La Poética de Mario Mendoza: Percepciones y Narrativas de la
Ciudad Moderna.
Juan David Avendaño Amaya
La Poética de Mario Mendoza: Percepciones y Narrativas de la
Ciudad Moderna.
Introducción
“…el asunto se complica cuando tiene que declarar el amor por una
ciudad como Bogotá, pobre, fría, sin mar, déspota y, para empeorar las
cosas, con fama de violenta. Es como estás enamorado de una cabaretera
vulgar con una vida inconfesable”.
Prólogo a La Locura de Nuestro Tiempo (Mendoza, La Locura de Nuestro
Tiempo, 2010)
La literatura como ejercicio de representación de un entorno, sus habitantes,
aspiraciones, conflictos y visiones de mundo es a su vez un espejo y un oráculo
de la realidad social en la que se ubica el escritor. Tras sus vivencias, el
escritor encuentra unos elementos de su entorno que son comunes en la
constitución del individuo como sujeto. Lo común, que alude a todo aquello que
nos permite crear puentes y, por ende, comunicarnos y actuar como
comunidad, así como la sujeción, la confraternidad a la que se refiere el
término sujeto, nos habla de la imperiosa influencia que el entorno social, los
lenguajes, las creencias y sus sistemas de representación tienen sobre los
individuos.
Mario Mendoza, como él mismo llega a afirmarlo, desciende por la ciudad. Vio,
ve y verá a los ciudadanos descender por la ciudad, instrumento de desarrollo
para la modernidad, a los ciudadanos de Bogotá y a sus personajes,
reconociéndola como una ciudad hostil e impredecible capaz de destruirlos a
todos.
A pesar de esto, es para él el espacio propicio para vivir, ascender al cielo
(mientras desciende y sufre por doquier), que en lugar de dictaminar un
designio fatal, plantea el reto de surgir en medio de la miseria, la incertidumbre
y la desesperación.
Es así como la ciudad para Mendoza se convierte en el escenario indicado
para comprender la crisis de la modernidad, el sueño fáustico que se ve
quebrantado por la permanencia de la pobreza y la violencia, el interés por lo
místico, las adversidades y los giros intempestivos que arrebatan los objetos,
personas y sentimientos más preciados, siendo esto a su vez la promesa, el
motivo y la inspiración para emprender largos viajes a través de o por fuera de
ella (huyéndole) buscando una alternativa al derrumbamiento de los valores, la
ruptura de los lazos comunitarios y el sentimiento de orfandad, en donde el
artista, como intelectual, evocador y hacedor de sueños colectivos, juega un
papel preponderante en la búsqueda de una salvación para la sociedad.
Sus personajes, migrantes, avasallados y acuciosos, ávidos de historias,
cargados de recuerdos anhelosos por los lugares perdidos, por la mutación
irrefrenable de la ciudad moderna; continúan buscando un sentido, una salida,
una alternativa de vida, una escalera que los libre de las ciudades nefastas e
inclementes que habitan hasta encontrar la muerte o resarcir los valores y los
lazos que les permitieron soñar con ese ascenso.
Pasión y desprecio, apego y desarraigo, anhelos de cambio y nostalgia por lo
perdido unen a los personajes y al escritor en una ciudad en proceso de
modernización que se encuentra en crisis, agobiada por el hambre y el
desorden, rodeada de círculos de miseria, habitada por locos que la desdibujan
como panacea de la razón, pero que son su mayor encanto y esperanza: el
hombre que es resistente y continúa andando inspirado por el dolor y la
exclusión, el incomprendido que es la mayor expresión de lo que es Bogotá, un
escenario indomesticable de umbrales y transformaciones, un infierno
apocalíptico que promete un ascenso que nadie logra vislumbrar.
La investigación fue realizada a través de un análisis de contenido con un
enfoque cualitativo y un alcance descriptivo, para lo cual fueron extraídas unas
categorías de análisis para los personajes (el disidente, el artista, el profeta y el
nómada) y las salidas a las crisis de la modernidad que se plantean en las
historias (la espiritualidad, las luchas colectivas, las relaciones de pareja, la
huida, el arte y el afianzamiento de los lazos comunitarios y/o de familia) con
base en la teoría de Fernando Cruz Kronfly (Kronfly, 1998) sobre la
modernidad. Igualmente desarrollé una ficha de análisis con la que, a través de
dichas categorías, seleccioné la información más relevante de cada una de las
obras escogidas.
Con este cometido fueron tomados ocho libros de la obra del autor: La Ciudad
de los Umbrales, Scorpio City, Satanás, Cobro de Sangre, Escalera al Cielo,
Buda Blues, La Locura de Nuestro Tiempo y Apocalipsis. No todas las obras
fueron desarrolladas en su totalidad, siendo tomados aquellos elementos más
representativos respecto a la totalidad de la obra poética.
Marco Teórico
Para la presente investigación entenderemos la comunicación como el
‘encuentro de sentidos’ entre sujetos que tiene lugar en un espacio (en este
caso la ciudad moderna) y según las características de este partir de la
capacidad de percepción de los involucrados, que permite realizar una puesta
en común.
Katya Mandoki aclara que la comunicación desde su acepción etimológica
proviene del latín “cum ‘con’ o ‘junto a’ y unio de ‘unión’” (Mandoki, 2006) y
significa puesta en común. Esto es posible gracias a la capacidad del hombre
de percibir el mundo, por lo cual desarrolla el concepto de la estesis. La estesis
proviene del griego “aisthetes”, que significa percepción, y se da por la
“condición corporal del ser viviente” que lo ‘abre al mundo’.
“Desde esta condición, y de acuerdo a nuestras posibilidades anatómicas, se
generan la vivencia o sentir de la vida (estesis) y el impulso de tender puentes
hacia los otros (comunicar) para compartir la estesis” (Mandoki, 2006)
Por su parte, Gómez Montáñez propone comprender la comunicación “no
desde medios o canales, sino desde espacios” (Montáñez, 2010) en donde el
encuentro entre sujetos comunicantes es necesariamente conflictivo.
“Entendemos que la comunicación, en tanto “encuentro de sentidos” y la
posibilidad de transformarse en una “puesta en común”, desde una
perspectiva netamente social, implica tener seres humanos en tanto actores
comunicantes, un espacio de encuentro como telón de fondo para la
interpretación y subjetivación y un carácter conflictivo que conlleva a una
transformación constante de sus actores y del espacio mismo” (Montáñez,
2010).
Así pues, entenderemos la comunicación como una “puesta en común”, posible
por el ‘encuentro de sentidos’ en un espacio compartido en el que la capacidad
de percepción (estesis) permite la interacción y la construcción de sistemas de
representación.
Es a partir de estas percepciones que el escritor desarrolla una lectura de su
entorno que da como resultado una obra literaria a través de la cual se
representa una sociedad y se genera identidad: “La comunicación se hace
visible en el espacio y éste, a su vez, adquiere sentido mediante sus procesos
de interpretación, expresión y encuentro” (Montáñez, 2010).
Sobre la relación de la literatura y la comunicación, Mandoki va más allá al
postular los posibles “vínculos entre la estética y la comunicación” (Mandoki,
2006) entre los cuales se encuentra la ‘comunicación estética’, que
corresponde a las creaciones artísticas a través de las cuales un enunciante
“comunica a alguien su sensibilidad respecto a algo” (Mandoki, 2006). Esta
enunciación artística tiene a su vez origen en ‘la comunicación desde la
estética’ lo que para la presente investigación es leído como el punto de partida
de la comunicación, el “encuentro se sentidos” que se da a partir de la
capacidad de los humanos para interactuar en un espacio compartido:
“se refiere a la estética desde el nivel pragmático como contexto de la
interacción comunicativa en relación al sujeto, ya no de la sensibilidad como
contenido o forma de enunciación sino a través de esta como condición de
posibilidad de intercambio semiósico” (Mandoki, 2006).
Comprender los procesos de interacción semiósica de una sociedad
(‘comunicación desde la estética’), desde la creación artística de un enunciante
(‘comunicación estética’) es explorar la forma en que una sociedad representa
la conflictividad de los procesos de comunicación que en ella tienen lugar en
una época determinada.
Para realizar este cometido es fundamental comprender los elementos
generales en los que el artista enmarca su sensibilidad de la realidad y
construye una representación de su entorno, sus habitantes y sus relaciones a
través de los personajes y escenarios recreados. Para el caso de la poética de
Mendoza es necesario realizar una revisión de la ciudad como instrumento de
desarrollo de la modernidad en crisis, que da como resultado una percepción
apocalíptica de su entorno, y de los personajes que hacen frente a este
realidad entendiendo su espacio de “encuentro de sentidos” (la ciudad de
Bogotá) como un lugar caótico y avasallador en el cual se encuentran en
constante amenaza.
La ciudad como instrumento de la modernidad
La Modernidad es concebida como una época de la historia de la humanidad,
posterior al oscurantismo, en la que la razón se coloca por encima de la fe y las
creencias sobrenaturales, cualidad a través de la cual el hombre (la
humanidad) lograría el progreso en términos teleológicos de urbanización,
industrialización y control de las fuerzas de la naturaleza, influenciados
principalmente por la Revolución Industrial; así como en términos de principios
éticos como la fraternidad, la libertad y la solidaridad gracias a la Revolución
Francesa y la Declaración de los Derechos Humanos. Estos sólo podían ser
dados con la conciencia de individualidad y el reconocimiento del hombre de su
responsabilidad en la constitución de ésta.
El proyecto de la modernidad fue para Europa la promesa de la civilización del
hombre a través del sueño de la razón y del mito del progreso. Una promesa
que se extendió a lo largo del mundo a pesar de sus cuestionables resultados.
“La promesa de humanización del mundo bajo los designios y poderes
de la Razón y los principios de Solidaridad y la Fraternidad, la Libertad, y la
Igualdad, terminó al fin convertida en una caricatura y en algunos casos en
una macabra ironía en los colonialismos del siglo XIX, algunos de los cuales
aún sobreviven…” (Kronfly, 1998)
Adrian Gorelik propone diferenciar las sociedades caracterizadas por seguir un
proyecto de modernidad de aquellas que, si bien han tenido un proceso de
modernización, nunca han logrado concretar un proyecto estructurado y
concertado para el desarrollo. Para el caso de Bogotá, y la mayoría de las
ciudades de Latinoamérica, en donde ningún grupo logró concertar un proyecto
claro para el progreso, la industrialización y la distribución de los recursos como
el europeo; su proceso de urbanización se caracteriza por ser un proceso de
modernización que nunca llegó a concretarse. En esta medida aclara primero
las diferencias entre modernidad, modernismo y modernización, lo cual permite
diferenciar el estado de la ciudad latinoamericana, que es para él una
búsqueda de la modernidad a través de un proceso de modernización.
“… la modernidad aparece como la dialéctica entre la modernización –los
procesos duros de transformación, económicos, sociales, institucionales- y el
modernismo -las visiones y valores por medio de los cuales la cultura intenta
comprender y conducir esos procesos-” (Gorelik, 2003).
En la lectura que hace Berman de Fausto, la obra de Goethe, se evidencia que
el primer elemento para llegar a la modernidad fue el modernismo, es decir que
Fausto inició con la formación de una visión y unos valores culturales. Este fue
igualmente el proceso que se llevó a cabo en Europa y en eso radica la
diferencia con Latinoamérica, que intenta alcanzar la modernidad a través un
proceso de modernización privilegiando ‘los procesos duros’ a la construcción
de una visión que encaminara la sociedad por un proyecto de modernización.
Sin embargo la Modernidad, como proyecto o como proceso, carga en sí
mismo la conflictividad que hace del escenario social un campo de batalla
constante que oscila entre el control y la transformación con unas instituciones
que buscan el progreso constantemente, y por ende, cambios radicales en
todas sus estructuras, espacios y ciudadanías intentando a su vez mantener
una regulación constante, preservar el orden.
“Ser moderno es vivir una vida de paradojas y contradicciones. Es estar
dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el
poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores,
las vidas, y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de
enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo
nuestro” (Berman, 1999).
Por su parte, para Mario Mendoza esta ciudad en proceso de modernización en
la cual la distribución y el crecimiento son definidos más por la violencia y los
procesos de migración que por la planeación de su Estado, es el futuro de la
sociedad.
