El Carro (La Vía del Tarot – Alejandro Jodorowsky):
Acción en el mundo
El Carro, en la primera serie de los arcanos mayores, es el número VII. Número primo, divisible
sólo por sí mismo, es el más activo de los números impares. El Carro representa, pues, la acción
por excelencia en todos los planos, sobre uno mismo y en el mundo. A diferencia de La Emperatriz,
que ocupa el lugar correspondiente en el cuadrado Tierra y que indicaría un estallido sin objetivo
determinado, El Carro sabe perfectamente adonde va. La carta se compone de tres planos
principales: dos caballos, un vehículo y su conductor, que podría identificarse como príncipe
puesto que lleva corona. De ese príncipe sólo se ve la mitad, por encima de la cintura. Ciertos
lectores, según su proyección, podrán ver en él un enano de piernas atrofiadas o una joven
disfrazada. Pero el rostro que nos presenta de entrada es viril y noble. El vehículo, un cuadrado de
color carne, está hundido en la tierra, podría decirse que no avanza. En realidad, va con el
movimiento del planeta, el movimiento por excelencia. Al estar unido a la Tierra, El Carro no
necesita avanzar: es un espejo de la rotación planetaria. Su carro podría ser la Osa Mayor, el Carro
solar de Apolo, o el del caballero en busca del Grial.
Los dos caballos que tiran de su vehículo están representados al igual que el perro de El Loco, con
un pelaje azul cielo. Una vez más la animalidad se ve espiritualizada. Por otra parte, se puede
identificar el caballo de la derecha, con sus largas pestañas y su ojo cerrado como un elemento
femenino, y el otro caballo como masculino. Las dos energías complementarias macho y hembra
realizan aquí la unidad. Si bien sus patas se dirigen aparentemente en direcciones opuestas, el
movimiento de la cabeza y de la mirada es común: es la unión de los contrarios que se produce en
el plano energético. Los caballos llevan en el pecho el símbolo del oro alquímico: la fuerza animal
instintiva actúa aquí con plena consciencia.
En el carro de color carne encontramos una gota verde en el centro del blasón amarillo y naranja:
en medio de la carne perecedera, una gota de eternidad, engastada en la mente, afirma su
permanencia. Algunas leyendas pretenden que, entre todas las células del cuerpo humano, que
son mortales, existe una sola capaz de sobrevivir a nuestra muerte física. El Carro lleva, en esta
gota verde, nuestra gran esperanza de inmortalidad, la conciencia impersonal incrustada en el
corazón de la materia.
Si se observa la posición del personaje, se descubre que su cuerpo, su cabeza y sus brazos forman
una figura triangular en el cuadrado del vehículo. Un triángulo en el cuadrado: el espíritu en la
materia. Veremos de nuevo esta geometría simbólica en el Siete de Oros. El Carro evoca, pues, la
búsqueda alquímica: materialización del espíritu y espiritualización de la materia. Desde esta
óptica, podría decirse que el
vehículo representa el cuerpo, los caballos la energía, y el personaje el espíritu. El cetro de color
carne en la mano izquierda del príncipe puede significar que domina la vida material, o que extrae
su poder de su encarnación. En cualquier caso, su acción se efectúa sin esfuerzo. Asimismo, no
necesita riendas para guiar a los caballos. Las doce estrellas que lo dominan nos indican que
trabaja con la fuerza cósmica. Su corona adorna una cabeza cortada, como abierta a las influencias
de la galaxia. Pero hay un velo por encima de él, cerrando el horizonte del cielo. La Estrella (Arcano
XVII) es la que levantará este velo.
Sobre sus hombros, las máscaras representan, si se quiere, el pasado y el futuro, o lo positivo y lo
negativo, o el tiempo y el espacio, de los cuales es el punto de encuentro y de unidad. Al actuar en
pleno presente, está abierto hacia el pasado y el futuro, hacia la alegría y la tristeza, la luz y la
sombra. Es un personaje completo que actúa en tres planos a la vez. En su mano derecha, se
distingue la curva de una bola o de un huevo blanco que ya hemos visto bajo la axila del Loco. Es
un secreto que guarda, una esfera de perfección secreta.
En una lectura
El Carro se ve a menudo como un conquistador de poderosa acción, un amante de sexualidad
triunfadora. A veces anuncia un viaje. Hay quien ve en esta carta incluso el anuncio de un éxito en
el cine o en la televisión, ya que el personaje aparece enmarcado, como una marioneta en un
teatro. En cualquier caso, es una carta que avanza hacia el éxito. Sus únicos peligros son la
imprudencia y la inflexibilidad del conquistador que no duda de lo lícito de su conquista. Carta viril
y extremadamente activa, a veces sugiere, para una mujer, que fue deseada como niño. El Carro
incita también a preguntarse acerca de los medios de acción que se utilizan sobre el mundo y el
modo en que uno dirige su vida.
Al pie del Carro, crecen plantas rojas, llenas de actividad, que dan también la tonalidad energética
de la carta.
Y si El Carro hablara...
«Estoy lleno, absolutamente lleno de fuerza. Nada se desperdicia arraigado en el planeta, amante
de todas sus energías, con ellas avanzo. Cual caballero de fuego, no me muevo de mi sitio. No me
deslizo sobre la tierra. Veo desde arriba. Viajo con el tiempo sin salir nunca del instante. Sin
pasado, sin futuro, el único tiempo posible: el presente, como una inconmensurable joya. Lo que
no está aquí no está en ningún otro sitio.
Soy el origen de todos los guerreros, de los campeones, de los héroes, de toda capacidad de
aguante y de toda valentía. Nada me asusta, ningún trabajo. Puedo ir a la guerra o alimentar a
todos los habitantes de la Tierra. Estoy absolutamente centrado, en medio del universo,
atravesado por todas las energías de la materia y del espíritu. Si soy una flecha, hiendo mi propio
corazón, y esta profunda herida, esta conciencia, me transforma. Para el que está despierto el
sufrimiento se convierte en bendición. Disuelvo los sufrimientos ocultos en mis huesos, uno el
estado de vigilia al de sueño.
Atravieso la noche de la duda sobre el abismo de mí mismo. Corto el nudo de los enigmas. Supero
la angustia de ser, desprecio las apariencias, libero los sentimientos de la razón, destruyo lo que se
opone a mí, soy lo que soy. Quiero vivir tanto tiempo como el universo.
Centro de una esfera creciente, invado la dimensión en que el pensamiento no se manifiesta
todavía, donde en la oscuridad se gesta la acción pura. Reduzco a polvo los enjambres de palabras.
Ningún espejo me asusta, ni siquiera el alma que se desprende de los muertos como una fruta
seca.
