San Bernardo, Las Grandezas de María
San Bernardo, Las Grandezas de María
por
3a Edición
APOSTOLADO MARIANO
Recaredo, 44
41003 SEVILLA
[Link]
ISBN: 84.7770-637-9
D.L.: Gr. 1193-2003
Impreso en España - Printed in Spain
Con Licencia Eclesiástica
PROLOGO
5
CAPÍTULO PRIMERO
7
pecialmente en la sagrada historia del que es la Pala
bra de Dios? No lo pienso yo así: todas están llenas
de soberanos misterios, y cada una rebosa en celestial
dulzura. Pero esto acontece si tienen quien las consi
dere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra, y
aceite del peñasco durísimo, como dice la Escriturad).
Si, verdaderamente, en aquel día destilaron dulzu
ra los montes y manó leche y miel de los collados;
cuando enviando los Cielos su rocío desde lo alto y
haciendo las nubes como una lluvia, descender al
Justo (2)se abrió la tierra alegre, y brotó de ella el Sal
vador; cuando derramando el Señor su bendición, y
dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que
se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pin
güe, salieron a encontrarse mutuamente la miseri
cordia y la verdad, y se dieron un beso la justicia y la
paz (3); en aquel tiempo en que este no pequeño
monte entre los demás montes, este bienaventurado
Evangelista, escribió con estilo dulcísimo el princi
pio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, que
soplando el austro y rayando el sol de justicia, se
difundieron de él aromas espirituales. Y ojalá que
ahora envíe Dios su palabra; y los dirrita: ojalá que
sople su espíritu, y se hagan inteligibles para nosotros
las palabras evangélicas, se hagan, en nuestros cora
zones más estimables que el oro y las piedras más
preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.
***
8
Dice pues: Fue enviado el Angel Gabriel por Dios.
No creo sea este Angel de los menores en la milicia
celestial; no suelen serlo los que acostumbran ser
enviados por cualquier causa con embajadas a la tie
rra. Y se deja entender también esto claramente, en
su mismo nombre, que significa Fortaleza de Dios, y
porque en el sagrado texto, no se dice que haya sido
enviado como acostumbra hacerse entre los Angeles,
por algún otro espáritu más excelente que él, sino
por el mismo Dios.
Se expresa en el Evai gelio que fu e enviado por
Dios, y quizá se dijo por Dios, para que no se piense
que reveló Dios su designio acerca de la encarnación
a alguno de sus bienaventurados espíritus, antes que
a la Virgen, si se exceptúa solamente el Arcángel San
Gabriel, que sin duda era de tanta excelencia entre
los suyos, que fue reputado digno de tal nombre y
también de tal embajada.
Ni deja de haber al mismo tiempo mucha propor
ción entre el oficio de nuncio y el nombre del Angel.
Porque a Cristo que es la virtud de Dios ¿quién mejor
le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra
nombre semejante? ¿Qué otra cosa es fortaleza sino
virtud? Ni parezca asimismo inadecuado o impropio,
que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo
modo, siendo así que la causa de llamarse ambos con
semejante nombre no es igual en los dos. De un
modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios, y de
otra manera muy diferente el Angel; el Angel sólo
por denominación pero Cristo lo es también substan
cialmente. Cristo se llama y es virtud de Dios, vinien
do con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado
que solía guardar en paz el atrio de la casa y le venció
con su propio brazo, y así le quitó valerosamente
9
todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cau
tivas. El Angel San Gabriel empero, es llamado for
taleza de Dios, o por haber merecido la prerrogativa
de ser encargado de anunciar la venida de la misma
virtud, o porque debía confortar a una Virgen natu
ralmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la
sorprendiese el pavor, o la novedad de tan grande
milagro: lo cual hizo diciéndola: No temas María
porque has hallado gracia delante de Dios.
Y quizás tampoco será imprudente creer que este
mismo Angel fue quien confortó y libró de sus dudas
al Esposo de la Virgen, varón ciertamente humilde y
timorato aunque no se diga por el Evangelista. José,
le dijo, hijo de David no temas recibir a María por tu
consorte.
Luego oportunamente fue elegido San Gabriel
para este asunto, o mejor diré, por encargársele asun
to semejante se distingue justamente con tan excelen
te nombre.
***
10
Floreció esta simiente en las maravillas que se
mostraron a la salida del pueblo de Israel de Egipto,
en las figuras y enigmas misteriosos por todo el cami
no en el desierto hasta la tierra de promisión, en las
visiones y vaticinios de los Profetas, en la ordenación
del Reino y del Sacerdocio hasta Cristo. Y no sin ra
zón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y
de estas flores también: diciendo David: Derramará
Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto (5) y
en otro lugar: Colocaré a tu descendencia sobre tu
trono (6).
En Nazaret se anuncia que Cristo ha de nacer, por
que en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero
en saliendo el fruto se cae la flor, porque apareciendo
la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual tam
bién Nazaret se dice Ciudad de Galilea, esto es, de la
transmigración, porque naciendo Cristo, pasaron
todas aquellas cosas que arriba conté, las cuales
como dice el Apóstol: Les sucedían en figura (7).
También nosotros que tenemos ya el fruto hemos
dejado atrás esas flores, que aun cuando estaban en
su belleza se previo que habían de pasar. Por lo que
dijo David: Dura un día como el heno, florece por la
mañana y se pasa; por la tarde inclina la cabeza se
deshoja y se seca (8). En la tarde, esto es cuando vino
la plenitud del tiempo en que envió Dios a su Unigé
nito hecho de una mujer, hecho bajo de la ley (9), di
ciendo El mismo: Mira que hago nuevas todas las
12
A Nazaret, pues, ciudad de Galilea fue enviado el
Angel Gabriel por Dios. ¿Y a quién? A una Virgen
desposada con un varón que se llamaba José. Pero,
¿qué Virgen es ésta tan respetable que un Angel le
saluda? ¿Tan humilde que esté desposada con un ar
tesano? Hermosa mezcla la virginidad y la humildad;
no poco agradable debe de ser a Dios aquella alma en
quien la humildad engrandece a la virginidad y la vir
ginidad adorna a la humildad. ¿De cuánta venera
ción te parece será digna aquella, cuya humildad
engrandece la fecundidad y cuyo alumbramiento
consagra la virginidad?
Oyes hablar de una Virgen, oyes hablar de una hu
milde; si no puedes imitar la virginidad de la hum il
de, imita la humildad de la Virgen. Loable virtud es
la virginidad, pero más necesaria es la humildad:
aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan: a aqué
lla te convidan, a ésta te obligan. De aquélla se dice:
E l que la pueda guardar, guárdela (14). De ésta se ha
escrito: El que no se haga como un niño no entrará
en el Reino de los Cielos (15). De modo, que aquélla se
premia como sacrificio voluntario, ésta se exige
como servicio obligatorio. Puedes salvarte sin la vir
ginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la
humildad que llora la virginidad perdida; más sin la
humildad me atrevo a decirlo, ni aun la virginidad de
María hubiera agradado a Dios. ¿Sobre quién des
cansará m i espíritu, dice el Señor sino sobre el
humilde y manso? Sí, sobre el humilde, no sobre el
que es virgen. Con que si María no fuera humilde no
reposara sobre ella el Espíritu Santo; y si el Espíritu
Santo no reposara sobre ella no concibiera por virtud
13
del mismo. Porque, dime, ¿cómo pudiera concebir de
El sin El? Claramente, pues, aparece que para que
hubiese de concebir del Espíritu Santo, como ella
dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva (16),
mucho más que a la virginidad; y aunque por la virgi
nidad agradó a Dios, con todo eso concibió por la
humildad. De donde consta, que la humildad fue la
que hizo agradable a Dios su virginidad. ¿Qué dices
virgen soberbio? María olvidada de que es Virgen, se
gloría de la humildad y tú menospreciando la humil
dad te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, el Se
ñor, a la humildad de su sierva. Y ¿quién es ella?
***
U na Virgen santa, una Virgen pura, una Virgen
devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O
más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a
Dios que la de María, para que puedas tú sin hum il
dad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta
virtud, agradado con la suya?
Cuanto más digno de honor eres por el don singu
lar de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti
mismo, afeando en ti su hermosura con la mezcla de
tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen, que ha
certe soberbio por la virginidad.
No es de todos la virginidad ciertamente, pero es
de muchos menos todavía la humildad acompañada
de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar
la virginidad de María, procura imitar su humildad y
te basta. Pero, si eres virgen y al mismo tiempo hu
milde eres grande a los ojos del Señor.
14
Con todo eso hay en María otra cosa mayor de que
admirarte, es la fecundidad junta con la virginidad.
Jamás se oyó en todos los tiempos que mujer alguna
fuese madre y virgen al mismo tiempo. Y si conside
ras también de quién es Madre, ¿a dónde llegará tu
admiración sobre su grandísima excelencia? ¿Acaso
no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admi
rarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio o más
bien, al juicio de la verdad, no será digna de ser ensal
zada la que tuvo a Dios por hijo suyo, sobre todos los
coros de los Angeles? ¿No es María la que confiada
mente llama al Señor y Dios de los Angeles, hijo
suyo, diciéndole: Hijo, ¿cómo habéis hecho esto con
nosotros? (i7) ¿Quién de los Angeles se atrevería a
esto?
Es bastante para ellos y tienen por cosa grande,
que siendo espíritus por creación, hayan sido hechos
y llamados Angeles por gracia como lo dice David:
El Señor es, quien hace Angeles suyos a los espíritus
(18). Pero María reconociéndose Madre de aquella
Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama
confiadamente hijo suyo.
Y ni desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó
ser; pues poco después añade el Evangelista: Y esta
ba sujeto a ellos.
***
15
bién a José por María. Maravíllate de estas cosas, y
mira cual es de mayor admiración, si la benignísima
dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal
Madre. De ambas partes está el pasmo, de ambas el
prodigio.
Que Dios obedezca a una mujer es humildad sin
ejemplo, que una mujer tenga autoridad para m an
dar a Dios es excelencia sin igual. Se canta en alaban
za de las Vírgenes como cosa singular, que siguen al
cordero a cualquiera parte que vaya (19). ¿Pues de qué
alabanzas creerás digna a la que va también delante
del cordero, y el cordero la sigue detrás?
***
16
Si te desdeñas de mirar el ejemplo de los hombres,
a lo menos no puedes reputar indigno para ti el se
guir el ejemplo de tu Autor. Sí no puedes seguirle en
todas partes a donde El fuere, síguele al menos con
gusto a donde por tí bajó. Si no puedes subir a la altu
ra de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el
camino segurísimo de la humildad: de la cual, si las
vírgenes mismas se apartaren, ya no seguirían al cor
dero en todos sus caminos.
Sigue al cordero, el humilde que se manchó; le si
gue también el virgen soberbio: pero ni el uno, ni el
otro le siguen a cualquier parte que vaya; pues ni
aquél puede subir a la limpieza del cordero que no
tiene mancha; ni éste se digna bajar a la mansedum
bre de quien enmudeció paciente, no delante de
quien le esquilaba, sino delante de quien le daba
muerte. Sin embargo, más saludable modo de seguir
le eligió el pecador en la humildad, que el soberbio
en la virginidad; pues la humilde satisfacción de
aquél purifica su inmundicia; cuando la soberbia
repugnante de éste mancha su castidad.
***
18
C apítulo Seg und o
19
a su Madre en el cielo una gloria singular, procuró
prevenirla en la tierra con singular gracia, por la cual
inefablemente concibiese intacta y diera a luz
incorrupta. A la majestad de Dios convenía que no
naciese sino de la Virgen, y a la Virgen convenía que
no diera a luz a otro que a Dios. Así, el hacedor de
los hombres, para hacerse hombre, siendo preciso
nacer de una mujer, a aquella entre todas debía
escoger o, más bien, formar para Madre suya, que
conocía era decente a El, y sabía que le había de
agradar. Por tanto, quiso que fuese virgen para salir
de una madre purísima el que es infinitamente puro
que venía a limpiar las manchas de todos; quiso que
fuese humilde, para salir de una Madre tal, el que es
manso y humilde de corazón, a fin de mostrarnos en
sí mismo el necesario y saludable ejemplo de todas
esas virtudes. Dio, pues, a la Virgen parto el mismo
Señor que la había inspirado el voto de virginidad y
la había enriquecido antes igualmente con el mérito
de la humildad. De otra suerte, ¿cómo diría el ángel
después que estaba llena de gracia, si tuviera algo
bueno que no procediese de la gracia?
***
20
desearla y sacó al nuncio celestial de las alturas. Y
esto es lo que el evangelista nos insinúa aquí cuando
muestra al ángel enviado por Dios a la Virgen. Por
Dios, dice, a la Virgen; esto es, por el Altísimo, a la
humilde; por el Señor, a la sierva; por el Criador, a la
criatura. ¡Qué dignación tan grande de Dios! ¡Qué
excelencia tan grande de la Virgen! Corred, madres;
corred, hijas; corred todas las que, después de Eva y
por Eva, os acercáis al alumbramiento con tristeza y
dais a luz con dolor. Llegaos al tálamo virginal;
entrad, si podéis, en el casto aposento de vuestra
hermana. Ea, ya envía Dios su nuncio a la Virgen:
ea, ya el ángel la habla; aplicad el oído a la pared,
escuchad su embajada, por si acaso oís de que os
podáis consolar.
***
21
cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino
por una mujer. Pero, ¿qué es lo que decías, Adán? La
mujer que me diste me dio del fruto de! árbol, y comí.
Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu cul
pa en vez de borrarla. Sin embargo, la sabiduría ha
vencido a la malicia, pues aunque malograste la oca
sión que Dios quería darte para el perdón de tu peca
do cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha
hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbi
trios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa
mujer, una prudente por esa fatua, una humilde por
esa soberbia; la cual, en vez del árbol de la muerte, te
dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bo
cado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eter
no. Por tanto, muda las palabras de la injusta acusa
ción en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile:
Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del
árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que
la miel para mi boca, porque en él me has dado la
vida. Mira a lo que fue enviado el ángel Gabriel a la
Virgen. ¡Oh Virgen admirable y dignísima de todo
honor! ¡Oh mujer singularmente venerable, admira
ble entre todas las mujeres, que trajo la restauración
a sus padres y la vida a sus descendientes!
