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Los Comentarios
Reales de los Incas
Tomo III
Inca Garcilaso de la Vega
1609
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COLECCiOrí D HiSTORiADORES CLASICX)S DEL PERV
TOMO III
IJOSpO/nEríTAR10S||EALES
ESCRÍTOS
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gap ciia^.veca
TOMO III
HOMENAJE al CENTENARIO
de la Independencia Nacional
AnotaeifíDCS y concor-
dancias con las cró-
nicas de Indias
por
loracio H.
Miembro de número dellns-
tiluto Histórico del Perú
LIMA
IMP. y LIBRERIA SANMARTI y Ca.
MCMXIX
1
COLECCION DE HISTORIADORES CLASICOS
DEL PERU, T. m.
L.OS
COJVIEflTARIOS HERüES
• DE LOS IfíCRS
POK
GARCILASO DE LA VEGA
TOMO III
Anotaciones y Concordancias con las Crónicas de Indias
por
HORACIO H. URTEAGA
MIEMBHd lUC NrMEKO UKI, INSTITUTO HISTORICO IIKL PKKÚ.
LIBRARYOF PRINCETON
FEB 3 2004
THEOLOGICAL SEMINARY
LIMA
IMPRENTA Y LIBRERIA SANMARTI Y Ca.
MCMXIX 6901
PRI.Vtl^RA PARTE
J .OS í
'.OM ENTA R l ( »S REALES
DEL INr.A
GARCILASO DR L\ VEGA
TOMO Ili
LIBRO NOVENO
Cnntiene Ins gmndezas ij innnagnimid<ides dp Huaina Capar. Las conquistas
que hizo. Los castii/os i'ii di.vpr.so.<i tehclados- FA perdón de Ion Chachapuyas.
Elhdcor ii'i/ de Quita a su ti i jo Atahuallpa. La nueva que tuvo de los es-
pañolan. La declavaeión del pronástiro que dettns len'tan. Las cosas que los
cnstellanns han llevado al Perú que no hálito antes dellos, y las guerras de
los dos hermanos reyes Huáscar y Atahuallpa. La^ itrsdichas del unn y las
crueldades del otro. —Contiene etiarentn capitidos.
CAPITULO I
HUAINA CAPAC MANDA HACER UNA MARO-
MA DE ORO, POR QUE Y PARA QUE
L poderoso Huaina Capac, quedando
absoluto señor de su imperio, se ocupó
el primer año en cumplir las obsequias
de su padre. Luego salió a visitar sus
reinos con grandísimo aplauso de los
vasallos, que por do quiera que pasaba
salían los curacas e indios a cubrir los
caminos de flores y juncias, con arcos
triunfales que de las mismas cosas ha-
Recebíanle con grandes aclama-
cían.
ciones de los renombres y el que más veces re-
reales,
petían era el nombre del mismo nca diciendo: Huaina Ca-
I
pac, Huaina Capac, como que era el nombre que más lo en-
grandecía por haberlo merecido desde su niñez; con el cual le
dieron también la adoración (como a Diosi en vida. El P.
José de Acosta hablando deste príncipe, entre otras grande-
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—4—
zas que en su loa escribe dice estas palabras, libro sesto, ca-
pítulo veinte y dos. Este Huaina Capac fué adorado de los
suyos por dios en vida. Cosa que afirman los viejos que con
ninguno de sus antecesores se hizo, &c. Andando en esta visi-
ta a los principios della, tuvo el Inca Huaina Capac nueva
que era nacido el príncipe heredero que después llamaron
Huáscar Inca. Por haber sido este príncipe tan deseado quiso
su padre hallarse a las fiestas de su nacimiento; y así se volvió
al Cosco con toda la priesa que le fué posible, donde fué rece-
bido con las ostentaciones de regocijo y placer que el caso
requería. Pasada la solemnidad de la fiesta, que duró más de
veinte días, quedando Huaina Capac muy alegre con el nuevo
hijo, dió en imaginar cosas grandes y nunca vistas que se in-
ventasen para el día que le destetasen y trasquilasen el pri-
mer cabello, y pusiesen el nombre propio que como en otra
parte dijimos, era fiesta de las más solemnes que aquellos reyes
celebraban, y al respecto de allí abajo hasta los más pobres,
porque tuvieron en mucho los primogénitos. Entre otras
grandezas que para aquella fiesta se inventaron, fué una la
cadena de oro tan famosa en todo el mundo, y hasta ahora
aún no vista por los extraños, aunque bien deseada. Para
mandarla hacer tuvo el Inca la ocasión que diremos. Es de
saber que todas las provincias del Perú, cada una de por sí, te-
nía manera de bailar diferente de las otras; en la cual se cono-
cía cada nación también como en los diferentes tocados que
traían en las cabezas. Y estos bailes eran perpetuos que nun-
ca los trocaban por otros. Los Incas tenían un bailar grave y
honesto, sin brincos, ni saltos, ni otras mudanzas como loí
demás hacían. Eran varones los que bailaban, sin consentir
que bailasen mugeres entre ellos; asíanse de las manos dando
cada uno las suya.s por delante no a los primeros que tenía a
sus lados sino a los segundos, y así las iban dando de mano en
mano hasta los últimos, de manera que iban encadenados.
Bailaban doscientos y trescientos hombres juntos y más, se-
gún la solemnidad de la fiesta. Empezaban el baile apartados
del príncipe ante quien se hácia. Salían todos juntos, daban
tres pasos en compás, el primero hácia atrás y los otros dos
hácia delante, que como eran los pasos que en las danzas es-
pañolas llaman dobles y represas: con estos pasos yendo y
viniendo iban ganando tierra siempre para adelante, hasta
llegar en medio cerco a donde el Inca estaba: iban cantando a
veces ya unos ya otros, por no cansarse si cantasen todos jun-
tos. Decían cantares al compás del baile, compuestos en loor
del Inca presente y de sus antepasados, y de otros de la misma
sangre que por sus hazañas hechas en paz o en guerra eran
famosas. Los Incas circunstantes ayudaban al canto porque
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la fiesta fuese de todos. El mismo rey bailaba algunas veces
en las fiestas solemnes por solemnizarlas más.
Del tomarse las manos para ir encadenados tomó el
Inca Huaina Capac ocasión para mandar hacer la cadena de
oro: porque le pareció que era más decente, más solemne y de
mayor magestad que fuesen bailando asidos a ella y no a las
manos. Este hecho en particular sin la fama común, lo oí al
Inca viejo, tío de mi madre, de quien al principio desta his-
toria hicimos mención que contaba las antiguallas de sus
pasados. Preguntándole yo, qué largo tenía la cadena, me di-
jo: que tomaba los dos lienzos de la plaza mayor de! Cosco,
que es el ancho y el largo della, donde se hacían las fiestas
principales, y que aunque para el bailar no era menester que
(
fuera tan larga) mandó hacerla así el Inca para mayor gran-
deza suya, y mayor ornato y solemnidad de la fiesta del hijo,
cuyo nacimiento quiso solemnizar en estremo. Para los que
han visto aquella plaza que los indios llaman Huacaipata,
no hay necesidad de decir el grandor della: para los que no !a
han visto me parece que tendrá de largo. Norte Sur, doscien-
tos pasos de los comunes, que son de a dos pies; y de ancho.
Leste Ueste, tendrá ciento cincuenta pasos hasta el mismo
arroyo, con lo que toman las casas que por el largo del arroyo
hicieron los españoles año de mil quinientos y cincuenta y
seis, siendo Garcilaso de la Vega, mi señor, corregidor de aque-
lla gran ciudad. De manera que a esta cuenta tenía la cadena
trescientos y cincuenta pasos de largo, que son setecientos
pies. Preguntando yo al mismo indio por el grueso'della. alzó
la mano derecha y señalando la muñeca dijo: que cada esla-
bón era tan grueso como ella. El contador general Agustín
de Zárate, libro primero, cap. catorce, (1) ya por mí otra vez
alegado, cuando hablamos de las increíbles riquezas de las
casas reales de los Incas, dice cosas muy grandes de aquellos
tesoros. Parecióme repetir aquí lo que dice en particular de
aquella cadena, que es lo que se sigue sacado a la letra: al tiem-
po que le nació un hijo mandó hacer Guainacaba una maroma
de oro, tan gruesa (según hay muchos indios vivos que lo
dicen) que asidos a ella doscientos indios orejones, no la le-
vantaban muy fácilmente: y en memoria desta señalada joya
llamaron al hijo Huasca, que en su lengua quiere decir soga,
con el sobrenombre de Inga, que era de todos los reyes, como
los emperadores romanos se llamaban Augustos, &c. Hasta
aquí es de aquel caballero historiador del Perú. Esta pieza
tan rica y soberbia escondieron los indios con el demás tesoro,
(1) En sil ulira IJisIniiii del l'nú. I)c rsUi ii)jra <r lian lirclin v arias i'iliciu-
nes siendo las luás populares la francesa du Tciiiaux Cnmpaiis y la fSiiaMola
de Vediu, en histori.suores primitu ub de j.mjias.
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que desaparecieron luego que los españoles entraron en la
tierra, y fué de tal suerte que no hay rastro della. Pues como
aquella joya tan grande, rica y soberbia se estrenase al tres-
quilar y poner el nombre al niño principe heredero del impe-
rio, demás del nombre propio que le pusieron, que fué Inti
Cusí Huallpa, le añadieron por renombre el nombre Huáscar,
para dar más ser y calidad a la joya, Huascaquiere decir soga:
y porque los indios del Perú no supieron decir cadena la lla-
maban soga, añadiendo el nombre del metal de que era la
soga, como acá decimos cadena de oro, o de plata, o de hierro
y porque en el príncipe no sonase mal el nombre Huasca por
su significación, para quitársela le disfrazaron con la r añadi-
da en la última sílaba; porque con ella no significaba nada, y
quisieron que retuviese la denominación de Huasca, pero no
la significación de soga: desta suerte fué impuesto el nombre
Huáscar a aquel príncipe, y de tal manera se le apropió, que
sus mismos vasallos le nombraban por el nombre impuesto
y no por el propio que era Inti Cusi Huallpa, quiere decir
Huallpa sol de alegría: que ya como en aquellos tiempos se
veían los Incas tan poderosos, y como la potencia por la ma-
yor parte incite a los hombres a vanidad y soberbia, no se
preciaron de poner a su príncipe algún nombre de los que
hasta entonces tenían por nombres de grandeza y magestad.
sino que se levantaron hasta el cielo y tomaron el nombre del
que hoaraban y adoraban por dios, y se lo dieron a un hom-
bre llamándole Inti, que en su lengua quiere decir sol: Cusi
quiere decir alegría, placer, contento y regocijo' y esto baste
de los nombres y renombres del príncipe Huáscar Inca. Y
volviendo a su padre Huaina Capac, es de saber, que habien-
do dejado el orden y traza de la cadena y de las demás gran-
dezas, y que para la solemnidad de el tresquilar y poner nom-
bre a su hijo se debían de hacer, volvió a la vista de su reino
que dejó empezada, y anduvo en ella más de dos aaos^ hasta
que fué tiempo de destetar el niño: entonces volvió al Cosco,
donde se hicieron las fiestas y regocijos que se pueden imagi-
nar, poniéndole el nombre propio y el renombre Huáscar.
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CAPITULO II
KEDUCENSE DE SU GRADO DIEZ VALLES DE LA COSTA' Y
TUMPIS SE RINDE.
año después aquella solemnidad
de mandó Huaina
UNCapac levantar cuarenta hombres
mi! de guerra, y con
ellos fué al reino de Quitu, y de aquel viaje tomó por con-
cubina la hija primogénita del rey que perdió aquel reino, la
cual estaba días había en la casa de las escogidas. Hubo en
ella Atahuallpa y a otros hermanos suyos que en la historia
veremos. De Quitu bajó el Inca a los Llanos, que es la costa
de la mar, con deseo de hacer su conquista. Llegó al valle
llamado Chimu, que es ahora Trujillo, hasta donde su abuelo
el buen Inca Yupanqui dejó ganado y conquistado a su im-
perio, como queda dicho De allí envió los requerimientos
acostumbrados de paz o de guerra a los moradores del valle
de Chacma y Pacasmayu, qué está más adelante: los cuales
como había años que eran vecinos de los vasallos del Inca, y
sabían la suavidad del gobierno de aquellos reyes habían
muchos días que deseaban el señorío dellos; y así respondieron
que holgaban mucho ser vasallos del Inca, y obedecer sus le-
yes y guardar su religión. Con el ejemplo de aquellos valles
hicieron lo mismo otros ocho que hay entre Pacasmayu y
Tumpis, que son Saña, Collque, Cintu, Tucmi, Sayanca, Mu-
tupi, Puchiu, Sullana: en la conquista de los cuales gastaron
dos años, más en cultivarles las tierras y sacar acequias para
el riego, q' no en sujetarlos, porque los más se dieron de muy
buena gana. En este tiempo mandó el Inca renovar su ejér-
cito tres o cuatro veces, que como unos veniesen se fuesen
otros, por el riesgo que de su salud los mediterráneos tienen
andando en la costa, por se res ta tierra caliente y aquella f ria.
Acabada la conquista de aquellos valles se volvió el Inca
a Quitu, donde gastó dos años ennobleciendo aquel reino con
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suntuosos edificios, con grandes acequias para los riegos y
con muchos beneficios que hizo a los naturales. Pasado aquel
espacio de tiempo mandó apercibir un ejército de cincuenta
mil hombres de guerra, y con ellos bajó a la costa de la mar
hasta ponerse en el valle de Sullana, que es el mar cercano a
Tumpis. de donde envió los requerimientos acostumbrados
de paz o de guerra. Los de Tumpis era gente más regalada y
viciosa q' toda la demás, que por la costa de la mar hasta allí
habían conquistado los Incas: traía esta nación por divisa
en la cabeza un tocado como guirnalda que llaman Pillu.
Los caciques tenían truhane5, chocarreros, cantores y baila-
dores, que le--- daban solaz y contento. Usaban el nefando,
adoraban tigres y leones, sacrificándoles corazones de hom
bres y sangre hurnana. Eran muy servidor de los suyos y te-
midos de los ágenos: más con todo eso no osaron resistir a!
Inoa temiendo su gran poder. Respondieron que de^ buena
gana le obedecían y recehían por señor. Lo mismo respon-
dieron otros valles de !a costa y otras naciones de la tierra
adentro que se llaman, Chunana. Chintuy, CoUonche, Yaquall
y otras muchas que hay por aquella comarca.
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CAPITULO lil
EL CASTIGO DE LOS QUE MATARON LO? MINISTROS DE TUPAG
INCA y UFANO UI.
entró en T'impis. entre otras obras man-
ELdóIncahacer y
una hermosa fortaleza, donde puso
reales,
guarnición
de gente de guerra: hicieron templo para el so' y cata de
sus vírgenes escogidas: lo cual concluido, entró en la tierra
adentro a las provincias que mataron los capitanes y los mi-
nistros de su ley. y 'os ingeniosos y maestros; que su padre
Tupac Inca Yupanqui les había enviado para la doctrina y
enseñanza de aquellas gentes, como atrás queda dicho: las
cuales provincias estaban atemorizadas con la memoria de
su delito. Huaina Capac les envió mensageros mandándoles
viniesen luego a dar razón de su mal hecho y a recebir el cas-
tigo merecido. No osaron resistir aquellas naciones, porque
su ingratitud y traición les acusaba, y el gran poder del Inca
Ies amedrentaba; y así vinieron rendidos a pedir misericordia
de su delito.
El Inca mandó que se juntasen todos los curacas, y lo-^
embajadores, y consejeros, capitanes y hombres nobles, que se
hallaron en consultar y llevar la embajada que a su padre
hicieron, cuando le pidieron los ministros que le mataron;
porque quería hablar con todos ellos juntos. Y habiéndose
juntado, un maese de campo por orden del Inca, les hizo una
plática, vituperando su traición, alevosía y crueldad, que
habiendo de adorar al Inca y a sus ministros por los benefi-
cios que les hacían en sacarlos de ser brutos y hacerlos hom-
bres, los hubiesen muerto tan cruelmente y con tanto desa-
cato del Inca hijo del sol; por lo cual eran dignos de castigo,
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10 —
digno de su maldad: y que habiendo de ser castigados como
ellos lo merecían, no había de quedar de todas sus naciones
sexo ni edad. Empero el Inca Huaina Capac. usando de su
natural clemencia, y preciándose del nombre Huacchacuyac.
que es amador de pobres, perdonaba toda gente común, y
que a los presentes que habían sido autores y ejecutores de la
traición, los cuales merecían la muerte por todos los suyos,
también se les perdonaba, con que para memoria y castigo de
su delito, degollasen solamente la décima parte dellos. Para
lo cual de diez en diez echasen suerte entre ellos, y que mu-
riesen los más desdichados; porque no tuviesen ocasión de
decir que con enojo y rencor habían elegido los más odiosos.
Asimismo mandó el Inca que a los curacas y a la gente prin-
cipal de la nación H uancavillca, que habían sido los principa-
les autores de la embajada y de la traición, sacasen a cada uno
dellos y a sus descendientes para siempre dos dientes de los
altos y otros dos de los bajos, en memoria y testimonio de que
habían mentido en las promesas que al gran Tupac Inca Yu-
panqui su padre habían hecho, de fidelidad y vasallage.
La justicia y castigo se ejecutó y con mucha humildad
lo recibieron todas aquellas naciones, y se dieron por dicho-
sos: porque habían temido los pasaran a cuchillo por la trai-
ción que habían hecho: porque ningún delito se castigaba con
tanta severidad como la rebelión, después de haberse suje-
tado al imperio de los Incas: porque aquellos reyes se daban
por muy ofendidos, de que en lugar de agradecer los muchos
beneficios que les hacían, fuesen tan ingratos que habiéndo
los esperimentado.se rebelasen y matasen a los ministros
del Inca. Toda la nación Huancavillca (de por si) recibió cbn
más humildad y sumisión el castigo que todos los demás: por-
que como autores de la rebelión pasada, te mían su total des-
truición: nnás cuando vieron el castigo tan piadoso, y ejecu-
tado en tan pocos, y que el sacar los dientes era en particular
a los curacas y capitanes, lo tomó toda la nación por favor
no por castigo: y así todos los de aquella provincia, hombres
y mugeres, de común consentimiento tomaron por blasón
e
insignia la pena que a sus capitanes dieron, solo porque lo
había mandado el Inca, y se sacaron los dientes, y de allí en
adelante los sacaban a sus hijos e hijas, luego que los habían
mudado: de manera que como gente bárbara y rústica, fue-
ron más agradecidos a la falta del castigo que a la sobra de
los beneficios.
Una india desta nación conocí en el Cosco en casa de mi
padre que contaba largamente esta historia. Los Huancavill-
cas, hombres y mugeres, se horadaban la ternilla de las nari-
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— n —
ees para traer un joyelito de oro o de plata colgado a ella.
Acuérdeme haber conocido en mi niñez un caballo castaño,
que fué de un vecino de mi pueblo que tuvo indios, llamado
Fulano de Coca: el caballo era muy bueno, y porque le faltaba
aliento, le horadaron las narices por cima de las ventanas.
Los indios se espantaron de ver la novedad, y por escelencia
llamaban al caballo H uancavillca. por decir que tenía horada
das las narices.
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CAPITULO IV
VISITA EL INCA SU IMPERIO. CONSULTA LOS ORACULOS. CANA
LA ISLA PUNA.
L Inca Huaina Capac. habiendo castigado y reducido
asu servicio aquellas provincias, y dejado en ellas la
gente de guarnición necesaria, subió a visitar el reino de
Quitu y desde allí revolvió al Mediodía, y fué visitando su
imperio hasta la ciudad del Cosco, y pasó hasta las Charcas
que son más de setecientas leguas de largo. Envió a visitar
el reino de Chile, de donde a él y a su padre trajeron mucho
oro; en la cual visita gastó casi cuatro años. Reposó otros
dos en el Cosco. Pasado este tiempo, mandó levantar cincuen-
ta mil hombres de guerra de las provincias del distrito Chin-
chasuyu. que son al Norte del Cosco: mandó que se juntasen
en los términos de Tumpis. y él bajó a los Llanos, visitando
los templos del sol que había en las provincias principales de
aquel paragé. Visitó el rico templo de Pachacamac que ellos
adoraban por dios no conocido. Mandó a los sacerdotes con-
sultasen al demonio que allí hablaba, la conquista que pensa-
ba hacer: fuéle respondido que hiciese aquella, y más las que
quisiese, que de todas saldría victorioso porque lo había ele-
gido para señor de las cuatro partes del mundo. Con esto pasó
al valle de Rimac do estaba el famoso ídolo hablador:mandó
consultarle su jornada por cumplir lo que su bisabuelo capi-
tuló con los yuncas, que los Incas tendrían en veneración
aquel ídolo: y habiendo recebido su respuesta, que fué de mu-
chas bachillerías y grandes lisonjas, pasó adelante visitando
los valles que hay hasta Tumpis. Llegado allí envió los aper-
cibimientos acostumbrados de paz o de guerra a los naturales
de la isla llamada Puna, q' está no lejos de Tierra- Firme, fértil
y abundante de toda cosa. Tiene la isla de contorno 12 leguas
(60 Kms.)cuyo señor había por nombre Tumpalla, el cual es-
nunca él ni sus pasados habían recono-
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taba soberbio, porque
— 13 —
cido superior, antes lo presumían ser de todos sus contarcanos
los de Tierra- Firme: y así tenían guerra unos con otros; la
cual discordia fué causa que no pudiesen resistir al Inca, que
estando todos conformes pudieran defenderse largo tiempo.
Tumpalla (que demás de su soberbia era vicioso, regalado,
tenía muchas mugeres y bardajes, sacrificaba corazones y
sangre humana a sus dioses, que eran tigres y leones, sin el
dios común, que los indios de la costa tenían, que era la mar y
los peces, que en más abundancia mataban para su comer)
recibió con mucho pesar y sentimiento el recaudo del Inca;
y para responder a él llamó a los más principales de su isla y
con gran dolor les dijo; la tiranía agena tenemos a las puertas
de nuestras casas, que ya nos amenaza quitárnoslas y pasar-
nos a cuchillo, si no le recebimos de grado; y si le admitimos
por señor nos ha de quitar nuestra antigua libertad, mando
y señorío, que tan de atrás nuestros antepasados nos dejaron;
y no fiando de nuestra fidelidad nos han de mandar labrar
torres y fortalezas, en que tenga su presidio y gente de guar-
nición, mantenida a nuestra costa, para que nunca aspiremos
a la libertad. Hános de quitar las mejores posesiones que te-
nemos, y las mugeres y hijas más hermosas que tuviéremos;
y lo que es m::s de sentir, que nos han de quitar nuestras an-
tiguas costumbres y darnos leyes nuevas, mandarnos adorar
dioses ágenos, y echar por tierra los nuestros proprios y fami-
liares. Y en suma ha de hacernos vivir en perpétua servidum-
bre y vasallage: lo cual no sé si es peor que morir de una vez;
y pues esto va por todos, os encargo miréis lo que nos convie-
ne, y me aconsejéis lo que os pareciere más acertado. Los i'n-
dios platicaron gran espacio unos con otros entre sí, lloraron
las pocas fuerzas que tenían para resistir las de un tirano tan
poderoso, y que los comarcanos de la Tierra-Firme antes
estaban ofendidos que obligados a socorrerlos por las guerri-
llas, que unos a otros se hacían. Viéndose desamparados de
toda esperanza de poder sustentar su libertad, y que habían
de perecer todos si pretendían defenderla por armas', acor-
daron efegir lo que les pareció menos malo, y sujetarse al Inca
con obediencia y amor fingido y disimulado, aguardando
tie mpo y ocasión para librarse de su imperio cuando pudiesen.
Con este acuerdo, el curaca Tumpalla no solamente respondió
a los mensageros del Inca con toda paz y sumisión, más envió
embajadores propios con grandes presentes que en su nombre
y de todo su estado le diesen la obediencia y vasallaje que el
Inca pedía, y le suplicasen tuviese por bien de favorecer sus
nuevos vasallos y toda aquella isla con su real presencia, que
para ellos sería toda la felicidad que podían desear.
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_ 14 —
ElInca se dio por bien servido del curaca Tumpalla
mandó toma»- la posesión de su tierra, y que aderezasen lo
necesario para pasar el ejército a la isla. Todo lo cual proveído
con la puntualidad que ser pudo, conforme a la brevedad
del tiempo, más no con el aparato y ostentación que Tumpa-
lla y los suyos quisieran, pasó el Inca a la isla, donde fué rece-
bido con mucha solemnidad de fiestas y bailes, cantares, com-
puestos de nuevo en loor de las grandezas de Huaina Capac.
Aposentáronle en unos palacios nuevamente labrados, a lo
menos lo que fué menester para la persona del Inca; porque
no era decente a la persona real dormir en aposento en que
otro hubiese dormido. Huaina Capac estuvo algunos días
en la isla, dando órden en el gobierno della conforme a sus le-
yes y ordenanzas. Mandó a los naturales della y a sus comar-
canos, los que vivían en Tierra- Firme, que era una gran behe-
tría de varias naciones y diversas lenguas (que también se
habían rendido y sujetado al Inca), que dejasen sus dioses no
sacrificasen sangre ni carne humana, ni la comiesen, ni usa-
sen el nefando: adorasen al sol por universal dios, viviesen
como hombres en ley de razón y justicia. Todo lo cual les man-
daba como Inca hijo del sol, legislador de aquel gran imperio,
que no lo quebrantasen en todo, ni an parte, so pena de la
vida. Tumpalla y sus vecinos dijeron que así lo cumplirían
como el Inca lo mandaba.
Pasada la solemnidad y fiesta del dar la ley y preceptos
del Inca, considerando los curacas más despacio el rigor de
las leyes, y cuán en contra eran de las suyas, y de todos sus
regalos y pasatiempos, haciéndoseles grave y riguroso el im-
perio ageno, deseando volverse a sus torpezas, se conjuraron
los de la isla con todos sus comarcanos los de la Tierra- Firme,
para matar al Inca y a todos los suyos debajo de traición, a
la primera ocasión que se les ofreciese. Lo cual consultaron
con sus dioses desechados, volviéndolos de secreto a poner
en lugares decentes, para volver a la amistad dellos y pedir
su favor. Hiciéronles muchos sacrificios y grandes promesas,
pidiéndoles orden y consejo, para emprender aquel hecho, y
la respuesta del suceso si sería próspero o adverso. Fuéles di-
cho por el demonio que lo acometiesen, que saldrían con su
empresa, porque tendrían el favor y amparo de sus dioses
naturales; con lo cual quedaron aquellos bárbaros tan enso-
berbecidos, que estuvieron por acometer el hecho sin más di-
latarlo, si los hechiceros y adevinos no lo estorbaran con de-
cirles que se aguardase alguna ocasión para hacerlo con me-
nos peligro, y más seguridad; que esto era consejo y aviso de
sus dioses,
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CAPITULO V.
MATAN LOS DE PUNA A LOS CAPITANES DE HUAINA CAPAC
ENTRE tanto que los
Inca Huaina Capac
curacas maquinaban su traición, el
entendían en el gobier-
y su consejo
no y vida política de aquellas naciones, que por la mayor
parte se gastaba más tiempo en esto que en sujetarlos. Para
lo cual fué menester enviar ciertos capitanes de la sangre
real a las naciones que vivían en Tierra- Firme, para que co-
mo a todas las demás de su imperio las doctrinasen en su vana
religión, leyes y costumbres: mandóles llevasen gente de guar-
nición para presidios, y para lo que se ofreciese en negocios
de guerra. Mandó a los naturales llevasen aquellos capitanes
por la mar en sus balsas, hasta la boca de un río donde conve-
nía se desembarcasen para lo que iban a hacer. Dada esta
orden, el Inca se volvió a Tumpis a otras cosas importantes
al mismo gobierno, que no era otro el estudio de aquellos prín-
cipes, sino córr:o acer hien a su? /asalloí; que muy propia-
'
meiite le Ilam'j V. ^la^ Valera padre de fanüias y tutor
el P.
solícito de pupilos. Quizá les puso estos nombres, interpretan-
do uno de los que nosotros hemos dicho que aquellos indios
daban a srs Inca':;, que era llamarles amador y bienhechor de
pobres.
Los capitanes, luego que el rey salió de la isla, ordenaron
de ir donde les era mandado. Mandaron traer balsas para pa-
sar aquel brazo de mar: los curacas que estaban confederados,
viendo la ocasión que se les ofrecía para ejecutar su traición,
no quisieron traer todas las balsas que pudieran; para llevar
los capitanes Incas en dos viages, para hacer dellos más a
su salvo lo que habían acordado, que era matarlos en la mar.
Embarcóse la mitad de la gente con parte de los capitanes:
los unos y los otros eran escogidos en toda la milicia que en-
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y
— 16 —
tonces había. Llevaban muchas .galas y arreos, como gente
que andaba más cerca de la persona real, y todos eran Incas
o por sangre o por el privilegio del primer Inca: llegando a
cierta parte de la mar donde los naturales habían determi-
nado ejecutar su traición, desataron y cortaron las sogas con
que iban atados los palos de las balsas, y en un punto echaron
en la mar los capitanes y toda su gente que iba descuidada,
confiada en los mareantes, los cuales con los remos y con las
mismas armas de los ncas, convirtiéndolas contra sus dueños,
I
los mataron todos sin tomar ninguno a vida: y aunque los
Incas querían valerse de su nadar para salvar las vidas, por-
que los indios comunmente saben nadar, no les aprovechaba,
porque los de la costa, como tan ejercitados en la mar, hacen
a los mediterráneos encima de el agua y debajo della la misma
ventaja que los animales marinos a los terrestres. Así queda-
ron con la victoria los de la isla, y gozaron de los despojos
que fueron muchos y muy buenos, y con gran fiesta y regoci-
jo, saludándose de unas balsas a otras, se daban el parabién
de su hazaña, entendiendo, como gente rústica y bárbara, que
no solamente estaban libres del poder del Inca, pero que eran
poderosos para quitarle el imperio. Con esta vana presun-
ción volvieron con toda la disimulación posible por los capi-
tanes y soldados que habían quedado en la isla, y los llevaron
donde habían de ir, y en el mismo puesto y en la misma for-
ma que a los pri meros, mataron a los segundos. Lo mismo hi-
cieron en la isla y en las demás provincias confederadas, a
los q' en ellas habían quedado por gobernadores y ministros
de la justicia y de la hacienda del sol y del Inca: matáronlos
con gran crueldad y mucho menosprecio de la persona real.
Pusieron las cabezas a las puertas de sus templos, sacrificaron
los corazones y la sangre a sus ídolos, cumpliendo con esto la
promesa que al principio de su rebelión les habían hecho, <:i
los demonios les diesen su favor y ayuda para la traición.
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Oi
CAPITULO VI
EL CASTIGO QUE SE HIZO EN LOS REBELADOS
ABIDO por el Inca Huaina Capac todo el mal suceso,
mostró mucho sentimiento por la muerte de tantos va^
roñes de su sangre real, tan esperlmentados en paz y en
guerra, y que hubiesen quedado sin sepultura para manjar
de peces. Cubrióse de luto para mostrar su dolor. El luto de
aquellos reyes era el color pardo, que acá llaman bellori. Pa-
sado el llanto rr^ostró su ira. Hizo llamamiento de gente, y
teniendo la necesaria, fué con gran presteza a las provincias
rebeladas que estaban en Tierra- Firme; íuélas sujetando con
mucha facilidad, porque ni tuvieron ánimo militar, ni conse-
jo ciudadano para defenderse, ni fuerzas para resistir las del
I nca.
Sujetadas aquellas naciones pasó a la isla: los naturales
della hicieron alguna resistencia por la mar, más fué tan poca,
que luego se dieron por vencidos. El Inca mandó prender to-
dos los principales autores y consejeros de la rebelión, y a los
capitanes y soldados de más nombre que se habían hallado
en la ejecución y muerte de los gobernadores, y ministros de
la justicia y de la guerra, a los cuales hizo una plática un mae-
se de campo de los del Inca, en que les afeó su maldad y trai-
ción, y la crueldad q' usaron con los que andaban estudiando
en el beneficio dellos, y procurando sacarlos de su vida ferina,
y pasarlos a la humana. Por lo cual, no pudiendo el Inca usar
de su natural clemencia y piedad, porque su justicia no le
permitía, ni la maldad del hecho era capaz de remisión alguna,
mandaba el Inca fuesen castigados con pena de muerte, dig-
na de su traición y alevosía. Hecha la notificación de la sen-
tenciaba ejecutaron con diversas muertes (como ellos las die-
ron a los ministros del Inca) que a unos echaron en la mar con
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— 18 —
grandes pesgas, a otros pasaron por las picas, en castigo de
haber puesto las cabezas de los Incas a las puertas de sus tem-
plos en lanzas y picas: a otros degollaron y hicieron cuartos;
a otros mataron con sus propias armas, como ellos habían
hecho a los capitanes y soldados; a otros ahorcaron. Pedro
de Cieza de León habiendo contado esta rebelión y su castigo
más largamente que otro hecho alguno de los Incas, sumando
lo que atrás a la larga ha dicho, dice estas palabras, que son
del capítulo cincuenta y tres. Y así fueron muertos con dife-
rentes especies de muertes muchos millares de indios, y em-
palados y ahogados no pocos de los principales que fueron en
el consejo. Después de haber hecho el castigo bien grande y
temeroso. Huaina Capac mandó que en sus cantares en tiem-
pos tristes y calamitosos, se refiriese la maldad que allí se co-
metió. Lo cual con otras cosas recitan ellos en sus lenguas,
como a manera de endechas; y luego intentó de mandar hacer
por el río de Guayaquile, que es muy gi*ande, una calzada,
que cierto según parece por algunos pedazos que della se ven,
era cosa soberbia; más no se acabó ni se hizo por entero lo que
él quería, y llámase esto que digo el Paso de Huaina Capac:
y hecho este castigo, y mandado que todos obedeciesen a su
gobernador que estaba en la fortaleza de Tumpis. y ordena-
das otras esas, el Inca salió de aquella comarca; hasta aquí
es-de Pddrode Cie^a da León. (2)
(V) rn' la Ciúnicn del Perú, o sen la Primera l^aitr dr sii oíiia íiist(Silca.
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CAPITULO Vil
MOTIN DE LOS CHACHAPUYAS, Y LA MAGNANIMIDAD DE
HUAINA CAPAC.
/INDANDO el rey Huaina Capac dando orden en volverse
\ alCosco, y visitar sus reinos, vinieron muchos caciques
f
de aquellas provincias de la costa, que había reducido
a su imperio con grandes presentes de todo lo mejor que en
sus tierras tenían; y entre otras cosas le trujeron un león y
un tigre fierísimos, los cuales el Inca estimó en mucho, y man-
dó que se los guardasen y mantuviesen con mucho cuidado.
Adelante contaremos una maravilla que Dios nuestro Señor
obró con aquellos animales en favor de los cristianos por la
cual, los indios los adoraron diciendo que eran hijos del sol.
El Inca Hu'aina Capac salió de Tumpis, dejando lo necesario
para el gobierno de la paz y de la guerra, fué visitando a la
ida la mitad de su reino a la larga, hasta los Chichas, que es
lo último del Perú, con intenciones de volver visitando la
otra mitad que está más al Oriente. Desde los Chichas envió
visitadores al reino de Tucma, que los españoles llaman Tu-
cumán; también los envió al reino de Chile. Mandó que los
unos y los otros llevasen mucha ropa de vestir de la del Inca,
con otras muchas preseas de su persona, para los gobernado-
res, capitanes y ministros regios de aquellos reinos, y para los
curacas naturales dellos, para que en nombre del Inca les hi-
ciesen merced de aquellas dádivas, que tan estimadas eran
entre aquellos indios. En el Cosco, a ida y vuelta, visitó la
fortaleza, que ya el edificio della andaba en acabanzas, puso
las manos en algunas cosas de la obra, para dar ánimo y favor
a los maestros mayores, y a los demás trabajadores que en
ella andaban. Hecha la visita en que se ocupó más de cuatro
años, mandó levantar gente para hacer la conquista adelante
de Tumpis, la costa de la mar hácia el Norte, hallándose el
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— 20 —
Inca en la provincia de los Cañaris, que pensaba ir a Quitu,
para de allí bajar a la conquista de la costa, le trajeron nue-
vas que la gran provincia de los Chachapuyas, viéndole ocupa-
do en guerras y conquista de tanta importancia, se había
rebelado confiada en la aspereza de su sitio, y en la mucha y
muy belicosa gente que tenía, y que debajo de amistad ha-
bían muerto los gobernadores y capitanes del Inca, y que de
los soldados habían muerto muchos y preso otros muchos,
con intención de servirse dellos como de esclavos. De lo cual
recebió Huaina Capac grandísimo pesar y enojo, y mandó
que la gente de guerra, que por muchas partes caminaba a la
costa, revolviese hacia la provincia Chachapuya. donde pen-
saba hacer un rigoroso castigo: y él se fué al parage donde se
habían de juntar los soldados. Entretanto que la gente se
recogía, envió el Inca mensageros a los chachapuyas que les
requiriesen con el perdón, si se reducían a su servicio. Los
cuales en lugar de dar buena respuesta, maltrataron a los
mensageros con palabras desacatadas, y los amenazaron de
muerteicon lo cual se indignó el Inca deltodo.ydió más priesa
a recoger la gente. Caminó con ella hasta un río grande, donde
tenían apercebidas muchas balsas de una madera muy ligera,
• que en la lengua general del Perú llaman Chuchau.
El Inca, pareciéndole que a su persona y ejército era
indecente pasar el río en cuadrillas de seis en seis, y de siete
en siete, en las balsas, mandó que dellas hiciesen una puente,
juntándolas todas como un zarzo echado sobre el agua. Los
indios de guerra y los de servicio, pusieron tanta diligencia,
que un día natural hicieron la puente. El Inca pasó con su
ejército en escuadrón formado, y a mucha priesa caminó ha-
cia Cassamarquilla. que es uno de los pueblos principales de
aquella provincia; iba con propósito de los destruir y asolar,
porque este príncipe se preció siempre de ser tan severo y ri-
guroso con los rebeldes y pertinaces, como piadoso y manso
con los humildes y sujetos.
Los amotinados, habiendo sabido el enojo del Inca, y la
pujanza de su ejercito, conocieron tarde su delito, y temieron
el castigo, que estaba ya muy cerca. Y no sabiendo qué reme-
dio tomar, porque les parecía que demás del delito principal
la pertinacia y el término que en el responder a los requiri-
mientos del Inca habían usado, tendrían cerradas las puertas
de su misericordia y clemencia, acordaron desamparar sus
pueblos y casas, y huir a los montes; y así lo hicieron todos
los que pudieron. Los viejos que quedaron con la demás gente
inútil, como más esperi mentados, trayendo a la memoria la
generosidad de Huaina Capac, que no negaba petición que
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— 21 —
mujer alguna le hiciese, acudieron a una matrona chachapuya,
natural de aquel pueblo Cassamarquilla. que había sido mu-
ger del gran Tupac Inca Yupanqui, una de sus muchas con-
cubinas, y con el encarecimiento y lágrimas que el peligró
presente requería, le dijeron que no hallaban otro remedio ni
esperanza para que ellos y sus mugeres y hijos, y todos sus
pueblos y provincias no fuesen asolados, sino que ella fue.se
a suplicar al Inca su hijo los perdonase.
La matrona, viendo que también ella y toda su parentela,
sin escepción alguna, corrían el mismo riesgo, salió a toda
diligencia acompañada de otras muchas mugeres de todas
edades, sin consentir que hombre alguno fuese con ellas y
fué al encuentro del Inca, al cual halló casi dos leguas de Ca-
ssamarquilla; y postrada a sus piés con grande ánimo y valor,
le dijo: solo, señor, ¿dónde vas? ; no ves que vas con ira y eno-
jo a destruir una provincia que tu padre ganó y redujo a tu
imperio?; ¿no adviertes que vas contra tu misma clemencia
y piedad?;¿no consideras que mañana te ha de pesar de haber
ejecutado hoy tu ira y saña, y quisieras no haberlo hecho?;
¿porqué no te acuerdas del renombre Huacchacuyac, que es
Amador de Pobres del cual te precias tanto? r>porqué no has
;
lástima de estos pobres de juicio, pues sabes que es la mayor
pobreza y miseria de todas las humanas? Y aunque ellos no
lo merezcan, acuérdate de tu padre que los conquistó para que
fuesen tuyos. Acuérdate de tí mismo que eres hijo del sol: no
permitas que un accidente de la ira manche tus grandes loo-
res pasados, presentes y por venir, por ejecutar un castigo
inútil, derramando sangre de gente que ya se te ha rendido.
Mira q' cuanto mayor hubiere sido el delito y la culpa destos
miserables, tanto más resplandecerá tu piedad y clemencia.
Acuérdate de la que todos tus antecesores han tenido, y cuan-
to se preciaron de ella; mira que eres la suma de todos ellos.
Suplicóte por quien eres, perdones estos pobres; y si no te
dignas de concederme esta petición, a lo menos concédeme,
que pues soy- natura! desta provincia, que te ha enojado, sea
yo la primera en quien descargues la espada de tu justicia,
porque no vea la total destruición de los míos.
Dichas estas palabras calló la matrona Las demás in-
dias que con ella habían venido, levantaron un alarido y llan-
to lastimero, repitiendo muchas veces los renombres del Inca,
diciéndole: solo señor, hijo del sol, amador de pobres, Huai-
na Capac, ten misericordia de nosotras y de nuestros padres,
maridos, hermanos y hijos.
El Inca estuvo mucho rato suspenso, considerando las
razones de la Mamacuna; y como a ellas se añadiese el clampr
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/
— 22 —
y lágrimas, que con la misma petición las otrasindias derra-
maban, doliéndose de ellas, y apagando con su natural piedad
y clemencia los fuegos de su justa ira. fué a la madrastra, y
levantándola del suelo, le dijo: bien parece que eres Maman-
chic, que es madre común (quiso decir: madre mía. y de los
tuyos) pues de tan lejos miras y previenes lo que a mi honra,
y a la memoria de la magestad de mi padre conviene, yo te
lo agradezco muy mucho: que no hay duda, sino que, como
has dicho, mañana me pesará de haber ejecutado hoy mi saña.
También hiciste oficio de madre con los tuyos, pues con tanta
eficacia has redimido sus vidas y pueblos: y pues a todos nos
has sido tan buena madre, hágase lo que mandas, y mira si
tienes más que mandarme. Vuélvete en hora buena a los tu-
yos, y perdónales en mi nombre, y hazles cualquiera otra mer-
ced y gracia que a tí te parezca; y diles que sepan agradecér-
tela; y para mayor certificación de que quedan perdonados,
llevarás contigo cuatro Incas, hermanos míos y hijos tuyos,
que vayan sin gente de guei^ra, no más de con los ministros
necesarios, para ponerlos en toda paz y buen gobierno. Dicho
esto se volvió el Inca con todo su ejército: mandó encaminar-
lo hácia la costa, como había sido su primer intento.
Los Chachapuyas quedaron tan convencidos de su delito,
y de la clemencia del Inca que de allí adelante fueron muy
leales vasallos; y en memoria y veneración de aquella magna-
nimidad que con ellos se usó, cercaron el sitio donde pasó el
coloquio de la madrastra con su alnado Huaina Capac, para
que como lugar sagrado (por haberse obrado en él una hazaña
tan grande) quedase guardado, para que ni hombres, ni ani-
males, ni aún las aves, si fuese posible, no pusiesen los piés
en él. Echáronle tres cercas al derredor. La primera fué de
cantería muy pulida, con su cornija por lo alto. La segunda
de una cantería tosca, para que fuese guarda de la primera
cerca. La tercera cerca fué de adobes, para que guardase las
otras dos. Todavía se ven hoy algunas reliquias dellas. Pu-
dieran durar muchos siglos, según su labor, más no lo consin-
tió la cudicia, que buscando tesoros en semejaTites puestos,
las echó todas por tierra.
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I
CAPITULO VII
DIOSES Y COSTUMBRES DE LA NACION MANTA, Y SU REDUCION
Y LAS DE OTRAS MUY BARBARAS.
HUAINA Capac enderezó su viage a la costa de la mar,
para laconquista que allí deseaba hacer. Llegó a los con-
fines de la provincia que há p"or nombre Manta, en cuyo
distrito está el puerto que los españoles llaman Puerto Viejo;
por qué lo llamaron así, dijimos al principio desta historia.
Los naturales de aquella comarca, en muchas leguas de la
costa hacia el Norte, tenían unas mismas costumbres y una
misma idolatría. Adoraban la mar y los peces que más en
abundancia mataban para comer. Adoraban tigres y leon&s,
y las culebras grandes, y otras sabandijas, como se les anto-
jaba: entre las cuales adoraban en el valle de Manta, que era
como metrópoli de toda aquella comarca, una gran esmeralda,
que dicen era poco menor que un huevo de avestTuz. En sus
fiestas mayores la mostraban, poniéndola en público: los in-
dios venían de muy lejos a le adorar, y sacrificar, y traer pre-
sentes de otras esmeraldas menores porque los sacerdotes y
el cacique de Manta les hacían entender, que era sacrificio y
ofrenda muy agradable- para la diosa esmeralda mayor; que
le presentasen las otras menores porque eran sus hijas. Con
esta avarienta doctrina juntaron en aquel pueblo mucha can-
tidad de esmeraldas, donde las hallaron don Pedro de Alva-
rado y sus compañeros, que uno dellos fué Garcilaso de la
Vega, mi señor, cuando fueron a la conquista del Perú, y que-
braron en una bigornia la mayor parte dellas, diciendo (co-
mo no buenos lapidarios) que si eran piedras finas no se ha-
bían de quebrar, por grandes golpes que las diesen; y si se
quebraban, eran vidrios, y no piedras finas: la que adoraban
por diosa desaparecieron los indios luego que los españoles
entraron en aquel reino; y de tal manera la escondieron, que
por muchas diligencias y amenazas que después acá por ella
se han hecho, jamás ha parecido, como ha sido de otro infinito
tesoro, que en aquella tierra se ha perdido.
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— 24 —
Los naturales de Manta y su comarca, en particular los
de la costa (pero no los de la tierra adentro, que llaman se-
rranos) usaban la sodomía más al descubierto, y más desver-
gonzadamente que todas las demás naciones que hasta ahora
hemos notado deste vicio. Casábanse debajo de condición,
que los parientes y amigos del novio gozaban primero de la
novia, que no el marido. (3) Desollaban los que cautivaban
en sus guerras, y henchían de cenizas los pellejos de manera
que parecían lo que eran; y en señal de victoria los colga-
ban a las puertas de sus templos, y en las plazas donde hacían
sus fiestas y bailes.
