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Antología de Epopeyas para Niños

Este documento presenta resúmenes de fragmentos de dos grandes epopeyas: La Ilíada y La Odisea. La Ilíada se enfoca en la cólera de Aquiles durante la guerra de Troya y describe cruentas batallas entre aqueos y troyanos. La Odisea narra el largo y difícil viaje de regreso a casa de Ulises después de la guerra. El documento ofrece extractos de varios cantos que describen enfrentamientos épicos entre los héroes de ambos bandos.
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Antología de Epopeyas para Niños

Este documento presenta resúmenes de fragmentos de dos grandes epopeyas: La Ilíada y La Odisea. La Ilíada se enfoca en la cólera de Aquiles durante la guerra de Troya y describe cruentas batallas entre aqueos y troyanos. La Odisea narra el largo y difícil viaje de regreso a casa de Ulises después de la guerra. El documento ofrece extractos de varios cantos que describen enfrentamientos épicos entre los héroes de ambos bandos.
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ANTOLOGÍA EPOPEYA

En la presenta antología se reúnen fragmentos de algunas de las grandes epopeyas de


la historia universal. La epopeya es un género histórico en el cual se canta (pues son
composiciones poéticas, que solían acompañarse por música) las hazañas de grandes
héroes en contextos de crisis políticas o sociales. Si bien estas epopeyas suelen
representar guerras “reales” la mayoría de las batallas o hechos representados son
ficticios.

LA ILÍADA
Epopeya griega antigua escrita por “Homero”, aquella figura ficticia que condensa el
trabajo de cientos de aedos (cantores épicos) anónimos. La obra se divide en 24 cantos
(similares a lo que conocemos como capítulos) y nos presenta los últimos días de la
guerra de Troya. La guerra de Troya es un enfrentamiento mítico entre los aqueos y
los troyanos. Todo comenzó cuando el príncipe troyano París rapta a la esposa del rey
aqueo Menelao, generando que todos los demás reyes aqueos (Áyax, Ulises, Aquiles,
Néstor, Agamenón etc..) lo ayuden a recuperarla, destruyendo a su paso la ciudad. El
poema se enfoca en la “cólera de Aquiles” o, podríamos llamarlo, su enojo durante la
batalla. Sucede que, en medio de la guerra de Troya, Aquiles (el mejor guerrero de
todos) se enoja con el líder de su bando Agamenón, pues este le quita el botín. Ante
este enojo Aquiles deja de pelear y los aqueos comienza a perder todas las batallas
frente a los troyanos. A continuación, se presentan algunos fragmentos donde se
cuentan las cruentas batallas entre aqueos y troyanos:

CANTO III
Una vez ordenado cada ejército con sus príncipes,
los troyanos marchaban con vocerío y estrépito igual que pájaros,
tal como se alza delante del cielo el chillido de las grullas,
que, cuando huyen del invierno y del indecible aguacero,
entre graznidos vuelan hacia las corrientes del Océano,
llevando a los pigmeos la muerte y la parca,
y a través del aire les tienden maligna disputa.
Los aqueos, en cambio, iban respirando furor en silencio,

1
ansiosos en su ánimo de prestarse mutua defensa.
Como en las cimas del monte el Noto derrama la niebla,
para los pastores nada grata y para el ladrón mejor que la noche,
y la vista sólo alcanza lo que un tiro de piedra,
así bajo sus pies se fue levantando una compacta polvareda
a medida que avanzaban; y con gran ligereza cruzaban la llanura.
Cuando ya estaban cerca avanzando unos contra los otros,
de la primera línea de troyanos se destacó el deiforme Alejandro
con una piel de leopardo en los hombros, el tortuoso arco
y la espada; y con dos lanzas encastradas de bronce,
que blandía, desafiaba a todos los paladines de los argivos
a luchar hombre contra hombre en atroz lid
Al verlo Menelao, caro a Ares,
avanzando delante de la multitud a largas zancadas,
como el león se alegra al toparse con un gran cadáver
cuando halla un cornudo ciervo o una cabra montés
y está hambriento —pues lo devora por completo a pesar de
las arremetidas de los raudos perros y los lozanos mozos—,
así se alegró Menelao, al ver al deiforme Alejandro
con sus ojos, seguro de cobrarse venganza del culpable.
Al punto del carro saltó a tierra con las armas.
Al verlo el deiforme Alejandro aparecer
delante de las lírteas, su corazón se aturdió de espanto
y se replegó a la turba de los compañeros por eludir la parca.
Como cuando uno retrocede y se aparta al ver una serpiente
en las gargantas de un monte; el temblor invade sus miembros,
hacia atrás se retira y la palidez apresa sus mejillas,
así de nuevo se internó entre la multitud de altivos troyanos,

2
temeroso del hijo de Atreo, el deiforme Alejandro.
Lo vio Héctor y le recriminó con vergonzantes palabras:
«¡Calamidad de Paris, presumido, mujeriego y mirón!
¡Ojalá no hubieras llegado a nacer o hubieras muerto célibe!
¡Incluso eso habría preferido —y mucho más habría valido—,
antes que volverte así afrenta y oprobio de los demás!
A carcajadas seguro que ríen los aqueos, de melenuda cabeza,
que creían que eras paladín y campeón, porque es bella
tu apariencia; pero en tus mientes no hay fuerza m coraje.
¿Siendo de esa calaña, en las naves, surcadoras del ponto,
navegaste sobre el mar tras reunir muy fieles compañeros,
te mezclaste con extranjeros y con la hermosa mujer zarpaste
desde remota tierra, con la nuera de belicosos lanceros,
(…)
Después de armarse aparte, uno a cada lado de la multitud,
enfilaron el espacio que mediaba entre troyanos y aqueos
con miradas terribles. El estupor se adueñó de los espectadores,
troyanos, domadores de caballos, y aqueos, de buenas grebas.
Se detuvieron cerca uno de otro en el campo acotado,
blandiendo las picas y llenos de mutuo rencor.
Primero Alejandro arrojó su pica, de luenga sombra,
y acertó al Atrida en el broquel, por doquier equilibrado.
El bronce no lo rompió; y la punta se le dobló al chocar
con el potente broquel. Se lanzó el segundo con el bronce
el Atrida Menelao, tras elevar esta plegaria a Zeus padre:
«¡Zeus soberano! Concédeme vengarme del que antes ha hecho
mal, del divino Alejandro, y hazlo sucumbir bajo mis manos,
para que también los hombres venideros se estremezcan

3
de hacer mal al que aloje a un huésped y le ofrezca amistad.»
Dijo y, blandiéndola, arrojó la pica, de luenga sombra,
y acertó al Priámida en el broquel, por doquier equilibrado.
Por el reluciente broquel penetró la robusta pica
y se hundió a través de la coraza, con arte elaborada.
De frente, a lo largo del ijar, le desgarró la túnica
la pica, pero él se desvió y esquivó la negra parca.
El Atrida desenvainó la espada, tachonada con clavos de plata,
y enarbolándola golpeó el crestón del casco; y a ambos
lados, desmenuzada en tres o cuatro pedazos, se le cayó de la mano.
El Atrida se lamentó, con la mirada puesta en el vasto cielo:
«¡Oh Zeus padre! No hay dios más execrable que tú.
Estaba seguro de vengarme de la villanía de Alejandro;

CANTO VI
Ayante Telamonio, baluarte de los aqueos, fue el primero
en romper el batallón troyano y aportar una luz a sus compañeros,
al acertar al hombre que era de mejor hechura entre los tracios,
el hijo de Eusoro, el noble y alto Acamante.
Acertóle el primero en el crestón del casco, de tupidas crines;
en la frente se le clavó y traspasó el hueso hasta dentro
la broncínea punta de la lanza, y la oscuridad cubrió sus ojos.
Diomedes, valeroso en el grito de guerra, mató a Axilo
Teutránida, que habitaba en la bien edificada Arisba,
donde vivía con opulencia y era querido por las gentes,
pues habitaba al borde del camino y a todos acogía como suyos.
Mas no hubo entonces quien lo protegiera de la luctuosa ruina
haciendo frente por delante. A ambos robó el aliento vital,

4
a él y a su escudero Calesio, que estaba a cargo de los caballos
entonces como auriga; y ambos penetraron en el seno de la tierra.
Euríalo despojó1 a Dreso y a Ofeltio. Y fue tras
Esepo y Pédaso, a quienes en otro tiempo la ninfa
de las aguas Abarbárea alumbró por obra del intachable Bucolión.
El aguerrido Polipetes mató a Astíalo;
Ulises despojó a Pidites Percosio
con la broncínea pica, y Teucro al divino Aretaón.
Antíloco desarmó con la reluciente lanza a Ablero,
el Nestórida, y Agamenón, soberano de hombres, a Elato,
que habitaba a orillas del Satnioente, de bello caudal,
en la escarpada Pédaso. El héroe Leito apresó a Fílaco
mientras huía, y Eurípilo despojó a Melantio.
Luego Menelao, valeroso en el grito de guerra, a Adresto
capturó vivo. Sus caballos, despavoridos por la llanura,
al enredarse en la rama de un tamarisco y romper el corvo carro
por el extremo delantero del timón, habían marchado a su arbitrio
hacia la ciudad, justo por donde los demás huían despavoridos;
y él, volteado fuera de la caja del carro más allá de la rueda,
había caído de boca y de bruces en el polvo. Al lado apareció
el Atrida Menelao empuñando la pica, de luenga sombra.
Entonces Adresto le agarró las rodillas y le suplicó así:
«¡Préndeme vivo, hijo de Atreo, y acepta un rescate digno!
Muchos tesoros hay guardados en casa de mi opulento padre:
bronce, oro y muy forjado hierro; de ellos
mi padre estaría dispuesto a complacerte con inmensos rescates,
si se enterara de que estoy vivo en las naves de los aqueos.»