***
Fue enviado, dice, el ángel Gabriel a una virgen.
Virgen en el cuerpo, virgen en el alma, virgen en la
profesión, virgen, finalmente, como la que describe
el Apóstol, santa en el alma y en el cuerpo; ni hallada
nuevamente o sin especial providencia, sino escogida
desde los siglos, conocida en la presencia del Altísi
mo y preparada para sí mismo; guardada por los án-
22
geles, designada anticipadamente por los antiguos
Padres, prometida por los profetas. Registra las escri
turas y hallarás las pruebas de lo que digo. Pero
¿quieres que yo también traiga aquí testimonios so
bre esto? Para hablar poco de lo mucho, ¿qué otra
cosa te parece que predijo Dios, cuando dijo a la ser
piente: Pondré enemistades entre ti y la mujer? 2 Y si
todavía dudas que hablase de María, oye lo que se si
gue: Ella misma quebrantará tu eabeza. ¿Para quién
se guardo esta victoria sino para María? Ella sin duda
quebrantó su venenosa cabeza, venciendo y redu
ciendo a la nada todas las sugestiones del enemigo,
así en los deleites del cuerpo como en la soberbia del
corazón.
***
¿Qué otra lijamente buscaba Salomón cuando
decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? 3 Conocía
este hombre sabio la debilidad de este sexo, su frágil
cuerpo y su corazón inconstante. Con todo eso, por
que había leído que la había prometido Dios, y sabía
que convenía que quien había vencido por una mujer
fuese vencido por otra, con una vehemente admira
ción decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? Lo cual
es decir: ya que está dispuesto por el consejo divino
que de la mano de una mujer venga la salud de todos
nosotros, la restitución de la inocencia y la victoria
del enemigo, es necesario que se prepare una de to
dos modos fuerte, que pueda ser a propósito para
obra tan grande. ¿Pero quién hallará una mujer fu er
te? Y porque no se piense que preguntaba esto per-23
23
diendo la esperanza de que se encontrase, añade
profetizándola: Lejos y de los últimos términos es el
precio de ella; esto es, no es vil, ni pequeño, ni media
no; no, en fin, de la tierra, sino del cielo; pero ni aun
del cielo próximo a la tierra es el precio de esta mujer
fuerte, sino que de lo más alto del cielo viene su esti
mación. ¿Qué pronosticaba en otro tiempo aquella
zarza de Moisés, echando llamas, pero sin consumir
se 4, sino a María dando a luz sin sentir dolor? ¿Qué
aquella vara de Aaron 5, que floreció estando seca,
sino a la misma concibiendo, pero sin obra de varón?
El mayor misterio de este grande milagro le explica
Isaías diciendo: Saldrá una vara de la raíz de José, y
de su raíz subirá una flor 6, entendiendo en la vara a
la Virgen y el parto de la Virgen en la flor.
***
4 m. 2.
5yvi<OT.,xvn,8.
6 /.9.,XI. i .
7 Ex., XIV, 16.
24
que beba. No hay, pues, inconveniente alguno en que
sea figurado Cristo en diversas cosas por diferentes
causas; y que en la vara se entienda su potencia, en la
flor su fragancia, en el fruto la dulzura de su sabor, en
las hojas también su cuidadosa protección, con que
no cesa de am parar bajo la sombra de sus alas a los
pequeñuelos que se refugian a él huyendo de los car
nales deseos y de los impíos que los persiguen. Buena
y amable sombra la que se halla bajo las alas del dul
ce Jesús, donde hay seguro refugio para los que se
retiran allí y refrigerio saludable para los fatigados.
Ten misericordia de mí, Señor Jesús; ten misericor
dia de mí, porque en ti confia mi alma, y en la som
bra de tus alas esperaré hasta que pase la iniquidad.
En este texto de Isaías debes entender al Hijo en la
flor y a la Madre en la vara; porque la vara floreció
sin renuevo, y la Virgen concibió sin obra de varón.
Ni dañó al verdor de la vara la salida de la flor, ni al
pudor de la Virgen el parto sagrado.
***
Traigamos de las Escrituras otros testimonios con
cernientes a la Virgen Madre y a su Hijo Dios. ¿Qué
significa el vellocino de Gedeón 8, que, quitado de la
carne, pero sin herida de la carne, es puesto en la era;
y ahora la lana, después la misma era, es humedecida
con el rocío, sino aquella carne tomada de la carne de
la Virgen, pero sin detrimento de su virginidad? En la
cual verdaderamente, destilando los cielos, se infun
dió toda la plenitud de la divinidad, de modo que de
esta plenitud hemos recibido todos, no siendo otra 89
25
cosa, sin ella, que una tierra árida. Con este hecho de
Gedeón parece cuadrar bellamente el dicho del pro
feta: Descenderá como lluvia sobre el vellocino 9.
Pues por lo que se sigue: Y como las gotas que desti
lan sobre la tierra, se significa lo mismo que por la
era, que se halló humedecida con el rocío. Que es de
cir: aquella lluvia voluntaria que destinó Dios para el
pueblo, que es su heredad, primero plácidamente y
sin estrépito de alguna operación humana, con aquel
sosegadísimo descenso propio de ella, bajó al seno
virginal; mas después fue difundida en todas las par
tes del mundo por la boca de los apóstoles, no ya
como la lluvia en el vellocino, sino como las gotas
que destilan sobre la tierra, con el estrépito de las pa
labras y con el sonido de los milagros. Porque se
acordaron las nubes que llevaban la lluvia que, cuan
do fueron enviadas, se las había mandado: Lo que os
digo a vosotros en las tinieblas, decidlo en la luz; y los
que escucháis al oído, predicadlo sobre ¡as cosas 1(K
Lo cual cumplieron, pues su sonido se extendió a
toda la tierra y llegaron sus palabras hasta las extre
midades del m undo 11.
26
es este varón? O, si es varón, ¿cómo puede ser rodea
do de una mujer? O, si por una mujer es rodeado,
¿cómo puede ser varón? Y, para decirlo más clara
mente, ¿cómo puede a un tiempo mismo ser varón y
estar en el seno de la madre, pues esto es ser rodeado
un varón por una mujer? Hemos conocido varones
que, pasando la infancia, la edad pueril, la adolescen
cia y la juventud, llegaron hasta el grado próximo a
la senectud. Pero el que tan grande ya, ¿cómo podrá
ser rodeado por una mujer? Si hubiera dicho: una
mujer rodeará a un infante o una mujer rodeará a un
párvulo, no parecería nuevo o maravilloso; mas, no
poniendo ahora cosa semejante, sino llamándole va
rón, con razón preguntaremos: ¿Qué novedad es esta
que Dios ha obrado sobre la tierra, haciendo que una
mujer rodee a un varón y que el varón se estreche
dentro del pequeño cuerpo de una mujer? ¿Qué pro
digio es éste? ¿Puede, por ventura, el hombre, como
dice Nicodemo, entrar segunda vez en el seno de su
madre y volver a nacer?13
***
Pero yo vuelvo los ojos de la consideración a la
concepción y parto virginal, por si acaso entre las
muchísimas cosas nuevas y maravillosas que halla
allí el que con diligencia las busca, puedo encontrar
esta novedad que he referido del profeta. A la verdad,
allí se conoce la longitud breve, la latitud angosta, la
altura abatida, la profundidad llana. Allí se conoce la
luz sin resplandecer, la palabra sin hablar, el agua
con sed, con hambre de pan. Verás, si atiendes, que
la potencia es gobernada, la sabiduría instruida, la
13/ o.,IU,4.
27
fortaleza sustentada. Verás, en fin, a Dios mamando
y alimentando a los ángeles; llorando y consolando a
los miserables. Verás, si atiendes, entristecerse la ale
gría, asustarse la confianza, la salud padecer, la vida
morir, la fortaleza desmayar. Pero, lo que no es
menos maravilloso, se ve allí a un tiempo mismo la
tristeza alegrando, el susto fortaleciendo, la pasión
dando la salud, la muerte dando la vida, el desmayo
comunicando fuerza. ¿Quién no encuentra ya lo que
yo buscaba? ¿No te es fácil ya reconocer entre otras
cosas a una mujer que rodea a un varón, cuando ves
que María abraza en su seno a aquel varón aprobado
de Dios, Jesús? Mas yo llamo varón a Jesús, no sólo
cuando le aclamaban Varón profeta, poderoso en las
obras y en las palabras 14, sino también cuando la
Madre de Dios ponía sus tiernos miembros en su
blando regazo o le llevaba en su seno. Era. pues, Je
sús varón, aun antes de nacer; pero en la sabiduría,
no en la edad; en el vigor del ánimo, no en las fuer
zas del cuerpo, en la madurez de los sentidos, no en
la corpulencia de sus miembros. Porque no tuvo me
nos sabiduría, o, por decir mejor, no fue menos la
sabiduría misma Jesús concebido que nacido, peque
ño o grande. Así, o escondido en el seno de María, o
dando vagidos en el pesebre, o, ya más grandecito,
preguntando a los doctores en el templo, o, ya en
edad perfecta, enseñando delante del pueblo; igual
mente y sin duda alguna, estuvo lleno del Espíritu
Santo. Ni hubo hora alguna, en cualquiera edad de
su vida, en que de aquella plenitud, que en su con
cepción recibió, se disminuye algo o se le añadiese
algo; sino que desde el principio fue perfecto; desde
el principio, vuelvo a decir, estuvo lleno del espíritu
l 4 ¿c.. XXIV. 19.
28
de sabiduría y de entendimiento, del espíritu de con
sejo y de fortaleza, del espíritu de ciencia y de piedad
y del espíritu del temor del S e ñ o r15.
***
15 ¡s„ XI, 2.
16 Lc„ II, 51.
29
Pero mira si no explica clarísimamente también
esta novedad de Jeremías el profeta Isaías, el cual
igualmente nos expuso las flores nuevas de Aarón, de
que hablamos más arriba. Mira, dice, que una virgen
concebirá y dará a luz un hijo 17. Ea, ya tienes la mu
jer, que es la Virgen. ¿Quieres oír también quién es el
varón? Y será llamado, añade, Manuel. Esto es, Dios
con nosotros. Así, la mujer que circunda al varón es
la Virgen, que concibe a Dios. ¿Ves qué bella y con
cordemente cuadran entre sí los hechos maravillosos
de los santos y sus misteriosos dichos? ¿Ves qué estu
pendo es este solo milagro hecho con la Virgen y en
la Virgen, a que precedieron tantos prodigios y que
prometieron tantos oráculos? Sin duda era uno solo
el espíritu de los profetas y, aunque en diversas ma
neras, signos y tiempos, y, siendo ellos diversos tam
bién, pero no con diverso espíritu, previeron y predi
jeron una misma cosa. Lo que se mostró a Moisés en
la zarza y en el fuego, a Aarón en la vara y en la flor,
a Gedeón en el vellocino y el rocío, eso mismo abier
tamente predijo Salomón en la mujer fuerte y en su
precio; con más expresión lo cantó anticipadamente
Jeremías de una mujer y de un varón; clarísimamen
te lo anunció Isaías de una virgen y de Dios; en fin,
eso mismo lo mostró San Gabriel en la Virgen salu
dándola; porque esta misma es de quien dice el evan
gelista ahora: Fue enviado el ángel Gabriel a una
virgen desposada.
***
A una virgen desposada, dice. ¿Por qué fue despo
sada? Siendo ella, digo, elegida virgen y, como se ha
demostrado, virgen que había de concebir, y virgen
17 /.y., VII, 14.
30
que había de dar a luz siendo virgen, causa adm ira
ción que fuese desposada. ¿Habrá por ventura quien
diga que esto sucedería casualmente? No se hizo ca
sualmente cuando, para hacerse así, se halla causa
muy razonable, causa muy útil y necesaria y digna
enteramente del consejo divino. Diré lo que a mí me
ha parecido o, por mejor decir, lo que antes de mí ha
parecido a los Padres. La causa para que se desposase
María fue la misma que hubo para permitir que du
dase Tomás. Era costumbre de los judíos que desde el
día del desposorio hasta el tiempo de las bodas fuesen
entregadas las esposas a sus esposos para ser guarda
das, a fin de que con tanta mayor diligencia guarda
sen su honestidad cuanto ellos eran más fieles para sí
mismo. Así, pues, como Tomás, dudando y palpan
do, se hizo constantísimo confesor de la resurrección
del Señor, así también José, desposándose con María
y comprobando él mismo su honestísima conducta
en el tiempo de su custodia con más diligencia, se
hizo fidelísimo testigo de su pureza. Bella congruen
cia de ambas cosas, esto es, de la duda en Tomás y
del desposorio en María. Podia el enemigo ponernos
un lazo a nosotros para que cayésemos en el error,
dudando de la verdad de la fe en Tomás y de la casti
dad en María, reduciéndose de esta suerte la verdad a
sospechas; pero, con prudente y piadoso consejo de
Dios, sucedió, por el contrario, que por donde temía
la sospecha, se hizo más firme y más cierta la verdad
de nuestra fe. Porque acerca de la resurrección del
Hijo, más presto sin duda, yo, que soy débil, creeré a
Tomás, que duda y palpa, que a Cetas, que lo oye y
luego lo cree; y sobre la continencia de María, más
fácilmente creeré a su esposo, que la guarda y experi
menta, que creería aún a la misma Virgen, te ruego,
31
¿quién viéndola embarazada, sin estar desposada, no
diría más bien que era mujer corrupta que virgen?
No era decente que se dijese esto de la Madre del Se
ñor; era más tolerable y honesto que por algún tiem
po se pensase que Crsito había nacido de matrimonio
que no de fornicación.
***
32
fuerzas del maligno, se viese ser Dios más prudente y
más fuerte que el diablo. Fue muy decoroso que la
Sabiduría encarnada triunfase de esta suerte de la
malicia espiritual, verificándose así que sólo alcanza
desde una extremidad hasta otra r,iertemente, sino
que también dispone suavemente todas las cosas.
Llega de una extremidad a la otra extremidad, esto
es, desde el cielo hasta el infierno. Si subiere a! cielo,
dice, allí te hallas; si bajare al infierno, estás a llí18.
