Orestes Di Lullo: Historia y Identidad Santiagueña
Orestes Di Lullo: Historia y Identidad Santiagueña
Orestes Di Lullo:
algunas claves para pensar su escritura historiográfica
(…) Por eso no creemos errar al decir que Santiago del Estero es más que nada la tierra del
santiagueño, una tierra vestida o desnuda, pero donde vive la vida sus colores, sus sabores,
sus olores, donde el cielo se mira con sus astros, donde viven los seres como pertenecientes a
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ella y no a otra tierra, y donde el hombre encuentra todo para su vivir, incluso el dolor
1
Di Lullo, Orestes, 1959:4, “Grandeza y decadencia de Santiago”, Boletín del Museo de la Provincia de Historia, Arte Religioso, Etno-
grafía y Folklore, Santiago del Estero.
2
Romero, Luis Alberto, 2004, La Argentina en la Escuela: la idea de nación en los textos escolares, Editorial Siglo XXI, Buenos
Aires
1
mos, a dónde vamos”, la escritura diluleana, a lo largo de cuarenta años, marcó una
imagen del pasado santiagueño ligado a lo identitario, que operando preformativa-
mente, girará en torno a cuatro grandes ejes, a la vez articuladores y articulados entre
sí: es nacionalista, es ultra-católica, es de tez blanca y nos lleva directamente a la Espa-
ña conquistadora; tendrá a la vez una mirada comprensiva sobre el mundo que llama
“bárbaro” pero que aparece asociado a un estado social primigenio que, finalmente,
considera -por lo menos- que era mejor que la modernidad con la cual discute y que
termina rechazando, asociado a la mirada antimodernista splengueriana.
Apoyándome en algunos textos que entiendo icónicos en su realización, considero que
su producción muestra una mirada sobre el pasado santiagueño con una relativa ads-
cripción al movimiento que, traducida nacionalmente, se conoce como “historia oficial
de la Argentina”, liderado por las escrituras de Bartolomé Mitre y luego por Vicente
Fidel López, cuyo propósito fue brindar una explicación histórica que valiera de apoyo
a la doble tarea de construir un Estado y a la vez construir una nación. Movimiento que
intentó crear las primeras visiones heroicas del pasado nacional, con los personajes y
las anécdotas que serían profusamente utilizadas desde la escuela pública básicamen-
te. Romero dirá que esta primera historia la construyeron los que estaban preparando
el Estado nacional.
Muy a su modo y fiel a su estilo ensayístico, Di Lullo dirá sin decir que la nación se for-
mó en los comienzos de nuestra historia conquistadora, y postulará la imagen grandio-
sa y heroica del origen y del pasado santiagueño, en cruce con una mirada biologicista
propia del positivismo:
(…) Santiago fue el centro de una vasta empresa militar, política, económica y en ella tienen origen otros
pueblos. Y, además, es la única que resiste heroicamente, mudando muchas veces como las mutaciones de
su paisaje, pero “permaneciendo” siempre incólume, intangible, eterna. Muchos pueblos se fundan u desa-
parecen (…) Cuatro veces trasladada, representa el gesto de un noble empecinamiento, tenaz y duradero,
que hizo que se mantuviera intacta y digna a través de todas sus vicisitudes y mudanzas. Estaba destinada a
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ser madre de ciudades (…)
(…) Poco después se le otorga a la ciudad el título de “muy noble”, se le concede el escudo de armas y se la
eleva a la categoría de capital de todas las ciudades fundadas en el Tucumán y sede del Gobierno civil, mili-
tar y eclesiástico de la Gobernación. Así empieza el siglo de oro de la historia de Santiago, que habría de du-
4
rar hasta las postrimerías del siglo XVII (…)
(…) Santiago del Estero iba formándose poco a poco. Parecía un sol que se elevaba en el firmamento. Sus
elementos se modelaban en un organismo de cuerpo y alma. Lo militar, lo civil, lo eclesiástico, pese a las
frecuentes luchas de jurisdicciones y de predominio, tenían un solo norte. Lo material y espiritual se equili-
braban de pujanzas inverosímiles…había progresado en el comercio y la industria, fomentado las riquezas
agropecuarias, pero también en la enseñanza, la disciplina, la moral y la religión. Era el cetro del poder. Era
la cabeza de la Gobernación. Tenía una catedral que era una joya y la más grande de cuántas existían enton-
ces. Había pacificado la región. Había abierto la ruta al puerto de Buenos Aires, sembrando de ciudades su
3
Di Lullo, Orestes, 1959:6, “Grandeza y decadencia de Santiago”, Boletín del Museo de la Provincia de Historia, Arte Religioso, Etno-
grafía y Folklore, Santiago del Estero.
4
Di Lullo, Orestes, 1959:7, Op. Cit.
2
perímetro a todos los rumbos para asegurar la comunicación con el Perú, con Chile, con el Río de la Plata.
Tenía Seminario, hospital, bibliotecas, escuelas, iglesias, un cuerpo de legislación social y humana…
5
Santiago era grande…
5
Di Lullo, Orestes, 1959:10, Op. Cit.
6
Rossi, María Cecilia, 2008ª:13-17. “Introducción”. En Nueva Revista del Archivo 1. 1° Edición, Rossi, María Cecilia (Coord.),
Subsecretaría de Cultura de la provincia de Santiago del Estero-Museo Histórico Provincial “Dr. Orestes Di Lullo”.
7
Romero, Luis Alberto, Op. Cit.
8
Así surgió muy tempranamente la Junta de Catamarca en 1906 siguiéndole Córdoba en 1920; el resto de las Juntas provinciales eclosio-
nará en la década de 1930, como la de Mendoza en 1934, Santa Fe en 1935, San Juan en 1935, Salta en 1937 y Misiones en 1939.
9
Devoto, Fernando y Pagano, Nora, 2009, Historia de la Historiografía Argentina, Sudamericana, Buenos Aires.
3
sentados por las obras de Eduardo Mallea Historia de una pasión argentina10, la de
Raúl Scalabrini Ortiz El hombre que está solo y espera11 y la de Ezequiel Martínez Es-
trada Radiografía de la pampa12. Y por esta vía ingresamos al movimiento historiográ-
fico que cuestionará severamente la oficiosidad del pasado liberal: el Revisionismo
Histórico, proceso que se extiende entre 1930 y 1970. Formando parte de la historio-
grafía emergente entre las dos grandes guerras mundiales, sosteniendo un interés más
cultural y político que historiográfico, el revisionismo se imaginará como representa-
ción del verdadero sentimiento nacional y patriótico.
