.
—¿Y quién es ése? —señaló con un dedo al hombre sentado en la punta
del banco.
—Un viajero. Llegó hace poco, a través de una pirámide brillante que se
disolvió dejándolo a él aquí.
Maese Wheldrake se dio la vuelta, estudiando su propio rostro en el liso
cobre.

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—¿Entonces se trata de un intercambio entre mundos?
—Sí —respondió inocentemente maese Tolcharde—. El Thane consigue
traernos a muchos, pero también muchos son tomados. Y algunos van y
vienen sin mi ayuda ni la del Thane. Si quieren ver algunas de las criaturas…
Maese Wheldrake hizo una mueca.
—Otro día, señor. No querría hacerle perder el tiempo.
—Pero yo siempre estoy dispuesto a instruir a gente con un genuino
interés por la Verdad.
—Instruidme en otro momento, maese Tolcharde. Nos estabais ilustrando
sobre vuestro visitante.
—Se llama Calhoun y dice provenir del Muro Blanco. De hecho, dice que
es el barón de esos lugares. Entiende casi toda mi filosofía científica, pero
prácticamente nada más. Aunque es simpático, con una amabilidad similar a
la mía. Pero está completamente loco, ¿veis? ¡Ah! Aquí llega el doctor Dee.
Vestido de marrón, con grandes manchas blancas por el cuello y la
barbilla, llegó el gran sabio a grandes zancadas, saludando a todo el mundo
efusivamente, hasta que sus ojos se posaron en lady Lyst y se volvió tímido
de repente.
—Un placer… Me temo que yo no…
Lady Lyst frunció el ceño, sorprendida.
—¿Me prometisteis algo, doctor Dee?
—¡Oh, señora! Os ruego… ¡Os lo ruego!
Los ojos de lady Lyst estaban abiertos como platos.
—No sé qué os pasa, señor. Pero si mi presencia os incomoda, puedo
abandonar la sala.
—No, no. Es un honor tener a una intelectual como vos entre nosotros. De
hecho, hay alguien aquí… —miró detrás de él, por entre los tubos curvados
—. Aquí lo tenemos. Tenéis que conocerle, si no lo habéis hecho ya. —El
doctor Dee tenía el rostro casi púrpura. Se puso el dedo índice entre el collar y
la garganta—. ¡Harumph! ¡Su Majestad!
Se oyó una voz proveniente de la oscuridad:
—¡Aquí, Dee! —se escucharon las palabras con un fuerte acento.
—Rey Rudolph. Estamos reunidos cerca de la esfera.
Era el joven Rey Científico de Bohemia, que caminaba entusiasmado
hacia el banco para ver los crisoles, con las manos en la espalda, vestido de
color verde oscuro, doblete y un sombrero de pico.
—¿Qué es esto?
—Me gustaría presentaros a lady Lyst.

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El rey Rudolph la miró con una sonrisa.
—Somos viejos amigos. Nos conocimos hace años, cuando lady Lyst
presentó su primer tratado en Praga. Y hemos hablado un par de veces en la
Corte cuando he venido de visita. Me siento halagado de estar en su
compañía. Y creo que vos y yo también nos conocemos, maese Wheldrake.
Soy admirador de vuestros poemas. Aunque, últimamente, no he visto…
—¡Estoy muerto! —murmuró el diminuto poeta—. Por eso. He estado
muerto por una larga temporada.
—¿Entonces habéis venido a ver al doctor Dee para una resurrección?
El doctor Dee sonrió.
—Mi reputación es una carga, Majestad. Muchos vienen con la misma
demanda; en nombre de parientes y seres queridos, claro. Pero si estáis en lo
cierto, entonces maese Wheldrake será el primero que habrá venido a pedirlo
en persona.
Wheldrake apoyó su entumecido cuerpo en una pared.
—Quizá deberíais invitar a maese Wheldrake a la Corte de Bohemia —
sugirió lady Lyst—. Dice que ahí son filisteos. Y de todos es conocido que los
Elfbergs son grandes artistas, y científicos.
El doctor Dee dio una palmada en la espalda del rey.
—Y éste es el mejor Elfberg que se puede encontrar. ¡Soldado, poeta y
científico!
—Pero, siento decirlo, un pésimo pintor. —El rey de Bohemia era
encantador. Había publicado tres libros excelentes, dos tratados científicos y
un trabajo sobre historia natural, y había liderado la exitosa campaña de
Macedonia contra el imperio tártaro hacía unos cinco años. Wheldrake lo
odiaba profundamente, y se consolaba murmurando versos para sí: «Qué
condescendiente es este rey / Que pone la mano en todo / Dejemos que el
pueblo llano cante sus gestas».
—Científico, no —dijo Wheldrake en voz alta.
Lady Lyst examinó el laboratorio.
—¿Quizá deberíamos ofrecer nuestra hospitalidad al rey, maese
Tolcharde?
—¿Eh?
—¿Un vaso de vino, quizá? —dijo lady Lyst—. ¿Tenéis? —y añadió—:
¿O alguna otra cosa? —Levantó una esbelta botella—. ¿Esto?
—Esto es la orina de una rana embarazada. No creo que sea alcohólico —
dijo maese Tolcharde.
Por suerte el doctor Dee tenía conocimientos sobre el tema.

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—No, la orina, no. Aunque hay algunos tipos de orina que sí lo son.
Lady Lyst se había alejado del banco y estaba echando un vistazo a las
alcobas.
—¿Qué es esto?
—Son algunos de mis comediantes mecánicos. Quiero hacer todo un
conjunto, para presentarlos a la reina.
Las figuras metálicas, de tamaño humano, colgaban del techo como
ahorcados, y tenían títulos: Columbine, Pierrot, capitán Francasse,
Scaramouche: los disfraces más de moda, los personajes de la Comédie
Parisienne, hechos de brillantes esmaltes, cobre y plata.
—Excelente —murmuró lady Lyst. Se agachó para recoger un frasco
polvoriento del suelo—. ¿Y cómo les dais vida?
—Ruedas dentadas y resortes, lady Lyst, según mis propios diseños. —
Acarició una pierna colgante, que pareció moverse. Se alzó para dar la vuelta
al muñeco, que miró fijamente, con una expresión de dignidad, por delante de
su cabeza—. Todavía hay algunas varillas, y un muelle principal, que no están
listos, si no se lo mostraría.
El Thane de Hermiston pasó un brazo por encima del hombro del rey
Rudolf, y le mostró con el dedo un carruaje barroco que estaba al fondo de la
bóveda.
Colvin amablemente ayudó al senil barón Calhoun a levantarse y entrar en
otra sala. El doctor Dee se juntó con lady Lyst y Tolcharde, que admiraban
una Colombina plateada, todavía sin pelo, que parecía hacer piruetas en una
superficie invisible.
—¿Y quién podrá decir, una vez acabadas vuestras criaturas, maese
Tolcharde, que no son de carne y hueso? —El doctor Dee se puso
momentáneamente introspectivo—. De carne y hueso…
—¡Ah! —dijo maese Tolcharde—. Sin duda. —Enrojeció, perplejo, y
volvió la cabeza.
El doctor Dee le lanzó una mirada significativa.
—¿Y cómo va vuestro otro trabajo, maese Tolcharde…?
—¿La esfera?
—No, no. El trabajo que estáis haciendo para mí.
—¡Por supuesto! —Maese Tolcharde enseñó su diente manchado—. Está
casi listo, doctor Dee. Las fases finales, no obstante, os las dejo para vos.
—Claro, lo entiendo. —La cara del doctor Dee se iluminó—. ¿Entonces
va bien?

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—Modestamente, debo decir que es una de mis mejores creaciones. Mis
habilidades y mis ideas parecen estar en su punto álgido. La inspiración viene
como siempre, furiosa y rápida, pero cada vez me siento más capaz de
convertirla en disciplinada y práctica inventiva. Los elogios de la reina, como
siempre, me alientan enormemente. Estuvo encantada con el halcón, o eso he
oído, lady Lyst.
—Sí, yo también lo he oído. Fue una pena que no le dierais el instinto de
retorno al hogar. Voló lejos, hacia Norbury Woods, persiguiendo a un
chorlito, y nunca más volvió.
—Son fáciles de hacer. Muy pronto fabricaré uno nuevo. —Contento,
maese Tolcharde se volvió hacia el banco.
Maese Wheldrake sostenía un espejo de cuarzo pulido, con marco dorado,
en donde se reflejaban sus rasgos, también aguileños, distorsionados.
—¿Es un espejo mágico, maese Tolcharde?
—Traído de las Indias. —El doctor Dee se lo quitó de las manos—. Lo
trajo sir Thomasin Ffynne. Formaba parte de algún botín ibérico, me pareció
entender, y antiguamente era utilizado por los sacerdotes del Imperio Ashtek
para invocar la imagen de los dioses (o demonios). Hasta ahora no hemos
conseguido ningún resultado con él. Siempre es difícil, aparte de peligroso,
usar pociones y conjuros al azar. Pero perseveramos, maese Wheldrake, por la
causa científica. —Colocó el espejo dentro de una simple caja de madera, que
se puso bajo el brazo—. Parece que el rey se quedará un rato. Dejaré que el
Thane lo escolte y seguiré adelante con mis citas de hoy. Le agradezco
mucho, maese Tolcharde, las buenas noticias. Lady Lyst… —Hizo una
reverencia—. Maese Wheldrake…
Levantándose los faldones marrones, como si fuera a alzar el vuelo, se
dirigió rápidamente por entre la maraña de tubos hacia la puerta y
desapareció.
Durante la larga y complicada vuelta a la Corte moderna, dejando atrás la
parte antigua del palacio y acercándose a la nueva, que estaba dotada de una
atmósfera más brillante y aireada, el doctor Dee se cruzó con dos de sus
compatriotas, que hablaban con sir Thomasin Ffynne. El almirante llevaba un
sencillo ropaje blanco y negro, más apropiado para el mar que para la Corte,
que contrastaba con los fastuosos brocados, los puños almidonados y los
cuellos de terciopelo de sus dos compañeros, lord Ingleborough y lord
Montfallcon.
La reverencia de lord Montfallcon a Dee fue corta y estirada, pero Ffynne
lo recibió con cordialidad, como solía comportarse con Dee. Sir Thomasin lo

