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01 - El Viaje de Tivo, El Arriesgado PDF

El rey Tivo descubre que la única manera de salvar a su prometida Aguamarina, que se encuentra gravemente enferma, es encontrar una de las piezas perdidas del Rompecabezas Mágico. Su maestro Larsín reconoce los síntomas de la enfermedad de Aguamarina y le revela a Tivo que solo una pieza del legendario Rompecabezas Mágico puede curarla, aunque será casi imposible de obtener.

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01 - El Viaje de Tivo, El Arriesgado PDF

El rey Tivo descubre que la única manera de salvar a su prometida Aguamarina, que se encuentra gravemente enferma, es encontrar una de las piezas perdidas del Rompecabezas Mágico. Su maestro Larsín reconoce los síntomas de la enfermedad de Aguamarina y le revela a Tivo que solo una pieza del legendario Rompecabezas Mágico puede curarla, aunque será casi imposible de obtener.

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En

el lejano país de Tiva, el rey Tivo descubre que la única manera de salvar
a su prometida Aguamarina es encontrar una de las piezas perdidas del
Rompecabezas Mágico.

[Link] - Página 2
Manuel Alfonseca

El viaje de Tivo, el Arriesgado


Crónicas del Rompecabezas Mágico-1

ePub r1.0
fenikz 22.08.15

[Link] - Página 3
Manuel Alfonseca, 1986
Retoque de cubierta: fenikz

Editor digital: fenikz


ePub base r1.2

[Link] - Página 4
1

LA ENFERMEDAD DE LA PRINCESA

T
ivo, rey de Tiva, estaba triste. Acababan de comunicarle la noticia de que su
prometida, la princesa Aguamarina de Itin, se encontraba gravemente
enferma. Es verdad que no la había visto más de media docena de veces en
toda su vida, pero desde que ambos nacieron se había dado por supuesto
que algún día se casarían. Los dos jóvenes aceptaron este enlace sin
discusión, pues desde niños se habían llevado muy bien en las raras ocasiones en que
estuvieron juntos. La distancia entre Tiva e Itin era tan larga, los caminos tan malos y
peligrosos, que muy importante había de ser, en verdad, el motivo que obligara a una
de las partes a emprender el viaje. La boda del rey con la princesa debía celebrarse
cuando Tivo alcanzara la mayoría de edad.
Y ahora, inesperadamente, Aguamarina caía enferma. Los médicos de Itin se
declararon impotentes para vencer el mal que la aquejaba y pidieron consejo a sus
colegas más famosos del reino, algunos de los cuales estaban ya en camino para
estudiar su caso.
Tivo no podía resistir la inactividad y decidió marchar. Inútil fue que Taria se
opusiera y razonara que su viaje sería en vano, pues nada podría hacer por
Aguamarina. Taria era el regente que se ocupó de la administración del reino cuando
murió el padre de Tivo, y que le haría entrega de sus poderes cuando fuera mayor de
edad. Siempre se había llevado bien con él, pues era un hombre muy agradable,
amigo de bromas y amante de los niños. Pero Tivo era un muchacho muy testarudo,
incapaz de seguir los consejos de nadie, una vez que había tomado una decisión. Por
ello siguió adelante con los preparativos de su viaje.
Pero no iría solo. Larsín, su viejo maestro, iba a acompañarle. Tivo tenía gran
confianza en Larsín, que le había educado desde que era muy niño y le había
enseñado casi todo lo que sabía. Siempre acudía a él cuando se encontraba en
dificultades o necesitaba consejo. En este caso, a pesar de la oposición de Taria,
Larsín le aconsejó marchar. El anciano tenía el presentimiento de que la presencia de
Tivo en Itin sería, no ya conveniente, sino esencial para la curación de la princesa.
Por fin llegó el momento de la partida. Apenas despuntó la mañana del día fijado,
el rey y su reducido séquito salieron de la capital a lomos de sus caballos. Tan pronto
cruzaron el puente sobre el río Duca, en cuya margen izquierda se levanta la ciudad,
perdieron de vista a ésta. Tivo no sintió ninguna emoción especial. Ignoraba que

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habría de correr muchas aventuras y peligros antes de volver allí.
La ciudad de Itin se encuentra muy cerca de la frontera suroeste del reino de Tiva,
en la costa del mar de la Cinta. La distancia que la separa de la capital por el camino
más corto es de unos seiscientos kilómetros. Al principio siguieron la margen derecha
del río Duca casi hasta su nacimiento, en las estribaciones de los montes Latios, que
constituyen la frontera occidental del reino. Ya avanzado el quinto día de viaje el
camino que seguían se separó del río, bordeando las montañas en dirección sur.
Desde hacía más de un siglo la paz reinaba en el país de Tiva, no siendo frecuente
encontrar bandoleros y otros malhechores, por lo que no les ocurrió a los viajeros
nada digno de especial mención hasta que llegaron a los últimos bastiones de la
cordillera. A partir de este punto el camino se dirigía casi en línea recta hacia Itin, que
sólo distaba ya unos doscientos kilómetros.
Corría la hora octava del undécimo día de viaje, cuando dos de los acompañantes
del rey, que avanzaban algo destacados en función de vigilancia, regresaron
súbitamente.
—Se acerca un jinete, Majestad —dijo el primero al llegar junto a Tivo.
Todo el grupo se detuvo y aguardó. Pronto pudieron oír el rumor de los cascos de
un caballo que se aproximaba al galope. Unos momentos después apareció a su vista
el jinete, que vestía la librea de la casa de Itin. Tivo le reconoció: se trataba de un
noble caballero, llamado Cuinto, en quien el príncipe de Itin tenía gran confianza y
que participaba activamente en las reuniones de su consejo privado.
Al divisar el grupo que le aguardaba, el recién llegado se detuvo. Pero, al percibir
al rey, apareció en su rostro una expresión de sorpresa, espoleó a su caballo y se
acercó. Cuando habló lo hizo con dificultad, casi sin aliento.
—Me sorprende veros aquí, Majestad. No teníamos noticia de vuestro viaje.
—En efecto —respondió Tivo—. Partimos con cierta precipitación y no nos dio
tiempo a enviar aviso a Itin. ¿Cuál es tu misión? Muy urgente debe ser, a juzgar por la
rapidez de tu marcha.
—Hace tres días salí de Itin con un mensaje para vos. La princesa Aguamarina
está peor. Los médicos no pueden hacer nada por ella. Dos días antes de mi partida
perdió el conocimiento y no ha vuelto a recuperarlo. El príncipe de Itin solicita
vuestra presencia, puesto que el desenlace fatal se considera inminente. Pero veo que
mi viaje ha resultado inútil, pues ya os habíais puesto en camino, aún sin conocer la
desesperada situación de la princesa.
—Malas son las noticias que me traes, amigo mío. Pero ahora debemos apresurar
la marcha. Quisiera encontrar viva a Aguamarina.
Durante los tres días siguientes, los viajeros se detuvieron únicamente el tiempo
indispensable para no agotar totalmente a sus caballos. Gracias a ello consiguieron
llegar a su destino a la puesta del sol del día decimocuarto desde que partieron de
Tiva. Ninguna comitiva salió a su encuentro en las afueras de Itin. La tristeza reinaba
por doquier en la ciudad.

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—Tengo el presentimiento de que llegamos tarde —susurró Tivo a Larsín, que
cabalgaba a su lado.
Cuando el grupo se detuvo a la puerta del palacio del príncipe de Itin, avanzó
hacia ellos un soldado de la guardia. Cuinto desmontó, le saludó y habló con él unos
momentos en voz baja. Luego se volvió al rey.
—¿Qué noticias hay? —preguntó éste.
—Parece ser que no ha habido ninguna novedad, Majestad. La princesa continúa
inconsciente y el príncipe no se separa de su lecho. Por eso no ha salido a vuestro
encuentro.
—Pasemos entonces a presentarle nuestros respetos. Además, quiero ver a la
princesa.
Una hora más tarde, Tivo y su maestro se reunieron en las habitaciones del
primero. Tan pronto se encontraron a solas, el rey dijo:
—No me gusta su aspecto. Tiene un extraño tono verdoso en la cara. ¿Crees que
va a morir?
—Creo que la princesa no corre peligro inmediato —repuso Larsín—. Los
síntomas de su enfermedad son evidentes.
La sorpresa de Tivo al oír estas palabras fue enorme.
—¿Cómo puedes saber tú lo que tiene, cuando los mejores médicos de Tiva no
conocen su mal?
—No me extraña. Hace muchos siglos que el reino se ha visto libre de esta
enfermedad. Sólo se la menciona en antiguas leyendas que a mí siempre me ha
gustado investigar. No sólo he reconocido el mal de la princesa, sino que sé cual es el
único remedio que puede curarla. Desgraciadamente será casi imposible obtenerlo.
—No comprendo por qué no mencionaste esto a los médicos que cuidan a
Aguamarina —dijo el rey—. Tal vez ese remedio no sea tan difícil de fabricar como
tú crees.
—No se trata de una medicina ordinaria, sino de un objeto que se perdió hace
mucho tiempo y que sería totalmente imposible reconstruir.
—Entonces, ¿de qué se trata?
Larsín miró a Tivo fijamente, como si dudara en descubrir su secreto. Cuando por
fin habló, lo hizo lentamente y con solemnidad, como si estuviera pronunciando un
discurso. Dijo así:
—La princesa permanecerá indefinidamente en el estado en que se encuentra, a
menos que se la ponga en contacto con una de las piezas del rompecabezas mágico.
—¿El rompecabezas mágico? —exclamó Tivo—. Nunca oí hablar de él.
—Se trata de una historia muy antigua —explicó Larsín—. Todo comenzó en
tiempos de Tivo el Grande, fundador del reino de Tiva. Cierto objeto precioso, no se
sabe exactamente cuál, había sido puesto bajo su custodia, pero él no supo
conservarlo. Su esposa, la reina Albaloa, a la que quería muchísimo, murió al dar a
luz a su tercera hija. Desconsolado y furioso, el rey arrojó el objeto mágico contra el

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suelo, rompiéndose en siete pedazos. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho,
Tivo el Grande se arrepintió e intentó reconstruirlo pegando las piezas entre sí, pero
fracasó: no supo encajarlas adecuadamente.
—¿No fue capaz de resolver un rompecabezas de sólo siete piezas?
—Recuerda que el objeto tenía propiedades mágicas. Es posible que, en el
instante de romperse, sus trozos se reblandecieran y cambiaran de forma,
endureciéndose después. Sea como sea, ni el rey ni sus sucesores lograron unirlas
adecuadamente, a pesar de que se ofrecieron grandes premios a quien fuera capaz de
resolver el problema.
—¿Dónde están las piezas del rompecabezas? —preguntó Tivo.
—Fueron perdiéndose a lo largo de los siglos. La primera desapareció
misteriosamente durante el reinado del cuarto rey de Tiva. La segunda fue entregada
por el rey Elavor I a Illin, príncipe de Itin, como rescate a cambio de la mano de su
hermana, Eleana, con quien deseaba contraer matrimonio. Veintiocho años más tarde
Illin, que no se separaba jamás de la pieza, desapareció en el gran bosque durante una
expedición de caza. Ni él ni sus acompañantes reaparecieron jamás. Pocos años antes
se había perdido la tercera, cuando el rey Tivo III el Inconsciente fue aniquilado junto
con su ejército durante una campaña contra los nómadas de la estepa. La cuarta se
hundió en el mar, durante la gran batalla naval del año 155 de la fundación de Tiva.
»Después de estos hechos hubo más de un siglo de tranquilidad, hasta la gran
invasión de los nómadas de la estepa, que tuvo lugar en el año 273. El rey Tivo VII y
el príncipe de Itin perecieron durante una batalla decisiva ante las puertas de la
capital, que fue tomada por los invasores. No fue posible expulsarles de allí hasta
doce años más tarde y, para entonces, la quinta pieza del rompecabezas había
desaparecido.
»Hace tres siglos y medio tuvo lugar la triste historia de amor del rey Duva. De
joven hizo un largo viaje por países muy lejanos, donde conoció a Laurin, hija del rey
de Tacta, y se enamoró de ella. Pero el padre de la muchacha se negó a darle su
consentimiento a menos que le entregara uno de los objetos mágicos cuya fama se
había extendido por todo el mundo conocido. Duva regresó apesadumbrado, pues
sabía que su tío, entonces rey de Tiva, se negaría a desprenderse de ninguna de las
dos piezas que quedaban.
»Diez años más tarde murió el rey sin descendencia y Duva ocupó el trono. No
había olvidado su gran amor e inmediatamente decidió partir con el rescate de Laurin.
Pero su deseo no estaba destinado a cumplirse. Durante la travesía del desierto, la
comitiva fue atacada por unos seres monstruosos que se apoderaron del rey y de la
sexta pieza del rompecabezas. Sólo uno de sus acompañantes pudo regresar vivo con
la noticia.
Tras estas palabras, Larsín guardó silencio, como si el desgraciado destino del rey
Duva le conmoviera profundamente. Después de aguardar unos instantes, Tivo se
decidió a interrumpir los pensamientos de su anciano maestro.

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—¿Qué fue de la última pieza? —preguntó.
—Fue robada hace poco más de doscientos años, durante el período de las
intrigas palaciegas. En aquel tiempo surgió una secta secreta, que entre otras cosas
reclamaba el derecho de sucesión al trono para uno de sus miembros, un supuesto
descendiente directo de Lupro I, aunque probablemente se trataba de un impostor.
Como consecuencia de las actividades de esta secta, tres reyes de Tiva fueron
asesinados en un solo año. Por fin, Tivo X desarticuló a los rebeldes, aunque algunos
de sus principales cabecillas lograron abandonar el país. La desaparición de la pieza
mágica fue descubierta demasiado tarde.
—Es decir, que ninguna de las siete piezas del rompecabezas forma ya parte del
tesoro real.
—Peor aún —afirmó Larsín—. Es casi seguro que en todo el reino no se
encuentra ni una sola. Hace casi un siglo que el rey Duva III emprendió una búsqueda
muy completa, pero totalmente infructuosa.
—Lo que no comprendo aún es qué tienen que ver estas piezas mágicas con la
enfermedad de Aguamarina —dijo el rey, muy pensativo.
—Los que padecían ciertas enfermedades sanaban inmediatamente en cuanto
entraban en contacto con una de ellas —explicó Larsín—. Gracias a eso, la
enfermedad de la princesa desapareció del reino durante muchos siglos. Por esta
razón los médicos han llegado a olvidar hasta su existencia.
—Vamos a ver si he entendido correctamente la situación —exclamó Tivo de
pronto, después de un largo silencio y como si hubiera tomado una decisión difícil—.
La única esperanza de curación para Aguamarina consiste en que sea posible obtener
una, al menos, de las piezas del rompecabezas. Para encontrarla será preciso
emprender la búsqueda fuera de Tiva, a través de regiones parcialmente inexploradas
y habitadas por seres monstruosos y enemigos peligrosos.
—Has expresado correctamente la situación —repuso Larsín.
—Por otra parte, —continuó el rey—, no estoy dispuesto a enviar a ninguno de
mis súbditos a una misión erizada de peligros, ni quedarme aquí, tranquilamente,
esperando que otros resuelvan mis problemas. Debo ir yo mismo.
—Has hablado bien —dijo Larsín—, y no esperaba menos de ti. Además, la
empresa te corresponde. Es justo que un rey de Tiva enderece lo que otro rey de Tiva
destruyó.
Una vez tomada la decisión, Tivo se sintió hervir de energía y entusiasmo y
comenzó inmediatamente a hacer planes.
—Si he de partir, debe ser cuanto antes y en secreto. Ni Taria ni el príncipe de Itin
me lo permitirían, si llegaran a enterarse.
—Sin embargo, opino que debes comunicar al regente tu propósito, así como los
motivos de tu viaje. Además, debes darle instrucciones para el caso de que la misión
fracase y tú pierdas la vida en ella. Recuerda que eres rey de Tiva y que no tienes
descendencia.

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—Aunque yo muera, la dinastía no se extinguirá. Mi primo Varga sería mi
sucesor. Tienes razón, debo escribir a Taria contándoselo todo. Pero procuraré que la
carta le alcance cuando ya sea demasiado tarde para oponerse a mi marcha.
—Me parece correcta tu actitud, pero ¿cómo conseguirás ocultarle tus intenciones
al príncipe de Itin?
—Partiré mañana por la noche —dijo el rey—. Iré solo. Así será más fácil pasar
desapercibido.
—No estoy de acuerdo —se opuso Larsín—. Me parece una locura emprender sin
ayuda un viaje semejante. Es preciso que elijas unos cuantos compañeros de
confianza.
—Eso es imposible. Correríamos el peligro de que la empresa fuera descubierta
antes de tiempo. No puede ser. Iré solo.
—En ese caso, yo te acompañaré. —Y ante las protestas de Tivo, explicó—: Éste
será el último servicio que prestaré al reino y a tu persona. Recuerda que soy tu
maestro y debes obedecerme.
Por fin, Tivo se resignó. Decidieron salir de Itin al día siguiente, ocultos entre las
sombras de la noche, llevando únicamente cuatro cabalgaduras, dos de las cuales
transportarían las provisiones y el equipaje.
De pronto, Larsín alzó la mano exigiendo silencio. Se levantó, se acercó
sigilosamente a la puerta de la estancia y la abrió de forma violenta y repentina. El
corredor estaba vacío.
—Estoy seguro de haber oído un ligero ruido, como si alguien estuviera
escuchándonos desde el otro lado de la puerta —dijo Larsín—, pero he debido
equivocarme, pues no hay nadie aquí.
Poco después de este incidente, el rey y su maestro se separaron. El primero se
acostó en seguida y durmió profundamente, pero el anciano permaneció despierto
durante algunas horas, meditando sobre la arriesgada empresa que estaban a punto de
acometer.

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2

ELAVEL

D
urante todo el día siguiente, Tivo encontró grandes dificultades para
ocultar su nerviosismo y comportarse con normalidad. Afortunadamente,
si alguien percibió su agitación, sin duda la atribuyó a su preocupación por
el estado de la princesa que, como había predicho Larsín, permanecía
estacionario. Aguamarina respiraba regularmente, podía incluso deglutir
los líquidos con que los médicos la alimentaban, pero no recobraba el conocimiento.
La gente comenzaba a darse cuenta de que su muerte no era inminente, y muchas
actividades interrumpidas se reanudaron.
Tivo dedicó la mañana a la composición de una larga misiva, repleta de
instrucciones para el regente, explicándole las razones de su repentina decisión.
«Siendo conscientes —decía, entre otras cosas, la carta— de que el gobierno del
reino no puede depender del éxito o el fracaso de una misión como la que nos
disponemos a emprender, hemos tomado la siguiente determinación: Durante un año
a contar de la fecha de hoy, continuaréis en el cargo de regente del reino, como lo
habéis sido desde la muerte de nuestro augusto padre. Transcurrido este tiempo sin
más noticias nuestras, se considerará y aceptará nuestra renuncia permanente e
irreversible al oficio real, nombrándose y coronándose solemnemente, en nuestro
lugar, al heredero a quien legítimamente le corresponda».
Tan pronto hubo dado por terminada la carta, Tivo se la entregó a dos de los
miembros de más confianza de su séquito, a quienes envió inmediatamente a la
capital con orden de entregársela a Taria, en propia mano, lo antes posible. El regente
la recibiría demasiado tarde para poder oponerse a los planes del rey, puesto que los
mensajeros tardarían casi dos semanas en llegar a su destino.
Por la tarde, el rey sostuvo una larga entrevista con el príncipe de Itin, padre de
Aguamarina, en la que debatieron diversos asuntos de estado. Esto le ayudó a pasar el
tiempo, pues deseaba que llegara la noche para dar, por fin, comienzo a su aventura.
Durante la entrevista tuvo buen cuidado de no dejar traslucir su intranquilidad. Se vio
obligado a hacer grandes esfuerzos para comportarse con naturalidad, pues su
próxima partida hacía que le resultara difícil mostrar interés por los asuntos que se
estaban discutiendo, que pronto ya no le afectarían.
Por fin se puso el sol. Al filo de media noche, mientras la ciudad dormía, Tivo y
Larsín salieron del palacio. El capitán de la guardia no opuso ninguna dificultad al

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reconocer al rey. Instantes después, éste y su maestro avanzaban por las oscuras
callejuelas en dirección a las afueras de Itin.
—He dispuesto que uno de los hombres de tu séquito, llamado Lamia, un lacayo
de toda confianza, nos aguarde con los caballos y el equipaje fuera de la ciudad —
susurró Larsín.
—Le conozco y tienes razón —dijo Tivo—. Pero, a pesar de todo, espero que no
le habrás dado demasiada información sobre lo que nos proponemos hacer.
—No te preocupes. Sólo sabe que partimos de incógnito, pero no hacia dónde.
Para desviar sus sospechas le he citado en el camino que conduce a la capital. Así,
cuando mañana se emprendan indagaciones sobre nuestra ausencia, se creerá que
hemos regresado allí. Los días de ventaja que esto nos proporcionará serán suficientes
para evitar que el príncipe de Itin pueda alcanzarnos y obligarnos a regresar.
Poco después, Tivo y Larsín salieron de la ciudad y se acercaron al lugar fijado
por el maestro, donde les aguardaba Lamia, quien sin más tardanza les entregó las
cabalgaduras y emprendió el regreso hacia Itin. Los dos viajeros montaron sus
caballos y continuaron durante breve trecho por el camino de Tiva. Después se
desviaron y emprendieron un largo rodeo que, circundando la ciudad, les llevaría
hasta la desembocadura del río que corría al oeste de la misma.
Cuando calcularon que había pasado el peligro de que alguien les oyera, Tivo y su
acompañante conversaron con más libertad.
—Espero que habrás planeado cuidadosamente los pasos que conviene dar para
buscar las piezas del rompecabezas —dijo el rey.
—Lo siento, Majestad. No tengo la menor idea de dónde podremos encontrarlas.
Pero estimo que es conveniente salir cuanto antes de tu reino. Por eso nos dirigimos
hacia el río Itin, que desemboca muy cerca de aquí, y lo cruzaremos. Al otro lado del
río comienza el gran bosque, donde nadie se atreverá a seguirnos.
—Siempre he oído mencionar ese bosque con temor, pero nunca tuve ocasión de
que me explicasen nada concreto. Supongo que debe haber algo terrible en él.
—Lo ignoro, pues nunca he estado allí. Pero sospecho que la mayor parte de las
historias que sobre él se cuentan deben de ser meras leyendas o fantasías originadas
en el hecho de que el bosque es extenso e inexplorado.
—Cuéntame alguna —rogó Tivo.
Pero Larsín se negó a ello, aduciendo que sólo serviría para hacerles cobrar temor
hacia el lugar al que se dirigían y añadiría peligros imaginarios a una empresa de por
sí suficientemente arriesgada.
Poco después de esta conversación, los viajeros juzgaron que la ciudad de Itin
había quedado ya rodeada y enfilaron directamente hacia el oeste. Pero apenas habían
enderezado su camino, cuando Tivo se detuvo bruscamente e hizo seña a Larsín de
que le imitara.
—¿Qué ocurre? —preguntó el maestro.
—Hace un momento me pareció oír ruido de cascos de caballo —susurró Tivo—,

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y ahora estoy seguro. El rumor ha continuado unos instantes después de que nos
hemos detenido. Alguien nos sigue de cerca.
—¿Quién puede estar enterado de nuestra partida? No creo que ni el regente ni el
príncipe de Itin se hayan atrevido a hacernos vigilar.
—Pronto lo sabremos —repuso el rey—. Adelántate tú para que nuestro
perseguidor crea que continuamos la marcha. Yo le esperaré aquí.
Así lo hicieron. Apenas Larsín se hubo puesto en movimiento, Tivo volvió a oír el
ruido de los cascos de un caballo en el camino que acababan de recorrer, y no se
habría alejado el maestro más de doscientos pasos, cuando el rey distinguió una
forma oscura que se acercaba.
—¡Alto! —gritó—. ¿Quién está ahí? ¡Avanza inmediatamente en son de paz, o
disponte a luchar! —y al decir esto, desnudó la espada.
Hubo un breve silencio. Después, la figura de un jinete se destacó de la oscuridad
y se acercó a él. Era imposible distinguir sus facciones. Entretanto, Larsín volvió
grupas a su caballo y regresó rápidamente junto al rey.
—¿Quién eres? —preguntó éste, con la espada en guardia.
La respuesta del extraño cogió por sorpresa a Tivo, que casi dejó caer el arma en
su sobresalto. La voz del jinete tenía un timbre claramente femenino.
—Soy Elavel —dijo.
Larsín también demostró su sorpresa, pues Elavel era la hija segunda del príncipe
de Itin y hermana menor de Aguamarina.
—¡Elavel! —exclamó—. ¿Qué haces aquí, tan lejos de Itin?
—Sé que vais en busca de un remedio para mi hermana y quiero acompañaros —
respondió la muchacha.
—¿Cómo lo supiste? —interrogó Larsín.
—Lo sé, y es suficiente. Quiero hacer algo por Aguamarina. No puedo
permanecer en Itin, viéndola languidecer y sabiendo que existe una posibilidad de
salvarla. Por eso quiero acompañaros.
—¡Es imposible! —protestó Tivo—. Apenas eres más que una niña.
—¿Acaso eres tú algo más que un muchacho? —contestó, airada, Elavel—. Sin
embargo, no sólo emprendes este viaje por tu voluntad, sino que tu propio maestro te
ha empujado a ello. Yo misma le oí decirte: «Es justo que un rey de Tiva enderece lo
que otro rey de Tiva destruyó».
—¿Te parece correcto —exclamó, indignado, Larsín—, escuchar detrás de las
puertas conversaciones que no te conciernen?
—Todo lo que se relaciona con la curación de mi hermana, me afecta a mí. No me
siento culpable por haber hecho lo que dices.
—¡Todo esto es absurdo! —intervino Tivo—. No puedes venir con nosotros. No
te permitiremos acompañarnos.
—¿Cómo vais a evitarlo? No impediréis que os siga, a menos que me abandonéis
atada y a merced de las fieras.