1
Cada vez que se dice despojar se refiere a que le han despojado la vida, es decir, lo han asesinado.

5
Así habló, tratando de convencer su ánimo en el pecho.
Y cuando ya estaba a punto de entregarlo a su escudero,
para que lo llevara a las veloces naves de los aqueos, Agamenón
llegó corriendo frente a él y lo increpó con estas palabras:…

CANTO XVI
«¡Mirmidones, compañeros del Pelida Aquiles!
¡Sed hombres, amigos, y acordaos de vuestro impetuoso coraje!
Así honraremos al Pelida, el mejor de los argivos que hay
en las naves, como lo son sus soldados, que luchan de cerca,
y el Atrida Agamenón, señor de anchos dominios, se enterará
de su yerro, por no dar satisfacción al mejor de los aqueos.»
Con estas palabras exdtó la furia y el ánimo de cada uno.
Irrumpieron entre los troyanos en masa compacta, y las naves
resonaron pavorosamente a causa del griterío de los aqueos.
A todos los troyanos, al ver al hijo de Menecio
y a su escudero, ambos refulgentes con las armas,
se les conmovió el ánimo, y los batallones se alteraron,
imaginando que el velocípedo Pelida salía de las naves
tras haber depuesto la cólera y preferido la amistad;
y cada uno escrutó adónde huir del abismo de la ruina.
Patroclo fue el primero en disparar la reluciente lanza
285 derecha hacia el centro, donde más numeroso era el tropel,
junto a la popa de la nave del magnánimo Protesilao, y acertó
a Pirecmes, que a los peonios, provistos de carros de guerra
había traído de Amidón, de orillas del Axio, de amplio caudal.
Le acertó en el hombro derecho, y boca arriba en el polvo
cayó con un lamento. Echaron a huir alrededor sus compañeros

6
peonios, pues Patroclo había sembrado el miedo entre todos
al matar a su príncipe, que destacaba en la lucha.
Y los expulsó de las naves y apagó el ardiente fuego.
Medio quemada quedó la nave allí. Los troyanos echaron a huir
con desaforado bullicio, y los dáñaos se diseminaron
por las huecas naves: y el alboroto se hizo insondable.
Como cuando de la excelsa cima de un elevado monte
Zeus, que los relámpagos acumula, disipa una densa nube,
y se descubren todas las atalayas, las cúspides de los oteros
y los valles, y el inmenso éter se desgarra del cielo,
así los dáñaos, al rechazar de las naves el abrasador fuego,
recobraron breve aliento, pero no por ello cesó el combate.
Aun acosados por los aqueos, caros a Ares, los troyanos
todavía no huían en desbandada desde las negras naves,
sino que aún oponían resistencia y apenas cedían espacio.
Entonces la batalla se dispersó y cada guerrero capturó
a otro de los príncipes. Primero el fornido hijo de Menecio
acertó en el muslo a Areílico, cuando acababa de volverse,
con la puntiaguda pica y le hundió el bronce y lo atravesó.
La pica rompió el hueso, y él de bruces sobre la tierra
cayó. Por su parte, el marcial Menelao hirió a Toante
en el lado del pecho desnudo de broquel y dobló sus miembros.
El Filida, que estaba al acecho del ataque de Anficlo,
se anticipó y empinándose le hirió en lo alto del muslo, donde
está el músculo más grueso del hombre. La punta de la pica
desgarró en dos los tendones, y la oscuridad cubrió sus ojos.
De los Nestóridas, hirió a Atimnio con la aguda lanza
Antíloco; la broncínea pica le atravesó la ijada,

7
y se desplomó hacia adelante. Maris con la lanza de cerca
arremetió contra Antíloco, airado por la muerte de su hermano, 320
y se detuvo ante el cadáver. Y Trasimedes, comparable a un dios,
se anticipó y empinándose le hirió en el hombro sin fallar.
La punta de la lanza rasgó el extremo superior del brazo
y lo separó de los músculos, fracturando el hueso por completo.
Retumbó al caer, y la oscuridad le cubrió ambos ojos.
Doblegados así ambos por los dos hermanos, descendieron
juntos al Érebo los valerosos camaradas de Sarpedón,
los lanceadores hijos de Amisodaro, que a la Quimera
tormentosa había criado para desgracia de numerosos hombres.
Ayante Oiliada arremetió contra Cleobulo y lo prendió vivo, 330
estorbado entre el tropel. Pero allí mismo desmayó su furia,
al golpearle el cuello con la espada, dotada de empuñadura.
La sangre calentó entera la espada, y de sus ojos
se adueñaron la purpúrea muerte y el imperioso destino.
Penéleo y Licón corrieron al encuentro, pues con las picas
ambos habían errado y disparado un tiro ocioso. Ambos de nuevo
se agredieron con las espadas y entonces Licón le dio un tajo
en el crestón del empenachado casco, ‘mas la espada por el mango
se quebró. Le asestó un golpe en el cuello bajo la oreja
Penéleo, y la espada se hundió entera y sólo aguantó la piel;
la cabeza quedó colgando, y los miembros se le desmayaron.
Meriones dio alcance a Acamante con pies prestos y le envasó
en el hombro derecho cuando iba a montar en los caballos.
Se desplomó del carro, y la niebla se vertió sobre sus ojos.
Idomeneo envasó a Enmante el despiadado bronce
en la boca. La broncínea asta penetró de frente

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por debajo del cerebro y rompió los blancos huesos.
Los dientes saltaron al recibir el impacto, y se le llenaron
los dos ojos de sangre; también por la boca y nariz abajo
manaba de sus fauces; y la negra nube de la muerte lo cubrió.
Cada uno de los anteriores príncipes dáñaos hizo una presa.
Igual que agreden a los corderos o a los cabritos los lobos
depredadores, arrancándolos de las reses que en los montes
andan diseminadas por negligencia del pastor, y en cuanto
los ven los arrebatan, porque carecen de coraje en el ánimo,
así los dáñaos agredían a los troyanos, que sólo de la huida,
de siniestro son, se acordaron, olvidando el impetuoso coraje.
El alto Ayante a Héctor, de broncíneo casco, sin cesar
pugnaba por alancear; éste, gracias a su pericia en el combate,
con los anchos hombros tapados por el broquel, de piel de toro,
atendía al silbido de las flechas y al zumbido de las jabalinas.
Bien se daba cuenta de que cambiaban las tornas de la victoria;
pero aun así resistía y salvaba a sus muy fieles compañeros.
Como cuando desde el Olimpo remonta el cielo una nube
nacida del límpido éter cuando Zeus desencadena la tormenta,
así aumentaron el clamor y la huida de ellos fuera de las naves,
y no fue en orden como cruzaron de vuelta. Sacaban los caballos
de cascos ligeros a Héctor con las armas, dejando las tropas
troyanas, a las que la excavada fosa retenía mal de su grado.
Muchos tiros de ligeros caballos rompieron dentro de la fosa
el extremo del timón y abandonaron los carros y a sus soberanos.
Patroclo acompañaba enérgico a los dáñaos, dando órdenes
y meditando males contra los troyanos. De clamor y de huida
colmaron todos los caminos al dispersarse; en lo alto el polvo

9
se esparcía hasta las nubes, y los solípedos caballos a galope
tendido regresaban a la ciudad desde las naves y las tiendas.
Patroclo justo por donde más revuelta veía la hueste guiaba
los caballos entre gritos. Bajo los ejes los hombres caían
de bruces desde los carros, y las cajas volcaban con estrépito.
Franquearon de frente la fosa los ligeros caballos inmortales,
espléndidos dones que los dioses habían regalado a Peleo,
ávidos de seguir adelante. Su ánimo le impulsaba hacia Héctor
y ansiaba alcanzarlo mientras los ligeros caballos lo sacaban.

LA ODISEA
Epopeya griega antigua escrita por “Homero”, aquella figura ficticia que condensa el
trabajo de cientos de aedos (cantores épicos) anónimos. La obra se divide en 24 cantos
(similares a lo que conocemos como capítulos) y nos presenta el viaje de retorno de
Odiseo (o Ulises) a su casa Ítaca luego de que junto con los aqueos lograra destruir y
saquear Troya. El camino se le hace complejo y difícil pues el dios Poseidón (dios del
mar) quiere vengarse de la masacre que se cometió contra los troyanos. En el camino
de vuelta Odisea pasa por múltiples países fantásticos, atraviesa el infierno y se
enfrenta a gigantes, sirenas, monstruos y brujas. Mientras en Ítaca su familia
(Penélope y Telémaco) lo espera durante veinte años. A continuación, se presenta uno
de los enfrentamientos más reconocidos del poema.

CANTO IX
Todo el día hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo
carne en abundancia y bebiendo dulce vino; que el rojo licor aún
no faltaba en las naves, pues habíamos hecho gran provisión de
ánforas al tomar la sagrada ciudad de los cicones. Estando allí
echábamos la vista a la tierra de los cíclopes, que se hallaban
cerca, y divisábamos el humo y oíamos las voces que ellos daban,
y los balidos de las ovejas y de las cabras. Cuando el sol se puso y
sobrevino la oscuridad, nos acostamos en la orilla del mar.

