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San Bernardo, Las Grandezas de María

El documento resume el capítulo 1 del libro "Las grandezas de María" de San Bernardo. Explica que el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a la ciudad de Nazaret en Galilea para anunciarle a la Virgen María que daría a luz a Jesús. Describe a María como una virgen humilde desposada con José de la casa de David. Explica que cada detalle mencionado en el evangelio, como los nombres de María, José y Gabriel, tienen significados misteriosos y profundos.

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San Bernardo, Las Grandezas de María

El documento resume el capítulo 1 del libro "Las grandezas de María" de San Bernardo. Explica que el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a la ciudad de Nazaret en Galilea para anunciarle a la Virgen María que daría a luz a Jesús. Describe a María como una virgen humilde desposada con José de la casa de David. Explica que cada detalle mencionado en el evangelio, como los nombres de María, José y Gabriel, tienen significados misteriosos y profundos.

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LAS GRANDEZAS DE MARIA

por

San Berna do Abad y


Doctor de la Iglesia

3a Edición

APOSTOLADO MARIANO
Recaredo, 44
41003 SEVILLA
[Link]
ISBN: 84.7770-637-9
D.L.: Gr. 1193-2003
Impreso en España - Printed in Spain
Con Licencia Eclesiástica
PROLOGO

Hace ya mucho tiempo, amado lector, que la devo­


ción a la Virgen me instaba a tomar la pluma para
escribir sus grandezas, mientras que las muchas ocu­
paciones, muy a pesar mío, me lo han venido impi­
diendo hasta ahora. Mas ahora que, a causa de mis
achaques no puedo seguir con mis hermanos los ejer­
cicios de la comunidad, quiero aprovechar este
poquito de tiempo, y aunque sea quitándome tam ­
bién algo del sueño, voy a dedicarme a este trabajo de
intentar escribir las incomparables grandezas de
María, sobre la lección del Evangelio de San Lucas,
en que se narra la historia de la Anunciación de Ma­
ría y la Encarnación del Señor.

5
CAPÍTULO PRIMERO

MARÍA ADMIR ACIÓN DE CIELOS Y TIERRA

Fue enviado, pues, el Angel Gabriel por Dios, a


una ciudad de Galilea llamada Sazaret. a una Vir­
gen desposada con un varón que se llamaba José, de
la casa de David y el nombre de la l 'irgen era María.
¿Qué fin tendría el Evangelista al expresar en este
lugar con tanta precisión los propios nombres de tan­
tas cosas? Yo creo que pretendía con esto, que no
oyésemos con negligencia, lo que él procuraba referir
con tanta exactitud.
Nombra al Nuncio que es enviado, al Señor por
quien es enviado, a la Virgen a quien es enviado, al
Esposo de la Virgen, y señala con sus propios nom­
bres el linaje de ambos, a la ciudad y a la región.
¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas
cosas esté puesta aquí superfluamente? ¡Ah! No. De
ninguna manera: porque si no cae una hoja del árbol
sin causa; ni cae en tierra un pájaro sin la voluntad del
Padre Celestial, ¿podría yo creer, que de boca del
Santo Evangelista saliese una palabra superflua, es-

7
pecialmente en la sagrada historia del que es la Pala­
bra de Dios? No lo pienso yo así: todas están llenas
de soberanos misterios, y cada una rebosa en celestial
dulzura. Pero esto acontece si tienen quien las consi­
dere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra, y
aceite del peñasco durísimo, como dice la Escriturad).
Si, verdaderamente, en aquel día destilaron dulzu­
ra los montes y manó leche y miel de los collados;
cuando enviando los Cielos su rocío desde lo alto y
haciendo las nubes como una lluvia, descender al
Justo (2)se abrió la tierra alegre, y brotó de ella el Sal­
vador; cuando derramando el Señor su bendición, y
dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que
se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pin­
güe, salieron a encontrarse mutuamente la miseri­
cordia y la verdad, y se dieron un beso la justicia y la
paz (3); en aquel tiempo en que este no pequeño
monte entre los demás montes, este bienaventurado
Evangelista, escribió con estilo dulcísimo el princi­
pio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, que
soplando el austro y rayando el sol de justicia, se
difundieron de él aromas espirituales. Y ojalá que
ahora envíe Dios su palabra; y los dirrita: ojalá que
sople su espíritu, y se hagan inteligibles para nosotros
las palabras evangélicas, se hagan, en nuestros cora­
zones más estimables que el oro y las piedras más
preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.
***

(1) Joel, III,9.


(2) Isaías. XLV. 8.
(3) Salmo LXXXIV, 11.

8
Dice pues: Fue enviado el Angel Gabriel por Dios.
No creo sea este Angel de los menores en la milicia
celestial; no suelen serlo los que acostumbran ser
enviados por cualquier causa con embajadas a la tie­
rra. Y se deja entender también esto claramente, en
su mismo nombre, que significa Fortaleza de Dios, y
porque en el sagrado texto, no se dice que haya sido
enviado como acostumbra hacerse entre los Angeles,
por algún otro espáritu más excelente que él, sino
por el mismo Dios.
Se expresa en el Evai gelio que fu e enviado por
Dios, y quizá se dijo por Dios, para que no se piense
que reveló Dios su designio acerca de la encarnación
a alguno de sus bienaventurados espíritus, antes que
a la Virgen, si se exceptúa solamente el Arcángel San
Gabriel, que sin duda era de tanta excelencia entre
los suyos, que fue reputado digno de tal nombre y
también de tal embajada.
Ni deja de haber al mismo tiempo mucha propor­
ción entre el oficio de nuncio y el nombre del Angel.
Porque a Cristo que es la virtud de Dios ¿quién mejor
le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra
nombre semejante? ¿Qué otra cosa es fortaleza sino
virtud? Ni parezca asimismo inadecuado o impropio,
que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo
modo, siendo así que la causa de llamarse ambos con
semejante nombre no es igual en los dos. De un
modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios, y de
otra manera muy diferente el Angel; el Angel sólo
por denominación pero Cristo lo es también substan­
cialmente. Cristo se llama y es virtud de Dios, vinien­
do con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado
que solía guardar en paz el atrio de la casa y le venció
con su propio brazo, y así le quitó valerosamente
9
todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cau­
tivas. El Angel San Gabriel empero, es llamado for­
taleza de Dios, o por haber merecido la prerrogativa
de ser encargado de anunciar la venida de la misma
virtud, o porque debía confortar a una Virgen natu­
ralmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la
sorprendiese el pavor, o la novedad de tan grande
milagro: lo cual hizo diciéndola: No temas María
porque has hallado gracia delante de Dios.
Y quizás tampoco será imprudente creer que este
mismo Angel fue quien confortó y libró de sus dudas
al Esposo de la Virgen, varón ciertamente humilde y
timorato aunque no se diga por el Evangelista. José,
le dijo, hijo de David no temas recibir a María por tu
consorte.
Luego oportunamente fue elegido San Gabriel
para este asunto, o mejor diré, por encargársele asun­
to semejante se distingue justamente con tan excelen­
te nombre.
***

Fue enviado, pues, el Angel Gabriel por Dios. ¿A


dónde? A una ciudad de Galilea llamada Nazaret.
Veamos si, como dice Natanael, puede salir de N aza­
ret algo que sea bueno... a Mí las revelaciones y pro­
mesas hechas a los Padres y a Abraham, Ysaac y
Jacob se me representan como una simiente del co­
nocimiento de Dios echada desde el Cielo a la Tierra,
simiente de la cual está escrito: Si el Señor de los
ejércitos no nos hubiera dejado la simiente, hubiéra­
mos sido como una Sodoma, seríamos semejante a
Gomorra (4).
(4) Isaías. 1,9.

10
Floreció esta simiente en las maravillas que se
mostraron a la salida del pueblo de Israel de Egipto,
en las figuras y enigmas misteriosos por todo el cami­
no en el desierto hasta la tierra de promisión, en las
visiones y vaticinios de los Profetas, en la ordenación
del Reino y del Sacerdocio hasta Cristo. Y no sin ra­
zón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y
de estas flores también: diciendo David: Derramará
Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto (5) y
en otro lugar: Colocaré a tu descendencia sobre tu
trono (6).
En Nazaret se anuncia que Cristo ha de nacer, por­
que en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero
en saliendo el fruto se cae la flor, porque apareciendo
la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual tam ­
bién Nazaret se dice Ciudad de Galilea, esto es, de la
transmigración, porque naciendo Cristo, pasaron
todas aquellas cosas que arriba conté, las cuales
como dice el Apóstol: Les sucedían en figura (7).
También nosotros que tenemos ya el fruto hemos
dejado atrás esas flores, que aun cuando estaban en
su belleza se previo que habían de pasar. Por lo que
dijo David: Dura un día como el heno, florece por la
mañana y se pasa; por la tarde inclina la cabeza se
deshoja y se seca (8). En la tarde, esto es cuando vino
la plenitud del tiempo en que envió Dios a su Unigé­
nito hecho de una mujer, hecho bajo de la ley (9), di­
ciendo El mismo: Mira que hago nuevas todas las

(5) Salmo LXXXIV. 13.


(6) Salmo CXXXI, 18.
(7) I Corintia, X, 11.
(8) Salmo LXXXIX, 6.
(9) Galata. IV. 4.
cosas (10) las viejas pasaron y desaparecieron así
como al romper el fruto, se caen y se secan las flores.
Sobre la cual se halla también escrito: Se secó el heno
y cayó la flor, mas la palabra de Dios queda para
siempre (ii). Sí, la palabra es el fruto, pues la Palabra
es Cristo. Buen fruto es Cristo, que permanece para
siempre.

Pero ¿dónde está el heno que se secó? ¿Dónde la


flor que se cayó? Responda el Profeta: Toda carne es
heno y toda su gloria como la flor del heno (12). Luego
si toda carne es heno aquel pueblo carnal de los ju ­
díos se secó como el heno.
Así fue. ¿Por ventura no se secó como el heno,
cuando el mismo pueblo vacío de todo jugo del espí­
ritu se pegó tenazmente a la letra seca? ¿No cayó
también la flor cuando aquella gloria que tenían en la
Ley desapareció para siempre? Si no cayó la flor ¿en
dónde está el Reino, en dónde el Sacerdocio, en dón­
de los Profetas, en dónde el Templo, en dónde aque­
llas grandezas de que solían gloriarse y decir? ¡Cuán­
tas cosas hemos oído y conocido y nuestros padres
nos han contado! (13). Y también: ¡Cuántas cosas
mandó a nuestros padres que hiciesen conocer a sus
hijos!

(10) Apocalipsis, XXI, 5.


(11) Isaías, XL, 8.
(12) Isaías, XL, 6.
(13) Salmo LXXVII, 3,5.

12
A Nazaret, pues, ciudad de Galilea fue enviado el
Angel Gabriel por Dios. ¿Y a quién? A una Virgen
desposada con un varón que se llamaba José. Pero,
¿qué Virgen es ésta tan respetable que un Angel le
saluda? ¿Tan humilde que esté desposada con un ar­
tesano? Hermosa mezcla la virginidad y la humildad;
no poco agradable debe de ser a Dios aquella alma en
quien la humildad engrandece a la virginidad y la vir­
ginidad adorna a la humildad. ¿De cuánta venera­
ción te parece será digna aquella, cuya humildad
engrandece la fecundidad y cuyo alumbramiento
consagra la virginidad?
Oyes hablar de una Virgen, oyes hablar de una hu­
milde; si no puedes imitar la virginidad de la hum il­
de, imita la humildad de la Virgen. Loable virtud es
la virginidad, pero más necesaria es la humildad:
aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan: a aqué­
lla te convidan, a ésta te obligan. De aquélla se dice:
E l que la pueda guardar, guárdela (14). De ésta se ha
escrito: El que no se haga como un niño no entrará
en el Reino de los Cielos (15). De modo, que aquélla se
premia como sacrificio voluntario, ésta se exige
como servicio obligatorio. Puedes salvarte sin la vir­
ginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la
humildad que llora la virginidad perdida; más sin la
humildad me atrevo a decirlo, ni aun la virginidad de
María hubiera agradado a Dios. ¿Sobre quién des­
cansará m i espíritu, dice el Señor sino sobre el
humilde y manso? Sí, sobre el humilde, no sobre el
que es virgen. Con que si María no fuera humilde no
reposara sobre ella el Espíritu Santo; y si el Espíritu
Santo no reposara sobre ella no concibiera por virtud

(14) Mateo. XIX. 12.


(15) Lucas. XVIII, 3.

13
del mismo. Porque, dime, ¿cómo pudiera concebir de
El sin El? Claramente, pues, aparece que para que
hubiese de concebir del Espíritu Santo, como ella
dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva (16),
mucho más que a la virginidad; y aunque por la virgi­
nidad agradó a Dios, con todo eso concibió por la
humildad. De donde consta, que la humildad fue la
que hizo agradable a Dios su virginidad. ¿Qué dices
virgen soberbio? María olvidada de que es Virgen, se
gloría de la humildad y tú menospreciando la humil­
dad te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, el Se­
ñor, a la humildad de su sierva. Y ¿quién es ella?
***
U na Virgen santa, una Virgen pura, una Virgen
devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O
más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a
Dios que la de María, para que puedas tú sin hum il­
dad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta
virtud, agradado con la suya?
Cuanto más digno de honor eres por el don singu­
lar de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti
mismo, afeando en ti su hermosura con la mezcla de
tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen, que ha­
certe soberbio por la virginidad.
No es de todos la virginidad ciertamente, pero es
de muchos menos todavía la humildad acompañada
de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar
la virginidad de María, procura imitar su humildad y
te basta. Pero, si eres virgen y al mismo tiempo hu­
milde eres grande a los ojos del Señor.

(16) Lucas, 1,48.

14
Con todo eso hay en María otra cosa mayor de que
admirarte, es la fecundidad junta con la virginidad.
Jamás se oyó en todos los tiempos que mujer alguna
fuese madre y virgen al mismo tiempo. Y si conside­
ras también de quién es Madre, ¿a dónde llegará tu
admiración sobre su grandísima excelencia? ¿Acaso
no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admi­
rarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio o más
bien, al juicio de la verdad, no será digna de ser ensal­
zada la que tuvo a Dios por hijo suyo, sobre todos los
coros de los Angeles? ¿No es María la que confiada­
mente llama al Señor y Dios de los Angeles, hijo
suyo, diciéndole: Hijo, ¿cómo habéis hecho esto con
nosotros? (i7) ¿Quién de los Angeles se atrevería a
esto?
Es bastante para ellos y tienen por cosa grande,
que siendo espíritus por creación, hayan sido hechos
y llamados Angeles por gracia como lo dice David:
El Señor es, quien hace Angeles suyos a los espíritus
(18). Pero María reconociéndose Madre de aquella
Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama
confiadamente hijo suyo.
Y ni desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó
ser; pues poco después añade el Evangelista: Y esta­
ba sujeto a ellos.
***

Y ¿Quién estaba sujeto? ¿A quiénes? Dios a los


hombres. Dios a quien están sujetos los Angeles, a
quien los Principados y las Potestades obedecen, es-
taba obediente a María, y no sólo a María, sino tam ­
il 7) Lucas, III, 48.
(18) Salmo CIII.4.

15
bién a José por María. Maravíllate de estas cosas, y
mira cual es de mayor admiración, si la benignísima
dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal
Madre. De ambas partes está el pasmo, de ambas el
prodigio.
Que Dios obedezca a una mujer es humildad sin
ejemplo, que una mujer tenga autoridad para m an­
dar a Dios es excelencia sin igual. Se canta en alaban­
za de las Vírgenes como cosa singular, que siguen al
cordero a cualquiera parte que vaya (19). ¿Pues de qué
alabanzas creerás digna a la que va también delante
del cordero, y el cordero la sigue detrás?
***

Aprende, oh, hombre, a obedecer; aprende, tierra


a sujetarte, aprende, polvo, a observar la voluntad
del superior. De tu Autor habla el Evangelista y dice:
Y estaba sujeto a ellos. Esto es, estaba sujeto a María
y a José. Avergüénzate, soberbia ceniza: Dios se
humilla ¿y tu te ensalzas? Dios se sujeta a los hom­
bres ¿y tú anhelando dominarlos te prefieres a tu
Autor? Ojalá si llegare a tener tales pensamientos, se
digne Dios responderme, lo que dijo a su Apóstol
reprendiéndole: Apártate detrás de mi. Satanás, por­
que no tienes gusto de las cosas que son de Dios (20).
Puesto que cuantas veces deseo mandar a los hom­
bres, tantas veces pretendo ir delante del Señor; y en­
tonces, ni tengo gusto, ni tengo estimación de las
cosas que son de Dios, porque del mismo se dijo: Y
estaba sujeto a ellos.
(19) Apocalipsis. XIV. 4.
(20) Mateo, XVI, 23.

16
Si te desdeñas de mirar el ejemplo de los hombres,
a lo menos no puedes reputar indigno para ti el se­
guir el ejemplo de tu Autor. Sí no puedes seguirle en
todas partes a donde El fuere, síguele al menos con
gusto a donde por tí bajó. Si no puedes subir a la altu­
ra de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el
camino segurísimo de la humildad: de la cual, si las
vírgenes mismas se apartaren, ya no seguirían al cor­
dero en todos sus caminos.
Sigue al cordero, el humilde que se manchó; le si­
gue también el virgen soberbio: pero ni el uno, ni el
otro le siguen a cualquier parte que vaya; pues ni
aquél puede subir a la limpieza del cordero que no
tiene mancha; ni éste se digna bajar a la mansedum­
bre de quien enmudeció paciente, no delante de
quien le esquilaba, sino delante de quien le daba
muerte. Sin embargo, más saludable modo de seguir­
le eligió el pecador en la humildad, que el soberbio
en la virginidad; pues la humilde satisfacción de
aquél purifica su inmundicia; cuando la soberbia
repugnante de éste mancha su castidad.
***

Dichosa fue en todo María, a quien ni faltó la hu­


mildad, ni dejó de adornarla la virginidad. Singular
virginidad, que no violó, sino que honró la fecundi­
dad; ilustrísima humildad, que no disminuyó, sino
que engrandeció su fecunda virginidad; incom para­
ble fecundidad, a la que acompañan juntas la virgini­
dad y humildad. ¿Cuál de estas cosas no es adm ira­
ble? ¿Cuál no es incomparable? ¿Cuál no es singular?
Será maravilla, si ponderándolas, no dudas cual juz­
garás más digna de tu admiración; esto es, si será más
17
estupenda la fecundidad en una Virgen, o la integri­
dad en una Madre; su dignidad por el fruto de su
castísimo seno, o su humildad con dignidad tan exce­
lente.
Todas estas grandezas son admirables, pero indu­
dablemente que todas juntas deben preferirse a cada
una de ellas y que es incomparablemente más subli­
midad y más dicha habérselas poseído todas, que
tenido algunas solamente.
Pero ¿qué maravilla que Dios, a quien leemos y ve­
mos admirable en sus Santos, se haya mostrado más
maravilloso en su Madre?
***

Venerad, pues, los que os halláis en el matrimonio,


tanta integridad y pureza en un cuerpo mortal; admi­
rad vosotras vírgenes sagradas, la fecundidad de M a­
ría; imitad personas todas, la humildad de la Madre
de Dios; honrad Angeles Santos a la Madre de nues­
tro Rey. Vosotros adoráis al Hijo de nuestra Virgen,
nuestro Rey y vuestro juntam ente, Reparador de
nuestro linaje, y restaurador de vuestra Ciudad. A
cuya dignidad, entre vosotros tan sublime, y tan
humilde entre nosotros, sea dada, por vosotros igual­
mente que por nosotros, la reverencia que se le debe;
y a su dignación, todo honor y toda gloria por todos
los siglos.

18
C apítulo Seg und o

MARÍA ORÁCULO DEL ALTÍSIMO

Fue enviado, pues, el ángel a una Virgen desposada


con un varón justo, y el nombre de la Virgen era
María.

Nadie puede dudar que aquel nuevo cántico, que


sólo se concederá a las vírgenes cantar en el reino de
Dios, le cantará también la Reina de las vírgenes con
ellas, o, más bien, la primera de ellas. Mas yo juzgo
que, a más de aquel cantar que (como he dicho) la
será común con todas, aunque con solas las vírgenes,
alegrará también con otros más dulces y más
hermosos versos la ciudad de Dios, cuyas suavísimas
y armoniosas voces y melodía ninguna, aun de las
mismas vírgenes, será digna de componer o imitar;
porque con razón será prerrogativa suya cantarlos
sola, cuando ella sola se gloría del parto, y parto
divino. Se gloría, he dicho, del parto, no en sí misma,
sino en el Señor a quien dio a luz. Verdaderamente,
Dios (pues es Dios a quien dio a luz), habiendo de dar

19
a su Madre en el cielo una gloria singular, procuró
prevenirla en la tierra con singular gracia, por la cual
inefablemente concibiese intacta y diera a luz
incorrupta. A la majestad de Dios convenía que no
naciese sino de la Virgen, y a la Virgen convenía que
no diera a luz a otro que a Dios. Así, el hacedor de
los hombres, para hacerse hombre, siendo preciso
nacer de una mujer, a aquella entre todas debía
escoger o, más bien, formar para Madre suya, que
conocía era decente a El, y sabía que le había de
agradar. Por tanto, quiso que fuese virgen para salir
de una madre purísima el que es infinitamente puro
que venía a limpiar las manchas de todos; quiso que
fuese humilde, para salir de una Madre tal, el que es
manso y humilde de corazón, a fin de mostrarnos en
sí mismo el necesario y saludable ejemplo de todas
esas virtudes. Dio, pues, a la Virgen parto el mismo
Señor que la había inspirado el voto de virginidad y
la había enriquecido antes igualmente con el mérito
de la humildad. De otra suerte, ¿cómo diría el ángel
después que estaba llena de gracia, si tuviera algo
bueno que no procediese de la gracia?
***

Para que fuese, pues, la que había de concebir y


dar a luz al Santo de los santos, santa en el cuerpo,
recibió el don de la virginidad; para que fuese
también santa en el alma, recibió el de la humildad.
Adornada de estas preciosas piedras la Virgen regia,
resplandeciendo con la doble belleza de cuerpo y
alma, conocida por su agrado y hermosura en los
cielos, se llevó la atención de todos sus ciudadanos,
de suerte que inclinó hasta el ánimo del Rey a

20
desearla y sacó al nuncio celestial de las alturas. Y
esto es lo que el evangelista nos insinúa aquí cuando
muestra al ángel enviado por Dios a la Virgen. Por
Dios, dice, a la Virgen; esto es, por el Altísimo, a la
humilde; por el Señor, a la sierva; por el Criador, a la
criatura. ¡Qué dignación tan grande de Dios! ¡Qué
excelencia tan grande de la Virgen! Corred, madres;
corred, hijas; corred todas las que, después de Eva y
por Eva, os acercáis al alumbramiento con tristeza y
dais a luz con dolor. Llegaos al tálamo virginal;
entrad, si podéis, en el casto aposento de vuestra
hermana. Ea, ya envía Dios su nuncio a la Virgen:
ea, ya el ángel la habla; aplicad el oído a la pared,
escuchad su embajada, por si acaso oís de que os
podáis consolar.
***

Alégrate, Adán, padre nuestro; y tú Eva, madre


nuestra, llénate de gozo; vosotros mismos, que así
como fuisteis padres de todos, así fuisteis de todos
homicidas, y, lo que es mayor desgracia, primero
homicidas que padres, consolaos con esta hija, y tal
hija; pero alégrese Eva principalmente, pues de ella
primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las
mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se
quitará el oprobio, ni tendrá ya de qué quejarse con­
tra la mujer el hombre; el cual, pretendiendo excu­
sarse imprudentemente a sí mismo, no dudó acusarla
cruelmente diciendo: La mujer que me diste me dio
del fruto del árbol, y comí V Así, corre, Eva, a María,
corre a tu Hija; ella responderá por ti, quitará tu
oprobio, dará satisfacción a su Padre por su Madre;
pues ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no
1Gen.,]]\, 12.