Pero en ambas partes fuertemente, pues no sólo ex
pedió de las alturas al soberbio, sino que en los infier
nos despojó al avaro. Convenía, pues, que dispusiese
con suavidad todas las cosas del cielo y de la tierra, a
fin de que, arrojando de allí al inquieto, asegurase a
los demás en la paz y, habiendo de vencer aquí al en
vidioso, nos dejase primero a nosotros el necesarísi
mo ejemplo de su humildad y mansedumbre; y así,
por este orden maravilloso de su sabiduría, se mos
trase para los suyos suave y para los enemigos fuerte.
Porque ¿qué nos serviría que el diablo fuese vencido
por Cristo, si nosotros permaneciésemos soberbios?
Así, no hay duda en que intervinieron causas muy
importantes para que María fuese desposada con
José, puesto que por este medio se esconde lo santo a
los perros y se comprueba la virginidad de María por
su esposo; igualmente se preserva a la Virgen del son
rojo y se provee a la integridad de su fama. ¿Qué cosa
más llena de sabiduría, oué cosa más digna de la pro
videncia divina? Con sólo este arbitrio, se admite un
fiel testigo a los secretos del cielo y se excluye de ellos
al enemigo y se conserva ilesa la fama de la Virgen
Madre. De otra suerte, ¿cuándo hubiera perdonado
18 Ps., CXXXVIIJ, 8.
33
el justo a una adúltera? Pero está escrito: Mas José,
su esposo, siendo justo, y no queriendo delatarla, qui
so dejarla ocultamente 19. ¡Qué bien dicho, siendo
justo y no queriendo delatarla! Porque así como de
ningún modo hubiera sido justo si la hubiera consen
tido conociéndola culpada, igualmente no sería justo
si la hubiera delatado conociéndola inocente. Como
fuese, pues, justo y no quisiese delatarla, quiso dejar
la ocultamente.
***
34
terio, y por eso quiso dejarla ocultamente. ¿Te m ara
villas de que José se juzgase indigno de la compañia
de María, cuando llevaba ya en sus virginales entra
ñas el Hijo de Dios, oyendo tú que Santa Isabel no
podía sostener su presencia sin temor y respeto, pues
prorrumpe en estas voces: ¿De dónde a m í esta dicha,
que la madre de m i Señor venga a mí? 22 Este fue el
motivo porque José quería dejarla. Pero ¿por qué
ocultamente y no a las claras? Porque no se inquirie
se la causa del divorcio y se pidiese la razón que ha
bía para él. Porque ¿qué respondería este varón justo
a un pueblo de dura cerviz, a un pueblo que no creía,
sino que contradecía? Si decía lo que sentía y lo que
había comprobado él mismo en orden a su pureza,
¿no se burlarían al punto de él los incrédulos y crue
les judíos y a ella no la apedrearían? ¿Cuándo cree
rían a la verdad enmudecida en el seno, si después la
despreciaron clamando en el templo? ¿Qué harían
con quien todavía no aparecía los que pusieron en El
sus impías manos cuando resplandecía con mila
gros? Con razón, pues, este varón justo, por no verse
obligado o a mentir o a infamar a una inocente, quiso
ocultamente dejarla.
***
22 Le. 1.43.
35
ser aclarada por el oráculo divino. Porque así se halla
escrito: Pensando él en esto, es decir, en dejarla ocul
tamente, se le apareció un ángel en sueños, y le dijo:
José, hijo de David, no temas recibir a María por
consorte tuya, pues lo que en sus entrañas está es del
Espíritu Santo 23. Así, por estas razones, fue despo
sada María con José o, como dice el evangelista, con
un varón cuyo nombre era José 24. Varón le llama,
no porque fuese marido, sino porque era hombre de
virtud. O mejor, porque, según otro evangelista, fue
llamado, no varón absolutamente, sino varón de Ma
ría, con razón se apellida como fue necesario repu
tarle. Debió, pues, llamarse varón suyo, porque fue
necesario reputarlo tal; así como también mereció no
serlo a la verdad, sino llamarse padre de Dios; de
modo que se pensó que lo era, por lo que dice este
mismo evangelista: Tenía Jesús, al comenzar su m i
nisterio, unos treinta años, y le reputaban hijo de
José 25. Ni fue, pues, varón de la madre ni padre del
hijo, aunque (como se ha dicho), por una necesaria
razón de obrar y, permisión en Dios, fue llamado y
reputado por algún tiempo lo uno y lo otro.
***
/vl .. 1. ¿ .
25 Le., III, 23.
26 Gen.. XXXVII, 27.
36
qué hombre tan grande y de cuánta virtud era este
José. Acuérdate al mismo tiempo de aquel grande
patriarca, vendido en otro tiempo en Egipto, y reco
nocerás que éste no sólo tuvo su mismo nombre, sino
su castidad, su inocencia y su gracia. Aquel José 26,
vendido por la envidia de sus hermanos y llevado a
Egipto, prefiguró la venta de Cristo; este José, huyen
do de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a la tierra
de Egipto 27. Aquél, guardando lealtad a su señor, no
quiso consentir al mal intento de su señora 28; éste,
reconociendo virgen a su Señora. Madre de su Señor,
la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo
en toda castidad. A aquél le fue dada la inteligencia
de los misterios de los sueños; éste mereció ser sabe
dor y participante de los misterios de los soberanos. ‘
Aquél reservó el trigo no para sí, sino para el pueblo;
éste recibió el pan vivo del cielo para guardarle para
sí y para todo el mundo. Sin duda, este José con
quien se desposó la Madre del Salvador fué hombre
bueno y fiel. Siervo fiel y prudente, repito, a quien
constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del
sustento de su cuerpo; finalmente, a él solo sobre la
tierra, coadjutor fidelísimo del gran consejo. Llégase
a esto el referirse también que era de la casa de Da
vid. Verdaderamente de la cada de David, verdadera
mente de sangre real desciende este José, noble en li
naje y más noble en el ánimo. Verdaderamente hijo
de David, pues no degenera de David, su padre. En
teramente, vuelvo a decir, hijo de David, no sólo por
la sangre, sino por la fe, por la santidad, por la devo
ción; a quien halló Dios, como a otro David, según278
27 Mi., II. 14.
28 Gen.. XXXIX. 12.
37
su corazón, para encomendarle con seguridad el se
cretísimo arcano de su corazón; a quien, como a otro
David, manifestó los secretos y misterios de su sabi
duría y le dio el conocimiento de aquel misterio, que
ninguno de los príncipes de este siglo conoció; a
quien, en fin, se concedió no sólo ver y oír al que m u
chos reyes y profetas, queriéndole ver, no le vieron y
queriéndole oír no le oyeron, no sólo verle y oírle,
sino tenerle en sus brazos, llevarle de la mano, abra
zarle, besarle, alimentarle y guardarle. Mas no preci
samente de José, sino de María también se debe creer
que descendía de la casa de David. Porque no se hu
biera podido desposar con un varón de la casa de
David si ella misma no fuera de la casa de David
también. Ambos, pues, eran de la casa de David;
pero en María se cumplió aquella verdad que Dios
había jurado a David, siendo José solamente sabedor
y testigo del cumplimiento de la divina promesa.
***
38
que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los
vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular
estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar
grande y espacioso, brillando en méritos, ilustrando
en ejemplos. ¡Oh!, cualquiera que seas el que en la
impetuosa corriente de este siglo te miras, mas antes
fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar
por la tierra, no apartes los ojos del resplandor de
esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borras
cas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si
tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a
la estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas
de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición,
si de la emulación, mira a la estrella, llama a María.
Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele vio
lentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si,
turbado a la memoria de la enormidad de tus críme
nes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia,
aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a
ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el
abismo de la desesperación, piensa en María. En los
peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en Ma
ría, invoca a María. No se aparte María de tu boca,
no se aparte de tu corazón; y para conseguir los su
fragios de su intercesión, no te desvíes de los ejem
plos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no
desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella
piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te
protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es
tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te am pa
ra; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta ra
zón se dijo: Y el nombre de la virgen era María. Pero
ya debemos pausar un poco, no sea que miremos
sólo de paso la claridad de tanta luz. Pues, por usar
39
de las palabras del evangelista: Bueno es que nos
detengamos aquí (29). Da gusto contemplar dulce
mente en el silencio lo que no basta a explicar la plu
ma laboriosa. Y entre tanto, por la devota contem
plación de esta brillante estrella, recobrará más fer
vor la exposición en lo que se sigue.
En los peligros, en las angustias, en las dudas,
acuérdate/ de María, invoca a María.
40
C a p ít u l o T ercero
41
este capítulo con las expresiones del Profeta ¡ay de
mí! (2) no a la verdad como él, porque callé, sino por
que he hablado, pues mis labios son impuros. ¡Ay!;
cuántas cosas vanas, cuantas cosas falsas, cuántas co
sas torpes me acuerdo haber vomitado por esta mis
ma asquerosísima boca mía, con que ahora presumo
tratar palabras celestiales.
Temo mucho que esté cerca aquel momento en
que haya de oír que me dicen: ¿Cómo cuentas tú mis
injusticias y tomas en tu boca m i testamento? (3). Oja
lá que a mí también me trajeran como al Profeta, del
soberano altar, no una sola ascua sino un globo gran
de de fuego, que consumiese enteramente la mucha e
inveterada inmundicia de mi sucia boca, a fin de ha
cerme digno de repetir con mi expresión, tal cual ella
sea, los gratos y castos coloquios del Angel con la
Virgen y la respuesta de la Virgen al mismo Angel.
Dice el Evangelista: Habiendo entrado el ángel del
Señor, dijo a María: Dios te salve, llena de gracia, el
Señor es contigo. ¿Y a dónde entró el ángel? Sin duda
al secreto de su casto aposento, en donde quizá, ce
rrada la puerta sobre sí, estaba en lo oculto orando al
padre celestial. Suelen los ángeles estar presentes a
los que oran y deleitarse en los que ven levantar sus
puras manos en la oración; se alegran de ofrecer a
Dios el holocausto de la devoción santa como incien
so agradable al cielo. Y cuánto habían agradado las
oraciones de María en la presencia del Altísimo, lo
indica el Angel saludándola con tanta reverencia.
No tué dificultoso al Angel penetrar en el secreto
aposento de la Virgen, pues por la sutileza de su23
42
substancia tenía la natural propiedad de que nada ni
la cerradura de hierro, le podían estorbar la entrada a
cualquiera parte que su ímpetu le llevase. No resisten
a los Angélicos Espíritus las paredes, sino que les ce
den todas las cosas visibles, y todos los cuerpos por
más solidos o densos que sean están francos y pene
trables para ellos. No debes, pues, sospechar que en
contrase el Angel abierta la puertecita de la Virgen
cuyo propósito, al estar cerrada, era evitar la concu
rrencia de los hombres y huir de sus conversaciones,
para que así o no fuese perturbado el silencio de su
oración o no fuese tentada su castidad de que hacía
profesión. Por tanto había cerrado sobre sí su habita
ción en aquella hora la Virgen prudentísima, pero a
los hombres, no a los ángeles y aunque pudo entrar el
Angel donde estaba, a ninguno de los hombres le era
fácil la entrada.
43
cómo el mismo que había enviado el ángel a la Virgen
fue hallado con la Virgen por el ángel. ¿Fue Dios más
veloz que el ángel, de modo que con mayor ligereza
se anticipó a su presuroso nuncio para llegar a la tie
rra? No hay que admirar, porque estando el Rey en
su reposo, el nardo de la Virgen dio su olor y subió a
la presencia de su gloria el perfume de su aroma y ha
lló gracia en los ojos del señor, clamando los circuns
tantes: ¿Quién es esta que sube por el desierto como
una columnita de humo formada de perfumes de m i
rra e incienso? 4 Y al punto el Rey, saliendo de su
lugar santo, mostró el aliento de un gigante para co
rrer el camino 45; y, aunque fue su salida de lo más
alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se
adelantó a su nuncio, para llegar a la Virgen, a quien
había amado, a quien había escogido para sí, cuya
hermosura había deseado. Al cual, mirándole venir
de lejos, dándose el parabién y llenándose de gozo, le
dice la Iglesia: M irad cómo viene éste saltando en los
montes, pasando por encima de los collados 6.
***
4 Cant., III, 6.
5 Ps., XVIII, 6.
6 Cant., II, 8.
7 Ps., XLIV, 11
44
vio; no como algunos, que oyendo no oyen y viendo
no entienden, sino que oyó y creyó; vio y entendió.
Inclinó su oído a la obediencia y [Link]ón a la ense
ñanza, y se olvidó de su pueblo y de la casa de su pa
dre; porque ni pensó en aum entar su pueblo con la
sucesión ni intentó dejar herederos a la casa de su
padre, sino que todo el honor que pudiera tener en su
pueblo, todo lo que pudiera tener de bienes terrenos
por sus padres, lo abandonó como si fuera basura,
para ganar a Cristo. Ni la engañó su pensamiento,
pues logró, sin violar el propósito de su virginidad,
tener a Cristo por hijo suyo. Con razón se llama llena
de gracia, pues tuvo la gracia de la virginidad; y, a
más de eso, consiguió la gloria de la fecundidad.
***
45
esta suerte está en todos los santos, particularmente
está con María, con la cual tuvo tanta concordia, que
juntó a sí mismo no sólo su voluntad, sino su misma
carne también; y de su substancia y de la de la Vir
gen hizo un solo Cristo o, diciendo mejor, se hizo un
solo Cristo; el cual, aunque ni todo de la substancia
de Dios, ni todo de la substancia de la Virgen, sin
embargo, todo es de Dios y todo de la Virgen; no
siendo por eso dos hijos, sino sólo un hijo de uno y de
otro. Dice, pues: Dios te salve, llena de gracia, el Se
ñor es contigo. No solamente el Señor Hijo es conti
go, al cual distes tu carne, sino también el Señor
Espíritu Santo, de quien concibes; y el Señor
Padre, que engendró al que tú concibes. El Padre, re
pito, es contigo, que hace a su Hijo tuyo también. El
Hijo es contigo, quien, para obrar en ti este admira
ble misterio, se reserva a sí con un modo maravilloso
el arcano de la generación y a ti te guarda el sello vir
ginal. El Espíritu Santo es contigo, pues con el Padre
y con el Hijo santifica tu seno. El Señor, pues, es
contigo.