10
Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, los llamé a junta y les dije estas razones:
—Quedaos aquí, mis fieles amigos, y yo con mi nave y mis
compañeros iré allá y procuraré averiguar qué hombres son
aquellos; si son violentos, salvajes e injustos, u hospitalarios y
temerosos de las deidades.
Cuando así hube hablado, subí a la nave y ordené a los
compañeros que me siguieran y desataran las amarras. Ellos se
embarcaron al instante y, sentándose por orden en los bancos,
comenzaron a batir con los remos el espumoso mar. Y tan luego
como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de
los extremos y casi tocando al mar una excelsa gruta a la cual daban
sombra algunos laureles, en ella reposaban muchos hatos de ovejas
y de cabras, y en contorno había una alta cerca labrada con piedras
profundamente hundidas, grandes pinos y encinas de elevada
copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en
apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con
nadie; y, apartado de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas.
Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que
viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se
presentase aislada de las demás cumbres.
Entonces ordené a mis fieles compañeros que se quedasen
a guardar la nave; escogí los doce mejores y juntos echamos a
andar, con un pellejo de cabra lleno de negro y dulce vino que me
había dado Marón, vástago de Evantes y sacerdote de Apolo, el
dios tutelar de Ismaro; porque, respetándole, lo salvamos con su
mujer e hijos que vivían en un espeso bosque consagrado a Febo
Apolo. Marón me hizo ricos dones, pues me regaló siete talentos

11
de oro bien labrado, una cratera de plata y doce ánforas de un
vino dulce y puro, bebida de dioses, que no conocían sus siervos ni
sus esclavas, sino tan solo él, su esposa y una despensera. Cuando
bebían este rojo licor, dulce como la miel, echaban una copa del
mismo veinte de agua; y de la cratera salía un olor tan suave y
divinal, que no sin pena se hubiese renunciado a saborearlo.
De este vino llevaba un gran odre completamente lleno y además
viandas en un zurrón; pues ya desde el primer instante
se figuró mi ánimo generoso que se nos presentaría
un hombre dotado de extraordinaria fuerza, salvaje, e
ignorante de la justicia y de las leyes.
Pronto llegamos a la gruta; mas no dimos con
él, porque estaba apacentando las pingües ovejas.
Entramos y nos pusimos a contemplar con admiración
y una por una todas las cosas; había zarzos cargados
de quesos; los establos rebosaban de corderos y
cabritos, hallándose encerrado, separadamente los
mayores, los medianos y los recentales; y goteaba
el suero de todas las vasijas, tarros y barreños,
de que se servía para ordeñar. Los compañeros
empezaron a suplicarme que nos apoderásemos de
algunos quesos y nos fuéramos, y que luego, sacando
prestamente de los establos los cabritos y los corderos,
y conduciéndolos a la velera nave, surcáramos de
nuevo el salobre mar. Mas yo no me dejé persuadir —mucho mejor
hubiera sido seguir su consejo— con el propósito de ver a aquel y
probar si me ofrecería los dones de la hospitalidad. Pero su venida
no había de serles grata a mis compañeros.

12
Encendimos fuego, ofrecimos un sacrificio a los dioses, tomamos
algunos quesos, comimos, y le aguardamos, sentados en la gruta,
hasta que volvió con el ganado. Traía una gran carga de leña
seca para preparar su comida y la descargó dentro de la cueva
con tal estruendo que nosotros, llenos de temor, nos refugiamos
apresuradamente en lo más hondo de la misma. Luego metió
en el espacioso antro todas las pingües ovejas que tenía que
ordeñar, dejando a la puerta, dentro del recinto de altas paredes,
los carneros y los bucos. Después cerró la puerta con un pedrejón
grande y pesado que llevó a pulso y que no hubiesen podido mover
del suelo veintidós sólidos carros de cuatro ruedas. ¡Tan inmenso
era el peñasco que colocó a la entrada! Se sentó enseguida, ordeñó
las ovejas y las baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a
cada una le puso su hijito. A la hora, haciendo cuajar la mitad de
la blanca leche, la amontonó en canastillos de mimbre, y vertió la
restante en unos vasos para bebérsela y así le serviría de cena.
Acabadas con prontitud tales faenas, encendió fuego, y al vernos,
nos hizo estas preguntas:
—¡Oh forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis navegando
por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o andáis por el
mar, a la ventura, como los piratas que divagan, exponiendo su vida
y produciendo daño a los hombres de extrañas tierras?
Así dijo. Nos quebraba el corazón el temor que nos produjo su
voz grave y su aspecto monstruoso. Mas, con todo eso, le respondí
de esta manera:
—Somos aqueos a quienes extraviaron, al salir de Troya,
vientos de toda clase, que nos llevan por el gran abismo del mar;
deseosos de volver a nuestra patria llegamos aquí por otra ruta,

13
por otros caminos, porque de tal suerte debió de ordenarlo Zeus.
Nos preciamos de ser guerreros de Agamenón Atrida, cuya gloria
es inmensa debajo del cielo —¡tan grande ciudad ha destruido y
a tantos hombres ha hecho perecer!—, y venimos a abrazar tus
rodillas por si quisieras presentarnos los dones de la hospitalidad o
hacernos algún otro regalo, como es costumbre entre los huéspedes.
Respeta, pues, a los dioses, varón excelente; que nosotros somos
ahora tus suplicantes. Y a suplicante y forasteros los venga Zeus
hospitalario, el cual acompaña a los venerandos huéspedes.
Así le hablé; y me respondió en seguida con ánimo cruel:
—¡Oh forastero! Eres un simple o vienes de lejanas tierras cuando
me exhortas a temer a los dioses y a guardarme de su cólera: que
los cíclopes no se cuidan de Zeus, que lleva la égida, ni de los
bienaventurados númenes, porque aun les ganan en ser poderosos;
y yo no te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros por temor a la
enemistad de Zeus, si mi ánimo no me lo ordenase. Pero dime en
qué sitio, al venir, dejaste la bien construida embarcación: si fue,
por ventura, en lo más apartado de la playa o en un paraje cercano,
a fin de que yo lo sepa.
3
Así dijo para tentarme. Pero su intención no me pasó inadvertida
a mí que sé tanto, y de nuevo le hablé con engañosas palabras:
—Poseidón, que sacude la tierra, rompió mi nave llevándola a
un promontorio y estrellándola contra las rocas en los confines de
vuestra tierra, el viento que soplaba del ponto se la llevó y pudiera
librarme, junto con estos, de una muerte terrible.
Así le dije. El cíclope, con ánimo cruel, no me dio respuesta;
pero, levantándose de súbito, echó mano a los compañeros, agarró

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a dos y, cual si fuesen cachorrillos los arrojó a tierra con tamaña
violencia que el encéfalo fluyó del suelo y mojó el piso. De contado
despedazó los miembros, se aparejó una cena y se puso a comer
como montaraz león, no dejando ni los intestinos, ni la carne, ni
los medulosos huesos. Nosotros contemplábamos aquel horrible
espectáculo con lágrimas en los ojos, alzando nuestras manos
a Zeus; pues la desesperación se había señoreado de nuestro
ánimo. El cíclope, tan luego como hubo llenado su enorme vientre,
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, se acostó
en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.
Entonces formé en mi magnánimo corazón el propósito de
acercarme a él y, sacando la aguda espada que colgaba de mi muslo,
herirle el pecho donde las entrañas rodean el hígado, palpándolo
previamente; mas otra consideración me contuvo. Habríamos,
en efecto, perecido allí de espantosa muerte, a causa de no poder
apartar con nuestras manos el grave pedrejón que el cíclope colocó
en la alta entrada. Y así, dando suspiros, aguardamos que apareciera
la divina Aurora.
Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos
dedos, el cíclope encendió fuego y ordeñó las gordas ovejas, todo
como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito. Acabadas con
prontitud tales faenas, echó mano a otros dos de los míos, y con
ellos se aparejó el almuerzo.
En acabando de comer sacó de la cueva los pingües ganados,
removiendo con facilidad el enorme pedrejón de la puerta; pero al
instante lo volvió a colocar, del mismo modo que si a un carcaj le
pusiera su tapa.
Mientras el cíclope aguijaba con gran estrépito sus pingües

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rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando siniestras trazas,
por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me otorgara
la victoria.
Al fin me pareció que la mejor resolución sería la siguiente.
Echada en el suelo del establo se veía una gran clava de olivo
verde, que el cíclope había cortado para llevarla cuando se secase.
Nosotros, al contemplarla, la comparábamos con el mástil de un
negro y ancho bajel de transporte que tiene veinte remos y atraviesa
el dilatado abismo del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó
a la vista. Me acerqué a ella y corté una estaca como de una braza,
que di a los compañeros, mandándoles que la puliesen. No bien la
dejaron lisa, agucé uno de sus cabos, la endurecí, pasándola por el
ardiente fuego, y la oculté cuidadosamente debajo del abundante
estiércol esparcido por la gruta. Ordené entonces que se eligieran
por suerte los que, uniéndose conmigo deberían atreverse a levantar
la estaca y clavarla en el ojo del cíclope cuando el dulce sueño le
rindiese. Les cayó la suerte a los cuatro que yo mismo hubiera
escogido en tal ocasión, y me junté con ellos formando el quinto.
Por la tarde volvió el cíclope con el rebaño de hermoso vellón, que
venía de pacer, e hizo entrar en la espaciosa gruta a todas las pingües
reses, sin dejar a ninguna dentro del recinto; ya porque sospechase
algo, ya porque algún dios se lo ordenara. Cerró la puerta con el
pedrejón que llevó a pulso, se sentó, ordeñó las ovejas y las baladoras
cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su hijito.
Acabadas con prontitud tales cosas, agarró a otros dos de mis
amigos y con ellos se aparejó la cena. Entonces me presenté al
cíclope, y teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé de
esta manera:

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—Toma, cíclope, bebe vino, ya que comiste carne humana, a fi
de que sepas qué bebida se guardaba en nuestro buque. Te lo traía
para ofrecer una libación en el caso de que te apiadases de mí y me
enviaras a mi casa, pero tú te enfureces de intolerable modo. ¡Cruel!
¿Cómo vendrá en lo sucesivo ninguno de los muchos hombres que
existen, si no te portas como debieras?
Así le dije. Tomó el vino y se lo bebió. Y le gustó tanto el dulce
licor que me pidió más:
—Dame de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente
tu nombre para que te ofrezca un don hospitalario con el cual
huelgues. Pues también a los cíclopes la fértil tierra les produce vino
en gruesos racimos, que crecen con la lluvia enviada por Zeus; mas
esto se compone de ambrosía y néctar.
Así habló, y volví a servirle el negro vino: tres veces se lo
presenté y tres veces bebió incautamente. Y cuando los vapores del
vino envolvieron la mente del cíclope, le dije con suaves palabras:
—¡Cíclope! Preguntas cuál es mi nombre ilustre y voy a decírtelo,
pero dame el presente de hospitalidad que me has prometido.
Mi nombre es Nadie; y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis
compañeros todos.
Así le hablé; y enseguida me respondió con ánimo cruel:
—A Nadie me lo comeré al último, después de sus compañeros,
y a todos los demás antes que a él: tal será el
don hospitalario que te ofrezca.
Dijo, se tiró hacia atrás y cayó de espaldas.
Así echado, dobló la gruesa cerviz y le
venció el sueño, que todo lo rinde: le salía
de la garganta el vino con pedazos de carne