“Desde una lógica de la entropía, el mundo no está avanzando ni
mejorando, sino aniquilándose, destruyéndose, haciéndose pedazos. Por
primera vez hemos pasado la cifra de mil millones de personas con hambre,
el cambio climático está generando huracanes y tsunamis, las guerras
proliferan, las pandemias crecen a velocidades alarmantes, África es una
llaga gimiente que cuestiona toda nuestra civilización, las otras especies
están siendo diezmadas por nuestra mano asesina, la contaminación
ensucia ya cualquier rincón del planeta (y en este punto no son los países
subdesarrollados una amenaza, sino las principales potencias) y, como si
esto fuera poco, en 2008, desde su centro en Wall Street, el capitalismo ha
dado un paso significativo: dejó de ser salvaje para convertirse en
depredador” (Mendoza, 2010).
Esa lectura del resultado final de la modernidad al que hace referencia
Mendoza es también expresada por Berman, quien aduce que la ‘Edad
Moderna’ “ha perdido el contacto con las raíces de su propia modernidad”, lo
que quiere decir que en la medida en que la modernidad avanza, pierde
paulatinamente su fuerza y, con ello, las sociedades la capacidad de control del
progreso.
“… a medida que el público moderno se expande, se rompe en una
multitud de fragmentos, que hablan idiomas privados inconmensurables; la
idea de la modernidad, concebida en numerosas formas fragmentarias,
pierde buena parte de su viveza, su resonancia y su profundidad, y pierde
su capacidad de organizar y dar un significado a la vida de las personas”
(Berman, 1999).
La ciudad como instrumento de la modernidad
Este proceso de modernización tiene desde su origen a la ciudad como
escenario e instrumento central para sus metas. La ciudad es la máquina a
través de la cual debe alcanzarse el progreso, pues es el lugar en el que se
aúnan las fuerzas sociales en pro de la industrialización y urbanización; en el
que se centralizan los esfuerzos que darán paso a la razón para expresar su
potencia creadora.
Una primera acepción de la ciudad se refiere precisamente a su relación con la
modernidad, siendo el lugar donde el Mito del Progreso se materializa y a
través de la razón orienta todo el potencial humano hacia un desarrollo
ordenado, que permite tener control pleno sobre las fuerzas naturales y el
mundo de los hombres.
“La ciudad, como concepto, es pensada como el escenario para arribar a
otra sociedad –a una sociedad precisamente moderna-; por lo tanto, su
carácter modélico, ideal, no puede ser puesto en cuestión por los ejemplos
de ciudades sin duda imperfectas que produce esta sociedad real” (Gorelik,
2003).
Sin embargo, la ciudad no puede ser comprendida únicamente como esa
máquina a través de la cual tiene lugar la modernidad, sino que debe ser
comprendida como un entorno de representaciones culturales que forman la
identidad del individuo y de la población.
“No es sólo una ‘instalación física’, sino que “se impone al pensamiento
como una entidad cultural compuesta por normas, códigos y convenciones
para su uso y su disfrute, sistemas de representaciones, sentimientos y
afectos, por lo que deriva finalmente en un lugar cargado de utopías y
miedos, riesgos y aventuras, encuentros y desencuentros, evocaciones y
rupturas” (Kronfly, 1998).
Una acepción similar expone Ángel Rama en La Ciudad Letrada, con el que
además plantea el papel que tiene la literatura en la formación de ésta:
“Las ciudades despliegan suntuosamente un lenguaje mediante dos
redes diferentes y superpuestas: la física, que el visitante común recorre
hasta perderse en su multiplicidad y fragmentación, y simbólica que la
ordena e interpreta, aunque sólo para aquellos espíritus afines, capaces de
leer como significaciones los que son nada más que significantes sensibles
para los demás, y, a merced de esta lectura, reconstruir el orden” (Rama,
2004).
Siendo la ciudad ese espacio de representaciones sociales en la que tienen
lugar las interacciones y la formación de los sujetos como individuos
conscientes y autónomos, la constante transformación de la ciudad, su
constante construcción y destrucción, coloca a sus habitantes en una crisis
constante, por la cual perciben el proceso de modernización como un espacio
caótico que desintegra y desampara.
“El hombre nacido en la ciudad auto-depredadora, a su vez construida-
destruida-vuelta a hacer, muy pronto deja de tener ante sus ojos lo que
apenas ayer era suyo, y se refugia por ello en el miedo derivado de su
incerteza y en el desconcierto de sus pérdidas, de su sensación de vacío,
de su ausencia referencial estable y duradera”.
El hombre se ve desvalido por la constante transformación del entorno, pues
estas ciudades viven en constante proceso de reconstrucción.
“Ser habitante de la ciudad significa, por sobretodo, entrar en el juego de lo
urbano, estar psíquicamente atrapado en dichas reglas de juego, quedar
sujetado a ellas mediante acatamientos, aceptaciones y resistencias,
adaptaciones o rupturas a veces violentas” (Kronfly, 1998).
El hombre moderno
De la mano del proceso de modernización surge un arquetipo de hombre
ilustrado que tiene la ilusión de ser libre y capaz de autocrearse, de constituirse
como sujeto autónomo a través de la disciplina y la adquisición de
conocimientos: es la ilusión del hombre moderno.
Para comprender al hombre moderno y analizarlo en la obra de Mendoza
tomaremos, en primer lugar, algunos elementos desarrollados por Marshall
Berman y Fernando Cruz Kronfly, quienes coinciden con algunos previamente
identificados en las novelas y cuentos de Mendoza, como lo son el disidente, el
nómada, el artista y el profeta. Este último término, a pesar de no ser utilizado
por Kronfly, es un personaje recurrente en las obras de Mendoza que puede
ser comprendido a través del análisis que el primero hace de la espiritualidad
como respuesta a la falta de sentido, la constante demolición de los lugares de
constitución del sujeto y el sentimiento de orfandad que de ello resulta.
En un principio se considera que el sujeto es capaz de formarse a sí mismo a
partir de la potencia de sus capacidades racionales para comprender y dominar
el mundo. Este hombre se considera independiente para forjar el mundo a su
medida y aprehender conscientemente todo acerca de su funcionamiento y
posibilidades de transformación. Berman explica cómo Fausto, en la tercera
fase que tiene dentro de la novela de Goethe, se convierte en el desarrollista y
desea transformar todo lo que ve enfrente de él. Luego de formarse como
sujeto, decide dar un orden y un sentido a todo el mundo que lo rodea,
desarrollar la industria y generar progreso.
Igualmente este hombre moderno se caracteriza por un profundo sentimiento
de orfandad y a la vez por un constante impulso de cambio. Espera a su vez
desplazar todos los valores e instituciones viejas para reemplazarlo por algo
superior, sobre lo que tenga control como totalidad.
La crisis de la modernidad está igualmente ligada a la aceptación de que esta
ilusión no es del todo cierta por varias razones. La primera es el concepto de
sujeto como ser dependiente, sujetado a unas instituciones sociales y a un
lenguaje que lo supera y le da las herramientas para constituirse a la vez que le
impide ser del todo libre.
“El sujeto hablante resulta ser entonces un actor constituido por la
lengua desde el mismo instante de su nacimiento, e incluso desde antes.
Esa lengua constituyente siempre existe como condición previa que espera
al sujeto para hacer de él un hablante en el sentido de un sujeto sujetado a
las normas, rigores y condiciones de esa lengua que de este modo lo
constituye y lo funda” (Kronfly, 1998).
Se presenta el cuestionamiento sobre la otredad que implanta la duda sobre lo
que realmente significa la sujeción, en donde el individuo no se pertenece
plenamente a sí mismo sino que está sujeto a unas condiciones biológicas, un
espíritu, una cultura, un lenguaje y una sociedad que determina unos límites a
sus posibilidades, lo cual impide que pueda realizarse a plenitud como lo
hiciera Fausto en la obra de Goethe: un ser superior que puede pasar por
encima del resto de la humanidad. La tragedia del hombre moderno por la
sujeción propia de su condición humana es expresada con claridad por Kronfly
al hacer referencia a la que sería otredad propia de la Grecia clásica en
relación con los dioses y el destino.
“Aquí el principio de individuación de la responsabilidad tanto como la
atribución de las culpas se relativiza, y el peso de la otredad bajo la forma
de dioses o destino continúa impidiendo el aparecimiento del sujeto
plenamente moderno, no sólo en este caso como siempre «dueño de sí»,
en el sentido platónico, sino, por sobretodo, como «obra de sí»” (Kronfly,
1998).
Esta explicación indica la imposibilidad del sujeto por constituirse y desarrollar
una vida completamente autónoma, haciendo alusión a uno de los elementos
más tensos en el proyecto de la modernidad y es la relación entre el
razonamiento del sujeto y los mitos religiosos. Sobre ésta tensión
observaremos un poco más al analizar la figura del profeta postmoderno (es
decir en una sociedad en el que el mito del progreso ha sido derrumbado por el
fracaso de las instituciones modernas para consolidar una sociedad perfecta,
bajo control absoluto).
Los hombres modernos, que buscan constituirse como superhombres
independientes, buscan transformar el mundo a su medida, pero se ven
impedidos por la otredad y sujetos a una lucha de tensiones con fuerzas
externas a ellos. Buscan imponerse sobre su realidad y se forman para ello,
pero diversos factores externos sociales y biológicos los limitan, como es el
caso de las creencias con las que han sido formados, como pudiera ser el
destino y los dioses como ejemplifica Kronfly. Berman resume la fascinación y
frustración que acompañan al hombre moderno de la siguiente forma.
“Los mueve, a la vez, el deseo de cambiar – de transformarse y
transformar el mundo- y el miedo a la desorientación y la desintegración, a
que su vida se haga trizas. Todos ellos conocen la emoción y el espanto de
un mundo en el que «todo lo sólido se desvanece en el aire»” (Berman,
1999).
Este sentimiento de orfandad está relacionado en primera medida con la
dinámica propia de la ciudad moderna en la que son demolidos y construidos
todos los escenarios en los cuales fue constituida la personalidad del sujeto
moderno, así como a los procesos de migración y desintegración de los lazos
comunitarios primarios (al menos para el sujeto). Por eso el hombre, al sentirse
desvalido, toma caminos diferentes a los buscados por el proceso civilizatorio
orientado en su sociedad y empieza a concebirla de forma apocalíptica,
necesitando una salida alterna.
El Disidente
Cuando el hombre se ve desvalido ante la ausencia de unos valores sólidos,
unos lazos comunitarios y el derrumbamiento de todos los dogmas y las figuras
de autoridad; empieza a desarticularse del proyecto colectivo, que en el caso
de la modernidad está la formación de una utopía edificada en la ciudades.
Los disidentes son aquellos que de alguna manera son artífices de la
‘desorientación’ y ‘desintegración’, desadornando el paisaje de la ciudad
moderna que mantiene impactado al ‘ciudadano moderno’ con sus constantes
innovaciones al oponerse a sus ordenamientos y a las normas sociales que los
rigen. Estos disidentes son esencialmente los personajes seleccionados por
Mendoza como protagónicos en la cotidianidad de Bogotá. Estos personajes
son atacados y marginados por el peligro que representan para ese orden
colectivo que se vislumbra como ideal.
“Pero la utopía, así como tiene mucho de ensoñación positiva tiene
también de proyecto peligroso y despótico. Efectivamente, en la historia de
la humanidad existen pruebas de que la utopía social y política conduce
generalmente a la dictadura y al despotismo, en su búsqueda de la
perfección que rechaza toda idea de divergencia y trata de al disidente
como a un enemigo del propósito colectivo. De igual modo, la utopía de los
urbanistas” (Kronfly, 1998).
Dos elementos definen el despotismo contra los disidentes: la estética de la
ciudad y la esencia misma (la visión y los valores), intrínsecos a la utopía que
se quiere desarrollar. Esta conflictividad entre los protectores del orden logrado
o deseado, como es propio de la ciudad trabajada en la literatura de Mendoza,
se agrava ante la tendencia de la ciudad contemporánea a decaer hacia el
crimen, la pobreza y la marginación.
“Estas ciudades, caracterizadas por una complejidad sin antecedentes,
abigarradas, en muchos casos empobrecidas y tan supremamente
conflictivas del Fin del Siglo, capaces de albergar en su globalidad bastante
esquizofrénica y ciertamente desgarrada no sólo la ausencia y la crisis del
sentido sino la desesperanza, la diversidad conflictiva, la sensación de
vacío y de insignificancia anónima y la pluralidad casi siempre intolerante,
han quedado convertidas en privilegiado espacio cultural del crimen como
realidad” (Kronfly, 1998).