21
cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino
por una mujer. Pero, ¿qué es lo que decías, Adán? La
mujer que me diste me dio del fruto de! árbol, y comí.
Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu cul­
pa en vez de borrarla. Sin embargo, la sabiduría ha
vencido a la malicia, pues aunque malograste la oca­
sión que Dios quería darte para el perdón de tu peca­
do cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha
hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbi­
trios para borrar tu culpa. Te da otra mujer por esa
mujer, una prudente por esa fatua, una humilde por
esa soberbia; la cual, en vez del árbol de la muerte, te
dará el gusto de la vida; en vez de aquel venenoso bo­
cado de amargura, te traerá la dulzura del fruto eter­
no. Por tanto, muda las palabras de la injusta acusa­
ción en alabanzas y acción de gracias a Dios, y dile:
Señor, la mujer que me has dado me dio el fruto del
árbol de la vida, y comí de él; y ha sido más dulce que
la miel para mi boca, porque en él me has dado la
vida. Mira a lo que fue enviado el ángel Gabriel a la
Virgen. ¡Oh Virgen admirable y dignísima de todo
honor! ¡Oh mujer singularmente venerable, admira­
ble entre todas las mujeres, que trajo la restauración
a sus padres y la vida a sus descendientes!
***
Fue enviado, dice, el ángel Gabriel a una virgen.
Virgen en el cuerpo, virgen en el alma, virgen en la
profesión, virgen, finalmente, como la que describe
el Apóstol, santa en el alma y en el cuerpo; ni hallada
nuevamente o sin especial providencia, sino escogida
desde los siglos, conocida en la presencia del Altísi­
mo y preparada para sí mismo; guardada por los án-

22
geles, designada anticipadamente por los antiguos
Padres, prometida por los profetas. Registra las escri­
turas y hallarás las pruebas de lo que digo. Pero
¿quieres que yo también traiga aquí testimonios so­
bre esto? Para hablar poco de lo mucho, ¿qué otra
cosa te parece que predijo Dios, cuando dijo a la ser­
piente: Pondré enemistades entre ti y la mujer? 2 Y si
todavía dudas que hablase de María, oye lo que se si­
gue: Ella misma quebrantará tu eabeza. ¿Para quién
se guardo esta victoria sino para María? Ella sin duda
quebrantó su venenosa cabeza, venciendo y redu­
ciendo a la nada todas las sugestiones del enemigo,
así en los deleites del cuerpo como en la soberbia del
corazón.
***
¿Qué otra lijamente buscaba Salomón cuando
decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? 3 Conocía
este hombre sabio la debilidad de este sexo, su frágil
cuerpo y su corazón inconstante. Con todo eso, por­
que había leído que la había prometido Dios, y sabía
que convenía que quien había vencido por una mujer
fuese vencido por otra, con una vehemente admira­
ción decía: ¿Quién hallará una mujer fuerte? Lo cual
es decir: ya que está dispuesto por el consejo divino
que de la mano de una mujer venga la salud de todos
nosotros, la restitución de la inocencia y la victoria
del enemigo, es necesario que se prepare una de to­
dos modos fuerte, que pueda ser a propósito para
obra tan grande. ¿Pero quién hallará una mujer fu er­
te? Y porque no se piense que preguntaba esto per-23

2 Gen., III. 15.


3 Prov., XXXI. 10.

23
diendo la esperanza de que se encontrase, añade
profetizándola: Lejos y de los últimos términos es el
precio de ella; esto es, no es vil, ni pequeño, ni media­
no; no, en fin, de la tierra, sino del cielo; pero ni aun
del cielo próximo a la tierra es el precio de esta mujer
fuerte, sino que de lo más alto del cielo viene su esti­
mación. ¿Qué pronosticaba en otro tiempo aquella
zarza de Moisés, echando llamas, pero sin consumir­
se 4, sino a María dando a luz sin sentir dolor? ¿Qué
aquella vara de Aaron 5, que floreció estando seca,
sino a la misma concibiendo, pero sin obra de varón?
El mayor misterio de este grande milagro le explica
Isaías diciendo: Saldrá una vara de la raíz de José, y
de su raíz subirá una flor 6, entendiendo en la vara a
la Virgen y el parto de la Virgen en la flor.
***

Pero, si te parece que el decir ahora que Cristo se


entiende en la flor, contradice a la sentencia que que­
da explicada más arriba, en que decíamos que no en
la flor, sino en el fruto de la flor, se designaba, sabe
que en la misma vara de Aarón (la cual no sólo flore­
ció, sino que arrojó hojas y echó fruto) es significado
Cristo, no precisamente en la flor o en el fruto, sino
también en las hojas mismas. Sabe, igualmente, que
fue demostrado por Moisés 7, no por el fruto de la
vara ni por la flor, sino por la misma vara; por aque­
lla vara, sin duda, a cuyo golpe ya se divide el agua
para que el pueblo pase, ya brota de la piedra para

4 m. 2.
5yvi<OT.,xvn,8.
6 /.9.,XI. i .
7 Ex., XIV, 16.

24
que beba. No hay, pues, inconveniente alguno en que
sea figurado Cristo en diversas cosas por diferentes
causas; y que en la vara se entienda su potencia, en la
flor su fragancia, en el fruto la dulzura de su sabor, en
las hojas también su cuidadosa protección, con que
no cesa de am parar bajo la sombra de sus alas a los
pequeñuelos que se refugian a él huyendo de los car­
nales deseos y de los impíos que los persiguen. Buena
y amable sombra la que se halla bajo las alas del dul­
ce Jesús, donde hay seguro refugio para los que se
retiran allí y refrigerio saludable para los fatigados.
Ten misericordia de mí, Señor Jesús; ten misericor­
dia de mí, porque en ti confia mi alma, y en la som­
bra de tus alas esperaré hasta que pase la iniquidad.
En este texto de Isaías debes entender al Hijo en la
flor y a la Madre en la vara; porque la vara floreció
sin renuevo, y la Virgen concibió sin obra de varón.
Ni dañó al verdor de la vara la salida de la flor, ni al
pudor de la Virgen el parto sagrado.
***
Traigamos de las Escrituras otros testimonios con­
cernientes a la Virgen Madre y a su Hijo Dios. ¿Qué
significa el vellocino de Gedeón 8, que, quitado de la
carne, pero sin herida de la carne, es puesto en la era;
y ahora la lana, después la misma era, es humedecida
con el rocío, sino aquella carne tomada de la carne de
la Virgen, pero sin detrimento de su virginidad? En la
cual verdaderamente, destilando los cielos, se infun­
dió toda la plenitud de la divinidad, de modo que de
esta plenitud hemos recibido todos, no siendo otra 89

8 Ind., VI. 37.


9 Ps.. LXXI. 6.

25
cosa, sin ella, que una tierra árida. Con este hecho de
Gedeón parece cuadrar bellamente el dicho del pro­
feta: Descenderá como lluvia sobre el vellocino 9.
Pues por lo que se sigue: Y como las gotas que desti­
lan sobre la tierra, se significa lo mismo que por la
era, que se halló humedecida con el rocío. Que es de­
cir: aquella lluvia voluntaria que destinó Dios para el
pueblo, que es su heredad, primero plácidamente y
sin estrépito de alguna operación humana, con aquel
sosegadísimo descenso propio de ella, bajó al seno
virginal; mas después fue difundida en todas las par­
tes del mundo por la boca de los apóstoles, no ya
como la lluvia en el vellocino, sino como las gotas
que destilan sobre la tierra, con el estrépito de las pa­
labras y con el sonido de los milagros. Porque se
acordaron las nubes que llevaban la lluvia que, cuan­
do fueron enviadas, se las había mandado: Lo que os
digo a vosotros en las tinieblas, decidlo en la luz; y los
que escucháis al oído, predicadlo sobre ¡as cosas 1(K
Lo cual cumplieron, pues su sonido se extendió a
toda la tierra y llegaron sus palabras hasta las extre­
midades del m undo 11.

Oigamos también a Jeremías anunciar a los anti­


guos cosas nuevas, y, a quien no podía mostrar toda­
vía presente, desear ardientemente que viniese y pro­
meter con toda confianza que vendría. Una cosa
nueva, dice, ha criado Dios sobre la tierra: una mujer
rodeará a un varón I2. ¿Quién es esta mujer y quién
JOA//., x. 27.
> Ps„ XVIII, 5.
12/í-r., XXXI. 12.

26
es este varón? O, si es varón, ¿cómo puede ser rodea­
do de una mujer? O, si por una mujer es rodeado,
¿cómo puede ser varón? Y, para decirlo más clara­
mente, ¿cómo puede a un tiempo mismo ser varón y
estar en el seno de la madre, pues esto es ser rodeado
un varón por una mujer? Hemos conocido varones
que, pasando la infancia, la edad pueril, la adolescen­
cia y la juventud, llegaron hasta el grado próximo a
la senectud. Pero el que tan grande ya, ¿cómo podrá
ser rodeado por una mujer? Si hubiera dicho: una
mujer rodeará a un infante o una mujer rodeará a un
párvulo, no parecería nuevo o maravilloso; mas, no
poniendo ahora cosa semejante, sino llamándole va­
rón, con razón preguntaremos: ¿Qué novedad es esta
que Dios ha obrado sobre la tierra, haciendo que una
mujer rodee a un varón y que el varón se estreche
dentro del pequeño cuerpo de una mujer? ¿Qué pro­
digio es éste? ¿Puede, por ventura, el hombre, como
dice Nicodemo, entrar segunda vez en el seno de su
madre y volver a nacer?13
***
Pero yo vuelvo los ojos de la consideración a la
concepción y parto virginal, por si acaso entre las
muchísimas cosas nuevas y maravillosas que halla
allí el que con diligencia las busca, puedo encontrar
esta novedad que he referido del profeta. A la verdad,
allí se conoce la longitud breve, la latitud angosta, la
altura abatida, la profundidad llana. Allí se conoce la
luz sin resplandecer, la palabra sin hablar, el agua
con sed, con hambre de pan. Verás, si atiendes, que
la potencia es gobernada, la sabiduría instruida, la

13/ o.,IU,4.

27
fortaleza sustentada. Verás, en fin, a Dios mamando
y alimentando a los ángeles; llorando y consolando a
los miserables. Verás, si atiendes, entristecerse la ale­
gría, asustarse la confianza, la salud padecer, la vida
morir, la fortaleza desmayar. Pero, lo que no es
menos maravilloso, se ve allí a un tiempo mismo la
tristeza alegrando, el susto fortaleciendo, la pasión
dando la salud, la muerte dando la vida, el desmayo
comunicando fuerza. ¿Quién no encuentra ya lo que
yo buscaba? ¿No te es fácil ya reconocer entre otras
cosas a una mujer que rodea a un varón, cuando ves
que María abraza en su seno a aquel varón aprobado
de Dios, Jesús? Mas yo llamo varón a Jesús, no sólo
cuando le aclamaban Varón profeta, poderoso en las
obras y en las palabras 14, sino también cuando la
Madre de Dios ponía sus tiernos miembros en su
blando regazo o le llevaba en su seno. Era. pues, Je­
sús varón, aun antes de nacer; pero en la sabiduría,
no en la edad; en el vigor del ánimo, no en las fuer­
zas del cuerpo, en la madurez de los sentidos, no en
la corpulencia de sus miembros. Porque no tuvo me­
nos sabiduría, o, por decir mejor, no fue menos la
sabiduría misma Jesús concebido que nacido, peque­
ño o grande. Así, o escondido en el seno de María, o
dando vagidos en el pesebre, o, ya más grandecito,
preguntando a los doctores en el templo, o, ya en
edad perfecta, enseñando delante del pueblo; igual­
mente y sin duda alguna, estuvo lleno del Espíritu
Santo. Ni hubo hora alguna, en cualquiera edad de
su vida, en que de aquella plenitud, que en su con­
cepción recibió, se disminuye algo o se le añadiese
algo; sino que desde el principio fue perfecto; desde
el principio, vuelvo a decir, estuvo lleno del espíritu
l 4 ¿c.. XXIV. 19.

28
de sabiduría y de entendimiento, del espíritu de con­
sejo y de fortaleza, del espíritu de ciencia y de piedad
y del espíritu del temor del S e ñ o r15.
***

Ni te haga fuerza lo que lees de El en otro lugar:


Jesús adelantaba en sabiduría, en edad y gracia,
delante de Dios y de los hombres l6\ porque lo que
aquí se dice de la sabiduría y de la gracia, se ha de en­
tender, no según lo que en sí mismo era, sino según lo
que aparecía; no porque se le aumentase cosa nueva
que antes no tuviese, sino porque parecía que se le
aumentaba en el tiempo, pues quería el Señor que
pareciese así. Tú, hombre, cuando creces, no creces
cuanto ni cuando quieres; sino que, sin saberlo tú, se
aumenta tu estatura y se dispone tu vida. Mas el niño
Jesús, que dispone tu vida, disponía también la suya;
y cuando quería y a quienes quería parecía sabio;
cuando y a quienes quería, sapientísimo; aunque en
sí mismo nunca fue sino sapientísimo. Igualmente
también, aunque siempre estuvo lleno de toda gracia,
así de la que debía tener delante de Dios, como de­
lante de los hombres, con todo eso, a su arbitrio, la
mostraba ahora más, ahora menos, según que El
sabía que convenía a los méritos o a la salud de los
que lo miraban. Se hace claro, pues, que Jesús tuvo
siempre un ánimo varonil, aunque no pareció siem­
pre varón en el cuerpo. En fin, ¿cómo dudaré yo que
fuese ya varón en el seno, cuando no dudo que tam ­
bién era Dios allí? Menos es ser varón que ser Dios.

15 ¡s„ XI, 2.
16 Lc„ II, 51.

29
Pero mira si no explica clarísimamente también
esta novedad de Jeremías el profeta Isaías, el cual
igualmente nos expuso las flores nuevas de Aarón, de
que hablamos más arriba. Mira, dice, que una virgen
concebirá y dará a luz un hijo 17. Ea, ya tienes la mu­
jer, que es la Virgen. ¿Quieres oír también quién es el
varón? Y será llamado, añade, Manuel. Esto es, Dios
con nosotros. Así, la mujer que circunda al varón es
la Virgen, que concibe a Dios. ¿Ves qué bella y con­
cordemente cuadran entre sí los hechos maravillosos
de los santos y sus misteriosos dichos? ¿Ves qué estu­
pendo es este solo milagro hecho con la Virgen y en
la Virgen, a que precedieron tantos prodigios y que
prometieron tantos oráculos? Sin duda era uno solo
el espíritu de los profetas y, aunque en diversas ma­
neras, signos y tiempos, y, siendo ellos diversos tam ­
bién, pero no con diverso espíritu, previeron y predi­
jeron una misma cosa. Lo que se mostró a Moisés en
la zarza y en el fuego, a Aarón en la vara y en la flor,
a Gedeón en el vellocino y el rocío, eso mismo abier­
tamente predijo Salomón en la mujer fuerte y en su
precio; con más expresión lo cantó anticipadamente
Jeremías de una mujer y de un varón; clarísimamen­
te lo anunció Isaías de una virgen y de Dios; en fin,
eso mismo lo mostró San Gabriel en la Virgen salu­
dándola; porque esta misma es de quien dice el evan­
gelista ahora: Fue enviado el ángel Gabriel a una
virgen desposada.
***
A una virgen desposada, dice. ¿Por qué fue despo­
sada? Siendo ella, digo, elegida virgen y, como se ha
demostrado, virgen que había de concebir, y virgen
17 /.y., VII, 14.

30
que había de dar a luz siendo virgen, causa adm ira­
ción que fuese desposada. ¿Habrá por ventura quien
diga que esto sucedería casualmente? No se hizo ca­
sualmente cuando, para hacerse así, se halla causa
muy razonable, causa muy útil y necesaria y digna
enteramente del consejo divino. Diré lo que a mí me
ha parecido o, por mejor decir, lo que antes de mí ha
parecido a los Padres. La causa para que se desposase
María fue la misma que hubo para permitir que du­
dase Tomás. Era costumbre de los judíos que desde el
día del desposorio hasta el tiempo de las bodas fuesen
entregadas las esposas a sus esposos para ser guarda­
das, a fin de que con tanta mayor diligencia guarda­
sen su honestidad cuanto ellos eran más fieles para sí
mismo. Así, pues, como Tomás, dudando y palpan­
do, se hizo constantísimo confesor de la resurrección
del Señor, así también José, desposándose con María
y comprobando él mismo su honestísima conducta
en el tiempo de su custodia con más diligencia, se
hizo fidelísimo testigo de su pureza. Bella congruen­
cia de ambas cosas, esto es, de la duda en Tomás y
del desposorio en María. Podia el enemigo ponernos
un lazo a nosotros para que cayésemos en el error,
dudando de la verdad de la fe en Tomás y de la casti­
dad en María, reduciéndose de esta suerte la verdad a
sospechas; pero, con prudente y piadoso consejo de
Dios, sucedió, por el contrario, que por donde temía
la sospecha, se hizo más firme y más cierta la verdad
de nuestra fe. Porque acerca de la resurrección del
Hijo, más presto sin duda, yo, que soy débil, creeré a
Tomás, que duda y palpa, que a Cetas, que lo oye y
luego lo cree; y sobre la continencia de María, más
fácilmente creeré a su esposo, que la guarda y experi­
menta, que creería aún a la misma Virgen, te ruego,

31
¿quién viéndola embarazada, sin estar desposada, no
diría más bien que era mujer corrupta que virgen?
No era decente que se dijese esto de la Madre del Se­
ñor; era más tolerable y honesto que por algún tiem­
po se pensase que Crsito había nacido de matrimonio
que no de fornicación.
***

¿Pero no podía, dirás, hacer Dios un patente pro­


digio con que se consiguiese que si se infamase su na­
cimiento no fuese acusada su madre? Seguramente
podía; pero no podía estar oculto a los demonios lo
que supiesen los hombres; y convenía que el misterio
del consejo divino estuviese algún tiempo encubierto
al príncipe del mundo; no porque Dios, si quisiera
hacer esta obra descubiertamente, temiese ser impe­
dido por él, sino porque el mismo Señor, que no sólo
poderosa, sino sabiamente también, hizo todas las
demás obras suyas acostumbró guardar ciertas con­
gruencias de las cosas o de los tiempos por la hermo­
sura del orden, así igualmente en la magnífica obra
de nuestra redención, no sólo quiso mostrar su po­
der, sino también su prudencia. Y aunque hubiera
podido perfeccionarla del modo que hubiera queri­
do, le agradó más reconciliar consigo al hombre por
el modo mismo y orden con que sabía que había caí­
do; para que así como el diablo engañó a la mujer del
primero, y después por la mujer venció al hombre,
así también fuese primeramente engañado por una
mujer virgen, y después abiertamente vencido por un
hombre, que es Cristo; siguiéndose de esto que, bur­
lando el arte de la divina piedad los ardides de la
malicia y quebrantando la fortaleza de Cristo las

32
fuerzas del maligno, se viese ser Dios más prudente y
más fuerte que el diablo. Fue muy decoroso que la
Sabiduría encarnada triunfase de esta suerte de la
malicia espiritual, verificándose así que sólo alcanza
desde una extremidad hasta otra r,iertemente, sino
que también dispone suavemente todas las cosas.
Llega de una extremidad a la otra extremidad, esto
es, desde el cielo hasta el infierno. Si subiere a! cielo,
dice, allí te hallas; si bajare al infierno, estás a llí18.
Pero en ambas partes fuertemente, pues no sólo ex­
pedió de las alturas al soberbio, sino que en los infier­
nos despojó al avaro. Convenía, pues, que dispusiese
con suavidad todas las cosas del cielo y de la tierra, a
fin de que, arrojando de allí al inquieto, asegurase a
los demás en la paz y, habiendo de vencer aquí al en­
vidioso, nos dejase primero a nosotros el necesarísi­
mo ejemplo de su humildad y mansedumbre; y así,
por este orden maravilloso de su sabiduría, se mos­
trase para los suyos suave y para los enemigos fuerte.
Porque ¿qué nos serviría que el diablo fuese vencido
por Cristo, si nosotros permaneciésemos soberbios?
Así, no hay duda en que intervinieron causas muy
importantes para que María fuese desposada con
José, puesto que por este medio se esconde lo santo a
los perros y se comprueba la virginidad de María por
su esposo; igualmente se preserva a la Virgen del son­
rojo y se provee a la integridad de su fama. ¿Qué cosa
más llena de sabiduría, oué cosa más digna de la pro­
videncia divina? Con sólo este arbitrio, se admite un
fiel testigo a los secretos del cielo y se excluye de ellos
al enemigo y se conserva ilesa la fama de la Virgen
Madre. De otra suerte, ¿cuándo hubiera perdonado

18 Ps., CXXXVIIJ, 8.

33
el justo a una adúltera? Pero está escrito: Mas José,
su esposo, siendo justo, y no queriendo delatarla, qui­
so dejarla ocultamente 19. ¡Qué bien dicho, siendo
justo y no queriendo delatarla! Porque así como de
ningún modo hubiera sido justo si la hubiera consen­
tido conociéndola culpada, igualmente no sería justo
si la hubiera delatado conociéndola inocente. Como
fuese, pues, justo y no quisiese delatarla, quiso dejar­
la ocultamente.
***

¿Por qué quiso dejarla? Oye también en esto no mi


sentencia propia, sino la de los Padres. Por el mismo
motivo quería José dejar a María por el que San Pe­
dro también apartaba de sí al Señor, diciéndole:
Apártate de mí, Señor, porque yo soy un pecador 20\ y
por la causa misma porque el centurión no quería
que entrase el Señor en su casa diciendo: Señor, yo no
soy digno de que entres bajo mi techo 21. Así, José,
teniéndose por indigno y pecador, decía dentro de sí
mismo que no debía concedérsele ya en adelante la
familiar compañía con tal y tan grande criatura, cuya
admirable dignidad miraba sobre sí con asombro.
Miraba y se llenaba de pavor a la vista de quien lleva­
ba en sí misma una certísima divisa de la presencia
divina; y, porque no podía penetrar el misterio, que­
ría dejarla. Miró Pedro con pavor la grandeza del po­
der de Cristo, miró con pavor el centurión la majes­
tad de su presencia. Fue poseído también José, como
hombre, de un asombro sagrado a la novedad de tan
grande milagro, a la profundidad de tan grande mis-
'9 Mi., I. 19.
20 Le., V, 8.
21 Mi., VIH. 8.

34
terio, y por eso quiso dejarla ocultamente. ¿Te m ara­
villas de que José se juzgase indigno de la compañia
de María, cuando llevaba ya en sus virginales entra­
ñas el Hijo de Dios, oyendo tú que Santa Isabel no
podía sostener su presencia sin temor y respeto, pues
prorrumpe en estas voces: ¿De dónde a m í esta dicha,
que la madre de m i Señor venga a mí? 22 Este fue el
motivo porque José quería dejarla. Pero ¿por qué
ocultamente y no a las claras? Porque no se inquirie­
se la causa del divorcio y se pidiese la razón que ha­
bía para él. Porque ¿qué respondería este varón justo
a un pueblo de dura cerviz, a un pueblo que no creía,
sino que contradecía? Si decía lo que sentía y lo que
había comprobado él mismo en orden a su pureza,
¿no se burlarían al punto de él los incrédulos y crue­
les judíos y a ella no la apedrearían? ¿Cuándo cree­
rían a la verdad enmudecida en el seno, si después la
despreciaron clamando en el templo? ¿Qué harían
con quien todavía no aparecía los que pusieron en El
sus impías manos cuando resplandecía con mila­
gros? Con razón, pues, este varón justo, por no verse
obligado o a mentir o a infamar a una inocente, quiso
ocultamente dejarla.
***

Mas si alguno siente de diferente modo, y porfía en


que José, como hombre, dudó; y, como era justo, no
quería habitar con ella por la sospecha, no querien­
do, sin embargo, tampoco (como era piadoso) descu­
brir sus recelos, y que por esto quiso dejarla oculta­
mente; brevemente respondo que aun así fue muy
necesaria y provechosa la duda de José, pues mereció

22 Le. 1.43.

35
ser aclarada por el oráculo divino. Porque así se halla
escrito: Pensando él en esto, es decir, en dejarla ocul­
tamente, se le apareció un ángel en sueños, y le dijo:
José, hijo de David, no temas recibir a María por
consorte tuya, pues lo que en sus entrañas está es del
Espíritu Santo 23. Así, por estas razones, fue despo­
sada María con José o, como dice el evangelista, con
un varón cuyo nombre era José 24. Varón le llama,
no porque fuese marido, sino porque era hombre de
virtud. O mejor, porque, según otro evangelista, fue
llamado, no varón absolutamente, sino varón de Ma­
ría, con razón se apellida como fue necesario repu­
tarle. Debió, pues, llamarse varón suyo, porque fue
necesario reputarlo tal; así como también mereció no
serlo a la verdad, sino llamarse padre de Dios; de
modo que se pensó que lo era, por lo que dice este
mismo evangelista: Tenía Jesús, al comenzar su m i­
nisterio, unos treinta años, y le reputaban hijo de
José 25. Ni fue, pues, varón de la madre ni padre del
hijo, aunque (como se ha dicho), por una necesaria
razón de obrar y, permisión en Dios, fue llamado y
reputado por algún tiempo lo uno y lo otro.
***

Pero conjetura tú por este título, con el cual, aun­


que por una graciosa razón de obrar y permisión di­
vina, mereció ser honrado, llamándose y creyéndose
algún tiempo padre de Dios; conjetura también por
su nombre propio (que sin duda significa aumento)

/vl .. 1. ¿ .
25 Le., III, 23.
26 Gen.. XXXVII, 27.