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consideraba un inofensivo excéntrico al servicio de la reina que hacía las
veces de bufón de la Corte.
—¡Buenos días, doctor Dee! ¿Cómo van los mapas y los hechizos? —Más
de una vez había recurrido a los excelentes conocimientos de geografía del
doctor Dee, y a cambio añadía datos a los informes del sabio.
—¿Habéis vuelto de otro viaje, sir Thomasin?
—Las fechas no son vuestro fuerte, ¿eh, Dee? —Los astutos ojos de Tom
Ffynne se empequeñecieron, y mientras se reía, golpeó las baldosas de
mármol con su pie de marfil—. Hace más de un mes que he vuelto de las
Indias. Y me voy esta mañana a hacer negocios con los tártaros y a cobrar
peaje a todos los barcos de Iberia que me encuentre en nuestras aguas. Acabo
de ver a la reina. —Le entregó un paquete—. Aquí tenéis mis documentos.
Ahora me despido de todos, mis queridos amigos. El Tristán e Isolda me
espera en Charing Cross, y el río ya está libre de hielo para poder navegar
hacia el mar. Así que me daré prisa. Un mes en tierra es demasiado para mí.
Estaré atento por si veo baratijas, doctor Dee, de ésas que os gustan.
—Muy agradecido como siempre, sir Thomasin. —Con un movimiento de
cabeza dirigido a Ingleborough y a Montfallcon, salió vivazmente—. ¡Que
tengáis una travesía segura, señor! ¡Hasta pronto! ¡Oh! ¡Mis disculpas, chico!
—Había tropezado con Patch, el paje—. ¡Ah, sois vos! Buen muchacho.
Encantador. ¡Adiós!
Patch se acercó a su maestro. Ingleborough sonrió orgulloso.
—¿Estáis bien, Patch? ¡Qué patoso es este Dee!
—Entre otras cosas —asintió Montfallcon, mirando cómo los ropajes
marrones de Dee desaparecían por la esquina—. Todo menos ingenioso. Me
duele que influencie tanto a la reina.
—Pero no la influye en cuestiones importantes —dijo Tom Ffynne—. Y,
además, mi navegación ha mejorado considerablemente gracias a sus
conocimientos. No es un loco, en absoluto. Ha hecho mucho por el capitán
Perion.
Lord Montfallcon ignoró estos halagos desafortunados. Se cruzó de
brazos y miró fijamente a su amigo.
—Debéis ser cuidadoso, Tom, debéis olvidaros de la piratería. Sobre todo
en el Mar Medio, con tantos testigos. Y nada de barcos árabes. Ni polacos. Ni,
por supuesto, ningún tártaro esta vez.
—Entonces sólo nos queda Iberia, los Países Bajos y algunos
independientes…

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—Juego limpio, por supuesto —añadió el Alto Almirante, apoyando al
decepcionado Ffynne. Ausente, con la mano extendida, acarició la cabeza de
Patch—. ¿Eh?
—Ya conocéis las reglas, Tom. No hagáis nada que avergüence a la reina.
No hagáis nada de lo que Albión deba avergonzarse. No hagáis nada que
complique mi diplomacia.
Tom Ffynne soltó una risita aguda.
—¡Oh, no! Nada, en verdad. Creo que me quedaré en el Mar Menor e
intentaré pescar un poco. ¡A no ser que la nación de los arenques esté también
envuelta en vuestras redes, Perion!
Montfallcon se mostró firme.
—Sé que respetaréis el honor de la reina, Tom.
Ingleborough asintió, y con rostro grave añadió:
—Albión es un ejemplo para el mundo.
—Me acordaré. Bien, pues… —Levantó sus fuertes manos llenas de
cicatrices para abrazar a sus dos amigos—. Que el aire de esta Corte de paz
no os cante suaves nanas, porque os dormiréis tan profundamente que no
podréis despertaros jamás. Y, Lisuarte, cuidaos la salud.
Ingleborough se tocó sus pálidas mejillas.
—No es más que la típica enfermedad del invierno. Cuando volváis, Tom,
estaré tan activo y rubicundo como siempre.
Sir Thomasin giró sobre su tacón de marfil y se fue, clac, clac, clac,
alejando.
Montfallcon y Ingleborough, con el hermoso muchacho un par de metros
por detrás de ellos, siguieron su paseo, un clásico cuando salir al exterior a
hacer ejercicio era imposible, y sus pasos les fueron guiando desde los
poblados corredores del palacio hasta el Ala Oeste, de donde acababa de
volver el doctor Dee. Pero ellos se adentraron aún más por pasadizos y
gruesos muros de decoración decadente —estandartes, armaduras, armas,
inútiles y llenos de polvo, que dejaban oír ecos de tiranía— hacia la Sala del
Trono del padre de Gloriana, el rey Hern, donde ahora sólo había ratas, arañas
y sombras. Había sólo un rayo de luz directa, que caía sobre un mosaico en el
suelo, reseguido de trazas de caracoles y babosas. En la piscina de luz, los
cautivos de Hern —un prisionero, o algún cortesano caído en desgracia—
eran mostrados para aquellos que, como Hern, se escondían en las sombras.
El trono permanecía, asimétrico, con forma de guante retorcido, en un
pedestal con doce escalones negros. Ingleborough y Montfallcon venían aquí
para recordar el duro pasado contra el que habían confabulado y contra cuyo

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retorno trabajaban. Hacía frío, pero los dos hombres recordaban los días en
que los braseros habían brillado en las tinieblas, llenos de carbón apestoso y
maloliente. Se acordaban de los murmullos, de las venganzas, del veneno, de
la corrupción de cualquier espíritu inocente que se atreviera a entrar en aquel
escenario.
Sus figuras humanas se confundían con las estatuas de obsidiana, de
aspecto grotesco y antropoide. Estatuas rumiantes, quizá, que todavía soñaban
con un pasado fantástico, grotesco y mórbido, donde sonaban los gritos de las
víctimas y las risas ásperas de los borrachos, los degenerados y los
desesperados, demasiado adictos, o demasiado asustados para alejarse de la
atmósfera adictiva que acompañaba la indulgencia llena de odio de los
terribles apetitos de Hern.
El lugar asustaba a Patch, que se acercó a su maestro y lo cogió de la
mano, para sentirse más seguro.
—¿Estaba loco el rey Hern? —murmuró—. ¿Lo estaba, señor?
—Su locura trajo riquezas a Albión —respondió Montfallcon—.
Posesiones de todo tipo. Como no tenía ambición política, alimentaba
rivalidades entre los cortesanos, que se enriquecían y, a su vez, enriquecían a
Albión. Pero aun así, hacia el final, se veía que todo se perdería. Nuestros
enemigos se prepararon para quitárnoslo todo, porque pensaron que después
de la muerte de Hern habría guerra civil. En lugar de eso, la joven reina
Gloriana ascendió al trono, gracias al esfuerzo de hombres como vuestro
maestro o yo mismo, y en el decimotercer año de su reinado, nuestro mundo
ha pasado de ser un reino de terrible oscuridad a uno de luz dorada.
—La única pena de todo esto —dijo lord Ingleborough— es que quizá
también nos alcanzó la locura del rey Hern. No hay ninguno de los de nuestra
época que no estuviera, de alguna manera, corrupto, o dañado.
—¡Excepto la reina! —insistió Montfallcon.
Lord Ingleborough se encogió de hombros.
—¡Tampoco vos, señor! —dijo Patch, leal a su señor.
—Lord Montfallcon y yo mismo servimos al rey Hern, y lo servimos bien,
no te equivoques. Pero soñábamos con un futuro noble, la Edad Pericleana de
Albión, si quieres. Protegimos a Gloriana como símbolo de nuestras
esperanzas, y volvimos al rey en contra de aquellos que más confiaban en él,
llenando su pobre cerebro loco con evidencias de tramas contra él, hasta que
gradualmente se deshizo de todos sus seguidores, y se quedó con sus mejores
hombres, hombres como nosotros, que no teníamos estómago para las cosas
que ocurrían diariamente en esta sala. —Ingleborough suspiró y atrajo al

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muchacho hacia él—. Y la reina tiene nueve hijos, y ninguno es legítimo. Y
eso me aterra. No negará que son de ella, pero ni siquiera sabe quiénes son los
padres. Si ella muriese… Oh, sería el caos. Pero si se casara…
—Habrá problemas tarde o temprano. Verdaderamente, si hubiera un
hombre en Albión como el que deseamos, acallaríamos muchas lenguas. Pero
ella sólo se casará con aquel que le dé… que le proporcione la paz que
necesita. Y ninguno ha tenido éxito en eso. —Miró a las burlonas estatuas—.
Si Gloriana cae, Albión caería otra vez en esta espiral de cinismo, avaricia,
injusticia y debilidad, nos volveremos pequeños y nos pudriremos. Arabia
desea preservar nuestros logros, no hay duda, pero si Arabia gobernara
Albión, llegaría el desastre, inevitablemente. Arabia es demasiado intratable,
demasiado orgullosa, demasiado masculina… Sobrevivimos a través de la
reina, de su carácter, de su sexo. Ella llena a nuestra gente de idealismo y de
una aspiración a buscar siempre lo mejor para Albión. Sin duda, contagia al
mundo. Pero así como algunos hombres aman a Gloriana, la mayoría la ven
como el cumplimiento de sus más privados deseos. No ven que Albión la ha
creado a ella del mismo modo que ella ha creado a Albión, y si destruyen la
raíz, también destruyen la flor.
—Y yo me pregunto, ¿no hay ningún príncipe en todo el mundo dispuesto
a entregarse a Albión, para así ganarse a Gloriana?
—De momento ninguno de los que hemos conocido. —Montfallcon se
volvió bruscamente, creyendo que había visto una figura alta moviéndose por
entre las estatuas. Sonrió para sí mismo—. Tampoco ningún hombre de
espíritu noble ha podido confortar a la reina. ¡Por Xiombarg! Lo hemos
intentado, Lisuarte. Pronto, creo, conseguirá reconciliarse consigo misma.
—Me temo que, si la reina se reconcilia consigo misma, se volverá una
reina caprichosa y descuidada. Yo creo que las circunstancias de Albión y de
Gloriana son interdependientes. Y si la reina pierde su esperanza, la esperanza
de Albión se pierde también. —Ingleborough guió a Patch hacia fuera de la
Sala del Trono. Montfallcon dudó unos instantes antes de seguirlos.
Tan pronto como se hubieron ido, se oyó un ruido detrás del trono y,
cautelosamente, la mujer loca asomó la cabeza para ponerse de pie, con una
mano en el negro brazo del trono. Se movió de puntillas, por si acaso
regresaban. Luego bailó graciosamente por los escalones, e hizo una
reverencia al trono vacío, desapareciendo de nuevo entre las sombras como la
niebla al mezclarse con humo.
Jephraim Tallow, que la había estado siguiendo, emergió, con las manos
en la cintura y el gato en un hombro, para mirar alrededor. La había perdido

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de vista.
—Bueno, Tom. No nos guió a ninguna parte. Yo esperaba una despensa,
como mínimo. Creo que hemos sobreestimado sus posibilidades como guía y
que debemos buscar nuevos habitantes que nos muestren sus secretos.
Acechó por unas estrechas escaleras que se adentraban por el muro hacia
una galería. Las subió. Encontró un arco en forma de campana y siguió
adelante, cruzando un puentecito con parapeto, que era poco más alto que su
cabeza. Por encima sólo se veía oscuridad. Y por debajo se oían ecos, quizás
el sonido del agua. Caminó rápidamente y bajó unos cuantos escalones más,
hasta encontrar una puerta abierta que salía a un balcón, en lo alto de una
torre, y salió a plena luz del día.