He convertido mi infortunio en diamante, cada abismo en una fuente de energía. Todos los soles
pueden morir, yo seguiré brillando. La fuerza inconcebible que sostiene al universo me sostiene
también. Soy el triunfo de lo existente en la vacuidad. Ni las muertes ni las persecuciones pueden
hacer nada para abatirme, ni los ciclos de la historia, ni la sucesiva decadencia de las civilizaciones:
soy la consciencia y la fuerza vital de la humanidad.
Cuando me encarno en vosotros, los fracasos se convierten en nuevos puntos de partida, y diez
mil razones de renunciar no valen nada frente a una única razón de continuar. Conozco el miedo,
conozco la muerte, no me detienen. Sé crear, sé destruir, sé conservar, y todo ello con la misma
energía irresistible. Soy la actividad misma del universo.
Avanzo hacia todas las dimensiones del espacio rompiendo los horizontes, hasta llegar al objetivo,
que es la máscara del comienzo. Retrocediendo también, de vacío en vacío, a la derecha, a la
izquierda y hacia arriba, apartando galaxias hasta disolverme en la ausencia perturbadora, madre
del primer grito que todo lo sostiene.
Soy el triunfo de la unidad en el quiebro del verbo, soy el triunfo del infinito en la cremación de los
últimos límites, soy el triunfo de la eternidad; en mi corazón, los dioses se desvanecen.»
Entre las interpretaciones tradicionales de esta carta:
Victoria - Acción sobre el mundo - Empresa llevada a buen fin - Viaje - Dinamismo - Amante -
Guerrero - Mensajero - Conquistador - Príncipe - Enano - Saqueador - Acción intensa - Éxito
mediático - Pantalla de televisión, de cine o de ordenador - Síntesis - Tener en cuenta los pros y los
contras – Armonía animus/anima - Conducir sus energías - El espíritu en la materia - Consciencia
inmortal
El Carro (Jung y el Tarot – Sallie Nichols):
“El sí-mismo usa la psique individual como medio de transporte. El hombre es conducido, por así
decirlo, a través del camino de la individuación.” Carl G. Jung
El Triunfo del Tarot número VII muestra a un joven rey vigoroso que lleva una insignia real y una
corona de oro, de pie frente a nosotros en su carro. En el Enamorado, el héroe permanecía inmóvil
en la encrucijada; este personaje real, sin embargo, parece saber a dónde va y estar ya en camino.
Elevado por encima de la humanidad pedestre y enmarcado por cuatro postes, llama nuestra
atención. El título de esta carta es el Carro; por implicación debemos considerar primero su
vehículo. […]
El carro es un vehículo de poder y conquista desde el cual el héroe puede marchar hacia la vida
para explorar sus propias potencialidades y examinar sus propias limitaciones. […]
El carro está diseñado para «llevarnos a casa». El viaje exterior no es sólo un símbolo del viaje
interior, sino que es también el «vehículo» para nuestro autodescubrimiento. Aprendemos sobre
nosotros mismos a través del compromiso con otros y yendo al encuentro de los desafíos de
nuestro entorno.
Cada viaje ofrece numerosas oportunidades para nuevos conocimientos y también nos expone al
riesgo de la desorientación. Estar solo en un país extraño, sin el apoyo de la familia, los vecinos o
los amigos, crea un cierto momento de verdad, cuando el héroe puede descubrir quién es en
realidad, o bien ser destruido por esa experiencia.
Sea o no consciente de la conexión existente entre el viaje interior y exterior, el joven que sale en
busca de su fortuna, busca también un valor que eclipsa al simple oro mundano. Las leyendas
sobre la conquista del mundo conocido de Alejandro le conectan con el triunfo del héroe sobre el
misterioso mundo interior. También el largo viaje de Ulises de regreso al hogar se ha convertido
en un paradigma para el viaje del autodescubrimiento, que finalmente nos devuelve, tras muchas
luchas y confrontaciones con extraños monstruos, dioses y gigantes desconocidos, al centro al que
uno realmente pertenece.
Simbólicamente, el carro tiene poderes celestiales, lo que le hace ser un conductor ideal en el viaje
hacia la individuación. Como Carro del Sol, es el Gran Vehículo del Budismo esotérico. En la kábala
es el carruaje con el que los creyentes ascienden hacia Dios y donde el alma humana se une con el
alma del mundo. Así pues, puede actuar conectando al hombre con los dioses, como lo hicieron el
carro místico de Elias y el carro de fuego de Ezequiel. Las ruedas del carro del Tarot se encuentran
colocadas de lado, de una manera muy peculiar. El carruaje de Ezequiel tenía también unas ruedas
muy especiales, que simbolizaban sus poderes numinosos. Quizá el Tarot quiere mostrarnos que
este carro tiene también cualidades mágicas. En su diseño general se asemeja a las ilustraciones
del carro de Ezequiel. Los dos son, en efecto, tronos móviles con cuatro soportes para un toldo, un
diseño que hoy en día aún podemos observar en el palanquín que cubre al Papa durante las
procesiones religiosas. Hay una íntima conexión entre las figuras centrales del Carro y la del Papa,
y esto es evidente en la distribución similar de ambas cartas.
En la carta número cinco, la figura central, situada dentro de un cuadrado formado por dos
sacerdotes y dos columnas, representa un quinto elemento, aquél que trasciende los cuatro
puntos del compás de la realidad ordinaria. En la carta que estudiamos ahora, el rey, enmarcado
por los cuatro postes, también representa un elemento quintaesencial.
Personaje real por nacimiento, con poderes y privilegios especiales, se le sitúa por encima de la
humanidad. Su corona dorada, como un halo, le conecta con la iluminación y la energía del sol.
Aquí no está dibujado como una figura gigantesca, inmóvil en un trono distante; aparece a escala
humana. Actúa como auriga, como fuerza orientadora, ubicada centralmente dentro del vehículo
psíquico. Psicológicamente, esto podría significar que aquellos elementos que antes se habían
proyectado a figuras externas (como un emperador o un papa ) se han recogido e integrado como
un principio orientador, un principio que opera dentro de la misma psique. A diferencia de las
figuras masculinas de autoridad encontradas hasta ahora, este rey es un hombre joven, lo que
indica que trae consigo nuevas energías y nuevas ideas.
El trono sobre el cual se halla sentado el Papa es fijo; el carro del rey admite mayor
desplazamiento y flexibilidad. Su fuerza motriz se la proporcionan dos caballos. Estos forman una
pareja curiosa, uno tan violentamente rojo y el otro tan insistentemente azul. Sin duda alguna,
cada una de estas bestias se imagina ser ese «caballo de otro color» que aleja toda traza de
monotonía, añadiendo sabor y color a nuestras vidas. Estos caballos pueden simbolizar los polos
positivo y negativo de la energía animal tal y como existen en toda la naturaleza, el aspecto físico
rojo y el aspecto espiritual azul.