Bendita tú eres entre las mujeres. Quiero juntar a
esto lo que añadió Santa Isabel a estas mismas pala
bras, diciendo: Y bendito es el fruto de tu vientre. No
porque tú eres bendita es bendito el fruto de tu vien
tre, sino porque él te previno con bendiciones de
dulzura, eres tú bendita. Verdaderamente es ben
dito el fruto de tu vientre, pues en él son benditas
todas las gentes; de cuya plenitud también recibiste
tú con los demás, aunque de un modo más excelente
que lo demás. Por tanto, sin duda eres tú bendita,
pero entre las mujeres; mas él es bendito, no entre los
hombres, no entre los ángeles precisamente, sino
como quien es, según habla el Apóstol, sobre todas
46
las cosas, Dios bendito por los siglos 8. Suele llamarse
bendito el hombre, el pan bendito, bendita la mujer,
bendita la tierra y las demás cosas en las criaturas
que están benditas; pero singularmente es bendito el
fruto de tu vientre, siendo él, sobre todas las cosas,
Dios bendito por los siglos.
***
8 Rom., IX, 6.
9 Gen., XVII, 27.
10 Ps„ XXXIII, 9.
11 Ps., XXX, 20.
l 2 Peir„ 11,3.
' ^ Eccli.. XXIV, 29.
47
sabor, oye también su hermosura; porque, sí aquel
fruto de muerte no sólo fue suave para comerse, sino
también, por testimonio de la Escritura, agradable a
la vista, ¿cuánto más cuidadosamente debemos infor
marnos de la vivificante hermosura de este fruto vi
tal, en quien, por testimonio igualmente de la Escri
tura, desean mirar los ángeles mismos? Cuya belleza
miraba en espíritu y deseaba ver en el cuerpo aquel
que decía: De Sión viene el esplendor de su hermosu
ra I4. Y, porque no te parezca que alababa una belle
za mediana solamente, acuérdate de lo que tienes es
crito en otro salmo: Tú sobrepasas en belleza a todos
los hijos de los hombres; la gracia está derramada en
tus labios;por eso Dios te bendijo para siempre 15.
***
Bendito, pues, el fruto de tu vientre, al cual bendijo
Dios para siempre; por cuya bendición también eres
bendita tú entre las mujeres, porque no puede un ár
bol malo llevar un fruto bueno. Bendita tú, vuelvo a
decir, entre las mujeres, pues te libraste de la general
maldición en que se dijo: En tristeza darás a luz los
hijos 16; y no menos de aquella que se siguió: Maldita
la estéril en Isra e ll7; y conseguiste una especial ben
dición, por la cual ni permaneces estéril ni das a luz
con dolor. ¡Dura necesidad y yugo grave que oprime
a todas las hijas de Eva! Si dan a luz son atorm enta
das con los dolores; si no dan a luz, son maldecidas.
¿Qué harás, virgen, que oyes esto y que lees esto? Si
Ps., XLIX, 2.
f Ps., XLIV, 3.
16 Gen., III, 16.
' 7 Ex., XXXIII, 2U.
48
deseas tener parto, serás afligida entre angustias; si
permaneces estéril, serás maldecida. ¿Qué escoges,
Virgen prudente? Por todas partes, dice, me cercan
angustias. Sin embargo, mejor es para mí incurrir en
la maldición y permanecer casta, que concebir pri
mero por la concupiscencia lo que después justam en
te había de dar a luz con dolor. Por esta parte,
aunque veo la maldición, pero no el pecado; mas por
la otra veo el pecado y juntam ente el tormento. En
fin, ¿esta maldición es más que el improperio de los
hombres? No por otra cosa se llama la estéril maldi
ta, sino porque los hombres la improperarán y des
preciarán como inútil e infructuosa en Israel. Pero
para mí nada importa que desagrade a los hombres,
como pueda presentarme a Cristo, Virgen casta. ¡Oh
Virgen prudente! ¡Oh Virgen devota! ¿Quién te ense
ñó que agradaba a Dios la virginidad? ¿Qué ley, qué
rito, qué página del Viejo Testamento manda o acon
seja y exhorta a vivir en la carne castamente y a tener
una vida propia de los ángeles de la tierra? ¿En dónde
lo has leído, Virgen devota, que la sabiduría de la
carne es muerte 18*201; y no queráis contentar vuestra
sensualidad satisfaciendo a sus deseos? I9 ¿En dónde
has leído de las vírgenes que cantan un nuevo cántico
que ningún otro puede cantar y que siguen al Corde
ro adondequiera que vaya? 2Ó ¿En dónde has leído
que son alabados los que se hicieron continentes por
el reino de Dios? 21 ¿En dónde has leído: Aunque
vivimos en la carne, nuestra conducta no es carnal?22
18 Rom .,\n\\,6.
19 Rom., XIII, 14.
20 Apoc., XIV, 4.
21 Mí., XIX, 12.
22 // Cor.,X . 3.
49
Y ¿aquel que casa a su hija, hace bien; y aquel que no
la casa, hace mejor? 23 ¿Dónde has oído: Quisiera
que todos vosotros permanecierais en el estado en que
yo me hallo; y bueno es para el hombre si así perm a
neciere, como yo le aconsejo? En cuanto a las vírge
nes, dice, no he recibido precepto del Señor, pero doy
consejo. Mas tú, no digo precepto, pero ni consejo, ni
ejemplo tenías, sino que la interior moción de Dios te
lo enseñaba todo, y su palabra viva y eficaz, hacién
dose primero tu maestro que hijo tuyo, instruyó an
tes tu mente, que se vistió de tu carne. Haces voto,
pues, de presentarte a Cristo virgen, sin saber que
está reservado para ti ser Madre. Escoges ser despre
ciable en Israel e incurrir en la maldición de la estiri-
lidad para agradar a aquel Señor en cuyos ojos obras
lo más perfecto; y mira cómo la maldición se trueca
en bendición y la esterilidad se recompensa con la
fecundidad.
***
52
todo esto: Sabe que concebirás en tu seno y darás a
luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Entiende, Virgen
prudente, por el nombre del hijo que te prometen,
cuán grande y qué especial gracia has hallado en los
ojos de Dios. Y le llamarás Jesús. La razón y signifi
cado de este nombre se halla en otro evangelista, in
terpretándole el ángel así: Porque El salvará a su
pueblo de sus pecados 25.
***
25 Mi.. 1 .21.
2 6 Mi., X V , 8.
53
suyos, sabe los que escogió desde el principio. ¿Por
qué me llamáis, dice, Señor, Señor, y no hacéis lo que
yo os digo? 27 ¿Quieres saber si perteneces a su pue
blo, o, más bien, quieres ser de su pueblo? Haz lo que
te manda en el Evangelio el Señor Jesús, lo que m an
da en la ley, lo que manda por los profetas, lo que
manda por sus ministros que tiene en la Iglesia; obe
dece a tus prelados, que son vicarios suyos, no sólo a
los buenos y modestos, sino a los que son ásperos y
duros; aprende del mismo Jesús a ser manso y humil
de de corazón; y serás de aquel verdadero pueblo
suyo que El escogió por su heredad; serás de aquel es
timable pueblo suyo a quien el Señor de los ejércitos
bendijo diciendo: Tú eres obra de mis manos, y mi
heredad, Isra el28; de quien, para que acaso no sigas
al Israel carnal, asegura con su testimonio: Un cono
cido se ha sujetado a mí; me ha obedecido al punto
que oyó mi voz 29.
***
54
grande como el Altísimo, pues él también es Altísi
mo. No juzgará el hijo del Altísimo32 que es una usur
pación y robo en sí mismo aquel que, habiendo sido
formado ángel de la nada, comparándose, lleno de
soberbia, a su Hacedor, pretendía robar lo que es
propio del Hijo de Dios; el cual, sin duda, según su
forma y naturaleza divina, no fue hecho, sino en
gendrado de Dios. Pues Dios Padre Altísimo, aunque
es omnipotente, no pudo, con todo eso, o hacer una
criatura igual a sí mismo o engendrar un hijo que
fuese desigual. Así hizo grande al ángel, pero no tan
to como es El; y, por consiguiente, no le hizo altísi
mo. Solamente ni lo reputa usurpación ni lo tiene
por injuria que el Unigénito, a quien no hizo, sino
que engendró omnipotente, siendo El altísimo; coe
terno, siendo El eterno, se compare en todo a El mis
mo. Con razón, pues, será éste grande, pues será lla
mado hijo del Altísimo.
***
32 Phil.. II, 6.
33 ¿c\, VII, 16.
55
como un profeta grande que había de venir: Mira,
dice, que vendrá un profeta grande y él mismo reno
vará a Jesuralén. Y tú, a la verdad, ¡oh Virgen!, darás
de mamar a un párvulo; pero al verle párvulo, con
témplale grande. Será grande, porque el Señor le en
grandecerá delante de los reyes, de modo que todos
los reyes le adorarán, todas las gentes le servirán. En
grandezca, pues, tu alma también al Señor, porque
será grande y será llamado hijo del Altísimo. Grande
será y hará cosas grandes el que es poderoso y su
nombre santo. ¿Qué nombre más santo que llamarse
hijo del Altísimo? Sea también engrandecido por no
sotros, que somos párvulos, el Señor grande, que, por
hacernos grandes, se hizo párvulo. Un párvulo, dice
el profeta, nació para nosotros y un párvulo nos han
dado 34. Para nosotros, repito, no para sí; pues, naci
do de su Eterno Padre más noblemente antes de los
tiempos, no necesitaba nacer de una Madre en el
tiempo. No para los ángeles tampoco, que poseyén
dole grande no le solicitaban párvulo. Para nosotros,
pues, nació, a nosotros nos le han dado, porque para
nosotros era necesario.
***
56
de El a ser mansos y humildes de corazón; no sea que
el grande Dios se haya hecho sin fruto hombre pe
queño, no sea que en balde haya muerto, no sea que
inútilmente haya sido crucificado por nosotros.
Aprendamos su humildad, imitemos su mansedum
bre, apreciemos su amor, tomemos parte en sus
penas, lavémonos en su sangre. Ofrezcámosle a El
mismo como nació y nos fue dado a nosotros. Ofrez
cámosle a los ojos de su Padre, ofrezcámosle a los
suyos mismos, porque el Padre no perdonó a su pro
pio Hijo, sino que por nosotros le entregó; y el mis
mo Hijo se abatió hasta tal extremo, que tomó la for
ma de esclavo. El mismo entregó su vida a la muerte
y fue puesto en el número de los malhechores; y El
mismo llevó sobre sí los pecados de muchos y oró
por los violadores de la ley para que no pereciesen.
No pueden perecer aquellos por quienes el Hijo rue
ga que no perezcan, por quienes el Padre entregó su
Hijo a la muerte para que vivan. Debemos esperar el
perdón de ambos igualmente; en los cuales es igual la
misericordia en su piedad, igual en la voluntad el po
der; una misma substancia divina.
***
(35) Proverbios, X, 1.
57
biduría? Pero ¿qué puedo intentar yo en las alabanzas
de aquella Señora a quien publican digna de ellas los
Profetas, lo expresa el mismo Angel y lo declara el
santo Evangelio? No, yo no la alabo, porque no me
atrevo, sino que repito con devoción lo que ya expli
có el Espíritu Santo por boca del Evangelista.
Dice: Y le dará el Señor Dios el trono de David, su
Padre. Que de la prosapia de David trajese su origen
Jesús, nadie lo duda. Pero yo deseo saber, ¿cómo le
dió el Señor el trono de David su padre, no habiendo
reinado en Jerusalén, sino que antes bien, queriéndo
lo hacer Rey las turbas no lo consintió, y aun protes
tó delante de Pilatos, diciendo: M i reino no es de este
mundo? (36). Y, ¿qué es el trono de David, qué se pro
mete, para quién se sienta sobre los Querubines, para
quién vio el Profeta (37) sentado sobre un Solio excel
so y elevado? Sabemos que hay otra Jerusalén signifi
cada por ésta en que reinó David y que es aquélla
mucho más noble y rica. Y a esa se refiere aquí, se
gún el frecuente modo de hablar de la Escritura, en
que se pone muchas veces lo que significa por el sig
nificado. Le dio Dios el trono de David, su padre,
cuando le constituyó Rey sobre Sión su monte sano
(38). Y este texto parece explicar ya más claramente
de qué reino se trata, porque no dice en Sión, sino
sobre Sión.
Ciertamente en Sión reinó David, pero está sobre
Sión el reino aquel de quien se dijo a este rey: Colo
caré sobre tu trono tu descendencia (39); de quien se
58
dijo también por otro Profeta: Sobre el solio de David
y sobre su reino se sentará (40). Y ¿no ves cómo en to
das partes hallas sobre? Sobre Sión, sobre el trono,
sobre el solio, sobre el Reino. Le dará, pues, el Señor
Dios el trono de David su padre, no el figurativo,
sino el verdadero, no el temporal, sino el eterno, no
el terreno, sino el celestial.
***
Y reinará en la casa de Jacob para siempre y su
reino no tendrá fin (41).
Si aquí igualmente entendiéramos la casa temporal
de Jacob, ¿cómo no siendo eterna, había de poder
reinar en ella eternamente? Se ha de buscar, pues,
una casa eterna de Jacob en que reine eternamente
aquel Señor cuyo reino no tendrá fin. Y además ¿aca
so aquella provocadora casa de Jacob no le negó
impíamente y le desechó neciamente delante de Pila-
tos, cuando diciendo él: ¿ Yo he de crucificar a vuestro
Rey?, respondió gritando a una voz: No tenemos más
Rey que aI César? (42).
Busca, pues, al Apóstol y te distinguirá al que es
judío en lo oculto de aquel que lo es en lo manifiesto
y la circuncisión que es según el espíritu de aquella
que se hace según la carne, al Israel espiritual del car
nal, a los hijos de la fe de Abraham de los hijos de su
carne. No todos los que son de la sangre de Abraham43
son hijos suyos. Luego igualmente no todos los que
descienden de Jacob son de la casa de Jacob, puesto
que Jacob es lo mismo que Israel.
Juzga, pues, de la casa de Jacob sólo aquellos que
(40) Isaías, IX. 7.
(41) Lucas. 1,32.