Oubacha Khan, el hijo del lord de Western Horde y embajador de Tartaria en


la Corte de la reina Gloriana I, ataviado con un largo abrigo de piel de caballo
que le llegaba hasta los tobillos, botas también de piel y una capa de malla
entretejida con lana, caminaba por los grises jardines con lady Yashi Akuya,
que, vestida con un kimono, tenía que dar varios pasos por cada zancada de
él, pero, como estaba secretamente enamorada del tártaro, aguantaba
cualquier incomodidad, el frío incluido, con una sonrisa complaciente.
Nadie les observaba en ese lejano y olvidado jardín, y ellos hablaban
tranquilamente de los temas más cotidianos que tenían en mente.
—Ayer noche fueron los pequeños de nuevo, y la piscina —informó lady
Yashi Akuya a Oubacha Khan—, o eso me ha dicho mi muchacha. —Lady
Yashi había introducido una geisha en el harén de Gloriana y ésta le
proporcionaba informes diariamente.
—Seguido de alguna oscura actividad con ovejas enanas, o eso es lo que
he oído —dijo el joven Khan, acariciándose los largos bigotes. El comentario
hizo enrojecer a lady Yashi Akuya. Él tenía su propio espía, un mauritano,
que le mantenía informado, no de las diversiones específicas de Gloriana (si
se les podía llamar así), sino más bien del estado de ánimo de la reina, y de su
salud. Varias naciones seguían una teoría diplomática basada muy de cerca en
sus propias interpretaciones de las miserias privadas de la reina Gloriana.
—Pero sin resultado, como siempre —añadió lady Yashi comprensiva.
Sufría tanto como Gloriana, pero con menos intensidad. Además, ella estaba

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convencida de que pronto conocería los placeres del orgasmo, cuando
finalmente Oubacha se decidiera a hacerlo con ella.
—Sigue frustrada.
Se escapó un ruidito por entre los voluptuosos labios de la embajadora
nipona.
—¿Y no hay indicios de que Arabia, o Polonia, la hayan visitado en sus
apartamentos secretos?
—Ninguno. Aunque los dos están más que dispuestos. Ha habido algunos
intentos. Han mandado notas, y cosas así. Finalmente Polonia se fue, viendo
en la reina a una hermana, mientras que Arabia se ha consolado con un paje o
dos, y (eso es solamente un rumor) la condesa de Scaith.
—Creía que la condesa le ayudaría a llegar a Gloriana. Podemos deducir
que fue por esta razón por la que ha roto un hábito de toda la vida. —El
embajador tártaro lanzó una risotada gélida para esconder los celos que sentía.
No tenía ninguna esperanza en cuanto a la reina, pero desde hacía un par de
años estaba secretamente enamorado de su mejor amiga, y si no hubiera sido
por el voto de celibato que hacían todos los nobles tártaros enviados a tierras
extranjeras como emisarios, habría intentado cortejarla.
—Y aun así —añadió lady Yashi Akuya con entusiasmo— parece que
tanto Arabia como Polonia todavía se han comprometido más en su alianza
con Albión.
El tártaro asintió.
—Es un tributo a la inocencia de Gloriana y a la astucia de Montfallcon.
Pensé que, asegurándome de que lord Shahryar descubriera la verdad en
cuanto a la relación de Montfallcon con la muerte de su sobrino, conseguiría
suficientes motivos de desacuerdo, pero parece ser que la ambición de Arabia
es tan grande que prefieren renunciar a todo su honor, si ve que puede haber
una pequeña posibilidad de ganarse a Gloriana. —Habló con tono
desaprobador—. Si una cosa así le hubiera ocurrido a un tártaro, nos
hubiéramos vengado de inmediato, sin importar qué ganancias políticas
estuvieran en juego.
Yashi batió sus largas pestañas.
—El honor tampoco está desterrado en Nipponia —dijo.
Él se olvidó de sus prejuicios habituales.
—Las Islas Niponas son sinónimo de altruismo —le dijo generosamente
—. Nuestras dos naciones son las únicas portadoras de los antiguos valores en
este mundo, donde el pacifismo se ha convertido en un dogma. Yo creo en la
paz, por supuesto, pero una paz verdadera, ganada por brazos victoriosos, una

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pausa bien merecida después de un varonil conflicto. La batalla despeja el
aire, decide sobre todos los asuntos. Toda esta diplomacia simplemente los
complica más, confunde y esconde problemas que una guerra decente sacaría
inmediatamente a la luz. Los ganadores se sabrían ganadores y los perdedores
sabrían que han perdido. Todo el mundo sabría perfectamente en qué posición
está, hasta que las cosas se torcieran de nuevo. Como todos sabemos, Arabia
quiere entrar en guerra contra los tártaros, pero Albión frustra sus intentos, y
por eso Arabia ha degenerado, porque no usa sus energías de un modo
natural.
Habían llegado a la puerta de los aposentos de lady Yashi Akuya.
—Qué reconfortante es oír una charla tan directa y saludable. ¿Aceptaríais
la invitación de entrar para hablar un rato más conmigo, de modo que me sea
dado compartir vuestros pensamientos un poco más?
—Por supuesto, señora —replicó el Khan—. Me halaga vuestro interés.
Yashi se apartó para dejarle entrar en una habitación que era, como todas
sus habitaciones, demasiado blanca y negra.
—Y debéis contarme más acerca de ese asesinato de Arabia. —Dio unas
palmadas para que los criados vinieran a quitarle el abrigo a Oubacha Khan
—. ¿Habéis dicho que lo llevó a cabo Montfallcon?
—Su criatura, más bien.

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Capítulo XI

Donde el capitán Quire trae una nueva clienta a Josias


Priest, el Maestro de Danza.

El capitán Quire iba embutido en un palanquín carreteado por cuatro lacayos


de escasa salud que maldecían y tropezaban con los adoquines resbaladizos a
causa de la lluvia, mirando fija y casi tiernamente a Alys Finch, quien iba
sentada con la espalda recta, las manos cruzadas y las rodillas juntas, y que
llevaba brial, vestido y enaguas, con una gorguera almidonada como una
aurora alrededor de su garganta, enfatizando su color intenso, artificial; iba
tan cuidadosamente vestida como su antigua amante, y había sido
cuidadosamente adiestrada por el mismo demonio que las había dominado a
ambas.
Su tono era aprobatorio:
—Con qué rapidez habéis ascendido en sociedad, Alys. Pronto estaré
orgulloso de vos.
—Gracias, señor. —La voz era tímida y mecánica.
—Teníais unos modales naturales y no me ha hecho falta insistir
demasiado en ese aspecto. He mejorado vuestro gusto en el vestir, os he
enseñado a comer correctamente y a hablar y todo eso, pero no he tenido
tiempo para enseñaros la habilidad más importante, que es ser capaz de
sonreír y hacer observaciones ingeniosas en el momento preciso, pero sin
dejaros llevar ni una sola vez por la genuina y peligrosa felicidad. Siento una
responsabilidad hacia vos, Alys, propia de un padre (porque os estoy creando
más a conciencia, más cuidadosamente de cómo lo habría hecho un padre
natural), y no puedo permitir que seáis vulnerable. Me prometí haceros fuerte:
sólo deberéis confiar en vos misma y en vuestro maestro. Y para acabar de
conseguirlo visitamos a Josias Priest.
—Sí, señor.

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—Os considerabais débil y creíais que Phil era fuerte. Os demostré que os
equivocabais. Vos erais la fuerte, y pronto lo seréis aún más. Seréis una hábil
teniente del capitán Quire en su constante guerra contra los débiles del
mundo. Porque Quire es el trillador de la Madre Naturaleza. —Sus ojos
negros ardían con ironía, pero ella, después de su cautiverio de casi dos
meses, no fue capaz de captarla—. Y por esa razón nunca he insultado vuestra
fuerza e inteligencia exigiendo amor de vos. A cambio he exigido
disciplinada obediencia y os he dado poder y seguridad. Porque pocos
hombres entienden lo que Quire entiende: el alcance del miedo físico de una
mujer. Es lo que exploté en vos al principio. Y ahora os ofrezco la liberación
del miedo. Os he entrenado como lo haría un sargento con sus tropas. Os dije:
«Confiad en mí con vuestra vida, vuestra alma, vuestra libertad y os protegeré
y enseñaré a protegeros». —Extendió su cruel y musculosa mano hacia ella y
le levantó la barbilla—. ¿Os sentís a salvo, Alys, y fuerte?
Sus ojos grises lo miraron fijamente, aunque sin demasiada vitalidad.
—Desde luego, señor.
El palanquín se tambaleó de un lado a otro hasta chocar contra el suelo
con un estrepitoso golpe. Quire abrió la puerta y salió de un salto. Estaban
delante de la verja de un patio de altos muros. Más allá del patio, rodeada de
altos arbustos y de árboles ornamentales, se veía la pared blanca de una casa
de dos plantas que podría haber pertenecido a un acaudalado comerciante.
Dejando a Alys Finch en el palanquín, Quire golpeó la puerta y llamó.
—¡Priest! ¿Estáis ahí? —Los perros ladraron. Dos faroles aparecieron por
la parte izquierda de la casa. Estaban sujetos por las manos de un lacayo de
mediana edad que llevaba un blusón corto y pantalones—. ¡Priest! ¡Soy
Quire!
Antes de que el lacayo pudiera llegar a la verja, una puerta de la casa se
abrió y el patio se llenó de más luz. Una silueta delgada. Una mano levantada.
—Dejad pasar al caballero, Franklin.
Quire volvió al palanquín y ayudó a Alys Finch a bajar al empedrado del
suelo, admirando su gracia natural, la cual, a sus ojos, había mejorado: ahora
se había vuelto recatada por voluntad más que por instinto. Entregó a los
granujas el doble de los honorarios que pedían, ignoró la sincera gratitud que
le expresaron y condujo a la chica a través de la verja, gritando, mientras
cerraban con llave a sus espaldas:
—Maestro Priest, os he traído a una joven dama, para que le enseñéis a
conducirse y a bailar, y para que aprenda los modales de la Corte.