El Nómada
Existe además un fenómeno intrínseco a este proceso y es el de la constante
migración del campo a la ciudad, por ser un espacio de oportunidades e
intercambio entre urbes, además de las constantes transformaciones en los
entornos urbanos propios de la ciudad auto-depredadora ya descrita. Por eso,
la ciudad se presenta como escenario para un nuevo nómada, el ciudadano
contemporáneo, desligado de todo lazo comunitario, huérfano de su territorio
de origen que puede buscar un lugar para arraigarse, pero siempre se ve
obligado a desplazarse por el crimen, la economía, las reconstrucciones de la
ciudad y demás fenómenos comunes a las sociedades posteriores a la
constitución del ideal de la modernidad.
Los nómadas son entonces todos aquellos que transitan por la ciudad
construyendo, de-construyendo y evocando el pasado y todos aquellos que se
mueven de una ciudad a otra buscando oportunidades para sobrevivir y/o
reconstruir sus vidas.
Estos nómadas son transeúntes que deambulan por la ciudad, observando los
desconocidos en la calle regidos por la temporalidad y los afanes ‘que imponen
lo moderno’, en constante estado de desolación que aumenta su sensación de
orfandad.
“(…) en la ciudad moderna, rotos los lazos comunitarios y constituidos
en su reemplazo los lazos políticos y civiles, la auténtica soledad del nuevo
nómada urbano se hizo posible como una nueva dimensión de la
subjetividad a partir del moderno sentido de individuación y autonomía del
sujeto como obra de sí” (Kronfly, 1998).
Pero ese transeúnte además ha adquirido la costumbre de dirigirse por la
ciudad sin rumbo determinado, nostálgico, recordando, imaginando lugares y
momentos perdidos: se ha convertido en un evocador que recorre la ciudad
buscando redención.
“Se trata en este caso de un transeúnte aún ensimismado en sus
ensoñaciones respecto de otros lugares tal vez perdidos, simplemente un
soñador simbólico que donde hay una cosa ve otra mediante la aparición de
una metáfora cicatrizante y salvadora, que donde escucha algo escucha «lo
otro» que se impone a su herida, que donde huele algo mediante ese olor
rememora o simboliza otra cosa que requiere su nostalgia de lo perdido”
(Kronfly, 1998).
El Profeta
En la obra de Mendoza es común encontrar profetas que orientan a las
personas excluidas por el sistema para encontrar una salvación y otros que
consideran la llegada de un apocalipsis como eminente, por lo cual deciden
liberar a los hombres de sus pecados. Estos personajes tienen lugar ante el
fracaso del sueño de la razón y el mito del progreso en el proyecto de
modernidad que deja la sensación de abandono y desprotección en la
población, razón por la que se retorna al culto por lo espiritual y lo sobrenatural.
“Uno de los aspectos particulares en que se funda la conciencia del
mundo moderno, está constituido por el supuesto triunfo de los poderes de
la razón y de sus luces, arrojadas como incadescentescias racionales sobre
el pasado mítico y la «oscuridad» del denso tejido constituido por las
creencias en lo sobrenatural y en los poderes e intervenciones de lo
sagrado en la existencia humana y en el devenir de la historia. Sin embargo,
y a pesar de tan reciente tradición, en el pensar-vivir de nuestro tiempo y en
la sensibilidad propia del mundo contemporáneo, que ya no rinde culto a la
Razón y que tan pronto se ha desentendido de su prestigio, parecería que
se retornara de nuevo a otro tipo de mística, al encanto de sectas
organizadas alrededor de creencias sobre supuestas fuerzas
sobrenaturales y sagradas que, como se sabe, tienen el poder de otorgar
tanto sentido a la existencia, precisamente en estos tiempos en que el
sentido de todo ha sido puesto en cuestión y la ausencia de la esperanza
obliga a agarrarse de cualquier cosa que pase aleteando por el horizonte
haciendo la oferta de sus promesas” (Kronfly, 1998)
Ésta crisis da lugar al surgimiento y el fortalecimiento de profetas que son el
soporte de estas sectas, que son percibidos por las comunidades como una
serie de profetas, redentores, mesías, maestros y demás con complejos
discursivos sobrenaturales y auras místicas que hacen de su poder
incuestionable para si mismos (como es el caso de los exterminadores en
algunas obras de Mendoza) y en ocasiones para los demás (como los profetas
que dirigen grupos de indigentes, prostitutas, travestis y otros seres
desesperanzados en sus obras). Así, para la población moderna el camino
espiritual sigue siendo un consuelo y una respuesta al dolor y a la búsqueda de
sentido.
“En realidad, y pese a la secularización y desacralización de la cultura
causada por la modernidad mental, la gran masa humana nunca salió de
verdad del mito ni abandonó por un momento siquiera los consuelos
proporcionados por sus deseadas compañías sagradas” (Kronfly, 1998).
El hombre moderno, que es obra de sí y se define a sí mismo a través de la
razón, para Kronfly es, si bien admirable y fascinante, excepcional, y la mayoría
de “la masa humana” requiere una guía y un sendero que ha sido siempre
otorgado por la mítica de lo sagrado y la inmortalidad. Así el hombre moderno,
si logra constituirse como ser racional autónomo, consciente de sí, dueño de
sus actos y libre de creencias sagradas; se ve rodeado de alabadores y
profetas que continúan dirigiendo a la humanidad. La presencia de estos
individuos es el testimonio de la crisis, de lo que podría ser “el fin de la
modernidad”, que da lugar a lo que algunos llaman la postmodernidad y dando
nuevos órdenes espirituales en las sociedades modernas secularizadas.
“De nuevo, pues, como ocurría en el reino del mito y la religión, en el mundo
contemporáneo «superinformado» la Razón crítica sufre desmedro y resulta
vapuleada por la contundencia de la banalidad y el sentido común” (Kronfly,
1998).
El Artista
En medio de los personajes aislados de la sociedad que se niegan a las reglas
burocráticas y a los cánones y mecanismos de control de las estructuras de
poder, Mario Mendoza brinda en toda su obra un lugar a los intelectuales, a la
figura de hombre racional que acompaña el proyecto de la modernidad a través
de los artistas, aunque al igual que los poetas en muchas ocasiones se
distancian del poder de la razón desencantados de sus logros, encontrando en
lo mágico, lo especulativo y lo profano otros rumbos para el arte.
Estos sujetos son conscientes de sí mismos, de su formación y analizan su
entorno buscando organizarlo y darle un sentido racional. Si bien el artista no
es el único personaje intelectual, en el sentido moderno que aparece en su
obra (está por ejemplo el sociólogo en Buda Blues) es la constante en toda ella
(desde La Ciudad de los Umbrales con Simón y Martín hasta Apocalipsis con
Marco, Simón, Marcelo, etcétera). Es a su vez la representación del escritor
como habitante de la ciudad moderna tercermundista en su obra.
Ángel Rama considera que el artista es responsable de construir
representaciones y símbolos a través de los cuales la población de una ciudad
proyecta colectivamente una imagen sobre sí misma y lo que desea lograr en
su desarrollo, obteniendo así un lugar preponderante en la formación de la
identidad de una sociedad.
“La evolución del sistema simbólico siguió siendo impetuosa a través del
tiempo (…) Sus componentes sólo responden vagamente a datos
particulares y concretos que registrarían su nacimiento en lo cotidiano, pues
se han desarrollado como significaciones pensadas a partir de las
necesidades del sistema (…) Tales elementos ordenan al mundo físico,
normativizan la vida de la comunidad y se oponen al desperdigamiento y
particularismo de cualquier invención sensible. Es una red producida por la
inteligencia razonante que, a través de la mecanicidad de las leyes, instituye
el orden. Es el testimonio de la tarea de la ciudad letrada” (Rama, 2004).
El artista, como lo concibe Kronfly, además de ser aquel responsable de
construir representaciones sobre la ciudad y ordenarla, es aquel hombre
moderno que, tras el sentimiento de orfandad y la nostalgia que le causa el
constante cambio en su entorno físico y social, utiliza el arte como ejercicio de
evocación y forma de redención de su espacio y su sociedad. El lugar que
ocupa el artista en la ciudad contemporánea es el del evocador de los espacios
fundacionales del sujeto que resucitan la identidad y dan consuelo a los
habitantes, si deciden acercarse a su obra, por la crisis de sentido de la que
padecen.
“Evocar no es, pues, sólo recordar. Es entrar en un proceso fundamental de
resurrección de momentos y objetos sin los cuales el hombre perdería toda
relación de certeza consigo mismo, todo sentido, incluso toda sensación de
identidad y toda seguridad” (Kronfly, 1998).
Sin embargo, el artista en su ejercicio de evocación, representación y
‘resurrección’ del pasado es otro excluido por su nexo con la intelectualidad, la
razón de la que todos se han aislado por la desesperanza que les ha causado
el fracaso del mito del Progreso aunque no sean conscientes del todo de que
este tuvo lugar, así como las constantes transformaciones típicas de la ciudad
moderna que está en constante proceso de destrucción y reconstrucción.
Cuando Mendoza ubica a estos artistas en el lugar de la incomprensión y el
aislamiento como un sujeto inútil para el sistema, puede verse que Mendoza y
Kronfly nuevamente coinciden en la caracterización del hombre
contemporáneo, que debe responder a la racionalidad dominante o recluirse en
un espaciado confinado para hacer sus reflexiones lejos de los demás
pobladores para quienes el hombre moderno, racional y lógico no es atractivo
ni prometedor.
“Pero ocurre que mientras los intelectuales formados en la tradición
moderna y racional se hunden en la marginalidad social, pero se dignifican
también en la alegría solitaria que se deriva del conocimiento y al mismo
tiempo desfallecen en medio de la desesperanza que causan sus luces, el
resto de la humanidad baila, eleva sus oraciones, clava alfileres en las
fotografías y se hace leer las líneas de las manos y las cenizas de sus
tabacos. Tal y como si el portentoso esfuerzo de la Ilustración hubiera sido
absolutamente en vano” (Kronfly, 1998).
Con estas palabras el ensayista Fernando Cruz Kronfly puede entreverse la
forma en que cohabitan como disidentes la más variada casta de personajes en
la sociedad contemporánea en la que todos parecen verse condenados a
convivir en los círculos de miseria, aislados por un decadente proceso de
modernización que los deja a todos desahuciados, desde el intelectual que
decide hacerse responsable por su formación en el conocimiento, el creyente
que busca respuesta en la espiritualidad, el criminal y la prostituta que
determinan sus actos por las necesidades básicas de supervivencia, el travesti
que asume su cuerpo como responsabilidad propia, lo cual solo podría ser
logrado con la autonomía que brinda al sujeto un mundo atravesado por el
sueño de la modernidad.
De esta forma Bogotá, como espacio de representación con características de
ciudad moderna tercermundista, puede ser comprendida como espacio
conflictivo de ‘encuentro de sentidos’ a través de la poética de Mario Mendoza,
donde el literato juega un papel fundamental en la evocación de los escenarios
comunes y la proyección identitaria de una sociedad.
Análisis de la obra
A lo largo de la obra de Mario Mendoza se ve que sus personajes principales y,
en algunos casos, los amigos de estos, van caminando por la ciudad
explorándola: descendiendo. Para él, ‘descender’ es internarse en los espacios
más peligrosos de la ciudad, convivir con el crimen, la promiscuidad, la muerte,
la desolación y el vicio; con los excluidos, los miserables, los que luchan por la
supervivencia diaria en el infierno que habitan como única opción de vida.
Descender es atravesar los círculos de miseria de la ciudad, que son su
verdadera identidad y un escenario fascinante de exploración para sus
habitantes. Por esto, personajes recurrentes en sus escritos como el artista o el
nómada, que veremos más adelante, encuentran en este ejercicio la inspiración
y una salida (en ocasiones colectiva) al caos que viven a diario (la crisis de la
modernidad); buscan un sentido, una causa y una salvación en estas calles de
perdición.
Viven fascinados por esa ciudad, una ciudad que les es hostil, que los ataca,
que en ocasiones les da una especie de náusea, pero que, sin embargo,
siguen defendiendo. Por eso, siempre que necesitan reflexionar, que se
quedan solos, que se ven desahuciados, generalmente cuando la historia va a
llegar a un desenlace o un giro radical, ellos ejercen esta acción: ‘descender’
por las calles de Bogotá.
Siendo que Mario Mendoza es muy sutil para expresar este interés especial
que tienen sus personajes por descender hacia los círculos de miseria, que los
caracteriza como hombres modernos tercermundistas, siendo una suerte de
nómadas exploradores; hay dos textos en los que hace mucho más evidente su
percepción sobre este acto: La Ciudad de Los Umbrales y Apocalipsis. En
estas dos obras en cortos fragmentos alcanza a revelar explícitamente la
importancia de esta práctica para sus personajes.
