El Colgado (La Vía del Tarot – Alejandro Jodorowsky):
Parada, meditación, don de uno mismo
El Colgado, Arcano XII, corresponde al segundo grado de la segunda serie decimal, equivalente a
La Papisa en la primera serie. Como ella, indica un estado de acumulación, de parada o de
reclusión. Al igual que La Papisa, se ha apartado del mundo de los humanos, al cual ya sólo lo une
la cuerda que lo ata, entre los dos árboles que lo sostienen, a un dintel de color carne. Hemos visto
que a partir del Arcano XI, todos los números van a realizar un descenso hacia la fuente de la
fuerza original, a los abismos del inconsciente. El Colgado obedece a esta atracción hacia abajo y,
por su naturaleza acumulativa (el grado 2), expresa una parada total, colgado cabeza abajo, con el
pelo cayendo hacia las profundidades como para echar raíces en ellas.
Si La Papisa incuba, El Colgado es incubado: entra en gestación para hacer que nazca el nuevo ser.
Vemos una vez más el simbolismo del huevo presente en el Arcano II. Si La Papisa es madre, El
Colgado es hijo. Cabe imaginar El Colgado en gestación en el huevo del Arcano II. Suspendido
entre el cielo y la tierra, espera nacer. La posición de las piernas recuerda un poco la de El
Emperador: una recta y la otra doblada. Pero el cruce de las piernas del Emperador es dinámico,
con una pierna delante, dispuesta a pasar a la acción. Por el contrario, el Colgado dobla una pierna
detrás de la otra para inmovilizarse mejor. Asimismo, sus manos, símbolo de su capacidad de
actuar, están cruzadas a su espalda: no hace, no elige.
A ambos lados del personaje vemos ramas cortadas, sacrificadas. Para este nacimiento material o
espiritual que se prepara, es necesaria una parada. Puede ser la parada provocada por una
enfermedad o una parada libremente consentida en la meditación. En un plano espiritual, El
Colgado deja de identificarse con la comedia del mundo y con su propio teatro neurótico; ofrece
en sacrificio al trabajo interior las inquietudes de su ego. En este sentido, su caída es un ascenso.
También se puede ver en esta carta, en esta inversión de su cuerpo físico, una inversión de la
mirada y de sus perspectivas: el intelecto es abolido, lo racional deja de dominar la conducta, y la
mente se vuelve receptiva -como lo demuestra el amarillo oscuro del cabello- a la sabiduría
interior profunda. El punto de vista sobre la vida cambia. Uno se desprende de una visión del
mundo heredada de la infancia, con su cortejo de ilusiones y de proyecciones, para entrar en su
propia verdad esencial. Desde este ángulo, nos remitirá a menudo, en la lectura, a la toma de
consciencia de los lazos del consultante con su árbol genealógico. La posición del personaje,
cabeza abajo, recuerda la del feto en el vientre materno y puede incitar al tarólogo a interrogar al
consultante acerca de las circunstancias de su gestación y de su nacimiento, o de los embarazos
que ha vivido de manera traumática en su historia. Los dos árboles de ramas cortadas pueden
interpretarse como dos «árboles» o linajes, materno y paterno, de los cuales la situación neurótica
y los abusos nos dejan colgados, impotentes y sacrificados, escondiendo a nuestra espalda, como
el Colgado con sus manos invisibles, secretos vergonzosos. Esta carta expresará a veces la
culpabilidad, los crímenes imaginarios simbolizados por las doce heridas sanguinolentas de los
árboles, y el castigo que uno se impone, o el sacrificio al cual uno se siente condenado. La lectura
popular tradicional imagina que cae dinero de los bolsillos del Colgado, que él pierde sus riquezas.
Una lectura más simbólica verá en ello el sacrificio de las «riquezas» ilusorias del ego.
El Colgado puede evocar también la figura de Cristo y, a través de ella, el tema del don de uno
mismo. Las doce ramas cortadas simbolizaría entonces los doce apóstoles, que a veces se han
identificado con las desviaciones del ego, alrededor de Cristo, que representa el yo universal y
andrógino. Las marcas de la androginia abundan: los bolsillos del Colgado tienen forma de media
luna, pero una recibe y la otra da, una es activa y la otra receptiva. La cuerda que lo sujeta y lo
sostiene es doble: a un lado, a nuestra izquierda, se termina con un símbolo fálico, y al otro, a
nuestra derecha, con una forma que recuerda el símbolo de lo femenino. Por otra parte, esta
misma cuerda tiene, en el nudo en el talón del Colgado, un triángulo inscrito en un círculo, para
significarnos que está ligado al espíritu, a la androginia espiritual. Y lo está de los pies a la cabeza,
puesto que en su cabello descubrimos, en amarillo claro entre las mechas amarillo oscuro, un
símbolo solar redondo y una pequeña luna.
Sin embargo, sabiendo que el Tarot está impregnado de las tres grandes religiones monoteístas,
también se puede ver en los diez botones del Colgado una alusión a la tradición cabalística y a las
diez sefirot del Árbol de la vida. El primer botón partiendo del cuello tiene un punto, origen de
toda creación. En los cuatro siguientes, se alternan un elemento receptivo y uno activo. El sexto
botón, que correspondería a la sefirá Tiferet, tiene forma de un sol de ocho rayos, perfección de la
belleza que une todos los demás elementos. Luego, de nuevo un elemento receptivo y un
elemento activo, seguidos de un noveno botón que lleva una luna y de un décimo donde se
inscríbe un cuadrado, símbolo de la tierra. La meditación de El Colgado le da acceso a la sabiduría
universal que en él reposa.
En una lectura
Esta carta indica un momento de parada que se puede aprovechar para profundizar en los
proyectos, en el conocimiento de uno mismo, en el trabajo interior. También puede referirse a un
bloqueo, a una incapacidad de actuar. A menudo, señalará que no es el momento de hacer una
elección, que la situación o nuestra propia mirada necesita madurar. El Colgado puede verse
literalmente como el reflejo o el espejo del Arcano XXI, El Mundo, en el que la posición de las
piernas es similar. Pero la mujer que se encuentra en el centro de la mandorla de El Mundo está
danzando, mientras que el Colgado está inmóvil: representa la inmovilidad complementaria al
movimiento, el feto en el vientre materno, o el contacto profundo consigo mismo de donde nace
toda realización en el mundo.
Y si El Colgado hablara...
«Estoy en esta posición porque así lo quiero. Yo corté las ramas. He librado mis manos del deseo
de asir, de apropiarme de las cosas, de retener. Sin abandonar el mundo, me he retirado de él.
Conmigo podéis encontrar la voluntad de entrar en el estado en que ya no hay voluntad. En que
las palabras, las emociones, las relaciones, los deseos, las necesidades ya no os atan. Para
desligarme, he cortado todos los lazos, salvo el que me liga a la Consciencia.
Tengo la sensación de caer eternamente hacia mí mismo. A través del laberinto de las palabras,
me busco, soy el que piensa y no lo que es pensado. No soy los sentimientos, los observo desde
una esfera intangible donde sólo hay paz. A una distancia infinita del río de los deseos, sólo
conozco la indiferencia. No soy un cuerpo, sino quien lo habita. Para llegar a mí mismo, soy un
cazador que sacrifica su presa. Encuentro la acción candente en la infinita no-acción.