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—Regresaremos a Itin y partiremos cuando no puedas seguirnos.
—Olvidáis que conozco vuestros planes. Si hacéis lo que dices, iré a ver a mi
padre y se lo contaré todo. ¿Crees que os permitirá partir? Puedo aseguraros que le
parecerá absurdo vuestro propósito. No consentirá que el rey de Tiva emprenda
semejante aventura con tan pocas probabilidades de éxito.
Larsín y Tivo se miraron muy serios. Después, rogando a Elavel que aguardara, se
retiraron algunos pasos y hablaron así:
—Creo que tendremos que acceder a lo que nos pide —dijo Tivo—. No veo
ninguna salida a esta situación. ¡Esto es una complicación inesperada!
—Yo la comprendo —adujo Larsín—. Sabe que existe una posibilidad de salvar a
su hermana. Si se quedara en Itin, se vería reducida a aguardar impaciente nuestro
regreso, preguntándose continuamente si nuestra misión habrá tenido éxito. Si
fracasamos, es muy probable que nunca lleguen a Tiva noticias nuestras.
—¡Está bien! —exclamó Tivo, haciendo volver grupas a su caballo hacia donde
Elavel esperaba.
—Puedes venir con nosotros —le dijo—. Pero debes tener en cuenta que no
permitiré que tu presencia ponga en peligro el éxito de la misión. Si he de elegir entre
protegerte a ti o conquistar el remedio que puede curar a Aguamarina, escogeré esto
último.
—Nadie te ha pedido nada —repuso, ofendida, Elavel—. Si alguna vez me
encontrara en peligro, me considero muy capaz de valerme sola. Puede que, cuando
llegue el momento, sea yo quien tenga que ayudarte a ti.
—Sólo quiero que todo esté muy claro desde el principio, para que conozcas los
riesgos que vas a correr si te empeñas en acompañarnos.
—Los conozco perfectamente. No será necesario volver a mencionarlos.
Dichas estas palabras, los tres viajeros continuaron su interrumpida marcha hacia
el río. Comenzaba a amanecer.

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3

EL GRAN BOSQUE

I
ba ya avanzada la mañana cuando llegaron a la desembocadura del río Itin.
Hicieron alto en la orilla, tomaron un refrigerio y emprendieron sin más
tardanza la tarea de buscar un vado donde atravesarlo. Esto no resultó fácil
pues, aunque la corriente no era rápida, el caudal era considerable y el río
bastante ancho, pero por fin encontraron un lugar donde los caballos pudieron
cruzarlo sin perder pie.
Al pisar la orilla opuesta, Tivo sintió una repentina sensación de temor e
inseguridad. Su reino quedaba atrás: habían cruzado la frontera. Hacia adelante le
esperaba lo desconocido, países inexplorados poblados de fieras salvajes, de
enemigos implacables y de quién sabe cuántos peligros más. Ya la oscura y
misteriosa sombra del gran bosque se destacaba a lo lejos, hacia el oeste. Sintió un
agudo deseo de volver a su palacio, de abandonar la empresa.
El momento de duda pasó. Fijó sus pensamientos en la situación de su amada
Aguamarina. Si él fracasaba, nada podría salvarla de permanecer para siempre en su
estado de muerte en vida. Sería un reproche continuo a su cobardía. Nunca recobraría
la fe en sí mismo si cedía al miedo y volvía atrás, antes de haber surgido el primer
contratiempo. Apretó los dientes y continuó la marcha con sus compañeros.
A la caída de la tarde alcanzaron las lindes del gran bosque. No teniendo ánimos
para entrar en él durante las horas de oscuridad, decidieron pasar la noche allí mismo.
En prevención de posibles ataques, establecieron turnos de guardia, en los que Elavel
insistió en participar, a pesar de la oposición de Tivo. Pero éste estaba demasiado
cansado para discutir y cedió enseguida a la voluntad de la muchacha.
A pesar de que ninguno de los tres había dormido la noche anterior, les resultó
difícil conciliar el sueño. El cielo estaba claro y había luna. El paisaje que les rodeaba
estaba iluminado por un brillo espectral, frente al que contrastaba la masa negruzca
del bosque, del que sólo les separaban un par de cientos de pasos. El ulular quejoso
de una lechuza ponía adecuado contrapunto al carácter fantasmal del ambiente y al
estado de ánimo de los viajeros. Por último, los muchachos cedieron al sueño bajo la
mirada vigilante de Larsín, a quien correspondía la primera guardia.
Amaneció el segundo día del viaje. Después de un rápido y frugal desayuno,
emprendieron la marcha. Al principio les fue fácil avanzar: los árboles crecían
espaciados y la maleza no era abundante. Pero a medida que se adentraban en el

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bosque encontraron mayores dificultades. A veces llegó a parecerles imposible
conseguir que los caballos atravesaran ciertas espesuras y tuvieron que hacer
frecuente uso de los machetes de los que, previsoramente, Larsín se había provisto.
En estos casos, el anciano apenas pudo ayudar a los jóvenes. Éstos discutían
frecuentemente a pesar de los esfuerzos de Larsín por imponer la paz: Elavel insistía
en que Tivo se olvidara de su sexo y la considerara, simplemente, como un
compañero de viaje dispuesto a aceptar su parte en todos los esfuerzos necesarios, en
igualdad de condiciones con él. El joven rey se indignaba, porque se consideraba
superior en fuerzas y conocimientos, además de que aun no le había perdonado la
forma en que les impuso su compañía.
El gran bosque era inmenso. Los árboles, cuyos gruesos troncos se elevaban,
desnudos de ramaje, hasta gran altura, entrelazaban sus copas formando un dosel
impenetrable que no permitía ver el cielo. Los viajeros perdieron pronto el sentido de
la dirección y cuando, después de tres días de marcha hacia lo que suponían debía ser
el oeste, volvieron a encontrar su propio rastro, hubieron de reconocer que se habían
extraviado.
Para renovar su provisión de alimentos recurrieron a la caza y la recolección. La
vida animal del gran bosque, o bien no era demasiado abundante, o quizá desconfiaba
de ellos y se mantenía oculta. A pesar de todo lograron capturar algún conejo y un par
de aves de color oscuro, cuya especie desconocían. Los animales grandes faltaban por
completo y, con el tiempo, el gran bosque comenzó a perder parte de su aureola de
misterio y de temor.
Tanto Tivo como Elavel habían practicado frecuentemente el tiro con arco. La
muchacha, en particular, tenía una puntería asombrosa y jamás perdía una flecha. El
rey se sentía algo celoso, lo que no contribuía a aumentar la concordia entre los dos.
Pero ella nunca se jactó abiertamente de su superioridad, por lo que no llegaron a
producirse disputas importantes.
Durante sus descansos nocturnos, reunidos alrededor de la hoguera donde se
preparaba la cena, discurrían sobre la dirección que debían seguir al día siguiente. Sin
embargo, este tema no les ocupaba demasiado. Su ignorancia de la topografía del
bosque era absoluta, por lo que una dirección era tan buena como cualquier otra.
La noche del tercer día de viaje a través del gran bosque, los tres aventureros
dispusieron su campamento cerca de un pequeño claro. Afortunadamente, ni una sola
nube empañaba el cielo nocturno y, por primera vez desde que les cubrió la cúpula
arbolada, pudieron distinguir algunas estrellas. Larsín, que era entendido en
astronomía, pudo pronto orientarse y calcular la posición de los puntos cardinales. Al
menos, al día siguiente no tendrían que comenzar su viaje a ciegas.
Al amanecer, mientras recogían el campamento y se disponían a emprender la
marcha, oyeron de pronto un rumor sordo que se aproximaba. La tierra parecía
temblar bajo sus pies y los caballos, que aun no habían sido desatados del lugar de su
reposo nocturno, dieron muestras evidentes de nerviosismo. El rostro de Larsín estaba

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demudado mientras, volviéndose a los muchachos, les decía en voz baja:
—Algo muy grande se aproxima. Creo que debemos escondernos.
Todos se agazaparon entre la maleza y aguardaron ansiosamente. De pronto, a
través de una espesura situada al otro lado del claro, apareció a su vista una bestia
enorme. Su altura sería igual a la de tres hombres. Su cabeza gigantesca recordaba la
de una rana. Las patas anteriores eran diminutas, reducidas a garras. Se apoyaba
exclusivamente en las patas traseras, macizas, y en la cola poderosa.
El monstruo atravesó el claro sin fijarse en los viajeros. Casi había pasado de
largo cuando uno de los caballos, incapaz de resistir por más tiempo su nerviosismo,
se agitó espasmódicamente tratando de escapar. La bestia se detuvo y miró a su
alrededor. Era inevitable que los descubriera.
Tivo desenvainó la espada y se puso en pie, dispuesto a enfrentarse solo al
monstruo, pero su fútil acción fue innecesaria. Los caballos estaban locos de terror.
Casi al mismo tiempo, dos de ellos lograron arrancar sus ataduras y huyeron
desesperadamente. Sin perder un instante, la fiera partió en su persecución y en
cuatro grandes zancadas alcanzó a uno de ellos. Su boca enorme se abrió, dejando ver
una hilera de afilados dientes, y el caballo desapareció en su interior. Inmediatamente
emprendió la persecución del segundo corcel, pero éste había cobrado cierta ventaja
mientras la bestia devoraba a su compañero. Con gran estrépito, el monstruo se
perdió en la espesura hacia el sur.
Temblorosos, los tres viajeros recogieron apresuradamente los restos del
campamento, desataron a los caballos supervivientes y partieron en la única dirección
que les pareció relativamente segura: el norte. Dispuestos a poner cuanto antes la
mayor distancia posible entre ellos y la fiera, avanzaron a la mayor velocidad que les
permitieron sus fuerzas y durante varias horas no se atrevieron a pronunciar palabra.
Por fin, a mediodía se vieron obligados a hacer alto. Ni ellos ni los caballos podían
dar un paso más.
No tuvieron nada mejor para comer que los restos de su cena del día anterior.
Después de consumirlos, mientras descansaban unos momentos antes de reanudar la
marcha, Tivo rompió el silencio por primera vez:
—Parece que no todas las leyendas sobre el gran bosque carecen de fundamento.
¿Qué animal era ése? ¿Lo sabes tú, Larsín?
—Jamás lo había visto antes. Pero he oído decir que el gran bosque es morada de
bestias enormes, capaces de engullir a un hombre de un bocado.
—Y a un caballo —murmuró Tivo—. Veo que las historias no exageraban. Más
bien se han quedado cortas ante la realidad.
—Tiemblo al pensar —dijo Elavel— en lo que habría podido ocurrir si el
monstruo hubiera llegado hasta nosotros durante las horas de oscuridad.
—Demos gracias porque no ha sido así —exclamó Tivo—. Pero ahora debemos
mirar hacia el futuro. Es preciso salir cuanto antes de este bosque. Si esa bestia o
alguno de sus congéneres vuelve a aparecer, no creo que podamos escapar tan

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fácilmente como esta mañana.
—¡Fácilmente! ¿Acaso no hemos perdido dos caballos?
—En efecto —repuso Tivo—. Pero ninguno de nosotros ha resultado herido, y
eso es lo único que importa por el momento.
—Tienes razón —intervino Larsín— al decir que debemos salir cuanto antes del
gran bosque. Lo malo es que no sabemos en qué dirección debemos marchar para
conseguirlo.
—Yo propongo que sigamos hacia el norte —dijo el rey—. No creo que tardemos
mucho en llegar a los montes Latios, que constituyen la frontera occidental de Tiva al
norte del río Itin. Aun en el caso de que el bosque se prolongue hasta sus mismas
laderas, podríamos tratar de ascender a una de las montañas para ver si desde lo alto
es posible elegir mejor la dirección a seguir.
—Me parece una buena idea —dijo Larsín.
Elavel también estuvo de acuerdo con la propuesta de Tivo. Por consiguiente
dieron por terminado el descanso, aparejaron los caballos y emprendieron la marcha
en la misma dirección que habían seguido durante la mañana. La región del bosque
en que se encontraban era algo menos espesa que las que hubieron de atravesar en las
jornadas anteriores, por lo que su avance fue más rápido y no era tan fácil
desorientarse.
Durante los dos días siguientes los viajeros continuaron en dirección septentrional
sin tener malos encuentros. Por fin llegaron a un terreno más accidentado que hacía
presentir la proximidad de las montañas. No pasó mucho tiempo antes de que la selva
comenzara a clarear visiblemente. De pronto, sin previo aviso, el bosque terminó por
completo. Ante ellos se abría un valle estrecho, flanqueado a oriente y occidente por
dos elevadas cordilleras, sendos ramales de los montes Latios.

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4

EL VALLE PERDIDO

L
os tres viajeros se detuvieron unos momentos para deliberar sobre el camino
a seguir.
—Tenemos tres opciones —dijo Tivo, resumiendo en pocas palabras la
situación—: Podemos continuar hacia el norte a lo largo de este valle, o
tratar de escalar la cordillera oriental o la occidental. Personalmente prefiero
la última: me gustaría saber dónde estamos y reconocer la topografía del terreno lo
más al oeste que sea posible.
—¿Por qué precisamente al oeste? —preguntó Elavel—. ¿Tenemos alguna razón
para suponer que las piezas del rompecabezas se encuentran en esa dirección?
—Probablemente no —intervino Larsín—. De hecho, una de ellas se perdió en el
gran bosque, del que acabamos de salir. Pero temo que tratar de encontrarla en ese
laberinto de árboles y maleza sería como buscar una aguja en un pajar.
Tivo sintió un escalofrío ante la idea de volver a penetrar en el gran bosque y se
apresuró a cambiar el rumbo de la conversación.
—Si no recuerdo mal —dijo—, al menos tres de las piezas salieron del país por la
frontera del noroeste.
—Cinco, diría yo —repuso Larsín—, si contamos la primera, que desapareció
misteriosamente, y la última, que debieron sacar del reino los fugitivos de la secta
secreta cuando ésta fue desarticulada.
—Dos de las piezas cayeron en poder de los nómadas de la estepa, ¿no es cierto?
—preguntó el rey.
—Efectivamente. Por otra parte, es probable que alguna de las otras haya ido a
parar también a sus manos después de tanto tiempo. Creo que deberíamos investigar
en esa dirección.
—En ese caso nos convendría seguir por este valle hacia el norte —dijo Elavel—.
Además, el camino no es demasiado difícil. En cambio, esos farallones rocosos
parecen imposibles de escalar.
—¿Y si después de seguir el valle durante muchas jornadas descubrimos que no
tiene salida? Habremos perdido un tiempo precioso —adujo Tivo, a quien le atraía
más la idea de ascender a la montaña.
—¿Crees que Larsín o los caballos serían capaces de trepar a esos picachos?
—No estoy proponiendo que lo hagan —respondió el rey—. Subiré solo y veré lo

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que se pueda ver desde arriba. Luego regresaré aquí y discutiremos lo que conviene
hacer.
—Me parece innecesariamente arriesgado —protestó Larsín—. No creo que
debamos separarnos. Además, estoy de acuerdo con Elavel. Probablemente es
imposible escalar las montañas por este lado.
—Avancemos un poco. Tal vez el ascenso se facilite más adelante.
Durante varias horas de marcha, el desfiladero serpenteó entre las dos laderas
montañosas, cada vez más escarpadas, que se aproximaban entre sí, de modo que el
camino que seguían se estaba convirtiendo en una grieta estrecha que amenazaba
cerrarse completamente y cortarles el paso.
Más tarde, Tivo se dio cuenta de que hacía rato que escuchaba un sordo rumor,
que hasta aquel momento no había rebasado el umbral de sus sensaciones
conscientes. Estaba a punto de llamar la atención de sus compañeros hacia él cuando,
de repente, Elavel exclamó:
—¡Mirad! ¿Qué es aquello? —y al mismo tiempo la muchacha señalaba hacia la
estrecha cinta de cielo que las montañas dejaban ver sobre sus cabezas.
Tivo se detuvo, miró hacia donde indicaba Elavel y vio, a gran altura, un punto
oscuro, a modo de pájaro enorme, que durante unos instantes permaneció
estacionario. En seguida, como si se hubiera dado cuenta de que había sido
descubierto por los viajeros, emprendió veloz vuelo hacia el norte, siguiendo un curso
más o menos paralelo al del desfiladero.
—¿Qué era? —preguntó Elavel.
—Lo ignoro —respondió Tivo—. Me pareció demasiado grande para ser un
águila. No sé de qué se trata y tampoco tengo demasiada curiosidad por verlo más de
cerca. Puede ser peligroso.
Larsín no dijo nada, pero permaneció pensativo durante un buen rato.
Antes de continuar la marcha, Tivo hizo notar a sus compañeros el ruido que
había atraído su atención poco antes del incidente y que aun podía percibirse, sordo y
lejano, a su alrededor.
—Diríase que procede del suelo, bajo nuestros pies —exclamó Elavel,
estremeciéndose—. Este sitio comienza a ponerme nerviosa. ¿Qué nuevo peligro nos
acecha?
El rey se inclinó hasta el suelo y pegó el oído a tierra.
—Efectivamente, el rumor es mucho más intenso aquí. Además, creo que ya sé de
qué se trata. Es agua que fluye. Debe de haber una fuente de aguas subterráneas por
aquí cerca.
—Sigamos adelante hasta que la encontremos —repuso Larsín—. Nos vendrá
bien para reponer la provisión de agua.
Así lo hicieron. Durante más de una hora avanzaron, esperando encontrar la
fuente de un momento a otro, pero sin dar con ella. Entretanto, el sordo rumor se
incrementó hasta convertirse en un rugido ensordecedor, por lo que se vieron

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obligados a alzar la voz para comunicarse entre sí.
—Este ruido es demasiado intenso para que se trate de un simple arroyo
subterráneo —exclamó Larsín.
—Creo que encontraremos la solución del enigma en cuanto doblemos el próximo
recodo —gritó Tivo, a plena voz.
En efecto, las paredes del desfiladero se desviaban hacia la derecha unos veinte
pasos más allá del punto en que se encontraban los tres viajeros. Cuando éstos,
avanzando con precaución, llegaron hasta el recodo, se abrió ante ellos una vista
estupenda.
A izquierda y derecha, las escarpas que bordeaban la grieta se separaban. Entre
ellas se abría un espacio inmenso, rebosante de vida y de verdor. A corta distancia se
veía un rebaño de ciervos que pastaban tranquilamente en una amplia pradera. Algo
más lejos, un reducido grupo de animales aun más grandes, que Tivo no pudo
reconocer, se movían perezosamente y mordisqueaban las hojas de los árboles de un
bosquecillo. Acá y allá saltaban numerosos animales pequeños. Pero no fue ninguna
de estas cosas lo que primero atrajo su atención.
A menos de cien pasos de la boca del desfiladero del que acababan de salir, una
enorme masa de agua se precipitaba hasta el fondo del valle desde lo alto de la
escarpa: un río entero, bastante caudaloso, al parecer. Al pie de la catarata, las aguas
revueltas giraban en numerosos remolinos espumajosos, para después lanzarse raudas
hacia el estrecho desfiladero. Pero poco antes de llegar a él, el río desaparecía como
por arte de magia, como si se lo hubiera tragado la tierra. Y esto era, precisamente, lo
que sucedía.
Después de contemplar la escena durante largo rato, impresionados por su titánica
belleza, Larsín hizo seña a Tivo y Elavel de que le siguieran, hizo girar grupas al
caballo que montaba (desde que perdieron dos cabalgaduras en el gran bosque los
muchachos habían insistido en marchar a pie) y volvió atrás por donde habían venido,
deteniéndose en un punto lo bastante alejado de la catarata como para poder
conversar sin hacer un gran esfuerzo.
—¡Un río subterráneo! —exclamó Elavel—. Temo que el suelo se hunda bajo
nuestros pies.
—No creo que corramos peligro —dijo Tivo. Dirigiéndose a Larsín, añadió—:
¿Por qué nos has hecho volver aquí?
—Estamos bastante escasos de comida —explicó el maestro—. Cerca de la
entrada del valle hay algunos animales que, afortunadamente, no nos han visto. Creo
que lo primero que debemos hacer es tratar de cazar uno por sorpresa. Nos
proporcionaría alimento para varios días.
—Tienes razón —exclamó Tivo—. Yo lo haré. —Y, sin esperar respuesta, se
dirigió de nuevo hacia la boca del desfiladero.
De pronto, se dio cuenta de que Elavel le acompañaba.
—¿A dónde vas? Es mejor que te quedes con Larsín. Dos cazadores son más

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fáciles de descubrir que uno solo. Si los ciervos huyen, ¡adiós, comida!
—Mientras tú persigues a los ciervos, yo probaré suerte con aquellos animales
que ramonean junto al bosquecillo —replicó la muchacha—. Así, aunque uno de los
dos falle, nos quedará otra oportunidad de conseguir comida.
A regañadientes, Tivo aceptó la idea de la joven. Acordaron no dar comienzo a la
caza hasta que los dos hubieran tenido tiempo de situarse en posición ventajosa.
Arrastrándose sobre el vientre, el rey se acercó a su presa con gran cuidado. Tan
pronto llegó a un lugar que le pareció adecuado para sus propósitos, preparó el arco y
oteó las cercanías del bosquecillo en busca de señales de Elavel. Durante largo rato
no advirtió rastro de ella y, cuando al fin la distinguió, se encontraba tan cerca de las
grandes bestias que perseguía que comenzó a temer por su seguridad. Aquellos
animales cuyo nombre desconocía podían ser peligrosos. Sin duda eran herbívoros,
pero su gran tamaño indicaba una fuerza colosal. Un pisotón de una de sus inmensas
pezuñas sería, ciertamente, fatal. Era muy propio de Elavel, pensó, correr riesgos
innecesarios y poner en peligro su seguridad y la de sus compañeros.
De pronto, uno de los ciervos próximos al rey levantó la cabeza en actitud
alarmada. Temiendo haber sido descubierto, Tivo se incorporó, hincó la rodilla en
tierra y disparó la flecha. Actuó rápidamente, de forma casi instintiva, y estaba seguro
de que su proyectil haría blanco. Pero no pudo seguir su vuelo. Oyó un gran estrépito
a su espalda y trató de volverse, pero antes de conseguirlo sintió el choque de un
cuerpo pesado contra el suyo y cayó al suelo, derribado e inerme.
Tivo se creyó perdido. Esperaba ser despedazado por los dientes o las garras del
animal que le había atacado, que supuso sería algún carnívoro. Pero nada de esto
ocurrió. Cuando recobró el aliento, se incorporó y miró a su alrededor. Estaba solo.
Los ciervos habían desaparecido. A lo lejos, una nube de polvo señalaba el lugar
donde algún grupo de animales huía a la desbandada.
Buscó a Elavel con la mirada. La linde del bosquecillo estaba desierta. Temiendo
por su seguridad, corrió hacia allí, pero no encontró rastro de ella. Se introdujo entre
los árboles y, apenas había dado algunos pasos, la vio sentada triunfalmente sobre el
cadáver de una de las grandes bestias a las que había dado caza.
—¿Has tenido suerte? —preguntó la joven.
—No lo sé. Lo he dejado todo para buscarte. Temía por ti.
—Ya ves que no era necesario. Te dije que soy capaz de valerme sola.
—Ve a avisar a Larsín —sugirió Tivo, algo molesto—. Mientras tanto, yo buscaré
mi presa. Aun ignoro si mi flecha dio en el blanco.
Un poco más tarde, los tres viajeros se encontraban cómodamente sentados entre
los árboles del bosquecillo, resguardados del ruido de la catarata, aguardando a que la
comida estuviese lista. Sobre una fogata se iba asando lentamente una buena porción
del lomo del animal muerto por Elavel. Ésta, satisfecha por su hazaña, charlaba sin
interrupción, pero Tivo estaba muy silencioso. Había encontrado su ciervo, pues su
proyectil alcanzó el objetivo. Pero se sentía extrañamente descontento.

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Permanecieron en el mismo lugar durante todo el resto de aquel día y el siguiente.
Dedicaron el tiempo a descansar, tranquilos por primera vez desde su partida, y a
ahumar una parte de la gran cantidad de carne de que ahora disponían, a fin de
asegurar su conservación durante el mayor tiempo posible. Esto les permitiría más
tarde viajar con rapidez, sin preocuparse tanto de la búsqueda de alimentos.
Por fin, al amanecer del tercer día, reemprendieron la marcha a través del valle.
Éste era tan extenso que no se veía su fin. Los dos ramales de los montes Latios, que
hasta aquel punto habían corrido casi tangentes, se separaban ampliamente aquí. Los
viajeros albergaban la esperanza de haber hallado el deseado paso hacia el norte, el
camino hacia los nómadas de la estepa y las piezas perdidas del rompecabezas.
Pronto se convencieron de su error.
Tras cinco días de marcha ininterrumpida, percibieron claramente que las dos
cordilleras que les rodeaban se estaban aproximando de nuevo entre sí. El valle se
estrechaba visiblemente. Poco después vieron surgir del horizonte del norte algunos
picos escarpados. A medida que avanzaban, los espacios entre éstos se iban cerrando
con cúspides menos elevadas y farallones de roca, hasta que tuvieron que
convencerse de que las montañas parecían haberles cortado totalmente el camino. En
ninguna parte pudieron observar señales de un paso practicable.
Después de dos días de búsqueda infructuosa al pie de las montañas, Tivo volvió
a proponer su vieja idea de intentar trepar a la muralla de roca con el fin de distinguir
con más claridad el paisaje que les rodeaba y quizás así descubrir en qué dirección
debían desplazarse para encontrar un paso. Después de elegir un lugar donde el
ascenso parecía algo más practicable, Tivo se dispuso a comenzar su intento. Estaba
cambiando las últimas frases con la muchacha y con su maestro, cuando la expresión
del rostro de aquélla le sorprendió. Elavel miraba, estupefacta, hacia un montón de
rocas apiladas al pie de la montaña. Siguió la dirección de su mirada y no pudo
contener su asombro.
—¿Qué diablos es eso? —exclamó.