Algunos rasgos comunes de quienes participaban en este movimiento eran la vincula-
ción de los intelectuales con la política, la inserción de los historiadores en el campo
intelectual, la participación en las instituciones del Estado y la articulación con las
agrupaciones políticas, sumadas a la función de un Estado que cobrará relevancia no
solo por la preocupación de sus dirigentes por encontrar mecanismos para reforzar la
identidad colectiva en proceso de redefinición, y a la debilidad de la barrera técnica
que en adelante, diferenciará la práctica historiográfica profesional de un cierto ama-
teurismo clásico del movimiento13.
La obra de Orestes Di Lullo de perfil historiográfico será relativamente tardía, ensayís-
tica menos que erudita, estará atravesada por el nacionalismo, será una gran impug-
nadora del orden socio-político y cultural dominado por la modernidad liberal, y bajará
este corpus conceptual propuesto por el Revisionismo, esta forma de entender el
mundo, a Santiago del Estero y hará lo propio con el pasado provincial, al que reconfi-
gurará con una mirada sumamente melancólica o nostalgiosa, de una magnificencia
que fue en un pasado poco asible y casi resbaladizo, al que la modernidad, externa y
extraña, secular y secularizadora, destruyó. La decepción y el desahucio recorren las
páginas diluleanas marcadas por el designio fatalista de la irremediable situación, de-
sencanto y fracaso de un proyecto cultural liberal, forjan su mirada histórica, que en-
contrará a nivel nacional, a Manuel Gálvez, Carlos Ibarguren, los hermanos Irazusta y
en alguna medida por Alfredo Palacios y José María Rosa con quien este movimiento
se pone en la escena social14. Posiblemente sea, en el plano nacional, la obra de Ernes-
to Palacio La historia falsificada, la que más se aproxime a la de Di Lullo, en que la “re-
visión implica el retorno a la tradición (hispánica) desde la cual se extraerán las fórmu-
las para la acción en el presente o, más claramente, un programa de regeneración polí-
tica y moral” 15.
De modo que en las escrituras de Di Lullo, intersectan las dos corrientes historiográfi-
cas, aunque resulta evidente el mayor peso del Revisionismo, por ello insisto en la ne-
cesidad de mirar atentamente los modos en que se produce esta articulación discursi-
va. Es que nuestro escritor, mientras daba forma al heroico pasado santiagueño, for-
10
Mallea, Eduardo, 1937, Historia de una pasión argentina, Ediciones SUR, Buenos Aires.
11
Scalabrini Ortiz, Raúl, 1964, El hombre que está solo y espera, reedición, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires.
12
Martínez Estrada, Ezequiel, 1933, Radiografía de la pamapa, 6ª. Edición, 1968, Editorial Losada, , Buenos Aires.
13
Carbia, Rómulo D., 1940, Historia de la Historiografía Argentina, desde sus orígenes en el siglo XVI, Edición definitiva, Imprenta y
Casa Editora Coni, Buenos Aires.
14
Carbia, Rómulo D., Op. Cit. / Devoto y Pagano, Op. Cit.
15
Palacio, Ernesto, 1960:18-19, La historia falsificada, Peña Lillo editor, Buenos Aires, en: Svampa, Maristella, 2007:181-182, Op. Cit.
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maba parte del grupo fundador, en 1942, de la Junta de Estudios Históricos de la Pro-
vincia de Santiago del Estero16. Para su constitución llegó a la provincia el Presidente
de la Academia Nacional de la Historia, Dr. Ricardo Levene quien presidió la reunión
inicial del 28 de julio en la Biblioteca Sarmiento. Además de Di Lullo estuvieron presen-
tes Bernardo Canal Feijóo (presidente de la Biblioteca Sarmiento y el que realizó la
convocatoria), el Dr. Alfredo Gargaro (ya para ese entonces miembro correspondiente
de la Academia), el Dr. Rodolfo Arnedo, el Dr. Mariano R. Paz, Luis Ledesma Medina,
Dr. Juan Chazarreta, Napoleón Únzaga, Dr. Horacio G. Rava, el Dr. Julio Urtubey, Dr.
Pedro F. Arnedo, Dr. Héctor Argañaráz, entre otros.
El Acta de constitución es un documento fundamental para comprender la orientación
general de los estudios históricos santiagueños y la intersección de Di Lullo en ellos.
Las palabras iniciales de Levene plantean el cuadro de situación, se muestra emocio-
nado de encontrarse en una provincia que había sido el “teatro de las primeras expedi-
ciones conquistadoras españolas, cabecera de la antigua gobernación del Tucumán,
distinguida en la historia religiosa, política y militar, y fuente de las más puras tradicio-
nes argentinas”…“cuya noble tradición histórica y conocido apego a las más puras y
auténticas expresiones del alma nativa, ya habían conquistado el más emocionado
tributo de su respeto y admiración” y por estar rodeado de los mejores hombres del
pensamiento local a los que le reconoce jerarquía cultural, los presentes que ya nom-
bramos. Acto seguido encuadra la fundación de la Junta santiagueña en el contexto
político-cultural “que se encuentra en una época, no ya de formación sino en plena y
feliz construcción…la propensión de los argentinos por conocer su pasado y orígenes
mismos, ha permitido, con la conquista de una sólida cultura histórica, fortalecer una
profunda unidad espiritual con la visión ideal de la cultura y de la patria engrandecida y
gloriosa”. Inmediatamente trazó la línea de unidad histórico-cultural-ideológica: Mo-
reno, Rivadavia, Sarmiento, brevemente la obra de Mitre y enseguida la monumentali-
dad académica que venía a representar “el mejor esclarecimiento de nuestro pasado
histórico”.