36
qué hombre tan grande y de cuánta virtud era este
José. Acuérdate al mismo tiempo de aquel grande
patriarca, vendido en otro tiempo en Egipto, y reco­
nocerás que éste no sólo tuvo su mismo nombre, sino
su castidad, su inocencia y su gracia. Aquel José 26,
vendido por la envidia de sus hermanos y llevado a
Egipto, prefiguró la venta de Cristo; este José, huyen­
do de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a la tierra
de Egipto 27. Aquél, guardando lealtad a su señor, no
quiso consentir al mal intento de su señora 28; éste,
reconociendo virgen a su Señora. Madre de su Señor,
la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo
en toda castidad. A aquél le fue dada la inteligencia
de los misterios de los sueños; éste mereció ser sabe­
dor y participante de los misterios de los soberanos. ‘
Aquél reservó el trigo no para sí, sino para el pueblo;
éste recibió el pan vivo del cielo para guardarle para
sí y para todo el mundo. Sin duda, este José con
quien se desposó la Madre del Salvador fué hombre
bueno y fiel. Siervo fiel y prudente, repito, a quien
constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del
sustento de su cuerpo; finalmente, a él solo sobre la
tierra, coadjutor fidelísimo del gran consejo. Llégase
a esto el referirse también que era de la casa de Da­
vid. Verdaderamente de la cada de David, verdadera­
mente de sangre real desciende este José, noble en li­
naje y más noble en el ánimo. Verdaderamente hijo
de David, pues no degenera de David, su padre. En­
teramente, vuelvo a decir, hijo de David, no sólo por
la sangre, sino por la fe, por la santidad, por la devo­
ción; a quien halló Dios, como a otro David, según278
27 Mi., II. 14.
28 Gen.. XXXIX. 12.

37
su corazón, para encomendarle con seguridad el se­
cretísimo arcano de su corazón; a quien, como a otro
David, manifestó los secretos y misterios de su sabi­
duría y le dio el conocimiento de aquel misterio, que
ninguno de los príncipes de este siglo conoció; a
quien, en fin, se concedió no sólo ver y oír al que m u­
chos reyes y profetas, queriéndole ver, no le vieron y
queriéndole oír no le oyeron, no sólo verle y oírle,
sino tenerle en sus brazos, llevarle de la mano, abra­
zarle, besarle, alimentarle y guardarle. Mas no preci­
samente de José, sino de María también se debe creer
que descendía de la casa de David. Porque no se hu­
biera podido desposar con un varón de la casa de
David si ella misma no fuera de la casa de David
también. Ambos, pues, eran de la casa de David;
pero en María se cumplió aquella verdad que Dios
había jurado a David, siendo José solamente sabedor
y testigo del cumplimiento de la divina promesa.
***

Al fin del verso dice el evangelista: Y el nombre de


la virgen era María. Digamos también, acerca de este
nombre, que significa estrella de la mar, y se adapta a
la Virgen Madre con la mayor proporción. Se com­
para María oportunísimamente a la estrella; porque,
así como la estrella despide el rayo de su luz sin co­
rrupción de sí misma, así, sin lesión suya, dio a luz la
Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella de
su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad. Ella,
pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob, cuyos
rayos iluminan todo el orbe, cuyo esplendor brilla en
las alturas y penetra los abismos; y alumbrando tam ­
bién a la tierra y calentando más bien los corazones

38
que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los
vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular
estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar
grande y espacioso, brillando en méritos, ilustrando
en ejemplos. ¡Oh!, cualquiera que seas el que en la
impetuosa corriente de este siglo te miras, mas antes
fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar
por la tierra, no apartes los ojos del resplandor de
esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borras­
cas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si
tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a
la estrella, llama a María. Si eres agitado de las ondas
de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición,
si de la emulación, mira a la estrella, llama a María.
Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impele vio­
lentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si,
turbado a la memoria de la enormidad de tus críme­
nes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia,
aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a
ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el
abismo de la desesperación, piensa en María. En los
peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en Ma­
ría, invoca a María. No se aparte María de tu boca,
no se aparte de tu corazón; y para conseguir los su­
fragios de su intercesión, no te desvíes de los ejem­
plos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no
desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella
piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te
protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es
tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te am pa­
ra; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta ra­
zón se dijo: Y el nombre de la virgen era María. Pero
ya debemos pausar un poco, no sea que miremos
sólo de paso la claridad de tanta luz. Pues, por usar

39
de las palabras del evangelista: Bueno es que nos
detengamos aquí (29). Da gusto contemplar dulce­
mente en el silencio lo que no basta a explicar la plu­
ma laboriosa. Y entre tanto, por la devota contem­
plación de esta brillante estrella, recobrará más fer­
vor la exposición en lo que se sigue.
En los peligros, en las angustias, en las dudas,
acuérdate/ de María, invoca a María.

(29) Mateo, XVII, 4.

40
C a p ít u l o T ercero

MARÍA LLENA DE GRACIA

Y habiendo entrado el ángel a donde estaba M a­


ría, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es
contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres.
Cuando oyó esto se turbó y pensaba qué salutación
sería ésta y el ángel le dijo: no lemas Muría, porque
has hallado gracia delante de Dios, he aquí que con­
cebirás en tu seno, y tendrás un hijo, y le llamarás Je­
sús. Este será grande y será llamado hijo del Altísimo
y le dará el señor Dios el trono de David su padre y
reinará en la casa de Jacob para siempre y su reino
no tendrá fin (i)
***

Me gusta usar de las palabras de los Santos siem­


pre que oportunamente se puedan adaptar a los
asuntos que trato, para que así, se hagan más gratas a
lo menos por la belleza de los vasos, las cosas que en
mis discursos presento al lector, y por eso comienzo

(1) Lucas. 1,28-33.

41
este capítulo con las expresiones del Profeta ¡ay de
mí! (2) no a la verdad como él, porque callé, sino por­
que he hablado, pues mis labios son impuros. ¡Ay!;
cuántas cosas vanas, cuantas cosas falsas, cuántas co­
sas torpes me acuerdo haber vomitado por esta mis­
ma asquerosísima boca mía, con que ahora presumo
tratar palabras celestiales.
Temo mucho que esté cerca aquel momento en
que haya de oír que me dicen: ¿Cómo cuentas tú mis
injusticias y tomas en tu boca m i testamento? (3). Oja­
lá que a mí también me trajeran como al Profeta, del
soberano altar, no una sola ascua sino un globo gran­
de de fuego, que consumiese enteramente la mucha e
inveterada inmundicia de mi sucia boca, a fin de ha­
cerme digno de repetir con mi expresión, tal cual ella
sea, los gratos y castos coloquios del Angel con la
Virgen y la respuesta de la Virgen al mismo Angel.
Dice el Evangelista: Habiendo entrado el ángel del
Señor, dijo a María: Dios te salve, llena de gracia, el
Señor es contigo. ¿Y a dónde entró el ángel? Sin duda
al secreto de su casto aposento, en donde quizá, ce­
rrada la puerta sobre sí, estaba en lo oculto orando al
padre celestial. Suelen los ángeles estar presentes a
los que oran y deleitarse en los que ven levantar sus
puras manos en la oración; se alegran de ofrecer a
Dios el holocausto de la devoción santa como incien­
so agradable al cielo. Y cuánto habían agradado las
oraciones de María en la presencia del Altísimo, lo
indica el Angel saludándola con tanta reverencia.
No tué dificultoso al Angel penetrar en el secreto
aposento de la Virgen, pues por la sutileza de su23

(2) Isaías, VI, 5.


(3) Salmo XLIX, 16.

42
substancia tenía la natural propiedad de que nada ni
la cerradura de hierro, le podían estorbar la entrada a
cualquiera parte que su ímpetu le llevase. No resisten
a los Angélicos Espíritus las paredes, sino que les ce­
den todas las cosas visibles, y todos los cuerpos por
más solidos o densos que sean están francos y pene­
trables para ellos. No debes, pues, sospechar que en­
contrase el Angel abierta la puertecita de la Virgen
cuyo propósito, al estar cerrada, era evitar la concu­
rrencia de los hombres y huir de sus conversaciones,
para que así o no fuese perturbado el silencio de su
oración o no fuese tentada su castidad de que hacía
profesión. Por tanto había cerrado sobre sí su habita­
ción en aquella hora la Virgen prudentísima, pero a
los hombres, no a los ángeles y aunque pudo entrar el
Angel donde estaba, a ninguno de los hombres le era
fácil la entrada.

Habiendo entrado el Angel a donde estaba María


la dijo; Dios te salve llena de gracia el Señor es conti­
go. Leemos en los Actos de los Apóstoles (4) que San
Esteban estuvo lleno de gracia y que los Apóstoles
también estuvieron llenos de Espíritu Santo, pero fue
diferentemente que María, porque, a más de otras ra­
zones, ni en aquel habitó la plenitud de la divinidad
corporalmente, como habitó en María, ni estos con­
cibieron del Espíritu Santo, como María.
Dios te salve, dice, llena de gracia, el Señor es con­
tigo. ¿Qué mucho estuviera llena de gracia, si el
Señor estaba con ella? Lo que más se debe admirar es4

(4) Actos de los Apóstoles, VI, 5.

43
cómo el mismo que había enviado el ángel a la Virgen
fue hallado con la Virgen por el ángel. ¿Fue Dios más
veloz que el ángel, de modo que con mayor ligereza
se anticipó a su presuroso nuncio para llegar a la tie­
rra? No hay que admirar, porque estando el Rey en
su reposo, el nardo de la Virgen dio su olor y subió a
la presencia de su gloria el perfume de su aroma y ha­
lló gracia en los ojos del señor, clamando los circuns­
tantes: ¿Quién es esta que sube por el desierto como
una columnita de humo formada de perfumes de m i­
rra e incienso? 4 Y al punto el Rey, saliendo de su
lugar santo, mostró el aliento de un gigante para co­
rrer el camino 45; y, aunque fue su salida de lo más
alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se
adelantó a su nuncio, para llegar a la Virgen, a quien
había amado, a quien había escogido para sí, cuya
hermosura había deseado. Al cual, mirándole venir
de lejos, dándose el parabién y llenándose de gozo, le
dice la Iglesia: M irad cómo viene éste saltando en los
montes, pasando por encima de los collados 6.
***

Mas con razón deseó el Rey la hermosura de la


Virgen, pues había puesto por obra todo lo que m u­
cho antes había sido amonestada por David, su pa­
dre, que la decía: Escucha, hija, y mira; inclina tu
oído y olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Y si esto
haces, deseará el Rey tu hermosura 7. Oyó, pues, y

4 Cant., III, 6.
5 Ps., XVIII, 6.
6 Cant., II, 8.
7 Ps., XLIV, 11

44
vio; no como algunos, que oyendo no oyen y viendo
no entienden, sino que oyó y creyó; vio y entendió.
Inclinó su oído a la obediencia y [Link]ón a la ense­
ñanza, y se olvidó de su pueblo y de la casa de su pa­
dre; porque ni pensó en aum entar su pueblo con la
sucesión ni intentó dejar herederos a la casa de su
padre, sino que todo el honor que pudiera tener en su
pueblo, todo lo que pudiera tener de bienes terrenos
por sus padres, lo abandonó como si fuera basura,
para ganar a Cristo. Ni la engañó su pensamiento,
pues logró, sin violar el propósito de su virginidad,
tener a Cristo por hijo suyo. Con razón se llama llena
de gracia, pues tuvo la gracia de la virginidad; y, a
más de eso, consiguió la gloria de la fecundidad.
***

Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.


No dijo el ángel: El señor está en ti, sino: el Señor es
contigo; porque, aunque Dios está igualmente en to­
das partes por su simplicísima substancia, con todo
eso, está de diferente modo en las criaturas racionales
que en las demás; y en aquellas mismas todavía de
otra suerte en los buenos que en los malos, por su efi­
cacia. De tal modo sin duda está en las criaturas irra­
cionales, que no puede caber en ellas; en las raciona­
les puede caber por el conocimiento, pero sólo halla
cabida en los buenos por el amor. Así, sólo en los
buenos está de tal manera, que también está con ellos
por la concordia de la voluntad; porque, cuando su­
jetan de tal modo sus voluntades a la justicia, que no
es indecente a Dios querer lo que ellos quieren, por
lo mismo que no se apartan de su voluntad, se juntan
a sí mismos con especialidad a Dios. Mas, aunque de

45
esta suerte está en todos los santos, particularmente
está con María, con la cual tuvo tanta concordia, que
juntó a sí mismo no sólo su voluntad, sino su misma
carne también; y de su substancia y de la de la Vir­
gen hizo un solo Cristo o, diciendo mejor, se hizo un
solo Cristo; el cual, aunque ni todo de la substancia
de Dios, ni todo de la substancia de la Virgen, sin
embargo, todo es de Dios y todo de la Virgen; no
siendo por eso dos hijos, sino sólo un hijo de uno y de
otro. Dice, pues: Dios te salve, llena de gracia, el Se­
ñor es contigo. No solamente el Señor Hijo es conti­
go, al cual distes tu carne, sino también el Señor
Espíritu Santo, de quien concibes; y el Señor
Padre, que engendró al que tú concibes. El Padre, re­
pito, es contigo, que hace a su Hijo tuyo también. El
Hijo es contigo, quien, para obrar en ti este admira­
ble misterio, se reserva a sí con un modo maravilloso
el arcano de la generación y a ti te guarda el sello vir­
ginal. El Espíritu Santo es contigo, pues con el Padre
y con el Hijo santifica tu seno. El Señor, pues, es
contigo.
Bendita tú eres entre las mujeres. Quiero juntar a
esto lo que añadió Santa Isabel a estas mismas pala­
bras, diciendo: Y bendito es el fruto de tu vientre. No
porque tú eres bendita es bendito el fruto de tu vien­
tre, sino porque él te previno con bendiciones de
dulzura, eres tú bendita. Verdaderamente es ben­
dito el fruto de tu vientre, pues en él son benditas
todas las gentes; de cuya plenitud también recibiste
tú con los demás, aunque de un modo más excelente
que lo demás. Por tanto, sin duda eres tú bendita,
pero entre las mujeres; mas él es bendito, no entre los
hombres, no entre los ángeles precisamente, sino
como quien es, según habla el Apóstol, sobre todas

46
las cosas, Dios bendito por los siglos 8. Suele llamarse
bendito el hombre, el pan bendito, bendita la mujer,
bendita la tierra y las demás cosas en las criaturas
que están benditas; pero singularmente es bendito el
fruto de tu vientre, siendo él, sobre todas las cosas,
Dios bendito por los siglos.
***

Bendito, pues, es el fruto de tu vientre. Bendito en


el olor, bendito en el sabor, bendito en la hermosura.
La fragancia de este odorífero fruto percibía aquel
que decía: E l olor que sale de mi Hijo es semejante al
de un campo lleno que el Señor colmó de sus bendi­
ciones 9102.¿No será bendito aquel a quien colmó de sus
bendiciones el Señor? Del sabor de este fruto, uno
que le había gustado, eructaba de este modo, dicien­
do: Gustad y ved qué suave es el Señor *0; y en otra
parte: ¡Qué grande es, Señor, la abundancia de tu
dulzura, que has escondido y reservado para los que
te te m e n !11Y otro también: Si es que habéis gustado
que es dulce el Señor 12. Y el mismo fruto de sí mis­
mo, convidándonos a sí: El que me come, dice, ten­
drá todavía hambre; y el que me bebe, tendrá todavía
sed Sin duda decía esto por la dulzura de su sabor,
que gustado excita el apetito. Buen fruto el que es co­
mida y bebida a un tiempo para las almas que tienen
hambre y sed de la justicia. Oíste ya su olor, oíste su

8 Rom., IX, 6.
9 Gen., XVII, 27.
10 Ps„ XXXIII, 9.
11 Ps., XXX, 20.
l 2 Peir„ 11,3.
' ^ Eccli.. XXIV, 29.

47
sabor, oye también su hermosura; porque, sí aquel
fruto de muerte no sólo fue suave para comerse, sino
también, por testimonio de la Escritura, agradable a
la vista, ¿cuánto más cuidadosamente debemos infor­
marnos de la vivificante hermosura de este fruto vi­
tal, en quien, por testimonio igualmente de la Escri­
tura, desean mirar los ángeles mismos? Cuya belleza
miraba en espíritu y deseaba ver en el cuerpo aquel
que decía: De Sión viene el esplendor de su hermosu­
ra I4. Y, porque no te parezca que alababa una belle­
za mediana solamente, acuérdate de lo que tienes es­
crito en otro salmo: Tú sobrepasas en belleza a todos
los hijos de los hombres; la gracia está derramada en
tus labios;por eso Dios te bendijo para siempre 15.
***
Bendito, pues, el fruto de tu vientre, al cual bendijo
Dios para siempre; por cuya bendición también eres
bendita tú entre las mujeres, porque no puede un ár­
bol malo llevar un fruto bueno. Bendita tú, vuelvo a
decir, entre las mujeres, pues te libraste de la general
maldición en que se dijo: En tristeza darás a luz los
hijos 16; y no menos de aquella que se siguió: Maldita
la estéril en Isra e ll7; y conseguiste una especial ben­
dición, por la cual ni permaneces estéril ni das a luz
con dolor. ¡Dura necesidad y yugo grave que oprime
a todas las hijas de Eva! Si dan a luz son atorm enta­
das con los dolores; si no dan a luz, son maldecidas.
¿Qué harás, virgen, que oyes esto y que lees esto? Si

Ps., XLIX, 2.
f Ps., XLIV, 3.
16 Gen., III, 16.
' 7 Ex., XXXIII, 2U.

48
deseas tener parto, serás afligida entre angustias; si
permaneces estéril, serás maldecida. ¿Qué escoges,
Virgen prudente? Por todas partes, dice, me cercan
angustias. Sin embargo, mejor es para mí incurrir en
la maldición y permanecer casta, que concebir pri­
mero por la concupiscencia lo que después justam en­
te había de dar a luz con dolor. Por esta parte,
aunque veo la maldición, pero no el pecado; mas por
la otra veo el pecado y juntam ente el tormento. En
fin, ¿esta maldición es más que el improperio de los
hombres? No por otra cosa se llama la estéril maldi­
ta, sino porque los hombres la improperarán y des­
preciarán como inútil e infructuosa en Israel. Pero
para mí nada importa que desagrade a los hombres,
como pueda presentarme a Cristo, Virgen casta. ¡Oh
Virgen prudente! ¡Oh Virgen devota! ¿Quién te ense­
ñó que agradaba a Dios la virginidad? ¿Qué ley, qué
rito, qué página del Viejo Testamento manda o acon­
seja y exhorta a vivir en la carne castamente y a tener
una vida propia de los ángeles de la tierra? ¿En dónde
lo has leído, Virgen devota, que la sabiduría de la
carne es muerte 18*201; y no queráis contentar vuestra
sensualidad satisfaciendo a sus deseos? I9 ¿En dónde
has leído de las vírgenes que cantan un nuevo cántico
que ningún otro puede cantar y que siguen al Corde­
ro adondequiera que vaya? 2Ó ¿En dónde has leído
que son alabados los que se hicieron continentes por
el reino de Dios? 21 ¿En dónde has leído: Aunque
vivimos en la carne, nuestra conducta no es carnal?22

18 Rom .,\n\\,6.
19 Rom., XIII, 14.
20 Apoc., XIV, 4.
21 Mí., XIX, 12.
22 // Cor.,X . 3.

49
Y ¿aquel que casa a su hija, hace bien; y aquel que no
la casa, hace mejor? 23 ¿Dónde has oído: Quisiera
que todos vosotros permanecierais en el estado en que
yo me hallo; y bueno es para el hombre si así perm a­
neciere, como yo le aconsejo? En cuanto a las vírge­
nes, dice, no he recibido precepto del Señor, pero doy
consejo. Mas tú, no digo precepto, pero ni consejo, ni
ejemplo tenías, sino que la interior moción de Dios te
lo enseñaba todo, y su palabra viva y eficaz, hacién­
dose primero tu maestro que hijo tuyo, instruyó an­
tes tu mente, que se vistió de tu carne. Haces voto,
pues, de presentarte a Cristo virgen, sin saber que
está reservado para ti ser Madre. Escoges ser despre­
ciable en Israel e incurrir en la maldición de la estiri-
lidad para agradar a aquel Señor en cuyos ojos obras
lo más perfecto; y mira cómo la maldición se trueca
en bendición y la esterilidad se recompensa con la
fecundidad.
***

Abre, Virgen, el seno, dilata el regazo, prepara tus


castas entrañas, pues va a hacer en ti cosas grandes el
que es todopoderoso, en tanto grado, que en vez de la
maldición de Israel te llamarán bienaventurada todas
las generaciones. No tengas por sospechosa, Virgen
prudentísima, la fecundidad; porque no disminuirá
tu integridad. Concebirás, pero sin pecado; estarás
embarazada, pero no cargada; darás a luz, pero no
con tristeza; no conocerás varón y engendrarás un
hijo. ¡Qué hijo! De aquel mismo serás Madre de
quien Dios es Padre. El hijo de la caridad paterna
será la corona de tu castidad; la sabiduría del corazón 23

23 ICor., VII, 38.


50
del Padre será el fruto de tu virgíneo seno; a Dios, en
fin, darás a luz y concebirás de Dios. Ten, pues, áni­
mo, Virgen fecunda, madre intacta, porque no serás
maldecida jamás en Israel ni contada entre las estéri­
les. Y si con todo eso el Israel carnal te maldice, no
porque te mire estéril, sino porque sienta que seas fe­
cunda; acuérdate que Cristo también sufrió la maldi­
ción; el mismo que a ti, que eres su madre, bendijo en
los cielos; pero aun en la tierra igualmente eres ben­
decida por el ángel, y por todas las generaciones de la
tierra eres llamada, con razón, bienaventurada. Ben­
dita, pues, eres tú entre las mujeres y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús.
***

La cual, habiendo oído tales palabras, se turbó y


estaba entre sí pensando en la salutación. Suelen las
vírgenes que verdaderamente aman la virginidad es­
tar siempre temerosas y nunca seguras; y para preca­
verse de lo que en realidad es temible, suelen temer
aun en aquello que no tiene riesgo, considerando que
llevan un tesoro precioso, en un vaso de barro y que
es muy arduo vivir como los ángeles entre los hom­
bres, conducirse en la tierra al tenor de los que habi­
tan en el cielo y guardar en el cuerpo frágil la pureza
del celibato. Por consiguiente, al ver una cosa nueva
o repentina, sospechan asechanzas y piensan que
todo se maquina contra ellas. Por eso María se turbó
a las palabras del ángel; turbóse, mas no se perturbó.
M e turbé, dice el profeta, y no hablé, sino que medité
los días antiguos y tuve en m i pensamiento los años
eternos 24. A este modo María se turbó y no habló,
24 Ps., LXXVl, 5.
51
sino que pensaba entre sí qué salutación sería ésta.
Haberse turbado fue pudor virginal; no haberse per­
turbado, fortaleza; haber callado y pensado, pruden­
cia. Estaba entre sí pensando en la salutación. Sabía
esta Virgen prudente que muchas veces Satanás se
transforma en ángel de luz; y, porque era humilde y
sencilla, no esperaba cosa semejante de un ángel san­
to; y por eso pensaba entre sí que salutación sería
ésta.
***

Entonces el ángel, mirando a la Virgen y advirtien­


do facilísimamente que resolvía en su corazón pensa­
mientos varios, la consuela en sus temores, la ilustra
y fortalece en sus dudas, y llamándola familiarmente
por su propio nombre, blanda y benignamente la
persuade que no tema: No temas, dice, María, por­
que hallaste gracia en los ojos de Dios. Nada hay aquí
de dolor, nada de engaño, no sospeches fraude, no re­
celes alguna asechanza: no soy hombre, soy espíritu
y ángel de Dios, no de satanás. No temas, María, por­
que hallaste gracia en los ojos de Dios. ¡Oh, si supie­
ras cuánto agrada a Dios tu humildad y cuánta es tu
privanza con El! ¡No te juzgarías indigna de que te sa­
ludase y obsequiase un ángel! ¿Por qué has de pensar
que te es indebida la gracia de los ángeles, cuando has
hallado gracia en los ojos de Dios? Hallaste lo que
buscabas, hallaste lo que antes de ti ninguno pudo
hallar, hallaste gracia en los ojos de Dios. ¿Qué gra­
cia? La paz de Dios y de los hombres, la destrucción
de la muerte, la reparación de la vida. Esta es la gra­
cia que hallaste en los ojos de Dios. Y ésta es la señal
que te dan para que te persuadas que has hallado

52
todo esto: Sabe que concebirás en tu seno y darás a
luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Entiende, Virgen
prudente, por el nombre del hijo que te prometen,
cuán grande y qué especial gracia has hallado en los
ojos de Dios. Y le llamarás Jesús. La razón y signifi­
cado de este nombre se halla en otro evangelista, in­
terpretándole el ángel así: Porque El salvará a su
pueblo de sus pecados 25.
***

De dos leo que precedieron con el nombre de Jesús


en figura de este de quien ahora tratamos; y ambos
mandaron a los pueblos; de los cuales el uno sacó a
su pueblo de Babilonia y el otro introdujo al suyo en
la tierra de promisión. Y estos mismos sin duda de­
fendieron de sus enemigos a los pueblos que goberna­
ban; pero, ¿por ventura, les salvaron de sus pecados?
Mas este nuestro Jesús salva a su pueblo de sus peca­
dos y le introduce en la tierra de los vivientes, porque
El salvará a su pueblo de sus pecados. ¿Quién es éste,
que también perdona los pecados? Ojalá que tam ­
bién se digne el Señor Jesús contarme a mí, pecador,
en su pueblo para salvarme de mis pecados. Dichoso
verdaderamente el pueblo de quien es su Dios este
Señor Jesús, pues El salvará a su pueblo de sus peca­
dos. Pero recelo que muchos profesen ser de su pue­
blo, y que, sin embargo, El no los tenga por pueblo
suyo; recelo que a muchos que parecen ser los más
religiosos entre su pueblo, diga El mismo alguna vez:
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón
está lejos de m í [Link] el Señor Jesús los que son

25 Mi.. 1 .21.
2 6 Mi., X V , 8.

53
suyos, sabe los que escogió desde el principio. ¿Por
qué me llamáis, dice, Señor, Señor, y no hacéis lo que
yo os digo? 27 ¿Quieres saber si perteneces a su pue­
blo, o, más bien, quieres ser de su pueblo? Haz lo que
te manda en el Evangelio el Señor Jesús, lo que m an­
da en la ley, lo que manda por los profetas, lo que
manda por sus ministros que tiene en la Iglesia; obe­
dece a tus prelados, que son vicarios suyos, no sólo a
los buenos y modestos, sino a los que son ásperos y
duros; aprende del mismo Jesús a ser manso y humil­
de de corazón; y serás de aquel verdadero pueblo
suyo que El escogió por su heredad; serás de aquel es­
timable pueblo suyo a quien el Señor de los ejércitos
bendijo diciendo: Tú eres obra de mis manos, y mi
heredad, Isra el28; de quien, para que acaso no sigas
al Israel carnal, asegura con su testimonio: Un cono­
cido se ha sujetado a mí; me ha obedecido al punto
que oyó mi voz 29.
***

Pero oigamos lo que siente el mismo ángel de


aquel a quien pone tal nombre aun antes de ser con­
cebido. Dice, pues: Este será grande y será llamado
el hijo del Altísimo 3031. Con razón se dice que será
grande el que merecerá ser llamado hijo del Altísi­
mo. ¿Por ventura no es grande aquel cuya grandeza
no tiene fin? ¿Y quién es tan grande, dice, como
nuestro Dios .?31 Grande es enteramente el que es tan

27 Le., VI, 46.


2 8 /.v„ XIX, 25.
29 Ps., XVII, 45.
30 U-„ 1.32.
31 / >j.,C X II,5.