Atravieso el dolor para encontrar la fuerza del sacrificio. Poco a poco me deshago de lo que
podríamos llamar "yo". Entro en mí mismo incesantemente, como en un bosque encantado. Nada
poseo, nada conozco, nada sé, nada quiero, nada puedo.
Sin embargo, universos enteros me recorren, me llenan de sus torbellinos y se van. Soy el cielo
infinito que deja pasar las nubes. ¿Qué me queda? Una sola mirada, sin objeto, consciente de sí
misma, haciendo de sí misma la última y máxima realidad. Entonces estallo en pura luz. Entonces
me convierto en eje de una danza total, en agua bendita a la que vienen a beber los sedientos.
A partir de ese momento soy el aire puro que expulsa las atmósferas viciadas. A partir de ese
momento, mi cuerpo atado se convierte en fuente cataclísmica de la vida eterna.
Sólo soy un corazón que late, que propulsa la belleza hacia los confines de la creación. Me
convierto en la dulzura apacible en cualquier dolor, en la incesante gratitud, en la puerta que
conduce a las víctimas al éxtasis. El camino en pendiente por el que uno se desliza hacia arriba. En
la viva luz que circula en la oscuridad de la sangre.»
Entre las interpretaciones tradicionales de esta carta:
Parada - Espera - Inmovilidad - No ha llegado aún el momento de actuar - Ocultar algo -
Autocastigo - Feto en gestación - Secreto -Inversión de las perspectivas - Ver desde otro punto de
vista – No elegir - Reposo - Enfermedad - Embarazo - Condiciones de la gestación del consultante -
Vínculo al árbol genealógico - Plegaria - Sacrificio - Don de uno mismo - Meditación profunda - No
hacer - Fuerzas interiores recibidas a través de la plegaria
El Colgado (Jung y el Tarot – Sallie Nichols):
En el Triunfo duodécimo, un hombre joven está colgado boca abajo, atado por un pie a un patíbulo
que se sostiene sobre dos árboles truncados, cada uno de los cuales presenta las huellas de seis
ramas podadas. Los dos árboles crecen al borde de un abismo en la tierra, un barranco de gran
profundidad posiblemente. Así pues, la cabeza del joven está más baja que el nivel de la superficie
de la tierra, como enterrada, al igual que las raíces de los dos árboles. La prominencia formada por
la cabeza del joven, así como su cabello que cuelga, nos sugieren una tercera bola enterrada, quizá
un nabo con las raíces pilosas características de esta hortaliza.
El Colgado, con las manos ligadas a su espalda, se siente tan indefenso como el nabo. Se halla
totalmente en las manos del Destino. No tiene poder ninguno para dar forma a su vida o controlar
su destino. Como una hortaliza, no puede más que esperar que una fuerza externa a él le arranque
de la atracción regresiva de la Madre Tierra.
Después de haber experimentado el exuberante influjo de energías que se indica en la carta
anterior, el héroe seguramente se habrá asombrado de este repentino giro. Con el pie que le
queda libre, seguramente habrá luchado todo lo posible por liberarse dando inútiles patadas
contra su destino. Se habrá sentido profundamente engañado, impaciente, con ganas de ponerse
en pie y ser capaz una vez más de tener la cabeza sobre sus hombros así como de pisar
firmemente el suelo como pretende. Ha de haber sufrido mucho antes de conseguir el grado de
aceptación y de descanso casi agradable que muestra la imagen.
Podemos imaginar fácilmente con qué fuerza y furor luchó este joven. Nosotros también creemos
que este trance es inaceptable y humillante. Se nos hace difícil ver su cabeza, sede del
pensamiento racional, así rebajada, y nos gustaría liberar sus piernas ligadas de modo que fuera
capaz de emprender nuevas empresas. Para el hombre occidental resulta muy difícil tolerar la
inactividad forzada. Tenemos tendencia a pensar que la acción significativa está situada en la línea
horizontal, en el plano de comportamiento extra-vertido, así como a representar todo anhelo
espiritual dirigido hacia el cielo, ignorando totalmente el crecimiento que eso puede producir por
debajo de nuestro nivel de consciencia. […]
Todos tendemos, casi instintivamente, a dar la vuelta a la carta del Colgado para enderezarla. Si le
damos la carta a alguien que desconozca el Tarot, invariablemente la volverá de modo que la
cabeza de la figura esté «donde debe estar». Después de hacerlo, emitirá un sonido de alivio y
seguramente sonreirá. Si no sabes por qué sonríe, prueba a dar la vuelta a la ilustración del libro
de modo que el colgado aparezca de pie. Ahora vemos cómo, sobre un pie y con los brazos atados
a la espalda, baila una jiga. Visto desde la perspectiva del inconsciente, el que nos parecía como
estancado, inmovilizado y cautivo, es ahora libre; el que parecía haber perdido su equilibrio, ha
conseguido ahora una perfecta estabilidad. Lo que nuestra consciencia experimentó a primera
vista como un tiempo de quietud y frustración, se nos revela ahora como un momento de acción
liberadora. […]
Para conseguir descubrir su secreto hemos de volver a mirarle como se nos presentó la primera
vez: balanceándose sin ayuda ninguna en el espacio. Ser colgado boca abajo es tradicionalmente el
castigo para los traidores. En algunas barajas antiguas italianas esta carta se llama II Traditore (el
traidor). Algunas veces este Traidor del Tarot se representa con una bolsa llena de monedas en
cada mano, sugiriéndonos la figura de Judas con sus treinta denarios de plata. Durante la Edad
Media, a los cobardes y a los caballeros desleales se les colgaba por los tobillos para apalearlos; lo
cual era un castigo humillante. Hace muy poco tiempo los cuerpos de Mussolini y de su amante
fueron colgados por los pies para exhibirlos públicamente. En todos estos casos el colgar, en sí
mismo, no es el instrumento físico de la muerte, es más bien un signo de ignominia, de censura y
de ridículo público, un vuelco, un giro total de todo lo que significaba algo para aquel personaje.
A la costumbre de colgar a alguien por los pies se le llamaba antiguamente «desconcertar». Hoy en
día «desconcertar» significa además «frustrar, confundir, desbaratar». Ciertamente el joven aquí
representado se siente confuso en el más amplio sentido de la palabra. Está soportando cierto tipo
de crucifixión. Nos recuerda a Pedro, quien pidió ser crucificado cabeza abajo en señal de
humildad. No hay ninguna evidencia de que el héroe de nuestro Tarot haya solicitado ser puesto
en la picota pero, hablando en términos psicológicos, seguramente lo hizo de forma inconsciente.
Quizá el contacto con el orgulloso león de la carta anterior le llevó a enorgullecerse, con una
confianza ilimitada en sus propias fuerzas humanas. Como sabemos ya, a los dioses no les gusta el
escándalo. Cualquier pretensión de que la naturaleza humana sea más fuerte que la Madre
Naturaleza o de que el intelecto del hombre sea la regla de funcionamiento para toda vida,
molesta a la Gran Madre y finalmente también al reo humano. En venganza, la diosa puede
agarrar a su hijo imprudente por los tobillos, sumergiendo su orgulloso cerebro otra vez dentro del
vientre de su húmeda tierra.