En Apocalipsis, novela con la que asegura culminar su proyecto de dedicarle a
la ciudad una obra que la defina, que la convierta en un ‘sitio literario’ afirma:
“La línea artística seguía siendo clara: descender a las profundidades de
la ciudad para encontrarse cara a cara con las realidades secretas que el
resto de la gente no quiere reconocer desde su posición privilegiada, desde
arriba, desde la superficie. Purificación, catarsis y también corajes para
contar la historia prohibida de una sociedad inmunda y corrupta hasta la
médula”.
Precisamente en este fragmento involucra, además de la trascendencia que
tiene para él caminar por la ciudad, vivirla y sufrirla, los sentimientos y
resultados contradictorios que conducen la trama de sus libros: ‘purificación’
unido a ‘sociedad inmunda y corrupta’. Desprecia y ama la ciudad, es su
perdición y su salvación. Es un lugar inclemente para vivir en sociedad, pero es
el lugar en el que se encuentra la alternativa para la salvación.
Esta misma idea continúa encontrándose en la totalidad de las novelas y en la
mayoría de los cuentos hay escenas de caminantes que recorren la ciudad
conservando la claridad de la ‘línea artística’ con la metáfora del descenso. En
La ciudad de los umbrales explica las sensaciones que generan las calles
recorridas en sus personajes:
“Esos sitios comunican con el otro lado de las cosas (…) Zonas de
indiscernibilidad, pasadizos secretos que nos pueden conducir a la locura,
círculos mágicos o pentágonos equiláteros que buscan un puente o una
comunicación con lo desconocido (…) Bogotá destruye pero también
sorprende. Por eso aquí, más que en cualquier otra parte del mundo,
necesitamos toda nuestra valentía”.
Con estas descripciones indica el eje que Bogotá tiene como escenario de
interacción de sus personajes. En primer lugar perciben la ciudad como un
lugar hostil, pero fascinante en el que todos los personajes son amenazantes y
por eso mismo se encuentran prevenidos y difícilmente se crean lazos
comunitarios. Vemos que, como lo afirma Pablo Gómez, el encuentro en un
espacio es el que permite la comunicación y es además éste el que contiene la
conflictividad del proceso.
En La ciudad de los umbrales, su primera novela, con la que él afirma iniciar su
poética, cuando describe la ciudad dice que es también una suerte de
personaje que busca siembre encontrarle la caída, la destrucción a todos
quienes la habitan y llega al punto de afirmar que al voltear en cualquier
esquina puede estar la perdición o el elemento que va a desatar una trama
trágica. A pesar de no referirse directamente a lo que representa el ‘descenso’,
al peregrinaje de sus personajes por Bogotá, indica un elemento general de
este acto como el detonante de los acontecimientos trágicos que experimentan
sus habitantes. En este punto el espacio además de punto de encuentro es un
personaje
“¿Cómo decirle que la ciudad la había utilizado para tejer en su seno
aquella historia? ¿Cómo hacerle ver que ella no era más que un médium,
un intermediario por medio del cual Bogotá se expresaba? ¿Cómo gritar,
cómo aullar allí, en el centro de la avenida Caracas, que esa historia no era
suya, que no le pertenecía? ¿Cómo diablos le dice uno a alguien que él no
existe si no es en relación con la ciudad donde ha sufrido y amado la ciudad
que lo ha marcado en lo más hondo de sí?”.
Sin embargo no puede afirmarse que el destino esté escrito, por lo menos en el
sentido tradicional. Está escrito en el sentido de que la ciudad va a encontrar la
forma de destruirte, pero no hay un oráculo (excepto en la obra Satanás) que
pronostique cuál va a ser el final de la persona. Lo que está pronosticado es
que va a tener unas experiencias crueles y desgarradoras, pero es posible
salvarse y liberarse.
La ciudad es así. Es a su vez el espacio más salvaje y peligroso, por lo cual
muchos de sus personajes deciden huir, pero también es el lugar donde
pueden ‘purificarse’. Puede transformar la vida de los personajes en cualquier
instante, generalmente con situaciones excepcionales o la aparición de
personajes agresivos o irreverentes que los mueven a escenarios o
experiencias riesgosas.
Esto va de la mano con la metáfora de escalar al cielo que implica el acto de
descender al infierno. Esta idea la desarrolla con mayor detalle a través del
libro Una Escalera al Cielo, obra que se centra mucho en el poder de la ciudad,
en la fuerza decisiva que tienen los escenarios en los que sea desatada la
historia y cómo sus personajes sólo pueden sobrevivir descendiendo por estos,
aunque al hacerlo corran el riesgo de perder su rumbo y no lleguen a escalar
nunca. De hecho la mayoría de los protagonistas de los cuentos de este libro
son abatidos por el fenómeno del asesinato, inclusive en los casos en que
huyen de la ciudad, o simplemente no ven resuelta su historia.
Personajes como Felipe en el cuento La Fiesta quien, tras el despido de su
mamá encuentra en la calle la perdición, que de alguna forma él buscó. Es un
muchacho honesto, que nunca se metía en problemas, que al quedarse sin
opciones de vida porque la sociedad le quitó a su familia, el único modo de
supervivencia que tenían, busca aquellos amigos que sabe que tienen
negocios ilegales y decide, con el apoyo de uno de ellos salir a robar. Se dirige
al prostíbulo en el que su amigo trabaja, le pide un arma y que le indique cómo
atracar a un taxista.
Recorriendo las calles del barrio Santa Fé se ve encerrado en lo que Mendoza
llama ‘la fiesta’ y termina asesinado, buscando no exactamente una purificación
como una redención espiritual, sino algo más material: sostener a su familia.
Con estas intenciones encuentra su muerte, a pesar de que al inicio de la
historia recorría las calles de la ciudad buscando una alternativa.
“Deambuló por el barrio al azar, atravesando las calles con la mirada fija en la
oscuridad de la noche -con la resolución de buscar una salida a esa crisis y
salvar a su familia, tomando en sus manos el control”-.
En este caso, como lo dijimos anteriormente, el personaje busca el crimen
como salida a los arrebatos del sistema social que los dejó desahuciados y
‘deambula’ por la ciudad, usándola como medio para pensar, y a su vez como
el espacio donde encontraría la salvación de su familia al interactuar con sus
calles y sus habitantes nocturnos.
“Felipe salió a la calle y caminó por la Avenida Jiménez hacia el oriente.
En la Avenida Caracas dobló a la izquierda y siguió caminando hacia el
norte cabizbajo, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, ensimismado
y sin percibir nada de lo que sucedía a su alrededor. Cruzó la zona de
tolerancia atiborrada a esa hora de prostitutas y travestis, y se detuvo en el
puente de la Calle Veintiséis. «Tengo que calmarme», se dijo en voz baja.
Tomó aire y lo exhaló lentamente por la boca”.
Luego estaría corriendo por las mismas calles, huyendo de la víctima de su
crimen para verse encerrado en ‘la fiesta’ que resultaría en un desenlace fatal.
“(…) comenzó a correr en busca de un callejón oscuro que se insinuaba
eb la bocacalle que acababan de cruzar. Rondaban el sector vendedores de
bazuco y atracadores de oficio. Felipe corrió con potencia, ágilmente, sin
mirar a tras y buscando la salida del callejón para voltear a la derecha y
desaparecer. «Estoy cerca del bar, lo voy a lograr», se dijo mentalmente”.
El bar al que se refiere, estaba ubicado en el barrio Santa Fé y era el punto de
encuentro que tenía con Pedro, quien le indicó la criminalidad como una opción
para resolver su situación y le dio una pequeña instrucción para iniciarse. Sin
embargo, no alcanzó a llegar al bar y se vio acorralado. El taxista a quien iba a
robar llegó a él con el apoyo de compañeros del gremio y lo ajusticiaron a su
manera, convirtiéndolo en víctima luego de ser el gestor del crimen inicial, caso
común en las obras de Mendoza, para quien ninguno está a salvo en la ciudad
tercermundista actual, rodeada por desposeídos, pobreza y criminalidad.
“
— … No me confié y di la señal de alarma… Paco y José venían
siguiéndome y el taxi dos treinta y tres estaba muy cerca… Lo cogimos
enseguida… Menos mal…
(…) Un gigante mofletudo y con los ojos vidriosos lo amarró de pies y
manos, y preguntó a sus compañeros:
— Bueno muchachos, ¿a celebrar? ”
El muchacho fue torturado y humillado durante toda la noche. Los taxistas lo
retan, le indican que le están dando una lección, “Vamos a enseñare a robar a
tu puta madre” y al final lo arrojan en un ‘hospital de caridad’, al terminar con ‘la
fiesta’ por causa de la lluvia. Mario Mendoza introduce una reflexión sobre la
vulnerabilidad del muchacho para terminar de construir la imagen del excluido,
el habitante de los círculos de miseria, el hombre moderno capitalino que es
abandonado a su suerte, y en busca de oportunidades resulta en el infierno
mientras intenta ‘escalar al cielo’.
“Felipe quiso explicar, hablar, contarles la verdad: él no era un ladrón,
nunca había hecho mal a nadie, eran las circunstancias, la necesidad, la
desesperación, la angustia de ver a su madre y a su hermana solas y
abandonadas… Pero las palabras no le salieron, se quedaron atascadas en
su garganta, atragantadas, enterradas sin que él pudiera sacarlas a la
superficie. Quiso justificar lo sucedido, disculparse, aceptar que todo había
sido un error, pero las palabras se empeñaron en permanecer en esa
profundidad inescrutable. No había nada que hacer, estaba condenado al
silencio”.
En el cuento Una escalera al cielo es aún más clara la metáfora, y utiliza como
elemento narrativo el rock: la canción Stairway to Heaven. Manuel y Pérez son
dos niños con aspiraciones intelectuales y artísticas, que estudian en el mismo
colegio pero que escogieron dos caminos diferentes, dos formas diferentes de
habitar la ciudad y relacionarse con los interlocutores con quienes conviven.
Manuel va por un camino más sórdido, se aísla socialmente y es ya leído como
un disidente nómada, mientras que Pérez es un niño bien que se dedica a su
estudio, tiene grupos formales de estudio y es muy amigo de los docentes. Lo
consideran un ñoño y los amigos de Manuel se avergonzarían de verlos juntos.
Pérez empieza a invitar a Manuel a reuniones literarias y éste, por su parte lo
invita a un plan que Pérez no esperaría. En esta obra Manuel le muestra a
Pérez dándole marihuana mientras escuchan Stairway to Heaven que sólo
descendiendo puede llegar a esta ‘purificación’ y a alcanzar la lucidez y no
solamente dedicándose a leer poesía, haciéndose amigo de los profesores y
yendo por el camino correcto.
Como puede leerse en el cuento Una Escalera al Cielo y la diversidad de
elementos que contienen las historias del libro que lleva ese mismo nombre,
muestra que el descenso no se da en el solo hecho de caminar por lugares
sórdidos de la ciudad, sino permitiéndose insertarse a algún tipo de ‘perdición’,
como fumar marihuana.
Es el caso también del Sargento Ciro Barajas, en Esta es tu noche, del mismo
libro, quien luego de mantener el control por las calles de la 19, por todos los
barrios utilizados por prostitutas y travestis para trabajar, recorre las calles en
medio de la noche borracho y preocupado, sintiendo que la vida lo atropella y
no tiene cómo arreglar sus problemas.
En el camino se encuentra un travesti (personaje con especial preponderancia
en su obra, como símbolo de transformación y de lucha obstinada y heroica por
la construcción de una identidad, de la autodeterminación como individuo) que
lo salva de un robo y le dice que lo conoce. Él no es hostil con los travestis
como la mayoría de sus compañeros, pero si les tiene recelo. El travesti un
personaje que encuentra en una esquina, descendiendo por las calles de la
ciudad, y que de alguna forma empieza a salvarle la vida, en parte
transformándole la forma de concebir su vida y sus problemas.
Pero el desenlace para él también será triste, pues al final de la obra resulta ser
que se ve obligado, por orden de un superior (que en este caso es el rostro de
unas fuerzas siniestras1, indefinibles que se encuentran a lo largo de toda su
obra, especialmente en Scorpio City) se ve obligado a matar al travesti.
Así, el primer ejercicio de percepción de la ciudad, a partir del cual se entraman
complejas relaciones de comunicación entre caminantes, artistas, prostitutas,
travestis, grupos subversivos, profetas, habitantes de la calle, extranjeros,
empresarios, estudiantes y demás actores, son las caminatas que realizan por
la ciudad explorándola, transgrediendo todas sus fronteras, aventurándose a
recorrer los espacios más hostiles, en ocasiones a altas horas de la noche o en
momentos críticos. Es en la realización de esta actividad a través de lo cual
empiezan a adentrarse al infierno y/o a salir de él.