54
grande como el Altísimo, pues él también es Altísi­
mo. No juzgará el hijo del Altísimo32 que es una usur­
pación y robo en sí mismo aquel que, habiendo sido
formado ángel de la nada, comparándose, lleno de
soberbia, a su Hacedor, pretendía robar lo que es
propio del Hijo de Dios; el cual, sin duda, según su
forma y naturaleza divina, no fue hecho, sino en­
gendrado de Dios. Pues Dios Padre Altísimo, aunque
es omnipotente, no pudo, con todo eso, o hacer una
criatura igual a sí mismo o engendrar un hijo que
fuese desigual. Así hizo grande al ángel, pero no tan­
to como es El; y, por consiguiente, no le hizo altísi­
mo. Solamente ni lo reputa usurpación ni lo tiene
por injuria que el Unigénito, a quien no hizo, sino
que engendró omnipotente, siendo El altísimo; coe­
terno, siendo El eterno, se compare en todo a El mis­
mo. Con razón, pues, será éste grande, pues será lla­
mado hijo del Altísimo.
***

Pero ¿por qué dice que será, y no dice más bien


que es grande el que, siempre igualmente grande, no
tiene adonde crecer, ni después de su concepción ha
de ser mayor que sea o haya sido antes? ¿Acaso se
dice que será, porque El mismo, que era Dios grande,
ha de ser grande hombre? Bien se dice, pues: Este
será grande. Grande hombre, grande doctor, grande
profeta. De El se dice en el Evangelio: Un profeta
grande ha parecido en medio de nosotros 33; y por
otro profeta menor que él es prometido igualmente

32 Phil.. II, 6.
33 ¿c\, VII, 16.

55
como un profeta grande que había de venir: Mira,
dice, que vendrá un profeta grande y él mismo reno­
vará a Jesuralén. Y tú, a la verdad, ¡oh Virgen!, darás
de mamar a un párvulo; pero al verle párvulo, con­
témplale grande. Será grande, porque el Señor le en­
grandecerá delante de los reyes, de modo que todos
los reyes le adorarán, todas las gentes le servirán. En­
grandezca, pues, tu alma también al Señor, porque
será grande y será llamado hijo del Altísimo. Grande
será y hará cosas grandes el que es poderoso y su
nombre santo. ¿Qué nombre más santo que llamarse
hijo del Altísimo? Sea también engrandecido por no­
sotros, que somos párvulos, el Señor grande, que, por
hacernos grandes, se hizo párvulo. Un párvulo, dice
el profeta, nació para nosotros y un párvulo nos han
dado 34. Para nosotros, repito, no para sí; pues, naci­
do de su Eterno Padre más noblemente antes de los
tiempos, no necesitaba nacer de una Madre en el
tiempo. No para los ángeles tampoco, que poseyén­
dole grande no le solicitaban párvulo. Para nosotros,
pues, nació, a nosotros nos le han dado, porque para
nosotros era necesario.
***

Empleemos ya al que nació para nosotros y fue


dado a nosotros en lo que es el fin por que nació y nos
fue dado. Usemos del que es nuestro en utilidad
nuestra, saquemos del Salvador la salud. He aquí que
el párvulo está puesto en medio de nosotros. ¡Oh pár­
vulo deseado de los párvulos! ¡Oh verdaderamente
párvulo, pero en la malicia, no en la sabiduría! Pro­
curemos hacernos como este párvulo, aprendamos
34 As., IX. 6.

56
de El a ser mansos y humildes de corazón; no sea que
el grande Dios se haya hecho sin fruto hombre pe­
queño, no sea que en balde haya muerto, no sea que
inútilmente haya sido crucificado por nosotros.
Aprendamos su humildad, imitemos su mansedum­
bre, apreciemos su amor, tomemos parte en sus
penas, lavémonos en su sangre. Ofrezcámosle a El
mismo como nació y nos fue dado a nosotros. Ofrez­
cámosle a los ojos de su Padre, ofrezcámosle a los
suyos mismos, porque el Padre no perdonó a su pro­
pio Hijo, sino que por nosotros le entregó; y el mis­
mo Hijo se abatió hasta tal extremo, que tomó la for­
ma de esclavo. El mismo entregó su vida a la muerte
y fue puesto en el número de los malhechores; y El
mismo llevó sobre sí los pecados de muchos y oró
por los violadores de la ley para que no pereciesen.
No pueden perecer aquellos por quienes el Hijo rue­
ga que no perezcan, por quienes el Padre entregó su
Hijo a la muerte para que vivan. Debemos esperar el
perdón de ambos igualmente; en los cuales es igual la
misericordia en su piedad, igual en la voluntad el po­
der; una misma substancia divina.
***

Gloria sea dada, pues, al Hijo del Altísimo, Hijo


también de María que cuando honramos al Hijo no
nos apartamos de las glorias de la Madre, e igual­
mente cuanto decimos en las alabanzas de la Virgen
Madre, redunda también a gloria del Hijo. Si como
dice Salomón: El Hijo sabio es gloria del Padre (35).
¿Cuánta mayor gloria será ser Madre de la misma Sa-

(35) Proverbios, X, 1.

57
biduría? Pero ¿qué puedo intentar yo en las alabanzas
de aquella Señora a quien publican digna de ellas los
Profetas, lo expresa el mismo Angel y lo declara el
santo Evangelio? No, yo no la alabo, porque no me
atrevo, sino que repito con devoción lo que ya expli­
có el Espíritu Santo por boca del Evangelista.
Dice: Y le dará el Señor Dios el trono de David, su
Padre. Que de la prosapia de David trajese su origen
Jesús, nadie lo duda. Pero yo deseo saber, ¿cómo le
dió el Señor el trono de David su padre, no habiendo
reinado en Jerusalén, sino que antes bien, queriéndo­
lo hacer Rey las turbas no lo consintió, y aun protes­
tó delante de Pilatos, diciendo: M i reino no es de este
mundo? (36). Y, ¿qué es el trono de David, qué se pro­
mete, para quién se sienta sobre los Querubines, para
quién vio el Profeta (37) sentado sobre un Solio excel­
so y elevado? Sabemos que hay otra Jerusalén signifi­
cada por ésta en que reinó David y que es aquélla
mucho más noble y rica. Y a esa se refiere aquí, se­
gún el frecuente modo de hablar de la Escritura, en
que se pone muchas veces lo que significa por el sig­
nificado. Le dio Dios el trono de David, su padre,
cuando le constituyó Rey sobre Sión su monte sano
(38). Y este texto parece explicar ya más claramente
de qué reino se trata, porque no dice en Sión, sino
sobre Sión.
Ciertamente en Sión reinó David, pero está sobre
Sión el reino aquel de quien se dijo a este rey: Colo­
caré sobre tu trono tu descendencia (39); de quien se

(36) J u a n , X V III, 36.


(37) Isaías, IV, 1.
(38) Salmo II, 6.
(39) Salmo CXXXI.

58
dijo también por otro Profeta: Sobre el solio de David
y sobre su reino se sentará (40). Y ¿no ves cómo en to­
das partes hallas sobre? Sobre Sión, sobre el trono,
sobre el solio, sobre el Reino. Le dará, pues, el Señor
Dios el trono de David su padre, no el figurativo,
sino el verdadero, no el temporal, sino el eterno, no
el terreno, sino el celestial.
***
Y reinará en la casa de Jacob para siempre y su
reino no tendrá fin (41).
Si aquí igualmente entendiéramos la casa temporal
de Jacob, ¿cómo no siendo eterna, había de poder
reinar en ella eternamente? Se ha de buscar, pues,
una casa eterna de Jacob en que reine eternamente
aquel Señor cuyo reino no tendrá fin. Y además ¿aca­
so aquella provocadora casa de Jacob no le negó
impíamente y le desechó neciamente delante de Pila-
tos, cuando diciendo él: ¿ Yo he de crucificar a vuestro
Rey?, respondió gritando a una voz: No tenemos más
Rey que aI César? (42).
Busca, pues, al Apóstol y te distinguirá al que es
judío en lo oculto de aquel que lo es en lo manifiesto
y la circuncisión que es según el espíritu de aquella
que se hace según la carne, al Israel espiritual del car­
nal, a los hijos de la fe de Abraham de los hijos de su
carne. No todos los que son de la sangre de Abraham43
son hijos suyos. Luego igualmente no todos los que
descienden de Jacob son de la casa de Jacob, puesto
que Jacob es lo mismo que Israel.
Juzga, pues, de la casa de Jacob sólo aquellos que
(40) Isaías, IX. 7.
(41) Lucas. 1,32.
(42) Juan, XIX. 15.
(43) Romanos. 28.
59
se encuentran perfectos en la misma y habrás encon­
trado los que constituyen la casa espiritual y eterna
de Jacob en que el Señor Jesús reinará para siempre.
¿Quién de nosotros es el que según la interpretación
del nombre de Jacob hace caer con industria de su
corazón al diablo y lucha contra sus vicios y deseos
malos, para que no reine el pecado en su cuerpo
mortal, sino Jesús en él, ahora por la gracia y después
por la gloria?
***

Dichosos aquellos en quienes Jesús reinará eterna­


mente, porque ellos también reinarán con él, y su rei­
no no tendrá fin. ¡Oh qué dichoso es aquel reino en
que se congregaron los Reyes para alabar y glorificar
al que es sobre todos Rey de los Reyes y Señor de los
Señores, cuyo resplandeciente rostro contemplarán
los justos y brillarán como el sol en el Reino de su
Padre! ¡Oh si de mí, pecador, se acordara también Je­
sús según la bondad que se ha dignado mostrar a su
pueblo, cuando haya de venir a su reino! ¡Oh si en
aquel día en que ha de entregar el reino a Dios y al
Padre, quisiera visitarme con su asistencia saludable,
para verle yo colmado de los bienes de sus escogidos,
para gozarme yo en la alegría que es propia de su
pueblo; y que esta misma misericordia fuera eterna
materia para darle alabanzas en compañía de su
heredad!
Venid entre tanto Señor Jesús y quitad los escán­
dalos de vuestro reino que es mi alma, para que vos
reinéis como es natural en ella. Porque viene la ava­
ricia y quiere asentar en mí su trono; la jactancia:
quiere dominarme, la soberbia quiere ser mi rey, la

60
lujuria, dice, yo he de reinar; la detracción, la ira, la
envidia, combaten en mí mismo, sobre mí, disputan­
do entre sí de cuál de ellas debo ser esclavo principal­
mente. Y yo, cuanto puedo resisto, cuanto puedo me
esfuerzo, doy voces a mi Señor Jesús, me derramo en
su presencia, porque conozco que tiene en mí todo
derecho. Tengo a El por mi Dios, tengo a El por mi
Dueño, y digo: no tengo otro Rey que mi Señor Je­
sús. Venid, pues, Señor, dispersadlos con la fuerza de
vuestro poder, y reinaréis en mí, pues vos sois mi
Rey y mi Dios, que sólo con mandarlo habéis salva­
do tantas veces a Jacob.

61
C a p ít u l o C u a r t o

MARÍA, LA MADRE DE DIOS

Y dijo María al Angel: Cómo puede ser esto, si no


conozco varón.
Y respondiendo el Angel la dijo: E l Espíritu Santo
vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud
del Altísimo y por eso lo santo que nacerá de ti será
llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu pa-
rienta, también ha concebido un hijo en su vejez, por­
que no hay cosa alguna imposible para Dios.
Y dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase
en m í según tu palabra.
Y se retiró de ella el Angel (i).
***

7 dijo María al Angel: ¿Cómo puede ser esto si no


conozco varón? Primero, sin duda, María calló como
prudente, cuando todavía dudosa pensaba entre sí,
que salutación sería ésta, queriendo más por su hu­
mildad no responder que temerariamente hablar de

(1) Lucas, I, 34-38.

62
lo que no sabía. Pero ya confortada, y habiéndolo
premeditado bien, hablándola interiormente Dios
(que estaba con ella según lo que dice el Angel: El
Señor es contigo), expeliendo sin duda la fe al temor,
la alegría al empacho, dijo al Angel: ¿Cómo puede ser
esto si no conozco varón?
No duda el hecho, sino que pregunta acerca del
modo y del orden, no pregunta si se hará esto, sino
cómo se hará. Al modo que si dijera: Sabien­
do mi Señor que su esclava tiene hecho voto de virgi­
nidad, ¿con qué disposición, con qué orden le agra­
dará que se haga esto? Si Su Majestad ordena otra
cosa, si dispensa este voto para tener tal Hijo, alégra­
me del Hijo que me da, pero me duele la dispensa del
voto; sin embargo hágase su voluntad en todo; pero si
he de concebir virgen y virgen también he de
alumbrar, lo cual ciertamente no le es imposible, en­
tonces verdaderamente conoceré que miró la humil­
dad de su esclava.
***

¿Cómo pues se hará esto Angel de! Señor, si no co­


nozco varón? Y respondiendo el Angel la dijo: El Es­
píritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su som ­
bra la virtud del Altísimo. Había dicho antes que es­
taba llena de gracia; pues ¿cómo dice ahora el Espíri­
tu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la
virtud del Altísimo? ¿Por ventura podría estar lle­
na de gracia y no tener todavía al Espíritu Santo,
siendo El el dador de todas las gracias? Y si el Espíri­
tu Santo estaba en ella, ¿cómo se la vuelve
a prometer que vendrá sobre ella nuevamente? Por
esto sin duda no se dijo vendrá a ti, sino que vendrá

63
sobre ti, porque aunque a la verdad primero estuvo
con María por su copiosa gracia, ahora se la anuncia,
que vendrá sobre ella por la más abundante plenitud
de gracia que en ella ha de derramar.
Pero estando ya llena, ¿cómo podría caber en ella
algo más? Y si todavía puede caber más en ella,
¿cómo se ha de entender que antes estaba ya llena de
gracia? La primera gracia había llenado solamente su
alma y la siguiente había de llenar también su seno a
fin de que la plenitud de la Divinidad, que ya habita­
ba en ella antes espiritualmente como en muchos de
los Santos comenzase también a habitar corporal­
mente como en ninguno de los mismos.
***

¿Dice, pues, el Espíritu Santo vendrá sobre ti y la


virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra la virtud
del A ltísim o? ¡Ah! El que lo pueda entender que lo
entienda. Porque exceptuada acaso la que sola mere­
ció experimentar en sí esto felicísimamente, ¿quién
podrá percibir con el entendimiento y discernir con
la razón, de qué modo aquel esplendor inaccesible
del Verbo eterno se infundió en las virginales entra­
ñas, y para que pudiese sostener que el inaccesible se
acercase a ella, de la partecita del mismo cuerpo, a
la cual se unió El mismo, hiciera sombra a todo lo
demás?
Y quizá por esto principalmente se dijo: Te cubri­
rá con su sombra, porque sin duda la cosa era un
misterio, y lo que la Trinidad sola por sí misma, en
sola y con sola la Virgen quiso obrar, sólo se conce­
dió saberlo a quien sólo se concedió experimentarlo.
Dígase, pues: E l Espíritu Santo vendrá por ti; el cual,

64
con su poder, te hará fecunda: Y la virtud del Altísi­
mo te cubrirá con su sombra; esto es, aquel modo con
que del Espíritu Santo concebirás, de tal suerte Cris­
to, virtud de Dios y sabiduría de Dios, haciendo som­
bra, lo encubrirá y ocultará en su secretísimo conse­
jo, que sólo será conocido de El y de ti. Como si el
ángel respondiera a la Virgen: ¿Qué me preguntas a
mí lo que experimentarás en ti luego? Lo sabrás, lo
sabrás, y felicísimamente lo sabrás, siendo tu doctor
el mismo que es el autor. Yo he sido enviado a anun­
ciar la concepción virginal, no a criarla. Ni puede ser
enseñada sino por quien la da, ni puede ser aprendi­
da sino por quien la recibe. Y por eso también lo
santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.
Que es decir: porque has de concebir, no del hombre,
sino del Espíritu Santo, y has de concebir al que es
virtud del Altísimo; por eso también lo santo que
nacerá de ti será llamado Hijo de Dios; esto es, no
sólo el que viniendo del seno del Padre a tu seno te
cubrirá con su sombra, sino también lo que de tu
substancia unirá a sí, desde aquel punto ya se llamará
Hijo de Dios; así como el que es engendrado por el
Padre antes de todos los siglos se reputará desde
ahora Hijo tuyo. Mas de tal suerte lo que nació del
mismo Padre será tuyo y lo que nacerá de ti será
suyo, que con todo eso no serán dos hijos, sino uno
solo. Y aunque ciertamente una cosa sea de ti y otra
cosa sea de El, sin embargo, ya no será de cada uno el
suyo, sino que un solo Hijo será de ambos.
***

Y por eso lo santo que nacerá de ti será llamado


Hijo de Dios. Atiende, te ruego, con cuánta reveren­

65
cia dijo el ángel: Lo sanio que nacerá de ti. ¿Por qué
dice santo absolutamente y sin añadir otra cosa? Yo
creo que porque no tenía con qué nombrar propia y
dignamente aquello singular, aquello magnífico,
aquello venerable, que de la purísima carne de la
Virgen, con su alma, se había de unir al único del Pa­
dre. Si dijera carne santa u hombre santo o cualquie­
ra otra semejante cosa, le parecería que decía poco.
Dijo, pues santo indefinidamente: porque cualquiera
cosa que sea lo que la Virgen engendró, santo sin
duda, y singularmente santo es, así por la santifica­
ción del Espíritu como por la asunción del Verbo.
***

Añadió el ángel: Y sabe que Isabel, tu parienta, ha


concebido un hijo en su senectud. ¿Qué necesidad ha­
bía de anunciar a la Virgen la concepción de esta
estéril? ¿Por ventura, por estar dudosa todavía e incré­
dula al oráculo la quiso confirmar el ángel con este
prodigio? Nada de esto. Leemos que la incredulidad
de Zacarías fue castigada por este mismo ángel, pero
no leemos que María fuese reprendida en cosa algu­
na; antes bien, reconocemos su fe alabada, profeti­
zando de ella Isabel: Bienaventurada eres en haber
creído, porque todo lo que te ha sido dicho de parte
del Señor será cumplido en ti *°. Por eso se participa
a la Virgen la concepción de la prima estéril, para
que, añadiéndose un milagro a otro milagro, se au­
mente su gozo con otro gozo. Ciertamente era preci­
so que fuese incendio de amor y de alegría la que
había de concebir luego al Hijo del amor paterno en
el gozo del Espíritu Santo. Ni podía caber sino en un

'0 Le., 1.45.


66
devotísimo y alegrísimo corazón tanta afluencia de dul­
zura y de gozo. O por eso la concepción de Isabel se
pone en noticia de María, porque era razón que un
prodigio que se había de divulgar luego por todas las
partes, lo supiera la Virgen por el ángel antes de que
lo oyese de los hombres; para que no pareciese que la
Madre de Dios estaba apartada de los consejos de su
Hijo, si de las cosas que se hacían tan cerca en la tie­
rra permanecía ignorante. O mejor, por eso anuncia
a María la concepción de Isabel, para que, siendo
instruida, así de la venida del Salvador como de la
venida del Precursor, y fijando en la memoria el
tiempo y el orden de las cosas, refiera después mejor
la verdad a los escritores y predicadores del Evange­
lio, como quien ha sido informada por noticias que el
cielo le ha comunicado de todos los misterios desde el
principio. O por esto todavía se anuncia a María la
concepción de Isabel, para que, oyendo hablar de
una parienta suya anciana y embarazada, piense ella
que es joven en obsequiarla; y, dándose prisa a visi­
tarla, se dé de este modo lugar y ocasión al párvulo
profeta de ofrecer las primicias de su oficio a su Se­
ñor menor que él, y fomentándose mutuamente la
devoción de ambas madres, excitada por uno y otro
infante, se haga más admirable un milagro con otro
milagro.

***

Pero mira que estas cosas tan magníficas que escu­


chas anunciadas por el ángel no las esperes cum pli­
das por él. Y si preguntas por quién, oye al ángel
mismo: Porque no será imposible para Dios toda pa-

67
labra. Como si dijera: Esto que tan firmemente
prometo, lo presumo en el poder de quien me envió,
no en el mío; porque no será imposible para Dios
toda palabra. ¿Qué palabra será imposible para
aquel Señor que hizo todas las cosas con el poder de
su palabra? Llámame la atención en las palabras del
ángel, no decir expresamente -porque no será imposi­
ble para Dios todo hecho, sino toda palabra. ¿Acaso
por eso dijo palabra, porque tan fácilmente como
pueden hablar los hombres lo que quieren, aun aque­
llo que de ningún modo pueden hacer, tan fácilmen­
te, y aun sin comparación con mayor facilidad,
puede Dios cumplir con la obra todo lo que ellos
pueden explicar con las palabras? Dirélo más clara­
mente: si fuera tan fácil a los hombres hacer como
decir lo que quieren, tampoco para ellos sería impo­
sible toda palabra. Mas porque, como dice el vulgar
proverbio, del dicho al hecho hay gran trecho, no
respecto a Dios, sino respecto de los hombres, para
sólo Dios, en quien es lo mismo hacer que hablar y lo
mismo hablar que querer, con razón no será imposi­
ble toda la palabra. Por ejemplo, pudieron prever y
predecir los profetas que la virgen o la estéril había
de concebir y dar a luz; pero ¿pudieron hacer por
ventura que concibiese y diera a luz? Mas Dios, que
les dio a ellos entonces el poder predecirlo, con la
facilidad con que entonces pudo predecirlo por me­
dio de ellos con la misma pudo ahora, cuando quiso,
cum plir por sí mismo lo que había prometido. Por­
que en Dios ni la palabra se diferencia de la inten­
ción, porque es Verdad; ni el hecho de la palabra,
porque es Poder; ni el modo del hecho, porque es Sa­
biduría; y por eso no será imposible para Dios toda
palabra.