El árbol, especialmente si es un árbol truncado, es el símbolo universal de la madre. El cuerpo de
Osiris, por ejemplo, fue encerrado en un árbol truncado; sus ramas podadas simbolizan la
castración del hijo (la consciencia masculina del ego) y la posibilidad de nuevo crecimiento o de
renacimiento a una esfera de conocimiento más amplia. El Colgado, enmarcado a ambos lados por
estos árboles gemelos así como por la horca de arriba, puede significar que está encerrado en una
especie de ataúd. Al mismo tiempo el contacto con las aguas subterráneas maternales nos sugiere
bautismo y nueva vida. Quizá la naturaleza le mantiene confinado para que pueda finalmente
resurgir de su vientre como un recién nacido. Podemos pensar que, al igual que los recién nacidos,
se le sujeta por los tobillos para darle las palmadas que le conducirán a una nueva vida.
Vemos a nuestro héroe aquí suspendido entre los dos polos gemelos de la existencia: nacimiento y
muerte. Todos hemos sentido la soledad y el desamparo de sentirnos colgados sobre el abismo
eterno. Este terrible aislamiento, o prueba de paciencia, juega un papel muy importante en todos
los ritos iniciáticos. Algunas veces, por ejemplo, se obliga al iniciado a pasar la noche solo dentro
de una cueva oscura del bosque. En ella, se ve obligado a enfrentarse y soportar una posible
muerte física sin más ayuda que su propia fortaleza interior y su habilidad. Al hacer frente a este
momento, el joven se ve obligado a encontrar un nuevo centro, que hasta ahora tenía oculto
dentro de sí mismo. Si sobrevive a esta experiencia, emerge de la cueva como un recién nacido, en
prueba de lo cual, dándole un nuevo nombre, se le acepta como adulto en la comunidad. Según la
teoría de Mircea Eliade, a través de esta experiencia el iniciado hace la transición desde el mundo
ordinario de la temporalidad al mundo intemporal y sagrado de los dioses. En su libro Umbral de la
iniciación, Joseph Henderson discute este momento y comenta a Eliade de la siguiente manera:
«Entre los dos (mundos) hay un corte, una ruptura en la continuidad. .. (para) pasar del mundo
profano al mundo sagrado, lo que de alguna manera implica la experiencia de la muerte; aquel
que hace el tránsito muere a una vida para conseguir el acceso a la otra... la vida donde se hace
posible la participación en lo sagrado.»
Dado que en nuestra cultura no tenemos un ritual específico para la iniciación, es difícil para los
jóvenes efectuar esta transición. Algunas veces buscan tareas sobrehumanas para probarse a sí
mismos. […]
Como nos muestra repetidamente la historia, toda persona cuya conciencia individual se halle en
oposición al punto de vista de la colectividad, aparece como traidor al «establishment». Este
individuo debe sufrir varios juicios, el último de los cuales puede realmente tener lugar en el
Juzgado. Opuesto a sus familiares, amigos y a su gobierno, este inconformista puede ser tachado
de delincuente. Su vida como ciudadano puede ser anulada para convertirse así en alguien que
está colgado. […]
Una iniciación de este tipo puede producirse en varios momentos de nuestra vida, generalmente
cuando se alcanza una cierta fase de nuestra existencia y la vida exige una transición a nuevos
caminos. Es un momento horrible, pues hemos de abandonar las costumbres probadas y
experimentadas para confiarnos a modos de vida desconocidos y nunca vistos. Esto exige sacrificio
y coraje. Todos hemos pasado períodos en nuestra vida, quizá no tan graves y dramáticos como
los mencionados arriba, en los que nos hemos sentido «colgados» por las circunstancias; tiempos
en los que los antiguos modelos de comportamiento no nos servían, como si la vida nos quitara la
alfombra de debajo de los pies, haciendo que nos sintamos tambaleantes entre dos mundos y con
la única posibilidad de esperar y rezar. En estas ocasiones nos sentimos traicionados por la vida,
humillados y desposeídos de todo orgullo así como de nuestra persona (el disfraz o máscara que
nos ponemos en público para proteger del mundo nuestra parte secreta). […]
En la carta de la Fuerza, el héroe se enfrentó con los aspectos de su naturaleza psicosomática
simbolizados por el león, un mamífero colocado muy arriba en la escala de la evolución. Ahora,
debe de hacer frente a los aspectos más bajos de su psique, simbolizados por gusanos, insectos y
plantas. Con los oídos cerca del suelo, oye crecer la tierna hierba y siente la suave ondulación del
gusano y el imperceptible canto de los insectos, su parentesco con toda vida. Él, que se ha
acercado al precipicio como lo hiciera el Loco, con la cabeza perdida entre las nubes de sueños de
su fuerza y su proeza, se ha convertido en un fracasado. El foco de su conocimiento se ha desviado
hacia las raíces de la vida, las formas fundamentales de las que surge todo crecimiento. Según
Eliade: «Los taoístas, imitando a animales y vegetales, se cuelgan boca abajo para conseguir
que la esencia de su esperma les fluya hacia el cerebro. El tantien, los famosos campos de cinabrio,
deben de encontrarse en los más recónditos secretos del cerebro y de las entrañas; allí es donde el
embrión de la inmortalidad se prepara alquímicamente.»
Es interesante contrastar la situación del Colgado con la del Enamorado, que también
representaba un juicio. El Enamorado estaba representado en pie, encajonado e inmovilizado por
dos mujeres sólidamente plantadas, como dos árboles, a cada uno de sus lados. La resolución de
su problema, así como la fuerza para la acción, procedía del alado Eros que estaba situado por
encima de él, en el cielo. Por el contrario, el Colgado, inmóvil entre esos dos poderosos símbolos
maternales, sólo puede encontrar su inspiración en las profundidades.
La situación física se supone de diversas maneras según las diferentes culturas: en el Antiguo
Testamento se habla de los ríñones como el centro de la consciencia; para los africanos, ese centro
de conocimiento está situado en el corazón o el abdomen; los hombres modernos sitúan la
consciencia en la cabeza. Tanto para los africanos como para los hebreos del Antiguo Testamento,
la consciencia residía en las profundidades del cuerpo, se hablaba de las inspiraciones
supraconscientes como procedentes de lo alto. Para el hombre moderno, sin embargo, que vive
demasiado en la cabeza, «el Otro» se encuentra más frecuentemente en la profundidad de abajo.
Nosotros, como el Colgado, hemos sido desconectados de nuestras raíces. Tenemos la necesidad
de descender para conectar de nuevo con nuestros orígenes en la historia y en la naturaleza. El
motivo del sacrificio y el desmembramiento, oculto tras los muñones rojos de los podados árboles,
se repite en las piernas rojas y en la parte alta de los brazos, también roja, de la figura pendiente,
lo cual nos sugiere que él también debe dar su sangre, debe sacrificar sus antiguos modos de
actuar y de comprender.