Para terminar este breve comentario, ya nombrado Bernardo Canal Feijóo como presi-
dente interino, me interesa recuperar los “fines” de la Junta de Estudios Históricos
local, los que transcribo según figuran en la revista: estimular los estudios históricos de
la provincia de Santiago del Estero, difundir en el pueblo nociones de historia local y la
biografía de sus principales hombres, escribir la historia de la provincia de Santiago del
Estero y preparar un Manuel adaptado a las necesidades de la enseñanza, cooperare
en la conservación del Archivo Histórico de la provincia, gestionar de particulares la
entrega al Archivo local de todos los documentos históricos de la provincia que obra-
sen en su poder, cooperar a la adquisición de documentos históricos de la provincia o
relacionados con ella (1942: 102)
La Junta de Santiago del Estero publicará la Revista de la Junta de Estudios Históricos
desde septiembre de 1943 bajo la dirección del Dr. Mariano R. Paz y la Secretaría de
16
La Junta local formó parte del último grupo de fundaciones de Juntas provinciales junto con La Rioja y la refundación de la de
Córdoba al año siguiente, y éste hecho se produjo apenas unos meses después que el propio Orestes Di Lullo fundara, en 1941, el
Museo Provincial de Historia, Arte Religioso, Etnografía y Folklore, tal cual su nombre original
5
Miguel Contreras Lugones, alentada desde la Academia Nacional de la Historia por el
Dr. Ricardo Levene.
La Revista apareció cuando el fallecimiento de Andrés Figueroa hacía desaparecer la
publicación de la Revista del Archivo de Santiago del Estero, de modo que, desde otro
lugar, se veía a sí misma ocupando un lugar de vacancia en los estudios histórico-
culturales de la provincia. Su propuesta se orientaba en torno a dos grandes cuestio-
nes, por una parte realizar una actividad de divulgación de las cuestiones histórico-
culturales de Santiago del Estero y también del resto del país, por lo que entre los es-
critores encontraremos algunos nombres muy conocidos a nivel nacional. Por otra par-
te se expuso claramente en los “Propósitos” realizar una actividad publicitaria de la
que Santiago del Estero carecía que permitiera poner “de manifiesto el nivel de su cul-
tura de acuerdo a su acervo documental que aún guardan los desmantelados anaque-
les de su Archivo, rico en vetas inesploradas [sic] por los investigadores” aunque
“mantiene aún numerosos e importantes documentos que se tienen como escondidos
al conocimiento de los estudiosos y al público en general, lo que le resta valor a la con-
ciencia histórica de la provincia”17. Este no es un dato menor porque en la Revista Nº 2
aparecerá un registro cuantitativo de la existencia documental del Archivo General de
la Provincia, actividad realizada por Luis A. Ledesma Medina tomando como base un
registro anterior realizado por Andrés Figueroa cuando se desempeñaba como Direc-
tor de la Archivo, que como trabajo de investigación se presentara en un Congreso de
la Academia Nacional de la Historia18.
En la Revista escribieron Bernardo Canal Feijóo, Alfredo Gargaro, Horacio Germinal
Rava, Ricardo S. Ríos, Lorenzo Fazio Rojas, Domingo Maidana, Luis Ledesma Medina,
Eudoxio de J. Palacio, Alfonso de la Vega, entre otros. Las temáticas fueron diversas de
acuerdo a los participantes, sus formaciones, procedencias e interés, y completamen-
te heterogéneas19. Y en éste primer número también publicó Orestes Di Lullo un ar-
tículo titulado “Equivalentes familiares santiagueños de los nombres propios”, en la
que se presenta como un filólogo que “…estudia en ella [la palabra] no solo las trans-
formaciones que ha sufrido, sino las partes que ha tomado de sus formadoras origina-
les, gustando a la par, ese sabor que trasciende por virtud del afecto y cordialidad con
que se usa en la cháchara libre y cotidiana”, aspirando a completar su trabajo sobre
“Voces Santiagueñas” en el que plantea el léxico popular santiagueño como una sim-
biosis del castellano y un muy deteriorado quichua (1943:39).
Orestes Di Lullo se incorpora muy activamente a esta corriente melancólica que rees-
cribía la historia nacional y su mirada de desahucio le hará sostener casi como una le-
tanía que: “(…) una fuerza aciaga parece presidir los destinos de esta Provincia. Todo
17
Revista de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, 1943:3,”Propósitos”, Año 1, N° 1, Santiago del Estero.
18
Ledesma Medina, Luis A., 1943: 217-234, “El Archivo General de la Provincia de Santiago del Estero y sus existencias documenta-
les”, en: Revista de la Junta de Estudios Históricos de Santiago del Estero, Año 1, Nº 2, Santiago del Estero.
19
Se abordaron las problemáticas del clero santiagueño en la época de Ibarra, información para el conocimiento del Tucumán y el reco-
nocimiento de Diego de Rojas, la historia del Juzgado Federal de Santiago del Estero, biografías de los que serán en adelante los grandes
hombres de la provincia, el Congreso Constituyente de 1853, el carácter y las costumbres de los pueblos del norte, algunas cuestiones de
arqueología santiagueña, Juan Facundo Quiroga en Santiago del Estero, historia de las villas, críticas a las formas de entrega del patrimo-
nio territorial, estado documental al Archivo General de la Provincia y sus existencia documentales, etc. sería muy largo de enumerar y
seguramente con un motivo particularizado.
6
nace en ella bajo el signo de la muerte”20 y que “siglos de lucha, torrentes de sangre,
dolor, luto, desolación: he aquí el sino de esta vieja vida exhausta, de esta ciudad em-
pobrecida y triste”21.
(…) Mucha sangre vertió en las fundaciones y conquistas. Muchas lágrimas le costaron, la secular lucha con
los indios, la libertad, la independencia, la autonomía, la organización nacional, en que siempre actuó deno-
dada, infatigablemente. Grandes figuras nacieron en su suelo y casi todas fueron proscriptas o abatidas por
el crimen. Todos sus derechos le fueron negados, uno a uno, a través de los tiempos. El que se levantó para
22
redimir a la provincia del yugo de una de sus hijas fue fusilado . El que gritó contra la tiranía fue desterrado.
El sabio fue silenciado. Y la provincia que todo lo dio, esperanzas, sacrificios, esfuerzos, sentimientos, sólo se
23
quedó con los sentimientos, amargada, ensombrecida, pero siempre digna .