El Inca les envió los requirimientos acostumbrados, que
se apercibiesen para la guerra, o se rindiesen a su imperio.
Los de Manta, de mucho atrás, tenían visto, que no podían
resistir al poder del Inca; y aunque habían procurado aliarse
a defensa común con las muchas naciones de su comarca, no
habían podido reducirlos a unión y conformidad, porque las
más eran behetrías, sin ley ni gobierno; por lo cual los unos
y los otros se rindieron con mucha facilidad a Huaina Capac.
El Inca los recibió con afabilidad, haciéndoles mercedes y
regalos, y dejando gobernadores y ministros que les enseñasen
su idolatría, leyes y costumbres, pasó adelante en su conquis-
ta a otra gran provincia, llamada Caranque. En su comarca
hay muchas naciones, todas eran behetrías, sin ley ni gobierno.
Sujetáronse fácilmente, porque no aspiraron a defenderse,
ni pudieran aunque quisieran, porque ya no había resistencia
para la pujanza del Inca, según era grande: con estos hicieron
lo mismo que con los pasados, que dejándoles rnaestros y go-
bernadores, prosiguieron en su conquista, y llegaron a otras
provincias de gente más bárbara y bestial, q' toda la demás,
que porla costa hasta allí habían conquistado: hombres y mu-
geres se labraban las caras con p.untas de pedernal; deforma-
ban las cabezas a los niños en naciendo; poníanles una tabli-
lla en la frente y otra en el colodrillo, y se las apretaban de
día en día, hasta que eran de cuatro o cinco años, para que
la cabeza quedase ancha del un lado al otro, y angosta de la
frente al colodrillo; y no contentos de darles el anchura que
habían podido, tresquilaban el cabello, que hay en la mollera,
corona y colodrillo, y dejaban lo de los lados; y aquellos cabe-
llos tampoco habían de andar peinados ni asentados, sino
crespos y levantados, por aumentar la monstruosidad de sus
rostros. Manteníanse de su pesquería, que son grandísimos
(i) Custumiirc nuiy j^cnciiilizaila i'nlrt' los indius iiin te J'crú. N'éa-
sc 1(1 (}iif' i)iis ( al i-cspccid hi Hrliiciún ild l'i iinci Vcsriiln iinii iiln de la Cosía
!l mar (li'l Sur do .Miguel l'lsli'lr. Unlrlhi ilr la Si>rie(l<iil (Ir KslitiHnx llislórirns
Amerimiios. Quito i;»10.
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— 25 —
pescadores, y de yerbas y raíces, y frutas silvestres. Andaban
desnudos. Adoraban por dioses las cosas que hemos dicho de
sus comarcanos. Estas naciones se llamaban Apichiqui. Pi-
chunsi. Sava. Pecllansi miqui, Pampahuasi, y otras que hay
por aquella comarca. Habiéndolas reducido el Inca a su im-
perio, pasó adelante a otra llamada Saramissu y de allí a
otra que llaman Passau.que está debajo de la linea Equinoc-
cial perpendicularmente. Los de aquella provincia son bar-
barísimos sobre cuantas naciones sujetaron los Incas; no tu-
vieron dioses, ni supieron qué cosa era adorar; no tenían
pueblo, ni casa; vivían en huecos de árboles de las montarías
que las hay por allí bravísimas. No tenían mugeres conocidas
ni conocían hijos: eran sodomitas muy al descubierto; no sa-
bían labrar la tierra, ni hacer otra cosa alguna en beneficio
suyo: andaban desnudos, demás de traer labrados los labios
por de fuerayde dentro: traían las caras embijadas a cuarteles
de diversos colores, un cuarto de amarillo, otro de azul, otro de
colorado, y otro de negro, variando cada uno las colores como
más gusto le daban: jamás peinaron sus cabezas: traían los
cabellos largos y crespos, llenos de paja y polvo, y de cuanto
sobre ellos caía: en suma eran peores que bestias; yo los ví
por mis ojos cuando vine a España el año de 1560, que paró
allí nuestro navio tres días a tomar agua y leña. Entonces
salieron muchos dellos en sus balsas de enea a contratar con
los del itavío y la contratación era venderles los peces grandes
que delante dellos mataban con sus fisgas, que para gente tan
rústica lo hacían con destreza y sutileza, tanta, que los espa-
ñoles, por el gusto de verlos matar, se los compraban antes
que los matasen: y lo que pedían por el pescado era bizcocho
y carne, y no querían plata: traían cubiertas sus vergüenzas
con pañetes, hechos de cortezas o hojas de árboles; y esto
más por respeto de los españoles, que no por honestidad pro-
pia; verdaderamente eran selvages (sic) de los más selváticos
que se pueden imaginar.
Huaina Capac Inca después que vió y reconoció la ma-
la disposición de la tierra, tan triste y montuosa, y la bestia-
lidad de la gente tan sucia y bruta, y que sería perdido el
trabajo que en ellos se emplease, para reducirlos a pulida y
urbanidad, dicen los suyos que dijo: volvámonos, que estos
no merecen tenernos por señor; y que dicho esto mandó vol-
ver su ejército, dejando los naturales de Passau tan torpes y
brutos, como antes se estaban. (4)
(1) Kalíi frase pudú sor luuiüftstacióii ilf ilesfucriu u df ijiiiidli'iic iii. ^'('as('
Loa letnon inca leus del nuid' ilel
i>i<' Poúij el Cnnifuayu ile lus (.'iisiinuircas. F.h
—
PEiiu BOCETOS uisTouicOri. I. U Lúna 1919.
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CAPITULO IX
m
DE LOS GIGANTES QUE HUBO EN AQUELLA REGION, Y LA
MUERTE DELLOS.
ANTES
de
que. salgamos desta región, será bien demos cuen-
una historia notable y de grande admiración que
ta
los naturales della tienen por tradición de sus antepasa-
dos, de muchos siglos atrás, de unos gigantes que dicen fueron
por la mar a aquella tierra, y desembarcaron en la punta que
llaman de Santa Elena: llamáronla así, porque los primeros
españoles la vieron en su día, y porque de los historiadores
españoles que hablan de los gigantes. Pedro de Cieza de León
es el que más largamente lo escribe, como hombre que tomó
la relación en la misma provincia donde los gigantes estuvie-
ron, me pareció decir aquí lo mismo que él dice, sacado a la
letra: que aunque el P. M. José Acosta. (51 y el contador ge-
neral Agustín de Zarate (6) dicen lo mismo, lo dicen muy
breve y sumariamente. Pedro de Cieza, alargándose más, dice
lo que se sigue, capítulo cincuenta y dos. (7) Porque en el
Perú hay fama de los gigantes que vinieron a desembarcar a
la costa en la punta de Santa Elena, que es en los términos
desta ciudad de Puerto Viejo, me pareció dar noticia de lo
q' oí de ellos, según q' yo lo entendí, sin mirar las opiniones de!
vulgo, y sus dichos varios, que siempre engrandece las cosas
más de lo que fueron: cuentan los naturales por relación que
oyeron de sus padres, la cual ellos tuvieron y tenían de muy
atrás, que vinieron por la mar en unas balsas de juncos, a
manera de grandes barcas, unos hombres tan grandes que te-
nían tanto uno dellos de la rodilla abajo, como un hombre
de los comunes en todo el cuerpo, aunque fuese de buena esta-
fó) l-jisu llisloiiii Siiluiiil fi Mmiil ili' lus liuliiis.
(0) Záratf. llisluTia del l'i'jú rn Hr>Tni!i,\i>oiii;s
. l•lll.MlTlV^l^ i>\: b.ai.vá.
Cieza de l.eón. il). cit.
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(7) (
—.27 —
tura, y que sus miembros conformaban con ]a grandeza de
sus cuerpos tan disformes, que era cosa monstruosa ver las
cabezas, según eran grandes, y los cabellos que les allegaban
a las espaldas. Los ojos, señalaban, q' eran tan grandes como
pequeños platos: afirman que no tenían barbas, y que venían
vestidos algunos dellos con pieles de animales, y otros con la
ropa que les dió natura, y que no trajeron mugeres consigo;
los cuales. como llegasen a esta punta, después de haber en ella
hecho su asiento a manera de pueblo, (que aún en estos tiem-
pos hay memoria de los sitios destas cosas que tuvieron) co-
mo no hallasen agua, para remediar la falta que della sentían,
hicieron unos pozos hondísimos, obra por cierto digna de me-
moria, hecha por tan fortísimos hombres como se presume
que serían aquellos, pues era tanta su grandeza. Y cavaron
estos pozos en peña viva, hasta q' hallaron el agua, y después
los labraron desde ella hasta arriba de piedra: de tal manera
que durará mucho tiempo y edades' en los cuales hay muy
buena y sabrosa agua, y siempre tan fría que es gran contento
bebería.
Habiendo pues hecho sus asientos estos crecidos hom-
bres o gigantes, y teniendo estos pozos o cisternas de donde
bebían, todo el mantenimiento que hallaban en la comarca
de la tierra que ellos podían hollar, lo destruían, y comían
tanto, que dicen que uno dellos comía, más vianda que cin-
cuenta hombres de los naturales de aquella tierra; y como no
bastase la comida que hallaban para sustentarse, mataban
mucho pescado en la mar con sus redes y aparejos, que según
razón tenían. Vivieron en grande aborrecimiento de los natu-
rales, porque por usar con sus mugeres, las mataban, y a ellos
hacían lo mismo por otras causas. Y los indios no se hallaban
bastantes para matar a esta nueva gente que había venido a
ocuparles su tierra y señorío, aunque se hicieron grandes jun-
tas para platicar sobre ello, pero no las osaron acometer. Pa-
sados algunos años estando todavía estos gigantes en esta
parte, como les faltasen mugeres. y a los naturales no les cua-
drasen por su grandeza, o porque sería vicio usado entre
ellos, por consejo e inducimiento del maldito demonio, usa-
ban unos con otros el pecado nefando de la sodomía, tan gran-
dísimo y horrendo, el cual usaban y cometían pública y des-
cubi¿^rtamente sin temor de Dios y poca vergüenza de sí
mismos; y afirman todos los naturales que Dios nuestro Se-
ñor, no siendo servido de disimular pecado tan malo, les envió
el castigo conforme a la fealdad del pecado; y asi dicen que es-
tando todos juntos envueltos en su maldita sodomía, vino
fuego del cielo, temeroso y muy espantable, haciendo gran
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— 28 —
ruido del medio del cual salió un ángel tesplandeciente con
una espada tajante y muy refulgente, con la cual de un solo
golpe los mató a todos, y el fuego los consumió, que no quedó
sino algunos huesos y calaveras que por memoria de! casti-
go quiso Dios que quedasen sin ser consumidas del fuego.
Esto dicen de los gigantes, lo cual creemos que pasó, porque
en esta parte que dicen se han hallado y se hallan huesos
grandísimos, e yo he oído a españoles que han visto pedazo
de muela, que juzgaban que a estar entera, pesara más de me-
dia libra carnicera: y también que habían visto otro pedazo
de hueso de una canilla, que es cosa admirable contar cuán
grande era. lo cual hace testigo haber pasado, porque sin esto
se ve a donde tuvieron los sitios de los pueblos, y los pozos o
cisternas que hicieron. Querer afirmar o decir de qué parte,
o por qué camino vinieron estos, no lo puedo afirmar porque
no lo sé.
Este año de mil y quinientos y cincuenta oí yo contar,
estando en la ciudad de los reyes, que siendo el ilustrisimo
don Antonio de Mendoza, visorey y gobernador de la Nue-'a
España, se hallaron ciertos huesos en ella de hombres tan
grandes como los de estos gigantes, y aún mayores; y sin esto
también he oído antes de apera q" en un antiquísimo sepulcro
se hallaron en la ciudrd de México, o en otra parte de aquel
reino, ciertos huesos de gigantes. Por donde se puede tener,
pu'es tantos lo vieron y lo afirman, que hubo estos gigantes,
y aún podrían ser todos unos.
En esta punta de Santa Elena (que como tengo dicho
está en !a costa del Perú, en los términos de la ciudad de Puer-
to Viejo) se vé una cosa muy de notar: y es que hay ciertos
ojos y mineros de alquitrán tan perfecto, que podrían calafe-
tear con ellos a todos los navios que quisiesen porque mana.
Y este alquitrán debe ser algún minero que pasa por aquel
lugar, el cual sale muy caliente &c. (8) Hasta aquí es de Pe-
dro de Cieza. que lo sacamos de su historia, porque se vea la
tradición que aquellos indios tenían de lo<= gigantes, y la fuen-
te manantial de alquitrán que hay en aquel mismo puesto
que también es cosa notable.
(ti) N'óasi- íisi luismu lo fjiif i-cspi-clu a la ti'ailidóii ilf li'S gij-anlrs en I'im i-
t'J Viejo, cuenta (íutlerre? ile üanta Clara en su ol'iíi: lliatoriu ih- ¡u- i/xi'ixin
'Civiles del Pfríi t 111 c. LVI Edi. Victoriano .Suarez, .Madriil.
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CAPITULO X
1.0 QUE HUAINA CAPAC DIJO ACERCA DEL SOL
Huaina Capac, como se ha dicho, mandó volver
ELsu rey
ejército de la provincia llamada Passau, y la cual se-
ñaló por término y límite de su imperio, por aquella ban-
da, que es al Norte; y habiéndolo despedido se volvió hácia
el Cosco, visitando sus reinos y provincias, haciendo merce-
des y administrando justicia a cuantos se la pedían. Deste
viaje en uno de los años que duró la visita, llegó al Cosco, a
tiempo que pudo celebrar la fiesta principal del sol que lla-
man Raimi. Cuentan los indios que un día de los nueve que
la fiesta duraba con nueva libertad de la que solían tener de
mirar al sol (que les era prohibido por parecerles desacato)
puso los ojos en él. o cerca donde el sol lo permite, y estuvo así
un espacio de tiempo mirándole. El sumo sacerdote, que era
uno de sus tíos, y estaba a su lado, le dijo: ¿qué haces Inca,
no sabes que no es lícito hacer eso?
El rey por entonces bajó los ojos, más dende a poco vol-
vió a alzarlos con la misma libertad, y los puso en el sol. El
sumo sacerdote replicó diciendo: mira, solo señor, lo que ha-
ces, que demás de sernos prohibido el mirar con libertad a
nuestro padre el sol, por ser desacato, das mal ejemplo a toda
tu corte, y a todo tu imperio que está aquí cifrado para cele-
brar la veneración y adoración que a tu padre deben hacer,
como a solo y supremo señor. Huaina Capac volviéndose al
sacerdote le dijo: quiero hacerte dos preguntas para respon-
der a lo que me has dicho. Yo soy vuestro rey y señor univer-
sal, ¿habría alguno de vosotros tan atrevido que por su gusto
me mandase levantar de mi asiento, y hacer un largo cami-
no? Respondió el sacerdote: ¡quién habría tan desatinado
como eso! Replicó el Inca: ¿y habría algún curaca de mis va-
sallos, por más rico y poderoso que fuese, que no me obede-
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— 30 —
ciese, si le mandase ir por la posta de aquí a Chili? Dijo el
yo
sacerdote: no Inca, no habría alguno que no lo obedeciese,
hasta la muerte, todo lo que le mandases.
El rey dijo entonces: pues yo te digo, que este nuestro
padre el sol debe tener otro mayor señor y más poderoso que
no él, el cual le manda hacer este camino que cada día hace
sin parar; porque si él fuera el supremo señor, una vez que
otra dejara de caminar, y descansara por s gusto aunque no
i
tuviera necesidad alguna. Por este dicho y otros semejantes
que los españoles oyeron contar a los indios deste p'-íncipe,
decían que si alcanzara a oír la doctrina cristiana, recibiera
con mucha facilidad la fé católica, por su buen entendimiento
y delicado ingénio. Un capitán español que entre otros mu-
chos debió de oír este cuento de Huaina Capac, que fué pú-
blico en todo el Perú, lo ahijó para sí, y lo contó por suyo al
P. M. Acosta, y pudo ser que también lo fuese: su paternidad
lo escribe en el libro quinto de la historia del Nuevo Orbe,
capítulo quinto, y luego en pos deste cuento escribe el dicho
Huaina Capac, sin nombrarle, que también llegó a si- noticia,
y dice estas palabras: refiérese de uno de los reyes Ingas, hom-
bre de muy
delicado ingenio, que viendo como todos sus an-
tepasados adoraban al sol, dijo que no le parecía a él que el
sol era dios, ni lo podía ser: porque Dios es gran Señor, y con
gran sociego y señorío hace sus cosas, y que el sol nunca para
de andar, y que cosa tan inquieta no le parecía ser dios. Dijo
muy bien, y si con razones suaves, y que se dejen percibir les
declaran a los indios sus engaños y cegueras, admirablemente
se convencen y rinden a la verdad. Hasta aquí es del P. Acos-
ta, con que acaba aquel capítulo. Los indios como tan agoreros
y tímidos en su idolatría, tomaron por mal pronóstico la no-
vedad que su rey había hecho en mirar al sol con aquella li-
bertad: Huaina Capac la tomó por lo que oyó decir del sol
a su padre Tupac Inca Yupanqui, que es casi lo mismo según
se refirió en su vida.
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CAPITULO XI
REBELION DE LOS CARANQUES Y SU CASTIGO.
^NDANDO el Inca Huaina Capac. visitando sus reinos,
fl que fué laúltima visita que hizo, le trujeron nuevas, que
la provincia de Caranque. que dijimos había conquistado
a los últimos fines del reino de Quitu, de gente bárbara y cruel,
que comía carne humana, y ofrecía en sacrificio la sangre,
cabezas y corazones de los que mataba, no pudiendo llevar el
yugo del Inca, particularmente la ley que les prohibía comer
carne humana, se alzaron con otras provincias de su comarca,
que eran de las mismas costumbres, y temían el imperio del
Inca, que lo tenían ya a sus puertas, que les había de prohi-
bir lo mismo que a sus vecinos, que era lo que ellos más esti-
maban para su regalo y vida bestial. Por estas causas se con-
juraron con facilidad, y en mucho secreto apercibieron gran
número de gente para matar los gobernadores y ministros
del Inca, y la gente de guarnición que consigo tenían; y entre-
tanto que llegaba el tiempo señalado para ejecutar su trai-
ción, le servían con la mayor sumisión y ostentación de amor
que fingir podían, para cogerlos más descuidados y degollar-
los más a su salvo. Llegado el día, los mataron con grandísi-
ma crueldad, y ofrecieron las cabezas, corazones y la sangre
a sus dioses, en servicio y agradecimiento de que les hubiesen
libertado del dominio de los Incas, y restituídoles sus anti-
guas costumbres, comieron la carne dellos con mucho gusto
y gran voracidad, tragándosela sin mascar, en venganza de
que se la hubiesen prohibido tanto tiempo había, y castigado
a los que habían delinquido en comerla: hicieron todas las
desvergüenzas y desacatos que pudieron; lo cual sabido por
Huaina Capac le causó mucha pena y enojo. Mandó aperci-
bir gente y capitanes que fuesen a castigar el delito y la mal-
dad de aquellas fieras, y él fué en pos dellos, para estar a la
mira de lo que sucediese. Los capitanes fueron a los Caranques
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— 32 —
y antes que empezasen a hacer la guerra enviaron mensage-
ros en nombre del Inca, ofreciéndoles el perdón de su delito,
si pedían misericordia y se rendían a la voluntad del rey. Los
rebelados, como bárbaros, no solamente no quisieron rendir-
se, más antes respondieron muy desvergonzadamente, y mal-
trataron los mensageros, de manera que no faltó sino matar-
los. Sabiendo Huaina Capac el nuevo desacato de aquellos
brutos, fué a su ejército por hacer la guerra por su persona.
Mandó que la hiciesen a fuego y a sangre, en la cual murie-
ron muchos millares de hombres de ambas partes; porque los
enemigos como gente rebelada peleaban obstinadamente, y
los del Inca por castigar el desacato hecho a su rey, se habían
como buenos soldados: y como a la potencia del Inca no hu-
biese resistencia, enflaquecieron los enemigos en breve tiem-
po; dieron en pelear no en batallas descubiertas, sino en reba-
tos y asechanzas, defendiendo los malos pasos, sierras y lu-
gares fuertes; más la pujanza del Inca lo venció todo, y rindió
jos enemigos: prendieron muchos millares de ellos; y de los
más culpados que fueron autores de la rebelión, hubieron dos
mil personas, parte dellos fueron los Caranques que se rebe-
laron y parte de los aliados: que aún no eran conquistados
por el Inca. En todos ellos se hizo un castigo rigoroso y memo-
rable: mandó que los degollasen todos dentro de una gran
laguna, que está entre los términos de los unos y de los otros,
para que el nombre que entonces le pusieron guardase la me-
moria de! delito y del cast'go: llamáronla Yahuarcocha, quie-
re decir lago, o mar de sangre, porque la laguna quedó hecha
sangre con tanta como en ella se derramó. Pedro de Cieza,
tocando brevemente este paso, capítulo treinta y siete, dice
que fueron veinte mil los degollados: debiólo de decir por
todos los que de una parte y de otra murieron en aquella
guerra, que fué muy reñida y porfiada.
Hecho el castigo, el Inca Huaina Capac se fué a Quitu
bien lastimado, y quejoso de que en su reino acaeciesen deli-
tos tan atroces e inhumanos, que forzosamente requiriesen
castigos severos y crueles contra su natural condición y la de
todos sus antecesores, que se preciaron de piedad y clemen-
cia: dolíase de que los motines acaeciesen en sus tiempos para
hacerlos infelices, y no en los pasados, porque no se acorda-
ban que hubiese habido otro alguno, sino el de los Chancas
en tiempo del Inca Viracocha. Más, bien mirado, parece que
eran agüeros y pronósticos, que amenazaban habría muy aína
otra rebelión mayor, que sería causa de la enagenación y
pérdida de su imperio, y de la total destruición de su real
sangre como veremos presto.
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CAPÍTULO XII
HUAINA CAPAC HACE REY DE QUITU A SU HIJO ATAHUALLPA
^ L Inca Huaina como atrás dejamos apuntado,
Capac,
hubo en rey de Quitu (sucesora que había de
la hija del
ser de aquel reino) a su hijo Atahuallpa. El cual salió de
buen entendimiento, y de agudo ingenio, astuto, sagaz, ma-
ñoso y cauteloso, y para la guerra belicoso y animoso, gentil
hombre de cuerpo, y hermoso de rostro, como lo eran comun-
mente todos los Incas y Pallas: por estos dotes del cuerpo y
del ánimo lo amó tiernamente su padre, y siempre lo traía
consigo: (9) quisiera dejarle en herencia todo su imperio;
más no pudiendo quitar el derecho al primogénito y heredero
legítimo que era Huáscar Inca, procuró contra el fuero y es
fatuto de todos sus antepasados, quitarle siquiera el reino de
Quitu, con algunas colore? y apariencias de justicia y res-
titución. Para lo cual envió a llamar al príncipe Huáscar Inca,
que estaba en el Cosco. Venido oue fuó, hizo una gran junta
délos hijos, y de muchos capitanes y curacas que consigo te-
nía, y en presencia de todos ellos habló al hijo legítimo y le
dijo: notorio es, príncipe que conforme a la antigua costum-
bre, que nuestro primer padre el Inca Manco Capac nos dijo
que guardásemos, este reino de Quitu, es de vuestra corona,
que así se ha hecho siempre hasta ahora, que todos los reinos
y provincias que se han conquistado, se han vinculado y ane-
xado a vuestro imperio, y sometido a la jurisdicción y dominio
de nuestra imperial ciudad del Cosco. Más porque yo quiero
mucho a vuestro hermano Atahuallpa, y me pesa de verle
pobre, holgaría tuviésedes por bien, que todo lo que yo he
ganado para vuestra corona, se le quedase en herencia y su-
(9) Cieza de León nos cuenta (Señoriu ác los Incas) que tanto apreciaba
el Inca a Atahuallpa que sien)pre comían en el mismo plato el padre y el hijo.
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cesión el reino de Quitu (que fué de sus abuelos maternos, y
lo fuera hoy de su madre) para que pueda vivir en estado
real, como lo merecen sus virtudes, que siendo tan buen her-
mano como lo es, y teniendo con qué, podré serviros mejor
en todo lo que le mandsredes que no siendo pobre; y para re-
compensa y satisfacción de esto poco que ahora os pido, os
quedan otras muchas provincias y reinos muy largos y anchos
en contorno de los vuestros que podréis ganar; en cuya con-
quista os servirá vuestro hermano de soldado y capitán, y yo
iré contento deste mundo cuando vaya a descansar con nues-
tro padre el Sol.
El príncipe Huáscar Inca respondió con mucha facilidad,
holgaba pn estremo de obedecer al Inca su padre en aquellos
y en cualquier otra cosa que fuese servido mandarle; y que si
para su mayor gusto era necesario hacer dejación de otras
provincias, para que tuviese más que dar a su hijo Atahuallpa
también lo haría a trueque de darle contento. Con esta res-
puesta quedó HuainaCapac muy satisfecho; ordenó que Huás-
car se volviese al Cosco; trató de meter en la posesión del rei-
no a su hijo Atahuallpa. Añadióle otras provincias, sin las de
Quitu. Dióle capitanes esperi mentados, y parte de su ejército
que le sirviesen y acompañasen. En suma, hizo en su favor
todas las ventajas que pudo aunque fuese en perjuicio del
príncipe heredero. Húbose en todo como padre apasionado,
y rendido de amor a su hijo. Quiso asistir en el reino de Quitu
y en su comarca en los años que le quedaban de vida. Tomó
este acuerdo tanto por favorecer y dar calor al reinado de
su hijo Atahuallpa, como por sosegar y apaciguar aquellas
provincias marítimas y mediterráneas nuevamente ganadas,
que como gente belicosa, aunque bárbara y bestial, no se
aquietaban debajo del imperio y gobierno de los Incas; por
lo cual tuvo necesidad de trasplantar muchas naciones de
aquellas en otras provincias y en lugar dellas traer otras de
las quietas y pacíficas, que era el remedio que aquellos reyes
tenían para asegurarse de rebeliones, como largamente diji-
mos cuando hablamos de los trasplantados, que llaman
Mit mac.
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CAPITULO XIII
DOS CAMINOS FAMOSOS QUE HUBO EN EL PERU
5 ERA justo que en la vida de Huaina Capac, hagamos
mención de los dos caminos reales que hubo en el Perú
a la larga Norte Sur, porque se los atribuyen a él. El uno
que vá por los llanos, que és la costa de la mar, y el otro por
la sierra, que es 1? tierra adentro, de los cuales hablan los
historiadores con todo buen encarecimiento; pero la obra
fué tan grande que excede a toda pintura que della se puede
hacer; y porque yo no puedo pintarlos también como ellos los
pintaron; diré lo que cada uno dellos dicen, sacado a la letra.
Agustín de Zárate, libro primero, capítulo trece, hablando
del origen de loa Incas dice lo que se sigue: Por la sucesión
destos Inca;., vino el señorío a uno dellos, que se llamó Guai-
nacava (quiere decir mancebo rico) que fué el que más tierras
ganó y acrecentó a su señorío, y el que más justicia y razón
tuvo en la tierra, y la redujo a policía y cultura, tanto que
parecía cosa mposible que una gente tan bárbara y sin letras
i
regirse con tanto concierto y órden, y tenerle tanta obediencia
y amor sus vasallos, que en servicio suyo hicieron dos cami-
nos en el Perú, tan señalados, que no es justo que se queden
en olvido; porque ninguna de aquellas que los autores anti-
guos contaron por las siete obras más señaladas del mundo,
se hizo con tanta dificultad y trabajo, y costa como estas.
Cuando este Guainacava fué desde la ciudad del Cosco con
su ejército a conquistar la provincia de Quitu.que hay cerca
de quinientas leguas de distancia, como iba por sierra, tuvo
grande dificultad en el pasage por causa de los malos caminos,
y grandes quebradas y despeñaderos que había en la sierra
por do iba. Y así pareciéndoles a los indios que era justo ha-
cerle camino nuevo, por donde volviese victorioso de la
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conqu'sta. porque había sujetado 1? provincia, hicieron un
camino por toda !a cordillera, muy ancho y llano, rompiendo
e igualando las peñas, donde era menester, e igualando y su-
biendo las quebradas de mampostería. tanto q' algunas veces
subían la labor desde quines y veinte estados de hondo, y así
dura este camino por espacio de las quinientas leguas. Y di-
cen que este era tan llano cuando se acabó que podía ir una
carreta por él. aunque después acá con las guerras de los in-
dios y de los cristianos en muchas partes se han quebrado
las mamposterías deítos pasos, por detener a los que vienen
por ellos que no pueden pasar. Y verá la dificultad de es-
ta obra quien considerare el trabajo y costas que se han em-
pleado en España en allanar dos leguas de sierra que hay en-
tre el Espinar de Segovia y Guadarrama: y como nunca se
ha acabado perfectamente, con ser paso ordinario por donde
tan continuamente los reyes de Castilla pasan con sus casas
y corte todas las veces que van o vienen del Andalucía o del
reino de Toledo a esta parte de los puertos. Y no contentos
con haber hecho tan insigne obra, cuando otra vez el mismo
Guainacava quiso volver a visitar la provincia de Quitu, a
que era muy aficionado, por haberla él conquistado, tornó él
por los llanos, y los indios le hicieron en ellos otros caminos
de tanta dificultad como el de la sierra: porque en todos los
valles donde alcanza la frescura de los ríos y arboledas, que
como arriba está dicho, comunmente ocupaba una legua,
hicieron un camino que casi tiene cuarenta pies de ancho,
con muy gruesas tapias de un cabo y del otro, y cuatro o cin-
co tapias en alto: y en saliendo de los valles continuaban el
mismo camino por los arenales, hincando palos y estacas por
cordel para que no se pudiesen perder el camino, n' torcer
un cabo y a otro el cual dura las mismas quinientas leguas
que el de la sierr-a: y aunque los palos de los arenales están
rompidos en muchas partes, porque los españoles en tiempo
de guerra y de paz, hacían con ellos lumbre; pero las paredes
de los valles se están el día de hoy en las más partes enteras,
por donde se puede juzgar la grandeza del edificio: y así fué
por el uno y vino por el otro Guainacava, teniéndosele siem-
pre por donde había de pasar. cu bierto y sembrado con ramos
y flores de muy suave olor. Hasta aquí es de Agustín de Za-
rate. Pedro de Cieza de León hablando en el mismo propósi-
to, dice del camino q' va por la sierra, lo que se sigue, capítulo
treinta y siete. De Ipiales se camina hasta llegar a una pro-
vincia pequeña que há por nombre Guaca, y antes de llegar
a ella se ve el camino de los Incas, tan famoso en estas par-
tes, como el q' Aníbal hizo por los Alpes, cuando bajó a la Ita-
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lia. y puede ser tenido éste en más estimación, así por los
grandes aposentos y depósitos que había en todo él, como por
ser hecho con mucha dificultad, por tan ásperas y fragosas
sierras, que pone admiración verlo. No dice más Pedro de
Cieza del camino de la sierra. Pero adelante en el capítulo
sesenta, dice del camino de los llanos, lo q" se sigue: por llevar
con toda orden mi escritura quise, antes de volver a concluir
con lo tocante a las provincias de la sierra, declarar lo que se
me ofrece de los Llanos; pues como se ha dicho en otras par-
tes, es cosa tan importante. Y en este lugar daré noticia del
gran camino que los Incas mandaron hacer por mitad dellos;
e! cual aunque por muchos lugares estí ya desbaratado y
deshecho, dá muestra de la grande cosa que fué, y de el poder
de los q" lo mandaron hacer. Guainacapa y Topainga Yupangue
su padre, fueron a lo que los indios dicen, los que abajaron
por toda la costa visitando los valles y provincias de los Ingas
aunque también cuentan algunos dellos. que Inga Yupangue
abuelo de Guainacapa. y padre de Topa Inca, que fué el pri-
mero que vió la costa y anduvo por los llanos della. Y en es-
tos valles y en la costa los caciques y principales por su man-
dado, hicieron un camino tan ancho como quince pies. Por
una parte y por la otra dél iba una pared mayor que un esta-
do, bien fuerte, y todo el espacio de este camino iba limpio y
echado por debajo de arboledas: y destos árboles por muchas
partes caían sobre el camino ramo-s dellos llenos de fruta. Y por
todas las florestas andaban en las arboledas muchos géneros de
pájaros y papagayos, y otras aves &c. Poco más abajo, ha-
biendo dicho de los pósitos y de la provisión que en ellos ha-
bía para la gente de guerra, que lo alegamos en otra parte,
dice: por este camino duraban las paredes que iban por una
y otra parte dél, hasta que los indios con la muchedumbre
de arena no podían armar cimiento. Desde donde para que
no se errase y se conociese la grandeza del que aquello manda-
ba, hincaban largos y cumplidos palos a manera de vigas, de
trecho a trecho. Y así como se tenía el cuidado de limpiar por
los valles el camino, y renovar las paredes si se ruinaban y
gastaban, Jlo tenían en mirar si algún horcón o palo largo, de
los que estaban en los arenales, se caía con el viento, de tor-
narlo a poner. De manera que este camino cierto fué gra-
cosa, aunque no tan trabajoso como el de la sierra. Algunas
fortalezas y templos del sol había en estos valles, como iré
declarando en su lugar &c. Hasta aquí es de Pedro de Cieza
de León, sacado a la letra: Juan Botero Benes también ha-
ce mención destos caminos, y los pone en sus relaciones
por cosa maravillosa, y aunque en breves palabras los pin-
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— as-
ta muy bien, diciendo: desde la ciudad del Cosco hay dos
caminos o calzadas reales de dos mil millas de largo, que
una va guiada por los llanos, y la otra por las cumbres de
los montes, de manera que para hacerlas como están fué
necesario alzar los valles, tajar las piedras y peñascos vivos
y humillar la alteza de los montes. Tenían de ancho veinti-
y cinco pies; obra que sin comparación hace ventaja a las
fábricas de Egipto y a los romanos edificios &c. Todo esto
dicen estos tres autores de aquellos dos famosos caminos
que merecieron ser celebrados en los encarecimientos que
a cada uno de los historiadores le pareció mayores; aunque
todos ellos no igualan a la grandeza de la obra, porque basta
la continuación de quinientas leguas, donde hay cuestas
de dos tres y cuatro leguas y más de subida, para que nin-
gún encarecimiento le iguale. Demás de lo que della dicen
es de saber, que hicieron en el camino de la sierra en las
cumbres más altas, de donde más tierra se descubría, unas
placetas altas a un lado o a otro del camino, con sus gradas
de cantería para subir a ellas, donde los que llevaban las
andas descansasen, y el Inca gozase de tender la vista a to-
das partes por aquellas sierras altas y bajas, nevadas y
por nevar, que cierto es una hermosísima vista, porque de
algunas partes, según la altura de las sierras por do va el
camino, se descubren cincuenta, sesenta, ochenta y cien
leguas de tierra, donde se ven puntas de sierras tan altas que
parece que llegan al cielo, y por el contrario, valles y que-
bradas tan hondas que parece que van a parar al centro de
la tierra. De toda aquella gran fábrica no ha quedado sino lo
que el tiempo y las guerras no han podido consumir. Solamen-
• te en el camino de los llanos, en los desiertos de los arenales,
que los hay muy grandes, donde también hay cerros altos y
bajos de arena, tienen hincados a trechos maderos altos, que
del uno se vea el otro, y sirvan de guía para que no se pierdan
los caminantes, porque el rastro del camino se pierde con el
movimiento que la arena hace con el viento, porque lo cubre
y lo ciega; y no es seguro guiarse por los cerros de arena, por-
q' también ellos se pasan y mudan de una parte a otra, si el
viento es recio: de manera que son muy necesarias las vigas
hincadas por el camino para el norte de los viandantes, y por
esto se han sustentado, porque no podrían pasar sin ellas.
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CAPITULO XIV
TUVO NUEVAS HUAINA CAPAC DE LOS ESPAÑOLES QUE
ANDABAN EN LA COSTA
HUAINA Capac. ocupado en las cosas dichas,
Tumipampa, que fueron
estando en
los reales palacios de de los más
soberbios que hubo en el Perú, le llegaron nuevas que
gentes extrañas y nunca jamás vistas en aquella tierra, an-
daban en un navio por la costa de su imperio procurando sa-
ber qué tierra era aquella; la cual novedad despertó a Huaina
Capac a nuevos cuidados, para inquirir y saber que ícente era
aquella y de dónde podía venir. Es de saber que aquel navio
(^ra de Blasco Núñez de Balboa, primer descubridor de la mar
del Sur, y aquellos españoles fueron los que (como al princi-
pio dijimos) impusieron el nombre Perú a aquel imperio, que
fué el año mil quinientos y quince, y el descubrimiento de la
mar del .Sur fué dos años antes. Un historiador dice que aquel
navio y aquellos españoles eran don Francisco Pizarro y sus
trece compañeros, que dicen fueron los primeros descubrido-
res del Perú. En lo cual se engañó, que por decir primeros ga-
nadores dijo primeros descubridores: y también se engañó
en el tiempo, porque de lo uno a lo otro pasaron diez y seis
años, sino fueron más: porque el primer descubrimiento del
Perú, y la impusición deste nombre fué año de mil y quinien-
tos y quince; y don Francisco Pizarro y sus cuatro hermanos,
y don Diego de Almagro, entraron en el Perú para le ganar
año de mil quinientos y treinta y uno, y Huaina Capac mu-
rió ocho años antes, que fué el año de mil y quinientos y vein-
te y tres, habiendo reinado cuarenta y dos años, según lo tes-
tifica el P. Blas Valera en sus rotos y destrozados papeles,
donde escribía grandes antiguallas de aquellos reyes, que fué
muy gran inquiridor dellas.
Aquellos ocho años que Huaina Capac vivió después de
ja nueva de los primeros descubridores, los gastó en gobernar
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su imperio en toda paz y quietud. No quiso hacer nuevas con-
quistas, por estar a la mira de lo q' por la mar viniese;porque
la nueva de aquel navio le dió mucho cuidado, imaginando en
un antiguo oráculo que aq.uellos Incas tenían, que pasados
tantos reyes, hablan de ir gentes estrañas y nunca vistas, y
quitarles el reino, y destruir su república y su idolatría: cum-
plíase el plazo en este Inca, como adelante veremos. Asimes-
mo es de saber, que tres años antes que aquel navio fuese a
Ja costa del Perú, acaeció en el Cosco un portento y mal agüe-
ro, que escandalizó mucho a Huaina Capac, y atemorizó en
estremo a todo su imperio, y fué, que celebrándose la fiesta
solemne que cada áño hacían a su dios el sol, vieron venir
por el aire un águila real, que ellos llaman Anca, que la iban
persiguiendo cinco o seis cernícalos y otros tantos balconcillos
de los que, por ser tan lindos, han traído muchos a España, y
en ella les llaman aletos, y en el Perú, Huá man. Los cuales tro-
cándose ya los unos, ya los otros, caían sobre el águila, que no
la dejaban volar, sino que la mataban a golpes. Ella, no pu-
diendo defenderse, se dejó caer en medio de la plaza mayor,
de aquella ciudad entre los Incas, para que la socorriesen.
Ellos la tomaron y vieron que estaba enferma, cubierta de
caspa, como sarna, y casi pelada de las plumas menores.
Diéronle de comer y procuraron regalarla; más nada le pro-
vechó, que dentro de pocos días se murió sin poderse levan-
tar del suelo. El Inca y los suyos lo tomaron por mal agüero:
en cuya interpretación dijeron muchas cosas los adivinos,
que para semejantes casos tenían elegidos: y todas eran ame-
nazas de la pérdida de su imperio, de la destruición de su re-
pública y de su idolatría: sin esto hubo grandes terremotos y
temblores de tierra, que aunque el Perú es apasionado de esta
plaga, notaron que los temblores eran mayores que los or-
dinarios, y que caían muchos cerros altos. De los indios de la
costa supieron, que la mar con sus crecientes y menguantes,
salía muchas veces de sus términos comunes: vieron que en
el aire se aparecían muchas cometas muy espantosas y teme-
rosas. Entre estos miedos y asombros vieron, que una noche
muy clara y serena tenía la luna tres cercos muy grandes. El
primero era de color de sangre. El segundo que estaba más
afuera, era de un color negro que tiraba a verde. El tercero
parecía que era de humo. Un adivino o mágico, que los indios,
llaman Llayca, habiendo visto y contemplado los cercos que
la luna tenía, entró donde Huaina Capac estaba, y con un
semblante muy triste y lloroso, que casi no podía hablar, le
d'jo: solo señor, sabrás que tu madre la luna, como madre
piadosa te avisa, que el Pachacamac. criador y sustentador
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del mundo, amenaza a tu sangre real y a tu im.perio con gran-
des plagas que ha de enviar sobre los tuyos; porque aquel pri-
mer cerco que tu madre tiene de color de sangre, significa que
después que tu hayas ido a descansar con tu padre el sol, ha-
brá cruel guerra entre tus descendientes, y mucho derrama-
miento de tu real sangre. De manera que en pocos años se aca-
bará toda; de lo cual quisiera reventar llorando. El segundo
cerco negro nos amenaza que de las guerras y mortandad de
los tuyos se causar? !a destruición de nuestra religión y repú-
blica y la enagenación de su imperio, y todo se convertirá en
humo, como lo significa el cerco tercero que parece de humo.
El Inca recibió mucha alteración; más, por no mostrar flaque-
za, dijo al mágico; anda, que tú debes de haber soñado esta
noche esas burlerías, y dices que son revelaciones de mi ma-
dre. Respondió el mágico; para que me creas Inca, podrás
salir a ver las señales de tu madre por tus propios ojos, y man-
darás que vengan los demás adivinos, y sabrás lo que dicen
destos agüeros. El Inca salió de su aposento y habiendo visto
las señales, mandó llamar todos los mágicos que en su corte
había; y uno de ellos que era de la nación Yauyu, a quien los
demás reconocían ventaja, que también había mirado y con-
siderado los cercos, le dijo lo mismo que el primero. Huaina
Capac, porque los suyos no perdiesen el ánimo con tan tristes
pronósticos, aunque coníormaban con el que tenía en su pe-
cho, hizo muestras de no creerlos, y dijo a los adivinos: .
me lo dice el mismo Pachacamac, yo no pienso dar crédito a
vuestros dichos; porque no es de imaginar que el sol mi padre
aborrezca tanto su propia sangre, que permita la total des-
truición de sus hijos. Con esto despidió los adivinos; empero
considerando lo que le habían dicho, que era tan al propio
del oráculo antiguo, que de sus antecesores tenía, y juntando
lo uno y lo otro con las novedades y prodigios que cada día se
aparecían en los cuatro elementos; y que sobre todo lo dicho
se aumentaba la ida del navio con la gente nunca vista ni oída,
vivía Huaina Capac con recelo, temor y congoja Estaba aper-
cibido siempre de un buen ejército escogido de la gente más
veterana y plática que en las guarniciones de aquellas provin-
cias había. Mandó hacer muchos sacrificios al sol, y que los
agoreros y hechiceros, cada cual en sus provincias, consulta-
sen a sus familiares demonios, particularmente al gran Pa-
chacamac y al diablo Rimac, que daba respuestas a lo que le
preguntaban, que supisen dél.lo que de bien o de mal pronos-
ticaban aquellas cosas tan nuevas que en la mar y en los de-
más elementos se habían visto. De Rimac y de las otras partes
le trujeron respuestas oscuras y confusas, que ni dejaban de
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prometer algún dejaban de amenazar mucho mal: y
bien, ni
ios más de daban malos agüeros, con que todo
los hechiceros
el imperio estaba temeroso de alguna grande adversidad: más
como en los primeros tres o cuatro años no hubiese novedad
alguna de las que temían, volvieron a su antigua quietud, y
en ella vivieron algunos años hasta la muerte de Huaina
Capac. La relación de los pronósticos que hemos dicho, demás
de la fama común, que hay dellos por todo aquel imperio, la
dieron en particular dos capitanes de la guarda de Huaina
Capac.que cada uno dellos llegó a tener más de ochenta años;
ambos se bautizaron, el más antiguo se llamó don Juan Pe-
chuta: tomó por sobrenombre el nombre que tenía antes del
bautismo, como lo han hecho todos los indios generalmente:
el otro se llamaba Chauca Rimachi. el nombre cristiano ha
borrado de la memoria el olvido. Estos capitanes, cuando con-
taban estos pronósticos y los sucesos de aquellos tiempos,
se derretían en lágrimas llorando, que era menester divertir-
les de la plática para que dejasen de llorar. El testamento y
la muerte de Huaina Capac, y todo lo demás que después
della sucedió, diremos de relación de aquel Inca viejo que
había nombre Cusi Huallpa y mucha parte dello, particular-
mente las crueldades que Atahuallpa en los de la sangre real
hizo, diré de la relación de mi madre, y de un hermano suyo q"
se llamó don Fernando Huallpa Tupac Inca Yupanqui. que
entonces eran niños de menos de diez años, y se hallaron en
la furia dellas dos años y medio, que duraron, hasta que los
españoles entraron en la tierra; y en su lugar diremos cómo
se escaparon ellos, y los popos que de aquella sangre escapa-
ron de la muerte, que Atahuallpa Ies daba, que fué por benefi
cío de los mismos enemigos.
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CAPITULO XV
TESTAMENTO Y MUERTE DE HUAINA CAPAC, Y EL PRONOSTICO
DE LA IDA DE LOS ESPAÑOLES
ESTANDO Huaina Capac en el reino de Quitu, un dia de
los últimos de su vida se entró en un lago a bañar por su
recreación y deleite, de donde salió con frío, que los in-
dios UamanyChucchu. que es temblar; y como sobreviniese la
calentura, la cual llaman Rupa (r blanda) que es quemarse,
y otro día y los siguientes se sintiese peor y peor, sintió que
su mal era de muerte: porque de años atrás tenía pronósticos
della, sacados de las hechicerías y agüeros, y de las inter-
pretaciones que largamente tuvieron aquellos gentiles: los
cuales pronósticos, particularmente los que hablaban de la
pers®na real, decían los Incas que eran revelaciones de su
padre el sol, para dar autoridad y crédito a su idolatría.