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5

KIAL

E
n lo alto del apilamiento de rocas se encontraba una figura notable. A
primera vista parecía un hombre, pero era extraordinariamente alto, casi un
gigante. Su cuerpo fornido estaba desnudo, a excepción de una única
prenda, a modo de ancho ceñidor, que le cubría desde la cintura hasta un
poco por encima de las rodillas. Su piel era muy oscura, casi negra. Sus
facciones, muy atractivas, eran enérgicas. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
Pero lo más sorprendente en él eran dos grandes protuberancias que parecían surgir
horizontalmente de sus hombros, se proyectaban verticalmente en ambas direcciones
al final de un corto pedúnculo y, mientras por una parte se elevaban por encima de su
cabeza, por otra se prolongaban casi hasta el suelo.
—¿Qué diablos es eso? —repitió Tivo. Larsín y Elavel permanecieron mudos,
contemplando al desconocido. Éste no se movió ni hizo ademán de querer romper el
silencio.
Durante largo rato, que a Tivo le pareció eterno, las dos partes continuaron
mirándose en perfecta inmovilidad, como convertidas en piedra. Por fin, sin previo
aviso, de la boca del extraño salieron, con voz profunda, estas enigmáticas palabras:
—Os felicito. No habéis tardado mucho en acudir a mi llamada.
Los tres viajeros se miraron, perplejos. Tomando la iniciativa, Tivo interpeló al
misterioso ser:
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros? ¿Cómo puedes afirmar que estamos
aquí en respuesta a tu llamada, siendo así que no te conocemos? Apostaría que, hasta
hoy, ninguno de nosotros había oído hablar de ti. Además, emprendimos este viaje
por nuestra propia voluntad, sin que nadie nos impulsara a ello.
—¿Has terminado ya? —preguntó el desconocido.
—Por el momento, sí —contestó Tivo, con franca hostilidad en la voz—. Ahora
aguardo tus respuestas y tus explicaciones.
—Trataré de contestar a todas tus preguntas. Me llamo Kial. Nada de lo que
sucede en este mundo me está oculto y tengo acceso al corazón de casi todos sus
moradores. Sé que estáis convencidos de que este viaje ha sido idea exclusivamente
vuestra, y en cierto modo así es. Pero en el corazón del hombre actúan también
fuerzas ocultas, para las que no puede encontrar explicación. Yo soy una de esas
fuerzas. Fui yo quien impulsó a cada uno de vosotros a abandonar vuestro país y

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emprender una misión desesperada.
»Por otra parte —continuó Kial— no estoy tan seguro de que una de tus
afirmaciones se ajuste totalmente a la realidad. Creo que uno de vosotros sí ha oído
hablar de mí. ¿No es cierto?
Tivo miró con sorpresa a sus compañeros. Por la expresión del rostro de Elavel
dedujo que ésta estaba tan asombrada como él. Larsín, sin embargo, estaba muy
pensativo.
—¿Conocías a este ser que afirma tener acceso a nuestros pensamientos más
íntimos? —preguntó el rey a su maestro.
—Sabía algo sobre esas fuerzas de las que habla, e incluso había oído mencionar
el nombre de Kial en relación con ellas —repuso Larsín—. Pero ignoraba que pudiera
tratarse de un ser de carne y hueso. ¿O es tu aspecto una mera apariencia? —preguntó
al desconocido.
—No lo es —respondió éste—. He adoptado esta forma permanentemente, con
todas sus consecuencias.
—Y ¿qué quieres de nosotros? —preguntó Tivo—. ¿Acaso te interesas tanto por
la salud de una muchacha enferma que te has tomado todas estas molestias para
ayudarnos a encontrar el remedio que puede salvarla?
—La salud de Aguamarina me interesa profundamente, al igual que la de
cualquier otro ser humano —respondió Kial—. Pero las acciones y empresas de los
hombres son siempre mucho más complicadas de lo que a primera vista parecen. Los
caminos forman encrucijadas, unas vidas se entrelazan con otras, de modo que es
prácticamente imposible afirmar que un acto mío no tiene consecuencias o me afecta
únicamente a mí. Yo percibo, globalmente, todas esas consecuencias que a vosotros
se os escapan. Veo cómo se ajusta vuestra misión en la marcha general de las cosas.
No me preguntéis más. Saber más de lo necesario aumentaría excesivamente vuestras
preocupaciones y podría poner en peligro el éxito mismo de la empresa.
—¡Luego hay algo más! —exclamó Tivo—. Pues bien, me niego a seguir
adelante si no nos explicas qué es lo que esperas obtener de nosotros.
—¿Renunciarías a la única esperanza de conseguir la curación de Aguamarina por
satisfacer un orgullo inútil? —preguntó Kial, con ironía. Tivo guardó silencio.
—Dices que eres la personificación de una de las fuerzas que actúan en nuestro
interior —dijo Larsín, al cabo de unos instantes—. ¿Cómo podemos estar seguros de
que tratas de favorecernos? ¿Puedes demostrarnos que tu intención no es maléfica?
—No podéis estar seguros de nada, por el momento. Tendréis que creer en mí y
en mis palabras. Pero algún día, antes de que la aventura termine, podré
proporcionaros una prueba irrefutable. Aunque no todos vosotros la veréis.
Después de pronunciar estas palabras, Kial se negó a dar nuevas explicaciones a
los tres viajeros e insistió en que el tiempo corría muy aprisa y era necesario
continuar con su aventura sin más dilación.
—Estábamos tratando de encontrar una forma de atravesar estas montañas sin

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vernos obligados a desandar el camino que nos ha traído hasta aquí —explicó Larsín
—. ¿Conoces algún paso practicable?
—Hay uno sólo, muy difícil de encontrar. Os llevaré a él ahora mismo. Seguidme.
Entonces sucedió algo inesperado. Las protuberancias que sobresalían de sus
hombros comenzaron a desplegarse y se revelaron como un par de alas enormes,
parecidas a las de un murciélago. Agitándolas lentamente, Kial saltó desde lo alto del
amontonamiento rocoso donde había permanecido durante toda la conversación y se
deslizó sin esfuerzo hacia el nordeste, siguiendo la línea de las montañas. Al verle
volar, los viajeros se quedaron como clavados en tierra.
—De modo que fue él quien pasó sobre nosotros cuando penetramos en el
desfiladero —murmuró Elavel.
—Ha dicho que le sigamos —exclamó Larsín—. Si no nos damos prisa, le
perderemos de vista.
—¿Podemos confiar en él? —preguntó Tivo.
—Es lo único que podemos hacer —repuso el maestro— si no queremos vernos
obligados a regresar al gran bosque.
Larsín montó en uno de los caballos. Los dos jóvenes le siguieron, conduciendo
las otras dos cabalgaduras. Kial estaba ya tan lejos que apenas podían distinguirle.
Caminaron sin descanso durante varias horas. A veces perdían de vista a su guía,
pero siempre que esto sucedió volvieron a localizarle en seguida, pues Kial se
remontaba para hacerse más visible.
De pronto, el hombre-murciélago emprendió el descenso y desapareció tras unas
colinas que se alzaban a su paso. Los tres viajeros se apresuraron a ascender a ellas.
Cuando pusieron pie en la cumbre percibieron un paisaje impresionante por su
salvaje belleza. En esta parte de la cordillera, las montañas descendían prácticamente
a pico sobre un terreno enormemente desigual. Profundas gargantas cortaban el paso
en todas direcciones. Acá y allá, rocas de todas las formas y tamaños imaginables
yacían esparcidas como los despojos de un combate de gigantes. Tivo se sintió
sobrecogido y un poco temeroso ante esta demostración del poder titánico de la
naturaleza. Su alivio fue casi tangible cuando distinguió la figura de Kial que, posado
sobre una enorme roca a algunos cientos de pasos de distancia, les aguardaba. De
alguna forma se le ocurrió la idea de que el extraño ser parecía sentirse a gusto en
aquella desolación, como si tuviera dominio sobre ella.
A través del laberinto de rocas, el hombre-murciélago les condujo por caminos
que poco a poco convergían con las escarpas de la cordillera. Tuvieron que dar largos
rodeos para evitar abismos impracticables y obstáculos de todo tipo. Kial les ayudó
con gran paciencia, aunque para él aquel terreno no presentaba más dificultades que
una llanura abierta. Cuando, después de grandes esfuerzos, llegaron al pie de las
montañas, el sol se había puesto ya, por lo que decidieron pernoctar allí mismo y
continuar la marcha al día siguiente.
Kial no les acompañó durante el descanso nocturno. En cuanto eligieron un lugar

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adecuado para pasar la noche se despidió de ellos, no sin antes asegurarles que podían
dormir tranquilos sin vigilancia, puesto que allí donde se encontraban no corrían
ningún peligro, mientras que al día siguiente les esperaba una jornada agotadora, por
lo que les convenía descansar lo más posible. Después extendió las alas y se alejó,
negándose a explicarles a dónde se dirigía.
Después de reunir algunas ramas secas para encender una hoguera, pues la
estación estaba ya algo avanzada y de noche refrescaba bastante, Tivo, Elavel y
Larsín comentaron los sucesos del día durante la cena. Acabada ésta se dispusieron a
conciliar el sueño, pero el rey estaba preocupado y dijo así a sus compañeros:
—¿Os parece prudente seguir su consejo y prescindir de los turnos de vigilancia?
—Yo creo que no tenemos nada que temer, puesto que Kial nos lo asegura —dijo
Elavel—. Estoy tan cansada que, en cuanto cierre los ojos, me quedaré dormida.
—¿Qué sabemos de Kial? —protestó Tivo—. Tan sólo lo que él nos ha dicho, que
es muy poco. ¿A dónde ha ido? Tal vez a buscar ayuda para atacarnos durante el
sueño. ¿No piensas como yo? —preguntó a su maestro.
—Personalmente, opino que podemos confiar en Kial —respondió éste—. Pero si
tú crees que debemos vigilar, vigilaremos.
—Está decidido, entonces —dijo Tivo, cortando las protestas de Elavel—. Yo
haré la primera guardia. Estoy seguro de que no nos arrepentiremos de ello.
Mientras el rey de Tiva vigilaba, sentado junto a la hoguera, sus compañeros se
tendieron en el suelo, envueltos en sus mantas. En pocos minutos su respiración
regular indicó a Tivo que dormían.
De pronto, tal vez como reacción a la tensión nerviosa que le había sostenido
durante toda la jornada, sintió un cansancio enorme. Durante largo rato luchó contra
la somnolencia que le invadía. Se puso en pie y paseó por los alrededores, pero
descubrió que casi no podía dar un paso. Sentía fuertes dolores en las piernas. Acabó
por dejarse caer en tierra, cubriéndose con una manta y esforzándose por mantenerse
despierto. Cerró los ojos unos momentos.
Cuando los volvió a abrir era de día. El fuego se había apagado y Kial estaba de
pie, inmóvil, a su lado. Elavel y Larsín dormían aún a poca distancia. Avergonzado,
reconoció para sí que se había equivocado en sus sospechas. Kial había tenido
oportunidad sobrada de hacerles daño, pero nada les había sucedido.
—Despierta a tus compañeros y preparaos a marchar —dijo Kial—. Dentro de un
rato volveré a buscaros. —Dicho esto, desapareció.
Los tres viajeros desayunaron rápidamente, recogieron el campamento y
aparejaron los caballos. Apenas estuvo todo listo cuando vieron acercarse al hombre-
murciélago, volando a poca altura.
—Ha llegado el momento de despedirnos —dijo Kial, mientras se posaba con
ligereza a su lado.
—¡Pero si nos dijiste que ibas a mostrarnos un paso para cruzar las montañas y
salir del valle! —protestó Tivo.

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—Eso es, exactamente, lo que he hecho —contestó Kial—. Rodead esta roca
junto a la que os habéis cobijado esta noche y encontraréis el camino que prometí
mostraros.
Así lo hicieron. Al otro lado de la roca se elevaba un contrafuerte de la cordillera,
en la base del cuál se abría la boca, negra como la tinta, de un túnel o caverna.
—Este túnel atraviesa las montañas y os llevará a su vertiente noroeste —explicó
Kial—. No podéis perderos. No tiene bifurcaciones.
—¿No quieres acompañarnos un poco más? —preguntó Elavel—. Nos sentiremos
menos seguros sin tu ayuda.
—No me es posible —respondió el hombre-murciélago—. Tengo otros asuntos
que resolver. Además, vosotros no correréis peligro durante los próximos días.
Después… será diferente. Pero puedo anticiparos algo: En vuestra aventura llegará un
momento en que os encontraréis en una situación tan desesperada que todo os
parecerá perdido. Cuando esto suceda, tened esperanza. Yo acudiré en vuestra ayuda.
»Antes de despedirnos quiero recordaros que tenéis una misión que cumplir: una
misión aun más importante que vuestra propia vida. Salvar ésta a costa del éxito de la
empresa significaría el fracaso de muchas cosas, más de las que podéis imaginar.
—¿Qué camino debemos seguir cuando lleguemos al otro lado del túnel? —
preguntó Tivo.
—Eso tendréis que decidirlo vosotros mismos. Pero os aconsejo que no perdáis
tiempo y energías preocupándoos por lo que os pueda deparar esta aventura y por los
pasos que tendréis que dar para coronarla con éxito. Ocupaos, más bien, en resolver
el problema inmediato. Recordad que no conocéis todos los detalles de la misión y las
exigencias concretas que os demandará. Todo eso tendréis que ir descubriéndolo poco
a poco, a medida que avancéis en el camino que habéis emprendido.
»Y ahora, adiós. Pero no temáis. Tened confianza. Os repito que soy yo quien os
ha enviado a esta misión y que os ayudaré a cumplirla.
Después de darles estos consejos, Kial abrazó a los tres viajeros, desplegó las alas
y se alejó volando hacia el sur. Pronto se perdió de vista.
—¿Te convences ahora de que Kial es amigo nuestro? —preguntó la joven a
Tivo.
—No estoy seguro aún —respondió éste—. No sabemos lo que nos espera dentro
de ese túnel.
—Pero debemos intentar cruzarlo —repuso Larsín—, pues no tenemos
alternativa. Aunque, por mi parte, no dudo de que Kial intenta realmente ayudarnos.
Tivo y Elavel procedieron entonces a recoger gran cantidad de ramas secas que
pudieran hacer el papel de antorchas para iluminar su marcha a través del túnel. Por
fin se introdujeron en él. Era bastante estrecho y serpenteante, de modo que se vieron
obligados a marchar en fila india. Pero su altura era suficiente para un hombre
montado a caballo.
Como les había anunciado Kial, no encontraron bifurcaciones ni peligros, aunque

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la marcha fue larga y fatigosa en extremo y la estrechez del túnel les produjo una
intolerable sensación de claustrofobia y un gran deseo de volver a ver el sol.
Hicieron tan sólo un breve alto para comer y reanudaron la marcha en seguida,
pues estaban deseosos de salir de allí cuanto antes. Pero hasta muchas horas más
tarde no distinguieron a lo lejos una ligera claridad, que poco a poco fue creciendo a
medida que se aproximaban al otro extremo del túnel. Por fin pusieron pie en el
exterior y se encontraron al aire libre, al borde de una empinada cuesta que descendía
hasta una amplia llanura desértica sobre la que incidían los últimos rayos del sol
poniente. Habían abandonado el valle perdido.

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6

EL DESIERTO

L
a proximidad de la noche les obligó a buscar refugio. Al cabo, se
convencieron de que ningún lugar sería más adecuado para protegerles del
frío intenso que comenzó a hacerse sentir tan pronto desapareció el sol tras
del horizonte, como el propio túnel por el que acababan de atravesar la
cordillera. No deseaban regresar a él después de su larga marcha de un día
entero a través de las tinieblas, pero no pudieron encontrar ramas secas que les
permitieran encender una hoguera junto a la que pernoctar al aire libre.
A la mañana siguiente hicieron un rápido inventario de sus posesiones y vituallas.
La abundante provisión de carne que habían reunido durante el primer día de su
estancia en el valle perdido había disminuido considerablemente. Como mucho,
tendrían suficiente para cuatro o cinco días más, si la racionaban hasta lo
indispensable. El problema más acuciante era el agua. Hasta ahora no habían sufrido
escasez de este elemento, pues tanto en el gran bosque como en el valle perdido
encontraron arroyos y fuentes que les permitieron renovar su provisión. Pero ahora,
después de cruzar las montañas, se encontraban ante un terreno desértico, desprovisto
posiblemente de agua, vegetación y animales grandes, a través del cual tendrían que
marchar, quizá durante muchas jornadas. Era indispensable llenar al máximo sus
mochilas y cantimploras antes de dar comienzo a esta nueva etapa de su viaje.
—Kial podía habernos avisado de lo que nos esperaba —refunfuñó Tivo—. En el
valle perdido habría sido más fácil encontrar agua y alimento.
—Eres injusto, Tivo —le reconvino Larsín—. Kial no tenía obligación alguna
para con nosotros y nos ha prestado un gran servicio. Además, no es bueno apoyarse
exclusivamente en los demás y tratar de eludir nuestras propias responsabilidades. Lo
menos que podemos hacer es ocuparnos nosotros mismos de resolver el problema del
avituallamiento.
—Estoy de acuerdo —repuso Elavel.
—¡Era de esperar! —exclamó Tivo, revolviéndose contra ella—. Cualquier cosa
que haga o diga Kial está bien para ti. Desde que le encontramos has dejado de pensar
por ti misma.
—Pues tú no has hecho otra cosa que protestar y amenazarnos con los grandes
males a los que nos exponíamos al seguir sus consejos. Hasta ahora tus augurios han
carecido de todo fundamento. Más te hubiera valido callar.

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Tivo intentó responder agriamente a la joven, pero Larsín se lo impidió.
—¡Por favor, muchachos! Discutiendo violentamente sólo conseguiremos retrasar
la tarea que debemos realizar. Es imperioso que encontremos agua y alimento.
De mala gana, Tivo se contuvo. En el fondo se daba cuenta de que a sus
compañeros no les faltaba razón. Pero tenía el genio vivo y el orgullo de la juventud y
no quería reconocer ante ellos que se había equivocado totalmente en sus juicios
sobre el hombre-murciélago, que hasta entonces se había desvivido por ayudarles.
La boca del túnel se abría sobre un estrecho pretil en el flanco de la montaña, por
lo que la primera dificultad que les aguardaba era cómo bajar hasta la llanura.
Desafortunadamente, la ladera era bastante empinada y estaba cubierta de grava
suelta, por lo que el descenso resultaría difícil y peligroso, especialmente para los
caballos. Los viajeros no disponían de cuerdas, pues Larsín no había previsto la
posibilidad de que se vieran obligados a practicar alpinismo.
Sus temores se vieron confirmados muy pronto. La montura que conducía Elavel
perdió el equilibrio en uno de los puntos menos practicables y se precipitó en medio
de una pequeña avalancha. En cuanto a la muchacha, se salvó por poco de acompañar
al caballo.
Cuando al fin llegaron al pie de la ladera, sin más inconveniente, encontraron
moribunda a la pobre bestia. Un somero examen convenció a Larsín de que el animal,
que se había roto dos patas, no tenía salvación. Tuvieron que darle muerte para
ahorrarle sufrimientos.
—Al menos, ahora no tendremos que perder tiempo buscando piezas de caza —
comentó Tivo—. Aquí tenemos alimento suficiente para varios días.
—¡Cómo! —exclamó Elavel, indignada—. ¿Piensas que vamos a comer la carne
de ese caballo?
—¿Por qué no? Necesitamos provisiones para atravesar el desierto y aquí las
tenemos. Sería estúpido desaprovecharlas.
Larsín compartió el parecer del rey, por lo que Elavel hubo de callar, aunque no
muy convencida. Después de preparar la carne del caballo muerto y repartir la carga,
los viajeros emprendieron la búsqueda de algún arroyo o corriente de agua donde
llenar sus cantimploras.
La suerte les fue propicia, pues pocas horas después dieron con lo que buscaban y
se hallaron por fin en condiciones de dar comienzo a la travesía del desierto. Sólo les
faltaba decidir la dirección de su marcha. Ninguno de ellos tenía una idea clara de la
geografía de la región, pero suponían que no debían de hallarse lejos de la frontera
noroeste del reino de Tiva. Por ello no fue difícil que se impusiera la opinión del rey
de marchar directamente hacia el oeste y alejarse lo antes posible de los montes
Latios.
Cuatro días más tarde nuestros viajeros se encontraban en el corazón de un
mundo hostil. El suelo estaba cubierto por una fina capa de polvo que se levantaba
con cualquier soplo de aire y se adhería a la piel, los vestidos y la garganta,

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haciéndoles difícil respirar e incómoda la marcha y provocándoles una sed excesiva,
en detrimento de su provisión de agua. Además, la muerte del caballo les había
forzado a emprender la travesía del desierto a pie, pues las provisiones y el equipo
eran carga suficiente para las dos monturas que quedaban.
No habían recorrido más que un breve trecho después del descanso de mediodía,
cuando Larsín señaló a los muchachos un objeto extraño que acababa de atraer su
atención, a cierta distancia a la izquierda de la dirección que venían siguiendo.
—Vamos a ver qué es —propuso Tivo.
Cuando se acercaron un poco más pudieron distinguir que no se trataba de un
objeto único, sino de gran cantidad de huesos esparcidos y medio enterrados en la
arena, que aparentemente habían pertenecido a un animal bastante grande. Algunos
de los huesos conservaban jirones de carne ensangrentada, lo que indicó a los viajeros
que la muerte del animal no podía haber tenido lugar mucho tiempo atrás, y que sus
restos habrían sido devorados por algún gran carnívoro o carroñero. En corroboración
de esto, distinguieron un rastro fresco que se alejaba hacia el sur. Las huellas, de gran
tamaño, parecían corresponder a un ser que se desplazara únicamente sobre las patas
traseras.
Continuaron la marcha. Algunas horas más tarde, después de ponerse el sol,
mientras los aventureros buscaban un lugar algo resguardado donde pasar la noche
con menos incomodidad, Elavel miró casualmente hacia atrás y distinguió una forma
oscura que se movía en el horizonte del este, en la dirección de donde precisamente
acababan de llegar. Las sombras del crepúsculo no le permitían distinguir su forma,
pero pronto fue evidente que se estaba aproximando muy aprisa, siguiendo su rastro.
Tivo desenvainó la espada y avanzó algunos pasos. A medida que la sombra se
acercaba, pudo distinguir con más claridad sus detalles. Percibió primero que no se
trataba de un ser único, sino de dos enormes caricaturas humanas. Después vio que
sus cuerpos globulares, casi esféricos, se sostenían sobre dos piernas extremadamente
largas y delgadas, que terminaban en unos anchísimos pies planos. Sus brazos, cortos
y musculosos, les prestaban la apariencia de una fuerza colosal. Carecían de cuello.
Pero era su rostro lo que hacía más horrible su aspecto: dos ojos diminutos y
hundidos brillaban como carbones encendidos sobre un hocico bestial, que terminaba
en una boca de la que sobresalían dos agudos colmillos. Una mata de pelo hirsuto en
la cabeza y dos orejas enormes completaban el cuadro. La estatura total de cada uno
de los monstruos se aproximaba al doble de la de un hombre.
—Son los seres monstruosos del desierto —se oyó murmurar a Larsín—.
¡Cuidado! ¡Son terribles!
—¿Quiénes sois y qué queréis de nosotros? —exclamó Tivo, dirigiéndose a los
recién llegados. Éstos se detuvieron en seco a diez pasos y observaron a los tres
viajeros. Su hocico se movía espasmódicamente, como si estuvieran tratando de
captar su olor.
Vagamente, Tivo percibió que no se enfrentaba solo a los monstruos. Elavel se

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había adelantado hasta colocarse junto a él, un poco a su derecha, con el arco
montado y una flecha dispuesta. Pero no tuvo tiempo de decirle nada, pues en ese
momento los dos seres se lanzaron al ataque en medio de un ominoso silencio.
Tivo vio cómo la muchacha tensaba al máximo su arma y disparaba la flecha
cuando el primero de los monstruos se encontraba casi encima de ella. El proyectil se
hundió totalmente en el cuerpo globular del gigantesco ser, desapareciendo en su
interior. Pero esto no logró detenerle. Llevado por el impulso adquirido llegó junto a
Elavel y le arrancó el arco de la mano, rompiéndolo en dos pedazos sin el menor
esfuerzo. Después su enorme masa se precipitó sobre la joven.
Pero Tivo estaba entonces muy ocupado para poder prestar ayuda a su
compañera. El otro ser le había elegido como enemigo y se aproximaba con
precaución hacia él, sin separar la mirada de sus ojillos de la punta de la brillante
espada, que Tivo mantenía siempre en dirección al monstruo. Por último, éste hizo
una finta y se precipitó hacia el rey.
Tivo dio un salto hacia atrás para eludir el ataque y trató de ensartar a su enemigo
con la espada. De pronto, el brazo del extraño ser se proyectó hacia adelante y,
adelgazándose y alargándose como un látigo, rodeó el cuello del rey, quien cayó al
suelo. Pero tuvo la suerte de no soltar el arma, cuyo filo rozó casualmente el cuerpo
del monstruo, cerca del origen del brazo extensible. Cuando la bestia se sintió herida,
emitió un sordo gruñido y su extremidad se contrajo hasta su tamaño original,
dejando libre a Tivo, que se apresuró a ponerse en pie.
La lucha continuó. El monstruo giraba a su alrededor esperando un momento
adecuado para repetir su ataque por sorpresa. Pero, cuando al fin se decidió, Tivo
estaba sobre aviso y con un fuerte mandoble seccionó limpiamente un brazo de su
enemigo.
El ser monstruoso dio entonces un grito terrible y retrocedió algunos pasos. Tivo
se apresuró a perseguirle para aprovechar la ventaja adquirida y hundió el arma hasta
la empuñadura en su cuerpo globoso.
Con un movimiento brusco, el monstruo arrancó la espada de la mano del rey y se
alejó algunos pasos. Pero la estocada debió haber afectado algún centro vital, pues
casi inmediatamente comenzó a vacilar y a moverse con dificultad. Por fin cayó al
suelo y, tras agitarse espasmódicamente unos momentos, quedó quieto para siempre.
Tivo recobró la espada y buscó con la mirada al segundo ser monstruoso. Vio
entonces que éste había caído también, víctima de la certera flecha de Elavel, a quien
Larsín ayudaba a levantarse. La joven estaba magullada, pues el pesado cuerpo de su
enemigo muerto le había caído encima. Tampoco Tivo había resultado totalmente
ileso: una ancha línea roja alrededor de su cuello indicaba el lugar donde el brazo de
su contrincante entró en violento contacto con su piel. Este brazo debía de estar
cubierto por alguna sustancia irritante, pues el arañazo comenzó pronto a escocerle y
le provocó fuertes dolores. Pero, al menos, habían podido librarse del terrible ataque
sin sufrir mayores daños.

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—Hemos tenido suerte de que sólo fueran dos —exclamó Larsín—. No
habríamos podido defendernos contra un grupo más numeroso.
No queriendo pernoctar junto a los cadáveres, que despedían un hedor intenso, los
tres viajeros continuaron la marcha durante las primeras horas de oscuridad. Por fin
hallaron una hondonada que les pareció relativamente resguardada y allí decidieron
pasar la noche.
—Esos seres que nos han atacado ¿eran bestias u hombres? —preguntó Tivo a
Larsín, mientras preparaban un somero campamento.
—Eran dos de los monstruos del desierto, de la misma raza que los que
terminaron con la expedición del rey Duva. Ignoro si poseen inteligencia aunque,
después de haberlos visto, dudo que tengan mucha.
—Entonces, una de las piezas del rompecabezas pudo caer en su poder —repuso
Elavel—. ¿No haríamos bien en buscarla?
—No estoy seguro de que estos seres sean capaces de reconocer el valor de un
objeto mágico, aun cuando lo tengan a su alcance. Si se apoderaron de él,
seguramente lo habrán perdido durante los tres siglos largos transcurridos.
—Entonces temo que sería inútil buscarla —dijo Tivo—. Debió de quedar
abandonada en el desierto hace mucho tiempo y, o bien alguien la encontró y se la
llevó consigo, o estará enterrada bajo la arena.
Al mediodía del día siguiente percibieron por primera vez una señal de que el fin
de la travesía del desierto no se hallaba lejano. Directamente frente a ellos y en la
dirección de su marcha, distinguieron a gran distancia un objeto blanco que destacaba
en el horizonte. Pronto no les cupo duda de su naturaleza: era una cumbre nevada. A
medida que se acercaban a ella vieron surgir a su alrededor otras tres manchas
semejantes. Lo que les aguardaba en el oeste, por consiguiente, no era una montaña
aislada, sino todo un macizo o quizá, incluso, una cordillera.
Su marcha se prolongó aún por espacio de otros cinco días. Pero no llegaron a
sufrir escaseces y la vista de las montañas, que cada día se acercaban visiblemente,
les alegró en extremo y les dio fuerzas para resistir las últimas penalidades de esta
etapa de su viaje.
Diez días después de la partida de la boca del túnel que les sirvió para abandonar
el valle perdido, llegaban por fin a las estribaciones de la nueva cordillera. Pronto
encontraron comida y agua, aunque no en abundancia. Caía la noche cuando los
viajeros alcanzaron uno de los contrafuertes de la primera montaña que habían
distinguido a lo lejos, en el desierto. Estaban rodeando el saliente rocoso para llegar a
su vertiente norte, donde esperaban encontrar un lugar adecuado para pasar la noche,
cuando se abrió ante ellos la boca oscura y de aspecto imponente de una caverna
enorme.