Quizá, aquella mirada dramática de los viajeros decimonónicos que recorrieron el te-
rritorio, la mayoría, en épocas de sequías lo que contribuyó a dar una imagen de un
territorio desértico, mirando, percibiendo, escribiendo, sobre un Santiago marginal y
marginado, donde la pobreza se sumaba dramáticamente a prácticas clientelares tan
antiguas como arraigadas, se convirtieran en los ejes que primaron en las escrituras de
los escritores santiagueños, y particularmente en Di Lullo, apropiándose de esas mira-
das y naturalizando esa externalidad imposibilitadora desde los discursos, de modifica-
ción alguna, como si una especie de condena sagrada pesara sobre el destino de la
“madre de ciudades”24:
… de ella nacieron las ciudades de Londres, de Cañete y de Córdoba del Calchaquí. Y cuando estas ciudades
desaparecieron en 1562, quedó en pié Santiago del Estero y de ella volvieron a surgir Esteco, Madrid de las
Juntas, Talavera, San Miguel, San Clemente, Córdoba, La Rioja, Jujuy y Salta. Toda una maternidad inagota-
ble. Y cada fundación que promueve es una sangría de su propia vida, es un golpe mortal del que se resiente
más y más, pero que soporta con estoicismo, con espíritu de sacrificio, porque es como una inmolación de
su propia vida que cumple por fuerza de su destino, que es crear dar vida, vaciándose sus entrañas de todo
lo más noble, de lo más caro de sus sentimientos, para dar cima al cumplimiento de la ley del deber, supre-
ma aspiración de los pueblos heroicos. (...)
(…) Santiago del Estero es el centro de todas estas corrientes fundadoras de pueblos, la que los vigila y pro-
teje, la que los abastece con sus hombres, víveres, animales y enseres de labranza. Es la ciudad madre que
se quita a sí misma lo indispensable a su vivir para dar vida a nuevos pueblos nacidos de ella y que ahora
deben crecer a sus expensas hasta que puedan abastecerse por sus propios medios. En este afán no escati-
ma ningún sacrificio. Todo lo da generosamente: su dolor, su sangre, su propia vida. Es su destino: morir pa-
25
ra que otros vivan
20
Di Lullo, Orestes, 1949:11, Reducciones y fortines, Santiago del Estero.
21
Di Lullo, Orestes, 1959:14, Op. Cit.
22
El autor hace referencia al fusilamiento de Juan Francisco Borges, el caudillo de la revolución, que fuera fusilado el 1° de enero
de 1817 tras el segundo intento de autonomizar la jurisdicción del dominio tucumano.
23
Di Lullo, Orestes, 1949:11, Reducciones y fortines, Santiago del Estero.
24
Legname, Rodolfo; Rossi, María Cecilia; Ruiz, Mercedes, 2006, Vida urbana de Santiago del Estero, Inédito, Universidad Nacio-
nal de Santiago del Estero.
25
Di Lullo, Orestes, 1953:6, Historial de méritos y servicios de la ciudad de Santiago del Estero y breve reseña histórica de Santiago,
Edición oficial, Santiago del Estero
7
Su batalla contra la modernidad liberal emerge en el tratamiento que le da al “drama”
de los antiguos pueblos, como Loreto, Atamisqui, Matará, y otros, a los que considera
fueron abandonados por el progreso que traía el ferrocarril, el que pasó lejos de ellos,
de largo, distante, desconocido sus historias, sus glorias pasadas. Esos pueblos van
“desapareciendo sumidos en la tristeza y la soledad”. Se preguntará entonces26: “¿Ha-
béis visitado estos pueblos pequeños, estos pueblos tristes, estos pueblos perdidos en
la inmensidad de los campos? ¿No es verdad que, viéndolos, os asalta una gran pena,
oculta, callada, como cuando sentís que ha de producirse la irremediable pérdida de
uno de esos seres que os son tan queridos?”. Prehistóricos, contemporáneos de la
conquista o coloniales, comparten en la mirada diluleana y en escala, el desahucio de
la capital, “todos fueron grandes, cumplieron su destino, envejecieron de penurias
como las madres que todo lo dieron, incluso la alegría, y cuando el porvenir y la civili-
zación ofrecen a raudales los beneficios de sus conquistas científicas, estos pueblos
históricos, en vez de crecer, se destruyen y desmenuzan como el polvo de sus edificios;
en vez de surgir, se sepultan y no queda de ellos más que el recuerdo de su pasada
grandeza”.
Claro que no es solo la modernidad destructora la que acciona para que esta situación
esté teniendo lugar, porque pensando en las responsabilidades que le cabe a la diri-
gencia provincial, admite que tal estado de abandono y de indiferencia tiene que ver
con “los gobiernos que nada hicieron por su redención. Asistimos al espectáculo de
esta agonía tremenda con total ausencia de nuestros deberes, sin la menor pizca de
interés en la solución de sus problemas y, lo que es más doloroso, sin la más elemental
solidaridad con el sentimiento humano”27.
Cuando del total de ellos, dirigimos nuestra mirada a uno específico, como por ejemplo
el más que conocido pueblo fronterizo de Matará, lo encontraremos diciendo luego de
realizar dos visitas, la primera en 1936:
Cuando he vuelto, nada había cambiado, sino que la capilla estaba más vieja, más abandonada, más ruinosa.
Pero he sentido una gran emoción, una emoción honda, melancólica, entristecida, como su la lectura de su
historia susitase [sic] en mi alma imágenes vivas y acudiesen en tropel los graves personajes de época de fa-
28
to y esplendor, para acusarme de la desidia actual (…) famoso por la leyenda de siglos, por su historia de
indios y fortines, de prelados y capitanes; vetusto poblacho que fue cuna de guerreros, de patriotas, de go-
bernantes y de donde partieron corrientes expedicionarias que se internaron en el meandro de la selva en
29
procura de tesoros misteriosos
El otro tema de sus desvelos y amarguras, son los obrajes madereros, aquella falsa
industria montada sobre la extracción y exacción de los recursos no renovables como
eran las maderas de los enormes bosques que cubrían casi diez millones de hectáreas
en la provincia y representaba la tercera superficie boscosa del país. Di Lullo los rela-
26
Di Lullo, Orestes, 1954, Viejos pueblos, Santiago del Estero / La agonía de los pueblos, 1946, Santiago del Estero / Santiago del
Estero, noble y leal ciudad, 1947, Santiago del Estero / Cinco capítulos de historia, 1953, Santiago del Estero / Cuatro siglos de
historia, 1953, Universidad Nacional de Tucumán.
27
Di Lullo, Orestes, ….., La agonía de los pueblos, Santiago del Estero.
28
Di Lullo, Orestes, …:72, La agonía de los pueblos, Santiago del Estero.
29
Di Lullo, Orestes, …:73, La agonía de los pueblos, Santiago del Estero.