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humana, y eructaba por estar cargado de vino.
Entonces metí la estaca debajo del
abundante rescoldo, para calentarla, y animé
con mis palabras a todos los compañeros:
no fuera que alguno, poseído de miedo, se
retirase. Mas cuando la estaca de olivo, con ser
verde, estaba a punto de arder y relumbraba
intensamente, fui y la saqué del fuego; me
rodearon mis compañeros, y una deidad nos
infundió gran audacia. Ellos, tomando la estaca
de olivo, la hincaron por la aguzada punta en
el ojo del cíclope; y yo, alzándome, la hacía
girar por arriba. De la suerte que cuando un
hombre taladra con el barreno el mástil de
un navío, otros lo mueven por debajo con una correa, que hacen
por ambas extremidades, y aquel da vueltas continuamente: así
nosotros, haciendo la estaca de ígnea punta, la hacíamos girar
en el ojo del cíclope y la sangre brotaba alrededor del ardiente
palo. Le quemó el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la
pupila estaba ardiendo y sus raíces crepitaban por la acción del
fuego. Así como el broncista, para dar el temple que es la fuerza
del hierro, sumerge en agua fría una gran segur o un hacha
que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el ojo del
cíclope en torno de la estaca de olivo. Dio el cíclope un fuerte y
horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros, amedrentados,
huimos prestamente; mas él se arrancó la estaca, toda manchada
de sangre, la arrojó furioso lejos de sí y se puso a llamar con altos
gritos a los cíclopes que habitaban a su alrededor, dentro de

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cuevas, en los ventosos promontorios.
En oyendo sus voces, acudieron muchos, quién por un lado
y quién por otro, y parándose junto a la cueva, le preguntaron
qué le angustiaba:
—¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante
modo en la divina noche, despertándonos a todos? ¿Acaso algún
hombre se lleva tus ovejas mal de tu grado? ¿O, por ventura, te
matan con engaño o con fuerza?
Les respondió desde la cueva el robusto Polifemo:
—¡Oh, amigos! «Nadie» me mata con engaño, no con fuerza.
4
Y ellos le contestaron con estas aladas palabras:
—Pues si nadie te hace fuerza, ya que estás solo, no es posible
evitar la enfermedad que envía el gran Zeus, pero, ruega a tu padre,
el soberano Poseidón.
Apenas acabaron de hablar, se fueron todos; y yo me reí en
mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente artificio les había
engañado. El cíclope, gimiendo por los grandes dolores que
padecía, anduvo a tientas, quitó el peñasco de la puerta y se sentó
a la entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano a
alguien que saliera con las ovejas; ¡tan mentecato esperaba que
yo fuese!
Mas yo meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor y si
hallaría algún arbitrio para librar de la muerte a mis compañeros
y a mí mismo. Revolví toda clase de engaños y de artificios, como
que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y al fin me
pareció la mejor resolución la que voy a decir. Había unos carneros
bien alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana;

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y, sin desplegar los labios, los até de tres en tres, entrelazando
mimbres de aquellos sobre los cuales dormía el monstruoso e
injusto cíclope: y así el del centro llevaba a un hombre y los otros
dos iban a ambos lados para que salvaran a mis compañeros.
Tres carneros llevaban, por tanto, a cada varón; mas yo viendo
que había otro carnero que sobresalía entre todas las reses, lo así
por la espalda, me deslicé al vedijudo vientre y me quedé agarrado
con ambas manos a la abundantísima lana, manteniéndome en
esta postura con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros,
aguardamos la aparición de la divina Aurora.
Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos, de rosáceos
dedos, los machos salieron presurosos a pacer, y las hembras,
como no se las había ordeñado, balaban en el corral con las tetas
retesadas. Su amo, afligido por los dolores, palpaba el lomo a
todas las reses que estaban de pie, y el simple no advirtió que mis
compañeros iban atados a los pechos de los vedijudos animales.
El último en tomar el camino de la puerta fue mi carnero, cargado
de su lana y de mí mismo, que pensaba en muchas cosas. Y el
robusto Polifemo lo palpó y así le dijo:
—¡Carnero querido! ¿Por qué sales de la gruta el postrero del
rebaño? Nunca te quedaste detrás de las ovejas, sino que, andando
a buen paso pacías el primero las tiernas flores de la hierba,
llegabas el primero a las corrientes de los ríos y eras quien primero
deseaba volver al establo al caer de la tarde; mas ahora vienes, por
el contrario, el último de todos. Sin duda echarás de menos el ojo
de tu señor, a quien cegó un hombre malvado con sus perniciosos
compañeros, perturbándole las mentes con el vino. Nadie, pero me
figuro que aún no se ha librado de una terrible muerte. ¡Si tuvieras

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mis sentimientos y pudieses hablar, para indicarme dónde evita mi
furor! Pronto su cerebro, molido a golpes, se esparciría acá y acullá
por el suelo de la gruta, y mi corazón se aliviaría de los daños que
me ha causado ese despreciable Nadie.
Diciendo así, dejó el carnero y lo echó afuera. Cuando estuvimos
algo apartados de la cueva y del corral, me solté del carnero y
desaté a los amigos. Al punto antecogimos aquellas gordas reses de
gráciles piernas y, dando muchos rodeos, llegamos por fin a la nave.
Nuestros compañeros se alegraron de vernos a nosotros, que nos
habíamos librado de la muerte, y empezaron a gemir y a sollozar
por los demás. Pero yo haciéndoles una señal con las cejas, les
prohibí el llanto y les mandé que cargaran presto en la nave muchas
de aquellas reses de hermoso vellón y volviéramos a surcar el
agua salobre. Se embarcaron en seguida y, sentándose por orden
en los bancos, tornaron a batir con los remos el espumoso mar.
Y, en estando tan lejos cuanto se deja oír un hombre que
grita, hablé al cíclope con estas mordaces palabras:
—¡Cíclope! No debías emplear tu gran fuerza para comerte
en la honda gruta a los amigos de un varón indefenso. Las
consecuencias de tus malas acciones habían de alcanzarte,
oh cruel, ya que no temiste devorar a tus huéspedes en
tu misma morada; por eso Zeus y los demás dioses te han
castigado. Así le dije; y él, airándose más
en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, la arrojó
delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó para
que no diese en la extremidad del gobernalle. Se agitó el mar por la
caída del peñasco y las olas, al refluir desde el ponto, empujaron la
nave hacia el continente y la llevaron a tierra firme. Pero yo, asiendo

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con ambas manos un larguísimo botador, la eché al mar y ordené
a mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que
apretaran con los remos a fin de librarnos de aquel peligro. Se
encorvaron todos y empezaron a remar. Mas, al hallarnos dentro del
mar, a una distancia doble de la de antes, hablé al cíclope, a pesar
de que mis compañeros me rodeaban y pretendían disuadirme con
suaves palabras unos por un lado y otros por el opuesto:
—¡Desgraciado! ¿Por qué quieres irritar a ese hombre feroz
que con lo que tiró al ponto hizo volver la nave a tierra firme
donde creíamos encontrar la muerte? Si oyera que alguien da
voces o habla, nos aplastaría la cabeza y el maderamen del barco,
arrojándonos áspero peñón. ¡Tan lejos llegan sus tiros!
Así se expresaban. Mas no lograron quebrantar la firmeza de mi
corazón magnánimo; y, con el corazón irritado, le hablé otra vez con
estas palabras: —¡Cíclope! Si alguno de los mortales hombres te pregunta la causa
de tu vergonzosa ceguera, dile que quien te privó del ojo fue Odiseo,
el asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca.

LA ENEIDA
Poema épico romano escrito por encargo del emperador a Virgilio para que inventara
una fundación mítica para el imperio romano. De esta forma Virgilio (copiando la
Ilíada y Odisea) inventa que uno de los sobrevivientes de la guerra de troya: Eneas,
huye de ella y en el camino llega a Roma para fundar el Imperio más grande la
humanidad. En dicho viaje se encuentra con múltiples enemigos y amores. La obra se
compone de doce libros y a continuación, se presenta un fragmento del Libro II,
donde Eneas narra la caída de Troya

LIBRO II
Callaron todos, puestos a escuchar con profunda atención, y enseguida el gran caudillo
Eneas habló así desde su alto lecho: "Mándasme ¡oh Reina! que renueve inefables dolores,
refiriéndote cómo los Dánaos asolaron las grandezas troyanas y aquel miserando reino;

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espantosa catástrofe, que yo presencié y en que fui gran parte. ¿Quién al narrar tales
desastres; quién, ni aun cuando fuera uno de los Mirmidones o de los Dólopes, o soldado
del duro Ulises, podría refrenar el llanto? Y ya la húmeda noche se precipita del cielo, y las
estrellas que van declinando convidan al sueño. Mas si tanto deseo tienes de saber nuestras
tristes aventuras, y de oir brevemente el supremo trance de Troya, aunque el ánimo se
horroriza a su solo recuerdo y retrocede espantado, empezaré. Quebrantados por la guerra y
contrariados por el destino en tantos años ya pasados, los caudillos de los Griegos
construyen, por arte divino de Palas, un caballo tamaño como un monte, cuyos costados
forman con tablas de abeto bien ajustadas, y haciendo correr la voz de que aquello es un
voto para obtener feliz regreso, consiguen que así se crea. Allí, en aquellos tenebrosos
senos, ocultan con gran sigilo la flor de los guerreros, designados al efecto por la suerte, y
en un momento llenan de gente armada las hondas cavidades y el vientre todo de la gran
máquina (el caballo de troya).