(42) Juan, XIX. 15.
(43) Romanos. 28.
59
se encuentran perfectos en la misma y habrás encon
trado los que constituyen la casa espiritual y eterna
de Jacob en que el Señor Jesús reinará para siempre.
¿Quién de nosotros es el que según la interpretación
del nombre de Jacob hace caer con industria de su
corazón al diablo y lucha contra sus vicios y deseos
malos, para que no reine el pecado en su cuerpo
mortal, sino Jesús en él, ahora por la gracia y después
por la gloria?
***
60
lujuria, dice, yo he de reinar; la detracción, la ira, la
envidia, combaten en mí mismo, sobre mí, disputan
do entre sí de cuál de ellas debo ser esclavo principal
mente. Y yo, cuanto puedo resisto, cuanto puedo me
esfuerzo, doy voces a mi Señor Jesús, me derramo en
su presencia, porque conozco que tiene en mí todo
derecho. Tengo a El por mi Dios, tengo a El por mi
Dueño, y digo: no tengo otro Rey que mi Señor Je
sús. Venid, pues, Señor, dispersadlos con la fuerza de
vuestro poder, y reinaréis en mí, pues vos sois mi
Rey y mi Dios, que sólo con mandarlo habéis salva
do tantas veces a Jacob.
61
C a p ít u l o C u a r t o
62
lo que no sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo
premeditado bien, hablándola interiormente Dios
(que estaba con ella según lo que dice el Angel: El
Señor es contigo), expeliendo sin duda la fe al temor,
la alegría al empacho, dijo al Angel: ¿Cómo puede ser
esto si no conozco varón?
No duda el hecho, sino que pregunta acerca del
modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino
cómo se hará. Al modo que si dijera: Sabien
do mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virgi
nidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agra
dará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra
cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, alégra
me del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del
voto; sin embargo hágase su voluntad en todo; pero si
he de concebir virgen y virgen también he de
alumbrar, lo cual ciertamente no le es imposible, en
tonces verdaderamente conoceré que miró la humil
dad de su esclava.
***
63
sobre ti, porque aunque a la verdad primero estuvo
con María por su copiosa gracia, ahora se la anuncia,
que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud
de gracia que en ella ha de derramar.
Pero estando ya llena, ¿cómo podría caber en ella
algo más? Y si todavía puede caber más en ella,
¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de
gracia? La primera gracia había llenado solamente su
alma y la siguiente había de llenar también su seno a
fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habita
ba en ella antes espiritualmente como en muchos de
los Santos comenzase también a habitar corporal
mente como en ninguno de los mismos.
***
64
con su poder, te hará fecunda: Y la virtud del Altísi
mo te cubrirá con su sombra; esto es, aquel modo con
que del Espíritu Santo concebirás, de tal suerte Cris
to, virtud de Dios y sabiduría de Dios, haciendo som
bra, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo conse
jo, que sólo será conocido de El y de ti. Como si el
ángel respondiera a la Virgen: ¿Qué me preguntas a
mí lo que experimentarás en ti luego? Lo sabrás, lo
sabrás, y felicísimamente lo sabrás, siendo tu doctor
el mismo que es el autor. Yo he sido enviado a anun
ciar la concepción virginal, no a criarla. Ni puede ser
enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendi
da sino por quien la recibe. Y por eso también lo
santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.
Que es decir: porque has de concebir, no del hombre,
sino del Espíritu Santo, y has de concebir al que es
virtud del Altísimo; por eso también lo santo que
nacerá de ti será llamado Hijo de Dios; esto es, no
sólo el que viniendo del seno del Padre a tu seno te
cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu
substancia unirá a sí, desde aquel punto ya se llamará
Hijo de Dios; así como el que es engendrado por el
Padre antes de todos los siglos se reputará desde
ahora Hijo tuyo. Mas de tal suerte lo que nació del
mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será
suyo, que con todo eso no serán dos hijos, sino uno
solo. Y aunque ciertamente una cosa sea de ti y otra
cosa sea de El, sin embargo, ya no será de cada uno el
suyo, sino que un solo Hijo será de ambos.
***
65
cia dijo el ángel: Lo sanio que nacerá de ti. ¿Por qué
dice santo absolutamente y sin añadir otra cosa? Yo
creo que porque no tenía con qué nombrar propia y
dignamente aquello singular, aquello magnífico,
aquello venerable, que de la purísima carne de la
Virgen, con su alma, se había de unir al único del Pa
dre. Si dijera carne santa u hombre santo o cualquie
ra otra semejante cosa, le parecería que decía poco.
Dijo, pues santo indefinidamente: porque cualquiera
cosa que sea lo que la Virgen engendró, santo sin
duda, y singularmente santo es, así por la santifica
ción del Espíritu como por la asunción del Verbo.
***
***
67
labra. Como si dijera: Esto que tan firmemente
prometo, lo presumo en el poder de quien me envió,
no en el mío; porque no será imposible para Dios
toda palabra. ¿Qué palabra será imposible para
aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de
su palabra? Llámame la atención en las palabras del
ángel, no decir expresamente -porque no será imposi
ble para Dios todo hecho, sino toda palabra. ¿Acaso
por eso dijo palabra, porque tan fácilmente como
pueden hablar los hombres lo que quieren, aun aque
llo que de ningún modo pueden hacer, tan fácilmen
te, y aun sin comparación con mayor facilidad,
puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos
pueden explicar con las palabras? Dirélo más clara
mente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como
decir lo que quieren, tampoco para ellos sería impo
sible toda palabra. Mas porque, como dice el vulgar
proverbio, del dicho al hecho hay gran trecho, no
respecto a Dios, sino respecto de los hombres, para
sólo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo
mismo hablar que querer, con razón no será imposi
ble toda la palabra. Por ejemplo, pudieron prever y
predecir los profetas que la virgen o la estéril había
de concebir y dar a luz; pero ¿pudieron hacer por
ventura que concibiese y diera a luz? Mas Dios, que
les dio a ellos entonces el poder predecirlo, con la
facilidad con que entonces pudo predecirlo por me
dio de ellos con la misma pudo ahora, cuando quiso,
cum plir por sí mismo lo que había prometido. Por
que en Dios ni la palabra se diferencia de la inten
ción, porque es Verdad; ni el hecho de la palabra,
porque es Poder; ni el modo del hecho, porque es Sa
biduría; y por eso no será imposible para Dios toda
palabra.
68
Oíste, ¡oh Virgen!, el hecho; oíste el modo tam
bién; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo
otro es cosa agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate,
hija de Jerusalén 11. Y pues a tus oídos ha dado el Se
ñor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la
respuesta de alegría que deseamos para que con ella
entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos
y humillados. Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo
creiste; cree lo que oíste también acerca del modo.
Oíste que concebirás y darás a luz un hijo; oíste que
no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu
Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, por
que ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió.
Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de
misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte
la divina sentencia, de que seremos librados por tus
palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de
nuestra salud; al punto seremos librados si consien
tes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos cria
dos, y con todo eso morimos; mas por tu breve res
puesta seremos ahora restablecidos para no volver a
morir. Esto se suplica, ¡Oh piadosa Virgen!, el triste
Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable
posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los
santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la
región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide
el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo
aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra
depende el consuelo de los miserables, la redención
de los cautivos, la libertad de los condenados, la sa
lud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo
vuestro linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.
11 Zach., IX. 9.
69
¡Ah!, Señora, responde aquella palauw. que espera
la tierra, que espera el infierno, que esperan también
los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de
todos, cuanto deseó tu hermosura, tanto desea ahora
la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda
se ha propuesto salvar el mundo. A quien agradaste
por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus
palabras, pues El te habla desde el cielo diciendo:
¡Oh hermosa entre las mujeres, hazm e que oiga tu
voz! Si tú le haces oír tu voz, El te hará ver el misterio
de nuestra salud. ¿Por ventura, no es esto lo que bus
cabas, por lo que gemías? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú
aquella para quien se guardan estas promesas o espe
ramos otra? No, no; tu misma eres, no es otra. Tú
eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella espe
rada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob,
estando para morir, esperaba, la vida eterna, dicien
do: Tu salud esperaré, Señor 12. En quien y por la
cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los
siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué
esperarás de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por
qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti,
como des tu consentimiento y respondas una pala
bra? Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor
decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y
recibe otra palabra; pronuncia la tuya y concibe la
divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna.
¿Qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.
Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza con
fianza. De ningún modo conviene que tu sencillez
virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este
12 G e n .,\LIX, 18.
70
negocio no temas, Virgen prudente, la presunción;
porque, aunque es agradable la vergüenza en el silen
cio, pero más necesaria es ahora la piedad en las pa
labras. Abre. Virgen dichosa, el corazón a la fe, los
labios al consentimiento, las castas entrañas al Cria
dor. Mira que el deseado de todas las gentes está lla
mando a tu puerta. ¡Ay si, deteniéndote en abrirle,
pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar
al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Leván
tate por la fe, corre por la devoción, abre por el con
sentimiento.
***
71
corazón. Creo a la fama, no atiendo a la conciencia, y
juzgando no la virtud honor, sino el honor virtud, me
tengo por más santo cuando me veo más elevado.
Verás a muchos en la Iglesia que, hechos nobles de
innobles, de pobres ricos, se ensalzan repentinam en
te y se olvidan de su antigua bajeza; aun se avergüen
zan de su mismo linaje y se desdeñan de sus humildes
padres. Verás también hombres adinerados volar a
cualesquiera honores y luego aplaudirse a sí mismos
de santidad, precisamente por haber mudado los ves
tidos y no el alma y juzgarse merecedores de la digni
dad a que llegaron por la ambición, y lo que alcanza
ron, si me atrevo a decirlo con el dinero, atribuirlo a
su mérito. Y paso en silencio a otros a quienes ciega
la pasión y el mismo honor les sirve de materia para
su soberbia.
***
72
cuidar de las costumbres, vender con pretexto de uti
lidad sus adulaciones a los ricos y visitar las mujeres
poderosas. Y aun, contra lo mandado por el Empera
dor del Cielo, codiciar lo ajeno y querer reintegrarse
de lo que les parece suyo con litigios injustos.
***
Oigamos, pues, todos los que hallamos algo de esto
en nosotros, lo que responde aquella Señora que era
escogida para Madre de Dios, pero que no se olvida
ba de su humildad. He aquí la esclava del Señor,
hágase en m i según tu Palabra. La palabra hágase
significa el deseo que la Virgen tenía de este misterio
y no duda alguna sobre el cumplimiento de lo pro
metido. Pero, nada impide que digamos también,
que es palabra de oración en que pide lo que la pro
meten, pues nadie pide orando, sino lo que cree y es
pera. Dios quiere que le pidan aun aquello que pro
mete. Y por eso acaso, muchas cosas que dispuso dar
las promete primero, para que se excite la devoción
por la promesa, y así lo mismo que había de dar gra
ciosamente, sea merecido por la oración. De esta ma
nera el piadoso Señor que quiere que todos los hom
bres sean salvados, saca de nosotros para nosotros
mismos los méritos y anticipándose a darnos aquello
con que nos recompensa graciosamente, hace que no
sea graciosamente.
Esto sin duda entendió la Virgen prudente cuando
al anticipado don de la gratuita promesa, juntó el
mérito de su oración diciendo. Hágase en m í según
tu Palabra. Hágase en mí acerca del Verbo según tu
palabra; el Verbo que en el principio estaba en Dios,
hágase carne de mi carne según tu palabra. Hágase
en mí, la Palabra, no pronunciada que pase, sino
73
concebida que permanezca, vestida ciertamente no
de aire sino de carne. Hágase en mí no sólo percepti
ble al oído sino también visible a los ojos, palpable a
las manos, fácil de llevar en mis hombros. No se haga
en mí la palabra escrita y muda, sino encarnada y
viva, esto es, no escrita en mudos caracteres, en pie
les muertas, sino impresa vitalmente en la forma hu
mana, en mi casto seno y esto no con el rasgo de una
pluma, sino por obra del Espíritu Santo. Para decirlo
de una vez, hágase para mí de aquel modo con que
para ninguno se ha hecho hasta ahora antes de mí y
para ninguno después de mí se ha de hacer.
De muchos y varios modos habló Dios en otro
tiempo por sus Profetas a nuestros Padres y también
se hace mención en las Escrituras, de que la palabra
de Dios se hizo para unos en el oído, para otros en la
boca, para otros aun en la mano, pero yo pido que
para mí se haga en mi seno según tu palabra. No
quiero que se haga para mí o predicada retóricamen
te o significada figuradamente o soñada imaginaria
mente, sino inspirada silenciosamente, encarnada
personalmente, entrañada corporalmente. El Verbo,
pues, que ni podía hacerse en sí mismo, ni lo necesi
taba, dígnese en mí, dígnese también ser hecho para
mí. Hágase desde luego generalmente para todo el
mundo, pero hágase para mí con especialidad y se
gún tu palabra.
74
C a p ít u l o Q u in t o
76
bía deseac'o la sombra, sir>o e' reso'andor cV medio
día, la luz llena de quien es 'uz "en?. Y su fruto.
añade, dulce a mi paladar. ¿Pasta cuándo ñas de
negar tu compas’ón, sin permitirme e' respirar y tra
gar siquiera mi saliva? 67¿Cuándo llegará el día en
que se cumpla esta sentencia: Gustad y ved cuán sua
ve es el Señor? 7 Sin duda es suave a) gusto y du'ce al
paladar, por lo cuai se comprende perfectamente
que, en vista de ello, ororrum oiera la esposa en voces
de acción de gracias y de a'abanza.
***
77
perfecto y sea acabado lo que es en parte. Tenéis,
dice el Apóstol, por fruto de vuestras obras la santifi
cación, pero será su fin la vida eterna 11. La vida eter
na es fuente indeficiente que riega toda la superficie
del paraíso. No. sólo la riega, sino que la embriaga,
como fuente de los huertos, pozo de aguas vivas que
corren con ímpetu desde el Líbano, y el ímpetu del
río alegra la ciudad de Dios 12. Pero ¿quién es la
fuente de la vida, sino Cristo Señor? Cuando aparez
ca Cristo, que es nuestra vida, entonces también apa
receréis vosotros con El en la gloria 13. A la verdad, la
misma plenitud se anonadó a sí misma para hacerse
para nosotros justicia, santificación y remisión, no
apareciendo todavía vida o gloria o bienaventuranza.