Sin los pronósticos que de sus hechicerías habían sacado
y los demonios Ies habían dicho, aparecieron en el aire come-
tas temerosas, y entre ellas una muy grande de color verde,
muy espantosa, y el rayo que dijimos, que cayó en casa de es-
te mismo Inca, y otras señales prodigiosas que escandaliza-
ron mucho a los amautas, que eran los sabios de aquella repú
blica, y a los hechiceros y sacerdotes de su gentilidad; los cua-
les, como tan tamiliares del demonio, pronosticaron, no sola-
mente la muerte de su Inca Huaina Capac. más también la
destruición de su real sangre, la pérdida de su reino y ofras
grandes calamidades y desventuras que dijeron habían de
padecer todos ellos en' genera!, y cada uno en particular; las
cuales cosas no osaron publicar por no escandalizar la tierra,
en tanto estremo, que la gente se dejase morir de temor, se-
gún era tímida y facilísima a creer novedades y malos pro-
digios.
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Huaina Capac. sintiéndose mal. hizo llamamiento de
sus hijos y parientes que tenía cerca de sí. y de los goberna-
dores y capitanes de la milicia de las provincias comarcanas
que pudieron llegar a tiempo, y les dijo: yo me voy a descan-
sar al cielo con nuestro padre el so!, que días ha me reveló que
de lago o de rio me llamaría: y pues yo salí de! agua con la
indisposición que tengo, es cierta seña! que nuestro padre me
llama. Muerto yo abriréis mi cuerpo, como se acostumbra ha-
cer con los cuerpos reales. Mi corazón y entrañas, con todo lo
interior mando se entierre en Quitu. en señal del amor que !e
tengo, y el cuerpo llevaréis a! Cosco para ponerlo con mis pa-
dres y abuelos. Encomiéndeos a mi hijo Atahuallpa. que yo
tanto quiero, e! cual queda por Inca en mi lugar en este reino
de Quitu y en todo lo demás que por su persona y armas ga-
nare y aumentare a su imperio, y a vosotros los capitanes de
mi ejército os mando en particular le sirváis con la fidelidad
y amor que a vuestro rey debéis, que por tal os lo dejo, para
que e"n todo y por todo le obedezcáis y hagáis lo que él os man-
dare, que será lo que yo le revelare por orden de nuestro padre
el sol. También os encomiendo la justicia y clemencia para
con los vasallos: porque no se pierda el renombre que nos han
puesto de amador de pobres; y en todo os encargo hagáis co-
mo Incas hijos del sol. Hecha esta plática a sus hijos y parien-
tes, mandó llamar los demás capitanes y curacas que no eran
de la sangre real, y les encomendó la fidelidad y buen servicio
que debían hacer a su rey; y a lo último les dije: muchos años
há que por revelación de nuestro padre el sol tenemos, que
pasados doce reyes de sus hijos, vendrá gente nueva y no co-
nocida en estas partes, y ganará y sujetará a su imperio todos
nuestros reinos y otros muchos: yo me sospecho que serán de
los que sabemos que han andado por la costa de nuestro mar:
será gente valerosa que en todo os hará vertaja. También
sabemos que se cumple en mí el número de los doce Incas.
Certificóos que pocos años después que yo me haya ido de
vosotros, vendrá aquella gente nueva, y cumplirá lo que nues-
tro padre e! sol nos ha dicho, y ganará nuestro imperio, y
serán señores dél. Yo os mando que les obedezcáis y sirváis
como a hombres que en todo os harán ventaja: que su ley
será mejor que la nuestra, y sus armas poderosas e invencibles
más que las vuestras. Quedaos en paz, que yo me voy a des-
cansar con mi padre el sol que me llama."
Pedro de Cieza de León, capítulo cuarenta y cuatro, toca
este pronóstico que Huaina Capac dijo de los españoles, que
después de sus días había de mandar el reino gente estraña
y semejante a Ja que venia en el navio. Dice aquel autor que
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INSIGNIAS REALES EN EL IMPERIO INCAICO
Los incas usaban comD insignias reales: una gorra o turbante lla-
mado ¡lauto, de finísima piel de vicuña; de este llauto caía, de sien a
sien, una boria encarnada que casi le cubría la frente, y que, a estar a lo
aseverado por los cronistas, daba a la fisonomía del soberano un aspec-
to "iragestuoso y severo" (Jerés, Pedro Pizarro, Gutiérrez de Santa
Clara), usaba como vestido principal una camiseta con mangas cortas, de
varios dibujos y colores. Una especie de capa o manto, que le caía hasta
los muslos, llamada yakolla o yakollka. sandalias parecidas a las de los ro-
manos y sujetas a los tobillos por cordones de hilo de vucuña, con ador-
nos de piedras preciosas: esmeraldas, y piezas de oro y conchaperla. Sig-
nos de dignidad eran también el hacha real, champí las orejeras y los bra-
zaletes de oro, y algunas veces un escudo corto qquerara. chapeado en
oro y plata, en donde se grababan las figuras de los totémenes incas: el
sol, (Inti) la sierpe, (amaro), el león (puma), y el alcón (huaman).
En la lámina se ha dibujado, al fondo, el suplicio del garrote; es un ta-
bladillo sobre el que se ve elevarse el poste o rollo, una escalera condu-
ce a él, delante del rollo se vé el asiento donde se colocaba al reo, cuyo
cuello, cayendo sobre el rollo, era enlasado por una cuerda que lo opri-
mía a medida que se acortaba, por la torsión, que con un mango de palo,
le imprimía el verdugo. En este suplicio murió el Inca Atahuallpa.
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dijo esto el Inca a los suyos en Tumipampa, quees cerca de
Quitu, donde dice que tuvo nueva de ios pri meros españoles,
descubridores del Perú.
Franciso López de Gomara, capítulo ciento y quince, con-
tando la plática que Huáscar Inca tuvo con Hernando de
Soto (gobernador que después fué de la Floridfe) y con Pedro
del Barco, cuando fueron los dos solos dende Cassamarca has-
ta el Cosco, como se dirá en su lugar, entre otras palabras que
refiere de Huáscar, que iba preso, dice éstas que son sacadas
a la letra; y finalmente le dijo, como él era derecho señor de
todos aquellos reinos, y Atabaliba. tirano: que por tanto que-
ría informar y ver al capitán de cristianos, que deshacía los
agravios, y le restituiría su libertad y reinos: á su padre
Huaina Capac le mandára al tiempo de .«u muerte fuese ami-
go de las gentes blancas y barbudas que viniesen, porque ha-
bían de ser señores de la tierra. &. De manera que este pro-
nóstico de aquel rey fué público en todo el Perú, y así lo escri-
ben estos historiadores.
Todo lo que arriba se ha dicho dejó Huaina Capac man-
dado en lugar de testamento, y así lo tuvieron los indios en
suma veneración, y lo cumplieron a! pié de la letra: acuérdo-
me que un día hablando aquel Inca viejo en presencia de mi
madre, dando cuenta destas cosas, y de la entrada de los es-
pañoles, y de cómo ganaron la tierra. le dije: Inca, (CÓmo sien-
do esta tierra de suyo tan ¿spera y fragosa y siendo vosotros
tantos, y tan belicosos y poderosos para ganar y conquistar
tantas provincias y reinos ágenos, dejasteis perder tan presto
vuestro imperio, y os rendísteis a tan pocos españoles? Para
responderme, volvió a repetir el pronóstico acerca de los espa-
ñoles que d''as antes lo había contado y dijo cómo su Inca
les había mandado que los obedeciesen y sirviesen, porque en
todo se les aventajarían. Habiendo dicho esto se volvió a mi
con algún enojo de que les hubiese motejado de cobardes y
pusilánimes, y respondió a mi pregunta, diciendo: estas pa-
labras que nuestro Inca nos dijo, que fueron las últimas que
nos habló fueron más poderosas para nos sujetar y quitar nues-
tro imperio, que no las armas, que tu padre y sus compañeros
trujeron a esta tierra: dijo esto aquel Inca por dar a enten-
der cuánto estimaban lo que su.", reyes les mandaban, cuanto
más lo que Huaina Capac les mandó a lo último de su vida,
que fué el más querido de todos ellos.
Huaina Capac murió de aquella enfermedad: ios suyos,
en cumplimiento de lo que le.'; dejó mandado, abrieron su
cuerpo, y lo embalsamaron y llevaron al Cosco, y el corazón
dejaron enterrado en Quitu. Por los caminos donde quiera
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que llegaban, celebraban sus obsequias con grandísimo senti-
miento de llanto, clamor y alaridos, por el amor que le tenían.
Llegando a la imperial ciudad hicieron las obsequias por en-
tero, que según la costumbre de aquellos reyes duraron un
año Dejó más de doscientos hijos y hijas, y más de trescien-
tos, según afirmaban algunos Incas, por encarecer la crueldad
de Atahuallpa que los mató casi todos. Y porque se propuso
decir aquí las cosas que no había en el Perú, que después acá
se han lleYado. las diremos en el capítulo siguiente.
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CAPITULO XVI
DE LAS YEGUAS Y CABALLOS, Y COMO-LOS CRIABAN A LOS PRIN-
CIPIOS Y LO MUCHO QUE VALIAN.
ORQUE a los presentes y venideros será agradable saber
las cosas que no había en el Perú, antes que los españoles
lo ganaran, me pareció hacer capítulo dellas aparte, para
que se vea y considere con cuántas cosas menos (y al parecer)
cuén necesarias a la vida humana, se pasaban aquellas gen-
tes, y vivían muy contentos sin ellos. Primeramente es de
saber que no tuvieron caballos ni yeguas pra sus guerras, o
fiestas, ni vacas, ni bueyes para romper la tierra, y hacer sus
se menteras, ni camellos, ni asnos, ni muías para sus acarretos,
ni ovejas de las de España burdas, ni merinas para lana y
carne, ni cabras, ni puercos para cecina y corambre, ni aún
perros de los castizos para sus cacerías, como galgos, poden-
cos, perdigueros, perros de agua ni de muestra; ni sabuezos
de trailla o monteros, ni lebreles, ni aún mastines para guar-
dar sus ganados, ni gozquillos de los muy bonicos, que llaman
perrillos de falda: de los perros que en España llaman gozques
había muchos, grandes y chicos.
Tampoco tuvieron trigo, ni cebada, ni vino, ni aceite, ni
frutas, ni legumbres de las de España. De cada cosa iremos ha-
ciendo distinción, de cómo y cuando pasaron a aquellas par-
tes. Cuanto a lo primero, las yeguas y caballos llevaron con-
sigo los españoles, y mediante ellos han hecho las conquistas
del Nuevo Mundo: q' para huir, y alcanzar, y subir y bajar, y
andar a pie por la aspereza de aquella tierra, mas ágiles son
los Indios, como nacidos y criados en ella: la raza de los caba-
llos y yeguas que hay en todos los reinos y proviYicias de las
Indias, que los espaííoles han descubierto y ganado, desde el
año de mil y cuatrocientos y noventa y dos hasta ahora, es
(^e la raza de las yeguas y caballos de España, particular men-
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te del Andalucía. Los primeros llevaron a la isla de Cuba y de
Santo Domingo, y luego a las demás islas de Barlovento, co-
mo las iban descubriendo y ganando. Criáronse en ellas en
gran abundancia, y de allí los llevaron a la conquista de Mé-
xico y a la del Perú. &. A los principios, parte por descuido de
los dueños, y parte por la mucha aspereza de las montañas
de aquellas islas, que son increíbles, se quedaban algunas ye-
guas metidas por los montes, que no podían recogerlas, y se
perdían: desta manera de poco en poco se perdieron muchas,
y aún sus dueños, viendo que se criaban bien en los montes,
y que no había animales fieros que les hiciesen daño, dejaban
ir con las otras las que tenían recogidas. Desta manera se hi-
cieron bravas y montaraces las yeguas y caballos en aque-
llas islas, que huían de la gente como venados: empero por la
fertilidad de la tierra caliente y húmida, que nunca falta en
ella yerba verde, multiplicaron en gran número.
Pues como los españoles que en aquellas islas vivían, vie-
sen que para las cxDnquistas que en adelante se hacían, eran
menester caballos, y que los de allí eran muy buenos, dieron
en criarlos por grangeria. porque se los pagaban muy bien.
Había hombres que tenían en sus caballerizas a treinta, cua-
renta, cincuenta caballos, como dijimos en nuestra Historia de
la Florida, hablando dellas. Para prender los potros hacían
corrales de madera en los montes, en algunos callejones por
donde entraban y salían a pacer en los navazos limpios de
monte, que los hay en aquellas islas, de dos. tres leguas más
y menos de largo y ancho, que llaman cavanas. donde el ga-
nado sale a sus horas del monte a recrearse: las atalayas que
tienen puestas por los árboles hacen señal: entonces salen
quince o veinte de a caballo y coren el ganado, y lo aprietan
hácia donde tienen los corrales. En ellos se encierran yeguas y
potros como aciertan a caer: luego echan lazos a los potros de
tres años, y lo atan a los árboles y sueltan las yeguas: los po-
tros quedan atados tres o cuatro días dando saltos y brincos,
hasta que de cansados y de hambre no pueden tenerse, y al-
gunos se ahogan: viéndolos ya quebrantados les echan las
sillas y frenos, y suben en ellos sendo mozos, y otros los llevan
guiando por el cabestro. Desta manera los trapn tarde y ma-
ñana, quince o veinte días, hasta que los amansan. Los potros,
como animales que fueron criados para que sirviesen de tan
cerca al hombre, acuden con mucha nobleza y lealtad a lo que
quieren hacer de ellos; tanto que a pocos días después de do-
mados juegan cañas en ellos: salen muy buenos caballos. Des-
pués acá, como han faltado las conquistas, faltó el criarlos co-
mo antes hacían: pasóse la grangeria a los cueros de vacas
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como adelante diremos. Muchas veces imaginando lo mucho
que valen los buenos caballos en España, y cuán buenos son
los de aquellas islas, de talle, obra y colores, me admiro de
que no lo traigan de allí, siquiera en reconocimiento del bené-
fico que España les hizo en enviárselos; pues para traerlos
de la isla de Cuba tienen lo más del camino andado, y los na-
vios por la mayor parte vienen vacíos: los caballos del Perú
se hacen más temprano que los de España, que la primera
vez que jugué cañas en el Cosco, fué en un caballo tan nuevo,
que aún no había cumplido tres años.
A los principios, cuando se hacía la conquista del Perú, no
se vendían los caballos; y si alguno se vendía por muerte de
su dueño, o porq' se venía a España, era por precio excesivo de
cuatro, cinco o seis mil pesos. El año de mil y quinientos y
cincuenta y cuatro, yendo el mariscal don Alonso de Alvara-
do en busca de Francisco Hernández Girón, antes de la batalla
que llamaron de Chuquinca. un negro llevaba dé diestro un
hermoso caballo muy bien aderezado, a la brida, para que su
amo subiera en él: un caballero rico aficionado al caballo, dijo
al dueño que estaba con él: por el caballo y por el esclavo así
como vienen os doy diez mil pesos, que son doce mil ducados.
No los quiso el dueño diciendo, que quería el caballo para en-
trar en él. en la batalla que esperaban dar al enemigo, y así se
lo mataron en ella, y él salió muy mal herido. Lo que más se
debe notar es. que el que lo compraba era rico, tenía en los
Charcas un buen repartimiento de indios: más el dueño del
caballo no tenía indios, era un tamoso soldado y como tal por
mostrarse el día de la batalla, no quiso vender su caballo,
aunque se lo pagaban tan escesi vamente: yo los conocí, ambos
eran hombres nobles, hijosdalgo. Después acá se han mode-
rado los precios en el Perú, porque han multiplicado mucho,
que un buen caballo vale trescientos y cuatrocientos pesos,
y los rocines valen a veinte, y a treinta pesos. Comunmente los
indios tienen grandísimo miedo a los caballos: en viéndolos
correr se desatinan de tal manera, que por ancha que sea la
calle, no saben arrimarse a una de las paredes y dejarle pasar
sino que les parece que donde quiera que estén (como sea en
el suelo) los han de trompillar, y así viendo venir el caballo
corriendo, cruzan la calle dos y tres veces de una parte a otra
huyendo dél, y tan presto como llegan a la una pared.tan pres-
to les parece que estaban más seguros a la otra, y vuelven co-
rriendo a ella. Andan tan ciegos y desatinados del temor, que
muchas veces acaeció (como yo los vi) irse a encontrar con el
caballo por huir dél. En ninguna manera les parecía que es-
taban seguros, sino era teniendo algún español delante, y aún
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no se daban por asegurados del todo. Cierto que no se puede
encarecer lo que en esto había en mis tiempos,: ya ahora
por la mucha comunicación es menos el miedo: pero no tanto
que indio alguno se haya atrevido a ser herrador; y aunque
en los demás oficios que de los españoles han aprendido hay
muy grandes oficiales, no han querido enseñarse a herrar, por
no tratar los caballos de tan cerca; y aunque es verdad que
en aquellos tiempos había muchos indios, criados de españoles
que almohazaban y curaban los caballos, más no osaban subir
en ellos: digo verdad, que yo no vi indio alguno a caballo; y
aún el llevarlos de rienda no se atrevían, sino era algún ca-
ballo tan manso que fuese como una muía; y esto era por ir
el caballo retozando por no llevar antojos, que tampoco se
usaban entonces, que aún no habían llegado allá, ni el cabe-
zón para domarlos y sujetarlos: todo se hacía a más costa y
trabajo del domador y de sus dueños: más también se puede
decir que por allá son los caballos tan nobles que fácilmente,
tratándolos con buena maña sin hacerles violencia, acuden a
lo que les quieren. Demás de lo dicho, a los principios de las
conquistas, en todo el Nuevo Mundo, tuvieron los indios q' el
caballo y el caballero era todo de una pieza, como los centau-
ros de los poetas Dícenme que ya ahora hay algunos indios
que se atreven a herra r caballos, mas que son muy pocos; y
con esto pasemos adelante a dar cuenta de otras cosas que no
había en aquella mi tierra.
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'O'
CAPITULO XVII
DE LAS VACAS Y BUEYES, Y SUS PRECIOS ALTOS Y BAJOS
AS vacas se cree que las llevaron luego después de la
conquista, y que fueron muchos los que las llevaron, y así
se derramaron presto por todo el reino. Lo mismo debía
de ser de los puercos y cabras, oorque muy niño me acuerdo
yo haberlas visto en el Cosco.
Las vacas tampoco se vendían a los principios cuando
había pocas; porque el español que las llevaba (por criar y
ver el fruto dellas) no las quería vender, y así no pongo el pre-
cio de aquel tiempo hasta más adelante cuando hubieron ya
multiplicado. El primero que tuvo vacas en el Cosco fué An-
tonio de Altamirano, natural de Estremadura. padre de Pedro
y Francisco Altamirano, mestizos, condiscípulos míos, los
cuales fallecieron temprano con mucha lástima de toda aque-
lla ciudad, por la buena espectación que dellos se tenía de ha-
bilidad y virtud.
Los primeros bueyes que vi arar fué en el valle de el Cosco,
año de mil y quinientos y cincuenta, uno más o menos, y eran
de un caballero llamado Juan Rodríguez de Villalobos, na-
tural de Cáceres: no eran más de tres yuntas, llamaban a uno
de los bueyes Chaparro, a otro Naranjo, y a otro Castillo:
llevóme a verlos un ejército de indios, que de todas partes iban
a lo mismo, atónitos y asombrados de una cosa tan monstruo-
sa y nueva para ellos y para mí. Decían que los españoles de
haraganes por no trabajar, forzaban a aquellos grandes anima-
les a que hiciesen lo que ellos habían de hacer. Acuérdome bien
de todo esto, porque la fiesta de los bueyes me costó dos do-
cenas de azotes: los unos me dió mi padre porque no fui a la
escuela; las otros me dió el maestro porque falté della. La tie-
rra que araban era un andén hermosísimo que está encima
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de otro donde ahora está fundado el convento del señor San
Francisco: la cual casa, digo lo que es el cuerpo de la iglesia,
labró a su costa el dicho Juan Rodríguez de Villalobos, a de-
voción del señor San Lázaro, cuyo devotísimo fué: los frailes
franciscos compraron la iglesia y los dos andenes de tierra,
años después: que entonces cuando los bueyes no había casa
ninguna en ellos, ni de españoles ni de indios. Ya en otra par-
te hablamos largo de la compreda de aquel sitio: los gañanes
que araban eran indios, los bueyes domaron fuera de la ciudad
en un cortijo, y cuando los tuvieron diestros los truieron al
Cosco, y creo que los más solemnes triunfos de la grandeza
de Roma, no fueron más mirados que los bueyes aquel día.
Cuando las vacas empezaron a venderse valían a decientes
pesos, fueron bajando poco a poco como iban multiplicando,
y después bajaron de golpe a lo que hoy valen. Al principio
del año de mil y quinientos y cincuenta y cuatro, un caballe-
ro que yo conocí llamado Rodrigo de Esquivel. vecino del Cos-
co, natural de Sevilla, compró en la ciudad de los Reyes diez
vacas por mil pesos, que son mil y dociento.s ducados. El año
de mil y quinientos y cincuenta y nueve, las vi comprar en
el Cosco a diez y siete pesos, que son veinte ducados y medio,
antes menos que más; y lo mismo acaeció en las cabras, ove-
jas y puercos, como luego diremos, para q' se vea la fertilidad
de aquella tierra. Del año de quinientos y noventa acá me escri-
ben del Perú que valen las vacas en el Cosco a seis y a siete
ducados, compradas una o dos: pero comprandas en junto va-
len a menos.
Las vacas montaraces en las islas de Barlo-
se hicieron
vento, ta-mbién como yeguas, y casi por el mismo término:
las
aunque también tienen algunas recogidas en sus hatos, solo
por gozar de la leche, queso y manteca dellas: que por lo de-
más en los montes las tienen en m: s abundancia Han mul-
tiplicado tanto que fuera increíble si los cueros que dellas
cada año trae'n a'España no lo testificaran, que según el P.
M. Acosta dice, libro cuarto, capítulo treinta y tres. En ia
flota del año de mil y quinientos y ochenta y siete, trujeron
de Santo Domingo treinta y cinco mil y cuatrocientos y cua-
renta y cuatro cueros: y de la Nueva-España trujeron aquel
mismo año sesenta y cuatro .mil y trescientos y cincuenta
cueros vacunos, que por todos son noventa y nueve mil y se-
tecientos y noventa y cuatro. En Santo Domingo y en Cuba,
y en las demás islas multiplicaran mucho más, si no recibie-
ran tanto daño de los perros lebreles, alanos y mastines que
a los principios llevaron: que también se han hecho montara-
ces, y multiplicado tanto, que no osan caminar los hombres
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sino van diez, doce juntos: tiene premio el que los mata co-
mo si fueran lobos. Para matar las vacas aguardan a que
salgan a las savanas a pacer: córrenlas a caballo con lanzas,
que en lugar de hierro llevan unas medias lunas que llaman
desjarretaderas, tienen el filo adentro, con las cuales alcan-
zando la res, le dán en el corvejón y la desjarretan. Tiene el
jinete, que las corre necesidad de ir con advertencia, que si
la res que lleva por delante va a su mano derecha la hiera en
el corvejón derecho, y si va a su mano izquierda la hiera en
el corvejón izquierdo, porque la res vuelve la cabeza a la
parte que la hieren: y si el de a caballo no va con la adverten-
cia dicha, su mismo caballo se enclava en los cuernos de la
vaca o del toro, porque no hay tiempo para huir dellos. Hay
hombres tan diestros en este oficio, que una carrera de dos
tiros de arcabuz derriban, veinte, treinta, cuarenta reses. De
tantacarnede vaca como en aquellas islasse desperdicia, pu-
dieran traer carnage para las armadas de España: más temo
que no se puedan hacer los tasajos por la mucha humidad y
calor de aquella región, que es causa de corrupción. Dícenme
que en estos tiempos andan ya en el Perú algunas vacas des-
mandadas por los despoblados, y que los toros son tan bra-
vos que salen a la gente a los caminos: A poco más habrá
montaraces como en las islas: las cuales en el particular de
las vacas, parece que reconocen el beneficio que España les
hizo en enviárselas, y que en trueque y cambio le sirven con
la corambre que cada año le envían en tanta abundancia.
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CAPITULO XVIII
DE LOS CAMELLOS, ASNOS Y CABRAS Y SUS PRECIOS Y
MUCHA CRIA
AMPOCO hubo camellos en el Perú y ahora los hay aun-
que pocos. El primero que los llevó (y creo que después
acá no se han llevado) fué Juan de Reinaga, hombre no-
ble natural de Bilbao, que yo conocí capitán de infantería
contra Francisco Hernández Girón y sus secuaces, y sirvió
bien a su magestad en aquella jornada Por seis hembras y
un macho que le llevó, le dió don Pedro Portocarrero, natural
de Trujillo siete mil pesos que son ocho mil y cuatrocientos
ducados: los camellos han multiplicado poco o nada.
El primer borrico que vi fué en la jurisdicción del Cosco
año de mil y quinientos y cincuenta y siete: compróse en la
ciudad de Huamanga; costó cuatrocientos y ochenta duca-
dos de a trescientos y setenta y cinco maravedís: mandólo
comprar Garcilaso de la Vega, mi seííor, para criar muletos
de sus yeguas. En España no valia seis ducados, porque era
chiquillo y ruinejo. Otro compró después Gaspar de Sotelo,
hombre noble, natural de Zamora, que yo conocí, en ocho-
cientos y cuarenta ducados. Muías y mulos se han criado des-
pués acá muchos para las récuas. y gástanse mucho por la
aspereza de los caminos.
Las cabras a los principios cuando las llevaron, no supe
ri como valieron: años después las ví vender a ciento y a
ciento y diez ducados. Pocas se vendían y era por mucha
amistad y ruegos, una o dos. a cual y cual; y entre diez o doce
juntaban una manadita para traellas juntas. Esto que he
dicho fué en el Cosco año de mil y quinientos y cuarenta y
cuatro y cuarenta y cinco. Después acá han multiplicado
tanto, que no hacen caso dellas sino para la corambre. El
parir ordinario de las cabras era a tres y a cuatro cabritos,
como yo las ví. Un caballero me certificó que en Huanucu,
donde él residía, vió parir muchas a cinco cabritos.
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CAPITULO XIX
DE LAS PUERCAS Y MUCHA FERTILIDAD
puercas a los principios cuando las lleva
ELronprecio de
fué mucho
las
mayor que el de las cabras, aunque no
supe certificadamente qué tan grande fué. El coronista
Pedro de Cfeza de León, natural de Sevilla, en la demarcación
que hace de las provincia del Perú, capítulo veinte y seis,
dice: que el mariscal don Jor^e Robledo compró de los bie-
nes de Cristóbal de Ayala, que los indios mataron, una puer-
ca y un cochino en mil y seiscientos pesos, que son mil y no-
vecientos y veinte ducados: y dice más, que aquella misma
puerca se comió pocos dís después en la ciudad de Cali en
un banquete en que él se halló: y que en los vientres de las
madres compraban los lechones a cien pesos (que son ciento
y veinte ducados) y a más. Quien quisiere ver precios escesi-
vos de cosas que se vendían entre los españoles, lea aquel ca-
pítulo y verá en cuán poco tenían entonces el oro y la plata
por las cosas de España. Estos eccesos y otros semejantes
han hecho los españoles con el amor de su patria en el Nuevo
Mundo en sus principios, que como fuesen cosas llevadas de
España no paraban en el precio para las comprar y criar, que
les parecía que no podían vivir sin ellas.
El año de mil y quinientos y sesenta valía un buen cebón
en el Cosco diez pesos; por este tiempo valen a seis y a siete
y valieran menos si no fuera por la manteca, que la estiman
para curar la sarna del ganado natural de aquella tierra, y
también porque los españoles, a falta de aceite (por no po-
derlo sacar) guisan de comer con ella los viernes y la cuaresma-
las puercas han sido muy fecundas en el Perú. El año de mil
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- 56 -
y quinientos y cincuenta y ocho ví dos en la plaza menor del
Cosco con treinta y dos lechones. que habían parido a diez y
seis cada una:los hijuelos serían de poco más de treinta dias
cuando los vi. Estaban tan gordos y lucios que causaba admi-
ración cómo pudiesen las madres criar tantos juntos y tener-
los tan bien mantenidos. A los puercos llaman los indios Cuchi,
y han introducido esta palabra en su lenguage para decir
puerco, porque oyeron decir a los españoles, coche coche cuan-
do les hablaban.
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CAPITULO XX.
OVEJAS Y GATOS CASEROS.
AS ovejas de Castilla, que las llamamos así, a diferencia
de las del Perú, pues los españoles con tanta impropie-
dad las quisieron llamar ovejas, no asemejándoles en
cosa alguna como dijimos en su lugar; no sé en qué tiempo pa-
saron las primeras, ni qué precio tuvieron, ni quién fué el pri-
mero que las llevó. Las primeras que ví fué en el término del
Cosco el año de mil y quinientos y cincuenta y seis, vendíanse
en junto a cuarenta pesos cada cabeza, y las escogidas a cin-
cuenta, que son sesenta ducados. También las alcanzaban por
ruegos, como las cabras. El año de mil y quinientos y sesenta,
cuando yo salí del Cosco, aún no se pesaban carneros de Cas-
tilla en la carnicería. Por cartas del año de mil y quinientos y
noventa a esta parte, tengo relación que en aquella gran ciu-
dad vale un carnero en el rastro ocho reales, y diez cuando
mucho. Las ovejas, dentro de ocho años, bajaron a cuatro
ducados y menos. Ahora por este tiempo hay tantas que va-
len muy poco. El parir ordinario dellas ha sido a dos corderos,
y muchas a tres. La lana también es tanta que casi no tiene
precio, que vale a tres y cuatro reales la arroba. Ovejas bur-
das no sé que hasta ahora hayan llegado allá. Lobos no los
había, ni al presente los hay, que como no son de venta ni
provecho no han pasado allá.
Tampoco había gatos de los caseros antes de los espa^
ñoles; ahora los hay, y los indios los llaman Micitu porque
oyeron decir a los españoles, miz, miz, cuando los llamaban.
Y tienen ya los indios introducidos en su lenguage este nom-
bre micitu para decir gato. Digo esto porque no entienda el
español que por darles los indios nombre diferente de gato
los tenían antes, como han querido imaginar de las gallinas
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que porque los indios les llaman Atahuallpa. piensan que las
había antes de la conquista, como lo dice un historiador ha-
ciendo argumento. Que los indios tuvieron puestos nombres
en su lenguage a todas las cosas que tenían antes de los espa-
ñoles, y que a las gallinas líaman hualpa; luego habíalas antes
que los españoles pasaran al Perú. El argumento parece que
convence a quien no sabe la deducción del nombre hualpa,
que no les llaman hualpa sino atahuallpa. Es un cuento gra-
cioso: decirlo hemos cuando tratemos de las aves domésticas
que no había en el Perú, antes de los españoles.
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CAPITULO XXI
Conejos y ?erros castizos.
AMPOCO había conejos de los campesinos que hay en
España, ni de los que llaman caseros: después que yo salí
del Perú los han llevado. El primero que los llevó a la
jurisdicción del Cosco fué un clérigo llamado Andrés López,
natural de Estremadura, no pude saber de qué ciudad o villa.
Este sacerdote llevaba en una jaula dos conejos, macho y
hembra; al pasar de un arroyo que está diez y seis leguas del
Cosco, que pasa por una heredad llamada Chinchapucyu, que
fué de Garcilaso de la Vega, mi señor, el indio que llevabá la
jaula se descargó para descansar y comer un bocado, cuando
volvió a tomarla para caminar halló menos uno de los conejos,
que se había salido por una verjilla rota de la jaula y entrá-
dose en un monte bravo que hay de alisos o álamos por todo
aquel arroyo arriba, y acertó a ser la hembra, la cual iba pre-
ñada, y parió en el monte: y con el cuidado que los indios tu-
vieron después que vieron los primeros conejos de que no los
matasen, han multiplicado tanto, que cubren la tierra. De
allí los han .llevado a otras partes: críanse muy grandes con
el vicio de la tierra, como ha hecho todo lo demás que han
llevado de España.
Acertó aquella coneja a caer en buena región de tierra
templada, ni fría ni caliente: subiendo el arroyo arriba, van
participando de tierra, más y más fría, hasta llegar donde hay
nieve perpetua, y bajando el mismo arroyo van sintiendo más
y más calor, hasta llegar al río llamado Apurimac, que es la
región más caliente del Perú. Este cuento de los conejos me
contó un indiano de mi tierra, sabiendo que yo escribía estas
cosas, cuya verdad remito al arroyo, que dirá si es así o no, si
los tiene o le faltan. En el reino de Quitu hay conejos casi
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como los de España, salvo que son mucho menores de cuer-
po y más Oscuros de color, que todo el cerro del lomo es prieto,
y en todo lo demás son semejantes a los de España. Liebres
no las hubo, ni sé que hasta ahora las hayan llevado.
Perros castizos de los que atrás quedan nombrados no
los había en el Perú, los españoles los han llevado Los masti-
nes fueron los postreros que llevaron, que en aquella tierra
por no haber lobos ni otras salvaginas dañosas no era menes-
ter: más viéndolos allá los estirríaron mucho los señores de
ganado, no por la necesidad, pues no la había, sino porque los
rebaños de los ganados remedasen en todo a los de España;
y era esta ansia y sus semejantes tan ansiosa en aquellos prin-
cipios, que con no haber para qué, no más de por el bien pare-
cer, trujo un español desde el Cosco hasta los Reyes que son
ciento y veinte leguas de camino asperísimo, un cachorrillo
mastín que apenas tenía mes y medio. Llevábalo metido en
una alforja que iba colgada en el arzón delantero; y a cada jor-
nada tenía nuevo trabajo, buscando leche que comiese el pe-
rrillo. Todo esto vi. porque venimos juntos aquel español y
yo. Decía que lo llevaba para presentarlo por joya muy esti-
mada a su suegro, que era señor de ganado, y vivía cincuenta
o sesenta leguas más acá de la ciudad de los Reyes. Estos tra-
bajos y otros mayores costaron a los principios las cosas de
España a los españoles, para aborrecerlas después como han
aborrecido muchas dellas.
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CAPITULO XXII
DE LAS RATAS Y LA MULTITUD DELLAS
RESTA decir de
españoles, que
las ratas, que también pasaron con lo?
antes dallos no las había. Francisco Ló-
pez de Gomara en su Historia general de las Indias, entre
otras cosas (que escribió con falta o sobra de relación verda-
dera que le dieron) dice, que no habia ratones en el Perú, hasta
en tiempo de Blasco Nuñez de Vela. Si dijera ratas (y quizá
lo quiso decir) de las muy grandes que hay en España, había
dicho bien, que no las hubo en el Perú. Ahora las hay por la
costa en gran cantidad, y tan grandes que no hay gato que
ose mirarlas, cuanto más acometerlas. No han subido a los
pueblos de la sierra, si se teme que suban por las nieves y
mucho frío que hay en medio, si ya no hallan como ir abriga-
das.
Ratones delos chicos, hubo muchos, llámanles Ucucha.
En NoiYibre de Dios y Panamá, y otras ciudades de la costa
del Perú, se valen del tósigo contra la infinidad de las ratas
que en ellas se crían. Apregonan a ciertos tiempos del año
que cada uno en su casa eche rejalgar a las ratas. Para lo cual
guardan muy bien todo lo que es de comer y beber, principal-
mente el agua, porque las ratas no la atosiguen; y en una no-
che todos los vecinos a una echan rejalgar en las-frutas yotras
cosas que ellos apetecen a comer. Otro día hallan muertas
tantas que son innumerables.
Cuando lleguéa Panamá viniendo a España, debía de
haber poco que había hecho el castigo, que saliendo a pa-
se
searme una tarde por la ribera del mar. hallé a la lengua del
agua tantas muertas, q" en más de cien pasos de largo, y tres
o cuatro de ancho, no había donde poner los pies: que con el
fuego del tósigo van a buscar el agua, y la de la mar les ayuda
a mori r más presto.
De la multitud dellas se me ofrece un cuento estraño.
por el cual se verá las que andan en los navios, mayormente
si son navios viejos: atréveme a contarlo en la bondad y cré-
dito de un hombre noble llamado Hernán Bravo de Laguna,
de quien se hace mención en las historias del Perú, que tuvo
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— 62 -
indios enel Cosco, a quien yo se lo oí que
había visto; y fué
lo
que un navio que iba de Panamá ó tomó un puerto
los Reyes,
de los de aquella costa, y fué el de Trujillo. La gente que en él
venía saltó en tierra a tomar refresco y a holgarse aquel día
y otro que el navio había de parar allí; en el cual no quedó
hombre alguno, si no fué un enfermo que por no estar para
caminar dos leguas que hay del puertoa la ciudad, se quiso
quedar en el navio, el cual quedaba seguro, así de la tempes-
tad de la mar, que es mansa en aquella costa, como de los cor-
sarios, que aún no había pasado Francisco Drac, que enseñó
a navegar por aquel mar y a que se recatasen de los corsarios.
Pues como las ratas sintiesen el navio desambarazado de gen-
te, salieron a campear, y hallando al enfermo sobre cubierta,
le acometieron para comérselo; porque es así verdad, que mu-
chas veces ha acaecido en aquella navegación, dejar los en-
fermos vivos a prima noche, y morirse sin que los sientan por
no tener quien les duela y hallarles por la mañana comidas
las caras y partes del cuerpo, de brazos y pi'ernas, que por to-
das partes los acometen. Así quisieron hacer con aquel enfer-
mo, el cual temiendo el ejército que contra él venía, se levan-
tó como pudo, y tomando un asador del fogón, se volvió a su
cama, no para dormir, que no le convenía, sino para velar y
defenderse de los enemigos que le acometían: y así veló el res-
to de aquel día, y la noche siguiente, y otro día hasta bien
tarde que vinieron los compañeros: Los cuales al derredor de
la cama y sobre la cubierta, y por los rincones -que pudieron
buscar, hallaron trecientas y ochenta y tantas ratas que con
el asador había muerto, sin otras muchas que se le fueron las-
ti madas.
o por el miedo qu- h^l-'-i pí^^ado, o con el
El enfermo,
regocijo de la victoria alcanzada sanó de su mal, quedándole
bien que contar de la gran batalla que con las ratas había
tenido. Por la costa del Perú en diversas partes y en diversos
años hasta el año de mil y quinientos y setenta y dos, por
tres veces hubo grandes plagas causadas por las ratas y rato-
nes que criándose innumerables dellos, corrían mucha tierra
y destruían los campos. así las sementeras como las heredades,
con todos los árboles frutales que desde el suelo hasta los pim-
pollos les roían las cortezas; de manera que los árboles se seca-
ron, q' fuémenester plantarlos de nuevo, y las gentes temie-
ron desamparar sus pueblos; y sucediera el hecho según la
plaga se extendía, sino que Dios por su misericordia la apaga-
ba cuando más encendida andaba la peste. Daños increíbles
hicieron que dejamos de contar en particular por huir de la
proligidad
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CAPITULO XXIII
DE LAS GALLINAS Y PALOMAS
SERA razón hagamos mención de aves, aunque han
las
sido pocas, que no se han llevado sino gallinas palomas
y
caseras de las que llaman duendes. Palomas de palomar
que llaman zuritas o zuranas, no sé yo que hasta ahora las
hayan llevado. De las gallinas escribe un autor que las había
en el Perú antes de su conquista, y hácenle fuerza para certi-
ficarlo ciertos indicios que dicen que hay para ello, como son,
que los indios en su mismo lenguage llaman a la gallina Hual-
pa- y al huevo Ronto;y que hay entre los indios el mismo re-
frán que los españoles tienen de llamar a un hombre, gallina
para notarle de cobarde. A los cuales indicios satisfaremos con
la propiedad del hecho.
Dejando el nombre hualpa para el fin del cuento, y to-
mando elnombre ronto que se ha de escrebir Runtu. pronun-
ciando ere sencilla, porque en aquel lenguage como ya diji-
mos, ni en principio de parte, ni en medio della.no hay rr, du-
plicada; decimos que es nombre común, significa huevo, no
en particular de gallina, sino en general de cualquier ave brava
o doméstica, y los indios en su lenguage cuando quieren decir
de qué ave es el huevo, nombran juntamente el ave y el huevo,
también como el español que dice, huevo de gallina, de perdiz
o paloma &c., y esto baste para deshacer el indicio de el nom-
bre runtu.
El refrsn de llamar a un hombre gallina por motejarle de
cobarde, es que los indios lo han tomado de los españoles
por la ordinaria familiaridad y conversación que con ellos
tienen: y también por remedarles en el lenguage. como acaece
de ordinario a los mismos españoles, que pasando a Italia,
Francia. Flandes y Alemania, vueltos a su tierra, quieren lue-
go entremeter en su lenguage castellano, las palabras o refra-
nes que de los estrangeros traen aprendidos, y así lo han hecho
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los indios: porque ios Incas para decir cobardes, tienen un
refrán más apropiado que el de los españoles: dicen Huarmi,
que quiere decir muger, y lo dicen por vía de refrán: y para
decir cobarde en propia significación de su lenguage. dicen
Campa ypara decir pusilánime y flaco de corazón dicen Llanc-
11a. De manera que el refrán, gallina, para decir cobarde, es
hurtado del lenguage español, que en el de los indios no lo
hay, y yo como indio, doy fé desto.
El nombre hualpa que dicen que los indios dan a las ga-
llinas, está corrupto en las letras, y sincopado o cercenado
en las sílabas que han de decir Atahuallpa, y no es nombre de
gallina, sino del postrer Inca que hubo en el Perú, que como
diremos en su vida, fué con los de su sangre cruelísimo sobre
todas las fierasy basiliscos del mundo. El cuál siendo bastardo
con astucia y cautelas, prendió y mató al hermano mayor, le-
gítimo heredero, llamado Huáscar Inca, y tiranizó el reino,
y con tormentas y crueldades nunca jamás vistas ni oídas,
destruyó toda la sangre real, así hombres como niños y mu-
geres, en las cuales por ser más tiernas y flacas, ejecutó el
tirano los tormentos más crueles que pudo imaginar; y no
hartándose con su propia carne y sangre, pasó su rabia, inhu
manidad y fiereza, a desfruir los criados más allegados de la
casa real, que como en su lugar dijimos, no eran personas
particulares, sino pueblos enteros que cada uno servía de su
particular oficio, como porteros, barrenderos, leñadores,
aguadores, jardineros, cocineros de la mesa de estado y otros
oficios semejantes. A todos aquellos pueblos que estaban al
derredor del Cosco en espacio de cuatro, cinco, seis y siete
leguas, los destruyó y asoló por tierra los edificios, no conten-
tándose con haberles muerto los moradores: y pasaran ade-
lantes sus crueldades si no las atajaran los españoles que acer-
taron a entrar en la tierra, en el mayor hervor dallas.
Pues como los españoles luego que entraron prendieron
al tirano Atahuallpa. y lo mataron en breve tiempo con muer-
te tan afrentosa, como fué darle garrote en pública plaza, di-
jeron los indios que su dios el sol. para vengarse dél traidor, y
castigar al tirano matador de sus hijos, y destruidor de su
sangre, había enviado los españoles para que hiciesen justicia
dél. Por la cual muerte, los indios obedecieron los españoles
como a hombres enviados de su dios el sol. y se les rindieron
de todo punto, y no le.> resistieron en la conquista, co mo pu-
dieran. Antes los adoraron por hijos y descendientes de aquel
su dios Vfracocha hijo del sol, que se apareció en sueños a uno
de sus reyes, por quien llamaron al mismo rey Inca Viracocha:
y así dieron su nombre a los españoles.
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— 65 —
A esta falsa creencia que tuvieron de los españoles se
añadió otra burlería mayor, y fué que como los españoles lle-
varon gallos y gallinas, que de las cosas de España fué la pri-
mera que entró en el Perú, y como oyeron cantar los gallos,
dijeron los indios que aquellas aves, para perpetua infamia
del tirano y abominación de su nombre, lo pronunciaban en
su canto diciendo: Atahuallpa, y lo pronunciaban ellos Con-
trahaciendo el canto del gallo.
Y como los indios contasen a sus hijos estas ficciones,
como hicieron todas las que tuvieron, para conservarlas en su
tradición, los indios muchachos de aquella edad, en oyendo
cantar un gallo, respondían cantando al mismo tono y decían:
Atahuallpa. Confieso verdad, que muchos condiscípulos míos
y yo con ellos, hijos deespañoles y de indias, lo cantamos en
nuestra niñez por las calles juntamente con los indiezuelos.
Y para que se entienda mejor cuál era nuestro canto, se
pueden imaginar cuatro figuras o puntos de c»nto de órgano
en dos compases:por los cuales se cantaba la letra Atahuallpa,
que quien las oyere, verá que se remeda con ellos el canto or-
dinario del gallo; y son dos seminimas y una mínimayun se-
mibreve, todas cuatro figuras en un signo. Y no solo nom-
braban en e! canto al tirano, más también a sus capitanes más
principales, como tuviesen cuatro sílabas en el nombre: como
Challchuchi ma. Quilliscacha. y Rumiñavi, que quiere decir
ojo de piedra: porque tuvo un berrueco de nube en un ojo.
Esta fué la impusición del nombre Atahuallpa, que los indios
pusieron a los gallos y gallinas de España. El P. Blas Valera
habiendo dicho en sus destrozados y no merecidos papeles, la
muerte tan repentina de Atahuallpa. y habiendo contado
largamente sus escelencias, que para con sus vasallos las tuvo
muy grandes como cualquiera de los demás Incas, aunque
para sus parientes tuvo crueldades nunca oídas y habiendo
encarecido el amor que los suyos le tenían, dice en su elegante
latín estas palabras: de aquí nació, que cuando su muerte fué
divulgada entre sus indios, porque el nombre de tan gi*an va-
ron no viniese en olvido, tomar'on por remedio y consuelo
decir, cuando cantaban los gallos, que los españoles llevaron
consigo, que aquellas aves lloraban la muerte de Atahuallpa,
y q' por su memoria nombraban su nombre en su canto: por lo
cual llamaron al gallo y a su canto, Atahuallpa: (10) y de tal
manera ha sido recebido este nombre en todas naciones y len-
guas de los indios, que no solamente ellos más también los
10} Cüncorilantc rciii lo asex crado por Juan Santa Cruz I^a^hacnti. ^'(;aS('
Tres Relación p. Prteag;i. Revista Hi-toiuca I. I! Arlionto
¿Atahuallpa?