8
ciona con los oprobios de los obrajes textiles de la colonia, a lo que suma la moviliza-
ción de grupos humanos tras la destrucción del bosque, lo que significaba su propia
destrucción30:
El bosque, por lo perfecto y grandioso, no es obra del hombre y, sin embargo, él lo destruye. Es cierto que el
progreso destruye para construir, pero en lo referente al bosque nada es mejor que conservarlo. ¿Cómo
puede hacerse un bosque si ignoramos lo que cuesta hacerlo, desde que lo arrasamos, si olvidamos los años
que son necesarios para su crecimiento y las condiciones que favorecen la vida del árbol? ¿Cómo intentar la
repoblación forestal si asolamos la tierra y la allanamos de bosques? (…) (1937:10)
Miles de hombres deshacen los vínculos afectivos y se arrancan al suelo: alistados, las caravanas parten. Es-
taciones bulliciosas, risas, esperanzas. Es la juventud que se ofrece al sacrificio de una guerra contra el árbol
y contra sí misma. ¿Qué madre la acogerá, luego, en su cansancio, quién enjuagará el sudor y las lágrimas,
quién escuchará su canto triste? El bosque. Pero el bosque que fue antes refugio del gaucho, es hoy enemi-
go del paria. El Estado no es madre, ni padre. El estado es cómplice. Y el éxodo estruja el campo paniego o
las praderas fértiles y guía, al hombre cegado, hacia el obscuro meandro de la selva (…) (1937:13).
(…) Fue, por eso, la tierra de nadie –y continúa siéndolo- pero fue también la tierra de todos. Ancha, abaste-
cida y plana, ahí confluían, desde 8.000 años antes de Cristo, las hordas salvajes de todos los rumbos, con-
vocados por la necesidad y atraídas por la facilidad, términos que, luego, serán la clave que explique la pos-
tura filosófica de nuestro pueblo actual. (…) (1965:14).
Así como la historia revisionista era concebida como una historia política de la nación,
para Di Lullo la preformatividad estará centrada en la experiencia española y la cons-
trucción de los grandes personajes forjadores de nuestra historia local, gobernantes,
generales, religiosos. Permítanme dos ejemplos relativos a la misma persona, uno que
muestra la ascendencia más que hispana, hispanísima, de Antonino Taboada, y otro
referido a su personalidad para 1850, cuando fallecía su tío Felipe Ibarra y junto con su
hermano se preparaban para tomar el gobierno de la provincia; solamente dos porque
con ellos basta para entender como el pensamiento de Di Lullo se asocia al discurso de
los ‘grandes hombres’, cuyo mayor expositor teórico es Tomás Carlyle quien sostiene
que ‘la historia de todo lo que el hombre ha realizado en este mundo es en esencia, la
historia de los grandes hombres y de su acción”. Pero veamos el ejemplo de la ascen-
dencia hispana de Antonino32:
(…) Recibiría con la leche materna el jugo vital de una casta que dio nombres ilustres a la historia, emparen-
tados con caballeros de la orden de Alcántara, como D. Juan Toledo Pimentel, con Generales y Gobernado-
res, como D. Juan Ramírez de Velazco, con Jueces y Auditores, como D. Alonso Herrera y Guzmán, con Li-
cenciados como D. Luis de Peso y Morales, con el Señor de Almonaster, D. Gonzalo Martel de la Puente y
Guzmán, con el Señor de la Torre de Palencia, con el Condestable Duque de Fría, con el Adelantado Juan de
33
Sanabria y con el hijo del Primer Duque de Alba. (…)
30
Di Lullo, Orestes, 1937, El bosque sin leyenda, Ensayo económico y social, Santiago del Estero.
31
Di Lullo, Orestes, 1965, Un cuadro de la prehistoria santiagueña, Talleres Gráficos Amoroso, Santiago del Estero.
32
Frávega, Oscar, 1997, Teoría de la Historia. Los futuros posibles, Editorial Corregidor, Buenos Aires.
33
Di Lullo, Orestes, 1953:18-19, Op. Cit.
9
Respecto de la personalidad de Antonino Taboada, que desde otros actores se reitera-
rá casi permanentemente a lo largo de sus escrituras, dirá:
(…) se sentirían tocados en lo más profundo de sus fibras patrióticas por ese hombre, de rara virtud, de
grandeza moral inigualable, que pudiendo compartir la vida fácil al lado de los suyos, prefería arriesgarla en
los campos de batalla o torturarla de sufrimientos y penurias en pos de todos los caminos, al azar de las cir-
cunstancias. Había en él un sentimiento que arrastraba. Era un ejemplo, pero vivo, con carnadura y esencia
de caudillo. Tenía fe en los destinos de la patria. No se entregaba sin lucha. Y en esa lucha ponía todos sus
34
impulsos, con integridad de cuerpo y alma. Tenía la pasión por el bien público. (…)
34
Di Lullo, Orestes, 1953:38, Op. Cit.
35
Hutchinson, Thomas J., 1866, Buenos Aires y otras provincias arjentinas con extracto de un Diario de la Exploración del Río
Salado en 1862 y 1863, Imprenta del Siglo, Buenos Aires.
36
Alén Lascano, Luis C., 1972, El obraje, Buenos Aires. completar
37
Palomeque, Silvia, 2005, “Santiago del Estero y el Tucumán durante los siglos XVI y XVII. La destrucción de las ‘tierras bajas’
en aras de la conquista de las ‘tierras altas’, en: Palomeque, Silvia (Dir.), 2005, Actas del Cabildo Eclesiástico. Obispado del
Tucumán con sede en Santiago del Estero, 1592-1667, Programa de Historia Regional Andina, Área de Historia CIFFyH-UNC,
Ferreyra Editor, Córdoba.
10
el río les brindaba y que el colonizador les disputaba38.
La frontera santiagueña del Salado fue un espacio estratégico pero cuyos intentos de
desarrollo, espaciados y convulsivos, generalmente terminaron en categóricas y suce-
sivas frustraciones, de modo que se fue poblando y despoblado al compás de las vici-
situdes de la historia provincial, habitualmente extrema, a cuyos grandes proyectos le
seguían equivalentes frustraciones39.