En la carta número seis, dos mujeres antagonistas se enfrentan a la conciencia humana,
manteniéndola paralizada, impidiendo el progreso del ego hasta que puedan quedar resueltos sus
elementos conflictivos. Aparentemente el resultado ha sido un éxito, puesto que aquí los factores
opuestos se nos muestran como una pareja de caballos tirando del carro. Aunque de ninguna
manera sea una pareja perfecta, por lo menos avanzan.
¿Quién está a cargo de estas fogosas bestias? Podríamos esperar que el conductor sostuviera las
riendas pero, para nuestro asombro, estos caballos no tienen riendas. Por el contrario, las bestias
parecen surgir del mismo vehículo como si éste y ellos fueran parte de una misma entidad: un
cuerpo psico-físico del cual el rey es, a la vez, continente y contenido. Gobernar con éxito este
vehículo (y además hacerlo sin riendas) requeriría poderes gigantescos. Quizá los cuatro postes
actúan como brújula. Estos postes y el dosel que soportan forman un espacio relativamente
seguro que protege al rey y frena sus energías. Podríamos pensar en ellas en términos de las
cuatro funciones junguianas que son las cuatro columnas esenciales del ser psíquico. Dos de ellas
son rojas y dos azules, imitando así los colores de los caballos. Nos indican que los aspectos
diversos de la psique empiezan a actuar conjuntamente hacia una meta común.
Haciendo frente al problema reflejado en la carta anterior, el Enamorado ha creado ahora una
estructura psíquica móvil dentro de la cual puede dirigirse hacia la vida. En su centro se encuentra
un joven rey, símbolo de un principio activo dominante. Si es un gobernante decidido, no cabe
duda de que espera que el toldo que le protege de los elementos va a hacerlo igualmente de los
golpes y las flechas de aquel descarado pequeño Eros, cuyas actividades observamos
anteriormente. Este joven gobernante va a necesitar toda la protección y estabilidad que pueda
conseguir, pues está gobernando un vehículo inseguro. Como todos los vehículos de dos ruedas,
requiere el perfecto equilibrio de su conductor. En principio, este rey podría actuar como un
giróscopo, lo cual le ayudaría a mantener los opuestos en equilibrio. […]
El carro parece un símbolo apropiado para describir el poder conductor de la psique. La psique no
es un objeto, una cosa: es un proceso. El movimiento es su esencia. […]
La nueva vitalidad contenida en el Carro se nos muestra en las plantas y brotes nuevos que
aparecen en primer plano. Así como cada planta se mueve o tiende hacia la propia expresión de la
imagen única contenida en su semilla, la imagen del rey en el carro le conduce hacia adelante a
realizar su destino único.
El número siete del Carro lo conecta con el destino y la transformación. En los dados, la suma de
los lados opuestos es siete. En la Creación se han enumerado siete actos distintos de creación,
según nos relata el Génesis, y en el proceso alquímico hay siete estadios de transformación bajo la
influencia de siete planetas y de siete metales. En la filosofía oriental tenemos la ley de la armonía
divina y también los siete chakras. No debe sorprendernos, pues, que el Carro nos marque una
nueva era y su energía nos conduzca a la segunda fila horizontal, que se ha llamado con gran
propiedad el Reino del Equilibrio.
Como veremos, cada tercera carta de la secuencia del Tarot señala, de modo similar, una
transición de algún tipo. Se las ha llamado «cartas semilla», pues contienen la simiente para un
nuevo crecimiento. El Emperador es una de estas cartas; otras son La Rueda de la Fortuna (con el
diez), La Muerte (con el trece), La Torre (con el dieciséis) y El Sol (con el diecinueve). A partir de
sus nombres podemos ver fácilmente cómo cada una de ellas es capaz de iniciar un nuevo ciclo de
desarrollo.
El Emperador marca una transición desde la infancia y la niñez hacia la juventud, de ser albergado
por la madre y la familia íntima a ocupar un lugar entre un grupo social más amplio, dominado por
poderosas figuras varoniles que simbolizan el principio masculino. El Carro indica otra iniciación.
Aquí el héroe se presenta como un adulto que quiere encontrar su lugar individual en un contexto
social más amplio. Al hacerlo, descubrirá sus propias potencialidades y limitaciones. […]
A través de la forma en que el joven Enamorado resuelva su conflicto se nos revelará una
estructura psíquica: el carro que le llevará adelante, hacia la vida. Jung cita un viejo texto de la
alquimia que puede aclararnos la situación dibujada en el Carro. Después del diluvio, dice que «el
Carro ha de ser conducido a tierra seca». Es como si el Enamorado, que estaba antes sumergido en
los problemas de la emoción, hubiese conducido ahora su carro psico-físico hacia una realidad más
sólida, donde puede actuar de manera satisfactoria.
En el centro de este vehículo hay un rey, un principio conductor superior a la consciencia del ego.
Un rey reina por poder divino. Sus poderes son a la vez trascendentes e inmanentes, a la vez
divinos y humanos. Por esto puede simbolizar una función mediadora entre Dios y los hombres. En
la simbología cristiana, esta figura aparece a menudo como Cristo Rey, Dios hecho hombre, que
habita entre nosotros, nuestra parte más noble.
El rey representado aquí no tiene esta talla, es todavía joven e inexperto. Lleva dentro de sí la
semilla para un crecimiento posterior. Su apariencia nos indica que tiene dotes para darse cuenta
de ello por sí solo. El ego (que se dibujó anteriormente como el Enamorado) era manipulado desde
el cielo por una figura arquetípica que no podía ver. Ahora aparece un principio rector, que le rige
desde dentro de la psique. Desde lo más hondo del pecho de este joven ego surgen ahora atisbos
de un poder que va más allá de su limitada conciencia. Aquí es donde capta las primeras
intuiciones de su psique humana, como instrumento a través del cual se manifestará lo más hondo
de sí mismo. Capta por primera vez la visión de sí-mismo, en su función de conductor de lo
consciente, y relaciona por primera vez su suerte personal con el destino más amplio.
En vista del gran papel que juega aquí el conductor real de este carruaje, parece extraño que la
carta que observamos se llame «El Carro» en vez de llevar, como hasta ahora (en las cartas
anteriores), el nombre del personaje principal. Ya que el Tarot nos induce directamente a hacerlo
así, volvamos a observar el vehículo del rey. En su frente aparece una barra horizontal que la cruza
por en medio, como formando una rígida barrera entre «arriba» y «abajo». Separa al conductor
(fuerza conductora) de sus caballos (la energía del instinto que le puede impulsar hacia adelante).
Por debajo de esta barra podemos ver un escudo con las iniciales «S M», el monograma personal
del rey, del cual también queda separado. Este joven, tan empeñado en ejecutar su papel de rey,
se ha colocado a sí mismo por encima de su naturaleza animal y de su identidad individual de ser
humano mortal. Se representa a sí mismo como superior a sus instintos humanos.