Muchos de sus antiguos dioses han caído del árbol, entre ellos, sin duda, la imagen de la vida
como madre benéfica, siempre buena, cuya función él imaginaba que era protegerle de la
desgracia así como proveerle en todos sus deseos. Como señaló Jung, la palabra «sacrificio»
significa «hacer sagrado». Sacrificar nuestras imágenes egocéntricas es hacer nuestra vida sana y
santa; entonces no queda ya diferencia entre nuestra imagen de cómo han de ser las cosas y de
cómo son las realidades de nuestra existencia humana. Sólo nosotros, los seres humanos, estamos
dispuestos y capacitados para este tipo de sacrificio y de sufrimiento espiritual. El peso (y el poder)
inherente al legado de la crucifixión nos coloca a parte del resto del reino animal.
Al igual que aquellos animales cautivos de la Rueda de la Fortuna, el Colgado es una víctima del
Destino que está a merced de los dioses. Está tan desamparado como los animales, pero con una
diferencia: tiene la oportunidad de aceptar su destino de manera consciente e indagar su
significado, mientras que los animales, como mucho, pueden soportar su suerte. […]Si, como el
Colgado, nos encontráramos suspendidos en esta posición, solos y sin comida ni compañía, las
«puertas de nuestra percepción» quedarían tan aclaradas que quizá podríamos experimentar
visiones celestiales y la iluminación del satori.
La experiencia de esta suspensión forzada le ha quitado al héroe toda su independencia; pero
puede ofrecerle algo nuevo y precioso si, como Parsifal, es capaz de encontrar la pregunta
adecuada. La experiencia nos muestra que el «¿por qué me hace esto el destino?» es un callejón
sin salida. Si, por el contrario, nos preguntamos «¿quién soy yo para que esto me suceda?»,
podemos desbloquear los tesoros ocultos que nos pongan en contacto con el significado de esta
vida de manera nueva. El estar colgado sobre el limbo es una posición llena de ambigüedades: por
un lado cuelga uno a precario sobre el abismo pero, visto desde otra perspectiva, se le ha
impedido caer al fondo del barranco. Está uno externamente inmovilizado, pero en el fondo de sí
mismo siente un baile de liberación.
Como vimos antes, muchos adultos, especialmente los de Occidente, se sienten asustados por la
sola contemplación de esta postura colgante. Parece ser que a todos los niños, aun de culturas y
climas diferentes, les gusta dar vueltas en el tiovivo y sentirse colgados de los tobillos, perdiendo
incluso los céntimos o tesoros que pudieran caer de sus bolsillos al suelo. En algunas versiones del
Colgado del Tarot, algunas monedas, símbolo de los valores mundanos, se dibujan cayendo de los
bolsillos del joven. Todos conocemos por experiencia cómo, enfrentados con la realidad última,
todo lo que tenemos, las posesiones de la vida, nos parecen sin sentido y estamos dispuestos a
abandonarlas. No es de extrañar que en el fondo de sí mismo, el Colgado sonría y baile, lleno de
una nueva alegría.
Este desenlace feliz vendrá, si así debe ser. Aún se halla oculto en el futuro y no será visible hasta
que llegue el bailarín del arcano veintiuno. Al dar la vuelta, enderezando al Colgado, hemos tenido
el privilegio de echar un vistazo mágico a un aspecto de la eternidad, donde todo el tiempo es uno.
El joven, sin embargo, no es consciente del bailarín que yace enterrado en su profundidad. Por
ahora permanece inmóvil, colgado del árbol del destino y sin ayuda posible.
La leyenda nos cuenta que Osiris también permaneció colgado de un árbol como la carne en el
matadero y que durante tres días esperó madurar para ser despedazado. Parece ser que este
joven debe colgar del árbol del sacrificio hasta que madure y hasta que el viejo Adán empiece a
pudrirse y caiga. En el mismo centro de esta experiencia (llámese iniciación o crucifixión) está la
terrible necesidad de sentirse traicionado y de afrontar la espantosa soledad de estar totalmente
olvidado. Refiriéndose a este estado psicológico, Jung escribe: «El paciente debe de estar solo si ha
de encontrar qué es lo que le soporta cuando él no se soporta ya. Sólo esta experiencia puede
proveerle de unos fundamentos indestructibles».
Lo que soporta al Colgado es la sólida madera del árbol de la Naturaleza, que le pone en contacto
con la robustez de su propia naturaleza interior. El hecho de que esta experiencia nos dé como
resultado una cimentación indestructible viene indicado por la forma en que sus piernas forman el
número cuatro (visto de pie), mostrándonos que la orientación, la totalidad y la solidez toman
forma en el inconsciente. La experiencia interior que está sufriendo no es un sueño nebuloso:
tiene las cuatro dimensiones de la realidad. El pie sobre el que normalmente se sostiene señala
ahora hacia el cielo. Está adquiriendo una nueva comprensión. La comprensión que simboliza el
Emperador y su número cuatro es de un tipo diferente. Las cuatro puntas de la figura se
orientaban hacia realidades externas al plano humano: civilización, estabilidad, ley y orden. En el
Colgado, este orden cuadrangular ha sido invertido pero no destruido y yace simplemente abierto
a la luz del cielo, expuesto de una manera nueva a la intervención de los dioses.
El número doce del Colgado incluye mucho de lo que se ha dicho hasta aquí. Marca el tiempo
límite de la realidad humana con sus doce horas alternativas de día y noche y la cuenta anual de
sus doce meses. También nos señala los doce signos zodiacales, que simbolizan dimensiones
sobrehumanas de tiempo, así como la intervención del destino sin control por parte del hombre.
Como cuatro veces tres, el número doce conecta la trinidad del espíritu con la rectangularidad de
la realidad de la tierra. El héroe se siente atravesado por la influencia de las estrellas y se siente a
sí mismo en esta dimensión expandida del doce.
Empieza a descubrir que el viaje hacia la autorrealización no procede en el orden de AB-C, sino que
su ritmo es azaroso. Al igual que el movimiento de la Rueda de la Fortuna, su fortuna espiritual
sufrirá muchas revoluciones. Habrá períodos de depresión, cuando la introspección previamente
ganada y que él creía segura desaparezca de nuevo hacia el inconsciente, aparentemente perdida
para siempre jamás. Otras veces, cuando se sienta en la cima de su fortuna, el sol brillará de nuevo
y saldrá, como si renaciese, hacia un mundo de nuevos colores y de dimensiones desconocidas y
nunca soñadas. Utilizando otra imagen, es como si el modelo del crecimiento espiritual fuera
como el que desarrolla un árbol: antes de que puedan florecer nuevas ramas en la superficie, las
raíces deben profundizar en la tierra para ampliar su campo y soportar así el nuevo crecimiento.