Los estudios rurales santiagueños surgen entre los años 1930 y fines de 1950, organi-
zados en un formato con la impronta clara de Orestes Di Lullo, pensando a la frontera y
al río Salado como una “tierra de nadie”, como el “confín del país”, como “la región
misteriosa que lindaba con el Chaco [y] con el salvaje habitante de la selva”. Esta escri-
tura puso en superficie la idea unívoca de conflicto en que unos actores civilizados y
heroicos padecían la vecindad de otros actores que obstaculizaban su avance coloniza-
dor, indios, salvajes, ladrones, criminales y a los que había que combatir casi sin tregua
hasta vencerlos40. Hay dos textos que son más que significativos al respecto de estas
cuestiones, uno es Reducciones y Fortines y el otro El General Taboada a través de su
epistolario. En el primero se define la frontera de la siguiente manera:
Desde la Conquista hasta el último tercio del siglo XIX, el Río Salado fue la frontera de la civilización y la
barbarie. Más allá existían los bosques impenetrables de esa vasta, de esa misteriosa región del Chaco,
donde moraban los indios, que con sus hordas bárbaras irrumpían de tiempo en tiempo sobre las pobla-
ciones ribereñas asolándolas y cometiendo en ellas toda suerte de depredaciones: incendios, robos, sa-
queos, crímenes. (…)
El Salado, en aquel entonces, era el confín del país, la región misteriosa que lindaba con el Chaco y donde,
durante siglos, acaecieron los hechos más significativos de nuestra historia en relación con la lucha secular
del indio. Por eso se le llamaba también ‘la frontera’, pues dicha región lindaba con el salvaje habitante de
la selva, que ahí, a un paso, cruzando el Río Salado, cuyo lecho sinuoso se arrastraba bajo tupidos árboles,
vivía alerta para asestar el golpe, siempre en guerra con la civilización, que de este lado del rio, intentaba
fijarse en sus riberas para levantar y sostener la dignidad del hombre, abrirle perspectivas y vincularle de
solidaridad humana. (…)
38
Martínez Sarasola, Carlos, 1998, Los hijos de la tierra, Emecé, Buenos Aires / Rossi, María Cecilia, 2007, “Consideraciones en
torno a la construcción de la frontera del río Salado del Norte en Santiago del Estero, Siglos XVII-XIX, en: Anuario del Instituto
de Historia Argentina “Dr. Ricardo Levene”, N° 6, La Plata.
39
Rossi, María Cecilia, 2007, “Consideraciones en torno a la construcción de la frontera del río Salado del Norte en Santiago del
Estero, Siglos XVII-XIX, en: Anuario del Instituto de Historia Argentina “Dr. Ricardo Levene”, N° 6, La Plata.
40
Rossi, María Cecilia, 2007, Op. Cit.
11
Cuando habla de la barbarie, Di Lullo utiliza las conceptualizaciones de: ‘hordas bár-
baras’, ‘salvaje’, ‘depredación’, ‘saqueo’, ‘robos’, ‘crímenes’, ‘guerra con la civiliza-
ción’. Todos conceptos que remiten al original de ‘bárbaro’, que lejos de definir al
‘otro´ de su referencia, lo está calificando estigmatizándolo, desde una posición supe-
rior en la que se sitúa el portador de una ´civilización’ que legitima su pensamiento,
su accionar y su discurso, “de modo que “la ‘civilización’ se legitimará por la estigma-
tización de su contrario”41. Pensando en términos de civilización, hablará de ‘solidari-
dad’, ‘dignidad’, ‘dolor’, ‘sufrimiento’, ‘aflicción’, ‘pena’. Tan dicotómicos, tan articu-
ladores, que no podrían pensarse los unos sin los otros: vecinos vs. indios, pobladores
vs. infieles. Aparentemente tan contradictorias con su propio pensamiento, ya que la
‘civilización’ es progreso, es modernidad, la misma que denosta por sus efectos des-
bastadores sobre el desarrollo provincial, pero también ‘civilización’ es la filosofía del
progreso que dará basamento a la “ideología de la colonización”42 que tan acérrima-
mente defiende nuestro autor, colocándose en el lugar de depositario de los valores
del progreso y de la civilización.
Para controlar la labilidad fronteriza, el imperio español instaló en esta frontera -como
en todas las fronteras imperiales-, reducciones y fortines, sobre las que Di Lullo focali-
zó toda la carga valorativa de su análisis y también la carga simbólica sobre sus blancos
y sacrificados pobladores:
(…) En ésta frontera, pues, levantaronse los fuertes o fortines como se llamaron más adelante. Estos fuer-
tes o fortines fueron la creación más precaria del esfuerzo humano. Erigíanse con la premura que dicta el
miedo y el peligro, improvisadamente. Luego, a su sombra, bajo su protección, siempre precaria, se refu-
giaban la esperanza, la vida y la hacienda de las poblaciones inermes. Y crecían sus ganados y sus frutos y,
cuando más seguros estaban, se escuchaba el alarido salvaje del malón y caía sobre ellas ‘el infiel’ y que-
43
daban la esperanza trunca y los campos asolados y malditos por el crimen y el saqueo. (…)
(…) Siglos de dolor y sangre, siglos de esfuerzos que no se rendían pero que se frustraban, de empeños te-
naces, heroicos, caudalosos que se licuaban como un grano de azúcar en la mar! ¡Lo que costó la empresa
44
del Salado! ¡Sólo quien lea las viejas crónicas puede apreciarlo!
Este esquema analítico fue transmitido por Di Lullo de una manera tan sólida que se
transformó, no solo en un modelo perceptivo, sino que su reiteración lo consagró en
un mito y logró se cristalizase en las escrituras posteriores, que repetirán con criterios
de verdad absoluta y glorificada.
41
Svampa, Maristella, 2006:19, El dilema argentino: civilización o barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista, Ediciones El
cielo por asalto-Imago Mundi, Buenos Aires.
42
Svampa, Maristella, 2006:20, Op. Cit.
43
Di Lullo, Orestes, 1949:56, Reducciones y Fortines, Santiago del Estero
44
Di Lullo, Orestes, 1953:14, El General Taboada a través de su epistolario, Imprenta López, Buenos Aires.