Detrás del carro, podemos observar las dos ruedas problemáticas de las que ya hablamos
anteriormente. Aunque quizá sean las apropiadas para carros de fuego que atraviesan los cielos,
son un equipamiento bien poco útil para viajar por tierra firme. De estas ruedas y de todo lo que
pasa por abajo, el rey parece no apercibirse. Soñando metas futuras, ignora las pequeñas plantas
verdes que se hallan inmediatamente debajo de él y que van a ser pisoteadas por los cascos de sus
caballos. Incluso un rey (especialmente él) no puede pasar con éxito por encima de las realidades
de su reino.
Hemos dicho que este personaje representa una presencia arquetípica que va más allá del ego. Si
es así, ¿qué ha sido del ego-Enamorado? En principio podría aparecer como un pasajero en este
carruaje, para ayudar al rey a conducir, manteniéndole en contacto con las realidades de la
experiencia humana. Pero no aparece por ningún lado en este dibujo. Ya que no vemos ninguna
figura humana, hemos de llegar a la conclusión de que el Enamorado se ha coronado a sí mismo
rey, y ahora representa su conciencia humana individual como el conductor real que conducirá su
destino.
Su victoria sobre las dos mujeres de la carta anterior, comprensiblemente, ha dado al Enamorado
una noción exagerada del poder de su ego masculino. Sin darse cuenta de que todavía lleva la
herida producida por el dardo de Eros, imagina ahora que está por encima de toda naturaleza
instintiva. Antes se nos presentaba profundamente anclado en las realidades terrenales; ahora se
presenta totalmente por encima de ellas. Antes, atrapado entre dos mujeres y expuesto a
acontecimientos inesperados procedentes del cielo. Imagina ahora que viaja solo y libre, inmune a
cualquier encuentro con lo irracional. Evidentemente, siente que puede galopar a campo través
hacia cualquier meta que escoja. Si este ego recién plumado imagina que posee poderes y
derechos sobrehumanos, se encuentra destinado a sorpresas desagradables, como veremos a
través del desarrollo de nuestra historia.
El Carro representa un estado de engreimiento del ego al que los antiguos llamaban «hybris». En
términos psicológicos, representa una situación en la que el ego, o centro de la conciencia
individual, se ha identificado con una figura arquetípica (se imagina que se ha convertido en ...) y
trasciende los límites humanos. […]
En los mitos griegos, los mortales que iban más allá de los límites humanos eran abatidos por los
dioses. Incluso los dioses y sus familiares eran alguna vez objeto de «hybris». Cuando Faetón, el
hijo de Apolo, robó el carro de su padre por el placer de dar un paseo por el cielo, fue arrojado a
las aguas y ahogado. Algunas veces, la fogosa intensidad del engreimiento puede extinguirse tan
sólo con la completa inmersión de la conciencia en el amplio mar del inconsciente (significado
simbólicamente en la muerte o su equivalente espiritual: la locura).
El mismo Apolo no fue inmune a la «hybris», pero mostró más autoconocimiento que su hijo.
Reconociendo sus limitaciones, buscó una ayuda adicional de los poderes del cielo. Esto se halla
bellamente representado en una escultura de un sarcófago romano del siglo III. Muestra a Apolo
sosteniendo las riendas de su carro solar, asistido por seres alados que le ayudan a conducir sus
poderosos corceles a través del cielo.
Desgraciadamente, nuestro joven héroe debe adquirir aún esta humildad. Y parece haberse
protegido o cerrado a cualquier posibilidad de ayuda del cielo, ya que el toldo que le proteje del
dardo de Eros le va a impedir recibir cualquier ayuda de arriba. Su única esperanza parece estar
puesta en la sabiduría de las dos máscaras que lleva en sus hombros. Quizá, como hacían los
bufones de las cortes, éstas le pueden susurrar al oído sabios consejos a este joven terco antes de
que sea demasiado tarde.
Tal como van las cosas, conduce sin duda hacia la caída. Con esta ayuda y un poco de suerte,
puede evitar un accidente fatal. Probablemente aterrizará en el barro; si sobrevive, el ego-
Enamorado resurgirá restaurado para la humanidad, no llevando ya la corona dorada sobre su
cabeza.
A pesar del aspecto negativo de la situación de nuestro joven héroe, el Carro marca un punto de
partida muy importante en su desarrollo. Aunque puede identificarse con su «real-sí-mismo», no
acaba de darse cuenta, a pesar de todo, de su existencia. Ha empezado a experimentar este joven
y vigoroso principio conductor por entero dentro de sí, un poder con el que se siente íntimamente
conectado. Ya nunca más proyectará toda la sabiduría y autoridad en barbudas figuras
sobrehumanas que se hallan sentadas en tronos lejanos. Empieza a sentir que ya no necesita
cruzar océanos o escalar cumbres en busca de consejo o advertencia.
En los mitos y los cuentos de hadas, la figura principal representa a menudo un joven rey o un
príncipe que actúa como principio conductor o salvador del grupo colectivo. Su trabajo a menudo
consiste en derribar un fiero dragón que había llevado la desolación y el hambre al país.
Simbólicamente, este héroe-príncipe representa el impulso hacia una conciencia superior que
conquistará la inercia del inconsciente (el dragón), restaurando el equilibrio psíquico para toda la
comunidad. Como un personaje de valor, fortaleza y sabiduría extraordinarios, este joven ejecuta
el drama de la individuación para el grupo generalmente débil e inconsciente.
El arquetipo del héroe aparece muy diversificado en varios mitos, dependiendo siempre de las
diferentes culturas de sus huéspedes. […]
Von Franz define a tal héroe como una «figura arquetípica que presenta un modelo de ego que
actúa de acuerdo con el sí-mismo». Pero la figura de este héroe no está siempre en equilibrio
perfecto. Como subraya von Franz, podemos observar en estas historias un constante moverse del
héroe como ego y como sí-mismo.
El héroe de la historia de nuestro Tarot no es una figura mítica de salvador que actúe en un drama
cultural. Le vemos como un ser humano vulgar, preparado para emprender su viaje personal hacia
la individuación. Sin embargo, mucho de lo que ha sido dicho sobre el héroe de los cuentos de
hadas puede aplicarse también al personaje central de nuestra historia. Para que su reino interior
no se convierta en un desierto estéril, debe también combatir y derribar al dragón de la inercia,
debe también competir más allá de los límites de la inconsciente masa humana.
Su viaje también requerirá coraje, fuerza y sabiduría. Durante sus viajes, como veremos, habrá un
constante ir y venir entre el ego y el sí-mismo. Dado que el desarrollo psicológico es un proceso en
movimiento constante, habrá momentos (tales como el dibujado en El Carro) en que este joven
ego, engreído por algún éxito, se identifique con su sí-mismo real, perdiendo contacto con su
humanidad personal. En otros momentos, desconectado de su rey interior, nuestro héroe se
convertirá de nuevo en el desamparado y mortal Enamorado, en una encrucijada con el sí-mismo,
atrapado en un conflicto aparentemente insoluble.