El Colgado inicia un largo período de asimilación forzada y de consolidación en las raíces. Pasará
un tiempo antes de que las ramas podadas dibujadas aquí nos muestren nuevos brotes o antes de
que el joven salga de nuevo al mundo. Por el momento, y durante un tiempo, las energías y las
visiones mostradas en las cartas anteriores serán absorbidas hacia el inconsciente para su
profundización y su expansión. Por ejemplo: en la Rueda de la Fortuna, el héroe empezó a ver su
destino personal contra una pantalla más amplia, estableciendo conexiones significativas entre su
vida y los modelos universales. Ahora, se enfrentan su fe y estos modelos. En la Justicia, podía
estudiar los problemas del equilibrio en una posición horizontal; ahora su conocimiento se amplía
en sentido vertical y en dos direcciones: hacia arriba, hacia los planetas del cielo; y hacia abajo,
hacia el mundo subterráneo de la naturaleza vegetativa. Debe de establecer ahora un equilibrio
entre estas dos fuerzas opuestas. Sus manos atadas le impiden hacer nada para liberarse de la
experiencia atormentada de la crucifixión.
El destino puede traernos este tipo de crucifixión varias veces durante nuestra vida y de varias
maneras distintas. Un revés comercial puede desposeer a una persona en una noche de todas sus
posesiones mundanas, incluso de la profesión a la cual había dedicado su vida, entristeciendo su
realidad presente y destrozando sus esperanzas de futuro. Quizá a alguien le traicione un ser
amado, destruyendo la confianza que éste tenía puesta en él y en el mundo, dejándole triste y
solitario. También puede suceder que un asunto político o religioso, en el cual uno estaba
totalmente absorto, le falle (fallar, eso es retirar la imagen salvadora que él había proyectado),
desbaratando el universo entero, dejando su vida sin sentido alguno. También puede ser una
inmovilización repentina por enfermedad.
Puede suceder también que una enfermedad espiritual le deje inerme. Quién tenía a diario la
confianza de lograr dominar la vida, descubre ahora que, incomprensiblemente, se halla sin
energía o voluntad para conseguirlo. Su personalidad entera se encuentra sumergida en la
depresión. En este caso, la totalidad de su intelecto, de su ego, se siente deprimida y falta de base,
exactamente como se representa en esta carta del Tarot. Al igual que el Colgado, se siente tan
impotente como un vegetal. En algún caso extremo, una persona que sufra esta experiencia puede
convertirse casi literalmente en un vegetal. Perdido en el mundo del inconsciente, incapaz ya de
participar en el mundo exterior y de reconocer y ocuparse de sus propias necesidades físicas,
puede llegar a necesitar hospitalización.
Jung vio que las neurosis o las psicosis que se expresaban de esta manera no eran enfermedades
inhibidoras de la vida, sino que eran medidas correctivas cuyo propósito era establecer un
equilibrio psíquico a un nuevo nivel para poder proseguir la vida. Pensó que eran métodos que la
naturaleza usaba para curar al organismo psíquico. Observó que, siempre que el intelecto y la
voluntad se hacían inflexibles, orientados hacia el poder, la naturaleza recurría a tales medidas
extremas para eliminar los sueños de la persona de modo que ésta se viera forzada a explorar
otros aspectos de su psique. Jung vio la situación representada en el Colgado como una invitación
a profundizar en dimensiones desconocidas del ser; como un reto más que como un castigo. Dijo
sobre esto:
«El inconsciente siempre trata de producir una situación imposible para forzar al individuo a que
exteriorice lo mejor dé sí mismo. Si uno no lo intenta nunca, no se completa, no se realiza. Se
requiere una situación imposible, donde uno tenga que renunciar a su propia voluntad y a su
propio conocimiento, y no hacer nada más que confiar en el poder impersonal del crecimiento y
del desarrollo.»
Hasta años recientes pocos eran los psiquiatras que estaban de acuerdo con el punto de vista de
Jung. Cuando se encontraban con un paciente en la situación del Colgado, muchos de ellos
reaccionaban como casi todo el mundo ante esta carta del Tarot: intentaban darle la vuelta,
colocarlo inmediatamente sobre sus pies para que empezara de nuevo en el mundo de los logros,
de manera que pudiese reasumir su vida en el punto en que ésta se había interrumpido. […]
Sin tener en cuenta de qué manera se plasma en nuestra realidad la situación del Colgado, este
enfrentamiento requiere siempre sacrificio y una renuncia consciente a la consciencia del ego
como fuerza conductora, así como la aceptación de nuestro destino y nuestra sumisión a él. […]
Solamente consintiendo de alma y corazón en esta experiencia puede el Ahorcado esperar una
ayuda celestial y conectar de nuevo con los dioses y con su ser transpersonal. A través de su
aceptación de la crucifixión, el hombre coopera con su destino y, en este sentido, lo escoge. Al
escoger su destino se libera de él, pues en ese momento lo trasciende.
Si el Colgado puede aceptar su destino y «encomendar su espíritu» a un poder superior a la
consciencia del ego, puede entonces «entregar el espíritu» de su personalidad anterior entrando
en una vida nueva con un nuevo espíritu. Si puede tolerar y comprender su crucifixión, emergerá
de este oscuro encuentro por el otro lado del precipicio, hacia otro nuevo mundo, por decirlo de
alguna manera. Habiendo llegado al otro lado, continuará su viaje de nuevo, pero esta vez de
manera más consciente y dedicada.
Hasta ahora el trabajo más importante del héroe fue vivir plenamente su vida exterior. Ahora
(como se representa en esta carta) hay una gran fractura entre lo viejo y lo nuevo.
Nunca más podrá regresar a su vida egocéntrica. Desde ahora empezará a mirar cada vez más
profundamente a la cara impersonal de la Muerte, esa figura monstruosa que representa la
próxima carta.
El Colgado (El Nuevo Tarot Ritual de la Aurora Dorada):
El Sendero del Colgado corre entre las Esferas de Hod y Gueburah. Es “La Severidad del Esplendor
y la ejecución del Juicio. Marte actuando a través del Agua sobre Mercurio.” Este es un Sendero de
autosacrificio, pérdida y el concepto de la Muerte Divina asociado a todos los mitos de los dioses
que mueren. Representa a la crucifixión del Cristo y el asesinato de Osiris. En todos estos mitos
por igual, el dios muere y es resucitado en algo más grande. Su muerte es un período de retiro
absolutamente necesario para el renacimiento de toda la vida.
El Colgado tiene la Letra Hebrea Mem asociada a él. Mem, una de las Tres Letras Madres, significa
agua. El Colgado representa una clase de bautismo en agua. Este Sendero es una Iniciación
consistente en una especie de estado de trance, un período de animación suspendida. Es un
estado de meditación de profundo autoanálisis. Este es ciertamente el sendero de la crucifixión
del yo, una experiencia esencialmente intelectual que constituye un paso necesario del Esplendor
de la Mente en Hod a la encendida Severidad en Gueburah. El auto sacrificio es crucial para aquel
que aspira a los reinos más elevados del Árbol de la Vida. […]
El Ahorcado (Enrique Eskenazi – Tarot, El Arte de Adivinar):
Asociaciones simbólicas: Vinculado con el número 12, es atingente su simbología como
completitud de un ciclo (12 meses de un año, 12 signos del Zodíaco, 12 apóstoles de Cristo) y es un
número de redención, conectado con el Sol: el Sol entre los 12 signos, José entre los 12 hermanos,
Cristo entre los 12 apóstoles.