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66
españoles y los predicadores usan siempre dél &c. Hasta aquí
es del P. Blas Valera, el cual recibió esta relación en el reino
de Quitu, de los mismos vasallos de Atahuallpa, que como
aficionados de su rey natural, dijeron que por su honra y fama
le nombraban los gallos en su canto, y yo la recibí en el Cos-
co, donde hizo gran des cru el dades y tiranías; y los que las pa-
decieron, como lasti mados y ofendidos decían que para eterna
infamia y abominación de su nombre, lo pronunciaban los ga-
llos cantando: cada uno dice de la feria como le va en ella.
Con lo cual creo se anulan los tres indicios propuestos, y se
prueba largamente, cómo antes de la conquista de los españo-
les no había gallinas en el Perú. Y como se ha satisfecho esta
parte, quisiera poder satisfacer otras muchas que en las his-
torias de aquella tierra hay que quitar y que añadir por
flaca relación que dieron a los historiadores. Con las gallinas
y palomas que los españoles llevaron de España al Perú, po-
demos decir que también llevaron los pavos de tierra de Mé-
xico, que antes dellos tampoco los había en mi tierra. Y por
ser cosa notable, es de saber que las gallinas no sacaban pollos
en la ciudad del Cosco, ni en todo su valle, aunque les hacían
todos los regalos posibles, porque el temple de aquella ciudad
es frío. Decían los que hablaban desto, que la causa era ser
las gallinas estrangeras en aquella tierra, y no haberse conna-
turalizado con la región de aquel valle; porque en otras más
calientes como Y-ucay y Muina, que están a cuatro leguas
de la ciudad, sacaban muchos pollos. Duró la esterilidad del
Cosco más de treinta años, que el año de mil quinientos se-
senta, cuando yo salí de aquella ciudad, aún no los sacaban.
Algunos años después entre otras nuevas, me escribió un ca-
ballero que se decía Garci Sánchez de Figueroa. que las ga-
llinas sacaban ya pollos en el Cosco en gran abundancia.
El año de mil y quinientosycincuenta y seis, un caballero
natural de Salamanca, que se decía don Martin de Guzman.
que había estado en el Perú, volvió allá, llevó muy lindos jae-
ces y otras cosas curiosas, entre las cuales llevó en una jaula
un pajarülo de los que acá llaman canarios, porque se crian
en las Islas de Canaria: fué muy estimado, porque cantaba
mucho y muy bien: causó admiración que una avecilla tan
pequeña pasase dos mares tan grandes, y tantas leguas por
tierra como hay de España al Cosco. Damos cuenta de cosas
tan menudas, porque a semejanza dellas se esfuercen a llevar
otras aves de más estima y provecho, como serían las perdices
de España, y otras caseras que no han pasado allá, que se
darían como todas jas demás cpsas,
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CAPITULO XXIV
DEL TRICO
que seha dado relación de las aves, será justo la de-
VAmosPerú.
el
de lasmieses. plantas y legumbres de que carecía
Es de saber, que el primero que llevó trigo a mi
patria (yo llamo asi a todo el imperio que fué de los Incas)
fué una señora, noble, llamada María de Escobar, casada con
un caballero que se decía Diego de Chavez, ambos naturales
de Trujillo. A ella conocí en mi pueblo, que muchos años des-
pués que fué al Perú se fué a vivir a aquella ciudad; a él no
conocí porque falleció en los Reyes.
Esta señora, digna de un gran estado, llevó el trigo al
Perú, a la ciudad del Rimac. Por otro tanto adoraron los gen-
tiles, a Ceres por diosa, y desta matrona no hicieron cuenta
los de mi tierra: qué año fuese no lo sé; más de que la semilla
fué tan poca, que la anduvieron conservando, y multiplican-
do tres años, sin hacer pan de trigo, porque-no llegó a medio
almud lo que llevó, y otros lo hacen de menor cantidad: es
verdad que repartían la semilla aquellos primeros tres años a
veinte y a treinta granos por vecino; y aún habían de ser los
más amigos, para que gozasen todos de la nueva mies.
Por este beneficio que esta valerosa muger hizo al Perú,
y por los servicios de su marido que fué de los primeros con-
nuistadores, le dieron en la ciudad de los Reyes un buen re-
partimiento de indios, que pereció con la muerte dellos El
año de mil y quinientos y cuarenta y siete, aún no había pan
de trigo en el Cosco (aunqu&ya había trigo) porque me acuer-
do que el obispo de aquella ciudad, don Fray Juan Solano,
dominico, natural de Antequera, (11) viniendo huyendo de
(llj Fué el segundo Obispo del Cuzco, .surediendo en la Sede al Obispo
l^r.Vicente Valverde. i-^r. .Juan Solano gobernó su diócesis de 1.^45 a ir>6-'
renunció el Obispado y nnurió en Roma en 11 de enero de 1580
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— 68 —
la batalla de Huarina. se hospedó en casa de mi padre con
otros catorce o quince de su camarada, y mi madre los regaló
con pan de maiz: y los españoles venían tan muertos de ham-
bre, que mientras les aderezaron de cenar tomaban puñados
de maíz crudo. que echatan a sus cabalgaduras, y se lo comían,
como si fueran almendras confitadas: la cebada no se sabe
quién la llevo; creése que algún grano della fué entre el trigo,
porque por mucho que aparten estas dos semillas, nunca se
apa rtan del todo. (12)
112] rna viiliosa mHUogiiifiii suljif el i uHiv" ili l liifj" ' ii 'íI Heiti cnins
íi )a eiudltfi pluma ric nuestro malnprado iriatstro el Dr. Pablo Patrón.
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CAPITULO XXV
DE LA VID. Y EL PRIMERO QUE METIO UVAS EN EL COSCO.
Noe dán la honra a Francisco de Cara-
DEvantes.planta
la
antiguo
de
conquistador de los primeros del Perú,
natural de Toledo, hombre noble. Este caballero, viendo
la tierra con algún asiento y quietud envió a España por plan-
ta, y el que vino por ella por llevarla más fresca. la llevó de
las islas de Canaria, de uva prieta, y así salió casi toda la uva
tinta, y el vino es todo aloque, no del todo tinto, y aunque
han llevado ya otras muchas plantas, hasta la moscatel, más
con todo eso aún no hay vino blanco.
Por otro tanto como este caballero hizo en el Perú, ado-
raron los gentiles por dios al famoso Baco. y a él se lo han
agradecido poco o nada. Los indios, aunque ya por este tiem-
po vale barato el vino, lo apetecen poco, porque se contentan
con su antiguo brebage hecho de sara y agua. Juntamente
con lo dicho, oí en el Perú a un caballero fidedigno, que un
español curioso había hecho almácigo de pasas llevadas de
España y que prevaleciendo algunos granillos de las pasas
nacieron sarmientos; empero tan delicados, que fué menester
conservarlos en el almácigo tres o cuatro años, hasta que tu-
vieron vigor para ser plantados; y que las pasas acertaron a
ser de uvas prietas, y que por eso salía todo el vino del Perú
tinto o aloque, porque no es del todo prieto como el tinto de
España: pudo ser que hubiese sido lo uno y lo otro; porque
las ansias que los españoles tuvieron por ver cosas de su tierra
en las Indias, han sido tan vascosas y eficaces, que ningún
trabajo ni peligro se les ha hecho grande, para dejar de inten-
tar el efecto de su deseo.
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El primero que metió uvas de su cosecha en la ciudad del
Cosco, fué el capitán Bartolomé de Terrazas, de los primeros
conquistadores del Perú, y uno de los que pasaron a Chili con
el adelantado don Diego de Almagro. Este caballero conocí yo.
fué nobilísimo de condición, magnífico, liberal, con las demás
virtudes naturales de caballero. Plantó una viña en su repar-
timiento de indios, llamado Achanquillo, en la provincia de
Cuntisuyu, de donde año de mil y quinientos y cincuenta y
cinco, por mostrar el fruto de sus manos y la liberalidad de
su ánimo, envió treinta indios, cargados de muy hermosas
uvas, a Garcilaso de la Vega, mi señor, su íntimo amigo, con
orden que diese su parte a cada uno de los caballeros de aque-
lla ciudad, para que todos gozasen del fruto de su trabajo.
Fué gran regalo, por ser fruta nueva de España, y la magnifi-
cencia no menor, porque si se hubieran de vender las uvas, se
hicieran dellas más de cuatro o cinco mil ducados. Yo gocé
buena parte de las uvas, porque mi padre me eligió por em-
bajador del capitán Bartolomé de Terrazas y con dos pajeci
líos indios, llevé a cada casa principal dos fuentes dellas.
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CAPITULO XXVI
DEL VINO Y DEL PRIMERO QUE HIZO VINO EN EL COSCO, Y DE
SU PRECIO
año de mil y quinientos y sesenta, viniéndome a Es
ELpaña, pasé por una heredad de Pedro López de Cazalia,
natural de Llerena. vecino del Cosco, secretario que fué
del presidente Gasea, (13) la cual se dice Marcahuasi. nueve
leguas de la ciudad, y fué a 21 de enero donde hallé un capa-
taz portuguez, llamado Alfonso Vaez. que sabía mucho de
agricultura, y era muy buen hombre. El cual me paseó por
toda la heredad, que estaba cargada de muy hermosas uvas,
sin darme un gajo dellas: que fuera gran regalo para un hués-
ped caminante, y tan amigo como yo lo era suyo y dellas, más
no lo hizo: y viendo que yo habría notado su cortedad, me
dijo que le perdonase, que su señor le había mandado que no
tocase ni un grano de las uvas, porque quería hacer vino de-
llas. aunque fuese pisándolas en una artesa, como se hizo (se-
gún me dijo después en España un condiscípulo mío, porque
no había lagar ni los demás adherentes, y vio la artesa en que
se pisaron) porque quería Pedro López de Cazalla ganar la
joya que los reyes católicos y el emperador Carlos Quinto ha-
bían mandado se diese de su real hacienda, al primero que en
cualquier pueblo de españoles sacase fruto nuevo de España,
como trigo, cebada, vino y aceite, en cierta cantidad. Y esto
mandaron aquellos príncipes de gloriosa memoria, porque los
españoles se diesen a cultivar aquella tierra, y llevasen a ella
las cosas de España que en ella no había.
La joya eran dos barras de plata de a trescientos ducados
cada una, y la cantidad del trigo o cebada, había de ser medio
cahiz, y la del vino o aceite había de ser cuatro arrobas. No
quería Pedro López de Cazalla hacer el vino por la codicia de
(\o¡ 'raailjÍL'H io lialjia sidu del .\laii|iii-'/. I'i/.aii"- <ii>:piii.'í; quu l'i/iliu Saii-
lÜU dejó ni r¡llt;U. N'cílSf' .le.^i's. <'inu¡lli>tUl riel l'nú. ri;TE.\GA--riOMI-.llii.
t. \'. Xolu .\u. 1.
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losrlineros de !a joya, que mucho más pudiera sacar de las
uvas, sino por la honra y fama de haber sido el primero que
en el Cosco hubiese hecho vino de sus viñas. Esto es lo que
pasó acerca del primer vino que se hizo en mi pueblo. Otras
ciudades de el Perú, como fué Huamanca, y Arequepa, lo
tuvieron mucho antes y todo era haloquillo. Hablando
en Córdoba con un canónigo de Quitu destas cosas que vamos
escribiendo, me dijo que conoció en aquel reino de Quitu un
español curioso en cosas de agricultura, particularmente en
viñas, que fué el primero que de Rimac llevó la planta a Qui-
tu, que tenía una buena viña, riberas del río, que llaman de
Mira, que está debajo de la b'nea Equinoccial, y es tierra ca-
liente: díjome que mostró toda la viña; y porque viese la
le
curiosidad que en enseñó doce apartados que en
ella tenía, le
un pedazo della había, que podaba cada mes el suyo, y así te-
nía uvas frescas todo el año, y que la demás viña la podaba
una vez al año. como todos los demás españoles sus comar-
canos. Las viñas se riegan en todo el Perú y en aquel río es la
tierra caliente, siempre de un temple, como las hay en otras
muchas partes de aquel imperio; y asi no es mucho que los
temporales hagan por todos los meses del año sus efectos en
las plantas y mieses según q' les fueren dando y quitando el
riego, que casi lo mismo vi yo en algunos valles en el maiz; que
en una haza lo sembraban y en otra estaba ya nacido a media
pierna, y en otra para espigar, y en otra ya espigado. Y esto
no hecho por curiosidad sino por necesidad, como tenían los
indios el lugar y la posibilidad para beneficiar sus tierras.
Hasta el año de 1560 que yo salí del Cosco y años des-
pués, no se usaba dar vino a la mesa de los vecinos (que son
los que tienen indios) a los huéspedes ordinarios (si no era al-
guno que había menester para su salud) porque el beberlo
eritonces, más parecía vicio que necesidad: que habiendo ga-
nado los españoles aquel imperio tan sin favor del vino ni de
otros regalos semejantes, parecen que querían sustentar aque-
llos buenos principios en no beberlo. También se comedían
los huéspedes a no tomarlo, aunque se lo daban, por la cares-
tía dél; porque cuando más barato, valía a treinta ducados
el arroba: yo lo ví así después de la guerra de Francisco Her-
nández Girón, En los tiempos de Gonzalo Pizarro y antes lle-
gó a valer muchas veces, trescientos, y cuatrocientos, y qui-
nientos ducados una arroba de vino; los años de mil y qui-
nientos y cincuenta y cuatro y cinco, hubo mucha falta de él
en todo el reino. En la ciudad de los Reyes llegó a tanto estre-
mo, que no se hallaba para decir misa. El arzobispo don Ge-
rónimo de Loayza, natural de Trujillo, hizo cala y cata, y en
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una casa hallaron media botija de vino y se guardó para las
misas. Con esta necesidad estuvieron algunos días y meses,
hasta que entró en el puerto un navio de dos mercaderes que
yo conocí, que por buenos respetos a la descendencia dellos,
no los nombro, que llevaban dos mi! botijas de vino; y hallan-
do la falta dél, vendieron las primeras a trescientos y sesenta
ducados, y las postreras no menos de a docientos. Este cuento
supe de el piloto q" llevó el navio, porque en el mismo me tru-
jo de los Reyes a Panamá; por los cuales excesos nose permi-
tía dar vino.de ordinario. Un día de aquellos tiempos convidó
a comer un caballero que tenía indios a otro que no los tenía
Comiendo media docena de españoles en buena conversación,
el convidado pidió un jarro de agua para beber: el señor de la
casa mandó que le diesen vino; y como el otro le dijese que no
lo bebía, le dijo: pues si no bebéis vino, venios acá a comer y
a cenar cada día. Dijo esto, porque de toda la demás costa,
sacado el vino, no se hacía cuenta; y aún la del vino no se mi-
raba tanto por la costa, como por la total falta que muchas
veces había de él, por llevarse de tan lejos como España, y
pasar dos mares tan grandes, por lo cual en aquellos princi-
pios se estimó en tanto como se ha dicho.
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CAPITULO XXVII
DEL OLIVO, Y QUIEN LO LLEVO AL PERU
ELdemismo año
Rivera, vecino
mil y quinientos y sesenta,
que fué de ios Reyes,
don Antonio
habiendo años
antes venido a España, por procurador general del
Perú, volviéndose a él, llevó plantas de olivos de los de Sevi-
lla: y por mucho cuidado y diligencia que puso es las que lle-
vó en dosítinajones. en que iban m^s de cien posturas, no lle-
garon a la ciudad de los Reyes más de tres estacas vivas, las
cuales puso en una muy hermosa heredad cercada, que en
aquel valle tenia, de cuyos frutos de uvas y higos, granadas,
melones, naranjas, y limas, y otras frutas y legumbres de Es-
paña, vendidas en la plaza de aquella ciudad por iruta nueva,
hizo gran suma de dinero que se cree por cosa cierta que pasó
de decientes mil pesos. En esa heredad plantó los olivos don
Antonio de Rivera y porque nadie pudiese haber, ni tan solo
una hoja dellos para plantar en otra parte, puso un gran ejér-
cito que tenía de más de cien negros y treinta perros que de
día y de noche velasen en guarda de sus nuevas y preciadas
posturas. Acaeció que otros que velaban más que los perros,
o por consentimiento de alguno de los negros que estaría
cohechado (según se sospechó) le hurtaron una noche una
planta de las tres, 'la cual en pocos días amaneció en Chiíi,
seiscientas leguas de la ciudad de los Reyes, donde estuvo tres
años criando hijos con tan próspero suceso de aquel reino,
que no ponían renuevo por defgado que luese que no prendie-
se, y que en muy breve tiempo no se hiciese muy hermoso
olivo,
Al cabo de !o^ tres años, por las muchas cartas de excomu-
nión, que contra los ladrones de su planta don Antonio de Ri-
bera había hecho leer, le volvieron la misma que le habían
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— 75 —
llevado y la pusieron en el mismo lugar de donde la habían saca-
do, con tan buena maña y secreto, que ni el hurto ni la resti-
tución supo su dueño jamás quien la hubiese hecho. En Chili
se han dado mejor los olivos que en el Perú; debe de ser por
no haber estrañado tanto la constelación de la tierra, q" está en
treinta grados hasta los cuarenta, casi como la de España. En
el Perú se dan mejor en la sierra que en los llanos. A los prin-
cipios se daban por mucho regalo y magnificencia tres acei-
tunas a cualquier convidado, y no más. De Chili se ha traído
ya por este tiempo aceite al Perú. Esto es lo que ha pasado
acerca de los olivos que se han llevado a mi tierra; y con esto
pasáremos a tratar de las demás plantas y legumbres que no
había en el Perú.
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CAPITULO -XXVIII
DE LAS FRUTAS DE ESPAÑA Y CAÑAS DE AZUCAR
S así que no había higos,
ni granadas, ni cidras, ni naran-
limas dulces ni agrias, ni manzanas, peros, ni ca-
jas, ni
muesas, membrillos, duraznos, melocotón, albérchigo,
albaricoque. ni suerte alguna de ciruelas, de las muchas que
hay en España, sola una manera de ciruelas había diferente
de las de acá, aunque los españoles las llaman ciruelas, y los
indios Ussun; y esto digo, porque no la metan entre las cirue-
las de España: no hubo melones, ni pepinos de los de España,
ni calabazas de las que se comen guisadas. Todas estas frutas
nombradas y otras muchas que ahora no me vienen a la me-
moria las hay por este tiempo en tanta abundancia, que ya
son despreciables, como los ganados, y en tanta grande/a
mayor que la de España que pone admiración a los españo-
les que han visto la una y la otra.
En la ciudad de los Reyes, luego que se dieron las i/rana-
das, llevaron una en las andas del Santísimo Sacramento en
la procesión de su fiesta, tan grande, que causó admiración
a cuantas la vieron. Yo no o~jO decir qué tamaña me la pin-
taron por no escandalizar los ignorantes que no creen que
haya mayores cosas en el mundo que las de su aldea; y por
otra parte es lástima que por temer a los simples se dejen de
escrebir las maravillas que en aquella tierra ha habido de las
obras de naturaleza- y volviendo a ellas decimos, que han sido
de estraña grandeza, principalmente las primera."^, que la
granada era mayor que una botija dp las que hj-cen en Sevilla
para llevar aceite a Indias, y muchos racimos de uvas se han
visto de ocho y diez libras, y membrillos como la. cabeza de
un hombre, y cidras como medios cántaros; y bastg'esto acer-
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77 —
ca del grand'.r de las írvtas de España, que adelante diremos
de las legumbres, que no causar;ui menos admiración.
Quiénes fueron los curiosos que llevaron estas plantas,
y en qué tiempo y años, holgará mucho saber para poner-aquí
sus nombres y tierras, porque a cada uno se Ies dieron sus nom-
bres y bendiciones que tales beneficios merecen. El año de
mil y quinientos y ochenta llevó al Perú planta de guindas y
cerezas un español, llamado Gaspar de Alcocer, caudaloso
mercader de la ciudad de los Reyes, donde tenía una muy
hermosa heredad. Después acá me han dicho que se perdieron
por demasiadas diligencias que con ellos hicieron para que
prevalecieran. Almendras han llevado; nogales no sé hasta
ahora que los hayan llevado. Tampoco había cañas de azúcar
en el Perú: ahora en estos tiempos por la buena diligencia de
los españoles, y por la mucha fertilidad de la tierra hay tan-
ta abundancia de todas estas cosas, que ya dan hastío: y don-
de a los principios fueron tan estimadas, son ahora menospre-
ciadas, y tenidas en poco o nada.
El primer ingenio de azúcar que en el Perú se hizo fué en
tierras de Huanucu. Tué de un caballero que yo conocí. Un
criado suyo, hombre prudente y astuto, viendo que llevaban
al Perú mucho azúcar del reino de Méjico, y que e! de su amo,
por la multitud de lo que llevaban no subía de precio, le acon-
sejó que cargase un nav-o de azúcar, y lo enviase a la Nueva-
España, para que viendo allá que lo enviaba del Perú, enten-
diesen que había sobra dél, y no !o llevasen más- así se hizo,
y el concierto salió cierto y provechoso; de cuya causa se han
hecho después acá los ingenios que hay, que son muchos
Han habido españoles tan curiosos en la apr'cultura (se-
gún me han dicho) que han hecho engertos de árboles frutales
de España con los frutales del Perú, y que sacan frutas mara-
villosas con grandísima admiración de los indios, de ver que
a un árbol hagan llevar al año dos, tres, cuatro frutas dife-
rentes, admíranse destas curiosidades, y de cualquier otra
menor, porque ellos no trataron de cosas semejantes. Podrían
también los agricultores (sino lo han hecho ya) engerir olivos
en los árboles que los indios llaman quishuar. cuya madera y
hoja es muy semejante al olivo: que yo me acuerdo que en
mis niñeces me decían los españoles (viendo un quishuar) el
aceite y aceitunas que traen de España, se cogen de unos ár-
boles como estos. Verdad es que aquel árbol no es frutuoso:
llega a echar la flor como la del olivo, y luego se le cae: con sus
renuevos lugábamos cañas en el Cosco por falta dellas por-
que no se crian en aquella región por ser tierra fría.
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CAPITULO XXIX
Di LAS HORTALIZAS Y YERBAS, Y DE LA GRANDEZA DELLAS
legumbres que en España se comen no había nin-
DEguna las
en el Perú, conviene a saber, lechugas, escarolas,
rábanos, coles, nabos, ajos, cebollas, berengenas, espi-
nacas, acelgas, yerba buena, culantro, perejil, ni cardos hor-
tense ni campestre, ni espárragos; (verdolagas babia y po-
leo) tampoco habia visnagas ni otra yerba alguna de las que
hay en España de provecho. De las semillas tampoco había
garbanzos, ni habas, lentejas, anís, mostaza, oruga, alcaravea,
ajonjolí, arroz, alhucema, cominos, orégano, ajenuz, avenate,
ni adormideras trébol, ni manzanilla hortense ni campestre.
Tampoco había rosas ni clavelinas, de todas las suertes que
hay en España, ni jazmines, ni azucenas, ni mosquetas.
De todas estas flores y yerbas que hemos nombrado,
y otras que no he podido traer a la memoria, hay aho'-a tanta
abundancia que muchas dellas son ya muy dañosas, como
nabos, mostaza, yerba buena y manzanilla, que han cundido
tanto en algunos valles, que han vencido las fuerzas y la dili-
gencia humana, toda cuanta se ha hecho para arrancarlas, y
han prevalecido de tal manera que han borrado el nombre
antiguo de los valles, y forzádolos que se llamen de su nom-
bre, como el valle de la Yerba Buena en la costa de la mar,
que solía llamarse Rucma, y otros semejantes. En la ciudad
de los Reyes crecieron tanto las primeras escarolas y espina-
cas que sembraron, que apenas alcanzaba un hombre con las
manos los pimpollos dellas; y se cerraron tanto que no podía
hender un caballo por ellas: la monstruosidad en grandeza y
abundancia que algunas legumbres y mieses a los principios
sacaron iié increíble. El trigo en muchas partes acudió a los
principic.s a trecientas hanegas y a más por hanega de sem-
bradura
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79 —
En el de Huarcu, en un pueblo que nuevamente
valle
mandó poblar el visorey don Andrés Hurtado
allí de Men-
doza, marqués de Cañete, pasando yo por el, año de mil qui-
nientos sesenta, viniéndome a E?paña. me llevó a su casa un
vecino de aquel pueblo, que ^e decía Garci- Vásquez, que ha-
bía sido criado de mi padre, y dándome de cenar, me dijo:
comed de ese pan que acudió a más de trecientas hanegas
porque llevéis qué contar a Frpaña Yo me hice admirado de
la abu ndancia, porque la ordinaria que yo antes había visto,
no era tanta ni con mucho, y me dijo el Garci- Vásquez: no se
os haga duro de creerlo, porque os digo verdad, como cristiano
que sembré dos hanegas y media de trigo, y tengo encerradas
seiscientas y ochenta, y se me perdieron otras tantas por no
tener con quien las coger.
Contando yo este mismo cuento a Gonzalo "Silvestre, de
quien hicimos larga m.encirn en nuestra historia de la Florida,
7 la haremos en ésta, si llei;amos a sus tiempos, me dijo que
no era mucho, poroue en la Dr~vi icia ^'e Chuqui-aca c re;
del río Pilicumayu en unas tierras que allí tuvo los primeros
años q' las sembró, le habían acudido a cuatrocientas y a qui-
nientas hanegas por una. El año de mil y quinientos y cincuen-
ta y seis, yendo por gobernador a Chili, don García de Mendoza,
hijo del visorey ya nombrado, habiendo tomado el puerto
de Arica, le dijeron que cerca de allí: en un valle llamado Cusa-
pa, había un rábano de tan estraña grandeza, que a la sombra
de sus hojas estaban atados cinco caballos, que lo querían
traer para que lo viese. Respondió el don García que no lo
arrancasen, que lo quería ver por propios ojos para tener qué
contar' y así fué con otros muchos que le acompañaron, y vie-
ron ser verdad lo q' les habían dicho. El rábano era tan grueso
que apenas lo ceñía un hombre con los brazos, y tan tierno,
que después se llevó a la posada de don García, y comieron
muchos dél. En el valle que llaman de la Yerba Buena han
medi'do muchos tallos della de a dos varas y media en largo.
Quien las ha medido tengo hoy en mi posada, de cuya rela-
ción escribo esto.
En la santa iglesia catedral de Córdova, el año de mil y
quinientos noventa y cinco, por el mes de m.ayo, hablando con
un caballero que se dice don Martin de Contreras, sobrino del
famoso gobernador de Nicaragua, Francisco de Contreras,
diciéndole yo como iba en este paso de nuestra historia, y que
temía poner el grandor de las cosas nuevas de mieses y legum-
bres, que se daban en mi tierra, porque eran increíbles para
los que no habían salido de las suyas, me dijo: no dejéis por
eso de escrebir lo que pasa, crean lo que quisieren, basta de-
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— 80
cirles verdad. Yo soy
testigo de vista de la grandeza del rába-
no del valle deCusapa, porque soy uno de los que hicieron
aquella jornada con don García de Mendoza, y doy fé como
caballero hijodalgo que ví los cinco caballos atados a sus ra-
mas, y después comí del rábano con los demás. Y podéis aña-
dir, que en esa misma jornada vi en el valle de ica un melón
que pesó cuatro arrobas y tres libras, y se tomó por fé / tes
timonio ante escribano, porque se diese crédito cosa tan
monstruosa. Y en el valle de Yucay com.i de u;:a lechuga
que pesó siete libras y media. Otras muchas cosas semejantes
de mieses y frutas, y legumbres me dijo este caballero, qui-
las dejo de escribir por no hastiar con ellas a los que las ?e-
yeren.
El P. M. Acosta, en el libro cuarto, capitulo diez y nueve,
donde trata de verduras, legumbres y frutas del Perú,
las
dice lo q' se sigue, sacado a la letra: yo no he hallado que los
indios tuviesen huertos diversos de hortalizas, sino que culti-
vaban la tierra a pedazos para legumbres, que ellos u<=an, co-
mo las que llaman frijoles y pallar'rs. que sirven como acá
garbanzos, habas y lentejas- y no he alcanzado que éstos ni
otros géneros de legumbres de Europa los hubiese antes de en-
trar los españoles, los cuales han llevado hortalizas y legum-
bres de España, y se dán allá estremadamente, y aún en par-
tes hay que escede mucho la fertilidad a la de acá, como si
dijésemos de los melones que se dan en el valle de Ica en el
Perú, de suerte que se hace cepa la raiz. y dura años, y dá cada
uno melones, y la podan como si fuese árbol, cosa que no sé
que en parte ninguna de España acaesca &c. Hasta aquí es
del P. Acosta. cuya autoridad esfuerza mi ánimo, para que
sin temor diga la gran fertilidad que aquella tierra mostró a
los principios con las frutas de España, que salieron espanta-
bles e increíbles; y no es la menor de sus maravillas ésta que
el P. M. escribe, ala cual se puede añadir que los melones tu-
vieron otra escelencia entonces que ninguno salía malo como
lo dejasen madurar: en lo cual también mostraba la tierra su
fertilidad, y lomismo será ahora si se nota: y porque los pri-
meros melones que en la comarca de los Reyes se dieron, cau-
saron un cuento gracioso, será bien lo pongamos aquí, donde
se verá la simplicidad que los indios en su antigüedad tenían,
y es que un vecino de aquella ciudad, conquistador de los pri-
meros, llamado Antonio Solar, hombre noble, tenía una here-
dad en Pachacamac, cuatro leguas de los Reyes, con un capa-
taz español que miraba por su ^^acien .ia, el cual envió a su
amo diez melones que llevaron dos indios a cuestas, según la
costumbre dellos con una carta. Ala partida les dijo el capataz.
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— si-
no comáis ningún melón de estos, porque si lo coméis lo ha de
decir esta carta. Ellos fueron su camino, y a media jornada
se descargaron para descansar. El uno dellos, movido de la
golosina, dijo al otro: ¿no sabríamos a qué sabe esta fruta de
la tierra de nuestro amo? El otro dijo, no, porque si comemos
alguno, lo dirá esta carta, que así nos lo dijo el capataz. Re-
plicó el primero: buen remedio, echemos la carta detrás de
aquel paredón, y como no nos vea comer, no podrá decir nada.
El compañero, se satisfizo del consejo, y poniéndolo por obra
comieron un melón. Los indios en aquellos principios, como
no sabían lo que eran letras, entendían que las cartas que los
españoles se escrebían unos a otros eran como mensageros
que decían de palabra lo que el español les mandaba, y que
eran como espías que también decían lo que veían por el ca-
mino; y por esto dijo el otro, echémosla trás el paredón para
que no nos vea comer. Queriendo los indios proseguir su ca-
mino, el que llevaba los cinco melones en su carga dijo ai otro:
no vamos acertados, conviene que emparejemos las carcas,
porque si vos lleváis cuatro y yo cinco, sospechará n q'nosotros
hemos comido el que falta. Dijo el compañero, muy bien decís,
y así por encubrir un delito hicieron otro mayor, que se co-
,
mieron otro melón: los ocho que llevaban presentaron a su
amo, el cual habiendo leído la carta les dijo: ¿qué son de dos
melones que faltan aquí? Ellos a una respondieron: señor,
no nos dieron más de ocho. Dijo Antonio Solar; porque men-
tís vosotros, que esta carta dice que os dieron diez, y que os
comisteis los dos. Los indios se hallaron perdidos de ver que
tan al descubierto les hubiese dicho su amo lo que ellos habían
hecho en secreto; y así confusos y convencidos no supieron
contradecir a la verdad. Salieron diciendo que con mucha
razón llamaban dioses a los españoles con el nombre Vira-
cocha, pues alcanzaban tan grandes secretos. Otro cuento
semejante refiere Gomara que pasó en la isla de Cuba a los
principios cuando ella se ganó; y no es maravilla que una mis-
ma ignorancia pasase en diversas partes y en diferentes na-
ciones, porque la simplicidad de los indios del Nuevo Mundo,
en los que ellos no alcanzaron todo fué una. Por cualquiera
ventaja que los españoles hacían a los indios, como correr
caballos, domar novillos, y romper la tierra con ellos, hacer
molinos y arco de puente en río grandes, tirar con un arcabuz,
y matar con él a ciento, y a docientos pasos, y otras cosas
semejantes, todas las atribuían a divinidad; y por ende les
llamaron dioses como lo causó la carta.
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OI
CAPITULO XXX
DEL LINO, ESPARRAGOS, VISNAGAS Y ANIS.
TAMPOCO había lino en el Perú. Doña Catalin de Retes,
•
natural de la villa de San Lucar de Barrameda, suegra
que fué de don Francisco de Villafuerte. conquistador
de los primeros, y vecino del Cosco, muger noble y muy reli-
giosa, que iué de las primeras pobladoras del convento de San-
ta Clara del Cosco del año de mil y quinientos y sesenta, es
peraba en aquella ciudad linaza, que la había enviado a pe dir
a España para sembrar, y un telar para tejer lien70s caseros'
y como yo salí aquel año del_^Perú,1no supe si lo llevaron o no.
Después acá he sabido que se coge mucho lino, más no sé cuán
£;randes hilanderas hayan sido las españolas, ni las mestizas,
mis parientas, porque nunca las ví hilar, sino labrar y coser,
que entonces no tenían lino: aunque tenían muy lindo algo-
dón y lana riquísima, que las indias hilaban a las mil mara-
villas: la lana y el algodón carmenan con los dedos, que los
indios no alcanzaron cardas, ni las indias torno, para hilar a
él. Deque no sean grandes hilanderas de lino tienen descargo,
pues no pueden labrarlo.
Volviendo a la mucha estima que en el Perú se ha hecho
de las cosas de España, por viles que sean, no siempre, sino
a los principios, luego que allá se llevaron, me acuerdo que el
año de mil y quinientos y cincuenta y cinco, o el de cincuenta
y seis. García de Meló, natural de Trujillo, tesorero que en-
tonces era en el Cosco de la hacienda de sn magestad, envió
a Garcilaso de la Vega, mi señor, tres espárragos de los de Es-
paña, que allá no los hubo: no supe donde hubiesen nacido, y
le envió a decir que comiese de aquella '.ruta de España, nue-
va en el Cosco, que por ser la primera se la enviaba: los es-
párragos eran hermosísimos, los dos eran gruesos como los
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— 83
dedos de la mano, y largos de más de una tercia: el tercero
era más grueso y más corto, y todos tres tan tiernos, que se
quebraban de suyo. Mi padre, para mayor solemnidad de la
yerba de España, mandó que se cociesen dentro en su aposen-
to al brasero que en él había, delante de los siete u ocho caba-
lleros que a su mesa cenaban. Cocidos los espárragos trujeron
aceite y vinagre, y Garcilaso, mi ?eñor repartió por su mano los
dos más largos dando a cada uno de los de la mesa un bocado,
y tomó para sí el tercero, diciendo que le perdonasen, que
por ser cosa de España quería ser aventajado por aquella vez.
Desta manera se comieron los espárragos con más regocijo y
fiesta que si fuera el ave Feni '
y aunque yo serví a la mesa,
y hice traer todos los adherentes no me cupo cosa alguna.
En aquellos mismos días envió el capitán Bartolomé de
Terrazas a mi padre (por gran presente) tres visnagas. lleva
das de España; las cuales se sacaban a la mesa cuando había
algún nuevo convidado y por gran magnificencia se les daba
una paiuela dellas.
También salió por este tiempo el anis en el Cosco, el cual
se echaba en el pan por cosa de mucha estima como si íuera
e! néctar o la ambrosía de los poetas. Desta manera se estima-
ron todas las cosas de España a los principios, cuando se em-
pezaron a dar en el Perú, y escríbense, aunque son de poca
importancia; porque en los tiempos venideros, que es cuando
más sirven las historias, quizá holgarán saber estos princi-
pios. LOS espárragos no sé que hayan prevalecido, ni que las
visnagas hayan nacido en aquella tierra. Empero las demás
plantas mieses y legumbres, y ganados han multiplicado en
la abundancia que se ha dicho. También han plantado mora-
les y llevado semilla de gusanos de seda, que tampoco la ha-
bía en el Perú; más no se puede labrar la seda, por un incon-
yenient' muy grande que tiene.
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CAPITULO XXXI
NOMBRES NUEVOS PARA NOMBRAR DIVERSAS GENERACIONES
I
O mejor de lo que ha pasado a Indias se nos olvidaba,
que son los españoles y los negros, que después acá han
llevado por esclavos para servirse dellos, que tampoco .
los había antes en aquella mi tierra. Destas dos naciones se
han hecho allá otras, mezcladas de todas maneras, y para las
diferenciar las llaman por diversos nombres para entenderse
por ellos. Y aunque en nuestra historia de la Florida dijimos
algo desto, me pareció repetirlo aquí por ser este su propio
lugar. Es así, que al español o española que vá de acá llaman
español o castellano, que ambos nombres se tienen allá por
uno mismo y así he usado yo de ellos en esta historia y en la
de la Florida. A los hijos de español y de española nacidos
allá dicen criollo o criolla, por decir, que son nacidos en In-
dias. Es nombre que lo inventaron los negros, y así lo muestra
la obra. Quiere decir entre ellos, negro nacido en Indias: inven-
táronlo para diferenciar los que van de acá, nacidos en Guinea
de los que nacen allá, porque se tienen por más honrados y
de más calidad, por haber nacido en la patria, que no sus hi-
jos, porque nacieron en la agena, y los padres se ofenden si
les llaman criollos. Los españoles por la semejanza han intro-
ducido este nombre en su lenguage para nombrar los nacidos
allá. De manera que al español y al guineo nacidos allá les
llaman criollos y criollas. Al negro que va de acállanamente
le llaman negro o guineo. Al hijo de negro y de india o de indio
y de negra, dicen mulato y mulata. A los hijos destos llaman
cholees vocablo de las islas de Barlovento, quiere decir perro,
no de los castizos, sino de los muy bellacos gozones; y los es-
pañoles usan dél por infamia y vituperio. A los hijos de espa-
ñol y de india, o de indio y española, nos llaman mestizos,
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— 85 —
por decir que somos mezclados de ambas naciones; fué im-
puesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en In-
dias; y por ser nombre impuesto por nuestros padres y por
su significación, me lo llamo yo a boca llena, y me honro con
él. Aunque en Indias si a uno dellos le dicen sois un mestizo o
es un mestizo, lo toman por menosprecio. De donde nació q'
hayan abrazado con grandísimo gusto el nombre montañés,
que entre otras afrentas y menosprecios que dellos hizo un
poderoso, les impuso en lugar del nombre mestizo. Y no con-
sideran que aunque en España el nombre montañés sea ape-
llido honroso, por los privilegios que se dieron a los naturales
de las montañas de Asturias y Vizcaya, llamándoselo a otro
cualquiera que no sea natural de aquellas provincias, es nom-
bre vituperoso: porque en propia significación quiere decir
nombre de montaña como lo dice en su vocabulario el gran
maestro Antonio de Lebrija, acreedor de toda la buena lati-
nidad que hoy tiene España. Y en la lengua general del Perú
para decir montañés dicen Sacharuna, que en propia signifi-
cación quiere decir salvage; y por llamarles aquel buen hom-
bre disimuladamente, salvages, les llamó montañeses: y mis
parientes no entendiendo la malicia del imponedor, se precian
de su afrenta, habiéndola de huir y abominar, y llamarse co-
mo nuestros padres nos llamaban, y no recebir nuevos nombres
afrentosos &c. A los hijos de español y de mestiza, o de mes-
tizo y española, llaman cuatralbos; por decir que vienen cuar-
ta parte de indio y tres de español. A los hijos de mestizo y
de india, o de indio y de mestiza, llaman tresalbos, por decir
que tiene tres partes de indio y una de español. Todos estos
nombres y otros, que por escusar hastío dejamos de decir, se
han inventado en mi tierra para nombrar las generaciones
que ha habido después que los españoles fueron a ella; y po-
demos decir que ellos los llevaron con las demás cosas que no
había antes; y con esto volveremos a los reyes Incas, hijos
del gran Huaina Capac, que nos están llamando, para darnos
cosas muy grandes que decir.
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CAPITULO XXXIl
HUASCAR INCA PIDE RECONOCIMIENTO DE VASALLAGE A SU
HERMANO ATAHUALLPA.
MUERTO Huaina Capac. reinaron
cinco años, en pacífica posesión
sus dos hijos cuatro o
quietud entre sí, el uno
y
con el otro, sin hacer nuevas conquistas ni aún preten
derlas, porqe el rey Huáscar quedó atajado por la parte
Setentrional con el reino de Quitu, que era de su hermano,
por donde había nuevas tierras que conquistar, que por las
otras tres partes estaban ya todas ganadas desde las bravas
montañas de los Antis hasta la mar. que es de Oriente a Po-
niente, y al Mediodía: tenían sujetado hasta el reino de Chili.
El Inca Atahuallpa tampoco procuró nuevas conquistas por
atender al beneficio de sus vasallos y al suyo propio. Habien-
do vivido aquellos pocos años en esta paz y quietud, como el
reinar no sepa sufrir igual ni segundo, dió Huáscar Inca en
imaginar que había hecho en consentir lo que su padre le
mandó acerca del reino de Quitu. que fuese de su hermano
Atahuallpa: porque demás de quitar y enagenar de su imperio
un reino tan principal, vió que con él quedaba atajado para
no poder pasar adelante en sus conquistas: las cuales queda-
ban abiertas y dispuestas para que su hermano las hiciese y
aumentase su reino; de manera que podía venir a ser mayor
que el suyo, y que él, habiendo de ser monarca, como lo signi-
fica el nombre Capac nca, que es solo señor, vendría por tiem-
I
po a tener otro igual, y quizás superior, y que según su her-
mano era ambicioso e inquieto de ánimo, podría, viéndose
poderoso, aspirar a quitarle el imperio.
Estas imaginaciones fueron creciendo de día en día más
y más, y causaron en el pecho de Huáscar Inca tanta congoja,
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— 87 -
que no pudiéndola sufrir envió un pariente suyo por mensage-
ro a su hermano Atahualipa, diciendo que bien sabia que por
antigua constitución del primer Inca Manco Capac, guardada
por todos sus descendientes, el reino de Quitu y todas las de-
más provincias que con él poseía, eran déla corona e imperio
del Cosco: y que haber concedido lo que su padre le mandó,
más había sido forzosa obediencia de hijo, que rectitud de
justicia, porque era en daño de la corona y perjuicio de su"
sucesores della, por lo cual ni su padre lo debía mandar, ni él *
estaba obligado a lo cumplir. Empero que ya que su padre
lo había mandado y él lo había consentido, holgaba pasar
por ello, con dos condiciones La una, que no había de
aumentar un palmo de tierra a su reino, porque todo
lo que estaba por ganar era del imperio. Y la otra que
ante todas cosas le había de reconocer vasallage y ser su feu-
datario.
Este recaudo recibió Atahualipa con toda lasumisión y
humildad que pudo fingir, y dende a tres días, habiendo mi-
rado lo q' leconvenía, respondió con mucha sagacidad, astu-
cia y cautela, diciendo que siempre en su corazón había reco-
nocido y reconocía vasallage al Capac Inca su señor' y que no
solamente no aumentaría cosa alguna en el reino de Quitu
más que si su magestad gustaba dello, se desposeería dél, y se
lo renunciaría, y viviría privadamente en su corte como cual-
quiera de sus deudos, sirviéndole en paz y en guerra como de-
bía, a su prínci pe y señor y en todo lo que le mandase. La res-
puesta de Atahualipa envió el mensagero del Inca por la costa
como le fué ordenado; porque no se detuviese tanto por el
camino, si la llevase el propio, y él se quedó en la corte de Ata-
hualipa para replicar y responder lo que el Inca enviase a
mandar. El cual recibió con mucho contento la respuesta, y
replicó diciendo, que holgaba grandemente que su hermano
poseyese lo que su padre le había dejado, y que de nuevo se
lo confirmaba de que dentro de tal término fuese al Cosco a
darle la obediencia y hacerle el pleito homenage que debía,
de fidelidad y lealtad. Atahualipa respondió que era mucha
felicidad para él saber la voluntad del Inca para cumplirla,
que él iría dentro del plazo señalado a dar su obediencia; y
que parajque la jura se hiciese con más solemnidad y más cum-
plidamente, suplicaba a su magestad le diese licencia, para
que todas las provincias de su estado fuesen juntamente con
él, a celebrar en la ciudad del Cosco las obsequias del Inca
Huaina Capac su padre, conforme a la usanza de el reino de
Quitu y de las otras provincias; y que cumplida aquella solem-
nidad harían la jura él y sus vasallos juntamente. Huáscar
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Inca concedió totio lo q' su hermanóle pidió, y dijo q' a su vo-
luntad ordenase todo lo que para las obsequias de su padre
quisiese, que él holgaba mucho se hiciesen en su tierra confor-
me a la costumbre agena, y que fuese al Cosco cuando bien le
estuviese. Con estos quedaron ambos hermanos muy conten-
tos; el uno muy ageno de imaginar la máquina y traición
que contra él se armaba, para quitarle la vida y el imperio:
y el otro muy diligente y cauteloso, metido en el mayor
golfo della, para no dejarle gozar de lo uno y de lo otro.
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CAPITULO XXXIII
ASTUCIAS DE ATAHUALLPA PARA DESCUIDAR AL HERMANO
Atahuallpa mandó echar bando público por todo
ELsu reyreino, y por las demás provincias que poseía, que toda
la gente útil se apercibiese para ir al Cosco dentro de tan-
tos días para celebrar las obsequias del gran Huaina Capac
su padre, conforme a las costumbres antiguas de cada nación,
y hacer la jura y homenage que al monarca Huáscar Inca se
había de hacer, y que para lo uno y para lo otro llevasen todo-s
los arreos, galas y ornamentos que tuviesen, porque deseaba
que la fiesta fuese solemnísima. Por otra parte mandó en se-
creto a sus capitanes que cada uno en su distrito escogiese la
gente más útil para la guerra, y les mandase que llevasen sus
armas secretamente, porque más lo quería para batallas que
no para obsequias. Mandó que caminasen de cuadrillas de a
quinientos y a seiscientos indios, más y menos; q' se disimu-
lasen de manera que pareciesen gente de servicio, y no de gue-
rra; que fuese cada cuadrilla dos, tres leguas una de otra. Man-
dó que los primeros capitanes, cuando llegasen diez o doce
jornadas del Cosco, las acortasen para que los que fuesen en
pos dellos los alcanzasen más aína; y a los de las últimas cua-
drillas mandó que llegando a tal parage doblasen las jorna-
das para juntarse en breve con los primeros. Con esta orden
fué enviando el rey Atahuallpa más de treinta mil hombres
de guerra, que los más dellos eran de la gente veterana y es-
cogida que su padre le dejó, con capitanes esperimentados y
famosos que siempre traía consigo. Fueron por caudillos y
cabezas principales dos maeses de car^po, el uno llamado
Challcuchima y el otro Quisquis, y el Inca echó fama, que iría
con los últimos.