Al punto hacemos una gran brecha en las murallas, abriendo así la ciudad; todos ponen
mano a la obra, encajan bajo los pies del caballo ruedas con que se arrastre fácilmente, y le
echan al cuello fuertes maromas; así escala nuestros muros la fatal máquina, preñada de
guerreros; en torno niños y doncellas van entonando sagrados cánticos, y recreándose a
porfía en tocar la cuerda con su mano. Avanza aquella en tanto, y penetra amenazadora
hasta el centro de la ciudad. ¡Oh patria, oh Ilión, morada de los dioses! ¡Oh murallas de los
Dárdanos, ínclitas en la guerra! Cuatro veces se paró la enemiga máquina en el mismo
dintel de la puerta, y cuatro veces se oyó resonar en su vientre un crujido de armas.
Avanzamos, no obstante, desatentados y ciegos en nuestro delirio, y colocamos el fatal
monstruo en el sagrado alcázar. Entonces también abrió la boca para revelarnos nuestros
futuros destinos Casandra, jamás creída de los Troyanos por voluntad de Apolo; y nosotros,
infelices, para quienes era aquél el último día, íbamos por la ciudad, ornando con festivas
enramadas los templos de los dioses. Gira en tanto el cielo, y la noche se precipita en el
Océano, envolviendo en sus dilatadas sombras la tierra y el firmamento y las insidias de los
Mirmidones. Esparcidos por la ciudad, quedan en silencio los Troyanos; un profundo
letargo se apodera de sus fatigados cuerpos.
Ya la falange de los Argivos se encaminaba desde Ténedos a nuestras conocidas playas en
sus bien armadas naves, a favor del silencio y de la protectora luz de la luna, y apenas la
real encendió una hoguera en su popa para dar la señal, cuando Sinón, defendido por los
hados de los dioses, crueles para nosotros, abre furtivamente a los Griegos encerrados en el
vientre del coloso su prisión de madera; devuélvelos al aire libre el ya abierto caballo, y
alegres salen del hueco roble, descolgándose por una maroma, los caudillos Tesandro y
Stenelo y el cruel Ulises, Acamante, Toas y Neptolemo, nieto de Peleo, y Macaón el
primero, y Menelao, y el mismo Epeos, artífice de aquella traidora máquina. Invaden la
ciudad, sepultada en el sueño y el vino, matan a los centinelas, abren las puertas, dan
entrada a todos sus compañeros, y se unen a las huestes que los esperan para dar el golpe.

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Era la hora en que empieza para los dolientes mortales y se difunde por sus cuerpos el
primer sopor, dulcísimo don de los dioses, cuando me pareció que veía entre sueños a
Héctor en ademán tristísimo, derramando copioso llanto, cual le vi en otro tiempo,
arrebatado por un carro de dos caballos manchado de sangre y polvo, arrastrado por los
pies, entumecidos con sus ligaduras de correas. ¡Cuál estaba, ay de mí! ¡Cuán distinto de
aquel Héctor cuando volvía cubierto con los despojos de Aquiles o después de arrojar las
frigias teas a las naves de los Dánaos! Escuálida la barba, cuajados con sangre los cabellos,
mostraba aquellas numerosas heridas que recibió en derredor de los patrios muros; entonces
me pareció que, llorando yo también, le dirigía el primero estas doloridas palabras:

"¡Oh luz de la ciudad dardania, oh firmísima esperanza de los Teucros! ¿Cómo te tardaste
tanto? ¿De qué playas vuelves, ¡oh deseado Héctor! que al fin te vemos, rendidos después
de tanta mortandad de los tuyos, después de tantos varios trabajos para la ciudad y sus
defensores? Mas ¿cuál indigna causa ha desfigurado tu sereno rostro? ¿Por qué veo en tu
cuerpo esas heridas? Nada me responde, ni aun parece atender a mis vanas preguntas; mas
exhalando gravemente de lo hondo del pecho un gemido, "Huye, ay, ¿oh hijo de una diosa!
dice; huye y líbrate de esas llamas. El enemigo ocupa la ciudad. Troya se derrumbase de su
alta cumbre. Bastante hemos hecho por la patria y por Príamo; si Pérgamo hubiera podido
ser defendido por manos mortales, mi mano le hubiera defendido. Troya te confía sus
númenes y penates, toma contigo esos compañeros de sus futuros hados, y busca para ellos
nuevas murallas, que fundarás, grandes por fin, después de andar errante mucho tiempo por
los mares." Dice, y él mismo con sus manos se lleva la poderosa Vesta y las ínfulas y el
eterno fuego que arde en el profundo santuario.
Resuenan en tanto por la ciudad confusos y tristes lamentos, y aunque la morada de mi
padre Anquises estaba en lugar retirado y cubierta de árboles, cada vez las voces iban
llegando a ella más penetrantes y se oía mejor el horroroso estrépito de las armas.
Despiértome sobresaltado, y subiendo al punto a la más alta azotea, me pongo a escuchar
con profunda atención, no de otra suerte cuando la llama, impelida por el furioso austro, se
precipita sobre las mieses, o cuando un torrente acrecido con los raudales que bajan de los
montes arrasa los campos, arrasa los lozanos sembrados, y arrebata el trabajo de los bueyes
y las desgajadas selvas, aturdido el pastor escucha el impensado estrago desde la alta cima
de un peñasco. Entonces conocí la traición de que éramos víctimas, y vi patente la perfidia
de los Dánaos. Ya se había derrumbado a impulso de las llamas el gran palacio de Deifobo;
ya estaba ardiendo también el inmediato de Ucalegonte; los dilatados mares de Sigeo se
iluminan con los resplandores del incendio. Oyense los clamores de los guerreros y el
sonido de las trompetas. Fuera de mi, empuño mis armas, mas de poco sirven ya las armas;
mi único pensamiento es volar a la lid y acudir con mis compañeros a la defensa del
alcázar; el furor y la ira me arrebatan; sólo anhelo alcanzar, peleando, una honrosa muerte.
En esto me encuentro con Panto, hijo de Otreo y sacerdote del templo de Febo, que
libertado de los dardos enemigos y llevando en sus brazos los ornamentos sagrados, las
imágenes de nuestros vencidos dioses y un nietecillo suyo, corría desatentado hacia las
puertas de la ciudad. "¿En qué estado van nuestras cosas, exclamé, oh Panto? ¿Nos queda
24
todavía alguna fortaleza?" A estas palabras replicó, exhalando un gemido: "¡Llegado es ya
nuestro último día, llegado es ya el inevitable término de la ciudad dardania! ¡Los Troyanos
fuimos, fue Ilión, fue la gran gloria de los Teucros! Fiero Júpiter lo ha transferido todo a
Argos; los Dánaos se señorean de nuestra ciudad, incendiada. El colosal caballo, colocado
en medio de nuestras murallas, arroja torrentes de guerreros, y Sinón, vencedor e insultante,
lleva doquiera el incendio; otros ocupan las puertas, abiertas de par en par, en tan numerosa
muchedumbre, cual nunca vino mayor de las poderosa Micenas. Otros cierran con una
lluvia de flechas las angostas calles; por todas partes el filo de las espadas y las
centelleantes puntas fulminan la muerte; apenas si los primeros centinelas de las puertas
prueban a pelear y en medio de las tinieblas resisten en desesperada lid." Arrebatado por
estas palabras del hijo de Otreo y por la voluntad de los dioses, me lanzo al incendio y a la
pelea, adonde me llaman las tristes Euménides, el crujido de las armas y los clamores que
se levantan hasta el cielo. Unense a mí Ripeo y Epito, el más anciano de nuestros guerreros,
y guiados por la claridad de la luna, se nos agregan también Hipanis y Dimante, y el joven
Corebo, hijo de Migdon, que por aquellos días acababa de llegar a Troya, abrasado en un
inmenso amor a Casandra; considerándose ya como yerno de Príamo, había acudido en
auxilio suyo y de los Troyanos. ¡Infeliz, que desoyó los vaticinios de su inspirada amante!...
Al verlos aparejados a la lid, les hablé de esta manera: "¡Oh mancebos, corazones
fortísimos, pero en vano! si estáis decididos a seguirme en mi desesperada empresa, ya veis
cuál es la situación de nuestras cosas; todos los dioses, por cuyo favor subsistía este
imperio, han abandonado sus santuarios y sus altares; vais a acudir en socorro de una
ciudad incendiada; muramos, pues, sucumbamos en medio de la pelea. La única salvación
para los vencidos es no esperar ninguna." Con estas palabras inflamé más y más el ánimo
de los mancebos. Entonces, como rapaces lobos en negra noche, a quienes hambre horrible
arroja rabiosos de sus guaridas, donde los aguardan, secas las fauces, sus abandonados
cachorros, por en medio de los dardos y de los enemigos volamos a una muerte segura,
dirigiéndonos al centro de la ciudad, rodeados por las tinieblas de la noche. ¡Quién podría
narrar dignamente la mortandad y los horrores de aquella noche y ajustar sus lágrimas a
tantos desastres! Cayó la antigua ciudad, libre y poderosa por tantos años; por todas partes
se ven tendidos cadáveres inertes en las calles, delante de las casas y en los sagrados
umbrales de los dioses. Mas no son sólo los Teucros los que derraman su sangre; también a
veces renace el valor en el corazón de los vencidos, y sucumben los vencedores Dánaos.
Por todas partes lamentos y horror; por todas partes la muerte, bajo innumerables formas.
El primer enemigo que encontramos fue Androgeo, que, acompañado de muchedumbre de
Griegos y creyéndonos de los suyos, nos increpa con estas amistosas palabras: "Daos prisa,
compañeros; ¿cómo os habéis retardado tanto? ¿Otros están ya saqueando los incendiados
palacios de Pérgamo, y vosotros bajáis ahora de las altas naves!" Dijo; y conociendo al
punto, por nuestra ambigua respuesta, que había tropezado con gente enemiga, quedó
estupefacto y calló, y retrocedió espantado, semejante al que de improviso pisa una culebra
escondida entre ásperos abrojos y de repente retira el pie tembloroso, viendo al reptil
alzarse lleno de ira, hinchado el cerúleo cuello; no de otra suerte Androgeo, aterrado al
vernos, se disponía a huir. Precipitámonos sobre ellos y los envolvemos con nuestras
espadas, haciéndolos sucumbir, validos del terror que los embarga y de su ignorancia del

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terreno; la fortuna favorece aquella nuestra primera empresa. Alentado Corebo con el
triunfo, "¡Oh compañeros!" exclama, sigamos este camino de salvación que por primera
vez nos enseña la fortuna, y por el que se nos muestra propicia. Troquemos broqueles y
cubrámonos con los arreos de los Griegos; astucia o valor, ¿qué más da cuando se emplean
contra los enemigos? Ellos mismos nos darán armas" Esto diciendo, cúbrese al punto con el
penachudo yelmo de Androgeo, embraza su magnífico escudo y ciñe a su costado la espada
argiva; lo mismo hacen Rifeo, el mismo Dimante y toda nuestra entusiasmada juventud,
armándose cada cual con algunos recientes despojos. Avanzamos así, mezclados con los
Griegos, bajo ajenos auspicios, y trabamos en medio de las tinieblas muchos recios
combates, lanzando en ellos al Orco a muchos dánaos. Huyen unos a las naves, buscando
un refugio en la playa; otros, con torpe miedo, escalan segunda vez el monstruoso caballo y
se esconden en su conocido seno.