Corrió la fuente hasta nosotros y se difundieron las
aguas en las plazas, aunque no beba el ajeno de ellas.
Descendió por un acuerdo aquella vena celestial, no
ofreciendo, con todo ello, la copia de una fuente, sino
infundiendo en nuestros áridos corazones las gotas de
la gracia, a unos ciertamente, más, a otros, menos. El
acueducto, sin duda, lleno está para que los demás
reciban de la plenitud, pero no la misma plenitud.
***
78
llena de gracia. Mas ¿acaso admiraremos que se pu
diese encontrar de que se formase tal y tan grande
acueducto, cuya cumbre, al modo de aquella escala
que vio el patriarca Jacob, tocase en los cielos, más
bien, sobrepasase también los cielos y pudiese llegar
a aquella vivísima fuente de las aguas que están sobre
los cielos? Se admiraba también Salomón y, al modo
del que desespera, decía: ¿Quién hallará una mujer
fuerte? 14 A la verdad, por eso faltaron durante tanto
tiempo al género humano las corrientes de la gracia,
porque todavía no estaba interpuesto este deseable
acueducto de que hablamos ahora. Ni nos admirare
mos de que fuese aguardado largo tiempo, si recorda
mos cuántos años trabajó Noé, varón justo, en la fá
brica del arca, en la cual sólo unas pocas almas, esto
es, ocho, se salvaron, y esto para un tiempo bastante
corto.
14/Vov.,XXXI, 10.
79
cia? Digna es, por cierto, de hallar lo que busca, pues
no la satisface la propia plenitud, ni está contenta
aún con el bien que posee, sino que, así como está es
crito: El que de m i bebe, tendrá sed todavía 15, pide
el poder rebosar para la salvación del universo. El
Espíritu Santo, le dice el ángel, descenderá sobre ti, y
en tanta copia, en tanta plenitud infundirá en ti aquel
bálsamo precioso, que se derramará copiosamente
por todas partes.
Y no se crea que esto resulte en vano, pues aunque
este bálsamo se derrama, no por eso parece, ya que él
es la causa por la cual las doncellitas, esto es, las al
mas sencillas y candorosas aman al divino Esposo y
le aman tan ardientemente, que este amor les unge,
consagra y perfuma todas sus obras, aun las más in
significantes.
***
80
bendito. Consejo piadosísimo fue éste sin duda, pero
en el fondo de este consejo se nos oculta otro más ín
timo y secreto.
El que hemos indicado no carece de sólido funda
mento, pero a mi parecer no satisface plenamente
nuestras aspiraciones. Tal vez si ahondamos más en
este misterio, sacaremos de él más sabroso y nutriti
vo néctar de consuelos celestiales. Tomemos el agua
de más arriba y contemplemos con cuanto afecto de
devoción quiso aquel Señor fuese María honrada por
nosotros, que depositó en ella la plenitud de todos los
bienes, a fin de que entendiéramos que cuanto hay en
nosotros de esperanza, de gracia y de salud, nos viene
por mediación de aquella que rebosa en delicias.
Es Huerto de delicias ciertamente aquella a quien
aquel Astro divino no sólo acarició de paso, sino que
la agitó dulcemente con sus soberanos soplos sobre
viniendo en ella, para que por todas partes fluyeran y
se difundieran sus aromas, esto es, los carismas de las
gracias. Quita este cuerpo solar que ilumina al m un
do. ¿Cómo podrá haber día? Quitad a María, estrella
del mar, de ese mar vasto y proceloso, ¿qué quedará,
sino obscuridad que todo lo ofusque, sombras de
muerte y densísimas tinieblas?
***
81
los miserables, consuela nuestro temor, excita nues
tra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra des
confianza y anima nuestra pusilanimidad.
Recelabas acercarte al Padre, y aterrado con solo
oír su voz, huías a esconderte entre las hojas: El te
dio a Jesús por mediador. ¿Qué no conseguirá tal
Hijo de tal Padre? Será oído sin duda por su reveren
cia, pues el Padre ama al Hijo.
82
¿Para qué deseamos nosotros otras cosas? Busque
mos la gracia y busquémosla por María, porque ella
encuentra lo que busca y no puede verse fustrada.
Busquemos la gracia pero la gracia en Dios, pues en
los hombres la gracia es falaz. Busquen otros el méri
to, nosotros procuraremos cuidadosamente la gracia.
¿Pues qué? ¿Por ventura no es gracia el estar en la
Iglesia? Verdaderamente misericordia es del Señor
que no hayamos sido consumidos. ¿Quiénes somos
nosotros? Tal vez unos perjuros, tal vez unos adúlte
ros, tal vez unos homicidas, tal vez unos ladrones, la
basura del mundo. Consultad vuestras conciencias y
ved que en donde abundó el delito sobreabundó tam
bién la gracia. María no alega el mérito, sino que
busca la gracia. Y en tanto grado confia en la gracia y
no presume de sí altamente, que recela de la misma
salutación del ángel. María, dice, pensaba qué salu
tación sería ésta. Sin duda se reputaba indigna de la
salutación del Angel. Y acaso meditaba dentro de sí
misma: ¿De dónde a mí esto, que el Angel de mi Se
ñor venga a mí? No temas, María no te admires de
que venga el Angel, que después de él viene otro
mayor que él. No te admires del Angel del Señor, el
Señor del Angel está contigo.
¿Qué mucho que veas a un Angel, viviendo ya tu
angélicamente? ¿Qué mucho visite el Angel a una
compañera de su vida? ¿Qué mucho que salude a la
ciudadana de los Santos y familiar del Señor? Angéli
ca vida es ciertamente la virginidad, pues los que no
se casan, ni son casados, serán como los Angeles de
Dios en el Cielo.
83
penetra los Cielos, sino también con la incorrup
ción o perfecta pureza de vida, la cual nos une con
Dios, como dice la Escritura? Era la Virgen santa en
el cuerpo y en el espíritu y podía decir con especiali
dad: nosotros vivimos ya como ciudadanos del cielo
(17). Santa era, en el cuerpo y en el espíritu para que
en nada dudes acerca de este Acueducto. Sublime es
en gran manera, pero no menos permanece enterísi-
mo. Es Huerto cerrado, fuente sellada templo del Se
ñor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua,
ya que tenía no sólo su lámpara llena de aceite, sino
que guardaba en su vasija la plenitud de él. En su co
razón había dispuesto por medio de la oración asi
dua, y la vida perfecta, los caminos para subir hasta
el lugar santo. Y subió a las montañas de Judea con
prisa y saludó a Isabel con humildad y permaneció
como tres meses en su compañía, de manera de ya
entonces podía decir la Madre de Dios a la madre de
Juan lo que mucho tiempo después dijo el Hijo de
Dios al hijo de Isabel: Déjame hacer que es así como
conviene que cumplamos toda injusticia (18). Sí, pue
de afirmarse con toda verdad que al subir María a las
montañas de Judea con tanta humildad, se elevó más
que los más altos montes de Dios, lo cual constituye
el tercer camino, el tercer ascenso de la Virgen, a fin
de que se cumpliera en ella aquello, de que con difi
cultad se rompe la cuerda tres veces doblada. Hervía,
pues, en la caridad al buscar la gracia, resplandecía la
virginidad en el cuerpo y sobresalía la humildad en el
obsequio.
Pues si todo aquel que se humilla será ensalzado,
¿qué cosa más sublime que esta humildad? Se admi
tí 7) Filipenses, 111,20.
(18) Mateo, III, 15.
84
raba Isabel de su venida y decía: ¿De dónde a m í esto,
que la madre de mi Señor venga a m í (19). Pero mu
cho más debiera haberse admirado de que María se
anticipara a lo que más tarde debía decir su Hijo: No
vine a ser servido, sino a servir. Con razón, por tanto,
aquel cantor divino, llevado de su admiración profé-
tica decía de ella: ¿Quién es ésta que va subiendo cual
aurora naciente, hermosa como la luna, escogida
como el sol, terrible como un ejército en plan de bata
lla? (20). Sube ciertamente sobre el linaje humano,
sube hasta los Angeles, a estos los sobrepuja también
y se eleva sobre toda criatura celestial, de modo que
sobre estos espíritus es forzoso vaya a recibir aquella
agua viva que ha de difundir sobre los hombres.
***
¿Cómo se hará esto, dice, sino conozco varón? ¡Qué
santa es en el cuerpo y en el espíritu María, teniendo
no sólo la integridad de la virginidad, sino el propósi
to firme de conservarla incólume! Y respondiendo el
Angel le dijo: El Espíritu Santo sobrevendrá en ti v te
hará sombra la virtud del Altísimo.
Como si dijera, no me preguntes a mi esto, porque
es cosa superior a mi comprensión, y no podría de
clarártelo. El Espíritu Santo, no el espíritu angélico,
sobrevendrá en ti y la virtud del Altísimo te hará
sombra, no yo.
No te pares ni siquiera entre los Angeles, Virgen
santa, mucho más arriba está lo que la tierra sedienta
espera que se le dé a beber por ministerio tuyo. Un
poco que les pases a ellos, hallarás a quien ama a tu
85
alma. Un poco digo, no porque tu Amado no sea in
comparablemente superior a ellos, sino porque nada
encontrarás que medie entre El y ellos. Pasa las Vir
tudes y las Dominaciones, los Querubines y los Sera
fines, hasta que llegues a Aquel de quien alternativa
mente están clamando: Santo, Santo, Santo, es el
Señor Dios de los Ejércitos. Pues el fruto santo que
nacerá de ti se llamará Hijo de Dios (21). Es fuente de
la sabiduría el Verbo del Padre en las alturas. Pero
este Verbo por medio de ti se hará carne, para que
Aquel que dice: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí
(22), diga igualmente: Yo procedí de Dios y he venido
a ti.
En el principio era el Verbo. He aquí la fuente. Y
añade luego el Evangelista: Y el Verbo estaba en
Dios, y decía el Señor: Yo medito pensamientos de
paz y no de aflicción (23). Sí, en vos Señor está vuestro
pensamiento y lo que pensáis, nosotros lo ignoramos.
Porque ¿quién pudo jamás conocer los designios del
Señor o quién fue jamás su consejero? Descendió el
pensamiento de la paz a la obra de la paz; Y el Verbo
se hizo carne, y habita ya entre nosotros. Habita por
la fe en nuestros corazones, habita en nuestra memo
ria, habita en nuestro pensamiento, y desciende hasta
la misma imaginación. Porque, ¿qué idea se formaría
antes el hombre de Dios? ¿No se lo representaba en
su corazón bajo la forma de un ídolo?
***
86
rior a toda humana inteligencia. Mas ahora quiso ser
comprendido, quiso ser visto, quiso que pudiésemos
pensar en El. ¿Y de que modo?
Echado en el pesebre, reposando en el regazo virgi
nal, predicando en el monte, pernoctando en la ora
ción, o bien pendiente de la cruz, palideciendo en la
muerte, libre entre los muertos y mandando en el in
fierno, o también resucitando al tercer día, mostran
do las hendiduras de los clavos, las insignias de su
victoria, subiendo a lo más alto de los cielos.
¿Qué cosa de estas no se pensará verdadera, piado
sa y santamente? En cualquiera de estas cosas que yo
piense, pienso en mi Dios, y en todas estas cosas El es
mi Dios. El meditar estos misterios lo llamé sabidu
ría, y juzgué prudencia el refrescar la memoria con la
suavidad de éstos dulces frutos, que produjo copiosa
mente la vara sacerdotal, que María fue a coger en las
alturas, para difundirlos en nosotros con la mayor
abundancia. La recibió en las alturas y sobre los An
geles, puesto que recibió al Verbo del mismo corazón
del Padre según está escrito: El día anuncia a/ día la
palabra (24). Y por esta palabra día debe entenderse
el Padre, puesto que día del día significa la salvación
que nos viene de Dios.
87
Angeles caridad, hay pureza, hay humildad. ¿Cuál de
estas cosas no resplandeció en María? ¿A cuál de los
Angeles se dijo jamás: El Espíritu Sanio descenderá
sobre ti y te hará sombra la virtud del Altísimo, y por
eso el fruto santo que nacerá de Ti, se llamará Elijo
de Dios? La verdad nació de la tierra, no de la criatu
ra angélica, que no tomó la naturaleza de los Angeles
para salvarnos, sino que tomó la semilla de Abraham
para redimir a sus hijos.
Cosa excelsa es para el Angel el ser ministro del
Señor, pero otra cosa más sublime mereció María,
que fue, la de ser madre del mismo Señor. Así la fe
cundidad de la Virgen es una gloria eminentísima, y
por este privilegio único, fue sublimada sobre todos
los Angeles; tanto más. cuanto supera el nombre de
Madre de Dios al de simples ministros suyos. A ella
la encontró la gracia llena de la misma, para que fer
vorosa en la caridad, íntegra en la virginidad, devota
en la humildad, concibiese sin conocer varón y diera
a luz sin dolor y sin menoscabo de su virginidad. Más
aún, el fruto que nació de ella se llama Santo y es el
Hijo de Dios.
***
Debemos, pues, hermanos, procurar con el mayor
cuidado que aquella palabra que salió de la boca del
Padre para nosotros por medio de la Virgen, no se
vuelva vacía, sino que por mediación de Nuestra
Señora volvamos gracia por gracia. Mientras suspira
mos por llegar a su presencia fomentemos con toda
nuestra atención su memoria y así, de esta manera
sean restituidas a su origen las corrientes de la gracia,
para que Huyan después más copiosamente. De lo
contrario, sino vuelven a la fuente, se secarán y sien
88
do infieles en lo poco, no mereceremos recibir lo que
es mucho.