La figura muestra una cruz (las piernas del colgado) sobre un triángulo (cabeza y brazos), lo cual
simboliza el descenso de la luz en la oscuridad, la redención de las tinieblas mediante el sacrificio.
De ahí que El Ahorcado se vincule con todos los dioses sacrificados: Odín que se cuelga a sí mismo
del Ydgrasil o Árbol de mundo; Osiris, despedazado por Tifón; Dionisio Zagreus, descuartizado, o el
Cristo crucificado. Por ello también es símbolo de salvación. Es la carta del Dios que muere para
redimir al mundo, y por ello ilustra la historia de la Pasión: Dios se hace hombre y sufre.
A su vez, apunta a lo que Sartre llamó “la Pasión invertida”: el hombre que, invirtiendo los valores
usuales –de allí que esté cabeza abajo- se identifica con la divinidad. En este sentido, esta carta
representa la fórmula suprema del Adepto, y está especialmente dedicada a la mística.
Correlaciones esotérica: Asociado a la letra Mem, que significa “agua”. Agua. Sendero que vincula
a Geburah (Severidad-Marte) con Hod (Esplendor, ciencia. Mercurio), llamado “Severidad del
Esplendor”. Marte actuando sobre Mercurio a través del agua. Mente suspendida. Inteligencia
estable. Poseidón, Neptuno. Azul pálido. Águila, serpiente, escorpión. Aguamarina. Mirra. Espíritu
de las Poderosas Aguas.
Significados adivinatorios: En el plano espiritual indica una actitud de sacrificio, de postergada
devoción, por la cual se dejan de lado los valores usuales y se acepta una ardua disciplina en favor
de valores opuestos. Iniciación, tendencia mística. Hay una atadura a la cual uno se mantiene
ligado, voluntaria o involuntariamente, y que inhibe la propia libertad de movimiento. Sacrificio en
nombre de objetivos superiores.
En el plano psíquico significa el descenso al inconsciente, el sacrificio de la conciencia a favor de
una expansión de las fuerzas más profundas.
Abandono, renunciamiento, prueba. Vinculado con el bautismo, este arcano indica el comienzo del
renacimiento, superación de los estrictos límites del ego. En el plano práctico señala sacrificio,
acaso inútil. Ataduras difíciles de romper. Aprendizaje del deber. Sufrimiento, dolor, tristeza.
Agotamiento.
El Colgado (Ramirez Marinela):
El Colgado representa el sufrimiento interior, la lucha que estremece las creencias y vivencias del
sujeto, el sacrificio del que no desea herir a nadie. El Colgado nos recuerda que la mejor manera
de encarar un problema no es siempre la más obvia.
Ideas claves
· Arquetipo: la prueba.
· Lección: aceptar hacer un sacrificio. Producir cambios en nosotros mismos. El llamado interior.
· Meta: apostolado, cumplir una misión. Crecimiento interno.
· Disposición psico-emocional: prueba de paciencia. Aparente inactividad. Ejercicio de humildad.
Sabiduría alcanzada tras las pruebas.
El Colgado (Astrología y Tarot – Beatriz Leveratto y Alejandro Lodi):
Descripción de la carta: En esta carta vemos a un hombre colgado cabeza abajo atado de un solo
pie, mientras su otra pierna cruza formando un “cuatro”. Su aspecto y actitud resultan extraños;
su ropa es multicolor, sus brazos se inclinan atrás y su cabeza semeja estar dentro de un pozo. El
Colgado parecer estar cumpliendo una penalidad: humillado y sin posibilidad de moverse. AL
mismo tiempo, muestra una actitud apacible y un gesto de satisfacción. Estados percepciones
revelan la paradoja del simbolismo del arcano: por un lado, la sensación de detención y parálisis, y
por el otro, la posibilidad de entrega intuitiva y total confianza hacia aquello que no se controla,
que constantemente maneja el devenir de la propia vida. Su cabeza se inclina hacia abajo.
Difícilmente podamos entender las pruebas que esta carta nos traerá. Es preciso desarrollar
aceptación, humildad y entrega para que El Colgado no sea vivido solamente frustración o
demora. La rama de la que cuelga suele mostrar hojas o frutos que anuncian una futura
creatividad pero todavía no puede ser vista.
Interpretación: La imagen que simboliza este momento de nuestro viaje por los arcanos mayores
del tarot connota de un modo muy explícito la cualidad de sacrificio. Desde esta apreciación,
resulta obvio el fuerte vínculo entre El Colgado y la cualidad de Piscis, la función de Neptuno o la
experiencia de Casa XII en astrología.
Aquí estamos ingresando en el propio misterio, en la sustancia más allá de la vivencia personal y,
en este sentido, en un mundo de particular objetividad. Con El Colgado la conciencia inicia la
experiencia de otra realidad, un orden cualitativamente distinto: el orden de la realidad
transpersonal.
El Colgado representa la frontera entre dos mundos: el de lo consciente y lo inconsciente, lo
temporal y lo atemporal, lo profano y lo sagrado… Simboliza la vida en la forma humana y la
muerte a esa condición para acceder así a otro plano de manifestación de lo vital.
El Colgado es símbolo de un estadio de gestación en el cual la conciencia comienza a desarrollar la
respuesta a una nueva dimensión del ser. Esta nueva identidad debe contar con una peculiar
cualidad sensible, necesaria para que la conciencia pueda expandirse e incluir la experiencia del
inconsciente profundo, transpersonal. Y esta dimensión es la que habitualmente se reconoce
como espiritual o sagrado.
En principio, debemos distinguir entre este inconsciente profundo y el inconsciente histórico-
personal. Es decir, este inconsciente transpersonal no se reduce a las experiencias vividas desde
nuestro nacimiento, las que se han acumulado en nuestra memoria sin ser conscientes de ello, o
que no han podido ser elaboradas por la conciencia o simplemente han sido reprimidas.
Fundamentalmente representa la “sustancia psíquica” que conecta con lo universal o, mejor, que
revela lo universal que nos atraviesa.
De este modo, El Colgado simboliza el momento del viaje en el que la conciencia adquiere
convicción de que somos formas particulares, específicas e individuales. Pero, al mismo tiempo,
también somos un sustrato común, no sólo a todos los humanos, sino a toda manifestación de la
vida (más allá incluso de la forma humana). En nuestra vida cotidiana no somos conscientes de
esta dimensión de la cual participamos y por eso llevamos una vida profana, esto es, “carente de
conocimiento”, “que ignora otra condición”. Por cierto, esto no tiene carga moral alguna (bien-
mal, pecado-virtud, inferior-superior); simplemente alude a diferentes estados de discernimiento
consciente.
El Colgado retorna a algo que ya fue en La Fuerza: despertar a lo sagrado. En su etimología
“sagrado” significa “dedicar a Dios”, “volver a lo divino” o “recordar el conocimiento de lo divino”.