68
Oíste, ¡oh Virgen!, el hecho; oíste el modo tam ­
bién; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo
otro es cosa agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate,
hija de Jerusalén 11. Y pues a tus oídos ha dado el Se­
ñor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la
respuesta de alegría que deseamos para que con ella
entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos
y humillados. Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo
creiste; cree lo que oíste también acerca del modo.
Oíste que concebirás y darás a luz un hijo; oíste que
no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu
Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, por­
que ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió.
Esperamos también nosotros, Señora, esta palabra de
misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte
la divina sentencia, de que seremos librados por tus
palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de
nuestra salud; al punto seremos librados si consien­
tes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos cria­
dos, y con todo eso morimos; mas por tu breve res­
puesta seremos ahora restablecidos para no volver a
morir. Esto se suplica, ¡Oh piadosa Virgen!, el triste
Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable
posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los
santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la
región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide
el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo
aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra
depende el consuelo de los miserables, la redención
de los cautivos, la libertad de los condenados, la sa­
lud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo
vuestro linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.

11 Zach., IX. 9.

69
¡Ah!, Señora, responde aquella palauw. que espera
la tierra, que espera el infierno, que esperan también
los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de
todos, cuanto deseó tu hermosura, tanto desea ahora
la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda
se ha propuesto salvar el mundo. A quien agradaste
por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus
palabras, pues El te habla desde el cielo diciendo:
¡Oh hermosa entre las mujeres, hazm e que oiga tu
voz! Si tú le haces oír tu voz, El te hará ver el misterio
de nuestra salud. ¿Por ventura, no es esto lo que bus­
cabas, por lo que gemías? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú
aquella para quien se guardan estas promesas o espe­
ramos otra? No, no; tu misma eres, no es otra. Tú
eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella espe­
rada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob,
estando para morir, esperaba, la vida eterna, dicien­
do: Tu salud esperaré, Señor 12. En quien y por la
cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los
siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué
esperarás de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por
qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti,
como des tu consentimiento y respondas una pala­
bra? Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor
decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y
recibe otra palabra; pronuncia la tuya y concibe la
divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna.
¿Qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.
Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza con­
fianza. De ningún modo conviene que tu sencillez
virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este

12 G e n .,\LIX, 18.

70
negocio no temas, Virgen prudente, la presunción;
porque, aunque es agradable la vergüenza en el silen­
cio, pero más necesaria es ahora la piedad en las pa­
labras. Abre. Virgen dichosa, el corazón a la fe, los
labios al consentimiento, las castas entrañas al Cria­
dor. Mira que el deseado de todas las gentes está lla­
mando a tu puerta. ¡Ay si, deteniéndote en abrirle,
pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar
al amado de tu alma! Levántate, corre, abre. Leván­
tate por la fe, corre por la devoción, abre por el con­
sentimiento.
***

H e aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor; hága­


se en m í según tu palabra. Siempre suele ser familiar
a la gracia la virtud de la humildad, pues Dios resiste
a los soberbios y da su gracia a las humildes. Respon­
de, pues, humildemente, para preparar de este modo
convenientemente trono a la divina gracia. He aquí,
dice, ¡a esclava del Señor. ¿Qué humildad es ésta tan
alta que no se deja vencer de las honras ni se engran­
dece en la gloria? Es escogida por madre de Dios y se
da el nombre de esclava. Por cierto, no es pequeña
muestra de su humildad no olvidarse de la humildad
en medio de tanta gloria como la ofrecen. No es cosa
grande ser humilde en el abatimiento, pero es muy
grande y muy rara ser humilde en el honor. Y sin em­
bargo, a vista de esto, yo, hombre miserable y de nin­
gún mérito, si me eleva la Iglesia, engañada de mis
disimulos, a algún honor, aunque no sea de los
mayores, permitiéndolo Dios así o por mis pecados o
por los de mis súbditos, me olvido al momento de
quien he sido y me reputo tal en mi interior cual me
han reputado los demás hombres que no conocen el

71
corazón. Creo a la fama, no atiendo a la conciencia, y
juzgando no la virtud honor, sino el honor virtud, me
tengo por más santo cuando me veo más elevado.
Verás a muchos en la Iglesia que, hechos nobles de
innobles, de pobres ricos, se ensalzan repentinam en­
te y se olvidan de su antigua bajeza; aun se avergüen­
zan de su mismo linaje y se desdeñan de sus humildes
padres. Verás también hombres adinerados volar a
cualesquiera honores y luego aplaudirse a sí mismos
de santidad, precisamente por haber mudado los ves­
tidos y no el alma y juzgarse merecedores de la digni­
dad a que llegaron por la ambición, y lo que alcanza­
ron, si me atrevo a decirlo con el dinero, atribuirlo a
su mérito. Y paso en silencio a otros a quienes ciega
la pasión y el mismo honor les sirve de materia para
su soberbia.
***

Veo también a algunos, que después de haber deja­


do la pompa del siglo, aprenden a ser soberbios en la
escuela de la humildad y bajo las alas del manso y
humilde Maestro, muestran mayor altivez y se hacen
más impacientes en el claustro que hubieran sido en
el siglo. Y lo que es todavía mayor desatino, muchos
no sufren ser despreciables en la suya, pretendiendo
sin duda así que ya no pudieron encontrar lugar en
donde los honores eran apetecidos de todos, a lo me­
nos parecer dignos de ellos en donde por todos se me­
nosprecian.
Veo finalmente a otros, después de haber comen­
zado el camino de Cristo, volverse otra vez a los cui­
dados pasajeros, sumergirse otra vez en los deseos de
la tierra, levantar con grande cuidado muros y des-

72
cuidar de las costumbres, vender con pretexto de uti­
lidad sus adulaciones a los ricos y visitar las mujeres
poderosas. Y aun, contra lo mandado por el Empera­
dor del Cielo, codiciar lo ajeno y querer reintegrarse
de lo que les parece suyo con litigios injustos.
***
Oigamos, pues, todos los que hallamos algo de esto
en nosotros, lo que responde aquella Señora que era
escogida para Madre de Dios, pero que no se olvida­
ba de su humildad. He aquí la esclava del Señor,
hágase en m i según tu Palabra. La palabra hágase
significa el deseo que la Virgen tenía de este misterio
y no duda alguna sobre el cumplimiento de lo pro­
metido. Pero, nada impide que digamos también,
que es palabra de oración en que pide lo que la pro­
meten, pues nadie pide orando, sino lo que cree y es­
pera. Dios quiere que le pidan aun aquello que pro­
mete. Y por eso acaso, muchas cosas que dispuso dar
las promete primero, para que se excite la devoción
por la promesa, y así lo mismo que había de dar gra­
ciosamente, sea merecido por la oración. De esta ma­
nera el piadoso Señor que quiere que todos los hom­
bres sean salvados, saca de nosotros para nosotros
mismos los méritos y anticipándose a darnos aquello
con que nos recompensa graciosamente, hace que no
sea graciosamente.
Esto sin duda entendió la Virgen prudente cuando
al anticipado don de la gratuita promesa, juntó el
mérito de su oración diciendo. Hágase en m í según
tu Palabra. Hágase en mí acerca del Verbo según tu
palabra; el Verbo que en el principio estaba en Dios,
hágase carne de mi carne según tu palabra. Hágase
en mí, la Palabra, no pronunciada que pase, sino

73
concebida que permanezca, vestida ciertamente no
de aire sino de carne. Hágase en mí no sólo percepti­
ble al oído sino también visible a los ojos, palpable a
las manos, fácil de llevar en mis hombros. No se haga
en mí la palabra escrita y muda, sino encarnada y
viva, esto es, no escrita en mudos caracteres, en pie­
les muertas, sino impresa vitalmente en la forma hu­
mana, en mi casto seno y esto no con el rasgo de una
pluma, sino por obra del Espíritu Santo. Para decirlo
de una vez, hágase para mí de aquel modo con que
para ninguno se ha hecho hasta ahora antes de mí y
para ninguno después de mí se ha de hacer.
De muchos y varios modos habló Dios en otro
tiempo por sus Profetas a nuestros Padres y también
se hace mención en las Escrituras, de que la palabra
de Dios se hizo para unos en el oído, para otros en la
boca, para otros aun en la mano, pero yo pido que
para mí se haga en mi seno según tu palabra. No
quiero que se haga para mí o predicada retóricamen­
te o significada figuradamente o soñada imaginaria­
mente, sino inspirada silenciosamente, encarnada
personalmente, entrañada corporalmente. El Verbo,
pues, que ni podía hacerse en sí mismo, ni lo necesi­
taba, dígnese en mí, dígnese también ser hecho para
mí. Hágase desde luego generalmente para todo el
mundo, pero hágase para mí con especialidad y se­
gún tu palabra.

74
C a p ít u l o Q u in t o

MARÍA LA MEDIANERA UNIVERSAL

Cuando el Cielo goza contemplando la Virgen fe­


cunda, la tierra se alegra venerándola devotamente.
***

Allí se halla la posesión de todo bien, aquí el re­


cuerdo, allí la saciedad, aquí una tenue prueba de las
primicias, allí la realidad, aquí el nombre. Señor,
dice el Salmista, vuestro nombre permanece para
siempre, vuestra memoria pasará de generación en
generación (i). Y a la verdad esta generación y gene­
ración, no es de Angeles, sino de hombres.
¿Queréis saber como su nombre y su memoria está
en nosotros y su presencia en las alturas? Oid al Sal­
vador cuando dice: Habéis de orar así: Padre nuestro
que estás en los cielos, santificado sea el tu nombre 2.
Fiel oración, cuyos principios nos avisan de la divina 1*

(1) Salmo CI. 13.


2 Mt.. VI. 9.
75
adopción y de la terrena peregrinación, a fin de que,
sabiendo que mientras no estamos en el cielo vivimos
alejados del Señor y fuera de nuestra patria, gimamos
dentro de nosotros mismos aguardando la adopción
de hijos, o sea, la presencia del Padre. Por tanto, ex­
presamente habla de Cristo el profeta cuando c ;ce:
Cual espíritu que anda delante de nosotros es Cristo
nuestro Señor; bajo de su sombra viviremos entre las
gentes 3, porque entre las celestiales bienaventuradas
no se vive en la sombra, sino más bie^ e~ el esple~-
dor. En los esplendores de los santos, d;ce. de mi seno
te engendré antes del lucero 45. Pero esto, s;" duda, e'
Padre.
***

Mas la madre no le engendró al mismo en e' es­


plendor, sino en la sombra; pero no en otra sombra
que con la que el Altísimo la cubrió. Justamente oor
eso canta la Iglesia, no aquella Iglesia de los santos,
que está en las alturas y en el esplendor, sino la que
peregrina todavía en la tierra: A la sombra de aquel
que había deseado me senté, y su fruto es dulce a! p a ­
ladar mió 3. Había pedido que se le mostrase Ja luz
del mediodía, en donde el Esposo apacienta su reba­
ño, pero fue contrariada en su deseo, y en lugar de la
plenitud de la luz recibió la sombra, en lugar de la sa­
ciedad. el gusto. Finalmente, no dice: A la sombra de
aquel a quien yo había deseado me senté, oves no ba-

3 Thren.. IV. 20.


4 Ps„ CLX, 3.
5 Cant.. II, 3.

76
bía deseac'o la sombra, sir>o e' reso'andor cV medio­
día, la luz llena de quien es 'uz "en?. Y su fruto.
añade, dulce a mi paladar. ¿Pasta cuándo ñas de
negar tu compas’ón, sin permitirme e' respirar y tra­
gar siquiera mi saliva? 67¿Cuándo llegará el día en
que se cumpla esta sentencia: Gustad y ved cuán sua­
ve es el Señor? 7 Sin duda es suave a) gusto y du'ce al
paladar, por lo cuai se comprende perfectamente
que, en vista de ello, ororrum oiera la esposa en voces
de acción de gracias y de a'abanza.

***

Pero ¿cuándo se dirá: Comed, amigos, y bebed y


embriagaros, amadísimos? 8 Los justos, dice el profe­
ta, coman en convite, pero delante de Dios 9. no en la
sombra. Y de sí mismo dice: Seré saciado cuando
aparezca tu gloria. También el Señor dice a los após­
toles: Vosotros sois los que permanecisteis conmigo
en mis tentaciones y yo dispongo para vosotros, así
como mi Padre le dispuso para m í el reino, para que
comáis y bebáis sobre mi mesa 10. ¿En dónde? En mi
reino, dice. Dichoso aquel que coma el pan en el rei­
no de Dios. Sea, oues, tu nombre santificado, por e'
cual de algún modo ahora estás, Señor , en nosotros,
habitando por la fe en nuestros corazones, puesto
que ya ha sido invocado sobre nosotros tu nombre.
Vénganos tu reino. Venga, cortam ente, lo que es

6 loh., Vil, 19.


7Ps., XXXIII, 9
8 Cant., V, 1.
9 Ps.. LXVII, 3.

77
perfecto y sea acabado lo que es en parte. Tenéis,
dice el Apóstol, por fruto de vuestras obras la santifi­
cación, pero será su fin la vida eterna 11. La vida eter­
na es fuente indeficiente que riega toda la superficie
del paraíso. No. sólo la riega, sino que la embriaga,
como fuente de los huertos, pozo de aguas vivas que
corren con ímpetu desde el Líbano, y el ímpetu del
río alegra la ciudad de Dios 12. Pero ¿quién es la
fuente de la vida, sino Cristo Señor? Cuando aparez­
ca Cristo, que es nuestra vida, entonces también apa­
receréis vosotros con El en la gloria 13. A la verdad, la
misma plenitud se anonadó a sí misma para hacerse
para nosotros justicia, santificación y remisión, no
apareciendo todavía vida o gloria o bienaventuranza.
Corrió la fuente hasta nosotros y se difundieron las
aguas en las plazas, aunque no beba el ajeno de ellas.
Descendió por un acuerdo aquella vena celestial, no
ofreciendo, con todo ello, la copia de una fuente, sino
infundiendo en nuestros áridos corazones las gotas de
la gracia, a unos ciertamente, más, a otros, menos. El
acueducto, sin duda, lleno está para que los demás
reciban de la plenitud, pero no la misma plenitud.
***

Ya habéis advertido, si no me engaño, quién quie­


ro decir que es este acueducto que, recibiendo la ple­
nitud de la misma fuente del corazón del Padre, nos
la franqueó a nosotros, si no del modo que es en sí
misma, a lo menos según podíamos nosotros partici­
par de ella. Sabéis, pues, a quién se dijo: Dios te salve,
'°L c„ XXII, 28-30.
11 Rom., VI, 22.
12ft.,X L V ,5.
12 Coi, III, 4.

78
llena de gracia. Mas ¿acaso admiraremos que se pu­
diese encontrar de que se formase tal y tan grande
acueducto, cuya cumbre, al modo de aquella escala
que vio el patriarca Jacob, tocase en los cielos, más
bien, sobrepasase también los cielos y pudiese llegar
a aquella vivísima fuente de las aguas que están sobre
los cielos? Se admiraba también Salomón y, al modo
del que desespera, decía: ¿Quién hallará una mujer
fuerte? 14 A la verdad, por eso faltaron durante tanto
tiempo al género humano las corrientes de la gracia,
porque todavía no estaba interpuesto este deseable
acueducto de que hablamos ahora. Ni nos admirare­
mos de que fuese aguardado largo tiempo, si recorda­
mos cuántos años trabajó Noé, varón justo, en la fá­
brica del arca, en la cual sólo unas pocas almas, esto
es, ocho, se salvaron, y esto para un tiempo bastante
corto.

Pero ¿cómo llegó este nuestro acueducto a aquella


fuente tan sublime? ¿Cómo? Con la vehemencia del
deseo, con el fervor de la devoción y con la pureza de
la oración, según está escrito: La oración del justo
penetra los cielos. A la verdad, ¿quién será justo, si
no lo es María, de quien nació para nosotros el Sol de
justicia? ¿Y cómo hubiera podido llegar hasta tocar
aquella majestad innaccesible, sino llamando, pi­
diendo y buscando? Sí, halló lo que buscaba aquella
a quien se dijo: Has hallado gracia a los ojos de Dios.
¿Qué? ¿Está llena de gracia y todavía halla más gra-

14/Vov.,XXXI, 10.
79
cia? Digna es, por cierto, de hallar lo que busca, pues
no la satisface la propia plenitud, ni está contenta
aún con el bien que posee, sino que, así como está es­
crito: El que de m i bebe, tendrá sed todavía 15, pide
el poder rebosar para la salvación del universo. El
Espíritu Santo, le dice el ángel, descenderá sobre ti, y
en tanta copia, en tanta plenitud infundirá en ti aquel
bálsamo precioso, que se derramará copiosamente
por todas partes.
Y no se crea que esto resulte en vano, pues aunque
este bálsamo se derrama, no por eso parece, ya que él
es la causa por la cual las doncellitas, esto es, las al­
mas sencillas y candorosas aman al divino Esposo y
le aman tan ardientemente, que este amor les unge,
consagra y perfuma todas sus obras, aun las más in­
significantes.
***

Considera atentamente, oh hombre, los consejos


de Dios, reconoce los designios de su sabiduría, los
designios de su bondad. Antes de derramar sobre
toda la tierra el rocío celestial, humedeció con él
todo el vellocino: antes de redimir todo el linaje hu­
mano depositó todo el precio en María. ¿Y con qué
fin hizo esto? Quizá para que Eva pudiera justificarse
por medio de su Hija y cesara ya la queja del hombre
contra la mujer. Oh, Adán, no digas ya en adelante:
la mujer que me disteis por compañera, me dio del
fruto de aquel árbol y lo comí (16): di más bien. La
mujer que me disteis me ha alimentado con un fruto

15 Kccti., X X IV, 29.


(l6)Génesis, III, 12.

80
bendito. Consejo piadosísimo fue éste sin duda, pero
en el fondo de este consejo se nos oculta otro más ín­
timo y secreto.
El que hemos indicado no carece de sólido funda­
mento, pero a mi parecer no satisface plenamente
nuestras aspiraciones. Tal vez si ahondamos más en
este misterio, sacaremos de él más sabroso y nutriti­
vo néctar de consuelos celestiales. Tomemos el agua
de más arriba y contemplemos con cuanto afecto de
devoción quiso aquel Señor fuese María honrada por
nosotros, que depositó en ella la plenitud de todos los
bienes, a fin de que entendiéramos que cuanto hay en
nosotros de esperanza, de gracia y de salud, nos viene
por mediación de aquella que rebosa en delicias.
Es Huerto de delicias ciertamente aquella a quien
aquel Astro divino no sólo acarició de paso, sino que
la agitó dulcemente con sus soberanos soplos sobre­
viniendo en ella, para que por todas partes fluyeran y
se difundieran sus aromas, esto es, los carismas de las
gracias. Quita este cuerpo solar que ilumina al m un­
do. ¿Cómo podrá haber día? Quitad a María, estrella
del mar, de ese mar vasto y proceloso, ¿qué quedará,
sino obscuridad que todo lo ofusque, sombras de
muerte y densísimas tinieblas?
***

Con todo lo más íntimo, pues de nuestra alma, con


todos los afectos de nuestro corazón y con todos los
sentimientos y deseos de nuestra voluntad venera­
mos a María, porque ésta es la voluntad de aquel Se­
ñor que quiso que todo lo recibiéramos por María.
Esta es, repito, su voluntad, pero para bien nuestro.
Puesto que mirando en todo y por todo al bien de

81
los miserables, consuela nuestro temor, excita nues­
tra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestra des­
confianza y anima nuestra pusilanimidad.
Recelabas acercarte al Padre, y aterrado con solo
oír su voz, huías a esconderte entre las hojas: El te
dio a Jesús por mediador. ¿Qué no conseguirá tal
Hijo de tal Padre? Será oído sin duda por su reveren­
cia, pues el Padre ama al Hijo.

Pero recelas acaso llegarte también a El. Hermano


tuyo es, es tu carne, fue tentado en todas las cosas sin
pecado para hacerse misericordioso. Es Hermano
que te dio María. Por ventura miras también en él
con temblor su majestad divina, que aunque se hizo
hombre con todo permaneció Dios. ¿Quieres tener
un abogado igualmente para con El? Pues recurre a
María. Porque la humanidad se halla pura en María,
no sólo pura de toda contaminación, sino pura de
toda mezcla de otra naturaleza; no me cabe la menor
duda, será oída también por su reverencia. Oirá sin
duda el hijo a la Madre y oirá el Padre al Hijo.

¡Oh fieles amados, esta es la escala de los pecado­


res, esta es mi mayor confianza, esta es toda la razón
de mi esperanza. ¿Pues qué? ¿Podrá acaso el Hijo re­
peler o padecer desprecio? ¿Podrá el Hijo no ser
atendido por su Padre o rechazar los ruegos de su
Madre? No, no: mil veces no. Hallaste dice el Angel,
gracia delante de Dios. Dichosamente. Siempre ella
encontrará la gracia y sola la gracia es lo que necesi­
tamos. La prudente Virgen no buscaba sabiduría,
como Salomón, ni riquezas, ni honores, ni poder,
sino gracia. Y a la verdad es sólo la gracia por la que
nos salvamos.

82
¿Para qué deseamos nosotros otras cosas? Busque­
mos la gracia y busquémosla por María, porque ella
encuentra lo que busca y no puede verse fustrada.
Busquemos la gracia pero la gracia en Dios, pues en
los hombres la gracia es falaz. Busquen otros el méri­
to, nosotros procuraremos cuidadosamente la gracia.
¿Pues qué? ¿Por ventura no es gracia el estar en la
Iglesia? Verdaderamente misericordia es del Señor
que no hayamos sido consumidos. ¿Quiénes somos
nosotros? Tal vez unos perjuros, tal vez unos adúlte­
ros, tal vez unos homicidas, tal vez unos ladrones, la
basura del mundo. Consultad vuestras conciencias y
ved que en donde abundó el delito sobreabundó tam ­
bién la gracia. María no alega el mérito, sino que
busca la gracia. Y en tanto grado confia en la gracia y
no presume de sí altamente, que recela de la misma
salutación del ángel. María, dice, pensaba qué salu­
tación sería ésta. Sin duda se reputaba indigna de la
salutación del Angel. Y acaso meditaba dentro de sí
misma: ¿De dónde a mí esto, que el Angel de mi Se­
ñor venga a mí? No temas, María no te admires de
que venga el Angel, que después de él viene otro
mayor que él. No te admires del Angel del Señor, el
Señor del Angel está contigo.
¿Qué mucho que veas a un Angel, viviendo ya tu
angélicamente? ¿Qué mucho visite el Angel a una
compañera de su vida? ¿Qué mucho que salude a la
ciudadana de los Santos y familiar del Señor? Angéli­
ca vida es ciertamente la virginidad, pues los que no
se casan, ni son casados, serán como los Angeles de
Dios en el Cielo.

¿No veis como también de este modo nuestro


Acueducto sube a la fuente y no con sola la oración

83
penetra los Cielos, sino también con la incorrup­
ción o perfecta pureza de vida, la cual nos une con
Dios, como dice la Escritura? Era la Virgen santa en
el cuerpo y en el espíritu y podía decir con especiali­
dad: nosotros vivimos ya como ciudadanos del cielo
(17). Santa era, en el cuerpo y en el espíritu para que
en nada dudes acerca de este Acueducto. Sublime es
en gran manera, pero no menos permanece enterísi-
mo. Es Huerto cerrado, fuente sellada templo del Se­
ñor, sagrario del Espíritu Santo. No era virgen fatua,
ya que tenía no sólo su lámpara llena de aceite, sino
que guardaba en su vasija la plenitud de él. En su co­
razón había dispuesto por medio de la oración asi­
dua, y la vida perfecta, los caminos para subir hasta
el lugar santo. Y subió a las montañas de Judea con
prisa y saludó a Isabel con humildad y permaneció
como tres meses en su compañía, de manera de ya
entonces podía decir la Madre de Dios a la madre de
Juan lo que mucho tiempo después dijo el Hijo de
Dios al hijo de Isabel: Déjame hacer que es así como
conviene que cumplamos toda injusticia (18). Sí, pue­
de afirmarse con toda verdad que al subir María a las
montañas de Judea con tanta humildad, se elevó más
que los más altos montes de Dios, lo cual constituye
el tercer camino, el tercer ascenso de la Virgen, a fin
de que se cumpliera en ella aquello, de que con difi­
cultad se rompe la cuerda tres veces doblada. Hervía,
pues, en la caridad al buscar la gracia, resplandecía la
virginidad en el cuerpo y sobresalía la humildad en el
obsequio.
Pues si todo aquel que se humilla será ensalzado,
¿qué cosa más sublime que esta humildad? Se admi­

tí 7) Filipenses, 111,20.
(18) Mateo, III, 15.