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7

LA CAVERNA DE LA MONTAÑA

Q
–¿ ué hacemos? —consultó Tivo a sus compañeros—. ¿Entramos?
—Es un sitio tan bueno como cualquier otro para pasar la noche
—exclamó Elavel.
—Pero también puede ser el cubil de algún animal salvaje —dijo
Larsín.
Tivo estudió el terreno en las proximidades de la boca de la caverna. Al cabo de
un rato, dijo:
—No parece haber por aquí huellas ni restos de comida. Creo que esta cueva está
deshabitada.
—Lo dudo —repuso Larsín—. Es un lugar demasiado conveniente. En cualquier
caso, es casi de noche. No es el momento más adecuado para explorar una caverna
desconocida.
—El día y la noche no tienen importancia ahí dentro —dijo Tivo, asomándose a
la boca de la cueva—. Parece muy profunda. ¿Qué opinas, Elavel?
—No lo sé. Es posible que Larsín tenga razón y esta caverna sea la guarida de
alguna bestia feroz, pero en ese caso estamos igualmente en peligro aquí fuera.
Suponed que saliera.
—Al menos podríamos verla y tal vez huir de ella —exclamó Larsín—. Ahí
dentro estaremos perdidos si somos atacados en plena oscuridad.
—Creo que no terminaremos con éxito esta aventura si nos comportamos siempre
con prudencia —adujo Tivo—. He decidido entrar. Si queréis seguirme, podéis
hacerlo. Si no, iré solo.
—Por supuesto que vamos contigo —exclamaron sus dos compañeros.
Algunos árboles resinosos que crecían cerca de la entrada les proporcionaron la
materia prima necesaria para fabricar unas cuantas antorchas. Así preparados,
nuestros viajeros trabaron sus cabalgaduras, regresaron a la boca de la caverna y se
dispusieron a entrar.
Lo primero que vieron sus ojos fue un espacio inmenso, rodeado por todas partes
por la negrura más absoluta. La luz de las antorchas se perdía a treinta pasos de
distancia, sin descubrir las paredes ni el techo del recinto. Sólo en las proximidades
de la entrada eran visibles las dos grandes murallas de roca que la enmarcaban y que
se alejaban rápidamente en ángulo muy abierto.

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—Esto es enorme —susurró Tivo—. Parece como si la montaña estuviera hueca.
—¡Adelante! —exclamó Elavel.
Entraron. No corrían peligro inmediato de perderse, puesto que era noche de luna
llena y la boca de la cueva destacaba, a sus espaldas, contra la negrura que les
rodeaba. Después de dar unos cien pasos tropezaron con la pared opuesta.
—¡Mirad! —exclamó Tivo, elevando su antorcha—. Allí se abre la entrada de un
pasadizo.
—Me ha parecido ver una sombra oscura hacia la derecha —dijo Elavel—. Tal
vez se trate de otro túnel.
Un examen cuidadoso les hizo ver que la pared de la caverna estaba perforada en
este punto, no por uno, sino por tres pasadizos diferentes. Todos ellos eran bastante
estrechos, permitiendo únicamente el paso de una persona no muy alta. A la luz de las
antorchas descubrieron que los dos de los extremos presentaban cierta inclinación
hacia arriba y desaparecían a los pocos pasos en curvas muy pronunciadas. El del
centro, por el contrario, parecía extenderse indefinidamente en línea recta y ser
perfectamente horizontal. Decidieron seguirlo para descubrir a dónde iba.
Tivo abrió la marcha, seguido por Larsín y Elavel. Poco más de cien pasos más
allá del principio del pasadizo, éste se curvaba extrañamente en forma de S, bajando
primero de nivel al tiempo que se deslizaba hacia la derecha, ascendiendo luego
durante un corto tramo recto hacia la izquierda y descendiendo, por último, hasta
llegar a un punto que no distaría más de veinticinco pasos en línea recta del principio
de la desviación. Al mismo tiempo, la altura del pasadizo disminuyó, lo que obligó a
los exploradores a avanzar inclinados.
—Esto parece un sifón —comentó Larsín.
Sus compañeros no tuvieron ocasión de contestarle. En ese instante acababan de
alcanzar el final del tramo curvo y se encontraron ante una visión inesperada. A cinco
pasos de donde estaban, el pasadizo desembocaba en un recinto enorme, aún más
grande que el situado a la entrada de la gruta. Era abovedado y casi circular, con un
diámetro de unos doscientos pasos. Su altura en el centro era superior a la de
cincuenta hombres. Las paredes, perfectamente lisas, sólo estaban interrumpidas en
dos puntos diametralmente opuestos, en uno de los cuales se encontraban los tres
viajeros. Al otro lado del recinto se abría lo que parecía ser la continuación del
pasadizo. Todo esto pudieron percibirlo porque la caverna semicircular estaba
iluminada por una luz rojiza que se reflejaba con extrañas irisaciones en las paredes y
el techo y que procedía de una gran hoguera encendida en el centro mismo de la
inmensa excavación. Delante de esa hoguera, de espaldas a Tivo y sus compañeros,
destacaba la forma de un ser humano inclinado, como agazapado junto al fuego.
Lentamente se acercaron hacia el centro del recinto hasta llegar a pocos pasos del
extraño, que a esa distancia les pareció un anciano encorvado por el peso de muchos
años y que no aparentaba haberse dado cuenta de la llegada de los tres viajeros. Pero
cuando Tivo se disponía a decir algo para atraer su atención, una voz profunda

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retumbó en la caverna. No procedía de la figura, que permaneció inmóvil dándoles la
espalda. Más bien se trataba de un sonido articulado que parecía emanar de las
paredes y el techo del recinto.
—¿Qué hacéis aquí?
Tivo, Elavel y Larsín se volvieron en todas direcciones tratando de averiguar la
procedencia de la voz, pero en ninguna parte pudieron observar señal alguna de vida
o movimiento, excepto en las llamas de la hoguera y en la forma oscura reclinada
junto a ésta.
—¿Quién habla? —gritó el rey, mirando a su alrededor y avanzando algunos
pasos hacia la figura central.
—¡No os mováis de donde estáis! —tronó la voz misteriosa.
Tivo se detuvo. Quienquiera que fuera el que hablaba, tal vez tuviera el poder de
disparar contra ellos desde algún lugar oculto. Donde se encontraban ofrecían un
blanco perfecto. Era mejor obedecer las instrucciones de la voz.
—¿Qué buscáis aquí? —La pregunta resonó de nuevo en toda la extensión de la
caverna.
Tivo decidió de pronto ser audaz. Hasta ese momento nunca habían discutido si
su empresa debía llevarse a cabo en secreto. Inconscientemente, desde que salieron
del reino de Tiva bajo cubierta de la oscuridad, lo había dado por supuesto. Pero
ahora le pareció oportuno correr un riesgo y contestó con la verdad.
—Vamos en busca de una de las piezas de cierto objeto mágico que se rompió
hace muchos siglos y que perteneció a uno de mis antepasados.
Un silencio sepulcral sucedió a sus palabras. La figura agazapada junto al fuego
no se movió, pero las llamas se avivaron de pronto, arrojando sombras movedizas
sobre las paredes de la gruta. Después de unos instantes, la voz volvió a hablar
diciendo:
—¿Por qué queréis hallarla?
—La necesitamos para devolver la salud a mi prometida, la princesa Aguamarina
de Itin, que está gravemente enferma —respondió el rey.
De nuevo se produjo un largo silencio. Tivo y sus compañeros aguardaron
impacientes, pero esta vez la espera fue más prolongada. Por fin, la extraña voz les
interrogó por tercera vez.
—¿Dónde esperáis encontrarla?
—No lo sabemos —dijo Tivo, a quien sus compañeros habían cedido,
tácitamente, el puesto de portavoz—. Tenemos razones para creer que al menos
cuatro de las piezas, tal vez cinco, salieron de Tiva por la frontera del noroeste. Por
eso estamos aquí.
Esta vez la pausa fue más breve. Y aunque parecía imposible distinguir
inflexiones en un sonido tan resonante, Tivo creyó percibir cierta emoción en la
respuesta que ahora obtuvo. Pero de qué emoción se trataba no habría podido
indicarlo.

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—Os ayudaré —dijo la voz—. Sé dónde se encuentra una de esas piezas que
buscáis. Debéis dirigiros al país de Klír. Allí la encontraréis.
—¿Dónde está ese país? —preguntó Tivo—. ¿En qué dirección debemos viajar?
—Dirigíos siempre hacia el oeste. Más pronto o más tarde llegaréis allí.
—¿No puedes darnos indicaciones más precisas? El país de Klír puede ser muy
grande.
—No os resultará difícil hallar lo que buscáis cuando estéis allí.
—¿Quién eres? ¿Desde dónde nos hablas?
—Eso no os concierne.
—¿Quién es este anciano que está junto a la hoguera? ¿Tiene algo que ver
contigo? ¿Por qué no se mueve ni parece darse cuenta de que estamos aquí?
—Ya habéis hecho suficientes preguntas. No contestaré a ninguna más. Os
aconsejo que salgáis de aquí cuanto antes si no queréis que vuestro viaje tenga un
final prematuro.
Tivo y sus compañeros se miraron. Sin necesidad de hablar, como de mutuo
acuerdo, retrocedieron por donde habían venido, atravesaron el pasadizo del sifón y
la caverna de la entrada y salieron al exterior. La luna se había desplazado
considerablemente hacia el poniente, lo que les indicó que la medianoche había
quedado atrás. El horizonte del este, en cuanto las montañas no les interrumpían la
mirada, aparecía cubierto por nubes espesas, como si se aproximara una tormenta.
—¿Pasamos la noche aquí mismo, en la boca de la cueva? —propuso Tivo.
—¿Y si nuestra presencia molesta al que se oculta en ella? —dijo Elavel.
—Pero, si nos vamos de aquí, tendremos que pernoctar al aire libre, y aquellas
nubes amenazan tormenta. El viento viene del este. Fíjate con qué velocidad se
aproximan.
—Tal vez encontremos otra caverna —sugirió Elavel.
—O tal vez no —repuso Tivo—. O, lo que sería peor, puede que no estuviera
desocupada. ¿Qué hacemos, Larsín?
—No lo sé —respondió éste—. Estoy desorientado. No comprendo nada de lo
que ha sucedido ahí dentro. No tengo la más remota idea de quién pueda ser el
habitante de la caverna ni qué podría hacer contra nosotros.
—Parecía muy interesado en que saliéramos de allí cuanto antes —dijo el rey—.
Casi me dio la impresión de que nos temía. Creo que no debemos marcharnos tan
aprisa, sin tratar de sonsacarle algo más.
—Pero ¿y si te equivocas en tus suposiciones? —objetó Elavel—. Si nos
quedamos aquí correremos un riesgo innecesario.
—Si no estás dispuesta a correr riesgos, más vale que regreses a Tiva y abandones
la aventura. Por mi parte, yo me quedo aquí. Vosotros podéis hacer lo que queráis.
Naturalmente, después de estas palabras de Tivo, Elavel se enojó y declaró su
intención de pernoctar en la caverna, pasara lo que pasara. Larsín no estaba muy
convencido, pero cedió a los deseos del rey.

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La noche transcurrió sin incidentes. Cuando al fin salió el sol, las nubes se habían
disipado. La luz del día penetró profundamente en la primera gruta a través de la
enorme entrada y les permitió examinar con mayor claridad su interior. Era
aproximadamente circular, aunque mucho menos regular que la caverna donde
oyeron la voz. Las paredes, rugosas y desiguales, presentaban únicamente las tres
aberturas que descubrieron la noche anterior. No había nada allí dentro salvo un
montón de cenizas y hojas secas, cerca de la salida, donde al parecer alguien había
encendido una hoguera no mucho tiempo atrás.
Tivo enarboló un par de antorchas, encendió una de ellas y se dirigió a la entrada
del pasadizo central.
—¿A dónde vas? —le preguntó Larsín.
—Quiero examinar de nuevo esa gruta —respondió—. Tal vez de día las cosas
tengan otro aspecto.
—Ahí dentro no existe diferencia alguna entre el día y la noche.
—De todas formas, quiero verlo —exclamó el rey, mientras se alejaba sin
aguardar a sus compañeros.
—Vamos tras él —susurró Larsín a Elavel—. No podemos dejarle ir solo.
—¿Por qué no? —refunfuñó la muchacha entre dientes—. Si quiere poner en
peligro su dura cabeza, que lo haga. —Pero siguió al maestro al interior del pasadizo.
Afortunadamente, Larsín se había provisto de otra antorcha, porque la luz de Tivo
se veía ya bastante alejada y desapareció por completo cuando el rey alcanzó la parte
curva del pasillo. No volvieron a verle hasta que llegaron a la entrada de la caverna
circular. Una oscuridad absoluta reinaba en su interior.
—Aguardadme aquí —dijo el rey—. Quiero explorar la caverna, pero no deseo
perder de vista la salida.
Elavel y Larsín vieron cómo su luz se alejaba hasta convertirse en una chispa
diminuta. La vieron moverse en varias direcciones diferentes a medida que Tivo se
desplazaba. Por fin volvió hacia ellos.
—No hay nada —dijo—. Ni rastro del anciano. Tampoco he descubierto señal
alguna de que aquí se haya encendido una hoguera.
—Salgamos —rogó Larsín. Esta vez Tivo se dejó llevar por sus compañeros.
—No debemos perder más tiempo aquí —dijo el maestro cuando llegaron al
exterior de la gruta—. Quienquiera que fuese el que nos habló anoche ahí dentro, se
ha marchado.
—Pero no por esta entrada —repuso Tivo—. Hemos vigilado toda la noche.
Nadie pasó por aquí.
—No sabemos cuántas salidas puede tener esta caverna —intervino Elavel—.
Hay varios túneles que no hemos explorado. Puede estar escondido en cualquier sitio.
Si desea ocultarse, no le costará hacerlo. Él conoce los pasadizos; nosotros, no.
—¡Está bien! —exclamó Tivo, furioso—. Puesto que estáis de acuerdo, vámonos
de aquí. Pero tengo el presentimiento de que en esta caverna sucede algo raro y de

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que haríamos bien en investigar más a fondo.
—Yo creo que sería inútil —murmuró Larsín.
Tivo no respondió. Junto con Elavel, se ocupó en aparejar los caballos y cargar el
equipaje. Después, los tres viajeros reanudaron en silencio la marcha hacia el oeste.
El camino que seguían bordeaba, por un lado, la vertiente norte de la cordillera y,
por el otro, una extensa e interminable estepa herbácea que se perdía de vista en las
tres direcciones del horizonte que no cerraban las montañas. Apenas se veían árboles,
salvo en los flancos de la cordillera. A lo lejos, destacando como islas movedizas en
un mar de hierbas altas, distinguieron un grupo de animales más grandes que un
hombre, que por su forma les recordaron conejos gigantes. Quizá los huesos que
encontraron en el desierto pertenecieron a una de estas bestias.
Dos días después de abandonar la caverna de la montaña, se vieron obligados a
desviarse hacia el noroeste para rodear la línea de las tierras altas, que aquí se
prolongaba en un farallón rocoso a través de su ruta. Cuando rebasaron el obstáculo
vieron un paisaje diferente. Al otro lado del promontorio, las montañas retrocedían
hacia el suroeste, dejando libre, entre ellas y la estepa, un amplio espacio protegido
contra los vientos fríos del este. Esta extensión estaba ocupada por un bosque de
árboles de hoja caduca que ahora, al aproximarse el invierno, aparecían desnudos de
gran parte de su follaje. Entre los viajeros y el bosque corría un riachuelo que se
perdía de vista en dirección al norte y que bien pronto hubieron de cruzar. El agua era
muy limpia y estaba fría como el hielo. No se atrevieron a beber de ella directamente,
pero les sirvió para reponer su provisión.
Aquella noche descansaron al borde de la estepa, a cierta distancia de la espesura.
Su experiencia en el gran bosque les había enseñado a desconfiar de las grandes
extensiones cubiertas de árboles y, aunque ésta no podía ser muy ancha, limitada
como estaba por las montañas, prefirieron abstenerse de penetrar en su interior.
Pasó la noche. La situación entre Tivo y Elavel continuaba tensa. Los dos jóvenes
apenas habían intercambiado dos palabras desde su violenta discusión, tres días atrás.
Durante el desayuno, Larsín decidió forzarles a salir de su mutismo.
—Es hora ya —dijo— de que deliberemos sobre lo que conviene hacer. Debemos
estar, aproximadamente, a la altura del centro de la estepa que linda con Tiva por el
noroeste. ¿Hacia dónde debemos dirigirnos?
—La voz de la caverna nos dijo que una de las piezas del rompecabezas está en el
país de Klír —dijo Elavel.
—No creo que esa voz nos merezca confianza —replicó, hosco, Tivo—. Acaso el
país de Klír ni siquiera exista. ¿Quién ha oído hablar de él?
—Yo —dijo Larsín—. Se le menciona en antiguas crónicas. No se halla muy lejos
del país de Tacta, a donde se dirigía el rey Duva durante su desastrosa expedición.
—¿Sabes el camino para llegar allí?
—No estoy seguro. Pero creo que deberíamos cruzar las montañas a la primera
oportunidad.

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—Tenemos otra alternativa —dijo el rey—. Tres o cuatro de las piezas cayeron en
poder de los nómadas que habitan la estepa ¿no es cierto? Ya que estamos aquí,
busquémoslas.
—¿Por dónde? —preguntó Elavel.
—Tratemos de localizar algún grupo de nómadas. Tal vez puedan darnos
información.
—Creo que ya lo hemos encontrado —musitó Larsín, señalando hacia el norte.
Sobre una loma situada a unos quinientos pasos del campamento, acababan de
aparecer las siluetas de una docena de hombres montados.

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8

LOS NÓMADAS DE LA ESTEPA

A
l divisar el campamento, los jinetes se detuvieron y parecieron entablar
durante algunos momentos una animada discusión. De pronto uno de ellos,
probablemente su jefe, levantó la mano e hizo un gesto de mando.
Inmediatamente el grupo entero se lanzó al galope hacia los viajeros,
vociferando gritos de guerra y blandiendo las armas.
—¡Estamos perdidos! —exclamó Larsín.
—¡Aprisa! —dijo Tivo a sus compañeros—. ¡Corred hacia el bosque! Tal vez se
contenten con saquear el campamento. Yo os sigo.
Larsín y Elavel obedecieron. Antes de imitarles, el rey disparó uno de sus dardos
contra los atacantes. Sin detenerse a averiguar si haría blanco, arrojó el arco al suelo,
giró en redondo y corrió tras el anciano y la muchacha.
Una lluvia de flechas cayó a su alrededor. Afortunadamente, la puntería de los
jinetes no podía ser muy certera, lanzados como estaban en su vertiginoso ataque.
Mientras corría, Tivo oyó crecer el retumbar de los cascos de los caballos. Iban a
alcanzarles.
De pronto, el rey vio caer a Larsín, herido por una flecha. Elavel, que corría junto
al anciano, se detuvo y se inclinó para ayudarle a ponerse en pie. Entonces Tivo se
volvió y, enfrentándose a sus perseguidores, desenvainó la espada. Vendiendo cara su
vida esperaba dar tiempo a sus compañeros para internarse en el bosque y escapar.
La mitad de los jinetes se desviaron para evitar al rey y seguir a los dos fugitivos.
Los otros seis se detuvieron a algunos pasos de Tivo, quien por primera vez pudo
examinarlos con atención. La expresión de sus rostros, ávida y salvaje, no le inspiró
confianza y se extrañó de que no acabaran rápidamente con él, pues constituía un
blanco excelente para sus flechas.
Mirando hacia atrás apresuradamente pudo ver cómo Elavel, en quien Larsín se
apoyaba tambaleante, conducía al anciano hasta los primeros árboles de la espesura,
desapareciendo en seguida entre ellos. Afortunadamente, esta zona del bosque era
muy tupida, con numerosas ramas bajas y abundante maleza, y no podría ser
franqueada por los caballos de los nómadas, que aun se encontraban a treinta pasos de
distancia de los fugitivos.
En ese momento, los seis enemigos de Tivo, que aparentemente habían decidido
capturarle con vida, picaron espuelas a sus monturas y le acometieron

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simultáneamente desde distintas direcciones. De pie en medio de la llanura, sin
protección alguna por la espalda, no tenía oportunidad de defenderse. Uno de los
atacantes le asestó un golpe en la cabeza con la parte plana de la espada y cayó al
suelo sin sentido.
Despertó, mucho más tarde, con fuerte dolor de cabeza y sin darse plena cuenta
de dónde se encontraba. Trató de moverse, pero no pudo. Estaba tendido boca abajo,
atado de pies y manos y le rodeaba el silencio. Entonces recordó lo sucedido y tembló
al pensar en el destino de sus compañeros y en el fracaso de su misión.
Luchó por sobreponerse a la desesperación. Al fin y al cabo, aun vivía. Tal vez no
todo estuviera perdido. ¿Por qué no le habrían matado?
Con un esfuerzo, logró incorporarse y mirar a su alrededor. Era de noche.
¿Cuántas horas habrían transcurrido? La luna menguante acababa de elevarse sobre el
horizonte del este. A su luz plateada pudo ver que se encontraba en su propio
campamento. Éste había sido saqueado. Los restos de su equipaje que los nómadas no
habían codiciado yacían esparcidos por doquier. Pudo distinguir a varios de sus
captores, que dormían tendidos junto a los rescoldos de la hoguera. Algo más allá se
veían las sombras de varios caballos. Dos bultos oscuros a cierta distancia de éstos le
indicaron que los nómadas no pensaban correr riesgos, pues habían establecido turnos
de vigilancia. De Larsín y Elavel no percibió rastro alguno. Esto le dio esperanzas de
que sus amigos hubieran conseguido escapar, aunque también podía significar algo
peor. Desde donde estaba no pudo contar el número de los durmientes para averiguar
si faltaba alguno. Tal vez había habido lucha en el interior del bosque.
Pasó el tiempo. La luna ascendió en el cielo, rebasó el cénit y comenzó su lento
descenso hacia el horizonte del oeste. Sólo los cambios de guardia interrumpieron la
quietud absoluta de la noche.
Salió el sol. Los nómadas despertaron y reavivaron la hoguera para prepararse el
desayuno. Tivo pudo ver entonces que sólo eran diez. ¿Qué habría sido de los dos que
faltaban?
Poco después, uno de los hombres se acercó a él. Llevaba en la mano un plato de
hojalata que contenía algún alimento. Sin pronunciar palabra, el nómada se inclinó,
cortó la cuerda que sujetaba la mano derecha del rey y puso a su alcance el plato.
Tivo trató de sonsacarle alguna noticia, pero no recibió más respuesta que un
mutismo absoluto. Cuando terminó de comer, el hombre volvió a amarrarle, tomó el
plato y se alejó.
Más tarde, Tivo observó que los nómadas se disponían a levantar el campamento.
Aparejaron los caballos y cargaron todo lo que deseaban llevarse del pobre equipaje
de los viajeros. Durante este tiempo no cesaban de dirigir miradas hacia el bosque,
como si aguardaran algo. Pero nada ocurrió. Por último, cuando todo estuvo
dispuesto, dos de ellos se dirigieron hacia Tivo, le transportaron hasta uno de los
caballos y le cargaron boca abajo, como un fardo. Después montaron y emprendieron
la marcha hacia el norte.

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Tivo estaba seguro de que, por larga que fuera su vida, jamás conseguiría olvidar
esta etapa de su viaje. De bruces sobre el lomo del caballo que le llevaba, en el que
reconoció a una de sus propias monturas, sufrió un magullamiento indescriptible. A
poco de partir perdió por completo la noción del tiempo y el camino recorrido. Todos
sus sentidos se concentraban en el movimiento incesante del caballo y en el
monótono subir y bajar a que le sometía.
La marcha duró un día entero, durante el cual no se detuvieron ni un momento,
prescindiendo incluso de comida y de agua. Se ponía el sol cuando un estrépito de
agudos gritos infantiles sacó a Tivo de su amodorramiento.
La cabalgata avanzaba en aquellos momentos por la calle central de un
campamento de grandes tiendas de lona, llenas de remiendos, de las que habría unas
cincuenta. Alrededor de los jinetes se agolpaba un grupo de algunas decenas de
mujeres, otros tantos chiquillos, así como unos pocos ancianos. Los niños,
semidesnudos y harapientos, corrían tras de los caballos y gritaban con toda la fuerza
de sus pulmones. La meta hacia la que se dirigían los jinetes se encontraba al otro
extremo del pueblo y consistía en un par de someros cercados vigilados por un
nómada. En uno de estos cercados, el más extenso, Tivo pudo ver un par de docenas
de caballos. El otro, mucho más reducido, de unos cincuenta pasos de perímetro,
estaba ocupado por un hombre solo.
Los captores de Tivo hicieron alto ante lo que evidentemente era su caballeriza y
desmontaron. Sin ningún miramiento, dos de los hombres que allí estaban y que se
habían puesto en pie al ver llegar la comitiva, agarraron al rey, le condujeron hacia el
recinto más pequeño y le arrojaron al interior por encima de la empalizada sin
molestarse en quitarle las ligaduras. La violencia de la caída colmó la resistencia de
Tivo, ya reducida por las penalidades que había sufrido desde su captura, y se quedó
totalmente inmóvil y aturdido durante un buen rato.
Poco a poco fue volviendo en sí. Notó primero que podía mover los miembros,
cosa que le costó trabajo comprender, pues no recordaba que nadie se hubiese
molestado en desatarle. Después se dio cuenta de que había un hombre a su lado que
le hablaba, pero le fue totalmente imposible concentrarse para comprender lo que
decía y mucho menos para contestar a sus palabras.
El desconocido, que evidentemente le había librado de las cuerdas que le
sujetaban, guardó silencio cuando se dio cuenta de que Tivo se sentía incapaz de
responderle y se alejó de su lado. El rey volvió a caer en el estado de estupefacción
provocado por el agotamiento y permaneció en él durante largo rato. Por fin, un
sueño reparador, aunque inquieto, se apoderó de él y le permitió olvidar por el
momento la situación en que se encontraba.
Despertó al alba y se incorporó. No muy lejos de donde él estaba, su compañero
de cautiverio dormía. A pocos pasos de la empalizada, uno de los nómadas hacía
guardia de espaldas a los prisioneros. Más allá, el campamento aparecía desierto y
silencioso.