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— 90 —
Huáscar Inca fiado en las palabras de su hermano, y
mucho más en laesperiencia tan larga, que entre aquellos
indios había, del respeto y lealtad, que al Inca tenían sus va-
sallos, cuanto más sus parientes y hermanos, como lo dice
por estas palabras el P. M. Acosta, libro sesto, capítulo doce.
Sin duda era grande la reverencia y afición que esta gente
tenía a sus Incas, sin que se halle jamás haberles hecho nin-
guno de los suyos traición &c. Por lo cual, no solamente no
sospechó Huáscar Inca cosa alguna de la traición, más antes
con gran liberalidad mandó que les diesen bastimentos, y les
hiciesen toda buena acogida, como a propios hermanos que
iban a las obsequias de su padre, y a hacer la jura que le de-
bían. Así se hubieron los unos con los otros; los de Huáscar
con toda la simplicidad y bondad que naturalmente tenían,
y los de Atahuallpa con toda la malicia y cautela que en su
escuela habían aprendido.
Atahuallpa Inca usó de aquella astucia y cautela de ir
desfrazado y disimulado contra su hermano, porque no era
poderoso para hacerle guerra al descubierto. Pretendió y es-
peró más en el engaño que no en sus fuerzas: porque hallando
descuidado al rey Huáscar, como le halló, ganaba el juego, y
dándole lugar que se apercibiese, lo perdía.
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CAPITULO XXXIV
AVISAN A HUASCAR, EL CUAL HACE LLAMAMIENTO DE GENTE.
/" ON la orden que se ha dicho caminaren los de Quitu
casi cuatrocientas leguas, hasta llegar cerca de cien le-
guas del Cosco. Algunos Incas viejos, gobernadores de
las provincias por do pasaban, que habían sido capitanes y
eran hombres esperi mentados en paz y en guerra, viendo
pasar tanta gente no sintieron bien dello, porque les parecía
que para las solemnidades de las obsequias bastaban cinco
o seis mil hombres, y cuando mucho diez mil; y para la jura
no era menester la gente común, que bastaban los curacas
que eran los señores de vasallos, y los gobernadores y capita-
nes de guerra, y el rey Atahuallpa, que era el principal, de
cuyo ánimo inquieto, astuto y belicoso no se podía esperar
paz ni buena hermandad. Con esta sospecha y temores, envia-
ron avisos secretos a su rey Huáscar Inca, suplicándole se
recatase de su hermano Atahuallpa, que no les parecía bien
que llevase tanta gente por delante.
Con estos recaudos, despertó Huáscar Inca del sueño
de la confianza y descuido en que dormía. Envió a toda dili-
gencia mensageros a los gobernadores de las provincias de
Antisuyu, Collasuyu y Cuntisuyu: mandóles, que con la bre-
vedad necesaria acudiesen al Cosco, con toda la más gente de
guerra que pudiesen levantar. Al distrito Chinchasuyu, que
era el mayor y de gente más belicosa, no envió mensageros.
porque estaba atajado con el ejército contrario que por él iba
caminando. Los de Atahuallpa, sintiendo si descuido de Huás-
car y de los suyos, iban de día en día cobrando más animo
y
creciendo en su malicia, con la cual llegaron los primeros
a cuarenta leguas del «oseo, y de allí fueron acortando las
jornadas, y los segundos y últimos las fueron alargando; de
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— 92 ~
manera que en espacio de pocos días se hallaron más de vein-
te mil hombres de guerra, al paso del río Apurimac. y lo pasa-
ron sin contradicción alguna, y de allí fueron como enemigos
declarados, con las armas y banderas e insignias militares
descubiertas: caminaron poco a poco en dos tercios de escua-
drón, que eran la vanguardia y la batalla, hasta que se les
juntó la retroguardia, que era de más de otros diez mil hom-
bres: llegaron a lo alto de la cuesta de Villacunca, que está
seis leguas de la ciudad. Atahuallpa se quedó en los confines
de su reino, q" no osó acercarse tanto, hasta ver el suceso de la
.primera batalla, en la cual tenía puesta toda su esperanza,
por la confianza y descuido de sus enemigos, y por e! ánimo
y valor de sus capitanes y soldados veteranos.
El rey Huáscar Inca, entre tanto que sus enemigos se
acercaban, hizo llamamiento de gente, con toda la priesa po-
sible: más los suyos, por la mucha distancia del distrito Co-
llasuyu, que tiene más de decientas leguas de largo, no pu-
dieron venir a tiempo, q' fuesen de provecho: y los de Anti-
suyu fueron pocos, porque de suyo es la tierra mal poblada
por las grandes montañas que tiene; de Cuntisuyu por ser el
distrito más recogido y de mucha gente, acudieron todos los
curacas con más de treinta mil hombres; pero mal usados en
las armas, porque con la paz tan larga que habían tenido no
las habían ejercitado. Eran visoños, gente descuidada de
guerra. El Inca Huáscar, con todos su parientes y la gente
que tenía recogida, que eran casi diez mil hombres, salió a
recibir los suyos al Poniente de la ciudad, por donde venían'
para juntarlos consigo, y esperar allí la demás gente que ve-
nia. (10)
(lii) La batalla en Quepaipan.
final fué
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CAPITULO XXXV
BATALLA DE LOS INCAS. VICTORIA DE ATAHUALLPA, Y SUS
CRUELDADES.
I OS de Atahuallpacomo gente plática, viendo que en
la dilaciónarriesgaban la victoria, y con la brevedad la
aseguraban, fueron en busca de Huáscar Inca para darle
la batalla, antes que se juntase más gente en su servicio: ha-
lláronle en unos campos grandes que están dos o tres leguas al
Poniente de la ciudad, donde hubo una bravísima pelea, sin
que de una parte a otra hubiese precedido apercibimiento ni
otro recaudo alguno: pelearon cruelísimamente; los unos por
haber en su poder al Inca Huáscar, q' era una presa inestima-
ble, y los otros por no perderla, que era su rey y muy amado.
Duró la batalla todo el dia con gran mortandad de ambas
partes. Más al fin por la falta de los collas y porque los
de Huáscar eran visoños y nada pláticos en la guerra, vencie-
ron los del Inca Atahuallpa, que como gente ejercitada y
esperi mentada en la milicia, valía uno pordiez de los contra-
rios. En el alcance prendieron a Huáscar Inca por la mucha
diligencia que sobre él pusieron, porque entendían no haber
hecho nada si se les escapaba. Iba huyendo con cerca de mi!
hombres que se lo habían recogido, los cuales murieron todos
en su presencia, parte que mataron los enemigos, y parte que
ellos mismos se mataron viendo su rey preso: sin la persona
real prendieron muchos curacas, señores de vasallos, muchos
capitanes y gran número de gente noble, que como ovejas
sin pastor andaban perdidos, sin saber huir ni adonde acu-
dir. Muchos dellos, pudiendo escaparse de los enemigos, sa-
biendo que su Inca estaba preso, se vinieron a la prisión con
el amor y lealtad que le tenían.
Quedaronlos de Atahuallpa muy contentos, y satisfechos
con tan gran victoria y tan rica ptesa, como la persona impe-
rial de Huáscar Inca y de todos los más principales de su ejér-
cito, pusiéronle a grandísimo recaudo: eligieron para su guar-
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— 94 —
da cuatro capitanes, y los soldados de mayor confianza que
en su ejército había, que por horas le guardasen, sin perder
de vista ni de día ni de noche. Mandaron luego echar bando
que publicase la prisión del rey Huáscar para que se divulgase
por todo su imperio: porque si alguna gente hubiese hecha
para venir en su socorro, se deshiciese sabiendo que ya estaba
preso. Enviaron por la posta el aviso de la victoria y de la
prisión de Huáscar a su rey Atahuallpa.
Esta fué la suma y lo más esencial de la guerra que hubo
entre aquellos dos hermanos, últimos reyes del Perú. Otras
batallas y recuentros, que los historiadores españoles cuentan
della, son lances que pasaron en los confines del un reino y
del otro entre los capitanes y gente de guarnición que en ellos
había, y la prisión que dicen de Atahuallpa, fué novela que
él mismo mandó echar para descuidar a Huáscar y a los suyos;
y el fingir luego después de la prisión, y decir que su padre
el sol lo había convertido en culebra, para que se saliese della
por un agujero que había en el aposento, fué para con aquella
fábula autorizar y abonar su tiranía, para que la gente común
entendiese que su dios el sol favorecía su partido, pues lo
libraba del poder de sus enemigos, que como aquellas gentes
eran tan simples, creían muy de veras cualquiera patraña
que los Incas publicaban del sol, porque eran tenidos por hi-
jos suyos. (11)
Atahuallpa usó cruelísi mámente de la victoria, porque
disimulando y fingiendo que quería restituir a Huáscar en
su reino, mandó hacer llamamiento de todos los Incas que
por el imperio había, así gobernadores y otros ministros en
la paz, como maeses de campo, capitanes y soldados en la gue-
rra que dentro en cierto tiempo se juntasen en el Cosco, por-
que dijo que quería capitular con todos ellos ciertos fueros y
estatutos que de állí adelante se guardasen entre los dos reyes,
para que viviesen en toda paz y hermandad. Con esta nueva
acudieron todos los Incas de la sangre real, que no faltaron
sino los impedidos por enfermedad o por vejez, y algunos que
estaban tan lejos, que no pudieron o no osaron venir a tiempo,
ni fiar del victorioso. Cuando los tuvieron recogidos envió
Ata,uallpa a mandar que los matasen todos con diversas
muertes, por asegurarse dellos, porque no tramasen ningún
levantamiento.
(llj .\o lu«^' novela la rflaciuii que tiicjeivn los eidiiislas Balboa, í^armien-
lo de Gamboa, Cie/a, &. de las diferentes natallas y oncueufros entro las tro-
pas de Atahuallpa y las de Huáscar ni menos lo fué la prisión do Ataliuallpa
después de la batalla de .\mbato. Véase respecto a éste punto la critica del
Dr. Riva .A ffOero a los errores del Inca historiador. Riva Agüero I.a Historia en
el Perú, p.l60
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CAPITULO XXXVI
CAUSAS DE LAS CRUELDADES DE ATAHUALLPA Y SUS EFECTOS
CRUELISIMOS.
ANTES que pasemos adelante, será razón que digamos
la causa que movió a Atahuallpa a hacer las crueldades
que hizo en los de su linage; para lo cual es de saber, que
por los estatutos y fueros de aquel reino, usados e inviolable-
mente guardados desde el primer Inca Manco Capac hasta el
gran Huaina Capac. Atahuallpa su hijo, no solamente no
podía 4ieredar el reino de Quitu, porque todo lo que se ganaba
era de la corona imperial, más antes era incapaz para poseer
el reino de el Cosco porque para lo heredar había de ser hijo
de la legítima muger, la cual, como se ha visto, había de ser
hermana del rey, porque le perteneciese la herencia del reino,
tanto por la madre como por el padre: faltando lo cual había
de ser el rey, por lo menos legítimo en la sangre real, hijo de
Palla, q" fuese limpia de sangre alienígena, los cuales hijos te-
nían por capaces de la herencia del reino; pero de los de sangre
mezclada no hacían tanto caudal, a lo menos para suceder en
el imperio, ni aún para imaginarlo. Viendo pues Atahuallpa
que le faltaban todos los requisitos necesarios para ser Inca,
porque ni era hijo de la Coya, que es la reina, ni de Palla, que
es muger de la sangre real, porque su madre era natural de
Quitu. (I2i ni aquel reino se podía desmembrar del imperio,
le pareció quitar los inconvenientes que el tiempo adelante
podían suceder en su reinado tan violento; porque temió que
sosegadas las guerras presentes había de reclamar todo el
imperio, y de común consentimiento pedir un Inca que tu-
viese las partes dichas, y elegirlo y levantarlo ellos de suyo;
lo cual no podía estorbar Atahuallpa, porque lo tenían fun-
dado los indios en su idolatría y vana religión, por la predi-
vl¿) La vida posterior de esta mujer infeliz que murió al fin asaeteada
por los españoles punde leerse inextenso en la Relación del Inca Tito Cüssi
Véase Col. Urteaga-Romero t. 11. p. 90.
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cación y enseñanza q' les hizo el primer Inca M anco Capac, y
por la observancia y ejemplo de todos sus descendientes.
Por todo lo cual no hallando mejor medio, se acogió a la cruel-
dad y destruíción de toda la sangre real, no solamente de la
que podía tener derecho a la sucesión del imperio, que eran
los legítimos en sangre: más tam.bién de toda la demás que
aria incapaz a la herencia, como la suya, porque no hiciese
alguno dellos lo que él hizo, pues con su mal ejemplo les abría
las puertas a todos ellos. Remedio fué éste que por la mayor
parte lo han usado todos los reyes, que con violencia entran a
posee- los reinos ágenos, porque les parece que no habiendo
legítimo heredero del reino, ni los vasallos tendrán a quien lla-
mar, ni ellos a quien restituir, y que quedan seguros en con-
ciencia y en justicia; lo cual nos dan largo testimonio las his-
torias antiguas y modernas, que por escusar prolijidad las
dejaremos. Bástenos decir el mal uso de la casa Otomana,
que el sucesor del imperio entierra con el padre todos los her-
manos varones, por asegurarse dellos.
Mayor y más sedienta de su propia sangre que la de los
otomanos fué la crueldad de Atahuallpa, que no hartándose
con la de docientos hermanos suyos, hijos del gran Huaina
Capac, pasó adelante i beber la de sus sobrinos, tíos y parien-
tes, dentro y fuera del cuarto grado, que como fuese de la san-
gre r«al, no escapó ninguno legítimo ni bastardo. Todos los
mandó matar con diversas muertes; a unos degollaron; a otros
ahorcaron; a otros echaron en ríos y lagos con grandes pes-
gas al cuello porque se ahogasen, sin que el nadar les valiese;
otros fueron despeñados de altos riscos y peñascos; todo lo
cual se hizo con la mayor brevedad que los ministros pudie-
ron, porque el tirano no se aseguraba hasta verlos todos muer-
tos o saber que lo estaban; porque con toda su victoria no osó
pasar de Sausa. que los españoles llaman Jauja, noventa le-
guas del Cosco. Al pobre Huáscar Inca reservó por entonces
de la muerte, porque lo quería para la defensa de cualquiera
levantamiento que contra Atahuallpa se hiciese, porque sabía
que con enviarles Huáscar a mandar que se aquietasen le
habían de obedecer sus vasallos. Pero para mayor dolor
del desdichado Inca le llevaban a ver la matanza de sus pa-
rientes, por matarle en cada uno dellos, que tuviera él por
menos pena ser el muerto, que verlos matar tan cruelmente.
No pudo la crueldad permitir que los demás prisioneros
quedasen sin castigo, porque en ellos escarmentasen todos los
demás curacas y gente noble del imperio aficionada a Huás-
car; para lo cual los sacaron maniatados a un llano en el valle
de Sacsahuana, donde estaban, donde fué después la batalla
(
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— 97 — ...^
del presidente Gasea y Gonzalo Pizarro) y hicieron dellos una
calle larga: luego sacaron al pobre Huáscar Inca cubierto de
luto, atadas las manos atrás, y una soga al pescuezt), y lo pa-
searon por la calle que estaba hecha de los suyos, los cuales
viendo a su príncipe en tal caída, con grandes gritos y alaridos
se postraban en el suelo a le adorar y reverenciar, ya que no
podían librarle de tanta desventura. A todos los que hicieron
esto mataron con unas hachas y porras pequeñas de una ma-
no que llaman Champí; otras hachas y porras tienen grandes
para pelear a dos manos. Así mataron delante de su rey casi
todos los curacas y capitanes, y la gente noble que habían
preso, que apenas escapó hombre dellos. (13)
(13) Concordante con Cieza. Señorío de los Incas, c.V. Informaciones de
los quipocamayos a Vaca de Castro. Una Antigualla peruana. Tres Rela-
ciones & 3a. Relación, p. 326. Gutierres de Santa Clara, Historia de las gue-
rras civiles, ^. t. III c. LI. Cabello Halboa. Ob. clt. El Palentino. Historia
del Pen'i, ía. Parte, lib. III, c. V. Informaciones de Toledo. Información en
el Cuzco el 17 de enero de 1572. Sarmiento de Gamboa, Gb' cit. párrafos
65 y 66.
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CAPITULO XXXVII
PASA LA CRUELDAD A LAS MUGERES Y NlfiOS DE LA SANORE
REAL
HABIENDO muerto Atahuallpa
los varones que tenía,
así los de sangre real como de los vasallos y subditos
la
de Huáscar, (como la crueldad no sepa hartarse, antes
tenga tanta más hanbre y más sed cuanta más sangre y car-
ne humana coma y beba) pasó adelante a tragar y sorber la
que quedaba por derramar de las mugeres y niños de la san-
gre real: la cual, debiendo merecer alguna rnisericordia, por la
ternura de la edad y flaqueza del sexo, movió a mayor rabia
la crueldad del tirano: que envió a mandar que juntasen to-
das las mugeres y niños que de la sangre real pudiesen haber,
de cualquiera edad y condición que fuesen reservando las que
estaban en el convento del Cosco, dedicadas para mugeres del
sol, y que las matasen poco a poco fuera de la ciudad, con di-
versos y crueles tormentos, de manera que tardasen mucho
en morir. Asi lo hicieron los ministros de la crueldad, que don-
de quiera se hallan tales; juntaron todas las que pudieron
haber por todo el reino, con grandes pesquisas y diligencias
que hicieron, porque no se escapase alguno: de los niños reco-
gieron grandísimo número de los legítimos y no legítimos,
porque el linage de los Incas, por la licencia que tenían de te-
ner cuantas mugeres quisiesen, era el linage más amplio y esten-
dido que había en todo aquel imperio. Pusiéronlos en el cam-
po llamado Yahuarpampa, que es campo de sangre. El cual
nombre se le puso por la sangrienta batalla que en él hubo de
los Chancas y Coseos, como largamente en su lugar dijimos.
Está al norte de la ciudad casi una legua della.
Allí los tuvieron, y porque no se les fuese alguno, los cer-
caron con tres cercas, la primera fué de la gente de guerra
que alojaron en derredor dellos, para que a los suyos les fuese
guarda, y presidio y guarnición contra la ciudad, y a los con-
trarios temor y asombro. Las otras dos cercas fueron de cen-
tinelas, puestas unas más lejos que otras, que velasen de día
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y de noche, porque no saliese ni entrase alguien sin que lo
viesen. Ejecutaron su crueldad de muchas maneras; dábanles
a comer no más de maiz crudo y yerbas crudas, en poca canti-
dad; era el ayuno riguroso, que aquella gentilidad guardaba en
su religión. A las mugeres, hermanas, tías, sobrinas, primas,
hermanas, y madrastas de Atahuallpa, colgaban de los árbo-
les y de muchas horcas muy altas q" hicieron: a unas colgaron
de los cabellos; a otras por debajo de los brazos, y a otras de
otras maneras feas, que por la honestidad se callan: dábanles
sus hijuelos que los tuviesen en brazos; teníanlos hasta
que se les caían y se aporreaban, a otras colgaban de un brazo,
a otras de ambos brazos, a otras de la cintura, porque fuese
más largo el tormento y fardasen más en morir, porque ma-
tarlas brevemente fuera hacerles merced; y así la pedían las
tristes con grandes clamores y ahullidos. A los muchachos y
muchachas fueron matando poco a poco, tantos cada cuarto
de luna, haciendo en ellos grandes crueldades, también como
en sus padres y madres, aunque la edad dellos pedía clemencia:
muchos dellos perecieron de hambre. Diego Fernandez en la
historia del Perú, parte segunda, libro tercero, capítulo quinto,
toca brevemente la tiranía de Atahuallpa, y parte de sus cruel-
dades por estas pal'abras, que son sacadas a la letra: entre
Huáscar Inca y su hermano Atabalipa, hubo muchas diferen-
cias sobre mandar el reino, y quien había de ser señor. Estando
Huáscar Inca en el Cosco, y su hermano Atabalipa en Cajamal-
ca envió Atabalipa dos capitanes suyos muy principales, q' se
nombraban, el uno Chalcuchi man y el otro Quisquís: los cuales
eran valientes, y llevaron muchísimo número de gente, e iban
de propósito de prender a Huáscar Inga, porque así se había
concertado y se les había mandado para efecto, que siendo
Huáscar preso, quedase Atabalipa por señor, e hiciese de Huás-
car lo que por bien tuviese. Fueron por el camino conquis-
tando caciques e indios, poniéndolo todo debajo el mando
y servidumbre de Atabalipa; y como Huáscar tuvo noticia
desto y de lo q' venían haciendo, aderezóse luego, y salió del
Cosco, y vínose para Quipaipan (que es una legua del Cosco)
donde se dió la batalla; y aunque Huáscar tenía mucha gente
a! fin fué vencido y preso Murió mucha gente de ambas par-
tes, y fué tanta, que se dice por cosa cierta serían más de cien-
to y cincuenta mil indios: después que entraron con 1?. victo-
ria en el Cosco, mataron mucha gente, hombres y mugeres, y
niños; porque todos aquellos que se declaraban por servido-
res de Huáscar, 'los mataban, y buscaron todos los hijos que
Huáscar tenía, ylos mataron: y así mismo las mugeres que de-
cían estar dél preñadas; y una muger de Guascar que se
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llamabaMama Varcay, puso tan buena diligencia, que se
escapó con una hija de Huáscar, llamada Coya Cusi Varcay,
que ahora es muger de Saire Topa Inca, que es de quien ha-
bernos hecho mención, principalmente en esta historia &c.(14)
Hasta aquí es de aquel autor; luego sucesivamente dice ©I
mal tratamientoque hacían al pobre Huáscar Inca en la pri-
sión: en su lugar pondremos sus mismas palabras que son muy
lastimeras. La Coya Cusi Varcay, que dice que fué muger
de Saire Topa se llamaba Cusi Huarque: adelante hablare-
mos della. El campo do fué la batalla que llaman Quipaipan,
está corrupto el nombre, ha de decir Quepaipa, es genitivo
quiere decir, de mi trompeta, como q' allí hubiese sido el ma-
yor sonido de la de Atahuallpa, según el frasis de lalengua. Yo
estuve en aquel campo dos o tres veces con otros mucha-
chos, condiscípulos mios de gramática, que nos iba mos a casa
con los balconcillos de aquella tierra que nuestros indios ca-
zadores nos criaban.
De la manera que se ha dicho estinguieron y apagaron
toda la sangre real de los Incas en espacio de dos años y me-
dio que tardaron en derramarla; y aunque pudieron acabar
en más breve tiempo, no quisieron, por tener en quien ejer-
citar su crueldad con mayor gusto. Decían los indios que por
la sangre real que en aquel campo se derramó, se le confirmó
el nombre Yahuarpampa, que es Campo de Sangre; porque
fué mucha más en cantidad, y sin comparación alguna en
calidad, la de los Incas, que la de los Chancas, y que causó
mayor lástima y compasión, por la tierna ed'ad de los niños y
naturaleza flaca de sus madres. (15)
(l'i) La Coya Cusi Huarcay. tomó en el bautismo el nombre de Beatriz,
de su unión con el principe Sayre Tupac. nació doña Beatriz Clara Coya, que
casó con el capitán Martin García de hoyóla, héroe en Vilcabamba. tuvieron
éstos una hija llama'la Ana, que a la muerte de sus padres, fué llevada a
España, doiidc el rey Felipe 111 le dió el titulo de marquesa de Oropesa. Ca-
só doña Ana ron don Juan Enriquez de Borja. hijo del marquez de Alcañí-
ces, y nieto, por la linea materna, de San Francisco de f^orja. duque de
Gandía.
(15,1 De los ant guos cronistas que relatan los acontecimientos de la gue-
rra civil entre Huáscar y Atahuallpa, ninguno como Cabello Balboa, ha extre-
mado la dosi ripcióu de las sangrientas y crueles ejecuciones que realizaron los
'apilanes de Atahuallpa en los miembros de la familia imperial. Leyendo el
relato de este cronista, a las mujeres de Huáscar que se hallaban encintase
les extrajo el fruto de sus entrañas para sacrificarlos en presencia de la madre
agonizante. Véase ob. cit. c. XXL Concordante con el relato que hicieron
los Quipocamayos a Toledo «Y luego sacaron de la prisión todas las mujeres
de Huáscar, paridas y preñadas; las mandó ahorcar (yuizquiz) de aquellos
palos con sus hijos, y a las preñadas les hizo sacar los hijos de los vientres y
colgárselos de los brazos etc.» Sarmiento de Gamboa Historia Indica, párrafo
66 p. l2-¿. Kd. alemana, 1906.
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CAPITULO XXXVIII
ALGUNOS DE LA SANGRE REAL ESCAPARON DE LA CRUELDAD
DE ATAHUALLPA.
^LGUNOS se escaparon de aquella ciudad; unos q" no vi-
f \
nieron a su poder, y otros, que la mesma gente de Ata-
huallpa, de lástima de ver perecer la sangre que ellos te-
nían por divina, cansados ya de ver tanta fiera carnicería,
dieron lugar a que se saliesen del cercado en que los tenían,
y ellos mismos los echaban fuera, quitándoles los vestidos rea-
les, y poniéndoles otros de la gente común, porque no los co-
nociesen: q' como queda dicho, en la estofa del vestido, co-
nocían la calidad del que lo traía. Todos los que así faltaron
fueron niñas y niños, muchachos y muchachas, de diez a once
años abajo, una dellas fué mi madre y un hermano suyo, lla-
mado don Francisco Huallpa Tupac Inca Yupanqui, que yo
conocí, y que después que estoy en España me ha escrito; y
de la relación que muchas veces les oí, es todo de lo que desta
calamidad y plaga voy diciendo: sin ellos conocí otros pocos,
que escaparon de aquella miseria. Conocí dos Auquis, que
quiere decir infantes, eran hijos de Huaina Capac, el uno lla-
mado Paullu, que era ya hombre en aquella calamidad, de
quien las historias de los españoles hacen mención. El otro
se llamaba Titu, era de los legítimos en sangre, era muchacho
entonces: del bautismo dellos y de sus nombres cristianos,
dijimos en otra parte. De Paullu quedó sucesión mezclada
con sangre española, que su hijo don Carlos Inca, mi condis-
cípulo de escuela y gramática, casó con una muger noble,
nacida allá, hija de padres españoles, de la cual hubo a don
Melchor Carlos Inca, que el año pasado de seiscientos y dos,
vino a España, así a ver la corte della, como a recebir las mer-
cedes, qu» allá le propusieron se le harían acá, por los servicios
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que su abuelo hizo en la conquista y pacificación del Perú, y
después contra los tiranos, como se verá en las historias de
aquel imperio: más principalmente se le deben por ser bisnieto
de Huaina Capac por línea de varón; y que de los pocos que
hay de aquella sangre real, es el más notorio y el más princi-
pal. El cual está al presente en Valladolid, esperando las mer-
cedes que se le han de hacer, que por grandes que sean, se les
deben mayores.
De Titu no sé que haya sucesión. De las Ñustas que son
infantas, hijas de Huaina Capac, legítimas en sangre cono-
cidas, la unasellamaba doña BeatrizCoya; (16) casó con Mar-
tín de Mustincia, hombre noble, que fué contador o factor en
el Perú, de la hacienda del emperador Carlos V: tuvieron tres
hijos varones, q" se llamaron los Mustincias, y otro sin ellos,
que se llamó Juan Sierra de Leguizamo, que fué mi condis-
cípulo en la escuela y en el estudio: la otra ñusta se decía
doña Leonor Coya; (17) casó primera vez con un español,
que se decía Juan Balsa, que yo no conocí, porque fué en mi
niñez; tuvieron un hijo del mismo nombre, que fué mi condis-
cípulo en la escuela. Segunda vez casó con Francisco de Villa-
castín, que fué conquistador del Perú de los primeros, y tam-
bién lo fué de Panamá y de otras tierras. Un cuento historial
digno de memoria, se me ofrece dél, y es, que Francisco López
de Gomara, dice en su historia, capítulo sesenta y seis, estas
palabras que son sacadas a la letra: pobló Pedrarias, el Nom-
bre de Dios, y a Panamá. Abrió el camino que va de un lugar
a otro con gran fatiga y maña, por ser de montes muy espe-
sos y peñas; había infinitos leones, tigres, osos y onzas, a lo
que cuentan, y tanta multitud de monas de diversa hechura
y tamaño, que enojadas gritaban de tal manera, que ensor-
decían los trabajadores, subían piedras a los árboles y tiraban
al que llegaba. Hasta aquí es de Gomara (18). Un conquista-
dor del Perú tenía marginado de su mano un libro q" yo ví de
los deste autor, y en este paso decía estas palabras: una hirió
con una piedra a un ballestero, que se decía Villacastin, y le
derribó dos dientes: después fué conquistador del Perú y se-
ñor de un buen repartimiento, que se dice Ayaviri; murió pre-
(16) Beatriz Coya fuu lieiiuana de Manco II y casó con el conquistador
Mancio Siorra rie Loguiznnin tuvo do esta unión un hijo llamado -Juan. Tam-
bi(^n de este nombro hubieron dos iirincesas ilustres doña Beatriz Cussi-huar-
eay, mujer de Sayri-Tupac y doña Beatriz Clara Coya hija de estos. Véase nota
N.0'14.
(17) Leonor c:oyu, quizá si fué la esposa de Francisco \ illacastin.
(18) De su obra Hispania \'icTnx. Historia General de México y del Perú.
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— 103 —
so en el Cosco, porque se halló de la parte de Pizarro, en Xa-
quisahuana. donde le dió una cuchillada en la cara, después
de rendido, uno que estaba mal con él. Fué hombre de bien y
que hizo mucho bien a muchos, aunque murió pobre y despo-
jado de indios y hacienda. El Villacastin mató la mona que el
hirió, porque a un tiempo acertaron a soltar él su ballesta y
la mona la piedra. Hasta aquí es del conquistador, e yo aña-
diré, que los vi los dientes quebrados, y eran los delanteros
altos, y era pública voz y fama en el Perú, habérselos quebra-
do la mona: puse esto aquí con testigos, por ser cosa notable,
y siempre que los hallare holgaré presentarlos en casos tales.
Otros Incas y Pallas, que no pasarían de decientes, conocí de
la misma sangre real de menos nombre que los dichos: de los
cuales he dado cuenta porque fueron hijos de Huaina Capac.
Mi madte fué su sobrina, hija de un hermano suyo legítimo de
padre y madre llamado Huallpa Tupac Inca Yupanqui.
Del rey Atahuallpa conocí un hijo y dos hijas, la una de-
llas se llamaba doña Angelina, (19) en la cual hubo el marqués
don Francisco Pizarro un hijo que se llamó don Francisco,
gran émulo mío y yo suyo; porque de edad de ocho a nueve
años, que éramos ambos, nos hacía competir en correr y saltar
su tío Gonzalo Pizarro. Hubo asimismo el marqué'; una hija,
que se llamó doña Francisca Pizarro, salió una valerosa seño-
ra, casó con su tío Hernando Pizarro; su padre el marqués la
hubo en una hija de Huaina Capac que se llamaba doña Inés
Huaillas Nusta (20); la cual casó después con Martin de Am-
puero, vecino que fué de la ciudad de los Reyes. Estos dos hi-
jos del marqués, y otro de Gonzalo Pizarro que se llamaba
don Fernando, trujeron a España donde los varones fallecie-
ron temprano, con gran lástima de los que les conocían, porque
se mostraban hjos de tales padres. El nombre de la otra hija
de Atahuallpa, no se me acuerda bien, si se decía doña Beatriz
Í19) Jimenes de la Espada asegura que Doña Angelina no fué hija de
Atahuallpa sino su hermana (Una Antigualla Peruana. Declaración Prelimi-
nar). .\un cuando Su^' Doña Angelina, después, manceba del Marquéz Pi-
zarro y en la cual tuvo un hl.fo que llevó el mismo nombre de Pi-
zarro. Quintana niega la existencia de este hijo del Márquez, y Mendiburu
parece seguir, en esta opinión, al ilustre escritoi- español; la existencia de tal
hijo está corroborada, después de la publicación de la obra de Pedro Gutie-
rres de ^anta Clara.. Historia de las guerras civiles- Para mayores datos léase
su relato del t. II. c. XV. En cuanto a los hijos de Atahuallpa. está proba-
do, que fueron D. Diego lUaquita, D. Francisco Nina-Coro y D. Juan Ouis-
pe Tupac. Véase Tres Relaciones etc. p. 226 nota N°. 14.
(20) Doña Inés Huala, fué primero mujer del Marqués Pizarro del que
tuvo a su hija doña Francisca. Casó después con ol conquistador Francisco
Ampuero vecino y regidor de la Ciudad de los Reyes.
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o doña Isabel, casó con un español estremeño, que se decía
Blas Gómez; (21) segunda vez casó con un caballero mestizo,
que se decía Sancho de Rojas. El hijo se decía don Francisco
Atahuallpa, era lindo mozo de cuerpo y rostro, como lo eran
todos los Incas y Pallas, murió mozo. Adelante diremos un cuen
to, que sobre su muerte me pasó con el Inca viejo, tío de mi
madre, a propósito de las crueldades de Atahuallpa, que vamos
contando. Otro hijo varón quedó de Huaina Capac, q' yo no
conocí: llamóse Manco Inca, era legítimo heredero del Impe-
rio; porque Huáscar murió sin hijo varón; adelante se hará
larga mención dél.
(211 Doña Hoiitri/,. véase nota 19.
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ln
CAPITULO XXXIX
PASA LA CRUELDAD A LOS CRIADOS DE LA CASA REAL
l"^OLVIENDO a las crueldades de Atahuallpa decimos, que
\/ no contento con las que había mandado hacer en la san-
gre real y en los señores de vasallos, capitanes y gente
noble, mandó que pasasen a cuchillo los criados de la casa
real, los que servían en el ministerio y los oficios de las puertas
adentro; los cuales como en su lugar dijimos, cuando habla-
mos de los criados della, no eran personas particulares sino
pueblos que tenían cargo de enviar los tales criados y minis-
tros, que remudándose por sus tiempos, servían en sus oficios,
a los cuales tenía odio Atahuallpa, así porque eran criados de
la casa real, como porque tenían el apellido de Inca, por el
privilegio y merced que les hizo el primer Inca Manco Capac.
Entró el cuchillo de Atahuallpa en aquellos pueblos con más
y menos crueldad, conformecomo ellos servían, y más y menos
cerca de la persona real; que los que tenían oficios más alle-
gados a ella, como porteros, guarda joyas, botilleros, cocine-
ros y otros tales, fueron los peores librados; porque no se
contentó con degollar todos los moradores de ambos sexos
y de todas edades, sino con quemar y derribar los pueblos, y
las casas, y edificios reales que en ellos había: los que servían
de más lejos, como leñadores, aguadores, jardineros y otros
semejantes, padecieron menos; más con todo eso, a unos pue-
blos diezmaron, que mataron la décima parte de sus morado-
res, chicos y grandes, y a otros quintaron y a otros terciaron,
de manera que ningún pueblo de los que había cinco, y seis,
y siete leguas en derredor de la ciudad del Cosco, dejó de pa-
decer particular persecución de aquella crueldad y tiranía,
sin la general que todo el imperio padecía, porque en todo él
había derramamiento de sangre, incendio de pueblos, robos,
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fuerzas, y estupros y otros males, según la libertad militar
los suele hacer cuando toma la licencia de si mesma. Tampoco
escaparon desta calamidad los pueblos y provincias alejadas
de la ciudad de el Cosco, porque luego q' Atahuallpa supo la
prisión del Huáscar, mandó hacer guerra a fuego y a sangre a las
provincias comarcanas a su reino, particularmente a los Ca-
ñaris, porque a los principios de su levantamiento no quisie-
ron obedecerle; después cuando se vió poderoso hizo cruelísima
venganza en ellos, según lo dice también Agustín de Zarate,
capítulo quince, por estas palabras: y llegando a la provincia
de los Cañaris mató sesenta mil hombres dellos, porque le ha-
bían sido contrarios, y metió a fuego y a sangre, y asoló la po-
blación de Tumibamba, situado en un llano, ribera de tres
grandes ríos; la cual era muy grande y de allí fué conquistan-
do la tierra, y de los q' se le defendían, no dejaba hombre vivo
&c. Lo mismo dice Francisco López de Gomara, casi por las
mismas palabras. Pedro de Cieza lo dice más largo y más en-
carecidamente, que habiendo dicho la falta de varones y sobra
de mugeres que en su tiempo había en la provincia de los Ca-
ñaris: y que en las guerras de los españoles daban indias en
lugar de indios para que llevasen las cargas del ejército. Di-
ciendo porqué lo hacían, dice estas palabras, capítulo cuarenta
y cuatro: algunos indios quieren decir que más hacen esto por
la gran falta que tienen de hombres y abundancia de muge-
res, por causa de la gran crueldad que hizo Atabalipa en los
naturales desta provincia al tiempo que entró en ella, después
de haber en el pueblo de Ambato muerto y desbaratado al
capitán general de Huáscar Inca su hermano, llamado Antoco,
que afirman, que no embargante que salieron los hombres y
niños con ramos verdes y hojas de palma a pedir misericordia,
con rostro airado, acompañado de gran severidad, mandó a
sus gentes y capitanes de guerra que los matasen a todos, y
así fueron muertos gran número de hombres y niños, según
que yo trato en la tercera parte de la historia. Por lo cual los
que agora son vivos, dicen que hay quince veces más mugeres
que hombres (22) &c. Hasta aquí es de Pedro de Cieza, con
lo cual se ha dicho harto de las crueldades de Atahuallpa: de-
jaremos la mayor dellas para su lugar. Destas crueldades na-
ció el cuento que ofrecí decir de don Francisco hijo de Ata-
huallpa, y fué q' murió pocos meses antes q" yo me viniese a
España. El día siguiente a su muerte, bien de mañana, antes
de su entierro, vinieron los pocos parientes Incas que había
(22) La tercera parte de la obra de Cieza oomprenriia la Historia de la
Conquista que hasta hoy no ha sido publicada, pero de la que dló noticia D.
Marcos Jimenes de la Espada.
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a visitar a mi madre, y entre ellos vino el Inca viejo de quien
otras veces hemos hecho mención. El cual en lugar de dar el
pésame, porque el difunto era sobrino de mi madre, hijo de
primo hermano, le dió el pláceme diciéndole: que el Pachaca-
mac la guardase muchos años, para que viese la muerte y fin
de todos sus enemigos, y con esto dijo otras muchas palabras
semejantes con gran contento y regocijo. Yo no advirtiendo
por qué era la fiesta le dije: Inca ¿cómo nos hemos de holgar de
la muerte de don Francisco siendo tan pariente nuestro? El
se volvió a mí con gran enojo, y tomando el cabo de la man-
ta que en lugar de capa traía, lo mordió, (que entre los indios
es señal de grandísima ira) y me dijo: ¿tú has de ser pariente
de un Auca, hijo de otro Auca, que es tirano traidor de quien
destruyó nuestro imperio?, ¿de quien mató nuestro Inca?, ¿de
quien consumió y apagó nuestra sangre y descendencia?, ¿de
quien hizo tantas crueldades, tan agenas de los Incas nuestros
padres? Dómenlo as: muerto como está que yo me lo comeré
crudo sin pimiento: que aquel traidor de Atahuallpa su padre
no era hijo de Huaina Capac. nuestro Inca, sino de algún indio
quitu con quien su madre haría traición a nuestro rey: que
si él fuera Inca no solo no hiciera las crueldades y abomina-
ciones que hizo, más no las imaginara; que la doctrina de
nuestros pasados nunca fué que hiciésemos mal a nadie, ni
aún a los enemigos, cuanto más a los parientes, sino mucho
bien a todos: por tanto no digas que es nuestro pariente el q'
fué tan en contra de todos nuestros pasados: mira que a ellos
y a nosotros, y a tí mesmo te haces mucha afrenta en llamar-
nos parientes de un tirano cruel que de reyes hizo siervos, a
esos pocos que escapamos de su crueldad. Todo esto y mucho
más me dijo aquel Inca, con la rabia que tenía de la destrui-
ción de todos los suyos, y con la recordación de los males que
las abominaciones de Atahuallpa les causaron, trocaron en
grandísimo llanto el regocijo que pensaban tener de la muerte
de don Francisco, el cual mientras vivió, sintiendo este odio
que los Incas y todos los indios en común le tenían, no trata-
ba con ellos ni salía de su casa. Lo mismo hacían sus dos her-
manas, porque a cada paso oían el nombre Auca, tan signifi-
cativo de tiranías, crueldades y maldades, digno apellido y
blasón de los que lo pretendían.
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CAPITULO XL.
LA DESCENDENCIA QVE HA OVEDADO DE LA SANGRE REAL DE
LOS I NCAS.
MUCHOS días después de haber dado
recibí ciertos recaudos de! Perú, de
fin a este libro
saqué el
los cuales
nono,
capítulo que se sigue, porque me pareció que convenía
a la historia y así lo añadí aquí: de los pocos Incas de la san-
gre real que sobraron de las crueldades y tiranías de Atahuall-
pa, y de otras que después acá ha habido, hay sucesión más de
la que yo pensaba; porque al fin de! año de seiscientos y tres
escribieron todos ellos a don Melchor Carlos Inca y a don Alon-
so de Mesa, hijo de Alonso de Me^-a, vecino que fué del Cosco,
y a mi también, pidiéndonos que en nombre de todos ellos
suplicásemos a su magestad se sirviese de mandarlos exentar
de los tributos que pagan, y de otras vejaciones que como los
demás indios comunmente padecen. Enviaron poder ;> so-
lidum para todos tres y probanza de su descendencia, quiénes
y cuántos (nombrados por sus nombres) descendían de tal
rey, y cu.ántos de tal, hasta el último de los reyes: y para mayor
verificación y demostración, enviaron pintado en vara y me-
dia de tafetán blanco de la China, el árbol real, descendiendo
desde Manco Capac hasta Huaina Capac y su hijo Paullu.
Venían los Incas pintados en su traje antiguo. En las cabezas
traían laborla colorada, y en las orejas sus orejeras; y en las
manos sendas partesanas en lugar de cetro real. Venían pin-
tados de los pechos arriba y no más. Todo este recaudo vino
dirijido a mí, y yo lo envié a don Melchor Carlos inca y a don
Alonso de Mesa, que residen en la corte de Valladolid que yo
por estas ocupaciones no pude solicitar esta causa, que hol
gara emplear la vida en ella, pues no se podía emplear mejor.
La carta que me escribieron los Incas es de letra de uno dellos,
y muy linda, el frasis o lenguage en que hablan, mucho dello
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es conforme a su lenguage y otro mucho a lo castellano, que
ya están todos españolados: !a fecha de diez y seis de abril de
mil y seiscientos y tres. No la pongo aquí por no causar lástima
con las miserias que cuentan de su vida. Escriben con gran
confianza (y así lo creemos todos) que sabiéndolas su magestad
católica, Hs mandará remediar y les hará otras muchas mer-
cedes, porque sor descendientes de reyes. Habiendo pintado
las figuras de los reyes Incas, ponen a lado de cada uno dellos
su descendencia, con este título, Capac Ayllu, que es genera-
ción augusta o real, que es lo mismo. Este título es a todos en
común, dando a entender que todos descienden del primer
Inca Manco Capac. Luego ponen otro título en particular a
la descendencia de cada rey, con nombres diferentes para
q' se entienda por ellos los que son tal o tal rey. A la descen-
dencia de Manco Capac llaman Chima Panaca: son cuarenta
Incas los que hay de aquella sucesión. A la de Sinchi Roca
llaman Rauraua Panaca: son sesenta y cuatro Incas. A la de
Lloque Yupanqui, tercero Inca, llaman Hahuanina Ayllu:
son sesenta y tres Incas. A los de Capac Yupanqui llaman
Apu Maita: son cincuenta y seis. A los de Maita Capac, quin-
to rey, llaman Usca Maita: son treinta y cinco. A los de Inca
Roca dicen Vicaquirau: son cincuenta. A los de Yahuar Hua-
ca, séptimo rey, llaman Aylli Panaca; son cincuenta y uno.
A los de Viracocha Inca dicen Socso Panaca: son sesenta y
nueve. Ala descendencia del nca Pachacutec y a la de su hijo
I
Inca Yupanqui, juntándolas ambas, llaman Inca Panaca; y
así es doblado el número de los descendientes, porque son
noventa y nueve. A la descendencia de Tupac Inca Yupanqui
llaman Capac Ayllu, que es descendencia imperial, por con-
firmar lo que arriba dijo con el mismo nombre, y no son más
de diez y ocho. A la descendencia de Huaina Capac llaman
Tumipampa, (23) por una fiesta solemnísima que Huaina
Capac hizo al sol en aquel campo, que está en la provincia de
los Cañar!s, donde había palacios reales y depósitos para la
gente de guerra, y casa de escogidas, y templo del sol, todo
tan principal y aventajado y tan lleno de riquezas y basti-
mento, como donde más aventajado lo había, como lo refiere
Pedro deCieza.con todo el encarecimiento que puede, capítu-
{^¿'^) En la (-peca de ¡as iniorraaciones de Toledo sobrevivían descendien-
tes de cada uno de estos ayllos Sus nombres pueden leerse en el Apéndice C de
la obra de Molina. Fábulas y Bitas de los Incas. Coi-. ürteaga-Romeuo t. I.
p. 201 También so puede leer en
. n
/.•;'le la provanza de la Historia Indica de
Gamboa, p. 1.31. Edi. cit. rlespecto a los nombres de los ayllos ilustres citados
por Liarcilaso. se pueden leer con ligeras variantes en la obra de Sarmiento d"
'lamboa, escrita sobre las Inforinac iones de Toiedo. Historia Indica. Edi. ale-
mana 1906.
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— lió-
lo cuarenta y cuatro; y por parecería que todavía se h?.bía
acortado acaba diciendo: en fin no puedo decir tanto que no
quede corto en querer engrandecer las riquezas que los Incas
tenían en estos sus palacios reales, &c.