12
Miraba la frontera con un perfil marcadamente militar y fuertemente ideologizado,
como un lugar de lucha permanente entre la civilización y la barbarie, de control, de
oposición y resistencia, por lo mismo donde cualquier práctica era posible, en las
disputas por unos territorios y por unas historias en construcción. Por otra parte, resul-
ta una comprensión ligada a la noción -más extendida en el tiempo- que asoció “fron-
tera” a “defensa”, marcando una línea de análisis que relaciona la historia política a la
necesidad de legitimar la expansión territorial de los Estados Nacionales. En ésta direc-
ción, tanto el Estado como las instituciones estatales procuran imponer su poder sobre
otro diferente y señalan espacios en el que se define la inclusión o exclusión de deter-
minados segmentos45. Así, los Estados consideran que los territorios le pertenecen por
cuestiones de orden natural46, y la frontera se constituye en un límite. Pero la larga
lucha entre un estado imperial en expansión y las resistencias de los distintos pueblos
chaqueños hizo, en la mirada de Di Lullo, que “toda esta vasta zona, conocida desde la
Conquista, en el siglo XVI, fue en cierto modo ‘la tierra de nadie’”47 (1953:13). Escritura
que está denunciando finalmente, la imposibilidad del segmento colonizador –con
continuidad en el segmento que produjo esta enunciación historiográfica- de avanzar
sobre unos territorios en poder de los indígenas, y del intento de apropiación de los
recursos económicos y humanos que estos tenían.
Siguiendo la misma línea argumental, finalmente cuando las fronteras pudieron ser
desplazadas por las acciones militares cada vez más hacia el interior del Chaco-
santiagueño, otros estudios que siguieron concediendo criterios de verdad al planteo
diluleano, centraron su atención en las derivaciones sociales de la implantación obraje-
ra que explotaron el recurso más valioso del bosque chaqueño, sus ricas y duras made-
ras de quebracho colorado –principalmente-. Se planteará entonces la conformación
un mundo rural en el que dos extremos actuaban dicotómicamente: para explotar el
recurso natural se formaron latifundios gigantescos administrados por poderosos pro-
pietarios que sobre-explotaban las riquezas naturales sin control y la fuerza de trabajo
de miles de campesinos devenidos en hacheros o peones viviendo en la miseria más
absoluta sin ninguna posibilidad de modificar su situación48. Cuando el bosque se ter-
minó, el santiagueño no pudo retomar sus hábitos campesinos y se convirtió en un
migrante estacional o permanente. Ejemplo de ello son los textos de Luis C. Alén Las-
cano (1970, 1972, 1989) que plantea la relación pobreza-migraciones y que procura
explicar la ecuación obraje–latifundio–ferrocarril–pobreza, reforzando la visión tradi-
cional y recuperando la visión de Canal Feijóo (1948) sobre el éxodo interno y el éxodo
interprovincial49.
Una cuestión que atraviesa toda la escritura historiográfica diluleana es la cerrada de-
fensa de la religión católica, interpretada como base de la historia y de la cultura san-
45
Carbonari, María Rosa, 1999, “Frontera y construcción histórica”, en: Cronía, Revista de Investigación de la Facultad de Cien-
cias Humanas, UNEC, Vol. 3, N° 2, pp. 115-132.
46
Grimson, Alejandro, 2003, “Disputas sobre las fronteras. Introducción a la edición en español”, en: Scout M. y Jonson D., 2003,
Teoría de la frontera. Los límites de la política cultural, Gedisa Editora, España. .
47
Di Lullo, Orestes, 1953, El General Taboada a través de su epistolario, Imprenta López, Buenos Aires.
48
Di Lullo, 1937, El bosque sin leyenda. Ensayo Económico-Social, Santiago del Estero.
49
Rossi, María Cecilia, 2010, “De espacio común a tierra fiscal. Privatización de las tierras de la frontera Chaco-santiagueña, siglos XVI-
XIX”, Jornadas Bicentenario de la Revolución de Mayo, Facultad de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, Universidad Nacio-
nal de Santiago del Estero.
13
tiagueña y resulta notable el empeño de nuestro autor en recuperar sus orígenes y
mostrar su omnipresencia de la iglesia católica y la necesidad de volver a sus orígenes
como forma de recuperar todo lo perdido. Di Lulo fue un católico conservador, refle-
xionando cuestiones sociales e históricas de nuestro pasado casi como una razón con-
fesional, “marcada por un fuerte sesgo apologético”50 y articulando el catolicismo con
el nacionalismo en donde política y cultura eran conceptos inescindibles51. En la prime-
ra página de El bosque sin leyenda, escrito en 1937, comenzaba diciendo “con efusivi-
dad cristiana, entrego estas páginas sin mucha preocupación por su forma, ni grandes
esperanzas” (…)
Puesta en esta perspectiva, resulta más que atractivo poder pensar el juego de estas
ecuaciones en relación con los estudios que se vienen realizando en la Argentina desde
la década de 1980, cuando nuestro país salía de los traumas de la dictadura y la Iglesia
y su rol, se toman como objeto de estudio. Los grupos de trabajo liderados por Luis
Alberto Romero y Susana Bianchi sobre “Religión y sociedad en la Argentina contem-
poránea”; el de “Historia de la Iglesia (siglos XVIII y XIX) dirigido por Roberto Di Stéfano
y el posterior GERE (Grupo de Estudios sobre religiosidad y evangelización) proponien-
do un enfoque multidisciplinario, coordinado por Patricia Fogelman, y los recientes de
Fortunato Malimachi, ponen a la UBA en un lugar de iniciativas y liderazgo52.
De todo este conjunto, me voy a central en la escritura de Roberto Di Stéfano (2003)
en la que retoma un concepto de Loris Zanatta, el “mito de la nación católica”, y vuelve
a problematizarlo más allá de su imbricación en el peronismo. Zanatta había revelado
concluyentemente “el modo en que el mito operó en la historia argentina contempo-
ránea como instrumento en la lucha por la reconstitución de una “sociedad cristiana”;
es decir, aquella donde la Iglesia volviese a ejercer el papel normativo que el liberalis-
mo le había negado...”. Di Stéfano considera que fue el momento histórico de entre-
guerras cuando la Iglesia Católica inició un rápido proceso de recuperación de los es-
pacios que el liberalismo decimonónico le había quitado, y en esa recomposición de su
“lugar” (en el mejor sentido decertoriano) la necesidad de construir un discurso que
dejase plenamente aclarado que Argentina nació y fue siempre una nación católica, de
modo que si se buscase la identidad nacional, la verdadera identidad, se encontraría
volviendo a su historia primigenia y rechazando, por ejemplo al liberalismo o el socia-
lismo, que con la libertad de cultos y los procesos secularizadores, no habían hecho
más que alejarla del rumbo correcto. Esta forma de pensamiento constituida en ideo-
logía, estaba inspirada en la obra del padre Cayetano Bruno La Argentina nación católi-
ca, generando una versión de la historia nacional que tuvo muchos seguidores y un
fuerte anclaje temporal53.