84
raba Isabel de su venida y decía: ¿De dónde a m í esto,
que la madre de mi Señor venga a m í (19). Pero mu­
cho más debiera haberse admirado de que María se
anticipara a lo que más tarde debía decir su Hijo: No
vine a ser servido, sino a servir. Con razón, por tanto,
aquel cantor divino, llevado de su admiración profé-
tica decía de ella: ¿Quién es ésta que va subiendo cual
aurora naciente, hermosa como la luna, escogida
como el sol, terrible como un ejército en plan de bata­
lla? (20). Sube ciertamente sobre el linaje humano,
sube hasta los Angeles, a estos los sobrepuja también
y se eleva sobre toda criatura celestial, de modo que
sobre estos espíritus es forzoso vaya a recibir aquella
agua viva que ha de difundir sobre los hombres.
***
¿Cómo se hará esto, dice, sino conozco varón? ¡Qué
santa es en el cuerpo y en el espíritu María, teniendo
no sólo la integridad de la virginidad, sino el propósi­
to firme de conservarla incólume! Y respondiendo el
Angel le dijo: El Espíritu Santo sobrevendrá en ti v te
hará sombra la virtud del Altísimo.
Como si dijera, no me preguntes a mi esto, porque
es cosa superior a mi comprensión, y no podría de­
clarártelo. El Espíritu Santo, no el espíritu angélico,
sobrevendrá en ti y la virtud del Altísimo te hará
sombra, no yo.
No te pares ni siquiera entre los Angeles, Virgen
santa, mucho más arriba está lo que la tierra sedienta
espera que se le dé a beber por ministerio tuyo. Un
poco que les pases a ellos, hallarás a quien ama a tu

(19) Lucas. 1,43.


(20) Cántico VI, 9.

85
alma. Un poco digo, no porque tu Amado no sea in­
comparablemente superior a ellos, sino porque nada
encontrarás que medie entre El y ellos. Pasa las Vir­
tudes y las Dominaciones, los Querubines y los Sera­
fines, hasta que llegues a Aquel de quien alternativa­
mente están clamando: Santo, Santo, Santo, es el
Señor Dios de los Ejércitos. Pues el fruto santo que
nacerá de ti se llamará Hijo de Dios (21). Es fuente de
la sabiduría el Verbo del Padre en las alturas. Pero
este Verbo por medio de ti se hará carne, para que
Aquel que dice: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí
(22), diga igualmente: Yo procedí de Dios y he venido
a ti.
En el principio era el Verbo. He aquí la fuente. Y
añade luego el Evangelista: Y el Verbo estaba en
Dios, y decía el Señor: Yo medito pensamientos de
paz y no de aflicción (23). Sí, en vos Señor está vuestro
pensamiento y lo que pensáis, nosotros lo ignoramos.
Porque ¿quién pudo jamás conocer los designios del
Señor o quién fue jamás su consejero? Descendió el
pensamiento de la paz a la obra de la paz; Y el Verbo
se hizo carne, y habita ya entre nosotros. Habita por
la fe en nuestros corazones, habita en nuestra memo­
ria, habita en nuestro pensamiento, y desciende hasta
la misma imaginación. Porque, ¿qué idea se formaría
antes el hombre de Dios? ¿No se lo representaba en
su corazón bajo la forma de un ídolo?
***

Incomprensible era, e inaccesible, invisible y supe-

ai) Isaías, vi, 3.


(22) Juan, XIV, 10.
(23) Jeremías, XIX. 11.

86
rior a toda humana inteligencia. Mas ahora quiso ser
comprendido, quiso ser visto, quiso que pudiésemos
pensar en El. ¿Y de que modo?
Echado en el pesebre, reposando en el regazo virgi­
nal, predicando en el monte, pernoctando en la ora­
ción, o bien pendiente de la cruz, palideciendo en la
muerte, libre entre los muertos y mandando en el in­
fierno, o también resucitando al tercer día, mostran­
do las hendiduras de los clavos, las insignias de su
victoria, subiendo a lo más alto de los cielos.
¿Qué cosa de estas no se pensará verdadera, piado­
sa y santamente? En cualquiera de estas cosas que yo
piense, pienso en mi Dios, y en todas estas cosas El es
mi Dios. El meditar estos misterios lo llamé sabidu­
ría, y juzgué prudencia el refrescar la memoria con la
suavidad de éstos dulces frutos, que produjo copiosa­
mente la vara sacerdotal, que María fue a coger en las
alturas, para difundirlos en nosotros con la mayor
abundancia. La recibió en las alturas y sobre los An­
geles, puesto que recibió al Verbo del mismo corazón
del Padre según está escrito: El día anuncia a/ día la
palabra (24). Y por esta palabra día debe entenderse
el Padre, puesto que día del día significa la salvación
que nos viene de Dios.

Y dime ahora ¿acaso no es también día, la Virgen?


Sí, y esclarecido. Resplandeciente día es sin duda, la
que se elevó cual aurora naciente, hermosa como la
luna, escogida como el sol.
Contémplala como se elevó hasta los Angeles, por
la plenitud de la gracia y por encima de los Angeles
al descender sobre ella el Espíritu Santo. Hay en los

(24) Salmo XVIII, 2.

87
Angeles caridad, hay pureza, hay humildad. ¿Cuál de
estas cosas no resplandeció en María? ¿A cuál de los
Angeles se dijo jamás: El Espíritu Sanio descenderá
sobre ti y te hará sombra la virtud del Altísimo, y por
eso el fruto santo que nacerá de Ti, se llamará Elijo
de Dios? La verdad nació de la tierra, no de la criatu­
ra angélica, que no tomó la naturaleza de los Angeles
para salvarnos, sino que tomó la semilla de Abraham
para redimir a sus hijos.
Cosa excelsa es para el Angel el ser ministro del
Señor, pero otra cosa más sublime mereció María,
que fue, la de ser madre del mismo Señor. Así la fe­
cundidad de la Virgen es una gloria eminentísima, y
por este privilegio único, fue sublimada sobre todos
los Angeles; tanto más. cuanto supera el nombre de
Madre de Dios al de simples ministros suyos. A ella
la encontró la gracia llena de la misma, para que fer­
vorosa en la caridad, íntegra en la virginidad, devota
en la humildad, concibiese sin conocer varón y diera
a luz sin dolor y sin menoscabo de su virginidad. Más
aún, el fruto que nació de ella se llama Santo y es el
Hijo de Dios.
***
Debemos, pues, hermanos, procurar con el mayor
cuidado que aquella palabra que salió de la boca del
Padre para nosotros por medio de la Virgen, no se
vuelva vacía, sino que por mediación de Nuestra
Señora volvamos gracia por gracia. Mientras suspira­
mos por llegar a su presencia fomentemos con toda
nuestra atención su memoria y así, de esta manera
sean restituidas a su origen las corrientes de la gracia,
para que Huyan después más copiosamente. De lo
contrario, sino vuelven a la fuente, se secarán y sien­

88
do infieles en lo poco, no mereceremos recibir lo que
es mucho.
Poco es ciertamente la memoria en comparación
de la presencia, poco en comparación de lo que
deseamos, pero grande cosa es respecto de lo que
merecemos: inferior es repecto del deseo, pero es
inmensamente superior al mérito. Así la Esposa sa­
biamente se congratula a sí misma en gran manera,
aun por esto poco; puesto que, habiendo dicho:
Muéstrame amado de m i alma donde tienes los pas­
tos, donde reposas al llegar al medio día (25) aunque
recibió muy poco en comparación de lo que había
pedido (pues en vez del pasto del mediodía sólo gustó
el sacrificio de la tarde), sin embargo de ningún modo
se lamenta de ello como suele suceder, ni se contris­
ta; sino que da gracias al amado y en todo se muestra
más devota. Sabe muy bien que si fuere fiel morando
en la sombra de la memoria, obtendrá sin duda la luz
de la presencia. Así los que hacéis memoria del Se­
ñor, no guardéis silencio, no permanezcáis mudos,
aunque, los que tienen presente al Señor, no necesi­
tan de exhortación - y aquellas palabras del Profeta
Alaba Jerusalén al Señor, alaba a tu Dios, Sión, más
bien son de congratulación que de amonestación,
sin embargo, los que caminan aún en la fe, necesi­
tan de avisos para que no callen y no respondan al
Señor con el silencio; porque El hace oír su voz y ha­
bla palabras de paz para su pueblo y para sus Santos
y para todos aquellos que se vuelven a El de corazón.

Por esto se dice en el Salmo: Tú, Señor, con el san-

(2 5 ) C á n tic o s 1 ,6 .

89
lo te ostentas santo y con el varón inocente, inocente
(26), como si dijera, Dios oye al que a El escucha y ha­
bla al que le habla. Si tu guardas silencio, le obligas a
El a que lo guarde también. ¿Y a qué silencio me re­
fiero? Al que se abstiene de cantar las alabanzas del
Señor.
De ahí que diga el Profeta Isaías: No estéis en si­
lencio delante de El, rogadle hasta tanto que resta­
blezca a Jerusalén y la ponga por objeto de alabanza
en la tierra (27). Pues las alabanzas de Jerusalén son
alabanzas tan bellas como agradables, a no ser que
acaso juzguemos que los ciudadanos de Jerusalén se
envanecen con sus alabanzas mutuas y se engañan
recíprocamente con vanos cumplimientos y lisonjas.
***

Sí hágase tu voluntad, oh Padre, así en la tierra


como en el cielo, para que las alabanzas que resue­
nan en Jerusalén resuenen también en la tierra. Pero
¿qué sucede? El Angel no busca gloria de otro ángel
en Jerusalén, mas el hombre desea ser alabado del
hombre en la tierra. ¡Execrable perversidad!, pero
sólo propia de aquellos que tienen ignorancia de
Dios, que viven olvidados del Señor su Dios,
en cuanto a vosotros que os acordáis del Señor,
no ceséis de publicar sus alabanzas, hasta que resue­
nen cumplidamente en toda la tierra.
Hay sin embargo un silencio irreprensible, más
aún, loable, como también hay palabras que no son
buenas. De otra suerte diría el Profeta que era bueno
aguardar en silencio la salud que viene de Dios. Es
(26) Salmo XVII, 26.
(27) Isaías, LXII, 7.

90
bueno que la jactancia guarde silencio, bueno es que
la blasfemia se calle, bueno es que enmudezca la
murmuración y la detracción.
Acontece a veces que alguno exasperado por la
magnitud del trabajo y peso del día, murmura en su
corazón y juzga temerariamente a los que velan por
su alma, porque tienen que dar cuenta de ella. Esta
murmuración equivale a un grito clamoroso que pro­
cede de un corazón endurecido y que le impide oír la
voz de Dios. Otros, por la pusilaminidad de su espíri­
tu, desmayan en la esperanza y ésta viene a ser como
una horrible blasfemia. Otros, en fin, aspiran a cosas
grandes y muy superiores a su capacidad, diciendo:
nuestra mano es robusta creyéndose algo, cuando en
realidad son nada absoluta. ¿Qué le hablará a éste
aquel Señor que no habla sino de paz?
Ese tal, dice, rico soy y de nadie necesito, mientras
que el que es la verdad clama: ¡Ay de vosotros ricos!
porque ya tenéis aquí vuestra consolación (28). Y en
otra parte añade: bienaventurados los que lloran por­
que serán, consolados (29).
Calle, pues, en nosotros la lengua maldiciente, la
lengua blasfema, la lengua orgullosa y altanera, por­
que es bueno aguardar en este triplicado silencio la
salud que viene de Dios, a fin de que así podamos de­
cir: Hablad Señor que vuestro siervo escucha (30). Se­
mejantes voces no se dirigen a El sino contra El,
según aquello que decía Moisés a los murmuradores:

(28) Lucas, VI, 24.


(29) Mateo, V, 5.
(30) Reyes, III, 10.

91
No es contra m í vuestra murmuración, sino contra el
Señor (31).
***

Mas de tal suerte has de callar en estas tres cosas,


que no enmudezcas del todo, guardando con Dios
absoluto silencio. Háblale contra la jactancia por la
confesión, para que alcances perdón de lo pasado.
Háblale contra la murmuración con la acción de gra­
cias para que te conceda más abundante gracia en la
vida presente. Háblale contra la desconfianza en la
oración, para que consigas la gloria en lo futuro.
Confiesa lo pasado, da gracias por lo presente y en
adelante ora con más cuidado por lo futuro, a fin de
que el Señor a su vez no calle en la remisión ni en la
donación de sus gracias, ni en sus promesas. No ca­
lles, repito, no guardes silencio en su presencia. Há­
blale para que también El te hable y pueda decirte:
M i amado es para m í y yo para él (32). Mira qué agra­
dables son estas voces, qué dulces estas palabras. Sin
duda no son estas palabras de murmuración, a me­
nos que queramos llamarlas de murmuración de la
tórtola.
Y no me digas ¿cómo hemos de cantar los cánticos
del Señor en tierra extraña? (33), porque no debe te­
nerse por tierra extraña aquella de la cual dice el Es­
poso: La voz de la tórtola se ha oido en nuestra tierra.
Había, pues, oído el que decía: Cogednos las zo­
rras pequeñas, y por eso acaso prorrumpió en voces
de gozo, diciendo: M i amado es para m í y yo para El.
(31) Exodo, XVI, 8.
(32) Cánticos, II, 16.
(33) Salmo CXXXVI. 4.

92
Sin duda es la voz de la tórtola la que con una casti­
dad singular persevera fiel a su consorte, así vivo
como muerto, a fin de que ni la muerte ni la vida la
separe de la caridad de Cristo.
Mira si hubo algo que pudiese apartar al amado de
la amada, cuando ves que persevera adherido a ella
aun pecando, estando ella apartada de El. Revueltas
entre sí las nubes porfiaban en ofuscar los rayos del
sol de justicia, y nuestras iniquidades ahondaban más
y más el abismo que nos separaba de Dios, cuando de
pronto el sol desplegó sus rayos, disipó las nubes e
iluminó el abismo. Porque dime, ¿cómo hubieras po­
dido volverte a El si El no hubiera permanecido a tu
lado y hubiera continuado clamando: Vuélvete, vuél­
vete, Sulamite, vuélvete para que te veamos bien (34).
Permanece, pues, tú también constantemente adhe­
rido a El de modo que por ningunos castigos, por
ningunos trabajos, te apartes de tu Señor.

Lucha con el Angel como Jacob para que no seas


vencido porque el Reino de los Cielos se alcanza a
viva fuerza y sólo los valerosos lo arrebatan (35).
***

¿Por ventura no indican lucha aquellas palabras,


m i amado es para m i y yo para él. Te dio El muestras
de su amor, pues procura experimente también el
tuyo? En muchas cosas te prueba el Señor tu Dios, se
desvía muchas veces, aparta de ti su rostro, pero no
llevado de ira. Lo hace para probarte, no para repro­
barte. El amado te sufrió, sufre tú al amado, sostén al

(34) Cántico V!. 12.


(35) Mateo, XI, 12.
93
Señor y obra varonilmente. No le vencieron a El tus
pecados, pues procura que tampoco a ti te superen
sus castigos y alcanzarás la bendición. ¿Pero cuándo
la alcanzarás? Al nacimiento de la aurora, cuando ya
aparezca el día, cuando hubiere establecido las ala­
banzas de Jerusalén en la tierra. He aquí dice Moisés,
que un varón, o sea, un ángel luchaba con Jacob has-
la la mañana (36).
Pues señor, haced que sea oída por mí vuestra mi­
sericordia porque en Vos he esperado. No callaré,
perseveraré en la oración hasta la mañana, y no que­
daré en ayunas. Vos, Señor, os dignáis alimentarme y
no sólo esto sino que me alimentareis entre las azuce­
nas. M i amado es para m i y yo para él; el cual se
apacienta entre las azucenas (37). Sí, entre las azuce­
nas, pero no comiendo azucenas; se indica el lugar
pero, no la comida. No se alimenta de azucenas co­
miéndolas, sino sólo viéndose rodeado de ellas, le
agradan más bien por el olor que por el sabor y se ali­
menta de ellas más bien con la vista que con el
paladar.
Así, pues, se apacienta entre las azucenas hasta
que decline el día, y a la belleza de las flores se siga la
abundancia de los frutos. Porque ahora es tiempo de
flores, no de frutos, puesto que tenemos aquí solo la
esperanza y no lo que esperamos; caminando por la
fe, no por la vista clara, nos congratulamos más con
la expectación que con la experiencia. Considerad la
suma delicadeza de esta flor y acordaos de aquellas
palabras del Apóstol: Llevamos este tesoro en vasos
de barro (38) ¡Cuántos peligros amenazan a las flores!
(36) Génesis, XXXII, 24.
(37) Cántico, II, 16.
(38) Corintios, IV, 7.

94
¡Cuán fácilmente con los aguijones de las espinas es
traspasada la azucena! Con razón, pues, canta el
amado: Como azucena entre espinas así es m i A m i­
ga entre las Vírgenes (39). ¿Acaso no era azucena en­
tre espinas el que decía: Con los que aborrecían la
paz, era yo pacífico? m).
Sin embargo aunque el justo florece como la azu­
cena, no se alimenta el Esposo de azucenas ni se
complace en la singularidad. Escuchad como habla
el que mora en medio de las azucenas; Donde dos o
tres se hallan congregados en mi Nombre, allí estoy
yo en medio de ellos (41). Ama siempre Jesús lo que
está en medio; los lugares apartados y solitarios siem­
pre los ha reprobado El que es Mediador entre Dios y
los hombres. M i amado es para m í yo para él, el cual
se apacienta entre azucenas.
Procuremos, pues, cristianos, cultivar azucenas,
démonos prisa a arrancar de raíz las espinas y los
abrojos, y plantemos en su lugar estas flores, por si
alguna vez acaso se digna el amado descender a apa­
centarse entre ellas.

En María sí que se apacentaba, puesto que en ella


hallaba grandísima abundancia de azucenas. ¿No son
acaso azucenas el decoro de la virginidad, las insig­
nias de la humildad, la supereminencia de la cari­
dad? También nosotros podemos tener estas flores,
aunque menos hermosas y olorosas, y entre ellas no
(39) Cánticos, II, 2.
(40) Salmo CXIX, 7.
(41) Mateo. XVI11, 20.

95
se desdeñará apacentarse el esposo, con tal de que, a
aquellas acciones de gracias que hemos hablado an­
tes, les dé lustre la alegría de la devoción; a la oración
le dé candor la pureza de intención; y a la confesión
le dé blancura la misericordia, como está escrito:
Aunque vuestros pecados os hayan teñido como ¡a
grana, quedarán vuestras almas blancas como la nie­
ve y aunque fueren rojos como el carmesí se volverán
del color de la lana más blanca (42).
Pero sea lo que fuere aquello que dispones ofrecer,
acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva
la gracia al Dador de la misma, por el mismo cauce
por donde corrió. No le faltaba a Dios ciertamente,
poder para infundirnos la gracia sin valerse de este
Acueducto, si El hubiera querido, pero quiso pro­
veerte de ella por este conducto. Acaso tus manos es­
tán aun llenas de sangre, o manchadas con dádivas
sobornadoras, porque todavía no las tienes lavadas
de toda mancha. Por eso aquello poco que deseas
ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de
María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a
fin de que sea ofrecido al Señor y no sea desechado.
Sin duda candidísimas azucenas son y no se quejará
aquel amante de las mismas de no haber encontrado
entre azucenas todo lo que El hallare en las manos de
María.

(42) Isaías, I, 18.

96
C a p ít u l o Se x t o

MARÍA CORONADA DE ESTRELLAS

Y un gran prodigio apareció en el Cielo; una mujer


vestida del sol y con la luna debajo sus pies y en su
cabeza una corona de doce estrellas (i).
Grandísimo fue el daño que nos causaron aquel
varón y aquella mujer primitivos, pero gracias a
Dios, también igualmente por un varón y por una
mujer se restaura todo y no sin grande aumento de
gracias. No fue el don como había sido el delito, sino
que la grandeza del beneficio excede extraordinaria­
mente al daño causado. Así el prudentísimo y cle­
mentísimo Artífice no quebrantó el vaso que estaba
hendido sino que lo rehizo tan sabia y perfectamente,
que del viejo Adán formó el nuevo y transfundió a
Eva en María. Y ciertamente podía bastar Cristo,
pues aun ahora toda nuestra suficiencia es de El.
Pero no era bueno para nosotros que estuviese el
hombre solo. Mucho más conveniente era que asis­
tiese a nuestra reparación uno y otro sexo, no ha­
biendo faltado para nuestra corrupción ni el uno ni el

(1) Apocalipsis, XII, 1.

97
otro. Fiel y poderoso mediador de Dios y de los hom­
bres es el hombre Cristo Jesús, pero respetan en él los
hombres una divina majestad. Parece estar la hum a­
nidad absorbida en la divinidad, no porque se haya
mudado la substancia, sino porque sus afectos están
divinizados. No se canta de El sola la misericordia,
sino que también se le canta igualmente la justicia,
porque aunque aprendió, por lo que padeció, la com­
pasión, y vino a ser misericordia, con todo eso tiene
la potestad de juez al mismo tiempo. En fin, nuestro
Dios es un fuego que consume. ¿Qué mucho tema el
pecador llegarse a El, no sea que, al modo que se de­
rrite la cera a la presencia del fuego, así perezca él a
la presencia de Dios?
***

Así, pues, ya no parecerá estar de más la mujer


bendita entre todas las mujeres, pues se ve claramen­
te el papel que desempeña en la obra de nuestra re­
conciliación, porque necesitamos un mediador cerca
de este Mediador y nadie puede desempeñar tan pro­
vechosamente este oficio como María. ¡Mediadora
demasiado cruel fue Eva, por quien la serpiente anti­
gua infundió en el varón mismo el pestífero veneno!
¡Pero fiel es María, que propinó el antídoto de la sa­
lud a los varones y a las mujeres! Aquélla fue instru­
mento de la seducción, ésta de la propiciación; aqué­
lla sugirió la prevaricación, ésta introdujo la reden­
ción. ¿Qué recela llegar a María la fragilidad
humana? Nada hay en ella austero, nada terrible;
todo es suave, ofreciendo a todos leche y lana. Re­
vuelve con cuidado toda la serie de la evan­
gélica historia, y si acaso algo de dureza o de repren­

98
sión desabrida, si aun la señal de alguna indignación,
aunque leve, se encuentre en María, tenia en adelan­
te por sospechosa y recela al llegarte a ella. Pero si
más bien (como es así en la verdad) encuentras las
cosas que pertenecen a ella llenas de piedad y de mi­
sericordia, llenas de mansedumbre y de gracia, da las
gracias a aquel Señor que con una benignísima mise­
ricordia proveyó para ti tal mediadora que nada pue­
de haber en ella que infunda temor. Ella se hizo toda
para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una
copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el
seno de la misericordia, para que todos reciban de su
plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo,
consuelo el afligido, el pecador perdón, el justo gra­
cia, el ángel alegría; en fin, toda la Trinidad gloria, y
la misma persona del Hijo recibe de ella la substancia
de la carne humana, a fin de que no haya quien se es­
conda de su calor.
***

¿No juzgas, pues, que esta misma es aquella mujer


vestida del sol? Porque, aunque la misma serie de la
visión profética demuestre que se debe entender de la
presente Iglesia, esto mismo seguramente parece que
se puede atribuir sin iconveniente a María. Sin duda
ella es la que se vistió como de otro sol. Porque, así
como aquél nace indiferentemente sobre los buenos y
los malos, así también esta Señora no examina los
méritos antecedentes, sino que se presenta exorable
para todos, para todos clementísima, y se apiada de
las necesidades de todos con un amplísimo afecto.
Todo defecto está debajo de ella y supera todo lo que
hay en nosotros la fragilidad y corrupción, con una

99
sublimidad excelentísima en que excede y sobrepasa
las demás criaturas, de modo que con razón se dice
que la luna está debajo de sus pies. De otra suerte, no
parecería que decíamos una cosa muy grande si dijé­
ramos que esta luna estaba debajo de los pies de
quien es ilícito dudar que fue ensalzada sobre todos
los coros de los ángeles, sobre los querubines tam ­
bién y los serafines. Suele designarse en la una no
sólo el defecto de la corrupción, sino la necedad del
entendimiento y algunas veces la Iglesia del tiempo
presente; aquello, ciertamente, por una mutabilidad
y la Iglesia por el esplendor que recibe de otra parte.
Mas una y otra luna (por decirlo así) congruentísima-
mente está debajo de los pies de María, pero de dife­
rente modo, puesto que el necio se muda como la
luna y el sabio permanece como el s o l 1. En el sol, el
calor y el esplendor son estables, mientras que en la
luna hay solamente el esplendor, y aun éste es muda­
ble e incierto, pues nunca permanece en el mismo es­
tado. Con razón, pues, se nos representa a María
vestida del sol, por cuanto penetró el abismo profun­
dísimo de la divina sabiduría más allá de lo que se
pueda creer, de suerte que, en cuanto lo permite la
condición de simple criatura, sin llegar a la unión
personal, parece estar sumergida totalmente en aque­
lla inaccesible luz, en aquel fuego que purificó los
labios del profeta Isaías, y en el cual se abrasan los se­
rafines. Así que de muy diferente modo mereció M a­
ría no sólo ser rozada ligeramente por el sol divino,
sino más bien ser cubierta con él por todas partes, ser
bañada alrededor y como encerrada en el mismo fue­
go. Candidísimo es, a la verdad, pero y también cali­

1 Eccli., XXVII, 12.

100
dísimo el vestido de esta mujer, de quien todas las
cosas se ven tan excelentemente iluminadas, que no
es lícito sospechar en ella nada, no digo tenebroso,
pero ni oscuro en algún modo siquiera o menos lúci­
do, ni tampoco algo que sea tibio o no lleno de
fervor.