La memoria de aquella fiesta tan solemne quiso Huaina
Capac que se conservase en el nombre y apellido de su dec-
cendencia, que es Tumipampa, y no son más de veinte y dos;
que como la de Huaina Capac y la de su padre Tupac Inca
Yupanqui eran las descendencias más propincuas al árbol
real, hizo Atahuallpa mayor diligencia para extirpar estas
que las demás, y asi se escaparon muy pocos de su crueldad,
como lo muestra la lista de todos ellos; la cual sumada hace
número de quinientas y sesenta y siete personas; y es de ad-
vertir que todos son descendientes por línea masculina; que
de la femenina como atrás queda dicho, no hicieron caso los
1 ncas, sino eran hijos de los españoles, conquistadores y gana-
dores de la tierra, porque a estos también les llamaron Incas,
creyendo que eran descendientes de su dios el sol. La carta
que me escribieron firmaron once Incas, conforme a las once
descendencias, y cada uno firmó por todos los de la suya con
los nombres del bautismo. y por sobrenombres los de sus pasa-
dos. Los nombres de las demás descendencias, sacadas estas
dos últimas, no sé qué signifiquen, porque son nombres de la
lengua particular que los Incas tenían para hablar ellos entre
sí unos con otros, y no de la general que hablaban en la corte.
Resta decir de don Melchor Carlos Inca, nieto de Paullu, y
bisnieto de Huaina Capac, de quien dijimos que vino a Espa-
ña el año de seiscientos y dos a recebir mercedes. Es así que
a principios deste año de seiscientos y cuatro salió la con-
sulta en su negocio, de que se le hacia merced de siete mil y
quinientos ducados de renta perpétuos, situados en la caja
real de su magestad en la ciudad de los Reyes, y q" se le daría
ayuda de costa para traer su muger de España, y un hábito
de Santiago y esperanza de plaza de asiento en la casa real, y
que los indios que en el Cosco tenía heredados de su padre y
abuelo, se pusiesen en la corona real, y que él no pudiese pa-
sar a las Indias. Todo esto me escribieron de Valladolid que
había salido de la consulta. No sé que hasta ahora que es fin
{
de marzo), se haya efectuado nada para poderlo escribir aquí:
y con esto entraremos en el libro décimo a tratar de
las heroi-
cas e increíbles hazañas de los españoles que ganaron aquel
imperio.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
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PROLOGO
A LOS INDIOS MESTIZOS Y CRIOLLOS DE LOS
REINOS Y PROVINCIAS DEL GRANDE Y RI-
QUISIMO IMPERIO DEL PERU.
EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, SU HERMANO, COMPATRIOTA
Y PAISANO. SALUD Y FELICIDAD.
POR tres
escribí la
razones entre otras, señores y hermanos míos,
primera, y escribo la segunda parte de los Co-
mentarios reales de esos reinos del Perú. La primera por
dar a conocer al universo nuestra patria, gente y nación, no
menos rica al presente con los tesoros de la sabiduría y ciencia
de Dios, de su fé y ley evangélica, que siempre por las perlas
y piedras preciosas de sus ríos y mares, por sus montes de oro
y plata, bienes, muebles y raíces suyos, que tienen raíces sus
riquezas: ni menos dichosa por ser suejtada de ios fuertes, no-
bles y valerosos españoles,
y sujeta a nuestros reyes católicos,
monarcas de lo más y mejor del orbe, que por haber sido po-
seída y gobernada de sus antiguos príncipes los Incas perua-
nos: Césares en felicidad y fortaleza. Y porque de virtud, ar-
mas y letras suelen preciarse las tierras en cuanto remedan al
cielo: Destas tres prendas puede loarse la nuestra, dando a Dios
las gracias y gloria: pues sus conterráneos son de su natural
dóciles, de ánimos esforzados, entendimientos prestos, y vo-
luntades afectas a piedad y religión, desde que la cristiana
posée sus corazones trocados por la diestra de muy alto, de
q" son testigos abonados en sus Cartas Annuas los padres
de la
Compañía de Jesús, que haciendo oficio de apóstoles entre
indios, esperimentan su singular devoción, reforma de costum-
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— 112 —
bres, frecuencia de sacramentos, limosnas y buenas obras:
argumento del aprecio y estima de su salvación. En fé de lo
cual atestiguan estos varones apostólicos, que los fieles in-
dianos sus feligreses, con las primicias del espíritu hacen a la
de Europa casi la ventaja que los de la iglesia primitiva a los
cristianos de nuestra era, cuando la católica fué desterrada
de Inglaterra y del Septentrión, su antigua colonia, se vá de
un poco a otro a residir con los antípodas. De cuyo valor y
valentía hice larga mención en el primer volumen destos Rea-
les Comentarios, dando cuenta de las gloriosas empresas de
los Incas, que pudieran competir con los Daríos de Persia
Ptolomeo de Egipto, Alejandro de Grecia, y Cipiones de Ro-
ma. Y de las armas peruanas más dignas de loar, que las grie-
gas y troyanas, haré breve relación en este tomo cifrando las
hazañas y proezas de algunos de sus Héctores y Achiles; y
baste por testimonio de sus fuerzas y esfuerzo, lo que han
dado en que entender a los invencibles castellanos, vencedo-
res de ambos mundos. Pues ya de sus agudos y sutiles inge-
nios, hábiles para todo género de letras, valga el voto del doc-
tor Juan de Cuellar, canónigo de la santa iglesia catedral de
la imperial Cosco, que siendo maestro de los de mi edad ysuer-
te, solía con tiernas ligrimas decirnos: ¡Oh hijos! y cómo qui-
siera ver una docena de vosotros en la universidad de Salamanca.
Pareciéndole podían florecer las nuevas plantas del Perú en
aquel jardín y verjel de sabiduría. Y por cierto, que tierra tan
fértil de ricos minerales y metales preciosos, era razón criase
venas de sangre generosa y minas de entendimientos despier-
tos para todas artes y facultades. Para los cuales no falta ha-
bilidad a los indios naturales y sobra capacidad a los mesti-
zos hijos de indias y españoles, o de españolas e indios. Y a
los criollos oriundos de acá, nacidos, y connaturalizados allá.
A los cuales todos como a hermanos y amigos, parientes y se-
ñores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejer-
cicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por sí y por su
buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno
en el cielo. Y de camino es bien que entienda el Mundo Viejo
y político, que el .Nuevo (a ii; parecr br'^rb'ro) no lo es, ni ha
sido sino por falta de caltura. De la suerte que antiguamente
los griegos y romanos, por ser la nata y flor del saber y poder
a las demás regiones, en comparación suya llamaban bárbaras:
entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natu-
ral, más por faltarle lo artificial: pues luego con el arte dió na-
turaleza muestras heróicas, del ingenio en letras, de animo en
armas y en ambas cosas hizo raya entonces en el imperio ro-
mano, con los sabios Sénecas de Córdoba, flor de saber y caba-
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— 113 —
Hería y con los augustísimos Trajano y Teodosíos de Itálica o
Sevilla, llave de los tesoros de Occidente: ya levanta la cabeza
entre sus émulas naciones, y sobre ellas que así te dá la prima
y palma la nuestra, antes inculta, hoy por tu medio cultivada,
y de bosque de gentilidad e idolatría, vuelta en paraíso de
Cristo. De que no resulta pequeña gloria a España, en haberla
el Todo Poderoso escogido por medianera, para alumbrar con
lumbre de fé a las regiones que yacían en la sombra de la muer-
te; porque verdaderamente la gente española, como herencia
propia del Hijo de Dios, heredada del Padre Eterno, que dice
en un salmo de David: Postula a me, et dabo Ubi gentes haeredi-
tatem tuam-, et possesssionem tuam términos terrae. Reparte
con franca mano del celestial mayorazgo de la fé y Evangelio,
con los indios, como con hermanos menores, a los cuales al-
canza la paternal bendición de Dios, y aunque vienen a la viña
de su iglesia a la hora undécima, por ventura les cabrá jornal
y paga igual a los que portnrunt pondus diei, d zstus.
El segundo respeto y motivo de escribir esta Historia fué
celebrar (si no digna al menos debidamente) las grandezas de
los heroicos españoles, que con su valor y ciencia militar ga-
naron para Dios, para su rey y para sí, aqueste rico imperio
cuyos nombres dignos de cedro, viven en el libro de la vida y
vivirán inmortales, en la memoria de los mortales. Por tres fi-
nes se eternizan en escritos los hechos hazañosos de hombres,
en paz y letras, o en armas y guerras, señalados, por premiar
sus merecimientos con perpétua fama. Por honrar su patria,
cuya honra ilustre, son ciudadanos y vecinos tan ilustres; y
para ejemplo e imitación de la posteridad, que avive el paso
en pos de la antigüedad, siguiendo sus batallas, para conse
guir sus victorias. A este fin por leyes de .Solón y Licurgo, le-
gisladores de fama, afamaban tanto a sus héroes las repúbli-
cas de Atenas y Lacedemonia. Todos tres fines creo y espero
se conseguirán con esta historia; porque en ellas serán premia-
dos con honor y loor, premio digno de sola la virtud, por la
suya esclarecida, los clarísimos conquistadores del Nuevo Orbe,
que son gozo y corona de España, madre de la nobleza y se-
ñora del poder y haberes del mundo: la cual juntamente será
engrandecida y ensalzada, como madre y ama de tales, tan-
tos y tan grandes hijos, criados a sus pechos con leche de fé
y fortaleza, mejor que Pómulo y Remo. Y finalmente, los hi-
dalgos pechos de los descendientes y sucesores, nunca peche-
ros a cobardía, afilarán sus aceros con nuevo brío y denuedo,
para imitar las pisadas de sus mayores, emprendiendo gran-
diosas proezas en la milicia de Palas y Marte, y en la escuela
de Mercurio y Apolo, no degenerando de su nobilísima pro-
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— 114 —
sapia y alcurnia; antes llevando adelante el buen nombre de
su linage, que parece traer su origen del cielo; adonde como
a patria propia y verdadera, deben caminar por este destierro
y valle de lágrimas, y poniendo la mira en la corona de gloria
que les espera, aspirar a llevársela, entrando por picas y lan-
zas, soprepujando dificultades y peligros: para que así como
han, con su virtud, allanado el paso y abierto la puerta a la
predicación y verdad evangélica, en los reinos del Perú, Chile,
Paraguay, Nueva España y Filipinas, hagan lo mismo en la
Florida y en la tierra Magallánica, debajo del Polo Antártico,
y habida victoria de los infieles enemigos de Cristo, a fuer de
los emperadores y cónsules romanos, entren los españoles
triunfando con los trofeos de la fé. en el empíreo capitolio.
La tercera causa de haber tomado entre manos esta obra
ha sido lograr bien el tiempo con honrosa ocupación, y no
malograrlo en ociosidad, madre de vicios, madrastra de la vir-
tud, raíz, fuente y origen de mil males que se evitan, con el
honesto trabajo del estudio; digno empleo de buenos ingenios,
de nobles ánimos, de estos para entretenerse ahidalgadamente,
según su calidad y ganar los días de su vida en loables ejerci-
cios; y de aquellos para apacentar su delicado gusto en pastos
de ingenio, y adelantar el caudal en fineza de sabiduría, que
rentan y montan más al alma que al cuerpo los censos, ni que
Oriente y plata, de nuestro Potocsi. A es-
los juros, las perlas de
ta causa escribí la Coronica de la Florida, de verdad florida,
no con mi seco estilo, más con la flor de España, que trasplan-
tada en aquel páramo y eriazo, pudiera dar fruto de bendición
desmontando a fuerza de brazos, la maleza del fiero paga-
nismo, y plantando con riego del cielo, el árbol de la cruz y
estandarte de nuestra fé, vara florida de Aaron y Jesé. Tam-
bién por aprovechar los años de mi edad y servir a los estu-
diosos, traduje de italiano en romance castellano, los diálogos
de Filosofía entre Filón y Sophia, libro intitulado: León He-
bren, que anda traducido en todas lenguas hasta en lenguage
peruano (para que se vea a do llega la curiosidad y estudiosidad
de los nuestros,) y en latin corre por el orbe latino, con escep-
ción y concepto de los sabios y letrados que lo precian y esti-
man, por la alteza de su estilo y delicadeza de su materia. Por
lo cual, con justo acuerdo la santa y general inquisición des-
tos reinos, en este último espurgatorio de libros prohibidos, no
vedándolo en otras leguas, lo mandó recoger en la nuestra
vulgar, porq' no era para vulgo; y pues consta de su prohibición,
es bien se sepa la causa, aunque, después acá, he oí do decir que
ha habido réplica sobre ello, y porque estaba dedicado al rey
nuestro señor don Felipe Segundo, que Dios haya en su gloria,
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SEGUNDA PARTE
DE
LOS COMENTARIOS REALES
DEL ÍNCA
GARCILASO DE LA VEGA
TOMO III
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LIBRO PRIMERO
Donde se verá un. Ti ianvirato
que tres esixifwles hicicivii ¡itim (iniiar el iiiipei io
del Perú. Lus provechos de haberse ijauado. Los trabajos q' ¡lasaron en el dcs-
viibriiniento. Como desampararon los suyos a Piazrro y iiuedaron solo trece
con el. Cómo licuaron a Tuiiipis. Un milagro <iae allí hizo Dins nuestro Se-
ñor por ellos. La venida de Francisco Pizarra a España a pedir la conquista.
Üu vuelta al Perú. Los trabajos de su viaje. Las embajadas que entre indios
y españoles se hicieron. La prisión de Alahuallpu. El rescate rp te prometió.
Las diligencias que por él hicieron los españoles. La muerte de los dos reyes
Incas. La veneración que tuvieron los españoles. Contiene cuarenta
y uno
^capítulos.
CAPITULO PRIMERO
TRES ESPAÑOLES, HOMBRES NOBLES, ASPI-
RAN A LA CONQUISTA DEL PERU.
N las cosas que hemos dicho en el libro
/^»-==í> lir— '
'^^ primera parte de los Comen-
Reales, se ocupaba el bravo Ata-
tarios
-
^^^nlMT^^
'^"^^ ^'
huallpa tan contento y ufano de pensar
que con sus crueldades y tiranías iba
asegurando su imperio, cuán ageno
y
descuidado de imaginar^ que mediante
ellas mismas, se lo habían de quitar muy
presto gentes estrañas no conocidas,
que en tiempo tan próspero y favo-
rable como él se prometía, llamaron a su puerta para
derribarle de su trono
y quitarle la vida y el imperio
que fueron los españoles. Cuya historia para
haberla de
contar como pasó, será necesario volvamos
algunos años
atrás para tomar de sus primeras fuentes
la corriente
della; Decimos que los españoles
después que descubrie-
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— ne-
rón el Nuevo Mundo, andaban tan ganosos de descubrir
nuevas tierras y otras más y más nuevas, que aunque muchos
dallos estaban ricos y prósperos, no contentos con lo que po-
seían, ni cansados de los trabajos, hambres y peligros, heridas,
enfermedades, malos días y peores noches, que por mar y por
tierra habían pasado, volvían de nuevo a nuevas conquistas
y mayores afanes, para salir con mayores hazañas que eterni-
zasen sus famosos nombres. Así acaeció en la conquista del
Perú, que viviendo en Panamá, Francisco Pizarro. natural de
Trujillo, de la muy noble sangre que deste apellido hay en
aquella ciudad; y Diego de Almagro, natural de Malagón, se-
gún Agustín de Zárate, aunque Gomara dice que de Almagro,
que es más verisímil por el nombre, no se sabe de qué linage,
más sus obras tan hazañosas y generosas dicen que fué nobi-
lísimo; porque ese lo es, que las haces tales, y por el fruto se
conoce el árbol. Eran hombres ricos y famosos por las hazañas
que en otras conquistas habían hecho, particularmente Fran-
cisco Pizarro que había sido capitán y teniente de gobernador,
año de mil y quinientos y doce en la ciudad de Uraba, cuando
la conquistó y pobló el mismo con cargo de teniente general,
por el gobernador Alonso de Ojeda, y fué el primer capitán
español que en aquella provincia hubo, donde hizo grandes
hechos y pasó muchos y muy grandes afanes, como lo •dice
muy breve y compendiosamente Pedro de Cieza de León, ca-
pítulo sesto, por estas palabras; Y después desto pasado, el
gobernador Ojeda, fundó un pueblo de cristianos en la parte
que llaman de Uraba. donde puso por su capitán y lugar-te-
niente a Francisco Pizarro. que después fué gobernador y
Marqués; y en esta ciudad o villa de Uraba pasó muchos tra-
bajos este capitán Francisco Pizarro. con los indios de Uraba,
y con hambres y enfermedades que para siempre quedará dél
fama. &c. Hasta aquí es de Pedro de Cieza. También se halló
en el descubrimiento del mar del Sur, con el famoso sobre los
famosos, Vasco Nuñez de Balboa; y en la conquista de Nom-
bre de Dios y Panamá se halló con el gobernador Pedro Arias
de Avila, como lo dice Gomara al fin del capítulo ciento y cua-
renta y cinco de la historia de las Indias.
Pues no contento Francisco Pizarro y Diego de Almagro
de los trabajos pasados, se ofrecieron a otros mayores; para
lo cual, movidos de la fama simple que entonces había del
Perú, hicieron compañía y hermandad entre sí estos dos ilus-
tres y famosos varones, y con ellos Hernando de Luque, maes-
tre-escuela de Panamá, señor de la Taboga, juraron todos
tres en público, y otorgaron escritura de obligación de no des-
hacer la compañía por gastos ni desgracias que en la empresa
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— 119 —
que pretendían dela conquista del Perú les sucediesen; y qu e
partiríanhermanablemente cualquiera ganancia que hubiese
Concertaron que Hernando de Luque se quedase en Panamá
a beneficiar las haciendas de todos tres, (24) y q' Francisco Pi-
zarro tomase la empresa de ir al descubrimiento y conquista
de la tierra que hallase: y que Diego de Almagro fuese y vinie-
se del uno al otro con gente, armas y caballos, y bastimento
para socorrer los compañeros que anduviesen en la conquista.
Llamaron al maestre-escuela Hernando de Luque. Hernando
el Loco, por decírselo a todos tres: porque siendo hombres
ricos y habiendo pasado muchos y grandes trabajos, y siendo
ya hombres de mucha edad, que cualquiera dellos pasaba de
los cincuenta años, se ofreciesen de nuevo a otros mayores
afanes, y tan a ciegas, que ni sabían a donde, ni a qué tierra
iban, ni si era rica, ni pobre, ni lo que era menester para la ga-
nar. Másla buena dicha de los que hoy la gozan les llamaba y,
aún esforzaba a que emprendiesen lo que no sabían. Pero lo
principal era que Dios había misericordia de aquellos genti-
les, y quería por este camino enviarles su evangelio, como lo
veremos en muchos milagros que en favor dellos hizo en la
conquista.
(24) La participación de i.uque en el contrato para la couquisla del Peiii
fué más aparente que real, el verdadero proveedor y capitalista fué el Licen-
ciado Gaspar de Rspinosa. Véase al respeclo las pruebas de este aserto en Io<
Documentos que publicó Quintana. Españoles Celebres l. I!. NpiMidicc X". V.
nota. Véase también Prescotl Connuista del Perú. I.ib. 1. <. II.
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CAPITULO 11
LAS ESCELENCIAS Y GRANDEZAS QUE HAN NACIDO DE LA COM-
PAÑIA DE LOS TRES ESPAÑOLES
Triunvirato que hemos dicho otorgaron todos tres es-
ELpañoles en Pananná, en cuya comparación me se ofrece
el que establecieron los tresemperadores romanos en
Laino, lugar cerca de Bolonia; pero tan diferente el uno del
otro, que parecerá disparate querer comparar el nuestro con
el agen o; porque aquel fué de tres emperadores y este de tres po-
bres particulares. Aquel para repartir entre ellos todo el Mun-
do Viejo que los romanos ganaron, y para gozarlos ellos pací-
ficamente y este para trabajar y ganar un imperio del Nuevo
Mundo, que no sabían lo que les había de costar, ni cómo lo
habían de conquistar. Empero si bien se miran y consideran
los fines y efectos del uno y del otro, se verá que aquel Triun-
virato fué de tres tiranos que tiranizaron todo el mundo, y el
nuestro de tres hombres generosos, que cualquiera dellos me-
recía por sus trabajos, ser dignamente emperador: aquel fué
para destruir todo el mundo, como lo hicieron, y este para en-
riquecerle como se ha visto y se vé cada día, como lo proba-
remos largamente en los primeros capítulos siguientes. Aquel
Triunvirato fué para dar y entregar los valedores, amigos y
parientes en trueque y cambio de los enemigos y contrarios
por vengarse dellos: y éste para morir ellos, en demanda del
beneficio ageno ganando a su costa nuevos imperios, para
amigos y enemigos, sin distinción alguna, pues gozan de sus
trabajos y ganancias los cristianos, gentiles, judíos, moros,
turcos, y hereges: que por todos ellos se derraman las riquezas
que cada año vienen de los reinos q' nuestro Triunvirato ganó,
demás de la predicación del santo Evangelio, que es lo más que
se debe estimar, pues fueron los primeros cristianos que lo
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predicaron en aquel gran imperio del Perú, y abrieron por
aquella parte las puertas de la iglesia católica romana, madre
nuestra, para que hayan entrado y entren en su gremio tanta
multicud de fieles, cuya muchedumbre ¡quién podrá nume-
rar] Y quién podrá decir la grandeza de solo este hecho? ¡O
nombre y genealogía de Pizarros. cuánto te deben todas las
naciones del Mundo Viejo, por las grandes riquezas que del
Mundo Nuevo les has dado! ¡Y cuánto más te deben aquellos
dos imperios Peruano y Mejicano, por tus dos hijos Hernan-
do Cortéz, Pizarro, y Francisco Pizarro y los demás sus her-
manos H ernando Pizarro, J uan Pizarro y Gonzalo Pizarro, los
cuales mediante sus grandes trabajos e increíbles hazañas les
quitaron las infernales tinieblas en q" morían, y les dieron la
luz evangélica en q" hoy viven! ¡O descendencia de Pizarros!,
bendígante las gentes de siglo en siglo por padre y madre de
tales hijos, y la fama engrandezca el nombre de Sancho Mar-
tínez de Añasco Pizarro, padre de Diego Hernández Pizarro, an-
tecesor de todos estos heroicos varones, q' tantos y tales bene-
ficios han hecho a entrambos mundos; a este con riquezas
temporales y a aquel con la espirituales, por las cuales merece
nuestro Triunvirato, tanto de fama, honra y gloria, cuanto
aquel de infamia, abominación y vituperio, que jamás podrán
los presentes ni venideros loar este como él merece, ni blasfe-
mar de aquel a igual de su maldad y tiranía: Del cual el gran
doctor en ambos derechos, y gran historiador de sus tiempos,
y gran caballero de Florencia, Francisco Guichardino, hijo
digno de tal madre, en el libro nono de su galana historia dice
estas palabras:
« Laino, lugar famoso por la memoria de haberse juntado
en él; Marco Antonio, Lepido y .Otaviano, los cuales, debajo
del nombre Triunvirato, establecieron y firmaron allí las ti-
ranías que en Roma ejecutaron, y aquella proscripción, y en-
cartamiento nunca jamás bastantemente abominado. Esto
dice aquel famoso caballero de aquel nefando Triunvirato,
y del nuestro hablan en sus historias largamente los dos mi-
nistros imperiales el capellán Francisco López de Gomara, y
el contador Agustín de Zárate, (25) y otros más modernos,
los cuales citaremos siempre que se nos ofrezca.
^
^01
í¿5) Francisco López de Gomara fué compañero de Hernán Cortez en la
conquista de México en recompensa de sus servicios el Gran Conquistador
,
lo nombro su capellán. Gomara escribió entonces su Historia de \'ueva ES'
paña y del Perú que es una apología de su héroe.
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CAPITULO III
LA POCA MONEDA QUE HABIA EN ESPAÑA ANTES DE LA CON-
QUISTA DEL PERU.
PARA probar como ha enriquecido nuestro Triunvirato
a todo mundo, me conviene hacer una larga digresión,
el
trayendo a la memoria algunos pasos de historias, délas
rentas que algunos reinos tenían antes de la conquista del
Perú, y de las que ahora tienen. Séame lícito discurrir por
ellas, que yo procuraré ser breve lo más que pudiere. Juan
Bodino, francés, en su libro de la República, libro sesto, capí-
tulo segundo, habla muy largo en el propósito de que trata-
mos: dice en común y en particular, cuán poco valían las ren-
tas de las repúblicas y de los príncipes, antes que los españo-
les ganaran el Perú, y lo que al presente valen. Hace mención
de muchos estados, que fueron empeñados o vendidos en muy
poco precio. Refiere los sueldos tan pequeños que ganaban
los soldados, y los salarios tan cortos que los príncipes daban
a sus criados, y los precios tan bajos que todas las cosas te-
nían, donde remito al que lo quisiere ver más largo. En suma
dice que el que entonces tenía cien reales de renta, tiene ahora
mil de las mismas cosas: y que las posesiones valen ahora vein-
te veces más que antes valían; trae a cuenta el rescate que el
rey de Francia, Luis Noveno, pagó por sí al Soldán de Egipto,
que dice que fueron quinientos mi! francos, y lo coteja con el
que el rey Francisco Primero pagó al emperador Carlos Quin-
to, que dice, fueron tres millones. También dice que en vida
del rey Carlos Sesto, el año de mil y cuatrocientos y cuarenta
y nueve, valió la renta de la corona de Francia cuatrocientos
mil francos; y que el año que murió el rey Carlos Novpno
francés, que fué el año de mil y quinientos y sesenta y cuatro,
valió catorce millones; y a este respecto dice de otros grandes
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— 123 —
potentados. Todo lo cual es bastante prueba de lo que el Perú
ha enriquecido a todo el mundo. Y porque desta materia
tenemos mucha abundancia en nuestra república de España,
no hay para qué busquemos cosas que decir en las agenas;
sino q' digamos de las nuestras y no de muchos siglos atrás;
sino desde el rey don Fernando, llamado el Santo, que ganó
a Córdova y a Sevilla, de quien la historia general de España,
escrita por el rey don Alonso el Sabio, en la cuarta parte de
la Corónica, capítulo décimo, dicé que don Alonso Nono, rey
de León, padre del rey don Fernando el Santo, le hizo guerra,
y que el hijo le envió una embajada por escrito, diciendo, que
como hijo obediente no le había de resistir, que le dijese el
enojo que contra él tenía para darle la enmienda; y que el don
Alonso respondió, que porque no le pagaba diez mil marave-
dís que le debía le hacía la guerra; y que sabiéndolo el rey don
Fernando se los pagó y cesó la guerra. Por ser larga la carta
del hijo al padre, no la ponemos aquí, y ponemos su respuesta
que lo contiene todo; la cual sacada a la letra dice así: Enton-
ces el rey de León envió esta respuesta, sin carta. Que facie
guerra por diez mil maravedís q" el debíe el rey don Enrique,
por el camio de Santivañez de la Mota; e si ge los él diese
non farie guerra. E entonces el rey don Fernando non quiso
haber guerra con su padre por diez mil maravedís, e mandó-
gelos luego dar. Hasta aquí es de la Corónica General;y en par-
ticular la del mismo rey don Fernando, capítulo once, se lee
lo que se sigue, sacado a la letra.
Poco tiempo después desto, un caballero cruzado para
la demanda de la Tierra Santa, que se llamaba Ruy Díaz de
los Camareros, comenzó a hacer muchos agravios. E como des-
to viniesen muchas quejas al rey don Fernando, mandóle lla-
mar a cortes, para que respondiese por sí a las cosas que con-
tra él ponían, y para que satisfaciese los agravios que él había
hecho. E Ruy Díaz vino a la corte, a Valladolid, el cual hubo
grande enojo cuando supo las quejas que dél se habían dado.
Y así por este enojo, como por consejo de malos hombres
partióse luego de la corte sin licencia del rey; y como el rey
don Fernando supo que Ruy Díaz se había así partido sin su
licencia, hubo mucho enojo dél, y quitóle la tierra, por cortes,
y Ruy Díaz no quería dar las fortalezas, más al fin las hubo
de dar, con condición que le diese el rey catorce mil maravedí
en oro, y recibidos los dichos catorce mil maravedís, entregó
luego las fuerzas al noble rey don Fernando &c. En la misma
historia, capítulo diez y seis, cuando el rey tomó la posesión
del reino de León, dice lo que se sigue: el rey don Fernando
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— Í24 —
aún no tenía la posesión del reino, puesto que tuviese la más
parte, según cuenta la historia, partió de Mansilla y fué para
León, que es cabeza del reino, a donde fué muy honradamen-
te recebido y con mucho placer, y allí fué alzado por rey de
León por el obispo de la misma ciudad, que se llamaba don
Rodrigo, e por todos los caballeros e ciudadanos, y puesto
en la silla real, cantando la clerecía Te-Deum Laudamus so-
lemnemente. Y todos quedaron muy contentos y alegres con
su rey; y desde entonces fué llamado rey de Castilla y de León.
Los cuales dos reino.':, legítimamente heredó de su padre y
de su madre. Y así como estos dos reinos se habían dividido
después del emperador, en don Sancho rey de Castilla, y en don
Fernando rey de León. y así estuvieron algunos tiempos. asi se
juntaron otra vez en este noble rey don Fernando el Tercero.
Después desto la rema doña Teresa, madre de doña Sancha, e
doña Dulce, hermanas del rey don Fernando, como viese que
estaba apoderado en el reino, no pudiendo resistirle, envió a!
rey don Fernando a demandarle partido y conveniencia, de
lo cual pesó a algunos grandes de Castilla, que deseaban, por
su dañada voluntad, qne hubiese guerra y revuelta entre León
y Castilla. Empero la noble reina doña Berenguela, oída la
embajada de doña Teresa, temiendo los daños y peligros que
se recrescen de las discordias y g'-'erras. movida con buen celo,
trabajó mucho de dar algún concie-to entre su hijo el rey y
sus hermana": doña Sancha y doña Du'ce. e hi:.o con «u bijc
que quedase allí en León^ y que ella iría a Valencia a verse con
la reina doñaTeresa y con las infantas lo cual concedió el rey.
Entonces doña Berenguela se partió para Valencia, y habló
con doña Teresa y las infantas, e finalmente se concertaron
que las infantas dejasen al rey don Fernando en paz el reino,
y que partiesen mano de cualquiera acción y derecho que tu
viesen al reino de León, y le entregasen todo lo que tenían que
perteneciese a la corona real, sin pleito ni contienda, y que e!
rey don Fernando diese a 'a infantas cada año. por su vida
dellas, treinta mil maravedís de oro. Esto así concertado y
asentado, vínose el rey para Benavente, y asimismo las in-
fantas vinieron allí, y otorgóse de ambas partes lo que estaba
asentado, e hicieron sus escrituras, e firmáronlas el rey y las
infantas, y ei rey les libró los dichos treinta mil maravedís
en lugar donde los tuviesen bien parados y seguros- de aques-
ta manera poseyó el reino de León en paz y sociego. En el
capítulo veinte y nueve de la misma historia dice así.
Después de casado el rey don Fernando con doña J uaná,
andando visitando su reino vino a Toledo, y estando allí supo
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— 125 —
cómo la ciudad de Córdova y los otros lugares de la frontera
^staban en grande estrecho por falta de mantenimientos, de
lo cual mucho !e pesó, y sacó veinte y cinco mil maravedís en
oro y enviólos a Córdova, y otros tantos a los lugares y forta-
lezas &c. Estas partidas tan pequeñas se hallan en la Coró nica
de! rey don Fernando el Santo. En e! capítulo siguiente, dire-
mos las que hay escritas en las de los reyes sucesores suyos.
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CAPITULO IV
PROSIGUE LA PRUEBA DE LA POCA MONEDA QUE EN AQUELLOS
TIEMPOS HABIA. Y LA MUCHA QUE HAY EN ESTOS.
I A historiadel rey don Enrique segyndo, manuescrita,
que tenía un hermano del coronista, y doctor Ambro-
!a
sio de Morales, hablando de las rentas reales, decían que
valían cada año treinta cuentos de maravedís de renta, que
son ochenta mil ducados: y es de advertir que era rey de Cas-
tilla y de León. Otras cosas decía a propósito de las rentas,
que por ser odiosas n© las digo. En la Corónica del rey don En-
rique tercero, que está al principio de la de ^u hijo el rey don
Juan el Segundo, que fué ei año de mil y cuatrocientos y siete
se leen cosas admirables acerca de lo que vamos diciendo, del
poce dinero que entonces había en España, y del sueldo tan
corto que los soldados ganaban, y del precio tan bajo que to-
das las cosas tenían, que por ser cosas que pasaron tan cerca
del tiempo qu° se ganó e! Perú, será bien que saquemos algu
ñas dellas, como allí se leen, a lo menos las que hacen a núes
tro propósito. El título del capítulo segundo de aquella his-
toria dice, capítulo segundo: De la habla que el infante hizo
a los grandes del reino. Este infante, decimos que fué don Fer-
nando que ganó a Antequera, y después fué rey de Aragón:
la habla dice así. Prelados, condes, ricos hombres, procurado-
res, caballeros y escuderos que aquí sois ayuntados, ya sabéis
como el rey mi señor está enfermo, de tal manera, que no pue
de ser presente a estas cortes, y mandó que de su parte vos
dijese el propósito con que él era venido a esta ciudad. El cua!
es porque el rey de Granada le haber quebrantado la tregua,
que con él tenía, y no le haber querido restituir el castillo de
Ayamonte, ni le haber pagado en tiempo las parias que le
debía, é! le entendía hacer cruda guerra, y entrar en su reino
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~ 127 ~
muy poderosamente por su propria persona; y quiere haber
vuestro parecer y consejo. Principalmente quiere que veáis,
que esta guerra que su merced quiere hacer, es justa; y esto
visto, queráis entender en la forma que ha de tener, así en el
número de la gente de armas y peones que le convenía llevar,
para que e! honor y preeminencia suya se guarde, como para
las artillerías, y pertrechos y vituallas que para este son me-
nester; y para hacer el armada que conviene para guardar el
estrecho, y para haber dinero para las cosas ya dichas, y
para pagar el sueldo de seis meses a la gente que les parecerá
ser necesaria para esta entrada. Todo esto contiene el capítulo
segundo de aquella historia. En los demás que se siguen se
cuenta la competencia sobre cuál de las dos ciudades había
de hablar primero, si Burgos o Toledo, si León o Sevilla; y lo
que respondieron los procuradores a la demanda, y como ellos
no quisieron señalar el número de la gente y lo demás necesa
rio para la guerra, sino que lo señalase el rey, y así lo señaló
en el capítulo décimo, por estas palabras, sacadas a la letra:
Diez mil hombres de armas y cuatro mil ginetes, y cincuenta
mil peones balle.steros y lanceros, allende de la gente del An-
dalucía, y treinta galeras armadas, y cincuenta naos, y los
peltrechos siguientes: seis gruesas lombardas, y otros ci^n ti-
ros de pólvora, no tan grandes y dos ingenios y doce trabucos,
y picos y azadones y azadas, y doce pares de fuelles grandes
de herrero y seis mil paveses y carretas y bueyes para llevar
lo susodicho, y sueldo para seis meses para la gente. Y para
esto vos manda y ruega trabajéis como se reparta en tal ma-
nera, como se pueda pagar lo que asi montare dentro de los
seis meses, de forma que los reinos no reciban daño. Hasta
aquí es del capítulo décimo: lo que se sigue es del undécimo.
Sacamos los capítulos como están, porque en sus particulari-
dades y menudencias hay mucho que notar para lo que pre-
tendemo.<^ probar y averiguar: dice así en el capítulo once.
Visto por los procuradores lo que el rey les enviaba a mandar,
parecióles grave cosa de lo poder cumplir en tan breve tiempo.
Acordaron de hacer cuenta de lo q' todo podía montar, y de lo
enviar así al rey, para que su merced viese lo que a su servicio
y a bien de sus reinos cumplía. Y la cuenta hecha hallaron por
diez mil lanzas pagadas a diez maravedís cada día, que mon-
taba el sueldo de seis meses veinte y siete cuentos. Y cuatro
mil ginetes a diez maravedís cada día, siete cuentos y docien-
tos mil maravedís. Y 50,000 hombres de a pié, a cinco
maravedís cada día, cuarenta y cinco cuentos. El armada de
cincuenta naos y treinta galeras, que montarían quince cuen-
tos, y los peltrechos de la tierra, de lombardas, e ingenios y
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— 128 —
carretas, que podría montar seis cuentos. Así que montaría
todo esto cien cuentos y docientos mil m^aravedís. Y vista esta
cuenta, los procuradores hallaron que en ninguna manera esto
se podía cumplir, ni estos reinos bastarían a pagar número
tan grande en tan breve tiempo. Y suplioaron al señor infante
que quisiese suplicar al rey le pluguiese para esta guerra to-
mar una parte de sus alcabalas y almojarifazgo y otros dere-
chos, que montaban bien sesenta cuentos, y otra parte del
tesoro que en Segovia tenía; y sobre esto q' el reino cumpliría
lo que faltase &. Hasta aqu,í es del capítulo alegado; y por-
que va largo y fuera de nuestro propósito no lo saqué todo:
más de que en el capítulo siguiente, que es el doceno, dice:
que el rey tuvo por bien de que el reino le sirviese, y socorriese
con cuarenta y cinco cuentos de maravedís para la guerra
que determinaba hacer al rey de Granada; y lo c\ial se asentó
y pagó llanamente. En el testamento del mesmo rey don
Enrique Tercero, entre otras mandas que hace hay dos; la
una es que manda erigir siete capellanías en la santa iglesia de
Toledo, y señala diez mil y quinientos maravedís de renta
para ellas, a mil y quinientos maravedís cada capellanía.
Luego sucesive manda que en la dicha iglesia se le hagan cada
año doce aniversarios, uno cada mes, que dén por cada ani-
versario docientos maravedís; los cuales manda y quiere que
se repartan por los señores de! cabildo que se hallaren
presentes a cada aniversario. Adelante, en el capítulo ciento
y ocho dice; que estando el infante don Fernando muy nece-
sitado en el cerco de Antequera, envió a pedir socorro de di-
neros a la reina doña Catalina, su cuñada, la cual sacó del
tesoro del rey, su hijo, seis cuentos de maravedís, con los cua-
les aquel buen infante acabó de ganar la ciudad de Antequera.
Llegándonos más a nuestros tiempos, es de saber y de adver-
tir, que los reyes católicos don Fernando y doña Isabel, tenían
tasado el gasto de su mesa y plato, en doce mil ducados cada
año, con ser reyes de Castilla, de León, de Aragón, y de Nava-
rra, y de Sicilia 8¿c. Y porque este capítulo no sea tan largo
q ue canse, lo dividimos en dos partes, siguiendo todavía nues-
tra intención.
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Oi o
CAPITULO V
LO QUE COSTO A LOS REYES DE CASTILLA EL NUEVO MUNDO
l"^INIENDO a lo último de nuestra pretensión para mayor
\/ prueba della, que es averiguar la poca moneda que había
en España. antes que se ganara aquella mi tierra, diremos
el precio tan bajo y !a partida tan pequeña que costó, no sola-
mente el grande y riquísimo imperio del Perú, sino todo e!
Mundo Nuevo, hasta entonces no conocido, que lo escribe
Francisco López de Gomara, en el capítulo quince de su Gene-
ral Historia de las Indias, donde escribe cosas notables; y por-
que lo son tales, diré aquí parte dellas, sacándolas en suma
por no ser tan largo; y lo que hace mis a nuestro proposito lo
diré sacado a la letra: habiendo dicho aquel autor lo mal que
para el descubrimiento de las Indias negoció el gran Cristc bal
Colón con el rey de Inglaterra. Enrique Séptimo; y con el de
Portugal, Alfonso Quinto;y con los duques de Medina Sidonia,
don Enrique de Guzman, y el de Medina Celi, don Luis de la
Cerda; dice q' Fr. Juan Pérez de Marchena, fraile francisco de
la Rábida, cosmógrafo y humanista, le animó a q' fuese a la
corte de los reyes católicos (hasta aquí es dicho en suma, lo
que se sigue, es sacado a la letra) que holgaban de semejantes
avisos, y escribió con él, a Fray Fernando de Talavera. confe-
sor de la reina doña Isabel. Entró pues Cristóbal Colón en la
corte de Castilla el año de mil y cuatrocientos y ochenta y seis,
y dió petición de su deseo y de su negocio a los reyes católicos
don Fernando y doña Isabel, los cuales curaron poco della,
como tenían los pensamientos en echar los moros del reino de
Granada. Habló con los que decían privar y valer con los re-
yes en los negocios. Más como era extrangero y andaba po-
bremente vestido y sin otro mayor crédito, q' de el de un fraile
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— 130 —
menor, ni le creían ni aún escuchaban; de lo cual sentía él
gran tormento en la imaginación. Solamente Alonso de Quin-
tanilla, contador mayor, le daba de comer en su despensa, y
le oía de buena gana las cosas que prometía de tierras nunca
vistas, que le era un entretenimiento, para no perder esperanza
de negociar bien algún día, con los reyes católicos. Por medio,
pues de Alonso de Quintanilla.tuvo Colón, entrada y audien-
cia con el cardenal don Pedro Gonzales de Mendoza, arzo-
bispo de Toledo, que tenía grandísima cabida y autoridad
con la reina y con el rey. El cual lo llevó delante dellos, des-
pués de haberle muy bien examinado y entendido. Los reyes
oyeron a Colón por esta vía, y leyeron sus memoriales; y aun-
que al principio tuvieron por vano y falso cuanto prometía,
le dieron esperanza de ser bien despachado, en acabando la
guerra de Granada q' tenían entre manos. Con esta respuesta
comenzó Cristóbal Colón a levantar el pensamiento mucho
más que hasta entonces, y a ser estimado y graciosamente
oído de los cortesanos, que hasta allí burlaban dél. Y no se
descuidaba punto en su negocio cuando hallaba coyuntura.
Y así apretó el negocio tanto, en tomándose Granada q' le die-
ron lo q' pedía, para ir a las nuevas tierras q' decía a traer oro,
plata, piedras, especies y otras cosas ricas. Diéronle así mesmo
los reyes la docena parte de las rentas y derechos reales en
todas las tierras que descubriese y ganase sin perjuicio del rey
de Portugal como él certificaba. Los capítulos deste concierto
se hicieron en Santa Fé, y el previlegio de la Merced, en Grana-
da, en treinta de abril del año q' se ganó aquella ciudad. Ypor-
que los reyes no tenían dinero para despachar a Colón les
prestó Luis de Sant Angei.su escribano de ración, seis cuentos
de maravedís, que son en cuenta más gruesa, diez y seis mi!
ducados Dos cosas notaremos aquí; una que con tan poco
caudal se hayan acrecentado las rentas de la corona real de
Castilla, en tanto como valen las Indias. Otra, que en aca-
bándosela conquista de los moros, que había durado más de
ochocientos años, se comenzó la de las Indias, para que siem-
pre peleasen los españoles con infieles, y enemigos de la Santa
Fé de Jesucristo. Hasta aquí es de Gomara, con que acaba el
capítulo alegado. De manera que la porfía de siete u ocho años,
que gastó el buen Colón en su demanda, y los diez y seis mil
ducados prestados, han enriquecido a España y a todo el
Mundo Viejo de la manera que hoy está Y porque de las co-
sas reales para probar lo que pretendemos, bastarán las que
se han dicho, será bien nos bajemos a decir algunas de las co-
munes y particulares porque la prueba se haga entera por
la una vía y por la otra,
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CAPITULO VI
EL VALOR DE LAS COSAS COMUNES, ANTES DE GANAR EL PERU
cosas comunes, diremos
las en particular solas tres,
DEque bastarán para que sean testigos de lo que vamos pro-
bando, y no diré más, porque se escuse la proligidad que
causarían las inumerables que deste jaez pudiéramos decir.
El primer testigo sea que una dehesa que hoy es mayorazgo
de los buenos de Estremadura, en la ciudad de Truiillo, que
vale cada año mis de ocho mil ducados de renta, la compra-
ron los antecesores de los que hoy la poséen en decientes mil
maravedís de principal, y esto fué poco antes que se ganara
el Perú. El segundo testigo sea, que en esta ciudad de Córdo-
va, un hombre noble que falleció en ella pocos años antes que
se descubrieran las Indias, en su testamento, entre otras co-
sas, manda q' se haga cierta fiesta a Ntra. Sra, y q' la misa sea
cantada y q' predique a ella un religioso de la Orden del di-
vino San Francisco, y que se le dé de limosna para que coma
aquel día el convento, treinta maravedís. La renta de las
posesiones que para esta obra pía y para otras que dejó man-
dadas, valía entonces cuatrocientos y cincuenta maravedís.
Los cofrades de aquella fiesta, que son los escribanos reales,
viendo lo mucho que la renta ha crecido, dan de limosna al
convento (de más de cincuenta años a esta parte) cantidad
de veinte a treinta ducados, subiendo unos años al número
mayor, y otros bajando al número menor; y ha habido año
de dar cuarenta escudos en oro, que son diez y seis mil mara-
vedís, en lugar de los treinta maravedís que el testador mandó;
porque ha crecido tanto la renta, que este año de mil y seis-
cientos y tres, rentan las posesiones en dineros y en dádivas,
más de novecientos ducados. El testigo tercero sea que en la
ciudad de Badajoz, naturaleza de mi padre, hay cuatro mayo-
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razgos, entre otros muchos que allí hay, los cuales fundó des-
pués de viuda una muger noble, en cuatro hijos, la cual fué
señora de una villa cercada con siete leguas de término, y de
muchas dehesas muy buenas. La villa le quitó e! rey don En-
rique Tercero, por buen gobierno, a título de qu?. por ser
muger, y haber guerras entonces entre Portugal y Castilla, y
estar la villa cerca de la raya, no podía defenderla dióle en
juro perpetuo cuarenta y cinco mil maravedís de renta, que
en aquel tiempo rentaba la villa. Habrá sesenta años que se
vendió en ciento y veinte mil ducados, y hoy vale más de tre-
cientos mil. Dirá el que ahora la posée con título de señor, lo
que vale de renta, que yo no lo sé. Aquella señora dejó este
juro al hijo mayor por mejorarle, y a los otros tres dejó a cua-
tro y a cinco mil maravedís de renta en dehesas: hoy les vale
a sus dueños, ducados por maravedís, y antes más que menos;
y al que fué mejorado por ser su mayorazgo en juro, no le ha
crecido una blanca, que si fuera en posesiones fuera lo mismo.