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—¿Por qué no me habrán matado? —murmuró en voz alta.
—Yo puedo explicártelo —dijo una voz a su espalda. Tivo se volvió. El otro
hombre había despertado y le observaba, sentado en el suelo en el mismo lugar donde
había pasado la noche.
—¿Quién eres? —preguntó Tivo al desconocido.
—Me llamo Toral y vengo de un país lejano, hacia el oeste, cerca del mar —
contestó—. Por tu aspecto, tú tampoco pareces de aquí. ¿De dónde procedes?
—Del reino de Tiva, que también se encuentra próximo a otro mar, al este de este
lugar. Mi nombre es Tivo. —Por el momento, consideró conveniente ocultar su
rango.
—Un nombre muy apropiado —exclamó Toral con ironía—. Por mi parte no
puedo decir lo mismo. Mi país se llama Klír.
—¡Klír! —exclamó Tivo—. He oído hablar de él. Cuando fui capturado mis
amigos y yo nos dirigíamos hacia allí.
Toral frunció el entrecejo.
—¿Para qué? ¿Qué motivo tan urgente pudo sacarte de tu tierra y moverte a
cruzar el continente de parte a parte?
Tivo vaciló. No conocía a este hombre y no sabía cómo podría reaccionar ante su
misión. Tal vez tomara a mal que él, Tivo, un perfecto desconocido del otro lado del
mundo, tuviera la pretensión de apoderarse de un objeto que, si se conocían sus
propiedades mágicas, sería enormemente valioso para su país. Por otra parte, la
ocasión parecía demasiado buena para desperdiciarla. Un klíraíta podría
proporcionarle información valiosísima que, si lograba escapar, le sería enormemente
útil. Decidió descubrirle la mayor parte de la verdad.
—Nuestro viaje tiene por objeto encontrar y llevar a Tiva el remedio para mi
prometida Aguamarina, que se encuentra gravemente enferma. Para salvarla partí de
mi país acompañado únicamente por su hermana y un anciano.
—¿De qué remedio se trata?
—Es un trozo de un objeto mágico que se rompió hace muchos siglos.
—¿Qué forma tiene?
—Lo ignoro.
—¿Cómo lo reconocerás?
—No lo sé.
—Difícil es, en verdad, que logres lo que te propones. ¿Qué te hace suponer que
se encuentra en Klír?
Tivo relató entonces, con todo detalle, los sucesos de la caverna de la montaña, la
extraña voz que allí les interpeló y las noticias que les proporcionó respecto al
rompecabezas mágico.
—No estoy seguro de que la información que nos dio sea digna de crédito —
terminó—. En mi opinión sería mucho menos arriesgado buscar aquí, en la estepa,
pues parece ser que, a lo largo de los siglos, varias de las piezas del objeto mágico

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cayeron en poder de los nómadas.
—¿Cómo pudo llegar a Klír un objeto semejante?
—No tengo la menor idea. En varios siglos pueden ocurrir muchas cosas. Tal vez
algún viajero de tu país halló la pieza que perdió en el desierto el rey Duva, cuando
su expedición encontró un final desastroso. ¿Qué sucede? —se interrumpió, pues vio
ensancharse de sorpresa los ojos de Toral. Pero el klíraíta no le respondió y pareció
reflexionar profundamente. Tivo tampoco distinguió nada que pudiera haber atraído
su atención.
Poco después se acercó a ellos un nómada procedente del campamento, donde las
labores del nuevo día habían dado comienzo. El recién llegado traía consigo dos
platos con el escaso desayuno que destinaban a sus prisioneros. Después de
entregárselo por encima de la cerca, se acercó a su compañero y le relevó en su labor
de vigilancia.
Comieron en silencio. Después, Toral se retiró al extremo más alejado del cercado
y permaneció meditando durante cerca de una hora. Al cabo de este tiempo pareció
tomar una decisión, se levantó y, acercándose a Tivo, dijo:
—He decidido revelarte lo que sé sobre el asunto que te interesa. En la ciudad de
Klír, la capital de mi país, se guarda un objeto al que llamamos «la bola de Duva». Es
perfectamente esférico, de color negro, y algunos le atribuyen propiedades mágicas,
aunque yo, personalmente, no creo en esto último.
—¿Por qué me lo dices? ¿No temes que me apodere de él? Debe ser muy valioso
para vosotros.
—Recuerda dónde estamos. En realidad, da igual que lo sepas o no, porque nunca
podrás hacer uso de esta información. Por otra parte, no pienses que el destino de la
bola de Duva me preocupa demasiado. Ya te he dicho que no creo en sus poderes
mágicos.
—Lo que significa que tampoco crees que a mí me pueda servir de nada para mis
propósitos. Está bien. Ya veremos. Pero ahora recuerdo que todavía no me has
explicado por qué nos han hecho prisioneros en lugar de matarnos. Esta mañana
afirmaste conocer la razón.
—La conozco, en efecto —respondió Toral—. Mañana se celebrará la gran
festividad anual de los nómadas de esta tribu. Habrá bailes, vino en abundancia y
mucha comida. Han estado escatimando desde hace semanas para poder disfrutar de
un festín más abundante. Pero el punto culminante del día será un sacrificio solemne
realizado en honor del Señor de la Caza.
—¿El Señor de la Caza? ¿Quién es? ¿El jefe de la tribu?
—Por lo que he podido comprender, no se trata de un hombre como nosotros, ni
siquiera de un ser material, corpóreo, sino de un espíritu.
—¡Ah! —exclamó Tivo—. Debe ser el nombre por el que conocen al Señor de la
Luz, el Ser Supremo, creador del mundo. Nosotros también le ofrecemos sacrificios.
Pero todavía no he entendido cuál es nuestro papel en todo esto.

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—¿Quién crees que va a ser sacrificado? —preguntó, irónico, Toral.
—¡Qué dices! —exclamó Tivo, indignado—. ¿Ofrecen sacrificios humanos al
Señor de la Luz? Pero ¡eso es monstruoso!
—A ellos no se lo parece. Aunque estoy de acuerdo contigo en que sería mucho
mejor para nosotros si no lo hicieran. Creo que la muerte de las víctimas de estas
celebraciones bárbaras tarda mucho en llegar. Hubiera sido más rápido y agradable
morir en el campo de batalla.
—Dices que esta celebración tendrá lugar mañana. Entonces tendremos que
escapar esta noche.
—¿Cómo? El campamento está perfectamente guardado.
—El vigilante nos da la espalda a veces. No parece demasiado difícil
sorprenderle.
—Hay otros dos guardias un poco más allá, que se darían cuenta inmediatamente
si le atacáramos. Es inútil, te lo aseguro. No creas que no lo había pensado.
—¿No sería mejor morir intentando escapar?
—¿Con qué nos defenderíamos? Sólo tenemos las manos. Además, no nos
matarían. Nos cogerían vivos para reservarnos para el sacrificio. Sólo conseguiríamos
sufrir más.
—Entonces ¿qué podemos hacer?
—Nada en absoluto, salvo resignarnos a nuestra suerte.
—No abandonaré la esperanza mientras viva. Estoy seguro de que algo
favorecerá nuestra huida. El Señor de la Luz nos ayudará —afirmó Tivo,
tajantemente.
—Consuélate así, si quieres. Por mi parte, nunca me han interesado las cuestiones
sobrenaturales. No pienso intentar la huida a menos que el éxito esté razonablemente
asegurado. Pero tú puedes hacer lo que te plazca.
Tivo creyó conveniente cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Qué negocios pudieron traerte a la estepa, tan
lejos de tu casa y de tu país? Tengo curiosidad por saberlo.
—Es una historia muy larga —contestó Toral—. Te la contaré.
Pero cuando se disponía a continuar hablando le interrumpió una algarabía que se
inició bruscamente en el campamento. Tivo pudo oír con facilidad los gritos de
mujeres y niños que vitoreaban alegremente o hablaban entre sí, cada uno dispuesto a
dominar a los demás en la intensidad de su voz. Poco después apareció a su vista una
comitiva, formada por una docena de jinetes que conducían varios caballos cargados.
Uno de éstos llevaba además un hombre atado y echado de bruces sobre la grupa.
—Otro prisionero —exclamó Toral—. Las festividades de mañana van a ser
desusadamente fastuosas. Dudo que puedan ofrecer frecuentemente tres víctimas al
Señor de la Caza. Y todas extranjeras, a lo que parece.
Tivo asistió ahora a una repetición de lo que había sucedido el día anterior
durante su llegada, aunque en este caso él no era el actor principal. Vio cómo dos

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nómadas descargaban al recién llegado del lomo del caballo, le transportaban hasta la
cerca y le arrojaban por encima sin contemplaciones. Pero el nuevo prisionero, o bien
era más fuerte que Tivo, o bien había sufrido menos penalidades en el camino porque,
en lugar de quedarse aturdido, se revolvió y trató de incorporarse. Las ligaduras se lo
impidieron, pero al menos logró darse la vuelta y quedar tendido boca arriba.
Toral se acercó al desconocido y se quedó mirándole un rato fijamente, en pie,
con las manos en jarras. No hizo ademán de desatarlo.
—De modo que tú también has caído en la trampa, Valaz —exclamó—. Me
alegro. No deja de ser irónico que el cazador y su presa se encuentren en las mismas
circunstancias. Parece como si, después de todo, existiera la justicia en este mundo.
Valaz no contestó. Dirigió a Toral una mirada de basilisco y escupió en dirección
a él. Toral palideció e intentó arrojarse sobre el hombre atado, pero Tivo, que había
asistido a la escena como espectador interesado, se lo impidió.
—¿Qué vas a hacer? —exclamó—. ¡Este hombre está indefenso!
Toral trató de controlarse y se alejó con Tivo hasta el extremo opuesto del recinto.
Llegado allí, dijo:
—No confíes en él. Es traicionero como una víbora.
—¿Quién es? —preguntó el rey.
—Se llama Valaz y es klíraíta como yo. Conténtate con saber, por el momento,
que por su culpa me encuentro aquí.
—Creo que deberíamos desatarlo —propuso Tivo—. Espero que sepas
comportarte. No creo que los nómadas permitan que sus víctimas de mañana se
enzarcen en una pelea que podría terminar con la muerte de una de ellas.
—Desátale tú, si quieres —dijo Toral—. Yo no pienso mover un dedo por él. Pero
te prometo que mantendré la paz, si él no me provoca.
Tivo se dirigió hacia Valaz y trató de obtener de éste la aceptación de la tregua
propuesta por Toral. Tras una acalorada discusión logró hacer comprender al
desconocido que una conducta violenta hacia sus compañeros sólo conseguiría
aumentar los sufrimientos de los tres, sin alcanzar su objetivo. Por fin Valaz quedó
libre y se mantuvo en silencio, eligiendo para sentarse la parte del cercado
diametralmente opuesta a la que ocupaba Toral. Los dos hombres se ignoraban
mutuamente y procuraban no mirar nunca en la dirección en que el otro se
encontraba. Esta solución satisfizo a Tivo, aunque la tensión reinante le impidió
reanudar la conversación con cualquiera de ellos.
Las horas pasaron en silencio. Pronto oscureció y dio comienzo la que había de
ser la última noche en la vida de estos tres hombres. Las estrellas fueron
encendiéndose paulatinamente. Tivo las contempló y recordó el maravilloso aspecto
del cielo nocturno en el Valle Perdido. Le pareció que hacía mucho tiempo, tal vez
años, desde que salió de allí. Habían sido los momentos más felices que pasó desde
que tuvo la noticia de la enfermedad de Aguamarina y partió para realizar su
desesperada misión.

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En medio de sus ensueños le sobresaltó oír un sonido inesperado, semejante a un
silbido. El silencio de la noche era tan absoluto que cualquier roce parecía
amplificarse hasta volúmenes desmesurados. Se incorporó y miró a su alrededor. Sus
dos compañeros dormían. En el campamento tampoco se observaban señales de vida,
pero tuvo la sensación de que en la escena había algún elemento extraño, algo que no
debería estar allí. Le costó darse cuenta de que lo que sucedía era exactamente lo
contrario: faltaba algo, un ingrediente del paraje que le rodeaba que hasta entonces le
había parecido imprescindible. ¿Dónde estaba el guardián?
De pronto desaparecieron la somnolencia y los recuerdos del pasado. Si el
vigilante se había marchado podían tener una ocasión única para escapar. Por lo
menos, él estaba dispuesto a intentarlo.
Se puso en pie. Buscó con la mirada a los otros guardianes, más alejados, que
Toral le había señalado. No había nadie a la vista. Se disponía a despertar a sus
compañeros cuando vio erguirse una sombra al otro lado de la empalizada.
Se le cayó el alma a los pies. Éste debía de ser el guardián. Se sintió lleno de
indignación y se lanzó contra la sombra, pero inmediatamente se detuvo en seco.
Había oído una voz cuchicheante que le decía:
—¡Quieto, Tivo! No hagas ruido. Soy yo.
Era Elavel.

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9

LA CAZADORA

C
uando Elavel, en quien Larsín se apoyaba tambaleante, penetró en el
bosque, oyó el ruido de la persecución, que les seguía a poca distancia. La
muchacha eligió con presteza la zona más tupida y guió al anciano a través
de ella. Afortunadamente, al otro lado de la maleza y en dirección
transversa a la que seguían, se abría un estrecho calvero muy alargado,
como un pasadizo, cuyo suelo estaba cubierto de hojas secas en las que sus pies
apenas dejaban huella. Los dos fugitivos siguieron este camino natural durante un
breve trecho y volvieron a introducirse en la espesura. Justo a tiempo. Los seis
nómadas, que habían dejado sus caballos a la entrada del bosque, irrumpieron
violentamente en la galería un instante después.
Elavel y Larsín se agazaparon en silencio, tratando de pasar desapercibidos.
Desde donde se ocultaban pudieron ver cómo los seis enemigos se dividían en tres
grupos para buscarles. Dos de ellos penetraron inmediatamente en la espesura; las dos
parejas restantes siguieron el corredor en sentidos opuestos.
Cuando los dos nómadas se aproximaron a su escondite, Elavel preparó el arco y
dispuso a su alcance tres saetas. Más valía estar prevenida por si el enemigo les
descubría. Pero sus perseguidores pasaron de largo y se perdieron entre la vegetación
al otro extremo del pasadizo, que terminaba bruscamente veinte pasos más allá de
donde se encontraban. La joven respiró aliviada, pero su consuelo fue de corta
duración.
Los dos nómadas volvían, hablando entre sí en voz baja. Elavel contuvo el
aliento. Acababan de pasar por segunda vez junto a donde estaban los fugitivos
cuando Larsín emitió un sordo gemido. Inmediatamente los nómadas giraron en
redondo. Iban a descubrirles.
Rápida como el rayo, Elavel disparó un dardo a través de una abertura de las
ramas y buscó con la mano otro proyectil. Tan veloz fue su acción que el segundo
nómada cayó sin emitir el más leve sonido, sin haber llegado a darse cuenta de que su
compañero yacía a su lado atravesado por una certera flecha.
Aunque era la primera vez que daba muerte a un ser humano, Elavel no permitió
que un incipiente sentimiento de náusea la dominara. Dejó el arco, miró a lo largo de
la galería y, no viendo señales de peligro, salió al exterior y arrastró, uno tras otro, los
dos cadáveres al interior de la espesura. Después procuró arreglar las hojas secas que

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cubrían el suelo para ocultar toda señal de lo que allí había sucedido. Se escondió de
nuevo y permaneció vigilante.
Al cabo de un rato, las otras dos parejas de nómadas regresaron al corredor.
Después de cambiar unas breves palabras, miraron insistentemente hacia el otro
extremo de la galería. Era evidente que aguardaban a sus compañeros. Sin embargo,
tras una breve espera parecieron cansarse. Uno de ellos se encogió de hombros y dijo
algo, a lo que los otros contestaron con fuertes risotadas. Dando media vuelta, los
cuatro se dirigieron a la salida del bosque.
Elavel exhaló un suspiro de alivio y, por primera vez, pudo dedicar su atención a
Larsín. El anciano se había desmayado en el mismo lugar en que lo dejara, apoyado
contra el tronco de un árbol. El asta emplumada de una flecha negra sobresalía de su
espalda. La muchacha no se atrevió a moverla por temor a que la herida se agravara.
Pero era imperioso salir de allí cuanto antes. Cuando los nómadas descubrieran
que sus compañeros no volvían, emprenderían una búsqueda más completa. Elavel
tomó en brazos a Larsín y se internó en el bosque. Afortunadamente, el anciano
pesaba muy poco, mas aun así sus fuerzas sufrieron una dura prueba. Pero se obligó a
seguir adelante hasta poner al menos una hora de marcha entre ellos y sus
perseguidores.
En lo profundo del bosque encontró un arroyuelo y se adentró en sus frescas
aguas. Si alguno de sus enemigos era capaz de seguir su rastro, un rato de marcha
corriente abajo podría hacerle perder la pista. Además necesitaba refrescarse los pies.
Se sentía agotada. Por fin no pudo resistir más y, después de alejarse unos doscientos
pasos del arroyo, dejó a Larsín en la postura más cómoda posible y volvió a la orilla a
buscar agua para el anciano. Tuvo que transportarla con las manos y apenas pudo
refrescarle la frente. Poco después Larsín abrió los ojos.
—¡Tivo! —exclamó débilmente, buscando con la mirada en todas direcciones
desde la postura en que se encontraba—. ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él?
—No lo sé —respondió Elavel—. Creo que se detuvo para enfrentarse a los
nómadas y darnos tiempo de escapar. Seguramente habrá perecido.
—Puede que le hayan hecho prisionero… —balbuceó Larsín—. Cuando yo haya
muerto… (no me falta mucho)… debes buscarle… Elavel…
—¡No hables! ¡No digas nada! Los esfuerzos te harán empeorar.
—Si no hablo ahora, no lo haré nunca… Elavel… de ti depende… a partir de este
momento… el éxito de la misión… Si Tivo ha muerto… tú debes continuar… Si está
cautivo… trata de salvarle… si es posible… Recuerda… que del resultado de esta
empresa… dependen muchas más cosas… de las que podemos imaginar… No
fracases.
—¿Por qué no ha venido Kial en nuestro auxilio? —exclamó, llorando, Elavel—.
¡Él dijo que nos ayudaría en nuestra mayor necesidad! ¿Por qué no ha cumplido su
palabra?
—Tal vez… el momento… no haya llegado… todavía… No te preocupes por

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mí… Sabía que éste sería… mi último servicio a Tivo… Kial también predijo… que
alguno de nosotros… no llegaría vivo… al final… de la misión.
Elavel trató de decir algo, pero las lágrimas ahogaron sus palabras. Larsín, cada
vez más débil, continuó:
—Adiós… Elavel… ¡Que Kial… y el Señor de la Luz… te ayuden!… Ten
confianza…
Iba a añadir algo más, pero de pronto su cabeza cayó hacia un lado y quedó
inmóvil para siempre.
Elavel se arrojó al suelo y lloró amarga y abiertamente. En las breves semanas de
convivencia con el anciano maestro de Tivo, había llegado a tomarle mucho cariño.
Era mediodía. No debía perder tiempo en regresar si quería conocer el destino del
rey de Tiva, pero tampoco podía dejar el cuerpo de Larsín abandonado a merced de
las fieras. No disponía de herramientas para cavar una fosa, pero encontró piedras
suficientes para cubrir su cuerpo y erigir un pequeño túmulo. La tarea le llevó varias
horas y ya anochecía cuando al fin pudo darla por concluida. Estaba tan cansada que
era inútil pensar en regresar al campamento. Se acercó al arroyuelo para beber un
poco de agua, volvió al lado de la tumba de Larsín y se echó a dormir cerca de ella,
sin haber probado bocado desde esa mañana.
Despertó intranquila, antes del amanecer, y se puso en marcha inmediatamente
hacia el campamento para obtener noticias de Tivo. Aunque el horizonte del este
comenzaba a clarear, la oscuridad de la noche reinaba aún en la espesura del bosque.
Su paso era rápido y llegó al borde de la estepa bastante antes de la partida de los
nómadas, a los que observó escondida entre la maleza. Supo así que Tivo no había
muerto, sino que se encontraba prisionero, y que sus captores se disponían a
llevárselo. Le extrañó que no aguardaran más tiempo a sus compañeros, los que ella
había matado, o que no trataran de encontrarlos. Las miradas que de cuando en
cuando dirigían hacia el bosque daban a entender que no se habían olvidado de ellos
pero, no obstante, cuando llegó el momento de partir, se pusieron en marcha sin más
dilación. Elavel ignoraba que la proximidad de la gran fiesta anual (que iba a tener
lugar sólo dos días más tarde) les espoleaba a regresar. Buscar a sus compañeros en
aquel bosque podía hacerles perder un tiempo precioso, pues el regreso al
campamento nómada consumiría, por sí solo, una jornada entera.
La joven no dudó un momento lo que debía hacer: perseguir a los merodeadores y
ayudar a escapar a su rey y compañero de aventura. Pero no podía emprender así la
travesía de la estepa, a pie, con el estómago vacío, sin comida y sin agua. Tampoco se
decidía a prescindir de la protección del bosque para acercarse al campamento
abandonado. ¿Y si los nómadas se habían apostado detrás de aquella loma esperando,
precisamente, que ella hiciera acto de presencia? Aguardó, por tanto, un tiempo
prudencial antes de salir al campo abierto.
Por fin no se atrevió a demorarlo más. Si los nómadas la atacaban, tendría aún
una oportunidad de escapar de ellos de la misma forma que el día anterior. Poco

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después se encontraba entre los despojos del lugar donde Larsín había gozado de su
último descanso nocturno.
Sin perder de vista la loma que cerraba su visión por el norte, tras de la cual
habían desaparecido los raptores de Tivo, eligió las pocas cosas que necesitaría para
su viaje a pie: un pellejo de agua vacío que los nómadas habían despreciado; yescas y
pedernales útiles para encender fuego y poca cosa más. Entonces se vio obligada a
perder un tiempo precioso, regresando al bosque en busca de comida y de agua.
No tardó en encontrar el arroyo que atravesó el día anterior, donde sació la sed y
llenó el pellejo. Más tarde tuvo la suerte de matar un gallo de bosque. Éste, junto con
algunas bayas y frutos secos que recogió por el camino, constituyeron su desayuno,
poco después, de regreso en el campamento. Por fin emprendió la marcha tras de los
nómadas, unas cuatro horas después de la partida de éstos.
No será necesario relatar las penalidades que hubo de sufrir Elavel durante su
largo viaje, a pie y en solitario, a través de la estepa. La ventaja que le llevaban los
nómadas aumentó, como es lógico, puesto que disponían de caballos para efectuar la
travesía, hasta el punto de que las cuatro horas llegaron a convertirse en un día entero.
La joven tuvo que pasar una noche al raso, sin atreverse a encender una hoguera, sin
comida y apurando al máximo la provisión de agua, puesto que ignoraba la distancia
que se vería obligada a recorrer y el tiempo que podría transcurrir hasta que
encontrara una fuente o arroyo donde renovarla. Si de ella hubiera dependido, habría
continuado la marcha durante la noche, a pesar de su agotamiento, pues la
intranquilizaba el destino de Tivo. Pero el temor de perder el rastro de los jinetes si se
atrevía a avanzar durante las horas de oscuridad la forzó a desistir de este empeño.
Era el crepúsculo del segundo día de viaje, víspera de la gran fiesta de los
nómadas, cuando Elavel oyó a lo lejos el rumor del campamento. Procuró entonces
desplazarse con la máxima prudencia, llegando incluso a recorrer cuerpo a tierra los
últimos pasos que la separaban de la cumbre de una colina baja desde donde esperaba
poder divisar su objetivo. Aunque la altura del altozano era pequeña, pudo ver desde
allí una panorámica completa del campamento y de los aledaños del mismo.
Lo primero que atrajo su atención fue el cercado, situado en el lado opuesto a
donde ella se encontraba, en cuyo recinto pudo observar las figuras de tres hombres.
Adivinó que uno de ellos era Tivo, aunque a esta distancia no podía distinguir los
detalles de su vestido o de sus facciones. Supuso, asimismo, que los otros dos serían
compañeros de cautiverio del rey.
En el campamento reinaba una actividad confusa y claramente desusada.
Hombres, mujeres y niños corrían y se afanaban desordenadamente por doquier,
preparando las celebraciones del día siguiente. En la explanada que lindaba con las
tiendas de los nómadas por el lado más próximo a la colina que Elavel estaba
utilizando como atalaya se habían erigido tres postes verticales, firmemente clavados
en el suelo, alrededor de los cuales se amontonaba gran cantidad de troncos y
ramajes, cuya misión no alcanzó a comprender. Esta construcción iba a ser,

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evidentemente, el centro de algún tipo de celebración o rito, a juzgar por el esfuerzo
que se estaba realizando para darle los toques finales, como también por la cantidad
de apilamientos menores de ramaje que se extendían entre la construcción principal y
el campamento, cerca de los cuales se veían ollas, calderos y otros útiles que sugerían
que allí se preparaba una gran formación de fogatas.
De pronto, Elavel sintió un sobresalto. A pocos pasos de ella, en la ladera de la
colina, oyó resonar una voz humana. Descubrió entonces que el campamento estaba
vigilado y que sólo la suerte había impedido que fuera descubierta, pues el guardián
se había distraído en la contemplación de las actividades que tenían lugar en la
explanada. Precisamente su compañero, que venía a relevarle, le estaba increpando
por haber abandonado su puesto, que al parecer se encontraba en el mismo punto
donde asomaba la cabeza de la muchacha. Ésta se trasladó rápida y silenciosamente
hasta unos arbustos próximos, tras de los que se ocultó, extrajo una flecha de su
carcaj y dispuso el arco, pues quería estar dispuesta a cualquier eventualidad.
Pronto vio aparecer la cabeza y los hombros de los dos nómadas, destacándose
sobre la línea del cielo en la cumbre de la colina. Elavel estaba ahora lo bastante
cerca de ellos para oír lo que decían:
—Va a ser una gran fiesta.
—Sí, mucho mejor que otros años, hasta donde alcanza mi memoria. Esta vez
tenemos tres víctimas para el sacrificio.
—La pira está casi lista. Me regocijo al pensar en esos hombres,
contorsionándose mientras las llamas lamen sus pies.
—Espero que dure mucho.
—Durará. El gran chamán sabe hacer las cosas.
Elavel estaba horrorizada. Descubrió ahora el fin al que estos bárbaros destinaban
el amontonamiento de troncos y ramajes. Iba a ser una hoguera sacrificial, y los tres
postes verticales se convertirían en otras tantas estacas del suplicio para Tivo y los
dos desgraciados que compartirían su suerte.
Poco después regresó al campamento el nómada cuya imperfecta vigilancia había
permitido a Elavel llegar hasta donde estaba sin ser descubierta. Su compañero, sin
embargo, no mostraba señales de seguir su ejemplo y la joven apenas se atrevía a
moverse. En su forzada inmovilidad, pensaba furiosamente tratando de idear algún
plan que le permitiera salvar a los tres condenados. El hecho de que el campamento
estuviese vigilado haría más difícil conseguirlo. Pero tenía que hacer algo, y pronto.
Por lo avanzado de los preparativos y los comentarios de los nómadas dedujo que el
sacrificio tendría lugar al día siguiente. Por tanto, debía actuar inmediatamente si
deseaba servir de ayuda a Tivo.
De pronto, los astutos ojillos del guardián se dirigieron hacia los arbustos donde
ella se ocultaba. ¿La habría descubierto? El rostro del nómada se contrajo en una
feroz mueca de regocijo. No cabía duda. La había visto y se disponía a capturarla. Un
cuarto prisionero pondría el broche de oro sobre las celebraciones del día siguiente.