CANTAR DE ROLDÁN
Poema anónimo (se desconoce su autor, aunque se piensa que pudo ser escrito por
varios sacerdotes) que narra la batalla de cristianos y musulmanes. El poema trata
sobre cómo Roldán, un caballero francés, queda solo un puñado de soldados frente a
gran parte del ejercito musulmán y lucha durante días (y hasta su muerte) para
contener a un enorme ejército. Presentamos a continuación un fragmento de la
batalla:

El conde Roldán enarbola su espada, tinta en sangre. Bien ha llegado a sus oídos que los
francos pierden ánimo y tan grande es su pesar que parécele que se le desgarra el corazón.
Le dice al infiel: —¡Así te envíe Dios todos los males! ¡Mataste a uno que habrá de costarte
muy caro! Espolea su corcel: ¿quién vencerá? He aquí que han trenzado ya combate.

Era Grandonio valiente y denodado, temible y atrevido en la batalla. Se ha cruzado Roldán


en su camino. Jamás lo ha visto: no obstante lo reconoce al punto por su altivo rostro, su
porte gallardo, su mirada y su actitud; siente temor, no puede defenderse. Intenta huir, pero
en vano. El conde le asesta tan prodigioso golpe que le raja todo el yelmo hasta el nasal, le
parte la nariz, la boca y los dientes, el tronco todo y la cota de fuertes mallas, y la montura
dorada, desde la perilla hasta el borde de plata, y aun el lomo del caballo hiere
profundamente. Nada puede impedirlo: a los dos ha dado muerte y se lamentan por ello
todos los de España. —¡Bien pelea nuestro protector! —dicen los francos.

La batalla se torna prodigiosa y precipitada. Los franceses combaten con vigor y coraje.
Cortan puños, costados, espaldas, desgarran las ropas hasta la carne viva y chorrea la
sangre en claros hilos sobre la hierba verde. ¡Tierra de los Padres, Mahoma te maldiga!

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¡Entre todos los pueblos es más audaz el tuyo! Y no hay un sarraceno que no grite: —¡Rey
Marsil, a caballo! ¡Necesitamos tu ayuda!

Maravillosa y grande es la batalla. Hieren los francos con sus bruñidas picas. ¡Hubieseis
visto tanto dolor, tantos hombres muertos, heridos, ensangrentados! Yacen los unos sobre
los otros, vuelta la faz hacia el cielo o contra la tierra. No pueden resistir tal quebranto los
sarracenos: quiéranlo o no, abandonan el campo. Y los francos los persiguen con todos sus
bríos.

El conde Roldán llama a Oliveros y le dice: —Señor compañero, confesadlo: el arzobispo


es muy cumplido caballero; no lo hay mejor bajo el firmamento; bien hiere con la lanza y
con la pica. —¡Prestémosle, pues, nuestro brazo! —responde Oliveros. A tales palabras han
reanudado el combate los francos. Los golpes son recios, violento el combate. Grande es el
desamparo de los cristianos. ¡Cuán bello habría sido ver a Roldán y a Oliveros asestar
tajantes mandobles con sus espadas! El arzobispo lidia con su pica. Pueden calcularse en
cuatro mil los que hallaron la muerte por ellos, pues cuenta la Gesta que está escrito su
número en las cartas y los breves. Resistieron firmemente los cuatro primeros asaltos, pero
el quinto les infligió gran quebranto. Muchos caballeros franceses perecieron; sólo quedan
sesenta que Dios ha guardado. Antes de morir, habrán de venderse muy caro.
Contempla el conde Roldán la gran mortandad de los suyos y llama a Oliveros, su amigo:
—¡Buen señor, querido compañero, por Dios!, ¿qué os parece? ¡Ved cuántos bravos yacen
por tierra! ¡Buen motivo tenemos para apiadarnos de Francia, la dulce y bella! ¡Cuan
desierta quedará, vacía de tales barones! Ah, rey amigo, ¿por qué no estáis aquí? ¿Qué
podríamos hacer, hermano Oliveros? ¿Cómo darle noticias de nosotros? Responde
Oliveros: —¿Cómo? No lo sé. Ello podría dar lugar a que se nos afrentase, ¡y antes prefiero
morir!

Roldán dice: —Tocaré el olifante. Llegará a oídos de Carlos, que está pasando los puertos.
Os lo juro, retornarán los francos. Responde Oliveros: —¡Fuera para todos vuestros
parientes gran deshonor y oprobio y pesará sobre ellos esta afrenta durante toda la vida!
Cuando yo os lo aconsejé, nada hicisteis. Hacedlo ahora, mas no será por indicación mía.
¡No fuera propio de un valiente tocar el cuerno! ¡Ya vuestros dos brazos tenéis cubiertos de
sangre! —¡Buenos golpes he dado! —dice el conde.

—¡Dura es nuestra batalla! —dice Roldán—. Tocaré mi cuerno y el rey Carlos lo


escuchará. —¡No sería propio de un valiente! —dice Oliveros—. Cuando yo os lo aconsejé,
compañero, no os dignasteis escucharme. Si el rey hubiese estado aquí no sufriéramos
quebranto alguno. Los que ahora yacen no merecen reproche. Por mis barbas, que si me es

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dado retornar junto a Alda, mi gentil hermana, ¡jamás habréis de reposar en sus brazos!

—¿Por qué contra mí volvéis vuestra cólera? —dice Roldán. Y responde Oliveros.—
Compañero, vuestra es la culpa, pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y más
vale mesura que soberbia. Si tantos franceses murieron, fue por vuestra ligereza. Nunca
más volveremos a servir a Carlos. Si me hubierais escuchado, habría retornado mi señor; la
batalla estaría ganada y muerto o prisionero el rey Marsil. En mala hora, Roldán,
contemplamos vuestro denuedo. Carlos el Grande, que no tendrá su par hasta el juicio final,
no volverá a recibir nuestra ayuda. Vais a morir y Francia será por ello afrentada. Hoy toca
a su fin nuestro leal compañerismo: antes de esta noche habremos de separarnos, y nos será
muy duro.

Óyelos disputar el arzobispo, y clavando en su corcel las espuelas de oro puro, va hacia
ellos y les hace reproche: —¡Señor Roldán, y vos, señor Oliveros, por Dios os ruego que
pongáis fin a esta querella! Tocar el cuerno no podría ya salvarnos, mas tocadlo de todos
modos, será mucho mejor. Vendrá el rey y podrá vengarnos: no habrán de retornar alegres
los de España. Nuestros franceses echarán aquí pie a tierra y nos encontrarán muertos y
mutilados; nos pondrán en ataúdes, nos cargarán en acémilas y nos llorarán, llenos de dolor
y piedad. Nos darán sepultura en atrios de iglesias y no seremos pasto de los lobos, los
cerdos y los perros.—¡Bien hablasteis, señor! —responde Roldán.
Roldán lleva el olifante a sus labios. Lo emboca bien y sopla con todas sus fuerzas. Los
montes son altos y larga la voz del cuerno; a treinta leguas se escucha prolongarse su
sonido. Carlos lo oye, y como él todos sus guerreros. Exclama el rey: —¡Han trenzado
combate los nuestros! Y Ganelón responde, llevándole la contraria: —Si otro fuera quien
tal dijese, ciertamente se le tacharía de gran embustero.
El conde Roldán, con esfuerzo y grandes espasmos, toca dolorosamente su olifante. Por su
boca brota la sangre clara, y se ha roto su sien. El sonido del cuerno se difunde a lo lejos.
Carlos, que cruza los puertos, lo ha oído. El duque Naimón escucha y como él todos los
francos. Y exclama el rey: —¡Es el olifante de Roldán! ¡No lo tocaría si no estuviese en
trance de batalla! —¡No hay tal batalla! —responde Ganelón—. Sois ya viejo, vuestras
sienes están blancas y floridas; por vuestras palabras parecéis un niño. Bien conocéis el
gran orgullo de Roldán: es maravilla que lo haya tolerado Dios tanto tiempo. ¿No ha
llegado, pues, a conquistar Noples sin esperar vuestras órdenes? Los sarracenos hicieron
una salida y presentaron batalla a Roldán, el buen vasallo. Para borrar las huellas del
encuentro, éste mandó inundar los prados cubiertos de sangre. Por una sola liebre se pasa el
día tocando el olifante. Hoy será algún juego que lleva a cabo entre sus pares. ¿Quién bajo
el firmamento se atrevería a ofrecerle batalla? Cabalguemos, pues. ¿Por qué detenernos?
Lejos, frente a nosotros, está aún la Tierra de los Padres.