50
Tomamos la expresión de Susana Bianchi, 2006. Política y religión en Argentina, “Presentación”, en: Anuario de Estudios Ameri-
canos, 63,1, Sevilla (España)
51
Mauro, Diego A., 2008:129-158, “Las voces de Dios en tensión. Los intelectuales católicos entre la interpretación y el control
santa Fe, 1900-1935”, en: Signos Históricos, número 19, Departameto de Filosofía, CSH/UNAM7Iztapalapa, México
52
Bianchi, Susana, 2006:13-18, Op. Cit.
53
Di Stéfano, Roberto, “El horror historiae de la Iglesia católica”, Revista Criterio N° 2364,
[Link] fecha de conculta: 29/10/2010.
14
Cuando habla de la ciudad fundada bajo el signo de la cruz Di Lullo dice que “esta ciu-
dad fue un acto de fe”…“en ésta ciudad se fundó la primera Catedral, es decir, la sede
principal del apostolado católico del país”…“se enseñaron las primeras nociones de
teología, se establecieron las doctrinas y primeras encomienda…la primera música y
los primeros coros en el Seminario y la Catedral…los nutridos contingentes de teólo-
gos, políglotas, evangelizadores que desfilan incesantemente: Barzana, Victoria, So-
lano, Rivadeneyra…”54. Y cuando piensa en la decadencia la articula justamente con el
quiebre religioso-cultural:
(…) La expulsión de los Jesuitas repercutió en Santiago de un modo lamentable. Asumió enorme significado.
Se rompió nada menos que la unidad de la colonia, la única incipiente vertebración que poseíamos y en
trono de la cual iga estructurándose el orden y la jerarquía. Nunca más pudimos organizarnos. Se fueron los
jesuitas y la ciudad quedó definitivamente abandonada o más abandonada que nunca, como los bienes de la
Cía., entre ellos los mil volúmenes de su biblioteca, las casas, las estancias, la iglesia, las alhajas, la servi-
dumbre, los esclavos, los animales, los talleres, las escuelas de gramática, la de niños, los objetos del culto,
las atahonas, las huertas, las fábricas…Se había consumado el despojo más inaudito. Los bienes materiales
fueron saqueados. ¿Y los bienes espirituales? ¿Y los bienes morales? Nada quedó de aquel poderoso ensayo
55
de redención humana, de aquel gigantesco esfuerzo de organización…
Recurriendo una vez más a Reducciones y Fortines, obra que comienza planteando la
importancia de las reducciones jesuíticas en la frontera, Di Lullo dirá que “la historia de
las reducciones santiagueñas es la historia de la Compañía de Jesús en esta Provincia”
(1949:15):
(…) La obra de la reducción y del fortín fue heroica, cruenta, porfiada, tesonera. Grandes esperanzas flore-
cieron con ella: la conversión del infiel, el progreso, la civilización, la organización de las colonias agropas-
toriles, la apertura de los caminos, la navegabilidad y la industrialización de una vasta y rica zona del país.
56
Todo quedó en la nada o poco menos (…)
Por otra parte, y para no abusar de los tiempos acordados, me referiré en unas breves
líneas a la perspectiva etnográfica que encierra la obra completa de Orestes Di Lullo.
En la propia definición de Etnografía iremos descubriendo la perspectiva de su análisis,
considerando que es un método de investigación de la Antropología Social y Cultural
que facilita el estudio y la comprensión de un ámbito sociocultural concreto, tal es el
caso de las escrituras sobre Santiago del Estero, en torno a una comunidad humana
con identidad/es propia. Tiene sus fundamentos en la entrevista pero sobre todo en la
observación, de la que es más importante la observación participante. En ella el traba-
jo de campo es una herramienta básica del proceso y los datos recopilados consisten
en una descripción densa y detallada de las costumbres, creencia, mitos, genealogías e
historia.
54
Di Lullo, Orestes, 1959:6, “Grandeza y decadencia de Santiago”, Boletín del Museo de la Provincia de Historia, Arte Religioso, Etno-
grafía y Folklore, Santiago del Estero.
55
Di Lullo, Orestes, 1959:15-16, Op. Cit.
56
Di Lullo, Orestes, 1949:12, Reducciones y Fortines, Santiago del Estero.
15
Cómo no mirar, entonces, la escritura de Dio Lullo como un estudio, una descripción y
una clasificación de las culturas o pueblos de Santiago. En ellos el escenario físico re-
presenta lo que es el espacio en donde los actores o participantes comparten una acti-
vidad, un quehacer, al realizar ciertas acciones. Escenario, participantes y actores que
se interrelacionan en un determinado contexto. Contextualizar en una investigación
etnográfica incluye historias, costumbres, lenguajes, en ambientes de interacción so-
cial “natural”.
Finalmente, y siempre teniendo como norte la escritura de Orestes Di Lullo sobre San-
tiago del Estero, mucho más que describir, la etnografía le permite reflexionar cons-
tante y profundamente sobre la realidad, asignando significaciones a lo que ve, a lo
que oye, desarrollando continuamente aproximaciones hipotéticas, redefiniendo sus
hipotetizaciones, hasta llegar a construir e interpretar la realidad que lo circunda.
Y para cerrar, considero que la articulación entre las distintas corrientes historiográfi-
cas, pero particularmente la Revisionista y la actividad etnográfica y de campo que Di
Lullo desarrolló extensamente, forjaron en sus escritos una imagen de Santiago del
Estero que perduró en el tiempo y marcó sólidamente la escritura de las generaciones
de historiadores que le siguieron: Santiago del Estero tuvo un origen de honores y
grandezas, operó como si fuera una gran madre que dio hasta su vida por sus hijos y al
momento de perder su sede episcopal y por la expulsión de los jesuitas, se desarticuló
el proyecto español apoyado en la bifrontalidad de la cruz y la espada y cayó en el olvi-
do y en la pobreza, de la cual se encuentra imposibilitada de salir a causa de un pro-
yecto modernizador y secularizador, que terminó de destruir el pasado glorioso para
cambiarlo por un progreso que nunca llegará ni podrá instalarse a causa de una pobla-
ción con fuerte mestizaje que no parece la adecuada, a pesar de su mirada comprensi-
va.
MCR
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