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Aunque tal vez, en consideración a su sexo, le reservaran un destino peor que la
estaca y la hoguera.
Elavel no perdió el dominio de sí misma y su flecha abandonó el arco en el
mismo instante en que su enemigo se abalanzaba hacia ella. Nunca supo lo que le
había sucedido. Cayó muerto en el mismo lugar donde había hecho guardia y ni
siquiera su postura podía denotar, a un observador casual que le mirara desde el
campamento, que no se encontraba cumpliendo su labor normal de vigilancia.
Más tranquila, Elavel se arrastró hacia él y asomó nuevamente la cabeza sobre la
cumbre de la colina. Los gérmenes de un plan comenzaban a formarse en su mente.
Ahora la necesidad de actuar aprisa era más perentoria, pues en cuanto se produjera el
próximo relevo de la guardia se descubriría su obra y su presencia allí, y para el éxito
de lo que iba a intentar era indispensable la sorpresa. No podía hacer nada hasta que
estuviera totalmente oscuro y el campamento dormido, pero era preciso aprovechar al
máximo los escasos momentos de luz que quedaban. Debía descubrir la posición
exacta de todos los vigilantes.
Elavel sentía un gran respeto por la vida humana. Si hubiera podido idear un plan
alternativo o hubiese dispuesto de tiempo suficiente para madurarlo, habría
prescindido de un curso de acción cuyo desarrollo exigiría la muerte de varios
hombres que no la habían atacado directamente. Por otra parte, se trataba de la vida
de sus amigos contra la de sus captores. No actuar, no hacer todo lo que estuviera en
su mano para salvarlos, sería equivalente a dejarlos morir a manos de sus enemigos.
Y lo que proyectaba hacer podía tener bastantes probabilidades de éxito. Era
necesario escoger el mal menor.
Una hora después, el silencio reinaba en la explanada y en las tiendas de los
nómadas. La noche había cerrado por completo. Elavel comenzó a arrastrarse con
cautela por la ladera de la colina, hacia el campamento. Éste era un lugar peligroso
pero constituía la mejor base de operaciones posible, pues los guardianes no
sospecharían nunca que pudieran verse atacados desde esa dirección.
Actuó rápidamente y en silencio. Los cinco hombres que protegían a sus
compañeros contra un posible ataque de una tribu rival quedaron pronto tendidos en
el suelo, atravesados por otras tantas flechas. Para reponer su provisión de estas
últimas y previendo que los prisioneros también las necesitarían si lograban escapar o
para vender cara su vida si el intento de fuga terminaba en el fracaso, hizo acopio de
todas las armas de sus enemigos muertos y las apiló en el extremo del campamento
más próximo a los cercados. El último en caer fue precisamente el guardián que
custodiaba los caballos y a los cautivos.
Todos los vigilantes se encontraban fuera de combate. Era preciso ahora escapar
rápidamente para cobrar una ventaja suficiente antes de que tuviera lugar el cambio
de guardia. Elavel se arrastró hacia el recinto de los prisioneros y sólo se atrevió a
ponerse en pie al llegar junto al cercado. En ese momento vio que uno de sus
ocupantes, al que algo había llamado la atención, se acercaba a ella. Por su forma de

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andar reconoció al rey de Tiva. Su actitud era abiertamente hostil y supuso que la
confundía con uno de los nómadas y tal vez tratara de atacarla para escapar. Era
preciso detenerle, para evitar que un estrépito imprevisto despertara a alguno de sus
enemigos. Susurró:
—¡Quieto, Tivo! No hagas ruido. Soy yo.

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10

CAMINO DE KLíR

E
–¡ lavel! —exclamó Tivo en voz baja—. ¿Cómo has llegado aquí?
¿Dónde está Larsín?
—Larsín ha muerto —explicó Elavel—, pero no es éste el
momento de hablar de ello. El tiempo apremia, si queremos salir de
aquí con vida.
—¿Qué sucede? —preguntó una voz a espaldas del rey. Era Toral, que había
despertado y se extrañó de que Tivo estuviera hablando con alguien que no estaba
dentro del cercado y se acercó a investigar lo que esto significaba.
—Creo que tenemos una inmejorable oportunidad de escapar —dijo el rey—. Voy
a llamar a Valaz.
—Yo le dejaría ahí —murmuró Toral, pero no hizo ademán de detenerle.
Poco después, los cuatro se encontraban fuera del recinto. Lo primero que
hicieron fue armarse, escogiendo cada uno una espada, un arco y una cantidad
razonable de flechas de la pila que Elavel había amontonado con los despojos de los
guardianes. Después se dirigieron a la empalizada de los caballos y abrieron sus
puertas.
—Tendremos que montar al estilo nómada, sin silla ni riendas —dijo Tivo.
Para no poner nerviosos a los animales, Elavel y el rey localizaron primero sus
propios caballos, los que habían sido capturados por los merodeadores, ya que éstos
les conocían y les permitirían aproximarse sin sobresaltos. Afortunadamente no les
fue difícil reconocerlos, pues todavía conservaban restos del aparejo. Estaban los dos
muy juntos, como si se sintieran tímidos ante tantos congéneres desconocidos, y se
habían situado cerca de la valla protectora, lo que facilitó que los dos jóvenes llegaran
hasta ellos. Tivo ayudó a Elavel a montar el suyo y seguidamente se izó sin dificultad
sobre su propio corcel. Los dos jinetes se adelantaron entonces hacia la salida.
Algunos de los otros caballos se pusieron en pie cuando vieron pasar a sus
compañeros. Toral y Valaz eligieron entre éstos sus cabalgaduras. Los cuatro
fugitivos estaban, pues, dispuestos para partir.
Pero antes debían resolver un grave problema. A juicio de Tivo, no faltaba mucho
para el cambio de guardia, por lo que los nómadas estarían pronto enterados de su
intento de fuga. Disponiendo de caballos y con un conocimiento superior del terreno
tal vez pudieran darles alcance, aún con la dificultad de seguir su rastro en plena

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oscuridad. Si les perseguía un grupo numeroso no habrían conseguido otra cosa que
aplazar su destino.
Contra esta eventualidad, Elavel había ideado un plan. Tan pronto se alejaron
unos veinte pasos del cercado que hacía las veces de establo, extrajo de su carcaj una
flecha negra y le prendió fuego con la yesca y el pedernal. Se apresuró entonces a
dispararla, clavándola en uno de los postes de la empalizada. Rápidamente hizo lo
mismo con otros tres dardos, después de lo cual emprendieron la marcha sin aguardar
más. No se habían alejado mucho cuando vieron elevarse grandes lenguas de fuego y
oyeron los relinchos de los caballos. Las llamas de las flechas encendidas habían
prendido con facilidad en la reseca madera del cercado.
Por las abiertas puertas de éste salieron, desbocados, los animales. La suerte quiso
que, en su deseo de escapar cuanto antes del peligro, enfilaran directamente hacia el
campamento, derribando a su paso algunas tiendas y sembrando el caos entre los
nómadas que trataban apresuradamente de descubrir lo que sucedía y que creían ser
víctimas del ataque de alguna tribu vecina. Los asustados corceles, después de
producir grandes destrozos en el asentamiento, escaparon finalmente por el otro
extremo, donde se encontraban los montones de ramaje dispuestos para la fiesta. Ni
éstos ni los utensilios de cocina salieron mejor librados. Por último, todos se alejaron
al galope en distintas direcciones y se perdieron en la oscuridad de la noche.
—Creo que les hemos estropeado la fiesta —comentó Tivo en voz alta.
Durante algún tiempo oyeron las imprecaciones de sus enemigos. Después, una
pequeña elevación del terreno ocultó el campamento y no vieron ni escucharon nada
más.
No habían tenido tiempo de discutir la dirección de su marcha y dejaron que Toral
les guiara. El klíraíta puso rumbo hacia el suroeste y durante una hora mantuvieron
una velocidad relativamente elevada que, sin agotar a las monturas, pusiera cuanto
antes la mayor distancia posible entre ellos y sus hipotéticos perseguidores. Más tarde
continuaron el camino, durante toda la noche, a un trote más pausado. Por primera
vez pudieron conversar con tranquilidad. En la primera ocasión, Tivo se acercó a
Elavel y la avisó de que no debía mencionar su rango, pues le parecía más seguro
ocultarlo por el momento. Elavel estuvo de acuerdo en la prudencia de esta medida y
relató al rey algunos particulares del fin de Larsín y de su arriesgada travesía de la
estepa para salvarle.
Tivo se sintió lleno de agradecimiento y admiración por la hazaña de la
muchacha. Por su parte, estaba un poco avergonzado al recordar sus palabras, muchos
días atrás, cuando él se resistía a admitirla como compañera de viaje. «No permitiré
que tu presencia ponga en peligro el éxito de la misión —había dicho—. Si he de
elegir entre protegerte a ti o conquistar el remedio que puede curar a Aguamarina,
escogeré esto último». A lo que la joven respondió: «Puede que, cuando llegue el
momento, sea yo quien tenga que ayudarte a ti». Aquellas palabras habían resultado
proféticas. Y su gratitud y respeto eran aún mayores porque Elavel no se las había

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recordado.
Por la mañana hicieron un breve alto durante un par de horas, para proporcionarse
un corto respiro y dejar descansar a los caballos. Después continuaron la marcha. No
observaron señal alguna de persecución. La estepa se extendía ininterrumpidamente
en todas direcciones y sólo al sur, un poco a la izquierda de la dirección que seguían,
pero cada vez más cerca, se alzaban los picos nevados de la cordillera que bordearon
los tres aventureros hasta la violenta interrupción de su viaje por el ataque de los
nómadas. Tivo se sorprendió al descubrir que apenas habían transcurrido dos días.
¡Tantas cosas habían sucedido! Larsín estaba muerto (casi no podía creerlo). Había
sufrido torturas, agotamiento y temores sin fin. Acababa de escapar de un destino
terrible. Parecían sucesos suficientes para haber colmado un año entero.
El peor problema con que se enfrentaban ahora los viajeros, puesto que la
persecución no parecía inminente, era la carencia absoluta de alimentos.
Afortunadamente, habían cruzado un arroyo procedente de las montañas, cuyas aguas
aprovechó Elavel para reponer el contenido de su pellejo. En una ocasión vieron a lo
lejos un grupo de aquellos animales parecidos a conejos gigantes, pero cuando
intentaron aproximarse a ellos se dieron a la fuga con una velocidad increíble para su
enorme corpulencia, de modo que los fugitivos hubieron de renunciar a comer su
carne, que les habría bastado para muchos días.
Volvieron a descansar un tiempo prudencial poco después de que el sol rebasara
el punto más elevado de su curso y comenzara a descender hacia el horizonte. Los
caballos, más afortunados que ellos, aprovecharon la pausa para mordisquear las
hierbas altas de la estepa. La tarde estaba ya avanzada cuando siguieron adelante.
Poco después distinguieron a lo lejos una masa oscura e informe, justamente delante
de su curso.
—Es la parte septentrional del bosque de la lengua verde —explicó Toral—. Es
allí a donde nos dirigimos. Dentro de él hay un paso que nos permitirá atravesar las
montañas y abandonar la estepa. Los nómadas no se atreverán a seguirnos más allá de
ese punto.
—¿Es ése el bosque donde yace Larsín? —preguntó Tivo a Elavel—. Si es así,
me gustaría visitar su tumba.
—No lo creo —contestó la muchacha—. Nos hemos desviado mucho hacia el
oeste desde que salimos del campamento. Por otra parte, el bosque no parece
extenderse muy lejos hacia oriente, al menos por este lado. Da la impresión de que
empieza precisamente aquí.
—Así es —dijo Toral—. La mayor parte de esta arboleda se encuentra al sur de
las montañas. Lo que ahí veis no es más que una lengua estrecha que atraviesa el paso
y se prolonga hasta aquí. A nosotros nos vendrá muy bien, pues nos proporcionará
agua, comida, cobijo y protección contra nuestros enemigos más peligrosos.
—¿Hay fieras salvajes en ese bosque? —quiso saber Elavel.
—Algunas hay, ciertamente —repuso Toral—, pero están bastante habituadas al

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hombre, conocen su fuerza y no lo acometen, a menos que se vean aguijoneadas por
un hambre desesperada, y aun en ese caso suelen atacar únicamente a viajeros
solitarios. No creo que tengamos nada que temer.
—¿Dista mucho de aquí tu país? —intervino Tivo.
—Nos costará al menos tres semanas llegar hasta allí, sin forzar demasiado a las
cabalgaduras. Si tuviéramos caballos de repuesto, para poder cambiar de montura de
cuando en cuando, tal vez pudiéramos hacerlo en dos, pero no tenemos prisa
¿verdad?
«No estoy muy seguro —pensó Tivo—. Quisiera regresar cuanto antes con el
remedio para Aguamarina, además de que me expongo a perder el trono si tardo
demasiado en volver». Pero no dijo nada de esto en voz alta, ni siquiera a Elavel.
A partir de este momento, la suerte de los viajeros pareció cambiar. En cuanto
penetraron en el bosque hallaron fácilmente agua y alimento, no vieron señales de
nómadas ni de fieras y tampoco encontraron impedimento para un avance rápido
hacia su destino. El bosque era muy extenso. Tardaron en atravesarlo más de una
semana y durante la mayor parte de este tiempo se prolongaba entre dos ramales de la
cordillera, siguiendo el larguísimo desfiladero que Toral había mencionado.
Cuando abandonaron la protección de la arboleda y salieron de nuevo a campo
abierto, tuvieron que cruzar una corriente de agua bastante impetuosa, que bajaba
saltarina desde las montañas y continuaba más pausadamente hacia el sur, a través de
una extensa meseta poco provista de vegetación. Franqueado el río, Toral comunicó a
sus nuevos amigos que acababan de penetrar en el país de Tacta, vecino del suyo.
Como las relaciones entre ambas naciones no siempre habían sido amistosas, los
viajeros de Klír que se veían obligados a atravesarlo solían seguir caminos situados
muy al norte, bordeando la cordillera central que constituía, en aquella región, el
límite septentrional del país de Tacta. Eran regiones relativamente áridas y poco
pobladas, donde no era fácil encontrar nativos hostiles. Éste era precisamente el
camino por donde los dos klíraítas guiaban ahora a Tivo y a su compañera.
El rey sintió gran interés al saber que se encontraba en Tacta, el país a donde se
dirigió el rey Duva trescientos sesenta años atrás. Su gran amor, la princesa Laurin,
había sido hija de un rey de Tacta. Tivo comenzaba a dudar de que la expedición de
Duva hubiera tenido realmente un fin desastroso. ¿Cómo si no había llegado a
aplicarse el nombre de «bola de Duva» a una de las piezas del rompecabezas? ¿No
sería posible que aquel antiguo rey de Tiva hubiera logrado escapar del ataque de los
monstruos del desierto y conseguido llegar a su destino? Las comunicaciones entre
los dos extremos del continente eran tan poco satisfactorias que no cabía extrañarse
de que una historia como ésta no hubiese llegado a conocerse en Tiva después de tres
siglos y medio. Probablemente nadie o casi nadie la recordaba ya, incluso en Tacta o
en Klír. Había aquí un misterio que le habría gustado investigar, si hubiera tenido
tiempo. Pero la búsqueda de la pieza del rompecabezas debía absorber toda su
atención. La salud de Aguamarina estaba antes que cualquier otra circunstancia.

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Durante la mayor parte de la segunda semana siguieron adelante bordeando las
estribaciones de las montañas, hasta que vieron señales inequívocas que presagiaban
el fin de la cordillera. Las cumbres eran menos elevadas y más redondeadas, las
nieves desaparecían, a pesar del avance de la estación: el invierno se acercaba a pasos
agigantados.
Un día tropezaron con un segundo río, aún más caudaloso y torrencial que el
anterior. En el lugar donde se encontraban era imposible hallar un vado, pero Toral
conocía uno, para llegar al cual se verían obligados a desviarse hacia el sur. Tivo,
nervioso por el retraso que esto suponía, trataba de acelerar la marcha, pero Toral se
resistía, temeroso de forzar excesivamente a los caballos.
Atravesado el vado, el klíraíta comunicó a Tivo que pensaba desviarse un poco
más hacia el suroeste, para buscar un escondite que sólo él y Valaz conocían y en el
que habían ocultado algunas cosas, producto de expediciones anteriores a la presente,
realizadas con posterioridad a su última estancia en Klír. Toral les dio a entender que
tanto él como su compañero habían abandonado su país hacía casi un año.
Viene ahora a propósito referir la naturaleza de la relación entre los dos klíraítas,
Toral y Valaz, cuyo enfrentamiento violento había logrado evitar Tivo durante las
últimas horas de su cautiverio. Los dos habían mantenido tácitamente el mismo
acuerdo después de que el éxito de su fuga les forzó inevitablemente a convivir.
Aunque no se hablaban, o tal vez precisamente por ello, no habían llegado a surgir
disputas entre ellos. Pero cada uno desconfiaba del otro, y ambos se negaron a quedar
a merced de su rival durante el descanso nocturno. El resultado de esto fue que Tivo y
Elavel, de quienes los klíraítas no tenían motivos para sospechar malas intenciones,
siguieron realizando en solitario sus turnos de vigilancia, mientras que sus dos
compañeros compartían en silencio una guardia algo más prolongada. El número de
turnos quedaba, por tanto, reducido a tres, pero como el rey y la muchacha se habían
acostumbrado a este estado de cosas durante su largo viaje con Larsín, no
encontraron demasiadas dificultades para soportarlo.
La víspera del día en que planeaban alcanzar el escondite de que hablaba Toral,
mientras Elavel estaba de guardia, Valaz se incorporó de pronto y, acercándose a ella,
le dijo en voz muy baja para no despertar a sus compañeros:
—¿Por qué repartir un tesoro entre cuatro, si podemos disfrutarlo nosotros dos
solos? Ven conmigo y te guiaré al escondite. Sé muy bien dónde está.
Elavel le miró con una mezcla de confusión y desprecio. ¿Qué se proponía este
individuo?
—¿Estás loco? ¿Crees que voy a abandonar la guardia?
—¿Por qué no? ¿Qué puede importarte lo que les ocurra a estos dos? A Toral
apenas le conoces. En cuanto al otro, el que venía contigo, no se le oye hablar de otra
cosa que de su prometida y su deseo de regresar con ella para curarla de su
enfermedad. No le importas nada. Si me acompañas, te prometo que te trataré bien.
Elavel enrojeció violentamente de indignación e intentó responderle como se

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merecía, pero durante unos momentos no supo hallar palabras adecuadas para ello.
De pronto, Valaz pareció perder la paciencia. Avanzando hacia Elavel, la cogió
del brazo y la empujó hacia los caballos.
Afortunadamente para él, pisó una rama seca que se partió con resonante estrépito
y Tivo despertó y se dio cuenta de que sucedía algo raro. De no haberse producido la
intervención del rey, no cabe duda de que el klíraíta habría perdido la vida a manos de
su víctima, pues Elavel había logrado echar mano al cuchillo que llevaba entre las
ropas y no hubiera dudado en defenderse con él. Lo que ocurrió, en cambio, fue que
una pesada mano cayó sobre el hombro de Valaz, al tiempo que sentía la punta de un
acero contra la espalda y oía la voz de Tivo que le decía:
—¿Qué pasa aquí? ¿A dónde crees que vas?
Elavel explicó al rey lo que había sucedido y Tivo sintió tentaciones de terminar
allí mismo con la vida del miserable. Pero ahora la muchacha, viéndole inerme,
intercedió en su favor. El intento de Valaz no tuvo para él peores consecuencias, por
el momento, que las de verse obligado a pasar el resto de la noche atado, pues
ninguno de los presentes sentía ya la más mínima confianza en él. Toral, que había
despertado con el ruido de la disputa, no se extrañó nada de lo sucedido y declaró que
no era otra cosa que lo que él habría esperado de Valaz.
—Ya te avisé que es peor que una víbora —dijo a Tivo.
Al día siguiente tardaron poco en llegar al escondite. Una vez allí, Toral recuperó
una pequeña colección de piedras preciosas de bastante valor, resultado de sus
actividades comerciales durante ese año, que separó en dos partes iguales. Cuando
hubo terminado, extrajo de su cinturón un cuchillo de afilada hoja y se dirigió hacia
Valaz, que aun continuaba atado. El miserable, creyendo que se proponía matarlo,
empezó a pedir ayuda a voces a Elavel y Tivo. Toral, sin embargo, sólo deseaba
cortar sus ligaduras y dejarlo libre. Después de hacerlo, le dijo estas palabras:
—Toma la parte que te corresponde del producto de nuestros viajes y márchate
inmediatamente. Nunca más volveré a hacer tratos contigo.
—En cuanto a mí —añadió Tivo—, si vuelvo a verte ante mi presencia no tendré
compasión de ti. Es mejor que te vayas ahora, antes de que cambiemos de opinión y
te hagamos pagar lo que mereces.
Valaz se apresuró a apoderarse de las piedras preciosas que le pertenecían, dirigió
a Elavel una mirada de odio, montó su caballo y se alejó presurosamente del lugar en
dirección noroeste. Pronto se perdió de vista.
—Espero que sea la última vez que le veo —comentó Tivo, mientras los tres
viajeros se disponían a seguir, con más lentitud, el camino que había tomado Valaz.
No ocurrió ningún otro incidente digno de mención durante esta etapa del viaje.
Al principio, el camino bordeó el curso de otro río bastante caudaloso. Cuatro días
después de lo relatado, Tivo y Elavel percibieron que el aspecto del paisaje sufría un
cambio. El suelo llano de la meseta cedía el paso a un terreno muy plegado, que
formaba largas cadenas de colinas bajas entre las que sobresalía, a lo lejos, algún

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picacho no muy alto. Al mismo tiempo era posible ver que la elevación del suelo
descendía gradualmente a través de la región de las colinas, aunque la extensión
ocupada por éstas era tan amplia que no se habría visto su fin aunque hubieran podido
ascender a un punto de vista más ventajoso. Al llegar al pie de la primera línea de
lomas, Toral detuvo su caballo, se volvió hacia sus amigos y dijo:
—Aquí comienza la última etapa de nuestro viaje. Éste es el país de Klír.