El conde Roldán tiene la boca ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante


dolorosamente, con angustia. Carlos lo oye, y como él todos los franceses. Y dice el rey: —
28
¡Largo aliento tiene este olifante! —¡Es que un valiente se emplea en ello! —responde el
duque Naimón—.Estoy seguro de que ha trenzado batalla. El mismo que lo traicionó
intenta ahora que faltéis a vuestro deber. Tomad las armas, clamad vuestro grito de guerra y
corred en auxilio de vuestra buena mesnada. Harto lo oís: es Roldán que pierde esperanzas.

LA ARAUCANA
Es un poema épico escrito por Alonso de Ercilla que narra la batalla entre españoles y
mapuches durante la conquista de Chile. A diferencia de los poemas anteriores,
Alonso de Ercilla combatió en la conquista y escribió parte del poema mientras se
encontraba en la campaña. En el poema se retrata la muerte de Pedro de Valdivia, y
las campañar de los líderes mapuches Lautaro, Caupolicán, Colo-Colo entre otros. A
continuación, presentamos la batalla de Valdivia contra las huestes mapuches

Un hijo de un cacique conocido


que a Valdivia de paje le servía,
acariciado dél y favorido,
en su servicio a la sazón venía;
del amor de su patria comovido
viendo que a más andar se retraía,
comienza a grandes voces a animarla
y con tales razones a incitarla:
«¡Oh ciega gente, del temor guiada!
¿A dó volvéis los temerosos pechos?
que la fama en mil años alcanzada
aquí perece y todos vuestros hechos.
La fuerza pierden hoy, jamás violada,
vuestras leyes, los fueros y derechos
de señores, de libres, de temidos
quedáis siervos, sujetos y abatidos.

29
Mancháis la clara estirpe y decendencia
y engerís en el tronco generoso
una incurable plaga, una dolencia,
un deshonor perpetuo, ignominioso.
Mirad de los contrarios la impotencia,
la falta del aliento y el fogoso
latir de los caballos, las ijadas
llenas de sangre y de sudor bañadas.
No os desnudéis del hábito y costumbre
que de nuestros agüelos mantenemos,
ni el araucano nombre de la cumbre
a estado tan infame derribemos.
Huid el grave yugo y servidumbre;
al duro hierro osado pecho demos;
¿por qué mostráis espaldas esforzadas
que son de los peligros reservadas?
Fijad esto que digo en la memoria,
que el ciego y torpe miedo os va turbando.
Dejad de vos al mundo eterna historia,
vuestra sujeta patria libertando.
Volved, no rehuséis tan gran vitoria
que os está el hado próspero llamando;
a lo menos firmad el pie ligero,
a ver cómo en defensa vuestra muero».
En esto una nervosa y gruesa lanza
contra Valdivia, su señor, blandía,
dando de sí gran muestra y esperanza,
por más los persuadir arremetía.

30
Y entre el hierro español así se lanza
como con gran calor en agua fría
se arroja el ciervo en el caliente estío
para templar el sol con algún frío.
De sólo el primer bote uno atraviesa,
otro apunta por medio del costado,
y aunque la dura lanza era muy gruesa,
salió el hierro sangriento al otro lado.
Salta, vuelve, revuelve con gran priesa,
y barrenando el muslo a otro soldado,
en él la fuerte pica fue rompida
quedando un grueso trozo en la herida.
Rota la dañosa asta, luego afierra
del suelo una pesada y dura maza;
mata, hiere, destronca y echa a tierra,
haciendo en breve espacio larga plaza;
en él se resumió toda la guerra;
cesa el alcance y dan en él la caza,
mas él aquí y allí va tan liviano,
que hieren por herirle el aire vano.
¿De quién prueba se oyó tan espantosa,
ni en antigua escritura se ha leído
que estando de la parte vitoriosa
se pase a la contraria del vencido?
¿y que sólo valor, y no otra cosa
de un bárbaro mochacho haya podido
arrebatar por fuerza a los cristianos
una tan gran vitoria de las manos?

31
No los dos Publios Decios, que las vidas
sacrificaron por la patria amada,
ni Curcio, Horacio, Scévola y Leonidas
dieron muestra de sí tan señalada,
ni aquellos que en las guerras tan reñidas
alcanzaron gran fama por la espada,
Furio, Marcelo, Fulvio, Cincinato,
Marco Sergio, Filón, Sceva y Dentato.
Decidme: estos famosos ¿qué hicieron
que al hecho deste bárbaro igual fuese?;
¿qué empresa o qué batalla acometieron
que a lo menos en duda no estuviese?;
¿a que riesgo y peligro se pusieron
que la sed de reinar no los moviese
y de intereses grandes insistidos
que a los tímidos hacen atrevidos?
Muchos emprenden hechos hazañosos
y se ofrecen con ánimo a la muerte,
de fama y vanagloria codiciosos,
que no saben sufrir un golpe fuerte;
mostrándose constantes y animosos
hasta que ven ya declinar su suerte,
faltándoles valor y esfuerzo a una
roto el crédito frágil de fortuna.
Éste el decreto y la fatal sentencia
en contra de su patria declarada
turbó y redujo a nueva diferencia
y al fin bastó a que fuese revocada.

32
Hizo a Fortuna y hados resistencia,
forzó su voluntad determinada,
y contrastó el furor del vitorioso,
sacando vencedor al temeroso.
Estaba el suelo de armas ocupado
y el desigual combate más revuelto,
cuando Caupolicano reportado
a las amigas voces había vuelto;
también habían sus gentes reparado
con vergonzoso ardor en ira envuelto,
de ver que un solo mozo resistía
a lo que tanta gente no podía.
Cual suele acontecer a los de honrosos
ánimos, de repente inadvertidos,
o cuando en los lugares sospechosos
piensan otros que van desconocidos,
que en pendencias y encuentros peligrosos
huyen; pero si ven que conocidos
fueron de quién los sigue, avergonzados
vuelven furiosos, del honor forzados,
así los araucanos revolviendo
contra los vencedores arremeten,
y las rendidas armas esgrimiendo,
a voces de morir todos prometen.
Treme y gime la tierra del horrendo
furor con que ambas partes se acometen,
derramando con rabia y fuerza brava
aquella poca sangre que quedaba.

33
Diego Oro allí derriba a Paynaguala,
que de una punta le atraviesa el pecho;
pero Caupolicano le señala,
dejándole gozar poco del hecho.
Al sesgo la ferrada maza cala,
aunque el furioso golpe fue al derecho
pues quedó por de dentro la celada
de los bullentes sesos rociada.
Tras éste, otro tendió desfigurado,
tanto que nunca más fue conocido,
que la armada cabeza y todo el lado
donde el golpe alcanzó, quedó molido.
Valdivia con Ongolmo se ha topado,
y hanse el uno y el otro acometido;
hiere Valdivia a Ongolmo en una mano,
haciendo el araucano el golpe en vano.
Pasa recio Valdivia y va furioso,
que con Ongolmo más no se detiene,
y adonde Leucotón, mozo animoso,
estaba en una gran pendencia, viene,
que contra Juan de Lamas y Reinoso
solo su parte y opinión mantiene,
el cual con su destreza y mucho seso
la guerra sustentaba en igual peso.
Partióse esta batalla, porque cuando
Valdivia llegó adonde combatía,
parte acudió del araucano bando,
que en su ayuda y defensa se metía.

34
Fuese el daño y destrozo renovando;
de un cabo y de otro gente concurría,
sube el alto rumor a las estrellas
sacando de los hierros mil centellas.
Gran rato anduvo en término dudoso
la confusa vitoria desta guerra,
lleno el aire de estruendo sonoroso,
roja de sangre y húmida la tierra.
Quién busca y sólo quiere un fin honroso,
quién a los brazos con el otro cierra,
y por darle más presto cruda muerte,
tienta con el puñal lo menos fuerte.
A Iuan de Gudiel no le fue sano
el tenerse en la lucha por maestro,
porque sin tiempo y con esfuerzo vano
cerró con Guaticol, no menos diestro.
Y en aquella sazón Purén, su hermano,
que estaba cerca dél, en el siniestro
lado le abrió con daga una herida
por do la muerte entró y salió la vida.
Andrés de Villarroel, ya enflaquecido
por la falta de sangre derramada,
andaba entre los bárbaros metido,
procurando la muerte más honrada.
También Juan de las Peñas, mal herido,
rompiendo por la espesa gente armada,
se puso junto dél, y así la suerte
los hizo a un tiempo iguales en la muerte

35
Era la diferencia incomparable
del número infiel al bautizado;
es el un escuadrón inumerable,
el otro hasta sesenta numerado;
ya la incierta Fortuna variable
que dudosa hasta entonces había estado,
aprobó la maldad y dio por justa
la causa y opinión hasta allí injusta.
Dos mil amigos bárbaros soldados
que el bando de Valdivia sustentaban,
en el flechar del arco ejercitados
el sangriento destrozo acrecentaban
derramando más sangre, y esforzados
en la muerte también acompañaban
a la española gente no vencida
en cuanto sustentar pudo la vida.
Cuando de aqueste y cuando de aquel canto
mostraba el buen Valdivia esfuerzo y arte,
haciendo por la espada todo cuanto
pudiera hacer el poderoso Marte.
No basta a reparar él solo tanto,
que falta de los suyos la más parte;
los otros, aunque ven su fin tan cierto,
ningún medio pretenden ni concierto.
De dos en dos, de tres en tres cayendo
iba la desangrada y poca gente;
siempre el ímpetu bárbaro creciendo
con el ya declarado fin presente.