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Josias Priest, el Maestro de Danza, seguía esperando en el umbral.
Llevaba un gorro de noche de terciopelo sobre su lacio pelo castaño claro. Su
mirada era furtiva y su boca permanecía abierta, como la suave boca de un
poni petulante y mimado. Su cuerpo esquelético, una cabeza más alto que
Quire, iba enfundado en una camisa de dormir del mismo terciopelo que el
gorro. Con la mano derecha sostenía un cuchillo de mesa, aunque su postura
no mostraba agresividad alguna.
—Es tarde, capitán Quire —dijo cuando entraron sus visitantes.
—No tendréis que empezar a trabajar esta noche —se mofó Quire. Los
ojos llorosos de Josias Priest se alarmaron aún más—. Ella va a quedarse
aquí, para que pueda ser minuciosa y rápidamente educada.
—Yo no alojo a mis alumnos, capitán.
Quire se abrió paso hacia el comedor de Priest. Allí, una amplia mesa
había sido puesta con una cena tan frugal que habría avergonzado a un
mendigo cualquiera. Quire miró tristemente a la corteza de queso, la grasa del
jamón y el mendrugo de pan.
—Se espera para ella mejor comida que ésta. Esta joven está a mi cargo,
es mi pupila, y quiero que sea alimentada generosamente, con todo tipo de
alimentos. —Retiró una silla para ella y, sin apartar los ojos de la superficie
de la mesa, se sentó—. Si lográis educarla os traeré otra para vuestra
compañía.
—No es una buena política, capitán, dejar que jóvenes alumnas se alojen
en la casa. Por una razón, las habladurías. Además, siempre existe el peligro
de que la joven se encapriche.
—¿Creéis que corréis el riesgo de enamoraros del maestro Priest, Alys?
—No, señor.
—¿Lo veis? Estáis a salvo, Priest. Con estas garantías, ¿cómo podríais
negaros? Quiero que ella lo tenga todo, y tenéis que hacerlo lo mejor que
sepáis. Sois bueno en vuestra profesión. Tenéis que enseñarle a caminar, a
bailar, a mantener una conversación entretenida. Sobre todo, tenéis que
enseñarle a halagar. ¿Vos sabéis cómo adular, verdad, Priest? Por supuesto
que sabéis, es vuestra mayor habilidad. En realidad, ¡es vuestra filosofía!
Bien, entonces, conducta, baile y adulación. Pasaré de vez en cuando para
revisar vuestros progresos. Espero avances considerables, Priest.
—¡Capitán Quire, no tengo espacio!
—Tenéis una casa amplia y varios criados. Despedid a uno de vuestros
sirvientes, si hace falta. Sería un acto de caridad, bien pensado. —Quire
ajustó su sombrero a su negro y grueso pelo, admirándose a sí mismo en uno

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de los muchos espejos del maestro Priest—. Sed buena chica, Alys. Estaré
vigilándoos.
—Sí, señor.
—Os haré llegar sus ropas —dijo Quire al maestro Priest.
Priest dejó su cuchillo con estrépito, intentando oponerse de algún modo.
—¿Clases? ¿Alojamiento? ¿Cómo lo pagaréis?
—¡Yo pagaré, maestro Priest!
—¿Cuánto?
—De la manera habitual, en lo que nos concierne a ambos. Pagaré con
seis meses de silencio.
Maese Priest se quedó sentado detrás de su cena, y apartó el plato a un
lado.
—Muy bien. Pero ¿para qué fin queréis que sea educada?
Quire se detuvo en la puerta y se rascó la barbilla. Movió la cabeza y
sonrió.
—Ninguno, por ahora. Quizá no haya nunca ninguno. Mis acciones,
maestro Priest, como ya debéis saber a estas alturas, se llevan a cabo por sí
mismas.
—No os entiendo, Quire.
—Soy un artista, y vos, maestro Priest, sois un comerciante. Para vos,
cada acción debe tener un resultado evidente en términos de ganancias,
aunque sean pequeñas, aunque sean indirectas. Lleváis las cuentas. Yo creo
acontecimientos. Hay sitio para ambos en el mundo. Obrad como os digo. No
intentéis entenderme. Recordad ambas cosas y seréis más feliz, Josias.
Quire se despidió clavando una mirada dura y penetrante en los ojos de
Alys.

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Capítulo XII

Donde la reina Gloriana recibe a sus invitados a cenar


y considera su condición, así como la de Albión.

La larga mesa se le antojaba a Gloriana un blanco camino que debía recorrer,


como en una pesadilla, plagado de trampas a intervalos regulares en ambos
lados y marañas de obstáculos (una bandeja de plata para las especias, sales
elaboradas con la forma de bestias fabulosas) para bloquear su avance hacia el
centro, cada cubierto representando a un espíritu malévolo. Tomó más vino
—abandonando por una vez su habitual prudencia— y fingió escuchar a sus
invitados más cercanos, a izquierda y derecha, dando distraídas muestras de
interés, asombro o lástima. Rechazando tanto la apatía como el cinismo, debía
soportar la pena y el anhelo que se negaban a desaparecer (ya que el vino no
había hecho más que aliviar un poco la tensión reinante).

Por supuesto, mi señor. Cuán acertado, mi señor. Qué pena, mi señora. Qué
ingenioso… Qué sensato…

Lord Montfallcon, gris como el granito, con un traje de felpa negra, con
una gorguera gris almidonada y una cadena de ébano y oro sobre su pecho,
hablaba en voz muy alta a través de la mesa con sir Amadís Cornfield, quien
intentaba ignorar los murmullos de su pequeña esposa y escuchar a su señoría.
—Hay quienes, sir Amadís, tomarían Polonia como ejemplo y harían de
Albión una democracia. He oído estas opiniones aquí mismo, en este palacio.
¡Algunos suprimirían por completo nuestra monarquía! El penúltimo paso
hacia nuestra decadencia total, como dice Platón, es el establecimiento de una
democracia en un país.

¡Ay, si pudiera librarme de esta carga! Pero no, está el Deber… el Deber…

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Sir Amadís, con su elegancia clásica, en contraste con el alegre vestido
violeta y verde de su mujer, se metió un bocado de perdiz entre mostacho y
barba y lo masticó lentamente, para mostrar que escuchaba con la debida
gravedad.
—¿Y Arabia? ¿No hay otros que miran a la tirana Arabia, y que harían de
Albión una nación guerrera, un dragón que lo devora todo?
—Para así debilitarla y verla arrasada y sedienta de sangre para siempre.
—Sir Orlando Hawes sacudió su mano negra, de cortos dedos, en la que
sostenía un tenedor—. Las guerras suponen un derroche de dinero y también
de vidas. Se llevan a la juventud de un país. Se malgasta el dinero en pro de la
gloria, que no necesitamos, y en pro de nuevas tierras, que requieren ser
atendidas. —Las teorías económicas de sir Orlando eran lo suficientemente
radicales como para que la mayoría de ellos no las entendieran.
—¡Guerra! —gritó el embajador tártaro, creyendo que la simple mención
de la palabra bastaría para generar la situación que más deseaba—. La guerra
consolida a las naciones fuertes. ¡Albión no debería temer a la guerra!

Pero temo a la guerra y a todo lo que implica… La violencia simplifica y distorsiona la


Verdad y convierte al Bruto en una Eminencia…

Gloriana tenía una clara imagen del Bruto en su mente. No era muy
distinto del padre al que había conocido de niña. La criatura amenazadora,
quejumbrosa y malévola, de poder ilimitado, que podía resolver asuntos
complicados rápidamente, mediante un hacha y un potro de tortura, y
justificar cualquier decisión con una mezcla de autocompasión y temor de que
su seguridad, y por consiguiente, la seguridad de su país se vieran
amenazadas. Recordó la locura y el sufrimiento…
—Algunos nobles de Virginia se han declarado republicanos. —Fue el
lord de Kansas, espléndido con sus tonos rojos y amarillos oscuros y su cuello
ancho y alto, que estaba de moda en su propio país. Sonrió a sus oyentes,
satisfecho por el efecto que había causado, y tomó más vino.
—¡Y yo que creía que Virginia era la nación más leal de Albión! —La
esposa de sir Amadís (la mayor de las hermanas Perrott) dirigió sus bonitos
ojos redondos hacia lord Kansas.
—Y así es, señora. La reina es adorada allí casi como una diosa. Sin duda
alguna.
—¿No obstante…?
—Son republicanos, no antimonárquicos. Polonia es un ejemplo para
ellos. Hace cien años, el decimosegundo Casimir (conocido como El Sensato)

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dio todo el poder al Parlamento y se convirtió en representante más que en
gobernante del Estado.
—Y si Polonia se viera amenazada por la guerra, una guerra sería —
añadió Oubacha Khan—, estaría acabada. ¡Se tomarían mil decisiones cuando
sólo se debería tomar una! —Miró con ojos entusiastas a lady Yashi Akuya,
con cuya aprobación siempre podía contar—. Mientras los plebeyos
parlotean, un rey actúa. ¡La Antigua Atenas es un ejemplo de ello!
Más de uno estuvo de acuerdo con él. Incluso el conde Korzeniowski,
medio sordo y corto de vista, asintió con la cabeza.
—Un republicano es un traidor para el Estado —dijo lord Ingleborough,
que se apoyaba en su silla y que llevaba una toga de piel por encima de sus
vestiduras ceremoniales. Había llegado tarde, un leve ataque de corazón le
había retrasado. Tosió—. Eso debería ser lógico. Los traidores deberían ser…
bueno… —Se sintió confundido, echó un fugaz vistazo a su reina, apartó la
mirada—. Exiliados —dijo.

Lo que quiere decir en realidad es asesinados. Ejecutados, molidos, estrangulados,


cortados a trozos, desgarrados… No tiene que haber más sangre. Ya han muerto
demasiados… demasiados… No mataré en nombre de Albión…

—Un traidor, lord Ingleborough —rugió el imparcial Rhoone desde su


asiento mientras cogía metódicamente los huesos de ave, sin advertir que
tenía la barba manchada de sus jugos—, es alguien que activamente trama un
complot contra la reina o la seguridad del Estado. Si los que defienden
posturas republicanas, o estoicas, o teológicas, o, en fin, cualquier otro tipo de
ideas, no nos amenazan directamente, entonces aquellos que las sostienen no
pueden ser llamados traidores. Una Corte debería acoger opiniones y
creencias que fueran representativas de la nación, y, si fuera posible, del
mundo. Un monarca debe estar al frente de esa Corte, ser aconsejado por
miembros sabios y cultos como ustedes, mis señores concejales, y por
cualquier otra persona cuya sabiduría sea de utilidad, por lo que concierne a
hechos y acuerdos, para que el monarca pueda tomar una decisión meditada.