[Link] - Página 64
11

LA BOLA DE DUVA

E
¡ staban en Klír! Tivo y Elavel habían llegado por fin al, para ellos,
fabuloso país situado al otro extremo del continente. Ya sólo les faltaba
localizar la pieza del rompecabezas, apoderarse de ella, escapar sin ser
capturados por sus actuales propietarios y desandar todo el camino
recorrido. Difícilmente podían aceptar lo que decía Toral: que se hallaban
en la última etapa de su viaje.
La cuestión que Tivo deseaba ahora resolver con urgencia consistía en descubrir
hasta qué punto podía contar con la ayuda de Toral para lo que se disponía a intentar.
Es cierto que el klíraíta les había guiado hasta su país, pero quizá no le hacía muy
feliz la idea de que estos dos extranjeros deseasen llevarse uno de los objetos más
valiosos del reino. Decidió interrogarle al respecto. Toral, sin embargo, procuró
tranquilizarle.
—No te preocupes —dijo—. He resuelto ayudaros, por dos motivos. En primer
lugar, debo la vida a Elavel, que me salvó de perecer en la hoguera. Por otra parte, no
creas que me desagradaría que tuvierais éxito. No es fácil explicar hasta qué punto la
Bola de Duva ha llegado a ejercer sobre muchos de mis compatriotas una influencia
que considero malsana.
—¿Qué clase de influencia? —preguntó Elavel.
—Lo verás cuando estemos ante ella.
Toral explicó a sus amigos que el objeto que buscaban se guardaba celosamente
en la capital del país, la ciudad de Klír, para llegar a la cual tendrían que atravesar de
parte a parte la región de las colinas, y aun entonces les quedarían unas diez jornadas
para alcanzar la meta.
En el primer descanso nocturno, mientras cenaban alrededor de una hoguera, Tivo
expresó su curiosidad por la enemistad profunda que existía entre Toral y su ex-
compañero, Valaz. Hasta ahora, debido a la presencia de éste, no se había atrevido a
preguntar nada. Pero, puesto que Valaz se había marchado, no dudó en requerir de
Toral más información sobre el tema. El klíraíta no se mostró remiso a relatarles la
historia de sus desventuras y dijo así:
—Habéis de saber que, desde hace muchos años, me dedico a la profesión de
comerciante en piedras preciosas, que fue también la de mi padre y mi abuelo. A lo
largo de mi vida he realizado numerosos viajes que me han llevado a países lejanos y

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desconocidos. He cruzado desiertos y estepas. He visto las montañas de fuego del
país de los montes Pictos. He visitado la región misteriosa que rodea el lago Negro,
donde confluyen cuatro mundos diferentes. He penetrado en el bosque del Triángulo
y he visto de lejos el Gran Bosque, donde pocos de los que entran vuelven a salir. He
cruzado ríos sin fin. He estado en las playas y acantilados del mar de la Cinta, al sur,
y del mar Boreal, al norte. He visitado incluso —aquí esbozó una leve sonrisa— el
país de Tiva —el rey y Elavel le miraron alarmados—. Pero no temáis. Sé reconocer
la necesidad de viajar de incógnito cuando se presenta, y mis amigos pueden confiar
en mi discreción.
«Generalmente no viajo solo. Es costumbre entre los miembros de mi gremio unir
fuerzas con otro colega y emprender los viajes en pareja. De esta forma, los peligros
y aventuras que inevitablemente acaecen son más fáciles de vencer. Aun así es
frecuente que los miembros de una expedición no regresen nunca o que sólo uno de
los dos vuelva con vida».
—Es un oficio muy peligroso el vuestro —comentó Tivo.
—Pero muy lucrativo, por regla general. El precio que obtenemos a cambio de las
piedras preciosas es compensación más que suficiente para las penalidades que
sufrimos por conseguirlas. Es ley establecida que los socios de estos viajes repartan
los beneficios obtenidos en lotes de igual valor.
»Durante algunos años —continuó Toral— tuve la suerte de servir de socio a un
hombre excelente, muy experimentado y de un valor a toda prueba.
Desgraciadamente, poco antes de partir en mi última expedición, mi compañero fue
víctima de un accidente violento que, aunque no terminó con su vida, le obligó a
abandonar todos sus proyectos de viaje durante algún tiempo, por lo que tuve que
apresurarme a buscar otro socio, si no quería marchar solo o perder toda la
temporada, es decir, el trabajo de un año. Para entonces casi todas las parejas estaban
ya constituidas, por lo que hube de contentarme con Valaz, a quien solíamos evitar
por su carácter huraño y pendenciero y por cierta fama de mala suerte que se suponía
recae sobre los socios de este hombre. En efecto, durante los cinco años anteriores
había regresado sólo en tres ocasiones, hablando de accidentes mortales que habían
sobrevenido a sus respectivos compañeros.
»Partimos al fin al comienzo de la primavera pasada y durante algunos meses no
tuvimos mucha suerte, adquiriendo sólo la colección de piedras que visteis hace unos
días, que dista de justificar los esfuerzos de un año entero. Por ello, cuando el verano
estaba ya muy avanzado, decidimos intentar algo más arriesgado y tratar de obtener
un premio mejor. Dejando ocultos nuestros beneficios en un escondite que yo
conocía, próximo a nuestro país, emprendimos viaje hacia el oeste. Cerca de Tiva, en
la región donde la estepa linda con los montes Latios, existe un importante
yacimiento de piedras preciosas, explotado por una tribu de nómadas que hacen muy
poco honor a su nombre, pues en la práctica son casi sedentarios, y con los que es
posible alcanzar acuerdos comerciales ventajosos, pues no son tan hostiles hacia los

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extranjeros como otros hombres de su raza. Hacia allí nos dirigimos, por
consiguiente, para ver de obtener algo que nos compensara de los esfuerzos
realizados.
»No encontramos dificultades en el viaje de ida y alcanzamos el éxito deseado,
pues los nómadas nos cedieron una buena cantidad de piedras a cambio de esos
objetos propios de la civilización, que para nosotros son de uso ordinario, pero que
estas gentes bárbaras desean ardientemente poseer, y de los que llevamos siempre, en
nuestras expediciones, abundante provisión.
»Durante las primeras semanas del regreso a través de la estepa no sucedió nada
especial, pero una noche de luna llena, mientras Valaz estaba de guardia y yo dormía,
distinguió a bastante distancia las siluetas de varios jinetes en los que reconoció una
partida de nómadas hostiles. ¿Qué creéis que hizo entonces?
—Cuéntanoslo —rogó Elavel.
—Tomó apresuradamente su caballo, se apoderó de una parte de las provisiones y
de todas las piedras preciosas y emprendió la huida, sin avisarme y sin siquiera
apagar la hoguera. Era inevitable que los hombres de la estepa observaran el brillo de
ésta y me encontraran allí, inerme y sumido en un profundo sueño. Valaz pensaba, sin
duda, que me matarían en el acto y él quedaría dueño absoluto del tesoro y podría
regresar a Klír con una historia más de la mala suerte de su compañero. Pero no se
salió con la suya, pues no perdí la vida, ya que los nómadas me reservaron para su
sacrificio anual. Además, su gozo fue de corta duración, pues cayó en manos de otro
grupo perteneciente al mismo campamento, perdiendo así todo lo que tenía, sin
excluir las piedras que debían compensarnos los esfuerzos de un año de trabajo y que
él se había apropiado contra todo derecho.
«Comprenderéis ahora por qué le recibí como lo hice, cuál era la causa de mi
desconfianza hacia él y de dónde provenían los avisos que os dirigí. Sospecho que
muchos de los accidentes que acabaron con sus anteriores compañeros fueron, si no
provocados por él (pues no le concedo el valor suficiente para ello), sí al menos
aprovechados o agravados intencionadamente para suscitar su muerte. Ciertamente
estuvo a punto de conseguirlo en mi caso, y ya habéis visto cómo en el último
momento trató de adelantarse al escondite, a pesar de lo exiguo del tesoro que allí
había y del peligro de ser descubierto».
—¿Qué harás cuando llegues a la capital, si te encuentras de nuevo con él? —
preguntó Tivo.
—Tengo la intención de dar cuenta de todo esto en la reunión anual del gremio.
Supongo que será expulsado de la profesión, lo que significa que nadie querrá formar
sociedad con él y quizá consigamos que los talladores de piedras preciosas se nieguen
a adquirir lo que trate de venderles. De todas formas, no morirá de hambre. Debe de
haber amasado una buena fortuna con las ganancias de años anteriores, y siempre
podrá encontrar compradores en el país de Tacta, donde nadie le conoce.
Probablemente se trasladará allí y comenzará de nuevo. Es más de lo que merece.

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La tarde del cuarto día después de esta conversación, los tres viajeros seguían aún
avanzando trabajosamente a través de la tierra de colinas. Esa mañana, su camino les
había hecho pasar entre dos picos algo más elevados, que destacaban en aquel terreno
tan desigual y que habían podido distinguir a lo lejos desde que pusieron pie en el
país de Klír. El río cuyo curso discurría más o menos paralelamente a su ruta desde el
escondite del tesoro quedaba ya atrás, pues sus fuentes surgían de la tierra en la base
del peñasco que habían dejado a su izquierda poco antes.
De pronto, el klíraíta detuvo su caballo e hizo seña a sus amigos de que se
acercaran. Cuando los tres estuvieron juntos en la cumbre del pequeño cerro cuya
ladera acababan de ascender, Toral les señaló algo que se podía distinguir vagamente
al pie de una colina próxima. Al principio no pudieron percibir con claridad la
naturaleza de la desigualdad del terreno hacia la que se dirigían: tan sólo divisaron
una mancha oscura e informe que no destacaba mucho entre el follaje que la rodeaba.
Después se dieron cuenta de que aquel paraje parecía estar cortado por numerosas
grietas, como si hubiera sido destrozado por obra de un ejército de gigantes, o como
si la Tierra entera se hubiera convulsionado bajo los efectos de un enorme terremoto.
Comenzaron el descenso. Pronto advirtieron que el único camino practicable era
muy estrecho y serpenteaba entre las hendiduras y precipicios haciendo peligrosa la
marcha y provocando el nerviosismo de las monturas y sus jinetes. Sólo Toral parecía
tranquilo. Pero lo peor estaba aún por llegar.
A pesar de las vueltas y revueltas del sendero, Tivo y Elavel no tardaron en darse
cuenta de que se estaban aproximando a la gran desigualdad que les había señalado
su compañero. Pronto pudieron comprobar que se trataba de una hondonada o pozo
de dimensiones gigantescas. Al fin, vieron que el camino avanzaba directamente
hacia el abismo y lo contorneaba, convirtiéndose en una cornisa de no más de tres o
cuatro pasos de ancho que por un lado estaba limitada por una pared rocosa casi
vertical, más alta que cinco hombres, y por el otro se perdía bruscamente, sin
protección alguna, en el borde de la fosa.
Al llegar a este punto, Tivo experimentó una intolerable sensación de angustia al
percibir que el precipicio hacia el que se dirigían era mucho más ancho y profundo de
lo que en un principio había supuesto. De pronto, los caballos, que parecían compartir
sus sentimientos, se negaron a seguir adelante. Toral desmontó, tapó los ojos de su
montura con un pañuelo e indicó a sus amigos que lo imitaran. Antes de reanudar la
marcha, Tivo y Elavel se acercaron al borde del abismo y contemplaron una escena
increíble.
La tierra, cortada a pico, desaparecía ante sus pies sin dejar rastro. La anchura del
pozo era de unos doscientos pasos. Era casi circular, aunque su curva distaba de ser
perfecta: entrantes y salientes irregulares interrumpían a cada paso su perímetro. Pero
lo más impresionante del precipicio era la altura: a pesar de todos sus esfuerzos les
fue imposible distinguir su fin. Las paredes, perfectamente verticales, descendían
hasta perderse de vista en una oscuridad impenetrable sin que el ojo pudiera

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distinguir señal alguna del fondo.
—¡Escuchad! —exclamó Toral, y cogiendo una piedra la arrojó al vacío. Durante
largo rato la vieron descender, por fin la perdieron de vista. Pero aunque aguardaron
mucho tiempo en silencio absoluto, no llegó hasta sus oídos sonido alguno.
—¿Cuál es la profundidad de este abismo? —preguntó Tivo.
—En Klír se afirma que no tiene fondo —respondió Toral.
—¡Sólo Kial podría ayudar al desgraciado que cayera ahí! —exclamó Elavel.
Toral dirigió a la muchacha una mirada de extrañeza y dijo:
—¿Qué sabes de Kial?
—Es amigo nuestro —respondió la joven—. Nos ha ayudado una vez durante
este viaje y prometió volver a hacerlo antes de su fin.
—Su nombre no os abrirá puertas en Klír —repuso Toral—. Ha estado aquí
alguna vez y dejó muchos enemigos. Algunos le consideran una personificación de
las fuerzas del mal, una especie de demonio.
—¿Tú que opinas? —preguntó Tivo.
—Ya te dije, en otra ocasión, que las cuestiones sobrenaturales no me interesan.
Kial no me ha perjudicado nunca, por lo que me considero neutral hacia él. De todas
formas, es justo que os avise de las consecuencias que puede tener para vosotros
declararos abiertamente en su favor mientras estéis en mi país.
—Yo no pienso negar su amistad. ¡Sería indigno! —exclamó Elavel.
—No es eso lo que te sugiero. Absténte, simplemente, de mencionarlo.
Prosiguieron la marcha con gran cuidado, conduciendo por la brida a los caballos
a lo largo de la peligrosa cornisa. El camino que hubieron de recorrer de esta forma
no era muy prolongado: unos trescientos pasos, todo lo más. Pero emplearon casi
media hora en atravesarlo de parte a parte. Cuando al fin pusieron pie de nuevo en
terreno firme, todos ellos, sin excluir a Toral, emitieron un fuerte suspiro de alivio. La
tensión nerviosa que acababan de sufrir había sido muy grande.
Ésta fue la última dificultad que encontraron en esta etapa de su viaje. Poco
después de dejar atrás el abismo sin fondo, terminó bruscamente la región de las
colinas. La última ladera les llevó hasta una llanura muy extensa, que se perdía de
vista en el horizonte del oeste y que estaba cruzada por un ancho río. Al verlo, Toral
dijo a sus compañeros:
—Éste es el río Gilo, que antes de llegar al mar une sus aguas con las del Levi. En
la confluencia de ambos se encuentra la ciudad de Klír.
Aun hubieron de seguir adelante durante diez largos días, pero la cercanía de la
meta de su viaje y la seguridad que Toral les proporcionó de que lo peor ya había
pasado y que la marcha no presentaría nuevos contratiempos, les dieron ánimos. A
veces Tivo rompía a cantar, murmurando con voz queda alguna tonada de su país.
Sólo el recuerdo de Larsín le entristecía de cuando en cuando.
Por fin, un día, a la caída de la tarde, divisaron a lo lejos la cinta plateada de otro
río que confluía con el que venían siguiendo al otro lado de un montículo. Los

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últimos rayos del sol poniente se reflejaban sobre la cumbre de éste en mil y una
cúpulas y minaretes dorados, rojos y azules, alrededor de los cuales se extendían, por
las laderas del cerro y en las cercanías de sus faldas, numerosos tejados de color rojo
ladrillo y negro pizarra. Ante sus ojos veían, por primera vez, la ciudad de Klír,
donde esperaban encontrar la respuesta a todas sus preocupaciones, el objetivo de su
viaje y el medio de devolver la salud a Aguamarina. Habían transcurrido setenta y
dos días desde su partida de Itin.
El día estaba ya muy avanzado y pernoctaron por última vez al aire libre, pero tan
pronto despuntó el alba reanudaron la marcha. Era temprano aún cuando llegaron al
puente que atravesaba el río Gilo al pie del cerro sobre el que se alzaba la ciudad y en
las afueras de ésta. Una vez sobre el puente se encontraron en medio de un tráfico
animado. Unos viandantes se dirigían, como ellos, a la ciudad, llevando mercancías
en carros tirados por bueyes. Otros procedían de Klír y marchaban a los campos
próximos a realizar sus tareas cotidianas.
Toral les guió a través de un laberinto de callejuelas en las que Elavel y Tivo se
habrían perdido irremisiblemente sin su ayuda. El rey interrogó a su amigo respecto a
la facilidad con que habían podido entrar en la ciudad, que no estaba amurallada y en
cuyos accesos no parecía haber un cuerpo de guardia digno de tal nombre.
—No sucede lo mismo en Ecto o en Cti, ciudades fronterizas del país —explicó el
klíraíta—. Pero la capital se encuentra a una distancia considerable de la estepa y del
reino de Tacta, nuestros vecinos más peligrosos. Además, los caminos que llevan
hasta aquí no son fáciles de recorrer para un ejército numeroso. La región de las
colinas nos proporciona una protección considerable.
—A pesar de todo, supongo que alguna vez habréis sido atacados —insistió Tivo.
—Ciertamente, pero siempre sin éxito. Esta ciudad no ha caído jamás en manos
del enemigo. Es más: nos enorgullecemos de no haberle permitido acercarse a menos
de tres días de marcha. Por esta razón, como veis, la vigilancia está relajada y no
tenemos excesivo temor a los extraños.
—Espero que esto nos favorezca —murmuró el rey.
Poco después, Toral hizo alto ante una casa de aspecto sencillo y bien cuidado,
que se encontraba en una calle no demasiado estrecha que ascendía en pendiente
bastante pronunciada, lo que les indicó que estaban en las faldas del cerro de Klír. El
barrio tenía un aspecto algo más elegante que las zonas próximas a la entrada de la
ciudad. Seguramente vivían aquí mercaderes y artesanos relativamente desahogados.
A juzgar por el aspecto de la ciudad, vista de lejos, las secciones más ricas se
encontraban en la parte alta de la capital.
—Aquí vivo yo —dijo Toral—. ¡Pasad!
Desmontaron, entregaron los caballos a un sirviente y entraron en la casa. Ésta,
amueblada con gusto, estaba atendida por una fiel criada, que lanzó gritos de alegría
al ver a su amo y recibió con deferencia a sus invitados. Toral les había advertido que
no pronunciaran palabra sobre su misión en presencia de nadie que no fuera él

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mismo. Tivo y Elavel se vieron, por tanto, obligados a guardar silencio durante
bastantes horas, pues la noticia del regreso del dueño de la casa se extendió
rápidamente, recibiéndose numerosas visitas de amigos, parientes y colegas que
deseaban conocer noticias de los países que había visitado o, simplemente, volver a
verle después de su larga ausencia. Toral presentó a sus compañeros de viaje como
comerciantes de lejanas tierras. Nadie demostró demasiado interés en ellos,
limitándose a hacerles algunas preguntas corteses sobre la distancia a la que se
encontraba su país y los principales productos del mismo.
Toral mostró gran impaciencia por obtener noticias de Valaz, que sin duda había
llegado a Klír antes que ellos, pero nadie pudo darle razón de él. Su ex-compañero
parecía haberse esfumado totalmente.
—No se habría perdido nada si hubiese caído al abismo sin fondo —dijo. Elavel
se horrorizó. A pesar de lo ocurrido, no deseaba la muerte de Valaz.
Caía la noche cuando al fin quedaron a solas y Toral hizo seña a sus amigos de
que lo siguieran. En esta zona las calles eran más rectas y les condujeron con rapidez
al punto donde Toral quería llevarles: la cumbre, que era plana y había sido
convertida en una inmensa plaza. Un lado de ésta estaba totalmente ocupado por un
edificio gigantesco, impresionante por su magnificencia y riqueza.
—El palacio del rey —indicó su compañero. Tivo no pudo evitar compararlo con
el suyo, mucho más modesto. Pero no sintió deseos de cambiarse por el monarca de
Klír.
En el centro de la plaza se alzaba un monumento de piedra que representaba una
elevada montaña sobre la que se posaba un águila majestuosa, de oro macizo,
símbolo de la monarquía de Klír. Al otro extremo de la explanada se elevaba una
torre altísima y muy estrecha, adosada a una construcción relativamente pequeña,
pero muy ornada. Una doble fila de personas entraba y salía por sus recargadas
puertas. Toral les indicó que ocuparan su lugar en la hilera.
A su debido tiempo penetraron en el edificio, que estaba profusamente iluminado
por hachones y velas. El interior era una gran sala, sin divisiones de ninguna especie.
Aparte de la entrada principal, que daba a la calle, sólo se veía una puerta en la pared
de la izquierda, que sin duda comunicaba con la torre. No había ninguna otra abertura
en los muros, ni siquiera ventanas. En el centro del recinto se alzaba una tarima
elevada y, sobre ella, una urna de cristal que contenía un objeto redondo, flanqueada
por dos soldados. La fila de visitantes daba vuelta a la tarima y volvía a salir al
exterior. Al pasar ante la urna, casi todos ellos se inclinaban y hacían gestos del
mayor respeto e incluso, hubiera dicho Tivo, de adoración. Toral señaló el objeto
contenido en la urna y dijo:
—Ahí tenéis la Bola de Duva.

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12

EL SACRIFICIO

T
ivo observó atentamente aquella esfera oscura que había pertenecido a sus
antepasados, uno de los siete pedazos en que se rompió el objeto misterioso
puesto bajo el cuidado del primer rey de Tiva, en cuya busca había
atravesado el mundo conocido y que, a primera vista, no parecía justificar
el esfuerzo realizado y la sangre que ya se había vertido por él. Era
pequeño, del tamaño de un puño, y parecía estar construido con un material negro y
liso que no supo identificar.
De pronto se dio cuenta de algo extraño en la actitud de uno de los soldados que
vigilaban la Bola de Duva. A pesar de que había al menos doscientas personas en el
interior del recinto, este hombre parecía mostrar mucho interés por él y su
compañera. Sus ojos no se despegaban de ellos, les seguía mientras recorrían
lentamente la sala al ritmo de la hilera de visitantes. ¿Por qué se fijaba en ellos así?
¿Los reconocería como extranjeros? Era extraño, pues Toral les había proporcionado
vestidos a la usanza de Klír, para que no destacaran demasiado. Aquel soldado no
podía conocer de vista a toda la población de la ciudad, que su amigo calculaba en
cien mil habitantes. Además, éste era un lugar de culto, que visitarían numerosos
peregrinos procedentes de todo el país. ¿A qué, entonces, se debía su interés?
Salieron nuevamente al exterior y emprendieron el regreso a la casa de Toral.
Tivo comunicó a éste su preocupación por la conducta del centinela, pero su
compañero no había advertido nada anormal. Elavel, por su parte, estaba indignada
por el comportamiento de los klíraítas con respecto a la Bola de Duva: la adoración
de que la hacían objeto sólo debía ser destinada al Señor de la Luz. ¡Aquello era
idolatría! A Toral también le desagradaba que su pueblo se dejara influir por un culto
fetichista que, además, era aprovechado por la clase gobernante para doblegarlo bajo
una carga abusiva de impuestos y contribuciones. Por otra parte, se mostraba
escéptico respecto a las supuestas propiedades mágicas y curativas del objeto.
Reconocía, sin embargo, que no tenía razonamientos válidos a favor o en contra de
esto último. En Klír no se utilizaba nunca para estos fines, pues no se le permitía a
nadie tocarlo y estaba siempre encerrado en la urna de cristal donde lo habían visto.
Ya tranquilos en casa de su amigo, los tres discutieron hasta muy avanzada la
noche sobre lo que podían hacer para obtener la posesión de la pieza del
rompecabezas. Tivo sugirió presentarse al rey y pedírsela abiertamente, ya que al fin

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y al cabo le pertenecía, pues se trataba de la herencia de los reyes de Tiva. Toral, que
había adivinado hacía tiempo la identidad de su compañero, le disuadió de este
propósito. El monarca de Klír era orgulloso y terco y jamás se avendría
voluntariamente a desprenderse de un objeto que le resultaba tan útil. Reconoció, sin
embargo, que no se le ocurría ningún plan mejor para apoderarse de la Bola de Duva
sin correr peligro.
A preguntas de Tivo, el klíraíta explicó que el templo donde se exponía la pieza
del rompecabezas a la admiración del público estaba siempre vigilado y sólo se
abrían sus puertas a la caída de la tarde. En otros momentos las llaves se guardaban
celosamente en el palacio real. No había otra forma de penetrar en el recinto, pues no
tenía ventanas y los portones eran muy resistentes. Escalar la torre para acceder al
templo desde la terraza era imposible, dada su altura y lo pulido de sus paredes. El
problema parecía no tener solución.
Por fin decidieron aplazar la decisión. Al día siguiente volverían a visitar el
templo para observar más atentamente el lugar. Tal vez descubrieran algo que les
hubiera pasado desapercibido e incluso pudiera ser que se presentara una oportunidad
de conseguir lo que deseaban. Tivo estaba casi dispuesto a intentarlo en presencia de
todo el mundo, apoyándose en la sorpresa para apoderarse del objeto y escapar antes
de que nadie lograra reaccionar. De todas formas, Toral le hizo prometer que no haría
nada sin estar razonablemente seguro del éxito. Para prever cualquier eventualidad,
decidieron tener preparados tres caballos, así como pellejos de agua y una provisión
suficiente de alimentos, por si era preciso abandonar precipitadamente la ciudad.
El día siguiente se les hizo muy largo, tanto más cuanto que no esperaban
conseguir nada de forma inmediata, aquella misma noche. Tampoco se atrevían a
pedir información sobre la Bola de Duva, por temor a que alguien sospechara y
adivinara su propósito.
El sol se puso. El tiempo, que había amanecido nublado, fue empeorando a lo
largo del día hasta el punto de que, cuando los tres conspiradores salieron de la casa,
amenazaba inminentemente una tormenta. Las calles estaban tan oscuras que no
vieron una sombra que surgía de pronto de una travesía próxima a la casa de Toral y
que les seguía.
Llegaron al templo y ocuparon su lugar en la fila de visitantes. Avanzaron
lentamente, penetraron en el interior y se acercaron por segunda vez a la tarima donde
estaba la urna, flanqueada por dos centinelas. Ninguno de ellos era el soldado que el
día anterior se había fijado en Tivo y Elavel, como si sospechara algo.
Estaban ya en el centro del recinto, junto a su objetivo. Era el momento de tomar
la decisión de actuar ahora o dejarlo para otra ocasión mejor.
De pronto se oyó ruido de pasos acompasados. En la entrada del templo apareció
un grupo de soldados dirigidos por un civil. Era Valaz. Junto a él estaba el guardián
del día anterior, que evidentemente les había delatado. Señalando hacia Tivo y sus
amigos, Valaz exclamó:

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—¡Detenedlos! ¡Quieren destruir la Bola de Duva!
Toral reaccionó inmediatamente.
—¡A la torre! —gritó a sus compañeros y corrió hacia la puertecilla, seguido de
cerca por Tivo y Elavel, antes de que los guardianes de la urna pudieran evitarlo. Al
otro lado de la estrecha entrada comenzaba una escalera empinadísima, que los tres
fugitivos subieron con toda la velocidad que les permitían las piernas. Tras ellos oían
el ruido de la persecución.
Llegaron a la terraza. Se accedía a ella por una trampilla muy pesada que lograron
levantar, dejaron caer ante sus perseguidores y aseguraron con una barra de metal que
se introducía en dos anillas dispuestas al efecto. Por el momento se sintieron
relativamente seguros, aunque comprendían que sus enemigos no tardarían en buscar
medios más contundentes para penetrar en su refugio.
Poco a poco, los sitiadores se cansaron de dar golpes en la trampilla, aguardando
la llegada de refuerzos. De pronto se hizo el silencio debajo de ellos y se oyó un
terrible estrépito, al tiempo que toda la torre temblaba. Al tremendo golpe del ariete
sucedió otro, y otro más. La madera de la trampilla comenzó a resquebrajarse.
—¡Kial, ayúdanos! —exclamó Elavel, mientras corría al lado de sus compañeros
que, situados frente a la trampilla, se disponían a vender caras sus vidas.
Del cielo nublado, negro como la tinta, descendió una sombra oscura. Un
momento más tarde, el hombre-murciélago se posaba sobre la terraza, junto a ellos.
Mirándolos con infinita tristeza, habló así:
—He venido, como os predije, para ayudaros en el momento de vuestra mayor
necesidad.
Mientras esto decía, un último golpe violento hizo saltar en pedazos la tapa de la
abertura. Inmediatamente, varias cabezas aparecieron en el hueco, pero quedaron
inmóviles al ver a Kial. Éste avanzó hacia ellos. Sus enemigos retrocedieron.
Se hizo un silencio absoluto. Kial se acercó a la boca de la escalera y bajó a ésta.
Los klíraítas descendieron ante él. Todos ellos desaparecieron de la vista de los tres
amigos, que se habían quedado como clavados en tierra.
—Vamos tras él —dijo Toral, dando un codazo a Tivo, quien movió la cabeza
como si tratara de despejarse. Cogiendo el brazo de Elavel, condujo a la muchacha
tras de su compañero.
La escalera estaba desierta. Al pie de los escalones vieron que el templo había
sido abandonado hasta por los centinelas. Todos habían salido en silencio a la
explanada, retrocediendo ante el avance de Kial.
De un salto, Toral subió a la tarima, golpeó la urna de cristal con el pomo de la
espada y la rompió en mil pedazos. Guardando entre sus ropas la Bola de Duva, se
dirigió hacia la entrada del templo, seguido por sus compañeros.
En la plaza se había reunido una enorme multitud que se retiraba delante del
hombre-murciélago, que continuaba avanzando lentamente. Por fin, en el centro de la
explanada, Kial se detuvo, apoyando la espalda en el monumento y cruzando los