Igualmente, toda necedad está muy debajo de sus


pies, para que por todos modos no se cuente María
en el número de las mujeres necias ni en el coro de
las vírgenes fatuas. Antes bien, aquel único necio y
príncipe de toda la necedad que, mudado verdadera­
mente como la luna, perdió la sabiduría en su her­
mosura, conculcado y quebrantado bajo los pies de
María, padece una miserable esclavitud. Sin duda,
ella es aquella mujer prometida otro tiempo por Dios
para quebrantar la cabeza de la serpiente antigua con
el pie de la virtud, a cuyo calcaño puso asechanzas en
muchos ardides de su astucia, pero en vano, puesto
que ella sola quebrantó toda la herética perversidad.
Uno decía que no había concebido a Cristo de la
substancia de su carne; otro silbaba que no había
dado a luz al niño, sino que le había hallado; otro
blasfemaba que, a lo menos, después del parto, había
sido conocida de varón; otro, no sufriendo que la lla­
masen Madre de Dios, reprendía impísimamente
aquel nombre grande, Theocotos, que significa la que
dio a luz a Dios. Pero fueron quebrantados los que
ponían asechanzas, fueron conculcados los engaña­
dores, fueron confutados los usurpadores y la llaman
bienaventurada todas las generaciones. Finalmente,

101
luego que dio a luz, puso asechanzas el dragón por
medio de Herodes, para apoderarse del Hijo que na­
cía y devorarle, porque había enemistades entre la
generación de la mujer y la del dragón.
Mas ya, si parece que más bien se debe entender la
Iglesia en el nombre de luna, por cuanto no resplan­
dece de suyo, sino de aquel Señor que dice: Sin m í
nada podéis hacer 2, tendremos entonces evidente­
mente expresada aquí aquella mediadora de quien
poco ha os he hablado.
***

Apareció, pues, una mujer vestida del sol y la luna


debajo de sus pies (3). Abracemos las plantas de Ma­
ría y postrémonos con devotísimas súplicas a aque­
llos pies bienaventurados. Retengámosla y no la
dejemos partir hasta que nos bendiga porque es po­
derosa.
Ciertamente el vellocino colocado entre el rocío y
la era, y la mujer entre el sol y la luna, nos muestran
a María colocada entre Cristo y la Iglesia. Pero acaso
no os admire tanto el vellocino saturado de rocío,
como la mujer vestida del sol, ya que si bien es gran­
de la conexión entre la mujer y el sol con que está
vestida, todavía resulta más sorprendente la adheren­
cia que hay entre los dos. Porque decidme ¿cómo en
medio de aquel ardor tan vehemente pudo subsistir
una naturaleza tan frágil? ¡Ah! Justamente te admi­
ras, Moisés santo, y deseas ver más de cerca esa estu­
penda maravilla, pero para conseguirlo debes quitar-
(2) lo., XV. 5.
(3) A pocalipsis, XVII, 1.

102
te el calzado y despojarte enteramente de toda clase
de pensamientos carnales. Iré a ver, dice, esta gran
maravilla (4).
Sí, gran maravilla ciertamente, una zarza ardiendo
sin quemarse; gran portento, una mujer que queda
ilesa, estando cubierta con el sol. No es de la natura­
leza de la zarza, el que esté cubierta por todas partes
de llamas y permanezca con todo sin quemarse: no es
propio de una mujer el que soporte un sol que la cu­
bra. Supera ésta toda virtud humana y también angé­
lica: es necesaria otra virtud más sublime. E l Espíritu
Santo, le dice el Angel a María, descenderá sobre ti
i5). Y como si ella respondiese: Dios es espíritu y
nuestro Dios es un fuego que consume, añade el A n­
gel: La virtud del Altísimo te hará sombra. No es ma­
ravilla, pues, que debajo de tal sombra pueda soste­
nerse una mujer vestida con manto solar.
***

Una mujer vestida de sol, dice San Juan: es decir,


cubierta de luz como de un vestido. El hombre camal
no comprende este misterio, es incapaz de saborear
las cosas espirituales, que le parecen necedades. Pero
no juzgaba así el Apóstol, cuando decía: Vestios de
nuestro Señor Jesucristo (6). ¡Oh, Señora! Cuan fami­
liar de Dios habéis llegado a ser. ¡Cuan allegada, me­
jor dicho, cuán íntima suya merecisteis ser hecha!
¡Cuánta gracia hallasteis a sus ojos! En vos está y vos
en El: a El le vestís y sois vestida por El. Le vestís con
la substancia de vuestra carne y El os viste con la glo-

(4) Exodo, III, 3.


(5) Lucas, 1,35.
(6) Apocalipsis, XVII, 1.
103
ria de su majestad. Vestís al sol con una nube, y sois
vestida vos misma de un sol. Porque, como dice Jere­
mías; un nuevo prodigio ha obrado el Señor sobre la
tierra y es que una mujer virgen encierre dentro de sí
al hombre de Dios, que no es otro que Cristo, de
quien se dice: He aquí un varón cuyo nombre es
Oriente (8). Y otro prodigio semejante ha obrado
Dios en el cielo, y es, que apareciese allí una mujer
vestida de sol: Ella le coronó y mereció ser coronada
por El.
Salid, hijas de Sión y ved al Rey Salomón con la
diadema con que le coronó su Madre, contemplad a
la dulce Reina del cielo adornada con la diadema con
que la coronó su Hijo.
***

Y en su cabeza, dice San Juan, tenía una corona de


doce estrellas. Sí, digna es ciertamente de ser corona­
da con estrellas, aquella cuya cabeza resplandece
mucho más fulgurante que los mismo astros, a los
cuales más bien adorna que es por ellos adornada.
¿Qué extraño es que coronen los astros a aquella que
es vestida del sol? Como en los días de primavera, se
dice en el Eclesiástico, la rodeaban las flores de los
rosales y las azucenas de los valles. Y sin duda, la
mano izquierda del esposo está puesta debajo de su
cabeza, y con su diestra la abraza.
¿Quién será capaz de apreciar estas piedras precio­
sas? ¿Quién dará nombre a estas estrellas, con que
está fabricada la diadema real de María? No hay inte­
ligencia humana que pueda darnos idea exacta de lo
que es esta corona y explicarnos su composición.
(8) Zacarías, VI, 12.

104
Pero yo según la medida de mi cortedad y abstenién­
dome de pretender escudriñar los secretos de Dios,
trataré de daros a entender como en estas doce estre­
llas vienen representadas otras tantas prerrogativas y
gracias singulares con que María está adornada. Pues
podemos considerar en María, las prerrogativas que
proceden del Cielo, las que adornan su cuerpo y las
que realzan su corazón. Y si multiplicamos este ter­
nario por el número cuatro, tendremos las doce es­
trellas con que brilla la diadema de nuestra Reina.
***

Yo creo que brilla un singular resplandor, primero


en la generación de María, segundo en la salutación
del Angel, tercero en la venida del Espíritu Santo so­
bre ella, cuarto en la inenarrable concepción del Hijo
de Dios. De ahí proceden otros cuatro astros reful­
gentes que irradian sobre ella honor soberano y son:
el haber sido las primicias de la virginidad, el haber
sido fecunda sin corrupción, el haber estado en cinta
sin fatiga alguna, y el haber dado a luz sin dolor. Y fi­
nalmente brilla con especial resplandor en María la
mansedumbre pudibunda, la devoción humilde, la
magnanimidad de la fe y el martirio del corazón.
Dejo a vuestra perspicacia el cuidado de conside­
rar atentamente cada una de estas brillantes estrellas:
por lo que a mí toca, me contentaré con llamar bre­
vemente vuestra consideración sobre cada una de
ellas.
***

Y en primer lugar ¿qué es lo que brilla y resplande-

105
ce en la generación de María? Sin duda el ser nacida
de Reyes, el ser de la sangre de Abraham, el ser gene­
rosa prosapia de David.
Si esto os parece poco, añadid que a causa de la
santidad privilegiada y única a que estaba destinada,
fue concebida, por efecto de una disposición especia-
lísima de la divina providencia, pues, prometida por
Dios a los Patriarcas mucho antes de que apareciese
sobre la tierra, fué prefigurada con misteriosos prodi­
gios y prenunciada con oráculos proféticos. Porque a
esta Virgen excelsa señalaba anticipadamente la vara
de Aarón, cuando floreció sin raíz. A ésta el velloci­
no de Gedeón, cuando en medio de la era seca se im­
pregnó de rocío, a ésta la puerta oriental contempla­
da en visión por Ezequiel, la cual para ninguno estu­
vo patente jamás.
Esta es, finalmente, la que Isaías más claramente
que todos, ora prometía bajo la imagen de un vástago
que había de brotar de la raíz de Jesé, ora más m ani­
fiestamente como una Virgen que había de dar a luz.
El Señor, dice el profeta, os dará un prodigio. Sabed
que concebirá una Virgen. ¡Grande prodigio es éste
indudablemente! ¿Qué ojos no quedan ofuscados al
reverberar en ellos con vehemencia el brillo resplan­
deciente de esta prerrogativa? Y viene después el ha­
ber sido saludada por el Angel tan reverente y obse­
quiosamente, que podía parecer que la miraba ya
ensalzada en el solio real sobre todos los órdenes de
los escuadrones celestiales y que casi iba a adorar a
una mujer, el que solía hasta entonces ser adorado
gustosamente por los hombres, por lo cual se nos au­
menta el excelentísimo mérito de nuestra Virgen y la
gracia singular con que estaba adornada.

106
Otra joya veo resplandecer en la corona de la Vir­
gen y es la manera inaudita con que concibió a su di­
vino Hijo; que fue por obra y gracia del Espíritu
Santo, que descendió sobre ella para que su concep­
ción fuera totalmente santa. El haber engendrado al
verdadero Dios, al verdadero Hijo de Dios, de suerte
que el hijo que nació de María, fuese Hijo de Dios e
hijo del hombre, verdadero Dios y verdadero hom­
bre, constituye un foco de luz tan refulgente, que a
mi parecer los mismos Angeles quedaron ofuscados a
la vehemencia de su resplandor.
Además ilustra evidentemente la virginidad de su
cuerpo el propósito firm ísim o que tuvo de permane­
cer Virgen y sobre todo la novedad de este propósito:
pues elevándose con santa libertad de espíritu sobre
los decretos de la ley de Moisés, ofreció con voto a
Dios la inmaculada santidad de su cuerpo y de su es­
píritu juntam ente. Y prueba la inviolable firmeza de
su resolución, el haber respondido tan resueltamente
al Angel que la prometía un hijo: ¿Cómo podrá ser
esto sino conozco ni conoceré jam ás varón alguno?
Acaso por eso precisamente se turbó al oír las pa­
labras del Angel y pensaba qué salutación sería aque­
lla, en la cual la llamaban bendita entre todas las
mujeres, siendo así que ella sólo deseaba ser bendita
entre las vírgenes. Resolvía en su mente qué saluta­
ción sería aquella por parecerle algo sospechosa.
Pero luego que oyó la promesa de un hijo, creyendo
ver en esto un peligro manifiesto para su virginidad
ya no pudo contenerse más y exclamó: ¿Cómo podrá
ser esto, si no conozco ni conoceré jam ás varón algu­
no? Por eso con razón, mereció aquella bendición y
no perdió ésta: para que así sea mucho más gloriosa
su virginidad realzada por su fecundidad, y su fecun­

107
didad ennoblecida por su virginidad; de manera que
parecen ilustrarse mutuamente estos dos astros con
sus rayos; porque si es cosa excelsa su virginidad, lo
es todavía mucho más su virginal Maternidad; el que
permanezca Virgen purísima, a pesar de ser Madre.
***

Fue también privilegio exclusivo de María el verse


totalmente libre de las molestias que suelen seguirse
a la concepción natural, pues ella y solo ella concibió
de un modo enteramente sobrenatural. Por esto no es
de admirar que después que hubo concebido por
obra del Espíritu Santo, sin molestia alguna, pudiera
hacer el viaje a casa de su prima Isabel, atravesando
para ello las montañas de Judea. Y subió también
más tarde a Belén llevando en sí misma aquel precio­
sísimo depósito, aquel dulce peso, llevando a quien
la llevaba.
Y en lo que toca a su divino alumbramiento, ¡de
cuánto esplendor es el haber dado a luz con un tan
nuevo gozo viéndose sola entre todas las mujeres,
exenta de la común maldición y del dolor y molestias
que esta lleva consigo! Si el precio de las cosas ha de
juzgarse por lo raro de las mismas ¿qué cosa más rara
podrá escogerse que aquella que es única en el m un­
do, puesto que en esta parte María, no ha tenido ni
tendrá jamás par ni semejante, en toda la dilatación
de los siglos? Así que si atentamente consideramos
este conjunto de maravillas, no podrán menos de
causarnos profunda admiración y no sólo adm ira­
ción, sino también veneración, devoción y consola­
ción.
***
108
Porque claro está que no nos es dado imitarla, en
que antes del nacimiento fuéramos prometidos pro­
digiosamente de tantos y tan varios modos, tampoco
en el ser honrados por el Arcángel Gabriel con los
obsequios de su nueva salutación, y mucho menos en
los otros dos privilegios, totalmente propios y exclu­
sivos de la Virgen Madre, que es la única de quien se
dice: lo que en ella se ha engendrado es obra del Es­
píritu Santo (8), y sola ella es, a quien dice: el fruto
Santo que nacerá de ti, se llamará Hijo dp Dios (9).
Podrán ser ofrecidas al Rey de la gloria muchas vír­
genes, pero todas después de ella, porque ella sola re­
serva para sí la primacía: más aún, ella es la única
que pudo concebir sin detrimiento de su virginidad, y
la que soportó sin molestias y dolor alguno los
efectos de su concepción y alumbramiento.
Nada de eso se nos pide que imitemos, por cuanto
excede a nuestra posibilidad: sin embargo el no poder
alcanzar estos dones tan singulares que lo son exclu­
sivos, no excusará negligencia en imitar su manse­
dumbre pudorosa y recatada, su humildad de cora­
zón, su inquebrantable Jidelidad y su ánimo compa­
sivo.
Cual agraciada piedra preciosa es en una diadema,
cual estrella resplandeciente es en la cabeza, esto es
el rubor en el semblante del hombre modesto y reca­
tado. ¿Piensa acaso alguno, que careció de esta gra­
cia, la que fue llena de toda ella? Modestísima fue
María, como nos consta por el santo Evangelio. ¿En
dónde se encontrará que fuese alguna vez locuaz; en

(8) M ateo, 1,20.


(9) Lucas, 1,25.

109
dónde se verá que fuese presuntuosa? Solicitando un
día hablar a su divino Hijo, quédose a la puerta de la
casa, y a pesar de la autoridad que tenía de madre, no
quiso interrum pir su razonamiento, ni penetrar en la
habitación en que el Hijo estaba platicando.
***

En todo el contexto de los cuatro Evangelios, no se


oye hablar a María más que cuatro veces. La primera
con el Angel, pero cuando ya una y dos veces la ha­
bía hablado él: la segunda con Isabel cuando la voz
de su salutación hizo saltar a Juan de gozo y tom an­
do ocasión de las alabanzas que su prima le dirigía,
se apresuró a magnificar al Señor: la tercera con su
hijo siendo éste ya de doce años, manifestándole
como ella y su padre llenos de dolor le habían busca­
do: la cuarta en las bodas de Caná, primero con Jesús
y después con los que servían a la mesa.
Y en esta ocasión fue cuando brilló de una manera
más especial su ingénita mansedumbre y modestia
virginal, puesto que tomando como propio el apuro
en que iban a verse los esposos no le sufrió el corazón
permanecer silenciosa, manifestando a su Hijo la fal­
ta de vino; y al ver que Jesús al parecer no atendía a
su súplica, como mansa y humilde de corazón no le
respondió palabra, sino que se limitó a recomendar a
los ministros que hiciesen lo que El les dijese, espe­
rando en que no saldría fallida su confianza.
***
Después de haber nacido Jesús en la cueva de Be­
lén, leemos que vinieron los pastores y encontraron,
la primera de todos, a María. Hallaron, dice el Evan-
110
gelista, a María y a José, y al infante puesto en el p e­
sebre. También a los Magos no sin María su Madre
encontraron el Niño; y cuando ella introdujo en el
templo del Señor, al Señor del Templo, ciertamente
muchas cosas oyó a Simeón, así relativas a Jesús
como relativas a sí misma, pero entonces como siem­
pre, mostróse tarda en hablar y solicita en escuchar.
María, dice San Lucas, conservaba todas estas pala
bras, ponderándolas en su corazón (10). Y nunca pro­
fieren sus labios ni una sola palabra acerca del subli­
me Misterio de la Encamación del Señor. ¡Ay de
nosotros, que parece tenemos el espíritu en las nari­
ces! ¡Ay de nosotros, que echamos a fuera todo nues­
tro espíritu y que según aquello del Terencio llenos
de hendiduras nos derramamos por todas partes!
¡Cuántas veces oyó María a su Hijo no sólo hablando
en parábolas a las turbas, sino descubriendo aparte a
sus discípulos el misterio del Reino de Dios! ¡Viole
haciendo prodigios, viole pendiente de la cruz, viole
expirando, viole cuando resucitó, viole, en fin, ascen­
diendo a los Cielos, y en todas estas circunstancias
¿cuántas veces se menciona haber sido oída la voz de
esta pudorísima Virgen, cuántas el arrullo de esta
castísima y mansísima Tórtola?
***

Leemos en los Actos de los Apóstoles, que los Dis­


cípulos volviendo del Monte Olívete, se retiraron al
Cenáculo, y allí perseveraban unánimemente en la
oración. Hallándose presente allí María, parece ob­
vio que debía ser nombrada la primera, puesto que

(10) Lucas, II, 19.


era superior a todos, así por la prerrogativa de su di­
vina Maternidad, como por el privilegio de su santi­
dad. Pues bien; oigamos cómo se expresa el historia­
dor sagrado. Estaban allí congregados Pedro y
Andrés, Santiago y Juan... etc., todos los cuales per­
severaban, juntos en oración con las mujeres y con
María la Madre de Jesús ( 11).
Pues, ¿qué?, ¿se portaba acaso María como la últi­
ma de las mujeres para que se la pusiese en el postrer
lugar?
Cuando los Discípulos sobre los cuales aún no ha­
bía bajado el Espíritu Santo, porque Jesús no había
sido aún glorificado, suscitaron entre sí la contienda
acerca de la primacía en el reino de Cristo, obraron
guiados por miras humanas; todo al revés lo hizo
María, pues siendo la mayor de todos y en todo, se
humilló en todo y más que todos. Con razón, pues,
fue constituida la primera de todos, la que siendo en
realidad la más excelsa, escogía para sí el último lu­
gar. Con razón fue hecha Señora de todos, la que se
portaba como sierva de todos. Con razón, en fin, fue
ensalzada sobre todos los coros de los Angeles, la que
con inefable mansedumbre se abatía a sí misma de­
bajo de las viudas y penitentes, y aun debajo de aque­
lla de quien habían sido lanzados siete demonios.
Ruegoos, fieles amadísimos, que os prendéis de esta
virtud si amáis de veras a María: si anheláis agradar­
la, imitad su modestia y humildad. Nada hay que tan
bien sienta al hombre, nada tan necesario al cristia­
no, nada que tanto realce al religioso como la verda­
dera humildad y mansedumbre.
***
(11) A ctos de los apóstoles, I, 14, 15.

112
Si atentamente observamos a la Virgen, veremos al
punto, que su profunda humildad, va siempre acom­
pañada y realzada por la más exquisita mansedum­
bre. Son estas dos virtudes colactáneas, y por esto las
vemos siempre indisolublemente unidas y como con­
federadas íntimamente en aquel Señor que decía:
Aprended de mí, que soy manso y humilde de cora­
zón (12). Porque, así como la altivez es madre de la
presunción, así la verdadera mansedumbre no proce­
de sino de la verdadera humildad.
Pero ni sólo en el silencio de María se recomienda
su humildad, sino que resuena todavía más elocuen­
temente en sus palabras. Había oído: Lo santo que
nacerá de ti, se llamará Hijo de Dios (13», y no res­
ponde otra cosa sino que es la sierva del Señor. Va en
seguida a visitar a su prima Isabel, y ésta, ilustrada
por el Espíritu Santo acerca de la singular gloria de la
Virgen, no puede contener la admiración y exclama
como fuera de sí: ¿De dónde a mí que venga a visitar­
me la madre de mi Señor?, y no contenta con esto,
ensalza también la voz de quién la saludaba, aña­
diendo: Luego que sonó la voz de tu salutación en
mis oídos, saltó de gozo el infante que llevo en mí, ter­
minando con alabar la fe inquebrantable de quien la
visitaba; bienaventurada tú, le dice, que has creído,
porque en ti serán cumplidas las cosas, que se te han
dicho de parte del Señor.
Grandes elogios, sin duda, pero la devota humil­
dad de María, no queriendo retener nada para sí, lo
atribuye todo a aquel Señor cuyos beneficios se ala­
baban en ella. Tú, dice a su prima, engrandeces a la
(12) M ateo, XI, 19.
(13) Lucas, 1,35.
Madre del Señor, pero mi alma engrandece al Señor.
Dices que a mi voz saltó de gozo el niño, pero m i es­
píritu se llenó de gozo en Dios, que es m i salvador, y
los saltos de alegría que ha dado el niño, son indicio
de que el amigo del Esposo se ha llenado de gozo
cuando oyó de éste la voz. Bienaventurada m e lla­
mas porque he creído, pero la causa de mi fe y de mi
dicha, es haberme mirado la suprema piedad, a fin de
que por eso me llamen bienaventurada todas las na­
ciones, porque se dignó Dios mirar a esta su sierva
pequeña y humilde.
***

Sin embargo, no creáis que Santa Isabel errase en


lo que hablaba iluminada por el Espíritu Santo. De
ningún modo. Bienaventurada era ciertamente aque­
lla a quien miró Dios, y bienaventurada la que creyó,
porque su fe fue el fruto sublime que produjo en ella
la vista de su Dios. Pero por un inefable artificio del
Espíritu Santo, a tanta humildad se juntó tanta mag­
nanimidad en lo íntimo del corazón virginal de M a­
ría, para que (como dijimos antes de la integridad y
fecundidad) se volvieran igualmente estas dos estre­
llas más claras por la mutua correspondencia de res­
plandor, porque ni su profunda humildad disminuyó
su magnanimidad, ni su excelsa magnanimidad
amenguó su humildad: sino que, siendo en su estima­
ción tan humilde, era no menos magnánima en la
creencia la promesa: de suerte que aunque no se creía
a sí misma otra cosa que una pequeña esclava, de
ningún modo dudaba que había sido escogida para
este incomprensible misterio, para este comercio ad­
mirable, para este sacramento inescrutable, y creía
firmemente que había de ser luego verdadera Madre
del que es Dios y hombre.
Tales son los efectos que en los corazones de los es­
cogidos causa la excelencia de la divina gracia: de
forma que ni la humildad los hace pusilánimes, ni la
magnanimidad arrogantes, sino que estas dos virtu­
des más bien se ayudan mutuamente, para que no
sólo ninguna altivez se introduzca por la magnanimi­
dad, sino que por ella principalmente crezca la hu­
mildad: con esto se vuelven ellos mucho más tim ora­
tos y agradecidos al Dador de todas las gracias, y al
propio tiempo evitan que tenga entrada alguna en su
alma la pusilanimidad con ocasión de la humildad;
porque cuanto menos suele presumir cada uno de su
propia virtud, aun en las cosas mínimas, tanto más
en cualesquiera cosas grandes confia en la virtud di­
vina.
***
Y del M artirio de la Virgen , que constituye si bien
lo recordáis, la deudécima de las estrellas que ador­
nan la diadema que ciñe su purísima frente, ¿qué
diré? Lo tenemos expresado, así en la profecía de Si­
meón, como en la historia de la pasión del Señor.
Este Niño, dijo Simeón hablando de Jesús, está
destinado para ruina r resurrección de muchos y será
el blanco de la contradicción de los hombres, lo (pie
será para ti. oh María, una espada que traspasará tu
alm a d4i. Sí. verdaderamente. Madre biena\entura-
da. traspasó tu alma la espada, pues no pudo ésta
atravesar el cuerpo de tu hijo sin antes traspasar tu
corazón.