Es decir, la conciencia ha sabido desarrollar una personalidad humana madura, ha surgido del
estado de indiferenciación primaria y se ha discriminado de su naturaleza animal (meramente
instintiva) constituyéndose en un individuo humano, una persona, un yo. Con El Colgado, la
conciencia debe despertar a un orden trascendente, cesar la ignorancia de su naturaleza divina y
reconocerse en ella, para lo cual es necesario que el ego entregue su voluntad.
La fase del proceso de desarrollo de conciencia que representa El Colgado recuerda, de este modo,
que para que lo profano (aquello que ignora) despierte a lo sagrado (aquello que reconoce su
divinidad) es necesario sacrificio.
Debemos ser cuidadosos con el significado que le otorgamos a este “sacrificio de lo personal para
recordar o volver a lo divino”. Porque, en verdad, no se trata de desandar el camino que condujo a
desarrollarse como una personalidad madura, tampoco de un retorno al punto de partida o un
regreso a la experiencia de una conciencia indiferenciada de los instintos y las pulsiones. El
Colgado simboliza el salto de conciencia que progresa hacia lo transpersonal. En palabras de
Jodorowsky: “En un plano espiritual, El Colgado deja de identificarse con la comedia del mundo y
con su propio teatro neurótico; ofrece en sacrificio al trabajo interior las inquietudes de su ego. En
este sentido, su caída es un ascenso.”
En términos astrológicos, este sacrificio de lo personal, esta muerte y trascendencia del ego,
implica una progresión (un “retorno progresivo) hacia Piscis y no un “repliegue regresivo”, que
presupone que el desarrollo personal ha sido “un error que debe ser eliminado”.
La lógica de tres estadios de despliegue de la conciencia que hemos presentado en nuestra
introducción y desarrollado a lo largo del libro (pre-personal, personal y trans-personal) no debe
descuidarse en ningún momento, para evitar caer en la trampa del dualismo, lo cual nos llevaría a
confundir lo trascendente con lo regresivo (lo trans-personal con lo pre-personal). AL respecto,
Ken Wilber afirma: “[…] el estadio infantil no es el inconsciente transpersonal, sino el inconsciente
prepersonal, no es transracional, sino preracional; no es transverbal, sino preverbal; no es
transegoico, sino preegoico. Y el curso del desarrollo humano –el curso, en suma, de la evolución-
va desde la subconsciencia hasta la autoconciencia y, desde ahí, hasta la supraconsciencia; desde
lo prepersonal hasta lo personal y, desde ahí, hasta lo transpersonal; desde lo inframental hasta lo
mental y, desde ahí, hasta lo supramental; desde lo pretemporal hasta lo temporal y, desde ahí,
hasta lo transtemporal […] o, dicho de otro modo, a lo eterno.
Así pues, el desarrollo no es una regresión al servicio del ego, sino una evolución al servicio de la
trascendencia.”
En suma, recordar el conocimiento de lo divino significa despertar a la conciencia de lo
trascendente, a un conocimiento del que siempre participamos, pero del cual no éramos
conscientes y luego olvidamos. No significa regresa a un estado espiritual sublime “que hemos
perdido por haber desarrollado un ego o yo personal”, tampoco implica retornar a algún
“paraíso”; es progresar hacia el inédito estado de ser conciencia de plenitud.
A su vez, la palabra “sacrificio” se vincula con un esfuerzo tortuoso, con una entrega no exenta de
sufrimiento, con los rituales en los que se expían culpas a través del padecimiento de una víctima
o chivo expiatorio. La imagen de El Colgado parece confirmarlo: un sujeto está cumpliendo una
penalidad, humillado, sin posibilidad de actuar por sí mismo. Nichols enfatiza: “Se halla totalmente
en las manos del Destino. No tiene poder ninguno para dar forma a su vida o controlar su destino.
Como una hortaliza, no puede más que esperar que una fuerza externa a él le arranque de la
atracción regresiva de la Madre Tierra… Podemos imaginar fácilmente con qué fuerza y furor luchó
este joven. Nosotros también creemos que este trance es inaceptable y humillante. Se nos hace
difícil ver su cabeza, sede del pensamiento racional, así rebajada…”
Y luego agrega (respecto al significado de ser colgado “cabeza abajo”): “[…] el colgar, en sí mismo,
no es el instrumento físico de la muerte, es más bien un signo de ignominia, de censura y de
ridículo público, un vuelvo, un giro total de todo lo que significaba algo para aquel personaje…”
Esta sensación de “estar en manos del Destino”, sin posibilidad alguna de actuar sobre los hechos
de la vida, se asemeja a lo que representa la interpretación tradicional de la Casa XII, según la cual
en esta área de experiencia nos encontramos “fatalmente atados al destino”; somos “victimas de
enemigos ocultos” o estamos “pagando el karma de nuestras vidas pasadas”. La Casa XII implica
confinamiento, pérdida y caída.
Desde esta interpretación, el simbolismo de la Casa XII, el carácter no-racional de estas
experiencias, sólo son percibidos como una regresión a la dimensión pre-racional, al inconsciente
como manifestación oscura (diríamos “demoníaca”) del psiquismo. La Casa XII sólo tiene un
significado de sanción, de castigo: representa aquel lugar al que el ego debe retornar
compulsivamente a pagar sus pecados.
No obstante, la experiencia de lo no-racional no necesariamente debe representar una caída en lo
pre-racional (en lo que todavía no fue iluminado por la razón), también puede indicar la revelación
de lo trans-racional (de lo que existe más allá de lo que la razón puede iluminar). Es decir, aquello
que no puede ser explicado en términos racionales no tiene porqué consistir en una expresión
caótica (irracional) de lo pulsional e instintivo, sino la plasmación y evidencia del orden que está
más allá (no “más acá”) de lo que puede ser racionalizado. La Casa XII no sólo representa aquella
caída en el más oscuro inconsciente, es capaz de simbolizar un área de contacto con ese orden
trascendente.
En este sentido, merece recordar el significado etimológico del término sacrificio, esto es, sacro
oficio o sagrado hacer. Es decir, no se trata de deshacer lo hecho, sino de hacerlo sagrado; no se
trata de destruir o castigar al yo, sino de elevarlo a la conciencia de lo sublime. Y esto le da un
sentido completamente distinto al simbolismo de El Colgado y a la experiencia de la Casa XII.
Desde este punto de vista, el sacrificio no representa pasividad ni resignada penitencia, sino una
activa labor para que se revele lo sagrado, para despertar al conocimiento; en rigor,
reconocimiento de lo divino, para acceder al orden que trasciende las formas concretas y visibles
del mundo ordinario.
¿En qué consiste esta “acita labor”? En principio, en contemplar las cosas “cabeza abajo”. Lo
racional (la mente, la cabeza) no es la herramienta adecuada para acceder a este conocimiento.
Más aun, el intento de “usar la cabeza” –esto es, de entender y explicar racionalmente- provocará
sufrimiento, desesperación e impotencia.
“También puede verse en esta carta, en esta inversión de su cuerpo físico, una inversión de la
mirada y de sus perspectivas: el intelecto es abolido, lo racional deja de dominar la conducta, y la
mente se vuelve receptiva –como lo demuestra el amarillo oscuro del cabello- a la sabiduría
interior profunda.”