Ay, confiado, fiel Rhoone. ¡Cuán ordenado y poco maleable es vuestro universo
perfecto! Qué fuertemente me encadena vuestra fe. Ese sentido de libertad que
compartimos nos hace esclavos…

Lord Shahryar, el enviado del califa, apartó su plato casi intacto, diciendo:

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—Muy bien, lord Rhoone. ¿Estaréis también de acuerdo conmigo en que
la estabilidad de la nación se mantiene a través de un descendiente real,
educado desde su nacimiento en las responsabilidades del gobierno? —Con
fría premeditación destapó el tema, aunque enseguida se apresuró a decir—:
hablo en abstracto, Majestad.
Gloriana asintió con la cabeza, oyéndole sólo a medias, pero entendiendo
por su tono a qué se refería. Tomó más vino.
Lord Gorius Ransley, el Alto Administrador de la Reina, sentado al lado
del sarraceno, volvió su cabeza llena de rizos artificiales para poder mirar
directamente al orador, apartó las puntillas de ambas muñecas y cogió un
trozo de ave con su cuchillo.
—En Polonia, como vos recordaréis, el rey es elegido.
—Lo eligen tan sólo los que están en la línea sucesoria del trono —señaló
lord Shahryar. Prefirió ignorar las elocuentes miradas de más de un concejal
de la reina—. Pero el viejo rey Hern —continuó— destruyó con tanto éxito a
sus rivales, que no hay nadie en Albión que pueda sucederle.
—¡Señor! —El afable sir Vivien Rich se lamió sus rellenas mejillas—.
¡Eso no son maneras!
—Estoy seguro de que no digo nada que no haya sido objeto de seria
discusión entre los que gobiernan Albión, querido —dijo lord Shahryar con
aparente humildad—. Pido disculpas si he sido ingenuo.
El doctor John Dee no era el único caballero que estaba sumamente
preocupado por la reina, aunque ella parecía pasar por alto lo que se estaba
diciendo, mostrando una absoluta despreocupación.
—Lo ha sido, como mínimo, señor. —Intentó disipar la tensa atmósfera
—. Además, todo esto es pura especulación. ¡Se parte de la hipótesis de que
nuestra reina es mortal! ¡Y todos sabemos que es inmortal! —Alzó su vaso.
La reina sonrió amablemente y Dee lo interpretó como una aprobación a sus
palabras—. ¡Todos en Albión están seguros de que la plaga nunca caerá sobre
ellos!
—¿La plaga? —Oubacha Khan se puso nervioso—. ¿Hay una plaga en
Albión?
—No hay ninguna plaga en Albión —explicó sir Vivien—, porque la
reina vive. ¿No habéis oído la expresión popular «reza para que la plaga
nunca nos caiga encima»? Lo habréis oído, ¿verdad? Existe la leyenda de que,
cuando Pericles murió, la plaga llegó a Atenas.
—Pero todos hablan de la plaga. ¿A qué se refieren, sir Vivien,
exactamente?

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Sir Amadís Cornfield sonrió, intentando disipar la tensión reinante.
—Ellos no temen la plaga, ésa es la cuestión. —Su mujer alargó la mano
para coger un trozo de queso—. La expresión se refiere indirectamente a la
salud de la reina.
—¿Mi salud? —Gloriana habló como si se acabara de despertar de un
sueño—. ¿Mi salud?
—La plaga, Majestad —dijo lord Montfallcon—. Ya sabe, la creencia del
pueblo de que, si vos murieseis, una gran plaga caería inmediatamente sobre
Albión.
Gloriana dejó caer los hombros y respondió con audacia.
—¡Muy bien! Entonces dejémosles que crean eso y no tendré enemigos en
Albión. ¡Esa creencia puede garantizarme la vida eterna! —Vació su vaso.
Algunos rieron con ella.

Pero esas palabras aparentemente despreocupadas sonaron falsas y sirvieron


para que los invitados más cercanos a la reina se percataran de su estado
anímico.
—Así es, señora —contestó valientemente el viejo lord Ingleborough—.
¡Recemos para que los republicanos que estén dispuestos a destruir la
tradición y, en consecuencia, la piedra angular de nuestro Estado, tomen en
profunda consideración esta profecía!
De nuevo Sir Amadís se repuso y se levantó, alzando su copa de oro.
—Me gustaría proponerles un brindis. ¡Por los próximos cincuenta años
de reinado de nuestra Gloriana!
Entonces todos tuvieron que levantarse y beber, excepto Gloriana.

Dioses, desearía ser vieja ahora y que mi cuerpo sufriera las típicas sensaciones de la
senilidad… ¿Por qué no me puedo reconciliar conmigo misma? Porque reconciliarse es
dejar morir el espíritu. Sin embargo, esta carne me habla, me manda, me atormenta… la
carne, no el espíritu. Ay, ellos son uno, así como Gloriana y Albión son uno… ¿Estaré
condenada a mi búsqueda, al igual que los caballeros de la orden de caballería están
condenados a buscar eternamente la Copa de Bran por no ser lo bastante puros? ¿Me
habré pervertido a causa del libertinaje, habré perdido para siempre el secreto que
podría haber encontrado conservándome virgen e inocente? Oh, padre, ese
conocimiento que vos exigíais y que yo acepté, porque os temía tanto, os honraba tanto,
y, padre, os quería tanto… Si solamente nos hubierais otorgado, a vos y a mí, más
ignorancia…

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—¡Gloriana! ¡Gloriana!
Estaban bebiendo.
Entonces, se levantó y, a conciencia, alzó su propio vaso.
—¡A todos mis honorables caballeros y a sus damas, a todos los enviados
de las cortes extranjeras, les deseo salud!
Y, debido a la previa referencia a la plaga, estas palabras parecieron una
ingeniosa broma por parte de la reina. Oyó las risas entusiastas de los
comensales, escuchó sus cumplidos y sonrió, como si la broma hubiera sido
deliberada; se dio cuenta de que Oubacha Khan y lord Shahryar, en particular,
la miraban sagazmente, pues creían que, lo que para ella había sido una mera
fórmula, era en realidad una broma irónica. Acababan de descubrir una nueva
faceta de la personalidad de la reina, pues nunca hasta entonces habían
captado los comentarios irónicos que Gloriana les había hecho durante sus
encuentros formales. Eso divirtió a la reina y tuvo que disimularlo, centrando
su atención en el sirviente que le servía vino fresco.

¡Cómo desearía que mi Una estuviera aquí, de vuelta de Scaith! ¡Hay un cónyuge para la
reina! ¿Debería cambiar la ley y casarme con la condesa? Una y yo podríamos gobernar
mejor juntas. Desearía que ella asumiera más poder. Os echo de menos, Una…

Alzó la vista. Hacia el final de la mesa se encontraba sir Tancred


Belforest, ataviado de batalla, chirriando de pies a cabeza, ayudado por lady
Mary Perrott, de cuya ausencia en su cama Gloriana empezaba a arrepentirse.
No hacía mucho que lady Mary había actuado con entusiasmo de chico para
la reina. Ahora hacía de enamorada damisela para el sobrio caballero Tancred,
aparentemente encantador en su torpe inocencia.
Gloriana sintió que los celos serpenteaban por su corazón medio drogado
y, disgustada por sus innobles pensamientos, desechó la sensación, aunque no
era a sir Tancred quien ella envidiaba, sino a Mary, quien había encontrado a
alguien a quien convertir en el único centro de su devoción.
—Majestad —anunció sir Tancred, con su roja cara encendida en su
caparazón de acero, su rebelde bigote erizado, su enorme penacho bailando—,
como Guardián de Su Majestad, como Defensor de Albión, como Defensor
del Honor de la Reina, os ofrezco mi espada. —Era el único entre los
presentes a quien se le permitía llevar una arma mayor; extrajo su pesada
espada de su vaina adornada con esmalte ibérico, y la sostuvo verticalmente
por la hoja.
—Reto a cualquiera de los presentes que se atreva a insultar a Su
Majestad o a ensuciar el nombre de Albión. —Hizo una pausa, ya que estaba

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considerablemente borracho. A Gloriana le pareció adorable en ese instante
—. Le reto a una justa con armas, espada, maza, lanza o cualquier otra arma
honorable, hasta la herida grave o la muerte.
Gloriana decidió recuperar el mando de la situación y dijo con voz clara y
amable:
—Os estamos agradecidos por esta muestra de lealtad, sir Tancred, que
nos parece estimulante y digna de la Corte del Oso y la Gran Edad de la
Nueva Troya, donde la caballerosidad estaba en su esplendor. Y si se diera la
ocasión de ser insultados aquí, le ordenaríamos vengar ese insulto con la
fuerza de las armas. Mientras tanto, le rogamos que conserve sus energías
para el Torneo del Día de Mayo.
Sir Tancred pestañeó.
—¡Pero, Majestad, hay más de uno aquí, esta noche, que os ha insultado!
—No hemos oído ningún insulto, sir Tancred, sólo bromas inocentes.
Todos nos hemos divertido y hemos olvidado las formalidades, porque somos
buenos amigos.
Oubacha Khan se volvió ansiosamente para mirar la cara enfurruñada de
sir Tancred, murmurando:
—Honor. Siempre, honor. —Tocó el pomo de su pequeña daga.
Sir Tancred volvió a abrir la boca, pero fue asido por un tirante y
empujado hacia atrás por su amada, quien lo obligó a sentarse sin demasiadas
contemplaciones.
Oubacha Khan le habló muy bajito a lady Yashi Akuya, quien asintió
rápidamente, aunque sólo entendió la mitad de sus palabras.
—Así que incluso los valientes y honorables se convierten en gallinas ante
esta madre excesivamente cariñosa. —Buscó al otro lado de la mesa a lord
Shahryar e intercambiaron miradas cómplices.
Gloriana, recuperando sus deberes diplomáticos, se dirigió a lord Kansas.
—¿He oído que os habéis aventurando lejos de Virginia, mi señor?
—He ido a las Indias Orientales, señora, y al interior de África, donde he
descubierto varias naciones gobernadas por poderosos reyes, quienes me
trataron con gran hospitalidad y mandaron saludos a Su Majestad. —Habló en
un tono modesto y civilizado, consciente del rol que le correspondía.
—Debéis devolverles nuestros saludos, mi señor, si alguna vez os
aventuráis de nuevo por esas tierras. Y también había salvajes, ¿no es así?
—Muchas tribus, señora. Pero también en esos casos fuimos debida y
cortésmente recibidos. ¡Encontré la compañía de los jefes de esas tribus tan
buena como la de cualquier hombre civilizado!

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—Tal vez están menos limitados por las formalidades y rituales —
comentó la reina.
—Al contrario, señora, los salvajes parecen tener más ceremonias y
rituales que nosotros, aunque esas cosas no son siempre reconocidas como
tales por aquellos que las practican.
—Cierto, lord Kansas. ¿Habéis aprendido sus lenguas?
—Una o dos, señora. Conversé con sus sacerdotes y sus sabios. Es justo
decir, señora, que mientras la capacidad del ser humano de acumular
conocimiento puede incrementarse, no sucede así con su ingenio. De modo
que el sabio salvaje es igual al civilizado.
—¡Bien expuesto, lord Kansas! —Le gustaba aquel hombre de cara larga,
irónico, con su correosa y oscura piel bronceada, su simple traje de estoico de
Virginia (fueron los estoicos quienes se establecieron en Virginia
originalmente) y su aire de tolerancia. Contempló la posibilidad de tenerlo
como amante. Fue más allá, lo consideró como marido. Estaba claro que
debía tomar pronto un marido. Aunque los comentarios de lord Shahryar
habían sido ofensivos, no dejaban de expresar los pensamientos de todos
aquellos que valoraban la seguridad de Albión. Pero tomar un marido que no
pudiera satisfacerla, y a causa del cual debiera abandonar su búsqueda, sería
una locura. Si abandonaba su búsqueda, abandonaba su fe, y Albión se vería
gobernada por un símbolo falso que se desmoronaría y provocaría el propio
desmoronamiento de la estructura del Estado. Tuvo una visión de Albión en
llamas, con un denso humo negro extendiéndose de costa a costa, de océano a
océano del Imperio, de cruel guerra, carnicería y desechos. Era una visión que
le había inculcado desde su infancia su mentor, lord Montfallcon. Era una
visión que podría convertirse en realidad si por una vez olvidara su deber. Y
ahora todos estaban de acuerdo sobre en qué consistía su deber, en el
matrimonio…