Los habitantes de la ciudad moderna tercermundista.
Los personajes de las novelas y cuentos de Mario Mendoza en los ocho libros
revisados tienen unas características comunes, propias de un ciudadano de
1
Sobre estas fuerzas siniestras, Mario Mendoza se distancia para plantear que el camino a la
salida de la crisis de la sociedad no está en develar o transformar las estructuras de poder
dominantes, por lo cual sus protagonistas generalmente resultan distanciándose de esta labor,
por infructuosa. A pesar de hacer parte de algunos escenarios construidos por Mendoza, no es
lo que se propone resolver este trabajo.
una sociedad en proceso de modernización. Estas características pueden ser
organizadas en cuatro categorías de análisis: el disidente, el artista, el profeta y
el nómada.
El Disidente
El disidente es todo aquel que de alguna forma se opone a los cánones
sociales, a los patrones culturales o a las normas colectivas, sean morales,
espirituales o legales, sobre las cuales se rige una sociedad o un sistema
estatal. Son individuos que se salen del orden y rompen la armonía planteada
por las fuerzas reguladoras de una nación o las lógicas comunes de las
comunidades que la habitan. Entre los principales personajes que utiliza el
escritor que pueden ser tratados a partir de esta categoría están la prostituta, el
asesino, el travesti, el artista (que igualmente será tratado de manera
independiente para estudiar otros aspectos de su poética) y líderes de
movimientos izquierdistas o libertarios.
Una representación importante de este personaje es Jean Vesperini, el bailarín,
personaje principal del último cuento de Una escalera al cielo. Llega de Europa,
una sociedad indiferente, moderna, en la cual cada quien desarrolla su propia
identidad, desprendido de cualquier lazo colectivo, consolidándose como
individuo y regido por el mito del Progreso. Encuentra en Bogotá, una población
conservadora, y una sociedad que pretende ser cosmopolita, pero ve como
exótico y amenazante todo aquello que sea diferente.
Por esa sugestión que generaba en los pobladores cualquier cosa diferente,
que lo convertía en el centro de atracción a causa de los prejuicios, le encantó
esta ciudad. Se sentía importante. Todos lo observaban por la forma colorida
en que se vestía, su forma de andar y de hablar. Lo excluían, pero le hacían
notar que estaban centrados en él así fuera juzgándolo. Por eso el bailarín
gozaba de salir a recorrer las calles de la ciudad.
“Aunque la gente le decía por la calle «mariquita» o le gritaba «loca» al
bajarse del autobús, lo cual le agredía pero también le gustaba porque lo
convertía en el centro de atención (…) le era grato ser tenido en cuenta y
por lo tanto se dedicó a escandalizar todavía más a los hombres con los
que tropezaba en sitios públicos y autobuses”.
Pero los bogotanos no lo miraban con agrado y sentían miedo e ira al verlo y
esto sería lo que cobraría su vida en un crudo desenlace en el que por poco
muere al ser atracado por ‘gringo’ y golpeado con crueldad por ‘maricón’ según
expresan en los diálogos los agresores.
Dentro de los disidentes aparece como personaje secundario que suele tener
un impacto contundente en el protagonista, la prostituta. En las dos primeras
obras no son más que mujeres exóticas y víctimas que pasan de forma
pasajera por la vida del protagonista. Sin embargo en algunos apartes de esta
obra ya se empiezan a configurar los elementos que para Mario Mendoza
hacen trascendente el personaje de la prostituta como elemento constitutivo de
la identidad capitalina, de la ciudad tercermundista que busca la modernidad.
En Scorpio City, un primer acercamiento lo hace al referirse a La Bambina,
quien en la historia no es más que una pista falsa en la investigación que
realiza Leonardo Sinisterra sobre unos asesinatos a prostitutas en el centro de
la ciudad, de los cuales el último fue el de María Ortega, su compañera de
habitación.
“En esa ingenuidad fingida Sinisterra descubrió una muchacha
inteligente, que conocía a fondo el tipo de hombre que asistía al lugar [su
único poder y modo de supervivencia]. Y claro, vivía de ese conocimiento, lo
usufructuaba. En el momento de desnudarse se portó como una gatita dulce
y pudorosa, como una pequeña de cuento infantil que se ha extraviado en
un bosque donde la acecha una jauría de lobos. Terminó, los espectadores
se pusieron de pie y aplaudieron y gritaron hasta que el presentador
anunció la siguiente chica”.
La prostituta es presentada como el cuerpo del pecado, que desprende
dulzura, se muestra sensual e inocente como parte de una estratagema para
atrapar a sus clientes. Más adelante revelaría la fragilidad de éstas mujeres,
que encontraron en la prostitución la única posibilidad de supervivencia, que
han sido flageladas por la ciudad, su población y sus instituciones que las
quieren además exterminar. Es doblemente víctima al ser una persona sin
oportunidades, aislada de la sociedad, atacada generalmente desde su
nacimiento, y objeto de persecución de fanáticos religiosos, ciudadanos
conservadores y organizaciones estatales corruptas.
“No, María era pacífica, tranquila. No le gustaba la violencia. Las que trabajan
en la calle siempre llevan un arma para defenderse, una navaja, un gas
protector, lo que sea. María no llevaba nada”.
“La Bambina bajó el rostro y se quedó mirando al piso ensimismada, destruida
por la imagen de su amiga como un animal sacrificado”.
En Buda Blues, esta figura cristiana de la prostituta como mujer sin
oportunidades, acosada de forma injusta por el mundo y a su vez como la
mujer ideal y la única que puede encontrar la salcación, como una María
Magdalena (que luego sería reiterada en la interpretación que el hermano de
Marco, en Apocalipsis hace de las lecciones de religión que éste le da).
Bárbara, activista del grupo terrorista que se enfrenta a La Cosa, era prostituta
y fue rescatada de la miseria por Rafael Estévez, tío del protagonista, Vicente
Estévez, quien luego se enamoraría de ella por su fortaleza e independencia,
según las representaciones construidas por Mario Mendoza, que se hacen
explícitas en el título del segundo capítulo, es la María Magdalena del
movimiento, una pieza clave para salvar al mundo del sistema que es
reproducido por todas las instituciones y en esta obra adquiere un aura mística,
siendo un leviatán que mueve las vidas de todos los ciudadanos del mundo
moderno.
Un último personaje a mencionar dentro de estos disidentes son los indigentes,
al que pertenecen personajes como la misma Bárbara, quien es reclutada por
el grupo anarcoterrorista creado por Rafael Estévez, un intelectual a su vez
disidente, que se aísla de la sociedad por miedo a que el sistema lo ‘devore’,
así como algunos travestis de las historias (que habitan la calle y la despojan
de su belleza, de la que desearían los urbanistas que tuviera).
Bárbara cumple con la figura del disidente esencialmente por cuatro motivos:
fue indigente, fue prostituta, de confronta de forma armada a través de grupos
terroristas al sistema y defiende ante todo su libertad e independencia frente a
los hombres y el sistema, a tal punto de justificar su infidelidad a Vicente
Estévez (el protagonista de la obra) en que nadie es dueña de su cuerpo. Es
alabada por todos estos motivos por Vicente, a pesar de que en ocasiones le
genere ira y desespero su comportamiento (pues este personaje en un
comienzo no era un disidente sino un conformista y se seguía por las
convenciones sociales). Igualmente su nombre es una representación de la
fuerza de los bárbaros para confrontar el sistema dominante y el nombre dado
al capítulo en el que es presentada en la obra (María Magdalena) es una forma
de reivindicarla a través de la comparación con la discípula de Jesús, que era
prostituta y se oponía al sistema dominante de la época.
Igualmente Mario Mendoza, dentro del grupo de los disidentes reivindica a los
travestis, planteando que son una representación de la transformación, lógica
propia del mundo.
“Pero a mí hay algo que me produce fascinación, y es que ‘Travesti’
viene de travel, el que viaja a través del sexo, el aventurero del deseo y la
genitalidad, el encargado de la mutación y el cambio, el maestro del
camuflaje. Y si entendemos la esencia del travesti como una variación que
se ejecuta mediante la apariencia, concluimos entonces que él es la clave
del mundo, porque la cultura es una travestización continua”.
Igualmente los compara, junto con las prostitutas, con Circe, otorgándoles un
enorme poder sobre los hombres.
“Ahora, tanto el travesti como la prostituta nos evocan a Circe, la diosa
de las transformaciones. Nosotros, como la tripulación itacense, corremos el
riesgo de ser convertidos en puercos. El poder que ejercen la prostituta y el
travesti sobre nosotros puede llegar a ser absoluto, total”
En la obra La locura de nuestro tiempo aparecen algunos otros disidentes
como lo es Edgar Allan Poe, quien fue fuertemente juzgado en su época por
sus borracheras y por el estilo oscuro de su obra. Igualmente cuenta la historia
de un muchacho que fue capturado en Inglaterra por robar un libro en el texto
titulado El Ladrón de Libros¸ y la historia de una transgenerista que lograr
construir una vida amorosa con un hombre, quien luego de enterarse de que
originalmente ella era un hombre la acepta con la única condición de que sea
capaz de engañarlo por completo, no sólo con su apariencia, sino creando una
historia vida completa y verosímil con la cual él pueda amar plenamente a la
mujer de la que se había enamorado.
El artista.
El artista es el personaje que busca liberar su espíritu y el de los demás,
realizar ejercicios de catarsis, buscar puertas para la redención y dar una
esperanza a través del arte. Esto se da de tres maneras: la búsqueda o
creación de nuevos mundos, la redacción de historia que para las novelas y
cuentos son reales, como una forma de purificación, purga o limpieza y la
evocación, el regreso a momentos de la infancia en que se fundó la identidad
de los sujetos, lo que les da una sensación solidez, una firmeza que no tiene
una sociedad en constante cambio en la que como dice… todo se desvanece.
El primero de estos puede verse con claridad en su última novela, Apocalipsis
con Marco Salamanca, un joven del barrio Quiroga, que se formó con su papá,
un tendero de este barrio, bonachón, querido por todos los vecinos, pero que
resulta tener un pasado macabro , del cual empieza a desatarse para Marco
una trama irrefrenable que le revela el malestar de los habitantes de su ciudad,
el odio que los agobia, la discriminación, la falta de oportunidades, las
experiencias sólidas que los definen y una lucha constante por la
reivindicación, que es a la vez la búsqueda de un lugar en el cual no sean
juzgados y puedan consolidar una vida estable.
En Apocalipsis, estos personajes cobran más fuerza y a partir de la
comparación con Baudallaire y Gaulguín, dota no solo a los escritores sino a
todos los artistas de una vocación sórdida por la soledad, la miseria, el caos, el
desarraigo, el sendero a sectores oscuros y dimensiones paralelas (a partir de
umbrales)
Marco Salamanca se apasionó por la fotografía y dedicó su obra fotográfica a
dos tema Puertas y Odios. El primero se refería a los umbrales que podían
encontrase a lo largo de toda la ciudad, unas puertas que pueden estar en los
espacios más recónditos, oscuros y peligrosos de Bogotá, que lo llevarían a
otra dimensión.
Desde su trabajo fotográfico Puertas ya se iría transformando en un artista
incomprendido y aislado social y empieza a identificarse con la vida de
Baudallaire, que llega él por Lejván y su amigo Simón, y con Gauguín, obra
que logra conocer gracias a Mario Lacruz, padre su amigo de barrio Toño.
En otro punto de la obra Marco Salamanca, junto a su hermano, se acercan un
podo a la figura del artista como redentor, que desarrollaré en el apartado de la
salida a la crisis de la modernidad. El artista como redentor, que a través de su
obra purifica a los otros personajes y así mismo es expresado completa
claridad en el análisis del cuento El Asesino, perteneciente a la obra Una
Escalera al cielo.
El artista además es siempre un disidente que ha estado desarraigado y vive
atormentado, evocando con nostalgia su infancia y las mujeres con las que ha
compartido su vida. Suele encontrarse en escenarios de desolación, que son
propios del “exilio interior al que obliga la escritura”. Así lo expresa en La
ciudad de los umbrales y en el cuento Una situación desesperada de La Locura
de nuestro tiempo.
“Sí, la literatura, para él, no ha sido más que una tiranía despiadada que se ha
regocijado en ofrecerle toda la desventura de que ha sido capaz”
“Ah, no exageres: tú no sabes lo que es una situación desesperada. Una
situación desesperada es la mía, que soy poeta, estoy solo y tengo miedo”.