Tradicionalmente, el héroe de los cuentos ha de sufrir una serie de pruebas; la primera de ellas,
resistir la tentación de ser seducido por la regresiva involución con lo femenino (representado
como madre, seductora, bestia, etc.). No es de extrañar que nuestro héroe salga de esta batalla
con éxito y, por tanto, con un engreimiento de su ego. Éste fue el primero de sus obstáculos.
Tendrá que enfrentarse a muchas pruebas como éstas antes de que su ego humano pueda
establecer una identidad firme y mantener una relación duradera con el principio de su guía
interior. En el transcurso de estas batallas cambiará y el real conductor asumirá nuevas formas, de
dimensiones más amplias.
Para proseguir en cualquier viaje se necesita coraje y equilibrio. Comentando el significado
alquímico del símbolo «Carro», Jung dice: «Si tomamos la carga del carro como la realización
consciente de las cuatro funciones... surge entonces la pregunta de cómo estos factores
divergentes que habían sido previamente apartados... van a comportarse, y qué va a hacer el ego
con ellos». […]
Como Jung dijo repetidamente, la psique es un sistema que se regula por sí mismo. Mientras el
consciente y el inconsciente estén en actividad, nuestro carruaje puede sufrir sacudidas violentas,
pero es menos probable que vuelque, cosa que haría si sólo uno de los dos estuviera actuando. Si
se vuelve a mirar la carta número 7 del Tarot, podemos ver cómo se ha representado esta
situación. Aunque los caballos que tiran hacia adelante no parecen estar haciéndolo juntos,
pueden, tratando de equilibrar uno las tendencias del otro, mantener el convoy en el camino,
mientras que un sólo caballo caería en la cuneta.
Como estos caballos volubles nos sugieren, y como nos reitera el título de la próxima fila
horizontal, el problema básico es ahora el equilibrio. A lo largo de todo el camino, nuestro héroe
se verá enfrentado a nuevas paradojas confusas y podrá probar su habilidad para mantener la
armonía y el equilibrio. Un acertijo implícito en esta carta y que va a mantener en vilo su intelecto
(y el nuestro) a medida que avancemos juntos es éste: el pequeño ego no es el conductor real;
cuanto más se dé cuenta de ello, más fácil será que crezca como ser humano de estatura real. Es
como si, cuando nuestro héroe es capaz de decir con verdad «... no yo, sino mi Padre, que está en
los cielos», entonces pueda decir humildemente: «yo y mi Padre somos uno».
El Carro (El Nuevo Tarot Ritual de la Aurora Dorada):
El sendero del Carro corre de Gueburah a Binah. Es “El Entendimiento actuando sobre la
Severidad. Saturno actuando a través de Cáncer sobre Marte”. Este acuoso sendero resulta muy
intenso debido al hecho de que siguiendo la ruta de la Serpiente en el Árbol, El Carro es el primer
sendero en cruzar el Abismo desde las Sephiroth inferiores. En esencia el Sendero representa una
conquista sobre todos los planos de existencia. El Carro tiene la habilidad de moverse a través de
los planos con facilidad. Alude al descenso del Espíritu en el universo manifiesto, más bajo. […]
El Carro (Enrique Eskenazi – Tarot, el Arte de Adivinar):
Asociaciones simbólicas: Esta lámina remite a la simbología del septenario: triunfo, dominio de lo
espiritual sobre lo material mediante un armónico control, victoria enérgica. En el plano mítico
alude a Helios-Apolo, que montado en la carroza del Sol reparte la luz. Apolo nació en una isla
flotante que Poseidón-Neptuno hizo surgir para que su madre pudiera escapar a la ira de Hera.
Cuando nace este dios solar, los cines dan siete vueltas alrededor de la isla en su honor. También
es Apolo, que mata a Pitón, un monstruo con forma de serpiente, en Delfos, y a partir de entonces
protege al oráculo. La frase más conocida de este oráculo es el “conócete a ti mismo”. Court de
Gébelin ve en El Carro la representación de Osiris triunfal, quien tiene más de un aspecto en
común con Apolo.
El Carro sugiere el cuadrado –la materia, los cuatro elementos- dominado por un triángulo
(formado por la cabeza u los brazos del auriga), señal del dominio del espíritu sobre la materia y
de la materialización de la fuerza espiritual en obras prácticas.
Acaso cabe ver en El Carro una alusión a Alejandro Magno, que decidió remontarse en un carro
guiado por dos grifos hasta la unión de cielo y tierra. Las dos bestias que guían la carroza no son
sino símbolos de dos tipos de energía que nutren al universo y que el conductor ha de controlar.
Pero el simbolismo de la carroza es múltiple: por una parte es un vehículo y alude al cuerpo o a
diversas formas de cuerpos (el cuerpo astral de los teósofos). En este caso tenemos la fuerza
espiritual revestida de un cuerpo para triunfar en el plano práctico y material.
Correlaciones esotéricas: Asociado a la letra Heth, que significa “cerca”. Signo zodiacal Cáncer.
Inteligencia de la Casa de Influencia. Es el sendero que liga a Binah (Entendimiento. Saturno) con
Geburah (Severidad. Marte). Saturno actuando sobre marte a través de Cáncer. Criatura del Poder
de las Aguas. Señor del Triunfo de la Luz. Apolo conductor. El cangrejo. La esfinge. Color amarillo
naranja.
Significados adivinatorios: En el plano espiritual indica triunfo, dominio, disciplina e imposición
activa sobre los obstáculos con una energía dirigida a la victoria. Decidida marcha hacia el futuro.
En el plano psíquico alude a la formación de la máscara o “persona” por la cual el yo se enfrenta al
mundo y a las exigencias del entorno. A veces indica un adecuado ajuste de esa máscara, a veces
es señal de que la máscara oculta totalmente las aspiraciones interiores. Energía y decisión,
empeño. Valores sólidos y bien constituidos.
En el plano práctico indica victoria. Triunfo, acción enérgica con resultados exitosos.
El Carro (Ramirez Marinela):
El Carro representa el camino real que debemos hacer en la búsqueda de nuestra propia
metamorfosis interior, presagia triunfo, control y conquistas. El Carro no nos plantea solo un viaje
exterior, sino un viaje hacia nuestro si mismo interior.
Ideas claves
Arquetipo: el héroe. El guerrero.
Lección: superar los obstáculos. Equilibrar los opuestos dentro de sí mismo. Responsabilizarse por
el logro de objetivos.
Meta: avanzar exitosamente. Defender sus ideales.