36
Fuese el número flaco resumiendo
en catorce soldados solamente
que constantes rendir no se quisieron
hasta que al crudo hierro se rindieron.
Sólo quedó Valdivia acompañado
de un clérigo que acaso allí venía,
y viendo así su campo destrozado,
el mal remedio y poca compañía,
dijo: «Pues pelear es escusado,
procuremos vivir por otra vía».
Pica en esto al caballo a toda priesa
tras él corriendo el clérigo de misa.
Cual suelen escapar de los monteros
dos grandes jabalís fieros, cerdosos,
seguidos de solícitos rastreros,
de la campestre sangre cudiciosos,
y salen en su alcance los ligeros
lebreles irlandeses generosos,
con no menor cudicia y pies livianos,
arrancan tras los míseros cristianos.
Tal tempestad de tiros, Señor, lanzan
cual el turbión que granizando viene,
en fin a poco trecho los alcanzan,
que un paso cenagoso los detiene;
los bárbaros sobre ellos se abalanzan,
por valiente el postrero no se tiene,
murió el clérigo luego, y maltratado
trujeron a Valdivia ante el senado.

37
Caupolicán, gozoso en verle vivo
y en el estado y término presente,
con voz de vencedor y gesto altivo
le amenaza y pregunta juntamente;
Valdivia como mísero captivo
responde, y pide humilde y obediente
que no le dé la muerte y que le jura
dejar libre la tierra en paz segura.
Cuentan que estuvo de tomar movido
del contrito Valdivia aquel consejo;
mas un pariente suyo empedernido,
a quien él respetaba por ser viejo,
le dice: «¿Por dar crédito a un rendido
quieres perder tal tiempo y aparejo?»
Y apuntando a Valdivia en el celebro,
descarga un gran bastón de duro nebro.
Como el dañoso toro que, apremiado
con fuerte amarra al palo está bramando
de la tímida gente rodeado
que con admiración le está mirando;
y el diestro carnicero ejercitado,
el grave y duro mazo levantando,
recio al cogote cóncavo deciende
y muerto estremeciéndose le tiende;
así el determinado viejo cano
que a Valdivia escuchaba con mal ceño,
ayudándose de una y otra mano,
en algo levantó el ferrado leño.

38
No hizo el crudo viejo golpe en vano,
que a Valdivia entregó al eterno sueño
y en el suelo con súbita caída
estremeciendo el cuerpo, dio la vida.
Llamábase este bárbaro Leocato,
y el gran Caupolicán, dello enojado,
quiso enmendar el libre desacato,
pero fue del ejército rogado;
salió el viejo de aquello al fin barato
y el destrozo del todo fue acabado,
que no escapó cristiano desta prueba
para poder llevar la triste nueva.
Dos bárbaros quedaron con la vida
solos de los tres mil, que como vieron
la gente nuestra rota y de vencida,
en un jaral espeso se escondieron;
de allí vieron el fin de la reñida
guerra, y puestos en salvo lo dijeron,
que, como las estrellas se mostraron,
sin ser de nadie vistos se escaparon.
La escura noche en esto se subía
a más andar a la mitad del cielo,
y con las alas lóbregas cubría
el orbe y redondez del ancho suelo,
cuando la vencedora compañía,
arrimadas las armas sin recelo,
danzas en anchos cercos ordenaban,
donde la gran vitoria celebraban.

39
Fue la nueva en un punto discurriendo
por todo el araucano regimiento,
y antes que el sol se fuese descubriendo,
el campo se cubió de bastimento.
Gran multitud de gente concurriendo,
se forma un general ayuntamiento
de mozos, viejos, niños y mujeres,
partícipes en todos los placeres.
Cuando la luz las aves anunciaban
y alegres sus cantares repetían,
un sitio de altos árboles cercaban
que una espaciosa plaza contenían;
y en ellos las cabezas empalaban
que de españoles cuerpos dividían;
los troncos, de su rama despojados,
eran de los despojos adornados;
y dentro de aquel círculo y asiento,
cercado de una amena y gran floresta,
en memoria y honor del vencimiento
celebran de beber la alegre fiesta;
y el vino así aumentó el atrevimiento
que España en gran peligro estaba puesta;
pues que promete el mínimo soldado
de no dejar cimiento levantado.
Era allí la opinión generalmente
que sin tardar, doblando las jornadas,
partiese un grueso numero de gente
a dar en las ciudades descuidadas;

40
que tomadas de salto y de repente,
serían con solo el miedo arruinadas
y la patria en su honor restituida,
no dejando cristiano con la vida.
Y dado orden bastante y esto hecho,
para acabar de esecutar su saña,
con gran poder y ejército, de hecho
querían pasar la vuelta de la España,
pensándola poner en tanto estrecho
por fuerza de armas, puestos en campaña,
que fuesen cultivadas las iberas
tierras de las naciones estranjeras.
El hijo de Leocano bien entiende
el vano intento y quiere desviarlo,
que, como diestro y sabio, otro pretende,
y por mejor camino enderezarlo.
El tiempo espera y la sazón atiende
que estén mejor dispuestos a tratarlo;
la fiesta era acabada y borrachera
cuando a todos les habla en tal manera:
«Menos que vos, señores, no pretendo
la dulce libertad tan estimada,
ni que sea nuestra patria yo defiendo
en el sublime trono restaurada;
mas hase de atender a que pudiendo
ganar, no se aventure a perder nada;
y así con este celo y fin procuro
no poner en peligro lo seguro.

41
Tomad con discreción los pareceres
que van a la razón más arrimados;
pues cobrar vuestros hijos y mujeres
está en ir los principios acertados;
vuestra fama, el honor, tierra y haberes
a punto están de ser recuperados,
que el tiempo, que es el padre del consejo
en las manos nos pone el aparejo.
A Valdivia y los suyos habéis muerto,
y una importante plaza destruido;
venir a la venganza será cierto
luego que en las ciudades sea sabido.
Demos al enemigo el paso abierto,
esto asegura más nuestro partido.
Vengan, vengan con furia a rienda suelta,
que difícil será después la vuelta.
La vitoria tenemos en las manos
y pasos en la tierra mil seguros
de ciénegas, lagunas y pantanos,
espesos montes, ásperos y duros;
mejor pelean aquí los araucanos,
españoles mejor dentro en sus muros;
cualquier hombre en su casa acometido
es más sabio, más fuerte y atrevido.
Esto os vengo a decir porque se entienda
cuanto con más seguro acertaremos,
para poder tomar la justa emienda,
que en sitios escogidos esperemos,

42
donde no habrá en el mundo quien defienda
la razón y derecho que tenemos,
cuando temor tuviesen de buscarnos,
a sus casas iremos a alojarnos».
Con atención de todos escuchada
fue la oración que el General hacía,
siendo de los más dellos aprobada,
por ver que a su remedio convenía;
la gente ya del todo sosegada,
Caupolicán al joven se volvía
por quien fue la vitoria, ya perdida,
con milagrosa prueba conseguida.
Por darle más favor, le tenía asido
con la siniestra de la diestra mano,
diciéndole: «Oh varón, que has estendido
el claro nombre y límite araucano!
Por ti ha sido el Estado redimido,
tú le sacaste del poder tirano,
a ti solo se debe esta vitoria
digna de premio y de inmortal memoria.
«Y, señores, pues es tan manifiesto,
(esto dijo volviéndose al senado)
el punto en que Lautaro nos ha puesto
(que así el valiente mozo era llamado),
yo, por remuneralle en algo desto,
con vuestra autoridad que me habéis dado,
por paga, aunque a tal deuda insuficiente,
le hago capitán y mi teniente.

43
Con la gente de guerra que escogiere,
pues que ya de sus obras sois testigos,
en el sitio en que más le pareciere
se ponga a recebir los enemigos,
adonde hasta que vengan los espere;
porque yo con la resta y mis amigos
ocuparé la entrada de Elicura,
aguardando la misma coyuntura».
Del grato mozo el cargo fue acetado
con el favor que el general le daba;
aprobólo el común aficionado,
si alguno le pesó, no lo mostraba;
y por el orden y uso acostumbrado,
el gran Caupolicán le tresquilaba,
dejándole el copete en trenza largo,
insignia verdadera de aquel cargo.
Fue Lautaro industrioso, sabio, presto,
de gran consejo, término y cordura,
manso de condición y hermoso gesto,
ni grande ni pequeño de estatura;
el ánimo en las cosas grandes puesto,
de fuerte trabazón y compostura;
duros los miembros, recios y nervosos,
anchas espaldas, pechos espaciosos.
Por él las fiestas fueron alargadas,
ejercitando siempre nuevos juegos
de saltos, luchas, pruebas nunca usadas,
danzas de noche en torno de los fuegos;

44
había precios y joyas señaladas,
que nunca los troyanos ni los griegos,
cuando los juegos más continuaron,
tan ricas y estimadas las sacaron.
Llegó a Caupolicán, estando en esto,
un bárbaro, turbado, sin aliento,
perdida la color, mudado el gesto,
cubierto de sudor y polvoriento,
diciéndole: «Señor, socorre presto,
tu campo es roto y cierto el perdimiento
que la gente que estaba en la emboscada
es muerta la más della y destrozada.
Por tierra de Elicura son bajados
catorce valentísimos guerreros,
de corazas finísimas armados
sobre caballos prestos y ligeros;
por estos solos son desbaratados
dos escuadrones tuyos de piqueros
y visto el gran estrago, al improviso
partí corriendo a darte dello aviso».
Caupolicán, con muestra no alterada,
hizo que del temor se asegurase,
diciendo que tan poca gente armada
al cabo era imposible que escapase;
y con la diligencia acostumbrada
mandó al nuevo teniente que guiase
con la más presta gente por la vía,
que luego con el resto le seguía.

45
Lautaro, en lo acetar no perezoso,
escogiendo una escuadra suficiente,
marcha con toda priesa, codicioso
de ganar opinión entre la gente.
Mas de Marte el estruendo sonoroso
me llama, que me tardo injustamente;
de los catorce es tiempo que se trate,
y del sangriento y áspero combate.
Estiéndase su fama y sea notoria,
pues que tanto su espada resplandece,
y dellos se eternice la memoria,
si valor en las armas lo merece:
testimonio dará dello la historia;
pero acabar el canto me parece,
que a decir tan gran cosa no me atrevo,
si no es con nuevo aliento y canto nuevo.

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