Por otra parte Mario Mendoza se perfila a sí mismo como un escritor que se vio
aislado de la sociedad y que debió descender al infierno para empezar a
escalar al cielo como en el texto La pobreza del escritor del libro La Locura de
nuestro tiempo, y en el artículo El pobre Mario Mendoza, publicado en la
edición 45 de la Revista Bacanika.
“(…) no reniego de ese tiempo. Lo extraño. Porque fue a lo largo de esos años
de formación que forjé una mirada particular, una forma de ver el mundo que
me permitión construir más adelante una voz propia, una obra literaria”
“Pobre Mario Mendoza. No tiene ni idea del problema en el que se metió. Pero
allá él. Quién le manda andar llamándose así y decir que escritor. Eso le pasa.”
Con esto Mario Mendoza revela la forma en que el se ve como escritor en el
mundo apocalíptico, como proyecta sus acciones. Ya habíamos visto antes
cómo, al inició de su obra, Mendoza plantea lo que el escritor quiere hacer por
Bogotá, salvarla a través de la escritura (“Bogotá, sin escritores que te busquen
y te invente… Bogotá, yo tampoco puedo hacer nada por ti”). Sin embargo
Mendoza niega que éste sea su objetivo y plantea que el ejercicio de redacción
de una obra para él consiste en dejarse poseer por otras voces, por lo cual no
puede plantearse ningún tipo de mímesis entre los escritores de sus obra y él,
asegura: “no tiene que ver conmigo”.
A pesar de esto en sus propios escritos se encuentran similitudes, en donde
hablando en primera persona o terera persona de sí mismo plantea que
Mendoza es un escritor que ha estado desarraigado y vive atormentado, en
ocasiones en escenarios de desolación. Dos casos evidentes son los textos “La
pobreza del escritor” de La locura de nuestro tiempo y “El pobre Mario
Mendoza”, artículo publicado en la edición 45 de la revista bacánika
El nómada
El nómada está ligado a las lógicas de la movilidad y la migración de la
modernidad globalizada. El hombre moderno y las sociedades modernas
buscan siempre la movilidad. Primero porque buscan transportarse a los
sectores industrializados, donde está el desarrollo; y segundo porque empieza
a elevarse la imagen del individuo autónomo que forja su carácter y su destino,
el hombre moderno que por ese mismo sueño de autodefinición empieza a
desarraigarse de cualquier lazo comunitario y a moverse de un lugar a otro
según lo lleven sus convicciones o los senderos de la historia, del proyecto de
modernidad o el proceso de desarrollo plantean sus pobladores y dirigentes.
Es por su carácter de nómadas que la mayoría de personajes principales se
adscriben y decepcionan con frecuencia toda lucha colectiva o proyecto social
que surja en su entorno o encuentren en medio de su peregrinación por las
calles de la ciudad.
Independientemente de si son artistas o no, los personajes de Mario Mendoza
buscan constantemente organizar las percepciones que les genera la ciudad, y
la sensibilidad alterna que tiene sobre ella. Viven fascinados por sus calles y
consideran que tiene una vida propia unas voces propias, independientes de
sus habitantes.
El profeta
Los dos primeros profetas que aparecen en su obra se ubican en Scorpio City:
Zelia y El Apóstol. Con estos dos Mario Mendoza ubica un arquetipo que
continuará a lo largo de su obra bajo las mismas premisas.
De los personajes de Mendoza, exceptuando en Cobro de Sangre los profetas
son los que mayor compromiso político tienen, aunque lo aborden desde la
espiritualidad.
Otro tipo profeta es el erudito, una figura cercana al artista que se encuentra en
La Ciudad de Los Umbrales, El Mago, que es un cuento de Una Escalera al
Cielo y Buda Blues.
El tío de Vicente, Rafael Estévez, era un hombre moderno que buscaba
organizar la sociedad entre un puñado de marginados sin conciencia de
modernidad, hijos de la miseria y el dolor. Por esto no podía evitar que se
convirtiera en una secta de fanáticos. Él mismo no pudo evitarlo y vio
sumergido en una lucha contra la fuerza sobrenatural: La Cosa. La diferencia
entre él y sus seguidores es que mientras para él es un retorno a lo espiritual,
para ellos era apenas una esperanza repentina, tal vez es una pequeña
transformación de sus creencias que pasan a tornarse como acto político. Esto
se hace evidente en la conversación de Vicente con Pedro, uno de los
principales líderes de la secta creada por Rafael.
“En la zona vivíamos cientos de indigentes antes de que la Alcaldía
construyera el parque Tercer Milenio y nos expulsara del sector. Rafael
apareció un día cualquiera y nos sorprendió porque no era alcohólico ni
metía vicio. Un man tranquilo, que se la pasaba siempre con un libro en la
mano (…) Luego, en una segunda fase, nos dimos cuenta de que el hombre
era un sabio, un tipo que sabía de todo, y que más que un intelectual con un
tornillo suelto o con problemas en el pasado, estábamos frente a un
conductor espiritual, un guía elevado, un santo”.
“Cuando lo escuchamos hablar nos quedamos boquiabiertos, embebidos
por sus palabras, sorprendidos por tanta habilidad para entender los
problemas de cada uno de nosotros. Fue entonces cuando empezó a
explicarnos su teoría de La Cosa, de esa enorme maquinaria que nos había
machacado a todos, que no había expulsado de la vida común y corriente
que llevaban los demás”
Podemos ver cómo además de ser reconocido como un profeta por sus
conocimientos, por sus cualidades intelectuales, atribuibles a cualquier hombre
moderno, su seguidor deja en evidencia a su vez su ignorancia y la intuición de
unas instituciones relacionadas con una ‘maquinaria’ que le da forma al mundo,
pero los ha dejado excluidos. Como no están integrados al mundo moderno no
tienen conciencia de lo que es y se acercan a ella como una figura
supranatural, como lo fuera el diablo o los dioses. Entonces, así se ven
iluminados por el hombre moderno que retorna a las creencias supreanturales
tras comprender el fracaso del suelo de la razón y unos desarraigados que
únicamente sobreviven sin entender el mundo en el que viven y su origen. En
ese punto empiezan a desarrollar su propia maquinaria para transformar el
mundo instruidos por Rafael.
“Ahí empezó la tercera fase, y es que nos dijimos que si del otro lado,
en los centros comerciales, las discotecas y los cines, una sociedad de
bestias despiadadas estaba armaa y dispuesta a escupirnos en nuestra
propia cara, a destruirnos y a eliminarnos, entonces nosotros por qué
íbamos a ser capaces también de organizarnos, de oponer resistencia y
enfrentarnos a ese monstruoso aparataje que se creía invencible y todo
poderoso”.
Este grupo de marginados encuentra una esperanza, una razón para resistir al
mundo moderno, o a La Cosa, como ellos lo llaman, a través de un profeta.
En esta línea de ideas este profeta, el maestro como le llamaban sus
seguidores, era un hombre moderno que decide con el poder de la razón
iluminar a los desvalidos que están en la oscuridad y con ayuda de ésta darle
un nuevo orden al mundo para salvarlos de La Cosa.
“Lo cierto es que por ese tiempo el maestro deicidio escribir una especie
de ideario político, un texto en el que estuvieran plasmadas sus enseñanzas
y que nos sirviera de guía, de luz en medio de una sociedad regida por la
oscuridad y las tinieblas”.
Por su parte, como hombre moderno, en su calidad de sociólogo y de hombre
autosuficiente que se asume como responsable de su vida, por fuera de la
pertenencia a cualquier grupo o comunidad y libre de cualquier creencia sobre
natural expresa su decepción y la confusión que le genera el final de su tío,
cerca a una secta político-religiosa creada por él, y huyéndole a una bestia
sobrenatural – que es una representación del sistema moderno capitalista-, que
lo iba a consumir, como lo hacía con todos.
Otro tipo de profeta es el exterminador que aparece en Satanás y en Scorpio
City. Estos personajes suelen definirse ellos mismos como ángeles
exterminadores o apóstoles urbanos y construyen su identidad a partir de
diarios personales en los que describen la sociedad según la perciben y en
ocasiones se mimetizan en otros personajes a partir de alegorías. Campo Elías
en Satanás alude menos a este tipo de alegorías y se centra en describir sus
emociones y su personalidad desde su realidad inmediata.
Los profetas exterminadores al verse desilusionados por la corrupción de la
ciudad, la desintegración y exclusión social y el dominio del crimen desarrollan
un impulso de destrucción, ligado a su vez a un interés por la humanidad, que
los lleva a concebirse como elegidos deben purificar el mundo limpiándolo.
Estos personajes son sujetos solitarios, aislados socialmente y no tienen con
quien expresar sus tormentos y sus ideas, por eso, en la obra de Mendoza,
suelen ser construidos a través del recurso del diario personal.
El primero es Campo Elías, personaje construido a través de un hecho real, la
masacre de Posseto. Mendoza titula el quinto capítulo de Satanás, Diario de un
un futuro asesino, indicando que en este se puede rastrear el proceso de cómo
un nómada urbano puede escoger el camino del crimen como opción de vida.
Campo Elías empieza por describir el desencanto, la desesperanza y profunda
soledad que lo invade, es un nómada urbano que se encuentra desolado y
desarraigado que termina definiéndose como un profeta exterminador, que
toma tal desprecio por la degradación de la vida humana propia de la
modernidad que considera que la única salida es destruirlos a todos.
“Octubre 12: El inicio de un diario es un ejercicio cotidiano de
introspección y certifica la inmensa soledad de quien escribe. Y sí, eso es lo
que soy, un solitario sin remedio, porque por más que intento acercarme a
los otros y entablar con ellos alguna relación duradeera, no lo logro (…) Mi
sensación es la contraria: estoy por fuera, flotante, periférico, y observo
desde mi lejanía el comportamiento de aquellos que me rodean y no me
identifico con ellos. Los veo como bichos de otra especie, como animales
raros cuya conducta no deja de sorprenderme”
Campo Elías empieza por aceptar su aislamiento y empieza a construir la
imagen de si mismo como sujeto, si bien a partir de la otredad, en la lógica del
aislamiento y la extrañeza. Se lee como un disidente, aislado por completo de
la sociedad e comienza a describir el resto de los ciudadanos como ‘bichos’,
seres indeseables con quienes no puede entenderse. Seguido a estas líneas
describe una escena en la que un señora intenta convencerlo de ayudar con
donación para personas pobres en la cual terminan tratándose de miserables y
concluye:
“Escenas por el estilo me suceden a cada rato, todos los días (…)
Siempre terminan odiándome, retirándose en medio de insultos y
blasfemias”.
En todo el diario Campo Elías describe varios encuentros con otros ciudadanos
que se resuelven con igual hostilidad, y ahí además un elemento en común en
todos ellos, que, como el asesino expresa es lo que más detesta, que la gente
se esté quejando; muestra una sociedad, abigarrada de problemas en la que
todos se están quejando, se consideran víctimas y justifican sus actos a partir
de esos lamentos. Para él, esa es un sociedad enferma, insoportable.
“Hay una estirpe de individuos que no soporto: los pordioseros. Esos
sinvergüenzas que andan por ahí mostrando sus moñones, sus cicatrices,
sus hijos famélicos y desnutridos, no me producen sino asco y ganas de
estrangularlos. Y cuando digo asco no me refiero a su pobreza extrema, a
que me disguste su olor o sus harapos, sino su actitud de bajeza y de
autoconmiseración, Me repugna que alguien convierta su propia debilidad
en un espectáculo, y que enima de eso obligue a otros a degradarse
dpandole una limosna, es el colmo”.
Una vez desglosados los motivos que le hacen desear destruir a este grupo
poblacional, en la cual priman “su actitud de bajeza y autoconmiseración” y el
uso de “su propia debilidad como espectáculo”, además de expresar el instinto
de destrución que le despierta, transmite este odio hacia la magnitud de la
sociedad, justificando de antemano su deseo de exterminarla.
“Pero qué se puede esperar de un país donde todo el mundo tiene
mentalidad de limosnero. Los políticos piden contribuciones a sus electores,
los sacerdotes son unos vagos que viven del bolsillo ajeno, los colegios
piden una ayuda extra cada año a los padres de familia, los hospitales
suelen inventarse pretextos para mendigar tales como «el día del niño
diferente» (…) y hasta el mismo Presidente de la República se la pasa
como un indigente rogando que las naciones desarrolladas le tiren unos
cuantos pesos (…) Colombia no es un país sino una orden mendicante”.