Disposición psico-emocional: optimismo, autonomía. Estado de alerta, capacidad para madurar.
Confianza en sí mismo.
El Carro (Astrología y Tarot – Beatriz Leveratto y Alejandro Lodi):
Descripción de la carta: Aparece un joven de aspecto vigoroso y seguro que de forma muy
decidida cree conducir un carro. Este joven lleva orgulloso una corona en su cabeza, simbolizando
a nuestro ego, que cree dirigir el accionar de la propia vida. En rigor, si observamos con mayor
detenimiento notamos que las riendas del vehículo no están siendo sostenidas por el joven y que
los caballos parece dirigirse hacia lados diferentes, representando que, en realidad, no es el yo
quien conduce nuestro destino. Es tiempo de independencia y valentía, de acciones decididas y
seguras, aunque la misma imagen sugiere que luego la vida nos conducirá por caminos muy
distintos a los que teníamos planeados.
Interpretación: Toda la levedad y habilitación para experimentar el mundo de vínculo de Los
Amantes se convierte en El Carro en fuerza y concentración en una dirección. Es un momento que
parece reclamar la expresión de una cualidad masculina madura, en el sentido de que se trata de
actuar (manifestar un deseo interno) y no simplemente de optar (elegir entre variantes
exteriores). El compromiso con la decisión es mayor e incluye usar de la propia voluntad y
desplegar la potencia. Hay un movimiento en dirección a un objetivo que se desea, y aquí ya no
interesa que existan otras variantes. No hay sensación de encrucijada, no hay vacilación; en El
Carro es la conciencia la que lleva a la acción.
En una primera correspondencia astrológica, la función solar expresando la cualidad masculina de
Aries simula un paralelo apropiado para la imagen de El Carro: un personaje heroico que con
fuerza desbordante se lanza a la conquista de su hazaña. No es simplemente un guerrero que
avanza espada en mano cabalgando sobre su caballo, sino que hay cierta dignidad unida al ímpetu
en esa figura erguida sobre su carruaje. Refiere a lo solar antes que a lo estrictamente marciano;
esto es, al ego, al centro mismo de la identidad, antes que a la impulsividad ciega del deseo.
No obstante, antes de vernos seducidos a asociar esta imagen con la calidad del Sol en Aries,
debemos detenernos un poco más en la figura. Parece evidente que en esta figura aquella
potencia y capacidad de manifestación que antes se proyectada en El Papa o El Emperador ahora
se introyecta, se siente propia, dando origen al anhelo de ser fiel a sí mismo, de asumir la
responsabilidad del propio movimiento. Es el momento en el que la conciencia empieza a
identificarse con el arquetipo de héroe: “Ha empezado a experimentar este joven y vigoroso
principio conductor por entero dentro de sí, un poder con el que se siente íntimamente conectado.
Ya nunca más proyectará toda la sabiduría y autoridad en barbudas figuras sobrehumanas que se
hallan sentadas en tronos lejanos.”
Desde este ángulo de reflexión, El Carro representa un momento de arranque, de ir más allá de las
dudas, indecisiones o estados de monotonía, y comprometerse con el vigor del propio impulso
activando así el desarrollo de la vida. El conjunto de la figura transmite la fuerza del movimiento:
un individuo seguro y firme guiando el vigor de los caballos en la dirección que marca su voluntad.
En El Carro se simboliza la conformación de un centro individual, de un yo personal o ego que
organiza la acción en el mundo, que se adapta de un modo positivo y afirmativo (en este sentido,
masculino) en el contexto exterior, y que provee una sensación de identidad. Ese yo presenta un
“vehículo” para la conciencia, del mismo modo que lo es el carro para el noble joven que
protagoniza la figura. Y ese vehículo resulta necesario en este momento del proceso, en tanto
permite y hace factible el viaje al cual la conciencia está convocada.
Es clave considerar que este momento del viaje por los arcanos mayores del tarot deja en claro
que el yo personal o ego no es un equívoco, un hechizo o mera construcción imaginaria, sino una
necesidad, y cumple una función fundamental en el proceso de desarrollo de la conciencia. En
palabras de Ken Wilber: “Aunque el sistema del yo, en última instancia, sea ilusorio no por eso deja
de cumplir con una función intermediadora absolutamente esencial. El yo es el vehículo del
desarrollo, del crecimiento y de la trascendencia […] Aunque, en última instancia, pues, el ego será
ilusorio, es provisionalmente necesario, conveniente y útil”.
Una vez definido como “vehículo”, el autor citado discrimina tres características del yo como
función:
- El yo como organizador, integrador y coordinador del psiquismo. Se trata de su capacidad
de “adecuar y organizar la corriente de acontecimientos psicológicos de un modo
significativo coherente…”.
- El yo como centro de la sensación de identidad. Wilber la define como la característica
más relevante del yo, y consiste en definir al yo como “locus de identificación”, el cual “al
adaptar y organizar el flujo de eventos estructurales, crea para sí mismo una identidad
selectiva…”.
- El yo como navegante del proceso de desarrollo. Esta cualidad permite que “dentro de
ciertos límites, el yo puede decidir permanecer en su nivel de organización presente o
abandonarlo y optar por otro…”.
Estas tres características se hacen evidentes en la imagen del joven protagonista de El Carro: firme
organizador, definida identidad y decidido conductor. Además, desde nuestra perspectiva
astrológica, se ajustan claramente a los atributos de la función solar.
Sin embargo, en una segunda observación de la figura de este arcano, podemos comprobar que el
magno personaje solar no tiene las riendas de los caballos y que estos parecen marcar direcciones
divergentes. El movimiento es enérgico, pero surgen dudas sobre su control. El impulso es veloz,
vertiginoso, pero parece provenir de orígenes distintos. Todo permite deducir que, a pesar de la
imagen de fuerza y decisión en la acción emprendida, el vehículo resulta inseguro, inestable; el
ímpetu de los caballos (una fuerza instintiva) nos conduce en cierta dirección, pero responde a
causas no demasiado claras (condicionamientos inconscientes).
En una primera impresión la imagen de El Carro sugiere, con total evidencia, el dinamismo y la
fuerza de la personalidad, un ego ya constituido –aunque todavía inexperto- que define aquello
que desea y se lanza hacia su objetivo conduciendo una estructura (el carruaje y sus caballos) que
potencia su vigor. Sin embargo en sus detalles, la imagen deja abiertos algunos interrogantes:
¿quién controlar esa fuerza?, ¿a qué voluntad, en verdad, responde ese movimiento?, ¿cuál es el
motor de su acción?
Ahora bien, ¿qué otra relación con la astrología hallamos aquí? ¿Qué combinación de factores
astrológicos dan cuenta de esta peculiar característica de El Carro?