Poco es ciertamente la memoria en comparación
de la presencia, poco en comparación de lo que
deseamos, pero grande cosa es respecto de lo que
merecemos: inferior es repecto del deseo, pero es
inmensamente superior al mérito. Así la Esposa sa
biamente se congratula a sí misma en gran manera,
aun por esto poco; puesto que, habiendo dicho:
Muéstrame amado de m i alma donde tienes los pas
tos, donde reposas al llegar al medio día (25) aunque
recibió muy poco en comparación de lo que había
pedido (pues en vez del pasto del mediodía sólo gustó
el sacrificio de la tarde), sin embargo de ningún modo
se lamenta de ello como suele suceder, ni se contris
ta; sino que da gracias al amado y en todo se muestra
más devota. Sabe muy bien que si fuere fiel morando
en la sombra de la memoria, obtendrá sin duda la luz
de la presencia. Así los que hacéis memoria del Se
ñor, no guardéis silencio, no permanezcáis mudos,
aunque, los que tienen presente al Señor, no necesi
tan de exhortación - y aquellas palabras del Profeta
Alaba Jerusalén al Señor, alaba a tu Dios, Sión, más
bien son de congratulación que de amonestación,
sin embargo, los que caminan aún en la fe, necesi
tan de avisos para que no callen y no respondan al
Señor con el silencio; porque El hace oír su voz y ha
bla palabras de paz para su pueblo y para sus Santos
y para todos aquellos que se vuelven a El de corazón.
(2 5 ) C á n tic o s 1 ,6 .
89
lo te ostentas santo y con el varón inocente, inocente
(26), como si dijera, Dios oye al que a El escucha y ha
bla al que le habla. Si tu guardas silencio, le obligas a
El a que lo guarde también. ¿Y a qué silencio me re
fiero? Al que se abstiene de cantar las alabanzas del
Señor.
De ahí que diga el Profeta Isaías: No estéis en si
lencio delante de El, rogadle hasta tanto que resta
blezca a Jerusalén y la ponga por objeto de alabanza
en la tierra (27). Pues las alabanzas de Jerusalén son
alabanzas tan bellas como agradables, a no ser que
acaso juzguemos que los ciudadanos de Jerusalén se
envanecen con sus alabanzas mutuas y se engañan
recíprocamente con vanos cumplimientos y lisonjas.
***
90
bueno que la jactancia guarde silencio, bueno es que
la blasfemia se calle, bueno es que enmudezca la
murmuración y la detracción.
Acontece a veces que alguno exasperado por la
magnitud del trabajo y peso del día, murmura en su
corazón y juzga temerariamente a los que velan por
su alma, porque tienen que dar cuenta de ella. Esta
murmuración equivale a un grito clamoroso que pro
cede de un corazón endurecido y que le impide oír la
voz de Dios. Otros, por la pusilaminidad de su espíri
tu, desmayan en la esperanza y ésta viene a ser como
una horrible blasfemia. Otros, en fin, aspiran a cosas
grandes y muy superiores a su capacidad, diciendo:
nuestra mano es robusta creyéndose algo, cuando en
realidad son nada absoluta. ¿Qué le hablará a éste
aquel Señor que no habla sino de paz?
Ese tal, dice, rico soy y de nadie necesito, mientras
que el que es la verdad clama: ¡Ay de vosotros ricos!
porque ya tenéis aquí vuestra consolación (28). Y en
otra parte añade: bienaventurados los que lloran por
que serán, consolados (29).
Calle, pues, en nosotros la lengua maldiciente, la
lengua blasfema, la lengua orgullosa y altanera, por
que es bueno aguardar en este triplicado silencio la
salud que viene de Dios, a fin de que así podamos de
cir: Hablad Señor que vuestro siervo escucha (30). Se
mejantes voces no se dirigen a El sino contra El,
según aquello que decía Moisés a los murmuradores:
91
No es contra m í vuestra murmuración, sino contra el
Señor (31).
***
92
Sin duda es la voz de la tórtola la que con una casti
dad singular persevera fiel a su consorte, así vivo
como muerto, a fin de que ni la muerte ni la vida la
separe de la caridad de Cristo.
Mira si hubo algo que pudiese apartar al amado de
la amada, cuando ves que persevera adherido a ella
aun pecando, estando ella apartada de El. Revueltas
entre sí las nubes porfiaban en ofuscar los rayos del
sol de justicia, y nuestras iniquidades ahondaban más
y más el abismo que nos separaba de Dios, cuando de
pronto el sol desplegó sus rayos, disipó las nubes e
iluminó el abismo. Porque dime, ¿cómo hubieras po
dido volverte a El si El no hubiera permanecido a tu
lado y hubiera continuado clamando: Vuélvete, vuél
vete, Sulamite, vuélvete para que te veamos bien (34).
Permanece, pues, tú también constantemente adhe
rido a El de modo que por ningunos castigos, por
ningunos trabajos, te apartes de tu Señor.
94
¡Cuán fácilmente con los aguijones de las espinas es
traspasada la azucena! Con razón, pues, canta el
amado: Como azucena entre espinas así es m i A m i
ga entre las Vírgenes (39). ¿Acaso no era azucena en
tre espinas el que decía: Con los que aborrecían la
paz, era yo pacífico? m).
Sin embargo aunque el justo florece como la azu
cena, no se alimenta el Esposo de azucenas ni se
complace en la singularidad. Escuchad como habla
el que mora en medio de las azucenas; Donde dos o
tres se hallan congregados en mi Nombre, allí estoy
yo en medio de ellos (41). Ama siempre Jesús lo que
está en medio; los lugares apartados y solitarios siem
pre los ha reprobado El que es Mediador entre Dios y
los hombres. M i amado es para m í yo para él, el cual
se apacienta entre azucenas.
Procuremos, pues, cristianos, cultivar azucenas,
démonos prisa a arrancar de raíz las espinas y los
abrojos, y plantemos en su lugar estas flores, por si
alguna vez acaso se digna el amado descender a apa
centarse entre ellas.
95
se desdeñará apacentarse el esposo, con tal de que, a
aquellas acciones de gracias que hemos hablado an
tes, les dé lustre la alegría de la devoción; a la oración
le dé candor la pureza de intención; y a la confesión
le dé blancura la misericordia, como está escrito:
Aunque vuestros pecados os hayan teñido como ¡a
grana, quedarán vuestras almas blancas como la nie
ve y aunque fueren rojos como el carmesí se volverán
del color de la lana más blanca (42).
Pero sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer,
acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva
la gracia al Dador de la misma, por el mismo cauce
por donde corrió. No le faltaba a Dios ciertamente,
poder para infundirnos la gracia sin valerse de este
Acueducto, si El hubiera querido, pero quiso pro
veerte de ella por este conducto. Acaso tus manos es
tán aun llenas de sangre, o manchadas con dádivas
sobornadoras, porque todavía no las tienes lavadas
de toda mancha. Por eso aquello poco que deseas
ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de
María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a
fin de que sea ofrecido al Señor y no sea desechado.
Sin duda candidísimas azucenas son y no se quejará
aquel amante de las mismas de no haber encontrado
entre azucenas todo lo que El hallare en las manos de
María.
96
C a p ít u l o Se x t o
97
otro. Fiel y poderoso mediador de Dios y de los hom
bres es el hombre Cristo Jesús, pero respetan en él los
hombres una divina majestad. Parece estar la hum a
nidad absorbida en la divinidad, no porque se haya
mudado la substancia, sino porque sus afectos están
divinizados. No se canta de El sola la misericordia,
sino que también se le canta igualmente la justicia,
porque aunque aprendió, por lo que padeció, la com
pasión, y vino a ser misericordia, con todo eso tiene
la potestad de juez al mismo tiempo. En fin, nuestro
Dios es un fuego que consume. ¿Qué mucho tema el
pecador llegarse a El, no sea que, al modo que se de
rrite la cera a la presencia del fuego, así perezca él a
la presencia de Dios?
***
98
sión desabrida, si aun la señal de alguna indignación,
aunque leve, se encuentre en María, tenia en adelan
te por sospechosa y recela al llegarte a ella. Pero si
más bien (como es así en la verdad) encuentras las
cosas que pertenecen a ella llenas de piedad y de mi
sericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las
gracias a aquel Señor que con una benignísima mise
ricordia proveyó para ti tal mediadora que nada pue
de haber en ella que infunda temor. Ella se hizo toda
para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una
copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el
seno de la misericordia, para que todos reciban de su
plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo,
consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gra
cia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinidad gloria, y
la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia
de la carne humana, a fin de que no haya quien se es
conda de su calor.
***
99
sublimidad excelentísima en que excede y sobrepasa
las demás criaturas, de modo que con razón se dice
que la luna está debajo de sus pies. De otra suerte, no
parecería que decíamos una cosa muy grande si dijé
ramos que esta luna estaba debajo de los pies de
quien es ilícito dudar que fue ensalzada sobre todos
los coros de los ángeles, sobre los querubines tam
bién y los serafines. Suele designarse en la una no
sólo el defecto de la corrupción, sino la necedad del
entendimiento y algunas veces la Iglesia del tiempo
presente; aquello, ciertamente, por una mutabilidad
y la Iglesia por el esplendor que recibe de otra parte.
Mas una y otra luna (por decirlo así) congruentísima-
mente está debajo de los pies de María, pero de dife
rente modo, puesto que el necio se muda como la
luna y el sabio permanece como el s o l 1. En el sol, el
calor y el esplendor son estables, mientras que en la
luna hay solamente el esplendor, y aun éste es muda
ble e incierto, pues nunca permanece en el mismo es
tado. Con razón, pues, se nos representa a María
vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profun
dísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se
pueda creer, de suerte que, en cuanto lo permite la
condición de simple criatura, sin llegar a la unión
personal, parece estar sumergida totalmente en aque
lla inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los
labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los se
rafines. Así que de muy diferente modo mereció M a
ría no sólo ser rozada ligeramente por el sol divino,
sino más bien ser cubierta con él por todas partes, ser
bañada alrededor y como encerrada en el mismo fue
go. Candidísimo es, a la verdad, pero y también cali
100
dísimo el vestido de esta mujer, de quien todas las
cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no
es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso,
pero ni oscuro en algún modo siquiera o menos lúci
do, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de
fervor.
101
luego que dio a luz, puso asechanzas el dragón por
medio de Herodes, para apoderarse del Hijo que na
cía y devorarle, porque había enemistades entre la
generación de la mujer y la del dragón.
Mas ya, si parece que más bien se debe entender la
Iglesia en el nombre de luna, por cuanto no resplan
dece de suyo, sino de aquel Señor que dice: Sin m í
nada podéis hacer 2, tendremos entonces evidente
mente expresada aquí aquella mediadora de quien
poco ha os he hablado.
***
102
te el calzado y despojarte enteramente de toda clase
de pensamientos carnales. Iré a ver, dice, esta gran
maravilla (4).
Sí, gran maravilla ciertamente, una zarza ardiendo
sin quemarse; gran portento, una mujer que queda
ilesa, estando cubierta con el sol. No es de la natura
leza de la zarza, el que esté cubierta por todas partes
de llamas y permanezca con todo sin quemarse: no es
propio de una mujer el que soporte un sol que la cu
bra. Supera ésta toda virtud humana y también angé
lica: es necesaria otra virtud más sublime. E l Espíritu
Santo, le dice el Angel a María, descenderá sobre ti
i5). Y como si ella respondiese: Dios es espíritu y
nuestro Dios es un fuego que consume, añade el A n
gel: La virtud del Altísimo te hará sombra. No es ma
ravilla, pues, que debajo de tal sombra pueda soste
nerse una mujer vestida con manto solar.
***
104
Pero yo según la medida de mi cortedad y abstenién
dome de pretender escudriñar los secretos de Dios,
trataré de daros a entender como en estas doce estre
llas vienen representadas otras tantas prerrogativas y
gracias singulares con que María está adornada. Pues
podemos considerar en María, las prerrogativas que
proceden del Cielo, las que adornan su cuerpo y las
que realzan su corazón. Y si multiplicamos este ter
nario por el número cuatro, tendremos las doce es
trellas con que brilla la diadema de nuestra Reina.
***
105
ce en la generación de María? Sin duda el ser nacida
de Reyes, el ser de la sangre de Abraham, el ser gene
rosa prosapia de David.
Si esto os parece poco, añadid que a causa de la
santidad privilegiada y única a que estaba destinada,
fue concebida, por efecto de una disposición especia-
lísima de la divina providencia, pues, prometida por
Dios a los Patriarcas mucho antes de que apareciese
sobre la tierra, fué prefigurada con misteriosos prodi
gios y prenunciada con oráculos proféticos. Porque a
esta Virgen excelsa señalaba anticipadamente la vara
de Aarón, cuando floreció sin raíz. A ésta el velloci
no de Gedeón, cuando en medio de la era seca se im
pregnó de rocío, a ésta la puerta oriental contempla
da en visión por Ezequiel, la cual para ninguno estu
vo patente jamás.
Esta es, finalmente, la que Isaías más claramente
que todos, ora prometía bajo la imagen de un vástago
que había de brotar de la raíz de Jesé, ora más m ani
fiestamente como una Virgen que había de dar a luz.
El Señor, dice el profeta, os dará un prodigio. Sabed
que concebirá una Virgen. ¡Grande prodigio es éste
indudablemente! ¿Qué ojos no quedan ofuscados al
reverberar en ellos con vehemencia el brillo resplan
deciente de esta prerrogativa? Y viene después el ha
ber sido saludada por el Angel tan reverente y obse
quiosamente, que podía parecer que la miraba ya
ensalzada en el solio real sobre todos los órdenes de
los escuadrones celestiales y que casi iba a adorar a
una mujer, el que solía hasta entonces ser adorado
gustosamente por los hombres, por lo cual se nos au
menta el excelentísimo mérito de nuestra Virgen y la
gracia singular con que estaba adornada.
106
Otra joya veo resplandecer en la corona de la Vir
gen y es la manera inaudita con que concibió a su di
vino Hijo; que fue por obra y gracia del Espíritu
Santo, que descendió sobre ella para que su concep
ción fuera totalmente santa. El haber engendrado al
verdadero Dios, al verdadero Hijo de Dios, de suerte
que el hijo que nació de María, fuese Hijo de Dios e
hijo del hombre, verdadero Dios y verdadero hom
bre, constituye un foco de luz tan refulgente, que a
mi parecer los mismos Angeles quedaron ofuscados a
la vehemencia de su resplandor.