Al mismo tiempo, estar “cabeza abajo” implica alterar la visión habitual, además de “ver las cosas
al revés”.
“El punto de vista sobre la vida cambia. Uno se desprende de una visión del mundo heredada de la
infancia, con su cortejo de ilusiones y proyecciones, para entrar en su propia verdad esencial.”
El Colgado se vincula con la experiencia de que suceda lo contrario a lo que yo espero, quiero o
deseo. Y si esto ocurre no es porque “mi yo esté siendo castigado” o porque sea “víctima de las
fatalidades del destino”, sino porque la conciencia está ingresando al registro de una realidad
cualitativamente distinta a la del yo personal distinta a la experimentada desde la sensación
identidad separativa. Esta otra realidad comúnmente la reconocemos como espiritual o
transpersonal. Al respecto, Sallie Nichols expresa: “Si El Colgado puede aceptar su destino y
“encomendar su espíritu” a un poder superior a la consciencia del ego, puede entonces “entregar
el espíritu” de su personalidad anterior entrando en una vida nueva con un nuevo espíritu. Si puede
tolerar y comprender su crucifixión, emergerá de este oscuro encuentro por el otro lado del
precipicio, hacia otro nuevo mundo, por decirlo de alguna manera. Habiendo llegado al otro lado,
continuará su viaje de nuevo, pero esta vez de manera más consciente y dedicada.”
Esto le otorga al símbolo de El Colgado un carácter de iniciación o bautismo. En la tradición, el
sentido del bautismo es justamente el de purificación y admisión: purificar los residuos del orden
que se abandona y quedar así admitido en un orden nuevo y más pleno. La propia raíz de la
palabra “bautizar” alude a “sumergir, hundir”, y en muchas tradiciones (incluida la cristiana) en la
ceremonia de bautismo se sumergía al bautizado “cabeza abajo” en las aguas, quien, de este
modo, quedaba consagrado, es decir, “dedicado a Dios”.
En este punto se advierte la asociación con el signo de Piscis (y su correspondencia con Neptuno y
Casa XII): purificación, inmersión en aguas, sacrificio, ser dedicado a Dios… Piscis es la cualidad
amorosa en su expresión más sutil, profunda y universal. Y recordemos: profundamente, amar es
incluir.
¿Qué quiere decir esto realmente? Trascender hacia lo sagrado no significa excluir, reprimir o
someter el orden de lo profano, sino incluirlo (comprenderlo) en el orden más abarcativo de lo
universal, disolviendo los rígidos bordes que generaban la sensación de separatividad,
“sumergiendo lo humano en las aguas de lo divino”.
Así como La Fuerza (arcano “número 11”, primer arcano de la segunda decena) guarda analogía
con El Mago (arcano “número 1”, primer arcano de la primera decena), del mismo modo,
podemos establecer una relación entre El Colgado (arcano “número 12”, segundo arcano de la
segunda decena) y La Papisa (arcano “número 2”, segundo arcano de la primera decena).
Alejandro Jodorowsky considera esta relación entre La Papisa y El Colgado y la asocia con el estado
de gestación al que antes aludíamos: “Si La Papisa incuba, El Colgado es incubado: entra en
gestación para que nazca el nuevo ser […] Si La Papisa es la madre, El Colgado es el hijo. Cabe
imaginar El Colgado en gestación el huevo del Arcano II. Suspendido entre el cielo y la tierra,
espera nacer.”
En esta línea de análisis, es dable refrescar nuestro comentario sobre La Papisa: “Relacionada con
la fecundidad, con mayor precisión La Papisa simboliza aquello que es fecundado, la potencia de la
sustancia que es activada por un principio de otro orden. Ese principio activador anhela materia
para ser, necesita desarrollar su proceso en la forma concreta. Así, el cuerpo de La Papisa recibe la
chispa del espíritu, nutriéndolo y haciéndolo realidad sustancial.”
Aquí La Papisa aparece asociada con una entrega al mundo material, sustancial, concreto: el
espíritu entrando en la materia. Y la entrega a este orden orgánico también respetaban la
disposición al desarrollo del yo personal, la constitución y maduración de un ego psicológico, de
una sensación de identidad.
En El Colgado el proceso se revierte. Es el momento de la entrega del ego personal ya desarrollado
a un orden que está más allá de la sustancia material. El yo debe emerger al plano transpersonal y,
en este sentido, debe ser sacrificado. De un modo paradójico para nuestra percepción habitual, la
consagración de yo no significa alcanzar lo deseado ni lograr sus metas u objetivos, sino “ser
dedicado a Dios”. La consagración del yo no se relaciona con éxito y el reconocimiento a la
personalidad, sino con la disolución de sus “bordes singulares”, con la inmersión en las aguas
universales, con dejar “la mirada personal” y “hacerse sagrado”. Así, el éxito de El Colgado consiste
en “ver las cosas al revés” y “que no ocurra lo que yo quiero”.
El Colgado en una lectura:
Desde una conciencia condicionada (estadio pre-personal: identificación sin discriminación): En
este estadio el individuo puede presentar una actitud de excesiva pasividad. La lectura, sostenida
en la creencia de que, puesto que la vida tiene sus propios ciclos y movimientos, “nada puede ser
controlado por la voluntad” y “todo está marcado”, la persona siente una incapacidad total para
accionar.
Puede suponerse que el mundo deberá solucionar sus problemas personales, sin aportar el propio
esfuerzo. La sensación de inactividad, de estar detenido, y de que “la vida es sacrificio” suele llevar
a que se identifique con el arquetipo de víctima. Desde una perspectiva más optimista (aunque
igualmente ilusoria), la persona puede expresar una confianza mágica en que todo encontrará
solución, relajarse en una actitud displicente a la espera de “la divina providencia”.
Desde una conciencia estructurada en un yo (estadio personal: discriminación y crisis de
identificación): Aunque la conciencia comienza a percibir la disposición a la entrega a un orden
sagrado, desde su personalidad continúa resistiendo y vive este clima como “tiempos de
sacrificios”, de esfuerzos, frustraciones e impotencia.
Sin embargo, emerge hacia la conciencia el registro de la contradicción entre el sentimiento de
victimización personal y el de apertura al orden trascendente de la totalidad. Suelen aparecer
sensaciones de temor o miedo, que anticipan el dolor que puede provocar la próxima carta (La
Muerte).
Desde una conciencia en expansión (estadio trans-personal: apertura a la integración con una
totalidad mayor): En este nivel este arcano puede asociarse con la total unión entre el 1 y el 2,
entre El Mago y La Papisa, surgiendo entonces un nuevo nivel de La Emperatriz (3): una total y
absoluta entrega a la fertilidad de la vida, cuerpo y presencia dispuestos a vivencia lo que deba
ser, mucho más allá de la propia conciencia o voluntad.
Aunque se es conciente de que la vida no puede continuar tal cual es, se manifiesta una confianza
en la entrega, aunque incluya el propio sacrificio.
La conciencia vivencia una clara discriminación respecto de la fase de desarrollo representada por
el arcano anterior, La Fuerza. Aquí la disolución del ego o del yo puede intuirse como total.