En primer lugar, hemos percibido que, por detrás de una imagen que “parece” explícita y evidente,
algo “aparece” oculto, velado. Lo mismo decimos al afirmar que, detrás de toda expresión de
fuego (claramente manifiesta) se percibe una dimensión de Agua (no manifiesta). Pero, ¿en qué
consiste este contenido inconsciente?
Más allá del empuje de nuestra acción y de lo convencidos que podamos estar de ella, en este
momento del desarrollo de la conciencia –y, por lo tanto, de nuestro viaje por los arcanos mayores
del tarot- nuestro impulso se encuentra altamente condicionado por pautas del pasado,
presupuestos que no percibimos conscientemente y que tienen mucho para decir acerca de los
auténticos motores de los deseos de nuestro joven ego. Sobre este punto nos llama la atención El
Carro.
Según las indicaciones de la lógica zodiacal, esta percepción que se revela acerca “de nuestro
Fuego condicionado por el Agua” es una forma de traducir un patrón de la estructura del zodíaco:
que a todo signo de Agua, le sucede uno de fuego o, más significativo aun, que todo signo de
Fuego es precedido por uno de Agua.
Al remitirnos a la estructura de una carta natal, esto mismo aparece reflejado en el hecho de que
cada casa ligada a la iniciativa, la irradiación o la expansión (Casa I, V, IX) presupone haber
atravesado determinado tipo de experiencia psíquico-emocional (Casa IV, VIII y XII), lo que
evidencia tres cosas:
- Lo que la identidad inconsciente puede reconocer, como motivación de su propio deseo
(los anhelos del ego), sólo es un rasgo parcial de aquello que está realmente
movilizándose en el psiquismo y que incluye tanto causas históricas inconscientes
(personales), como remotos condicionamientos arquetípicos (transpersonales). Con
respecto a esto último, no sólo hallamos aquí un condicionamiento sino un potencial de
despliegue creativo, en tato que un arquetipo también representa una forma psíquica que
nos conectar con un orden trascendente, espiritual.
- Para comprender las profundas causales de nuestros propósitos es inevitablemente
necesario cuestionar y transformar la estructura del yo que los genera. Ese yo o ego, esa
especifica sensación de identidad con sus anhelos y expectativas, está inconscientemente
sostenido en los condicionamientos emocionales forjados por nuestra historia personal.
De modo que evidenciar al menos parte de tales condicionamientos –hasta ahora velados-
provocará inevitablemente una resignificación de lo que se cree ser, una transformación
de la identidad y, por lo tanto, de lo que se desea.
- A menudo, tras una máscara de vitalidad y decisión, nuestra actividad es reflejo de
descargas reactivas antes que genuinas respuestas creativas. Se trata de la necesidad de
discriminar entre el dinamismo que surge de la fricción conflictiva propia de la vivencia
emocional (dimensión del Agua) y el dinamismo activo de la expresión irradiante
(dimensión del Fuego).
Ahora bien, si no estamos seguros ser plenamente conscientes de la naturaleza profunda de
nuestro deseo, ¿qué podemos entonces hacer?
Una posible respuesta de El Carro sugiere actuar de todos modos, actuar conscientes de estar
condicionados e intentando hacernos sensibles –todo lo que podamos. A esos condicionamientos
que ahora percibimos que nos han constituido para, entonces, ensayar un salto de madurez en
nuestra acción.
Por otro lado, la conciencia irá descubriendo que, en verdad, el ego no es el auténtico conductor
de su viaje, sino un vehículo en el que es conducida por un trascendente propósito del alma y el
espíritu.
“El carro parece ser un símbolo apropiado para describir el poder conductor de la psique. La psique
no es un objeto, una cosa: es un proceso. El movimiento es su esencia.”
Y ese proceso no es otro que el de la revelación del espíritu a la conciencia.
Por cierto, el momento que simboliza El Carro es todavía muy incipiente para que esta percepción
sea una captación plena de la conciencia. La juventud e inexperiencia de este ego lo llevará a
correr riesgos, básicamente, a identificarse en exceso con sus anhelos y objetivos, con su
sensación de centro irradiante y vigoroso.
“La paradoja del Carro consiste en que debemos estar atentos al desarrollo de un fuerte yo
mientras batallamos con los impulsos del inconsciente que puedan alterar o deformar el desarrollo
del yo […] No obstante si nos demoramos en la fase del Carro, la tentación de desarrollar un yo
fuerte ir demasiado lejos y llevar el egoísmo y el endurecimiento. La vanagloria y autoexpresión
exageradas, pensar demasiado en uno mismo y los malentendidos frecuentes pasan a ocupar un
lugar primordial.”
Para Wilber esto es la identificación exclusiva con el yo personal, con la sensación de identidad
separada y, por lo tanto, la resistencia a percibir que la expansión de la conciencia implica la
disolución de las barreras que nos separan de nuestro ambiente, de los demás y de nuestro
destino. Sallie Nichols lo describe en este fragmento: “El viaje exterior no es sólo un símbolo del
viaje interior, sino es también el “vehículo” para nuestro autodescubrimiento. Aprendemos sobre
nosotros mismos a través del compromiso con otros y yendo al encuentro de los desafíos de
nuestro entorno.”
Finalmente, meditando sobre esta cualidad quizás podamos percibir, en tanto astrólogos, la
afinidad del símbolo de El Carro con la particularidad crisis previa al retorno de Saturno, en
especial, del primero. Podemos entender esta tensión como la crisis de cierta estructuración del
deseo con la que estamos comprometidos y sobre la que comenzamos a sentir, de un modo cada
vez más elocuente, un sentimiento de inadecuación, conflicto, insatisfacción. Y, por estructuración
del deseo, cierto modo de haber definido aquello que anhelamos en nuestra vida a partir de
considerarlo como auténtica y genuina manifestación del propósito de nuestro ser.
En el pasado hemos definido, desde nuestra voluntad personal, determinados objetos que de
algún modo anhelamos poseer (materiales, afectivos, profesionales, intelectuales, espirituales
entre otros), y que han orientado el camino de nuestra vida. Con esta estructura de deseos nos
hemos identificado, a ella le hemos entregado nuestra vitalidad. Sin embargo, llega un momento
en el que surge la insatisfacción.
Esta incomodidad con aquello que hasta ahora nos hacía sentir plenos y esencialmente
reconocidos y comprometidos, está anunciando la llegada a una fase en la que comenzamos a ser
conscientes (“darnos cuenta”) de los móviles inconscientes, de los profundos condicionamientos
histórico-personales, que actuaron en la elección de aquel rumbo. Así, lo vivido hasta aquí como
“propia voluntad”, “propio deseo” o “propia fuerza” comienza a ser resignificado. Y esta
resignificacion suele tener un alto costo emocional, en tanto representa constatar la vigencia de
marcas históricas que acaso creíamos superadas, la actualidad de nuestro apego a permanecer
identificados con formas de ayer. Se trata de una auténtica recapitulación, que acompaña a la
necesaria disolución y agotamiento (muerte) de esas cargas del pasado.