Pero ellos no se dan cuenta de cuán débil soy. No puedo mantener esta responsabilidad
para siempre. Si me caso compartiré esa carga, pero dejaré de ser Gloriana. Y a menos
que siga siendo Gloriana, Albión está en peligro. ¿Acaso importa? ¿Quizá debería
transformar a Albión en una república? Pero no, eso dejaría abatidos tanto a los
plebeyos como a los nobles y nos debilitaría, haciéndonos vulnerables frente a nuestros
enemigos. Las repúblicas nacen de la necesidad, no de la moralidad… Debo
mantenerme fiel a mis instintos y a mi deber. ¿O debería, como las princesas en los
cuentos de hadas, afirmar que me casaré con el primer príncipe que me haga sentir
realizada, o acaso debería casarme con Arabia, usando mis energías para hacer la guerra a
Tartaria, a Polonia, al resto del mundo? Convertir esas energías, como hizo mi padre, en
una especie de imponente, horripilante arte, llevando la confusión del hígado y el

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corazón, los riñones y el cerebro al conjunto del Reino, obligándoles a sentir la angustia
que él sentía y que yo heredé. ¡No! Pues yo juré que esto no ocurriría nunca —esta
necesidad mía debe ser siempre privada y deber ser satisfecha privadamente—… Sólo en
dos ocasiones logró mi padre encontrar liberación en privado: con su primera acción me
creó, mientras que con la segunda puso su carga sobre mi vientre tan firmemente como
Montfallcon colocó la carga pública sobre mi cabeza cuando, cuatro años más tarde,
supervisó mi coronación…

La mesa se había convertido de nuevo en un camino, las cabezas en


ambos lados semejaban aves carroñeras esperando abalanzarse sobre su
cadáver. Apartó firmemente esas imágenes de su mente. Esas imágenes
habían ido acosando a su padre a medida que iba volviéndose cada vez más
demente, creyendo que cada ojo le acusaba, que cada voz le imploraba una
porción de su frágil sustancia, hasta que, para cerrar los ojos y calmar las
voces, se había convertido progresivamente en un asesino desesperado con la
apariencia de un justiciero. Así había perecido la familia de lord Montfallcon,
así los hermanos y el padre de lord Ingleborough, así la amante y el hijo de
Thomasin Ffynne, hogares enteros, pueblos enteros habían sido asesinados. Si
hubiera vivido, el rey Hern podría haber matado a toda la población de Albión
hasta el último bebé, en su intento de anular el sentimiento de culpabilidad
que lo agobiaba por haber abandonado su deber. Y después Montfallcon,
quien se había conformado con esta ambición durante la época de terror y
peligro, quien había mantenido su propia cordura convirtiéndola en su fe, la
había coronado reina, anunciando una nueva Edad de Oro, nombrándola un
moderno, femenino y pacífico Pericles, llamándola justicia, compasión, amor,
piedad y esperanza, y desterrando el caos, de la noche a la mañana, de Albión,
llevando la luz a Albión, confianza a Albión, verdad y dignidad a Albión, a
todas las tierras de su Imperio. Y a la reina Gloriana I, al cabo de cinco años
de su mandato, se le atribuyeron todos los méritos por esta transformación,
mientras que Montfallcon, habiéndose vuelto tímido y reservado por hábito y
por carácter, aún era considerado el demonio del pasado cuando la necesidad
lo exigía.
No sin esfuerzo, obligó a su mente a recuperar la calma, sacudiendo su
enorme y encantador cuerpo como un setter expulsaría el agua, y se puso a
escuchar a lord Kansas, quien estaba relatando, con la habilidad de quien
disfruta contando anécdotas, sus aventuras de las Indias Orientales.
—Y así, caballeros, varios estrepitosos jinetes se reunieron en un salón de
alto bambú, fresco y oscuro, pues la luz sólo entraba a través de un entramado
densamente tejido. Este fantástico lugar era el aviario del rey de Bengala.

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Hachas y escudos, espadas y lanzas, chocaron y chasquearon como blanco
fuego en esa oscuridad, mientras que a nuestro alrededor loros, guacamayos y
periquitos, grajillas y aves del Paraíso, canarios y cacatúas, chillaban y
revoloteaban. ¡Vaya! Al final se derramó más sangre de pájaro que de
hombre. Al final se llegó a un acuerdo amistoso, cuando todos estaban
exhaustos: sir Colum Fevril se comprometió a pagar el precio adecuado a
cambio de la chica con quien se había casado por amor. Ésa era la cuestión.
¡Ninguno de nosotros conocía esa costumbre!
Gloriana respiró profundamente y luego su risa se unió al jolgorio general.

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Capítulo XIII

Donde lord Montfallcon no logra apreciar debidamente


el trabajo de un artista y donde el artista se enfrenta a
la muerte y le es encargada una misión.

Los vientos de marzo levantaban la densa hiedra que rodeaba las altas
ventanas de lord Montfallcon; se hinchaba como las pesadas faldas de las
matronas campesinas, haciéndole recordar al capitán Quire una sensación que
no podía identificar; algo de su infancia, cuando, ocasionalmente, la
naturaleza le inspiraba, aportándole una tranquilidad exquisita que no había
conocido hasta entonces. Con la mano sobre la empuñadura y el sombrero
bajo el brazo, vio al anciano e inteligente señor leer el panfleto que él mismo
le acababa de entregar en mano.
—¿Ninguna copia más escapó del fuego? —preguntó Montfallcon.
—Ninguna. Y el manuscrito, también lo quemé.
—Estos estoicos… Los respeto, Quire. Yo mismo sigo su fe, en gran
medida. Pero cuando una creencia se convierte en fanatismo… Ay, el daño
que pueden hacer. Esto da a entender que la reina es una prostituta, aunque
inocente. ¡Mala sangre, dice! La sangre es la mejor que hay; fue su padre
quien la amargó. Entregándose al placer sensual mientras el enemigo se
agrupa, dice… ¡Cielos! Si supieran cuán duramente trabaja por Albión… He
leído todo esto más de una vez. ¿El autor?
—De camino a una nueva vida, mi señor, donde encontrará
incomodidades de sobra para complacerle. En África. En grilletes, al Shaleef
de los bantúes.
Lord Montfallcon soltó una risa ahogada.
—¿Lo vendisteis, Quire? ¿Como esclavo?
—Como escriba. Será bien tratado, según los estándares bantúes. Él
afirmó, en un párrafo, que era un esclavo, ni más ni menos. Parecía adecuado

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permitirle probar la realidad.
—¿El impresor de esto? —lo agitó mientras caminaba hacia el fuego.
—Un hombre ignorante. Todo lo que tuve que hacer fue usar el miedo.
Está de nuevo haciendo carteles y pancartas.
—¿Estáis seguro?
—Afirmó que leía mal, que no había entendido el significado del panfleto.
Así que me ofrecí a ayudarle a que no volviera a cometer un nuevo error
asegurándome de que no fuera capaz de leer nada de nada.
—Ah, Quire —dijo lord Montfallcon con súbita gravedad—, me pregunto
si alguna vez lograréis asustarme.
—No es asunto mío, mi señor.
Montfallcon estaba inquieto. Estudió a Quire. No lograba encontrar la
respuesta a la pregunta que sus ojos pedían.
—Ojalá conociera vuestro propósito, Quire. No trabajáis por el oro, lo sé,
aunque estáis bien pagado. ¿Por qué, si hemos gastado tanto en vos, seguís
con el mismo tipo de ropa, la misma capa remendada? No sois un borracho ni
os gusta demasiado el juego. —Frunció el ceño bajo el resplandor del fuego
—. No pagáis por tener mujeres. ¿Lo ahorráis, Quire? —El panfleto fue
lanzado al fuego y movido con una larga vara.
—Lo gasto sin ningún tipo de restricción, señor, en buenas acciones la
mitad de las veces. —Quire estaba perplejo, incluso incómodo por esa falta de
comprensión—. Una viuda aquí, un lisiado allí…
—¿Vos, Quire? —Montfallcon emitió un gruñido—. ¿Caritativo?
—Soy un amigo compasivo, pero sólo para con los débiles. No tolero a
los locos ni a los fuertes, a ésos los combato o los evito. Mis buenas acciones,
lord Montfallcon, son como todas mis acciones, interesadas. Su trabajo y el
mío se ven altamente beneficiados por mi reputación de generosidad.
Empleamos a un gran ejército de leales inocentes, de fieles débiles mentales,
hombres y mujeres, del pueblo llano, de buen corazón, honesto, puesto que
estas gentes nunca son tomadas en cuenta por los enemigos de uno. Son
siempre ignorados, siempre tratados con condescendencia. En consecuencia,
son los más agradecidos por mis buenas acciones y me conseguirán todo tipo
de información, no por codicia, sino simplemente por lealtad. Soy su héroe.
Adoran al capitán Quire. Le perdonarían cualquier crimen (tendrá sus
motivos) y le protegerían, lo mejor que pudieran, de cualquier consecuencia
funesta. Son la columna vertebral de cualquier conspiración.
—Me siento casi halagado, Quire, por estas confidencias. ¿No teméis
revelarme los secretos de vuestro oficio?

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—¿Oficio? —Sorprendido, Quire dudaba de la palabra, luego negó con la
cabeza para responder—: No, señor, pues hay pocos hombres en el mundo
cortados por el mismo patrón que yo. La mayoría de ladrones son idiotas; la
mayoría de los asesinos, románticos; la mayoría de los espías, engreídos.
Estoy orgulloso de exponer las teorías de esta profesión, igual que cualquier
artista disfruta explicando su método, porque sabe que sólo unos pocos le
pueden seguir, y se siente feliz de estimular a esos pocos.
—¿Cómo? ¿Me tomáis por alumno?
—Por supuesto que no, mi señor. Os trato como a un igual.
Lord Montfallcon agitó un dedo.
—¡Vuestro orgullo es desmedido, Quire! Sospecho que el secuestro de
reyes le da a vuestra imaginación una dieta más rica de lo que puede
permitirse. Habéis probado vinos fuertes y ahora no los tomaríais de ningún
otro tipo. Caeréis, os habéis vuelto demasiado pretencioso.
Quire estaba huraño.
—Me agrada ser así. Si me complace una emoción, la experimento
mientras puedo, y no la contengo. Tengo muy poca fe en cualquier futuro
definitivo.
—¿Esperáis morir?
De nuevo se quedó sorprendido.
—No, mi señor. Es sólo que hay demasiados futuros posibles. Planeo,
hasta cierto punto, todos ellos. Y, por otro lado, no planeo ninguno de ellos.
—No sois despreocupado, Quire. No finjáis conmigo.
—Mi vida es tan disciplinada —Quire señaló el fuego donde el panfleto
se había vuelto negro y se estaba desintegrando— como era la suya, como
será la suya, en efecto. Pero interpreto mis emociones con la habilidad y el
cuidado de un músico, como interpreto las emociones de aquellos a los que
utilizo.
—Pero debe tener una ambición.
—Se lo he dicho, mi señor. Amplificar y definir mis sentidos.
Lord Montfallcon se inquietó.
—Usa palabras de erudito para justificar hechos básicos, eso es todo. —
Pareció estar a punto de despedir a Quire. Volvió a su mesa, frunciendo el
ceño de modo más funesto que nunca.
—¿Mi señor? —Quire tomó el sombrero en su mano, e hizo unos pasos
hacia la puerta, luego se volvió—. ¿Me reconoce como artista, seguramente?
He hablado francamente. Lo mejor que he podido. Ese tipo de palabras no
deberían afectarle, mi señor. Son objetivas.