Al día siguiente reitera su posición de disidente frente a una sociedad que lo
amenaza. Y continúa, a lo largo del diario, registrando experiencias en las que
es hostigado por otros ciudadanos, expresando su odio, y añadiendo
argumentos en contra de la sociedad en la cuales se defiende como individuo
aislado, incluyendo elementos como la frustración en el las relaciones de pareja
y el sexo.
“La constitución consagra el derecho a la diferencia y al desarrollo de la
libre personalidad. Pero es letra muerta. La sociedad no soporta a aquel
que se aleja de las reglas del rebaño. La tendencia a masificar ideas y
conductas hace del diferente un individuo indeseable, como si fuera un
elemento peligroso par el desenvolvimiento de la máquina social”.
“Mi vida no tiene ningún ingrediente esperanzador. Está compuesta por
una rutina desagradable y sin sentido. Talvez lo peor de mi situación es que
tengo que soportar la presencia fastidiosa e irritante de mi madre, una
anciana decrépita, sucia, envidiosa y tacaña cuyo cuarto apesta a sudor
acumulado y carne descompuesta”.
“No soporto el ruido de los autos, los pitos, los taladros, los aviones
surcando el cielo de la ciudad constantemente, las fábricas y las máquinas
de construcción. A veces me levanto a medianoche y percibo la alarma de
un carro atravesando mi cerebro (…) Entonces cargo mi revolver y me dan
ganas de salir a la calle adarle una buena balacera a los cretinos que hacen
escándalo sin pensar en los demás”.
A medida que su hostilidad y el deseo de asesinar va aumentado empieza a
contar su vida como militar, la satisfacción que siente al asesinar a otros y la
paronoia que lo acompaña desde los años de la guerra.
“Para los soldados occidentales Vietnam no fue un país o una zona de
guerra, sino un estado psicológico, una atmósfera que incluía mosquitos,
insomnio, sed, paranoia constante, deseos de sobrevivir, melancolía,
ansiedad, y sobretodo unas ganas frenéticas de matar a esos amarillos
enanos y contrahechos que en cualquier momento salían de la selva con
bayonetas listas, sus dardos de madera pulidos y sus cuchillos bien
afilados”
“Octubre 29: Oigo voces en sueños que me ordenan disparar. Voces de
mando que gritan: «Dispara, dispara». Tengo un insomnio recurrente que
me impide dormir y descansar”.
Al final del diario Campo Elías se acerca a una iglesia sin un motivo concreto y
termina hablando con el padre, quien le aconseja que no se aísle, pues el
aislamiento puede llevarlo a cometer errores, como un hombre que terminó
matando a su familia. Campo Elías se desahoga con él, buscando una
reconciliación con la fe. Sin embargo su resolución final es continuar el camino
de odio que se había trazado a lo largo del diario.
A pesar de que su postura religiosa frente a sus actos no se vio reflejado con
toda explicitud en el diario al final del libro sus palabras indican ese espíritu
mesiánico que había crecido en Campo Elías, desde que llega pensando “El
ángel exterminador, el guerrero que debe purificar al mundo de todos sus
pecados. Debo cumplir mi misión no puedo fallar” y se acerca al párrafo antes
de asesinarlo y suicidarse utilizando las mismas palabras que utilizadas por el
profeta en Scopio City “Yo soy Legión”.
Este final indica con claridad la obra de Satanás, como una continuidad de su
propuesta poética, desde el personaje del exterminador. Con las últimas frases
recoge el elemento espiritual de mayor relevancia en su obra Scorpio City, que
es el segundo caso que analizaremos en su obra de un profeta que busca
salvar a la humanidad exterminando un grupo específico de individuos, que
para el caso de este título, previo a Satanás, son un grupo de personajes que
atacan a la población disiente y marginada LGBT.
El segundo profeta exterminador que utiliza un diario es el Apóstol en Scorpio
City, aunque varias diferencias. Si bien utiliza un diario para expresarse en
medio de su soledad y se siente insatisfecho con la sociedad que lo rodea, está
siempre buscando un camino para sí y una forma de integrarse a la sociedad, a
pesar de lo hostil que se muestra ante él. Para este caso Mendoza reitera el
lugar social que el personaje cree ocupar como profeta desde el título del
capítulo Viajes de un elegido.
“He sido elegido para llevar a los hombres esa llama sagrada, para
transmitírsela. Por eso he abandonado familia, comida y trabajo, posesiones
y comodidades”.
Este personaje de inmediato se reconoce en su diario como un enviado de Dios
que será tratado como un disidente, apabullado y violentado, porque eso hace
parte de su misión.
“Una noche escuché la voz de Nuestro Señor Jesucristo que bajana del
cielo y decía: «Buscarás a los hombres, irás allí donde ellos están y
destruirás el mal que los corrompe y los aniquila. Serás atropellado y
torturado, pocos te escucharán y serás puesto en prisión, pero harás llegar
mi mensaje y ellos sabrán entonces que no los he abandonado. Eres mi
nuevo apóstol»”.
En esta obra el profeta defiende a una comunidad desprotegida, en lugar de
despreciarla como lo hacía Campo Elías, se mueve por la piedad, pero
desprecia algunos sectores criminales de la población citadina y su misión
como ‘apostol urbano’ como se define en algunos apartes del diario será
‘amputarlos’ de la sociedad.
“No se trata ya de sanar el miembro enfermo, sino de amputarlo para
salvar el resto del cuerpo. Esa es la verdadera misión”.
Y se jacta de sus actos, convencido de sus buenas obras…
“Por qué no revisan las hojas de vida de los sacrificados: violadores,
criminales, ladrones peligrosos, extorsinoistas, secuestradores… Deberías
estar felices de haber sido librados de esa amenaza constante. Es la época
del reinado de los corruptos, del poder de los impíos y los blasfemos. Jamás
son valorados los esfuerzos de un hombre de bien”.
Podemos ver además, que nuevamente hay una lectura de la ciudad como
escenario de crimen, propia de la era moderna de la que habla Cruz Kronfly,
frente a la cual parte de la ciudadanía retoma creencias espirituales para
consolarse: “Sentí cómo la ciudad se transformaba en un pozo que devoraba
mi alma”.
Él cree que viaja en el tiempo y se transporta a otras vidas –Campo Elías lo
hace sólo una vez a partir de una sesión espiritual con la que buscaba liberarse
de los tormentos que le había dejado su participación en la guerra-., y a su vez
que es representante de la humanidad en general, de aquí surge la proclama
“Yo soy legión”. Se compara, como nómada y como profeta con personajes de
toda la historia como Ulises, Glishu, Berossus y Drake Brockman, convencido
de que fueron sus vidas anteriores y que viaja en el tiempo hacia esa época
para recuperar su identidad y conformarse como una legión dispuesta para
salvar la humanidad.
Salida a la crisis de la modernidad
Mario Mendoza plantea varias posibles salidas a la crisis de la modernidad ante
el caos y la percepción apocalíptica entre las cuales considera elementos tan
variados como el amor, la huida, el arte, el descenso al infierno, la recuperación
de los lazos comunitarios y el regreso al hogar, así como las luchas colectivas
por subvertir el orden. Sin embargo sus personajes centrales a lo largo de
todas las obras sólo le otorgan relevancia a dos de ellas: el arte como ejercicio
de redención y el diálogo entre la huida y los puntos de fuga, fundamentados
desde la Ciudad de Los Umbrales en el mito griego de Ulises y las sirenas.
La primera referencia que hace a los puntos de fuga en La Ciudad de los
Umbrales la realiza con referencia al amor. Las mujeres –sus personajes
principales siempre son hombres heterosexuales-, la vida de pareja es el
primer camino que los jóvenes artistas de sus libros explora para llegar a la
salvación.
“Sí, Sara había sido el úncio principio de ubicuidad, el punto de fuga que lo
había lanzado hacia un horizonte desconocido ¿Cuántas veces se había
refugiado en ella de su silencioso fracaso con las palabras?”
Sin embargo desde esta primera obra acribilla la posibilidad de que sean la
solución a sus tormentos, planteando además su interés por encontrar
respuestas en el arte.
“¿Cuántas mujeres invaluables había abandonado para entregarse a esa lista
de miserias?”
La segunda forma por medio de la cual el escritor busca dar respuesta a los
lamentos de sus personajes es el de las organizaciones bélicas que se yerguen
contra el sistema buscando destruirlo para transformarlo a través de la
confrontación armada. Es el caso de las obras Scorpio City, con la organización
de indigentes dirigida por Leonardo Sinesterra para protegerse de las fuerzas
oscuras; Buda Blues con la secta creada por el profeta intelectual Rafael
Estévez, tío de Vicente, igualmente con personajes marginados en los círculos
de miseria; y el caso de Samuel Sotomayor en Cobro de Sangre, que vuelve de
Estados Unidos para vengar la muerte de sus padres como el típico
revolucionario universitario que se une a grupos guerrilleros para cambiar el
sistema capitalista por uno socialista más justo. En los tres casos la obtención
de sus metas se presenta como una posibilidad irrisoria, los tres personajes
fundamentales se sienten frustrados y terminan buscando su redención en
huídas o puntos de fuga, así como en el arte, que son las salidas privilegiadas
a lo largo de las novelas y los cuentos.
La tercera de salida es la espiritualidad, que es la frecuentemente usada por
los profetas. Algunos consideran que pueden mejorar las condiciones de vida a
través de la religiosidad e intentan ayudar a la gente en este proceso, otros que
por la perfidia del ser humano la única respuesta es destruirlo todo, algunos
ven la redención en la vida después de la muerte y otros, en cambio, ven la
liberación en cultivar el espíritu a nivel individual, entrando en armonía con el
entorno en este proceso. En cualquiera de estos casos el autor se muestra
igualmente escéptico. Si bien plantea este camino en la mayoría de los escritos
sus personajes suelen ser incrédulos desde el principio y se distancian de él de
inmediato o terminan muertos. El único caso en el que un personaje principal
termina resolviendo su salida por vía espiritual es el cuento El Mago del libro
Escalera al Cielo. Sin embargo, como veremos más adelante, coincide con la
salida de la huida o punto de fuga a la que Mendoza le da mayor
preponderancia.
El arte y la huida
A la vez que los personajes de Mario Mendoza aman su ciudad, porque tal vez
sienten que ahí puede estar su liberación, su ‘purificación’, buscan huirle. En
muchos personajes se da este proceso de la huida. Si bien los dos más
representativos son Samuel Sotomayor de cobro de sangre y Marco
Salamanca de Apocalipsis, esta característica se encuentra en la mayor de sus
escritos desde La Ciudad de los Umbrales con Lejbán y Simón, cuentos como
El Mago e Historia en la Habitación 804 y Apocalipsis (novela en la cual, si bien
la huida es un elemento constante nunca es del todo claro para los personajes
si sea la mejor solución o su última resolución como si sucede en la dos
primeras nombradas).
El espíritu que imbuye estos personajes puede rastrearse en la novela Cuatro
años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea a quien Mario Mendoza hace
referencia en algunas de sus obras y sobre el cual realizó su tesis de la
Maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Javeriana. En esta
obra pueden encontrarse varios de los elementos comunes a la noción de la
huida rastreada en la obra de Mario Mendoza que consiste en una salida al
desencanto y sensación de orfandad de la humanidad en la ciudad moderna y
en particular a Bogotá. Debe tenerse en cuenta que el nivel de desarrollo de la
Bogotá de Eduardo Zalamea es bastante inferior, sin embargo las
percepciones, descripciones y lugares comunes permiten establecer un
paralelo.
“Hablaré –en cambio- conmigo mismo de mi viaje. Yo vivía en una
ciudad estrecha, fría, desastrosamente construida, con pretensiones de
urbe gigante. Pero en realidad no era sino un pueblucho de casas viejas,
bajas y personas generalmente antipáticas, todas vestidas con trajes
oscuros. Solamente dos cosas la hacían amable: las mujeres y los
automóviles”.
Igualmente el viaje de Zalamea está relacionado con la admiración a los
viajeros y el sueño de la movilidad, de ser un nómada explorando el mundo,
conociendo cuerpos nuevos, padeciendo la inclemencia que pueda
encontrarse en parajes remotos, en aventuras, que compare Mendoza y que
expresa constantemente a través de sus personajes.
“La ciudad era pintoresca, a pesar de todo. Resultaba maravillosa como
espectáculo. Pero no existe espectáculo tan decididamente divertido que
pueda curar el aburrimiento perenne. Y un día resolví irme. Sin saber para
donde. Un abuelo mío había sido pirata. Un abuelo o un bisabuelo. No lo
recuerdo exactamente. Yo no sabía para dónde irme. Pero eso no
importaba. Lo único necesario era salir de allí”.