De la propia manera ha crecido el valor y precio de todas las
demás cosas que se gastan en la república, así de bastimento
como dp vestido y calzado, que todo ha subido de precio de
la manera que se ha dicho: y todavía sube que el año de
mil quinientos sesenta que entré en España, me costaron lor-
dos primeros pares de zapatos de cordobán que en Sevilla
rompía real y medio cada par, y hoy que es año de mil seis
cientos trece, valen en Córdova los de aquel jaez, que eran de
una suela, cinco reales, con ser Córdova ciudad mis barat?
que Sevilla. Y subiendo de lo más bajo que es el calzado, a lo
más alto de las cosas que se contratan, que son los censos, di-
go que aquel año de mil quinientos sesenta se daban los dine-
ros a censo a diez mil maravedís, por mil de renta: y aunque
cuatro años después por buena gobernación, los mandaron
subir a catorce mil el millar, este año no los quiere tomar nadie
(si son en cantidad, y han de ser bien impuestos) menos de a
veinte mil el millar; y muchos hombres, señores de vasallos,
viendo la barata, han tomado y toman censos a veinte mil el
millar para redimir los que tenían de a catorce mil. Demás de
lo que se ha dicho es cosa cierta y notoria, que dentro de pocos
días que la armada del Perú entra en Sevilla, suena su voz
hasta las últimas provincias del Viejo Orbe; porque como el
trato y contrato do los hombres se comunique, y pase de una
provincia a otra, y de un reino a otro, y todo esté colgado de
la esperanza del dinero, y aquel imperio sea un mar de oro y
plata, llegan sus crecientes a bañar y llenar de contento y ri-
quezas a todas las naciones del mundo, mercedes que nuestro
Triunvirato les ha hecho,
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CAPITULO VII
DOS OPINIONES DE LA RIQUEZA DEL PERU, Y EL PRINCIPIO DE
SU CONQUISTA.
que hemos dicho lo que en tiempos pasados valía la
VAen
renta de España, fuera de mucho contento decir lo que
los presentes vale, para dar entera razón de todo,
pero aunque lo hemos procurado y nos han dado noticia de
muy grande parte della, no me ha sido posible haberla por
entero, porque no tengo trato ni comunicación con los oficia-
les de la hacienda real: ni me es lícito entrar a saber los secre-
tos della, ni creo que los mismos ministros pudiesen decirlo
aunque quisiesen; porque es una masa tan grande, que aún a
ellos que la amasan y comen della, creo les será dificultoso el
comprenderla, cuanto más a quien no sabe de qué color es la
harina. Solo podré afirmar porque es público y notorio, que
por el año que recibió la armada que enviaron a Inglaterra,
año de mil y quinientos ochenta y nueve, sirvió el reino de
Castilla, al rey don Felipe Segundo con ocho millones, que son
ochenta veces cien mil ducados, pagados en seis años; demás
de todas las rentas reales que cada año se pagaban. Después
se dió orden que se pagasen en tres años, y así se hizo. Tam-
bién es público y notorio que poco después que heredó el rey
don Felipe Tercero, le ofreció el reino otro servicio de diez y
ocho millones, que son ciento y ochenta veces, cien mil duca-
dos, pagados en seis años, los cuales se van pagando en estos,
que corren ahora, sin todas las demás rentas reales que antes
se pagaban. Por estas partidas y por lo que se ha dicho que
han crecido las rentas particulares, se podrá imaginar lo que
habrán subido las rentas reales, y tanto más cuanto que las
reales tienen más cosas en qué crecer, que las particulares
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144-==
que son tantas, que también llegan a ser dificultosas de con-
tar. Por lo cual podremos concluir con decir que es de pobres
poder contar su caudal; y s: este dicho cabe en un rico parti-
cular, que hará en un monarca, en cuyo imperio (según los
cosmógrafos) nunca se pone el sol. Todas son grandezas y
beneficios de nuestro Triunvirato.
Aunque verdad lo que atrás dije, que no tengo trato
es
ni comunicación con los ministros de la hacienda de su mages-
tad, todavía tengo amistad con algunas personas de su corte,
entre las cuales, por más inteligente elegí un hidalgo, que se
dice Juan de Morales, natural de Madrid, escribano de su ma-
gestad,y portero de su real cá mará, en el supremo consejo de
las Indias; a quien encomendé con mucho encarecimiento
procurase saber lo que valían las rentas reales para ponerlo
en esta historia en prueba de lo que vamos diciendo. Y por-
que él se detuvo muchos días en responderme, pasé adelante
en este mi ejercicio, y escrebí lo que atrás dije de las rentas
reales, cuán dificultoso me parecía saber la precisa cantidad
dellas. Al cabo de tres meses, que Juan de Morales gastó en
hacer las diligencias, me respondió lo que se sigue, sacado a
la letra de su carta: mandó vuesa merced, que para cierta oca-
sión deseaba saber lo que las rentas de su magestad.de todos
sus estados les valen. Es negocio que jamás se ha podido ajus-
tar, ni aún a poco ni a mucho más o menos; y para sabello
el rey, que lo ha deseado mucho, en ciertas ordenanzas que ha
poco que se hicieron, para el consejo de Hacienda y sus conta-
durías, se mandó por ellas se hiciese libro particular para ello;
y aún no se ha empezado, ni se entiende que se empezará,
cuanto más acabarle: porque todo tiene tan grandes altos y
bajos, que no hay tomarle tiento. Y como corre con tan dife
rentes caminos parece cosa imposible juntarlo. Pues decirlo a
bulto no se puede, sino es haciendo un muy gran borrón.
Hasta quí es de Juan de Morales, con lo cual recibí muy gran
contento, por ser tan conforme con lo que yo de mi parecer
y de otros había escrito: y por serlo tanto, aunque había pa-
sado adelante, volví atrás'y lo puse aquí por autorizar mi tra-
bajo: que cierto hago todas las diligencias que puedo por
escrebir con fundamento y verdad. Para mayor prueba de que
es dificultosísimo decir las sumas de lo q' valen las rentas del
rey de España emperador del Nuevo Mundo, se me ofrece la
autoridad de Juan Botero Benes, grande y universal relator
de las cosas del Mundo. El cual habiendo dicho en sus rela-
ciones lo que vale la renta del rey de la China, y las rentas que
Galicia, Asturias y Portugal daban al imperio Romano; y lo
que vale la renta del rey de Navarra, la del rey de Francia
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la del emperador, rey de Polonia, la del rey de Inglate-
la del
rra, la del duque de Lorena, la del rey de Escocia, la de Suecia
y Gothia, la de la casa de Austria, la del rey de Narsinga, la
de Tarife, y la del Gran Turco, no dice lo que valen las rentas
de nuestro rey de España. Debió ser que el autor o su traduc-
tor, no tuvo ánimo ni se atrevió a poder juntar la muchedum-
bre dellas, ni a sumar tan gran número como yo imagino, q'
será el tributo que tantos y tan grandes reinos, y entre ellos
el Perú, le pagan.
Para confirmación desta grandeza y de lo que el Perú
ha enriquecido a todo el mundo, se me ofrece un dicho, que
el reverendisi mo don Paulo de Laguna, que fué presidente del
consejo de la Hacienda Real de su magestad,y después fué
presidente del Consejo de Indias, y monarca de aquel Nuevo
Mundo, y fué electo obispo de Córdoba el año de mil y seis-
cientos tres, hablando un día de los deste año de mil y seiscien-
tos cuatro de las riquezas del Perú, delante de su provisor y
de su confesor, y de uno de sus capellanes, llamado el licen-
ciado Juan de Morales, y de su secretario, el licenciado Pedro
Cuadrado, natural de Toledo, dijo: de solo un cerro de los del
Perú han traído a España hasta el año de mil seiscientos dos,
docientos millones de pesos de plata registrados; y se tiene
por cierto que los que han venido por registrar, son más de
otros cien millones;y en solo una armada de las de mi tiempo,
trujeron del Perú veinte y cinco millones de pesos de plata y
de oro. Los circunstantes le respondieron, si V. S. no las dije-
ra, no se podían creer cosas tan grandes. El obispo replicó:
pues yo las digo, porque son verdades y las sé bien; y más os
digo, que todos los reyes de España dende el rey don Pelayo
acá, todos ellos juntos no han tenido tanta moneda, como
solo el rey don Felipe Segundo. Bastará el dicho de un tan in-
signe varón para última prueba de lo que hemos propuesto.
Los que miran con otros ojos, que los comunes, las rique-
zas del Perú que ha enviado al Mundo Viejo y derramándolas
por todo él, dicen que antes lo han dañado que aprovechado,
porque dicen que las riquezas comunmente, antes son causas
de vicios que de virtudes; porque a sus poseedores los inclinan
a la soberbia, a la ambición, a la gula y lujuria, y que los hom-
bres criándose con tantos regalos como hoy tienen, salen afe-
minados, inútiles para el gobierno de la paz, y mucho más
para el de la guerra; y que como tales emplean todo su cuida-
do en inventar comidas y bebidas, galas y arreos; y que de
inventarlos cada día, tantos y tan estraños, ya no saben qué
inventar: e inventan torpezas en lugar de galas; que más son
hábitos de mugeres que de hombres, como hoy se ven; y que
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si han crecido las rentas de los ricos para que ellos vivan en
abundancias y regalos, también han crecido las miserias de
los pobres para que ellos mueran de hambre y desnudez, por
la carestía que el mucho dinero ha causado en los manteni-
mientos y vestidos: que aunque sea pobremente, ya los po-
bres el día de hoy no se pueden vestir, ni comer, por la mucha
carestía, y que esta es la causa de haber tantos pobres en la
república, que mejor lo pasaban cuando no había tanta mo-
neda: que aunque entonces por la falta della, eran las limosnas
más cortas que las de ahora, les eran más piovechosas, por la
mucha barata que había en todo De manera que concluyen
con decir que las riquezas del Nuevo Mundo, si bien se miran,
no ban aumentado las cosas necesarias para la vida huma-
na (que son, el comer y el vestir, y por ende provechosas) sino
encarecí dola's y amugerado los hombres en la fuerza del en-
tendimiento, y en las del cuerpo, y en sus trages y hábito y
costumbres; y que con lo que antes tenían vivían más conten-
tos y eran temidos de todo e! mundo.
Destas dos opiniones podrá cada uno seguir la que mejor
le pareciere, que yo como parte, no me atreveré a condenar
esta última, porque es en mi favor, ni a favorecer aquella pri-
mera, aunque sea en honra y grandeza de mi patria: y con
esta perplegidad me sea lícito volverme donde dejamos el hilo
de nuestra historia, para que con el favor divino demos cuenta
de los principios, medios y fines de aquel famoso Triunvirato.
Decimos que aquellos tres grandes varones, habiendo
concertado su compañía, y señalado entre sí los cargos que
cada uno había de tener lo primero que para su jornada hi-
cieron, fué fabricar con mucho trabajo y costa, dos naos. En
la una salió de Panamá, Francisco Pizarro, año de mil y qui-
nientos y veinte y cinco, con ciento y catorce hombres, con
licencia del gobernador Pedro Arias de Avila, y a cien leguas
q' navegaron, saltaron en una tierra de montañas bravísimas,
increíbles a quien no las ha visto, y la región tan lloviosa, que
casi nunca escampa: los naturales no se mostraron menos bra-
vos, salieron en gran número y pelearon con ios españoles y
mataron algunos dellos. y a Francisco Pizarro en cuatro re-
friegas, le dieron siete heridas de flecha, que por ir bien arma-
do no fueron mortales: dejaron la tierra mal que les pesó, y
no menos les pesó de haber tomado la empresa. Diego de Al-
magro salió de Panamá poco después, y fué en rastro dellos, y
llegó a la misma tierra, donde los indios ya cebados en espa-
ñoles, salieron a ellos, y peleando quebraron un ojo a Diego
de Almagro, y hirieron a otros muchos, y mataron algunos, y
les forzaron a que les dejasen la tierra. Estas ganancias saca
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ron de la primera tierra, que los españoles vieron en aquella
conquista. Los historiadores españoles no dicen qué tierra
era aquella. Almagro fué en busca de Pizarro, y habiéndolo
hallado en Chinchama. acordaron ir ambos a la conquista: no
¡es fué mejor en la otra tierra q' tomaron, no menos montuosa
y lloviosa que la pasada, ni de gente menos belicosa, la cual
salió en gran número y con las armas les forzaron a que se
embarcasen, y se fuesen de su tierra: y les dijeron palabras
de mucha infamia, como largamente las escribe Francisco Ló-
pez de Gomara, capítulo ciento y ocho, con otras cosas que
sucedieron en esta jornada, donde remito al lector si las qui-
siere ver a la larga.
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CAPITULO VIII
ALMAGRO VUELVE DOS VECES A PANAMA POR SOCORRO.
DIEGO de Almagro volvió por más gente a Panamá, y
llevó ochenta hombres: más con todos los que tenían no
se atrevieron los dos capitanes a conquistar tierra alguna,
porque hallaron mucha resistencia en los naturales. Andando
en su naval peregrinación, llegaron a una tierra, que llaman
Catamez, tierra limpia de montañas y de mucha comida, don-
de se rehicieron de bastimento, y cobraron grandes esperan
zas de mucha riqueza, porque vieron aquellos indios con clavos
de oro en la caras, que se las agujereaban para ponerlos, y
sin los clavos traían turquesas y esmeraldas finas; con que
los españoles se tuvieron por dichosos y bien andantes, imagi-
nando ser riquísimos, más en breve tiempo perdieron las ri-
quezas y las esperanzas dellas. porque vieron salir de la tierra
adentro tanto número de gente y tan bien apercibida de ar-
mas, y gana de pelear, que los españoles no osaron trabar
pelea con ellos, ni se tuvieron por seguros de estar allí, con
ser mas de docientos y cincuenta hombres: fuéronse de común
consenti miento a una isla q' llaman del Gallo. (26) Así anduvie-
ron muchos días, ya confiados ya desconfiados de su empresa,
según que las ocasiones se ofrecían prósperas o adversas, muy
arrepentidos de haberlas buscado. Solamente los caudillos
estaban firmes en seguir su demanda y morir en ella. Con esta
determinación, acordaron que Francisco Pizarro se quedase
en aquella isla y Diego de Almagro volviese a Panamá por
(1*6) La isla dt;l (inllofonnti parte del .MtliipiOlayu di' las l'crius cu el Pa-
cifico. Se halla írontf a las co.stas 0( ridentaics a! I" y óC dv latitud .\us-
tral. Cerca d'' ella se tialla la isla de la (iuri,'ona ii'-iebiv también en l'>s ana-
les de la Conquista. Ki CüSuiót,'rafo de Indias Li'pt'z \"elasco la describe di-
ciendo: «Es isla pequeña de una legua de contürnu. con unas barracas ber-
mejas a la parte üe Tlerra-flrnae. No hay agua ii ella y descubrióla el piloto
t
Bartolomé Ruiz.
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— 139 —
más gente. Muchos de los suyos desfallecidos de ánimo, qui-
sieron volverse con él, mis Almagro no quiso llevar ninguno
ni aún cartas dallos, porque no contasen los trabajos que ha-
bían pasado y disfamasen su empresa, de cuyas riquezas sin
haberlas visto, había dicho cosas increíbles; más su porfía
las descubrió mayores y más increíbles que las había dicho.
Por mucho que los capitanes procuraron que sus solda-
dos no escribieran a Panamá, no pudieron estorbarles la pre-
tensión, porque la necesidad aviva los ingenios. Un fulano de
Saravia, natural de Trujillo, negó a su capitán Francisco Pi-
zarro, siendo obligado a «seguirle, más que otro por ser de su
patria: envió a Panamá en un ovillo de hilo de algodón (en
achaque de que le hiciesen unas medias de aguja) una petición
a un amigo firmada de muchos compañeros, en que daban
cuenta de las muertes y trabajos pasados y de la opresión y
cautiverio presente: y que no les dejaban en su libertad para
volverse a Panamá Al pié de la petición en cuatro versos, su-
maron los trabajos, diciendo:
Pues señor gobernador
mírelo hién por entero,
que allá va el recogedor
y acá queda el carnicero.
Estos versos oí muchas veces en mi niñez a los españoles
que contaban estos suceso.s de las conquistas del Nuevo Mun-
do, y los traían de ordinario, en la boca como refrán senten-
cioso, que había sido de tanto daño a los caudillos. Porque
del todo ¡es deshicieron la empresa, perdidas sus haciendas,
y el fruto de tantos trabajos pasados. Después cuando los
topé en España ^^n la Corónica de Francisco López de Gomara,
holgué mucho de verlos, por la recordación de mis tiempos
pasados. (27)
{il] El autor de la copla, que fué entonces tan repetida, como lo dice
Gaivilaso, se llamaba Juan de .Saiabia natural de Trujillo. Ciezn de León la
,
da en su Crónico del Perú, pero con el primer verso distinto, dice asi:
¡Al) Señor Gobernador
.Mirelu bien por entero, &.
y Pedro Pizarro que ' ambló los dos primeros versos. la trae en esta forma:
Muy magnifico Señor
Sabedlo bien por entero, dr.
Ob. rit. CüL. Urteag.x-Romeho t. p. 7.
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CAPITULO IX
DESAMPARAN A P'ZARRO LOS SUYOS; QUEDAN SOLOS TRECE
CON EL
UANDO Almagro volvió a Panamá había más de un año
que andava en las peregrinaciones dichas: halló nuevo
gobernador, que fué Pedro de loí Ríos, caballero natural
de Córdova. El cual vista !a petición de los soldados, envió un
juez Fulano Tafur, a la isla de Gallo, para que pusiese en li-
bertad a todos los que quisiesen volverse a Panamá Oyendo
esta provisión, se despidieron de Almagro los que habían ofre-
cido ir con él, diciendo. que pues los otros se habían de volver
no había para qué ellos fuesen allá; de lo cual Diego de Alma-
gro quedó muy lastimado, porque vió destruidas sus esperan-
zas: lo mismo sintió Francisco Pizarro, cuando vió que todos
los suyos, sin respetar la buena compañía y hermandad que
les había hecho, estaban perplejos y más inclinados a volver-
se, que no a pasar adelante. Por sacarlos de confusiones y
también por ver los que se declararan por amigos suyos. echó
mano a la espada, e hizo con la punta della una larga raya en
el suelo hácia la parte de! Perú donde le encaminaban sus
deseos, y volviendo el rostro a los suyos les dijo: señores, esta
raya significa el trabajo, hambre sed y cansancio, heridas y
enfermedades, y todos 10."= demás pe'igros y afanes que en esta
conquista se han de pasar hasta acabar la vida: los que tu-
vierenánimo de pasar por ellos, y vencerlos en tan heroica
demanda, pasen la raya en señal y muestra del valor de sus
ánimos, y en testimonio y certificación de que me serán fieles
compañeros, y los que se sintieren indignos de tan grande
hazaña, vuélvanse a Panamá, que yo no quiero hacer fuerza
a nadie que con los que me quedaren, aunque sean pocos, es-
pero en Dios, que para mayor honra y gloria suya, y perpetua
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- 141 —
fama de los que me siguieron nos ayudará su eterna magestad,
de manera que no nos hagan falta los que se fueren. Los espa-
ñoles oyendo esto, se fueron a embarcar a toda priesa, antes
que se ofreciese alguna novedad que les estorbase la vuelta
a Panamí: y así desamparando a su capitán, se volvieron con
e! juez; porq' como en gente vil y baja, pudo mis el temor de
los trabajos, que la esperanza de la honra y fama. Sólo trece
compañeros quedaron con él. que no bastó el mal ejemplo y
la persuación de los demás a q' desamparasen su capitán, an-
tes cobrando la íé y ánimo que todos ellos perdieron, pasaron
la raya, y de nuevo prote.:taron morir con 41. Francisco Piza-
rro les dio las graciasque tal generosidad merecía, prometién-
•ioles io mejcr que ganasen. Pasáronse en tina barca a otra
isla que llaman a Gcrgona, donde padecieron grandísi ma ham-
!
bre- mantuvirronse muchos días y mese."; solamente con el
marisco que podían haber. Forzados de la hambre llegaron
a comer grandes culebras y otras malas sabandijas, que las
hay muchas en aquella isla, donde llueve perpetuamente con
increíble multitud de truenos y rayos. Así estuvieron pade-
ciendo lo que no se puede decir. De estos trece heroicos varo-
nes no hace mención Gomara mas que de dos, debió de ser la
causa que no le dieron relación de los otros once; o q' fue ¡a
poca curiosidad v común d^=;ruidc que los historiadores espa-
ñoles tienen de nombrar y loar los varones famosos de su na-
ción, debiendo nombrarlos por sus nombres, parentela y pa-
tria, pues escriben hazañas tan grandes como las q' los espa
ñoles han hecho en los descubrí mientos y conquistas de! Nue-
vo Mundo para que del'os quedaran perpetua memoria y
fama, y su patria y parentela se gozara y honrara de haber
engendrado y criado tales hijos y aún uno de los dos que Go-
mara nombra, que es Pedro de Candía, no fué español sino
griego, natural de Candía,: el otro se llamó Bartolomé Ruiz
de Moguer, natural de aquella villa., que fuá el piloto que
siempre los guió en aquella navegación. El contador general
Agustín de Zárate fué más curioso, que sin los dos nombrados,
nombra otros siete, diciendo así; Nicolás de Ribera de Olvera,
J uan de la Torre, Alonso Briceño, natural de Benavente,
Cristóbal de Peralta, natural de Baeza, Alonso de Trujillo,
natural de Trujillo, Francisco de Cueilar, natural de Cuellar,
Alonso de Molina, natura! de Ubeda. Declarando yo lo que
este caballero en "^ste paso escribe, digo que sin Nicolás de
Ribera hubo otro compañero del mismo apellido Ribera, cuyo
nombre se ha ido de la memoria, que no me acuerdo bien si
se llamaba Gerónimo de Ribera, o Alonso de Ribera; acuér-
deme que por diferenciarles llamaban al uno Ribera el mozo, y
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— 142 ~
alotro Ribera el viejo, no porque fuese más viejo que el otro,
que antes era más mozo en edad, sino porque era más antiguo
en la compañía de Francisco Pizarro, porque fué de los pri-
meros que con él salieron de Panamá, y el otro fué de los se-
gundos o terceros que salieron con Diego de Almagro. Estas
menudencias oí en mi tierra a los que hablaban de aquellos
tiempos, que eran testigos de vista. Ambos Riberas tuvie-
ron repartimientos de indios en la ciudad de los Reyes, donde
dejaron hijo y. hijas de toda bondad y virtud. El que Agustín
de Zárate llama Alonso de Trujillo, se decía Diego de Trujillo
natural de Trujillo: yoloconocí, tenía indios de repartimiento
en el Cosco. El año de mil y quinientos y sesenta, cuando sali
de aquella ciudad, era vivo. También era de los trece Francis-
co Rodríguez de Villa-Fuerte, vecino del Cosco, que fué el
primero que pasó la raya: asimismo vivía el año sobredicho,
y yo le conocí: solo dos faltan para henchir el número trece,
que no se sabe quienes fueron. Hemos hecho este suplemento
a lo que Agustín de Zárate escribe por declarar m^s su histo-
ria, para que los hijos y descendientes de tan ilustres varones
se precien de tales padres. Lo mismo haré en otros pasos que
Jos historiadores españoles dejaron no tan declarados como
los hechos pasaron, para que los que leyeren los vean escritos
por entero.
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CAPITULO X
FRANCISCO PIZARRO PASA ADELANTE EN SU CONQUISTA.
RANCISCO Pizarro y sus trece compañeros estuvieron en
la isla Gorgona muchos meses, padeciendo grandes traba-
jos, sin casa ni tienda, en tierra donde perpetuamente
llueve, y que el mayor regalo que tenían y la mayor vianda
que comían eran culebras grandes: parece que vivían de mi-
lagro, y que podemos decir que Dios los sustentaba, para
mostrar por ellos sus grandes maravillas, y que permtió que
los demás compañeros se volviesen, porque el mundo viese
que aquella obra tan grande era obra divina, y no humana,
porque trece hombres solos, humanamente no podían tener
ánimo para emprender la conquista del Perú, que aún imagi-
narlo era temeridad y locura cuanto más ponerlo por obra!
Pero la divina misericordia, apiadándose de la miseria de aque-
lla gentilidad dió a estos españoles particular ánimo y valor
para aquella empresa; por mostrar su potencia en fuerzas tan
flacas como los cabellos de Sansón, para hacer merced de su
evangelio a ¡os que tanto !o habían menester.
Al cabo de muchos meses (porque no pudo despacharse
antes) arribr !a nao que Diego de Almagro les envió con algún
bastimento, pero sin gente; socorro más para desmayar que
volviesen atrís, que no para animarles a que pasaran adelan-
te. Más Dios, que obra sus maravillas, ordenó que cobrasen
todos tanto esfuerzo, como si todo el mundo fuera en favor
dellos; porque viendo la nao se determinaron a seguir su via-
ge. a ver qup tierras, qué gente, qué mundo había debajo de
la equinocial, región hasta entonces apenas vista por los espa-
ñoles. Así se embarcaron, y con grandísimo trabajo salieron
de aquel seno que es malísimo de navegar; hacían oficio de
marineros, y oficio de soldados, según se ofrecía la necesidad
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- 144 —
Navegaban dando bordos a la mar y a la tierra, con mucho
impedimento, que el viento sur y las corrientes de la mar ha
cían, las cuales en aquella costa por la mayor parte, corren del
Sur al NortCrCierto es cosa de admiración verlas: holgara sa-
berlas pintar como son para los que no las han visto: parecen
ríos furiosísimos que corren por tierra, con tantos remolinos a
una mano y a otra, y con tanto ruido de las olas, y tanta es-
puma causada del recio movimiento del agua, que pone es
panto y temor a los navegantes, porque es peligroso caer en
ellas, que se hunden los navios servidos de los remolinos. Mu-
chas corrientes traen el agua turbia con horrura y vascosidad,
que parece creciente de rio; otras la traen clara como ella es;
unas corrientes son muy anchas que toman mucha mar, y
otras angostas; pero lo que más me admiraba dellas era ver
tanta diferencia del agua q' corría a la que no corría, como si
no fuera toda una. De la que corre hemos dicho la ferocidad
y braveza con que corre: la otra se está queda y mansa a un
lado y a otro de la corriente, como si hubiera algún muro en-
tre la una y la otra. De dónde empiece la corriente, ni a dónde
llegue, ni cuál sea la causa de su movi miento, yo no lo alcan-
zo. Baste decir q' con las dificultades que las corrientes y un
mar tan no conocido, y )a ferocidad de los enemigos les cau-
saban, navegaron muchos días y aún meses, aquellos trece
compañeros, nunca jam.ás bastantemente loados Padecieron
mucha hambre, que por ser tan pocos no osaban saltar en
tierra de temor de los indios cuando podían haber algún bas-
timento, más era mendigado o hurtado, que ganado por fuerza
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CAPITULO XI
FRANCiSCO PIZARRO Y SUS TRECE COMPAÑEROS LLEGAN AL
PERU.
L fin llegaron al gran valle de Tumpis al cabo de dos
años, qv.i^ habían salido de la Gorgona, quf^ bastaba el
largo ti.^mpo de la navegación, sin saber dónde iban, por
?er trabajo insoportable, cuaní'o más los trabajos que en
'='!la pasarían que se remiten a la consideración de los que
fueren leyendo f^ste descubrimfento porque 'os historiadores
no lo cuentan: antes pasan por este paso mí3 brevemente que
por otro «Igunc, habiéndolo de contar paso por p^so. En Tum-
pis obró el Señor una de sus maravillas en favor de ^u fé cató-
lica y de aqurüos naturales, para q los recibiesen, y fué q' ha-
biendo surgido el navio cerca de! pueblo, les nació a los españoles
deseo de saber de qué tierra era aquella, porque la vieron
más poblada y con edificios más suntuosos que los que hasta
allí liabian visto. Pero no sabían cómo poderlo saber, porque
ni osaban enviar uno dellos, porque los. indios no io matasen
ni se atrevían a ir todos juntos, porque corrían el mismo peli-
gro. En esta confusión salió Pedro de Candía con ánimo va-
ronil y con fé y contianza de cristiano, y dijo: yo determino
ir solo a ver lo que hay en este valle: si me mataren, poco o
nada habréis perdido en perder un compañero solo; y salie-
.-^i
re con nuestro deseo, habrá sido mayor nuestra victoria. Di-
ciendo esto se puso sobre el vestido una cota de malla q' le lle-
gaba a las rodillas, y una celada de hierro de las muy bravas y
galanas que llevaban y una rodela de acero, y su espada en
la cinta, y en la mano derecha una cruz de palo, de más de una
vara de medir en alto, en la cual fiaba más que en sus armas,
por ser insignia de nuestra redención. Era Pedro de Candía
muy alto de cuerpo según decían: no lo conocí: más un hijo
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— 146 —
suyo, que fué mi condiscípulo en el beaba, mostraba bien la
corpulencia de su padre, que con ser de once o doce años, te-
nía dos tanto cuerpo que su edad requería. Así salió de entre
sus compañeros, rogándoles que le encomendasen a Dios. Fué
al pueblo paso ante paso, mostrando un semblante grave y
señoril, como si fuera señor de toda aquella provincia. Los in-
dios, que con la nueva de! navio estaban alborotados se al-
teraron mucho más viendo un hombre tan grande cubierto
de hierro de pies a cabeza, con barbas en la cara cosa nunca
por ellos vista, ni aún imaginada. Los que le toparon por los
cam.pos se volvieron tocando arma. Cuando Pedro de Candía
llegó al pueblo, halló la fortaleza y la plaza llena de gente aper-
cibida con sus armas. Todos se admiraron de ver una cosa tan
estrafía: no sabían qué le decir, ni osaron le hacer mal, porque
les parecía cosa divina. Para hacer esperiencia de quién era,
acordaron los principales, y el curaca con ellos, echarle el león
y el tigre, que Huaina Capac les mandó guardar (como en su
vida dijimos) para que lo despedazaran, y así !o pusieron
por obra. Pedro de Cieza, capítulo cincuenta y cuatro, hablan-
do de las conquistas y hazaña.*; q' Huaina Capac hizo en esta
gran provincia de Tumpis, toca brevemente esta historia:
parecióme sacar sus palabras a la letra porque demos autor
español, de lo que vamos diciendo, los cuales también servirán
para que se vean las grandezas que entonces tenía aquel her-
moso valle de Tumpis: dice pues aquel autor: por estar los
moradores de la isla de la Puna diferentes con los naturales
de Tumbes, les fué fácil hacer la fortaleza a los capitanes del
Inga, que a nu haber estas guerrillas y debates locos, pudiera
ser que se vieran en trabajo De manera que puesta en térmi-
no de acabar, llegó Huaina Capac, el cual mandó edificar el
templo del sol, junto a la fortaleza de Tumbes y colocar en él
número de más de docientas vírgenes, las más hermosas q' se
hallaron en la comarca, hijas de los principales de los pueblos.
Y en esta fortaleza (que en tiempo q' no e.":taba arruinada, q'
fué, a lo que dicen, harto de ver) tenía Huaina Capac su capi-
tán o delegado, con cantidad de Mitimaes, y muchos depósitos
llenos de cosas preciadas, con copid de mantenimientos para
sustentación de los que en ella residían, y para la gente de
guerra que por allí pasase; y aún cuentan que le trujaron un
león y un tigre muy fiero, y que mandó los tuviesen muy guar-
dados; las cuales bestias deben de ser las que echaron para
que despedazasen al capitán Pedro de Candía, al tiempo que
el gobernador Francisco Pizarro. con sus trece compañeros
(que fueron descubridores del Perú, como se tratará en la ter-
cera parte de nuestra Historia) llegaron a esta tierra; y en esta
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- 147 -
fortaleza de Tumbes había gran número de plateros que ha-
cían cántaros de oro y plata, con otras muchas maneras de
joyas, así para el servicio y ornamento del templo, que ellos
tenían por sacrosanto, como para servicio del mismo Inga, y
para chapar las planchas deste meta!, por las paredes de los
templos y palacios. Y las mugeres que estaban dedicadas
para el servicio del templo, no entendían más que en hilar y
tejer ropa finísima de lana, lo cual hacíancon mucho primor; y
porque estas materias se escriben larga y copiosamente en la
segunda parte, que es de lo que pude entender del reino de
los Ingas, que hubo en el Perú, desde Mangocapa, que fué el
primero, hasta Huáscar, que derechamente siendo señor, fué
el último. No trataré aquí en este capítulo más de lo que con
viene para su claridad, &c.
Hasta aquí es de Pedro de Cieza de León, donde escribe
las grandes riquezas de Tumpis, y asoma las fieras que cha-
ron a Pedro de Candía, y no lo cuenta a la larga, por escribirlo
en su lugar como él dice, que es la tercera parte de sus obras,
las cuales no han salido a luz.
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CAPITULO XII
MARAVILLA QUE DIOS OBRO EN lUMPlS.
OLVIENDO a nuestro cuento, deci mos q' aquellos íieros
ani males, viendo a! cristiano y la señal de !a cruz, que es
lo más cierto, se fueron a él, perdida la fiereza natura! q'
tenían y como si fueran dos perros, que él hubiera creado le
halagaron y se echaron a sus piés. Pedro de Candía, conside-
rando lamaravilla de Dios nuestro Señor, y cobrando más
ánimo con ella, se bajó a traer la mano por la cabeza y lomos
de los animales, y les puso la cruz encima, dando a entender
a aquellos gentiles que la virtud de aquella insignia amansaba
y quitaba la ferocidad de las fieras; con lo cual acabaron de
creer los indios que era hijo del sol, ven-'do de! cielo.
Con esta creencia se fueron a é! y de común consenti-
miento le adoraron todos por hijo de su dios el sol, y le lleva-
ron a su templo, que estaba aforrado todo con tablones de
oro, paraqueviesecómohoniabanasu padreenaque'latierra.
Habiéndole mostrado todo el templo y la vajilla y oíros
ornamentos y riquezas que había para el servicio d°' !e lle-
varon a ver la casa rea! de sus hermanos los Inc£s, que tam-
bién los tenían por hijos del sol. Paseáronle por toda ella para
que viese las salas, cuadras, cámaras y rece, maras, y los tapi-
ces de oro y plata que tenían. Mostráronle la vajilla que habia
para el servicio del Inca, que hasta las ollas y cántaros, tina-
jas y tinajones de la cocina, eran de oro y plata
Entraron en donde vió Pedro d*" Candia r'-r-
los jardines,
boles. y otras plantas menores, y yerbas animales y otras sa-
bandijas que de los huertos y jardines reales hemos dicho que
tenían, contrahecho.^-, a! natura! de oro y plata, de todo lo cual
quedó el cristiano más admirado, que los indios quedaron de
haberle visto tan estraño y maravilloso para ellos.
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CAPITULO xni
PEDRO DE CANDIA DA CUENlA DE LO QUE VIO, Y VUELVEN SE
TODOS A PANAMA.
ON e! contento oue se puede imaginar volvió Pedro de
Candía a los, suyos, con pasos más largos y apresurados,
que los que llevó hícia el pueblo; y leí cont-': muy esten-
samente todo lo que por ?! había pasado, y la riqueza nunca
oída que hab'a visto, de que los compañeros quedaro,n admi-
rados, y aún duros de creerla; dií^ronse por satisfechos de los
trabajos que por buscar tesoros y riquezas, hasta allí habían
pasado, pues en tanta abundanc'a se ¡as promet'a su buena di-
cha, s' fuesen hombres para gan-^rlas. Acordaron volverse a
Panamá, pues no había para qué pasar adelante, habiendo
hallado lo que deseaban y mis de lo que pensaban. A la par-
tida se quedaron tres españole,Ñ según dice Agustín de Zarate;
o dos, según Francisco de Gomara, por cudicia de ver la.s ri-
quezas que Pedro de Candía habla dicho, quizá no creyéndo-
las o por haber algo dellas, si eran tantas como habían publi-
cado. No se sabe que fué dellos, aunque los historiadores espa
ñoles dicen que los indios los mataron, más ellos lo niegan,
diciendo, que habiéndolos adorado por hijos del sol, no los ha-
bían de matar sino servirles: debieron de morir de alguna en-
fermedad, que aquella costa es tierra enferma para estran-
geros. Estos deben de ser los que faltan del número trece, que
por haberse quedado y muerto entre los indios, no quedó tan-
ta noticia dellos como de los compañeros. Gastaron e^tos
trece españoles más de tres años, en este descubrimiento del
Perú como lo testifican aquellos autores. Agustín de Zarate
libro primero, capítulo segundo, al fin dél dice estas palabras;
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•
15C ^
y con esta noticia se tornó a Panamá, habiendo andado tres
años en el descubrimiento padeciendo grande^^ trabajos y
peligros, así con la falta de comida como con las guerras y
resistencia de los indios, y con \oz motines que entre su mesma
gente había, desconfiando los más deüos de poder hallar cosa
de provecho; lo cual todo apaciguaba y proveía don Francisco
con mucha prudencia y buen ánimo, confiando en la gran di-
ligencia con que don Diego de Almagro le iría siempre prove-
yendo de mantenimientos, y gente y caballos, y armas: de
manera que con ser los más ricos de la tierra, no solamente
quedaron pobres, pero adeudados en mucha suma. Hasta
aquí es de Zarate: Gomara al fin del capítulo ciento y nue
ve de su historia, dice lo que se sigue- anduvo Francisco Pi-
zarro más de tres afios en es e des ubrim ento, que llamaron
del Perú, pasando grandes trabajoS; hambres peligros te-
mores y dichos agudos. Con esto acaba aquel capítulo, este
autor.
Entre los dichos agudos y sentenciosos que deste famoso
caballero Francisco Pizarro se cuentan, y el que más veces
repetía, cuando él y sus compañeros se veían más fatigados
en los trabajos incomportables, que en este descubrimiento
del Perú, y después en su conqi.usta padecieron, era decir:
ahj cuitados de nosotros: que perecemos afanando por ganar
imperios y reinos estrañcs. no para nosotras ni para nuestros
hijos, sin.; para los ágenos. A muchos de los que se lo oyeron,
y le ayudaron a ganar aque! imperio, se lo oí referir; y decían
cuyos habían de ser los hijos, más por ser odioso, es bien que
se calle. También lo repetían muchas veces los mismos con-
quistadores en los trab.ujos que pasaban en las guerras civiles,
que lespucs de la conquista tuvieron con Gonzalo Pizarro y
con Francisco Hernández Girón, en las cuales murieron ¡os
más dellos, y cada cual lo degía por dicho suyo propio, virndo
cuán general y cuán verdadero, les había salida e¡ de su cap!
tán Francisco Pizarro, de cuya verdad yo soy uno de los tes-
tigos
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CAPITULO XIV
v;ene p'zakro a españa, pide la conoijI'^ta del perl
ON la brevedad que le fué posible volvió Francisco Pi-
zarro a Panamá y dió cuenta a Diego de Almagro y al
maestre-escuela Hernando de Luque.sus compiñeros, de
las riquezas increíbles que había descubierto; cun que todos
holgaron en estrem^, acordaron q' Francisco Pizarro viniese
a España a pedir a la magestad de Carlos V. la conquista y
gobernación de lo qu'=' habían descubierto. Diéronle para el
camino mil pesos de oro, la mayor parte delios pedidos pres-
tados, porque con los gastos pasados estaban tan alcanzados,
que ya no podían valerse de su hacienda y pedían !a agena.
Francisco Pizarro vino a España, presentó su Relación en Con-
sejo de Indias; dió noticia a su magestad de lo que había he-
cho y visto, suplicó le diesen la gobernación de aquella tierra
por sus servicios, presentes y pasados, que se ofrecía ganarla
a Custa y riesgo de su vida y hacienda, y las de sus deudos y
amigos. Ofreció grandes reinos y muchos tesoros. A los que
le oían, les parecía que publicaba más riquezas de las que
eran, porque se incitasen muchos a ir ganar tierras de tanto
oro y plata; más en pocos años después vieron que había cum-
plido muy mucho más, que. habla prometido. Su magestad
le hizo merced de la conquista con título de Adelantado ma-
yor del Perú y Capitán general y Gobernador de lo que ganase
del imperio que los españoles lliimaron Perú, al cual entonces
llamaron la Nueva Castilla, a diferencia del otro imperio que
llamaron la Nueva España, ganados ambos de una misma
manera; como lo.s estrangeros dicen, a costa de locos, necios
y porfiados.
Francisco Pizarro, a quién de aquí adelante llamaremos
Don Francisco Pizarro, porque en las provisiones de su mages-
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152
tad, le añadieron el pronombre Don, no tan usado entonces
por los hombres nobles, como ahora, que se ha hecho común a
todos; tanto que los indios de mi tierra nobles y no nobles,
entendiendo que los españoles se lo ponen por calidad, se lo
ponen también ellos y se salen con ello. A Diego de Almagro
llamaremos asimismo Don Diego, porque fueron compañeros
y es razón que lo sean en todo, pues en nada fueron desiguales.
Don Francisco Pizarro, habidas las provisiones, se apercibió
con toda diligencia, y acompañado de cuatro hermanos suyos
y otra mucha gente noble de Estremadura, se embarcó en
Sevilla y con próspero viage llegó a Panamá; donde halló a
don Diego de Almagro muy quejoso de que no lo hubiese he-
cho participante de los títulos, honores y cargos que su mages-
tad le había dado, habiéndolo sido de los trabajos, peligros y
gastos que en el descubrimiento habían hecho y aún con ven-
tajas de parte de don Diego, porque había gastado más can-
tidad de hacienda y perdido un ojo.
No dejaban de culpar a don Francisco Pizarro los que lo
sabían, de que no hubiese hecho mención del compañero ante
su magestad. para que le diera algún título honroso: decían
que había sido descuido suyo. o malicia de los consejeros. Con
estas quejas anduvieron desvanecidos los compañeros, hasta
que entraron de por medio otros amigos, que los convinieron;
con lo cual pasaron adelante en su compañía, apercibieron
las cosas necesarias para su empresa; más como las amistades
reconciliadas siempre tengan algún olor del mal humo pasado,
don Diego de Almagro a cuyo cargo era la provisión del gasto
no acudía con la abundancia, que en todo lo de atrás había
mostrado, ni aún con lo necesario que don Francisco y sus
hermanos habían menester; de que Hernando Pizarro, como
hombre bravo y áspero de condición, se indignaba, más q' otro
alguno dellos, y trataba mal de don Diego de Almagro, y se
enfadaba con el hermano, de que sufriese aquellas miserias y
poquedades, el cual le respondió que era justo sufrir a don Die-
go, porque tenía mucha razón en lo que hacía, porque le había
sido mal compañero en no haberle traído algún cargo honroso:
que aunque era verdad que halíían de partir lo que ganasen
como compañeros, y se lo decían a don Diego de Almagro por
le consolar, él respondía, como generoso, que sus trabajos y
gastos, más habían sido por ganar honra que no hacienda; de
lo cual nació un odio perpetuo entre Hernando Pizarro y don
Diego de Almagro que duró hasta que el uno mató al otro,
haciéndose juez en su propia causa. A! fin se volvieron a con-
certar los compañeros por medio de personas graves, cuya
intercesión pidieron don Francisco Pizarro y los otros sus
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- 153
hermanos, que eran más blandos y afables que Hernando
Pizarro. porque vieron que sin la amistad de don Diego de
Almagro no podía pasar adelante. Entre otras personas que
entendieron en esta segunda reconciliación, fué el licenciado
Antonio de la Gama, que yo conocí después en el Cosco y tu-
vo repartimiento de indios en aquella ciudad. Don Francisco
Pizarro hizo promesa, y dió su palabra de renunciar en don
Diego e! título de adelantado, y suplicar a su magestad, tu
viese por bien de pasarlo en él: con esto se aquietó don Diego
de Almagro, y dió a su compañero casi mil ducados en oro, y
todo el bastimento, armas y caballos que había recogido, y
dos navios que tenía
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CAPITULO XV
TRABAJOS QUE LOS ESPAÑOLES PADECIERON DE PANAMA A
TUMPIS.
DON Francisco
hermanos, y los
Pizarro se hizo a la vela con sus cuatro
más españoles, y caballos, que en los na-
vios cupieron. Navegaron con intención de no tomar tie-
rra hasta Tumpis, más no les fué po"=ible, por el viento sur, que
es contrario en aquel viage, y corre siempre. Desembarcaron
en otr'a tierra, cien leguas antes de Tumpis: enviaron los na-
vios a Panamá y quisieron continuar por tierra por parecer-
íasque sería más fácil, que no sufrir alvit^nto sur.
Pasaron mayores trabajos en el camino, que no los que
causaba el viento contrario, porque sufrieron mucha hambre
y cansancio, por la aspereza y esterilidad de la tierra, hallaron
grandes rios que entraban en la mar. y muchos esteros que sa-
lían della y entraban por la tierra muy aden<-ro. pasábanlos
con grandísimo trabajo, haciendo balsas de lo que hallaban,
unas veces de madera, otras de enea y juncia, otras de cala-
bazas enredadas unas con otras. Para las hacer y guiar era
don Francisco el piloto y el maestro mayor como esperi men-
tado en otros semejantes trabajos ¡os cuales tomaba con tanta
paciencia y con tan buen ánimo, que muchas veces, por acre-
centar el de los compañeros, pasaba los enfermos a cuestas,
por los rios y esteros Con estas dificultades llegaron a una
provincia, que llaman Coaqui, hallaron mucha comida y mu-
chas esmeraldas finas, quebraron las más dallas, como no bue-
nos lapidarios diciendo que si eran finas, no se habían de que-
brar, por grandes golpes que 'es diesen, en una bigornia donde
hacían !a prueba Lo mismo hicieron en Tumpis donde que-
braron otras muchas de grandísimo orecio. que valían a dos
y a tres y a cuatro mil ducado^, y a más, y a menos. No fue-
ron estos españoles solos, los q' cayeron en esta simplicidad,
que también la tuvieron los q' poco después entraron en aque-
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lia misma tierra con el adelantado don Pedro de Alvarado,
que también quebraron, como atrás dejamos apuntado, otra
muchedumbre de esmeraldas y turquesas, que valían innume-
rable tesoro (28). Sobre esta pérdida se les recreció a los de
Pizarro una enfermedad estraña y abominable, y fué que les
nacían por la cabeza, por el rostro y por todo el cuerpo, unas
como verrugas que lo parecían al principio cuando se les mos-
traban; más después yendo creciendo, se ponían como brevas
prietas, y del tamaño dellas; pendían de un pezón; destilaban
de sí mucha sangre, causaban grandísimo dolor y horror; no
se dejaban tocar; ponían feísimos a los que daban- porque unas
verrugas colgaban de la frente, otras de las cejas, otras del
pico de !a nariz, de las barbas y orejas; no sabían que les ha-
cer: murieron muchos, otros muchos sanaron; no fué la enfer-
medad genera' por todos los españoles, aunque corrió por
todo el Perú, que muchos años después vi en el Cosco tres o
cuatro españoles con la misma enfermedad, y sanaron: debió
de ser de alguna mala influencia que pasó, porque después
acá no se sabe que haya habido tan mala plaga Con todos es-
tos trabajos, enfermedades y muertes de sus compañeros, no
desmayó don Francisco Pizarro. antes tenía el mismo cuidado
de pasar adelante, que de curar sus amigos y soldados. Envió
a Panamá veinte y cuatro o veinte y cinco mil ducados en oro
para abonar su conquista y para que don Diego de Almagro
tuviese con qué socorrerle. Parte de aquel oro fué habido de
rescates, y parte de buena guerra Pasó adelante hasta Tum-
pis, donde le alcanzaron otros españoles, que habían salido
de Nicaragua movidos de la fama de las grandes riquezas del
Perú: eran caudillos Sebastián de Belalcazar (que así se dice
aquel hermoso castillo, y no Benalcazar, como escriben co-
munmentei y Ju-an Fernandez, que no se sabe de dónde era
natural; con ¡os cuales holgó en ° :tremo don Francisco Pi;ía-
rro, porque tenía necesidad de gente para la conquista. Se-
bastián de Belalcazar, .ie su alcuña se llamaba Moyano; tomó
el nombre de la patria por ser más famoso; fueron tres herma-
nos, dos varones y una hembra, nacidos de un parto. El her-
mano se llamó Fabián García Moyano, y la hembra Anastasia
Moyana: fueron valerosos a imitación de! hermano mayor,
particularmente la hermana. Esta relación me dió un religio
so de la Orden del Seráfico Padre San Francisco; morador de
el famoso convento de Santa María de los Angeles, natura! de
Belalcazar que conocía bien toda Id parentela de Sebastián de
Belalcazar; diómela porque supo que yo tenía propósito de
escribir esta Historia, y yo holgué de recibirla, por decir el es-
traño nacimiento de este famoso varón.