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brazos sobre el pecho.
Durante algunos momentos, que parecieron eternos a todos los presentes, todos
mantuvieron una inmovilidad absoluta. Kial contemplaba a los klíraítas y éstos le
miraban fijamente, como hipnotizados.
De pronto, como si se hubiera roto un hechizo, se deshizo el silencio. Una babel
de gritos y aullidos procedentes de los espectadores se elevó en un estruendo
repentino.
—¡Es el demonio Kial! ¡Matadlo! —repetían cientos de voces. Al mismo tiempo,
algunos de los circunstantes le atacaron con piedras y palos, que le arrojaron desde
una distancia prudencial. Por el momento, nadie se atrevía a acercarse a él. Kial no se
movió ni hizo ademán alguno.
Elavel dio un grito y se lanzó a la carrera hacia el centro de la plaza, pero Toral
fue más rápido. Alcanzándola en cuatro zancadas, la sujetó fuertemente mientras le
decía:
—¿Estás loca? ¿Qué puedes hacer tú por él? ¿Quieres que su sacrificio sea en
vano?
La muchacha luchó por liberarse de sus fuertes brazos. Por fin, reconociendo la
inutilidad de sus esfuerzos, se volvió como loca hacia el rey y exclamó:
—¡Tivo! ¡Si eres hombre, haz algo! ¡Defiéndele! ¡Lucha por él! ¡Muere por él!
Pero Tivo permaneció con la cabeza baja, mirando al suelo y con la espada
desnuda apenas sostenida por sus dedos fláccidos y desfallecidos.
—¡Cobarde! —gritó Elavel—. ¡Tienes miedo! —y no pudo decir más, pues los
sollozos ahogaron su voz.
Entretanto, en el centro de la plaza, la multitud había cobrado valor al darse
cuenta de que su enemigo no pensaba resistirles. Poco a poco fueron cerrando el
cerco y se atrevieron a golpearle con los puños. Algunos blandieron armas blancas.
Kial desapareció bajo el ataque de la turbamulta.
Un alarido de triunfo atravesó el aire. Mil personas lanzaron vítores saludando la
muerte de su temido adversario. Elavel dio un grito y quedó exánime entre los brazos
de Toral, que aun la sujetaba.
De pronto, un rayo hendió los cielos y cayó sobre el monumento central de la
plaza. La multitud, enloquecida y temiendo un ataque de fuerzas sobrenaturales, huyó
y se dispersó en todas direcciones. Poco después, la explanada quedaba desierta, a
excepción de los tres amigos. En el lugar de los hechos sólo se veía el cuerpo de Kial,
junto al que yacía el águila de oro, partida en tres pedazos.
Las nubes se abrieron por fin, como habían estado amenazando todo el día, y una
sábana de agua cubrió la ciudad. La visibilidad era casi nula.
—¡Aprisa! —exclamó Toral—. Recojamos su cuerpo y escapemos de aquí.
Entre Tivo y Toral transportaron el cadáver de Kial, que les pareció ligero como
una pluma. Elavel, entretanto, marchaba tras ellos, tambaleándose y no muy segura
de dónde ponía los pies. Al llegar ante la puerta de su casa, Toral hizo la señal

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convenida y pasaron directamente al establo, donde los caballos estaban dispuestos
para partir.
—Debéis marchar cuanto antes —dijo—. Pronto se descubrirá la desaparición de
la Bola de Duva y registrarán toda la ciudad.
—¿No vas a acompañarnos? —preguntó Tivo, sorprendido.
—No. Mi lugar está aquí. No temáis, no me ocurrirá nada. Tengo amigos
poderosos. Además, somos muchos los descontentos. Creo que no nos será difícil
organizar un levantamiento popular contra el monarca reinante, para poner en su
lugar a su sobrino, más digno, en mi opinión, de ocupar el trono. La destrucción del
emblema real, el monumento de la plaza, será interpretada por muchos como una
señal del cielo. Otro tanto sucederá cuando se den cuenta de que han perdido su
fetiche.
—Correrás muchos riesgos.
—No más que los necesarios, podéis estar seguros. En el fondo soy un hombre
prudente —dijo, riendo, Toral.
—En cualquier caso —intervino Elavel—, no nos marcharemos de aquí sin dar
adecuada sepultura al cuerpo de Kial. No podemos dejarlo así.
—¡Está bien! —exclamó el klíraíta—. Os acompañaré hasta un campo que poseo
donde no será difícil cavar una tumba. Yo también le estoy agradecido. Ha dado su
vida por la nuestra. —Se interrumpió, vaciló un poco y añadió—: He de reconocer
que era una persona extraordinaria, y que los que le creían un demonio se
equivocaron totalmente. Lo que ha hecho Kial es inaudito: dar la vida por personas a
las que apenas conocía. Uno llega a desear que hubiera algún lugar, más allá de este
mundo, donde las buenas acciones obtengan recompensa.
»Pero antes de partir —continuó— debo pagar una deuda. Vosotros salvasteis mi
vida cuando estaba prisionero de los nómadas. Ahora —dijo, con ademán solemne,
extrayendo de sus ropas la pieza del rompecabezas—, tengo el honor de devolver al
rey de Tiva el objeto que en legítima herencia le pertenece. Aquí tienes la Bola de
Duva, tu antepasado.
—Gracias —exclamó Tivo, tomándola. Volviéndose a Elavel, dijo—: Te confío
este remedio que salvará la vida y la salud de tu hermana Aguamarina. Nadie mejor
que tú podrá guardarlo hasta que regresemos a Tiva.
Toral proporcionó a la muchacha una bolsita, donde guardó la pieza del
rompecabezas y que colgó en su cuello. Después, con ayuda de un fiel servidor de
toda confianza, izaron el cuerpo de Kial a lomos de un caballo y partieron hacia el
campo que Toral había indicado, situado en las afueras de la ciudad. Iban bien
pertrechados de palas y otras herramientas que necesitarían para cavar la fosa.
Al salir de la casa miraron en todas direcciones, pero las calles estaban desiertas.
La lluvia no había amainado. Bajo el azote del agua y del vendaval emprendieron el
descenso de la colina de Klír. Apenas se habían perdido de vista detrás de una
esquina, cuando una sombra se separó de la oscuridad de un callejón próximo y

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siguió sus pasos.
No tardaron en llegar al campo que buscaban y comenzaron en seguida a trabajar,
mientras Elavel vigilaba. La sombra que les había perseguido se detuvo un momento
en la linde del terreno y, tras descubrir lo que hacían, dio media vuelta y corrió de
regreso a la ciudad.
Después de una hora de furioso cavar, quedó dispuesta la tumba, depositado en
ella el cuerpo de Kial y cubierto de tierra. Para evitar que se descubriera, esparcieron
la tierra sobrante por los alrededores. La intensa lluvia, que aun continuaba, borraría
rápidamente las huellas de su obra.
Toral y su criado les acompañaron hasta el puente sobre el río Gilo. Al entrar en
él se detuvieron. El klíraíta insistió en que sus amigos se llevaran los tres caballos
para transportar las provisiones. Agua no era probable que les faltara en bastante
tiempo, pues la primera parte de su viaje transcurriría siguiendo el curso de varios
ríos. Pensaban regresar a Tiva por la misma ruta que les había llevado hasta Klír.
—Cuidado con los nómadas —dijo, sonriendo, Toral.
—Lo tendremos. Has sido un buen amigo, Toral. Serás bien venido en Tiva
cuando quiera que allí vayas.
—Lo mismo os digo —repuso el klíraíta, algo emocionado.
Los dos viajeros hicieron volver grupas a sus monturas y emprendieron la marcha
a través del puente. Toral y su criado permanecieron viéndolos partir. Cuando la
lluvia y la noche les ocultaron, regresaron a su casa.
Unos momentos después, un jinete abandonó el lugar donde había permanecido
oculto y atravesó el puente en pos de Tivo y su compañera.

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13

EL ABISMO

T
ranscurrieron diez días, durante los cuales los viajeros avanzaron sin gran
dificultad y no encontraron ningún peligro. Tampoco se dejó ver en este
tiempo el perseguidor misterioso que había salido de Klír tras de sus pasos.
Al cabo se aproximaron al abismo sin fondo que tanto les impresionara
durante el viaje de ida. Ahora, al divisarlo a lo lejos, les pareció que había
perdido gran parte de su terror. La muerte de Kial había influido en ellos tan
profundamente que los horrores de la Tierra parecían desprovistos de su aguijón.
Por fin llegaron al comienzo de la estrecha cornisa que bordeaba la fosa. Elavel
emprendió la marcha, conduciendo su caballo de la brida. Tivo permaneció algunos
instantes mirando a las profundidades, lo que permitió a la muchacha adelantarse casi
hasta un tercio del camino. En aquel lugar había un saliente rocoso que desviaba la
cornisa y ocultaba de la vista de los viajeros lo que hubiera al otro lado.
De pronto, un grito de la joven atrajo la atención de Tivo. Valaz, que había estado
oculto tras del saliente, se precipitó sobre ella con el sable en la mano y el rostro
contraído en una expresión de odio indecible. Ignorando el peligro y abandonando los
dos caballos que llevaba, Tivo rompió a correr bordeando el abismo, pero estaba
demasiado lejos.
Era, en efecto, Valaz quien les había seguido desde que partieron de la capital,
furioso en su deseo de venganza. Calculando que el borde del abismo sería el punto
más adecuado para atacarles, donde encontrarían más dificultades para defenderse y
donde sería más fácil sorprenderles, la noche anterior se les había adelantado,
mientras los jóvenes descansaban. Desde entonces había aguardado impaciente,
oculto en este lugar, esperando que se le presentaría una ocasión favorable para
conseguir sus propósitos, lo que efectivamente había sucedido, cuando Elavel se
adelantó.
La joven pudo detener los primeros golpes con su acero, que apenas tuvo el
tiempo justo de desenvainar, pero la fuerza de Valaz era muy superior a la suya y el
resultado de la contienda no era dudoso. La furia del ataque pronto le hizo perder el
equilibrio. Al caer al suelo, muy cerca del precipicio, soltó la espada. Al mismo
tiempo, la pieza del rompecabezas mágico salió despedida de la bolsita que llevaba al
cuello y rodó lentamente hacia el abismo.
Tivo percibió todo esto mientras corría. Vio cómo Valaz levantaba el sable,

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dispuesto a asestar a Elavel un golpe mortal. Sin vacilar, con la espada desnuda, el
rey se olvidó de la Bola de Duva y acometió a Valaz. Su ataque fue tan terrible que el
arma del klíraíta se partió en dos pedazos. Viéndose perdido, Valaz se volvió para
huir, perdió pie y cayó al vacío. Tivo pudo oír sus alaridos durante largo rato,
mientras se despeñaba. Por fin, se hizo el silencio.
Se volvió hacia Elavel, que se había incorporado y exclamó entrecortadamente,
con el rostro demudado, mientras su mano buscaba en el interior de la bolsa que
colgaba de su cuello:
—¡El remedio! ¿Dónde está la Bola de Duva?
Tivo se acordó entonces de la pieza del rompecabezas. Frenético, la buscó por
todas partes, mas no pudo hallarla. Indudablemente había sufrido la misma suerte que
Valaz. Elavel, destrozada, le recriminó duramente.
—¿Por qué la dejaste caer? Yo habría dado la vida con gusto por la salud de mi
hermana. Ahora se ha perdido para siempre. ¡Quisiera estar muerta!
—No puedo creer que hables en serio —dijo una voz a su espalda. Los jóvenes
dieron un respingo de sorpresa. Elavel se levantó de un salto y Tivo se volvió con el
acero en guardia.
—¡Kial! —exclamó Elavel, corriendo hacia el que había hablado. Pero antes de
alcanzarle se detuvo y, vacilando, dijo:
—Pero ¡esto no puede ser! Tú estás muerto. Nosotros mismos te sepultamos.
—No soy un fantasma, Elavel. Puedes tocarme y te convencerás.
Dudosa, la muchacha avanzó, extendió una mano y le tocó el brazo. Entonces se
dejó caer al suelo y se abrazó a sus pies, exclamando:
—¡Kial! ¡Eres tú! ¡Estás vivo! Ahora creo que todo va a salir bien, pues estás otra
vez con nosotros.
Kial se volvió hacia el rey, que permanecía a cierta distancia, expresando en su
mirada una extraña mezcla de incredulidad, temor y alegría.
—¡Tivo, rey de Tiva! Acércate. Háblame de tu misión.
Muy despacio, como si sufriera una gran lucha interior, Tivo se aproximó.
Avergonzado, no se atrevía a levantar los ojos del suelo, pero cuando llegó junto a
Kial un impulso irresistible pareció atraerlos, obligándolo a mirarle cara a cara. La
expresión de su rostro no indicaba ira, sólo amor y un poco de tristeza. Aun así
precisó de todas sus fuerzas para hablar:
—He fracasado por completo, señor. En Klír te traicioné, abandonándote a tu
suerte. Y hace un instante he permitido que la pieza del rompecabezas cayera al
abismo.
—Muy distintas son las dos culpas de que te acusas. Respecto a la primera, ¿por
qué me abandonaste? ¿Temías poner en peligro el éxito de tu misión, la curación de
Aguamarina?
Por un momento, Tivo se sintió tentado a responder que sí. Pero,
sobreponiéndose, murmuró con gran esfuerzo:

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—No, señor. Temía sólo por mi vida.
—Has respondido bien. Me alegro de que no trates de engañarte a ti mismo. En
cuanto a la segunda acusación, ¿cómo se ha perdido la pieza del rompecabezas?
—Elavel estaba en peligro. Corrí en su defensa y dejé que la bola rodara hasta el
abismo.
—¿Lamentas haberlo hecho? ¿Preferirías haber obrado de otro modo?
—Creo que no, señor. En el fondo, me alegro de haber actuado así.
—¿Por qué?
—Porque de los dos males he elegido el menor. La muerte de Elavel habría sido
irreparable. Pero la pérdida de la pieza del rompecabezas no supone el fracaso total
de la misión. Significa, simplemente, que tendré que seguir buscando. Al fin y al
cabo existen otras seis.
—¿Sabes que te arriesgas a perder tu reino? Si tardas mucho en volver, el regente
nombrará rey a tu primo.
—Lo sé, señor. Pero si no vacilé en correr ese riesgo al comenzar esta aventura,
tampoco voy a hacerlo ahora.
—Dices bien. Pero no será necesario. Tu acción al salvar a Elavel y, sobre todo, la
forma en que has respondido a mis preguntas, son prueba suficiente.
—No comprendo. ¿Quieres decir que no es preciso buscar las otras piezas?
¿Acaso es posible recuperar la que ha caído al abismo sin fondo?
—Eso tampoco sería necesario, aunque fuera posible. Pero no lo es. La Bola de
Duva ha desaparecido para siempre, pero al mismo tiempo ha perdido su valor. Todo
su poder se ha transferido a ti. ¡Tivo, rey de Tiva! Tú eres ahora la primera pieza del
rompecabezas mágico.
—¿Quieres decir que yo puedo curar a Aguamarina?
—En tus manos está.
—Pero ¿cómo?
—Ya te lo he dicho. Cuando llegue el momento, sabrás lo que tienes que hacer.
Elavel, que había estado escuchando atentamente este diálogo, no pudo
contenerse y exclamó:
—Ya sabía yo que todo se arreglaría. ¡Alabado sea el Señor de la Luz! ¡Mi
hermana se curará!
—Hija mía —dijo Kial—, puedes estar satisfecha de tu papel en esta aventura.
Sin tu ayuda, sin el amor que profesas a Aguamarina, Tivo no habría triunfado. Pero
ya hemos hablado bastante. Es hora de que regreséis a casa.
»Lo primero que debéis hacer —continuó—, es dejar libres a los caballos. Ya no
los necesitaréis. No os preocupéis por ellos. Sabrán regresar a casa de Toral. Cuando
hayáis terminado, volved aquí.
—Toral se asustará cuando los vea llegar solos —dijo Tivo—. Creerá que nos ha
ocurrido algún percance. Tal vez emprenda viaje para ayudarnos.
—Escribe en esta corteza una nota para tranquilizarle y sujétala al arzón de uno

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de los caballos. Ya me ocuparé yo de que llegue a sus manos.
Así lo hicieron. En su mensaje, Tivo comunicaba a su amigo la noticia del trágico
fin de Valaz y la buena nueva de que Kial había vencido a la muerte y estaba otra vez
entre ellos, dispuesto a ayudarles. La punta de un cuchillo le sirvió de pluma.
«No me creerá —pensó Tivo, mientras escribía—. Pensará que hemos perdido el
juicio. Pero, a pesar de todo, debo decírselo».
Después de hacer lo que Kial había indicado, Tivo y Elavel regresaron junto a él,
quien dijo así:
—Es el momento de partir. Subid a mi espalda.
Se volvió y los muchachos vieron que de cada uno de sus hombros pendía una
correa a guisa de estribo. Kial les indicó que pusieran los pies sobre su base y se
agarraran con las manos a los tirantes. En cuanto estuvieron bien sujetos, el hombre-
murciélago extendió las alas y comenzó a volar.
Subieron muy alto. Desde donde estaban, Tivo y Elavel veían extenderse la Tierra
bajo sus pies. Volaban muy aprisa y las montañas, los campos sembrados, las
llanuras, bosques y desiertos se deslizaban bajo ellos con tal celeridad, que les dio la
sensación de estar inmóviles en el espacio y que era la Tierra misma la que se movía
en sentido opuesto.
Nunca supieron cuánto duró aquel viaje. Tal vez horas, tal vez días, quizá
semanas. De pronto vislumbraron una elevada cadena de montañas que se acercaba.
Parecía que volaban directamente hacia las cumbres nevadas, ¡iban a estrellarse! Pero
en el último instante comprendieron que no corrían el menor peligro, pues Kial sabía
lo que hacía. Se introdujo hábilmente entre los picos, mientras descendía y disminuía
la velocidad de su marcha. Pocos minutos después se posaba grácilmente sobre una
roca en el interior de un amplio valle encerrado entre dos ramales de la cordillera.
Kial dijo:
—Podéis bajar. Aquí nos encontramos por primera vez y aquí hemos de
separarnos. Desde este punto no os será difícil regresar a Tiva.
—¿Puedes decirnos, señor, qué ha sido de las otras seis piezas del rompecabezas?
—preguntó Tivo.
—Aun no ha llegado su hora. Pero algún día volverán a reunirse y todas juntas
formarán un nuevo objeto mágico, mucho más grande y mejor que el primero.
Entonces regresaré.
—Pero tú, ¿a dónde vas a ir? —se atrevió a preguntar Elavel.
—Yo he de marchar a mi casa, que está muy lejos de aquí. Pero no temáis. Mi
amor os acompañará siempre.
Dichas estas palabras, Kial desapareció. Asombrado, Tivo comenzó a mirar en
derredor y levantó los ojos al cielo pensando que quizás habría emprendido el vuelo.
Pero Elavel le dijo:
—No le busques, no lo encontrarás. Ha regresado a su casa, como nos dijo. —
Pero no había tristeza en sus palabras.

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No sucedió ningún incidente digno de mención durante el viaje de regreso a Tiva.
Después de descender el Valle Perdido hasta la catarata donde se originaba el río Itin
y seguirlo hasta su desaparición, penetraron en el desfiladero y tuvieron que
adentrarse en el Gran Bosque, aunque no por mucho tiempo: el ruido del río
subterráneo les guió por el camino más corto. La travesía del bosque duró solamente
un día y ninguna fiera les cortó el paso. Tan pronto como encontraron los ojos del río
Itin, donde éste surgía de nuevo a la superficie, siguieron su orilla izquierda y pocas
horas después abandonaron para siempre la selva tenebrosa. Estaban, por fin, en
tierras de Tiva.
Dos días más tarde entraban en Itin. La noticia de su regreso corrió por la ciudad
como reguero de pólvora. El príncipe salió a su encuentro ante las puertas del palacio
y, emocionado, abrazó a su hija menor. Luego se inclinó ante el rey y habló:
—Majestad, debo darte las gracias porque sé que la empresa que te alejó de Itin
tenía como objetivo la curación de mi hija Aguamarina. Sin embargo, debo también
expresar mi desaprobación por la forma furtiva en que escapaste de mi casa, que
considero una grave muestra de desconfianza hacia mí.
—Es inútil lamentar el pasado, príncipe de Itin —exclamó Tivo—. Hora es de
alegría, no de resentimiento. Aguamarina espera.
—¡Habéis descubierto el remedio! —exclamó el príncipe. Pero Tivo, sin
contestarle, entró en el palacio y se dirigió a las habitaciones de la princesa. Sólo
Elavel y su padre se atrevieron a seguirle.
El aspecto de Aguamarina era, si cabe, aún peor de lo que Tivo recordaba. Sin
vacilar un momento se acercó a ella y le impuso las manos en la frente. El efecto fue
inmediato. El tinte verdoso de su rostro desapareció, convirtiéndose simplemente en
una acentuada palidez. Sus párpados se movieron y sus ojos se abrieron. Movió los
labios con dificultad y habló:
—¿Eres tú, Tivo? He tenido unos sueños horribles.
Luego, el agotamiento provocado por su larga enfermedad se apoderó de ella.
Cerró los ojos y durmió profundamente. Era evidente que estaba curada y una buena
alimentación y abundante reposo harían maravillas.
Una semana después, Aguamarina pudo abandonar el lecho. Tivo permaneció aún
con ella durante un mes. Después se despidió del príncipe de Itin y de sus hijas y
emprendió el camino de regreso a la capital.
Toda la ciudad estaba engalanada cuando, quince días más tarde, el rey y su
séquito se aproximaron a las puertas de Tiva. Tan pronto como fueron avistados por
los vigías, cien trompetas proclamaron la noticia. Las puertas de la ciudad se abrieron
y un cortejo presidido por Taria, el regente, salió a su encuentro. Cuando llegó junto
al rey, Taria hincó la rodilla en tierra, le besó la mano y dijo:
—Señor, has demostrado ser más digno de llevar el cetro de Tiva que cualquiera
de tus antepasados. Lo que ellos perdieron, tú lo recobraste. Por consiguiente, en este
acto te hago entrega de todos tus poderes y renuncio a mi cargo de regente.

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Tivo se inclinó, le abrazó y le instó a que se levantara.
—Lo que he conseguido no lo he hecho solo, sino con ayuda de muchos y en
realidad no es mérito de ninguno. Yo no soy más que el primero de los reyes de la
nueva era y apenas he ayudado a recuperar la primera pieza del rompecabezas
mágico. Queda mucho por hacer. Pero el amor de Kial estará siempre con nosotros y
nuestros descendientes. Más pronto o más tarde, el éxito está asegurado. En cualquier
caso, no debes abandonar tu puesto a mi lado. Soy joven e inexperto y necesitaré tu
consejo.
Las dos comitivas hicieron entonces solemne entrada en la capital, entre los
vítores de los ciudadanos.
La coronación oficial de Tivo se demoró dos meses, hasta que Aguamarina se
encontrara en condiciones de emprender viaje. El propio príncipe de Itin la acompañó
a la capital, donde también habría de celebrarse la boda que la convertiría en reina del
país de Tiva.
Una vez finalizadas ambas ceremonias, tuvo lugar una solemne recepción en la
que todos los nobles prestaron vasallaje al rey y la reina. Cuando le tocó el turno a
Elavel, Tivo se levantó del trono, la abrazó y dijo:
—Recibe, hermana mía, toda la expresión de mi cariño y mi agradecimiento por
tu inestimable ayuda. Como el príncipe de Itin no tiene hijos varones, y aunque no es
costumbre en este reino que las mujeres ejerzan cargos de gobierno, en este acto te
nombro princesa de Itin, con derecho a la sucesión de tu padre.
Un aplauso general respondió a estas palabras. Aguamarina abrazó y felicitó a su
hermana. Ésta no sabía hacia dónde mirar. Comprendiendo que todos esperaban que
respondiera, dijo:
—No he tenido hasta ahora ocasión de agradecerte lo que hiciste por mí durante
la última etapa de nuestro viaje, rey Tivo. Ahora quiero que sepas que muchas de las
cosas que dije contra ti fueron efecto del excesivo acaloramiento. Estoy convencida
de que serás un excelente rey de Tiva y de que harás feliz a mi hermana Aguamarina.
—Sólo espero que tú seas tan feliz como yo lo he de ser —respondió el rey.
El reinado de Tivo XVI fue largo y beneficioso para el país. Dos años después de
la coronación, Tivo recibió un emisario del lejano reino de Klír, con un mensaje del
nuevo rey, ofreciéndole palabras de paz y amistad. Supo así que el plan de Toral
había tenido éxito e incluso tuvo noticias de aquél, que ahora ocupaba un cargo
importante en el gobierno de su país. Seguía siendo, al parecer, tan escéptico como
antes, aunque no permitía que nadie hablara mal de Kial en su presencia.
Cuando su padre murió, Elavel asumió el gobierno de la ciudad de Itin, contrajo
matrimonio con un noble caballero y tuvo muchos hijos. Durante largo tiempo no se
emprendió ningún otro intento de recuperar las restantes piezas del rompecabezas
mágico.

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MANUEL ALFONSECA (Madrid, 1946). Escritor y catedrático de universidad
español. Es hijo del pintor y escultor Manuel Alfonseca Santana.
Es doctor Ingeniero de Telecomunicación y licenciado en Informática. Trabajó
veintidós años en IBM (1972-1994), donde alcanzó el nivel de Asesor Técnico
Senior. Ha sido profesor de las Universidades Complutense, Politécnica y
(actualmente) Autónoma de Madrid, donde ha sido catedrático (actualmente profesor
honorario) y fue director de la Escuela Politécnica Superior (2001-2004). Ha
publicado unos doscientos artículos técnicos en castellano y en inglés y numerosos
artículos de divulgación científica como colaborador de La Vanguardia de Barcelona
y del blog de la Asociación Española de Comunicación Científica.
Ha colaborado con científicos de los centros de investigación de I.B.M. en
Winchester (U.K.), Yorktown Heights, Hawthorn, San Jose y Santa Teresa (U.S.A.), y
Tokyo (Japón).
Sus investigaciones han dado lugar a artículos publicados en revistas y libros
internacionales de prestigio, como I.B.M. Journal of Research and Development,
I.B.M. Systems Journal y revistas del A.C.M. y del IEEE. También ha publicado
cinco libros de texto, varios libros de divulgación científica y numerosos artículos de
este tipo en un periódico de gran difusión. Ha dirigido diversos proyectos
internacionales que se han plasmado en dieciséis productos internacionales de I.B.M.
más otros cinco internos de esta compañía. Ha sido investigador principal en varios
proyecto del Plan Nacional de Investigación español y ha dirigido siete tesis

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doctorales. Ha impartido conferencias acerca de sus trabajos de investigación en
instituciones de prestigio de diversos países, como diversos centros de investigación
de I.B.M. en U.S.A. y Japón, o en las conferencias europeas de usuarios de dicha
empresa.
Ha publicado varios libros de divulgación científica y 24 considerados como
literatura infantil y juvenil, habiendo obtenido el Premio Lazarillo en 1988 y el IV
Premio La Brújula en 2012. También fue finalista del Premio Lazarillo en 1987 y del
Premio Elena Fortún de 1988. Tres de sus libros han aparecido en la lista de honor de
la CCEI, uno de ellos como finalista del Premio.

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