Además ilustra evidentemente la virginidad de su
cuerpo el propósito firm ísim o que tuvo de permane
cer Virgen y sobre todo la novedad de este propósito:
pues elevándose con santa libertad de espíritu sobre
los decretos de la ley de Moisés, ofreció con voto a
Dios la inmaculada santidad de su cuerpo y de su es
píritu juntam ente. Y prueba la inviolable firmeza de
su resolución, el haber respondido tan resueltamente
al Angel que la prometía un hijo: ¿Cómo podrá ser
esto sino conozco ni conoceré jam ás varón alguno?
Acaso por eso precisamente se turbó al oír las pa
labras del Angel y pensaba qué salutación sería aque
lla, en la cual la llamaban bendita entre todas las
mujeres, siendo así que ella sólo deseaba ser bendita
entre las vírgenes. Resolvía en su mente qué saluta
ción sería aquella por parecerle algo sospechosa.
Pero luego que oyó la promesa de un hijo, creyendo
ver en esto un peligro manifiesto para su virginidad
ya no pudo contenerse más y exclamó: ¿Cómo podrá
ser esto, si no conozco ni conoceré jam ás varón algu
no? Por eso con razón, mereció aquella bendición y
no perdió ésta: para que así sea mucho más gloriosa
su virginidad realzada por su fecundidad, y su fecun
107
didad ennoblecida por su virginidad; de manera que
parecen ilustrarse mutuamente estos dos astros con
sus rayos; porque si es cosa excelsa su virginidad, lo
es todavía mucho más su virginal Maternidad; el que
permanezca Virgen purísima, a pesar de ser Madre.
***
109
dónde se verá que fuese presuntuosa? Solicitando un
día hablar a su divino Hijo, quédose a la puerta de la
casa, y a pesar de la autoridad que tenía de madre, no
quiso interrum pir su razonamiento, ni penetrar en la
habitación en que el Hijo estaba platicando.
***
112
Si atentamente observamos a la Virgen, veremos al
punto, que su profunda humildad, va siempre acom
pañada y realzada por la más exquisita mansedum
bre. Son estas dos virtudes colactáneas, y por esto las
vemos siempre indisolublemente unidas y como con
federadas íntimamente en aquel Señor que decía:
Aprended de mí, que soy manso y humilde de cora
zón (12). Porque, así como la altivez es madre de la
presunción, así la verdadera mansedumbre no proce
de sino de la verdadera humildad.
Pero ni sólo en el silencio de María se recomienda
su humildad, sino que resuena todavía más elocuen
temente en sus palabras. Había oído: Lo santo que
nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios (13», y no res
ponde otra cosa sino que es la sierva del Señor. Va en
seguida a visitar a su prima Isabel, y ésta, ilustrada
por el Espíritu Santo acerca de la singular gloria de la
Virgen, no puede contener la admiración y exclama
como fuera de sí: ¿De dónde a mí que venga a visitar
me la madre de mi Señor?, y no contenta con esto,
ensalza también la voz de quién la saludaba, aña
diendo: Luego que sonó la voz de tu salutación en
mis oídos, saltó de gozo el infante que llevo en mí, ter
minando con alabar la fe inquebrantable de quien la
visitaba; bienaventurada tú, le dice, que has creído,
porque en ti serán cumplidas las cosas, que se te han
dicho de parte del Señor.
Grandes elogios, sin duda, pero la devota humil
dad de María, no queriendo retener nada para sí, lo
atribuye todo a aquel Señor cuyos beneficios se ala
baban en ella. Tú, dice a su prima, engrandeces a la
(12) M ateo, XI, 19.
(13) Lucas, 1,35.
Madre del Señor, pero mi alma engrandece al Señor.
Dices que a mi voz saltó de gozo el niño, pero m i es
píritu se llenó de gozo en Dios, que es m i salvador, y
los saltos de alegría que ha dado el niño, son indicio
de que el amigo del Esposo se ha llenado de gozo
cuando oyó de éste la voz. Bienaventurada m e lla
mas porque he creído, pero la causa de mi fe y de mi
dicha, es haberme mirado la suprema piedad, a fin de
que por eso me llamen bienaventurada todas las na
ciones, porque se dignó Dios mirar a esta su sierva
pequeña y humilde.
***
116
alguna. ¿Por ventura no esperaba que luego había de
resucitar? Con la mayor confianza. Y a pesar de esto,
¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera. Por
lo demás, ¿quién eres tú, cristiano, o qué sabiduría es
la tuya, que te extrañes más de María compaciente,
que del Hijo de María paciente? El pudo morir en
el cuerpo, y María ¿no pudo morir juntam ente en el
corazón?
Realizó aquello una caridad, superior a toda otra
caridad: también hizo esto una caridad, que después
de aquélla no tuvo par ni semejanza.
Y ahora, oh Madre de misericordia, postrada hu
mildemente a vuestros pies como la luna, os ruega la
Iglesia con devotísimas súplicas que, pues estáis
constituida mediadora entre ella y el Sol de justicia,
por aquel sincerísimo afecto de vuestra alma, le al
cancéis la gracia de que en vuestra luz llegue a ver la
luz de ese resplandesciente Sol, que os amó verdade
ramente más que a todas las demás criaturas, y os
adornó con las más preciosas galas de la gloria, po
niendo en vuestra cabeza la corona de hermosura.
Llena estáis de gracias, llena del celestial rocío, sus
tentada por el amado y rebosando en delicias. Ali
mentad hoy, Señora, a vuestros pobres; los mismos
cachorrillos también comen de las miajas que caen
de la mesa de su Señor: no sólo al criado de Abra-
ham, sino también a sus camellos dadles de beber de
vuestra copiosa hidria; porque vos sois verdadera
mente aquella doncella anticipadamente elegida y
preparada para desposarse con el Hijo del Altísimo.
FIN
117
ORACIONES DEVOTAS DE VARIOS
SANTOS
A LA SANTISIMA VIRGEN
O r a c ió n d e S a n B ern ard o
119
San Ildefonso fue en el siglo séptimo arzobispo de Toledo y fervorosísi
mo devoto de Nuestra Señora. Compuso en su honor varios libros y ora
ciones que mandaba a las parroquias de su jurisdicción.
Era tan grande su amor a la Madre de Dios que se pasaba los días en
continua oración; y como la Virgen corresponde siempre con los que de
veras la aman, no eran pocas las gracias que por su mediación alcanzaba.
Cierto día, después de haber celebrado devotamente Misa de pontifical
en honor de Nuestra Señora, y mientras daba gracias por los favores reci
bidos en la capilla del Santísimo, se dio cuenta de que en el altar mayor,
sentada en una silla, había una Señora hermosísima que tenia una precio
sa casulla en la manos.
Llamando a Ildefonso, le dijo: “En agradecimiento a lo que procuras
honrarme, he venido a ofrecerte este regalo. Toma esta casulla que te
pondrás siempre en todos los Oficios que celebres en mi honor...”
San Ildefonso
120
ardor deseo no substraerme jamás a su imperio, y
cuánto quiero no ser nunca arrancado de su servicio.
¡Que pueda yo ser admitido a su servicio, y, sirvién
dola, merecer sus favores y vivir para siempre bajo su
mandato y amarla por toda la eternidad!
Mi mayor deseo en este mundo es el de ser el servi
dor de su Hijo, y tener a la Madre por Soberana. Y
precisamente, para estar bajo el imperio de su Hijo,
yo quiero servirla; para ser admitido al servicio de
Dios, quiero que la Madre reine sobre mí como testi
monio. Para ser el más fervoroso servidor de su Hijo,
aspiro a ser el servidor de la Madre. Pues servir a la
Sierva, es también servir al Señor; pues lo que se le
da a la Madre se refleja sobre el Hijo, yendo desde la
Madre hasta Aquel que Ella ha alimentado, y el Rey
ve recaer sobre sí mismo el honor que hace el servi
dor a la Reina
O r a c ió n d e S a n E fén
121
Oración de San Pedro Damiano
122
además Vos no buscáis más que la ocasión de salvar
a los miserables y derramar sobre ellos la misericor
dia. No es disminución, sino aumento de vuestro ho
nor, cuando los penitentes son admitidos al perdón,
y los justificados a la gloria.
O r a c ió n de S a n A n se lm o
123
el cual queréis a vuestro Hijo, que así como verdade
ramente Vos le amáis, y queréis que sea amado, con
sigáis que yo también'le ame. Así, os lo pido: que se
cumpla realmente vuestra voluntad. ¿Por qué no se
hará, a causa de mis pecados, lo que sin embargo está
en vuestro poder? Señor, sois amigo de los hombres,
y habéis tenido piedad de ellos, y Vos habéis podido
amar, y hasta la muerte, a vuestros enemigos. ¿Po
déis rehusar el amor para Vos y para vuestra Madre a
quien os lo pide? Oh Madre de Aquel que nos ama,
que habéis merecido llevarle en vuestro seno y am a
mantarlo en vuestro pecho, ¿no podréis, o no que
rréis, conceder el amor para el y para Vos a quien os
lo pide? Que mi espíritu os venere como Vos sois dig
na; que mi corazón os ame como es justo; que mi
alma os estime como le es beneficioso; que mi carne
os sirva como debe; que en esto se consuma mi vida,
a fin de que todo mi ser os cante durante la eternidad.
Bendito sea el Señor eternamente. Así sea, así sea.
O r a c ió n de S a n A lb e r to M a g n o
124
nando su santa cabeza, miraba con devoción a los
ojos de su Hijo. Pero todo esto es bien poca cosa sin
el misterio de su intimidad. En todo lo que acabamos
de decir, ¿cuáles serían los pensamientos de los cora
zones de la Madre y del Hijo?: Teniendo a su peque
ño, Ella meditaba cómo lo había tenido, de dónde le
había venido, y todo lo que había visto y oído por el
ministerio de los ángeles, de Isabel, de los pastores,
de los Magos, y todo ello le llevaba a meditar sobre lo
que debía sucederle en el mundo a este pequeño; y El
por su parte, acostado sobre el seno de la humilde jo
ven, a quien sus propios vecinos no se habían preo
cupado de reconocer, pensaba de qué modo la pro
pondría a los hombres y a los ángeles y la haría
invocar por todos como el abogado de los suyos: y
[Link]ía de su seno, decidía ya, secretamente,
la redención del mundo...
Ella lleva un fruto que sobrepasa toda dulzura.
Todo lo que está en María, todo lo que viene de Ma
ría es dulzura. Dulce es el espíritu de María, como
Ella misma lo atestigua1. M i espíritu es [Link]
es María, que puso en el mundo un hijo tan dulce,
del cual Ella misma dijo: M i bienamado es todo de
seable’3. Dulces son los pensamientos de María, de
quien San Jerónimo dijo en un sermón: «La gracia
del Espíritu Santo la había colmado plenamente. El
divino Amor la había inflamado por completo, tanto
que no había en Ella nada que estuviese atado al
mundo, sino que todo era fuego continuo y embria
125
guez de un am or desbordante»4. Dulce era la palabra
de María, como así lo atestigua su Esposo: «Miel des
tilan sus labios, miel y leche de su boca»5. Dul
ce fue la entrada de María en este mundo, puesto que
fue preservada de toda mancha de pecado. Dulce fue
su vida, pues fue preservada de toda caída en el peca
do actual.
De esto San Agustín da testimonio: «Cuando se
trata de los pecados no quiero hacer mención de
Ella.» Dulce fue la partida de María, ya que fue pre
servada de las amarguras de la muerte, a la que todos
estamos entregados, según el testimonio de la Iglesia:
«La Santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal,
pero no pudo ser retenida en los lazos de la muerte.»
Dulce es el nombre de María, que por todas partes
promueve la devoción de la Iglesia de los fieles. De
cidme, os lo ruego, de dónde vienen esos suspiros, y
el murmullo, y la postración de la muchedumbre
piadosa con la Iglesia, cuando un clérigo pronuncia
el nombre de María. Ella es como un dátil lleno de
dulzura, y es dulce en nosotros. También la Iglesia
canta: Oh dulce María6. Dulce es la imagen de Ma
ría, que los artistas hacen, con tanto espiendor, tanto
celo y tanta dulzura, con preferencia sobre las imáge
nes de los otros santos, y que los fieles veneran con
tanta alegría, antes que a cualquier otra. ¿No veis que
las iglesias están llenas de la imagen de María? Esto
es señal evidente de que todo corazón debe estar lle
no de su memoria. He aquí los dulces frutos de la
palmera. He aquí estos dátiles que María ha derra
mado sobre la tierra de los mortales. ¿De qué calidad
4 Epist 9. PL 30,136.
5C ant 4,11.
6 A ntífona Salve regina.
126
serán los que distribuye a los ciudadanos de allá arri
ba en la patria de los vivos? Allí la veremos, no en su
imagen de oro o de margil, sino cara a cara, en su
cuerpo santísimo. Allí veremos su rostro con nues
tros ojos, que hemos deseado ver, llorando, por tan
largo tiempo aquí abajo. Allí nos sentaremos cerca
de nuestra Madre, de la que ahora estamos tan aleja
dos. Allí podremos hablar no de Ella, sino con Ella.
Allí no abandonaremos ya nunca su gloriosa presen
cia. Oh, ¿cuánto llegará eso?
¿Pensáis que la veremos? ¿Pensáis que persevera
remos? ¿Pensáis, Madre de Misericordia, que esté
escrito en alguna parte en el libro de vuestro Hijo que
debamos veros así con El? Que esperándolos, os lo
ruego, «vuestras lágrimas nos sean el pan y el día y la
noche» hasta que nos sea dicho: ¡Hijo, he aquí a tu
Madre! ¡Niños, he aquí a vuestro Hermano!...
127
Dichos famosos de los santos
en alabanza de la Virgen
S a n A g u stín
S a n B a s ilio d e S e le u c ia
S a n P ed ro D a m ia n o
130
eterno festín; María nos presenta otro que nos abre la
puerta del banquete celestial.
S a n L u ís G rig n ió n de M o n rfo rt
131
INDICE
Prólogo.................................................................. 5
Cap. 1 María admiración de cielos y tierra. . . . 7
Cap. II María Oráculo del Altísimo.................. 19
Cap. III María llena de gracia............................ 41
Cap. IV María la Madre de Dios....................... 62
Cap. V María la Medianera universal............... 75
Cap. VI María coronada de estrellas................. 97
Oraciones devotas de varios santos................... 119
Dichos famosos de los santos en alabanza de la
Virgen.................................................................... 129