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Lord Montfallcon hizo un mohín.
—¡Os deleitáis con vuestro trabajo! —Era una acusación, y además
inesperada.
Los oscuros ojos de Quire sonreían.
—Así es.
—¡Zeus! Ojalá no fuera necesario… Pero es necesario, y debemos
hacerlo. —Soltó un gruñido amargo—. ¡Que yo tenga que interpretar a
Sócrates ante un Calicles moderno!
Quire pasó la mano izquierda por sus densos rizos, estudiando a su patrón.
Su fría voz preguntó.
—¿Estáis sufriendo, mi señor?
—Maldito sea, Quire, sabéis que no es una enfermedad física. A veces me
pregunto qué estoy haciendo y por qué me molesto en emplear a gente como
vos.
—Porque soy el mejor. En este trabajo nuestro, señor. Pero no justificaré
mi papel. Simplemente me he explicado. Os toca a vos justificarlo.
—¿Cómo? —Montfallcon sacó la caja de oro. Sus manos temblaban.
—Uno adquiere un deleite necesario ante el dolor y la humillación del
prójimo. Está en la naturaleza de este trabajo. No obstante, así como un
soldado (cuando la batalla ha sido ganada) se pondría sentimental por la
vergüenza, el desperdicio y la pena, así podría yo llorar, y gritar «¡Horror!
¡Pero así tenía que ser!», y consolarme (y a vos, mi señor, porque eso es lo
que parece que se espera hoy de mí). Rechazo este tipo de sofistería. En vez
de eso, yo grito «¡Horror! ¡Pero qué dulce es!». Si yo fuera la víctima, creo
que aun así podría aprender a disfrutar mi propia desgracia, porque eso,
también, es una manera de amplificar y definir mis sentidos. Pero busco la
libertad del poder. Me da un campo más amplio. Así aprovecho el privilegio
que su mecenazgo me permite, el privilegio del poder. Prefiero disfrutar del
dolor ajeno antes que del mío.
—El dolor se soporta, eso es todo. Vos, Quire, sois una criatura perversa y
con el alma atrofiada. —Puso monedas en la bolsa, contándolas
cuidadosamente.
—No, señor, mi alma es tan noble como la vuestra, señor. Simplemente
interpreto vuestra voluntad de un modo distinto, señor. —Quire se sentía
ofendido no tanto por los insultos de lord Montfallcon como por su
interpretación errónea de la verdad.
La mano de Montfallcon temblaba cuando le entregó la bolsa.
—¡Admitidlo, trabajáis por dinero!

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—No soy un mentiroso, señor, como sabéis. ¿Por qué deseáis que os
tranquilice de ese modo? Hemos trabajado juntos armoniosamente hasta
ahora.
—¡Estoy harto de secretos!
—No me empleáis, mi señor, para que os consuele.
—¡Idos! ¡Vuestras vulgares ironías me resultan estúpidas!
El capitán Quire hizo una reverencia tensa, pero no se iba. Tenía algo
pendiente. Se mantuvo firme. Parecía estar furioso.
—Por eso, mi señor, me disculparé de buena gana. Me falta la práctica.
No puedo aspirar a cantar tan brillante ni claramente como los lores de su
corte, ya que mi profesión requiere tonos más contundentes.
—¡Me acosáis, Quire! ¡No estoy para bromas! ¡Idos!
El capitán Quire tomó el dinero y lo metió en su cinturón, manteniendo la
compostura.
—Estoy acostumbrado a hablarles a aquellos que están casi sordos por el
terror, o medio muertos de dolor. Aunque también a aquellos que enseñan a
los jóvenes, o cuidan a los locos y enfermos, señor. Su vocabulario se atrofia,
su estilo se simplifica, su arte se convierte en el arte de los mimos de campo y
su humor, en un humor pueblerino de feria.
—Y vuestras disculpas me aburren, maestro Quire. Estáis despedido. —
Montfallcon se sentó.
Quire dio un paso adelante.
—Os ofrezco la simple verdad y vos la rechazáis. Me preguntasteis, mi
señor, y os contesté. Creía que ambos decíamos la verdad. Pensé que no había
ambigüedades entre nosotros. ¿Debo mentir para mantener vuestro
mecenazgo?
—Quizá. —Lord Montfallcon cerró con llave su cajón. Suspiró y dijo—:
¿Estáis insinuando que soy un patrón imperfecto?
—Perfecto hasta ahora, señor. ¿Acaso no tenemos un acuerdo, como al
que se llega entre hombres de igual sensibilidad?
—¡Así es! ¡Tenemos un acuerdo! Yo pago. Vos matáis, secuestráis y
conspiráis.
—Un acuerdo fundado en mis habilidades, mi señor, pero que también os
implica a vos.
—Sois listo, en efecto. —Montfallcon estaba perplejo—. ¿Qué más tengo
que decir para que os vayáis? ¿Tenéis algo pendiente? ¿Buscáis honores
públicos? ¿Queréis que os nombre príncipe del Reino?

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—No, mi señor. Hablaba de mis cualidades artísticas, eso era todo. Creí
que vos apreciaríais ese arte por sí mismo.
—Como queráis. —Montfallcon le hizo señas para que se fuera.
Quire estaba indignado.
—¿Cómo?
—Idos, Quire. Os mandaré buscar.
—Me ofendéis profundamente, mi señor.
La voz de Montfallcon subió de tono, temblorosa.
—Os protejo, Quire. Acordaos de esto. Se permite que vuestra malvada
vida siga sin obstáculos, vuestras seducciones, vuestros chantajes, vuestros
asesinatos por cuenta propia… —Montfallcon pasó sus finos dedos sobre su
ceja cana—. ¡No responderé a vuestras ambiguas exigencias! Éste no es el
momento… Tengo asuntos importantes que atender… asuntos más
importantes, Quire, que resarcir el orgullo de un villano. ¡Idos, idos, idos,
capitán Quire!
Con una mirada de desprecio, Quire desapareció.

Mientras el capitán Quire se alejaba de las sombras del palacio y entraba en el


jardín ornamental, ahora una maraña de zarzas y enredaderas descuidadas,
hizo una pausa para mirar al alto muro que había detrás de él, frunció el cejo y
meneó la cabeza. Su orgullo se había visto, en efecto, extremadamente
afectado. Empezó a rumiar esta sensación mientras seguía caminando,
cruzando las verjas colina abajo hasta la línea de árboles donde estaba
apoyado Tinkler, silbando contra la valla, contemplando el desigual y
cambiante cielo.
—Tink. —Quire saltó la valla y se quedó de pie dándole la espalda a
Tinkler, mirando a lo largo del camino hacia el humo de Londres.
—¿Qué estáis tramando, capitán? —Tinkler era susceptible a los estados
de humor de su señor como sólo quien teme por su vida puede serlo. Avanzó
hacia él con su rígido y roto abrigo y los pulgares en el cinturón de su jubón.
—Estoy indignado —murmuró el capitán Quire, haciendo rodar una
piedra con la puntera de su bota alta—. Creía que era respetado. Eso es lo que
ha sido atacado, mi amor propio. No recibo la consideración de un artista.
¿Alguien tiene idea de la habilidad y el ingenio que implica mi trabajo? ¿No

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lo he demostrado constantemente? ¿De qué otro modo podría demostrarlo?
¿Quién más podría hacer lo que yo hago?
—Yo os admiro, capitán. Mucho. —Tinkler usó un tono apaciguador que
no sonó realmente comprensivo, pues no tenía la capacidad para interpretar la
postura o los gestos—. Todos os admiramos, en el Seahorse, el Gryffyn y en
otros sitios.
—Me refiero a mis iguales. Creía que Montfallcon sería sensible a un
compañero artista, un realista. Estoy asombrado, Tink. ¡Él no es nada más que
un cínico sonsacador!
A Tinkler le pareció adivinar la causa del enfado.
—No le pagó, ¿no es así, capitán? Él siempre… —Quire se le adelantó
entregándole el monedero en mano—. Ah, gracias.
—Todo esto mientras yo creía que él entendía la naturaleza de mi juego.
No aprecia la finura, la comedia, la ironía, pero sobre todo no entiende la
estructura, la visión, el talento, el ojo duro e imperturbable que observa la
realidad y la transmuta en drama. ¡Oh, Tink!
Desconcertado ante esa muestra de confianza emocional, esa revelación
de la vida interna de su patrón, Tinkler se sentía a la vez fascinado e incapaz
de decir una sola palabra.
—Bueno —dijo, situándose al lado de Quire mientras éste emprendía el
camino, nervioso y agitado—. Bueno, capitán…
—Todo artista necesita un mecenas. —Quire miró a su alrededor, a los
chopos que se agitaban con el viento. Tiró de su capa ondeante y ajustó su
sombrero más firmemente sobre su cabeza. Las plumas de cuervo se batían
como pequeños dedos, repiqueteando contra su coronilla—. Y a menos que
pueda contar con un mecenas que me valore, mi arte pronto puede
marchitarse, convirtiéndose en un beneficio para mercenarios, para complacer
a la mayoría. Yo nunca he complacido a la mayoría, Tink.
—Por supuesto que no lo habéis hecho, capitán.
—He destinado toda mi riqueza, cada penique, a bienes materiales. He
invertido para el bien del arte.
—Siempre habéis sido generoso, capitán.
—Esto es lo que no ha conseguido entender, esto y mi orgullo. Acepté los
insultos, su aparente desprecio, porque entendí que ése era el papel que él
había elegido jugar.
—Todos tenemos que jugar un papel a veces, capitán.
—Y todo este tiempo él estaba mostrando su verdadero carácter, su
verdadera opinión sobre mí. ¡Oh, el viejo idiota! —Quire se detuvo en medio