(14) Lucas. 11.34.35.


Después que expiró aquél tu Jesús; tuyo de una
manera especial, aunque también nos pertenece a
nosotros; no. tocó su alma la lanza cruel que abrió su
costado, que ni aun después de muerto perdonó a
quien ya no podía dañar, pero traspasó indudable­
mente tu alma. El alma suya ya no estaba allí, mas la
tuya no se podía de allí arrancar. Traspasó, pues, tu
alma la fuerza del dolor, para que no sin razón te pre­
diquemos más que Mártir, habiendo sido en ti mayor
el afecto de la compasión, que pudiera ser el senti­
miento de la pasión corporal.
***

¿Acaso no fue para ti cual espada de dos filos que


traspasaba realmente tu alma y que llegaba hasta la
división del alma y del espíritu, aquella palabra: M u­
jer ahí tienes a tu hijo? (15). ¡Oh, qué trueque! Te en­
tregan a Juan en lugar de Jesús, al siervo en lugar del
JSeñor, al Discípulo en lugar del Maestro, al hijo del
Zebedeo en lugar del hijo de Dios, a un puro hombre
en lugar del verdadero Dios. ¿Cómo no traspasaría tu
afectuosísima alma el oír esto, cuando quiebra nues­
tros pechos, aunque de piedra, aunque de hierro, la
sola memoria de ello? No os admiréis, amadísimos,
de que sea llamada María M ártir en el alma. Admíre­
se el que no se acuerde haber oído a Pablo contar en­
tre los mayores crímenes de los gentiles, el haber
vivido sin tener afecto. Lejos estuvo esto de las entra­
ñas de María, lejos esté de sus humildes servidores.
Mas acaso dirá alguno: ¿Por ventura no supo anti­
cipadamente que su Hijo había de morir? Sin duda

(15) Juan, XIX, 26

116
alguna. ¿Por ventura no esperaba que luego había de
resucitar? Con la mayor confianza. Y a pesar de esto,
¿se dolió de verle crucificado? Y en gran manera. Por
lo demás, ¿quién eres tú, cristiano, o qué sabiduría es
la tuya, que te extrañes más de María compaciente,
que del Hijo de María paciente? El pudo morir en
el cuerpo, y María ¿no pudo morir juntam ente en el
corazón?
Realizó aquello una caridad, superior a toda otra
caridad: también hizo esto una caridad, que después
de aquélla no tuvo par ni semejanza.
Y ahora, oh Madre de misericordia, postrada hu­
mildemente a vuestros pies como la luna, os ruega la
Iglesia con devotísimas súplicas que, pues estáis
constituida mediadora entre ella y el Sol de justicia,
por aquel sincerísimo afecto de vuestra alma, le al­
cancéis la gracia de que en vuestra luz llegue a ver la
luz de ese resplandesciente Sol, que os amó verdade­
ramente más que a todas las demás criaturas, y os
adornó con las más preciosas galas de la gloria, po­
niendo en vuestra cabeza la corona de hermosura.
Llena estáis de gracias, llena del celestial rocío, sus­
tentada por el amado y rebosando en delicias. Ali­
mentad hoy, Señora, a vuestros pobres; los mismos
cachorrillos también comen de las miajas que caen
de la mesa de su Señor: no sólo al criado de Abra-
ham, sino también a sus camellos dadles de beber de
vuestra copiosa hidria; porque vos sois verdadera­
mente aquella doncella anticipadamente elegida y
preparada para desposarse con el Hijo del Altísimo.

FIN

117
ORACIONES DEVOTAS DE VARIOS
SANTOS
A LA SANTISIMA VIRGEN

O r a c ió n d e S a n B ern ard o

Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que ja ­


más se ha oído decir que uno sólo de cuantos han
acudido a vuestra protección, e implorado vuestro
auxilio haya sido abandonado. Animado con esta
confianza yo también acudo a Vos, oh Madre, Vir­
gen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso
de mis pecados me postro a vuestros pies.
Oh Madre del Verbo: no desechéis mis humildes
súplicas, antes bien acogedlas benignamente. Amén.

119
San Ildefonso fue en el siglo séptimo arzobispo de Toledo y fervorosísi­
mo devoto de Nuestra Señora. Compuso en su honor varios libros y ora­
ciones que mandaba a las parroquias de su jurisdicción.
Era tan grande su amor a la Madre de Dios que se pasaba los días en
continua oración; y como la Virgen corresponde siempre con los que de
veras la aman, no eran pocas las gracias que por su mediación alcanzaba.
Cierto día, después de haber celebrado devotamente Misa de pontifical
en honor de Nuestra Señora, y mientras daba gracias por los favores reci­
bidos en la capilla del Santísimo, se dio cuenta de que en el altar mayor,
sentada en una silla, había una Señora hermosísima que tenia una precio­
sa casulla en la manos.
Llamando a Ildefonso, le dijo: “En agradecimiento a lo que procuras
honrarme, he venido a ofrecerte este regalo. Toma esta casulla que te
pondrás siempre en todos los Oficios que celebres en mi honor...”
San Ildefonso

(La esclavitud de amor)

¡El más bello honor a mi libertad! ¡El más grande y


más magnífico título de nobleza! ¡La más gloriosa y
segura garantía de mi grandeza, que acabará en la
vida eterna! ¡En mi pobre tristeza, para mi repara­
ción, yo desearía llegar a ser el servidor de la Madre
de mi Señor...! ¡Ansiosamente desearía ser el servidor
de la Sierva y Madre de mi Creador!
Como un instrumento dócil entre las manos del
Dios Soberano, yo desearía estar ligado al servicio de
la Virgen María, consagrado a su servicio. Concéde­
melo, Jesús, Dios Hijo del hombre. Hadme esta gra­
cia, Señor de todas las cosas e Hijo de tu sierva...
Concédeme que yo sirva a tu madre, de modo que
Tú mismo me reconozcas por tu servidor; y que Ella
sea mi Soberana en la tierra para que tú seas mi Se­
ñor por la eternidad.
Ved, mi Señor, con qué impaciencia deseo ser el
servidor de esta Soberana; con qué fidelidad me en­
trego al gozo de su servidumbre; cómo deseo hacer­
me plenamente servidor de su voluntad; con qué

120
ardor deseo no substraerme jamás a su imperio, y
cuánto quiero no ser nunca arrancado de su servicio.
¡Que pueda yo ser admitido a su servicio, y, sirvién­
dola, merecer sus favores y vivir para siempre bajo su
mandato y amarla por toda la eternidad!
Mi mayor deseo en este mundo es el de ser el servi­
dor de su Hijo, y tener a la Madre por Soberana. Y
precisamente, para estar bajo el imperio de su Hijo,
yo quiero servirla; para ser admitido al servicio de
Dios, quiero que la Madre reine sobre mí como testi­
monio. Para ser el más fervoroso servidor de su Hijo,
aspiro a ser el servidor de la Madre. Pues servir a la
Sierva, es también servir al Señor; pues lo que se le
da a la Madre se refleja sobre el Hijo, yendo desde la
Madre hasta Aquel que Ella ha alimentado, y el Rey
ve recaer sobre sí mismo el honor que hace el servi­
dor a la Reina

O r a c ió n d e S a n E fén

¡Mi santísima Señora, Madre de Dios! llena de gra­


cia, Vos sois la gloria de nuestra naturaleza, el canal
de todos los bienes, la reina de todas las cosas des­
pués de la Trinidad... la mediadora del mundo des­
pués del Mediador; Vos sois el puente misterioso que
une la tierra con el cielo, la llave que nos abre las
puertas del paraíso, nuestra abogada, nuestra me­
diadora. Mirad mi fe, mirad mis piadosos anhelos y
acordaos de vuestra misericordia y de vuestro poder.
Madre de Aquel que es el único misericordioso y
bueno, acoged mi alma en mi miseria y, por vuestra
mediación, hacedla digna de estar un día a la diestra
de vuestro único Hijo.

121
Oración de San Pedro Damiano

Virgen bendita, Virgen más que bendita, deteneos


en nombre de vuestra naturaleza. ¿Acaso vuestra ele­
vación os ha hecho olvidar vuestra humanidad? No,
mi Soberana. Vos sabéis bien entre qué de peligros
nos habéis dejado, y cuántas son las infidelidades de
vuestros servidores; no estaría de acuerdo tan gran
misericordia, con el olvido de tan espantosa miseria.
Si vuestra gloria os separa, que la naturaleza os lla­
me... Vos no sois tan impasible que no podáis com­
padeceros. Tenéis nuestra naturaleza y no otra.
Deteneos, en segundo lugar, en nombre de vuestro
poder. Porque el Poderoso ha hecho en Vos grandes
cosas; todo poder os ha sido dado sobre el cielo y so­
bre la tierra. ¿Puede oponerse a vuestro poder el po­
der divino que ha recibido de vuestra carne la carne
que le ha hecho hombre? Vos avanzáis hacia el
altar de la reconciliación, no sólo con oraciones, sino
con órdenes, soberana más que sierva (non solum ro-
gans sed imperans, domina non añedía).
En tercer lugar, deteneos en nombre de vuestro
amor. Yo sé, mi divina Maestra, que sois muy bon­
dadosa y nos amáis con un amor invencible, porque
vuestro Hijo y vuestro Dios nos ha querido en Vos y
por Vos con un amor sin límites. ¿Quién sabe cuán­
tas veces habéis calmado la cólera del Soberano Juez,
cuando la justicia ya iba a partir de Dios para golpear
a los pecadores?
Deteneos también en nombre de vuestra singulari­
dad. Todo el tesoro de la divina misericordia os ha
sido confiado; y sólo Vos habéis sido elegida para re­
cibir el depósito de una gracia tan maravillosa. Dios
no quiere que vuestra mano permanezca ociosa, y

122
además Vos no buscáis más que la ocasión de salvar
a los miserables y derramar sobre ellos la misericor­
dia. No es disminución, sino aumento de vuestro ho­
nor, cuando los penitentes son admitidos al perdón,
y los justificados a la gloria.

O r a c ió n de S a n A n se lm o

... Oh maravilla, yo contemplo a María: a qué altu­


ra sublime la veo. Nada hay igual a María; nada, si
no es Dios, es mayor que Ella. Dios ha dado a María
su mismo Hijo, que, único, igual a El, engendra de su
corazón, como amándose a sí mismo; de María El se
ha hecho un Hijo, no otro, sino El mismo, de tal ma­
nera que, por naturaleza, El fue único y El mismo,
Hijo común de Dios y María. Toda la naturaleza ha
sido creada por Dios y Dios ha nacido de María.
Dios ha creado todo y María ha tenido a Dios. Dios,
que ha hecho todas las cosas, se ha hecho a El mismo
de María; y así ha rehecho todo lo que había hecho.
El, que ha podido hacer todas las cosas de la nada, no
ha querido rehacer sin María lo que había sido m an­
chado. Dios es, pues, el Padre de las cosas creadas y
María la Madre de las cosas «recreadas». Dios es el
Padre que ha construido todas las cosas y María la
Madre que ha reconstruido todo. Dios ha engendra­
do a Aquel por quien todo ha sido hecho; y María ha
tenido a Aquel por quien todo ha sido salvado. Dios
ha engendrado a Aquel sin quien nada existiría de
ninguna forma y María ha tenido a Aquel sin quien
nada estaría bien. ¡Verdaderamente el Señor está con
Vos, pues El ha hecho que toda criatura os deba tanto!
... Oh buena Madre, os suplico por este amor con

123
el cual queréis a vuestro Hijo, que así como verdade­
ramente Vos le amáis, y queréis que sea amado, con­
sigáis que yo también'le ame. Así, os lo pido: que se
cumpla realmente vuestra voluntad. ¿Por qué no se
hará, a causa de mis pecados, lo que sin embargo está
en vuestro poder? Señor, sois amigo de los hombres,
y habéis tenido piedad de ellos, y Vos habéis podido
amar, y hasta la muerte, a vuestros enemigos. ¿Po­
déis rehusar el amor para Vos y para vuestra Madre a
quien os lo pide? Oh Madre de Aquel que nos ama,
que habéis merecido llevarle en vuestro seno y am a­
mantarlo en vuestro pecho, ¿no podréis, o no que­
rréis, conceder el amor para el y para Vos a quien os
lo pide? Que mi espíritu os venere como Vos sois dig­
na; que mi corazón os ame como es justo; que mi
alma os estime como le es beneficioso; que mi carne
os sirva como debe; que en esto se consuma mi vida,
a fin de que todo mi ser os cante durante la eternidad.
Bendito sea el Señor eternamente. Así sea, así sea.

O r a c ió n de S a n A lb e r to M a g n o

Ah, iqué bella y graciosa estáis en medio de vues­


tros encantos! ¿No es delicioso ver y cumplir lo que
es tan agradable de decir y meditar? Yo no hablo al
corazón frío y desdeñoso, sino al corazón piadoso.
Pensad, os ruego, en esto: una joven, Virgen y Madre
a la vez, tenía en su seno virginal a su propio Hijo, y
sabía que era Dios y hombre; y El, con sus tiernas
manos, abrazaba el pecho sagrado de la Virgen, y ella
con sus bienaventurados brazos envolvía el pequeño
cuerpo de su Hijo; El, bebiendo, levantaba los ojos
con bondad hacia el rostro de su madre, y Ella, incli-

124
nando su santa cabeza, miraba con devoción a los
ojos de su Hijo. Pero todo esto es bien poca cosa sin
el misterio de su intimidad. En todo lo que acabamos
de decir, ¿cuáles serían los pensamientos de los cora­
zones de la Madre y del Hijo?: Teniendo a su peque­
ño, Ella meditaba cómo lo había tenido, de dónde le
había venido, y todo lo que había visto y oído por el
ministerio de los ángeles, de Isabel, de los pastores,
de los Magos, y todo ello le llevaba a meditar sobre lo
que debía sucederle en el mundo a este pequeño; y El
por su parte, acostado sobre el seno de la humilde jo­
ven, a quien sus propios vecinos no se habían preo­
cupado de reconocer, pensaba de qué modo la pro­
pondría a los hombres y a los ángeles y la haría
invocar por todos como el abogado de los suyos: y
[Link]ía de su seno, decidía ya, secretamente,
la redención del mundo...
Ella lleva un fruto que sobrepasa toda dulzura.
Todo lo que está en María, todo lo que viene de Ma­
ría es dulzura. Dulce es el espíritu de María, como
Ella misma lo atestigua1. M i espíritu es [Link]
es María, que puso en el mundo un hijo tan dulce,
del cual Ella misma dijo: M i bienamado es todo de­
seable’3. Dulces son los pensamientos de María, de
quien San Jerónimo dijo en un sermón: «La gracia
del Espíritu Santo la había colmado plenamente. El
divino Amor la había inflamado por completo, tanto
que no había en Ella nada que estuviese atado al
mundo, sino que todo era fuego continuo y embria­

1 Es la sabiduría que habla: porque M aría es com o su perso­


nalización hum ana.
2 Eccli 24,27.
3 C ant 5,6.

125
guez de un am or desbordante»4. Dulce era la palabra
de María, como así lo atestigua su Esposo: «Miel des­
tilan sus labios, miel y leche de su boca»5. Dul­
ce fue la entrada de María en este mundo, puesto que
fue preservada de toda mancha de pecado. Dulce fue
su vida, pues fue preservada de toda caída en el peca­
do actual.
De esto San Agustín da testimonio: «Cuando se
trata de los pecados no quiero hacer mención de
Ella.» Dulce fue la partida de María, ya que fue pre­
servada de las amarguras de la muerte, a la que todos
estamos entregados, según el testimonio de la Iglesia:
«La Santa Madre de Dios sufrió la muerte temporal,
pero no pudo ser retenida en los lazos de la muerte.»
Dulce es el nombre de María, que por todas partes
promueve la devoción de la Iglesia de los fieles. De­
cidme, os lo ruego, de dónde vienen esos suspiros, y
el murmullo, y la postración de la muchedumbre
piadosa con la Iglesia, cuando un clérigo pronuncia
el nombre de María. Ella es como un dátil lleno de
dulzura, y es dulce en nosotros. También la Iglesia
canta: Oh dulce María6. Dulce es la imagen de Ma­
ría, que los artistas hacen, con tanto espiendor, tanto
celo y tanta dulzura, con preferencia sobre las imáge­
nes de los otros santos, y que los fieles veneran con
tanta alegría, antes que a cualquier otra. ¿No veis que
las iglesias están llenas de la imagen de María? Esto
es señal evidente de que todo corazón debe estar lle­
no de su memoria. He aquí los dulces frutos de la
palmera. He aquí estos dátiles que María ha derra­
mado sobre la tierra de los mortales. ¿De qué calidad
4 Epist 9. PL 30,136.
5C ant 4,11.
6 A ntífona Salve regina.

126
serán los que distribuye a los ciudadanos de allá arri­
ba en la patria de los vivos? Allí la veremos, no en su
imagen de oro o de margil, sino cara a cara, en su
cuerpo santísimo. Allí veremos su rostro con nues­
tros ojos, que hemos deseado ver, llorando, por tan
largo tiempo aquí abajo. Allí nos sentaremos cerca
de nuestra Madre, de la que ahora estamos tan aleja­
dos. Allí podremos hablar no de Ella, sino con Ella.
Allí no abandonaremos ya nunca su gloriosa presen­
cia. Oh, ¿cuánto llegará eso?
¿Pensáis que la veremos? ¿Pensáis que persevera­
remos? ¿Pensáis, Madre de Misericordia, que esté
escrito en alguna parte en el libro de vuestro Hijo que
debamos veros así con El? Que esperándolos, os lo
ruego, «vuestras lágrimas nos sean el pan y el día y la
noche» hasta que nos sea dicho: ¡Hijo, he aquí a tu
Madre! ¡Niños, he aquí a vuestro Hermano!...

127
Dichos famosos de los santos
en alabanza de la Virgen

S a n A g u stín

María es más feliz por comprender la fe de Cristo


que por concebir la carne de Cristo. Su unión mater­
nal no le hubiese servido de nada si no hubiera sido
más feliz de llevar a Cristo en su corazón que de lle­
varle en su carne.
De la Santa Virgen María, para honor de Cristo,
no quiero que haya duda cuando se trata de pecados.
Sabemos, en efecto, que le fue concedida una gracia
mayor para vencer en todo momento al pecado, por­
que ha merecido concebir y dar a luz al que es seguro
que no tuvo ningún pecado.

S a n B a s ilio d e S e le u c ia

Si Dios ha colmado de gracias a sus buenos servi­


dores, ¿cuáles serán los dones concedidos a su Ma­
dre? ¿No serán incomparablemente superiores a los
favores concedidos a los servidores? Esto es evidente­
mente. Si Pedro ha sido proclamado bienaventurado,
¿no llamaremos bienaventurada entre todos a la Vir­
gen que ha dado a luz a aquel a quien Pedro ha con­
fesado? San Pablo es llamado vaso de elección,
porque ha llevado el nombre de Cristo por toda la
tierra; ¿qué vaso es, pues, la Madre de Dios?... Oh
Virgen Santísima, por más prerrogativas y por más
gloria que mi piedad os atribuya, quedaré siempre
muy inferior a la verdad.
Oh Virgen Santísima; el que haya dicho de Vos
todo lo que hay de venerable y de glorioso no ha pe­
cado contra la verdad, sino que ha quedado muy por
debajo de la realidad de vuestra dignidad.

S a n G erm á n d e C o n sta n tin o p la

Así como la respiración aporta la prueba de que


nuestro cuerpo posee todavía su energía viviente, así
vuestro santísimo nombre incansablemente pronun­
ciado por la boca de vuestros servidores, en todo
tiempo y lugar y de todas maneras, es la gran prueba,
y más aun que la prueba, es la causa o motivo de la
vida, de la alegría y del socorro de nuestras almas...
Yo lo sé, Vos tenéis, en vuestra calidad de Madre
del Altísimo, un poder igual a vuestro querer. Por
eso mi confianza en Vos no tiene límites.
Nadie ha sido colmado del conocimiento de Dios
más que por Vos, oh Santísima; nadie ha sido salva­
do más que por Vos, oh Madre de Dios; nadie escapa
a la servidumbre más que por Vos, que habéis mere­
cido llevar a Dios en vuestras entrañas virginales...,
gracias a vuestra autoridad maternal sobre Dios mis­
mo, Vos obtenéis misericordia para los criminales
más desesperados. Vos no podéis ser desatendida,
pues Dios condescendiente en todo y por todo a la
voluntad de su verdadera Madre,
mo, Vos obtenéis misericordia para los criminales
más desesperados. Vos no podéis ser desatendida,
pues Dios condescendiente en todo y por todo a la
voluntad de su verdadera Madre.
No hay nadie, oh Santísima, que se haya salvado si
no es por Vos. Nadie, oh Inmaculada, se ha librado
del mal si no es por Vos. Nadie, oh Purísima, recibe
los dones divinos si no es por Vos. A nadie, oh Sobe­
rana, la bondad divina concede sus gracias si no es
por Vos.

S a n P ed ro D a m ia n o

Aquí, mis queridos hermanos, os pido que penséis


cómo somos deudores de la bienaventurada Madre
de Dios, y qué de acciones de gracias le debemos ren­
dir, después de a Dios, por tan gran beneficio. Pues
este cuerpo de Cristo que Ella engendró y llevó en su
seno, que envolvió en pañales, que alimentó con su
leche con una solicitud materna, es el mismo Cuerpo
que recibimos en el altar; es su Sangre la que bebe­
mos en el Sacramento de nuestra redención. Esto es
lo que sostiene la fe católica, y lo que enseña la Santa
Iglesia. No, no hay palabras humanas que sean capa­
ces de alabar dignamente a Aquella de quien tomó su
carne el Mediador entre Dios y los hombres. Cual­
quier honor que le pudiésemos dar, está por debajo
de sus méritos, ya que Ella nos ha preparado en su
casto seno la Carne inmaculada que alimenta nues­
tras almas. Eva comió un fruto que nos privó del

130
eterno festín; María nos presenta otro que nos abre la
puerta del banquete celestial.

S a n L u ís G rig n ió n de M o n rfo rt

“ Como quiera que toda nuestra perfección consis­


te en estar conformes, unidos y consagrados a Jesu­
cristo, resulta que la más perfecta de las devociones
será la que más nos conforme, nos una y nos consa­
gre totalmente y lo más perfectamente posible a Cris­
to. Ahora bien: Siendo María la criatura más confor­
me a la voluntad de Cristo, se sigue que, la entrega
más completa y total a Ella, es la que más nos une y
nos hace vivir consagrados totalmente a Cristo...
“ De dos maneras puede un escultor sacar al natural
una estatua. La primera es usando su fuerza y sabi­
duría, y con buenos instrumentos ir labrando la figu­
ra... Largo, difícil y expuesto es este primer modo: un
golpe mal dado bastaría para echarlo todo a perder.
En cambio, el segundo modo es mucho más fácil y
menos peligroso; bastaría con tener un molde perfec­
to y que la materia empleada sea completamente ma­
nejable... Este molde perfectísimo es María, y noso­
tros somos la materia, que si nos damos totalmente a
Ella y no le oponemos resistencia, nos hará comple­
tamente semejantes a Cristo, cual es la figura del
molde que es Ella m isma” .

131
INDICE

Prólogo.................................................................. 5
Cap. 1 María admiración de cielos y tierra. . . . 7
Cap. II María Oráculo del Altísimo.................. 19
Cap. III María llena de gracia............................ 41
Cap. IV María la Madre de Dios....................... 62
Cap. V María la Medianera universal............... 75
Cap. VI María coronada de estrellas................. 97
Oraciones devotas de varios santos................... 119
Dichos famosos de los santos en alabanza de la
Virgen.................................................................... 129

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