Sin embargo, no es El Carro el momento pleno del “darse cuenta”, sino de la vivencia del conflicto.
En este sentido, se puede establecer una analogía con la cualidad de Marte en Cáncer. Tal como lo
sugiere la imagen, la cardinalidad está enfatizada: empuje, inicio, fuerza, arranque… El
presupuesto que predomina es que la acción es lo que yo deseo, y este deseo es autónomo,
individual, no necesita de otros y está libre de impuestos del pasado. No obstante, en ese anhelo
vital del yo, en ese propósito al que se brinda y con el que se enciende hacia el futuro, están
presentes los condicionamientos del origen.
No se trata de que tales condicionamientos obstaculicen mi deseo, sino que resultan sus
verdaderos motivadores. Representan aquella carga psíquica-emocional del pasado que, más allá
de mi voluntad, diseñan aquello que anhelo en el presente y producen que, inconscientemente,
“desee lo que creo estar eligiendo desear”.
La fuente de mis propósitos personales anida en esas cargas psíquicas inconscientes, y hasta tanto
la conciencia no logre reconocerlas e incluirlas en su registro, no logran entonces resignificarse.
Mientras tanto, el ego se convoca al esfuerzo por el dominio del a acción, llevando adelante la
batalla por lo que desea. En definitiva, aun el yo necesita experimentarse a sí mismo como una
entidad separada, confundiendo individualidad con aislamiento. Sin ser consciente de ello, reduce
su vitalidad a los límites de su deseo personal, tensiona su expresión replegándola en el anhelo de
que “mi ilusión sea real”.
El Carro nos muestra cómo, desde esa sensación, el yo vive el conflicto por el control de la acción.
Aun no hay confrontado lo suficiente con la realidad, de modo que no hay confianza en la propia
fuerza, sino ilusión y miedo: la ilusión de un deseo autónomo y el miedo a ser controlado por
anhelos ajenos.
El zodiaco –insistimos- nos enseña que “el Fuego surge del Agua”: la confianza en la propia fuerza
y expresión emerge del contacto con aquello que estaba velado, la vitalidad expansiva se
manifiesta por haber sido suficientemente sensible parar abrirse a lo negado y reprimido, la
comprensión implica haber incluido lo oscuro y temido. Pero, nuestro viaje por los arcanos del
tarot aun no ha alcanzado el momento de tal madurez. El miedo pesa mucho todavía. Mirar
profundamente dentro de sí mismo aun genera temor. Resulta mucho más apetecible seguir
creyendo en una identidad aislada, replegada en su sensación de individualidad autónoma no
vinculada, desde la cual seguir suministrándole energía y fuerza a la ilusión del triunfo del deseo
personal.
Permanecemos todavía en una instancia que refleja la tensión canceriana del pasaje de lagua al
fuego leonino, el desafío de liberar la expresión irradiante de las ataduras de los hábitos de la
personalidad construidos a lo largo de nuestra historia personal.
El Carro en una lectura:
Desde una conciencia condicionada (estadio pre-personal: identificación sin discriminación): En
este nivel el yo personal cree ser quien “sostiene las riendas” y, por lo tanto, quien dirige el
movimiento de El Carro. No obstante, si miramos detenidamente la imagen, observamos que él no
está realmente sosteniendo las riendas… La persona vive aquí dentro de una ilusión de potencia, y
suele tener una actitud avasalladora y dominante. Se identifica con una personalidad vigorosa que
no duda en lograr lo que cree son sus “propios deseos”. El individuo suele sentirse victorioso,
confiada y lo suficientemente vital como para sobrellevar cualquier escollo. Por eso,
tradicionalmente se lo llama a este arcano “El Carro del Triunfo”.
En este estadio el ego se encuentra altamente exacerbado y dispuesto a asumir riesgos, a correr
cualquier clase de peligros. Al no ser consciente de que, en realidad, el propio accionar está siendo
guiado o conducido por algo superior, el ego se adjudica el merito de los éxitos que puede haber
alcanzado, tanto como se culpabiliza de los fracasos. El sujeto queda condenado a la exageración
desmedida de resultados, al dramatismo de un ego desbordado, a la omnipotencia y la exagerada
vanidad, o a la crítica despiadada tanto externa como propia.
Desde una conciencia estructurada en un yo (estadio personal: discriminación y crisis de
identificación): La conciencia aun sigue identificada con una personalidad ligada a la potencia y la
capacidad para desafiar y superar problemas, pero se inicia una sensación de inestabilidad y crisis
provocadas por el incipiente registros de que en realidad no es el yo personal quien está
“sosteniendo las riendas”. Aquí coexisten la personalidad avasallante, identificada con avanzar y
lograr las propias metas, junto a una sensación de duda sobre la veracidad del propio deseo.
Comienza a intuirse que acaso ese yo personal no es el conductor del movimiento, ni el verdadero
motor de la voluntad. Lo que antes se presentaba seguro objeto del deseo personal comienza
ahora a perder su antiguo magnetismo y atracción. El individuo puede sentir que ha perdido el
control de su vida y confundir este momento de crisis profunda de sentido de vida con un mero
debilitamiento de su voluntad personal, intentando entonces poner aun mayor empeño y
dedicación en lo que cree que desea conseguir. Puede producir situaciones de exagerada
autoexigencia o plantearse propósitos inalcanzables o desmedidos los que confirmarán la errónea
creencia de estar perdiendo fuerza o capacidad de triunfos económicos.
Desde una conciencia en expansión (estadio trans-personal: apertura a la integración con una
totalidad mayor): La conciencia se abre a la percepción de que, en verdad, el deseo y la capacidad
o no de plasmarlo, excede el marco de la voluntad personal. Comienza a disponerse hacia una
apertura de propósito que le permita dejarse conducir por principios que trascienden la escala
personal. La acción individual se revela al servicio de una totalidad más vasta y empieza a circular
en el movimiento natural de los acontecimientos, sin temor y, por lo tanto, sin tensión.
Progresivamente se activa una forma de identidad con renovada potencia y confianza. Se es
consciente de que la vitalidad constructiva que cada uno puede expresar no depende de la propia
voluntad, sino que es la manifestación de un propósito de mayor trascendencia el que nunca se
podrá comprender en su totalidad. La fuerza del yo como vehículo queda evidenciada en su
capacidad de abrirse a un nivel superior de la realidad, dejándose guiar por ese orden profundo sin
desestabilizarse.
En este estadio de El Carro comienza a sugerir el viaje de la conciencia hacia una integridad mayor,
dejando manifiesto que, para trascender el ego (“el carruaje”, en tanto vehículo de la conciencia”),
es necesario primero construirlo, manejarse con él adecuadamente.