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del sendero.
Londres se divisaba rojo, gris y blanco al fondo. En los muros de la
ciudad predominaban las chabolas destartaladas y las tiendas de campaña de
quienes vivían y trabajaban allí; más allá estaban los tejados de pizarra verde
o plateada, tejados de paja, de cobre y, en uno o dos sitios, de pan de oro.
Capiteles delicados y finos; pesadas cúpulas; torres almenadas; altos templos
del conocimiento, universidades y bibliotecas de estilo clásico, o edificios
góticos más antiguos y puntiagudos, de ladrillo, granito y mármol: teatros
hechos de madera y pintados con colores brillantes, recubiertos por un millar
de carteles; calles y calles de viviendas, posadas, tabernas, bares, mercerías,
carnicerías, pescaderías, verdulerías; rotulistas, orfebres, joyeros, escribanos,
constructores de instrumentos musicales, modistas, guarnicioneros,
comerciantes de tabaco, vinateros, vidrieros, barberos, farmacéuticos,
constructores de carruajes, herreros, trabajadores del metal, impresores,
fabricantes de juguetes, fabricantes de botas, cerrajeros, fabricantes de velas,
los intercambios, el caos, los salones de encuentro de mercaderes, las galerías
de arte donde pintores y escultores mostraban sus creaciones…
Quire no parecía dispuesto a seguir andando. Se detuvo y se sentó
repentinamente en una gran roca plana.
—¿Y dónde debo mostrar al mundo mis trabajos?
—¿Un trago? —propuso Tinkler—. ¿En el Seahorse?
Quire podía ver un escuadrón de caballería, con estandartes y doradas
corazas y cascos, plumas y capas bordadas, que trotaba hacia la amplia
Clerckenwell Road entre los elegantes edificios de los grandes gremios. Miró
a lo lejos, hacia el río, al otro lado de la ciudad, hacia la Torre de Bran, un
edificio sumamente antiguo, y más allá de él a las barcazas y los galeones con
las velas desplegadas en la superficie del río.
—Podría haber sido un general o un famoso navegante, podría haber
empleado mis dones para conseguir un gran reconocimiento público, para
convertirme en el favorito de la gente, y ser honrado por la reina. Con mi
talento podría haberme convertido en el más poderoso comerciante de Albión,
enriqueciéndome yo y mi nación, ser nombrado Señor Alcalde como mínimo.
Pero rechacé esas indignas actividades. Viví sólo para mi arte y su
perfeccionamiento…
Tinkler se puso nervioso.
—¿Capitán?
—Seguid vuestro camino, Tink, y gastad este oro. Podría ser el último que
vierais.

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—¿Os han despedido? —Tinkler estaba horrorizado.
—No.
—¿Habéis dejado el empleo de nuestro amigo? El diente salido de Tinkler
se movía nerviosamente en su labio.
—Yo no he dicho eso.
Tinkler, con alivio, dio unos golpecitos en la espalda de su crispado
patrón. Como el tono de Quire había cambiado, instantáneamente olvidó su
aflicción.
—Entonces vayamos ambos al Seahorse, capitán. Este tiempo sombrío y
ventoso extiende la melancolía por todos lados.
Quire se levantó de la roca, con su cara chupada inclinada sobre el pecho,
escondida por el ala inestable de su sombrero. Se sentía inusual y
aterradoramente dócil.
—Así es.
Tinkler se sintió nuevamente angustiado.
—Un par de mozas es lo que necesitamos, capitán. Para calentarnos. Para
que nos quiten ese mal humor que arrastramos.
—¿Una moza? —Los ojos de Quire se movían en su malvado rostro como
si ya no fuera capaz de comprender lo que Tinkler le decía.
Tinkler temblaba.
—Cada prostituta del Seahorse podría ser suya, si lo deseara. Y cada
hostalera. Lo que necesitáis es amor, patrón.
Quire rehuyó la mirada de su teniente e irguió su robusta espalda.
—Amo mi arte.
—Sois el mejor. —La voz de Tinkler se espesaba a medida que su boca se
secaba—. Preguntad a cualquiera.
Continuaron hacia la muralla, ahora a menos de media milla de distancia
al pie del camino empinado.
—Es verdad —asintió su patrón.
—Y vos sois fuerte, capitán. Vos amáis vuestro trabajo, vuestro arte, por
decirlo así, y nada más. Pero dejad que os amen. ¡Tomaos vuestra
recompensa!
Quire sonrió, mirando al suelo.
—Creía que Montfallcon lo entendía. No abrigaba esperanzas por lo que
se refiere a los demás. Vos y el resto, Tink, nunca seréis más que aprendices,
para poner un poco de color en los contornos y pintar uno o dos fondos.
Artesanos buenos y sólidos, a pesar de todo. Es a hombres como O’Bryan a
quienes desprecio, a tipos de su calaña, que tienen aspiraciones de grandeza y

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no tienen un verdadero talento, sólo un instinto de asesinato y traición. Yo
tuve que cultivar esos instintos, disciplinarlos, perfeccionarlos, afinarlos… Y
todo para acabar descubriendo que no se me considera mejor que O’Bryan,
ese insensato, codicioso, grandioso y fanfarrón carnicero. El tipo de hombre
que más desprecio.
—Bueno, lo tratasteis como se merecía. —A Tink se le estaban apagando
los ánimos.
—Y ellos creen que no puedo amar, Tink. ¿Vos también lo pensáis?
—No, no, capitán. Yo sólo quise decir que vos estáis entregado a vuestro
trabajo, que no os dejáis llevar… no os permitís caer en este tipo de
sentimientos blandos… —Tinkler escondió su diente salido en su boca como
si deseara esconderse con él.
—Pero he amado mucho, pues he derrotado a muchos. Y soy un
conquistador convencional. Me enamoro de todos a los que venzo. ¿Quién
podría no hacerlo? Algunos sólo pueden sentir afecto por los niños, si los
niños parecen no amenazarlos. Yo siento afecto por aquellos que han
supuesto una amenaza, pero que ya no lo son. ¿No es mi amor el más
racional, Tink?
—Incuestionablemente, señor. —Tinkler refrenó un impulso de acelerar el
paso y alejarse de su patrón—. Y muchos os quieren, capitán, como os he
dicho. Lo que quiero decir —jadeó el desconcertado lacayo—, es que vos sois
admirado, capitán, y todo eso.
—¿Admirado? ¿Por el populacho? Esa admiración se gana fácilmente.
Algunos actos espectaculares, un par de gestos fáciles, un gesto audaz: haced
esto y la chusma continuará aclamándoos desde Tilbury hasta la cubierta de
vuestro barco. Desprecio a aquellos que intentan satisfacer a la multitud
porque sí. Mi arte debe ser apreciado por otros artistas, gente que sea grande
en sus propias esferas, como lo es lord Montfallcon. Todos esos años que
pasó al lado del trono de Hern, calculando, conspirando, confabulando para la
sucesión de Gloriana… Era mi héroe, Tink, cuando era más joven. Le
reconocía por lo que era. Aún le admiro. Seguramente él ha notado mi sutil
apreciación de sus logros. Pero los míos, a su modo, también han sido
grandes.
—Más grandes, capitán, considerándolo todo.
—Acepté su mecenazgo para poder ampliar mi experiencia, mejorar mis
habilidades, amplificación, definición… Fue mi único maestro. Y me
desprecia.
—Despreciadle vos a él, capitán. Es un perdedor.

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Quire se iluminó.
—Sí, lo es. Tenéis razón, Tinkler. —Con esfuerzo alargó su paso. Casi
habían llegado a la muralla—. Id al Seahorse y yo os alcanzaré allí. Yo iré a
mis respetables barrios a ver cómo se las arregla la señora Philomena, la
mujer del erudito, sin su cariñoso compañero. —Ladeó su sombrero y lo
dobló—. ¡Os veo en el Seahorse, Tink!
Aliviado por poderse ir, el maestro Tinkler atravesó las puertas corriendo,
despidiéndose con un saludo.
—Pronto volveréis a ser el mismo de antes, capitán.
Los ánimos de Quire estaban mejorando por momentos.
—Sí, le despreciaré. He aprendido lo que he podido. Soy mejor que
nuestro amigo Montfallcon. ¡Le olvidaré!
Inmerso en este estado de ánimo alegre e irracional, entró por la puerta y
fue inmediatamente atacado por media veintena de delincuentes, con redes y
mantas, cuerdas y cuchillos.
—¡Ya lo tenemos!
La rápida mano de Quire se dirigió a la empuñadura de su espada, pero
una soga ya se había puesto alrededor de sus hombros. Se retorció. La soga se
tensó.
Los seis alborotadores, medio enmascarados por sus capas y capuchas,
estaban encima de él.
—¡Idiotas! Soy Quire. Tengo amigos. ¡Todos los ases de la ciudad!
Lo ignoraron, lo ataron y lo subieron a un apestoso carro antes de que
pudiera pensar. Empezó a dudar de toda la comprensión de sí mismo y del
mundo. Estaba con los ojos vendados y su cuerpo estaba entumecido por la
presión de las cuerdas. Había recibido su segunda sorpresa del día. Si no
hubiera estado amordazado y encapuchado, habría soltado imprecaciones en
voz alta.

¡Por Arioch! Estoy cautivo. ¡Esto es extremadamente injusto! ¡En un día! Me permití
perder la confianza y por consiguiente la esperanza, y ahora pierdo mi vida. A menos
que pueda explicarme libremente. ¿Pero qué es esto? ¿Qué enemigos podrían osar…?

Y entonces se le ocurrió al capitán Quire que la entrevista con


Montfallcon y el rumbo que había tomado tenían algo que ver con este rapto.

Me ha entregado. Me ha traicionado. Espera asesinarme antes de que revele sus secretos.


No debe creer la verdad. Bien, la sabrá si muero. Cada acto será publicado en la
Confesión del capitán Quire. ¡Dios, hundirá a Albión! ¡Oh, mi amigo Montfallcon, si

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sobrevivo, sabréis lo que es una venganza aún mayor! Entonces admitiréis la verdad, que
el alumno se ha convertido en un maestro. Os obligaré a apreciar este hecho, si no
otro…

Su dedo meñique buscaba su daga escondida, pero no la podía alcanzar.


Mordió cuidadosamente la mordaza, para masticarla y aflojarla. Examinó las
cuerdas y las redes que lo sujetaban. Escuchó atentamente las voces de sus
captores, pero había sólo tres ahora, dos en el pescante y uno dentro del carro,
a su lado; los tres estaban taciturnos.
Ya que no estaba muerto (hubiera sido igual de fácil para ellos asesinarlo
allí y después cargar con su cuerpo hasta el río), supuso que una muerte
diferida formaba parte de su destino. Quizá Montfallcon deseaba torturarle
para averiguar dónde había escondido su Confesión antes de que muriera.
Tomó la determinación de soportar su agonía lo mejor que pudiera, pensando
en la frustración de su oponente. Aunque, bien pensado, también tenía la
oportunidad de vivir, de escapar, pues esos hombres no eran de mente ágil.
Eran meros ladronzuelos de Kent Street de la más baja casta, los sobornaría,
amenazaría o engañaría, una vez su boca estuviera libre. Se preguntó quién
sería el encargado de interrogarle. No había nadie a quien confiar este tipo de
trabajo durante mucho tiempo, excepto el propio Quire. Quire supuso además
que Montfallcon supervisaría personalmente su tortura y muerte, y eso le dio
tanta satisfacción que se acomodó en el carro lo más confortablemente que
pudo y, para la consternación de sus captores, empezó a tararear una tonada a
través de su mordaza.
Finalmente el carro se detuvo; fue arrastrado y carreteado por unas
chirriantes escaleras de madera hasta que llegaron a un cuarto. Olía
fuertemente a café, por lo cual supuso que se encontraba en uno de los
muchos almacenes de los comerciantes de café de Flax Hill. Dos