Y se entremezclan el cariño por Bogotá y el anhelo de la vida de aventuras, así
como la cercanía al mar, la satisfacción del presente y la nostalgia por el
pasado. Se abre paso a la vocación del hombre moderno y el artista afligido: la
evocación y la creación (que son las dos salidas que para Mendoza el arte
otorga).
“Yo nací en una ciudad fría y distante (…) ¿Por qué no nacería en el
mar? ¿En este mar verde, lleno de buques, de olas y de gaviotas? Pero no.
Mejor es haber nacido allá, porque ahora tengo siquiera el recuerdo de la
frescura. También la piel tiene memoria –memoria táctil- y guarda el
recuerdo de las temperaturas”.
Uno de los cuentos en los que se hallan con bastante claridad estos elementos
es Historia en la Habitación 804, a pesar de que en esta historia el personaje
es oriundo de la costa y ha migrado a Bogotá en busca de oportunidades la
percepción frente a Bogotá es la misma y desea fervientemente emprender
esta huida pues percibe a Bogotá como una ciudad déspota y fría, contrario a
su tierra natal donde la calidez no se encuentra unicmanete en el clima sino en
su gente.
Es importante, además tener en cuenta que para Eduardo Zalamea abandonar
Bogotá era empezar a descubrirla, lo cual era posible a través de la evocación,
que es un elemento liberador que algunos personajes de Mendoza realizan a
través del arte como está planteado desde las primeras líneas de La Ciudad de
Los Umbrales:
“…Bogotá, rostro de infamia… Bogotá, sin escritores que te busquen y te
inventen… Bogotá: y o tampoco puedo hacer nada por ti”
Ese espíritu cargado de nostalgia es además expresado entre los grupos de
amigos artistas que continuamente intercambian correspondencia, indicando
los avatares de sus viajes, recordando con pasión Bogotá y escribiendo notas
similares sobre ella. Estos nómadas artistas intercambian experiencias de sus
viajes, a través de la palabra que juega para ellos un papel privilegiado en la
sociedad, a la vez que recuerdan anhelosos su ciudad.
Puede verse que en Apocalipsis para Marco, la huida es un proyecto colectivo,
compartido a través de expresiones artísticas de diversa índole. Es por fuera de
Bogotá que pueden reorganizar sus vidas y escribir las más lúcidas
representaciones de ella. Él sigue el camino de sus principales amigos
(Marcelo, Simón, Germán) que se han alejado de la ciudad, reconociéndose
como ‘ciudadanos del mundo’, como se lo expresa Marcelo en una carta,
siendo que la aman y han inspirado su arte en ella.
En el último capítulo de Apocalipsis, cuando Marco se encuentra al final de su
vida por un cáncer, decide irse no sólo del hospital en el que están tratándolo,
sino alejarse por completo de la ciudad, para terminar su vida de una forma
más tranquila y en libertad.
“Las últimas páginas de esta confesión, las escribiré cerca del mar, libre,
y quizás de ese modo, entenderé un poco mejor, las razones por las cuales
todos mis viejos amigos terminaron en parajes remotos y sin querer
regresar jamás a Bogotá. Llevo unas prendas de ropa, mis útiles de aseo,
toda mi correspondencia en un sobre de manila, este cuaderno y mis
esferos de micropunta. Ahora soy el Moribundo Errante, el Cadáver Viajero,
un fotógrafo en busca de su última imagen.
Dice que sus viejos amigos decidieron no regresar jamás a Bogotá y surge así
tal vez entenderá porqué, entendiendo con la misma visión macabra a Bogotá
como una ciudad hostil. Pero, a pesar de que puede encontrar una salvación
como hicieron sus amigos, dice que es un ‘Moribundo Errante’, ‘Un cadáver
Viajero’. Muere mientras va a salvarse de la destrucción que hay en Bogotá,
mientras sigue viajando.
En el momento en que le informan, en una conversación telefónica, que su
amigo Marcelo ha ‘desaparecido’ de un manicomio en el que resultó tras
asesinar un asesinato, une el destino de sus amigos, fortaleciendo además un
lazo comunitario, a pesar de estar distante de todos ellos y vivir su vida como
un vagabundo solitario.
Pero la Huida está siempre acompañada de la nostalgia, del anhelo de
recuperar las experiencias que formaron su identidad como sujetos, que son
buscadas con la evocación a partir de objetos y escenarios de su infancia y su
juventud.
Precisamente, en ese mismo libro, cuando decide empezar a intercambiar
correspondencia con Simón, quien enseñó a Marco a apreciar la belleza y la
magia de Bogotá, y que se encuentra muy lejos, recuerda por una carta que le
envió Marco el amor que le tiene a la ciudad y le responde una carta en la cual
expresa este cariño.
“… y de pronto, en la mitad de un verso, me entra esa inmensa nostalgia por
América Latina, ese amor desmesurado y absurdo, esa orfandad demencial”
Continúa recalcando que ese sentimiento por Bogotá es ‘intenso y
desmesurado’, ‘no tiene sentido’, lo califica como ‘absurdo’. Y prosigue
describiendo algunos de los elementos que hacen que para él Bogotá sea tan
especial.
“Veo en la página los rostros de las putas del barrio Santafé, ese barrio
de tantas veces, de jóvenes recorrimos juntos en busca de mensajes
extraños para nuestra vocaciones artísticas, veo los vendedores
ambulantes de la carrera décima recogiendo sus productos de afán y
empezando a correr porque se acercan los camiones de la Policía, los
mendigos experimentados en los semáforos, inventado fábulas
estremecedoras para conmover a los conductores, los raperos de Las
Cruces bailando en la plaza de Bolívar los domingos (11:46)”.
En esta etapa de la historia Marco comienza a retomar las historias de sus
mejores amigos y la idea de los puntos de fuga, describiendo cada una de las
huidas que tuvieron lugar a lo largo de las novelas de Mendoza por parte de
sus protagonistas e igualmente da nueva cabida a la noción de los puntos de
fuga para contar estos desenlaces.
“Colgué con una sonrisa entre los labios. Desaparecido. Qué linda palabra para
el final de un artista. Era el tercero de mis amigos que encontraba el punto de
fuga para escapar”
Sin embargo, luego de fugarse de la ciudad empiezan a morir uno a uno como
si estuvieran determinados a un final perverso, a pesar de abandonar la ciudad.
La mayoría de ellos es encontrado por la violencia y la criminalidad, en algunos
casos (como Samuel Sotomayor y Vicente Estévez) por los fantasmas de su
pasado como activistas, en otros casos por nuevas confrontaciones (como
Simón o Lejván). La huida resulta en tragedia.
Antes de la leer esta última obra da la sensación de que Mendoza salva a sus
personajes sacándolos de Bogotá, lo cual contradice la postura expuesta a lo
largo de sus obras de descender por la ciudad (el infierno) para encontrar la
´purificación’ (ascender al cielo). Con esta resolución evidencia que la salida,
salvación o ‘purificación’ no está en abandonar la ciudad.
Las raíces de esta aparente contradicción pueden encontrarse en sus
influencias, especialmente en dos de ellas: Ulises y Eduardo Zalamea2. La
característica común a estos dos personajes es que son viajeros, nómadas,
2
Es importante recordar que Eduardo Zalamea es el actor de su propio libro 4 años a bordo de
mi mismo y por tanto para el presente análisis será leído, en primera instancia como personaje,
junto con Ulises.
que soñaban recorrer los mares, pero que mantenían presente el anhelo de
retornar antes de llegar a desfallecer en la distancia, en parajes desconocidos
por los peligros de sus aventuras.
En el caso de Eduardo Zalamea, él retorna a la ciudad luego de estar al borde
de la muerte, en un viaje en el que se terminaron los suministros. Poco antes
de culminar su aventura comienza a recordar con intensa nostalgia y
entusiasmo la ciudad de Bogotá y, a pesar de continuar admirando el mar,
decide regresar completamente cambiado por su viaje, con una nueva
perspectiva y el amor por su tierra renovado.
El caso de Ulises, que desea regresar a su tierra con anhelo a su tierra a los
brazos de su amada y contar todas sus aventuras, puede ser rastreado en la
Ciudad de los umbrales libro en el cual Mendoza plantea la ‘líneas artística’ de
su poética.
“Las sirenas emiten su llamado solo para aquellos que no van a ningún lado,
que han cambiado su vida por un itinerario inseguro que se transfigura a cada
paso, que viajan porque están cansados de viajar y anhelan ser pasajeros de la
inmovilidad”.
Con esto reafirma la necesidad de retornar a la ciudad y adherirse a ella. Ulises
se ata al barco para que las sirenas no puedan seducirlo y poder volver a su
tierra, es el mismo deseo que los amigos artistas de Marco expresan siempre
en sus cartas (vimos el ejemplo de una carta enviada por Simón); pero al
perder su rumbo y no querer retornar, a pesar de ese apego a las ciudades
malditas de Bogotá pierden la opción de ser salvados y encontrar la salida a la
crisis.
Así, el secreto de una posible salida a la modernidad en la obra de Mendoza
tiene dos caminos complementarios: está en el descenso al infierno, a través
de las calles de la ciudad y la relación con sus disidentes y está en el sueño del
viajero que decide ser habitante del mundo, para forjar su carácter, fortalecer
su identidad y enamorarse aún más de su territorio de origen, siendo por un
tiempo ‘habitante del mundo’3, nómada que rompe las barreras de su cultura y
explora otros territorios, para ‘purificarse’ y retornar a su tierra; las dos opciones
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Expresión utilizada por los personajes de La ciudad de los umbrales y Apocalipsis.
acompañadas por la formación del sujeto como hombre moderno, dueño de sí
mismo, y como artista, capaz de recrear, ´purificar’ y construir nuevos mundos
a través de sus representaciones, fantasías y evocaciones.
El camino para la salida a la crisis de la modernidad, trasado por Mario
Mendoza, según estos indiciosm que pueden encontrarse desde el inicio hasta
el final de su poética, inicia con la vocación artista que es discidente, nómada
urbano que recorre los laberintos de la ciudad y que huye a tierras cálidas,
inóspitas y generalmente rurales y con menor tecnificación, buscando salverse
a través de sus labores artísticas, las representaciones y los caminos trazados
a partir de ellas, buscando preservar, en la misma medida, unas lazos de
comunidad, que lo hagan sentirse menos huérfano y pertenecer a un grupo y a
un territorio.
Conclusiones:
- El hombre moderno latinoamericano del siglo XX, según la
representación construida por Mario Mendoza se caracteriza por un
sentimiento de nostalgia y orfandad en razón de las rupturas y
fragmentaciones propias de la crisis de las ciudades modernas. Es por
esto que Bogotá es narrada por Mendoza como un escenario
apocalíptico y atribuye una percepción correspondiente a sus
personajes.
- Las tres salidas, comunes en los personajes de los libros del autor, a la
crisis de la modernidad son la espiritualidad, el arte y la huida. De estas
el autor le apuesta a las dos últimas como resolución común para sus
personajes principales, evadiendo el escenario en el que viven sus
conflictos y entablan procesos de comunicación (la huida), buscando
umbrales, liberándose de los tormentos a través de la narración y
evocando lugares y momentos (el arte).
- Los personajes de Mario Mendoza se caracterizan por se nómadas
urbanos por su vocación de viajeros y la necesidad de los hombres
modernos de evocar, movilizarse y transformar su vida y entorno.
- Las raíces de esta aparente contradicción pueden encontrarse en sus
influencias, especialmente en dos de ellas: Ulises y Eduardo Zalamea .
La característica común a estos dos personajes es que son viajeros,
nómadas, que soñaban recorrer los mares, pero que mantenían
presente el anhelo de retornar antes de llegar a desfallecer en la
distancia, en parajes desconocidos por los peligros de sus aventuras.
- El secreto de una posible salida a la modernidad en la obra de Mendoza
tiene dos caminos complementarios: está en el descenso al infierno, a
través de las calles de la ciudad y la relación con sus disidentes y está
en el sueño del viajero que decide ser habitante del mundo, para forjar
su carácter, fortalecer su identidad y enamorarse aún más de su
territorio de origen, siendo por un tiempo ‘habitante del mundo’ , nómada
que rompe las barreras de su cultura y explora otros territorios, para
‘purificarse’ y retornar a su tierra; las dos opciones acompañadas por la
formación del sujeto como hombre moderno, dueño de sí mismo, y como
artista, capaz de recrear, ´purificar’ y construir nuevos mundos a través
de sus representaciones, fantasías y evocaciones.
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