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CAPITULO XVI
GANAN LOS ESPAÑOLES LA ISLA PUNA Y A TUMF!S
ON el nuevo socorro de los españoles, se atrevió don
Francisco Pizarro ir a conquistar la isla que llama Puna.
porque le dijeron que tenía mucha riqueza de oro y plata,
pasó a ella en balsas con mucho peligro, porque está doce le-
guas la mar adentro. Tuvo batallas con los naturales, matá-
ronle cuatro españoles, e hiriéronle otros muchos, y entre ellos
a Hernando Pizarro. de una mala herida en una rodilla: ven-
cieron los españoles con mucha mortandad de los indios;
hubieron mucho despojo de oro y plata y mucha ropa que re-
partieron luego entre los que allí había, antes que llegasen
los que Hernando de Soto traía consigo de Nicaragua, donde
había ido con un navio por órden de don Diego de Almagro,
para llevar socorro de gente y armas a don Francisco Pizarro.
del cualSoto tenía nueva, que llegaría presto donde ellos esta-
ban, como luego llegó al alzar de los manteles.
Viéndose don Francisco Pizarro con gente bastante, se
atrevió ir a Tumpis, y para ganar la voluntad de sus morado-
res, les envió delante con tres españoles que iban por embaja-
dores, seiscientos cautivos de sus naturales que halló en la
isla de Puna: pidióles paz y amistad por intercesión de los
cautivos, los cuales prometieron a la partida hacerles grandes
servicios a los españoles, en recompensa de la libertad que les
habían dado: más como gente ingrata y desconocida, vién-
dose entre los suyos, trocaron las manos: en lugar de hablar
bien, dijeron mucho mal de los españoles, acusándoles de co-
diciosos y avarientos de oro y plata; y para indignar más los
suyos, dijeron que eran fornicarios y adúlteros. Los de Tum-
pis, con la mala información se escandalizaron, que sin oir
los tres españoles, los entregaron a los verdugos para que los
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— 15;
matasen, y así los mataron y sacrificaron con gran rabia y
crueldad: esto dicen Gomara y Agustín de Zarate. Pero el P.
Blas Valera. a quien se le debe todo crédito, dice que fueron
imaginaciones que los españoles tuvieron de aquellos tres sol-
dados, porque no parecieron más: pero después averiguó el
gobernador q' el uno se había ahogado en un río, por su culpa,
y los otros dos habían muerto de diversas enfermedades en
breve tiempo, porque aquella región, como atrás se ha dicho,
es muy enferma para los estrangeros. y no es de creer que los
indios los matasen y sacrificasen, habiendo visto lo que el
tigre y el león hicieron con Pedro de Candía, por lo cual los
tuvieron por dioses.
Al desembarcarse en Tumpis pasó mucho trabajo don
Francisco Pizarro y su gente, que no sabían gobernar las bal-
sas, y se les trastornaban con la resaca que allí y en toda aque-
lla costa la hay muy brava. Saltaron en tierra, fueron al pue-
blo, tuvieron muchas peleas, más al fin los españoles que-
daron con la victoria, y los enemigos tan amedrentados con
la mortandad que en ellos se hizo, que se rindieron del todo:
creyeron que había sido castigo del sol. tuvieron por bien de
hacerles un gran presente de muchas joyas de oro y plata,
entendiendo aplacarlos, pues tan ansiosos andaban por ella,
y el curaca vino a darles la obediencia.
Los españoles viendo cuán prósperamente les había su-
cedido aquella ¡ornada acordaron poblar un pueblo en aque-
lla comarca que llamaron San Miguel, porque se fundó en su
día; fué el primer pueblo de españoles, que en el Perú hubo;
quedaron algunos en él para recibir los que de Panamá y Ni-
caragua viniesen; fundóse año de mil y quinientos y treinta
y uno. (29) De allí envió don Francisco Pizarro a Panamá los.
tres navios que tenía para que le enviasen más gente; envió
con ellos más de treinta mil pesos de oro y plata, sin las esme-
raldas, por muestra de la riqueza de su conquista, para q' por
esta señal yla pasada vieran cuán rica era. Es a saber, y atrás
lo habíamos de decir, que don Francisco Pizarro, (entre otras
mercedes que la Magestad Imperial le hizo), llevaba comisión
para traer dos docenas de alabarderos para guarda de su per-
sona y autoridad de su cargo. Pues luego que ganó a Tumpis,
quiso elegirlos para entrar la tierra adentro con más solemni-
dad que hasta allí había traído; más no halló alguno que qui-
siese aceptar el oficio, aunque les hizo grandes promesas, lo
Pium luí- fundadii el día J'.) de r^clicmbrc del inm de l.'>31 en el sitio
actual deuuiuiiiudo Santa Ana desputis mudu do Hipar el asiento do la ciu-
dad a cnnspi-uen' ia de la insohibridad do las tierras hasta que quedó defini-
tivamonte asentada en el sitio que hoy ocupa a la margen di-l rio la Chira.
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— 158 -
cual no deja ser bizarría y braveza española, principalmente
de los que entran en aquella tierra, que por humildes que sean,
luego que se ven dentro, sienten n':^va generosidad y nuevas
grandazas de ánimo; no me atreviera a decir esto, si allá y acá
no se lo hubiera oído a ellos mismos. Solos dos aceptaron las
alabardas, los cuales yo conocí; y entonces en la conquista de
aquel imperio, y después en las guerras civiles se mostraron
buenos soldados, y tuvieron cargos militares y grandes repar-
timientos de indios: murieron ambos a manos de sus enemi-
gos: no los nombramos por buenos respectos.
El gobernador don Francisco Pizarro, después de haber
sosegado la provincia de Tumpis y su comarca, y gozado de
sus muchas riquezas, quiso pasar adelante a Cassamarca, a
verse con el rey Atahuallpa, de cuyos tesoros tenía grandes
nuevas; pero por muy grandes que fuesen eran creederas, por
las que hallaron y hubieron en Tumpis. En el camino pasaron
un despoblado de más de veinte leguas de arenales muertos,
donde padecieron grandísima sequía, por el mucho calor y
falta de agua, que como bisónos y nuevos en aquella tierra,
no se habían proveído para aquella necesidad (30i- llegaron
a unos valles hermosos y muy bastecidos, donde se rehicie-
ron d" todo el mal pasado. Eneste camino tubo el gobernador
un embajador del desdichado Huáscar Inca, que no se sabe
como pudo enviarlo según estaba oprimido y guardado en
poder de sus enemigos: sospechóse que lo envió algún curaca
de los suyos, de lástima de ver cuál tenían los tiranos al ver
dadero Inca, señor legítimo de aquel imperio. Pedía con^mu-
cha humildad la justicia, rectitud y amparo de los hijos de su
dios Viracocha, pues iban publicando que iban a deshacer
agravios. La embajada no contenía más, y por esto se sospechó
que no era de Huáscar sino de alguno que se apiadó de la
,
cruel prisión y miserias del pobre Inca. El gobernador respon-
dió que ya iba de camino para deshacer aquellos agravios, y
cualesquiera otros que hallase.
(90; Eran probckillemeote los desierto» de Sechura,
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CAPITULO XVII
UNA EMBAJADA CON GRANDES PRESENTES QUE EL INCA HIZO
A LOS ESPAÑOLES
días después tuvo general otra embajada más so-
DOSlemne el
del rey Atahuallpa. envióla con un hermano suyo,
llamado Tito Austachi, hermano de padre y madre, el
cual en breves palabras le dijo: que el Inca enviaba a dar la
bienvenida a los hijos de su dios Viracocha, y a presentarles
algunas cosas de las que en su tierra había, en señal del ánimo
que tenía de servirles adelante con todas sus fuerzas y poder;
que les pedía se regalasen por el camino y pidiesen lo que qui-
siesen y hubiesen menester, que todo se les proveería muy lar-
gamente, y que deseaba verlos ya, y servirles como a hijos del
sol su padre y hermanos suyos, que así lo creían él y todos
sus vasallos. Esto dijo el embajador en suma, de parte de su
rey: y a lo último hablando con el gobernador, dijo de parte
suya (porque así le fué mandado): Inca Viracocha, hijo de!
sol, pues me cupo en suerte esta felicísima embajada, quiero
con la felicidad della atreverme a suplicarte, me hagas mer-
ced de concederme tres dones; la primera sea que tengas por
amigo a m.i Inca y rey Atahuallpa y asientes con él paz y
amistad perpétua La segunda, que perdonando cualquiera
delito que los nuestros con ignorancia y poca advertencia te
hayan hecho, nos mandes todo lo que fuere de tu gusto y
servicio para que hagas esperiencia de nuestra voluntad, y
veas el ánimo con que de hoy más te servimos a tí y a todos
los tuyos; y por última merced te suplico que el castigo de
muerte que por mandado del gran dios Viracocha tu padre y
nuestro, hiciste en los de la isla Puna y en los de Tumpis
y otras partes, no lo hagas con los de Cassamarca, ni con los
de aquí adelante hallaréis; sino que temples la ira y saña que
tu padre tiene por los enojos que se le han hecho, y les perdo-
nes a todos con clemencia y mansedumbre, pues eres Inca,
hijo del sol. Dicho esto, mandó. que trujesen ante el goberné-
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— IcO -
dor los regalos que traían para los españoles. Luego vinieron
los capitanes y ministros, a cuyo cargo venía el presente, y
lo entregaron a los españoles. Traían muchos corderos y car-
neros, mucho tasajo del ganado bravo huanacu, vicuña, cier-
vos, corzos y gamos; y destas mismas reses llevaron muchas
vivas, para que viesen de qué ganado era aquella carne hecha
tasajos. Presentaron muchos conejos caseros y campestres,
muchas perdices vivas y muertas, y otras aves del agua, ínu-
merables pájaros menores, mucho maíz en grano, y mucho
amasado en pan, mucha fruta seca y verde, mucha miel en
panales y fuera de ellos; mucha pimienta de los indios, que
llaman Uchú, cantidad de su brebage, así hecho del maiz co-
mo del grano que llaman Mulli. Sin esto presentaron mucha
ropa fina, de las que el rey vestía, y mucho calzado del que
ellos traen. Presentaron muchos papagayos, guacamayas,
micos y monas, y otros animales y sabandijas que hemos di-
cho que hay en aquella tierra. En suma, no dejaron cosa de
las que pudieron traer que no la trujesen. Presentaron muchos
vasos de oro y plata para beber, y platos y escudillas para el
servicio de la mesa, y muchas esmeraldas y turquesas. Y en
particular trujeron al gobernador un calzado de los que el
Inca traía, y dos brazaletes de oro que llaman Chipana, que
traen en la muñeca del brazo izquierdo: no traen más de un
brazalete; el Inca envió dos. porque tuviese que remudar: era
insignia militar y de mucha honra; y no la podían traer sino
los de la sangre real y los capitanes y soldados, que en la gue-
rra hacían cosas señaladas: dabáselas el rey de su mano por
grandísima honra; y así se la envió a don Francisco Pizarro,
por ambas razones; la primera porque le tenía por hijo del sol
y del dios Viracocha, y la segunda, porque le confesaba y pre-
gonaba por famosísimo capitán, según lo decían sus obras,
habiendo presentado sus dádivas, cada cosa de por sí. Dijo
Titu Athauchi al gobernador y a los españoles perdonasen el
atrevimiento de haber traído cosas tan humildes y bajas para
los hijos del sol, que adelante se esforzarían a servirles mejor.
El gobernador y sus capitanes estimaron en mucho sus bue-
nas palabres y mejores dá divas, rindieron las gracias primera-
mente al Inca, y luego a su embajador, entendiendo que no
era más que embajador de los ordinarios; más cuando supieron
que era hermano del rey, le hicieron grandísima honra y cor-
tesía; y habiendo respondido brevemente a su embajada, le
enviaron muy satisfecho y contento. La respuesta en suma,
fué decirle que los españoles iban de parte del Sumo Pontífice
a desengañarles de su idolatría, y enseñarles la verdadera reli-
gión de loscristianos;y de parte del emperador y rey de España
que era el mayor príncipe de la cristiandad, iban a hacer amis-
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— 16¡ —
tad y paz perpetua, y parentesco con el Inca y todo su impe-
rio, y no hacerles guerra ni otro daño alguno; y que adelante,
más despacio, les darían a entender otras cosas que traían
qué decir al Inca. Desta embajada, dádivas y presentes, con
ser tan grandes y ricos, ni del embajador, con ser hermano del
rey, ni de la respuesta del gobernador, no hace relación Go-
mara ni Agustín de Zarate: solamente dicen del calzado y
brazaletes que en particular trujeron al gobernador, y ambos
los llaman puñetes, como si fueran puñetes de camisas; no
advirtiendo que los indios del Perú, en su hábito natural nun-
ca trujeron camisa.
El rey Atahuallpa envió aquella embajada y dádivas a
los españoles por aplacar al sol, porque le pareció que los in-
dios de la isla Puna y los de Tumpis y otros por allí cercanos,
le habían enojado y ofendido, por haber resistido y peleado
con ellos, y muerto algunos españoles, como se ha dicho, que
como él y los suyos los tenían por hijos de su dios Viracocha,
y descendientes del sol, temieron grandes castigos por aquel
desacato y muertes. A este miedo se juntó otro no menor, que
fué la profecía de su padre Huaina Capac, que después de sus
días entrarían en sus reinos gentes nunca jamás vistas, ni ima-
ginadas, que quitarían a sus hijos el imperio, trocarían su re-
pública y destruirían su idolatría. Parecíale al rey Atahuallpa,
que todo esto se iba ya cumpliendo muy apriesa, porque supo
los pocos españoles que habían entrado en su tierra, y que
siendo tan pocos habían muerto tantos indios en Puna, y en
Tumpis y otras partes; lo cual atribuían a ira y enojo, y cas-
tigo del sol, temiendo otro tanto en sí, y en los de su casa y
corte. M'andó al embajador su hermano, que en el galardón
de su embajada suplicase al gobernador por aquellos tres do-
nes que le pidió, y no quiso Atahuallpa que se pidiesen en su
nombre, por no mostrar tan al descubierto la flaqueza de su
ánimo cobarde. Estos miedos y asombros trujeron acobardado
y rendido al bravo Atahuallpa hasta su muerte; por los cuales
ni resistió ni usó del poder que tenía contra los españoles;
pero bien mirado eran castigos de su idolatría y crueldades,
y por otra parte eran obras de la misericordia divina, para
atraer aquellos gentiles a su iglesia católica romana. No fal-
taron diversos á nimos y pareceres entre l'os españoles, que des-
pués de ¡do el embajador se descubrieron; unos q' dijeron q'
aquellas dádivas y presentes, cuanto mayores y más ricos,
tanto eran más sospechosos, que eran dormideras para que
el gusto y contento dellos los adormeciesen
y descuidasen de
mirar por sí, para cogerlos descuidados y matarlos con faci-
lidad; por tanto que anduviesen más recatados
y apercibidos,
que tanto bien no era bien, sino m-aldad y engaño. Otros es-
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pañoles, y fueron los más. hablaron en contra con el buen áni-
mo que tenían, y dijeron que la milicia les mandaba que siem-
pre anduviesen apercibidos; pero que no embargante eso, era
mucho de loar y estimar la magnificencia del Inca, la suavidad
de sus palabras, la magestad de la embajada; y que para ma-
yor grandeza la enviase con propio hermano cuya discreción
y cortesía vieron que era mucha, porque lo uno y lo otro no-
taron en sus razones y buen semblante, aunque bien sintieron,
que por la torpeza de su intérprete que sabía poco del lenguaje
del Cosco, y menos del español, faltaban muchas palabras de
las del embajador: porque vieron que la razón que decía con
larga oración, haciendo sus pausas y clásulas, la interpreta-
ba el faraute en pocas palabras, y esas mal concertadas y peor
entendidas, y algunas en contrario sentido que los mismos
españoles 'o echaron de ver, porque no concertaban las
unas con las otras; antes disonaban de la misma emba-
jada, de lo cual recibieron mucha pena; más no pudiendo re-
mediarlo, se pasaron con lo q' tenían. Gozaron aquella noche
y otros muchos días del abundante don y presente que Ata-
hua'lpa les hizo: caminaron hácia Cassamarca, donde pensa-
ban hallar al Inca, entraron dentro, fueron muy bien recibidos
de los indios, que por mandado del rey se habían juntado mu-
chos nobles y plebeyos, para festejar a ios que tenían por des-
cendientes del sol y hijos de su dios Viracocha;y así los alojaron
y regalaron con muchas flores y yerbas olorosas, que echaron
en sus aposentos, demás del mucho aparato de comida y be-
bida que tenían apercibida por orden del Inca, que en parti-
cular se lo mandó a! curaca y señor de Cassamarca, llamado
Cullqui Human (31) El cual, por mostrar la obediencia que to-
dos tenían a su rey, hizo estremos en servir y regalar a los es-
pañoles, y entre otros servicios que les hicieron ios indios fué
uno. que viendo los caballos en freno de hierro entendiendo que
era manjar dellos, trujeron mucho oro y plata en tejos para
labrar, y los pusieron en las pesebreras diciendo a los caballos
comiesen de aquello que era mejor pasto que el hierro: los es-
pañoles riendo la simplicidad de los indios, les decían que les
diesen mucho de aquello si querían aplacar los caballos y ha-
cerles sus amigos.
(;'.!) Cullfiui llaujiiiin. ,\ml)os aprMIidos se han perpetuado liiilre los in-
dios del vallf ilf (_;aj;iiii;n(a. Yo hv conocido en ios fundos asricolas de mi*i
)iadros, familias (jiic respondhui a estos dos nombres, ilullqui, tal vez variante
di' Colii inmrno. y Hiiaman -
''olcón. Véase al respecto />o.s re» no.s pn-
inraicos tirl del Perúy el cuiucdzdo de ItiK C'ixainarcas,
isioric H. I'rteasa.
la PERU. Bocetos Históricos, t. il. p. liV?. F:di. I.ima 191»,
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CAPITULO XVIII
ENVIA EL GOBERNADOR UNA EMBAJADA AL REY ATAHUALLPA
día siguiente entró gobernador en
el consejo con sus
ELhermanos capitanes sobre'enviar una embajada
y
al rey
Atahuallpa, y avisarle de su ida y de la embajada del em-
perador, y mandato del SumoPontífice, porque no pareciese
que se mostraban tan ingratos y desconocidos a los regalos y
buen recibimiento que les habían hecho. Acordaron que pues
el Inca había enviado un hermano suyo por embajador, que
el gobernador enviase otro de los suyos, porque correspon-
dí eseenlacalidadd el embajador, yaqueno podíaenlosdones
y dádivas: nombraron por embajadores a Hernando Pizarro
y a Hernando de Soto, que fuesen donde el Inca estaba, no
lejos de Cassamarca, en unos baños y palacios reales que allí
reñía, donde con gran concurso de gente noble y militar esta-
ba celebrando ciertas fiestas de su gentilidad, y trataba de
reformar y poner en buen orden algunas cosas que con las
guerras se habían corrompido, entre las cuales por vía de re-
formación hacía nuevas leyes y estatutos en favor de su tira-
nía y seguridad de su persona diciendo que su padre e! sol
se las revelaba, como todos ellos las decían, por dar autoridad
a sus hechos; porque es verdad que aunque Atahuallpa mató
todos los que de la sangre real pudo haber, no perdió el miedo
de los pocos que quedaban: temía que el tiempo adelante el
reino por vía de religión había de levantar por Inca y rey le-
gítimo al que de ellos le perteneciese: quería atajar esto con
decir que el sol daba aquellas leyes, para que los indios de todo
aquel imperio se aquietasen con ellas. Los dos embajadores
llevaron consigo a! indio intérprete que tenían, llamado Pe-
lipe. natural de la isla Puna, que aunque torpe en ambas len-
guas, no podían pasar sin él Llevaron asimismo más de dos-
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— 164 —
cientos indios nobles, muy bien arreados, que el curaca de Ca-
ssamarca. mandó que acompañasen a aquellos dos españoles,
sabiendo que iban a visitar a su rey, y que hiciesen todo lo
que les madasen hasta morir. Los dos caballeros estremeños,
luego que salieron d? Cassamarca. enviaron al rey Atahuallpa
un indio principal de los que llevaban, para que le avisase de
la ida dellos, y pidiese licencia para parecer delante de su al-
teza: el Inca respondió que le seria muy agradable la presencia
dellcs, porque había días que deseaba verlos. Mandó luego a
un maese de campo, q' con su tercio saliese a recibir aquellos
dos hijos del so!, y con toda veneración los trújese ante él.
Los españoles con la amorosa respuesta del Inca, y con saber
que salían a recibirles, perdieron el recelo que llevaban de
haber sabido que tenia en su compañía treinta mil hombres
de guarda. Caminaron hacia los baños y palacios reales, y a
medio camino vieron venir por un llano el tercio de soldados
que saHa a recebirles. Hernando de Soto por darles a enten-
der que si no fueran amigos bastara él solo para todos ellos,
arremetió el caballo, llegando a carrera dellos, y así corrió y
paró cerca del maese de campo. Aquí dicen los historiadores
españoles que el maese de campo (que decimos) era el rey
Atahuallpa y que llegó Soto según !o dice uno dellos, hacien-
do corvetas con su caballo hasta junto la silla del rey, y que
Atahuallpa no hizo mudanza, aunque le resolló en la cara el
caballo, y que mandó matar a muchos de los que huyeron de
la carrera, y vecindad de los caballos. En lo cual fué engañado
aquel autor, y el que le hizo la relación levantó testimonio al
Inca y a Hernando de Soto, porque ni era el Inca, ni que lo
fuera, mandara matar a nadie, aunque el delito fuera grave;
cuanto más que no fué delito, sino comedimiento y cortesía,
que hicieron en dar lugar para que pasaran ios que tenían por
hijos del sol; que hacer lo contrario fuera para ellos sacrilegio,
porque demás de la descortesía, era menospreciar y desacatar
a los que confesaban por hombres divinos venidos del cielo;
ni Atahuallpa era tan torpe de entendimiento que mandara
matar delante de los mismos embajadores a los indios, que
les habían respetado y honrado que era romper la guerra con
los españoles, deseando hacer paz y amistad con ellos por
asegurarse de los miedos que consigo tenía. (-32) Ni Hernando
(oü) Sin ('n)bart:i) la iiiutulp de iv^ tiniuiiUos indios, e.-^pantados por i'l
(aballo de Sulo, a.sií omo la arrogancia di' oste caballero en presencia del Inca,
están asegurados por testigos oculares del hecho, dlemando Soto llevaba nii
caballejo ponedor, y preguntóle si quería que le corriese por aquel patio, y
el hizo señas que si; y asi i-scararauzo por alli. con buena gracia un peen.
E\ caballejo era animoso, echaba mucha espuma de la boca, de lo cual, de
ver la presteza con que revolvía, (ú se maravillo; aunque más admiración ha-
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.
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de Soto, (pues !o eligieron los suyos pur embajadori había da
ser tan inconsiderado y descortés que llegar,-, a echar el resue-
llo del caballo en la cara de un rey, a quien é liba a hablar de
parte del emperador y del Santo Padre; por todo lo cual es de
haber lástima, que los que dán en España semejantes relacio-
nes de cosas acaecidas tan lejos dellas, quieran inventar
bravatas a costa de honras agenas, (33)
El Inca Atahuallpa, como adelante veremos, hizo algu-
nas generosidades y realezas con los españoles; seanos lícito
decir sus buenas partes de que le dotó naturaleza, y sean las
que al presente usó con estos españoles, y otras muchas que
adelante veremos de su buen ingenio, discreció n y habilidad;
pues hemos dicho ya sus tiranías y sus crueldades; que sería
hacerle muy grande agravio callar lo bueno y decir lo malo;
que la historia manda y obliga a escribir verdad, so pena de
ser burladores de todo el mundo, y por ende infames. Lo que
dijere será de relaciones de muchos españoles q' se hallaron en
el hecho a los cuales se los oí en muchas conversaciones, que
en casa de mi padre todo el añotenian, porque allí eran sus ma-
yores entretenimientos, y sus pláticas las más veces eran de
las conquistas pasadas; también lo oí a muchos indios, que
visitando a mi madre le contaban aquellos hechos, particu-
larmente los que pasaron por Atahuallpa hasta su fin y muer-
te, como diciéndole q' tomase sus desdichas y su fallecimiento
en satisfacción de las crueldades que con los suyos había he-
cho. Sin esto tengo relaciones, que los condiscípulos me han
enviado, sacadas de las cuentas e historias anales de las pro-
vincias de donde eran sus madres naturales, como a los prin-
cipios lo dije. A estas relaciones se añade la que hallé en los
papeles del muy curioso y elegante P. Blas Valera, que fué
hijo de uno de los que se hallaron en la prisión de Atahuallpa,
y nació y se crió en uno de los confines de Cassamarca, y as;
tuvo larga noticia de aquellos sucesos sacados de sus origi-
cia la geiilccomún, mli'f si luibúi gi'un iiuuiiiullu; y im i'sijiiaili'ijn du gentr.
viendu venir cl raballo para si. su retrujo hacia atrás; lu cual los que lo hi-
cieron, pagaron aquella noche con las vidas». .Miguel EsteN- Canquisla (IpI
Perú, publicada por primera vez en cl «Boletín de la .S(icieda<l Ecuatoriana
de Estudios H.istóricos Americanos.» N». o», p. ?>-¿'¿.
Pedro Pizarro dii.'e: «Pues oído esto por Heriianilo ^utu se ihíSviO, \ cu
un llano que habia hizM hacer una escaramuza junto a unos indios que esta-
ban sentados, los indios se levantaron y desviaron demiedn. Pues vuelto
rSotu a Cajamarca, el .Xtahalipa mandó matar a estos indios que se levan-
taron y desviaron de miedo.» Diiwubrimiunto y Conquista ckl l'eri'i. (U)i.
Urteaga- Romero, t. VI, p. -¿í).
(33)Parece que mayor era el celo del historiador por defender esas ajenas
honras que el que demostraba por la verídica narración de estas escenas de la
coníjuista.
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nales como él mismo lo dice. Escribía estos hechos más larga-
mente que los demás sucesos de la historia de aquel reino,
y muy conformes a las demás relaciones que yo tengo, porque
todas son de un mismo hecho. También digo que seguiré el
camino que las historias de los españoles llevan, sirviéndoles,
como atrás dije, de comento donde fuere menester y de aña-
didura donde hubiere falta, que algunas cosas dejaron de de-
cir; quizá fué, como es verosímil, porque no llegaron a noticia
de los escritores.
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6i
CAPITULO XlX
EL RECIBIMIENTO QUE EL INCA HIZO A LA EMBAJADA DE LOS
ESPAÑOLES.
l"^OLVIENDO pues al hilo de nuestra historia decimos, q'el
V/ maese campo que salió a recibir a Hernando Pizarro
de
y a Hernando de Soto, habiéndolos recibido y adorado
con suma veneración, dijo a sus capitanes y soldados, éstos
son hijos de nuestro dios Viracocha. Los indios les hicie-
ron grandísima reverencia, y los miraron con admiración de su
aspecto, hábito y voz. y los acompañaron hasta ponerlos de-
lante del Inca. Los españoles entraron admirados de ver la
grandeza y riqueza de la casa real, y de la mucha gente que
en ella había; de manera fué la admiración de los unos y de
los otros, que no sabremos juzgar cuál fué mayor. Los emba-
jadores hicieron al Inca.q' estaba sentado en su asiento de oro,
una gran reverencia a la usanza española: el rey gustó mucho
de verla, y poniéndose en pié los abrazó con mucha afabilidad,
y les dijo; seáis bien venidos, Capac Viracocha a estas mis
regiones. El P. Blas Valera escribe estas palabras en el lengua-
ge indio, como quien bien lo sabía;y yo las dejé por no necesa-
rias. El Inca se asentó, y luego pusieron a los españoles asien-
to de oro de los del Inca, que por su mandado los tenían aper-
cibidos, que como los tenía por descendientes de la sangre del
sol no quiso que hubiera diferencia dél a ellos, principalmente
siendo el uno dellos hermano del gobernador. Sentados que
fueron volvió el Inca el rostro a sus deudos que le acompa-
ñaban y les dijo: veis aquí la cara y la figura y el hábito de
nuestro dios Viracocha, al propio, como nos lo dejó retratado
en la estatua y bulto de piedra nuestro antecesor el Inca Vira-
cocha, a quien se le apareció esta figura. Apenas hubo dicho
esto el rey cuando entraron dos muchachas muy hermosas de
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^ 168 —
lasangre real, que llaman Ñusta; cada una dellas traía dos
vasos pequeños de oro en las manos con el brebage de lo que
el Inca bebía; acompañábalas cuatro muchachos de la misma
sangre, aunque no de la legítima, cuyas madres eran natura-
les del reino de Atahuallpa. Las ñustas llegaron al Inca, y
hecha su adoración, la una dellas le puso uno de los vasos en
la mano, y el otro dió a Hernando Pizarro. porque el Inca se
lo mandó. A este tiempo habló Tito Atauchi, hermano del
rey, el que fué con la embajada a los españoles, y dijo al fa-
raute Felipillo que les dijese que el Inca quería beber con ellos
porque era usanza de los reyes Incas hacer aquello, en señal
de paz y prenda de amor, y hermandad perpetua. Hernando
Pizarro oyendo a su intérprete, y haciendo reverencia a! Inca
tomó el vaso y lo bebió. El Inca bebió dos o tres tragos del
suyo, y dió el vaso a su hermano Tito Atauchi para que be-
biese por él lo que quedaba. Luego tomó uno de los vasos que
la otra muchacha llevaba, y mandó diese el otro a Hernando
de Soto, el cual hizo lo mismo que su compañero. E! Inca be-
bió dos o tres tragos, y dió lo que dejaba a otro hermano suyo
de padre, llamado Choquehuaman. Hecha la bebida, quisie-
ron los embajadores decir su embajada. El rey dijo que des-
cansasen, que quería gozar de mirar sus figuras, porque en
ellos veía a su dios Viracocha. A este punto entraron seis pa-
ges y seis muchachas muy bien aderezadas, con fruta verde
y seca de muchas maneras y pan del que hacían para su rega-
lo, y vino hecho de la semilla del árbol Mulli, y tovallas muy
ricas de algodón, porque no tuvieron lino, y una dellas llama-
da Pillac Ciza Nusta, habló a los nuevos huéspedes, y les dijo;
o hijos de Capac Inca Viracocha, gustad un poco destas cosas
q' os traemos, aunque no sea más de para nuestro consuelo
y
regalo. Los españoles se admiraron grandemente de ver tanta
urbanidad y cortesanía en gente, que según la imaginación
dellos, vivían en toda barbaridad y torpeza;
y porque no pare-
ciese que desechaban y menospreciaban lo que con tan buen
ánimo y tanta gentileza les ofrecían, comieron algo de lo que
trujeron, y dijeron que les bastaba con que los indios queda-
ron muy contento.?.
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CAPITULO XX
LA ORACION DE LOS EMBAJADORES, Y LA RESPUESTA DEL tNCA
HERNANDO Pizarro viendo la gente, sosegada, mandó a
Hernando de Soto q' hablase, porque no se perdiese más
tiempo; dijo que diese su embajada brevemente, que les
convenía volverse a dormir con los suyos y no fiarse de infie-
les, por más regalos que les hiciesen; que no sabían si lo hacían
para que se fiasen dellos, y cogerlos más descuidados. Enton-
ces se levantó Hernando de Soto, y haciendo cortesía a la cas-
tellana, que fué descubrir la cabeza, con una gran reveren-
cia, se volvió a sentar, y dijo lo siguiente: serenísimo Inca,
sabrás que en el mundo hay dos potentísimos príncipes sobre
todos los demás: el uno es el sumo Pontífice, que tiene las ve-
ces de Dios: este administra y gobierna a todos los que guar-
dan su divina ley, y enseña su divina palabra. El otro es el
emperador de los romanos Carlos Quinto, rey de España: es-
tos dos monarcas, entendiendo la ceguera de los naturales
destos reinos, con la cual, menospreciando al Dios verdadero,
hacedor del cielo y de la tierra, adoran a sus criaturas y al
mismo demonio, que los engaña, enviaron a nuestro goberna-
dor y capitán general don Francisco Pizarro y a sus compa-
ñeros, y algunos sacerdotes, ministros de Dios, para que en-
señen a vuestra alteza y a todos sus vasallos, esta divina ver-
dad y su ley santa- para lo cual vinieron a esta tierra, y ha-
biendo gozado en el camino de la liberalidad real de vuestra
mano, entraron ayer en Cassamarca. y hoy nos envían a vues-
tra alteza para que demos principio al asiento de la concordia,
parentesco y paz perpetiía que ha de haber entre nosotros,
y para que recibiéndonos debajo de su amparo, permita oirnos
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— 170 —
la !eydivina y que todos ios suyos la aprendan y la reciban,
porque a vuestra alteza y a todos ellos les será de grandí-
sima honra, provecho y salud.
En este paso, el P. Blas Valera, como tan religioso y tan
celoso de la salud de aquella gentilidad, hace una grande y
lastimera esclamación, diciendo: que palabras tan importantes
como las que Hernando de Soto dijo, tenían necesidad de un
intérprete bien enseñado en ambos lenguages. que tuviera
caridad cristiana para que las declarara como ellas eran; pero
que muchas y muchas veces lloraría la desdicha de aquel
imperio, q' por la torpeza del intérprete, pudiesen los prime-
ros conquistadores y los sacerdotes, que con ellos fueron, a
echar a Felipillo la culpa de tantos males, como se causaron
de su ignorancia, para disculparse ellos y quedar libres, y que
en parte o en todo, tuviesen razón de echársela porque declaró
aquellas palabras tan bárbara y torpemente, que muchas dijo
en contrario sentido; de manera que no socamente afligió ai
Inca, más enafadó a los oyente-:; porque apocó y deshizo la
magestsd de la embajada, como si la enviaran unos hombres
muy bárbaros, que bien entendieron los indios que muchas
palabras de las que dijo el intérprete no pudo decirlas el em-
bajador porqup no convenían a la embajada Por lo cual el
Inca, penado por su mala interpretación dijo; ,-qué anda este
tartamudeando de una palabra en otra, y de un yerro en otro,
hablando como mudo? Esto que el Inca dijo, tiene mucha más
significación en su lenguage que en la castellana. Los capita
nes y señores de vasallos dijeron, que aquellas faltas debían
atribuirse más a la ignorancia del faraute que no a la indis-
creción de los embajadores; porque no eran de imaginar que
ellos las tuviesen -iendo e"=cogidos para aquel oficio: y con
esto recibieron llanamente ¡a embajada 'aunque mal enten-
dida) y a los que 'a llevaron como a dioses, y así los adoraron
de nuevo. El Inca respondió a los embajadores, diciendo;
grandemente me huelgo, varones divinos, que vos y vuestros
compañeros hayáis llegado en mis tiempos a estas regiones
tan apartadas, y que con vuestra venida hayáis hecho verda-
deras las adivinaciones y pronósticos que nuestros mayores
nos dejaron della: aunque mi ánimo antes debía entristecerse,
porque tengo por cierto que se han de cumplir todas las demás
cosas, que de' fin deste nuestro imperio los antiguos dejaron
pronosticadas, que habían de suceder en mis días, como veo
cumplido lo que esos mismos dijeron de vuestra venida. Em-
pero también digo que tengo estos tiempos por felicísi mo.s.
por habernos enviado en ellos el dios Viracocha tales huéspe-
des; y que los mismos tiempos nos prometen que el estado
do la república se trocará en mejor suerte, la cual mudanza
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y trueque, certifican la tradición de nuestros mayores, y las
palabras de! testamento de mi padre Huaina Capac, y tantas
guerras como mi hermano y yo hemos tenido, y últimamente
vuestra divina presencia. Por lo cuu! aunque supimos que en-
trásteis en nuestra tierra, y hicisteis presidio en ella, y el es-
trago de muerte y otras calamidades que pasaron en Puna y
en Tumpis y en otras partes, no hemos tratado mis capitanes
y yo de resistiros y echaros del reino, porque tenemos y cree-
mos que sois hijos de nuestro gran dios Viracocha, y mensa-
geros de Pachacamac: y así por esto, y en confirmación de
lo que mi padre nos dejó mandado, que os adorásemos y sir-
viésemos, hemos hecho ley, y en las escuelas del Cosco se ha
publicado que nadie sea osado tomar las armas contra voso-
tros ni enojaros; por tanto podréis hacer de nosotros lo que
quisiéredes y fuera vuestro gusto y voluntad, que harta glo-
ria será para nosotros morir a manos de los que tenemos por
divinos, y mensageros de Dios; que él os lo debe de mandar,
pues tan de hecho habéis hecho todo lo pasado: solo deseo
satisfacerme de una duda, y es que ¿cómo se compadece que
digáis, que venís a tratar de amistad y parentesco. y paz per-
petua en nombre de aquellos dos príncipes, y que por otra
parte sin hablar a ninguno de los nuestros, para ver si nuestra
voluntad era buena o mala, se hayan hecho las muertes y es-
tragos en las provincias que atrás dejáis?Que de haberse he-
cho tan sin culpa nuestra contra vosotros, entiendo que os lo
mandaron aquellos dos príncipes, y que a ellos se lo mandó
el Pachacamac: si es así. vuelvo a decir que hagáis de noso-
tros lo que quisiéredes: solo os suplicamos tengáis lástima de
los míos, que me dolerá más la aflicción y la muerte dellos que
la mía. Con esto acabó el Inca: los suyos, enternecidos de sus
últimas palabras y de la pérdida del imperio, que por tan cier-
to tenían, derramaron muchas lágrimas con grandes suspiros
y gemidos: porque es así, que sin lo que entonces dijo el Inca
del fin de su imperio, lo había repetido antes muchas veces a
los suyos. Porque como su padre Huaina Capae dejó este pro-
nóstico tan declarado, con tiempo señalado y abreviado, no
trataba Atahuallpa de otra cosa, y decía que era decreto y
determinación del gran Pachacamac, que no se podía vedar.
Esta certificación que Atahuallpa tenía de la pérdida de su
imperio, lo trajo tan acobardado y rendido para no resistir a
los españoles, como adelante veremos. Con la gente y cortesa
nos que en la sala acompañaron al Inca, estaban dos contado-
res e historiadores, que asentaron en sus historias anales por
sus ñudos, señales y cifras, como mejor pudieron la embajada
de Hernando de Soto (aunque mal declarada) y la respuesta
del Inca.
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— 172 —
Los embajadores se admiraron mucho de ver el llanto
que los capitanes y curacas hicieron, de lo que el rey con tan
buen semblante habló; y no sabiendo la causa de tantas. lá-
grimas, más de verlas derramar a gente tan principal como
allí estaba, hubieron lástima y compasión dellos. Aquí vuelve
a lamentar el buen P. Blas Valera la desdicha de aquella gen-
te, diciendo que si el intérprete declarara bien las razones del
Inca, los moviera a misericordia y a caridad: pero dejó tan
mal satisfechos a los españoles como había dejado a los in-
dios, por no saber bien el lenguage destos ni de aquellos. Cuan-
do los embajadores oyeron decir de las muertes y estragos que
hubo en Puna y Tumpiz. sospecharon que el Inca quería ven-
garlas, porque el intérprete no se declaró más. y porque que-
daron confusos de na haber entendido la respuesta de Ata-
huallpa, no supieron replicarle: que la falta de Felipillo no
solamente fué en las palabras que no supo decir en español,
más también en las razones, que por haber sido algo larga la
relación del Inca no pudo tomarlas todas en la memoria, y así
hizo falta en ambas cosas. Los embajadores pidieron licencia
al rey para volverse; el les dijo que se fuesen en paz. que pres-
to iría a Cassamarca a visitar a los hijos de su dios Viracocha
y mensageros de Pachacamac. Los españoles estremeños sa-
lieron de la casa real, admirados de nuevo de sus riquezas y de
la adoración que les hicieron, pidieron sus caballos, y antes
que subiesen en ellos, llegaron dos curacas con muchos criados
y Ies dijeron, que les suplicaban no se desdeñasen de recibir
un pequeño presente que les traían: que para hombres divinos
quisieran que fueran cosas dignas de tales dioses. Dicho esto
mandaron que les pusiesen delante lo que traían, que era otro
presente como el pasado, y de las mismas cosas en más abun-
dancia, y con mucho oro y plata labrada y por labrar. Los es-
pañoles se admiraron de tanta cortesía, por la cual perdieron
la sospecha que habían cobrado del Inca, y culparon de nuevo
la torpezade Felipillo en la interpretación de la respuesta
del Inca, que por no entenderla bien cayeron entonces en
aquellos errores, y después en otros mayores, como adelante
veremos.
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CAPITULO XXI
VUELVEN LOS DOS ESPAÑOLES A LOS SUYOS. APERCIBENSE
TODOS PARA RECIBIR AL INCA
OS dosembajadores volvieron a los suyos y les contaron
las grandezas y riquezas que vieron en casa del Inca, y
la mucha cortesía que les hicieron: repartieron entre to-
dos el presente q' les dieron, con q' se regalaron. Más con to-
do eso, como buenos soldados aprestaron sus armas y caballos
para !o que al día siguiente se Ies ofreciese; y aunque supieron
la multitud de gente, q' Atahuallpa tenía, se apercibieron con
su buen ánimo para pelear co moespañoles; y luego que ama-
neció, se pusieron en orden los de a caballo, en tres cuadrillas
de a veinte caballeros, que por todos no eran más de sesenta.
Los cuadrilleros, o capitanes fueron: Hernando Pizarro. Her-
nando de Soto y Sebastián de Belalcazar. Metiéronse detrás
de unos paredones, porque los indios no los viesen, y por cau-
sar en ellos mayor temor y asombro, en su repentina salida.
El gobernador hizo un escuadrón de cien infantes, que no eran
más por todos: quiso ser caudillo dellos: pusiéronse a un
cabo de la plaza del Tampu, que era como un campo, donde
esperaron al rey Atahuallpa que venía en unas andas de oro,
en hombros de los suyos, con tanta pompa y magestad de
casa y corte, como ferocidad y pujanza de armas y guerra.
Venían muchos indios delante de las andas quitando las pie-
dras y tropezones que había por el camino, hasta quitar las
pajuelas. Venían muchos señores de salva con él. La gente de
guerra iba en cuatro escuadrones de a ocho mil hombres. El
primer escuadrón que era la vanguardia, iba delante del rey,
como van los descubridores para asegurar el camino. Los dos,
que eran el cuerpo de la batalla, iban a sus lados para guarda
¿Q su persona. El cuarto iba a sus espaldas. El capitán se lia-
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maba Rumiñahui, q' es ojo de piedra, por un berrueco que de
una nube se le había hecho en un ojo. Con esta orden militar
caminó Atahuallpa una legua de camino que había desde su
real hasta el alojamiento de los españoles, en la cual tardó
más de cuatro horas: no llevaba ánimo de pelear, como luego
veremos, sino oir la embajada que llevaban del papa y del
emperador. Estaba informado que los españoles no podían
subir una cuesta arriba, y que por esto la subían en sus caba-
llos, y que los de a pié se asían a las colas y a los pretales para
que los ayudasen a subir, y que no corrían tanto como los in-
dios, ni eran para llevar cargas, ni para tanto trabajo como
ellos. Con esta relación y con tenerlos por divinos. iba Atahuall-
pa sin recelo alguno de lo que le sucedió. Entró en la plaza
acompañado de los tres escuadrones de guerra. El cuarto,
que era la retaguarda, quedó fuera. Viendo el rey que los espa-
ñoles infantes eran tan pocos, que estabai, apeñuscados como
gente medrosa, dijo a los suyos: estos son mensageros de Dios,
no hay para que hacerles enojo, sino mucha cortesía y regalo.
Entonces llegó al Inca un religioso dominico llamado fray
Vicente de Valverde con una cruz en la mano, a hablarle de
parte del emperador.
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CAPITULO XXII
LA ORACION QUE EL P. FRAY VICENTE DE VALVERDE HIZO AL
INCA ATAH U ALLPA.
P. Blas Valera. diligentísimo escrudriñador de los he-
ELchos de aquellos tiempos, como hombre que pretendía
escribirlos, dice largamente la oración o plática que el P.
fray Vicente de Valverd^; hizo a! rey Atahuallpa, dividida en
dos partes: dice, que la vió en Trujillo estudiando latinidad,
escrita de mano del mismo fray Vicente, que la tenía uno de
aquellos conquistadores que se decía Diego de Olivares: y que
muerto él vino a poder de un yerno suyo, y que la leyó muchas
veces, y la tomó de memoria: por lo cual me pareció ponerla
aquí como el P. Blas Valera la escribe: porque conforme al
original que vió. la dice más larga y más copiosamente que
los demás historiadores: también la pongo por mía, porque en
todo se conforma con las relaciones que yo tengo, y en la subs-